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DOMINGO
PRIMERO DE CUARESMA
4 de marzo de
2001
Amados hermanos en Nuestro Señor
Jesucristo:
Con este domingo se inicia la
Cuaresma, habiendo sido precedido por el tiempo de la Septuagésima,
tiempo en el cual la Iglesia nos recuerda y nos invita a asociarnos
espiritualmente y a disponer nuestras almas para la obra de la Redención
llevada a cabo por Nuestro Señor Jesucristo. El tiempo de Septuagésima es
un preludio que nos prepara, que nos dispone interiormente, espiritualmente,
para que participemos de ella. Con la Cuaresma, cuyo nombre indica una
cuarentena, cuarenta días que nos separan de la Pascua de Resurrección,
la Iglesia no solamente nos invita a prepararnos espiritualmente, sino a
que de un modo efectivo y práctico nos asociemos durante estos cuarenta
días a la obra de la Redención de Nuestro Señor.
Esa asociación práctica
quiere la Iglesia que sea a través de las obras de penitencia, ayuno,
abstinencia, privaciones voluntarias, sacrificios y tribulaciones con las
cuales nos asemejamos y nos identificamos con la cruz para poder
asociarnos, ser socios de Nuestro Señor en su obra Redentora, para
redimir del pecado a la humanidad. Esa es la idea de la Cuaresma y en eso
consiste la preparación durante todo este tiempo, durante esta
cuarentena. El miércoles de Ceniza es una transposición del espíritu de
penitencia pública, de penitencia colectiva por los pecados graves y
públicos. Durante esos cuarenta días se imponía penitencia a los
pecadores públicos, para que hubiese una reparación pública y pudieran
ser admitidos, después de reconciliados, el jueves Santo; el Obispo
bendecía las cenizas y los instrumentos de mortificación, los cilicios,
para que esas personas hicieran penitencia durante cuarenta días, con
cilicio y ceniza.
Posteriormente se
difundió a todos los fieles, una extensión y una transposición, porque
antiguamente era sólo para los pecados y los pecadores públicos.
Penitencia que tanta falta nos hace hoy, porque los pecados manifiestos
hay que repararlos públicamente ya que el mal ejemplo queda en la
sociedad cuando notoriamente se peca de un modo grave y escandaloso. Hoy
vemos que es todo lo contrario, el pecado público está a la orden del día
proclamado en las calles, la prostitución; pues qué otra cosa son esas
manifestaciones de "gays", para no decir la palabra más
chocante en castellano, que valdría la pena decirla, para que nos dé asco
y repugnancia.
Pero hasta allá llegamos,
hasta la entronización pública del pecado y no de un pecado público grave
natural, sino peor, antinatural y por eso nefando, para dar un simple
ejemplo de cuan pervertida está nuestra sociedad, que ya no es una
sociedad católica, sino una sociedad impía, pagana, que ha renegado de
Dios.
La sociedad y el mundo
constitucionalmente ya no son católicos, sino impíos y peor aún, han
renegado de Cristo, de la Redención de su Creador. De ahí la gravedad, de
ahí los castigos que vienen y vendrán para que se purifique este mundo y
por eso en este tiempo de Cuaresma nosotros deberíamos acentuar más, por
lo menos de corazón, con el espíritu, esa oposición entre el mundo de hoy
y el mundo católico.
Lo que nos pide la
Iglesia, el Evangelio, como otrora, cuando los pueblos se guiaban por
Evangelio, que era el paradigma de las leyes, de los Estados, de los
pueblos y de los reinos; eso tuvo un nombre mal denominado como Edad
Media, pero que fue en realidad una edad de esplendor espiritual y de
santidad, aunque hubo pecados, porque siempre habrá pecados mientras
estemos en esta tierra, pero el pecado no era erigido como hoy, con
derecho de ciudadanía.
Una cosa es ser pecador y
reconocerlo y otra cosa es esgrimir el pecado como una bandera a la cual
se tiene derecho basándose en la libertad del hombre, en la libertad de
conciencia, o en la dignidad de la persona humana. Eso ya es una
subversión, es proclamar el mal impugnando el bien; hay una completa
revolución y un completo trastrocamiento de todo el orden establecido por
Dios y es en ese orden completamente subvertido en el que vivimos hoy y por
tal motivo un verdadero católico no puede estar de acuerdo con el mundo
de hoy, porque si lo está será arrollado por él, y de ahí el gran
sacrificio, la gran abnegación y la gran valentía de poder permanecer
fieles a Cristo en un mundo impío y apóstata. En esta santa Cuaresma,
como nunca, debemos hacer sacrificios, ayunos, abstinencias, privaciones
voluntarias, para poder expiar un poquito de nuestros pecados que si no
los expiamos aquí los expiaremos en el purgatorio -si es que nos
salvamos-; también expiar por todos esos desmanes públicos que dan
escándalo y corrompen a los inocentes y los llevan al camino de la
condenación.
Escuchábamos en el
Evangelio de hoy la triple tentación de Nuestro Señor Jesucristo,
tentación que tuvo lugar después de haber ayunado durante cuarenta días y
cuarenta noches, y llevado por el espíritu al desierto, a la soledad, una
vez bautizado. En realidad, El no tenía ninguna necesidad de bautizarse,
lo hacía para dar el ejemplo a seguir. Se va al desierto, a la soledad,
para mostrarnos que después de recibir un sacramento tan grande como el
bautismo no debemos de alegrarnos en las cosas del mundo, sino ir a
regocijarnos en la soledad con la intimidad de Dios, ese es el desierto.
No nos imaginemos que fue un desierto como el Sahara, era una montaña,
una cueva en una montaña, cerca de Jericó, donde estuvo Nuestro Señor
retirado y ayunando.
A los cuarenta días es
tentado por el demonio, cuando retorna el hambre de una manera atroz,
según dicen los sabios que antiguamente practicaban ese ayuno -práctica
que ya se ha perdido-, porque ese ayuno no es que sea sobrenatural, es
del todo natural y tiene su química, su técnica, que consiste en que
después del tercer día cesa el hambre y el cuerpo comienza a alimentarse
de sus propias reservas, pero no puede ser extendido a más de cuarenta
días porque vendría la muerte. Cuarenta días es lo que aproximadamente
dura vivo un glóbulo rojo, esa es la explicación de cómo naturalmente no
sólo Nuestro Señor sino también Moisés y muchos en el Antiguo Testamento
hicieron ese ayuno. Imitación de ese ayuno es la parodia del Ramadán de
los musulmanes, que vergüenza debería darnos. Ellos, en su error, son más
firmes en sus tradiciones que nosotros los católicos. Lo que ahora nos
presenta la Iglesia como ayuno es muy mitigado por la misma
debilidad del ser humano; entonces hagamos esos ayunos mitigados y
minimizados por esa condescendencia que tiene la Iglesia con sus hijos
débiles, por lo menos tratar de cumplirlo, hacer el deber ya que en ese
esfuerzo espiritual Dios se complace, nos hacemos más dignos y aceptos a
Dios, es como una pequeña sonrisa que le da un bebé a su madre; hagámosle
ese gesto, esa pequeña sonrisa a Dios a través de esas pequeñeces, de
esos sacrificios, para que seamos más aceptos a Dios.
Satanás aprovecha
entonces el momento crucial para tentar a Nuestro Señor Jesucristo y El
permite la tentación para darnos un ejemplo. Él hubiera podido sacar a
patadas a este sinvergüenza, pero no, aceptó el reto y la humillación, y
no lo sacó a patadas, sino que lo dejó, y no solamente lo dejó sino que
permitió que lo llevase volando hasta el pináculo del monte donde le
mostró todo el poder del mundo.
Qué humildad la de
Nuestro Señor y qué gran ejemplo quería Él darnos en esta triple
tentación, que a la Iglesia y a cada uno de nosotros nos llegará el día,
la Iglesia será tentada de igual modo; ¿cuál era el objeto de esa
tentación?, ¿por qué Satanás quería tentar a Nuestro Señor? Hay una sola
explicación, la duda infernal que tenía el demonio de saber si ese Cristo
era o no era Dios; por eso le tienta, porque si él supiera que era Dios
jamás lo tentaría, pavor le daría; y si supiera que era un simple hombre
tampoco le hubiera tentado, era uno más del montón.
¿Por qué tenía la duda
Satanás? Simplemente porque él podía conjeturar con su inteligencia
angélica que era Dios, pero no podía creer que era Dios, podía conjeturar
naturalmente, pero sobrenaturalmente él no podía creer, por la sencilla
razón de que los demonios y las almas condenadas no tienen fe y sin la fe
ni los ángeles ni los hombres ni criatura alguna puede tener la certeza
de que el hombre Jesús es Dios, solamente por la fe; y si se la tiene por
conjetura como la tienen los protestantes, no es fe, es conjetura
natural, pero no es producto de la fe porque la fe me la da Dios a través
de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, fuera de la cual no
hay salvación. Ese es un dogma esencial que dicho sea de paso, es negado
hoy por la jerarquía de la Iglesia.
¿Por qué negado? Negado
por el ecumenismo que convalida todas las falsas religiones, en pie de
igualdad, con derecho a salvación al igual que la Iglesia Católica,
designio masónico judaico. Lo que la masonería y el judaísmo siempre han
aborrecido ha sido que la Iglesia se proclame la única depositaría de la
verdad, con absoluta exclusividad; eso no lo toleran el modernismo ni el
progresismo ni la masonería judaica, ni lo tolera el liberalismo. Y de
ahí el odio a la Tradición, a la Sacrosanta Tradición, de ahí el odio a
la Iglesia y de ahí la grave responsabilidad de aquellos jerarcas que se
asocian no a Cristo sino al Anticristo para impugnar los dogmas
fundamentales de la religión Católica, Apostólica y Romana. Por eso
nosotros somos los verdaderos católicos apostólicos romanos, porque
guardamos la Tradición Católica, y Tradición Católica Romana con la Misa
romana, con la Misa de San Pío V, que es la Misa romana, que es la Misa
de los Papas de Roma; por eso el odio contra la Misa tridentina, contra
la Misa llamada de San Pío V, la Misa de siempre que es la Misa romana,
del rito romano y de ahí la gran persecución y el gran pecado de la
jerarquía actual que se niega a reconocer eso y dicho sea de paso
también, que Roma verbalmente ha negado esa condición.
La Roma actual, donde todo
se permite menos ser católico, apostólico y romano íntegro y por eso la
persecución a la Santa Misa romana tradicional, por parte de las más
altas jerarquías de la Iglesia Católica, o lo que aparenta ser la Iglesia
Católica, porque para ser Iglesia y pertenecer a la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana hay que ser fieles a Nuestro Señor, fieles a la
Tradición, fieles a los apóstoles y ellos son infieles, desertores
encubiertos bajo el título de la autoridad y de la investidura, cosas que
no utilizan para Dios, sino para Satanás, desconociendo que toda
autoridad viene de Dios; eso es dogma de fe, la autoridad no viene del
hombre, ni aun en el orden natural y he ahí que con el nombre de Dios
crucifican a Dios; esa es la Pasión de la Iglesia, que se sirve a Satanás
y se cae en esa tercera tentación.
La primera tentación fue
la de ofrecer el pan para saciar el hambre haciendo un milagro y así
descubrir Satanás si era o no Dios, porque solamente Dios hace milagros;
eso lo sabe bien el demonio, aunque él hace parodias y no milagros,
aparentes milagros, prodigios, que no hay que confundir con milagros.
Nuestro Señor le dice: "No sólo de pan vive el hombre..."; no
seamos pancistas, no pensemos con la barriga sino con la cabeza. "No
sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios", ese es el verdadero pan de vida y que debe ser el pan nuestro
de cada día, la palabra de Dios, sin tergiversaciones, sin compromisos,
sin adulteraciones, como hoy se hace, adulterando la palabra de Dios, adulterando
la verdad, adulterando el pan de vida que es la palabra de Dios ¡Cuan
criminales son aquellos que hacen eso!
La segunda tentación, no
estando satisfecho el motivo por el cual Satanás tentó a Nuestro Señor:
le toma y lleva hasta el pináculo del templo donde le desafía a que se
tire, pues escrito está que "no dejará Dios que tropiece con ninguna
piedra y mandará a sus ángeles..." ¡Maldito el demonio que conoce al
dedillo las Escrituras! Parecido a los protestantes, que no las conocen
al dedillo, pero las conocen más que algunos católicos; aunque ese
conocimiento tampoco sirva porque hay que darle el verdadero significado
y Satanás aquí estaba invirtiendo el sentido.
Nuestro Señor pronto le
replica con otro pasaje de la Escritura: "Escrito está: no tentarás
al Señor tu Dios". Porque no hay que tentar a Dios exponiéndose al
peligro, ponerse al borde del abismo y decir Dios me va a salvar; ponerme
en ocasión de peligro y de pecado y decir Dios me va a socorrer. Eso es
tentar a Dios y eso y eso es lo que hace el demonio, por lo que Nuestro
Señor, lejos de revelarle su identidad, lo confunde más a Satanás, y el
bandido, ya viéndose derrotado, no pudiendo sacarle palabra, expide diabólica
y maquiavélicamente el último recurso, la tercera tentación:
hacerse adorar como si fuese Dios; toma a Nuestro Señor y lo lleva a un
monte muy alto desde donde le muestra el poderío de este mundo,
manifestándose como el príncipe.
Nuestro Señor, quien le
hubiera podido decir: "Este mundo no es tuyo, no seas
mentiroso", según comentan algunos Padres antiguos, Nuestro Señor le
concedió que en cierta forma fuese el dueño o el príncipe de este mundo,
que tenía dominio, poder; porque cuando él fue creado como ángel de luz
tenía por encargo todo el cosmos y el universo reinante o por lo menos a
su cargo la vía Láctea o el sistema solar, o simplemente esta tierra. Por
tanto, como príncipe de este mundo pudo ofrecerle todo aquello, por el
poder que, aunque caído, ostentaba como ángel.
Nuestro Señor, lejos de
dejarse tentar por el poderío, las riquezas y el oro del mundo, le
ordena: "Vade, Sátana; scriptum est enim: Dóminum Deum tuum
adorábis, et illi soli sérvies" (Vete de aquí, Satanás, porque
escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a El servirás). Y fue
vencido el demonio, y los ángeles sirvieron a nuestro Señor.
Debemos tener presente
esa triple tentación para no caer en ella, para que la Iglesia, al igual
que Cristo, siendo el Cuerpo Místico de Cristo, no caiga tampoco en esa
triple tentación, porque si miramos los acontecimientos vemos que está
cayendo no ya en la primera y la segunda, sino casi en la tercera.
Procurar pan, que la Iglesia sea la solución económica de los pobres, que
la Iglesia sea una institución socioeconómica y no sea para proveer el
pan de vida de la palabra de Dios, en eso se han convertido los
progresistas; la teología de la liberación es producto ideológico de esa
primera tentación.
La segunda tentación que
Nuestro Señor se lance, se despoje, se tire al abismo. ¿Y es que no se ha
tirado ya al abismo la Iglesia con el Concilio Vaticano II, despojando a
la Iglesia de lo sacro, de lo santo, de lo sublime, para bajar al abismo
del hombre y ser la religión, los derechos y la libertad del hombre?
Despojar a la Iglesia de su Misa, de su culto, de sus Santos,
arrojándose al abismo de lo mundano; ese es un hecho evidente para aquel
que tenga un mínimo de fe.
Y la tercera tentación es
la de adorar a Satanás por aceptar el imperio, el dominio, el poder, las
riquezas de este mundo. ¿Acaso no vemos a la Roma de hoy embebida,
maniatada con el poder del mundo sacrificando a Dios para terminar por
adorar a Satanás y al Anticristo? ¿No es esa la obra que llevan a
cabo hoy cuando persiguen a la Santa Tradición, cuando persiguen a
Monseñor Lefebvre, y a Monseñor de Castro Mayer? Dos Obispos que quisieron permanecer fieles a
Nuestro Señor.
Si yo tuviera una
entrevista con el Papa o con un Cardenal, le diría: ¿A qué Iglesia
pertenecen, a la de Cristo o a la del Anticristo, a la de Dios o a la de
Satanás? Porque no hay término medio, mis estimados hermanos; la verdad
es una y es indivisible: o se ama a Dios o se le odia; ese es el
infierno, odiar a Dios. Y si ellos persiguen la Santa Misa romana y nos
persiguen a nosotros, bienvenida sea esa persecución, pero sin ningún
compromiso, sin componendas, para que muramos íntegros dando testimonio
con nuestra sangre de la fidelidad a Nuestro Seño; allá ellos con su
pecado, con su adoración a Satanás por los poderes de este mundo que da
asco ver como se esgrime el poder en el Vaticano, para la gloria de este
mundo y no para la gloria de Dios; por eso no sería ningún honor hoy
pertenecer al cardenalato, tener grandes puestos, porque todo eso implica
una corrupción, haberle vendido el alma al demonio, "todo esto te
daré si de rodillas me adorares". Ellos han recibido del demonio ese
poder de este mundo con sus reyes para adorarle y crucificar a Nuestro
Señor. ¡Qué deicidio! Peor que el de los judíos. Eso nos lo debería hacer
ver la fe y la meditación en este tiempo de Cuaresma que se inicia este
domingo con la triple y fallida tentación, para que no caigamos en ella y
sepamos mantenernos fieles a Cristo, a Dios y a la Santa Iglesia
Católica, Apostólica y Romana.
Pidamos a Nuestra Señora,
la Santísima Virgen María, el ser fieles como Ella ante la Pasión y la
Crucifixión de Nuestro Señor. Mientras los demás apóstoles se fueron
corriendo despavoridos, Juan estaba pegado a la falda de la Santísima Virgen
María; que así estemos nosotros como San Juan, pegados a la falda de la
Santísima Virgen María, Nuestra Señora, para permanecer de pie y firmes
ante la segunda crucifixión de Nuestro Señor en su Cuerpo Místico, la
Iglesia. +
Sermones
“La verdad os hará libres”
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