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VIGILIA DE NAVIDAD 24 de diciembre de 2000 Padre Basilio Méramo |
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Vemos en el Evangelio de hoy la gran tribulación de San José como esposo justo y casto de la Santísima Virgen María. Viendo en Ella a su esposa, una mujer santa, y siendo casados en la virginidad, está encinta. Esa noche oscura de San José ante el misterio de la Encarnación que él ignoraba y que la Santísima Virgen conocía por la revelación que le hiciera San Gabriel Arcángel [1]?.San José desconocía ese gran misterio, y la Santísima Virgen no podía revelárselo por el pudor de no manifestar las cosas de Dios, y porque también correspondía a Dios revelárselo a aquellas personas que era necesario que lo supiesen. Entonces, la Santísima Virgen María guardaba el secreto, quizás dolorosamente, esperando que se hiciera la voluntad de Dios, a pesar de lo que pudiera pensar su esposo entre tanto, y esa era la tristeza, dolor y confusión de este santo justo San José. Hasta que un ángel, en sueños, le reveló el misterio y le dijo que tomara a María en su casa pues lo que en Ella era concebido, obra del Espíritu Santo era. Estableciendo un paralelo con la Iglesia Católica, este hecho viril de San José nos debe servir de ejemplo, sobre todo en estos tiempos. La Virgen era inmaculada, pura, virtuosa; San José lo sabía, y sin embargo la ve encinta; naturalmente eso es imposible. ¿Qué hace, entonces? No la ultraja, no la vilipendia, pero tampoco se queda al lado de Ella sino que, virilmente, se separa. Eso es lo que acontece con un hombre cuando ve algo que contradice el curso normal de las cosas y no lo entiende; toma distancia en silencio, no lo justifica, como hubieran podido pensar muchas almas falsamente piadosas. "... y por qué San José no pensó que pobre su mujercita... y que Dios sabrá"; ¡no señor! No lo pensó sino que actuó virilmente, siendo un hombre justo, casto, puro, santo y tan santo, que fue digno de ser esposo de la Virgen María para custodiar su virginidad, y sin embargo, pensó separarse de Ella en silencio y, con el dolor de su alma, no acepta hasta que Dios interviene. Y la contradicción aparente que había allí según las leyes naturales, y digo que sirve la comparación con lo que hoy acontece en la Iglesia Católica, la única Iglesia verdadera, divina, la única Iglesia de Dios, la única Iglesia de Cristo, inmaculada, pura, sin pecado, sin mancha, porque su cabeza es Cristo; pura en su doctrina, sacramentos, liturgia, y que hoy la vemos manchada, profanada, preñada de errores; eso no puede ser; teológicamente es una contradicción, es inadmisible e inaceptable porque la Iglesia es indefectible. Evidentemente, hay un misterio que no es un misterio de sabiduría, sino misterio de iniquidad, y ¿qué es lo que corresponde? Diría yo: la actitud viril de San José. Separarse de esa Iglesia preñada de errores y no darse explicaciones como hacen modernistas y liberales, como hacen todos aquellos que quieren justificar el error en las entrañas de la Iglesia. Sería una herejía, porque no se puede aceptar una Iglesia putrefacta; es impensable, inadmisible. La actitud viril no es la de sacerdotes aparentemente piadosos, por ejemplo, los que siguen el movimiento Mariano del padre Gobbi contra el cual sólo albergo una duda: si son tan piadosos, cómo pueden ser legión de la Santísima Virgen María, cuando dicen la nueva misa que es producto de una liturgia profanada, protestantizada, desacralizada y consideran cismático a Monseñor Lefebvre. Asimismo, todos aquellos sacerdotes buenos, pero que justifican el error dentro del seno de la Iglesia y no tienen la virilidad de San José: tomar distancia y aferrarse a lo seguro que es la sacrosanta Tradición de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Es lo que, entre otras cosas, ha hecho monseñor Lefebvre; no aceptó jamás esa Iglesia que se presenta preñada de errores, siguiendo fiel a la Iglesia de siempre, a la única verdadera Iglesia en definitiva. He ahí el misterio de iniquidad y la obra de Satanás y he ahí lo que les falta a todas aquellas revelaciones, sean verdaderas o no, pero que si no ponen el dedo en la llaga me reservo el derecho de no dar mi asentimiento pleno a ellas. Vuelvo a colocar el ejemplo del padre Gobbi, cuyo libro está lleno de manifestaciones de la Santísima Virgen, todas muy buenas, pero le falta una sola cosa: no pone el dedo en la llaga, no señala al culpable, a los responsables, sino que los cubre impunemente con un manto. Señala todos los errores, la confusión, las tinieblas y todo lo que vemos que pasa, pero habla del Papa como si fuera su hijo predilecto; está bien, porque todo Papa es el hijo predilecto de Nuestra Señora como vicario de su Hijo, pero otra cosa es querer justificar lo que concretamente han hecho Papas como Pablo VI y Juan Pablo II, principales responsables de la crisis actual; eso Nuestra Señora no lo puede cubrir, ni ocultar con su manto, porque ningún Papa puede ir en contra de sus antecesores proponiendo otra interpretación, otra doctrina, otra religión, y ese es el grave error que veo en conciencia delante de Dios. Y lo que digo de él equivale para todas las otras revelaciones que puedan ser de Nuestra Señora. Digno entonces de imitar el virtuosismo de San José ante el gran misterio, si es que queremos permanecer fieles a la Tradición, que es indefectible, infalible, aunque en verdad hay que decirlo: somos considerados en su fuero interno por el clero secular y la jerarquía oficial como si fuéramos cismáticos, y yo diría ¡en buena hora! Porque, si ellos que se consideran a sí mismos hermanos separados de los herejes luteranos y protestantes, hermanos menores de los judíos deicidas; si se consideran hermanos de todos aquellos infieles, legítimamente yo no puedo considerarme hermano de aquel que tiene por hermanos a los hijos de Satanás; eso no puede ser, tiene que haber una distinción, una diferencia. Y monseñor Lefebvre lo decía, muy discretamente, pero lo decía. Se lo escuché siendo Superior en España, pero encontrándome en el seminario en Ecóne, Suiza, cuando un reportero quiso hablar unas palabras con Monseñor para la televisión de España, Monseñor le contesta a una de sus insidiosas preguntas: "Si hay algún cismático ese no soy yo, son ellos los que cambian, los que enseñan otra cosa distinta a lo que hasta ahora ha enseñado la Iglesia". Es decir, que si ellos, el clero, la jerarquía actualmente, llega a considerarnos cismáticos, eso es como si ellos "escupieran para arriba", les caería en la cara. Porque si hay un cisma, el cisma lo hace el que cambia, el que traiciona en definitiva la religión de Nuestro Señor Jesucristo, y los que traicionan la religión de Nuestro Señor son ellos y no nosotros que somos los hijos más fieles y más obedientes a la Iglesia y al papado. Cuando digo al Papa, me refiero a todos los Papas, al papado de la Iglesia Católica y no al Papa de turno que puede claudicar, que puede traicionar; eso hay que tenerlo claro; por eso monseñor Lefebvre se consideraba siempre obediente al Papa en tanto es Papa, sólo Pontífice de la Iglesia Católica y no en cuanto que como Papa de turno podía ser bueno o malo, o santo. Hay que distinguir en aquellas personas que ocupan un cargo en la jerarquía de la Iglesia, la persona pública (oficio, rango, investidura, etcétera), de la persona privada, jerarquía de la Iglesia, aun la del Papa, para poder discernir ante la crisis espantosa que desgarra las conciencias de los fieles. Que la gracia de Dios y la compañía de la Santísima Virgen nos guarden y protejan. + |
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