CUARTO DOMINGO DESPUÉS DE PASCUA
18 de mayo de 2003
| Padre Basilio Méramo |
Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:
En
este cuarto domingo después de Pascua de Resurrección, tiempo que es de
consolidación de la Iglesia, antes de la Ascensión de nuestro Señor,
después de los cuarenta días de su Resurrección, los apóstoles y la
Iglesia reciben la consolidación que culminará con la venida del Espíritu
Santo.
En
el Evangelio de hoy veremos, pues, que los apóstoles están tristes
porque nuestro Señor ya los estaba instruyendo sobre su Pasión, su
muerte, su agonía. Y les anuncia la conveniencia de que Él se vaya al
Padre para enviar al Espíritu Santo, al Espíritu de Verdad, al Paráclito,
el consolador. Pero con esta palabra no está exactamente expresado el término,
ni lo que quiere decir paráclito, que más que consolador, como dice el
venerable padre Castellani, quiere decir: el que sostiene, nos reafirma,
nos consolida desde adentro.
O
sea, que no es ese sentido sentimental de consolación, de paño de lágrimas,
sino de esa fortificación interna, espiritual, de solidez, firmeza de
afianzamiento interior; eso es lo que traduce el término paráclito, la
verdad, la palabra de Dios y que se manifestará en el Espíritu Santo.
Nuestro Señor quiere disipar esa tristeza pasajera de los apóstoles
ante todo lo que Él les había anunciado. Pesar que de paso es inútil y
malo, sobre todo cuando es profundo; la única aflicción buena y que
viene de Dios es por el pecado, el dolor, el arrepentimiento de haberlo
ofendido; toda otra viene del demonio y es mala, como la producida por
cosas de este mundo, por no poseer bienes materiales, y una tristeza honda
puede llegar a la misma muerte.
Debemos
entender esta lección para no dejarnos llevar en este mundo por cosas inútiles,
por el mismo demonio que nos vuelve tristes y nos deprime; y vaya si el
diablo no aprovecha las depresiones para desequilibrar a la gente; de allí
la necesidad de esa consolidación y afianzamiento interior más que
consolación sentimental, que el hombre necesita y que Dios nos promete a
través del Espíritu Santo, y con esa garantía darnos la alegría no
solamente a los apóstoles sino también a nosotros.
Porque mucho más que decir nuestro Señor,
pero no las dice, sino que las señalará a través del Espíritu Santo;
por eso la urgencia de la Iglesia. No es como los protestantes, que
cuentan solamente con la Biblia, pero no todo está en ella, en el
Evangelio, sino también lo que se dirá a través del tiempo por medio
del Magisterio infalible de la Iglesia, no para que nos hablen de lo que
no es de la competencia de la Iglesia, sino de la Palabra de Dios y de allí
la infalibilidad de la Iglesia cuando la transmite y para eso ha sido
instituida en ese Espíritu de verdad, como dice Santiago apóstol en la
epístola de hoy: “Nos ha engendrado con la palabra de la verdad”, la
palabra divina.
Por eso el católico es verdadero, tiene que
serlo, tiene que ir con la verdad por delante y por eso la mentira es
odiosa a Dios y aun la venial porque falsifica la veracidad y nos prepara
para que seamos de un espíritu falso como lo es el mundo, el demonio.
Antaño, un hombre se caracterizaba por ser
una persona de honor, es decir, que se sostenía en la exactitud de su
palabra, porque era palabra de hombre. Hoy eso no existe porque no hay
verdaderos hombres, todo el mundo miente, disimula y eso no puede ser. Es
faltar a la verdad y lo que es peor, cuando esos que mienten y disimulan
son los investidos con la autoridad de Dios, como el clero, los curas, los
sacerdote. Entonces, ¿qué se va a esperar de los fieles? Por eso no es
admisible la mentira, ni aun la pequeña, descartando la mal llamada
mentira piadosa, que no existe; distinto es que uno no pueda decir toda la
verdad y entonces haga una restricción mental sin mentir. No dice todo o
dice algo que es ambiguo, pero no una mentira que falsea la relación
humana y la relación con Dios. Porque hemos sido engendrados en el Espíritu
y en la palabra de verdad y por eso la asistencia y la necesidad del Espíritu
Santo.
Pero
para que viniera el Espíritu Santo nuestro Señor tenía que marchar,
ascender de nuevo a los cielos, subir al Padre llevando su naturaleza
humana en estado glorioso. El Evangelio nos dice que así el mundo se
convencerá de la injusticia, o mejor dicho, de la justicia, porque va al
Padre, porque Él es justo, es decir, es santo. Y los judíos no querían
reconocer esa santidad, esa equidad de nuestro Señor. Entonces se
convencerá el mundo de ello, porque va al Padre y lo que está con el
Padre es justo y santo como el Padre eterno. Se convencerá de su pecado,
de su iniquidad por no haber creído en nuestro Señor, por no haberlo
aceptado, por no haberlo reconocido.
Ese
es el pecado del mundo, el de los judíos, la perfidia judaica, el
asesinato más grande, el de deicidio, matar a Dios por no haberlo
reconocido. Y por ese yerro Satanás ya está juzgado. Muestra así
nuestro Señor la victoria sobre el maligno, aunque a nosotros nos toque
sufrir los coletazos diabólicos del infierno, pero sabemos que la
victoria ya la obtuvo nuestro Señor.
Y
entonces con esto no solamente anima a los apóstoles sino a nosotros
durante todo el transcurso de este peregrinar, porque es un viaje. Ese el
significado de las procesiones, no es dar el paseo por ahí para salir con
banderas, sino para manifestar la fe en que vive el católico en este
mundo, en esta tierra, porque la verdadera patria está en el cielo, donde
está el Padre eterno, donde está nuestro Señor Jesucristo.
Nuestro
caminar en la tierra tiene que estar entonces en consonancia con Dios, con
su palabra, que hoy está siendo tergiversada, adulterada, profanada,
violada y he ahí el gran drama de estos tiempos. Pero la verdadera
Iglesia, el católico auténtico, conserva el espíritu de la verdad en el
cual fue engendrado, como nos lo recuerda Santiago apóstol hoy en la epístola.
Por eso hay que meditar, hay que leer el Evangelio, las Escrituras, o, por
lo menos, reflexionar sobre
esos trozos o pasajes que corresponden a la Santa Misa, para que así
nuestra espiritualidad se afiance y nos afirmemos en la verdad y no en la
bobería, en la tontería; que tengamos legítimo espíritu conforme al
Evangelio porque allí está la Palabra de Dios y así podamos atravesar
este largo peregrinar que nos parecerá corto cuando haya acabado, cuando
hayamos llegado al término.
Pidamos a nuestra Señora, a la Santísima Virgen, que nos conserve hoy y siempre en este espíritu de verdad, en ese espíritu de Dios, en el Espíritu Santo que es el alma que vivifica a la auténtica Iglesia. +
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