DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

23 de febrero de 2003

Padre Basilio Méramo
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   Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:  

   El domingo de Sexagésima pertenece al grupo de los tres domingos que conforman el preludio y la preparación de la Cuaresma. Tiempo en que nos disponemos a hacer ese retiro cuaresmal al cual la Iglesia quiere que lleguemos dispuestos, no de golpe y por eso como una antesala, como una preparación, antepone este tiempo de tres domingos: Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima. De este modo entramos a la gran Cuaresma con espíritu de penitencia, de oración, de sacrificio y de ayuno.

   Anteriormente esos eran los retiros. Antes de que existiera San Ignacio los fieles hacían estos retiros, no hubo que esperar hasta el siglo XVI, sencillamente existían y no de treinta días sino de cuarenta días de ayuno, de oración y de penitencia; esos eran los grandes retiros cuaresmales de la Edad Media. Luego, para suplir el olvido, la deficiencia, la dejadez y para facilitarlos, se hicieron como los conocemos ahora, pero el espíritu de retiro de la Iglesia no lo debemos olvidar.

   Antiguamente incluso no se guerreaba durante la Cuaresma, no se condenaba a nadie a muerte, se paraba en cierta forma la vida común y corriente para prepararse a la Cuaresma y Pascua de Resurrección de Nuestro Señor. Es importante entonces que nosotros lo recordemos, más aún en el mundo en que vivimos que aunque no lo queramos admitir, ese mundo nos absorbe. Y al primer fiel que me diga que miento, le pregunto que si tiene televisor en su casa y si me contesta que sí, pues muy bien, ahí está la prueba. Por eso monseñor Lefebvre no quiere ni quería que hubiera televisores en las casas de la Fraternidad, porque no es solamente el mundo quien entra a la casa sino hasta el mismo Satanás, con toda la pornografía y la desfachatez, cuando no la estulticia bombardea a grandes, niños, viejos y enfermos.

   Si eso no fuera mundo no nos quitaría la capacidad de oración, de contemplación y de sosiego que necesita el alma para estar en la presencia de Dios, eso no lo podemos olvidar. De nada sirve venir aquí una hora y estar veinticuatro con el televisor en la casa y amén de la calle; entonces, ¿cómo no vamos a estar absortos en un mundo impío que nos aleja de Dios? Y no hace falta cometer grandes pecados o que parezcan grandes pecados a la vista de todo el mundo, basta la excitación, la distracción, el apego a todo lo que no sea Dios, causándonos fastidio y pereza todo lo que nos recuerda la virtud, la pureza, la santidad. ¿Por qué creen que el mundo anda como anda? Porque a la gente le gusta todo aquello que halaga sus apetitos, sus instintos, sus caprichos, y después se contentan creyendo que basta con decir alabado sea Dios y sanseacabó y todo el mundo contento. Eso es protestantismo puro. No todo el que dice ¡Señor, Señor! entrará en el reino de Dios. La parábola de hoy deja una gran lección a los apóstoles y a todos aquellos que predican la palabra de Dios para que no se entristezcan, no sucumban ante el poco fruto de la predicación, de la evangelización, y también por otro lado para que veamos el porqué de esa pérdida de la semilla de la palabra de Dios que es igual para todos, que la lanza a diestra y siniestra sin importar el terreno, para que nadie diga que no tuvo la ocasión, que no tuvo la oportunidad. La lanza en todas partes a lo largo del camino, a la vera del camino, sobre piedras, sobre espinas, sobre lo que fuere. Pero ese terreno es nuestra alma y según la disposición de esa alma, de ese terreno, fructificará o no la palabra de Dios que es el Verbo Encarnado, que es Nuestro Señor Jesucristo y no cualquier dios ni cualquier monigote de cualquier religión, de cualquier creencia, sino del Cristo de la revelación.

   Por eso no son lo mismo todas las creencias, todas las religiones como el ecumenismo herético que hoy así le hace creer a la gente, es una aberración. Esa simiente que cae a la vera del camino, a la orilla del camino, nos explica que por superficialidad, por la vanidad, cuántas almas oyen la palabra de Dios, vienen a esta capilla, pero vienen superfluamente, vanamente, es un hecho; esa es la semilla que se pierde a la vera del camino, a la orilla del camino, donde no hay profundidad. A esa superficialidad es a la que colaboran hoy los medios de comunicación masiva, la televisión, la radio, la música, los periódicos, las revistas. La gente no tiene profundidad ni para pensar ni para querer ni amar a alguien o algo que valga la pena; todo pasa, todo es desechable, se consume y a la basura. La otra parte, que cae entre piedras, corazones duros podríamos pensar, o difíciles, oyen con alegría y, sin embargo, no echan raíces; esa semilla que no echa raíces nos muestra la flojedad, el árbol sin raíces o con raíces flojas se cae, y así pasa con nuestras almas que por flojedad, por inconsistencia se pierde la palabra de Dios.

   La semilla que cae entre espinas, podríamos asumir que es toda la solicitud terrena, la preocupación terrena, sean los placeres, sean las riquezas, sea lo que fuere, se puede sintetizar en esa preocupación desmedida de la solicitud terrena, preocupados por este mundo. Preocupados de un modo desordenado, haciendo nuestro fin de esta preocupación terrena que no deja elevar nuestra mirada al cielo para que nos demos cuenta de que estamos aquí sólo de paso, que la vida es como un puente que hay que aprovecharlo pero no fijar sobre él la morada; por eso estamos en el camino, en la vía hacia la verdadera patria que es el cielo y no esta tierra.

   En este mundo no hay paraíso, en este mundo que prodigará algún día la falsa paz del Anticristo solucionando el problema económico, político, financiero y social. Por todo lo anterior no debemos dejamos absorber por la politiquería de los buenos ni de los malos políticos, porque la solución no es de los políticos, ni de la política, el redentor del mundo no son los Estados Unidos, ni Rusia, ni los chinos, ni el que quiera sino Nuestro Señor Jesucristo, Rey de las naciones y del universo, y no la prepotencia de cualquier potencia internacional. No caigamos en esa estupidez y sobre todo hoy día cuando ya la política, la economía y las finanzas no corresponden al orden natural sino a un orden inicuo, antinatural y por eso ese desmadre que vemos y que, por supuesto, la falsa solución, la falsa paz la traerá el Anticristo.

   Los católicos debemos tener muy bien visto todo esto, porque el único que puede solucionar el problema es Nuestro Señor. El problema terreno no se solucionará hasta que no se solucione el problema religioso espiritual. El problema de Dios, de la correspondencia al amor de Dios, en el cual se juega nuestra eternidad, nuestra salvación eterna o nuestra condenación eterna, y lo peor del caso es ver a la Iglesia oficialmente comprometida con este mundo, con las cosas de este mundo, y no con las cosas de Dios. Por eso se descuida el culto verdadero, por eso se trata de hacer este ecumenismo sincretista que mancomuna a los hombres sin dogmas que dividan, donde cada uno libremente pueda expresar su religión de acuerdo con su conciencia, sin que nada lo constriña y lo obligue a adorar al verdadero Dios Uno y Trino. Todas herejías, una detrás de otra. Pero cuando veamos todas estas abominaciones dentro del lugar santo debemos levantar nuestras cabezas al cielo para implorar la venida de Nuestro Señor, que por otra parte está olvidada, muy tergiversada, falsificada por todo el protestantismo; por eso entonces no nos debemos extrañar ni los fieles, ni los que predican, del poco fruto que tiene la palabra de Dios, porque se pierde tanta semilla por la indisposición del terreno; por eso debemos hacer todo lo posible para que nuestra alma sea un terreno propicio, sin piedras, sin espinas, para que allí se arraigue la palabra de Dios con profundidad y no en la superficie y pueda así producir fruto, el fruto de la verdad, del bien, de la santidad, de la virtud; el fruto de los hijos de Dios, pero no los hijos de este mundo, ni la ciudad de este mundo, sino la ciudad de Dios.

   Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que Ella nos recuerda como Madre nuestra en el cielo, que Ella nos muestra cuál es nuestro verdadero hogar, que no está aquí en la tierra sino allá, junto a Ella, junto a Dios, y que no olvidemos esa fidelidad, para que por perseverancia nos mantengamos así en el buen fruto de la verdad de Dios y podamos salvar nuestras almas y las de los demás en medida en que cada uno esté bien dispuesto a recibir la palabra de Dios. +

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