UNDÉCIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

24 de agosto de 2003

Padre Basilio Méramo
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    Amados hermanos en Nuestro Señor Jesucristo:     

   En este domingo vemos el milagro que hizo Nuestro Señor con el sordomudo; en otras ocasiones Nuestro Señor hizo los milagros e incluso curó a un mudo sin hacer ningún gesto, como vemos que lo hace según el relato de hoy, lo lleva aparte, le introduce los dedos en los oídos, le toca la lengua con su saliva, gime, y dice además "ephethá", que quiere decir abrios o ábrete. Y nos podemos preguntar por qué Nuestro Señor hace todo esto, esa especie de curanderismo, podríamos incluso pensar o creer, para qué todo este ritual, si como en otras ocasiones ya lo había hecho, bastaba hacerlo con una simple palabra o con un simple gesto, sin hacer tanto aspaviento y, más aún, después de hacerlo le pide que no lo comunique, que no lo propague, aunque más se propagaba la publicidad de estos milagros.

   Nuestro Señor claramente quiere acentuar un símbolo, una enseñanza con estos gestos, tanto es así, que en el rito del bautismo que nos da la fe, se toman casi todos estos gestos que hizo Nuestro Señor en este milagro. Y ¿cuál es la razón? Dejamos una lección, una enseñanza no tanto con la palabra sino con los actos, porque los milagros de Nuestro Señor también son parábolas o enseñanzas en acción, como han dicho y hecho ver muchos santos; así quiere mostrar la génesis, el origen de la fe, la fe que es tan importante, que es esencial en la vida sobrenatural, en la vida de la Iglesia, en nuestra vida, en la vida del mundo. El mundo sin fe sería otra cosa y de ahí la necesidad de la fe para salvarnos.

   Así que Nuestro Señor quiere mostrar cómo esa fe se origina en nosotros por medio de la intervención de Dios, porque es un don de Dios, una gracia de Dios, y que viene por el oído, el oído de la palabra de Dios.

   De ahí la necesidad de la predicación de la palabra de Dios, del Evangelio, para que oyendo el Evangelio, el relato de la vida de Nuestro Señor, creamos en El, que El es Dios, el Mesías, el Hijo de Dios, y que no seamos infieles. Por eso hizo todos estos gestos, todas estas gesticulaciones y ordenó que no se dijera, porque la fe no es una cuestión de propaganda, de publicidad, como se vende cualquier pro­ducto, sino que es una conversión interior del alma que se convierte a Dios, que adhiere a Dios, por eso la fe es un don sobrenatural que nos hace adherir nuestra inteligencia a la verdad revelada, a la verdad primera que es Dios bajo el influjo de la voluntad que con la gracia de Dios nos mueve para adherir.

   Y por eso hay un acto libre, y por eso el que no tiene fe, libremente la repudia, la rechaza, no quiere someterse, no quiere que su inteligencia adhiera a la verdad revelada; de ahí el choque frontal del rechazo de la fe, del rechazo de nuestra inteligencia a aceptar la verdad revelada por Dios, que es el mismo Nuestro Señor, es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios, la revelación de Dios, la manifestación de Dios hecha carne, encamada. Eso es lo que el mundo no acepta, se opone y de ahí el estado de permanente lucha y oposición y de contradicción en este mundo mientras exista, no solamente de cada alma frente a Dios sino de todo el mundo frente a Dios y la Iglesia.

   Y por eso la gravedad de la hora presente en la cual el hombre moderno por decisión propia no busca la adhesión a la verdad y mucho menos a la verdad primera revelada que es Dios, lo que busca es adherirse a las cosas de esta tierra y por eso aplica la inteligencia a la técnica, al progreso y a las riquezas de este mundo, al poder y al dominio, pero no busca las cosas de Dios. Al buscar las cosas de Dios todo lo demás vendrá por añadidura, hasta la misma política no puede prescindir de Dios y si prescinde es una política mundana, y eso es lo que pasa en el mundo hoy, cuando los intereses políticos, económicos y sociales no son los intereses del amor a la verdad. Hay que buscarla y encontrarla y una vez encontrada adherir a ella y esa es la gran tragedia.

   Siempre ha sido lo misma, el maldito naturalismo, esa rebelión de la criatura y del hombre contra Dios, aún más, de la natura angélica que se rebela, que no se somete y que por eso no acepta otra verdad que el hombre, y que por eso hoy se predica al hombre, la dignidad del hombre, la persona humana, los derechos del hombre, la libertad del hombre, el culto y la religión giran en torno a esa maldita y apostática libertad del hombre y de la dignidad del hombre. Esa es la maldición del mundo moderno y será la maldición de cada uno de nosotros si apostatamos de ese sacrosanto deber como criaturas, de adorar, de conocer y de rendir culto al verdadero y único Dios de la revelación, y no confundirlo miserable y diabólicamente con cualquier fetiche o ídolo de nuestra imaginación; es un absurdo y es en el fondo una apostasía que culminará con el rechazo de Cristo y ese rechazo pública y oficialmente instaurado dentro de la Iglesia es el Anticristo, el que se opone a Cristo, el que disuelve a Cristo, que no quiere someter, ligar, subyugar su corazón a Cristo y por eso disuelve a Cristo. Es por lo mismo que San Juan dice que el Anticristo es el espíritu o todo espíritu que disuelve a Cristo y que se separa de Cristo, que quiere estar libre de Cristo.

   Y qué libertad no vemos hoy en nombre del hombre, de los derechos humanos, de las Naciones Unidas en contra de Cristo y de la Iglesia, maldito y condenado mundo y por eso este mundo camina al suicidio, ese será el trágico final del hombre ensoberbecido que no quiere adorar y aceptar a su único y verdadero Dios, y ya no son solamente los reyes de esta tierra, los poderosos, los gobernantes, las naciones que se oponen a Cristo, sino que de la misma Iglesia la jerarquía, sus cardenales, sus obispos, sus sacerdotes, sus religiosos, sus religiosas, sus monjes y monjas en la gran mayoría o totalidad, excepto un pequeño rebaño copulan, fornican con los reyes de la tierra, bebiéndose la sangre de los mártires ¿habráse visto mayor postración y desolación en el templo sacrosanto de Dios?

   Pues eso es lo que está pasando, eso es lo que quiere el cardenal Castrillón Hoyos, que claudique ese pequeño rebaño, la tradición liderada por monsñor Lefebvre, liderada por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, para que claudique y fornique con los reyes de la tierra, de este mundo, para sojuzgar la Iglesia, y que el poder espiritual quede en las manos de los poderosos de este mundo. Y eso lo harán no a través de una persecución violenta que generaría mártires, sino de la locuacidad del seudoprofeta, la bestia de la tierra, que con su lengua diabólica y perversa que habla como el dragón pero que tiene imagen de cordero, y llevará a los fieles a la apostasía.

   Es mi deber, sobre todo ahora, cuando me voy, que por lo menos les quede eso de recuerdo, para que cada uno de ustedes sepa defender su fe, a pesar de la jerarquía que nos va a hacer apostatar, claudicar y por eso es un deber de cada fiel conocer su religión para poder defenderse cuando no haya quien predique, cuando no haya sacerdotes valientes, obispos o cardenales que así lo hagan, y hoy no vemos ni un solo cardenal, y obispos muy pocos.

   La gran persecución contra aquellos que, como nosotros, nos esforzamos humildemente en querer acatar la verdad, en querer acatar la Iglesia, en querer ser fieles a Nuestro Señor. Por eso se nos persigue inmisericordemente mientras que todo el resto vive sin problemas, sin persecuciones, porque pareciera que no hay peor cuña que la del mismo palo. Eso lo tienen que tener presente, mis estimados fieles, si quieren salvar sus almas, porque lo más fácil es seguir la corriente, dejarse arrastrar y pintarlo todo con el rótulo de obediencia; que es una traición a Dios, porque primero hay que obedecer a Dios. ¿Con qué derecho un padre puede corromper a sus hijos en nombre de la obediencia, en nombre del cuar­to mandamiento?, absurdo sería porque la obediencia exi­ge la autoridad y la autoridad exige que sea participada de Dios que es el Creador de todo.

   Luego, para exigir obediencia hay que tener esa autoría de Dios, en el nombre de Dios y no para combatir a Dios. Eso es lo que hace legítima la autoridad y la obediencia que se pide en consecuencia, y sin eso no hay obediencia sino obsecuencia o servilismo, y donde hay servilismo no hay obediencia, porque no hay virtud allí donde no hay libertad, las piedras y los animales no son libres, no obedecen, cumplen con instintos la ley de la vida, pero en el hombre, que tiene libertad, es todo lo contrario y esa es la verdadera libertad que nos hace libres, la libertad en la verdad, y por eso la fe (lo dice Santo Tomás de Aquino), tiene por objeto la verdad primera que es Dios revelado y por eso el deber trascendental de cada uno de nosotros, de cada hombre, de cada criatura inteligente de adherir a esa verdad, reconocerla, aceptarla y no liberarse de ella y negar­la para autoafirmarse como lo hizo Satanás, "non seruiam", no serviré, no me someto, no adhiero a la verdad en nombre de mi naturaleza, de mi excelencia, de mi personalidad, de mis derechos. He ahí el primero y gran pecado de herejía, de apostasía, del naturalismo que va cambiando de nombre pero que es en esencia siempre lo mismo y por eso tenemos que estar muy atentos para que no nos engañen, para que no nos dejemos engañar y para que podamos defender nuestra religión como la defendieron tantos mártires en la soledad, en el abandono, en el arrinconamiento, cuando lo más fácil era seguir a los demás.

   Por eso, todo verdadero católico y más hoy día, es un mártir, en potencia al menos, y eso es lo que exige Nuestro Señor, esa capacidad de martirio; es decir, que si es su voluntad estemos dispuestos a morir por la verdad, así como Él murió en la Cruz. Nuestra religión es una religión de sacrificio, eso significa la Cruz y por eso se quiere quitar la Cruz y que haya una religión sin Cruz. Esa Cruz nos la recuerda la Santa Misa, por eso la gravedad de la nueva misa aunque muchos fieles no se den cuenta, porque justamente se trata de camuflar, de disfrazar, que es lo que en realidad está pasando.

   Por eso debemos pedirle a Nuestro Señor cada día la fe, para permanecer firmes en la fe, porque el diablo anda a nuestro alrededor viendo a quién va a devorar y por eso hay que permanecer firmes en la fe, de pie, como Nuestra Señora en el Calvario. Mientras los apóstoles huyeron despavoridos, cobardemente, Ella se quedó allí con algunas piadosas mujeres y San Juan, pero ninguno por mérito propio, sino por estar al lado de la Santísima Virgen María. Por eso la necesidad imperiosa y categórica, sobre todo en estos últimos tiempos, de recurrir a la Santísima Virgen María, para que no claudiquemos y podamos subir al Calvario como Ella, en esta segunda crucifixión de Nuestro Señor en su cuerpo místico que es la Iglesia. Por eso la Iglesia sufre hoy una verdadera pasión, un desgarramiento profundo que se quiere ocultar, pero que vemos con toda la corrupción existente en el mundo y dentro de la Iglesia, en sus ministros y que esa corrupción nos puede afectar a nosotros mismos si no nos mantenemos alertas y vigilantes a buena distancia y en la verdadera humildad que es en el reconocimiento de la verdad; esa es la humildad como lo decía Santa Teresa, la humildad está en la verdad, sin verdad no hay humildad, no hay virtud, no hay fe y, desde luego, sin fe no puede haber esperanza ni caridad.

   Pidamos a Nuestra Señora, la Santísima Virgen María, que nos conserve en esa fe pura de la Iglesia, incontaminada, sin error, porque así es la fe de la Iglesia, pura, sin error, y en esa pureza poder vivir y en la medida de lo posible transmitirla a los demás para la salvación nuestra y la salvación del prójimo y así hacer verdaderamente la voluntad de Dios ayudados por Nuestra Señora, la Santísima Virgen, que también es Nuestra Madre. Pidámosle siempre a Ella para que nos mantenga en ese verdadero fervor y así podamos responder con verdadero amor a Nuestro Señor Jesucristo. +

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