Siempre Unidos
Por: Lily Ramírez.

Capítulo VI
“Entrega,
encuentro y melancolía”
La música sonaba en sus oídos,
el aroma de las rosas inundaba por completo sus sentidos, la magia del amor estaba
haciendo su labor, un beso tierno lentamente fue convirtiéndose en uno más
apasionado, que exigía más de ambos, las manos de ella poco a poco iban
subiendo de su cuello hasta la rubia cabellera de el, revolviéndolos,
acariciándolos, él en cambio seguía su danza sobre la espalda frágil, el mismo
recorrido, de su cintura hasta su nuca, mientras los rizos rebeldes le
proporcionaban caricias a sus manos, aquellas manos que ansiaban con tocar su
piel, aquella piel que desde hace tiempo le quita el sueño.
-
No sabes cuanto te amo
Candy.
-
Dímelo entonces.
-
Te amo, te amo por como
eres, por lo que eres, por lo que me brindas, por ti.
-
Albert!
-
Es la verdad, sin ti mi
vida no tiene ningún sentido, eres el sol que ilumina mis días, mi despertar de
cada mañana.
-
Que cosas tan lindas dices,
si yo pudiera medir mi amor por ti, no me alcanzaría nada, no tiene medida, es
infinito.
-
Porque te quedaste a mi
lado?
-
Porque te amo.
-
Y porque me amas Candy?
-
Por que eres libre, porque eres
tu, porque siempre he contado contigo y porque en mi corazón habitas tu.
-
Soy feliz a tu lado, pero
tengo miedo.
-
A que le temes?
-
A mi mismo, a no saber
quien soy, a recordar quien fui.
-
Eso no importa, tu esencia
es la misma desde que te conozco, tus ojos no tienen secretos oscuros y tu alma
es tan transparente como el agua de un manantial.
Las palabras fueron apagadas
nuevamente por una delicada lluvia de besos, mismos que subían de intensidad,
explorando el rostro amado, lentamente se fueron acercando al lóbulo derecho,
obteniendo un leve estremecimiento como respuesta, cambio la ruta que había
marcado deslizando su labios por el blanco cuello, llegando al lóbulo
izquierdo.
Ella disfrutaba de aquel
contacto, rindiéndose ante aquellas caricias tan nuevas y tan placenteras, su
cabeza completamente hacia atrás daba la libertad que él deseaba, pero sus
instintos habían despertado y no le era suficiente sentir sólo sus labios en
ella, también deseaba corresponderle, sus inexpertas manos las deslizo de la
nuca hacia el amplio tórax, con movimientos torpes inicio un ascenso y
descenso, tomándole desprevenido pero a la vez complacido, el dejo lo que hacía
para disfrutar aquel contacto, tomando aquellas pequeñas manos entre las suyas
las guiaba por su amplio pecho, para luego soltarlas y que sola continuara.
La atrajo lentamente y tomo
sus labios, mientras sus cuerpos se iban deslizando sobre la alfombra, pero en
esta ocasión el beso ya no era tierno, desbordaba toda la pasión que habitaba
en su interior, poco a poco había logrado que ella le permitiera la exploración
de aquella dulce cavidad, su lengua rozaba cada centímetro de aquella boca
tierna y fresca mientras sus manos se deslizaban de sus costados a su espalda y
cuello, mientras que ella iba del tórax a la espalda, las reacciones de ambos
cuerpos empezaban a ser incontrolables, mientras que el calor empezaba a
sentirse, él se detuvo un poco, esperando algún rechazo, algo que le indicara
no continuar, a cambio la respiración agitada y un nuevo beso lo animó a
proseguir.
Las caricias se tornaron
entonces más atrevidas, más intimas, suave y delicadamente el comenzó a
deslizar sus manos hacia los senos, ella se irguió al contacto y el detuvo su
exploración por un segundo, ella abrió sus ojos y con un asentimiento de su
cabeza le indicó que siguiera, despacio empezó a subir y bajar sus manos por
aquellos volcanes, ella se estremecía sin poderlo evitar, llegó nuevamente a la
espalda y deshizo la cinta de su vestido, poco a poco comenzó a desabrochar los
botones, cuando el último cedió llevo de nueva cuenta sus labios hasta
encontrarse con los de ella, bajo a su cuello, llegó a sus hombros y empezó a
presionar levemente al mismo tiempo que iba desnudando ambos hombros con sus
manos, al fin la blancura de su piel estaba bajo sus fuertes y cálidas manos,
poco a poco el vestido iba resbalando por su torso, mientras que ella se
ruborizaba completamente, al fin se detuvo en su cadera, dejando al descubierto
su ropa interior, ella instintivamente se cubrió el pecho con ambas manos
mientras bajaba la cabeza.
-
No temas mi amor, no te
haré daño.
-
Lo siento, yo.. yo no se..
que debo hacer en estos casos.... – respondía completamente avergonzada.
-
No te apenes, yo tampoco se
que hacer.
-
Aprendamos juntos entonces
– respondió tímida pero decidida.
-
Estas segura?
Por toda respuesta ella se
levanto y dejo caer completamente su visto a la alfombra, mientras que esos
ojos azules analizaban su anatomía, aun quedaba la ropa interior pero el verla
así, a placer, lo estaba excitando demasiado, el también se incorporó e inició
a desabotonar su camisa, ella lo observaba embelesada, el rubor de sus mejillas
la delataba pero estaba segura de lo que quería, cuando hubo desabrochado su
pantalón ella desvió la mirada nerviosamente, el aprovecho para desprenderse de
la prenda y acercarse a ella.
Tomo su rostro con su mano y
gentilmente la giró hacia él, beso sus labios mientras ella empezaba a
relajarse nuevamente, besos tiernos que buscaban encender de nuevo esa pasión
que minutos antes había en ella, gradualmente la intensidad de los besos fue
subiendo, hasta obtener la respuesta deseada, pronto sus caricias se
intensificaron, esta vez para no detenerse, poco a poco fue soltando las cintas
del corsé, mientras ella deslizaba sus manos en su espalda, provocándole
descargas abrumadoras y hacían crecer su deseo, si por el fuera en ese momento
la tomaría pero sabía que era su primera vez, quizá también la de él, así que
no apresuro las cosas y siguió deleitándose con aquel intercambio de caricias,
el corsé cedió y el quedo fascinado al poder contemplar libremente aquellos
voluptuosos senos blancos que subían y bajaban conforme la respiración de ella,
despacio acerco sus manos hasta cubrirlos, demasiado hermosos, demasiado
vírgenes, en su interior una lucha entre el sigue y detente, los pezones se
tensaron al sentir aquella caricia, sus ojos completamente cerrados, su cuerpo
en espera del siguiente movimiento, una danza dulce inició en su pecho, la
danza de unas manos que exploraban por primera vez esa zona....
La necesidad de sentirse aún
más cerca lo llevó a tomarla por la cintura y buscar sus labios, levantarla
sobre sus brazos y conducirla a la habitación, lentamente la depositó en su
lecho, acomodando su cuerpo con delicadeza, la observó por un momento, para
perderse después en aquella mirada verde, misma que lo recorría de forma que le
quemaba la piel, acomodó sus piernas encima de ella, no dejando que su peso
cayera completamente, busco sus labios e inicio a recorrer su piel con ellos y
las manos, ella empezaba a perder el control sobre si misma, el poco a poco iba
descendiendo hasta llegar nuevamente a esos montes erguidos bajo sus manos, sus
labios empezaron a saborear uno de ellos mientras su mano continuaba en el otro
reconociéndolo, su otra mano sosteniéndola por la espalda, sus ávidos labios
pasaban de un lado a otro, hasta que la punta de su lengua acariciaba la cumbre
de aquellos montes, haciendo que ella estallara en gemidos más audibles,
gemidos de placer que aquel hombre le estaba provocando, sus manos rozando
apenas la amplia espalda masculina mientras seguía prodigándole aquellas
caricias.
Sin poder resistirlo más él
llegó hasta la última prenda que faltaba quitar, lentamente posó sus manos en
la pequeña cintura y tomando el encaje la deslizo, una vez eliminado el
obstáculo rozó apenas con la yema de sus dedos aquellas piernas bien formadas y
definidas, esto no hacía más que avivar el deseo que había provocado en aquella
flor que estaba a punto de abrirse ante él. Una ola de calor desconocida para
ella empezó a inundar aquel espacio nunca antes tocado por manos masculinas,
mientras que un líquido empezaba a fluir, él besaba ahora cada parte de su
piel, mientras se deshacía de su propia prenda, de esa forma, en iguales
circunstancias el acomodo su cuerpo
sobre ella, amoldándose y encontrando su lugar, lentamente fue separando
aquellas piernas que instantes atrás besaba, sintió como el cuerpo de ella se
tensaba y evitaba aquel movimiento.
-
No tengas miedo pequeña, no
te lastimaré. Pídeme que no lo haga y entenderé
-
Sigue mi amor, confío en
ti.
Acto seguido el lograba estar
en la puerta del paraíso, alargo el momento un poco más, infundiéndole
confianza, llenando sus oídos con palabras tiernas, ella se encontraba
totalmente excitada, ansiaba con sentirlo dentro de ella, pero él no quería
lastimarla, así que poco a poco se fue introduciendo en el breve espacio de sus
piernas, quien al sentir la intromisión y el primer movimiento gimió, él se
asusto pero sabía que era normal, así que detuvo de nuevo su camino para verter
sus labios sobre los de ella, las manos de aquella niña que se convertiría en
mujer lo asieron de la cintura indicándole que continuara, así, lentamente,
logrando que ambos iniciaran el ascenso en aquella vereda de placer, amor y
deseo, con movimientos cada vez más rápidos y agitados el se introducía una y
otra vez en ella, quien no dejaba de gemir de placer, hasta que llegaron a la
cima del cielo, las descargas en ambos cuerpos hicieron que ambos gritaran al
unísono sus nombres.
-
Te amo Candy.
Ambos estaban bañados en
sudor, ella levanto sus manos y quito un mechón de aquella frente.
-
Te amo Albert.
Poco a poco los cuerpos iban
regulando la respiración, el seguía dentro de ella, recargando su peso sobre
sus codos, la miraba tiernamente, mientras jugueteaba con los rizos rebeldes
que esparcidos en la almohada se movían con su respiración.
-
Estas bien Candy?
-
Mhmh, y tu?
-
Yo estoy feliz, no te
lastimé.
-
No mi amor.
Su parte viril cedió y abandonó
aquel recinto, él se rodó a un costado y paso su brazo bajo la rizada cabellera, acomodándola sobre su
pecho, poniendo unas mantas sobre sus cuerpos, relajándose hasta quedar
profundamente dormidos.
רררררר
El amanecer sorprendió a la nueva
pareja de amantes, Candy se movió un poco y abrió lentamente los ojos, al
percatarse que aquello no había sido un sueño el rubor rápidamente llegó a sus
mejillas, más sin embargo pronto se vio recorriendo con la mirada cada parte de
aquel cuerpo que yacía aún plácidamente dormido, su alborotada melena rubia
empezó a moverse lentamente, el azul cielo de aquellos ojos pronto encontró la
mirada esmeralda.
-
Buenos días mi amor.
-
Buenos días – respondió
ella llevándose la manta hasta cubrir su pecho desnudo.
-
Te da pena que te vea así –
dijo el sonriendo y acariciando su mejilla con dulzura.
-
Si – respondió en un
susurro, mientras que sus mejillas ardían por el rubor.
-
Sabes que por eso te amo
aún más.
-
Porque?
-
Porque a pesar de todo la
niña seguirá viviendo en ti.
-
Pero no soy más una niña
Albert – respondió ella tratando de recobrar la confianza.
-
Lo sé, ahora eres mi mujer.
-
Albert.
-
Si pequeña, anoche me
hiciste sentir el hombre más afortunado, nuestro acto de amor fue sublime, sólo
espero no haberte lastimado.
-
No, no me lastimaste, fue
muy lindo, no podría describirlo, pero no me arrepiento de nada.
-
De verdad Candy?
-
De verdad Albert, lo hice
porque así lo sentí en ese momento, porque mi corazón me guió. Y tú te
arrepientes?
Sin darle tiempo él la tomo
entre sus brazos, besándola dulcemente, acariciando sus rizos dorados.
-
Por supuesto que no me
arrepiento. Puedo preguntarte algo?
-
Si.
-
Te quieres casar conmigo? –
preguntó de pronto él al tiempo que buscaba sus verdes ojos.
Ella no atinaba a responder,
se reflejaba en aquella mirada celeste y simplemente no podía articular
palabra, dos lágrimas asomaron a sus ojos, mismas que fueron tomadas al salir
por las manos de Albert.
-
No tienes que responder
ahora, pero por favor no llores, que lo último que quisiera en esta vida es
verte llorar.
-
Si, si quiero ser tu esposa
– respondió al fin abrazándose fuertemente a él.
-
Candy!!!
-
Te amo Albert, no quiero
perderte, no quiero estar sin ti.
-
Candy, no me perderás,
siempre estaremos juntos.
Aquellas palabras fueron
suficientes para que ella se dejara llevar por sus impulsos y le depositara un
tierno beso en los labios, mismo que hizo efecto en él y encendieron su
ardiente deseo de poseerla nuevamente, pero se contuvo, aún debían platicar muchas
cosas, así que renuentemente fue apartando aquella idea de su cabeza,
gentilmente le pasó a Candy la camisa que correspondía a su pijama, misma que
estaba justo debajo de la almohada, ella agradeció el gesto y sin dejar de
cubrirse con la manta se la abotonó tan rápido como pudo.
-
Bueno y cuando nos
casaríamos? – preguntó ella casualmente.
-
Que te parece... no sé, que
te parece hoy mismo.
-
HOY!!!!!!!!!!!! Pero estas
loco??
-
Si, por ti..
-
Pero Albert, no podemos
casarnos así de pronto.
-
Porque no?
-
Hay que buscar la iglesia
y.... – ella calló al recordar que no sabían su apellido y tristemente bajo la
cabeza.
-
Y?
-
Necesitamos conocer tu
apellido, para poder hacer los trámites.
-
Pero Candy, ante Dios no
necesitamos más que nuestro nombre.
-
No lo sé Albert...
-
Mírame Candy, a que le
temes?
-
A mi familia, aunque yo
pedí ser repudiada de los Andrew, la realidad es que no se tampoco cual es mi
situación ante ellos.
-
Pero eso podemos
averiguarlo de algún modo, quizá el señor George pueda ayudarte, piénsalo.
-
Tienes razón, George
siempre ha sido muy bueno conmigo, al menos a él deberé confiarle esto.
-
Le dirás lo que pasó.
-
Albert, que cosas dices,
sólo le pediré ayuda para ver si el tío abuelo no se molestaría conmigo por
casarme sin todo el protocolo que la sociedad exige.
-
Si él no lo permitiera
Candy, que pasaría con nosotros?
-
Nos fugamos al fin del
mundo – respondía pícaramente y guiñando un ojo.
-
Una cosa más.
-
Si dime.
-
Te amo.
-
Yo también te amo.
Por un rato permanecieron
abrazados, hasta que sus cuerpos empezaron a sentir la necesidad del alimento,
pero tenían un dilema, quien se levantaría primero, luego de mucho pensar fue
ella quien tomó la decisión y se deslizo de la cama, asegurándose de que al
levantarse la camisola le cubriría al menos hasta los muslos. Él ayudo
volviendo su vista al lado contrario para darle confianza.
Y no volteó hasta que escucho
la puerta de la habitación cerrarse por completo.
-
“Dios mío Candy, que tentación
el contemplarte de esa forma, pero te amo y respeto ese pudor que aún habita en
ti, sé que tenemos mucho tiempo por delante para que pueda disfrutar de ti
plenamente, sin miedos”
Pensaba para sí mismo el
rubio, mientras que cerrando sus ojos evocaba la hermosa noche compartida,
noche mágica en la que había conocido lo que era entregarse por amor a una
mujer, ¿había tenido experiencias pasadas?, no lo sabía con exactitud, pero su
corazón le gritaba que esta era la primera en la que entregaba cuerpo, alma y
corazón. Permaneció un poco más sumido en sus reflexiones, pensando en como
debía pedir la mano de Candy cuando George le indicara hacerlo.
Por otra parte, Candy dejaba
que el agua resbalara por su cabello y su cuerpo, aún podía sentir las manos de
él recorriéndola de pies a cabeza, que sensación de alegría más grande tenía en
su ser, cerraba los ojos mientras que una sonrisa se dibujaba en sus labios.
-
“¿Por qué no siento
vergüenza de lo que hice, porque no me siento culpable, será acaso que lo deseaba
desde antes, o será que mi corazón y mi cuerpo se unieron para demostrarle todo
lo que me hace sentir?, oh Albert, te amo como no pensé poder hacerlo, como
nunca antes lo sentí, eres mi mundo, mi principio y mi fin”.
Con estos pensamientos terminó
de ducharse, para posteriormente cederle el baño a Albert mientras que ella
preparaba el almuerzo.
רררררר
En Lakewood, la noticia de que
un Andrew desconocido se había presentado en una fiesta de caridad empezaba a
levantar revuelo, la Tía Elroy mandó llamar inmediatamente a George, quien no
encontraba la forma de explicarle lo que en realidad ocurría. Ya que los
hermanos Leegan se encontraban presentes en la biblioteca.
-
George, te exijo que
respondas inmediatamente, quien ha osado usar nuestro ilustre apellido sin ser
miembro de mi familia.
-
Sí Tía Abuela, no sólo lo
presentaron como un miembro de la familia, sino que estuvo como acompañante de
Candy.
-
¿Que significa esto George,
cómo es posible que habiendo estado ahí no hiciste nada?
-
Señora si me permite, esto
tiene una explicación lógica y estoy seguro que usted entenderá mis motivos
cuando me escuche.
-
Entonces hable, que no sabe
que Candy esta próxima a convertirse en mi prometida – decía en tono altanero
Neil.
-
Tranquilízate querido, deja
que George hable – decía socarrona Eliza.
-
Que tiene que decir George
– ahora era la tía quien le cuestionaba.
El momento no podía seguir
prolongándose y él no encontraba la forma de hacer que los Leegan se marcharan
sin levantar sospechas, él caminaba de un lado a otro cuando justo en ese
momento se escucho que llamaban en la puerta.
-
Adelante – dijo la abuela.
-
Señora, disculpe que la
moleste, pero el señor George tiene una llamada urgente de Chicago.
-
De Chicago?
-
Sí señor, de las oficinas
de allá.
-
Con su permiso madame, veré
de que se trata y enseguida regreso.
George salió de ahí mientras
que respiraba aliviado, pero su tranquilidad sería pasajera, ya que lo que
oiría del otro extremo del auricular lo harían casi desmayarse.
-
Buenos días George, soy
Candy.
-
Señorita, ocurre algo,
tiene algún problema, el señor Albert esta bien?
-
Si George tranquilo,
perdone que lo moleste pero tengo algo urgente que hablar con usted, podría
venir a mi departamento?
-
Pero señorita, de que se
trata?
-
Me voy a casar.
-
Esta usted bromeando
verdad?
-
No, es la verdad, me casaré
con Albert.
El pobre de George no sabía
que decir, las palabras no lograban salir de su garganta.
-
George, sigue ahí?
-
Por supuesto señorita, aquí
estoy, pero, de verdad habla en serio? Preguntaba aún incrédulo.
-
Si, por favor, podría venir
-
Voy para allá.
-
Qué ocurre George?
-
Madame, al parecer faltan
unos documentos en la oficina y el contador me pide que vaya a revisarlo, si
usted no dice otra cosa.
-
Esta bien, vaya pero
recuerde que tenemos una platica pendiente.
De ese modo el buen George
salió aprisa con destino el apartamento de Candy.
רררררר
Los días en Nueva York solían
ser agradables para Stear, sus estudios lo absorbían cada vez más pero el
estaba contento, satisfecho por la elección que había hecho. Su trabajo le
permitía atender las clases, no sólo eso, el mismo Robert le pedía sus
evaluaciones, de eso dependía según él su puesto en la compañía, el joven
aceptaba de buen grado la ayuda, además de que el director le mostraba afecto y
se había comportado a la altura con él no delatándole con su familia, ese
domingo tenía algo de tiempo libre, por lo que decidió salir a caminar un poco.
Él y Terry solían ir a un
pequeño restaurante situado en el centro de la ciudad, no era demasiado
elegante pero tampoco demasiado humilde, además ya les conocían y siempre les
proporcionaban privacidad sin privarlos de la excelente vista que tenían al
parque de enfrente. Ahí pasaban horas platicando, embromándose mutuamente,
incluso compartiendo largos silencios. Habían logrado establecer una amistad
demasiado estrecha, conocían sus secretos más profundos, inclusive aquellos que
no se habían dicho, ambos amaban a Candy, uno fue correspondido y el nunca tuvo
la oportunidad siquiera de decírselo y mucho menos de una oportunidad por
demostrárselo, se encontraba recordando aquellos momentos compartidos con la
pequeña desde que la conoció. En eso estaba cuando una escena por demás tierna
le llamó la atención, una joven ayudaba a unos niños a levantarse del piso,
pues al parecer uno se había lastimado, lo más sorprendente es que ella se veía
de familia adinerada mientras que los pequeños pertenecían a los tantos que
habitaban en las calles, así que salió del restaurante y se dirigió al parque.
-
Señorita, puedo ayudarle.
-
No muchas gracias, ya hemos
terminado.
-
Pero puede necesitar algo
más.
-
Bueno, pensándolo bien, si
puede ayudar, podría cargar al más pequeño?
-
Claro que si.
-
Con cuidado, al parecer se
lastimó seriamente su bracito.
De ese modo tomo al pequeño
niño en sus brazos y la siguió por el parque. Mientras ella guiaba de la mano a
los otros dos. Llegaron a un carruaje en donde un presuroso chofer se acercó de
inmediato a prestar ayuda.
-
Mademoiselle debió llamarme
enseguida.
-
Por favor, acomoda a los
chicos dentro, están hambrientos, pero primero debemos pasar al hospital para
que revisen al más pequeño.
-
Enseguida señorita.
-
Gracias, nosotros nos
haremos cargo.
-
De nada, pero puedo
acompañarle al hospital,
-
No es necesario, gracias de
nuevo.
-
Fue un placer, señorita?
-
Danielle.
-
Alisitir a sus pies. La
veré de nuevo?
-
Si el destino lo permite
Alistir – respondió con una enigmática sonrisa la joven – vamos Paul.
De ese modo el carruaje partió
dejando a un impresionado Stear detrás.
-
“Que chica más linda”.
Pensaba pasa sus adentros
mientras se alejaba del lugar.
רררררר
En ese momento George llegaba
al departamento de Candy, iba nervioso pero antes de llamar en el departamento trato
de recuperar la serenidad.
-
Hola George – saludaba con
una sonrisa pícara Candy.
-
Señorita, como esta?, vine
tan pronto pude.
-
Se lo agradezco, tome
asiento.
Pronto Albert se unió a la plática
llevando una charola con té, misma que ofreció al recién llegado.
-
Gracias señor, no se
hubiese molestado.
-
No es molestia, gracias por
venir.
-
Y bien, ahora si puede
explicarme señorita que puedo hacer yo por usted.
-
George, sé que esto quizá
le parezca una locura, pero necesito saber si legalmente sigo perteneciendo a
la familia Andrew.
-
Por supuesto que sí
señorita – respondió mientras bebía su té.
-
Entonces, necesito la
autorización del tío abuelo para casarme?
-
Así es señorita, si él no
accede usted no puede casarse, pues aún es menor y esta bajo su tutela.
-
Pero George, si yo pedí no
pertenecer más a la familia – decía Candy tratando de encontrar la vía más
corta para poder casarse.
-
Candy déjame hablar a mí.
Verá señor George, usted sabe que no recuerdo mi pasado, que quizá nunca lo
recuerde, también sé que ni siquiera cuento con un apellido propio que
brindarle, yo amo a Candy con todo mi corazón y deseo casarme con ella, sabemos
de antemano que la familia quizá no lo permita y mucho menos ese anciano señor
que tiene su tutela, pero podría usted ayudarnos para que al menos por la
iglesia nuestro matrimonio se lleve a cabo?
Ante esto George casi tiene un
ataque de risa, pero dadas las circunstancias y la seriedad del tema solo
sonrió amablemente.
-
Déjeme ver si entiendo
señor, ustedes quieren que yo les ayude a casarse por la iglesia, cierto?
-
Así es, ya que debido a las
condiciones que se presentan ahora no podemos vivir bajo el mismo techo sin
estarlo.
-
Muy bien, eso habla bien de
usted, en cuanto al permiso del señor Andrew, no creo que se niegue, pues lo
que el siempre ha deseado es la felicidad de su protegida, por otra parte, no
puedo prometerles que la familia apoye la idea del todo, por lo que considero
que lo mejor será mantener su unión en secreto, dadas las circunstancias usted
entenderá – dijo seriamente finalizando con una sonrisa.
-
Gracias George, sabía que
podíamos contar con usted.
-
No se alegre aún señorita,
debemos encontrar un religioso que acepte hacer la unión sin tomar en cuenta
los apellidos de ambos, esto previendo que en cualquier momento el joven
recuerde su memoria, sólo sería cuestión de llenar ese espacio, a menos que..
-
A menos que señor George –
preguntó ansioso Albert.
-
A menos que usted use el
apellido Andrew – respondió seriamente George.
-
Pero eso no puede ser, que
pasaría si la familia de Candy se entera, además tendríamos el mismo apellido,
pasaríamos por parientes y ...
-
Por eso no se preocupe, si
usted acepta yo me comprometo a que Mr. Andrew le revoque el apellido
temporalmente, finalmente ella seguiría usándolo al casarse con usted – decía
sin dejar de sonreír.
-
No lo aceptará George –
decía ella tristemente – es demasiado fácil para que pueda realizarse.
-
Confíe en mí señorita, si
le digo que podrán casarse es porque conozco al tío abuelo de toda la vida, es
un buen hombre, se lo aseguro y estará contento con esta petición.
-
De acuerdo George,
dejaremos todo en sus manos.
-
Por lo pronto hoy mismo voy
a ver a un sacerdote amigo mío, sé que no se opondrá a unirlos, me gustaría
platicar un poco más con usted señor Albert.
-
Por supuesto, estoy a sus
órdenes.
-
Bueno caballeros, yo me
despido, debo ir a trabajar, sino me apresuro llegaré tarde.
-
Trabaja usted en domingo
señorita Candy?
-
Si George, usted sabe como
es el trabajo de enfermera – dijo guiñando un ojo.
-
Si no le molesta también
debo hablar con usted, así que permítame llevarla a su trabajo, usted no
trabaja joven Albert?
-
Oh sí, yo trabajo en el
zoológico pero arregle un permiso y mañana comienzo de nuevo mi labor.
-
Entiendo, entonces llevo a
la señorita y regreso a conversar con usted, lo invito a cenar.
-
Muchas gracias, lo
esperare.
De ese modo se marcharon,
durante el trayecto George le preguntaba sobre como había conocido a Albert, si
estaba segura del paso que iba a dar y cosas por el estilo, a ella le tomo por
sorpresa esta actitud pero asumió que quizá era para convencer al abuelo así
que le contó la historia, hasta llegar al punto donde le dijo de su amor por
Albert, era extraño contarle esas cosas a George, sentía como si se lo dijera a
su padre, él escucho todo atentamente y le dijo que no se preocupara, que todo
se arreglaría y que él se encargaría de arreglar todo, en cuanto al apellido de
Albert, le aseguró que no habría problema alguno, se despidieron y él regreso
donde Albert.
רררררר
La charla entre Albert y
George fue un poco difícil pues el segundo buscaba las palabras adecuadas para
abordarlo sin revelarle algo que le indicara al rubio que lo conocía. De ese
modo logró convencerlo sobre el casarse con el apellido Andrew, además de
solucionar la adopción de Candy, todo parecía ir demasiado bien, todo indicaba
que las cosas irían por buen camino, de ese modo, George regreso a Lakewood, no
sin antes telefonear y asegurarse que los Leegan ya no estaban ahí.
רררררר
Los días seguían su ritmo
habitual, al menos para quienes no tenían penas de amor o sentimiento de
soledad y vacío en su interior. La compañía Stratford seguía su gira por Estados
unidos, éxito tras éxito donde quiera que se presentaban, su actor principal se
consolidaba, cada día había más reporteros en busca de alguna entrevista, pero
el siempre huraño, siempre solitario, evitaba siempre salir cuando los
reporteros continuaban en la acera esperando la nota. Subía entonces a la
azotea del teatro en turno y tocaba su armónica.
-
“No sabes cuanto te extraño
Candy, como quisiera no haber salido nunca de tu corazón, pero es demasiado
tarde, ya las cosas entre nosotros no habrían podido ser, pero mi corazón no lo
entiende, como le explico que debe sacarte de su interior, como decirle que
deje de sangrar, como pedirle que deje de latir por ti.”
Así era siempre, melancolía,
dolor, soledad y añoranza se mezclaban en el sonido de aquella melodía que
fluía desde lo más profundo de su interior, llenando el aire y el espacio de su
tristeza.
Que triste melodía, que dolor
más profundo reflejaba en su interpretación, el frío de la noche aun no hacía
mella en aquel joven que mirando al cielo buscaba algo que le diera ánimos para
continuar, una señal, una luz, no había pasado demasiado tiempo y él sentía que
no llegaría a vivir el siguiente día.
Otra vez, camino sin dirección
Acompañado por, la inmensidad
De una noche fría y gris
Y la luna, que llena el crepúsculo
Me baña en matices de nostalgia
Al reflejar tu rostro.
Me siento tan triste amor
Tan infeliz, tan lleno de ansiedad
No sé que nos separó
Y como negarle a mi corazón.
Que aún TE AMO
Que aún TE EXTRAÑO
Los días sin ti, son como morir
Aun TE AMO.
Donde estas?
No quiero perderte
No se si piensas en mi
Como yo en ti
Oh me haces tanta falta
Que vale el orgullo si, me siento así
Si eres gran parte de mi
Donde supones que
debo ocultar
el dolor que llevo aquí
Si aún TE AMO
Si aún TE EXTRAÑO
Los días sin ti, son como morir
Aun TE EXTRAÑO
No se que nos separo
Que puede hacer
Este abismo entre los dos
No quiero esta soledad
Te quiero a ti
Te quiero solo a ti
Y aun te amo
Aun te extraño
Los días sin ti, son como morir
Aún, TE AMO.
Coda
Notas de la autora: se que me tardo
siglos escribiendo y más subiendo archivos, pero saben que esto es un hobbie
por lo que no se encuentra a veces el tiempo justo para avanzar.
Este capítulo se lo dedico con todo cariño a mija Maru (Maria Eugenia), a quien quiero muchísimo y le agradezco todas y cada una de las palabras que me ha dicho animándome a continuar con esta historia.
Con cariño para ustedes y esperando
sus opiniones: