Siempre Unidos

Por: Lily Ramírez.

 

Capítulo V

“Un adiós, un comienzo”

 

La pareja parecía sincronizarse muy bien, muchas de las jovencitas presentes le envidiaban su buena fortuna, la pista pronto se había llenado de otras parejas, por lo que no se podían ver con claridad, mezclados entre los demás, ellos no parecían haber notado el revuelo que se había levantado a su alrededor, continuaban bailando, embelesados. Ninguno hablaba, el lenguaje mudo seguía siendo su mejor aliado, ambos con los ojos cerrados, realmente disfrutando la melodía, era el tercer vals que bailaban y ni una sola palabra había brotado de sus labios.

 

-         Esto no puede ser, esta en mis brazos, la tengo conmigo, Candy, ojalá esto perdurara toda la vida, pero se que es un sueño, quisiera borrar todo el daño que te he ocasionado, evitar todas las lágrimas que emanaron de tus ojos, esas bellas esmeraldas que me hechizaron desde la primera vez que te vi – pensaba para sus adentros mientras lo embargaba una inmensa dicha.

 

-         Que extraña sensación, jamás imagine ver de nuevo a Terry, mucho menos bailar de este modo a su lado, su aroma sigue siendo el mismo, sus brazos me brindan un soporte, me siento bien de estar así, es una sensación tan reconfortante, siento como si hubiese recuperado algo muy valioso para mi. Una de esas raras joyas que uno atesora más por el valor sentimental que el monetario, Terry, tan dulce y tan rudo a la vez, que alegría poder verte – pensaba la pecosa mientras continuaban su baile.

 

En la mesa de los Andrew, Archie estaba molesto, sabía lo sucedido entre ellos, pero lo peor de todo era ver que ella parecía disfrutar de su compañía, maldecía internamente al joven inglés, mientras sus ojos se posaban en Albert y retornaban al centro de la pista.

 

-         Pero que se cree este tipo, a qué esta jugando?

 

-         Tranquilícese joven Archie, ella sabrá manejar la situación, además, no se ha comportado indebidamente – decía George tratando de aparentar serenidad, no entendía que ocurría pero conocía a Albert como la palma de su mano y le veía intranquilo, pero a él no podía decirle nada, no en su estado amnésico.

 

-         El señor tiene razón Archie, no te preocupes, yo le pongo solución.

 

Diciendo esto se bebió de un solo trago el whiskey que recién le habían servido y se dirigió al centro del salón. Caminaba altivo, seguro en cada paso que daba, las parejas lo observaban y comentaban a su paso. Pero alguien se le había adelantado, llegando primero con la pareja.

 

-         Me permite bailar con la señorita – decía galantemente un joven apuesto.

 

-         Si la dama esta de acuerdo – respondió Terry secamente mientras fruncía el ceño

 

-         Por supuesto que sí Dr. Roosevelt. – respondió gentilmente la rubia, mientras una bella sonrisa afloraba en sus labios.

 

-         Siendo así, me retiro – respondió Terry, emprendiendo molesto el camino para retirarse de la pista, evadiendo a las jovencitas que se habían arremolinado al verlo dejar a la rubia.

 

Haciendo una leve reverencia a ambos se perdió entre la gente no sin antes haber depositado un beso en la mano de ella y guiñándole un ojo, escondiendo muy bien la rabia que le había dado la intromisión de aquel joven.

 

Esto era el colmo, como se atrevía a hacer eso después de todo el dolor causado, después de haber ignorado por completo el estado de salud de ella en esos momentos de tanto dolor, Albert estaba por demás furioso y le era demasiado difícil ocultarlo esta vez. Había observado todo y simplemente no entendía nada.

 

Terry había llegado a una terraza solitaria, donde se había quedado contemplando la magnificencia de la noche, realmente se sentía muy confundido, la había vuelto a tener entre sus brazos, había aspirado su perfume, esa delicada fragancia que inundaba sus sentidos y lo hacía perder la razón, no habría querido separarse de ella, pero con que excusa retenerla, no eran nada, solo amigos, quizá. La tristeza se mezclaba con ese sentimiento de dicha, era tanto lo sucedido en tan solo unos minutos. Se hundió en sus pensamientos, recordando, evocando cada instante compartido con ella en ese breve instante.

 

-         Terry. Se puede saber a que has venido? – dijo una voz a sus espaldas sacándolo de su ensimismamiento.

 

-         Albert, que alegría verte. ¿Has recuperado tu memoria?

 

-         No, aún no, pero no necesito recuperarla para estar aquí, contigo, pero lo que sí sé es que no se que sentir al verte, pero gusto no es.

 

-         Vaya, a mi en cambio me da una inmensa alegría, viejo amigo – respondía con una sincera y franca sonrisa pero a la vez adoptaba una actitud indolente, jamás se hubiese esperado un recibimiento de tal grado por parte del rubio.

 

-         Pues no sé a que se deba tu alegría, veo que te va muy bien en tu carrera, así que lo mejor es que la continúes lejos de aquí, lejos de ella.

 

Por un instante sus miradas se cruzaron, el joven actor no podía creer lo que escuchaba, desconocía a Albert en este terreno, pero era obvio, él era de quien Stear hablaba cuando hacía referencia a la nueva ilusión de Candy. Los celos se apoderaron de él y se puso a la defensiva, no sabía que haría este rubio que tenía enfrente de él, pero una cosa era segura, no se dejaría vencer esta vez, no sin antes haber hablado con ella, finalmente, la amistad que lo unía al rubio termino por detener un ataque certero.

 

-         A que le temes Albert?

 

-         Crees que yo te temo a ti, te equivocas jovencito, temo a que la vuelvas hacer sufrir y te desentiendas de su dolor – decía con furia y resentimiento cargados en su voz.

 

-         No se de que me hablas – se defendió el actor.

 

-         No sabes de que te hablo?, o acaso tu memoria esta en peores condiciones que la mía.

 

-         Con mil demonios, habla claro que no te entiendo – lo reto el inglés perdiendo por completo la paciencia.

 

-         Lo sabes bien Terruce Granchester, sabes perfectamente a lo que me refiero, pero si lo que quieres es que te refresque la memoria lo haré, supongo que no habrás olvidado tu rompimiento con Candy, así como también supongo que recordarás aquel telegrama que enviaste diciendo que no podías venir a su lado, importándote poco o nada el que ella estuviese muriendo, con el corazón destrozado, postrada en una cama de hospital.

 

Las palabras escuchadas dejaron desarmado a Terry, la sorpresa reflejada en su rostro fue notada por el rubio que había perdido por completo el control y le reclamaba el daño causado a la pecosa, daño provocado por él, el joven inglés ahora entendía muchas cosas, como el justificado resentimiento que albergaban las palabras, pero el era inocente, el jamás hubiese hecho algo así.

 

-         Lamento decepcionarte Albert, pero lo que dices es mentira, jamás me habría desentendido de su dolor, pero yo nunca lo supe, jamás me había enterado de esto.

 

-         Pero yo mismo te envié un telegrama informándote de su gravedad, mientras que en su delirio sólo decía tu nombre. A cambio recibí uno tan simple y vacío donde decías no poder venir.

 

-         Eso es mentira, yo nunca envíe ni recibí ningún telegrama.

 

-         Quieres pruebas?, toma, lo traje pensando en que te aparecerías estos días.

 

Él  tomo el telegrama y lo leyó, al hacerlo, de sus profundos ojos azules escaparon lágrimas, de rabia, de dolor. Ahora entendía perfectamente bien, a su mente llegó aquella mañana en su apartamento, muy poco tiempo después de que ella se hubiese despedido, llamaron a su puerta, pero él estaba cansado y no abrió de inmediato, pasó un rato más y nuevamente golpearon a su puerta, por la forma de tocar supo que se trataba de la Sra. Marlowe, así que con desgano le abrió, habían discutido como de costumbre, pero finalmente se fueron juntos al hospital, ella lo presionaba demasiado, siempre estaba hostigándolo con su presencia.

 

Luego de haber hecho su “visita” a su entonces prometida, salió y vio como la mujer leía algo, doblándolo y depositándolo en su bolso, seguramente se trataba del telegrama y ella debió ser quien respondiera aquella misiva.

 

Todo esto se lo explico al rubio, quien luego de ver la reacción del joven supo entonces que el no mentía, había visto el dolor reflejado en esas profundidades y su ecuanimidad no se hizo esperar, después de todo, ambos amaban a la pecosa, además él era una persona difícil de sacar de quicio, pero los celos no entendían de esto, luego de un suspiro, de la ira paso a un estado de serenidad aparente, pues él no estaba dispuesto a que sólo por el hecho de reaparecer en su vida la dulce rubia le aceptara nuevamente. Así que lucharía contra todo y contra todos por ella.

 

Por su parte el joven inglés le relato de su frustración y desesperanza al haber perdido de esa forma al amor de su vida y el haberse dado cuenta del motivo real de la presión de aquellas mujeres para obligarlo a contraer una boda por demás no deseada por él. También le contó de la reaparición en su vida de un conocido de antaño que a estas alturas él consideraba como su hermano, omitió el nombre por obvias razones. Se encontraban en el jardín de la enorme mansión, mientras había iniciado su relato empezaron a caminar, hasta llegar a ese punto.

 

-         Jamás Albert, jamás hubiese sido capaz de esa crueldad, mi amor por ella sobrepasa cualquier cosa y en esos momentos, ten por seguro que hubiese venido a su lado, sin importarme nada más, incluyendo mi vida misma.

 

-         Te creo Terry, pero comprenderás que ha sido demasiado difícil para todos nosotros el lograr verle sonreír.

 

-         La amas cierto?

 

-         Sí – acepto él mientras miraba directo a sus ojos.

 

-         Creo que aún tenemos mucho de que hablar Albert, pero si no regresas adentro todos se pondrán inquietos.

 

-         Si lo sé, podemos vernos otro día. Trabajo en el zoológico de la ciudad.

 

-         Si puedo pasaré mañana a verte, salimos mañana por la noche, además, debo hablar con ella también.

 

-         Entiendo Terry, ella sabe de mis sentimientos, pero es ella quien finalmente decide en su corazón y ante eso, ninguno podrá hacer nada.

 

El inglés asintió con un movimiento de cabeza, mientras que se estrechaban las manos fraternalmente, ambos habían madurado, y sufrido en cuestión de amor de una u otra forma, pero pasase lo que pasase con la dueña de sus corazones, la amistad reafirmada en ese momento, perduraría para siempre. Así se despidieron los jóvenes, mientras que el rubio volvía al interior del salón, el moreno se quedó un momento más meditando, recordando.

 

 

רררררר

 

 

Dentro del salón los jóvenes platicaban, Candy miró de forma interrogativa a Albert pero no le dijo nada, supo que no era el momento, por lo que luego de unirse a la conversación durante unos minutos, ambos se dirigieron a la pista de baile, la noche aún era demasiado joven y ella se encontraba realmente alegre, esto no paso desapercibido para él, quien estaba serio.

 

-         Sabías que él estaba en Chicago? – pregunto en forma calma.

 

-         Por supuesto que no Albert, no lo sabía.

 

-         Pues te alegra mucho su presencia, no es así? – dijo sin pensar, dejando notar sus aún presentes celos.

 

-         Por supuesto que me alegro – dijo ella de forma suave.

 

-         Si deseas seguir bailando o platicando con él yo no me opondría, te lo aseguro – dijo él al tiempo que una infinita tristeza lo invadía e intentaba detener el baile.

 

-         Quizá después, esta es nuestra noche, lo recuerdas?

 

-         Nuestra noche? – preguntó entre confundido y alegre, mientras sus ojos recobraban el brillo.

 

-         Por supuesto.

 

-         Candy tú?

 

-         Yo que Albert? – dijo al tiempo que depositaba un beso en la mejilla, haciendo que el rubio se ruborizara y emitiera una sonrisa.

 

-         Nada pequeña, olvídalo, disfrutemos la noche, apenas empieza – la abrazo más fuerte mientras sentía como sus cuerpos se amoldaban y a sus oídos llegaban las notas de la suave música.

 

La velada era perfecta para ellos, pero eran tres los corazones que latían por amor, dos plenamente correspondidos, uno con la incertidumbre de saber, la noche avanzaba y ellos no habían dejado de bailar, habían intercambiado parejas y ahora era Archie quien bailaba con Candy, mientras Annie lo hacía con el rubio, en un momento la rubia se sintió sedienta y fueron a su mesa a beber algo.

 

-         Eres un gran bailarín Archie.

 

-         Gracias, pero sabes Candy, hace tiempo deseaba bailar contigo de esta forma.

 

-         De verdad?

 

-         Por supuesto que sí, aún recuerdo aquel pisotón que me dieras el día de la fiesta en Lakewood y quería saber si habías mejorado – dijo guiñándole un ojo.

 

-         Oh lo siento Archie, no fue mi intención lo sabes – respondió ruborizada.

 

-         Lo sé Candy, sólo tenías concentración con Anthony, recuerdas.

 

-         Mhm.

 

-         Me alegra verte tan contenta, sé que si Stear estuviera aquí no te hubiese soltado toda la noche.

 

-         Porque me dices eso Archie?

 

-         Porque es obvio que todos desean bailar contigo, imagínate cuando sea tu presentación en sociedad.

 

-         Quizá eso nunca pase Archie, recuerda que pedí a la tía Elroy que me repudiara como miembro de la familia y si te has dado cuenta ya no uso su apellido.

 

-         Lo sé, pero falta ver que decide el abuelo William.

 

-         Es extraño que él me aprecie tanto, no te parece Archie?, nunca lo hemos visto.

 

-         Si tienes razón, pero es un Andrew – dijo con un tono un tanto soñador.

 

-         Eso que significa Archie?

 

-         Nada importante, por cierto, Stear te envía saludos, recibí carta de su parte.

 

-         Como está él?

 

-         Magníficamente, estudia y trabaja, aún no me dice bien a bien de que se trata pero sentí alegría en sus palabras, también me contó lo de su decisión con Patty.

 

-         Ella esta destrozada.

 

-         Pero que hubieses preferido, que viviera una mentira o lo que sucedió?

 

-         La verdad no puedo responder a eso, lo que si sé es que ella no se repondrá fácilmente a esto.

 

-         Lo hará, así como lo hiciste tú, pues tu fuerza y decisión ha sido transmitida a cada uno de los que te conocemos.

 

Ante este comentario a ella no le quedó más que ruborizarse, en ese momento llegaba George acompañado de unos caballeros, luego de las presentaciones ella se excusó y salió a una terraza, la noche era preciosa, el cielo estaba completamente despejado, la luna brillaba en lo alto, irradiando una tenue luz en su cuarto menguante, ella se sentía muy especial, realmente se sentía contenta.

 

Un mesero se había acercado a ella y le había entregado una nota:

 

“Querida pecosa, necesito verte, tenemos que hablar, te espero mañana a las 2 en Le France, no faltes”

 

Tuyo: T . G. G.

 

 

Ella esbozo una sonrisa pero en esos momentos Albert llegó donde Candy, por lo que ella guardo discretamente aquella nota y ambos regresaron a bailar, no quería arruinar la velada, después de todo, no era nada grave. La noche transcurrió sin más contratiempos, George se ofreció gentilmente a llevar a la pareja a su destino, no dijo nada más por temor a asustar a Albert pero al menos ya sabía que se encontraba bien.

 

-         Muy amable George, le agradezco sus atenciones.

 

-         Es mi deber señorita, además lo hago con gusto, señor, un placer haberle visto, si necesitase algo sólo hágamelo saber. Buenas noches.

 

Los jóvenes entraron a su departamento, dejando tras de sí a un hombre con una amplia sonrisa de satisfacción, poco después se fue.

 

 

רררררר

 

 

La mañana era preciosa, ella se había levantado de un espléndido humor, era su cumpleaños y por si fuera poco no debía trabajar, así que decidió levantarse y  arreglarse temprano para poder acudir a su cita, toda vez que estaba lista abandonó su habitación.

 

-         Feliz cumpleaños Candy!!! – grito Albert al tiempo que ella salía de su habitación, el llegaba hasta ella y la abrazaba cariñosamente, alzándola y girando con ella.

 

-         Gracias Albert, que bien huele.

 

-         Es tu almuerzo, lo hice especialmente para ti.

 

-         Mhm, que delicia, entonces desayunemos, Santo Dios, cuantos obsequios, ah que bellas flores, quien envía todo esto.

 

-         Pues no sé, ahí esta la tarjeta de las flores y de los demás obsequios tampoco tengo idea.

 

-         Bien, veamos, pero que bien huelen las rosas, las envía Stear.. – grito alegremente – oh vaya, no lo olvidó, Stear no se olvido de mi cumpleaños, mira Albert, hay algo más dentro, veamos, es una tarjeta y una cajita.

 

-         Quizá sea algún nuevo invento – respondió el sin poder evitar reírse.

 

“Querida Candy, mil palabras podría decir pero todo se reduciría a una sola frase:

Feliz Cumpleaños

 

Cariñosamente:

Alistir Cornwell Andrew

 

-         Que linda tarjeta, no te parece Albert, bien, ahora la cajita. Es una cadena de oro blanco y de ella penden un par de rosas entrelazadas, son unas dulce Candy – decía al tiempo que sus ojos se llenaban de lágrimas.

 

-         Pero Candy, no llores.

 

-         Es que me habría gustado tanto verlo hoy

 

-         Lo sé pequeña, pero él está aquí – dijo mientras le señalaba su corazón

 

-         Tienes razón, no debo llorar.

 

El almuerzo fue muy divertido, ella le contaba por enésima vez la forma en que había celebrado cumpleaños anteriores y como es que en el hogar los niños le cantaban las mañanitas. También como fue que su cumpleaños lo venían celebrando cada 7 de mayo en lugar de la fecha original, todo eso él lo sabía pero se deleitaba viéndola sonreír y contar sus anécdotas. Momentos después de que habían recogido la mesa y ordenado la cocina llegaron Annie y Archie, él con un pastel, además de una hermosa rosa blanca y ella con un par de presentes, enviados por su padre y Patty, quien había partido tras la ruptura con Stear, ella no había soportado su estancia en el lugar que tantos y tantos recuerdos le traían, así que había vuelto a Florida, prometiendo mantenerse en contacto.

 

-         Veo que estas muy felicitada Candy? – decía Annie guiñándole un ojo a la rubia.

 

-         Así es, la señorita Pony, la hermana María y los chicos del hogar me hicieron llegar muchos obsequios, inclusive mis compañeros del hospital Santa Juana.

 

-         Luces muy contenta, es por Terry?

 

-         Que cosas dices Annie, como podría ser por él.

 

-         Pues anoche no pareció otra cosa, dime, te alegra verlo.

 

-         Claro que me alegra el verle, saber que esta bien, porque debería ser distinto?

 

-         Por nada Candy, vamos, que los chicos esperan – decía al tiempo que atravesaba la puerta de la cocina, luego de su infructuosa charla.

 

Eran las 12 del día cuando Archie y Annie se despidieron, tenían una comida con la familia de la joven y debían llegar a tiempo, Albert en poco tiempo también se marcharía a trabajar, ese día era sábado y por consiguiente el trabajo en el zoológico se duplicaba, muchas familias iban a visitarlo.

 

-         Albert.

 

-         Si.

 

-         Quiero hablar contigo, es algo que necesito decirte.

 

-         Te escucho.

 

-         Sabes que ayer reapareció en mi vida Terry y ...

 

-         Sshht, no digas nada, yo entiendo a donde quieres llegar, sé que ambos tienen cosas que hablar, que aclarar y no seré yo quien se interponga.

 

-         Pero Albert ....

 

-         Esta bien Candy, de verdad, no temas, que siempre podrás contar conmigo.

 

-         Lo veré en un rato más.

 

La mirada de él se endureció, los celos son traicioneros y más cuando se tiene como rival un hombre capaz de arrebatarle al amor de su vida, pero él era un hombre sabio, maduro y tragándose sus celos esbozo una sonrisa, al tiempo que la abrazaba tiernamente, queriendo en ese abrazo decirle cuanto la amaba.

 

-         Gracias por decírmelo, recuerda, sea cual sea tu decisión, yo la aceptare, sé feliz Candy, tu corazón se lo merece, sólo hazme saber tu decisión.

 

Tras decir esto depositó un beso en sus labios, la soltó, tomo su abrigo y se marcho, dejándola sin palabras.

 

-         Albert, espera, mi corazón ya ha decidido.

 

Dijo ella al reaccionar y tratando de alcanzarlo pero él había sido rápido y no alcanzó a escucharle, se sentó en un sofá mientras a su mente llegaban los recuerdos de su adolescencia, bellos momentos compartidos con un apuesto joven inglés, de mirada profunda y cabellos rebeldes, no podía evitar que en sus labios se dibujara una sonrisa, después de todo, aquellos dulces recuerdos siempre los tendría con ella, en su corazón.

 

 

 

רררררר

 

 

Le France era uno de los restaurantes de moda en Chicago, muy concurrido por los jóvenes de esa ciudad y sus alrededores, había música en vivo todo el día, era sumamente agradable, tenía saloncitos privados para aquellas personas que gustaban de una ocasión especial, su arquitectura era del tipo barroco, el jardín al cual daban los ventanales de aquellos saloncitos privados ofrecían un toque especial y las múltiples flores que se observaban ahí hacían que el ambiente tomara un olor de perfumes mezclados, él se encontraba impaciente, no estaba seguro si ella asistiría, después de todo, había sido él quien la dejase partir aquella noche de invierno, pero algo en la mirada de ella, lo había hecho decidirse a invitarle, después de todo, no tenía más que perder, pero en cambio si mucho que ganar.

 

Su mirada vagaba por el hermoso jardín, deteniéndose a veces en alguna flor en particular, sus ojos y su mente se compenetraban en encontrar la precisa, aquella que con su apariencia y belleza transmitieran lo que quería decirle a la doncella que esperaba ansioso, al fin, luego de varios vistazos aquí y allá, se detuvo en una rosa en particular, misma que recién se había abierto mostrando todo su esplendor, sin dudarlo se dirigió al jardín.

 

-         Buenas tardes, disculpe señor – se dirigía al jardinero.

 

-         Buenas tardes, en que puedo servirle – respondía un hombre mayor, de lentes y con una mirada tierna.

 

-         Habría algún problema si corto esa hermosa flor?

 

-         Tiene usted un gusto exquisito, de todas las flores de este jardín esa es mi favorita, si gusta la cortare por usted.

 

-         Muchas gracias, pero deseo ser yo quien lo haga, puedo?

 

-         Adelante joven, su dama debe ser especial para querer darle una rosa tan singular.

 

-         Muy especial – respondía si poder evitar que un brillo en sus ojos delatara sus sentimientos – gracias.

 

 

Antes de que se retirara el anciano le había relatado la historia de aquella rosa, pero no añadió los nombres de los involucrados ni el nombre la bella flor. De ese modo él regreso al saloncito para aguardar a su damisela, se sentía demasiado nervioso, el momento se acercaba y por un momento el temor se apodero de él, su mirada fija en la rosa.

 

 

 

רררררר

 

 

 

-         Por aquí señorita, el señor la está esperando – decía un mesero a Candy mientras la conducía al saloncito.

 

-         Gracias.

 

Al escuchar el ruido de pasos acercándose su cuerpo sin poder evitarlo se tenso, su corazón empezó a latir desbocadamente, sin saber que hacer, optó por levantarse y esperar de pie a la joven, sosteniendo la rosa en su mano izquierda, misma que mantenía a su espalda.

 

La puerta se abrió dando paso a una bella rubia, llevaba un hermoso sombrero beige, adornado con una flores y un listón de tul, mismo que hacía juego con el precioso vestido del mismo color que portaba, el cual tenía florecitas dispersas por todos lados, en la cintura se ajustaba una cinta igual que la del sombrero, denotando la hermosa figura de aquella jovencita, era primavera y los tonos claros a pesar de su blanca piel le lucían muy bien, en su cuello una gargantilla sencilla que hacía juego con sus pendientes. De andar gracioso y seguro, de aquella niña pecosa que recordara de antaño no estaba quedando más que su hermoso rostro, pues su cuerpo se estaba transformando sin duda alguna en el de una bella mujer.

 

-         Dios mío, cuanto has crecido y cambiado en tan pocos meses – pensaba para sus adentros mientras ella entraba .

 

-         Hola Candy – saludo él incapaz de pronunciar alguna otra frase.

 

-         Hola Terry – respondió extendiendo su mano, misma que fue atrapada por la de él, besándola tiernamente.

 

-         Ha pasado mucho tiempo.

 

-         Así es Terry, mucho tiempo.

 

El se acercó hasta ella y le ofreció su brazo para dirigirla a la mesa, toda vez que se hubiese la joven acomodado.

 

-         Feliz Cumpleaños pecosa – dijo al tiempo que la abrazaba y depositaba un tímido beso en su mejilla.

 

-         Gracias Terry, como supiste?

 

-         El festival de mayo, lo recuerdas?

 

-         Como olvidarlo – dijo al tiempo que soñadoramente cerraba sus ojos y rememoraba aquellos días.

 

-         Mantén tus ojos cerrados, si?

 

-         Mhm

 

Sin dejar que ella abriera los ojos tomo su mano y en ella deposito la rosa. Ella al instante reconoció el aroma y abrió sus ojos lentamente posando su mirada sobre la flor.

 

-         Es una Dulce Candy.

 

-         Cómo dices?

 

-         Es una Dulce Candy, cómo la conseguiste?, donde?

 

-         Dime, la habías visto antes?

 

-         Sí, hace mucho tiempo.

 

De nueva cuenta ella evocaba soñadoramente aquel día en el cual Anthony le obsequiase la flor y desde entonces ese día se había transformado en su cumpleaños. Él se deleitaba viéndola así, pero de pronto reparo en el nombre de la flor.

 

-         Dime, porqué dices que se llama dulce Candy esa flor? – pregunto curioso.

 

-          Lo sé porque esta rosa fue el primer regalo de cumpleaños que recibí por parte de Anthony, el la cultivó para mí.

 

Fue en ese momento que Terry recordó las palabras dichas por el anciano jardinero – esta rosa fue cultivada con el amor más puro que jamás yo haya visto, mi patrón era un experto, pero su fuente de inspiración era una hermosa jovencita, tan noble y dulce como lo fue él – en ese momento comprendió que el patrón de quien hablaba era Anthony, y sintió celos, sintió unos celos inmensos de aquel chico que había podido demostrar su cariño a través de algo tan sencillo, al mismo tiempo reflexionó en la ironía, pues precisamente para transmitir su sentir había elegido precisamente una rosa que “otro” ya le había dedicado a su musa.

 

-         Así que el jardinero hacía experimentos con las flores – dijo él burlonamente, pero se arrepintió al ver la dureza que los ojos de ella lo miraban.

 

-         Una vez te lo dije y te lo repito ahora, él era un gran hombre.

 

-         Perdóname Candy, no quise, esta bien, olvidémoslo sí?

 

Ella asintió y comenzaron a platicar, al principio la charla divago entre cosas triviales, el teatro y los hospitales, una vez que se acabaron los temas triviales para seguir conversando un denso silencio se hizo presente, ella jugueteaba con su tenedor y el plato de ensalada, mientras que él volvía a perder la mirada en el hermoso jardín, terminaron de comer y entonces él la invito a caminar por el bello jardín, llegaron hasta el centro del mismo, donde unas bancas rodeadas por rosas les sirvieron para descansar.

 

-         Cómo esta Susana? – fue la pregunta que hizo ella, al tiempo que lo miraba con firmeza.

 

-         Supongo que bien, que mas da – respondió él con su tono de voz más frío que ella jamás le hubiese escuchado – no vine aquí a hablar de ella.

 

-         Ah no, entonces, a que veniste Terry?

 

-         A recuperar a alguien que perdí.

 

-         Y si ese alguien ya no está para ti – dijo ella decidida.

 

-         Haría hasta lo imposible por reconquistarla.

 

-         Como qué? – pregunto mientras analizaba bien su reacción.

 

-         Lo que ella me pidiera.

 

-         Incluso entonces su propia felicidad a costa de la tuya?

 

-         Inclusive eso, porque sabiéndola feliz, yo también lo seré.

 

-         Tanto le amas?

 

-         Mucho más – respondió él al tiempo que tomaba entre sus manos las blancas y delicadas manos de ella, mientras que suplicante la veía.

 

-         Terry, si tan sólo la cosas hubiesen sido distintas, si tan sólo el destino nos hubiese brindado una posibilidad, pero no fue así, todo siempre fue tan adverso, siempre en nuestra contra nunca a favor – decía y le miraba directo a los ojos, esos ojos con los que tantas veces soñó y en los cuales deseaba perderse antaño.

 

-         Eso que significa Candy?

 

-         Significa Terry, que mi corazón sanó, después de estar condenado al sufrimiento eterno resurgió con más fuerza, con la fortaleza que sólo se consigue con el amor.

 

En ese instante el comprendió, soltó sus manos y se levantó abruptamente, a sus ojos llegaron las lágrimas, que horrible era el sabor del desamor, pero más terrible era saber que habiendo tenido la oportunidad la había desaprovechado, si tan sólo el tiempo volviera a aquellas escaleras de hospital, él no estaría en esos momentos sufriendo lo indecible al escuchar de los labios de su amada aquellas palabras, no, tenía que ser una pesadilla, no era real, todo era una sucia jugarreta del destino, quería voltear y ver en aquella banca a una rubia que le extendiera los brazos y correr a ellos para no soltarle nunca más.

 

Pero era verdad, esa siempre había sido su verdad, siempre llena de amarguras, pero esta era la peor de todas, porque teniéndola cerca no podía hacer nada por retenerla, ella lo había dicho todo con tan solo unas cuantas palabras, ya no lo amaba y eso, eso dolía más que si le hubiesen atravesado el pecho con una daga, con el corazón sangrante y las ilusiones perdidas, respiro profundo, levanto el rostro hacia el cielo cerrando sus ojos, para irlos abriendo lentamente, y funcionó, pues al volver a su realidad se dio cuenta que ella lloraba tristemente.

 

La vio llorar y se sintió culpable, pues nuevamente era él quien arrancaba esas lágrimas de aquellos bellos ojos, haciendo gala de sus dotes de actor, se coloco una máscara y salió al escenario dispuesto a actuar, dispuesto a convencer a su pecosa de que aquello no era tan terrible, de ese modo, con su interior hecho trizas y llorando internamente se acercó hacia ella.

 

-         No Candy, no debes llorar.

 

-         Terry, perdóname, no quiero hacerte daño, perdóname por lastimarte de este modo – decía al tiempo que acariciaba su mejilla, él en un reflejo tomo su mano y la llevo hacía sus labios, besándola una y otra vez.

 

-         No, tu no tienes la culpa, quizá ha sido mejor así, quizá en realidad tu no eres la mujer de mi vida, ni yo el hombre para ti.

 

-         No eres un ogro – dijo ella dejando de sollozar lentamente al ver su actitud.

 

-         Estoy seguro que quien haya conquistado tu corazón es un gran hombre.

 

-         Seguro que sí, tu lo conoces, se trata de Albert.

 

-         No podía ser de otro modo, él es un gran hombre.

 

-         Lo sé, pero es tarde, debo irme.

 

-         Entiendo, quieres que te acompañe?

 

-         No gracias, debo hace algunas cosas todavía antes de volver a casa.

 

-         Sólo un favor Candy.

 

-         Dime Terry.

 

-         Sé feliz, sé muy feliz.

 

-         Gracias.

 

-         Una última cosa, salte de espaldas y no me digas adiós – pidió él dibujando una triste sonrisa.

 

Salte de espaldas

Si es que te vas

Y en vez de un cruel adiós

Di hola como estas

Quiero simular

No duele tanto así

Salte de espaldas

Como que vienes a mí.

 

Rick Treviño

 

De ese modo ella abandono el lugar, saliendo de espaldas, tal y como él se lo había pedido, luego de haber probado por última vez el néctar de sus labios.

 

 

רררררר

 

Lejos de ahí, tumbado sobre el pasto, Albert mantenía sus ojos cerrados, era la hora de su descanso pero no tenía apetito, estaba sufriendo como un condenado a muerte, seguro de haber perdido una batalla en la que ni siquiera había podido combatir, sus ojos no brillaban, la sonrisa se había ido, pero algo de consuelo le quedaba, ella sería feliz, aunque se condenara él a vivir en el desconsuelo sin su presencia.

 

Su descanso terminó y agradeció infinitamente el poder concentrarse en otras cosas, estaba decidido, se iría ese mismo día de ahí, no permanecería cerca de todo lo que le recordase a ella. Con este pensamiento se encamino a cumplir con sus deberes.

 

 

 

רררררר

 

 

La noche había caído lentamente, Albert llego al departamento y se extrañó de no ver luces afuera de la ventana.

 

-         Debe estar aún con él – pensó mientras un dolor en el pecho se hacía presente.

 

Camino lentamente y subió las escaleras que lo conducían al departamento que hasta ese día compartiría con ella, la tristeza que lo embargaba era tan visible, pero eso a él no le importaba.

 

Con desgano abrió la puerta y se metió, grande fue su sorpresa al voltear y ver la luz de algunas velas colocadas estratégicamente en el recibidor, en la mesita que usaban para comer, había un bonito jarrón con rosas rojas frescas y velas a los lados, un suave perfume había sido esparcido por todo el lugar, un perfume que lo embriagaba, y en la puerta que daba a la cocina, estaba ella, ataviada con un hermoso vestido rosa, sonriéndole.

 

-         ¡Candy, que sorpresa!

 

-         Te gusta?

 

-         Me encanta.

 

-         Bueno, decidí que has trabajado demasiado y que mereces un descanso, así que hice la cena.

 

-         Gracias.

 

-         Porque?

 

-         Por estar conmigo.

 

Diciendo esto la tomo en sus brazos y se unieron en un largo y apasionado beso, en donde se transmitían todo el amor que se tenían, luego de un rato se sentaron a la mesa.

 

-         Oye Candy, estuvo delicioso, no te conocía ese talento culinario – bromeó él al tiempo que la ayudaba a servir el café.

 

-         Bueno, para serte sincera, me ayudaron un poco sabes,.

 

-         Ah si, puedo saber quien?

 

-         La vecina de abajo – admitió ella mientras se sonrojaba y bajaba la mirada.

 

-         Mhmhm, tendré que agradecérselo después.

 

-         Muy bien, pero que te parece si mientras tanto bailamos.

 

-         Bailar? Pero no tenemos música.

 

-         No importa, podemos imaginarla – respondió ella sonriendo.

 

Sus cuerpos se movían rítmicamente, ella descansaba su cabeza en su pecho, hundiéndose en él, la mano de él que sujetaba su cintura la aprisionaba con fuerza, la aferraba a su cuerpo con firmeza pero a la vez con ternura, no supieron cuanto tiempo estuvieron de ese modo, él le susurraba palabras tiernas al oído, ella respondía con otras similares.

 

-         Candy, no sabes lo dichoso que soy de tenerte a mi lado. Soy muy afortunado.

 

-         La afortunada soy yo, eres un hombre maravilloso.

 

-         Y tu la mujer más hermosa y maravillosa que jamás haya yo conocido.

 

 

Un beso tierno fue depositado en los labios de ella, mientras alzaba sus manos hasta entrelazar sus dedos en la rubia cabellera de él, el beso se volvió más exigente a cada momento, los cuerpos pedían más, ansiaban un encuentro más cercano, él deslizaba sus manos por la espalda de la rubia, mientras que ella sentía su cuerpo estremecer.

 

 

 

רררררר

 

 

Mientras que dos corazones vivían un momento bello y mágico, un joven de ojos profundamente azules, pero mirada triste, de cabellos castaños y de carácter rebelde e indomable, partía hacia otra ciudad, dejando detrás de sí, más que su corazón, dejaba su vida entera en aquella ciudad, el tren se iba alejando y mientras iniciaba su marcha, aquel joven que se perdía en la lejanía, entonaba la melodía más triste que oído humano hubiese podido jamás escuchar desprendiéndose de una armónica, mientras gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas, el alma y el espíritu fatigados de buscar la felicidad sólo querían dejar de sentir.

 

 

Adiós mi pasado amor, adiós para siempre Candy......

 

 

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