Siempre Unidos

Por: Lily Ramírez.

Capítulo XI

“Continuar”

 

La habitación se sentía tan fría y vacía, a pesar de la presencia de ella, rubia y blanca como la nieve, postrada en aquella cama, ausente, perdida en un mundo distante. Las heridas físicas cicatrizaban satisfactoriamente, no así su alma que no regresaba, la joven estaba sumida en un sueño profundo y largo, la vida se le escapaba poco a poco y pareciera que nadie podría hacer nada.

 

La presencia de un joven de tez morena y cabellos castaños pasó desapercibida por la joven. El chico se acercó a la cama y tomo su mano, le dio un cálido beso en la frente y se sentó a su lado, sus cabellos castaños cubrieron su frente, pero no hizo nada por despejarlos, las palabras se negaban a brotar de sus labios, apenas susurros, llevaban días esperando su recuperación y no era el momento de perder la fe.

 

En algún lugar de su mente, la joven se veía a si misma caminando sobre la nada, triste, sola, de a poco, una luz fue revelándose a lo lejos, ella se acercaba sin prisa, en sus ojos, las lágrimas brotaban sin cesar, se sentía perdida.

 

-         Deja de llorar pecosa, deja de llorar.

 

La voz la tomo por sorpresa, quiso entonces buscar con la mirada pero no lograba abrir sus ojos, sentía tanta pesadez, no podía visualizar la imagen de aquel hombre, pero las palabras surtieron efecto, dejó de llorar.

 

El joven moreno sonrió al darse cuenta del pequeño movimiento de aquella mano blanca que sujetaba, la acarició con suavidad mientras la acercaba a su pecho.

 

-         No estés triste Candy, no te alejes de quienes te aman, de él que tanto te ama, lo estas hundiendo en la tristeza pecosa, ¿no te das cuenta?

 

-         Terry – musitó ella con un dejo de tristeza.

 

-         Pequeña pecosa, no es cierto que quieres morir, tú no eres así, eres vida y fortaleza, debes volver.

 

-         Ya no tengo fuerzas, la vida es dolorosa para quienes amo y me aman…

 

-         Ha sido duro para ti, lo sé, sólo que tengo un problema, si tu no abres los ojos y te enfrentas de nuevo a la vida, me quedare al pie de tu cama, te pondré mil y un apodos, languideceré a tu lado y me perderé de los atardeceres en el mar – dijo sonriendo el chico.

 

-         El mar…

 

-         Si pecosa, el mismo mar que unió nuestros caminos un día, quiero ver de nuevo el amanecer, no me ates a ti de esta forma, siempre seremos amigos, siempre te amaré (pensó para sus adentros), podrás contar conmigo cuando lo necesites, no más tristezas para ti, al menos no causadas por mi te lo aseguro, has luchado tanto por alcanzar la felicidad, sé que no será sencillo seguir viviendo, pues siempre tendrás obstáculos que librar, pero deseo que menos duros que los que has pasado hasta ahora.

 

-         Terry, te lastimé tanto y tu viniste por mí…

 

-         Sshhtt, no digas más, yo estoy bien, no me dañaste, no tienes la malicia suficiente para hacerle daño a alguien, fueron pruebas de la vida, momentos necesarios que nos sirvieron para fortalecernos…

 

-         Pero tú…

 

-         Pecosa, se me agota el tiempo, debo partir, el viaje no se puede postergar más, vuelve…

 

-         Terry

 

-         Candy, mi pequeña pecosa…

 

El joven se levantó de súbito al sentir con mayor fuerza el movimiento de aquella mano, se acercó a ella y pudo ver como las lágrimas brotaban silenciosas de aquellos ojos verdes aún cerrados.

 

-         Un doctor, necesito un doctor.

 

Salió de la habitación apresurado, al tiempo que varios jóvenes se incorporaban de sus asientos en aquella sala de espera.

 

 

 

רררררר

 

 

El hospital parecía un verdadero manicomio, doctores y enfermeras comentaban aquel incidente, tras varios días de inconsciencia, una joven rubia regresaba de su letargo, varios estudios le fueron practicados en el transcurso del día, aún no despertaba del todo, pero musitaba algunas palabras ininteligibles.

 

La capilla del hospital se llenó de flores, el aroma de incienso encendido inundaba el ambiente, mientras un joven rubio rezaba, postrado frente al altar mayor, gruesas lágrimas resbalaban por su rostro, viajando libremente hasta perderse en su cuello.

 

-         Gracias señor, por no arrebatármela, por esta oportunidad que nos brindas, te he pedido demasiado y sin embargo, me lo has concedido, si mi vida hubiese sido necesaria para traerla de vuelta, gustoso la habría dado, pero tus designios parecen otros, así que dispuesto estoy a hacerla feliz, brindarle cariño y protección. Gracias de todo corazón, por el milagro maravilloso de tenerla de vuelta.

 

Los minutos transcurrían y él continuaba en aquella posición, en la entrada de la capilla, Elroy Andrew aguardaba a su sobrino, sentada en una silla de ruedas, había sido imposible mantenerla en su cuarto, las noticias le llegaron de golpe y su salud había mermado, aún así, había sacado la fuerza necesaria para estar con su sobrino en todo momento, atendiendo las indicaciones de los médicos para reponerse, de pie junto a ella, George Johnson esperaba en silencio a su amigo.

 

Stear, Archie y Annie, seguían esperando noticias sobre su amiga, todos estaban a la expectativa, nadie hablaba, a pesar de todo, el ambiente se sentía sereno.

 

 

 

רררררר

 

La noche había llegado, Albert estaba de pie junto a la ventana, la mirada fija en el firmamento, el ruido de la cama lo hizo volverse.

 

-         Candy

 

Se dirigió donde la joven, ella se movía inquieta, él le prodigó una caricia suave mientras ella abría de a poco sus ojos.

 

-         Al… bert

 

El regocijo que sintió su alma no podía describirse ni compararse con nada. Sus ojos se nublaron y sin poder contenerse la abrazó, con delicadeza y sumo cuidado se afianzó a ella. La joven sintió su rostro húmedo y levantó una mano para acariciar la rubia cabellera, las fuerzas no habían regresado del todo, su corazón estaba tan triste aún…

 

-         Me has hecho tanta falta Candy

 

-         Albert

 

-         No te fatigues, debes reponerte por completo, hay tantas cosas de las que tenemos que hablar…

 

Una franca sonrisa afloró en sus labios al tiempo que acercaba un vaso con jugo a la joven. Ella volvió a cerrar los ojos, esta vez para dormir…

 

 

רררררר

 

Las hojas de los árboles caían sin cesar, el viento revolvía su cabello mientras permanecía de pie, había tanto que decirle, tanto por que agradecerle, las palabras no llegaban a su mente. Habían pasado varios meses desde aquel horrible incidente y todavía dolía, una lágrima rodó por su mejilla hasta perderse por su cuerpo, en sus manos, un hermoso ramo de rosas blancas descansaba.

 

-         Fuiste mi amor de adolescente, mi cómplice y mi amigo, demostrándolo hasta el último momento, quisiera entender lo que ha sucedido pero no puedo, no hay más mañana para ti, tampoco puedo volver el tiempo atrás. Ha sido tan difícil todo este tiempo, perdona que haya tardado tanto en venir a verte, dueles mucho aún.

 

Sin poder evitarlo cayó de rodillas sobre la tierra seca y siguió hablando, las lágrimas rodando con libertad.

 

-         Me siento tan responsable, a pesar de lo que todos dicen… ha sido difícil convencerme que no lo provoque yo, sino terceras personas, sin embargo, no me lo creo, no cuando la realidad me golpea en el rostro, no solo dañaron mi piel, pasaron por encima de ella y marcaron mi alma…

 

Un estremecimiento recorrió su cuerpo mientras lloraba liberando todo el dolor contenido ese tiempo, vertió toda la tristeza y culpa que había acumulado tras lo acontecido… los minutos pasaron… poco a poco las lágrimas cesaron, dejando tras de sí, una sensación de calma… ella deseó entonces que no fuera tan efímera como las anteriores…

 

-         No he olvidado mi promesa – continuó mientras secaba su rostro – trataré de ser feliz, gracias Terry, vendré a verte cada vez que pueda, porque necesitaré tu fuerza, tu aplomo e incluso hasta tu arrogancia – una sonrisa de dolor surcó su rostro – te ame Terry, jamás te lo dije, pero necesito que lo sepas, te amé por como eras, por ser tu mismo. Siempre seremos amigos Terry… siempre nos reencontraremos…

 

Besó el ramo de rosas antes de colocarlo sobre la fría lápida, bajo la cual, el cuerpo de Terruce Granchester descansaba. El viento acarició su rostro de forma suave, su corazón sintió un poco de alivio, sacó de la bolsa de su abrigo un conocido pañuelo, secó sus lágrimas y se despidió de él.

 

 

 

רררררר

 

Nueva York siempre es frío en época invernal, luego de seis largos años de vivir ahí, él ya se había acostumbrado, Alistear Cornwell se paseaba de un lado a otro frotando sus manos una contra otra y no precisamente debido al clima, su nerviosismo iba en aumento, consultaba el reloj cada minuto y la espera lo estaba consumiendo. Unos pasos que se acercaban lo hicieron detenerse.

 

-         Deja de pasear de esa forma, terminaras con el piso.

 

-         No puedo evitarlo Archie.

 

-         Ya, tranquilo, todo saldrá a la perfección.

 

La gruesa puerta de roble y doble hoja al final del pasillo se abrió en el momento en que las doce del día sonaban en el reloj.

 

-         Es hora.

 

-         Suerte.

 

El moreno asintió a su hermano y se internó en la habitación, la puerta se cerró y Archie lanzó un largo suspiro. Sin más, se sentó a esperar pacientemente.

 

 

 

רררררר

 

El agradable calor que despedía la chimenea de aquella salita la volvía un lugar acogedor, de un momento a otro la puerta se abriría y ella quería estar lista para recibirlo, atenta a su bordado, gusto recién adquirido, depositó en un cesto el producto de su trabajo, lo guardó en una cómoda y se dirigió a la cocina.

 

-         Señora Candy, ya casi está todo listo.

 

-         Mhm, si, puedo oler lo delicioso que está quedando esto.

 

Se acercó a una gran olla y extrajo un poco de sopa, sobre su mano vertió un poco y la degustó.

 

-         Quiero que todo salga muy bien.

 

-         No tenga cuidado niña – terció una mujer de edad avanzada mientras terminaba de decorar el pastel de carne.

 

-         Bien, estaré en la sala, si necesitan algo no duden en llamarme.

 

Con una amplia sonrisa llegó a la sala, sin tiempo para sentarse, pues el ruido de un motor que se apagaba la distrajo. Se apresuró a la puerta de la entrada y la abrió con una sonrisa, pero no vio a nadie, se acercó a las escaleras volteando en todas direcciones, mientras la decepción inundaba su rostro.

 

-         Hola preciosa – escuchó a sus espaldas.

 

-         ¡Albert! – gritó dando un salto.

 

El rubio rió a placer mientras rodeando a su esposa con sus fuertes brazos la hacia girar, ella reía con él y se aferraba a su cuello mientras entraban a la casa.

 

-         No deberías salir sin abrigarte, hace demasiado frío.

 

-         Quería sorprenderte…

 

-         La sorprendida fuiste tu mi amor.

 

Ella dibujó un puchero y él la besó a cambio. Un carraspeó interrumpió la escena y ambos se ruborizaron.

 

-         Abuela, buenas tardes – saludaron al unísono mientras la matriarca se despojaba de su abrigo.

 

-         Buenas tardes queridos. Espero no haber llegado demasiado temprano.

 

-         Oh no, justo a tiempo, iré a ver que todo este listo, no escuchamos el auto.

 

-         No escuchan nada a su alrededor cuando están de melosos – respondió serena la recién llegada esbozando una tenue sonrisa.

 

Candy tomó el abrigo al tiempo que depositaba un cariñoso beso en la frente de la recién llegada, colocó la prenda en el clóset y regresó a la cocina.

 

-         Parece que es menos atolondrada – dijo por lo bajo Elroy Andrew.

 

-         ¡Abuela! – le recriminó Albert.

 

-         Oh vamos William, no me digas que no es verdad – completó ella con una risita al tiempo que se dirigía al amplio sofá donde solía sentarse siempre que les visitaba – apenas puedo creer que celebren cuatro años de matrimonio.

 

-         Sí, yo también – respondió en un susurro mientras se dirigía a la pequeña cantina y servía un par de tragos.

 

-         ¿Te conté que Patricia O’Brien estuvo de visita?

 

-         No lo sabía, debió pasar por casa.

 

-         Me pidió que la disculparas, vino precisamente los días en que te encontrabas en Lakewood abuela.

 

-         Y, ¿cómo está?

 

-         Feliz, parece que contraerá nupcias próximamente.

 

-         Me alegro mucho por ella, aún no puedo creer que se atreviera a desafiar a sus padres estudiando en contra de su voluntad – comentó con un ademán de su mano.

 

-         Hemos hablado sobre eso y sabes que opino muy diferente, es una buena chica.

 

-         Debió seguir el ejemplo de Candice, ella ha sabido ser una buena esposa.

 

-         Abuela, sabes bien que si ella decidió dejar su carrera no fue precisamente porque le desagradara…

 

-         Lo sé hijo, lo sé – interrumpió la anciana con amabilidad – nunca estaré más en contra de sus deseos, pero debo admitir que soy muy feliz viéndolos juntos y ella convertida en una gran dama.

 

-         Sí, soy un hombre afortunado.

 

-         ¿Has sabido algo de los chicos?

 

-         No, aún no, espero que en la noche se comuniquen – respondió al tiempo que daba una copa a su abuela.

 

-         Archie debió llevarme con él, muchacho irresponsable, viajar con Claudia y en su estado – comentó seria mientras bebía el coñac.

 

La cara de Albert se tornó seria, apuró el contenido de su copa y se disponía a servirse un trago más, pero la presencia de su esposa lo hizo desistir y se forzó a sonreír.

 

-         La comida está lista, podemos pasar.

 

-         Excelente, muero de hambre – comentó él mientras se alejaba de la barra.

 

La pareja guió a la tía abuela al comedor, donde se dispusieron a pasar una linda tarde, celebrando.

 

 

רררררר

 

La nieve comenzaba a caer en diminutas chispas, el ambiente estaba cargado de tensión y Archie llevaba tres tazas de café en sólo una hora, ¿o eran más?, la verdad no recordaba, estaban siendo las cuatro horas más largas de su vida, la puerta al final del pasillo por fin se abrió y a los pocos segundos pudo ver la silueta de su hermano. Stear tenía la expresión demasiado seria y Archie temió lo peor. El mayor de los Cornwell llegó hasta su hermano y se afianzó a él en un abrazo fuerte, mientras las lágrimas fluían, el corazón del rubio se encogió y lo abrazó.

 

-         Lo conseguí Archie – dijo finalmente Stear.

 

Archie deshizo el abrazo y se le quedo viendo asombrado.

 

-         No me veas así, no todos celebramos riendo, esta es mi forma de decirte que… YA… SOY… MÉDICO…

 

Stear sintió la euforia de su hermano, quien lo abrazó y lloró con él, mientras su orgullo se inflamaba.

 

-         Nunca lo dudé, te felicito.

 

Se enjugaron las lágrimas y luego se echaron a reír, salieron del recinto para ir a celebrar. Abordaron el auto y mientras conducía, Stear le contó pormenorizadamente a su hermano como había llevado su examen. Luego de varios minutos llegaron a un elegante sector al oeste de Nueva York.

 

La nieve comenzó a caer más rápida y copiosamente cuando entraron en la mansión. Danielle y Claudia los veían expectantes, ante el silencio, Danielle se acercó a su esposo y tomando su rostro con ambas manos preguntó.

 

-         ¿Y bien?

 

-         ¡Ya tienes médico mi amor! – exclamó contento el joven.

 

Danielle dio un grito de júbilo y lo abrazó, luego besó cada centímetro de su rostro, mientras Claudia y Archie los observaban felices. El más joven de los Cornwell aprovecho el momento y disculpándose con todos le pidió un momento a solas a su hermano.

 

-         ¿Sucede algo Archie?

 

-         Nada, solo que debemos llamar a Chicago.

 

-         Es verdad.

 

El joven tomó el teléfono y pidió una comunicación, pero el número marcado estaba en ese momento ocupado. Stear se dirigió a la chimenea y tomó una fotografía.

 

-         Al fin lo conseguí aristócrata malcriado – la imagen de un Terry sonriente lo observaba desde atrás del cristal – donde estés, espero que celebres.

 

Sonrió con melancolía mientras veía a Archie intentando comunicarse, finalmente colgó derrotado y miro con resignación a Stear y volvieron con las damas. Las dos parejas se dirigieron al comedor, donde una botella de champagne fue descorchada por el menor de los Cornwell. Brindaron y tomaron asiento para degustar la comida.

 

Los minutos transcurrían amenamente, al terminar, pasaron a la sala para seguir charlando mientras bebían té, Stear tomó la batuta y les narraba detalle a detalle todo su examen, mientras Archie se perdía observando el perfil de su esposa, su mente voló tres años atrás.

 

Hacía sus compras navideñas de última hora, algo inhabitual en él, había tenido muy complicado su tiempo debido a sus deberes en la Universidad, apenas y llegaría con tiempo a la estación del tren, donde su hermano lo aguardaría para trasladarse juntos a Chicago. Buscaba algo adecuado para Candy y Albert, el regalo de su entonces novia Annie Britter ya lo había seleccionado, pero le estaba resultando complicado encontrar algo adecuado para sus jóvenes tíos.

 

Llegó a una estantería y ahí la vio, su largo cabello castaño y rizado, mientras decidía entre una gargantilla de diamantes y una de rubíes.

 

-         Si me permite la observación, creo que le iría mejor la de diamantes – dijo galante al tiempo que tomando la gargantilla la colocaba en el cuello de la joven.

 

Acercó un espejo y lo colocó justo frente a ella mientras sonreía. Ella se había ruborizado un poco y comenzó a despojarse de la joya.

 

-         Le agradezco su ayuda, pero no es para mí.

 

El rubor tiñó las mejillas del joven y balbuceó una disculpa. Dándose la media vuelta intentó alejarse, pero ella se volvió hacia él y sonrió con sencillez.

 

-         Es un obsequio para la prometida de mi padre, personalmente, prefiero cosas más sencillas.

 

Recuperando su aplomo y el habla, Archie entabló una pequeña conversación, consultó su reloj y supo que no tendría demasiado tiempo si quería llegar a la estación.

 

-         Pensará que soy un maleducado, pero tengo el tiempo justo, debo partir en un par de horas a Chicago.

-         Oh, con el tráfico que hay en la ciudad dudo mucho que logre llegar a la estación sino parte ahora.

-         Lo sé, pero aún me faltan un par de obsequios.¿Podría ayudarme?

 

La joven titubeó un poco, no obstante aceptó con un ligero sentimiento de cabeza.

 

-         Debes decirme para quienes son los obsequios, para poder ayudar.

-         Sí, bien, el primero es para una preciosa y alegre rubia, con grandes y profundos ojos verdes.

-         Oh, si, bueno, creo que a tu novia le sentará bien… – su vista vagó por el aparador en busca de alguna joya.

-         No, no, no, perdona la confusión – se apresuró a rectificar al momento – no es mi novia, es mi tía, bastante joven si quieres, pero mi tía, cumplió su primer año de casada y deseo obsequiarle algo lindo, nada ostentoso, ella no gusta de las joyas.

 

Ella lo miro confundida y se irguió elegantemente.

 

-         Mis tíos son las personas más especiales para mí, al lado de mi hermano y mi abuela, por eso deseo darles algo hermoso, además de significativo. Sólo que no les gustan las extravagancias.

 

Media hora más tarde se despidieron. Él prometió buscarla a su regreso. Llegó cuando el tren casi partía y abordó.

 

Su tiempo transcurría entre la universidad, sus visitas relámpago a Chicago y su trabajo de medio tiempo en las oficinas de la familia en Nueva York. Su relación con Annie iba de mal en peor, ella le exigía tiempo y dedicación, hacía tiempo que había dejado de ser la chica dulce y paciente que conociera tiempo atrás, su constante presión sobre su matrimonio terminó por cansarlo y un buen día del mes de Julio dio por terminada la relación.

 

Tuvo que soportar el sermón por parte de la tía abuela, además de ir a hablar con los padres de Annie, quienes optaron por mudarse de ciudad para evitar el “escándalo”. Contrario a lo que esperaba, Candy se había mostrado comprensiva y brindándole su apoyo lo fue a despedir al tren, deseándole lo mejor y que encontrara una chica que en verdad lo valorara, ella se ganó la antipatía eterna de los Britter pero no le importó, él le agradecía desde el fondo de su corazón que no le recriminara. Aunque para nadie era desconocido como Annie se había distanciado de la rubia. 

 

Durante esos meses no había buscado a Claudia, no por que no quisiera, sino que no encontraba el pretexto idóneo, fue el sabio destino quien volviera a unirlos de forma casual de nueva cuenta. El estreno de una obra protagonizada por Eleanor Baker fue de gran especulación, pues sería la primera vez que la actriz pisaría el escenario luego de la trágica muerte de su hijo.

 

Stear y Archie se encontraban en el palco de honor acompañados por Danielle, la prometida entonces del chico de anteojos. Al terminar la obra habían ido a celebrar a un restaurante, la actriz había estado sublime en su interpretación, pero fuera del escenario y con la luz de las velas se percataron de la infinita tristeza que aún embargaba su alma, ella notó la preocupación en el rostro de los chicos, sobre todo en el del mayor, con quien mantenía una estrecha relación amistosa.

 

-         Estoy bien chicos, la vida sigue y yo con ella, sólo que ha sido difícil – dijo al tiempo que se enjugaba una lágrima.

 

-         Sabemos lo que ha pasado mi lady, pero no quisimos dejar pasar la oportunidad para compartir este triunfo – dijo Archie con suavidad.

 

-         Les agradezco infinitamente, además, después de Terry, ustedes han sido lo más cercano a un familiar que he tenido, es por eso que quiero compartirles un secretito.

 

A su mesa llegó un elegante caballero, su nombre era Maximiliam Perort. Llevaba del brazo a una linda jovencita, ataviada con un hermoso y sencillo vestido beige, Archie la reconoció al momento, se trataba de ella, la chica que le cautivara en aquella tienda. Desde entonces hizo lo posible y lo imposible hasta que consiguió hacerla su novia, posteriormente logró llevarla al altar una soleada tarde de Agosto, justo un año después de reencontrarse gracias a Eleanor, quien había pasado a ser parte de la familia, pues el padre de la joven había contraído nupcias con la actriz.

 

Un suave apretón en el brazo lo devolvió a la realidad, justo a tiempo para escuchar como su hermano concluía su relato.

 

 

רררררר

 

La noche cayó silenciosa sobre Chicago, hacía apenas una hora que la tía abuela se había marchado, aunque la distancia entre su mansión y la de los jóvenes no era mucha, no quería tomar riesgos, su salud ya no era muy estable, además, el frío se había incrementado.

 

-         Candice Andrew, la joven y hermosa esposa de William Albert Andrew, fue vista en compañía del magnate en la pasada fiesta en casa del gobernador, donde como siempre, causó admiración y envidia entre las asistentes, al capturar la atención de todos los caballeros, incluido el gobernador, quien no perdió oportunidad de bailar con la encantadora señora…

 

-         Basta Albert, desde cuando te importan los cotilleos de la sociedad – le interrumpió ella.

 

-         No es mi culpa que los periodistas exalten tu belleza cada vez que tienen oportunidad, además, cada uno se muere porque al menos les dediques una sonrisa.

 

-         William – sentenció la chica seriamente.

 

-         Oh, oh, eso no me gustó como sonó.

 

Candy se internó en el baño para mudarse de ropa, le molestaba que los diarios hablaran de ella como si de una muñeca de aparador se tratara. Colocó el vestido sobre un perchero y comenzó a desanudarse el corsé, viendo interrumpida su labor por las manos de su esposo, quien gentil y lentamente terminó por despojarla de toda prenda. Su cálido aliento rozaba el blanco cuello de ella, quien se volvió para quedar frente a él y aprisionar sus labios entre los de ella. Sumergiéndose en el juego de la pasión comenzó a desabotonar la camisa, bajando sus manos hasta llegar a su cintura y deshaciéndose del pantalón.

 

Las caricias se volvieron más furiosas y apasionadas, leves y suaves gemidos comenzaron a brotar de los labios de Candy, se detuvo apenas un poco y juguetonamente se deshizo del resto de la ropa que le impedía disfrutar del cuerpo de su esposo.

 

Recién iniciaban su juego cuando el llamado de la puerta los hizo detenerse.

 

-         Creo que deberé castigar a quien este tocando la puerta – dijo Albert mientras se colocaba unos pijamas rápidamente, encimándose la bata y colocándose unas pantuflas salió del baño.

 

Ella suspiró y se puso un camisón de franela, luego fue a revisar el fuego de la chimenea, Albert estaba tardando mucho en regresar, así que decidió meterse bajo las sábanas, no pasó mucho tiempo para que se quedara dormida.

 

Albert regresó a su habitación sonriente y feliz, al entrar vio como la rubia descansaba su cabeza en mala posición, así que sin dudarlo llegó hasta la cama, apagó las luces y acomodó a su esposa, ella sintió el movimiento y se despertó abruptamente.

 

-         No pasa nada preciosa, te quedaste dormida, como acostumbras en ocasiones.

 

-         Lo siento, ¿sucede algo? – inquirió mientras se restregaba los ojos intentando despertar completamente.

 

-         Sí, bueno, nada malo, sabes, eran Stear y Archie.

 

-         ¿Archie volvió?

 

-         No, claro que no, solo llamaron para darnos la buena noticia.

 

-         ¿Claudia ya tuvo a su bebé?

 

-         No, mejor aún, Stear presentó su examen y…

 

-         Ya es médico, ¿Verdad? – dijo dando un suspiro melancólico.

 

-         Sí, pero… ¿qué sucede pequeña?, deberías estar contenta.

 

-         Y lo estoy – dijo reprimiendo las lágrimas – es solo que me habría gustado estar cerca, felicitarlo, darle un abrazo y…

 

Albert la abrazó con ternura, en el fondo sabía lo que aquello significaba para ella. Se había alejado de la medicina por sentir que no tenía más nada que ofrecer a los demás. Tras la muerte de Terry y luego de varios meses fue a visitar su tumba para partir a su querido hogar de Pony, pero una fría tarde de invierno habían dejado en la puerta del hogar a un pequeñito, la señorita Pony no había dudado en tomarlo en brazos y cobijarlo dentro, el pequeño tenía una fiebre incontrolable, a los pocos días murió, dejando a la buena mujer contagiada de tuberculosis. Candy había pasado días y noches enteros cuidándola, confiando en que recuperaría su fortaleza, pero no fue así, la enfermedad la consumió y la joven sufrió demasiado, desde entonces había dejado la enfermería y no quería saber más de eso.

 

-         Si mi amor, pero podrás hacer eso y más, ellos llegarán en unos días, pronto será navidad, ¿recuerdas?

 

-         Cierto, que despistada soy, bien, debo organizar una cena familiar para festejar, ¿no te parece?

 

-         Claro que sí.

 

Él la miraba extasiado, no le gustaba verla triste, si tan sólo Dios les concediera un hijo, quizá su alma terminara de sanar. Dio un gran suspiro capturando la atención de la joven.

 

-         ¿Pasa algo malo?

 

-         No, nada, solo fue un día pesado.

 

Ella sonrió y colocándose a horcajadas encima de él lo miraba traviesa.

 

-         ¿Por qué me ves así? – preguntó sonriente el rubio.

 

-         Porque me gustas.

 

-         ¿Sólo por eso?

 

-         ¿No es suficiente?

 

-         No, no lo es.

 

Ella movió su cabello coqueta y el no se movió, se quedo observando mientras ella de forma audaz y desinhibida se despojaba de su camisón. En una fracción de segundo se había liberado de la tristeza que embargaba su alma y él la amaba aún más por ese poder tan grande que tenía.

 

El crepitar del fuego era el único sonido que inundaba la habitación, mientras que la tenue luz iluminaba su cuerpo ella lo tomó de la mano y lo hizo incorporarse, se deshizo de las prendas masculinas y comenzó a besar el amplio torso, él dejo escapar un gemido de placer mientras ella seguía acariciándolo, la abrazó con fuerza y buscó esos labios carmesí. Besó suave y delicadamente, sus manos delineaban la figura de su esposa, mientras la levantaba del piso para depositarla sobre la cama, dando inicio a su ritual de amor, a la entrega de sus almas a través de los cuerpos, las manos recorriendo con suavidad palmo a palmo la piel, caricias nuevas, inventadas, todo al mismo tiempo, para lograr llegar a la cima del cielo, donde reafirmaban su amor una y otra vez.

 

 

רררררר

 

La primavera llegó a Chicago y los árboles empezaron a cubrirse de hojas, los pajarillos cantaban en el balcón y ella los observaba a través de las cortinas, llevaba varios esperando el regreso de su esposo, quien por asuntos de negocios había marchado a Ohio, observando al cielo sonreía mientras cepillaba su cabello.

A las diez de la mañana de ese día, el característico ruido de un motor la hizo ir a recibir a sus visitas, al abrir la puerta se encontró ante ella con la imagen de su esposo, ella corrió y le abrazó fuertemente.

-         Te extrañé.

 

-         Y yo a ti preciosa.

 

-         ¿Por qué no me avisaste?, y ¿por qué vienes en el auto de Archie?

 

-         Quería sorprenderte.

 

-         Ah sí, pues por llegar sin previo aviso, tendrás que dormir en el sillón.

 

Él la miró confundido y ella se echo a reír, se internaron en su hogar y pasaron las siguientes horas conversando y descansando. Al filo de las seis de la tarde se dispusieron ir a visitar a los Cornwell, mientras el chofer conducía los jóvenes conversaban de mil y un cosas, de pronto, el auto frenó en seco.

 

-         ¿Qué sucede?

 

-         No lo se señor, hay un carro volcado.

 

Los hombres descendieron para ir a ver si podía ayudar en algo, los minutos pasaban y Candy decidió ir a buscarlos, los encontró tratando de sacar a alguien del auto, al parecer una mujer, volvió el rostro con pesar para encontrarse con el cuerpecito inmóvil de un pequeño, dejó escapar un grito y entonces Albert le habló.

 

-         Candy, necesito que lo revises.

 

-         No, yo… no puedo – musitó al tiempo que daba dos pasos hacía atrás.

 

Albert seguía intentando ayudar a la mujer, el pequeñito comenzó a mover una piernita y un grito de dolor llegó a los oídos de la joven, estaba paralizada, los ojos del niño se clavaron en los de ella y entonces ocurrió. Ella se aproximó y empezó a revisarlo, el niño estaba muy golpeado y al parecer con algunas fracturas, se dirigió al coche y abrió el portaequipaje, sacó el maletín de primeros auxilios que siempre cargaba su esposo y volvió al lado del niño.

 

Al poco tiempo lograron sacar al padre y también lo revisó, su esposo ayudaba en silencio, agradeciendo al cielo por haberla hecho reaccionar favorablemente en esa situación, aún y con su frente perlada en sudor y sus manos temblorosas había realizado las inmovilizaciones necesarias mientras llegaba más ayuda.

 

El tiempo corría y ella se paseaba de un cuerpo a otro revisándolos y rezando en voz baja para que su chofer no tardara más con la ambulancia. Sus ojos se nublaban de momento pero con esfuerzos intentaba mantenerse de pie. Cuando la ambulancia llegó ella mismo ayudó a acomodarlos en las camillas y de pronto, se desvaneció.

 

 

רררררר

 

Albert acariciaba la blanca mano, esperando pacientemente a que su esposa recuperara el conocimiento, todo había sido tan repentino y agotador, que él mismo no lograba reponerse del todo. Un ligero movimiento lo hizo incorporarse.

 

-         Lo hiciste muy bien pequeña.

 

-         ¿Qué pasó?

 

-         Te desmayaste, estás fuera de forma eh – bromeó él al tiempo que besaba su frente.

 

-         ¿Cómo están esas personas?

 

-         Estarán bien, la señora está en shock pero su esposo y su hijo están recuperándose, saldrán en algunos días.

 

-         Me alegro mucho.

 

-         Yo también preciosa, iremos a casa y descansarás.

 

Ella asintió mientras cerraba los ojos, uno de los médicos la revisó y la dio de alta, retornaron a su casa, donde una angustiada tía abuela les esperaba. Archie y su esposa también estaban ahí. Albert les agradeció su presencia y les aseguró que todo estaba bien, sin embargo, nada convenció a la anciana para irse a su casa, por lo que le prepararon de inmediato una habitación.

 

 

רררררר

 

Las flores estaban a punto de abrirse, el olor a campo llenaba sus sentidos mientras caminaba por el jardín, no se sentía bien últimamente, por lo que aquella mañana había acudido al médico, le realizaron algunos estudios y Albert quedo en pasar a recogerlos. Había intentado retomar clases de enfermería pero no se sentía del todo lista, por lo que optó por seguir con su vida como hasta entonces.

 

Un viento agradable y fresco acariciaba su rostro mientras ella descansaba en una banca, sin sentir se quedó dormida y se sumergió en un agradable sueño. Caminaba sobre las nubes y se sentía libre, vestía una túnica rosa pálido y su cabello estaba adornado por pequeñas florecitas multicolores. De la nada salieron pajaritos entonando melodiosas notas, ella danzaba con los brazos extendidos, después de muchos años se sentía feliz.

 

Abrió los ojos y se encontró con él, su compañero, su amante, su amigo, su esposo, su todo, se movió inquieta al percatarse de donde estaba.

 

-         Yo… yo estaba en el jardín…

 

-         Te quedaste dormida y te traje de vuelta a casa.

 

Ella sonrió y se acomodó sobre los almohadones, mientras el joven la abrazaba, acomodando su cabeza sobre su vientre, Candy acarició sus cabellos y él se irguió.

 

-         ¿Pasa algo Albert? – cuestionó intrigada e intentando levantarse.

 

Albert la sujeto de ambos brazos y la obligó a permanecer recostada. Sonrió como nunca antes ella lo había visto y el brillo de sus ojos era más hermoso de lo usual. 

 

-         Pase por los resultados de tus estudios – comenzó pausadamente.

 

-         ¿Y?

 

-         Candy, sé que te resultará increíble y sé también que lo esperas con ansia, tanto o más que yo…

 

-         No te entiendo.

 

-         Cariño, vas a ser mamá, vamos a tener un hijo.

 

La expresión de su rostro sufrió una transformación, primero de sorpresa, luego de alegría, para culminar con su rostro bañado en lágrimas de felicidad.

 

-         ¡No puedo creerlo! Ha pasado tanto tiempo, hemos esperado en vano todos estos años y ahora…

 

-         Lo sé Candy, lo sé, pero es real, Dios nos ha bendecido y sólo él sabe porque hasta el día de hoy.

 

-         Un bebé Albert, tendremos un bebé.

 

Instintivamente llevó sus manos al vientre y comenzó a acariciarlo, Albert posó las suyas sobre las de la joven y luego la abrazó fuertemente, llorando de alegría y gozo. Ambos corazones henchidos de felicidad, permanecieron abrazos por varios minutos, elevando oraciones de gratitud y sintiendo que la vida al fin les recompensaba tanto sufrimiento.

 

La noche cubrió por completo la ciudad de Chicago, las estrellas y la luna en su cuarto menguante brillaron con intensidad adornando con esplendor el negro cielo citadino, mientras que en aquella habitación, la luz de la esperanza y la felicidad, iluminaba dos corazones por tanto tiempo entristecidos, trayendo con el nuevo ser, bríos de esperanza, fe y nuevos senderos por recorrer.

 

FIN

 

Regresar

 

“La vida nos da a todos lo que merecemos, algunas veces tenemos que esperar por largo tiempo, otras veces no, llega todo abrupta y repentinamente, pero siempre, trae enseñanzas, así como la brecha que indica el camino y en nuestra mano está el seguirlo o tomar un sendero más o menos sinuoso”.

 

 

Dedicado con todo cariño a ustedes lectoras, por quienes esta historia llegó a su fin y por quienes continuo sacando locuras de mi cabeza.

 

Gracias desde el fondo de mi corazón por tantas palabras lindas recibidas desde el primer capítulo, espero no haberles defraudado.

 

Quejas y, reclamos:

[email protected], [email protected]

 

 

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