| Lo que pasó una
vez
Y el hombre dice, repite, torna a repetir que no ha
ocurrido nada. No ha ocurrido nada; pero en el establo que se halla a la salida del
pueblo, junto a la era -establo y era propiedad del señor-, ha visto, cuando regresaba el
hombre a la casa, una cosa que no había visto antes. Ha visto que dentro del establo
había gente.
El viejo, al escuchar estas palabras, da un salto. No puede contenerse; se levanta, se
acerca al hombre y le grita:
-¿Gente en el establo? ¿En el establo que está junto a la era? Pero... ¿Es que no se
respeta ya la propiedad? ¿Es que os habéis propuesto arruinarme todos?
El establo son cuatro paredillas ruinosas; la puerta -de
madera carcomida, desvencijada- puede abrirse con facilidad; una ventanita, abierta en la
pared del fondo, da a la era. ha entrado gente en el establo; se han instalado allí;
pasarán allí la noche; tal vez estén viviendo allí hace días. Y todo esto en la
propiedad, la sagrada propiedad del viejo. ¡Y sin pedirle a él permiso! Ahora la
tormenta de la cólera es tan grande, más grande, más estruendosa que antes. Sí, sí,
indudablemente todos se han propuesto arruinar al pobre anciano; todos, descuidados,
manirrotos, sin parar atención en la hacienda se han propuesto que este anciano acabe en
la pobreza, en la miseria. El caso de ahora es terrible; no se ha visto nunca cosa
semejante; nunca ha entrado nadie en una propiedad -casa o tierra- de este viejo señor. Y
el viejo señor, ante hecho tan peregrino, estupendo, decide ir él mismo a comprobar el
desafuero, a remediarlo, a echar del establo a esos vagabundos.
La noche es clara, límpida, diáfana; brillan -como las
monedas de oro antes- las estrellitas del cielo. Todo está sosegado; el silencio es
grato, profundo. El anciano va caminando solo, nerviosamente, vibrando de cólera. Da
fuertes golpazos con el cayado en el suelo. La silueta del establo, ante la blancura de la
era, se percibe a lo lejos, sobre el cielo de un azul oscuro. Ya va llegando el anciano a
las paredillas ruinosas. La puerta está cerrada. la mano izquierda del viejo pasa y
repasa por la luenga barba. No quiere el viejo penetrar de pronto por la puerta. Se
detiene un momento, y luego, despacito, se va acercando a la ventana que da a la era. Se
ve dentro un vivo resplandor. El anciano va a aplicar su cara a la ventana. Ya sus ojuelos
vivarachos están cerca del angosto hueco. La mirada del anciano penetra en el interior.
Jamás ha visto el viejo lo que ha visto ahora; esto que el anciano contempla no lo han
contemplado, sin duda, nunca ojos humanos. No se aparta la mirada del viejo de lo interior
del establo. Pasan los minutos, pasan las horas, insensiblemente. El espectáculo es
maravilloso, sorprendente. ¿Cuánto tiempo ha pasado ya? ¿Cómo medir el tiempo ante tan
peregrino espectáculo? Tiene la sensación el anciano de que han pasado muchas horas,
muchos días, muchos años... El tiempo no es nada al lado de esta maravilla, única en la
tierra.
Regresaba lentamente, absorto, meditativo, el viejo a su
casa de la ciudad. Han tardado en abrirle la puerta, y él no ha dicho nada. Dentro de la
casa, una criada ha dejado caer la vela cuando iba alumbrándole, y él no ha tenido la
más leve palabra de reproche. Con la cabeza baja, reconcentrado, iba andando por los
corredores como un fantasma. Su mujer, que le ha recibido en la sala, al hacer un
movimiento brusco, ha derribado un mueble: han caído al suelo unas figuritas y se han
roto. El anciano no ha dicho nada. La sorpresa ha paralizado a la esposa del caballero. La
sorpresa, el asombro ante la insólita mansedumbre del viejo ha sobrecogido a todos. El
anciano, encerrado en un profundo mutismo, se ha sentado en un sillón. Sentado, ha dejado
caer la cabeza sobre el pecho, ha estado meditando un largo rato.
Todos miran, observan, examinan al anciano en silencio, recelosos, inquietos. No se
deciden a interrogarle; él se obstina en su mutismo. Y la mujer, al cabo, dulcemente, con
precauciones, interroga al anciano. El coloquio es largo, prolijo; el viejo no accede a
revelar su secreto. Y al cabo, tras el mucho porfiar con dulzura de la mujer, el anciano
revela su secreto. Junto al oído de la mujer ha puesto, para hablar, para hacer la
revelación suprema, sus labios. El asombro se pinta en la cara de la esposa...
-¡Tres reyes y un niño! -exclama sin poder contenerse.
Azorín:
Lo que pasó una vez.
Barcelona, Lumen |