| **El Continente Misterioso** de Emilio
Salgari siempre ha estado rodando por mi casa. En un principio no me llamaba la
atenci�n hasta que vi este cap�tulo; �Debo haberlo le�do docenas de veces antes de
animarme a leer el libro completo!
CAPITULO XIX
Prisioneros en un �rbol
Un animal de color gris, parecido a un canguro, aunque
mucho m�s peque�o, acababa de cruzar la peque�a pradera, y a saltos con sus patas
irregulares cual el rayo, perdi�ndose entre un mont�n de ramas antes que Cardozo hubiera
tenido tiempo de disparar la escopeta.
-�Qu� fue eso? -pregunt� el contramaestre,
at�nito-. �Un canguro que trepa por los �rboles como un mono!
-Es un sariga* -dijo Cardozo.
-Pues parec�a un canguro.
-Es de la misma familia.
-�Es comestible?
-Dicen que su carne es exquisita.
-Pues espreciso hacerla nuestra. mas, �d�nde se esconde, que no la
veo?
-Seguramente en su madriguera. Me han contado que se esconde en los
huecos de los �rboles.
-Eso quiere decir que ese eucalipto estar� hueco.
-Tenlo por seguro, compa�ero.
-�Vamos, Cardozo!
Se aproximaron al �rbol y lo observaron atentamente. Pertenec�a a la
familia de los eucaliptos, aunque parec�a muy viejo. Su tronco era enorme, tanto,
que no ser�an suficientes diez hombres para abarcarlo. Acaso, la parte superior del
�rbol hab�a sido tocada por un rayo. El contramaestre golpe� el tronco con el
hacha y son� a hueco.
-La sariga tendr� aqu� su madriguera -dijo-, pero la obligaremos a
salir en seguida con toda su familia.
-�C�mo, compa�ero? -pregunt� Cardozo-. Pierdes el tiempo si esperas
cortar ese �rbol, porque la corteza interior es tan dura y resistente como el diamante.
-Nos subiremos a �l, y haremos salir al animal ech�ndole tizones
encendidos.
-�Subirse! �Cualquiera lo hace!
-Haremos como los australianos.
-Es in�til, Diego. He hallado una escala. Mira aquel bejuco que
cuelga de esa rama.
-Es una mara, que no caer� bajo nuestro peso.
Cardozo se agarr� a la panta y comenz� a subir por ella �gil cual un gato
mont�s, hasta que lleg� a la copa del eucalipto. El contramaestre, que debido a
sus a�os era menos �gil, ascendi� con mayor lentitud y los dos se pusieron a horcajadas
entre dos ramas gruesas.
Bajo ellas observaron una nueva abertura, algo as� como un pozo que se
abr�a en el tronco del �rbol.
-Est� vac�o -dijo el contramaestre, inclin�ndose sobre aquella abertura-.
Mas, �d�nde est�n las sarigas?
-�M�ralas all� abajo! -agreg� Cardozo-. Son ocho por lo menos, una
familia entera. Posiblemente haya m�s.
-�Cuarenta kilos de carne fresca! �Qu� estupenda caza, hijo m�o! Prueba a
disparar la escopeta.
Cardozo se sac� de la espalda el arma al tiempo que el contramaestre
empu�aba el hacha, y dispar� dentro del �rbol. No pudo ver el efecto del disparo.
Sea porque el cartucho tuvera demasiada cantidad de p�lvora, o porque la escopeta
se hubiera gastado, recibi� un culatazo que le hizo perder el equilibrio.
Trat� de sujetarse con la mano izquierda a las ramas, pero no tuvo
tiempo y cay� en aquel pozo, profiriendo un grito. Veloz como el rel�mpago, Diego
le sujet� por una pierna, pero tambi�n el perdi� el equilibrio y los dos se
prescipitaron dentro, aplastando a dos o tres animales con sus cuerpos.
-�Rayos y centellas! -exclam� el contramaestre, levant�ndose-. �Tengo la
nariz aplastada!
-�Y yo las costillas! -contest� Cardozo
-�Lo que nos faltaba era esto!
-�Mira las sarigas!
-�Que se vayan al diablo!
Aturdidos por aquellas dos masas desprendidas del cielo, los animales, tras
emitir aullidos de espanto, hu�an r�pidamente en todas direcciones. En segundos,
desaparecieron.
-�Por vida de Satan�s! -bram� el contramaestre-. �Estuve a punto de
partirme la cabeza! Y t�, �c�mo est�s hijo m�o?
-Triturado, pero espero no haberme roto ning�n hueso. �Sabes, amigo, que
esta aventura resulta c�mica?
-�Mientras no se vuelva seria!
-�A qu� tienes miedo?
-Me pregunto c�mo saldremos de este pozo. �Malditas sarigas!
-La escopeta tuvo la culpa. Recib� tal culatazo, que perd� el
equilibro.
-Todav�a nos queda el hacha, por suerte.
-Me parece que se embotar� en la dura madera del �rbol.
-�Si pudi�ramos subir!
-�C�mo? Estamos a ocho metros de profundidad, por lo menos.
-�La situaci�n es grave! -murmur� el contramaestre, dando muestras de
inquietud.
-�Y el doctor ha quedado solo!
-Lo que agrava la situaci�n es la noche que se avecina.
-�Intentemos derribar el �rbol de alguna forma!
El contramaestre tom� el hacha y golpe� vigorosamente varias veces el
tronco del �rbol. El acero rebotaba como si diera en una plancha de hierro.
-�Maldici�n! -exclam� Diego, limpi�ndose el sudor-. �Estamos perdidos!
-�Un momento, compa�ero!
-Habla, hijo m�o.
-�A qu� distancia de aqu� se encontrar� el doctor?
-A tres millas.
-Disparando nuestra armas de minuto en minuto, entender� que estamos en
peligro y vendr� en ayuda nuestra.
-�Intentemos!
-Cardozo carg� la escopeta y dispar�. Un minuto despu�s, el
contramaestre hac�a lo propio, y as� repetidamente estuvieron un cuarto de hora.
Ninguna detonaci�n, pr�xima o lejana, daba respuesta a sus disparos.
Dispararon otra vez, y tampoco se produjo la esperada respuesta. Su
inquietud iba en aumento. Un ligero sentimiento de terror se iba apoderando de
ellos.
-�Habr�n matado al doctor?-pregunt� el contramaestre, que hab�a
palidecido-. No es posible que no haya o�do nuestros disparos.
-Seguramente no han llegado a sus o�dos, si el viento sopla del sur.
-No s� qu� pensar, hijo m�o. Empiezo a tener un miedo de espanto.
�Qu� insensatez hemos cometido! �Qu� opini�n le merecer� al doctor? A lo mejor cree
que hemos ca�do en alguna trampa. �Ah, y no veo la forma de salir de tan apurado trance!
-�No hay que perder la esperanza compa�ero! -dijo Cardozo, que asimismo
empezaba a temer un desastre-. Aguardemos la noche y volveremos a disparar.
Mientras tanto puede cambiar el viento.
-Aguardemos, hijo m�o, pero no te oculto que mi temor crece por momentos.
Se tumpbaron en el tronco irregular del gigantesco �rbol, colocando las
sarigas debajo de sus cabezas, y esperaron con paciencia la lelgada de la noche para
reanudar las se�ales.
El sol se hab�a ocultado y las tinieblas avanzaban r�pidamente en la
cavidad del �rbol. Sobre el agujero de aquella especie de pozo no se divisaba m�s
que un trozo de cielo oscuro, ligeramente iluminado por algunas estrellas.
En los alrededores, el silencio era total. Ya no cantaban las aves del
bosque; el zumbar de los insectos hab�a cesado. S�lo el quejumbroso aullido de
alg�n dingo que corr�a tras su presa, romp�a el silencio.
Los dos marineros aguzaban el o�do en vano, con la eperanza de �r alguna
detonaci�n lejana, alg�n grito, alg�n clamor.
Los m�s tristes pensamientos se apoderaban de los exploradores en aquellos
instantes. Se consideraban condenados a morir en el fondo de aquel tronco de �rbol
sin salida.
Hacia la medianoche les pareci� o�r pasos de un hombre en las proximidades
del �rbol.
-�Has o�do, Cardozo? -pregunt� el contramaestre.
-S� -contest� el marinero, alterado.
-Alguen se pasea cerca de nosotros.
-�Ser� alg�n australiano?
-Quiz� sea el doctor.
-Si fuera �l, nos habr�a avisado su presencia con alguna descarga de
escopeta.
-Tienes raz�n. Escuchemos.
Se arrimaron al tronco del �rbol, y escucharon diferentes pasos livianos que
parec�an aproximarse.
-Alguien anda por ah� -dijo Cardozo.
-Llam�mosle.
-�Y si son australianos? �Si fueran el hechicero y Coco!...
-Es mejor caer prisioneros que quedar enterrados aqu� para siempre.
Adem�s, a�n nos quedan las escopetas y el rev�lver.
-�Es verdad!
-El contramaestre se aproxim� cuanto pudo al agujero de aquel pozo, y
grit�:
- �Eh! �Eh!
El rumor de los pasos termin� de repente. Poco despu�s ambos
marineros oyeron un golpe lanzado contra la corteza exterior del �rbol; despu�s otro y
otro, y as� repetidas veces.
-Es un australiano -dijo Cardozo.
-S� -contest� el contramaestre-. Escala el �rbol haciendo cortes en
el tronco.
-�Tienes la escopeta lista?
Oyeron un movimiento de hojas en lo alto, y luego, ligeramente iluminada por
las estrellas, observaron una forma redonda y negra con perfiles de cabeza humana.
-�Qui�n eres? -pregunt� el contramaestre.
Al o�r una voz retumbar en la cavidad del �rbol, aquella cabeza
desapareci� repentinamente emitiendo un alarido.
-�Nos habr� confundido por alg�n genio malo?
-dijo Cardozo.
-Espera. �No oyes? Parece que hablan.
Efectivamente, se o�a un ligero murmullo en diversos tonos. Parec�a
que aquel hombre conversaba con algunos compa�eros. Momentos despu�s oyeron
algunos golpes m�s, al parecer producidos por un cuerpo pesado, acaso por un hacha de
piedra, y en el borde del agujero aparecieron dos cabezas, y luego otra.
-�Bajad! -dijo el contramaestre-. �Somos hombres como vosotros!
-En lugar de responder, los australianos huyeron.
-�Est�pidos! -rugi� el contramaestre.
-Se han asustado -dijo Cardozo-. Es seguro que desconocen el uso de las
armas de fuego.
-No habr�an descendido de ninguna forma.
-�Regresar�n?
-Quiz� ma�ana, al amanecer, vendr�n a averiguar de qu� se trata.
-�Oyes, Diego? -excam� Cardozo, sujet�ndole fuertemente por un brazo.
En la lejan�a se o�an espantosos clamores, gritos de rabia y voces
furiosas.
-�Los salvajes! -exclam� el contramaestre.
-Son gritos de guerra, Diego.
-�Estar�n asaltando nuestro campamento?
En aquel momento se oyeron varias detonaciones con creciente intensidad.
Los gritos de guerra se transformaron en gemidos de dolor. Diego emiti� un
aut�ntico rugido.
-�La ametralladora! -exclam�.
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