| "Trato de ver lo bueno de todas
las cosas" Es abogada y trabaja ocho horas diarias. La poliomelitis, que contrajo de chica, no le impide llevar una vida "casi" normal
Sin falsa modestia asegura que no sabe bien por que le hacen notas. "Mi vida es así, para mí no tiene nada de particular." Y a los pocos minutos de conversar con ella, consigue convencer a cualquiera que tenga delante que ella es sólo una persona más en este extraño mundo. La silla reclinada, el respirador y hasta la traqueotomía se convierten apenas en una anécdota casi invisible. Por el contrario, se agiganta su sonrisa, el vibrante tono de su voz y una coquetería que delata el amor que sabe conseguir entre quienes la rodean. Los días de la doctora - Vengo porque me quiero divorciar, hace años que vivimos separados, dice con tranquilidad la mujer rubia de casi cincuenta años justo después de sentarse en una silla al lado de la silla con ruedas de la doctora Zigante. - Bien, este servicio sólo atiende a personas sin propiedades. Dígame, ustedes, ¿tienen casa, auto...? Así de simple. La mujer contestó que sí y Zigante le recomendó otra dependencia que pudiera atender su caso. No existió la menor sorpresa. "La gente es más solidaria, antes todos tenían temor a lo diferente. Algunos preguntaban: ¿ella es la doctora? -cuenta en tono gracioso-, y cuando no les quedaba más remedio se sentaban. Ahora ya no pasa y muchos terminan diciéndome "la felicito" o "yo a veces estoy mal por esto y mire usted". A Stella Maris no le gustan las palabras grandilocuentes, por eso con una gran simpleza cuenta su historia desde el momento en que la poliomielitis entró sin llamar a la casa en donde vivía con sus padres y tomó para sí a la única hija del matrimonio. "Eramos muy humildes. Mamá lavaba ropa para afuera y papá era albañil frentista. Ellos siempre estuvieron conmigo, -recuerda- hasta que fallecieron me acompañaron en todo como podían. Tenía cuatro años cuando me enfermé durante la epidemia del ´50. En ese entonces había un chico con polio en cada cuadra. Aunque estuve internada casi todo el año pude seguir estudiando porque desde el Estado mandaban una maestra al Hospital de Niños." Con el tiempo las cosas se pusieron peores. Con doce años recién cumplidos ya no podía respirar sin un enorme pulmotor que la tenía confinada en las cuatro paredes de su habitación de hospital. Para que pudiera salir y mejorar su calidad de vida los médicos decidieron hacerle la traqueotomía. A esa intervención le siguieron varias operaciones de columna y múltiples yesos que intentaban enderezar los huesos que la enfermedad se obstinaba en torcer. Nada de esto impidió que Stella Maris deje de pensar en su futuro y que siga dando exámenes en una escuela de Barracas. -Eran como postas, como metas. Primero había que terminar la primaria y después fui dando de a una las materias libres del secundario. Me acuerdo la fiesta que me dieron mis amigos cuando terminé, me tiraron sidra, cualquier cosa... -¿Pensó en dejar de estudiar? -No, yo sabía que tenía que estudiar para ser algo, para trabajar. No sabía cómo pero que de algún lado iba a salir. Aparte quería independizarme porque en mi casa siempre me dieron todo lo que tuvieran, pero, ¿hasta cuando? Aparte ellos tenían fe y me ayudaban. Siempre sentí que tenía que devolver eso a la sociedad que me había apoyado. Devolverle con trabajo, como fuera... Con esa convicción se inscribió en la Facultad de Derecho y en el convulsionado año ´74 por primera vez se puso en contacto con un mundo lleno de personas que rara vez habían pisado un hospital. Fueron siete años, lejos de algodones y de médicos en los que asegura nunca se sintió discriminada más que por algún ascensor que se negaba a funcionar. Una cosa que sí recuerda como si fuera hoy es la emoción del día en que se recibió: "Fue en el Salón de Actos de la Facultad de Derecho, ese que es enorme. Se venía abajo... El rector me dio el diploma. Fueron todos de mi casa, mis amigos. ¡Qué emoción!... Muchísimos aplausos." Entonces ya hacía veinte años que vivía en el hogar que funciona en la Fundación Vitra, donde todavía hoy comparte sus días junto con otras doce personas en condiciones similares. Para mucha gente la tecnología es signo inevitable de estos tiempos, un mal necesario que se debe aprender para no quedarse sin empleo, o la causa de tanta desocupación. En cambio, para las personas con algún tipo de dificultad física es el pasaporte a la vida independiente. -"Para mí esta silla con motor es como caminar. La manejo yo. Voy sola por el parque, tomo sol." Ese momento de libertad es único para Stella Maris, pero también lo es el teléfono celular que se conecta automáticamente al segundo ring y al que puede discar con la ayuda de una varilla. "La tecnología te cambia la vida, lástima que es tan cara." Y entonces con pícara sonrisa de niña grande cuenta que su amiga Amalia, que es profesora de francés, está aprendiendo a usar la silla con motor. "Todavía no está muy canchera -se ríe- cuando ella viene todo el mundo se aleja para dejarle espacio." También cuenta que le encanta leer a Marcela Serrano y a Paulo Coehlo e ir al cine a ver películas con Richard Gere. Entre las cosas que más le gustan es escuchar a Joan Manuel Serrat. Le gusta tanto que una vez lo esperó seis horas en la puerta del hotel y consiguió que el cantante visite la fundación. De a ratos un nudo se le instala en la garganta y la obliga a hacer una pausa. Entre tantos buenos recuerdos, hay uno muy reciente que le humedece los ojos. Hace casi dos meses perdió a Elena Spinelli, su mejor amiga. Con ella compartió todo: los exámenes de la secundaria, los años de la facultad y hasta el cuarto en el que dormían y se contaban cada detalle de sus vidas desde hacía 37 años. "De los polios primitivos quedamos poquitos. Nadie murió por las secuelas de la enfermedad. Algunos por otras enfermedades pero la mayoría por no ser bien tratados, denuncia con rabia. Al rato se le pasa, respira hondo y enseguida encuentra en el servicio una buena razón para sentirse mejor. "Esta mañana vino un señor bien, parecía que tuvo todo, empleo, auto y que ya no tiene nada. Está desesperado por que no puede tener la hija y la mujer le pide una mediación por alimento. "Y yo no sé que hacer como sacar a la niña de esa casa", me dijo el hombre. Yo le recomendé que tratara de conseguir una colonia municipal en verano mientras que usted pueda alquilar algo y llevársela. "Ay no se me había ocurrido", me dijo. Ahora se va a poner en campaña -dice Zigante con orgullo-. Como que aparte del consejo legal buscaba algo más. Porque encima que nadie tiene plata ni trabajo ... -La gente además de esas faltas está deprimida... -Sí!!! Como que están acorralados. -¿Pasó por esa situación de estar muy acorralada, de no saber qué va a ser de su vida? -Mire, yo en general soy de aceptar la vida como es y de tratar de ver lo bueno de todo. Por Alicia Cytrynblum Para colaborar: Fundación Vitra. Av. Montes de Oca 110. Telefax: (011) 4307-6813/6473/7252.E-mail: [email protected] http://www.fundacionvitra.com.ar/ Sostener a Vitra La Fundación Vitra es una entidad dedicada a la atención de las personas con discapacidad motriz. En la sede de la entidad viven 12 personas entre las que se encuentra Zigante. Además, sostienen un hogar donde viven 23 jóvenes y una escuela donde 100 personas entre 6 y 35 años estudian primaria y secundaria. Si Vitra no existiera, el destino de todos ellos se vería seriamente limitado. En estos momentos subsisten con las pensiones de Pami, pero tienen serias dificultades para pagar los sueldos y mantener la estructura. Un ejemplo de los gastos que deben afrontar: cada día las cinco camionetas recorren 200 kilómetros para trasladar a los jóvenes. Para continuar con la obra precisan voluntarios y personas que aporten desde 10 pesos mensuales. |