La música que uno lleva adentro.
Itzhak Perlman

Itzhak PerlmanSi alguna vez estuvieron en un concierto de Perlman, sabrán que llegar al escenario no es un pequeño logro para él. Tiene ambas piernas sujetas con bragueros y camina con la ayuda de dos muletas, consecuencia de la polio que contrajo cuando niño.

Verlo cruzar por el escenario dando un paso por vez, costosa y lentamente, es una visión asombrosa. Se desplaza penosa pero majestuosamente hasta que llega a su silla. Una vez allí, se sienta lentamente, pone sus muletas en el suelo, afloja los sujetadores de sus piernas, toma un pie hacia atrás y extiende el otro hacia adelante. Recién entonces se inclina y levanta el violín, lo pone bajo su mejilla, hace una señal al director y comienza a ejecutar su instrumento.

Este ceremonioso ritual tiene acostumbrada a su audiencia, la cual asiste silenciosa y reverencialmente impasible a los movimientos del maestro, previos a su actuación.

Pero ésta vez algo anduvo mal...
Justo cuando terminaba sus primeras estrofas, una de las cuerdas de su violín se rompió. Pudimos escuchar el ruido. Saltó como un tiro atravesando el salón. No había equivocación sobre lo que ese sonido significaba. Tampoco había dudas en el auditorio sobre lo que él tendría que hacer: "Levantarse, ponerse los bragueros nuevamente, levantar las muletas y arrastrarse fuera del escenario, ya sea para encontrar otro violín o para reemplazar la cuerda que conspiró con el éxito de la función".

Pero no lo hizo. Esperó un momento, cerró sus ojos y luego hizo la señal al director de comenzar nuevamente. La orquesta comenzó, y él tocó desde el punto en el que se había detenido. Y tocó con tanta pasión, tanto poder y tanta pureza como nunca antes.

Itzhak Perlman
Por supuesto, todo el mundo sabía que es imposible interpretar un trabajo sinfónico únicamente con tres cuerdas. Yo lo se, y seguramente muchos de ustedes también lo sabrán. Pero esa noche, Itzhak Perlman se rehusó a darnos la razón.

Resultaba conmocionante verlo modulando, cambiando, recomponiendo la pieza en su cabeza. En un punto, sonó como si estuviera reemplazando el tono de la cuerda ausente.

Cuando concluyó, se impuso un impresionante silencio que solo sirvió como antesala de la aclamación que siguió. El auditorio no dejaba de aplaudir y vitorear de pie desde cada rincón del teatro, en un desesperado intento para demostrar cuánto apreciabamos lo que Perlman acababa de hacer.

Itzhak PerlmanEl maestro sonrió, se secó el sudor de su frente, detuvo su inclinación para aquietarnos y luego exclamó, sin ningún vestigio de presunción y en un tono reverente, pensativo y calmo: "Ustedes saben..., algunas veces... la tarea del artista es descubrir cuánta música uno puede hacer con lo que aún le queda".

Que maravillosa linea ésta. Ha permacido en mi mente desde que la escuché. Y, ¿quién sabe?, tal vez sea esa la definición de la vida. No solo para los artistas, sino para todos nosotros. Aquí hay un hombre que se ha preparado toda su vida para hacer música con un violín de cuatro cuerdas, y, repentinamente, en medio de un concierto, se encuentra con sólo tres cuerdas para ofrecer su espectáculo.

La música que escuchamos esa noche con tres cuerdas solamente, resultó la más hermosa, la más sagrada y la más memorable que haya ejecutado Perlman antes con cuatro cuerdas.

Tal vez, la transitoria existencia que todos tenemos en este mundo, confuso, inestable y cambiante, en el cual vivimos, pueda compararse con la lección que aprendimos esa noche con Itzhak Perlman a través de su brillante ejecución musical. Al comienzo, con todo lo que disponemos y luego, cuando eso ya no sea posible, con todo lo que nos quede.

Esta experiencia nos la hizo llegar el Club de Lesionados Medulares

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