El deporte ayuda a abrir la mente de la persona con discapacidad.

Matías Paillot

Matías PaillotMi nombre es Matías Paillot, tengo 22 años y estoy cursando cuarto año de Licenciatura en Psicología en la Universidad de Belgrano, la cual cuenta con facilidades de accesibilidad para personas con discapacidad.

Fui invitado a participar en las Paraolimpiadas Sydney 2000 por parte de la Federación Internacional de Navegación para personas con problemas motores, a desarrollarse en la ciudad de Sydney, Australia, durante el mes de octubre. La categoría en la cual fui designado es la 2.4mR.

Principalmente, creo importante resaltar mi historia como navegante, y dentro de la misma, las diversas sensaciones que viví.
Mi discapacidad es mielomeningocele en la quinta y sexta vértebra dorsal del tubo neural. Provengo de familia de navegantes, y desde que nací empecé
a navegar en el barco junto a mi padre. Cabe destacar que aprendí a nadar antes que a caminar. Fui operado de la cabeza, de la cadera y de las piernas en varias ocasiones.

Siempre hice rehabilitación después de cada operación, lo que me permitió usar bastones canadienses y llevar una vida normal, ser independiente, pero siempre sabiendo mis limitaciones físicas, siempre progresando pero tomando precauciones y sabiendo pedir ayuda cuando uno no puede, teniendo confianza en los otros y en mí.

Mi navegación en barcos convencionales comenzó recién cumplidos mis 10 años. Papá fue el que me enganchó en el tema, teniendo que pelear contra los prejuicios de los instructores, los cuales sostenían que era muy peligroso y que no iba a poder. Finalmente comencé con la escuela de Optimist, un barco para chicos de 7 a 15 años, en el Club Náutico San Isidro. Después de 2 meses de curso, y de haber rendido un exámen teórico y otro práctico, me pasaron a una categoría un poco más alta, principiantes, en donde tuve mucho éxito y gané algunos campeonatos interclubes.

Matías Paillot junto a su barco
A medida que pasó el tiempo, fui tomando más confianza con el barco y conmigo mismo, me fui adaptando a él, a cómo arreglármelas para hacer las maniobras de la manera más rápida y mejor. Competí durante dos años en esta categoría, y luego me pasaron a la de más alto nivel: timoneles. El deporte se hace más competitivo, requiere de más entrenamiento, de mayor concentración. Hay selecciones para campeonatos internacionales (sudamericanos, europeos y mundiales) y nacionales.

Dentro de los resultados que puedo destacar, obtuve un decimosexto puesto en un Campeonato Rioplatense en Montevideo, en el que participaron alrededor de 140 barcos de Uruguay, Brasil, Perú, Chile, Paraguay, México y Argentina; vigésimoquinto en un Campeonato Argentino, en el que participaron más de 150 barcos de todo el país; clasifiqué como primer suplente del equipo argentino en el Campeonato Sudamericano de Mar del Plata; y cuarto en un Campeonato Argentino por Equipos con la participación de 20 equipos de todo el país.

Cuando cumplí 15 años comencé a navegar en Cadet, un barco de tres velas tripulado por dos personas. Esta categoría me ayudó a respetar al otro, a colaborar, a trabajar en equipo, a compartir problemas y ambiciones. En Cadet obtuve un Campeonato Argentino por Equipos, en otro salí segundo y obtuve un noveno puesto en un Campeonato Argentino Individual, con la participación de 40 barcos.

Cumplidos mis 17 años, pasé a navegar en la clase olímpica 470, barco de tres velas y de dos tripulantes en el que navega gente con mucha experiencia. En esta clase, competí hasta fines del año pasado y obtuve un quinto puesto en un Campeonato Argentino, con la participación de 20 barcos.

Con la exposición de los resultados, simplemente quiero destacar la importancia de los mismos para demostrar que es una experiencia real, posible, que se puede competir contra personas no discapacitadas físicamente.

Pasando ahora a la navegación en barcos no convencionales, adaptados acorde a las diferentes discapacidades (paraplegia, cuadriplegia, hemiplegia, espina bífida, parálisis infantil, mielomeningocele, amputados), a fines de agosto de 1997 tuve la oportunidad de viajar a Estocolmo, Suecia, para competir en un Campeonato Europeo Abierto, en el que participaron 25 países de la Clase Paraolímpica 2.4 mR, un barco de dos velas para un tripulante.

La invitación me llegó sorpresivamente (porque no esperaba que existiera esa clase para personas discapacitadas físicamente) a través del embajador de Suecia, que es socio de mi club. Con papá como apoyo, viajé a lo desconocido , y cuando llegué allá, la primera impresión que tuve fue acerca de todo lo que nos falta para llegar a la integración de las personas discapacitadas, tanto materialmente como espiritualmente.

Era mi primera experiencia en la que me relacionaba con personas con discapacidades como la mía, algunas más severas y otras menos. Al principio, esto me impactó un poco, pero con el pasar de los días, me di cuenta que ellos eran tan personas como yo o como cualquier otro. Cada uno se las arreglaba de diferentes maneras. Dependiendo de su discapacidad, necesitaban ser ayudados por otras personas en mayor o menor cantidad de actividades, aunque todos disfrutaban del momento que estaban viviendo, y eso fue lo que más contento me puso.

En definitiva, esta experiencia me permitió ampliar mis perspectivas acerca de cómo afrontar la vida con alegría, con más optimismo, aprendiendo a agradecer las posibilidades que a uno se le brindan, sin resentimientos y viviendo la vida con dignidad. En el Campeonato me clasifiqué 36 de 62 participantes, pero lo más importante es que me trataron muy bien, me divertí mucho y conocí mucha gente.

Matías Paillot en su barco
También quisiera comentar un poco acerca de la importancia de la práctica del deporte para la formación de la personalidad y de los prejuicios contra los que una persona con discapacidad debe luchar. Su práctica ayuda mucho a saber qué es lo que uno quiere, a ejercitar la perseverancia, a fijarse objetivos, y a subir la autoestima cuando uno logra dichas metas o a deprimirse cuando no. Implica sacrificio para superar los distintos obstáculos, como pueden ser para el navegante el viento o el frío, o la rotura de alguna de las partes de su embarcación.

En mi caso particular, los diferentes instructores que tuve me fueron dejando enseñanzas acerca de cómo encarar la vida, a saber valorar la salud y a las personas que se acercan a uno para ofrecer su ayuda y aliento, como la familia o los amigos. También aprendí a resolver problemas por mi mismo y a ser considerado como una persona normal, con peleas, con rivalidades.

Considero que el deporte ayuda a abrir la mente de la persona con discapacidad, a relacionarse con mucha gente. A veces suele generar admiración en otros, aunque le permite encontrar diversión por sobre todas las cosas, a mantener la calma en los momentos buenos y malos de la vida, y a ejercitar la concentración.


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