¡Todo se puede!
Alberto Orcoyen |
|
Aprendí
más sobre discapacidad ayudando, dando y obrando, que recibiendo.
Y lo mejor es que, a cambio, yo también he recibido indirectamente
todo aquello que fui capaz de dar.
Tengo 82 años y, después de casi 50 años de convivir con ella, aprendí
más sobre discapacidad ayudando, dando y obrando, que recibiendo y,
a cambio, yo también he recibido indirectamente todo aquello que fui
capaz de dar. ¡Eso es lo mejor!
Cuando me enfermé, a los 33 años, yo tenia una historia: era ingeniero,
casado, con cuatro hijos chiquitos. El problema llega sin haberlo
pensado, sin haberlo soñado.... y vos te encontrás ahí, en una situación
que tenés que empezar de cero. Hay quien piensa en matarse, quien
piensa en sobrevivir y quien piensa en luchar. Yo, soy de estos últimos.
En ese momento, lo más importante es tu entorno, tu madre, tu padre,
tu cónyuge, tus hijos, tus hermanos.... Por eso, hay que apoyar también
a la familia. Es fundamental no perder de vista el núcleo de la persona
con discapacidad, su gente, su rehabilitación física y psicológica
(que no es fácil) para, luego, salir a buscar un lugar en el mundo,
una igualdad de oportunidades.
Yo trabajaba en forma independiente, tenía una fábrica de tejidos
y supervisaba obras en construcción. Todo dependía de mi y tenia que
seguir manejándolo desde la cama. No tuve tiempo de pensar, había
que seguir todos los días y sobrellevar lo que se presentara.
Anduve con muletas durante 35 años. Me costó muchísimo adaptarme a
ellas, el riesgo de caídas era mayor y la silla de ruedas se presentaba
como una opción más cómoda. Sin embargo, mi médico, Tatin González,
me dijo que pospusiera la silla lo más posible. Hoy le agradezco porque
me preparó para más esfuerzos y para más logros. Por ejemplo, yo dirigía
una obra de siete pisos y tenía que ver cómo se hacían las cosas.
No era suficiente que otro me lo contara, así que los sábados y domingos
subía escalón por escalón, de cola, con sólo la fuerza de mis brazos,
para ver la obra. Seguí trabajando hasta hace cuatro años, aunque
el último tiempo, recorría las obras en silla de ruedas.
Muchas personas en esta situación viven torturadas, angustiadas así
como otras se mantienen sonrientes, con angustias menores y ganas
de luchar mayores.
Este segundo grupo recurre a algo que el hombre común no suele usar:
la fuerza inquebrantable que surge en los momentos de real necesidad.
Uno es capaz de hacer todo, lo que sea, por salvarse. La lucha más
grande te voltea, pero también te ayuda para cualquier otra cosa,
todos los pasos que vas haciendo son etapas inconmensurables.
Mis días, desde que me levanto, son todo esfuerzo. El método y el
orden son los que permiten que puedas organizar tu vida, tus tiempos.
Te vas rehabilitando permanentemente.
MI ANECDOTA: Cuando mis hijas se casaron, yo las acompañé hasta el
altar, con muletas, pero lo hice. Quedé muerto, pero ¡valió la pena!.
MI MENSAJE: A mis nietos y bisnietos, que son confidentes y me cuentan
sus problemas, les aconsejo que pongan un cartel en su dormitorio
que diga: "Yo puedo". Todos podemos reconstruir nuestras vidas, cada
hombre tiene posibilidades con su inteligencia y con lo que tiene
físicamente. Yo puedo, tú puedes, ... ¡Todo se puede!. |
|