Cuentos de Clara Garat(argentina)


  Decálogo para entrar en mi corazón. de Clara Garat (Argentina)

  Tiempo de vivir. de Clara Garat (Argentina)

  El Regalo de Dios. de Clara Garat (Argentina)

Decálogo para entrar en mi corazón


1) Debes respetarme tal cual soy, con mis raptos de amor y mis rayes.

2) Nunca, pero nunca, debes fingir compasión. No soy un perro. Soy igual a vos, salvo que no camino.

3) Tienes que ser dulce y no violento, como Mahatma Gandhi, ídolo.

4) Tienes que ser medio loco y espontáneo. Entrar sin almidón.

5) No me tienes que enseñar con tus fracasos, ni tampoco reírte de los míos.

6) Tienes que respetar mis silencios y mis múltiples bajoneos.

7) Te tienes que acostumbrar a mis pequeñas muestras de odio. Todavía dentro mío vive una Clara recontra bruja.

8) Si te considerás un buen amigo mío, felicítame por cada cosa o progreso que logre llevar a cabo, por minúsculo que éste sea.

9) No me exijas que cambie de la noche a la mañana mi manera de ver la vida. Los grandes cambios se logran de a poco. Ya cambiaré. Dame tiempo.

10) Resumiendo: Necesito alguien que no me juzgue, y si lo hace que lo haga con argumentos creíbles, que me dé una mano para levantarme y no para hundirme y que sepa entenderme (de paso me ayuda).

Si seguís alguna de estas sugerencias, realmente eres un/a amigazo/a.

Muy felíz Día del Amigo y bienvenido a mi corazón!.

Tiempo de vivir

Estaba cansado. El entierro de Solange no había sido broma. Se tiró en el sofá y se empezó a preguntar cómo sería la vida sin ella. Seguramente sería muy triste. Recién a la noche, cuando se acostó y vio que ella faltaba, se deshizo en llanto.

Como era costumbre, al otro día el despertador sonó a las siete. José se levantó como pudo y corrió al trabajo. Nadie lo esperaba, salvo Olga con su vientre henchido de vida, pero de vida no querida.

- ¿Seguís pensando en dar a tu bebé?- preguntó José después de la última revisación de Olga.

En ese instante un líquido calentito empezó a correr por la canilla. Olga había roto bolsa. El parto se aproximaba.

- ¡Preparen la sala de partos!, ¡es urgente!.

José se fue a vestir y cuando entró a la sala de partos ya estaba todo listo.

- ¡Pujá, Olga, el chico ya casi está aquí!.

Pero Olga no ayudaba en absoluto. Lo único que quería ella era que se acabara todo ese despiole, quedarse internada, conectarse con el grupo de adopción e irse a su casa.

- ¡Vamos!, ¡ahí llega! La voz de José se había tornado ligeramente excitada.

Y de golpe… ¡zas!, un bultito de carne se apreció con un llanto espantosamente vivo. Era un varón.

José lo tomó todo sucio como estaba y se lo puso sobre el vientre ya flácido de Olga. Esta cuando lo vio ocultó sus lágrimas, pero lo abrazó con tanta ternura que casi lo asfixia.

A la tarde, José la fue a visitar y recibió la mejor noticia desde que había enterrado a Solange: No lo doy, me lo quedo yo.

José le contó a Olga que hacía un día había enviudado y su mujer se había llevado consigo al hijo de los dos.

Olga quiso saber cómo se hubiera llamado el bebito de haber nacido. -Marcos - respondió José ya dejándola, pues le tocaba hacer la ronda.

- Hola Marcos, vamos a tomar la teta -escuchó José y por primera vez, desde la muerte de Solange, sintió ganas de llorar con muchísima angustia. Pero sintió que una voz muy tierna desde lo profundo de su corazón le decía: “Ya pasó el tiempo de morir, comienza ahora el de vivir”

El regalo de Dios

La tarde caía a pique. Lola había pasado toda la mañana y gran parte de la tarde entre caballos, primos y pileta.

En la casa estaba el Padre Carlos, reponiéndose de una operación de pulmón. Esa presencia era muy importante, ya que era un sacerdote amigo de sus tíos, el cual Lola lo había conocido cuando se había casado el mayor de sus primos y le había parecido un "curita piola".

Esa tarde, al llegar de una jornada divertida, Lola se pegó un baño y encaró para la habitación donde estaba el Padre Carlos, quien contaba con el cuarto de la esquina, lleno de luz y con todos los murmullos propios del campo.

Lo encontró descansando. Le acomodó las almohadas y se sentó en la cabecera de la cama a vigilar su sueño. De pronto, una mano le acarició la mejilla y la sacó de ese ensueño en el cual había caído.

- ¿Te desperté?- preguntó nuestro amigo, y cuando vio dos lagrimones que rodaban en la mejilla de Lola, entendió que debía sentarse a charlar con ella.

El verano anterior había muerto Simón, uno de sus primos, en un accidente, y a Lola toda la casa le hablaba de él. Simón había sido muy compañero de ella y había estado muy presente cuando se había apagado la vida del padre de Lola. Del mismo modo, cuando ella rompió con su novio, Simón le había ofrecido un hombro donde llorar. De buenas a primeras, una mala maniobra con el coche, se lleva a Simón a la Casa del Padre Eterno, dejando a toda una familia muy fuerte... pero a una prima sin capacidad de reacción.

- Por favor, ayúdame a incorporarme y siéntate a mi lado- dijo el sacerdote. Lola lo ayudó, puso una buena almohada atrás de Carlos y se sentó como él quería. Conversaron largamente sobre el alma, el espíritu, los buenos recuerdos que una persona deja y los pequeños milagros que suelen pasar después de una pérdida tan grande, sobre todo cuando no "dejamos ir" a esa persona tan querida.

Después de esa pequeña charla, Lola se sintió mucho más aliviada y se fue con la mejor de sus sonrisas a charlar con Paz, otra de sus primas.

En la cena se sorprendió de ver que Carlos era un comensal más, desde que Carlos había llegado, hacia diez días atrás, nunca se había levantado para acompañarlos en la mesa.

Se sentó frente a él y al lado de Santiago, un amigo de sus primos que había conquistado su corazón, que venía medio maltrecho.

Fue una cena muy especial porque se habló de Simón y se lo recordó con alegría, como a él le hubiera gustado. Lola se alegró de poder reírse con el recuerdo de ese primo tan querido.

Y fue después de la cena que el Padre Carlos se sentó en la galería de la casa. Abrazó la guitarra e intentó cantar, pero la reciente intervención quirúrgica había sido tan grande que se lo impidió. Aún así, rascaba la guitarra y todos le hacían coro. Con cada zamba que cantaban la tristeza se le clavaba dentro, muy dentro del corazón, asfixiándola. Hasta que un ¡Simón! desgarró la noche llena de estrellas, sapos y grillos...

Un llanto feroz se apoderó de Lola y nadie lo sabía contener, ni siquiera Santiago. Pero el Padre Carlos sí. Cuando se fueron a dormir, Lola y Carlos se sentaron a charlar.

Nuestra amiga le contó al Padre Carlos que cuando Simón haba muerto, la única que no lo había llorado era ella. Por el contario, se había alegrado al enterarse que no había sufrido, ya que Simón no había sufrido porque no se hubiese bancado el dolor de su primo..., pero que ahora sí sentía ganas y necesitaba llorar.

- Llore, m´hija, llore..., pero piense que Dios que nos hace mortales. Cuando uno nace ya está muriendo. La vida es un gran regalo del Tata, lo importante es como aprovechamos semejante regalo. Algunos se van antes, otros tarde, pero irnos nos vamos, nos vamos todos.- Dijo nuestro amigo.

Eso consoló a Lola que, cuando se iba a dormir, se encontró con Santiago que le invitaba a dar una vuelta por el parque de la estancia donde la luna relucía su preñez de luna llena.

- ¡Lola!, ¿dónde estás?... - la voz de Inés la despertó. Se tenía que vestir de novia, pues ese día se casaba con Santiago después de dos años de noviazgo y como todo había nacido en el campo, era ese el lugar elegido para dar el gran paso.

Cuándo iba entrando a la capillita iba pensando en ese sueño ¿estaría aprovechando la vida, el regalo de Dios que hace a todos?. Cuando llegó al altar, aparte de estar Santiago y el Padre Carlos, vio la presencia de alguien que le guiñaba un ojo. Simón estaba con su mejor sonrisa en un portarretrato.

Según me contaron ya van por el quinto hijo, uno de ellos ya sabemos como se llama..., a todos los bautizó el Padre Carlos y viven agradeciendo el regalo que Dios nos hizo: LA VIDA...

Dedicatorias:

A Carlos Bosio, por tanta grandeza y poner todo de sí para aprovechar el regalo del Tata Dios...

A Fernando Debuchy (Fer, para mí). Primo de esos que no se hacen más, por haber estado a mi lado cuando lo necesité... y que en febrero del 2001 se fue a devolver el regalo dejando una prima sin capacidad de reacción, pero que de vez en cuando lo extraña muchísimo.


Hurlingham, Buenos Aires, mayo de 2001 

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