Si
yo pude, ustedes también van a poder.
Julio Omar Buzadas
Julio
es un tandilero de gran optimismo. Lo fuimos a visitar a su
casa y nos contó su experiencia de vida, la cual transcribimos.
Yo era un deportista joven e inquieto de 21 años, para quien
los riesgos eran un estado natural de vivir la vida, con el
convencimiento de que nada me podía pasar.
Vivía en la localidad de Barker, cercana a la ciudad de Tandil
(provincia de Buenos Aires), en un barrio construido para el
personal que trabajaba en los hornos de la calera Loma Negra,
pertenecientes a la familia Fortabat, donde mi padre se desempeñaba
como capataz general.
En ese ambiente transcurría mi vida, rodeado del afecto de mis
padres y de mi hermana Alicia Mabel. Aunque mi verdadera pasión
no estaba en las canteras o en la actividad agrícola-ganadera
que predominaba en el lugar, sino EN LOS FIERROS!, particularmente
en las carreras de motos, donde canalizaba mis condiciones deportivas
y mi afición por el riesgo.
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A los veinte años me tocó cumplir con la colimba (Servicio
Militar Obligatorio), y no tuve más remedio que partir al sur del
país (Comodoro Rivadavia, provincia del Chubut) para convertirme,
según la tradición, en un hombre formal y responsable. Finalizada
esa experiencia, de la que tengo numerosos y agradables recuerdos,
volví a mi pueblo natal y me reincorporé al trabajo que tenía en el
taller de la empresa. Obviamente, también participaba de todas las
actividades del lugar que me resultaban gratas, como integrar un equipo
de fútbol o salir de farra con los amigos, casi todos los sábados
por la noche. También vinieron las amigas y, finalmente, conocí a
la que sería mi novia.
Todo transcurría tan plácida y naturalmente para mi, que nunca hubiera
podido prever que una gélida madrugada (-8º C) del crudo invierno
de 1965, al final de uno de esos días de fiesta y mucha música, terminaría
junto a mi moto en el fondo de un arroyo congelado. En ese lugar me
rescataron al amanecer y me trasladaron directamente a la morgue,
con el convencimiento que estaba muerto. Pero no fue así; mi temperamento
y ganas de vivir pudieron más, y en una despareja lucha triunfó la
vida.
Mi diagnóstico fue fractura de la quinta vértebra lumbar y el pronóstico
médico era paraplejía, lo cual me condenaba a una resignada vida de
dormitorio, que sólo Dios sabe cuanto duraría. A partir de ese momento,
no lograba conciliar la idea de que lo único que había cambiado en
ese segundo, de todo lo que me rodeaba y tanto disfrutaba, eran Yo
y mi Conciencia, compartiendo el costo del riesgo imprudentemente
asumido.
No obstante, mi existencia continuaba en compañía de mi padre, mi
madre (quién nunca pudo superar el destino de mi vida), mi hermana
y su marido, quienes siempre me acompañaron con su amor y afecto.
Hasta que, por fin, llegó el día en que dije: "BASTA JULIO!, levantate
y salí a luchar por la vida que aún te queda!".
La secuencia de mi rehabilitación no difiere
demasiado de la de todos los que sufrimos un accidente que nos deja
postrados: sanatorio, casa, cama, más cama y más cama, para reiniciar
el ciclo. Luego, aprender a manejar de nuevo, pero esta vez tuve que
reemplazar la moto por una silla de ruedas, y ponerme a luchar contra
puertas angostas, ir al baño, a la cocina o a todos los lugares donde
poco tiempo atrás transitaba sin tener conciencia de lo fácil que
resulta esto para alguien que puede caminar.
Pasaba mis días tratando de entender lo que me había pasado, y luchaba
internamente por superar esta difícil situación. Un día, casi sin
pensarlo, le dije a mi padre: "Papá, ¿me podrías hacer en el taller
dos bastones tipo canadienses?", y le mostré unas fotos. El viejo
me dirigió una mirada comprensiva y me dijo: "¡Lo intentaré!", y salió
para el trabajo.
A los pocos días, se acercó junto a mi madre portando orgulloso los
bastones que le había encargado y que había fabricado en el taller.
"¿Son estos?" me preguntó, y fue en ese momento donde dimensioné el
desafío que me había impuesto. Ahora debía ponerme de pie.
Bajo la vigilante mirada de mis padres, y con mi hermana y mi cuñado
recién venidos a la escena a mis espaldas, para cuidar que no me cayera,
me coloqué los bastones y empuñé con fuerza las agarraderas. Dentro
mio, una feroz lucha se estaba debatiendo entre la fuerza por ganar
esta partida y el temor a fracasar. Transpirando, junté coraje, y
con mi cuñado ayudándome del cinturón, grité "¡AHORA!", al tiempo
que todo mi cuerpo me acompañó en un despegue glorioso hacia la VERTICAL.
Nadie lo podía creer, ni yo mismo. Pero como fuera, de repente me
encontré nuevamente de pie, y con los ojos nublados por el llanto
miré a mis padres y les dije de manera terminante: "¡Ahora sí!. ¡Nunca
más sentado en esta vida!".
A partir de ese momento comencé la recuperación en ALPI,
donde aprendí a manejar y a cuidar mi cuerpo. Después contraje matrimonio
con aquella novia que dejé en su casa el fatídico día del accidente,
y aunque sabía que no resultaría fácil llevar una vida normal como
antes, estaba seguro que el esfuerzo y la autoaceptación de mi realidad
me darían el aliento suficiente para luchar contra la adversidad.
La experiencia recogida me hizo comprender que las personas no cambian
en esencia y que, puestas a prueba, pueden desarrollar aptitudes y
habilidades que permanecen ocultas. Esa es la única explicación que
encuentro para aquellos que se preguntan como es que sigo siendo un
hombre inquieto y que disfruta a pleno de la vida. Al punto tal que
me encanta la amistad, ser solidario y compartir con mis seres queridos
cada momento.
Actualmente, y con la mayor frecuencia posible, realizo largas cabalgatas
por las sierras. Otro de los placeres que demanda mi espíritu aventurero
e independiente es conocer las distintas regiones del país y del exterior,
lo que me alienta para emprender largos viajes en auto, muchos de
los cuales los realizo solo. Los desafíos de cambiar una cubierta
en el medio de la ruta, o cuestiones tan habituales como vencer los
accesos por escalera, los supero con empeño y mucho tesón.
Por lo general, cuando una persona sufre un accidente que le impedirá
llevar la vida que venía haciendo, pierde la fe y las ganas de seguir
viviendo. Sin embargo, todos podemos hacer mucho más de lo que creemos,
inclusive ayudar a los que nos necesitan. |
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