| La Mano Cicatrizada | |||||||||||
![]() |
|||||||||||
| WILLIAN DIXON era un infiel. No cre�a en la existencia de Dios. Y a�n si Dios existiera, no lo perdonar�a por haberle quitado a su esposa como a los dos a�os de casados. Su ni�ito tambi�n hab�a muerto. Esto lo hac�a sentirse miserable y desamparado. Diez a�os despu�s de la muerte de la esposa de Dixon sucedi� un incidente conmovedor en la aldea de Brackenthwaite. La casa de la anciana Peggy Winslow se incendi� completamente. Sacaron a la pobre anciana con vida, aunque sofocada por el humo. Los presentes se horrorizaron al o�r el grito lastimoso de una criatura. Era el peque�o Dickey Winslow, hu�rfano y nieto de la anciana Peggy. Las llamas lo despertaron llev�ndolo a asomarse a la ventana del ultimo piso. La gente estaba muy afligida. porque sab�an lo que pod�a pasarle a la criatura ya que no hab�a remedio. Pues la escalera se hab�a derrumbado. De repente William Dixon corri� a la casa, subi� por un tubo de hierro y tom� al ni�o tembloroso en sus brazos. Baj� con el con el brazo derecho, sosteni�ndose con el izquierdo y puso pie a tierra entre los aplausos de los presentes exactamente al caerse la pared. Dickey no se lastim� pero la mano de Dixon se sostuvo al descender por el tubo candente sufriendo una quemadura espantosa. Esta san� pero le dej� una cicatriz que le acompa�ar�a hasta la sepultura. La pobre anciana Peggy nunca se recobr� del susto muriendo poco despu�s. El problema era: �Que hacer con Dickey? James Lovatt, persona muy respetable, pidi� que le dejaran adoptarle pues �l y su esposa ansiaban un ni�o, ya que hab�an perdido el suyo. Para sorpresa de todos William Dixon hizo una s�plica similar. Era dif�cil decidir entre los dos. Se llam� una junta compuesta del ministro, el molinero y otros m�s. El molinero, Sr. Haywood, dijo: Es halagador que tanto Lovatt como Dixon se ofrezcan adoptar al huerfanito, pero estoy perplejo sobre qui�n deber� tenerlo. Dixon, que le salv� la vida, tiene m�s derecho; pero Lovatt tiene esposa y se necesita que a la criatura lo cuide una mujer. El ministro, Sr. Lipton, dijo: Un hombre de las ideas ateas de Dixon no puede ser el llamado para cuidar al ni�o; mientras que Lovatt y su esposa son ambos creyentes y lo educar�n como debe ser. Dixon salvo el cuerpo del ni�o, pero ser�a muy triste para su futuro bienestar, que el mismo individuo que lo salv� del incendio fuese el que lo guiara a la perdici�n eterna. Oiremos lo que los interesados tienen a su favor, -dijo el Sr. Haywood,- despu�s lo pondremos en votaci�n. El Sr. Lovatt dijo: Pues, caballeros, hace poco que mi esposa y yo perdimos un peque�o, y sentimos que este ni�o llenar�a el hueco que ha quedado vaci�. Haremos lo mejor para criarlo en los caminos de Dios. Adem�s, un ni�o as� necesita el cuidado de una mujer. Bien, Sr. Lovatt: ahora el Sr. Dixon. Tengo s�lo un argumento, se�or, y es �ste, contest� Dixon con calma mientras quitaba la venda de su mano izquierda y alzaba el brazo herido y cicatrizado. Rein� un silencio por algunos momentos en el cuarto, nubl�ndose los ojos de algunos. Hab�a algo en aquella mano cicatrizada que apelaba al sentido de justicia. Ten�a el derecho sobre el muchacho porque hab�a sufrido por �l. Cuando vino la votaci�n, la mayor�a voto a favor de William Dixon. As� comenz� una nueva era para Dixon Dickey. No ech� de menos el cuidado de una madre, porque William era padre y madre para el huerfanito, derramando sobre la criatura que hab�a salvado toda la ternura encerrada sobre su naturaleza. Dickey era un muchacho diestro y pronto respondi� a la preparaci�n de su benefactor; lo adoraba con todo el fervor de su corazoncito. Recordaba c�mo "papacito" lo hab�a rescatado del incendio y c�mo lo reclamaba por causa de la mano tan terriblemente quemada por su amor. Se conmov�a hasta las l�grimas y besaba la mano cicatrizada por su causa. Cierto verano hubo una exhibici�n de cuadros en el pueblo y Dixon llev� a Dickey a verlos. El muchacho estaba muy interesado en los cuadros e historias que el papacito le contaba acerca de ellos. La pintura que m�s le impresion� fue una en la que el Se�or reprueba a Tom�s, al pie de la cual se le�an estas palabras: "Mete tu dedo aqu�, y ve mis manos ." (Juan 20:27). Dickey ya en la casa record� las palabras de ese cuadro y dijo: Por favor pap� cu�ntame la historia de ese cuadro. �No, esa historia no!. �Porqu� esa no pap�?. Porque es una historia que no creo. Oh, pero no es nada, urgi� Dickey; t� no crees la historia de Jack el Mata gigantes y sin embargo es una de mis favoritas. Cu�ntame la historia del cuadro por favor, papacito". As� pues, Dixon le relat� la historia, y a �l le gust� mucho. Es como t� y yo, papacito, dijo el muchacho. Cuando los Lovatt quer�an adoptarme t� les ense�aste la mano. Quiz�s cuando Tom�s vio las cicatrices en las manos del Buen Hombre sinti� que le pertenec�a. Probablemente, contest� Dixon. El Buen Hombre se ve�a tan triste, dijo Dickey, creo que se entristeci� porque Tom�s no cre�a. Que malo fue verdad?. Despu�s de que el Buen hombre hab�a muerto por �l. Dixon no contest� nada y Dickey continu�, Hubiera sido yo muy malo si hubiera actuado as�, cuando me contaron de ti y del fuego y dijera que no cre�a que lo hubieras hecho; �verdad papacito?. Basta no quiero pensar m�s de esa historia, hijo. Pero Tom�s am� al Buen Hombre despu�s as� como te amo yo a ti. Cuando veo tu pobre mano, papacito, te quiero m�s que nada en este mundo. Ya cansado Dickey se durmi� antes de terminar la medida de su afecto y gratitud a su papacito; pero el descanso de Dixon no fue bueno pues no pudo dormir pensando en el cuadro que hab�a visto y en aquel semblante triste que lo miraba desde la pared de la exhibici�n. So�� con Lovatt y consigo mismo cuando se discut�a al ni�o; cuando ense�o la mano cicatrizada el muchacho le hu�a. Un sentido amargo de injusticia suavizaba su coraz�n. No se dej� llevar por esta influencia en seguida, mas su amor por Dickey hab�a suavizado su coraz�n y la semilla hab�a ca�do en buena tierra. Dixon era honrado y no dejaba de ver que el argumento que hab�a usado para ganar a Dickey se levantaba en su contra al negar el derecho de aquellas manos cicatrizadas y heridas por �l; y cuando consider� la gratitud ardiente que manifestaba aquella criatura por la salvaci�n que su padre adoptivo le hab�a deparado, Dixon se sinti� peque�o al lado del muchacho. Con el tiempo el coraz�n de Dixon se puso como la de un ni�o. Al leer la Biblia, encontr� que as� como Dickey le pertenec�a, �l tambi�n era de Aquel Salvador, Jesucristo, que hab�a sido herido por sus trasgresiones, y le dio su esp�ritu, alma y cuerpo por aquellas manos horadadas por �l... |
|||||||||||
| Volver | |||||||||||
![]() |
|||||||||||
| http:www.inspired-art.com | |||||||||||