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Entre los
profesionales del management hay una pregunta que siempre ha suscitado
cierto interés: "El líder, ¿nace o se hace?". Las respuestas en ningún
caso son uniformes. Algunos directivos apuestan por que el líder nace;
otros, que se hace; y los más, piensan que el líder es un poco de todo:
nace, pero también se hace.
Mi visión personal, sin embargo, se
aparta algo de las anteriores propuestas. Más que hacerse, al líder -en
buena medida- le hacen. La educación es el auténtico baluarte del
liderazgo.
En cierta ocasión, preguntado López de Arriortúa -uno de
los directivos más aclamados de inicios de los años 90- sobre la cuestión
de si el líder nace o se hace, afirmaba: "el líder no nace, se forma, y
desde la familia. Ahí es donde el germen del líder crece realmente; el
ochenta por ciento del líder viene de su familia, y dentro de la familia,
la madre".
La educación marca, modula, perfila y esculpe nuestra
forma de ser. Uno es lo que es su niñez. Somos una proyección de nuestros
primeros pasos. En esta travesía, la madre se convierte en la mejor
escuela de negocios. Los episodios iniciales de la vida son decisivos en
la edificación de la personalidad. En ellos, se sientan las bases de lo
que será la persona adulta, de ahí la importancia de la
educación.
Educar es algo así como enfrentarse a un bloque de
mármol. Cada golpe de educación es una lección de formación. Golpe tras
golpe se va dando forma a la personalidad hasta que tenemos esa figura que
somos nosotros mismos. A la adolescencia uno llega ya bastante hecho.
Entonces, es posible mejorar, aunque difícilmente cambiar; lo que cabe, es
limar por aquí y allá para hacer ciertas aristas menos cortantes, pero lo
que no es posible es crear otra nueva figura; el mármol ya tiene su
forma.
La buena educación demanda, ante todo, credibilidad; y la
credibilidad se basa en el ejemplo, auténtico estandarte de la educación.
Se seduce y conquista con actos concretos; coherencia entre discurso y
conducta; complicidad entre teoría y práctica; hermanamiento entre
palabras y hechos. La inconsistencia entre lo que uno dice y hace debilita
la construcción de valores. Cuando no convergen palabras y hechos, cuando
se divorcian pensamiento y conducta, se produce un deterioro en la
educación. Pretendemos una cosa pero conseguimos otra.
"El futuro
está en manos de la juventud -decía un pensador español-, pero la juventud
está en manos de quien la forme". La educación en la infancia siembra
hábitos que recogen conductas rectas en la vida adulta. Una educación
tejida de valores garantiza el ejercicio de un liderazgo eficaz. Saber de
valores está bien, pero lo importante es ponerlos en práctica; y la
práctica, cuanto antes comience, mejor: "¿Te das cuenta de que lo más
importante es el comienzo de cualquier cosa, especialmente en el caso de
que sea joven y tierno? Pues es entonces cuando toma forma y adquiere la
modelación que se quiere imprimir" (Platón). La familia es el verdadero
marco de referencia de las personas. Los valores se descubren en casa y se
afianzan a lo largo de la vida.
La educación lo es casi todo en la
formación de la persona. Una educación rigurosa otorga estabilidad al ser
humano, cultiva la voluntad, fomenta la generosidad y premia la honradez,
aspectos todos éstos de vital importancia en las organizaciones. Por el
contrario, su carencia deja al desnudo todas esas taras que arruinan la
práctica de un liderazgo carismático, manifestándose en sus formas menos
amables: la agresividad, la falta de respeto, la prepotencia, y, en
general, todo lo propio de un entorno hostil.
En resumen, la
educación no es formar en álgebra, literatura o dibujo; la educación es
formar personas. No sólo es necesaria una buena preparación en el plano
académico, sino también en el humano. Antes se decía que una buena
educación encierra un tesoro. Hoy se sabe que no, que la educación es el
tesoro. Ahí reside la semilla del liderazgo. Los primeros compases en la
vida de la persona dejan huella, y en ellos, la figura materna es la
materia prima esencial.
(*) No hay que obviar la innegable
relevancia del padre en la educación, pero, en mi opinión, el papel de la
madre hay que situarlo en la cúspide. |