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Las dos Españas
23/03/05 Miguel Ángel Medina
Las fuerzas políticas españolas no están a
la altura del contexto democrático que se vive en nuestro
país. Los dos grandes partidos, PP y PSOE, están inmersos
en una espiral de enfrentamiento y colisión tal que, quien
se informe de la situación española por los medios
de comunicación sin vivir aquí, pudiera pensar que
estamos a las puertas de una nueva y fraticida guerra civil.
Pero no. Ni siquiera los días posteriores al 11-M, una tragedia
capaz de cambiar el ánimo de cualquier país, estuvo
la sociedad tan crispada como nos quieren hacer ver. Y, a estas
alturas, la mayoría de la gente quiere pasar la página
de los brutales atentados, lo que no quiere decir dejar de perseguir
a los culpables ni olvidar a las víctimas.
Sin embargo, socialistas y populares parecen empeñados en
enfrentar sus posiciones a cualquier precio. Y hablan en nuestro
nombre ("la sociedad exige", "la gente quiere saber"...)
sabiendo que lo que dicen es falso. Porque no nos despertamos odiando
a los del "otro bando", ni, en general, deseando lo mismo
que estos políticos.
Creo que en esta "estrategia" tiene gran parte de responsabilidad
la política seguida por el Partido Popular tras la derrota
del 14 de marzo, tratando de desligitimar el voto de 11 millones
de españoles y de buscar extraños vínculos
entre los terroristas del 11-M y el PSOE. ¿Nadie en el PP,
salvo Ruiz-Gallardón, es capaz de intuir que algo hicieron
mal para salir derrotados en los comicios? Parece que su regeneración
democrática va a tardar más de lo que quisiera el
dedo de Aznar.
Mientras, el Partido Socialista nada en las aguas turbulentas de
sus contradicciones. El Gobierno tripartido de Cataluña,
que presiden, está desgastando al Ejecutivo de la nación,
y también lo hace el desafío del "Plan Ibarretxe".
Ante ello, sólo se defienden como gato panza arriba de las
acusaciones populares y lanzan acusaciones igual de poco consistentes.
De fondo, intuyen que una victoria del candidato socialista, Patxi
López, en las próximas elecciones vascas, podría
ser la salida al final del túnel.
Mientras, la sociedad está tranquila, lejos de las disputas
políticas y cada vez más lejos, consecuentemente,
de los propios partidos. En estas ocasiones, parece como si la delegación
en que se basa nuestra democracia consistiera en taparse la nariz
y dejar el voto para que los políticos se lo lancen unos
a otros como bolas de nieve en su patio de colegio.
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