Es un tema nada fácil y suficientemente amplio el que deseo reflexionar con vosotros, la Juventud Franciscana de Europa, reunida en el Tercer Congreso Europeo de JUFRA: Vocación y misión en la JUFRA. La JUFRA, como “componente de la Familia Franciscana” , aparentemente es poco el espacio que tiene en las Constituciones de la Orden Franciscana Seglar. Son dos números, el 96 y el 97. Con todo, se deja cuanto no existe en las Constituciones y Estatuto Internacional del CIOFS, a la creatividad de la JUFRA en sus propios Estatutos internacionales y nacionales, reconociéndo su “organización específica, métodos de formación y una pedagogía adaptada a las necesidades del mundo juvenil, según las realidades de los diversos países ”. Los aspectos que queremos desarrollar aquí: vocación y misión, aparecen en las Constituciones Generales de la OFS. Éstas definen la vocación de los jóvenes de JUFRA como los “llamados por el Espíritu Santo a hacer en fraternidad la experiencia de vida cristiana, a la luz del mensaje de Francisco de Asís, profundizando su vocación en el ámbito de la Orden Franciscana Seglar” . Aquí encontramos los elementos vocacionales: llamada, vivir en fraternidad la experiencia cristiana, a la luz del carisma de Francisco y profundizando la propia vocación. La misión de la JUFRA, al estilo de la Orden Franciscana Seglar, lleva el sello de su índole secular, en consonancia con su espiritualidad, por lo que son llamados “a la edificiación del Reino de Dios con su presencia en las realidades y actividades seculares” . Y continúa: “se inspiran en la experiencia evangélica de San Francisco de Asís, comprometiéndose a continuar su misión con los otros componentes de la Familia Franciscana” . Los campos de misión se hallan suficientemente definidos en la Regla y en las Constituciones Generales de la OFS . De acuerdo con la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, con ciudadanos y jóvenes franciscanos europeos, estáis llamados “a meditar en Jesucristo vivo en su Iglesia y fuente de esperanza para Europa... Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza” . Como dice la Regla de la Orden Franciscana Seglar: “Cristo, don del Padre, es el camino hacia Él, es la verdad en la cual nos introduce el Espíritu Santo, es la vida que Él ha venido a traer abundantemente” .
Comienzo con algunas generalidades que aunque las conocemos, nos ayudarán a entrar de lleno y más agilmente en la materia . La vocación en la Historia de la Salvación y en el seguimiento de Jesús es una llamada gratuita de Dios. Al llamar Dios crea. Lo vemos en el cambio de nombre: Abrahán, en la alianza que Dios hace con él le dice : “ no te llamarás más Abram, sino qu tu nombre será Abrahán ” (Gn 17,5); Jacob después de la lucha con el ángel, éste le dirá: “ en adelante no te llamarás Jacob sino Israel” (Gn 32,29); cuando es presentado Simón a Jesús, el Maestro le dice “ Tú te llamarás Cefas, que quiere decir Piedra ” (Jn 1,42); Saulo se cambia el nombre por el de Pablo (Hch 13,9).
Dios actúa y salva llamando. En el Antiguo Testamento podemos contemplar, entre otras, la vocación de Abrahán (Gn 12-25; Heb 11,8-19; Rom 4; Gal 3), de Moisés (Ex 2,23-4-18; 6,2-12; 7,1-8), de Josué (Jos 1,1-18), de Gedeón (Jue 6,11-24), de Isaías (Is 6,1-13), de Jeremías (Jer 1,4-19), de Ezequiel (Ez 1,1-3,15). En el Nuevo Testamento son significativas y conocidas la de los Doce (Mc 3,13-16), la de los cuatro primeros discípulos (Mc 1,16-20 Mt 4,18-22 Lc 5,1-11), la de Mateo (Mt 9,9), la de Andrés, Pedro, Felipe y Natanael (Jn 1,35-51), la de Pablo (Hch 9,1-30; 22,3-21; 26,9-23; Gal 1,11-24; 1Cor 15,8-11). La llamada de Dios es siempre elección gratuita, cuya bendición se amplía a los demás. La llamada y bendición de Abrahán implica la bendición a él y a su descendencia (Gn 12,3; 18,18; 22,18). La vocación de María y su respuesta trae una bendición y una alegría que es para todo el pueblo: el nacimiento del Mesías, del Señor Jesús (Lc 2,10-11).
La vocación en la Biblia no nos presenta hombres o mujeres perfectos. Todos tienen “taras”: Abrahán, por salvar la piel en Egipto permite que Sara entre a formar parte del harén del faraón (cfr. Gn 12,10-20); Sara misma se ríe cuando oye hablar sobre su futura gravidanza (cfr. Gn 18,9-15); Jacob engaña a su hermano Esaú (cfr. Gn 25,29-34); David aparece como un hombre sin demasiados escrúpulos (cfr. 2Sam 11-12,1-25). Los mismos discípulos traicionan, como Judas (cfr. Mt 26,14-16; Mc 14,10-11; Lc 22,3-6; Mt 26,48-50; Mc 14,44-45; Lc 22,47-48; Jn 18,2-3), niegan, como Pedro (Mt 26,69-75; Mc 14,66-72; Lc 22,55-62; Jn 18,15-18.25-27), huyen todos los discípulos (Mt 26,56; Mc 14,50), escapan a Emaús (Lc 24,13-14), persiguen, como Pablo (Hch 9,1-2.13-14). En la vocación lo más importante no son las cualidades del llamado, sino la gartuidad de Dios.
La vocación al discipulado de Jesús se entiende desde la categoría del seguimiento,
que implica respuesta a la llamada y a la invitación de seguirle (Mt 8,21-22; 9,9; Mc 10,17-22; Lc 9,23).
Jesús continúa llamando hoy y la calidad del discipulado y vida cristiana está en la respuesta que se da a esa
llamada personal. Cada uno de nosotros hemos sido llamados, y, como convocados, formamos la Iglesia: comunidad de llamados,
elegidos y convocados .
Los seglares, los laicos, son llamados por el Señor para realizar la vida cristiana en las
condiciones ordinarias del mundo, de la familia, de la secularidad, del trabajo. En su vocación cristiana
descubren su camino particular: en su opción profesional, en el compromiso político, en el ocio y el empleo
del tiempo libre, en la administración del dinero, en la participación parroquial, en el voluntariado,
en el campo universitario y de la docencia, en el de la investigación, en el de la cultura y bellas artes...
Cada uno de los seglares está llamado a vivir su fe en esa realidad mundana que está llamada a convertirse en Reino de Dios.
Nuestros mayores enemigos en la respuesta a la vocación son los miedos, la comodidad, las prisas
(ansiar una seguridad, una certeza), el complejo de inferioridad (desconfianza en uno mismo),
la indecisión, el desencanto (sin ilusión), la autosuficiencia (se niega a ser acompañado, ayudado), la rutina,
la mediocridad, la falta de fe (una fe personal, viva y adulta)... Es preciso participar en la fiesta.
A menudo somos meros espectadores. Y no es lo mismo participar que ser un espectador. Recordemos que en las
Bodas de Caná son los sirvientes quienes llenan las vasijas los que reconocen de dónde procede el vino nuevo,
no así el maestresala que no había participado en la labor (cfr. Jn 2,6-9). La vocación exige reflexión, estudio y oración.
Voy a dar un perfil de vocación siguiendo el proceso vocacional de Francisco de Asís,
un joven que va a requerir un tiempo suficientemente largo, con diversos niveles de estímulo, para madurar su vocación.
De ella se pueden sacar estímulos para la vocación de los Jóvenes Franciscanos. Aunque parezcan pasos sucesivos,
pueden haber sido o ser progresivamente simultáneos y prsentar una interrelación dialéctica .
Francisco lleva una vida normal, con unos objetivos más o menos claros, los de un burgués en una ciudad como
Asís en la que se quiere abrir camino en la sociedad y escalar ésta. Todo pareceía claro en su vida hasta el día que
cae prisionero en la batalla de Collestrada, cerca de Ponte San Giovanni (Perusa), y es llevado prisionero a Perusa.
Aquí comienza una reflexión sobre sí mismo, su futuro y se manifiestan ciertos cambios fundamentales en su persona,
producto de la lucha interior que mantendrá durante mucho tiempo.
En un diálogo con sus compañeros de prisión, tristes por la pérdida de la libertad, grilletes y obscuridad,
Francisco mantiene la alegría y les dice: “Qué pensáis de mí? Todavía he de ser honrado en el mundo entero” .
El piensa en las grandezas. ¿Qué grandezas? ¿El subrir socialmente, legar a ser caballero y noble?
La enfermedad que le acompaña una vez que logra la libertad, le obliga a constatar y verificar más
profundamente sus propias limitaciones, pero le otorga la capacidad de afrontar la vida de una manera más realista.
Entra en sí mismo y comienza “a tenerse en menos a sí mismo y a mirar con cierto desprecio cuanto antes había admirado y amado. Mas no del todo y de verdad, que todavía no estaba desligado de las ataduras de la vanidad” . Cárcel y enfermedad, con sus incomodidades y sufrimientos, pueden haber ayudado a Francisco a mirar de forma más seria su futuro.
El sueño del palacio lleno de armas que tiene en Asís , le hace crecer en sus ideas de lograr ser caballero y noble.
“ Francisco interpretó este sueño como augurio de que llegaría a ser un gran príncipe ”.
El sueño de Espoleto, junto con la muerte de Juan de Brienne que conoce a su llegada a esta ciudad,
le van a hacer revisar sus planes personales. Renuncia ir a la Pulla y se vuelve a Asís.
Además hay una connotación paulina que le obliga a pasar de un plano simplemente personal : oirse a sí mismo,
a interrogarse y hacer que entre en escena el Señor: “Señor, ¿qué quieres que haga? Vuelve a tu tierra -le dijo la voz-
para cumplir lo que te revele el Señor” .
Francisco regresa a Asís. Vuelve a encontrarse con los amigos, celebra fiestas, es nombrado el rey de la pandilla,
pero con todo, Francisco reflexiona y medita. Francisco, mientras tiene el bastón de mando, se va quedando solo,
va perdiendo el ritmo de los compañeros. Éstos se extrañan y preocupan porque
lo contemplan “ como un hombre cambiado en otro ”.
A esto va a seguir en Francisco el abandono de las cosas superficiales : “ aún no había logrado
liberarse de las vanidades del siglo. Pero se apartará poco a poco del bullicio del siglo... ”.
Entra en un camino progresivo de oración, de interiorización. Su primer biógrafo dice que se retiraba con frecuencia
y casi a diario a orar . Esto le permitirá un proceso de liberación interior, que es como descender a la raíz misma del
propio ser.
El encuentro consigo mismo, como vemos en Francisco, lo podéis experimentar vosotros, Jóvenes Franciscanos.
Es lento y, a veces, doloroso, porque supone cambios en el proyecto personal, en el que las circunstancias y la vida os
exigen una adecuada lectura de los signos de los tiempos. El encuentro consigo mismo requiere mucha interioridad, oración
y meditación y el encuentro con los valores fundamentales de la vida, para llegar a la libertad interior.
Después de llegar al conocimiento de uno mismo, se debe salir al encuentro de los demás, abrirse a los demás, también a los pobres. Es abrir un espacio nuevo al propio ambiente, y a veces, se deben superar prejuicios. En Francisco este proceso se manifiesta en diversos encuentros con los pobres, a los que acoge con cortesía, con buenos modales, alegría y generosidad. De tal manera que por amor a Dios, que es generosísimo en recompensar, él es generoso y afable con los pobres. “Y desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente” . Cuando por un descuido no otorgó la limosna que le pedía un pobre por amor a Dios, decide en su corazón “no negar nada en adelante a quien le pidiera algo por amor de tan gran Señor” . San Buenaventura añade: “de inmediato, entrando en sí mismo, corrió detrás de él, le dio una generosa limosna y le prometió a Dios que en adelante no le negaría a nadie, mientras le fuese posible, que le hubiese pedido por amor a Dios” . Francisco se abre a los demás a través de la generosidad, con el propósito de no denegar la limosna a ningún pobre: si no tenía dinero le daba el cinto, la camisa.... Francisco en la salida de sí mismo va al encuentro de los demás, sobre todo de los pobres. Aquí se invierten los términos de sus relaciones y pasamos de la solidaridad y asiduidad con que antes frecuentaba sus amistades, a tener ahora “su corazón pendiente de ver u oir algún pobre para darle limosna” . El aprecio y amor por los pobres lleva a Francisco a identificarse con ellos en la escalinata de la Basílica de San Pedro en el Vaticano . Es más, se va a realizar un cambio substancial y radical en su horizonte social al hacer opción por los pobres. En el encuentro con los pobres, Francisco inicia el encuentro con el Cristo doliente y sufriente : “ cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños a mi me lo hicisteis” (Mt 25,40). De aquí no hay más que un paso para el encuentro con el leproso, el arrojado de la vida social. Las biografías del Santo nos dicen que un día, bajando del caballo, da limosna a un leproso y le besa la mano . Antes de iniciar su conversión, Francisco huía y rehuía encontrarse con el leproso: “como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo ver a los leprosos” . Cuando sale de sí y busca el encuentro con los otros y, sobre todo, con los marginados, con los pobres y los leprosos, nos dice en el Testamento que “el Señor mismo me llevó entre ellos, y practiqué con ellos la misericordia. Y al separarme de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo” . Es decir, el encuentro con el leproso marca en Francisco un esfuerzo de vencimiento de sí mismo en su proceso vocacional y un abrazo con el marginado. Francisco, después de aquel primer encuentro, vuelve a encontrarse con ellos y a acompañarles en el leprosario de Asís: les da limosnas y les besa las manos , llegando “a ser familiar y amigo de los leprosos” , de manera que son frecuentes los pasajes que las biografías nos narran encuentros de Francisco y de sus primeros compañeros con los leprosos. “A partir de entonces, refiere San Buenaventura, se revistió de espíritu de pobreza, del sentimiento de humildad y de una profunda piedad. Si antes detestaba no sólo la compañía de los leprosos sino hasta verlos de lejos, ahora, por amor a Cristo Crucificado que, según la palabra profética, apareció despreciable como un leproso, con benéfica piedad los servía humilde y cariñosamente, para alcanzar el total desprecio de sí mismo” . A partir de este encuentro con el leproso, Francisco profundiza en su vocación e inicia una fuga mundi, es decir, una presencia en el mundo, pero sin ser del mundo. El beso de Francisco al leproso, por medio del cual el leproso, sin dejar de ser tal, es admitido en la sociedad y compañía de Francisco, es como una resurrección social y moral del leproso. Este encuentro con el leproso y el servicio a los necesitados le permiten a Francisco dar un paso más en su proceso vocacional y en el encuentro con la Iglesia.
El encuentro con la Iglesia lo va a hacer a través del encuentro con el Crucificado. Dejando aparte un texto de la Leyenda Mayor, por lo tanto bastante tardío, que cuenta como Francisco tuvo la aparición del Crucificado , subrayamos el conocido encuentro y el diálogo que Francisco tuvo con la efigie del Crucifijo de San Damián. Es un texto biográfico que aparece en la Segunda Leyenda de Celano . Francisco entra en la iglesia de San Damián para orar. El Crucificado le encomienda una tarea: “Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo”. Y Francisco responde: “De muy buena gana lo haré, Señor” . Los sabores místicos que describen sus biógrafos: “desde aquel momento quedó su corazón llagado y derritido de amor ante el recuerdo de la pasión del Señor Jesús, de modo que mientras vivió llevó en su corazón las llagas del Señor Jesús”, nos conducen al abrazo místico de Francisco con el Crucificado y la imprsión de las llagas del Señor en su Siervo en el monte Alverna. El diálogo con el Crucifijo de San Damián tiene también un sentido eclesial. Francisco necesita de un tiempo para comprender el paso que ha de dar de la recosntrucción material de la iglesia de San Damián, a la restauración de la Iglesia como comunidad de fe adquirida por la sangre de Cristo . En este paso se subraya la importancia de la oración en Francisco, que le conduce a alcanzar un gozo interior y disponibilidad pronta para seguir la voz del Espíritu. Francisco se va a encontrar con la Iglesia como construcción material que siempre venerará y como comunidad de fe, a cuyos pies quiere que él y sus hermanos estén “firmes en la fe católica” .
En la Iglesia Francisco se va a encontrar con el Evangelio. Es el que va a iluminar de manera clara y definitiva su senda vocacional y va a ser su constante referencia. Desde este momento va a ser oyente asiduo del Evangelio. Este paso en el proceso vocacional de Francisco va a tener lugar en la escucha del Evangelio de la misión . No lo comprende y pide explicación al sacerdote. En todo este caminar de Francisco se halla patente el acompañamiento de alguien que le ayuda a discernir su llamada. Así que lleno de gozo exclama: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica” . Rebosando de alegría se apresura a cambiar su hábito de ermitaño, para asumir el hábito del misionero apostólico: descalzo, sin bastón, una túnica en forma de cruz, ceñida por una cuerda nudosa y comienza a predicar la penitencia. Francisco da pasos importantes a través de la asimilación del Evangelio, como dice San Buenaventura: “ escucha ”, “ comprende ”, “ encomienda a la memoria ” y “ lleva a cabo” . El Evangelio es determinante en la vocación de Francisco, y hace que ésta sea no sólo evangélica sino también evangelizadora, como hemos visto: “desde entonces comenzó a predicar a todos la penitencia con gran fervor de espíritu” . Tomás de Celano dice que al acabar de reparar la iglesita de la Porciúncula, “se encontraba en el tercer año de su conversión” . Lo que nos indica el largo proceso que vive Francisco en su camino vocacional.
En este proceso vocacional de Francisco, cuyo camino es un paso del yo al nosotros, le permite el encuentro con el projimo marginado, la Iglesia y el Evangelio, y le permite ser aproximado, ser prójimo de quienes quieren vivir su estilo de vida. Francisco se convierte en referencia, en testigo del Evangelio. “Casi todos le tenían por loco. Él no les hacía ningún caso, ni siquiera les contestaba. Más bien, con todo esmero procuraba poner en práctica cuanto Dios le manifestaba... Testigos presenciales de esos acontecimientos, dos varones de aquella ciudad, visitados e inspirados por la gracia divina, se presentaron humildemente al bienaventurado Francisco. Uno de ellos fue el hermano Bernardo, y el otro, el hermano Pedro. Ambos sencillamente le declararon : « Queremos vivir contigo en adelante y conformar nuestra vida con la tuya. Dinos, pues, lo que hemos de hacer de nuestros bienes». Él se regocijó mucho de su venida y propósito y les respondió con bondad: «Vayamos y pidamos consejo al Señor»” . Francisco les acompaña a la iglesia de San Nicolás de Asís y allí abren por tres veces el Evangelio para conocer las exigencias del seguimiento de Cristo. Después de leer los textos evangélicos “experimentaron intensa alegría y exclamaron: « ¡Ahí está lo que anhelábamos! ¡Ahí está lo que buscábamos!» Y el bienaventurado Francisco agregó : « Ésta será nuestra Regla ». Luego mandó a sus dos compañeros: « Id y cumplid el consejo del señor tal como lo oísteis»” . Luego, poco a poco, se le van a unir otros hermanos : el sacerdote Silvestre , otro ciudadano de Asís llamado Gil, los hermanos Sabbatino, Juan de Capella y Morico el Chico , el hermano Felipe Longo y otro hermano anónimo. Se irán multiplicando con las misiones que inician los hermanos después de ser adoctrinados por Francisco, y les concede la facultad de recibir a quienes deseen vivir la misma vida, y son traídos a la Porciúncula . Las biografías de Francisco no nos hablan de que éste saliese a buscar hermanos. Francisco vive como penitente y son los hermanos quienes se llegan a él, enviados por el Señor, como escribe en su Testamento: “ Y después que el Señor me dio hermanos...” . Francisco acoge benignamente y agradecido los hermanos que el Señor le envía. Los hermanos son un regalo del Señor. Son fruto del testimonio de vida evangélica de Francisco. Cuando llegan a ser un grupo, doce, Francisco decide ir a Roma para que el Papa confirme dicha fraternidad : “ Por lo visto, hermanos, el Señor quiere hacer de nosotros una gran agrupación. Vayamos, pues, a nuestra madre la Iglesia romana e informemos al Sumo Pontífice de cuanto Dios obra por medio de nosotros, para que sigamos con su aprobación y mandato, la obra que hemos emprendido ”.
La vocación de los miembros de la Juventud Franciscana puede tener todos esos pasos que hemos visto en la vida de Francisco de Asís o más, y también menos. Pero más que los pasos en sí que siempre varían según las personas y de acuerdo con la vocación a la que son llamadas, es el proceso y el estímulo que podemos recibir de un joven de la Umbría del siglo XIII como en aquel momento era Francisco de Asís. Hay algunos valores vocacionales que aparecen como comunes a Francisco, a los hermanos de la Orden Franciscana Seglar y a los Jóvenes Franciscanos: la llamada a la santidad , el guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de Francisco de Asís , la salida de nosotros mismos para vivir en Fraternidad , “profundizando su vocación en el ámbito de la Orden Franciscana Seglar ” . Vuestra vocación como Jufristas es la de “ hacer en Fraternidad la experiencia de vida cristiana, a la luz del mensaje de Francisco de Asís ”; es la de “tomar opciones de una vida arraigada en Cristo y dedicada a la Iglesia ”. Para fortalecer y arraigar vuestra vocación cristiana y franciscana, y para que esta vocación crezca bien formada y articulada, la Orden franciscana Seglar debe con vosotros Jufristas y vosotros JUFRA con la Orden Franciscana Seglar debéis favorecer y “promover ocasiones de encuentro entre los jóvenes franciscanos, para favorecer un clima de escucha recíproca y oración..., para indicarles el camino de la santidad, estimulándolos a tomar decisiones comprometidas en el seguimiento de Jesús..., y hacer que los mismos Jóvenes Franciscanos sean capaces de manifestar una mentalidad cristiana y franciscana en todos los ámbitos de la existencia, incluidos el del ocio y la diversión ”.
El paso de la vocación a la misión, implica cotizar en gran medida en el propio proyecto de vida la gratuidad, la entrega y la solidaridad. Significa, como dice K. Barth: “escuchar a Dios con la Biblia en una mano y el periódico en la otra”. Cuando Dios llama es siempre en función de una misión. Así lo vemos en los grandes protagonistas de la Historia de la Salvación: Abrahán, Moisés, David, María, los Apóstoles... y en Francisco y Clara de Asís. Todo llamado se encuentra entre la espada y la pared. La respuesta a la llamada está orientada a la misión. Por lo que se necesita confirmar constanetemente la vocación. La misión te invita, por medio del abono de la justicia, el amor, la confianza, la solidaruidad, el deseo de dignificar al hombre..., a poner vida allí donde parece que nada bueno puede brotar. El llamado, el enviado debe tener entrañas de misericordia para poder ser portavoz de Dios. Dios ama entrañablemente, profundamente. El enviado debe tener la capacidad de afligirse con el afligido, alegrarse con el que está gozoso, mantener la esperanza con el que se encuentra en dudas y turbación. La misión, realizada por quien y en nombre de quien nos ha llamado, Jesús de Nazaret, el Hijo del Padre, nos hace ver el valor del servicio, el ser levadura que fermenta en la masa de la injusticia y sentir el dolor del parto de lo nuevo que se ve en el horizonte. Nos permite, como a los girasoles, mantenernos vueltos al sol, a la fuente de nuestra vida. La misión nos obliga a continuar confiando en Dios y colocarnos en sus manos como barro en manos del alfarero (Jr 18,4), dejándonos moldear por Él, en el camino de nuestra vida. María a través del Magnificat nos presenta todo un mensaje de anuncio, por las obras que Dios está realizando en Ella y por Ella. María nos enseña a dirigir la mirada a Dios al mismo tiempo que nos enseña a dejarnos mirar por Él (cfr. Lc 1,46-49). Acompaña una denuncia (cfr. Lc 1,51-53) en la que da entrada a todos cuantos esperan la salvación de Dios: los pobres, los sencillos, los desplazados. Nos sitúa en la paradoja subversiva en la que Dios toma partido y hace sentir la fuerza de su brazo sobre todos aquellos que oprimen al indefenso. Termina con otra alabanza (cfr. Lc 1,54-55) a Dios que manifiesta su fidelidad de generación en generación. Dios que es el alfa y la omega llega y alcanza a todos. Su promesa se cumple y se cumplirá. Es que Dios ama no según la fidelidad de la persona sino según la profundidad del corazón de Dios. Vamos a detenernos en algunos pasos que hemos de dar para adentrarnos en la misión, porque “servir al Evangelio de la esperanza mediante una caridad que evangeliza es un compromiso y una responsabilidad de todos. En efecto, cualquiera que sea el carisma y el ministerio de cada uno, la caridad es la vida maestra indicada a todos y que todos pueden recorrer: es la vía que la comunidad eclesial entera -por lo tanto también la fraternidad franciscana- está llamada a emprender siguiendo las huellas de su Maestro” .
Necesitamos una mirada nítida para saber distinguir el trigo de la cizaña. Con frecuencia hemos de pedir una curación progresiva de la vista, como nos narra la curación del ciego (Mc 8,23). Necesitamos tiempo para ver. Hemos de aprender a enfocar, a agudizar la mirada, que nos permita ver a los hombres como compañeros heridos al borde del camino: alejados, inmigrantes, toxicodependientes, enfermos de Sida, mujeres maltratadas, explotadas, niños arrojados a la delincuencia... Ver con ojos curados y sanados es sacar del anonimato los rsotros de los hermanos para traerlos a la luz del reconocimiento. La mirada de esos ojos no finge, no elude la realidad, otorga esperanza. Esa mirada es humanizadora y sanante, porque delante de nosotros va el Crucificado que es garante de nuestra esperanza.
Hemos de pedir al Señor que espabile nuestro oído para la escucha (cfr. Is 50,4). Si buceamos en nuestro corazón, encontraremos encerrados en el baul que se halla en el desbán las plabras, gestos, silencios, miedos, preocupaciones..., porque alguien se negó a entrar en nuestra historia personal. Pensemos en tantas personas que carecen de pan, de techo, de quienes sus cuerpos son usados como lugar de placer para usar y tirar... Conectar con estas personas, escuchar sus historias, sus deseos de libertad, de caídas y ansias de ponerse en pie, de miedos y angustias sufridas, nos conduce a conocer los misterios escondidos en los rincones del íntimo de la persona. Escuchar va unido a ver, ya que excede las palabras, se unen los gestos, se entrecruzan las miradas, las manos... Ver y escuchar nos brindan la posibilidad de ser misioneros del Reino en los caminos samaritanos, en los que no sirven los rodeos, como los del levita y del sacerdote para llegar pronto al templo, sino el acercamiento al hermano tendido en el camino del mundo que baja de Jerusalén a Jericó y que es el sacramento carnal y existencial de Jesús.
Tiempo para el silencio, tiempo de callar. Job ruega a sus amigos que no le aplasten con palabras ( Job 19,1), que no le consuelen con vaciedades (Job 21,34). En muchos momentos de encuentros con situaciones difíciles de la vida, con problemas que nos sobrepasan, hemos de quedarnos en silencio, antes que dar respuestas huidizas o que no respondan a las situaciones. María es signo y ejemplo de silencio. Un silencio que lo notamos a través de los Evangelios. En silencio recorre el camino de las montañas de Judá, llevando en su seno a Jesús, preocupada por la prima anciana que la necesita. En silencio acompaña al Hijo. En silencio está al pie de la cruz. En silencio y en oración espera la venida del Espíritu Santo. En silencio muere y es subida a los cielos en cuerpo y alma. En el silencio, la reflexión y la oración, nos apoyamos en el Dios de la vida y de la esperanza, y las consolaciones que recibimos de Él nos brindan la posibilidad de consolar a cuantos encontramos en nuestro caminar (cfr. 2Cor 1,4).
El relato de la hemorroisa (Mc 5,25-34), cuyas hemorrajias la hacían impura religiosa y socialmente, se cierran al tocar el manto de Jesús. El Maestro era tocado por la multitud, pero el toque de la hemorroisa fue una sacudida de descarga de gracia. La pregunta de Jesús: “¿Quién me ha tocado?” (Mc 5,30), y su mirar en torno era restituirla a la sinagoga y a la sociedad. El cuerpo es importante, es nuestra manera de estar en el mundo y ante el mundo. El cuerpo es un mar de sensaciones y de relaciones. Es preciso no tener miedo a dejarse besar, abrazar, tocar desde la ternura y la significatividad que va más allá de las palabras. Dejarse tocar tiene mucho que ver con la vulnerabilidad. Son muchos los marginados, son muchas las franjas de vulnerabilidad en nuestra sociedad. El mismo contacto con nuestra sociedad compleja nos hace vulnerables y sacude nuestra perspectiva de futuro. La misión requiere dejarse tocar, colocar en el centro de la vida a personas y realidades de hoy, y dejar brotar como en Jesús y Francisco lo mejor de nosotros, para superar esos espacios de vulnerabilidad y ayudar a sanar socialmente, psicológicamente, espiritaulamente.
En el libro del profeta Isaías hay un texto que muestra la agitación y el nerviosismo de Dios, su preocupación por el Pueblo y la poca disponibilidad de las personas. Se oye un grito: “¿A quién enviaré?”. Ante esta pregunta de Dios hay una respuesta: “Heme aquí, envíame” (Is 6,8). Hoy como ayer, Dios necesita profetas, mensajeros para la misión, necsita personas fiables y fieles, que hablen en su nombre, que colaboren en la misión del Padre en el acompañamiento de su Pueblo, aunque sea temblando, como Isaías, o sin saber hablar porque uno es un muchacho, como Jeremías (Jer 1,6-7). El misionero disponible es “nube que muestra el camino durante el día y fuego en la noche” (Dt 1,33).
Para ponerse en camino para la misión es conveniente ir ligero: sin alforja, sin sandalias, sin bolsa, sin bastón (cfr. Lc 9,1-6). Francisco entendió y se alegró. Dice Tomás de Celano que, comprendida la lectua del Evangelio de la Misión, “al instante, saltando de gozo, lleno del espíritu del Señor, exclamó: Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica” . Estar cargado de cosas, como el joven del Evangelio (Mc 10,7), impide ponerse en camino. Sólo se puede seguir a Jesús vendiendo las cosas. Por eso, en el proyecto de misión del Franciscano Seglar se subraya la desapropiación : “ Los Franciscanos Seglares han de buscar en el desapego y en el uso, una justa relación con los bienes terrenos, simplificando las propias exigencias materiales” . Y también: “El sentido de fraternidad les hará felices y dispuestos a identificarse con todos los hombres, especialmente con los más humildes, para los cuales se esforzarán en crear condiciones de vida dignas de criaturas redimidas por Cristo” .
Para poder estar junto a los menores de la sociedad y de la Iglesia es haciéndose menores. Para ayudar a subir a otros sólo se logra abajándose y ayudando a subir desde abajo. La mejor experiencia en este sentido es la de Dios en Jesús, quien para salvar al hombre no tiene miedo de hacerse hombre. Es más, se abaja hasta lo bajo del hombre: muerte, desolación, no ser, el infierno de nuestro mundo, la desfiguración del rostro (Is 53,2), para desde ahí, ayudar a subir al hombre desfigurado y otorgarle figura. Esdecir, es vivir la Kenosis de Jesús descrita por Pablo (Flp 2,5-11). En el credo decimos que Jesús “descendió a los infiernos”, para desde allí iluminar e iniciar el ‘ascenso hacia la Vida’. Dios se halla, porque ha descendido a los infiernos, donde la vida ha sido violada, la dignidad pisoteada, la esperanza ahogada, el hambre no colmada, ni la sed saciada, donde alguien es esclavizado interior y exteriormente. Ése es su sitio, porque la vida no puede conformarse con la muerte” . Ése es el lugar del Joven Franciscano, si quiere hacer experiencia de resurrección y de esperanza de vida.
La verdadera y perfecta alegría de Francisco de Asís, en cuanto mantiene la petición de Pablo a los filipenses (Flp 4,4) y es esperanzadora, debe adornar al misionero y el ambiente de la misión. La alegría debe tener hondas raíces y prolongadas ramas que cobijen una preocupación consciente, una alegría profunda, una compasión y simpatía sinceras, una implicación personal en la transformación de nuestra sociedad y en el anuncio de la buena noticia a quienes están sufriendo los desafíos del momento y el malestar de la injusticia.
Para la misión se tiene que mantener tendida entre el cielo y la tierra la escalera de la oración (cfr. Gn 28,12). Uno debe entrar en su aposento y, después de cerrada la puerta, orar al Padre (Mt 6,6). Jesús, el misionero del Padre, se mantuvo siempre en relación con su Padre Dios. Las grande decisiones: nombramiento de los Apostoles (Lc 6,12), la pasión (Mc 14,32-42)..., lo prepara con la oración. Frecuentemente se retiraba al monte para orar (Jn 6,15), se alejaba de la gente para discernir con el Padre en la oración cuál era el camino a seguir para que la presencia del Reino de Dios fuera viva, real, eficaz. Para ser misioneros comprometidos con el envío es necesario estar en sintonía con la frecuencia del Reino. Se logrará manteniendo la oración sin desfallecer (Mt 7,7-11).
Después de cada uno de los apartados que complementan y estructuran nuestro modo de estar en misión, nos detenemos un momento en la misión del Joven Franciscano en la Iglesia y en la sociedad. Como europeos y miembros de la Iglesia, asumimos el compromiso de la Iglesia en Europa de infundir esperanza a nuestro continente. En esta misión, en la que toda la Iglesia es enviada, “la aportación de los fieles laicos a la vida eclesial es irrenunciable: es, efectivamente, insustituible el papel que tienen en el anuncio y el servicio al Evangelio de la esperanza, ya que «por medio de ellos la Iglesia de Cristo se hace presente en los más variados sectores del mundo, como signo y fuente de esperanza y amor» . La Regla de la Orden Franciscana Seglar describe la misión de los Franciscanos Seglares y de los Jóvenes Franciscanos en el cumplimiento fiel de los propios deberes: “Cumplan fielmente las obligaciones propias de la condición de cada uno, en las diversas circunstancias de la vida” . Porque “el hombre contemporáneo «escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio». Y en las Constituciones Generales se hace hincapié en que la misión es como fruto maduro que nace de la vida en fraternidad : “La fidelidad al propio carisma, franciscano y seglar, y al testimonio de sincera y abierta fraternidad, son su principal servicio a la Iglesia, que es comunidad de amor. Sean conocidos en ésta por su «ser» del que emana su misión” . La Juventud Franciscana, consciente de que tiene un puesto en la Iglesia y en la sociedad, está invitada a “ construir un mundo más fraterno y evangélico para edificar el reino de Dios ”. La misión pide a todos los fieles y también a los Jóvenes Franciscanos “ la promoción de la justicia, particularmente en el ámbito de la vida pública, empeñándose en opciones concretas y coherentes con su fe”. Para realizar esta misión se sugiere una buena formación permanente y las bases de una profunda vida espiritual y de oración, para continuar siendo testigos audaces “de caridad y de perdón, valores que evangelizan los grandes horizontes de la política, la realidad social, la economía, la cultura, la ecología, la vida internacional, la familia, la educación, las profesiones, el trabajo y el sufrimiento” . En todos estos aspectos y campos de misión de los seglares está invitada la Juventud Franciscana, “ verdadera esperanza de la Iglesia y del mundo, signo elocuente del Espíritu que no se cansa de suscitar nuevas energías”.
Como conclusión del tema quisiera señalar algunas características de la vocación y de la misión de la Juventud Franciscana. De la vocación brota expontáneamente la misión.
- la alegría, porque toda vocación es gratuidad, don y bien para el conjunto de la comunidad, de la fraternidad.
- el agradecimiento, porque la vocación es una bendición e implica hallar el camino de respuesta a Dios, de servicio
a los hermanos , de testimonio de vida cristiana y franciscana y de compromiso “ a continuar su misión con los otros
componentes de la Familia Franciscana ”.
- la libertad, abriéndose a la llamada, respondiendo libremente, en obediencia y disponibilidad al plan de Dios, ya que
se le invita, no se le fuerza, realizándose en la alteridad, en la entrega libre a Dios , a Jesús, al Reino, a la Iglesia,
a los pobres.
- la fuerza del Espíritu con sus dones y frutos, que es “ fuente de la vocación, el animador de la vida fraterna y de
la misión ”.
- el discernimiento, con los factores imprescindibles para vivir como cristiano y franciscano.
- lleva parejo un éxodo, una salida de la patria conocida a un terruño desconocido y nuevo.
- implica cambio de vida.
- para el bien del pueblo, pero no se realiza con las simples fuerzas o cualidades personales, sino con el auxilio
del Espíritu y de la gracia de Dios.
- suscita e implica una relación íntima, personal e instransferible con Dios, con Jesús, por medio de la
oración : “ hagan de la oración y de la contemplación el alma del propio ser y del propio obrar ”.
- abandono y confianza en Aquel que llama.
- madurez en la fe y compromiso cristiano.
- sinceridad y transparencia.
- generosidad y desprendimiento.
- servicialidad y disponibilidad.
- capacidad de elaborar en positivo las frustraciones.