El Milagro de la Ovejita.


San Francisco de Asís


San Buenaventura refiere que, cierto día,
estando el Santo en el convento de Nuestra Señora de los Angeles,
una persona tuvo a bien regalarle una ovejita,
y la recibió con mucho agradecimiento,
porque le complacía ver en ella la imagen de la mansedumbre.

Después de recibida, mandó San Francisco a la ovejita que atendiese
a las alabanzas que se tributaban a Dios
y no turbase la paz de los religiosos
con sus balidos.

El animal,
como si hubiese entendido al siervo de Dios,
observaba con fidelidad su mandato
pues tan pronto como oía
el canto de las divinas alabanzas en el coro,
se aquietaba, y si alguna vez se metía en la capilla,
quedábase inmóbil en un rinconcito
sin causar la menor molestia.

Pero el prodigio era ver cómo después del rezo divino,
si se celebraba el santo Sacrificio de la Misa,
al tiempo de elevar el sacerdote la Sagrada Hostia,
la ovejita, sin ser enseñada de nadie,
se ponía de pie e hincaba las rodillas
en señal de reverencia a su Señor.

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