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LA DOCTRINA MARIOLOGICA DE LA "MISTICA CIUDAD DE DIOS" Al escribir su Mística Ciudad de Dios, Sor María de Jesús de Agreda no se propone otra cosa que narrar sencillamente, "sin opiniones ni contemplaciones", "sin disputas", la vida de la Madre de Dios, "reina y señora nuestra", "restauradora de la culpa de Eva" y "medianera de la gracia", "para nueva luz del mundo, alegría de la Iglesia católica y confianza de los mortales". Su primera intención es altamente espiritual: proponer y proponerse un modelo a imitar, un "espejo donde los hombres vean sus ingratitudes", María santísima. Se trata de una obra en la que su autora nos narra una Historia Divina comenzada allí en los eternos decretos de Dios y culminada en el cielo, cuando María es proclamada reina del universo. Creemos que su núcleo central como ya lo dejamos anotado, viene a ser la narración del acontecer dé Dios en su "elegida" para preparar en ella a su "ciudad mística", el "milagro de su omnipotencia" y el "abismo de la gracia". Mística Ciudad de Dios e Historia Divina son los dos títulos que se van conjugando indistintamente, tanto en el lenguaje de la autora como de Felipe IV, Samaniego y los confesores. Incluso parece como que a veces prefieren el de Historia Divina al de Mística Ciudad de Dios. Sería, pues, ilógico, si tenemos en cuenta la intención de Sor María de Jesús, pedirle un tratado de mariología, puntualizado con la exquisitez conceptual que a estos tratados es característica. En este apartado vamos a intentar recoger su inspiración mariana. Queremos determinar así el sentido que la existencia de la Madre de Dios tiene para la autora. Aunque se trate de una "historia divina", no es un mero contar hechos de la vida de la Virgen; tampoco es una concepción mariológica sistematizada. Con todo, en el marco de la vida de la que es "mística ciudad de Dios,milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia", nos va dando la Venerable una interpretación suya de lo que la figura Madre de Dios significa en la historia de la salvación. Unas veces lo hace expresamente, como cuando interpreta diversos textos de la Sagrada Escritura, o hace digresiones puestas en boca de Dios, de la Virgen o bajo el amparo de su propia pluma; otras veces hay que intuirla entre líneas a partir de los mismos hechos narrados. Para nuestra exposición nos fijaremos en estos elementos doctrinales, prescindiendo de todo lo que sean datos concretos de la vida de la Virgen o elementos de tipo psicológico y místico. 1. Principios y figuras bíblico–marianas Antes de entrar propiamente en la exposición de la doctrina mariológica de la Mística Ciudad de Dios, queremos recoger, a modo de portada, algunos de los principios y figuras bíblico–marianas que son como los indicadores que dirigen la concepción mariológica de la autora. Podíamos convenir con Henri de Lubac en que, piénsese lo que se piense de la Historia de la Virgen, el título de Mística Ciudad de Dios aplicado a María es justo y sugestivo Si el titulo de Historia Divina nos pone en el contexto de los aconteceres de Dios en torno a la elegida para Madre suya, el de Mística Ciudad puede darnos el resultado de dicha intervención divina Sor María de Jesús no nos ofrece una explicación expresa del título que pone a su obra. Designa a la Virgen con el calificativo de "mística ciudad de Dios" especialmente al exponer el capitulo 21 del Apocalipsis, donde concibe a Jerusalén como el símbolo de la Madre de Dios por ser el centro y el escenario de las maravillas del Altísimo, al mismo tiempo que es la ciudad fortificada con una muralla de doce puertas, para significar el imperio que María tiene sobre la "serpiente", su virtualidad para comunicar la gracia de Dios a los hombres y la facilidad que éstos poseen para entrar a la salvación por la puerta de María. Es,en efecto, la "mística ciudad" de refugio en la que los hombres pueden encontrar su salvación y apreciar lo que contribuyó a ella en calidad de reina y madre de piedad. María es la "mística ciudad de Dios" por ser la "casa y corte" del Rey, en la que será "morador en el mundo", vivirá con los hombres y se hará su herman. Lo es igualmente porque Dios se recrea en ella comunicándole la magnificencia de sus perfecciones para construir en su figura un signo de la naturaleza humana, en la que se alza como mediadora y dispensadora de esas mismas perfecciones. Es finalmente la "mística ciudad de Dios" por constituir el lugar de las delicias del Creador y ser el tabernáculo de la Santísima Trinidad.Esta "mística ciudad de Dios" es el "milagro de su omnipotencia" y el "abismo de la gracia". Concebida María como "mística ciudad de Dios", en el doble sentido de signo de Dios ante los hombres y signo de los hombres ante Dios, la Venerable viene a encontrar el fundamento de todo cuanto se puede afirmar de la Virgen en la dignidad que le da su destinación a la divina maternidad.Por esta razón es predestinada en el segundo lugar de los decretos divinos ad extra. Y ya en la existencia, Dios la prepara primero la "mima" después con su providencia, ya que su misión requería entrar en una relación directa con la divinidad; será el "milagro de su omnipotencia". Tanta complacencia encontraba Dios en su "mística ciudad", que parece como que hubiera entregado a su Hijo para poseer a este "abismo de la gracia". Otra idea clave que, junto a esta primera, está obrando continuamente en la mente de la Venerable, es la de ser María co–principio de Cristo en la redención de los hombres, puesto que predestinada después de El y con El, en fuerza de la correlación existente entre ambos, participa íntimamente en su misión salvífica. De hecho, en la "plaza de esta ciudad se despachó aquel fíat mili que dio principio a la mayor obra que Dios ha hecho, ni hará jamás", dando con él al Verbo eterno "cuerpo humano en que padeciese y redimiese a los hombres, para hacerlos pueblo suyo, su tabernáculo y morada", y consagrándose como su compañera "en la forma que pudo".Es otro de los puntos de donde arrancan la providencia con que Dios se vuelca en María y la preocupación de ésta por ser fiel a la iniciativa divina y hacerse semejante a su Hijo en dignidad y perfección, ya que con El irá a participar en la obra de la salvación. María es, pues, también la "ciudad mística" de Dios: el ensayo de una vivencia absoluta de la gracia en la naturaleza humana –"abismo de la gracia"– para restablecer en ella la antigua perfección que se había perdido por el pecado. Dios se pasea complacido por esta "ciudad mística", ya que en ella encuentra plena correspondencia a la iniciativa de su amor. Hay otra gran idea que viene a ser como la línea directriz en torno a la cual se organiza la Mística Ciudad de Dios: Cristo, y con él María, es el centro no sólo de la economía salvífica, sino también de toda la creación. Ambos son los ejemplares en quienes estaban previstos todos los seres y de quienes "se obligaba el Altísimo para no atender –a nuestro modo de hablar– a todo lo que el linaje humano podía desobligarlo".Según estos dos "originales" iba copiando el Señor todo el linaje humano, para que mediante ellos saliera semejante a la divinidad. Rota la línea por el pecado del hombre, Dios envía a su Hijo "pasible y reparador", para restituir a la creación la hermosura de la gracia y amistad de Dioa 0. Así como era justo que antes de la formación del primer hombre creara Dios todas las demás criaturas para que constituyeran el escenario y el ambiente en que iba a aparecer el Rey de la creación y encontrara en ellas "la mesa gustosísima, abundante y segura del divino conocimiento y amor"; de igual modo antes de llevar a cabo la gran comunicación de Dios ad extra, era justo que el Creador dispusiese todas las cosas y acontecimientos para que Cristo se encontrara con una escena preparada a su llegada a la mortalidad1. Con María la preparación de la escena, antes de la encarnación del Verbo, queda terminada –2. Incluso se encuentran ya en ella algunos vestigios de la nueva economía. Era una criatura de tal perfección, que en la "prolija y larga noche" del Antiguo Testamento obligaba, en cierto sentido, a Diosa que decretara la encarnación del Verbo3.Era ella la que recompensaba y suplía nuestra "ingratitud", "cortedad" y "grosería", en cuanto de parte de las puras criaturas era posible. Son múltiples las figuras vétero–testamentarias que a lo largo de la Mística Ciudad de Dios se aplican a María, además de aquellos textos que la autora aplica directamente a la Virgen. María es la Nueva Ester, que ocupa el lugar de Eva, rechazada del reino de Dios a causa de su desobediencia–5. Es el Arca de la Alianza, que llevó dentro de sí la "piedra angular (1 Cor 3,11) cortada en el monte de la eterna generación (Dan 2,34)" y que tenía por misión "unir a los. dos pueblos: judaico y gentil (Ef 2,20)". Llevó también en su seno e! maná de la divinidad y de la gracia y la vara de los prodigios. De esta "arca mística" había de difundirse hacia los hombres la fuente de las gracias,. "que es el mismo Dios". No conoció por otra parte la "corrupción del pecado actual", ni "la carcoma oculta del original", antes bien estuvo revestida con el oro de gracias y dones altísimos. Finalmente es el Arca de la Alanza, porque Dios no "podía dejar de hacer propiciatorio de esta mística y verdadera arca"6. María es la tenaza de oro (ls 6,6) que arranca del fuego de la divinidad el ascua que ha de purificar el mundo7. Es la Virgen que había de dar a luz al Emmanuel, la Hija de Sión y visión de paz, el monte a quien en primer lugar debe venir el Verbo desde la "piedra del desierto" (ls 16,1), es decir, desde el cielo, ya que el cielo sin los hombres puede ser comparado con un desierto8. Es igualmente la espiga fértil traída de Egipto y que lleva en sí misma el dorado trigo que había de alimentar a muchos (Lev 23,10)9.La pequeña nube (3 Re 18,44) que destila una lluvia saludable para refrigerio de los mortales 0. La puerta cerrada (Ez 4,42) abierta solamente para Dios 1. Figura de María es la mujer que el Génesis anuncia como quien ha de aplastar la cabeza de la serpiente. La victoria plena sobre la serpiente se da, sin embargo, con la muerte redentora de Cristo, cuando se cumple el oráculo de Habacuc (3,2–5) 2. Es finalmente la zarza mística que ardía sin consumirse, para significar a un misma tiempo la unión de la naturaleza humana y divina en el Verbo sin detrimento de ninguna de las dos y la virginidad perpetua de la madre del Verbo, no solamente en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto al alma, pues aunque tuviera que proceder de Adán según la naturaleza, de ningún modo debía quemarse en su culpa3. La autora, además de aplicar estas figuras vétero–testamentarias a María, interpreta también mariológicamente los siguientes textos del Antiguo Testamento: Prov 8,22–31; Prov 31,l0ss; Eclo 24,5–12 y 24,16–22. Deduce de Prov 8 las ideas o decretos que el Altísimo tuvo en su mente antes de crear todos los seres. Y lo refiere literalmente a la persona de Cristo y de María. Ellos eran en Dios los principios activos de todas sus obras y comunicación ad extra: Cristo como principio eficiente de la creación y fin de la misma; María como ejemplar y medio para llegar al fin 4. Basándose la autora en Prov 31,10ss, ve también en la mujer fuerte una imagen de María, a quien Dios compró para sí y redimió antes de que existieran las demás criaturas, pagando por ella a la naturaleza humana el precio, del Verbo encarnado para poseerla con el Hijo aun cuando los hombres prevaricaran5. Ella fue la nave diligente que trajo "el pan divino" para que "se viese y se comunicase y alimentase a los que le tenían lejos 6. Era la vigilante en la noche de la antigua ley, la que extendía las manos de Dios para que enviara al mundo al Verbo eterno y las manos del Verbo para que distribuyera los dones de sus méritos entre los homres7. Colaborando con Cristo en la reparación del género humano, plantó la viña de la Iglesia y la viña del paraíso celestial que Lucifer había devastado8. Por todo esto las criaturas la llamarán bienaventurada y Dios alabará y proclamará sus obras. Finalmente, del capítulo 24 del Eclo deduce Sor María la excelencia y grandeza a la que llegó la Madre de Dios bajo la guía y el magisterio de su propio Hijo. Durante los años de Nazaret fue constituida en verdadera arca del Nuevo Testamento, para que así sirviera de norma y ejemplar a los apóstoles, mártires, doctores y vírgene 9. Entre las narraciones del Nuevo Testamento son las del "gran signo" aparecido en el cielo (Ap 12) y la del "nuevo cielo", "nueva tierra", "nueva Jerusalén" (Ap 21) las que más llaman la atención de la autora de la Mística Ciudad de Dios. Quiso Dios manifestarnos con el "gran signo" la excelencia y magnificencia de la naturaleza humana, que a pesar del pecado de los ángeles había de crear a su tiempo. Cristo y María le "obligaban" a ello. Pero quiso significarnos también que había de poner en el mundo un arca de la alianza, signo del futuro Salvador del género humano. María es en esta alianza la "fiadora" de los hombres ante Dios, tanto con respecto a la perfección a ellos destinada como a su redención 0. Vestida del "sol de justicia" y de la "plenitud de gracia", como con voz potente, les dio a luz al Verbo eterno, voz que después de ser levantado en la cruz se oyó en toda la tierra 1. La imagen del "nuevo cielo", "nueva tierra", "nueva Jerusalén" sirve a la Venerable para darnos una síntesis de su visión de la Madre de Dios. No vamos a entrar en los detalles de la prolija narración agredana, pero sí vamos a dar algunas ideas generales, para que se vea la línea de su pensamiento. Con María hubo un "cielo nuevo" para la divinidad en la naturaleza humana, porque, preservada y libre de la culpa, daba nueva habitación al mismo Dios en la unión hipostática. Dejó, pues, de existir el cielo primero que Dios había creado en Adán y que se manchó e inhabilitó para que el Señor viviese en él. Hubo juntamente un "nuevo cielo" de gloria para la naturaleza humana, ya que, renovado "el empíreo" con la gloria de Cristo y de María y con los méritos de nuestro Salvador, pasaron a ocuparlo los hombres. Toda esta novedad tuvo principio en María, concebida sin el pecado que lo impedía todo. También apareció sobre el mundo una "nueva tierra", libre de la maldición de la "tierra antigua". Pues por la "tierra bendita" de María, con ella y en ella, quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán. En la Madre de Dios comenzaba a resplandecer ya la aurora de la gracia.2 La imagen de la "nueva Jerusalén" se aplica a las iglesias militante y triunfante, pero "señaladamente miró de hito a la Jerusalén suprema, María santísima, donde están cifradas y recopiladas todas las gracias... y excelencias de las iglesias militante y triunfante". Llamamos a María Nueva Jerusalén "porque todos sus dones, grandeza y virtudes son nuevas...; porque fue después de todos los padres antiguos, patriarcas y profetas y en ella se cumplieron y renovaron sus clamores, oráculos y promesas; nueva, porque viene sin el contagio de la culpa y desciende de la gracia por nuevo orden suyo..., que es la cosa más nueva"3. En ella todos los dones y todas las gracias son verdaderamente nuevas, como participadas directamente de la claridad de Dios, pues fue creada no en esta "tierra de pecado", sino en el cielo y según el ejemplar del Verbo 4. Mística Ciudad de Jerusalén, es también María la habitación santa, el tabernáculo de Dios y el medio para que Dios plante su tienda entre los hombres. Estando el "tabernáculo de Dios" con los hombres, el Altísimo enjugará las lágrimas de sus ojos y la muerte y el pecado no existirán más, pues fueron destruidos ya por la suave medicina de la encarnación del Verbo al ofrecernos su sangre y sus méritos estrenados en la que nacía inmaculada 5. Pudiéramos caer en la tentación de pensar que María de Agreda, embelesada con la figura de la Virgen, se olvidara del significada preciso de la Madre de Dios en la historia de la salvación, al atribuirle todas las cualidades y perfecciones que le vienen a la mente. Por eso creemos conveniente añadir esta frase suya, cuando explica el significado de la piedra de jaspe: "pero este cristalino jaspe tiene sombras, porque es hija de Adán y es pura criatura, y todo lo que tiene de resplandor del sol de la divinidad es participado, y aunque parece sol divino, no lo es por naturaleza, mas por participación y comunicación de su gracia; criatura es, formada y hecha por la mano del mismo Dios, pero para ser Madre suya"6. Es también el significado que la autora ve en la respuesta de Cristo a María en las bodas de Caná: con ella quiso poner de relieve que el origen del milagro dependía únicamente de la voluntad divina.; quiso decirle también que la potestad para realizar milagros le venía de esa naturaleza y no de la naturaleza humana que de ella había recibido; finalmente le advierte que en la determinación de la voluntad divina no tenía parte en absoluto, pues era algo que pertenecía exclusivamente a sólo la divinidad 7. María, "ciudad,mística de Dios", fue, pues, elegida en la eternidad de los designios de Dios como Madre del Verbo encarnado y manifestación de su incomprensible perfección ante los hombres, signo y espejo de la divinidad al mismo tiempo que "fiadora" de la naturaleza humana. Así prefigurada y descrita la ve Sor María de Jesús en la Sagrada Escritura. Los autores del sigla xvII interpretan la Palabra de Dios sirviéndose de diversos sentidos: el literal, místico, espiritual, eminente, acomodado, etcétera. Y casi de cada una de sus expresiones deducían, según estos sentidos, algún significado mariológico. También ellos aplican a la Virgen las figuras bíblicas de la "ciudad de Jerusalén", "ciudad custodiada" (2 Re 19,34), "ciudad de Dios" (Sal 86,1), "casa o templo de Dios" (Sal 92,5). No hemos encontrado, sin embargo, todavía quien la llame "mística ciudad de Dios" 9. La Venerable concuerda con los autores contemporáneos al concebir el Antiguo Testamento como preparación para el Nuevo 0. Igual concordancia se percibe con respecto a la opinión de que no convenía que se hiciese pública la fe en la Madre de Dios hasta que estuviera arraigada la fe en Cristo1. Es curioso que en la Mística Ciudad de Dios no encontremos una explicación de Lc 1,2, cuando es un texto que sirve a los teólogos contemporáneos para atribuir a la Virgen tal plenitud de gracia, que sobrepasa a la de los ángeles y los santos–2. Por el contrario, si creemos en el testimonio de Samaniego, parece ser peculiar de Sor María de Jesús la interpretación mariológica de Ap 21 –3. Nos ha llamado también la atención, al comparar la obra agredana con algunas otras obras de la época, el ambiente más histórico y salvífico que en aquélla se respira. Quizá sea debido precisamente al carácter de Historia Divina con que su autora la concibe. 2. María, signo de la creación. Dios en su comunicación ad extra procedió, "a nuestro modo de entender", según un orden de prioridad y posteridad, orden que hay que concebirlo "no de tiempo, mas de naturaleza" –4. Todos los seres son decretados según una gradación de perfección ontológica y conforme a los ejemplares de Cristo y María, para que todos ellos "saliesen también mediante estos dos ejemplares semejantes a Dios" –5. María de Agreda pertenece al sistema predestinacionista escotista del "summum bonum summe diffusivum" en virtud de una necesidad de orde moral, según la cual le es "mucho más natural hacer dones y gracias que al fuego subir a la esfera, a la piedra bajar al centro y al sol derramar su luz6. "Todas las obras ad extra son libres en Dios", porque su propensión e inclinación a comunicarse está subordinada a su divina voluntad, no obstante le fuera como "debido y forzoso", y Dios, "a nuestro modo de entender", no estuviera "quieto ni sosegado del todo en su misma naturaleza hasta llegar al centro de las criaturas"7. "Vio que tan suma bondad era convenientísimo en su equidad, y como debido y forzoso, comunicarse, para obrar según su inclinación comunicativa y ejercer su liberalidad y misericordia distribuyendo fuera de sí con magnificencia la plenitud de sus infinitos tesoros encerrados en la divinidad"8. Y dispuso "el orden que había de haber en lps objetos y el modo y diferencia de comunicárseles la divinidad y atributos; de suerte que aquel como movimiento del Señor tuviese honesta razón y proporcionados objetos, y que entre ellos se hallase la más hermosa y admirable disposición, armonía y subordinación"9. "La infinidad impetuosa" de Dios exigió en primer lugar una criatura a la que poder comunicarse en el sumo grado posible. La unión hipostática sería esa primera manifestación de Dios ad extra, ya porque "después de haberse entendido y amado en sí mismo, el mejor orden era conocer y amar a lo que era más inmediato a su divinidad, cual es la unión hipostática"; ya porque "también debía la divinidad sustancialmente comunicarse ad extra, habiéndose comunicado ad intra, para que la intención y voluntad divina comenzase por el fin más alto sus obras"; ya finalmente porque la armonía y subordinación entre las criaturas había de ser "la más admirable y gloriosa que ser pudiese. Y conforme a esto, habían de tener una que fuese cabeza y suprema entre todas y, cuanto fuese posible, inmediata y unida con Dios, y que por ella pasasen todas y llegasen a su divinidad “0. El motivo principal de esta comunicación no fue otro que la gloria de Dios derivada de esa,misma comunicación–1. La Venerable de Agreda, al igual que otros autores de su época, considera la encarnación como un desposorio de Dios con la naturaleza humana, "juntándose con ella en aquel gran sacramento que dijo el Apóstol (Ef 5,32), en Cristo y en la Iglesia"2. Matrimonio espiritual, que mientras en los demás hombres se consumará en el reino escatológico, en María será llevado "en algún modo" a plenitud, "en el mismo momento en que fue Madre del Reparador", para que "quedase como por fiadora abonada de que no se les negaría el premio a todos los hijos de Adán, si se disponían a merecerlo con la gracia de su Redentor"–3.Para que este desposorio pudiera tener lugar realmente, era necesaria la existencia de la mujer por quien Cristo había de aparecer en el mundo. Tres son los motivos que según la autora de la Mística Ciudad justifican la existencia de María en el segundo lugar de los decretos divinos. El primero podríamos calificarlo de ontológico, en cuanto que después de la comunicación suma con que Dios se había proyectado a Cristo en línea sustancial y accidental, parecía necesaria también la existencia de una pura criatura que fuese media entre Cristo y los hombres, y recibiera de esté modo la máxima comunicación de Dios "como la suprema pura criatura y más inmediata a Cristo y en él a la divinidad'"4. Aparece en segundo lugar el motivo de la divina maternidad, que en realidad no constituye sino un mismo motivo con el primero, pues fue "ordenada" y "concebida" esta pura criatura en la mente divina "antes que hubiese otro decreto de criar cosa alguna... como y cual pertenecía y convenía a la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de su Hijo santísimo", encaminándose luego a ella "el ímpetu del río de la divinidad y sus atributos, cuanto era capaz de recibirla una pura criatura y como convenía a la dignidad de madre", "porque sin la madre y tal madre, no se podía determinar con eficaz y cumplido decreto esta temporal generación" 5. Finalmente, el tercer motivo viene aconstituirlo la necesidad existente en nuestra naturaleza de un ejemplar "de quien pudieran los hombres y los ángeles ser discípulos del amor hermoso” 6. Dios creó "tan pura, grande, mística y divina criatura más para ser admirada con alabanza de las demás, que para ser descrita de ninguna" 7. María viene a ocupar, por lo tanto, en la escala de los seres un lugar intermedio entre la unión hipostática y las puras criaturas. Así lo exigían tanto el orden y armonía con que Dios decretó crear el universo, como la dignidad, excelencia y dones de la humanidad de Cristo. Su existencia se halla abierta a la doble relación de Dios y de la humanidad: toca la "claridad de Dios" y se encuentra entre los descendientes de Adán. Contribuye a "hermanar" estos dos términos en el misterio de la encarnación. Tomando por principio la dignidad de la maternidad divina, la inspiración poético–mística de la autora atribuye a la Virgen una participación en las perfecciones divinas"8, el cuarto lugar en la Santísima Trinidad 9, una especie de afinidad con Dios –0, una igualdad de proporción con la dignidad de Cristo –1. Y le da los calificativos de "esfera de la omnipotencia divina"2, "complemento de Dios"3. templo de la gloria de Cristo" 4. y otros muchos que pueden verse a lo largo de la Mística Ciudad de Dios. Es, sin embargo, una pura criatura, pertenece a la misma naturaleza de los descendientes de Adán, es el "éjemplar" y "espejo" de los mortales. Después de la previsión del pecado, María aparece en la corriente de comunicación de Dios ad extra de un modo sustitutivo, quedando así mucho más patente su misión de signo y figura de la humanidad. Dios, para que no quedase frustrada su primera voluntad de comunicarse perfectísimamente y del sumo modo posible a las criaturas por la gracia y la gloria–5,determina "restaurar" y "ejecutar" lo que ellas perdieron, en esta sola criatura, "el alma de sus deseos", "fruto de sus atributos", "un prodigio de su poder infinito", "una obra que es objeto de su omnipotencia" y "muestra de la perfección que disponía para los hombres", "el fin del dictamen que tuvo en la creación", "la única imagen y similitud de la divinidad", "el complemento de su beneplácito y agrado por todas las eternidades" 6. Desde este momento la figura de María se convierte en un ser intercesor, relacionado íntimamente con la salvación de los hombres. Toda su existencia está ordenada ahora a su maternidad, a ser "el instrumento eficaz" de Dios en su comunicación ad extra, para que por ella y con ella recibieran todas sus obras el complemento que habían perdido por el pecado–7. El hecho de haber concebido la autora su obra como una Historia Divina, le dio sin duda la posibilidad de exponernos, o por lo menos insinuarnos, una figura de la Virgen en toda la dinámica existencial que ella lleva consigo dentro de la historia de la salvación, aunque esto sólo sea perceptible entre líneas en la mayor parte de los casos. El sentido soteriológico en que toda la narración agredana va envuelta a partir de la ejemplaridad de María, hace que la encarnación se conciba no ya sólo coma "sacramento de fe", sino como sacramento de amor 8, en el que la Virgen está de parte de los hombres, ya como la primera redimida, ya como signo de perfección. "Con ella y en ella quedó bendita, renovada y vivificada la masa terrena de Adán... En ella se dio principio a la renovación de la humana y terrena naturaleza” 9. No insistimos más sobre este punto, porque vamos a verlo como una especie de estribillo a lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios, singularmente a partir del momento en que María es constituida como verdadera madre de Dios en el mundo. La autora concibe, pues, la maternidad divina como la corona de la creación. Mediante ella se restaura la antigua perfección que Dios había asignado a los hombres. Cristo y María aparecen en la doctrina agredana no tanto baja un prisma escatológico como ejemplarista–dinámico. En la fidelidad, amor, humildad de la única y singular esposa del Altísimo encontró éste la respuesta perfecta de toda la creación. A ella encauza la Virgen su propia gracia y méritos para entrar en la intimidad de la naturaleza humana como germen de salvación. Todo ello como consecuencia del principio de asociación. María es el signo mediador y ejemplar de la humanidad por ser pura criatura, hermana de los mortales. * * * Según podemos observar, la autora de la Mística Ciudad de Dios sigue fielmente los principios de la escuela escotista respecto a la predestinación de la Madre de Dios. Puestos los fundamentos por Raimundo Lulio "ad.mentem magistri", los desarrollan Juan Basolio y Francisco Mayronis 0.y llegan a su plenitud máxima en los teólogos del siglo X VII –XVIII ",edad de oro" del escotismo. Para Serrano, el "ordinatissime volens" decreta en el primer signo de su comunicación ad extra la encarnación del Verbo "quia hoc summum bonum et Deo immediatius ac carius ex omnibus operibus ad extra, tum quia est summa Dei communicatio, tum etiain quia ipsi Deo coniungitur in unitate personae, tum denique quia deliciae Dei esse cum filiis hominum" 2. En el segundo signo aparece la predestinación de María como madre del Verbo y consecuentemente como aquella criatura más próxima a la divinidad por su nobleza y dignidad. María pertenece a la esencia de Cristo "porpter unitatem carnis" y porque juntamente con él es cabeza de los justos –3. En Carlos del Moral, Dios "summum bonum, summe sui diffusivum" experimentaba una necesidad de orden moral a comunicarse ad extra del sumo modo posible. Esto sólo lo encontró en la unión hipostática. Después de comunicarse a Cristo tanto en la línea sustancial como accidental surge en la idea divina la imagen de la que había de ser madre del Verbo, para entrar así en comunión del sumo modo posible con una pura criatura, elevándola terminative al orden hipostático. Cristo se constituye en fin ejemplar y cabeza de los ángeles y hombres, misión y prerrogativa en la que participa simul María por los méritos de su Hijo. Urrutigoiti refiere la predestinación de la Madre de Dios a su divina maternidad, mediante la cual queda ordenada a la gloria y a su principio: la gracia. De aquí deduce el teólogo zaragozano los principios de su mariología: principio de excelencia y asociación, en cuyas conclusiones coincide no poco con María de Agreda–5. Diego Murillo, zaragozano también como Urrutigoiti, basa su teoría predestinacionista en la diversa participación de las criaturas en las perfecciones divinas, elaborando un sistema muy semejante al de la Venerable escritora –6. Por el contrario, nos da la impresión de que la idea agredana de María signo salvífico de la creación flota quizá todavía tímidamente en los autores de la época. En Murillo leemos que el hombre alcanzó su última perfección según la sustancia en la encarnación de Cristo, según la naturaleza en la ascensión, según la personalidad en la asunción de la Virgen. En Vega, que de no ser por la Virgen, Dios no hubiera creado al hombre–8. Para Portillo, María es la fiadora de la fe de los mortales9. Gonzalo Tenorio organiza sin embargo su concepción mariológica en torno a esta idea0. Por lo demás, queremos hacer notar que la mayor parte de las expresiones que el fervor mariano dicta a Sor María pueden encontrarse en la extensa obra de Laurentis Chrisogonus Dálmata. 3. María, ciudad santa y pura Hemos visto el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Juntamente con Cristo constituye el centro de toda la providencia salvífica de Dios. Ella es el último paso en la economía del Antiguo Testamento y el "primero" en la del Nuevo, al aparecer en el mundo redimida, llena de gracia y como medio para que el Redentor tomara forma humana2. Entramos ahora en el terreno de la realización de los designios de Dios y evolución de los.mismos hasta llegar a aquel fiat mediante el cual se pone fin a los caminos de Dios, hermanado ya con la naturaleza humana 3. La providencia del Altísimo se cierne ahora sobre la futura madre del Verbo, para ir preparándola al gran acontecimiento de la encarnación. El siglo en que escribe su obra nuestra Venerable participaba ya de una difundida tradición inmaculista. El hecho de la concepción inmaculada de María es fundamentado amplia y firmemente tanto en la Sagrada Escritura como en los santos Padres y se ilustra con argumentos de razón. Todo esto, elaborado y sistematizado por los teólogos, viene a constituir el argumento de "decencia", a partir de la excelencia personal de Cristo, perfectísimo mediador, y de la dignidad trascendente de la maternidad divina. María de Agreda nos expone este privilegio de la Virgen de un modo narrativo, sencillo, sin entrar en la complicación de las cuestiones escolásticas, aunque haya momentos en que insinúe las conclusiones de las mismas. No olvidemos que escribe una vida de la Virgen, Historia Divina, destinada fundamentalmente a fomentar la piedad de los fieles. Para ella, ser concebida inmaculada, según la sentencia común de su tiempo, no significaba otra cosa que carecer del pecado original y sus consecuencias en el primer momento del existir, es decir, estar llena de gracia–3. Dios la libró, así como a su Hijo, en el decreto de su predestinación a la divina maternidad de toda contaminación con la descendenciade la serpiente. Esto, que para el Hijo era connatural, para la Madre era solamente participado por singular privilegio. Así es como "halló la gracia que le salió al encuentro y la divinidad que le esperaba en los umbrales de la naturalez5. La dignidad de la maternidad divina, derivada del primado absoluto de Cristo, es para nuestra autora la raíz y fundamento que explica este privilegio mariano. Si María fue predestinada juntamente con Cristo ab aeterno, como segundo grado en la manifestación de las perfecciones divinas ad extra, para ser madre de Dios, era como "debido" y "forzoso" que también recibiera la justicia original independientemente de Adán y que fuera creada en el primitivo estado de inocencia. Ella no dependía de la capitalidad de Adán, para lo que a la gracia se refiere, ni entraba en el pacto adamítico. Dependía únicamente de la capitalidad de Cristo y de tal manera que juntamente con Cristo era cabeza del mismo Adán. María santísima es la criatura más próxima ontológica y relativamente a Dios, y de este estado se deriva para ella la suma santidad posible. Carece de pecado, mas no por una repugnancia intrínseca como sucedía en Cristo, sino porque "todo esto era menos decente para María, Madre y esposa de Dios, y siéndolo para ella, lo fuera también para él", es decir, por una repugnancia de orden moral7. Aparece de nuevo en este punto de la Mística Ciudad de Dios el lado ejemplarista de la figura de María, en relación al estado de justicia original en que fueron creados nuestros primeros padres: puesto que las criaturas "han salido ingratas y rebeldes", no es conveniente que la voluntad de Dios quede frustrada. Por eso Dios crea una "muestra de la perfección" que disponía para los hombres, restablece "el fin del dictamen" que tuvo en la creación. En María "restaura", "ejecuta" y "mejora" lo que los hombres perdieron. A ella encauza la corriente de su bondad y la saca de la "ley ordinaria del pecado" para que "no tenga parte en ella la semilla de la serpiente”8 Aun cuando con la anterior argumentación concluye ya suficientemente la autora la conveniencia de la concepción inmaculada de María, vamos a transcribir brevemente, a modo de complemento, algunos otros argumentos que ella nos expone. 1) Era justo y debido que la divinidad, bondad infinita, se encubriera en una materia purísima, limpia y nunca manchada por la culpa. Nada puede oponerse a la voluntad divina, poderosa y omnipotente. No era, pues, conveniente a la equidad y providencia de Dios omitir lo más conveniente, perfecto y santo por lo menos conveniente y santo9. 2) Era conveniente que la Virgen fuera inmaculada, por cuanto el Verbo que había de encarnarse sería redentor y maestro de los hombres y autor de la perfectísima ley de gracia, donde se establece el mandamiento de honrar a los padres como causas segundas de nuestra existencia. Era justo que dicha ley fuera cumplida en primer lugar por el Verbo divino con su madre, haciéndola digna de una gracia más admirable, santa y excelente que todos los dones creados. Ahora bien, el máximo honor y beneficio para la Virgen entre todas las gracias era el extraerla absolutamente de toda enemistad y adversidad con Dios. Y esto se obtenía liberándola de la incursión en el pecado de origen0. 3) El Verbo tendría en la tierra madre sin padre; en el cielo, en cambio, padre sin madre. Mas para que se diera la proporción conveniente entre Dios padre y esta mujer madre, era necesario fuera elevada sobre la naturaleza, de suerte que consiguiera toda la congruencia e igualdad posibles entre Dios y una pura criatura. Ahora bien, esta elevación de proporcionalidad parece reclamar en la madre la concepción inmaculada, para que en ningún.momento pudiera gloriarse el dragón infernal de haber dominado a la mujer a quien Dios obedece como a verdadera madre 1. 4) Como a la dignidad de madre de Dios conviene el que nunca fuera adversaria de Dios, así a la dignidad de madre del redentor el que nunca compartiera con los enemigos del mismo redentor. Es decir, debiendo Cristo redimir a los hombres con la carne y, sangre que recibe de su madre, hubiera tenido que redimir en primer lugar su misma carne del modo que redime a los demás hombres. Esto naturalmente desdice de tan digno redentor. La Virgen debió, pues, ser inmaculada2. 5) Llega, finalmente, la autora al misterio de la concepción inmaculada de María a partir de la antítesis que debía existir entre el demonio y la "mujer". Unida la Virgen al divino Redentor desde toda la eternidad en un mismo decreto de predestinación, a una con él y por él hostiga a la venenosa serpiente con enemistades eternas y triunfa plenamente de ella aplastándole la cabeza con su pie inmaculado. Aparece ya victoriosa en la misma concepción activa de su cuerpo, destruyendo la fortaleza de la concupiscencia, donde se guarece el "fuerte armado"3. Es más, apenas concebida, le da Dios tal potestad y dominio contra todos los demonios, la defiende y asiste de tal suerte, que a sola la presencia de María los demonios se sienten atormentados4. Y, una vez verificada la redención, Dios traspasa el reino, sujeto anteriormente a la potestad del enemigo, a las manos de su madre, constituyéndola en reina y señora de todas las criaturas, dispensadora de todos los bienes celestiales y de todas las gracias, haciéndola sagrado refugio de todos los hombres y consagrándola en absoluta y definitiva enemiga del demonio–5. Viene a fundamentar esta nueva prerrogativa la concepción inmaculada, pues de otra suerte, no sólo no hubiera existido entre ella y la serpiente aquella enemistad eterna, sino que, al contrario, hubiera estado sometida a ella, lo cual desdice de tan excelsa reina6. Por lo demás, también están presentes en la Mística Ciudad de Dios las tradicionales cuestiones de la redención de María mediante los méritos de Cristo derivados de su pasión y muerte y la de la pasibilidad de Cristo y María. La primera cuestión la resuelve mediante la redención preservativa en virtud de los méritos "previstos y aceptados" del Verbo en "esa misma naturaleza y carne". La pasibilidad de Cristo y María la sitúa la autora después de la previsión del pecado, para que ofreciera a los hombres un ejemplo de santidad y de humildad, al mismo tiempo que un sacrificio aceptable a la divina voluntad–7. Estas explicaciones vienen, sin embargo, en el curso de la narración sin más detalles que las precisen. A lo largo de toda la Mística Ciudad de Dios (Historia Divina), María aparece como creada y formada desde un principio en una gracia perfectísima y suprema, como la elegida de Dios, llena del Espíritu Santo, singular en los dones y formada por Dios según una providencia especial, el "archivo de sus misterios y sacramentos" 8. En ella se estrenaron todos los atributos divinos, "sin que se le negara alguno en lo que ella era capaz de recibir, para ser inferior sólo a Cristo y superior en grados de gracia incomparables a todo el resto de las criaturas capaces de gracia y de dones"9. Como se deduce de la doctrina agredana sobre la predestinación, María constituye un orden que se alza sobre todos los ángeles y criaturas, siendo inferior solamente al de la unión hipostática. Y esto porque el mundo creado exigía una armonía y subordinación perfectas. Su participación en la gracia es por esto mismo superior a la de todos los ángeles y predestinados, cuanto el oficio de señora y reina es superior al de siervo. Estaba asentada in montibus sanctis00, pues siendo elegida para el divino ministerio de Madre de Dios, esto exigía en ella una gracia proporcional a su misión, como la filiación divina lo exigía en Cristo. Y si la maternidad divina es la dignidad suprema después de la unión hipostática, así el grado de gracia que a ella corresponde es inferior únicamente al de la humanidad de Cristo, pero inaccesible para cualquier otra pura criatura. "Mayor proporción tuvieron las gracias y dones de María santísima con las de su dilectísimo Hijo, y éstas con las perfecciones divinas, que todas las virtudes y santidad de los santos con la de esta soberana reina de las virtudes"01. La Venerable de Agreda, en todo lo que se refiere a la gracia y dones de María, se guía por el siguiente principio: María "bajó adornada y preparada por Dios, que la dio todo lo que quiso darla, y quiso darla todo lo que pudo, y pudo darla todo lo que no era ser Dios, pero lo más inmediato a la divinidad"02. Así vino a ser en el mismo momento de su concepción la "obra" y el "milagro" de la omnipotencia divina, "el abismo de la gracia" y la criatura más inmediata y próxima al Altísimo03. Sin embargo, la concepción inmaculada de María no es sino el comienzo de su consagración real a la historia de la salvación. Desde este momento comienza el misterio de la vida de la Virgen. Nos presenta ahora la autora una figura de la Madre de Dios en continua evolución mística, como preparación al f iat que un día había de pronunciar. No entramos en detalles, porque es la parte más prolija de la Mística Ciudad de Dios04. Baste con decir que la doctrina agredana nos recuerda en este punto lo que los autores místicos narran acerca de la evolución espiritual y mística de las almas. María trabaja diligentemente por adquirir una "perfección" conveniente. Es la Virgen plenamente fiel a la providencia de Dios sobre ella, en la oscuridad de la fe, ya que ignoraba todavía tanto su ordenación a la divina maternidad del Redentor, como la ausencia de pecado original en que había sido concebida05. Es por otra parte la reina verdaderamente maternal, que intercede ante Dios por los hombres, bien mediante su propia naturaleza, pues estando ella entre los hombres, Dios no les podía condenar06, bien pidiendo a Dios que no retardara la redención07. Purísima entre todas las criaturas, "epílogo de la naturaleza humana y angélica"08, en ella se recrea Dios con complacencia por sus perfecciones, por su fidelidad y su pobreza, mediante las que recompensa las imperfecciones de los hombres09. Representa a los hombres ante Dios, quien quiere establecer unas relaciones nuevas con ellos10, cuyo signo y comienzo es María inmaculada y llena de gracia11. * * * De entre todos los privilegios de la Madre de Dios, es el de su inmaculada concepción el que más vivo estaba sobre el tapete de la atención de los teólogos del siglo XVII. Lo consideraban ya en sí mismo, ya en relación con otras cuestiones, como, por ejemplo, la del débito, predestinación y redención por los méritos de Cristo. Flota ya en el ambiente el problema de su definibilidad y el grado de certeza a que había llegado. Reyes, teólogos y el pueblo cristiano buscaban y esperaban la definición dogmática de dicho privilegio. Quedaba, sin embargo, todavía un cierto espíritu de lucha y controversia–12. Admitido casi por todos el hecho de la concepción inmaculada de María, pasa ahora la fuerza de la discusión al problema del débito y la redención preservativa. Hacen relación a lo primero las discusiones de Toledo y Alcalá del año 1616. Creemos poder afirmar que los fundamentos en que se apoya la Mística Ciudad de Dios para llegar a la Inmaculada, están en la línea teológica de los autores franciscanos de su tiempo, Basan éstos, en efecto, el citado privilegio mariano en dos principios generalmente: el de la asociación de María con Cristo, bien en su predestinación absoluta, bien en la realización de la redención de los hombres, y el de la dignidad de la divina maternidad. A estos dos argumentos añaden otros, como el de la plenitud de gracia, la virginidad, asunción, mediación universal, etc. Entre ellos se encuentran también los que la Venerable expone. Unicamente el argumento de la armonía que debe existir entre Dios–Padre y María–Madre, así como el referente a la antítesis demonio–María, no los hemos podido encontrar en la misma manera que ella los expone–14. Las cuestiones del débito y redención preservativa, sólo tanteando podemos encontrarlas en la obra agredana. Téngase siempre presente que aunque la Mística Ciudad de Dios parezca presupone tales o semejantes cuestiones, se mueve siempre en un ambiente muy distinto al que ellas exigen. Los autores de los siglos XVI,XVII,XVIII hablan también con particular detención de la gracia concedida a la Madre de Dios, llegando en su último empeño a atribuirle una gracia "negative summa absolute possibilis" desde el primer momento de su concepción–15.Idea que sin llegar a la síntesis de unos términos precisos se encuentra también en la Venerable de Agreda. La opinión de que María cooperó a la propia satisfacción es común entre los mariólogos. Ya en el siglo XII, y muy especialmente en el sigloXIV, hablan del uso de razón que Dios concedió a la que iba a ser su madre en el primer momento de su ser, de donde deriva lógicamente la citada opinión. Con el uso de razón le fueron concedidos también los demás dones: hábitos, virtudes, etc. 16. No hemos visto todavía en algún otro autor la distinción que María de Agreda establece entre visión abstractiva y visión intuitiva. Nos parece justo destacar el ejemplarismo que la autora atribuye a la perfección de María, así como el sentido salvifico en que va envuelta la narración agredana. Dios quiso restaurar en su madre, e incluso perfeccionar, la belleza del mundo que los ángeles y los hombres habían manchado. Ella es el signo y ejemplo intercesor de tal voluntad de Dios. 4. María, tabernáculo de Dios Preparada María como Mística Ciudad de Dios, asistimos ahora a lo que era la finalidad de su existencia: introducir a Cristo en el mundo, dar a los hombres un salvador. En este momento trascendental de la humanidad, desempeña realmente el oficio de mediadora y de fiadora–17. . María, madre de Dios, sacramento de la humanidad, queda señalada por este hecho con una relación real y salvífica con Cristo y con su obra. La maternidad, según nuestra autora, queda constituida en el orden físico por estos tres actos principalmente: concebir, engendrar y dar a luz18. María concibió verdaderamente, engendró y dio a luz al Verbo de Dios, por lo que se la llama y es madre de Dios. Pero la encarnación de Cristo, además de las cualidades humanas en las que intervino la Virgen directamente19, poseyó otra que estaba ajena a su influjo. Fue un parto divino, pura gracia de Dios, pues en María y de María fue el Verbo eterno quien recibió la forma humana20. Queda, sin embargo, como verdadera madre de Dios, aunque no de la divinidad, porque el hijo a quien dio a luz es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre21 Para que María pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, tuvo necesariamente que ser elevada, pues "para llegar una mujer de cuerpo terreno a dar su misma sustancia con quien se uniese Dios y fuese hombre, parecía necesario pasar un infinito espacio y venir a ponerse tan distante de las otras criaturas, cuanto llegaba a avecindar con el mismo Dios"22. Por otra parte, si el hijo participa de las condiciones de la madre por la semejanza de naturaleza, era necesaria también esa elevación, ya que no hubiera podido cooperar con el Espíritu Santo en la generación de Cristo de no poseer alguna semejanza con el Hijo en las condiciones de su naturaleza23. Por lo demás, esta elevación en la mente de la autora no es otra cosa que la preparación de orden moral–místico que ya hemos insinuado24. Estando ya María en el mundo "no se debía dilatar la redención humana y venida del Unigénito del Padre; pues ya no andaría como de prestado en tabernáculos o casas ajenas, mas viviría de asiento en su templo y casa propia, edificada y enriquecida con sus mismas anticipadas expensas"25. La autora nos presenta la divina maternidad de la Virgen, ante todo, como el medio y el camino para la realización de la redención de los hombres. Es el "instrumento eficaz" del propósito salvador de Dios. Por él fue puesto el Verbo en el mundo de forma pasible y redentora26. Quiso Dios, al determinar comunicarse a los hombres mediante la encarnación, aparecer en el mundo no de la nada ni de cualquier otra materia, sino de una mujer plenamente consciente, madre virgen y pura, que le vistiera de su propia sustancia con la forma de siervo27. Y abandonó Dios los misterios de la encarnación en las manos de la Virgen, a su fe, esperanza y caridad. Y esperaba su consentimiento para, con ella y por ella, dar el complemento a todas sus obras ad extra mediante el Verbo encarnado28. Dios, en efecto, admite en sus operaciones ad extra el concurso de las criaturas conservando su libertad y autonomía29. "Ponderó esta gran Señora que de su respuesta estaba pendiente el desempeño de la beatísima Trinidad, el cumplimiento de sus promesas y profecías, el más agradable y acepto sacrificio de cuantos se le habían ofrecido: la redención de todo el linaje humano, la satisfacción y recompensa de la divina justicia, la fundación de la nueva ley de gracia, la gloria de los hombres..., y todo lo que se contiene en haberse de humanar el Unigénito del Padre"30; y vistiéndose de fortaleza más que humana, pronunció su fiat, con lo que quedó "hecha cielo, templo y habitación de la Santísima Trinidad, y transformada, elevada y deificada"32. Y tanto fue el ardor con que su caridad hervía ante el misterio propuesto, que se desprendieron de su corazón tres gotas de sangre, de las cuales, por virtud del Espíritu Santo, se formó el cuerpo humano de Cristo32. Comenzó así nuestra redención con un acto de amor "real y verdadero" de María33. Y todas las criaturas sintieron los efectos de la misma34. La encarnación del Verbo, al mismo tiempo que la más alta comunicación de Dios ad extra, es la mayor obra y beneficio "que recibió ella y todo el linaje humano". Pero "con esta maravilla nunca imaginada se puso Dios en tal empeño, que –a nuestro modo de entender- no saliera de él con tanta gloria si no tuviera en la misma naturaleza humana algún fiador, en cuya santidad y agradecimiento se lograra tan raro beneficio con toda plenitud". Por esto la sabiduría divina ordenó la encarnación del Verbo. "Pero como este Señor era Dios verdadero y Hombre verdadero, todavía parece que la naturaleza humana le quedaba deudora a él mismo, si entre las puras criaturas no tuviera alguna que le pagara esta deuda, todo cuanto de parte de ellas era posible con la divina gracia". Este papel lo desempeñó María–35. Ella con su "perfectísima caridad obligó, en la forma posible, al eterno Padre para que le diese a su Hijo santísimo para sí y para todo el linaje humano; porque si María hubiese amado menos..., no hubiera disposición en la naturaleza humana para que el Verbo se humanara"36. El mérito de María con respecto a la encarnación se reduce, según la mente de la autora, a un mérito de congruo. La relación que nace el día de la encarnación entre Cristo–hijo y María–madre es del todo singular y única: Dios, el ser supremo, y María, la suprema criatura en perfección son los términos de dicha relación. Tanto es así que llega a calificarla la autora como de "complemento" de las relaciones existentes en la Santísima Trinidad–38. A partir de este momento la vida de la Virgen queda abierta a una doble perspectiva: es madre de Dios y madre del Mesías–39.Su hijo es el Verbo encarnado para redención de los hombres. De aquí su íntima relación con Cristo y con los hombres40. La Mística Ciudad de Dios nos presenta ahora una figura de la Virgen amante en sumo grado. El amor es un elemento pedagógico en las manos de Dios para conducir a su "elegida" a la suma perfección posible en una pura criatura41. De este amor nacen en la madre de Cristo su solicitud42, reverencia y veneración creyentes ante su hijo–Dios43. Amor, ciencia sublime, plenitud de gracia, viva presencia de la divinidad, son los elementos sublimes que hacen de la vida de la Virgen un "cielo intelectual", el "templo vivo de Dios", una "peregrina en la tierra y habitante en el cielo"44, pero que al mismo tiempo dejan en su ser la angustiosa experiencia de su limitación contrastada con la vivencia de la trascendencia de Dios45. Precisamente el reconocimiento de su total dependencia y de su absoluta inferioridad ante su hijo–Cristo llevaba a la Madre de Dios a adoptar una actitud de humildad en grado heroico46, complemento de la humildad de los hombres47. La humildad era como el sustrato de todas sus acciones, como el ingrediente necesario que hacía todas sus obras según el gusto de Dios, de tal manera que por esta virtud Dios se fijó en ella y la eligió48. Como complemento al estado psicológico en que María se encontró después de la encarnación, se fija también la autora en esta situación peculiar, consistente en tener un Hijo que debe obedecer a su Madre y que al mismo tiempo debe ser obedecido por ella. Toda la relación de Cristo a María puede reducirse al amor y a la complacencia. Amor, por ser la madre de quien había recibido el ser humano49. Complacencia, porque veía restaurada en ella la plenitud de perfección de que hubieran gozado el mundo y los hombres si no se hubieran apartAdo de su voluntad50,porque la consideraba corno fruto suyo único y singular51, porque la veía como el resumen de todas las perfecciones, como forma y ejemplar del Redentor52. Llevado por este amor y complacencia, Cristo la adorna con dones de gracia, de sabiduría, de gloria, y le manifiesta los afectos y obras del alma del Verbo, en quien veía todas las cosas. María cooperaba solícita y fielmente con todos estos dones que la piedad de su Hijo le ofrecía54 Las relaciones maternales de María se completan en esta nueva relación con las demás criaturas. Mediante Cristo tiene con ellas una relación salvífica. Es el "ejemplar de suma santidad y pureza" para los hombres, "espejo y eficaz arancel", "lucerna para que se alumbren en las tinieblas de su ceguedad"55. Es "el instrumento excelso y vivo que nos trae la vida divina", la "pequeña nube" sobre la que Dios entró en el Egipto de este mundo dándole fecundidad56, Es la intercesora de los hombres, de tal manera que "este amor a la salud humana, que concibió María purísima, fue una de las mayores disposiciones que la proporcionaron para concebir el Verbo en sus virginales entrañas"57 La autora de la Mística Ciudad de Dios llama frecuentemente a María "madre nuestra": porque nos dio la verdadera vida, Cristo; porque nos lleva a la verdadera vida como puerta de salvación. Su maternidad es el fundamento de su mediación. Y su oficio de mediadora lo ejerce siendo ejemplar de santidad, medio o instrumento de la manifestación de Cristo, siendo medio de intercesión y salvación. * * * Sintetizadas brevemente las ideas que la Mística Ciudad de Dios nos ofrece en torno a la maternidad divina de María, podemos ver cómo su autora se mueve en el ambiente de las cuestiones planteadas en su época58. Su exposición no se atiene ciertamente al rigor de los términos científicos, como ya lo hemos dicho otras veces. Escribe una "historia divina" destinada a alimento espiritual de sus lectores. En realidad, lectores suyos han sido en todos los tiempos personas de la más diversa condición y nivel intelectual. Carlos del Moral, por ejemplo, la cita frecuentemente en su obra. María es verdadera y propiamente madre de Dios, porque engendró activamente a Cristo de su propia sustancia, con la cooperación del Espíritu Santo. Se le llama en la obra agredana "instrumento eficaz de la divinidad". Expresión que la entenderemos rectamente, si tenemos en cuenta el concepto de causalidad moral de María respecto a la encarnación. Para que pudiera prestar su cooperación al Espíritu Santo, necesitó una elevación. Pero nada se dice acerca de la naturaleza de tal elevación: si fue intrínseca o extrínseca. Como, sin embargo, parece reducirse a una preparación de arden espiritual, de modo que se encontrara digna ante el acontecimiento en que iba a tomar parte activa, parece ser que se trate de una elevación extrínseca. La maternidad divina eleva y santifica a María. Tampoco se dice nada acerca de la santificación formal y de la esencia de tal santificación. Igualmente nada sabemos acerca del constitutivo esencial de la divina maternidad. Se entretiene, por el contrario, ampliamente nuestra autora en la descripción de las relaciones entre Madre e Hijo y viceversa. Afirma igualmente con insistencia que la maternidad divina constituye el fundamento de todos los privilegios de María, así como que tal hecho es el supremo don que Dios puede conceder a una pura criatura. Se trata de un don de orden moral, no físico. Un don que lleva consigo el privilegio de participar, en cierto sentido, de la naturaleza divina. Finalmente su maternidad divina nos da la posibilidad de llamarle también nosotros madre nuestra, reina y mediadora de la creación en general y de los hombres especialmente. Se complace también la autora en proponernos a la Virgen en su calidad de ejemplar vivo de las perfecciones del Altísimo y de la perfección que todas las criaturas habían perdido por el pecado, pero que, a través de este acto mediador de la Madre de Dios, habrían de conseguir de nuevo. Ideas que corresponden perfectamente a la misión que la Mística Ciudad de Dios atribuye a María en cuanto a la salvación del género humano. 5. María, coadjutora del Redentor Hemos visto el lugar que ocupa María en la economía de la salvación. Estudiamos ahora cómo se realiza y qué valor tiene su existencia en constituye el momento histórico de su consagración a la voluntad salvífica de Dios. La autora de la lo que se refiere a la redención de los hombres. María es verdadera Madre de Dios. Su fíat a la encarnación Mística Ciudad considera un doble aspecto en el acto redentor: el restablecimiento del orden cósmico y la compensación de la ofensa59,cuyo efecto es la gloria del Eterno Padre y la exaltación de su Hijo, el Señor 60. Al pecar el hombre, toda la creación experimentó la angustia del desorden y la ausencia de Dios; y el hombre, rey de la creación, perdiendo la amistad de su Señor, perdió también la amistad de las criaturas y resultó ser esclavo del demonio61. Esto, que pudo hacerlo por sí mismo, no lo podrá restaurar, sin embargo, por sus propias fuerzas, ya que siendo Dios el ofendio, su honor exige que la compensación provenga de una persona igual en dignidad a la suya. Tuvo que ser Cristo quien restaurara el orden cósmico y compensara la ofensa hecha a Dios 62. Elegida María para Madre del Salvador, participa de algún modo en el misterio del mismo. Es más, siendo juntamente con Cristo el medio de la comunicación de Dios ad extra y restaurado ya en su persona el antiguo orden conculcado por el pecado del hombre, debemos atribuirle también el oficio de mediadora, ejemplar y signo sustitutivo de la naturaleza humana en la redención 63. "Sólo en Cristo, que es nuestra cabeza la virtud y causa adecuada de la general redención." Cualquiera de las acciones de Cristo era por sí misma de un valor infinito, suficiente para redimir a los hombres superabundantemente. Concedió Dios, sin embargo, a la que fue su Madre el privilegio de compadecer con Cristo y ser su cooperadora en el rescate de los hombres. Tal cooperación no era ncesaria. Era una pura gracia que "Su Majestad" otorgaba a su "elegida" 64. Al igual que otros autores de su época, funda la Venerable la cooperación mariana a la redención en la elección de María para Madre de Dio65. Predestinada desde toda la eternidad como término correlativo de la predestinación de Cristo, por su maternidad participa en la suerte de su Hijo, que después de la previsión del pecado se convierte en signo de redención "para que más se manifestase y conociese amor infinito con los hombres y a equidad y justicia se le diese debida satisfacción”66. En nada se lo impedía que entrara también entre los redimidos. La redención particular de que fue objeto constituye un óptimo motivo de conveniencia para que entrara como cooperadora a la redención y fundación de la Iglesia. Pues, redimida con redención preservativa, convenía que cuando Cristo mereciera la gracia "históricamente" se estrenaran sus primicias en María y quedara así "realmente" redimida antes que todas las más criaturas67. Ya hemos advertido en diversas ocasiones que la concepción mariológica agredana se desarrolla en sus lineas madres bajo un signo ejemplarista. Podemos ver en esto otro de los motivos que concurrieron en Dios, según la Venerable autora, para elegir a la Virgen por compañera del Redentor 68. Finalmente existe una última razón que viene a confirmar esta conveniencia de la que tratamos. Hablamos del paralelismo existente entre Eva–María. De la unidad de principio para el mal entre Adán y Eva se deriva la unidad de principio para el bien entre Cristo y María–69. Un motivo de menor importancia teológica es el de que convenía a la exaltación de la virtud divina que el demonio fuera vencido por una pura criatura, y mujer, ya que antes había conducido él al género humano a la ruina mediante una mujer70. Elegida María como cooperadora de Cristo en el misterio de la redención, Dios requería su consentimiento como lo había requerido para la encarnación. Es "el retorno" de ser Madre de Dios71. En el fiat a la encarnación "la más pura y mística" de las criaturas representaba a toda la humanidad caída y suplicante, dado que Dios nada obra en la naturaleza humana sin el consentimiento y aceptación de los hombres72. La redención es gracia de Dios, pero no se comunica a los hombres sin su adhesión y cooperación73. En el consentimiento que María presta a la pasión, la Mística Ciudad de Dios se desenvuelve más pobremente. No se trata sino de un acto de mera educación filial, mezclado con elementos transferenciales de la personalidad de la autora. María de Agreda se representa las relaciones entre Cristo y María como una relación filial–maternal humanamente perfecta, a la que indudablemente le da el valor soteriológico de unidad y coprincipio salvífico, cada uno desde la situación y actitud que le era propia. Uno de los aspectos de la vida de la Virgen en que más se recrea la exaltación mariana de la Venerable es el de su semejanza con Cristo. Concibe toda la vida de la Madre de Dios bajo esta proyección dinámica, distinguiendo en ella algo así como dos etapas: primero es Dios quien trata de crearse una pura criatura capaz de recibirle en su seno, de manera que correspondiera con suma dignidad a la suma excelencia del Hijo que había de alimentar. Luego es Cristo quien para llevar a cabo el misterio de la Redención con la proporción debida se dedicó durante toda su vida oculta a prepararse una fiel "cooperadora y coadjutora". Son varias las razones por las que justifica la Mística Ciudad su afirmación, además de la razón de conveniencia que debía existir entre la dignidad de Madre e Hijo. 1) Cristo pretendía formar una discípula que fuese la "primogénita de la nueva ley de gracia, la estampa adecuada de su idea y la materia dispuesta, donde como en cera blanda se imprimiese el sello de su doctrina y santidad para que Hijo y Madre fuesen las dos tablas verdaderas de la nueva ley que venía a enseñar al mundo"74. 2) Convenía igualmente que María fuese aquella pura criatura en la que se encontraran en su plenitud todos los efectos de la redención. Ella había de ser el ejemplar y medida de la perfección de la Iglesia en la nueva ley de gracia75 3) María había de "estrenar y recibir las primicias de la gracia" asistiendo al Redentor "en sus trabajos y hasta la muerte de cruz, siguiéndole con ánimo aparejado, grande, constante, invencible y dilatado"76.Convenía que tuviera una perfección equivalente a su misión para que "fuese la escritura pública donde se escribiese todo cuanto Dios había de obrar por la redención humana y quedase como obligado a cumplirlo, tomándola por coadjutora..., y no se impidiese ntas misericordias para el linaje humano"77. Todo esto se ordenaba "a mover la voluntad y las potencias de la misma Señora, para que obrase y cooperase con la propia voluntad de su Hijo santísimo y mediante ella con la divina, y por este modo había una similitud inefable entre Cristo y María santísimos, y Ella concurría como coadjutora de la fábrica de la ley evangélica y de la Iglesia santa"78. Antes de entrar a estudiar cómo se lleva a cabo el misterio del rescate de los hombres y con qué características, querernos recordar el eslabón más significativo de la dinámica interna en que se desarrolla la situación redentora de la Virgen. Nos estamos refiriendo al problema de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, apoyo de la cooperación de ambos a la redención "como único principio"79.Creemos que no es ésta una cuestión como para dedicarle más líneas. Baste con haberla apuntado. Lo único que de ella nos interesa para nuestro propósito es que María coopera con Cristo a la redención a modo de único principio en la forma posible a una pura criatura. Y esto por la unidad que existía entre ambos. La Mística Ciudad de Dios cataloga la acción salvífica de Cristo en estos tres actos principalmente: la intercesión ante el Padre, promulgación de la Nueva Ley, el sufrimiento. Por ellos queda compensada la ofensa y restaurado el orden cósmico. María coopera a estos tres actos, según convenía a su situación y actitud soteriológica. Uno de los calificativos que en la obra agredana hoy resulta molesto a nuestra mentalidad ecuménica es el de "única mediadora de los mortales"80. Sin embargo, lo que a simple vista puede provocar una reacción instintiva de signo negativo, cuando lo examinamos de cerca y en su contexto propio pierde sus aristas punzantes para convertirse en una expresión corriente y normal. Después de lo expuesto a través de estas páginas no creemos sea difícil comprender la expresión agredana en su legítimo sentido. María es la "mediadora única", "porque en todo el resto del linaje humano no había quien le pudiese obligar tanto como haber de tener tal Madre" 81, porque "por estar ella en el mundo olvidó el Señor –a nuestro modo de entender– los pecados de todos los mortales"82, y "si María santísima no interviniera entre los hombres y Cristo, no llegara el mundo a tener la doctrina evangélica ni mereciera recibirla"83. Cristo "pagó nuestras deudas condignísimamente, María santísima... fue mediadora en cuanto era posible a pura criatura"84. Así es como "la Madre de gracia había de ser la puerta y medianera para los que se aprovechasen de la pasión y redención humana"85. Los autores agredistas que hemos estudiado clasifican la doctrina de la Mística Ciudad sobre la mediación redentora de María en los tres actos señalados por Francisco Suárez: el mérito de congruo con respecto a la encarnación, su impetración por la salud de los hombres, la concepción de Cristo–Redentor86. A éstos se suman en la Historia Divina otros actos de signo también mediador. Tales como la oblación que María hizo de sí misma y de su Hijo, el sufrimiento de María en toda la pasión de Cristo, el ser receptora de los méritos del Salvador en nombre de la humanjdad y de la Iglesia, su misma existencia. Uno de los aspectos más expresamente recalcados por la Venerable a lo largo de toda su obra es el de la intercesión de la "mujer fuerte", que en la noche de la antigua ley aparece ya como luz suplicante para que Dios diese "la intacta Sunamitis Abisag, que era su inaccesible divinidad, a la naturaleza humana, su propia hermana"87. Ya desde su inmaculada concepción las "puertas de esta ciudad mística de María santísima" estaban abiertas a la intercesión, comenzando así su oficio de mediadora, abogada y reparador88. Es el "propiciatorio donde el Señor tenía el asiento y tribunal de las misericordias"89. Asociada desde toda la eternidad a Cristo para que, según su condición, constituyera con él un "único principio" de redención, María sufre con él y a él está unida de un modo redentor. Entre Madre e Hijo existe una cierta unidad de carne y sangre90, que fructifica en una semejanza integral entre ambos. Tres son los modos como "la fiadora" de los mortales coopera al rescate del mundo: renuncia a los derechos que cómo madre tenía sobre el Hijo que Dios le había dado, entregándoselo y entregándose a sí misma con él91. le asiste en la predicación de la nueva ley evangélica92; sufre con él la pasión y, en algún modo, la misma muerte de cruz93. En las tres actos encontramos la constante de un dolor físico y moral, porque la pasión y muerte del Redentor, y con él el de su cooperadora, había de ser el signo de una caridad inextinguible 94, un ejemplo para los hombres95, el fin de las antiguas figuras y sacrificios de animales96. Es en este momento de la cooperación dolorosa de María al rescate de los hombres cuando vuelve a aparecer especialmente la fina psicología femenina de la autora de la Mística Ciudad de Dios proyectándola sobre la Virgen y ofreciéndonos de ella una figura plenamente materna en los dos aspectos: humano y místico–soteriológico. El dolor tanto físico como moral de la Madre de Dios arranca conjuntamente de los afectos maternos con que se veía ligada hacia su Hijo (afectos que al mismo tiempo constituían para Cristo una especie de evasión psicológica)97, arrancan también de la semejanza existente y aún por adquirir entre ambos98, de la comunidad de ideal redentor entre ambos99, del principio de cooperación a la redención a modo de "único principio", consecuencia de la unidad de carne y sangre existente entre el Redentor y su cooperadora. Al morir el Redentor, y ofrecer a Dios Padre la creación sometida ya a sí, María permanece "sola" en el mundo, como desempeñando de nuevo la misión que le había sido propia en la historia de la salvación, antes de la encarnación del Verbo. En la cima del Calvario, María asiste a la muerte de Cristo como representante de la Iglesia, en cuyo nombre recibe la redención. La recibe y le son aplicados los frutos de la misma00 Su concepción inmaculada y la confirmación en gracia con impecabilidad actual le daban ya una cierta capacidad para fungir este oficio. Además, como lo hemos visto anteriormente, el día de la encarnación se celebraron en ella las bodas entre Dios y la Iglesia, y, en la Iglesia, con la naturaleza humana, con lo cual adquirió ya el carácter de signo mediador de nuestra redención. En ella se inauguraban los méritos previstos de Cristo01. Por otra parte, la Virgen aparece en el mundo como el esbozo de la Iglesia: "en ella –a nuestro modo de entender– se ensayó Cristo Redentor del mundo para fabricar la Iglesia santa; y anticipadamente la depositó toda en su Madre purísima para que ella gozase de los tesoros la primera con superabundancia; y gozándose, obrase, amase, creyese, esperase y agradeciese por todos los demás mortales, y llorase sus pecados, para que no por ellos se impidiese el corriente de tantas,misericordias para el linaje humano"02. Fundada ya la Iglesia, la representa realmente bajo la cruz. "Sola María era entonces toda la Iglesia; y ella sola creía, amaba, esperaba, veneraba y adoraba al objeto de la fe por sí, por los apóstoles y por todo el linaje humano. Y de esta manera recompensaba, cuanto era posible a una pura criatura, las menguas y faltas de fe de los miembros místicos de la Iglesia"03 Y como todo lo que el Padre tenía lo encomendó en las manos de su Hijo, así, lo que el Hijo poseía lo pasó, a la hora de su muerte, a las manos de su Madre. Pues así como había sido cooperadora del Redentor, así también debía ser la "testamentaria" y "universal heredera" de su voluntad y tesoros, y el medio de su ejecución04,alzándose en la "nueva Iglesia evangélica", "como sustituta de su Hijo santísimo"05 María, pues, al pie de la cruz viene a ser, por su fidelidad y humildad, el signo y vértice de la humanidad redimida. Recibió los méritos de Cristo. Por ella pasaron a la Iglesia. Por la Iglesia, a la humanidad. Así es como también ella compró el campo en el que plantó “ la viña de la Iglesia, que Cristo, su artífice, había fundado"06, porque la Iglesia "fue parto de María santísima, no sólo porque parió al mismo Cristo, sino también porque con sus méritos y diligencias parió a la misma Iglesia debajo de esta santidad y rectitud, y la crio el tiempo que vivió ella en el mundo, cooperando con Cristo en las obras de la redención"07. Su actividad materna depende, sin embargo, de Cristo, "en quien y para quien" "engendra y cría" "la común santidad del espíritu de la Iglesia"08 Al mismo tiempo que es madre, María es, según la Mística Ciudad, hija y miembro de la Iglesia, como redimida por la sangre de Cristo. En la Iglesia vivió peregrina hacia la patria. De ella y en ella percibió el influjo de la vida de Cristo09. Los hombres son sus hermanos. Por ellos intercede con amor fraterno al Padre y coopera como primera redimida a su redención. A María se le llama frecuentemente en la Historia Divina "Madre de la Iglesia" y "Madre de los hombres". Madre, por su cooperación "maternal" a la fundación de la misma en calidad de hermana mayor de los hombres por su excelencia y perfección. Quizá sea éste uno de los puntos más significativos de la obra agredana. María es la "fiadora", el "ejemplar", el signo, la figura de la humanidad, especialmente en el momento cumbre de la redención. Coopera a la salud de los mortales en calidad de receptora de los méritos de Cristo bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. * * * La cooperación mariana a la redención parece ser una de las doctrinas que en el siglo de María de Agreda se proponen todavía como "nuevas y desusadas". Para Amort constituye un escándalo verla expresada en la Mística Ciudad de Dios10. Luis de Miranda acusa igualmente en 1621 la incertidumbre de una verdad no estabilizada al proponer a María como predestinada para que ayudase a Cristo como "coadjutora" en la obra de reparación y redención del género humano11. Dentro de la cooperación mediata a la redención señalan los autores del siglo XVII no sólo el hecho de que María fuese la madre del Dios Redentor, que, como dijimos, constituye para ellos el fundamento de la cooperación mariana a la redención, sino también el doble carácter de su consentimiento libre y consciente a la encarnación, fundamento suficiente ya en la estima de los Padres para llamarle de algún modo causa de nuestra salvación12. Se detienen asimismo en el principio de unidad de carne y sangre entre Cristo y María, como raíz del ser corredentor de la Madre de Dios13. Entre los autores contemporáneos o inmediatamente posteriores a María de Agreda existe también una tendencia general a considerar la intercesión de la Virgen en favor del género humano como uno de los fundamentos para atribuirle el título de cooperadora a la redención. Vulpes llega a afirmar que cada vez que era asunta al cielo se le manifestaban los designios de Dios sobre cada uno de los miembros de la Iglesia para que intercediera por ellos14 En Murillo, María no se ofrece a sí misma, ofrece el sufrimiento de Cristo e intercede para que Dios lo considere15. "Todos la llaman comúnmente mediadora de la redención, y esos títulos no se la deben dar sólo por haber sido intercesora, que también los Patriarcas"16. María fue, según los SS. PP., "redentora" y "reparadora", y en el mismo sentido, "mediadora por redención", sin que se pueda decir por eso que nos redimió con su muerte igual que Cristo, sino que cooperó a nuestra salvación mereciendo de congruo la encarnación y la salud orando, pidiendo concibiendo a Cristo, ofreciendo su vida y la de su Hijo, sufriendo con él 17. Aluden igualmente dichos autores al "martirio" a que fue sometida la Virgen inmaculada en la pasión de su Hijo. Por él coopera, en la medida que le era propia, a la redención del género humano. El valor redentor del mismo lo ponen generalmente tanto en la unidad existente entre Madre e Hijo en las dolores, como en la comunidad de voluntades18. Durante la pasión, la vida de la Virgen es paralela a la de Cristo19. Y una de las cuestiones que plantean algunos de los mencionados autores en relación al sufrimiento de la Madre de Dios es la del "espasmo" de la misma, resolviéndola afirmativamente Quaresmio y otros autores, después de definir el "espasmo" como animi deliquium20. Ponen también de relieve la oblación que María hizo al eterno Padre de su Hijo. Era algo suyo propio, pero conociendo la voluntad del Altísimo lo ofrece a la pasión. Este acto de voluntad mariana nos mereció en algún modo la redención y le dio mayor dignidad. De aquí concluyen que la salvación eterna se la debamos, no sólo a Cristo, sino también a María. Como antes lo hemos advertido ya, quizá sea la relación de María a la Iglesia uno de los puntos más significativos de la obra agredana. En el momento cumbre de la redención, ella coopera a la salud de los hombres en calidad de receptora de los méritos de Cristo, bajo el doble aspecto de madre y miembro de la Iglesia. 6. María, Reina y Señora nuestra. La Mística Ciudad de Dios nos presenta a la Virgen después de la pasión de Cristo como muerta también y sepultada con su propio Hijo: es ahora la Virgen del silencio y de la soledad, y en el silencio y soledad vive aquellos tres días esperando la resurrección, alabando a Dios como cooperadora y madre del triunfador del pecado22.Durante este tiempo desaparece de la mente de la agredana la idea de María signo de la Iglesia, para reaparecer de nuevo con más fuerza después de la resurrección de Cristo y sobre todo después de su ascensión a los cielo23. Es la madre fiel y humana que acompaña a su Hijo en la angustia y efectos de la muerte hasta que resucita victorioso. La resurrección de Cristo marca el comienzo de una nueva etapa, la definitiva, en la existencia de María. Parecía justo que la que había sido compañera fiel del Redentor en la pasión lo fuera también en la gloria de su resurrección. Desde el instante de su inmaculada concepción, "había salido como río caudaloso del océano de la divinidad, donde en los eternos siglos fue ideada"24. En el contacto con el Señor resucitado25, la corriente fiel de su vida llega al remanso final. Creemos conveniente señalar aquí, por su significado, una visión que se dice tuvo la Virgen pocos días antes de la ascensión. En esta visión María es asunta al cielo26 y situada en un trono junto a las tres divinas Personas. El Padre eterno le encomienda la Iglesia fundada por el redentor. El Espíritu Santo, como a esposa amada sobre todas las demás criaturas, le comunica su sabiduría y gracia para que se depositen en su corazón los misterios, obras y doctrina, y lo que el Verbo humanado ha hecho en el mundo. Le habló también el Hijo, y volviendo ya al Padre, la deja en el mundo en su lugar, la encarga el cuidado de la Iglesia y la encomienda a sus hijos y sus hermanos como el Padre se los había encargado a El. En este momento es investida ante todos los ángeles y santos con el título de "reina de todo lo criado en el cielo y en la tierra", "protectora de la Iglesia", "señora de las criaturas", "madre de piedad", "intercesora por los fieles", "abogada de los pecadores", "madre del amor hermoso y de la santa esperanza' y la poderosa para inclinar nuestra voluntad a la clemencia y misericorlia". En ella quedan depositados los tesoros de la gracia y su corazón será como las tablas en las que queda escrita la nueva ley de gracia. Es el resumen de los misterios que Dios ha obrado en favor de los hombres, la, obra más perfecta de sus manos, a la que se comunica y en la que descansa la plenitud de su voluntad. Recibe finalmente una nueva participación en el ser, atributos y perfecciones de su Hijo para que así pueda ejercer su ministerio de madre y maestra de la Iglesia en lugar de Cristo27. La Venerable presenta a María en esta última parte de su obra como la pura criatura que ha alcanzado la plenitud de perfección. Viva imagen de su Hijo, goza de un estado semejante al de la visión beatífica, de modo que aunque comparada con Cristo parecía viadora, comparada con el resto de los mortales parecía realmente comprensora y bienaventurada28. Posee ya habitualmente la visión abstractiva de la divinidad29. Recibe un nuevo modo de conocer, pues en vez de las especies sensitivas le infunde Dios otras más puras y sutiles30. "La actividad de María santísima era semejante a la del mismo Dios, que es un acto purísima que obra con el mismo ser, sin que pueda cesar en sus operaciones infinitas... Toda ella parecía una operación infatigable y continua"31. En ella se combinaban perfectamente la vida activa con la contemplativa32. Finalmente, "era espectáculo nuevo y admirable para los ángeles33, la obra perfecta de Dios, en quien no encontraba ningún impedimento, antes bien, el asentimiento pleno de su voluntad. Por ello aparece ante nosotros como el ejemplar y signo que encierra en sí misma todos los misterios que Dios había de obrar para redimir al género humano34. Desde este "lugar solitario" María vuela a la Iglesia para comunicar a sus hermanos los tesoros de que ella está llena 35. Toda este parte de la Mística Ciudad está llena de apariciones de Cristo a su Madre y de asunciones de María al cielo. Tanto es así que la autora cree conveniente justificarse36. Estamos dentro de una Historia Divina, dentro de una evolución mística, cuyo término es una "ciudad mística de Dios". Uno de los signos de este proceso al que aludimos podemos verla en la situación de "conflicto" o "contradicción" que María experimentaba entre su voluntad y tendencia hacia Dios, a quien anhelaba poseer en la visión intuitiva, y su amor hacia la Iglesia que la retenía entre los hombres, conflicto que iba creciendo a medida que se acercaba su vida al final 37. Para completar esta descripción del estado en que María se encuentra al término de sus días, añadiremos otro hecho de importancia en la Mística Ciudad de Dios, por el que aparece claro el sentido de signo de la Madre de Dios como reina y señora de las criaturas, madre y maestra de la Iglesia. Se trata de la victoria final y definitiva sobre las potestades de los demonios. María es tentada. En este momento aplasta realmente la cabeza de la serpiente38. Con las victorias de Cristo y María, el reino de Dios, que es la Iglesia, queda más firmemente establecido. Ella nos merece la fe y su difusión, nos merece el cúmulo de misericordias y dones adquiridos con la muerte del Hijo de Dios, pues los hombres, pecadores, no podían merecerlos39. En esta circunstancia María da a luz a la iglesia que Cristo había fundado, como representante de la naturaleza humana, ora a Dios por los hombres y obtiene con sus méritos y perfecciones que no retire de ella su rostro–40. Frente al ambiente maravilloso en que se desenvuelve generalmente la obra agredana aparecen de cuando en cuando en sus páginas puntualizaciones que ponen las cosas en su lugar. Una de ellas la tenemos también en este momento en que María ha llegado a ocupar existencialmente el puesto que Dios la había asignado en su predestinación absoluta. Junto al "abismo de la gracia" es también la hija de este mundo que alaba a la tierra, al cielo, a los astros y a todos los elementos de este mundo y les da las gracias por el influjo benéfico que de ellos ha recibido. Creada en la tierra y de la tierra, de la tierra y por la tierra debía subir al Creado 41. Llegó por fin el día en que debía entrar en la bienaventuranza del Altísimo a través de la mortalidad. María no había sido incluida en la ley de los hijos de Adán, no participaba de las consecuencias del pecado y la muerte nada tenía que ver con ella. Quiso, sin embargo, llegar a la inmortalidad mediante la muerte corporal: para imitar a su Hijo, para imitar a sus hermanos e hijos, para que los hombres la consideraran de su misma naturaleza y vieran en ella un ejemplo; finalmente, para que la misma muerte fuera para ella fuente de méritos y gloria. Por todas estas causas María murió realmente, vencida por la tensión de su amor a Dios. A su muerte toda la creación se llenó de tristeza. Y antes de partir de esta vida encomendó la Iglesia a los apóstoles para que la amasen y defendiesen42 Al tercer día de su muerte, María fue despertada de su sepulcro y asunta al cielo en cuerpo y alma para que estuviera eternamente a la derecha de su Hijo. Era la coronación de todos los privilegios que antes había recibido43. María resucitó porque la carne de Cristo es carne de María, en la que él había resucitado. Resucitó también porque había participarlo con él en las obras de la redención44. La resurrección de la Madre de Dios la compara la autora a una nueva generación. María engendró a Cristo semejante a sí misma en cuanto hombre pasible. Cristo la resucita y la hace semejante a sí mismo, coronándola con toda la gloria que una pura criatura podía recibir 45. Llena, pues, de toda la gloria posible en una pura criatura, entra en el cielo, donde es recibida por las Personas de la santísima Trinidad en un abrazo indisoluble46, para que allí donde estaba la suma santidad por esencia estuviera también la suma santidad por participación47. Al lector que desde nuestra mentalidad se acerca a la Mística Ciudad de Dios, una de las cosas que le llaman la atención es la frecuencia con que María es asunta al cielo durante su vida, ya antes de que Cristo realizara la redención y abriera las puertas del cielo. La autora es consciente de las dificultades que esta opinión plantea y, prudente, teme la novedad de este privilegio mariano, aunque no ve ningún inconveniente por parte del magisterio eclesiástico para atribuir este milagro al poder divino48. Fueron la humildad y la caridad las puertas que la abrieron la posibilidad de ser exaltada al trono de Dios, para que allí fuera la consejera de la sabiduría divina en el gobierno de a Iglesia49, Ser exaltada al trono de la Trinidad no quiere decir otra cosa que ser hecha partícipe, en razón de su condición de pura criatura, de las funciones divinas del señor, rey, juez, etc Su reino y dominio se extiende a todo aquello que abarca y comprende el reino de su Hijo, aunque de modo diferente, por participación50. Predestinada María desde toda la eternidad para ser Madre de Dios y adornada en la tierra con la suma perfección posible en una pura criatura, ofreció a Dios con su fidelidad la plenitud del amor de que había sido objeto. En este momento de su vida recibe el premio, siendo constituida señora y reina de todas las criaturas. Antes no podía gozar plenamente de esta cualidad, ya que su vida fiel estaba en camino hacia la consumación. Para que pudiera ejercer convenientemente su oficio, Dios la encomendó todos sus dones y gracias, de manera que todos ellos fueran concedidos a los hombres por su mediación. La voluntad de María fue hecha una con la voluntad de Dios, de tal manera que lo que caía bajo el mandato de Dios caía también bajo el de su Madre, reina y señora nuestra51. Mediadora en su predestinación absoluta52, mediadora también en la tierra como hija de Sión para que no se retardara la redención53, continúa siéndolo ahora en el cielo intercediendo por los hombres, sus hijos y hermanos. La autora de la Mística Ciudad de Dios nos ha expuesto a través de toda su obra una figura de la Virgen siempre fiel a su oficio de madre integral. * * * Los autores del siglo XVII distinguen tres momentos en la escatología mariana: la muerte y resurrección de María, su asunción al cielo y el oficio de mediadora como reina y señora de todo lo creado–54. El hecho de la muerte lo justifican, bien diciendo que poseía una naturaleza mortal, porque aunque participó de la justicia original no poseyó el estado e tal jujusticia55. bien afirmando que aunque gozaba del privilegio de la inmortalidad cedió a sus derechos56. Murió realmente para que los hombres no la tomasen por una diosa, para que apareciera su conformidad con Cristo o para que la muerte le sirviera de fuente de nuevos méritos, para que fuera ejemplar y abogada nuestra y las grandes riquezas de su satisfacción aurnentaran los tesoros de la Iglesia 57. onvienen todos los autores en que su muerte fue efecto de su amor vehementísimo 58. Su cuerpo no conoció la corrupción: la carne de Cristo era carne de María, preservada del pecado original59,siempre virgen. Era además justo que el tabernáculo de Dios fuera colocado allí donde estaba Cristo. Por todas estas razones resucitó y fue asunta al cielo60. En la asunción, María fue glorificada con la suma gloria posible a una pura criatura61, como correspondía a la dignidad de su divina maternidad, a sus propios méritos y humildad o a la liberalidad de Dios62. Hablan también todos los autores del trono de la Virgen y de la jerarquía singular que ella ocupa entre las puras criaturas63. Ya en el cielo es constituida reina y señora, madre y mediadora de todo el universo64. Y desde allí puede ejercer eficazmente su ministerio mediador, pues elevada al orden hipostático por su divina maternidad, ve en el Verbo las necesidades de todos los miembros de la Iglesia65. Su mediación se extiende a todo el universo66. La doctrina de la Mística Ciudad de Dios también en este punto es concorde con la de los autores contemporáneos, en cuyas obras pueden leerse incluso muchos de los detalles narrados en la Historia Divina. A modo de ilustración, y para que se vea cómo González Mateo encauza el privilegio agredano de las asunciones temporales de María, vamos a ofrecer aquí su argumentación. González Mateo es un agredista, pero es también un teólogo. Es esta última cualidad la que aquí nos interesa. Considera la doctrina de que María fue asunta al cielo antes de la ascensión de Cristo como indudable, y cita en su favor a Carlos del Moral. Se basa para ello en los principios generales de que la Madre de Dios no estaba sometida a las leyes comunes y que lo que se da en los santos no puede faltar en María. Afirma, por otra parte, que es una sentencia común entre los Padres y teólogos que María vio intuitivamente la esencia divina antes de la pasión de Cristo, bien fuera en la encarnación o en el nacimiento de Cristo. Y argumenta a continuación: es un don mucho más grande, según todos los teólogos, el que un hombre vea a Dios intuitivamente en el estado de viador, que el que sea llevado al cielo en cuerpo y alma, porque la visión intuitiva de Dios es el elemento formal de la bienaventuranza y el cielo empíreo no es sino el elemento material, el lugar destinado por Dios para manifestar se intuitivamente a los elegidos. Además, según los teólogos, la pena del pecado tiende primariamente a la privación perpetua de la visión y fruición de la divina esencia. Secundariamente, a la exclusión perpetua del lugar destinado a los bienaventurados. María se vio libre de todo pecado, tanto original como actual. En consecuencia, la ley que cerraba el cielo a los que habían pecado no era aplicable en el caso de la Madre de Dios. Este privilegio no deroga el primado de Cristo en la ascensión, ya que la excelencia y primado de Cristo en este aspecto consiste en que él fuera el príncipe de la gloria y primogénito de toda criatura, de tal manera que nadie entrase a la fruición de la visión beatífica, sino por sus méritos y dependientementede ellos. El es además el que primero entró en el cielo permanentemente67 De aquí podemos deducir al menos una conclusión. Y es que por más extraño que nos parezca el citado privilegio mariano, hay teólogos que se plantean la cuestión seriamente y que incluso la ven como "indudable".
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