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. II << COMPOSICION DE LA "MISTICA CIUDAD DE DIOS" El problema de la autenticidad Una como sombra de duda se cierne a veces en torno a la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios. La verdadera autora de esta obra ¿será realmente la célebre monja de Agreda, Sor María de Jesús? La razón principal para dudar de ello estriba en la dificultad intrínseca de que una monja de clausura, sin formación teológica ni estudios, pudiera realizar una obra tan grandiosa, materialmente empedrada de citas de la Sagrada Escritura, llena de doctrina sublime, escrita en un estilo un tanto abstracto e hierático, de una rara perfección. ¿No será más razonable pensar que bajo la firma de la monja se nos ha servido la obra –si no entera, al menos parcial– de algún fraile anónimo de la Orden de San Francisco? La sospecha se vuelve tanto, más vehemente cuanto que sabemos que los franciscanos trabajaron lo indecible para sacar adelante la causa de la Venerable y de su libro. Nos consta también que Sor María en su vida mantuvo íntimas relaciones con los Padres de esta Orden. La nota de escotismo, repetidas veces lanzada como una acusación contra la obra, contribuye también a aumentar la sospecha de que la paternidad de ella recaiga en todo o en parte sobre los franciscanos que la dirigieron o anduvieron cerca de ella. Es sabido también que los teólogos de la época, muy enzarzados en polémicas de escuelas, buscaban apoyo y confirmación de sus posiciones en almas agraciadas por Dios con visiones y revelaciones. Por todo ello, esta cuestión de la autenticidad resulta aquí insoslayable. Comencemos por advertir, sin embargo, que el problema de la autenticidad no debemos entenderlo de un modo absoluto, como si al afirmar la autenticidad quisiéramos decir que Sor María redactó la obra sólo por sí misma, sin ningún género de influencias y de ayudas. Esto está en contra de lo que la autora misma afirma muchas veces, de que todos y cada uno de los temas tratados en la obra, y particularmente los más difíciles, los confería con sus maestros y directores espirituales [1]. Evidentemente tuvo que haber un influjo, y muy notable, de los teólogos a quienes consultaba. Pero de ahí a afirmar que fue una redactora que copiaba, poco menos que al dictado, lo que estos teólogos le sugerían, hay un gran trecho. La cuestión estaría, más bien, en saber hasta qué punto llegó este influjo de los teólogos, si llegó a ser de tal grado que no pueda atribuirse a la autora la paternidad formal, y no sólo material, de la obra. No es posible determinar con exactitud el grado de este influjo, por la misma forma en que se ejerció, pues se realizó principalmente por medio de conversaciones y consultas habladas, de las que, naturalmente, no ha quedado constancia. Lo mismo debe decirse de las predicaciones escuchadas. Pero en todo caso, aunque no es posible determinar esta influencia, creernos poder afirmar, por las razones que iremos viendo, que Sor María de Jesús de Agreda es la verdadera autora de la Mística Ciudad de Dios. Para ello, y como presentación de la obra a la vez, recordemos brevemente los puntos históricos firmes y tratemos de reconstruir la complicada historia de la génesis y gestación de esta obra, ayudándonos sobre todo de los datos que constan por otros escritos que ciertamente son de la Venerable, particularmente las cartas escritas por ella o dirigidas a ella, por los testimonios de sus directores y por lo que se desprende del texto mismo de la Mística Ciudad de Dios. Sor María de Jesús murió el año 1665. La edición príncipe de la obra apareció en Madrid cinco años después, o sea en 1670. Durante los cinco años que median entre la muerte de Sor María y la aparición del libro, éste fue examinado por una junta de teólogos de la orden franciscana, que, respetando escrupulosamente el texto de la obra, lo hicieron acompañar de notas explicativas e hicieron preceder la edición de un extenso Prólogo Galeato y de una biografía de Sor María, escritos ambos por el Padre José Ximénez Samaniego, General de la orden franciscana. Para preparar esta edición príncipe se llevaron a Madrid los ocho tomos de la Mística Ciudad de Dios que, íntegramente escritos de puño y letra de la Venerable, se hallaban en su .monasterio de Agreda. Realizada la edición, dichos ejemplares autógrafos se volvieron a depositar religiosamente en el monasterio de Agreda, donde aún hoy se guardan. Pocas son las obras célebres de alguna antigüedad que gozan de una posición tan privilegiada. Queremos decir: es raro que exista el original autógrafo de las mismas, como ocurre en este caso. Consta que tanto la Venerable como los que la asistían tuvieron empeño e interés en que, para obviar futuras dificultades o posibles objeciones, quedara un original autógrafo perfecto; escrito de su mano y convenientemente firmado. Tenían conciencia de que se trataba de una obra grande, trascendental, y querían prevenir toda posible objeción. Por lo demás, la Venerable tenía experiencia de que las copias o traslados de sus escritos, hechos por otros, no siempre eran del todo fieles [2], y quiso, sin duda, dejar una copia en limpio hecha de su propio puño y letra. Que la letra de estos ocho tomos es de la Venerable no se puede razonablemente dudar. Sor María de Jesús tiene una caligrafía inconfundible, y comparando la escritura de estos tomos con la de otros escritos suyos, la uniformidad salta a la vista. Pero todo esto, con ser importante, no basta para resolver el problema; antes, en parte, lo complica más, porque puestos a fingir engañas o hipótesis posibles, ¿no pudo todo ello ser hecho de propósito para encubrir fraudes? ¿No pudo Sor María copiar o escribir con su mano una obra de la que en realidad no era ella la verdadera autora, tomando precauciones para que esto no se descubriese? Fuerza es confesar que, poniéndonos a imaginar hipótesis posibles, por poco probables que ellas sean, no se puede descartar ésta. Los decretos romanos sobre la autenticidad de la obra En el siglo XVIII, en la última batida, por así decirlo, que los partidarios de la causa de la Venerable dieron para obtener la glorificación de ésta, Roma promulgó hasta dos decretos sobre la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios. Y es que a los ojos de la Santa Sede el proceso de beatificación de Sor María estaba ligado al problema de sus escritos, sobre todo de su gran obra, la Mística Ciudad de Dios. Antes de proceder a su beatificación era inexcusable proceder al examen de sus escritos y abordar los problemas teológicos implicados en ellos. La obra que más dificultades presentaba bajo este respecto era la Mística Ciudad de Dios. Pero ¿constaba que esta obra fuese realmente de Sor María? He aquí el primer punto a solventar. Si Sor María no era la verdadera autora de la obra, tal vez podría proseguir el proceso sin hacer caso de la misma; pero si ella era la autora, había que salvar primero los reparos teológicos que pesaban sobre ella. Tal era el punto de vista de Roma. Para resolver el problema de la autenticidad de la obra se hicieron llevar a Roma los ocho tomos autógrafos que obran en el monasterio de Agreda, los cuales fueron sometidos a un examen pericial. Consecuencia de este examen pericial fue el decreto de autenticidad dado por la Sagrada Congregación de Ritos el 8 de mayo de 1757, decidiendo que, a juzgar por la identidad de la letra de estos tomos y la de otros escritos que ciertamente son de ella, consta que la predicha Mística Ciudad de Dios fue escrita por Sor María. Este primer decreto se basa, pues, en la identidad de caligrafía que hay entre el original de la Mística Ciudad de Dios y otros escritos autógrafos de la Venerable. Pero claro está que, absolutamente hablando, esto no basta para probar que ella fuera la autora formal de la obra, pues cabe que hubiera sido una mera copista o amanuense de una obra concebida y redactada anteriormente por otro. Por esto, en Roma se volvió a un segundo examen, basado esta vez en el estudio interno de las características del estilo, comparándolo con otros escritos que ciertamente son de la célebre monja. Este segundo examen arrojó también un saldo favorable a la autenticidad: era evidente la uniformidad de estilo entre la obra y otros escritos auténticos de la Venerable. Este segundo decreto lleva fecha de 11 de marzo de 1771 [3]. Resultado de todo ello fue el parón definitivo o "silencio perpetuo" que Clemente XIV impuso a la causa de la beatificación de la Venerable. Dado que constaba ser ella la autora de la obra y que sobre dicha obra pesaban reparos teológicos graves, se prohibía seguir adelante la causa de su beatificación. La prueba de la autenticidad fue, pues, la causa de la detención del proceso. A pesar de todo no han faltado, aun posteriormente, quienes han supuesto que debió de haber influjos decisivos de otras manos en la composición de esta obra. Así, por ejemplo, el P. Andrés Ivars, O. F. M., fundándose en algunos pasajes de la correspondencia de Sor María con Felipe IV, lanzó la hipótesis de que el P. Pedro Manero, franciscano, debió de influir en la segunda y definitiva redacción de la Mística Ciudad de Dios, hasta tal grado que cabe poner en tela de juicio la verdadera paternidad de la obra [4]. Para aclarar en la medida de lo posible estos extremos se hace preciso recordar brevemente la génesis de la obra, su gestación larga, la historia de sus dos redacciones; fijar las fechas, compulsar los datos que constan de la misma obra con los que constan por otros escritos de la Venerable o de personajes que se relacionaron con ella; comparar el estilo de esta obra con el de otros escritos indudablemente suyos; conocer los directores que tuvo, fechas en que la dirigieron; otros sujetos que, por lo que sabemos, se relacionaron con ella, etcétera. Primera redacción de la "Mística Ciudad de Dios" La obra conoció por lo menos dos redacciones completas, amén de intentos parciales; o sea, fue redactada completamente dos veces por su autora. La segunda redacción, que es la definitiva, es más amplia y extensa que la primera. Recompongamos brevemente la historia de la primera redacción. Tanto Eduardo Royo como el P. Ivars son de opinión que la Venerable escribió por primera vez su obra entre tíos años 1637 y 1643 [5]. La misma Sor María nos dice taxativamente que empezó a escribir esta obra en 1637 [6]. En este tiempo el P. Francisco Andrés de la Torre era el director espiritual de la Venerable. Ella misma confiesa que por espacio de diez años estuvo resistiendo a los impulsos que sentía hasta que empezó a escribir por primera vez la Historia de la Virgen [7]. Cuando a fines de 1643 empieza la Venerable a cartearse con el rey Felipe IV se ve que la obra está ya escrita. Una copia de ella se la ha dejado al rey, el cual la va leyendo y refiere las impresiones que le produce su lectura. En realidad, como la obra era extensa y constaba de tres partes, primero le dejó una copia de la primera y después le fue mandando las restantes, a medida que se hacía la copia o traslado. Como la Venerable en sus cartas al rey habla de "escribir" en el sentido de "copiar", esto primeramente indujo a error al P. Ivars, pensando que entonces iba escribiendo la obra, cuando en realidad ésta estaba hecha y terminada, y únicamente se trataba de obtener un traslado o copia de ella con destino al rey. De esta copia dice ella que la hicieron "unos religiosos mozos sin experiencia" y que no tuvo oportunidad de revisarla [8]. Tenemos, pues, que el rey tenía una copia de la obra en su primera redacción, con encargo de guardar secreto sobre ella. En la correspondencia que se cruzó entre Felipe IV y la Venerable hay numerosas alusiones a esta obra. Pueden verse cualesquiera de las dos ediciones de estas cartas, la de Silvela o la más reciente de Seco Serrano. Se habla, por ejemplo, de la obra en su primera redacción en las cartas escritas por el rey en las siguientes fechas: 9 de marzo de 1644, 5 de agosto de 1646, 21 de septiembre de 1646, 1 de octubre de 1646; en la carta escrita por la Venerable al monarca en 5 de octubre de 1646. Muchas otras de la misma correspondencia se podrían citar. Esta primera redacción de la Mística Ciudad de Dios fue quemada por la .misma autora en fecha que al parecer no se puede precisar con claridad, pues es discutida por los autores; salvóse, empero, de la quema la copia o traslado que obraba en poder del rey. Respecto a las razones o causas que movieron a la Venerable a tomar esta resolución, ella apunta únicamente los escrúpulos y temores de que era presa por haber puesto mano en obra tan ardua, y también el consejo de un confesor que le asistía en ausencia del director principal [9]. Vuelto dicho director principal, la reprendió ásperamente y le mandó escribirla de nuevo; pero en 1647 fuese este director y, por consejo del mismo director de antes, que debía de ser un religioso anciano, hubo una segunda quema de papeles. Según el P. Samaniego, biógrafo de la Venerable, la primera quema fue en 1645, en una larga ausencia del director, Francisco Andrés de la Torre, y la segunda, en 1647, a raíz de la muerte del mismo. La Venerable se distinguió siempre por un grande amor a la verdad, y constantemente la acosó el temor de ser engañada o de ser víctima de ilusiones [10]. Sólo la autorizada palabra del representante de Dios era capaz de sostenerla; pero en cuanto un confesor le aconsejó quemar los escritos, obedeció al punto. Probablemente dicho confesor, cuyo nombre desconocemos, no estaba de acuerdo con la forma en que se dirigía a la Venerable. El P. Ivars ha apuntado la hipótesis de que la Venerable debió de quemar la obra por miedo a la Inquisición. Cuando barruntó que se echaba sobre ella el nublado, quemó la obra, y así pudo decir a los inquisidores que no tenía más escritos que unos insignificantes papeles que mostró; nada dijo de la copia que existía en manos del rey, y los inquisidores no llegaron a saberlo. Este interrogatorio inquisitorial tuvo lugar en Agreda mismo, en la cratícula o comulgatorio conventual, en 1649–1650. A la verdad, la suposición del P, Ivars de que quemó la obra por miedo a la inquisición no se apoya en ninguna fuente documental. Tampoco el P. Samaniego, biógrafo de la Venerable, apunta otra razón que la arriba indicada [11]. Segunda redacción de la "Mística Ciudad de Dios" En cuanto a la segunda redacción de la obra, se saben con exactitud las fechas de su comienzo y terminación: se inició en 1655 y se terminó en 1660. En esta época el P. Andrés de Fuenmayor dirigía a la Venerable. El la impuso el precepto de rehacer la obra. En realidad, existiendo, como existía, en poder del rey una copia de la primera redacción y habiendo sido recuperada dicha obra por el P. Pedro Manero –que luego fue obispo de Tarazona y, murió en 1659–, no había necesidad de hacer una nueva redacción, propiamente dicha. ¿Por qué la autora juzgó necesario o conveniente rehacer de nuevo la obra? Conocemos varios lugares en que la autora apunta la razón, y en todos ellos da siempre la misma, a saber: porque actualmente tenía nuevas y mayores inteligencias del misterio de María. Antes, cuando escribió por primera vez, como la luz era abundante y su cortedad grande, no pudo decir todo, y, además, la atención a lo material de la obra le absorbió mucho [12]. En la correspondencia inédita a don Francisco de Borja hay una carta de la Venerable, de fecha 3 de abril de 1648, en que ya se apunta la necesidad de escribir nuevamente la obra y las razones de ello. Véase el pasaje: "Señor mío: Si V. S. a leído (como me dice) algo de la Historia, verá que ni por el modo que lleba, ni por el estilo y la claridad de algunos sacramentos ocultos, no conbiene por ningún casso que salga a luz. Por esto preguntaba a V. S. si la avía visto; y en la tercera parte, de la qual no tendrá noticia V. S., tiene mayores sacrammentos, porque es de lo que ,menos en la Iglesia de Dios ay escrito y acá está muy largo. ¿Qué pareciera, si viviendo yo saliera? No cabe esto en pensamiento de personas cuerdas, y no sólo lo siento así por el silencio, sino porque lo contrario no sería prudencia. Díceme V. S. por qué la escribo dos beces: es porque nuestro Padre Fr. Francisco Andrés y yo confirimos muchas razones de conbinencia; ya antes que muriera comencé; las principales son que como la materia es tan abundante y fecunda, fue ynposible que los términos humanos llegasen a .manifestar, ni alcanzassen lo que el entendimiento conocía y de una bez no se podía decir todo; y en diferentes cartas y villetes escribí a nuestro difunto muchas cossas de las más esenciales, porque le pareció que hiciesse un original perfecto, y los traslados que an sacado están faltos y algo trocados, y porque aya un original perfecto adonde acudir, déjole bueno y muy añadido; ya lo sabe el Padre Palma, y me da priessa a que le concluya . Si V. S estubiera cerca y el señor don Fernando, diérales más noticias de todo [13]. La nueva y más profunda inteligencia que tenía del tema, las adiciones parciales que en forma de billetes, etc., iba aportando, aconsejaban rehacer a fondo la obra y dejar un original perfecto y acabado de ella, ya que mientras vivía la autora no se juzgaba prudente su publicación. En una carta sin fecha escrita por la Venerable al P. Juan de Palma, explica en términos similares por qué escribe por segunda vez la obra: "La razón y causa porque se buelbe a escribir segunda vez la Historia de la Reyna del cielo.–Por voluntad del Señor y orden de la obediencia e escrito segunda vez esta Divina Historia; porque en la primera, como era la luz con que conocía sus misterios tan abundante y fecunda, y mi cortedad grande, no bastó la lengua, ni alcanzaron los términos, ni la velocidad de la pluma, para decirlo todo. Dexé algunas cosas, y con el tiempo y las nuevas inteligencias me hallo dispuesta para escribirlas aora, aunque siempre dexaré de decir mucho de lo que e entendido, porque todo nunca es posible. Fuera de esto he conocido otra razón en el Señor, y esta es que la primera vez quando escribí me llevaba mucho la atención de lo material y orden de esta obra; y fueron grandes las tentaciones y temores para no darle al alma lo conveniente que el Señor quería escribiéndola en mi corazón, y gravando en mi espíritu su doctrina como se me manda lo haga aora, y se puede colegir del suceso siguiente... [14]. El P. Ivars, tomando pie de ciertas expresiones que se encuentran en la correspondencia epistolar de Felipe IV y la Venerable, sospecha que el antes citado P. Pedro Manero debió de tener algún influjo en la segunda redacción de la Mística Ciudad de Dios [15]. En efecto, el rey, en carta de 23 de marzo de 1650, le dice a la Venerable que el Padre Manero ha visto la copia de la primera redacción que obraba en poder del propio rey y que dicho P. Manero había anotado algunas cosillas para tratar con ella, a fin de perfeccionar la obra. Mucho más tarde, en carta de 3 de febrero de 1657 cuenta la Venerable al rey que dicho Padre, hecho ya obispo de Tarazona, la ha visitado. No es fácil determinar el influjo que pudo tener sobre la obra el P. Manero. Según el P. Samaniego en su Prólogo Galeato, el P. Manero sugirió a la Venerable que compusiera de nuevo la obra y que quitara de ella los términos teológicos y escolásticos, pues que la presencia de tales términos es ajena a las revelaciones divinas. La Venerable consultó el asunto al Señor y se le contestó que se le han dado los términos más aptos para el fin y que no hay nada que cambiar. Al parecer, pues, si algún influjo hubo, probablemente se redujo a algunas correcciones de términos. Cuando el rey la preguntó qué innovaciones había introducido en la segunda redacción, ella contestó: "Señor mío, en la Historia de la Reina del cielo he añadido algunos misterios, declarando más los que estaban; la he perfeccionado quitando algunas repeticiones de términos, y a los tres libros que V. M. vio añado el cuarto, que contiene algunas cosas particulares de la Madre de Dios, y la disposición que se me pidió para escribir su santísima vida, con grandes doctrinas místicas y morales. En escribir este tratado tardaré mucho. La Historia procuraré abreviarla, y si Dios me da vida, ambas cosas enviaré a V. M. con el seguro del secreto que la materia pide, y el afecto que a V. M. profeso nada le sabe ocultar de mis mayores secretos" [16]. Indicamos a continuación las cartas de la correspondencia epistolar de Felipe IV y la Venerable en que se habla de la obra, la necesidad de escribirla de nuevo, o se dan referencias sobre la marcha de la composición de la misma en su segunda redacción: 5 de diciembre de 1649, 18 de diciembre de 1649, 26 de febrero de 1650, 11 de marzo de 1650, 23 de marzo de 1650, 1 de abril de 1650, 11 de marzo de 1650, 10 de abril de 1652, 3 de mayo de 1652, 20 de diciembre de 1652, 3 de febrero de 1657, 12 de febrero de 1657, 2 de marzo de 1657 [17]. Cotejo de las dos redacciones Al no existir actualmente ningún ejemplar autógrafo ni apógrafo de la primera redacción de la obra, no nos es posible calibrar la cuantía y calidad de las diferencias entre la primera y segunda redacciones. El único ejemplar de la primera redacción, después de las quemas hechas por la Venerable, fue la copia que tuvo en su poder Felipe IV; pero esta copia fue a su vez quemada el año 1682, o sea, después de aparecida la edición de la Mística Ciudad de Dios. Esta quema fue efectuada por el Padre Samaniego, General de la orden franciscana, que actuó siguiendo instrucciones dadas por escrito por la misma autora, que una vez hecha, la segunda redacción consideraba superflua e inválida la primera. De esta quema se salvó únicamente una hoja que traía el título de la tercera parte y la firma de la autora, hoja que fue sustraída por un fraile en el momento en que se procedió a quemar el ejemplar. Por esta hoja conocemos cómo rezaba primitivamente el título de la obra. Dice así: "Mística Ciudad / de Dios Milagro de su omni– / potencia y abismo de la gracia / Historia Divina y Vida/ de la Virgen Madre de Dios Reina y Señora nuestra /María Santísima autora de la vida / y de la luz /Revelada en estos siglos últimos por la misma Señora a su/ Esclava Sor María de Iesús Abbadessa indigna /del convento de la Inmaculada Concepción / de la Villa de Agreda / Para nueva luz del mundo alegría de la Iglesia Catholica / y confianza de los mortales [18]. Cotejando este título con el de la segunda redacción se ve que sustancialmente es idéntico, pero se han modificado algunas términos; es decir, se han buscado términos de más exactitud y precisión teológica. En vez de "autora de la vida y de la luz", dice ahora "restauradora de la culpa de Eva y Medianera de la gracia". En vez de "revelada" dice "Dictada y manifestada". Probablemente el influjo de los Padres antes citados se limitó a cosas de este tipo [19]. Cotejo con otros escritos de la Venerable Otro camino, que juzgamos válido y firme, para esclarecer la autenticidad de la Mística Ciudad de Dios consiste en comparar esta obra con otros escritos ciertos de la Venerable y comprobar la unidad de estilo, afinidad de lenguaje, de pensamiento, de ideas, etc., que se advierte entre ellos. Para establecer la comparación elegimos la extensa correspondencia epistolar que mantuvo con el rey Felipe IV; accidentalmente recurrimos también a otras fuentes: carta al Papa Alejandro VII, respuestas de la Venerable al interrogatorio inquisitorial, etc. Como el tema es vastísimo, sólo podemos esbozarlo. Es decir, nos limitaremos a apuntar algunos indicios, señalar pistas, etc. Comencemos asentando la constatación de que en ambos escritos, cartas al rey y Mística Ciudad de Dios, se advierte la presencia de expresiones idénticas, que se repiten con profusión. Así, por ejemplo, en ambas obras se repite muchísimas veces, refiriéndose a Dios, el calificativo de "el Altísimo" y "el Todopoderoso" [20]; y menos veces, pero también con alguna frecuencia, la expresión "el ser inmutable de Dios" alguna otra similar [21]. La espiritualidad de la Madre Agreda tiene algo de querúbico: ella ha sentido y gustado como pocos lo insondable del ser de Dios, la grandeza de sus atributos, y tanto en sus cartas al rey como en la Mística Ciudad de Dios o en sus respuestas al interrogatorio inquisitorial nos ha dejado rastros conmovedores de ello. Sor María es un alma que tiene un sentido muy vivo de la trascendencia inefable de Dios. Refiriéndose a la condición de las cosas creadas, que son por naturaleza finitas y limitadas, la Venerable emplea las expresiones "coartado" (o "cuartado"), "limitado". Estas expresiones aparecen con frecuencia en los dos escritos [22]. Gusta también la Venerable emplear la palabra "república" para designar el conjunto de facultades, potencias, sentidos, etc., que posee el hombre [23]. Hablando de los años que transcurrieron desde la creación hasta la encarnación, tanto en las cartas al rey como en la Mística Ciudad de Dios, aparece el mismo cómputo de 5.199 años [24]. Una de las ideas que más constantemente afloran en la larga correspondencia epistolar que Sor María mantuvo con el rey Felipe IV es que las monarquías católicas deben estar al servicio de la Iglesia, defender a ésta, etc. Entre estas monarquías ella veía que España era la principal. Y sin duda ésta fue la causa por la que con tanto tesón trabajó en la formación espiritual de Felipe IV, no obstante que conocía bien sus fallos y sabía el escaso fruto que obtenían sus esfuerzos [25]. Pues bien, en la Mística Ciudad de Dios podemos comprobar la presencia de las mismas ideas [26]. "Visión abstracta de la divinidad" es una terminología o tecnicismo característico de la Madre Agreda. No recordamos haber visto esta expresión en las cartas al rey. Es que en ellas Sor María pretende administrar a su destinatario lo que la luz divina le muestra, pero reducido al orden común: "En el modo que la distancia lo permite hago participante a V. M. de las doctrinas que la divina luz me administra, disponiéndolas por el orden común y ocultando el sacramento del Rey celestial, para que V. M. reciba de él lo que gustare y los demás no le conozcan" [27] Es lo mismo que dice en la Mística Ciudad de Dios (libro I, capítulo 2), cuando explica los modos de las comunicaciones divinas y los diversos estados en que se alma se halla respecto a ellas. A veces Dios –dice-le "da licencia y ordena que amoneste a algún prójimo, pero no ha de ser declarando el modo, sino hablando al corazón con razones llanas, lisas, comunes y caritativas en Dios [28]. En el interrogatorio inquisitorial (respuesta a la pregunta 66) sí hallamos la expresión "especies abstractivas". La dicha pregunta 66 fue de este tenor: "Si en alguna ocasión ha visto a Dios clara y distintamente, en qué tiempos y ocasiones y qué tanto habrá." La respuesta de la Venerable a esta pregunta es larga y bellísima. Niega que haya tenido jamás visión intuitiva, pero cree poder afirmar haber tenido otra visión muy inferior "por especies abstractivas". Sin duda se refiere a la experiencia mística esencial o contemplación infusa. En la Mística Ciudad de Dios la expresión "visión abstractiva" la emplea repetidas veces, atribuyéndola a la Virgen [29]. Donde más extensamente y de propósito se refiere a este género de visión de la divinidad que tuvo la Virgen es en la parte I, libro II, número 631ss. La devoción a los ángeles es otra de las características sobresalientes y destacadas de la espiritualidad de la Madre Agreda. Ella ha vivido o creído vivir en relaciones íntimas con estos espíritus celestiales. Por la correspondencia mantenida con el rey vemos que también a éste recomienda reiteradamente esta devoción [30]. También en el interrogatorio inquisitorial fue preguntada sobre este punto; ella confesó paladinamente la devoción que siempre tuvo a los ángeles y los beneficios que de ellos había recibido; incluso reconoció sin ambages que a veces intelectualmente sentía su presencia. En cuanto a la Mística Ciudad de Dios, es de sobra conocido el papel tan relevante que en ella desempeñan los ángeles en tantísimos episodios de la vida de la Virgen, por lo que parece superfluo y enojoso citar lugares [31]. Lo mismo, paralelamente, puede decirse del lugar que ocupa el demonio, su intervención en el mundo, etc. Sor María confiesa paladinamente tener noticia y conocimiento de ello. Su carta al Papa Alejandro VII es tal vez el exponente más elocuente en este punto [32]. Las relaciones con el mundo preternatural le son en cierto modo familiares. Sumamente interesantes a este respecto son las revelaciones que recibió o creyó recibir de dos egregios difuntos, a saber, la reina Isabel de Borbón y el príncipe Baltasar Carlos [33]. En la Mística Ciudad de Dios la intervención del mundo diabólico es también frecuentísima y de todos conocida, por lo que huelgan citas. Uno de los pasajes de las cartas al rey que tiene su más claro paralelismo en la Mística Ciudad de Dios es aquel en que describe las dotes de que gozará el bienaventurado, tanto en su alma como en su cuerpo. No sólo los nombres, sino aun expresiones enteras son idénticas [34]. En carta escrita al rey en fecha 19 de marzo de 1648 (v. II, p. 289) confiesa la Venerable que, después de los misterios que pertenecen al ser de Dios, a Cristo y a su Madre, el que más le ha llevado el ánimo y robado el afecto es la grandeza y hermosura de un alma en gracia, y describe dicha hermosura en términos sumamente bellos. En carta de 10 de mayo de 1649 (v. II, p. 370) dice que de escribir la Historia de la Reina del cielo, o sea, la Mística Ciudad de Dios, ha sacado un grande concepto y aprecio del estado de la gracia. En la Mística Ciudad de Dios son muchos los lugares que habría que citar referentes a este tema [35]. Sobre la posibilidad de alcanzar la perfección con ayuda de la gracia, escribe al rey en carta de 25 de octubre de 1647 (v. II, p. 254). En la Mística Ciudad de Dios se halla la idea en multitud de sitios [36]. El recurso constante a la Sagrada Escritura es otra de las características de los escritos de la Venerable. En carta al rey de 5 de julio de 1652 (v. II, p. 167) pide excusas por ello; pero alega que las palabras de la Escritura tienen virtud divina y es por eso que recurre a ellas; y en carta de 7 de noviembre de 1653 (v. II, p. 259) vuelve sobre la misma idea. Por lo que a la Mística Ciudad de Dios se refiere, podemos decir que toda ella es como un empedrado de citas y alusiones al texto sagrado, que evidencian en la autora una familiaridad y grado de conocimiento verdaderamente notables de los libros santos. Y baste por el momento. Comprendemos que esta labor de cotejo de la Mística Ciudad de Dios con otros escritos de la Venerable podía ser llevada mucho más lejos y seguramente con resultados positivos. Una simple ojeada a dos de sus opúsculos, la Escala para subir a la perfección y las Leyes de la Esposa [37], deja la impresión de identidad de estilo, de ideario, de excepción y de sentimientos. Pero no podemos extendernos más. Los datos que hemos apuntado se reducen las más de las veces a detalles de vocabulario y afinidad de ideas. Estos indicios, a primera vista insignificantes e intrascendentes, suelen ser de lo .más delatadores, como saben bien los que se ocupan de crítica histórica. Creemos, en suma, que un mismo saber de boca, el mismo estilo de alma, se percibe a través de todos estos escritos, y que ello delata bastante a las claras a la .misma autora, con su individualidad y personalidad inconfundible. Carácter personal de la "Mística Ciudad de Dios" Resumiendo: ante la multitud de testimonios documentales de primer orden que atribuyen sin discrepancia alguna la Mística Ciudad de Dios a Sor María, la ingente cantidad de noticias que poseemos sobre la composición paso a paso de la obra, la identidad de letra, de estilo y de ideario entre la obra en cuestión y otros escritos auténticos de Sor María, no es razonable dudar de la auténtica paternidad de la Mística Ciudad de Dios. Por lo demás, atribuir a un alma a todas luces entregada a Dios en las caminos de la santidad, como fue Sor María, la superchería de copiar y presentar como suya una obra escrita por otro es, además de falso, irreverente. La obra es, pues, suya. En cuanto al influjo que sobre ella ejercieron los directores y teólogos que la trataron, queda constatado lo poco que se puede determinar. Al parecer fue un influjo superficial y accidental, que en nada merma la verdadera paternidad formal de la obra. Esta misma conclusión, de que el influjo fue superficial y accidental, se impone si tenemos en cuenta el carácter muy personal de la obra. En efecto, la estructura misma de la obra y la unidad de concepción y de desarrollo del tema es un caso singular, único y original, difícilmente compaginable con influjos notables de diversas personas. La obra en todas sus líneas tiene una perfecta homogeneidad en el lenguaje, en el estilo, en las ideas, en los razonamientos, en los enfoques, etc., sin que se observe ninguna ruptura de la unidad y uniformidad. Las mismas doctrinas propiamente teológicas, tanto las comunes como las de escuela –estas últimas debidas sin duda a los teólogos y directores franciscanos– aparecen en la obra expuestas con un matiz completamente personal, como algo, digámoslo así, digerido, vivido y personalizado por quien escribe la obra. Aun en los casos en que utiliza términos e ideas propios de los teólogos, su utilización y exposición nunca tiene el tecnicismo propio de un teólogo, sino el mismo sello personal de las restantes páginas. Además, toda la obra está impregnada de ciertos rasgos propios y exclusivos que delatan en su compositor una personalidad femenina y propia de una religiosa que hace vida de clausura y está entregada a la vida mística. Si no se conociera el nombre de la autora, cabe afirmar que el análisis de este carácter personal de la obra impondría la conclusión de la personalidad femenina, religiosa y mística de su autora. A quienes han dudado que Sor María, una mujer sin estudios teológicos, pueda ser la verdadera autora formal de la Mística Ciudad de Dios, les ha inducido a dudar seguramente, entre otras cosas, la mucha erudición que se hace patente en la obra. No creemos, sin embargo, que esto sea un obstáculo. Sor María de Agreda, tal como se transparenta su personalidad en su actividad humana, religiosa y literaria, fue sin duda una persona intelectualmente superdotada, con una capacidad excepcional de retener y asimilar todo cuanto oía o leía; sus cartas al rey demuestran su penetrante inteligencia, su sensatez y su cordura. Añádase a todo esto una especial asistencia divina que ella asegura tener, y que nosotros no podemos negar aun sin llegar necesariamente a afirmar en ella una ciencia infusa en todo, y no hay ningún motivo para negarle la erudición que demuestra en la obra. Su extraordinaria inteligencia, su capacidad excepcional de retención, sus largas horas de rumia y meditación en el retiro claustral, junto con la especial asistencia divina, es lo que explica que pueda manejar esa enorme cantidad de doctrinas y datos y darles esa impronta personal característica suya con que lo ha elaborado todo. La utilización que hace Sor María de las doctrinas de la escuela franciscana escotista delata indudablemente un influjo efectivo de los teólogos que la asesoraban. Es ésta otra de las razones de quienes han dudado de la autenticidad formal de la obra. Pero esto, teniendo en cuenta el carácter personal que da Sor María a toda su exposición, tal corno acabamos de apuntar, no obsta evidentemente para la paternidad formal de la obra. Sor María, como todos, es hija de su tiempo y de su ambiente, como lo fueron también los autores sagrados inspirados por Dios. Ella, Sor María, conoce las divisiones de escuelas y sus doctrinas opuestas o divergentes, y trata precisamente de sobreponerse a ellas buscando la verdad sencilla, limpia y sin divisiones, tal como ella cree haberla entendido en las inteligencias que Dios o sus santos le comunican [38]. Tiene suficiente personalidad e independencia para juzgar según lo que a ella se le ha dado a entender y trata de hacerlo así conscientemente. De hecho, es lo cierto, tiene una marcada simpatía por las doctrinas de la escuela franciscana, debida –repetimos– a un influjo efectivo que existió. Pero esto no autoriza a pensar que fue utilizada como un instrumento para dar visos de revelación a doctrinas de escuela; Sor María era demasiado inteligente y perspicaz y tenía demasiada personalidad y honestidad para ser objeto fácil de estos manejos. Simplemente hubo un influjo franciscano, como pudiera haber habido otro distinto en circunstancias diferentes, en su .mentalidad y en su ideario propios, lo cual no merma en absoluto su autenticidad y su originalidad. Otra cosa es que, una vez publicada la obra años después de la muerte de su autora, la Mística Ciudad de Dios se convirtiera de hecho en bandera de controversias entre escuelas, como así sucedió; pero tampoco este suceso posterior demuestra que la obra fue preparada precisamente para ello. La obra fue lo que quiso Sor María que fuera: un acopio de datos y doctrinas, recopilados de las fuentes a su disposición, rememorados en largos ratos de oración y contemplación, sancionados por las inteligencias divinas que recibía en su vida mística de unión con Dios y con los seres celestiales, y estructurados bellamente en una Historia Divina de María Santísima para edificación de los fieles. A Sor María de Jesús de Agreda le cabe, pues, la gloria –porque es una verdadera y excelente gloria– de haber sido la verdadera autora de la inmortal obra de la Mística Ciudad de Dios.
[1] MCD III, 791: "Esta divina Historia... toda la he puesto a la censura y juicio de mis confesores, sin haber palabra que no la hayan visto y conferido conmigo." Ib. 24: "Cuando tengo alguna dificultad en declarar las inteligencias, acudo a mi maestro y padre espiritual en las materias más arduas y difíciles."
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