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PRESENTACIÓN 

Hace 23 años ya estrenaba el número cinco, ahora somos ocho, un padre y una madre y sigo siendo el número cinco. Solíamos viajar todos juntos como una “orquestina de cámara”; tocábamos a violín por hermano, aunque el único que “tocaba” era mi padre (que me perdone, pero no lo hacia muy bien) Me han contado que tuve una infancia española, los tres primeros años de mi vida. Supongo que será verdad, porque la memoria siempre ha sido mi gran problema.

Mis primeros recuerdos son totalmente ingleses y abarcan unos cinco años. Recuerdo que todos mis hermanos mayores tocaban el piano pero yo no sentía afición por los puntitos negros y me divertía atando a una amiga a un árbol y obligándola a comer papel. Fue durante mi adolescencia americana y católica cuando me transforme por obra y gracia de la naturaleza, de una simple “kid” en una “full fledged teenager”, y di mis primeros pasos en la música, gracias a una monjita que, como privilegio especial, me escogió para cantar en el coro (que era muy divertido) y además limpiar la iglesia (que no era tan divertido). Por aquel entonces mi padre le regaló una guitarra a mi madre y albergando la esperanza de hacer un dúo, compro unas partituras de Paganini para violín y guitarra muy insinuantes, que nunca pasaron de eso: ser insinuantes, ya que mi madre prefería cantar “Por el camino verde” y “Bésame mucho”.

Se llegó incluso a un acuerdo cultural entre mi madre y la vecina, donde se cambiaba un “typical american folksong” por un “Angelitos negros”. En este ambiente folklórico decidí comprarme un librillo muy tentador que se llamaba “Aprenda a tocar la guitarra en diez días” No hace falta decir que no aprendí nada, pero lo digo por si acaso.

Cuando llegamos a Portugal, mi madre había hecho algunos progresos y además cantaba fados; yo, mientras tanto, para distraerme y poder comunicarme con mis semejantes, aprendí español.

Jordania fue decisiva en mi formación musical; allí superé las cimas alcanzadas por mi madre, que dicho sea de paso, no eran gran cosa, y me convertí en lo que Santos Moreira es para Amalia Rodrigues, salvando distancias. Pero un buen día me di cuenta de que los destinos artísticos míos y de mi madre eran incompatibles, y me independicé de la tiranía de ser guitarrista acompañante para convertirme en guitarrista cantante. Me hice una especie de Joan Baez bis. A las monjas de mi colegio les encantaba, yo era la estrella de los “Festivales fin de curso” y cerraba el telón cantando canciones “folk” americanas vestida de sevillana (por eso de que era española)

Después de tanto deambular por los mundos de Dios y Alá, así como regresó Ulises a Ítaca, volví yo a mi patria. Teniendo en cuenta que el signo Libra (al que pertenezco) y la justicia comparten como símbolo la balanza, estudié Derecho.

Gracias a José Luis de Carlos, maestro de zen y astrología, gracias por haberme producido. Gracias a Julio Seijas, que además de hacer el germen de este disco con su guitarra preparada, me aguanta mis depresiones. Gracias a Juan Carlos Calderón por haber comprendido tan bien mis canciones. Y muy especialmente por la cuerda mágica en “Mi gata Luna”.

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