LLUEVE EN SWINDON


Está lloviendo en Swindon, una pequeña ciudad industrial a medio camino entre Londres y Bristol.

La lluvia es un fenómeno que se lleva más por dentro que por fuera. Uno se puede mojar y estar completamente seco. Uno puede estar seco por fuera y la lluvia ser transmitida al interior... en estos momentos veo llover y lluevo por dentro.

La lluvia trae recuerdos en forma de gotas difusas, aparentemente inconexas: un vuelo en horas intempestivas, un cambio radical de escenario y de actores, un mapa y un punto señalado... “il Duomo”, la residencia de estudiantes, Milán...

Y después gente, idiomas, nacionalidades, incomprensiones, angustias, el feudo español. La amistad y el amor dejados atrás en pos de una oportunidad. Dos meses muy difíciles de adaptación y cultivo de la amistad. ¿Por qué es que tras más de 20 años de vida tenemos que irnos tan lejos para cultivar las mejores amistades de nuestro caminar?

En definitiva: sí, hemos levantado la cabeza. Europa existe y no está lejos, es más estamos dentro; y sí, hablamos diferente pero somos tan iguales que me pregunto cuál es el momento en que se nos convence de que nos separa algo más que la distancia física. Que Europa está unida es una realidad, que se va haciendo más presente y la distancia física y espiritual se ve reducida de forma brutal tras... un millón de Erasmus, tras un millón de huidas al acercamiento y a la mejor comprensión.

En estos momentos de desconsuelo infinito podría estar aún en una pequeña habitación de una residencia de estudiantes, en el centro de Milán, con el Duomo presidiendo la vista de mi ventana. Con almas cercanas de tan lejos. Mis buenos amigos de tantos sitios diferentes. Me pregunto si en estos momentos también estáis mirando por una ventana, recordando el tiempo pasado en que vencimos las trabas que nos han separado durante cientos de años. La revolución que cabalgamos en estos momentos, y los tiempos de tensión de este último siglo han puesto más obstáculos de los esperados, y las fronteras lejos de desaparecer, se han movido de dentro a fuera, hacia el sur y hacia el este. Pero en nuestra unión han desaparecido todas, se han obviado y nunca han existido.

Por la ventana empañada alcanzo a ver a lo lejos esa línea que se ha vuelto a dibujar separándonos, pero que nuestras almas han derrotado. Agujeros sobre las prejuiciosas conciencias nacionalistas y absolutistas. Coladores en las fronteras injustas, cínicas, infinitamente injustas.

Erasmus fue también un punto de inflexión. En la carrera, alocada, hacia la vida y los proyectos de futuro, nos hemos autoexiliado. Hemos visto a nuestra gente desde fuera. Nos hemos visto a nosotros mismo con un cristal diferente y hemos sacado conclusiones. Hemos salido del bosque para no ver solo árboles. Hemos entrado en otro bosque para darnos cuenta de aspectos más globales de nuestra existencia. Hemos renovado nuestros puntos de referencia, alejándolos del objeto, alejándolos de nosotros, de nuestro egocentrismo y hemos localizado nuevos patrones de referencia. Mi evolución se detiene cuando no levanto la vista del suelo.

¿Por qué entonces mi corazón llora si hemos encaminado nuestros pasos hacia la superación? Será probablemente porque las fronteras que yo no inventé siguen estando ahí. Será porque las líneas que yo no pinté nos siguen quemando los pies y marginan la miseria, lejos de curarla. Será porque las vallas que yo no construí siguen rasgando las ropas de los amigos que tan lejos dejé. Será porque después del sueño de libertad me desperté y seguí escuchando las noticias de manera tan apática como siempre. Será porque veo a mis amigos en algunas de ellas. Será porque cuando hablo con ellos su realidad la marcan esas fronteras de los desheredados.

Afortunadamente en el juego del movimiento de las líneas yo me quedé dentro del círculo y el punto de inflexión se convirtió en catapulta hacia un exilio elegido que ya no es tal. Ahora he pasado 2 años jugando dentro de nuestro círculo Europeo. Después del primer salto no he parado de saltar. Y tanto he saltado que se me olvidó como se paraba para reflexionar. Y ahora a comenzado a llover, dentro, fuera. Y veo como ha cambiado mi destino y qué poco ha cambiado el de otros.

Y digo afortunadamente, desde la perspectiva de auto-conservación, porque probablemente debiera decir “desgraciadamente”. Porque “desgraciadamente” una parte de mi se ha quedado fuera del circulo. Porque mi unidad como antes la conocía se rompió y se esparció por el mundo y porque no quiero un mundo para mis hijos que siga dependiendo, como siempre lo ha hecho, del lugar donde el pincel nos lance cuando nacemos. “Has caído fuera del círculo”.

Aquí, dentro de esta olla sin presión, a punto de implosionar. Llena de agujeros morales. Es curioso cómo tiramos un muro y levantamos veinte más. Cómo estamos destinados a cometer los mismos errores una y otra vez. Cómo seguimos trabajando por nuestro mundo mejor, y cómo volvemos la espalda... a nosotros mismos en definitiva.

Arrecia la lluvia y el desconsuelo se acrecienta. En mi cabeza el Erasmus se convierte en el primer paso de un maratón que se va a correr bajo un sol agobiante. Ya he llegado a la mitad de mi camino pero me siento solo. Volveré sobre mis pasos para comprender dónde mis compañeros perdieron el paso, y me negaré a celebrar ningún triunfo cuando en mi corazón no haya nada que celebrar, cuando mi llegada se ha basado en la caída de otro.

Llueve menos, pero la tarde está furiosa. El viento esparce violentamente las gotas de agua y siento en la cara el agua que se estrella contra el cristal. Gotas esparcidas, gotas que unidas deciden resbalar por el cristal y perderse en el suelo. Ellas no entienden de todas las incongruencias de que nos rodeamos y simplemente se funden en la tierra cubierta de hierva verde.

Siento que lo que me unió hace unos años me está separando. Me echo en cara mi propia comodidad. Me echo en cara el haberme finalmente encuadrado en el lado de los ganadores y entrar en el juego del bienestar a costa de los vencidos, a costa de mis amigos. A costa de su trabajo, a costa de sus lágrimas que ya no puedo llamar mías. Solo las puedo ver de manera cínica desde el otro lado de la ventana caer sin mojarme la piel, aunque comiéndome por dentro.

Nuestra Europa crece, y yo he contribuido a ello, sí, pero definitivamente odio la sensación de verme mezclado en una extraña conflagración que excluye en lugar de intentar comprender y ayudar. Que pone el miedo por barrera cuando interesa y el dinero como puente, construyendo unas fronteras tan injustas que lograremos derribarlas como ya hicimos tantas otras veces.

Llueve en Swindon, y me da la sensación de que éste va a ser un invierno difícil.

Marcos Palomares
Swindon (Reino Unido), 25 de octubre de 2002

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Reflexiones Erasmus

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