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Dar sin Recibir
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24 Maneras de Amar
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Decálogo para saber envejecer
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El Jesús de Madre Teresa Calcuta
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El Sacramento de la Sonrisa -

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Dar sin
recibir
Un día un
muchacho muy pobre, quien era vendedor de puerta a
puerta para pagar sus estudios, se encontró con
solo diez centavos en su bolsillo y tenía mucha
hambre. Entonces decidió que en la próxima casa
iba a pedir comida. No obstante, perdió su coraje
cuando una linda y joven muchacha
abrió la puerta.
En lugar de
pedir comida pidió un vaso con agua. Ella pensó
que el se veía hambriento y le trajo un gran vaso
con leche. El se lo tomó lentamente y luego le
preguntó, "Cuánto le debo?"
"No me debe nada," ella respondió. "Mi mamá nos
enseñó a nunca aceptar pago por bondad." El
dijo..."Entonces le agradezco de corazón." Cuando
Howard Kelly se fue de esa casa, no solo se sintió
más fuerte en sus fuerzas sino también en su fe en
Dios y en la humanidad. El ya estaba listo para
rendirse y renunciar.
Años más tarde
esa joven muchacha se enfermó gravemente. Los
doctores locales estaban muy preocupados.
Finalmente la enviaron a la gran ciudad donde
llamaron a especialistas para que estudiaran su
rara enfermedad. Uno de esos especialistas era el
Dr. Howard Kelly.
Cuando él se
dio cuenta del nombre del pueblo de donde ella
venía, una extraña luz brilló en sus ojos.
Inmediatamente él se levanto y fue al cuarto donde
ella estaba. Vestido en sus ropas de doctor fue a
verla y la reconoció inmediatamente. Luego volvió
a su oficina determinado a hacer lo posible para
salvar su vida.
Desde ese día
le dio atención especial al caso. Después de una
larga lucha, la batalla fue ganada. El Dr. Kelly
pidió a la oficina de cobros que le pasaran la
cuenta final para darle su aprobación. La miró y
luego escribió algo en la esquina y la cuenta fue
enviada al cuarto de la muchacha. Ella sintió
temor de abrirla porque estaba segura de que
pasaría el resto de su vida tratando de pagar esa
cuenta. Finalmente ella miró, y algo llamó su
atención en la esquina de la factura. Ella leyó
las siguientes palabras...."Pagado por completo
con un vaso de leche."
Desconozco Autor
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24 Maneras de Amar
Cuando a la gente se la habla de que "hay que
amarse los unos a los otros" son muchos los que se
te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es:
un calorcillo en el corazón? ¿Cómo se hace eso de
amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o
semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente
algunos impresionantes gestos heroicos?
Un amigo mío, Amado Sáez de Ibarra, publicó hace
muchos años un folleto que se titulaba "El arte de
amar" y en él ofrecía una serie de pequeños gestos
de amor, de esos que seguramente no cambian el
mundo, pero que, por un lado, lo hacen más
vividero y, por otro, estiran el corazón de quien
los hace.
Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una
lista de 24 pequeñas maneras de amar:
- Aprenderse los nombres de la gente que
trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en
el ascensor y tratarles luego por su nombre.
- Estudiar los gustos ajenos y tratar de
complacerles.
- Pensar, por principio, bien de todo el mundo.
- Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a
los que no se la merecerían teóricamente.
- Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o
sin ellas.
- Multiplicar el saludo, incluso a los
semiconocidos.
- Visitar a los enfermos, sobre todo sin son
crónicos.
- Prestar libros aunque te pierdan alguno.
Devolverlos tú.
- Hacer favores. Y concederlos antes de que
terminen de pedírtelos.
- Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a
los ofensores.
- Aguantar a los pesados. No poner cara de
vinagre escuchándolos.
- Tratar con antipáticos. Conversar con los
sordos sin ponerte nervioso.
- Contestar, si te es posible, a todas las
cartas.
- Entretener a los niños chiquitines. No pensar
que con ellos pierdes el tiempo.
- Animar a los viejos. No engañarles como
chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que
encuentres en ellos.
- Recordar las fechas de los santos y
cumpleaños de los conocidos y amigos.
- Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el
cariño pero no crean obligación de ser compensados
con otro regalo.
- Acudir puntualmente a las citas, aunque
tengas que esperar tú.
- Contarle a la gente cosas buenas que alguien
ha dicho de ellos.
- Dar buenas noticias.
- No contradecir por sistema a todos los que
hablan con nosotros.
- Exponer nuestras razones en las discusiones,
pero sin tratar de aplastar.
- Mandar con tono suave. No gritar nunca.
- Corregir de modo que se note que te duele el
hacerlo.
La lista podría ser interminable y los ejemplos
similares infinitos. Y ya sé que son minucias.
Pero con muchos millones de pequeñas minucias como
éstas el mundo se haría más habitable.
Autor: José Martín Descalzo
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Decálogo para saber envejecer
1. Cuidarás tu presentación día con día.
Arréglate como si fueras a una fiesta. ¡Qué más
fiesta que La vida! EL peinado, La ropa, todo
atractivo, oliendo a limpio y a buen gusto. EL
buen gusto es gratuito, no cuesta nada. Que aL
verte se alegren tu espejo y los ojos de Los
demás.
2. No te encerrarás en tu casa ni en tu
habitación. Nada de jugar al enclaustrado o al
preso voluntario. Saldrás a la calle y al campo de
paseo. EL agua estancada se pudre y la máquina
inmóvil se enmohece.
3. Amarás el ejercicio físico como a ti
mismo. Un rato de gimnasia, una caminata razonable
dentro o fuera de casa, por lo menos abrir la
puerta, regar las rosas, contestar el teléfono,
cualquier movimiento que te despegue de la cama y
del sillón. Contra inercia, diligencia.
4. Evitarás actitudes y gestos de viejo
derrumbado, la cabeza gacha, La espalda encorvada,
Los pies arrastrándose. No. Que La gente diga un
piropo cuando pases: Qué tiesecito el señor, qué
altiva la señora.
5. No hablarás de tu vejez ni te quejarás
de tus achaques. Acabarás por creerte más viejo,
más viejo y enfermo de lo que en realidad estás. Y
te harán eL vacío. A la gente no Le gusta oír
historias de hospital. Cuando te pregunten: ¿Cómo
estás?, contestarás que divinamente.
6. Cultivarás eL optimismo sobre todas las
cosas. Al mal tiempo, buena cara. Sé positivo en
los juicios, de buen humor en las palabras, alegre
de rostro, amable en los ademanes. Se tiene la
edad que se ejerce. La vejez no es cuestión de
años sino un estado de ánimo. El corazón no
envejece, el cuero es el que se arruga.
7. Tratarás de ser útil a ti mismo y a los
demás. No eres un parásito ni una rama desgajada
del árbol de la vida. Bástate hasta donde sea
posible. Y ayuda, ayuda con una sonrisa, un
consejo, un servicio. AL abrirte a Los demás,
dejarás de estar pensando en un "yo" angustiado y
solitario. Sólo cuando se abre la nuez aparece la
almendra.
8. Trabajarás con tus manos y tu mente. EL
trabajo es La terapia infalible. Cualquier actitud
laboral, intelectual, artística. Haz aLgo, lo que
sea y Lo que puedas. Una ocupación artesanal, un
rato de lectura, un trozo amable de TV, La música.
La bendición deL trabajo es medicina para todos
los males.
9. Mantendrás vivas y cordiales las
relaciones humanas. Desde luego las que se anudan
en el hogar, integrándote a todos los miembros de
la familia. Ahí tienes La oportunidad de convivir
con niños, jóvenes y adultos, eL perfecto
muestrario de la vida. Luego ensancharás tu
corazón a los amigos, con tal que Los amigos no
sean exclusivamente unos viejos como tú. Huye del
bazar de las antigüedades.
10. No pensarás que "todo tiempo pasado
fue mejor". Deja de estar condenando tu mundo y
maldiciendo tu momento. No digas a cada palabra
"las cosas andan mal, allá en mi tiempo..."
Positivo siempre, negativo jamás. El anciano
debiera ser como la luna, un cuerpo opaco
destinado a dar luz.
Mons. Joaquín Antonio Peñalosa*,
Revista Acción Femenina agosto 2003 |
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El Jesús de
Teresa de Calcuta
Para mí, Jesús es
El Verbo hecho carne.
El Pan de la vida.
La víctima sacrificada en la cruz por nuestros
pecados.
El Sacrificio ofrecido en la Santa Misa por los
pecados del mundo y por los míos propios.
La Palabra, para ser dicha.
La Verdad, para ser proclamada.
El Camino, para ser recorrido.
La luz, para ser encendida.
La Vida, para ser vivida.
El Amor, para ser amado.
La Alegría, para ser compartida.
El sacrificio, para ser dados a otros.
El Pan de Vida, para que sea mi sustento.
El Hambriento, para ser alimentado.
El Sediento, para ser saciado.
El Desnudo, para ser vestido.
El Desamparado, para ser recogido.
El Enfermo, para ser curado.
El Solitario, para ser amado.
El Indeseado, para ser querido.
El Leproso, para lavar sus heridas.
El Mendigo, para darle una sonrisa.
El Alcoholizado, para escucharlo.
El Deficiente Mental, para protegerlo.
El Pequeñín, para abrazarlo.
El Ciego, para guiarlo.
El Mudo, para hablar por él.
El Tullido, para caminar con él.
El Drogadicto, para ser comprendido en amistad.
La Prostituta, para alejarla del peligro y ser su
amiga.
El Preso, para ser visitado.
El Anciano, para ser atendido.
Para mí, Jesús es mi Dios.
Jesús es mi Esposo.
Jesús es mi Vida.
Jesús es mi único amor.
Jesús es mi Todo. "
Autor: Teresa de
Calcuta
del libro
"Reflexiones siglo XXI"
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El Sacramento de la
Sonrisa
Si yo tuviera que pedirle a Dios un don,
un solo don, un regalo celeste, le pediría, creo
que sin dudarlo, que me concediera el supremo arte
de la sonrisa. Es lo que más envidio en algunas
personas. Es, me parece, la cima de las
expresiones humanas.
Hay, ya lo sé, sonrisas mentirosas,
irónicas, despectivas y hasta ésas que en el
teatro romántico llamaban «risas sardónicas». Son
ésas de las que Shakespeare decía en una de sus
comedias que «se puede matar con una sonrisa».
Pero no es de ellas de las que estoy hablando. Es
triste que hasta la sonrisa pueda pudrirse. Pero
no vale la pena detenerse a hablar de la
podredumbre.
Hablo más bien de las que surgen de un
alma iluminada, ésas que son como la crestería de
un relámpago en la noche, como lo que sentimos al
ver correr a un corzo, como lo que produce en los
oídos el correr del agua de una fuente en un
bosque solitario, ésas que milagrosamente vemos
surgir en el rostro de un niño de ocho meses y que
algunos humanos -¡poquísimos!- consiguen conservar
a lo largo de toda su vida.
Me parece que esa sonrisa es una de las
pocas cosas que Adán y Eva lograron sacar del
paraíso cuando les expulsaron y por eso cuando
vemos un rostro que sabe sonreír tenemos la
impresión de haber retornado por unos segundos al
paraíso. Lo dice estupenda- mente Rosales cuando
escribe que «es cierto que te puedes perder en
alguna sonrisa como dentro de un bosque y es
cierto que, tal vez, puedas vivir años y años sin
regresar de una sonrisa». Debe de ser, por ello,
muy fácil enamorarse de gentes o personas que
posean una buena sonrisa. Y ¡qué afortunados
quienes tienen un ser armado en cuyo rostro
aparece con frecuencia ese fulgor maravilloso!
Pero la gran pregunta es, me parece, cómo
se consigue una son- risa. ¿Es un puro don del
cielo? ¿O se construye como una casa? Yo supongo
que una mezcla de las dos cosas, pero con un
predominio de la segunda. Una persona hermosa, un
rostro limpio y puro tiene ya andado un buen
camino para lograr una sonrisa fulgidora. Pero
todos conocemos viejitos y viejitas con sonrisas
fuera de serie. Tal vez las sonrisas mejores que
yo haya conocido jamás las encontré precisamente
en rostros de monjas ancianas: la madre Teresa de
Calcuta y otras muchas menos conocidas.
Por eso yo diría que una buena sonrisa es
más un arte que una herencia. Que es algo que hay
que construir, pacientemente, laboriosamente.
¿Con qué? Con equilibrio interior, con paz
en el alma, con un amor sin fronteras. La gente
que ama mucho sonríe fácilmente. Por- que la
sonrisa es, ante todo, una gran fidelidad interior
a sí mismos. Un amargado jamás sabrá sonreír.
Menos un orgulloso.
Un arte que hay que practicar terca y
constantemente. No haciendo muecas ante un espejo,
porque el fruto de ese tipo de ensayos es la
máscara y no la sonrisa. Aprender en la vida,
dejando que la alegría interior vaya iluminando
todo Cuanto a diario nos ocurre e imponiendo a
cada una de nuestras palabras la obligación de no
llegar a la boca sin haberse chapuzado antes en la
sonrisa, lo mismo que obligamos a los niños a
ducharse antes de salir de casa por la mañana.
Esto lo aprendí yo de un viejo profesor
mío de oratoria. Un día nos dio la mejor de sus
lecciones: fue cuando explicó que si teníamos que
decir en un sermón o una conferencia algo
desagradable para los oyentes, que no dejáramos de
hacerlo, pero que nos obligáramos a nosotros
mismos a decir todo lo desagradable sonriendo.
Aquel día aprendí yo algo que ha sido
infinitamente útil: todo puede decirse. No hay
verdades prohibidas. Lo que debe estar prohibido
es decir la verdad con amargura, con afanes de
herir. Cuando una sola de nuestras frases molesta
a los oyentes (o lectores) no es porque ellos sean
egoístas y no les guste oír la verdad, sino porque
nosotros no hemos sabido decirla, porque no hemos
tenido el amor suficiente a nuestro público como
para pensar siete veces en la manera en la que les
diríamos esa agria verdad, tal y como pensamos la
manera de decir a un amigo que ha muerto su madre.
La receta de poner a todos nuestros cócteles de
palabras unas gotitas de humor sonriente suele ser
infalible.
Y es que en toda sonrisa hay algo de
transparencia de Dios, de la gran paz. Por eso me
he atrevido a titular este comentario ha- blando
de la sonrisa como de un sacramento. Porque es el
signo visible de que nuestra alma está abierta de
par en par.
Autor : Martín Descalso
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