Carta del Papa Juan
Pablo II a la Mujer
Últimamente se lee y se
escucha mucho sobre la discriminación de la mujer, sobre
su derecho a ser igual que el hombre, tener las mismas
oportunidades, etc. Y esto es cierto: la mujer tiene
derecho al mismo respeto y a las mismas oportunidades
porque poseen la misma dignidad de seres humanos.
Pero de ahí a querer “hacerse” igual al hombre hay mucha
diferencia. “La mujer es el más maravilloso de todos
los seres que existen”.
Las mujeres se
caracterizan por ciertas cualidades “subjetivas”.
Subjetivas no por poco reales sino por dirigirse al
sujeto, a la persona como fin y como referencia. El
hombre en cambio se caracteriza por una conciencia más
objetiva, más fría de las cosas; para ellos son más
importantes los logros materiales, las ganancias
objetivas, los pasos dados; la mujer se interesa más por
las personas, por sus sentimientos y sus disposiciones
frente a algo que ha de acometerse.
Ambas cosas son necesarias, sin ellos viviríamos en un
mundo desorganizado, dirigido por lo subjetivo y sin
ellas en una sociedad inhumana, donde sólo cuentan los
logros materiales. Por supuesto que existen mujeres muy
organizadas y objetivas y hombres muy sensibles y
capaces de comprender y atender esas necesidades
interiores de los demás. Pero si no existiera la mujer ,
el mundo sería más duro, más frío y menos hermoso.
Hay que admirar en los
hombres: el ser capaces de mantener cada aspecto de la
vida en su lugar, por separado, y no permitir que se
mezclen las situaciones y vivencias. Eso les facilita
sacar adelante lo que tienen entre manos aunque otros
aspectos de su vida estén bajo presión. Buena parte de
las mujeres, juntan todo. Lo mezclan todo, no logran
dejar fuera del trabajo la discusión con la hermana; ni
estar tranquila con los amigos cuando los negocios
funcionan mal.
La mujer es siempre una. Aunque eso a veces causa
problemas; es un don valiosísimo: poder contemplar
siempre las cosas en su integridad, incluido el ser
humano, y ser capaces de considerar todos los elementos
en juego. Así no se pierde de vista el conjunto y al
mismo tiempo se consideran todos los detalles.
Otra cualidad que podemos
considerar es la fortaleza. Si hablamos de fuerza
física, los hombres se llevan el trofeo, pero si
hablamos de fortaleza interior, la situación es menos
clara y con frecuencia son las mujeres las vencedoras.
Nadie puede negar que una mujer reacciona mejor ante las
dificultades, que su fortaleza interior la lleva a salir
adelante y sacar adelante a los suyos mejor que el
hombre. Encontramos un ejemplo en aquellas mujeres que
ante una dificultad familiar, social o económica extraen
de su interior una gran fortaleza y, sin que nadie lo
imagine, sacan a sus hijos adelante en condiciones
extremadamente difíciles.
En las mujeres los sentimientos y emociones
tienden a involucrarse en todos los aspectos de la vida;
pero en determinadas situaciones se pueden dejar en un
segundo plano para concentrarse en aquello que realmente
nos importa. Por el contrario, a los varones les es más
difícil superar ciertas distracciones cuando intentan
llevar a cabo una tarea, necesitan un ambiente que les
garantice el poder concentrarse en lo que desean. En un
reportaje sobre accidentes automovilísticos, afirmaban
que la mujer es más hábil a la hora de conducir con un
grupo de niños bulliciosos y activos dentro del coche.
Ella puede mantenerse tranquila mientras que los hombres
tienden a desesperarse porque no poseen el silencio y la
tranquilidad necesarios.
Y... lo más importante
para una mujer: pueden ser madres. Y ¿qué?, los hombres
pueden ser padres. No es lo mismo. Nunca será lo mismo.
La unión, la comunicación que se produce entre la madre
y el bebé desde antes de su nacimiento, sentir que va
creciendo, que comienza a moverse, que se alimenta a
través de ella, que depende de la madre, es un tesoro y
una fuente de realización y felicidad increíbles. Un
hombre nunca llegará a compartir lo que una madre
comparte con su hijo por muy buen padre que sea y por
muy cercano a sus hijos que esté.
Si esto fuera lo único que los distinguiera, si no
tuviese ninguna otra cualidad, bastaría esto para que
ser mujer valiera la pena. Y si se junta con todo lo
demás. ¡Díganme qué más se puede pedir!
Te doy gracias,
mujer-madre, que te conviertes en seno del ser
humano con la alegría y los dolores de parto de una
experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para
el niño que viene a la luz y te hace guía de sus
primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de
referencia en el posterior camino de la vida.
Te doy gracias, mujer-esposa, que unes
irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante
una relación de recíproca entrega, al servicio de la
comunión y de la vida.
Te doy gracias,
mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo
familiar y también al conjunto de la vida social las
riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y
constancia.
Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas
en todos los ámbitos de la vida social, económica,
cultural, artística y política, mediante la
indispensable aportación que das a la elaboración de una
cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una
concepción de la vida siempre abierta al sentido del
misterio , a la edificación de estructuras económicas y
políticas más ricas de humanidad.
Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo
de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo,
Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al
amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la
humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal »,
que expresa maravillosamente la comunión que El quiere
establecer con su criatura.
Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser
mujer! Con la intuición propia de tu feminidad
enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la
plena verdad de las relaciones humanas.
Juan Pablo II, Carta a la Mujer
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