—¿Eres tú, Ian? —Su voz denotaba perplejidad. Se detuvo para recostarse contra la esquina de una vitrina—. Tengo ganas de vomitar —musitó. De pronto un estallido retumbó en la sala y despertó ecos demenciales. A continuación, se produjo otro estruendo horripilante. Cuthbert observó que la puerta de la oficina del director se había convertido en un agujero mellado. Una forma oscura apareció. Rickman chilló, cubriéndose la cabeza. Cuthbert vio a través del esqueleto del driptosauro que el bulto oscuro avanzaba con celeridad. «Directo hacia mí», pensó. De repente la figura se desvió hacia la borrosa silueta de Wright, y ambas sombras se fundieron. Se oyó un chasquido, un grito… Silencio. Cuthbert alzó la pistola e intentó vislumbrar algo entre las costillas del esqueleto. La forma se irguió con algo en la boca, sacudió la cabeza y emitió un ruido, como si succionara. El hombre cerró los ojos y apretó el gatillo. La Ruger vibró en su mano. Oyó una detonación y un sonido metálico. Cuthbert observó que el driptosauro había perdido parte de una costilla. Rickman jadeaba y gemía. La figura oscura había desaparecido. Al cabo de unos segundos, Cuthbert advirtió que los goznes de su cordura comenzaban a soltarse. Entonces, a la luz de un rayo que se filtró por una ventana, vio con toda claridad que el monstruo de ojos rojos avanzaba con rapidez pegado a la pared, en dirección hacia él, con la vista clavada en su cara. Frenético, empezó a disparar; tres rápidos tiros, y cada resplandor iluminaba calaveras, dientes y garras oscuras. La bestia se había perdido de súbito entre aquella colección de animales salvajes extinguidos. Luego el percutor golpeó sin más consecuencias las recámaras vacías. Como en un sueño, Cuthbert oyó voces humanas lejanas, procedentes del antiguo laboratorio de Wright. Echó a correr como un loco, indiferente a los obstáculos, cruzó la puerta destrozada, atravesó el laboratorio y se internó en el oscuro corredor. Se oyó chillar, y por último un foco le deslumbró. Alguien le sujetó y empujó contra la pared. —¡Cálmese! ¡Se encuentra bien! ¡Mirad, está manchado de sangre! —Quítale la pistola —ordenó otra voz. —¿Es el tío al que perseguimos? —No, dijeron que era un animal. —¡Deje de forcejear! Otro alarido surgió de la garganta de Cuthbert. —¡Está allí! —exclamó—. ¡Los matará a todos! ¡Lo sabe, se nota en sus ojos que lo sabe! —¿Qué sabe? —No te molestes en hablar con él; está delirando. De pronto Cuthbert se desplomó. El comandante se acercó a él. —¿Hay alguien más allí? —preguntó, mientras le sacudía. —Sí—contestó por fin el subdirector—. Wright. Rickman. El comandante alzó la vista. —¿Se refiere a Winston Wright, el director del museo? Usted debe de ser el doctor Cuthbert. ¿Dónde está Wright? —Se lo estaba comiendo. Le comía el cerebro. Sólo comía y comía. Está en la Sala de los Dinosaurios. —Llevadle a la otra sala y que los médicos le atiendan —ordenó el comandante a dos miembros de su grupo—. Vosotros tres, vamos. —Levantó la radio—. Uno Rojo a Piragua. Hemos localizado a Cuthbert y le sacamos. —Se encuentran en este laboratorio —dijo el observador, señalando los planos. Una vez el comando hubo penetrado en las entrañas del museo, el observador y Coffey se habían trasladado a la unidad de mando móvil para resguardarse de la lluvia insistente. —El laboratorio está despejado —informó la voz monótona del comandante por la radio—. Entramos en la Sala de los Dinosaurios. Esta puerta también está rota. —¡Entren y eliminen a esa cosa! —exclamó Coffey—. Busquen al doctor Wright y mantengan una frecuencia libre. ¡Quiero estar en contacto en todo momento! El agente del FBI esperó, tenso, mientras oía tenues siseos y chisporroteos por la frecuencia abierta. Oyó el clic de un arma y algunos susurros. —¿Oléis eso? Coffey se inclinó más. Casi habían llegado. Aferró el borde de la mesa. —Sí —contestó una voz. Un ruido metálico. —Apaga la luz y ocúltate en las sombras. Siete Rojo, cubre el lado izquierdo de este esqueleto. Tres Rojo, ve a la derecha. Cuatro Rojo, pega la espalda a la pared y cubre el sector del fondo. Siguió un largo silencio. Coffey oyó respiraciones pesadas y pasos amortiguados. Escuchó un susurro repentino. —Cinco Rojo, mira, aquí hay un cuerpo. Coffey sintió un nudo en el estómago. —Sin cabeza —oyó—. Bonito. —Aquí hay otro —murmuró una voz—. ¿Lo ves? Tendido entre ese grupo de dinosaurios. Más ruidos de armas, más respiraciones. —Siete Rojo, cubre nuestra retirada. No hay otra salida. —Quizá siga aquí —musitó alguien. —No pases de ahí, Cinco Rojo. Los nudillos de Coffey palidecieron. ¿Por qué no acababan de una vez? Aquellos tíos eran unos inútiles. Más ruidos metálicos. —¡Algo se mueve! ¡Allí! La voz sonó con tal fuerza que Coffey dio un brinco. De inmediato se produjo un estallido de armas automáticas que se disolvió cuando la frecuencia se sobrecargó. —Mierda, mierda, mierda —repitió como un loco Coffey. A continuación oyó chillidos, seguidos de la cadencia rítmica de una ametralladora. Por fin, silencio. El tintineo de… ¿qué? ¿Huesos de dinosaurio destrozados que caían y rodaban por el suelo? Coffey experimentó una oleada de alivio. Fuera lo que fuera, había muerto. Nada podría haber sobrevivido a semejante descarga. La pesadilla había terminado. Se dejó caer en una silla. —¡Cinco Rojo! ¡Hoskins! ¡Oh, mierda! —exclamó el comandante por la frecuencia. Una ráfaga de detonaciones ahogó la voz, y después turbulencias. ¿O era un chillido? —¡Uno Rojo! —llamó Coffey por el micrófono—. ¡Uno Rojo! ¿Me recibe? —Sólo oyó parásitos—. ¡Responda, comandante! ¿Alguien me recibe? Cambió a la frecuencia del equipo destacado en el Planetario. —Señor, estamos sacando los últimos cadáveres —informó la voz de un médico—. El destacamento de la retaguardia acaba de evacuar el doctor Cuthbert por el tejado. Hemos oído disparos arriba. ¿Necesitaremos más…? —¡Salgan cagando leches! —aulló Coffey—. ¡Muevan el culo! ¡Suban por la escalera ahora mismo! —Pero ¿y el resto del comando, señor? No podemos abandonar a esos hombres… —¡Están muertos! ¿Lo entiende? ¡Es una orden! Dejó caer la radio y se reclinó en la silla, con la vista fija en la ventana. Una camioneta de la funeraria avanzaba lentamente hacia el enorme edificio del museo. Alguien le dio una palmada en el hombro. —Señor, el agente Pendergast solicita hablar con usted. Coffey negó con la cabeza. —No; no quiero hablar con ese cabrón, ¿entendido? —Señor, ha… —No vuelva a mencionar su nombre. Otro agente abrió la puerta trasera y entró, con el traje empapado. —Señor, están sacando los cadáveres. —¿Los cadáveres? —De las personas que había en el Planetario. No había diecisiete supervivientes; todos estaban muertos. —¿Cuthbert? ¿Dónde está el tío que encontraron en el laboratorio? —Acaban de bajarle a la calle. —Quiero hablar con él. Aturdido, Coffey salió y corrió hasta dejar atrás el círculo de ambulancias. ¿Cómo podía haberse cargado a un comando del SWAT? Dos médicos con una camilla se acercaron. —¿Es usted Cuthbert? —preguntó Coffey a la forma inmóvil. El hombre miró alrededor con ojos desorbitados. El médico empujó a un lado al agente, desabrochó la camisa del subdirector y le examinó la cara y los ojos. —Aquí hay sangre. ¿Está herido? —No lo sé —contestó Cuthbert. —Respiración treinta, pulso ciento veinte —informó un enfermero. —¿Se encuentra bien? —preguntó el doctor—. ¿Esta sangre es suya? —No lo sé. El doctor le palpó las piernas y le examinó el cuello. Por último se volvió hacia el enfermero. —Llévelo a observación. —¡Cuthbert! —Coffey corrió tras la camilla—. ¿Lo ha visto? —¿Lo he visto? —¡Si ha visto al jodido monstruo! —Lo sabe —afirmó Cuthbert. —¿Qué sabe? —Sabe qué está ocurriendo, sabe exactamente qué está ocurriendo. —¿Qué coño intenta decir? —Nos odia. —¿Qué aspecto tenía?—exclamó Coffey cuando los médicos abrieron las puertas de la ambulancia. —Había tristeza en sus ojos —respondió el subdirector—. Una tristeza infinita. —Es un lunático —dijo Coffey. —Usted no lo matará —añadió Cuthbert con serena convicción. Las puertas se cerraron. —¡Y una mierda que no! —vociferó Coffey a la que se alejaba—. ¡Que le den por el culo, Cuthbert! ¡Y una mierda que no! 57 Pendergast bajó la radio y miró a Margo. —El monstruo acaba de matar a casi todo el comando, al doctor Wright también, por lo visto. Coffey ha conseguido evacuar a todos los demás. Se niega a responder a mis llamadas. Al parecer, me culpa de lo sucedido. —¡Ese hombre debe escucharnos! —exclamó Frock—. Sabemos cómo hemos de actuar. ¡Basta con que traigan lámparas klieg! —Comprendo cómo se siente Coffey —afirmó Pendergast—. Está abrumado, busca chivos expiatorios. No podemos esperar su ayuda. —Dios mío —intervino Margo—. El doctor Wright… —Se llevó una mano a la boca—. Si mi plan hubiera funcionado…, si hubiera considerado todas las posibilidades…, tal vez esa gente aún estaría viva. —Y quizá el teniente D'Agosta, el alcalde y quienes están con ellos ahí abajo habrían muerto —replicó el agente. Miró hacia el fondo del pasillo—. Supongo que es mi deber sacarles a ustedes dos de aquí sanos y salvos. Quizá deberíamos seguir la ruta que indiqué a D'Agosta, suponiendo que esos planos sean correctos, claro está. —Observó a Frock—. No, creo que no es buena idea. —¡Adelante! —vociferó el doctor—. ¡No se quede aquí por mi culpa! Pendergast esbozó una sonrisa. —No se trata de eso, profesor, sino del tiempo inclemente. Ya sabe que el subsótano se inunda cuando llueve mucho. Oí comentar a alguien por la radio de la policía que ha diluviado en la última hora. Cuando esparcí las fibras por el subsótano, observé que el agua tenía al menos sesenta centímetros de profundidad y corría con rapidez hacia el este. Eso significa que el río desagua por ahí. No podríamos bajar aunque quisiéramos. —El hombre arqueó las cejas—. Si D'Agosta no ha logrado salir ya… Bueno, sus posibilidades serán mínimas. —Se volvió hacia Margo—. Tal vez sería mejor que ustedes dos permanecieran aquí, en la zona de seguridad. Sabemos que la bestia no puede derribar esa puerta reforzada. »Suponen que dentro de un par de horas restablecerán la corriente eléctrica. Creo que aún quedan varios hombres atrapados en el mando de seguridad y la sala de ordenadores. Puede que sean vulnerables. Ustedes me han enseñado mucho acerca de ese ser. Conocemos sus puntos débiles. Esas zonas se hallan cerca de un pasillo largo y carente de obstáculos. Ustedes dos permanecerán aquí, y yo saldré de caza, para variar. —No —protestó Margo—. No podrá hacerlo solo. —Tal vez no, señorita Green, pero me propongo intentarlo. —Iré con usted —afirmó Margo sin vacilar. —Lo lamento, es imposible. Pendergast se detuvo junto a la puerta abierta de la zona de seguridad, expectante. —Esa criatura es muy inteligente —admitió la joven—. Dudo de que pueda enfrentarse solo a ella. Si considera que porque soy una mujer. El agente compuso una expresión de estupor. —Señorita Green, me entristece que tenga tan mala opinión de mí. Lo cierto es que usted nunca se ha encontrado en una situación semejante. Sin una pistola, no podrá hacer nada. Ella lo miró con aire desafiante. —Le salvé antes, cuando le aconsejé que encendiera la lámpara —replicó. El agente enarcó una ceja. —Pendergast, deje de interpretar el papel de caballero sureño —reprendió Frock desde la oscuridad—. Permita que le acompañe. Pendergast se volvió hacia él. —¿Está seguro de que se las arreglará bien solo? Tendremos que llevarnos la linterna y el casco de minero para contar con una mínima posibilidad de éxito. —¡Por supuesto! —exclamó el profesor con una mueca despectiva—. Me conviene un poco de descanso después de tantas emociones. Pendergast todavía titubeaba. —Muy bien —dijo por fin—. Margo, encierre al doctor en la zona de seguridad, coja las llaves y lo que queda de mi chaqueta, y vámonos. Smithback agitó la linterna con violencia. La luz parpadeó, adquirió más brillo un momento y volvió a perder intensidad. —Si las pilas se agotan —dijo D'Agosta—, la hemos jodido. Apáguela. La encenderemos de vez en cuando para ver por dónde vamos. Avanzaban en las tinieblas, ensordecidos por el ruido del agua. Ambos caminaban cogidos de la mano. El periodista guiaba al grupo, con el cuerpo entumecido casi por completo. De repente aguzó el oído. Poco a poco, percibió un nuevo sonido en la oscuridad. —¿Oye eso? —preguntó. El teniente prestó atención. —Oigo algo —murmuró. —Me suena a… —el escritor se interrumpió. —Una cascada —concluyó D'Agosta—. Sea lo que sea, se halla bastante lejos. No comente nada. El grupo continuó andando en silencio. —Luz —pidió D'Agosta. Smithback encendió la linterna, la apuntó hacia delante y la apagó. El ruido era más fuerte. Notó que el agua se agitaba. —Mierda —masculló el teniente. Se produjo una súbita conmoción a sus espaldas. —¡Socorro! —exclamó una voz femenina—. ¡He resbalado! ¡No me suelten! —Que alguien la coja —vociferó el alcalde. Smithback encendió la luz y la dirigió hacia atrás. Una mujer de edad madura se batía en el agua mientras su traje de noche largo flotaba en la negruzca superficie. —¡Levántese! —indicó el alcalde a voz en cuello—. ¡Afiance los pies! —¡Socorro! El periodista guardó la linterna en el bolsillo y se lanzó contra la corriente, que arrastraba a la mujer hacia él. Vio que ésta tendía el brazo y le enlazaba el muslo con todas sus fuerzas. Notó que empezaba a perder el equilibrio. —¡Espere! —vociferó—. ¡Deje de debatirse! ¡Ya la tengo! La mujer pataleó y le rodeó las rodillas con las piernas. Smithback se soltó de D'Agosta y se tambaleó hacia adelante. Se maravilló de la fuerza de la mujer. —¡Está hundiéndome! —protestó a voces. Cayó de bruces en el agua y sintió que la corriente le succionaba hacia abajo. Vio con el rabillo del ojo que' D'Agosta vadeaba en su dirección. Presa del pánico, la mujer se aferraba a él hasta sumergirle la cabeza. Se irguió bajo el vestido mojado de la mujer, que se agarró a su nariz y su barbilla, desorientándole y asfixiándole. Una gran lasitud se apoderó de él. Se hundió por segunda vez, con un extraño zumbido en los oídos. De pronto se encontró de nuevo en la superficie. Tosió repetidas veces. Se oyó un siniestro chillido. Alguien le sujetaba con fuerza; D'Agosta. —Hemos perdido a la mujer —anunció el teniente—. Vámonos. Los gritos de la mujer se perdieron en la lejanía. Algunos de los invitados chillaban histéricos, otros sollozaban abatidos. —¡Deprisa! ¡Todo el mundo contra la pared! —ordenó el teniente—. Sigamos adelante. Y pase lo que pase, no se suelten. ¿Aún tiene la linterna? —masculló a Smithback. —Aquí está. —Hemos de continuar avanzando o perderemos a todo el mundo —murmuró D'Agosta. A continuación lanzó una carcajada carente de alegría—. Parece que esta vez he sido yo quien le ha salvado la vida. Estamos en paz, Smithback. Éste permaneció callado. Se esforzaba por ignorar los horrorosos gritos de angustia, ya más tenues y amortiguados por el amenazador rugido del agua. El incidente había desmoralizado al grupo. —¡No ocurrirá nada si nos cogemos de las manos! —trató de animar el alcalde—. ¡Mantengan la cadena intacta! Smithback aferró la mano del policía con todas sus fuerzas. Continuaron caminando en la oscuridad. —Luz —indicó D'Agosta. El periodista encendió la linterna. Y se le cayó el alma a los pies. A cien metros de distancia, el alto techo del túnel se inclinaba hacia un angosto embudo semicircular. Debajo, el agua se precipitaba con estrépito hacia un abismo tenebroso. Una bruma espesa se elevaba y rodeaba la garganta musgosa del pozo. Smithback contempló, boquiabierto, cómo todas sus ilusiones de convertirse en un escritor de éxito, todos sus sueños, incluso el anhelo de seguir con vida, desaparecían en aquella cascada. Apenas se percató de que no sonaban chillidos de espanto a sus espaldas, sino vítores. Volvió la cabeza y observó que el grupo miraba hacia arriba. En el punto en que se unían la curva del techo y la pared del túnel, bostezaba un agujero negro, de unos noventa centímetros cuadrados. De él sobresalía una escalerilla de hierro herrumbroso, fijada con pernos a la antigua obra de albañilería. Las exclamaciones de júbilo no tardaron en desvanecerse, cuando la espantosa verdad emergió. —Está demasiado alta para alcanzarla —masculló D'Agosta. 58 Se alejaron de la zona de seguridad y subieron por una escalera. Pendergast se volvió hacia Margo, se cruzó los labios con un dedo y señaló manchas escarlatas de sangre en el suelo. La joven asintió; la bestia había tomado aquella dirección cuando huyó de la luz. Recordó que había ascendido por aquella escalera el día anterior con Smithback para esquivar al guardia. El agente apagó la luz, abrió con cautela la puerta del primer piso y se internó en la oscuridad, con el manojo de fibras sobre el hombro. Se detuvo un momento y olfateó. —Yo no huelo nada —susurró—. ¿Cómo se llega al mando de seguridad y la sala de ordenadores? —Creo que por aquí, a la izquierda —respondió Margo—. Después hay que atravesar la Sala de los Mamíferos Primitivos. No está demasiado lejos. Pasado el mando de seguridad se encuentra el pasillo largo que el doctor Frock mencionó. Pendergast encendió un instante la linterna e iluminó el corredor. —No hay manchas de sangre —murmuró—. El monstruo subió directamente desde la zona de seguridad, dejó atrás este rellano y se encaminó hacia el doctor Wright, me temo. —Se volvió hacia Margo—. ¿Cómo conseguirá atraer a la bestia? —Usando las fibras. —La última vez, no picó el anzuelo. —En esta ocasión no intentaremos atraparla. Sólo pretendemos que doble la esquina. Arrojaremos algunas fibras en un extremo del pasillo, y usted se situará en el otro, listo para disparar. Le tenderemos una trampa. Nos esconderemos en la oscuridad. Cuando aparezca, le deslumbraré con la luz del casco y usted disparará. —En efecto. ¿Cómo sabremos que la bestia ha llegado? Si el pasillo es tan largo como afirma el doctor Frock, cabe la posibilidad de que no captemos su olor a tiempo. Margo guardó silencio. —Tiene razón —admitió por fin. Callaron unos momentos. —Al final del pasillo hay una vitrina destinada a la exhibición de libros escritos por el personal del museo —explicó la joven—. La señora Rickman nunca se ha tomado la molestia de llenarla. Por lo tanto, no estará cerrada con llave. Meteremos el manojo dentro. Dudo que la bestia, por muy sedienta de sangre que esté, sea capaz de resistirse. Hará ruido cuando fuerce la vitrina. Al oírlo, usted disparará. —Lo siento, pero lo considero demasiado descarado —objetó Pendergast—. Hemos de formularnos la pregunta de nuevo; si me topo con un montaje semejante, ¿me daría cuenta de que se trata de una trampa? En este caso, la respuesta es afirmativa. Debemos maquinar algo más sutil. Cualquier trampa nueva en que las fibras se empleen como cebo despertará sus sospechas. Margo se apoyó contra la fría pared de mármol. —Su sentido del oído es también muy agudo. —¿Sí? —Quizá el método más sencillo sea el mejor. ¿Por qué no nos utilizamos como cebo? Haremos ruidos, hablaremos en voz alta; pareceremos una presa fácil. Pendergast asintió. —Como la perdiz blanca, que simula un ala rota para engañar al zorro. ¿Cómo sabremos que se aproxima? —Encenderemos la linterna de forma intermitente. La pasearemos por el pasillo. La pondremos a baja intensidad. Así la luz irritará a la bestia, pero no la alejará. Y podrá vernos. Pensará que nos hemos perdido y tratamos de orientarnos. Después, cuando se disponga a atacar, conectaré la luz del casco y usted empezará a disparar. Pendergast reflexionó un momento. —¿Y si la bestia aparece por detrás? —El pasillo desemboca en la puerta reservada al personal de la Sala de los Pueblos del Pacífico —señaló Margo. —Por lo tanto, quedaremos atrapados en un callejón sin salida —protestó Pendergast—. No me gusta. —Aunque no estuviéramos atrapados, no podríamos escapar si sus disparos fallaran. Según el Extrapolador, esa criatura puede moverse con la rapidez de un galgo. Pendergast meditó. —Este plan podría funcionar, Margo. Es muy sencillo, como un bodegón de Zurbarán o una sinfonía de Bruckner. Si esta bestia ha eliminado a un comando del SWAT, tal vez piense que puede vencer a los humanos con suma facilidad. No actuará con demasiada cautela. —Y está herida, lo cual disminuye su velocidad. —Sí, está herida. Creo que D'Agosta la alcanzó, y es posible que el comando del SWAT le alojara un par de balas más. Tal vez yo consiga acertarla. No obstante, Margo, al estar herida, se ha convertido en un ser aún más peligroso. Prefiero perseguir a diez leones sanos que a uno herido. —Enderezó los hombros y buscó su revólver—. Cárguelo, por favor. Estar de pie en la oscuridad con este fardo a la espalda resulta muy incómodo. De ahora en adelante, sólo utilizaremos la linterna. Vaya con mucho cuidado. —¿Por qué no me entrega también el casco? Así podrá utilizar el arma con toda libertad —sugirió Margo—. Si nos topamos con el monstruo de improviso, tendremos que ahuyentarlo con la luz. —Dudo de que algo consiga ahuyentarlo si está malherido —repuso Pendergast—. Cójala, de todos modos. Avanzaron en silencio por el corredor, doblaron una esquina y cruzaron la puerta de servicio que conducía a la Sala de los Mamíferos Primitivos. Margo tuvo la impresión de que sus pasos sigilosos resonaban como disparos sobre el pulido suelo de piedra. Las vitrinas, que exhibían alces gigantes, tigres de dientes de sable y lobos sobrecogedores, proyectaban destellos apagados a la luz de la linterna. Esqueletos de mastodonte y mamuts se alzaban en el centro de la galería. La pareja se encaminó con cautela hacia la salida de la sala. Pendergast empuñaba el revólver. —¿Ve aquella puerta del final con el rótulo «Sólo para empleados»? —susurró Margo—. Al otro lado se encuentra el pasillo que alberga el mando de seguridad, los servicios de personal y la sala de ordenadores. Al doblar la esquina se halla el corredor donde tenderemos la trampa. —Vaciló—. Si la bestia sigue allí… —Me arrepentiré de no haberme quedado en Nueva Orleans, señorita Green. Entraron en la sección 18 por la puerta de personal y se encontraron en un angosto pasillo flanqueado por puertas. Pendergast barrió la zona con la linterna. Nada. —Ésa es —anunció Margo, indicando una puerta situada a su izquierda—. Ahí está el mando de seguridad. La joven oyó un murmullo de voces cuando pasaron por delante. Dejaron atrás otra puerta con la indicación «Ordenador central». —Están atrapados ahí dentro —dijo Margo—. ¿Deberíamos…? —No; no hay tiempo. Doblaron la esquina y se detuvieron. Pendergast inspeccionó el corredor con la linterna. —¿Qué hace eso ahí? —preguntó. A mitad del pasillo, una maciza puerta de seguridad metálica devolvió destellos burlones a la luz de la linterna. —Nuestro buen doctor se equivocaba —dijo el agente—. El módulo dos debe de dividir este pasillo. Ahí está el borde del perímetro. —¿Qué distancia hay? —preguntó Margo. El hombre se humedeció los labios. —Yo diría que entre treinta y cuarenta metros. La joven se volvió hacia el agente. —¿Hay espacio suficiente? Pendergast permaneció inmóvil. —No, pero tendrá que bastar. Vamos, señorita Green, ocupemos nuestros puestos. La atmósfera era casi irrespirable en la unidad de mando móvil. Coffey se desabrochó la camisa y se aflojó la corbata con un brusco tirón. La humedad debía de ser del 110 por ciento. No había visto un aguacero semejante en veinte años. Los desagües burbujeaban como géiseres, el agua llegaba hasta los tapacubos de los vehículos de emergencia. La puerta trasera se abrió y apareció un hombre vestido con el uniforme del SWAT. —¿Señor? —¿Qué quiere? —Los hombres preguntan cuándo entraremos. —¿Cuándo entrarán? —repitió Coffey, irritado—. ¿Han perdido el juicio? Seis de sus hombres han sido asesinados ahí dentro, convertidos en hamburguesas. —Pero, señor, aún queda gente atrapada en el edificio. Quizá podríamos… Coffey miró al hombre con ojos destellantes. —¿No lo ha comprendido? No podemos entrar ahí a saco. Enviamos a unos hombres ignorando a qué nos enfrentábamos. Hemos de restablecer la corriente eléctrica, reparar los sistemas antes de… Un policía asomó la cabeza por la puerta de la furgoneta. —Señor, acabamos de recibir un informe sobre un cadáver que flota en el río Hudson. Fue visto en la dársena. Parece que fue expulsado por uno de los desagües. —¿A quién le importa una mierda…? —Señor, se trata de una mujer vestida con traje de noche, y ha sido identificada como una de las personas desaparecidas de la fiesta. —¿Qué? —Coffey estaba confuso. No era posible—. ¿Alguien del grupo del alcalde? —Una de las personas atrapadas en el interior. Las únicas mujeres que permanecen desaparecidas bajaron al sótano hace dos horas. —¿Con el alcalde? —Creo que sí, señor. Coffey sintió que su vejiga se aflojaba. No podía ser cierto. Aquellos cabrones, Pendergast y D'Agosta, tenían la culpa de todo. Le habían desobedecido, habían condenado a muerte a aquellas personas. El alcalde, muerto. Le cortarían los huevos por aquello. —¿Señor? —Lárguese —susurró el agente—. Lárguense los dos. La puerta se cerró. —Aquí García. ¿Alguien me recibe? —La radio chirrió. Coffey giró en redondo. —¡García! ¿Qué ocurre? —Nada, señor, excepto que aún no hay luz. Tom Allen está aquí. Quiere hablar con usted. —Pásemelo. —Soy Allen. Aquí estamos un poco preocupados, señor Coffey. No podemos hacer nada hasta que se restablezca la electricidad. Las baterías del transmisor de García empiezan a fallar, y lo hemos desconectado para ahorrar energía. Queremos que nos saque de aquí. Coffey soltó una estridente carcajada. Los agentes sentados ante las consolas intercambiaron una mirada de inquietud. —¿Quieren que los saque de ahí? Escuche, Allen, ustedes, los grandes genios, son los culpables de este lío. Juró y perjuró que el sistema funcionaría, que había unidades de emergencia. De modo que arréglenselas solitos. El alcalde ha muerto, y ya he perdido a más hombres de los que… ¿Oiga? —Soy García otra vez. Señor, esto está negro como boca de lobo, y sólo disponemos de dos linternas. ¿Qué ha sucedido con el comando del SWAT que enviaron al interior? —Están muertos, García. ¿Me oye? ¡Muertos! Sus tripas cuelgan como guirnaldas de Navidad. Y todo por culpa de Pendergast y D'Agosta, por culpa del cabrón de Allen y también por su culpa, probablemente. Aquí fuera, algunos hombres intentan restablecer la corriente eléctrica. Afirman que pueden conseguirlo, que es cuestión de horas. ¿Entendido? Pienso acabar con esa maldita cosa, a mi manera, y a su debido tiempo. De manera que aguántense. No permitiré que mueran más hombres por salvar sus miserables culos. Alguien llamó a la puerta. —Adelante —ladró Coffey, mientras desconectaba la radio. Un agente entró y se acuclilló a su lado. El resplandor de los monitores iluminó su rostro. —Señor, acabo de enterarme de que el teniente de alcalde viene hacia aquí. Y la oficina del gobernador está al teléfono. Piden un informe de la situación actual. Coffey cerró los ojos. Smithback alzó la vista hacia la escalerilla. El oxidado inferior se hallaba a más de un metro sobre su cabeza. Tal vez habría podido alcanzarlo de un salto de no haber sido por el agua, que ya le cubría hasta el pecho. —¿Ve algo ahí arriba? —preguntó el teniente. —Nada —contestó—. Esta luz es débil. No sé hasta dónde sube. —Pues apague la linterna —dijo D'Agosta con brusquedad—. Déjeme pensar un momento. Siguió un largo silencio. El agua continuaba ascendiendo con rapidez. Otros treinta centímetros, y todos flotarían corriente abajo. Irritado, Smithback sacudió la cabeza, cómo para desechar aquella idea. —¿De dónde coño sale toda esta agua? —gimió. —El subsótano fue edificado bajo las capas freáticas del río Hudson —contestó D'Agosta—. Se filtra agua siempre que llueve mucho. —Pues claro que se filtra… Hasta es posible que se inunde —jadeó el periodista—. Estarán construyendo arcas ahí fuera. —A la mierda todo —dijo una voz—. Que alguien suba sobre mis hombros. Subiremos uno por uno. —¡Olvídelo! —replicó D'Agosta—. Está demasiado alto para eso. Smithback tosió y carraspeó. —¡Tengo una idea! —exclamó. Se hizo el silencio. —Escuche, esa escalera de acero parece muy fuerte —explicó el escritor—. Si atamos nuestros cinturones y los enlazamos alrededor de ella, podemos aguardar a que el agua ascienda lo bastante para cogernos al peldaño inferior. —¡No puedo esperar tanto! —exclamó alguien. D'Agosta traspasó al joven con la mirada. —Smithback, es la peor idea que he oído en mi vida. Además, la mitad de los hombres llevan tirantes. —He observado que usted lleva cinturón —replicó Smithback. —Claro que sí. ¿Por qué cree que el agua subirá lo suficiente para permitirnos asir el peldaño? —Mire ahí arriba —dijo Smithback, enfocando la linterna hacia el final de la escalerilla—. ¿Ve esa franja más clara? A mí me parece una señal de altitud máxima del agua. En el pasado, al menos una vez, el agua llegó hasta ahí. Si esta tormenta es la mitad de fuerte de lo que usted piensa, no tardará en alcanzar esa marca. D'Agosta meneó la cabeza. —Bien, continúo opinando que es una locura —dijo—, pero supongo que es mejor que esperar de brazos cruzados. ¡A ver, los hombres de ahí atrás! ¡Los cinturones! ¡Pásenmelos! Una vez se los hubieron entregado, el teniente ató las hebillas con los extremos, empezando por la más ancha. Después los tendió a Smithback, que los colocó sobre sus hombros. Volteó sobre su cabeza el extremo más pesado, afianzó los pies lo mejor que pudo y, echándose hacia atrás, lo arrojó hacia el peldaño inferior. Los tres metros y medio de cuero cayeron al agua tras fallar por unos centímetros. Lo intentó de nuevo y volvió a errar. —Déme eso —dijo D'Agosta—. Deje que un hombre haga un trabajo de hombre. —Y una mierda —replicó el periodista. Retrocedió peligrosamente y probó de nuevo. En esta ocasión se agachó cuando la pesada hebilla descendió oscilando, introdujo el otro extremo por ella y tiró de la improvisada cuerda enganchada al peldaño inferior. —Muy bien —dijo el teniente—. Ahora todos nos cogeremos de los brazos. No se suelten. Cuando el agua suba, nos elevará hasta la escalerilla. Ascenderemos por grupos. Espero que la hijaputa aguante —murmuró, dirigiendo una mirada escéptica hacia los cinturones anudados. —Y que el agua suba lo suficiente —añadió Smithback. —Si no lo hace, se enterará usted de lo que vale un peine. El escritor se volvió para replicar, pero decidió ahorrar aliento. La corriente continuaba ascendiendo, y Smithback notó una presión, lenta pero inexorable, desde abajo, cuando sus pies comenzaron a alejarse del pulido suelo de piedra. 59 García observaba cómo el charco de luz que proyectaba la linterna de Allen se desplazaba poco a poco sobre una hilera de controles apagados, para luego describir el mismo arco al revés. Nesbitt, el guardia encargado de vigilarlos, se hallaba ante el escritorio manchado de café que había en mitad del mando de seguridad. A su lado estaban sentados Waters y el programador larguirucho de la sala de ordenadores. Habían llamado a la puerta del mando de seguridad diez minutos antes, y los otros tres hombres se habían llevado un susto de muerte. El programador, sentado en la oscuridad, se mordisqueaba los padrastros y resollaba. Waters había dejado la pistola reglamentaria sobre la mesa y la hacía girar nerviosamente. —¿Qué ha sido eso? —preguntó de repente, deteniendo el movimiento del arma. —¿Qué ha sido qué? —preguntó García con indiferencia. —Creí oír un ruido en el pasillo hace un momento —respondió Waters, y tragó saliva—. Unos pasos. —Siempre estás oyendo ruidos, Waters. Por eso estamos encerrados aquí —recriminó García. Se produjo un breve e incómodo silencio. —¿Estás seguro de que has entendido bien a Coffey? —inquirió Waters—. Si esa cosa destruyó al comando del SWAT, no le costará nada acabar con nosotros. —No pienses en eso —aconsejó García—. Y deja de hablar del tema. Ocurrió tres pisos más abajo. —No puedo creer que Coffey deje que nos pudramos aquí… —Waters, o cierras el pico, o te largas a la sala de ordenadores. Waters calló. —Llama otra vez a Coffey —dijo Allen a García—. Hemos de salir de aquí ahora mismo. García negó con la cabeza. —No servirá de nada. Me dio la impresión de que había bebido cinco cervezas de golpe. Tal vez la presión le ha afectado demasiado. Permaneceremos encerrados aquí hasta que todo termine. —¿Quién es su jefe? —preguntó Allen—. Dame la radio. —Ni hablar. Las baterías de emergencia están casi agotadas. Allen empezó a protestar, pero se interrumpió de repente. —Huelo algo —dijo. García se incorporó. —Yo también. Cogió el fusil lentamente, como alguien atrapado en una pesadilla. —¡Es la bestia asesina! —exclamó Waters. Todos los hombres se pusieron en pie al instante, y las sillas cayeron hacia atrás con estrépito. Alguien tropezó con el escritorio y lanzó una maldición. De inmediato, un monitor cayó al suelo. García aferró la radio. —¡Coffey! ¡Está aquí! Se oyó un arañazo y el pomo de la puerta comenzó a vibrar. García notó que una oleada de calor descendía por sus piernas y comprendió que su vejiga se había aflojado. De pronto, la puerta se combó hacia adentro y la madera se astilló por obra de un impacto salvaje. En la oscuridad, alguien empezó a rezar. —¿Ha oído eso? —susurró Pendergast. Margo iluminó el pasillo con la linterna. —Sí, he oído algo. Escucharon el ruido de madera al astillarse procedente del otro lado de la esquina. —¡Está rompiendo una puerta! —murmuró el agente—. Hemos de atraer su atención. ¡Eh! —exclamó. Margo le agarró del brazo. —No diga nada que no quiera que comprenda —musitó. —Señorita Green, no es momento de bromas —replicó él—. Seguro que no entiende el inglés. —No lo sé. Es arriesgado confiar tan sólo en los datos del Extrapolador, pero esa cosa tiene un cerebro muy desarrollado. Es posible que haya vivido en el museo durante años, escuchando desde lugares oscuros. Tal vez entienda ciertas palabras. No podemos correr el riesgo. —Como quiera —susurró Pendergast—. ¿Dónde estás? —llamó en voz alta—. ¿Me oyes? —¡Sí! —vociferó Margo—. ¡Me he perdido! ¡Socorro! ¿Alguien nos oye? El hombre bajó la voz: —Tiene que habernos oído. Ahora sólo nos resta esperar. —Dobló una rodilla y apuntó el 45 con la mano derecha, apoyando la muñeca sobre la izquierda—. Continúe enfocando hacia la esquina y mueva la linterna de un lado a otro, como si se hubiera perdido. Cuando yo vea al monstruo, le daré la señal. Entonces, encienda el casco de minero y, pase lo que pase, no aparte la luz de la bestia. Si está irritada, si ahora sólo busca venganza, tendremos que utilizar todos los medios a nuestro alcance para disminuir su velocidad. Sólo disponemos de treinta metros de corredor para matarla. Si puede avanzar tan rápido como usted afirma, será capaz de recorrer esa distancia en un par de segundos. No puede vacilar, y refrene el pánico. —Un par de segundos —musitó Margo—. Comprendido. García, arrodillado frente a la hilera de monitores, con la culata del fusil apoyada contra la mejilla, apuntaba el cañón hacia la oscuridad. El perfil de la puerta apenas era visible. Detrás de él se erguía Waters, en posición de combate. —Cuando entre, dispara, y no pares —indicó García—. Sólo me quedan ocho balas. Intentaré espaciar los tiros para que puedas cargar al menos una vez antes de que nos alcance. Y apaga esa linterna. ¿Pretendes delatar nuestra posición? Allen, el programador y el guardia habían retrocedido hasta la pared del fondo, donde se habían acurrucado bajo los controles de la red de seguridad del museo. Waters estaba temblando. —Se cargó a un comando del SWAT —dijo con voz quebrada. Se produjo otro crujido, y la puerta chirrió cuando los goznes saltaron. Waters chilló, se levantó de un salto y se refugió en las tinieblas, dejando la pistola en el suelo. —¡Waters, cobarde, vuelve aquí! García oyó el ruido de hueso al chocar contra metal cuando Waters cayó bajo los escritorios y se golpeó la cabeza. —¡No permitas que me coja! —exclamó. García se obligó a volverse hacia la puerta. Intentó enderezar el fusil. El hedor nauseabundo de la bestia le impregnaba las fosas nasales, mientras la puerta se estremecía bajo el peso de otro potente impacto. No quería ver lo que estaba a punto de entrar por la fuerza en la habitación. Maldijo y se secó la frente con el dorso de la mano. A excepción de los sollozos de Waters, el silencio era total. Margo alumbraba el pasillo, tratando de imitar los movimientos fortuitos de alguien que intenta orientarse. La luz recorría las paredes y el suelo, iluminaba las vitrinas. La joven respiraba de forma entrecortada, y su corazón martilleaba. —¡Socorro! —vociferaba de vez en cuando—. ¡Nos hemos perdido! Detectó una ronquera sobrenatural en su voz. No se oía nada al otro lado de la esquina. La bestia estaba alerta. —¿Hola? —llamó con un gran esfuerzo de voluntad—. ¿Hay alguien ahí? La voz resonó y murió en el pasillo. Escudriñó la oscuridad para captar el menor movimiento. Una forma oscura comenzó a definirse en la distancia, tan lejos que la linterna apenas la iluminaba. El movimiento cesó. Daba la impresión de que la silueta tenía la cabeza erguida. Percibieron un extraño sonido líquido. —Aún no —susurró Pendergast. La cosa se acercó más al recodo. Su resuello sonó con mayor claridad, y de inmediato el hedor invadió el corredor. La bestia avanzó otro paso. —Aún no —repitió el agente. La mano de García temblaba con tal violencia que a duras penas consiguió oprimir el botón de transmisión. —¡Coffey! —murmuró—. ¡Coffey, por el amor de Dios! ¿Me recibe? —Aquí el agente Slade, del puesto de mando avanzado. ¿Quién habla, por favor? —Aquí mando de seguridad —balbuceó García—. ¿Dónde está Coffey? ¿Dónde está Coffey? —El agente especial Coffey se encuentra indispuesto. En este momento, yo dirijo la operación, hasta la llegada del director regional. ¿Cuál es su situación? —¿Cuál es nuestra situación? —García lanzó una carcajada entrecortada—. Nuestra situación es… bien jodida. Está en la puerta, a punto de entrar. Le suplico que envíe un equipo de rescate. —¡Hostia! —masculló Slade—. ¿Por qué no me informaron? —García oyó voces apagadas—. ¿Tiene un arma, García? —¿De qué me sirve el fusil? —susurró, reprimiendo el llanto—. Tienen que traer un jodido bazuka. Ayúdennos, por favor. —García, estamos intentando poner un poco de orden. Aquí reina el caos. Resistan un momento. Ese animal no puede atravesar la puerta del mando de seguridad, ¿verdad? Será de metal, supongo. —¡Es de madera, Slade! ¡Una jodida puerta de madera! —masculló García mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. —¿De madera? ¿Qué clase de lugar es éste? Escuche, García; aunque enviáramos a alguien, tardarían veinte minutos en llegar. —Por favor… —Tendrán que arreglárselas como puedan. No sé a qué se enfrenta. García, pero serénese. Acudiremos lo antes posible. Mantenga la calma y apunte… Desesperado, García se dejó caer al suelo, y su dedo resbaló del botón. No había esperanza; todos eran hombres muertos. 60 Smithback aferró el cinturón y se acercó unos centímetros más al grupo. El agua ascendía a mayor velocidad que antes, observó. Se producían oleadas cada pocos minutos, y aunque la corriente no parecía más fuerte, el rugido al final del túnel, resultaba ensordecedor. Los mayores, los más débiles y los peores nadadores se hallaban detrás del periodista, agarrados a la cuerda formada por cinturones. Detrás se apiñaban los demás, chapoteando en el agua con desesperación. Todo el mundo guardaba silencio. Ya no quedaban energías para llorar, gemir o hablar. Smithback levantó la vista, sesenta centímetros más, y conseguiría asir el peldaño. —Debe de ser la madre de todas las tormentas —comentó D'Agosta, que, situado junto a Smithback, sostenía a una anciana—. Ha deslucido la inauguración —añadió antes de soltar una débil carcajada. El joven se limitó a mirar hacia arriba y encendió la linterna. Cuarenta y cinco centímetros más. —Smithback, basta ya de encender y apagar la luz, por favor —espetó el teniente, irritado—. Yo le indicaré cuándo debe mirar. Smithback notó que otra oleada le empujaba contra las paredes de ladrillo del túnel. Surgieron algunas exclamaciones entrecortadas del grupo, pero nadie se soltó. Si la cuerda cedía, todos se ahogarían en menos de medio minuto. El escritor procuró no pensar en ello. Con voz temblorosa pero decidida, el alcalde comenzó a narrar una historia protagonizada por varios personajes bien conocidos del ayuntamiento. Smithback, pese a olfatear una primicia, se adormecía poco a poco; un claro síntoma de hipotermia, según recordó. —De acuerdo, Smithback, eche un vistazo a la escalerilla. La voz áspera de D'Agosta le sacó de su sopor. Dirigió el haz de luz hacia arriba. En los últimos quince minutos, el agua había ascendido otros treinta centímetros, y el extremo de la escalerilla ya casi se hallaba a su alcance. El periodista emitió un suspiro de satisfacción y liberó más cuerda. —Haremos lo siguiente —dijo D'Agosta—. Usted subirá primero. Yo ayudaré a los demás y seré el último en salir. ¿Entendido? —Entendido —repitió Smithback, al borde de la inconsciencia. El teniente tensó la cuerda improvisada, agarró al joven por la cintura y lo empujó hacia arriba. El escritor tendió la mano y asió el peldaño inferior mientras con la otra iluminaba la escalerilla. —Déme la linterna —pidió D'Agosta. Smithback se la entregó y agarró el peldaño con la otra mano. Se izó un poco y volvió a bajar cuando los músculos de los brazos y la espalda se estremecieron espasmódicamente. Respiró hondo, se elevó de nuevo y alcanzó el segundo escalón. —Cójase al peldaño —indicó D'Agosta a alguien. Smithback se apoyó contra la escalerilla, falto de aliento. A continuación miró hacia arriba, agarró el tercer peldaño, luego el cuarto y tanteó con los pies para afianzarlos sobre el primero. —¡Procure no pisar a nadie! —advirtió D'Agosta. Notó que una mano guiaba su pie hasta descansarlo sobre el escalón inferior. La estabilidad se le antojó algo celestial. Se inclinó un poco para ayudar a la anciana que lo seguía. Después, con la sensación de haber recuperado las fuerzas, reanudó el ascenso. La escalerilla acababa en la boca de una ancha tubería situada en el punto en que se unían la bóveda del techo y la pared del túnel. Se desplazó hacia la tubería con cautela y procedió a reptar en la oscuridad. Un olor pútrido asaltó su olfato al instante. «Una cloaca», pensó. Tras detenerse unos segundos, continuó avanzando. La tubería terminó y desembocó en la negrura. Smithback movió los pies hasta que encontraron un suelo de tierra, firme y duro, a unos treinta centímetros de la boca de la tubería. Apenas dio crédito a su suerte; había llegado a una cámara de envergadura desconocida, suspendida entre el sótano y el subsótano. Algún palimpsesto arquitectónico, probablemente, un espacio abierto en una de las numerosas reconstrucciones sufridas por el museo y luego olvidado. Avanzó lentamente, arrastrando los pies sobre la negrura del suelo. El hedor que le envolvía era abominable, pero por fortuna no era el olor de la bestia. Cosas secas (¿ramitas?) crujían bajo sus zapatos. A su espalda se oían gruñidos y el ruido que hacían los demás al gatear por la tubería. La débil luz de la linterna que D'Agosta sostenía en el subsótano no penetraba las tinieblas. Dio media vuelta, se arrodilló junto a la boca de la tubería y ayudó a salir a los miembros del grupo. Les indicó que se situaran a un lado y no se aventuraran demasiado lejos en la oscuridad. Obedientes, sus compañeros se pegaron a la pared. Unos se apoyaron con cautela contra ella, otros se desplomaron, víctimas del agotamiento. Sólo se oía el rumor de las respiraciones entrecortadas. Por fin la voz de D'Agosta surgió de la tubería: —Joder, ¿qué es este olor? La maldita linterna se ha agotado, de modo que la arrojé al agua. Muy bien, señores —dijo, poniéndose en pie—. Vamos a contar. El sonido de agua al caer sobresaltó a Smithback, hasta que advirtió que lo producía el teniente al escurrir su chaqueta empapada. Uno tras otro, los miembros del grupo pronunciaron su nombre con voz cansada. —Bien —dijo D'Agosta—. Ahora, vamos a ver dónde estamos. Tal vez convenga buscar un terreno más elevado, si el agua continúa subiendo. —En cualquier caso, me gustaría encontrar un terreno más elevado —repuso una voz desde la oscuridad—. Este olor es insoportable. —Sin luz resultará difícil —replicó el periodista—. Tendremos que avanzar en fila india. —Yo tengo un encendedor —anunció una voz—. Comprobaré si aún funciona. —Con cuidado —advirtió otra persona—. En mi opinión, huele a metano. Smithback se encogió cuando una llama amarillenta iluminó la cámara. —¡Oh, Dios mío! —exclamó alguien. La cámara se sumió de nuevo en las tinieblas cuando la mano que sujetaba el encendedor se agitó…, pero no antes de que Smithback vislumbrara la aterradora imagen de lo que les rodeaba. Margo deslizó despacio el haz de la linterna por el pasillo, procurando no enfocar a la bestia, que los observaba acuclillada en la esquina. —Aún no —murmuró Pendergast—. Espere a que salga del todo. La bestia continuó inmóvil durante lo que pareció una eternidad, silenciosa y petrificada como una gárgola. Margo vio que sus ojillos rojos se mantenían alerta en la oscuridad y desaparecían cuando el monstruo parpadeaba para reaparecer de nuevo. La bestia avanzó un paso y luego se detuvo una vez más, con su poderoso cuerpo en tensión. Al cabo de unos segundos se encaminó hacia ellos con un trote extraño y aterrador. —¡Ahora! —exclamó Pendergast. Margo accionó la luz del casco, y el pasillo quedó iluminado de repente. Casi al instante sonó una detonación ensordecedora, cuando Pendergast disparó el revólver. El ser se paró. La joven observó que forzaba la vista, sacudiendo la cabeza hacia la luz en señal de desagrado. A continuación se agachó para lamerse el anca, donde la bala había penetrado. Margo sintió que su mente huía de la realidad; la cabeza pálida y gacha, horriblemente alargada, la franja blanca sobre los ojos, causada por la bala anterior de Pendergast, los poderosos cuartos delanteros, que, cubiertos de espeso pelaje, terminaban en largas y crueles garras; los cuartos traseros, más bajos, de piel arrugada que descendía hacia patas de cinco garras. Manchas de sangre aparecían incrustadas en su pelaje y brillaban en las escamas de los cuartos traseros. ¡Bang! La pata delantera derecha de la bestia salió lanzada hacia atrás, y Margo oyó un terrible rugido de rabia. El animal giró para hacerles frente y saltó hacia adelante mientras regueros de saliva manaban de sus fauces. ¡Bang! El agente erró el tiro, y la bestia continuó acercándose con terrorífica determinación. ¡Bang! Como en una película a cámara lenta, Margo vio que la pata posterior izquierda saltaba hacia atrás. Tras tambalearse un instante, el monstruo recuperó el equilibrio y, emitiendo un aullido, avanzó hacia ellos con el pelo erizado. ¡Bang! El ser no disminuyó su velocidad, y Margo comprendió en aquel momento que su plan había fracasado, que sólo quedaba tiempo para un disparo más y que no había forma de detener el galope de la bestia. —¡Pendergast! Retrocedió dando tumbos, mientras la luz del casco oscilaba enloquecidamente, con el único deseo de huir de aquellos ojos rojos, clavados en los suyos con una espeluznante mezcla de rabia, lujuria y triunfo. García, sentado en el suelo, alerta, se preguntaba si la voz que había oído era real, si había alguien allí fuera, atrapado en la misma pesadilla, o si su conmocionado cerebro le había jugado una mala pasada. De repente, un estruendo retumbó en el pasillo. Después, otro y otro más. Se obligó a ponerse en pie. No podía ser cierto. —¿Has oído eso? —preguntó una voz a su espalda. Entonces el sonido se repitió dos veces más. Tras un breve silencio, se oyó de nuevo. —¡Juro por Dios que alguien está disparando en el pasillo! —exclamó García. Se produjo un largo y espantoso silencio. —Ha parado —susurró García. —¿Lo habrán matado? ¿Lo habrán matado? —gimoteó Waters. En medio del tenso silencio, García aferró el fusil, resbaladizo a causa del sudor. Había oído cinco o seis disparos. Y el monstruo había aniquilado a un comando del SWAT armado hasta los dientes. —¿Lo habrán matado? —insistió Waters. García se concentró en escuchar, pero no oyó nada en el pasillo. Eso era lo peor de todo: el breve renacimiento de sus esperanzas, y luego la repentina decepción. Se oyó un ruido metálico en la puerta. —No —murmuró García—. Ha vuelto. 61 —¡Páseme el encendedor! —bramó D'Agosta. Al vislumbrar el súbito destello, Smithback se cubrió los ojos instintivamente. —La leche… —oyó gruñir al teniente. El periodista se sobresaltó al notar que algo le aferraba el hombro y le obligaba a ponerse en pie. —Escuche, Smithback —le susurró al oído el policía—, no me falle ahora. Necesito que me ayude a mantener serena a esta gente. Smithback sintió náuseas cuando abrió los ojos. El suelo estaba cubierto de huesos de todos los tamaños, rotos y quebradizos algunos, otros con cartílago aún adherido. —No eran ramitas —repetía el joven una y otra vez—. No, no; no eran ramitas. La llama destelló de nuevo, y D'Agosta la protegió con la mano. Al tenue resplandor, Smithback paseó la vista alrededor, enloquecido. Lo que había apartado a un lado de una patada eran los restos de una perra, una terrier, a juzgar por su aspecto; ojos vidriosos, pelaje claro, pequeñas tetillas marrones que descendían en filas ordenadas hasta el vientre desgarrado. Más cuerpos yacían diseminados por el suelo: gatos, ratas y otras bestias tan destrozadas o muertas hacía tanto tiempo que resultaba imposible identificarlas. Detrás de él, alguien chillaba sin cesar. La luz se apagó y volvió a centellear más lejos, porque D'Agosta había avanzado. —Venga conmigo, Smithback —llamó—. Que todo el mundo mire al frente. Vamos. Mientras caminaba con cautela, evitando bajar la mirada, vio algo con el rabillo del ojo. Volvió la cabeza hacia la pared que se alzaba a su derecha. Una tubería o conducto que en otro tiempo había colgado a lo largo de la pared a la altura de su hombro se había desplomado, y sus restos aparecían en el suelo, semienterrados bajo las osamentas. Los pesados soportes metálicos de la tubería continuaban clavados al muro, y se proyectaban hacia afuera como púas. Diversos cuerpos humanos pendían de ellos; daba la impresión de que sus formas se balanceaban a la débil luz. Smithback captó, pero no asimiló de inmediato, que todos los cadáveres habían sido decapitados. Esparcidos por el suelo, a lo largo de la pared, descansaban pequeños bultos destrozados que debían ser las cabezas. Apartó la vista, pero no antes de que su cerebro procesara el horror final; en la muñeca carnosa del cuerpo más próximo había un reloj extravagante en forma de reloj de sol. Pertenecía a Moriarty. —Oh, Dios mío… Oh, Dios mío —repitió sin cesar Smithback—. Pobre George. —¿Conocía a ese tipo? —preguntó D'Agosta—. ¡Mierda, cada vez hace más calor! El encendedor se apagó y el periodista se detuvo al instante. —¿Qué clase de lugar es éste? —exclamó alguien desde atrás. —No tengo ni puta idea —murmuró el teniente. —Yo sí—replicó Smithback con voz inexpresiva—. Es una despensa. La llama se encendió otra vez, y Smithback echó a caminar con paso presuroso. A su espalda, con voz cansina y mecánica, el alcalde animaba a la gente a avanzar. De pronto, la luz desapareció y el escritor se quedó petrificado. —Estamos en la pared del fondo —oyó que explicaba D'Agosta en la oscuridad—. Uno de los pasadizos desciende y el otro sube. Tomaremos el camino más ancho. El policía encendió una vez más el mechero y reanudó la marcha, seguido de Smithback. Al cabo de unos minutos, el olor comenzó a disiparse. Sentían el suelo más húmedo y blando bajo los pies. Smithback notó, o creyó notar, la suave caricia de una brisa fría en la mejilla. D'Agosta rió. —Joder, qué bien sienta. El túnel desembocó en otra escalerilla. El teniente avanzó y la iluminó con la llama. Smithback se precipitó hacia adelante al percibir la brisa vivificadora. Oyeron el ruido de algo que pasaba a gran velocidad y dos sonidos metálicos consecutivos. Arriba, una luz brillante se deslizó por encima de sus cabezas, seguida de un chapoteo de agua viscosa. —¡Una tapadera de cloaca! —exclamó D'Agosta—. ¡Lo hemos conseguido! ¡No puedo creerlo, lo hemos conseguido! —Subió por la escalerilla y empujó la placa redonda—. Está sujeta —gruñó—. Ni veinte hombres podrían levantarla. ¡Socorro! —vociferó, con la boca cerca de uno de los agujeros de la tapadera—. ¡Que alguien nos ayude, por el amor de Dios! Después se echó a reír, apoyándose contra la escalerilla metálica, y dejó caer el encendedor. Smithback se deslizó hasta el suelo del pasadizo, entre risas y sollozos, incapaz de controlarse. —Lo conseguimos —repetía el teniente entre carcajadas—. ¡Smithback! ¡Lo conseguimos! Béseme, Smithback…, jodido periodista, le quiero y espero que saque un millón de esto. Se oyó una voz procedente de la calle. —¿Has oído gritar a alguien? —preguntó el periodista. —¡Eh, los de arriba! —voceó D'Agosta—. ¿Quieren ganarse una recompensa? —¿Has oído eso? Hay alguien ahí abajo. ¡Eh! —¿Me oyen? Sáquennos de aquí. —¿Cuánto? —preguntó otra voz. —¡Veinte pavos! ¡Avise a los bomberos para que nos saquen de aquí! —Cincuenta pavos, tío, o no abrimos. D'Agosta no podía dejar de reír. —¡Que sean cincuenta! Ahora, sáquenos de aquí. —Se dio la vuelta y extendió los brazos—. Smithback, que todo el mundo avance. ¡Alcalde Harper, bienvenido a la ciudad de Nueva York! La puerta crujió una vez más. García apretó la culata contra su mejilla y lloró en silencio. La bestia trataba de entrar otra vez. Respiró hondo e intentó que el cañón dejara de moverse. Entonces, se percató de que el crujido había sido sustituido por un golpe. Sonó por segunda vez, más fuerte, y García oyó una voz apagada. —¿Hay alguien ahí? —¿Quién es? —se apresuró a contestar. —Agente especial Pendergast, FBI. García no daba crédito a sus oídos. Cuando abrió la puerta, vio a un hombre alto y delgado, de cabello claro y ojos fantasmales que lo miraban con placidez a la tenue luz del pasillo. Empuñaba una linterna con una mano y un revólver con la otra. Por un lado de su rostro rodaban ríos de sangre, y tenía la camisa moteada de manchas oscuras. Junto a él se hallaba una joven menuda de cabello castaño bajo un casco de minero amarillo que empequeñecía su cabeza; tenía la cara, el cabello y el jersey cubiertos de manchas oscuras. Pendergast sonrió por fin. —Lo conseguimos —se limitó a decir. La sonrisa del agente hizo comprender a García que la sangre de que iba cubierto no era suya. —¿Cómo…? —tartamudeó. La pareja entró, y los demás, alineados bajo el esquema apagado del museo, la miraron fijamente, petrificados de miedo e incredulidad. Pendergast iluminó una silla con la linterna. —Siéntese, señorita Green —indicó. —Gracias —contestó Margo, y la luz del casco osciló de un lado a otro—. Siempre tan caballeroso. Pendergast se sentó. —¿Alguien tiene un pañuelo? —preguntó. Allen se adelantó sacando uno del bolsillo. El agente se lo tendió a Margo, quien tras limpiarse la sangre de la cara se lo devolvió. Pendergast se secó el rostro y las manos con gran esmero. —Muy agradecido, señor… —Allen; Tom Allen. —Señor Allen. Pendergast le entregó el pañuelo manchado de sangre. Allen hizo ademán de guardarlo en el bolsillo y de inmediato lo arrojó al suelo. Miró a Pendergast. —¿Está muerto? —Sí, señor Allen. Está muy muerto. —¿Usted lo mató? —Nosotros lo matamos. Mejor dicho, la señorita Green lo mató. —Llámame Margo. Y fue el señor Pendergast quien disparó. —Ah, pero tú me indicaste dónde debía disparar. Yo nunca lo habría supuesto. Los animales de caza mayor (leones, búfalos, elefantes) tienen los ojos a ambos lados de la cabeza. Si se lanzan contra ti, nunca piensas en apuntar al ojo; no es un tiro práctico. —El monstruo, en cambio —explicó Margo a Allen—, tenía cara de primate, con la dirección de los ojos orientada al frente para obtener visión estereoscópica. Un sendero directo al cerebro. Debido al increíble grosor del cráneo, si se aloja una bala en el interior del cerebro, ésta rebota de un sitio a otro hasta que se para. —¿Mató a la bestia de un tiro en el ojo? —preguntó con incredulidad García. —La alcancé varias veces —respondió Pendergast—, pero era demasiado fuerte y estaba demasiado irritada. Todavía no he observado detenidamente a ese ser, y creo que lo dejaré para más tarde, pero estoy seguro de que ningún otro disparo lo habría detenido a tiempo. El agente se ajustó el nudo de la corbata con dos delgados dedos. Escrupuloso hasta la exageración, pensó Margo, teniendo en cuenta la sangre y los fragmentos de materia gris que cubrían su camisa blanca. Nunca olvidaría la imagen del cerebro de la bestia al salir disparado por el ojo perforado; una visión espeluznante y hermosa a la vez. De hecho, los ojos de aquella criatura, horribles, encolerizados, le habían dado la idea en aquel momento de desesperación, cuando retrocedía para huir del hedor y el aliento a matadero. De repente comenzó a temblar y se rodeó la cintura. Pendergast indicó a García con un gesto que se quitara la chaqueta del uniforme. La colocó sobre los hombros de la joven. —Cálmate, Margo —dijo, arrodillándose a su lado—. Todo ha terminado. —Hemos de ir a buscar al doctor Frock —tartamudeó Margo con los labios amoratados. —Dentro de un momento, dentro de un momento —la tranquilizó él. —¿Enviamos un informe? —preguntó García—. A esta radio aún le quedan bastantes baterías para una transmisión más. —Sí, y pediremos que manden un grupo de rescate para el teniente D'Agosta. —A continuación Pendergast, con el entrecejo fruncido, añadió—: Supongo que esto significa hablar con Coffey. —No creo —dijo García—. Al parecer, se ha producido un cambio en el mando. Pendergast enarcó las cejas. —¿De veras? —De veras. —García le tendió la radio—. Un agente llamado Slade afirma estar al mando. ¿Por qué no hace los honores? —Como guste —dijo Pendergast—. Me alegro de no tener que hablar con el agente especial Coffey. De lo contrario, me temo que me habría visto obligado a llamarle a capítulo. Reacciono con brusquedad ante los insultos. —Meneó la cabeza—. Es una muy mala costumbre que me cuesta mucho reprimir. 62 Cuatro semanas después Cuando Margo llegó, Pendergast y D'Agosta ya se hallaban en el despacho de Frock. Pendergast examinaba algo depositado sobre una mesa baja, en tanto el científico hablaba animadamente a su lado. Con aspecto aburrido, D'Agosta caminaba de arriba abajo, cogía cosas y volvía a dejarlas. El molde en látex de la garra descansaba en el escritorio del doctor, como un pisapapeles de pesadilla. En medio de la habitación, iluminada por el sol, había un gran pastel que Frock había comprado para celebrar la inminente partida de Pendergast. —La última vez que estuve allí, tomé una sopa de cangrejo riquísima —explicaba Frock, cogiendo el codo del agente—. Ah, Margo —dijo, girando en redondo—. Entre y eche un vistazo. La joven cruzó la habitación. La primavera había llegado por fin a la ciudad, y por las grandes ventanas se veía la extensión azul del río Hudson, que discurría hacia el sur y centelleaba a la luz del sol. Filas de corredores practicaban su deporte favorito en el paseo. Una recreación aumentada de los pies del monstruo reposaba sobre la mesa baja, junto a la placa de pisadas fósiles del cretácico. Frock recorrió las huellas con el dedo. —Si no pertenecen a la misma familia, sí al mismo orden —aseguró—. Y el ser tenía cinco dedos en las patas traseras; otro vínculo con la estatuilla de Mbwun. Margo observó atentamente la placa y la reproducción y pensó que no eran tan parecidas. —¿Evolución fractal? —sugirió. Frock la miró. —Es posible, pero se precisarían análisis comparados completos para tener la certeza. —Hizo una mueca—. No será posible, claro, ahora que el gobierno se ha llevado los restos con sabe Dios qué propósito. En el mes transcurrido desde la trágica inauguración, el sentimiento del público había derivado de la conmoción y la incredulidad hacia la aceptación definitiva, pasando por la fascinación. Durante las dos primeras semanas, la prensa lo había bombardeado con artículos sobre la bestia, y las declaraciones contradictorias de los supervivientes habían creado confusión e incertidumbre. El único elemento que podía solucionar la controversia (el cadáver de la criatura) había sido trasladado inmediatamente del lugar de los hechos a no se sabía dónde en una furgoneta blanca con matrícula del gobierno. Incluso Pendergast afirmaba desconocer su paradero. Los periódicos no tardaron en centrarse en el costo humano del desastre y las querellas criminales que amenazaban a los fabricantes del sistema de seguridad y, en menor grado, el Departamento de Policía y al propio museo. La revista Time había publicado un editorial titulado: «¿Hasta qué punto son seguras nuestras instituciones nacionales?» En aquellos momentos, transcurridas cuatro semanas, la gente consideraba a la bestia un fenómeno único en su especie, un atavismo monstruoso, como los peces dinosaurio que a veces aparecían en las redes de los pescadores de alta mar. El interés y el sobresalto se habían desvanecido. Ya no se entrevistaba a los supervivientes en los programas de televisión, la serie de dibujos animados proyectada se había suspendido y las figuras de la Bestia del Museo acumulaban polvo en las jugueterías. Frock paseó la vista por el despacho. —Disculpen mi falta de hospitalidad. ¿Alguien quiere un jerez? Los presentes declinaron la invitación. —No, a menos que tenga un 7-Up para mezclarlo —respondió D'Agosta. El policía cogió el molde de látex y lo levantó. —Desagradable —dijo. —Muy desagradable —puntualizó Frock—. Era en parte reptil, en parte primate. No entraré en detalles técnicos, que dejaré a Gregory Kawakita, quien está analizando los datos con que contamos. Al parecer, los genes reptilianos dotaban al ser de fuerza y velocidad, en tanto que los de primate lo convertían en un ser inteligente y tal vez homeotérmico, es decir, de sangre caliente; una combinación formidable. —Sí, claro —repuso D'Agosta, dejando el molde—. Pero, ¿qué coño era? Frock lanzó una risita. —Mi querido amigo, aún carecemos de los datos suficientes para precisar de qué se trataba. Y como por lo visto era el último de su especie, tal vez no lo averigüemos nunca. Acabamos de recibir un informe oficial sobre el tepui de que procedía la criatura. La devastación fue completa. Al parecer, la planta de que se alimentaba, a la que por cierto hemos bautizado a título póstumo Liliceae mbwunensis, se extinguió definitivamente. La explotación minera que se llevó a cabo envenenó el pantano que rodeaba el tepui, por no mencionar el hecho de que toda la zona fue arrasada con napalm con el fin de facilitar las obras de minería. No se encontraron rastros de otros seres semejantes en la selva. Si bien me horrorizan esos atentados criminales contra el medio ambiente, en este caso considero que se liberó a la tierra de una amenaza terrible. —Suspiró—. Como medida de precaución, y en contra de mi opinión, debería añadir, el FBI ha destruido todas las fibras de embalar y especímenes de plantas del museo. Por lo tanto, la planta también se ha extinguido. —¿Cómo sabemos que era el último de su especie? —preguntó Margo—. ¿No podría existir otro en algún lugar? —No es probable —contestó Frock—. Ese tepui constituía una isla ecológica en todos los sentidos; un paraje único donde animales y vegetales habían desarrollado una interdependencia singular a lo largo de millones de años. —Y, desde luego, no hay más bestias en el museo —intervino Pendergast—. Gracias a esos viejos planos que encontré en la Sociedad Histórica, pudimos dividir en secciones el subsótano y rastrear cada centímetro cuadrado. Hallamos muchas cosas de interés para los arqueólogos urbanos, pero ninguna huella de más seres. —Parecía muy triste —dijo Margo—, muy solo. Casi sentí pena de él. —Estaba solo —repuso Frock—, solo y perdido después de haber viajado seis mil kilómetros desde la selva que era su hogar para seguir la pista de los últimos especímenes de las preciosas plantas que lo mantenían con vida y le libraban del dolor. No obstante, era una criatura malvada y feroz. Vi al menos doce agujeros de bala en el cuerpo antes de que se lo llevaran. La puerta se abrió, y Smithback entró agitando con gestos teatrales un sobre de papel manila mientras en la otra mano sostenía una botella de champán. Extrajo un fajo de papeles del sobre y los alzó hacia el techo. —¡Un contrato para un libro! —anunció sonriente. D'Agosta frunció el entrecejo, desvió la vista y cogió de nuevo la garra. —He conseguido lo que deseaba, y he enriquecido a mi agente —explicó el periodista. —Y a ti también —rezongó D'Agosta, haciendo ademán de arrojar la garra contra el escritor. Éste carraspeó melodramáticamente. —He decidido donar la mitad de los derechos de autor a un fondo en memoria del agente John Bailey. A beneficio de su familia. —El policía se volvió hacia él. —Piérdete —masculló. —No, de veras. Cederé la mitad de los derechos de autor, después de que me hayan entregado el adelante, por supuesto —se apresuró a añadir. D'Agosta avanzó hacia el joven y se detuvo de repente. —Cuenta con mi colaboración —murmuró, con la mandíbula tensa. —Gracias, teniente. Creo que la necesitaré. —Es capitán desde ayer —corrigió Pendergast. —¿Capitán D'Agosta? —preguntó Margo—. ¿Le han ascendido? El hombre asintió. —No podría proponer a un tío mejor, me dijo el jefe. —Apuntó un dedo hacia el escritor—. Quiero leer lo que cuentes sobre mí antes de que se imprima, Smithback. —Espera un momento— Los periodistas nos regimos por una ética… —¡Chorradas! —atajó D' Agosta. Margo se volvió hacia Pendergast. —Sospecho que será una colaboración de lo más emocionante —susurró. El agente asintió. Se oyó un tamborileo sobre la puerta, y la cabeza de Greg Kawakita asomó por ella. —Oh, lo siento, doctor Frock. Su secretaria no me informó de que estaba ocupado. Repasaremos los resultados más tarde. —¡Tonterías! —exclamó Frock—. Entra, Gregory. Señor Pendergast, capitán D'Agosta, les presento a Gregory Kawakita, el creador del programa de extrapolación que nos ha permitido obtener un perfil tan preciso de la bestia. —Le estoy muy agradecido —dijo Pendergast—. Sin ese programa, ninguno de nosotros estaría hoy aquí. —Muchas gracias, pero el programa surgió del cerebro del doctor Frock —explicó Kawakita, con la vista clavada en el pastel—. Yo me limité a ensamblar las piezas. Además, hay muchas cosas que el Extrapolador no indicó, como por ejemplo que tenía los ojos en la parte delantera de la cara. —Caramba, Greg, el éxito te ha vuelto humilde —comentó Smithback—. En cualquier caso —agregó, dirigiéndose a Pendergast—, he de formularle algunas preguntas. Este champán no es gratis, se lo aseguro. —Miró al hombre del FBI con ojos expectantes—. ¿De quién eran los cadáveres que descubrimos en la madriguera? El agente se encogió de hombros. —Supongo que nada me impide responderle, pero no podrá publicar lo que le diga hasta que reciba la comunicación oficial. Por el momento se han identificado cinco de los ocho cadáveres. Dos eran de vagabundos que se refugiaron en el sótano antiguo, supongo que para protegerse del frío una noche de invierno. Otro era de un turista extranjero cuyo nombre constaba en la lista de personas desaparecidas de la Interpol. Otro, como ya sabe, era George Moriarty, el ayudante de conservador que estaba a las órdenes de Ian Cuthbert. —Pobre George —susurró Margo, que había evitado pensar en los últimos momentos de Moriarty, su lucha final contra la bestia. Morir de aquella manera, para luego ser colgado como una res… Pendergast esperó un momento antes de proseguir. —El quinto cadáver ha sido identificado provisionalmente a partir de la dentadura como un hombre llamado Montague, un empleado del museo desaparecido hace varios años. —¡Montague! —exclamó Frock—. De modo que la historia era cierta. —Sí —confirmó el agente—. Al parecer algunos miembros de la administración del museo, Wright, Rickman, Cuthbert y tal vez Ippolito, sospechaban que había algo escondido en el museo. Cuando encontraron una enorme cantidad de sangre en el sótano antiguo, ordenaron que la limpiaran sin avisar a la policía. Como la desaparición de Montague coincidió con ese descubrimiento, el grupo no hizo nada para arrojar luz sobre el incidente. Tenían motivos para creer que la bestia estaba relacionada con la expedición Whittlesey, por lo que decidieron trasladar las cajas. Cometieron una imprudencia, pues el traslado precipitó los asesinatos. —Tiene razón, por supuesto —dijo Frock, desplazándose en la silla hacia el escritorio—. Sabemos que el ser era muy inteligente. Comprendió que, si se descubría su presencia en el museo, correría peligro. Presumo que reprimió su naturaleza feroz como medio de supervivencia. Cuando llegó al museo, estaba desesperado, tal vez en un estado de furia desatada, y mató a Montague al ver que manipulaba los objetos y las plantas. Después optó por actuar con gran cautela. Como conocía el paradero de las cajas, contaba con una provisión de plantas, al menos hasta que se agotaran. Las consumía lentamente, pues las hormonas de las plantas estaban muy concentradas. Además, añadía un complemento a su dieta de vez en cuando; ratas que vivían en el subsótano, gatos escapados del Departamento de Conducta Animal… e incluso un par de veces seres humanos desafortunados que se aventuraron a internarse en lugares secretos del museo. Siempre tomaba la precaución de ocultar sus matanzas, y pasaron varios años sin que fuera detectado. —Se removió un poco y la silla de ruedas crujió. »Después, cuando trasladaron las cajas y las encerraron con llave en la zona de seguridad, la bestia experimentó primero hambre, luego desesperación. Quizá se despertaron en él instintos asesinos contra los seres que le habían privado de sus plantas, seres que podían constituir un sustituto, aunque pobre, de lo que le habían arrebatado. La desazón aumentó, y la bestia comenzó a matar y matar. —Frock se enjugó la frente con un pañuelo—. Sin embargo, no perdió toda su capacidad de raciocinio. »¿Recuerdan cómo escondió el cuerpo del policía en la exposición? A pesar de su sed de sangre, de su ansia por conseguir las plantas, tuvo la lucidez de comprender que los asesinatos atraían hacia él una atención indeseable. Tal vez había planeado llevar el cadáver de Beauregard a su guarida. Quizá no pudo hacerlo, pues la exposición estaba muy alejada de sus dominios, de modo que escondió el cadáver. Al fin y al cabo, el hipotálamo era su objetivo primordial: el resto sólo era comida. Margo se estremeció. —Me he preguntado más de una vez por qué la criatura se arriesgó a presentarse en la exposición —dijo Pendergast. Frock levantó el dedo índice. —Yo también. Creo adivinar el motivo. Recuerde, señor Pendergast, qué más había en la exposición. El agente asintió. —Claro. La estatuilla de Mbwun. —Exacto —confirmó el científico—. La estatuilla representaba a la bestia, constituía el único vínculo del ser con el hogar que había perdido para siempre. —Parece que ha meditado mucho sobre el asunto —intervino Smithback—. Por cierto, si Wright y Cuthbert conocían la existencia de esa cosa, ¿por qué sospechaban que estaba relacionada con la expedición Whittlesey? —Creo que puedo contestar a eso —dijo Pendergast—. Sabían, desde luego, la causa del retraso del barco que transportó las cajas desde Belem a Nueva Orleans…, del mismo modo que usted lo averiguó, señor Smithback. El periodista se puso nervioso. —Bueno, yo… —También habían leído el diario de Whittlesey, y conocían las leyendas tan bien como cualquiera. Después, cuando Montague, la persona designada para ocuparse de las cajas, desapareció y un charco de sangre fue descubierto cerca de donde se almacenaban las cajas… bien, no hacía falta ser un genio para sumar dos y dos. Además —agregó, con expresión sombría—, Cuthbert me confirmó que así ocurrió; en la medida de sus posibilidades, por supuesto. Frock asintió. —Pagaron un precio terrible. Winston y Lavinia muertos, Ian Cuthbert ingresado en un psiquiátrico… Es espantoso. —Cierto —intervino Kawakita—. Por otro lado, no es ningún secreto que todo lo sucedido le convierte a usted en el candidato a director del museo con más posibilidades. «Sólo él podría pensar en eso», reflexionó Margo. Frock meneó la cabeza. —Dudo de que me ofrezcan el cargo, Gregory. En cuanto todo se tranquilice, la razón prevalecerá. Soy un personaje demasiado controvertido. Además, no me interesa la dirección. Tengo demasiado material nuevo aquí y no deseo retrasar aún más mi próximo libro. —Lo que el doctor Wright y los demás ignoraban —continuó Pendergast—, de hecho algo que ninguno de los presentes sabe, es que las muertes no empezaron en Nueva Orleans. Se produjo un asesinato muy parecido en Belem, en el almacén donde se guardaban las cajas para ser embarcadas. Lo averigüé cuando investigaba los crímenes cometidos a bordo del barco. —Debió de ser la primera parada de la bestia camino de Nueva York —dijo Smithback—. Creo que el círculo de la historia se cierra. —Condujo al agente hacia el sofá—. Ahora, señor Pendergast, supongo que también se ha solucionado el misterio de la suerte de Whittlesey. —El ser lo mató; eso parece seguro —contestó el agente—. Diga, ¿no le importa si me sirve un trozo de ese pastel…? El periodista apoyó la mano en su brazo. —¿Cómo lo sabe? —¿Que mató a Whittlesey? Encontramos un recuerdo en su cubil. —¿Sí? Smithback sacó la grabadora. —Guarde eso en el bolsillo, señor Smithback, se lo ruego. Sí, era algo que, al parecer, Whittlesey llevaba alrededor del cuello. Un medallón en forma de doble flecha. —¡Estaba grabado en su diario! —¡Y en la cabecera de la nota que envió a Montague! —añadió Margo. —Por lo visto, era el timbre familiar de Whittlesey. Lo descubrimos en la guarida; un trozo, cuando menos. Nunca averiguaremos por qué la bestia lo trajo desde el Amazonas, pero así fue. —También hallamos otros objetos —intervino D'Agosta, mientras masticaba un trozo de pastel— y un montón de vainas de Maxwell. Ese ser era un coleccionista consumado. —¿Cómo qué? —preguntó Margo, encaminándose hacia una de las ventanas. —Cosas que nunca adivinaría. Un juego de llaves de coche, un montón de monedas y fichas de metro, e incluso un precioso reloj de cadena de oro. Localizamos al tipo cuyo nombre aparecía grabado en el reloj, y afirmó que lo había perdido hacía tres años; se lo habían robado en una visita al museo. —D'Agosta se encogió de hombros—. Tal vez el carterista es uno de los cadáveres no identificados. O quizá no lo encontraremos nunca. —La bestia lo tenía colgado por la cadena de un clavo fijo a una pared de su guarida —dijo Pendergast—. Le gustaban las cosas bonitas; otra señal de inteligencia, supongo. —¿Todo lo había cogido del interior del museo? —inquirió Smithback. —Sí, por lo que sabemos —respondió Pendergast—. No existen pruebas de que la criatura pudiera, o quisiera, salir del museo. —¿No? Entonces ¿qué me dice de esa salida hacia la que usted guiaba a D'Agosta? —preguntó el periodista. —Él la descubrió —se limitó a contestar el agente—. Ustedes tuvieron mucha suerte. Smithback se volvió hacia D'Agosta para formular otra pregunta, oportunidad que Pendergast aprovechó para servirse un trozo de pastel. —Ha sido muy amable por su parte ofrecerme esta fiesta, doctor Frock —agradeció cuando se reunió con los demás. —Nos salvó la vida. Pensé que un pastelito sería una forma de desearle bon voyage. —En tal caso, me temo que mi presencia en esta fiesta es injustificada —replicó Pendergast. —¿Por qué? —preguntó el profesor. —Es posible que no abandone Nueva York de manera permanente. La dirección de la oficina de Nueva York ha quedado vacante. —¿Quiere decir que no ofrecerán el cargo a Coffey? —Smithback sonrió. Pendergast negó con la cabeza. —Pobre señor Coffey. Espero que lo pase bien en la oficina de Waco. En cualquier caso el alcalde, que se ha convertido en un gran admirador del capitán D'Agosta piensa que cuento con grandes posibilidades. —¡Felicidades! —exclamó Frock. —Aún no es seguro —repuso Pendergast—. Tampoco sé si quiero quedarme aquí, aunque la ciudad tiene sus encantos. Se levantó y caminó hacia la ventana desde donde Margo contemplaba el río Hudson y las colinas verdes de las Palisades. —¿Y qué planes tienes tú, Margo? —preguntó. Ella, se volvió. —He decidido permanecer en el museo hasta que termine la tesina. Frock rió. —La verdad es que me he negado a que se marche. Margo sonrió. —De hecho, he recibido una oferta de Columbia para trabajar como profesora ayudante el año que viene. Columbia fue el alma máter de mi padre. De modo que he de apresurarme a concluirla. —¡Espléndida noticia! —exclamó Smithback—. Lo celebraremos esta noche después de cenar. —¿Una cena? ¿Esta noche? —Café des Artistes, a las siete en punto —anunció—. Escucha, has de venir. Soy un autor mundialmente famoso, o no tardaré en serlo. Este champán empieza a calentarse. El joven cogió la botella, y todos se arremolinaron alrededor de él mientras Frock sacaba copas. Smithback apuntó la botella hacia el techo y disparó el corcho con un «pop» muy satisfactorio. —¿Por qué brindamos? —preguntó D'Agosta cuando las copas estuvieron llenas. —Por mi libro —propuso Smithback. —Por el agente especial Pendergast, para que llegue a casa sano y salvo —sugirió Frock. —A la memoria de George Moriarty —murmuró Margo. —Por George Moriarty. Se hizo el silencio. —Que Dios nos bendiga a todos —entonó Smithback. Margo le propinó un puñetazo en broma. EPÍLOGO 63 Long Island City, seis meses después El conejo dio un respingo cuando la aguja se hundió en su anca. Kawakita vio que sangre oscura llenaba la jeringa. Introdujo con delicadeza el conejo en la jaula y después vertió el líquido en tres tubos de ensayo que depositó en el tambor de la centrifugadora, cuya tapa cerró. Bajó el interruptor y oyó cómo el zumbido se convertía paulatinamente en una especie de gimoteo a medida que la fuerza de rotación separaba los componentes de la sangre. Se sentó en la silla de madera y dejó vagar la mirada. La oficina estaba polvorienta, y la luz era escasa, pero Kawakita lo prefería así. Sería absurdo llamar la atención. Le había resultado muy difícil encontrar el lugar adecuado, reunir el equipo e incluso pagar el alquiler; era increíble lo que pedían por los almacenes ruinosos de Queens. Lo que más le había costado conseguir había sido el ordenador. En lugar de comprar uno, había logrado conectar mediante las líneas largas del teléfono con el ordenador principal de la Facultad de Medicina Solokov; un sitio relativamente seguro desde donde dirigir su Programa de Extrapolación Genética. Miró por la sucia ventana hacia el piso inferior del almacén, un amplio espacio oscuro y prácticamente vacío, cuya única luz procedía de los acuarios colocados sobre estantes metálicos a lo largo de la pared del fondo. Oía el tenue burbujeo de los sistemas de filtración. La iluminación de los depósitos arrojaba una mortecina luz verdosa sobre el suelo. Disponía de un par de docenas de tanques. No tardaría en necesitar más, pero el dinero ya no representaba un problema. Era sorprendente, pensó Kawakita, que las soluciones más elegantes fueran las más sencillas. Y el hecho de vislumbrar el primero la solución diferenciaba al científico inmortal del simplemente grande. El enigma de Mbwun era así. Él, Kawakita, había sido el único en sospecharlo, en intuirlo y sería el primero en desvelarlo. El gemido de la centrifugadora comenzó a perder intensidad, y pronto la luz roja de «finalizado» parpadeó con lentitud. Kawakita se levantó, abrió la tapa y extrajo los tubos. La sangre de conejo había sido dividida en sus tres componentes: suero transparente arriba, una capa de células blancas en medio, y una más gruesa de células rojas en el fondo. Succionó con cuidado el suero y a continuación vertió gotas de células en una serie de tubos de cristal. Por último añadió vanos reactivos y enzimas. Uno de los tubos adoptó un tono púrpura. Kawakita sonrió. Había resultado muy sencillo. Después de toparse con Margo y Frock en la fiesta, su escepticismo inicial se había transformado rápidamente en fascinación. Al principio había permanecido por los alrededores, ajeno a lo que ocurría. Sin embargo, cuando se había acercado a Riverside Drive y había sido arrastrado por la turbamulta de invitados histéricos que huían de la inauguración, comenzó a reflexionar. Después le asaltaron las preguntas. Cuando, más tarde, oyó a Frock proclamar la solución del misterio, la curiosidad de Kawakita no hizo más que aumentar. Tal vez, para ser justo, gozaba de una distancia bastante más objetiva que los desgraciados encerrados con la bestia en el edificio; en cualquier caso, lo cierto era que había detectado pequeños defectos en la solución, pequeños problemas, contradicciones sin importancia que todo el mundo había pasado por alto. Todo el mundo, excepto Kawakita. Siempre había sido un investigador muy curioso y precavido. Su insaciable curiosidad le había sido de ayuda en el pasado —en Oxford y durante los primeros tiempos en el museo— y volvía a ayudarle de nuevo. Su cautela, por otra parte, le había impulsado a integrar en el ordenador una función de recuperación de material; por razones de seguridad, por supuesto, pero también con el fin de averiguar para qué utilizaban los demás su programa. Por lo tanto, había examinado lo que Margo y Frock habían hecho. Con sólo pulsar unas teclas, el programa reveló todas las preguntas que la joven y Frock habían formulado, todos los datos que habían introducido, todos los resultados que habían obtenido. Los datos le habían encauzado hacia la auténtica solución del misterio de Mbwun. Margo y el profesor la habían tenido ante sí todo el tiempo, y la habrían adivinado de haber planteado las preguntas oportunas. Kawakita sabía hacer las preguntas adecuadas. Y con la respuesta, llegó un descubrimiento sorprendente. Un golpe suave sonó en la puerta del almacén. Kawakita bajó por la escalera hasta la planta baja, moviéndose sin ruido ni vacilación en la oscuridad. —¿Quién es? —susurró con voz ronca. —Tony —contestó una voz. Kawakita deslizó sin esfuerzo la tranca de hierro y abrió la puerta. Una figura entró. —Qué oscuro está esto —dijo el hombre. Era bajo y delgado, y caminaba con un balanceo peculiar de los hombros. Miró alrededor, nervioso. —Deja las luces apagadas —ordenó con brusquedad Kawakita—. Sígueme. Caminaron hasta el fondo del almacén, donde había una mesa larga, cubierta de fibras que se secaban bajo unas lámparas de infrarrojos. En un extremo de la mesa descansaba una balanza. Kawakita recogió un puñado de fibras y las pesó, apartó varias y dejó caer unas cuantas más. Después las introdujo en una bolsa de plástico. Miró a su visitante con expectación. El hombre hundió la mano en el bolsillo de los pantalones y extrajo un fajo de billetes arrugados. Kawakita los contó: cinco de veinte. Asintió y tendió la bolsa al recién llegado, que la cogió con ansia y se dispuso a abrirla. —¡Aquí no! —advirtió Kawakita. —Lo siento —se disculpó el hombre, avanzando ya hacia la puerta. —Prueba con cantidades más grandes —sugirió Kawakita—. Sumérgelas en agua hirviendo; eso aumenta la concentración. Creo que encontrarás los resultados muy gratificantes. El hombre asintió. —Gratificantes —repitió despacio, como si saboreara la palabra. —Tendré más para ti el martes —dijo Kawakita. —Gracias —susurró el hombre, y se marchó. Kawakita cerró la puerta y la atrancó. Había sido un día largo, y se sentía extenuado, pero aguardaba con ansiedad la noche, cuando los ruidos de la ciudad se apaciguaban y la oscuridad cubría la tierra. La noche se había convertido en su parte del día favorita. Una vez reconstruido lo que Margo y Frock habían hecho con su programa, todo encajó. Sólo necesitaba encontrar una de las fibras, lo que resultó una tarea difícil, ya que habían limpiado a conciencia la zona de seguridad, vaciado y quemado las cajas, junto con el material de embalaje. El laboratorio donde Margo había efectuado su trabajo inicial había quedado inmaculado, y la prensadora de plantas había sido destruida. Por fortuna nadie se había acordado de limpiar el bolso de Margo, famoso en todo el Departamento de Antropología por su desorden. La propia Margo lo había arrojado al incinerador del museo varios días después del desastre, por precaución, pero no antes de que Kawakita consiguiera la fibra que necesitaba. El mayor desafío, sin embargo, había consistido en cultivar la planta a partir de una sola fibra. Había puesto a prueba todas sus capacidades, sus conocimientos de botánica y genética. Había canalizado todas sus feroces energías en una única empresa, arrinconando su propósito de ejercer un cargo tras pedir y obtener una excedencia en el museo. Y por fin, hacía apenas cinco semanas, lo había logrado. Recordó la sensación de triunfo que le había embargado cuando el diminuto nudo verde apareció sobre una cápsula de Petri cubierta de agar. Y ya poseía una abundante y permanente provisión de plantas inoculadas con el retrovirus en los depósitos. El extraño retrovirus databa de sesenta y cinco millones de años atrás. Había resultado ser una clase de nenúfar perversamente atractivo que florecía casi de forma continuada; grandes capullos de un púrpura profundo con apéndices venosos y estambres de un amarillo brillante. El virus se concentraba en el tallo, duro y fibroso. Cosechaba unos ochocientos gramos a la semana y se proponía aumentar la cantidad poco a poco. «Los kothoga sabían todo sobre esta planta», pensó Kawakita. Lo que aparentaba ser una bendición se transformó para ellos en una maldición. Habían fracasado en su intento por controlar su poder. La leyenda explicaba lo ocurrido a la perfección; el demonio no cumplió su parte del trato, y su hijo, Mbwun, se había desmadrado y rebelado contra sus amos, que se habían mostrado incapaces de controlarlo. Kawakita, en cambio, no fallaría. Los análisis del suero de conejo habían demostrado que triunfaría. La pieza final del rompecabezas encajó cuando recordó lo que aquel policía, D'Agosta, había comentado en la fiesta de despedida del agente del FBI: en la madriguera de la bestia habían encontrado un medallón en forma de doble flecha perteneciente a Julian Whittlesey; prueba, afirmaron, de que el monstruo había matado a Whittlesey. ¡Prueba!, menuda tontería. Prueba, en realidad, de que el monstruo era Whittlesey. Kawakita rememoró el día en que comprendió todo. Fue una apoteosis, una revelación. El ser, la Bestia del Museo, El Que Camina A Cuatro Patas, era Whittlesey. Y tenía la prueba en su poder; había sometido al programa de extrapolación una muestra de ADN humano y otra del retrovirus para averiguar cuál sería la forma intermedia. El ordenador definió al ser: El Que Camina A Cuatro Patas. El retrovirus de la planta era asombroso. Había bastantes posibilidades de que hubiera existido, sin apenas experimentar cambios, desde el mesozoico. En suficientes cantidades, poseía el poder de provocar modificaciones morfológicas de una naturaleza pasmosa. Todo el mundo sabía que las zonas más recónditas y aisladas de las selvas tropicales albergaban plantas ignotas de una importancia casi inconcebible para la ciencia. Kawakita ya había descubierto su milagro. Al comer las fibras e infectarse con el retrovirus, Whittlesey se había convertido en Mbwun. Mbwun. Con esa palabra los kothoga designaban tanto a la planta terrible y maravillosa como a los seres en que se transformaban quienes se alimentaban de ella. Kawakita comenzaba a comprender la enigmática religión de los kothoga. Las plantas constituían una maldición que se detestaba y necesitaba al mismo tiempo. Los seres mantenían a raya a los enemigos de los kothoga, pese a que representaban una continua amenaza para sus amos. Cabía en lo posible que la tribu sólo empleara a un ser, pues más resultaría demasiado peligroso. El culto giraría en torno a la planta, su cultivo y cosecha. El clímax de sus ceremonias residiría sin duda en la incorporación de una nueva bestia, una víctima humana a quien se obligaría por la fuerza a comer la planta. Al principio, se necesitarían grandes dosis con el fin de transmitir los retrovirus suficientes para alterar la morfología del cuerpo. Una vez finalizada la transformación, sólo se consumirían pequeñas cantidades, siempre combinadas con otras proteínas. Lo fundamental era mantener la dosis; de lo contrario, se producirían intensos dolores, incluso la locura. La muerte llegaría antes de que aquello sucediera, por supuesto, y el ser, desesperado, trataría por todos los medios de encontrar un sustituto de la planta. El hipotálamo humano era, con mucho, el más satisfactorio. En la confortable oscuridad, mientras escuchaba el tranquilo zumbido de los depósitos, Kawakita imaginó el drama que se había desarrollado en la selva. Los kothoga vieron a un hombre blanco por primera vez. Sin duda se habrían topado antes con Crocker, el compañero de Whittlesey. Tal vez la bestia ya era vieja, o se había debilitado. Tal vez Crocker había matado a la criatura con el fusil mientras el ser le destripaba. O tal vez no. En cualquier caso, cuando los kothoga encontraron a Whittlesey, sólo hubo un desenlace posible. Se preguntó qué habría sentido Whittlesey al verse atado, quizá en una ceremonia, y ser obligado a comer el retrovirus de una extraña planta que él mismo había recogido días antes. Quizá habrían preparado un brebaje con las hojas o le habrían forzado a comer las fibras secas. Habrían intentado hacer con aquel hombre blanco lo que no habían conseguido con los de su propia especie: crear un monstruo al que poder controlar, un monstruo que ahuyentara a los constructores de carreteras, a los prospectores y mineros dispuestos a invadir el tepui desde el sur y destruirlos; un monstruo que aterrorizara a las tribus vecinas sin atacar a sus amos, que garantizara la seguridad y el aislamiento de los kothoga para siempre. Sin embargo, la civilización acabó por llegar, acompañada de todos sus terrores. Kawakita imaginó a Whittlesey, convertido en un monstruo, acurrucado en la selva, viendo cómo el fuego caía del cielo y quemaba el tepui, a los kothoga y sus preciosas plantas. Sólo él escapó, y sólo él sabía dónde podía hallar las fibras portadoras de vida después de que la selva hubiera sido destruida. Y lo sabía porque él mismo las había enviado a ese lugar. O quizá Whittlesey ya se había marchado cuando el tepui ardió. Tal vez los kothoga no habían sido capaces de controlar, una vez más, a su creación. Tal vez Whittlesey, en aquel terrible estado, había trazado sus propios planes, que no incluían quedarse como ángel vengador de aquella tribu. Quizá sólo había deseado regresar a casa. Había abandonado a los kothoga, y el progreso los había aniquilado. De todos modos, a Kawakita no le importaban los detalles antropológicos. Le interesaban el poder inherente a la planta y el control de ese poder. Había que dominar la fuente para dominar al ser. «Y yo triunfaré donde los kothoga fracasaron», pensó. Estaba controlando la fuente. Sólo él sabía cómo cultivar aquel difícil y delicado nenúfar de la selva amazónica. Sólo él conocía el pH apropiado del agua, la temperatura exacta, la luz correcta, la mezcla de nutrientes ideal. Sólo él sabía cómo inocular el retrovirus en la planta. Todos dependerían de él. Gracias a la combinación genética que había realizado mediante el suero de conejo, había logrado purificar la fuerza esencial del virus, disminuyendo algunos de los efectos colaterales más desagradables. Al menos, estaba bastante seguro de haberlo conseguido. Había llevado a cabo unos descubrimientos revolucionarios. Todo el mundo sabía que los virus introducían su propio ADN en las células de la víctima. Por lo general, el ADN se limitaba a ordenar a las células infectadas que fabricaran más virus. Así actuaban todos los virus conocidos por el hombre, desde los de la gripe a los del sida. El virus con que Kawakita trabajaba era diferente. Inoculaba una colección completa de genes en su víctima: genes de reptil antiguos, de unos sesenta y cinco millones de años, que en la actualidad sólo se encontraban en el humilde geco y en unas pocas especies más. Al parecer, con el correr del tiempo, había adoptado genes de primate, sin duda genes humanos. Un virus que robaba genes a su anfitrión, e incorporaba esos genes a sus víctimas. Aquellos genes, en lugar de fabricar más virus, remodelaban a la víctima hasta convertirla en un monstruo. Ordenaban a la maquinaria del cuerpo que cambiara la estructura ósea, el sistema endocrino, las extremidades, la piel, el cabello y los órganos internos. Modificaban el comportamiento, el peso, la velocidad y la astucia de la víctima y le proporcionaban un olfato y un oído muy agudos a cambio de disminuir la vista. Le dotaban de un poder, una envergadura y una velocidad enormes, al tiempo que dejaban relativamente intacto su maravilloso cerebro homínido. En suma, la droga (el virus) transformaba a la víctima humana en una máquina de matar terrible. No, la palabra víctima no describía con justicia a la persona infectada con el virus. «Simbionte» sería una palabra más precisa, porque era un privilegio recibir el virus; un don otorgado por Greg Kawakita. Era hermoso. De hecho, era sublime. Las posibilidades de la ingeniería genética eran infinitas. Y Kawakita ya tenía ideas para mejorarla. Nuevos genes, tanto humanos como de animal, que el retrovirus podía introducir en su anfitrión. Él controlaba qué genes inoculaba el retrovirus, en qué se convertía la víctima… A diferencia de los kothoga, primitivos y supersticiosos, él controlaba… mediante la ciencia. Un efecto colateral de la planta era que actuaba como narcótico. Proporcionaba un cuelgue maravilloso, limpio, sin la desagradable bajada de otras drogas. Tal vez con esta capacidad la planta había asegurado, en un principio, su ingestión, y por ende, su propagación. Dicho efecto colateral había reportado a Kawakita dinero para financiar sus investigaciones. Al principio, se había negado a vender la droga, pero los problemas económicos no le habían dejado otra alternativa. Sonrió al pensar en lo fácil que había resultado. El selecto círculo de ansiosos adictos ya había bautizado a la planta: «aguanieve». El mercado estaba ávido, y Kawakita vendía tanto como fabricaba. Había anochecido. Kawakita se quitó las gafas de sol e inhaló la rica fragancia del almacén, los sutiles olores de las fibras, el agua y el polvo, mezclados con los del moho, el dióxido de sulfuro y una multitud de otros aromas. Sus alergias crónicas habían desaparecido casi por completo. «Debe de ser el aire limpio de Long Island», pensó con ironía. Se despojó de los zapatos, que le apretaban, y curvó los dedos de los pies con gran placer. Había llevado a cabo el avance más sorprendente en la genética desde el descubrimiento de la doble hélice. Le concederían el premio Nobel, pensó con una sonrisa sarcástica. De haber elegido aquel camino. Pero ¿quién necesitaba un premio Nobel, cuando podía desplumar al mundo entero? Se oyó otro golpe en la puerta.