—¡El siguiente! —apremió Frock. Las luces parpadearon. Tampoco obtuvieron respuesta en el siguiente cuarto. —Uno más —insistió Frock—. Aquél, al otro lado del pasillo. Margo se detuvo ante la puerta indicada, de que colgaba el letrero «Pleistoceno - 12B», y reparó en otra que, situada al final del corredor, daba acceso a una escalera. En el instante en que abría la puerta del cubículo, las luces parpadearon por segunda vez. —Esto es… —empezó. De súbito una potente explosión resonó en el angosto pasaje. Margo alzó la vista, sobresaltada, y trató de localizar el origen del ruido. Daba la impresión de que procedía de un recodo que aún no habían explorado. Entonces las luces se apagaron. —Si esperamos un momento —dijo Frock por fin—, el sistema de emergencia se conectará. Sólo los débiles crujidos del edificio rompían el silencio. Transcurrieron varios minutos. Margo percibió un extraño olor: un olor impío, fétido, casi rancio. Recordó, con un sollozo de desesperación, que ya lo había olido una vez; en la exposición en tinieblas. —¿Ha…? —susurró. —Sí —siseó Frock—. Entre y cierre la puerta. Margo tanteó el marco, casi sin aliento. —¿Doctor Frock? —susurró. El hedor aumentaba de intensidad—. ¿Puede seguir el sonido de mi voz? —No hay tiempo —murmuró el anciano—. Olvídese de mí y métase dentro. —No —replicó Margo—. Acérquese a mí poco a poco. Oyó que la silla rechinaba. El hedor era cada vez más fuerte; un olor a tierra y descomposición de un pantano, mezclado con el aroma dulzón de carne caliente. Margo oyó un resuello. —Estoy aquí —musitó a su tutor—. Dése prisa, por favor. La oscuridad resultaba opresiva. La joven se pegó a la pared y reprimió un frenético impulso de huir. Las ruedas chirriaron en la oscuridad y la silla chocó contra la pierna de Margo, que empujó a Frock al interior. Cerró la puerta con fuerza, giró la llave y se dejó caer al suelo, mientras sollozos ahogados estremecían su cuerpo. El silencio reinaba en la estancia. Se oyó un arañazo en la puerta, suave al principio, más fuerte después. Margo se acurrucó y apoyó el codo contra la silla de ruedas. Notó cómo el doctor Frock le cogía la mano con suavidad. 48 D'Agosta se incorporó entre los cristales rotos, aferró la radio y vio las espaldas de los invitados que huían. Los gritos y chillidos se perdieron en la lejanía. —¿Teniente? Uno de sus agentes, Bailey, salía de debajo de otra vitrina derribada. La sala se había convertido en un caos; objetos aplastados y diseminados por el suelo, cristales rotos por todas partes, zapatos, bolsos, prendas de ropa… Todo el mundo había abandonado la galería, excepto D'Agosta, Bailey y el hombre muerto. El teniente dirigió una fugaz mirada al cadáver decapitado, se fijó en las heridas de su pecho, la ropa apelmazada a causa de la sangre seca, los intestinos generosamente expuestos, como el relleno de un animal disecado. Había muerto hacía varios días, al parecer. Apartó la vista y volvió a mirarlo enseguida. El hombre llevaba uniforme de policía. —¡Bailey! —exclamó—. ¿Quién es este hombre? El agente se acercó, con la cara pálida. —Es difícil decirlo, pero creo que Fred Beauregard tenía un anillo de la Academia grande como ése. —No joda —susurró D'Agosta. Se aproximó más y se agachó para mirar el número de la placa. Bailey asintió. —Es Beauregard. —¡Hostia! —D'Agosta se incorporó—. ¿No tenía un permiso de cuarenta y ocho horas? —Exacto. Su último turno fue el miércoles por la tarde. —Entonces, ha estado aquí desde… —El teniente frunció el entrecejo—. Y ese hijoputa de Coffey se negó a rastrear las salas de la exposición. Voy a hacerle un culo nuevo. —Está herido, teniente —observó Bailey. —Ya me vendaré más tarde —replicó con brusquedad D'Agosta—. ¿Dónde está McNitt? —No lo sé. La última vez que lo vi, estaba atrapado entre la multitud. Ippolito surgió de una esquina alejada con la radio pegada a la boca. El respeto que D'Agosta sentía por el jefe de seguridad aumentó un punto. «Tal vez no sea muy listo, pero tiene un par de huevos cuando hace falta.» Las luces perdieron intensidad. —Ha cundido el pánico en el Planetario —dijo Ippolito por radio—. Dicen que la puerta de seguridad está bajando. —¡Malditos idiotas! ¡Es la única salida! —D'Agosta levantó su radio—. Walden, ¿me recibe? ¿Qué ocurre? —¡Señor, esto es el caos! McNitt acaba de salir de la exposición. Por poco no lo cuenta. Nos hemos desplazado a la entrada para intentar que la gente salga más despacio, pero es inútil. Hay muchas personas atrapadas, teniente. Las luces parpadearon por segunda vez. —Walden, ¿está descendiendo la puerta de emergencia que comunica con la Rotonda? —Espere un momento. —La radio zumbó—. ¡Mierda, sí! ¡Está a mitad de camino y sigue bajando! La multitud se apiña como ganado; aplastará a una docena o… De pronto la exposición se sumió en la oscuridad. El impacto de algo pesado al caer al suelo se impuso por un instante a los gritos y los chillidos. D'Agosta sacó una linterna. —Ippolito, se puede subir la puerta manualmente, ¿verdad? —Sí. En cualquier caso, el sistema de emergencia debería conectarse dentro de un se… —No podemos esperar, de modo que vamos hacia allí. Y ande con cuidado, por el amor de Dios. Se encaminaron con cautela hacia la entrada de la exposición. Ippolito abría la marcha entre la confusión de cristales, madera rota y restos diversos. Fragmentos de objetos muy valiosos se esparcían por doquier. Los alaridos aumentaban de volumen a medida que se aproximaban al Planetario. D'Agosta, que seguía a Ippolito, no veía nada en la inmensa negrura de la sala. Hasta las velas votivas habían caído. El jefe de segundad enfocó la entrada con su linterna. «¿Por que no avanza?», se preguntó D'Agosta, irritado. De pronto Ippolito retrocedió, presa de las náuseas. La linterna cayó al suelo y rodó hasta perderse en la oscuridad. —¿Qué coño…? —exclamó el teniente, echando a correr con Bailey. Se detuvo en seco. El caos se había adueñado de la enorme sala. D'Agosta la iluminó con la linterna y recordó el reportaje sobre un terremoto que había visto en el telediario de la noche. La plataforma aparecía destrozada, el atril astillado. Sobre el estrado de la orquesta descansaban sillas volcadas e instrumentos aplastados. Sobre el suelo yacían restos de comida, ropas y programas impresos, así como cañas de bambú derribadas y orquídeas pisoteadas. D'Agosta desvió el haz hacia la entrada de la exposición. Las altas columnas de madera se habían derrumbado, y bajo ellas sobresalían brazos y piernas. Bailey se acercó a toda prisa. —Hay por lo menos ocho personas aplastadas, teniente. No creo que ninguna esté viva. —¿Alguno de los nuestros? —preguntó D'Agosta. —Temo que sí. Creo que McNitt y Walden, y uno de los de paisano. También hay un par de guardias uniformados, y tres civiles, me parece. —¿Todos muertos? —Eso parece. No puedo mover esas columnas. —Mierda. —D'Agosta apartó la vista y se frotó la frente. Un golpe fuerte resonó en la sala. —Es la puerta de seguridad, que se ha cerrado —explicó Ippolito y se secó la boca. Se arrodilló junto a Bailey—. Oh, no. Martine… Joder, no puedo creerlo. —Se volvió hacia D'Agosta—. Martine custodiaba la escalera posterior. Debió venir para ayudar a controlar a la muchedumbre. Era uno de mis mejores hombres… El teniente avanzó entre las columnas derribadas, esquivando mesas volcadas y sillas rotas. Su mano todavía sangraba. Cuerpos inertes yacían en el suelo, y no consiguió adivinar si estaban vivos o muertos. Oyó gritos procedentes del fondo de la sala y hacia allí dirigió la linterna. La puerta de emergencia se había cerrado por completo, y una masa de gente se apiñaba contra ella, golpeando el metal y chillando. Algunos se volvieron cuando D'Agosta los iluminó. Corrió hacia el grupo, ignorando los graznidos de su radio. —¡Procuren conservar la calma, y apártense! Soy el teniente D'Agosta, de la policía de Nueva York. La muchedumbre se tranquilizó un poco, y D'Agosta llamó a Ippolito. Observó a los congregados y reconoció a Wright, el director, a Ian Cuthbert, responsable de aquella payasada, a una mujer llamada Rickman, que parecía muy importante; en fin, las primeras cuarenta personas que habían entrado en la exposición. Las primeras en entrar, las últimas en salir. —¡Escuchen! —vociferó—. El jefe de seguridad levantará la puerta de emergencia. Hagan el favor de retroceder. Los presentes obedecieron, y D'Agosta emitió un gruñido involuntario al ver varios miembros atrapados bajo la pesada plancha de metal. El suelo estaba resbaladizo a causa de la sangre. Uno de los miembros se movía débilmente, y se oían leves chillidos al otro lado de la puerta. —Santo Dios —susurró—. Ippolito, abra esa hija de puta. —Ilumine aquí —pidió, señalando unos botones situados junto a la puerta. Se agachó y tecleó unas cifras. Esperaron. Ippolito se mostró perplejo. —No lo entiendo… Pulsó los números de nuevo, esta vez con mayor lentitud. —No hay corriente eléctrica —dijo D'Agosta. —No tendría que importar —replicó Ippolito, tecleando frenéticamente por tercera vez—. El sistema dispone de un grupo electrógeno. La multitud comenzó a murmurar. —¡Estamos atrapados! —exclamó un hombre. D'Agosta enfocó a los congregados. —Cálmense todos. El cadáver de la exposición lleva muerto dos días, como mínimo. ¿Lo entienden? Dos días. El asesino se marchó después de cometer el crimen. —¿Cómo lo sabe? —espetó el mismo hombre. —Cierre el pico y escuche —ordenó D'Agosta—. Los sacaremos de aquí. Si no podemos abrir la puerta, lo harán desde fuera. Tal vez tardemos unos minutos. Entretanto, manténgase apartados de la puerta, permanezcan juntos, busquen sillas que no se hayan roto y siéntense. ¿De acuerdo? No pueden hacer nada. Wright se adelantó y dijo: —Escuche, agente; hemos de salir de aquí. ¡Ippolito, por el amor de Dios, abra esa puerta! —¡Un momento! —bramó D'Agosta—. Doctor Wright, haga el favor de unirse al grupo. —Observó los rostros que lo miraban con expresión de terror—. ¿Hay algún médico entre ustedes? —Silencio—. ¿Enfermeras? ¿ATS? —Yo sé algo de primeros auxilios —respondió alguien. —Estupendo. Señor… —Arthur Pound. —Pound, consiga un par de voluntarios para que le ayuden. Hay varias personas atrapadas. Necesito saber el número y su estado. Hay un agente apostado en la entrada de la exposición, Bailey, que podrá echarle una mano. Tiene una linterna. También necesitamos un voluntario que se ocupe de reunir velas. Un joven flaco, vestido con un esmoquin arrugado, surgió de la oscuridad. Terminó de masticar y tragó. —Yo colaboraré en eso —se ofreció. —¿Nombre? —Smithback. —De acuerdo, Smithback. ¿Tiene cerillas? —Sí. El alcalde se adelantó. Tenía la cara manchada de sangre, y un ojo ligeramente amoratado. —Yo también ayudaré. D'Agosta lo miró asombrado. —¡Alcalde Harper! Tal vez pueda encargarse del personal. Tranquilícelos. —Por supuesto, teniente. La radio de éste chirrió de nuevo. —D'Agosta, soy Coffey. D'Agosta, ¿me recibe? ¿Qué coño ocurre ahí? El policía habló con rapidez: —Hay al menos ocho muertos, tal vez más, y un número indeterminado de heridos. Supongo que se habrá enterado de que se ha quedado gente atrapada bajo la jodida puerta. Ippolito no puede abrirla. Aquí somos treinta o cuarenta, incluyendo a Wright y al alcalde. —¡El alcalde! ¡Mierda! Escuche, D'Agosta, el sistema electrónico ha fallado en su totalidad, y el manual de este lado tampoco funciona. Conseguiré un equipo con acetileno para que corte la plancha. Seguramente tardará un rato; esa puerta está construida como la cámara acorazada de un banco. ¿El alcalde se encuentra bien? —Sí. ¿Dónde está Pendergast? —No tengo ni idea. —¿Quién más ha quedado atrapado en el interior del perímetro? —Aún no lo sé —admitió Coffey—. Los informes empiezan a llegar. Había algunos hombres en la sala de ordenadores, y García y otros más se hallaban en el mando de seguridad. Quizá haya más en otras plantas. Aquí hay varios agentes de paisano y guardias. La multitud los arrolló, y algunos resultaron malheridos. ¿Qué coño ha sucedido en la exposición, D'Agosta? —Descubrieron el cadáver de uno de mis hombres tendido en lo alto de una vitrina; destripado, como los demás. —Hizo una pausa y agregó con amargura—: Si me hubiera permitido efectuar el rastreo que le pedí, nada de esto habría ocurrido. La radio chirrió otra vez y enmudeció. —¡Pound! —llamó D'Agosta—. ¿Cuántas bajas hay? —Hemos encontrado un hombre vivo; por poco no lo cuenta —contestó Pound, agachado junto a una forma inerte—. Los demás murieron aplastados; tal vez un par a causa de un infarto. —Atienda al superviviente —indicó D'Agosta. La radio zumbó. —¿Teniente D'Agosta? —dijo una voz ronca—. Soy García, desde el mando de seguridad, señor. Tenemos… Un pitido se impuso sobre la voz. —¿García? ¡García! ¿Qué pasa? —exclamó el teniente D'Agosta. —Lo siento, señor, las pilas de este transmisor están agotándose. Pendergast se ha puesto en contacto con nosotros. Se lo paso. El teniente oyó la voz que tan bien conocía. —Vincent. —¡Pendergast! ¿Dónde está? —En el sótano, sección 29. Tengo entendido que el museo se ha quedado sin corriente eléctrica y que estamos atrapados en el módulo dos. Me temo que debo comunicarle más malas noticias. ¿Puede trasladarse a un rincón donde podamos hablar en privado? D'Agosta se alejó de la multitud. —¿Qué sucede? —preguntó en voz baja. —Escuche con atención, Vincent. He visto aquí abajo algo que no he logrado identificar. Se trata de una criatura grande, y creo que no es humana. —No me tome el pelo, Pendergast. Ahora no. —Hablo muy en serio, Vincent. Ésta no es la mala noticia. La mala noticia es que tal vez se desplaza hacia ustedes. —¿Qué quiere decir? ¿Qué clase de animal es? —Lo reconocerá cuando esté cerca. Despide un olor inconfundible. ¿Con qué armas cuenta? —Veamos… Tres fusiles del calibre doce, un par de revólveres reglamentarios, dos pistolas de tiro, y quizá algo más. —Olvide las pistolas. Atienda, hemos de hablar deprisa. Evacue a todo el mundo. Ese ser pasó junto a mí antes de que se fuera la luz. Lo vi por la ventanilla de un cuarto de almacenamiento, y parecía muy grande. Camina a cuatro patas. Le disparé dos veces, y después desapareció por una escalera que hay al final de este pasillo. He consultado unos planos antiguos que he traído. ¿Sabe dónde desemboca esa escalera? —No —contestó D'Agosta. —Sólo conduce a pisos alternos. También baja al subsótano, pero no podemos suponer que esa cosa se dirija ahí. Hay una salida en la cuarta planta, y otra detrás del Planetario, en la zona de servicio situada tras el estrado. —Pendergast, no me lo ponga más difícil aún. ¿Qué coño quiere que hagamos? —Coloque a sus hombres, armados con fusiles, ante esa puerta. Si la bestia aparece, disparen. Puede que ya haya salido, no lo sé. Vincent, le acerté en la cabeza con una bala del 45 de forro metálico, y ésta rebotó. De haberse tratado de cualquier otra persona, D'Agosta habría sospechado que se burlaba de él o había enloquecido. —De acuerdo, ¿cuándo ocurrió eso? —Lo vi hace pocos minutos, inmediatamente antes de que se fuera la luz. Le disparé, pero fallé. Bajé para efectuar un reconocimiento hace un momento. El pasillo no tiene salida, y la bestia ha desaparecido. La única salida es la escalera que conduce a dónde se hallan ustedes. Quizá se haya escondido en la escalera, o tal vez, si tienen suerte, haya subido a otro piso. Sólo sé que no ha vuelto por aquí. D'Agosta tragó saliva. —Si puede bajar al sótano, reúnase conmigo. Estos planos parecen mostrar la salida. Volveremos a hablar cuando se encuentre en un sitio más seguro. ¿Comprendido? —Sí. —Otra cosa, Vincent. —¿Qué? —Este monstruo sabe abrir y cerrar puertas. D'Agosta guardó la radio, se humedeció los labios y observó al grupo de personas. La mayoría, sentada en el suelo, parecía aturdida, mientras el resto intentaba encender las velas que el larguirucho había reunido. D'Agosta habló a los congregados con la mayor suavidad posible: —Acérquense aquí y apóyense contra la pared. Apaguen las velas. —¿Qué pasa? —exclamó alguien. El teniente reconoció la voz de Wright. —Silencio. Obedezcan. Usted, Smithback, deje eso y venga aquí. La radio zumbó mientras D'Agosta paseaba el foco de la linterna por el recinto. La negrura que reinaba en los rincones más alejados parecía devorar la luz. En el centro de la sala unas velas encendidas rodeaban una forma inerte. Pound y otra persona estaban inclinados sobre ella. —¡Pound! —llamó—. Ustedes dos, vengan aquí. —Pero aún está vivo… —¡Vengan ahora mismo! —Se volvió hacia la multitud apiñada—. No quiero que nadie se mueva o haga el menor ruido. Bailey e Ippolito, cojan los fusiles y síganme. —¿Han oído eso? ¿Para qué necesitan las armas? —vociferó Wright. D'Agosta reconoció la voz de Coffey en su radio y la apagó con un movimiento brusco. Los tres hombres avanzaban con cautela hacia el centro de la sala, mientras los haces de las linternas taladraban la oscuridad que se extendía ante ellos. D'Agosta enfocó la pared, localizó la zona de servicio, el contorno borroso de la puerta de la escalera. Estaba cerrada. Creyó captar un olor extraño en el aire, un peculiar olor a podrido que no consiguió identificar. En cualquier caso, la sala hedía; la mitad de los malditos invitados debía de haber perdido el control de sus esfínteres cuando las luces se apagaron. Guió a sus compañeros hacia la zona de servicio y se detuvo. —Según Pendergast, tal vez hay un ser, un animal, en esa escalera —susurró. —Según Pendergast —masculló con sarcasmo Ippolito. —Déjese de chorradas, Ippolito, y escuche. No podemos quedarnos de brazos cruzados. Entraremos ahí, ¿entendido? Lo haremos según las normas; seguros fuera, balas en las cámaras. Bailey, usted abrirá la puerta, y nos iluminará. Ippolito, usted cubrirá el tramo de escalera que sube; yo me encargaré del que baja. Si ve una persona, exija la identificación y dispare si no la obtiene. Si ve otra cosa, dispare al instante. Actuaremos cuando yo haga una señal. D'Agosta apagó su linterna, la deslizó en un bolsillo y aferró con fuerza el fusil. A continuación indicó con un cabeceo a Bailey que dirigiera el haz de luz a la puerta. Cerró los ojos y musitó una breve oración en la oscuridad. Por último, dio la señal. Ippolito se colocó a un lado de la puerta cuando Bailey la abrió. D'Agosta y el jefe de seguridad se precipitaron al instante, seguidos de Bailey, que trazó un veloz semicírculo con el foco de la linterna. Un horrible hedor les aguardaba en la escalera. D'Agosta descendió unos cuantos escalones en las tinieblas, sintió un súbito movimiento arriba y oyó un gruñido siniestro que lo paralizó, seguido de un golpe sordo, como si alguien estampaba una toalla empapada contra la pared. Entonces cosas mojadas mancharon la pared, y algunas gotas cayeron sobre su cara. Se dio la vuelta y disparó contra algo grande y oscuro. La luz giró locamente. —¡Mierda! —oyó que mascullaba Bailey. —¡Bailey, no permita que entre en la sala! D'Agosta disparó una y otra vez en la oscuridad, hacia arriba y abajo, hasta que la recámara se vació. El olor acre de la pólvora se mezcló con el hedor nauseabundo, mientras resonaban chillidos en el Planetario. Temblando, el teniente subió hasta un rellano, casi tropezó con algo y entró en la sala. —Bailey, ¿dónde está eso? —exclamó, mientras cargaba el fusil. —¡No lo sé! —respondió Bailey—. ¡No veo nada! —¿Bajó o entró? «Dos balas en el fusil. Tres…» —¡No lo sé, no lo sé! D'Agosta sacó su linterna y enfocó a Bailey. El agente estaba cubierto de coágulos de sangre. Tenía trocitos de carne adheridos al pelo y las cejas. El hombre se frotaba los ojos. Un olor fétido impregnaba el aire. —Estoy bien —dijo Bailey—; me parece. Es que, con toda esta mierda en la cara, no puedo ver. Con el fusil apretado contra el muslo, D'Agosta paseó la luz por la sala describiendo un veloz arco. El grupo, acurrucado contra la pared, parpadeó aterrorizado. Dirigió el haz hacia la escalera y vio a Ippolito, o lo que quedaba de él, tendido en el rellano. Sangre oscura manaba sin cesar de sus intestinos expuestos. La cosa había estado esperando a pocos pasos del rellano. «Pero ¿dónde coño está ahora?», se preguntó. Trazó desesperados círculos con la linterna. Había desaparecido. La tranquilidad reinaba en el recinto. No; algo se movía en el centro de la sala. A pesar de la distancia y la débil luz, el teniente distinguió una forma grande y oscura inclinada sobre el hombre que yacía en la pista de baile. Los movimientos de la criatura eran bruscos, extraños. D'Agosta oyó al herido gemir una vez; después un tenue crujido y silencio. El policía se colocó la linterna bajo la axila, levantó el fusil, apuntó y apretó el gatillo. Se produjo un destello acompañado de un rugido. Brotaron chillidos del grupo apiñado. Tras dos disparos más, la recámara se vació de nuevo. El teniente buscó más cartuchos y, al no encontrarlos, arrojó el fusil y sacó la pistola reglamentaria. —¡Bailey! —exclamó—. Reúna a todo el mundo y prepárese para salir. Paseó el haz de la linterna por el suelo de la sala; la forma se había esfumado. Avanzó con cautela hacia el cuerpo. A tres metros de distancia, vio lo que habría preferido no ver; el cráneo partido y el cerebro esparcido por el piso. Una senda de sangre conducía a la exposición. La cosa se había dirigido allí al oír el disparo, y no permanecería mucho rato. D'Agosta dio un brinco, rodeó a toda prisa las columnas derribadas y movió una de las pesadas puertas de madera hasta que consiguió cerrarla. Al oír unas pisadas veloces y potentes en el recinto de la exposición, se apresuró a cerrar la otra. Oyó que el pestillo caía. En ese instante las puertas se estremecieron cuando algo pesado las golpeó. —¡Bailey! ¡Que todo el mundo baje por la escalera! La violencia de los embates aumentó, y D'Agosta retrocedió instintivamente al observar que la madera comenzaba a astillarse. Cuando apuntó la pistola hacia la puerta, oyó gritos y chillidos a su espalda. Habían visto a Ippolito. Escuchó que Bailey discutía con Wright. Tras una fuerte acometida, una enorme grieta se abrió en la base de la puerta. D'Agosta corrió hacia el otro extremo de la sala. —¡Bajen por la escalera, ahora mismo! ¡Y no miren atrás! —¡No! —replicó Wright, que bloqueaba la escalera—. ¡Mire a Ippolito! ¡No pienso bajar! —¡Hay una salida! —exclamó D'Agosta. —No, no la hay; en cambio por la exposición… —¡Hay algo en la exposición! —bramó el teniente—. ¡Muévanse! Bailey apartó a Wright de un empellón y empezó a empujar a través de la puerta a la gente, que gritaba y tropezaba con el cadáver de Ippolito. «Al menos, el alcalde aparenta serenidad —pensó D'Agosta—. Debió de presenciar cosas aún peores en su última conferencia de prensa.» —¡No pienso bajar! —insistió el director—. Cuthbert, Lavinia, escuchadme. Ese sótano es una trampa mortal; lo sé. Subiremos, nos esconderemos en el cuarto piso y regresaremos cuando el monstruo se haya marchado. Los demás descendían ya por la escalera. D'Agosta oyó cómo la madera se astillaba. Se detuvo un momento y observó a las tres personas que vacilaban en el rellano. —Es su última oportunidad de acompañarnos —dijo. —Iremos con el doctor Wright —anunció la directora de relaciones públicas. A la luz de la linterna, su rostro demacrado y aterrado parecía una aparición. El teniente se volvió sin decir palabra y siguió al grupo que descendía, oyendo cómo la voz desesperada de Wright suplicaba que subieran. 49 Bajo la alta arcada de la entrada oeste del museo, Coffey contemplaba cómo la lluvia azotaba las trabajadas puertas de cristal y bronce. Vociferaba con la radio pegada a la boca, pero D'Agosta no contestaba. ¿Y qué era aquella mierda que Pendergast había propagado respecto a un monstruo? Supuso que el tipo ya estaba acojonado de entrada, y que el apagón le había puesto fuera de sí. Como de costumbre, todo el mundo la cagaba, y él, una vez más, tenía que limpiar la mierda. En el exterior dos furgones de la policía frenaron ante el edificio, y agentes con material antidisturbios se apearon para cortar enseguida Riverside Drive. Oyó el aullido de las ambulancias que intentaban con desesperación abrirse paso entre la masa compacta de coches de radio, camiones de bomberos y furgonetas de prensa. Se habían formado corrillos de personas que lloraban o hablaban, bajo la lluvia o refugiados bajo la gran marquesina del museo. Miembros de la prensa conseguían saltarse el cordón y plantaban micrófonos y cámaras ante la cara de la gente hasta que la policía los empujaba hacia atrás. Coffey corrió bajo la lluvia hacia la silueta plateada de la unidad de mando móvil. Abrió la puerta posterior de un tirón y saltó dentro. En el interior, gélido y oscuro, varios agentes se encargaban de controlar las terminales. El resplandor de las pantallas teñía sus rostros de verde. Coffey se apoderó de unos auriculares y se sentó. —¡Reagrúpense! —exclamó en el canal de mando—. ¡Todo el personal del FBI a la unidad de mando móvil! —Cambió de canal—. Mando de seguridad. Quiero un informe de la situación actual. Se oyó la voz de García, cansada y tensa. —Fallo total del sistema todavía, señor. El sistema de emergencia no se ha conectado, y nadie sabe por qué. Sólo contamos con las linternas y las pilas de este transmisor móvil. —¿Y qué? Que lo conecten manualmente. —Todo está regido por el ordenador, señor. Por lo visto, no hay conexión manual. —¿Y las puertas de seguridad? —Señor, todo el sistema empezó a fallar cuando se produjeron aquellas bajadas de tensión. Creen que es un problema de hardware. Todas las puertas de seguridad bajaron. —¿Qué quiere decir? ¿Todas? —Las puertas de seguridad de los cinco módulos se cerraron; no sólo ha pasado en el módulo dos. El museo está cerrado a cal y canto. —García, ¿quién sabe más sobre este sistema de seguridad? —Yo diría que Allen. —Pásemelo. Siguió una breve pausa. —Al habla Tom Allen. —Allen, ¿qué ocurre con los mandos manuales? ¿Por qué no funcionan? —El mismo problema de hardware. El sistema de seguridad fue instalado por otra empresa; un distribuidor japonés. Estamos intentando localizar por teléfono a algún representante, pero resulta difícil porque el sistema telefónico es digital y se averió cuando el ordenador falló. Estamos derivando todas las llamadas por el transmisor de García. Ni siquiera las líneas TI funcionan. Se ha producido una reacción en cadena desde que volaron a tiros el tablero de distribución. —¿Quién? No sabía que… —Un policía. ¿Cómo se llama? ¿Waters? Estaba de servicio en la sala de ordenadores, creyó ver algo, disparó un par de veces el fusil y se cargó el tablero de distribución principal. —Escuche, Allen, quiero enviar un equipo para evacuar a las personas atrapadas en el Planetario. El alcalde está allí dentro, por los clavos de Cristo. ¿Cómo podemos entrar? ¿Podríamos cortar la puerta este para entrar en la sala? —Esas puertas fueron diseñadas para retrasar el corte. Podría realizarse, pero tardaría siglos. —¿Y por el subsótano? Me han comentado que es como un laberinto de catacumbas. —Es posible que se pueda acceder desde ahí, pero no existen planos completos de la zona. —Pues las paredes. ¿Podríamos abrir un agujero en las paredes? —Los muros inferiores que soportan el peso son muy gruesos, hasta noventa centímetros en algunas partes, y todas las paredes de albañilería más antiguas han sido reforzadas. El módulo dos sólo tiene ventanas en las plantas tercera y cuarta, y están protegidas con barras de hierro. De todos modos, la mayoría son demasiado pequeñas para pasar por ellas. —Mierda. ¿Y el tejado? —Todos los módulos están cerrados, y costaría mucho… —Maldita sea, Allen, le pregunto cuál es la mejor forma de meter dentro a algunos hombres. Se hizo el silencio. —La mejor forma de entrar sería por el tejado —dijo por fin la voz—. Las puertas de seguridad de los pisos superiores no son tan gruesas. El módulo tres se extiende sobre el Planetario, por la quinta planta. Sin embargo, no es posible penetrar por allí, pues el tejado está blindado a causa de los laboratorios de radiografía. En cambio sí se podría entrar por el tejado del módulo cuatro. Podría colocarse una carga explosiva en una de las puertas de seguridad situadas en los pasillos más estrechos, y acceder así al módulo tres. Una vez ahí, podría pasarse por el techo del Planetario, donde hay una portilla para poder limpiar y cuidar la araña. Sin embargo, hay dieciocho metros hasta el suelo. —Volveré a llamarle. —Coffey pulsó un botón de la radio y vociferó—: ¡Ippolito! Ippolito, ¿me recibe? ¿Qué coño está pasando en esa sala? —Cambió a la frecuencia de D'Agosta—. ¡D'Agosta! Soy Coffey. ¿Me recibe? —Recorrió frenéticamente las frecuencias—. ¡Waters! —Aquí Waters, señor. —¿Qué ha ocurrido, Waters? —Oí un ruido en el cuarto de la instalación eléctrica y disparé como disponen las ordenanzas… —¿Ordenanzas? ¡Idiota de mierda! ¡No hay ninguna ordenanza que disponga disparar contra un ruido! —Lo siento, señor. Oí un ruido fuerte y gritos y carreras en la exposición. Creí que… —Está acabado, Waters. Pediré que asen su culo y me lo sirvan en una bandeja. No lo olvide. —Sí, señor. Se oyeron, procedentes del exterior, una tos, un chisporroteo y un rugido cuando un generador portátil fue conectado. La puerta trasera de la unidad de mando móvil se abrió y entraron varios agentes con los trajes empapados. —Los demás ya vienen, señor —anunció uno. —Muy bien. Dígales que nos reuniremos aquí dentro de cinco minutos para intentar solucionar el problema. Salió a la lluvia. Trabajadores de los servicios de emergencia transportaban pesadas maquinarias y tanques de acetileno amarillos por la escalinata del museo. Coffey corrió bajo la lluvia y subió por la escalera de la Rotonda. Los médicos se apiñaban ante la puerta metálica de emergencia que bloqueaba la entrada este al Planetario. Coffey oyó el zumbido de una sierra que cortaba huesos. —Dígame qué hay —pidió Coffey al jefe del equipo médico. Sobre la mascarilla manchada de sangre, los ojos del doctor reflejaban cansancio. —Aún no sabemos el número total de heridos: hay varios en estado crítico. Estamos efectuando algunas amputaciones. Creo que algunos más se salvarían si se pudiera levantar esa puerta antes de media hora. Coffey negó con la cabeza. —Dudo de que sea posible. Tendremos que cortarla. Se acercó un trabajador de emergencias. —Disponemos de algunas mantas térmicas con que podríamos cubrir a esa gente mientras trabajamos. El agente retrocedió y levantó la radio! —¡D'Agosta! ¡Ippolito! ¡Contesten! Silencio. Tras un tenue siseo, se oyó una voz tensa: —Aquí D'Agosta. Escuche, Coffey… —¿Dónde estaba? Le dije… —Cierre el pico y escuche, Coffey. Estaba usted haciendo demasiado ruido; tuve que silenciarle. Nos hallamos en el subsótano, no sé muy bien dónde. Una bestia merodea por el módulo dos. No bromeo, Coffey; es un jodido monstruo. Mató a Ippolito y se metió en la sala. Tuvimos que salir. —¿Un qué? Está perdiendo la chaveta, D'Agosta. Cálmese, ¿me oye? Enviaremos hombres para que entren por el techo… —¿Sí? Bien, será mejor que vayan bien preparados, si piensan hacer frente a esa cosa. —D'Agosta, yo me ocuparé de ello. ¿Qué me decía de Ippolito? —Está muerto; destripado, como los demás fiambres. —Y lo hizo un monstruo. Oh, sí, claro. ¿Hay otro agente de policía con usted, D'Agosta? —Sí, Bailey. —Le relevo de su cargo. Páseme a Bailey. —Que le folle un pez. Aquí está Bailey. —Sargento —ladró Coffey—, usted está al mando ahora. ¿Cuál es la situación? —Señor Coffey, el teniente tiene razón. Tuvimos que abandonar el Planetario. Bajamos por la escalera trasera situada cerca de la zona de servicio. Somos unos treinta, incluido el alcalde. Hay algo ahí dentro. —No me toque las pelotas, Bailey. ¿Lo ha visto? —No estoy seguro de lo que vi, señor. D'Agosta sí lo vio. No imagina lo que hizo con Ippolito… —Escuche, Bailey. Tranquilícese y tome el mando, ¿de acuerdo? —No, señor. En lo que a mí concierne, el teniente continúa al mando. —¡Acabo de dárselo a usted! —Coffey resopló y levantó la vista, enfurecido—. El hijoputa ha cortado. Greg Kawakita se erguía bajo la lluvia, inmóvil, entre una tormenta de chillidos, sollozos y blasfemias. Permanecía ajeno al agua que le empapaba el cabello, los vehículos de emergencias que circulaban, las sirenas que aullaban o los invitados aterrados que lo empujaban cuando pasaban a su lado. Una y otra vez repetía en su mente lo que Margo y Frock le habían explicado. Avanzó en dirección al museo, luego dio media vuelta lentamente, se ciñó el calado esmoquin y caminó con aire reflexivo en la oscuridad. 50 Margo se sobresaltó cuando un segundo disparo resonó en el pasillo. —¿Qué ocurre? —exclamó. Notó que Frock le apretaba la mano con más fuerza. Oyeron que alguien corría fuera. A continuación el resplandor amarillento de una linterna se coló por debajo de la puerta. —El olor empieza a desvanecerse —susurró—. ¿Cree que se ha ido? —Margo —murmuró Frock—, me ha salvado usted. Arriesgó su vida para salvar la mía. Alguien llamó con suavidad a la puerta. —¿Quién es? —preguntó el doctor con firmeza. —Pendergast —respondió una voz. Margo se apresuró a abrir la puerta. El agente del FBI apareció ante ella, con un revólver en una mano y planos arrugados en la otra. El traje negro bien cortado contrastaba con su cara sucia. Cerró la puerta tras de sí. —Me alegro de encontrarles sanos y salvos —dijo. Enfocó a Margo, después a Frock. —No tanto como nosotros —exclamó el profesor—. Bajamos para buscarlo. ¿Fue usted quien disparó? —Sí. Supongo que fue usted quien me llamó a voces, —¡Me oyó! —dijo Frock—. Por eso supo dónde localizarnos. Pendergast negó con la cabeza. —No. —Tendió la linterna a Margo, para desdoblar los planos, que la joven observó estaban cubiertos de anotaciones escritas a mano—. La Sociedad Histórica de Nueva York se disgustará cuando vea las libertades que me he tomado con su propiedad —comentó con sequedad el agente. —Pendergast —susurró Frock—, Margo y yo hemos descubierto qué es ese asesino. Ha de escucharnos. No se trata de un ser humano o un animal conocido. Deje que se lo expliquemos. El sureño levantó la vista. —No necesito que me convenza, doctor Frock. Éste parpadeó. —¿No? Entonces ¿nos ayudará a suspender la inauguración, a evacuar a los asistentes? —Demasiado tarde —admitió Pendergast—. He hablado por la radio de la policía con el teniente D'Agosta y otros. El fallo eléctrico no sólo afecta al sótano, sino a todo el museo. El sistema de seguridad no ha funcionado, y todas las puertas de emergencia han bajado. —Significa eso…—empezó Margo. —Significa que el edificio ha quedado dividido en cinco secciones aisladas. Nos hallamos en el módulo dos, al igual que la gente atrapada en el Planetario. Y el monstruo. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó Frock. —Cundió el pánico aun antes de que se produjera el corte eléctrico y las puertas descendieran. Descubrieron en el interior de la exposición el cadáver de un agente de policía. La mayoría de los invitados lograron salir, pero treinta o cuarenta permanecen encerrados en el Planetario. —Sonrió con ironía—. Visité la exposición hace unas horas. Quería echar un vistazo a esa estatuilla de Mbwun de que me habló. Si hubiera entrado por la parte posterior en lugar de por la puerta delantera, tal vez habría encontrado el cadáver e impedido todo esto. En cualquier caso, tuve la oportunidad de ver la estatuilla, doctor Frock. Se trata de una excelente representación. Se lo dice alguien que entiende. Frock lo miró boquiabierto. —¿Lo ha visto? —susurró. —Sí. Disparé contra él. Me hallaba en una esquina cercana a este cuarto cuando oí que me llamaba. En ese instante percibí un olor repugnante. Me escondí en un cubículo y lo vi pasar a través de una ventanilla. Salí y disparé, pero la bala rebotó en la cabeza del monstruo. De pronto las luces se apagaron. Lo seguí y observé que forcejeaba con esta puerta, resollando. —El agente abrió el cilindro del revólver y sustituyó los dos cartuchos empleados—. Por eso supe que se habían refugiado aquí. —Dios mío —musitó Margo. Pendergast enfundó el arma. —Le disparé por segunda vez, pero apunté mal y erré el tiro. Vine hacia aquí en su búsqueda, pero la cosa había desaparecido. Sin duda huyó por la escalera situada al final del pasillo. No existe otra salida. —Señor Pendergast, dígame una cosa; ¿qué aspecto tenía? —preguntó Frock. —Sólo lo vi un momento. Era bajo, de constitución fuerte. Caminaba a cuatro patas, pero podía enderezarse. Estaba cubierto en parte de pelo. —Se humedeció los labios y asintió—. A pesar de que la oscuridad me impidió observarlo, diría que el escultor de la estatuilla sabía lo que hacía. A la luz de la linterna, Margo apreció una extraña mezcla de miedo, júbilo y triunfo en el rostro de su tutor. Súbitamente, una serie de explosiones apagadas resonó sobre sus cabezas. Tras un breve silencio, otra ráfaga de disparos, más cercanos y ruidosos, atronó. Pendergast miró hacia arriba y aguzó el oído. —¡D'Agosta! —dijo. Desenfundó el revólver, dejó caer los planos y salió al pasillo. Margo corrió tras él e iluminó el corredor. Pendergast forcejeaba con la puerta de la escalera. Se arrodilló para examinar la cerradura, se levantó y propinó varias patadas a la puerta. —Está cerrada —anunció cuando regresó—. Creo que esos disparos procedían de la escalera. Algunas balas han doblado el marco de la puerta y estropeado la cerradura. —Enfundó el arma y sacó la radio—. ¡Teniente D'Agosta! Vincent, ¿me oye? Esperó un momento. Después sacudió la cabeza y guardó la radio en el bolsillo de la chaqueta. —¿Estamos atrapados aquí? —preguntó Margo. Pendergast negó con la cabeza. —Creo que no. He pasado la tarde en estas bóvedas y túneles, intentando averiguar cómo había eludido la bestia nuestros rastreos. Estos planos, trazados en el siglo pasado, son complicados y contradictorios, pero parece que indican una ruta de salida del edificio a través del subsótano. Con todo sellado, no nos queda otro camino. Hay varias formas de acceder al subsótano desde esta parte del museo. —¡Eso significa que podemos reunirnos con la gente que permanece arriba y escapar juntos! —dijo Margo. —Y también significa que la bestia puede volver al subsótano —replicó el agente con semblante sombrío—. Me temo que, si bien esas puertas de emergencia pueden impedir nuestro rescate, no estorbarán demasiado los movimientos del monstruo. Creo que lleva aquí el tiempo suficiente para haber descubierto los caminos secretos y que puede desplazarse por todo el museo, al menos por los niveles inferiores, sin la menor dificultad. Margo asintió. —Suponemos que vive en el museo desde hace años. Y creemos haber averiguado cómo y porqué vino aquí. Pendergast escrutó el rostro de Margo. —Necesito que usted y el doctor Frock me cuenten cuanto hayan descubierto acerca de esta criatura, y lo antes posible. Cuando se volvían para entrar en el cuarto, la joven oyó un tamborileo lejano, como un trueno sordo. Quedó petrificada y escuchó con atención. Quizá se tratase de una voz, aunque no estaba segura de si lloraba o gritaba. —¿Qué ha sido eso? —susurró. —Eso —respondió Pendergast en voz baja— es el ruido de la gente de la escalera, que corre para salvar la vida. 51 A la débil luz que se filtraba por la ventana enrejada del laboratorio, Wright apenas podía vislumbrar el antiguo archivador. Por fortuna el laboratorio se encontraba dentro del perímetro del módulo dos, pensó. No por primera vez, se alegró de haber conservado su antiguo laboratorio cuando fue ascendido a director. Les proporcionaría un refugio temporal, un pequeño respiro. El módulo dos había quedado completamente aislado del resto del museo, y ellos se habían convertido en sus prisioneros. Todas las barreras de emergencia, las contraventanas y las puertas de seguridad habían descendido durante la avería eléctrica; al menos eso había afirmado aquel incompetente agente de policía, D'Agosta. —Alguien pagará muy caro por esto —murmuró Wright. Todos guardaron silencio. En aquellos momentos, cuando ya habían dejado de huir, comenzaban a comprender la magnitud del desastre. El director avanzó con cautela, abrió varios cajones del archivador y hurgó entre las carpetas hasta encontrar lo que buscaba. —Ruger 38 Magnum —dijo, alzándola entre las manos—. Una gran pistola. Puede detener cualquier cosa. —No estoy seguro de que consiga detener a lo que mató a Ippolito —repuso Cuthbert, de pie junto a la puerta del laboratorio; una figura inmóvil enmarcada en negro. —No te preocupes, Ian. Una sola de estas balas es capaz de perforar a un elefante. La compré después de que el viejo Shorter fuera asaltado por un vagabundo. En cualquier caso, el monstruo no subirá aquí. Y si lo hace, no podrá derribar esa puerta. Es de roble macizo, de cinco centímetros de espesor. —¿Qué me dices de ésa? Cuthbert señaló hacia la parte posterior del despacho. —Ésa comunica con la Sala de los Dinosaurios Cretácicos. También es de roble macizo. —Encajó la Ruger en el cinturón—. Y esos idiotas se han metido en el sótano como lemmings. Tendrían que haberme hecho caso. —Revolvió de nuevo en un cajón y extrajo una linterna—. Excelente. Hace años que no la utilizo. La encendió, y surgió un tenue rayo que osciló debido al temblor de su mano. —Yo diría que le queda poca vida a esa linterna —murmuró Cuthbert. El director la apagó. —Sólo la utilizaremos en caso de emergencia. —¡Por favor! —intervino de repente Rickman—. Déjala encendida, por favor, sólo un momento. —Sentada sobre un taburete en el centro de la habitación, unía y separaba las manos frenéticamente—. ¿Qué vamos a hacer, Winston? Hemos de trazar un plan. —Lo primero es lo primero —dijo Wright—. Necesito una copa; ése es el plan A. Tengo los nervios a flor de piel. Se dirigió al fondo del laboratorio y enfocó un viejo archivador del que sacó una botella. Se oyó un tintineo. —¿Ian? —preguntó Wright. —No, gracias —contestó Cuthbert. —¿Lavinia? —No, no; no puedo. Wright regresó junto a ellos y se sentó ante una mesa de trabajo. Se sirvió un vaso y lo vació en tres tragos. Volvió a llenarlo. El aroma cálido del whisky de malta inundó la habitación. —Tómatelo con calma, Winston —advirtió Cuthbert. —No podemos quedarnos aquí, a oscuras —protestó Rickman, nerviosa—. Debe de haber una salida en esta planta. —Ya te he dicho que todo está sellado —replicó Wright. —¿Y la Sala de los Dinosaurios? —preguntó la mujer, señalando la puerta posterior. —Lavinia —dijo Wright—, la Sala de los Dinosaurios sólo dispone de una entrada pública, que está sellada por una puerta de seguridad. Estamos completamente atrapados. De todas formas, no debes preocuparte, porque lo que mató a Ippolito y los demás no nos seguirá. Acechará a la presa fácil, el grupo que vaga por el sótano. —Tomó un trago y depositó el vaso sobre la mesa—. Propongo que esperemos aquí otra media hora y después bajemos a la exposición. Si el fluido eléctrico no se ha restablecido y las puertas continúan cerradas, existe otra salida. A través de la exposición. —Al parecer conoces toda clase de escondites —comentó Cuthbert. —Éste era mi laboratorio. De vez en cuando me gusta bajar aquí para huir de los quebraderos de cabeza administrativos y estar cerca de mis dinosaurios. —Lanzó una risita y bebió. —Entiendo —dijo Cuthbert con acritud. —Parte de la exposición «Supersticiones» se alza sobre lo que era el antiguo Nicho de los Trilobites. Le dediqué un montón de horas hace muchos años. Sea como sea, detrás de un expositor de trilobites se ocultaba un pasadizo que comunicaba con el corredor Broadway. La puerta fue entablada hace años para colocar una vitrina. Estoy seguro de que cuando montaban «Supersticiones», clavaron encima un panel de madera terciada y lo pintaron. Podríamos derribarlo a patadas, hacer saltar la cerradura de un disparo en caso necesario. —Eso parece factible —observó Rickman, más animada. —No recuerdo haber oído mencionar una puerta semejante en la exposición —repuso Cuthbert, escéptico—. Estoy convencido de que seguridad habría conocido su existencia. —Ya te digo que fue hace años —replicó Wright—. Fue entablada y olvidada. Wright aprovechó el largo silencio que siguió, para servirse otra copa. —Winston, deja de beber —reprendió Cuthbert. Tras tomar un largo trago, el director bajó la cabeza. Sus hombros se hundieron. —Ian —murmuró por fin—, ¿cómo ha podido suceder esto? Estamos arruinados, y tú lo sabes. Cuthbert guardó silencio. —No enterremos al paciente antes del diagnóstico —terció Rickman con un tono desenfadado que no lograba ocultar su desesperación—. Un buen relaciones públicas puede reparar el peor daño. —Lavinia, no estamos hablando de unas aspirinas envenenadas —repuso Cuthbert—. Media docena de personas ha muerto, tal vez más. El jodido alcalde está atrapado en el sótano. Dentro de un par de horas, saldremos en los informativos de todo el país. —Estamos arruinados —repitió Wright, que dejó escapar un sollozo leve y ahogado y apoyó la cabeza sobre la mesa. —Me cago en la leche —masculló Cuthbert, cogiendo la botella y el vaso para guardarlos en el archivador. —Todo ha terminado, ¿verdad? —gimió el director sin alzar la cabeza. —Sí, Winston, todo ha terminado —dijo Cuthbert—. La verdad, me conformo con escapar vivo de ésta. —Por favor, Ian, salgamos de aquí. ¡Por favor! —suplicó Rickman. —Se levantó y caminó hacia la puerta que Wright había cerrado y la abrió con facilidad—. ¡No estaba cerrada con llave! —exclamó. —Santo Dios —dijo Cuthbert, poniéndose en pie de un salto. Wright, con la cabeza recostada sobre la mesa, hurgó en su bolsillo y sacó una llave. —Cierra las dos puertas —ordenó con voz apagada. Rickman introdujo la llave en la cerradura con mano trémula. —¿En qué nos hemos equivocado?—preguntó Wright con tono quejumbroso. —Es evidente —respondió Cuthbert—. Hace cinco años tuvimos la oportunidad de solucionar este problema. —¿A qué te refieres? —inquirió Rickman acercándose a ellos. —Lo sabes muy bien. Me refiero a la desaparición de Montague. Deberíamos habernos ocupado del problema entonces en lugar de aparentar que nada había ocurrido; toda aquella sangre en el sótano, cerca de las cajas de Whittlesey, la desaparición de Montague. En el fondo, ahora intuimos qué sucedió, pero tendríamos que haber investigado el asunto entonces. ¿Te acuerdas, Winston? Estábamos sentados en tu despacho cuando Ippolito nos comunicó la noticia. Ordenaste que limpiaran el suelo y se olvidara el incidente. Nos lavamos las manos y confiamos en que el asesino de Montague, fuera lo que fuera, se hubiera marchado. —¡No había pruebas de que alguien hubiera sido asesinado! —bramó Wright, levantando por fin la cabeza—. ¡Ninguna prueba de que fuera Montague! Podía haberse tratado de un perro perdido, o algo por el estilo. ¿Cómo podíamos saberlo? —No lo sabíamos, pero habríamos podido averiguarlo si hubieras permitido que Ippolito informara a la policía de aquella carnicería. Y tú, Lavinia… Si no recuerdo mal, te mostraste de acuerdo en que bastaba con limpiar toda aquella sangre. —No había ninguna necesidad de provocar un escándalo, Ian. Sabes muy bien que aquella sangre podía pertenecer a cualquier cosa —objetó Rickman—. Ian, fuiste tú quien insistió en trasladar aquellas cajas, quien estaba preocupado por si la exposición suscitaba preguntas sobre la expedición Whittlesey, quien robó el diario y me pidió que lo guardara hasta que la exposición hubiera concluido. El diario no encajaba con tus teorías, ¿verdad? El subdirector resopló. —Qué poco sabes. Julian Whittlesey era amigo mío; al menos lo había sido. Discutimos por un artículo que publicó y nunca nos reconciliamos. En cualquier caso, ya es demasiado tarde para eso. No quería que el diario saliera a la luz. Sus teorías eran ridículas. —Miró fijamente a la directora de relaciones públicas—. Yo sólo trataba, Lavinia, de proteger a un colega que se había vuelto un poco chiflado. No encubrí un asesinato. ¿Y qué me dices de los avistamientos? Winston, tú recibiste varios informes hace un año de gente que había visto u oído cosas extrañas a altas horas de la noche. Nunca hiciste nada al respecto, ¿verdad? —¿Qué podía hacer? ¿Quién lo habría creído? Eran informes absurdos, ridículos… —¿Podemos cambiar de tema, por favor? —exclamó Rickman—. No puedo permanecer aquí, en la oscuridad. ¿Y si escapamos por las ventanas? Tal vez tenderán una red para que saltemos… —Imposible —atajó Wright. Exhaló un profundo suspiro y se frotó los ojos—. Esas barras son de acero, de varios centímetros de grosor. —Paseó la vista por el laboratorio— ¿Dónde está el whisky? —Ya has bebido bastante —replicó Cuthbert. —Tú y tu maldita moral anglicana. —Se puso en pie con un esfuerzo y se dirigió al archivador con paso vacilante. En la escalera, D'Agosta escudriñó la figura borrosa de Bailey. —Gracias. —Usted manda. El grupo de invitados, acurrucado unos peldaños más abajo, los esperaba, entre resuellos y sollozos. D'Agosta se volvió hacia ellos. —Muy bien —susurró—. Hemos de actuar con rapidez. En el siguiente rellano hay una puerta que comunica con el sótano. Entraremos y nos reuniremos con otra gente que conoce una salida. ¿Todo el mundo lo ha entendido? —Lo hemos entendido —contestó una voz que D'Agosta reconoció como la del alcalde. —Bien —asintió el teniente—. Muy bien, vámonos. Yo iré delante con la linterna. Bailey, cubra la retaguardia. Infórmeme si ve algo. El grupo descendió poco a poco. Al llegar al rellano, D'Agosta esperó hasta que Bailey le indicó por señas que podía continuar. Agarró el tirador. No se movió. D'Agosta lo accionó de nuevo, con más fuerza. No hubo suerte. —¿Qué…? —Acercó la linterna al pomo—. Mierda —murmuró—. Que todo el mundo permanezca en su sitio, en el mayor silencio posible —dijo en voz más alta—. Subiré para hablar con el agente de la retaguardia. —Volvió sobre sus pasos—. Escuche, Bailey —susurró—, no podemos entrar en el sótano. Algunas de las balas que disparamos rebotaron en la puerta, y la jamba se ha ido al carajo. Es imposible abrirla sin una palanca. Distinguió que las pupilas de Bailey se dilataban. —¿Qué vamos a hacer? —preguntó el sargento—. ¿Regresar arriba? —Déjeme pensar un momento. ¿De cuánta munición dispone? Me quedan seis balas en la pistola reglamentaria. —No lo sé. Quince, dieciséis balas, tal vez. —Maldita sea. No creo… —Se interrumpió súbitamente, apagó la linterna y aguzó el oído en la envolvente oscuridad. Un leve movimiento de aire transportó un hedor impío. Bailey hincó una rodilla en el suelo y apuntó el fusil hacia arriba. D'Agosta se volvió hacia el grupo que aguardaba abajo. —Bajen todos al siguiente rellano —masculló—. ¡Deprisa! Tras una serie de murmullos, alguien protestó: —¡No podemos bajar ahí! ¡Quedaremos atrapados bajo tierra! La respuesta del teniente fue ahogada por un disparo de fusil. —¡La Bestia del Museo! —exclamó una voz, y el grupo comenzó a descender por la escalera. —¡Bailey! —llamó D'Agosta, ensordecido por la denotación—. ¡Sígame, Bailey! D'Agosta bajó de espaldas, empuñando la pistola con una mano al tiempo que con la otra tanteaba la pared. Notó que la superficie se convertía en piedra húmeda a medida que descendía hacia el sótano. Miró hacia arriba y vio que la silueta borrosa de Bailey lo seguía, jadeando y mascullando maldiciones. Después de lo que se le antojó una eternidad, el teniente pisó el rellano del subsótano. De pronto el sargento tropezó con él. —Bailey, ¿qué coño era? —susurró. —No lo sé. Primero percibí ese espantoso olor y luego creí distinguir dos ojos rojos en la oscuridad. Disparé. D'Agosta dirigió el haz de la linterna hacia arriba. La luz sólo reveló sombras y piedra amarilla, toscamente labrada. El olor persistía. Enfocó el grupo de invitados y contó a toda prisa; treinta y ocho, incluidos Bailey y él. —Muy bien —murmuró—. Nos hallamos en el subsótano. Me adelantaré, y ustedes me seguirán cuando haga una señal. Se volvió e iluminó la puerta. «Joder, esto es como la Torre de Londres», pensó. La puerta metálica ennegrecida estaba reforzada con barras de hierro horizontales. Cuando la abrió, un aire frío, húmedo y mohoso penetró en la escalera. El teniente echó a andar y, al oír un chapoteo de agua, retrocedió y bajó la luz. —Escuchen —dijo—, corre agua por aquí; unos siete u ocho centímetros de profundidad. Entren de uno en uno, deprisa pero con cuidado. Hay dos peldaños al otro lado de la puerta. Bailey, ocupe la retaguardia. Y cierre la puerta al salir, por el amor de Dios. Pendergast contó las balas restantes, las guardó en el bolsillo y miró a Frock. —Fascinante, la verdad. Un gran trabajo de deducción por su parte. Lamento haber dudado de usted, profesor. Éste restó importancia a sus disculpas con un movimiento de la mano. —¿Cómo podía usted saberlo? Además, fue Margo quien descubrió el eslabón más importante. Si no hubiera analizado esas fibras de embalaje, nunca lo habríamos averiguado. El agente cabeceó en dirección a Margo, que se había sentado sobre una gran caja de madera. —Un trabajo brillante —elogió—. Podríamos contratarla para el laboratorio criminológico de Baton Rouge. —Suponiendo que yo permitiera que se marchara —replicó Frock—. Y suponiendo que salgamos vivos de aquí, cosa que dudo. —Y suponiendo que yo accediera a abandonar el museo —añadió Margo, sorprendida de sus propias palabras. Pendergast se volvió hacia ella. —Me consta que conoce el comportamiento de ese monstruo mejor que yo. De todos modos, ¿cree que su plan funcionará? Margo respiró hondo y asintió. —Si el Extrapolador está en lo cierto, la bestia caza por el olfato más que por la vista. Y si su necesidad de la planta es tan fuerte como sospechamos… —Hizo una pausa y se encogió de hombros—. Es la única forma. Pendergast permaneció inmóvil un momento. —Si así conseguimos salvar las vidas de las personas atrapadas abajo, vale la pena intentarlo. —Sacó la radio—. ¿D'Agosta? —llamó, mientras sintonizaba el canal—. D'Agosta, soy Pendergast, ¿Me recibe? La radio emitió un chirrido. —Aquí D'Agosta. —D'Agosta, ¿cuál es la situación? —Nos topamos con el monstruo. Entró en la sala, mató a Ippolito y un invitado herido. Bajamos por la escalera, pero la puerta que comunica con el sótano está atascada. No hemos tenido más remedio que dirigirnos al subsótano. —Comprendido. ¿De cuántas armas disponen? —Sólo tuvimos tiempo de coger un fusil y una pistola reglamentaria. —¿Dónde se encuentran ahora? —En el subsótano, tal vez a unos cincuenta metros de la puerta de la escalera. —Escuche con atención, Vincent. He hablado con el profesor Frock. El monstruo al que nos enfrentamos es muy inteligente, tal vez incluso tanto como usted o yo. —Hable por usted. —Si lo ve otra vez, no apunte a la cabeza, pues las balas rebotarán en el cráneo, sino al cuerpo. Tras unos minutos de silencio, la voz de D'Agosta regresó. —Escuche, Pendergast, ha de contar a Coffey todo esto. Ha decidido enviar algunos hombres, y no creo que tenga ni idea de lo que le espera. —Haré lo que pueda, pero antes debemos intentar sacarlos de ahí. Es posible que esa bestia los persiga. —No me joda. —Pueden salir del museo a través del subsótano, aunque no resultará fácil. Estos planos son muy antiguos y quizá no demasiado fiables. Es posible que haya agua. —En este momento, alcanza una altura de unos quince centímetros. Escuche, Pendergast, ¿está seguro de lo que dice? Hay una tormenta del copón fuera. —Pueden elegir entre el diluvio o la bestia. Ustedes son cuarenta. Constituyen el blanco más evidente. Han de moverse, y deprisa. Es la única escapatoria. —¿Pueden reunirse con nosotros? —No. Hemos decidido quedarnos aquí para atraer al monstruo. No hay tiempo para más explicaciones. Si nuestro plan funciona, nos reuniremos con ustedes más tarde. Gracias a estos planos, he descubierto que existe más de una manera de acceder al subsótano desde el módulo dos. —Joder, Pendergast, vaya con cuidado. —Ésa es mi intención. Ahora, escuche con atención. ¿Están en un pasadizo largo y recto? —Sí. —Estupendo. Cuando el pasillo se bifurque, avancen por la derecha. Encontrarán otra bifurcación a unos cien metros. Entonces contacte conmigo. ¿Comprendido? —Comprendido. —Buena suerte. Corto. —Pendergast cambió de frecuencia al instante—. Coffey, soy Pendergast. ¿Me recibe? —Aquí Coffey. Pendergast, he intentado localizarle desde… —Ahora no hay tiempo. ¿Ha enviado un equipo de rescate? —Sí. Están a punto de salir. —Pues ocúpese de que vayan equipados con armas automáticas pesadas, cascos y chalecos antibalas. Ahí dentro hay un monstruo asesino y poderoso, Coffey. Yo lo he visto. Se desplaza por el módulo dos. —¡Por los clavos de Cristo! Antes D'Agosta y ahora usted. Pendergast, si intenta… —Sólo le avisaré una vez más. Se enfrenta a una criatura monstruosa. Si la subestima, allá usted. Voy a cortar. —¡No, Pendergast, espere! Le ordeno que… Pendergast apagó la radio. 52 Avanzaban por el túnel con los pies hundidos en el agua, mientras los tenues haces de las linternas exploraban el techo y la corriente de aire acariciaba sus caras. D'Agosta estaba alarmado. La bestia podía aparecer por detrás de improviso, porque no captarían su hedor. Se detuvo un momento para que Bailey los alcanzara. —Teniente —dijo el alcalde, casi sin aliento—, ¿está seguro de que hay una salida por aquí? —Sólo puedo guiarme por las indicaciones del agente Pendergast, señor. Él tiene los planos. Lo que sí le aseguro es que no quiero volver atrás. El teniente y el grupo reanudaron la marcha. Gotas oscuras y aceitosas se desprendían del techo abovedado construido de ladrillos. Las paredes estaban incrustadas de limo. Todo el mundo guardaba silencio, excepto una mujer que lloraba. —Perdone, teniente —dijo el joven larguirucho, Smithback. —¿Sí? —¿Le importaría decirme algo? —Pregunte. —¿Qué siente al tener en sus manos las vidas de cuarenta personas, incluido el alcalde de Nueva York? —¿Qué? —D'Agosta se detuvo y miró hacia atrás—. ¡No me diga que hay un jodido periodista con nosotros! —Bueno, yo… —Telefonee a jefatura y concierte una cita conmigo. D'Agosta dirigió el haz de la linterna hacia adelante y descubrió la bifurcación del túnel. Se desvió hacia la derecha, tal como Pendergast había indicado. Aquel pasillo formaba cierta pendiente, y el agua fluía con mayor rapidez. El teniente tiró de las perneras de su pantalón mientras se internaba en la negrura que los aguardaba. La herida de la mano le dolía. Cuando el grupo dobló la esquina, D'Agosta reparó con alivio en que la brisa ya no venía de cara. Una rata muerta, como una bola de billar de tamaño exagerado, se acercó flotando y chocó contra las piernas de la gente. Alguien gruñó y trató de alejarla a patadas. Nadie más se quejó. —¡Bailey! —llamó D'Agosta. —¿Sí? —¿Ha visto algo? —Usted será el primero en saberlo. —Comprendido. Llamaré arriba para preguntar si han conseguido restablecer la corriente eléctrica. —Cogió la radio—. ¿Coffey? —Recibido. Pendergast acaba de cortar. ¿Dónde se hallan? —En el subsótano. Pendergast tiene un plano. Nos guía por radio. ¿Cuándo volverá la luz? —No sea idiota, D'Agosta. Conseguirá que los maten a todos. No parece que la luz vaya a volver pronto. Regresen al Planetario y esperen allí. Dentro de un par de minutos enviaremos un comando del SWAT para que entre por el tejado. —En ese caso, debería saber que Wright, Cuthbert y la directora de relaciones públicas continúan arriba, probablemente en la cuarta planta; es la única otra salida por esa escalera. —¿Qué significa eso? ¿No se los llevó con usted? —Se negaron a acompañarnos. Wright se plantó, y los demás le imitaron. —Por lo visto tuvieron más sentido común que usted. ¿El alcalde está bien? Déjeme hablar con él. D'Agosta pasó la radio. —¿Se encuentra bien, señor? —preguntó Coffey con ansiedad. —Estamos en buenas manos con el teniente. —Estoy convencido de que deberían regresar al Planetario y esperar ayuda, señor. Un comando del SWAT intervendrá para rescatarlos. —He depositado toda mi confianza en el teniente D'Agosta. Usted debería hacer lo mismo. —Sí, señor, por supuesto. Tenga la seguridad de que lograré que salga de ahí sano y salvo, señor. —¿Coffey? —¿Señor? —Aparte de mí, hay tres docenas de personas aquí; no lo olvide. —Sólo quiero informarle, señor, de que hemos… —¡Coffey! Me temo que no me ha entendido. Todas las vidas son merecedoras de los esfuerzos de usted y sus hombres. —Sí, señor. El alcalde devolvió la radio a D'Agosta. —¿Me equivoco, o ese tal Coffey es gilipollas? —murmuró. El teniente guardó la radio en la funda y siguió avanzando por el pasadizo. Luego se detuvo y enfocó algo que se alzaba ante ellos. Se trataba de una puerta de acero, cerrada. El agua oleaginosa corría a través de una rejilla situada en la base. D'Agosta se acercó y observó que era muy parecida a la puerta que había en la base de la escalera; maciza, de chapa doble, claveteada con remaches oxidados. Un viejo cerrojo de cobre, cubierto de cardenillo, estaba asegurado mediante una gruesa anilla metálica, clavada junto al marco. D'Agosta agarró el cerrojo y tiró sin conseguir soltarlo. —¿Pendergast? —llamó D'Agosta. —Le recibo. —Hemos pasado la primera bifurcación y nos hemos topado con una puerta de acero cerrada con llave. —¿Una puerta cerrada? ¿Entre la primera y la segunda bifurcación? —Sí. —¿Y tomó el pasillo de la derecha en la primera bifurcación? —Sí. —Un momento. El teniente oyó que pasaba unas páginas. —Vincent, regrese a la bifurcación y tome el túnel de la izquierda. ¡Deprisa! D'Agosta giró en redondo. —¡Bailey! Volvemos a la última bifurcación. Vamos, deprisa. El grupo dio media vuelta, entre murmullos cansados. —¡Esperen! —exclamó Bailey desde la cabeza del grupo—. Hostia, teniente, ¿lo huele? —No —respondió D'Agosta—. ¡Mierda! —exclamó cuando el fétido hedor los envolvió—. ¡Bailey, tendremos que detenernos y resistir! Voy con usted. ¡Dispare a ese hijo de puta! Cuthbert, sentado sobre la mesa, golpeaba distraídamente la superficie arañada con la goma de borrar de un lápiz. Al otro extremo de la mesa se hallaba Wright, con la cabeza apoyada en las manos. Rickman, de puntillas junto a una ventana pequeña, movía la linterna entre los barrotes, apagándola y encendiéndola. Un breve destello de luz recortó su delgada silueta, y de inmediato el estrépito de un trueno retumbó en el laboratorio. —Está diluviando —dijo—. No veo nada. —Y nadie puede verte a ti —replicó Cuthbert con voz cansada—. Lo único que consigues con eso es agotar las pilas. Tal vez las necesitemos más tarde. La mujer apagó la luz con un suspiro audible, y la estancia se sumió de nuevo en las tinieblas. —Me pregunto qué hizo con el cadáver de Montague —susurró Wright—. ¿Lo devoró? —Lanzó una carcajada—. ¿Dónde está el whisky? Ian, maldito escocés, ¿dónde has escondido el whisky? —Cuthbert continuó dando golpecitos con el lápiz—. ¡Lo devoró! Quizá con un poco de curry y especias. ¡Pilaf Montague! —Wright rió. Cuthbert se levantó, tendió la mano hacia el director y le arrebató la 38 del cinturón. Tras comprobar que estaba cargada, la introdujo en el suyo. —¡Devuélveme eso enseguida! —bramó Wright. Cuthbert guardó silencio. —Eres un fanfarrón, Ian. Siempre has sido un fanfarrón celoso y mezquino. Lo primero que haré el lunes por la mañana será despedirte. De hecho, acabo de despedirte. —Wright se puso en pie con un esfuerzo—. Despedido, ¿me oyes? Cuthbert se hallaba ante la puerta delantera del laboratorio, escuchando. —¿Qué ocurre? —preguntó Rickman, inquieta. El subdirector levantó una mano con brusquedad. Silencio. Por fin, Cuthbert se apartó de la puerta. —Me pareció oír un ruido. —Miró a Rickman—. Lavinia, ¿puedes acercarte un momento? —¿Qué pasa? —preguntó la mujer, sin aliento. —Dame la linterna. Ahora, escucha. No quiero alarmarte, pero si algo sucediera… —¿A qué te refieres? —interrumpió ella con voz temblorosa. —El asesino continúa suelto. No estoy seguro de que estemos a salvo aquí. —¡Pero la puerta! Winston afirmó que tenía cinco centímetros de espesor… —Lo sé. Quizá todo acabe bien. En cualquier caso, las puertas de la exposición eran aún más gruesas que ésta, y preferiría tomar algunas precauciones. Ayúdame a trasladar la mesa hasta la puerta. Se volvió hacia el director, que lo miró con ojos turbios y exclamó: —¡Despedido! Quiero tu escritorio despejado a las cinco de la tarde del lunes. Cuthbert obligó a Wright a ponerse en pie y lo sentó en una silla cercana. Con la ayuda de Rickman, colocó la mesa ante la puerta de roble del laboratorio. —Al menos esto le retendrá un poco —dijo, sacudiéndose el polvo de la chaqueta— lo suficiente para permitirme disparar varias veces, con suerte. A la primera señal de problemas, escóndete en la Sala de los Dinosaurios. Con las puertas de seguridad bajadas, no hay otra forma de entrar en la sala. —Cuthbert paseó la vista por la habitación—. Entretanto, intentemos romper esa ventana. Tal vez alguien oiga nuestros gritos. Wright rió. —No podéis romper la ventana; no podéis, no podéis. Es un cristal muy fuerte. El subdirector deambuló por el laboratorio hasta que por fin localizó una pieza de hierro angular. Cuando la arrojó entre los barrotes, rebotó en el cristal. —Me cago en la leche —masculló, frotándose las palmas de las manos—. Podríamos pegarle un tiro. ¿Tienes más balas escondidas? —Me niego a hablar contigo —replicó Wright. Cuthbert abrió el archivador y rebuscó en la oscuridad. —Nada —dijo por fin—. No podemos desperdiciar las balas con esa ventana. Sólo contamos con cinco. —Nada, nada, nada. ¿No dijo eso el rey Lear? Cuthbert exhaló un profundo suspiro y se sentó. En la habitación volvió a reinar el silencio, sólo roto por el viento, la lluvia y los truenos lejanos. Pendergast bajó la radio y se volvió hacia Margo. —D'Agosta tiene dificultades. Hemos de actuar con rapidez. —Déjeme aquí —pidió Frock en voz baja—. No soy más que un estorbo. —Un gesto galante —comentó Pendergast—, pero necesitamos su cerebro. Se encaminó lentamente hacia el pasillo, iluminó con la linterna ambos lados e indicó con una seña que no había peligro. Margo empujó la silla de ruedas y salió a toda prisa. Mientras avanzaban, Frock murmuraba de vez en cuando algunas indicaciones. Con la pistola desenfundada, Pendergast se detenía en cada intersección para escuchar y husmear el aire. Al cabo de unos minutos, relevó a Margo y empujó la silla sin que ella protestara. Doblaron una esquina y la puerta de la zona de seguridad apareció ante ellos. Por enésima vez, Margo rezó en silencio para que su plan funcionara, para no condenarles, incluida la gente atrapada en el subsótano, a una muerte horrible. —¡Tercera a la derecha! —dijo Frock cuando entraron en la zona de seguridad—. ¿Se acuerda de la combinación, Margo? Ella hizo girar el disco, tiró de la palanca, y la puerta se abrió. Pendergast se adelantó y se arrodilló junto a la caja más pequeña. —Espere —dijo Margo. Pendergast se detuvo y enarcó las cejas en expresión inquisitiva. —No permita que el olor le impregne —advirtió la joven—. Recoja las fibras en la chaqueta. El agente vaciló. —Tome —ofreció Frock—. Utilice mi pañuelo para sacarlas. Pendergast lo examinó. —Bien, si el profesor puede donar un pañuelo de cien dólares —dijo con ironía—, supongo que yo puedo donar mi chaqueta. Cogió la radio y la libreta, las guardó dentro de los pantalones y se quitó la chaqueta. —¿Desde cuándo los agentes del FBI visten trajes de Armani? —bromeó Margo. —¿Desde cuándo las graduadas en etnofarmacología saben reconocerlos? —replicó Pendergast mientras extendía con cuidado la chaqueta sobre el suelo. A continuación recogió varios puñados de fibras y los depositó con suma cautela sobre la tela. Por fin, embutió el pañuelo en una manga y la anudó a la otra tras doblar la prenda. —Necesitaremos una cuerda para arrastrarla —indicó Margo. —Veo cuerdas de embalar alrededor de aquella caja —dijo Frock. Pendergast ató una a la chaqueta y deslizó el bulto por el suelo. —Parece que aguantará —dijo—. Es una pena que no hayan barrido el suelo en mucho tiempo. —Se volvió hacia Margo—. ¿Dejará el suficiente olor para que la bestia nos siga? Frock asintió vigorosamente. —El Extrapolador calcula que el sentido del olfato del monstruo es mucho más agudo que el nuestro. Recuerde que fue capaz de seguir el rastro de las cajas hasta esta cámara. —¿Y está seguro de que la… cena de esta noche no le ha saciado? —Señor Pendergast, la hormona humana es un pobre sustituto. Creemos que la bestia vive de esta planta. —Frock asintió de nuevo—. Si huele fibras en abundancia, seguirá el rastro. —Vamos a ello, pues —dijo Pendergast, levantando el fardo con cautela—. El acceso alterno al subsótano se encuentra a varios cientos de metros de aquí. Si usted tiene razón, nos hemos convertido en el grupo más vulnerable. El monstruo nos perseguirá. Margo empujó la silla de ruedas, precedida por el agente. Tras cerrar la puerta, los tres avanzaron a buen paso por el pasillo en dirección al silencio del sótano antiguo. 53 Acuclillado sobre el agua, D'Agosta avanzaba al tiempo que apuntaba la pistola hacia la oscuridad. Había apagado la linterna para no delatar su posición. El agua fluía con rapidez entre sus muslos, y su olor a algas y limo se mezclaba con el hedor fétido del monstruo. —¿Está ahí, Bailey? —susurró. —Sí —contestó el sargento—. Estoy esperando en la primera bifurcación. —Usted cuenta con más munición que yo. Si despistamos a ese mamón, monte guardia mientras yo retrocedo y trato de romper el cerrojo a tiros. —Conforme. El teniente caminó hacia Bailey, con las piernas entumecidas por el agua helada. De pronto, de la oscuridad que se extendía ante él surgió una confusión de sonidos; un chapoteo suave, luego otro, mucho mas cerca. Bailey disparó el fusil dos veces, y varias personas del grupo comenzaron a gemir. —¡Jesús! El teniente oyó el grito de Bailey, después un chasquido, y sintió que el agua se agitaba ante él. —¡Bailey! —llamó, pero sólo le respondió el gorgoteo del agua. Sacó la linterna e iluminó el túnel. Nada. —¡Bailey! Varias personas se habían echado a llorar, y alguien chillaba histéricamente. —¡Cállense! —pidió D'Agosta—. ¡Tengo que escuchar! Los alaridos se apagaron de inmediato. El policía paseó la luz por las paredes y el techo, pero no vio nada. Bailey se había desvanecido, y el hedor se había alejado de nuevo. Tal vez el sargento había alcanzado al cabrón, o tal vez la bestia había retrocedido al oír las detonaciones. Enfocó el agua y observó que fluía roja entre sus piernas. Un trozo de uniforme azul pasó flotando a su lado. —¡Necesito ayuda aquí! —masculló sin volverse. Smithback se acercó al instante. —Apunte la luz a ese pasaje —indicó D'Agosta. Tanteó el suelo de piedra con los dedos. Reparó en que el agua parecía haber aumentado de nivel. Se inclinó y algo flotó bajo su nariz, un pedazo de Bailey. Se incorporó de inmediato. —Smithback, intentaré volar a tiros el candado. No podemos retroceder más con esa bestia al acecho. Busque un fusil en el agua. Si ve algo, o huele algo, dispare. —¿Me deja aquí solo? —preguntó Smithback, vacilante. —Usted tiene la linterna. Sólo será un momento. ¿Es capaz de hacerlo? —Lo intentaré. D'Agosta apretó el hombro de Smithback y volvió sobre sus pasos. Para ser periodista, el tío tenía un par de huevos. Una mano le agarró del brazo mientras vadeaba entre el grupo. —Díganos qué ha ocurrido, por favor —sollozó una voz femenina. D'Agosta se soltó con delicadeza y oyó que el alcalde hablaba con la mujer. Tal vez votaría por el viejo bastardo en las próximas elecciones. —Que todo el mundo se eche hacia atrás —ordenó, colocándose ante la puerta. Debía alejarse lo máximo posible para evitar que una bala le hiriera al rebotar, pero le costaba apuntar en la oscuridad. Se aproximó a la puerta, colocó el cañón cerca del candado y apretó el gatillo. Cuando el humo se disipó, encontró un limpio agujero en el centro del candado, que sin embargo había resistido al impacto. —Mierda —masculló antes de disparar de nuevo. El candado desapareció. El teniente apoyó su peso contra la puerta. —¡Que alguien me eche una mano! —exclamó. Varias personas se precipitaron de inmediato sobre la puerta. Los herrumbrosos goznes cedieron con un chirrido, y el agua se coló por la abertura. —Smithback, ¿ha encontrado algo? —¡He conseguido la linterna del sargento! —Buen chico. Venga aquí. Cuando D'Agosta cruzó la puerta, observó que había una anilla al otro lado. Dejó que pasara el grupo y contó; treinta y siete. Bailey había desaparecido. —Muy bien, cerraremos este trasto —anunció D'Agosta. La puerta se cerró lentamente contra el potente flujo de agua. —¡Smithback! Apunte una de las linternas hacia aquí. Quizá podamos hallar una forma de atrancarla. La examinó un segundo. Si introducían una pieza de metal en la anilla, tal vez la puerta quedara sujeta. Se volvió hacia el grupo. —¡Necesito algo, cualquier cosa metálica! ¿Alguien tiene una pieza de metal que podamos utilizar para asegurar la puerta? El alcalde pasó a toda prisa entre el grupo y luego se acercó a D'Agosta para depositar una pequeña colección de objetos de metal en su mano. Cuando Smithback la iluminó, el teniente descubrió broches, collares y peines. —Esto no sirve de nada—murmuró. Tras un súbito chapoteo y un profundo gruñido, el ya familiar hedor se filtró por las tablillas inferiores de la puerta. Un golpe suave, un breve chirrido de goznes, y la puerta se entreabrió. —¡Joder! ¡Ayúdenme a cerrarla! Como antes, la gente se abalanzó sobre la puerta hasta lograr ajustarla al marco. Se oyó un ruido metálico y un golpe más fuerte cuando el monstruo encontró resistencia. La puerta se abrió unos centímetros. —¡Sigan empujando! —vociferó D'Agosta. Otro rugido; después un tremendo impacto que obligó a los fugitivos a retroceder. La puerta crujió, asediada por dos pesos opuestos, y siguió abriéndose, primero quince centímetros, después treinta. El hedor resultaba insoportable. D'Agosta vio que tres largas garras aparecían por la jamba, tanteaban la superficie y se lanzaban hacia adelante, extendiéndose y retrayéndose alternativamente. —Jesús, María y José —oyó D'Agosta que decía el alcalde con tono muy sereno. Alguien comenzó a salmodiar una plegaria. El teniente colocó el cañón de la pistola cerca de la monstruosidad y disparó una vez. Se oyó un terrible rugido, y la forma desapareció. —¡La linterna! —exclamó Smithback—. ¡Encaja perfectamente! ¡Métala en la anilla! —Nos quedaremos con una sola luz —repuso D'Agosta. —¿Se le ocurre una idea mejor? —No —susurró el policía—. ¡Que todo el mundo empuje! —vociferó. Por fin consiguieron ajustar la puerta al marco con un último empellón, y Smithback introdujo en la anilla la linterna, que entró con facilidad. Mientras recobraban el aliento, se produjo otro impacto, y la puerta tembló, pero se mantuvo firme. —¡Corran! —ordenó D'Agosta—. ¡Corran! Comenzaron a chapotear por el agua turbulenta, trastabillando y resbalando. D'Agosta cayó de bruces, se levantó y siguió avanzando, esforzándose por ignorar los rugidos y golpes del monstruo, convencido de que perdería la cordura si les prestaba atención. Se obligó a pensar en la linterna. Era una buena linterna de policía, pesada. Aguantaría. Rezó para que aguantara. El grupo se detuvo en la segunda bifurcación del túnel. «Es hora de llamar por radio a Pendergast y salir de este jodido laberinto», pensó el teniente. Se llevó la mano al estuche de la radio y descubrió, horrorizado, que estaba vacío. De pie en el puesto de seguridad avanzado, Coffey contemplaba el monitor con semblante sombrío. Le resultaba imposible comunicarse con Pendergast o D'Agosta. Dentro del perímetro, García y Waters, apostados en el mando de seguridad y la sala de ordenadores respectivamente, aún contestaban. ¿Acaso habían matado a todos? Se le revolvió el estómago al pensar en el alcalde muerto y los titulares de la prensa. Cerca de la puerta metálica de seguridad situada en el extremo este de la Rotonda, una antorcha de acetileno parpadeaba y arrojaba sombras fantasmales sobre el alto techo. El olor acre del acero fundido impregnaba el aire. Un silencio extraño reinaba en la estancia. Aún se efectuaban amputaciones de urgencia junto a la puerta de seguridad. El resto de invitados había marchado a sus casas o a hospitales de la zona. Las barreras policiales habían logrado contener a los periodistas. Unidades de cuidados intensivos móviles y otros vehículos sanitarios estaban estacionados en las calles cercanas. El comandante del SWAT se acercó al tiempo que abrochaba la hebilla de un cinturón con municiones sobre su mono negro. —Estamos preparados —anunció. Coffey asintió. —Explíqueme la táctica. El comandante empujó a un lado un grupo de teléfonos de emergencia y extendió una hoja. —Nuestro observador de tiro, que dispone de planos detallados, nos guiará por radio. Fase uno: practicaremos un agujero en el techo, aquí, para introducirnos en la quinta planta. Según los especialistas del sistema de seguridad, esta puerta de aquí volará con una carga, lo que nos facilitará el acceso al siguiente módulo. Después nos dirigiremos a este cuarto de almacenamiento de la cuarta planta, situado encima del Planetario. Hay una trampilla en el suelo que mantenimiento utiliza para limpiar y cuidar la araña. Nuestros hombres bajarán, e izaremos a los heridos. Fase dos: rescatar a los del subsótano; el alcalde y el grupo que está con él. Fase tres: localizar a los otros que se hallan dentro del perímetro. Tengo entendido que hay gente atrapada en la sala de ordenadores y el mando de seguridad. El director del museo, Ian Cuthbert y una mujer aún no identificada quizá permanezcan arriba. ¿Usted no tiene agentes dentro del perímetro, señor? El hombre de la oficina de Nueva Orleans… —Yo me ocuparé de él —atajó Coffey—. ¿Quién elaboró este plan? —Nosotros, con la colaboración del mando de seguridad. Ese tal Allen tiene los planos de los módulos. En cualquier caso, según los especialistas de este sistema de seguridad… —¿Ustedes lo hicieron? ¿Quién manda aquí? —Señor, como ya sabe, en situaciones de emergencia el comandante del SWAT… —Quiero que entren ahí y maten a ese hijo de puta. ¿Entendido? —Señor, nuestra prioridad es rescatar a los rehenes y salvar vidas. Sólo entonces nos ocuparemos de… —¿Me está llamando estúpido, comandante? Si matamos a esa cosa, todos nuestros problemas se solucionarán. Ésta no es una situación corriente, comandante, y requiere un pensamiento creativo. —Cuando un criminal mantiene rehenes, si se consigue liberar a éstos, se elimina el poder del asesino y… —Comandante, ¿se durmió durante la reunión en que se planteó cómo afrontar la crisis? No hay una persona ahí dentro, sino un animal. —Pero los heridos… —Utilice a algunos de sus hombres para sacar a los malditos heridos. Los demás se encargarán de perseguir a esa cosa y matarla. Después rescataremos a los demás con seguridad y comodidad. Ésas son sus órdenes directas. —Lo comprendo, señor. No obstante, yo recomendaría… —No me venga con memeces, comandante. Actúe como ha planeado, pero haga el trabajo correcto. Mate a ese mamón. El comandante miró con curiosidad a Coffey. —¿Está seguro de que se trata de un animal? El agente vaciló. —Sí —respondió por fin—. No sé gran cosa sobre él; tan sólo que ya ha matado a varias personas. El comandante clavó la vista en Coffey. —Bien, sea lo que sea, contamos con munición suficiente para convertir en fosfatina a una manada de leones. —La necesitarán. Localice a esa cosa y elimínela. Pendergast y Margo contemplaron el estrecho túnel de servicio que se adentraba en el subsótano. El agente trazó un círculo luminoso sobre el agua negra y aceitosa que fluía por debajo de ellos. —Cada vez es más profunda —comentó. Se volvió hacia Margo—. ¿Está segura de que el monstruo puede subir por este pozo? —Casi segura. Es muy ágil. Pendergast retrocedió y de nuevo trató de localizar a D'Agosta por radio. —Algo ha ocurrido —dijo—. Hace quince minutos que el teniente no se pone en contacto conmigo; desde que se toparon con esa puerta cerrada. —Miró de nuevo hacia el pozo que descendía hacia el subsótano—. ¿Cómo piensa dejar un rastro de olor con toda esta agua? —Calcula que pasaron por aquí hace un rato, ¿verdad? —preguntó Margo. Pendergast asintió. —La última vez que hablé con él, D'Agosta me informó de que se hallaban entre la primera y la segunda bifurcación. Si no han vuelto sobre sus pasos, deben de encontrarse bastante lejos. —En mi opinión —dijo Margo—, si tiramos algunas fibras al agua, la corriente las arrastrará hasta el monstruo. —Suponiendo que la bestia sea lo bastante inteligente para comprender que las fibras llegaron flotando. De lo contrario, las seguirá corriente abajo. —Creo que es lo bastante lista —dijo Frock—. No debe pensar en ese ser como en un animal. Es posible que sea casi tan inteligente como un ser humano. Pendergast utilizó el pañuelo para sacar algunas fibras del fardo y diseminarlas a lo largo de la base del túnel. Arrojó otro puñado al agua. —No muchas —advirtió Frock. Pendergast miró a Margo. —Esparciremos unas cuantas más para establecer un buen rastro corriente arriba, arrastraremos el fardo hasta la zona de seguridad y esperaremos. La trampa estará tendida. Después de esparcir unas fibras más, aseguró el hato. —Con la rapidez con que fluye el agua —dijo—, llegará a la bestia en unos minutos. ¿Cuánto cree que tardará en reaccionar? —Si los datos del programa de extrapolación son correctos —respondió Frock—, la criatura puede avanzar a una gran velocidad; quizá a cuarenta y cinco kilómetros por hora o más, sobre todo en caso de necesidad. Y su necesidad de las fibras parece abrumadora. No podrá desplazarse tan deprisa por estos corredores. Además, quizá el olor residual que dejamos sea difícil de rastrear, aunque dudo de que el agua represente un gran problema. La zona de seguridad está cerca. —Entiendo —dijo Pendergast—. Muy inquietante. «Quien esté decidido a luchar, que luche, porque ha llegado el momento.» —Ah —asintió el profesor—. Alceo. El agente negó con la cabeza. —Anacreonte, doctor. ¿Vamos? 54 Smithback sostenía la linterna, cuyo haz parecía incapaz de penetrar la palpable oscuridad. D'Agosta, más adelantado, empuñaba la pistola. El agua negra fluía como un torrente por el interminable túnel y desaparecía en las tinieblas. O estaban descendiendo, o el agua estaba subiendo. Smithback sentía que le empujaba los muslos. Observó el rostro de D'Agosta, sombrío y tenso, manchado por la sangre de Bailey. —No puedo seguir —gimió alguien tras ellos. El periodista oyó que la voz del alcalde (una voz de político), tranquilizadora, serena, decía lo que todo el mundo deseaba oír. Una vez más, pareció funcionar. Smithback echó un vistazo al desalentado grupo, formado por mujeres delgadas, bien vestidas, y enjoyadas; ejecutivos de edad madura ataviados con esmoquin, y yuppies de bancos y firmas legales. Ya conocía a todos e incluso les había adjudicado nombres y ocupaciones. Y ahí estaban, reducidos al mínimo común denominador, vagando en la oscuridad del túnel, cubiertos de fango, perseguidos por una bestia salvaje. A pesar de la inquietud, el escritor aún conservaba la capacidad de raciocinio. Al principio había experimentado un momento de puro terror cuando comprendió que los rumores acerca de la Bestia del Museo eran ciertos En aquellos momentos, sin embargo, cansado y mojado, le preocupaba más morir sin poder escribir el libro que el hecho de morir a secas. Se preguntó si aquello significaba que era valiente, ambicioso o un completo imbécil. En cualquier caso, sabía que la aventura que estaba viviendo le proporcionaría una fortuna; fiesta de presentación en Le Cirque, entrevistas en Good Morning America, Today Show, Donahue y Ophra. Nadie podía escribir la historia como él, que se había visto envuelto en los hechos. Y había actuado como un héroe. Él, William Smithback Jr., había sostenido la luz contra el monstruo cuando D'Agosta se alejó para saltar a tiros el candado. A él, Smithback, se le había ocurrido la idea de utilizar la linterna para asegurar la puerta. Se había convertido en la mano derecha del teniente. —Enfoque arriba, hacia la izquierda. —D'Agosta interrumpió sus pensamientos. El periodista obedeció. Nada. —Creí ver algo moverse en la oscuridad —musitó el policía—. Supongo que se trataba de una sombra. «Dios —pensó Smithback—, ojalá el teniente viva para disfrutar de su éxito.» —¿Son imaginaciones mías, o el agua es cada vez más profunda? —preguntó. —Es cada vez más profunda y más rápida —contestó D'Agosta—. Pendergast no indicó qué camino debíamos tomar desde aquí. —¿No lo dijo? Smithback sintió que sus tripas se licuaban. —Debí haber contactado con él después de la segunda bifurcación —admitió D'Agosta—. Perdí la radio antes de llegar a la puerta. Smithback notó el embate del agua contra sus piernas. Se oyó un grito y un chapoteo. —No pasa nada —tranquilizó el alcalde cuando Smithback apuntó la linterna hacia atrás—. Alguien se ha caído. La corriente es cada vez más fuerte. —No podemos decirles que nos hemos perdido —murmuró el periodista a D'Agosta. Margo abrió la puerta de la zona de seguridad, echó un rápido vistazo al interior y cabeceó en dirección a Pendergast. Éste pasó, arrastrando el fardo. —Enciérrelo en la cámara con las cajas de Whittlesey —indicó Frock—. Es preciso que la bestia permanezca dentro el tiempo suficiente para que podamos cerrar la puerta. Margo abrió la cámara mientras Pendergast trazaba en el suelo un complicado dibujo con el hato. Lo introdujeron en el interior de la cámara y cerraron con llave la puerta. —Rápido —apremió Margo—. Al otro lado del pasillo. Dejaron abierta la puerta de la zona de seguridad y cruzaron el pasillo hasta la sala donde se almacenaban los huesos de elefante. Un viejo trozo de cartón cubría la ventanilla de la puerta, que Margo abrió con la llave de Frock. Pendergast empujó al profesor hacia el interior. La mujer bajó al mínimo la potencia de la linterna, la colocó sobre un saliente situado sobre la puerta y apuntó el delgado rayo hacia la zona de seguridad. Por último, practicó con una pluma un diminuto agujero en el cartón y, tras lanzar un último vistazo al corredor, entró. La sala era grande, mal ventilada y llena de huesos de elefante. La mayoría de los esqueletos estaban desmontados, y los enormes huesos se amontonaban en las estanterías, como leña apilada. Un esqueleto montado se erguía en una esquina lejana, como jaula oscura con dos colmillos curvos que brillaban a la débil luz. El agente cerró la puerta y apagó la luz del casco de minero. Margo miró por el agujero del cartón y obtuvo una clara visión del pasillo y la puerta abierta de la zona de seguridad. —Eche un vistazo —sugirió a Pendergast, apartándose hacia un lado. El agente obedeció. —Excelente —dijo al cabo de un momento—. Es un escondite perfecto, mientras las pilas de la linterna aguanten. —Se alejó de la puerta—. ¿Cómo se acordó de esta habitación? —preguntó con curiosidad. Margo dejó escapar una tímida carcajada. —Recordé que, cuando nos condujo hasta aquí el miércoles, vi el letrero «Pachydermae» y me pregunté cómo podían meter un cráneo de elefante por una puerta tan pequeña. —Avanzó unos pasos—. Yo vigilaré por la mirilla. Esté preparado para salir corriendo y encerrar a la criatura en la zona de seguridad. Frock carraspeó en la oscuridad. —Señor Pendergast. —¿Sí? —Perdone la pregunta, pero ¿tiene mucha experiencia con esa arma? —De hecho —contestó el agente—, antes de que mi esposa falleciera, todos los inviernos solíamos pasar varias semanas en la parte oriental de África para practicar la caza mayor. Mi mujer era una cazadora insaciable. —Ah —dijo Frock. Margo detectó alivio en su voz—. Resultará difícil matar a esa bestia, pero no imposible. No sé gran cosa de caza, pero es posible que trabajando juntos cobremos la pieza. Pendergast asintió. —Por desgracia, estoy en desventaja con este revólver. Es potente, pero nada comparado con un rifle Nitro Express 375. Me ayudaría mucho si pudiera precisar dónde es más vulnerable esa bestia. —A juzgar por los datos del Extrapolador, hemos de suponer que sus huesos son muy fuertes —explicó Frock—. Como ya ha descubierto, no la matará con un disparo en la cabeza. Un tiro frontal probablemente sería rechazado por los huesos y la poderosa musculatura del torso y nunca alcanzaría el corazón, a menos que la bala penetrara por el costado, por detrás de la extremidad delantera. De todos modos, es posible que las costillas conformen una especie de jaula de acero. Ahora que lo pienso, no creo que las partes vitales de la bestia sean muy vulnerables. Un disparo en el estómago acabaría matándola, pero no antes de que se vengara. —Un pobre consuelo —observó Pendergast. Frock se removió en la oscuridad, inquieto. —Estamos en un aprieto. Hubo un momento de silencio. —Tal vez aún existe un modo —dijo Pendergast por fin. —¿Sí? —preguntó Frock, ansioso. —En una ocasión, hace años, mi mujer y yo estábamos cazando antílopes en Tanzania. Habíamos decidido ir solos, sin porteadores, y nuestras únicas armas eran rifles 30-30. Estábamos resguardados en una zona umbrosa, cerca de un río, cuando un búfalo cargó contra nosotros. Por lo visto, un cazador furtivo lo había herido días antes. Los búfalos son como mulas; nunca olvidan que han sido atacados, y un hombre con un arma se parece mucho a cualquier otro. Margo, sentada a la tenue luz, a la espera de la llegada de un ente de pesadilla, escuchando a Pendergast narrar una historia de cacerías con su habitual estilo parsimonioso, experimentó una sensación de irrealidad. —Por lo general, cuando se cazan búfalos —explicaba el agente—, se procura disparar a la cabeza, justo debajo de los cuernos, o al corazón. En este caso, el 30-30 era de un calibre insuficiente. Mi mujer, que era mucho mejor tiradora que yo, utilizó la única táctica que un cazador puede emplear en esa situación. Se arrodilló y disparó al animal para derribarlo. —¿Para derribarlo? —No se trata de tirar a matar, sino de detener la locomoción delantera. Se apunta a las patas delanteras, las cuartillas, las rodillas. Se destruyen todos los huesos posibles, hasta que el animal ya no puede avanzar. —Entiendo —dijo Frock. —Este método entraña un problema. —¿Cuál? —Hay que ser un consumado tirador —respondió Pendergast—. La colocación es esencial. Es preciso guardar la calma, contener la respiración, disparar entre dos latidos de corazón…, plantar cara a la bestia que carga contra ti. Cada uno tuvo tiempo de disparar cuatro veces. Yo cometí el error de apuntar al pecho y realicé dos tiros directos antes de comprender que las balas se habían alojado en el músculo. Después apunté a las patas. Fallé un disparo, y el otro lo rozó, sin romper el hueso. —Meneó la cabeza—. Una mediocre actuación, me temo. —¿Qué ocurrió? —preguntó el doctor. —Mi mujer consiguió tres impactos directos de cuatro tiros. Astilló las cañas y quebró la parte superior de la pata delantera. El búfalo se derrumbó a pocos metros de donde nos hallábamos. Aún estaba vivo, pero no podía moverse. De modo que yo «pagué el seguro», como dicen los cazadores profesionales. —Ojalá su mujer estuviera aquí—dijo Frock. Pendergast permaneció callado unos instantes. —A mí también me gustaría —dijo por fin. El silencio regresó a la habitación. —Muy bien —dijo Frock—. Comprendo el problema. La bestia posee algunas cualidades poco usuales que usted debería conocer si se propone… derribarla. Primero, es muy probable que los cuartos traseros estén cubiertos de placas óseas o escamas. Dudo de que consiga penetrarlas con las balas. Cubren como una armadura las partes superior e inferior de la pata, hasta los huesos metatarsianos, según mis cálculos. —Entiendo. —Tendrá que disparar bajo, apuntar a la primera o segunda falange. —Los huesos más bajos de la pata. —Sí. Equivaldrían a las cuartillas de un caballo. Apunte justo debajo de la articulación inferior, que supongo será vulnerable. —Es un disparo difícil —comentó Pendergast—, virtualmente imposible si el monstruo viene de frente. Se produjo un breve silencio. Margo continuó vigilando por la mirilla. —Creo que las extremidades anteriores de la bestia son más sensibles —dijo Frock—. El Extrapolador las describió como menos robustas. Los metacarpos y carpos deberían ser vulnerables a un tiro directo. —La parte delantera de la rodilla y la parte inferior de la pata —dijo Pendergast, asintiendo—. Resultará complicado. ¿Qué zonas debería acertar para conseguir inmovilizar a la bestia? —Es difícil de precisar. Me temo que las dos patas delanteras y una trasera, como mínimo. Aun así, podría avanzar a rastras. —Frock tosió—. ¿Puede hacerlo? —Para tener una posibilidad, necesitaría como mínimo cuarenta y cinco metros de distancia respecto al monstruo. Lo ideal sería disparar antes de que se diera cuenta de lo que pasa. Eso disminuiría su velocidad. Frock reflexionó unos momentos. —En el museo hay varios corredores largos y rectos, de unos treinta o cuarenta metros. Por desgracia, la mayoría está ahora dividida por esas malditas puertas de seguridad. Creo que queda al menos un pasillo no obstruido en el módulo dos, en la primera planta, sección 18, pasada la esquina de la sala de ordenadores. El agente asintió. —Me acordaré —dijo—. En caso de que este plan falle. —¡Oigo algo! —anunció Margo. Enmudecieron. Pendergast se acercó a la puerta—. Una sombra acaba de cruzar la luz que hay al final del pasillo —murmuró. Siguió otro largo silencio. Margo oyó un suave clic cuando Pendergast retiró el seguro del revólver. —Está aquí —murmuró Margo—. Lo veo. —Una pausa—. Oh, Dios mío. —¡Apártate de la puerta! —le susurró al oído Pendergast. La joven retrocedió, sin atreverse apenas a respirar. —¿Qué está haciendo? —preguntó. —Se ha detenido ante la puerta de la zona de seguridad —contestó Pendergast en voz baja—. Entró un momento y después salió a toda prisa. Está mirando alrededor y olfateando el aire. —¿Qué aspecto tiene? —preguntó Frock con un tono de urgencia. Pendergast vaciló antes de contestar. —Esta vez lo veo con más claridad. Es grande, macizo. Espere, se vuelve hacia aquí… Dios santo, es una visión horripilante, es… Cara aplastada, ojillos rojos, vello fino en la parte superior del cuerpo. Como la estatuilla. Esperen… Esperen un momento… Viene hacia aquí. Margo reparó de repente en que había retrocedido hasta la pared del fondo. Un resoplido se oyó al otro lado de la puerta. Y enseguida el olor fétido inundó la habitación. Margo se deslizó hasta el suelo en la oscuridad. La luz que penetraba por la mirilla del cartón parpadeaba como una estrella. La linterna de Pendergast apenas alumbraba. «La luz de las estrellas…» Una vocecilla intentaba hablar en la mente de Margo. Súbitamente una sombra cayó sobre la mirilla, y todo se tornó negro. Un golpe suave contra la puerta hizo crujir la madera vieja. El pomo osciló con un ruido metálico. Oyeron el sonido de un cuerpo pesado que se movía en el pasillo y un chasquido cuando el monstruo aplicó su peso sobre la puerta. Por fin, la vocecilla se hizo audible en la mente de Margo. —¡Pendergast, encienda el casco de minero! —exclamó—. ¡Enfoque a la bestia! —¿Por qué? —Es nocturna, ¿recuerda? No soportará la luz. —¡Absolutamente correcto! —confirmó Frock. —¡Atrás! —ordenó Pendergast. Margo oyó un suave clic, e inmediatamente el brillo de la luz del casco la cegó. Cuando recobró la visión, observó que Pendergast, con una rodilla hincada en el suelo, apuntaba el revólver hacia la puerta, cuyo centro quedaba iluminado. Tras otro chasquido, la puerta se combó hacia dentro. Pendergast se mantuvo inmóvil, empuñando el arma. Se oyó otro tremendo crujido y la puerta se rompió en pedazos y quedó colgada de los goznes doblados. Margo se pegó aún más a la pared, al tiempo que Frock lanzaba un grito de asombro, estupefacción y miedo. La bestia, una silueta monstruosa a la luz brillante, estaba acuclillada en el umbral. Con un repentino rugido gutural, meneó la cabeza y retrocedió. —No se muevan —ordenó Pendergast. Apartó la puerta rota de una patada y se encaminó con cautela hacia el pasillo. Margo oyó un disparo, luego otro. Después de lo que se le antojó una eternidad, el agente regresó e indicó que salieran. Una senda de gotas de sangre desaparecía por una esquina. —¡Sangre! —exclamó Frock, inclinándose—. ¿Lo ha herido ? Pendergast se encogió de hombros. —Tal vez, pero no fui yo el primero. El rastro procede del subsótano. ¿Lo ven? El teniente D'Agosta o uno de sus hombres debió herirlo antes. Se alejó con asombrosa velocidad. Margo miró a Frock. —¿Por qué no ha mordido el anzuelo? Frock le devolvió la mirada. —Nos enfrentamos a una criatura que posee una inteligencia sobrenatural. —Sugiere usted que detectó nuestra trampa —observó el agente con una nota de incredulidad en la voz. —Permita que le formule una pregunta, Pendergast. ¿Usted habría caído en la trampa? El hombre reflexionó un instante. —Supongo que no —respondió por fin. —Pues ya está —dijo Frock—. Hemos subestimado a la criatura. Dejemos de pensar que se trata de un animal estúpido. Posee la inteligencia de un ser humano. Si no he entendido mal, el cadáver que encontraron en la exposición estaba escondido, ¿verdad? Esa bestia sabía que la perseguían. Es evidente que ha aprendido a ocultar sus víctimas. Además… —vaciló— ahora nos enfrentamos a algo más que a una criatura hambrienta. Cabe la posibilidad de que la dieta de esta noche la haya saciado por un tiempo, pero está herida. Si su analogía con el búfalo es correcta, es posible que este ser no sólo esté hambriento, sino enfurecido. —Por lo tanto, usted sospecha que ha ido a cazar —murmuró Pendergast. Frock asintió de forma casi imperceptible. —Entonces ¿quién es el cazador y quién es la presa ahora? —preguntó Margo. Nadie contestó. 55 Cuthbert examinó la puerta de nuevo. Estaba cerrada a cal y canto. Encendió la linterna y enfocó a Wright, que permanecía derrumbado en la silla, con la vista clavada en el suelo. Apagó la linterna. La habitación olía a whisky. No se oía nada, excepto el repiqueteo de la lluvia sobre la ventana enrejada. —¿Qué vamos a hacer con Wright? —preguntó en voz baja. —No te preocupes —contestó Rickman, con voz tensa y chillona—. Diremos a la prensa que está enfermo y le enviaremos al hospital. Convocaremos una conferencia de prensa para mañana por la tarde… —No me refiero a cuando salgamos, sino ahora. Si la bestia sube hasta aquí… —Por favor, Ian, no hables así. Me asustas. Dudo de que el animal se atreva a hacer eso. Por lo que sabemos, lleva años en el sótano. ¿Por qué ha de subir aquí? —No lo sé —respondió Cuthbert—. Y eso me preocupa. Comprobó la Ruger una vez más, abrió y cerró el seguro. Cinco balas. Se acercó a Wright y le sacudió por el hombro. —Winston. —¿Sigues aquí? —preguntó Wright, mirándolo con ojos vidriosos. —Winston, ve con Lavinia a la Sala de los Dinosaurios. Vamos. El director apartó el brazo de Cuthbert de un manotazo. —Estoy bien aquí. Tal vez eche una siesta. —Pues vete a la mierda —masculló Cuthbert. Se sentó en una silla frente a la puerta. Oyó un breve ruido, como si hubieran girado el pomo para soltarlo a continuación. Alarmado, se puso en pie de un salto, empuñando la pistola. Se acercó a la puerta y escuchó. —Oigo algo —susurró—. Ve a la Sala de los Dinosaurios, Lavinia. —Tengo miedo —susurró la mujer—. No me obligues a entrar ahí sola. —Haz lo que digo. Rickman caminó hacia la puerta del fondo y la abrió. Vaciló. —Adelante. —Ian… —suplicó ella. Detrás de Rickman, Cuthbert vio los enormes esqueletos de dinosaurios que se cernían en la oscuridad. Una luz espectral iluminó de repente las grandes costillas negras y las hileras de dientes. —Entra ahí, maldita sea. El subdirector se volvió y escuchó. Algo frotaba con suavidad la puerta. Se inclinó para aplicar el oído a la pulida madera. Quizá era el viento. De pronto, fue empujado hacia atrás por una fuerza tremenda. Rickman chilló en la Sala de los Dinosaurios, y Wright se levantó, tambaleándose. —¿Qué ha sido eso? —preguntó. Cuthbert, cuya cabeza aún martilleaba, recogió la pistola del suelo, se puso en pie y corrió hacia el fondo de la habitación. —¡Entra en la Sala de los Dinosaurios! —ordenó a su compañero. Wright se dejó caer en la silla. —¿Qué es ese olor tan desagradable? —preguntó. Se produjo otro salvaje impacto contra la puerta, y el chasquido de la madera al astillarse sonó como el disparo de un rifle. El dedo de Cuthbert apretó instintivamente el gatillo. Cayó polvo del techo. El hombre bajó el arma un momento con manos trémulas. «Estúpido, una bala desperdiciada. Me cago en la leche, ojalá supiera más sobre armas de fuego.» La levantó otra vez y trató de apuntar, pero sus manos temblaban de forma incontrolable. «Has de calmarte —se dijo—. Respira hondo varias veces. Apunta a una zona vital. Cuatro balas.» El silencio se adueñó de nuevo de la habitación. Wright estaba derrumbado sobre la silla, como petrificado. —¡Winston, idiota! —masculló Cuthbert—. ¡Ve a la sala! —Si tú lo ordenas —respondió Wright, y avanzó arrastrando los pies. Por fin parecía lo bastante asustado como para moverse. Cuthbert oyó el sonido suave otra vez, y la madera gimió. La cosa estaba empujando la puerta. Se oyó un horrible «crac», y la madera se partió. Un fragmento salió disparado hacia el interior de la habitación. Una figura surgió en la oscuridad del pasillo, y una zarpa con tres garras penetró por la abertura y asió la madera rota. El resto de la puerta desapareció en las tinieblas, y Cuthbert distinguió una forma oscura en el umbral. Wright se precipitó hacia la Sala de los Dinosaurios y casi tropezó con Lavinia, que sollozaba apoyada contra e! marco. —¡Dispara, Ian, por favor! ¡Por favor, mátalo! —exclamó. El subdirector esperó y apuntó. Contuvo el aliento. «Sólo cuatro balas», pensó. El comandante del equipo SWAT se movía por el tejado —una sombra felina recortada contra el añil del cielo—, mientras el observador guiaba sus pasos desde la calle. Coffey se hallaba junto a éste, bajo una tela alquitranada. Ambos sostenían radios con coberturas de goma impermeable. —Piragua a Uno Rojo, avance un metro y medio más hacia el este —indicó por radio el observador, mientras miraba hacia arriba por el telescopio de visión nocturna—. Casi ha llegado. Consultó los planos del museo desplegados sobre una mesa bajo una sábana de plexiglás. La ruta del comando estaba marcada en rojo. Rodeado por las parpadeantes luces del Upper West Side, la figura oscura se desplegaba con sigilo sobre el tejado de pizarra, que se alzaba sobre el río Hudson, los faros destellantes de los vehículos de emergencia estacionados en la entrada del museo, y los altos edificios de apartamentos que flanqueaban Riverside Drive como hileras de cristales brillantes. —Muy bien —dijo el observador—. Ya ha llegado, Uno Rojo. Coffey observó que la silueta se arrodillaba y disponía las cargas con rapidez. El comando esperaba a cien metros, y los médicos tras ellos. Una sirena aulló en la calle. —Colocada —anunció el comandante, se levantó y caminó despacio hacia atrás al tiempo que desenrollaba un cable. —Hágalo estallar cuando esté preparado —murmuró Coffey. Coffey contempló como todos los hombres apostados en el tejado se tumbaban. Vio un breve destello, luego otro más, y a continuación oyó un sonido penetrante. Al cabo de unos segundos, el comandante avanzó. —Uno Rojo a Piragua, tenemos una abertura. —Procedan —ordenó Coffey. El comando del SWAT entró por el agujero, seguido de los médicos. —Estamos dentro —explicó el comandante—, en el corredor de la quinta planta, y actuamos según las instrucciones. Impaciente, Coffey consultó su reloj; las nueve y cuarto. Habían permanecido de brazos cruzados, sin energía eléctrica, durante los noventa minutos más largos de su vida. La desagradable imagen del alcalde muerto y destripado le acosaba sin cesar. —Nos hallamos en la puerta de emergencia, quinta planta, sección 14, del módulo tres. Dispuestos para colocar las cargas. —Procedan —dijo Coffey. —Colocando cargas. D'Agosta y su grupo no habían informado desde hacía más de media hora. Dios, si algo le ocurría al alcalde, a nadie le importaría de quién era en realidad la culpa. Responsabilizarían a Coffey. Así funcionaban las cosas en aquella ciudad. Le había costado mucho llegar a donde estaba, había obrado con cautela, y ahora aquellos bastardos le arrebatarían cuanto había conseguido. Todo era culpa de Pendergast. Si no se hubiera empeñado en remover la mierda de otras personas… —Cargas colocadas. —Háganlas estallar cuando estén preparados —repitió el agente. Pendergast la había cagado, no él, que había asumido el mando el día anterior. Tal vez no le culparían a él, a fin de cuentas. Sobre todo si Pendergast no aparecía; el hijoputa era muy convincente. —Uno Rojo a Piragua, ruta despejada —comunicó el comandante. —Procedan. Entren y maten a ese hijo de puta —ordenó Coffey. —Como ya le dije, señor, nuestra prioridad es evacuar a los heridos —replicó el comandante con voz inexpresiva. —¡Lo sé! ¡Apresúrese, por el amor de Dios! Apretó salvajemente el botón de transmisión. El comandante salió de la escalera y miró con cautela en derredor antes de indicar a su equipo que lo siguiera. Una tras otra, las figuras oscuras emergieron, con las máscaras antigás subidas sobre la cabeza, los uniformes de camuflaje confundidos con las sombras, los M-16 y Bullpups equipados con bayonetas largas. En la retaguardia, un robusto oficial portaba un lanzagranadas de 40 milímetros de seis disparos, un arma panzuda que parecía una metralleta embarazada. —Hemos llegado a la cuarta planta —informó el comandante al observador—. Colocamos una baliza infrarroja ante la Sala de los Monos. —Intérnense veintiún metros en la sala, dirección sur —indicó el observador—, luego seis metros al oeste hasta alcanzar una puerta. El comandante extrajo una pequeña caja negra de su cinturón y pulsó un botón. Surgió un rayo láser rubí, delgado como un lápiz. Movió el rayo alrededor hasta obtener la lectura de distancia que necesitaba. Después de avanzar unos metros, repitió la operación, apuntando el haz hacia la pared oeste. —Uno Rojo a Piragua. Puerta a la vista. —Bien. Proceda. El comandante se encaminó hacia la puerta e indicó a sus hombres que lo siguieran. —La puerta está cerrada con llave. Colocando cargas. El equipo se apresuró a ajustar dos pequeñas barras de plástico alrededor del pomo y por último retrocedió, desenrollando un cable. —Cargas colocadas. Tras un ruido sordo, la puerta se abrió. —La trampilla debería estar delante de usted, en el centro del cuarto de almacenamiento —indicó el observador. El comandante y sus hombres apuntaron varios bastidores y dejaron al descubierto la trampilla. El comandante descorrió los pasadores, agarró la anilla de hierro y tiró hacia arriba. Un aire viciado salió a su encuentro cuando se inclinó. La tranquilidad reinaba en el Planetario. —Tenemos una abertura —anunció por radio—. Parece buena. —De acuerdo —contestó Coffey—. Controlen la sala. Bajen a los médicos y evacuen a los heridos, deprisa. —Uno Rojo, recibido, Piragua. El observador habló. —Derriben la horma construida en el centro de la pared norte. Detrás encontrarán una viga de veinte centímetros donde asegurar las sogas. —Lo haremos. —Vayan con cuidado. Es una caída de dieciocho metros. El comandante y su equipo trabajaron con rapidez. Derrumbaron el muro indicado, pasaron dos cadenas alrededor de la viga y sujetaron una polea. Un miembro del comando enganchó una escalera de cuerda a una de las cadenas y la dejó caer por el agujero. El comandante se inclinó una vez más y apuntó la potente linterna hacia las tinieblas de la sala. —Aquí Uno Rojo. Hay algunos cuerpos ahí abajo. —¿Algún rastro de la bestia?—preguntó Coffey. —Negativo. Calculo que hay diez, doce cuerpos; tal vez más. La escalerilla ya está colgada. —¿A qué espera? El comandante se volvió hacia el equipo médico. —Haremos una señal cuando todo esté dispuesto. Empiecen a bajar las camillas plegables. Los sacaremos de uno en uno. Agarró la escalerilla y comenzó a descender, balanceándose sobre el enorme espacio vacío. Sus hombres lo siguieron. Dos se encargaban de cubrirles con las armas, mientras otros dos disponían trípodes con lámparas halógenas que conectaban a los generadores portátiles bajados mediante sogas. El centro de la estancia no tardó en inundarse de luz. —¡Controlad todas las entradas y salidas! —exclamó el comandante—. ¡Equipo médico, descienda! —¡Informe! —ordenó Coffey por radio. —Hemos tomado la sala —anunció el comandante—. Ni rastro del animal. El equipo médico está desplegándose. —Bien. Es necesario que encuentre a esa cosa, la mate y localice al grupo del alcalde. Creemos que bajaron por una escalera posterior cercana a la zona de servicio. —Recibido, Piragua. En ese instante se oyó una repentina detonación, apagada pero inconfundible. —Uno Rojo a Piragua, hemos oído un disparo de pistola. Parecía proceder de arriba. —¡Maldita sea, suba allí! —bramó Coffey—. ¡Vaya hacia allí con sus hombres! El comandante se volvió. —Muy bien. Dos Rojo, Tres Rojo, terminad de asegurar la sala. Cojan ese lanzagranadas. Los demás, acompáñenme. 56 El agua viscosa ya cubría a Smithback hasta la cintura. Mantener el equilibrio resultaba agotador. Además, tenía las piernas entumecidas, y no dejaba de temblar. —El agua asciende muy deprisa —observó D'Agosta. —Creo que ya no tendremos que preocuparnos por el monstruo —dijo el periodista, esperanzado. —Tal vez no. ¿Sabe una cosa? Actuó usted con gran rapidez antes, cuando atrancó la puerta con la linterna. Nos salvó la vida a todos. —Gracias —dijo Smithback, que cada vez apreciaba más al teniente. —Espero que no se le suba a la cabeza —advirtió D'Agosta sobre el fragor del agua—. ¿Se encuentran todos bien? —preguntó al alcalde. —Más o menos. Algunos están todavía emocionados, otros exhaustos. ¿Qué camino tomaremos? El alcalde, con el rostro demacrado, miró fijamente al escritor y D'Agosta, quien, tras vacilar, contestó: —No puedo decirle nada definitivo. Smithback y yo probaremos la bifurcación de la derecha. El alcalde observó un segundo al grupo y se acercó más al teniente. —Escuche —susurró con tono suplicante—, sé que se han perdido, y ustedes también lo saben. Si esa gente se entera, se negará a avanzar. Hace mucho frío, y el agua no deja de subir. ¿Por qué no lo intentamos juntos? Es nuestra única oportunidad. Aunque quisiéramos volver sobre nuestros pasos, la fuerza de la corriente arrastraría a la mitad de esas personas. —Muy bien —accedió D'Agosta. Se volvió hacia el grupo—. Escúchenme todos. Tomaremos el túnel de la derecha. Cójanse de la mano para formar una cadena y sujétense con fuerza. Caminen pegados a la pared, pues la corriente es muy fuerte en el centro. Si alguien resbala, que dé un grito. No se suelten bajo ninguna circunstancia. ¿Comprendido? Vámonos. La forma oscura atravesó lentamente la puerta rota y caminó como un felino sobre la madera astillada. Cuthbert sintió un hormigueo en las piernas. Quiso disparar, pero sus manos se negaron a obedecer. —Vete, por favor —dijo, con tanta calma que hasta él mismo se sorprendió. La cosa se detuvo con brusquedad y miró en su dirección. Bajo la tenue iluminación, Cuthbert sólo distinguió la silueta, enorme y poderosa, y los ojillos rojos, que, en cierto modo, reflejaban inteligencia. —No me hagas daño —suplicó el subdirector. El ser permaneció inmóvil. —Tengo una pistola —advirtió el hombre, apuntando con cautela—. Si te marchas, no dispararé —prometió en un susurro. La cosa se movió de costado, con la cabeza vuelta hacia Cuthbert y, tras un súbito movimiento, desapareció. Cuthbert retrocedió, presa del pánico, y su linterna rodó por el suelo. Dio media vuelta frenéticamente en medio del silencio y el hedor que inundaba el laboratorio. Con paso inseguro entró en la Sala de los Dinosaurios y cerró dando un portazo. —¡La llave! —exclamó—. ¡Lavinia, por el amor de Dios! Paseó la vista por la habitación en tinieblas. Un gran esqueleto de tiranosauro se erguía en el centro, tras la forma oscura de un triceratopo, cuyos grandes cuernos brillaban a la leve luz. El hombre oyó un sollozo y después notó que apretaban una llave contra su palma. La introdujo en la cerradura y cerró. —Vámonos —apremió, apartando a Rickman de la puerta. Dejaron atrás el pie en forma de garra del tiranosauro y se adentraron en la oscuridad. De repente Cuthbert empujó a la directora de relaciones públicas hacia un lado y le indicó que se agachara. Escudriñó la negrura, con todos los sentidos en estado de alerta. Un silencio sepulcral reinaba en la Sala de los Dinosaurios Cretácicos. Ni siquiera el ruido de la lluvia penetraba en aquel santuario. La única luz procedía de las hileras de ventanas del triforio. Les rodeaba un rebaño de pequeños esqueletos de struthiomimus, dispuestos en formación defensiva ante la monstruosa estructura de un driptosauro carnívoro (cabeza gacha, fauces abiertas, garras extendidas). El efectismo de aquella sala, que siempre había gustado a Cuthbert, le asustaba. De pronto sabía qué significaba ser la presa. A sus espaldas, la entrada estaba bloqueada por una pesada puerta metálica de emergencia. —¿Dónde está Winston? —susurró el subdirector, mirando entre los huesos del driptosauro. —No lo sé —gimió Rickman al tiempo que le agarraba el brazo—. ¿Lo mataste? —Fallé —murmuró—. Suéltame, por favor. He de poder disparar sin estorbos. La mujer obedeció y retrocedió a gatas entre dos de los esqueletos de struthiomimus. Se ovilló reprimiendo un sollozo. —¡Calla! —masculló Cuthbert. En el profundo silencio que los envolvía, el hombre escudriñó las sombras. Rogó que Wright hubiera encontrado refugio en alguno de los muchos rincones oscuros. —Ian —susurró una voz—. ¿Lavinia? Cuthbert se volvió y descubrió con horror que el director estaba apoyado contra la cola de un estegosauro. Wright se tambaleó y consiguió recuperar el equilibrio. —Winston, ¡ponte a cubierto! Wright echó a caminar con paso vacilante hacia ellos.