Smithback se incorporó en la butaca. —¡Desafortunada situación!—espetó—. ¿Por qué no lo expresa por su nombre, asesinato? —Haga el favor de no levantar la voz en mi despacho —ordenó Rickman. —Me contrató para escribir un libro, no para inventar un comunicado de trescientas páginas para la prensa. Unos brutales asesinatos se han cometido en el museo una semana antes de que se inaugure la mayor exposición jamás presentada. ¿Pretende decirme que no tienen relación con la historia? —Yo, y sólo yo, definiré qué deberá incluir en su libro y qué no. ¿Entendido? —No. Rickman se levantó. —Empiezo a hartarme. O firma este documento ahora mismo, o está acabado. —¿Acabado? ¿Qué significa eso? ¿Fusilado o despedido? —No toleraré esta clase de frivolidades en mi despacho. O firma el acuerdo, o aceptaré su dimisión de inmediato. —Estupendo —contestó Smithback—. Me limitaré a llevar mi manuscrito a un editor comercial. Usted necesita este libro tanto como yo. Ambos sabemos que podría obtener un suculento adelanto por la historia secreta de los asesinatos del museo. Conozco esa historia secreta, créame; hasta la última coma. Aunque el rostro de Rickman se había demudado, su sonrisa persistía. Los nudillos se le pusieron blancos. —Eso representaría una violación de su contrato —dijo lentamente—. El museo cuenta con el asesoramiento legal de la firma de Wall Street Daniels, Soller y McCabe. Sin duda habrá oído hablar de ella. Si usted emprendiera esa acción, incurriría al instante en incumplimiento de contrato legal, en el caso de que su agente y cualquier editor fuera tan estúpido como para firmar un contrato con usted. Pondríamos toda la carne en el asador, y no me sorprendería que, después de perder, nunca volviera a encontrar trabajo en su especialidad. —Esto supone una gravísima vulneración de los derechos reconocidos en la Primera Enmienda —logró graznar Smithback. —En absoluto. Buscaríamos un remedio a su violación de contrato, simplemente. No quedaría como un héroe, y ni siquiera el Times se haría eco. Si de veras piensa emprender esta acción, Bill, yo de usted consultaría antes a un buen abogado y le enseñaría el contrato que firmó con nosotros. Estoy segura de que le confirmará que todo está atado y bien atado. O si lo prefiere, aceptaré su dimisión en este momento. Abrió un cajón del escritorio y extrajo una hoja de papel. El intercomunicador zumbó. —¿Señora Rickman? El doctor Wright por la línea uno. La mujer descolgó el auricular. —¿Sí, Winston? ¿Qué? ¿El Post otra vez? Sí, hablaré con ellos. ¿Has llamado a Ippolito? Estupendo. —Colgó y se encaminó hacia la puerta del despacho—. Compruebe que Ippolito ha ido al despacho del director —ordenó a su secretaria—. En cuanto a usted, Bill, no puedo perder el tiempo con cortesías. Si no firma el acuerdo, recoja sus cosas y lárguese. El periodista se había quedado muy quieto. De repente, sonrió. —Señora Rickman, entiendo su punto de vista. Ella se inclinó hacia él con ojos destellantes. —¿Y…? —Acepto las restricciones. La mujer se situó detrás del escritorio, triunfal. —Bill, me alegro de que no haya necesidad de usar esto. —Guardó la segunda hoja en el cajón y lo cerró—. Supongo que es lo bastante inteligente para comprender que no le queda otra alternativa. Smithback la miró a los ojos y tendió la mano hacia el expediente. —No le importará que lo lea otra vez antes de firmar, ¿verdad? Rickman vaciló. —No; supongo que no, aunque descubrirá que pone exactamente lo mismo que antes. No ha lugar a equívocos, de modo que no busque ambigüedades. —Paseó la vista por la habitación, recogió su cartera y se dirigió a la puerta—. Se lo advierto, Bill. No olvide firmar. Haga el favor de seguirme y entregue el documento firmado a mi secretaria. Le enviará una copia. Smithback frunció los labios en señal de desagrado cuando vio cómo la mujer contoneaba las caderas bajo la falda plisada. Tras lanzar una mirada furtiva al despacho exterior, se apresuró a abrir el cajón que Rickman acababa de cerrar y extrajo un pequeño objeto, que introdujo en el bolsillo de su chaqueta. Cerró el cajón, miró alrededor una vez más y se encaminó hacia la salida. A continuación se acercó de nuevo al escritorio, cogió la hoja y garabateó una firma ilegible. Cuando salió, entregó el documento a la secretaria. —Guarde esa firma; algún día valdrá mucho —dijo sin mirar atrás, y cerró la puerta con estrépito. Margo acababa de colgar el auricular del teléfono cuando Smithback entró. Una vez más, tenía el laboratorio para ella sola, pues su compañera, la preparadora, se había marchado inopinadamente de vacaciones. —Acabo de hablar con Frock. Se llevó una gran decepción cuando le expliqué que no había encontrado nada más en la caja y que no tuve tiempo de buscar las vainas. Creo que esperaba pruebas sobre la existencia del ser. Quise mencionarle lo de la carta y la conversación que habíamos mantenido con Jörgensen, pero dijo que no podía hablar. Creo que Cuthbert estaba con él. —Para preguntarle sobre la solicitud de acceso que envió, supongo —repuso Smithback—. Imitando a Torquemada, como siempre. —Señaló la puerta—. ¿Por qué no está cerrada con llave? Margó fingió sorpresa. —Ah. Me temo que me olvidé otra vez. —¿Te importa si la cierro, por si acaso? Lo hizo y después, sonriente, introdujo la mano en la chaqueta y sacó con parsimonia un pequeño libro. La cubierta de piel, muy desgastada, llevaba el sello de dos puntas de flecha superpuestas. Lo alzó como si de un trofeo se tratara. La curiosidad de Margo dio paso a la estupefacción. —¡Dios mío! ¿Es el diario? El escritor asintió con orgullo. —¿Cómo lo has conseguido? ¿Dónde lo has encontrado? —En el despacho de Rickman. Tuve que hacer un terrible sacrificio a cambio. Firmé una hoja que me prohíbe hasta hablar contigo. —Bromeas. —Sólo en parte. En cualquier caso, en un momento de la sesión de tortura abrió el cajón del escritorio y vi este librito. Parecía un diario. Me extrañó que Rickman guardara algo semejante en su mesa. Entonces recordé que, según tú, el diario había sido prestado. —Sonrió con aire de suficiencia—. Como siempre había sospechado. Así pues, se lo mangué en cuanto salió del despacho. —Abrió el diario—. Ahora, a callar, Lotus Blossom. Papá te leerá un cuento. El periodista comenzó a leer, despacio al principio, hasta que se acostumbró a la caligrafía y las frecuentes abreviaturas. Las primeras anotaciones consistían en frases breves que proporcionaban algunos detalles sobre el tiempo del día y el lugar donde se hallaba la expedición. Ag. 31. Lluvia toda la noche. Tocino enlatado para desayunar. Avería en helicóptero esta mañana, tuve que perder tiempo por nada. Maxwell insufrible. Carlos tiene más problemas con Hosta Gilbao. Pide paga suplementaria por… —Esto es muy aburrido —dijo Smithback—. ¿A quién le importa que tomaran tocino enlatado para desayunar? —Continúa —urgió Margo. —Aquí no hay gran cosa —observó él mientras pasaba páginas—. Supongo que Whittlesey era un hombre parco en palabras. Oh, Dios. Espero no haber arriesgado la vida por nada. El diario describía el progresivo adentramiento de la expedición en la selva tropical. Habían realizado la primera parte del viaje en jeep, para después recorrer en helicóptero trescientos kilómetros, hasta la parte alta del Xingú. Desde allí, guías contratados condujeron río arriba al grupo hacia el tepui de Cerro Gordo. Smithback continuó leyendo. Sep. 6. Dejamos piraguas. A pie a partir de ahora. Primer vislumbre de Cerro Gordo esta tarde. Selva tropical se alza hasta las nubes. Gritos de pájaros tutitl; capturados varios especímenes. Guardias murmuran entre sí. Sep. 12. Última ración de cecina para desayunar. Menos humedad que ayer. Continuamos hacia tepui. Nubes despejan a mediodía. Posible altitud de la meseta dos mil setecientos metros. Temperatura típica de selva tropical. Vimos cinco candelaria íbice raros. Recogidos cerbatanas y dardos en excelente estado. Mosquitos pesados. Pecarí de Xingú seco para cenar. No está mal, sabe a cerdo ahumado. Maxwell llena las cajas de basura inútil. —¿Por qué robaría Rickman esto? —se extrañó Smithback—. Aquí no hay sustancia. ¿Dónde está su importancia? Sep. 15. Viento del SO. Gachas para desayunar. Tres transportes por tierra hoy, debido a atascamientos en el río. Agua hasta el pecho. Sanguijuelas encantadoras. A la hora de la cena, Maxwell encontró especímenes vegetales que le han entusiasmado. Plantas indígenas únicas en su género. Simbiosis extrañas; la morfología parece muy antigua. Pero los descubrimientos más importantes aún nos esperan, estoy seguro. Sep. 16. Me retrasé en el campamento esta mañana, embalando pertrechos. Maxwell insiste ahora en regresar con su «descubrimiento». Idiota. Lo malo es que casi todo el mundo quiere volver también. Todos dieron media vuelta después de comer, excepto dos de nuestros guías. Crocker, Carlos y yo seguimos adelante. Casi enseguida, nos detuvimos. El tarro con el espécimen se había roto. Mientras volvíamos a embalar, Crocker se alejó del sendero, se topó con cabaña en ruinas… —Ahora vamos al grano —comentó Smithback. … regresó, abrió la caja de nuevo, sacó la bolsa de herramientas. Antes de que pudiéramos registrar la cabaña, nativa anciana sale de entre los matorrales, tambaleándose. Enferma o borracha, no lo sabemos. Señala la caja, empieza a gritar. Pechos hasta la cintura; desdentada, casi calva. Enorme llaga en la espalda, como un furúnculo. Carlos se resiste a traducir, pero yo insisto: Carlos: Ella dice «demonio, demonio». Yo: Pregúntale, ¿qué demonio? Carlos traduce. Mujer, histérica, chilla y se golpea el pecho. Yo: Carlos, pregúntale sobre los kothoga. Carlos: Dice que habéis venido para llevaros el demonio. Yo: ¿Y los kothoga? Carlos: «Los kothoga subir a la montaña», dice. Yo: ¿A la montaña? ¿Dónde? Más alaridos de la mujer. Señala nuestra caja abierta. Carlos: «Vosotros llevaros demonio», dice. Yo: ¿Qué demonio? Carlos: Mbwun. Dice que vosotros llevaros Mbwun en caja. Yo: Pregúntale más sobre Mbwun. ¿Qué es? Carlos habla con la mujer, que se calma un poco y charla durante bastante rato. Carlos: Dice que Mbwun es hijo de demonio. El loco hechicero kothoga pidió a demonio Zilashkee la ayuda de su hijo para derrotar enemigos. Demonio les obligó a matar y devorar a todos sus hijos. Después envió a Mbwun como regalo. Mbwun ayuda a derrotar enemigos kothoga, luego se vuelve contra kothoga y empieza a matar a todo el mundo. Kothoga huyen al tepui. Mbwun les sigue. Mbwun inmortal. Hay que librar a kothoga de Mbwun. Ahora hombres blancos vienen a llevarse Mbwun. ¡Cuidado, maldición de Mbwun os destruirá! ¡Llevaréis muerte a vuestro pueblo! Estoy estupefacto y entusiasmado. Esta historia encaja con ciclos míticos que sólo conocíamos de segunda mano. Pido a Carlos que pregunte más detalles sobre Mbwun. Mujer se aleja; gran agilidad para alguien tan viejo. Se pierde en el follaje. Carlos la sigue, vuelve con las manos vacías. Parece asustado, no insisto. Examino cabaña. Cuando regresamos a senda, los guías han huido. —¡Sabía que se llevarían la estatuilla! —exclamó Smithback—. ¡Ésa debe de ser la maldición de que la mujer hablaba! Sep. 17. Crocker desaparecido desde anoche. Temo lo peor. Carlos muy asustado. Le enviaré de vuelta en pos de Maxwell, que ya estará a mitad del río a estas alturas. No puedo perder esta reliquia, que creo de valor inestimable. Continuaré en busca de Crocker. Hay sendas en estos bosques que deben de haber sido trazadas por kothoga. Me pregunto por qué la civilización pretende destrozar este paisaje. Tal vez los kothoga se salvarán, a fin de cuentas. Allí terminaba el diario. Smithback cerró el libro y maldijo. —¡No puedo creerlo! Nada que no supiéramos ya. Y he vendido mi alma a Rickman… ¡por esto! 36 Pendergast, sentado detrás del escritorio en el puesto de mando, jugaba, absorto, con un antiguo rompecabezas mandarín fabricado con latón y cuerda de seda anudada. Detrás de él, los acordes de un cuarteto de cuerda surgían de los altavoces de un pequeño magnetófono. El agente no levantó la vista cuando D'Agosta entró. —El Cuarteto de cuerda en fa mayor, opus 135, de Beethoven —dijo—. Estoy seguro de que usted ya lo sabía, teniente. Es el cuarto movimiento allegro, conocido como Der schwer gefasse Entschuluss; la «resolución difícil». Un título que podría aplicarse a este caso, al igual que al movimiento. Resulta asombroso cómo el arte imita a la vida, ¿no le parece? —Son las once —dijo D'Agosta. —Ah, por supuesto. —Echando la silla hacia atrás, Pendergast se levantó—. El jefe de seguridad nos debe una visita guiada. ¿Vamos? El propio Ippolito abrió la puerta del mando de seguridad. A D'Agosta el lugar le recordó la sala de control de una central nuclear. Una inmensa ciudad en miniatura de rejillas iluminadas, dispuestas en complicadas formas geométricas, ocupaba toda una pared. Dos guardias vigilaban una serie de pantallas de circuito cerrado. El teniente reconoció en el centro la caja de relés de las estaciones repetidoras utilizadas para fortalecer las señales de las radios que portaban los policías y los guardias del museo. —Éste —dijo Ippolito, al tiempo que tendía las manos y sonreía— es uno de los más sofisticados sistemas de seguridad. Fue diseñado especialmente para el museo. Nos costó una pasta, se lo aseguro. Pendergast miró alrededor. —Impresionante —comentó. —Es de diseño —insistió Ippolito. —Sin duda —repuso el agente—, pero lo que me preocupa en este momento, señor Ippolito, es la seguridad de los cinco mil invitados que se congregarán aquí esta noche. Explíqueme cómo funciona el sistema. —Fue ideado para impedir los robos —explicó el jefe de seguridad—. Muchas de las piezas más valiosas del museo llevan un chip fijo en un lugar discreto. Cada chip transmite una tenue señal a una serie de receptores diseminados por el edificio. Si el objeto se mueve, aunque sea un centímetro, se dispara una alarma que señala la localización de la pieza. —¿Qué ocurre a continuación? —preguntó el teniente D'Agosta. Ippolito sonrió. Se acercó a una consola y pulsó varios botones. Una enorme pantalla iluminó planos de los pisos del museo. —El interior del edificio está dividido en cinco módulos, cada uno de los cuales abarca cierto número de salas de exposición y zonas de almacenamiento. En su gran mayoría, van desde el sótano hasta la planta superior, pero, dada la estructura arquitectónica del museo, los perímetros de los módulos dos y tres son más complicados. Cuando se acciona un interruptor de este panel, gruesas puertas de acero caen desde el techo para cerrar los pasajes interiores que separan los distintos módulos. Todas las ventanas del museo están enrejadas. Al aislar un determinado módulo, el ladrón queda atrapado. Puede deambular por el interior de una sección, pero no salir. La red fue diseñada de tal manera que las salidas son externas a ella, lo cual facilita el control. —Se acercó a los planos—. Supongamos que alguien intenta robar un objeto y, cuando los guardias llegan, ya se ha marchado de la sala. Bien, no importa, pues al cabo de pocos segundos, el chip enviará una señal al ordenador, con la directriz de que selle todo el módulo. El proceso es automático. El ladrón está atrapado en el interior. —¿Qué ocurriría si retirara el chip antes de huir? —preguntó D'Agosta. —Los chips son sensibles al movimiento —respondió Ippolito—. La alarma también se dispararía, y las puertas de seguridad descenderían al instante. El ladrón no conseguiría salir, por muy rápido que fuera. Pendergast asintió. —¿Cómo se abren de nuevo las puertas una vez el ladrón ha sido atrapado? —Desde esta sala de control se abre cualquier juego de puertas, cada una de las cuales dispone de un anulador manual. De hecho, se trata de un teclado. Si se teclea el código correcto, la puerta se alza. —Muy bonito —murmuró Pendergast—, pero todo el sistema está orientado a impedir que alguien salga. Nos enfrentamos a un asesino que quiere quedarse dentro. ¿Cómo logrará todo esto garantizar la seguridad de los invitados de esta noche? Ippolito se encogió de hombros —Muy sencillo. Sólo utilizaremos el sistema para crear un perímetro de seguridad alrededor de la sala de recepción y la exposición. Todos los festejos tendrán lugar en el módulo dos. —Señaló el esquema—. La recepción se celebrará en el Planetario, aquí, junto a la entrada de la exposición «Supersticiones», que se encuentra dentro del módulo dos. Todas las puertas de acero de esta sección estarán cerradas. Sólo se dejarán cuatro abiertas; la puerta este de la Gran Rotonda, que permite el acceso al Planetario, y tres salidas de emergencia. En todas se montará un fuerte dispositivo de vigilancia. —¿Qué partes del museo abarca exactamente el módulo dos? —preguntó Pendergast. Ippolito pulsó algunos botones de la consola. Una gran sección central del museo destelló en verde sobre los paneles. —Ésta es la zona que comprende el módulo dos —explicó—. Como puede observar, va desde el sótano hasta la planta superior, como todos los demás. El Planetario se halla aquí. La sala de ordenadores y la habitación donde estamos ahora, mando de seguridad, se encuentra dentro de este módulo, así como la zona de seguridad, los archivos centrales y otras áreas de alta seguridad. La única forma de salir del museo será a través de las cuatro puertas de acero, que mantendremos abiertas mediante el anulador. Cerraremos el perímetro una hora antes de la fiesta, bajaremos todas las demás puertas y apostaremos guardias en los puntos de acceso. Habrá más seguridad que en la cámara acorazada de un banco; se lo garantizo. —¿Y el resto del museo? —Nos planteamos la idea de cerrar los cinco módulos, pero luego la desechamos. —Bien —dijo Pendergast, desviando la vista hacia otro panel—. En caso de que surja algún problema, el personal de emergencia no debe toparse con obstáculos. —Señaló el panel iluminado—. ¿Qué hay del subsótano? Las zonas del sótano de este módulo tal vez estén conectadas con él. Y ese subsótano podría conducir a cualquier sitio. —Nadie se atrevería a utilizarlo —resopló Ippolito—. Es un laberinto. —No estamos hablando de un ladrón vulgar, sino de un asesino que ha eludido cualquier búsqueda organizada por usted, por mí o por D'Agosta. Un asesino que parece moverse por el subsótano como pez en el agua. —Sólo hay una escalera que comunica el Planetario con los demás pisos —explicó con paciencia Ippolito—, y estará vigilada por mis hombres, al igual que las salidas de emergencia. Está todo bajo control, se lo aseguro. Todo el perímetro gozará de máxima seguridad. Pendergast examinó en silencio el plano iluminado durante un rato. —¿Cómo sabe que este esquema es correcto? —preguntó por fin. Ippolito compuso una expresión de perplejidad. —Pues claro que es correcto. —Le he preguntado cómo lo sabe. —El sistema fue diseñado a partir de los planos arquitectónicos de la reconstrucción de 1912. —¿No ha habido cambios desde entonces? ¿Puertas abiertas, otras clausuradas? —Todos los cambios se tuvieron en cuenta. —Esos planos arquitectónicos ¿incluían las zonas del sótano antiguo y el subsótano? —No. Esas zonas son más antiguas. Pero, como ya le he dicho, estarán selladas o vigiladas. Se produjo un largo silencio, durante el cual el agente continuó observando los paneles. Por fin, suspiró y se volvió hacia el jefe de seguridad. —No me gusta, señor Ippolito. Alguien carraspeó detrás de ellos. —¿Qué no le gusta? D'Agosta necesitó darse la vuelta. El áspero acento de Long Island sólo podía pertenecer al agente especial Coffey. —Estoy revisando los procedimientos de seguridad con el señor Pendergast —dijo Ippolito. —Bien, Ippolito, tendrá que revisarlos otra vez conmigo. —Con los ojos entornados, miró a Pendergast—. En el futuro, recuerde invitarme a sus fiestas privadas —dijo, irritado. —El señor Pendergast… —empezó Ippolito. —El señor Pendergast ha venido del Sur profundo para echarnos una mano cuando la necesitemos. Yo dirijo el espectáculo ahora. ¿Comprendido? —Sí, señor —contestó Ippolito. El hombre explicó los procedimientos otra vez. Coffey, sentado en una silla de operador, hacía girar con el dedo unos auriculares. D'Agosta, mientras tanto, paseaba por la habitación, observando los paneles de control. Pendergast escuchaba con suma atención, como si no hubiera oído antes el mismo discurso. Cuando el jefe de seguridad terminó, Coffey se reclinó en la silla. —Ippolito, hay cuatro agujeros en este perímetro. —Hizo una pausa teatral—. Quiero tres taponados. Sólo debe haber una entrada y una salida. —Señor Coffey, las regulaciones antiincendios exigen… Coffey le interrumpió con un movimiento de la mano. —Ya me ocuparé yo de las regulaciones antiincendios. Usted encárguese de los agujeros que hay en la red de seguridad. Cuantos más agujeros haya, más problemas pueden aparecer. —Me temo que ésa no es la forma correcta de proceder —terció Pendergast—. Si cierra esas tres salidas, los invitados quedarán atrapados. Si algo sucediera, sólo habría una salida. Coffey tendió las manos en un gesto de frustración. —Ésa es la cuestión, Pendergast. No se puede tener todo. O tiene un perímetro de seguridad o no. En cualquier caso, según Ippolito, cada puerta de seguridad dispone de un anulador de emergencia. ¿Cuál es el problema? —Exacto —intervino Ippolito—, en caso de emergencia, las puertas pueden abrirse mediante el teclado. Sólo se requiere el código. —¿Puedo preguntar qué controla el teclado? —inquirió Pendergast. —El ordenador central. La sala de ordenadores está justo al lado. —¿Y si el ordenador se avería? —Contamos con sistemas de seguridad, con controles de error. Aquellos paneles de la pared del fondo regulan el sistema de seguridad. Cada panel posee una alarma. —Ése es otro problema —murmuró Pendergast. Coffey resopló y, con la vista clavada en el techo, dijo: —Sigue sin gustarle. —He contado ochenta y una luces de alarma sólo en ese banco de controles —continuó Pendergast, ignorando el comentario de Coffey—. Si se produjera una verdadera emergencia, con un fallo múltiple del sistema, la mayoría de esas alarmas comenzarían a parpadear. Ningún equipo de técnicos podría trabajar con eficacia. —Pendergast, estamos perdiendo tiempo por su culpa —replicó Coffey—. Ippolito y yo solucionaremos esos detalles, ¿de acuerdo? Apenas faltan ocho horas para la inauguración. —¿Han probado el sistema? —preguntó Pendergast. —Lo probamos cada semana —contestó Ippolito. —Quiero decir si lo han probado en una situación real. Un intento de robo, tal vez. —No, y espero que nunca sea necesario. —Lamento decirlo —comentó Pendergast—, pero me parece un sistema destinado al fracaso. Soy un gran defensor del progreso, señor Ippolito, pero en este caso recomiendo fervientemente acudir a los viejos métodos. De hecho, durante la fiesta, desconectaría todo el sistema. Apáguelo. Es demasiado complicado, y dudo de su utilidad durante una emergencia. Necesitamos un método de eficacia probada, algo que todos conozcamos; patrullas, guardias armados en cada punto de entrada y salida. Estoy seguro de que el teniente D'Agosta nos proporcionará más hombres. —Sólo tiene que pedirlo —afirmó el agente. Coffey se echó a reír. —Jesús, quiere desconectar el sistema en el momento en que es más necesario. —Debo manifestar mi rechazo absoluto a ese plan —dijo Pendergast. —Bueno, pues hágalo por escrito —repuso Coffey— y envíelo por barco a su oficina de Nueva Orleans. En mi opinión, Ippolito lo tiene todo muy bien controlado. —Gracias —dijo el jefe de seguridad con orgullo. —Nos enfrentamos a una situación peligrosa y muy poco habitual —insistió Pendergast—. No es el momento de confiar en un sistema complejo y no experimentado. —Pendergast, ya he oído bastante —atajó Coffey—. ¿Por qué no baja a su despacho y come el bocadillo de siluro que su mujer puso en la fiambrera? A D'Agosta le asombró el cambio de expresión en el rostro de Pendergast. Coffey retrocedió un paso instintivamente. Pendergast se limitó a dar media vuelta y salir. El teniente lo siguió. —¿Adónde va? —preguntó Coffey—. Será mejor que se quede mientras ultimamos los detalles. —Estoy de acuerdo con Pendergast —replicó D'Agosta—. Éste no es el momento de liarse con videojuegos. Estamos hablando de vidas humanas. —Escuche, D'Agosta, nosotros somos la releche, somos el FBI. No nos interesa la opinión de un policía de tráfico de Queens. El teniente escudriñó la cara rojiza y sudorosa del agente. —Usted es una desgracia para las fuerzas de la ley. Coffey parpadeó. —Gracias. Anotaré ese insulto gratuito en el informe que enviaré a mi buen amigo Horlocker, el jefe de policía, que sin duda emprenderá las acciones pertinentes. —En ese caso, puede añadir este otro: es usted un saco de mierda. Coffey echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada. —Me encanta la gente que se degüella y te ahorra la molestia. Ya me había dado cuenta de que este caso es demasiado importante para que un simple teniente actúe como enlace del Departamento de Policía de Nueva York. Le apartarán de este caso en veinticuatro horas, D'Agosta. ¿Lo sabía? Pensaba comunicárselo después de la fiesta, para no amargarle la diversión, pero creo que ahora es un buen momento. Por tanto, aproveche su última tarde en este caso. Nos veremos a las cuatro para el informe habitual. No se retrase. D'Agosta no replicó. Curiosamente, aquella noticia no le había sorprendido. 37 Un sonoro estornudo hizo vibrar vasos de precipitación y especímenes de plantas secas desechados en el laboratorio botánico auxiliar del museo. —Perdón —se disculpó Kawakita y sorbió por la nariz—. Alergia. —Toma un pañuelo —ofreció Margo. Introdujo la mano en su bolso. Había escuchado la descripción de Kawakita del programa genético Extrapolador. «Es brillante —pensó—. Apuesto a que casi toda la teoría fue suministrada por Frock.» —En cualquier caso —dijo Kawakita—, se empieza con secuencias genéticas de dos animales o plantas. Eso se introduce y se obtiene una extrapolación, es decir, una estimación del ordenador sobre el vínculo evolutivo entre las dos especies. El programa empareja automáticamente fragmentos de ADN, compara secuencias similares y define cómo podría ser la forma extrapolada. Como ejemplo, haré una prueba con ADN de chimpancé y de humano. Deberíamos obtener la descripción de alguna forma intermedia. —El eslabón perdido —Margo asintió—. No me digas que también realiza un dibujo del animal. —¡No! —Kawakita rió—. Me concederían el premio Nobel si pudiera hacerlo. Facilita una lista, no definitiva, sino probable, de las características morfológicas y de conducta que el animal o la planta podría poseer. Y no se trata de una lista completa, por supuesto. Lo verás cuando terminemos la prueba. Tecleó una serie de instrucciones, y los datos comenzaron a desfilar por la pantalla del ordenador; una progresión rápida y ondulante de ceros y unos. —Esto se puede eliminar —aclaró Kawakita—, pero me gusta ver los datos volcados del secuenciador genético. Es tan hermoso como contemplar un río, lleno de truchas, a ser posible. Al cabo de unos cinco minutos, los datos dejaron de aparecer y la pantalla proyectó una tenue luz azul. Entonces surgió la cara de Moe, de los Three Stooges , y por el altavoz del ordenador se oyó: —¡Pienso, pienso, pero no pasa nada! —Esto significa que el programa está funcionando —explicó Kawakita, y rió su broma—. Puede tardar una hora, según lo alejadas que estén las dos especies. Un mensaje apareció en la pantalla: «Tiempo estimado de conclusión: 3.03.40 min.» —Chimpancés y humanos están muy próximos. Comparten el 98 por ciento de los genes. Esto debería ir deprisa. Una bombilla encendida se materializó de repente sobre la cabeza de Moe. —¡Hecho! —exclamó Kawakita—. Vamos a ver los resultados. Pulsó una tecla. En la pantalla del ordenador apareció: PRIMERA ESPECIE: Especie: Pan troglodytes. Género: Pan. Familia: Pongidae. Orden: Primata. Clase: Mammalia. Filum: Chordata. Reino: Animal. SEGUNDA ESPECIE: Especie: Homo sapiens. Género: Homo. Familia: Hominidae. Orden: Primata. Clase: Mammalia. Filum: Chordata. Reino: Animal. Coincidencia genética global: 98,4%. —Lo creas o no —dijo Kawakita—, la identificación de estas dos especies se ha llevado a cabo sólo por los genes. No indiqué al ordenador qué eran esos dos organismos. Es un buen método para demostrar a los incrédulos que el Extrapolador no es una farsa o un juguete. Sea como sea, ahora obtendremos una descripción de la especie intermedia. En este caso, como tú has dicho, el eslabón perdido. Características morfológicas de la forma intermedia: Ágil. Capacidad cerebral: 750 cc. Bípedo, postura erecta. Pulgar oponible. Pérdida de oponibilidad en dedos pies. Dimorfismo sexual por debajo de lo normal. Peso macho adulto: 55 kg. Peso hembra adulta: 45 kg. Período de gestación: ocho meses. Agresividad: de baja a moderada. Período de ciclo en hembra: suprimido. La lista proseguía, cada vez más oscura. Bajo «osteología», Margo no comprendió casi nada. Proceso foraminal parietal atávico. Cresta ilíaca muy reducida. 10-12 vértebras torácicas. Trocánter mayor parcialmente articulado. Borde prominente de la órbita. Frontal atávico con proceso zigomático prominente. «Eso debe de significar frente de escarabajo», pensó Margo. Diurno. Parcial o totalmente monógamo. Vive en grupos sociales cooperativos. —Vamos, vamos, ¿cómo puede el programa deducir cosas como ésas? —preguntó Margo señalando «monógamo». —Hormonas —contestó Kawakita—. Hay un gen que codifica una hormona existente en especies mamíferas monógamas, pero no en las promiscuas. En los humanos, esta hormona está relacionada con el emparejamiento. No está presente en los chimpancés, que son animales muy promiscuos. Y el hecho de que el período de celo de la hembra esté suprimido… Sólo aparece en especies relativamente monógamas. El programa utiliza todo un arsenal de herramientas (sutiles algoritmos AI, lógica confusa), con el fin de interpretar el efecto de conjuntos de genes sobre el comportamiento y el aspecto de determinado organismo. —¿Algoritmos AI? ¿Lógica confusa? Creo que me he perdido. —Bien, no importa. Tampoco necesitas conocer todos los secretos. Se trata de hacer pensar al programa más como una persona que como un ordenador normal. Lanza suposiciones, utiliza la intuición. Esa característica en concreto, «cooperativo», se extrapola a partir de la presencia o ausencia de ochenta genes diferentes. —¿Eso es todo? —bromeó Margo. —No. También se puede utilizar el programa para conjeturar el tamaño, la forma y la conducta de un solo organismo, introduciendo el ADN de un solo ser en lugar de dos, es decir, inutilizando la extrapolación lógica. Si no me retiran la subvención, añadiré dos módulos más a este programa. El primero extrapolará hacia el pasado de una especie, y el segundo hacia el futuro. En otras palabras, podremos descubrir más cosas sobre seres extintos del pasado y conjeturar sobre criaturas del futuro. —Sonrió—. No está mal, ¿eh? —Es asombroso —se maravilló Margo. Temió que su proyecto de investigación pareciera insignificante en comparación—. ¿Cómo lo desarrollaste? Kawakita vaciló, mirándola con suspicacia. —Cuando empecé a trabajar con Frock, me comentó que estaba frustrado por las diferencias del archivo de fósiles. Quería llenar los huecos, averiguar cuáles eran las formas intermedias. De modo que elaboré este programa. Él me facilitó casi todas las tablas normativas. Comenzamos a probarlo con diversas especies; chimpancés y humanos, así como bacterias varias de las que teníamos numerosos datos genéticos. Entonces ocurrió algo increíble. Frock, el viejo demonio, lo esperaba, pero yo no. Comparamos al perro doméstico con la hiena, y no obtuvimos una especie intermedia, sino una forma de vida extraña, muy diferente al perro o la hiena. Esto también sucedió con otros pares de especies. ¿Sabes qué dijo Frock? Margo negó con la cabeza. —Sonrió y dijo: «Ahora ya conoces el verdadero valor de este programa.» —Kawakita se encogió de hombros—. Mi programa otorgó validez a la teoría del Efecto Calisto al demostrar que pequeñas modificaciones en el ADN pueden desencadenar a veces cambios radicales en un organismo. Me cabreé un poco, pero Frock trabaja así. —No me extraña que Frock tuviera tantas ganas de que yo utilizara el programa —dijo Margo—. Esto puede revolucionar el estudio de la evolución. —Sí, aunque de momento nadie le presta atención —afirmó con amargura Kawakita—. Últimamente todo lo relacionado con Frock es como el beso de la muerte. Es decepcionante dedicarte en cuerpo y alma a un proyecto y que luego la comunidad científica te ignore. Entre nosotros, Margo, pienso abandonar a Frock como supervisor e integrarme al grupo de Cuthbert. Creo que podría llevarme casi todo el material en que he trabajado. Tal vez también tú deberías planteártelo. —Gracias, pero me quedaré con Frock —replicó Margo, ofendida—. No me habría dedicado a la genética de no haber sido por él. Le debo mucho. —Como quieras. De todas formas, quizá no puedas quedarte en el museo, ¿verdad? Al menos, eso me ha comentado Bill Smithback. Yo he invertido todo en este lugar. Mi filosofía es: «Sólo te debes a ti.» Mira alrededor. Piensa en Wright, Cuthbert, todos los demás. ¿Se preocupan de alguien aparte de sí mismos? Tú y yo somos científicos. Sabemos que sólo sobrevive el más apto y que hay que combatir con uñas y dientes. La lucha por la supervivencia también se aplica a los científicos. Margo clavó la mirada en los centelleantes ojos de su compañero. En cierto sentido, tenía razón. Sin embargo, ella consideraba que los seres humanos, después de haber descifrado las brutales leyes de la naturaleza, tal vez podían trascender algunas. Decidió cambiar de tema. —¿El ESG funciona igual con ADN de plantas que de animales? —Exactamente igual —contestó Kawakita, recuperando el tono magistral—. Aplicas el secuenciador de ADN a dos especies de plantas y luego introduces los datos en el Extrapolador, que indicará el porcentaje de coincidencia que presentan y describirá la forma intermedia. No te sorprendas si el programa hace preguntas o comentarios. Añadí algunos toques frívolos mientras desarrollaba las partes de inteligencia artificial. —Creo que he captado la idea —dijo Margo—. Gracias. Has hecho un trabajo fenomenal. Kawakita le guiñó un ojo y se acercó. —Me debes una, nena. —Cuando quieras —dijo ella. «Me debes una, nena.» No le gustaba la gente que hablaba así. Y cuando Kawakita lo decía, hablaba en serio. El hombre se estiró y volvió a estornudar. —Me voy. Comeré algo, iré a casa y me pondré el esmoquin para la fiesta de esta noche. Todo el mundo se ha marchado ya. Fíjate en este laboratorio; está desierto. —Conque esmoquin, ¿eh? Yo he traído el vestido esta mañana. Es bonito, aunque no es un Nipon original o algo por el estilo. Kawakita se inclinó hacia ella. —Hay que vestirse bien para triunfar, Margo. Los poderes establecidos ven a un tipo en camiseta y, aunque sea un genio, no pueden imaginarle como director del museo. —¿Quieres ser director? —Pues claro —respondió él, sorprendido—. ¿Tú no? —¿No basta con ser un buen científico? —Cualquiera puede ser buen científico. Me gustaría ocupar un cargo importante. Como director, puedes hacer mucho más por la ciencia que un investigador encerrado en un sucio laboratorio como éste. Hoy no basta con realizar investigaciones notables. —Le dio una palmada en la espalda—. Que te diviertas. Y no rompas nada. Se marchó, y el laboratorio quedó en silencio. Margo permaneció sentada unos momentos, inmóvil. Después abrió la carpeta que contenía los especímenes de plantas kiribitu. Sin embargo, no pudo evitar pensar que había cosas más importantes que hacer. Cuando por fin había conseguido contactar por teléfono con Frock y le había descrito lo poco que habían encontrado en la caja, el hombre había enmudecido, como si, de repente, todas sus fuerzas le hubieran abandonado. Le notó tan deprimido que no se había atrevido a hablarle del diario y la falta de nueva información. Consultó el reloj; pasaba de la una. Tardaría mucho tiempo en someter cada espécimen de planta al secuenciador de ADN y tenía que terminar las secuencias antes de utilizar el Extrapolador de Kawakita. No obstante, como Frock le había recordado, aquél era el primer intento de llevar a cabo un estudio metódico de un sistema de clasificación de plantas primitivas. Con ese programa podría confirmar que los kiribitu, con su extraordinario conocimiento de las plantas, las habían clasificado desde un punto de vista biológico. El programa le permitiría obtener plantas intermedias, especies hipotéticas cuyos auténticos duplicados tal vez podrían encontrarse en la selva tropical que habitaban los kiribitu. Al menos, ésa era la intención de Frock. Para secuenciar el ADN de una planta, Margo debía separar cada parte del espécimen. Aquella mañana, después de un largo intercambio de correo electrónico, había recibido permiso para coger un decigramo de cada especie. Apenas era suficiente. Contempló los delicados ejemplares, que olían levemente a hierba y especias. Algunos eran potentes alucinógenos, utilizados por los kiribitu en ceremonias religiosas. Otros eran medicinales, y tal vez serían de gran valor para la ciencia moderna. Cogió la primera planta con unas pinzas y separó la parte superior de la hoja. La molió en un mortero con una enzima suave que disolvería la celulosa y causaría la lisis del núcleo de las células, liberando así el ADN. Trabajó con rapidez y meticulosidad. Añadió las enzimas apropiadas, centrifugó el resultado y efectuó una evaluación. Después repitió el proceso con las demás plantas. El centrifugado final tardó diez minutos, y mientras la materia vibraba en la caja metálica gris, Margo volvió a sentarse y dejó vagar sus pensamientos. Se preguntó que tal le iría a Smithback en su nuevo papel de paria del museo. Se preguntó, con una pequeña punzada de temor, si la señora Rickman se habría percatado de la desaparición del diario. Recordó la descripción de los últimos días en la tierra de Whittlesey. Imaginó a la anciana, apuntando con un dedo sarmentoso hacia la estatuilla de la caja, advirtiendo a Whittlesey de la maldición. Imaginó el decorado; la cabaña en ruinas, invadida por plantas trepadoras y moscas que zumbaban al sol. ¿De dónde habría salido la mujer? ¿Por qué había huido? Luego imaginó que Whittlesey respiraba hondo, se internaba en la oscura y misteriosa cabaña por primera vez… «Espera un momento», pensó. El diario refería que se habían topado con la anciana antes de entrar en la cabaña desierta. Además, la carta que había hallado oculta en la tapa de la caja indicaba con toda claridad que Whittlesey había descubierto la estatuilla en el interior de la cabaña. Había entrado en ella después de que la anciana hubiera escapado. La vieja, pues, no miraba la estatuilla cuando proclamó que Mbwun estaba en la caja. «Debió ver otra cosa a la que llamó Mbwun.» Nadie había reparado en ese detalle porque no habían encontrado la carta de Whittlesey. Por eso habían pensado que Mbwun era la talla. Estaban equivocados. Mbwun, el verdadero Mbwun, no era una estatuilla. ¿Qué había dicho la mujer? «Ahora hombres blancos vienen a llevarse a Mbwun. ¡Cuidado, maldición de Mbwun os destruirá! ¡Llevaréis muerte a vuestro pueblo!» Y así había ocurrido. La muerte había llegado al museo. ¿A qué objeto introducido en la caja podía referirse? Margo sacó una libreta de su bolso y reconstruyó a toda prisa una lista de lo que había descubierto en la caja de Whittlesey el día anterior: «Prensadora de plantas, dardos con cerbatana, disco con incisiones (encontrado en la cabaña); boquillas, cinco o seis tarros con ranas y salamandras conservadas (creo); plumas de ave, puntas de flecha de pedernal y puntas de lanza, matraca de chamán, manta.» «¿Qué más?» Rebuscó en su bolso, donde guardaba la prensadora de plantas, el disco y la matraca del chamán. Los depositó sobre la mesa. La matraca deteriorada era interesante, pero poco extraordinaria. Había visto varios ejemplares más exóticos en la exposición «Supersticiones». El disco resultaba intrigante. Representaba alguna clase de ceremonia; gente de pie en un lago poco profundo, inclinada, con algunas plantas en las manos y cestas a la espalda. Muy raro. En cualquier caso, no parecía un objeto de veneración. La lista no servía de gran ayuda. Nada de lo que había visto en el interior de la caja se le había antojado especialmente demoníaco y capaz de inspirar tanto terror a la anciana. Margo desenroscó con cuidado la pequeña y oxidada prensadora de plantas. Los tornillos y la madera sujetaban el papel secante. La abrió y sacó la primera hoja. Tenía un tallo y varias flores pequeñas. No identificó aquel ejemplar, que no parecía demasiado interesante a simple vista. Las siguientes láminas de la prensadora contenían flores y hojas. Quien las había recogido no era un botánico profesional, decidió Margo. Whittlesey, un antropólogo, habría recogido aquellos especímenes por parecerle vistosos y raros. Sacó todas las muestras y en la parte posterior encontró la nota que buscaba. «Selección de plantas encontradas en jardín infestado de malas hierbas cerca de cabaña (¿kothoga?) el 16 de septiembre de 1987. Podrían ser especies cultivables, y algunas, invasoras por abandono.» Había un pequeño dibujo del lugar que mostraba la localización de varias plantas. «Antropología —pensó—, no botánica.» Aun así, respetaba el interés de Whittlesey por la relación entre los kothoga y las plantas. Continuó la inspección. Una planta le llamó la atención. Constaba de un tallo largo y fibroso y una única hoja redonda en la parte superior. Margo reconoció que se trataba de una especie de planta acuática, similar a un nenúfar. «Debía crecer en una zona propensa a las inundaciones», supuso. Entonces observó que el disco encontrado en la cabaña representaba aquella planta. Lo examinó con mayor atención. Aparecía gente que recogía aquellas plantas en el pantano, en una especie de ceremonia. Las caras de las figuras eran retorcidas, transidas de pesar. Muy extraño. Se sintió satisfecha por haber establecido la relación. Podría escribir un interesante artículo para la Revista de Etnobotánica. Apartó el disco a un lado, volvió a montar la prensadora y la enroscó. Un pitido sonó; el centrifugado había terminado, y el material estaba preparado. Abrió la centrifugadora y deslizó una varilla de cristal en la fina capa de material posada en el fondo del tubo. La aplicó con cuidado al gel que había en la bandeja e introdujo ésta en la máquina de electroforesis. «A esperar otra media hora», pensó. Se detuvo antes de accionar el interruptor. No podía dejar de pensar en la anciana y el misterio de Mbwun, ¿Se habría referido a las vainas, las que parecían huevos? No; no estaban en la caja de Whittlesey porque Maxwell se las había llevado. ¿Sería una de las ranas o salamandras de los tarros, o una de las plumas de ave? Parecía un lugar improbable para el hijo del diablo. Y no podían ser las plantas, porque estaban ocultas en la prensadora. ¿Qué era, pues? ¿Habría armado la anciana un escándalo por nada? Margo suspiró, puso en funcionamiento la máquina y se sentó. Guardó la prensadora y el disco en el bolso y retiró unas fibras de embalaje adheridas a la prensadora. Había algunas más dentro del bolso; otra razón para limpiarlo. Las fibras de embalar. Picada por la curiosidad, cogió una con las pinzas y la depositó sobre la platina del microscopio. Era larga e irregular, como la vena fibrosa de una planta de tallo duro. Tal vez las mujeres kothoga las aplastaban para usos domésticos. Observó las células individuales, que despedían un tenue brillo; los núcleos aparecían más brillantes que el ectoplasma circundante. ¿No mencionaba Whittlesey en el diario que algunos tarros con especímenes se habían roto y que por eso necesitaba volver a embalar la caja? Habrían arrojado el material de embalar antiguo empapado de formol, cerca de la cabaña y vuelto a embalar la caja con material encontrado por los alrededores; fibras preparadas por los kothoga, tal vez, para entretejer con tela áspera o para la producción de cáñamo. ¿Podría haberse referido la mujer a las fibras? Parecía imposible. No obstante, Margo no podía reprimir su curiosidad profesional. ¿Habrían cultivado la planta los kothoga? Extrajo unas cuantas fibras y las colocó en otro mortero, añadió unas gotas de enzima y las machacó. Si secuenciaba el ADN, podría utilizar el programa de Kawakita para identificar, al menos, el género o la familia de la planta. Al cabo de poco rato, el ADN centrifugado estuvo preparado para la máquina de electroforesis. Siguió el procedimiento habitual y después conectó la corriente. Poco a poco, empezaron a formarse las bandas oscuras a lo largo del gel electrificado. Media hora después, la luz roja de la máquina de electroforesis se apagó. Margo sacó la bandeja de gel y empezó a registrar la posición de los puntos y bandas de los nucleótidos migrados e introdujo los resultados en el ordenador. Tecleó la última posición, indicó al programa de Kawakita que buscara coincidencias con organismos conocidos, dio la orden de imprimir y esperó. Por fin, las páginas comenzaron a salir. En la primera hoja, el ordenador había impreso: Especie: Desconocida. 10% coincidencias genéticas aleatorias con especies conocidas. Género: Desconocido. Familia: Desconocida. Orden: Desconocido. Clase: Desconocida. Filum: Desconocido. Reino: Desconocido. «Joder, Margo! ¿Qué has metido aquí? Ni siquiera sé si es animal o vegetal. ¡Es increíble el tiempo que ha tardado el aparato en darse cuenta!» Margo no pudo evitar sonreír. Así era como el sofisticado experimento en inteligencia artificial desarrollado por Kawakita se comunicaba con el mundo exterior. Y los resultados eran absurdos. ¿Reino desconocido? El maldito programa ni siquiera sabía distinguir si era animal o vegetal. De pronto Margo creyó adivinar por qué Kawakita se había mostrado tan reticente a enseñarle el programa, por qué había hecho falta una llamada a Frock para convencerle. En cuanto se salía de los dominios conocidos, el programa fallaba. Examinó las hojas impresas. El ordenador había identificado muy pocos genes del espécimen. Había los normales, comunes a casi toda forma de vida: unas pocas proteínas del ciclo respiratorio, citocromo Z y otros genes universales. También aparecían algunos genes vinculados a la celulosa, clorofilas y azúcares, genes de plantas específicos. Tecleó: «¿Por qué no puedes averiguar si es animal o vegetal? Veo montones de genes de vegetales aquí.» Hubo una pausa. «¿No has observado también los genes de animal? Pasa los datos por GenLab.» «Bien pensado», decidió Margo. Llamó a GenLab por el módem, y el familiar logo azul no tardó en aparecer en la pantalla. Comparó los datos del ADN de las fibras con el subbanco botánico. Los mismos resultados: casi nada; algunas coincidencias con azúcares y clorofilas vulgares. Guiada por un impulso, cotejó los datos del ADN con todo el banco de datos. Tras una larga pausa, un alud de información invadió la pantalla. La joven pulsó una serie de teclas y ordenó a la terminal que retuviera los datos. Existían numerosas coincidencias con una diversidad de genes de que nunca había oído hablar. Salió de GenLab, introdujo los datos obtenidos en el programa de Kawakita y le ordenó definir qué proteínas codificaban los genes. Una complicada lista de proteínas creadas por cada gen comenzó a desfilar por la pantalla. Colágeno de glicotetraglicina. Hormona tirotrófica de Weinstein, adenosina 2, 6 (g. positivos). Hormona supresora, 1, 2, 3, oxitocina 4-monoxitocina. Diglicérido 2,4; dietilglobulina cicloalanina. Gammaglobulina A, x-y (L+). Hormona corticotrófica hipotalámica (L-); queratina conjuntiva (2, 3 mureína) 1-1-1 sulfágeno, III-IV involución. Cápside proteínico de retrovirus ambiloide hexagonal. Retrotranscriptasa enzimática. La lista seguía y seguía. «Muchas parecen hormonas —pensó Margo—. Pero ¿qué clase de hormonas?» Localizó un ejemplar de la Enciclopedia de bioquímica que acumulaba polvo sobre un estante y buscó «colágeno de glicotetraglicina». Una proteína común a la mayor parte de seres vertebrados. Es la proteína que liga el tejido muscular al cartílago. Pasó a la «hormona tirotrófica de Weinstein»: Hormona talámica presente en los mamíferos que incrementa la liberación de la epinefrina neurotransmisora de la glándula tiroides. Interviene en el conocido síndrome de «lucha o huye» al acelerar el corazón, aumentar la temperatura corporal y, tal vez, acrecentar la agudeza cerebral. Un terrible pensamiento comenzó a formarse en la mente de Margo. Buscó «hormona supresora 1, 2, 3, oxitocina 4-monoxitocina»: Hormona secretada por la glándula hipotalámica humana. Su función aún no ha sido determinada. Estudios recientes han demostrado que tal vez regule los niveles de testosterona en el flujo sanguíneo durante períodos de gran tensión (Bouchard, 1992; Dennison, 1991). Margo volvió a sentarse, estremecida, y el libro cayó al suelo con un estrépito sordo. Mientras descolgaba el auricular del teléfono, consultó su reloj; las tres y media. 38 Cuando el chófer del Buick se alejó, Pendergast, que sujetaba dos tubos largos de cartón bajo el brazo, subió por los peldaños que conducían a una entrada lateral del museo. Enseñó su identificación al guardia de seguridad. Ya en el puesto de mando provisional, cerró la puerta de su despacho y extrajo de los tubos varios planos amarillentos que extendió sobre el escritorio. Apenas se movió durante la siguiente hora, que dedicó a estudiar los planos, con la cabeza apoyada sobre las manos. De vez en cuando apuntaba algunas palabras en una libreta o consultaba las hojas mecanografiadas que había en una esquina de la mesa. De repente se puso en pie. Echó un último vistazo a los planos y deslizó lentamente un dedo de un punto a otro al tiempo que se humedecía los labios. A continuación recogió casi todas las hojas, las devolvió a los tubos de cartón y los guardó en la taquilla. Dobló el resto y lo depositó en una bolsa de tela de dos asas que descansaba sobre el escritorio. Abrió un cajón para sacar un Colt 45 Anaconda, estrecho, largo y de aspecto siniestro, que encajó a la perfección en la pistolera sujeta bajo su brazo izquierdo. Introdujo un puñado de municiones en el bolsillo. También sacó del cajón un objeto amarillo, grande y voluminoso, que guardó en la bolsa de tela. Por último se alisó el traje, enderezó su corbata, deslizó la libreta en el bolsillo interior de su chaqueta, recogió la bolsa de tela y salió del despacho. Nueva York tenía poca memoria para la violencia, y ríos de visitantes inundaban de nuevo los inmensos espacios públicos del museo. Grupos de niños se congregaban alrededor de las vitrinas, pegaban la nariz al cristal, señalaban y reían. Los padres revoloteaban en las cercanías, pertrechados con planos y cámaras. Visitas guiadas desfilaban, recitando letanías. Los guardias vigilaban en las puertas. Pendergast logró pasar desapercibido. Entró con parsimonia en el Planetario. Palmeras plantadas en macetas flanqueaban la enorme sala, y un pequeño ejército de trabajadores se ocupaban de los últimos preparativos. Dos técnicos probaban el sonido en la plataforma del estrado, mientras se colocaban fetiches de imitación sobre un centenar de manteles blancos. El rumor de la actividad ascendía por las columnas corintias hasta la inmensa cúpula. Pendergast consultó el reloj: las cuatro en punto. Todos los agentes estarían reunidos con Coffey para presentar sus informes. Cruzó a toda prisa la sala en dirección a la entrada precintada de «Supersticiones». Tras un breve intercambio de palabras, el agente uniformado de guardia abrió la puerta. Varios minutos después, el agente del FBI abandonó la exposición. Se detuvo un momento, pensativo, y volvió a cruzar la sala en dirección a los pasillos exteriores. Se adentró en las silenciosas dependencias privadas del museo, alejadas de los espacios públicos. Se encontraba en las zonas de almacenamiento y laboratorios, prohibidas a los turistas. Los techos altos y las enormes galerías decorativas daban paso a monótonos corredores flanqueados de armarios. Las tuberías rugían y siseaban sobre su cabeza. Se detuvo en lo alto de una escalera metálica para mirar alrededor un momento, consultar la libreta y cargar el arma. Por último se internó en los intrincados laberintos del oscuro corazón del museo. 39 La puerta del laboratorio se abrió con violencia, rebotó contra la pared y se cerró lentamente. Margo alzó la mirada y vio que Frock impulsaba hacia el interior la silla de ruedas. La joven se apresuró a levantarse y le ayudó a desplazarse hasta la terminal. Observó que ya vestía de esmoquin. «Debió de ponérselo antes de venir a trabajar», supuso. El habitual pañuelo Gucci sobresalía del bolsillo superior de la chaqueta. —No entiendo por qué estos laboratorios se hallan en sitios tan recónditos —gruñó—. Bien, ¿cuál es el gran misterio, Margo? ¿Por qué era tan urgente que bajara para conocerlo? Falta poco para la imbecilidad de hoy, y se requerirá mi presencia en el estrado. Es un honor vacío, por supuesto. Sólo se debe a las ventas de mis libros, como Ian Cuthbert se encargó de aclararme esta mañana en mi despacho. Habló con tono amargo, resignado. Margo le explicó que había analizado las fibras de la caja. Le enseñó el disco con la escena de la cosecha. Describió los descubrimientos y contenidos del diario y la carta de Whittlesey y le refirió la conversación con Jörgensen. Explicó que la anciana histérica descrita en el diario de Whittlesey no podía aludir a la estatuilla cuando advirtió al científico sobre Mbwun. Frock escuchaba al tiempo que hacía girar el disco en sus manos. —Una historia interesante, pero ¿a qué vienen tantas prisas? Es muy posible que la muestra esté contaminada. Por lo que sabemos, la vieja estaba loca; o quizá los recuerdos de Whittlesey eran un poco confusos. —Eso pensé al principio, pero mire esto. Margo le tendió las hojas impresas. El hombre las examinó apresuradamente. —Curioso —comentó—, pero no creo que esto… —Se interrumpió cuando sus dedos recorrieron la columna de proteínas—. Margo —dijo, alzando la vista—. Me he precipitado. Hay contaminación, pero no de un ser humano. —¿Qué quiere decir? —preguntó ella. —¿Ve esta proteína retrovírica ambiloide hexagonal? Es la proteína del cápside de un virus que infecta a animales y plantas. Está muy presente. Y hay retrotranscriptasa, una enzima que se encuentra casi siempre asociada con virus. —No estoy segura de comprenderle. El científico se volvió hacia ella, impaciente. —Se trata de una planta infectada por un virus. El secuenciador de ADN les mezcló, codificó a ambos. Muchos vegetales son portadores de virus como éste. Un poco de ADN o ARN en el cápside de una proteína infecta la planta, se apodera de algunas de sus células y luego introduce su material genético en los genes de la planta, los cuales empiezan a producir más virus, en lugar de lo que les correspondería. Los virus de la bugalla producen esas bolas marrones que aparecen en las hojas de los robles; por lo demás son inofensivos. Los nudos de los arces y los pinos también están causados por virus. Son tan frecuentes en las plantas como en los animales. —Lo sé, doctor Frock, pero… —Hay algo que no comprendo —interrumpió el profesor, dejando sobre la mesa los papeles—. Por lo general, un virus comprende otros virus. ¿Por qué codifica un virus todas esas proteínas animales y humanas? Fíjese en éstos. La mayoría son hormonas. ¿Qué hacen hormonas humanas en una planta? —De eso quería hablarle. Consulté en un libro algunas hormonas. Al parecer, muchas proceden del hipotálamo humano. Frock movió la cabeza como si lo hubieran abofeteado. —¿El hipotálamo? —Sus ojos destellaron de repente. —Exacto. —Y el ser que anda suelto por el museo come los hipotálamos de sus víctimas. Probablemente necesita esas hormonas… Tal vez sea adicto a ellas. Piense; sólo existen dos fuentes de donde obtenerlas: las plantas, que, gracias a ese virus único, estarán saturadas de hormonas, y el hipotálamo humano. ¡Cuando el ser no puede conseguir fibras, engulle cerebros! —Jesús, qué horror —susurró Margo. —Esto es asombroso. Explica el motivo de esos espantosos asesinatos. Gracias a su descubrimiento, todas las piezas del rompecabezas encajan. La criatura que merodea por el museo mata gente, abre los cráneos, extrae el cerebro y devora la región talámica, donde más se concentran las hormonas. —Miró fijamente a Margo, con manos temblorosas—. Cuthbert comentó que, al buscar las cajas para recuperar la estatuilla de Mbwun, había descubierto una abierta y con las fibras esparcidas. »De hecho, ahora que lo pienso, una de las más grandes apenas contenía fibras. Por tanto, ese ser se habrá alimentado de ellas durante cierto tiempo. Es evidente que Maxwell también las utilizó para embalar las cajas. Es posible que la criatura no necesite comer mucho, pues la concentración hormonal de las plantas será muy alta, pero necesita comer con regularidad. —Frock se reclinó en la silla de ruedas—. Hace diez días, las cajas fueron trasladadas a la zona de seguridad, y tres días más tarde los dos niños fueron asesinados. Un día después, murió un guardia. ¿Qué ocurrió? Muy sencillo; la bestia ya no puede conseguir más fibras, de manera que mata a un ser humano para devorar su hipotálamo y así satisfacer su apetito. Sin embargo, el hipotálamo, que segrega cantidades ínfimas de esas hormonas, resulta un pobre sustituto de las fibras. Basándome en las concentraciones descritas en estas hojas, calculo que se precisaría de cincuenta cerebros humanos para igualar la concentración encontrada en doscientos gramos de esas plantas. —Doctor Frock, creo que los kothoga cultivaban esas plantas. Whittlesey recogió algunos especímenes en la prensadora, y el dibujo grabado en el disco reproduce la recolección de una planta. Estoy segura de que esas fibras son los tallos triturados de los nenúfares que contenía la prensadora de Whittlesey, la planta representada en el disco. Ahora sabemos que la mujer se refería a estas fibras cuando chilló «Mbwun». Mbwun, hijo del diablo: ¡ése es el nombre de la planta! Extrajo la extraña planta de la prensadora. Era de color marrón oscuro, con una red de nervios negros. La hoja era gruesa y correosa, y el tallo negro, tan duro como una raíz seca. Margo la acercó a su nariz con cautela; olía a almizcle. Frock la observó con una mezcla de miedo y fascinación. —Una deducción muy brillante, Margo —elogió—. Los kothoga debieron crear todo un ceremonial en torno a la cosecha y preparación de esta planta, seguramente para apaciguar a ese ser. La estatuilla representa a la bestia, sin duda. ¿Cómo llegó aquí? ¿Por qué? —Creo que es fácil adivinarlo —contestó Margo—. El amigo que me ayudó a examinar las cajas me comentó que había leído un artículo sobre una serie de asesinatos cometidos en Nueva Orleans hace unos años. Tuvieron lugar en un carguero procedente de Belem. Mi amigo localizó los registros de embarque de las cajas del museo y descubrió que iban a bordo de ese barco. —De modo que el ser siguió a las cajas. —Por eso Pendergast, el hombre del FBI, vino desde Luisiana —concluyó Margo. Frock se volvió, con ojos como carbones encendidos. —Santo Dios. Hemos atraído a una bestia terrible hasta el museo, enclavado en el corazón de Nueva York. Es el Efecto Calisto, más una venganza; un depredador salvaje, empeñado esta vez en nuestra destrucción. Recemos para que sólo haya uno. —¿Qué clase de criatura podría ser? —preguntó Margo. —Lo ignoro —reconoció el doctor—. Un ser que vivía en el tepui y se alimentaba de esas plantas; una especie extraña que quizá había sobrevivido desde la era de los dinosaurios en pequeño número. O tal vez el producto de un cambio extravagante de la evolución. El tepui constituye un ecosistema muy frágil, una isla biológica de especies raras rodeadas por una selva tropical. En lugares así, los animales y las plantas pueden desarrollar curiosas dependencias mutuas. Una comunidad de ADN compartido… ¡Piénselo! Y después… —Frock se interrumpió—. ¡Y después! —exclamó, dando una palmada sobre el brazo de la silla—. Después descubrieron oro y platino en el tepui. ¿No le explicó eso Jörgensen? Poco después de que la expedición se separara, prendieron fuego al tepui, construyeron una carretera, llevaron un equipo de minería pesado. Destruyeron todo el ecosistema del tepui y a la tribu kothoga con él. Contaminaron los ríos y los pantanos al verter mercurio y cianuro. Margo asintió. —Los fuegos ardieron durante semanas, incontrolados, y la planta de que se nutría el ser se extinguió. —Y el ser emprendió un viaje en busca de las cajas y el alimento que con tanta desesperación necesitaba. Frock enmudeció y apoyó la cabeza sobre el pecho. —Doctor Frock —susurró Margo—, ¿cómo supo la criatura que las cajas habían ido a Belem? El hombre la miró y parpadeó. —Lo ignoro. Es muy raro, ¿verdad? —De pronto, el científico aferró los costados de la silla y se irguió, excitado—. ¡Margo! —exclamó—. Podemos averiguar con exactitud qué es ese ser. Contamos con los medios, aquí mismo. ¡El Extrapolador! Disponemos del ADN del ser. Lo introduciremos en el programa y conseguiremos una descripción. Margo pestañeó. —¿Se refiere a la garra? —¡Exacto! —Frock impulsó la silla de ruedas hacia la terminal y sus dedos volaron sobre las teclas—. Almacené el informe que Pendergast nos dejó ver en el ordenador. Introduciré los datos en el programa de Gregory ahora mismo. ¿Quiere ayudarme? Margo ocupó el lugar de Frock ante el teclado. Al cabo de un momento, un mensaje destelló: «Tiempo estimado de conclusión: 55.30 minutos. »Eh, Margo, este trabajo parece muy importante. ¿Por qué no encargas una pizza? El mejor sitio de la ciudad es Antonio's. Recomiendo la de chile verde y salchichas. ¿Quieres que envíe tu pedido por fax?» Eran las cinco y cuarto. 40 En la Gran Rotonda del museo, D'Agosta contemplaba divertido cómo dos fornidos obreros desenrollaban una alfombra roja entre dos hileras de palmeras, la extendían por el umbral de la puerta y la colocaban sobre la escalinata delantera. «Se mojará», pensó. Comenzaba a oscurecer, y nubarrones de tormenta se habían acumulado hacia el norte y el oeste, como montañas sobre los árboles que, azotados por el viento, bordeaban Riverside Drive. Un trueno lejano hizo vibrar la vidriera de la Rotonda, y algunas gotas cayeron sobre el cristal mate de las puertas de bronce; se anunciaba una fuerte tormenta. La fotografía del satélite que habían enseñado en el telediario de la mañana no dejaba lugar a dudas. Aquella alfombra roja tan elegante se empaparía, al igual que mucha gente fina. El museo había cerrado las puertas al público a las cinco de la tarde. Los distinguidos invitados no se presentarían hasta las siete. La prensa ya había acudido; furgonetas de televisión, fotógrafos que hablaban entre sí a voz en grito, equipos por doquier… D'Agosta dio órdenes a través de su radio. Había apostado a casi dos docenas de hombres en lugares estratégicos; alrededor del Planetario y otras zonas del interior y el exterior del edificio. Era una suerte, pensó, que hubiera logrado orientarse por el museo. Dos de sus hombres se habían extraviado y sólo habían conseguido rescatarlos mediante mensajes por radio. D'Agosta no estaba contento. En la reunión de las cuatro, había solicitado un rastreo final del recinto de la exposición. Coffey lo había vetado, así como las armas pesadas para los policías de paisano y uniformados que vigilarían la fiesta; podrían asustar a los invitados, había afirmado el subdirector. D'Agosta desvió la vista hacia los cuatro detectores de metales, equipados con correas transportadoras de rayos X. «Gracias a Dios, tenemos eso», pensó. Se volvió y, una vez más, buscó con la mirada a Pendergast. No se había presentado a la reunión. De hecho, el teniente no lo había visto desde la entrevista que habían mantenido con Ippolito aquella mañana. Su radio crepitó. —¿Teniente? Soy Henley. Estoy delante de los elefantes disecados, pero no logro encontrar la Sala Marina. Creo que dijo… D'Agosta le interrumpió: —Henley, ¿ve esa puerta grande con colmillos? Bien, salga y gire dos veces a la izquierda. Llámeme cuando llegue a su puesto. Su compañero es Wilson. —¿Wilson? Ya sabe que no me gusta tener por compañero a una mujer, señor… —Otra cosa, Henley. —¿Qué? —Wilson llevará el fusil del doce. —Espere un momento, teniente, está… D'Agosta cortó. Oyó un fuerte chirrido a su espalda, y una gruesa puerta de acero comenzó a descender desde el techo en el extremo norte de la Gran Rotonda; empezaban a cerrar el perímetro. Dos hombres del FBI se erguían en la oscuridad al otro lado de la puerta, con fusiles de cañón corto que no conseguían ocultar debajo de sus chaquetas. D'Agosta resopló. Cuando la puerta de acero descansó sobre el suelo, se oyó un estruendo que resonó en el recinto. Antes de que el eco se desvaneciera, la puerta del extremo sur duplicó el ruido al descender. Sólo quedaba levantada la puerta este, donde terminaba la alfombra roja. «Cojones —pensó D'Agosta—, no me gustaría que se declarara un incendio.» Al oír una voz procedente del fondo de la sala, se volvió y vio a Coffey, que impartía órdenes a sus hombres. El agente lo miró. —¡Eh, D'Agosta! —exclamó, indicándole por señas que se acercara. El teniente no obedeció. Coffey caminó hacia él contoneándose, con el rostro sudoroso. Artilugios y armas de que D'Agosta había oído hablar, pero nunca visto, colgaban del grueso cinturón del agente. —¿Está sordo, D'Agosta? Quiero que dos de sus hombres vigilen esta puerta. Nadie debe entrar ni salir. «Caramba —pensó el policía—. Hay cinco tíos del FBI tocándose los huevos en la Gran Rotonda.» —Todos mis hombres están ocupados, Coffey. Utilice a un par de sus Rambos. He observado que ha desplegado a casi todos sus hombres en la parte exterior del perímetro. He de apostar mis fuerzas en el interior para proteger a los invitados, por no mencionar a los que se encargan del tráfico en la calle. El resto del museo estará casi vacío, y la fiesta contará con escasa protección. No me gusta esto. Coffey se subió el cinturón y le lanzó una mirada amenazadora. —¿Sabe una cosa? Me importa una mierda que no le guste. Limítese a hacer su trabajo. Y mantenga un canal abierto para mí. Se alejó a grandes zancadas. Blasfemando en voz baja, el teniente consultó su reloj; sesenta minutos para el gran acontecimiento. 41 Otro mensaje apareció en el ordenador: «Concluido. ¿Quiere imprimir datos, ver datos, o ambos (I/V/A)?». Margo tecleó «A». Cuando los datos comenzaron a desfilar por la pantalla, Frock acercó la cara a ella. Su aliento empañó el cristal. Especie: No identificada. Género: No identificado. Familia: 12 % coincidencia con Pongidae; 16% coincidencia con Hominidae. Orden: Posiblemente primata; 66% carencia marcadores genéticos comunes; desviación de la norma importante. Ciase: 25 % coincidencia con Mammalia, 5% coincidencia con Reptilia. Filum: Chordata. Reino: Animal. Características morfológicas: Muy robusto. Capacidad cerebral: 900-1.250 cc. Cuadrúpedo, extremo dimorfismo posterior-anterior. Dimorfismo sexual potencialmente elevado. Peso macho adulto: 240-260 kg. Peso hembra adulta: 160 kg. Período de gestación: De siete a nueve meses. Agresividad: Extrema. Período de celo en hembra: Intensificado. Velocidad locomotriz: 60-70 km/h. Cubierta epidérmica: Pellejo anterior con placas óseas posteriores. Nocturno. Frock examinaba la lista, siguiéndola con el dedo. —¡Reptilia! —exclamó—. ¡Los genes de geco reaparecen! Al parecer ese ser combina genes de reptil y primate. Y tiene escamas posteriores. Debe de ser a causa de los genes de geco. Margo leyó la lista de características, cada vez más abstrusas. Alargamiento y fusión considerables de huesos metacarpianos en extremidad posterior. Probable fusión atávica de dedos 3 y 4 en extremidad delantera. Fusión de falanges proximal y media en extremidad delantera. Extremo grosor de cráneo. Probabilidad negativa en un 90% (?) de rotación de isquion. Extremo grosor y sección transversal prismática de fémur. Cavidad nasal ensanchada. Tres (?) conchas muy envolventes. Nervios olfativos y región olfativa del cerebelo muy aumentados. Probables glándulas nasales mucoides externas. Quiasma óptico y nervio óptico reducido. Frock se retiró poco a poco del monitor. —Margo, esto corresponde a la descripción de una máquina de matar de primer orden. Sin embargo, fíjese en cuantos «probables» y «posibles» hay. Se trata de una descripción hipotética, en el mejor de los casos. —Aun así —replicó Margo—, recuerda de una manera horrible a la estatuilla de Mbwun exhibida en la exposición. —Sin duda. Margo, observe usted el tamaño del cerebro. —Entre novecientos y mil doscientos centímetros cúbicos. Muy alto, ¿no? —¿Alto? Increíble. El límite superior se encuentra dentro de los umbrales humanos. Por lo visto, la bestia posee la fuerza de un oso, la velocidad de un galgo y la inteligencia de un ser humano. Y digo «por lo visto» porque gran parte de los datos son conjeturas del programa. Fíjese en estas características. —Señaló la lista con el dedo—. «Nocturno»; activo de noche. «Glándulas nasales mucoides externas»; significa que tiene una nariz «húmeda», propia de animales dotados de un olfato muy agudo. «Conchas muy envolventes»; otra característica de animales con órganos olfativos muy desarrollados. «Quiasma óptico reducido»; es la parte del cerebro que procesa la visión. »Se trata, pues, de un ser con un sentido del olfato sobrenatural y una visión muy deficiente, que caza de noche. —El doctor reflexionó un momento y juntó las cejas—. Esto me asusta, Margo. —Si estamos en lo cierto, es la idea global de este ser lo que me asusta. —Margo se estremeció al pensar que había estado trabajando con las fibras. —No. Yo me refiero a este conjunto de características olfativas. A juzgar por la extrapolación del programa, el ser vive por el olfato, caza por el olfato, piensa por el olfato. He oído a menudo que, a través de ese sentido, un perro percibe todo un paisaje, igual que nosotros lo contemplamos con los ojos. Pero el sentido del olfato es más primitivo que el de la vista, y como resultado, tales animales reaccionan de una forma primitiva, por instinto. Eso me aterroriza. —No estoy segura de comprenderle. —Dentro de escasos minutos, miles de personas llegarán al museo. Se congregarán en un espacio cerrado. El ser captará el aroma hormonal de toda esa gente. Es muy posible que se irrite. Se hizo el silencio en el laboratorio. —Doctor Frock, usted dijo que transcurrieron dos días entre la apertura de las cajas y el primer asesinato. Después, otro más hasta el segundo asesinato. Han pasado tres días desde entonces. —Continúe —dijo Frock. —Se me ocurre que la criatura puede estar desesperada a estas alturas. Los efectos que las hormonas del tálamo obran en la bestia ya se habrán desvanecido. Al fin y al cabo, esas hormonas cerebrales son un pobre sustituto de la planta. Si usted tiene razón, el animal debe de ser casi como un drogadicto incapaz de conseguirse un chute. La actividad de la policía lo ha mantenido aplacado. La cuestión es ¿cuánto tiempo más podrá esperar? —Dios mío —susurró Frock—. Son las siete. Hemos de avisarles para que suspendan la inauguración, Margo. De lo contrario, tal vez se avecine un espantoso desastre. Se precipitó hacia la puerta e indicó a Margo que lo siguiera. TERCERA PARTE El Que Camina A Cuatro Patas 42 A medida que se acercaban las siete, una confusión de taxis y limusinas se formaba ante la entrada oeste del museo. Personas vestidas con elegancia se apeaban con cautela; los hombres ataviados con esmóquines casi idénticos, las mujeres con pieles. Se abrían paraguas cuando los invitados avanzaban presurosos por la alfombra roja hacia la marquesina del edificio, con el fin de evitar la insistente lluvia que ya había convertido las aceras en ríos y las cunetas en torrentes. En el interior, la Gran Rotonda, acostumbrada al silencio a una hora tan avanzada, resonaba con los ecos de miles de zapatos caros que cruzaban su extensión de mármol entre las hileras de palmeras que conducían al Planetario. La sala albergaba altísimos tallos de bambú adornados con ramos de orquídeas y sostenidos por maceteros guarnecidos con luces violetas. En alguna parte una orquesta invisible interpretaba con brío New York, New York. Un ejército de camareros con corbata blanca, cargados con grandes bandejas de plata llenas de copas de champán y canapés, se abría paso con pericia entre la multitud. Riadas de invitados se unían a las filas de científicos y empleados del museo, que ya se habían lanzado sobre la comida. Focos de un azul pálido arrancaban destellos de las lentejuelas de los largos trajes de noche, ristras de diamantes, gemelos de oro y diademas. De la noche a la mañana, la inauguración de la exposición «Supersticiones» se había convertido en el acontecimiento más importante de los círculos elegantes de Nueva York. Toda clase de personajes había hecho lo posible para acudir al evento y conocer la causa de tanto alboroto. Se habían enviado tres mil invitaciones y recibido cinco mil aceptaciones. Smithback, ataviado con un esmoquin mal entallado de solapas anchas y puntiagudas, y una camisa con volantes, escudriñó el Planetario en busca de caras conocidas. Al final de la sala se alzaba una gigantesca plataforma; a un lado se hallaba la entrada de la exposición, adornada, cerrada con llave y custodiada. Una enorme pista de baile improvisada en el centro del recinto se llenaba a toda prisa de parejas. Una vez en el interior, Smithback se encontró rodeado al instante de innumerables conversaciones. —Esa nueva psicohistoriadora, ¿Grant? Bien, ayer me confesó por fin en qué había estado trabajando todo este tiempo. Escucha bien; intenta demostrar que las andanzas de Enrique IV después de la segunda cruzada no fueron más que una fuga de sus deberes de estado debida a la tensión emocional. Estuve a punto de decirle que… —Me vino con la ridícula idea de que los Baños Estabianos eran un montón de establos para caballos. Ese hombre ni siquiera ha visitado Pompeya. No sabría distinguir la Villa de los Misterios de un Pizza Hut. Y tiene la cara dura de llamarse papirólogo… —¿Mi nueva ayudante de investigaciones? ¿La de las tetas enormes? Bien, ayer estaba de pie junto al autoclave y dejó caer un tubo de ensayo lleno de… Smithback respiró hondo y se abrió paso hacia las mesas de canapés. «Esto será fantástico», pensó. Frente a las puertas principales de la Gran Rotonda, D'Agosta vio más destellos de flashes procedentes de un grupo de fotógrafos, y otro invitado distinguido cruzó la puerta; un tipo delgado y atractivo flanqueado por dos mujeres de aspecto demacrado. Desde su posición, el teniente podía vigilar los detectores de metales, la gente que entraba y las multitudes que accedían al Planetario por la única puerta. El piso de la Rotonda estaba resbaladizo a causa del agua de lluvia, y la chica del guardarropa no cesaba de recoger paraguas. El FBI había instalado su puesto de seguridad avanzado en un rincón del fondo; Coffey quería controlar de cerca todos los acontecimientos de la noche. D'Agosta no pudo evitar reír. Habían intentado que pasara desapercibido, pero la red de cables eléctricos, telefónicos y de fibra óptica que se extendían como un pulpo desde el puesto conseguía que fuera tan discreto como una resaca de las malas. Se oyó el estruendo de un trueno. Las copas de los árboles que flanqueaban el paseo paralelo al río Hudson se agitaron violentamente a causa del viento. La radio de D'Agosta siseó. —Teniente, tenemos otra discusión a causa del detector de metales. D'Agosta oyó una voz chillona de fondo. —Estoy segura de que usted me conoce. —Échela. Hemos de lograr que esa multitud avance. Si no quieren pasar por el aro, sáquelos de la cola; están estorbando. Cuando D'Agosta guardó la radio en el estuche, Coffey se acercó, seguido del jefe de seguridad del museo. —¿Informe? —preguntó con brusquedad el agente. —Todo el mundo está en su sitio. —El teniente retiró el puro de su boca y examinó el extremo humedecido—. Cuatro policías de paisano circulan por la fiesta. Cuatro de uniforme patrullan el perímetro con sus hombres. Cinco controlan el tráfico del exterior, y otros tantos supervisan los detectores de metales y la entrada. Cinco hombres uniformados se hallan dentro de la sala; dos de ellos me acompañarán a la exposición cuando corten la cinta. He apostado a un hombre en la sala de ordenadores, otro en la de control de seguridad… Coffey entornó los ojos. —Esos hombres uniformados que se mezclarán con los invitados en la exposición no estaban previstos en el plan. —No es nada oficial. Sólo pretendo que estén cerca de la cabeza de la multitud a medida que vaya entrando. No se nos permitió rastrear la zona, ¿recuerda? Coffey suspiró. —Haga lo que le dé la gana, pero no quiero un jodido servicio de escolta. Procuren ser discretos y no bloquear la exposición, ¿de acuerdo? D'Agosta asintió. Coffey se volvió hacia Ippolito. —¿Y usted? —Bien, señor, todos mis hombres están también en su sitio. Exactamente donde usted los quería. —Estupendo. Mi base de operaciones estará aquí, en la Rotonda, durante la ceremonia. Después nos desplegaremos. Entretanto, Ippolito, adelántese con D'Agosta. Manténganse cerca del director y el alcalde. Ya conoce la rutina. D'Agosta, quiero que permanezca en segundo plano. Nada de chupar cámara; no la cague el último día. ¿Entendido? Waters sentía el frío de la sala de ordenadores, bañada en luz de neón. Le dolía el hombro a causa del pesado fusil. Era el servicio más aburrido que le habían asignado. Echó un vistazo al chiflado (había empezado a llamarlo así mentalmente) que tecleaba. El tío llevaba horas tecleando y bebiendo Coca-Colas bajas en calorías. Waters meneó la cabeza. Lo primero que haría por la mañana sería pedir a D'Agosta un cambio de turno. Se volvería loco allí. El chiflado se rascó la nuca y se estiró. —Un día largo —comentó. —Sí —contestó el agente. —Casi he terminado. Es increíble lo que este programa puede hacer. —Supongo que tiene razón —dijo Waters sin entusiasmo. Consultó su reloj; aún faltaban tres horas para el relevo. —Mire. El chiflado pulsó un botón. El policía se acercó un poco más a la pantalla y observó. Nada, sólo un puñado de palabras; un galimatías que debía de ser el programa. De pronto apareció la imagen de una cucaracha en la pantalla. Al principio permaneció inmóvil, luego estiró sus patas verdes y comenzó a caminar sobre las palabras. Entonces otra cucaracha animada surgió en la pantalla. Ambos bichos repararon en su mutua presencia y se aproximaron. Empezaron a copular. Waters miró al chiflado. —¿Qué es esto? —preguntó. —Siga mirando —contestó el chiflado. Cuatro cucarachas nacieron al poco y se pusieron a copular. Al cabo de escasos momentos, la pantalla estaba plagada de aquellos insectos, que en un par de minutos engulleron las letras de la pantalla. Por último las cucarachas procedieron a devorarse entre sí. Pasado un instante, el monitor quedó en negro. —Guay, ¿eh? —exclamó el chiflado. —Sí —contestó Waters. Tras una pausa, añadió—: ¿Para qué sirve el programa? —Sólo es… —El chiflado se mostré un poco confuso—. Sólo es un programa guay. No sirve para nada. —¿Cuánto tiempo ha tardado en elaborarlo? —Dos semanas —respondió el chiflado con orgullo—. En mi tiempo libre, por supuesto. El chiflado se volvió hacia la terminal y continuó tecleando. Waters se apoyó contra la pared, cerca de la puerta de la sala de ordenadores. Oyó el sonido de un millar de pies, que se arrastraban y deslizaban en el piso de arriba, y la música de la orquesta que tocaba; el matraqueo de la batería, la vibración de los bajos, el lamento de los saxos. Y allí estaba él, atrapado en aquel pabellón de psicóticos, con un chiflado por única compañía. El momento de mayor emoción fue cuando éste se levantó para ir a buscar otra Coca-Cola baja en calorías. De pronto oyó un ruido procedente del cuarto de la instalación eléctrica. —¿Ha oído eso? —preguntó. —No —respondió el chiflado. Tras un largo silencio, sonó un golpe sordo. —¿Qué coño es eso? —inquirió Waters. —No lo sé —contestó el chiflado, que dejó de teclear y miró alrededor—. Tal vez debería echar un vistazo. Waters acarició la pulida culata del fusil y miró la puerta que comunicaba con el cuarto. «Probablemente no será nada. La última vez, con D'Agosta, no fue nada.» Debería entrar. Siempre podía pedir refuerzos al mando de seguridad, que se hallaba al final del pasillo. Su compañero García estaría allí. ¿O no? El sudor cubrió su frente. Waters alzó un brazo instintivamente para enjugarlo y no hizo ademán de avanzar hacia la puerta del cuarto de la instalación eléctrica. 43 Cuando Margo entró en la Gran Rotonda, vio una escena caótica: los presentes agitaban paraguas empapados o charlaban en grupos pequeños, y el rumor de sus conversaciones se añadía al estruendo procedente de la recepción. Empujó a Frock hasta una cinta de terciopelo que colgaba junto a los detectores de metales, vigilados por un policía uniformado. Al otro lado, el Planetario estaba inundado por una luz amarilla. La enorme araña que colgaba del techo lanzaba destellos irisados. Exhibieron sus tarjetas de identificación del museo al policía, que retiró la cinta y les franqueó la entrada tras inspeccionar la bolsa de Margo. Cuando ésta pasó, el agente le dirigió una mirada de curiosidad. Ella bajó la vista y comprendió; vestía tejanos y un jersey. —Deprisa —urgió Frock—. Vamos hacia la plataforma. Ésta se hallaba al fondo de la sala, cerca de la entrada a la exposición. Las puertas talladas a mano estaban sujetas con cadenas, y en lo alto un arco de letras toscas, que parecían de hueso, formaban la palabra «Supersticiones». A cada lado se alzaban postes de madera, que recordaban tótems enormes o columnas de un templo pagano. Margo observó que Wright, Cuthbert y el alcalde se habían reunido en el estrado, donde charlaban y bromeaban mientras un técnico de sonido manipulaba los micrófonos. Detrás de ellos se erguía Ippolito, rodeado de ayudantes y administrativos. Hablaba por su radio, haciendo gestos furiosos. El ruido era ensordecedor. —¡Con su permiso! —vociferó Frock. La gente se apartó de mala gana—. Fíjese en todas estas personas —dijo a Margo—. El nivel feromonal de esta sala debe ser astronómico. ¡Será irresistible para la bestia! Hemos de detener esto ahora mismo. —Señaló hacia un lado—. Mire, ahí está Gregory. Kawakita se encontraba de pie junto a la pista de baile, con una copa en la mano. Al verlos, avanzó hacia ellos. —Hola, doctor Frock. Estaban buscándolo. La ceremonia no tardará en empezar. Frock le agarró del brazo. —¡Gregory! ¡Has de ayudarnos! ¡Hay que suspender la inauguración y evacuar el edificio ahora mismo! —¿Qué? —preguntó Kawakita—. ¿Es una broma? —Dirigió una mirada de perplejidad a la pareja. —Greg —dijo Margo a voz en grito—, hemos descubierto al culpable de las matanzas. No es un ser humano, sino un monstruo, una bestia. Nunca nos habíamos topado con nada semejante. Tu programa de Extrapolación nos ayudó a identificarlo. Se alimenta de las fibras con que Whittlesey embaló las cajas. Como ya no las encuentra, necesita las hormonas de los hipotálamos humanos como sustituto. Creemos que ha de tener… —Basta, Margo. ¿De qué hablas? —¡Maldita sea, Gregory! —bramó Frock—. No tenemos tiempo para explicaciones. Hemos de evacuar este lugar ahora mismo. Kawakita retrocedió un paso. —Doctor Frock, con el debido respeto… El profesor le apretó más el brazo y habló despacio: —Escucha, Gregory. Un terrible monstruo merodea por el museo. Necesita matar y matará. Esta noche. Todos deben abandonar el edificio. Kawakita retrocedió otro paso y miró hacia el estrado. —Lo siento. No sé de qué va todo esto, pero si han utilizado mi programa de extrapolación para gastar una broma… —Liberó su brazo—. Creo que debería subir al estrado, doctor Frock. Le esperan. —Greg… —empezó Margo, pero Kawakita ya se había alejado y los miraba con suspicacia. —¡Al estrado! —exclamó Frock—. Wright puede hacerlo, puede ordenar que evacuen el lugar. De pronto se oyó un redoble de tambores y una fanfarria. —¡Winston! —llamó Frock a voz en cuello, desplazándose hasta el pie de la plataforma—. ¡Escucha, Winston! ¡Hay que desalojar el lugar! —Sus últimas palabras flotaron en el aire cuando la fanfarria enmudeció—. ¡Hay una bestia salvaje suelta en el museo! —vociferó en el silencio. Un súbito murmullo se elevó de la muchedumbre. Las personas más cercanas a Frock se apartaron, se miraron entre sí y cuchichearon. Wright traspasó al profesor con la mirada, mientras Cuthbert se separaba del grupo a toda prisa. —Frock —masculló—, ¿qué cojones estás haciendo? —Saltó de la plataforma y se acercó—. ¿Qué te ocurre, Frock? ¿Te has vuelto loco? —susurró. Frock tendió la mano. —Ian, hay una bestia terrible en el museo. Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero confía en mí, por favor. Pide a Wright que saque de aquí a toda esta gente; ahora. Cuthbert lanzó una mirada penetrante a Frock. —No sé qué planeas —dijo el escocés—, ni a qué juegas. Quizá se trate de un intento desesperado de última hora para frustrar la exposición, para dejarme en ridículo. Te diré algo, Frock; si armas otro escándalo, ordenaré al señor Ippolito que te expulse por la fuerza del museo y me ocuparé de que nunca más vuelvas a pisarlo. —Ian, te suplico —Cuthbert dio media vuelta y subió al estrado. Margo apoyó una mano sobre el hombro del profesor. —No se moleste —murmuró—. Nunca nos creerán. Ojalá George Moriarty estuviera aquí para ayudarnos. Es su exposición, y debería estar aquí, pero no le veo. —¿Qué podemos hacer? —preguntó Frock, temblando de frustración. Las conversaciones se reanudaron cuando los invitados cercanos a la plataforma concluyeron que todo había sido una broma. —Deberíamos buscar a Pendergast —propuso Margo—. Es el único con suficiente autoridad para poder hacer algo. —Tampoco nos creerá —afirmó Frock, abatido. —Quizá —dijo Margo mientras hacía girar la silla de ruedas—, pero nos escuchará. Hemos de apresurarnos. Detrás de ellos, Cuthbert indicó que sonara otro redoble de tambores y una fanfarria. Entonces se adelantó y levantó las manos. —¡Damas y caballeros! —exclamó—. ¡Tengo el honor de presentarles al director del Museo de Historia Natural de Nueva York, Winston Wright! Éste ocupó el estrado, sonrió y saludó a la multitud. —¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos, amigos míos, conciudadanos de Nueva York, ciudadanos del mundo! ¡Bienvenidos a la inauguración de la mayor exposición jamás montada! Las palabras amplificadas del director resonaron en la sala. Una tremenda salva de aplausos se elevó hasta el techo abovedado. —Preguntaremos en seguridad —sugirió Margo—. Sabrán dónde está Pendergast. Hay toda una hilera de teléfonos en la Rotonda. Empujó a Frock hacia la entrada mientras la voz de Wright atronaba por el sistema de megafonía. —Es una exposición sobre nuestras creencias más profundas, nuestros temores más ocultos, el lado más brillante y más oscuro de la naturaleza humana… 44 De pie detrás del estrado, D'Agosta, que contemplaba la espalda de Wright mientras éste se dirigía al público, cogió su radio. —¿Bailey? —susurró—. Cuando corten esa cinta, usted y McNitt se adelantarán al gentío. Sitúense detrás de Wright y el alcalde, y delante de todos los demás. ¿Entendido? Procuren pasar desapercibidos y no permitan que los aparten. —Recibido, Loo. —Cuando la mente humana evolucionó hasta la comprensión de los misterios del universo, la primera pregunta fue: ¿qué es la vida? Luego preguntó: ¿qué es la muerte? Hemos averiguado mucho sobre la vida. En cambio, pese a los avances tecnológicos, hemos averiguado muy poco acerca de la muerte y lo que hay más allá… —La multitud escuchaba, embelesada—. Hemos sellado la exposición para que ustedes, nuestros invitados de honor, sean los primeros en entrar. Verán muchos objetos raros y exquisitos, en su gran mayoría expuestos al público por primera vez. Verán imágenes hermosas y terribles, símbolos de la bondad y la maldad más espantosa, símbolos del esfuerzo del hombre por asimilar y comprender el misterio definitivo… D'Agosta se preguntó qué habría sido del anciano conservador de la silla de ruedas. Se llamaba Frock. Había vociferado algo, y Cuthbert, el pope del acontecimiento, le había expulsado. Política museística, mucho peor aún que en One Police Plaza. —Expreso mi más ferviente esperanza de que esta exposición iniciará una nueva era en nuestro museo, una era en que la innovación tecnológica y un renacimiento en la metodología científica se combinarán para infundir nuevo vigor al interés del público por los museos… D'Agosta paseó la vista por la sala y se fijó en la posición que ocupaban sus hombres. Todos se hallaban en sus puestos. Cabeceó en dirección al guardia que custodiaba la entrada a la exposición y le ordenó que retirara la cadena de las pesadas puertas de madera. Cuando el discurso concluyó, una salva de aplausos estalló de nuevo en el enorme recinto. Entonces Cuthbert regresó al estrado. —Quiero dar las gracias a algunas personas… D'Agosta consultó su reloj y se preguntó dónde estaría Pendergast. No había conseguido localizarlo en la sala, y el agente era un tipo que destacaba en la multitud. Cuthbert sostenía en alto unas grandes tijeras que tendió al alcalde. Éste aferró un ojo y ofreció el otro a Wright, y ambos bajaron por los peldaños del estrado hasta una cinta suspendida ante la entrada de la exposición. —¿A qué esperamos? —preguntó el alcalde, y soltó una carcajada. Cortaron la cinta por la mitad ante una descarga de flashes, y dos guardias del museo abrieron lentamente las puertas. La orquesta interpretó The Joint Is Jumpin'. —Ahora —dijo D'Agosta—. Ocupen sus puestos. Mientras los aplausos y los vítores retumbaban, el teniente corrió a lo largo de la pared y entró en la exposición vacía. Tras efectuar una rápida inspección, habló por radio. —Despejado. Ippolito, que le pisaba los talones, lo miró con el entrecejo fruncido. Codo con codo, el director y el alcalde posaron para los fotógrafos ante la puerta y después, sonrientes, la cruzaron. A medida que D'Agosta se adentraba en el recinto de la exposición, muy por delante del grupo, los vítores y aplausos se apagaban. En el interior, que olía a alfombras nuevas y polvo, con un tenue aroma a descomposición, hacía frío. Wright y el director guiaban al alcalde. Detrás de ellos se apiñaba un inmenso océano de gente que estiraba el cuello, gesticulaba y hablaba. D'Agosta observó a la muchedumbre. «Una sola salida. Mierda.» Habló por radio. —Walden, ordene a los guardias del museo que organicen mejor la entrada. Hay demasiada gente apelotonada. —Diez-cuatro, teniente. —Esto es un ara de sacrificios muy extraña de América Central —explicó Wright, sin soltar el brazo del alcalde—. Aquí está el Dios Sol, representado en la parte delantera, custodiado por jaguares. Los sacerdotes sacrificaban a las víctimas sobre el ara, les arrancaban el corazón aún palpitante y lo elevaban hacia el sol. La sangre se derramaba por estos canalones y se acumulaba en el fondo. —Impresionante —dijo el alcalde—. No me iría mal una de éstas en Albany. Wright y Cuthbert rieron, y sus carcajadas despertaron ecos en los objetos y las vitrinas. Coffey se hallaba en el puesto de seguridad avanzado, de pie, con las piernas separadas, los brazos en jarras y el rostro inexpresivo. Casi todos los invitados se habían presentado, y quienes no lo habían hecho probablemente no se habían aventurado a salir de casa. La lluvia había arreciado, y cortinas de agua caían sobre la acera. Desde su posición, el agente veía con toda claridad a través de la puerta este la fiesta que se celebraba en el Planetario, una sala muy bonita, con estrellas que destellaban en la cúpula negra aterciopelada, suspendida a treinta metros de altura; galaxias y nebulosas brillantes formaban remolinos a lo largo de las paredes. Wright hablaba desde el estrado, y la ceremonia de inauguración no tardaría en concluir. —¿Cómo va? —preguntó Coffey a uno de sus agentes. —Nada anormal —contestó el hombre, examinando el tablero de seguridad—. Ni infracciones, ni alarmas. El perímetro está tranquilo como una tumba. —Como a mí me gusta —comentó su superior. Desvió la vista hacia el Planetario a tiempo de ver cómo los dos guardias abrían las enormes puertas que permitían el acceso a la exposición. Se había perdido el momento en que cortaban la cinta. La multitud avanzaba; los cinco mil a un tiempo, al parecer. —¿Qué cojones tramará Pendergast? —preguntó Coffey a otro de sus agentes. Se alegraba de que el sureño no hubiera aparecido, pero le inquietaba pensar que andaba a su aire, sin control alguno. —No lo he visto —respondió su subordinado—. ¿Quiere que llame al mando de seguridad? —No —contestó Coffey—. Todo va mejor sin él, y sin problemas. La radio de D'Agosta siseó. —Aquí Walden. Escuche, necesitamos ayuda. A los guardias les cuesta mucho controlar a la muchedumbre. Hay demasiada gente. —¿Dónde está Spencer? Tendría que estar por ahí. Ordénele que prohíba la entrada; que permita salir, pero no entrar. Mientras tanto, usted y los guardias del museo organicen una fila ordenada. Hay que dominar a ese gentío. —Sí, señor. La exposición se llenaba por momentos. Habían transcurrido veinte minutos, y Wright y el alcalde ya se encontraban cerca de la entrada posterior cerrada con llave. Al principio habían avanzado a buen paso, sin desviarse de los pasillos centrales hacia los secundarios. En aquellos momentos se habían detenido ante una vitrina, y el director explicaba algo al alcalde, mientras los invitados pasaban de largo, dirigiéndose a los rincones más retirados del recinto. —No se alejen de la vanguardia —indicó D'Agosta a Bailey y McNitt, los dos agentes más avanzados. El teniente continuó caminando y echó un rápido vistazo a dos hornacinas laterales. «Una exposición acojonante», pensó. Una casa encantada muy sofisticada, con todos los complementos pertinentes; la luz mortecina, por ejemplo, no tan tenue como para que los detalles escalofriantes pasaran desapercibidos. Como la imagen maléfica del Congo, con sus ojos saltones y el torso erizado de uñas afiladas. O la momia contigua, erguida en un expositor vertical, manchada de sangre. «Esto es increíble», pensó D'Agosta. La multitud entró en el siguiente conjunto de nichos. Todo despejado. —¿Cómo va, Walden? —preguntó por radio. —Teniente, no encuentro a Spencer. No lo veo por ninguna parte y, con la gente que hay, no puedo abandonar la entrada para localizarlo. —Mierda. De acuerdo, contactaré con Drogan y Frazier para que le echen una mano. D'Agosta llamó por radio a una de las dos unidades de paisano que patrullaban en la fiesta. —¿Me recibe, Drogan? Una pausa. —Sí, teniente. —Quiero que Frazier y usted presten apoyo a Walden, en la entrada de la exposición. —Diez-cuatro. Miró alrededor. Más momias, ninguna cubierta de sangre. De pronto se detuvo, petrificado. «Las momias no sangran», pensó. Dio media vuelta lentamente y se abrió paso entre la ansiosa muchedumbre de curiosos. Tal vez se tratase tan sólo de una idea enfermiza de un conservador, de un truco efectista. En cualquier caso, debía asegurarse. La vitrina estaba rodeada de gente, al igual que las demás. D'Agosta avanzó y leyó la etiqueta: «Sepultura Anasazi de la Cueva de la Momia, Cañón del Muerto, Arizona». Daba la impresión de que las franjas de sangre seca que manchaban la cabeza y el pecho de la momia procedían de arriba. El teniente se acercó cuanto pudo al expositor y alzó la vista. La parte superior de la vitrina, abierta, dejaba al descubierto un techo repleto de tuberías de vapor y conductos. Una mano, un reloj y el puño de una camisa azul sobresalían sobre el borde de la vitrina. Un pequeño coágulo de sangre seca colgaba del dedo corazón. D'Agosta retrocedió hasta un rincón, miró alrededor y habló por la radio. — D'Agosta llamando a mando de seguridad. —Soy García, teniente. —García, he descubierto un cadáver. Hay que desalojar el edificio. Si la gente lo ve y cunde el pánico, la hemos cagado. —Cielos —exclamó García. —Póngase en contacto con los guardias y Walden. Nadie más debe entrar en la exposición. ¿Comprendido? Quiero que evacuen el Planetario, por si hay una estampida. Saque a todo el mundo, procurando no alarmar a nadie. Ahora, póngame con Coffey. —Recibido. D'Agosta paseó la vista por el recinto tratando de localizar a Ippolito. La radio chirrió. —Aquí Coffey. ¿Qué coño ocurre, D'Agosta? —He descubierto un cadáver tendido en la parte superior de una vitrina. De momento soy el único que lo ha visto. Hemos de desocupar el edificio. D'Agosta se interrumpió al oír una voz que, por encima del rumor de la muchedumbre, exclamaba: —Esa sangre parece muy real. —Allí arriba hay una mano —apuntó alguien. Dos mujeres se apartaron de la vitrina y alzaron la vista. —¡Es un cadáver! —afirmó una. —No es real —replicó la otra—. Seguro que es un truco para la inauguración. El teniente levantó las manos y se aproximó a la vitrina. —¡Calma, por favor! Tras un breve y aterrador instante de silencio, alguien vociferó: —¡Un cadáver! La multitud se removió un momento para luego adoptar una inmovilidad escalofriante. Después se oyó otro grito. —¡Lo han asesinado! La muchedumbre comenzó a dispersarse. Varias personas tropezaron y cayeron. Una mujer gruesa, ataviada con un vestido de noche, se derrumbó sobre D'Agosta y lo empujó contra la vitrina. El teniente se vio privado de aire cuando más cuerpos se precipitaron sobre él. De pronto notó que la vitrina empezaba a ceder. —¡Esperen! —exclamó con voz quebrada. Desde la oscuridad del techo, algo grande se desplomó sobre la apiñada multitud y arrojó al suelo a varios de los invitados. Debido a su precaria posición, D'Agosta sólo vio que la figura estaba cubierta de sangre y que era humana; tuvo la impresión de que carecía de cabeza. El caos se desató. Gritos y chillidos resonaron en el abarrotado espacio, y la gente echó a correr. D'Agosta advirtió que la vitrina se ladeaba. Súbitamente la momia cayó sobre él, y un cristal se hundió en su palma. Intentó ponerse de pie, pero la muchedumbre enloquecida le arrolló. Oyó el siseo de su radio, observó que aún la sujetaba con la mano derecha y la levantó hacia su cara. —Soy Coffey. ¿Qué coño ocurre, D'Agosta? —El pánico se ha desencadenado, Coffey. Tiene que evacuar de inmediato la sala, o… ¡Mierda! —exclamó cuando el histérico gentío le arrebató la radio. 45 Margo miró desalentada a Frock, que vociferaba al auricular de un teléfono interior sujeto a una pared de granito de la Gran Rotonda. El discurso amplificado de Wright impedía a la joven oír las palabras de su tutor. Por fin éste colgó y dio media vuelta en la silla de ruedas. —Esto es absurdo. Por lo visto, Pendergast está en el sótano; o al menos lo estaba. Llamó por radio hace una hora. Se niegan a contactar con él sin autorización. —¿En el sótano? ¿Dónde? —Sección 29, han dicho. No me han explicado por qué ha bajado. Supongo que lo ignoran. La sección 29 abarca una gran extensión. —Se volvió hacia Margo—. ¿Vamos? —¿Adónde? —Al sótano, por supuesto —contestó Frock. —No estoy segura —dijo Margo, vacilante—. Quizá deberíamos solicitar la autorización que necesitan para ponerse en contacto con él. El científico se removió impaciente en la silla de ruedas. —Ni siquiera sabemos a quien debemos pedirla. —La miró y, al advertir recelo, añadió—: No creo que deba preocuparse por ese monstruo, querida. Si no me equivoco, se sentirá atraído por la concentración humana de la exposición. Nuestra obligación es hacer lo posible por evitar una catástrofe; la asumimos cuando descubrimos la naturaleza de esa criatura. Margo todavía dudaba. Frock podía hablar así, pues él no había entrado en la exposición, no había oído los pasos resueltos y apagados, no había corrido a ciegas en la oscuridad… Respiró hondo. —Tiene razón, por supuesto —dijo—. Vamos. Como la sección 29 se encontraba dentro del perímetro de seguridad del módulo dos, Margo y Frock tuvieron que enseñar dos veces sus tarjetas de identificación hasta llegar al ascensor. Al parecer el toque de queda había sido suspendido aquella noche, y los guardias y agentes de policía se mostraban más preocupados por detener sospechosos o personas no autorizadas que por restringir los movimientos de los empleados del museo. —¡Pendergast! —llamó Frock a voz en grito, mientras Margo empujaba la silla de ruedas por el corredor del sótano apenas iluminado—. Soy el doctor Frock. ¿Me oye? Su voz resonó y murió. Margo conocía un poco la historia de la sección 29. Cuando la instalación eléctrica del museo había estado ubicada en las cercanías, la zona albergaba tuberías de vapor, túneles de abastecimiento y cubículos subterráneos utilizados por los trabajadores. Cuando en la década de los veinte el museo adoptó un sistema eléctrico más moderno, se retiraron las maquinarias antiguas, dejando una serie de madrigueras fantasmales, empleadas para almacenaje. Margo empujaba la silla por los pasillos de techo bajo. De vez en cuando, Frock golpeaba una puerta o llamaba a Pendergast; el silencio respondía en cada ocasión. —Es inútil —concluyó el doctor cuando la joven se detuvo para recuperar el aliento. El profesor tenía el cabello alborotado y la chaqueta del esmoquin arrugada. Margo paseó la vista por el pasillo, nerviosa. Sabía más o menos dónde se encontraban. En algún lugar, al final del laberinto de pasajes, se extendía el inmenso y silencioso espacio de la antigua central eléctrica, un panteón oscuro y subterráneo utilizado en la actualidad para guardar la colección de huesos de ballena. Las palabras de Frock sobre el supuesto comportamiento de la bestia no habían logrado aplacar su inquietud. —Podríamos tardar horas —se quejó el científico—. Tal vez ya se ha marchado. Quizá ni siquiera bajó. —Suspiró—. Pendergast representaba nuestra última esperanza. —Es posible que el tumulto asuste al monstruo y le incite a alejarse de la fiesta —dijo Margo. Frock hundió la cabeza en las manos. —No es probable. Sin duda la bestia se guía por el olor. Quizá sea inteligente, astuta, pero, al igual que un asesino en serie humano, cuando el ansia de sangre la impulsa, no puede controlarse. —Frock se incorporó, con renovado vigor—. ¡Pendergast! —llamó de nuevo—. ¿Dónde está? Waters aguzó el oído, con el cuerpo en tensión. Sentía los acelerados latidos de su corazón y tenía la impresión de que le faltaba el aire. Se había enfrentado a muchas situaciones peligrosas con anterioridad; le habían disparado, apuñalado, e incluso una vez le habían arrojado ácido a la cara. Siempre había conservado la calma, casi se había mostrado indiferente. «Ahora, un golpecito de nada me aterroriza. —Se llevó la mano al cuello—. El aire está enrarecido en esta maldita habitación. —Se obligó a respirar lenta y profundamente—. Llamaré a García. Investigaremos juntos. Y no encontraremos nada.» Entonces reparó en que el arrastrar de pies procedente del piso superior había cambiado de ritmo para convertirse en un repiqueteo constante, como el sonido de pasos al correr. Creyó oír un chillido apagado. El pánico se apoderó de él. Otro golpe sordo sonó en el cuarto de la instalación eléctrica. «Santo Dios, algo grave está ocurriendo», pensó. Agarró la radio. —García, ¿me recibes? Solicito apoyo para investigar ruidos sospechosos en el cuarto de la instalación eléctrica. Waters tragó saliva. García no contestaba por la frecuencia normal. Mientras guardaba la radio en la funda, observó que el chiflado se había levantado y se dirigía al cuarto. —¿Qué hace? —preguntó. —Voy a ver qué es ese ruido —respondió el chiflado abriendo la puerta—. Creo que el aparato de aire acondicionado se ha estropeado otra vez. —Tanteó en busca del interruptor de la luz. —Espere un momento —dijo Waters—. No… Un chisporroteo sonó en la radio de Waters. —¡Se ha producido una estampida! —Más turbulencias—. ¡Que todas las unidades se movilicen para evacuación de emergencia! —Más parásitos—. No podemos controlar a la turbamulta; necesitamos refuerzos ahora mismo… Waters tomó la radio, pulsó botones. En un instante, todas las frecuencias estaban ocupadas. Oyó que algo terrible estaba sucediendo en el piso de arriba. «Mierda.» Levantó la vista. El chiflado había desaparecido y dejado la puerta abierta. La luz del cuarto seguía apagada. Sin apartar la vista de la puerta, descolgó con cautela el fusil de su hombro y avanzó. Se acercó al umbral y echó un vistazo al interior. Negrura. —Eh, usted —exclamó—. ¿Está ahí? Cuando se internó en la oscura habitación, sintió que se le secaba la garganta. De pronto oyó un golpe a su izquierda. Hincó una rodilla en el suelo y, guiado por el instinto, disparó tres veces; un destello acompañado de un estruendo ensordecedor en cada ocasión. Una lluvia de chispas y una lengua de fuego que se elevó hacia el techo iluminaron un instante el cuarto con un alegre resplandor anaranjado. El chiflado estaba de rodillas, con la vista clavada en Waters. —¡No dispare! —suplicó con voz trémula—. ¡No dispare, por favor! El agente se levantó lentamente. Le temblaban las piernas, y los oídos le zumbaban. —He oído un ruido —vociferó—. ¿Por qué no me contestó, imbécil de mierda? —Era el aparato de aire acondicionado —dijo el chiflado. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas—. Era la bomba del aire acondicionado, que siempre falla. Waters retrocedió y tanteó en busca del interruptor. La pólvora flotaba en el aire como una niebla azul. En la pared del fondo, una caja grande de metal despedía humo a través de tres agujeros irregulares. Waters bajó la cabeza y se apoyó contra la pared. Un arco eléctrico recorrió la caja con un súbito estallido, seguido por un chisporroteo y otra cascada de centellas. El aire se impregnó de un olor acre casi insoportable. Las luces de la sala de ordenadores parpadearon, perdieron intensidad y la recuperaron. Waters oyó que una alarma se disparaba, luego otra. —¿Qué ocurre? —preguntó, nervioso. Las luces se amortiguaron de nuevo. —Ha destruido el tablero de distribución central —exclamó el chiflado al tiempo que se ponía en pie para echar a correr hacia la sala de ordenadores. —Oh, mierda —masculló Waters. Las luces se apagaron. 46 Coffey volvió a vociferar a su radio. —¡Hable, D'Agosta! —Esperó—. ¡Mierda! Cambió al canal del mando de seguridad. —García, ¿qué coño está pasando? —No lo sé, señor —contestó el agente, nervioso—. Creo que el teniente D'Agosta dijo que había un cadáver en… —Hizo una pausa—. Señor, recibo informes de pánico en la exposición. Los guardias están… Coffey cortó, cambió de frecuencia y escuchó. —¡Esto es una estampida! —graznó una voz por la radio. El agente cambió de nuevo a mando de seguridad. —García, avise a todas las unidades que se preparen para evacuación de emergencia. Se volvió y miró hacia el Planetario. Un murmullo se elevó de la multitud, y las conversaciones de fondo comenzaron a apagarse. Por encima de la música de la orquesta, Coffey oyó con toda claridad chillidos ahogados y el retumbar de pies al correr. La turbamulta que avanzaba hacia la entrada de la exposición vaciló, luego se precipitó hacia atrás. Se escucharon alaridos de irritación y gritos de miedo, y Coffey creyó oír también sollozos. La multitud enmudeció de nuevo. El agente del FBI se desabrochó la chaqueta y se volvió hacia los hombres del puesto avanzado. —Procedimiento de emergencia para controlar multitudes. Adelante. De repente la muchedumbre corrió hacia atrás, y una confusión de gritos y chillidos surgió de la puerta abierta de la sala. La orquesta dejó de tocar. En cuestión de segundos, todo el mundo corría hacia la salida de la Gran Rotonda. —¡Ve, hijoputa! —exclamó Coffey, empujando a uno de sus hombres mientras sujetaba la radio con una mano—. D'Agosta, ¿me recibe? Los agentes se vieron arrollados por un torbellino de gente empavorecida y no tuvieron más remedio que retroceder. Coffey se liberó de la masa de cuerpos y logró alejarse un poco, entre jadeos y maldiciones. —¡Es como un maremoto! —voceó uno de sus hombres—. ¡Nunca lo conseguiremos! De pronto, las luces parpadearon. La radio de Coffey crepitó. —Aquí García. Escuche, señor, todas las luces de seguridad se han puesto en rojo; el tablero está iluminado como un árbol de Navidad. Todas las alarmas del perímetro están disparándose. Coffey avanzó de nuevo, esforzándose por no ceder ni un palmo de terreno ante la muchedumbre, que se desplazaba en dirección contraria. Ya no veía a los otros agentes. Las luces parpadearon por segunda vez, y entonces captó un retumbar sordo procedente de la sala. Alzó la cabeza y observó que el grueso borde de la puerta metálica de seguridad descendía desde una ranura practicada en el techo. —¡García! —vociferó a la radio—. ¡La puerta este está bajando! ¡Desconéctela! ¡Hágala subir otra vez, por los clavos de Cristo! —Señor, los controles indican que sigue levantada. Algo raro ocurre aquí. Todos los sistemas… —Me importan una mierda los controles. ¡Está bajando! La multitud que huía le forzó a dar media vuelta. Los chillidos, un ruido extraño, penetrante y sobrenatural, le estremecían. El agente nunca había presenciado nada semejante; humo, luces de emergencia que oscilaban, personas que arrollaban a otras con el pánico reflejado en sus ojos vidriosos. Los detectores de metales habían sido derribados, y las máquinas de rayos X destrozadas, por gente vestida con esmóquines y trajes de noche que se precipitaba hacia la lluvia torrencial, se atropellaba para rebasar a los demás, tropezaba y caía sobre la alfombra roja y la acera mojada. Coffey atisbó pequeños destellos en la escalinata exterior, primero unos pocos, después varios. —García, avise a los policías del exterior. Que restablezcan el orden y echen a la prensa. ¡Y suban la puerta de una puñetera vez! —Lo intentan, señor, pero todos los sistemas fallan. Estamos perdiendo potencia eléctrica. Las puertas de emergencia bajan con independencia de la red, y resulta imposible activar los controles de rectificación. Las alarmas no paran de dispararse… Un hombre estuvo a punto de derribar a Coffey. En ese instante García exclamó: —¡Señor! ¡Fallo total del sistema! —García, ¿dónde coño está el sistema de apoyo? El agente del FBI avanzó entre empellones hasta que se encontró aplastado contra la pared. Era inútil; jamás conseguiría abrirse paso entre la turbamulta. La puerta ya se había cerrado a medias. —¡Póngame con el técnico! ¡Necesito el código de bloqueo manual! Las luces parpadearon por tercera vez y finalmente se apagaron. La Rotonda se sumió en la oscuridad. Por encima de los chillidos, el estruendo de la puerta que descendía continuó sin tregua. Pendergast deslizó la mano por la tosca pared de piedra del callejón sin salida y golpeó con los nudillos algunos lugares. El yeso, agrietado, se descascarillaba. La bombilla del techo estaba rota. Abrió la bolsa y extrajo el objeto amarillo (un casco de minero), se lo ajustó con cuidado y conectó la luz. Ladeó la cabeza y dirigió el potente haz hacia la pared que se alzaba ante él. A continuación, sacó los planos arrugados y enfocó la luz hacia ellos. Retrocedió y contó los pasos. Luego extrajo una navaja del bolsillo, aplicó la punta contra el yeso e hizo girar la hoja con suavidad. Un trozo de yeso del tamaño de un plato se desprendió y reveló las huellas de una antigua puerta. El agente tomó notas en el cuaderno, salió del callejón sin salida y recorrió el pasillo, contando para sí. Se detuvo ante una pared desconchada. Arrancó el yeso, que cayó con estrépito y levantó una gran nube de polvo blanco. La luz del casco enfocó un antiguo panel empotrado en la pared a baja altura. Apretó el panel a modo de prueba. Le propinó una fuerte patada y se abrió con un chirrido. Un estrecho túnel descendía en pendiente y se abría al techo del subsótano inferior, por donde corría un hilillo de agua, como una cinta negruzca. Pendergast colocó el panel, efectuó una anotación en el plano y continuó. —¡Pendergast! —oyó a lo lejos—. Soy el doctor Frock. ¿Me oye? El agente se detuvo y frunció el entrecejo. Abrió la boca para contestar. De repente quedó petrificado al percibir un olor peculiar en el aire. Depositó la bolsa abierta sobre el suelo, entró en un cuarto de almacenaje, cerró la puerta tras de sí y apagó la luz del casco. La puerta tenía una pequeña ventanilla en el centro, sucia y rajada. Hurgó en un bolsillo, extrajo un pañuelo de papel, escupió sobre él, frotó el cristal y miró. Algo grande y oscuro acababa de aparecer en el borde inferior de su campo visual. Pendergast oyó un resuello, como de un caballo nervioso que respira rápida y profundamente. El olor aumentó de intensidad. A la tenue luz, el hombre vio un lomo musculoso y cubierto de áspero vello negro. Conteniendo el aliento, el agente hundió con lentitud la mano en el interior de la chaqueta y sacó el 45. En la oscuridad, pasó el dedo por el cilindro y comprobó que las cámaras estaban cargadas. Después sujetó el revólver con ambas manos, apuntó hacia la puerta y retrocedió. Al alejarse de la ventana, perdió de vista a la forma, que sabía permanecía allí fuera. Se oyó un leve golpe en la puerta, seguido de un débil arañazo. Pendergast aferró el revólver con más fuerza cuando vio, o creyó ver, que el pomo giraba. Cerrada con llave o no, la desvencijada puerta no detendría a lo que acechaba fuera. Se oyó otro golpe apagado, y luego se hizo el silencio. Pendergast miró al instante por la ventana. No vio nada. Sostuvo el revólver con una mano y posó la otra sobre la puerta. Contó hasta cinco. Después, la abrió a toda prisa, saltó al centro del pasillo y se refugió tras una esquina. Al final del corredor, una forma oscura se paró ante otra puerta. Aun bajo la mortecina luz, distinguió un cuadrúpedo fuerte, con el cuerpo inclinado. Pendergast, el más racional de los hombres, lanzó una breve carcajada de incredulidad cuando vio que el monstruo tendía una garra hacia el pomo. Las luces del pasillo se atenuaron y luego cobraron intensidad. Pendergast se agachó lentamente, hincó una rodilla en el suelo, y apuntó el arma. Las luces disminuyeron de intensidad por segunda vez. Vio a la bestia sentada sobre los cuartos traseros; súbitamente se irguió y se volvió hacia Pendergast, que apuntó a un lado de la cabeza y dejó escapar el aliento. Apretó el gatillo. Se produjo un estruendo acompañado de un destello. Durante una fracción de segundo, el hombre vio cómo una franja blanca ascendía por el cráneo del monstruo, que al instante desapareció tras una esquina. El pasillo quedó desierto. Pendergast sabía con toda exactitud qué había sucedido. Ya había visto en una ocasión aquella franja blanca, cuando cazaba osos; la bala había rebotado en el cráneo y había arrancado una tira de pelo y piel, dejando el hueso al descubierto. La bala del calibre 45, con la punta revestida de cromo, había rebotado en el cráneo de la bestia como una bola de papel. Pendergast se inclinó y bajó la mano armada cuando las luces parpadearon por tercera vez y se apagaron. 47 Situado junto a la mesa de los canapés, Smithback había contemplado cómo Wright gesticulaba ante el micrófono y oído su voz a través de un altavoz cercano. El periodista no se había molestado en escuchar. Sabía, con sombría certeza, que más tarde Rickman le facilitaría una copia en disquete del discurso. Una vez finalizada la alocución, la multitud se había dedicado a fisgar la nueva exposición. Smithback había permanecido donde estaba, indiferente. Inspeccionó una vez más la mesa, mientras se debatía entre comer una gruesa gamba o un diminuto canapé au caviare. Se decantó por este último (de hecho fueron cinco) y empezó a masticar. Observó que el caviar era gris y nada salado; de esturión de verdad, no el sucedáneo que intentaban colar en fiestas publicitarias como aquélla. De todos modos, se apoderó de una gamba, que fueron dos, seguidas de un trozo de ceviche, y tres galletas cubiertas de huevas de bacalao escocés con táparas y limón, unas finas laminillas de buey frío de Kobe; filete tártaro no, muchas gracias, sino dos piezas de aquel uni sushi… Su mirada recorrió la hilera de manjares que se extendían sobre los quince metros de la mesa. Nunca había visto nada semejante y estaba dispuesto a probar todo cuanto se ofrecía. La orquesta dejó de tocar de repente, y casi al instante alguien le hundió el codo en las costillas. —¡Eh! —exclamó Smithback, que al levantar la mirada se vio envuelto de inmediato por una masa de gente que empujaba, gruñía y chillaba. Fue arrojado contra la mesa del banquete. Luchó por ponerse en pie, resbaló, cayó y rodó bajo la mesa. Se agachó y vio correr centenares de pies. Oyó alaridos y el ruido horripilante de cuerpos al chocar. Captó al azar fragmentos de frases: «¡Un cadáver!», «¡un asesinato!» ¿Habría atacado de nuevo el asesino? Un zapato de mujer, de terciopelo negro, con un tacón altísimo y afilado, se deslizó bajo la mesa y se detuvo ante su nariz. Lo apartó con desagrado, reparó en que aún sostenía un trozo de gamba en la mano y lo engulló. Era asombrosa la rapidez con que el pánico se apoderaba de una multitud. La mesa se tambaleó y ladeó. El escritor vio cómo una enorme bandeja aterrizaba en el suelo y galletas y porciones de queso volaban por los aires. Se sacudió la camisa y empezó a comer. A unos treinta centímetros, innumerables pies pateaban un trozo de paté. Otra bandeja cayó con estrépito, y una lluvia de caviar gris se desparramó sobre el piso. Las luces perdieron intensidad. Smithback se llevó a la boca un triángulo de camembert, lo sujetó entre los dientes y súbitamente se percató de que estaba comiendo en medio del mayor acontecimiento que había presenciado en su vida. Buscó en sus bolsillos la grabadora, mientras las luces se apagaban y encendían. Smithback habló atropelladamente, con la boca pegada al micrófono, con la esperanza de que su voz se oyera sobre el ensordecedor tumulto. Se trataba de una oportunidad increíble. A la mierda con Rickman. Todo el mundo quería publicar su historia. Confió en que, si otros periodistas habían acudido al evento, hubieran huido a toda prisa. Las luces parpadearon una vez más. Cien mil por anticipado; no aceptaría ni un centavo menos. Estaba allí, cubriría el reportaje desde el principio. Nadie podría hacerle la competencia. Las luces parpadearon por tercera vez y finalmente se apagaron. —¡Hijo de puta! —exclamó Smithback—. ¡Que alguien encienda las luces! Empujando la silla de ruedas, Margo dobló un recodo, y esperó a que el científico volviera a llamar a Pendergast. Los ecos de su voz se perdieron en la distancia. —Esto es inútil —dijo Frock, exasperado—. Hay varios cuartos de almacenaje más grandes en esta sección. Tal vez esté dentro de uno y no nos oiga. Echaremos un vistazo a unos cuantos. Es lo único que podemos hacer. —Gruñó mientras hurgaba en un bolsillo de la chaqueta—. Nunca salgas de casa sin ella. —Sonriendo, alzó una llave maestra. Margo abrió la primera puerta y escudriñó la oscuridad. —¿Señor Pendergast? —llamó. Estanterías metálicas llenas de huesos enormes se materializaron en las tinieblas. Un gran cráneo de dinosaurio, del tamaño de un escarabajo Volkswagen, descansaba sobre un larguero de madera, cerca de la puerta. Sus dientes negros lanzaban destellos apagados.