Espec. nº 1880-1770 Camina por las Nubes. Sioux Yankton. Muerto en la batalla de Medicine Bow Creek (1880). Espec. nº 1899-1206. Maggie Caballo Perdido. Cheyenne del Norte. Espec. nº 1933-43469. Anasazi. Cañón del Muerto. Expedición Thorpe-Carlson (1900). Espec. nº 1912-695. Luo. Lago Victoria. Donación de Gen. De Div. Henry Throckmorton (Bart). Espec. nº 1872-10. Aleuta; procedencia desconocida. Desde luego, era un cementerio muy extraño. Más allá de la zona de almacenamiento se extendía el conjunto de habitaciones que conformaban el Laboratorio de Antropología Física, donde, en otros tiempos, los antropólogos solían pasar gran parte de su tiempo, dedicados a medir huesos e intentar determinar la relación entre las razas, el lugar de nacimiento de la humanidad… En la actualidad, se realizaban investigaciones bioquímicas y epidemiológicas mucho más complejas. Varios años antes, el museo, gracias a la insistencia de Frock, había decidido fusionar los laboratorios de investigación genética y ADN con esa sección. Al otro lado de la polvorienta zona de almacenaje descansaba un impoluto conglomerado de centrifugadoras enormes, autoclaves siseantes, aparatos de electroforesis, monitores y columnas destiladoras. Los científicos contaban, pues, con el instrumental más avanzado. Greg Kawakita se había instalado en la tierra de nadie comprendida entre el antiguo y el nuevo laboratorio. Smithback miró hacia las puertas a través de las altas columnas de material del almacén. Acababan de dar las diez y Kawakita era el único que aún trabajaba. Movía con gestos bruscos la mano izquierda sobre su cabeza, y agitaba algo. Smithback oyó la vibración de un sedal y el zumbido de un carrete. «Que me aspen», pensó. El hombre estaba pescando. —¿Has atrapado algo? —preguntó. Oyó una exclamación y el ruido de una caña al caer. —Maldito seas, Smithback —masculló Kawakita—. Siempre fisgoneando. No es un buen momento para ir por ahí asustando al personal. Podría haber llevado encima un revólver. Avanzó por el pasillo y apareció por la esquina. Miró con fingido enojo al periodista al tiempo que enrollaba el hilo. Smithback rió. —Ya te aconsejé que no trabajaras aquí, rodeado de esqueletos. Mira el resultado; al final has perdido la chaveta. —Sólo estaba practicando —Kawakita rió—. Mira. Tercer estante. Giba de Búfalo. Sacudió la caña. El sedal se desenrolló, y el cebo salió disparado hasta rebotar en un cajón colocado en el tercer anaquel de una estantería situada al final del pasillo. Smithback se acercó. Exacto: contenía los huesos de alguien llamado Giba de Búfalo. Lanzó un silbido. Kawakita recobró un poco de hilo y sostuvo las vueltas en la mano izquierda, mientras aferraba el extremo de corcho de la caña con la derecha. —Quinto estante, segunda fila. John Mboya. El sedal describió un arco en el aire entre los estrechos estantes, y el diminuto cebo golpeó la etiqueta anunciada. —Izaak Walton, levántate —exclamó Smithback, meneando la cabeza. Kawakita recuperó el hilo y procedió a desmontar la caña de bambú. —No es como pescar en un río —dijo—, pero es una práctica magnífica, sobre todo en este espacio confinado. Contribuye a relajarme durante los descansos, si la cuerda no se enreda en una de las vitrinas, por supuesto. Cuando fue contratado en el museo, Kawakita había rechazado el soleado despacho del quinto piso que le habían ofrecido y solicitado uno mucho más pequeño en el laboratorio porque, según argumentó, deseaba estar cerca de la acción. Desde entonces había publicado más artículos que algunos conservadores veteranos en toda su carrera. Gracias a sus estudios interdisciplinarios, realizados bajo la dirección de Frock, no tardaron en concederle el cargo de ayudante de conservador en biología evolutiva. Kawakita siempre había aprovechado con destreza la fama de su mentor para ascender. Al principio se había dedicado por completo al estudio de la evolución de las plantas, que en los últimos tiempos había sustituido por el programa del Extrapolador Secuencial Genético. Su otra pasión en la vida, aparte del trabajo, parecía ser la pesca con mosca, en particular, como explicaba a cualquiera dispuesto a escucharlo, la captura del noble y escurridizo salmón atlántico. Kawakita guardó la caña en un estuche Orvis muy gastado y lo apoyó con todo cuidado contra una esquina. Indicó a Smithback que lo siguiera y lo guió hasta un escritorio de gran tamaño con tres sillas de madera. El escritor observó que la mesa estaba cubierta de papeles, pilas de monografías manoseadas y bandejas de arena tapadas con plásticos que contenían huesos humanos. —Mira esto —dijo Kawakita, tendiéndole algo. Se trataba de una ilustración de un árbol genealógico, un aguafuerte en tinta marrón sobre papel jaspeado a mano. De las ramas colgaban etiquetas con diversas palabras latinas. —Muy bonito —dijo Smithback mientras se sentaba. —Como descripción no está mal, supongo —replicó Kawakita—; una visión del siglo XIX de la evolución humana. Una obra de arte, pero una farsa científica. Estoy elaborando un artículo para la Human Evolution Quartely acerca de las perspectivas primitivas sobre la evolución. —¿Cuándo se publicará? —preguntó el periodista con interés profesional. —Oh, el año que viene. Estas revistas son lentas. Smithback dejó el grabado sobre la mesa. —¿Y qué tiene que ver esto con tu trabajo actual, el SAT, ERG, o como se llame? —ESG, para ser exactos. —El científico se echó a reír—. Nada en absoluto. No es más que una especie de divertimento. Aún me gusta ensuciarme las manos de vez en cuando. —Guardó con todo cuidado la ilustración en una carpeta y se volvió hacia el escritor—. Bien, ¿cómo va la obra maestra? ¿Aún te hace sufrir madame Rickman? Smithback rió. —Supongo que, a estas alturas, todo el mundo se ha enterado de mi lucha contra la tiranía. Sólo eso llenaría un libro. En realidad he venido para hablar de Margo. Kawakita se sentó frente a él. —¿Margo Green? ¿Qué le ocurre? Smithback empezó a pasar las páginas de una de las monografías que descansaban sobre la mesa. —Tengo entendido que necesita tu ayuda para algo. Kawakita entornó los ojos. —Llamó anoche para preguntarme si podía someter algunos datos al Extrapolador. Le dije que aún no estaba en condiciones. —Se encogió de hombros—. Y técnicamente es cierto. No puedo asegurar que alcance una precisión total en las correlaciones. Además, estoy muy ocupado, Bill. No dispongo de tiempo para enseñar a alguien cómo funciona el programa. —No se trata precisamente de una analfabeta científica a quien haya que llevar de la mano —replicó Smithback—. Margo realiza investigaciones genéticas muy complejas sin ayuda de nadie. La habrás visto todo el día por el laboratorio. —Apartó a un lado la monografía y se inclinó—. Deberías echarle una mano. Está pasando una mala época. Su padre murió hace dos semanas. Kawakita se mostró sorprendido. —¿De veras? ¿De eso hablabais el otro día en la cafetería? Smithback asintió. —Apenas me comentó nada, pero sé que ha sido un golpe muy duro para ella. Hasta se planteó dejar el museo. —Eso sería un lamentable error. —Kawakita frunció el entrecejo. Se dispuso a añadir algo, pero se contuvo de repente. Se reclinó en la silla y dirigió al escritor una mirada larga y calculadora—. Es un gesto muy generoso por tu parte, Bill. —Se humedeció los labios y asintió lentamente—. Bill Smithback, el buen samaritano. Tu nueva imagen, ¿eh? —Para ti, William Smithback Jr. —Bill Smithback, el Eagle Scout —continuó el científico. Después, sacudió la cabeza—. No, no me parece sincero. No has venido aquí para hablar de Margo, ¿verdad? Smithback vaciló. —Bueno, es sólo uno de los motivos —admitió. —¡Lo intuía! —graznó Kawakita—. Vamos, suéltalo. —Bien, de acuerdo. —Smithback suspiró—. Escucha, estoy intentando obtener información sobre la expedición Whittlesey. —¿La qué? —La expedición a Sudamérica que trajo la estatuilla de Mbwun. Ya sabes, la estrella de la nueva exposición. —Ah, sí. Seguramente el viejo chiflado del herbario te habló de ella el otro día. ¿Qué ocurre con esa expedición? —Bien, sospechamos que existe algún vínculo entre ella y estos asesinatos. —¿Qué? —exclamó Kawakita, incrédulo—. No me digas que tú también crees ese rollo de la Bestia del Museo. ¿Y por qué hablas en plural? —No estoy diciendo que lo crea todo, ¿de acuerdo? —replicó con tono evasivo Smithback—, pero he oído muchas historias raras en los últimos días. Rickman se muestra reacia a la presencia de la estatuilla en la exposición. Además de esa reliquia, la expedición envió otras piezas; varias cajas, de hecho. Quiero averiguar todo lo posible sobre ellas. —¿Y qué pinto yo en todo esto? —Nada, pero, como ayudante de conservador, tienes acceso al ordenador de alta seguridad del museo. Puedes solicitar la base de datos y hacer indagaciones sobre esas cajas. —Dudo de que hayan introducido información sobre ellas. En cualquier caso, no importa. —¿Por qué? —preguntó el periodista. Kawakita rió. —Espera un momento. Se levantó y se encaminó hacia el laboratorio. Al cabo de unos minutos regresó con una hoja de papel en la mano. —Debes de tener poderes psíquicos —dijo, tendiéndole el papel—. Mira qué he encontrado en mi correo esta mañana. MUSEO DE HISTORIA NATURAL DE NUEVA YORK NOTA INTERNA A: Conservadores y personal directivo. De: Lavinia Rickman. CC: Wright, Lewallen, Cuthbert, Lafore. A consecuencia de los desafortunados acontecimientos recientes, el museo se halla sometido a un intenso examen por parte de los medios de comunicación y el público en general. Dada la situación, he querido aprovechar la oportunidad para revisar la política del museo sobre las comunicaciones externas. Todo trato con la prensa se llevará a cabo por mediación de la oficina de relaciones públicas del museo. No se harán comentarios sobre asuntos relacionados con la entidad, ni oficial ni extraoficialmente, a periodistas u otros miembros de los medios de comunicación. Cualquier declaración o ayuda prestada a individuos que estén preparando entrevistas, documentales, libros, artículos, etc., relativos al museo, deberá ser autorizada por esta oficina. La dirección emprenderá acciones disciplinarias en caso de violación de estas directrices. Gracias por su colaboración en estos momentos difíciles. —Joder —murmuró Smithback—. Lee esto; «individuos que estén preparando libros». —Se refiere a ti, Bill. —El científico prorrumpió en carcajadas—. ¿Lo ves? Tengo las manos atadas. —Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó—. Alergia al polvo de huesos —explicó. —No puedo creerlo —musitó Smithback, releyendo la nota. Kawakita le dio una palmada en la espalda. —Bill, amigo mío, sé que de esta historia nacería un gran artículo, y me gustaría ayudarte a escribir el libro más controvertido, ultrajante y lascivo posible, pero no puedo. Seré sincero; intento labrarme una carrera y… me juego el puesto. Tendrás que tomar otra ruta. ¿De acuerdo? El periodista asintió con resignación. —De acuerdo. —No pareces muy convencido. —Kawakita rió—. De todas formas, me alegro de que seas comprensivo. —Puso en pie al escritor con suavidad—. Te propongo algo; ¿qué te parece si vamos de pesca el domingo? Predicen una nidada temprana en el Connetquot. Smithback sonrió por fin. —Resérvame una de tus diabólicas ninfas —dijo—. Acepto. 26 D'Agosta se hallaba al otro lado del museo, cuando recibió un nuevo aviso. Se había visto algo extraño en la sección 18, en la sala de ordenadores. Suspiró, guardó la radio en la funda y pensó en sus pies cansados. En aquel maldito lugar todo el mundo se topaba con el hombre del saco. Una docena de personas se habían congregado ante la sala de ordenadores y bromeaban, algo nerviosas. Dos policías uniformados custodiaban la puerta cerrada. —Muy bien —dijo el teniente mientras desenvolvía un puro—. ¿Quién lo vio? Un joven se adelantó. Llevaba una bata blanca de laboratorio, gafas de culo de botella, y una calculadora y un mensáfono colgaban de su cinturón. «Joder —pensó D'Agosta—, ¿de dónde sacan a estos tíos?» Era perfecto. —De hecho, no vi nada —explicó—, sino que oí un ruido fuerte e insistente en el cuarto de la instalación eléctrica. Era como si alguien tratara de derribar la puerta… El teniente se volvió hacia los dos policías. —Vamos a echar un vistazo. Forcejeó con el picaporte hasta que alguien sacó una llave. —Decidimos cerrarla. No queríamos que nada saliera… D'Agosta atajó las explicaciones con un gesto. Aquello resultaba cada vez más ridículo. ¿Cómo cojones se les ocurría mantener la gran inauguración de la noche siguiente? Deberían haber clausurado el maldito edificio después de los primeros asesinatos. La sala era grande, circular, inmaculada. En el centro, colocado sobre un pedestal de gran tamaño y bañado por brillantes luces de neón, se alzaba un cilindro blanco de metro y medio de altura. D'Agosta supuso que era el ordenador principal del museo. Zumbaba con suavidad, rodeado de terminales, estaciones de trabajo, mesas y librerías. Había dos puertas cerradas al fondo de la habitación. —Echad una ojeada, muchachos —ordenó a sus hombres mientras se llevaba el puro apagado a los labios—. Yo hablaré con ese tío; me ocuparé del trabajo burocrático. Salió fuera. —¿Nombre? —preguntó. —Roger Thrumcap. Soy el supervisor de turnos. —De acuerdo. —D'Agosta, cansado, tomó nota—. Ha informado de ruidos en la sala de procesamiento de datos. —No, señor, esa sala está arriba; ésta es la de ordenadores, donde se controla el soporte físico. —La sala de ordenadores, pues. —Garabateó algo más—. ¿Cuándo reparó por primera vez en esos ruidos? —Unos minutos después de las diez. Estábamos acabando los diarios… —¿Estaban leyendo el periódico cuando oyó los ruidos? —No, señor. Me refiero a las cintas de control. Estábamos terminando la copia de seguridad diaria. —Entiendo. Y eso ocurrió a las diez. —Las copias de seguridad no se efectúan durante las horas punta, señor. Tenemos permiso especial para entrar a las seis de la mañana. —Qué suerte. ¿De dónde procedían los ruidos? —Del cuarto de la instalación eléctrica. —¿Y eso está…? —La puerta situada a la izquierda del MP-3, el ordenador, señor. —He visto dos puertas ahí dentro. ¿Adónde conduce la otra? —Ah, a la habitación de retreta. Se accede a ella mediante unas tarjetas especiales. Nadie puede entrar allí. —Ante la mirada de extrañeza del teniente, añadió—: Contiene paquetes de disquetes y cosas así. Es una especie de almacén. La llamamos así porque todo está automatizado y nadie entra, excepto los de mantenimiento. —Asintió con orgullo—. Estamos en un entorno que no precisa de operadores. Comparado con nosotros, el DP aún está en la Edad de Piedra. Tienen operarios que montan a mano las cintas. D'Agosta entró de nuevo en la sala de ordenadores. —Los ruidos provenían del otro lado de esa puerta de la izquierda. Echaremos un vistazo. —Dio media vuelta—. Saque a esa gente de aquí —ordenó a Thrumcap. La puerta del cuarto de la instalación eléctrica se abrió y liberó un olor a cables calientes y ozono. D'Agosta palpó la pared; encontró el interruptor y encendió la luz. Efectuó un repaso visual, como dictaban las normas. Vio transformadores, rejas que cubrían los conductos de ventilación, cables y varios aparatos grandes de aire acondicionado. Nada más. —Mirad detrás de esos aparatos —indicó el teniente D'Agosta. Los policías llevaron a cabo un registro minucioso. Uno echó un vistazo hacia atrás y se encogió de hombros. —Muy bien —dijo el teniente antes de salir de la sala de ordenadores—. Creo que no hay nada sospechoso. ¿Señor Thrumcap? —¿Sí? —El hombre asomó la cabeza. —Su gente puede volver a entrar. Todo parece en orden. De todas formas, apostaremos un agente durante las siguientes treinta y seis horas. —Se volvió hacia uno de los policías que salían del cuarto de la instalación eléctrica—. Waters, quédate aquí hasta que finalice tu turno. Pro forma, ¿de acuerdo? Te enviaré un relevo. «Si alguien más ve algo extraño, me quedaré sin hombres.» —De acuerdo —respondió Waters. —Es una buena idea —opinó Thrumcap—. Esta sala es el corazón del museo; mejor dicho, el cerebro. Controlamos los teléfonos, la planta física, la red, las impresoras, el correo electrónico, el sistema de seguridad… —Claro —interrumpió D'Agosta. El personal empezó a avanzar por la sala para ocupar sus puestos ante las terminales. D'Agosta se enjugó el sudor de la frente. «Hace un calor de la hostia.» Cuando se disponía a marcharse, oyó una voz a su espalda. —Rog, tenemos un problema. D'Agosta vaciló un instante. —Oh, Dios mío —exclamó Thrumcap con la vista fija en un monitor—. El sistema está realizando un volcado hexadecimal. ¿Qué coño…? —¿Estaba el ordenador principal en modo «copias de seguridad» cuando lo dejaste, Rog? —preguntó un tipo bajito con dientes de conejo—. Si terminó y no obtuvo respuesta, tal vez cayera en un volcado de bajo nivel. —Quizá tengas razón —admitió Roger—. Aborta el volcado y asegúrate de que todas las regiones estén activadas. —No responde. —¿Está desactivado el OS? —preguntó Thrumcap, inclinándose sobre el CRT de dientes salientes—. Déjame ver eso. Una alarma se disparó en la sala; un sonido agudo e insistente. D'Agosta vio una luz roja en un panel del techo situado sobre el ordenador principal. Tal vez debía permanecer allí un rato más. —Y ahora, ¿qué? «Caramba, qué calor—pensó el teniente—. ¿Cómo pueden soportarlo estos tíos?» —¿Qué significa este código? —No lo sé. Míralo. —¿Dónde? —¡En el manual, idiota! Está detrás de tu terminal. Ven, ya lo tengo. Thrumcap empezó a pasar páginas. —2291, 2291… Aquí está. Es una alarma térmica. ¡Oh, Dios mío! ¡La máquina está sobrecalentándose! ¡Avisa a mantenimiento ahora mismo! D'Agosta se encogió de hombros. Probablemente el ruido sordo que los había alertado lo habían producido los compresores de aire acondicionado al fallar. «No hay que ser un científico de la NASA para sospecharlo. La temperatura aquí debe de rondar los cincuenta grados.» Cuando se alejaba por el pasillo, se cruzó con dos hombres de mantenimiento que corrían en dirección contraria. Como la mayoría de superordenadores modernos, el MP-3 del museo soportaba mucho mejor el calor que los gigantescos aparatos de hacía diez o veinte años. Su cerebro de silicio, a diferencia de los transistores más antiguos, podía funcionar por encima de las temperaturas recomendadas durante períodos prolongados sin sufrir deterioros o pérdidas de datos. Sin embargo, la interfaz conectada al sistema de seguridad del museo había sido instalada por otro equipo que no había seguido las instrucciones especificadas por el fabricante del ordenador. Cuando la temperatura en la sala de ordenadores alcanzaba los treinta y cinco grados, se rebasaba la tolerancia de los chips ROM que gobernaban el sistema automático de control de averías. El fallo se producía noventa segundos más tarde. Waters, de pie en una esquina, paseó la vista por la sala. Los técnicos de mantenimiento se habían marchado una hora antes, y por fin reinaba un frío agradable en la estancia. Todo había vuelto a la normalidad, y los únicos sonidos que se oían eran el zumbido del ordenador y el repiqueteo mecánico de miles de teclas. Desvió la mirada hacia una terminal desocupada y vio un mensaje parpadeante: «FALLO GLOBAL EXTERNO EN ROM. DIRIGIRSE A 33 BI 4A 03.» Era como chino para él. ¿Por qué no podía decirlo? Odiaba los ordenadores. No recordaba nada que hubieran hecho por él, excepto comerse la «s» de su apellido en las nóminas. También detestaba a aquellos capullos chiflados por los ordenadores. Si algo iba mal, ya se ocuparían ellos de solucionarlo. 27 Smithback dejó caer los cuadernos de notas sobre la mesa de un gabinete de la biblioteca. Exhaló un profundo suspiro y se acomodó en el estrecho espacio, depositó la carpeta sobre el escritorio y encendió la pequeña luz del techo. Se hallaba muy cerca de la sala de lectura, con paredes revestidas de roble, butacas de cuero rojo y una chimenea de mármol que no se había utilizado en un siglo. Sin embargo, él prefería los estrechos y destartalados gabinetes, en especial los que quedaban escondidos entre las estanterías. Allí podía examinar documentos y manuscritos en la intimidad. El museo albergaba una colección de libros nuevos, antiguos y raros sobre todos los aspectos de la historia natural que no tenía parangón. Había recibido tantos legados y donaciones privadas a lo largo de los años que su catálogo de fichas se atrasaba sin remedio. No obstante, Smithback conocía aquel departamento mejor que casi todos los bibliotecarios. Podía localizar cualquier dato en un tiempo récord. Se humedeció los labios, pensativo. Había salido de su entrevista con Kawakita sin nada positivo, y Moriarty era un burócrata empecinado. No conocía a nadie más que pudiera proporcionarle acceso a las bases de datos. Sin embargo, había más de una forma de abordar un rompecabezas. Empezó a repasar el índice del New York Times en el fichero microfilmado. Retrocedió hasta 1975. No encontró nada y tampoco, como no tardó en descubrir, en las revistas importantes de historia natural y antropología. Buscó información referente a la expedición en las publicaciones periódicas más antiguas del museo. Nada. El Quién es Quién del Museo de Historia Natural de Nueva York contenía una biografía de dos líneas de Whittlesey que no le aportó nada que no supiera ya. Maldijo para sí. «Este tío está más escondido que el tesoro de Oak Island.» Colocó uno tras otro los libros en los estantes y miró alrededor. A continuación, arrancó unas páginas de una libreta y se acercó al escritorio de una bibliotecaria, asegurándose primero de que no lo había visto antes. —He de devolver esto a los archivos —dijo a la mujer. Ella lo miró con severidad y parpadeó varias veces. —¿Es usted nuevo? —Pertenezco a la biblioteca científica, y me trasladaron la semana pasada; por rotación. Le dedicó una sonrisa, confiando en que pareciera radiante y sincera. Ella frunció el entrecejo. De pronto sonó el teléfono de su mesa. Tras vacilar un instante, descolgó el auricular y, distraída, tendió a Smithback una tablilla y una llave suspendida en un cordel largo y azul. —Firme —dijo, tapando el auricular con la mano. Una puerta gris, situada en un rincón apartado de la sala, conducía a los archivos de la biblioteca. Smithback era consciente de que estaba llevando a cabo una jugada arriesgada, en más de un aspecto. Ya había visitado aquella sección en una ocasión, por un asunto legítimo, y sabía que el grueso de los archivos del museo se almacenaba en otro sitio y que los de la biblioteca eran muy específicos. Sin embargo, tenía un presentimiento. Cerró la puerta y avanzó. Examinó las estanterías llenas de cajas etiquetadas. Cuando hubo recorrido un lado de la habitación, se detuvo. Tendió la mano con cautela y bajó un caja etiquetada «Central RECVG/SHPG: Facturas Cargamento Aéreo». Se acuclilló y examinó a toda prisa los papeles. Una vez más, retrocedió hasta 1975. Decepcionado, lo revisó de nuevo. Nada. Al colocar la caja en su estante, se fijó en otra etiqueta: «Facturas de cargamento, 1970-1990.» Sólo podía dedicarle cinco minutos. Su dedo se detuvo cerca del final de la pila. —Ya lo tengo —susurró, y extrajo una hoja amarillenta de la caja. Sacó del bolsillo la minigrabadora y pronunció en voz baja las palabras, fechas y lugares pertinentes: Belem, puerto de Nueva Orleans, Brooklyn, el Estrella de Venezuela. «Qué raro —pensó—. Una estancia muy larga en Nueva Orleans.» —Parece muy satisfecho —dijo la bibliotecaria cuando le devolvió la llave. —Que tenga usted un buen día —contestó Smithback. Terminó el apunte en la tablilla: «Sebastián Melmoth, entrada 11.10; salida 11.25.» El escritor volvió a repasar el catálogo microfilmado. Recordaba que el periódico de Nueva Orleans tenía un nombre raro, como anterior a la guerra civil; Times-Picayune. Inspeccionó el catálogo a toda prisa. Allí estaba; «Times-Picayune, 1840-hoy.» Colocó el rollo de 1988 en la máquina. Poco antes de llegar a 1988, hizo que la filmación pasara más lentamente y luego la detuvo. Un titular a toda plana apareció en la pantalla. —Oh, Dios mío —susurró. Ahora sabía, sin el menor asomo de duda, por qué las cajas de Whittlesey habían permanecido tanto tiempo en Nueva Orleans. 28 —Lo siento, señorita Green, pero su puerta continúa cerrada. Le comunicaré su mensaje lo antes posible. —Gracias —dijo Margo. Colgó el auricular del teléfono, frustrada. ¿Cómo podía ser los ojos y los oídos de Frock, si ni siquiera podía hablar con él? Cuando el doctor se enfrascaba en un proyecto, solía encerrarse a cal y canto en su despacho. Su secretaria sabía que no debía molestarle. Margo había intentado en vano localizarlo dos veces aquella mañana. La joven consultó su reloj; las once y veinte de la mañana. Se volvió hacia su terminal y trató de conectar con el ordenador del museo. HOLA MARGO GREEN BIOTECH STF BIENVENIDA A MUSENET SISTEMA DE RED DISTRIBUIDO EMISIÓN 15-5 COPYRIGHT 1989-1995 NYMNH AND CEREBRAL SYSTEMS INC. CONEXIÓN A LAS 11.20.45; 30-3-95 SERVICIO DE IMPRESIÓN DERIVADO A LJ56. *"A TODOS LOS USUARIOS; AVISO IMPORTANTE "¦'"' DEBIDO A LA INTERRUPCIÓN DEL SISTEMA OCURRIDA ESTA MAÑANA, A MEDIODÍA TENDRÁ LUGAR UNA RENOVACIÓN. SE ESPERA RENDIMIENTO DEFICIENTE. INFORMAR DE CUALQUIER ARCHIVO AUSENTE O DETERIORADO A ADMINISTRADOR DE SISTEMAS ASAP. ROGER THRUMCAP ADMIN. SISTEMS. LE ESPERA 1 MENSAJE. Llamó al menú de correo electrónico y leyó el mensaje. CORREO DE GEORGE MORIARTY EXHIB STF ENVIADO 10.14.07 30-3-95 GRACIAS POR COPIA PANEL. PARECE PERFECTO. NO HACEN FALTA CAMBIOS. AÑADIREMOS RETOQUES DE LA INAUGURACIÓN OFICIAL. ¿QUIERES COMER HOY? GEORGE. ¿RESPUESTA, BORRADO, ARCHIVO (R/B/A)? El teléfono sonó y rompió el silencio. —¿Diga? —¿Margo? Hola. Soy George. —Hola —contestó Margo—. Lo siento, acabo de recibir tu mensaje. —Lo suponía. Gracias una vez más por tu ayuda. —Ha sido un placer. Moriarty calló unos segundos. —Bien… —vaciló—. ¿Te apetece comer conmigo? —Lo lamento. Me gustaría, pero espero una llamada del doctor Frock. Podría recibirla dentro de cinco minutos, o tal vez la semana que viene. »Vamos a hacer una cosa —prosiguió—. Pasa a buscarme cuando vayas a la cafetería. Si Frock me ha telefoneado ya, tal vez esté libre. Si no… Bien, quizá podrías quedarte un par de minutos conmigo mientras espero y ayudarme a resolver el crucigrama del Times o algo por el estilo. —¡Claro! —aceptó Moriarty—. Conozco todos los mamíferos australianos de tres letras. Margo titubeó. —Y tal vez podamos echar un vistazo a la base de datos para intentar averiguar algo sobre las cajas de Whittlesey… Se hizo el silencio. Por fin, Moriarty suspiró. —Bien, si es tan importante para ti, supongo que no perjudicará a nadie. Pasaré por ahí sobre las doce. Media hora después, alguien llamó a la puerta. —Entre —dijo Margo. —Está cerrada con llave. No era la voz de Moriarty. La joven abrió la puerta. —No esperaba verte aquí. —¿Será casualidad u obra del destino? —dijo Smithback. Se apresuró a entrar y cerró la puerta a su espalda—. Escucha, Lotus Blossom, he estado muy ocupado desde anoche. —Yo también. Moriarty llegará de un momento a otro y accederemos a la base de datos. —¿Cómo lo has…? —No importa —interrumpió Margo con aire de suficiencia. La puerta se abrió, y se asomó Moriarty. —¿Margo? —preguntó. Entonces vio a Smithback. —No tema, profesor, no corre ningún peligro —bromeó el escritor—. Hoy estoy de buen humor. —No le hagas caso —aconsejó Margo—. Tiene la desagradable costumbre de aparecer sin anunciarse. Entra. —Sí, y ponte cómodo —invitó Smithback, indicándole la silla situada frente a la terminal de Margo. Moriarty se sentó despacio. Miró a Smithback, luego a Margo, y después de nuevo al periodista. —Querrás que acceda a la base de datos, supongo —murmuró. La presencia de Smithback le hacía sospechar que había caído en una trampa. —Si no te importa—dijo la mujer. —De acuerdo, Margo. —Moriarty apoyó los dedos sobre el teclado—. Date la vuelta. Smithback; el código, ya sabes. La base de datos contenía información sobre todos los millones de objetos catalogados pertenecientes a la colección del museo. Al principio, todos los empleados podían acceder a ella, hasta que alguien del quinto piso se puso nervioso al pensar que cualquiera podía leer las detalladas descripciones de los objetos y conocer dónde se almacenaban. Así pues, se había limitado el uso al personal de mayor categoría, desde ayudantes de conservador, como Moriarty, hacia arriba. Éste empezó a teclear con semblante sombrío. —Me reprenderían si se enteraran de esto —dijo—. El doctor Cuthbert es muy estricto. ¿Por qué no se lo has pedido a Frock? —Aún no he conseguido verlo —contestó Margo. Moriarty pulsó la tecla de acceso. —Aquí está. Echad un vistazo rápido; no pienso entrar en la base de nuevo. Margo y Smithback se acercaron a la terminal, mientras las letras verdes desfilaban poco a poco por la pantalla: NÚMERO DE FICHERO DE ACCESO 1989-2006. FECHA: 4 DE ABRIL DE 1989. COLECTOR: JULIÁN WHITTLESEY, EDWARD MAXWELL ET AL. CATALOGADOR: HUGO C. MONTAGUE. ORIGEN: EXPEDICIÓN WHITTLESEY/MAXWELL, CUENCA AMAZONAS. EMPLAZAMIENTO: EDIFICIO 2, NIVEL 3, SECCIÓN 6, CÁMARA 144. NOTA: LOS SIGUIENTES OBJETOS CATALOGADOS FUERON RECIBIDOS EL 1 DE FEBRERO DE 1989 EN SIETE CAJAS ENVIADAS POR LA EXPEDICIÓN WHITTLESEY/MAXWELL DESDE EL SISTEMA FLUVIAL DEL ALTO XINGÚ. SEIS DE ELLAS FUERON EMBALADAS POR MAXWELL, UNA POR WHITTLESEY. WHITTLESEY Y THOMAS R. CROCKER JR. NO REGRESARON DE LA EXPEDICIÓN Y FUERON DADOS POR MUERTOS. MAXWELL Y EL RESTO DEL GRUPO PERECIERON EN UN ACCIDENTE DE AVIACIÓN CUANDO VOLVÍAN A ESTADOS UNIDOS. SÓLO LA CAJA DE WHITTLESEY HA SIDO PARCIALMENTE CATALOGADA AQUÍ. ESTA NOTA SERÁ BORRADA CUANDO DICHA CAJA Y LAS ENVIADAS POR MAXWELL HAYAN SIDO CATALOGADAS POR COMPLETO. LAS DESCRIPCIONES HAN SIDO TOMADAS DEL DIARIO SIEMPRE QUE HA SIDO POSIBLE. HCM 4/89. —¿Has leído eso? —preguntó Smithback—. Me pregunto por qué no terminaron la catalogación. —¡Chist! —interrumpió Margo—. Estoy intentando asimilar toda la información. N.° 1989-2006.1 CERBATANA Y DARDO, SIN FECHA. ESTADO: E. N.° 1989-2006.2 DIARIO PERSONAL DE J. WHITTLESEY, DEL 22 DE JULIO (1987) AL 17 DE SEPTIEMBRE (1987). ESTADO: TT. N.° 1989-2006.3 DOS MANOJOS DE HIERBA, ATADOS CON PLUMAS DE LORO, UTILIZADOS COMO FETICHES DE CHAMÁN, PROCEDENTES DE CABAÑA DESIERTA. ESTADO: E. N.° 1989-2006.4 ESTATUILLA DE ANIMAL TALLADA CON ESMERO. SUPUESTA REPRESENTACIÓN DE MBWUN. CF. DIARIO DE WHITTLESEY, P. 56-59. ESTADO: EE. N.° 1989-2006.5 PRENSADORA DE PLANTAS DE MADERA, DE ORIGEN DESCONOCIDO, PROCEDENTE DE LA VECINDAD DE CABAÑA DESIERTA. ESTADO: E. N.° 1989-2006.6 DISCO CON DIBUJOS GRABADOS. ESTADO: E. N.° 1989-2006.7 PUNTAS DE LANZA, DIVERSOS TAMAÑOS Y ESTADO DE CONSERVACIÓN. ESTADO: E. NOTA: TODAS LAS CAJAS TRASLADADAS TEMPORALMENTE A CÁMARA SEGURA, NIVEL 2B, POR ORDEN DE IAN CUTHBERT 20/3/95. D. ÁLVAREZ, SEC'Y. —¿Qué significan todos esos códigos? —inquirió Smithback. —Definen el estado actual de los objetos —contestó Moriarty—. «E» significa que aún permanece embalado, que no ha sido restaurado. «EE» significa «en exposición», y «TT», «trasladado temporalmente». Hay otros… —¿Trasladado temporalmente? —repitió Margo—. ¿Basta con eso? No me extraña que el diario se perdiera. —No basta sólo con eso —protestó Moriarty—. Quien saca un objeto ha de firmar un recibo. La base de datos es jerárquica. Para acceder a más detalles de una entrada, hay que descender un nivel. Te lo enseñaré. Pulsó varias teclas. Su expresión cambió. —Qué raro. El mensaje de la pantalla rezaba: «Archivo o registro invalidado. Proceso suspendido.» Moriarty frunció el entrecejo. —No se ha añadido nada a este archivo con relación al diario de Whittlesey. —Borró la pantalla y tecleó de nuevo—. Los demás son correctos. ¿Lo veis? Aquí están los detalles de la estatuilla. **LISTADO DETALLADO** Objeto: 1989-2006.4 ++++++++++ Trasladado por: Cuthbert, I. 40123 Aprobación: Cuthbert, I 40123 Fecha traslado: 17/3/95 Traslado a: Exposición «Supersticiones» Vitrina 415, Objeto 1004 Motivo: Exhibición Fecha de Retorno: ++++++++++ Trasladado por: Depardieu, B. 72412 Aprobación: Cuthbert, I 40123 Fecha traslado: 1/10/90 Traslado a: Lab.Antropología 2 Motivo: Restauración inicial Fecha de retorno: 5/10/90 ++++++++++ FINAL LISTADO. —¿Que significa eso? Sabemos que el diario se ha perdido —dijo Margo. —Aunque se haya perdido, tendría que existir un archivo de detalles —adujo Moriarty. —¿Hay una señal de restricción en el archivo? Moriarty negó con la cabeza y pulsó más teclas. —Ya está —dijo por fin, señalando la pantalla—. El archivador de detalles ha sido borrado. —¿Quieres decir que han borrado la información sobre el emplazamiento del diario? —preguntó Smithback—. ¿Pueden hacerlo? Moriarty se encogió de hombros. —Se precisa una identificación de alta seguridad. —Lo más importante es: ¿por qué habían de hacerlo? —inquirió Margo—. ¿Puede estar esto relacionado con el problema de esta mañana en el ordenador principal? —No —contestó Moriarty—. Este volcado comparado que acabo de realizar implica que el archivo fue borrado antes de que se efectuara la copia de seguridad de anoche. —Borrado, ¿eh? —repitió Smithback—. Desaparecido para siempre. Qué limpieza, qué pulcritud, qué coincidencia. Empiezo a distinguir una pauta…, y muy desagradable. Moriarty apagó la terminal y se apartó del escritorio. —No me interesan tus teorías sobre una conspiración —dijo. —¿Pudo tratarse de un accidente o una avería? —preguntó Margo. —Lo dudo. La base de datos tiene incorporada toda clase de controles de integridad referencial. Habría aparecido un mensaje de error. —Y ahora, ¿qué? —insistió Smithback. —No tengo ni idea. —El ayudante de conservador se encogió de hombros—. Es un problema trivial en todo caso. —¿Es lo único que puedes decir? —resopló Smithback—. El genio del ordenador. Moriarty, ofendido, se ajustó las gafas y se puso en pie. —No necesito tus pullas. Me voy a comer algo. —Se encaminó hacia la puerta—. Margo, regresaré después para resolver ese crucigrama. —Bonita maniobra —reprochó Margo cuando la puerta se cerró—. Eres muy sutil, ¿verdad, Smithback? George tuvo la amabilidad de introducirse en la base de datos. —Sí, ¿y de qué nos ha servido? De nada. Sólo hemos accedido a una de las cajas. El diario de Whittlesey continúa desaparecido. —La miró con aire de suficiencia—. Yo, por mi parte, he encontrado petróleo. —Ponlo en tu libro. —Margo bostezó—. Ya lo leeré, suponiendo que encuentre un ejemplar en la biblioteca. —Et tu, Brute? —Smithback sonrió y le tendió una hoja de papel doblada—. Bien, echa un vistazo a esto. Se trataba de una fotocopia de un artículo publicado en el Times-Picayune de Nueva Orleans el 17 de octubre de 1988. CARGUERO FANTASMA ENCONTRADO ENCALLADO CERCA DE NUEVA ORLEANS Por Antony Anastasia BAYOU GROVE, 16 de octubre (AP). Un pequeño carguero que se dirigía a Nueva Orleans encalló anoche cerca de esta pequeña ciudad costera. Los detalles son imprecisos, pero los informes preliminares indican que todos los tripulantes habían sido brutalmente asesinados en alta mar. La guardia costera informó del suceso a las doce menos cuarto del lunes por la noche. El Estrella de Venezuela, un carguero de 18.000 toneladas, de matrícula haitiana, surcaba las aguas del Caribe y las principales rutas comerciales entre Sudamérica y Estados Unidos. Presentaba daños de escasa importancia, y al parecer el cargamento estaba intacto. Hasta el momento, se desconocen las circunstancias en que murieron los tripulantes, o si alguno de ellos consiguió escapar del barco. Henry La Plage, el piloto del helicóptero privado que divisó el carguero encallado, informó que «los cadáveres estaban diseminados por la cubierta, como si un animal salvaje los hubiera atacado. Un tipo colgaba de una porta del puente, con la cabeza destrozada. Era como un matadero; nunca había visto nada semejante». Las autoridades locales y federales han unido sus esfuerzos en un intento por descifrar el enigma de los asesinatos, con toda probabilidad una de las masacres más brutales de la historia marítima reciente. «Investigamos varias teorías, pero aún no hemos llegado a ninguna conclusión», afirmó Nick Lea, un portavoz de la policía. Si bien no hay declaraciones oficiales, fuentes federales comentaron que se barajaban como posibles motivos un motín, una venganza de fletadores caribeños rivales y un acto de piratería. —¡Jesús! —exclamó Margo—. Las mutilaciones descritas… —Recuerdan a las de los tres cadáveres encontrados aquí esta semana. —Asintió con expresión sombría. Margo frunció el entrecejo. —Eso ocurrió hace más de siete años. Ha de ser pura coincidencia. —¿De veras? Te daría la razón…, si no fuera porque las cajas de Whittlesey iban a bordo de ese barco. —¿Qué? —Es cierto. Seguí el rastro del conocimiento de embarque. Las cajas fueron enviadas desde Brasil en agosto de 1988, casi un año después de que la expedición se separara, según tengo entendido. Tras este incidente de Nueva Orleans, las cajas permanecieron en la aduana mientras se realizaban las investigaciones. Tardaron casi un año y medio en llegar al museo. —¡Los asesinatos rituales han seguido a las cajas desde el Amazonas! Eso significa… —Significa —interrumpió Smithback con tono siniestro— que nunca más reiré cuando alguien mencione una maldición caída sobre la expedición. Y también significa que debes cerrar siempre esta puerta con llave. El teléfono sonó y sobresaltó a ambos. —Margo, querida mía —rugió la voz del doctor Frock—. ¿Qué hay de nuevo? —¡Doctor Frock! Me pregunto si podría pasar por su despacho, cuando a usted le vaya bien, claro. —¡Espléndido! Déme un poco de tiempo para despejar de papeles la mesa y arrojarlos a la papelera. ¿Qué tal a la una? —Gracias —contestó Margo. Se volvió hacia su acompañante—. Smithback, hemos de… El escritor ya se había marchado. A la una menos diez, alguien llamó a la puerta. —¿Quién es? —preguntó la joven sin abrir. —Soy yo, Moriarty. ¿Puedo entrar, Margo? Una vez dentro, el hombre rechazó la invitación de sentarse. —Sólo quería disculparme por mi brusquedad. No pude evitarlo; Bill me pone a cien a veces. Nunca ceja en su empeño. —Soy yo quien debería disculparse, George —dijo Margo—. No sabía que se presentaría así, de pronto. Se le ocurrió hablarle del artículo periodístico que había leído, pero finalmente lo pensó mejor y comenzó a llenar el bolso. —Quería explicarte algo —siguió Moriarty—. Mientras comía, me di cuenta de que tal vez exista otra forma de averiguar algo más sobre ese archivo borrado; el del diario de Whittlesey. Ella dejó el bolso y miró a su interlocutor, que se había sentado ante !a terminal. —¿Leíste el mensaje inicial cuando conectaste antes con la red?—preguntó. —¿Sobre la avería del ordenador? Menuda sorpresa. Esta mañana me quedé colgada dos veces. Moriarty asintió. —El mensaje añadía que a mediodía se procedería a restablecer el material deteriorado a partir de las cintas de la copia de seguridad. Una restauración completa tarda una media hora. Por tanto, supongo que ya habrán terminado. —Bien, una cinta de copia de seguridad abarca entre dos y tres meses de archivos. Si el registro detallado del diario de Whittlesey fue borrado en los dos últimos meses, y la copia de seguridad permanece en el volcado de procesamiento de datos, quizá podría recuperarlo. —¿De veras? —Moriarty asintió—. ¡Pues hazlo! —exclamó Margo. —Existe un cierto riesgo —advirtió él—. Si un operador se percata de que alguien ha accedido a la cinta…, bien, podría seguir el rastro hasta identificar tu terminal. —Correré el riesgo. George, sé qué opinas al respecto, y lo comprendo, pero estoy convencida de que existe una relación entre esas cajas de la expedición Whittlesey y los últimos asesinatos. Ignoro de qué se trata, pero tal vez el diario pueda revelarnos algo. Tampoco sé a qué nos enfrentamos; un asesino múltiple, un animal, un ser. Y esa incertidumbre me asusta. —Estrechó la mano de Moriarty—. Tal vez podamos prestar alguna ayuda. En cualquier caso, debemos intentarlo. Al advertir que Moriarty se había sonrojado, retiró la mano. Él sonrió con timidez y se acercó al teclado. —Vamos allá —dijo. Margo paseaba por la habitación mientras Moriarty trabajaba. —¿Has tenido suerte?—preguntó por fin, aproximándose a la terminal. —Aún no lo sé. —Tenía la vista fija en la pantalla—. He conseguido la cinta, pero el protocolo está liado o algo por destilo, y los controles CRC fallan. Si obtenemos resultados, tal vez no sean más que datos desordenados Entraré por la puerta trasera, digamos, para no llamar la atención. El porcentaje de búsqueda es muy lento así. —Entonces, dejó de teclear—. Margo —susurro—, lo tengo. La pantalla se llenó de letras y números: **LISTADO DETALLADO** Objeto: 1989-2006.2 ++++++++++ Trasladado por: Rickman, L. 53210 Aprobación: Cuthbert, I 40123 Fecha traslado: 15/3/95 Traslado a: Motivo: Supervisión personal Fecha retorno: ++++++++++ Trasladado por: Depardieu, B. 72412 Aprobación: Cuthbert, I. 40123 TrLW/@; fecha oval; 1/10/90 Trasl~DS*´~@2e345 WIFU =++ET2 34h34! DB ERROR =:? --¡Joder! —exclamó Moriarty—. Me lo temía.. Está deteriorado, sobreescrito en parte. ¿Lo ves? No sirve de nada. —¡Sí, pero mira! —dijo Margo, muy excitada. Él observó la pantalla—. El diario fue trasladado por la doctora Rickman hace dos semanas, con permiso del doctor Cuthbert. No consta fecha de retorno. —Resopló—. Cuthbert afirmó que el diario se había perdido. —¡Por eso borraron este registro! ¿Quién lo haría? —De pronto, Moriarty abrió los ojos de par en par—. Oh, señor, he de salir de la cinta antes de que alguien se dé cuenta. —Sus dedos bailaron sobre las teclas. —George, ¿sabes qué significa esto? Cogieron el diario antes de que se cometieran los asesinatos, aproximadamente cuando Cuthbert guardó las cajas en la zona de seguridad. Así pues, ocultan pruebas a la policía. ¿Por qué? Moriarty frunció el entrecejo. —Empiezas a hablar como Smithback —reprochó—. Podría haber un millar de explicaciones. —Dame una —retó ella. —La más evidente sería que otra persona borró el registro detallado antes de que Rickman pudiera añadir una anotación de «objeto extraviado». Margo negó con la cabeza. —No lo creo. Existen demasiadas coincidencias. —Margo… —Moriarty se interrumpió y dejó escapar un suspiro—. Escucha —agregó, paciente—, estamos pasando una época difícil, especialmente tú. Sé que debes tomar una decisión, y con una crisis como ésta…, bueno… —Estos asesinatos no fueron cometidos por un maníaco normal —atajó Margo, nerviosa—, y no estoy loca. —No he querido decir eso —continuó Moriarty—. Sencillamente considero que deberías dejar que la policía resolviera el caso. Se trata de un asunto muy peligroso. Deberías concentrarte en tu vida. Escarbar en esto no te ayudará a adoptar una decisión sobre tu futuro. —Tragó saliva—. Y tampoco te devolverá a tu padre. —¿Eso piensas? —Margo se enfureció—. No… —Se interrumpió y desvió la vista hacia el reloj de pared—. Jesús. Llego tarde a mi cita con el doctor Frock. —Cogió el bolso y se encaminó hacia la puerta. Antes de abrirla, dio media vuelta y añadió—: Hablaré contigo más tarde. «Dios —pensó Moriarty, sentado ante la terminal apagada. Apoyó la barbilla en las manos—. Si una estudiante graduada en genética de las plantas sospecha que Mbwun podría estar suelto por ahí…, si hasta Margo Green empieza a ver conspiraciones detrás de cada puerta…, ¿qué pensarán los demás empleados del museo?» 29 Frock derramó sin querer el jerez sobre su camisa. —Maldita sea —exclamó, palpando la tela con sus manos regordetas. Depositó el vaso sobre la mesa con exagerado cuidado y miró a Margo—. Gracias por venir, querida. Es un descubrimiento extraordinario. Deberíamos bajar ahora mismo y echar un vistazo a la estatuilla, pero ese tal Pendergast aparecerá de un momento a otro para seguir molestándome. «Bendito sea, agente Pendergast», pensó Margo. Lo último que deseaba era visitar de nuevo la exposición. El doctor suspiró. —No importa; pronto lo sabremos. En cuanto Pendergast se marche, descubriremos la verdad. La estatuilla de Mbwun podría constituir la prueba adicional que estamos buscando, si está en lo cierto respecto a la coincidencia de las garras con los desgarros que presentaban las víctimas. —¿Cómo podría estar suelto ese ser en el museo? —preguntó Margo. —¡Ah! —exclamó él, con ojos brillantes—. Ésa es la cuestión, ¿no? Le responderé con otra pregunta: ¿Qué cosa, querida Margo, es rugosa? —No lo sé. ¿Se refiere a una superficie desigual? —Sí; con salientes, arrugas o pliegues. Le diré qué es rugoso; los huevos de reptil, por ejemplo, como los de dinosaurio. Margo se estremeció al recordar algo. —Ésa es la palabra… —Que Cuthbert utilizó para describir las vainas desaparecidas de la caja. Y yo me pregunto: ¿eran de verdad vainas? ¿Qué clase de vaina ofrece un aspecto arrugado y escamoso? En cambio un huevo… —El hombre se irguió en la silla de ruedas—. Siguiente cuestión. ¿Adónde han ido a parar? ¿Fueron robadas, u ocurrió otra cosa? El científico se hundió en la silla y meneó la cabeza. —Pero si algo… si algo huyó de las cajas —dijo Margo—, ¿cómo se explicarían los asesinatos cometidos a bordo del carguero que las transportaba desde Sudamérica? —Margo, nos enfrentamos a un acertijo envuelto en un misterio encerrado en el interior de un enigma. —El doctor sonrió—. Es esencial que reunamos más datos. Alguien llamó a la puerta con suavidad. —Será Pendergast —dijo Frock—. ¡Adelante, por favor! El agente entró, con un traje negro tan impecable como siempre, el cabello, casi albino, peinado hacia atrás, y cargado con un maletín. A Margo le pareció tan sereno y plácido como siempre. Cuando Frock le indicó con un gesto una de las butacas victorianas, el recién llegado se sentó. —Es un placer volver a verlo, señor —saludó Frock—. Ya conoce a la señorita Green. Estábamos charlando, y espero que no le moleste si se queda. Pendergast movió una mano. —Por supuesto. Sé que los dos respetarán mi petición de confidencialidad. —Por supuesto —confirmó el científico. —Doctor Frock, procuraré ser breve, porque me consta que está muy ocupado. Confío en que haya conseguido localizar la pieza de que hablamos, la que pudo ser empleada como arma para cometer esos asesinatos. Frock se removió en la silla de ruedas. —Tal como usted solicitó, reflexioné sobre el asunto. Consulté la base de datos para localizar objetos individuales u objetos que hubieran podido romperse y recomponerse. —Negó con la cabeza—. Por desgracia, no encontré nada que correspondiera ni remotamente a la impresión que nos enseñó. Nunca ha habido nada similar en nuestras colecciones. La expresión de Pendergast no reflejó ninguna emoción. Después, sonrió. —Aunque oficialmente nunca lo admitiríamos, lo cierto es que se trata de un caso bastante difícil, por decirlo de alguna manera. —Señaló su maletín—. Estoy inundado de falsos avistamientos, informes de laboratorio y entrevistas. Avanzamos con mucha lentitud. Frock sonrió. —Creo, señor Pendergast, que no existe diferencia entre lo que usted y yo hacemos. Me he encontrado en la misma situación. No me cabe la menor duda de que Su Eminencia está actuando como si nada anormal hubiera sucedido. —Pendergast asintió—. Wright arde en deseos de que la exposición se inaugure mañana, tal como se había previsto. ¿Por qué? Porque el museo ha invertido millones que no poseía en organizarla. Es vital que las visitas se multipliquen para que el museo no se arruine. Y la mejor forma de conseguirlo es la exposición. —Entiendo —dijo Pendergast. Tomó un fósil que había sobre la mesa y le dio vueltas en la mano—. ¿Amonites? —preguntó. —Correcto —contestó el científico. —Doctor Frock —dijo el agente—, recibimos presiones desde varias instancias. En consecuencia, debo esforzarme por conducir la investigación según las normas. Por tanto, no puedo compartir los resultados obtenidos con entidades ajenas, como usted, pese a que las pautas de investigación habituales se revelen estériles. —Dejó el fósil con cuidado y se cruzó de brazos—. Dicho esto, ¿estoy en lo cierto al suponer que es usted un experto en ADN? Frock asintió. —Es cierto en parte. He dedicado algunos estudios a los efectos de los genes sobre la morfología. También superviso los proyectos de varios graduados, como Gregory Kawakita y Margo, cuyos estudios implican investigaciones relativas al ADN. Pendergast recogió su maletín, lo abrió y sacó unas hojas impresas por ordenador. —Dispongo de un informe sobre el ADN de la garra descubierta en una de las primeras víctimas. No puedo enseñárselo, por supuesto; la oficina de Nueva York lo desaprobaría. —Entiendo. Continúa creyendo que la garra es la mejor pista con que cuenta hasta el momento. —Es la única pista importante, doctor Frock. Le explicaré mis conclusiones. Sospecho que un loco anda suelto por el museo. Mata a sus víctimas de una forma ritual, les abre el cráneo y extrae el hipotálamo. —¿Con qué fin? —preguntó Frock. El agente vaciló. —Presumimos que lo come. Margo reprimió una exclamación. —Cabe la posibilidad de que el asesino se esconda en el subsótano —prosiguió Pendergast—. Muchos indicios delatan que ha regresado allí después de asesinar. Sin embargo, hasta el momento hemos sido incapaces de aislar un lugar específico o hallar alguna prueba consistente. Dos perros resultaron muertos durante los rastreos. Como probablemente ya sabía, el edificio se alza sobre un laberinto perfecto de túneles, galerías y pasadizos que se extienden sobre varios niveles subterráneos; el más antiguo data de hace casi ciento cincuenta años. El museo me ha proporcionado planos que apenas cubren un pequeño porcentaje de su extensión total. »He empleado la palabra «asesino» porque el estudio sobre la fuerza utilizada en los asesinatos indica que se trata de un varón, de una fortaleza casi sobrenatural. Como sabe, usa una especie de arma de tres garras para destripar a las víctimas, que por lo visto elige al azar. Carecemos de móvil. Los interrogatorios a empleados del museo han resultado infructuosos. —Miró a Frock—. Como ve, doctor, nuestra mejor pista sigue siendo la única: el arma, la garra. Por eso me interesa averiguar su procedencia. Frock asintió lentamente. —Ha hablado de ADN. Pendergast agitó las hojas impresas. —Los resultados del laboratorio no son concluyentes, por expresarlo de un modo suave. —Hizo una pausa—. No le ocultaré que el análisis de la garra detectó ADN de diversas especies de gecónidos, además de cromosomas humanos. Por eso sospechamos que la muestra estaba degradada. —¿Gecónidos? —murmuró Frock, algo sorprendido—. Y come el hipotálamo… Qué curioso. Dígame, ¿cómo lo sabe? —Encontramos rastros de saliva y marcas de dientes. —¿Marcas de dientes humanos? —Nadie lo sabe. —¿Y la saliva? —Indeterminada. Frock hundió la cabeza en el pecho. Al cabo de unos minutos, levantó la vista. —Usted insiste en que la garra es un arma —dijo—. Por lo tanto, debo suponer que considera que el asesino es un humano, ¿verdad? Pendergast cerró el maletín. —No se me ocurre otra posibilidad. ¿Cree, doctor Frock, que un animal podría decapitar un cuerpo con precisión quirúrgica, practicar un agujero en el cráneo y localizar una región interna, del tamaño de una nuez, que sólo alguien muy ducho en anatomía humana reconocería? Sin mencionar, además, la impresionante habilidad del asesino para eludir los rastreos llevados a cabo en el subsótano. Frock volvió a inclinar la cabeza. Al cabo de unos minutos, la alzó. —Señor Pendergast —espetó con voz tronante. Margo se sobresaltó—. He escuchado su teoría. ¿Le importa escuchar la mía? Pendergast asintió. —En absoluto. Adelante. —Muy bien, ¿conoce los esquistos de Transvaal? —Me temo que no. —Fueron descubiertos en 1945 por Alistair van Vrouwenhoek, un paleontólogo de la Universidad Witwatersrand de Sudáfrica. Eran cámbricos, de unos seiscientos millones de años de antigüedad. Revelaban formas de vida extrañas que nunca se habían visto antes, y tampoco después; formas de vida que no mostraban la simetría bilateral propia del reino animal. Surgieron en la época cámbrica de la extinción masiva. Ahora, señor Pendergast, casi todo el mundo cree que los esquistos de Transvaal representan un callejón sin salida de la evolución; como si la vida hubiera experimentado con todas las formas concebibles antes de adoptar la simétrica bilateral. —Usted discrepa de ese punto de vista —dijo Pendergast. Frock carraspeó. —Exacto. En estos esquistos predomina cierta clase de organismo. Poseía aletas poderosas, largos órganos de succión y una enorme boca capaz de triturar, desgarrar y atravesar la roca. Las aletas le permitían avanzar por el agua a una velocidad de treinta y dos kilómetros por hora. No cabe duda de que se trataba de un depredador muy salvaje que dominó a las demás especies; en exceso, diría yo. Acosó a su presa hasta la extinción, y luego desapareció al cabo de muy poco tiempo. Así provocó la extinción masiva menor que ubicamos al final del período cámbrico. Fue eso, no la selección natural, lo que originó la desaparición de las demás formas de vida. Pendergast parpadeó. —¿Y? —He llevado a cabo simulaciones por ordenador de la evolución según la nueva teoría temática de la turbulencia fractal. ¿El resultado? Cada sesenta o setenta millones de años, la vida empieza a adaptarse a su entorno; demasiado bien, tal vez. Se produce una explosión demográfica de las formas de vida que triunfan. Entonces, de repente, de la nada surge una nueva especie, casi siempre un depredador, una máquina de matar. Se abre paso entre la población anfitriona, mata, se alimenta y se multiplica, poco a poco al principio, después con creciente celeridad. —Frock indicó la placa fosilizada que descansaba sobre el escritorio—. Señor Pendergast, permita que le enseñe algo. El agente se levantó y avanzó. —Esto es un conjunto de huellas dejadas por un ser que vivió durante el cretácico superior —explicó el doctor—, justo en la frontera K-T, para ser exacto. Es el único fósil de su especie que hemos encontrado. No existe ninguno más. —¿K-T? —preguntó Pendergast. —Cretácico terciario. Es la frontera que delimita la extinción masiva de los dinosaurios. El agente asintió con expresión de perplejidad. —Existe una relación que hasta el momento ha pasado desapercibida —continuó Frock— entre la estatuilla de Mbwun, las impresiones de garra dejadas por el asesino y estos rastros fósiles. Pendergast bajó la vista. —¿Mbwun? ¿La estatuilla que el doctor Cuthbert sacó de las cajas para incluirla en la exposición? Frock asintió. —Mmm. ¿Cuál es la antigüedad de esas huellas? —Unos sesenta y cinco millones de años, aproximadamente. Procedían de una formación donde fueron descubiertos los últimos rastros de dinosaurios. Antes de la extinción masiva, quiero decir. Se produjo un largo silencio. —Ah. ¿Y la relación…? —preguntó Pendergast al cabo de un momento. —He mencionado que no hay nada en la colección de antropología que coincida con las marcas de garras, pero no he afirmado que no existieran representaciones o esculturas de dicha garra. Las extremidades delanteras de la estatuilla de Mbwun tienen tres garras, con un grueso dedo central. Ahora, observe estas huellas. —Frock señaló el fósil—. Recuerde la reconstrucción de la garra y las marcas halladas en la víctima. —Por tanto, usted considera que el asesino podría ser el mismo animal que dejó estas huellas —dijo Pendergast—. ¿Un dinosaurio tal vez? Margo creyó percibir cierta ironía en la voz del agente. Frock lo miró y sacudió la cabeza vigorosamente. —No, señor Pendergast. No se trata de algo tan vulgar como un dinosaurio, sino de la prueba de mi teoría de la evolución aberrante. Usted conoce mi obra. Éste es el ser que, en mi opinión, acabó con los dinosaurios. Pendergast guardó silencio. Frock se acercó más al agente del FBI. —Creo que esta criatura, esta aberración de la naturaleza, fue la causa de la extinción de los dinosaurios. No fue un meteorito, ni un cambio climático, sino un terrible depredador; el ser que imprimió las huellas en este fósil, la encarnación del Efecto Calisto. No era grande, pero sí muy poderoso y veloz. Probablemente cazaba en manadas y era inteligente. Sin embargo, como los superdepredadores son de vida corta, no están bien representados en los fósiles conservados, excepto en los esquistos del Transvaal. Y en estas otras huellas, procedentes de las Tierras de Baldío de Tzun-je-jin. ¿Me sigue? —Sí. —Nosotros vivimos una explosión demográfica en la actualidad. ¡Seres humanos, señor Pendergast! —exclamó Frock—. Hace cinco mil años, la población humana era de diez millones. ¡Hoy somos seis mil millones! ¡Somos la forma de vida que más se ha multiplicado! —Dio unos golpecitos sobre los ejemplares de Evolución fractal que descansaban sobre el escritorio—. Ayer me preguntó por mi siguiente libro. En él desarrollaré una extensión de mi teoría sobre el Efecto Calisto aplicada a la vida moderna. Mi teoría vaticina que en cualquier momento se producirá una mutación grotesca, un ser que acosará a la población humana. No me atrevo a afirmar que se trate de la misma criatura que exterminó a los dinosaurios, pero sí de un ser similar… Bien, eche otro vistazo a estas huellas. ¡Recuerdan a Mbwun! Podríamos denominarlo «evolución convergente»; dos seres se parecen, no porque estén necesariamente relacionados, sino porque han evolucionado para desempeñar la misma función. Seres que han evolucionado para matar. Demasiadas similitudes, señor Pendergast. Éste colocó el maletín sobre su regazo. —Temo que me he perdido, doctor Frock. —¿No lo entiende? Algo que vino en esa caja desde Sudamérica anda suelto por el museo y es un depredador muy eficaz. Esa estatuilla de Mbwun es la prueba. Las tribus indígenas conocían la existencia del ser y crearon una religión en su honor. Sin quererlo, Whittlesey lo envió a la civilización. —¿Ha visto usted la estatuilla? —preguntó Pendergast—. El doctor Cuthbert se mostró reacio a enseñármela. —No —admitió Frock—. La examinaré en cuanto se presente la menor oportunidad. —Doctor Frock, ya hablamos ayer del tema de las cajas, y el doctor Cuthbert aseguró que no contenían nada de valor. Carezco de motivos para dudar de él. —El agente se puso en pie, impasible—. Le agradezco su ayuda y el tiempo que me ha dedicado. Su teoría es muy interesante, y me gustaría suscribirla. —Se encogió de hombros—. Sin embargo, mi opinión respecto al caso no ha cambiado. Perdone mi rudeza, doctor, pero confío en que sea capaz de separar sus conjeturas de los fríos datos de la investigación con el fin de ayudarnos en todo lo posible. —Se encaminó hacia la puerta—. Ahora, le ruego que me disculpe. Si se le ocurre algo, póngase en contacto conmigo. —Y se marchó. Frock meneó la cabeza. —Qué pena —murmuró—. Esperaba que colaborara con nosotros, pero parece que es igual que los demás. Margo desvió la vista hacia la mesa. —Mire —dijo—, se ha dejado el informe del ADN. Frock lanzó una risita. —Supongo que se refería a eso cuando se despidió. —Hizo una pausa—. Tal vez no sea igual que los demás, a fin de cuentas. Bien, no le denunciaremos por su descuido, ¿verdad, Margo? —Descolgó el auricular del teléfono—. Soy el doctor Frock. Deseo hablar con el doctor Cuthbert. —Una pausa—. Hola, Ian. Sí, estoy bien, gracias. No, es que me gustaría visitar ahora la exposición «Supersticiones». ¿Qué? Sí, ya sé que está cerrada, pero… No, he aceptado por completo la idea de la exposición, es que… Entiendo. Margo observó que el rostro del profesor enrojecía. —En ese caso, Ian, me gustaría examinar de nuevo las cajas de la expedición Whittlesey. Sí, las que se guardan en la zona de seguridad. Sé que las vimos ayer, Ian. Siguió un largo silencio. Margo oyó gritos amortiguados procedentes del auricular. —Escucha, Ian —dijo Frock—. Soy el jefe de este departamento, y tengo derecho a… No me hables en ese tono, Ian. Ni te atrevas. Frock temblaba de rabia. Margo nunca lo había visto tan irritado. —Señor, usted carece de autoridad en esta institución. Presentaré una protesta formal al director. El doctor colgó lentamente el auricular con mano trémula. Se volvió hacia Margo, manoseando un pañuelo. —Le ruego que me disculpe. —Estoy sorprendida —reconoció Margo—. Pensaba que como jefe… —No pudo terminar la frase. —Hasta ahora tenía un control absoluto sobre las exposiciones. —Frock sonrió, recobrada ya la serenidad—. Esta nueva exposición y los asesinatos han despertado sentimientos en la gente que no me esperaba. De hecho, Cuthbert es mi superior. No sé muy bien por qué actúa así. Comprendería su actitud si se tratara de algo muy embarazoso, algo que pudiera aplazar o suspender la inauguración de su preciosa exposición. —Reflexionó unos segundos—. Tal vez conozca la existencia de ese ser. Al fin y al cabo, fue él quien ordenó el traslado de las cajas. Tal vez encontró los huevos rotos, sumó dos y dos, y los escondió. ¡Y ahora pretende negar mi derecho a examinarlos! —Se inclinó y apretó los puños. —No creo que sea una posibilidad real, doctor Frock —le animó Margo. Su intención de mencionarle la desaparición del diario de Whittlesey se había evaporado. Frock se relajó. —Tiene razón, por supuesto. Esto no es el final, puede estar segura. En cualquier caso, confío en sus observaciones de Mbwun. Margo, hemos de echar un vistazo a esas cajas. —¿Cómo? —preguntó ella. Frock abrió un cajón del escritorio y hurgó en él un momento. A continuación extrajo un formulario que Margo reconoció al instante: una petición de acceso 10-14. —Cometí el error de preguntar —dijo el profesor, mientras empezaba a rellenar el formulario. —¿No ha de ser autorizado por procesamiento central? —inquirió Margo. —Desde luego —contestó Frock—. Enviaré el formulario a procesamiento central por el procedimiento habitual. Llevaré la copia sin firmar a la zona de seguridad y entraré por la cara. No me cabe la menor duda de que la petición será denegada, pero cuando eso ocurra, ya habré tenido tiempo de examinar las cajas. Y de encontrar las respuestas. —¡No puede hacer eso, doctor Frock! —advirtió la joven, estupefacta. —¿Por qué no? —El hombre esbozó una sonrisa irónica—. ¿Frock, un pilar del museo, actuando de manera poco ortodoxa? Esto es demasiado importante para pararse en barras. —No me refiero a eso —continuó Margo. Su mirada descendió hasta la silla de ruedas. Frock comprendió. —Ah, sí —dijo despacio, con el rostro desencajado—. Entiendo a qué se refiere. Apartó las manos del papel, abatido. —Doctor Frock —dijo Margo—, déme el formulario. Yo lo bajaré a la zona de seguridad. El científico la miró con aire pensativo. —Le pedí que fuera mis ojos y mis oídos, no que caminara sobre brasas ardientes en mi lugar. Soy un conservador respetado, una figura de relativo prestigio. No se atreverían a echarme. En cambio, a usted… —Exhaló un profundo suspiro y arqueó las cejas—. Podrían imponerle un castigo ejemplar, expulsarla del programa de doctorado. Y yo no podría impedirlo. Margo meditó un momento. —Tengo un amigo que es muy experto en esta clase de situaciones. Creo que es capaz de casi cualquier cosa. Frock permaneció inmóvil un momento. Después arrancó la copia y se la tendió. —Ordenaré que entreguen la copia arriba. He de hacerlo para mantener las formas. Tal vez el guardia llame a procesamiento central para verificar la recepción. No dispondrá de mucho tiempo. En cuanto entre, se pondrán ojo avizor. —Sacó papel amarillo y una llave del cajón y los mostró a Margo—. El papel contiene la combinación de las cámaras de la zona de seguridad —explicó—. Y ésta es la llave de la cámara. Todos los jefes de departamento tenemos una. Con suerte, a Cuthbert no se le habrá ocurrido cambiar las combinaciones. —Entregó todo a Margo—. Con esto se le abrirán las puertas. La única dificultad residirá en los guardias. —Hablaba más deprisa, con la vista clavada en la joven—. Ya sabe qué debe buscar en las cajas; cualquier rastro de huevos, organismos vivientes, incluso objetos de culto relacionados con el ser, cualquier elemento que pueda demostrar mi teoría. Busque primero en la caja más pequeña, la que envió Whittlesey; es la que contenía la estatuilla de Mbwun. Mire en las otras si tiene tiempo, pero, por el amor de Dios, procure no correr riesgos innecesarios. Váyase ya, querida, y buena suerte. Antes de salir del despacho, Margo volvió la cabeza y vio a su tutor bajo las ventanas, de espaldas a ella. Frock golpeaba con los puños los brazos de la silla de ruedas. —¡Maldito sea este cacharro! —mascullaba—. ¡Maldito sea! 30 Cinco minutos después, Margo descolgó el auricular del teléfono de su despacho y marcó. Smithback se mostraba entusiasmado. A medida que Margo le explicaba el descubrimiento del registro de acceso borrado y, con menos detalles, la conversación mantenida con Frock, el júbilo del escritor aumentaba. Lo oyó reír. —De modo que no me equivocaba respecto a Rickman. Oculta pruebas. Ahora, la obligaré a pasar por el tubo o… —Ni lo sueñes, Smithback —advirtió Margo—. Esto no es para tu gratificación personal. Desconocemos la historia de ese diario, y no podemos preocuparnos por ella ahora. Hemos de investigar esas cajas, y sólo disponemos de unos minutos para hacerlo. —De acuerdo, de acuerdo. Nos encontraremos en el rellano que hay frente a entomología. Ahora mismo salgo. —Nunca había pensado que Frock fuera un radical —dijo Smithback—. Mi respeto por el viejo ha aumentado en dos puntos. Bajaba por un largo tramo de peldaños de hierro. Habían dado un rodeo con la esperanza de esquivar los controles de policía colocados ante todos los ascensores. —Tienes la llave y la combinación, ¿verdad? —preguntó el escritor desde el pie de la escalera. Margo echó un vistazo a su bolso y lo siguió después de mirar. Miró a ambos lados. —Sabes que en el pasillo que conduce a la zona de seguridad hay hornacinas iluminadas, ¿verdad? Adelántate, y yo te seguiré un minuto después. Habla con el guardia e intenta atraerle hacia un nicho con el pretexto de enseñarle el formulario. Procura que se dé la vuelta un par de minutos. Yo abriré la puerta y entraré. Manténle distraído. Eres un buen conversador. —¿Ése es tu plan? —bufó Smithback—. De acuerdo. Giró sobre sus talones, avanzó por el pasillo y desapareció tras una esquina. Margo esperó y, tras contar hasta sesenta, echó a andar, enfundándose unos guantes de látex. No tardó en oír la voz de Smithback, alzada en indignada protesta: —Este papel está firmado por el jefe del departamento. ¿Intenta decirme que…? La mujer asomó la cabeza por la esquina. A unos quince metros, el pasillo se cruzaba con otro donde se alzaba una barrera de la policía. Más adelante se hallaba la puerta que comunicaba con la zona de seguridad. Margo vio al guardia, de espaldas a ella, y sostenía el formulario en la mano. —Lo lamento, señor —le oyó decir—, pero este documento no ha pasado por… —No ha mirado en el lugar correcto —replicó el periodista—. Acérquese a la luz para que pueda leerlo bien. Se alejaron hacia una hornacina iluminada. Cuando hubieron desaparecido de vista, Margo dobló la esquina y avanzó a toda prisa por el pasillo. Al llegar a la entrada de la zona de seguridad, introdujo la llave en la cerradura y empujó con cautela. La puerta giró sobre los goznes bien engrasados. Paseó la vista alrededor para asegurarse de que estaba sola. La sala en penumbras parecía vacía, de modo que cerró la puerta tras de sí. Su corazón ya se había acelerado, y le palpitaban las sienes. Conteniendo el aliento, tanteó en busca del interruptor de la luz. Las cámaras se hallaban a ambos lados del pasillo. Al reparar en que la tercera puerta de la derecha tenía sujeta con celo una hoja amarilla con la palabra «prueba», sacó el trozo de papel que le había entregado Frock. Leyó la combinación: «56-77-23.» Respiró hondo y recordó la taquilla que había utilizado para guardar el oboe en el conservatorio de música de la escuela secundaria. Derecha, izquierda, derecha… Al oír un clic, accionó la palanca de inmediato. La puerta se abrió. En el interior las cajas formaban siluetas borrosas recortadas contra la pared del fondo. Encendió la luz y consultó el reloj. Habían transcurrido tres minutos. Tenía que apresurarse. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio los tablones astillados de una de las cajas grandes. Se arrodilló ante la más pequeña, retiró la tapa y hundió la mano en el interior. Apartó las fibras rígidas para dejar al descubierto los objetos. Su mano se cerró alrededor de algo duro. Margo lo sacó y vio una piedra pequeña, tallada con extraños diseños. «No es muy prometedor», se dijo. Extrajo una colección de lo que parecían boquillas de jade, después puntas de flecha de pedernal, algunos punzones, una cerbatana con dardos largos y afilados, con los extremos ennegrecidos con alguna sustancia. «No me gustaría que me clavaran uno», pensó. Aún no había encontrado nada de valor. Profundizó un poco más. La siguiente capa contenía una pequeña prensadora de plantas, una matraca de chamán roja, decorada con dibujos grotescos, y una hermosa manta confeccionada con tela y plumas. Guiada por un impulso, introdujo en el bolso la prensadora de plantas, cubierta de fibras, y a continuación el disco de piedra y la matraca. En la capa del fondo yacían varios tarros que contenían pequeños reptiles; muy exóticos, pero nada extraordinarios. Habían pasado seis minutos. Se incorporó, aguzó el oído, esperando percibir en cualquier momento los pasos del guardia. No escuchó nada. Devolvió a la caja el resto de los objetos y el material de embalaje. Al alzar la tapa, notó que el forro interior estaba desprendido. Picada por la curiosidad, lo levantó, y un sobre quebradizo, estropeado por el agua, cayó sobre su regazo. Lo guardó a toda prisa en el bolso. Ocho minutos. Ya no quedaba tiempo. Ya en la sala central, trató de distinguir los sonidos apagados que se oían en el exterior. Abrió unos centímetros la puerta. —¿Cuál es el número de su placa? —preguntó Smithback en voz alta. Margo no pudo oír la respuesta del guardia. Cerró la puerta, se quitó los guantes y los introdujo en el bolso. Se incorporó, miró a ambos lados, y pasó junto al nicho ante el cual Smithback y el guardia discutían. —¡Eh! Se volvió. El guardia, sonrojado, la observó. —Ah, ¿estás ahí, Bill? —dijo Margo, segura de que el guardia no la había visto salir por la puerta—. ¿Llego tarde? ¿Ya has entrado? —¡Este tipo no me ha dejado! —se quejó el periodista. —Escuche —dijo el guardia, volviéndose hacia Smithback—, ya se lo he repetido mil veces; ese formulario ha de ser cumplimentado. De lo contrario, no puedo permitirle pasar. ¿Comprendido? Margo miró hacia el final del pasillo. Vislumbró a lo lejos una figura alta y delgada que se acercaba; Ian Cuthbert. Agarró a Smithback del brazo. —Hemos de irnos. ¿Recuerdas nuestra cita? Ya echaremos un vistazo a las colecciones en otro momento. —Tienes razón, claro —farfulló él—. Ya arreglaremos esto más tarde —dijo al guardia. Cerca del final del pasillo, Margo condujo al periodista hasta un nicho. —Escóndete detrás de esas vitrinas —susurró. Oyeron los pasos de Cuthbert mientras se ocultaban. Las pisadas cesaron, y la voz de Cuthbert resonó en el pasillo. —¿Ha intentado alguien entrar en las cámaras? —Sí, señor. Un hombre lo intentó. Acaban de marcharse. —¿Quiénes? —preguntó Cuthbert—. ¿Esas personas con quienes estaba hablando hace un momento? —Sí, señor. El hombre llevaba un formulario que no estaba debidamente cumplimentado, por lo que no le permití entrar. —¿No le permitió entrar? —Exacto, señor. —¿Quién autorizó el formulario? ¿Frock? —Sí, señor. El doctor Frock. —¿Sabe el nombre de esa persona? —Creo que se llama Bill. No sé el de la mujer, pero… —¿Bill? ¿Bill? Qué brillante es usted. Tendría que haberle pedido una identificación. —Lo siento, señor. Insistió en que… Cuthbert ya había dado media vuelta, furioso. Los pasos se alejaron por el pasillo. Cuando Smithback cabeceó, Margo se incorporó con cautela y se sacudió el polvo. Salieron al pasillo. —¡Eh, ustedes! —exclamó el guardia—. ¡Vuelvan aquí! ¡Quiero ver sus tarjetas de identidad! ¡Esperen! Smithback y Margo echaron a correr y, tras doblar una esquina, subieron a toda prisa por los anchos peldaños de cemento de una escalera. —¿Adónde vamos? —inquirió Margo, sin aliento. —Que me aspen si lo sé. Al llegar al siguiente rellano, Smithback se asomó cauteloso al pasillo. Después de mirar a ambos lados, abrió una puerta con un rótulo colgado que rezaba: «Mamalogía. Almacén de pongidae.» Ya en el interior, silencioso y frío, se detuvieron para recuperar el aliento. A medida que sus ojos se acostumbraban a la tenue luz, Margo vio gorilas y chimpancés disecados, erguidos en hileras como centinelas, y montones de pieles velludas sobre estantes de madera. Una docena de estanterías abarrotadas de calaveras de primates cubrían una pared. Smithback aplicó el oído a la puerta un momento. Después, se volvió hacia Margo. —Vamos a ver qué has encontrado. —Poca cosa —dijo Margo—. Cogí un par de objetos carentes de importancia, eso es todo. También he encontrado esto —añadió al tiempo que introducía la mano en el bolso—. Estaba guardado en la tapa de la caja. El sobre sin cerrar iba dirigido a «R. H. Montague, MHNNY». El papel amarillento estaba adornado con un curioso motivo en forma de doble flecha. Mientras Smithback miraba por encima del hombro de Margo, ella alzó la hoja hacia la luz y empezó a leer: Alto Xingú, 17 de sep. de 1987 Montague: He decidido enviar de vuelta a Carlos con la caja y continuar solo en busca de Crocker. Carlos es de confianza, y no puedo correr el riesgo de perder la caja si algo me sucediera. Toma nota de la matraca de chamán y otros objetos rituales; parecen únicos en su género. La estatuilla que acompaño, encontrada en una cabaña desierta de este lugar, es la prueba que buscaba. Fíjate en las garras exageradas, en los atributos reptilianos, en las señales de bipedalia. Los kothoga existen, y la leyenda de Mbwun no es una mera invención. Todas mis notas de campo están en este cuaderno… 31 Un silencio sepulcral reinaba en el despacho del director. Ni siquiera el ruido del tráfico de la calle, situada tres pisos más abajo, se filtraba por las gruesas ventanas blindadas. La señora Lavinia Rickman estaba sentada en una butaca de cuero color vino, y Wright, tras el escritorio, prácticamente engullido por la inmensa superficie de caoba. Un retrato del fundador del museo, Ridley A. Davis, pintado por Reynolds, los observaba. El doctor Ian Cuthbert ocupaba un sofá pegado a la pared del fondo. Estaba inclinado, con los codos apoyados sobre las rodillas, y su traje de tweed pugnaba de su cuerpo esquelético. Tenía el entrecejo fruncido. Huraño e irritable por regla general, aquella tarde ofrecía un semblante más severo que de costumbre. Por fin, Wright rompió el silencio. —Ha llamado dos veces esta tarde —explicó a Cuthbert—. No puedo esquivarle eternamente. Tarde o temprano montará un cirio por haberle sido denegado el acceso a las cajas. Tal vez saque a colación el tema de Mbwun. La controversia estará servida. Cuthbert asintió. —Mejor tarde que temprano. Cuando la exposición se inaugure y empiece su andadura, con cuarenta mil visitantes al día y artículos favorables en todos los periódicos, podrá armar todo el alboroto que quiera. Se produjo otro largo silencio. —Detesto interpretar el papel de abogado del diablo —dijo por fin Cuthbert—, pero cuando todo este revuelo de los asesinatos se calme, tú, Winston, tendrás que mostrarte más complaciente. Quizá todos esos rumores acerca de la maldición resulten muy molestos ahora, pero, cuando la situación se haya normalizado, no nos vendría mal un poco de escándalo. Todo el mundo querría entrar en el museo para comprobarlo por sí mismo. Sería bueno para el negocio. No podríamos haberlo montado mejor, Winston. Wright miró al subdirector con expresión ceñuda. —Rumores sobre la maldición. Quizá sean ciertos. Piensa en todas las tragedias que han acompañado a esa horrible estatuilla alrededor del mundo. —Lanzó una carcajada carente de alegría. —No hablarás en serio —dijo Cuthbert. —Ya lo creo que sí —replicó Wright—. No quiero volverte a oír hablar así. Frock tiene amigos importantes. Si se queja ante ellos… Bien, ya sabes cómo se esparcen las historias. Sospecharán que ocultas información, que te aprovechas de esos crímenes para atraer al público. Menuda publicidad, ¿eh? —De acuerdo —concedió el subdirector con una sonrisa gélida—. En todo caso, no necesito recordarte que, si esta exposición no se inaugura cuando se había previsto, todo quedará restringido a un plano puramente teórico. Hay que mantener a Frock bajo control. Ahora se dedica a enviar mercenarios para que hagan el trabajo sucio. Uno de ellos trató de entrar en la cámara de seguridad hace menos de una hora. —¿Quién? —preguntó Wright. —El guardia actuó como un estúpido, pero consiguió averiguar el nombre del tipo: Bill. —¿Bill? Rickman se incorporó con brusquedad. —Sí, creo que se llamaba Bill —dijo Cuthbert, volviéndose hacia la directora de relaciones públicas—. ¿No es el nombre del periodista que está escribiendo el libro para la exposición? Es tu hombre, ¿verdad? ¿Lo tienes bajo control? Me han comentado que no para de hacer preguntas. —Desde luego —respondió Rickman con una sonrisa radiante—. Hemos tenido nuestras diferencias, pero ahora se atiene a las normas. Como siempre digo, si se controlan las fuentes, se controla también al periodista. —De modo que se atiene a las normas, ¿eh? —ironizó el director—. Entonces ¿por qué consideraste necesario enviar esta mañana un mensaje por correo para recordar que nadie debía hablar con desconocidos? La señora Rickman se apresuró a levantar una mano bien cuidada. —Lo tengo bajo control. —Será mejor que así sea —advirtió Cuthbert—. Has participado en esto desde el principio. Supongo que no querrás que ese periodista empiece a airear trapos sucios. Se oyó un siseo en el intercomunicador, y una voz anunció: —El señor Pendergast desea verlo. —Hágale entrar —ordenó Wright. Dirigió una mirada sombría a los presentes—. Allá vamos. El agente apareció en la puerta con un periódico doblado bajo el brazo y se detuvo un momento. —Caramba, qué enternecedora escena. Doctor Wright, gracias por recibirme de huevo. Doctor Cuthbert, es siempre un placer. Y usted debe de ser Lavinia Rickman, ¿no es cierto, señora? —Sí —contestó ella con una sonrisa remilgada. —Señor Pendergast, siéntese donde guste —invitó Wright con una leve sonrisa. —Gracias, doctor, pero prefiero estar de pie. Pendergast se acercó a la enorme chimenea y, cruzando los brazos, se apoyó contra la repisa. —¿Ha venido para informarnos? Sin duda ha solicitado esta reunión para informarnos de una detención. —No —contradijo Pendergast—. Lo siento, pero no hay detenciones. Lo cierto es, doctor Wright, que no hemos progresado mucho, a pesar de lo que la señora Rickman ha contado a los periódicos. Les enseñó los titulares del diario: «Detención inminente por los crímenes de la Bestia del Museo.» Se produjo un breve silencio. Pendergast dobló el periódico y lo dejó con cuidado sobre la repisa de la chimenea. —¿Cuál es el problema? —preguntó Wright—. No entiendo por qué tardan tanto. —Hay muchos problemas, como sin duda sabrá —dijo Pendergast—, pero no he venido para informarles de las investigaciones. Bastará con recordarles que hay un asesino suelto por el museo. No tenemos motivos para creer que haya dejado de matar. Por lo que sabemos, siempre actúa de noche; en otras palabras, después de las cinco de la tarde. Como agente especial al mando de este caso, lamento comunicarles que el toque de queda que hemos impuesto seguirá en vigor hasta que el asesino sea encontrado. No habrá excepciones. —La inauguración… —empezó Rickman. —Habrá que aplazarla, quizá una semana, tal vez un mes. No puedo prometerles nada. Lo lamento muchísimo. El director se levantó, lívido. —Usted aseguró que se celebraría la inauguración siempre que no se cometieran más asesinatos. Ése fue el acuerdo. —Yo no llegué a ningún acuerdo con usted, doctor —contradijo con toda tranquilidad Pendergast—. Me temo que estamos tan cerca de atrapar al asesino como al principio de la semana. —Señaló el periódico que había dejado sobre la repisa—. Titulares como ésos contribuyen a que la gente se relaje y baje la guardia. Es probable que acuda mucho público a la inauguración. Miles de personas en el museo después de oscurecer… —Meneó la cabeza—. No me queda otra alternativa. Wright miró al agente con incredulidad. —¿Espera que aplacemos la inauguración y causemos perjuicios irreparables al museo por culpa de su incompetencia? La respuesta es «no». Pendergast, impertérrito, caminó hacia el centro del despacho. —Perdone, doctor Wright, si no me he expresado con suficiente claridad. No he venido para solicitar su permiso, sino para notificarle mi decisión. —Muy bien —repuso el director con voz trémula—. Entiendo. Es usted incapaz de desempeñar bien su trabajo, y aun así se empeña en indicarme cómo debo realizar el mío. ¿Tiene idea de los perjuicios que el aplazamiento ocasionará a la exposición? ¿Sabe qué clase de mensaje recibirá el público? Bien, Pendergast, no lo permitiré. El agente lo miró sin pestañear. —Todo personal no autorizado que sea encontrado en las dependencias después de las cinco de la tarde será detenido y acusado de violar la escena de un crimen. Se trata de una falta leve. Posteriores violaciones se considerarán obstrucción a la justicia. Es un delito mayor, doctor Wright. Confío en haberme expresado con la suficiente claridad. —Lo único que está claro ahora es el camino hacia la puerta —dijo Wright en voz más alta—. Carece de obstáculos. Haga el favor de tomarlo. Pendergast asintió. —Caballeros, señora. Dio media vuelta y salió en silencio de la habitación. Cerró la puerta sin hacer ruido y se detuvo un momento ante el despacho del director. Mirando hacia la puerta, recitó: —«De modo que regreso para mi satisfacción censurado, y obtengo a cambio tres veces más de lo que he gastado.» La secretaria ejecutiva de Wright dejó de mascar chicle en el acto. —¿Howzat? —preguntó. —No, Shakespeare —contestó él, encaminándose hacia el ascensor. Con mano trémula, Wright descolgó el auricular del teléfono. —¿Qué coño ocurrirá ahora? —exclamó Cuthbert—. Que me aspen si un maldito policía va a echarnos de nuestro propio museo. —Tranquilo, Cuthbert —dijo Wright. Hablo al auricular—: Póngame con Albany ahora mismo. Se hizo el silencio. El director miró a Cuthbert y Rickman mientras esperaba y trataba de apaciguar su agitada respiración. —Ha llegado el momento de pedir algunos favores —dijo—. Ya veremos quién dice la última palabra: un sietemesino albino, o el director del museo de historia natural más grande del mundo. 32 La vegetación de esta zona es muy extraña. Predominan las cicadales y los helechos. Lástima que no disponga de tiempo para dedicarlo a su estudio. Hemos utilizado una variedad particularmente resistente como material de embalaje para las cajas. Deja que Jörgensen eche un vistazo, si le interesa. Espero estar contigo dentro de un mes en el Club de los Exploradores, celebrando nuestro éxito con unas rondas de dry martinis y un buen Macanudo. Hasta entonces, sé que puedo confiarte este material y mi reputación. Tu colega, WHITTLESEY. Smithback levantó la vista de la carta. —No podemos permanecer aquí. Vamos a mi despacho. Su cubículo se hallaba en la planta baja del museo, en lo más recóndito de un laberinto de despachos atiborrados. Los pasadizos entrelazados, llenos de bullicio y actividad, representaron un cambio refrescante para Margo después de los húmedos pasillos poblados de ecos que se extendían fuera de la zona de seguridad. Pasaron junto a una enorme papelera verde que rebosaba de ejemplares atrasados de la revista del museo. Frente al despacho de Smithback, cartas de suscriptores sembraban un gran tablón de anuncios, para diversión del personal. En una ocasión, siguiendo la pista de un ejemplar de Science desaparecido de la hemeroteca, Margo había penetrado en la caótica guarida del periodista. Estaba como la recordaba; el escritorio aparecía cubierto de artículos fotocopiados, cartas a medio terminar, menús de cocina china y numerosos libros y revistas que los bibliotecarios del museo sin duda ardían en deseos de localizar. —Siéntate —invitó Smithback, retirando con brusquedad de una silla una pila de periódicos. Cerró la puerta y se acomodó en una vieja mecedora, detrás del escritorio. Crujieron papeles bajo sus pies—. Muy bien —murmuró—. ¿Estás segura de que el diario no estaba allí? —Ya te he dicho que la única caja que pude mirar era la que Whittlesey había embalado. No creo que estuviera en las otras. Smithback releyó la carta. —¿Quién es este tal Montague a quien va dirigida la carta? —preguntó. —No lo sé. —¿Y Jörgensen? —Nunca he oído hablar de él. Smithback sacó el listín telefónico del museo de un estante. —No consta ningún Montague —susurró mientras pasaba páginas—. Podría ser un nombre de pila. ¡Ajá! Aquí está Jörgensen. Botánico; está jubilado. ¿Cómo es que aún tiene un despacho? —Es normal en este lugar —explicó Margo—. Gente económicamente independiente que no tiene nada mejor que hacer. ¿Dónde se encuentra su despacho? —Sección 41, cuarta planta. —El hombre cerró el listín y lo dejó sobre el escritorio— Cerca del herbario. —Se levantó—. Vámonos. —Espera un momento, Smithback. Son casi las cuatro. Debería telefonear a Frock para explicarle que… —Después. —Se encaminó hacia la puerta—. Vamos, Lotus Blossom. Mi olfato de periodista no ha captado ningún olor decente en toda la tarde. El despacho de Jörgensen, una pequeña sala de techo alto y sin ventanas, no contenía ninguna de las plantas o especímenes vegetales que Margo esperaba ver en el laboratorio de un botánico. De hecho, en la habitación sólo había una silla, un perchero y un gran banco de trabajo. Un cajón de éste estaba abierto y revelaba diversas herramientas muy usadas. El anciano, inclinado sobre el banco de trabajo, manipulaba un pequeño motor. —¿Doctor Jörgensen? —preguntó Smithback. El anciano se volvió para mirarlo. Se trataba de un hombre huesudo y encorvado, casi calvo, con cejas pobladas blancas sobre unos penetrantes ojos de un azul muy claro. Margo calculó que debía de medir un metro noventa. —Sí —dijo con voz pausada. Antes de que Margo pudiera impedirlo, Smithback tendió a Jörgensen la carta. El hombre empezó a leer y se sobresaltó visiblemente. Sin apartar la vista del papel, acercó la silla y se sentó lentamente. —¿De dónde han sacado esto? —preguntó cuando hubo terminado. Margo y Smithback intercambiaron una mirada. —Es auténtica —dijo el periodista. Jörgensen los observó. A continuación, devolvió la carta a Smithback. —No sé nada sobre esto —afirmó. Se hizo el silencio. —Procedía de la caja que Julian Whittlesey envió desde el Amazonas hace siete años —explicó Smithback, esperanzado. El anciano continuó mirándolos fijamente y al cabo de unos minutos centró su atención en el motor. La pareja contempló cómo manipulaba la pieza. —Lamento interrumpir su trabajo —dijo Margo por fin—. Tal vez no sea el momento más oportuno. —¿Qué trabajo? —preguntó Jörgensen sin mirarlos. —Lo que está haciendo —contestó Margo. El viejo soltó una carcajada. —¿Esto? —exclamó, volviéndose hacia ellos—. Esto no es un trabajo. Es una aspiradora averiada. Desde que murió mi esposa, he de ocuparme de las tareas domésticas. El maldito trasto se estropeó el otro día. Lo he traído porque aquí guardo todas las herramientas. Ya no tengo mucho trabajo. —En cuanto a esa carta, señor… —empezó Margo. Jörgensen se removió en la silla y, reclinándose, clavó la vista en el techo. —Ignoraba su existencia. El motivo de la flecha doble servía como blasón de la familia Whittlesey, y no me cabe duda de que se trata de su letra. Me trae recuerdos. —¿De qué clase? —se apresuró a inquirir Smithback. Jörgensen lo miró y sus cejas se juntaron en señal de irritación. —Nada que a usted le importe —replicó—. O al menos, aún no sé por qué debería importarle. Margo dirigió a su compañero una mirada de reprobación. —Doctor Jörgensen, soy una graduada que trabaja con el doctor Frock. Mi colega es periodista. El doctor Frock sospecha que la expedición Whittlesey y las cajas que fueron enviadas están relacionadas con los crímenes del museo. —¿Una maldición? —preguntó el anciano, arqueando las cejas en un gesto teatral. —No, una maldición no —contestó Margo. —Me alegro de que piense así. No existe la maldición, a menos que la defina como una mezcla de codicia, locura humana y celos científicos. No hay que recurrir a Mbwun para explicar… —Se interrumpió de repente—. ¿A qué viene tanto interés? —preguntó con suspicacia. —¿Para explicar qué? —intervino Smithback. Jörgensen lo observó con desagrado. —Joven, si vuelve a abrir la boca, le pediré que se marche. Smithback entornó los ojos y optó por guardar silencio. Margo se preguntó si debería hablar de las teorías de Frock, las marcas de garras en los cadáveres y la caja rota, pero no lo juzgó prudente. —Estamos interesados porque creemos que existe una relación a la que nadie ha prestado atención; ni la policía, ni el museo. Su nombre se menciona en esta carta. Pensamos que tal vez nos podría contar más cosas sobre esa expedición. Jörgensen tendió una mano nudosa. —¿Puedo leerla otra vez? Smithback se la tendió a regañadientes. Jörgensen recorrió la carta con la vista, ansioso como si absorbiera recuerdos. —Hubo un tiempo —murmuró— en que me habría mostrado renuente a hablar de esto; tal vez aterrado sería una palabra más precisa. Algunas personas habrían aprovechado la oportunidad para despedirme. —Se encogió de hombros—. Pero cuando se llega a mi edad, hay poco que temer, excepto quizá la soledad. —Asintió lentamente mirando a Margo, con la carta estrujada en la mano—. Yo habría participado en esa expedición, de no haber sido por Maxwell. —También se le menciona en la carta. ¿Quién es? —preguntó Smithback. Jörgensen le traspasó con la mirada. —He derribado a periodistas más grandes que usted. —Resopló—. Calle la boca de una vez. Estoy hablando con la señorita. —Se volvió hacia Margo—. Maxwell fue uno de los jefes de la expedición, junto con Whittlesey. Ése fue el primer error; permitir que Maxwell se inmiscuyera y compartiera el mando. Discreparon desde el principio. Ninguno de los dos tenía el control absoluto. Maxwell ganó, y yo salí perdiendo; decidió que no había sitio para un botánico en la expedición. A Whittlesey aún le hizo menos gracia que a mí. La presencia de Maxwell ponía en peligro su propósito oculto. —¿Cuál era? —preguntó Margo. —Encontrar la tribu kothoga. Corrían rumores sobre una tribu ignota que vivía en un tepui, una inmensa meseta alzada sobre la selva tropical. Aunque la zona no había sido explorada por científicos, todo el mundo estaba de acuerdo en que la tribu se había extinguido y sólo quedaban reliquias. El problema residía en que el gobierno local le había denegado el permiso para estudiar el tepui argumentando que estaba reservado para sus propios científicos. Yankee go home. —Jörgensen bufó y meneó la cabeza—. Bien, en realidad estaba reservado para la depredación, el saqueo de la tierra. El gobierno local había oído los mismos rumores que Whittlesey, por supuesto. El gobierno no quería que, si había indios allí arriba, se opusieran a la deforestación y la apertura de minas. En cualquier caso, la expedición debía abordar la zona desde el norte, una ruta mucho menos conveniente, pero alejada del área restringida. Les estaba prohibido ascender al tepui. —¿Los kothoga aún existían? —preguntó Margo. El anciano sacudió lentamente la cabeza. —Nunca lo sabremos. El gobierno descubrió algo en la cima de ese tepui, tal vez oro, platino, yacimientos auríferos. En estos tiempos, los satélites detectan cantidad de cosas. Sea como sea, el tepui fue incendiado desde el aire en la primavera de 1988. —¿Incendiado?—preguntó Margo. —Arrasado con napalm, una forma poco convencional y cara de hacerlo. Por lo visto, no consiguieron controlar el fuego, que se extendió y quemó la zona durante meses. Emplearon equipos hidráulicos japoneses y pulverizaron literalmente partes enormes de la montaña. No cabe duda de que extrajeron el oro, el platino o lo que fuera con compuestos de cianuro y luego dejaron que el veneno se vertiera en los ríos. No queda nada, nada en absoluto. Por eso el museo no envió una segunda expedición en busca de los restos de la primera. —Carraspeó. —Es horrible —murmuró Margo. Jörgensen la miró con sus inquietantes ojos cerúleos. —Sí, horrible. No leerá nada al respecto en la exposición «Supersticiones», desde luego. Smithback levantó una mano mientras extraía la grabadora con la otra. —Perdone, ¿puedo…? —No, no puede grabar esto, ni publicarlo, ni citarlo; nada. He recibido una nota a tal efecto esta mañana, como ya sabrá. Esto es sólo para mí. No he podido hablar de ello durante años, y ahora estoy dispuesto a hacerlo, y sólo esta vez. De modo que calle y escuche. Se hizo el silencio. —¿Por dónde iba? —continuó el anciano—. Ah, sí. Whittlesey no tenía permiso para subir al tepui. Maxwell, un burócrata consumado, estaba decidido a que su compañero se atuviera a las normas. Bien, cuando uno se encuentra en la selva, a trescientos kilómetros de cualquier clase de gobierno… ¿qué normas? —Lanzó una risita—. Dudo de que alguien sepa con exactitud qué ocurrió allí. Montague me contó la historia, que él había deducido a partir de los telegramas de Maxwell. No era una fuente objetiva, desde luego. —¿Montague? —interrumpió Smithback. —En cualquier caso —prosiguió Jörgensen, ignorando la pregunta del periodista—, parece ser que Maxwell se topó con una flora increíble. El 99 por ciento de las especies vegetales que crecían en la falda del tepui era absolutamente nuevo para la ciencia. Encontraron helechos extraños y primitivos, y monocotiledóneas que parecían reversiones a la era mesozoica. Aunque Maxwell era antropólogo físico, se volvió loco al ver la vegetación. Llenaron caja tras caja de especímenes raros. Fue entonces cuando Maxwell encontró aquellas vainas. —¿Eran muy importantes? —Eran de un fósil viviente. Algo semejante al descubrimiento del celacántido en los años treinta: una especie de todo un filum que creían se había extinguido en el período carbonífero. Todo un filum. —Esas vainas ¿parecían huevos? —inquirió Margo. —Lo ignoro. Montague sí las vio y me comentó que eran duras como el acero. Para germinar, debían ser enterradas a bastante profundidad en el suelo acidógeno de una selva tropical. Supongo que seguirán en esas cajas. —El doctor Frock creía que eran huevos. —Frock debería ceñirse a la paleontología. Es un hombre brillante, pero errático. En cualquier caso, Maxwell y Whittlesey discutieron, como era de esperar. Al primero no podía importarle menos la botánica, pero reconocía una rareza en cuanto la veía. Quería regresar al museo con las vainas. Se enteró de que Whittlesey pretendía escalar el tepui y buscar a los kothoga, y eso le alarmó. Temía que las cajas quedaran retenidas en un puerto y no pudiera sacar sus preciosas vainas. Se separaron. Whittlesey se internó en la selva, subió al tepui y nunca volvieron a verlo. »Cuando Maxwell llegó a la costa con el resto de la expedición, envió un montón de telegramas al museo para despotricar contra Whittlesey y explicar su versión de los hechos. Después, él y el resto murieron en aquel accidente de aviación. Por suerte, habían acordado mandar las cajas por separado, o tal vez no fue por suerte. El museo tardó un año en recuperar el material, pues nadie parecía tener demasiada prisa por hacerlo. —Puso los ojos en blanco en señal de disgusto. —Ha mencionado a un tal Montague —le recordó Margo en voz baja. —Montague —repitió Jörgensen con la vista perdida—. Era un joven doctor en antropología, candidato a trabajar para el museo; el protégé de Whittlesey. Huelga decir que cayó en desgracia cuando se recibieron los telegramas de Maxwell. Desde entonces, miraron con desconfianza a cuantos habíamos sido amigos de Whittlesey. —¿Qué fue de Montague? El viejo vaciló. —No lo sé —contestó por fin—. Desapareció un día. Nunca regresó. —¿Y las cajas? —A Montague le interesaba mucho examinar aquellas cajas, sobre todo la de Whittlesey, pero, como ya he dicho, cayó en desgracia, y le apartaron del proyecto, que, de hecho, se abandonó. La expedición había representado tal desastre que los peces gordos quisieron olvidar lo sucedido. Cuando las cajas llegaron finalmente, se quedaron sin abrir. Casi toda la documentación se quemó en el accidente. En teoría, había un diario de Whittlesey, pero nadie lo vio. En cualquier caso, Montague se quejó y suplicó hasta que le designaron encargado de la restauración. Entonces, se marchó. —¿Qué quiere decir? —inquirió Smithback. Jörgensen lo miró como si dudara entre contestar o no a la pregunta. —Se fue del museo y nunca regresó. Tengo entendido que dejó abandonados su apartamento y toda su ropa. Su familia inició una investigación, pero no descubrió nada. Era un tipo bastante extraño. Casi todo el mundo supuso que se había marchado a Nepal o Tailandia para encontrarse a sí mismo. —Corrieron rumores —dijo Smithback. No era una pregunta, sino una afirmación. El botánico rió. —¡Pues claro que corrieron rumores! Como siempre. Rumores de que debía dinero, rumores de que se había fugado con la mujer de un gángster, rumores de que había sido asesinado y su cadáver arrojado al río East… Pero era tan insignificante en el museo que casi todo el mundo le olvidó al cabo de pocas semanas. —¿También rumores de que la Bestia del Museo lo mató? —preguntó Smithback. La sonrisa de Jörgensen se desvaneció. —No exactamente, pero a raíz de su marcha todos los rumores sobre la maldición afloraron de nuevo. Según se comentaba por aquel entonces, todo aquel que había estado en contacto con las cajas moría. Algunos guardias y empleados de la cafetería, ya conoce a esa gente, aseguraron que Whittlesey había saqueado un templo, que había algo en la caja, una reliquia maldita. Dijeron que la maldición había seguido a la reliquia hasta el museo. —¿No quiso usted estudiar las plantas que Maxwell envió? —preguntó el periodista—. Usted es botánico, ¿no? —Joven, usted no sabe nada de ciencia. No existe un botánico que domine todas las especialidades. No me interesa la paleobotánica de las angiospermas. Todo eso estaba fuera de mi campo. Mi especialidad es la coevolución de las plantas y los virus. O era —añadió con cierta ironía. —Pero Whittlesey quería que usted echara un vistazo a los especímenes que envió —insistió Smithback. —No sé por qué. Ésta es la primera vez que oigo hablar de ello. Nunca había visto esta carta. —Se la entregó a Margo de mala gana—. Yo diría que es una falsificación, excepto por la letra y el contenido. Se hizo el silencio. —Aún no ha expresado su opinión acerca de la desaparición de Montague —dijo por fin Margo. Jörgensen se frotó el puente de la nariz y clavó la vista en el suelo. —Me asustó. —¿Por qué? Se produjo de nuevo un largo silencio. —No estoy seguro —respondió por fin—. En una ocasión, Montague tuvo un problema económico y me pidió dinero prestado. Era muy escrupuloso, se esforzó mucho por devolvérmelo. No parecía propio de él desaparecer de esa manera. La última vez que lo vi, estaba a punto de iniciar un inventario de las cajas. Se mostró muy entusiasmado. —Miró a Margo—. No soy un hombre supersticioso. Soy un científico. Como ya he dicho, no creo en maldiciones y esa clase de cosas… El anciano se interrumpió. —Pero… —le azuzó Smithback. El botánico traspasó al escritor con la mirada. —Muy bien. —Se reclinó en la silla y clavó la vista en el techo—. Les he explicado que Julian Whittlesey era amigo mío. Antes de partir, recopiló todas las leyendas que pudo encontrar acerca de la tribu kothoga, sobre todo las procedentes de los pueblos de las tierras bajas que vivían a la orilla del río, los yanomano. Recuerdo que me contó una historia el día antes de partir. Los kothoga, según un informante yanomano, habían hecho un trato con un ser llamado Zilashkee, una criatura semejante a nuestro Mefistófeles, aunque más radical; toda la maldad y la muerte del mundo emanaban de este ente, que acechaba en los alrededores del pico del tepui. Al menos, eso afirmaba la leyenda. En cualquier caso, el acuerdo establecía que Zilashkee entregaría a su hijo a los kothoga a cambio de que éstos mataran y devoraran a sus propios hijos; además, la tribu prometía adorarle eternamente a él y sólo a él. Cuando los kothoga terminaron su siniestra tarea, Zilashkee les envió a su hijo, quien procedió a asolar la tribu, matando y devorando a sus miembros. Cuando los kothoga se quejaron, Zilashkee rió y dijo: «¿Qué esperabais? Yo soy el mal.» Por fin, mediante el empleo de la magia, conjuros o algo por el estilo, la tribu logró controlar a la bestia. Era inmortal. Por tanto, el hijo de Zilashkee siguió bajo el control de los kothoga, quienes lo utilizaron a su capricho, lo que resultó una empresa peligrosa. La leyenda refiere que, desde entonces, los kothoga buscan una manera de deshacerse de él. —Jörgensen contempló el motor desmontado—. Ésta es la historia que Whittlesey me contó. »Cuando me enteré del accidente de aviación, de la muerte de Whittlesey, de la desaparición de Montague…, bien, no pude evitar pensar que los kothoga habían logrado por fin desembarazarse del hijo de Zilashkee. —El anciano botánico cogió una pieza de la maquinaria y, con expresión ausente, le dio vuelta—. Whittlesey me dijo que el hijo de Zilashkee se llamaba Mbwun, El Que Camina A Cuatro Patas. Dejó caer la pieza y sonrió. 33 A medida que se acercaba la hora del cierre, los visitantes empezaban a desfilar hacia las salidas del museo. La tienda, situada en el interior de la entrada sur, había hecho un buen negocio. Los pasillos de mármol que se alejaban de dicha entrada se llenaron del rumor de conversaciones y pasos. En el Planetario, cerca de la entrada oeste, donde había de celebrarse la fiesta de inauguración de la nueva exposición, el ruido, más tenue, despertaba ecos bajo la enorme cúpula. Los laboratorios, las aulas antiguas, las cámaras de almacenamiento y los despachos forrados de libros protegían el corazón del museo de los sonidos de los visitantes. Los largos corredores eran oscuros y silenciosos. El observatorio Butterfield se mantenía ajeno al ruido y la actividad. Los empleados, en cumplimiento del toque de queda, se habían marchado a casa temprano. En el despacho de George Moriarty, así como en las seis plantas del observatorio, reinaba un silencio sepulcral. Moriarty, de pie detrás de su escritorio, apretó un puño contra la boca. —Maldita sea —masculló. De pronto, un pie salió disparado para descargar la frustración. El talón golpeó un archivador y derribó un montón de papeles. —¡Maldita sea! —aulló, esta vez de dolor, mientras se dejaba caer en la silla y empezaba a frotarse el pie. El dolor desapareció poco a poco. El hombre suspiró y paseó la vista por el despacho. —Joder, George, siempre la cagas, ¿no? —murmuró. Debía admitir que no tenía remedio. Todo cuanto hacía por atraer la atención de Margo, por ganarse su simpatía, le salía mal. Lo que había dicho sobre su padre era tan diplomático como una ametralladora. De pronto se volvió hacia el ordenador. Le enviaría un mensaje electrónico para tratar de deshacer el entuerto. Se detuvo un momento, pensó y comenzó a teclear: «¡Hola, Margo! Sólo tenía curiosidad por saber si…» Moriarty pulsó una tecla con brusquedad y borró la frase. Probablemente sólo conseguiría embrollar aún más las cosas. Permaneció sentado, contemplando la pantalla vacía. Sólo conocía un método seguro para aliviar su desasosiego: una caza del tesoro. Muchas de las piezas más preciadas de la exposición «Supersticiones» eran el resultado directo de sus cazas del tesoro. Moriarty sentía un profundo amor por las inmensas colecciones del museo y estaba más familiarizado con sus rincones oscuros y secretos que la mayoría de los empleados más veteranos. A causa de su timidez, tenía pocos amigos y solía dedicar su tiempo libre a investigar y localizar reliquias olvidadas mucho tiempo atrás en los almacenes del museo. Aquella actividad le proporcionaba una sensación de utilidad que había sido incapaz de obtener de otras. Se volvió de nuevo hacia el teclado, se introdujo en la base de datos del museo y se movió con habilidad a través de los registros. Sabía orientarse en la base de datos, conocía sus atajos y puertas traseras, como un capitán de barco experimentado que conoce los meandros de un río. Al cabo de pocos minutos, sus dedos teclearon a menor velocidad. Se encontraba en una región que no había explorado antes; una colección de objetos sumerios, descubiertos a principios de los años veinte, que nunca habían sido investigados en profundidad. Se centró primero en una colección, después en una subcolección y por último en las piezas individuales. Aquello parecía interesante; una serie de tablillas de arcilla, muestras primitivas de escritura sumeria. El coleccionista original creía que trataban de rituales religiosos. Moriarty leyó las entradas anotadas y asintió. Quizá pudieran utilizarse en la exposición. Aún quedaba sitio para algunos objetos más en las galerías de miscelánea más pequeñas. Consultó el reloj; casi las cinco. Sabía dónde estaban almacenadas las tablillas. Si su aspecto era prometedor, las enseñaría a Cuthbert al día siguiente por la mañana y lograría su aprobación. Podría preparar su exhibición entre la fiesta del viernes por la noche y la inauguración al público. Tomó notas a toda prisa y desconectó el ordenador. El ruido de la terminal al sumirse en la oscuridad resonó como un disparo en la habitación. Moriarty se levantó, introdujo los faldones de la camisa en el pantalón y salió del despacho, cojeando un poco. Cerró la puerta tras de sí. 34 D'Agosta bajó al puesto de mando provisional, se detuvo ante la puerta de la oficina de Pendergast y, antes de llamar, se asomó por la ventana. Vio a un tipo alto, vestido con un traje espantoso, con el rostro sudoroso y quemado por el sol. Actuaba como si fuera el propietario del despacho; cogía papeles del escritorio para colocarlos en otro sitio mientras agitaba la calderilla del bolsillo. —Eh, amigo —exclamó D'Agosta en cuanto abrió la puerta y entró—, eso es propiedad del FBI. Si espera al señor Pendergast, ¿qué le parece si lo hace fuera? El hombre se volvió. Sus ojos, muy pequeños, mostraban una expresión de resentimiento. —A partir de este momento, ah, teniente —dijo, con la vista clavada en la placa que D'Agosta llevaba colgada del cinturón, como si intentara leer su número—, hablará con respeto al personal del FBI, del cual estoy ahora al mando. Agente especial Coffey. —Bien, agente especial Coffey, por lo que yo sé, y hasta que alguien me diga lo contrario, el señor Pendergast está al mando aquí, y usted está fisgando en su escritorio. Coffey le dedicó una leve sonrisa, introdujo la mano en el bolsillo y sacó un sobre. El teniente leyó la carta. Procedía de Washington y comunicaba que la Oficina de Nueva York del FBI y el agente especial Spencer Coffey se ocuparían del caso. Dos oficios iban grapados a la orden: uno, de la oficina del gobernador, solicitaba oficialmente el cambio y aceptaba toda la responsabilidad por la transferencia de poderes; el segundo llevaba un membrete del Senado de Estados Unidos. D'Agosta lo dobló sin molestarse en leerlo. Devolvió el sobre. —De modo que por fin han conseguido colarse por la puerta de atrás —comentó. —¿Cuándo vendrá Pendergast, teniente? —pregunto Coffey, guardándose el sobre en el bolsillo. —¿Cómo quiere que lo sepa? Aprovechando que está curioseando en su mesa, consulte su agenda. Antes de que Coffey pudiera replicar, la voz de Pendergast sonó desde fuera de la oficina. —¡Ah, agente Coffey! Es un placer verlo. El hombre se dispuso a sacar una vez más el sobre. —No es necesario —dijo Pendergast—. Sé por qué ha venido. —Se sentó detrás del escritorio—. Póngase cómodo, teniente D'Agosta. Éste observó que sólo había una silla más en el despacho y se sentó, sonriente. Disfrutaba viendo a Pendergast en acción. —Al parecer, un loco anda suelto por el museo, señor Coffey —explicó Pendergast—. Por tanto, el teniente D'Agosta y yo hemos llegado a la conclusión de que debe suspenderse la fiesta de inauguración de mañana por la noche. El asesino actúa de noche. No podemos aceptar la responsabilidad de que más gente sea asesinada porque la dirección se empeñe en mantener abierto el museo debido a, digamos, motivos económicos. —Sí, bien, usted ya no es el responsable —repuso Coffey—. Mis órdenes son que la inauguración se celebre tal como se había previsto. Aumentaremos la presencia policial con más agentes. Este lugar será más seguro que el lavabo del Pentágono. Y le diré algo más, Pendergast; en cuanto la fiestecita haya terminado y los peces gordos se hayan ido a casa, trincaremos a ese mamón. Se supone que usted es la hostia, pero no me impresiona. En cuatro días sólo ha conseguido encontrarse la polla. Estamos hartos de perder el tiempo. Pendergast sonrió. —Sí, me lo esperaba. Si ésa es su decisión, qué le vamos a hacer. No obstante, debería saber que pienso enviar una carta al director para exponer mis puntos de vista sobre el tema. —Haga lo que le dé la gana, pero hágalo a su debido tiempo. Entretanto, mi gente se instalará al final del pasillo. Espero su informe a la hora del toque de queda. —Mi informe final ya está preparado —anunció con toda tranquilidad Pendergast—. Bien, señor Coffey, ¿se le ofrece algo más? —Sí. Espero su plena colaboración, Pendergast. —Y tras decir esto, salió de la oficina, dejando la puerta abierta. D'Agosta lo observó alejarse por el pasillo. —Ahora parece más resentido que antes de que usted entrara —dijo. Se volvió hacia Pendergast—. No se bajará usted los pantalones ante ese gilipollas, ¿verdad? El agente sonrió. —Vincent, me temo que es inevitable. En cierto sentido, me sorprende que esto no haya ocurrido antes. No es la primera vez que Wright me pone una zancadilla esta semana. ¿Para qué oponerme? Así, al menos, nadie podrá acusarnos de falta de colaboración. —Yo pensaba que usted tenía influencias. —D'Agosta procuró que su voz no delatara la decepción que sentía. Pendergast tendió las manos. —Tengo bastantes influencias, como dice usted, pero recuerde que estoy fuera de mi territorio. Como existían coincidencias entre estos asesinatos y los que investigué en Nueva Orleans hace unos años, tenía buenos motivos para estar aquí, siempre que no se suscitaran controversias y no se solicitara la intervención de la fuerza local. Ya sabía que el doctor Wright y el gobernador habían visitado a Brown. Como el gobernador ha solicitado de manera oficial la intervención del FBI, sólo había un resultado posible. —Pero ¿y su caso? Coffey se aprovechará del trabajo que usted ha realizado y se llevará las medallas. —Usted supone que habrá medallas. Tengo un mal presentimiento acerca de esa inauguración, teniente. Un presentimiento muy malo. Conozco a Coffey desde hace mucho tiempo, y no me cabe duda de que sólo conseguirá empeorar la situación. De todos modos, Vincent, observe que no me ha ordenado hacer las maletas. No puede. —No me diga que se alegra de descargarse de la responsabilidad —protestó D'Agosta—. Tal vez mi principal objetivo en la vida sea mantener la guadaña alejada de mi culo, pero pensaba que usted era diferente. —Vincent, me sorprende. No tiene nada que ver con librarse de la responsabilidad. Sin embargo, esta situación me concede cierto grado de libertad. Es cierto que Coffey tiene la última palabra, pero su capacidad de controlar mis acciones es limitada. Yo sólo podía venir aquí si aceptaba dirigir el caso; en esas circunstancias, uno tiende a ser más prudente. Ahora podré guiarme por mis instintos. —Se reclinó en la silla y clavó su fría mirada en D'Agosta—. Su ayuda seguirá siendo muy bien recibida. Tal vez necesite a alguien dentro del departamento para acelerar algunos trámites. El teniente reflexionó un momento. —Hay algo que adiviné de ese tal Coffey desde el primer momento —dijo. —¿Qué es? —Ese tipo está cubierto de mierda hasta el cuello. —Ay, Vincent —dijo Pendergast—, su dominio del idioma no deja de asombrarme. 35 Viernes Smithback observó disgustado que el despacho ofrecía el mismo aspecto de siempre; ni una aguja fuera de sitio. Se dejó caer en la butaca con una intensa sensación de déjà vu. Rickman regresó de la oficina de su secretaria con un delgado expediente, la sonrisa obsequiosa y remilgada petrificada en su rostro. —¡Ésta es la noche! —exclamó con júbilo—. ¿Piensa asistir? —Sí, claro. La mujer le entregó el expediente. —Lea esto, Bill —dijo, con voz menos agradable. MUSEO DE HISTORIA NATURAL DE NUEVA YORK NOTA INTERNA A: William Smithback Jr. De: Lavinia Rickman. SOBRE: Obra sin título sobre exposición «Supersticiones». Con efecto inmediato, y hasta próximo aviso, su trabajo en el museo se regirá por las siguientes disposiciones: 1. Todas las entrevistas realizadas para la obra en preparación se efectuarán en mi presencia. 2. Se le prohíbe grabar las entrevistas o tomar notas durante ellas. En interés de la oportunidad y la coherencia, asumiré la responsabilidad de tomar notas personalmente y le pasaré los apuntes para que sean incluidos en la obra en preparación. 3. Se le prohíbe hablar de asuntos relacionados con el museo con otros empleados, o con cualquier persona con quien se encuentre en las dependencias del edificio, sin mi previa aprobación por escrito. Tenga la bondad de firmar en el espacio disponible al pie con el fin de dar su conformidad a estas disposiciones. Smithback leyó la nota dos veces y luego levantó la vista. —¿Y bien? —preguntó la mujer, con la cabeza ladeada—. ¿Qué opina? —A ver si lo he entendido bien. ¿Ni siquiera se me permite hablar con alguien, por ejemplo, a la hora de comer, sin su permiso? —Sobre asuntos relacionados con el museo, no. —Rickman acarició el pañuelo que llevaba al cuello. —¿Por qué? ¿No basta con la nota que envió ayer a todo el personal? —Bill, ya sabe por qué. Ha demostrado que no es merecedor de nuestra confianza. —¿Por qué? —preguntó Smithback con voz quebrada. —Tengo entendido que ha estado husmeando por el museo, hablando con gente en absoluto relacionada con usted y formulando preguntas absurdas sobre temas ajenos a la nueva exposición. Si cree que puede reunir información sobre los, ejem, recientes acontecimientos que han tenido lugar, debo recordarle el párrafo diecisiete de su contrato, que prohíbe la utilización de cualquier información no autorizada por mí. Nada, repito, nada relativo a la desafortunada situación será autorizado.