—Oriénteme, señor Ippolito. ¿Adónde da esta puerta? —A un pasillo. —¿Que conduce a…? —Bien, la zona de seguridad se halla a la derecha. El asesino no pudo venir por ahí, porque… —Perdone que le contradiga, señor Ippolito, pero estoy convencido de que el asesino apareció por ahí —replicó Pendergast—. Déjeme adivinar; al otro lado de la zona de seguridad se encuentra el sótano antiguo, ¿verdad? —Exacto —dijo Ippolito. —Donde hallaron a los dos niños. —Bingo —dijo D'Agosta. —Esa zona de seguridad se me antoja interesante, señor Ippolito. ¿Echamos un vistazo? Al otro lado de la puerta de metal oxidado, una hilera de bombillas iluminaba un largo pasillo. El suelo estaba cubierto de linóleo desgastado, y de las paredes colgaban murales que representaban actividades de los indios pueblo, como moler el grano, tejer y cazar ciervos. —Muy bonitos —aprobó Pendergast—. Es una pena que los guarden aquí abajo. Parecen obras tempranas de Fremont Ellis. —Antes se exponían en la Sala del Sudoeste —explicó Ippolito—. Creo que cerró en los años veinte. —Ah —dijo Pendergast, examinando una de las pinturas—. Es un Ellis, sin duda. Santo cielo, éstos son maravillosos. Fíjense en la luz de esa fachada de adobe. —¿Cómo lo sabe? —preguntó Ippolito. —Bueno, cualquiera que conozca a Ellis los habría reconocido. —No, me refería a cómo sabe que el asesino vino por aquí. —Supongo que es una intuición —dijo Pendergast mientras observaba el siguiente cuadro—. Mire, cuando alguien asegura «es imposible», tengo la mala costumbre de contradecir a esa persona en los términos más positivos posibles. Una costumbre muy mala que me cuesta reprimir. Claro que ahora sabemos que el asesino, vino por aquí. —¿Cómo? —Ippolito parecía confuso. —Fíjese en esta estupenda plasmación de la antigua Santa Fe. ¿Ha visitado alguna vez Santa Fe? Se produjo un silencio momentáneo. —Er, no —respondió el jefe de seguridad. —Detrás de la ciudad hay una cordillera llamada la sierra de Sangre de Cristo. —¿Y? —Bien, esas montañas adquieren un tono rojizo cuando el sol se pone, pero no tan rojo, diría yo. Eso es sangre de verdad, y reciente. Es una pena que haya estropeado el cuadro. —Puta mierda —masculló D'Agosta—. Mire eso. Una amplia franja de sangre cruzaba el cuadro. —El crimen es siempre muy sucio. Encontraremos rastros de sangre por todo el pasillo. Teniente, la gente del laboratorio tendrá que trabajar aquí. —Hizo una pausa—. Acabaremos nuestro pequeño paseo y luego les diremos que vengan. Me gustaría seguir adelante y buscar una prueba, si no les importa. —Como si estuviera en su casa —dijo D'Agosta. —Camine con cuidado, señor Ippolito. Les pediremos que, además de las paredes, examinen el suelo. Llegaron a una puerta cerrada con un cartel de «Prohibido el paso». —Ésta es la zona de seguridad —dijo Ippolito. —Ya veo —contestó Pendergast—. ¿Por qué se ha creado esta zona de seguridad, señor Ippolito? ¿Acaso el resto del museo es inseguro? —De ninguna manera —se apresuró a contestar el hombre—. En la zona de seguridad se almacenan objetos raros y valiosos. Éste es el museo mejor protegido del país. Hace poco instalamos un sistema de puertas metálicas deslizantes conectadas al equipo informático; en caso de robo el museo quedaría cerrado en secciones, como los compartimientos estancos de… —Me hago una idea, señor Ippolito, muchas gracias —interrumpió Pendergast—. Interesante. Una antigua puerta forrada de cobre —susurró, examinándola con atención. D'Agosta observó que el revestimiento de cobre presentaba hendiduras poco profundas. —Melladuras recientes a juzgar por el aspecto —afirmó el agente del FBI—. ¿Qué deduce?—preguntó, señalando hacia abajo. —Hostia —murmuró D'Agosta cuando examinó la sección inferior de la puerta. El marco de madera había quedado convertido en una masa de astillas, como si unas garras lo hubieran destrozado. Pendergast retrocedió. —Quiero que analicen toda la puerta, teniente, por favor. Y ahora, echemos un vistazo al interior, señor Ippolito, si es tan amable de abrir la puerta sin manosearla. —No debo dejar entrar a nadie sin permiso. D'Agosta lo miró con incredulidad. —¿Pretende que traigamos una jodida orden judicial? —Oh, no, no, es que… —Ha olvidado la llave —sospechó Pendergast—. Esperaremos. —Regreso enseguida —dijo Ippolito, y sus pasos se alejaron por el pasillo. Cuando dejaron de oírse, D'Agosta se volvió hacia el agente especial. —Lamento decirlo, Pendergast, pero me gusta su forma de trabajar. Ha demostrado gran astucia con lo del cuadro y sabe cómo tratar a Ippolito. Buena suerte con los chicos de Nueva York. Pendergast sonreía divertido. —Gracias. El sentimiento es mutuo. Me alegro de trabajar con usted, teniente, y no con uno de esos tipos resabiados. A juzgar por lo que pasó en el patio, aún tiene corazón. Sigue siendo un ser humano normal. D'Agosta rió. —No, no fue eso, sino los jodidos huevos revueltos con jamón, queso y tomate que devoré en el desayuno. Y aquel corte al cero. Odio los cortes al cero. 15 La puerta del herbario estaba cerrada, como de costumbre, pese al letrero que rezaba «No cierren esta puerta». «Vamos, Smith, sé que estás ahí.» Margo llamó de nuevo, con más fuerza, y oyó una voz quejumbrosa. —¡De acuerdo, no sea impaciente! ¡Ya voy! La puerta se abrió por fin, y Bailey Smith, el viejo ayudante de conservador del herbario, se sentó ante su escritorio lanzando un suspiro de irritación y comenzó a examinar el correo. Margo avanzó con resolución. Daba la impresión de que aquel hombre consideraba su trabajo una grosera imposición. Y cuando por fin se decidía a colaborar, costaba callarle. En circunstancias normales, habría enviado una solicitud por escrito para evitar el mal trago, pero necesitaba estudiar los especímenes de plantas kiribitu lo antes posible para redactar el siguiente capítulo de su tesina. Aún no había concluido el texto que le había pedido Moriarty. Además, había oído rumores acerca de otro horrible asesinato, a causa del cual el museo permanecería cerrado el resto del día. Bailey Smith tarareaba una melodía, sin prestar la menor atención a la joven. Ella sospechaba que, aunque tenía casi ochenta años, sólo fingía sordera para molestar a la gente. —¡Señor Smith! —llamó en voz alta—. Necesito estos ejemplares, por favor. —Deslizó una lista sobre la superficie de la mesa—. Ahora mismo, si es posible. Smith gruñó, se levantó de la butaca y cogió la hoja. La repasó con un gesto de desaprobación. —Seguramente tardaré un tiempo en localizarlos. ¿Qué tal mañana por la mañana? —Por favor, señor Smith. Me han comentado que tal vez cerrarán el museo de un momento a otro. Necesito esos especímenes. El anciano barruntó la oportunidad de charlar un poco y adoptó una actitud más cordial. —Un asunto terrible —dijo, meneando la cabeza—. No había visto nada igual en los cuarenta y dos años que llevo aquí. De todas formas, no puedo decir que me sorprenda —añadió, con un cabeceo significativo. Margo no quiso seguirle la corriente. —No es el primero, por lo que me han dicho, y tampoco será el último. —Se volvió con la lista y la sostuvo ante su nariz—. ¿Qué es esto? ¿Muhlenbergia dunbarii? No tenemos nada de eso. De pronto Margo oyó una voz a su espalda. —¿No es el primero? Era Gregory Kawakita, el joven ayudante de conservador que la había acompañado al bar la mañana anterior. Margo había leído su biografía; hijo de padres acaudalados, había quedado huérfano muy joven, abandonado su Yokohama natal y crecido con unos parientes en Inglaterra. Después de estudiar en el Magdalene College de Oxford y realizar su tesina de licenciatura en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, había sido contratado en el museo como ayudante de conservador. Era el protégé más brillante de Frock, por lo cual Margo le guardaba cierto resentimiento. Para ella, Kawakita no parecía la clase de científico que desearía asociarse con Frock; mientras que el primero poseía un sexto sentido para la política del museo, el segundo se había convertido en un personaje controvertido, un iconoclasta. No había duda de que Kawakita era brillante, y colaboraba con Frock en la experimentación de un modelo de mutación genética que sólo los dos parecían comprender en su totalidad. Bajo las directrices de Frock, Kawakita estaba desarrollando el Extrapolador, un programa capaz de comparar y combinar códigos genéticos de especies distintas. Cuando trabajaban con sus datos en el poderoso ordenador del museo, el rendimiento del sistema se reducía hasta tal punto que la gente decía que no superaba las funciones de una calculadora de mano. —¿No es el primer qué? —preguntó Smith, lanzando una mirada poco amistosa al recién llegado. Margo dirigió una mirada de advertencia a Kawakita, quien respondió: —Ha dicho algo acerca de que este crimen no es el primero. —¿Es necesario, Greg? —le susurró Margo—. Nunca conseguiré los especímenes. —Nada de esto me sorprende —afirmó Smith—. Ahora bien, no soy un hombre supersticioso. —Se apoyó sobre la mesa—. Ésta no es la primera vez que un ser vaga por los pasillos del museo. Al menos, eso comenta la gente, desde luego, yo no lo creo, ¿saben? —¿Un ser? —preguntó Kawakita. Margo le propinó un leve puntapié en la espinilla. —Me limito a repetir lo que todo el mundo asegura, doctor Kawakita. No me gusta propagar falsos rumores. —Por supuesto —dijo el científico, y guiñó un ojo a Margo. Smith le dedicó una mirada severa. —Cuentan que lleva aquí mucho tiempo. Vive en el sótano, come ratas, ratones y cucarachas. ¿Han observado que no se ven ratas ni ratones en el museo? Debería haber; bien sabe Dios que Nueva York está infestado. Curioso, ¿verdad? —No me había fijado —dijo Kawakita—. Lo comprobaré. —Además, hubo un investigador que criaba gatos para un experimento —prosiguió Smith—. Creo que se llamaba Sloane. Sí, el doctor Sloane, del Departamento de Conducta Animal. Un día, una docena de gatos escaparon, y ¿saben qué? Nunca volvieron a verlos. Desaparecidos. Un caso realmente curioso. —Tal vez se marcharon porque no había ratas que comer —sugirió Kawakita. Smith ignoró el comentario. —Algunos afirman que ese ser salió de una de aquellas cajas llenas de huevos de dinosaurio que llegaron de Siberia. —Ya. —Kawakita trató de simular una sonrisa—. Dinosaurios sueltos en el cementerio. El anciano se encogió de hombros. —Yo sólo repito lo que oigo. Otros piensan que se trata de algo procedente de una de las tumbas saqueadas a lo largo de los años; algún objeto, por supuesto, como la maldición del rey Tut, ya saben. Si les interesa mi opinión, les diré que aquellos tipos se lo merecían. No me importa cómo lo llamen, arqueología, antropología o vudulogía, para mí eso es un robo descarado. No se les ocurre saquear las tumbas de sus abuelas, pero no vacilan a la hora de entrar en la de otro y llevarse todos sus bienes. ¿No es así? —Desde luego —contestó Kawakita—. Pero ¿por qué dijo que estos asesinatos no eran los primeros? Smith los miró con aire de conspirador. —Bien, si comenta a alguien que yo se lo he contado, lo negaré. Unos cinco años atrás sucedió algo muy extraño. —Hizo una larga pausa para aumentar el efecto del relato—. Un conservador llamado Morrissey, Montana, o algo por el estilo, participó en una desastrosa expedición al Amazonas. Ya saben a cuál me refiero; aquella en que todos los miembros fueron asesinados. El caso es que un día desapareció, sin más. Nadie volvió a saber de él. La gente comenzó a murmurar al respecto. Por lo visto, un guardia oyó decir que habían encontrado su cadáver, horriblemente mutilado, en el sótano. —Entiendo —dijo el científico—. ¿Cree que fue obra de la Bestia del Museo? —Yo no creo nada —se apresuró, a contestar Smith—. Le he explicado lo que he oído, nada más. Le aseguro que me han contado montones de historias. —¿Alguien ha visto a este, ejem, ser? —preguntó Kawakita sin poder disimular una sonrisa. —Sí, señor. Un par de personas, de hecho. ¿Conoce a Carl Conover, el del taller? Afirma que lo vio hace tres años. Llegó una mañana temprano y lo vio desaparecer tras una esquina del sótano, a plena luz del día. —¿De veras? ¿Qué aspecto tenía? —Bien… —El anciano se interrumpió. Por fin se había dado cuenta de que aquel hombre se burlaba de él. La expresión del viejo cambió—. Supongo, doctor Kawakita, que se parecía un poco al señor Jim Beam. Kawakita se quedó perplejo. —¿Beam? Creo que no lo conozco… Bailey Smith prorrumpió en carcajadas, y Margo no pudo evitar sonreír. —Gregory, intenta decir que Conover estaba borracho. —Ya —dijo Kawakita, molesto—, por supuesto. —Su buen humor se había desvanecido. «No le gusta que le devuelvan las bromas —pensó Margo—. Le gusta hacerlas, pero no recibirlas.» —Bien —dijo el científico con brusquedad—, necesito unos especímenes. —Espera un momento —protestó Margo cuando el hombre dejó su lista sobre la mesa. El anciano le echó un vistazo y miró a Kawakita. —¿Qué tal dentro de dos semanas? —preguntó. 16 Varios pisos más arriba, el teniente D'Agosta, sentado en un enorme sofá de cuero, chasqueó la lengua, descansó una pierna rechoncha sobre la rodilla de la otra y paseó la vista por el estudio del conservador. Pendergast, arrellanado en una butaca detrás de un escritorio, estaba absorto en un libro de litografías. Sobre su cabeza colgaba un gran cuadro de Audubon, con marco rococó dorado, que plasmaba el rito de apareamiento del airón blanco. Un artesonado de roble con la pátina de un siglo se alzaba sobre las paredes revestidas de molduras. Elegantes lámparas doradas pendían del techo, y una gran chimenea de piedra caliza de las Dolomitas muy labrada dominaba una esquina de la sala. «Bonita habitación —pensó el teniente—. Dinero antiguo, Nueva York antiguo. Tiene clase. No es un sitio para fumar un puro de dos pavos.» Encendió uno. —Pasan de las dos y media —dijo, y exhaló humo azul—. ¿Dónde demonios se habrá metido Wright? Pendergast se encogió de hombros. —Intenta intimidarnos —afirmó y pasó otra página. D'Agosta observó un momento al hombre del FBI. —Ya conoce a esos peces gordos de los museos. Creen que pueden hacer esperar a cualquiera —dijo por fin—. Wright y sus colegas nos tratan como a ciudadanos de segunda. Pendergast pasó otra página. —No tenía ni idea de que el museo poseía una colección entera de bocetos del Foro de Piranesi —murmuró. D'Agosta resopló. «Debe de ser interesante», pensó. Después de comer, había telefoneado subrepticiamente a algunos amigos del FBI. Resultó que no sólo habían oído hablar de Pendergast, sino que también conocían ciertos rumores que corrían sobre él. Se había graduado con honores en una universidad inglesa; debía de ser cierto. Oficial de fuerzas especiales que había sido capturado en Vietnam y huido después de la selva; único superviviente de un campo de concentración camboyano. D'Agosta albergaba dudas al respecto. En cualquier caso, su opinión sobre aquel hombre comenzaba a cambiar. La puerta maciza se abrió y entró Wright, seguido del jefe de seguridad. El director del museo se sentó con brusquedad frente al agente del FBI. —Supongo que usted es Pendergast. —El director suspiró—. Acabemos de una vez. D'Agosta se acomodó para presenciar el espectáculo. Se produjo un largo silencio mientras Pendergast pasaba páginas. Wright se removió en la silla. —Si está ocupado —dijo con irritación—, volveremos en otro momento. El rostro de Pendergast quedaba oculto tras el grueso libro. —No —dijo por fin—. Éste es un buen momento. Pasó otra página con parsimonia, y luego otra. El teniente observó con placer cómo el director enrojecía. —No necesitamos al jefe de seguridad en esta reunión —dijo la voz detrás del libro. —El señor Ippolito interviene en la investigación… De repente, los ojos del agente aparecieron por encima del libro. —Yo estoy al mando de esta investigación, doctor Wright —afirmó con tranquilidad Pendergast—. Si el señor Ippolito es tan amable. El hombre dirigió una mirada nerviosa a Wright, que agitó la mano a modo de despedida. —Escuche, señor Pendergast —dijo el director en cuanto la puerta se cerró—, dispongo de muy poco tiempo. Confío en que la entrevista sea breve. Pendergast depositó con cuidado el tomo abierto sobre el escritorio. —A menudo pienso que estas obras tempranas de Piranesi son las mejores. ¿No opina lo mismo? Wright compuso una expresión de estupefacción. —No sé qué tiene que ver eso con… —murmuró. —Sus obras posteriores son interesantes, por supuesto, pero demasiado fantasiosas para mi gusto —añadió el agente especial. —De hecho —empezó el director con tono pedagógico—, siempre he pensado… El libro se cerró con un estruendo similar a un disparo. —De hecho, doctor Wright —dijo con firmeza Pendergast, abandonando su anterior cortesía—, es hora de que olvide lo que siempre ha pensado. Le propongo un juego: yo hablo y usted escucha. ¿Comprendido? Wright enmudeció, y su cara enrojeció de ira. —Señor Pendergast, no consentiré que me hable de esa manera… El agente le interrumpió: —Por si no ha leído los titulares de los periódicos, doctor Wright, le informo de que se han cometido tres espantosos asesinatos en este museo en las últimas cuarenta y ocho horas. Tres. La prensa insinúa que un animal feroz es el responsable. La afluencia de público ha descendido en un 50 por ciento desde el fin de semana. Su personal está muy preocupado, por expresarlo de una manera suave. ¿Se ha molestado en dar hoy un paseo por el museo que dirige, doctor Wright? Lo encontraría muy edificante. La sensación de miedo resulta casi palpable. Los empleados, cuando se atreven a abandonar un momento sus despachos, salen en grupos. El personal de mantenimiento evita bajar al sótano antiguo argumentando cualquier excusa. No obstante, usted actúa como si nada ocurriera. Créame, doctor Wright, está sucediendo algo muy grave. Pendergast se inclinó y cruzó lentamente los brazos sobre el escritorio. Se percibía algo tan amenazador en su postura, tan frío en sus claros ojos, que el director se encogió de forma inconsciente. D'Agosta contuvo el aliento. —Podemos afrontar el problema de tres maneras —prosiguió el agente—: a su manera, a mi manera o a la manera del FBI. Hasta el momento, la ineficacia de sus métodos ha quedado demostrada. Tengo entendido además que la investigación policial se ha visto sutilmente obstruida. Las llamadas telefónicas no suelen atenderse, y el personal está siempre ocupado o ilocalizable. Los que se encuentran disponibles, como por ejemplo el señor Ippolito, no sirven de gran ayuda. La gente se presenta tarde a las citas. Todo esto basta para despertar mis sospechas. Su manera ya no es aceptable. Pendergast esperó la reacción del director. Como no se produjo ninguna, prosiguió: —En circunstancias normales, el FBI propondría cerrar el museo y cancelar las exposiciones. Esto acarrearía una publicidad negativa, se lo aseguro, y resultaría muy caro a los contribuyentes y a ustedes. Mi manera, en cambio, es un poco más suave. Si no se produce ningún cambio, el museo puede permanecer abierto; con ciertas condiciones, claro. En primer lugar, debe asegurarme la total colaboración del personal del museo. Necesitaremos hablar con usted y otros cargos directivos de vez en cuando, y quiero una disponibilidad total. Además, me facilitará una lista en que conste todo el personal. Interrogaremos a todos los trabajadores que estuvieran, o pudieran estar, cerca de la escena del crimen. No habrá excepciones. Estableceremos un horario, y todo el mundo tendrá que acudir a la hora concertada, con puntualidad. —Pero hay dos mil quinientos empleados… —protestó Wright. —En segundo lugar —atajó Pendergast—, a partir de mañana limitaremos el acceso de los empleados al museo hasta que la investigación concluya. El toque de queda se impone para garantizar la seguridad del personal; al menos, eso les dirá. —Pero aquí se realizan investigaciones vitales… —En tercer lugar… —Pendergast apuntó a Wright con tres dedos—. De vez en cuando nos veremos obligados a cerrar el museo, total o parcialmente. En algunos casos, sólo se negará la entrada a los visitantes; en otros, también se impedirá el acceso al personal. Tal vez avisemos con poca antelación. Esperamos que lo comprenda. La furia de Wright aumentó. —El museo sólo se cierra tres días al año: Navidad, Año Nuevo y Acción de Gracias. Esto no tiene precedentes. Será terrible para nuestro prestigio. —Dirigió a Pendergast una mirada larga y calculadora—. Además, dudo de que tenga autoridad para hacer eso. Creo que deberíamos… —Se interrumpió al ver que Pendergast había descolgado el auricular del teléfono—. ¿Qué hace? —preguntó. —Doctor Wright, empiezo a hartarme. Quizá deberíamos consultar al ministro de Justicia. Pendergast comenzó a marcar. —Un momento —exclamó Wright—. Creo que podemos discutirlo sin involucrar a otras personas. —Usted decide —replicó el agente, marcando el último número. —Cuelgue, por el amor de Dios —ordenó el director, enfurecido—. Cooperaremos, por supuesto…, siempre que sea razonable. —Muy bien. Si en el futuro considera que algo es irrazonable, podemos repetir la jugada. Colgó el auricular con delicadeza. —Si voy a colaborar, creo que tengo derecho a que se me informe del curso de las investigaciones desde la última atrocidad. Por lo visto, no han avanzado demasiado. —Desde luego, doctor. —Pendergast fijó la vista en los papeles que descansaban sobre el escritorio—. Según la hora registrada en los relojes del museo, la última víctima, Jolley, falleció poco después de las diez y media de anoche. La autopsia lo confirmará. Como sabe, fue desgarrado, como las anteriores víctimas. Lo mataron mientras efectuaba su ronda, aunque el hueco de la escalera en que se halló el cadáver no estaba incluido en el recorrido habitual. Tal vez oyó un ruido sospechoso, o quizá se detuvo para fumar un canuto. De hecho se encontró una colilla de un cigarrillo de marihuana cerca de la puerta que comunicaba con el patio. Se realizarán los análisis oportunos para averiguar si tomó drogas. —Dios, sólo nos faltaba eso —murmuró Wright—. Pero ¿no han conseguido pistas útiles? ¿Qué hay sobre eso del animal? Usted… Pendergast levantó la mano para acallarlo. —Preferiría no especular hasta que hablemos de las pruebas obtenidas con los expertos, algunos de los cuales tal vez pertenezcan a su plantilla. Oficialmente, aún no hemos encontrado ningún rastro que indique la presencia de un animal en las cercanías. »El cadáver fue hallado al pie de la escalera, si bien era evidente que el ataque se había producido cerca del rellano, pues la sangre y las vísceras se esparcían a lo largo de la escalera. O rodó o fue arrastrado. Si no cree en mi palabra, doctor Wright, véalo por usted mismo. Pendergast levantó un sobre de papel manila del escritorio, extrajo una fotografía y la depositó sobre la mesa. —Oh, Dios mío —exclamó Wright—. Que Dios nos asista. —La pared de la derecha estaba cubierta de sangre —explicó el agente—. Aquí tiene la fotografía. La pasó a Wright, que se apresuró a colocarla sobre la primera. —Será sencillo efectuar un análisis de trayectoria de las salpicaduras de sangre —continuó Pendergast—. En ese caso parece evidente que se produjo un tremendo golpe dirigido hacia abajo que destripó al instante a la víctima. —Guardó las fotografías y consultó su reloj—. El teniente D'Agosta se pondrá en contacto con usted para comprobar que todo se lleva a cabo según las directrices que hemos establecido —anunció—. Una última pregunta, doctor, ¿cuál de sus conservadores sabe más sobre las colecciones de antropología del museo? Dio la impresión de que el doctor Wright no le había oído. —El doctor Frock —respondió por fin con voz apenas audible. —Muy bien. Ah, doctor… Le he dicho antes que el museo puede permanecer abierto, si todo sigue igual. Si alguien más es asesinado entre estas paredes, nos veremos obligados a cerrarlo de inmediato. El asunto quedará en mis manos. ¿Comprendido? Al cabo de unos minutos, Wright asintió. —Excelente. Soy muy consciente, doctor, de que la exposición «Supersticiones» se inaugura este fin de semana, y de que se ofrecerá una presentación el viernes por la noche. Me gustaría que la inauguración no sufriera retrasos, pero todo dependerá de lo que descubramos durante las próximas veinticuatro horas. La prudencia puede forzarnos a retrasarla. El párpado izquierdo de Wright empezó a temblar. —Eso es imposible. Toda nuestra campaña de márketing se iría a pique. La publicidad sería desastrosa. —Ya lo veremos —replicó Pendergast—. A menos que tenga algo que añadir, no le retendremos por más tiempo. Wright, pálido, se levantó y sin decir palabra salió del despacho muy erguido. D'Agosta sonrió cuando la puerta se cerró. —Ha ablandado con mucha elegancia a ese bastardo —comentó. —¿Qué significa eso, teniente? —preguntó Pendergast. Se reclinó en la butaca y cogió el libro con renovado entusiasmo. —Vamos, Pendergast —dijo D'Agosta, mirando fijamente al agente del FBI—. He comprobado cómo se desprende de la máscara de amabilidad cuando le place. El agente especial parpadeó con aire de inocencia. —Lo siento, teniente. Pido disculpas si me he comportado de forma incorrecta. Sencillamente, no soporto a estos burócratas engreídos. Me temo que en ocasiones me muestro muy brusco con ellos. —Alzó el libro—. Es una mala costumbre que me cuesta mucho reprimir. 17 El laboratorio daba al río East, al otro lado del cual se alzaban los almacenes y edificios semiderruidos de Long Island City. Lewis Turow se detuvo ante la ventana y contempló una enorme barcaza que, cargada de basura y rodeada de incontables gaviotas, avanzaba hacia el mar. «Probablemente los desperdicios que Nueva York produce en un minuto», pensó. Turow dio la espalda a la ventana y suspiró. Odiaba Nueva York, pero había decidido vivir allí para así trabajar en uno de los mejores laboratorios genéticos del país. La otra alternativa consistía en ser empleado de una instalación mediocre enclavada en algún delicioso pueblo rural. De momento se había decantado por la ciudad, pero su paciencia comenzaba a agotarse. Oyó un pitido bajo, seguido del suave siseo de una miniimpresora. Los resultados estaban saliendo. Otro pitido anunció que la impresión había concluido. El ordenador Omega-9 Parallel, valorado en tres millones de dólares y compuesto por una hilera de grandes cajas grises que ocupaban una pared, quedó en silencio. Sólo algunas luces indicaban que algo estaba ocurriendo. Era un modelo especialmente diseñado para secuenciar ADN y trazar mapas genéticos. Turow había llegado al laboratorio seis meses antes atraído por aquella máquina. Sacó el papel de la bandeja y lo examinó. La primera página contenía un resumen de los resultados, seguido de una secuencia de los ácidos nucleicos detectados en la muestra. A continuación, se extendían columnas de letras que identificaban las secuencias primarias y los mapas genéticos del grupo objetivo. En este caso, el grupo objetivo lo componían felinos de gran tamaño. Habían solicitado comparaciones genéticas con el tigre asiático, el jaguar, el leopardo y el lince. Turow había añadido la pantera, puesto que su genética era bien conocida. El grupo de control elegido para comprobar que el proceso de comparación genética había sido el correcto y la muestra acertada, era, como de costumbre, el Homo sapiens. Examinó el resumen: Prueba 3345A5990 MUESTRA: LAB CRIM NYC LA-33 RESUMEN GRUPO OBJETIVO % coincidencias Grado confianza Panthera leo 5,5 4% Panthera onca 7,1 5% Felis lynx 4,0 3% Felis rufa 5,2 4% Acinonix jubatus 6,6 4% GRUPO DE CONTROL Homo sapiens 45,2 33% «Bien, esto es una chorrada», pensó. La muestra coincidía más con el grupo de control que con el grupo objetivo; exactamente lo contrario de lo que tendría que haber sucedido. Había sólo un 4 por ciento de posibilidades de que el material genético perteneciera a un gran felino, y un 33 por ciento de que perteneciera a un ser humano. Un 33 por ciento; demasiado bajo, pero dentro de la probabilidad. Eso significaba que para calcular el grado de coincidencia debería acudir a GenLab, una enorme base de datos internacional (doscientas gigas y en aumento) que contenía secuencias de ADN, esquemas y mapas genéticos de miles de organismos, desde bacterias Escherichia coli al Homo sapiens. Compararía los datos con los que le ofreciera GenLab para averiguar de dónde procedía el ADN. Debía de tratarse de algo cercano al Homo sapiens. El porcentaje no era lo suficientemente alto para pertenecer a un mono, aunque tal vez sí a un pariente del lemur. A Turow se le había despertado la curiosidad. Hasta entonces ni siquiera sabía que el laboratorio trabajaba para el Departamento de Policía. «¿Qué coño les indujo a pensar que esta muestra procedía de un felino?», se preguntó. Los resultados ocuparon unas ochenta páginas. El secuenciador de ADN imprimió los nucleoides identificados en formato de columna. Indicaba especies, genes identificados y secuencias no identificadas. Turow sabía que la mayoría de las secuencias aparecían «no identificadas», puesto que el único organismo cuyo mapa genético estaba completo era el E. coli. C-G * G-T No identificado G-G G-T * G-G Homo sapiens T-T * C-G T-T * A-T A-I allele T-T * T-G marcador G * G-G C * T-T A I C-C * A-A Comienzo C-T * A-A Polimorfismo G-T * A-A * T-A * G-T * G-G * T-T * T * G-T * T * T-A * T * A-T * T-T * G-T * C-C * C-G A I Fin Poli. Turow repasó los datos y trasladó el papel a su escritorio. Pulsando algunas teclas del SPARCestación 10, podía acceder a información de miles de bases de datos. Si el Omega-9 no poseía la información que buscaba, se conectaría automáticamente con Internet y encontraría un ordenador que la contuviera. Examinó la hoja impresa con más atención y frunció el entrecejo. «Debe de tratarse de una muestra deficiente —pensó—. Demasiado ADN sin identificar.» A-A No identificado A-T Hemidactylus A-T ' T turcicus A-T ' C cont'd A-T ' T-C * A-T ' C-C * A-T ' T-G * T-T ' G-G * G-G ' G-G * G-G ' G-G * A-A *Hemidactylus G-G Hemidactylus T-T turcicus G-G turcicus T-G * G-G * G-C * * G-T * * T-G * * C-A * * A-C * * Dejó de pasar las páginas. Había algo muy extraño. El programa había identificado una cadena de ADN como perteneciente a un animal llamado «Hemidactylus turcicus». «¿Qué coño es eso?», pensó Turow. La base de datos de nomenclatura biológica se lo aclaró: NOMBRE COMÚN: GECO TURCO. «¿Qué?, pensó Turow. Tecleó «expandir». HEMIDACTYLUS TURCICUS: GECO TURCO. ZONA DE DISTRIBUCIÓN ORIGINAL: NORTE DE ÁFRICA. ACTUAL ZONA DE DISTRIBUCIÓN BIOLÓGICA: FLORIDA, BRASIL, ASIA MENOR, NORTE DE ÁFRICA. LAGARTO DE TAMAÑO MEDIO DE LA FAMILIA GECO; GEKKONIDAE, ARBÓREO, NOCTURNO, CARECE DE PÁRPADOS MÓVILES. Turow abandonó la base de datos mientras la información todavía desfilaba. Era absurdo, sin duda. ¿ADN de lagarto y ADN humano en la misma muestra? No era la primera vez que ocurría algo semejante. No podía echar la culpa al ordenador. Era un procedimiento inexacto, y de cualquier organismo sólo se conocían pequeñísimas fracciones de las secuencias de ADN. Revisó la lista impresa. Menos del 50 por ciento de las coincidencias eran humanas; una proporción muy baja, suponiendo que el sujeto fuera humano, aunque no imposible en una muestra deficiente. Y siempre existía la posibilidad de la contaminación. Un par de células extraviadas podían arruinar todo un muestreo. Esta última posibilidad se le antoja cada vez más plausible. «Bien, ¿qué se puede esperar del Departamento de Policía de Nueva York?», se dijo. Ni siquiera eran capaces de pillar al tipo que vendía crack en la esquina de su edificio. Prosiguió el examen. «Espera —pensó—, aquí hay otra secuencia larga: Tarentola mauritanica.» Se introdujo en la base de datos y tecleó el nombre. La pantalla le informó «Tarentola mauritanica: lagartija.» «Un respiro, por favor —pensó—. Esto es una tomadura de pelo.» Echó un vistazo al calendario: el 1 de abril era el sábado. Echó a reír. Una broma muy buena, cojonuda. Nunca hubiera pensado que al viejo Buchholtz se le ocurriría tomarle el pelo de aquella manera. Bien, él también tenía sentido del humor. Empezó el informe: Muestra LA-33 Resumen: Muestra identificada de forma concluyente como Homo Gekkopiens, nombre vulgar, hombre-geco… En cuanto hubo terminado el informe, lo envió arriba. Después fue a buscar un café, sin dejar de reír. Se sentía orgulloso de cómo lo había manejado. Se preguntó de dónde demonios había sacado Buchholtz las muestras de geco. «Debió de comprarlas en una tienda de animales domésticos.» Imaginó a Buchholtz mezclando muestras de células de dos o tres gecos con unas pocas gotas de sangre. «Vamos a ver qué hace el novato de Turow con esto.» Cuando regresó al laboratorio con el café, Turow lanzó una carcajada estentórea. Descubrió que Buchholtz estaba esperándole, muy serio. 18 Miércoles Frock, sentado en la silla de ruedas, se enjugó la frente con un pañuelo Gucci. —Siéntese, por favor —invitó a Margo—. Gracias por venir tan deprisa. Es espantoso, sencillamente espantoso. —Pobre guardia —dijo ella. Nadie en el museo hablaba de otra cosa. —¿Guardia? —Frock levantó la vista—. Ah, sí, una tragedia. No, me refería a eso. —Alzó una circular—. Contiene toda clase de normas nuevas. Muy molesto. A partir de hoy, el personal sólo puede permanecer en el edificio entre las diez y las cinco. Queda prohibido trabajar hasta tarde o acudir los domingos. Se apostarán guardias en cada departamento. Habrá que firmar cada vez que se entre y salga del Departamento de Antropología. Se pide que llevemos encima en todo momento alguna identificación; de lo contrario, resultará imposible acceder al museo. —Siguió leyendo—. Veamos… ¿qué más…? Ah, sí. «Procure permanecer en la medida de lo posible en su sección asignada.» Y he de advertirle que debe evitar entrar sola en las zonas aisladas del museo. Si necesita ir a alguna parte, intente que alguien la acompañe. La policía interrogará a quienes trabajan en el sótano antiguo. Usted ha de presentarse a principios de la semana que viene. Se prohíbe el acceso a varias secciones del museo. Dejó la circular sobre la mesa. Margo vio que incluía un plano del piso con las zonas prohibidas sombreadas en rojo. —No se preocupe —añadió Frock—. Su despacho se halla fuera de la zona. «Fantástico —pensó ella—. Precisamente fuera, donde el asesino estará acechando.» —Parece una solución bastante complicada, profesor Frock. ¿Por qué no se han limitado a cerrar todo el museo? —No me cabe duda de que lo propusieron, querida. Estoy seguro de que Winston les disuadió de ello. Si «Supersticiones» no se inaugura en la fecha prevista, el museo tendrá graves problemas. —Señaló la circular—. ¿Damos por zanjado el asunto? Hay otras cosas de las que quiero hablar con usted. Margo asintió. «El museo tendrá graves problemas.» Su compañera de despacho, al igual que la mitad del personal, había telefoneado aquella mañana para avisar que estaba enferma. Quienes se presentaban formaban corrillos en torno a las máquinas de café o las fotocopiadoras para intercambiar rumores y comentarios. Además, las salas de exposición del museo estaban casi vacías. Los visitantes habituales (familias en vacaciones, grupos escolares y niños alborotadores) comenzaban a escasear. En aquellos momentos el museo atraía sobre todo a los morbosos. —Tenía curiosidad por saber si había obtenido alguna planta para el capítulo sobre los kiribitu —continuó Frock—. He pensado que sería un ejercicio útil para los dos someterlas al Extrapolador. El teléfono sonó. —Maldita sea —masculló el científico y descolgó el auricular—. ¿Sí? —Siguió un largo silencio—. ¿Es preciso? —preguntó. Hizo una pausa—. Si insiste —concluyó. Colgó y exhaló un suspiro—. Las autoridades me piden que baje al sótano. Dios sabrá para qué. Se trata de un tal Pendergast. ¿Le importaría empujar la silla? Charlaremos por el camino. Ya en el ascensor, Margo explicó: —Conseguí algunos especímenes en el herbario, aunque no tantos como quería. ¿Sugiere que los sometamos al ESG? —Exacto —contestó Frock—. Dependerá del estado de las plantas, por supuesto. ¿Hay material imprimible? ESG significaba «Extrapolador Secuencial Genético», el programa que Kawakita y Frock habían elaborado para analizar impresiones genéticas. —La mayoría de las plantas está en buen estado —admitió Margo—. Pero, doctor Frock, no sé de qué pueden servir al Extrapolador. «¿Estoy celosa de Kawakita? —se preguntó—. ¿Por eso me resisto?» —Mi querida Margo, su situación es ideal —exclamó Frock, y su entusiasmo le impulsó a llamarla por el nombre—. Usted no puede reproducir la evolución, pero sí simularla con ordenadores. Tal vez esas plantas estén relacionadas genéticamente, de acuerdo con la clasificación que los chamanes kiribitu desarrollaron. ¿No sería interesante para su tesina? —No me lo había planteado —reconoció Margo. —Ahora estamos probando el programa, y nos convendría realizar un estudio como ése —prosiguió Frock, muy animado—. ¿Por qué no propone a Kawakita que trabajen juntos? Margo asintió. En realidad, estaba convencida de que Kawakita no desearía compartir su notoriedad (ni siquiera su investigación) con nadie. La puerta del ascensor se abrió a un puesto de control custodiado por dos policías armados con fusiles. —¿Es usted el doctor Frock? —preguntó uno. —Sí —contestó, irritado. —Acompáñenos, por favor. Margo empujó la silla a través de varias encrucijadas hasta llegar al segundo puesto de control, donde se hallaban otros dos policías y un hombre alto y delgado que vestía un fúnebre traje negro y llevaba el cabello, de un rubio blanquecino, peinado hacia atrás. Cuando los policías apartaron la barrera, se adelantó. —Usted debe de ser el doctor Frock —dijo, y tendió la mano—. Gracias por bajar. Como ya le dije, espero otra visita; por eso no pude ir a su despacho. De haber sabido que estaba… —señaló la silla de ruedas con un movimiento de la cabeza—, no se lo habría pedido. Agente especial Pendergast. «Un acento curioso —pensó Margo—. ¿Alarma? Este tipo no parece un agente del FBI.» —No importa —dijo Frock, apaciguado por la cortesía de Pendergast—. Ésta es mi ayudante, la señorita Green. Margo estrechó la fría mano de Pendergast. —Es un honor conocer a un científico tan distinguido como usted —continuó el agente—. Espero disponer de tiempo libre para leer su nuevo libro. —Gracias. —En él, usted aplica la denominada «Ruina del Jugador» a su teoría de la evolución, ¿no es cierto? Siempre he considerado que apoyaba su hipótesis bastante bien, sobre todo si da por sentado que la mayoría de los géneros surgen cerca de la frontera absorbente. Frock se irguió en la silla. —Bien, ah, pensaba incluir ciertas referencias a eso en mi próximo libro. —Daba la impresión de que no encontraba las palabras. Pendergast indicó con un cabeceo a los dos agentes que volvieran a colocar la barrera. —Necesito su ayuda, doctor Frock —murmuró. —Cuente con ella. A Margo le asombró la rapidez con que Pendergast se había granjeado la simpatía de su tutor. —Debo pedirle que, de momento, guarde en secreto esta conversación —dijo Pendergast—. ¿Me da su palabra? ¿Y usted, señorita Green? —Por supuesto —contestó Frock. Margo asintió. El agente hizo una seña a uno de los policías, que de inmediato le entregó una bolsa de plástico grande con una etiqueta en que se leía la palabra «prueba». Extrajo de ella un objeto pequeño y oscuro que tendió a Frock. —Lo que tiene en sus manos es el molde en látex de la garra encontrada en uno de los niños asesinados la semana pasada. Margo se inclinó para examinarla. Curvada y mellada, debía de medir alrededor de dos centímetros y medio. —Una garra —musitó Frock, observándola detenidamente—. Muy extraña; yo diría que se trata de una falsificación. Pendergast sonrió. —No hemos logrado identificar su origen, doctor, pero dudo de que sea una falsificación. En el canal de la raíz se ha detectado un poco de materia que están secuenciando para analizar el ADN. Los resultados son aún ambiguos, y los análisis continúan. Frock enarcó las cejas. —Interesante. —Y ahora mire esto —dijo Pendergast al tiempo que introducía la mano en la bolsa y sacaba un objeto mucho mayor—. Es una reconstrucción de lo que desgarró al niño. Se lo entregó a Frock. Margo miró el molde con desagrado. En un extremo, el látex aparecía moteado y deformado, mientras que en el otro los detalles se presentaban claros y bien definidos; terminaba en tres garras engarriadas: una central, grande, flanqueada por dos más cortas. —¡Santo cielo! —exclamó Frock—. Parece de un saurio. —¿Saurio? —preguntó Pendergast, escéptico. —De un dinosaurio —dijo Frock—. Un típico miembro delantero de ornitisquio, diría yo, con una diferencia. Fíjese aquí. El dígito central es muy grueso, en tanto que las garras son demasiado pequeñas. Pendergast arqueó las cejas en señal de sorpresa. —Bien, señor —dijo lentamente—, nos inclinamos hacia los felinos de gran tamaño, o hacia algún otro mamífero carnívoro. —Usted sabrá, señor Pendergast, que todos los depredadores mamíferos tienen cinco dedos. —Por supuesto, doctor. Si me lo permite, me gustaría explicarle nuestra hipótesis. —Desde luego. —Una teoría se basa en que el asesino está utilizando esto —alzó el miembro— como arma para despedazar a sus víctimas. Sospechamos que lo que sostengo en la mano es la imitación de algún objeto fabricado por una tribu primitiva a partir de, por ejemplo, un miembro delantero de jaguar o león. Al parecer el ADN está deteriorado. Tal vez se trate de una pieza antigua, propiedad del museo, que fue robada con posterioridad. Frock había bajado la cabeza hasta apoyarla sobre el pecho. Se produjo un silencio sólo roto por los pasos de los policías que vigilaban las barreras. Frock habló por fin: —¿Se detectó alguna garra rota en las heridas del guardia asesinado? —Una buena pregunta. Compruébelo usted mismo. Introdujo la mano en la bolsa de plástico y extrajo una pesada placa de látex; un rectángulo largo con tres salientes mellados en el centro. —Éste es un molde de las heridas abdominales del guardia —explicó Pendergast. Margo se estremeció. Su aspecto era escalofriante. El doctor examinó los salientes con suma atención. —La penetración debió ser extraordinaria; la herida no muestra indicios de una garra rota. Por tanto, sugiere que el asesino utiliza dos objetos distintos. Pendergast asintió. Frock inclinó la cabeza una vez más. El silencio se prolongó unos minutos. —Otra cosa —dijo de repente en voz muy alta—. ¿Observa que las marcas de la garra se juntan un poco? Están más separadas arriba que abajo. —Sí —concedió el agente. —Como una mano que se cierra y forma un puño. Eso indica que el instrumento es flexible. —Sin duda —reconoció Pendergast—. No obstante, la carne humana es bastante blanda y se deforma con facilidad. No hay que extraer demasiadas conclusiones de estos moldes. —Hizo una pausa—. Doctor Frock, ¿falta algún objeto de la colección capaz de causar estos efectos? —No existe ninguna pieza semejante en la colección —respondió Frock con una ligera sonrisa—. Esto no pertenece a ningún animal vivo que yo haya estudiado. ¿Se ha fijado en que esta garra tiene forma cónica y una raíz muy profunda? ¿Observa cómo se va ahusando hasta adquirir una forma de cruz tripiramidal casi perfecta cerca de la parte superior? Esta característica sólo se da en dos clases de animales: dinosaurios y aves. Por ese motivo algunos biólogos evolutivos postulan que los pájaros descienden de los dinosaurios. Si no fuera tan larga, diría que es un pájaro; por lo tanto, debe de pertenecer a un dinosaurio. —Dejó la garra de látex sobre el regazo y levantó la vista—. Una persona inteligente familiarizada con la morfología del dinosaurio podría ser capaz de moldear una garra como ésta, desde luego, y utilizarla como arma mortal. Supongo que habrán analizado el fragmento original para averiguar si está compuesto de materia biológica auténtica, como por ejemplo queratina, o de material inorgánico. —Sí, doctor. Es auténtica. —¿Están seguros de que el ADN era auténtico? —Sí —contestó Pendergast—. Como ya he explicado, procedía del canal de la raíz, no de debajo de la cutícula. —¿Puedo preguntarle de qué era el ADN? —Aún no tenemos el informe definitivo. Frock levantó una mano. —Comprendido. Dígame, ¿por qué no utilizan los laboratorios de ADN del museo? Nuestras instalaciones son tan buenas como cualquiera del estado. —En efecto, doctor, pero no sería correcto proceder así. Si los análisis se efectuaran en el lugar de los hechos, ¿podríamos confiar en los resultados, teniendo en cuenta que tal vez el asesino fuera el encargado de manejar los aparatos? —Sonrió—. Espero que perdone mi insistencia, doctor; ¿le importaría considerar la posibilidad de que esta arma haya sido construida a partir de reliquias pertenecientes a la colección de antropología, y pensar en un objeto u objetos que guarden semejanza con este molde? —Como quiera —contestó Frock. —Gracias. Volveremos a hablar de ello dentro de un par de días. Entretanto, ¿sería posible conseguir un inventario impreso de la colección de antropología? Frock sonrió. —¿Seis millones de piezas? Consulte el catálogo del ordenador. ¿Desea que le instalen una terminal? —Tal vez más adelante —respondió Pendergast. Introdujo la placa de látex en la bolsa de plástico—. Su oferta es muy amable. El puesto de mando se halla en la galería situada detrás de la sala de reprografía. Sonaron pasos a sus espaldas. Margo se volvió y vio la alta figura del doctor Ian Cuthbert, subdirector del museo, seguida de dos agentes. —¿Hasta cuándo se prolongará esto? —protestó Cuthbert, deteniéndose ante la barrera—. Ah, Frock, veo que también han reclamado su presencia. Una molestia tras otra. Frock asintió de forma imperceptible. —Doctor Frock —dijo Pendergast—, lo siento. Éste es el caballero a quien esperaba cuando usted llegó. Puede quedarse si lo desea. El científico asintió de nuevo. —Bien, doctor Cuthbert. —Pendergast se volvió hacia el escocés—. Le he pedido que bajara porque me gustaría obtener cierta información sobre la zona que hay a mi espalda. —Señaló una puerta grande. —¿La zona de seguridad? ¿Qué quiere saber? Estoy seguro de que cualquier otra persona podría… —Ah, prefiero preguntarle a usted —interrumpió el agente con cortesía no exenta de firmeza—. ¿Entramos? —Si no me roba demasiado tiempo… —dijo Cuthbert—. He de organizar una exposición. —Sí, desde luego —intervino Frock con tono algo sarcástico—, una exposición. Indicó a Margo que empujara la silla. —¿Doctor Frock? —llamó Pendergast sin alzar la voz. —¿Sí? —¿Sería tan amable de devolverme el molde? La puerta revestida de cobre había sido sacada de la zona de seguridad del museo y sustituida por una de acero. Al otro lado del vestíbulo se alzaba una puerta pequeña con un letrero que rezaba «Pachydermae». Margo se preguntó cómo habían logrado introducir a través de ella los enormes huesos de elefante. Empujó la silla de Frock a lo largo del estrecho pasadizo de la zona de seguridad. El museo almacenaba los objetos más valiosos en pequeñas cámaras situadas a ambos lados: zafiros y diamantes; marfil y cuernos de rinoceronte amontonados en estantes; huesos y pieles de animales extinguidos… Al otro extremo, dos hombres vestidos con trajes oscuros conversaban en voz baja. Se pusieron firmes cuando Pendergast apareció. Éste se detuvo ante una cámara abierta. La puerta, adornada con volutas, lucía un gran pomo negro de combinación, y una palanca de latón. En el interior una bombilla arrojaba una luz áspera sobre las paredes metálicas. En el cubículo había varias cajas muy grandes y una más pequeña cuya tapa había sido retirada. De una de las grandes, que se hallaba en muy mal estado, sobresalían virutas. Pendergast esperó a que todo el mundo entrara en la cámara. —Permítame ponerles en antecedentes —dijo—. El asesinato del guardia se cometió no lejos de aquí. Después, al parecer, el asesino recorrió el pasillo y trató de romper la puerta que comunica con la zona de seguridad. Tal vez lo había intentado antes sin conseguirlo. »Al principio nos preguntamos qué buscaba el asesino. Como saben, el museo alberga piezas muy valiosas. —Pendergast hizo una seña a un policía, que se acercó y le entregó un trozo de papel—. De modo que empezamos a investigar y averiguamos que nada ha entrado ni salido de la zona de seguridad desde hace seis meses; excepto estas cajas, que fueron trasladadas a esta cámara la semana pasada, por orden suya, señor Cuthbert. —Señor Pendergast, déjeme explicarle… —empezó Cuthbert. —Un momento, por favor —atajó el agente—. Cuando las inspeccionamos, descubrimos algo muy interesante. —Señaló la caja dañada—. Fíjense en las tablillas. Las de dos por seis muestran profundas señales de garras. La policía científica me ha comunicado que las marcas encontradas en las víctimas fueron causadas por el mismo objeto o instrumento. Pendergast clavó la mirada en el subdirector del museo. —No tenía ni idea… —balbuceó éste—. No han robado nada. Consideré que… —Se le quebró la voz. —¿Podría referirnos la historia de este material, doctor? —Es fácil de explicar. No encierra el menor misterio. Las cajas fueron enviadas por una antigua expedición. —Lo suponía —dijo Pendergast—. ¿Por cuál? —La expedición Whittlesey —contestó Cuthbert. Tras una pausa, suspiró y añadió—: Fue una expedición a Sudamérica que se emprendió hace cinco años. Fue… No tuvo mucho éxito. —Fue un desastre —afirmó Frock con tono despectivo. Ignorando la mirada colérica de Cuthbert, prosiguió—: En aquel entonces, provocó un escándalo en el museo. La expedición se disgregó al poco tiempo, debido a ciertas desavenencias entre los miembros. Algunos de ellos fueron asesinados por nativos hostiles, y los demás perecieron en un accidente de aviación cuando regresaban a Nueva York. Corrieron los inevitables rumores acerca de una maldición y chismes por el estilo. —Eso es una exageración —protestó Cuthbert—. No se produjo ningún escándalo. Pendergast los miró. —¿Y las cajas? —inquirió. —Fueron embarcadas por separado —respondió el subdirector—. Bien, ese dato carece de importancia. Una de ellas contenía un objeto muy especial, una estatuilla obra de una tribu sudamericana extinta. Será un elemento importante en la exposición «Supersticiones». Pendergast asintió. —Continúe. —La semana pasada, cuando fui a recuperar la estatuilla, descubrí que una de las cajas estaba abierta. —La señaló—. En consecuencia, ordené que todas ellas fueran trasladadas provisionalmente a la zona de seguridad. —¿Qué robaron? —Bien, eso es lo más sorprendente. No faltaba ningún objeto. Sólo la estatuilla ya vale una fortuna, pues se trata de una pieza única, perteneciente a la tribu kothoga, que se extinguió hace años. —Así pues, ¿no faltaba nada? —preguntó Pendergast. —Bueno, nada importante. Por lo visto, habían desaparecido las vainas de semillas, o lo que fueran. Maxwell, el científico que las empaquetó, murió en el accidente de avión, cerca de Asunción. —¿Vainas? —preguntó Pendergast. —No sé qué eran, la verdad. A excepción del material antropológico, no sobrevivió ninguna clase de documentación. Sólo contábamos con el diario de Whittlesey. Cuando llegaron las cajas, se realizó cierto trabajo de reconstrucción, pero desde entonces… —Se interrumpió. —Será mejor que me hable de esa expedición —pidió Pendergast. —No hay mucho que contar. Se organizó para rastrear las huellas de la tribu kothoga y llevar a cabo una exploración y compilación generales en una zona muy remota de la selva tropical. Creo que los trabajos preliminares calculaban que el 95 por ciento de las especies vegetales eran desconocidas para la ciencia. Whittlesey, un antropólogo, dirigía el grupo, compuesto, creo, por un paleontólogo, un antropólogo físico, tal vez un entomólogo y algunos ayudantes. Whittlesey y un ayudante llamado Crocker desaparecieron, seguramente asesinados por los nativos. Los demás perecieron en el accidente de aviación. Sólo disponíamos de documentación sobre la estatuilla, gracias al diario de Whittlesey. El resto del material es un misterio; no hay datos de dónde fue encontrado, nada. —¿Por qué ha permanecido el material en estas cajas durante tanto tiempo? ¿Por qué no fue desempaquetado, catalogado e incluido en las colecciones? Cuthbert se removió, inquieto. —Bien —respondió a la defensiva—, pregunte a Frock. Es el jefe del departamento. —Nuestras colecciones son enormes —explicó éste—. Hay huesos de dinosaurio guardados desde los años treinta que nunca han sido examinados. Se precisa de tiempo y dinero para restaurar esas cosas. —Suspiró—. En este caso particular, sin embargo, no fue un simple descuido. Según recuerdo, se prohibió al Departamento de Antropología ocuparse de esas cajas cuando se recibieron. —Dirigió una mirada llena de intención a Cuthbert. —¡Eso fue hace años! —replicó con acritud el subdirector. —¿Cómo saben que no contienen objetos raros las cajas que no han sido abiertas? —preguntó Pendergast. —El diario de Whittlesey daba a entender que la única pieza importante era la estatuilla de la caja pequeña. —¿Puedo ver ese diario? Cuthbert negó con la cabeza. —Se ha perdido. —¿Se trasladaron las cajas por orden suya? —Lo sugerí al doctor Wright después de descubrir que habían sido manipuladas —contestó Cuthbert—. Por lo general, mantenemos el material en las cajas originales hasta que se emprende la restauración; es una de las reglas del museo. —De manera que las cajas fueron desplazadas la semana pasada —murmuró Pendergast—, justo antes del asesinato de los dos niños. ¿Qué podía buscar el asesino? —Miró a Cuthbert—. Antes comentó usted que habían robado vainas de las cajas, ¿verdad? El subdirector se encogió de hombros. —Como ya he dicho, no estoy seguro de qué eran. Me parecieron vainas, pero no soy botánico. —¿Puede describirlas? —Han pasado muchos años; no me acuerdo bien. Eran grandes, redondas, pesadas y rugosas por fuera; de color marrón claro. Sólo he visto el interior de la caja dos veces: cuando llegaron, y la semana pasada, cuando buscaba el Mbwun, la estatuilla. —¿Dónde está la talla ahora? —preguntó el agente. —Están restaurándola para la exposición. Ya tendría que estar en la vitrina, porque hoy acaban los preparativos. —¿Sacó algo más de la caja? —No. Sólo la estatuilla. —Me gustaría verla —dijo Pendergast. Cuthbert se rebulló, irritado. —Ya la verá cuando se inaugure la exposición. La verdad, no sé qué pretende. ¿Por qué perder el tiempo con una caja rota cuando hay un asesino suelto por el museo? Frock carraspeó. —Margo, acérqueme más, por favor —pidió. Ella empujó la silla hasta las cajas. El hombre se inclinó con un gruñido para examinar las tablillas rotas. Los demás lo contemplaron en silencio. —Gracias —dijo. Se irguió y miró a los presentes—. Hagan el favor de observar que estas tablillas están estriadas tanto por fuera como por dentro. Señor Pendergast, ¿no nos estamos dejando llevar por las suposiciones? —Yo nunca me dejo llevar por las suposiciones —replicó el agente del FBI con una sonrisa. —Pues está haciéndolo —insistió Frock—. Todos ustedes dan por sentado que alguien, o algo, rompió la caja desde fuera. Se produjo un repentino silencio en la cámara. Margo percibió el olor del polvo en el aire, y el tenue aroma de las virutas de madera. De pronto Cuthbert lanzó una carcajada estentórea que despertó ecos en la cámara. Cuando se dirigían al despacho de Frock, éste se mostraba muy animado. —¿Ha visto ese molde? —preguntó a Margo—. Atributos propios de las aves, morfología de dinosaurio. ¡Esto podría ser lo que esperaba! —Apenas podía disimular su entusiasmo. —Pero, profesor Frock, el señor Pendergast sospecha que fue construido como una especie de arma —se apresuró a replicar la joven. Mientras hablaba, se dio cuenta de que ella también quería creerlo. —¡Paparruchas! —masculló Frock—. ¿No experimentó la sensación, al ver el molde, de observar algo familiar, aunque extraño por completo? Estábamos contemplando una aberración de la evolución, la confirmación de mi teoría. Una vez en el despacho, el científico extrajo un cuaderno del bolsillo de la chaqueta y empezó a garrapatear. —Profesor, ¿cómo podría un ser semejante…? —Margo se interrumpió cuando la mano de Frock se cerró sobre la suya. —Mi querida muchacha, hay más cosas en el cielo y en la tierra, como Hamlet señaló. No siempre debemos especular. En ocasiones basta con observar. —Hablaba en voz baja, temblando de excitación—. No podemos desperdiciar esta oportunidad, ¿me oye? ¡Maldita sea esta prisión de acero mía! Usted se convertirá en mis ojos y mis oídos, Margo. Debe ir a todas partes, buscar arriba y abajo, ser la extensión de mis dedos. Hemos de aprovechar esta oportunidad. ¿Está dispuesta, Margo? Le apretó la mano con más fuerza aún. 19 El antiguo montacargas de la sección 28 del museo siempre olía a cadáver, pensó Smithback. Probó a respirar por la boca. El montacargas era enorme, del tamaño de un estudio de Manhattan, y el ascensorista lo había decorado con una mesa, una silla y fotografías recortadas de la revista de naturaleza del museo; jirafas que se frotaban el cuello, insectos que copulaban, un mandril que exhibía el culo y mujeres nativas de pechos caídos. —¿Le gusta mi pequeña galería de arte? —preguntó el ascensorista con una sonrisa lasciva. Debía de tener sesenta años y lucía un tupé naranja. —Es agradable conocer a alguien interesado por la historia natural —replicó con sarcasmo el periodista. Cuando salió, el olor a carne podrida le asaltó con fuerza redoblada. Daba la impresión de que impregnaba el aire como la niebla del Maine. —¿Cómo lo soporta? —consiguió preguntar al ascensorista. —¿Soportar qué? —dijo el hombre, antes de cerrar las puertas. Una voz alegre se oyó desde el fondo del pasillo, por encima del ruido de los conductos de aire. —¡Bienvenido! —exclamó un hombre de edad avanzada mientras estrechaba la mano de Smithback—. Hoy sólo se sirve cebra guisada. Se ha perdido los rinocerontes. De todos modos, haga el favor de entrar. El periodista sabía que su marcado acento era austríaco. Jost von Oster, responsable de la zona de preparación osteológica, donde se reducían a huesos los cadáveres de animales, contaba más de ochenta años, pero ofrecía un aspecto tan sonrosado, alegre y regordete que aparentaba menos edad. Von Oster había ingresado en el museo a finales de los años veinte. Preparaba y montaba esqueletos para las exposiciones. En aquella época su obra maestra, una serie de esqueletos de caballo montados al paso, al trote y al galope, había revolucionado la forma de exhibir animales. A continuación, Von Oster se había dedicado a recrear hábitats de tamaño natural, tan populares en los años cuarenta, en que cada detalle (hasta la saliva de la boca del animal) parecía real. Pero la era de las muestras de hábitats había pasado, y Von Oster había sido relegado a la Sala de los Insectos. Había rechazado todas las ofertas de jubilación y dirigía muy contento el laboratorio osteológico, donde los animales (cedidos sobre todo por zoológicos) eran convertidos en huesos de un blanco inmaculado que luego se examinaban o montaban. No obstante, no había perdido su talento como escultor de hábitats, por lo que le habían encargado la elaboración de un grupo especial de chamanes para la exposición «Supersticiones». Precisamente Smithback quería incluir en un capítulo de su libro la trabajosa preparación de aquel grupo. Obedeciendo la indicación de Von Oster, entró en aquella famosa sala que nunca antes había visitado. —Me complace mucho que haya venido a mi taller —dijo el anciano—. Ya no baja casi nadie por culpa de esos espantosos asesinatos. ¡Me alegro mucho! El taller parecía una extravagante cocina industrial. Profundos depósitos de acero inoxidable ocupaban una pared, y sobre ellos colgaban enormes poleas, cadenas y ganchos para manipular los cadáveres más grandes. En el centro de la sala se había practicado un sumidero, en cuya silla había quedado atorado un hueso. Al fondo del taller se alzaba una cocina de acero inoxidable, sobre la cual descansaba un animal de gran envergadura. De no haber sido por el letrero escrito a mano sujeto a una pata de la cocina, el periodista nunca habría adivinado que la bestia era un dugongo del mar de los Sargazos. Picos, alicates y cuchillos diminutos rodeaban el cuerpo, casi descompuesto ya. —Gracias por concederme un poco de su tiempo —farfulló Smithback. —¡En absoluto! —exclamó Von Oster—. Ojalá nos permitieran realizar visitas guiadas, pero el acceso a esta zona está prohibido a los turistas. Es una pena. Tendría que haber venido a ver los rinocerontes. Gott, era impresionante. Cruzó la sala con ágiles zancadas y enseñó a Smithback el depósito de maceración que contenía el cadáver de la cebra. Pese al extractor, el fuerte olor persistía. Von Oster levantó la tapa y retrocedió como un cocinero orgulloso. —¿Qué opina? El escritor contempló el líquido marrón que llenaba el depósito. Bajo la turbia superficie yacía el cadáver de la cebra. La carne y los tejidos blandos se licuaban poco a poco. —Está un poco maduro —murmuró Smithback. —¿Qué quiere decir? ¡Está en su punto! El hornillo que hay debajo mantiene el agua a una temperatura constante de noventa y cinco grados. En primer lugar se extraen las vísceras del cadáver, que se arrojan a este depósito, donde se pudren. Al cabo de dos semanas, se retira el tapón, y todo va a parar al desagüe. Lo que queda es esta gran pila de huesos grasientos. Luego se llena de nuevo el depósito, se añade un poco de alumbre, y se hierven los huesos; no demasiado, porque se reblandecen. —Von Oster hizo una pausa para tomar aliento—. Es como cuando se cuece demasiado el pollo. ¡Uf! ¡Malo! Estos huesos aún tienen grasa; por eso los lavamos. Con el benceno adquieren un blanco purísimo. —Señor Von Oster… —empezó Smithback. Si no reconducía la entrevista con rapidez, nunca saldría de allí. Y no soportaría aquel olor mucho más rato—. ¿Podría explicarme algo acerca del grupo de chamanes en que trabaja? Estoy escribiendo un libro sobre «Supersticiones». ¿Recuerda nuestra conversación? —¡Ja, ja! ¡Por supuesto! Se precipitó hacia un escritorio y sacó unos dibujos. El periodista conectó la grabadora. —En primer lugar se pinta el fondo sobre una superficie cóncava para evitar las esquinas, ¿lo ve? Así se consigue crear una sensación de profundidad. Von Oster procedió a describir el proceso con verdadero entusiasmo. «Estupendo —pensó Smithback—. Este tío es el sueño de todo escritor.» Mientras hablaba, el anciano acuchillaba el aire con gestos exagerados y respiraba hondo entre frase y frase. Cuando terminó, dedicó una sonrisa radiante a Smithback. —Bien, ¿quiere ver los escarabajos? Smithback no pudo resistirse. Había oído hablar de aquel famoso procedimiento, inventado por Von Oster y adaptado por los museos de historia natural más importantes del país, según el cual los coleópteros despojaban a un cadáver de la carne para dejar al descubierto un esqueleto perfectamente articulado. La sala que albergaba aquellos insectos era cálida y húmeda, poco más grande que un ropero. Los escarabajos, denominados «dermestides» y procedentes de África, vivían en tubos de porcelana blanca de lados resbaladizos y coronados por una tapa de rejilla. Avanzaban lentamente sobre hileras de animales muertos despellejados. —¿Qué son esas cosas? —preguntó Smithback, mirando los cadáveres cubiertos de escarabajos. —¡Murciélagos! —respondió Von Oster—. Murciélagos para el doctor Huysmans. Se tardarán unos diez días en limpiarlos. Entre los olores y los insectos, Smithback ya había tenido bastante. Tendió la mano hacia el científico. —He de marcharme. Gracias por la entrevista. Estos escarabajos son impresionantes. —¡Ha sido un auténtico placer! —contestó Von Oster—. Espere un momento. Ha dicho «entrevista». ¿Quién le ha encargado el libro? Hasta ese momento no se había dado cuenta de que le habían entrevistado. —El museo. Rickman dirige el cotarro. —¿Rickman? —El anciano entornó los ojos. —Sí. ¿Por qué? —¿Usted trabaja para Rickman? —insistió Von Oster. —En realidad no. Ella, bueno, se dedica a entrometerse —explicó el periodista. Von Oster exhibió una amplia sonrisa. —¡Puah, es como veneno! ¿Por qué trabaja para ella? —No tuve más remedio —contestó Smithback, complacido por haber encontrado un aliado—. No creería las torturas a que me ha sometido. Oh, Dios. El científico aplaudió. —¡Lo creo! ¡Lo creo! ¡No cesa de causar problemas en todas partes! ¡No hace más que crear dificultades en los preparativos de esa exposición! —¿Cómo es eso? —preguntó Smithback, interesado de repente. —Cada día aparece y dice «esto no es bueno, aquello tampoco». Gott, qué mujer. —Muy propio de ella —afirmó el otro con una sonrisa sombría. —Ayer por la tarde estuve allí, y ella entró como una loca. «¡Que todo el mundo abandone la sala! ¡Vamos a traer la figura kothoga!» Todos tuvieron que parar de trabajar y salir. —¿La figura? ¿Qué figura? ¿Qué tiene de especial? —Smithback pensó que algo tan importante para Rickman podía serle útil. —La estatuilla de Mbwun, la perla de la exposición. No sé gran cosa al respecto. El caso es que estaba muy enfadada, se lo repito. —¿Por qué? —Ya se lo he dicho, por la figura. Corren muchos rumores sobre ella. Yo prefiero no oírlos. —¿Qué clase de rumores? El escritor escuchó al viejo durante bastante rato. Por fin salió del taller, y Von Oster lo acompañó hasta el montacargas. Cuando las puertas se cerraron, el anciano continuaba hablando: —¡Qué mala suerte trabajar para ella! —exclamó antes de que el montacargas empezara a subir. Smithback, absorto en sus pensamientos, no lo oyó. 20 Cuando la tarde comenzaba a declinar, Margo, cansada, levantó la vista del monitor. Se estiró, pulsó una tecla que puso en funcionamiento la impresora situada al final del pasillo, se reclinó en la silla y se frotó los ojos. Por fin había terminado el texto de Moriarty; no demasiado esmerado, tal vez, ni tan completo como hubiera querido, pero no podía dedicarle más tiempo. En realidad se sentía bastante complacida, y descubrió que estaba ansiosa por llevar una copia al despacho de Moriarty, que se hallaba en la cuarta planta del observatorio Butterfield, donde se alojaba el equipo que preparaba la exposición «Supersticiones». Pasó las páginas del directorio en busca de la extensión de Moriarty. A continuación descolgó el auricular del teléfono y marcó el número de cuatro cifras. —Central de la exposición —ladró una voz. Al fondo, se oían adioses apagados. —¿Está George Moriarty? —preguntó ella. —Creo que ha bajado a la exposición —contestó la voz—. Vamos a cerrar. ¿Algún mensaje? —No, gracias. Margo colgó y consultó su reloj; eran casi las cinco, hora del toque de queda. La exposición se inauguraría el viernes por la noche, y había prometido a Moriarty entregarle el escrito. Cuando se disponía a levantarse, recordó que su tutor le había propuesto que llamara a Greg Kawakita. Suspirando, descolgó de nuevo el auricular. No perdía nada por intentarlo. Cabía la posibilidad de que ya hubiera abandonado el edificio. En tal caso, dejaría un mensaje en el contestador. —Al habla Greg Kawakita —respondió la familiar voz de barítono. —¿Greg? Soy Margo Green. —«No emplees ese tono de disculpa —le reprendió—. ¡Ni que fuera un jefe de departamento, o algo por el estilo!» —Hola, Margo. ¿Qué ocurre? Ella oyó un tintineo de llaves al otro extremo de la línea. —Quería pedirte un favor. De hecho, me lo ha sugerido el doctor Frock. Estoy efectuando un análisis de algunos especímenes de plantas utilizadas por la tribu kiribitu, y él me propuso que los sometiera al Extrapolador. Tal vez encuentre correspondencias genéticas en las muestras. Se produjo un breve silencio. —Bien, Margo, me gustaría ayudarte, de veras, pero el Extrapolador no está aún en condiciones de ser utilizado por el primero que se presente. Todavía estoy buscando virus, y no podría garantizar los resultados. A Margo se le encendió el rostro. —¿Por el primero que se presente? —Lo siento, escogí mal las palabras. Ya sabes a qué me refiero. Además, estoy muy ocupado, y ese toque de queda no contribuye a facilitarme las cosas. ¿Por qué no me telefoneas dentro de un par de semanas? Te diré algo entonces. Margo se levantó, cogió la chaqueta y el bolso, y fue en busca del documento impreso. Intuía que Kawakita le daría largas indefinidamente. Bien, que se fuera a la mierda. Localizaría a Moriarty y le entregaría la copia antes de marcharse. Tal vez éste le enseñaría la exposición, y ella procuraría averiguar qué había provocado tanto revuelo. Unos minutos más tarde, Margo caminaba con parsimonia por la Sala de Selous. Había dos policías apostados en la entrada, y un conserje trabajaba en el centro de información, guardando libros mayores y disponiendo objetos de venta para los visitantes. «Suponiendo que venga alguno», pensó ella. Los oyentes, que conversaban bajo la enorme estatua de bronce de Selous, no se fijaron en Margo. La muchacha recordó la charla que había mantenido aquella mañana con Frock. Si no atrapaban al asesino, se adoptarían medidas de seguridad más estrictas. Tal vez se retrasaría la exposición de la tesina; quizá cerrarían todo el museo. Margo meneó la cabeza. Si eso ocurría, tendría que regresar a Massachusetts. Se dirigió hacia la Galería Walker y la entrada trasera de «Supersticiones». Observó decepcionada que las grandes puertas de hierro ya estaban cerradas y que ante ellas se extendía una cuerda de terciopelo sostenida por dos postes de latón. Junto a uno de ellos se hallaba un policía. —¿Puedo ayudarla, señorita? —preguntó. Su placa rezaba «F. Beauregard». —Deseo ver a George Moriarty. Creo que se encuentra en las galerías de la exposición. He de entregarle algo. Blandió el documento ante el agente, que no se mostró impresionado. —Lo lamento, señorita. Pasan de las cinco. No debería estar aquí. Además —añadió con más suavidad—, estas salas no se abrirán hasta mañana por la mañana. —Pero… —empezó a protestar Margo. Dio media vuelta y se encaminó hacia la rotonda con un suspiro. Después de doblar una esquina, se detuvo. Al final del pasillo vacío vio la enorme y tenebrosa sala. El agente F. Beauregard se hallaba a su espalda, oculto por la esquina. Guiada por un impulso, giró a la izquierda para enfocar un corto pasadizo que comunicaba con otro. Tal vez no era demasiado tarde para localizar a Moriarty. Subió por unas escaleras, miró alrededor con cautela antes de avanzar y penetró muy despacio en una sala abovedada en que se exhibían insectos. Después torció a la derecha y se adentró en una galería que se extendía alrededor del segundo nivel de la Sala Marina. Como todos los demás estaba desierto y en penumbras. Bajó por unas escaleras de caracol hasta la sala principal. Con mayor lentitud aún, avanzó junto a un grupo de morsas y una maqueta de un arrecife submarino construida con meticulosidad. Dioramas como aquél, tan de moda en los años treinta y cuarenta, ya no se realizaban porque resultaban demasiado caros. Al final de la sala se alzaba la entrada a la Galería Weisman, donde se ubicaban las exposiciones temporales más largas. Se trataba de un conjunto de galerías que albergarían el material de «Supersticiones». Papel negro cubría el interior de las puertas de cristal doble, donde aparecía un gran letrero que rezaba: «Galería cerrada. Nueva exposición en preparación. Gracias por su comprensión.» La puerta izquierda estaba cerrada con llave. Sin embargo, la derecha se abrió con facilidad. Margo miró hacia atrás con disimulo; no había nadie. La puerta se cerró a su espalda. La joven se encontró en un angosto espacio que separaba las paredes exteriores de la galería de la parte trasera de la exposición propiamente dicha. Por el suelo serpenteaban cables eléctricos y se disimulaban tablas de madera contrachapada y clavos grandes. A su izquierda se alzaba una enorme estructura de cartón piedra y tablas sostenida por contrafuertes de madera, que recordaba a la parte posterior de un plato de Hollywood. Ningún visitante del museo vería aquella zona. Avanzó con cautela por el estrecho espacio para no tropezar en aquel pasadizo tenuemente iluminado por bombillas revestidas de metal colocadas cada seis metros. No tardó en descubrir un pequeño hueco entre los paneles de madera; era lo bastante grande, decidió, para colarse por él. Entró en una enorme antesala hexagonal. Tres arcos góticos conducían a pasillos que se perdían en la oscuridad. De las paredes colgaban fotografías de chamanes, iluminadas por detrás. Contempló con aire reflexivo las tres salidas. Ignoraba en qué parte de la exposición se hallaba, dónde empezaba, dónde terminaba, qué dirección debía tomar para localizar a Moriarty… —¿George? —susurró, incapaz de alzar la voz en el silencio y las tinieblas. Recorrió el corredor central hasta llegar a una sala oscura, más grande que la anterior y repleta de objetos. A intervalos regulares, un haz de luz caía sobre una pieza: una máscara, un cuchillo de hueso, una talla extraña cubierta de clavos… Daba la impresión de que los objetos flotaban en la oscuridad aterciopelada. Franjas de luz y sombras demenciales jugaban a lo largo del techo. La galería se estrechaba al final. Margo tuvo la extraña sensación de que se adentraba en una caverna profunda. «Muy efectista», pensó. Comprendió por qué Frock se mostraba disgustado. Penetró más en las tinieblas, acompañada sólo por el ruido de sus pasos, amortiguados por la mullida alfombra. No vio los objetos exhibidos hasta que casi estuvo encima de ellos, y se preguntó cómo regresaría a la sala de los chamanes. Tal vez habría una salida que no estuviera cerrada con llave (una salida bien iluminada) en algún otro punto de la exposición. Ante ella, el angosto pasillo se bifurcaba. Tras un momento de vacilación, eligió el pasaje de la derecha. A medida que avanzaba, observaba las pequeñas hornacinas situadas a ambos lados; cada una contenía una única pieza de aspecto grotesco. El silencio resultaba tan estremecedor que contuvo el aliento. El corredor desembocaba en una cámara. Margo se detuvo ante un conjunto de cabezas maoríes tatuadas. No estaban reducidas. Los cráneos permanecían en el interior, conservados, según rezaba la etiqueta, mediante humo. Las cavidades oculares aparecían rellenas de fibras, y las pieles de color caoba brillaban. Los labios negros y marchitos dejaban al descubierto los dientes; las seis cabezas sonreían histéricamente en la noche. Los tatuajes azules, de una complejidad escalofriante (intrincadas espirales que se cruzaban una y otra vez y se curvaban alrededor de las mejillas, la nariz y el mentón), habían sido efectuados en vida, según se leía en el rótulo. Al otro lado, la galería se estrechaba hasta un punto donde se alzaba un enorme tótem rechoncho, iluminado por una pálida luz anaranjada situada detrás. Sombras de cabezas de lobo gigantescas y aves con crueles picos ganchudos se proyectaban en el techo. Convencida de haber llegado a un callejón sin salida, Margo se acercó al tótem. Entonces reparó en una pequeña abertura, a la izquierda de la figura, que conducía a una cámara. Avanzó despacio, con el mayor sigilo posible. Cualquier pensamiento de llamar a Moriarty otra vez se había desvanecido hacía rato. «Gracias a Dios, no estoy cerca del sótano antiguo», pensó. La cámara contenía una selección de fetiches. Algunos eran simples piedras talladas en forma de animales; la mayoría representaba monstruos que reflejaban la vertiente más oscura de la superstición humana. Otra abertura condujo a Margo al interior de una habitación larga y estrecha, revestida de fieltro negro. Una pálida luz azul surgía de un recoveco oculto. El techo era muy bajo. «Smithback tendría que caminar a gatas por aquí», pensó. El recinto se ensanchaba hasta formar un espacio octogonal. Una luz moteada se filtraba desde las representaciones en vitrales de infiernos medievales que pendían del alto techo abovedado. Grandes vitrinas dominaban cada pared. Se acercó a la más próxima y vio una tumba maya. Un esqueleto yacía en el centro, cubierto por una espesa capa de polvo y rodeado por diversos objetos. Sobre la caja torácica descansaba un peto dorado, y anillos de oro ceñían los dedos huesudos. Alrededor del cráneo se disponían jarros pintados, uno de los cuales contenía una ofrenda consistente en diminutas mazorcas de maíz resecas. El siguiente aparador exhibía un sepulcro esquimal, donde reposaba una momia envuelta en pieles. El siguiente era aún más sorprendente: un ataúd podrido sin tapa, de estilo europeo, con su cadáver correspondiente. El cuerpo, ataviado con levita y corbata, estaba muy descompuesto. La cabeza aparecía rígidamente inclinada hacia Margo, como preparada para revelarle un secreto. Las cavidades oculares vacías sobresalían, y la boca estaba osificada en un rictus de dolor. Margo retrocedió un paso. «Santo Dios —pensó—, debe de ser el bisabuelo de alguien.» El tono realista de la etiqueta, que refería con buen gusto los rituales asociados a los típicos entierros de Estados Unidos en el siglo XIX, desmentía el horror visual de la escena. «Es cierto —pensó—. El museo se la juega con una exposición tan fuerte como ésta.» Decidió prescindir de las otras vitrinas y se encaminó hacia una arcada baja situada al otro lado de la habitación octogonal. Más allá, el pasillo se bifurcaba. A su izquierda había una pequeña cámara sin salida, y a su derecha un largo y estrecho corredor que se perdía en la oscuridad. No quería ir por allí; aún no. Entró en la cámara sin salida y se detuvo de repente. A continuación avanzó para examinar una de las vitrinas. Las piezas expuestas en aquella galería giraban en torno al concepto de la maldad absoluta en sus múltiples manifestaciones míticas. Se mostraban diversas imágenes de un demonio medieval, así como el espíritu del mal esquimal, Tornarsuk. Sin embargo, lo que fascinó a Margo fue una estatuilla que, colocada a cuatro patas, descansaba sobre un rudo altar de piedra situado en medio del recinto e iluminado por un foco amarillo. La pieza, tallada con tal meticulosidad que la joven quedó sin aliento, estaba cubierta de escamas. Había algo en ella (tal vez los largos miembros delanteros, tal vez el ángulo de la cabeza) que resultaba perturbadoramente humano. Margo se estremeció. «¿Qué clase de imaginación pudo concebir un ser con escamas y pelo?» Leyó la etiqueta: «Mbwun. Esta talla representa al dios loco Mbwun, labrada tal vez por la tribu kothoga de la cuenca superior del Amazonas. Este dios salvaje, también conocido como "El Que Anda A Cuatro Patas", era muy temido por las demás tribus indígenas de la zona. Según las leyendas locales, la tribu kothoga era capaz de conjurar a Mbwun a voluntad e incitarle a destruir los poblados vecinos. Se han hallado muy pocos objetos kothoga, y ésta es la única imagen de Mbwun que se conoce. A excepción de algunas referencias en las leyendas de la Amazonia, no se sabe nada más sobre los kothoga, o sobre su misterioso "demonio".» Un escalofrío le recorrió la espalda. Margo observó la figura atentamente. Le repelían las facciones de reptil, los ojos pequeños y malvados… las garras; tres en cada extremidad delantera… «Oh, Dios santo.» Su instinto le aconsejó que guardara un silencio absoluto. Transcurrió un minuto; luego otro. Entonces oyó de nuevo el ruido que la había paralizado. Se trataba de un extraño crujido, lento, deliberado, enloquecedoramente suave. Los pasos amortiguados por la gruesa alfombra sonaban cerca… muy cerca. Un espantoso hedor amenazó con asfixiarla. Intentando controlar el pánico, miró alrededor, despavorida, en busca de la salida más segura. Reinaba una oscuridad total. Salió de la cámara con el mayor sigilo y cruzó la bifurcación. Al oír otro crujido, echó a correr, correr, correr, como un rayo en la negrura, dejando atrás los objetos siniestros y las estatuas horripilantes que parecían materializarse en los tenebrosos pasillos. Por fin, sin aliento, se acuclilló en un nicho donde se exhibían muestras de medicina primitiva. Se refugió tras una vitrina que contenía un cráneo humano clavado en la punta de un poste de hierro. Aguzó el oído. Nada; ni ruidos, ni movimientos. Esperó, mientras su respiración se apaciguaba, y recobraba el sentido común. Nada la acechaba. De hecho, nunca había habido nada, aparte de su febril imaginación, espoleada por aquel recorrido de pesadilla. «Ha sido una tontería colarse —pensó—. Ahora no sé si querré volver, ni siquiera en el sábado más frecuentado.» En cualquier caso, debía encontrar una salida. Confiaba en que, aunque era tarde, alguien que la oyera llamar con los puños si se topaba con una puerta cerrada con llave. Resultaría embarazoso dar explicaciones a un guardia o a un policía, pero al menos conseguiría salir. Miró por encima de la vitrina. Aunque todo hubiera sido fruto de su imaginación, prefería no volver por el mismo camino. Contuvo el aliento, salió con sigilo y aguzó el oído. Nada. Giró a la izquierda y avanzó poco a poco por el pasillo, en busca de una ruta que la sacara de la exposición. Se detuvo ante una amplia bifurcación y forzó la vista para escudriñar la oscuridad, mientras se debatía entre las dos posibilidades. «¿Por qué no habrá señales que indiquen la salida? Supongo que aún no las habrán instalado. Muy típico.» El pasillo de la izquierda parecía prometedor; daba la impresión de que se abría a un amplio vestíbulo. Captó un movimiento con el rabillo del ojo. Con los miembros petrificados, dirigió una mirada temerosa a la derecha. Una sombra —negro sobre negro— se deslizaba furtivamente hacia ella. Margo echó a correr por el pasillo, con una velocidad nacida del terror. Más que ver, intuyó que las paredes se ensanchaban. De pronto vislumbró dos rendijas verticales de luz que delineaban una puerta doble. Sin dejar de correr, se precipitó hacia ella. La puerta cedió, y algo cayó a un lado con un ruido metálico. Percibió una débil luz; las suaves luces rojas de un museo por la noche. Un aire frío le acarició la mejilla. Cerró la puerta, sollozando, y se apoyó contra ella, con los ojos cerrados, luchando por recuperar el aliento. En la oscuridad que se extendía a su espalda, se oyó el inconfundible sonido de alguien que carraspeaba. SEGUNDA PARTE Exposición «Supersticiones» 21 —¿Qué pasa aquí? —preguntó una voz severa. Margo giró en redondo y casi se desmayó de alivio. —Agente Beauregard, hay algo en… —se interrumpió. F. Beauregard, que estaba levantando los postes de latón derribados por la puerta, alzó la vista al oír su voz. —Eh, usted es la chica que intentó entrar antes. —El policía entornó los ojos—. ¿Qué sucede, señorita? ¿No sabe aceptar un «no» por respuesta? —Agente, hay un… —De nuevo, fue incapaz de continuar. El agente retrocedió y cruzó los brazos sobre el pecho, a la espera. De pronto, una expresión de sorpresa se pintó en su rostro. —¿Qué coño…? ¿Se encuentra bien, señorita? Margo se había desplomado, riendo (o llorando, no estaba segura), y se enjugaba las lágrimas. El hombre la cogió por el brazo. —Creo que debería acompañarme. Lo que esa frase implicaba (sentarse en una habitación llena de gente, contar la historia una y otra vez, tal vez tener que telefonear al doctor Frock, o incluso al doctor Wright, tener que regresar a la exposición) obligó a Margo a incorporarse. «Pensarán que estoy loca.» —Oh, no, no es necesario —dijo, y sorbió por la nariz—. Me he asustado un poco. El agente Beauregard no se mostró muy convencido. —Creo que deberíamos hablar con el teniente D'Agosta. —Con la otra mano, sacó del bolsillo trasero del pantalón una enorme libreta encuadernada en piel—. ¿Cómo se llama? —preguntó—. He de redactar un informe. Era evidente que no la soltaría hasta que le proporcionara la información. —Me llamo Margo Green —respondió por fin—. Soy una graduada que trabaja con el doctor Frock. Debía entregar un documento a George Moriarty, el conservador a cargo de esta exposición. Tenía usted razón; no había nadie. Mientras hablaba, consiguió liberarse del agente y se encaminó hacia la Sala de Selous. Beauregard la miró y, tras encogerse de hombros, abrió la libreta y empezó a escribir. Ya en la sala, Margo se detuvo. No podía regresar a su despacho, pues eran casi las seis, y el toque de queda ya había entrado en vigor. No quería ir a casa. No podía, aún no. Recordó la copia de Moriarty. Apretó un codo contra el costado para comprobar que el bolso continuaba en su sitio, colgado del hombro. Después se acercó al quiosco de información, descolgó el auricular de un teléfono interno y marcó. Un timbrazo. —Moriarty al habla. —¿George? Soy Margo Green. —Hola, Margo. ¿Qué ocurre? —Estoy en la Sala de Selous. Acabo de salir de la exposición. —¿De mi exposición? —preguntó él, sorprendido—. ¿Qué hacías allí? ¿Quién te permitió entrar? —Estaba buscándote. Quería entregarte la copia de Camerún. ¿Estabas allí? El pánico se apoderó de ella otra vez. —No. En teoría nadie puede entrar en la exposición porque estamos preparando la inauguración del viernes. ¿Por qué? Margo respiró hondo y trató de controlarse. Le temblaban las manos, y el auricular repiqueteaba contra su oído. —¿Qué te ha parecido? —preguntó Moriarty, curioso. Ella dejó escapar una risita histérica. —Aterradora. —Pedimos a algunos especialistas que se ocuparan de la iluminación. El doctor Cuthbert contrató al hombre que diseñó el Mausoleo Encantado de Fantasilandia. Se le considera el mejor del mundo, como sabrás. Margo recuperó por fin la confianza para hablar de nuevo. —George, había algo en la exposición. Un guardia de seguridad la vio desde el fondo de la sala y se encaminó hacia ella. —¿Qué significa «algo»? —¡Exactamente eso! De pronto tuvo la impresión de que se hallaba otra vez en la exposición, a oscuras, al lado de la horrible estatuilla. Recordó el sabor amargo del terror en su boca. —¡Oye, deja de chillar! —exclamó Moriarty—. Escucha, nos reuniremos en Los Huesos para hablar de esto. Además, en principio no deberíamos estar en el museo. Sí…, oigo lo que dices, pero no lo entiendo. Los Huesos, como la llamaban todos los empleados del museo, era conocida por los residentes de las cercanías como la Blarney Stone Tavern. Su discreto fachada, encajada entre dos enormes edificios muy ornamentados, se alzaba frente a la entrada sur del museo, en la calle Setenta y dos. A diferencia de los típicos bares del Upper West Side, el Blarney Stone no servía paté de liebre ni cinco clases de agua mineral, pero se podía tomar carne mechada al estilo casero y una jarra de Harp por diez dólares. Boylan, el propietario, había clavado y sujeto un número sorprendente de huesos en todos los espacios disponibles del local. Las paredes estaban repletas de incontables fémures y tibias, colocados en pulcras hileras marfileñas como cañas de bambú. Metatarsos, omóplatos y rótulas trazaban extravagantes mosaicos en el techo. Cráneos de mamíferos extraños se alojaban en todos los huecos concebibles. De dónde sacaba los huesos era un misterio, aunque algunos afirmaban que saqueaba el museo por las noches. «Los trae la gente», se limitaba a explicar Boylan, encogiéndose de hombros. Por supuesto, era el lugar favorito de los empleados del museo. Los Huesos estaba lleno a rebosar, y Margo y Moriarty se abrieron paso entre la multitud hasta encontrar un reservado vacío. Margo paseó la mirada por la estancia y vio a varios compañeros, incluido Bill Smithback. El escritor, sentado a la barra, hablaba animadamente con una rubia esbelta. —Bien —dijo Moriarty en voz alta para hacerse oír—. ¿Qué me contabas por teléfono? No estoy seguro de haberlo entendido bien. Margo respiró hondo. —Bajé a la exposición para entregarte la copia. Estaba oscuro. Había algo. Me siguió. Me persiguió. —Otra vez esa palabra, «algo». ¿Por qué lo dices? Margo meneó la cabeza, impaciente. —No me pidas que te lo explique. Oí ruidos, como pasos amortiguados. Eran tan sigilosos, tan decididos que yo… —Se estremeció—. Y aquel espantoso olor. Fue horrible. —Escucha, Margo… —Se interrumpió cuando la camarera se acercó para tomar nota—. La exposición ha sido diseñada para poner los pelos de punta. Tú misma dijiste que Frock y otros la consideraban demasiado efectista. Supongo que al estar encerrada allí, sola en la oscuridad… —En otras palabras, han sido imaginaciones mías. —Margo lanzó una carcajada carente de humor—. No sabes cuánto me gustaría creerlo. Les sirvieron las bebidas; una cerveza sin alcohol para Margo y para Moriarty una pinta de Guinness coronada por los dos centímetros obligatorios de espuma. El hombre tomó un trago con aire crítico. —Esos asesinatos, todos los rumores que se han suscitado… —dijo—. Creo que yo habría reaccionado igual. Margo, más calmada, habló con tono vacilante: —George, esa estatuilla kothoga de la exposición… —¿Mbwun? ¿Qué le pasa? —Sus patas delanteras tienen tres garras. Moriarty saboreó la Guinness. —Lo sé. Es una obra escultórica maravillosa, una de las atracciones principales del espectáculo. Aunque detesto admitirlo, supongo que su mayor atractivo reside en la maldición. Margo tomó un sorbo de cerveza. —George, quiero que me cuentes, con el mayor detalle posible, todo lo que sepas acerca de la maldición de Mbwun. Un grito se impuso al rumor de las conversaciones. Margo levantó la vista y observó que, entre la neblina provocada por el humo, Smithback se acercaba a ellos cargado de libretas y con el cabello revuelto. La mujer con quien había estado hablando en la barra había desaparecido. —Reunión de expulsados —dijo—. Ese toque de queda es un auténtico coñazo. Dios me libre de policías y jefes de seguridad. —Sin ser invitado, se sentó junto a Margo y arrojó los cuadernos sobre la mesa—. Me han comentado que la policía interrogará a cuantos trabajan cerca de donde se cometieron los asesinatos. Supongo que eso te incluye a ti, Margo. —Me han citado para la semana que viene. —Yo no sé nada al respecto —intervino Moriarty, que no parecía muy complacido por la aparición del periodista. —Bien, tú no tienes por qué preocuparte allí arriba, en tu desván —dijo Smithback—. Es probable que la Bestia del Museo no pueda subir escaleras. —Estás un poco desagradable esta noche —observó Margo—. ¿Acaso Rickman ha vuelto a censurar tu manuscrito? Smithback continuó hablando a Moriarty: —De hecho, deseaba verte. Me gustaría formularte una pregunta. —La camarera pasó por su lado, y el escritor le indicó que se acercara con una seña—. Un Macallan sin hielo ni agua. Muy bien —prosiguió—, quiero que me cuentes la historia de la estatuilla de Mbwun. Se hizo el silencio. Smithback miró primero a Moriarty, luego a Margo. —¿He dicho algo inconveniente? —Precisamente estábamos hablando de Mbwun —explicó Margo, titubeante. —Ah, ¿sí? Qué casualidad. El caso es que ese viejo austriaco de la Sala de los Insectos, Von Oster, me comentó que Rickman había montado un cirio por la inclusión de Mbwun en la exposición, de modo que hice algunas pesquisas. —Cuando le sirvieron el whisky; Smithback alzó el vaso en un brindis silencioso. Tras beber un trago, añadió—: Y he conseguido algunos datos. Al parecer, a orillas del Alto Xingú vivía una tribu, los kothoga, que por lo visto tenían muy mala leche. Eran aficionados a lo sobrenatural y practicaban sacrificios humanos. Como apenas se habían encontrado rastros de ese pueblo, los antropólogos supusieron que se habían extinguido siglos atrás. De ellos sólo se conservaban algunos mitos que circulaban entre las tribus locales. —Conozco el tema —empezó Moriarty—. Margo y yo estábamos hablando de ello. Sólo que nadie pensaba… —Lo sé, lo sé. Ahórrate el aliento. Moriarty guardó silencio irritado. Estaba más acostumbrado a pronunciar conferencias que a escucharlas. —En cualquier caso, hace varios años, ese tipo llamado Whittlesey organizó una expedición al Alto Xingú con el fin de buscar vestigios de los kothoga; objetos, aldeas antiguas, todo eso. —Se inclinó y, con tono conspiratorio, añadió—: Sin embargo, Whittlesey no mencionó que no sólo iba en pos del rastro de la vieja tribu, sino que se proponía encontrar a la tribu. Estaba convencido de que los kothoga aún existían y que podía localizarlos. Había desarrollado un sistema que denominaba «triangulación mítica». Moriarty no pudo contenerse. —Se trata de un procedimiento que consiste en señalar en un plano todos los puntos donde se han oído leyendas sobre ciertos pueblos o lugares, identificar las zonas donde las leyendas son más detalladas y coherentes y precisar el centro exacto de esa región mítica. En ese lugar resulta más probable descubrir el origen de los ciclos míticos. El escritor miró un momento a Moriarty. —No jodas —dijo—. Lo cierto es que el tal Whittlesey se largó en 1987 y desapareció en la selva tropical para siempre jamás. —¿Von Oster te contó todo esto? —Moriarty puso los ojos en blanco—. Qué rollo de tío. —Tal vez sea un rollo, pero sabe mucho sobre este museo. —Smithback observó su vaso vacío con expresión melancólica—. Al parecer, se produjo una gran disputa entre los miembros de la expedición, y la mayoría regresó antes de lo previsto. Habían descubierto algo importante que querían entregar lo antes posible. Whittlesey se opuso y se quedó en la selva, junto con un tío llamado Crocker. Al parecer, ambos murieron. Cuando pedí a Von Oster más detalles sobre la estatuilla de Mbwun, calló como un muerto. —Smithback se estiró con languidez y buscó a la camarera con la vista—. Supongo que tendré que localizar a algún miembro de la expedición. —Mala suerte —dijo Margo—. Todos fallecieron en un accidente de avión cuando regresaban a Nueva York. Smithback la miró fijamente. —No jodas. ¿Y tú cómo lo sabes? Margo titubeó al recordar que Pendergast le había pedido discreción. Entonces pensó en Frock y la fuerza con que había apretado su mano aquella mañana. «No podemos desperdiciar esta oportunidad. Debemos aprovecharla.» —Os diré lo que sé, pero debéis guardar el secreto y ayudarme en la medida de lo posible. —Ve con cuidado, Margo —previno Moriarty. —¿Ayudarte? Claro, ningún problema —afirme Smithback—. ¿En qué, por cierto? Margo, vacilante, les habló de su entrevista con Pendergast en la sala de seguridad, de los moldes de la garra y la herida, de las cajas y de la historia que había referido Cuthbert. A continuación describió la escultura de Mbwun que había visto en la exposición, omitiendo el pánico que la había dominado y su precipitada huida. Intuía que Smithback no la creería más que Moriarty. —De modo que, cuando llegaste, estaba preguntando a George por esa maldición de los kothoga. Moriarty se encogió de hombros. —Sé poca cosa al respecto. Según las leyendas locales, la tribu kothoga era un grupo misterioso, dedicado a la brujería. Se suponía que eran capaces de controlar a los demonios. Existía una criatura a quien invocaban para que llevara a cabo sus venganzas. Se trataba de Mbwun, El Que Camina A Cuatro Patas. »Whittlesey descubrió la estatuilla y otras piezas, las embaló y envió al museo. Profanar objetos sagrados es una práctica bastante habitual. Sin embargo, en este caso, como Whittlesey desapareció en la selva y el resto de la expedición pereció en el viaje de regreso… —se encogió de hombros—, surgió la historia de la maldición. —Y ahora, están muriendo personas en el museo —dijo Margo. —¿Insinúas que existe una relación entre la maldición de Mbwun, la Bestia del Museo y los asesinatos? —preguntó Moriarty—. Vamos, Margo, desvarías. Ella lo miró fijamente. —¿No me comentaste que Cuthbert proscribió la estatuilla de la exposición hasta el último momento? —Exacto —contestó Moriarty—. Se ocupó personalmente de todo lo relacionado con esa reliquia. Y no me sorprende, teniendo en cuenta su valor. La idea de retrasar su emplazamiento en la exposición partió de Rickman, según tengo entendido. Debió de pensar que suscitaría mayor expectación. —Lo dudo —replicó Smithback—. Su mente no funciona así. En todo caso, intentaba evitar la expectación. Si la amenazas con un escándalo, se arruga como una polilla en una llama. —Lanzó una risita. —Por cierto, ¿por qué te interesa tanto este asunto? —preguntó el conservador. —¿No crees que un viejo objeto polvoriento pueda interesarme? Smithback captó por fin la atención de la camarera y pidió otra ronda. —Bien, es evidente que Rickman te ha prohibido escribir sobre la figura —señaló Margo. El periodista hizo una mueca. —Muy cierto. Podría ofender a todos los kothoga de Nueva York. En realidad, lo que despertó mi curiosidad fue el comentario de Von Oster sobre la actitud de Rickman en este tema. Pensé que tal vez obtendría cierta información que pudiera utilizar para negociar en nuestro próximo téte-a-téte. Ya sabéis: «si me obliga a eliminar este capítulo, contaré la historia de Whittlesey a la revista del Smithsonian», o algo por el estilo. —Espera un momento —dijo Margo—. No te he revelado estas confidencias para que te aprovecharas de ellas. ¿No lo entiendes? Hemos de averiguar más cosas sobre esas cajas. El asesino busca algo que se guarda en ellas. Hemos de descubrir de qué se trata. —Lo que necesitamos es encontrar ese diario —replicó el escritor. —Cuthbert asegura que se ha perdido —repuso Margo. —¿Has consultado la base de datos de acceso? —preguntó Smithback—. Tal vez contenga alguna información. Lo haría yo mismo, pero el grado de confianza en mí ha tocado fondo. —Y el mío —dijo Margo—. Y hoy no ha sido mi mejor día en lo tocante a ordenadores. —Les refirió su charla con Kawakita. —¿Y nuestro amigo Moriarty? —dije Smithback—. Eres un mago de los ordenadores, ¿verdad? Además, como ayudante de conservador, tienes acceso a los archivos de alta seguridad. —Creo que deberíais dejar el caso en manos de las autoridades —replicó Moriarty, muy digno—. No es asunto nuestro. —¿No lo entiendes? —rogó Margo—. Nadie sabe qué está ocurriendo. Hay vidas en juego, y tal vez el futuro del museo. —Me consta que tus intenciones son buenas, Margo —afirmó Moriarty—, pero dudo de las de Bill. —Mis intenciones son tan puras como una fuente pieria —contraatacó Smithback—. Rickman se dedica a asediar la ciudadela de la verdad periodística. Sólo pretendo defender las murallas. —¿No resultaría más fácil seguir la corriente a Rickman?—preguntó Moriarty—. Creo que tu venganza es un poco infantil. ¿Sabes una cosa? No ganarás. Les sirvieron las copas. Smithback apuró la suya de un trago y exhaló un suspiro de placer. —Algún día, esa puta me las pagará —dijo. 22 Beauregard finalizó la anotación y guardó la libreta en el bolsillo. Sabía que debería informar del incidente. «A la mierda», decidió. Era evidente que la chica no tramaba nada, a juzgar por su expresión asustada. Redactaría el informe cuando tuviera tiempo. Beauregard estaba de mal humor. Le desagradaba custodiar puertas. De todos modos, era mejor que dirigir el tráfico cuando los semáforos se averiaban. Y causaría buena impresión en O’Ryans. «Sí —diría—, me han asignado el caso del museo. Lo siento, no puedo comentar nada.» «Para ser un museo, hay mucho silencio», pensó. Suponía que, en un día normal, el edificio bulliría de actividad, pero el museo desconocía la normalidad desde el domingo. Al menos durante el día los empleados entraban y salían de las nuevas salas de exposición, que ya se habían cerrado con vistas a la inauguración. Para poder acceder a ellas, se precisaba un permiso por escrito del doctor Cuthbert, a menos que se tratara de un policía o un guardia de seguridad en misión oficial. Gracias a Dios, su turno terminaba a las seis, y durante dos días no pisaría aquel lugar. Partiría solo hacia las Catskills para pescar, como había planeado. Beauregard acarició la pistolera de la S&W 38 especial, siempre lista para entrar en acción. Y sobre su otra cadera descansaba un revólver cargado con balas explosivas capaces de derribar a un elefante. El agente oyó un golpeteo apagado a sus espaldas. Giró en redondo, con el corazón acelerado de repente, y observó las puertas cerradas de las salas de la exposición. Localizó una llave, las abrió y escudriñó el interior. —¿Quién anda ahí? Una brisa fría le rozó la mejilla. Dejó que las puertas se cerraran y comprobó la cerradura. Se podía salir, pero no entrar. La chica se habría colado por la entrada delantera. Pero ¿no estaba también cerrada? No le habían dicho nada. El sonido se repitió. «Bien, coño —pensó—, mi trabajo no consiste en mirar dentro. He de impedir que alguien acceda a la exposición. No me han dicho nada acerca de dejar salir.» Beauregard comenzó a canturrear y siguió el ritmo tabaleando dos dedos sobre el muslo. Diez minutos más, y se marcharía de aquel edificio embrujado. El ruido volvió a sonar. Beauregard abrió las puertas por segunda vez y se asomó al interior. Vislumbró formas borrosas; vitrinas, una entrada de aspecto siniestro. —Soy agente de policía. Haga el favor de contestar. Ninguna respuesta. Beauregard retrocedió y sacó su radio. —Beauregard a Ops, ¿me recibes? —Aquí TDN. ¿Qué ocurre? —Informo de ruidos en la salida trasera de la exposición. —¿Qué clase de ruidos? —Indeterminados. Parece que hay alguien dentro. Rumor de conversación y una risa ahogada. —Er… ¿Fred? —¿Qué? Beauregard estaba cada vez más irritado. El tipo con quien hablaba era un verdadero capullo. —Será mejor que no entres. —¿Por qué? —Tal vez sea el monstruo, Fred. Podría atraparte. —Vete a la mierda —masculló el agente. No debía investigar nada sin apoyo, y aquel individuo lo sabía. Un ruido áspero se oyó detrás de las puertas, como si alguien las arañara. A Beauregard le costaba respirar. La radio chirrió. —¿Aún no has visto al monstruo? —preguntó la voz. —Repito —dijo Beauregard, procurando que su voz sonara lo más neutra posible—, informo de ruidos no identificados en las salas de la exposición. Solicito refuerzos para investigar. —Quiere refuerzos. —Se oyó una carcajada reprimida—. Fred, carecemos de refuerzos. Todo el mundo está ocupado. —Escucha —dijo Beauregard, que ya había perdido los estribos—, ¿quién está contigo? ¿Por qué no lo envías aquí? —McNitt. Está tomando un café, ¿verdad, McNitt? Beauregard oyó más carcajadas y desconectó la radio. «Que les den por el culo —pensó—. Menudos profesionales.» Ojalá el teniente estuviera escuchando en aquella frecuencia. Esperó en el vestíbulo a oscuras. «Cinco minutos más, y me marcharé.» —TDN llamando a Beauregard. ¿Me recibes? —Diez, cuatro —contestó el agente. —¿Aún no ha llegado McNitt? —No. ¿Ya ha terminado el café? —Eh, sólo estaba bromeando —repuso TDN, algo nervioso—. Lo envié al instante. —Bien, pues se ha perdido, y mi turno acaba dentro de cinco minutos. Tengo libres las próximas cuarenta y ocho horas, y nadie lo impedirá. Será mejor que le avises por radio. —No me recibe —explicó TDN. Beauregard se temió lo peor. —¿Qué camino tomó McNitt? ¿Subió en el ascensor de la sección 17? —Sí, yo mismo se lo indiqué. Tengo un plano, el mismo que tú. —Para llegar aquí, ha de atravesar la exposición. Una idea muy inteligente. Tendrías que haberle dicho que utilizara el montacargas. —Eh, no me vengas con monsergas, Freddy. Es él quien se ha perdido, no yo. Ponte en contacto conmigo en cuanto aparezca. —Sea como sea, me largaré dentro de cinco minutos —insistió el agente—. Entonces Effinger se ocupará de todo. Corto y cierro. En ese instante Beauregard oyó un súbito tumulto en la exposición. Sonó una especie de ruido sordo. «Jesús —pensó—, McNitt.» Abrió las puertas y entró al tiempo que desabotonaba la pistolera de su 38. TDN se llevó a la boca otro bollo y masticó. Lo tragó con un sorbo de café. La radio siseó. —McNitt a Ops. Adelante, TDN. —Diez, cuatro. ¿Dónde coño estás? —En la entrada trasera. No he encontrado a Beauregard. No consigo localizarlo. —Deja que pruebe yo. —Pulsó el transmisor—. TDN llamando a Beauregard. Fred, adelante. TDN llamando a Beauregard… Eh, McNitt, creo que se ha acojonado y se ha marchado a casa. Su turno ha terminado. ¿Cómo has llegado hasta ahí? —Subí en el ascensor, como me dijiste. Las puertas de la parte delantera de la exposición estaban cerradas y, como no llevaba las llaves, di la vuelta. Me perdí un poco. —Quédate ahí, ¿de acuerdo? El relevo llegará en cualquier momento. Se trata de Effinger, según consta aquí. Avísame por radio en cuanto se presente, y luego regresa. —Aquí viene Effinger. ¿Intentarás localizar a Beauregard? —¿Bromeas? No soy su niñera. 23 D'Agosta observó a Pendergast, que se hallaba reclinado en el gastado asiento posterior del Buick, con los ojos entornados. «Caramba —pensó—, un tipo como éste debería utilizar un Town Car último modelo, como mínimo.» En cambio, le habían asignado un Buick de cuatro años de antigüedad y un chófer que apenas hablaba inglés. —Gire por la Ochenta y ocho y tome la transversal de Central Park —exclamó el teniente. El coche cruzó dos carriles para dirigirse a la transversal. —Tome la Cincuenta hasta la Sesenta y cinco y crúcela —indicó—. Después avance una manzana hacia el norte de la Tercera y doble a la derecha por la Sesenta y seis. —La Cincuenta y nueve más rápida —replicó el chófer, con marcado acento árabe. —En la hora punta de la tarde no. —Joder, habían contratado a un tipo que ni siquiera sabía conducir por la ciudad. Cuando el vehículo enfiló la avenida, el chófer pasó de largo la calle Sesenta y cinco. —¿Qué cojones hace? —bramó D'Agosta—. Acaba de pasarse la Sesenta y cinco. —Disculpas —se excusó el hombre. Giró por la Sesenta y una y se encontró con un embotellamiento de tráfico. —No puedo creerlo —dijo D'Agosta a Pendergast—. Tendría que despedir a este payaso. El agente sonrió, con los ojos entrecerrados. —Fue un regalo, digámoslo así, de la oficina de Nueva York. En todo caso, el retraso nos proporcionará la oportunidad de hablar. Se arrellanó en el asiento. Pendergast había pasado casi toda la tarde presenciando la autopsia de Jolley. El teniente había declinado la invitación. —El laboratorio detectó varias clases de ADN en la muestra —explicó—. Una era humana, y la otra de un geco. D'Agosta lo miró perplejo. —¿Un geco? ¿Qué es esto? —preguntó. —Una especie de lagarto, inofensivo. Les gusta acomodarse sobre las paredes y tostarse al sol. Un verano, cuando era niño, alquilamos una villa que daba al Mediterráneo, y las paredes estaban cubiertas de ellos. En cualquier caso, los resultados fueron tan asombrosos que el técnico del laboratorio creyó que se trataba de una broma. —Abrió el maletín—. Aquí está el informe de la autopsia de Jolley. No hay muchas novedades, me temo. El mismo modus operandi; el cuerpo horriblemente mutilado, la región talámica del cerebro extraída. La oficina del juez de primera instancia ha estimado que para provocar tales desgarros de un solo golpe se precisaría una fuerza —consultó una hoja mecanografiada— dos veces superior a la que puede alcanzar un varón humano. No hace falta recalcar que sólo se trata de una estimación. —Pendergast pasó varias páginas—. Además, han efectuado análisis de saliva en las secciones cerebrales del niño mayor y Jolley. —¿Y…? —Las dos pruebas dieron positivo. —Dios. ¿Significa eso que el asesino se come los jodidos cerebros? —No sólo los come, teniente, sino que se le hace la boca agua. Está claro que carece de modales. ¿Tiene el informe de la policía científica? ¿Puedo verlo? D'Agosta se lo entregó. —No encontrará ninguna sorpresa. La sangre que manchaba los cuadros era de Jolley. Hallaron restos de sangre más allá de la zona de seguridad y en la escalera que conduce al subsótano. Claro que la lluvia de anoche habrá borrado todos los restos. Pendergast examinó el documento. —Aquí está el informe de la puerta de la cámara. Alguien la golpeó salvajemente, tal vez con un objeto romo. También había tres arañazos paralelos, coincidentes con los que presentaban las víctimas. Una vez más, la fuerza empleada fue considerable. —Pendergast devolvió los expedientes—. Parece que tendremos que prestar más atención al subsótano. En resumen, Vincent, los datos sobre el ADN constituyen nuestra mejor oportunidad. Si conseguimos descubrir el origen de ese fragmento de garra, habremos obtenido la primera pista sólida. Por eso he solicitado esta reunión. El coche se detuvo ante un conjunto de edificios de ladrillo rojo cubiertos de hiedra que dominaban el río East. Un guardia los acompañó hasta una entrada lateral. Una vez en el laboratorio, Pendergast se apoyó en una mesa colocada en el centro de la habitación y charló con los científicos, Buchholtz y Turow. D'Agosta admitió que al sureño no le costaba nada tomar las riendas de una situación. —A mi colega y a mí nos gustaría comprender el proceso de secuenciación del ADN. Necesitamos saber cómo obtuvieron estos resultados y si sería preciso un análisis posterior. Estoy seguro de que lo entienden. —Desde luego —dijo Buchholtz. Era nervioso, bajo y calvo como el monte Monadnock—. Mi ayudante, el doctor Turow, efectuó los análisis. Turow avanzó un paso, inquieto, y habló: —Cuando nos entregaron las muestras, nos pidieron que investigáramos si procedían de un mamífero carnívoro grande, en concreto, de un felino. En esos casos solemos comparar el ADN de la muestra con el de, por ejemplo, cinco o seis especies susceptibles de coincidir. También seleccionamos un animal que no pueda coincidir con la muestra; lo denominamos «grupo externo», y es una especie de control. ¿Me explico? —Hasta el momento sí —respondió Pendergast—. Me temo que habrá de tener paciencia conmigo. Soy un novato en estas materias. —Por lo general, utilizamos ADN humano como grupo externo, puesto que casi todo su mapa ha sido trazado. En cualquier caso, practicamos una RCP, o sea, una reacción en cadena de polimerasas, a la muestra, por lo que debemos realizar miles y miles de copias de los genes. Comporta mucho trabajo. Señaló una máquina enorme con largas tiras de plexiglás transparentes sujetas a los lados, detrás de las cuales había bandas verticales oscuras, dispuestas en complicadas combinaciones. —Ésta es una máquina de electroforesis mediante gel de campo pulsátil. Colocamos la muestra aquí, y partes de ella se desplazan a lo largo de estas tiras a través del gel, según el peso molecular. Luego aparecen en forma de bandas oscuras. Según las pautas de las bandas, y con la ayuda del ordenador, deducimos qué genes están presentes. —Respiró hondo—. Sea como sea, se obtuvo una lectura negativa de los genes pertenecientes a los felinos de gran tamaño; una lectura muy negativa, que no coincidía ni por asomo. Para nuestra sorpresa, obtuvimos una lectura positiva del grupo externo, o sea, el Homo Sapiens. Y, como ya sabe, reconocimos cadenas de ADN de varias especies de geco…, o eso parece. —Se mostraba un poco cohibido—. Aun así, no se consiguió identificar la mayoría de los genes. —Por eso supone que estaban contaminados. —Sí. Contaminados o degradados. El alto porcentaje de pares básicos repetidos en la muestra sugería un elevado grado de daño genético. —¿Daño genético? —inquirió Pendergast. —Cuando el ADN está dañado o es defectuoso, suele reproducir de forma incontrolada largas secuencias repetidas del mismo par básico. Los virus pueden dañar el ADN, al igual que las radiaciones, ciertos productos químicos, e incluso el cáncer. Pendergast, que había empezado a pasear por el laboratorio, examinaba los aparatos con la curiosidad de un gato. —Estos genes de geco me interesan muchísimo. ¿Qué significan exactamente? —Ése es el mayor misterio —dijo Turow—. Son genes raros. Algunos son muy comunes, como el citocromo B, que puede encontrarse en cualquier criatura, desde el bígaro hasta el hombre. Sin embargo, esos genes de geco… Bien, no sabemos nada sobre ellos. —En realidad, insinúa que el ADN no pertenecía a ningún animal, ¿verdad? —preguntó D'Agosta. —Desde luego, a ningún mamífero carnívoro grande que conozcamos —respondió Buchholtz—. Analizamos todos los porcentajes relevantes. No existen coincidencias suficientes para afirmar que procedían de un geco. Por lo tanto, mediante un proceso de eliminación, me atrevería a aventurar que probablemente era de un humano; sin embargo, los resultados son ambiguos. —La muestra fue encontrada en el cadáver de un niño asesinado —explicó D'Agosta. —¡Ah! —exclamó Turow—. En consecuencia, pudo contaminarse de material genético humano. La verdad, nos facilitarían mucho el trabajo si nos comentaran antes esos detalles. Pendergast frunció el entrecejo. —La muestra fue extraída del canal de la raíz de una garra. Lo hizo el patólogo forense, según tengo entendido, y se realizaron todos los esfuerzos necesarios para evitar la contaminación. —Basta con una sola célula —replicó Turow—. ¿Ha dicho una garra? —Reflexionó un momento—. Permita que sugiera una idea. La garra podría proceder de un lagarto muy contaminado por la sangre de su víctima humana; cualquier lagarto, no necesariamente un geco. —Miró a Buchholtz—. De hecho, se identificó algo de ADN como perteneciente a un geco porque un colega de Baton Rouge llevó a cabo, hace años, una investigación sobre la genética de ese animal y cedió los resultados a GenLab. De lo contrario, sería desconocido, como la mayor parte de esa muestra. El agente del FBI miró a Turow. —Si no le importa, me gustaría que efectuaran más análisis para averiguar qué significan esos genes de geco. Turow frunció el entrecejo. —Señor Pendergast, las posibilidades de que los análisis tengan éxito no son más elevadas, y podríamos tardar semanas en realizarlos. Me parece que el misterio ya ha sido desentrañado… Buchholtz dio una palmada en la espalda a su ayudante. —No discutamos con el agente Pendergast. Al fin y al cabo, la policía paga, y se trata de un procedimiento muy caro. La sonrisa de Pendergast se ensanchó. —Me alegro de que lo haya mencionado, doctor Buchholtz. Envíen la factura al director de Operaciones Especiales, FBI. —Escribió la dirección en una tarjeta—. Y no se preocupen por los gastos, por favor. D'Agosta no pudo evitar sonreír. Sabía qué pretendía Pendergast: cubrirse las espaldas. Meneó la cabeza. «Menudo demonio», pensó. 24 Jueves A las once y cuarto de la mañana, un hombre que afirmaba ser la encarnación del faraón egipcio Toth, en un ataque de locura, derribó dos expositores en el templo de Azar-Nar, rompió una vitrina y sacó a una momia de su sarcófago. Fueron necesarios tres policías para reducirlo, y varios conservadores dedicaron el resto del día a recomponer las vendas y recoger polvo antiguo. Menos de una hora después, una mujer salió despavorida de la Sala de los Monos Antropoides, farfullando que había visto algo agazapado en una esquina oscura del lavabo. Un equipo de televisión, que esperaba en la escalinata sur la aparición de Wright, grabó su histérica huida. A la hora de comer, un grupo autodenominado Alianza Contra el Racismo formó piquetes en las afueras del museo para boicotear la exposición «Supersticiones». A primera hora de la tarde, Anthony McFarlane, un famoso filántropo aficionado a la caza mayor, ofreció una recompensa de quinientos mil dólares por la captura y entrega de la Bestia del Museo, viva. El centro negó de inmediato cualquier relación con McFarlane. La prensa aireó todos estos acontecimientos. Los siguientes, sin embargo, no trascendieron. A mediodía, cuatro empleados habían dimitido sin previo aviso, otros treinta y cinco habían tomado vacaciones, y casi trescientos habían telefoneado para anunciar que estaban enfermos. Poco después, una preparadora del Departamento de Paleontología Vertebrada se desmayó sobre la mesa del laboratorio. Tras ser conducida a la enfermería, donde adujo presiones físicas y emocionales, pidió un permiso indefinido. A las tres de la tarde, seguridad había recibido siete avisos de ruidos extraños en varias secciones. A la hora del toque de queda, la policía del puesto de mando había investigado cuatro avistamientos sospechosos, ninguno de los cuales pudo ser verificado. Más tarde, la centralita del museo contabilizó ciento siete llamadas telefónicas relacionadas con el monstruo; se incluían mensajes de chiflados, amenazas de bomba y ofrecimientos de ayuda, tanto de exterminadores como de espiritistas. 25 Smithback abrió la mugrienta puerta y echó un vistazo al interior. «Aquél debía de ser uno de los lugares más macabros del edificio», pensó. Se trataba de la zona de almacenamiento del Laboratorio de Antropología Física o, en la jerga de los empleados, la «Sala de los Esqueletos». El museo poseía una de las mayores colecciones de esqueletos del país, la segunda en importancia después de la del Smithsonian. Sólo aquella sala albergaba doce mil. La mayoría del material pertenecía a indígenas de América del Norte y del Sur, así como africanos, y había sido recogida durante el siglo XIX, cuando la antropología física alcanzó su apogeo. Hileras de grandes cajones metálicos se elevaban hasta el techo. Cada uno contenía como mínimo un fragmento de esqueleto humano. Etiquetas amarillentas, en que había escritos números, nombres de tribus y a veces una breve descripción, aparecían en la parte delantera de cada cajón. Otras etiquetas, más escuetas, transmitían el escalofrío del anonimato. Una tarde, Smithback había deambulado entre las arcas, abriéndolas y leyendo las notas, casi todas escritas con una caligrafía elegante y borrosa. Había apuntado varias en su cuaderno: