Douglas Preston El ídolo perdido INTRODUCCIÓN 1 Cuenca del Amazonas, septiembre de 1987 A mediodía, las nubes que nimbaban la cumbre de Cerro Gordo se abrieron y dispersaron. En las capas superiores del dosel de hojas, Whittlesey distinguió franjas doradas de luz solar. Algunos animales, probablemente monos araña, se agitaban y ululaban sobre su cabeza, y un guacamayo voló bajo, graznando obscenamente. Whittlesey se detuvo junto a un jacarandá caído y esperó a que Carlos, su sudoroso ayudante, lo alcanzara. —Pararemos aquí. Baja la caja —dijo en español. Whittlesey se sentó sobre el tronco derribado para quitarse la bota y el calcetín derechos. Encendió un cigarrillo y aplicó la punta al bosque de garrapatas que le cubrían el tobillo. Carlos se descolgó una antigua mochila del ejército, sobre la cual iba sujeta una caja de madera. —Ábrela, por favor —dijo Whittlesey. Carlos desató las cuerdas, soltó una serie de pequeños cierres metálicos y alzó la tapa. El contenido estaba protegido por fibras de una planta indígena que Whittlesey apartó para observar algunos objetos, una pequeña prensadora de plantas de madera y un diario de piel manchado. Tras vacilar un instante, extrajo del bolsillo de la camisa una estatuilla diminuta y tallada con gran exquisitez que representaba una bestia. Levantó la figura en su mano y admiró de nuevo la perfección de la talla, su peso anormal. A continuación la depositó de mala gana en la caja, cubrió todo con las fibras y encajó la tapa. Sacó de su mochila una hoja de papel en blanco y la extendió sobre la rodilla. Extrajo una pluma de oro del bolsillo de la camisa y empezó a escribir: Alto Xingú, 17 de sep. de 1987 Montague: He decidido enviar de vuelta a Carlos con la caja y continuar solo en busca de Crocker. Carlos es de confianza, y no puedo correr el riesgo de perder la caja si algo me sucediera. Toma nota de la matraca de chamán y otros objetos rituales; parecen únicos en su género. La estatuilla que acompaño, encontrada en una cabaña desierta de este lugar, es la prueba que buscaba. Fíjate en las garras exageradas, en los atributos reptilianos, las señales de bipedalia. Los kothoga existen, y la leyenda de Mbwun no es una mera invención. Todas mis notas de campo están en este cuaderno. También contiene una descripción completa del fracaso de la expedición, del cual ya te habrás enterado cuando recibas esto. Whittlesey meneó la cabeza al recordar la escena que se había desarrollado el día anterior. A aquel bastardo idiota, Maxwell, sólo le importaba que los especímenes que había conseguido llegaran indemnes al museo. Whittlesey rió para sus adentros. Huevos antiguos, había asegurado Maxwell, cuando en realidad no eran más que vainas de semillas sin valor. Maxwell tendría que haber sido paleontólogo en lugar de antropólogo. Resultaba irónico que se hubieran marchado cuando sólo se hallaban a mil metros de su descubrimiento. Así pues, Maxwell se había ido y con él todos los demás, excepto Carlos, Crocker y dos guías. De ellos, ya sólo quedaba Carlos. Whittlesey reanudó la nota. Utiliza mi cuaderno y los objetos como juzgues conveniente con el fin de restablecer mi reputación en el museo. Y sobre todo cuida de la estatuilla. Estoy convencido de que posee un valor antropológico incalculable. La encontramos ayer por casualidad. Parece ser la pieza central del culto a Mbwun. Sin embargo, no hay más señales de vida humana por los alrededores, lo cual se me antoja extraño. Hizo una pausa. No había descrito el descubrimiento de la estatuilla en sus notas de campo. Incluso en esos momentos, su mente se negaba a recordar aquel hecho. Crocker se había desviado del camino para examinar de cerca un jacamar. De no haber sido así, jamás habría descubierto la senda oculta que descendía por una pendiente pronunciada entre muros de musgo. Después, en el húmedo valle donde la luz del sol apenas penetraba, se toparon con aquella tosca cabaña medio enterrada entre árboles antiquísimos. Los dos guías botocudos, que por lo general no paraban de hablar entre sí en tupí, enmudecieron de inmediato. Cuando Carlos los interrogó, uno de ellos murmuró algo acerca de un guardián de la cabaña, y la maldición que caería sobre aquel que violara sus secretos. Entonces, por primera vez, Whittlesey les había oído pronunciar la palabra «kothoga». Kothoga, el pueblo de las sombras. Whittlesey se había mostrado escéptico. Había oído hablar de maldiciones antes, normalmente como prólogo a peticiones de aumento de honorarios. Sin embargo, cuando salió del chamizo, los guías habían desaparecido. De pronto aquella anciana surgió de la maleza como por ensalmo. No era una kothoga, sino tal vez una yanomano. Pero los conocía, los había visto. Las maldiciones que había mencionado… la forma en que había desaparecido en la selva, más como una cría de jaguar que como una septuagenaria. Luego inspeccionaron la cabaña. La cabaña… Whittlesey se permitió recordar. Estaba flanqueada por dos lápidas de piedra con idénticas tallas de un animal que, sentado sobre sus cuartos traseros, sostenía en la garra algo marchito e inidentificable. Tras la construcción se extendía un jardín invadido por malas hierbas, un curioso oasis de brillantes colores entre la verde espesura. El piso del chamizo estaba hundido casi un metro, y Crocker estuvo a punto de romperse el cuello al entrar. Whittlesey lo siguió con cautela, mientras Carlos se limitaba a arrodillarse en el umbral. El interior, oscuro y frío, olía a tierra húmeda. Whittlesey encendió la linterna y vio la estatuilla posada sobre un alto montículo de tierra en el centro de la cabaña. La base estaba rodeada por varios discos de extraña talla. Entonces, la luz de la linterna iluminó las paredes, que estaban adornadas con cráneos humanos. Whittlesey examinó los más cercanos y detectó profundos arañazos cuyo origen no logró identificar al principio. Agujeros dentados bostezaban en la parte superior de los cráneos. En muchos casos, el hueso occipital estaba aplastado y roto, y las suturas escamosas habían desaparecido. Le tembló la mano y la linterna cayó. Antes de encenderla de nuevo, observó que una tenue luz se filtraba por miles de cuencas oculares; motas de polvo danzaban en el aire. Crocker comentó a Whittlesey que necesitaba dar un corto paseo, para estar solo un rato… y no había regresado. La vegetación de esta zona es muy extraña. Predominan las cicadales y los helechos. Lástima que no disponga de tiempo para dedicarlo a su estudio. Hemos utilizado una variedad particularmente resistente como material de embalaje para las cajas. Deja que Jorgensen eche un vistazo, si le interesa. Espero estar contigo dentro de un mes en el Club de los Exploradores, celebrando nuestro éxito con unas rondas de dry martinis y un buen Macanudo. Hasta entonces, sé que puedo confiarte este material y mi reputación. Tu colega, WHITTLESEY Introdujo la carta bajo la tapa de la caja. —Carlos, quiero que lleves esta caja a Porto de Mós y me esperes allí. Si no me he reunido contigo dentro de dos semanas, habla con el coronel Soto. Pídele que la envíe al museo por avión con el resto de las cajas, tal como habíamos acordado. Él pagará tus honorarios. Carlos lo miró. —No lo entiendo —dijo—. ¿Va a quedarse aquí solo? Whittlesey sonrió, encendió otro cigarrillo y siguió matando garrapatas. —Alguien ha de llevarse la caja. Tal vez puedas alcanzar a Maxwell antes de llegar al río. Necesito un par de días para buscar a Crocker. Carlos se dio una palmada en la rodilla. —¡Está loco! No puedo dejarle solo. Si le abandono, morirá aquí, en la selva, señor, y sus huesos serán pasto de los monos aulladores. Hemos de regresar juntos; es lo mejor. Whittlesey negó con la cabeza, impaciente. —Saca el mercurocromo, la quinina y la cecina de tu mochila —dijo, mientras se ponía de nuevo el calcetín sucio y se anudaba la bota. Protestando, Carlos empezó a quitarse la mochila. Whittlesey se rascó las picaduras de insectos de la nuca y miró hacia la cumbre de Cerro Gordo. —Me harán preguntas, señor. Pensarán que le abandoné. Será muy malo para mí —decía atropelladamente Carlos, al tiempo que colocaba los objetos solicitados en la mochila de Whittlesey—. Las moscas cabouri le comerán vivo —añadió. Se acercó a la caja y la cerró—. Volverá a enfermar de malaria, y esta vez morirá. Me quedaré con usted. Whittlesey contempló los mechones blancos como la nieve pegados a la frente sudorosa de Carlos; su cabello era negro como el azabache el día anterior, antes de que entrara en la cabaña. Carlos le sostuvo la mirada un momento y luego bajó la vista. —Adiós —dijo, y desapareció entre la maleza. Ya avanzada la tarde, Whittlesey reparó en que espesas nubes bajas volvían a cubrir Cerro Gordo. Durante los últimos kilómetros había seguido un antiguo camino de origen desconocido, apenas un pasadizo estrecho entre la maleza. El sendero se abría paso entre los pantanos de aguas negras que rodeaban la base del tepui, la meseta selvática que se extendía ante él. Poseía la lógica de una senda humana, pensó; avanzaba con un propósito determinado, a diferencia de las trazadas por animales, que solían ser erráticas; conducía a una cañada profunda horadada en la cima del tepui cercano. Crocker habría tomado esa ruta. Se detuvo para reflexionar e inconscientemente acarició el talismán (un aro de oro rodeado por otro de plata) que colgaba de su cuello desde que era niño. Aparte de la cabaña y una aldea desierta de recolectores de raíces, no habían encontrado signos de vida humana en los últimos días. Sólo los kothoga podían haber abierto aquel camino. Mientras se acercaba a la meseta, vio regueros de agua que rodaban por sus pronunciadas laderas. Aquella noche acamparía en la falda y emprendería la ascensión de mil metros por la mañana. Sería empinada, resbaladiza y tal vez peligrosa. Si se topaba con los kothoga…, bien, quedaría atrapado. En realidad, no tenía motivos para sospechar que se tratara de una tribu salvaje. Al fin y al cabo, los mitos locales atribuían las matanzas y las brutalidades a Mbwun, un ser desconocido, controlado en teoría por un pueblo que nadie había visto; resultaba muy extraño. ¿Existiría Mbwun?, se preguntó. Cabía la posibilidad de que todavía quedara algún vestigio de aquel ser en la extensa selva tropical, una zona prácticamente inexplorada por los biólogos. No por primera vez, deseó que Crocker no se hubiera llevado su Mannlicher 30.06 cuando se marchó del campamento. Debía encontrar a Crocker, pensó, y luego podría iniciar la búsqueda de los kothoga para demostrar que no se habían extinguido siglos antes. Sería famoso; el descubridor de un pueblo antiquísimo, que vivía en una especie de Edad de Piedra en las profundidades del Amazonas, en una meseta que flotaba sobre la selva, como en El mundo perdido de Arthur Conan Doyle. No había razones para temer a los kothoga. Salvo aquella cabaña… Se detuvo de pronto al percibir un intenso olor nauseabundo. No cabía duda; un animal muerto, y grande. A medida que avanzaba, el hedor se intensificaba. El corazón se le aceleró de impaciencia. Tal vez los kothoga habían matado a un animal no muy lejos. Habría objetos en el lugar: herramientas, armas, quizá alguno ritual. Continuó caminando con cautela. El olor, dulzón y fétido, se tornó aún más fuerte. Distinguió luz solar en un punto de la bóveda que se alzaba sobre su cabeza, señal inequívoca de un claro cercano. Se detuvo y sujetó bien la mochila para que no le estorbara si tenía que apresurarse. La estrecha senda, flanqueada por arbustos, descendió y giró bruscamente hacia un pequeño calvero. En el lado opuesto, había un cuerpo recostado contra la base de un árbol que había sido tallada ritualmente con una espiral. Al acercarse más, observó que el cadáver llevaba una camisa caqui. Una nube de moscardones revoloteaba alrededor de la caja torácica, abierta y cubierta de plumas verdes de loro. Whittlesey observó que el brazo izquierdo había sido cortado y atado al tronco del árbol con una cuerda fibrosa y que había diversos cartuchos en torno del cuerpo. Entonces vio la cabeza, bajo la axila del cadáver, con la parte posterior del cráneo destrozada, los ojos vidriosos fijos en el cielo, las mejillas hinchadas. Había encontrado a Crocker. Retrocedió instintivamente. El cuerpo, rígido ya, había sido desgarrado con fuerza obscena e inhumana. Tal vez, si Dios era misericordioso, los kothoga ya se habrían marchado. Suponiendo que hubieran sido los kothoga. Entonces reparó en que la selva tropical, por lo general rebosante de sonidos, estaba en silencio. Sobresaltado, escudriñó la vegetación; algo se movía entre los altísimos matorrales que crecían al borde del claro, y dos ojos como ranuras del color del fuego líquido cobraron forma entre las hojas. Whittlesey lanzó un sollozo entrecortado y una maldición, se pasó una marga por la cara y volvió a mirar. Los ojos habían desaparecido. No había tiempo que perder; debía escapar de aquel lugar, correr hacia el camino que se internaba en la selva. De pronto distinguió algo en el suelo que no había visto antes y oyó un movimiento horriblemente sigiloso entre los arbustos que se alzaban ante él. 2 Belem (Brasil), julio de 1988 Esa vez, Ven estaba muy seguro de que el capataz del muelle iba a por él. Se refugió en las sombras del callejón del almacén y esperó. Bajo la lluvia menuda, que oscurecía los contornos de los cargueros amarrados y levantaba vapor al caer sobre las tablas calientes del muelle, que desprendían un suave olor a creosota, se distinguían las tenues luces del muelle. Oía los ruidos nocturnos del puerto; el ladrido agudo de un perro, leves carcajadas salpicadas de frases en portugués, música de calipso procedente de los bares que se sucedían en la avenida… Había sido un trato estupendo. Se había marchado cuando la situación en Miami se tornó demasiado peligrosa, y había elegido la ruta más larga. Ahí todo se reducía al comercio de poca monta, pequeños cargueros que transitaban por la costa. En el muelle siempre se necesitaban estibadores, y ya había descargado barcos con anterioridad. Había dicho que se llamaba Ven Stevens, y nadie lo había puesto en duda. El nombre de Stevenson, en cambio, habría despertado sospechas. Su plan contaba con los ingredientes adecuados. Había practicado mucho en Miami, donde había afilado sus instintos, que le servirían de gran ayuda aquí. Hablaba mal el portugués a propósito, de forma entrecortada, con el fin de interpretar las miradas y analizar las reacciones. Ricon, ayudante del capitán de puerto, era el último eslabón que Ven había necesitado. Ven recibía el aviso cuando un cargamento llegaba desde la parte alta del río. Por lo general, le bastaba con dos nombres: el del que entraba y el del que salía. Sabía que debía buscar, pues las cajas eran siempre las mismas. Comprobaba que eran descargadas y guardadas en el almacén. Después se aseguraba de que fuera la última carga subida a bordo del barco con destino a Estados Unidos. Ven, cauteloso por naturaleza, no perdía de vista al capataz del muelle. En un par de ocasiones había experimentado la sensación, como un timbre de alarma en su cerebro, de que el hombre sospechaba algo; Ven había optado por relajarse un poco, y al cabo de pocos días la alarma había enmudecido. Consultó su reloj; las once en punto. Al doblar la esquina oyó que una puerta se abría y se cerraba. Se pegó contra la pared. Pasos decididos sonaron sobre las planchas de madera, y después una figura familiar pasó bajo una farola de la calle. Cuando las pisadas se perdieron en la distancia, Ven se asomó a la esquina. La oficina estaba a oscuras, desierta, tal como esperaba. Echó un último vistazo, dobló la esquina del edificio y entró en los muelles. Una mochila vacía se balanceaba en su espalda. Mientras caminaba, introdujo la mano en un bolsillo, sacó una llave y la apretó con fuerza. La llave era su salvavidas. No había pasado ni dos días en los muelles, y ya se había hecho una copia. Ven pasó junto a un pequeño carguero amarrado, cuyas pesadas guindalezas goteaban agua negra sobre bitas oxidadas. El barco parecía desierto, y ni siquiera había un vigilante en el muelle. Aflojó el paso al aproximarse a la puerta del almacén, situado cerca del extremo del embarcadero principal. Miró un momento hacia atrás para después, con un veloz giro de la mano, abrir la puerta metálica y deslizarse en el interior. Cerró la puerta y dejó que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. A mitad de camino de casa. Tenía que acabar cuanto antes y salir a toda prisa. Lo antes posible, porque la codicia de Ricon no dejaba de aumentar, y los cruceros se escurrían entre sus dedos como la arena. La última vez, había bromeado sobre la cantidad que le correspondía. Esa misma mañana, Ricon había hablado con el capataz, quien no dejó de mirar a Ven. El instinto le indicaba que había llegado el momento de esfumarse. Vio que el almacén en tinieblas se resolvía en un vago paisaje de contenedores de carga y cajas de embalaje. No podía arriesgarse a encender la linterna. De todas formas, conocía lo bastante bien la distribución para caminar con los ojos cerrados. Avanzó con cautela entre las inmensas montañas de cargamento. Por fin localizó lo que buscaba; una pila de cajas con aspecto maltrecho, seis grandes y una pequeña, amontonadas en un rincón abandonado. Sobre dos de las más grandes estaba escrito «MHN, Nueva York». Meses antes, Ven se había interesado por aquellas cajas. El chico del cabo de mar le había contado la historia. Por lo visto, habían llegado por el río desde Porto de Mós el otoño anterior. Estaba previsto que fueran enviadas por avión a un museo de Nueva York, pero algo había sucedido a las personas encargadas de realizar los trámites. El aprendiz ignoraba qué. El pago no se había efectuado a tiempo, y las cajas, atadas con cinta roja, habían sido olvidadas. Excepto por Ven. Había suficiente espacio detrás de las cajas abandonadas para ocultar su botín hasta que los cargueros que habían de zarpar estuvieran listos. La cálida brisa nocturna se colaba por una ventana. Ven sonrió en la oscuridad. Hacía tan sólo una semana había descubierto que las cajas no tardarían en ser enviadas a Estados Unidos. Para entonces, él ya se habría marchado. Examinó su botín, que esta vez consistía en una sola caja, cuyo contenido cabía perfectamente en su mochila. Sabía dónde estaban los mercados y qué debía hacer. Y lo haría, en algún lugar lejano, muy pronto. Cuando se disponía a esconderse detrás de las cajas, se detuvo de repente. Había percibido un olor extraño, terroso, putrefacto. Un montón de curiosos cargamentos habían entrado en el puerto, pero ninguno olía así. Su instinto disparó cinco alarmas. No acertó a detectar nada raro ni fuera de lugar. Avanzó entre el cargamento del museo y la pared. Se detuvo de nuevo. Algo no iba bien. Algo iba muy mal. Oyó que algo se movía en el estrecho espacio. El intenso hedor lo envolvía. De pronto, fue estampado contra la pared con fuerza terrorífica. El dolor le estalló en el pecho y los intestinos. Abrió la boca para chillar, pero algo le hervía en la garganta. Entonces una cuchillada similar a un rayo le atravesó el cráneo, y un manto de tinieblas cayó alrededor de él. PRIMERA PARTE El Museo de Historia Sobrenatural 3 Nueva York, hoy El chico pelirrojo subió a la plataforma, llamó «gallina» a su hermano menor y tendió la mano hacia la pata del elefante. Juan lo miró en silencio y avanzó cuando el chico tocó la pieza. —¡Eh! —exclamó, echando a correr—. No toques los elefantes. El niño retiró la mano, asustado; a su edad, todavía le impresionaban los uniformes. Muchachos mayores, de quince o dieciséis años, solían enviar a Juan a tomar por el culo, pues sabían que sólo era un guardia del museo. Jodido trabajo. Cualquier día se hartaría de aquella mierda de empleo y se presentaría a los exámenes para policía. Miró con suspicacia a los niños, que recorrían el pasillo a oscuras, fascinados por los leones disecados. Ante la vitrina que exhibía chimpancés, el pelirrojo empezó a aullar y rascarse las axilas para impresionar a su hermano. ¿Dónde coño estaban los padres? Billy, el pelirrojo, obligó a su hermano a entrar en una sala llena de objetos africanos. Alineadas en una vitrina, unas máscaras que mostraban sus dientes de madera los observaron. —¡Vaya! —exclamó el hermano de Billy. —Esto es chungo. Vamos a ver los dinosaurios. —¿Dónde está mamá? —preguntó el más pequeño, mirando alrededor. —Se habrá perdido —respondió Billy—. Vamos. Entraron en una inmensa sala poblada de ecos en que se exponían tótems. Al fondo, una mujer que empuñaba una banderita roja guiaba con voz estridente al último grupo del día. El hermano de Billy percibió un olor extraño, como a humo y raíces de árboles viejos. Cuando el grupo desapareció tras una esquina, la sala quedó en silencio. La última vez que habían visitado el museo, recordó Billy, habían visto el brontosaurio más grande del mundo, además de un tiranosaurio y un traquidente; al menos, así creía que lo llamaban, traquidente. Los dientes del dinosaurio debían de medir tres metros de largo. Era el animal más grande que había visto en su vida. No recordaba aquellos tótems. Tal vez los dinosaurios se hallaban en la sala contigua; pero no, se trataba de la Sala de los Pueblos del Pacífico, muy aburrida, llena de jades, marfiles, sedas y estatuas de bronce. —Mira qué has hecho —dijo Billy. —¿Qué? —Nos hemos perdido por tu culpa —contestó Billy. —Mamá se enfadará mucho. Billy resopló. Debían reunirse con sus padres en la gran escalinata frontal a la hora de cierre. Encontraría la salida sin el menor problema. Recorrieron varias estancias más, bajaron por un estrecho tramo de escalera y entraron en una sala larga, apenas iluminada, que olía a naftalina. Miles de aves disecadas ocupaban las paredes desde el suelo hasta el techo, y de sus ojos sin vida sobresalía algodón. —Sé dónde estamos —dijo Billy, esperanzado, mientras escudriñaba la oscuridad. Su hermano empezó a sorber por la nariz. —Para —espetó Billy. Los ruidos cesaron. La sala desembocaba en un pasillo sin salida, lleno de polvo y expositores vacíos. La única posibilidad de los niños era volver sobre sus pasos. Sus pisadas despertaban ecos lúgubres. Una barricada de telas y madera, que fingía sin éxito ser una pared, se alzaba al lado opuesto de la sala. Billy soltó la mano de su hermano y fue a mirar detrás de la barricada. —Ya he estado aquí —afirmó con aire de seguridad—. Han cerrado este sitio, pero la última vez estaba abierto. Apuesto a que estamos debajo de los dinosaurios. Comprobaré si se puede subir. —No puedes meterte ahí detrás —advirtió su hermano. —Escucha, estúpido, voy a hacerlo. Y será mejor que me esperes. Billy salvó la barricada, y poco después su hermano oyó el chirrido metálico de una puerta al abrirse. —¡Eh! —exclamó la voz de Billy—. Hay una escalera de caracol. Sólo baja, pero es guay. Voy a probar. —¡Billy, no! —vociferó el más pequeño, que de inmediato oyó el sonido de unos pasos que se alejaban. El chico echó a llorar, y sus apagados sollozos resonaron en la tenebrosa sala. Al cabo de unos minutos, comenzó a hipar, sorbió por la nariz ruidosamente y se sentó en el suelo. Tiró de un trozo de goma que sobresalía de la punta de su zapatilla de deporte hasta arrancarlo. De repente, levantó la vista. En la sala reinaba un silencio absoluto, y las luces de las vitrinas arrojaban sombras lúgubres sobre el suelo. Un conducto de aire empezó a emitir un ruido sordo. Billy se había marchado. El niño continuó llorando, desconsolado. Tal vez debería seguir a su hermano. Quizá no le daría tanto miedo como pensaba. Tal vez Billy había encontrado a sus padres y estaban esperándolo. Debía darse prisa, pues el museo no tardaría en cerrar sus puertas. Se levantó y pasó al otro lado de la barricada, donde se extendía una sala con vitrinas llenas de polvo moho. Vio a un lado una puerta de metal entreabierta. El niño se acercó y miró. Detrás de la puerta, una angosta escalera de caracol descendía hasta perderse de vista. Aún había más polvo en esa zona, y el aire transportaba un olor extraño que le hizo arrugar la nariz. No quería pisar aquellos escalones, pero su hermano estaba allá abajo. —¡Billy! —llamó—. ¡Sube, Billy! ¡Por favor! En la oscuridad cavernosa, el eco fue la única respuesta que recibió. El niño sorbió por la nariz, se agarró a la barandilla y empezó a bajar poco a poco hacia las tinieblas. 4 Lunes Cuando Margo Green dobló la esquina de la calle 72 Oeste, el sol de la mañana la deslumbró. Bajó la vista un momento y parpadeó. Después echó hacia atrás su cabello castaño y cruzó la calle. El Museo de Historia Natural de Nueva York se alzó ante ella como una fortaleza antigua. Su inmensa fachada Beaux Arts se erguía sobre una hilera de hayas. Margo enfiló hacia el sendero adoquinado que conducía a la entrada de personal. Dejó atrás una zona de carga y descarga y se dirigió hacia el túnel de granito que comunicaba con los patios interiores del museo. De pronto se detuvo. Luces rojas parpadeaban en la boca del túnel. Al otro extremo, vislumbró ambulancias, coches de policía y un vehículo de los Servicios de Urgencias, todos estacionados de cualquier manera. Margo entró en el pasadizo y se encaminó hacia una cabina acristalada. El viejo Curly, el vigilante, que por lo general dormitaba a esa hora de la mañana, arrellanado en una silla apoyada contra la esquina de la garita, con una pipa de calabaza ennegrecida posada sobre el amplio pecho, estaba despierto y de pie. Abrió la puerta. —Buenos días, doctora —saludó. Llamaba «doctor» a todo el mundo, desde los estudiantes graduados hasta el director del museo, tanto si estaban en posesión del título como si no. —¿Qué ocurre? —preguntó Margo. —No lo sé —contestó Curly—. Llegaron hace un par de minutos. Creo que esta vez deberé echar un vistazo a su identificación. Margo hurgó en su bolso, preguntándose si aún conservaba la tarjeta. Hacía meses que nadie se la pedía. —No estoy segura de llevarla encima —dijo, molesta por no haber sacado del interior los restos del invierno pasado. Sus amigas del Departamento de Antropología habían declarado a su bolso «el más caótico del museo». El teléfono de la garita sonó, y el vigilante descolgó el auricular. Margo encontró por fin la tarjeta y la sostuvo en alto. Curly, con los ojos abiertos de par en par mientras escuchaba, ni siquiera la miró. Colgó sin decir palabra, con el cuerpo rígido. —¿Y bien? —preguntó Margo—. ¿Qué ha sucedido? Curly se retiró la pipa de la boca. —No querrá saberlo —contestó. El teléfono volvió a sonar y Curly atendió la llamada. Margo nunca había visto al vigilante moverse con tal rapidez. Encogiéndose de hombros, guardó la tarjeta en el bolso y echó a andar. Debía concluir el siguiente capítulo de su tesina, y no podía perder ni un solo día. La semana anterior había sido estéril: el funeral de su padre, las formalidades, las llamadas telefónicas. Ya no podía desperdiciar más tiempo. Cruzó el patio y entró en el museo por la puerta de personal, giró a la derecha y recorrió presurosa el largo pasillo del sótano que conducía al Departamento de Antropología. Los diversos despachos estaban a oscuras, como era habitual hasta las nueve y inedia o las diez. El corredor doblaba a la derecha con brusquedad. Se detuvo al ver que una cinta de plástico amarilla le cortaba el camino. Leyó la inscripción: «Policía Científica del DPNY — No pasar.» Jimmy, el guardia que solía ocuparse de la Sala del Oro Peruano, se hallaba de pie ante la cinta junto con Gregory Kawakita, un joven ayudante de conservador en el Departamento de Biología Evolutiva. —¿Qué pasa aquí? —preguntó Margo. —La típica eficiencia del museo —respondió Kawakita con una sonrisa irónica—. Nos han encerrado. —Nadie me ha dicho nada, excepto que no deje salir a nadie —explicó el guardia, nervioso. —Escuche —dijo Kawakita—, mañana he de pronunciar una conferencia en el NSF y el día de hoy será muy largo. Si me permite… Jimmy se mostraba incómodo. —Sólo cumplo con mi trabajo, ¿de acuerdo? —Vamos —dijo Margo a Kawakita—. Tomemos un café en el bar. Tal vez encontremos a alguien que sepa qué ocurre. —Me gustaría encontrar antes un lavabo, si no están todos clausurados —replicó Kawakita, irritado—. Espérame allí. La cafetería, siempre abierta, estaba cerrada ese día. Margo apoyó la mano en el pomo, preguntándose si debía esperar a Kawakita. Finalmente abrió la puerta. Le aguardaba un día bien movido, cuando lo que necesitaba era tranquilidad. En el interior, dos policías conversaban de espaldas a ella. Uno lanzó una risita. —¿Cuántas van? ¿Seis? —preguntó. —He perdido la cuenta —contestó el otro—, pero ya no queda más desayuno que arrojar. Cuando los agentes se apartaron, Margo echó un vistazo al bar. La sala estaba desierta. Al fondo, en la zona de la cocina, inclinado sobre el fregadero, alguien escupió, se secó la boca y dio media vuelta. Margo reconoció a Charlie Prine, el nuevo experto en conservación del Departamento de Antropología, que había sido contratado como interino seis meses atrás para restaurar piezas con vistas a la nueva exposición. Tenía el rostro ceniciento, inexpresivo. Los agentes se acercaron a él y lo empujaron hacia adelante con suavidad. Margo se apartó para que el grupo pasara. Prine caminaba con rigidez, como un robot. La mujer bajó la vista instintivamente. Los zapatos de su compañero estaban empapados en sangre. El hombre la observó con aire ausente y, al captar el cambio de expresión de su rostro, siguió la mirada de Margo y se detuvo tan de repente qué los policías chocaron contra él. Las pupilas de Prine se dilataron. Los agentes le agarraron por los brazos, y él se resistió, presa del pánico. Le sacaron a toda prisa de la sala. Margo se apoyó contra la pared e intentó calmarse. En ese instante apareció Kawakita, acompañado de otras personas. —La mitad del museo debe estar clausurado —anunció. Meneó la cabeza y se sirvió una taza de café—. Nadie puede entrar en su propio despacho. Como para recalcar sus palabras, el antiguo sistema de megafonía entró en funcionamiento: «Atención, por favor. Todo el personal que no sea de apoyo diríjase a la cafetería.» Se sentaron y de inmediato entraron más empleados, técnicos de laboratorio, en su mayor parte, y ayudantes de conservador interinos. Era demasiado temprano para la gente importante. Margo los observó con indiferencia. Kawakita estaba hablando, pero ella no le prestaba atención. Al cabo de diez minutos, la estancia estaba abarrotada. Todos hablaban a la vez, expresando su indignación por el hecho de no poder acceder a los despachos, quejándose de que nadie les diera una explicación, comentando cada nuevo rumor con tono exaltado. Los trabajadores de un museo donde nunca ocurría nada emocionante estaban pasándolo en grande. Kawakita apuró el café de un trago e hizo una mueca. —¿Te has quedado atontada, Margo? No has dicho ni una palabra desde que nos hemos sentado. Ella le contó lo de Prine. Las hermosas facciones de Kawakita se contrajeron. —Dios mío —dijo por fin—, ¿qué crees que ha pasado? De pronto todo el mundo calló. Un hombre calvo y corpulento, ataviado con un traje marrón, se hallaba de pie en el umbral, con una radio de la policía en el bolsillo de la chaqueta desaliñada y un puro apagado en la boca. Avanzó, seguido por dos agentes uniformados. Se detuvo en medio de la cafetería, se sacudió los pantalones, retiró el puro de los labios, desprendió una brizna de tabaco de la lengua y carraspeó. —Les ruego me presten su atención —dijo—. Se ha producido un incidente debido al cual tendrán que soportar nuestra presencia durante un rato. De pronto, una voz acusadora se elevó en la parte posterior de la sala: —Perdone, señor… Margo volvió la cabeza para mirar por encima de los congregados. —Freed —susurró Kawakita. Ella había oído hablar de Frank Freed, un conservador de ictiología muy testarudo. El hombre de marrón dio media vuelta para mirar a Freed. —Teniente D'Agosta —contestó—. Departamento de Policía de Nueva York. Aquella respuesta habría bastado para acallar a cualquiera. En cambio, Freed, un hombre flaco de larga cabellera gris, prosiguió impertérrito: —Tal vez pueda informarnos de lo que está pasando aquí —dijo con sarcasmo—. Creo que tenemos derecho a… —Me gustaría informarles —interrumpió D'Agosta—, pero en este momento sólo podemos decir que se ha hallado un cadáver en el recinto y se ha iniciado una investigación. Si… —Ante los murmullos, el teniente alzó la mano con aire cansado—. Sólo puedo comunicarles que una brigada de homicidios se ha personado en el lugar de los hechos y está realizando una investigación —continuó—. El museo acaba de cerrarse. A partir de ahora, nadie puede entrar ni salir. Confiemos en que se trate de una situación temporal. —Hizo una pausa—. Si se ha cometido un homicidio —añadió—, existe la posibilidad de que el asesino continúe en el interior del edificio. »Les pedimos que permanezcan aquí un par de horas, hasta que lo hayamos rastreado. Un oficial de policía pasará para tomar nota de sus nombres y cargos. Un estupefacto silencio siguió a las palabras del teniente, que abandonó la sala y cerró la puerta. Uno de los policías que se habían quedado acercó una silla a ella y se sentó con aire decidido. Las conversaciones se reanudaron poco a poco. —¿Nos han encerrado aquí? —exclamó Freed con tono irritado—. Esto es indignante. —Jesús —susurró Margo—, no creerás que Prine es el asesino. —Una idea horripilante, ¿verdad? —dijo Kawakita. Se levantó y caminó hacia la máquina de café. Hizo caer las últimas gotas de la espita con un golpe brutal—. Pero no tan horripilante como la idea de no estar preparado para la conferencia de mañana. Margo sabía que aquel científico joven y dinámico siempre estaría preparado para lo que fuera. —La imagen es lo más importante hoy día —agregó Kawakita—. La ciencia pura ya no garantiza nada. Margo asintió. Oía a su compañero, y también las conversaciones que se desarrollaban alrededor, pero nada de aquello le parecía importante; nada excepto la sangre que manchaba los zapatos de Prine. 5 —Escuchen —dijo el policía una hora después—, ya pueden marcharse. Procuren no entrar en las zonas delimitadas por cintas amarillas. Margo levantó la cabeza sobresaltada cuando una mano se posó sobre su hombro. Como siempre, el larguirucho Bill Smithback, que sostenía dos libretas de anillas en la otra mano, parecía que acabara de levantarse de la cama a causa de su desgreñado cabello castaño. Con un lápiz mordisqueado detrás de una oreja, el cuello de la camisa desabotonado y el nudo de la corbata suelto, representaba la perfecta caricatura del periodista frenético, y Margo sospechaba que cultivaba aquel aspecto. Le habían encargado escribir un libro sobre la exposición «Supersticiones», que se inauguraría la semana siguiente. —Fenómenos sobrenaturales en el Museo de Historia Natural —murmuró con tono lúgubre, mientras se sentaba en una silla a su lado. Arrojó las libretas sobre la mesa, y un diluvio de notas escritas a mano, disquetes y artículos fotocopiados se desparramó sobre la superficie de formica—. ¡Hola, Kawakita! —saludó con jovialidad, dándole una palmada en el hombro—. ¿Has visto tigres últimamente? —Sólo de papel —replicó con sequedad Kawakita. Smithback se volvió hacia Margo. —Me figuro que ya te habrás enterado de todos los detalles sórdidos. Muy desagradable, ¿eh? —No nos han explicado nada —repuso ella—. Sólo he oído algunas habladurías acerca de un crimen. Supongo que Prine es el culpable. El periodista rió. —¿Charlie Prine? Ese tipo sería incapaz de matar una mosca, y mucho menos a un bípedo. No, Prine sólo encontró el cadáver, bueno, los cadáveres. —¿Los cadáveres? Smithback suspiró. —No sabes absolutamente nada, ¿verdad? Presumía que te habrías enterado de algo después de haber pasado unas horas sentada aquí. —Se levantó como impulsado por un resorte y se acercó a la máquina de café. La golpeó, maldijo y regresó con las manos vacías—. Hallaron a la mujer del director, disecada, en una vitrina de la Sala de los Primates —dijo, después de sentarse de nuevo—. Llevaba allí veinte años, y nadie se había dado cuenta. Margo gruñó. —Cuéntanos la historia verdadera, Smithback —dijo. —De acuerdo, de acuerdo. —Suspiró—. Alrededor de las siete y media de esta mañana, se encontraron los cadáveres de dos niños en el sótano del edificio antiguo. Margo se llevó una mano a la boca. —¿Cómo lo has averiguado? —inquirió Kawakita. —Mientras los dos os mordíais las uñas aquí, el resto del mundo se había congregado en la calle Setenta y dos —continuó Smithback—. Cerraron las puertas del museo. La prensa también estaba fuera; una representación muy escasa, por cierto. La cuestión es que Wright concederá una conferencia de prensa en la Gran Rotonda a las diez para acallar los rumores, todas esas habladurías sobre el zoo. Disponemos de diez minutos. —¿Habladurías sobre el zoo? —repitió Margo. —Hay un zoo aquí cerca. Oh, Dios. Menudo lío. —Smithback se complacía en callar lo que sabía—. Al parecer, los asesinatos fueron muy salvajes, y ya conocéis a la prensa: siempre da por sentado que hay toda clase de animales encerrados aquí. —Creo que estás disfrutando. —Kawakita sonrió. —Una historia así dotaría de una nueva dimensión a mi libro —admitió Smithback— «El terrorífico y verídico relato de los espantosos asesinatos del museo», de William Smithback. Voraces bestias salvajes vagan por pasillos desiertos. Podría ser un superventas. —No lo encuentro divertido —replicó Margo. Estaba pensando que el laboratorio de Prine, situado en el sótano del edificio antiguo, no se hallaba lejos de su despacho. —Lo sé, lo sé —dijo el periodista, jovial—. Es terrible. Pobres críos. Aún no acabo de creerlo. Será algún truco de Cuthbert para dar publicidad a la exposición. —Suspiró y a continuación compuso una expresión de culpabilidad—. Eh, Margo…, lamento lo de tu padre. Debería habértelo dicho antes. —Gracias. —La sonrisa de la mujer no fue cálida. —Vosotros dos, escuchad —intervino Kawakita, poniéndose en pie—. He de… —Me han comentado que piensas marcharte —dijo Smithback a Margo—, que vas a abandonar la tesina para trabajar en la empresa de tu padre, o algo por el estilo. —La miró con curiosidad—. ¿Es cierto? Creía que tus investigaciones estaban dando frutos. —Bien —contestó Margo—, sí y no. La tesina está ocasionándome muchas dificultades. Hoy tengo mi cita semanal de las once con Frock. Se habrá olvidado, como de costumbre, y quedado con otra persona, sobre todo después de esta tragedia, pero confío en verlo. Encontré una monografía interesante sobre la clasificación kiribitu de las plantas medicinales. —Al percatarse de que la mirada de Smithback comenzaba a vagar por la cafetería, recordó una vez más que casi nadie se interesaba por la genética y la etnofarmacología de las plantas—. Bien, debo prepararme. —Se levantó. —¡Espera un momento! —dijo Smithback, recogiendo sus papeles—. ¿No quieres asistir a la conferencia de prensa? Cuando salieron de la sala, Freed aún seguía protestando ante cualquiera dispuesto a escucharle. Kawakita, que se había adelantado, agitó la mano a modo de despedida antes de doblar una esquina. Llegaron a la Gran Rotonda y descubrieron que la conferencia de prensa ya había empezado. Winston Wright, el director del museo, estaba rodeado de periodistas, que le apuntaban con cámaras y micrófonos. Las voces resonaban en la sala. Ippolito, jefe de seguridad del museo, se hallaba junto al director. Otros empleados y grupos de escolares curiosos se habían congregado alrededor. Wright respondía con irritación a las preguntas formuladas a voces. Su traje de Savile Row, por lo general impecable, estaba arrugado, y el escaso cabello le caía sobre una oreja. Su piel pálida aparecía cenicienta, y tenía los ojos inyectados en sangre. —No —decía—, por lo visto pensaron que sus hijos ya habían salido del museo. No nos avisaron… No; no tenemos animales vivos en el museo. Bien, por supuesto, contamos con ratones y serpientes que son utilizados para fines experimentales, pero no hay leones ni tigres, ni nada por el estilo… No, no he visto los cadáveres… No sé qué clase de mutilaciones padecieron, si las hubo… Carezco de experiencia para responder a esa cuestión; tendrá que esperar a las autopsias… Quiero recalcar que la policía no ha formulado ninguna declaración oficial… Si no dejan de gritar, no contestaré a más preguntas… No, he dicho que no tenemos animales salvajes en el museo… Sí, eso incluye osos… No, no voy a facilitar nombres… ¿Cómo quiere que responda a esa pregunta? La conferencia de prensa ha concluido… He dicho que esta conferencia de prensa ha terminado… Sí, claro que estamos colaborando con la policía en todos los sentidos… No, no veo motivos para retrasar la inauguración de la nueva exposición. Déjenme subrayar que la inauguración de «Supersticiones» tendrá lugar en la fecha prevista… Tenemos leones disecados, sí, pero si pretende insinuar… ¡Los cazaron en África hace setenta y cinco años, por el amor de Dios! No pienso contestar ninguna otra pregunta ofensiva de ese estilo… ¿El caballero del Post quiere hacer el favor de dejar de gritar? La policía está interrogando al científico que descubrió los cadáveres, pero carezco de información al… No, no tengo nada más que añadir, salvo que estamos haciendo todo cuanto podemos… Sí, claro que ha sido una tragedia… Los periodistas comenzaron a dispersarse y entraron en el museo. Wright se volvió encolerizado hacia el jefe de seguridad. —¿Dónde coño estaba la policía? —exclamó. Dio media vuelta y, sin mirar atrás, añadió—: Si ve a la señora Rickman, dígale que vaya a mi despacho inmediatamente. —Y salió a grandes zancadas de la Gran Rotonda. 6 Margo se adentró en el museo, evitando las zonas destinadas al público, hasta llegar al pasillo denominado «Broadway», que recorría el edificio en toda su longitud (seis manzanas) y, según se decía, era el más largo de Nueva York. Las paredes estaban ocupadas por viejos armarios de roble, separados cada nueve metros por puertas de cristal mate, la mayoría de las cuales llevaban inscrito en pan de oro, con los bordes en negro, el nombre de un conservador. Margo, como estudiante graduada, sólo tenía derecho a un escritorio de metal y una librería en uno de los laboratorios del sótano. «Al menos tengo un despacho», pensó mientras se desviaba del pasillo para bajar por un estrecho tramo de escaleras de hierro. A una de sus compañeras de promoción sólo le habían asignado en el Departamento de Mamalogía un desvencijado pupitre escolar encajado entre dos enormes congeladores, por lo que tenía que llevar jerseys gruesos para trabajar, incluso en pleno agosto. Un guardia de seguridad apostado al pie de la escalera le franqueó el paso, y Margo avanzó por un pasillo tenebroso, flanqueado por esqueletos de caballos guardados en viejas vitrinas. No había ninguna cinta policial a la vista. Ya en su despacho, arrojó el bolso junto al escritorio y se sentó. Gran parte del laboratorio servía como almacén de objetos procedentes de los Mares del Sur; escudos maoríes, canoas de guerra y flechas de caña se amontonaban en armarios metálicos verdes que llegaban hasta el techo. Una pecera de cuatrocientos cincuenta litros, que pertenecía al Departamento de Conducta Animal y simulaba un pantano, descansaba sobre una estructura de hierro, bajo una batería de luces. Estaba tan superpoblado de algas que Margo sólo conseguía distinguir algún pez cuando escudriñaba en su oscuridad. Junto al escritorio había una mesa de trabajo larga con una hilera de máscaras polvorientas. La conservadora, una joven amargada, trabajaba en colérico silencio y dedicaba a su tarea apenas tres horas diarias. A juzgar por la lentitud de la producción, debía de tardar dos semanas en restaurar cada máscara. Aquella colección en concreto constaba de cinco mil piezas, y a nadie parecía preocupar que, a aquel ritmo de trabajo, el proyecto se prolongara durante dos siglos. Margo conectó la terminal de ordenador, y en la pantalla apareció un mensaje en letras verdes: HOLA MARGO GREEN PERS BIOTEC BIENVENIDA A MUSENET DISTRIBUTED NETWORKING SYSTEM RELEASE 15-5 COPYRIGHT © 1989-1995 NYMNH AND CEREBRAL SYSTEMS INC. CONECTADO A LAS 10:24:06 DEL 27-3-95 SERVICIO DE IMPRESIÓN DERIVADO A LJ56 NO LA ESPERA NINGÚN MENSAJE. Pasó al procesador de datos y solicitó sus notas, dispuesta a revisarlas antes de su encuentro con Frock. Su tutor solía mostrarse preocupado durante aquellas reuniones semanales, y Margo se esforzaba sin cesar por proporcionarle algo nuevo. El problema consistía en que, por lo general, no había nada nuevo, salvo más artículos leídos, diseccionados e introducidos en el ordenador; además del trabajo de laboratorio, y tal vez… tal vez… tres o cuatro páginas de la tesina. Comprendía a la gente que se apuntaba a ganar dinero fácil concedido por el gobierno, o lo que los científicos llamaban con sorna un TET: Todo Excepto Tesina. Cuando Frock había accedido a ser su tutor dos años antes, Margo había llegado a sospechar que se había producido un error. Frock (el cerebro que había elaborado el denominado «Efecto Calisto», titular de la cátedra Cadwalader de Paleontología Estadística de la Universidad de Columbia, jefe del Departamento de Biología Evolutiva del museo) la había elegido como estudiante investigadora, un honor que se reservaba a unos pocos cada año. Frock había empezado su carrera profesional como antropólogo físico. Confinado en una silla de ruedas a consecuencia de una polio infantil, había realizado trabajos de campo que aún constituían la base de muchos libros de texto. Después de varios brotes de malaria que imposibilitaron la investigación de campo, Frock desvió sus energías hacia la teoría de la evolución. A mediados de los ochenta, había desatado un sinfín de controversias al formular una nueva propuesta radical; su hipótesis, que combinaba la teoría del caos con la evolución darwiniana, discutía la creencia aceptada de que la vida evolucionaba gradualmente. Postulaba que a veces la evolución era mucho menos gradual; sostenía que aberraciones de vida corta («especies monstruosas») eran en ocasiones ramas colaterales de la evolución. Frock aducía que la causa de la evolución no siempre residía en la selección fortuita, sino que el medio ambiente podía ocasionar cambios súbitos y grotescos en las especies. Gran parte del mundo científico albergaba dudas respecto a la teoría de Frock, expuesta en una brillante serie de artículos y documentos. Si existían formas de vida extravagantes, se preguntaban, ¿dónde se escondían? Frock contestaba que su teoría predicaba una rápida desaparición de los géneros, así como un rápido desarrollo. Mientras los expertos tachaban las tesis de Frock de desencaminadas, incluso de dislates, la prensa popular abrazaba sus ideas. La teoría llegó a conocerse como el Efecto Calisto, por el mito griego en que una joven se transforma de repente en un ser salvaje. Si bien Frock deploraba las interpretaciones erróneas de su trabajo, tan extendidas, utilizaba con astucia esa celebridad para difundir sus esfuerzos académicos. Como muchos conservadores brillantes, estaba enfrascado en sus investigaciones, y Margo sospechaba a veces que todo lo demás, incluido su trabajo, le aburría. Al otro lado de la habitación, la conservadora se levantó y, sin decir palabra, se fue a comer, señal inequívoca de que pronto serían las once. Margo garrapateó unas cuantas frases en una hoja de papel, borró la pantalla y recogió la libreta de notas. Tenía algunos datos nuevos sobre la clasificación de las plantas kiribitu que tal vez intrigarían a su tutor. El despacho de Frock se hallaba en la torre sudoeste, al final de un elegante pasillo eduardiano de la quinta planta; un oasis alejado de los laboratorios y ordenadores que caracterizaban la parte oculta del museo. El rótulo de la pesada puerta de roble de la oficina interior sólo rezaba: «Dr. Frock.» Margo la golpeó con los nudillos. Oyó un estentóreo carraspeo y el ruido de una silla de ruedas al deslizarse. La puerta se abrió poco a poco y apareció la familiar cara rubicunda, con las cejas pobladas enarcadas en señal de sorpresa. Después los ojos del profesor se iluminaron. —Claro, es lunes. Entre. Habló en voz baja, le tocó la muñeca con una mano regordeta y le indicó con un gesto que tomara asiento en una butaca demasiado mullida. Como de costumbre, Frock vestía traje oscuro, camisa blanca y corbata de colores vistosos. Su abundante y cano cabello estaba despeinado. Las paredes del despacho estaban cubiertas de librerías acristaladas antiguas, y muchos estantes, atestados de reliquias y rarezas recogidas durante sus primeros años en la especialidad. Enormes montañas de libros se apoyaban, en precario equilibrio, contra una pared. Dos grandes ventanas daban al río Hudson. Butacas victorianas tapizadas descansaban sobre la alfombra persa desteñida, y sobre el escritorio había varios ejemplares del último libro de Frock, La evolución fractal. Junto a ellos, Margo reconoció un gran pedazo de piedra arenisca gris, en cuya superficie plana había una profunda hendidura tiznada y alargada que desembocaba en un extremo en tres grandes mellas. Según Frock, se trataba de una pisada de un ser desconocido para la ciencia; constituía la única prueba palpable en que fundamentaba su teoría de la evolución aberrante. Otros científicos disentían; muchos, convencidos de que no era un fósil, lo denominaban «el disparate de Frock», y la mayoría ni siquiera lo había visto. —Aparte eso y siéntese —indicó el profesor, mientras dirigía la silla a su lugar favorito, bajo una de las ventanas—. ¿Jerez? No, claro, nunca toma. Qué olvidadizo soy. Sobre la butaca indicada había varios ejemplares de Nature y el texto mecanografiado de un artículo inacabado titulado «La transformación filética y el "helecho con púas" del terciario». Margo los depositó sobre una mesa cercana y se sentó, preguntándose si el doctor Frock comentaría algo sobre la muerte de los dos chicos. El hombre la observó un momento, inmóvil. A continuación parpadeó y suspiró. —Bien, señorita Green, ¿empezamos? Decepcionada, la mujer abrió su libreta. Tras revisar las notas, comenzó a explicar el análisis que había realizado de la clasificación de plantas kiribitu y cómo lo relacionaba con el siguiente capítulo de la tesina. A medida que hablaba, la cabeza de Frock caía poco a poco sobre su pecho, y sus ojos se cerraban. Un extraño habría pensado que se había dormido, pero Margo sabía que el profesor escuchaba con intensa concentración. Cuando terminó, el hombre se reanimó lentamente. —Clasificación de las plantas medicinales en función del uso, no de la apariencia —murmuró por fin—. Interesante. Ese artículo me recuerda una experiencia que tuve en la tribu ki de Bechuanalandia. Margo esperó con paciencia a que su tutor prosiguiese. —Los ki, como sabrá —Frock siempre daba por sentado que sus oyentes conocían el tema tan bien como él—, utilizaron en una época la corteza de cierto arbusto como remedio contra el dolor de cabeza. Charrière los estudió en 1869 y anotó dicho uso en sus diarios de campaña. Cuando yo aparecí, tres cuartos de siglo después, habían dejado de emplear el remedio y atribuían los dolores de cabeza a la hechicería. —Se removió en la silla de ruedas—. El remedio aceptado en aquel tiempo consistía en que la prole de la víctima debía identificar al hechicero y, por supuesto, matarlo. Después, claro, la progenie del hechicero fallecido debía vengar su muerte, de manera que muy a menudo eliminaban a la persona que sufría el dolor de cabeza. Ya puede imaginar qué sucedió a la larga. —¿Qué? —preguntó ella, convencida de que el profesor explicaría cómo encajaba todo aquello en su tesina. —Pues fue un milagro de la medicina —dijo Frock, tendiendo las manos—. La gente dejó de padecer de dolor de cabeza. La pechera de su camisa se estremeció a causa de las carcajadas. Margo también rió, por primera vez aquel día. —Bien por la medicina primitiva —dijo el doctor con tono algo nostálgico—. En aquellos tiempos, el trabajo de campo aún era divertido. —Hizo una pausa—. Se dedicará toda una sección de la nueva exposición «Supersticiones» a la tribu ki —añadió—. Se intentará que sea atractiva para el gran público, por supuesto. Un joven recién licenciado en Harvard se encargará de supervisar el espectáculo. Me han comentado que sabe más de ordenadores y márketing que de ciencia pura. —Frock se rebulló de nuevo—. En cualquier caso, señorita Green, considero que lo que usted acaba de describir constituirá un estupendo complemento a su trabajo. Sugiero que obtenga algunas muestras de plantas kiribitu del herbario y parta de ahí. Margo estaba recogiendo sus papeles cuando Frock volvió a hablar: —Mal asunto el de esta mañana. Ella asintió. El hombre guardó silencio unos instantes. —Temo por el museo —dijo por fin. —Eran hermanos —repuso Margo, sorprendida—. Es una tragedia para la familia. La conmoción pasará pronto; siempre ocurre lo mismo. —Creo que no —replicó él—. He oído algo sobre el estado en que se hallaron los cadáveres. La fuerza utilizada fue… de una naturaleza anormal. —No pensará que lo hizo un animal salvaje —dijo Margo. Tal vez Frock estaba tan loco como todo el mundo aseguraba. El profesor sonrió. —Querida mía, no presupongo nada. Esperaré a tener más pruebas. De momento, sólo confío en que este desagradable incidente no influya en su decisión de seguir en el museo. Oh, sí, me he enterado, y sentí mucho la muerte de su padre. »Usted posee tres dones indispensables para un investigador de primera clase: intuición de qué hay que buscar, intuición de dónde hay que buscarlo, y tesón para demostrar sus teorías. —Acercó más la silla a la joven—. El tesón teórico es tan importante como el tesón práctico, señorita Green; no lo olvide nunca. Su preparación técnica y el trabajo que desarrolla en el laboratorio son excelentes. Sería una pena para la profesión perder a alguien de su talento. Margo experimentó una mezcla de gratitud y resentimiento. —Gracias, doctor Frock —contestó—. Agradezco sus amables palabras… y su preocupación. El científico agitó una mano, y Margo se despidió. Cuando se hallaba ante la puerta, Frock habló de nuevo: —Señorita Green. —¿Sí? —Vaya con cuidado. 7 Al salir, casi chocó con Smithback, que se inclinó hacia ella y le guiñó un ojo. —¿Comemos? —No —contestó Margo—. Estoy demasiado ocupada. Dos veces en un día; no estaba segura de poder soportar una dosis tan alta de Smithback. —Vamos —animó él—. He conseguido algunos detalles sórdidos sobre los crímenes. —Me lo figuro. Ella aceleró el paso, irritada por la curiosidad que el periodista le había despertado. El hombre la agarró del brazo. —Me han asegurado que en la cafetería sirven una lasaña requemada y repugnante —dijo, conduciéndola hacia el ascensor. En el comedor se hallaba reunida la habitual multitud de conservadores, guardias robustos que hablaban en voz alta, técnicos y preparadores vestidos con la bata blanca de laboratorio. Un conservador depositó unos recipientes sobre una mesa ocupada por científicos, que murmuraron llenos de admiración e interés. Margo observó con atención los tarros, que contenían gusanos parasitarios conservados en formol. Se sentaron, y Margo intentó retirar con el tenedor la corteza de la lasaña. —Tal y como te prometí —dijo Smithback. Cogió un pedazo con la mano y dio un mordisco—. Ha estado en el horno desde las nueve de la mañana, como mínimo. —Masticó ruidosamente—. Bien, la policía ha hecho por fin una declaración oficial. Anoche se cometieron dos asesinatos aquí. ¡Una brillante deducción! ¿Recuerdas que los periodistas formularon preguntas sobre animales salvajes? Bien, existe la posibilidad de que los niños hubieran sido despedazados por una bestia salvaje. —Ahórrate los detalles mientras como —protestó Margo. —Literalmente despedazados, por lo que parece. Ella levantó la vista. —Por favor. —No bromeo —continuó Smithback—. Y hay prisa por resolver el asunto a causa de la gran exposición que se avecina. Me han dicho que la policía ha nombrado a un forense especial, alguien que lee las heridas de garras como Helen Keller el braille. —Maldita sea, Smithback —exclamó Margo, dejando caer el tenedor—. Estoy harta de esto, de tu actitud caballerosa y tus detalles morbosos mientras estoy comiendo. ¿No puedes contarme todo eso cuando haya acabado? —Como te decía —prosiguió el periodista, ignorando las palabras de la joven—, se trata de una experta en felinos de gran tamaño; la doctora Matilda Ziewicz. Menudo nombrecillo, ¿eh? Debe de ser una gorda. Pese a su irritación, Margo sonrió. Tal vez Smithback fuera un gilipollas, pero era un gilipollas divertido. Apartó su bandeja. —¿Cómo te has enterado de todo esto? —preguntó. Él sonrió. —Dispongo de fuentes. —Se introdujo otro pedazo de lasaña en la boca—. En realidad, me encontré con un amigo que trabaja para el News. Alguien obtuvo la historia de un contacto en el Departamento de Policía de Nueva York. Se publicará en todos los periódicos de la tarde. ¿Te imaginas la cara de Wright cuando lo vea? Oh, Dios. Chasqueó la lengua antes de volver a llenarse la boca. Cuando hubo terminado su lasaña, atacó la de Margo. Para ser tan delgado, comía como una bestia. —¿Cómo es posible que haya un animal salvaje suelto por el museo? —preguntó Margo—. Es absurdo. —¿Sí? Pues oye esto; han traído a alguien con un sabueso para seguir la pista al hijo de puta. —Ahora sí bromeas. —En absoluto. Pregunta a cualquier guardia de seguridad. Hay trescientos cincuenta kilómetros cuadrados donde un felino o algo similar podría esconderse, incluyendo ocho kilómetros de conductos de aire lo bastante grandes para que un hombre repte a través de ellos. Y bajo el museo yace un laberinto de túneles abandonados. Se lo han tomado muy en serio. —¿Túneles? —Sí. ¿No leíste mi artículo del pasado mes? El primer museo se edificó sobre un profundo pantano que no podía drenarse de manera permanente. Construyeron todos esos túneles para desviar el agua. Después, cuando el primer museo se quemó en 1911, erigieron el actual sobre los cimientos del antiguo. El subsótano es enorme, con muchos niveles. La mayor parte carece de energía eléctrica. Dudo de que alguien sea capaz de orientarse ahí abajo. —Smithback devoró el último pedazo de lasaña y apartó la bandeja— Además, corren los habituales rumores sobre la Bestia del Museo. Toda persona empleada en el museo había oído la historia. Hombres de mantenimiento que trabajaban en el turno de noche aseguraban haberla visto; ayudantes de conservador que vagaban por pasillos mal iluminados en dirección a las cámaras de especímenes la habían sorprendido moviéndose en las sombras, e incluso algunos afirmaban que la bestia había matado a un hombre varios años atrás. En realidad, nadie sabía qué era ni de dónde había salido. Margo decidió cambiar de tema. —¿Rickman aún te causa problemas? Al oír el nombre, el periodista hizo una mueca. Margo sabía que Lavinia Rickman, jefe de relaciones públicas del museo, había contratado a Smithback para que escribiera el libro. También había impedido que la dirección le anticipara el dinero por los derechos de autor. Si bien Smithback no estaba conforme con los detalles del contrato, la exposición prometía ser un bombazo de tal calibre que las ventas del libro podían elevarse con facilidad a seis dígitos. No le iba tan mal a aquel hombre, pensó Margo, teniendo en cuenta el modesto éxito que había obtenido su anterior libro sobre el acuario de Boston. —¿Rickman? ¿Problemas? —Smithback resopló—. Oh, Dios. Es la mismísima definición de problema. Escucha, quiero leerte algo. —Sacó un fajo de papeles de un cuaderno—. Cuando el doctor Cuthbert propuso la idea de una exposición sobre supersticiones, el director del museo quedó muy impresionado. Tenía todas las características de un acontecimiento triunfal, algo semejante a «Los tesoros del rey Tut» o «Los siete niveles de Troya». Wright sabía que aportaría mucho dinero al museo y brindaría una oportunidad única de conseguir fondos de empresas y gobierno. No obstante, algunos de los conservadores más antiguos se mostraron reticentes, pues consideraban que la exposición pecaba de efectismo. —Tras una pausa, el periodista añadió—: Mira qué hizo Rickman. Le tendió una hoja. Una enorme línea cruzaba en diagonal el párrafo, y una nota al margen, escrita con rotulador rojo, rezaba: «¡Fuera!» Margo lanzó una risita. —¿Lo encuentras divertido? —preguntó él—. Está destrozando mi manuscrito. Fíjate en esto. Señaló otra página con un dedo. La joven meneó la cabeza. —A Rickman le preocupa el prestigio del museo. Nunca conseguiréis poneros de acuerdo. —Está volviéndome loco. Elimina cuanto se le antoja controvertido. Pretende que pase el día hablando con el memo que coordina la exposición, y éste sólo dice lo que su jefe, Cuthbert, le ordena. —Se inclinó con aire conspirador—. Seguro que nunca has visto un hombre como ése en tu vida. —Levantó la vista y gruñó—. Oh, Dios, aquí viene. Un joven algo obeso, con gafas de montura metálica, apareció ante la mesa. Sostenía una bandeja sobre un maletín de piel reluciente. —¿Puedo sentarme? —preguntó con timidez—. Es el único asiento libre. —Claro —contestó Smithback—. Siéntate. Precisamente estábamos hablando de ti. Margo, te presento a George Moriarty, el tipo que coordina la exposición «Supersticiones». —A continuación sacudió los papeles—. Mira qué ha hecho Rickman con mi manuscrito. Lo único que no ha tachado han sido tus citas. Tras examinar las páginas, Moriarty miró al periodista con la seriedad de un niño. —No me sorprende —afirmó—. ¿Por qué airear los trapos sucios del museo? —Vamos, George. ¡Precisamente eso dota de interés a una historia! Moriarty se volvió hacia Margo. —Tú eres la estudiante graduada que trabaja sobre etnofarmacología, ¿verdad? —preguntó. —Exacto —contestó ella, halagada—. ¿Cómo lo sabes? —Me interesa el tema. —Sonrió y la miró un momento—. La exposición cuenta con varias vitrinas dedicadas a la farmacología y la medicina. De hecho, quería hablar contigo al respecto. —Claro. ¿Qué deseas comentar? Observó a Moriarty con mayor atención. Ofrecía el aspecto del típico colaborador de un museo: estatura media, un poco gordinflón, cabello castaño, chaqueta de tweed arrugada. Lo único fuera de lo común en él era el enorme reloj de muñeca, en forma de reloj de sol, y sus ojos de color avellana, muy claros, con un brillo de inteligencia. Smithback se inclinó, se removió irritado en su asiento y miró a la pareja. —Bien —dijo—, me gustaría quedarme y presenciar una escena tan encantadora, pero el miércoles he de entrevistarme con una persona en la Sala de los Insectos y debo terminar el capítulo que estoy escribiendo. George, no firmes ningún contrato cinematográfico relacionado con esa exposición sin consultarme antes. Tras lanzar un bufido, se levantó y se encaminó hacia la puerta sorteando las mesas de la cafetería. 8 Jonathan Hamm escudriñó el pasillo del sótano a través de unas gafas de cristales gruesos que necesitaban una limpieza a fondo. Llevaba unas correas de cuero enrolladas en las manos enguantadas, y dos perros estaban sentados obedientemente a sus pies. Su ayudante se hallaba junto al teniente D'Agosta, que sostenía unos planos muy arrugados. Había dos agentes apoyados contra la pared, con sendas Remingtons de calibre 12 colgadas de los hombros. D'Agosta manoseó los planos. —¿Es que estos perros no pueden oler el rastro? —preguntó irritado. Hamm exhaló un largo suspiro. —Sabuesos; son sabuesos. Y no; no han captado ningún olor desde que empezamos. Mejor dicho, han captado demasiados olores. El teniente gruñó, extrajo un puro del bolsillo de la chaqueta y se lo llevó a la boca. Hamm lo miró. —Oh, sí—dijo D'Agosta, que de inmediato volvió a guardar el puro. Hamm olfateó el aire, que por fortuna era húmedo; de hecho, era lo único positivo de aquella expedición. Para empezar, se había topado con la habitual estupidez de la policía. «¿Qué clase de perros son éstos? —habían preguntado—. Queremos sabuesos.» «Éstos son sabuesos —había explicado él—; sabuesos que cazan zorros y mapaches.» En condiciones adecuadas, eran capaces de rastrear a un excursionista extraviado después de una nevada de noventa centímetros. Pero aquéllas, pensó Hamm, no eran las condiciones adecuadas. Como de costumbre, el lugar de los hechos no estaba intacto; productos químicos, pintura, tiza, mil personas entrando y saliendo… Además, la zona que rodeaba la base de la escalera había quedado bañada en sangre, e incluso en aquellos momentos, dieciocho horas después de los asesinatos, el olor impregnaba el aire y ponía nerviosos a los sabuesos. Al principio habían intentado seguir el rastro partiendo de la escena del crimen. Cuando eso falló, Hamm sugirió que trazaran un perímetro alrededor del lugar de los hechos, lo que tampoco había dado resultado alguno. Los sabuesos no habían sido adiestrados para trabajar entre cuatro paredes. Estaban confusos, por supuesto, y era lógico. La policía no le había dicho si buscaban un ser humano o un animal. Tal vez ni siquiera lo sabían. —Vamos por aquí —propuso D'Agosta. Hamm pasó las correas a su ayudante, que empezó a avanzar mientras los perros olfateaban el suelo. Luego los sabuesos habían recorrido un almacén lleno de huesos de mastodonte, ,y el paradiclorobenceno conservante que se proyectó al abrir la puerta les había retrasado media hora, hasta que los sabuesos recuperaron el sentido del olfato. Tras aquel primer almacén habían atravesado otros dos llenos de pellejos de animales, y gorilas en formol, un congelador repleto de especímenes muertos, y una cámara de esqueletos humanos. Llegaron a una arcada con una puerta metálica, abierta que conducía a una escalera de piedra que descendía; las paredes estaban incrustadas de limo. —Ahí deben de estar las mazmorras —bromeó uno de los policías. —Baja al subsótano —anunció D'Agosta después de consultar los planos. Hizo una seña a uno de sus hombres, que le entregó una linterna. La angosta escalera desembocaba en un túnel de ladrillo, cuyo techo abovedado apenas permitía el paso a un hombre erguido. El rastreador avanzó con los perros, seguido de D'Agosta y Hamm. Los dos agentes cerraban la comitiva. —Hay agua en el suelo —observó Hamm. —¿Y qué? —preguntó el teniente. —Si corre agua por aquí, no habrá ningún olor. —Me dijeron que habría charcos aquí —repuso D'Agosta—. Sólo corre cuando llueve, y no ha llovido. —Eso me tranquiliza —dijo Hamm. Llegaron a la confluencia de cuatro túneles, y D'Agosta se detuvo para examinar los planos. —Supuse que necesitaría mirar eso —dijo Hamm. —Ah, ¿sí? —repuso el teniente—. Pues voy a darle una sorpresa. Estos planos no incluyen el subsótano. Uno de los perros comenzó a gimotear y olfatear furiosamente. —Por aquí, ¡deprisa! —urgió Hamm—. ¡Han captado algo! Un olor, claro. ¡Mire cómo se les eriza el pelo! Suba la linterna; no veo una mierda. Con los hocicos alzados mientras olfateaban el aire, los perros tiraban de las correas. —¡Fíjese! —dijo Hamm—. Han detectado un olor. ¿No nota el aire fresco en las mejillas? Tendría que haber traído los spaniels. ¡Son especialistas en esto! Los policías se adelantaron a los perros. Mientras uno alumbraba con la linterna, el otro preparaba el fusil. El túnel volvía a bifurcarse, y los sabuesos corrieron hacia la derecha. —Sujételos, señor Hamm. Tal vez haya un asesino ahí delante —dijo D'Agosta. Los perros empezaron a aullar. —¡Sentaos! —vociferó el ayudante—. ¡Sentaos! ¡Cástor! ¡Pólux! ¡Sentaos, maldita sea! —Los perros continuaron avanzando—. ¡Hamm, necesito que me eches una mano! —¿Qué os pasa? —exclamó Hamm al tiempo que trataba de agarrar los collares—. ¡Siéntate, Cástor! —¡Hágales callar! —ordenó el teniente. —¡Se ha soltado! —dijo el ayudante cuando uno de los perros se precipitó hacia la oscuridad. Corrieron tras él. —¿Lo huele? —preguntó Hamm, deteniéndose en seco—. ¿Lo huele? Un olor acre los envolvió. El otro perro saltaba y se retorcía excitado; de pronto se liberó. —¡Pólux! ¡Pólux! —¡Espere! —dijo D'Agosta—. Olvide a los jodidos perros un segundo. Procedamos con un poco de orden. Vosotros dos, pasad delante otra vez. Quitad los seguros. Los dos hombres cargaron los fusiles. En la oscuridad preñada de ecos que se extendía ante ellos, los ladridos se debilitaron hasta apagarse por completo. Se produjo un silencio. Súbitamente un chillido horrible y sobrehumano, como el chirrido de unos neumáticos, surgió del tenebroso túnel. Los dos agentes de policía intercambiaron una mirada. El sonido murió con tanta brusquedad como había empezado. —¡Cástor! —llamó Hamm—. ¡Oh, Dios mío! ¡Está herido! —¡Vuelva, Hamm, maldita sea! —ordenó D'Agosta. En aquel momento, una forma se abalanzó sobre ellos desde la oscuridad, y los fusiles se dispararon; dos relámpagos acompañados de truenos ensordecedores. El estruendo despertó ecos y desapareció en el túnel, tras lo cual se hizo un silencio absoluto. —¡Maldito idiota! ¡Ha disparado a mi perro! —masculló Hamm. Pólux yacía a un metro y medio de ellos, y de su cabeza destrozada manaba un río de sangre. —Se lanzó sobre mí… —se justificó uno de los agentes. —Dios —dijo D'Agosta—. Basta ya. Todavía hay algo ahí delante. Encontraron al otro perro después de recorrer unos cien metros. Estaba casi partido en dos, con los intestinos fuera. —Santo cielo, fíjese en esto —murmuró D'Agosta. Hamm no dijo nada. A unos metros de donde se hallaba el cadáver, el túnel se bifurcaba. El teniente continuó contemplando al sabueso. —Sin los perros, no hay manera de saber qué dirección tomó —dijo por fin—. Salgamos cagando leches de aquí y dejemos que los forenses se ocupen de este desastre. 9 Moriarty, a solas con Margo en la cafetería, se mostraba incómodo. —¿Y bien? —dijo ella tras un breve silencio. —De hecho, es cierto que quería hablar contigo de tu trabajo. —¿De veías? Margo no estaba acostumbrada a que alguien demostrara interés por su proyecto. —Bien, los expositores de medicina primitiva para la exposición están completos, excepto uno. Contamos con una fabulosa colección de plantas y objetos chamanísticos de Camerún, pero está mal documentada. Si no te importa echar una ojeada… —Me encantaría. —¡Fantástico! ¿Cuándo? —¿Por qué no ahora? Tengo tiempo. Salieron de la cafetería y atravesaron una larga sala del sótano flanqueada por ruidosas tuberías de vapor y puertas cerradas con candado. Una de ellas llevaba un rótulo que rezaba: «Almacén de dinosaurios 4. Jurásico superior.» Casi todos los huesos de dinosaurio y otras colecciones de fósiles se guardaban en el sótano, debido a que, según le habían contado, el tremendo peso de los huesos petrificados provocaría el derrumbamiento de los pisos superiores. —La colección se halla en una cámara del sexto piso —explicó Moriarty con tono de disculpa cuando entraron en un montacargas—. Confío en encontrarla. Ya sabes que hay un laberinto de almacenes ahí arriba. —¿Sabes algo más de Charlie Prine? —preguntó Margo en voz baja. —No mucho. Por lo visto, no es sospechoso. Me temo que tardaremos bastante en verlo. El doctor Cuthbert me comentó antes de comer que está muy traumatizado. —El hombre meneó la cabeza—. Ha sido espantoso. Ya en el quinto piso, Margo siguió a Moriarty a lo largo de un amplio pasadizo, y subieron por un tramo de peldaños metálicos. Los angostos y laberínticos pasillos que componían aquella sección de la sexta planta habían sido construidos bajo los tejados inclinados del museo. A cada lado había filas de puertas metálicas bajas que comunicaban con las cámaras herméticas de las colecciones antropológicas perecederas. En el pasado solían ser fumigadas periódicamente con un compuesto de cianuro venenoso con el fin de eliminar sabandijas y bacterias. En la actualidad, se empleaban métodos más sutiles para la conservación de las piezas. Diversos objetos se amontonaban contra las paredes de los pasadizos: una canoa de guerra tallada, varios tótems, una hilera de tambores. Los trescientos cincuenta kilómetros cuadrados de espacio disponible estaban bien aprovechados, incluyendo huecos de escalera, pasillos y despachos de los conservadores más jóvenes. Sólo se exponía el cinco por ciento de los cincuenta millones de objetos y especímenes con que contaba el museo; al resto sólo tenían acceso los científicos e investigadores. El Museo de Historia Natural de Nueva York se componía de varios edificios grandes, que a lo largo de los años habían sido conectados para formar un único conjunto, amplio y complejo. A medida que Margo y Moriarty pasaban de un edificio a otro, el techo ascendía. El pasadizo se ramificó en diversos pasillos. Una tenue luz se filtraba por una fila de claraboyas sucias, que iluminaban estanterías ocupadas por moldes en yeso de caras aborígenes. —Dios, este lugar es enorme —murmuró Margo, estremecida de miedo y contenta a la vez por encontrarse siete pisos por encima de los oscuros espacios donde habían perecido los niños. —El más grande del mundo —explicó Moriarty, mientras abría una puerta marcada con el rótulo «Cen. África D-2». Encendió una bombilla de veinticinco vatios. Margo observó la diminuta habitación, atestada de máscaras, matracas de chamán, pieles pintadas y ensartadas. Había también un grupo de palos largos coronados por cabezas. El hombre indicó unos armarios que cubrían toda una pared. —Las plantas se guardan allí. Lo demás es la parafernalia de los chamanes. La colección es muy amplia, y Eastman, el tipo que reunió el material de Camerún, no era muy meticuloso en lo referente a la documentación. —Esto es increíble —se maravilló Margo—. No tenía ni idea… —Escucha —interrumpió Moriarty—, no imaginas las cosas que encontramos cuando empezamos a investigar para esta exposición. Sólo en esta sección hay casi cien cámaras antropológicas, y juro que algunas no se han abierto desde hace cuarenta años. De pronto, Moriarty se sentía más confiado y animado. Margo decidió que si renunciaba a la chaqueta de tweed, adelgazaba unos kilos y cambiaba las gafas por lentillas, casi sería atractivo. —La semana pasada —proseguía él—, hallamos una de las dos únicas muestras existentes de escritura pictográfica yukaghir, ¡en la cámara contigua! En cuanto tenga tiempo, escribiré un artículo para el Journal of American Anthropology. Margo sonrió. El hombre se mostraba tan ilusionado como si hubiera descubierto una obra desconocida de Shakespeare. Ella estaba segura de que el artículo sólo interesaría a una docena de lectores de la revista. Sin embargo, el entusiasmo de Moriarty era como una ráfaga de aire fresco. —En cualquier caso —dijo Moriarty, mientras se subía las gafas—, necesito que alguien me ayude a redactar el escrito que acompañará a la vitrina de Camerún. —¿Qué quieres que haga? —preguntó ella, olvidando de momento el siguiente capítulo de su tesina. El entusiasmo del joven era contagioso. —Algo muy sencillo. Tengo el borrador aquí. —Extrajo un documento del maletín—. Mira —añadió, pasando un dedo por la portada—. Esto es un resumen. Sólo tienes que desarrollar el contenido, haciendo hincapié en algunos objetos y plantas. Margo examinó el documento. La redacción le llevaría más tiempo del que había sospechado. —¿Qué extensión debe tener, por cierto? —Oh, entre diez y quince hojas, como máximo. Te facilitaré los listados de acceso y algunas notas descriptivas. Hemos de apresurarnos, pues faltan pocos días para la inauguración. —Espera un momento. Se trata de un trabajo muy extenso, y he de escribir la tesina. La decepción que reflejó el rostro de Moriarty fue casi cómica. No se le había ocurrido que Margo tuviera otras tareas que realizar. —Así pues, ¿no puedes ayudarme? —Quizá encuentre un poco de tiempo —murmuró ella. El rostro de Moriarty se iluminó. —¡Fantástico! Escucha, ya que estamos aquí, te voy a enseñar más cosas. La condujo hasta otra cámara e introdujo una llave en la cerradura. La puerta se abrió, revelando un sorprendente despliegue de cráneos de búfalo pintados, matracas, penachos e incluso una fila de lo que Margo reconoció como esqueletos de cuervo atados con cuero crudo. —Jesús —exclamó. —Muestras de una religión —dijo Moriarty—. Espera a ver lo que vamos a exponer; esto es lo que hemos desechado. Hemos conseguido una de las mejores camisas de la Danza del Sol. ¡Mira esto! —Abrió un cajón—. Grabaciones originales en cilindro de cera de las canciones del ciclo de la Danza del Sol, realizadas en 1901. Las hemos registrado en una cinta, y sonarán en la Sala Sioux. ¿Qué te parece? Una exposición increíble, ¿verdad? —Ha causado furor en el museo, desde luego —contestó con cautela Margo. —De hecho, no hay tanta controversia como la gente quiere creer. No existen motivos para enemistar la ciencia con la diversión. Margo no pudo reprimirse. —Apuesto a que tu jefe, Cuthbert, te ha indicado esas directrices. —Siempre ha creído que las exposiciones deberían ser más accesibles al público en general. Es posible que la gente acuda a ésta con la esperanza de ver fantasmas, duendes y un espectáculo escalofriante…, y se lo brindaremos. Pero encontrarán bastante más de lo que suponen. Además, la muestra proporcionará mucho dinero al museo. ¿Qué tiene eso de malo? —Nada. Margo sonrió. Ya se encargaría Smithback de criticarlos. —Sé que la palabra «superstición» —prosiguió el hombre—, está cargada de connotaciones negativas para algunas personas; huele a explotación. Y es cierto que algunos de los efectos que estamos preparando para el espectáculo son…, bien…, un poco sensacionalistas. Por otro lado, una exposición con el título de «Religiones aborígenes» no resultaría tan atractiva, ¿verdad? La miró con una súplica muda. —Creo que nadie pone objeciones al título —replicó Margo—. Algunas personas consideran que vuestros fines no son del todo científicos. El joven negó con la cabeza. —Sólo los conservadores antiguos y los chiflados como Frock. Eligieron «Supersticiones» en lugar de la exposición que él había propuesto; una acerca de la evolución. Por eso despotrica contra ésta. La sonrisa de Margo se desvaneció. —El doctor Frock es un antropólogo brillantísimo —afirmó. —¿Frock? El doctor Cuthbert opina que ha perdido el tino. «Ese hombre es un lunático», dice. —Moriarty imitó el acento escocés de Cuthbert. El sonido de su voz despertó ecos desagradables en los pasillos tenebrosos. —Dudo de que Cuthbert sea tan genial como tú crees. —Vamos, Margo. Es uno de los mejores. —Comparado con el doctor Frock, no. ¿Qué me dices del Efecto Calisto? Se trata de uno de los trabajos más importantes de nuestros días. —¿Cuenta con alguna prueba, por mínima que sea, para sustentar sus especulaciones? ¿Se ha hallado algún rastro que demuestre la existencia de especies monstruosas y desconocidas? —Negó con la cabeza de nuevo, y las gafas resbalaron peligrosamente por su nariz—. Todo teoría. Bien, la teoría tiene su sitio, pero ha de estar respaldada por el trabajo de campo. Y su lameculos, Greg Kawakita, está animándole con ese programa de extrapolaciones que está desarrollando. Supongo que Kawakita tiene sus propios motivos, pero es muy triste ver cómo una gran inteligencia se desvía por sendas tan infructuosas. Piensa en el nuevo libro de Frock. ¿Evolución fractal? Hasta el título parece más un juego de ordenador que ciencia. Margo escuchaba con creciente indignación. Tal vez Smithback tenía razón respecto a Moriarty. —Bien —dijo—, considerando mi relación con el doctor Frock, supongo que no querrás que participe en tu exposición. Podría estropear el guión. —Y dando media vuelta, salió al pasillo. Moriarty se quedó estupefacto. Demasiado tarde, recordó que Frock era el tutor de Margo. Corrió tras ella. —Oh, no, no; no quería decir… —balbuceó—. Por favor, sólo… Ya sabes que Frock y Cuthbert se llevan fatal. Creo que se me ha contagiado. Se mostraba tan compungido que la ira de Margo se desvaneció. —No sabía que se llevaban tan mal —dijo, deteniéndose. —Oh, sí. Desde hace mucho tiempo. Cuando Frock elaboró el Efecto Calisto, su prestigio en el museo empezó a declinar. Ahora, sólo es jefe de departamento de nombre, y Cuthbert lleva las riendas. Sólo he oído una versión de la historia, por supuesto. Lo siento muchísimo. Me ayudarás con la redacción, ¿verdad? —Con la condición de que me saques de este laberinto —contestó Margo—. He de regresar a mi despacho. —Oh, claro. Lo lamento. La metedura de pata había conseguido que su timidez retornara, y guardó silencio mientras bajaban hacia la quinta planta. —Háblame más de la exposición. —Margo intentó tranquilizarle—. Me han comentado que se exhibirán algunos objetos fabulosos. —Supongo que te refieres al material de la tribu kothoga —dijo Moriarty—. Sólo una expedición ha encontrado rastros de ella. La figura de su animal mítico, Mbwun, es… Bien, es una de las piezas principales de la muestra. —Vaciló—. Mejor dicho, será una de las piezas principales. Aún no está expuesta. —¿De veras? ¿Vais a esperar hasta el último momento? —La situación es un poco peculiar. Escucha, Margo; esto es bastante confidencial. —Moriarty la guiaba a través de los pasadizos, hablando en voz baja—: En los últimos tiempos, los objetos kothoga han despertado mucho interés en personas como Rickman, el doctor Cuthbert…, incluso Wright, por lo visto. Se ha suscitado cierta controversia acerca de la inclusión del material en la exposición. Habrás oído historias sobre la maldición de la figura, tonterías de esa clase… —No muchas —repuso Margo. —La expedición que descubrió los objetos kothoga terminó trágicamente —continuó Moriarty—, y desde entonces nadie se ha acercado al material, que permanece en las cajas originales. La semana pasada, fueron trasladadas desde el sótano, donde se habían guardado durante todos estos años, hasta la zona de seguridad. Nadie ha tenido acceso a ellas, y no he podido preparar la muestra definitiva. —¿Por qué las trasladaron? Entraron en el montacargas. Moriarty esperó a que la puerta se cerrara. —Al parecer, las cajas fueron manipuladas hace poco. —¿Qué? ¿Insinúas que alguien las ha abierto? El hombre miró a Margo con una expresión de sorpresa. —Yo no he dicho eso. Giró la llave, y el montacargas descendió. 10 D'Agosta deseaba con todas sus fuerzas que la hamburguesa de queso con chile alojada en su estómago desapareciera. De momento no le molestaba, pero era una presencia ingrata. Aquel lugar olía como todos; de hecho, hedía. Ningún desinfectante podía disimular el olor de la muerte. Y las paredes color verde vómito de la oficina del forense no contribuían a mejorar la situación. Y tampoco la camilla, ahora vacía, situada como un huésped no invitado bajo las brillantes luces de la sala de autopsias. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la entrada de una mujer, seguida de dos hombres. D'Agosta se fijó en las elegantes gafas y el cabello rubio que escapaba por debajo del gorro de cirujano. La mujer se acercó y tendió la mano. El carmín de sus labios se agrietó en una sonrisa profesional. —Doctora Ziewicz —se presentó, acompañando sus palabras de un enérgico apretón—. Usted debe ser D'Agosta. Éste es mi ayudante, el doctor Fred Gross. —Indicó a un hombre bajo y esquelético—. Y éste es nuestro fotógrafo, Delbert Smith. Delbert asintió, con la cámara Deardorff apretada contra el pecho. —¿Viene aquí a menudo, doctora Ziewicz? —preguntó el teniente, ansioso de repente por decir algo, lo que fuera, con tal de retrasar lo inevitable. —La oficina del forense es mi segundo hogar —contestó la mujer con una sonrisa—. Trabajo en el campo de la… ¿cómo lo diría?, medicina forense especial. Cumplo con mi tarea y entrego un informe. Después me entero de lo que significa por los periódicos. —Lo miró con curiosidad—. Supongo que ya habrá visto esta clase de cosas antes, ¿verdad? —Oh, sí. Continuamente. La hamburguesa pareció convertirse en un lingote de plomo en su estómago. ¿Por qué no había recordado su cita vespertina antes de empezar a devorar como un cerdo? —Estupendo. —Ziewicz consultó su tablilla—. A ver, ¿permiso paterno? Bien. Parece que todo está en orden. Fred, comenzaremos con el 5-B. La mujer se enfundó tres pares de guantes de látex, se colocó una mascarilla, gafas protectoras y un delantal de plástico. D'Agosta hizo lo mismo. Gross empujó la camilla hasta el depósito y sacó el 5-B. La figura informe que yacía bajo el plástico, con un bulto raro en un extremo, le pareció extrañamente corta a D'Agosta. El ayudante depositó el cadáver y una bandeja sobre la camilla, que trasladó hasta situarla debajo de las luces, comprobó la etiqueta del talón e inmovilizó las ruedas. La forense manipuló el micrófono que colgaba sobre el cuerpo. —Probando, uno, dos, tres… Fred, este micro no funciona. Gross lo examinó. —No lo entiendo. Todo está conectado —afirmó. D'Agosta carraspeó. —Está desenchufado —dijo. Se produjo un breve silencio. —Bien —dijo Ziewicz—. Me alegro de que uno de los presentes no sea científico. Si quiere hacer preguntas o comentarios, señor D'Agosta, diga su nombre y hable con claridad hacia el micrófono. ¿Comprendido? Todo se graba. En primer lugar describiré el estado del cadáver, y luego empezaremos a diseccionar. —Comprendido —respondió D'Agosta con voz inexpresiva. Diseccionar. Una cosa era ver el cadáver tendido en la camilla, pero cuando comenzaban a cortarlo, a separar capa tras capa… No acababa de acostumbrarse a eso. —¿Todo preparado? Estupendo. Día 27 de marzo, lunes, dos y cuarto de la tarde. Somos la doctora Matilda Ziewicz y el doctor Frederick Gross. Nos acompaña el sargento detective… —Teniente Vincent. —El teniente Vincent D'Agosta, del Departamento de Policía de Nueva York. Tenemos aquí… Fred leyó la etiqueta: —William Howard Bridgeman, número 33-A-45. —Ahora, procederé a quitar la envoltura. El grueso plástico crujió. Siguió un breve silencio. D'Agosta tuvo un fugaz vislumbre del perro destripado que había visto por la mañana. «El truco consiste en no pensar demasiado. No pienses en tu Vinnie, que cumplirá ocho años la semana que viene», se dijo, tratando de tranquilizarse. La doctora Ziewicz respiró hondo. —Tenemos un varón caucásico, un muchacho de unos… mmm… diez o doce años; de estatura, bueno, resulta imposible calcularla porque ha sido decapitado. Tal vez un metro cuarenta y cinco, un metro cincuenta. Peso, alrededor de cuarenta y cinco kilos. Estos datos son aproximados. El estado del cuerpo no permite distinguir marcas características. Color de los ojos y rasgos faciales indeterminados, debido al traumatismo craneal masivo. »No se aprecian heridas o marcas anteriores en pies, piernas o genitales. Fred, haz el favor de frotar con la esponja la zona abdominal… Gracias. Se observan numerosos desgarrones grandes que forman una herida extensa, de unos sesenta centímetros de largo y treinta de ancho; se inicia en la región pectoral anterior izquierda, desciende en un ángulo de ciento noventa grados por los arcos costales y el esternón y termina en la región abdominal anterior derecha. Parece que los pectoralis menor y mayor han sido arrancados de la cavidad torácica externa, y los intercostales externos e internos están separados. El cuerpo aparece destripado en grado sumo. El esternón ha sido partido, y la caja torácica ha quedado expuesta. Hemorragia masiva en la aorta… Es difícil verlo antes de lavar y explorar. »Fred, limpia el borde de la cavidad torácica. Las vísceras que están claramente expuestas son el estómago y los intestinos grueso y delgado. Parece que los órganos retroperitoneales están in situ. »Pasa la esponja por el cuello, Fred. La zona del cuello muestra señales de traumatismo, algunas contusiones, tal vez indicativas de extravasación, posible fractura de columna. «Ahora, la cabeza… Santo Dios. Fred carraspeó. —La cabeza está decapitada entre el atlas y el axis. Toda la porción occipital del calvario y la mitad del hueso parietal han quedado aplastadas, o tal vez perforadas y extraídas, por medios desconocidos, dejando un hueco de unos veinticinco centímetros de diámetro. El cráneo está vacío. Parece que el cerebro se derramó o fue extraído por el hueco… El cerebro, o lo que queda de él, se halla en una bandeja a la derecha de la cabeza; y desconocemos su posición original respecto al cuerpo. —Fue encontrado a trozos cerca del cadáver —aclaró D'Agosta. —Gracias, teniente. ¿Dónde está el resto? —Eso es lo único que había. —No. Falta algo. ¿Tiene todas las fotos del lugar de los hechos? —Por supuesto —respondió D'Agosta, esforzándose por disimular su irritación. —El cerebro presenta numerosas contusiones. Fred, dame un escalpelo del número 2 y el espéculo transverso. El pons Varolii está intacto, pero separado. El cerebelo muestra desgarrones superficiales, pero por lo demás permanece intacto. Apenas se aprecian rastros de hemorragia, lo cual indica traumatismo postmortem. El fórnix está sujeto. El cerebro ha sido separado por completo del mesencéfalo, y éste ha sido biseccionado y… Mira, Fred, no hay región talámica. Y tampoco pituitaria. Eso es lo que falta. —¿Qué es eso? —preguntó D'Agosta. Se obligó a mirar más de cerca. El cerebro, depositado en la bandeja de acero inoxidable, parecía muchísimo más líquido que sólido. Desvió la vista. «Béisbol. Piensa en el béisbol. Un buen tiro, el sonido de un bate…» —El tálamo y el hipotálamo, los reguladores del cuerpo. —Los reguladores del cuerpo —repitió el teniente. —El hipotálamo regula la temperatura del cuerpo, la presión sanguínea, los latidos del corazón y el metabolismo de grasas e hidratos de carbono, así como el ciclo sueño-vigilia. Se supone que alberga los centros del placer y el dolor. Es un órgano muy complicado, teniente. La forense lo miró fijamente, esperando otra pregunta. —¿Cómo lo hace? —preguntó D'Agosta, obediente. —Hormonas. Segrega centenares de hormonas reguladoras al cerebro y el flujo sanguíneo. —Ya —dijo el policía. Retrocedió un paso. «La pelota de béisbol en el centro del campo, el delantero recula con el guante alzado…» —Fred, acércate y mira esto —ordenó Ziewicz con brusquedad. El ayudante se inclinó sobre la bandeja. —Parece… Bueno, no lo sé… —Ánimo, Fred. —Bueno, es casi… —Se interrumpió—. Es como un mordisco. —Exacto. ¡Fotógrafo! —Delbert avanzó a toda prisa—. Fotografía esto. Es como cuando uno de mis chicos muerde un pastel. D'Agosta se aproximó un poco más, pero no vio nada especial en aquella masa gris sanguinolenta. —Es semicircular, como el mordisco de un humano, aunque más largo e irregular de lo que cabría esperar. Analizaremos algunos cortes para averiguar si contienen enzimas salivales. Lleva esto al laboratorio, Fred; pide que lo congelen y practiquen microcortes aquí, aquí y aquí. Cinco cortes en total. Tiñe al menos uno con eosina y otro con enzimas de activación salivar. Cuando Fred se marchó, Ziewicz continuó. —Ahora diseccionaré el cerebro. El lóbulo posterior está contusionado; lógico por cuanto fue extraído del cráneo. Fotografía. La superficie muestra tres desgarrones o incisiones paralelas, de unos cuatro centímetros de profundidad, separadas entre sí por unos cuatro, milímetros. Procedo a analizar la primera incisión. Fotografía. Teniente, ¿ve que estos desgarrones acaban convergiendo? ¿Qué opina? —No lo sé —dijo D'Agosta, y se acercó un poco más. «No es más que un cerebro muerto», pensó. —¿Uñas largas, tal vez? ¿Uñas afiladas? Vamos, ¿nos enfrentamos a un psicópata homicida? Fred regresó del laboratorio y continuaron trabajando en el cerebro durante lo que a D'Agosta le pareció una eternidad. Por fin, Ziewicz dijo a su ayudante que lo guardara en la nevera. —Ahora examinaré las manos —dijo la mujer ante el micrófono. Con gran cuidado retiró una bolsa de plástico de la mano derecha, la levantó, le dio la vuelta y examinó las uñas. —Se aprecian cuerpos extraños bajo las uñas de los dedos pulgar, índice y anular. Fred, tres buenas platinas. —No era más que un crío —dijo D'Agosta—. Es lógico que tuviera las uñas sucias. —Tal vez, teniente —contestó Ziewicz. Extrajo el material y lo depositó en las pequeñas depresiones de las platinas—. Fred, el zoom. Quiero observar esto. La doctora colocó la platina sobre el portaobjetos, miró y ajustó el instrumento. —Suciedad normal bajo el pulgar, a juzgar por su aspecto. Los demás, igual. Fred, un análisis completo, por si acaso. No había nada interesante en la mano izquierda. —Ahora —continuó Ziewicz—, examinaré el traumatismo longitudinal de la parte frontal del cuerpo. Del, fotografías aquí, aquí y aquí, y donde tú creas que la herida se verá mejor. Primeros planos de las zonas de penetración. Parece que el asesino efectuó las incisiones en forma de Y para nosotros, ¿no cree, teniente? —Sí —contestó él, y tragó saliva. Se produjo una sucesión de flashes. —Pinzas —pidió Ziewicz—. Tres desgarrones irregulares situados en el pectoral mayor, justo encima del pezón izquierdo, penetran y cortan el músculo. Procedo a abrir y sondar la primera incisión en el punto de entrada. Sujeta ahí, Fred. »Ahora exploro la herida. Aprecio cuerpos extraños no identificados. Papel cristal, Fred. Parece tela, quizá de la camisa de la víctima. Fotografía. El flash centelleó, y después la doctora levantó un trocito de lo que parecía hilo ensangrentado. Lo depositó sobre el envoltorio de papel cristal y continuó sondando en silencio. —Hay otro cuerpo extraño en el músculo, unos cuatro centímetros debajo del pezón derecho en línea recta. Está alojado en una costilla. Parece que es duro. Fotografía. Lo extrajo y levantó un grumo sanguinolento que las largas pinzas sujetaban. D'Agosta avanzó unos pasos. —¿Qué es eso? ¿Podemos echar agua y examinarlo? La mujer lo miró con una ligera sonrisa. —Fred, trae un vaso de agua esterilizada. Cuando arrojó el objeto al interior y lo agitó, el líquido adquirió un tono marrón. —Guarda el agua para comprobar si ha quedado algo —dijo Ziewicz, y alzó su descubrimiento a la luz. —Santo Dios —murmuró D'Agosta—. Es una garra, una jodida garra. La doctora se volvió hacia su ayudante. —Un bonito monólogo para nuestra cinta, ¿verdad, Fred? 11 Margo arrojó los libros y los papeles sobre el sofá y echó un vistazo al reloj colocado sobre el televisor; las diez y cuarto. Meneó la cabeza. Un día espantoso, increíble. Después de permanecer tantas horas en el museo, sólo había conseguido añadir tres párrafos a su tesina. Y aún tenía que trabajar en el texto explicativo del expositor de Moriarty. Suspiró, arrepentida de haber accedido. La luz de neón procedente de una licorería situada al otro lado de la avenida se reflejó sobre la única ventana de la sala de estar y tiñó la estancia de un azul eléctrico. Margo encendió la pequeña lámpara del techo, se apoyó contra la puerta y observó la desordenada habitación con parsimonia. Por lo general, era pulcra hasta la obsesión, pero después de una semana de descuido, libros de texto, cartas de condolencia, documentos legales, zapatos y jerseys se esparcían sobre los muebles; cartones vacíos de comida china languidecían en el fregadero y su vieja máquina de escribir Royal yacía sobre el suelo de madera, junto a un abanico de papeles. El degradado barrio en que residía (la parte alta de Amsterdam Avenue) había proporcionado a su padre otro motivo para insistir en que regresara a su casa de Boston. —Este lugar no es para una chica como tú, Midge —había dicho, utilizando su mote infantil—. Y ese empleo en el museo no es el más adecuado para ti; encerrada día tras día con todos esos seres muertos o disecados y cosas metidas en tarros… ¿Qué clase de vida es ésa? Te compraríamos una casa en Beverly, Marblehead. Serías más feliz allí, Midge, lo sé. Al percatarse de que el contestador automático parpadeaba, Margo apretó el botón del mensaje. «Soy Jan. He vuelto hoy a la ciudad y acabo de enterarme. Escucha, lamento muchísimo la muerte de tu padre. Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo? Quiero hablar contigo. Adiós.» Esperó. Se oyó otra voz: «Margo, soy tu madre.» A continuación sonó un clic. La joven cerró los ojos y respiró hondo. No pensaba telefonear a Jan, aún no; y tampoco a su madre. Esperaría al día siguiente. Ya sabía qué le diría su madre: «Has de regresar a casa para ocuparte de los negocios de tu padre. Él así lo habría querido. Nos lo debes a los dos.» Se dio la vuelta, se acomodó con las piernas cruzadas entre la máquina de escribir y procuró serenarse. Después, empezó a teclear. Unos momentos después, se detuvo y fijó la vista en la ventana. Recordó que su padre preparaba tortillas (lo único que sabía cocinar) los domingos por la mañana. —Eh, Midge —solía decir—. No está mal para un viejo ex soltero, ¿verdad? Algunas luces de la calle se apagaban a medida que los comercios cerraban. Margo observó las pintadas, las ventanas entabladas. Tal vez su padre tenía razón; la pobreza no era divertida. La pobreza. Meneó la cabeza al recordar la última vez que había oído la palabra y la expresión de su madre cuando la había pronunciado. Las dos estaban sentadas en el frío y oscuro despacho del albacea testamentario de su padre, escuchando las complicadas explicaciones de por qué la falta de planificación de su padre obligaba a la liquidación, a menos que algún miembro de la familia se comprometiera a mantener los negocios a flote. Pensó en los padres de los dos niños asesinados. También ellos habrían depositado grandes esperanzas en sus hijos. Ya nunca conocerían la decepción, y tampoco la felicidad. Luego sus pensamientos derivaron hacia Prine y sus zapatos ensangrentados. Se levantó y encendió más luces. Debía preparar la cena. Al día siguiente se encerraría en su despacho para terminar aquel capítulo y trabajaría en el texto sobre Camerún para Moriarty. Y aplazaría una decisión, un día más, como mínimo. Se prometió que, cuando a la semana siguiente acudiera a su cita con Frock, ya la habría tomado. El teléfono sonó. Descolgó el auricular mecánicamente. —Hola —dijo. Escuchó un momento—. Ah, hola, mamá. 12 La noche llegaba pronto al Museo de Historia Natural. Cuando se acercaban las cinco de la tarde, el sol primaveral comenzaba a ponerse. En el interior, turistas, escolares y padres cansados descendían por las escalinatas de mármol en dirección a las salidas. Al poco, los ecos de gritos y pasos se desvanecían en las cámaras abovedadas. Uno tras otro, los expositores se apagaban, y a medida que la noche avanzaba, las restantes luces proyectaban sombras fantasmagóricas sobre los suelos de mármol. Un guardia solitario que efectuaba su ronda vagaba por una sala, canturreando y balanceando una larga cadena de la que colgaban diversas llaves. Acababa de iniciar su turno, y vestía el habitual uniforme azul y negro. Hacía mucho tiempo que la novedad del museo se había marchitado. «Este lugar me pone la carne de gallina —pensó—. Fíjate en ese hijo de puta de allí. Una mierda nativa. ¿Quién coño pagaría dinero por ver esa porquería? Además, la mayoría está maldita.» Desde una vitrina apagada una máscara le dirigió una sonrisa burlona. Aceleró el paso hasta el siguiente puesto de guardia, donde giró una llave en una caja que registraba la hora: 10.23. Al encaminarse hacia la siguiente sala, experimentó la inquietante sensación, como tan a menudo, de que una presencia invisible duplicaba con suma cautela el eco de sus pasos. Llegó al siguiente puesto de guardia y giró la llave. La caja emitió un clic y registró las 10.34. Sólo se tardaban cuatro minutos en alcanzar el siguiente puesto. Así pues, disponía de seis minutos para fumarse un canuto. Se acurrucó en un hueco de escalera y cerró la puerta con llave. Miró hacia el oscuro sótano, donde otra puerta comunicaba con un patio interior. Tendió la mano hacia el interruptor de la luz y de inmediato la retiró. Era absurdo llamar la atención. Se aferró a la barandilla de metal mientras bajaba despacio. Ya en el sótano, avanzó pegado a la pared hasta que tanteó una manija horizontal. La accionó, y el aire helado de la noche le golpeó en la cara. Abrió un poco más la puerta y encendió un porro. Asomado al patio, inhaló con placer el humo amargo. Una tenue luz procedente del lejano claustro desierto proporcionaba una pálida iluminación a sus movimientos. El zumbido del tráfico, atenuado por tantos muros, pasillos y parapetos intermedios, parecía provenir de otro planeta. Sintió, aliviado, la cálida oleada del cannabis. Otra larga noche que lograría soportar. Cuando terminó de fumar, arrojó la colilla hacia la oscuridad, se pasó la mano por el pelo cortado al rape y se estiró. Cuando estaba subiendo por la escalera, oyó que la puerta de abajo se cerraba con estrépito. Se detuvo, estremecido. ¿Había dejado la puerta abierta? No. Mierda, ¿y si alguien le había visto fumar el canuto? Pero no habría podido oler el humo, y en la oscuridad habría parecido un cigarrillo normal. Flotaba en el aire un extraño olor a podrido que nada tenía que ver con el porro. No parpadeaba ninguna luz, ni sonaban pasos sobre los peldaños de metal. Continuó ascendiendo. En el momento en que llegaba al rellano percibió un rapidísimo movimiento a sus espaldas. Giró en redondo, y un fuerte golpe en el pecho lo estampó contra la pared. Lo último que vio fue cómo sus entrañas resbalaban escaleras abajo. Al cabo de un instante, dejó de preguntarse de dónde había surgido aquel horror. 13 Martes Bill Smithback se sentó en una pesada butaca y contempló la figura angulosa y afilada de Lavinia Rickman, que leía su arrugado manuscrito detrás del escritorio de madera de abedul. Dos uñas barnizadas de rojo brillante tamborileaban sobre la lustrosa superficie. El periodista sabía que el tabaleo no preludiaba nada bueno. Un martes muy gris se cernía tras las ventanas. La habitación no se correspondía con el típico despacho de museo. Faltaban los desordenados montones de periódicos, revistas y libros que parecían un complemento indispensable en otras oficinas. En cambio, los estantes y el escritorio estaban adornados con bagatelas de todo el mundo: una muñeca mejicana, un buda de latón del Tíbet, varias marionetas de Indonesia… Las paredes estaban pintadas del verde institucional, y la habitación olía a ambientador de pino. Otras curiosidades se disponían a ambos lados del escritorio, tan ordenadas y simétricas como setos en un jardín francés: un pisapapeles de ágata, un abrecartas de hueso, un netsuke japonés. Y en el centro del motivo, se alzaba Rickman, inclinada sobre el manuscrito. El pelo anaranjado, pensó Smithback, no conjuntaba con el verde de las paredes. El tamborileo se aceleró un instante y luego decreció a medida que la mujer pasaba las páginas. Por fin volvió la última, reunió las hojas sueltas y las colocó en el centro del escritorio. —Bien —dijo, levantando la vista y dedicándole una radiante sonrisa—. Tengo algunas pequeñas sugerencias. —Oh. —La sección de los sacrificios humanos aztecas, por ejemplo, la considero demasiado polémica. —Se humedeció el dedo y buscó la página—. Aquí. —Sí, pero en la exposición… —Señor Smithback, la exposición trata los temas con gusto. Esto, sin embargo, carece de él. Es demasiado gráfico. Cruzó el párrafo con un rotulador. —Pero es absolutamente correcto —protestó el periodista, encogiéndose por dentro. —Me preocupa el énfasis, no la corrección. Algo puede ser completamente correcto y dar una impresión incorrecta si se aplica un énfasis incorrecto. Permítame recordarle que en Nueva York contamos con una amplia población hispana. —Sí, pero ¿cómo puede ofender esto…? —Eliminaremos esta parte sobre Gilborg. Trazó una línea sobre otra página. —Pero ¿por qué…? La mujer se reclinó en su butaca. —Señor Smithback, la expedición Gilborg fue un fracaso grotesco. Buscaban una isla que no existía. Uno de los miembros violó a una nativa, detalle que usted recalca con mucho celo. Nos tomamos la molestia de omitir toda mención a Gilborg en nuestra exposición. ¿Realmente considera necesario documentar los fracasos del museo? —¡Pero sus colecciones eran soberbias! —protestó débilmente el periodista. —Señor Smithback, dudo de que usted comprenda la naturaleza de este encargo. —Se produjo un largo silencio durante el cual el tabaleo se reanudó—. ¿Acaso cree que el museo lo contrató, le está pagando, para documentar fracasos y controversias? —Los fracasos y las controversias son consustanciales a la ciencia. ¿Quién leerá un libro que…? —Muchas empresas que proporcionan dinero al museo se sentirían muy molestas por algunas de estas informaciones —interrumpió la señora Rickman—. Y hay muchos grupos étnicos susceptibles, preparados para atacar a la mínima provocación. —Pero estamos hablando de hechos que sucedieron hace cien años… —¡Señor Smithback! —La señora Rickman sólo había alzado un poco la voz, pero el efecto fue sorprendente. Se hizo el silencio—. Señor Smithback, debo decirle con toda franqueza… —Hizo una pausa, se levantó con brusquedad, rodeó el escritorio y se plantó ante el periodista—. Debo decirle —continuó— que está tardando más de lo que pensaba en asumir nuestro punto de vista. No está usted escribiendo un libro para un editor comercial. Hablando en plata, queremos que nos dispense el mismo trato favorable que concedió al acuario de Boston en su anterior, ejem, encargo. —Se sentó en el borde del escritorio—. Esperamos ciertas cosas a las que sin duda tenemos derecho. —Empezó a contar con sus huesudos dedos—. Una: nada de controversias. Dos: nada que pueda ofender a grupos étnicos. Tres: nada que perjudique la reputación del museo. ¿Le parece poco razonable? La mujer se inclinó para apretar la mano de Smithback entre las suyas. —Yo… no… El periodista reprimió un impulso casi irresistible de retirar la mano. —Entonces, asunto concluido. Lavinia Rickman volvió a sentarse detrás del escritorio y empujó el manuscrito hacia el hombre. —Aún hemos de hablar de un asunto sin importancia. —Lo enunció con la mayor precisión—: En algunas partes del manuscrito, cita comentarios muy interesantes de personas «cercanas a la exposición», pero en ningún momento identifica las fuentes exactas. Carece de importancia, como comprenderá, pero me gustaría disponer de la lista de dichas fuentes… para mis archivos, nada más. Le dedicó una sonrisa expectante. Algunas alarmas se dispararon en la cabeza de Smithback. —Bien —contestó con cautela—. Me encantaría ayudarla, pero la ética del periodismo me lo impide. —Se encogió de hombros—. Ya sabe cómo son esas cosas. La sonrisa de la señora Rickman se desvaneció al instante, y abrió la boca para hablar. Entonces, para alivio de Smithback, el teléfono sonó. Se levantó y recogió su manuscrito. Cuando se hallaba cerca de la puerta, oyó que la mujer respiraba hondo. —¡Otro no! La puerta se cerró. 14 D'Agosta no acababa de acostumbrarse a la Sala de los Monos Antropoides, donde se exhibían aquellos sonrientes y gigantescos chimpancés disecados y colgados de falsos árboles, con brazos peludos, divertidas pollas realistas y grandes manos con uñas reales. Se preguntó por qué los científicos habían tardado tanto tiempo en deducir que el hombre descendía del mono. Tendrían que haberse dado cuenta la primera vez que echaron un vistazo a un chimpancé. Y en algún sitio había oído que los micos eran como los humanos, violentos, excitables, siempre dándose de hostias mutuamente hasta matarse y devorarse. «Dios, debe de haber otra forma de recorrer el museo sin necesidad de pasar por esta sala», pensó. —Por aquí —indicó el guardia—, bajando la escalera. Es horroroso, teniente. Entré a… —Ya me lo contará más tarde —atajó D'Agosta. Después de lo del niño, estaba preparado para todo—. Dice que llevaba uniforme de guardia. ¿Lo conocía? —No lo sé, señor. El guardia señaló la oscura escalera que conducía a una especie de patio. Abajo yacía el cadáver, en las sombras. Todo estaba manchado y salpicado de negro: el suelo, las paredes, la luz del techo. D'Agosta sabía muy bien qué era aquello. —Tú —dijo a uno de los policías que le seguían—, trae linternas. Quiero que se emprenda una búsqueda exhaustiva de huellas y fibras. ¿La policía científica está en camino? Es evidente que el hombre está muerto, de modo que mantén alejados a los de la ambulancia durante un rato. No quiero que lo líen todo. —D'Agosta bajó la vista hacia la escalera—. Rediós —exclamó—, ¿de quién son esas huellas de pisadas? Parece que algún capullo ha pisoteado ese charco de sangre. O tal vez nuestro asesino decidió dejarnos una buena pista. Se hizo el silencio. —¿Son suyas? —Se volvió hacia el guardia—. ¿Cómo se llama? —Norris, Eric Norris. Como le decía, yo… —¿Sí o no? —Sí, pero… —Cierre el pico. ¿Son ésos sus zapatos? —Sí. Verá, yo… —Quíteselos. Está estropeando la alfombra. —«Maldito entrometido», pensó—. Llévelos al laboratorio forense y dígales que los guarden en una bolsa de plástico; ya saben qué han de hacer. Espéreme allí. No, no me espere. Ya le llamaré más tarde. Quiero formularle algunas preguntas. No, quítese los jodidos zapatos aquí. —No quería encontrarse con otro Prine entre manos. ¿Qué ocurría en aquel museo? ¿Por qué la gente se empeñaba en ir por ahí pisoteando sangre?—. Tendrá que andar hasta allí en calcetines. —Sí, señor. Uno de los policías lanzó una risita. D'Agosta lo miró. —¿Lo encuentras divertido? Ha esparcido la sangre por todo el lugar. No tiene gracia. El teniente descendió hasta la mitad de la escalera. Aunque no podía ver bien la cabeza, que yacía en un rincón alejado, con la cara hacia abajo, sabía que hallaría la parte superior del cráneo abierta y los sesos desparramados. Dios, en qué revoltijo podía llegar a convertirse un cuerpo. Un paso sonó en la escalera detrás de él. —Policía científica—dijo un hombre bajo, seguido por un fotógrafo y varios hombres más con batas de laboratorio. —Por fin. Quiero luces allí, allí y allí, y todo cuanto necesite el fotógrafo. Quiero que se disponga un perímetro y que se recoja hasta el último hilo y grano de arena. Quiero que empleen TraceChem en todo. Quiero…, bien, ¿qué más quiero? Quiero que se realicen todos los análisis conocidos y que todo el mundo respete el perímetro, ¿entendido? Nada de jodiendas esta vez. —D'Agosta se volvió—. ¿Han llegado los del laboratorio? ¿Y el investigador del forense? ¿O se han ido a tomar café? —Introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta en busca de un puro—. Coloquen cajas de cartón sobre esas huellas. Y vosotros, cuando hayáis acabado, secad la zona alrededor del cadáver para que no vayamos repartiendo sangre por todas partes. —Excelente. D'Agosta oyó una voz serena y meliflua a su espalda. —¿Quién cojones es usted? —preguntó. Se volvió y vio a un hombre alto y delgado, vestido con un elegante traje negro, en lo alto del hueco de la escalera. Llevaba el cabello rubio, casi blanco, peinado hacia atrás, sobre unos ojos de color azul claro—. ¿El enterrador? —Pendergast —respondió el hombre, que bajó y tendió la mano. El fotógrafo, cargado con su equipo, le adelantó. —Bien, Pendergast, será mejor que tenga un buen motivo para estar aquí; de lo contrario… El recién llegado sonrió. —Agente especial Pendergast. —Ah. ¿FBI? Curioso, ¿por qué no me sorprendo? Bien, encantado, Pendergast. ¿Por qué coño no avisan antes por teléfono? Escuche, tengo un fiambre decapitado y descerebrado ahí. ¿Dónde están los demás, por cierto? Pendergast retiró la mano. —Me temo que sólo he venido yo. —¿Qué? No joda. Ustedes siempre acuden en manada. Las luces se encendieron e iluminaron la carnicería que los rodeaba. Todo lo que antes parecía negro adquirió color, y los diversos tonos de las vísceras se hicieron visibles, al igual que, como sospechaba D'Agosta, el desayuno de Norris, arrojado en mitad de un charco de fluidos corporales. El teniente apretó las mandíbulas. Entonces posó la vista en un pedazo de cráneo que, situado a metro y medio del cuerpo, conservaba el cuero cabelludo del guardia. —Oh, Dios —musitó D'Agosta, retrocediendo mareado. Delante del tipo del FBI, la policía científica y el fotógrafo, comenzó a vomitar. «No puedo creerlo —pensó—. La primera vez en veintidós años, y me ocurre en el peor de los momentos.» La investigadora del juez de primera instancia, una joven vestida con una chaqueta blanca y un delantal de plástico, apareció en la escalera. —¿Quién está al mando? —preguntó, mientras se calzaba los guantes. —Yo —respondió D'Agosta, y se secó la boca. Miró a Pendergast—. Al menos, durante unos minutos. Teniente D'Agosta. —Doctora Collins —se presentó la investigadora. Seguida de un ayudante, se acercó al cadáver, que estaban limpiando de sangre—. Fotógrafo —llamó—. Voy a dar la vuelta al cadáver. Una serie completa, por favor. D'Agosta desvió la vista. —Tenemos trabajo, Pendergast —dijo con tono autoritario. Señaló el vómito—. No limpien eso hasta que la policía científica haya acabado con esta escalera. ¿Entendido? —Todo el mundo asintió—. Necesito un informe de entradas y salidas. Intenten identificar el cuerpo; si no es un guardia, que avisen a Ippolito. Pendergast, subamos al puesto de mando para coordinar nuestros esfuerzos. Regresaremos cuando el equipo haya concluido su tarea. —Excelente —dijo el agente del FBI. «¿Excelente?», pensó D'Agosta. El tipo hablaba como en el Sur profundo. Había conocido individuos como aquél antes, y no tenían nada que hacer en Nueva York. Pendergast se inclinó y susurró: —La sangre que salpica la pared es bastante interesante. D'Agosta echó un vistazo. —No me diga. —Considero necesario que se analice esa sangre. El teniente clavó la vista en los ojos de Pendergast. —Buena idea —dijo por fin—. Eh, fotógrafo, haga una serie de primeros planos de la sangre que hay en la pared. Y usted, usted… —McHenry, señor. —Quiero un análisis de esa sangre; identificación del origen, velocidad, fuerza, un informe completo. —Sí, señor. —Lo quiero sobre mi mesa dentro de treinta minutos. McHenry compuso una expresión afligida. —De acuerdo, Pendergast. ¿Alguna idea más? —No, es la única que se me ha ocurrido. —Vámonos. En el puesto de mando provisional, todo se hallaba en su sitio. D'Agosta siempre se encargaba de ello. No había ni una hoja de papel suelta, ningún expediente fuera de lugar, ninguna grabadora sobre la mesa. Ofrecía una imagen de orden, como a él le gustaba. Todo el mundo estaba ocupado, y los teléfonos tenían la luz encendida. Pendergast acomodó su flaca figura en una silla. Para ser un individuo con un aspecto tan formal, se movía como un gato. D'Agosta le hizo un breve resumen de la investigación. —Muy bien, Pendergast —concluyó—. ¿Cuál es su jurisdicción? ¿La hemos cagado? ¿Nos han apartado del caso? El agente sonrió. —No, en absoluto. Por lo que acabo de oír, yo habría actuado igual que usted. ¿Sabe, teniente?, hemos trabajado en este caso desde el principio, aunque lo ignorábamos. —¿Por qué lo dice? —Pertenezco a la oficina de Nueva Orleans. Estábamos investigando una serie de asesinatos muy raros. No entraré en detalles; la cuestión es que el cráneo de las víctimas había sido abierto, y el cerebro extraído. El mismo modus operandi. —No joda. ¿Cuándo ocurrió esto? —Hace varios años. —¿Hace varios años? Eso… —Sí. Los crímenes quedaron sin resolver. Primero intervino el ATF al considerarse que se trataba de un asunto de drogas; luego, cuando el ATF no logró ningún progreso, entró el FBI. No pudimos avanzar porque la pista se había enfriado. Ayer leí un informe telegráfico sobre el doble asesinato de Nueva York. El modus operandi es demasiado… demasiado peculiar como para no establecer una relación inmediata, ¿no cree? Vine en avión anoche. Oficialmente, no estoy aquí; me presentaré mañana. D'Agosta se relajó. —Así pues, es usted de Luisiana. Creí que era un chico nuevo de la oficina de Nueva York. —Ya acudirán. Cuando entregue mi informe esta noche, aparecerán. De todas formas, yo estaré al mando del caso. —¿Usted? En Nueva York, imposible. Pendergast sonrió. —Yo estaré al mando, teniente. He investigado este caso durante años, y la verdad, me interesa mucho. —La forma en que dijo «me interesa» provocó una extraña sensación a D'Agosta—. No se preocupe, teniente, estoy dispuesto a trabajar con usted, tal vez de una forma diferente a la oficina de Nueva York. Si usted accede a colaborar, claro está. Éste no es mi territorio y necesitaré su ayuda. ¿Qué me dice? Se levantó y tendió la mano. «Joder —pensó D'Agosta—, los muchachos de la oficina de Nueva York lo descuartizarán en dos horas y media y enviarán los pedazos de vuelta a Nueva Orleans.» —Trato hecho —dijo el teniente, estrechándole la mano—. Le presentaré a todo el mundo, empezando por Ippolito, el jefe de seguridad, con la condición de que conteste a una pregunta. Ha dicho que el modus operandi de los asesinatos de Nueva Orleans era el mismo. ¿Qué hay de las marcas de mordiscos que encontramos en el cerebro del niño mayor? ¿Y del fragmento de uña? —A juzgar por lo que me ha contado de la autopsia, teniente, la forense se limitó a especular sobre las marcas de mordeduras. Me interesa conocer los resultados del análisis de saliva. ¿Han analizado la uña? Más tarde, D'Agosta recordaría que sólo había respondido a medias. —Están en ello. Pendergast se reclinó en la silla y formó una tienda de campaña con las manos; el cabello casi blanco le caía sobre la frente, y tenía la mirada perdida en un punto indeterminado del espacio. —Tendré que visitar a la doctora Ziewicz cuando examine la carnicería de hoy. —Oiga, Pendergast, por casualidad no estará emparentado con Andy Warhol, ¿verdad? —No me gusta mucho el arte moderno, teniente. A pesar de que el lugar de los hechos estaba muy concurrido, el orden predominaba. Todo el mundo se movía con rapidez y hablaba en voz baja, como en deferencia al muerto. El equipo del depósito ya había llegado y se mantenía apartado, observando con paciencia la actividad que se desarrollaba ante sus ojos. Pendergast conversaba con D'Agosta e Ippolito, el jefe de seguridad del museo. —Le ruego que me complazca —dijo el agente del FBI al fotógrafo—. Tome una foto desde aquí, así. —Pendergast hizo una breve demostración—. Y una serie desde lo alto de la escalera, y una secuencia bajando. Tómese su tiempo, juegue con los efectos de luz y sombra. El fotógrafo lo miró fijamente un instante y se alejó. Pendergast se volvió hacia Ippolito. —Una pregunta. ¿Por qué estaba el guardia…?, ¿cómo dijo que se llamaba, señor Ippolito? Jolley, Fred Jolley, ¿por qué estaba aquí abajo? No entraba en el itinerario de su ronda, ¿verdad? —Verdad —concedió Ippolito, que se hallaba cerca de la entrada del patio; su cara había adquirido un tono verdoso. D'Agosta se encogió de hombros. —¿Quién sabe? —Ya —dijo Pendergast, mirando hacia el patio que se extendía al otro lado de la escalera. Era pequeño y profundo. Paredes de ladrillo se alzaban en tres de los lados—. Y dice que cerró la puerta detrás de él. Hemos de suponer que salió por aquí, o se dirigía en esta dirección. Hummm. La lluvia de meteoritos de Tauro llegó a su apogeo aproximadamente a la hora en que se produjo el crimen. Tal vez Jolley era un astrónomo en ciernes, cosa que dudo. —Permaneció inmóvil unos instantes y miró alrededor. Luego se volvió hacia ellos—. Creo que puedo explicar qué hacía aquí. «Joder, un auténtico Sherlock Holmes», pensó D'Agosta. —Bajó por la escalera para entregarse a uno de sus vicios; marihuana. El patio es un lugar aislado y bien ventilado, perfecto para, hum, fumar un poco de hierba. —¿Marihuana? Sólo es una suposición. —Creo que he visto la colilla —afirmó Pendergast, señalando hacia el patio— junto al quicio de la puerta. —Yo no veo nada —dijo D'Agosta—. Eh, Ed. Echa un vistazo a la base de la puerta. Ahí. ¿Qué es eso? —Un canuto —contestó Ed. —¿Qué os pasa, tíos? ¿Sois incapaces de encontrar un jodido canuto? Os ordené que recogierais hasta el último grano de arena, por los clavos de Cristo. —Aún no habíamos llegado a esa zona. —De acuerdo. —Miró a Pendergast. «Bastardo suertudo. Tal vez ese porro no era del guardia.» —Señor Ippolito —dijo lentamente el agente del FBI—, ¿es normal que su personal tome drogas prohibidas en horario de trabajo? —De ninguna manera y dudo mucho de que Fred Jolley… Pendergast le acalló con un movimiento de la mano. —Supongo que podrá explicar todas esas pisadas. —Son del guardia que descubrió el cadáver —dijo D'Agosta. Pendergast se agachó. —Cubren por completo cualquier huella que pudiera haber quedado —dijo, con el entrecejo fruncido—. La verdad, señor Ippolito, debería haber enseñado a sus hombres a respetar el lugar donde se ha cometido un crimen. Ippolito abrió la boca y la cerró de inmediato. El teniente reprimió una sonrisa burlona. Pendergast echó a andar despacio hacia una gran puerta metálica entreabierta situada bajo la escalera.