Mientras ese conocimiento se fijaba profundamente en el interior de Abby, Dante se movió inquieto, y ella sintió una oleada de frustración recorriéndolo. Su mano se extendió para tocarle el brazo. —¿Qué sientes? —El demonio está cerca. —¿Cuán cerca? Le lanzó una sonrisa irónica. —Abby, no soy un GPS. Sólo puedo decir que está cerca. —Entonces las brujas no deben estar lejos. —Sí. Abby se sentía ligeramente mareada. Una sensación provocada cada vez que pensaba en las mujeres que había visto en sueños. Las mujeres que podían tener su vida, así como la de Dante, en sus manos. —¿Empezamos a buscar por las casas? Dante levantó la cabeza y olfateó el aire. Ella no supo lo que olió, pero éste sacudió fuertemente la cabeza. —No quiero cometer el error de andar a ciegas. Prefiero tener alguna idea de a qué nos enfrentaremos. —Puedo… —No. Abby se tensó ante el tono cortante de su voz. No era que quisiera particularmente arrastrarse sola por la oscuridad. Demonios, más bien quería clavarle un tenedor en los ojos. Pero no tomaba muy bien las órdenes. Nunca lo había hecho, nunca lo haría. —Bien, no me quedaré parada aquí, en la oscuridad, toda la noche —le informó ella bruscamente—. Estoy cansada, tengo hambre, y mi humor se esta volviendo jodidamente irritable. Él levantó una ceja. —Diría que la transformación ya está hecha. —Dante. El brazo de él le rodeó los hombros. —Existe más de un medio para descubrir a las brujas. —¿Y esos son? La llevó por la desierta y silenciosa calle hacia la bulliciosa carretera apenas un bloque de distancia. —Confía en mí. Ella puso los ojos en blanco ante las palabras familiares. —¿Por lo menos podrías decirme a donde vamos? —Ya verás. Él dobló la esquina, y caminaron pasando por elegantes restaurantes con sus discretos toldos y tiendas cerradas que no ponían etiquetas de precio en sus artículos. El tipo de vecindario donde las mujeres como ella eran seguidas por la seguridad de la tienda. Abby arrugó la nariz cuando se encontró remolcada sin descanso hacia una cafetería ubicada en la acera opuesta, que aún estaba llena con chicos esnob y ejecutivos corporativos. —Estoy empezando a reconsiderar esto de ser compañera. —De verdad, querida, debes tener más fe en mí. —La tengo, es sólo que… —¿Sólo que? Abby se detuvo repentinamente para encontrarse con su mirada directa. —Tengo miedo —admitió bruscamente. El brazo de Dante tiró de ella, y sus labios rozaron ligeramente la cima de su cabeza. —No permitiré que nada te pase, Abby. Tienes mi palabra. —¿Pero qué hay de ti? —También me tengo mucho cariño. Pienso ser sumamente cuidadoso. Ella se apartó con expresión ceñuda. —No sabemos lo que las brujas harán. —Descubrirán un nuevo Cáliz y te librarás del Fénix. —Y tú serás el guardián de una nueva mujer. Su expresión se relajó. —Ah… estás celosa. —Quizás un poquito. Sus dedos le acunaron el mentón. —Eres mi compañera. Incluso si quisiera estar con otra mujer, no podría. —Pero seré mortal otra vez. —De eso nos preocuparemos después. Por ahora debemos concentrarnos en deshacernos del Fénix. Hasta que lo hagamos, correrás peligro —sus labios se demoraron un momento en su frente antes que una vez más la empujara calle abajo, deteniéndose ante la gran ventana de la bulliciosa tienda—. Esto servirá. Ella echó un vistazo a los clientes, que eran más delgados, más ricos, y más guapos que ella. —¿Qué es este lugar? —Una cafetería. —Puedo verlo. ¿Por qué estamos aquí? —A causa de eso. Él señaló a un lugar directamente sobre la ventana. Por un momento Abby no pudo ver nada salvo los rojos ladrillos del edificio. Entonces, cuando las nubes se desplazaron, pudo distinguir un extraño jeroglífico que resplandecía a la luz de la luna. —¿Un graffiti? —Ese símbolo señala que el dueño es… no humano —su brazo bajó para señalar hacia la ventana donde un hombre alto esquivaba las mesas. Los ojos de Abby se agrandaron. Guauu. Nunca había visto nada parecido. Grande y musculoso con la constitución que hasta un luchador profesional habría envidiado, estaba vestido con una camisa floja, verde, cubierta de lentejuelas, y con pantalones de piel de leopardo que parecían estar pintados sobre él. Aún más llamativo era el cabello rojo, brillante y largo que fluía por su espalda como un río de fuego. Era una exótica mariposa que rezumaba una sensualidad casi palpable en el aire. —Déjame adivinar, ¿E.T.? —dijo ella descaradamente. Dante hizo una mueca. —Un diablillo. No había sido su primera suposición. Más bien la centésima. —¿No es algo grande para ser un diablillo? —inquirió ella, frunciendo el entrecejo cuando lo perdió de vista y entonces sin advertencia una pequeña explosión en el aire hizo que lo tuviera ante ella. —No cualquier diablillo, soy un príncipe entre los diablillos —corrigió él en tonos ricos, realizando una elaborada reverencia—. Troy, a tus órdenes, y bomboncito, grande es definitivamente mejor —llevó una mano hacia la parte baja de su estómago y se tocó a sí mismo con una sonrisa seductora—. Por supuesto, no espero que sólo creas en mis palabras. Estoy dispuesto a demostrarte mis bienes si quieres. Arriba tengo muchas habitaciones vacías donde puedes probar en privado mis artículos. —Eso no será necesario —la voz de Dante cortó el aire con todo el calor de una bola de nieve en la Antártida. Dándose la vuelta, el diablillo inspeccionó a Dante con clara apreciación. Obviamente era un diablillo con una gama variada de gustos. —Bien, holaaaaa. Carne fresca… justo como me gusta. —¿Podemos hablar? El diablillo se acercó mientras se lamía los labios. —Hay mejores cosas que podríamos estar haciendo. Dante ni siquiera parpadeó. —Esto es importante —Delicioso —recorriendo con una mano el brazo de Dante, el diablillo se inclinó hacia delante para inhalar profundamente. De repente la criatura se tensó, y, retrocediendo, les dio a ambos una ofendida y furiosa mirada—. Estáis emparejados. Marcharos. Abby se encontraba entre la incredulidad y la diversión. Este no era un duende travieso que bailaba en un jardín o que gastaba traviesas bromas a los imprudentes. Aun así, había algo extrañamente fascinante sobre Troy, Príncipe de los Diablillos. Dante no se divertía. Estaba lisa y llanamente molesto. —Sólo te llevará unos instantes —Dante se quitó el reloj de la muñeca y lo sostuvo de tal forma que el oro pudiera brillar bajo la luz de las farolas. La nariz del diablillo pareció retorcerse cuando se inclinó hacia delante para estudiar el costoso reloj. Por fin se enderezó y señaló con una gran mano hacia el callejón cercano. —Id por atrás. Hay una puerta que lleva a las habitaciones privadas. Desapareció tan fácilmente como había aparecido, pero Abby no tuvo oportunidad de apreciar el sorprendente truco, ya que Dante le cogió la mano y tiró de ella hacia las sombras de la parte trasera del edificio. —Por Dios, ¿qué son los diablillos? —demandó. Él dio un bufido lleno de aversión. —Son criaturas frívolas y de poca confianza que disfrutan de los placeres de la carne y por supuesto, de crear caos. —¿Y éste dirige una cafetería? Él se encogió de hombros. —Los diablillos pueden pasar por humanos cuando quieren y son verdaderamente buenos con los negocios. —¿Y estamos aquí porque…? —Cualquier demonio en el vecindario vendrá aquí para compartir información. Abby se estremeció. ¡Dios Bendito!, ¿los demonios se habían infiltrado en los suburbios de clase alta? ¿Luego qué? ¿La Casa Blanca? Oh no. Ni siquiera pienses en eso, Abby, se dijo severamente. —Dante, ¿crees que es una buena idea pasar más tiempo con demonios teniendo en cuenta que me consideran una especie de Santo Grial? —No hay ningún otro demonio dentro —le aseguró él—. Solamente quiero hablar con el diablillo. Él habrá oído cualquier rumor que esté circulando. —¿Dices que los demonios vienen a aquí a beber café y cotillear? —Es una forma de verlo. Si hay brujas en la zona, estarán manteniendo un ojo sobre ellas —hizo una pausa para abrir la puerta. Luego, se detuvo un momento para escudriñar con cuidado el cuarto antes de empujarla por el umbral y cerrar la puerta. Con un movimiento de su mano, las suaves luces se encendieron con un resplandor y Abby dio grito sofocado. —Guau —susurró ella, repasando con la mirada la amplia habitación. Nunca había visto tanto terciopelo rojo y objetos laqueados reunidos en un lugar. Claramente los demonios sentían una preferencia por lo exuberante y opulento. Tocándole el brazo, Dante le lanzó un ceño de advertencia. —No toques nada. —¿Por qué? —Los diablillos tienden a encantar algunas de sus cosas. Un sólo toque y te sentirás obligada a regresar a esta cafetería repetidamente. Ella arrugó la nariz. —No es de extrañar que sean buenos empresarios. —No nos perjudica. En menos de un instante, Troy se paseaba en el cuarto, tendiendo imperiosamente la mano. Dante, solícito, dejó caer su reloj en la palma abierta, y el diablillo lo inspeccionó con ojo experto. —Permíteme examinarlo. Oro… verdadero. Diamantes… verdaderos. Un pequeño rasguño en el cristal —frunció los labios y dejó caer el reloj en el bolsillo de su camisa—. Os puedo dar media hora. ¿Queréis sentaros? ¿Una taza de café? Dante agarró el brazo de Abby y le dio un estrujón de advertencia, antes de sacudir la cabeza con suavidad. —Nada, gracias. No nos llevará mucho tiempo. Troy echó hacia atrás su melena llameante. —¿Qué puedo hacer por vosotros? —Buscamos brujas. La mirada esmeralda se movió hacia Abby. —Ah. ¿Deseas una poción o quizás un hechizo? Tengo un amigo que prometo no te defraudará. Dante contestó. —Estas brujas estarán viviendo en un aquelarre, y no se interesan en pociones. Tienen poder. Mucho poder. Los rasgos demasiado bellos cambiaron bruscamente a una expresión de aversión. —Ah… esas brujas. Dante dio un paso hacia adelante. —¿Las conoces? —Vinieron hace unos cuantos días. El valor de los bienes raíces ha estado cayendo como plomo desde entonces. Abby parpadeó confusa. —¿Los bienes raíces? —Los demonios están inquietos. Estas brujas no son como otras. No veneran la belleza y la gloria de la Madre Tierra. Obtienen sus poderes de sacrificios de sangre. Ya ha habido varios duendes de Sespi que simplemente han desaparecido. ¿Sacrificios de sangre? Abby se mordió el labio inferior. Eso no sonaba bien. De hecho, se estaba convenciendo cada vez más de que buscar a esas brujas era una idea muy mala. Si Dante estaba sorprendido, no lo demostraba. Su cara de alabastro parecía tallada en mármol. —¿Qué sabes sobre ellas? —demandó él. —Su casa es la más grande monstruosidad de estilo victoriano al final de la avenida Iris. —¿Cuántas? —Diez. —¿La casa está protegida? El diablillo hizo una mueca. —Muy bien protegida. Tienen una Shalott domesticada que cuida los terrenos. —Sí, nos la hemos encontrado —murmuró Abby. Dante estuvo un rato analizando la información. —¿Algún hechizo vinculante? —Ninguno que se haya detectado. —Deben estar conservando su fuerza —murmuró él. Troy se adelantó, con una sonrisa en los labios y un destello malvado en los ojos, tocando levemente el cabello de Dante. —Espero que ellas estén en tu menú para la cena, hermoso. Comienzan a afectar al negocio. Dante sonrió fríamente. —Por ahora sólo quiero hablar con ellas. —Una pena —el diablillo dio un dramático suspiro y se movió hacia Abby. Le acarició el pelo como hizo con Dante. Entonces lentamente se inclinó para olerle el cuello. Abby se forzó a quedarse aún más quieta. El Príncipe de los Diablillos parecía inofensivo, pero era lo suficientemente grande como para aplastarla con una mano—. ¿Qué es ese olor? Hay algo dentro de ti… —Eso es todo lo que necesitamos —con un suave movimiento, Dante se interpuso entre Abby y el diablillo, con el cuerpo entero vibrando lleno de peligro—. Gracias por tu tiempo. Los ojos esmeraldas se estrecharon, pero con una sonrisa sardónica, el diablillo realizó una profunda reverencia. —El placer fue todo mío —echó un vistazo sobre el hombro de Dante para apuñalar a Abby con una sonrisa astuta—. Aún así, creo que lo mejor será que no volváis. Mi establecimiento posee unos pocos hechizos secundarios para apagar las tendencias más fieras de mis clientes, pero no creo que nada pudiera detener el derramamiento de sangre si captasen tu aroma, preciosa mía. —No regresaremos —prometió Dante, sacando a empujones a Abby del cuarto y regresando al callejón. Una vez que la puerta estuvo cerrada, escudriñó las sombras—. Bien, tenemos la información que queríamos. Ahora, ¿qué demonios hacemos con ella? El sótano parecía haber sido sacado de una película de terror. El piso estaba lleno de tierra, sucio con excrementos de ratones y ratas. Los gastados muros de piedra estaban húmedos con una capa resbaladiza de moho. Incluso el aire era pesado y estaba lleno de un oscuro sentido de peligro. Se combinaba para crear ese tipo de atmósfera que haría que la mayoría de las personas huyeran de terror. Pero Edra estaba hecha de un material más duro. No tenía ningún apego por las sombras, pero estaba dispuesta a utilizarlas para sus propios planes. Y después de siglos de combatir la oscuridad, por fin había aceptado que únicamente enfrentándose directamente al mal podría terminar con él de una vez y para siempre. Colocando una vela en el gran altar que había ordenado construir después de que se viera obligada a huir del aquelarre secreto en las afueras de la ciudad, rebuscó en el bolsillo de la túnica y sacó un pequeño amuleto. La oscuridad pareció hacerse más profunda, la vela parpadeó. Un frío que calaba los huesos se arrastró por el aire. Edra sonrió. Tanto poder. Suficiente poder para cambiar al mundo. Un suave roce en la puerta fue la única advertencia de que alguien se acercaba. Con prisa controlada, Edra deslizó el amuleto en su bolsillo y murmuró algunas palabras. Las pocas brujas que quedaban apenas podían conjurar un hechizo vinculante, y mucho menos ser lo suficientemente sensibles al aura oscura que rodeaba al amuleto. Aún así, no estaba dispuesta a correr ningún riesgo. No ahora. No cuando estaba tan cerca del éxito que podía saborearlo. Con un gemido, forzó sus entumecidas articulaciones a arrodillarse ante el altar y dobló la cabeza en oración. No fue hasta que sintió a la mujer parada a su lado que por fin levantó la cabeza. La intrusa era delgada, con el cabello castaño y lacio. Tenía sin duda un nombre, pero Edra nunca se había molestado en aprenderlo. La mayor parte de aquellas que alguna vez había querido estaban ahora muertas y lejos. Las brujas menores del aquelarre eran sólo necesarios inconvenientes. —¿El demonio vive? —Vive, pero sus heridas son graves —le informó la mujer con un ceño—. Salty se vio obligada a curarla. —No debió haberse molestado. Muy pronto no necesitaremos a esa criatura —Edra no se perdió la molestia que destelló en los ojos oscuros, y se puso de pie. Deliberadamente permitió que su poder llenara el cuarto. A veces sus subordinados necesitaban recordar que bajo su frágil apariencia de dulce vejez había una voluntad capaz de destruirlas sin ninguna misericordia—. ¿Tienes algo que decirme? La bruja vaciló por un momento antes de cuadrar los hombros. —Nos prometió durante el año anterior que nos desharíamos de los demonios, pero no estamos más cerca de lograr nuestras metas, y ahora muchas de nosotras han muerto. —No es mi culpa que Selena se convirtiera en una codiciosa y usara los libros de hechizos antes de que pudiera ayudarla o que el mago la atacara sin advertencia —le espetó molesta. —Deberíamos haber estado mejor preparadas. La mano de Edra descendió hacia su bolsillo para tocar al amuleto. —¿Sugieres que fallé? —Sugiero que estábamos muy seguras de nuestro poder. —¿Y deseas desafiar mi autoridad? Quizás sintiendo su inminente muerte, la bruja retrocedió apresuradamente. —No. Simplemente quiero que nos retiremos para reunir nuestra fuerza. Continuar con el plan mientras somos tan débiles es una locura. —Imposible. Todos los signos están alineados. Debemos atacar mientras podamos. —Pero ni siquiera sabemos dónde está el Fénix. La Shalott nos falló. Un destello de ira recorrió a la bruja antigua antes que se esforzara por apartarla. No podía distraerse. No ahora. Una fría sonrisa tocó sus labios. —El Cáliz esta cerca. Aún ahora nos busca. La bruja más joven parpadeó con sorpresa. —¿La siente? —Sí —un temblor de anticipación estremeció su cuerpo—. Prepara el sacrificio. Nuestro tiempo se acerca. —Pero… —No hagas que me repita —le advirtió Edra con una voz letal—. Prepara el sacrificio. No del todo estúpida, la mujer más joven estaba retrocediendo apresuradamente hacia la escalera. —Sí, señora. Despidiendo a su compañera con un gesto de la mano, Edra se concentró en el vago conocimiento que a cada momento se volvía más constante. Por fin. A pesar de todos los crueles reveses. A pesar de las muertes. A pesar del fracaso de sus subordinados. Su sueño estaba a punto de convertirse en realidad. —Ven a mí —susurró suavemente. Capítulo 22 —Es esta. Agachada al lado de Dante entre los frondosos arbustos, Abby estudió la casa. Ubicada bien lejos de la calle y casi oculta detrás de los setos, era una estructura envejecida de estilo Victoriano. Aunque usar la palabra envejecida quizá fuera demasiado amable. Más exacto sería decir que se estaba desmoronando. Incluso en las sombras era fácil notar la pintura despegándose de las paredes y la terraza que se tambaleaba. Si Norman Bates necesitara una casa de veraneo, ella se la acababa de encontrar. Abby sacudió la cabeza. ¡Dios mío! La única sorpresa sería que no hubiera una madre muerta escondida en algún cuarto y un loco homicida merodeando por el terreno. —Guau —dijo Abby en voz baja—. Esto es tan... espeluznante. Dante estaba totalmente en modo depredador. Con extraña facilidad, se fundió con las sombras y se mantuvo inmóvil. No hubo ningún movimiento nervioso por parte de ella, ninguna queja en voz baja porque el arbusto se le clavase a él en la espalda. Demonios, ni siquiera había una respiración tediosa que agitara el aire. Si ella no fuera intensamente consciente de la tensión enroscada dentro de él, tal vez habría pensado que se había convertido en piedra. Cambiando de posición ligeramente, examinó de cerca las facciones de alabastro casi irreconocibles. Este no era el amante cariñoso ni el pícaro pirata. Era el vampiro guerrero que le enviaba un escalofrío de inquietud por la columna. Sintiendo su mirada fija, él se giró para apuñalarla con sus ojos plateados. —¿Sientes algo? —Sí —distraídamente se frotó los brazos. Los picores sobre toda la piel habían empezado desde el momento en que Abby había pisado los terrenos de la casa—. Pero no sé lo que es. —Dime —su voz era un susurro de terciopelo. —Es como si casi pudiera escuchar sus murmullos dentro de mi mente. No puedo entender las palabras, pero sé que están ahí. —¿Las brujas? —Supongo que sí —se quedó sin aliento al ver que los colmillos blancos surgían y sus manos se transformaban en garras. El demonio aparecía con toda su fuerza—. ¿Qué fue eso? —¿Qué? —¿Acabas de gruñir? —Esto no me gusta —su mirada volvió hacia a la casa, y su tono fue inexpresivo—. Está demasiado silencioso. —No me sorprende que quieran pasar desapercibidas después de haber sido atacadas por el mago. No sería normal que estuvieran teniendo una fiesta. —Y aún así no tienen hechizos para proteger la casa. —¿Y la Shalott? Dante olfateó el aire. —Debe estar dentro la casa... O muerta. Abby tembló. O muerta… No eran unas palabras que ayudaran a reforzar la confianza de una chica. Se lamió los labios resecos. —Entonces supongo que nada nos puede detener, ¿verdad? Dante giró la cabeza lentamente hacia Abby, con expresión seria. —Sí, hay una cosa. Ella enterró la cabeza entre las manos mientras dejaba escapar un áspero suspiro. —Lo sabía. Simplemente lo sabía. ¿Qué es esa cosa? —Esta es una casa privada. —¿Y...? —Y no puedo entrar sin una invitación. Abby levantó la cabeza de golpe. —¿Te estás burlando? —No. —No vives en una cripta y no te puedes convertir en murciélago, ¿pero precisas invitación para entrar en una casa? —siseó Abby. Una reacia diversión suavizó sus ojos inexpresivos. —Querías que fuera más vampírico. —Sólo cuando es conveniente. —Perdón. Arrugó la nariz, dándose cuenta de lo ridícula que estaba siendo. —No, es mejor así —se obligó a decir—. Hasta que sepamos lo que va a ocurrir, preferiría que te mantuvieras bien lejos de las brujas. No movió ni una pestaña, pero Abby percibió su enfado. Genial, simplemente genial. Había logrado herir su orgullo. Esto significaba que sin duda se lanzaría de cabeza al peligro más cercano. A veces su propia estupidez la asombrada. —¿Quieres que me esconda en los arbustos? —Dante, lo único que tiene sentido es que nos separemos —dijo Abby tratando de arreglar las cosas—. Necesito que estés listo para rescatarme si preciso ayuda. —No te voy a dejar entrar ahí sola. Ella le tocó el brazo. Estaba frío e inflexible como el granito. —No tenemos muchas más opciones. Sus colmillos destellaron a la luz de la luna. No era una visión demasiado tranquilizadora. —Las brujas saben que estás aquí. En algún momento van a salir para encontrarte. Eso tampoco ayudaba a calmar sus nervios. Especialmente si Dante se veía obligado a retirarse antes de que las brujas decidieran dejarse ver. Ella preferiría entrar ahora y saber que tenía respaldo. —No tenemos tanto tiempo. Va a amanecer pronto. —Entonces regresaremos mañana por la noche. —Dante, creo... Con enorme rapidez, Dante la apretó contra su pecho, y el aire brilló y chasqueó a su alrededor. —Mierda Abby, no puedo dejar que entres —gruñó. Si ella tuviera un poco de sentido, habría estado aterrorizada. Compañero o no, este hombre la podía aplastar sin esfuerzo. O peor, cortarle la garganta. Pero fue el enojo el que le puso rígida la espalda e hizo aparecer un ceño en su cara. —Te prometo que no correré ningún riesgo. Me encontraré con las brujas y... —No. —Escúchame, Señor Macho, yo tomo mis propias decisiones. La nariz arrogante se ensanchó. —No en esto. Ella rechinó los dientes. —Esta discusión ya se está haciendo vieja, Dante. No soy una niña. Para serte sincera, creo que nunca fui una niña. No me ordenarán la vida, ni tú ni nadie. Él estudió sus facciones sonrojadas con fijeza. —Si te mueres, yo me muero —dijo simplemente. El aire se escapó del cuerpo de Abby. Observó sus tensas facciones. —¿Morirás porque soy tu compañera? —No, porque tú eres la razón de mi existencia. —Oh —Abby se quedó anonadada por la cruda belleza de sus palabras. Era difícil mantenerse toda irritable e independiente cuando estaba haciendo que su corazón se derritiera. Maldito fuera. —Dante… Con un dedo le tocó los labios para detener sus palabras, y giró la cabeza hacia el jardín descuidado que rodeaba la casa. —Alguien se está acercando —le susurró al oído. Los dedos de ella le apretaron el brazo, mientras un agudo miedo le perforaba el corazón. Esa era la razón por la que estaba aquí, por supuesto, pero eso no calmaba el frío que le apretaba el estómago. Esas mujeres no eran la asociación local de jardineras. No la iban a invitar a tomar bollos y té. Eran brujas poderosas que podían encadenar a un vampiro con sus hechizos y controlar un espíritu antiguo que mantenía al mundo seguro de los demonios. Sería una tonta si las subestimaba. Ignorando la debilidad de sus rodillas, Abby se obligó a permanecer levantada. Por lo menos, se enfrentaría a lo que venía de pie. No escuchó a Dante moverse, pero sabía que estaba parado detrás de ella. Al poco rato, una mujer delgada de cara estrecha, apareció entre las sombras. Parándose delante de Abby, asombrosamente hizo una profunda reverencia. —Milady, por fin llegó —dijo en tono solemne, indicando lo obvio. Abby miró a Dante por encima del hombro. —¿Milady? —Selena nunca dejó de ser una mujer de la nobleza. Obviamente, tú heredaste su título. —Desearía que eso fuera todo lo que heredé —masculló. La bruja se aclaró la garganta, ignorando descaradamente al vampiro que estaba un puñado de pasos por detrás. —Si me acompaña, milady. Mi señora la está esperando. ¿Milady? ¿Señora? La mujer debía haber pasado los veranos trabajando en el Festival del Renacimiento . Abby cuadró los hombros. —Sólo si Dante también está invitado. La cara delgada se endureció brevemente con disgusto. —Por supuesto. El protector debe acompañar al Cáliz. Por aquí. Girando, la mujer se dirigió hacia la oscura casa. Había llegado el momento. Abby apretó una mano contra su tembloroso estómago. En silencio, Dante permaneció parado delante de ella. —¿Estás preparada? —le preguntó. Por un momento, Abby dejó que su mirada examinara las bellas facciones. Seguramente nada horrible podría ocurrir mientras él estuviera cerca, ¿no? —Tan preparada como puedo estar —le respondió con una mueca. —No bajes la guardia —le advirtió—. Y quédate cerca de mí. —Creo que voy a vomitar. Él dio un paso intencionado hacia atrás. —Entonces, eso de quedarme cerca de ti fue una metáfora, ¿no? A regañadientes, los labios de Abby se curvaron ante su broma. Sabía que él estaba tratando de calmar la horrible tensión que la invadía. —Se supone que el amor es para lo bueno y para lo malo. Él alzó las cejas. —El amor no llega tan lejos. —Gracias. Sus manos le enmarcaron la cara con gentil cuidado. —Abby, puedes hacer esto. Respirando profundamente, Abby asintió lentamente con la cabeza, —Sí. Los ojos plateados llamearon. —Entonces, vamos a convertirte en humana de nuevo. Viper se ajustó los puños de encaje cuidadosamente antes de volver su atención al mago acurrucado en la pared. El olor de la sangre llenaba el aire. Puede que el mago fuera anciano, pero sangraba como cualquier humano cuando su cabeza pegaba contra una pared de piedra. Desafortunadamente, a pesar del delicioso olor, no sentía ningún impulso de secar a la patética criatura. La adoración del mago por el Señor Oscuro hacía que su sangre estuviera tan contaminada como su negro espíritu. Viper hizo un rápido movimiento con la mano cuando el mago intentó conjurar un débil hechizo para atraparlo. El hombre ya estaba débil por su encuentro con Dante. Y extrañamente, los intentos de llamar a sus poderes oscuros no habían tenido éxito. Viper sólo podía suponer que el Príncipe no estaba complacido con su discípulo. No había estado a la altura de un vampiro antiguo. —Creo que lo que tenemos aquí es un problema de comunicación —se burló Viper mientras miraba las facciones pastosas. —Vete al infierno —dijo el mago con voz ronca. —Sí, en algún momento, sin duda —suspiró Viper—. Esperaba hacer esto sin excesiva violencia. Después de todo, esta es mi chaqueta favorita, y es una mierda tener que limpiar tejido cerebral. Aún así, el placer de matarte valdría la pena el esfuerzo. El hombre que una vez fuera orgulloso se encogió en miedo. —Eres un vampiro. ¿Qué te importa lo que le pase a las brujas? —Oh, no siento amor hacia ellas. Por mí, se pueden freír en el infierno. Mi interés sólo es por el bienestar de la gente de mi clan. En serio, calculaste mal cuando atacaste a Dante. —Él es un peón de las diablesas. —Estás equivocado —más rápido de lo que el ojo mortal podría seguir, Viper le hizo un corte profundo en la mejilla. El mago gritó, con los ojos ensanchados por el terror. —Si me matas, entonces tú también morirás. —¿Crees que tu dios va a vengar la muerte de un adulador patético como tú? —Viper curvó los labios en una sonrisa sarcástica—. Es más probable que me mande una cesta de frutas. El hombre alzó la mano en un gesto de rendición. —Debes escucharme. Son las brujas. —¿Qué pasa con ellas? —Tienen la intención de asesinarte. Viper estrechó la mirada. No confiaba en el humano. Un hombre así vendería su alma, si todavía la tuviese, para salvar el pellejo. Pero Viper podía oler la ácida desesperación que rezumaba su transpiración. El mago realmente creía que las brujas eran un peligro. —¿Las brujas intentan asesinarme? ¿Por qué? —Os quieren muertos. A todos. Agachándose lentamente, Viper estiró la mano para agarrar al hombre por la garganta. Ante el primer indicio de mentira, mataría a ese gusano miserable. —Dime. Dante ardía con violencia mientras seguía a regañadientes a la bruja que los estaba conduciendo hacia la casa. Apenas habían cruzado el umbral cuando el familiar olor de los hechizos cocinándose, las hierbas secándose y otros oscuros perfumes menos reconocibles, le encogieron el estómago. Era un hedor que conocía demasiado bien. Las brujas estaban preparando un sacrificio. Él tenía intención de asegurarse de que el sacrificio no incluyera a Abby o a él mismo. Sin importar a quién tuviera que matar. Quedándose cerca, detrás de Abby, barrió las sombras con sus sentidos. ¿Si sabes que estás cayendo en una trampa, todavía es una trampa? Era algo a considerar. Las habitaciones eran grandes y estaban vacías, con altos techos que daban la impresión de un gran espacio. Sin embargo, el aire era cerrado y húmedo, con un atosigante calor que presionaba incómodamente a Dante. En su mente, apestaba a sótanos sucios y paredes de cárcel. Cuando llegaron a lo que una vez debía haber sido un formal salón, la bruja se paró en el umbral. —Señora, he traído al Cáliz —dijo en tono reverente. Hubo un movimiento en la oscuridad y un cántico bajo antes de que la suavidad de la luz de las velas apartase la penumbra. Con rígidos movimientos, una mujer pequeña y casi frágil se levantó de una silla. A primera vista, parecía una bondadosa abuelita, con el cabello gris y la cara arrugada. Sólo cuando uno notaba esos duros ojos marrones, se hacía obvio el frío e implacable poder que poseía. Consiguiendo esbozar una sonrisa tensa, la vieja bruja se paró delante de Abby. —Milady. Y el guardián —la dura mirada pasó sobre Dante antes de que la mujer agitase una mano hacia la habitación cavernosa—. Pasad y sed bienvenidos. Dante sintió la vacilación de Abby antes de que se moviera con cautela para sentarse en una silla de cuero al lado de la vacía chimenea. Se puso detrás de ella, con el cuerpo tenso y preparado para atacar. Durante un momento, la implacable mirada de Edra examinó su postura protectora, como si estuviese juzgando si iba ser un estorbo para sus planes. Lo que sea que decidiese, no se hizo visible en la anciana cara. Pero como todavía estaba de pie, supuso que la mujer había decidido que no era una amenaza. Por ahora. En un parpadeo, la atención de la bruja volvió a la cara pálida de Abby. —Todavía no hemos sido presentadas, aunque me siento como si nos conociéramos estrechamente. Soy Edra —su mirada se estrechó—. ¿Y tú eres? —Abby Barlow. —Ah, la sirviente —murmuró—. Tendría que haberme dado cuenta de que serías la única lo suficientemente cerca para poder tomar el Fénix. —No quería —aseguró Abby con sequedad a la mujer—. Si hubiera sabido lo que iba a suceder, habría corrido gritando en la dirección opuesta. —Es comprensible —algo que sin duda se suponía que debía ser compasión apareció en la arrugada cara—. Pareces exhausta, cariño. ¿Te puedo servir un poco de vino? Abby se aclaró nerviosamente la garganta. —No, gracias. —Bueno —hubo un corto y espeso silencio—. ¿Te encuentras bien? ¿No has tenido ninguna dificultad llevando el Fénix? —¿Además de ser perseguida por casi cada demonio y mago oscuro de Chicago? Una mano arrugada se movió en un ademán imperioso. —Quise decir físicamente. ¿No has tenido ningún dolor? ¿Ninguna enfermedad? —Mis ojos se han vuelto azules, y tengo tendencia a incendiar a la gente, pero aparte de eso, me siento bien. —Bueno, eso es un alivio. Aun así... —la mujer se acercó para inclinarse sobre la silla, ignorando el gruñido de Dante al estirar la mano para acariciar la mejilla de Abby—. Tal vez no te importe que me tome un momento para asegurarme de que el Fénix está ileso tras los... hechos recientes. Abby tembló un poco bajo el contacto de la bruja, pero no se apartó. —Si es necesario. Edra cerró los ojos mientras murmuraba en voz baja. Dante no podía sentir la magia, pero sabía que la estaba tejiendo. Apretó los puños. Condenado infierno, cómo odiaba esto. —Está bien, gracias a la bendita Diosa —susurró la bruja. De repente, sin advertencia, dejó escapar un grito sofocado y retrocedió tropezándose, apretando una mano sobre el corazón—. Ah... Abby apretó los brazos de la silla. —¿Qué? Con un esfuerzo, la bruja luchó para recobrar la compostura. Sin embargo, su mano permaneció de un color rojo intenso. El Fénix la había atacado. ¿Qué diablos significaba eso? —Posees mucho poder, mucho más que Selena —estrechó la mirada antes de asentir levemente con la cabeza—. Sí, lo harás bien. Nada tonta, Abby examinó a la bruja con tensa suspicacia. —¿Lo haré bien? —Como el Cáliz, por supuesto. Las palabras fueron suaves, pero Dante no las creyó ni por un momento. Su mano bajó al hombro de Abby mientras miraba a la bruja con fría amenaza. —Estamos aquí para que retire el espíritu del cuerpo de Abby. Las velas chisporrotearon abruptamente. Una advertencia poco sutil del poder que la bruja mantenía guardado. —Imposible —soltó Edra—. El Fénix ya tomó posesión de su cuerpo. —Entonces encuentre otro jodido cuerpo —gruñó Dante. La mano arrugada se elevó. —Cuidado, bestia. La violencia pendía del aire, y con un movimiento nervioso, Abby se levantó de la silla. —Mire, entiendo su preocupación, pero de ninguna manera puedo ser su... Cáliz —farfulló, en un intento obvio de detener un derramamiento de sangre—. Yo no pedí esto, nunca fui entrenada y honestamente, estoy harta de que cosas horrendas estén tratando de asesinarme. Edra le lanzó una mirada fugaz, pero su atención permaneció en Dante. —Ahora estás con nosotras. Nos ocuparemos de tu entrenamiento y de mantenerte a salvo. —¿Como hizo con Selena? —se burló Dante. —Selena propició su propia caída. —¿Cómo? —No estás en posición para preguntar lo que ocurre dentro del aquelarre —le soltó Edra. —Pero yo sí lo estoy —interrumpió Abby de nuevo—. Y quiero saber lo que le pasó a Selena. —Discutiremos el tema de Selena más tarde. Dante ocultó una sonrisa ante la orden imperiosa en la voz de la bruja. Estaba destinada a hacer que Abby rechinara los dientes. No se vio decepcionado al ver que su compañera estrechaba la mirada y mentalmente se resistía con obstinación. —No. Quiero saber cómo murió. Edra se puso rígida. La vieja bruja estaba acostumbrada a dirigir a sus subordinadas con un puño de hierro. Incluso Selena había admitido a regañadientes su autoridad. Sorprendentemente, sin embargo, algo que podría haber sido cautela titiló por un instante sobre la cara arrugada de la bruja mientras estudiaba a la mujer joven. —Intentó realizar un hechizo más allá de sus habilidades —confesó abruptamente. —¿Qué tipo de hechizo? —presionó Abby—. ¿Qué hacía? —La... la protegía de los demonios. Estaba mintiendo. El conocimiento flotó espesamente en el aire. —Pensé que el Fénix podía protegerse por sí mismo —respondió Abby. —Contra la mayoría de enemigos. —¿Temía ser atacada? —Eso siempre es un temor —la cara arrugada se endureció con odio—. La oscuridad merodea y espera la oportunidad para recuperar lo que ha perdido. Hay fuerzas malvadas en el mundo que no pararán por nada hasta destruirnos. —Sí, he conocido a unos cuantos —murmuró Abby—. Por eso quiero esta… esta cosa fuera de mí, y dentro de alguien que sepa lo que está haciendo. Hubo una tensa pausa antes de que la bruja estirara la mano para dar una palmadita en el brazo de Abby, en un movimiento incómodo. —Consideraremos qué es lo mejor que se debe hacer, pero primero seguro que deseas un pequeño descanso. Puedo sentir tu agotamiento. La mujer se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta antes de que Abby pudiera discutir. Dante se movió más rápido. En un parpadeo, estuvo parado en la entrada de la puerta, con los colmillos descubiertos. —Abby necesitará sus hierbas. Edra parpadeó sorprendida ante su repentina aparición, antes que una expresión de majestuoso disgusto se reflejara en su delgada cara. —Por supuesto. —Y yo necesitaré sangre. La expresión de disgusto se profundizó. —Sí, nos ocuparemos de eso. Dante esperó un largo rato antes de moverse a un lado para permitir que la bruja saliera de la sala. Esperaba que hubiera sentido con qué ferocidad deseaba asesinarla en ese momento. Capítulo 23 Abby se sentía como una botella de champán a la que habían sacudido hasta amenazar con explotar. No sabía que sus nervios podrían estar tan tensos, ni que se podía sentir tanto frío en una habitación que era sofocante. Peor, no sabía si lo que la ponía tan nerviosa era estar en la guarida de las brujas, o la visión de su amado de pie en el umbral de la puerta. En las sombras, Dante podría haber sido esculpido en el más puro mármol. No había ninguna expresión en las facciones de alabastro. Ni una llama de vida en los apagados ojos plateados. Ni siquiera un músculo se movía en el elegante y alto cuerpo. Podría haber sido un hermoso maniquí si no fuera por los colmillos que brillaban bajo la luz de las velas. Por fin, ella carraspeó. —¿Dante? No hubo ni un parpadeo de una pestaña. —¿Sí? —Pareces un poco colmilludo, ¿estás bien? Pasó un largo momento antes de que una ondulación lo recorriera y se girase lentamente para encontrar su mirada. —No me gusta estar aquí. —A mí tampoco —murmuró Abby, envolviendo los brazos alrededor de su cintura—. Esto es sofocante, pero me estoy helando. No tiene ningún sentido. Sus cejas descendieron. —¿Magia? Abby reflexionó. Apenas era una experta. Demonios, ni siquiera era una aficionada. Más bien un bufón torpe. Aun así, podía sentir algo en el ambiente. Una sensación de presagio que hormigueaba por toda su piel y se le aferraba al estómago. —Más bien magia esperando a suceder —intentó explicar la extraña sensación—. Es como una tormenta acercándose. Puedes sentir la electricidad en el aire antes de que siquiera golpee. —Así que, ¿qué están tramando? Ella tiritó al acercarse para colocarse delante de Dante. Había esperado que conocer a las brujas calmaría sus imprecisos miedos. En cambio el impulso de escaparse era más irrefrenable que nunca. Había algo… fétido en el aire. Como un indicio de enfermedad pudriéndose justo bajo la superficie. —No sé —puso la mano sobre su brazo—. Quizás simplemente deberíamos irnos, Dante. —No —le cubrió la mano con la suya. Su expresión era sombría—. No hasta que estés a salvo. —Ella no parecía como si estuviera demasiado ansiosa por librarme del Fénix. —Si la convences de que no vas a ser manejada como un títere, estará obligada a encontrar un nuevo Cáliz. El aquelarre considera al Fénix como propio, y no perderán el control. Aunque esto signifique poner en peligro el espíritu. —¿Quieres decir ser yo misma? Un atisbo de sonrisa tocó los labios de Dante. —Exactamente. —¿Y tú? Su expresión se volvió cerrada. —Puedo cuidar de mí mismo. Abby se tragó un suspiro. Era su expresión de soy-Neandertal-y-seré-imbécil-si-quiero. Vampiros. —No si te atan a un nuevo Cáliz. Estarías a su merced. Él alzó un hombro. —Ya estoy a su merced. No cambiará mucho. Ella juntó las cejas de golpe. —Quiero liberarte. —Una cosa por vez, querida —levantó la mano para acariciarle la mejilla—. Primero, debemos asegurarnos de que Edra entiende que hablas en serio en lo de deshacerte del Fénix. Yo había esperado que ella ya hubiera elegido otro Cáliz y estuviera ansiosa de ayudarnos. Como es... —¿Qué? Sus colmillos se cerraron. —Puede parecer vieja y débil, pero maneja la magia como un gladiador maneja una espada, y no le importa quién sale herido cuando da un golpe. Debemos tener cuidado para convencerla de que te libere sin que tema que puedas ser una enemiga. —Así que quieres que me resista a la bruja pero no hasta el punto de que quiera mi cabeza en una olla. —Algo así. Ella arrugó la nariz. —No pides mucho. Su expresión era sombría. —Esto es importante, querida. —Lo sé —con un suspiro, se apoyó sobre su cuerpo sólido y se arrimó a él, mientras sus brazos la envolvían. En la distancia, podía sentir la punzante tensión de un hechizo en preparación y oler las hierbas y otros ingredientes más asquerosos que se extendían cargando el aire. La espesa porquería se arrastraba por su piel. Pero estar abrazada por los brazos de Dante mantuvo la oscuridad que rondaba a raya. ¿Qué tal eso para un oxímoron ? Abby no sabía cuánto tiempo había pasado, pero finalmente Dante la movió suavemente hacia el centro de la habitación y se giró para mirar a la mujer que entró llevando una bandeja de plata. Abby parpadeó con sorpresa cuando la desconocida puso la bandeja en una mesa baja y se enderezó con un coletazo de su pelo rubio. Buen Dios, ella parecía que debería estar suspendiendo álgebra y coqueteando con un quarterback de fútbol americano, no haciendo de sirvienta para una manada de brujas. Por supuesto, la edad no era necesariamente una indicación de madurez, se recordó a sí misma con ironía. Cuando tenía dieciocho, Abby había visto más de la vida que la mayoría de las mujeres que la doblaban en edad. Uniendo las manos, la chica mantuvo su mirada clavada en la cara de Abby. Le llevó un momento a Abby darse cuenta de que Dante era probablemente el primer vampiro con el que la chica se había encontrado. O al menos el primer vampiro que ella sabía que era un vampiro. —La señora pidió que les trajera un refrigerio —consiguió tartamudear por fin. Casi a regañadientes, Abby sintió una punzada de compasión hacia la chica. Fuera cual fuera su razón para unirse a las brujas, estaba claro que no era feliz. Estaba grabado en la tensión de su cuerpo demasiado delgado. —Gracias —dijo Abby suavemente—. Fue muy amable de tu parte. Algo que podía haber sido sorpresa titiló en los ojos oscuros antes de que ella ofreciera una sonrisa vacilante y girara hacia la puerta. Antes de que Abby siquiera se diera cuenta de lo que estaba sucediendo, Dante estaba de repente frente a la chica. Los labios de Abby se separaron para protestar. La última cosa que necesitaban era que una bruja novata tuviera un ataque de histeria en el salón. Asombrosamente, sin embargo, la mujer no gritó de horror. Ni siquiera chilló. En vez de eso sus facciones se volvieron flojas y sus ojos vidriosos, como si hubiera recibido un golpe en la cabeza. —¿No te quieres quedar? —Dante susurró tan suavemente que Abby apenas oyó sus palabras. —Yo… hay mucho que hacer… debo… —la chica comenzó a tartamudear. Dante señaló con la mano una silla cercana. —Siéntate. Con movimientos espasmódicos, ella se sentó. Abby contuvo el aliento y dio un paso adelante. —¿Dante? ¿Qué hiciste? Dante se agachó frente a la silla, sin que su mirada abandonase la cara de la bruja. —Ella es joven y aún no está entrenada para evitar ser cautivada. —¿Qué significa eso? —Por el momento, está en mi poder. Abby estudió a la mujer, la cual estaba agradablemente perdida en su estado catatónico, mientras un escalofrío bajaba poco a poco por su espina dorsal. —Vaya mierda. —Te dije que podía hacer esto. Ella tragó con fuerza. —Saber que puedes hacerlo y realmente verlo hecho son dos cosas completamente diferentes. —¿Y ahora tienes miedo? Ella se tomó un largo momento antes sacudir la cabeza. Podía percibir la verdad escrita en el corazón de Dante. —No. —Bien —sus labios se curvaron en una sonrisa malvada—. Yo nunca te cautivaría, querida. No quiero un juguete estúpido; te quiero a ti. Sin importar lo terca y malhumorada que puedas ser a veces. Ella no pudo detener su propia sonrisa. —Siempre dices las cosas más bonitas. Lentamente él volvió su atención a la silenciosa chica en la silla. —Dime tu nombre —demandó. Su tono era bajo y fluido. Una voz dorada que parecía brillar en el aire. La chica se inclinó hacia delante con una ardiente necesidad de complacer al hombre que la tenía tan fácilmente cautiva. —Kristy. —Kristy, ¿cuánto tiempo has estado con el aquelarre? —No mucho —su frente se arrugó como si temiera que pudiera desilusionar al vampiro—. Apenas unas pocas semanas. La mirada de Dante permaneció firmemente unida a la bruja. —¿Sabes del Fénix? —Por supuesto. Es la razón por la que el aquelarre existe. Es la salvación de todas nosotras. Dante arqueó una ceja. —¿La salvación? Un resplandor ferviente tocó la cara de la joven bruja. —Con la amada Diosa, traeremos el fin de la oscuridad. La luz brillará por una eternidad. Abby se acercó cautelosamente. No entendía lo que la chica estaba balbuceando. Una luz eterna, desterrar la oscuridad, bla-bla-bla. Pero percibió la repentina tensión de Dante. Y eso fue suficiente para alzar la proverbial bandera roja. Ignorando el acercamiento de Abby, Dante se inclinó hasta que estuvo casi nariz con nariz con la bruja. —¿Cómo traeréis el fin de la oscuridad? —Hay un hechizo. Un hechizo para acabar con el mundo de los demonios para siempre. —Debe ser muy poderoso. —Sí —la chica se estremeció—. Sólo la bruja de más talento puede esperar realizar el ritual. Esto mató… a la última que lo intentó. —¿Quién fue la última en intentarlo, Kristy? —las manos de Dante se tensaron en los brazos de la silla—. ¿Fue Selena la que intentó lanzar el hechizo? —Yo… —¿Y eso es lo que la mató? —su voz tuvo un filo mortal. Abby contuvo el aliento. Sus pensamientos volvieron al cuerpo quebrado de Selena y después se acordó de los libros de magia que habían descubierto en la mansión. Mierda. Ella había abierto la caja fuerte y los había puesto al descubierto. Dios, incluso había intentado utilizarlos. Ahora ya no estaban. Si algo malo iba a suceder, sería culpa suya. Una expresión angustiada apareció sobre la cara juvenil. —Yo… no debo decir su nombre. Traicionó al aquelarre y fue castigada como debía haber sido. La señora nos prohibió hablar de ella. —Sssh. Todo está bien —Dante alivió la preocupación de chica—. ¿Está planeando Edra intentar el hechizo? La expresión de la chica se despejó con alivio. Una pregunta que ella podía contestar. —Sí, utilizará al Fénix para combatir al Señor Oscuro y acabar con los demonios. La tensión en Dante llegó a ser casi dolorosa. —¿Qué demonios? —Todos los demonios —la bruja sonrió con una alegría casi escalofriante—. Por fin el mundo será puro. Abby frunció el ceño, frotándose los brazos mientras la llamarada de furia de Dante corría a través de ella. —Condenado infierno —dijo en voz baja. Con un movimiento brusco la bruja se puso de pie. Algo que podía haber sido dolor le torció los labios. —Ella me llama. Debo ir. Suavemente Dante se puso de pie, y le encuadró la cara las manos. —Kristy, ¿hay algo más que me quieras decir? Incluso Abby tembló cuando el poder de Dante pulsó a través del aire. —La sangre ha sido mancillada con plata —susurró la bruja. Abby jadeó pero Dante simplemente asintió con la cabeza. Era exactamente lo que había sospechado. —Irás con Edra. No recordarás que hablaste conmigo. Trajiste la bandeja a la habitación y te fuiste. ¿Entiendes? —murmuró él. —Traje la bandeja y la dejé —repitió ella. —Muy bien —Dante retrocedió—. Ahora vete. La bruja salió caminando rígidamente de la habitación. Con una sacudida de la cabeza, Abby extendió la mano. Buen Dios, había tantas preguntas que tenían que ser respondidas. Tenía que saber lo que estaba pasando. —Espera... Dante le agarró el hombro y no le permitió perseguir la forma que desaparecía. —Deja que se vaya, querida. Edra se volverá suspicaz si no responde a su llamada. Abby se dio la vuelta para encontrar su firme mirada. —¿Qué quiso decir? —Una carnicería a gran escala —dijo con voz áspera—. No creí que Edra todavía pudiera estar tan sedienta de sangre. —¿Las brujas realmente podrían matar a todos los demonios? —Parecen creerlo. Abby luchó por respirar. No podía contar cuántas veces había estado muerta de miedo durante los últimos días. Cuántas veces pensó que alguna horrible criatura podría desagarrarla miembro a miembro. Pero aún con lo horrible que había sido, había descubierto que no todos los demonios eran monstruos. Dios mío, Dante era un demonio. Y Viper. Y las hermosas hadas. Y Troy, el ridículo Príncipe de los Diablillos. Y la Shalott, que prefirió ser torturada antes que entregarla a las brujas. Haría lo que fuera necesario para detener el genocidio. —Mierda. Tenemos que detenerla —murmuró sin tener ni idea de cómo alcanzar una meta tan elevada. Medio esperando que Dante embistiera fuera del cuarto como un loco furioso, se sobresaltó cuando simplemente la contempló con una mirada penetrante. —¿Eso es lo que quieres? ¿Detenerla? —¿Qué? Sus dedos le tocaron la mejilla. —Abby, si luchamos contra Edra, puede que nunca seas capaz de deshacerte del Fénix. Sus ojos se abrieron ante las graves palabras. —¿Crees que te sacrificaría? ¿Por alguna razón? Él elevó elegantemente un hombro. —¿Librar al mundo de la maldad? Eso parece una meta bastante noble. Ella se acercó y aferró el frente de su camisa de seda en un agarre airado. Si hubiera podido, le hubiera dado una buena sacudida. Tal y como estaba, todo lo que podía hacer era arrugar el hermoso material. —El mal no pertenece sólo a los demonios, Dante. Los humanos son tan capaces de pecar como cualquier criatura. La mirada de plata nunca vaciló. —La mayoría nos consideraría monstruos. —No. No todos los demonios son monstruos, al igual que no todos los humanos son santos —se estremeció débilmente—. Además, nunca estaría de acuerdo con semejante masacre. No importa lo buena que sea la intención, sería un crimen. Malvado. Hubo un momento como si él buscara determinar la profundidad de su resolución. Al final asintió con la cabeza. —Necesitamos salir de aquí. Abby exhaló un ronco suspiro. —Gracias a Dios. Moviéndose para cogerle la mano, Dante se dirigió hacia la puerta sólo para detenerse bruscamente. —Mierda —tiró de ella hacia atrás hacia el centro del cuarto, sin parar hasta que alcanzaron la mesa baja que tenía la bandeja sin tocar. —¿Qué pasa? —Alguien se está acercando. El corazón se le alojó en la garganta mientras lo observaba recoger la copa de sangre envenenada. —¿Qué estás haciendo? —Permitiendo que Edra crea que se ha deshecho de un enemigo —moviéndose tan rápidamente que sería imposible seguirlo, tiró la sangre por fuera de la ventana y volvió a su lado. Entonces, inesperadamente, se tumbó en el suelo—. Si las brujas me creen muerto, entonces tendré un modo mejor de buscar un manera de escapar. Abby se mordió el labio. No le gustaba este plan. No cuando podía significar que sería separada de Dante. —¿Pero no lo sabrá Edra? —preguntó. Él arqueó una ceja. —¿Que no estoy muerto? —Sí. —Abby, estoy muerto. —Ah —ella hizo una mueca. Sus hermosas facciones se convirtieron en líneas sombrías. —Ten cuidado, querida. Nos sacaré de aquí tan rápido como pueda. Los pasos estaban ahora lo bastante cerca para ser escuchados por oídos humanos. —Hazlo con rapidez —susurró ella. Dante se deslizó profundamente dentro de sí mismo. A diferencia de la mayoría de los humanos, la anciana bruja necesitaría más que un cadáver inmóvil para convencerse de que estaba muerto. Afortunadamente, los vampiros podían retirarse lo suficiente dentro de sí mismos de modo que sólo otro vampiro podía percibir la chispa de vida. Ningún hechizo ni abracadabra revelaría la verdad. Extendiéndose con sus sentidos, controló el acercamiento constante de Edra y la sensación de Abby cuando se inclinó a su lado y le tocó la cara. Podía oler el dulce calor de su piel y bajo él, el fuerte olor del miedo. Combatió cada instinto para no alcanzarla con su mente para consolarla. Incluso el más pequeño indicio de poder alertaría a la bruja. Los pasos cruzaron el cuarto, y Dante percibió el olor de hierro en el aire. Raro. La mujer debía estar llevando un amuleto. Y no el tradicional amuleto de madera. Este era duro y oscuro y llevaba con él una atmósfera de sombras negras. —Milady, ¿pasa algo? —arrulló Edra con falsa simpatía. —¡Dios mío, algo le ha sucedido a Dante! —no se podía confundir el temor en la voz de Abby. Si era por el terror a ser abandonada en las garras de la bruja o porque realmente parecía increíblemente muerto, era imposible de saber—. Debe ayudarme. —Por supuesto, mandaré que llamen a una curandera. Ven conmigo. La mano de Abby se tensó en su mejilla. —No puedo dejarle aquí. —¿Tienes un talento para tratar a los no muertos? —No, pero... —Entonces debemos buscar alguien que sí. Su orden era perfectamente razonable, y Dante sintió a Abby ponerse lentamente en pie. —Muy bien. Le costó cada onza de su fuerza de voluntad evitar ponerse en pie de un salto y detener a Abby en su lenta retirada. No quería que se fuera de su lado. Para arriesgarse a estar sola con Edra. ¿Pero qué alternativa tenían? No podía atacar directamente a la bruja. No mientras permaneciera unido al Fénix. Y Abby todavía estaba aprendiendo con torpeza a manejar los poderes que poseía. Todo lo que él podía hacer era permitir que el aquelarre creyera que ya no era una amenaza y esperar a una oportunidad de rescatar Abby de sus garras. Después de eso… bien. Él trataría con “después de eso” cuando viniera. Obligándose a esperar y asegurarse que nadie estaba a punto de entrar en la habitación, Dante se vio distraído por un golpecito en la ventana. Cautelosamente permitió que sus sentidos se extendieran. Sus labios se crisparon mientras se ponía en pie fluidamente y cruzaba la habitación para contemplar al vampiro que estaba justo afuera. —Viper. —¿Durmiendo en el trabajo? —le preguntó el vampiro de pelo plateado mientras entraba por la ventana abierta. Dante levantó las cejas con sorpresa mientras Viper alisaba su abrigo del terciopelo y ajustaba los frunces de sus puños. —¿Cómo entraste? Una sonrisa astuta tocó sus facciones demasiado hermosas. Alargando la mano bajo su camisa, sacó una bolsa pequeña de cuero que estaba unida por una correa de cuero a su cuello. —Un regalo de una sacerdotisa de vudú. Dante frunció el ceño. —¿Qué tiene dentro? —Una variedad de pedacitos desagradables y trozos que son utilizados para animar a los muertos —dijo arrastrando las palabras, con una sonrisa cínica tirando de sus labios—. Me permite pasar por un ser vivo. Un objeto muy útil, reconoció Dante. Y precisamente el tipo de baratija que Viper coleccionaría. Lo observó mientras Viper metía la bolsa bajo su camisa. Sus cejas se juntaron bruscamente. —Condenado infierno, ¿qué te pasó? —preguntó Dante cuando vio las quemaduras carbonizadas en la carne lisa. Con un movimiento rápido de sus manos, el viejo vampiro cerró su camisa para esconder las marcas. —El mago oscuro y yo tuvimos un ligero desacuerdo. —¿Qué tipo de desacuerdo? —Pensé que debería estar muerto y él no estuvo de acuerdo. Dante sonrió irónicamente. Había poca utilidad en sermonear a Viper sobre tomar tales riesgos. Una vez que estaba de caza, nada podía pararlo. —¿Presumo que lo convenciste de tu modo de pensar? —Finalmente —un indicio de irritación tensó sus pálidas facciones—. Fui descuidado. Su poder era mayor de lo que esperaba. Así que el mago oscuro estaba muerto. Un problema menos con el que tratar. —¿Qué estás haciendo aquí? La presencia de Viper de repente pareció llenar el cuarto entero. Incluso las velas se atenuaron. —Antes de rasgarle la garganta, el mago juró que las brujas tenían intención de desterrarnos a todos a las profundidades del infierno. Decidí que no estaba listo para ir todavía. Dante puso una mano en el hombro de Viper. No había necesidad de palabras. Cazarían juntos como lo habían hecho siglos atrás. Pocas cosas le podrían haber dado más esperanza. —Las brujas tienen a Abby —dijo. —¿Dónde? Dante se tomó un momento para alcanzar a su mujer. —Debajo de nosotros. En el sótano. Viper asintió lentamente. —¿Puedes luchar? —No puedo hacer daño a las brujas que formaron parte del hechizo que me ata al Fénix. Las brujas más nuevas no deberían resultar un problema. Viper sonrió para revelar sus colmillos. —Déjamelas a mí. —También hay una demonio —le advirtió—. Necesitaremos asegurarnos que no esté planeando una sorpresa desagradable. Viper inclinó la cabeza hacia atrás para olfatear profundamente el aire. Los ojos plateados se abrieron con sorpresa. —Una Shalott. Así que no han desaparecido todos. Qué interesante. Dante hizo una mueca ante el brillo febril en los ojos de medianoche. Se decía que la sangre de un Shalott era un afrodisíaco para los vampiros. Lo que sin duda explicaba porqué habían escogido irse con el Señor Oscuro. Sin su protección, serían cazados hasta la extinción por los vampiros. —Tú te encargarás de Edra; yo me ocuparé de la demonio —dijo Dante con dureza. —¿Por qué, Dante, no me digas que has sido seducido por la criatura? —se mofó Viper—. ¿Que dirá Abby? —Ella quiere que liberemos al demonio. Viper se quedó quieto. —¿Por qué? —Porque pudo habernos matado y no lo hizo. —Humanos —Viper sacudió la cabeza mientras una emoción impenetrable oscurecía sus ojos—. Tan débiles. Cuadrando los hombros, Dante miró hacia la puerta. —¿Estás listo para esto? Viper se movió para colocarse a su lado. —¿Cuál es el plan? Capítulo 24 Abby se mordió el labio inferior mientras el vello de su nuca se erizaba y sus palmas comenzaban a sudar. Era la misma sensación que había experimentado cuando tenía cinco años y había entrado en la casa embrujada de un parque de atracciones, y había pasado casi dos horas acurrucadas en una oscura esquina, con demasiado miedo como para moverse y poder escapar hacia la puerta. No había sabido porqué estaba asustada. Sólo que percibía algo en la oscuridad que esperaba para devorarla. Por supuesto, con la madurez que da la edad, era fácil mirar hacia atrás y darse cuenta de que su miedo había sido causado por una combinación de sobreestímulos, oscuridad asfixiante, y haber sido abandonada en la casa por su madre. De todos modos, el sentimiento de ser devorada había sido muy real. Justo como lo era en este momento. Cuadrando los hombros con gravedad, Abby permitió que la condujeran a través de los oscuros y vacíos cuartos, hasta que la anciana bruja por fin hizo una pausa para abrir una puerta y comenzar a bajar por la estrecha escalera. Ya no era una niña. No se acurrucaba en esquinas. Contraatacaba con ganas. Bien… tal vez no con ganas. Más bien con una combinación de arrastre, forcejeos, y desolladuras. Pero nunca volvería a ser una víctima voluntaria. Un olor rancio a tierra húmeda y moho se enroscó sobre Abby cuando alcanzaron los escalones finales. Vaciló cuando la completa oscuridad la cegó momentáneamente. —No tengas miedo —susurró Edra, y su anciana cara se hizo de repente visible como un fuego floreciendo a la vida en un gran brasero—. No hay nada aquí que pueda hacerte daño. Nada excepto tú, susurró silenciosamente Abby. —¿Por qué estamos aquí? La bruja se desplazó a través del suelo. —Hay algo que quiero enseñarte. Edra caminó hacia lo que parecía ser una larga losa de mármol al lado del brasero. Tenía toda la pinta de ser algo que se pondría sobre una tumba. A lo largo del borde del mármol estaban meticulosamente preparadas velas negras y hierbas secas. Y en el mismo centro había un extraño símbolo dibujado con un denso y coagulado líquido que brillaba con un matiz negro rojizo. El estómago de Abby se cerró cuando de mala gana siguió la estela de la mujer. —¿Qué es esto? —Mi humilde altar —la bruja se estiró para acariciar la piedra fría con una mano reverente—. No es lo que deseaba ofrecer a la querida Diosa, pero me vi obligada a dejar mucho después del ataque del mago. —¿Por qué estamos aquí? La diminuta cabeza giró para traspasar a Abby con una brillante mirada fija. Abby hizo una mueca. A la luz cambiante de la vela, la mujer parecía un lagarto arrugado. Y casi tan cálida. —Para cambiar el mundo, milady. Abby se movió con inquietud. —Eso es un poco ambiguo. —Este es el tiempo en el que la gloria máxima del Fénix será revelada. Su poder purificará el mundo. Purificará el mundo. Ciertamente sonaba más agradable que el asesinato de masas. —¿Purificar el mundo de qué? —exigió ella, necesitando oír a la mujer admitiendo sus malvadas intenciones. —Del Mal. —De nuevo, un poco ambiguo —se rodeó la cintura con los brazos. Cualquier sótano oscuro y húmedo era espeluznante, pero con las velas, la losa mortuoria y una sustancia viscosa que podría ser o no sangre, esto llevaba lo espeluznante a un nuevo nivel—. ¿Exactamente qué mal vamos a purificar? —Los demonios, por supuesto. Y aquellos que adoran al Señor Oscuro. —El Señor Oscuro ha sido desterrado de este mundo. La impaciencia, así como algo que podría haber sido cólera, apretó los labios de la mujer más vieja. Obviamente ella no era una gran entusiasta de poner sus decisiones a debate. —Su inmundicia todavía corrompe el mismo aire que respiramos. Él llama a sus discípulos y ellos acuden. Todos ellos deben ser eliminados —dijo con aspereza. Abby se lamió los labios. —¿Y espera que el Fénix haga eso? —Por supuesto. La Diosa querida estaba destinada a gobernar —estiró sus manos nudosas como aceptando la adoración de unos discípulos invisibles—. Tal como yo tengo la intención de gobernar. Nuestro tiempo por fin ha llegado. ¡Dios mío!, la mujer estaba loca. Date prisa, Dante, susurró silenciosamente. Por favor apresúrate. —Entiendo su deseo. Es sin duda admirable, pero seguramente hay otros medios de combatir el mal, ¿no? —procuró apaciguarla. Sosegar a la persona loca. Siempre había sido su lema. Absurdamente la bruja pareció ultrajada en lugar de calmada. —¿Entender? —se movió para quedar de pie directamente frente a Abby—. ¿Qué es lo que podrías entender, muchacha? —Entiendo la diferencia entre el bien y el mal. —Hasta hace unos días, pensabas que los demonios no eran nada más que cuentos de hadas. Abby comprobó que su terror era tragado por una cólera creciente. ¡Maldita sea! Ella no había querido ser ningún estúpido Cáliz. O tener monstruos persiguiéndola alrededor. O ser una especie de salvadora del mundo. Pero ahora que había sido obligada a estar en esta posición, no iba a ser intimidada para convertirse en el mal contra el que se suponía que luchaban. —Tal vez no lo sabía, pero ahora me he dado cuenta de que hay muchas clases de demonios. No todos ellos son malvados. —El vampiro —silbó Edra—. Te ha seducido. Abby apretó las manos. —Esto no tiene nada que ver con Dante. No formaré parte de un asesinato en masa. La bruja se acercó lo suficiente como para envolver a Abby en un olor ácido de sudor y dientes de ajo. —¿Has luchado contra la oscuridad durante los últimos tres siglos? —dijo ásperamente—. ¿Has dado tu misma alma para mantener el horror a raya? ¿Has visto a mujeres inocentes asesinadas como cerdos bajo la magia de un mago inmundo? Casi a regañadientes, Abby retrocedió tropezando. Sus ojos podrían decirle que podía coger a la frágil anciana y agitarla bastante. Su corazón le advirtió de que la bruja podría agitar una varita y aplastarla como a un bicho. —Soy el Cáliz —alardeó—. No puede obligarme a realizar un hechizo. —Yo preferiría que te unieras a mí —Edra levantó una mano para apuntar con su dedo directamente entre los ojos de Abby—. Pero podemos hacerlo del modo difícil. Ah Dios, aquí viene la parte en que se aplasta al bicho. —No… espere… Las palabras apenas dejaron sus labios cuando un dolor cegador explotó en su cabeza. Abby cayó de rodillas. Se agarró la cabeza mientras de pronto comprendía que iba a morir. Nadie podría sobrevivir a tal dolor. Dante, ¿dónde demonios estás? Viper y Dante se deslizaron entre las sombras mientras los sonidos de pasos resonaban a través del corredor. Aspirando profundamente, Dante se inclinó cerca de su compañero y susurró directamente en su oído: —Dos hombres, ambos humanos —sus colmillos se alargaron—. Me encargaré de ellos. Tú ve por Abby. Viper hizo una pausa. —¿Estás seguro? —No puedo herir a Edra. Tú puedes. Una sonrisa fría tocó los elegantes rasgos. —Será mi placer. Ni siquiera el aire se movió cuando Viper desapareció de su lado. Permaneciendo en las sombras, Dante esperó a que los hombres pasaran delante de él. Sólo entonces saltó hacia adelante, derribando con fuerza al guardia más cercano. Sintió al segundo hombre agarrar su brazo. Sin echar una mirada en su dirección, Dante lo lanzó contra la cercana pared. Hubo un ruido sordo y un gemido cuando el atacante se deslizó al suelo. El hombre debajo de él luchó denodadamente por alcanzar algo bajo su abultada figura. Dante sonrió irónicamente, sabiendo que el tonto sin duda quería llegar hasta un arma. O no sabía que un vampiro lo sujetaba o no tenía ni idea de que las balas no podían dañar a los no muertos. Agarrando un puñado de cabello, Dante golpeó el denso cráneo contra el suelo, y luego otra vez. Sintió que el cuerpo bajo él se aflojaba, y se puso de pie. Ambos hombres estaban sin sentido, pero no pensaba dejarlos atrás. Abriendo una puerta cercana, volvió hacia los hombres inconscientes y los arrojó con facilidad dentro del cuarto estrecho. Con la misma velocidad, los ató con sus cinturones y cerró la puerta. Avanzó de nuevo silenciosamente. Por delante de él había un acre olor a sangre. Viper, sin duda. A menos que las brujas se unieran, no serían rivales para el poderoso vampiro. Ignorando el potente olor, Dante se dirigió hacia la parte trasera de la casa. El débil aroma de la Shalott lo condujo por la biblioteca vacía hacia un pequeño armario que había sido cerrado con llave con tres barras de hierro. Aunque no era una barrera para vampiros, Dante apostaría que aquel hierro era una amenaza para la Shalott. Con una mueca ante el inevitable ruido, Dante arrancó las barras de la puerta, lanzándolas a un lado mientras echaba un vistazo sobre su hombro para asegurarse de que nadie llegaba a la carga al cuarto para enfrentarse a él. El cuarto estaba vacío, pero su distracción momentánea no quedó sin castigo cuando la puerta explotó hacia afuera y una esbelta figura saltó hacia adelante para golpearlo en la barbilla con una dura patada. Con un gruñido que era tanto de molestia como de dolor, Dante se giró para descubrir a la demonio agazapada en gesto amenazante. Había una belleza letal, casi embriagadora, en sus piernas delgadas y el cabello negro suelto, pero Dante no tenía ningún interés en sus atributos físicos. O incluso en la nube de feromonas que llenaron el cuarto. Su unión con Abby lo hacía impermeable a su potente encanto. En lugar de eso, se preparó para otro ataque. Ella no conseguiría otro golpe fácil. Sosteniendo una mano en alto, la observó con el ceño fruncido. —Permíteme hablar. Sus manos se flexionaron en advertencia. —Quédate atrás, vampiro. —Esto puede ser difícil de creer, pero he venido para ayudarte. Sus labios se curvaron. —Y todo lo que tengo que hacer es permitir que tengas unos sorbos, ¿verdad? Gracias, pero no gracias. Dante apretó los dientes. ¿Había nacido alguna vez una mujer —humana, demonio o de otro tipo— con la que no hubiera que discutir? —No tengo ningún deseo de tu sangre, Shalott —espetó él—. Pero necesitaré tus habilidades. —Olvídalo —se balanceó suavemente, como una cobra dispuesta a atacar—. Primero te veré muerto. Dándose cuenta de que ella pensaba que él se refería a sus habilidades hereditarias para seducir a los vampiros, hizo un impaciente gesto con la mano. —Necesito tus habilidades de combate —permitió que su mirada se deslizara hacia los cortes salvajes que desfiguraban sus brazos y la parte superior de su torso. Apostaría a que ella poseía más haciendo juego en su espalda. Había sido azotada como si fuera un animal—. Tengo la intención de acabar con las brujas. Ella se quedó quieta, juntando las cejas de golpe. —Es imposible. Son demasiado fuertes. —No después de que casi fueran aniquiladas por el mago. No pueden aguantar contra dos vampiros y una Shalott. Ella olió el aire como buscando decidir si decía la verdad. —¿Por qué debería confiar en ti? —Estoy tan encadenado como tú. Ella contuvo la respiración. —La bestia. —Sí. Sin previo aviso, se enderezó y Dante exhibió sus colmillos. Promesa o no, si la mujer lo atacaba otra vez, él le arrancaría la garganta. En cambio, lo miró ferozmente con un asomo de alarma. —¿El Fénix está aquí? —preguntó—. Debes llevártela. —Eso es exactamente lo que tengo la intención de hacer. Con tu ayuda. —Si ellas realizan el ritual… —¿Puedes luchar? —interrumpió él. —Sí. El hechizo sólo puede obligarme a acudir cuando ellas me convocan. Él sonrió con ironía. —Quise decir que si estás lo bastante bien como para luchar. Te han herido. Ella pareció momentáneamente sorprendida por su preocupación. Como si esto fuera lo último que ella esperara. Entonces, como avergonzada por su demostración de vulnerabilidad, elevó la barbilla orgullosamente. —Puedo luchar. —Entonces vamos. Hubo un tenso instante antes de que ella diera un vacilante asentimiento con la cabeza y salieran del cuarto uno al lado del otro. Ninguno se sentía cómodo teniendo al otro en su espalda. —El sótano —refunfuñó él, y con un asentimiento ella se dirigió por el pasillo hacia lo que él esperaba fuera la entrada a las escaleras. Cuando se acercaron a la cocina, sin embargo, ella redujo su paso mientras le lanzaba un ceño en advertencia. —Ahí delante han usado magia. Dante dio un torvo cabeceo mientras se inclinaba para sacar las dagas de sus botas. Podría haber cogido un arma de los guardias que había capturado, pero lo último que quería era algún vecino fisgón que llamara a los polis. Dudaba que pudiera convencer a la persona más ejemplar de Chicago que dos vampiros y un demonio eran los tipos buenos. Deslizándose en la cocina, la mirada fija de Dante destelló sobre el círculo de brujas que en ese momento mantenían a Viper atado con un hechizo. Gruñendo con furia, el vampiro mayor luchaba con todo lo que tenía, pero era obvio que por el momento estaba atrapado. Por suerte, sus forcejeos aseguraron que las brujas estuvieran desprevenidas ante el acercamiento de Dante. Necesitaban todo lo que tenían para mantener a Viper enjaulado. Obligado a detenerse mientras determinaba cual de las mujeres había sujetado su correa, Dante se sobresaltó brevemente cuando un borrón pasó veloz como un rayo y la Shalott se lanzó hacia la bruja más cercana. Hubo un fuerte alarido seguido rápidamente por otro cuando Dante lanzó su daga a la espalda de una bruja que canturreaba. Dándose cuenta demasiado tarde del peligro, las brujas se giraron para enfrentar su última amenaza y el hechizo vaciló. Dante corrió hacia adelante justo cuando Viper sonreía con cruel anticipación. Al final, la batalla fue corta y brutal. Las brujas más viejas fueron muertas a manos de Viper y la Shalott, mientras que Dante usó sus poderes de cautivación en las brujas más jóvenes. Ahora estaban sentadas, acurrucadas en el suelo, cuidando sus heridas y esperando las órdenes de Dante obedientemente. Su ligero toque había sido aplastante al quebrar fácilmente el espíritu de ellas. Ni siquiera podían menearse en el suelo sin su permiso. Recuperando su daga, enjugó la sangre antes de deslizarla de vuelta en su vaina. Cuando se enderezó, vio a Viper andar despacio con paso majestuoso hacia el demonio femenino, y los ojos del vampiro mayor brillaron con un fuego peligroso. —Ah, la Shalott —murmuró Viper en tono sedoso—. Hermosa. Moviéndose hasta que su espalda estuvo contra la pared, la demonio alzó una mano en advertencia. —No te acerques. Viper se rió entre dientes. —No te haré daño. La Shalott echó atrás su larga melena de rizos color azabache. Dante sofocó un gemido ante el movimiento inconscientemente provocativo. Con la sed de sangre que corría caliente en el aire, la demonio haría mejor en desempeñar el papel de una víctima pasiva que desafiar directamente a Viper. —Sí, he oído eso bastantes veces —se mofó ella—. Por lo general directamente antes de que alguien trate de hacerme daño. Sin sorpresa, Viper se deslizó hacia delante y Dante lo siguió rápidamente, justo detrás de él. Maldita sea, no tenían tiempo para esta tontería. Debatiendo cuánta fuerza sería necesaria para detener al decidido vampiro, Dante se encontró desplazado completamente a un lado a la espalda de Viper cuando él bruscamente hizo un alto y olió el aire. —Humana —aspiró. Los ojos de la Shalott se ensancharon. —¿Qué? —Eres mestiza. Sin advertencia, la demonio saltó sobre Viper y lo tumbó en el suelo. Acabó sentada en su pecho. —No me presiones, vampiro —gruñó ella. Viper se rió mientras se giraba para enviarla al suelo, sujetándola con su cuerpo más grande. —No tomes más de lo que puedas masticar, humana. Dante ya había aguantado bastante. Su cuerpo entero vibró con la necesidad de encontrar Abby y sacarla de esta casa. —¿Vamos a luchar contra las brujas o entre nosotros? —exigió bruscamente. Viper asintió con la cabeza cuando se levantó y tiró de una reacia Shalott para levantarla del suelo. —Tendremos que terminar nuestro juego más tarde, encanto —murmuró mientras se movía directamente hacia la puerta casi escondida en la despensa—. El trabajo es lo primero, me temo. Capítulo 25 Parecía una lástima dejar la oscuridad. La oscuridad era cálida y tranquilizadora, y no tenía una bruja psicópata o un zombi alborotador. Y lo mejor de todo, la oscuridad no tenía el dolor punzante que podía sentir acechando en la parte posterior de la cabeza. Desafortunadamente, junto con el dolor en la parte posterior de la cabeza estaba también la sensación omnipresente de Dante. Aunque estaban separados, podía sentir su fría furia mientras luchaba para llegar a su lado. Hasta que pudiera llegar al sótano, dependería de ella evitar que Edra usara el Fénix para llevar a cabo su demente hechizo. Maldición. Absorbiendo lentamente el dolor punzante que tenía en la cabeza, Abby abrió los ojos de golpe para descubrir que estaba atada con correas a una losa de mármol. Por alguna razón, no estaba sorprendida en lo más mínimo. ¿Cuán morboso era eso? Se tragó un gemido y entonces, como cualquier loco que alguna vez se ha encontrado atado, instintivamente luchó contra las correas de cuero que la sujetaban. Fue un esfuerzo inútil, por supuesto. Las correas no estaban demasiado apretadas, pero la retendrían. Aún así, con ese movimiento había rozado el brazo contra la cintura, y se acordó de que tenía la daga en su funda. La camisa había servido para esconder el arma, y afortunadamente la bruja no había pensado en revisarla. Si ahora pudiera liberar los brazos para usarlos. Encubiertamente se escabulló hacia un lado. Como esperaba, la correa se clavó en su brazo izquierdo, pero aflojó la presión en el otro. A punto de descubrir si podría menear el brazo libre, fue parada cuando una sombra cayó sobre la mesa. —Ah, así que te has despertado —Edra sonrió con helado placer. Obligándose a permanecer perfectamente quieta, Abby miró enfurecida a los ojos de lagartija. —Debes detener esto —rechinó los dientes. —Es demasiado tarde. El hechizo será lanzado pronto. La bruja se aproximó, agarrando lo que parecía un cáliz de plata. Abby se encogió contra el frío mármol. No sabía lo que había en el extraño cáliz, pero estaba segura que no quería saberlo. Ante su movimiento, las velas parpadearon y su atención fue capturada por un bulto inmóvil en el centro del piso. El corazón se le paró mientras parpadeaba, y entonces parpadeó de nuevo. No era un bulto. Era el cuerpo de una mujer con el pelo negro y corto, y un tipo de maquillaje gótico que sólo permitía determinar que era una mujer joven. Y muy, muy muerta. Yacía en el duro suelo, con los ojos completamente abiertos como si captara una sorpresa sin fin, y la boca abierta. Lo más horrible de todo era el feo corte que le estropeaba la garganta y permitía que la sangre coagulada formara un charco en la suciedad debajo de la barbilla. Abby jadeó mientras luchaba contra una creciente náusea. —Por todos los infiernos. ¿La mataste tú? —graznó. —Una magia tan poderosa exige sangre. De mala gana, Abby volvió la mirada a la mujer parada sobre ella. —Estás loca. Estás loca de remate. Una mancha de color cubrió sus pastosas mejillas. —Cierra la boca. No sabes nada de los sacrificios que he aguantado —siseó—. Durante tres siglos he consagrado mi vida a este momento. Mientras Selena se mimaba y atusaba y se rodeaba de lujos, yo me escondía en las sombras y la protegía. Encaré al mal y lo mantuve a raya. Investigué en el corazón de la oscuridad y me preparé para acabar con aquellos que quisieran destruir el Fénix. Soy yo quien salvará el mundo. Abby se movió todavía más hacia un lado, aflojando más el brazo. Tenía que liberarse. No se podría razonar con la lunática. Toda la cordura que una vez pudo haber poseído se había ido hace mucho. —¿Y por eso merecías rebanar la garganta de una chica inocente? —demandó, decidida a mantener a la mujer demasiado enfadada para notar los extraños meneos. —Su muerte servirá a una causa superior —no había ningún destello de remordimiento—. Es un destino al que todos debemos aspirar. —He notado que tú no te has ofrecido como sacrificio. El cáliz tembló en las manos de Edra. —Cállate, asquerosa perra. Te has profanado con un vampiro. No eres digna de ser el Cáliz. —Mala suerte. Soy todo lo que tienes. —Muy pronto te enseñaré algo de respeto, justo como le enseñé a Selena. Meneo, meneo. —Mejores matones que tú lo han intentado. Sólo por un momento, Abby pensó que había empujado a la bruja demasiado lejos. El brillo febril en sus ojos se oscureció en una pura furia, y sus labios se curvaron en un gruñido. La tentación de decir “Al infierno con salvar el mundo y castigar a la perra como se merece” mantuvo agarrada a Edra antes de que temblase y se apartarse de la completa locura. —¡No! ¡No me distraerás! ¡No ahora! Introdujo las manos en el bolsillo de su túnica y sacó un pequeño objeto de metal. Abby frunció el ceño. Después de todas las cosas horribles que había soportado durante los últimos días, había medio esperado que la bruja sacara un cuchillo o una serpiente, o al menos un conejo mágico. El pequeño amuleto parecía asombrosamente inofensivo. Al menos hasta que descansó sobre el centro de su pecho. Al principio no hubo nada. Sólo una sensación fría que le recorrió la piel. Entonces, justo cuando empezaba a tener la esperanza de que la pieza de hierro fuera falsa, el olor a humo empezó a llenar el aire. Abby gritó cuando el amuleto ardió fácilmente a través del tejido fino de la camisa y le tocó la piel. El metal se estaba marcando en su piel, y no había ninguna garantía que se detuviera antes de que se las arreglara para quemar un camino a su corazón. —¿Qué estás haciendo? —jadeó, luchando para liberar la daga de su funda. Ya no le importaba si la bruja se daba cuenta de lo que estaba haciendo. Si no se liberaba, el hechizo sería lanzado o estaría muerta. Ninguna era una alternativa aceptable. Afortunadamente, Edra cerró los ojos mientras sostenía el cáliz directamente sobre el amuleto. —El amuleto me ayudará a obtener el poder del Fénix —murmuró. —Para, me está quemando. La mujer empezó a cantar en voz baja, y con el dolor cortante atravesándole el cuerpo, Abby pudo sentir el movimiento del espíritu en ella. Con un duro esfuerzo, se las arregló para liberar la daga, pero su brazo permaneció sujeto por las correas. Dios querido, no iba a llegar a tiempo Inspirando profundamente, gritó con todo lo que tenía. —¡Dante! Estando ya en las escaleras, Dante se movió a una velocidad increíble para colocarse en el centro del sótano. Sus manos se apretaron al descubrir a Abby atada a la mesa de mármol con la bruja merodeando a su lado. Incluso desde la distancia podía darse cuenta del hedor de la carne chamuscada. —Abby... —Dante, está haciendo el hechizo. —La bestia —los ojos de Edra se abrieron de golpe para sujetar a Dante con una mirada febril—. Debería haber sabido que no morirías tan fácilmente. Bien, no temas. No seré tan descuidada esta vez. —¡Detente! —gruñó Dante cuando sintió a Viper y a la Shalott a su espalda. —No podemos dejar que complete el ritual —dijo Viper en tono helado. —Hay una barrera. Viper maldijo en una lengua antigua. —Odio la magia —giró la cabeza hacia la Shalott—. ¿Qué hay de ti? ¿Puedes romper el hechizo? La demonio negó con la cabeza. —No. Dante apretó los dientes. Quería aullar de frustración. O matar a alguien. Estar tan cerca y no ser capaz de alcanzar a Abby era insoportable. Bordeando la barrera, emitió un gruñido bajo con la garganta. El círculo había sido completado. Estaba cerrado hasta que la bruja hubiera terminado el hechizo. Nunca se había sentido tan desamparado en su vida. ¡Y maldita sea si le gustaba! Dante continuó siguiendo la línea del círculo, y buscó algo con lo que distraer a la bruja. Si pudiera hacerla vacilar por sólo un momento, la barrera se rompería. No podría levantarla de nuevo antes de que él y Viper estuvieran sobre ella. De cualquier modo, era más fácil decirlo que hacerlo. No había nada en el sótano que sirviera de alguna ayuda. Negándose a abandonar, se movió hasta estar directamente detrás de la bruja. Abby gimió suavemente, y la mirada de Dante se movió instintivamente hacia donde estaba atada a la losa. Durante un momento no pudo ver nada a través la bruma roja de furia. Tenía que llegar a ella. Ahora. Entonces su atención fue capturada por el reflejo de las velas en la daga que tenía en la mano. Se detuvo al darse cuenta de que estaba usando el keris para cortar la correa de cuero. Su mirada se quedó clavada en la de ella mientras silenciosamente la instaba a darse prisa. Edra ya estaba inclinando el cáliz para verter la sangre sobre el amuleto. Estaba completando el ritual que la permitiría doblegar el poder del Fénix a su voluntad. Si el hechizo era recitado, no sería capaz de rescatar a Abby. O a sí mismo. Lanzó una mirada de reojo para asegurarse de que Viper se había dado cuenta del intento de fuga de Abby. El vampiro más mayor asintió levemente con la cabeza. Se movieron juntos, preparados para atacar en el momento que la barrera fuera destruida. La Shalott escogió un punto directamente enfrente de la bruja. Un demonio con tácticas bélicas. Quién lo habría dicho. Inconsciente de todo salvo del hechizo estaba lanzando, Edra sostuvo el cáliz por encima de su cabeza y entonces lo bajó lentamente para derramar una medida de sangre espesa directamente sobre el amuleto. Dante se paralizó. El hechizo estaba empezando. Él muy bien podría estar muerto antes de que Abby pudiera liberarse. La sangre golpeó el amuleto y chisporroteó contra el ardiente calor. Un extraño murmullo llenó los oídos de Dante, y él golpeó sus puños inútilmente contra la barrera. —Abby —dijo ásperamente. Como si sintiera su creciente pánico, Abby apretó los dientes y rompió el último pedazo de cuero. El amuleto en su pecho pareció destellar cuando apartó el hierro ardiente de su piel y luchó por sentarse. Desde atrás, Dante vio como Edra se quedaba paralizada por la conmoción. En su arrogancia, había pensado que nada podría parar su glorioso intento de poder. Ciertamente no una mujer pequeña sin ninguna habilidad para ejercer la magia, ni reclamo para las artes más oscuras. No había contado con la terca determinación de Abby. Algo que él había aprendido a no menospreciar. Ignorando el obvio dolor que debilitaba su cuerpo, Abby se las arregló para incorporarse, usando el impulso para cortar con el keris. Sintiendo tardíamente el peligro, la bruja retrocedió de un salto, evitando un golpe mortal. Afortunadamente, la daga consiguió hacerle un corte en el brazo, enviando el cáliz a estrellarse contra el suelo. Más importante, con su concentración destruida, la barrera se desvaneció en niebla. Con un rugido, Viper cruzó la habitación y sujetó a la bruja contra el suelo. Dante estaba al lado de Abby, tirando de las últimas correas y cogiéndola en sus brazos. —¡No! —levantando las manos en advertencia, Abby saltó de la mesa con un giro, y luchó para mantener el equilibrio—. ¡No me toques! Muy despacio, Dante la rodeó para enfrentarla, alzando las cejas. —Abby, ¿qué pasa? Ella se rodeó la cintura con los brazos. —Me estoy quemando. Dante asintió lentamente. Incluso en la distancia podía sentir el calor saliendo en ondas de su cuerpo. —¿El Fénix? —Sí —ella se giró hacia la bruja que estaba en el suelo—. El hechizo ha empezado. —Viper, mátala —gruñó Dante. —Con placer. Bajando la cabeza para hundir los colmillos en el cuello de la bruja, Viper dejó escapar un gruñido bajo y entonces asombrosamente retrocedió volando mientras Edra luchaba por sentarse. En su mano estaba el amuleto. —Mierda —Dante se estaba moviendo incluso cuando Edra levantó la mano para golpear a Viper otra vez. Sin embargo, aún con lo rápido que se movía, la explosión de poder era más veloz. Maldijo cuando se dio cuenta que nunca llegaría a tiempo. Entonces, sin advertencia, la Shalott saltó sobre Viper, recibiendo el golpe en su espalda y desplomándose sobre el asombrado vampiro. Dante giró de nuevo para fulminar con la mirada a la bruja, que con dificultad luchaba por ponerse de pie. —No puedes dañarme —jadeó, quizá más para tranquilizarse a sí misma que para recordar a Dante su impotencia. —Aún no, pero pronto te veré en el infierno. Ella rió salvajemente. —El hechizo ha empezado. Nadie lo puede parar ahora. Rápidamente volvió su atención a Abby para encontrarla de rodillas. Estaba gimiendo mientras se balanceaba adelante y atrás. —Dios... Abby. —No puede oírte. El Fénix ha tomado el control, y pronto la Diosa liberará el poder que he reclamado —la salvaje risa vino otra vez—. Está a punto de matarte, vampiro. —¡No! —con un grito, Abby se levantó. Dante tropezó hacia atrás cuando la fuerza de su presencia llameó abruptamente a través de la habitación. Apenas podía reconocer a su compañera. Bajo la luz de las velas, su piel pálida brillaba con una luminosidad extraña, y los ojos azules se habían vuelto de un carmesí brillante, como si hubiera llamas encendidas detrás de ellos. Incluso su pelo parecía flotar en una brisa invisible mientras elevaba los brazos por completo y empezaba a andar hacia la bruja. —Amada Diosa —susurró la bruja mientras se ponía de rodillas lentamente. Dante trató de avanzar sólo para gritar cuando una ola de calor lo lanzó al suelo. El mismo aire estaba chisporroteando alrededor de Abby, haciendo imposible alcanzarla. Condenado infierno, iba a incendiar la casa con ellos dentro. Después de conseguir matar a cada demonio. Empezando por él. Luchando contra la oscuridad que amenazaba con aplastarlo, Dante se obligó a ponerse de rodillas. —Abby, debes parar... —gruñó. —No —Abby no apartó la atención de la bruja arrodillada—. Esto debe terminar ahora. Mierda. No se podía mover. No podía hacer ni una maldita cosa. —Abby. Alcanzando a la mujer mayor, Abby estiró la mano. —Levántate. —Sí —con dificultad, la bruja se las arregló para levantarse, con una expresión aduladora en su cara—. He esperado tanto tiempo para bañarme en tu gloria. Para contemplar la entera maravilla de tus poderes. —Conocerás la totalidad de mis poderes, Edra. Las palabras salieron de la boca de Abby, pero la voz no pertenecía a ella. Había sido consumida completamente por el espíritu en su interior. —¡Bendita seas, ama! ¡Bendita seas! Atrapada y sostenida por el ardiente fuego de los ojos de Abby, la bruja caminó lentamente hacia delante. Dante frunció el ceño cuando Abby enlazó los brazos alrededor de la mujer. ¿Qué demonios se proponía el Fénix? Escuchó a Viper y a la Shalott gimiendo detrás de él, pero su mirada no se desvió de Abby mientras ella cerraba los ojos e inclinaba la cabeza hacia atrás. Durante un momento no hubo nada. Sólo la pulsante oscuridad que se aferraba a él con la promesa de muerte. Y entonces, surgida de la nada, hubo una violenta explosión. Dante voló hacia atrás, aterrizando con un fuerte golpe contra una pulida pared. Los oídos le zumbaban, y estaba bastante seguro de que su cerebro se había desplazado. Pero sorprendentemente, no estaba muerto. Al menos, no de momento. Sacudiendo la cabeza para despejar la niebla, buscó frenéticamente a través del espeso humo que llenaba el aire. Un miedo punzante lo recorrió cuando se dio cuenta de que la oscuridad invasora había sido barrida por la llama. E incluso más espantoso, la atadura que le había mantenido prisionero durante los últimos tres siglos, había sido cortada bruscamente. Estaba libre. ¿Pero a qué precio? No. Demonios, no. No podía creer que Abby estuviera muerta. No podía creerlo. Gateando sobre las manos y las rodillas, cruzó el sucio suelo hasta el último lugar en el que había visto a Abby. Le llevó unos pocos segundos recorrer la pequeña distancia, pero a Dante le pareció que había pasado una eternidad. Al final su mano se encontró con un brazo extendido. Rechinó los dientes al obligarse a tocar la piel suave como la seda. Un toque fue suficiente. Pudo sentir su alma. Estaba viva. Su cabeza tocó ligeramente el suelo frío antes de moverse para coger el cuerpo inmóvil entre sus brazos. Ignoró el desastre que yacía a una corta distancia. Quedaba muy poco de Edra. Sin duda había trozos y pedazos dispersos por el sótano. Ciertamente lo que quedaba de los restos calcinados no podría sumar un cuerpo entero. Una sonrisa fría le tocó los labios. Era un final adecuado para la bruja. —Abby —enterró la cara en su pelo, abrazándola con fuerza. La sintió removerse, y se retiró para mirar los brillantes ojos azules. —¿Dante? —su cara estaba cubierta de hollín, tenía el pelo chamuscado, y había sangre en su barbilla. Y nunca había estado tan hermosa. Depositó un cuidadoso beso en sus labios pelados. —Lo hiciste, querida —dijo con voz roca—. Terminaste con el hechizo. —Yo no —su voz era áspera y ronca, como si su garganta hubiera sido quemada—. El Fénix. No se permitiría ser utilizado para destruir sin motivo. —Calla. Lo discutiremos más tarde. Por ahora todo lo que importa es que estás viva. Una débil sonrisa tocó su boca. —Y todavía soy una diosa. Él dejó escapar una risita suave. —Eso parece. —¿Me adorarás? Él pasó los labios por los oscuros moratones que estropeaban su hermosa piel. —Querida, tengo intención de adorarte cada noche por el resto de la eternidad. Epílogo Dos semanas después, Abby estaba acostada en la cama de la guarida de Dante, viendo como él encendía cuidadosamente las velas que había dispuesto por toda la habitación. Las brujas habían huido o habían sido sepultadas después de la muerte de Edra, poniendo fin al aquelarre. No era una gran pérdida para Abby, considerando que habían pretendido utilizarla como una especie de catalizador para traer el fin del mundo. Era cierto que ahora cargaba con un espíritu místico, pero cada vez se le daba mejor disimular sus poderes de aquellos que querían verla muerta, y ser un Cáliz tenía varios beneficios. Sin ser el menor de ellos la promesa de una eternidad con Dante. Sobre ellos, la mansión de Selena estaba siendo reconstruida lentamente, acabada con ventanas tintadas y una nueva biblioteca para la vasta colección de libros de Dante. Y, por supuesto, las nuevas guías de viaje que había encargado para Abby. En su luna de miel, Dante había prometido llevarla alrededor del mundo. Pero primero deberían compartir la ceremonia que les convertiría realmente en compañeros. Removiéndose entre las almohadas, Abby tiró de la sábana de seda negra que era todo lo que le cubría el cuerpo desnudo. —Entiendo que Selena y Edra estaban en una lucha de poder para decidir a quién se le permitiría librar el mundo de demonios y convertirse en una especie de semidiós —murmuró con voz perezosa—. Pero aún no entiendo porqué esperaron tanto para intentar usar el hechizo. Se podría pensar que tan pronto como Selena se convirtió en el Cáliz deberían haber intentado usar su rollo mágico. Encendiendo la última de las velas, Dante se giró para mirarla con una ceja alzada. —¿Rollo mágico? Ella contuvo la respiración. Vestido sólo con un batín de seda negra y con el cabello enmarcando la cara de alabastro, parecía totalmente un pirata malvado. Ñam, ñam, ñam. Con esfuerzo, luchó contra su ataque de lujuria. —Sabes lo que quiero decir. Él se encogió de hombros. —Por lo que he podido descubrir entre los escritos de Edra, parece que estaban esperando a que las estrellas estuvieran correctamente alineadas. —¡Oh! —Claramente, no se dieron cuenta de que el Fénix poseía una mente propia y que destruiría a cualquiera que buscara usarlo para algo tan demoníaco. Abby se estremeció. Todavía tenía pesadillas del tiempo que había pasado en el sótano con Edra. —No hasta que fue demasiado tarde. —Suficiente, querida —la tranquilizó—. No vamos a arruinar nuestra noche con pensamientos sobre las brujas. No, lo más seguro era que no, estuvo de acuerdo Abby, deslizando la mirada sobre el perfecto cuerpo masculino. —Eres demasiado atractivo como para que algo arruine esta noche. Los ojos plateados brillaron mientras se movía para colocarse en la cama, a su lado. —¿Cómo de atractivo? Abby sonrió mientras tiraba amablemente del batín. —Seguramente a tu edad no estarás pescando cumplidos, ¿no? —No puedo usar un espejo para asegurarme, así que debo depender de ti. Con el batín tirado en el suelo, Abby recorrió la suave perfección de su espalda con las manos. —Bien, supongo que no te echaré de mi cama por ahora. Sus colmillos destellaron a la luz de las velas. De pronto pareció increíblemente exótico y completamente un vampiro. —Nuestra cama —corrigió suavemente. A Abby se le paró corazón mientras miraba fijamente sus ojos plateados. —Nuestra cama. Con un lento movimiento, Dante apartó la sábana a un lado para permitir que el aire frío asaltara su piel desnuda. —¿Estás preparada? Las manos de ella se apretaron en su espalda. Con la muerte de Edra, el hechizo que impedía a Dante ser capaz de beber sangre humana se había roto. Ahora funcionaba enteramente como un vampiro. Y estaba ansioso por completar la ceremonia que les ataría juntos. Abby asintió con firmeza. —Estoy lista. Moviéndose con cuidado sobre ella, Dante se colocó entre sus piernas. Entonces le apartó el cabello del cuello con gentileza. Abby se tensó instintivamente. —No estés asustada —dijo con voz ronca—. Te prometo que no te haré daño. Aspirando profundamente, Abby relajó los tensos músculos. —No estoy asustada. —¿Y estás segura de que esto es lo que quieres? Una vez que te hayas emparejado conmigo, no hay marcha atrás. Era una advertencia familiar. Si hubiera sido por ella, se habrían emparejado en el momento en que salieron del sótano. Dante, sin embargo, había resultado ser extraordinariamente terco, rechazando las exigencias de ella hasta que tuviera tiempo suficiente para considerar las consecuencias. —Ya hemos pasado por todo esto. —Sí, pero... Ella le enmarcó la cara con las manos. —Dante, cállate y hazme tuya. Los ojos plateados ardieron al tiempo que una sonrisa maliciosa le curvaba los labios. —Sí, mi diosa —murmuró, bajando la cabeza hacia la expuesta garganta. A pesar de sus valientes palabras, Abby no pudo negar que al menos esperaba algo de dolor. No se necesitaba ser médico para darse cuenta que introducir un par de colmillos en la piel tenía que causar un poco de malestar. Aún así, no se permitió estremecerse al sentir su lengua acariciándole suavemente el pulso de la base del cuello. Dante pararía en el momento que sintiera su tensión. —Mi amor —susurró. Y entonces mordió. Los ojos de Abby se ensancharon con asombro. No había dolido. No hubo nada más que un desliz de fría presión y después una sacudida de placer tan intensa que se sacudió contra Dante. —¡Dios mío! —susurró cuando el calor destelló a través de su cuerpo para juntarse en un deseo ardiente en la boca de su estómago. Le agarró la espalda con los dedos, sacando sangre mientras arqueaba las caderas en una silenciosa súplica de alivio. Dante enredó las manos en su pelo mientras continuaba bebiendo su sangre, y con un movimiento suave, entró profundamente en ella. Abby jadeó, y las sensaciones eran tan intensas que temió desmayarse. Seguramente nada debería sentirse tan bien, ¿no? Y ser legal. Temblando, Abby se abrió a sus golpes dominantes. Gimió con cada empuje, alzando las caderas para encontrar las suyas con salvaje abandono. La creciente presión era deliciosa. Increíble. Y como no se corriese pronto, temía que realmente pudiese explotar. —Dante... por favor. Su risita suave le acarició el cuello, pero pareciendo entender su desesperación, aceleró el ritmo hasta que ella se arqueó bajo él y con un débil grito encontró la liberación. Jadeando exhausta, Abby abrió los ojos lentamente para descubrir a Dante mirándose el brazo. Lentamente giró la cabeza, viendo como el familiar tatuaje carmesí empezaba a dejarse ver en el antebrazo del vampiro. Una sonrisa engreída tocó los labios de Dante cuando se giró para observarla con una reluciente mirada. —Sabía que podría hacerte mía —murmuró con tono arrogante. Enmarcándole la cara, Abby dejó que sus pulgares le recorrieran la curva de los colmillos. —Dante, he sido tuya desde el momento que entré en esta mansión y encontré a un malvado pirata esperándome. —Mi amada... por toda la eternidad. —Y diosa —le bajó la cabeza para un prolongado beso—. No olvides diosa. Él se rió mientras con las manos empezaba a despertar enérgicamente su cuerpo, de vuelta a la vida apasionada. —¿Cómo podría olvidarlo?