Incluyendo a los ladrones más desesperados. Suavemente le tocó el hombro. —¿Quieres quedarte en el coche? Abby aspiró profundamente, girando para enfrentar su mirada penetrante. —No. Recogiendo un amuleto que Viper le había prometido que contrarrestaría la magia usada para animar a un zombi, Dante lo metió a la fuerza en la cinturilla de sus pantalones. Sus dagas ya estaban bien aseguradas en sus botas, y con un movimiento de su mano, le señaló a Abby que debía colocar el keris en su funda y ceñírselo a la cintura. La funda lo protegería de la poderosa bendición pero le daría fácil acceso a Abby para usar la daga en caso de necesidad. En esta ocasión, el demonio, la bruja, el zombi o el mago obtendrían más de lo esperado. Dejaron juntos el coche y se dirigieron arriba hacia la terraza, pasando rápidamente por las puertas dobles. Entrando en el vasto vestíbulo, Dante instintivamente se dirigió hacia la escalera principal cuando abruptamente Abby se tropezó con los trozos quebrados de un florero en el suelo de mármol. Le colocó un brazo alrededor de los hombros mientras ella observaba la porcelana hecha pedazos con una extraña fascinación. —Cálmate —murmuró. Requirió un momento antes de que ella sacudiera la cabeza y fijara su atención en las cercanas escaleras que ahora estaban quemadas y cubiertas de yeso y trozos de madera del techo. —Está incluso peor de lo que recordaba. Dios mío, ¿cómo pudo ocurrir eso? Dante apretó la mandíbula cuando la imagen del cuerpo sin vida de Selena pasó como un relámpago por su mente. Nada debería haber sido capaz de destruirla. Ciertamente no algo que él no había sido capaz de sentir. —No sé, querida —¿Piensas que fue el trabajo del mago? —preguntó. Dante frunció el ceño. —Es posible, supongo. —No suenas muy convencido. —Si fue un criado del Príncipe, entonces Selena debería haber sentido su presencia, igual que tú hiciste con los zombis —señaló—. Además, había sido el Cáliz durante muchísimo tiempo y se había vuelto increíblemente poderosa. No puedo imaginar que incluso el mago más mayor se atreviera a desafiarla. Ella asintió lentamente con la cabeza. —Creo que tienes razón, lo que quiere decir que seguimos sin estar nada cerca de descubrir lo que le sucedió a Selena. —¿Sientes algo? Abby cerró los ojos y aspiró profundamente. Dante se percató de que trataba de concentrar sus recientemente descubiertos poderes para registrar la casa vacía. Por fin abrió los ojos y tembló débilmente. —No, no hay nada. Dante se puso justo frente a ella. No le había pasado desapercibido el pequeño y débil temblor. —¿Qué ha sido eso? Abby se encogió de hombros al obligarse a esbozar una sonrisa. —Simplemente tengo bichos espeluznantes. —¿Bichos espeluznantes? —Nerviosismo. Dante sacudió la cabeza. —¿Estás hablando en inglés ? —Ya sabes, como si alguien acabara de caminar sobre mi tumba. Dante ni siquiera pensó cuando abruptamente la apresó con sus brazos y la lanzó contra su pecho. —No lo hagas —siseó. Los ojos de Abby se agrandaron con asombro, y él se percató demasiado tarde de que sus colmillos estaban completamente extendidos y sin duda tenía la cara con sombría advertencia. No le importó. Por el momento era todo vampiro. —¿Dante? —dijo con voz ronca e incierta. —Nunca tientes al destino —gruñó. —Eso es simplemente un dicho. —Es peligroso —la avisó, sus instintos de depredador en plena alerta ante la mera mención de Abby en su tumba—. No debemos hacer nada para llamar la atención sobre nosotros. Ella parpadeó, sobresaltándose por sus palabras. —¿Eres supersticioso? —He vivido durante siglos. Hay muy pocas cosas en las que no crea. —Oh —pensó sobre sus palabras antes de asentir con la cabeza—. Supongo que tienes razón. Apretó más los brazos mientras presionaba su frente contra la de ella. —No dejaré que nada te haga daño. —Lo sé —dijo suavemente, acunando su cara con las manos. —Pero si algo me ocurriera… Su fiera orden fue interrumpida. Un acontecimiento altamente inusual, teniendo en cuenta que raramente dejaba que nada ni nadie interrumpiera un decreto directo. Pero por otra parte era todavía más raro que Abby presionara sus labios contra su boca. Le pareció que el mundo entero se detenía. Desafortunadamente su beso fue demasiado breve, y justo cuando él empezaba a reaccionar, ella se apartó para observarle con un severo ceño. —No, Dante —replicó, como siempre ignorando el hecho de que nadie le decía que no—. Tú mismo lo dijiste, no deberíamos tentar al destino. No se molestó en discutir. ¿Por qué debería? Sería más simple darse un golpe en la cabeza contra la pared y terminar con todo. Además, Viper sabría venir por ella si algo le ocurría. Dejaría las cosas así. —Basta —con un movimiento fluido, la levantó en sus brazos. Una vez que se cercioró de que estaba segura, se dirigió con facilidad hacia las escaleras—. No creo que sea sabio demorarse aquí más de lo estrictamente necesario. Los brazos de ella se cerraron instintivamente alrededor de su cuello. —¿Qué estamos buscando? —Selena tenía una caja fuerte que mantenía protegida mediante poderosos hechizos. Espero que ahora que tú llevas el Fénix, podamos encontrar una manera de abrirla. —Si sobrevivió a la explosión. Él sonrió lentamente. Ni siquiera el fin del mundo habría afectado al hechizo. —Sobrevivió. Agárrate. Dio un pequeño chillido cuando él se agachó y luego en un fluido salto estaban en lo alto de las escaleras. —Mierda, no sabía que podías hacer eso —respiró—. ¿Qué otras sorpresas tienes? Dante sonrió lentamente. —Querida, tengo suficientes sorpresas como para mantenerte adivinando una eternidad. —Y suficiente ego para que te dure mas allá de eso. —¿Me querrías de cualquier otra manera? Abby puso los ojos en blanco. —¿No teníamos prisa? De mala gana se agachó para ponerla de pie. No sentía ningún peligro cerca, pero no iba a permitir que lo volviesen a coger con la guardia baja. Quería estar preparado para atacar si era necesario. —Ten cuidado por dónde pisas. Las tablas del entarimado no son enteramente estables. —Sí, las explosiones mágicas tienden a hacer un infierno de las tablas del entarimado. A pesar de su tono frívolo, era lo suficientemente sabia como para ser cautelosa al avanzar por el vestíbulo oscurecido. Dante estaba cerca, detrás de ella. Tan cerca que fácilmente sintió el repentino escalofrío que estremeció su cuerpo. —¿Qué ha sido eso? —exigió. —Nada. —Sentiste algo —extendió la mano para cogerla del brazo, tirando para que parara—. ¿Hay algo aquí? Un ceño apareció en su frente. No era el ceño fruncido de cabreo que ella reservaba solamente para él, sino el que le avisaba de que sentía algo que no podía explicar. El que había tenido demasiadas ocasiones de usar durante los últimos días. —No es eso. Es… no sé, como un eco. —¿Del hechizo que Selena lanzó? —Tal vez —bruscamente se frotó los brazos con las manos—. Se siente equivocado, en cierta forma. No malo, sino… Le elevó la barbilla, obligándola a encontrarse con su mirada fija. —¿Abby? —Es difícil de explicar. —Inténtalo. Sus ojos se estrecharon. Una advertencia silenciosa de que al final él pagaría por su tono arrogante. No en ese momento, sin embargo. —Una vez pasé por una planta química que bombeaba desperdicios tóxicos en el río. No era nada que realmente pudiera verse, pero había un cierto olor y algo corrupto en el aire que me puso la carne de gallina. Eso es lo que siento ahora. —Algo corrupto. —Sí. Dante emitió un gruñido bajo con su garganta. Era un depredador. Un asesino letal. El hecho de que no pudiera sentir el peligro acechando en el aire hacía que deseara destruir algo. Algo de brujería. —Hay algo que me estoy perdiendo —sacudió con fuerza la cabeza—. Maldición. Por aquí. Tomando la mano de Abby, la condujo más abajo por el vestíbulo. Consideró un pequeño milagro que lograran dar una docena de pasos antes de que Abby clavara sus talones. —Un momento. ¿Dónde vamos? Las habitaciones de Selena están bajo esa ala. La miró por encima del hombro. —Confía en mí. Maldición. Palabras equivocadas. Sus talones casi agujerearon el piso cuando rehusó moverse. —¿Confiar en ti? ¿Otra vez? —¿Te he llevado alguna vez por un mal camino? —la boca de Abby se abrió con demasiada buena gana. Claramente necesitaba una distracción. Nunca uno que perdiese una oportunidad, Dante se deslizó hacia delante para cubrir su boca en un beso veloz y hambriento—. No contestes a eso —murmuró contra sus labios. Las manos de ella le agarraron firmemente los brazos mientras se arqueaba instintivamente contra él. Mierda de diablo. Dante sintió su ardiente calor quemándolo. Lamió su piel y ardió a fuego lento en su sangre. Sus dientes se apretaron. Las ganas que tenía de cogerla en brazos y llevarla contra la pared fueron firmemente empujadas a un lado. Nunca tendría suficiente de esta mujer. Pero ahora no era el momento ni el lugar, se reprendió severamente. Apartándose, le agarró la mano y tiró de ella firmemente vestíbulo abajo antes de que recobrara sus sentidos. Empujando a un lado una estatua quebrada, señaló la pared—. Es esto. —¿Es esto el qué? —La caja fuerte. —¿Dónde? Dante puso el dedo en el centro del papel pintado de raso. —Aquí. Ella le lanzó una estrecha mirada furiosa. —¿Es esto alguna clase de número de Abbott y Costello ? Los labios de Dante temblaron a pesar de la urgencia de su situación. —La caja fuerte está incrustada en la pared y ha sido protegida. Depende de ti romper el hechizo. —¿Yo? No soy bruja. —Selena no era una bruja, querida —extendió la mano para tocar su mejilla—. Su poder vino del Fénix. —Un poder que tuvo trescientos años para aprender a controlar, no tres días. —Tú puedes hacer esto. Su ceño fruncido amenazó con grabársele permanentemente. —Es fácil para ti decirlo. Demonios, ni siquiera sé cómo comenzar. —Simplemente concéntrate —urgió suavemente. —¿En la pared? —En la caja fuerte detrás de la pared —Dante retrocedió para observarla con atención. Odiaba presionar así a Abby. Ella apenas había aceptado que llevaba al Fénix. Ahora esperar que ejerciera su magia era casi como esperar que un pájaro volase sólo unos momentos después de salir del cascarón. Desafortunadamente, no tenían elección. Debían encontrar a las brujas. Un largo silencio llenó el vestíbulo, y entonces la mano de Abby se elevó y ésta movió nerviosamente los dedos. Dante frunció el ceño en confusión—. ¿Qué haces? —Tratando de lanzar un maldito hechizo. —¿Meneando los dedos? —Es una… cosa. Una cosa tonta, pero una cosa —enfadada, sopló un rizo vagabundo de su frente—. Ahora, ¿te importa? Trato de concentrarme. Él levantó las manos. —Por favor, concéntrate todo lo que necesites. Hubo otro silencio. Un largo silencio. Y luego un pesado suspiro. —Maldición —se giró para mirarlo con expresión de derrota—. No puedo hacer esto. Dante le agarró los hombros con las manos. Esta mujer poseía el suficiente poder para desgarrar la ciudad entera. Más poder del que él alguna vez podría soñar. No permitiría que la duda se interpusiera en su camino. —Abby, has matado a un perro infernal, has luchado contra zombis y te has escapado de un mago oscuro. Puedes hacer esto. Ella hizo una mueca. —Lo que he hecho es trastabillar de un desastre a otro, y el único milagro es que no he logrado matarnos a ambos durante el proceso. —Creo en ti, aunque tú no creas en ti misma. —Cosa que no dice mucho sobre tu inteligencia. Él la sacudió levemente. ¿Por qué no le advirtió Viper de que las mujeres mortales eran tan tercas como demonios Stlantd? —Abby. Ella encontró su furiosa mirada con la suya igualmente furiosa antes de lanzar un frustrado suspiro. —De acuerdo, de acuerdo. Lo intentaré otra vez. Capítulo 16 Abby cerró los ojos con fuerza. Aun así podía sentir a Dante revoloteando por detrás como un buitre. Podía sentir su tensión. Su fiera determinación. Esperaba que ella realizase alguna especie de fórmula mágica. Un chiste, por supuesto. Era tan probable que echara margaritas por las orejas como que abriera mágicamente alguna puerta mística. Aún así, tenía que probar algo. Mientras llevara el Fénix, sería cazada. Y peor, Dante se vería forzado a protegerla, aunque significase el fin de su existencia. Hasta ahora, la estúpida suerte los había mantenido vivos. Pero tarde o temprano, se toparían contra algo que él no pudiera derrotar. Después ambos estarían muertos. No podía permitir que pasase eso. Ignorando el sentimiento de que no estaba haciendo nada salvo parecer una idiota, Abby enfocó severamente sus pensamientos. Había matado a un perro infernal y quemado a un zombi hasta ponerlo crujiente. De acuerdo, no sabía qué diablos había hecho, pero algo tenía que haber dentro de ella que pudiera usar. Imagina la pared, se dijo a sí misma. Y en el medio de la pared una caja fuerte. Una caja fuerte como las de las viejas películas que le gustaban. Una caja fuerte grande y plateada con una cerradura negra de combinación y una delgada asa… Concentrándose intensamente en la imagen, no notó el débil zumbido en el oído. No hasta que el zumbido fue más bien un campanilleo. Y luego se transformó en un seco ruido que la lanzó tropezando hacia atrás en sorpresa. Abrió los ojos, y miró fijamente con admiración a la gran caja fuerte ahora claramente visible en la pared y abierta. —Santo Dios —susurró. Las palabras apenas habían salido de sus labios cuando Dante estuvo a su lado para ponerla de pie con suavidad. —¿Estás herida? Ella se puso una mano sobre el corazón, percatándose de que casi se le salía del pecho. —Viviré. ¿Es esa la caja fuerte que querías? —Sí. —¿Qué hay dentro? —Libros. Se giró para mirarlo con incredulidad. —¿Estás bromeando? ¿La mujer deja floreros Ming y Picassos sin precio por ahí tirados como si se acabaran de caer de un estante de ventas de alguna tienda de ocasión y llena una caja fuerte oculta de viejos libros mohosos? —Son libros de hechizos. —¿Estás seguro? Arqueó una ceja negra como el azabache. —Soy un vampiro; puedo sentir el poder, pero no la magia real. Dímelo tú. Ella se mordió los labios antes de obligarse a meter la mano en las lóbregas sombras y hacerse con el puñado de libros. No estaba segura de lo que esperar. Escritos antiguos envueltos en cuero y oro. Pergaminos enrollados con pesados sellos. Frascos de cama y escobas. Cualquier cosa excepto los desechos de biblioteca que tenía entre las manos. —A mí me parecen viejos libros normales —abrió de golpe el libro que estaba arriba sólo para estornudar cuando una nube de polvo llenó el aire—. Libros sucios y viejos. —¿No me digas que eres una ignorante despreocupada? —¿Una qué? Él soltó una suave risa ahogada. —No importa, querida. Abby se frotó la nariz mientras le lanzaba a Dante una mirada perpleja. Otra vez estaba desarreglada y cubierta de polvo mientras él seguía allí sin un pelo fuera de su sitio. Maldito fuera. —¿Estos nos ayudarán a llegar hasta las brujas? —inquirió. —¿Hay algo escondido en las páginas? —¿Quieres decir alguna clase de código? —¿Como números de teléfono o nombres o un mapa de un aquelarre escondido? Bueno, claro. Se puso a hojear las páginas para ocultar su sonrojo. Nadie la había acusado nunca de ser un genio en ciernes, pero normalmente no era una completa idiota. —No, no hay nombres o mapas —masculló ella—. Solamente un montón de poesía realmente mala. Dios mío, escucha bien las cosas… —Abby —interrumpió Dante abruptamente—, no creo… —Círculo del Cáliz sagrado, Vuelve tu poder a la oscuridad y malicia. Elementos de tierra y aire, Agua y fuego se combinan para compartir. Oye nuestra súplica y conoce nuestra causa… Abby se quedó perpleja cuando las palabras comenzaron a arder como fuego en la página. O a hacer eco misteriosamente a través del aire mientras pronunciaba el extraño hechizo. Sólo sabía que una poderosa compulsión repentinamente la había atrapado en sus garras, y el mundo a su alrededor desapareció. No podía detener las palabras que fluían. Ni siquiera cuando un dolor agudo y feroz comenzó a pulsar profundamente dentro de ella. Era como caerse por un acantilado. No había calma hasta que llegabas al fondo. Incluso si este fondo suponía un fin sorprendente y sangriento. Podía haber estado canturreando hasta la eternidad si repentinamente no hubiera sido atacada desde atrás. Sin ninguna advertencia, Abby se encontró con un par de fuertes brazos envolviéndola. Tuvo tiempo de gruñir en confusión antes de ser lanzada contra el pulido suelo. Su cabeza golpeó con un agudo ruido sordo. —Maldición —parpadeó para apartar las estrellas que danzaban delante de sus ojos mientras luchaba por ponerse de rodillas—. Dante, simplemente me podías haber golpeado ligeramente en el hombro… Sus palabras se apagaron cuando se dio cuenta de que Dante no era responsable de su casi latigazo. En lugar de eso, su mirada cayó en una extraña mujer encorvada directamente ante ella. Oh, sí, definitivamente extraña, concedió. Luchando a través de la niebla que todavía se aferraba a su cerebro, Abby estudió a la mujer morena y delgada. Parecía lo suficientemente humana. A pesar de la exótica belleza de su largo pelo negro como el azabache y sus rasgos perfectamente elaborados, había una vitalidad ardiente que parecía más mortal que inmortal. Y sus duros músculos eran del tipo que pertenecían a un atleta muy sano en vez de a la fluida fuerza de un vampiro. Aún así, había un peligro apenas domesticado resplandeciendo en los dorados ojos sesgados y una tensión en el cuerpo enroscado que la hacía parecer... Mortífera. Abby miró de reojo con disimulo, y su corazón se encogió cuando divisó a Dante yaciendo sobre el suelo, con los ojos cerrados. Mierda. No sabía lo que le había hecho esa criatura a Dante, pero si era lo suficientemente fuerte como para poner fuera de combate a un vampiro, ¿qué oportunidad tenía una insignificante mortal de superar a la intrusa? Ni una maldita oportunidad. Su única esperanza de salvar a Dante parecía estar en razonar con ella para escapar del peligro. Una perspectiva atemorizante. Ignorando el instinto de correr al lado de Dante, Abby se concentró severamente en la mujer ante ella. Tenía que ser bueno que no hubiera acabado lo que había empezado. ¿Verdad? Con cuidado de no hacer movimientos bruscos, respiró profundamente. —¿Quién eres? Los ojos dorados se estrecharon. —Debes parar. —¿Parar? ¿Parar qué? —El hechizo. Es peligroso Abby se lamió los secos labios, aliviada al notar que el desgarrador dolor que la había estado destruyendo comenzaba a mitigarse. —¿Peligroso para quien? —Para tu compañero, en primer lugar ¿Compañero? A Abby le llevó un momento figurarse que se refería a Dante. Sus ojos se agrandaron con horror mientras su mirada volaba hacia el vampiro todavía inconsciente. —¿Yo hice eso? —El hechizo… —sin previo aviso, la mujer echó la cabeza hacia atrás y un gruñido bajo salió de su garganta. Abby se puso rígida cuando observó a la criatura levantar una mano para arañarse el cuello. Casi como si estuviera luchando contra algún enemigo oculto. Abby avanzó con el ceño fruncido, extendiendo una mano. —¿Estás herida? La mujer siseó. Realmente siseó. Justo como un gato. —No me toques. La mano de Abby paró sabiamente, pero su mirada permaneció fija en las marcas de garra que la mujer se había hecho en el cuello. —Estás sangrando. —Exigen mi regreso. No puedo… Hubo otro gruñido, y luego con un movimiento borroso, la criatura se puso de pie y saltó al vestíbulo. Desapareció en la oscuridad antes de que Abby pudiera abrir la boca para llamarla. Bueno, eso era espeluznante. Por un momento, Abby permaneció paralizada en el lugar. Había visto bastantes espectáculos de horror para saber que sólo porque una bestia había dejado el cuarto no significaba que todavía no acechara en las sombras. Cuando nada se abalanzó con un cuchillo de carnicero o escupió fuego desde la puerta, gateó torpemente ladeándose sobre el cuerpo horrendamente quieto de Dante. —¿Dante? —con gran cuidado, le acunó gentilmente la cabeza en su regazo, y sus manos le acariciaron frenéticamente su bella cara—. Dante… Oh, Dios, por favor, despiértate. No se movió. Ni siquiera se sacudió durante lo que pareció una eternidad. Abby lo llamó, imploró e incluso rezó. El pánico estaba asomando su desagradable cabeza cuando por fin se alzaron sus pestañas para revelar sus plateados ojos aturdidos. —¿Abby? —su sedosa voz estaba extrañamente ronca—. ¿Qué sucedió? Ridículamente sintió correr las lágrimas por las mejillas incluso mientras se reía con alivio. No lo había matado. Gracias a los dioses. —¿Tú me lo preguntas? —gruñó ella—. No he tenido la menor idea de lo que está pasando desde que esta locura comenzó. Un minuto estabas a mi lado y al siguiente estabas en el suelo. Las cejas de Dante se juntaron mientras silenciosamente trataba de recomponer sus pensamientos fracturados. —El hechizo —por fin respiró—. Me estaba desgarrando. Abby hizo una mueca. —Lo siento. No sabía lo que estaba haciendo. Una débil sonrisa tocó sus labios. —Es igual. Necesitamos ir a algún sitio seguro para que pueda recuperar las fuerzas. Abby estaba totalmente a favor de eso. Especialmente cuando esa extraña mujer podría aparecer repentinamente en cualquier momento. Una historia para contarle a Dante cuando no yaciese al borde de la muerte por su estúpido intento de abracadabra. —¿Puedes moverte? Él cerró los ojos para evaluar sus lesiones. —Si me puedes ayudar a levantarme. Abby se mordió los labios al deslizar una mano bajo su hombro y ayudarle a ponerse en posición vertical. Si Dante realmente había bajado su testosterona lo suficiente como para pedir ayuda, entonces tenía que estar mal. Se tambaleó pesadamente contra ella, y Abby luchó para mantenerlo derecho. —Nunca llegaremos al coche —dijo ella—. Deberíamos llamar a Viper. —No. Si puedes ayudarme a bajar al sótano, puedo recuperarme en mi guarida. Ella parpadeó con sorpresa mientras lo conducía automáticamente hacia la cercana escalera de servicio. —¿Tienes una guarida? —Por supuesto. Un vampiro necesita más que ventanas coloreadas y una cama suave para encontrarse a gusto. —Oh —Abby se sintió increíblemente estúpida. Hasta ese momento, nunca había considerado el hecho de que Dante había caminado libremente por la casa durante el día. Alcanzando las escaleras, le ayudó a agarrarse del pasamanos y juntos empezaron la caminata descendente. —Oh, ¿qué? —preguntó él, con la mandíbula apretada para combatir el obvio dolor. —Me acabo de dar cuenta de que cuando trabajaba aquí, estabas siempre despierto durante el día. ¿Las ventanas coloreadas te protegían? Dante consiguió esbozar una tensa sonrisa. —Siempre que no me pusiera directamente delante de la ventana. Respirando fuerte, Abby le presionó una mano contra el pecho para asegurarse de que no se tropezase hacia adelante. —¿Los vampiros no son criaturas de la noche? —Por regla general. —¿Pero tú prefieres el día? —Digamos que poseía unas ganas irresistibles de alterar mis hábitos. Abby recordó la naturaleza exigente de su jefa. La mujer había sido una déspota en lo que se refería a su propia comodidad. —Supongo que Selena exigió que estuvieses disponible para ella. —Sin importar sus exigencias, Selena nunca fue capaz de obligarme a complacer su preferencia por el día —su tono fue arrogante cuando le lanzó una mirada de reojo—. Sólo una mujer ha conseguido eso, querida. Sus ojos se ensancharon mientras el rubor tocaba sus mejillas. —Oh. A pesar de la extraña debilidad que todavía le atenazaba el cuerpo, Dante encontró una sonrisa curvándole los labios mientras Abby le ayudaba a bajar al profundo sótano. Extendió la mano para accionar la palanca escondida a su guarida. Siempre se había deleitado en traer un indicio de color a las mejillas de Abby. Con todo lo que había padecido en su vida, y había padecido más de lo que cualquier mujer debería hacerlo, todavía lograba ser encantadoramente inocente. El panel giró hacia dentro para revelar el cuarto que había llamado casa desde que vino a Chicago. Encendiendo la luz, esperó a que Abby entrase antes de cerrar la puerta y colocar las trampas invisibles que les deberían proteger por el momento. —No toques la puerta —le advirtió a Abby mientras se dirigía a la nevera y cogía una botella de sangre—, añadí unas pocas sorpresas para cualquier tonto que me molestara mientras dormía. Sabiamente Abby se alejó de la pesada puerta de acero. —¿Qué clase de sorpresas? —Suficiente electricidad para detener tu corazón, un dardo envenenado que te pondrá las entrañas como papilla, una maldición que arrugará las partes nobles de un hombre hasta… —De acuerdo, eso entra dentro de la categoría de demasiada información —interrumpió ella antes de que sus ojos se agrandasen abruptamente—. Dios mío. ¿Y si me hubiera tropezado accidentalmente con esta puerta? ¿Me habría quedado frita, convertida en papilla o arrugada? Tomando un profundo trago de sangre, Dante se sintió aliviado al ver que su fuerza volvía velozmente. Lo que fuera que le había ocurrido al menos no era permanente. —Tal vez frita o convertida en papilla —le lanzó una mirada mordaz por debajo de su cintura—. No tienes el equipamiento adecuado para ser arrugada. —Hablo en serio —plantó las manos en las caderas—. Podría haber muerto. Los labios de Dante se crisparon. No tenía intención de confesar que había sido vívidamente consciente de su presencia en la casa incluso durante su más profundo sueño. Que no había dado un paso sin que él lo siguiese. No podría haberse acercado a su guarida sin que él fuera consciente de ello. Se acercaba demasiado a la obsesión. —Estabas viviendo con un poderoso Cáliz y un vampiro, querida. Mi puerta oculta era el menor de tus problemas. Los labios de ella se crisparon a regañadientes con humor. —¿Te sientes mejor? —Sí. Lo que fuera que ocurrió parece desvanecerse. —Gracias a Dios. —Sí. Hubo un momento de silencio antes de que la curiosidad por fin venciese a los buenos modales, y Abby empezó a mirar discretamente alrededor de su guarida secreta. Dante se tragó lo que quedaba de sangre mientras observaba sus expresivas facciones. El cuarto tenía poco que ver con la pretenciosa mansión. A diferencia de Selena, él prefería lo elegante a lo llamativo. La cama era ancha pero construida en simple caoba con una colcha dorada y negra para hacer juego con la alfombra. Los muebles eran robustos y las paredes estaban casi escondidas por las pesadas estanterías llenas desde el suelo al techo con su colección de libros raros. Sacudiendo débilmente la cabeza, Abby avanzó hacia el escritorio para tocar su impresora y el portátil de tecnología punta. Dante se acabó otra botella de sangre y sus labios temblaron. —¿Pasa algo? —No es exactamente lo que estaba esperando. —¿Esperabas murciélagos y esqueletos polvorientos? Ella se giró para mirarlo con una débil sonrisa. —Parece más apropiado para un profesor de universidad que un peligroso vampiro. Dejando a un lado la botella, Dante se acercó merodeando a la esbelta mujer. —¿Estás insinuando que soy aburrido? Sintiendo un repentino calor en el aire, Abby lo miró con precaución. —Dante, deberíamos decidir lo que vamos a hacer después. Tenía razón, por supuesto. Otra vez su brillante idea los había conducido a que casi los mataran. Y las brujas seguían tan escurridizas como siempre. Aún peor, se le habían acabado todas las ideas acerca de cómo rastrear el aquelarre. Pero sus pensamientos se negaban mantenerse concentrados en el problema que tenían entre manos. ¿Cuántas noches había estado tumbado en esa cama sin poder dormir, atormentado con fantasías sobre Abby? ¿Con qué frecuencia había luchado contra las ganas de engatusarla para atraerla a su lado? Puede que nunca hubiera puesto un pie en esta guarida, pero su presencia atormentaba cada centímetro de ella. Continuó avanzando, y no se detuvo hasta que la tuvo firmemente envuelta en sus brazos. —No contestaste a mi pregunta, querida. ¿Me encuentras aburrido? Sintió como ella contenía la respiración y sus místicos ojos azules se ensombrecían con conocimiento. —No deberíamos distraernos —protestó, aunque sus manos ya se estaban deslizando hacia arriba por su pecho para rodearle el cuello. —Demasiado tarde. Con un movimiento suave, la cogió en brazos y la colocó en medio de la cama. El aire se escapó de sus pulmones conforme Dante empezó a librarla enérgicamente de las molestas ropas. —Dante. Echando a un lado sus zapatos y sus calcetines, estiró las manos para quitar la daga enfundada y luego volvió a moverlas para abrir la cremallera de sus pantalones. —No sabes cuántas noches me atormentaste, querida —con rapidez, le quitó los pantalones de las piernas de un tirón, y volvió la atención a su blusa—. Vigilándote, oliendo tu perfume, sintiendo tu calor. Fue realmente suficiente para enloquecer a un vampiro. Un rubor tocó sus mejillas cuando le quitó la blusa y la observó con una mirada soñolienta. Condenado infierno, era un bocado delicioso. Estirada sobre la colcha dorada y negra, llevando nada más que el sostén de encaje y el tanga, habría hecho que el vampiro más refinado jadeara de necesidad. Su persistente debilidad fue sustituida por una gigantesca ola de necesidad pura. Sosteniendo su mirada, Abby sonrió lentamente. —Bien. Dante enarcó las cejas al poner las manos a cada lado de su cabeza y presionar la parte inferior de su cuerpo contra el de ella. —¿Bien? Las manos de ella le recorrieron los brazos y el pecho, donde empezó a tirar de los botones de su camisa. —Tú me atormentaste bastante —explicó Abby. Dante bajó la cabeza para acariciarle el lugar sensible justo debajo de su oreja. —¿Por qué no viniste a mi cama? Su camisa le fue toscamente sacada del cuerpo. —¿Crees que me meto en la cama con cada vampiro que encuentro? —preguntó. El demonio dentro de él se encolerizó. —Creo que el único vampiro con el que te irás a la cama de ahora en adelante seré yo. Puedes apostarlo. Se inclinó para mordisquearle la oreja y fue recompensado por un agudo estremecimiento de anhelo que recorrió el cuerpo de Abby. Su propio cuerpo ya estaba duro y dolorido mientras besaba un camino bajando por su cuello y luchaba para deshacerse de las ropas restantes. Luego, usando los colmillos completamente extendidos, tiró a un lado el sostén. Abby se quedó sin aliento cuando sus dientes le rasparon la delicada piel, y Dante contuvo un gemido. —Condenado infierno, ojalá pudiera saborearte —masculló mientras buscaba su endurecido pezón con la lengua. Los dedos de Abby se enredaron en su cabello mientras se arqueaba hacia arriba. —¿Saborear? ¿Quieres decir, beber mi sangre? —No hay nada más íntimo que compartir sangre —murmuró—. Y nada más erótico. —Esto parece suficientemente erótico —gimió—. No estoy segura de poder aguantar más. Dante lamió la parte inferior de su pecho a la vez que deslizaba las manos sobre su piel suave. Su calor le penetró en el cuerpo, en su corazón muerto. —Te sorprenderías, querida —le aseguró mientras se colocaba más firmemente entre sus piernas—. Aún no hemos comenzado a explorar las posibilidades. Sus piernas le rodearon las caderas con obvia invitación. —¿Quieres decir la nata montada? —Nata montada, fresas... cadenas. —¿Cadenas? En tus sueños, tío. Yo… —con una risa suave, Dante entró en su húmedo calor. La pura sensación ondeó a través de él cuando ella le clavó las uñas en los hombros y jadeó de placer. —Oh sí. —Oh sí —susurró mientras agachaba la cabeza para besarla con tierna necesidad. Enterrado profundamente en su interior, Dante hizo una pausa para saborear la sensación de estar tan íntimamente entrelazados. No importaba si tenían una eternidad para explorarse, nunca se cansaría de esta mujer. Nunca tendría bastante de su dulce calor. Nunca estaría lo suficientemente cerca. Abriendo los ojos ante su vacilación, Abby lo observó con una mirada penetrante. —¿Dante? ¿Pasa algo malo? Él le tocó la frente con los labios. —Todo está perfecto, mi amor —murmuró, empujando las caderas más profundamente antes de retirarse lentamente para empujar otra vez—. Eres perfecta. Abby apretó las piernas alrededor de su cintura, con su bella cara ruborizada. —Apenas perfecta. —Nunca discutas con un vampiro. Siempre tenemos razón —un gruñido salió de su garganta cuando ella levantó las caderas y su miembro se hundió hasta el fondo. Condenado infierno. Necesitaba más. Necesitaba conectarla a él de una manera que los uniese para siempre—. ¿Abby? Ella jadeaba mientras él seguía bombeando en su interior. —Dante, ¿esta conversación no puede esperar? Es un poco difícil pensar ahora mismo. Él le lamió los labios con la lengua. —Quiero darte algo. Las uñas de Abby se hundieron más profundamente, enviándole un estremecimiento de placer que lo atravesó. —¿Qué? —Un regalo Ella gimió. —¿Ahora? —Ahora —Pero… Era obvio que estaba llegando velozmente al clímax, por lo que Dante bajó el ritmo. —Quiero darte mi sangre. Abby abrió mucho los ojos, un indicio de aversión que dejó ver que no tenía ni idea del honor que le ofrecía. —Yo… um… Es muy loable, pero tengo que serte sincera y decirte que beber sangre está bastante alto en mi lista de cosas asquerosas. Él sonrió amablemente. —Abby, un vampiro no ofrece su sangre fácilmente a otro. Es un raro símbolo de confianza porque da poder al que la ingiere. —¿Poder? ¿Crees realmente que necesito más? No parece que pueda controlar el que tengo. —Poder sobre mí. Ella se quedó quieta bajo él. —¿Cómo? Dante le rozó suavemente las mejillas con los labios y le mordisqueó con gentileza los labios hinchados. —Serás parte de mí. Sentirás mis emociones, conocerás mi corazón, y me sentirás donde quiera que pueda estar —se apartó para mirarla profundamente a los ojos—. Incluso si estoy escondido en lo profundo de la tierra para cicatrizar. A Abby le llevó un largo momento darse cuenta del alcance de su fe en ella. Poder sentir sus emociones, saber si mentía, ser capaz de descubrirlo aun cuándo fuera más vulnerable… Pocos vampiros alguna vez ofrecerían tal confianza. No a cualquiera. Por fin pareciendo sentir la profundidad de su oferta, Abby frunció un poco el ceño. —¿Por qué? ¿Por qué harías eso? —Porque así es como escoge un vampiro a su compañera —dijo sin titubear—. A la mujer que amará por toda la eternidad. Sus ojos azules se suavizaron con una ternura que brilló tenuemente por todo el cuerpo del vampiro. —Oh, Dante —sus manos se movieron para enmarcarle la cara—, sería un honor para mí ser tu compañera. Sosteniéndole la mirada, Dante elevó la mano hacia el cuello. Antes de que pudiera protestar, usó una uña para hacerse una pequeña incisión. Sólo después de que sintiese la preciosa sangre comenzar a gotear por su piel, puso una mano detrás de la cabeza de Abby y presionó su boca en la herida. —Bebe —le ordenó suavemente. Hubo un momento de vacilación antes de que sintiese que sus labios se abrían y suavemente chupaba su fuerza vital. Dante casi saltó de la cama cuando su cuerpo se embriagó con la dicha cruda y primitiva. Santo infierno. Sabía lo que experimentaría Abby. Con su sangre en las venas, sus sentidos serían más definidos, más lúcidos, más brillantes. El mundo mismo parecería más enfocado. Y, claro está, sería consciente de él de un modo que los mortales no podían ni imaginar. Pero no se había dado cuenta de la naturaleza puramente erótica de dejarla alimentarse de él. La pasión y el hambre le inundaron. Una necesidad abrumadora de marcarla como suya. Enredó los dedos en su pelo al presionarla incluso más cerca. Se sintió como si estuviera siendo consumido, y nada había sido tan glorioso. Con cada tirón de sus labios, las caderas de Dante comenzaron a empujar adelante, y la necesidad aumentó hasta un dolor insoportable. Ella gimió. Él gruñó. Se agarraron el uno a otro. Avanzaron juntos. Y entonces los poderes del Fénix dentro de Abby comenzaron a arder a fuego lento y llamearon, envolviéndolos a ambos en una capa de sofocante calor. Dante sofocó un gemido de placer conmocionado mientras empujaba hasta el mismo centro de ella. El deseo los nubló, conduciéndolos hacia la cima, hasta que, con un clímax explosivo, ardieron juntos en llamas. Capítulo 17 Todavía jadeando y empapada de sudor, Abby flotó lentamente de regreso a tierra. —Guauu —susurró. El sexo con Dante era como correr una maratón. Sólo que mucho más divertido. Moviéndose a un lado, Dante la cogió entre sus brazos. —Guauu, en verdad. Ella apretó los labios en el pecho de él, notando distraídamente que la piel era fresca y seca. Tuvo miedo de levantar la mirada. Sin duda su cabello también era perfecto. Malditos vampiros. Una sonrisa curvó bruscamente sus labios. Su vampiro. Cerró brevemente los ojos, absorbiendo las desconocidas sensaciones que se habían instalado profundamente dentro de ella. Como un susurro dentro de su mente, podía sentir a Dante. El pequeño resplandor de su placer saciado. El amor violento que fluía por cada parte de él. Y, en general, el temor enfermizo de que no sería capaz de protegerla. Abrió los ojos de un tirón para descubrir a Dante observándola con una mirada penetrante. —No tenía la menor idea —sacudió ligeramente la cabeza—. Es tan intenso. —¿Cómo te sientes? —Fabulosa —miró a Dante reír con una atractiva sonrisa de pirata, haciéndose más atractiva por los colmillos que todavía estaban completamente extendidos. ¿Cuán extraño era eso? De repente sus ojos se ensancharon con horror—. Ah. Sus brazos la apretaron. —¿Qué pasa? —¿No me convertiré en un vampiro, verdad? —No —dejó caer un beso en la cima de sus rizos, afortunadamente sin sentirse insultado—. Convertir a alguien es un poco más complicado. Y ni siquiera podría ser posible mientras tú seas el Cáliz. El Fénix haría cualquier cosa para protegerse. Tranquila de no estar a punto de transformarse en nada inhumano por el momento, se acurrucó más cerca a su duro cuerpo. —Deseo que permanezcamos aquí. —¿Escondidos del mundo? —Por lo menos en unas prolongadas vacaciones —echó la cabeza hacia atrás para encontrar su mirada plateada—. Creo que nos merecemos unos pocos días libres, ¿no estas de acuerdo? La miró durante un momento con un atisbo de pena. —No puedo imaginar nada que me hiciera más feliz. —¿Pero? Él parpadeó. —¿Cómo sabías que había un pero? Abby dio un suspiro. —En mi mundo, siempre hay un pero. —A veces eres una mujer muy extraña, querida. —¿Pensabas que era hermosa, valiente y sexy como el infierno? —Todo eso —concordó él rápidamente, con una sonrisa débil jugando en sus labios—, y ocasionalmente extraña. —Bastante irónico viniendo de un vampiro. Él se agachó para darle un rápido beso en los labios. Demasiado breve. —Odio admitir esto, pero no podemos demorarnos más tiempo. Eso no era lo que quería oír. No cuando aun se sentía caliente y mareada, y lo mejor de todo, segura. —¿Tenemos que irnos ahora? —Es demasiado arriesgado permanecer aquí por más tiempo. Si la casa está siendo vigilada, entonces podríamos encontrarnos rodeados por el tipo de criaturas que nadie quiere encontrar en una noche oscura. —¿Pero no podrían entrar aquí, verdad? Él levantó los hombros. —Probablemente no, pero tarde o temprano tendremos que irnos. Dante rodó de la cama, y antes que ella pudiera apreciar la vista de su duro cuerpo de alabastro, ya estaba impecablemente vestido de Gucci y con aspecto absolutamente delicioso. Maldición. Esto empezaba a ser una verdadera molestia para ella. —Si estamos a salvo, ¿por qué tenemos que irnos? —demandó ella. Él levantó una de sus cejas negras como el azabache. —No querrás estar encerrada en un cuarto con un vampiro hambriento, querida. Aunque no puedo beber sangre humana, no dudo que me pueda poner un poco irritable. Además, dudo que las brujas sean lo suficientemente consideradas para aparecer en nuestro umbral. Lanzando un suspiro, Abby se incorporó y apartó sus enredados rizos lejos de su cara. —Bien, sigamos hacia adelante y hagamos lo correcto. Por lo menos, puedes alcanzarme las ropas que me quitaste. —Tu deseo es una orden para mí —con una exagerada reverencia, se inclinó para recuperar las ropas que estaban dispersas por todas partes. —No es esto lo que se supone que un genio... —sus burlonas palabras se interrumpieron cuando vio a Dante tomar las ropas en las manos y entonces ponerse lentamente rígido. Con una extraña expresión, acercó la camisa a la nariz—. ¿Dante? ¿Estás oliendo mi camisa? Sus ojos plateados brillaron con un resplandor peligroso. —Huele a demonio. Abby se puso rígida. ¿Acaba de decir que ella olía como un demonio? Probablemente había sufrido insultos peores, pero en ese momento no podía pensar en uno. —¿Discúlpame? Él hizo otra profunda inhalación. —No reconozco la clase, pero has estado definitivamente cerca a un demonio. Ah. Bien, eso era mejor. Por poco. —Sí, he estado cerca a un demonio —le echó una mirada mordaz—. Tan cerca como se puede estar. ¿No lo recuerdas? Sé que eres viejo, pero vaya mierda. Su expresión permaneció inaccesible. Duramente. —Un demonio, no un vampiro. Su sangre se agitó dentro de ella. Abby podía sentir fácilmente su concentración letal. Un depredador tras un rastro. —Eso es imposible —se quejó ella. Habría sabido si algún demonio hubiera frotado su camisa como lo haría cualquier mujer normal…— ¡Ah! —¿Qué? Abby se abofeteó la frente con la palma de la mano. Cristo, debía estar perdiendo el juicio. —Había una mujer extraña que interrumpió mi hechizo —confesó ella. —¿Arriba? —Sí. Abby tembló cuando la sangre de Dante se calentó con furia. —¿Qué aspecto tenía? Luchó por recordar. Había estado ligeramente preocupada en ese momento. —Humana, en gran parte, aunque era mucho más elegante que una simple mortal. E increíblemente fuerte. —¿Tenía la forma de un humano? —Sí. Una mujer hermosa. Tenía el pelo oscuro y unos asombrosos ojos dorados. Ah, y la piel tenía un extraño resplandor de bronce. Los ojos de él se agrandaron cuando levantó la camisa hacia su nariz una vez más. —¿Un demonio de Shalott? Pensé que todos habían huido de este mundo. ¿Te atacó? —Sí… no. La apuñaló con una penetrante mirada —¿Abby? Ella se encogió de hombros impotente. —Creo que buscaba pasar el rato. Me pudo haber matado mientras no estabas, pero huyó. Dijo que alguien la llamaba. —Maldición. —¿Qué pasa? —Abby se sentó en el borde de la cama—. ¿Es peligrosa? —No lo sé, y eso es lo que me tiene loco —sacudió bruscamente la cabeza—. Debemos salir de aquí, ahora. —¿A dónde vamos? —A ver si puedo encontrar el rastro del Shalott. Cuándo estaban en este mundo, eran asesinos. Si podemos seguirla hasta su empleador, quizás descubramos lo que hacía aquí. Había un filo en su voz. Un agudo entusiasmo por la persecución. —¿Asesinos? —preguntó ella. —Asesinos muy efectivos. Si cualquiera de nosotros hubiéramos sido su objetivo, ya no estaríamos aquí para contar la historia. —Mierda —¿Había un fin para los repelentes bichos que habitaban la noche?— Dante. —¿Sí? Ella se mordió el labio inferior. Si esta asesina era tan mortífera, no tenía ganas de ir en su persecución. —¿Importa la razón por la que estuviera aquí? No puede tener una conexión con las brujas. —Hay alguna conexión. —¿Cómo lo sabes? —Hay un hechizo sobre ella. —¿Puedes oler eso? —Puedo oler el temor. Y un demonio Shalott no teme a nada excepto a la magia. Maldición. Él era bueno. —Podría ser ese mago horrible. —Ya estaríamos muertos si lo fuera. Hubo un silencio siniestro mientras Abby se obligó a tragar. Dante tenía razón. El mago psicópata ya la tendría asándose lentamente sobre un fuego o en una tumba. —Supongo que sí. Dante avanzó para colocar las ropas en sus reacias manos. —Es la única pista que tenemos en este momento, querida. Creo que debemos seguirla. —Está bien. Supo que sus palabras sonaban petulantes, pero no pudo evitarlo mientras se ponía sus ropas y echaba hacia atrás su cabello. Su idea de excitación era alquilar una película y tomar un bol de palomitas. No una sesión de gladiador con una pandilla de demonios. Esperando en silencio a que ella se recuperase de su ataque de autocompasión, Dante dio un paso hacia adelante para entregarle su daga enfundada. —No te olvides de esto. —Maldición —ella lanzó un débil suspiro—. Debería haberla utilizado antes. Menuda salvadora del mundo resulto ser. De repente estuvo en los brazos de Dante, con la mejilla rozando la de él. —No digas eso, Abby. No hay otro mortal que aún estuviera vivo después de que lo que has experimentado. No era verdad, por supuesto. Pero de todas formas la hizo sentir mejor. Colocó la cabeza contra el pecho de él. —No entiendo cómo esto me sucedió a mí. No soy ninguna asesina escogida o una cazadora de demonios. Demonios, ni siquiera sabía de la existencia de demonios —sus labios se torcieron—. A menos que cuentes a mi padre. —Quizás fue el destino —murmuró él. —Entonces el destino apesta. Una risita salió de su garganta cuando dio un paso atrás para observarla con una mirada penetrante. —¿Estás lista? —No. Él le tiró suavemente del cabello. —Vamos. Dante tenía menos ganas que Abby de abandonar la paz de su guarida. ¿Qué más podía desear un vampiro? La mujer que había escogido como su compañera. Una enorme y cómoda cama. Ningún teléfono, ningún vecino, ningún pariente. Radio por satélite para que nunca se perdiese un partido de los Cubs . El paraíso. Desgraciadamente aún había hordas de demonios, magos, y zombis esperando la mínima oportunidad para atraparlos. Tomando su mano, la llevó hacia la puerta, deteniéndose cuando tocó la cerradura y maldijo en voz baja. En silencio la puerta se deslizó hasta abrirse, y él dio un paso hacia adelante. Inmediatamente se dio cuenta de que algo estaba mal. —Espera —susurró. Abby se detuvo instintivamente. —¿Hay algo ahí fuera? Él olfateó lentamente el aire. Había humanos cerca. Por lo menos cuatro. Y uno de ellos le era muy familiar. —El mago está aquí. Arriba. —Mierda —él la oyó aspirar profundamente—. ¿Lo esperamos aquí? Dante no vaciló. —No. El mago ha logrado utilizar el poder del Señor Oscuro. Con el tiempo, será capaz de descubrir esta guarida. El rostro de Abby palideció. Si no llevara el Fénix en su interior, él podría borrarle los horribles recuerdos del mago y su pandilla de zombis. De momento era otra carga que tendría que llevar sobre los hombros. —La puerta... —No podemos permitir que nos atrapen. —¿Entonces intentamos escapar? —Creo que en esta ocasión la cautela nos será más útil. Los ojos de ella se ensancharon. Estaba pensando que él había perdido el juicio. Y quizás tuviera razón. —¿Piensas moverte furtivamente entre ellos? —Sí. —Genial. —Confía en mí. De la garganta de Abby salió un gruñido bajo. —Uno de estos días. —Por aquí —intensificó el apretón sobre los dedos de ella y la sacó del cuarto. En silencio se movieron hacia la parte trasera del sótano. Alcanzando la pared, Dante se agachó para quitar la rejilla que escondía un corredor secreto. Ningún vampiro que se apreciase estaba a salvo sin un pasadizo secreto. A su lado Abby dejó escapar un jadeo sofocado. —¿Un túnel? —Lleva más allá de las verjas —explicó él, sosteniendo su mirada—. Camina dos bloques hacia el norte y espera en el rincón detrás del roble grande. ¿Puedes recordar eso? Le llevó un momento entender sus palabras. —No, Dante. No me iré sin ti —Si no dejo un rastro falso, entonces estarán sobre nosotros antes que podamos alcanzar la salida. Además, debo averiguar cuál es la dirección que el Shalott tomó cuando abandonó los terrenos. Ella estiró la mano para agarrarle el brazo. Dante se estremeció cuando sintió el calor de sus dedos sobre su camisa. El Fénix reaccionaría a sus emociones hasta que ella aprendiera a controlar sus poderes. —No puedes... Suavemente se liberó de su apretón, llevando sus dedos a los labios. —No temas, querida. Soy demasiado rápido para que puedan hacerme daño. No se sintió obligado a explicarle que pensaba enfrentarse al molesto mago y terminar de una vez con su interferencia. La “divulgación completa” era para los abogados, no para los vampiros. Aunque la mayoría de las personas parecieran creer que no había mucha diferencia entre los dos. Una sanguijuela era muy parecida a la otra. —¿Qué pasa si tienen alguna trampa mágica? Él enarcó una ceja. —No estoy completamente indefenso. Este fue una vez mi hogar. Tengo algunas trampas propias. —Dante. Él le dio un beso en la palma de la mano y retrocedió. —No hay argumentos que valgan. Ella frunció el entrecejo ante su tono severo. —Estás demasiado apegado a dar órdenes, vampiro. —Y tú demasiado apegada a ignorarlas, Cáliz —sostuvo su mirada durante un largo rato—. Debes hacer esto por mí. —No me gusta. —Sí, lo sé —se giró al lado de la entrada del túnel y miró cómo ella se agachaba a regañadientes y daba un paso en la oscuridad. Le puso el teléfono móvil que tenía en el bolsillo en la mano—. No salgas del túnel si presientes que alguien está cerca. Llama rápidamente a Viper y él vendrá. Los ojos de Abby brillaron con frustración. —No te atrevas a permitir que te suceda algo o... —¿Me clavarás una estaca en alguna parte desagradable? —terminó por ella. —Sí. Él rozó sus labios en un beso prolongado. —Tendré mucho cuidado Capítulo 18 Rafael cantó un sencillo hechizo mientras se movía por la destrozada casa. Se encontraba frustrado por depender de la magia que cualquier novato de más baja categoría podía realizar. Magia que no había utilizado desde que era un acólito inexperto. Pero después del desastre de perder el Cáliz cuando estaba a su alcance, no era lo suficientemente insensato para osar utilizar los poderes del Señor Oscuro. No había vivido tantos años por ser estúpido. El Príncipe poseía la desagradable costumbre de castigar a los que lo decepcionaban. No había necesidad de atraer la atención sobre sí mismo. Llegando al vestíbulo, se detuvo y extendió las manos. Dando una orden, estudió las espirales de color que aparecieron brevemente en la oscuridad. —Ellos han estado aquí —dijo con satisfacción a los tres discípulos que se detuvieron detrás de él en respetuoso silencio. O quizás en un aterrorizado silencio. Desde la muerte de Amil, una tensa cautela reinaba entre los fieles. Lo que convenía perfectamente a Rafael. Él prefería de lejos ser temido que respetado. El miedo sólo alimentaba su poder. Observó cómo los colores empezaban a desvanecerse—. Un vampiro, un humano y… ah, la mascota de las brujas. —¿Las brujas tienen el Cáliz? —una débil voz demandó detrás de él. Una fría sonrisa curvó sus labios cuando giró hacia los sirvientes que esperaban. —No. Ella todavía esta cerca. Puedo sentir su poder. Busquen en la casa. Y recuerden, que deseo vivo al Cáliz. El mayor de los discípulos dio unos pasos hacia adelante. —¿Qué hacemos con el vampiro? —Mátenlo. Los tres se fundieron en la oscuridad como verdaderas sombras, al tiempo que una carcajada terrorífica resonaba en el vestíbulo. —Fácil de decir; no tanto de realizar. Rafael se tensó antes de forzarse a fingir una indiferencia que estaba lejos de sentir. No podía permitir que el vampiro se diera cuenta que estaba sin sus poderes. No si iba a sobrevivir. —Bien, bien —arrastró las palabras, colocando su espalda contra la pared. No le permitiría a la bestia moverse furtivamente por detrás—. Si no es este el fiel perro de caza... ¿Habrá crecido tanto la arrogancia de tus señoras que creen que un lastimoso vampiro puede derrotarme? ¿O simplemente están desesperadas? —Nada de eso —una voz incorpórea flotó por el aire—. Solamente me he cansado de tu tediosa persecución. —Entonces, afortunadamente para ti, está a punto de finalizar. Es tiempo de acabar contigo de una vez por todas, vampiro. Dante estaba preparado cuando el mago lanzó de su mano un rayo de fuego en su dirección. Con su velocidad inhumana, esos trucos de salón eran un esfuerzo malgastado. Algo que el mago tenía que saber. Dante permaneció cauteloso al acercarse. No iba a ser capturado por ninguna trampa oculta. —Dime, ¿cómo está Amil? —provocó, extendiendo sus sentidos para buscar peligros ocultos. Una sonrisa tocó los delgados labios. —Encontró que los deberes de un sirviente le eran muy difíciles de manejar. Decidió que convertirse en un sacrificio para el Príncipe era más de su gusto. —Qué noble de su parte. Una sonrisa despectiva tocó los pastosos rasgos. —Era un llorón y débil gusano que debió ser estrangulado al nacer. Aun así, sirvió a su propósito. Hubo otro rayo de energía que se estrelló contra la pared y quemó la madera. Fastidiosamente, Dante no podía notar nada más que lo advirtiese de la intención del mago. No se arriesgaría hasta estar seguro que no había sorpresas desagradables. —El Príncipe siempre demandaba una buena y ensangrentada porción de carne de cañón para poder mantenerse satisfecho. Con todo, debe ser muy difícil encontrar víctimas bien dispuestas hoy en día. El mago se encogió de hombros. —El Príncipe nunca ha demandado que un sacrificio esté bien dispuesto. —Una deidad encantadora. —Una deidad poderosa. Dante se rió con simulada alegría. Quería al mago distraído y con la guardia baja. Absolutamente listo para cometer un error. Su último error. —Tan poderoso que fue condenado al destierro por un puñado de brujas humanas. De la garganta del hombre salió un profundo gruñido. —Sus devotos le fallaron, por haberse relajado y dormido en los laureles. Me aseguraré que esto no suceda otra vez. Dante se estaba acercando poco a poco. Una vez que Dante tuviera los colmillos profundamente hundidos en su garganta, el mago estaría indefenso. Este necesitaba sus cuerdas vocales para musitar sus hechizos. —¿Y crees que te recompensará generosamente? Un orgullo cercano al fanatismo intensificó el anguloso rostro. —Gobernaré a su lado. Esta vez la risa de Dante fue genuina. —Eres aún más tonto que Amil. El Príncipe gobierna solo, y los que lo veneran no son más que bichos bajo su poder. —¿Cómo lo sabes, vampiro? No veneras nada. No crees en nada. —Por lo menos soy lo suficientemente sabio para no entregar mi alma a alguien que, con seguridad, no me ofrecerá más que traición. El mago hurgó en su bolsillo para sacar un pequeño cristal. Dante vaciló. ¿Por qué utilizaría un juguete mágico cuando poseía el medallón del Señor Oscuro? Una azulada llama golpeó en su dirección. Se estrelló contra el piso, y la mansión gimió como si un huracán la derribara al suelo. Dante esquivó fácilmente el peligro, su mente en estado de hiperactividad. Aunque no podía detectar la magia, aún podía sentir el poder que rodeaba al mago. Había una energía latente que podría destruir el bloque por completo, pero aún así el mago rechazaba acercarse a ella. ¿Por qué? Le llevó a Dante un largo momento darse cuenta por fin de la verdad. Por supuesto. Con una risita baja, se despidió de las sombras que lo habían envuelto. El mago no invocaba al Señor Oscuro porque estaba aterrorizado de que su dios quizás estuviese esperando la oportunidad de vengarse por haberle fallado. Era perfecto. Dio un paso hacia adelante, con los brazos doblados con negligencia sobre su pecho. Observando su acercamiento, el mago se lamió los delgados labios. —Supongo que intentas mantenerme ocupado para que la mujer escape —vociferó él—. Un esfuerzo inútil. Mis sirvientes pronto la tendrán a su alcance. Dante solamente sonrió. —Conozco a algunos de tus sirvientes, y no puedo decirte que esté excesivamente preocupado. Sin advertencia, se lanzó contra el cuerpo demacrado. Quería acabar con esto. Abby estaba sola, y aunque estaba completamente seguro de la habilidad de ella para enfrentarse contra enemigos humanos, todavía había demonios capaces de detectar la presencia del Fénix. Hundiendo profundamente sus uñas en los brazos del hombre, permitió que sus colmillos se alargaran. Antes de estar encadenado al Cáliz, habría dejado seco al hombre. Ahora tendría que contentarse con arrancarle la garganta. Lástima. Agachó la cabeza. Desgraciadamente el mago no estaba listo para ser sacrificado sin pelear. Con fría determinación, el mago combatía, sus cantos en voz baja llenando la oscuridad incluso mientras rebuscaba en su bolsillo para sacar una lisa estaca de ébano. Un chorro de luz llenó de repente el vestíbulo, cegando a Dante y forzándolo a retroceder. Una estaca era una estaca, y él no permitiría que el exceso de confianza le ocasionara la muerte. Rodeó con cuidado al hombre, esperando una oportunidad. El mago echó un vistazo a sus brazos ensangrentados. —¿Sabes que no hay ninguna necesidad de que seamos enemigos? Te podría liberar de la esclavitud. Entrégame el Cáliz y me aseguraré de que seas puesto en libertad. Con fluidez Dante alargó la mano para cortar la cara del hombre. —¿Crees que confiaría en ti? El mago se estremeció pero su compostura nunca flaqueó. —¿Por qué no? No gano nada con matarte. Por el momento, eres un obstáculo, pero si te apartases, podríamos llegar a ser aliados valiosos. —Tentador, pero creo que no. —¿Las brujas te tienen intimidado? —se mofó él, sosteniendo despreocupadamente la estaca en sus dedos como si se hubiera olvidado que la tenía. Dante no era estúpido. El mago esperaba provocar su ira y así tener la oportunidad de golpear—. Patético. Dante se encogió de hombros. —No tiene nada que ver con las brujas. —Entonces… —el mago rió repentinamente—. Ah, por supuesto. Has venido a cuidar de la chica. Estás mucho más que intimidado; estás completamente castrado. —En realidad, no has adivinado la razón más obvia de porqué me niego a unir fuerzas contigo. Los fríos ojos se estrecharon. —¿Y cuál es? —No me gustas. Al fin dándose cuenta de que Dante no iba a ser intimidado o coaccionado, el mago apretó el medallón alrededor del cuello. Tendría que arriesgarse a la ira de su maestro si no quería morir en ese vestíbulo. Dante se agachó, preparándose para el próximo ataque. A pesar del bochornoso aire de la noche, Abby tiritaba. Era por algo más que el escalofriante viaje por el túnel infestado de arañas. O la comprensión que al estar en la esquina ella sola bien podía estar llevando un letrero que dijera "Ven a comerme" a cada demonio de Chicago. Era más la presencia de Dante la que se colaba en su mente. Quizás no fuese capaz de leer sus pensamientos, pero sus emociones eran patentemente claras. Él no estaba dejando un rastro falso. Ni tampoco siguiendo el olor del extraño demonio. Estaba confrontando al mago. Podía sentir su mortal propósito como si fuera propio. ¡Qué el infierno se lo lleve! Ella iba a… Su imaginación le falló, pero iba a ser realmente, realmente malo. Cocinando posibles venganzas, Abby se congeló cuando oyó el sonido inconfundible de pasos acercándose. —Estoy cansado de esta mierda. Yo no soy un sabueso fanático —murmuraba una voz masculina—. La hemos perdido. —Cállate y sigue buscando. A menos que quieras volver con el maestro y confesar que le has fallado —demandó una voz helada. En silencio Abby se apretó contra un arbusto al lado de un árbol. Sus perseguidores parecían ser humanos, pero no estaba excesivamente aliviada por ello. No después de haber visto lo que el mago hizo con el aquelarre. Puaj. —Ella podría estar en cualquier lugar. —Escúchame, imbécil —esforzándose por ver a través de las hojas, Abby vio un hombre bajo y rechoncho agarrando por la garganta a un chico con la cara cubierta de granos—. Cuando encontré a Amil, estaba desparramado sobre el altar como un puerco asesinado. No tengo la intención de unirme a él en el infierno. Por lo menos aún no. Otro hombre con la constitución de un defensor trasero y que poseía una expresión de salvaje estupidez, apretaba las manos en puños. —Quizás el vampiro nos haga un favor y mate al bastardo —gruñó él. El hombre rechoncho se giró para encararlo. —¿Estás dispuesto a arriesgar tu vida por un vampiro indefenso? —esperó a que alguno de los otros hombres hablase. Obviamente no eran tan estúpidos como parecían cuando vio a ambos dejar caer las cabezas para estudiarse los dedos de los pies—. Bien. Separaros y buscad por este bloque. Hubo un momento breve y lleno de tensión, como si los dos imbéciles estuvieran considerando clavarle un cuchillo al otro zoquete. No había honor entre ladrones y todo eso. Entonces, aparentemente entrando en razón, se dieron la vuelta y caminaron a regañadientes calle abajo. Abby se forzó a quedarse completamente quieta mientras esperaba a que el hombre alegre que quedaba estuviera en camino. Había todo tipo de escondites por registrar. La mayoría de aquellos lugares eran mucho más apropiados para esconderse que su triste y ralo arbusto. El hombre no se escabulló. Ni siquiera se fue lejos. Se quedó tan arraigado en ese lugar como un roble antiguo. Parecía que su ramalazo de mala suerte permanecía firmemente intacto. Con un gran gesto que hubiera ocasionado la risa de Abby en circunstancias normales, el fastidioso zoquete rebuscó en el bolsillo de su pesada túnica y sacó una piedra extraña que colgaba de una cadena. Sosteniéndola hacia arriba, comenzó a cantar en voz baja. Abby no sabía lo que la piedra hacía, pero estaba segura que no sería nada bueno. Absolutamente nada bueno, reconoció ella cuando la piedra resplandeció con un matiz púrpura y una sonrisa afectada tocó la redonda cara. —Estás cerca, Cáliz. Puedo sentirte —se movió, buscándola cerca de los coches estacionados. Escudriñó las ramas del árbol. E inevitablemente esparció las hojas del arbusto—. Hola. ¿Qué tenemos aquí? Abby debía haber estado aterrorizada. O como mínimo ligeramente temerosa. En lugar de eso estaba sincera y realmente fastidiada. Maldita sea. Ella no estaba buscando problemas. Todo lo que quería era encontrar a las brujas y acabar con todo ese ridículo asunto. ¿Por qué demonios no podían dejarla sola? Mientras su genio aumentaba, también lo hizo un cálido hormigueo que llenaba su sangre. El Fénix en su interior se preparaba para hacer lo necesario con el fin de protegerse. Y no había una maldita cosa que pudiera hacer para detenerlo. Apretándose contra las espinosas ramas, levantó la mano en alto. —Retrocede. —¿O qué? ¿Gritarás? —No quiero herirte. Hubo un golpe antes que se carcajeara con una desagradable risa. —¿Herirme? —Sí. —No tienes ni la habilidad ni el valor. Ese es el problema contigo “niñita de papá” —miró deliberadamente hacia abajo—. No tienes pelotas. El fuego ardió con más ímpetu. Totalmente infernal. ¿Por qué no se callaba el idiota y se iba? Se lo había advertido, ¿no? Por supuesto que él poseía testosterona. Una advertencia ofrecida por una mujer era tan buena como ondear una bandera roja delante de su cara. —Te digo que si no me dejas sola serás tú quien no tenga ninguna pelota. —¿Crees que tu vampiro vendrá presuroso a rescatarte? Puedo prometerte que él ya está en una tumba, donde pertenece. Abby sacudió la cabeza. No sabía mucho, pero sí que Dante no estaba en ninguna tumba. No hasta que pusiera sus manos sobre él. —No, él está vivo. El hombre se encogió de hombros. —No importa. Pronto estará muerto o convertido a nuestro bando. El maestro tiene un talento especial para reclutar —el rostro ovalado se endureció—. Incluso a aquellos que nunca quisieron adorar al Señor Oscuro. —No es demasiado tarde —instó ella—. Puedes irte. —¿Irme? Nadie se va. No a menos que tengan ganas de morir —gruñó él—. Has malgastado gran parte de mi tiempo. Vamos. —No. —Mierda —Levantó un puño amenazante—. ¿Crees que no te haré daño? El maestro dijo que te quería viva, pero no dijo en qué estado. Abby no dudó de sus ganas de herirla ni un momento. Presentía que obtenía un gran placer al pegar a personas más débiles que él. Al igual que su padre. Pero él no era demonio o zombi, ni siquiera un poderoso mago. Ella sabía en lo más profundo de su corazón que podía ganarle con terrible facilidad. —Cretino, iré, pero primero tienes que retroceder —replicó ella, esperando ganar algo de distancia. —¿Piensas que soy tan estúpido? —los pequeños y brillantes ojos se estrecharon cuando estiró la mano para coger un puñado de pelo—. He tenido suficiente, vamos. Los ojos de Abby lagrimearon cuando él le tiró salvajemente del pelo. Ella se encontró cayendo, y por puro reflejo, se aferró al brazo del hombre. Sólo había pensado en evitar plantar la cara en el suelo, pero en el instante en que sus manos tocaron la muñeca del hombre, un chorro de calor estalló de sus palmas. El hombre dio un agudo grito al soltar libre su mano y sostenerla cerca del pecho. —Tú… ramera. Estúpida ramera —rechinó, con un odio malévolo brillando en sus ojos—. Pagarás por esto. Un dolor tensó el estómago de Abby. Reconocía esa expresión. Lo hacía. La había visto muchas veces. Reviviendo otros instantes de horror, observó como el hombre apretaba el puño y lo levantaba para golpear. No. Se puso de pie. No otra vez. Nunca otra vez más. Preparándose para lanzarle un atroz gancho de derecha, el hombre estaba demasiado cegado por la furia para considerar que una mujer diez centímetros más pequeña y cuarenta y cinco kilos más ligera pudiera vencerle. No hasta que ella saltó hacia adelante y colocó las manos en el centro de su pecho. El humo comenzó a subir mientras él rugía de dolor, pero Abby no flaqueó. El aprendiz de mago la mataría si tenía oportunidad. No pensaba dársela. En algún recóndito lugar de su mente, Abby fue consciente de que Dante se acercaba rápidamente. Extrañamente él se paró al lado del árbol en vez de inmiscuirse en la pelea. Ella no sabía si lo hacía por miedo a que lo tostase por confusión o porque temía distraerla. Y en ese momento estaba demasiado ocupada como para que le importase. Agarrándole los brazos, el hombre luchó por acercarla. —Pagarás por esto —jadeó él. Abby rechinó los dientes cuando ella apretó más fuerte. Un horrible hedor comenzó a llenar el aire. El olor de tela quemada. Y lo que sospechaba era carne quemada. Entonces, justo cuando creía que no podría soportar más, su agresor dio un grito estrangulado y con un tirón desesperado se alejó de ella tropezando. Durante un corto momento consideró seguirlo. No dudaba que fuera un hombre malvado capaz de dañar a un buen número de personas inocentes. Pero, aunque estaba preparada para protegerse, supo que era incapaz de perseguir deliberadamente a un hombre que huía y terminar con él. Eso iba más allá de terreno conocido. En lugar de eso cayó de rodillas y aspiró aire profundamente. —Ahora puedes salir, Dante. Sé que estas aquí. Capítulo 19 Dante salió de detrás del árbol con una débil sonrisa. Reconocía ese tono malhumorado. Significaba que Abby era muy consciente de su actividad extracurricular con el mago oscuro y no estaba en absoluto contenta con él. —Lo hiciste bien, querida. Ese tonto lo pensará dos veces antes de enfrentarse contigo otra vez. Ella caminó hacia él, plantando las manos en las caderas. —¿Por qué no me ayudaste? —¿Querías mi ayuda? Esto la hizo vacilar brevemente. Su naturaleza independiente le hacía casi imposible confesar que podría necesitar ayuda. De cualquiera. Al final se encogió de hombros. —No es propio de ti quedarte apartado y verme luchar. Dante levantó una ceja ante la desconocida frase . —¿Luchar? —Defenderme de los tipos malos. La agarró de los brazos para acercarla. Respiró profundamente su cálido olor. Un olor que ahora contenía su propia sangre. Aquel conocimiento lo recorrió con un placer puramente masculino. Los ojos de ella se estrecharon. —He tomado tu sangre; se que hubo alguna clase de lucha. Los labios de Dante se movieron nerviosamente. —Más bien un pequeño desacuerdo. —Dante… Le ahuecó la barbilla con la mano. —Abby, encontré al mago, intercambiamos un puñado de amenazas, lo tuve agarrado, y como un tonto permití que desapareciera. Nada más. —Tienes suerte de que desapareciera. Te advertí lo que pasaría si te hacías daño. Dante sonrió cuando posó la mirada en su boca. Seguramente ya le había permitido que lo regañara bastante, ¿no? Definitivamente era tiempo de pasar a actividades más interesantes. Sus manos estaban bajando hacia las caderas de Abby cuando ella empujó contra su pecho. —Espera. —¿Qué? —No vas a distraerme. Los dientes de Dante le mordisquearon el lóbulo de la oreja. —Esto podría ser divertido. Ella tembló débilmente antes de retroceder con severidad y doblar los brazos sobre el pecho. —No. Me mentiste. Dante aceptó con pesar que no podría distraer a Abby. Ella estaba ardiendo con la necesidad de regañarlo severamente. Una pena. Pasada la inmediata amenaza, podía pensar en mejores formas de pasar el tiempo. —Eso es bastante severo —protestó suavemente. —Me dijiste que ibas a dejar un rastro falso y captar el olor de aquel demonio —le dio con el dedo en el pecho—. No dijiste nada sobre hacer alarde de tu testosterona con ese maldito mago. —Va a ser una molestia hasta que podamos deshacernos de él. Estoy cansado de mirar sobre el hombro. —¿Lo…? —No —Dante sacudió disgustado la cabeza. Se había estado preparando para la batalla. No había considerado la idea de que el bastardo usara sus poderes para eludirlo—. El cobarde se escapó a toda prisa en lugar de luchar como un hombre. Más golpes en su pecho. —Pasó algo más que simplemente el mago escapando. Pude sentirte, y sé que hubo algún tipo de lucha. —A duras penas una lucha. O incluso una escaramuza —estiró los brazos—. Mírame, ni un rasguño. —Parecías defenderte bien. Ella se inclinó hacia atrás para apuñalarlo con la mirada. —Bien, ¿qué pasa? —Nada. —Podía sentirte detrás del árbol, y sé condenadamente bien que te morías por aparecer y matar a ese hombre ¿Qué te detuvo? Él le echó hacia atrás un rizo extraviado. —Tenía que saber que no vacilarías en luchar. Ella hizo un sonido estrangulado. —Dios Santo, he estado en una guerra a gran escala durante días. ¿Por qué vacilaría ahora? —Has estado luchando contra demonios y zombis, no humanos. En tu mente hay una diferencia —indicó él—. Tenía que saber que podrías vencer el miedo de dañar a otro. Un rubor cubrió sus mejillas. —Oh. El dedo de Dante le acarició los labios. —¿Estás bien? Sus labios se curvaron con una severa sonrisa. —Tan bien como puedo estar ahora mismo. —¿Sin arrepentimientos? —presionó él. Ella se tomó un momento echando un vistazo hacia la calle ahora vacía. —En realidad… no. Esto puede que sea horrible para mí, pero es agradable saber que no me dejé llevar por el pánico a la hora de la verdad. Tiró de ella para acercarla. Era una lección que tenía que aprender por sí misma. Pero había sido un infierno permanecer apartado y permitirle descubrir su fuerza. Preferiría tener estacas clavadas a pasar por esto otra vez. —Una mujer poderosa. Me gusta —deslizó los labios sobre su sien—. Atractiva. —¿Hay algo que no encuentres atractivo? —¿Qué puedo decir? Los vampiros son insaciables. Considerando si se atrevía a volver a ponerla entre los brazos y sacarle a besos la rabieta, se giró abruptamente, sus colmillos se extendieron y sus manos se rizaron en garras. Un vampiro estaba cerca, y no estaba dispuesto a correr riesgos. En ese momento, Viper salió de las sombras y dobló los brazos sobre su pecho. Incluso al ojo de Dante parecía una amenaza letal, con su gran cuerpo vestido con ropas negras y su pálido pelo sostenido con un pesado broche de plata. Un antiguo depredador que no vacilaría en matar. La familiar sonrisa burlona torció sus labios. —Realmente, Dante, pensé que ya estarías metido hasta las rodillas con las brujas, y aquí estás, jugando con tu nuevo juguete. Dante levantó una ceja. —¿Qué haces aquí? —Seguía el rastro de tu mago. —Demasiado tarde —Dante fulminó con la mirada la oscura finca de Selena—. Ya hizo su magnífica aparición. —¿Y ahora? —Su magnífica salida. Llamó al Príncipe. Viper se encogió de hombros. —Es sólo cuestión de tiempo. —Está demostrando ser una molestia. —¿No lo son todos los magos? —Conseguí herirlo. Deberías ser capaz de seguir el olor de su sangre. Un latido pasó mientras Viper deslizó su mirada a la silenciosa Abby. —No tienes prisa por librarte de mí, ¿verdad, Dante? Lo estaba, por supuesto. Era lo bastante posesivo para ofenderse por la manera en que Viper miraba a Abby. —Tengo mi propio rastro que seguir. Como si sintiese la inquietud que hormigueaba en Dante, Viper deliberadamente caminó hacia Abby y le tocó el pelo ligeramente. —¿Y juegos a jugar, eh? —se quedó quieto, bajando la cabeza para oler su cuello antes de agarrarle el brazo y girarlo hacia arriba—. ¿Qué es esto? Nunca fue persona que se dejase manipular por nadie, Abby se puso a luchar contra el agarre del vampiro. —Oye. ¿Qué estás haciendo? La mirada asombrada de Viper saltó hacia Dante. —¿Te emparejaste con ella? Bien, bien. Felicidades. Tardíamente notando lo que había capturado la atención de Viper, Abby observó los intrincados caracteres rojos que ahora tatuaban la longitud de su antebrazo. —Santa mierda. ¿Qué es esto? Viper sonrió. —¿Ella no lo sabe? Abby lo apuñaló con una fija mirada. —¿Dante? Dante consideró brevemente el placer de atar a Viper alrededor del árbol como un bonito lazo. —Te dije que cuando tomaras mi sangre, estaríamos emparejados —le recordó a Abby. Ella se veía lejos de estar apaciguada. —No me dijiste que iba a parecer una motociclista del infierno. ¿Se quitará? —No. —¿Qué significa? Dante abrió la boca, pero Viper fue más rápido. —Que has sido marcada. Ningún otro vampiro puede tenerte ahora. Dante cerró los ojos, perfectamente preparado cuando oyó que Abby aspiraba profundamente. No sabía mucho sobre mujeres humanas, pero sí que tenían una feroz aversión a ser tratadas como una propiedad. —¿Marcada? ¿Me marcaste? —Para toda la eternidad —añadió Viper en tono suave. Dante dio un gruñido bajo. —No estás ayudando, Viper. Viper parpadeó con fingida inocencia. —Ah, ¿querías que le mintiera? Deberías haberme dado alguna señal. —Vete —no hubo confusión en el tono de amenaza—. Vete a matar un mago. De repente la expresión de Viper se puso sombría cuando se movió para poner una mano en el hombro de Dante. —Ten cuidado. El Príncipe está llamando a sus subordinados. La ciudad está llena de demonios. La mayoría de muy mal genio. Dante asintió levemente y observó a Viper desaparecer entre las sombras. Sólo cuando estuvieron solos se acercó cautelosamente a Abby y le cogió suavemente la mano. —Abby, esto no te hará daño —sus dedos se movieron sobre la marca. El demonio dentro de él aulló de triunfo ante el símbolo de propiedad, pero era lo bastante sabio para mantener su expresión comprensiva—. Esto es… como un anillo de boda. Un símbolo de mi amor por ti. —Un anillo de boda se puede quitar. Estoy marcada para siempre. Dante no necesitó la sangre de Abby para sentir la tensión que zumbaba por su rígido cuerpo. Un ceño le frunció las cejas. —¿Abby? Esto no es sobre la marca, ¿verdad? Ella tembló cuando se obligó a encontrar su penetrante mirada. —No parecía verdad hasta ahora. Es aterrador. —¿Yo? —No, por supuesto que no. Es sólo que nunca pensé en pasar mi vida con alguien. Después del matrimonio de mis padres… Al fin dándose cuenta de la fuente de su repentino ataque de nervios, Dante le puso un brazo sobre el hombro y la acercó. Esperaba que su padre se quemara en el infierno. —No somos tus padres —murmuró suavemente—. Yo nunca podría hacerte daño. Nunca. Ella presionó la cara contra su pecho. —No sé ser una compañera. He estado sola toda mi vida. —¿Es lo que quieres? ¿Estar sola? Él sintió el estremecimiento que la recorrió. —No, pero, ¿y si te decepciono? Dante tocó con los labios la parte de arriba de su cabeza. —¿Me amas? —Sí, te amo. —Entonces es todo lo que importa. Ella se retiró, su cara estaba pálida bajo la luz de la luna. —¿Y si no es suficiente? La mano de Dante le acunó el cuello. —La marca no es una prisión, Abby. No hay nada que te impida alejarte siempre que quieras. —¿Y tú? —exigió—. ¿Qué significa la marca para ti? Él vaciló un momento antes de admitir la verdad. —Eres mi compañera. Nunca habrá otra. Sus suaves palabras parecieron pillarla desprevenida. Entonces increíblemente Dante sintió que la tensión comenzaba a alejarse del cuerpo de ella y su cara mostraba una expresión pesarosa. —Lo siento. No sé lo que está mal conmigo —sus brazos le rodearon la cintura—. Normalmente no soy una persona histérica. Dante saboreó la sensación del calor de ella que manaba hacia su cuerpo. No estaba seguro de cómo o porqué había permitido que ella se convirtiera en una parte tan vital de su vida, pero sabía que nunca sobreviviría si algo le pasara. —No puedo imaginar lo que está mal —bromeó él, enredando los dedos en su pelo cuando la familiar oleada de deseo comenzó a endurecerle los músculos—. No es como si hubieras adquirido un espíritu no deseado, o haber sido cazada por demonios, o casi sacrificada por un mago oscuro. Ella sonrió reacia cuando se acurrucó contra él. —Pienso que fue el tatuaje el que me puso un poco loca. —¿No el pensamiento de ser mi compañera? Una agradable diversión se asomó a los ojos de Abby. —Eso depende. —¿De qué? —Una compañera no es lo mismo que una esposa, ¿verdad? Él se encogió de hombros vagamente. —¿Importa? —Por supuesto que importa. No tengo ninguna intención de pasar el resto de mi vida siendo algún tipo de criada sin sueldo. ¿Abby su criada? Dante contuvo una risa de incredulidad. —No te preocupes, querida, soy fácil de complacer —le aseguró con una expresión ingenua—. Una vez que hayas fregado los suelos, lavado mi ropa y servido sangre mientras me siento delante de la televisión, tendrás mucho tiempo para hacer tus zurcidos. El codo de Abby se clavó en su costado. —¿Zurcidos? Más bien estaré afilando mis estacas. Con una sonrisita Dante le dio un golpecito en la punta de su nariz. —He estado cuidando de mí mismo durante siglos, querida, y siendo brutalmente honesto, si quisiera una criada, podría cautivar a cualquier humano para que me obedeciese. —¿Cautivar? —Un truco que poseen todos los vampiros. Las cejas de ella se elevaron. —¿Trataste alguna vez de cautivarme? Un dedo se movió perfilándole los labios. —Nunca. —¿Por qué no? —Porque me gustabas —dijo simplemente. Ella parpadeó. —¿Te gustaba? —Me gustaba tu inocencia, tu honestidad, tu negativa a compadecerte a pesar de la suerte tan negra que habías tenido, y por supuesto —sonrió lentamente—, ese cuerpo delicioso que no hace daño a la vista. No quería que fueses una aduladora tonta. Te quería a ti. —Ah —ella aspiró profundamente—. Sigues sorprendiéndome. —¿Y cómo es eso? —Cuando nos encontramos por primera vez, esperaba que fueras arrogante, peligroso y atractivo. —Todo es verdad. Sobre todo la parte de atractivo. —Nunca esperé que fueras amable. Dante la bajó la mirada asombrado. ¿Amable? Nunca había sido acusado de esto antes. Y con razón. Hasta que las brujas lo capturaron, había sido un cazador que se alimentaba de cualquiera lo bastante tonto para cruzarse en su camino. E incluso después de haber sido atado, había sido un guerrero letal que podía matar sin piedad. Fue sólo con Abby con quien descubrió las emociones más suaves que no sabía que poseía. —No lo fui hasta que llegaste. Se quedaron quietos agarrándose en la oscuridad, absorbiendo el placer de estar simplemente juntos. Al final Abby se retiró haciendo una mueca. —¿Quieres ir en busca de las brujas? —Lo que quiero es tenerte desnuda y sudorosa debajo de mí —murmuró. Ella le dio un codazo. —Tal vez quiera estar desnuda y sudorosa encima de ti. —Dios —Dante se puso duro ante la imagen—. ¿Tratas de matarme? —Pensé que eras inmortal. —Ni siquiera los inmortales podemos aguantar esta clase de tortura —agachó la cabeza para robarle un rápido beso—. Vámonos antes de que olvide qué demonios se supone que tengo que hacer. Distraídamente, Abby permitió que Dante la condujera de vuelta a la destrozada mansión. Una parte de ella sabía que debería estar en guardia. Debería estarse preparando para todo, desde zombis a perros infernales y a magos saltando de los arbustos. Demonios, en este punto, no se sorprendería mucho si un duende apareciera brincando. Su instinto de conservación en este momento, sin embargo, no podía competir con los extraños tatuajes que brillaban con fuego carmesí bajo la luz de la luna. Compañera. Santo Dios. Parándose de repente entre las sombras de la mansión, Dante se dio la vuelta para mirarla con una sonrisa que parecía sospechosamente pagada de sí misma. —Deja de rascarte, querida. Te harás una llaga. —Parece extraña —elevó el brazo—. ¿Cómo se supone que voy a salir en público con esto? El aire de suficiencia aumentó. —Nadie lo notará. Ella sacudió el brazo ante sus ojos. —¿Estás de broma? Parece que me emborraché con tequila y terminé en Shanghai. —Es invisible para todos excepto para los demonios. —Oh —su brazo cayó—. ¿De verdad? —De verdad. —Entonces, ¿por qué puedo verla? Él se inclinó para mirarla fijamente a los ojos. —Porque eres especial. Absurdamente le llevó un momento darse cuenta de lo que significaba. —Genial. Primero mis ojos se vuelven azules y ahora mi brazo es rojo. ¿Hay algún otro cambio corporal sobre el que deberías advertirme? ¿Un cuerno? ¿Lengua bífida? ¿Pezuñas separadas? Él se encogió de hombros, le tomó el brazo y la condujo a la casa, hacia la escalera de servicio. —Bueno, está la cola, pero una vez que te acostumbres al meneo, apenas notarás que está allí. Ella le golpeó el brazo. —Tienes suerte de estar muerto. Él le sonrió ampliamente. —Y tú te quejas como si fueras mi esposa. Sus propios labios temblaron. Dios, era tan hermoso. E inteligente, fuerte, sensible y… y perfecto. Una ráfaga de calor recorrió su cuerpo antes de que dirigiese con severidad sus pensamientos al asunto actual. —¿Por qué vamos arriba? —No podemos dejar los libros de hechizos. Son demasiado peligrosos para dejarlos por ahí. —Es cierto —se estremeció al recordar la extraña magia que la había agarrado cuando leyó el hechizo. Fue una experiencia que no repetiría demasiado pronto—. ¿Qué crees que Selena hacía con ellos? Él hizo una pausa en el rellano y se dio la vuelta para mirarla. —Esa es la pregunta, ¿verdad? —Tal vez deberíamos revisar lo que sabemos. —¿Revisar lo que sabemos? —repitió con una sonrisa débil—. ¿Ley y Orden? ¿CSI? ¿Monk? —Agatha Christie. —Ah. —Podría ayudar —Abby se apoyó contra la pared, dándose cuenta de repente de lo cansada que estaba. Los últimos días habían pasado factura a su cuerpo—. Por lo menos no hará nada malo. Él asintió lentamente con la cabeza. —Cierto. ¿Dónde comenzamos esta revisión? Abby parpadeó. La buena voluntad de Dante de escuchar su opinión siempre la pillaba con la guardia baja. Nadie, nadie nunca había hecho eso antes. —Supongo que con Selena —dijo vacilante—. Dijiste que pensabas que estaba actuando de forma extraña antes de… ¿la explosión? Siendo sincera, yo pensé que simplemente estaba loca. Él estrechó la mirada cuando recordó. —Estaba más reservada que de costumbre. Iba y venía a la mansión sin llevarme y luego desaparecería en sus habitaciones durante horas. —¿Piensas que visitaba a las brujas? —Sí. —¿Consiguió los libros de hechizos de ellas? —Esa sería mi conjetura. Abby se mordió el labio mientras intentaba que los extraños acontecimientos tuvieran sentido. —¿En qué clase de hechizo estaba trabajando? ¿Tenía miedo de algo? Los labios de Dante se curvaron cuando su mirada destelló sobre ella. —En ese momento no me preocupó. Tenía asuntos más… interesantes a considerar. El calor volvió, con interés. Maldición, él no debería distraerla tanto. —¿Y ahora? —presionó ella severamente. —Existe la posibilidad de que las brujas se hubieran tropezado con el mago y sus seguidores —dijo él—. Si sintieron su poder, habrían tomado medidas para protegerse. —Eso tiene sentido —ella vaciló, sintiendo la frustración que hervía a fuego lento dentro de él—. No crees que esa sea la respuesta. Él la estudió un momento. —Darte mi sangre fue una cosa peligrosa. —Dime lo que te está molestando. Él se movió con inquietud. —Si hubiesen estado preocupadas por el mago, no habrían sentido la necesidad de esconderlo de mí. Más bien, me habrían enviado para tratar con la amenaza. —¿Y? —Y el hechizo que cantaste obviamente era para dañar demonios, no humanos. Ella le tocó el brazo. Le había contado lo del demonio que la atacó, pero había olvidado confesarle la agonía desgarradora que la había perforado justo momentos antes de que el hechizo hubiera terminado. —Tal vez no. —¿Qué quieres decir? —Cuando estaba en medio de aquel hechizo, sentí… dolor. Las cejas de Dante se juntaron y sus dedos se elevaron para tocarle la cara como si necesitase asegurarse que estaba ilesa. —¿Qué clase de dolor? Ella hizo una mueca. —Como si alguien empujase un atizador caliente en mí. —¿El Fénix? Ella trató de recordar, sólo para encogerse de hombros. —No sé. Sólo hubo dolor, y luego el demonio me golpeó por detrás y se fue. La frustración de Dante se hizo más profunda mientras se giraba para caminar sobre el rellano. —Esto no tiene sentido. —Después de los últimos días, vas a tener que ser más específico —dijo ella irónicamente. —Todavía no sabemos lo que las brujas estaban tramando, quién mató a Selena, o qué demonios tiene que ver el mago con todo esto. —Dices que no sabemos nada. Su gruñido bajo hizo que a Abby se le erizara el vello del cuello. —Hay una conexión. Sólo tenemos que encontrarla —extendiendo el brazo, la tomó de la mano y tiró de ella por el pasillo—. Tenemos que encontrar a esas malditas brujas. Capítulo 20 Se movieron rápidamente por la casa a oscuras, deteniéndose sólo cuando alcanzaron el vestíbulo donde Selena había ocultado su caja fuerte. Dante estaba concentrado en los olores que llenaban el aire cuando sintió a Abby clavar los talones. Se giró para descubrirla asomándose cohibida a través de las sombras. —¿Estás seguro que el mago se ha marchado? —preguntó ella. —Sólo hay una forma de saberlo —le susurró directamente al oído—. Tú primero. Ella puso los ojos en blanco. —Muy divertido. —Si el mago estuviera cerca, le habríamos oído gritar pidiendo clemencia —le aseguró él—. Viper no pierde el tiempo cuando está de caza. Ella le dirigió una mirada astuta. —¿Entonces qué te está molestando? Dante hizo una mueca reacia. Iba a tardar un poco en acostumbrarse a esto de tener una compañera. —Huelo algo extraño. —No soy yo ¿verdad? Sus labios se curvaron. —No. —¿El demonio? —No. El olor es humano, aunque extrañamente enmascarado. Abby se asomó por el pasillo y extrañamente se puso tensa antes de apuñalarlo con una mirada brillante. —¿Qué pasa con todas esas marcas carbonizadas en la pared? Él se encogió de hombros. —La casa explotó, querida. Hay un montón de manchas chamuscadas. —No estaban allí antes —se puso las manos en las caderas—. El mago las hizo cuando estabais luchando ¿verdad? —Abby, el mago ya no nos concierne. Viper se ocupará de él. —El hecho es que me dijiste que habías tenido un pequeño desacuerdo. —Nadie murió —apuntó él en un tono perfectamente razonable, lanzando una mirada sobre el inconfundible daño. Sus ojos se demoraron en la alfombra chamuscada antes de apretar los dientes—. Maldición. —¿Qué pasa? —Los libros de hechizos han desaparecido. —¿El mago? Dante sacudió la cabeza. El mago no había mostrado interés en los libros. —Es más probable que el demonio volviera para recuperarlos. Junto con una bruja. —¿Estuvieron aquí y nos los perdimos? Dante meditó durante un largo momento. Maldita sea, odiaba sentir que estaba dando tumbos como un idiota. Especialmente cuanto temía estar poniendo en peligro la vida de Abby. —Fue un riesgo absurdo —gruño él—. Deberían haber sabido que el mago oscuro estaba cerca. —Realmente debían querer esos libros. —Sí. Bruscamente, Abby lo cogió del brazo. —Ah… —¿Qué? —¿Crees que querían los libros tanto como para matar por ellos? Dante se encogió de hombros. —Las brujas no vacilan en matar si creen que alguien se interpone en su camino. Son completamente despiadadas. —¿Incluso a Selena? Dante frunció el ceño. —¿A Selena? —Quizás querían los libros y ella no estaba de humor para entregárselos. El recuerdo de la personalidad reservada de Selena cruzó por la mente de Dante. La mujer ciertamente era lo suficientemente arrogante para estar metiéndose en la magia que las brujas habían prohibido. O incluso para buscar poderes que le dieran el control del aquelarre. Pero incluso mientras consideraba la idea de una batalla entre las brujas y Selena, estaba sacudiendo la cabeza. —No. Selena era el Cáliz. Nunca habrían puesto en peligro el Fénix. Proteger su espíritu es todo el propósito de su vida. Abby hizo una mueca. —Ah. Sólo era una idea. —Una idea muy inteligente. Sus ojos se estrecharon. —¿Estás siendo condescendiente conmigo? —¿Por qué querría ser condescendiente contigo? —preguntó él con sorprendida curiosidad. —Sé que no soy demasiado brillante, pero tampoco soy estúpida. Dante la miró con asombro como si estuviera viendo al Diablo, ya que era la mujer más desconcertante que había conocido. —Por supuesto que no eres estúpida. Siempre me ha parecido sorprendente que una mujer tan inteligente pudiera contentarse con trabajar como subordinada de alguien como Selena, cuando obviamente podrías hacer algo mejor. Los ojos de ella se oscurecieron, casi como si se sintiera aliviada. —Eso pagaba las cuentas. Créeme, no era tan malo como algunos lugares en los que he trabajado. Tomándola de la mano, la llevó por el pasillo hacia la escalera de atrás. El rastro del demonio se iba desvaneciendo cada vez más, y no tenía intención de perderlo. En ese momento era su única pista sobre el aquelarre. —Podrías hacer cualquier cosa con tu vida. Ser lo que quieras —le dijo él suavemente. Luchando por mantenerse al paso de sus largas zancadas, ella dejó escapar una corta risa sin humor. —¿Cómo? Mi padre y hermanos me abandonaron cuando todavía era una niña, y mi madre nunca dejó el sofá hasta que las borracheras se la llevaron a la tumba cuando yo tenía diecisiete años —la sintió estremecerse mientras sacaba a la luz dolorosos recuerdos de su pasado—. Abandoné la escuela y conseguí un trabajo para que no me arrastraran a alguna casa de acogida. Tengo suerte de no haber acabado rondando por las calles. Con un suave movimiento, estiró las manos para cogerla en brazos y apretarla contra su pecho. Su naturaleza fiera e implacable le hacía olvidarse de que ella tenía una carencia humana de resistencia incluso con el poder adicional del Fénix. Y Dios sabía que era demasiado obstinada para reconocer que necesitaba descansar. El hecho de que ni siquiera hiciera un murmullo de protesta cuando él la tomó en sus brazos le dijo lo débil que debía estar. Llegando a las escaleras de un fluido salto, estudió su cara demasiado pálida. —Nunca hubieras rondado por las calles. Tienes demasiado valor y poder para ese destino. Sus rasgos se endurecieron. —Se necesita más que valor para sobrevivir. En un parpadeo, Dante estaba fuera de la casa y se movía velozmente por el camino trasero. —Ya no necesitas tener miedo. Siempre estaré aquí. —¿No tener miedo? Se supone que alguien que abandonó los estudios en el instituto y no puede pagarse el alquiler tiene que salvar el mundo. ¿Y eso no es atemorizante? —El mundo está en muy buenas manos. La cabeza de ella descansó contra su pecho, y se rió irónicamente. —Estás loco. Dante se arriesgó a mirar hacia abajo mientras dejaban la finca, y aflojó a un paso más cauteloso. Incluso estando tan cansada y desarreglada como estaba, nunca había visto una mujer más hermosa. —¿Qué harías si cualquier cosa fuese posible? No hubo dudas. —Viajar. —¿Viajar a dónde? —A cualquier lugar. A todos. Él se paró en la carretera, olisqueando el aire hasta que captó el olor del demonio que se alejaba de la ciudad. —Muy ambicioso. Ella se acurrucó más cerca de él, creando un doloroso calor que tensó los músculos de sus muslos y una variedad de otras partes placenteras de su cuerpo. —Cuando era pequeña y mi padre venía a casa borracho y furioso, solía esconderme bajo mi cama con un viejo globo terráqueo que la profesora me había dado —murmuró ella—. Solía cerrar los ojos y apuntaba a un lugar, y entonces me imaginaba que estaba en un barco viajando hacia allí. En mi mente he estado por todo el mundo. Un dolor agudo lo atravesó. Esta mujer había sido traicionada por aquellos que deberían haberla protegido y amado. Había luchado contra monstruos en su propia casa y luego había sido arrojada al mundo sin nadie que permaneciera a su lado. Pero ahora todo eso había acabado. Ella le pertenecía. Él dedicaría su vida, o incluso su muerte si fuera necesario, a asegurarse que ella nunca resultara herida, o estuviera sola, o atemorizada otra vez. —Algún día irás —juró el suavemente—. Te lo prometo. Los brazos de ella le rodearon el cuello, casi como si sintiera su oscura determinación de hacer lo que fuera necesario para mantenerla a salvo. —Nosotros iremos. Después de todo, me debes una luna de miel. —Luna de miel. Me gusta como suena —sin pensarlo, extendió sus pensamientos para acariciarle suavemente la cara. Sus ojos se abrieron sorprendidos. —¿Qué acabas de hacer? Dante curvó los labios mientras cambiaba deliberadamente sus pensamientos para acunarle un firme seno. —¿Quieres decir esto? —Puedo sentirte tocándome. ¿Cómo puedes hacerlo? —Eres mi compañera. —Pero… —ella jadeó cuando él atormentó su pezón hasta convertirlo en un punto duro—. Para de hacer eso. —¿No te gusta? —¿Puedo hacértelo yo? —No a menos que tome tu sangre. Ella entrecerró los ojos. —Eso no es justo. Dante se rió entre dientes mientras se inclinaba para plantarle un beso en los labios. —La vida nunca es justa, querida. —Dímelo a mí —refunfuñó ella, escudriñando con la mirada la oscuridad que los rodeaba—. ¿Estamos siguiendo el rastro del demonio? —Por ahora. Ella giró la cabeza para mirarlo con el ceño fruncido. —Estás preocupado. Él olisqueó el aire. El preocupante aroma de la sangre se había vuelto más fuerte. Ahora la tierra parecía apestar. —La Shalott ha sido herida. —¿Viper? —preguntó ella. —Está rastreando al mago. Ella se quedó sin respiración. —¿Las brujas? —Puede que la hayan castigado. —¿Por qué? —Te escapaste de sus garras. Lentamente la bajó poniéndola de pie. Un vago sentido de amenaza se estaba arrastrando sobre su piel. Todavía no podía localizar con toda precisión la fuente del malestar, pero quería ser capaz de golpear rápidamente. Abby se acercó, sintiendo sin duda su punzada de alerta. —¿Crees que fue enviada para cogerme? —Creo que es una posibilidad. —Entonces ¿por qué no lo hizo? Dante se encogió de hombros. Por el momento todo lo que podía hacer era especular. —Si ella está en poder de las brujas no es por su elección. Los Shalott son criaturas fieras e independientes, y se rebelan contra las órdenes cada vez que pueden. —Como tú. Él sonrió irónicamente. —Sí. Hubo un momento de silencio antes de que Abby se moviera para estar justamente delante de él. —Debemos rescatarla. —¿A un demonio? —le preguntó sorprendido. —Podría habernos matado a los dos. O al menos llevarme lejos mientras tú estabas inconsciente. Creo que se lo debemos. Él levantó la mano para deslizarla por sus revueltos rizos. —Si es posible, la liberaremos. Pero primero debemos encontrarla. Viper dejó que el hombre cayera al suelo y se lamió los colmillos para limpiarlos. No tenía demasiada afición por los aprendices de mago, pero el guardia debía ser eliminado, y odiaba malgastar sangre perfectamente válida. Aunque no es que el hombre hubiera sido demasiada protección. Una sonrisa curvó los labios de Viper. A pesar de la pequeña medalla que lo proclamaba como discípulo del Príncipe, no había sido rival para la fuerza de Viper. La batalla no había hecho más que abrirle el apetito. Con una sacudida de su mano, usó sus poderes para hundir el cuerpo inerte en la tierra. La sangre fresca que corría por su cuerpo aumentaba su fuerza y agitaba al oscuro depredador que había en él. Estaba de caza, y mataría cualquier cosa que encontrara en su camino. Deslizándose por el cementerio, entró en la enorme cripta y fácilmente encontró la entrada a los túneles bajo ella. Se detuvo para oler el aire. Podía oler humanos. Y un puñado de demonios menores que estaban dispuestos a servir a mortales a cambio de protección. Nada que fuese un peligro para él. Nada salvo el mago. Fundiéndose con las sombras, bajó lentamente los escalones. Aunque era siempre confiado, Viper no era estúpido. Un vampiro no vivía tantos siglos como él poniéndose torpemente en peligro. Si el mago utilizaba el poder del Señor Oscuro, sería un enemigo formidable. Sería necesaria tanta astucia como habilidad para ser mejor que él. Una forma perfecta de pasar la tarde, reconoció con una fría sonrisa. Encontró a dos guardias más en su camino al santuario interior. En ambas ocasiones los mató con silenciosa eficiencia y siguió adelante sin perder un paso. Los pocos demonios que sintió fueron lo suficientemente sabios para escabullirse antes de que pudiera cruzarse en sus caminos. Con velocidad mortal llegó a la entrada de la cámara más baja. Se paró para estudiar con cuidado el cuarto ante él. Era una habitación grande, pero vacía, provista de un gran brasero en el centro del suelo de piedra. Delante del ardiente fuego, un hombre alto estaba arrodillado en obvia adoración. El mago. Y en su mano sostenía un látigo de cuero con el que azotaba su propia espalda a ritmo constante. Viper curvó los labios con desprecio. Se había encontrado con un buen número de humanos que habían vendido sus almas al Señor Oscuro. Por poder, inmortalidad, por amor al mal. Se convertían en gustosos sirvientes que sacrificaban todo y a todos por complacer a su vicioso maestro. Incluso a ellos mismos. Patéticas criaturas. Pero peligrosas, se recordó. Muy peligrosas. A pesar de la distancia, sintió fácilmente la antigua fuerza que radió a través de la habitación. El mago era obviamente un favorito del Príncipe y eso le permitía convocar más profundamente su poder. Era un poco asombroso que hubiera resultado tal molestia para Dante. Permitiendo que sus colmillos salieran, Viper flexionó los dedos y se deslizó por las sombras de la habitación. —Fee Fie Foe Fum, huelo la sangre de un… no inglés —se detuvo para oler el aire y tuvo un escalofrío—. Ah, un sajón. Una lástima. El último sajón que devoré me hizo sentir mal durante días. Bestia inmunda. Poniéndose de pie, el mago cogió el pesado medallón que le rodeaba el cuello y escudriñó la habitación buscando al inesperado intruso. Un esfuerzo inútil. Viper no podía ser visto a menos que lo deseara. —Cooper. Johnson —la voz del hombre contenía una inequívoca estridencia mientras llamaba a sus guardias. Bueno, al menos, era lo suficientemente inteligente para tener miedo—. Breckett. —Muerto, muerto y muerto, me temo —ronroneó Viper en tono frío. El hombre dejó escapar un ronco gruñido mientras retrocedía cerca de las llamas. —Muéstrate, vampiro. —Más tarde, quizás. Si te portas muy bien. —Cobarde. Viper se rió mientras se deslizaba por las sombras. —Estoy intrigado. ¿Por qué un todopoderoso mago estaría escondiéndose en estas oscuras cuevas golpeándose a sí mismo sin sentido? ¿Eres del tipo que se deleita con la autoflagelación? —hizo una pausa mientras leía los oscuros y confundidos pensamientos que el mago no podía ocultar—. No, prefieres inflingir dolor a otros. Debe ser una compensación para el Señor Oscuro. —No tengo tratos que hacer contigo. Márchate ahora y no intentaré detenerte. —Pero yo sí tengo tratos contigo. —¿Piensas desafiarme? —No, pienso matarte. —Loco —gruñó el mago—. Tú arderás sobre el altar del Príncipe. —En realidad, tú serás el único en arder. Pero no hasta que tengamos una pequeña charla. Toma asiento —levantando una mano, Viper se movió hacia adelante, forzando al mago a arrodillarse con el poder de su encanto. No sería capaz de someter al hombre todo el tiempo. Pero intentaría hacer sus preguntas antes de tomarse el placer de matarlo—. Ahora dime lo que sabes de las brujas. Capítulo 21 Un temblor recorrió a Abby cuando se acercó merodeando a Dante. Parecía estar haciéndolo frecuentemente en los últimos tiempos. Las dos cosas, estremecerse y merodear. Y quedarse en la oscuridad preguntándose qué demonios le había sucedido a su vida. Hace una semana habría estado en su diminuto departamento, metida en su diminuta cama. Nunca habría tenido conocimiento sobre las horrendas criaturas que aterrorizaban la noche, o temido convertirse en un sacrificio asado en honor a alguna desagradable deidad. Su mirada se deslizó hacia arriba demorándose en el tenso y perfecto perfil del vampiro próximo a ella. El corazón le dio una repentina sacudida. Tal vez habría estado segura en su cama, pero habría estado sola. Y desdichada. Pasara lo que pasara, por mucho que un ejército entero de bestias, demonios y brujas se cruzaran en su camino, jamás lamentaría los acontecimientos que la habían conducido hacia ese momento. Tener cerca a Dante valía cualquier precio.