Es tan hermoso. ?Pareces sorprendida. ?Es sólo que nunca esperé… ?sus palabras se acallaron como si se diese cuenta de que había estado a punto de revelar su prejuicio instintivo. Los labios de Dante se torcieron en una sonrisa sin humor. No podía culparla. Todavía estaba conmocionada por todo lo que había pasado. Y los demonios que había encontrado hasta ahora apenas habían sido de la clase que inspiraba sentimientos cálidos. ?¿Belleza entre demonios? ?terminó él en tono seco. Girando despacio, ella lo cogió con la guardia baja al presionarse íntimamente contra él y mirarlo sonriendo profundamente en sus ojos. ?En realidad, ya he descubierto que algunos demonios pueden ser increíblemente hermosos ?sus ojos se oscurecieron, y su mano se movió para acariciarlo de una manera que Dante aprobaba totalmente?. E increíblemente atractivos. Él gruñó con feroz placer. ?Estás jugando con fuego, querida. ?¿Es eso con lo que estoy jugando? ?bromeó ella. ?¡Cristo! ya sabía yo que serías un peligro cuando te soltaras ?gruñó él, cogiéndola fuertemente en sus brazos y llevándola al fondo de la cueva. Capítulo 11 Abby se sintió… ¿qué? Saciada, seguramente. Gloriosamente saciada. Pero era más que eso, decidió mientras yacía entre los brazos de Dante y esperaba a que oscureciera por completo. Se sentía querida. Sí, esa era la palabra. Como si lo que acababa de pasar entre los dos hubiese sido más que simplemente un medio para pasar el rato, olvidar los horrores de las horas pasadas, o satisfacer el deseo de tener sexo. Tal vez porque era infernalmente cariñoso, o porque tenía siglos de práctica, o simplemente porque era Dante. En cualquier caso, sabía con absoluta certeza que podría pasar una eternidad con la cabeza sobre su hombro y sus manos suavemente acariciándole la espalda. Sus soñadores pensamientos fueron interrumpidos por un agudo pinchazo en el cuello. Levantando la mano, golpeó al irritante mosquito. Maldito. Bueno, era una forma tonta de despertarse de un tirón de una prometedora fantasía. Probablemente no fuera una cosa tan mala, reconoció irónicamente. ¿Qué ilusa tenía que ser para empezar a soñar con pequeños bungaloes, desayunos tardíos de domingo y habitación de niños con un vampiro? Obviamente había aguantado demasiados zombis. Hubo otra feroz mordedura sobre su pierna. —Ohh —Abby se golpeó la pantorrilla. —Espero que no estés en alguna pervertida autoflagelación —murmuró Dante—. Se supone que es bastante sexy, pero nunca sale bien. Ella se sentó y se rascó una de las interminables picaduras. —Me están comiendo viva. Aunque totalmente vestido, Dante todavía conseguía parecer pecaminosamente tentador con la perezosa sonrisa que le curvaba los labios. —No soy culpable… para variar —los ojos de plata destellaron en las sombras—. Aunque no me importaría un mordisco o dos. Abby podría haber temblado de placer si no hubiera estado ocupada salvando lo que le quedaba de sangre. —Mosquitos —replicó, recorriendo con la mirada sus perfectos rasgos. Entonces observó el perfecto pelo que se veía como si acabara de ser modelado por Sassoon y la ropa que no tenía una maldita arruga a la vista. Era suficiente para hacer que la mujer más saciada y querida se volviera un poco gruñona—. ¿Supongo que no tienes que preocuparte por las repugnantes sanguijuelas? Los labios de Dante temblaron ante el filo de su voz. —Los mosquitos nunca han sido una molestia, pero no puedo decir lo mismo de todos los chupasangres. Ella inclinó la cabeza hacia un lado, el breve malhumor olvidado. —¿Cómo es? —¿Cómo es qué? —Ser un vampiro. Una negra ceja azabache se elevó ante la brusca pregunta. —Creo que tendrás que ser más específica, querida. Es un tema bastante extenso. Abby se encogió de hombros. —¿Es muy diferente a cuando eras humano? Hubo un leve silencio, como si estuviera considerando cuánta verdad podría aguantar ella, antes de doblar los brazos sobre el pecho y encontrar su mirada curiosa. —No tengo ni idea —admitió por fin. Abby parpadeó, no esperándose eso. —¿Naciste vampiro? —No, pero no es como en las películas. No me arrastré fuera de una tumba y continué como si nunca hubiera muerto. —¿Entonces qué pasó? Se le endureció la expresión cuando rebuscó entre los antiguos recuerdos. —Me desperté una tarde en el puerto de Londres y no podía recordar mi nombre ni nada sobre mi pasado. Era como si acabara de nacer sin el más leve indicio de quién o qué era. Abby frunció el ceño ante las recortadas palabras. Vaya mierda. Debía de haber estado aterrorizado. Había sido suficientemente malo para ella aceptar que tenía una… cosa hurgando en su interior. Al menos no había despertado siendo alérgica al sol, adicta a la sangre y con unas pocas células cerebrales borradas. Y lo más importante, tenía a Dante a su lado para aliviar su miedo. Esto, desde luego, era la única razón por la que no estaba sentada en una habitación acolchada. —Buen Dios —susurró. —Al principio creí que había estado de juerga y que mis recuerdos volverían en algún momento —dijo él con una mueca—. Probablemente seguiría sentado en el puerto cuando llegó el alba si Viper no hubiera tropezado conmigo y me hubiera llevado con su clan. Abby tuvo una extraña imagen de faldas escocesas y gaitas. Para nada algo que encajase con hermosos y mortales vampiros —¿Clan? —Una especie de familia sin toda la culpa, las borracheras y riñas vacacionales —replicó él. Abby se rió suavemente. —Suena como mi familia. —Sí, no es tan malo si puedes llevarlo. Su tono era frívolo, pero Abby no era tan tonta como para creer que había sido fácil. Inconscientemente, le apretó la mano. —De todas formas, debes haber sentido curiosidad sobre tu pasado. Dante bajó la mirada al entrelazar los dedos con los suyos. —No realmente. Por el acre olor y la ropa harapienta, pude adivinar que había sido uno de las interminables hordas de indeseables que plagaban la ciudad. —Pero, ¿y si tenías familia? Durante una mínima fracción de segundo, sus dedos le apretaron los suyos casi dolorosamente; entonces se recostó otra vez contra la pared de la cueva con aquella enroscada facilidad. —¿Y qué si la tenía? —le exigió él—. No los habría recordado. Habrían sido extraños para mí. O peor. —¿Peor? Deliberadamente le sostuvo la mirada. —Cena. El estómago de Abby se apretó con horror. Maldición. La había advertido de que no olvidara quién o qué era realmente. Lamentablemente, lo hacía tan malditamente fácil. —Oh. —Era mejor para todo el mundo permitir que el hombre que había sido simplemente muriera. No podía discutirle eso. Nunca había creído en toda esa mierda de Leave it to Beaver de todos modos. Definitivamente, había veces que era mejor para todos cuando papá se marchaba y nunca miraba atrás. Apretó las piernas contra el pecho y descansó la barbilla sobre la rodilla. —Debe haber sido muy extraño. Despertar y ser alguien desconocido. Casi distraídamente, Dante le elevó los dedos hacia sus labios. —Al principio, pero Viper me enseñó a apreciar mi nueva vida. Él fue el que me dio el nombre de Dante. Era difícil imaginar a Viper actuando como una figura paterna. Parecía tan reservado y frío. De todos modos, era obvio que el vampiro mayor tenía una gran influencia sobre Dante. Y por esto ella le tenía que estar agradecida. —¿Por qué Dante? Dante sonrió irónicamente. —Dijo que tenía que aprender a ser más un poeta que un guerrero. —Ah, Dante, desde luego. —Me advirtió que un depredador era más que músculos y dientes. Un depredador debe utilizar su inteligencia para observar a su presa y aprender sus debilidades. Matar es mucho más fácil cuando puedes predecir cómo reaccionará. Abby hizo una mueca. —Dios, pensaba que mi panorama era deprimente. Él se encogió de hombros. —No se equivocaba del todo. —¿Qué quieres decir? —Si hubiera sido más rápido para sentir la trampa, entonces aquellas brujas nunca me habrían puesto las manos encima. En un instante, Abby estuvo de rodillas y le enmarcó la cara con las manos. Pensar que algún otro vampiro podría haber estado allí, aparte Dante, era suficiente para que su estómago se apretase de horror. —Y tú no serías Dante —dijo ella en tono severo. Una extraña sonrisa tocó los labios del vampiro. —¿Y eso sería algo malo? —Algo muy malo —susurró ella. Sin advertencia, él se inclinó hacia delante para plantar un beso feroz y posesivo sobre sus labios antes de separarse a regañadientes para observarla con una mirada penetrante. —Aunque me encantaría quedarme y jugar, creo que mejor será que nos movamos. Abby se puso rígida. ¿Moverse? ¿Salir a la oscuridad y enfrentarse a cualquier bicho espeluznante que los estuviese esperando? No sonaba nada atractivo. No cuando ella podía pensar en varias otras cosas que preferiría hacer en la oscuridad. Cosas que implicaban a un vampiro atractivo y tal vez algún aceite perfumado… —¿Tenemos que marcharnos? —preguntó ella—. Al menos aquí estamos a salvo. Él negó con la cabeza. —No, estamos demasiado bien atrapados aquí. Sobre todo una vez que salga el sol. Abby arrugó la nariz, aceptando que tal vez tenía razón. —¿A dónde iremos? Poniéndose de pie, Dante extendió la mano para ayudarla a levantarse. —Primero encontraremos el coche y luego regresaremos a Chicago. Una vez de pie, Abby hizo un intento desesperado por sacudirse el polvo de los pantalones. Estúpido, por supuesto. El polvo ayudaba a cubrir las arrugas. —¿Por qué Chicago? Dante le pasó un rizo perdido detrás de la oreja. —Porque Viper puede mantenerte protegida mientras intento encontrar algún medio para localizar a las brujas. Ella levantó la cabeza de golpe, estrechando los labios en una línea que debería advertir al vampiro más obtuso que no estaba muy contenta. —¿No estarás pensando en ir tras ellas solo? Suficientemente sabio para presentir el problema antes de que lo golpeara en la cima de la cabeza, Dante la observó con ojos cautelosos. —Soy el único que conoce su olor. —No el único —rechinó ella—. Hay algo ahí fuera que las está cazando. Algo que las encontró una vez y las destripó como sushi. Un truco que estoy segura le encantaría enseñarte muy cerca y en persona. —Gráfico, pero verdadero —le concedió—. Que es por lo que debo llevarte con Viper. Ella plantó las manos sobre las caderas. —Y por lo que no irás detrás de las brujas solo. —Podemos discutirlo mientras caminamos —murmuró él, tomando su mano y sacándola de la cueva—. Será un cambio agradable de tus quejas chillonas diciendo que te estoy llevando en círculos. Abby se tomó un momento para apreciar la débil brisa que revolvía el aire. Llevaba consigo un olor que sólo podía suponer tenía algo que ver con la naturaleza. Había hecho la promesa de nunca ir a ninguna parte que no tuviera pavimento o un Starbucks . Era bastante extraño estar rodeada por árboles y estrellas. No lo bastante extraño, sin embargo, para hacer que se olvidara de que estaba en medio de corregir la suposición errónea de Dante de que podría jugar al Ranger Solitario mientras ella se quedaba por ahí. —No va a haber ninguna discusión —dijo ella, con su mejor voz de profesora de tercer grado—. No irás solo, y es definitivo. Dante le dirigió una sonrisa superior. —Admitiré que tu obstinación es una forma de arte, pero he tenido cuatro siglos para perfeccionar la mía. No tienes ninguna posibilidad. La sonrisa de Abby fue incluso más superior. —Cuatro siglos no son nada. Soy una mujer. —Lo eres —su mirada hizo un viaje perezoso sobre su desarreglada forma—. Una hermosa, gloriosa mujer que ronronea como un gatito cuando acaricio su… —Dante. Sus labios temblaron ante el rubor de Abby. —¿Qué? Me gustan los gatitos. Ella luchó por fruncir el ceño. —Sólo intentas distraerme. —¿Funciona? —Yo… —Abby se paró bruscamente cuando un escalofrío le rozó la piel. En menos de un instante, Dante estuvo a su lado, su cuerpo tenso y dispuesto a golpear. Todo lo que necesitaba era una víctima. —¿Qué es? —Hay algo ahí —farfulló ella. Dante elevó la cabeza y cerró los ojos. Durante un largo momento permaneció en silencio, y después negó lentamente con la cabeza. —No siento nada. Cualquier otra noche, Abby se habría encogido de hombros y admitido que debía estar imaginándose cosas. Un breve escalofrío apenas era algo por lo que preocuparse. Sin embargo, esta no era cualquier otra noche, y aunque puede que no fuese material Mensa , no era completamente estúpida. No iba a ignorar sus instintos, que estaban haciendo que los cabellos de la nuca se le erizaran. —Creo que es la misma cosa que nos atacó en casa de Viper. Dante hizo un gruñido bajo y profundo en su garganta. Un sonido que no hacía nada para ayudar con los picores. —Abominaciones —siseó—. ¿Dónde? —Delante de nosotros —replicó ella al momento, y luego menos segura se giró—. Y creo que detrás de nosotros. Dante echó un vistazo rápido a su alrededor antes de agarrarle la mano y llevarla más profundamente en los árboles. —Por aquí. Abby no tenía ninguna intención de discutir. Su estómago ya estaba tenso con un temor helado, y su corazón estaba en algún lugar de la garganta. En este momento estaba bastante dispuesta a correr hasta Chicago si era necesario. Manteniéndose a baja altura para evitar las ramas que bloqueaban el camino, se apresuraron hacia la oscuridad. Dante con su habitual silencio elegante y Abby chocando detrás de él como un elefante loco con un tranquilizante en su trasero. Los pinchazos continuaron a pesar de la rápida huida, de vez en cuando haciéndose más pronunciados y después desapareciendo extrañamente. Sin embargo, no necesitaba sus instintos para saber que estaban siendo perseguidos. Los muertos vivos ya no ocultaban más su presencia, y caminaban tropezándose tras ellos, haciendo incluso más ruido que ella. Jadeando e ignorando la punzada que le rasgaba un costado, Abby se preguntó brevemente cómo los cadáveres se podían mover tan rápido. Por el amor de Dios, estaban muertos, ¿verdad? La mayoría sin duda muertos por una sobredosis de carne, cigarrillos y cerveza. Deberían andar arrastrando los pies como verdaderos zombis, no abriéndose camino por los bosques como si fueran el jodido equipo de Kenia de atletismo. Luchando por mantenerse al paralizante paso de Dante, Abby no estaba preparada para que parase en seco. Golpeándose contra su espalda, sólo se mantuvo en pie porque el brazo de él fue lo bastante rápido para cogerla por la cintura. —Maldición —gruñó ella, aspirando bocanadas profundas de aire—. ¿Por qué has parado? Los ojos de plata brillaron en la oscuridad, y sus rasgos se endurecieron. —No me gusta esto. Abby tembló, echando un vistazo sobre el hombro ante el sonido inequívoco de una horda avanzando. —A mi tampoco me gusta especialmente, pero es condenadamente mejor que esas cosas atrapándonos. —De eso se trata —dijo él con voz áspera. —¿Qué? —Podrían habernos rodeado, cortar cualquier fuga. ¿Por qué no lo han hecho? Abby frunció el ceño, apenas capaz de estarse quieta cuando cada instinto le gritaba que continuara de cualquier manera la escapada a un lugar seguro. —Porque tienen el cerebro jodidamente muerto. Dante pareció increíblemente poco impresionado por su lógica. —Puede que estén muertos, pero están controlados por alguien. —¿Y qué? Hubo una pausa mientras los ojos de Dante se estrechaban en peligrosas hendiduras. —Estamos siendo guiados como ganado. —¿Guiados como ganado? —a Abby le llevó un momento obtener una imagen mental—. ¿Quieres decir como a las ovejas? —Exactamente como a las ovejas. —Pero… ¿por qué? Asombrosamente los hermosos rasgos lograron endurecerse todavía más. —No creo que queramos averiguarlo. El corazón de Abby se hundió desde su garganta hasta el estómago. Si Dante estaba preocupado, entonces debía ser malo. Realmente, realmente malo. —Oh, Dios, ¿qué hacemos? —farfulló ella. —Supongo que, o nos quedamos y luchamos, o intentamos huir. Abby ni siquiera se lo tuvo que pensar. —Voto por la opción de huir. —Entonces, hagámoslo —apretando el brazo sobre su cintura, Dante tiró de ella hacia arriba, plantándole un breve beso en los labios antes de colocársela sobre el hombro como un saco de patatas—. Agárrate fuerte, querida. Abby dio un chillido asustado cuando Dante avanzó con una fluida velocidad que hacía que los árboles se vieran borrosos al pasar. Ciertamente era más rápido que tenerla a ella andando torpemente detrás de él, pero descubrió que el balanceo claramente la mareaba. Cerrando los ojos, combatió la nausea y se concentró en cualquier cosa menos el suelo ondulado que tenía por debajo. El alquiler vencía el viernes. No tenía trabajo. Al menos no uno pagado. Por supuesto, a no ser que se ofreciera algo por salvar al mundo de un Príncipe espeluznante. Su actual amante era un vampiro que también estaba en paro. Y su cumpleaños sería en menos de un mes. Aquel tipo de pensamientos fácilmente deberían haberla distraído. Lamentablemente, su estómago siguió teniendo arcadas y rebelándose. Abrió los ojos de golpe, esperando que eso la ayudara. Gran error. Un grito salió de su garganta cuando vio a los podridos cadáveres empezando a acercarse. Con un gran salto, Dante avanzó sobre un árbol caído y con un movimiento que hizo que a Abby se le chocaran los dientes, la puso de nuevo de pie y la empujó detrás de él. —Callejón sin salida —anunció él, con la voz sombría y las manos preparadas para golpear. Abby luchó para tragar. Moviéndose sigilosamente entre los árboles había una docena, quizá más, de zombis. Sólo podía agradecer a Dios que estuviese demasiado oscuro para no ver más que vagos contornos. Ya era bastante horrible ser atacados por muertos vivientes sin saber directamente cómo encontrarían su final. —Parece que tendremos que optar por la opción de quedarnos y luchar —dijo ella con voz ronca. —Abby —Dante se giró para mirarla con angustiado pesar. Ella realmente podía sentir la furia y la sofocante culpa que lo atravesaba con rabia. Sabía que se consideraba responsable. En la mente de él, le había fallado. Levantando la mano, la puso con gentileza contra su mejilla. —Dante —susurró. Sonó una rama rompiéndose detrás de ella. Instintivamente se giró. Y justo tan instintivamente gritó cuando una rama grande llegó zumbando desde la oscuridad directamente hacia su cabeza. Capítulo 12 Dante supo que iba a morir en el bosque. Vampiro o no, él no era un superhéroe. Demonios, ni siquiera un superhéroe podía luchar contra una docena de zombis y el mago oscuro que podía sentir escondido entre los árboles. Pero aunque puede que no fuese capaz de librarse de todos ellos, esperaba poder destruir los suficientes para que Abby pudiera usar sus poderes para abrirse paso hacia un lugar seguro. Era una jugada arriesgada. También era la única que tenían. Dante había logrado abrirse camino a través de la primera ola de asaltantes y se dirigía desesperadamente hacia el borde del bosque cuando el mago apareció abruptamente delante de él. Levantó la mano, y antes de que Dante pudiese esquivarlo, le golpeó con un hechizo que lo sumió en la oscuridad. Se despertó para descubrirse encadenado a un frío y árido suelo de piedra. Estaba vivo, y no estaba solo. Permaneció completamente quieto, su mente pensando a toda velocidad. Él no había muerto, pero ¿qué había sido de Abby? Concentrándose, fue en busca de su presencia. Nada. Ni siquiera el familiar rastro del Fénix podía ser detectado. Si hubiera poseído un corazón, habría dejado de latir. Condenado infierno. Condenado, condenado infierno. Con esfuerzo, controló su creciente pánico. No podría permitirse perder el control. No cuando aún no estaba seguro de que Abby hubiera muerto. Si todavía existía la más remota posibilidad de que estuviera viva, tenía que hacer lo que fuera para rescatarla. Sólo cuando supiera que no quedaba esperanza, se daría el gusto de destruir todo y a todos en su camino. Se agarró denodadamente a esa idea cuando una mano suave y femenina dibujó un camino íntimo sobre su pecho. Dante apretó los dientes. Alguna vez podría haber considerado semejante caricia como una invitación a la más absoluta depravación. Demonios, en otro tiempo una mera mirada era suficiente para enardecer sus pasiones. Un vampiro raramente era exigente cuando se trataba de sexo. Ahora, sin embargo, apenas ocultó un estremecimiento de aversión. Había algo pegajoso y posesivo en los dedos que lo acariciaban. Y, más importante aún, no eran los de Abby. —Es tan bello —canturreó una voz junto a su oreja. Dante no movió ni un músculo. Hubo un sonido áspero más lejos, aunque todavía demasiado cerca para su comodidad. —Deja de hacer el idiota, Kayla. Bueno, al menos eran dos, advirtió él. Dos a los que mataría. Siempre suponiendo que pudiera liberarse de las cadenas de alguna manera. —Tú eres el que disfruta haciendo el idiota por aquí, Amil, ¿o debería decir masturbándose ? —la hembra arrastraba las palabras con tono burlón, obviamente refiriéndose a las preferencias sexuales del hombre—. Algunos de nosotros preferimos tener juguetes bonitos cuando jugamos. —Por si no lo has notado, a este juguete le gusta morder. —No si lo mantengo encadenado —los dedos juguetearon con los botones de los pantalones de Dante—. Además, el peligro es la mitad de la diversión. —Estás enferma. Lo sabes, ¿verdad? —Todos estamos enfermos, idiota, o no adoraríamos al Príncipe —la mujer emitió una risa ahogada, aparentemente orgullosa de sus diabólicas conexiones—. Sólo soy honesta sobre mis perversiones. Y éste podría hacer que la mujer más pervertida gritara de placer. Dante tenía toda la intención de hacer gritar a la mujer, pensó. Sólo que el placer no tendría nada que ver con ello. —El maestro dijo que debíamos dejarle solo. —Lo que el maestro no sepa… —No seas idiota, el maestro lo sabe todo. Ah. Dante silenciosamente tomó nota de la información. Este maestro era claramente el poder que podía sentir a lo lejos. Y tan odioso como había supuesto. Información que podría usar en su contra. —Una pena. Supongo que la perra que capturamos está harta de la bondad del vampiro. —Esa perra está a punto de ser quemada en el altar. Seguro que cambiaría de sitio contigo si quisieras. Un temblor recorrió a Dante. Debían estar hablando de Abby. Estaba viva. Jodido infierno. Contuvo un gemido de doloroso alivio. No era demasiado tarde. Nada más importaba. Esta vez no le fallaría. Apenas notó la mano que le agarró la entrepierna. —Teniendo esto entre mis piernas, casi podría hacer que mereciera la pena. —Mierda, Kayla, ¿piensas alguna vez en otra cosa? —preguntó el hombre con repugnancia. —Ha pasado un tiempo. —¿Una hora? La mujer dio un feo bufido de diversión. —Bueno, no lo suficiente como para considerar tu diminuta polla como una tentación. —Como si fuera a arriesgar mi salud con una puta que ha estado con cada bestia y demonio de este lado del Mississippi. ¿Por qué no haces algo útil y te aseguras de que el maestro tiene todo lo necesario para la ceremonia? Los dedos agarraron firmemente su muslo, y las uñas se hundieron en su piel. —No vas a hacerle nada ¿verdad? No quiero regresar y encontrarle como un montón de cenizas. —El maestro lo quiere vivo e intacto —no se podía confundir el filo en la voz del hombre o en el hecho de que mostrara poco respeto a su señor. Un hombre que se consideraba más apropiado para ser tirano que criado, se dijo Dante—. Sin duda el Príncipe tendrá algo que decir sobre ello cuando vuelva. —Tal vez lo pueda convencer de permitirme alguna hora de diversión antes de asarlo. —Y tal vez nos hará a todos un favor y te convertirá en una cabra. —Eunuco. —Puta. Terminado el infantil intercambio, Dante sintió que los dedos de la mujer daban una última y anhelante caricia antes de levantarse y marcharse. Él quería limpiarse la sensación de su caricia, pero fue lo bastante sensato como para resistir el impulso. En su lugar, contó lentamente hasta cien. Quería asegurarse de que estaba a solas con el hombre antes de revelar que estaba despierto y consciente de lo que lo rodeaba. Al fin, convencido de que la mujer no iba a aparecer de repente para un interludio rápido con un vampiro inconsciente, Dante abrió los ojos sólo lo suficiente como para echar un rápido vistazo. No había mucho que ver. Como había sospechado, estaba en una habitación desierta que parecía haber sido excavada bajo tierra. Sus cadenas estaban ancladas al suelo de piedra, y una antorcha solitaria estaba clavada cerca de la entrada que conducía a un corredor oscuro. No había sillas, ni rocas sueltas, ni siquiera un palo que pudiera usarse para hacer palanca en las cadenas. Más bien un coñazo, ya que tendría que convencer a su guardián para que lo soltara antes de poder romperle el cuello. Fijó la mirada en el delgado y sorprendentemente joven mortal ataviado con una túnica oscura. No podía determinar sus habilidades mágicas, pero no había duda del oscuro hilo de poder que recibía del Señor Oscuro. Salvaje y no entrenado, pero nada que Dante tuviera intención de menospreciar. Ni tampoco tenía intención de menospreciar la enorme estaca que agarraba firmemente en su mano. Estaba desesperado por llegar hasta Abby. Pero no tan desesperado como para matarse antes de poder salvarla. Fingiendo un bajo gemido, Dante permitió que sus ojos se abrieran completamente. A través de la cámara, el hombre agarró aún más firmemente la estaca mientras intentaba aparentar satisfacción. Dante resistió el deseo de sonreír. Había una arrogancia quebradiza en el hombre que haría su tarea más fácil. Nada como el orgullo arrogante para hacer que un hombre actúe como un tonto. —Ah, así que el muerto se despierta —el hombre sostuvo en alto su estaca, por si Dante hubiera pasado de alguna manera por alto la mortífera arma—. Te aconsejo que no te muevas. A menos que seas aficionado a la madera atravesando el corazón. Dante curvó sus labios mientras se incorporaba lo suficiente para apoyarse contra la pared. Conservó bien escondidos sus colmillos. No le permitiría al idiota darse cuenta de que él ya estaba muerto. —Me lo dicen muchas veces. Su captor estrechó la mirada, sin duda sorprendido por la indiferencia casual de Dante. —Simplemente no hagas ningún movimiento brusco. Dante enarcó una ceja. —¿Para qué haría algún movimiento brusco? No tengo dónde ir —se tomó un momento para observar los alrededores, arrugando la nariz ante el desierto entorno—. Al menos no por el momento. La confusión brilló en los ojos pálidos antes de que el hombre elevara sus labios en una tensa sonrisa. —Buen intento, pero yo estaba allí cuando hiciste trizas a seis de mis sirvientes en un esfuerzo para salvar a esa mujer. Dante se encogió de hombros. Interiormente se maldijo a sí mismo. ¿Seis? Mierda, pensaba que había destruido al menos a nueve. —No tenía mucha elección. Esas brujas se aseguraron de ello. —Tal y como se asegurarán de que intentes salvarla del maestro. Dante fingió considerar la acusación por un momento. —En realidad, no lo creo. El hombre dio un paso inconsciente más cerca. Desafortunadamente no lo suficientemente cerca para que Dante pusiera sus dientes en él. —¿Qué quieres decir? Las cadenas resonaron cuando Dante movió su mano hacia las gruesas paredes. —No sé lo que pasa en estas cavernas, pero es la primera vez en tres siglos que el maldito Fénix no tiene sus garras clavadas en mí. Obviamente te debo una. Y un vampiro siempre paga sus deudas —su sonrisa se amplió—. Siempre. Pasó un latido. Obviamente, su guardián estaba intentando usar lo que penosamente llamaba cerebro. —¿Estás diciendo que estás libre de la maldición? —¿Quién sabe? —Dante apoyó la cabeza contra la pared—. Sólo digo que no siento la más mínima urgencia de mover un dedo por esa perra que me atrapó. Pasó otro latido. —No te creo. —Como quieras —Dante se encogió de hombros—. Dime al menos ¿está muerta? El hombre disparó una mirada reveladora hacia la oscura entrada. —Todavía no. Entonces, ella debía estar cerca. Una llamarada de anticipación le recorrió antes de que una voz interior le recordara que ella estaría todo un mundo fuera de su alcance a menos que pudiera quitarse las cadenas. Con esfuerzo, mantuvo su aire de distante curiosidad. —¿Todavía no? Por qué vacilarías… ah. Por supuesto. Vas a ofrecérsela al Príncipe, ¿verdad? El humano se puso rígido ante el indicio de mofa en su voz. —Cuando sea el momento. Dante estudió con indiferencia a su anfitrión, permitiéndole ver su diversión. —Déjame darte un pequeño consejo, chico —susurró suavemente—. No esperes demasiado. Hay todo tipo de bestias ahí afuera que te matarían por la oportunidad de darle ellos mismos tal premio al Príncipe. Cuanto antes ofrezcas el sacrificio, antes obtendrás esa gloria increíble. La rigidez aumentó mientras un indicio de color tocaba las mejillas todavía redondeadas por la juventud. —La gloria le pertenece a mi maestro. —¿Maestro? —Dante dio un bufido de incredulidad—. ¿Me estás diciendo que capturaste al Fénix y la entregarás para que otro coseche las recompensas? Demonios, ¿no tienes cerebro? Oh, puede que sean pelotas las que te faltan. El color se volvió púrpura, y el hombre levantó la estaca en un movimiento amenazador. —Cuida tu boca, vampiro. Nada me gustaría más que hincar esto a través de tu corazón. Dante simplemente se rió. Había tocado un nervio. La ambición frustrada del hombre era casi tangible en el aire. —Dios mío, yo pensaba que había sido dominado por esas brujas —frotó la sal un poco más profunda en la herida abierta—. Al menos yo nunca permití voluntariamente ser convertido en un idiota. Los pálidos ojos lo miraron con furia, pero detrás de la cólera había un hambre fría que no podía ocultar del todo. —Tendré mis recompensas. —¿Algunas migas dejadas caer por el gran maestro? Patético. —Cállate. Dante cruzó los brazos sobre el pecho, maldiciendo interiormente el sonido de las cadenas. Odiaba las cadenas. Le hacían querer morder algo. Fuerte. En lugar de ello, sonrió con burla. —Podrías haberlo tenido todo. El poder, la gloria, un lugar al lado del Príncipe —su sonrisa se amplió—. Pero vamos, tal vez te guste ser un lacayo. He notado que la mayoría de los humanos prefieren ser ovejas que lobos. Un chillido siseó a través los dientes apretados. —Sé lo que estás tratando de hacer, y no resultará. Oh, estaba funcionando. El hombre casi babeaba con el deseo de arrebatar el poder que sentía que le era negado. —Mira, me importa poco quién logre matar a ese maldito Fénix, mientras esté bien muerto —Dante bajó la mirada para inspeccionarse una uña—. Tengo la intención de salir de esta caverna como un vampiro libre. El hombre rió sin humor. —¿Crees que el Príncipe no querrá nada de ti? —¿Por qué debería? Otro paso más cerca, aunque aún fuera de alcance. —Protegiste el Cáliz. Dante no se molestó en levantar la mirada. Eso no quería decir, sin embargo, que no fuera ferozmente consciente de la distancia exacta que los separaba. —Fui compelido por las brujas. No fue como si quisiera estar encadenado como un perro. —Dudo que sea tan comprensivo. —Diría que mis oportunidades de sobrevivir esta noche son considerablemente mejores que las tuyas. Un silencio horrorizado llenó la cámara. Era obvio que el tonto aun no había considerado el coste de devolver el poder oscuro al mundo. Típico. La mayoría de los magos se preocupaban sólo por las recompensas, nunca por el sacrificio que sería exigido. Y siempre había un sacrificio. —¿Ahora qué estás farfullando? —habló con voz áspera. Dante levantó perezosamente la cabeza para mirarlo fijamente. —¿Sabes que el Príncipe no puede sobrevivir en este mundo sin alimentarse? —preguntó—. Necesita sangre. Una gran cantidad de sangre. Afortunadamente, estoy descartado. El ceño arrugó la frente del joven. —La mujer que contiene el Fénix será el sacrificio. —¿Abby? Apenas es un aperitivo, incluso para mí. —Yo… —sus labios se apretaron—. Hay sirvientes. Dante se rió ahogadamente. —Espero por tu bien que haya una manada entera de sirvientes. De otra manera estás a punto de encontrarte colocado sobre el altar con un cuchillo clavado en el corazón. Agarrando la estaca con tanta fuerza que casi la partió por la mitad, el mortal caminó con pasos largos y lentos hacia la estrecha abertura. Demasiado lejos de Dante pero claramente enervado por el pensamiento de altares y cuchillos y corazones arrancados. —¿Supongo que piensas que debería dejarte ir para que me puedas ayudar a derrocar al maestro? —¿Yo? —Dante emitió un sonido de repugnancia—. ¿Por qué diablos querría ayudarte? No es asunto mío quién mata a la perra. Soy libre de una u otra manera. El decididamente nervioso discípulo se volvió. Un tic en su ojo izquierdo revelaba sus emociones apenas controladas. —No creo que estés tan despreocupado como quieres hacerme creer. Creo que sientes algo por la mujer. Dante abrió mucho los ojos con falsa incredulidad al tiempo que interiormente admitía que el hombre no era realmente el idiota que había supuesto. Algo a recordar cuando fuera el momento de matarlo. —Soy un vampiro, me ofendes. No siento nada por nada ni por nadie. Aunque… —deliberadamente permitió que sus palabras se desvaneciesen. —¿Qué? —Ella es un buen polvo —susurró, esperando considerar su despreocupación por un simple mortal. En cuanto ese tonto se diera cuenta de que Dante viajaría a los infiernos para salvar a Abby sería el momento en que perdería toda ventaja—. Las cosas que puede hacer con su lengua podrían hacer que un hombre explotara como un volcán. Tengo que admitir que no me importaría tener un par de encuentros más antes de que sea entregada al Príncipe. Deberías probarla. El desdén alteró las jóvenes facciones. —No todos somos animales. —Ah… un hombre que odia a las mujeres. ¿Prefieres a los hombres? ¿O algo más exótico? —Dante sonrió burlonamente—. Tengo un amigo que podría buscarte la compañía adecuada. Su captor escupió en el suelo. —Escoria. —Puedo ser escoria, pero no soy el que está a punto alimentar al Príncipe —Dante se ubicó más cómodamente—. Dale recuerdos míos, ¿lo harás? A punto de estallar, el hombre se lanzó hacia adelante, su túnica revoloteando sobre su delgada figura. —Cállate o te callaré yo. —Como digas. En cuanto Abby se despertó, se sintió aliviada al descubrir que estaba viva. Pocas cosas parecían peor que ser comida por deteriorados zombis. Ninguna que le viniera a la mente, de todos modos. Entonces abrió los ojos. Sólo necesitó un momento para percatarse que había sido llevada desde el bosque hasta una oscura caverna de algún tipo. Y que estaba atada a un poste clavado cerca de un brasero que vomitaba un humo apestoso. Y que no estaba sola. Podría haber gritado si una tela áspera no hubiera estado atada sobre su boca. Un hombre estaba de pie frente a ella. O al menos parecía ser un hombre. No estaba dispuesta a precipitarse al clasificar las especies tras los últimos días. Y había algo que no parecía humano en su pastosa piel blanca y su cabeza sin pelo. Y por supuesto estaba su vestimenta. ¿Qué clase de hombre llevaba puesta una túnica pesada y un medallón que parecía como si hubiera sido arrancado de algún coche deportivo? Mientras su mente vagaba sin rumbo, la cosa se acercó para acariciar con un dedo su mejilla. Abby inspiró con dificultad al notar su tacto húmedo y pegajoso, preguntándose desesperadamente dónde estaría Dante. Él tenía que estar cerca, se dijo. Quizás incluso estaba planeando su rescate. Ni por un momento consideró el hecho de que pudiera estar herido. O Dios no lo quisiera, muerto. Ese camino sólo conducía a la sombría y delirante locura. En lugar de ello fulminó al hombre que la miraba como si fuera un insecto inmovilizado bajo un microscopio. Una descripción apropiada considerando que estaba atada al poste tan apretadamente que apenas podía parpadear. —Tanto poder —ronroneó él con un extraño tono hipnótico—. Ella bulle con ello. Es casi una pena tener que matarla. ¿Matarla? Abby gimió a través del trapo embutido en su boca. No pensaba que estuviera atada para una fiesta de cumpleaños sorpresa, ¿pero matarla? Malditas fueran Selena y esas brujas. Obviamente estaba aquí para ser servida al Príncipe como un pavo en el día de acción de gracias. Deprisa, Dante rogó silenciosamente. Por favor, Dios, deprisa. Otra cara apareció de repente en su campo de visión. Esta pertenecía a una mujer no mucho mayor que Abby, con una cara pálida y afilada y una oscura mata de pelo. Podría haber sido atractiva si no hubiera sido por el brillo antinatural en sus ojos marrones. —No parece tan peligrosa —se mofó la mujer. El hombre le dirigió una mirada condenatoria. —Porque, como la mayoría, sólo ves con los ojos, Kayla. Una debilidad contra la que te he advertido más de una vez. —No tiene importancia. Pronto estará muerta. A Abby no le gustó el tono frívolo de la mujer. Sonaba como si estuvieran sacando la basura en vez de cometer un asesinato a sangre fría. Con una llamarada de cólera, se preguntó si podría freír a esa perra como hizo con aquel zombi. —Sí, pronto —el calvo desconocido dirigió la mirada hacia la hoguera—. La invocación del Señor Oscuro ha comenzado. ¿Llamo a Amil y al vampiro? Dante. Abby cerró los ojos brevemente cuando el alivio la recorrió. Él estaba cerca. Y de un momento a otro iba cargar a través de la puerta para patear a algún serio trasero. Ignorante del peligro, el hombre permitió que una peculiar sonrisa tirara de sus labios. —Aún no. Estoy esperando el momento apropiado para… recompensar a mi leal acolita. Algo en su tono aceitoso captó la atención de Abby, erizando los cabellos de su nuca. La joven, sin embargo, sólo sonrió. —Me honras pidiendo mi presencia. —Te aseguro que tu presencia es esencial —los oscuros ojos ardieron con un fuego frenético—. Seremos bendecidos por encima de todos los demás. —Sí, ciertamente. Hubo un sonido a través de la cámara, y Abby volvió la mirada para descubrir a dos formas oscuras cerca de la esquina. Estaban cubiertos de pies a cabeza con pesadas túnicas. Sin duda una cosa buena. Abby no esperaba ni por un momento que fuesen realmente humanos. La mujer no pareció más impresionada que Abby, y sus labios se curvaron cuando agitó una mano hacia los silenciosos testigos. —¿No deberías enviar fuera a esas… alimañas? ¿Seguramente no los quieres cerca cuando regrese Su Señoría? —También son esenciales. —¿Por qué? —Pronto lo descubrirás. La mujer emitió un sonido áspero de molestia. —Odio esta espera. —La paciencia posee sus propias gratificaciones —todavía estudiando a Abby, el hombre pareció enderezarse, y su cabeza giró hacia una abertura cerca de los sirvientes. La mujer frunció el ceño. —¿Qué es maestro? —Siento un… disturbio. Regresa con Amil. —¿Ahora? Y si el Pr… Una corriente helada atravesó abruptamente el aire. —Dije que regresaras con Amil. Tanto Abby como la extraña mujer cambiaron de color ante el gélido filo de su voz. Era la voz de un hombre que mataría sin pensárselo dos veces. —Por supuesto —balbuceó ella al hacer una profunda reverencia y escapar de la habitación. Aparentemente olvidando a Abby por el momento, el hombre observó las llamas oscilantes. —Nada puede detenerme. No ahora. Capítulo 13 Dante estaba esperando por la mujer. Esta pasó su forma de sombra sin notarlo, y después fue demasiado tarde cuando se movió con rapidez para clavarle profundamente los dientes en la garganta. Era incapaz de beber sangre humana, gracias a las brujas, pero eso no le impidió desgarrarle la garganta. Sin siquiera bajar la mirada, dejó caer el cuerpo sin vida al suelo y volvió a las sombras para mirar a su arrogante cómplice entrar a zancadas en la amplia cámara que tenían delante. Había sido un juego de niños convencer a Amil de que lo liberase de las cadenas. El mal siempre se volvía contra sí mismo, y el ambicioso cachorro no era completamente estúpido. Sabía muy bien que su maestro no dudaría en dárselo como comida al Príncipe. Era precisamente lo que él haría si tuviese oportunidad. Y afortunadamente su hinchado ego le hacía creer que podía controlar a un simple vampiro. Un error que Dante estaba muy dispuesto a alentar. Por lo menos hasta que obedientemente distrajese al misterioso maestro y le permitiese a Dante escapar con Abby sin ser disuadido. Si se interpusiese en su camino, Dante se aseguraría de que hiciera un temprano viaje al infierno. Moviéndose en un silencio que ningún humano podría igualar, Dante se deslizó detrás de Amil mientras éste cruzaba para detenerse delante de un hombre delgado y mayor cubierto en pesadas ropas. El maestro. Dante estrechó la mirada al sentir el poder que relucía alrededor del mago. Peligroso. Muy peligroso. Dante se deslizó profundamente entre las sombras que rodeaban la caverna. No deseaba enfrentarse directamente al mago. No cuando existía el riesgo de que lo matase antes de liberar a Abby. Pensar en Abby hizo que instintivamente su mirada se moviese hacia donde estaba atada al poste. Deliberadamente había evitado mirarla con demasiada atención. Era suficiente saber que estaba viva y aparentemente sin daño. Darle vueltas a la evidente angustia que ella sentía sólo lo distraería en un momento en que con desesperación necesitaba mantener la mente concentrada. Apretando los dientes con fría furia, continuó por las sombras, moviéndose hacia los dos sirvientes encapuchados que se encontraban a sólo unos pies. En la cámara, Amil al fin se estaba enfrentando al mago oscuro. —Maestro. Un hormigueo helado de poder recorrió el aire, haciendo incluso estremecer a Dante. —¿Por qué estás aquí? —acusó el mago—. ¿Dónde está Kayla? Demasiado estúpido o arrogante para darse cuenta de lo sobrepasado que estaba, el joven mago soltó una risita entre dientes. —Lo último que vi es que estaba siendo desgarrada en trizas por un vampiro muy enfadado. Hubo una pausa furiosa. —¿Permitiste que la bestia escapase? —Se puede decir así —dijo Amil arrastrando las palabras. Situándose justo detrás de los sirvientes, que todavía no habían notado su presencia, Dante se estiró para rodear sus gargantas con los brazos. Con un movimiento suave, torció ambos cuellos hasta que crujieron, y los bajó hasta el piso. En ningún momento habían visto venir la muerte, y él estaba un paso más cerca de la libertad. El maestro emitió un agudo siseo. —Tú, idiota. Estúpido y codicioso idiota. —No, no un idiota —negó Amil—. Por lo menos no tan idiota como para permitirme convertirme en un mero bocado para que te puedas revolcar en tu propia gloria. Hubo un latido asombrado, como si el maestro no hubiese esperado que su estudiante se diese cuenta de su destino final. —Ah, quizás no tan idiota después de todo —susurró en un frío tono—. Dime, Amil, ¿qué pretendes hacer? —Lo que debería haber hecho desde el principio. Matarte y ofrecerle yo mismo el Fénix al Señor Oscuro. Sin sorpresa, el orgulloso alarde sólo le provocó una risa al hombre mayor. —¿Matarme? ¿Tú? —Estás débil por la batalla con las brujas —alardeó Amil, haciendo que Dante se parase en las sombras. Así que el mago era responsable de la carnicería en el aquelarre. Condenado infierno. Tenía que sacar a Abby fuera de esta caverna lo antes posible. Hundiéndose de vuelta en las sombras, Dante empezó a recorrer el camino hacia atrás del mago. —Apenas puedes conjurar suficiente poder para un hechizo de convocación —Amil continuó su mofa. Lo que podría haber sido una sonrisa curvó los delgados labios cuando el mago agarró el medallón que tenía alrededor del cuello. —No tan débil como crees —apuntando hacia el hombre más joven, el mago golpeó. Abby era muy consciente de que había algún tipo de batalla mística entre los dos hombres encapuchados. Era difícil no saberlo cuando el más joven de los dos se estrelló abruptamente contra la pared sólo para ponerse en pie con dificultad y embestir hacia el hombre mayor. Su atención, sin embargo, no estaba en los magos peleando. Había sentido a Dante en el momento que entró en el cuarto. La atravesó una alegría feroz que casi le paró el corazón cuando por fin lo situó deslizándose entre las sombras. Estaba vivo y libre, y de camino a sacarla de ese horrible lugar. Entonces su alegría vaciló cuando la luz se movió y vio la húmeda mancha rojiza de su camisa. Vagamente recordó al hombre joven con túnica declarando que un vampiro estaba desgarrando en tiras a la mujer, Kayla, pero de alguna manera no lo había conectado con Dante. No hasta que vio cómo se deslizaba entre las sombras para encargarse de los sirvientes con facilidad rápida y letal. Era una muerte deslizante y silenciosa. Un asesino brutal que acechaba a su presa sin compasión. Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando estudió las facciones de alabastro fijas en una máscara despiadada y los ojos que brillaban con un congelado fuego plateado. Este era el vampiro contra el que la había advertido. El demonio que acechaba tras la imagen del hombre. Otro escalofrío la recorrió. Pero no de miedo físico. Quizás era ridículamente ingenua, pero no creía que él le fuese a hacer daño. Por lo menos no intencionadamente. Era más por el conocimiento de que había llegado a pensar en Dante como… ¿qué? ¿Su novio? ¿Su amante? Dios, no lo sabía. Y ahora no era el tiempo de considerar tales pensamientos idiotas, se dijo a sí misma con una bofetada mental. Por el amor de Dios, si Dante no la desataba y sacaba de la caverna, se convertiría en un bocadillo nocturno para un espíritu malvado. Seguramente eso era más importante que su vida amorosa. Hubo un furioso chillido y sonidos de forcejeos de los dos hombres peleando en el medio de la cámara, y una sensación punzante de electricidad en el aire, pero Abby rechazó desviar la mirada del vampiro que se acercaba. Mientras mantuviese a Dante a la vista, sabía que estaba a salvo. Quizás una certeza ridícula, pero, ¿qué iba a hacer una mujer aterrorizada y a punto de ser sacrificada? Incapaz incluso de lloriquear con la mordaza en la boca, Abby miró a Dante acercarse más. Su mirada plateada mantuvo la suya, como si la obligase a no dejarse llevar por el pánico. Sí, seguro. Sólo las cuerdas atándola al poste impedían que se desplomase en el piso para poder balbucear de terror. Abby Barlow, salvadora del mundo. Cuidadoso de evitar la atroz batalla en el centro de la cámara, Dante fluyó por las sombras. El corazón de Abby casi se paró cuando él desapareció detrás de ella. Oh, Dios. No podía verlo. ¿Y si desaparecía? ¿Y si había más tipos malvados ocultos...? El tacto de dedos fríos y esbeltos en su muñeca puso rápido fin a sus locos pensamientos. Abby habría llorado de alivio si no se hubiese dado cuenta que aún estaban bastante lejos de estar seguros. Las cuerdas se deslizaron sobre el piso, mandándole dolorosos pinchazos por los brazos, ya que su sangre podía volver a circular por las venas. Sintió los labios de Dante en la oreja mientras luchaba por sacarse la mordaza de la boca. —No digas nada —susurró él, esperando a que asintiera con la cabeza antes de permitir que la asquerosa mordaza cayera. Abby aspiró varias bocanadas profundas mientras salía del poste e iba directamente a los brazos acogedores de Dante. Él la puso cerca, como si sintiese que sin su apoyo se desplomaría. Sin embargo, su estado debilitado no le impidió forzar a sus temblorosas piernas a llevarla hacia la estrecha abertura al otro lado de la cámara. Ella se mordió el labio para detener la respuesta instintiva. Había estado cuatro horas atada al poste y todo su cuerpo se sentía como si le hubiesen pegado un repaso. Aún así, no tenía más deseo que Dante de permanecer más tiempo en esta húmeda celda. No cuando el idiota de cara pálida la consideraba un delicioso regalo para el Príncipe Malvado. Habían alcanzado la estrecha abertura cuando un grito que ponía los pelos de punta se elevó detrás de ellos. —¡No! —chilló el hombre joven—. ¡Me rindo! Yo… Hubo un horrible sonido gorjeante y entonces un olor de lo que podía ser carne quemada. Abby se atragantó incluso mientras Dante se la lanzaba con rudeza sobre el hombro y se lanzaba por el oscuro corredor. En esta ocasión ni siquiera notó la náusea por el movimiento balanceante. Era la única cosa que tenía el miedo absoluto, que le nublaba la mente. Tendía a poner todo lo demás en perspectiva. Moviéndose por la oscuridad a una velocidad que desafiaba las leyes de la física, Abby rezó interiormente a cada dios y deidad en los que pudo pensar. Parecía un buen momento para cubrir todas las bases. En realidad, cuando llega la hora de la verdad, ¿quién sabe? El tiempo no tenía significado para ella, pero lentamente empezó a notar que se estaban moviendo gradualmente hacia arriba. Entonces, sin aviso, sintió el inconfundible roce del aire fresco sobre las mejillas. Oh, gracias, gracias, gracias, susurró hacia el cielo. Estaban fuera de la deplorable caverna. Y lo mejor de todo, no parecía haber ninguna señal de persecución. Aún así, el ritmo de Dante nunca bajó. Aparentemente no afectado por su peso (una alegría para su vanidad en cualquier otro momento), se lanzó a través de un gran cementerio y pasando una iglesia abandonada. A ella le pareció haber visto un puñado de casas en mal estado, pero pasaron tan borrosas que era imposible estar segura. No fue hasta que estuvieron muy lejos de la caverna que Dante al fin redujo la velocidad y con cuidado la bajó hasta dejarla de pie. Al instante Abby tembló, y la mano de Dante la agarró por la cintura para mantenerla derecha. —¿Estás herida? —gruñó, su mano cogiéndole la barbilla para inclinarle el rostro hacia arriba para su inspección. Ella tembló bajo el brillo irresistible de su mirada plateada y entonces se forzó a relajarse. Este era Dante. El hermoso e increíble vampiro que acababa de salvarle la vida. —Nada que veinte años de terapia no curen —le respondió en una voz que no estaba demasiado firme—. ¿Qué eran esos tipos raros? ¿Demonios? La nariz de Dante se agitó en ardiente furia. —Eran lo suficientemente humanos. Discípulos mortales. Bueno, eso no habría sido su primera opción. —¿Discípulos? —Adoradores del Príncipe —aclaró—. Tú los llamarías magos. Los labios de ella se torcieron. Bastante diferentes a amables ancianos con largas barbas blancas y brillo en los ojos. —Lo que explicaría la magia, supongo. —Magia más poderosa que la que un mero humano sería capaz de poseer —sus pestañas se juntaron como si el pensamiento lo preocupase. Lo que hacía que a ella le preocupase. Mucho—. Fue el mago anciano el que atacó al aquelarre. —Santo Dios —ella se estremeció en horror al recordar lo que le había hecho a las brujas. ¿Cómo podía algún ser humano cometer semejantes atrocidades?—. Iba a darme como alimento a esa… sombra. —Sí. Con el Fénix destruido, el Príncipe volvería a caminar libremente por el mundo. —Un mago. Simplemente perfecto —Abby se sacudió la cabeza—. Supongo que estará en la cola con los demonios y los zombis que nos perseguían. —Con suerte no inmediatamente. Las batallas con las brujas y el joven Amil lo habrán dejado débil. No creo que tenga mucha prisa por enfrentarse a mí, no todavía. Inconscientemente, la mirada de Abby se oscureció. —No, no creo que tenga mucha prisa. Dante tardó un latido en agarrarla abruptamente de los hombros con firmeza. Su hermosa cara estaba seria bajo la muda luz de la luna. —Te advertí, Abby —gruñó él—. Soy un vampiro. Un depredador. Nada puede cambiar eso. Instintivamente ella levantó una mano para ponerla sobre su mejilla. Su piel estaba fría y suave bajo su palma, enviándole una excitación familiar por el cuerpo. —Lo sé. Con una gentileza que le hizo saltar el corazón, Dante le colocó el pelo detrás de las orejas. —¿Te asusté? —Quizás un poco —admitió ella en voz baja. Algo que pudo ser dolor estalló en sus ojos plateados. —Nunca te haría daño. No importa lo que pase. Estando sujeta cerca de su cuerpo, ella no tuvo ni un momento de duda. —Eso no es lo que temí. —¿Qué fue? —Me acabo de dar cuenta de que tenías razón. Somos muy diferentes. Dios, ni siquiera estoy segura de que seamos de la misma especie. Los brazos de Dante se desplazaron para apretarse más contra su cintura. —Diferentes, pero unidos juntos, querida. Al menos hasta que el Fénix pueda ser dado a otra —le sostuvo la mirada con facilidad—. ¿Confiarás en mí, Abby? No hubo vacilación. —Con mi propia vida. Extrañamente su rápida afirmación lo hizo ponerse rígido. Como si lo hubiese pillado desprevenido con su pronta confianza. —Yo… oh Dios, Abby, si sólo supieses —murmuró, bajando la cabeza para presionar sus labios con ternura contra su boca. Abby se arqueó de buena gana hacia él, sus manos rodeándole el cuello. Santo Dios, lo necesitaba. Su toque. Su fuerza. Su consuelo. Con suavidad Dante alivió el horror de las horas anteriores, sus labios acariciándole la boca, sus manos agarrándole las caderas. Inclinando la cabeza hacia atrás, Abby gimió cuando él centró su atención en la curva de su cuello, mordisqueando el pulso que latía con vertiginosa excitación. —¿Si sólo supiese qué? —le preguntó ella sin aliento. Las manos de Dante se tensaron en sus caderas antes de alejarse lo suficiente para observarla con una mirada nublada. —La de tiempo que ha pasado desde que me han tratado como algo más que un animal rabioso. El corazón de Abby se agitó mientras rozaba con los dedos sus sensuales labios. Conocía demasiado bien el sentimiento de ser odiado y no deseado en su propia casa. De ser puesta en su sitio con brutalidad cuando se atrevía a desafiar a su padre. Cómo Dante había conseguido soportar su cautiverio durante siglos, era algo que escapaba a su comprensión. —Lo siento —dijo con voz ronca—. Nadie se merece ser encadenado y retenido contra su voluntad —le enmarcó su hermosa cara entre las manos—. Te juro que haré todo lo que pueda para liberarte. Los ojos de Dante ardieron cuando reclamó sus labios en un beso que ella sintió hasta en su propia alma. Abby gimió, curvando los dedos de los pies en placer. Oh sí, este vampiro sabía una cosa o dos sobre besar. Una mujer podía pasar la eternidad sólo siendo sostenida entre sus brazos. Pasándole las manos con suavidad por su satinado cabello, Abby se hundió en el ardiente calor. Estaba viva contra todo pronóstico. Estaba decidida a apreciar cada momento de lo que le había sido concedido. Las manos de Dante se deslizaron lentamente por la curva de su espina dorsal mientras el beso se profundizaba. Su erección se presionó contra el estómago de ella. Abby se olvidó de magos oscuros, asquerosos zombis y brujas desaparecidas. Se olvidó de todo excepto del creciente placer ante el tacto de Dante. Durante meses había fantaseado con este hombre. Ahora que sabía de primera mano el tipo de amante que era, su hambre de él era casi insoportable. Abby oyó el áspero gemido de Dante cuando elevó las manos para acunarle la suavidad de sus pechos. Pero incluso cuando se arqueó contra su contacto, de mala gana él se estaba apartando. —Cristo, ¿qué estoy haciendo? —murmuró, pasándose las manos con rudeza por el pelo—. Vámonos antes de que haga que nos capturen otra vez. Cogiéndole la mano, Dante la guió a través de los tupidos árboles, refunfuñando en voz baja ante su breve distracción. Abby también refunfuñó lo suyo. Con toda certeza, sólo quería alejarse lo más posible del mago loco y su pandilla de zombis. No parecía una reacción desmesurada poner varios océanos entre ellos. Pero no pudo negar una pequeña sensación de frustración. Simplemente, quería estar a solas con Dante una vez sin la amenaza de muerte horrible colgando sobre sus cabezas. Unas pocas horas en las que pudieran disfrutarse el uno al otro en paz absoluta. Era suficiente para poner a cualquier mujer un poco gruñona. Se movieron en silencio durante lo que pareció una eternidad. De forma intermitente, Dante insistía en llevarla en brazos para que pudiesen moverse más rápido, pero odiando sentirse inútil, ella prefería caminar detrás de él. Al final se empezó a preguntar si Dante pretendía que anduviesen en círculos durante el resto de la noche. —¿Sabes a dónde vamos? —le preguntó con sospecha. —A por ayuda —le respondió sin perder el paso—. La próxima vez que me enfrente a esos zombis, pretendo tener algo que asuste a esos hijos de puta de vuelta a sus tumbas. ¡Ella no podía discutir con eso! —Buen plan. ¿Dónde está este algo? —En Chicago. —Déjame adivinar… Viper —dijo en tono seco. Eso le ganó una mirada rápida por encima del hombro. —¿Cómo lo supiste? —Parece el tipo de ser que siente fascinación por cosas que asustarían a los zombis. —No lo sabes bien —sin avisar, se paró abruptamente. Afortunadamente habían dejado atrás los árboles y ahora se encontraban en lo que parecía ser un campo abandonado—. Espera. Apartando cosas del pelo que por Dios esperaba que fuesen trozos de hojas y ramas, Abby miró a Dante con un ligero ceño. —No me digas que estás perdido. Girándose, Dante elevó sus perfectas cejas. —Nunca me pierdo. Abby puso los ojos en blanco. —Has hablado como un verdadero macho. Con una sonrisa de suficiencia, él se volvió a mover. —Por aquí. —¿Estás seguro? —exigió ella—. ¿No estarás simplemente haciéndome dar vueltas hasta que nos tropecemos con el coche? —¿Naciste tan irritante o es una habilidad que has desarrollado sólo para fastidiarme? Sus labios temblaron. No podía negar que disfrutaba provocando a Dante. Culpa de él, por supuesto. No debería ser tan arrogante. —No te hagas ilusiones. Siempre he sido igual de irritante. —Ahora, eso lo creo —murmuró antes de lanzarle una sonrisa condescendiente por encima del hombro mientras señalaba el perfil de los edificios abandonados de una fábrica justo hacia la izquierda—. Allí. Abby dejó escapar un bufido aunque interiormente suspiró de alivio al darse cuenta de que sólo estaban a una distancia corta del coche de Viper. Daría su alma por poder descansar sus doloridas piernas. —No tienes que sonreír con sorna. Es impropio. Dante se rió entre dientes cuando alcanzó el coche y apoyó su largo cuerpo contra el capó. Bañado en la luz de la luna, con la camisa medio abierta y el cabello fluyendo alrededor de su perfecta cara, parecía alto, oscuro y comestible. Un sabroso y cubierto ornamento, de hecho. Doblando los brazos sobre su pecho, Dante permitió que una de esas sonrisas lentas y malvadamente traviesas le curvara los labios. —Creo que me debes una disculpa por haber dudado de mis extraordinarios poderes en algún momento. Abby luchó por no derretirse a sus pies. Tenía algo de orgullo. —¿Qué tipo de disculpa? La sonrisa se hizo más amplia. —Tengo unas pocas ideas. Desafortunadamente incluyen una cama blanda, velas perfumadas y mucha nata montada. Ninguna de las cuales tengo a mano. La boca de Abby se secó. —¿Los vampiros comen nata montada? —No planeo ser el que se la coma. Oh. De repente el aire pareció demasiado espeso para respirar. Sin duda tenía algo que ver con la imagen de tener a Dante extendido sobre una cama mientras ella le lamía una capa de nata de su duro cuerpo. —Sinvergüenza —gruñó ella. Él echó una mirada hacia los cielos oscurecidos. —Sinvergüenza y muerto si no nos apuramos. Chicago no se está poniendo más cerca. Tal y como vamos ya va a ser algo justo. Juntando sus dispersos pensamientos, Abby intentó determinar cuánta noche había pasado ya. Un intento estúpido. Para ella la mañana llegaba cuando sonaba el despertador, normalmente cinco o seis veces. —Si estás preocupado, ¿por qué no conduzco yo y tú te escondes en el maletero? —Creo que no. —¿Por qué no? Era una solución perfectamente razonable. Por supuesto, era un varón a pesar del beneficio de ser un vampiro. Y con el típico comportamiento masculino, la miraba como si le hubiese sugerido que se castrase. —Prefiero arriesgarme al sol. Los labios de Abby se juntaron en una línea. —¿Estás implicando que una mujer no puede conducir tan bien como un hombre? —Estoy implicando que la única forma en que me voy a meter en ese maletero es si te unes a mí —dijo en tono seco—. Además, si Viper encuentra un arañazo en el coche o algo más, ser un montón de polvo será el menor de mis problemas. —¿Y por qué piensas que arañaría…? Sus palabras fueron interrumpidas con rudeza por el simple método de que Dante alargase la mano y la lanzase contra su pecho. Una vez allí, le selló los labios con los suyos en un beso breve y arrasador. —Por favor, querida, ¿podemos continuar la discusión en el coche? —murmuró contra su boca. —Oh, la continuaremos —le advirtió, no queriendo ser tan fácilmente manipulable. Al menos no hasta que tuviesen la cama blanda y la nata montada—. Puedes contar con eso. Capítulo 14 Al final, la promesa de Abby de continuar discutiendo resultó ser una amenaza vacía. Su amor por una vigorizante pelea no era equivalente al cansancio que la embargaba. Dante apenas había alcanzado la interestatal cuando la cabeza de ella se inclinó hacia un lado y sus ojos se deslizaron hasta cerrarse. Resistiendo el deseo de detener el coche y simplemente apreciar su tranquila belleza, Dante aceleró a través de las calles vacías y alcanzó la guarida de Viper mucho antes de que saliese el sol. Estacionó en la parte privada de la calle, y llevó cuidadosamente a Abby a la habitación que habían compartido antes. Estaba más allá del cansancio cuando depositó a Abby en la ancha cama. No sólo por los excesivos esfuerzos de la noche, sino también por el próximo amanecer. Aún así, se obligó a dejar el cuarto y buscar a Viper en sus habitaciones privadas. Encontró al vampiro tumbado desgarbadamente en un antiguo diván vestido con una túnica de brocado pesadamente bordada con hilo de oro. El mismo cuarto habría hecho a la mayoría de los coleccionistas babear de envidia. Desparramados sobre las inapreciables alfombras tejidas a mano había dorados muebles tallados que una vez habían pertenecido a un zar ruso. Las paredes estaban decoradas con tapicería de seda pintada a mano, las puertas hechas de ébano embutido con hojas de oro, y las arañas de luces tachonadas con zafiros y perlas. Lo que más impactaba eran las raras obras de arte que estaban cuidadosamente exhibidas detrás de marcos acristalados con controladores de temperatura. El mundo pensaba que la mayoría estaban perdidas, e incluso alguna había sido completamente olvidada. Conjuntamente creaban una abrumadora belleza que no era superada por nada en cualquier parte del mundo. Rodeado por enseres apropiados para el palacio más fino y sorbiendo un brandy que costaba más que algunos pequeños países, cada centímetro de Viper parecía un aristócrata mimado. Solamente cuando uno notaba el frío y calculador destello en sus ojos de medianoche, la imagen del indolente hedonista se hacía pedazos. Un destello que se hizo más pronunciado cuando Dante relató brevemente lo que había ocurrido desde que había dejado Chicago. Poniéndose de pie, Viper lo observó con una expresión sardónica. —Abominaciones, magos oscuros, brujas muertas… te diré una cosa, Dante, realmente sabes como elegir a tus mujeres. —Exactamente no elegí a Abby, el Fénix lo hizo. Una ceja perfecta, varios tonos más oscura que el plateado pelo, se arqueó lentamente. —¿Te das cuenta de que perdiste una oportunidad perfecta para liberarte de tus cadenas? Dante sonrió sardónicamente. Las cadenas que le unían a Abby nunca se quebrarían. Sin importar lo que ocurriera con el maldito Fénix. —¿Permitiendo que Abby sea sacrificada? Ni por una fortuna, demonios. —Lo tienes mal, amigo mío —Viper clavó los ojos en él durante un largo momento— Conozco a una sacerdotisa de vudú que tiene un conjuro que podría… —Gracias, pero no es necesario —interrumpió Dante firmemente—. Lo que necesito es a esas malditas brujas. Viper apretó los labios, pero fue un agradable cambio que no siguiese con la discusión. Un alivio, considerando que el viejo vampiro poseía la habilidad de doblegar la voluntad de otros siempre que deseara realizar el esfuerzo. —¿Estás seguro de que algunas sobrevivieron? —demandó en lugar de seguir discutiendo. —Al menos unas cuantas. Seguí sus huellas hasta el garaje. —Podrían estar en cualquier parte. —No estarán lejos del Fénix —señaló Dante—. Incluso si no saben la posición exacta o quién contiene el Cáliz, sienten su presencia. Desafortunadamente no tengo ninguna manera de contactarlas. —Difícilmente llamaría a eso ser desafortunado —la delgada nariz se ensanchó con desagrado—. Una lástima que el mago no las erradicara totalmente. Un sentimiento con el que Dante había estado totalmente de acuerdo hasta que Abby fue obligada a cargar con el Fénix. Ahora su única preocupación era encontrar la manera de librarla de su carga. —Ya hemos hablado de esto, Viper. —Y sabes mis sentimientos. —En horripilante detalle —Dante alzó una mano para frotar los músculos anudados de su cuello—. ¿Me ayudarás? —Sabes que no tienes que preguntar. Puede que te considere un tonto consumado, pero siempre te cubriré las espaldas. —Gracias —murmuró Dante con genuina sinceridad. —¿Qué necesitas? —Protección —contestó Dante prontamente—. Algo lo suficientemente pequeño como para llevar encima, pero capaz de tratar con los zombis. Una sonrisa sacudió las comisuras de los labios de Viper. —Sin duda tengo algo adecuado en mi cámara acorazada —replicó. Dante sabía que la cámara de Viper podría armar a países enteros. Su arsenal de armas iba desde prototipos robados a los mejores científicos a armas antiguas, bendecidas con poderosa magia—. ¿Qué más? —Creo que alguien debería vigilar al mago. Convocó poderes que han sido olvidados durante siglos. Podría ser un problema. —Ah —los oscuros ojos brillaron abruptamente con anticipación—. Tal vez me acercaré para hacerle una visita. No he luchado contra un mago decente desde la Edad Media. Dante frunció el ceño. Por regla general, Viper lograba evitar mezquinos enfrentamientos. A diferencia de la mayoría de los vampiros, no sentía la necesidad de probar sus pelotas desafiando a cada demonio que se cruzara en su camino. Esa era una de las razones por la que Dante prefería su compañía a la de otros. Pero había una parte de Viper que no podía resistirse a un desafío. Si pensaba que podía haber algo allí fuera que le diese una batalla digna, no dudaría en lanzarse a ello con una pistola preparada. O enseñando los colmillos. —Ten cuidado —avisó Dante severamente—. No dudo que tendrá en reserva algunos trucos sucios. Viper se rió ahogadamente con fría diversión. —Confía en mí, Dante, nadie puede igualarme en trucos sucios. —Eso lo creo totalmente —masculló Dante, extendiendo la mano para asir el hombro de su amigo cuando sus rodillas amenazaron con doblarse. —Dios mío, apenas puedes tenerte en pie —gruñó Viper, con un indicio de interés tocando sus delgadas facciones—. Vete a la cama. Pondré una guardia fuera de tus habitaciones. Tú y tu Abby estáis a salvo aquí. Dante inclinó la cabeza con alivio. —Eres un buen hombre, Viper. —Repite eso por ahí y te picaré en trocitos como si fueras beicon y te dejaré al sol —advirtió el viejo vampiro. —Se irá conmigo a la tumba. Sintiendo cada uno de sus cuatrocientos años, Dante se abrió paso de vuelta a través de los oscurecidos vestíbulos. Al menos tendría algunas horas de descanso. Ningún mago, ninguna bruja, ningún zombi, o demonios. Solamente Abby. El cielo. Entrando en el apartamento privado, se encaminó directamente al dormitorio sólo para detenerse al escuchar el inconfundible sonido del agua al salpicar. El cansancio se esfumó mientras una débil sonrisa le curvó los labios. Alterando su curso, se dirigió hacia el cuarto de baño y dio un paso a través de la puerta para estudiar a la delgada mujer sumergida en la enorme bañera. Hablando del cielo… Si su corazón todavía latiese, entonces se habría parado en seco ante la vista de la blanca piel resplandeciendo a la luz de la vela como la más rara perla y los rizos de miel enmarcando su cara de pilluela. Afortunadamente, el resto de su cuerpo funcionaba a la perfección. Dante permitió que su mirada se pasease por el suave empuje de sus pechos hacia el tentador triángulo de vello entre sus muslos, y sintió como se ponía duro. Dolorosamente duro, reconoció cuando su erección se apretó contra los botones de sus pantalones. Con meridiana claridad, recordó la percepción de su calor cuando lo había sostenido en sus brazos y el doloroso placer cuando lo había cabalgado hasta el final. Ah, dulce cielo, la quería. No, la necesitaba. Con una desesperación que ponía en ridículo a la mera lujuria. Silenciosamente pateando sus botas y sacándose la camisa, Dante caminó hacia delante y se detuvo al borde de la bañera. —¿Es esto una fiesta privada o cualquiera puede unirse? —murmuró suavemente. Con obvio esfuerzo, Abby levantó los párpados para observarlo con una soñolienta mirada. —Dante —ronroneó, sin intentar cubrir sus deliciosas curvas—. No te oí regresar. Contuvo una maldición cuando su erección se hinchó en respuesta a la bella vista que tenía debajo. Quería besar cada centímetro de su mojada y resbaladiza piel. Hundirse entre sus muslos y saborear su calor. Observar agrandarse sus ojos con placer cuando entrase en ella y los empujara a los dos a un placer sin juicio. Su mano tembló por la fuerza de su deseo mientras la extendía para acariciar con los dedos la curva del cuello femenino. Podía sentir la blandura de su piel, el calor de su sangre al precipitarse. —Pensé que estarías dormida a estas alturas —murmuró. Ella lanzó un suave suspiro. —Esto se siente tan bien que no puedo obligarme a salir. Dante sonrió lentamente. —Tengo algo que se sentiría aún mejor Los ojos de Abby se oscurecieron mientras una sonrisa de pura tentación curvaba sus labios. —No sé —su mirada permaneció fija en su pecho desnudo—. Esto está bastante alto en la lista de lo que se siente bien. Poniéndose de pie, Dante se deshizo rápidamente de los pantalones antes de unirse a ella en el agua caliente. El vapor se nubló a su alrededor, llenándole de un perfume a vainilla y mujer, excitando al depredador que siempre acechaba justo bajo la superficie. Con un gruñido de satisfacción, Dante la atrajo a sus brazos mientras giraba con suavidad, anclándola encima de su dolorido cuerpo con las piernas montando a horcajadas sus caderas. Le sonrió a sus alarmados ojos mientras le alisaba cuidadosamente los rizos húmedos detrás de las orejas. —Querida, estás a punto de aprender una lista enteramente nueva. Abby contuvo la respiración conforme las manos pasaron rozando la curva de su cadera para ahuecar su trasero y presionarla firmemente contra su palpitante miembro. —¿Piensas que eres tan bueno? —susurró. Dante se rió ahogadamente mientras levantaba la cabeza para mordisquear la base de su garganta. —Oh, mejor. Mucho mejor. —Yo… —inclinó la cabeza hacia atrás cuando él le dio un pequeño pellizco, sus caderas moviéndose en silencioso estímulo—. Oh Dante gimió. Su piel le fascinaba. Tan suave. Tan caliente. Le lamió un hambriento camino hacia su pecho. El animal en él simplemente deseaba empujar dentro de ella y encontrar la liberación. Había algo interesante en un veloz y sudoroso orgasmo. Pero no con Abby, concedió. Esto no era sexo. No era un acoplamiento sin sentido. Era una unión que podía sentir correcta en su muerto corazón. Saboreando su dulce sabor, Dante rodeó su tenso pezón con la punta de la lengua. Con suaves caricias la provocó hasta que oyó su respiración siseante, y ella le agarró la cabeza entre sus manos. —Por favor —murmuró. —¿Es esto lo que quieres, querida? —demandó, cerrando los labios cerca del pico para succionar con tierna urgencia. —Sí. Sus dedos se enredaron en el pelo de él, y sus piernas se separaron hasta poder frotarse contra la longitud de su erección. Dante cerró los ojos ante la intensa sacudida de brillante placer que lo atravesó. Condenado infierno. Nada, en toda la vida, se había sentido tan bien. Y ni siquiera estaba dentro de ella. El agua caliente emergía entorno a ellos, y las velas titilaban, sumándose a las eróticas sensaciones. Él arqueó las caderas hacia arriba, moviendo las manos para acariciar el interior de sus muslos. Lentamente trazó dibujos en su mojada piel, simplemente disfrutando de su tacto. Podría quedarse aquí una eternidad, se percató con una diminuta sacudida de sorpresa. Simplemente los dos, a solas y en paz. Todavía provocando la dura punta de su seno con la lengua, deslizó las manos más arriba, abriendo más sus piernas, apartándolas hasta que descubrió su centro. Sus pestañas bajaron a medida que él pasó un dedo entre sus suaves pliegues. —Dante —susurró. Mordisqueando un sendero hacia el abandonado seno, frotó ligeramente los colmillos sobre su sensible pulso mientras un dedo acariciaba el interior de su liso calor. Abby gimió, enredando las manos en su pelo. Él se echó hacia atrás para mirar el rubor que se extendía por sus pómulos. Dios mío, era tan bella. Un ángel exótico que había caído a su alcance. Con lenta habilidad, acarició profundamente con el dedo el interior de ella. Al mismo tiempo usó el pulgar para acariciar la diminuta protuberancia de placer. —Te siento tan bien —masculló, acariciando con la lengua la punta de su pezón—. Tan lista para mí. —No te detengas —jadeó ella. Dante dejó escapar una risa sofocada. —No hay fuerza en la tierra que me pueda detener ahora, querida. Suspirando suavemente, Abby dejó que sus manos recorrieran la suavidad del cuello masculino y los músculos de sus hombros. Su toque era ligero, pero un camino de fuego seguía a la estela de sus dedos. Un estremecimiento de placer arqueó a través de su cuerpo. Durante siglos había salido a buscar a vampiros y demonios para aliviar sus necesidades. El sexo feroz y sin sentido satisfacía su humor frustrado. Además, las mujeres humanas eran una complicación que no necesitaba. Ahora se daba cuenta de cuánto se había estado perdiendo. El toque suave, persistente. El perfume femenino de deseo. Los deliciosos juegos preliminares que lo hacían estremecerse con anhelo. Como si leyera su mente, Abby agachó la cabeza para presionar los labios en su pecho. Con besos húmedos se movió para chupar su sensible pezón, y sus manos le acariciaron los duros músculos de su estómago. —Condenado infierno —gimió cuando ella vaciló brevemente y luego apresó su tensa erección en un tierno apretón. —Tal vez no eres el único con habilidades, querido —bromeó mientras lo acariciaba de la base a la punta y bajaba otra vez. Dante siseó ante las exquisitas sensaciones que le sacudían. ¿Habilidades? No. Su toque no era mera habilidad. Era magia. Sus caderas instintivamente se mecieron para empujar su miembro en su agarre. Dios mío, se sentía tan bien. Demasiado bien. Asombrosamente, pudo sentir la deliciosa presión construyéndose profundamente dentro de él. Su clímax ya venía, y él todavía estaba lejos de terminar con esta mujer. Apretando los dientes, Dante se concentró en el tacto de ella bajo sus dedos. Evocó toda la habilidad que había acumulado durante siglos para aumentar la excitación de Abby. Su gemido de placer fue todo lo que necesitó para asegurarse de que no había perdido la habilidad. —Córrete para mí, Abby —murmuró suavemente. La respiración de ella se agitó mientras sus dedos lo apretaron. —Dante. —Eso es, querida —la animó, usando el pulgar para llevarla hasta el borde. Perdido en el deleite de observar su cara mientras se acercaba al clímax, Dante no estaba preparado cuando ella repentinamente se quedó quieta encima de él, con una pequeña sonrisa tocando sus labios. —¿Abby? —inquirió suavemente. Su sonrisa se amplió, y el agua se agitó cuando ella desvió abruptamente su peso. Con una velocidad que pilló a Dante con la guardia baja, se giró hacia un lado, poniéndolo con facilidad encima de ella. Él titubeó torpemente por un momento y podría haber protestado por la repentina interrupción si las piernas de ella no se hubieran separado y se hubieran enroscado alrededor de su cintura. Estirando las manos, Abby le acunó la cara. —Tú comenzaste esto, Dante; tú lo terminas —murmuró con un brillo en los ojos. Dante rió ahogadamente cuando ella le lanzó sus mismas palabras a la cara. Oh sí. Tenía intención de terminar esto. Para satisfacción de ambos. Su risa ahogada se convirtió en un gemido cuando presionó en su dispuesto calor. Ella levantó las caderas para responder a su empuje, y él supo que si no estuviera ya muerto, ella seguramente le mataría. ¿Qué hombre podía resistir tal éxtasis? Gracias a Dios que era un vampiro. Tenía la intención de resistir el éxtasis muchas veces más antes de que el día terminase. Un rato después, Abby yacía envuelta en los brazos de Dante en medio de la enorme cama. Se sentía agradablemente cansada y saciada. Tal como una mujer debía sentirse después de una gran sesión de sexo. Desafortunadamente también se sintió más que un poco asustada. Se encogió mientras acariciaba ligeramente con los dedos el hombro de Dante, que todavía estaba ruborizado del vapor. ¿Quién lo habría supuesto? Ella había llegado al clímax con anterioridad. Bueno, al menos lo que podría tomarse por un clímax, considerando las sacudidas que había sentido. Incluso había alcanzado el clímax con Dante. Un glorioso, maravilloso y devastador clímax. Más de una vez. Y mientras podía haberse sentido como si estuviera en llamas dondequiera que él la tocaba, realmente nunca había expulsado suficiente calor como para hervir agua. Era… antinatural. Y la avergonzaba. Y, sobre todo, la asustaba. Sintiendo la mirada curiosa de Dante, Abby levantó a regañadientes la cabeza. —Lo siento —dijo suavemente. Sus cejas se fruncieron con perplejidad. —¿Por qué? Ella hizo una mueca. —Casi te hiervo como a una langosta. Una lenta sonrisa curvó sus labios mientras tiraba de ella para acercarla todavía más. Una instantánea sacudida de excitación recorrió velozmente la columna vertebral de Abby al percibir que su cuerpo volvía a despertar. ¡Jesús! Los vampiros parecían ser insaciables cuando se trataba de sexo. No es que ella se quejara. De hecho, su primer pensamiento fue, ¡estupendo! —Una langosta muy, muy contenta—murmuró él—. Te aseguro que cada quemadura valió la pena. Ella se mordió el labio inferior, la repugnancia por sí misma regresando con ganas. —Dante. Él le acarició con un dedo su mejilla ruborizada. —No fue culpa tuya, Abby. Ahora tienes poderes que todavía no entiendes, y mucho menos controlas. Es normal que cause unos pocos efectos secundarios, algunos de los cuales son más agradables que otros. Su rubor se hizo más hondo cuando él deliberadamente le recordó su flamante fuerza nueva, su velocidad y su aguante aparentemente interminable. Todos regalos del Fénix, al parecer. Y las increíbles gratificaciones cuando se trataba de hacer el amor. —Me alegro de que le puedas encontrar alguna gracia a la situación. Los ojos de plata destellaron con diversión. —Confía en mí, querida, puedes reír o puedes llorar. No cambiará nada. —Para ti es fácil decirlo —refunfuñó—. Tú no sabes lo que es perder el control de tu cuerpo y… —Sus palabras se cortaron abruptamente cuando él arqueó una negra ceja como el azabache—. Oh. —¿Decías? —Algo increíblemente estúpido —masculló ella irónicamente—. Supongo que lo sabes Él asintió lentamente con la cabeza. —Demasiado bien. Ella resopló exasperada. —Se pensaría que si algún ser tomase tu cuerpo, al menos podría tener la educación de dejarte un manual. Podría matarme o, peor, matar a alguien más mientras ando a tientas. Distraídamente Dante jugueteó con un rizo que yacía sobre su mejilla. —Supongo que un ser superior da por supuesto que simplemente deberías saber las reglas y leyes. —¿Un ser superior? —El Fénix es adorado como una diosa por aquellos que luchan en contra del Señor Oscuro. Adorado. Caramba. Una chica podría acostumbrarse a algo como eso. —¿Una diosa, eh? —intentó asumir una apariencia regia, frunciendo los labios y ensanchando las ventanas de la nariz—. ¿Eso quiere decir que tienes que hacer una reverencia y rezarme? Él dejó escapar una suave risa ahogada, y ese destello malicioso regresó a sus ojos plateados. —No lucho en contra el Señor Oscuro, querida —murmuró, rozando con los labios su sien y su mejilla, y bajando por la curva de su cuello—, pero no me importa hacer una reverencia y saborear esta gloriosa dulzura. A Abby tampoco le importaba que hiciese una reverencia. De hecho, si no estuviera tan alucinada, le habría dicho que siguiera rápidamente con la reverencia. En lugar de eso, le tocó la cara ligeramente. —Dante. Mordisqueándole la clavícula, ya estaba distraído. —¿Hmmm? —No quiero lastimarte —dijo suavemente. Dante paró antes de separarse para observarla con expresión perpleja. El corazón de Abby dio un débil revoloteo. Dios mío, era tan bello. Casi perfecto. Podría pasar el resto de la eternidad simplemente mirándolo. —No me lastimarás, Abby —la reconfortó en voz baja. —¿Cómo lo sabes? Cuando yo… —vaciló Abby torpemente—. Cuando estamos juntos, los poderes salen descontrolados. Los labios de Dante temblaron ante su timidez. No fue una sorpresa. Yacía desnuda en sus brazos después de una sesión de tres horas de sexo. Y ahora no podía decir en voz alta la palabra orgasmo. Quién lo hubiera imaginado. —Estoy dispuesto a arriesgarme. Los labios femeninos se apretaron ante su tono de diversión. —Esto no es un chiste, Dante Sus ojos se estrecharon lentamente. —¿Abby, qué pasa? —Es peligroso... —No —la interrumpió—. Sabes que soy inmortal. No, hay algo más. Tienes miedo Ella cambió de posición. Él sondeaba en recuerdos y emociones que había mantenido encerradas durante años. Recuerdos que habría borrado de su cerebro si pudiese. —Por supuesto que tengo miedo —masculló—. Tengo esta cosa dentro que lo está cambiando todo, y no puedo hacer una maldita cosa para detenerla. Su mano le acarició el pelo de forma tranquilizadora. —Es comprensible, pero pienso que aquí hay algo más. Dime de qué tienes miedo. Ella tragó pesadamente antes de obligarse a enfrentar su mirada interrogante. —A perder el control —¿El control de qué? —De mí misma —aspiró profundamente—. ¿Y si lastimo a alguien? Hubo un breve silencio mientras él consideraba sus palabras. Entonces, con cuidado, le tocó la fea cicatriz que estropeaba su hombro. —¿Como alguien te lastimó a ti? Abby se sobresaltó. No ante su contacto, sino ante el dolor de excavar en su violento pasado. —Elogios de mi padre en una de sus violentas borracheras —dijo con voz entrecortada. La expresión de Dante permaneció estoica, pero no había duda de la furia letal que transmitían sus ojos. —¿Qué te hizo? —No estuvo de acuerdo con mis intentos de detener los golpes dirigidos a mi madre y me apuñaló con una botella de cerveza rota. Sus colmillos brillaron abruptamente a la débil luz de la vela. Movió la mano para tocar la diminuta cicatriz redonda en su antebrazo. —¿Y aquí? Abby se estremeció, y el frío corrió por su sangre. El monstruo que caminaba por la noche. El miedo de un niño. Para ella nunca había sido el hombre del saco. Había sido su padre. —Una quemadura de cigarrillo cuando traté de esconder su whisky. Las facciones de Dante se pusieron tirantes, forzosamente recordándole al depredador que había acechado por la caverna del mago para rescatarla. —¿Dónde está? —gruñó, haciendo que se le erizase el vello de la nuca. —Muerto. Los ojos de él eran lisos. —Hay maneras de alcanzar incluso a un muerto. Viper… —Dios, no —susurró ella con genuino horror—. No quiero pensar que podría estar en cualquier parte excepto pudriéndose en su tumba. Sintiendo fácilmente su congoja, Dante presionó sus labios contra la parte superior de su cabeza. —Shh… Está bien, Abby. Ya no puede lastimarte más. Ella cerró los ojos con fuerza. Él no entendía. Pero por otra parte, nadie lo hacía. Nadie que no hubiese vivido su infancia. —No es eso —levantó la mirada—. No quiero ser como él. Él se sacudió con sorpresa. —Condenado infierno, Abby, nunca podrías ser como él. Ella apenas advirtió la manera en la que su acento se espesó cuando sus emociones se elevaron. —¿Cómo lo sabes? —exigió crudamente—. No sabemos lo que este Fénix me podría hacer. Él le acunó la barbilla con los dedos, obligándola a encontrar su aguda mirada. —Sé que sólo atacará para protegerse. Selena era incapaz de lastimar a nadie. Un hecho que la molestaba muchísimo. Provenía de un tiempo en el que nadie parpadearía si quería golpear a un criado. Incluso si lo mataba a golpes —hizo una mueca al recordar de mala gana—. No hubo un día que ella no desease atarme a un poste y tenerme correctamente azotado. Ella lo observó con precaución, queriendo desesperadamente creer en sus suaves palabras. —¿Y qué hay acerca del agua…? Él tomó su mano y firmemente la colocó contra la suave seda de su pecho. —No estaba más caliente que la mayoría de los balnearios. Simplemente poseo una mayor sensibilidad al calor —sacudió la cabeza—. Tú no eres tu padre, Abby. Nunca podrías ser cruel. Simplemente no está en tu naturaleza Ella sonrió irónicamente ante su arrogante seguridad. —Suenas muy seguro para ser un vampiro que sólo me conoce hace unos pocos meses. Él arqueó una ceja negra como el azabache. —Eso es porque soy un vampiro sabio. Puedo leer tu alma, Abby, y es tan pura y bella como ninguna que haya visto. Abby se perdió en su mirada. Nunca había tenido a nadie que le dijera esas cosas asombrosas. Ni sus despreciables padres. Ni sus hermanos. Ni siquiera ese raro puñado de hombres que quisieron levantarle la falda. La hizo sentirse cálida y empalagosa, y extraordinariamente querida. También alivió lo que quedaba de su persistente repugnancia. No era su padre. Era pura y bella. Bueno, eso era lo que Dante creía. Y eso era todo lo que verdaderamente importaba. Estirando las manos, le acunó su impresionante cara y tiró de él hacia los labios que le esperaban. Muy pronto estarían luchando contra las fuerzas del mal. Maldita su suerte. Sería una tonta por no disfrutar de este raro momento de paz. Los labios de Dante aterrizaron en su boca con un beso abrasador, y su cuerpo reaccionó con su usual agudo ronroneo de excitación. Sus dedos encontraron el pezón de ella ya duro, y los agudos ronroneos se acoplaron a los suyos. Arqueándose hacia su lista erección, Abby se dejó llevar por el oscuro deseo. Capítulo 15 Abby se despertó desnuda y desorientada. No siempre era algo malo. Especialmente cuando todavía estaba caliente y sentía el hormigueo del contacto de Dante. Pero se dio cuenta de que no le gustaba estar desnuda, desorientada, y sola. Gateando bajo las sábanas, descubrió que bondadosamente alguien había dejado un par de pantalones vaqueros y una camiseta encima del tocador. También había un nuevo tanga blanco de encaje y un sostén a juego. Hizo una mueca. Nunca había sido una mujer de tanga. Probablemente porque no había tenido una talla dos desde la escuela elemental. Los mendigos, sin embargo, no tenían opciones. Después de ponerse rápidamente la diminuta ropa interior, pasó la camiseta por la cabeza antes de entrar suavemente en el cuarto exterior. Una oleada de alivio la recorrió cuando descubrió a Dante de pie al lado de la nevera de la pared, con aspecto extraordinariamente magnífico en un par de pantalones de cuero y una camisa de seda negra sin abotonar. Su sedoso pelo estaba todavía suelto alrededor de su cara de alabastro, y la luz de la vela brillaba tenuemente en sus ojos de plata. Magnífico, ciertamente. Tan magnífico que Abby apenas notó la taza de sangre vacía que colocó a un lado cuando se acercó a él. Una temblorosa sonrisa avanzó por los labios del vampiro mientras permitía que su mirada pasase lentamente y con apreciación por su cuerpo apenas cubierto. —Preciosa, querida. Muy hermosa. Abby puso los ojos en blanco, aunque interiormente se hinchó de satisfacción. ¿Y por qué no? Nadie excepto Dante la había hecho sentir como si fuera merecedora de llevar tanga. —¿Qué hora es? —Casi las nueve. Abby parpadeó sorprendida. —¿Por qué no me has despertado? —Necesitabas descansar —Dante metió la mano en la nevera para coger una taza de plástico—. Toma. Abby observó el ofrecimiento con la nariz arrugada. —Supongo que lo que me ofreces no será esa estupenda copa de helado de dulce de azúcar, ¿verdad? Su sonrisa se amplió. —La siguiente cosa mejor. Ella pensó en el potingue verde con un estremecimiento. —Mentiroso. Él avanzó para meter la taza entre sus reacios dedos, y sus labios rozaron la parte superior de sus rizos. —Te propongo un trato. Tú te terminas eso y yo te compraré tantos helados de dulce de azúcar como puedas tomar. Abby aspiró brevemente el masculino perfume de su colonia antes de dar un paso atrás para observarlo con una mirada desconfiada. —De acuerdo, ¿qué pasa? ¿Zombis? ¿Magos? ¿El fin de mundo? Una ceja negra como el azabache se arqueó. —¿De qué estás hablando? —Nunca eres así de amigable. Dante dejó escapar una sorprendida risa ahogada. —¿Yo? Querida, yo no soy el difícil —sumergiendo un dedo en el escote de la camiseta, le dio un tirón para inspeccionar el sostén que apenas la cubría—. Por supuesto, hay momentos en los que eres menos difícil que en otros. Como cuando… Apartó su mano de un manotazo. —Dante, no me voy a distraer. El vampiro se lamió significativamente los colmillos. —En realidad, creo que yo ya lo estoy. Maldición. Sus pezones se endurecieron. Con determinación evitó derretirse en un charco. —Estás tramando algo. ¿Qué es? —Nada. —Inténtalo otra vez. Vaciló y Abby sintió que los músculos de su estómago se cerraban herméticamente. No le iba a gustar esto. —Tengo un recado que debo hacer —confesó por fin. —¿Qué recado? —Voy a volver a la casa de Selena para ver si hay alguna pista de adónde podrían haber ido las brujas. Ella consideró sus palabras durante un momento antes de inclinar la cabeza asintiendo y dejando a un lado la taza con la sustancia viscosa. —No es una mala idea. Déjame tomar una ducha y… Dante extendió la mano para asir sus brazos en un firme agarre. —Voy solo, Abby. —No. —Sí. Su temperamento se alzó mientras le hundía un dedo en el pecho. Con fuerza. —Maldita sea, Dante, es demasiado tarde para intentar mantenerme apartada del peligro. —No voy a permitir que corras riesgos innecesarios. —El único riesgo es dejarme sola. Se supone que eres mi guardián. La expresión de Dante se endureció ante su terca determinación. —No estarás aquí sola. Viper te protegerá. Abby no estaba impresionada. Viper podría ser todo lo deliciosamente bondadoso que quisiese, pero la última vez que se habían quedado en este hotel, casi habían muerto. —¿De los zombis? —exigió, golpeando con el dedo—. ¿De los magos oscuros? —golpeando, golpeando—. ¿De los bichos espeluznantes de los que todavía no sabemos nada? Agarrándole los dedos, Dante los levantó hacia su boca para darles un beso prolongado. —Estará en guardia esta vez, lo juro. Nada pasará por encima de él. —No me importa. —Abby… Ella le rodeó su estrecha cintura con los brazos y presionó la cara contra su pecho. —Maldito seas, no puedo hacer esto sola —masculló—. Si algo te ocurre, entonces no podré seguir. Dante le acarició el pelo ligeramente. —Tendrás que hacerlo. —No, no puedo —retrocedió para observarlo con un ceño decidido—. Estamos juntos en esto, macho, y si tú vas de aquí, te seguiré. Juro que lo haré. Con la mandíbula levemente apretada, él sacudió la cabeza con pesar. —Verdaderamente eres una molestia, querida. —Pero una molestia muy hermosa —contestó una voz hipnótica y ronca directamente detrás de ella. —Exquisita —estuvo de acuerdo otra voz profundamente ronca. Con una brusca sorpresa, Abby se giró para descubrir a dos vampiros varones estando demasiado cerca para su comodidad. —Santo… Dios —susurró, abriendo mucho la boca. Dante era un pirata moreno y hermoso. Viper era un aristócrata exótico. Estos dos… Eran imanes sexuales. Dioses de lujuria. Simplemente no había otras palabras. Gemelos idénticos, eran altos con la pulida piel dorada de los antiguos egipcios. Sus caras estaban cinceladas a la perfección. Altos pómulos con agresivas narices y nobles frentes. Sus almendrados ojos negros estaban perfilados con espeso kohl, y tenían un indicio de color en sus labios llenos. El largo cabello de ébano estaba peinado en una trenza que colgaba sobre sus espaldas, rozando el diminuto taparrabos blanco que era todo lo que llevaban para cubrir los más notables cuerpos alguna vez vistos. Rey Tut, tómame ahora, le murmuró una voz renegada en el interior de su mente. Abby sacudió la cabeza, tratando de deshacerse de su jadeante reacción. Una tarea más difícil de lo que debería haber sido. Entonces el brazo de Dante le rodeó el hombro, y el tirón místico de fascinación se rompió. Aspiró profundamente mientras Dante se encrespaba a su lado. —¿Qué hacéis aquí? —demandó con voz fría. —El maestro Viper solicita tu presencia —murmuró uno de los gemelos. —¿El maestro Viper? —Abby hizo una mueca—. Apuesto a que se excita con eso. Dos pares de miradas negras lujuriosas se movieron en su dirección, ambas pasando una cantidad desmesurada de tiempo inspeccionando su forma medio vestida. Algo que Abby podría haber tomado como un cumplido si no hubiera sospechado que especulaban sobre si su sangre era A positivo o B negativo en vez de sus dudosos atractivos. —Protegeremos a la humana mientras tú te vas —afirmó Tut Uno. —Será nuestro placer —repitió Tut Dos. Abby dio un paso más cerca del vampiro a su lado. —¿Dante? Él le dio un beso reconfortante en la parte superior de la cabeza. —¿Por qué no te vistes, y veo lo que quiere Viper? Ella le lanzó una mirada cautelosa. —Ellos no… —Se nos ha ordenado no saborearte —interrumpió el primer intruso, dando un paso lo suficientemente cerca para que ella se viese cubierta por su fragancia rica y picante. —O llevarte a la cama —añadió el segundo con un indicio de arrepentimiento mientras se movía para aspirar profundamente el olor de su piel—. A menos que sea lo que deseas. Ambos sonrieron revelando unos colmillos blancos como la nieve. —Poseemos muchas habilidades. —La mayoría no dañarían a una humana. Dante la arrastró abruptamente hacia atrás, su cara una sombría máscara de depredador. —Tocadla y desearéis no haberos levantado nunca de entre los muertos. El gemelo más cercano simplemente se encogió de hombros, todavía olfateando su pelo. —Seguramente es la humana la que tiene que elegir, ¿no? —Ella ya ha elegido —replicó Abby mientras cogía la mano de Dante y tiraba de él hacia el dormitorio. Mirando por encima del hombro, señaló con el dedo la alfombra a los pies desnudos de los gemelos—. Simplemente… quedaros ahí y no os mováis. —Un derroche —murmuró suavemente uno de ellos. —Ciertamente —estuvo de acuerdo el segundo. Cerrando la puerta detrás de ellos, Dante tiró de Abby para mirarla de frente. —Debo hablar con Viper. ¿Estarás bien? Ella se mordió el labio, posando la mirada en la puerta. —¿Puedo confiar en ellos? Él sonrió sin humor. —No, pero temen a Viper y no son lo suficientemente tontos como para jugar con su furia. No te molestarán sin invitación —¿Invitación? —parpadeó con incredulidad—. ¿Tú piensas que los invitaré para… para…? Él alzó un hombro. —Pocas mujeres se les pueden resistir. Han atraído con engaños a algunas de las mujeres más bellas y poderosas a su cama. Cleopatra. La Reina de Saba. Se rumorea que incluso a las esposas de bastantes presidentes. —Oh, Dios mío —Abby abrió mucho los ojos—. ¿Cuáles? —¿Tiene importancia? El filo en su voz advirtió a Abby que ese no era el momento de insistir en jugosos chismes. —Sólo en un contexto histórico. Una sonrisa reacia curvó los labios de Dante mientras la atraía más cerca. —Abby. Esta levantó la mano para hacer un ligero dibujo en su pecho. —Mentiría si dijese que no son magníficos, pero no quiero a cualquier vampiro, sino a ti. —Bien —sus labios le acariciaron las sienes—. No es de buena educación convertir en polvo a un compañero vampiro antes de cenar. Además, Viper tiende a estar un poco gruñón cuando pierde a uno de sus matones. Ella lanzó un pesaroso suspiro. —Hablando de Viper, supongo que deberías salir a ver lo que quiere. Dante le pasó la lengua a lo largo de la línea de su mandíbula. —Estaré de regreso tan pronto como pueda. Un delicioso temblor recorrió velozmente su columna vertebral, pero Abby se negó a dejarse distraer por completo. Agarrando la parte delantera de su camisa, volvió a observarle con un ceño fruncido en advertencia. —¿No vas a intentar salir a hurtadillas a mis espaldas? Él arqueó una ceja negra como el azabache. —¿Serviría de algo? —Por supuesto que no. El vampiro suspiró. —No te preocupes, querida, aunque odie admitirlo, sólo puedo buscar lo que Selena pueda haber dejado por ahí para que cualquiera lo encontrase. Para descubrir sus secretos, te necesitaré. —¿Qué quieres decir? —Te lo explicaré más tarde —depositó un marcado beso en sus labios antes de ir hacia la puerta—. Oh, podrías querer esperar hasta que regrese para cenar —dijo con una seca sonrisa sobre su hombro—. La última vez que probaste las hierbas, tuvieron un efecto más bien… potente en ti. No querría que tus perros guardianes se hiciesen una idea equivocada. Se fue antes de que Abby pudiera encontrar algo bastante pesado para lanzarle a la cabeza. Maldita velocidad vampírica. Mientras recorría en coche las oscuras calles de Chicago, Dante se encontró tan nervioso como si estuviera de pie en medio de una tormenta eléctrica. Una sensación poco familiar y que encontraba imposible de apartar. Condenado infierno, ¿qué le estaba pasando? Como había prometido, Viper había reunido una bolsa grande de lona llena de una variedad de armas místicas. Hasta le había dado a Dante un teléfono móvil programado con los números de diversos demonios y vampiros con los que podría contactar en caso de una emergencia. Junto con sus poderes sobrenaturales, había pocas cosas mortales o inmortales que pudieran esperar superarle. Era casi invencible. Pero casi invencible no era lo bastante bueno, concedió, mirando hacia donde Abby estaba sentada en el asiento de al lado. Había demasiadas criaturas malditas que querían muerta a esta mujer. Un error, un cálculo equivocado y… Apretó la mandíbula con sombría determinación. No. No habría errores. Ningún cálculo equivocado. Ignorante de sus sombríos pensamientos o simplemente manteniendo bajo control sus nervios, Abby sacudió la pesada bolsa que Dante le había colocado en su regazo. —No me has dicho lo que contiene la bolsa —dijo rompiendo el silencio. —Protección. Alzando las cejas con curiosidad, abrió de un tirón la pesada cremallera y dejó escapar una tos sofocada. —Dios mío, ¿estás seguro de que Viper no se ha equivocado? —Sería refrescante pensar que Viper de vez en cuando podría cometer un error, pero desafortunadamente nunca ocurre. ¿Por qué? —Aquí dentro no hay nada más que trastos viejos. Dante ocultó su diversión. —Trastos viejos raros y sin precio. Te lo aseguro. Sacudiendo la cabeza mientras hurgaba entre los amuletos, talismanes, y hechizos, Abby sacó una delicada daga con una hoja serpenteante que resplandecía con símbolos místicos grabados en el metal a capas. —¿Qué es esto? Dante se estremeció instintivamente. —Un keris. —¿Un qué? —Es una daga bendita de Bali. —¿Qué hace? Él esbozó una sonrisa irónica. —Usas la punta afilada para apuñalar a la gente. Abby puso los ojos en blanco. —Ja, ja —Posee hechizos de protección. Viper cree que será efectiva contra cualquier mal que el mago oscuro pudiese conjurar. —Oh —sostuvo el arma hacia él—. ¿No la deberías llevar tú? Dante se estremeció ante el poder de la hoja. —Con cuidado, querida, funciona contra mí al igual que contra otras cosas malignas, así que no creo que quieras ondearla en mi dirección —Oh, lo siento —con un movimiento abrupto, la dejó caer de vuelta en la bolsa—. ¿Por qué tiene Viper un arma que mata vampiros? Dante se encogió de hombros mientras dirigía el coche hacia el exclusivo barrio que una vez había sido su casa. —Mejor en sus manos que en las de sus enemigos. —¿Seguramente no sería mejor que la destruyera por completo? —señaló con lógica indiscutible. —Viper es un coleccionista demasiado fanático como para destruir un artefacto sin precio como este —le lanzó una mirada rápida—. Además, nunca sabes cuándo podrías necesitar tal arma. Los ojos de Abby se abrieron mucho. —Quieres decir… —Las batallas entre vampiros son raras pero no imposibles. —Joder. Dante devolvió su atención a la carretera. —Efectivamente. Abby se quedó en silencio cuando él pulsó el teclado del control remoto que sostenía en la mano y giró pasando las familiares puertas de hierro. Lentamente condujo a lo largo del camino arbolado que serpenteaba hacia la aislada mansión de Selena. Dante no necesitó ver a Abby cerrar repentinamente con fuerza los puños o el endurecimiento de su expresión para sentir su creciente tensión. Estaba donde su vida había sido alterada para siempre. No lo había olvidado. Deteniendo el coche y apagando el motor, empezó a estudiar su frágil perfil con un ceño de preocupación. —¿Abby? —Es bastante peor de lo que creía —masculló, con la mirada cautivada por las ventanas quebradas y el tejado, del que había volado la mitad. Dante supo que al final tendría que ocuparse de la propiedad, pero no tenía ninguna prisa. Las defensas que Selena tenía colocadas alrededor de la casa mantendrían fuera a cualquiera que no fuese invitado.