GUARDIANES DE LA NOCHE ARGUMENTO: Debería haber sido un sueño convertido en realidad. ¿Qué mujer no querría cambiar su trabajo monótono y su vida aburrida para convertirse en una diosa? ¿Una diosa que no solo es inmortal, sino que estará atada por toda una eternidad a un vampiro impresionantemente guapo? Desafortunadamente ser una diosa no es tan guay como parece, como Abby Barlow pronto descubre. De hecho, en pocas horas se encuentra huyendo de una horda de demonios, una panda de zombis, y un poderoso mago que tiene intención de sacrificarla a su Príncipe Oscuro. Y por si eso no fuera suficientemente malo ha perdido su trabajo, su alquiler ha vencido y resulta que ser la salvadora del mundo no viene con paga incluida. ¡Bienvenida a los Guardianes de la Noche! Prólogo Inglaterra, 1665 El grito desgarró el aire nocturno. Pulsando con salvaje agonía, llenó la vasta habitación y resonó por los corredores abovedados. Los sirvientes, encogidos de miedo en los salones inferiores del castillo, sujetaron con fuerza las manos sobre los oídos en un intento de bloquear los punzantes chillidos. Incluso los endurecidos soldados en los barracones hicieron el signo de la luna, la protectora de la noche. En la torre sur, el Duque de Granville se paseaba por su biblioteca privada, y sus rasgos ensombrecidos estaban cubiertos por el disgusto. A diferencia de sus sirvientes, él no hizo el signo en su frente en un intento de alejar el mal de ojo. ¿Y por qué debería?. La maldad ya había golpeado. Había invadido su hogar y osado mancillarle con su inmundicia. La única cosa que quedaba era purgar la infección con un golpe despiadado. Tirando de la capucha de su abrigo para asegurarse que su faz desfigurada estaba completamente escondida, cuadró los hombros torvamente. Paciencia, se dijo una y otra vez. Pronto la luna entraría en el equinoccio adecuado, y entonces el ritual tendría por fin un final. La niña que había sacrificado a las brujas se convertiría en su valioso Cáliz, y su sufrimiento tendría un final. Girando bruscamente sobre sus talones, se dirigió hacia la ventana acanalada que le ofrecía una buena vista de la rica campiña. En la distancia podía ver el débil bruillo de fogatas. Se estremeció. Londres. El inmundo Londres, infestado de campesinos, iba a ser castigado por su alma pecadora. Un castigo que había salido de los destartalados burdeles y barrido el camino hasta su santuario. Sus manos se apretaron a los costados. Era inaceptable. Él era un hombre justo. Un hombre de Dios que siempre había sido ricamente recompensado por su pureza. Tener esa... vil enfermedad entrando en su cuerpo era una perversión de todo lo que se le debía. Esa, por supuesto, era la única razón por la que había permitido que los paganos entraran en su propiedad, para traer con ellos aquella criatura del mal que estaba actualmente encadenada con grilletes en su mazmorra. Le habían prometido una cura. Un final a la plaga que estaba consumiendo su vida. Y todo lo que le costaría era una hija. Capítulo 1 Chicago, 2006 —Oh, Dios, Abby. No te dejes llevar por el pánico. Simplemente... no... te dejes llevar por el pánico. Haciendo una larga inspiración, Abby Barlow presionó las manos contra su estómago con náuseas y estudió los fragmentos de cerámica que yacían esparcidos por el suelo. Vale, así que había roto un jarrón. Bueno, quizá más que romperlo, más bien había hecho pedazos, diezmado y aniquilado el jarrón, concedió de mala gana. Pues qué bien. No era el fin del mundo. Un jarrón era un jarrón. ¿Verdad?. Repentinamente hizo una mueca. No, un jarrón no era sólo un jarrón. No cuando era un jarrón muy raro. Un jarrón de incalculable valor. Uno que sin duda debería haber estado en un museo. Uno que era el sueño de cualquier coleccionista y... Jodido infierno. El pánico levantó su fea cabeza una vez más. Había destruido un jarrón Ming que no tenía precio. ¿Y qué si perdía su trabajo? De acuerdo, no era un gran trabajo. Demonios, sentía como si estuviera entrando en la Dimensión Desconocida cada vez que entraba en la elegante mansión en las afueras de Chicago. Pero su posición como acompañante de Selena LaSalle apenas le exigía esfuerzo. Y la paga era considerablemente mejor que pasar droga en algún antro de mala muerte. La última cosa que necesitaba era estar de vuelta en las largas colas de la oficina de desempleo. O peor… Dios querido, ¿y si esperaban que pagara el maldito jarrón? Incluso si había tal cosa a la venta a mitad de precio en la tienda Ming de saldos local, tendría que trabajar diez vidas para reunir tal suma. Siempre suponiendo que no fuera único en su clase. El pánico ya no estaba simplemente asomando, estaba retumbando a través de ella a toda máquina. Sólo había una cosa que hacer, se dio cuenta. La cosa madura, responsable y adulta que hacer. Esconder la evidencia. Echando una mirada encubierta al vasto vestíbulo, Abby se aseguró de que estaba sola antes de ponerse de rodillas y reunir los numerosos trozos que ensuciaban el liso mármol. No era como si alguien se fuera a dar cuenta de que el jarrón había desaparecido, intentó reconfortarse a sí misma. Selena siempre había sido una reclusa, pero en las pasadas dos semanas, casi había desaparecido. Si no fuera por sus ocasionales y breves apariciones para pedir que Abby preparara ese repugnante brebaje de hierbas que tragaba con aparente placer, Abby podía haber pensado que la mujer se había marchado sin decir nada. Ciertamente Selena no deambulaba por la casa haciendo inventario de sus diversas chucherías. Todo lo que Abby necesitaba era asegurarse de que no dejaba ningún rastro de su crimen y seguramente todo iría bien. Nadie lo sabría nunca. Nadie. —Vaya, vaya, nunca pensé que te vería sobre tus manos y rodillas, querida. Una posición de lo más intrigante que lleva a todo tipo de deliciosas posibilidades —dijo una voz burlona arrastrando las palabras, desde la entrada del salón. Abby cerró los ojos e hizo una larga exhalación. Estaba maldita. Tenía que ser eso. ¿Qué más podría explicar su interminable racha de mala suerte? Por un momento mantuvo la espalda girada, esperando en vano que el invitado de Selena, el completamente molesto Dante, desapareciera. Podía pasar. Siempre estaba la combustión espontánea, o los agujeros negros, o los terremotos. Desgraciadamente, el suelo no se abrió para tragárselo, tampoco los detectores de humo comenzaron a dar la alarma. Aún peor, realmente podía sentir la oscura y divertida mirada vagando sin prisa por su rígida silueta. Reuniendo su maltratado orgullo, Abby se obligó a sí misma a girarse lentamente, y mantener el jarrón roto escondido tras ella mientras contemplaba la actual maldición de su existencia. Él no parecía una maldición. La verdad absoluta era que parecía un delicioso, peligroso y pecaminoso pirata. Aún de rodillas sobre el suelo, Abby permitió que su mirada viajara sobre las botas negras de motorista, y las largas y poderosas piernas enfundadas en unos vaqueros desgastados. Aún más arriba pasó por la camisa negra de seda que colgaba flojamente sobre su torso. Flojamente, pero no lo bastante floja, reconoció con un escalofrío traidor. Para su gran vergüenza, durante los últimos tres meses se había encontrado a sí misma mirando a hurtadillas el juego de músculos ondulantes bajo aquellas camisas de seda. De acuerdo, tal vez se había permitido más que unas meras miradas a escondidas. Tal vez había estado mirando fijamente. Mirando estúpidamente. Comiéndoselo con los ojos. Ocasionalmente babeando. ¿Qué mujer no lo haría?. Apretando los dientes, se obligó a elevar la mirada hasta la cara de alabastro con sus formas perfectamente esculpidas. Una frente ancha, una estrecha nariz aristocrática, afilados y definidos pómulos, y exuberantes labios tallados. Todo se juntaban en una feroz elegancia. Era la cara de un noble guerrero. Un jefe. Hasta que uno notaba aquellos pálidos ojos plateados. No había nada noble en aquellos perturbadores ojos. Eran penetrantes, perversos, y brillaban con una burlona diversión hacia el mundo. Eran ojos que le marcaban como un “tipo malo” tan fácilmente como el largo pelo negro azabache que caía con descuido por debajo de los hombros y los aros de oro que llevaba en las orejas. Era sexo con piernas. Un depredador. Del tipo que masticaba y escupía mujeres como ella con patética facilidad. Eso era, cuando se molestaban en notar a mujeres como ella en primer lugar, lo que malditamente no era muy a menudo. —Dante. ¿Tienes que merodear así? —le requirió, desesperadamente consciente del valioso revoltijo justo detrás de ella. Él dio una muestra de considerar su pregunta antes de ofrecerle un ligero encogimiento de hombros. —No, supongo que no tengo que merodear —murmuró con su ronca voz de medianoche—. Simplemente me divierto haciéndolo. —Bien, es un hábito muy vulgar. Sus labios temblaron con diversión al rondar todavía más cerca. —Oh, poseo hábitos mucho más vulgares, dulce Abby. Varios que no dudo que encontrarías placenteros si me permitieras demostrártelos. Dios, apostaba que lo haría. Aquellas delgadas y diabólicas manos sin duda harían gritar a una mujer de placer. Y aquellos labios... De improviso estaba aplastando la fantasía traidora y provocando el disgusto que con la mayor seguridad debería estar sintiendo. —Agg. Eres asqueroso. —¿Vulgar y asqueroso? —su sonrisa se amplió para revelar unos fabulosos dientes blancos—. Cariño mío, estás en una posición muy precaria para estar lanzando tales insultos. ¿Precaria? Luchó contra el impulso de mirar hacia atrás y descubrir si algún fragmento de su crimen era visible. —No sé qué quieres decir. Con fluida elegancia, Dante se puso de rodillas frente a ella, y aquellos perturbadores dedos se elevaron para acariciarle ligeramente la mejilla. Su toque era fresco, casi frío, pero envió una asombrosa llamarada de calor ardiendo a través de ella. —Oh, creo que sí. Creo recordar un jarrón Ming bastante preciado que solía posarse sobre aquella mesa. Dime, querida, ¿lo empeñaste o lo rompiste? Maldición. Lo sabía. Abby intentó pensar desesperadamente en alguna mentira plausible para explicar el jarrón perdido. O en realidad, cualquier mentira, plausible o no. Desgraciadamente, nunca había sido particularmente habilidosa en los engaños. Y no ayudaba mucho que su persistente contacto le estuviera volviendo el cerebro papilla. —No me llames así —murmuró débilmente al final. —¿Qué? —sus cejas se elevaron. —Querida. —¿Por qué? —Por el hecho obvio de que no soy tu querida. —Aún no. —Nunca. —Tsk, tsk —Dante chasqueó la lengua y sus dedos se movieron para trazarle descaradamente los labios—. ¿No te ha advertido nadie que es peligroso desafiar al destino? Tiene la tendencia de volver y morderte —su mirada vagó sobre la pálida cara y la suave curva del cuello—. A veces bastante literalmente. —Ni en un millón de años. —Puedo esperar —dijo con voz ronca. Ella apretó los dientes mientras aquellos habilidosos dedos viajaban hacia abajo por el arco de su garganta y a lo largo del cuello de su camisa lisa de algodón. Simplemente estaba jugando con ella. Demonios, el hombre flirtearía con cualquier mujer que tuviera pulso. Y tal vez con unas pocas que no lo tuvieran. —Ese dedo se mueve más abajo y tu estancia en el mundo va a ser considerablemente más corta. Él soltó una suave risa ahogada al permitir de mala gana que su mano cayera. —Sabes, Abby, algún día te olvidarás de decir que no. Y ese día, tengo intención de hacerte gritar de placer. —Dios mío, ¿cómo es posible que lleves contigo ese ego? La sonrisa de Dante era puramente pícara. —¿Crees que no lo noto? ¿Todas esas miradas a hurtadillas cuando crees que no estoy mirando? ¿El modo en que tiemblas cuando paso rozándote? ¿Los sueños que atormentan tus noches?. Engreído sapo hinchado. Abby debería reírse. O despreciarlo. O incluso abofetear su arrogante cara. En vez de eso se tensó como si le hubiera tocado una fibra sensible que ni siquiera sabía que poseía. —¿No tienes que estar en algún sitio? —apretó los dientes— ¿La cocina? ¿Las alcantarillas? ¿Los fuegos del infierno?. Sorprendentemente las facciones de pirata se endurecieron mientras sus labios se torcían en una sonrisa sardónica. —Buen intento, cariño mío, pero no necesito que me condenes a los fuegos del infierno. Eso fue realizado hace mucho tiempo. ¿Por qué si no estaría aquí?. Abby elevó sus cejas, intrigada a pesar de sí misma por su insinuación de amargura. Por el amor de Dios, ¿qué más podía querer?. Poseía el tipo de vida cómoda que la mayoría de los playboys obsesionados con el sexo sólo podían soñar. Un hogar elegante. Ropas caras. Un porsche plateado. Y una amante madura que no sólo era joven, sino lo suficientemente guapa para poner a cualquier varón caliente e incómodo. Su vida difícilmente estaba en los barrios bajos. A diferencia de la suya propia. —Oh sí, realmente debes sufrir —le replicó, con la mirada moviéndose rápidamente sobre la camisa de seda que costaba más que todo su guardarropa—Mi corazón sencillamente se rompe por ti. Los ojos plateados centellearon con un asombroso calor mientras el feroz poder que siempre ardía a su alrededor hormigueó a través del aire. —No te atrevas a hablar de cosas de las que no sabes nada, querida —le advirtió. Déjalo estar, Abby, se advirtió a sí misma. Independientemente de su fácil encanto, el hombre era peligroso. Un auténtico chico malo. Sólo los tontos juegan a propósito con fuego. Naturalmente, cuando se refería a los hombres, bien podía haberse tatuado la palabra idiota en la frente. —Si no te gusta estar aquí, entonces, ¿por qué no te vas?. Él la miró en un inquietante silencio antes de que sus ojos se entrecerraran lentamente. —¿Por qué no te vas tu?. —¿Qué?. —Yo no soy el único que está sufriendo aquí, ¿verdad? Cada día pareces marchitarte un poco más. Como si tu frustración y tristeza hubieran tomado otro pedazo de tu alma. Abby casi se cayó de espaldas ante su aguda percepción. Ella nunca había soñado que alguien pudiera haber notado la desesperación por su monótona existencia, ni tampoco el creciente miedo de que pronto estuviera demasiado vieja y cansada para preocuparse de estar yendo a ninguna parte. Con seguridad no este hombre. —Tú no sabes nada. —Conozco una prisión cuando veo una —murmuró—. ¿Por qué permaneces tras los barrotes cuando podrías escapar tan fácilmente?. Ella dejó escapar una corta risa sin humor. ¿Fácilmente? Obviamente no era tan perceptivo como ella le había dado crédito. —Porque necesito este trabajo. A diferencia de ti, no tengo una amante generosa que me paga las facturas y me mantiene a la moda. Algunos de nosotros tenemos que ganarnos nuestra paga con un trabajo real. Si pensaba que le había insultado, estaba lejos de dar en el blanco. De hecho, sus afiladas palabras simplemente le devolvieron ese humor burlón que ella encontraba tan malditamente molesto. —¿Crees que soy la puta de Selena?. —¿No lo eres?. Él levantó un hombro. —Nuestra... relación es un poquito más compleja que eso. —Oh sí, sin duda sere l juguetito de una rica y elegante mujer es sorprendentemente complejo. —¿Es por eso por lo que intentas mantenerme a distancia? ¿Porque crees que comparto la cama de Selena?. —Te mantengo a distancia porque no me gustas. Él se inclinó hacia delante, hasta que los labios estuvieron casi tocando los suyos. —Puede que no te guste, dulzura, pero eso no evita que me desees. El corazón de Abby se olvidó de latir mientras luchaba por no acortar esa superficial distancia y salir de la incertidumbre. Un beso. Sólo un beso. La hormigueante necesidad era casi insoportable. No, no, no. ¿De verdad quería ser un pobre divertimento que aliviarle el aburrimiento? ¿No había jugado a ese humillante juego antes?. —Sabes, Dante, he tenido mi cuota de imbéciles en mi vida, pero tú... El controlado insulto fue llevado a una asombrosa interrupción. En el aire hubo un repentino y crepitante calor. Tan electrizante como el golpe de un relámpago. Nerviosa por la hormigueante sensación, Abby giró la cabeza hacia las escaleras justo cuando una atronadora conmoción rasgó la casa. Cogida con la guardia baja, se cayó de espaldas, con el aire fuera de su cuerpo. Por un momento yació perfectamente quieta. Medio esperó que el techo se derrumbara sobre ella. O que el suelo se abriera y la tragara. ¿Qué diablos había ocurrido? ¿Un terremoto? ¿Una explosión de gas?. ¿El fin del mundo?. Fuera lo que fuera, había sido suficiente para tirar las pinturas de las paredes y volcar las mesas. De repente el jarrón Ming que había roto hacía juego con todos los demás objetos de gran valor. Dando una sacudida a la cabeza para aclarar el campanilleo de sus oídos, Abby inspiró profundamente. Bien, al menos parecía estar viva, se dijo a sí misma. Y aunque estaba segura de tener unas pocas magulladuras, no pensó que nada vital estuviera realmente perdido o perforado. Yaciendo en el suelo de espaldas, apenas oyó el bajo gruñido animal, pero aún así consiguió hacer que se le pusieran los pelos de la nuca de punta. Señor, ¿ahora qué?. Luchando por ponerse derecha, echó un vistazo por el sucio vestíbulo. Sorprendentemente estaba vacío. Ningún animal salvaje. Ni un loco aproximándose. Ni Dante. Con el ceño fruncido, Abby ignoró sus inestables rodillas y se obligó a ir hacia las cercanas escaleras. ¿Dónde había ido Dante? ¿Había sido golpeado por la explosión? ¿O lanzado fuera del vestíbulo?. ¿Había desaparecido simplemente en una vaharada de humo?. No, no, naturalmente que no. Presionó la mano contra su dolorida cabeza. Se estaba volviendo loca. Debía haber estado inconsciente durante un momento. Eso lo explicaría todo. Sin duda él había ido a comprobar los daños. O a pedir ayuda. Su trabajo seguramente era asegurarse de que Selena no estuviera herida. Concentrándose en poner un pie delante del otro, una tarea alarmantemente difícil, consiguió escalar las amplias escaleras de mármol y torpemente recorrió el corredor. Al final de la larga ala oeste, la puerta de las habitaciones de Selena ya estaba abierta y Abby pasó por el portal. No fue más lejos. Un grito ahogado salió de su garganta mientras su mirada abierta barría la demolida habitación. Como escaleras abajo, las pinturas y varios objetos habían sido tirados al suelo, la mayoría de ellos hechos pedazos más allá de todo reconocimiento. Pero aquí el caos general había dejado las paredes ennegrecidas y en algunos lugares desintegradas en polvo. Incluso las ventanas habían sido arrancadas de sus marcos. Su mirada flotó sobre la enorme cama que estaba tirada sobre un lateral, y al final al centro de la habitación donde Dante estaba arrodillado frente a una laxa forma golpeada. —Oh, Dios mío —sosteniendo las manos contra la boca, Abby tropezó hacia delante, con el corazón firmemente alojado en la garganta—. Selena. Dándose cuenta de su presencia por primera vez, Dante levantó la cabeza de un tirón para mirarla con el ceño fruncido. Casi distraídamente, Abby notó la incluso más fuerte palidez de su piel y el extraño brillo frenético en sus ojos plateados. Obviamente él estaba tan sacudido como ella. —Sal de aquí —gruñó él. Ella ignoró su advertencia mientras caía de rodillas frente al cuerpo quemado. Cualquiera que fuese su secreto disgusto por la mujer bella y fría de corazón, fue olvidado mientras las lágrimas fluían por sus mejillas. —¿Está… muerta? —dijo con voz ronca. —Abby, te dije que te fueras. Ahora. Sal de esta habitación. Fuera de esta casa... Las oscuras y furiosas palabras continuaron, pero Abby ya no estaba escuchando. En vez de eso observó con fascinado horror cómo una de las manos calcinadas se crispaba sobre la alfombra. Jodido infierno. ¿Estaría la pobre mujer todavía viva? ¿O era alguna horrible broma de su imaginación? Congelada por la sorpresa, Abby miró fijamente los dedos que continuaban sacudiéndose y contrayéndose aún más cerca. Era como algo salido de una pesadilla. Una sensación que sólo se hizo más profunda cuando la mano se abrió hacia arriba y le agarró la muñeca con un doloroso apretón. Abriendo la boca para gritar, Abby descubrió que su aliento le era arrancado del cuerpo. Una frialdad se estaba extendiendo desde los dedos que se clavaban en su carne. Una frialdad que avanzaba lentamente por su sangre con una abrasadora e implacable agonía. Con un gemido, intentó tirar desesperadamente para liberarse del brutal agarre. Iba a morir, se dio cuenta con asombrada incredulidad. El dolor estaba arañando su corazón, ralentizando sus latidos hasta que estuvo condenado a detenerse. Iba a morir y ni siquiera se había molestado en comenzar a vivir aún. Qué idiota había sido. Levantando la cabeza, se encontró con la brillante mirada metálica de Dante. Sus bellas y pícaras facciones parecían sombrías a la tenue luz. Sombrías y afiladas por algo que podía haber sido furia, o arrepentimiento, o... desesperación. Intentó hablar, pero una brillante llamarada de luz ardió a través de su mente, y con un grito estrangulado se hundió de cabeza en la bienvenida oscuridad. Capítulo 2 Rodeada por una niebla plateada de dolor, Abby flotaba en un mundo que no era del todo real. ¿Estaba muerta?. Seguramente no. En ese caso estaría en paz, ¿no? No sentiría como si sus huesos estuvieran siendo lentamente aplastados y su cabeza estuviera a punto de explotar. Si estaba muerta, entonces esta cosa de la otra vida era un enorme y asqueroso timo. No. Tenía que estar soñando, se tranquilizó al fin a sí misma. Eso ciertamente explicaría que la niebla plateada estuviera empezando a apartarse. Curiosa a pesar del vago sabor a miedo en el aire, espió a través de la luz trémula. Momentos después pudo ver una oscura cámara de piedra que estaba sólo débilmente iluminada por una antorcha oscilante. En el centro del suelo de piedra yacía una joven con túnica blanca. Abby frunció el ceño. La cara pálida de la mujer le resultaba notablemente familiar, aunque era difícil determinar exactamente los rasgos cuando la mujer se retorcía y gritaba en obvia agonía. Alrededor de su forma postrada se sentaban en círculo mujeres con capas grises, cogidas de las manos y canturreando en voz baja. Abby no podía captar las palabras, pero parecía como si estuvieran llevando a cabo algún tipo de ritual. Quizás un exorcismo. O un sortilegio. Lentamente una mujer de pelo gris se puso en pie y alzó las manos hacia el techo ensombrecido. —Álzate Fénix y pon de manifiesto tu poder —gritó con tono resonante—. El sacrificio es ofrecido, el convenio sellado. Bendice nuestro noble Cáliz. Bendícela con tu gloria. Ofrécele el poder de tu espada para luchar contra el mal que amenaza. Te convocamos. Aparece. Llamas color carmesí surgieron por toda la cámara mientras las mujeres continuaban canturreando, revoloteando en el aire espeso antes de rodear a la mujer que gritaba sobre el suelo. Entonces, tan abruptamente como habían aparecido, las llamas se fundieron con la piel de la mujer. La mujer de cabello gris giró bruscamente la cabeza hacia una esquina ensombrecida. —La profecía se ha cumplido. Que se adelante la bestia. Esperando algún horrible monstruo de cinco cabezas que encajaría perfectamente en esta pesadilla extravagante, Abby contuvo el aliento cuando un hombre vestido con una camisa blanca desgreñada y calzones de satén hasta la rodilla se adelantó, con un pesado collar de metal y cadenas colgando del cuello. Su cabeza estaba inclinada, dejando que su largo cabello azabache le cubriera la cara, pero eso no detuvo el temblor de premonición que bajó centímetro a centímetro por la columna vertebral de Abby. —Criatura del mal, has sido escogido entre todos los demás —entonó la mujer—. Malvado es tu corazón y aún así eres bendecido. Te entregamos el Cáliz. En fuego y sangre te vinculamos. En la sombra de la muerte te vinculamos. Por toda la eternidad y más allá te vinculamos. La antorcha llameó de repente, y con un terrorífico gruñido, el hombre alzó la cabeza. No. No era posible. Ni siquiera en el extraño y ridículo mundo de los sueños. Especialmente no en este que parecía tan horrorosamente real. Aún así, no había posibilidad de error con esa aterradora belleza. O esos ojos plateados al rojo vivo. Dante. Se estremeció de horror. Esto era una locura. ¿Por qué estas mujeres le tenían encadenado? ¿Por qué le llamaban monstruo? ¿Una criatura del mal? Una locura, sin duda. Un sueño. Nada más, intentó convencerse a sí misma. Entonces sin advertencia, la ansiedad que recorría su columna se convirtió en absoluto terror. Con pura rabia, Dante empujó hacia adelante bruscamente, y los perfectos rasgos de alabastro quedaron bañados por la luz oscilante. La misma luz oscilante que revelaba sus largos y mortíferos colmillos. Cuando Abby despertó al fin, la niebla plateada, y los bordes más afilados de su dolor, habían desaparecido. Aún así, con extraña cautela, se obligó a sí misma a permanecer perfectamente inmóvil. Después del día que ya había soportado, este no parecía el mejor momento para estar lanzándose y moviéndose con torpeza en su estilo habitual. En vez de eso intentó evaluar sus alrededores. Yacía sobre una cama, decidió al final. No su propia cama, sin embargo. Ésta era dura y llena de bultos y tenía un olor a moho que ni siquiera quería considerar. En la distancia, podía oír el sonido del tráfico al pasar y, más cerca, el sonido amortiguado de voces o quizás un televisor. Bueno, no estaba en la casa chamuscada de Selena. Ya no estaba en una húmeda mazmorra con mujeres que gritaban y demonios. Y no estaba muerta. Eso seguramente era un progreso, ¿no?. Reuniendo coraje, Abby alzó lentamente la cabeza de la almohada para echar un vistazo a la sombría habitación. No había mucho que ver. La cama en la que yacía ocupaba la mayor parte del reducido espacio. Sobre ella había paredes desnudas y las cortinas floreadas más feas que se habían creado nunca. A los pies de la cama había un vestidor roto que sostenía un televisor antiguo, y en la esquina una silla andrajosa. Una silla que actualmente estaba ocupada por un hombre grande de pelo negro como el azabache. ¿O no era un hombre? Su corazón se contrajo con un miedo creciente mientras su mirada pasó sobre el adormecido Dante. Dios. Tenía que estar loca para pensar lo que estaba pensando. ¿Vampiros? ¿Vivitos y coleando... o lo que fuera que hacían los vampiros... en Chicago? Chorradas. Estupideces, motores rugiendo hacia la locura. Pero el sueño. Había sido tan vívido. Tan real. Incluso ahora podía oler el aire apestoso y húmedo y el olor acre de la antorcha. Podía oír los gritos y cantos. Podía oír el traqueteo de pesadas cadenas. Podía ver a Dante siendo empujado hacia adelante y los colmillos que lo marcaban como a una bestia. Real o no, la había puesto lo bastante nerviosa como para desear un poco de espacio entre Dante y ella. Y quizás varias cruces, unas pocas estacas de madera, y una botella de agua bendita. Apenas atreviéndose a respirar, Abby se incorporó y pasó las piernas por el borde del colchón. Su cabeza amenazó con rebelarse, pero apretó los dientes y se empujó a sí misma hacia adelante. Quería salir de allí. Quería estar en su familiar casa, rodeada por sus cosas familiares. Quería salir de esta pesadilla. Dando un paso inestable tras otro y otro, Abby cruzó la habitación. Estaba a punto de alcanzar el pomo de la puerta cuando se produjo el más débil de los susurros tras ella. El pelo de su nuca se erizó antes de que un par de brazos de acero la rodearan. —No tan rápido, querida —murmuró una oscura voz directamente en su oído. Por un momento su mente se quedó en blanco, y se paralizó de miedo. Entonces el pánico puro tomó el control. Arqueando la espalda, intentó patearle frenéticamente las piernas. —Déjame marchar. Suéltame. —¿Marchar? —los brazos simplemente se apretaron ante su lucha—. ¿Dime, cariño, adónde planeas ir? —Eso no es asunto tuyo. Sorprendentemente él soltó una risa corta y sin humor. —Dios mío, no sabes cómo desearía que eso fuera verdad. Ambos habíamos sido liberados, ¿comprendes eso? Éramos libres. Las cadenas se habían roto. Abby se quedó quieta ante sus rudas y acusadoras palabras. —¿Qué quieres decir? Él frotó la cara en su coronilla en un gesto extrañamente íntimo antes de girarla firmemente para que enfrentara su brillante mirada. —Quiero decir que si hubieras mantenido tú preciosa nariz fuera de lo que no era de ningún modo asunto tuyo, ambos habríamos podido seguir alegremente nuestro camino. Ahora, a causa de tu acto a lo Florence Nightingale , adonde vayas, lo que hagas, y lo que condenadamente pienses es pero que muy asunto mío. ¿De qué demonios estaba hablando? Inconscientemente su mirada recorrió rápidamente los perfectos rasgos de alabastro. Lo último que necesitaba era más problemas. —Estás loco. Suéltame o... —¿O qué? —exigió él con tono sedoso. Buena pregunta. Lástima no tener una brillante respuesta. —Yo... gritaré. Las cejas oscuras se alzaron con sardónica diversión. —¿Y realmente quieres descubrir qué tipo de héroe va a apresurarse a rescatarte en este lugar? ¿Quién crees que será? ¿El colgado local de crack? ¿Las putas que trabajan en el vestíbulo? Sabes, yo apostaría por el borracho de la puerta de al lado. Había un definitivo olor a violación en el aire cuando te llevé en brazos por delante de él por el pasillo. De repente Abby entendió lo de la pequeña habitación, los viles olores, y los ecos de desesperación. Dante la había llevado a uno de los infinitos y sórdidos hoteles que atendían las necesidades de los pobres y los desesperados. Podría haberse estremecido de asco si esa no hubiera sido la menor de sus preocupaciones. —No podrían ser peores que tú. Él se tensó ante su acusación, y su expresión se tornó reservada. —Palabras bastante duras para el hombre que muy bien podría haberte salvado la vida. —¿Hombre? ¿Eso es lo que eres? —¿Qué has dicho? Los dedos se hundieron en sus hombros, y Abby comprendió tardíamente que enfrentarse a Dante directamente podría no haber sido la decisión más sabia. Aún así, tenía que saber. La ignorancia podía ser una bendición, pero también enloquecedoramente peligrosa. —Tú... te vi. En el sueño —se estremeció cuando los recuerdos ardieron a través de su mente—. Estabas encadenado, y ellas cantaban y tus... tus colmillos... —Abby —la miró profundamente a los ojos—. Siéntate y te explicaré. —No —dio una frenética sacudida a la cabeza—. ¿Qué vas a hacerme? Los labios de él se retorcieron ante su tono chillón. —Aunque en diversas ocasiones han pasado por mi cabeza varias ideas tentadoras, por el momento no planeo nada más que hablar contigo. ¿Te calmarás lo suficiente para escuchar?. El mismo hecho de que no se hubiera reído y le hubiera dicho que había perdido la cabeza sólo profundizó el terror de Abby. Él sabía lo del sueño. Lo reconocía. Dejando que su instinto tomara el control, Abby se obligó a sí misma a fingir una resignación que estaba lejos de sentir. —¿Tengo elección?. Él se encogió de hombros. —En realidad no. —Muy bien. Siguiendo débilmente su liderazgo hacia la cama, Abby esperó hasta que Dante estuvo convencido de su victoria antes de extender la mano y empujarle con fuerza. Cogido con la guardia baja, se tambaleó, y en un parpadeo, ella estaba escapando hacia la puerta. Fue rápida. Haber crecido con cinco hermanos mayores aseguraba que tenía mucha práctica huyendo de una masacre potencial. Pero sorprendentemente sólo había dado unos cuantos pasos cuando los brazos de Dante se envolvieron a su alrededor y la alzaron sobre sus pies. Con un grito amortiguado, estiró los brazos sobre la cabeza y aferró dos puñados de sedoso cabello. Él soltó un gruñido bajo cuando le dio un violento tirón. Todavía aferrando su cabello con una mano, movió la otra para hundir las uñas en el costado de su cara. —Demonios, Abby —masculló él, y su apretón se aflojó mientras trataba a esquivar su ataque. Sin perder un momento, Abby se retorció para liberarse y, girándose, dirigió una patada que a lo largo de los años había probado conseguir que incluso el más grande de los hombres tuviera que pararse en seco. Dante jadeó mientras se doblaba de dolor. Sin detenerse a admirar su trabajo, Abby se abalanzó hacia la puerta. En esta ocasión, se las arregló para tocar realmente el pomo antes de ser rudamente levantada, tirada sobre un amplio hombro, y cargada de vuelta a la cama. Chilló de nuevo cuando Dante la lanzó fácilmente sobre el apestoso colchón, y después la siguió, cubriendo su cuerpo combativo con otro mucho más grande, y mucho más duro. Más aterrada de lo que había estado en su vida, Abby contempló la pálida cara con su belleza sobrenatural. Era aguda y perturbadoramente consciente de los músculos compactos que presionaban contra los de ella. Y del conocimiento de que la tenía completamente a su merced. Insegura de lo que iba a ocurrir, se sobresaltó cuando una lenta sonrisa curvó los labios de él. —Tienes poderosas armas para ser una cosa tan diminuta, querida —murmuró—. ¿Has practicado esos trucos más bien sucios con frecuencia?. De algún modo las burlas consiguieron aliviar un poco de su rabioso miedo. Seguramente si iba a dejarla seca, no sería tan indulgente como para darle conversación, ¿verdad? A menos, por supuesto, que los vampiros prefirieran algo de charla pre-cena. —Tengo cinco hermanos mayores —dijo apretando los dientes. —Ah, eso lo explica. Supervivencia del más apto, o en este caso, supervivencia del que tenga el arsenal más sucio. —Sal de encima de mí. Ante eso él alzó las cejas. —¿Y arriesgarme a quedarme como un eunuco? No, gracias. Terminaremos nuestra discusión sin más arañazos, tirones de pelo, o golpes bajos. Ella fulminó con la mirada su burlona expresión. —No tenemos nada que discutir. —Oh, no —dijo él arrastrando las palabras—, nada aparte del hecho de que tu jefa acaba de asarse crujiente a la barbacoa, el hecho de que yo soy un vampiro, y el de que gracias a tu estupidez, ahora tienes a cada demonio de la vecindad tras tu cabeza. Absolutamente nada que discutir. Jefas a la barbacoa, vampiros, ¿y ahora demonios? Era demasiado. Pero que mucho, mucho. Abby cerró los ojos mientras su corazón se encogía de horror. —Esto es una pesadilla. Dios mío, por favor haz que Freddy Krueger atraviese la puerta. —No es una pesadilla, Abby. —No es posible —alzó a regañadientes los párpados para encontrar la brillante mirada plateada—. ¿Eres un vampiro?. Él hizo una mueca. —Mi herencia es la última de tus preocupaciones en este momento. ¿Herencia? Se tragó el histérico deseo de reír. —¿Selena lo sabía? —¿Que soy un vampiro? Oh, sí, lo sabía —su tono era seco—. De hecho, podríamos decir que eso era un requisito para mi empleo. Abby frunció el ceño. —¿Entonces ella era un vampiro también? —No —Dante hizo una pausa como si considerara cuidadosamente sus palabras. Ridículo ya que podría haberla informado de que Selena era Belzebú y ella no habría movido ni un músculo mientras la retuviera en su implacable garra—. Ella era... un Cáliz. —¿Cáliz? —la sangre se le quedó fría. La mujer que gritaba en agonía. Las llamas carmesí—. El Fénix —susurró. Las cejas de él se unieron con sorpresa. —¿Cómo sabes eso? —El sueño. Yo estaba en una mazmorra, y había una mujer yaciendo en el suelo. Creo que las otras mujeres estaban llevando a cabo algún ritual sobre ella. —Selena —masculló él—. Debe haberte pasado una porción de sus recuerdos. Es la única explicación. —¿Pasado sus recuerdos? Pero eso es... —sus palabras se desvanecieron cuando una burlona sonrisa curvó los labios de Dante. —¿Imposible? ¿No crees que ya estamos más allá de eso? Lo estaban, por supuesto. Había entrado a trompicones en algún mundo bizarro donde todo era posible. Como Alicia en A través del espejo. Sólo que en vez de gatos que desaparecían y conejos blancos, había vampiros y misteriosos Cálices y quién sabía qué más. —¿Qué le hicieron?. —La convirtieron en un Cáliz. Una vasija humana para una poderosa entidad. —¿Así que esas mujeres eran brujas?. —A falta de un término mejor. Genial. Simplemente genial. —¿Y pusieron un hechizo sobre Selena?. Los ojos plateados brillaron bajo la luz sombría. —Fue bastante más que un hechizo. Convocaron al espíritu del Fénix para que viviera dentro de su cuerpo. Abby casi podía sentir las llamas carmesí que habían ardido en la carne de la mujer. Se estremeció de horror. —No me extraña que gritara. ¿Qué hace ese Fénix?. —Es una... barrera. Lo miró de reojo con cautela. —¿Una barrera contra qué?. —Contra la oscuridad. Bien, eso lo dejaba todo tan claro como el barro. Impacientemente Abby se retorció bajo el hombre que la sujetaba contra la cama. Un muy mal, mal movimiento. Como si un rayo la hubiera golpeado de repente, fue vibrantemente consciente del cuerpo duro incrustado en el suyo. Un cuerpo que la había perseguido más de una noche en sueños. La mandíbula de Dante se tensó ante los movimientos involuntariamente provocativos, y sus caderas se movieron instintivamente en respuesta. —¿Crees que te sería posible ser un poquito más vago? —logró pronunciar sofocadamente. —¿Qué querrías que dijera? —exigió él con tono crispado. Abby luchó por mantener sus pensamientos concentrados. Buen Dios. Este no era el momento de ponerse a pensar en... en... eso. —Algo un poco más específico que la oscuridad. Hubo un momento de silencio, como si él estuviera librando su propia batalla. Entonces al fin encontró su mirada directamente. —Muy bien. El mundo de los demonios se refiere a la oscuridad como el Príncipe, pero en realidad no es un ser real. Es más bien un... espíritu, como lo es el Fénix. Una esencia de poder que los demonios llaman para realzar sus habilidades oscuras. —¿Y el Fénix hace algo a este Príncipe?. —Su presencia entre los mortales ha desterrado al Príncipe de este mundo. Son dos opuestos. Ninguno puede estar en el mismo lugar que el otro en el mismo momento. No sin que ambos sean destruidos. Bien, eso parecía una cosa buena. El primer rayo de esperanza en un día muy poco prometedor. —¿Así que, no más demonios?. Él alzó un hombro. —Permanecen, pero sin la presencia tangible del Príncipe, están debilitados y confusos. Ya no se agrupan para atacar con fuerza, y raramente cazan a los humanos. Han sido forzados a permanecer entre las sombras. —Eso es bueno, supongo —dijo ella lentamente—. ¿Y Selena era esa barrera?. —Sí. —¿Por qué? Él parpadeó ante la abrupta pregunta. —¿Por qué? —¿Por qué se la eligió a ella? —aclaró Abby, no del todo segura de por qué le preocupaba siquiera. Solo sabía que en ese momento parecía importante—. ¿Era una bruja? Extrañamente Dante se detuvo, casi como si estuviera considerando si responder a su pregunta. Ridículo después de todo lo que ya le había revelado. ¿Qué podía ser peor que el hecho de que estaba siendo mantenida cautiva por un vampiro? ¿O de que la única persona que mantenía a todas las cosas malas y aterradoras en la noche estuviera ahora muerta? —No fue tanto elegida como ofrecida en sacrificio por su padre —confesó él al fin, a regañadientes. —¿Fue sacrificada por su propio padre? —Abby parpadeó alarmada. Demonios, siempre había pensado que su padre era un firme candidato para cabronazo del año. Había sido un capullo brutal sólo redimido por el hecho de que había hecho a un lado a su familia por una botella de whisky. Aún así, no la había ofrecido como pasto para una banda de brujas enloquecidas—. ¿Cómo pudo hacer tal cosa?. Los elegantes rasgos se endurecieron con una rabia ancestral. —Muy fácilmente. Era poderoso, rico y acostumbrado a salirse con la suya en todo. O lo era hasta que fue golpeado por la plaga. A cambio de la cura, entregó a las brujas a su única hija. —Santa mierda. Eso es horrible. —Supongo que pensó que era un intercambio justo. Él se curaba y su hija se hacía inmortal. —¿Inmortal? —Abby contuvo el aliento con súbita esperanza—. ¿Entonces Selena todavía vive?. Los hermosos rasgos se agudizaron incluso más. —No, está bien muerta. —¿Pero... cómo?. —No lo sé —su tono era áspero por las emociones que albergaba—. Al menos aún no. Abby se mordió el labio inferior, intentando envolver su dolorido cerebro alrededor de las consecuencias de semejante muerte. —¿Entonces el Fénix se ha ido?. —No, no se ha ido. Está... —sin advertencia, Dante fluyó hasta ponerse en pie, con la cabeza vuelta hacia la puerta cerrada. Un tenso silencio llenó la habitación antes de que al fin su mirada volviera a la sobresaltada cara de Abby—. Abby, debemos irnos. Ahora. Capítulo 3 Dante maldijo fieramente su estupidez. Durante 341 años había permanecido como guardián del Fénix. No por gusto, y no sin hervir a fuego lento con furia por su destino, pero con absoluta dedicación. No es como si hubiera tenido elección. Aquellas brujas se habían encargado de ello. Pero ahora, cuando el peligro era mayor, se descubría a sí mismo siendo apenas capaz de concentrarse en la amenaza que tenía entre manos. Impacientemente se echó el enmarañado cabello hacia atrás. Condenado infierno, no es de extrañar que estuviese distraído. En las pocas horas anteriores, había soportado más sobresaltos de los que había tenido en siglos. La muerte de la inmortal Selena. La feroz e intoxicante alegría cuando sintió que las cadenas empezaban a aflojarse. Y el horror de ver el Fénix siendo grabado en Abby. Abby. Doble condenado infierno. Miró hacia su delgada figura. La mujer había sido una plaga y una peste desde que había llegado a la propiedad de Selena. Con la piel tan suave como la seda. Los dulces rizos que enmarcaban su traviesa cara. Los vulnerables ojos. Y las ardientes pasiones que bullían lentamente bajo esa actitud de que-se-fastidie-el-mundo. Le llamaba como un canto de sirena. Un sabroso bocado que tenía toda intención de consumir a su conveniencia. Pero ahora todo había cambiado. Ahora ya no era más una adorable diversión. No más una pequeña broma. Estaba bajo su protección. Y la protegería hasta la muerte. —Vamos —ordenó en un tono suave, convocando sus antiguos instintos—. Algo se aproxima. Esforzándose para ponerse en pie, lo miró con cautela. —¿Qué? La agarró por el brazo firmemente. —Demonios —se extendió con sus sentidos, tocando la oscuridad que se avecinaba—. Y más de uno. Se puso pálida, pero con esa fuerza interior que Dante siempre había admirado, ni se desmayó ni gritó, ni hizo todas esas cosas engorrosas que los mortales son tan propensos a hacer cuando se enfrentan con lo místico. —Pero seguramente no nos molestarán. No tenemos nada que puedan querer. Los labios de Dante se curvaron. —Estás equivocada, amiga. Tenemos un tesoro más allá de todos los sueños. —¿Qué? —Me temo que las veinte preguntas tendrán que esperar hasta más tarde, Abby. Acercándola más a su costado, cruzó silenciosamente hacia la casi oculta puerta situada al lado de la cama. Alargando la mano, giró el pomo y empujó para abrirla. La madera se astilló cuando el pestillo inútil fue arrancado del marco. Manteniendo todavía a Abby cerca, tiró de ella a través de las sombras de la habitación contigua, dirigiéndole apenas una mirada al borracho que roncaba en el olvido del vodka sobre la cama. Dante se dirigió directamente hacia la estrecha ventana. Forzándola para abrirla, se giró para inclinarse más cerca de la oreja de Abby. —Quédate cerca de mí y no hagas ruido —susurró—. Si nos atacan, quiero que te quedes detrás de mí y no corras. Intentarán asustarte para tenderte una trampa. —Pero quiero saber porqué… —Ahora no, Abby —gruñó impacientemente—. Si vamos a salir vivos de aquí, necesito que confíes en mí. ¿Puedes hacerlo?. Hubo un momento de silencio. En la oscuridad, Dante podía sentir la fragilidad de su control. Estaba casi temblando, y sólo podía esperar que su inminente colapso pudiera ser retardado hasta conseguir estar a salvo. Al final tragó con fuerza y de mala gana asintió con la cabeza. —Sí. Dante la miró profundamente a los ojos, asustado por el despertar de algo que pudo haber sido calidez. —Entonces vamos. Cogiéndola de la mano, la ayudó a trepar a través de la estrecha ventana, esperando hasta que estuvo sobre la escalera de incendios antes de seguirla en la oscuridad. Se detuvo apenas un momento, asomándose a mirar el sucio callejón que había debajo. Sus instintos le advirtieron que varios demonios acechaban en las cercanías. Desafortunadamente, quedarse significaría ser rodeado y atrapado. No tenían más elección que seguir hacia adelante. O en su caso, hacia abajo. Inflexiblemente Dante le señaló con la cabeza hacia la cercana escalera. Con pasos reacios, Abby cruzó la plataforma y se forzó a bajar por los travesaños. Él esperó hasta que llegó abajo antes de dar un paso al borde y aterrizar junto a su temblorosa figura. Cuando separó los labios para hablar, él extendió una mano para presionarle un dedo sobre la boca, sacudiendo bruscamente la cabeza. El peligro le producía picazón sobre la piel. Algo estaba cerca. Muy cerca. Girándose hacia un gran contenedor, dio un paso lento hacia adelante. —Muéstrate —ordenó. Hubo un susurro en las sombras seguido por un agudo chirrido de garras sobre el pavimento antes de que una forma grande y gruesa apareciera lentamente. A primera vista, hubiera sido fácil desechar al intruso como una torpe y descerebrada bestia. Con la gruesa y correosa piel, supurantes furúnculos, y una deforme cabeza que lucía tres ojos, era el claro ejemplo del monstruo de debajo de la cama. Pero Dante estaba demasiado familiarizado con este demonio en particular y sabía que bajo toda esa fealdad había una astuta inteligencia mucho más mortal que cualquier músculo. —Halford —Dante le ofreció una burlona reverencia. —Ah, Dante —la profunda y retumbante voz tenía un acento educado y elegante que hubiera estado como en casa en un internado pijo. Un contraste ridículo con su apariencia brutal—. Sabía con seguridad que te pasarías por aquí en cuanto captaras el rastro de esos perros infernales. He intentado entrenarlos durante siglos para que sean un poco discretos, pero siempre tienen que entrar corriendo cuando la cautela nos vendría mejor. Asegurándose de permanecer exactamente entre Abby y el demonio, Dante le ofreció un débil encogimiento de hombros. —Los perros infernales nunca han sido conocidos por su inteligencia. —No. Una pena, realmente. Aún así, tienen su utilidad. Como por ejemplo, eliminar las presas para que no necesite perder el tiempo con esa porquería —Halford lanzó una mirada desdeñosa hacía el ruinoso hotel—. Debo decir, Dante, que siempre había creído que tenías mejor gusto. —¿Qué mejor lugar para esconderme de la escoria que bajo sus propias narices? Halford soltó una retumbante risa que provocó un eco sobrenatural en el callejón. —Una táctica inteligente salvo por el hecho de que cada hermano en la ciudad puede oler a tu beldad a un kilómetro de distancia. Me temo que no hay escondite. Dante maldijo silenciosamente. A pesar de que Abby portaba el Fénix, todavía no había adquirido completamente sus poderes o ningún conocimiento acerca de cómo controlarlos. Hasta que lo hiciera, sería un faro para cada demonio que hubiera en la zona. —Subestimas mi habilidad —dijo lentamente en tono sedoso. —Oh no, nunca sería tan estúpido como para subestimarte, Dante —el demonio dio un paso hacia adelante, sus uñas rechinando en el pavimento y levantando polvo—. A diferencia de muchos en la hermandad, yo puedo sentir fácilmente el poder que has sido forzado a mantener bajo control todos estos aburridos años. Por eso es por lo que estoy bastante dispuesto a dejarte marchar. No tengo deseos de matarte. Dante arqueó una ceja. —¿Me permitirás marchar? —Por supuesto. Nunca me ha dado placer matar a mis compañeros demonios —Halford le lanzó lo que podía pasar vagamente por una sonrisa, considerando su triple fila de dientes—. Deja a la chica y te prometo que nunca serás molestado de nuevo. ¡Ah! Dante abruptamente comprendió la verdad. Halford estaba solo. Y no estaba demasiado seguro de poder vencer a un vampiro. Al menos no antes de que pudiesen llegar los otros demonios reunidos y complicasen las cosas. —Una oferta bastante generosa —murmuró Dante. —Eso creo. —Aún así, creo que entregar un tesoro tan inestimable debe valer algo más tangible. Después de todo, si te ves forzado a pelear conmigo por la muchacha, puedes encontrarte teniendo que compartir la gloria con cualquier cantidad de demonios que aparezcan corriendo en esta dirección. Un repentino golpe en el centro de su espalda le aseguró a Dante que Abby había escuchado sus insultantes palabras. Y naturalmente había llegado a la conclusión previsible. Después de todo, él era un vampiro malvado. Echándose hacia atrás, agarró la esbelta muñeca en un apretado puño. No podía arriesgarse a que se fugara. Halford entrecerró los ojos. Los tres. —¿Qué puede haber más tangible que tu vida? Dante se encogió de hombros. —No merece la pena vivir una eternidad si me veo reducido a revolcarme entre la miseria. Como dijiste, estoy acostumbrado a un estilo de vida bastante más lujoso que está a punto de acabarse sin Selena. —¿Por qué tú… —Con un ronco gruñido, Abby luchó frenéticamente contra su agarre, pateándolo con un salvajismo que hubiera hecho caer de rodillas a un mortal. —Chitón, amor —ordenó sin ni siquiera girar la cabeza—. Halford y yo estamos a punto de empezar las negociaciones. —Cerdo. Monstruo. Bestia. Dante ignoró las patadas que acentuaban cada palabra mientras encontraba la divertida mirada de Halford. —Una cosita fogosa —rechinó el demonio. —Un defecto de carácter que puede ser fácilmente corregido. Halford flexionó los abultados músculos. —Bastante fácilmente. Ahora vamos a terminar con esto. ¿Cuál es tu precio? Dante fingió considerarlo. —Un suministro preparado de sangre, por supuesto. En estos días y época, realmente es demasiado peligroso estar cazando entre la chusma. —Bastante simple. —Y quizás unas pocas Shantong para mantener mi guarida cálida por las noches —murmuró, escogiendo deliberadamente demonios que eran conocidos por su insaciable apetito sexual. —Ah, un vampiro con un gusto exquisito. ¿Eso es todo?. Notando el triunfo brillando en los ojos de Halford, Dante al fin juzgó que había llegado el momento oportuno. El demonio estaba consumido por delirios de grandeza mientras le ofrecía el Fénix a su Príncipe oscuro. —Realmente, no. También necesitaré esto —aflojando su presa sobre Abby, se agachó y con un movimiento fluido agarró las dagas ocultas en sus botas. En el mismo movimiento rodó hacia adelante, con las dagas ya abandonando sus manos mientras volvía a ponerse en pie. Durante un momento Halford simplemente permaneció en silencio en la oscuridad. Era casi como si no hubiera notado aún la daga profundamente clavada en su ojo central y la otra que sobresalía de su bajo vientre. Pero tanto si estaba en shock como si era indiferente al peligro, los misiles mortales habían hecho su trabajo; con un chirriante gemido, se derrumbó sobre la vil basura que ensuciaba el callejón. Dante no vaciló mientras se deslizaba hacia adelante. Con eficiencia, rebanó la garganta de Halford y le sacó el corazón. Nunca era tan estúpido como para suponer que un demonio estaba muerto hasta que sostenía su corazón entre las manos. Por fin satisfecho, se levantó para recuperar las dagas y volver con Abby. Ella se retiró apresuradamente de su cercanía, con los ojos abiertos de angustia. —Abby. —No —levantó las manos—. Quédate lejos de mí. Sofocando duramente un estallido de impaciencia, Dante se forzó a retornar las ensangrentadas dagas a las botas y a alisarse el enredado cabello antes de dar otro paso para acercarse. Ella estaba a un suspiro de salir corriendo. Un desliz y se encontraría persiguiéndola por el laberinto de callejones. Un pensamiento malvadamente delicioso bajo circunstancias más normales, concedió tristemente. Esta noche, sin embargo, era cualquier cosa menos normal. —Abby, el demonio está muerto —la calmó—. No te hará daño. —¿Y qué hay de ti? —reclamó con tono desigual—. Ibas a venderme a esa… cosa. Por sangre. —No seas tonta. Por supuesto que no iba a venderte —la agarró con fuerza del mentón, forzándola a encontrar su serena mirada—. Sólo intentaba distraer a Halford el tiempo suficiente para golpearlo. En caso de que no lo notaras, era algo más grande que yo. Parecía mejor evitar una desagradable pelea. La lengua de ella asomó para tocarse los labios. Fue un gesto diminuto e involuntario, y aún así hizo que los dedos de Dante se tensaran sobre la piel delicada. No importaba el peligro sobre ellos, tenerla tan cerca agitaba una dolorosa y feroz ansia. Una que temió que no pudiera ser aplacada durante mucho tiempo. —¿Por qué debería confiar en ti? —rechinó. Sus labios se curvaron cuando bajó la mano y la extendió hacia ella. —Porque por el momento, querida, no tienes elección. Pasó un momento largo mientras batallaba con sus propios demonios antes de aceptar al fin que los demonios que actualmente los estaban cazando eran mucho más peligrosos que él. Aún así, era obvia la desgana con la que al final puso la mano sobre la suya. Sin darle tiempo a pensarlo por segunda vez, Dante agarró sus dedos y, con un tirón, estaban deslizándose a través de la oscuridad. Estaba asombrado por el destello de desilusión que le produjo el persistente temor que le tenía Abby. ¿Qué otra cosa esperaba de una mortal? Desafortunadamente, el saber que lo consideraba sólo un paso por encima de aquellas malvadas criaturas que los perseguían, y quizás ni uno completo, más bien como medio paso de bebé, le dejaba una sensación de vacío. Girando para bajar por un callejón lateral, Dante continuó meditando sobre la mujer que se esforzaba por mantenerle el paso a sus largas zancadas. Meditando y estremeciéndose con la conciencia de la carne cálida tocando la suya. Lo que explicaba sin duda porqué tenía la guardia baja cuando el perro infernal saltó bruscamente desde el edificio sobre ellos y lo derribó al suelo. En un latido, el mortal podenco lo sujetó contra el suelo, el ácido de sus dientes goteando en la carne de Dante con un dolor abrasador. —Condenado infierno —masculló—. Apestoso y fangoso trozo de mierda. Estirándose, Dante estaba preparándose para apresar el cuello del demonio y romperlo cuando hubo una repentina ráfaga de aire, seguida por el repugnante crujido de huesos. Dante parpadeó cuando el perro se derrumbó a su lado, obviamente muerto. —¿Estás herido? Como una visión de un sueño, Abby estaba inclinada sobre él, la cara embadurnada con estiércol y el cabello colgando en flácidos enredos, pero su expresión era de gentil preocupación. Dante se tomó un momento para saborear la encantadora vista antes de apoyarse desganadamente en los codos. Girando la cabeza, miró al demonio que se convulsionaba antes de volver a prestarle atención a Abby. —Buen golpe, amor —murmuró, fijándose en la tubería mohosa que sostenía en la mano—. Una asesina de demonios extraordinaria, de hecho. Casi tan buena como… —Pronuncia el nombre de Buffy y te clavaré una estaca —le advirtió, levantando la tubería con un movimiento amenazador. Él se rió ahogadamente. —Muy atemorizante, dulzura, pero si realmente quieres terminar el trabajo, debería ser de madera. —Eso puede arreglarse. —Sin duda —Dante rodó para ponerse en pie, quitándose la suciedad adherida—. Desafortunadamente, tendrá que esperar hasta más tarde. Por ahora debemos seguir con nuestro camino. Tomándola del brazo, Dante estaba ya de nuevo moviéndose por el callejón, en esta ocasión manteniendo sus sentidos alerta. Agudamente, terriblemente alerta. Mierda de diablo. Había sido derribado por un perro infernal. En frente de una hermosa mujer. No estaba dispuesto a ser humillado de nuevo. Asesinado, quizá. Estacado, matado, o decapitado, quizá. Pero no humillado. Una alternativa mucho más preferible para un vampiro orgulloso. Durante casi media hora se movieron en silencio, desplazándose incluso más profundamente por el tugurio. No hubo más ataques sorpresa, pero Dante todavía podía sentir los demonios a lo lejos. Maldición, necesitaba determinar si todavía estaban siguiéndolos o si él y Abby se las habían arreglado para cubrir su rastro. Ralentizando el paso, buscó entre las sombras hasta descubrir una estrecha puerta en la parte de atrás de un edificio de ladrillo. Miró alrededor para asegurarse de que estaban solos antes de levantar la pierna y golpear la pesada puerta sacándola de las bisagras. Hubo un débil crujido seguido de una sofocante nube de polvo, pero Dante no se detuvo en ningún momento. Empujando a Abby para entrar al garaje abandonado, se apoyó contra el retorcido marco para mantener la vigilancia sobre cualquier desagradable bicho que pudiera acechar en la oscuridad. Pasaron unos momentos tensos antes de que a Abby al fin se le terminara su forzada paciencia. —¿Qué estamos haciendo aquí? —demandó. —Esperar. —¿Sabes al menos a dónde vamos? —Lejos de aquí. Abby rechinó los dientes. —Tan pasmosamente ambiguo como siempre. Supongo que crees que eso te hace oscuro y misterioso. —Oh, pero soy oscuro y misterioso —se arriesgó a echar una mirada sobre el hombro para encontrar su ardiente mirada—. ¿No es así como te gustan los hombres?. —Los quiero con latidos de corazón y que les guste la quiche, no la sangre —le devolvió el golpe rápidamente. Dante se rió entre dientes mientras volvía la mirada al callejón. —¿Cómo puedes estar tan segura, amor? Todavía no lo has intentando con un vampiro. Puedo prometerte que será una experiencia que nunca olvidarás. —Dios, debes estar mal de la cabeza. O ser el más arrogante… Dante levantó bruscamente la mano en advertencia. —Sssh. Poniéndose alerta instantáneamente, Abby se asomó a la oscuridad. —¿Viene algo? —Sí. Quédate detrás de mí. Esperaron en un tenso silencio hasta que al fin pudieron oír apagados sonidos de pasos aproximándose. Oliendo el repugnante aire, Dante se aseguró rápidamente que los intrusos eran humanos y no demonios antes de relajar sus tensos músculos. No suponían un peligro real para él. Entonces, el silencio fue roto por el zumbido estático de una voz saliendo de un walkie-talkie, y oyó a Abby dar un pequeño jadeo. —Dante, es la policía. Pueden ayudarnos —susurró antes de salir corriendo de detrás de él hacia la puerta. Por puro instinto, Dante se estiró para estrechar la delgada figura entre sus brazos. Fácilmente la arrastró de vuelta al edificio y la presionó contra la pared. Sus manos se alzaron para golpearlo fieramente en el pecho, pero anticipando ya el grito que iba a poner en evidencia su presencia, Dante bajó la cabeza y le cubrió la boca con la suya. Sus intenciones eran honorables. El beso simplemente era una forma de prevenir el desastre. Pero en el momento que tocó la satinada tentación de sus labios, todo honor fue olvidado. Un calor ardiente llameó entre ellos mientras tensaba el abrazo, y la devoraba con un hambre que no podía ocultar. Condenado infierno, la quería. Quería saborearla, seducirla, consumirla hasta que su oscura necesidad fuera saciada. Inquietamente las manos de Dante se deslizaron hacia arriba por su espalda, acariciando la tentadora piel de la nuca antes de hundirse en los dulces rizos. Le sostuvo la cabeza mientras continuaba saqueándole la boca, olvidando cualquier pensamiento de peligro en la neblina del placer. Apretada contra él, Abby se tensó momentáneamente por la conmoción del repentino abrazo, pero con gratificante velocidad, dejó escapar un gemido bajo y le envolvió el cuello con los brazos mientras abría los labios. Casi como si hubiera estado esperando este momento con la misma feroz intensidad que él. Ante la inconfundible capitulación, Dante instintivamente suavizó los labios, profundizando los besos con persuasiva intención. Ella se agitó inquieta contra sus endurecidos muslos mientras sus labios se movían para deslizarse sobre las lisas mejillas y bajar por el arco del cuello. Estaba ahogándose en el apasionado fuego que había liberado en él. —Abby… mi dulce Abby… Quiero sentirte debajo de mí —dijo con voz baja y áspera. Sintió el estremecimiento ansioso bajo su tacto antes de que lo empujara bruscamente para mirarlo con enormes y dilatados ojos. —¿Estás loco? —susurró, presionando los dedos contra sus entumecidos labios. Cogido desprevenido por el brusco rechazo, Dante rechinó los dientes y metió las manos toscamente en los bolsillos de los vaqueros. Fue una severa batalla dominar el deseo que todavía pulsaba por su tenso cuerpo. Un rápido tirón, unos pocos besos calientes, y la tendría en el polvoriento suelo y a él enfundado profundamente en su cuerpo. Afortunadamente la cordura se abrió paso lentamente en la neblina de su mente; dando un cuidadoso paso atrás, la miró con cierta calma. —Estaba intentando detenerte para que no acabáramos los dos muertos. No podía permitirte llamar a esos policías —explicó en tono suave. Ella frunció el ceño. —¿Crees que esos demonios han infestado el cuerpo policial de Chicago? —No, creo que en el momento que intentaras explicarles a esos agradables policías sin imaginación que estábamos siendo perseguidos por viciosos demonios y perros infernales, nos encontraríamos encerrados en una adorable habitación acolchada. Si primero no nos lanzaban a una celda por el asesinato de Selena. No se tú, pero prefiero no ser sujetado por una camisa de fuerza o invitado a una celda con una espectacular vista del amanecer. La expresión de Abby se endureció, como si quisiera discutir su lógica. Entonces abrazándose por la cintura, exhaló otro molesto suspiro. —Bien. ¿Y cuál es tu brillante solución? ¿Arrastrarnos por estos callejones repugnantes por toda la eternidad?. Él se encogió de hombros, volviendo a la puerta abierta. —No tanto, espero. Conozco un sitio, pero debo asegurarme que nos hemos librado de nuestros amigos sedientos de sangre. —Dios, qué lío —murmuró. Dante forzó a sus colmillos a acortarse mientras los estremecimientos subsistentes de deseo torturaban su cuerpo. —Por una vez, amor, estamos completamente de acuerdo. Capítulo 4 Dos horas más tarde, Abby estaba agotada. Había soportado la explosión de una casa, la violenta muerte de su jefa, había sido perseguida por demonios (a uno de los cuales había matado con sus propias manos), horas de caminar por callejones con viles olores, y ser besada por un vampiro. Y para ser honesta, no estaba segura de qué era lo que la había asustado más. Ahora, sin embargo, un desgarrador cansancio la había invadido por entero. Le dolían los pies, olía como un fétido basurero y una paralizante confusión nublaba su mente. Demonios, en este momento habría pagado a cualquier demonio que estuviese al acecho para que se lanzase sobre ella y se la tragase entera. Desafortunadamente, las horrorosas criaturas que habían parecido tan decididas a destruirlos hacía tres escasas horas, aparentemente habían desaparecido en el momento en que podían haber sido útiles, y a ella sólo le quedó caminar con dificultad sobre sus piernas temblorosas detrás de un silencioso vampiro. Quizás esto era el infierno, teorizó. Quizás de verdad había muerto en la misteriosa explosión y ahora estaba condenada a vagar por callejones oscuros e infestados de demonios durante toda la eternidad. No, no el infierno, le susurró una voz traicionera. No si le iban a ofrecer una eternidad de besos de un magnífico vampiro que la hacía derretirse en un charco de dolorosa necesidad. Su corazón se saltó un renegado latido antes de que sacudiese con brusquedad la cabeza. Obviamente estaba delirando. Besos de vampiro. Dios. Sin duda el hedor tóxico la había llevado al límite. Suficiente, era suficiente. —Dante —parándose en seco, dobló los brazos sobre el pecho—. No puedo ir más lejos. Con una clara renuencia, Dante se paró en la esquina del callejón y se dio la vuelta para encontrarse con su obstinada fija mirada. Tan cansada como se encontraba, su aliento se le atascó en la garganta. Bañado por la apagada luz dorada de una farola, Dante era sorprendentemente hermoso. El pelo negro azabache suelto. Los rasgos elegantemente feroces. Los ojos plateados que brillaban con un peligro mortal. Todo esto se combinaba para crear una visión que estaba destinada a debilitar las rodillas de cualquier mujer. Afortunadamente ignorante de sus traidores pensamientos, Dante tendió la mano para coger la suya. —Es sólo un poco más lejos, te lo prometo —la instó suavemente. La expresión de Abby sólo se endureció ante sus palabras. —Has estado diciendo eso desde hace media hora. Los labios de Dante temblaron con malvado regocijo. —Sí, pero en esta ocasión, no miento. —Ugh —ella se apoyó contra el edificio de ladrillo, demasiado cansada como para preocuparse de que estaba añadiendo más mugre a la que la cubría. ¿Qué eran unos pocos gérmenes repugnantes más? —Debería haberte clavado una estaca cuando tuve la posibilidad. Una ceja negra se arqueó ante su irritable tono. —Sabes, Abby, realmente eres una mocosa ingrata. —No, estoy cansada, tengo hambre, y todo lo que quiero es irme a casa. Los cincelados rasgos se ablandaron cuando extendió una mano y acercó a la mujer la dureza de su cuerpo. Tiernamente, acarició sus enredados rizos con una mano. —Lo sé, querida. Lo sé. Vampiro o no, Abby descubrió que su caricia era extrañamente calmante. Y deliciosamente maravillosa. Sin un pensamiento consciente, apoyó la cabeza contra su amplio pecho. —Dante, ¿esta horrible noche se acabará alguna vez?. —Por lo menos te puedo prometer eso —le aseguró, dándole un pequeño tirón hasta que estuvieron fuera del callejón, en una estrecha callejuela—. ¿Ves el edificio de la esquina? Ese es nuestro destino. ¿Puedes hacerlo? Ella evaluó el sencillo edificio, llegando a la conclusión de que debía haber sido un hotel hacía años. Un hotel que ahora era húmedo, mohoso, y sin duda plagado de comunidades enteras de ratas hambrientas. Dio un suspiro incluso mientras asentía de mala gana hacia Dante. Estaba demasiado cansada para discutir por nimiedades. Si unas pocas ratas y una silla podrida eran el precio para descansar sus pies doloridos, entonces que así fuera. —Vamos —refunfuñó. Aceptando de buena gana la ayuda de Dante, Abby cojeó a través de la calle, alrededor del edificio hacia la parte trasera. Él no hizo caso de la estrecha puerta que colgaba lánguidamente de sus goznes y en cambio extendió la mano para tocar uno de los ladrillos aflojados cerca de la ventana. Asombrosamente (vale, quizás no tan asombroso en esta particular tarde), un brillo plateado llenó el aire, y antes de que Abby pudiera hacer preguntas sobre lo que había ocurrido, Dante la había empujado por el velo místico hacia un enorme vestíbulo carmesí y dorado. Parando con un tropiezo, Abby echó un vistazo a su alrededor con los ojos muy abiertos. Era imposible. No había ninguna plaga de ratas en este lugar. No con sus negras columnas de mármol, paredes carmesíes aterciopeladas y techo abovedado con pinturas de hermosas mujeres desnudas. Era exuberante y exótico y, bueno, más que un poco decadente. —¿Qué es este lugar? —susurró maravillada. Dante rió irónicamente al cogerla del brazo y la condujo hacia una cavidad oculta al final del cuarto. —Mejor no preguntar. —¿Por qué? Ignorando la pregunta, Dante apartó una cortina de gasa adornada con lentejuelas de estrellas doradas y la llevó por un oscuro pasillo hasta que llegaron a una última puerta. Abriéndola de un tirón, esperó a que ella entrase para cerrar la puerta tras ellos con firmeza y encender las luces. Para su gran alivio, Abby descubrió una gran habitación mucho más cómoda que el lujoso vestíbulo que acababan de dejar atrás. Había una sólida calidez debido al revestimiento de madera y los muebles de cuero dispersos sobre una alfombra de color marfil. Se asemejaba más a una propiedad rural inglesa que a un lujoso burdel, sentenció. Paseándose distraídamente para estudiar los libros encuadernados en cuero que llenaban la estantería de una pared, tomó aliento profundamente antes de darse la vuelta para encontrar la cautelosa mirada fija de Dante. —¿Estaremos a salvo aquí? —Sí, el edificio es propiedad de un conocido mío. Tiene un conjuro que impedirá a cualquiera sentir tu presencia aquí. Humano o demonio. ¿Conjuro? Vale, eso sonaba… menos extraño que todo lo que había ocurrido durante esta rara tarde. Aún así, Abby sintió que había mucho más que no le contaba. Siempre una mala señal. —¿Y tu amigo? —exigió. —¿Qué?. —¿Es humano o demonio? . Dante se encogió de hombros. —Es un vampiro. Abby puso los ojos en blanco hacia el techo de vigas. —Estupendo. Con una gracia silenciosa, de repente Dante estuvo de pie ante ella, su expresión implacable en la tenue luz. —Te sugeriría que intentases ocultar ese prejuicio tan desagradable que tienes, querida —la advirtió en tonos sedosos—. Necesitaremos la ayuda de Viper si queremos sobrevivir durante los próximos días. Dándose cuenta de repente de que sí había sido más que un poco grosera con el hombre que había salvado su vida más de una vez en las últimas horas, Abby se mordió el labio inferior. —Lo siento. Los ojos plateados se oscurecieron cuando Dante acarició tiernamente sus acaloradas mejillas con la parte posterior de los dedos. —Hay algunas cosas que debo hacer. Quiero que permanezcas aquí —los dedos se deslizaron bajo su barbilla mientras la miraba fijamente a los ojos—. E independiente de lo que pase, no abras esta puerta hasta que yo vuelva. ¿Me entiendes?. Un temblor recorrió su espalda. ¿La iba a dejar? ¿Sola?. ¡Por Dios! ¿Y si no volvía? ¿Y si algún demonio la atacaba mientras él no estaba?. —Y si… Reuniendo su destrozado coraje, Abby elevó la barbilla. Deja de comportarte como una debilucha sin carácter, se regañó. ¡Maldición! Había estado cuidando de sí misma desde que tenía catorce años. No sólo a sí misma, sino también a su madre, desde que la mujer mayor descubrió que la vida era más fácil de sobrellevar desde el fondo de una botella de whisky. Y todo sin la ayuda de un vampiro pecaminosamente hermoso. —Entiendo. Como si sintiese el esfuerzo que le costaba aparentar esa valentía, los dedos de Dante le apretaron la barbilla. Mirándola fijamente, bajó lentamente la cabeza. —Abby —susurró. Suavemente rozó los labios con los de ella. Una y otra vez. Su toque era ligero como una pluma, pero suficiente para hacer que su cuerpo entero hormigueara de placer. Hormigueara y temblara y muchas otras cosas estimulantes. Por fin él levantó la cabeza y se alejó. Todavía tambaleándose por los efectos del beso, ella miró en silencio cómo él se daba la vuelta para dejar el cuarto. Sólo fue cuando la puerta sonó firmemente al cerrarse detrás de él que recordó la necesidad de respirar. Bien… Parecía que sus pies no estaban ni de cerca tan cansados como pensaba, ya que tenía los dedos firmemente curvados de placer. Un impulso histérico de reírse burbujeó en su garganta cuando se movió para dejarse caer en un sofá de cuero. Besos de vampiro, sí. Estaba loca. Esa era la única explicación. Estaba loca de remate. Y afortunadamente demasiado agotada como para preocuparse en ese momento. Permitiendo que su cabeza reposara en los cojines de cuero, Abby inspiró profundamente y cerró los ojos. Por primera vez en horas, no estaba mirando sobre su hombro en busca de demonios merodeadores o abriéndose paso entre basura podrida. Ni siquiera había un vampiro a la vista. De momento simplemente podría relajarse. ¿Relajarse? Sí, seguro, se burló una vocecita en su cabeza. Inspiró otro profundo aliento. Podría hacer esto. Todo lo que necesitaba era un poco de concentración. Relájate, relájate, relájate, tarareó mentalmente. Se acurrucó más profundamente entre los cojines. Redujo el ritmo de su respiración. Intentó imaginarse una hermosa cascada, un pacífico prado, el sonido de ballenas (sin importar cómo demonios sonasen). Todos esfuerzos en vano que finalmente fueron perturbados cuando un frío escalofrío recorrió su piel. Una repentina certeza de que no estaba sola hizo que sus ojos revoloteasen abiertos y su cabeza se irguiese. Su corazón se detuvo cuando comprendió que sus instintos no se habían equivocado. Había un hombre de pie en el centro del cuarto. No, no un hombre, se corrigió inmediatamente. Ahora que conocía la verdad sobre Dante, podía detectar lo que aquellos rasgos tan perfectos y la forma intensamente elegante significaban. No es que este vampiro fuera la viva imagen de Dante, concluyó rápidamente. Era más alto y más delgado, con una ondulación de duros músculos bajo el abrigo carmesí aterciopelado que ondeaba casi hasta sus rodillas y pantalones negros de satén. Llevaba el cabello largo, que era como la plata pálida de la luz de la luna, y sus ojos eran como la oscuridad alarmante de la medianoche. Y a pesar de que sus rasgos eran aparentemente hermosos, había una rigidez en su semblante que envió un escalofrío por su espalda. Este no era un encantador y perverso chico malo. Este era un exquisito ángel caído que se mantenía apartado del mundo que lo rodeaba. Levantándose lentamente, ella se encontró lamiéndose los labios con nerviosismo cuando él avanzó despreocupado hacia adelante. Su fija mirada medianoche la recorrió de arriba abajo con una intensidad desconcertante. No se detuvo hasta que estuvo a un mero paso de ella. —Ah, Abby ¿verdad?. La oscura voz fluyó como miel caliente sobre ella. Una voz tan mortalmente fascinante como el resto de él. Caramba. Pertenecía a la categoría de peligrosos, con P en mayúsculas. De todos modos, Dante no la habría dejado aquí si no creyese que la dejaba en buenas manos. Puede que no supiese mucho sobre su vampiro salvador, pero sabía que no la entregaría deliberadamente como cena a uno de sus amigos. ¿Verdad?. —Sí, y tú, supongo, ¿eres Viper? —se obligó a murmurar en un tono educado. —Muy astuta —los oscuros ojos recorrieron sus delgados rasgos y la caída de rizos dorados—. Y encantadora. ¿Encantadora? Un ligero ceño tocó su frente. ¿Estaba ciego? ¿O de hecho estaba planeando algo infame? Nunca había sido más que medianamente pasable. Y esto era cuando no estaba cubierta de mugre y apestando a callejones traseros. —Gracias… creo. Los labios del vampiro se torcieron en una sonrisa suave. —Tú no tienes que tratarme con tanta desconfianza. Nunca me alimento de mis invitados. Es bastante malo para el negocio. Bueno, eso era un alivio. Abby se aclaró la seca garganta. —¿Y de qué trata tu negocio? —Soy proxeneta —dijo simplemente. Ella se atragantó y sus ojos se ensancharon ante las inesperadas palabras. —¿Eres un chulo?. Su suave risa le recordó con fuerza a Dante cuando inclinó la cabeza a un lado. —Nada tan vulgar —ronroneó en tonos bajos—. Ofrezco… ah no, Dante no me agradecería que te expusiera a semejantes historias morbosas. Es asombrosamente protector contigo —sin ninguna advertencia, elevó la mano para acariciarle suavemente la mejilla—. Y es una pequeña maravilla. Ella se puso rígida de inquietud. —¿Cómo?. —Tanta pureza —su penetrante mirada escrutó su tenso cuerpo antes demorarse sobre su pálido rostro—. Un faro dorado en la oscuridad. ¿Primero encantadora y ahora pura? Ese pobre vampiro increíblemente hermoso realmente debía estar mal de la cabeza. No era un pensamiento muy consolador. —Me temo que debes haberme confundido con otra persona —le contestó en tonos lentos y comprensibles. Sus labios se estiraron como si comprendiese que temía por su salud mental. —No me refiero a la castidad —ondeó elegantemente la mano—. Una obsesión humana tan aburrida. O incluso al espíritu que ahora llevas dentro de ti. Hablo de tu alma, Abby. Has conocido la tragedia e incluso la desesperación, pero permaneces incorrupta. Abby retrocedió un paso cuidadosamente, deseando con desesperación que Dante volviera. Había algo muy desconcertante en este Viper. —No sé de qué estás hablando. —El mal, la lujuria, la avaricia… las pasiones más oscuras que tan fácilmente tientan a los mortales. —Bueno, supongo que todo el mundo es tentado. —Sí, y muy pocos se resisten —acortó la pequeña distancia entre ellos, sus dedos otra vez trazando la línea de su mejilla—. Tanta inocencia está obligada a ser una atracción irresistible para los que caminan en la noche. La maldad siempre busca la redención así como las sombras buscan la luz. El cerebro de Abby comenzaba a dolerle por intentar seguir las oscuras revelaciones. Vaya mierda, y ella que pensaba que Dante hablaba de forma confusa. —Ah… de acuerdo —refunfuñó, retrocediendo otro paso en su extraño baile—. ¿Dónde está Dante?. Viper se encogió de hombros. —No me dio su itinerario completo, pero sé que ha ido en busca del desayuno. Su estómago dio un repentino gruñido de alivio. Ni siquiera podía recordar su última comida. Lo que significaba que había sido hacía mucho tiempo. —Gracias a Dios, estoy muerta de hambre. Espero que traiga… —las deliciosas imágenes de tortitas con huevo y tocino fueron empañadas de repente por el pensamiento de lo que Dante debía estar tomando como comida previa al amanecer—. Ew. Viper levantó una ceja dorada ante su inequívoco estremecimiento. —No te preocupes, encantadora Abby. No ha ido de caza —moviéndose con una gracia hipnótica, Viper abrió con rapidez un panel oculto en la pared para revelar un pequeño frigorífico lleno de oscuras botellas—. Esta es la casa de un vampiro. Siempre poseo un amplio suministro de sangre sintética. El desayuno es para ti. Aliviada de forma ridícula por saber que Dante no estaba chupando la vida de desgraciados peatones, Abby dejó escapar un profundo suspiro. —Ah, eso es bueno. Cerrando el panel, el vampiro se rió de forma misteriosa mientras volvía de nuevo a estar de pie ante ella. —No lo sabes, ¿verdad?. Sus cejas se fruncieron. —¿Saber qué?. —Desde que Dante fue capturado por las brujas, ha sido incapaz de tomar la sangre de un humano. Es un elemento del encantamiento que lo ata al Fénix. —Oh, ya… veo. —No, no creo que lo veas en absoluto —murmuró suavemente—. El sufrimiento que Dante ha aguantado durante los últimos trescientos años ha sido inconmensurable. Ha sido atado y encarcelado por aquellas que carecen de compasión, de la capacidad de verlo como algo más que un monstruo. Abby se paralizó. Santo cielo. Había estado tan consumida por sus propios miedos que no se había detenido ni un momento a considerar lo que Dante debía de haber aguantado durante todos aquellos interminables años. Había sido un prisionero, encadenado por toda la eternidad a Selena. Dios, era sorprendente que no hubiese abandonado su lloriqueante culo en la alcantarilla más cercana y la hubiese dejado como comida para los demonios. —Él no es ningún monstruo —le replicó en tono cortante. —No tienes ninguna necesidad de convencerme, mi querida —escrutó detenidamente dentro de sus ojos—. Sólo puedo esperar que comprendas su sufrimiento y que hagas lo posible para aliviar sus cargas. —¿Yo?. —Ahora tienes el poder. Abby parpadeó, sacudiendo débilmente la cabeza. —Y yo que creía que Dante era misterioso. No te ofendas, pero los vampiros sois unas criaturas extrañas. No tan extrañas como ese Halford o los perros infernales, pero definitivamente extrañas. Viper soltó una risita ahogada mientras alargaba la mano para tocar sus rizos. —Somos seres antiguos. Hemos visto el nacimiento y la caída de naciones. Presenciado interminables guerras, hambrunas y catástrofes naturales. Seguramente se nos permiten algunas excentricidades, ¿no?. ¿Y qué contestaba ella a eso?. —O al menos un Corazón Púrpura . Los ojos medianoche parecieron llenarse momentáneamente con algo que pudo ser entretenimiento. —También hay visiones de alegría, placer e inesperada belleza. Belleza como la tuya. —Un gusto exquisito como siempre, Viper —habló una aterciopelada voz desde la entrada, arrastrando las palabras. Sobresaltada por la interrupción, Abby giró la cabeza para ver a Dante avanzar lentamente hacia ellos. Con un movimiento despreocupado, lanzó la maleta que llevaba en la mano al sofá, sin detener en ningún momento su avance. Más aliviada por su regreso de lo que le gustaría admitir, Abby se embebió del pálido y perverso semblante. Demasiado ridículo como para poder ser aceptado, era casi como si una parte de ella hubiese estado perdida durante su ausencia. Una parte que ahora se sentía satisfecha. Apenas fue consciente de que Viper se había situado detrás de ella, sus manos descansando suavemente sobre sus hombros. —Así que estás de vuelta por fin, Dante —murmuró Viper—. Estábamos preocupados. La penetrante mirada plateada se estrechó cuando Dante miró de forma significativa las manos que apretaban íntimamente los hombros de Abby. —Tu preocupación es muy conmovedora, Viper —arqueó una ceja con lentitud—. Y hablando de tocar … No había forma de confundir la afilada amenaza en la suave voz, pero Viper simplemente se rió. —Tú no puedes culpar a un vampiro de admirar tal pureza. Es bastante… embriagadora. —Entonces tal vez deberías tomar un soplo de aire fresco para aclarar la mente —le advirtió Dante. —Siempre el guerrero —Viper acercó los dedos de Abby a sus labios—. Si decides que prefieres a un poeta, no olvides llamarme. —Viper —gruñó Dante. Con esa misteriosa risa, Viper hizo una breve reverencia a su compañero antes de dirigirse hacia la puerta. —Os dejaré para que descanséis. No te preocupes de ser molestado. Prometo mantener a los lobos, o en este caso a los demonios, a raya. Una vez solos, Dante hizo una pausa durante un instante antes de moverse para coger la mano que Viper acababa de acariciar. —Debes perdonar a mi amigo —dijo con una risa sardónica—. Cree que es irresistible para las mujeres. Sofocando el impulso de alargar la mano y acariciar la cara esculpida, ella se encogió de hombros distraídamente. —Es bastante fascinante —se sintió obligada a admitir. Seguramente ni siquiera un idiota parlanchín creería que era completamente indiferente a ese hermoso ángel caído, ¿verdad?. —¿Le encuentras atractivo?. —De una forma sobrenatural. La expresión de Dante se endureció. —Ya veo. Abby tembló. —Él también me aterroriza. Creo que destruiría cualquier cosa o persona en su camino si le viniese bien a su propósito. Una risa apareció en los labios de Dante. —No te hará daño. No mientras yo esté cerca. —¿Dónde has estado?. Él le apretó suavemente los dedos antes de dirigirse hacia la maleta que había arrojado en el sofá y abrirla. —En casa de Selena para recuperar unas pocas pertenencias que creí que podríamos necesitar —sacó varios pares de vaqueros y camisetas informales de algodón que una vez habían pertenecido a su jefa—. Puede que no queden perfectas, pero deberían valer. Abby suspiró de puro alivio al pensar en ropa limpia. Un pequeño trozo de paraíso. —Gracias. Él rebuscó en la maleta para sacar un pequeño envase de plástico. —También te traje esto. —¿Qué es? —Algo que creo que necesitarás pronto. Aferrándose a la esperanza de que fuera un helado caliente de chocolate, cogió el envase y lentamente le quitó la tapa. Su nariz se arrugó ante el asqueroso olor que salía de la sustancia verde que ciertamente no era un helado caliente de chocolate. —Puf. Es esa cosa asquerosa que Selena solía beber. —Te alimentará. Rápidamente puso el envase en una mesa cercana. —Como lo hará una hamburguesa de queso y patatas fritas, y sin ningún regusto verde asqueroso. —Abby —de forma extraña, Dante se dio la vuelta para caminar por el gran cuarto, revolviendo con agitación el largo pelo negro—. Hay algo que debes saber. Su sangre se congeló ante su tono áspero. Podía no saber nada sobre vampiros, pero conocía ese tono. Significaba problemas. Siempre significaba problemas. —¿Qué?. Despacio, se dio la vuelta para estudiarla con una expresión sombría. —Cuando Selena se estaba muriendo, te tocó. Abby recordó de mala gana aquellos horribles momentos en el dormitorio quemado de Selena. Era algo que había intentado borrar de su mente. Cabeceó afirmativamente. —Sí, lo recuerdo. Sus dedos se estaban moviendo, y luego me agarró del brazo. Dolió. —Fue porque te transfirió sus poderes. —¿Sus… poderes? —El espíritu del Fénix —dijo—. Ahora reside dentro de ti. Ella se tropezó hacia atrás mientras esperaba el remate final de la broma de mal gusto. ¿Tenía que haber un remate final, verdad? De otra manera, Dante estaría hablando en serio. Y esto significaría que tenía alguna horrible criatura estableciendo su campamento dentro de ella. Abby se agarró la garganta con manos temblorosas. No podía respirar. No podía pensar. —No —logró jadear finalmente—. Mientes. Detectando fácilmente su angustia, Dante avanzó, tendiendo las manos. —Abby, sé que esto es difícil. Abby soltó una risa histérica incluso cuando se chocó contra la pared de paneles. Había pensado que no había nada más que pudiera conmocionarla. ¿Cómo podría? Nada podía ser peor que demonios y vampiros. O eso había pensado. Ahora sacudió violentamente la cabeza. —¿Cómo puedes saberlo? Ni siquiera eres humano. Capítulo 5 Dante reprimió el impulso de gruñir de frustración. Durante su rápida excursión a la casa de Selena, se había preparado para esta confrontación. No había pretendido que Abby diera saltos de alegría por ser el Cáliz para el Fénix. O que le diera las gracias por ofrecerle la verdad. Sabía que ella estaría alterada, incluso histérica. Pero aquel súbito miedo en sus ojos y que se alejara de él fue suficiente para agitar sus instintos más primitivos. Condenado infierno, ¿por qué le preocupaba si ella volvía a pensar en él como un monstruo? Había aguantado más de trescientos años encadenado al Fénix sin importarle un bledo Selena como persona. A menos que uno considerara los deliciosos sueños de dejarla seca. Ella no había sido más que su captora. La fuente tangible de su furia latente. Pero Abby... Importaba, admitió lúgubremente. Importaba maldita sea, y mucho. De mala gana estudió los frágiles y demasiado pálidos rasgos, sabiendo que haría todo lo necesario para aliviar su angustia. —Por favor escúchame, Abby —murmuró. Ella sacudió otra vez la cabeza. —No, sólo mantente lejos de mí. ¿Mantenerse lejos? La ironía le llevó una sonrisa irónica a los labios. —Me temo que no puedo hacerlo. Estamos ligados. Ninguno de nosotros puede dejar al otro. Es parte del hechizo. Sus ojos se abrieron con horror antes de entrecerrarse bruscamente. —Ahora sé que estás mintiendo. Tú me dejaste. —No fui lejos y además tenía la seguridad de que volvería pronto a tu lado —dijo con suavidad, avanzando lentamente—. Si hubiera intentado huir a propósito, el dolor habría sido insoportable. Confía en mí, lo intenté suficientes veces durante siglos para estar seguro. Ella se lamió sus secos labios. —No. —Abby ¿puedes decirme con sinceridad que no sentiste mi ausencia? ¿Muy dentro de ti?. La verdad estaba grabada en sus pálidos rasgos incluso cuando ella sacudió la cabeza negando. —Esto... no puede ser. Sabría si alguna criatura estuviese viviendo dentro de mí. —¿Quieres pruebas?. Ella se apretó aun más fuerte contra los paneles. —¿Qué quieres decir?. Dante alargó la mano lentamente. —Vamos. Abby se detuvo, mirando su mano por unos momentos antes de colocar por fin los dedos en los de él. Dante fue consciente de la descarga de calor que se produjo ante su tácito despliegue de confianza. Y otra descarga de calor por la sensación de la suave piel rozando la suya. Algo embriagador para un vampiro que había estado frío durante una eternidad. Con un gentil tirón, la llevó a través de la habitación hasta el gran espejo colgado sobre la chimenea de mármol. Luego, colocándose detrás de ella, colocó las manos sobre sus hombros. —Dime qué ves —exigió en tono bajo. Ella emitió un impaciente sonido. —Veo... oh —se inclinó para escudriñar el espejo—. Dios, no tienes reflejo Dante elevó los ojos hacia el cielo. —Claro que no, soy un vampiro. —Eso es tan raro. —Abby mírate —dijo con voz áspera. —¿Qué? —frunció las cejas—. ¿Quieres que vea que estoy hecha un destrozo? Noticia de última hora, ya lo sabía. —Mira tus ojos. —¿Mis ojos? Yo… —sus palabras cesaron bruscamente mientras estiraba los temblorosos dedos para tocar su reflejo. Y no era de extrañar. Los suaves ojos marrones que siempre habían fascinado a Dante ahora eran brillantes zafiros azules. El mismo azul que había marcado a Selena. Un signo visible del Fénix que no podía negar—. No, no, no, no. Dio un traspiés, directa a sus brazos. Dante le dio la vuelta con delicadeza, presionándole la cabeza en su pecho mientras pasaba la mano por sus rizos. —Tranquila, amor —murmuró—, todo va a ir bien. Un violento escalofrío recorrió el cuerpo femenino antes de que ella retirase la cabeza para apuñalarlo con una llorosa mirada. —¿Cómo? ¿Cómo va a ir todo bien? Tengo una... criatura dentro de mí —dio un brusco jadeo—. Oh, Dios, por eso los demonios estaban intentando matarme, ¿verdad?. La abrazó con más fuerza. Podía mentir, por supuesto. Y durante unos pocos minutos estaría reconfortada. Pero al final, sabía que ella tendría que conocer la verdad. —Sí. Ellos perciben el espíritu en tu interior tanto como el hecho de que eres vulnerable. No se detendrán ante nada para recuperar a su Príncipe. Un absoluto terror oscureció el brillo de sus recientes ojos azules. —Voy a morir. —No —juró en despiadada negación—. No permitiré que ocurra. —¿Y cuánto tiempo supones que podemos defendernos de cada demonio de la tierra? ¿A menos que pretendas que nos escondamos aquí durante lo próximos cincuenta billones de años?. Cambiando de posición, colocó los dedos bajo su mentón y la obligó a encontrar su severa mirada. —No será necesario. Con cada hora que pasa, el Fénix acumula fuerza. —¿El Fénix está acumulando fuerza? —soltó una corta risa seca— ¿Dentro de mí? ¿Se supone que eso es tranquilizador?. Un toque de ternura alivió su dura expresión. —Sólo quiero decir que pronto será capaz de ocultarse a sí mismo de forma que los demonios no puedan percibir su presencia. Lejos de estar reconfortada, Abby lo observó con cautela. —¿Y qué más estará haciendo dentro de mí?. —No lo puedo decir con certeza —admitió de mala gana—. Selena no me consideraba su confidente. Yo solamente era su bestia encadenada. Abby dejó caer la cabeza sobre su pecho. —Dios mío, ¿qué voy a hacer? Dante apoyó la mejilla en su coronilla, rodeándose de buena gana de su dulce calor. —Tengo una sugerencia. —¿Qué?. —Debemos buscar a las brujas. La sintió aspirar en un asustado jadeo. —¿Las brujas?. ¿Quieres decir las mujeres que pusieron el Fénix dentro de Selena?. Sus rasgos se endurecieron. Aún después de tres siglos, recordaba vivamente cada momento que soportó a manos del aquelarre. El negro calabozo. Las cadenas que habían quemado toda su carne. La magia que lo había atado como a un perro castrado. Su ardiente odio no se había aliviado, pero la preocupación por Abby era incluso mayor. No había nadie más que pudiera ayudarla. —Sí. —Pero —se echó atrás para contemplarlo frunciendo el ceño—, sin duda ya están muertas. —Sus poderes están conectados con el Fénix. Mientras éste viva, lo harán ellas. —¿Y piensas que pueden ayudarme?. —Quizás—expresó con cautela. —Entonces vamos con ellas —alargó la mano para agarrar las solapas de la camisa de seda—. ¿Dónde están?. —En realidad, no estoy completamente seguro. —¿Qué quieres decir?. —Como te dije, Selena se guardaba muchos secretos, pero sé que se encontraba con las brujas en ocasiones. Deben de tener un aquelarre muy cerca. —¿En Chicago?. Él sacudió ligeramente la cabeza, habiendo considerado ya las posibles localizaciones. —No en la ciudad. Necesitaran un lugar que esté bien apartado. —¿Por qué?. Dante titubeó. Aunque había decidido no esconderle la verdad a Abby, admitió que no había necesidad de detalles gráficos. No cuando sólo iban a disgustarla más. —Celebran… algunos ritos que no quieren que otros presencien. Afortunadamente ella estaba demasiado distraída para considerar la naturaleza de los ritos. En lugar de eso, mordisqueó su labio inferior hasta que Dante tembló con la necesidad de calmarlo con un suave beso. —¿Entonces cómo podemos encontrarlas?. Ahora era Dante el que estaba distraído. El perfume de la satinada piel, la sensación de las suaves curvas, el delicioso calor que provocaba su pasión. —Permíteme —murmuró, bajando las manos por su columna hasta el inicio de las caderas—. Ahora, ¿qué dices de un baño caliente?. —¿Un baño? —la desesperada urgencia se desvaneció cuando un soñador anhelo se asentó en su rostro—. Diría que suena como el paraíso. Dante gimió silenciosamente al pensar en ver esa expresión soñadora por una razón enteramente diferente que agua caliente y burbujas de jabón. Razones como sus manos rozando aquella piel de seda y desarreglando aquellos rizos de miel mientras sus labios trazaban caminos que nunca antes habían sido trazados. Se apartó bruscamente, en absoluto acostumbrado a reprimir sus pasiones. Las brujas podían haberle robado la codicia por cazar humanos, pero todos los otros anhelos seguían en exquisito funcionamiento. —Vamos, querida. Tendrás tu baño. Girando sobre sus talones, Dante se movió hacia una puerta cuidadosamente oculta por los paneles. Presionó la palanca oculta y la puerta giró abriéndose para revelar un estrecho vestíbulo. Con una mirada sobre su hombro para asegurarse de que Abby lo seguía, la llevó pasando varias habitaciones hasta el cuarto de baño principal. Con un toque al interruptor, la luz llenó silenciosamente la habitación. Desde detrás escuchó un débil suspiro, y entonces Abby pasó hasta el centro de la habitación con una expresión aturdida. Por un momento Dante la contempló perplejo, pero cuando extendió la mano para pasarla por la bañera de mármol del tamaño de una piscina pequeña, una sonrisa tocó sus labios. Por supuesto. Para alguien no acostumbrado al extravagante gusto de Viper, la perfecta réplica de un baño griego sería un tanto sorprendente. Y quizás bastante abrumador. —Viper nunca es sutil —murmuró él, caminando por delante de ella para abrir los grifos con forma de diosas. —Es precioso. —Sí. Deteniéndose para verter gel de baño perfumado en la cascada de agua, Dante se volvió hacia Abby y entonces con firmeza alargó la mano para empezar a desabrocharle su mugrienta camisa. Los ojos de ella se ensancharon mientras él se ocupaba ágilmente de los botones y sacaba la ofensiva prenda de su delgada figura. Sin vacilación, llevó a cabo la misma tarea con sus pantalones caqui y los deslizó a lo largo de sus piernas. —Dante —se las arregló al fin para decir en voz baja—, ¿qué estas haciendo?. Dejándose caer de rodillas, Dante le sacó los zapatos y los pantalones, lanzándolos en un montón en la esquina. —Preparándote para el baño, mi señora —murmuró, levantándose para abordar el sujetador de encaje. Instintivamente, Abby levantó las manos en un gesto de protesta. —No puedes... La mirada de Dante chocó con la suya cuando él echó a un lado sus manos y desabrochó el cierre del sujetador con un movimiento. —Confía en mí, mi amor. Ella tragó con fuerza, pero evidentemente estaba demasiado cansada, o quizás tan atrapada en el hechizo del momento como él, que no protestó. Todavía manteniendo su mirada, cogió las medias de seda en sus dedos y lentamente las deslizó hacia abajo antes de tomarla por fin en sus brazos y llevarla al agua que esperaba. Con cuidadosa ternura, la bajó al agua y alcanzó una esponja que estaba guardada en una preciosa concha. Se vio obligado a estar de rodillas sobre el suelo de mármol al comenzar la lenta tarea de restregar su piel hasta que estuviera limpia. No es que notara la dureza bajo sus rodillas o el caliente vapor que estaba haciendo que la camisa de seda se le pegara al cuerpo. Todos sus pensamientos estaban ocupados con el sensual deleite de tocar a esta mujer. —Tan suave —murmuró, frotando el paño a lo largo de su brazo—. Como marfil caliente. Reclinando la cabeza, Abby permitió que sus ojos se cerraran lentamente. —Se siente maravilloso. Maravilloso. Sí. Y estupendo. Y tentador de forma pecaminosa. Una lenta e hirviente hambre despertó dentro de Dante mientras continuaba su auto impuesto tormento. Metida en la bañera construida para el culto de las diosas, ella podría haber flotado desde el monte Olimpo con sus largos y finos miembros y sus bucles de miel flotando alrededor de su frágil cara. Cuidando de no hacer nada que pudiera despertarla del olvido en el que estaba sumida, lavó su cremosa piel y después los rizos de miel. El calor de ella llenaba su frío cuerpo. Lo llenaba y hacía que su sangre corriera caliente mientras aclaraba los restos de champú de su pelo. Apenas consciente de lo que hacía, Dante acunó suavemente su cara y trazó sus mejillas con los pulgares. Una belleza tan delicada, admiró con silenciosa satisfacción. No la absurda belleza física que los humanos tenían en tan alta estima y que podía cambiar con cualquier pretexto. Demonios, cualquiera podía comprar esa clase de belleza en un cirujano plástico. Pero Abby poseía una belleza espiritual que lo llamaba con una fuerza irresistible. Lentamente, muy lentamente, bajó la cabeza y le acarició la boca con los labios. Por un momento pareció ponerse rígida, pero cuando él se preparaba para retirarse, sus labios sorprendentemente se abrieron en una silenciosa invitación. La rendición fue tan suave como un susurro, y aún así Dante sintió un relámpago de placer brillar a través de su cuerpo. Condenado infierno. Había soñado y suspirado por esta mujer durante semanas. Meses. Ahora temblaba por la pura fuerza de abstenerse de devorarla. Los dedos se tensaron sobre la cara de ella. Podía saborear el jabón en sus labios y oler el calor de su sangre. Dulce y prohibida magia corría a través de él mientras los besos se hacían más profundos con su demanda. Bajo él, Abby suspiró con apreciación mientras levantaba sus húmedos brazos para envolverlos alrededor de su cuello. Dante gimió con aprobación y saboreó las fuertes sensaciones que apretaban su cuerpo. Sus pasiones siempre habían sido muy fuertes. Había disfrutado de incontables mujeres durante siglos. Pero nunca se había excitado con tan despiadada fuerza. Era como si ella hubiera despertado una soñolienta hambre que no sería satisfecha con nada más que la posesión absoluta. Separándole los labios con la lengua, exploró la húmeda caverna de su boca. Necesitaba más. El cuerpo de ella presionando bajo él. Las piernas envolviendo su cintura. Las caderas ascendiendo para envainarse profundamente en su cuerpo. Ella apretó los dedos en su pelo mientras él desplazaba la boca, trazando un camino de ardiente fuego sobre su mejilla y bajando por la curva de su cuello. Dante sintió como si se estuviera ahogando mientras acariciaba el frenético pulso en la base de su garganta y movía las manos hacia abajo para rozar las esbeltas curvas. Abby tembló en respuesta antes de que sus dedos le rodearan de repente la cara y su cuerpo se arquease hacia él. —¿Dante? —exigió en suave confusión. Perdido en sus ardientes pasiones, Dante quería ignorar el susurro. Sería lo más fácil. Bajo sus manos podía sentirla temblar con un anhelo que igualaba el suyo propio. ¿Por qué no debía proporcionarle la dulce liberación que merodeaba tan seductoramente cerca?. Fue la inoportuna memoria de sus propias palabras la que hizo que su cabeza se alzara lentamente. Confía en mí, había dicho mientras la preparaba para el baño. Maldición. La había animado a dejar de lado su innata cautela y ponerse en sus manos. Quizás lo más difícil de hacer para una mujer como Abby. A pesar de todo su deseo por ella, no podía arriesgar ningún tardío sentimiento de traición. La vida de ambos dependía de su confianza en él. Levantándose con expresión sombría, Dante cogió cuidadosamente a Abby en sus brazos y la envolvió en una toalla caliente. —Vamos, es hora de que te metas sana y salva en la cama. Por un momento ella se puso rígida, como avergonzada por la descarada reacción a su contacto. Entonces con un triste suspiro permitió que su cabeza descansara sobre su hombro. —Estoy tan cansada —murmuró. —Lo sé, mi dulce. Descansaremos aquí hoy. Dejó caer un distraído beso sobre su cabeza y se movió a través de la puerta que conectaba directamente con el dormitorio principal. A pesar de que la mañana había llegado hacía mucho, ni siquiera un aislado indicio de luz estropeaba la perfecta oscuridad. Aun así él no tenía dificultad en encontrar su camino a través de la opulenta moqueta hacia la cama. Apartando bruscamente las mantas, colocó a Abby sobre las satinadas sábanas y puso el edredón sobre ella. A punto de salir, fue tomado desprevenido cuando ella se estiró bruscamente para sujetarle la mano. —¿Dante?. —¿Sí?. —¿Estaremos seguros aquí?. —Nada te hará daño aquí. —Y…—hubo una pausa como si luchara con algo dentro de sí misma—, ¿estarás cerca?. Una pequeña sonrisa tocó sus labios. Sabía que esta mujer preferiría una endodoncia, una mala permanente y celulitis antes que confesar su vulnerabilidad. —Estaré justo a tu lado, querida —le prometió mientras se movía con elegancia para meterse en la cama y arroparla entre sus brazos. Cubriéndolos a ambos con el edredón, permitió que su calor lo cubriera—. Por toda la eternidad. La una vez orgullosa iglesia victoriana con sus vidrieras y sus bancos de nogal había caído hacía mucho en ruinas. Con el cierre de la fábrica de papel, el pequeño pueblo que había sido llamado al culto había abandonado la esperanza y la fe, y al final había emigrado a pastos más ricos. Incluso el cementerio adjunto ahora era sólo una masa de criptas caídas y tenaces hierbajos. Bajo los restos de piedras y olvidados cadáveres, no obstante, las vastas catacumbas eran conservadas con meticulosa atención. Ni una rata osaba entrar en el laberinto de túneles o cámaras de piedra que habían sido pulidas, tan suaves como el mármol, durante eras.