¡NO MIRES ATRÁS! Fredric Brown Y ahora, acomódate en tu sillón y ponte a gusto. Procura disfrutarlo; ésta será la última novela que leerás en tu vida, o casi la última. En cuanto la hayas acabado puedes, si quieres, sentarte y haraganear durante un rato, puedes buscar todas las excusas que se te ocurran para dar vueltas por tu casa, por tu habitación, o por tu oficina, sea donde fuere que estuvieses leyendo esto; pero, más pronto o más tarde, tendrás que levantarte de tu sillón y salir. Y aquí es donde yo te estaré esperando; fuera. O quizás incluso más cerca. Quizás en tu misma habitación. Naturalmente, estás pensando que todo eso es broma. Crees que esto es sólo un cuento más del libro y que rio me refiero expresamente a ti. Continúa pensándolo. Pero sé honrado; admite que yo estoy jugando limpio contigo. Harley apostó conmigo que yo no sería capaz de hacerlo. Apostó en ello un diamante del que ya me había hablado, un diamante tan grande como su cabeza. Así, pues, ya comprenderás porqué me veo obligado a matarte. Y la razón por la que tengo que contarte el cómo, el porqué y todo lo demás por anticipado. Es parte de la apuesta. Es la clase de idea que sólo se le podía haber ocurrido a Harley. Pero primero te hablaré de Harley. Es alto y bien parecido, suave y cosmopolita. Es un tipo como Ronald Colman, sólo que más alto. Viste como un millonario, pero si no lo hiciese así tampoco importaría; quiero decir que, de todos modos, parecería distinguido. Existe algo mágico en Harley, algo mágico y burlón en la forma en que te mira; algo que te hace pensar en palacios, en países lejanos y en músicas alegres. Fue en Springfield, Ohio, donde conoció a Justin Dean. Justin era un grotesco hombrecillo cuyo oficio era sólo e! de impresor. Trabajaba para la «Atlas Printing & Engraving Company». Era un tipo pequeño y ordinario, precisamente el polo opuesto de Harley; no se podrían encontrar dos personas más diferentes. Sólo tenía treinta y cinco años, pero ya casi era completamente calvo y, además, tenía que usar unas gafas muy gruesas pues se había destrozado la vista con la impresión y el grabado, Era un buen impresor y grabador; tengo que reconocerlo. Nunca se me ocurrió preguntar a Harley el motivo por el que tuvo que presentarse en Springfield, pero la cuestión es que, el día en que llegó allí, después de haber reservado habitación en el hotel Castel, se dirigió a la casa Atlas para encargar unas tarjetas de visita profesionales. Y sucedió que sólo se encontraba en la tienda Justin Dean en aquel momento, por lo que fue él quien tomó nota del encargo de Harley; Harley las quería grabadas, de la mejor calidad. Harley siempre quería, en todas sus cosas, lo mejor. Probablemente, Harley ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Justin; no había ninguna razón para que sucediera lo contrario. Sin embargo, Justin sí se dio cuenta de quien tenía delante, y vio en él todo aquello que él siempre había deseado tener y que nunca llegaría a poseer, pues la mayor parte de los atributos que Harley lucía han de ser forzosamente innatos. Y Justin fue quien se ocupó personalmente de grabar las planchas y de imprimir las tarjetas, e hizo un verdadero trabajo de artesanía... algo que pensó estaría a la altura de una persona como Harley Prentice. Pues ése era el nombre que imprimió en la tarjeta. Únicamente eso, y nada más, tal como todos los hombres importantes se hacen grabar sus tarjetas. Hizo un trabajo magnífico, un grabado a mano en letra cursiva, y empleando en ello todo el arte de que era capaz. ¡ No mires atrás! —Y no fue trabajo en vano pues, al día siguiente, cuando Harley se presentó para recoger las tarjetas, tomó una en sus manos y estuvo mirándola durante un buen rato, y luego miró a Justin, viéndole entonces por primera vez. —¿Quién ha hecho esto? —le preguntó. Y el pequeño Justin le explicó orgulloso quien habla sido el que lo había hecho, después de lo cual Nancy le sonrió, le dijo que era una verdadera obra de artista, y le invitó a cenar con él, en cuanto acabase el trabajo por la noche, en la Sala Azul del hotel Castel. Así fue como Harley y Justin se conocieron; sin embargo, Harley siempre pisó terreno firme. Aún esperó un poco, antes de preguntarle a Justin si podría o no hacer unas planchas de diez y de cinco dólares, hasta conocerle a fondo. Harley tenía ya los catactos; podía comerciar en cantidad aquellos billetes entre hombres especializados en hacerlos correr y, lo principal, sabía donde poder encontrar el papel con mezcla de seda, aquel papel que no era el genuino pero que se le parecía lo suficiente como para pasar con éxito cualquier inspección, mientras no fuera la de un experto. Así pues, Justin se despidió de la casa Atlas, y él y Hanley se encaminaron hacia Nueva York, donde pusieron en marcha una pequeña imprenta que les serviría de pantalla, en plena Avenida Amsterdam y al sur de la plaza Sherman, comenzando a fabricar los billetes. Justin trabajó duro, más duro de lo que nunca en su vida había trabajado, ya que además de dedicar sus horas a las planchas del dinero, también se ayudaba a cubrir sus gastos encargándose de los encargos legítimos que llegaban a su tienda, Durante casi un año trabajo día y noche, grabando una plancha tras otra, y cada una de ellas resultaba siempre mejor que la anterior, hasta que finalmente consiguió unas que Harley consideró suficientemente buenas. Aquella noche cenaron en el Waldorf Astonia para celebrarlo y, acabada la cena, recorrieron los mejores clubs nocturnos de la ciudad, todo lo cual debió costarle a Nancy una pequeña fortuna, cosa que ya no tenía ninguna importancia puesto que iban a ser ricos. Bebieron champa5a, siendo esta la primera vez que Justin lo probaba, por lo que desgraciadamente acabó emborrachándose y haciendo alguna que otra tontería. Más tarde sería Harley quien se lo contase, aunque Harley no se lo reprochó. Lo llevó hasta su habitación y lo acostó, después de lo cual Justin tuvo que quedarse en cama durante un par de días. Pero todo eso no importaba tampoco ya que iban a ser ricos. Luego Justin comenzó a imprimir billetes con aquellas planchas, y se hicieron ricos. Después, Justin ya no tuvo que trabajar tanto, ya que devolvía la mayor parte de los encargos alegando que tenía un exceso de trabajo y que no podía hacerse cargo de ellos. Solamente se quedó con algunos, por la cuestión de la fachada. Y detrás de aquella fachada continuaba imprimiendo billetes de cinco y diez dólares, por lo que él y Harley se hicieron ricos. Llegó a conocer a gente que Harley conocía. Tomó contacto con BuIl Mallon, quien se ocupaba de la distribución final. Bull Mallon parecía un toro, y ésa era la razón de que le llamasen Bull (1). Tenía una cara que ni por un momento sonrió o cambió de expresión mientras se dedicaba a quemar cerillas bajo las desnudas plantas de los pies de Justin. Pero eso no era por entonces; eso tuvo lugar más tarde, cuando quiso obligar a Justin a decir dónde se encontraban las planchas. (1) En inglés, toro. Y también conoció al capitán John Willys del Departamento de Policía; un amigo de Harley, al que Harley habla dado un poco del dinero que él hacía, sin que esto les importase demasiado ya que tenían todo el que querían; y así todos se hicieron ricos. Conoció a un amigo de Harley que era una gran figura de las tablas, y a otro que era el dueño de un importante diario de Nueva York. También conoció a otras personas de la misma importancia, aunque por medios menos respetables. Harley, eso ya lo sabía Justin, también metía sus narices en otros negocios además de aquella pequeña casa de la moneda de la Avenida Amsterdam. Alguno de ellos le obligaba a salir de la ciudad, generalmente durante los fines de semana. Y Justin nunca llegó a saber exactamente lo ocurrido durante el fin de semana en que Harley fue asesinado, excepción de que Harley se había marchado y que ya no regresó. Claro está que supo que habla sido asesinado, pues la policía encontró su cuerpo con tres agujeros de bala en la bien planchada camisa, en la suite más cara del mejor hotel de Albany. Incluso al elegir el lugar en que tenía que morir, Harley Prentice había encontrado lo mejor. Todo lo que Justin llegó a saber fue la llamada telefónica que llegó al hotel donde residía, la noche en que Harley fue asesinado. Y eso debió ocurrir al cabo de pocos minutos, desde luego, antes de la hora en que los diarios aseguraban que Harley había muerto. Era la voz de Harley la que pudo escuchar por el teléfono, una voz cortés y apacible, como siempre. Sin embargo, le dijo: —¿Justín? Ve a la tienda y despréndete de las planchas, del papel, y de todo lo demás. Te lo explicaré cuando nos veamos, Sólo esperó hasta oír como Justin decía: —De acuerdo, Harley. Y ya no dijo más que adiós antes de colgar. Justin corrió hacia la tienda y se hizo con las planchas, el papel y unos pocos miles de dólares que estaban a mano. Hizo un paquete con el papel y los billetes y otro con las planchas, algo menor, dejando la tienda sin ninguna prueba de que allí hubiese habido antes una casa de la moneda en miniatura. Demostró mucha inteligencia a la hora de deshacerse de los paquetes. El mayor de los dos lo facturó bajo nombre falso, con la dirección de un gran hotel en el que ni él ni Harley habían estado anteriormente; únicamente para tener la oportunidad de poder echarlo allí en la caldera. Como se trataba de papel, ardería sin dejar rastro. Y antes de arrojarlo a la caldera tuvo mucho cuidado en fijarse si ésta estaba encendida o no. Las planchas ya eran otra cosa. Estas no arderían, bien lo sabía él, por lo que hizo un viajecito hasta las islas Staten y, en el ferry de vuelta y en un lugar cualquiera en el centro de la bahía, lanzó el paquete por la borda y dejó que se hundiera en el agua. Luego, una vez cumplido lo que Harley le había encomendado y habiéndolo hecho bien y a conciencia, volvió al hotel, no al que había mandado el papel y los billetes, y se acostó. A la mañana siguiente se enteró por los diarios de que Harley había sido asesinado, cosa que le dejó pasmado. Parecía imposible. No podía creerlo; se trataba de una broma que alguien le estaba gastando. Harley volvería, eso lo sabía él perfectamente. Y estaba en lo cierto; Harley volvió, aunque ese acatamiento tuvo lugar más tarde, en el pantano. De todas formas, Justin tenía que asegurarse de ello, por lo que subió al primer tren que salía para Albany. Debía encontrarse aún en el tren cuando la policía fue a su hotel, y debió de ser allí donde supieron que había estado preguntando los horarios de trenes hacia Albany, pues ya le estaban esperando cuando bajó en aquella ciudad. Lo llevaron a una comisaría y allí lo tuvieron durante mucho, mucho tiempo, días y días, interrogándole. Al fin descubrieron que no podía haber sido él quien mató a Harley, ya que él se encontraba en Nueva York a la hora en que Harley había sido asesinado en Albany; sin embargo, se enteraron de que él y Harley habían estado explotando la pequeña casa de moneda y pensaron que debió ser otro falsificador quien había cometido el asesinato, por lo que también se interesaron en la cuestión de los billetes, quizás incluso más que el propio crimen. Interrogaron a Justin una y otra vez, y de nuevo otra, pero como él no sabía contestar lo que le preguntaron, se limitó a guardar silencio. Le tuvieron despierto sin dejarle dormir durante días y días, preguntando y volviendo a preguntar. Al parecer, lo que más les interesaba era averiguar dónde se encontraban las planchas. Él hubiera deseado poder confesar que ya estaban en lugar seguro, donde nadie podría ya hacer uso de ellas, pero como eso equivalía a admitir que él y Harley habían estado falsificando moneda, no pudo hacerlo. Registraron la imprenta de la calle Amsterdam, pero no pudieron encontrar ni la más leve prueba; en realidad, no tenían ninguna prueba que les permitiese retener a Justin, pero tampoco él lo sabía ni se le había ocurrido el solicitar la ayuda de un abogado. Continuaba deseando poder ver a Harley, pero ellos no se lo permitían; luego, cuando se dieron cuenta de que él no creía que Harley pudiera estar muerto, le ensefiaron un cadáver que dijeron era Harlcy, y él creyó que lo era, a pesar de que Harley tenía una pinta diferente una vez muerto. Ya no parecía tan extraordinario, muerto. Y entonces Justin creyó, aunque no demasiado convencido. Después enmudeció del todo, y ya no quiso decir ni una sola palabra, incluso después de tenerlo despierto días y días bajo un brillante foco ante sus ojos, y de abofetearlo continuamente para que no se durmiera. No emplearon con él los palos ni las porras de goma, sino que se limitaron a darle bofetadas un millón de veces y a no dejarle descansar. Al cabo de un tiempo perdió la noción de las cosas, y ya no hubiese podido contestar a sus preguntas aunque hubiera querido hacerlo. Algo más tarde, se encontró en la cama de una habitación pintada de blanco, y todo lo que podía recordar era que había sufrido pesadillas, que había estado llamando a Harley, y una horrible confusión en su cerebro sobre si Harley estaría o no muerto. Poco a poco fue recobrando la memoria y se dio cuenta de que ya no deseaba pasar ni un minuto más en aquella blanca habitación; deseaba salir para encontrar a Harley, Y si Harley estaba muerto, quería matar a quienquiera que lo hubiese asesinado, ya que Harley hubiera hecho lo mismo por él. Así pues comenzó a pensar y a actuar muy sabiamente, tal como parecía que los doctores y las enfermeras esperaban que actuase, y gracias a ello, al cabo de poco le devolvieron sus vestidos y le dejaron marchar. Entonces, su inteligencia se agudizó. Pensó: ¿qué querría ahora Harley que hiciera yo? Y pensó que intentarían seguirle para ver si los conducía hacia las planchas, ignorando que se encontraban en el fondo de la bahia, por lo que les dio esquinazo ya antes de salir de Albany, y luego se dirigió a Boston, y de allí en barco hacia Nueva York, en vez de ir por el camino más corto. Primero fue a la tienda, entrando por la puerta trasera después de pasar mucho rato comprobando que el lugar no estaba vigilado. Aquello era un verdadero revoltijo; debieron de haber estado buscando las planchas a conciencia. Harley no se encontraba allí, desde luego. Justin salió de la tienda y, desde una cabina telefónica situada en un bar, llamó al hotel preguntando por Harley, y le respondieron que éste ya no vivía allí; y para obrar con astucia e impedir que adivinasen quién era el que había telefoneado, se apresuró a preguntar también por Justin Dean, contestándole que tampoco Justin Dean vivía ya en aquel hotel. De allí se encaminó hacia otro bar y desde éste decidió llamar a algunos amigos de Harley, telefoneando en primer lugar a Bull Mallon, y ya que éste era un buen amigo le confesó quién era él y le preguntó dónde se encontraba Harley. Bull Mallon no pareció hacer mucho caso de sus preguntas; parecía estar nervioso, un poco excitado, mientras le preguntaba: —¿Han encontrado las planchas los polis, Dean? Justin le contestó que no, que no había confesado, y volvió a preguntar por el paradero de Harley. —¿Estás loco o me tomas el pelo? —le preguntó BuIl. Pero Justin se limitó a preguntárselo de nuevo, con lo cual BuIl cambió el tono de su voz y le preguntó a su vez: —¿Dónde estás tú ahora? Justin se Jo dijo. —Harley está aquí —le dijo BulI—. Está escondido, pero se encuentra bien, Dean. Espera aquí mismo, en el bar, hasta que vengamos a recogerte. Vinieron a buscar a Justin; Bull Mallon y un par de individuos más, en un coche, diciéndole que Harley se encontraba escondido en el interior, cerca de Nueva Jersey, y que entonces iban hacia allí. Así pues, se fue con ellos y se sentó en la parte trasera del coche, entre dos hombres que no conocía de nada, mientras Bull Mallon conducía. Ya era entrada la tarde cuando le recogieron, y Bull condujo la mayor parte de la noche y a mucha velocidad, por lo que debían haber rebasado Nueva Jersey, llegando por lo menos hasta Virginia o quizá más lejos, hacia las Carolinas. El firmamento se comenzaba a colorear de gris con la primera aurora cuando se detuvieron en una rústica cabaña que parecía haber sido empleada como albergue de caza. Estaba a muchas millas de todas partes, ni siquiera había ninguna carretera que llevase allí; tan sólo un sendero que había sido nivelado lo suficiente como para hacerlo transitable. Metieron a Justin en la cabaña y lo ataron a una silla, diciéndole que Harley no se encontraba allí, pero que él les había dicho que Justin les indicaría donde se encontraban las planchas y que no podría salir de allí hasta que se lo dijese. Justin no los creyó; comprendió entonces que le habían engañado en lo referente a Harley, aunque esto no tenía ninguna importancia, en cuanto a lo que las planchas se refería. Ya no importaba que lo supieran, puesto que no conseguirían recuperarlas, ni tampoco se lo dirían a la policía. Así pues, se lo confesó de buena gana. Pero entonces fueron ellos los que no le creyeron. Le contestaron que él las había escondido, y que les estaba mintiendo. Lo torturaron para conseguir que hablase. Lo golpearon, le hicieron cortes con un cuchillo, le quemaron los pies con cerillas encendidas y con las brasas de sus cigarros, y le clavaron agujas bajo las uñas. Le dejaron descansar durante un rato, le hicieron más preguntas, y le dijeron que si podía hablar contara la verdad, y después de un rato siguieron torturándole. Eso continuó durante días y semanas, Justin no sabría decir durante cuánto tiempo; sin embargo, fue mucho tiempo. En una ocasión se fueron por varios días, dejándole atado a la silla y sin nada para comer ni beber. Volvieron y comenzaron de nuevo. Y durante todo el tiempo él deseó que Harley viniese a ayudarle, pero Harley no lo hizo, por lo menos aquella vez. Al cabo de un tiempo, todo lo de la cabaña terminó, o al menos él ya no supo más de ello. Debieron de pensar que habla muerto; quizás estaban en lo cierto, y desde luego no muy lejos de la verdad. Lo primero que recuerdo es el pantano. Flotaba en aguas poco profundas, cerca de otras que lo eran más. Su rostro permanecía fuera del agua; eso fue lo que le despertó al volver la cara y hundirla en el pantano. Debieron de creerle muerto y lo arrojaron al agua, pero cayó en un lugar poco profundo y un último soplo de vida consciente le hizo dar la vuelta sobre la espalda y sacar la cara fuera. No recuerdo demasiadas cosas sobre Justin mientras éste se encontraba en el pantano; fue durante mucho tiempo, pero sólo puedo acordarme de algunos ramalazos. Al principio no podía moverme; tan sólo permanecí en el agua con la cara fuera. Oscureció y tuve frío, lo recuerdo, y al fin pude mover un poco los brazos y salir del agua, tendiéndome en el Fango con sólo los pies dentro de ella. Dormí o perdí el conocimiento otra vez y cuando desperté ya amanecía, y fue entonces cuando llegó Harley. Creo que estuve llamándole y que debió oírme. Permaneció de pie frente a mí, tan inmaculada y perfectamente vestido como siempre, y se reía de mí por ser tan débil y por estar echado allí, en el barro, como si fuera un tronco, con medio cuerpo en el lodo y el otro medio dentro del agua. Me levanté sin que me doliese ya nada. Nos dimos las manos y me dijo: —Vamos Justin, te sacaremos de aquí. Y yo estaba tan contento de que hubiera venido que hasta grité un poquito. Se rió de mí por hacer eso y me dijo que me apoyase en él y que me ayudaría a caminar, pero yo no quise hacerlo, ya que estaba cubierta de lodo y porquería del pantano y él vestía tan impecable y perfectamente con su traje blanco de lino que parecía un figurin de unos almacenes. Y durante todo el tiempo que tardamos en salir del pantano, durante todas las noches y días que pasamos en este intento, nunca pude verle una sola brizna de fango en el dobladillo de sus pantalones, ni pude verle despeinado. Le pedí que me guiase y así lo hizo, colocándose delante mío, volviéndose a veces, riendo y hablándome y animándome también. Alguna vez debí caer, pero no permití que me ayudase. Sin embargo, me esperaba pacientemente hasta que yo podía levantarme. Algunas veces tuve que arrastrarme en vez de caminar, cuando ya no me era posible sostenerme sobre los pies. Tuve que atravesar nadando algún río, que él había saltado antes con toda suavidad. Y pasaron días y noches, y más días y más noches, y alguna vez debí dormirme y veía pasar cosas frente a mí. Y agarré algunas de ellas para comerlas, aunque quizá eso lo soñase. Puedo recordar algún detalle más de cuando estaba en el pantano, como aquel órgano que tocaba sin cesar y también aquellos ángeles en el aire y los diablos en el agua que se me aparecían, aunque imagino que todo eso eran delirios. —Un poco más, Justin —me decía Harley—; lo lograremos. Y les daremos su merecido a todos, a todos ellos. Y lo conseguimos. Llegamos a terreno firme, a unos campos cultivados con maíz, aunque no pude encontrar es ellos ni una mazorca para comer. Llegamos luego a un riachuelo, un limpio riachuelo sin las malolientes aguas del pantano, y Harley me dijo que me lavara yo y las ro pas. Así lo hice, a pesar de mis deseos de correr hacia donde pudiese encontrar comida. Aún tenía mala facha; mis ropas estaban limpias de lodo y porquería pero estaban húmedas y arrugadas y que yo no podía esperar a que se secasen, y además tenia una espesa barba y andaba descalzo. Pero continuamos y al fin llegamos a una pequeña granja, una cabaña de sólo dos habitaciones, cuyo interior olia pan recién sacado del horno, y corrí los últimos metro para llamar a la puerta. Una mujer, una horrible mujer me abrió y, al verme, volvió a cerrar la puerta antes de que yo pudiese decir una sola palabra. Las fuerzas me llegaron de alguna parte, quizá de Harley, a pesar de que no puedo recordar que estuviera a mi lado en aquellos momentos.. Al lado de la puerta podía verse una pila de leños para el fuego. Recogí uno de ellos como si no pesara más que una escoba y derribé la puerta, matando luego a la mujer. Gritó una barbaridad, pero la maté. Y luego me comí aquel pan aún caliente. Mientras comía, no dejaba de vigilar a través de la ventana, y pude ver a un hombre corriendo a través de los campos en dirección a la casa. Encontré un cuchillo y lo maté en cuanto pasó por la puerta. Era mucho mejor matar con el cuchillo; resultaba más agradable. Comí más pan y continué vigilando desde todas las ventanas; pero ya no vino nadie más. Luego comenzó a dolerme el estómago a causa del pan tierno que había comido, y tuve que echarme con el cuerpo doblado hasta que desapareció el dolor, y entonces me dormí. Fue Harley quien me despertó, y ya era de noche. —Vámonos; debes estar lejos de aquí cuando amanezca —me dijo. Sabía que tenía razón, pero no me di mucha prisa. Me estaba volviendo, por aquel entonces, muy astuto. Sabía que había otras cosas que debía hacer primero. Encontré cerillas y una lámpara, y la encendí. Luego busqué por la cabaña y me hice con todo lo que pudiera serme de utilidad. Hallé trajes de hombres que no me caían demasiado mal, exceptuando que tuve que doblarme los puños de la camisa y los extremos de los pantalones. Los zapatos me venían grandes, aunque casi lo prefería a causa de las ampollas de mis pies. Encontré una navaja y me afeité; empleé en ello mucho tiempo pues mi pulso no era firme, pero tuve cuidado y apenas me corté. Tuve que buscar mucho más hasta encontrar el dinero, pero al fin lo logré. Había sesenta dólares. Y después de afilarlo, me guardé el cuchillo. No es que sea muy bonito; sólo se trata de un cuchillo de cocina con mango de hueso, pero el acero es bueno. Ya te lo enseñare dentro de poco. Me ha servido de mucho. Salimos de allí y fue Harley quien me recomendó que me apartase de las carreteras y que buscase las vías del ferrocarril. Eso fue fácil ya que pudimos escuchar en la noche el silbido lejano de un tren y determinar con ello la situación de las vías. A partir de entonces, con la ayuda de Harley, todo ha sido fácil. No hace falta que te cuente con todo detalle todo lo que ocurrió a partir de aquel momento. Me refiero a lo del guardafrenos, a lo del vagabundo dormido que encontramos en aquel vagón vacío, y al asunto que tuve con el policía de Richmond. Aprendí mucho con todo eso; aprendí que no debía hablarle a Harley cuando no había nadie más a mi lado para escucharme. Él se esconde cuando ve a alguien; tiene un truco y, gracias a ello, la gente no se da cuenta de su presencia por lo que piensan que estoy algo loco si charlo con él. Pero en Richmond me compré ropas mejores y me corté el cabello. Un hombre a quien maté tenía cuarenta dólares en la cartera, por lo que ya vuelvo a tener dinero. Desde entonces he viajado mucho. Si te paras a pensar sabrás dónde me encuentro en estos momentos. Estoy buscando a Bull MalIon y a los dos hombres que le ayudaron. Sus nombres son Harry y Carl. Voy a matarlos en cuanto los encuentre. Harley no para de decirme que esto va a costarme mucho y que aún no estoy preparado pero, sin embargo, puedo seguir buscando mientras me preparo y, por lo tanto, continúo moviéndome. Algunas veces me quedo en algún sitio durante el tiempo suficiente para conseguir algún trabajo como impresor, He aprendido muchas cosas. Puedo conseguir un empleo sin que la gente crea que soy demasiado raro; ya no se asustan cuando los miro, como lo hacían unos pocos meses atrás. Y he aprendido a no hablarle a Harley excepto en nuestra habitación, y sólo en voz muy baja para que los vecinos no crean que hablo solo. Y he continuado practicando con mi cuchillo. He matado a mucha gente con él, en general por la calle y de noche. Algunas veces porque parecían tener dinero, pero las más sólo para practicar y porque ya he empezado a tomarle el gusto. En estos momentos soy realmente hábil manejando el cuchillo. Apenas lo sentirás. Pero Harley me dice que estas muertes son muy sencillas y que es muy distinto el matar a una persona que está en guardia, como lo están Bull, Harry y Carl. Y ésta es la conversación que condujo a la apuesta de la que ya he hablado. Aposté con Harley que, ahora mismo, podría advertir a un hombre que pensaba matarle, e incluso indicarle aproximadamente cuando pensaba hacerlo y el porqué, y que a pesar de todo, aún lograría matarlo. Apostó conmigo que yo no sería capaz, y está a punto de perder. Está a punto de perder, ya que estoy avisándote ahora mismo y tú no vas a creerme. Me jugaría la cabeza a que crees que ésta es simplemente otra novela más del libro. Que tú no crees que éste es el único ejemplar del libro que contiene esta historia, y que lo que en ella se cuenta es cierto. Incluso cuando te cuente cómo ha sido hecho, no pienso que tú vayas a creerme. Ya comprenderás cómo voy a ganarle la apuesta a un Harley que no cree que lo consiga, a base de que tú tampoco me creas. Él nunca pensó, y tampoco tú te darás cuenta de ello, en lo fácil que puede resultarle a un buen impresor, que además ha sido falsificador, introducir una nueva novela en un libro. Nunca será tan difícil como falsificar un billete de cinco dóláres. Tenía que escoger un libro de historias cortas, y elegí precisamente éste al darme cuenta de que la última historia del libro se titulaba No mires hacia atrás, y que ése sería un buen título para lo mío. En unos minutos comprenderás a lo que me refiero. He tenido la suerte de que en la imprenta donde ahora trabajo se dediquen a los libros y de que empleen unos tipos que son idénticos a los del resto de esta novela. Me ha resultado un poco difícil el conseguir un papel exacto, pero al final lo he encontrado y ya lo tengo a punto mientras escribo esto. Estoy escribiendo directamente en una linotipia, ya entrada la noche y en la imprenta donde trabajo estos días. Incluso tengo permiso del jefe. Le he dicho que quería imprimir una historia que había escrito un amigo mío para darle una sorpresa, y que, en cuanto consiguiera una buena copia, volvería a fundir el metal de los tipos. En cuanto acabe de escribir esto, compondré los tipos en páginas que encajen con el resto del libro y lo imprimiré en el papel que ya tengo preparado. Cortaré las nuevas páginas al mismo tamaño y las coseré; no serás capaz de encontrar ninguna diferencia, ni siquiera si la más leve sospecha te obliga a mirarlo detenidamente. No olvides que he falsificado billetes de cinco y diez dólares que tú no habrías podido diferenciar de los auténticos, y eso es un trabajo de parvulario en comparación con aquel otro. Y he trabajado lo suficiente como encuadernador como para conseguir quitar la última novela y colocar estas páginas en su lugar, sin que tú seas capaz de notar la diferencia por más que lo mires. Pienso hacer un trabajo perfecto aunque ello me ocupe toda la noche. Y mañana iré a alguna librería o quizás a algún quiosco, o incluso a algún bar donde vendan libros y tengan otros ejemplares de éste, ejemplares normales, y lo colocaré entre ellos. Buscaré algún lugar desde el cual pueda vigilar, y estaré mirándote mientras lo compres. El resto siento no poder contártelo porque depende en gran manera de muchas circunstancias, de si tú vas directamente a tu casa con el libro, o de lo que hagas. No lo sabré hasta que te haya seguido y te haya visto leerlo... Hasta que haya visto que has leído la última novela del libro. Si estás en casa mientras lees esto, quizá yo también esté contigo en estos momentos. Quizá esté en tu misma habitación, escondido, esperando a que termines la historia. Quizá esté mirándote a través de una ventana. O tal vez esté sentado cerca de ti en el tranvía o en el tren, si es ahí donde lees. Quizá estoy en la escalera de escape en el exterior de la habitación de tu hotel, Pero, sea donde fuere que estés leyendo, me encuentro cerca de ti vigilándote y esperando a que termines. Cuenta con ello. Ahora ya estás muy cerca del final. Habrás acabado dentro de unos segundos y, entonces, cerrarás el libro aún sin creerme. O, si no has leído las historias por su orden, quizá volverás atrás para comenzar otra. Si lo haces, nunca la terminarás. Pero no mires a tu alrededor; serás más afortunado si no lo sabes, si no ves llegar el cuchillo. Cuando yo mato a alguien por la espalda no parece importarle demasiado. Continúa, sólo por unos segundos o unos minutos más, pensando que ésta es sólo una historia más. No mires a tu espalda. No creas lo que te digo... hasta que sientas el cuchillo en tus carnes. Y LOS DIOSES RIERON Fredric Brown Ya sabéis lo que es estar con una brigada de trabajo en uno de los asteroides. Hay que estar allí hasta que se cumpla el mes del contrato, con otros cuatro individuos y sin otra cosa que hacer sino charlar. El espacio, en los pequeños remolcadores que sirven para el viaje de ida y para el viaje de vuelta y en los que hay que vivir mientras se está allí, es un lujo tan inalcanzable, que ni siquiera hay sitio para leer un libro o una revista o jugar una partida de damas. Y si el remolcador se encuentra fuera del alcance de las emisoras normales, hay que resignarse a oír únicamente los noticiarios que una vez al día se difunden por todo el sistema planetario. De modo que la conversación es el único medio de matar el tiempo. Hablar y escuchar. Se tiene tiempo más que suficiente para las dos cosas, porque una jornada de trabajo con escafandra espacial está limitada a cuatro horas, y aun con descansos de quince minutos en la nave. Cuatro en total. De todos modos, lo que yo me propongo decir es que las palabras son lo que resulta más barato en una de esas brigadas de trabajo. Como durante la mayor parte del día no se tiene nada que hacer, se pueden escuchar mentiras mayúsculas que dejarían en ridículo a los famosos embustes del propio Barón de Munchhaussen. Y si aquel día se está inspirado, uno mismo puede obsequiar a los amigos con alguna bola descomunal. Charlie Dean formaba parte de nuestra brigada, y el bueno de Charlie era capaz de explicar cuentos y chascarrillos muy graciosos. Además, había estado en Marte en los primeros tiempos, cuando los bolies todavía daban mucho que hacer y cuando vivir en Marte era un poco como vivir en la Tierra en los tiempos de las luchas con los indios. Los bolies pensaban y luchaban mucho como los amerindios, a pesar de que eran unos cuadrúpedos cuyo aspecto hacía pensar en el que tendrían unos caimanes con zancos - si el lector es capaz de imaginarse tal monstruosidad - y utilizaban cerbatanas en lugar de arcos y flechas. ¿O eran ballestas lo que los amerindios utilizaron para defenderse de los colonos? De todos modos, Charlie acababa de contarnos una bola que era demasiado buena para ser la primera del viaje. Acabábamos de llegar, y descansábamos de no hacer nada durante el viaje, y generalmente las anécdotas y los chistes sólo empiezan a surgir con facilidad hacia la cuarta semana, aproximadamente, cuando todos estamos ya mortalmente aburridos. Cuando llega ese momento, somos capaces de tragarnos las mayores patrañas. - Entonces nos apoderamos de aquel jefe boliie - dijo Charlie, terminando su relato -. Vosotros ya sabéis las orejillas que tienen... pequeñas y caídas como las de un setter... y le pusimos en ellas un par de zarcillos engarzados con zircón y le soltamos para que volviese con sus compañeros, y os aseguro que entonces... Bien, no seguiré contando la historieta de Charlie porque nada tiene que ver con nuestro relato, como no fuese que introdujo el tema de los zarcillos en nuestra conversación. Blake movió la cabeza con disgusto y luego se volvió hacia mí, diciendo: - Hank, ¿qué pasó en Ganímedes? Tú estabas een la nave que fue allí hace algunos meses, ¿no es verdad?... La primera que consiguió pasar. Apenas he leído o me han contado nada acerca de ese viaje - Yo tampoco - dijo Charlie -. Con excepciónn de que los habitantes de Ganímedes resultaron humanoides de un metro veinte de estatura, que por única prenda de vestir llevaban zarcillos en las orejas. Bastante impúdico, ¿no os parece? Yo sonreí. - Cambiarías de opinión si vieses a los ganiimedeanos. Para ellos eso no importa. Y además, no llevaban zarcillos. - Estás loco - dijo Charlie -. Ya sé que tú ibas en esa expedición y yo no, desde luego, pero de todos modos es una estupidez que digas eso, porque pude echar un vistazo a algunas de las fotografías que trajeron. Los indígenas de ese planetoide llevaban pendientes, zarcillos o como quieras llamarlos. - No - repuse -. Los pendientes los llevabann a ellos. Blake dejó escapar un profundo suspiro. - Lo sabía, lo sabía - dijo -. Este viaje haa ido mal desde el principio. El primer día, Charlie ya nos sale con una historia que hubiera tenido que explicarse gradualmente. Y ahora tú nos dices que... ¿o es que te figuras que no sé lo que es un pendiente? Yo sonreí. - Claro que lo sabes, patrón. Charlie intervino: - He oído hablar de hombres que muerden a peerros, pero pendientes que llevan a las personas es algo nuevo para mí. Hank, siento decírtelo... pero ya lo he dicho. Pero yo había conseguido picar su curiosidad, que era lo importante. Y aquel momento era tan bueno como otro cualquiera. Así es que continué: - Si habéis leído algo acerca de este viaje,, sabréis que salimos de la Tierra hará unos ocho meses, para efectuar un viaje de ida y vuelta de seis meses. En el M-94 éramos seis; la tripulación la formábamos otros dos y yo y luego había tres especialistas para realizar estudios y exploraciones. No eran especialistas de primera fila; porque el viaje era demasiado arriesgado para enviar figuras eminentes. Era la tercera nave que intentaba llegar a Ganímedes; las otras dos se habían estrellado contra satélites jovianos que los observatorios terrestres no habían descubierto porque son demasiado pequeños para verse con el telescopio a tal distancia. »Al llegar allí nos dimos cuenta de que Júpiter está rodeado prácticamente por un cinturón de asteroides; la mayoría de ellos son tan oscuros que no reflejan la luz y no se les ve hasta que se les tiene encima. Pero muchos... - Ahórrate lo de los satélites - me interrummpió Blake - a menos que ellos también llevasen pendientes. - O que los pendientes los llevasen a ellos - observó Charlie. - Ni una cosa ni otra dije yo -. Pues bien, nosotros tuvimos suerte y pudimos franquear felizmente el cinturón y desembarcar en Ganímedes. Como he dicho, éramos seis. Lecky, el biólogo. Haynes, geólogo y mineralogista, y Hilda Race, amante de las florecillas y la botánica. Os hubiera gustado Hilda... a distancia. Sin duda alguien quiso librarse de ella y la envió en aquel viaje. Era terriblemente efusiva; ya os podéis imaginar qué tipo de persona era. »Y luego estaban también Art Willis y Dick Carney. Hicieron a Dick comandante de la expedición; sabía suficiente astrogación para que pudiésemos estar tranquilos. Por lo tanto Dick era el capitán de la nave, y Art y yo éramos sus pelotilleros y guardaespaldas. Nuestra tarea principal consistía en acompañar a los especialistas cada vez que estos abandonasen la nave y vigilar que no les ocurriese nada, ante cualquier peligro que pudiese surgir. - ¿Y surgió alguno? - preguntó Charlie. - A eso voy - contesté -. Encontramos que Gaanímedes no era un lugar tan malo como suponíamos. Baja gravedad, desde luego, pero era fácil andar y mantener el equilibrio una vez uno se acostumbraba a ello. Y la atmósfera era respirable durante un par de horas; después, uno se ponía a jadear como un perro. »Tenía una fauna muy curiosa, pero no había animales peligrosos en exceso. No existían los reptiles; todos eran mamíferos, pero unos mamíferos curiosísimos... Blake observó: - Déjate de lecciones de Zoología. Háblanos de los indígenas y de los pendientes. Sin hacerle caso, proseguí: - Pero con animales como aquellos, nunca se sabe sin son peligrosos hasta que se lleva algún tiempo en el país. No se puede juzgar por el tamaño o por el aspecto. Uno que no haya visto nunca una serpiente, no supondría jamás que una pequeña serpiente de coral fuese peligrosa, ¿no os parece? Y un zizí marciano es exactamente igual que un conejillo de Indias crecidito. Pero sin un rifle - o con un rifle, da igual - yo preferiría enfrentarme con un oso gris o con un... - Los pendientes - me atajó Blake -. Hablemoos de los pendientes. - Ah, sí, los pendientes. Pues veréis, los nnativos los llevan... de momento, vamos a decirlo así, por comodidad y para no complicar las cosas. Cada uno de ellos sólo lleva un pendiente, aunque tengan dos orejas. Ello les confiere un aspecto asimétrico, porque son unos pendientes de gran tamaño... como unos aros de oro macizo de más de cinco centímetros de diámetro. »De todos modos, la tribu cerca de la cual aterrizamos los llevaba así. Pudimos ver el poblado desde el punto donde desembarcamos. Era un poblado muy primitivo formado por chozas de barro. Después de deliberar, decidimos que tres de nosotros se quedarían en la nave y los otros tres irían al poblado. Lecky, el biólogo, Art Willis y yo, bien armados. Debéis comprender, que no sabíamos con qué nos tropezaríamos. Además, elegimos a Lecky por sus grandes conocimientos lingüísticos. Tenía mucha facilidad para los idiomas y le bastaba oírlos un par de veces para hablarlos, o al menos para hacerse entender. »Nos oyeron aterrizar y una partida formada por unos cuarenta indígenas salió a recibirnos a mitad de camino entre la nave y el poblado. Su recibimiento fue muy amistoso. ¡Qué gente tan curiosa! Tranquilos, dignos... no se portaban en absoluto como uno supondría que lo harían unos salvajes enfrentados con unos hombres caídos del cielo. Ya sabéis cómo reaccionan la mayoría de razas primitivas... o bien le adoran a uno como un dios o tratan de matarnos. »Nos acompañaron hasta el poblado... y allí vimos a otros cuarenta indígenas; se habían dividido como nosotros habíamos hecho, para venir a recibirnos. Otra prueba de inteligencia. Reconocieron a Lecky como al jefe, y empezaron a charlar con él en una jerga que más parecía gruñidos de cerdo que lenguaje humano. Al poco tiempo, Lecky ya probaba de responderles con uno o dos gruñidos. »Todo parecía ir sobre ruedas. El peligro parecía descartado. Como apenas nos hacían caso a nosotros dos, Art y yo decidimos ir a dar una vuelta por los alrededores del poblado para ver cómo era el paisaje y si existían animales peligrosos. No encontramos animales, pero vimos a otro indígena. Este se portó de modo muy diferente que sus semejantes. Nos arrojó una jabalina y huyó a todo correr. Y fue Art quien advirtió que no llevaba pendiente. »Entonces la respiración comenzó a hacérsenos un poco fatigosa - ya llevábamos más de una hora fuera de la nave - así es que volvimos al poblado en busca de Lecky, para volver juntos al M-94. El lo estaba pasando tan bien que sintió mucho tener que irse, pero como ya empezaba a jadear, como nosotros, le convencimos para que nos acompañase. Llevaba uno de aquellos pendientes y nos dijo que se lo habían regalado en signo de amistad. A cambio, él les regaló una regla de cálculo de bolsillo que llevaba encima. » - ¿Por qué les has dado una regla de cálculo? - le pregunté -. Es un objeto que vale dinero y nosotros tenemos muchas baratijas que les gustarían más que una regla de cálculo. »Te equivocas - repuso él -. Aprendieron a multiplicar y a dividir con la regla en un santiamén. Luego les enseñé a extraer raíces cuadradas, y ahora estaban aprendiendo a sacar raíces cúbicas cuando vinisteis vosotros. »Yo lancé un silbido y quise cerciorarme de si me estaba tomando el pelo. Pero no parecía bromear. Sin embargo, observé algo extraño en su porte... se conducía de un modo algo desusado, aunque yo no hubiera podido decir qué era lo que le hacía aparecer distinto. Por último pensé que ello se debía a su sobreexcitación, muy natural teniendo en cuenta que aquél era el primer viaje que efectuaba Lecky fuera de la Tierra. »Cuando volvimos a la nave, así que Lecky recuperó el aliento - los últimos cien metros resultaron especialmente penosos - empezó a hablar a Haynes y a Hilda Race acerca de los ganimedeanos. La mayor parte de las cosas que dijo resultaba demasiado técnica para mí, pero conseguí comprender que aquellos seres presentaban algunas extrañas contradicciones. Su cultura material era de un tipo más primitivo que la de los aborígenes australianos. Pero poseían una notable inteligencia junto con una filosofía natural y el conocimiento de las matemáticas y de la ciencia pura. Le dijeron algunas cosas acerca de la estructura atómica que le pusieron en vilo. Estaba rabiando por volver a la Tierra, donde dispondría del equipo necesario para comprobar algunos de aquellos extremos. Y añadió que la concesión del pendiente era un signo de afiliación a la tribu... así ellos le reconocían como amigo y como a un igual. Blake preguntó: - ¿Era de oro? - Ya llegaremos a eso - contesté. Estaba anqquilosado de permanecer tanto tiempo en la misma posición en la litera, así es que me levanté para desperezarme. No hay mucho espacio para desperezarse en un remolcador de los asteroides, y di un golpe con la mano a la pistola colgada de un gancho en la pared. - ¿Para qué está aquí esta pistola, Blake? -- pregunté. El se encogió de hombros. - Es el reglamento. En todas las naves espacciales tiene que haber un arma de fuego. Dios sabe por qué tiene que haberla también en una nave como esta. A menos que el Consejo crea que algún día un asteroide puede negarse a que le remolquemos fuera de su órbita... Oye, ¿no te conté nunca lo que me pasó aquella vez que remolcaba a una roca insignificante de veinte toneladas y?... - Cierra el pico, Blake - dijo Charlie -. Ahhora llega a lo de los pendientes. - Sí, los pendientes - dije. Tomando la pistola de la pared, la examiné con atención. Era una anticuada arma de metal, propia para disparar proyectiles, que supuse sería del 2000, aproximadamente. Podía hacer veinte disparos. Estaba cargada y en perfecto estado de funcionamiento, pero muy sucia. Nunca he podido ver armas sucias. Volví a sentarme en la litera para continuar mi relato pero, mientras hablaba, saqué un pañuelo usado de mi caja de efectos personales y empecé a limpiar y a bruñir la pistola. - No permitió que le quitásemos el pendientee - dije -. Se portaba de un modo un poco raro y casi reaccionó violentamente cuando Haynes quiso analizar el metal de que estaba compuesto. Entonces le dijo que si quería jugar con uno de aquellos pendientes, podía ir a pedir otro a los indígenas. Y luego continuó ensalzando los grandes conocimientos que habían demostrado poseer los ganimedeanos. »Al día siguiente todos querían ir al poblado, pero habíamos decretado que sólo podían salir de la nave tres de nosotros cada vez. Por lo tanto, teníamos que establecer turnos. Como Lecky sabía chapurrear su lengua, por llamar así a aquella especie de gruñidos, él y Hilda irían primero, acompañados de Art como guardaespaldas. Esta proporción nos parecía segura, visto el sesgo que habían tomado las cosas... dos sabios y un guardián. Con excepción de aquel indígena que había arrojado una jabalina contra Art y contra mí, no habíamos observado el menor signo de hostilidad. Y aquel sujeto parecía no estar en su juicio y además su arma cayó a seis metros de nosotros. Ni siquiera nos molestamos en disparar contra él. »Los tres regresaron jadeando antes de dos horas. Los ojos de Hilda Race brillaban y lucía una de las ajorcas en su oreja izquierda. Estaba tan orgullosa de llevarla como si fuese una corona real que hiciese de ella la reina de Marte o algo parecido. No sabía hablar de otra cosa, tan pronto como recuperó el aliento y dejó de resollar. »Yo fui en la salida siguiente, en compañía de Lecky y de Haynes. »Haynes estaba de mal humor, por la razón que fuese, y dijo que él no estaba dispuesto a que le pusiesen una de aquellas cosas en la oreja, a pesar que deseaba tener una para analizarla. Que se la diesen, y él ya se arreglaría. »Esta vez tampoco me hicieron mucho caso cuando llegamos a la aldea, y yo salí a recorrer los alrededores. Me encontraba en las afueras del poblado cuando oí un grito... y volví corriendo al centro de la aldea, porque me había parecido la voz de Haynes. »Había un grupo reunido en torno a algo, en el centro del poblado. Tardé un buen minuto en abrirme paso a codazos, apartando a los menudos indígenas a un lado y a otro. Y cuando llegué al centro del grupo, Haynes se estaba levantando, y vi que tenía una gran mancha roja en la parte delantera de su chaqueta de lino blanco. »Le ayudé a levantarse y le pregunté: «Haynes, ¿qué te pasa? ¿Estás herido?» »El denegó lentamente con la cabeza, como si estuviese aturdido, y luego dijo: «Estoy bien, Hank. Estoy bien. Resulta que tropecé y me caí». Entonces vio que yo miraba aquella mancha roja, y sonrió. A mí me pareció una sonrisa, pero su aspecto no era natural. «Esto no es sangre, Hank, dijo. Es vino del país, que se me vertió en el curso de una ceremonia.» »Yo me dispuse a preguntarle qué ceremonia era aquella y entonces vi que llevaba uno de los pendientes de oro. Esto me pareció muy raro, pero él se puso a hablar con Lecky y su aspecto y sus acciones volvieron a ser normales... es decir, bastante normales. Lecky le explicaba el significado de algunos de aquellos gruñidos, y él parecía interesadísimo por las explicaciones de nuestro amigo... aunque no pude apartar de mí la idea de que aquel interés era fingido y su único objeto era no tener que hablar conmigo. Hubiérase dicho que estaba tramando algo en su interior, tal vez una historia más convincente para explicar aquella mancha de su chaqueta y el hecho de que hubiese cambiado tan fácilmente de idea acerca del pendiente. »Empecé a pensar que algo no andaba bien en Ganímedes, pero todavía no sabía lo que era. Decidí mantener el pico cerrado y los ojos bien abiertos hasta descubrirlo. »Como después ya tendría tiempo más que suficiente para observar a Haynes, regresé al borde del poblado y salí de él. Y entonces se me ocurrió que si trataban de ocultarme algo, tendría mayores probabilidades de verlo si me escondía. Como por allí crecían muchos arbustos y matorrales, me oculté en una espesura próxima. Por mi manera de respirar, colegí que todavía disponía de una media hora antes de que llegase el momento de emprender el regreso a la nave. »Y apenas había transcurrido la mitad de ese tiempo, cuando fui testigo de algo sorprendente. Dejé de hablar para levantar la pistola hacia la luz y mirar por el cañón, cerrando un ojo y abriendo el otro. Estaba bastante limpio, pero cerca de la boca había todavía un poquitín de mugre. Blake dijo: - A ver si lo adivino. Viste a un perro traaag marciano de pie sobre su cola y cantando Annie Laurie. - Peor, mucho peor que eso - dije -. Vi comoo uno de aquellos ganimedeanos perdía sus piernas. Y la cosa le disgustó. - Es que no hay para menos, caramba - dijo BBlake -. También a mí me disgustaría, a pesar de que soy un tipo muy pacífico ¿Y cómo las perdió? - Nunca lo supe - repuse -. Se las arrancó aalgún animal que nadaba bajo la superficie del agua. Junto a la aldea pasaba un riachuelo y es posible que en él hubiesen animales parecidos a cocodrilos. Dos indígenas salieron de la aldea y empezaron a vadear la corriente. Cuando estaban a la mitad de ella uno lanzó un grito y se cayó. »Su compañero lo sostuvo y luego lo transportó hasta la otra orilla. Entonces vi que tenía las dos piernas cercenadas por encima de las rodillas. »Y ocurrió algo verdaderamente increíble. El indígena de las piernas cercenadas se sostuvo sobres sus dos muñones y empezó a hablar - o a gruñir - tranquilamente con su compañero, el cual le respondía con la misma calma. Y a colegir por el tono de su voz estaba simplemente disgustado. Nada más. Intentó caminar sobre sus muñones, pero vio que esto era muy difícil y que avanzaba muy despacio. »Y entonces hizo un gesto que en cualquier lugar del universo se hubiera interpretado como un simple encogimiento despectivo de hombros, y, llevándose la mano al pendiente, se lo arrancó y lo tendió al otro indígena. Y entonces sucedió lo más extraño de todo. »Su compañero aceptó el pendiente y, en el mismo instante en que este objeto dejó la mano del primero - o sea el de las piernas cortadas - éste cayó muerto. El otro tomó en sus brazos el cadáver y lo tiró al agua. Luego se alejó tranquilamente. »Y tan pronto como lo perdí de vista volví en busca de Lecky y de Haynes para llevármelos a la nave. Cuando llegué, se disponían a irse. »Yo empezaba a estar preocupado, pero en realidad aún no había visto nada. Tuve que esperar a volver a la nave con Lecky y Haynes. Lo primero que advertí fue que éste se había quitado la mancha de su chaqueta. Fuese vino o cualquier otra cosa, alguien le había lavado la chaqueta, y ésta ni siquiera estaba húmeda. Pero presentaba un agujero, que antes yo no había visto. Hubiérase dicho que una lanza se había clavado en ella. »Y entonces él se puso casualmente frente a mí, y pude ver que tenía otro agujero o desgarrón similar en la espalda. Daba la impresión de que le habían atravesado con una lanza, de parte a parte y que por eso él había gritado. »Pero si una lanza le había atravesado tan limpiamente, él tenía que estar muerto. Pero le veía andando frente a mí, de regreso a la nave; con una de aquellas arracadas en la oreja izquierda... y mi pensamiento volvió a aquel indígena que fue atacado por un animal en el río. Desde luego, aquel individuo también estaba muerto, con sus piernas arrancadas de aquel modo, pero no lo demostró hasta que hubo entregado el pendiente a su compañero. »Os aseguro que aquella noche tuve motivos más que suficientes para cavilar. Me dediqué a observar a mis compañeros y me pareció que todos ellos se portaban de un modo extraño. Especialmente Hilda... imaginaos a un hipopótamo esforzándose por ronronear como un gatito y tendréis una idea aproximada. Haynes y Lecky parecían pensativos y apagados, como si planeasen algo, quizá. A los pocos momentos, Art subió luciendo también uno de aquellos condenados pendientes. »Sentí un estremecimiento al pensar que, si lo que estaba imaginando resultaba ser cierto, sólo quedábamos Dick y yo. Comprendí que más valía deliberar con Dick cuanto antes. El estaba preparando un informe, pero supe que así que hubiese terminado de realizar su inspección rutinaria de los almacenes, antes de acostarse, podría hablar con él. »Entre tanto, me dedicaba a observar a los otros cuatro, y mis sospechas se iban concretando cada vez más. Al propio tiempo, aumentaba mi temor. Se esforzaban por mostrarse naturales, pero de vez en cuando cometían algún pequeño error que los delataba. Por ejemplo, se olvidaban de hablar. Es decir, uno de ellos se volvía hacia el otro, como si dijese algo, pero no decía nada. Y entonces, como si de pronto se acordase, se ponía a hablar en mitad de una frase... como si antes hubiesen conversado sin palabras, por telepatía. »Dick no tardó en subir para ir a acostarse, y yo me fui tras él. Nos metimos en uno de los almacenes laterales y yo cerré la puerta. «¿No lo has advertido, Dick?» Y él quiso saber a qué me refería. »Entonces se lo dije: «Esos cuatro... nuestros compañeros... no son los mismos con los que empezamos el viaje. ¿Qué les ha pasado a Art, a Hilda, a Lecky y a Haynes? ¿Qué demonios sucede aquí? ¿No has reparado en nada fuera de lo normal?» »Y Dick lanzó una especie de suspiro y dijo: «Vaya, por lo visto ha fallado. Eso quiere decir que necesitamos más práctica. Ven y te lo explicaremos todo.» Abriendo la puerta, me hizo señas de que saliese... Y entonces la manga de su camisa resbaló un poco y vi que en la muñeca llevaba uno de aquellos objetos de oro, como los demás, pero se lo había puesto como un brazalete en lugar de colgárselo en la oreja. »Yo... la verdad, me quedé demasiado estupefacto para decir nada. Sumisamente, le seguí a la cámara principal. Y allí, mientras Lecky, que parecía ser el jefe, me apuntaba con una pistola, ellos me lo contaron todo. »Y la verdad aun resultó más descabellada y mucho peor de lo que yo me había atrevido a imaginar. »No se daban nombres individuales porque no poseían un lenguaje... lo que nosotros llamaríamos un lenguaje hablado o escrito. Eran telepáticos, y para la comunicación directa no se necesita lenguaje. Si tratásemos de traducir lo que ellos pensaban sobre su propia naturaleza, la palabra más aproximada que podríamos encontrar sería «nosotros»... la primera persona del nombre en plural. Individualmente, se identificaban mediante cifras en lugar de hacerlo por nombres. »Y del mismo modo como no poseían un idioma propio, tampoco tenían un cuerpo individual ni una mente propia. Eran parasitarios en un grado imposible de concebir para los terrestres. Eran entidades, seres aparte de... Veréis, es difícil de explicar, pero podríamos decir que no tenían existencia real si no se hallaban adheridos a un cuerpo que podían animar y con cuyo cerebro podían pensar. La manera más sencilla de expresarlo es decir que un... dios pendiente, que es como los ganimedeanos los llamaban... estaba dormido, aletargado, inactivo. No poseía poderes mentales ni físicos propios. Charlie y Blake parecían desconcertados y sorprendidos. El primero dijo: - Quieres decir, Hank, que cuando uno de elllos entraba en contacto con una persona, se apoderaba de aquella, la dominaba y pensaba con su mente, manteniendo al propio tiempo su identidad, ¿no es eso? ¿Y qué le sucedía a la persona que se convertía en su víctima? Yo contesté: - Por lo que pude averiguar, continuaba aparrentemente igual, pero dominada por la entidad. Es decir, conservaba todos sus recuerdos y su personalidad, pero era otro quien se sentaba en el asiento del conductor. No él. No importaba tampoco que estuviese vivo o muerto, mientras su cuerpo se hallase bien conservado. Es el caso de Haynes... tuvieron que matarle para que se dejase poner un pendiente. Si se lo quitaban, no sería más que un cadáver; hubiera caído como un muñeco para no levantarse jamás, a menos que le pusiesen otra vez el pendiente. »Como el indígena de las piernas cortadas. El ser que se había apoderado de él decidió que aquel cuerpo ya era inservible, y por lo tanto se entregó al compañero del muerto. ¿Comprendéis? Y luego ambos buscarían otro cuerpo en mejores condiciones para que les sirviese de morada. »No me dijeron de dónde venían, sólo supe que su punto de origen se hallaba fuera del sistema solar. Tampoco me dijeron cómo llegaron a Ganímedes. No por sus propios medios, desde luego, porque no pueden existir por ellos mismos. Debieron de llegar a Ganímedes como parásitos de unos visitantes interplanetarios que tal vez desembarcaron allí en otros tiempos, tal vez hacía millones de años. Y no podían salir de Ganímedes, naturalmente, hasta que nosotros llegamos allí. Los habitantes de Ganímedes no habían creado una astronáutica... Charlie volvió a interrumpirme: - Pero si eran tan inteligentes, ¿por qué noo la creaban ellos? - No podían hacerlo - repuse -. No eran más inteligentes que las mentes que ocupaban. Bueno, algo más, hasta cierto punto, porque podían utilizar aquellas mentes en su plena capacidad y los hombres - terrestres o ganimedeanos - no son capaces de hacerlo. Pero ni siquiera la mente de un salvaje de Ganímedes utilizada a su pleno rendimiento era capaz de crear una astronave. »Pero entonces nos tuvieron a nosotros, es decir, a Lecky, a Haynes, a Hilda, a Art y a Dick, y tuvieron nuestra astronave, y se dispusieron a ir a la Tierra, porque por el sondeo que realizaron de nuestras mentes sabían tanto como nosotros sobre ella y sobre las condiciones existentes en nuestro planeta. Se propusieron, sencillamente, apoderarse de la Tierra y... dominarla. No me explicaron los detalles de su plan de acción ni de cómo se reproducen, pero comprendí que no faltarían pendientes para cuando sonase el día de la conquista de la Tierra. Pendientes, brazaletes, ajorcas o cualquier otro medio de sujetarse a nosotros. »Probablemente brazaletes o ajorcas, porque los pendientes serían demasiado notorios en nuestro planeta, y tendrían que actuar en secreto durante un tiempo. Así irían conquistando poco a poco nuevos reclutas, sin que los demás supiesen lo que se estaba tramando. »Y entonces Lecky - o lo que fuese que se había instalado en la mente de Lecky - me dijo que me utilizaban como una especie de conejillo de Indias. Hubieran podido ponerme un pendiente y captarme cuando se lo propusiesen. Pero querían contar con un punto de referencia para saber cómo les salía su imitación de un ser humano normal. También deseaban saber si yo me daba cuenta del engaño. »Por esto Dick - o quienquiera que fuese que se alojase en su interior - había preferido no delatarse, para que si yo sospechaba de los demás, fuese a contárselo a él... como efectivamente hice. Y esto les permitió saber que necesitaban aún mucha práctica para animar los cuerpos humanos antes de conducir la nave de regreso a la Tierra para iniciar allí tu labor de infiltración. »Y esto fue todo cuanto me contaron, y ellos me dijeron que observase mis reacciones de ser humano normal y se las refiriese. Entonces Lecky se sacó un brazalete del bolsillo y me lo tendió con una mano, mientras con la otra me apuntaba con una pistola. »Me dijo que más valía que me lo pusiese voluntariamente, porque si me negaba, primero dispararía contra mí y luego me lo pondría... pero preferían mucho más apoderarse de cuerpos intactos y para mí también sería mejor no morir antes, »Pero como es de suponer, yo veía las cosas de otro modo. Fingí tender la mano hacia el brazalete, con cierta vacilación; pero en lugar de tomarlo le di un golpe a la pistola haciéndosela soltar, y me precipité sobre ella cuando cayó al suelo. »Conseguí recogerla cuando ellos se disponían a atacarme. Y tuve que dispararles tres veces para comprender que mis disparos no surtían el menor efecto en ellos. El único medio de detener a un cuerpo poseído por uno de estos anillos es inmovilizarlo, cortándole las piernas o destrozándole. Una bala en el corazón le deja como si tal cosa. »Pero conseguí retroceder hasta la puerta y huir de la nave hacia la selva. La noche de Ganímedes había caído, y yo ni siquiera tenía una chaqueta para cubrirme. Hacía un frío de todos los diablos. Y cuando me encontré a la intemperie, comprendí que no podía ir a ninguna parte, como no fuese a la nave, y allí no quería volver. »No salieron a buscarme... no valía la pena. Sabían que antes de tres horas... cuatro todo lo más... habría perdido el conocimiento por falta de oxígeno. Si el frío o alguna otra cosa no terminaba conmigo antes. »Tal vez existiese algún medio de salvación, pero yo no veía ninguno. Me senté en una piedra a un centenar de metros de la nave y empecé a devanarme los sesos para hallar una solución. Pero... Dejé la frase en suspenso. Reinó un momentáneo silencio, que Charlie rompió al decir: - Bien, ¿y qué? Blake añadió: - ¿Qué hiciste? - Nada - dije -. ¿Qué podía hacer? Seguí alllí sentado. - ¿Hasta la mañana siguiente? - No. Me desvanecí antes de que amaneciese. Recuperé el sentido cuando aún era oscuro... en la nave. Blake me miraba con expresión perpleja. Murmuró: - Caramba. Quieres decir que... Y entonces Charlie lanzó un grito penetrante y se echó de cabeza hacia mí desde la litera en que estaba tendido. Con un rápido movimiento, me arrebató la pistola. Yo había acabado de limpiarla en aquel momento y de meter de nuevo el cargador. Y entonces, empuñando el arma, se alzó ante mí, mirándome como si nunca me hubiese visto. Blake le dijo: - Siéntate, Charlie. ¿No comprendes que es uuna broma? Pero... de todos modos no sueltes la pistola, por si acaso. Charlie no soltó la pistola. Por el contrario, me encañonó con ella, diciendo: - Tal vez cometo una estupidez, pero... Hankk, arremángate. Yo sonreí y me levanté, diciendo a mi vez: - No te olvides de mirarme en los tobillos, Charlie. Pero su expresión era tan grave y ceñuda, que comprendí que no podía llevar la broma más lejos. Blake observó: - Incluso podría llevarlo en otro sitio, sujjeto con esparadrapo. Eso, en el caso, que es uno contra un millón, de que no se trate de una broma. Charlie hizo un gesto de asentimiento sin volverse para mirar al que hablaba. A continuación me dijo: - Hank, siento tener que pedírtelo, pero... Yo lancé un suspiro, luego sonreí y dije: - Qué se le va a hacer. De todos modos, iba a ducharme. Hacía mucho calor en la nave, y yo sólo llevaba zapatos y un mono de entrenamiento. Sin hacer el menor caso a Blake y Charlie, me desnudé y aparté la cortina de plástico de la pequeña ducha, para meterme en ella. Acto seguido abrí el grifo. Mezclado con el ruido del agua, oía las risotadas de Blake y a Charlie que se llamaba mentecato por lo bajo. Y cuando salí de la ducha, secándome, incluso Charlie sonreía. Blake dijo: - Y yo que creía que el cuento que ha referiido Charlie era una bola. Este viaje es al revés; terminaremos teniéndonos que contar la verdad unos a otros. Se oyeron unos golpes agudos en el casco de la nave, junto a la esclusa, y Charlie Dean fue a abrirla, mientras gruñía: - Si dices a Ceb y Ray de qué manera nos hass tomado el pelo, te parto la cara. Mira que salirnos con ese cuento de los dioses pendientes... Porción del informe telepático del núm. 67843, en el Asteroide T-864A al núm. 5463, en la Tierra: «Según estaba planeado, comprobé la credulidad de las mentes terrestres contándoles la verdadera historia de lo que sucedió en Ganímedes. Descubrí que eran capaces de aceptarlo. Esto demuestra que nuestra idea de ocultarnos bajo la piel de estos seres terrestres es excelente y esencial para el éxito de nuestro plan. Desde luego, esto resulta menos sencillo que el método que empleamos en Ganímedes, pero debemos continuar realizando la operación sobre todos los seres terrestres que capturemos. Los brazaletes u otros objetos exteriores de adorno infundirían sospechas. No hay necesidad de perder un mes aquí. Asumiré el mando de esta nave y regresaremos, para comunicar que aquí no existe mineral. Nosotros cuatro, los que nos instalaremos en los cuerpos de los cuatro terrestres que se encuentran a bordo de esta nave, nos presentaremos a ti al llegar a la Tierra...» 1 Vuelo de Represalia Fredric Brown Llegaron de las negruras del espacio, de una distancia incalculable. Convergieron sobre Venus... y lo aniquilaron. Los dos millones y medio de seres humanos que habitaban en aquel planeta murieron en cuestión de minutos, y toda la flora y la fauna de Venus murió con ellos. La potencia de sus armas era tal, que incluso la atmósfera del desdichado planeta ardió y se disipó. Venus había sido cogido por sorpresa. El ataque resultó tan repentino e inesperado, y sus resultados tan devastadores, que ni un solo disparo se efectuó contra ellos. A continuación se dirigieron hacia el planeta más próximo partiendo del Sol: La Tierra. Pero aquello fue distinto. La Tierra estaba preparada. No porque se preparara durante los escasos minutos que transcurrieron a partir de la llegada de los invasores al sistema solar, sino porque la Tierra se encontraba en guerra -en pleno año 2820- con su colonia marciana, la cual había crecido hasta alcanzar la mitad de la población de la propia Tierra y estaba luchando por su independencia. En el momento en que se producía el ataque a Venus, las flotas de la Tierra y Marte estaban maniobrando en orden de combate cerca de la Luna. Pero la batalla terminó con más rapidez que cualquier otra batalla de la historia. Una flota conjunta de naves terrestres y marcianas, súbitamente en paz unas con otras, salió al encuentro de los invasores y se enfrentó con ellos entre la Tierra y Venus. Nuestros efectivos eran muy superiores, y las naves invasoras fueron barridas del espacio, aniquiladas. Al cabo de veinticuatro horas se había firmado en la capital terrestre de Alburquerque un tratado de paz basado en el reconocimiento de la independencia de Marte y una perpetua alianza entre los dos mundos -ahora los dos únicos planetas habitables del sistema solar- contra la invasión extranjera. Y empezaban a elaborarse planes para un vuelo de represalia, para localizar la base de los extranjeros y destruirla antes de que pudieran enviar otra flota contra nosotros. Los instrumentos que funcionaban en la Tierra y en las naves patrulla que orbitaban a su alrededor habían detectado la llegada de los extranjeros -aunque no a tiempo de salvar a Venus-, y los datos facilitados por aquellos instrumentos indicaban la dirección de la cual procedían los extranjeros y demostraban, sin señalar específicamente la distancia, que habían llegado de un lugar remotísimo. Un lugar que hubiera resultado demasiado remoto para nuestros medios de transporte, de no haber podido disponer del motor a propulsión C-plus, que acababa de ser inventado y que permitía a una nave alcanzar velocidades varia veces superiores a la velocidad de la luz. No había sido utilizado porque la guerra?2 entre la Tierra y Marte absorbía todos los recursos de los dos planetas, y el motor de propulsión C-plus no ofrecía ninguna ventaja dentro del sistema solar, puesto que sus distancias no exigían velocidades superiores a la de la luz. Ahora, en cambio, el motor de propulsión C-plus tenía un objetivo concreto. La Tierra y Marte combinaron sus esfuerzos y sus posibilidades técnicas para construir una flota equipada con aquellos motores que sería enviada contra el planeta habitado por los extranjeros a fin de destruirlo. La construcción de la flota requirió diez años, y se calculó que el viaje duraría otros diez. El vuelo de represalia -pocas naves, pero con una potencia destructora increíble- se inició en el año 2830. La flota salió del espaciopuerto de Marte. Nunca más se supo de ella. Transcurrió casi un siglo antes de que se conociera la suerte que había corrido, gracias a los razonamientos deductivos de Jon Spencer 4, el famoso historiador y matemático. "Ahora sabemos -escribió Spencer- que un objeto que se mueve a una velocidad superior a la de la luz viaja hacia atrás en el tiempo. Por lo tanto, la flota vengadora debió llegar a su punto de destino, de acuerdo con nuestro tiempo, antes de su partida". "Hasta ahora no henos conocido las dimensiones del universo en el cual vivimos. Pero, basándonos en la experiencia de la flota vengadora, podemos deducirlas. En una dirección, al menos, el universo tiene Cc millas de diámetro... o de longitud: las dos dimensiones tienen el mismo significado, en este caso. En diez años, viajando hace adelante en el espacio y hacia atrás en el tiempo, la flota hubiera recorrido aquella distancia exacta: 186, 334, 186, 334. La flota, viajando en línea recta, dio la vuelta al universo regresando a su punto de partida diez años antes de salir. Destruyó el primer planeta que encontró, y luego, mientras se dirigía al más próximo, su almirante debió comprender súbitamente la verdad -y debió reconocer, también, a la flota que salía a su encuentro-, y dio la orden de alto el fuego en el preciso instante en que la flota conjunta de la Tierra y Marte iniciaba su ataque". "Resulta sorprendente -y aparentemente paradójico- comprobar que la flota vengadora estaba al mando del almirante Barlo, el cual había sido también almirante de la flota terrestre durante el conflicto entre la Tierra y Marte, en la época en que la flota conjunta de los dos planetas destruyó a las naves supuestamente invasoras, y que muchos de los tripulantes de la flota conjunta formaban parte también de la tripulación de la flota vengadora". "Resulta interesantísimo especular acerca de lo que hubiera ocurrido si el almirante Barlo, al final de su viaje, hubiera reconocido a Venus con el Tiempo suficiente para evitar su destrucción. Pero tal especulación es inútil; posiblemente no podía no haberlo reconocido, porque lo había destruido ya: de no ser así no?3 hubiera estado allí como almirante de la flota enviada para vengar aquella destrucción. El pasado no puede modificarse." 1 Todo Depende De Un Cabello Fredric Brown La esposa del señor Decker volvió de Haití. Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado. Se detestaban todavía un poco más que antes. - Divide en dos partes - Exigió firmemente lla señora Decker -. La mitad de tu dinero y de tus bienes. - Es ridículo - Replicó con aspereza el señoor Decker. - ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todoo. En Haití, he estudiado vudú. - ¿Y qué? - Que si no fuera una mujer honrada moriríass por paralización del corazón. El vudú no deja huellas. - ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker. - Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozoo de uña o de cabello y verás! ¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker. - Te hago una proposición, probamos. Si no dda resultado, nos divorciamos y no pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida. - De acuerdo - Dijo el señor Decker - Trae cera y un alfiler. Se miró las uñas. - Demasiado cortas. Te daré un cabello. Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló groseramente en forma de ser humano.?2 - Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía lla aguja en el pecho de la estatuilla. El señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el peine. UNA VOZ TRAS ÉL Fredric Brown Cuentan una deliciosa historieta de horror sobre un labriego que se adentró en un bosque encantado; según la gente lo habitaban demonios que llevaban consigo a cualquier mortal que osara entrar en él. Pero, mientras caminaba por el mismo con paso lento, el labriego pensaba: Soy un buen hombre que nada malo ha hecho. Si los demonios pueden hacerme algún daño es que no existe ninguna clase de justicia. Y en este momento, se oyó una voz que decía tras él: - No existe. El Gran Raimondi escuchó en cierta ocasión una voz tras él. No me refiero a la voz del cañón; ésa la oía cada día e incluso por dos veces en sábados y domingos, ya que el Gran Raimondi buscaba la fama, y puede entenderse literalmente, en la boca de un cañón. El Gran Raimondi, el proyectil humano. Quizá usted lo vio en la cima de gloria, cima que, de nuevo literalmente, estaba a diez pisos por encima de la punta de la noria, por encima de la cual le disparaba el cañón cayendo luego en una red. Se trata de un trabajo fácil, sobre todo teniendo cuenta tal como están hoy los empleos y te pagan doscientos dólares por semana. El puesto está vacante en este momento. Si le interesa, vaya a ver a Otto Weber, de las atracciones combinadas Dunn & Weber. Llevas un traje acolchado de color blanco, guantes blancos, un casco blanco de rugby, bajo el cual los oídos quedan tan bien protegidos por algodón en rama que la explosión del cañón, mientras sales despedido del mismo, no es más fuerte que el disparo de una pistola de feria. Describes un arco blanquecino en el espacio, por encima del extremo de la noria, de sesenta pies de altura, y caes de nuevo dentro de la red que está fijada a quince pies por encima del terreno y a la distancia precisa de la boca del cañón. Es tan seguro como quedarse sentado en el sofá de su casa... siempre y cuando algo no funcione mal en el mecanismo del cañón. Y Weber, que lo diseñó y es su propietario, asegura que ello es imposible; se trata de un simple muelle y... el estampido así como la humareda consiguiente son meros fuegos de artificio. Así, pues, si usted desea ser el tercer Gran Raimondi, telegrafíe a Otto Weber, Cincinnati. ¡Oh, sí! Le anunciarán bajo el nombre de «El Gran Raimondi»; el nombre va unido al trabajo. ¿Qué les sucedió a los dos primeros Gran Raimondi? Bueno, el primero de ellos (se llamaba Roberts) tropezó con el pie contra la noria hace ya dos años y en un sábado por la tarde. No alcanzó la red. Pero no permita que esto le preocupe. Weber ajustó la tensión del muelle y es imposible que ocurra de nuevo. ¿Y el segundo Gran Raimondi? Sobre ése estoy intentando hablarle a usted precisamente, si deja de pensar en que la plaza está vacante, así como de preguntarme detalles sobre la misma. El nombre del segundo Gran Raimondi era Tony Grosz y era siciliano. Es de Tony Grosz de quien estoy tratando de hablarle. Fue Tony Grosz quien, como el labriego en el interior del bosque encantado, oyó una voz a sus espaldas. Pero no se trataba de un demonio. ¿O quizá sí? Tony Grosz se encontraba sentado en un bar aquella tarde. Tony no era bebedor. Pero Tony tenía problemas y había quedado citado con su desgracia para ir a tomar unas cervezas. Los problemas de Tony no eran monetarios. Fácilmente lo comprenderá usted; doscientos dólares son mucho dinero para un artista de feria. Es mucha pasta para cualquiera, incluso para un casado. Ése era precisamente el problema de Tony; estaba casado y amaba a su esposa. Su nombre era Marie y se habían casado cuatro meses antes, durante la primera semana de la temporada. Un matrimonio tal como debe ser, y no el de un artista de feria, si comprende usted a lo que me refiero. Sí, Tony se había casado pero, a pesar de ello, su amor por Marie era incendiario, una llama devastadora. Aquella mañana, aquella mismísima mañana, habían tenido una agria disputa. Y entonces, reclinado sobre la barra, Tony Grosz cavilaba. No se puede decir que pensase; había pasado ya esa fase. Recogió su vaso de cerveza para beber otro sorbo y, mientras lo hacía, pudo ver su blanca imagen reflejada en el espejo del vaso. La imagen era la de un hombre no excesivamente bien parecido, de treinta y dos años, de altura corriente y peso algo menor de lo normal, pero compacto y nervudo. Su piel rayaba hacia el tono moreno y precisamente entonces mostraba una incipiente barba de color negro azulado. Presentaba una cicatriz de navaja en plena frente, y su nariz había sido partida en cierta ocasión, por lo que no era excesivamente recta. Los ojos semejaban pequeños carbones al rojo entre aquellos entreabiertos párpados. Desde luego, no era un rostro hermoso. Ahora bien, se convertía en una cara atractiva cuando sonreía dejando que su blanca dentadura brillase junto con sus ojos. Pero aún no había sonreído durante todo el día. Y entonces tampoco lo hacía. Frunció el ceño a su propia imagen reflejada, mientras colocaba el vaso vacío sobre el mostrador. Era un pequeño pueblo mexicano. Se había alejado tanto como pudo de la feria, encontrándose al fin en esta parte del pueblo. Se trataba de San Antonio, si es que ello puede tener alguna importancia. Pidió «otra cerveza». Ése era todo el español que él sabía, pero también todo el que necesitaba y deseaba conocer. Oh, también se acordaría de otras frases si intentara recordarlas. Las había aprendido de Marie, que tenía parte de sangre mexicana y hablaba ese idioma. Ella le había tomado también por mexicano la primera vez que se encontraron. Le había sonreído repentina y calurosamente, y su sonrisa era como una caricia, diciéndole «¿Sí, señor?», a lo que él respondió «Sí, chiquita», riendo los dos a coro al acabar ella su rápido torrente de frases españolas de las que él no entendió ni una sola palabra. El barman recogía ya su vaso. - Si, señor - dijo. Por unos instantes Tony creyó que se estaban burlando de él, e involuntariamente su mano hizo un ligero gesto hacia la navaja. Retiró la mano colocándola plana sobre el mostrador y dirigió a ella su mirada. Dios, cuán nervioso debía estar para reaccionar de esa forma ante algo que los mexicanos repiten cien veces al día, y todo porque él había estado pensando... Miró hacia la ventana. Fuera oscurecía, por lo que miró el reloj de su muñeca. Aún le quedaba mucho tiempo. No deseaba llegar allí hasta la hora de cambiarse. Miró su cerveza, y deseó no haberla pedido. Miró al barman y lo odió profundamente. Pensó en la oscuridad exterior, y la odió. Vio el reflejo que el mugriento espejo le devolvía, y lo odió. Bebió su cerveza, despacio. Marie, pensó. ¡Marie, Marie, Marie, Marie! Lo repetía una y otra vez, pero sus labios no se movían. Volvió a mirar el reloj. Aún faltaba mucho. Quizá no debía ir. Sólo había bebido cerveza, pero cantidades fabulosas. Lo notaba un poco. Quizás sus reflejos, el dominio de sus músculos habrían desaparecido, únicamente lo suficiente para que no acertase la red. Bueno, eso tampoco estaría mal. Así ella se entristecía, si es que aún le amaba. Pero ella no le quería. No podía, después de todo lo que ella le había dicho. Naturalmente, él también había dicho muchas cosas. No, se iría. Eso es lo que haría. Marcharse. Más allá de los terrenos de la feria estaba la jungla de raíles y trenes que salían en todas las direcciones. Otra cerveza. Luego salió a la calle acompañado por la luna, brillante enorme, baja en el firmamento al fondo de la calle. La penumbra, entre farolas, proyectaba su sombra alargada delante de él y Tony parecía pisarla. Luego se desvanecería y desaparecería al acercarse a una esquina, volviendo a aparecer y oscurecerse al pasar otra farola. Sí, se iría. Esta noche no iría a la feria, ni nunca. Frente a él estaba su sombra, creciendo y encogiéndose entre farola y farola, y entonces, de pronto, un ruido alegre, una luces y la feria. Sus pies le habían llevado hasta allí. Algo en su interior, algo desconocido para él, incluso le había señalado el tiempo; podía asegurarlo por la actitud del público. Precisamente a tiempo para vestirse. Clavó las uñas en las palmas de las manos mientras pasaba ante la caseta de los fenómenos y la de la risa, que formaban un camino que conducía a su remolque. ¿Se encontraría ella allí? Pero no, ella no estaba. El remolque estaba sin luz. Entró, encendió las luces y se vistió para la representación. ¿Dónde estaría ella? Aunque en realidad se alegraba de que no estuviese. No quería verla nunca más. Después de ese viaje por los aires jamás volvería a verla. Ella le había dicho que ya no le quería. Bueno, si eso es lo que ella sentía por él, ya podía seguir su maldito camino. Podría quedarse incluso con el remolque, y con todo lo que contenía, y con el dinero que le debían de las últimas pagas también. Rápidamente se desabrochó el traje blanco para llegar a los bolsillos del pantalón. Tenía unos cuarenta dólares en la cartera. No los contó siquiera, dejándolos simplemente sobre la mesa. Ya nunca más volvería al remolque, para no encontrarla. Al infierno con ella, pensó, pero sintiéndose aún tan enamorado que el pensamiento de abandonarla casi le cegó de ira contra ella. Antes de volver a abrocharse, buscó también las monedas que tenía en el bolsillo, colocándolas sobre los billetes de la mesa. Se puso las manoplas, se abrochó el casco por debajo de la barbilla e hizo el gesto de apagar la luz. Retiró la mano. Una nota. Tenía que dejar una nota. Ya nunca más volvería... Encontró los restos de un lápiz y un pedazo de papel. «Marie - escribió -. Me voy...» ¿Qué más? Mascó el extremo del lápiz... ¿Qué podía añadir más? Te quiero; te odio. Eso sería tonto decirlo. Nada más podía decir. «Me voy» era suficientemente expresivo. Esto y el gesto de dejarle todo el dinero que tenía. Garabateó «Tony» bajo la nota y colocó el papel al lado del dinero, sobre la mesa. Salió corriendo; la gente esperaba. El cañón estaba a punto. Weber le hizo una señal. Tony trepó al cañón. Hacia la boca amenazadora. Y una vez allí, durante el minuto dramático anterior al lanzamiento, estudió su estado de ánimo. Saludó, como debieron hacerlo los gladiadores cuando se encontraban en la arena. Una vez dentro, desde luego, se sintió enfermo y miserable, pero no dejó que ello se reflejara en su rostro moreno y orgulloso. Permaneció con gesto dramático, la mirada fija en el extremo superior de la noria. Una blanca estatua de la valentía... rellena por dentro de miseria. Se dejó caer dentro del cañón y se colocó en posición con todos los nervios en tensión. Luego el golpe del muelle soltándose, el impacto, la indescriptible sensación de caer hacia arriba. La noria bajo él y la red viéndose diminuta y a una milla de distancia, creciendo luego de tamaño a medida que se acercaba a ella, y la voltereta en el aire que le haría caer de espaldas en el centro de la red. Ésta sería la última vez que lo hiciera. Únicamente cuando ya pendía de un extremo de la red para dejarse caer suavemente en el suelo se preguntó por qué se habla molestado en hacerlo esta noche. Pero ahora ya no importaba. Se abrió paso entre la muchedumbre y pasó corriendo entré la tienda de los fenómenos y la de la risa, el camino de lona que llevaba a su remolque, y entonces se paró repentinamente. ¡Maldita sea! El remolque estaba iluminado. ¿Se habría dejado la luz encendida? No, la había apagado, y... sí, podía verla en el interior a través de la ventana; ella estaba allí, como siempre cuando él actuaba. Nunca había querido verle, ni tampoco le había explicado el porqué. Permaneció allí, con los músculos en tensión, igual que en el interior del cañón. Al dejar la nota y el dinero había olvidado que tendría que volver para quitarse el traje. Pero, ¿por qué? ¡Al diablo con el traje! Se quitó los guantes blancos y los dejó caer junto con el casco al suelo, despojándose luego del traje blanco. La puerta del remolque estaba abierta. La luz salía por ella. Tenía que pasar frente a ella para llegar a los campos que separaban la feria de las líneas de ferrocarril donde podría tomar un tren de carga. Tenía que continuar por el camino, o dar un rodeo ignominioso, o mirarla cara a cara si se le cruzaba en el camino. Pero no lo deseaba. No quería verla de nuevo... porque deseaba con toda su alma volver a verla, y el orgullo siciliano es así. Continuó andando, viéndola por el rabillo del ojo... ya que no deseaba verla otra vez. Ella estaba de pie ante la puerta, sosteniendo algo en la mano. Una figura alargada y oscura proyectada sobre la tienda de la risa, tras de la que estaba situado el remolque. Con el rabillo del ojo, mientras caminaba con paso largo, sólo a unos pasos de distancia de ella. Sus piernas parecían de goma a causa del esfuerzo que tenía que hacer para continuar andando y sus hombros y cuello estaban rígidos al intentar no mirarla abiertamente. Pero se sentía miserablemente contento de que las cosas hubieran ocurrido de esta forma... ya que quizá estaba equivocado. Quizás aún le amase, tal como él todavía la quería a ella. A lo mejor le pediría que volviese. Le llamaría diciendo: - Tony, Tony, no te vayas. Y luego todo iría sobre ruedas; ya podría volver. Pero descubrió que ya había pasado la puerta del remolque y ella aún no había dicho nada. Alcanzó el extremo de la sombra que proyectaba el gran entoldado, y vio aparecer ante sí su propia sombra, más larga que él mismo. Y ella sin decir nada. No le había pedido que volviese, y la amargura que sintió era más negra que su sombra. Su vida eran cenizas, y su amor era odio. Su mano, no recordaba haberla metido allí, se introducía en un bolsillo, empuñando con fiereza su navaja. Se le había ocurrido que alguien más la conseguiría. Ese pensamiento era una agonía. Era insoportable pensar que ella pudiera entregarse a otro hombre. Y un día u otro lo haría; era una mujer de carne y hueso, hecha para amar. Algún día, quizá no demasiado lejano ahora que ya no le amaba, se entregaría a otro. Continuó andando pero disminuyendo el paso; y la sombra que iba frente a él, a través del camino, también disminuyó el paso. Y otra sombra, la de ella, se acercó. Se acercaba por su espalda arrastrándose silenciosamente con uno de los brazos en alto... - ¡Sí, te vas y te mataré! Como una centella cruzó por su mente este pensamiento. Eso era lo que ella había dicho aquella misma mañana, durante la pelea. Una de las frases más agradables, después de amenazarla él con irse. No lo había creído. Lo había olvidado. En su interior, algo se rió. Giró sobre sí y clavó la navaja hasta la empuñadura... El cuerpo de ella yacía, cara abajo, sobre la hierba del campo. Su golpe había sido certero, al corazón, al voluble y criminal corazón de su esposa. Pero estaba contento... vaya palabra, contento... de que ella hubiera caído con el rostro hacia tierra, ya que así no podía verle la cara. Muerta. Tenía que hacer algo. Tenía que hacer algo con sus piernas y pies; correr, correr hacia las vías donde podría alcanzar un tren de carga. Debía escapar. No comprendía el porqué, ni la razón de desearlo, ni su importancia. Pero algo en su interior le indicaba que corriese, que escapase. Fuera lo que fuese, no era lo bastante fuerte como para hacerle ir con prisas, por lo menos en aquel momento. Se arrodilló para secar su cuchillo entre la hierba, levantándose de nuevo para guardarse la navaja en la chaqueta, volviéndose de espaldas hacia lo que acababa de hacer, colocando un pie delante de otro en dirección al ferrocarril, moviéndose despacio como un autómata, como un sonámbulo. Algo en su interior le gritaba que corriese, que se apresurase, pero su cuerpo no le obedecía. Caminaba como quien vadea con agua hasta el pecho. Sólo a unos pasos de distancia, se paró y se volvió. Sus ojos bebieron la última visión de ella. Su delicado cuerpo aún yacía atravesado en el camino, sus brazos entre la hierba más alta como si ella se asiera a la tierra a pesar de que su alma ya no podía hacerlo. No pudo ver sus manos ni el estilete que debía sostener con una de ellas, la mano que, se había alzado cobardemente sobre su espalda. De no ser por la sombra que la traicionó... Logró volver la cara, dar un paso y luego otro, y continuar hacia el ferrocarril. ¡Marie, Marie!, oía en el ritmo de sus pasos y en los latidos de su corazón y de su pulso. Está muerta, está muerta. Y un dolor profundo contrajo sus entrañas al pensar que estaba muerta... pero no por haberla apuñalado. Él no había tenido que volver para matarla y evitar se entregase a otro hombre. No lo había decidido, por lo que no sentía remordimientos en su interior; ella había sido la que, silenciosamente y por la espalda, se le había acercado para matarlo, pero la sombra proyectada por la luna la traicionó. Un paso y luego otro, lentos. Debía apresurarse ya que ella yacía bajo la luna no lejos de la feria. No tardarían en encontrarla. Debía apresurarse, pero caminaba despacio. Un paso y luego otro. Y al cabo de mucho tiempo, se encontró con las vías del tren frente a él, esperando el tren que le llevarla lejos de allí y que ya se acercaba silenciosamente... ¿Silenciosamente? No tuvo que levantar las manos para saber que aún estaban ahí, para saber que se había olvidado de quitárselos... ¡aquellos tapones de espeso algodón que le protegían los oídos de la explosión en el cañón! Y entonces, sabiendo esto, no le costó adivinar el resto. No le costó imaginar a su mujer pidiéndole que no se fuera, corriendo incluso hacia él con un brazo suplicante extendido para volverlo a traer a su lado... Un tren silencioso pasó frente a él, hacia el otro extremo de la estación; después hizo marcha atrás. Caminó, acercándose a la vía; volvióse de espaldas al tren mientras éste se acercaba. Y sus manos se levantaron hacia los oídos, y se quitó los tapones protectores. Permaneció quieto allí, estático, escuchando esta vez una voz tras él. UNA MANZANITA DURA DE PELAR Fredric Brown La familia Appel se mudó a nuestra parte del condado cuando John Appel tenía sólo diez u once años. Era el único muchacho. No se daba con frecuencia el que aparecieran nuevos compañeros y, naturalmente, algunos de nosotros tuvimos un considerable interés en descubrir si podíamos vencerle. Le gustaba la pelea, descubrimos, y luchaba bien. Siendo John Appel su nombre, le pusimos al principio el apodo de Johnathan Apple. Por alguna razón oculta, ello le hacía enfurecer por lo que no era difícil conseguir pelear con él. Luchaba con una frialdad poco usual en un muchacho. Nunca parecía enfurecerse, como el resto de nosotros. Era pequeño para su edad, pero macizo y musculoso. Pronto nos dimos cuenta de que vencía a cualquier muchacho de su propia estatura. E incluso a la mayor parte de los de más talla. Me venció dos veces, y tres o cuatro a Les Willis. Les Willis, mi mejor amigo, era un poco lento de comprensión. Necesitaba ser vencido todas esas veces para llegar a comprender que el hijo de los Appel era demasiado para él. Fue uno de los mayores, un muchacho que nos llevaba algunos cursos, quien le llamó por primera vez «manzanita dura de pelar». Este apodo le gustó a Appel, y acostumbraba a fanfarronear de ello. Naturalmente, nadie volvió a llamarle así por mucho tiempo, ya que resultaba demasiado largo. El primer incidente tuvo lugar cuando sólo había pasado una semana desde su llegada. Fue vencido por Nick Burton; Nick sólo era unos meses mayor que Appel pero estaba muy alto para su edad. Appel luchó como un demonio, pero no pudo con Nick. Al finalizar la pelea, se levantó y le quitamos el polvo de encima, acercándose él después a Nick para estrecharle la mano. Ese apretón de manos después de una lucha era nuevo para nosotros; lo normal en nosotros era que continuásemos enfurruñados durante unas horas y que luego intentásemos olvidarlo. Fue al día siguiente cuando Nick se sentó sobre un clavo y tuvo que ser llevado a su casa. Estuvo en cama tres días, cojeando luego durante una temporada. Alguien había introducido un afilado y largo clavo atravesando el fondo de su silla de forma que sobresaliera de la misma casi unos cuatro centímetros. Nosotros acostumbrábamos a gastar bromas como ésta con tachuelas, pero eso era distinto. Ya no era una broma. Resultaba obvio que había sido colocado premeditadamente con intención de hacer daño, consiguiéndolo. Casi llegó a efectuarse un verdadero interrogatorio para aclarar el asunto, pero nadie consiguió saber jamás quién lo había hecho. Es de suponer que alguien había hecho, durante la noche, una escapada hasta la escuela. Lo primero que hizo Nick aquella mañana fue sentarse sobre el clavo en cuanto sonó la campana. Aquellos de nosotros que sabíamos de la lucha que había tenido lugar entre Nick y Appel tuvimos algunas sospechas, pero eso fue todo. Parecía imposible que un muchacho pudiera llevar a cabo una acción tan cruel como aquélla. Luego, aquel sucio dibujo en la pizarra. No la clásica caricatura cómica del profesor que dibujan los muchachos, sino algo verdaderamente soez. Bajo el mismo no se leía ninguna firma, pero había sido hecho con tiza de color amarillo, y Les Willis era el único de la clase que poseía tiza amarilla. Al final, la profesora creyó en las protestas de Les, o por lo menos así lo dijo. Sin embargo, Les suspendió los exámenes aquel año, lo que le colocó un curso por debajo del resto de nosotros. Había estado en las fronteras del suspenso anteriormente; pero hubiese aprobado de no ser por eso. Lo del dibujo en la pizarra tuvo lugar un par de días después de que Les aventajara a Appel en las pruebas para pitcher del equipo de pelota base de nuestra clase. Appel tuvo que jugar en la segunda base, pero luego consiguió el puesto de pitcher ya que Les continuó en el mismo curso cuando nosotros ya habíamos pasado al siguiente. También tuvo lugar otro suceso. Nunca le habían gustado los perros a Appel, y lo mismo les sucedía a los perros con él. Era por los tiempos en que Bud Sperry tenía un pequeño fox terrier, Sport, el cual mordió a Appel en una pierna. Dos semanas más tarde moría Sport. Murió en una de las formas más dolorosas de las que un perro puede morir. Alguien habla mezclado con su comida, no veneno, sino una esponja fuertemente apretada y cubierta con grasa para que el perro la tragase con rapidez. Esa esponja se había hinchado en el interior del perro. El tío de Bud Sperry era veterinario y al empezar la agonía de Sport, Bud lo llevó a su tío. Éste anestesió al chucho y tuvo la idea de operarlo, hallando la esponja. Bud Sperry hubiese matado a cualquiera que hubiese dado a comer la esponja a Sport, de haber sabido con certeza quién era el autor del hecho. Pero tampoco se descubrió ninguna prueba. Ni entonces, ni más tarde. Creo que hubiera sido una suerte que entonces Bud Sperry hubiese matado a Appel, tanto con pruebas como sin ellas. Y resulta espantoso que eso tenga que decirlo un sheriff. Pero es que después de eso tuvieron lugar otros acontecimientos, y no siempre con perros. Appel era un guapo muchacho cuando se graduó en la Universidad. Continuaba siendo bajo, pero se le veía macizo. A pesar de su estatura, resultaba un buen jugador de fútbol, tenía el cabello rizado, y las chicas se volvían locas por él. Les Willis dejó la escuela al segundo año y empezó a ayudar a su familia en los trabajos de la granja, situada en las afueras de la ciudad. La casa de los Appel estaba precisamente junto a la carretera. Por aquel entonces, John Appel se ocupaba en vivir con los suyos y en mirar a su alrededor. Parecía, por su forma de actuar, que en la ciudad no hubiera nada lo suficientemente importante para que él lo tomara en consideración, o por lo menos eso daba a entender. Yo me ocupaba entonces de llevar mensajes para la oficina del sheriff, como una especie de ayudante con la promesa de conseguir definitivamente el cargo cuando tuviera «un par de años más y unos cuantos pajaritos menos en la cabeza». Todos nosotros rasábamos por entonces los dieciocho. Les Willis y John Appel estaban enamorados de Lucinda Howard. Al principio parecía como si ella prefieriese a Les, aunque nunca llegaría tan lejos como para asegurar que hubiera estado nunca verdaderamente enamorada de él. Pero Les estaba loco por Lucinda. Era una cosa seria la que Les sentía; la clase de amor que sólo se siente una vez durante la vida y en personas tan limpias e idealistas como podía serlo Les de muchacho. Les era el mejor amigo que yo he tenido, y era el compañero ideal. Pero no tenía éxito. Su pelo no era rizado ni jugaba al fútbol, y trabajaba lo suficiente como para no tener demasiado tiempo para invitarla. Además, después del accidente en el pie, cojeaba. Lo que significaba que no podía bailar, y Lucinda se volvía loca por el baile. Appel empezó a salir con ella y se le presentó un campo mucho más libre. Lucinda cayó en sus brazos. El pie de Les... bueno, pudo ser un accidente. Tenía la costumbre de darse un chapuzón matinal en agua fresca, en un arroyo situado a una media milla detrás de la granja de los Willis. Siempre pasaba descalzo por el mismo sendero, tanto a la ida como a la vuelta y vestido sólo con su traje de baño. Una de las mañanas tropezó con una trampa colocada en el centro del sendero. Una pequeña trampa, pero descalzo como estaba, le costó un par de dedos y le tuvo inmovilizado durante un tiempo. Fue durante ese tiempo cuando John Appel logró más progresos con Lucinda. Lucinda se enamoró perdidamente de él. Tengo la certeza de que creía estar prometida a él a pesar de que el noviazgo nunca se anunció. De pronto, ya no se volvió a ver más por allí a John Appel, y supimos que había tomado un tren nocturno sacando billete hasta Chicago, llevándose consigo todas sus ropas y demás pertenencias. Todo, menos Lucinda; ni siquiera se había despedido de ella. Ni tampoco había dejado su dirección, ni siquiera a su familia. Sin embargo, esto no lo supimos hasta más tarde. No causó demasiada sensación. Nadie pensó demasiado en ello sino para preguntarse quizás si Lucinda decía la verdad. Ella aseguraba, con la cabeza alta y el mentón erguido, que habla recibido carta de él contándole que había conseguido un empleo tan bueno que no quería dejarlo. Pero el padre de Sperry era entonces el cartero y no recordaba que Lucinda Howard hubiese recibido ninguna carta de Chicago. Y él lo hubiera sabido. Una semana más tarde encontraron el cuerpo de Lucinda Howard flotando en el río. Sí, esperaba un bebé. No había dejado ninguna nota acusadora. Continuaba sin haber pruebas contra Appel. A Les le sentó pésimamente. Pareció derrumbarse interiormente. Acababa de volver del hospital, pues se le habla propagado la infección después de haberle sido amputados los dedos del pie y cuando casi habían cicatrizado sus heridas. Habría esperado durante un tiempo prudencial a que Lucinda se olvidase de John y poder rondarla de nuevo, antes de decidirse a llamarla. Sí, Les hubiera deseado casarse con ella a pesar de todo lo ocurrido. Era de esa clase de muchachos. Y Lucinda era para él el mundo entero, y ahora ya no había mundo. Si sus creencias no hubieran sido tan firmes, es seguro que habría seguido los pasos de Lucinda. Después de eso, ya nadie en la ciudad volvió a oír de John Appel durante mucho tiempo. En efecto, durante doce años. Entonces yo ocupaba ya el cargo de sheriff; a los treinta años era el sheriff más joven del Estado. Un par de policías vinieron desde Chicago, siguiendo el rastro de un estafador que había pasado por nuestra ciudad llevándosele al viejo Angstrom, nuestro joyero, algunos anillos. - ¿Tenéis noticias de un tipo llamado Appel,, John Appel? Se trata de un muchacho de la localidad que alzó el vuelo hacia vuestra tierra. Me pregunto si hizo carrera en la gran ciudad - les pregunté. Uno de ellos lanzó un silbido y echó su sombrero hacia atrás. - No me digas que Appel procede de este rinccón perdido en el mapa. - He estado leyendo regularmente las circulaares - le contesté -, y nunca he podido ver ni su nombre ni su jeta en ellas. Cuéntame qué es de él. - Tiene a su cargo la parte norte de Chicagoo. Si es que se trata del mismo Appel. ¿Bajo, robusto, y más o menos de tu edad? Asenti. El policía de Chicago sonrió. - Le llaman la «manzanita dura de pelar». - Harry Weston fue quien le puso este apodo - le expliqué -. Hace ya veinte años. Le gustaba, y reconozco que le sentaba bien. Acostumbraba a pavonearse del mismo. Los ojos del policía de Chicago me miraron penetrantes. - ¿No habrá por aquí ninguna acusación contrra él que nosotros podamos emplear, verdad? Por Dios, si existiera... Denegué lentamente con un movimiento de cabeza. Suspiró. - Era mucho esperar. Mira, no hay ni una solla prueba contra él en los archivos. Mientras haya alguien que no le caiga en gracia o que se le cruce en el camino, algo le ocurre a esta persona, y eso es todo. Y algo no muy agradable. La mayor parte ni siquiera mueren en la cama, si es que comprendes a lo que me refiero. - Es él - dije con seguridad. - Es demasiado inteligente. Incluso su hoja de impuestos es intachable. O lo bastante intachable para que no se le pueda acusar de nada. Es un verdadero hombre de negocios. ¡Dirige una cadena de lavanderías! - dijo con un resuello. - Oficialmente - dije -. Pero, ¿de qué se occupa en realidad? No resultaba agradable mirar la cara de aquel hombre. Incluso en Chicago quedan policías íntegros. - Cuando a alguien se le ocurre algún asuntoo más repugnante que el de repartir drogas entre escolares - dijo -, es seguro que John Appel le respalda. Pero si aparecen complicaciones, son ellos los que cargan con el muerto, jamás él. - ¿Es ésta su principal actividad? - No puedo probarlo, pero juraría que estabaa mezclado en el asunto. Los policías de Chicago abandonaron la ciudad más o menos al cabo de una hora. No le conté nada de esto a Les para no abrirle su antigua herida. Sin embargo, pensé que, dentro de todo, aún había estado de suerte Lucinda Howard, pues Appel hubiera podido llevársela con él. En cierto modo, Les Willis había conseguido reunir todos los pedazos de su destrozado corazón. Durante un par de años no se pudo contar con él para nada, pero cuando su padre enfermó y tuvo que cargar con la responsabilidad de llevar la granja, trabajando en ella como lo hubiera hecho un caballo de tiro, pareció mejorar. Daba la impresión de encontrarse perfectamente, actuando y pensando con normalidad excepto un pequeño vacío en alguna parte de su cerebro, como si hubiese levantado un grueso muro para cerrar una de las esquinas. Su amor por Lucinda Howard continuaba allí, en aquella esquina tapiada. Creo que Mary Burton comprendió mejor que ninguno entre nosotros esta faceta suya. Mary era la hermana de Nick Burton, y siempre había estado enamorada de Les, desde los tiempos del colegio, pero sin dejarlo entrever. Se había citado con ella unas cuantas veces cuando Lucinda le volvió la espalda, mas nunca había llegado a tomarla en serio. Pero una vez muertos sus padres, creo que debió ser la soledad lo que le hizo volver a ella. Al principio como amigo; pero Mary era inteligente y supo comprenderlo. Durante un par de años fue para él solamente una buena amiga. Luego Les descubrió que era algo más que eso para él, y se casaron. Él tenía entonces veinticinco años y hacía seis que había muerto Lucinda. Mary tenía veintidós. Después de la luna de miel, Les arregló la casa de forma que nadie hubiera dicho que se trataba del mismo lugar, y en seguida comenzó a pintar una habitación de azul claro para convertirla en cuarto para los niños. Tuvieron mellizos antes de cumplirse el año de casados. Un niño y una niña, Dottie y Bill. Para Mary y Les el sol se levantó con esos pequeños. Pasaron los años y los mellizos empezaron a ir al colegio, y luego a la escuela de segunda enseñanza. Ya nadie se acordaba apenas de John Appel en el pueblo, excepto cuando murieron sus padres, casi al mismo tiempo, y el abogado local publicó un aviso dirigido a él en los diarios de Chicago. Entonces llegó de allí otro abogado con poderes para recibir la granja legada en testamento. No se puso en venta ni tampoco fue ocupada. Un cheque para pagar los impuestos llegaba regularmente cada año mientras los campos permanecían sin cultivar y el jardín se cubría de maleza. El arado y la trilla se enmohecieron en el interior de un carcomido granero. De cuando en cuando llegaban a nuestros oídos algunas noticias de Chicago. Appel se había metido en algún que otro enredo. Luego corrieron rumores de que pretendía dedicarse a la política; otros aseguraban que había concentrado sus intereses en el juego a la vez que extendía su zona de actividad. Y de pronto, sin previo aviso, se presentó John Appel. Bajó del tren de la tarde, solo, como si volviera de un viaje de fin de semana. Hacía veinte años que se habla marchado. Se acercó hacia donde yo me encontraba charlando con el jefe de estación y me dijo sin circunloquios: - Hola, Barney. Seguía teniendo el mismo cabello rizado y rubio de antes, y apenas parecía algo mayor que cuando le había visto por última vez. Se le notaba más pesado, pero no se podía decir que tuviera barriga. Su piel estaba bronceada, y parecía un atleta. Entonces se fijó en mi estrella y sonrió. - Me alegro de que te hayan ido bien las cossas - dijo. Vestía un traje que por lo menos debió costarle doscientos dólares y lucía un brillante de unos tres quilates en la mano izquierda. - ¿Volviendo para exhibirte ante tus paisanoos? - le pregunté como por casualidad -. ¿O escondiéndote de alguien? - Tú lo has dicho. - ¿Por mucho tiempo? - pregunté -. Si quierees, puedes considerar la pregunta como oficial. Pero no necesité su respuesta ya que pude ver cómo los mozos descargaban varios baúles del vagón para equipaje, y Appel era el único pasajero que se había apeado allí. Extrajo de su bolsillo una pitillera de platino. Yo rehusé y él encendió un cigarrillo para sí. Lanzó una gran bocanada de humo por la nariz antes de contestar, si es que puede llamarse contestación a ello. - ¿Acostumbras a dar siempre una bienvenida tan entusiasta a todo el mundo? No me digas que has estado escuchando chismes sobre mí - dijo. - No te queremos por aquí - fue mi respuestaa. Sonrió de nuevo, y esta vez pareció verdaderamente divertido. - No me digas que eso es oficial, Barney. Y si lo es, siento curiosidad por conocer de qué se me acusa. Volvióse sin más despedida, antes de que yo pudiera replicar. Lo que no me fue mal del todo ya que tampoco hubiera encontrado respuesta. Se trataba de un propietario local, y no existía ninguna razón para que yo tomase cartas oficiales en el asunto. Nosotros no teníamos ninguna acusación acompañada de pruebas contra él; y probablemente tampoco la encontraríamos en Chicago ni en ningún otro lado. Pero quise que supiera qué terreno pisaba conmigo, y no me arrepentía de ello. Oí pasos en la plataforma de madera del otro lado de la estación, y mi corazón disminuyó de ritmo por unos instantes. Pues aquellos pasos eran los de una persona que cojeaba; eran los de Les Willis. Por un momento supuse que él se había enterado de la presencia de Appel y que ésta era la razón de que se acercase. Pero luego pude darme cuenta de que su mirada era tranquila y comprendí que había venido a la estación por cualquier otro motivo. - Tómatelo con calma - le espeté, a la vez qque le colocaba una mano sobre su brazo. Me miró asombrado, pero antes de que pudiera darle ninguna explicación giró sobre sí mismo echando una ojeada arriba y abajo del andén, como si hubiera adivinado lo que iba a decirle. Vio a John Appel. Le apreté el brazo y noté cómo temblaba. No quise mirarle la cara; pensé que era mejor no hacerlo en aquel momento. Aquel temblor no era debido al miedo. Le hablé tranquilizador: - Tómatelo con calma, Les. Sé lo que sientess, pero no podemos hacer nada. Nada en absoluto. No existe el más leve rastro de pruebas contra él. No me contestó. No sé siquiera si me oyó. - Vete a casa, Les. Apártate de él. No se quuedará mucho tiempo. Aléjate de él. ¡Piensa en Dottie y en Bill! ¡Ahora es un asesino, Les! Creo que fue el recuerdo de los mellizos lo que le hizo reaccionar. - Era ya un asesino cuando muchacho, Barney - me contestó. Sé a qué se refería Les. Incluso para mí, todo lo que nos había sucedido hacía ya veinte años era más grave que los asesinatos que, sin lugar a dudas, Appel había cometido desde entonces. Probablemente porque eran cosas que habíamos vivido. Eran cosas ocurridas a personas que conocíamos y estimábamos. No se trataba de represalias entre gangsters. Oí cómo Appel se acercaba. Por la expresión de Les también hubiese podido deducirlo. - Les, por el amor de Dios, vete... - sólo ppude exclamar. - Me encuentro perfectamente, Barney. No te preocupes - me contestó con lentitud. Su voz parecía tan calmada que incluso retiré la mano de su brazo. - ¡Pero si es Willis! Estás más viejo, Les. Caray, pareces veinte años mayor que Barney. ¿Disgustos? - dijo Appel con voz aterciopelada. Les Willis demostró mejor sentido del que yo hubiera podido suponer. No contestó, sino que dándole la espalda se marchó. La cara de Appel se ensombreció ante aquella actitud. Creo que si Les hubiera enloquecido y le hubiera insultado, eso le hubiera divertido, pero el hecho de no dirigirle la palabra pareció impresionarle a pesar de su máscara de hombre duro. En voz alta, lo suficientemente para que le oyera Les, dijo: - Barney, no existe gratitud en el mundo. Mee voy dejándole el campo libre con aquella pequeña vagabunda de la que estaba enamorado... ¿Cuál era su nombre? Lucinda nosequé, y ahora él... Pensándolo luego con calma, creo que Appel nunca debió de enterarse de lo que había ocurrido con Lucinda Howard. Sólo intentaba provocar a Les. De lo contrario, habría estado preparado para lo que ocurrió seguidamente. Les estaba sólo a unos pasos de mí y, volviéndose bruscamente de un salto, pasó por mi lado tan repentinamente que me fue imposible detenerle. Su puño cayó como una maza sobre la boca de Appel, yendo éste a parar al suelo, impulsado por la fuerza del golpe, pero sin llegar a quedarse sin sentido. Comenzó a levantarse lentamente. Les, con la cara contraída por la cólera y los puños apretados permanecía a mi lado. Me coloqué entre los dos. - Les - le dije con aspereza mientras le coggía por un brazo y lo zarandeaba -. Vete. Acuérdate de Dottie y Bill, tus hijos. ¡No te crees problemas! ¡Hazlo por ellos! Le volví a zarandear con más fuerza. Sin responder, dio media vuelta y se marchó caminando como un beodo. Oyóse su cojeo sobre la plataforma encaminándose hacia las escaleras. Me volví hacia Appel. Y mientras lo hacía mi mano reposaba en la culata de mi pistola. Acababa de levantarse. Su rostro semejaba la máscara de una gárgola. Hizo el gesto de pasar de largo, pero le detuve. - Olvídalo. Esto no es Chicago - le dije. Su rostro recuperó una expresión normal tan rápidamente que pensé que había interpretado mal la que había tenido hacia unos instantes. Sus puños ya no estaban en tensión. - Tienes razón. Eso no es Chicago - dijo. - Te exponías a esto viniendo. Tú lo sabes bbien. El asunto está acabado, a menos que no quieras formular una denuncia por agresión. Y si lo haces... Sonrió. - Quizás me exponía a ello viniendo. No, no deseo hacer la denuncia, sheriff. No le quiero hacer ningún daño a tu pequeño Les, si él se aparta de mí y no vuelve a molestarme de ahora en adelante. Pues sí, fui lo suficientemente loco como para creer en sus palabras. Y suspiré aliviado. Pensé que podría convencer a Les de que se apartara de su camino y que con ello ya tendría solucionada la papeleta. Desde luego, me acordaba de la forma en que Appel siempre había devuelto la pelota en estos casos, pero pensé que eso ocurría cuando aún era un chiquillo. Ahora ya era un hombre y estaba ocupado en asuntos más importantes y más productivos. Además, había admitido estar equivocado. Incluso llegué a ser tan estúpido como para acompañarlo hasta el hotel, aunque debo citar también que rehusé la invitación para tomar un trago. Oí cómo pedía la mejor habitación que tuviesen. Al día siguiente, una docena de trabajadores se dirigieron hacia la antigua mansión de los Appel. Carpinteros, pintores, decoradores, jardineros. Trabajaron durante tres días dejando a punto el lugar. Sus órdenes, me enteré, habían consistido en reparar y restaurarlo todo, aunque sin cambiar nada. Que lo dejasen lo más parecido posible a lo que había sido hacía veinte años cuando él lo dejó. Nunca he podido entender este punto. Una fibra sentimental extraña en un hombre que ni siquiera había asistido al entierro de sus padres. Pero él había insistido en que se respetasen los mismos muebles, en que se colocasen precisamente donde antes lo habían estado, exceptuando que debían ser reparados y acondicionados. No, jamás he logrado comprender esa faceta de John Appel, como tampoco la razón por la que se le ocurrió volver ni el tiempo que debió decidir quedarse. Fui tan loco como para creer que quizás todo ello no significaba más que estaba ya cansado de crímenes y que había vuelto para encontrarse a sí mismo. Le concedí el beneficio de la duda. No teniendo ninguna razón legal para echarle del condado, convertí una necesidad en virtud diciéndome que probablemente lo hacía con la mejor de las intenciones. Sólo lo vi unas pocas veces y aun por casualidad, antes de que acabase la semana que duró la reparación de la granja de los Appel y trasladadas allí su maletas desde el hotel. No tomó ninguna clase de sirvientes para la casa, pero hizo tratos con una mujer para que fuera tres veces por semana a lavar y a limpiar la casa, diciendo que la cocina era cosa de la que él mismo se ocuparía. Mientras tanto, naturalmente, yo ya había tenido una charla con Les Willis. Escuchó todo lo que tenía que decirle y me respondió: - De acuerdo, Barney. Pero pude darme cuenta de que había cambiado, casi en una noche. Aquella valla que cerraba uno de los compartimientos de su cerebro se había vuelto a derrumbar. Y recordaba. No quiero decir con ello que hubiese olvidado ni por un momento, sino que se las había arreglado para no pensar en ciertas cosas. Ahora, todos aquellos recuerdos volvían a acompañarle. Dos semanas y cuatro días después de que Appel se apeara del tren, la casa de Les Willis ardió por los cuatro costados. El fuego debió comenzar a medianoche. Les habla acompañado a Mary a casa de su madre para pasar la velada con ella. Los mellizos cursaban ya estudios superiores y como al día siguiente tenían exámenes finales se habían quedado en casa. Mientras eso sucedía la yegua de los Burton estaba pariendo. Les tenía buena mano con los animales y entendía un poco en veterinaria. Se había quedado a ayudar, y ésa era la razón por la que tanto él como Mary no salieron de su casa hasta pasadas las doce. Era una noche con una luna esplendorosa. En cuanto su coche enfiló el camino que llevaba a casa de los Burton pudieron ver el resplandor rojizo que se proyectaba en el firmamento. Desde lejos se dieron cuenta de que se trataba de fuego cercano a su casa, y en seguida volvieron a casa de los Burton para telefonear a los bomberos de la ciudad. Luego, en la quietud de la noche pudieron oír las sirenas por lo que comprendieron que ya lo había hecho alguien. Les pisó el acelerador hasta el fondo y lo mantuvo allí. Cuando llegaron a casa, los bomberos aún estaban trabajando y de la casa poca cosa quedaba ya. Había sido un viejo edificio con estructura de madera y ardió como yesca. Los mellizos, Dottie y Bill, siempre habían dormido en unos dormitorios que se les habían arreglado en el ático. Por lo visto, el humo los había intoxicado mientras dormían y ya nunca más llegaron a despertar. Llegué allí demasiado tarde. Chet Harrington, el jefe de los bomberos, me llamó aparte. - Barney, temo que éste sea un caso para ti.. Parece como si este fuego hubiese sido provocado - me dijo. Y me señalaba un informe pedazo de vela colocado sobre un barril de agua que habla encima de las esquinas de la casa. - Creo que esto ha sido lo que lo inició - ddijo luego -. Alguien pudo salpicar con gasolina esta parte de la casa, que ha sido la que primero ardió, y luego colocar ese pedazo de vela encendida. Fíjate, por lo que queda de esta vela parece como si primero hubiera ardido horizontalmente, pues está quemada por uno de los lados, y luego se hubiera desprendido. Cuando chocó con el suelo, rodó apartándose de la casa... - ¿Dónde está Les? - le interrumpí. - Mary se desmayó. Se la han llevado a la ciiudad. Supongo que Les estará con ella. - ¿Vio Les esta vela? ¿Le hablaste de eso, CChet? Asintió. - No se la enseñé, pero le vi mirándola con sospecha. Corrí hacia la gente situada detrás de la valla. - ¿Se fue Les con Mary a la ciudad? Al principio recibí respuestas contradictorias. Luego se decidió que Les no había salido en aquel coche. Sin embargo, el coche de Les no estaba allí... Es decir, sí, estaba allí, parado en la carretera. ¿Quién había visto a Les por última vez? Mientras discutían sobre ello, empecé a correr campo a través hacia la granja de los Appel. Desde lejos pude ver luz en el primer piso, e intenté correr más de prisa. Luego vi a Les Willis atravesando el porche, procedente del interior de la casa. El porche estaba en sombras, pero pude reconocerlo por su delgada figura y por su característica forma de cojear. Supe, desde luego, que había matado a Appel, y eso de por sí ya era suficientemente horrible, pero había imaginado que ocurriría de otra forma. Que Appel habría tenido sobre su conciencia otro asesinato en defensa propia. No, no esperaba ver salir con vida a Les Willis. Bajó del porche saliendo al terreno iluminado por la luna y agarrándose a la barandilla. Comprendí que, en realidad, no estaba vivo. Permaneció agarrado a la barandilla para no caer y comprobé que estaba cubierto de sangre. Pude ver dónde un par de balas, por lo menos, le habían alcanzado. Y con balas en aquellas partes del cuerpo no existía ninguna razón para que continuase con vida. Sin embargo, toda aquella sangre no podía provenir de sus heridas. - ¡Les! - exclamé, horrorizado. No hubiese reconocido su voz; tuve que afinar mis oídos para comprender sus palabras. - No era tan duro de pelar. Murió... demasiaado pronto - balbuceó. Se doblaron sus rodillas y, mientras se encogía lentamente, algo cayó de su mano. Era un cuchillo, la clase de cuchillo empleado para desollar la caza. Pasaron unos minutos hasta que logré recuperarme lo suficiente como para entrar en la casa y comprobar lo que había en el interior de aquella habitación iluminada. El entierro de Les fue uno de los más concurridos que se hayan visto en nuestra ciudad, pero únicamente el forense y yo acudimos al otro. Sin embargo, creo que hubiésemos tenido grandes aludes de gente en el entierro de la «Pequeña Manzana Dura de Pelar» si no hubiéramos anunciado que el féretro había sido fuertemente clavado y que así permanecería durante todo el sepelio. UNA HISTORIA DE PECES Fredric Brown Una noche, Robert Palmer encontró a su sirena en el océano, entre Cape Cod y Miami. Estaba con algunos amigos pero no tenía sueño cuando los demás se retiraron, por eso salió a dar un paseo a lo largo de la playa iluminada brillantemente por la luz de la luna. Y al doblar una curva, apareció ella sentada en un tronco semienterrado en la arena, peinando sus hermosos y negros cabellos. Robert sabía, por supuesto, que las sirenas no existen realmente; pero, cierto o no, allí se encontraba ella. Se aproximó y, cuando estaba sólo a unos pasos de distancia, tosió discretamente. Con un movimiento de sorpresa, ella echó hacia atrás sus cabellos, que cubrían su rostro y sus senos, y pudo comprobar que era más hermosa de lo que pudiera ser cualquier criatura. Ella le miró con los profundos ojos azules, llenos de temor al principio. - ¿Eres un hombre? - preguntó. En ese punto, Robert no tuvo ninguna duda; le aseguró que lo era. Ella sonrió, desaparecido el temor en sus ojos. - He oído hablar de los hombres, pero nunca he conocido a ninguno. - Ella hizo un gesto para que se sentara a su lado, sobre el tronco. Robert no vaciló. Se sentó y hablaron y hablaron; después de un rato, su brazo la rodeó y cuando finalmente ella le dijo que debía regresar al mar, la besó, y la sirena prometió encontrarlo la noche siguiente. Él regresó a la casa de sus amigos, envuelto en una niebla de felicidad. Estaba enamorado. Tres noches seguidas la vio, y en la tercera le dijo que la amaba y que desearía casarse con ella, pero existía un problema. - Yo también te amo, Robert. Y el problema qque tienes en mente podrá resolverse. Llamaré a un tritón. - ¿Tritón? Me parece conocer la palabra, perro... - Es un demonio del mar. Tiene poderes mágiccos y puede cambiar las cosas de tal modo que podamos casarnos, y él nos casará. ¿Sabes nadar bien? Tendremos que nadar para encontrarlo; los tritones nunca se acercan a las playas. Él le aseguró que era un excelente nadador y ella le prometió que advertiría al tritón para la noche siguiente. Regresó a la casa de sus amigos en un estado de éxtasis. No sabía si el tritón cambiaría a su amada en un ser humano o a él en un sireno, pero no le importaba. Estaba tan loco por ella que mientras ambos fueran iguales, y por tanto pudieran casarse, no le importaba en qué forma fuera. Ella le esperaba la noche siguiente, su noche de bodas. - Siéntate - le rogó -. El tritón soplará suu trompeta de concha de caracol, cuando llegue. Se sentaron tiernamente abrazados, hasta que escucharon el sonido de una trompeta de concha de caracol resonando a lo lejos, en el mar. Robert se quitó rápidamente sus ropas, se lanzó al agua y nadaron hasta encontrar al tritón. Robert tragó agua mientras el tritón les preguntaba: - ¿Desean unirse en matrimonio? - Ambos resppondieron con un ferviente sí. - Entonces - pronunció el tritón -, os declaaro marido y mujer. - Y Robert se encontró repentinamente con que ya no tragaba agua; unos cuantos movimientos de su recia cola lo mantuvieron fácilmente en la superficie. El tritón sopló una nota ensordecedora en su trompeta y se alejó nadando. Robert nadó hasta quedar al lado de su esposa, la abrazó y la besó. Sin embargo, había algo que no marchaba; el beso fue agradable pero no emocionante. No sentía el cosquilleo en las ingles, que sintiera cuando la besaba allá en la playa. De pronto comprendió que, de hecho no tenía ingles. Pero, ¿entonces cómo...? - Pero, ¿cómo...? - preguntó a la sirena -. Quiero decir, encanto, ¿cómo hacemos para...? - ¿Propagarnos? Es muy simple, querido, y dee ninguna manera parecido al modo nauseabundo de las criaturas terrestres. Verás, las sirenas somos mamíferos, pero ovíparos. Yo pondré un huevo en el momento oportuno y, cuando se incube, alimentaré a nuestro hijo. Tu parte... - ¿Sí? - preguntó ansiosamente Robert. - Como otros peces, querido. Tú sencillamentte nadarás sobre el huevo y lo fertilizarás. Es muy simple. Robert gimió, y repentinamente decidió ahogarse; dejó a su novia y nadó hacia el fondo del mar. Pero, por supuesto, tenía agallas y no se ahogó. UN POCO DE LEJÍA EN POLVO Fredric Brown Dirk acababa de llegar a la habitación del hotel con la excitación grabada en sus ojos. Abrazó con fuerzas a Ginny y la besó. Al acabar el beso, ella se inclinó un poco hacia atrás para poder mirarlo. - Dirk, ¿has...? - Sí, amor mío. He encontrado exactamente loo que habíamos soñado. Incluso mejor de lo que deseábamos. La casa tira a pequeña, pero sin serlo. Cinco habitaciones. Sin embargo, tiene un jardín grande y carece de vecindario; posee toda la quietud y reserva que siempre habíamos deseado. Está situada en un extremo de la ciudad, casi pudiera decirse que en pleno campo. - Parece maravilloso, pero... ¿podremos pagaar todo eso, Dirk? ¿Cuánto piden? - Tanto si quieres creerlo como si no, sólo piden siete mil. Y mil por adelantado. Ven a dar el visto bueno, para que podamos ocuparla antes de que el agente de fincas se dé cuenta de que le han estafado. A Ginny le pareció por unos momentos como si ya todas sus preocupaciones no existiesen con sólo que ella aprobase la casa. El coche de Dirk estaba siendo reparado en el garaje, por lo que tomaron el autobús. El agente de fincas, le explicó Dirk, tenía que reunirse allí con ellos. Ginny permaneció durante todo el camino con los pulgares en alto en la esperanza de que con ello facilitaría que la casita fuera de su agrado. Un hotel, pensaba ella, es fantástico durante la luna de miel, pero resulta horroroso una vez acabada ésta y cuando uno tiene ya ganas de establecerse en un sitio fijo. Hacía ya una semana que habían llegado de su corto pero delicioso viaje. Corto, pues Dirk quería ahorrar el dinero suficiente para pagar el mes adelantado que les pedirían por comprar una casa propia. El viaje de novios había sido tan corto y maravilloso como el noviazgo que le había precedido. Parecía casi imposible que sólo hubiera pasado un mes desde que se habían conocido, y que hubieran ocurrido tantas cosas en tan sólo cuatro semanas. Cuando se apearon del autobús tuvieron que caminar aún a lo largo de unas pocas manzanas, hasta que Dirk exclamó: - ¡Ésa es, querida! Era realmente una casa bonita, o por lo menos, así lo parecía desde el exterior. Un poco apartada de la vivienda más cercana y con la vista impedida por unos árboles. Pero eso no tenía demasiada importancia. Alrededor del jardín se levantaba una valla con púas, y el césped se encontraba en perfecto estado. La casa tenía postigos verdes y muchas ventanas. Un simpático agente de fincas les esperaba ya en el porche y los acompañó por todas las dependencias. Los ojos de Ginny brillaban mientras imaginaba los muebles precisos que colocarían en cada habitación. El agente parecía ignorar a Dirk; concentraba todos sus esfuerzos sobre Ginny, como si ya tuviera a Dirk en el saco, y efectivamente su labor de vendedor resultaba perspicaz. Al fin llegaron a la cocina. Ésta era la baza escondida del agente, su triunfo. Sobre las amplias ventanas aún había otras, de las que pivotan por su extremo más bajo. Tenía su rincón preparado para recibir el frigorífico, y armarios. Tantos armarios como pudieran desearse. Ginny volvió a echar una mirada a su alrededor y suspiró profundamente. Parecía del todo punto imposible que un lugar como aquél se vendiera a un precio tan reducido. Miró temerosa al agente, preguntándose si Dirk no habría oído mal. - Y... ¿cuánto? - se decidió a preguntar al fin. - Siete mil, señora. Y en condiciones exceleentes, desde luego... Hablan visitado otros lugares de diez mil; incluso de doce, y eran mucho peores. Pero ahora el agente de fincas parecía molesto por alguna razón. - Temo tener que decirles que... bueno... yaa recordarán que sobre este lugar pesa una historia desgraciada. Éste es el motivo por el que la casa se vende a un precio tan razonable. El anterior dueño la alquilaba y... Es seguro que ya habrán oído hablar de ello - dijo al fin. Ginny no parecía tener nada que preguntar por el momento, por lo que Dirk se decidió a decir: - Me parece que no le hemos comprendido. ¿Quué es lo que ocurrió aquí? - Los... Bueno, los diarios lo llamaron el ««Crimen del Nidito de Amor», mister Rogers. Sin lugar a dudas tienen ustedes que haber leído sobre ello hace sólo unos pocos meses. - Creo recordar los titulares - contestó Dirrk -. No acostumbro a leer esta clase de noticias a no ser que... ¿Y dice usted que ocurrió precisamente aquí? El agente asintió, reflejando la preocupación en su mirada. - Nunca he logrado ver a mister Cartwright, al... asesino - dijo -, porque entonces yo trabajaba para otra agencia. Pero leí sobre ello. Y puedo asegurarle que la bañera que usted ve es otra completamente nueva. - ¿La bañera? - repitió como un eco una Ginnny algo asustada. Y de pronto añadió -: Ahora recuerdo haber leído algo. Después de estrangularla intentó meterla en la bañera, llenándola luego con lejía... Dirk sintió un escalofrío. - El Crimen del Nidito de Amor. Suena muy maal - dijo. Se podía leer la obstinación en la mirada de Ginny. - Dirk, ¡quedémonos con ella! - dijo. Su esposo torció la boca en un gesto extraño y volvió a repetir: - ¡El Crimen del Nidito de Amor! Querida, deesearía que lo hubieran llamado de cualquier otra forma que no fuese ésta. Temo que no podamos olvidarlo nunca. Pero, si tú quieres, nos quedaremos con ella. Y así lo hicieron. Se mudaron al cabo de cinco días y, en el caos subsiguiente de la compra de muebles - tantos como les fue posible - casi consiguieron olvidarse de aquello. Pero, a pesar de que estaban a un bloque de distancia, existían vecinos. Y se trataba de verdaderos vecinos, por lo que Ginny tropezó con ellos. - La señora Platt, la que vive en la casa dee al lado, y que por cierto es viuda, me ha estado contando todo lo referente a esta casa - le explicó una noche a Dirk mientras cenaban. Dirk se limitó a gruñir, y Ginny le miró con sospecha. - ¿No te interesa? Afirmó con un movimiento de cabeza. - Mira - dijo -, vivimos en esta casa, pero cuanto menos pensemos en lo que en ella ocurrió, fuera lo que fuese... - Bueno... - interrumpió Ginny. Y su rostro se volvió serio -. Creo que estás equivocado queriendo..., ignorarlo. Pensando en lo que ocurrió, «fuera lo que fuese», en vez de enfrentarte con ello y querer conocer todo el asunto. Es lo desconocido lo que vuelve loca a la gente. El querer pensar en todo ello como en el Crimen del Nidito de Amor en vez de... - No uses más esa terrible frase - dijo Dirkk soltando el tenedor y el cuchillo -. De acuerdo, continúa y cuéntamelo todo para ver si de esta forma consigues sacártelo de la cabeza. - Pues bien - empezó Ginny -, aquella mujer poseía algún dinero. Por lo menos, eso es lo que todo el mundo creía. Acomodada, pero también algo excéntrica pues no creía en los bancos y todos dicen que escondía su dinero. Tenía treinta y seis años. Dirk echó una especie de gruñido. - ¿Y tú crees que los vecinos saben todo esoo? - ¿Y por qué no podían saberlo? Para solicittar una licencia de matrimonio es necesario que los diarios publiquen una serie de datos, entre otros la edad, ¿no es cierto? Pues ese Cartwright era joven y, a su manera, también guapo y... - Y se casó con ella por el dinero - añadió Dirk, aburrido. Ginny asintió. - Y cuando se cansó de ella, o quizás porquee no podía sacarle el dinero, la estranguló en... - Ya conozco esta parte - dijo Dirk con rapiidez. - Pero sus huesos no se disolvieron - continnuó Ginny -. Y ya casi habían terminado de desprenderse del... bueno, del resto de ella, cuando alguno de sus amigos sospechó algo y avisó a la policía. - ¿Qué le hizo sospechar? - No lo sé con exactitud - contestó Ginny -.. Pero la cuestión es que él se asustó, escapándose a tiempo. Cuando llegó la policía encontraron... todo aquel revoltijo en el interior de la bañera. - Muy bien - dijo Dirk -. Ahora ya lo sé. Poor lo tanto, no quiero que se vuelva a hablar nunca más sobre ese asunto. Recogió el cuchillo y el tenedor, pero volvió a dejarlos caer de nuevo. - Ese Cartwright - dijo Ginny con voz misterriosa -, ¿aún no ha sido cogido por la policía? - Lo cogerán - aseguró Dirk. Miró preocupadoo a Ginny -. ¿Te sientes realmente mejor, después de comentar todos estos detalles desagradables? El labio inferior de Ginny temblaba ligeramente. - Pensé que quizá me sentirla mejor; que si lo decía en voz alta conseguiría olvidarlo. De pronto, sus ojos se humedecieron. Él se levantó silenciosamente y rodeando la mesa se situó al lado de ella. Cariñosamente, levantó su barbilla y la besó. - Y ahora deja de pensar en todo eso - dijo -. Tanto si es una ganga como si no, ahora mismo nos mudamos de aquí. Ginny enjugó sus ojos con un diminuto y absurdo pañuelo. - De acuerdo, Dirk - dijo -. Pero, con sinceeridad, no me arrepiento de haber comprado esta casa. Sin embargo... me sentiré mejor cuando hayan atrapado a ese hombre, de una vez. - Y no dejes que mistress Pratt te hable máss de todo este asunto. Si alguien lo intenta le dices que tú no deseas oír hablar de ello. Ginny asintió dócilmente. Naturalmente, Dirk tenía razón. Había tenido la razón todo el rato y ella había sido una tonta y una estúpida creyendo que el hablar de ello en voz alta la ayudaría a olvidarlo. Se sentía tan poca cosa que ni siquiera tuvo ánimos para corregirle cuando se equivocó al pronunciar el nombre de mistress Platt. Y eso ya era mucho para Ginny, pues era de la clase de personas a quienes les gusta corregir a los que se equivocan. Eso ocurría el martes, durante la cena, y por culpa de ello se había estropeado aquella velada. Por la noche volvió a ocurrir algo desagradable, sobre las doce. Ginny, que solía dormir profundamente, se despertó por casualidad. Se dio la vuelta, comprobando que estaba sola en la cama. Dirk se habla ido. Por un instante se asustó, pero luego recordó que Dirk acostumbraba a levantarse hacia esa hora para saquear la nevera. Dormía inquieto casi siempre y no acostumbraba a descansar más de una hora o dos de un tirón. Aguzó el oído para conseguir escuchar algún sonido que le indicase que él se encontraba allí, el roce de alguna silla o el abrir y cerrar de la puerta del frigorífico. O... Pero lo que ella oyó fue un golpeteo amortiguado. Continuó así durante un rato para luego cambiar de tono, como si Dirk... si es que se trataba realmente de Dirk... hubiese estado golpeando algo y luego lo hubiera vuelto a hacer sobre otro objeto. Tap-tap-tap. Tap-tap-tap. No resulta un sonido familiar al oído. No era el que Dirk producía al golpear con la pipa sobre el cenicero, ya que ése era un sonido más continuado. Más rápido y agudo. Ya completamente despierta y un poco asustada, sin saber a ciencia cierta de qué, Ginny sacó los pies de la cama y los deslizó dentro de sus zapatillas, que reposaban sobre la alfombrilla. Se echó sobre los hombros una bata y atravesó la puerta que conducía hacia el comedor. Sí, la luz de la cocina estaba encendida. La puerta chirrió un poco mientras ella la abría y Dirk, de pie frente al armario empotrado que había sobre la fregadera, miró por encima del hombro y luego se volvió. - ¿Te he despertado, amor mío? - dijo con unna voz extraña. - No. Simplemente, me he levantado. ¿Qué eraa ese extraño golpear que se oía? Dirk sonrió un poco avergonzado. - Había imaginado algo. Me pareció que el foondo de este armario no era tan hondo en un lado como en el otro, y eso me movió a curiosear. Pero estaba equivocado. - Oh - dijo Ginny un poco extrañada -. ¿Y quué, si el fondo era más hondo en un lado que en el otro? - ¿Te apetece comer algo ahora que ya estás levantada? - preguntó Dirk -. Me disponía a sacar del armario las galletas saladas, y por aquí tiene que haber algo de queso. Precisamente lo que le puede convenir a una ratita como tú. Estaba hambrienta, bastante hambrienta. Ninguno de los dos había cenado demasiado, ahora lo recordaba, puesto que... Pero no, más valía no pensar en lo que habían estado discutiendo, se dijo a sí misma; de lo contrario estropearía su apetito también. Dirk, con un afilado cuchillo en su mano, pero sonriente, se preparaba ya para cortar el queso... No volvió a ver a la viuda hasta el día siguiente, ya entrada la tarde, mientras se encaminaba hacia la charcutería. La viuda estaba entonces trabajando en un macizo de flores justamente al lado de la verja. - Buenas tardes, mistress Platt - saludó Ginnny. - Pratt - corrigió la viuda, sonriente -. ¿CCómo está usted, querida? - Muy bien, gracias - contestó Ginny -. Perddone que haya equivocado su nombre. Entonces, mi marido tenía razón. No sabía que se hubieran conocido ustedes. - Y no nos conocemos - respondió mistress Prratt -. Creo que estas petunias quedarán muy bien aquí. Sólo he visto a su marido desde lejos, al salir de casa. Debe traerle alguna vez para que lo conozca. - Así lo haré - dijo Ginny -. Pero me pregunnto cómo es que él conocía su nombre, cuando yo se lo dije equivocadamente. Yo... De pronto se dio cuenta de que parecía que estuviera dudando de su marido y de mistress Pratt, por lo que añadió rápidamente: - Sí, las petunias quedarán muy bien en estee rincón. ¿Qué ha plantado en este macizo, detrás del porche? - Gladiolos. Pero volviendo a lo de su mariddo... Apostaría que el agente que les ha vendido la casa les habló de mí. También yo la alquilé por su mediación. Y probablemente él diría: «Mister Rogers, debe tener usted mucho cuidado con esa horrible viuda, mistress Pratt, que vive en la casa vecina». Ginny rió de buena gana al pensar que alguien hubiera podido decir eso. Pero indudablemente esa era la única explicación. El agente había venido primero con Dirk y le había hablado a solas. Fácilmente pudo haber nombrado a la vecina más cercana, puesto que también la conocía. Mistress Pratt se estaba quitando los guantes de algodón que llevaba puestos. - Bueno, ya hay bastante de jardín por hoy -- dijo -. ¿Le apetecería entrar a tomar una taza de té? - Realmente no tengo tiempo... - dijo Ginny,, apurada. Pero entró. No pensaba hablar de «ello». Es decir, eso es lo que ella creía, hasta que de pronto apareció el tema, tan importante como su propia vida, y escuchó con los oídos tan atentos como le fue posible. - Querida - le preguntó mistress Pratt -. ¿HHa buscado usted en la casa desde que está en ella? La policía ya lo hizo, naturalmente, pero no encontraron nada. Sin embargo, yo me pregunto muchas veces... - ¿Buscado? - deseó saber Ginny -. ¿Qué es llo que tengo que buscar? - ¿Cómo? Pues el dinero, naturalmente. Todo el mundo asegura que se encuentra escondido allí, en alguna parte, pues nadie sabe si él se lo llevó o no. Ya sabe que tuvo que huir apresuradamente, después de... de darse cuenta de que la policía venía a por él. - Pero él... - dijo Ginny nerviosa -, él no la habría matado a menos que tuviera la certeza de poder hacerse con el dinero, ¿no es verdad? Mistress Pratt se encogió de hombros complaciente. - No olvide usted, querida mía, que él intenntaba deshacerse del cadáver. De haberlo conseguido, habría dispuesto de todo el tiempo que le hubiera hecho falta para revolver toda la casa. Aseguraría que él sabía que el dinero se encontraba en la casa, pero que no pudo encontrarlo. - ¿Y dice usted que la policía estuvo buscanndo también? - preguntó Ginny. ¿Cómo se habría enterado de eso Dirk y por qué no le había hablado de ello? Esa era la razón por la que la noche anterior había estado buscando en la cocina. Por eso ella le había visto merodear por todo el edificio, con aquella expresión curiosa e inquisitiva en su rostro. ¿Por qué no se lo habría contado Dirk? - Oh, estuvieron revolviéndolo todo - dijo mmistress Pratt, expresando con sus gestos que no tenía fe ni en la policía ni en sus métodos -. Pero creo que ellos imaginaban que él ya lo tenía. - ¡Oh! - sólo supo decir Ginny, sintiéndose desfallecer ante la mera posibilidad de que en su casa hubiera escondido dinero, dinero en grandes cantidades. Aún parecía más peligroso, peor que..., que lo otro. Aquello ya había pasado. Pero el dinero quizás aún estaba allí. - ¿Pero si no consiguió hacerse con él no haabría vuelto mientras la casa estaba desocupada? - preguntó. Mistress Pratt volvió a encogerse de hombros. - Podía haberlo hecho, desde luego. Pero juggándose la piel en ello. Ahora, él es un hombre reclamado por asesinato. Y mientras la casa estuvo desocupada, los policías no le quitaban el ojo de encima y los coches patrulla venían con frecuencia por aquí. Yo les aseguré que, si veía alguna vez una luz por allí, en seguida les telefonearía. - ¿Y no ha habido ninguna señal que indicasee que él ya ha vuelto? - Ni una sola - contestó mistress Pratt -. LLo que yo creo es que ahora se encuentra a muchas millas de aquí y que no aparecerá hasta que su caso se haya olvidado. Sólo entonces, cuando crea que ya está a salvo... Oh, no debí hablar de eso, querida. Ginny se dio cuenta de que sus labios estaban pegados. Haciendo un verdadero esfuerzo consiguió relajarlos y esbozar una sonrisa. - Temo que usted lo haya dicho ya. Y no le mmentiré si le digo que estoy un poco asustada. Pero no permitiré que eso me ponga nerviosa. Ahora es nuestra casa y pienso vivir en ella pase lo que pase. - ¿Tiene algún revólver su esposo? - Sí - contestó Ginny. Dirk no lo tenía, pero para animarse, se dijo que le haría comprar uno al día siguiente; ésa era la razón por la que se había visto obligada a responder afirmativamente, ¿no era cierto? (¡Oh, Dirk, seguro que tú ya habías pensado en ello. Te habías dado cuenta de la posibilidad que existía de que el dinero estuviera escondido allí o, de lo contrario, no habrías estado buscándolo! ¿Por qué no me lo hablas dicho?) - Y yo, en su lugar - continuó mistress Prattt -, tendría mucho, pero que mucho cuidado con los agentes de ventas, con los vendedores de electrodomésticos y gente de ésa. Supongo que ya estará enterada de que él había sido actor, ¿no? - No, no lo sabía - dijo débilmente Ginny. - Pues sí, lo era. Por lo que podría disfrazzarse de forma que usted no tuviera ninguna probabilidad de reconocerle. Yo no dejaría entrar a nadie en la casa, a menos que fuera bajo y gordo, quizás. Ni siquiera un actor puede disimular esto a base de maquillaje. - Entonces, ¿él era alto y delgado? - pregunntó Ginny. - No demasiado alto - contestó mistress Prattt -, pero una o dos pulgadas más de lo normal sí que las tenía. Aproximadamente cinco pies y once pulgadas. Era esbelto, pero no puede decirse que fuera delgado. ¿Tienen ustedes teléfono, verdad? - Desde luego - respondió Ginny, después de lo cual cambió de tema a propósito y, diez minutos más tarde, se marchó. Después de todo, ya era demasiado tarde para ir ahora a la charcutería, y Dirk se conformaría con comer alguna cosa de las que tenían en casa. Dirk era bueno para esas cosas, pues raras veces se quejaba. (Dirk, queridísimo Dirk, ¿intentabas acaso dejarme al margen al querer callar lo que buscabas? Ya casi lo sé. Casi sé lo peor, y cualquier día me habría enterado de ello.) Dirk estaba sentado en la mecedora, leyendo, cuando ella entró. ¿Habría estado sentado allí todo el rato, o quizás habría estado buscando mientras ella estaba fuera, corriendo hacia la silla y el libro al oírla llegar? - Hola, querida. ¿Qué hay para cenar? - pregguntó él. - Dirk, lo siento mucho. No he ido a la charrcutería. Mistress Pratt me ha invitado a una taza de té y hablamos tanto que cuando miré el reloj ya... - Malo - rezongó Dirk -. Judías de lata, suppongo. - No, puedo preparar una ensalada, aunque siin apio, y, como nos ha quedado un poco de jamón, unos bocadillos. - Muy bonito - dijo Dirk -. Un pedazo de pann, un poco de jamón y usted, señora mía, sentada a mi lado sin tomar nada. - Dirk, ¿no crees que sería una buena idea ccomprar una pistola? Mañana... - Bueno, en realidad ya me las he arreglado para comprar una, querida. La miraba y en su mirada se leía que estaba riéndose de ella. - Bien, pues en efecto voy a comprársela a uun amigo que quiere desprenderse de ella. Esta noche me la dará. Colocó el libro en el brazo del sillón, sin poner antes ningún punto entre las hojas. - ¿Has estado ya hablando con esa viuda sobrre... sobre lo que tú sabes? - No - contestó Ginny. Dirk, sorprendentemente, se limitó a sonreír. - Ta, ta. No pestañees nunca cuando estés diiciendo una mentira. Pero me alegro de que no seas una buena mentirosa, amor mío. Ésta es la primera vez que te veo hacerlo, y parece que lo anuncias a son de trompetas. Ahora puedo ya estar seguro de ti. La cogió por una muñeca, la atrajo hacia sí y, sentándosela en las rodillas, la besó sonoramente. (Pues ésta es la ocasión de acusarle también a él por haberme estado mintiendo. Ayer noche con lo del armario y... Pero, en realidad, él no me ha mentido, ¿no es cierto? Simplemente, se limitó a no contarme toda la verdad, y eso no es tan malo como lo otro. Pero, Dirk, ¿no podemos ser francos el uno con el otro?) Sin embargo, no dijo nada. Dirk habla terminado de besarla y el tono de su voz era francamente serio. - Ginny - dijo él, y raras veces empleaba esste nombre en lugar de llamarla «querida» -, ahora ya conoces todos los detalles referentes a esta casa. Esa tal mistress Pratt te los ha contado. ¿Continúas estando segura de que prefieres quedarte aquí? - Sí - contestó Ginny, y de nuevo lo repitióó con más fuerza -. Sí; ésta es nuestra casa, Dirk. ¡La nuestra! Si la hubiésemos alquilado sería distinto. Pero, como no es así, vamos a quedarnos en ella durante toda la vida. Y saltando de sus rodillas, corrió hacia la cocina para preparar la cena. Afuera estaba oscureciendo, por lo que Ginny tuvo que dar la luz, y comenzó a moverse por la cocina para preparar la ensalada. Dirk era un muchacho magnífico al no quejarse cuando ella lo trataba tan mal, por lo que de ahora en adelante, le tendría siempre las cosas preparadas para que no volviera a suceder lo de hoy, aunque no tuviera tiempo para ir a la tienda. Una vez hubieron cenado, Dirk bostezó y se levantó de la mesa. - Bueno, querida, creo que iré a casa de Wallter Mills para ver si me da la pistola. Me dijo que me la dejarla por veinte pavos. - ¿Querrás... querrás enseñarme a manejarla?? - ¿Por qué no? Podemos colocar un blanco en los sótanos. Yo mismo querría poder practicar un poco. Cogeré el coche y estaré de vuelta en una hora y media como máximo. Ginny se dedicó a lavar los platos y arreglar un poco la cocina en cuanto él salió, por lo que pensó que aún le sobraría una hora hasta su regreso. O quizá más, si él se quedaba un rato charlando. ¿Quién sería ese Walter Mills? Nunca le había oído hablar de él con anterioridad. Entró en la sala de estar y se sentó en la mecedora. Comenzaba a ser el rincón preferido de Dirk, por lo que ella había decidido no ocupársela mientras él no estuviera fuera de casa. Cediéndosela le daba la impresión de que cumplía maravillosamente con sus deberes de esposa. Después de todo, un hombre debe poseer siempre una silla propia. El libro, una novela de misterio, continuaba sobre el brazo de la mecedora donde Dirk lo había dejado antes. Lo abrió por la primera página e intentó leer, pero pronto se dio cuenta de que las palabras no tenían ningún significado para ella. Suspiró, dejó el libro en su sitio y se puso a meditar. ¿Habría dinero escondido en la casa? Si era así, no les pertenecía ni a ella ni a Dirk, por lo que tampoco les sería de ninguna utilidad el hallarlo, ya que se verían obligados a devolverlo a la policía. Así pues, ¿por qué se interesaría tanto Dirk por encontrarlo? Pero, espera... sería una gran cosa encontrarlo. Naturalmente... ¡ésa era la razón por la que Dirk lo buscaba! Una vez en manos de la policía, el caso terminaría en un mero papeleo y ya no existiría ningún peligro para ellos, puesto que todos los diarios lo publicarían y aquel hombre lo leería también, y ya no tendría ningún motivo para acercarse a la casa. ¡Desde luego! El fin de todo peligro, de todas las preocupaciones y temores, radicaba en que se encontrase el dinero. (Dirk, ahora te comprendo. Tú estabas enterado de todo, pero no me lo habías contado para no asustarme mientras el dinero se encontrase en la casa.) Pero, ¿dónde estaría escondido? ¿Podría ella encontrarlo después de que la policía y Dirk habían fracasado? Bueno, ella tenía una ventaja sobre los otros; ella era mujer y la que lo había escondido también. «Vamos a ver - se dijo -, supongamos que yo tengo algún dinero y que pretendo esconderlo.» Cerró los ojos. ¿Un compartimento secreto en algún armario o en cualquier pared? No, eso no, porque entonces hubiera necesitado de alguien para que me lo construyera y ya seríamos dos los que lo conoceríamos. Yo no podría manejar las herramientas, por lo que, probablemente, tampoco sería capaz de ello la pobre mistress Cartwright. Pero tampoco me hubiera limitado a ponerlo en el interior de un cajón. Ni dentro de un colchón o algo por el estilo, ya que éste hubiera sido el primer sitio donde cualquiera hubiese buscado. Creo que lo hubiera escondido abajo, en el sótano, en cualquier escondrijo. No sé por qué razón, pero parece que un sótano es algo permanente. Parece que una cosa escondida en el sótano esté más segura que en ninguna otra parte, ¿verdad? Ginny se levantó de la mecedora y atravesó la cocina en dirección hacia las escaleras que llevaban al sótano, y encendió las luces del mismo. Y despacio, pensativa, bajó los empinados escalones, mirando a su alrededor. ¿Dentro o cerca de la caldera? Oh, no; allí hay calor. Yo no querría que mi dinero se quemase o estropease por culpa del calor. Muy apartado de la caldera. ¿En alguna de estas estanterías? Sobre ellas se veían algunas viejas latas de las que aún no se habían desprendido. ¿Quizás en el interior de alguna de esas latas? No, yo no lo hubiera escondido ahí, pensó, pues una lata vieja podría ser tirada a la basura mientras yo no estuviera en casa. Pero daba igual; Ginny se acercó y examinó la estantería. Había un bote de pintura, con la brocha pegada a él tan fuertemente que no hubo modo de poderla sacar; de todas formas tampoco se encontraría allí. Aún quedaba un poco de pintura chorreando por los lados, por lo que ella nunca lo hubiera elegido como escondrijo. El bote siguiente contenía algunos clavos, unos clavos oxidados y doblados que parecían haber sido aprovechados de algún cajón viejo. El bote siguiente... ¡Cómo, ése era nuevo! Dirk debía haberlo colocado ahí recientemente. La etiqueta estaba pegada al otro lado, y con curiosidad malsana levantó el bote para ver qué contenía. La tapadera estaba suelta y cayó en cuanto levantó la lata. Y entonces, horrorizada, contempló el polvillo de color blanquecino que llenaba las tres cuartas partes del recipiente y, sin necesidad de dar la vuelta a la lata para poder leer la etiqueta, supo sin saber cómo, cuál era el contenido de la misma. Lejía en polvo. ¿Qué diablos podía haber estado haciendo Dirk con la lejía? Y entonces, siendo como era importante para ella el conseguir una respuesta a sus dudas, permaneció allí hasta que la encontró. Estaba claro... él había estado allí completamente solo el segundo día, mientras ella se hallaba en la ciudad comprando cortinas. Y se dedicó a limpiar con la manguera todo el sótano. Y como tuviese dificultades con el desagüe, fue a comprar un poco de lejía en la tienda más cercana y lo desatascó. Naturalmente... Y no se había atrevido a hablarle de ello a causa de los horrorosos recuerdos que podía traer la palabra lejía en aquella casa en que vivían. Probablemente había pensado deshacerse del resto de la misma y ésa era la razón por la que ni siquiera se hubiese preocupado en colocar la tapadera. Su mano temblaba ligeramente mientras devolvía la lata a su sitio. Y además, se necesitaría más de un bote de lejía para... Pero consiguió dominarse antes de que su pensamiento acabase esa frase atormentante. (Dirk, ¿por qué no te das prisa? Vuelve pronto, querido, para que no piense en estas horribles cosas que se me ocurren. Así no continuaré pensando que sólo hace un mes que te conozco, y que nunca he sabido exactamente cuáles son tus negocios, y que fuiste tú quien encontró esta casa y quien me trajo a ella. Y que tú sabías mejor que yo cuál era el nombre de mistress Pratt cuando yo lo pronuncié mal, y que tú siempre has procurado no encontrarte con ella, y que el agente que nos vendió la casa no conocía a aquel hombre.) (Dirk, y que tú eres esbelto y mides aproximadamente los cinco pies y pico, y que tú nunca me has dicho que habías comprado lejía, y tampoco me has contado por qué andabas buscando por toda la casa.) (Vuelve rápido, Dirk, pues así podré mirarte a la cara y darme cuenta de lo tonta que he sido.) Ésos solamente eran parte de los pensamientos de Ginny pues el resto seguían frenéticamente a su mirada, que buscaba un rincón donde una mujer hubiese podido esconder el dinero; donde ella, Ginny, lo hubiese escondido. La caja de contadores, allí en la pared. ¿Por qué no? Era de metal y parecía un sitio seguro, y era un lugar en el que no pensaría un hombre, puesto que pertenecía a la compañía de electricidad y no a la casa, y además tenía una puerta que podía cerrarse. Si en el interior hubiera algún lugar donde... Ginny se acercó a la caja y la abrió, pero el dinero, naturalmente, no estaba allí. Se le había ocurrido un escondrijo muy tonto; cualquier empleado de le compañía hubiese podido encontrarlo. Pero ¿y entre la caja y la pared? Uno de los lados no parecía estar del todo nivelado con la pared y apenas había espacio para que Ginny introdujese la punta de sus dedos. Tocó papel, pero no pudo acercarlo. Un poco más hacia arriba, y palpó el extremo del objeto desconocido; apretó con cuidado hacia abajo, y logró extraerlo fuera. Era un sobre blanco y sucio, con algo en su interior. Y al abrirlo vio que se trataba de billetes de banco; cerca de veinte, completamente nuevos y de una clase que ella nunca había visto con anterioridad. Y de pronto se dio cuenta de que estaba sola en la casa, y con dedos temblorosos volvió a empujar el sobre donde antes había estado y, corriendo, subió las escaleras hacia la sala de estar. El reloj le mostró que había pasado allí abajo más tiempo del que ella había calculado. Ya era hora de que llegase Dirk. (Por favor, Dirk, date prisa. ¿Por qué precisamente esta noche, entre tantas, tienes que quedarte a charlar con tu amigo?) Quizás podría ver su coche acercándose. De un salto, corrió hacia la ventana del recibidor, desde la que se divisaba la ciudad y la calle que Dirk había tomado al marchar. Más abajo, pasada la primera esquina y enfrente del grupo de árboles, podía verse un coche aparcado en plena curva. Medio bloque después de la casa de mistress Pratt. Era extraño que aquel coche estuviera allí; no había ninguna casa al lado. Y se parecía al coche de Dirk. Pero no podía tratarse del mismo. ¿Por qué tenía que aparcar él allí? La luna se reflejaba sobre la parte delantera del coche, pero la posterior permanecía en tinieblas a causa de los árboles. A esa distancia cualquier sedán se parecería al de Dirk. Pero... ¡Los anteojos de Dirk! Corrió a buscarlos, y los enfocó hacia el automóvil. Sí, se trataba del coche de Dirk. Y Ginny, sintiendo cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo, se dio cuenta de la terrible verdad. No conocía los detalles todavía. Pero lo más importante acababa de descubrirlo. Sus negros pensamientos de antes no habían llegado a serlo tanto como la realidad. Dirk era... ¡el hombre! El criminal. Ahora ya todo encajaba. Y ya sólo le quedaba una cosa por hacer. Caminando, ya que le resultaba de todo punto imposible el mover las piernas con la rapidez que hubiera deseado, y sintiéndose como si estuviera guiando a otra persona que no fuera ella misma, se acercó al teléfono. Tenía que llamar a la policía y decirles que había encontrado el dinero y que... vinieran de prisa. Con el auricular en la mano golpeó nerviosamente el contacto en espera de escuchar la voz diciendo «Número, por favor» que le permitiría llamar a la policía, y ¡de prisa! Pero la voz no llegaba a ella y, lentamente se dio cuenta de que no se oía el sonido familiar del teléfono al ser descolgado. Había cortado el cable del teléfono. Como aturdida, Ginny se dejó caer en una silla al lado del receptor y permaneció así unos segundos hasta que el auricular resbaló de sus manos y cayó al suelo. El sonido que produjo la asustó. Volvió a pensar que se encontraba completamente sola. Pero ¿lo estaba realmente? Quizás hubiera sido mejor. Pues pudo escuchar unos pasos acercándose por el jardín. Unos pasos fuertes, producidos por alguien que no intentaba disimularlos. Se acercaban. Y no había ninguna casa más después de la suya. Tenía que venir hacia ella forzosamente. ¿A por el dinero? ¿A por ella? ¿A por...? Las pisadas resonaron en los escalones de madera, luego en el entarimado del porche, y sonó el timbre de la puerta. ¿Debía correr hacia la puerta trasera y salir cruzando los campos para escapar...? Pero en vez de seguir ese impulso, sus pies la llevaron hacia la ventana del porche, desde la cual ella podría ver sin ser vista. Miró a través de las cortinas y, dando un suspiro de alivio, voló a abrir la puerta. No se trataba de Dirk. Era un policía, y jamás se había alegrado tanto al ver un uniforme azul. El policía se llevó la mano a la gorra y preguntó: - ¿Es usted mistress Rogers? El jefe me ha ddicho que pasara por aquí. ¿Está en casa su marido? Casi no le dio tiempo ni para terminar la frase. - ¡He encontrado el dinero! El dinero que miistress Cartwright había escondido. Y sin poder respirar, sus palabras brotaron una detrás de otra, en su ansiedad por contarlo, ahora que ya estaba a salvo. - ...abajo, en el sótano. Venga y se lo enseeñaré, y así luego usted podrá acompañarme hasta el cuartelillo para que lo devuelva y... Sus tacones repiquetearon mientras bajaban por las escaleras y otros más pesados la siguieron, y el sobre conteniendo el dinero ya estaba en sus manos, y se lo entregaba. Y respiró profundamente... pero se le cortó la respiración. Pues el hombre del uniforme cada vez se parecía menos a un policía cuando fijó la mirada en él. Tenía algo menos de seis pies de estatura y le había parecido corpulento, pero entonces se dio cuenta de que ello se debía a que las hombreras de su uniforme habían sido exageradamente rellenadas. Se había quedado bajo una luz, con sus ojos grises fijos en el interior del sobre, y Ginny pudo darse cuenta de que aquella cara estaba maquillada. Vació el contenido del sobre en su bolsillo y se volvió hacia ella. Ginny lanzó un chillido, pues en su mirada se podía leer el crimen. De la cartuchera colgaba un revólver de reglamento, pero aquellas manos no se dirigieron hacia él. Se acercaron a su garganta mientras su cuerpo tapaba toda posible salida hacia las escaleras. Ella retrocedió, y él dio unos pasos adelante. Un poco más y Ginny llegaría a una esquina y allí encontraría el fin. Retrocedió un poco más, y ya no pudo seguir pues algo chocó contra sus paletillas. La estantería. Y, desesperadamente ya, su mano se cerró sobre el bote. El bote de lejía. Ya las manos tocaban su garganta cuando ella lo arrojó, con el blanco polvo desparramándose fuera del bote destapado, hacia su cara. Dentro de sus ojos. Y esta vez fue él quien gritó, con un aullido de agonía, mientras retrocedía. Demasiado ofuscado por el dolor para pensar en cualquier otra cosa, no hizo ninguna resistencia cuando las temblorosas manos de Ginny extrajeron el revólver de la funda... Aquel anochecer fue diferente. Estaba sentada al lado de Dirk en la cama del hospital, y él ya había recobrado el sentido y se sentía muy animado, a pesar de que aún movía con cuidado la cabeza. Le había contado ya lo que le había ocurrido. Cuando volvía de casa de Walter, y a una manzana y media de casa, un policía le había hecho señal de que parase en la curva. Obedeció, y el agente se acercó al coche, golpeándole entonces con una cachiporra antes de que él pudiera levantar una mano para defenderse. Y a partir de aquí, entre Ginny y la policía verdadera le acabaron de contar el resto de la historia. Dirk había sido atado fuertemente y amordazado, y luego lo habían echado en la parte posterior del coche donde no pudiera vérsele, dirigiéndose Cartwright seguidamente hacia la casa. Seguramente, su primera intención había sido echarse sobre Ginny y atarla, teniendo así toda una noche para registrar la casa a placer. Se había enterado de que la casa, mientras estaba desocupada, había sido vigilada por la policía. Pero una vez ellos se hubieron mudado, esperó la primera oportunidad sabiendo que la policía había descuidado ya aquel asunto. - Pero, querida - dijo Dirk, retrocediendo uun poco para poderla mirar de nuevo -, te has portado estupendamente, y eres una verdadera heroína, mientras que yo no he sido más que un completo desastre. Sin embargo, ¿no crees que aún está todo un poco confuso? Dices que te diste cuenta de que no era un auténtico policía y de que tu única oportunidad estaba allí abajo... donde podrías echar mano a la lejía mientras él estaba abriendo el sobre. Y también dices que te alegraste mucho cuando le viste con su unifor... Ginny le colocó un dedo sobre los labios. - El doctor ha dicho que no debes hablar demmasiado, Dirk. Sí, se daba cuenta de que había mezclado un poco las cosas mientras las contaba. Pero había una parte de la que Dirk nunca debía enterarse. Jamás debía permitir que se enterase de que había sospechado de él. Y volvió a recordar aquellos terribles instantes anteriores a la llegada del asesino. Tenía que arreglárselas para que nunca lo descubriese. - Desde luego, yo ya estaba al corriente, Diirk. Quiero decir que, cuando fui a la puerta, ya lo sabía. Pero antes había mirado por la ventana, y entonces aún no me había dado cuenta, y fue en este momento cuando creí que se trataba de un auténtico policía y como acababa de encontrar el dinero, por eso me alegré. Y, desde la ventana, también pude ver... - ¿El coche? ¿Lo viste aparcado allí? - Vi un coche - contestó Ginny -, pero no mee di cuenta de que era el tuyo. Y resolvió esconder rápidamente los anteojos en cuanto llegase a casa, antes de que él notase que los habla estado empleando. En aquel momento, como él se dispusiese a formular otra pregunta, ella se inclinó y lo besó, apareciendo lágrimas de arrepentimiento en sus ojos. - Oh, Dirk. Olvidemos todo eso - dijo -. Ya ha pasado, y ahora es nuestra casa, y nunca más tendré que asustarme por nada. Y pensó: «Tendré que ser una esposa tan buena, que con ello logre purgar todas las sospechas que he tenido de él. Y nunca se enterará.» Y sonrió al ocurrírsele un pequeño juego de palabras: Un poco de lejía blanca le había salvado la vida la noche pasada; y desde entonces unas pocas mentirijillas piadosas le permitirían conservar la felicidad de su matrimonio. Dirk nunca, nunca, lo sabría. Juego de palabras intraducible. En inglés se pronuncian casi igual las dos palabras: «white lie» (mentira piadosa) y white lye» (lejía blanca). TODO DEPENDE DE UN CABELLO Fredric Brown La esposa del señor Decker volvió de Haití. Había ido sola. Habían decidido pasar un tiempo separados para arreglar luego amistosamente el divorcio. Pero eso nada había cambiado. Se detestaban todavía un poco más que antes. - Divide en dos partes - Exigió firmemente lla señora Decker -. La mitad de tu dinero y de tus bienes. - Es ridículo - Replicó con aspereza el señoor Decker. - ¿Ridiculo, eh? Si quisiera lo tendría todoo. En Haití, he estudiado vudú. - ¿Y qué? - Que si no fuera una mujer honrada moriríass por paralización del corazón. El vudú no deja huellas. - ¡Tonterias! - Exclamó con superioridad el señor Decker. - Bien, permíteme hacer la prueba. ¡Un trozoo de uña o de cabello y verás! ­ ¡Patrañas! - Afirmó el buen señor Decker. - Te hago una proposición, probamos. Si no dda resultado, nos divorciamos y no pido nada. Si sale bien, heredo y me voy muy agradecida. - De acuerdo - Dijo el señor Decker - Trae cera y un alfiler. Se miró las uñas. - Demasiado cortas. Te daré un cabello. Fue al cuarto de baño y volvió con un cabello en un tubo de aspirina. La señora Decker había ablandado ya la cera. Hundió en ella el cabello y la modeló groseramente en forma de ser humano. - Lo lamentarás - Aseguró, mientras hundía lla aguja en el pecho de la estatuilla. El señor Decker se sorprendió, pero de manera agradable. No creía en el vudú, pero era prudente. Además, siempre le había irritado que su mujer no limpiase nunca el peine. TESTIGO EN LA OSCURIDAD Fredric Brown I El leer lo ocurrido en el periódico ya me dio una ligera idea de los horrores del asunto. Por alguna razón, tuve el presentimiento inmediato de que se me pondría a trabajar en ese caso y de que aquello no me iba a gustar. Naturalmente, podría estar ya resuelto a mi regreso; era la tarde del penúltimo día de mis vacaciones. Pero no creí que pudiera ser así. Dejé el periódico y traté de olvidar lo que había leído, mirando a Marge. Incluso después de cuatro años de matrimonio, me gustaba mirar a Marge. Pero en esta ocasión no consiguió eliminar de mi mente lo que había leído. A través de una línea de pensamiento secundaria, mi mente volvió al caso. Pensé en lo malo que sería estar ciego y no poder mirar a Marge nunca más. La historia publicada en el periódico hablaba de un hombre ciego..., un ciego que era el único testigo de un asesinato. Marge levantó su mirada, me preguntó en qué estaba pensado y se lo dije. Se interesó por el caso, y le conté los detalles; sólo pude hablar de lo que había publicado el periódico. - El nombre del ciego es Max Easter. Hasta hhace tres días era el contable de la Springfield Chemical Works. Hasta hace tres días no era ciego..., y ahora no saben si su ceguera será permanentemente o no; se la produjo un accidente en la planta de productos químicos. Parece que alguna clase de ácido le salpicó la cara mientras estaba recogiendo las tarjetas de entrada del personal de la planta. Los médicos creen que se recuperará, pero ahora está completamente ciego y tiene los ojos vendados. »Ayer por la tarde estaba en su habitación - en la que aún permanece -, hablando con un amigo suyo llamado Armin Robinson, que había ido a verle. Sus esposas, la de Easter y la de Robinson, se habían marchado a la ciudad a ver una película. Los dos hombres estaban solos en la casa... a excepción del asesino. »Armin Robinson estaba sentado en una silla, cerca de la cama, y la puerta de la habitación permanecía entreabierta. Max Easter estaba semisentado en la cama, y los dos amigos estaban hablando. Entonces, Easter oyó cómo chirriaba la puerta y alguien entró en la habitación. Escuchó moverse a Robinson y cree que su amigo se levantó en aquel momento, pero nadie dijo una sola palabra. Entonces, de repente, sonó un disparo, e inmediatamente después escuchó la caída de un cuerpo, procedente del lugar donde antes se encontrara Robinson. A continuación, los pasos extraños se adentraron más en la habitación y Easter, sentado allí, en la cama, esperó a que el desconocido disparara también sobre él. - ¡Qué horrible! - exclamó Marge. - Pero ahora viene lo peor de todo - dije -,, En lugar de sentir el impacto de una bala, Max Easter sintió cómo algo caía en la cama, sobre el colchón. Extendió la mano, buscándolo a tientas, y se encontró con un revólver. Entonces, escuchó al asesino, moviéndose, y apuntó el revólver en aquella dirección, y apretó el gatillo... - ¿Quieres decir que el asesino le entregó eel arma? ¿Que la arrojó sobre su cama? ¿Es que no sabía que un hombre ciego puede disparar dejándose guiar por el sonido? - Todo lo que sé es lo que han publicado loss periódicos, Marge. Y así es como cuentan la historia de Easter. Pero podría ser. Probablemente, el asesino no se dio cuenta de que el impacto del arma sobre el colchón indicaría a Easter dónde había caído el revólver, como tampoco pudo imaginar que él lo cogiera con tanta rapidez. Quizá, pensó que podría salir de la habitación antes de que Easter pudiera encontrar el arma. - Pero, ¿por qué entregarle el arma, de todoos modos? - No lo sé. Pero, siguiendo con la historia de Easter, cuando hizo oscilar el arma para apuntar en dirección al sonido, escuchó un ruido, como el de las rodillas de un hombre al tocar el suelo, y se imaginó que el asesino se había agachado para mantenerse fuera de la línea de tiro, si él decidía disparar. Así pues, Easter bajó el arma, apuntando medio metro por encima del nivel del suelo, y apretó el gatillo. Sólo una vez. »Y entonces, según dicen, de repente, tuvo más miedo de lo que estaba haciendo que de lo que pudiera ocurrirle a él, y terminó por arrojar el arma. Estaba disparando en la oscuridad..., literalmente en la oscuridad. Si se equivocaba al analizar lo que estaba sucediendo, podría estar disparando contra Armin Robinson... o contra cualquier otra persona. Ni siquiera sabía con seguridad que se había cometido un asesinato, o lo que había ocurrido allí. »Así pues, arrojó el arma, que golpeó una de las esquinas de la cama y cayó al suelo. Así que no podía volver a recogerla, aun cuando cambiara de opinión. Y se quedó allí, sentado en la cama, sudando, mientras fuera quien fuese se movió un rato por la habitación antes de marcharse. Marge me miró pensativa, antes de preguntar: - Moviéndose por la habitación..., ¿haciendoo qué, George? - ¿Cómo podía saberlo Easter? Después se commprobó que había desaparecido la cartera de Armin Robinson, así es que, probablemente, una de las cosas que hizo el desconocido fue cogerla. También desaparecieron la propia cartera de Easter y su reloj, que estaban sobre la mesita de noche, según dijo después su esposa. También desapareció una pequeña maleta. - ¿Una maleta? ¿Y para qué se llevarían una maleta? - Para transportar los objetos de plata que desaparecieron de la planta baja, junto con otros pequeños objetos, del tipo de los que se podría llevar un ladrón. Easter dijo que el desconocido se movió por la habitación durante lo que le pareció un largo rato, aunque probablemente sólo se trató de un minuto o dos. Después, le escuchó bajar las escaleras, moverse un rato por la planta baja y finalmente oyó cómo se abría y se cerraba la puerta de atrás. »No se atrevió a levantarse hasta estar seguro de que el asesino había abandonado la casa. Entonces, fue avanzando hacia donde estuviera Robinson y descubrió que había muerto. Así es que bajó poco a poco las escaleras hasta llegar adonde estaba el teléfono y llamó a la policía. Y así termina la historia. - Pero eso es horrible - dijo Marge -. Quierro decir que deja muchos cabos sueltos, muchas cosas que pueden plantear preguntas. - Que es precisamente lo que he estado hacieendo. Me impresiona especialmente la imagen de ese hombre ciego disparando en la oscuridad, sintiéndose después atemorizado porque no sabía contra qué o quien estaba disparando. - George, ¿verdad que los ciegos adquieren ssentidos especiales? Quiero decir que pueden conocer a una persona por la forma en que ésta anda... ¿verdad que pueden saber cosas como ésas? - Max Easter era ciego desde hacía sólo tress días - dije, muy pacientemente -. Quizá fuera capaz de distinguir los pasos de un hombre de los de una mujer..., si la mujer llevara tacones altos. - Creo que tienes razón. Aun cuando conocierra al hombre... - Aun cuando el asesino fuera un amigo suyo - dije -, no lo habría podido saber. Por la noche, todos los gatos son pardos. - Todos los gatos parecen pardos. - Eres una boba - dije. - Míralo en el Dudas de Bartlett. Marge y yo siempre estamos discutiendo por cosas como ésta. Saqué la obra de Bartlett de la maleta y la consulté. En esta ocasión, ella tenía razón. También me había equivocado en lo de «por la noche». El dicho era: «De noche, todos los gatos parecen pardos.» Cuando admití ante Marte - para variar - que ella tenía razón, y dejamos pasar un rato en silencio, su mente volvió de nuevo al asesino. - ¿Y qué sucede con el revólver que abandonóó, George? ¿No le pueden seguir la pista por las huellas? ¿O por el número de serie del arma, o por algo? - Se trataba del revólver del propio Max Easster - dije -. Estaba en el cajón de una mesa que hay en el piso de abajo. Se me olvidó decírtelo. El asesino debió de cogerlo antes de subir. - ¿Crees que era un simple ladrón? - No - le dije. - Yo tampoco. Hay algo en todo esto..., algoo que suena mal. - Me parece que es algo más que eso. En todoo esto hay una total discordancia. Pero no me puedo imaginar lo que es. - Ese Max Easter - dijo mi esposa -, quizá nno esté ciego. - ¡Intuición femenina! - exclamé con un bufiido -. Creo que a menos que tengas alguna razón para decirlo, eso es algo tan tonto como decir que disparó contra un gato pardo, simplemente porque mencioné ese proverbio antes. - Quizá lo hizo - dijo Marge. Ni siquiera valía la pena contestar aquella observación. Volví a coger el periódico, abriéndolo por la sección de deportes. Los periódicos del domingo, al día siguiente, publicaban más sobre el caso, pero no añadían nada nuevo. No se habían efectuado detenciones y, al parecer, ni siquiera se sospechaba de nadie. Esperaba que no me pusieran a trabajar en el caso. No sé exactamente por qué. Simplemente, lo esperaba así. II Tuve que hacerme cargo del caso casi antes de entrar en la oficina. Antes de quitarme la gabardina, alguien me dijo que el capitán Eberhart quería verme en su despacho, y hacia allí me dirigí. - ¿Ha tenido unas buenas vacaciones, George?? - me preguntó, pero sin esperar siquiera mi contestación siguió hablando -. Le voy a poner a trabajar en el caso del asesinato de ese Armin Robinson. ¿Ha leído algo en los periódicos? - Claro - contesté. - Entonces sabe tanto del caso como cualquieer otra persona, excepto una cosa. Se la diré, pero, al margen de ese detalle, quiero que trate el asunto fríamente, sin ninguna clase de ideas preconcebidas. Nosotros no hemos llegado a ninguna parte, y quizá a usted se le pueda ocurrir algo que se nos ha escapado a nosotros. Creo que vale la pena intentarlo. - ¿Y qué ocurre con los informes del laborattorio de balística? - pregunté, después de asentir -. Puedo abordar a la gente con frialdad, pero me gustaría conocer los hechos físicos. - Está bien. Según el informe del juez de innstrucción, Robinson murió instantáneamente a consecuencia de una bala que le atravesó la cabeza. La bala quedó incrustada en la pared, casi un metro detrás de donde había estado sentado, y aproximadamente a un metro setenta de altura, con respecto al nivel del suelo. Penetró en la pared casi en línea recta. Todo concuerda, si él se levantó en el momento en que el asesino entró en la habitación, y siempre que éste se encontrara en la puerta o en el interior de la habitación e hiciera el disparo manteniendo el arma al nivel del ojo. - ¿La bala procede del arma encontrada? - Sí, y también sucede lo mismo con la otra bala, la que disparó Max Easter. Y en el arma había dos cápsulas vacías. No hay huellas en el revólver, a excepción de las del propio Easter, el asesino tuvo que haber llevado guantes. Y mistress Easter dice que de la cocina le faltan un par de guantes blancos de algodón. - ¿Existe alguna posibilidad de que Max Eastter disparara las dos balas, en lugar de una? - Absolutamente no, George. Él está ciego...., al menos temporalmente. El médico que le trata lo garantiza así; hay pruebas... reacción de las pupilas a los destellos repentinos de luz y cosas así. La única forma en que un ciego podría darle a alguien en un centro tan mortal como la frente sería manteniendo el revólver contra ella..., y no había ninguna quemadura causada por la pólvora. No, la historia de Max Easter parece la de un chiflado, pero todos los hechos encajan perfectamente. Incluso el tiempo. Algunos vecinos escucharon los disparos. Pensaron que se trataba de petardos, y no investigaron, pero se dieron cuenta del tiempo; algunos de ellos estaban escuchando la radio y todo se produjo durante el cambio de programas de las ocho..., dos disparos con una diferencia de unos cinco segundos entre uno y otro. Y según nuestros propios archivos, la llamada que nos hizo Easter se produjo a las ocho y doce minutos. Esos doce minutos encajan bastante bien con lo que nos dijo que sucedió, desde que se produjeron los disparos hasta que consiguió llegar al teléfono. - ¿Qué tal con las coartadas de las dos espoosas? - Perfectas. Mientras se produjo el asesinatto, se encontraban las dos juntas viendo una película. Precisamente eran más o menos las ocho de la tarde cuando entraron en el cine y vieron a algunos amigos en el vestíbulo del local, así es que no se trata sólo de su palabra. Puede considerar la coartada como buena. - Está bien - dije -, ¿y qué es lo que no haan publicado los periódicos? Me refiero a ese detalle de que me habló antes. - El informe de laboratorio sobre la otra baala, la que disparó Easter contra el asesino, indica que hay en ella restos de materia orgánica. - ¡Entonces el asesino fue herido! - exclaméé, con un silbido, pues aquello debía hacer más fácil el caso. - Quizá - dijo el capitán Eberhart, suspiranndo -. Siento mucho tener que decirle esto, George, pero si fue herido, se trataba de un gallo que llevaba un pijama de seda. - ¡Estupendo! - exclamé -. Mi esposa dice quue Easter disparó contra un gato pardo, y mi esposa casi siempre tiene razón. En todo. Pero ahora, ¿le importaría hablar con cierto sentido? - Si puede usted encontrar algún sentido en esto, estupendo. Sacamos la segunda bala de la pared, cerca de la puerta, aproximadamente a unos cuarenta centímetros de altura. El microscopista que la examinó dice que hay en ella restos diminutos de tres clases diferentes de materia orgánica. Se trata de cantidades infinitesimales. Únicamente las puede identificar hasta un cierto punto y no está totalmente seguro de ello. En cualquier caso cree que se trata de sangre, seda y plumas. La respuesta a este rompecabezas sería un gallo que llevara un pijama de seda. - ¿Qué clase de sangre? - pregunté -. ¿Qué cclase de plumas? - No hay seguridad. Parecen ser restos muy ddiminutos, y el especialista no se atreve a ir más lejos, ni siquiera como suposiciones. ¿De qué me hablaba antes sobre un gato pardo? Le conté nuestra pequeña discusión sobre el proverbio, y la burlona observación de Marge. - En serio, capitán - seguí diciendo -, todoo parece indicar que el asesino fue herido. Probablemente sólo se trató de un roce, ya que después continuó haciendo lo que había ido a hacer allí. Eso justificaría la presencia de sangre en la bala, y en cuanto a la seda no es muy difícil suponérselo. Una camisa, unos calcetines, una corbata de seda..., cualquier cosa. Pero en lo que se refiere a las plumas, ya es algo más difícil de establecer. El único sitio donde un hombre puede llevar una pluma, al menos normalmente, es en un sombrero. Eberhart asintió con un movimiento de cabeza. - Dejando aparte a los gallos con pijama de seda - dijo -, ésa es la mejor sugerencia que tenemos hasta el momento. Todo podría haber ocurrido así: el asesino ve cómo el arma apunta hacia él, se agacha con rapidez y adelanta su mano hacia el arma. Las manos no detienen las balas, pero a menudo sucede que la gente realiza ese movimiento cuando alguien está a punto de disparar contra ella. La bala roza entonces la mano y la banda del sombrero, que es de seda y lleva una pluma, aunque no tiene la fuerza suficiente para dejarle sin sentido o derribarle, y termina por quedar incrustada en la pared. Después, el asesino se lía un pañuelo alrededor de su mano herida y sigue actuando una vez que Easter ha arrojado el arma lejos de sí, y se siente a salvo. - Podría haber sido así - dije -. ¿Se ha commprobado si alguna de las personas conectadas con el caso está herida? - No hay señales de ninguna herida, al menoss exteriormente. Y no hemos conseguido suficientes pruebas contra nadie como para obligarle a desnudarse. En realidad, maldita sea, no hemos encontrado a nadie con un motivo. Por muy increíble que parezca, así es. George, casi hemos decidido que se ha tratado de un simple robo. Bien, eso es todo lo que voy a decirle. Encárguese del caso con toda la frialdad posible, y quizá encuentre algo que se nos ha pasado por alto a nosotros. Volví a ponerme la gabardina y salí de la oficina. III Lo primero que tenía que hacer era lo que más me disgustaba: hablar con la viuda del hombre asesinado. En beneficio de ambos, confiaba en que ya hubiera pasado lo peor de la impresión y del dolor. Desde luego, no me divertí, pero no fue algo tan malo como pudo haber sido. Mistress Armin Robinson se mostró tranquila y reservada, pero estaba dispuesta a hablar y lo hizo sin ninguna emoción. En realidad, la emoción estaba allí, pero en una capa mucho más profunda, que no saldría a la superficie en forma de histeria. Primeramente, traté la cuestión de su coartada. Sí, ella y mistress Easter, la esposa del ciego, se encontraban en el vestíbulo del cine a las ocho. Estaba segura de que eran exactamente las ocho porque tanto ella como Louise Easter comentaron el hecho de que las horas de sus relojes coincidían; Louise había llegado primero, pero dijo que había estado esperando menos de un minuto. Louise había estado hablando con dos amigas comunes con las que se había encontrado accidentalmente, sin que existiera ninguna cita, en el vestíbulo del local. Las cuatro mujeres entraron juntas al cine y vieron juntas la película. Me dio los nombres de las otras dos mujeres, así como sus direcciones. Tal y como había dicho Eberhart, la cortada parecía ser perfecta. El cine al que habían acudido se encontraba por lo menos a veinte minutos de distancia, en coche, de la residencia de los Easter, donde se había cometido el asesinato. - ¿Tenía su esposo algún enemigo? - preguntéé. - No, decididamente no. Es posible que no aggradara a algunas pocas personas, pero las cosas no pasaban de ahí. - ¿Y por qué no agradaba a algunas personas,, mistress Robinson? - pregunté con amabilidad -. ¿Cuáles eran los rasgos de su personalidad...? - Era un hombre bastante extrovertido. Ya saabe, vida de reuniones sociales y esa clase de cosas. Cuando bebía unas pocas copas podía destrozar los nervios de la gente. Pero eso no ocurría con frecuencia. Por otra parte, algunas personas pensaban que era demasiado franco. Pero esas no son más que cuestiones de pequeña importancia. Desde luego, no parecía que se tratara de cuestiones de tanta importancia como para planear un asesinato premeditado. - Trabajaba como auditor de empresas, ¿verdaad? - pregunté. - Sí, y actuaba independientemente. Él era ssu propio jefe. - ¿Tenía algún empleado? - Sólo una secretaria que trabajaba toda la jornada con él. Tenía una lista de personas a las que llamaba a veces, cuando se le planteaba un trabajo demasiado grande para llevarlo adelante él solo. - ¿Hasta qué punto usted y sus esposo eran aamigos íntimos de los Easter? - Bastante. Probablemente, Armin y Max eran amigos mucho más íntimos de lo que somos Louise y yo. Francamente, no me gusta mucho Louise, pero me las arreglo para estar con ella, teniendo en cuenta la amistad que existe entre mi esposo y el suyo. No es que tenga nada contra Louise..., no me interprete mal... Se trata sólo de que nosotras somos dos tipos de mujeres muy diferentes. Por esa razón, no creo que a Armin le gustara especialmente Louise. - ¿Con qué frecuencia les veían? - A veces con bastante frecuencia, pero últiimamente sólo una vez a la semana, casi con regularidad. Somos..., somos miembros de un club de bridge formado por cuatro parejas, que nos reunimos alternativamente en cada una de las cuatro casas. - ¿Quiénes son los demás? - Los Anthony y los Eldred. Bill Anthony es el editor del Springfield Blade. Precisamente, ahora, tanto él como su esposa están fuera de la ciudad, de vacaciones en Florida. Lloyd Edred trabaja en la Springfield Chemical Works, la misma empresa donde trabaja Max Easter. Es el superior inmediato de Max en la empresa. - ¿Y Max Easter trabaja allí como contable? - Así es, como contable y pagador. Lloyd Elddred es el tesorero de la empresa. No se trata de una diferencia tan grande como parece. Creo que Max gana aproximadamente unos diez mil dólares al año, mientras que Lloyd cobra unos doce mil. La Springfield Chemical Works paga salarios muy elevados a sus empleados. - ¿Realizó su esposo algún trabajo de auditooría para la Springfield Chemical? - No. Las tareas de auditoría contable las hhan realizado Kramer y Wright desde hace años. Creo que Armin podría haber conseguido ese trabajo si hubiera querido, pero tenía todo aquel del que podía hacerse cargo él solo. - ¿Quiere eso decir que le iban bien las cossas? - Bastante bien. - Le voy a hacer ahora una pregunta desagraddable, mistress Robinson. ¿Existe alguna persona que gane algo con su muerte? - No, a menos que considere usted que soy yoo la que salgo ganando. Existe un seguro de diez mil y la escritura de posesión de esta casa, libre de todo gasto. Pero casi no hay ahorros; compramos esta casa hace un año, y empleamos nuestros ahorros en pagarla al contado. Por otra parte, el negocio de Armin no se puede vender..., no hay nada que vender. Quiero decir que él sólo vendía sus servicios como auditor. - Entonces, diría que usted no sale ganando nada - dije -. Diez mil del seguro no compensa la pérdida de diez mil dólares anuales de ingresos. - Ni la pérdida de un esposo, mister Eran. Aquella observación podría haber sido muy cursi pero me pareció sincera. Me hizo recordar que deseaba marcharme de allí, así es que volví al asunto que me interesaba, preguntándole por la noche del viernes. - ¿Había planeado su esposo ir a ver a los EEaster? - pregunté -. ¿Sabía alguien que iba a ir a su casa? - No, excepto Louise y yo misma. Y eso, justto antes de salir de casa. Esto fue lo que ocurrió: Louise y yo nos habíamos citado para ir al cine antes de que Max sufriera el accidente en la empresa. Aquella tarde, hacia las seis y media, cuando Armin y yo estábamos a punto de empezar a cenar, Louise llamó por teléfono. Dijo que creía mejor no dejar solo a Max en casa, que se encontraba bastante deprimido. Armin escuchó lo que yo decía por teléfono y habló con Louise, diciendo que debía mantener su cita para ir a ver la película y que él iría a su casa y pasaría la tarde con Max. - ¿Cuándo se marchó par acudir allí? - Hacia las siete, porque se marchó en el auutobús y quería llegar hacia las siete y media, de modo que Louise tuviera tiempo de llegar puntual a la cita. Me dijo que tomara yo nuestro coche y que le recogiera después de la película, para regresar juntos a casa. - ¿Y él llegó a casa de los Easter a las sieete y media? - Así es. Así me lo dijo Louise. Me dijo quee subió inmediatamente a la habitación de Max, y que ella se marchó unos diez minutos más tarde. Louise conducía su propio coche. Teníamos dos coches para las dos, lo que supongo no fue una planificación muy buena. - ¿Observó usted algún comportamiento desacoostumbrado en su esposo aquel viernes por la tarde, antes de que se marchara? ¿O en cualquier otro momento? - Había estado un poco de malhumor y preocuppado durante dos o tres días. Le pregunté varias veces si estaba intranquilo por algo, pero insistió en que no le ocurría nada. Traté de profundizar un poco más en esta última cuestión, pero no pude descubrir si ella tenía alguna suposición sobre que podía haber estado preocupando a su esposo. Estaba seguro de que no se trataba de problemas financieros. Dejé las cosas como estaban y me marché, diciéndole que quizá tuviera que volver más tarde para hablar de nuevo con ella. Se mostró amable al respecto y dijo que lo comprendía. Después de subir a mi coche, pensé en la conversación. Las coartadas de ambas esposas parecían sólidas. Ninguna de las dos podía haber estado en el cine a las ocho y asesinado a Armin Robinson. Pero no deseaba desechar ninguna posibilidad ni aceptar nada como garantizado, así es que me dirigí a las direcciones de las dos mujeres con las que se habían encontrado Louise Easter y mistress Robinson en el vestíbulo del cine. Hablé con las dos, y cuando me despedí de la segunda, me sentí seguro de la coartada. Regresé al coche y me dirigí a la Springfield Chemical Work. No veía ningún medio de relacionar el accidente de Max - su ceguera - con el asesinato de Robinson. Pero, en cualquier caso deseaba dejar aclarado aquel aspecto del asunto antes de visitar a los Easter. La Springfield Chemical debía contar con un eficiente sistema administrativo, pues sus oficinas resultaban pequeñas para una planta industrial en la que trabajaban más de cien personas. Pregunté a la recepcionista, que estaba inclinada sobre una máquina de escribir y tenía frente a ella una pequeña centralita. Pedí hablar con mister Lloyd Eldred. La recepcionista hizo una llamada telefónica y después me indicó su despacho. Entré en él. Había dos mesas, pero sólo una estaba ocupada. Un hombre alto, delgado, de aspecto casi afeminado, con un pelo negro y ensortijado, que estaba sentado en la mesa ocupada, me pregunto: - ¿Sí? El tono de su pregunta quería decir: «Espero que esto no me llevará mucho tiempo; estoy terriblemente ocupado ahora.» Y por la gran cantidad de papeles que llenaban su mesa, parecía estarlo. - Soy George Eran, mister Eldred - dije -, dde Homicidios. Tomé asiento en la silla que había frente a su mesa. El hombre se pasó los dedos por el pelo y dijo: - Se trata de Armin Robinson, supongo. Lo admití con un gesto de cabeza. - Bueno..., no sé qué más puedo decirle. De todos modos, Armin era amigo mío y si hay algo... - ¿Era amigo íntimo de usted? - Bueno, no exactamente. Nos veíamos al menoos una vez a la semana, en el club de bridge que habíamos organizado en nuestras casas. Los Easter, los Anthony, los Robinson y mi esposa y yo. - Mistress Robinson ya me lo ha dicho - dijee, asintiendo -. ¿Va a continuar usted en el club? - No lo sé. Quizá encontremos a otra pareja...., pero tendremos que esperar a que los ojos de Max Easter se pongan bien. En estos momentos nos faltan dos parejas..., tres, hasta que los Anthony regresen de Florida. - ¿Cree usted que los ojos de Easter volveráán a ver? - No comprendo por qué no van a poder. El méédico dice que sí... Está un poco intrigado por el hecho de que no lo hayan conseguido en tanto tiempo. Le dimos una muestra del ácido, y dijo que, definitivamente, esa clase de ácido no podía causar un daño permanente a los ojos. El hombre volvió a pasarse los dedos por el pelo. - Espero..., aunque sólo sea por razones egooístas, que no tarde mucho en volver. Estoy empantanado aquí, tratando de sacar adelante el trabajo de los dos. El hombre volvió a pasarse los dedos por el pelo. - ¿Es que la empresa no puede conseguir otroo hombre? - Supongo que podría hacerlo, y que así lo hharía si yo lo pidiera. De hecho, discutimos el asunto. La cuestión es que tardaríamos varias semanas en entrenar a alguien hasta el punto de que fuera una ayuda, en lugar de un estorbo. Y el médico dice que Max debería poder estar de vuelta dentro de una semana. De todos modos, las cosas ya no serán tan malas después del miércoles, o sea, pasado mañana. - ¿Por qué el miércoles? - pregunté. - Porque es el día de paga quincenal. Ese ess el trabajo principal de Max, el pago quincenal y el control de horarios. En esta ocasión tengo que hacerlo yo, aparte de mi propio trabajo, así es que todo me será muy difícil hasta el día de pago. Pero si a Max no le es posible estar de regreso para el siguiente día de pago, tenderemos que tomar otras medidas. No puedo estar trabajando indefinidamente doce horas al día. Asentí. Al parecer, el hombre me estaba dando a entender algo y me gustó el hecho de que me lo dijera diplomáticamente, en lugar de decirme que me apresurara y terminara el asunto que me había llevado allí. Así pues, le hice la pregunta rutinaria que tenía que hacerle sobre Armin Robinson; si Lloyd conocía alguna razón por la que alguien pudiera haber deseado la muerte de Robinson, y recibió una simple e inequívoca negativa. También recibí una negativa ante la pregunta de si sabía lo que podía haber estado preocupando a Robinson durante los dos o tres días anteriores a su muerte. Eldred no había notado aquella preocupación la última vez que jugaron juntos al bridge, y fue aquella precisamente la última ocasión que le vio. Así pues, pasé a tratar otra cuestión. - ¿Podría contarme algo sobre el accidente dde Max Easter? - Max se lo podría contar mejor que cualquieer otra persona ya que estaba solo cuando sucedió. Todo lo que sé es que se dirigía a la fábrica, a la planta de niquelado, parar recoger las fichas de horario durante el tiempo en que el personal estaba almorzando. Él solía hacerlo después, con objeto de poder recoger las tarjetas mientras los hombres estaban fuera. De ese modo, puede recorrer toda la planta en una hora; si lo hiciera mientras trabaja el personal, tardaría el doble. - ¿Pero no le dijo a usted como ocurrió todoo? - pregunté. - ¡Oh, claro! Entró en una de las pequeñas ssalas de la planta de niquelado, donde están las cubas, para recoger de un estante la tarjeta del hombre que trabajaba allí y que siempre la deja el mismo lugar. Al recoger la tarjeta del estante tiró un jarro que cayó en la cuba que había debajo. Las cosas no están bien instaladas en esa habitación, pues hay que inclinarse sobre la cuba cuando se quiere coger algo del estante, sobre todo porque el estante está más o menos situado a la altura de los ojos. Desde que ocurrió el accidente, hemos cambiado la instalación. - El ácido que le dejó ciego, ¿estaba contennido en el jarro que cayó, o en la cuba? - pregunté. - En la cuba. Pero al caer el jarro en el ceentro de la cuba, le salpicó de ácido. - ¿Se produjo algún otro daño, aparte de loss ojos? - No, a excepción del estropicio producido een las ropas. Probablemente, estropeó el traje que llevaba puesto. Pero el ácido no es lo bastante fuerte como para dañar la piel. - ¿Asume la empresa alguna responsabilidad? - Claro está. En cualquier caso, él está cobbrando su salario completo y nos estamos haciendo cargo de los gastos médicos. - Pero ¿y si el daño es permanente? - No puede serlo. Así nos lo asegura el médiico que le está tratando. De hecho, el médico se inclina a creer que la ceguera es de origen histérico. Habrá usted oído hablar alguna vez de la ceguera histérica, ¿verdad? - Sí, he oído hablar - dije -. Pero para quee se produzca una cosa así tiene que existir una causa psíquica profundamente enraizada. ¿Existiría esa causa en el caso de Max? Creí verle dudar un momento antes de contestarme. - No, al menos que yo sepa. Me detuve un momento, tratando de pensar en otras preguntas que poder hacer, pero no se me ocurrió ninguna más. Por la forma en que me miraba Lloyd Eldred, me di cuenta de que se estaba preguntando por qué había plantado tantas cuestiones sobre el accidente de Max y sobre el propio Max. En realidad, yo también me preguntaba el porqué. Volví a mirar la gran cantidad de papeles que había sobre la mesa, le agradecí su ayuda y me despedí. Era casi el mediodía. Me encontraba a sólo diez minutos de casa en coche, así es que decidí almorzar con Marge. A veces voy a almorzar a casa y otras veces no, dependiendo de en qué parte de la ciudad me encuentro a esas horas. Marge siempre tiene a mano algún tipo de comida que puede preparar con rapidez si yo llego a casa. IV - Me han encargado del caso - le dije en cuaanto entré. Sabía a lo que me refería. No tuve necesidad de explicárselo. Mientras comíamos, le conté lo poco que había averiguado y que no había sido publicado en los periódicos. - Así pues - resumí el final -, Max Easter nno estuvo disparando en la oscuridad contra ningún gato. Se trataba más bien de un gallo con pijama de seda. Al menos en esta ocasión te han fallado tus presentimientos. Y también has fallado en tu otra idea: Easter está realmente ciego. Ella se volvió hacia mí, levantando ligeramente su nariz. - Te apuesto diez centavos a que no lo está.. - Te ganaré la apuesta - afirmé. - Quizá. No te apostaría nada sobre la cuesttión del gato, aunque el gallo en pijama del capitán Eberhart no es menos absurdo, como también me lo parece tu sombrero con cinta de seda y una pluma. - Pero si era eso, el asesino se lo habría lllevado consigo. Si se trataba del gato pardo, en cambio, ¿qué ocurrió con él? - Está claro: el asesino se lo llevaría en lla maleta que cogió del armario. Ante esta observación, elevé mis manos, en un claro gesto de asombro. Del mismo modo, Marge había estado hablando en serio sobre su presentimiento de que la ceguera de Max Easter no era real, y cuando Marge se toma en serio uno de sus presentimientos, también lo hago yo. Al menos hasta el punto de comprobar la cuestión con la mayor exactitud posible. Así pues, antes de salir de casa llamé al capitán Eberhart y conseguí el nombre y la dirección del médico que estaba tratando los ojos de Max Easter. Fui a verle, y tuve la suerte de que me introdujeran en su despacho en cuanto llegué. Después de identificarme y explicar lo que deseaba saber, le pregunté: - ¿Cuánto tiempo tardó usted en ver a misterr Easter después de que se produjera el accidente? - Creo que llegué a la planta química unos vveinte minutos después de que me llamaran por teléfono. Y, según me dijeron, la llamada telefónica se hizo inmediatamente. - ¿Notó ueste algo anormal en la condición een que estaban sus ojos? - No, nada anormal, teniendo en cuenta el áccido diluido que les había salpicado. De todos modos, no estoy seguro de haber comprendido bien su pregunta. Ni yo mismo estaba seguro de haberla comprendido. No sabía exactamente qué es lo que andaba buscando. Pregunté: - ¿Sentía mucho dolor? - ¿Dolor? ¡Oh, no! El ácido tetriánico provooca una ceguera temporal, pero sin causar dolor. No resulta más doloroso que el ácido bórico. - ¿Puede usted describirme los efectos, docttor? - Dilata las pupilas, como la belladona. En último término es totalmente inofensivo. Pero, además de la dilatación de las pupilas, que es una reacción inmediata, provoca una parálisis temporal de los nervios ópticos y, en consecuencia, una ceguera temporal. Normalmente, la duración de la ceguera es de dos a ocho horas, lo que depende de la fuerza de la solución. - ¿Y cual era la fuerza de la solución en esste caso? - Del tipo medio. Mister Easter debía haber recuperado la vista en un plazo no superior a las seis horas. - Pero no ocurrió así - indiqué. - No la ha recuperado todavía. Y esos nos llleva a dos posibles conclusiones. Una, que es una persona anormal en cuanto se refiere a su tolerancia para la sustancia en cuestión. En ese caso, se trata de un simple asunto de tiempo; recuperará su visión dentro de muy poco. La otra posibilidad, desde luego, es que nos encontremos ante un caso de ceguera histérica, ceguera causada por autoengaño. Estoy casi convencido de que no es este último el caso de mister Easter. Sin embargo, si su ceguera persiste más de una semana, tendré que recomendar la intervención de una psiquiatra. - ¿No existe una tercera posibilidad? - preggunté -. ¿Fingirse enfermo, por ejemplo? - No olvide, mister Hearn - dijo el médico, sonriendo -, que soy un empleado de la empresa y que actúo en defensa de los intereses de ésta. No existe la menor posibilidad de que una persona pretenda sufrir una dilatación de pupilas que aún persiste. Y mister Easter no está fingiendo ceguera. Hay ciertas pruebas que lo atestiguan. Y, como ya le he dicho, estoy razonablemente seguro de que no se trata de un caso histérico. Baso mis suposiciones en la continua dilatación de las pupilas. De todas maneras, la histeria produciría más bien una parálisis continua de los nervios, pero no una dilatación de las pupilas. - ¿Cuándo le examinó usted por última vez? - Ayer mismo, a las cuatro de la tarde. Le hhe ido a visitar todos los días, a esa misma hora. Le agradecí sus informaciones y me marché. Al menos por una vez había fallado unos de los presentimientos de Marge. Había estado retrasando durante demasiado tiempo mi visita a la casa de los Easter. Me dirigí hacia allí y llamé al timbre. Me abrió la puerta una mujer que resultó ser mistress Max Easter, Louise Easter. Me identifiqué y ella también se identificó invitándome a entrar. Era una mujer de buen aspecto, incluso con ropa de estar por casa. Habría sido muy interesante examinarla para ver si su cuerpo mostraba alguna señal producida por roce de bala. Pero, por otra parte, su coartada era tan buena como cualquier otra que hubiera visto jamás y, además, estaba Marge. Louise Easter me dijo que su esposo todavía estaba en cama, en su habitación de la planta superior, y me preguntó si deseaba subir. Dije que así lo haría, pero que antes deseaba dar un vistazo por la planta baja, para conocer la disposición del lugar. Me acompañó, mostrándome el cajón de donde el asesino había cogido el revólver de Max, el armario donde había estado guardada la plata, y la estantería de la cocina donde ella solía dejar los guantes de algodón. - ¿Y esas fueron las únicas cosas que usted echó en falta? - pregunté. - De la plata baja, sí. También se llevó la cartera de Max y su reloj, que estaban en la mesita de noche de la habitación. En la cartera había unos veinte dólares y, al parecer, ese era todo el dinero que había en la casa. Y la maleta. - ¿De qué tamaño era la maleta? Movió las manos para mostrármelo; las medidas aproximadas eran de unos setenta centímetros por cuarenta y cinco. Una maleta bastante más grande de la que habría necesitado para introducir en ella lo que se llevó..., pero quizá pensó encontrar más cosas. Le pedí que me contara con toda exactitud lo que ocurrió aquella tarde, empezando por el momento en que llamó a mistress Armin Robinson para cancelar la cita de la película. - Debió de ser alrededor de las seis y mediaa - me dijo -. Acababa de darle la cena a Max, pero aún no había lavado los platos, decidí entonces que sería mejor no salir de casa para no dejar solo a Max. Pero entonces, Armin se puso al teléfono y me dijo que él vendría a estarse con Max y que yo podría salir. Cuando terminé de lavar los platos y de arreglarme, Armin ya había llegado. Supongo que eso debió ocurrir hacia las siete y media. Como no tenía que marcharme inmediatamente para estar en el cine a las ocho, la hora a que nos habíamos citado, me quedé y hablé con los dos, en la habitación de Max, durante cinco o diez minutos. Después, me marché. Eso debió haber sido alrededor de... ¡oh!, por lo menos a las ocho menos veinte, pues llegué al cine uno o dos minutos antes de la hora y mistress Robinson, llegó a las ocho en punto. - Al marcharse, ¿cerró con llave la puerta pprincipal? - No. Me pregunté si debía hacerlo, pero deccidí que no, porque no es una cerradura de muelle. Habría tenido que cerrar desde el exterior y llevarme la llave, y no me pareció correcto dejar encerrados a Armin y a Max. Sin embargo, la puerta de atrás si que estaba cerrada con llave. - ¿Cree que el asesino penetró en la casa deespués de que usted la abandonara, o sea entre ese momento y las ocho? - Así debió hacerlo, a menos que se escondieera en el sótano. No pudo haber estado arriba porque allí sólo hay dos dormitorios, el pequeño vestíbulo y el cuarto de baño, y yo estuve en cada una de esas habitaciones antes de marcharme. Tampoco pudo haber estado en la planta baja porque cuando bajé, lista ya para marcharme, no pude encontrar mi bolso y tuve que buscarlo. Lo encontré en la cocina, pero antes estuve mirando por todas partes. - ¿Qué tal siguen los ojos de su esposo? - ppregunté -. ¿Alguna mejoría? - Me temo que no - contestó, moviendo la cabbeza -, al menos por ahora. Y estoy empezando a sentirme preocupada, a pesar de lo que dice el médico. Al menos hasta esta mañana no se ha producido ninguna mejoría. - ¿Esta mañana? - Cuando le cambié el vendaje y le lavé los ojos. Tendré que volver a hacerlo dentro de una hora. Supongo que no tendrá que hablar tanto tiempo con él, ¿verdad? - Probablemente no - contesté -. Pero en esee caso, será mejor que empiece ahora mismo. Subimos al piso de arriba. La puerta de uno de los dormitorios estaba entreabierta, tal y como debió haber estado el viernes por la tarde. A través del espacio abierto pude ver a Max Easter, con los ojos vendados, sentado en la cama. Tal y como el asesino debió verle cuando subió aquellas mismas escaleras, una vez que Louise Easter abandonó la casa. Me quedé bajo el dintel, donde debió haberse detenido el asesino antes de disparar la bala que mató a Armin Robinson, antes de penetrar en la habitación, acercándose a la cama, y antes de arrojar el revólver sobre ella. Louise Easter me precedió, penetrando en la habitación y diciendo: - Max, está aquí mister Hearn, del Departameento de Homicidios. Agradecí la introducción, pero sin pensar en ella porque me quedé observando la habitación, mirando la silla donde debió haberse sentado Armin Robinson, la más próxima a la cama, y el agujero existente en el yeso, por encima y por detrás de la silla, de donde había sido extraída la bala. Y me volví y observé el lugar donde había sido encontrada la otra bala. Estaba situado a unos cincuenta centímetros por encima del nivel del suelo y aproximadamente a un metro y medio de distancia de la puerta. La bala que había disparado Max Easter. La que había mostrado tener restos diminutos de sangre, seda y plumas. No sangre, sudor y lágrimas, sino sangre, seda y plumas. Visualicé la línea de tiro... Max, sentado en la cama, apuntando el arma hacia un sonido y bajándola después, cuando escuchó cómo las rodillas del asesino golpeaban contra el suelo. Traté de imaginarme al asesino, de pie, situado en alguna parte, ante esa misma línea de fuego, agachándose después o arrodillándose, tratando de apartarse de la boca del arma. Pero Max Easter me había dicho algo, y tuve que volver a pensar en el sonido de sus palabras para comprender que me había pedido que me sentara. Se lo agradecí y crucé la estancia para tomar asiento en la misma silla donde se había sentado Robinson. Miré hacia la puerta. No, desde ese ángulo Robinson no pudo ver el tramo de escaleras. Al margen de lo entreabierta que hubiera podido estar la puerta, el caso es que no pudo haber visto al asesino hasta que éste penetró en la habitación. Miré a Max Easter, después a Louise Easter y finalmente eché un nuevo vistazo por toda la habitación. Me di cuenta entonces de que no había dicho una sola palabra desde que entré y que Easter no podía saber lo que estaba haciendo. - Sólo estoy observando un poco la habitacióón, mister Easter - dije al fin -, tratando de imaginarme como sucedió todo. El hombre sonrió un poco tristemente y dijo: - Tómese el tiempo que necesite. Yo dispongoo de mucho. Louise, me voy a levantar un poco; estoy cansado de estar en la cama. ¿Me traerás mi batín? - Claro, Max, pero... - no terminó de pronunnciar su protesta, cualquiera que ésta pudiera ser. Cogió el batín de su esposo del cuarto de baño y se lo sostuvo mientras él se lo ponía sobre el pijama. Después, el hombre volvió a sentarse sobre el borde de la cama. - ¿Quiere tomar una botella de cerveza, mistter Hearn? - me preguntó. Abrí la boca para decir que me gustaría tomar una, pero que nunca lo hacía mientras estaba de servicio. Pero entonces me di cuenta de que él no podría traerme la botella y que Louise tendría que bajar a la cocina para buscarla, y que, probablemente, eso era lo que pretendía, con objeto de poder decirme algo en privado. - Claro, gracias - terminé por decir. Pero cuando Louise se dirigió a la cocina, descubrí que me había equivocado. Aparentemente, Max Easter no tenía nada que decirme. Se levantó y dijo: - Creo que voy a ver como están mis alas, miister Hearn. Por favor, no me ayude. Louise habría insistido en hacerlo de haber permanecido aquí, pero quiero aprender a hacerlo yo solo. Únicamente voy a tratar de cruzar la habitación hasta esa silla. Estaba tanteando su camino, sobre la alfombra, dirigiéndose hacia la otra parte de la habitación, casi exactamente hacia el lugar donde había sido desconchado el yeso de la pared para extraer la bala que él había disparado. Después, dijo: - También tengo que aprender esto. Por todo lo que sé... No terminó de pronunciar la frase, pero ambos sabíamos que había empezado a decir. Su mano tocó la pared, después se volvió, extendiéndose en busca de la silla. Desde donde estaba no podía alcanzarla, así que le dije: - A su derecha, unos dos pasos. - Gracias. Se movió en aquella dirección y su mano encontró al fin el respaldo recto de la silla, situada junto a la pared. Se volvió y tomó asiento en ella y noté que se sentó con pesadez, como suele hacer una persona cuando la superficie sobre la que se sienta está más baja de lo que había pensado, como si sobre aquella silla acostumbrara a haber un cojín que ahora no estaba. No soy una persona muy brillante pero tampoco soy un tonto. Lo del cojín me hizo pensar en plumas. Sangre, seda y plumas. El cojín de una silla, forrado de seda. Tenía algo, aun cuando no supiera muy bien qué era lo que tenía. Por otra parte, el sentido de la dirección de Max Easter al andar hacia la silla, quizá no había sido tan malo como aparentó ser. Había andado hacia el lugar donde la bala se había incrustado en la pared. Y si la silla hubiera estado en donde él había creído encontrarla, y si hubiera tenido un cojín sobre su asiento, la bala tendría que haber atravesado el cojín. No le pregunté si alguna vez hubo un cojín de seda sobre aquella silla. Sabía que tuvo que haberlo. Me sentí un poco asustado. Louise Easter subía las escaleras en aquel momento. Sus tacones sonaron sobre la madera, hasta llegar a la puerta, en donde apareció con una bandeja sobre la que había tres botellas y tres vasos. Primero sostuvo la bandeja ante mí y tomé un vaso y una botella, pero en aquellos momentos no estaba pensando en la cerveza. Estaba pensando en la sangre. Ahora sabía de dónde procedían los restos de seda y de plumas de la bala. Me levanté y miré a mi alrededor. No vi nada de sangre, ninguna otra cosa que me hiciera pensar en sangre, pero noté algo anormal..., la persiana que había en la única ventana del dormitorio. Se trataba de una persiana doble, muy pesada y de una construcción peculiar. Me sentí aún más asustado. Debió de notarse en mi voz cuando pregunté algo sobre la persiana. Max me contestó. - Sí, hice construir esa persiana especialmeente, mister Hearn. Soy fotógrafo aficionado y utilizo esta habitación como cuarto oscuro. También hice arreglar la puerta para que encajara perfectamente. A partir de entonces, las cosas empezaron a aclararse. - Max - dije, sin darme cuenta de que le esttaba llamando por su nombre de pila -, ¿quiere quitarse ese vendaje? Dejé la botella y el vaso en el suelo, sin haberme servido una sola gota de cerveza. Cuando algo está a punto de aclararse por algún lado, siempre quiero tener las manos libres. Max Easter empezó a quitarse con movimientos inciertos el vendaje que le rodeaba la cabeza. Louise Easter dijo: - ¡No lo hagas, Max! El médico... - y entoncces sus ojos se encontraron con los míos y supo que ya no valía la pena decir nada más. Max se levantó y terminó de quitarse el vendaje. Parpadeó y se restregó ligeramente los ojos con unas manos temblorosas. - ¡Puedo ver! - exclamó -. Está todo muy borrroso, pero empiezo a... Entonces, sus ojos debieron distinguir las cosas con un poco más de nitidez, porque su mirada se fijó en el rostro de su esposa. Y entonces empezó a ver. Y yo hice lo que tenía que hacer con la mayor rapidez y amabilidad posible, en consideración a Max Easter. La saqué de allí y la llevé al cuartel general. Y me llevé la botella en la que una etiqueta decía: «ácido bórico», pero que contenía el ácido tetríanico que le había seguido manteniendo ciego. Trajimos también a Lloyd Eldred. No quiso hablar hasta que dos de los muchachos acudieron a su casa con una orden de registro. Encontraron la maleta, escondida en el patio de la casa, y se la trajeron consigo. Después, el hombre habló. V El concluir una cosa así lleva algún tiempo. No llegué a casa hasta casi las ocho. Pero recordé llamar a Marge para que me esperara a cenar. Cuando llegué, aún me sentía algo tembloroso. Pero Marge pensó que hablar me haría bien, así es que hablé y se lo conté todo. - Lloyd Eldred y Louise Easter planeaban esccapar juntos. Eso formaba parte de todo el plan. Otra parte era que Lloyd había desfalcado algún dinero a la Springfield Chemical. Dicen que unos cuatro mil. No pudo devolverlo; lo había perdido en el juego. Y estaban esperando una inspección para dentro de dos semanas; se trataba de una inspección anual rutinaria, pero él tendría que haberse escondido en alguna parte, aun cuando no hubiera pretendido huir con Louise Easter. »Además, deseaba algún dinero con el que huir, un buen puñado que les permitiera empezar en alguna otra parte. Había estado haciendo comprobantes falsos y enviándose cheques a si mismo bajo otros nombres. Después, para acelerar las cosas, tuvo que desembarazarse de Max, quien, además de realizar su tarea de pagaduría, le ayudaba a llevar la contabilidad regular por lo que habría podido descubrir todo el asunto. Y el miércoles de esta semana, o sea, pasado mañana, es el día de paga quincenal. La empresa suele pagar en efectivo a los obreros, aunque no a los administrativos. Teniendo a Max fuera de su camino, podría haberse apoderado de ese dinero. Podría haber sido mucho... si hubiera podido desaparecer con él. »Así pues, instaló una pequeña trampa explosiva sobre la cuba de ácido, de modo que cuando Max recogiera la tarjeta del horario la jarra cayera en el ácido. Aquello le permitió desembarazarse de Max..., aunque no le habría mantenido alejado por mucho tiempo si Louise no hubiera cooperado. Y eso fue muy simple. Le entregó una cierta cantidad de ácido tetriánico diluido que sacó de la empresa, para sustituir el ácido bórico con el que ella limpiaba los ojos varias veces al día. Esta operación la realizaba en una habitación totalmente oscura; no quiero decir que bajara la persiana en secreto, sino más bien que le decía a su esposo que la operación debía realizarse así. Y ella siempre lo hacía una o dos horas antes de que llegara el médico, de modo que cuando éste le quitaba el vendaje para observarle los ojos, los encontraba aproximadamente en el mismo estado en que estaban la primera vez que los examinó. Marge me miró con los ojos muy abiertos. - Entonces, él no estaba ciego en realidad. Pero yo sólo lo dije porque... - Fuera cual fuese la causa - la interrumpí -, el caso es que tenías razón. Pero espera; todavía no he llegado al momento decisivo. El asesinato no entraba dentro de sus planes, simplemente se produjo así. Armin Robinson se había enterado de que había algo entre Lloyd Eldred y Louise Easter. Probablemente les vio juntos en alguna parte...; el caso es que se enteró de lo que ocurría. Naturalmente, no sabía nada del desfalco, ni de que estaban planeando escapar juntos. Pero sabía que la esposa de Max estaba engañando a su amigo, a su mejor amigo. Eso fue precisamente lo que le estuvo preocupando durante los dos o tres días anteriores a su muerte: no sabía si decírselo o no a Max. »Finalmente, decidió contárselo todo a Max aquella noche, mientras estuviera solo con él. Louise tuvo que haberlo sospechado... Ya fuera por su actitud, o por la forma en que Robinson le habó al llegar a su casa, el caso es que supuso que sabía algo y que iba a decírselo a Max en cuanto ella se marchara. Ella dice que casi decidió permanecer en casa y anular la cita con mistress Robinson, pero entonces se dio cuenta de que aquello no contribuiría a detener el curso de las cosas, y que quizá podría marcharse, confiando en que Max no creyera lo que Armin iba a contarle. »Entonces, justo en el momento en que se disponía a marcharse, llegó Lloyd Eldred. Sólo había venido para hacerle una visita de compromiso a Max, y había traído consigo un regalo, algo que sabía le gustaría mucho a Max y que le ayudaría a pasar el tiempo entretenido mientras estuviera ciego. Algo con lo que podría jugar mientras estuviera en cama. Marge se lo vio venir. Se llevó la palma de la mano a la boca y dijo: - ¿Quieres decir...? - Sí - afirmé -, un gatito. A Max le gustan mucho los gatos. Tenían uno que había muerto atropellado por un coche hacia apenas una semana. Y Lloyd tenía que traerle a Max algo con lo que éste pudiera distraerse sin necesidad de ver... Quedaban descartados los libros y cosas así, y no se suele llevar flores a un hombre enfermo. Así es que un gatito era la solución perfecta. - George, ¿de qué color era? - Louise se lo encontró en la puerta princippal - continué, sin contestar su pregunta -, y le dijo que Max estaba hablando con Armin y lo que este último le iba a contar, según ella. Lloyd le ordenó que se marchara y que él se haría cargo de todo, aunque no le dijo cómo lo haría. »Así pues, ella se marchó y Lloyd entró en la casa. Se sentía mucho más preocupado por todo el asunto de lo que había estado Louise. Se daba cuenta de que si se descubría aquella parte de la verdad, surgirían las sospechas y probablemente también se descubriría el desfalco que había hecho. En tal caso todos sus planes se habrían venido abajo, y se vería obligado a huir sin el dinero que estaba esperando y con el que ya contaba. »Se puso el gatito en el bolsillo y se dirigió hacia donde sabía que Max guardaba su revólver, apoderándose de él. Vio entonces los guantes de algodón, y se los puso. Subió silenciosamente las escaleras y permaneció fuera de la habitación, escuchando. Cuando oyó decir a Armin Robinson: «Max, hay algo que odio tener que decirte...», penetró en el dormitorio. Cuando Armin le vio y se levantó de la silla, disparó contra él. Fue una suerte que Armin no pronunciase su nombre, pues en tal caso también habría matado a Max. - Pero ¿por qué arrojó el arma sobre la camaa? - No deseaba llevársela consigo. Lo primero que pensó fue dejar el arma allí para confundir los hechos. También pensaba dejar el gatito, porque al parecer lo había conseguido sin que existiera la posibilidad de que su pista nos condujera hasta él. Pensaba hacer esto y marcharse. Como ves, no se trató de un asesinato previamente planeado. Surgió a medida que se fueron desarrollando los acontecimientos. »Así pues, se acercó a la cama y arrojó el arma sobre ella. Se sacó después el gatito del bolsillo y lo sostuvo por el pescuezo, para arrojarlo tras el arma. Entonces vio cómo Max cogía el revólver y lo apuntaba en su dirección, a sólo un par de metros de distancia. Se arrojó al suelo, cayendo de rodillas, para situarse fuera de la línea de tiro, casi en el momento en que Max apretaba el gatillo. Pero la boca del cañón descendió al dejarse caer él al suelo, y fue en ese preciso momento cuando Max disparó. La bala mató al garito y terminó por incrustarse en la pared, después de haber atravesado un cojín de seda que había sobre la silla situada junto a la pared. »Después, Max arrojó el arma, que cayó al suelo, fuera de su alcance..., pasando así el peligro. Lloyd decidió que lo más sensato sería aparentar en lo posible que todo había sido consecuencia de un robo. Cogió las carteras y el reloj, así como un a maleta del armario. Para que todo pareciera un robo, no podía dejar allí el gatito muerto..., eso nunca lo hacen los ladrones. Cuando se dirigía hacia el armario, dejó el gato sobre la silla, sobre el cojín atravesado por la bala, para tener las manos libres. Cuando cogió la maleta, puso en ella el gato y el cojín, ya que éste estaba manchado de sangre. »Mientras tanto, Max no se había movido..., y él sabía que no se movería hasta que oyera cerrarse la puerta de entrada a la casa. Así pues, disponía de tiempo. Bajó las escalera y se apoderó de los objetos de plata y de unas cuantas cosas más. Después abandonó la casa y todo terminó. - George, ¿de qué color era ese gato? - pregguntó Marge de nuevo. - Marge - dije -, no creo en la intuición nii en la clarividencia. Ni tampoco en la coincidencia..., al menos en tanta coincidencia. Así es que mal rayo me parta si te lo digo... jamás. Pero creo que aquello fue una buena contestación para ella, porque nunca más volvió a preguntármelo. UNA MANZANITA DURA DE PELAR Fredric Brown La familia Appel se mudó a nuestra parte del condado cuando John Appel tenía sólo diez u once años. Era el único muchacho. No se daba con frecuencia el que aparecieran nuevos compañeros y, naturalmente, algunos de nosotros tuvimos un considerable interés en descubrir si podíamos vencerle. Le gustaba la pelea, descubrimos, y luchaba bien. Siendo John Appel su nombre, le pusimos al principio el apodo de Johnathan Apple. Por alguna razón oculta, ello le hacía enfurecer por lo que no era difícil conseguir pelear con él. Luchaba con una frialdad poco usual en un muchacho. Nunca parecía enfurecerse, como el resto de nosotros. Era pequeño para su edad, pero macizo y musculoso. Pronto nos dimos cuenta de que vencía a cualquier muchacho de su propia estatura. E incluso a la mayor parte de los de más talla. Me venció dos veces, y tres o cuatro a Les Willis. Les Willis, mi mejor amigo, era un poco lento de comprensión. Necesitaba ser vencido todas esas veces para llegar a comprender que el hijo de los Appel era demasiado para él. Fue uno de los mayores, un muchacho que nos llevaba algunos cursos, quien le llamó por primera vez «manzanita dura de pelar». Este apodo le gustó a Appel, y acostumbraba a fanfarronear de ello. Naturalmente, nadie volvió a llamarle así por mucho tiempo, ya que resultaba demasiado largo. El primer incidente tuvo lugar cuando sólo había pasado una semana desde su llegada. Fue vencido por Nick Burton; Nick sólo era unos meses mayor que Appel pero estaba muy alto para su edad. Appel luchó como un demonio, pero no pudo con Nick. Al finalizar la pelea, se levantó y le quitamos el polvo de encima, acercándose él después a Nick para estrecharle la mano. Ese apretón de manos después de una lucha era nuevo para nosotros; lo normal en nosotros era que continuásemos enfurruñados durante unas horas y que luego intentásemos olvidarlo. Fue al día siguiente cuando Nick se sentó sobre un clavo y tuvo que ser llevado a su casa. Estuvo en cama tres días, cojeando luego durante una temporada. Alguien había introducido un afilado y largo clavo atravesando el fondo de su silla de forma que sobresaliera de la misma casi unos cuatro centímetros. Nosotros acostumbrábamos a gastar bromas como ésta con tachuelas, pero eso era distinto. Ya no era una broma. Resultaba obvio que había sido colocado premeditadamente con intención de hacer daño, consiguiéndolo. Casi llegó a efectuarse un verdadero interrogatorio para aclarar el asunto, pero nadie consiguió saber jamás quién lo había hecho. Es de suponer que alguien había hecho, durante la noche, una escapada hasta la escuela. Lo primero que hizo Nick aquella mañana fue sentarse sobre el clavo en cuanto sonó la campana. Aquellos de nosotros que sabíamos de la lucha que había tenido lugar entre Nick y Appel tuvimos algunas sospechas, pero eso fue todo. Parecía imposible que un muchacho pudiera llevar a cabo una acción tan cruel como aquélla. Luego, aquel sucio dibujo en la pizarra. No la clásica caricatura cómica del profesor que dibujan los muchachos, sino algo verdaderamente soez. Bajo el mismo no se leía ninguna firma, pero había sido hecho con tiza de color amarillo, y Les Willis era el único de la clase que poseía tiza amarilla. Al final, la profesora creyó en las protestas de Les, o por lo menos así lo dijo. Sin embargo, Les suspendió los exámenes aquel año, lo que le colocó un curso por debajo del resto de nosotros. Había estado en las fronteras del suspenso anteriormente; pero hubiese aprobado de no ser por eso. Lo del dibujo en la pizarra tuvo lugar un par de días después de que Les aventajara a Appel en las pruebas para pitcher del equipo de pelota base de nuestra clase. Appel tuvo que jugar en la segunda base, pero luego consiguió el puesto de pitcher ya que Les continuó en el mismo curso cuando nosotros ya habíamos pasado al siguiente. También tuvo lugar otro suceso. Nunca le habían gustado los perros a Appel, y lo mismo les sucedía a los perros con él. Era por los tiempos en que Bud Sperry tenía un pequeño fox terrier, Sport, el cual mordió a Appel en una pierna. Dos semanas más tarde moría Sport. Murió en una de las formas más dolorosas de las que un perro puede morir. Alguien habla mezclado con su comida, no veneno, sino una esponja fuertemente apretada y cubierta con grasa para que el perro la tragase con rapidez. Esa esponja se había hinchado en el interior del perro. El tío de Bud Sperry era veterinario y al empezar la agonía de Sport, Bud lo llevó a su tío. Éste anestesió al chucho y tuvo la idea de operarlo, hallando la esponja. Bud Sperry hubiese matado a cualquiera que hubiese dado a comer la esponja a Sport, de haber sabido con certeza quién era el autor del hecho. Pero tampoco se descubrió ninguna prueba. Ni entonces, ni más tarde. Creo que hubiera sido una suerte que entonces Bud Sperry hubiese matado a Appel, tanto con pruebas como sin ellas. Y resulta espantoso que eso tenga que decirlo un sheriff. Pero es que después de eso tuvieron lugar otros acontecimientos, y no siempre con perros. Appel era un guapo muchacho cuando se graduó en la Universidad. Continuaba siendo bajo, pero se le veía macizo. A pesar de su estatura, resultaba un buen jugador de fútbol, tenía el cabello rizado, y las chicas se volvían locas por él. Les Willis dejó la escuela al segundo año y empezó a ayudar a su familia en los trabajos de la granja, situada en las afueras de la ciudad. La casa de los Appel estaba precisamente junto a la carretera. Por aquel entonces, John Appel se ocupaba en vivir con los suyos y en mirar a su alrededor. Parecía, por su forma de actuar, que en la ciudad no hubiera nada lo suficientemente importante para que él lo tomara en consideración, o por lo menos eso daba a entender. Yo me ocupaba entonces de llevar mensajes para la oficina del sheriff, como una especie de ayudante con la promesa de conseguir definitivamente el cargo cuando tuviera «un par de años más y unos cuantos pajaritos menos en la cabeza». Todos nosotros rasábamos por entonces los dieciocho. Les Willis y John Appel estaban enamorados de Lucinda Howard. Al principio parecía como si ella prefieriese a Les, aunque nunca llegaría tan lejos como para asegurar que hubiera estado nunca verdaderamente enamorada de él. Pero Les estaba loco por Lucinda. Era una cosa seria la que Les sentía; la clase de amor que sólo se siente una vez durante la vida y en personas tan limpias e idealistas como podía serlo Les de muchacho. Les era el mejor amigo que yo he tenido, y era el compañero ideal. Pero no tenía éxito. Su pelo no era rizado ni jugaba al fútbol, y trabajaba lo suficiente como para no tener demasiado tiempo para invitarla. Además, después del accidente en el pie, cojeaba. Lo que significaba que no podía bailar, y Lucinda se volvía loca por el baile. Appel empezó a salir con ella y se le presentó un campo mucho más libre. Lucinda cayó en sus brazos. El pie de Les... bueno, pudo ser un accidente. Tenía la costumbre de darse un chapuzón matinal en agua fresca, en un arroyo situado a una media milla detrás de la granja de los Willis. Siempre pasaba descalzo por el mismo sendero, tanto a la ida como a la vuelta y vestido sólo con su traje de baño. Una de las mañanas tropezó con una trampa colocada en el centro del sendero. Una pequeña trampa, pero descalzo como estaba, le costó un par de dedos y le tuvo inmovilizado durante un tiempo. Fue durante ese tiempo cuando John Appel logró más progresos con Lucinda. Lucinda se enamoró perdidamente de él. Tengo la certeza de que creía estar prometida a él a pesar de que el noviazgo nunca se anunció. De pronto, ya no se volvió a ver más por allí a John Appel, y supimos que había tomado un tren nocturno sacando billete hasta Chicago, llevándose consigo todas sus ropas y demás pertenencias. Todo, menos Lucinda; ni siquiera se había despedido de ella. Ni tampoco había dejado su dirección, ni siquiera a su familia. Sin embargo, esto no lo supimos hasta más tarde. No causó demasiada sensación. Nadie pensó demasiado en ello sino para preguntarse quizás si Lucinda decía la verdad. Ella aseguraba, con la cabeza alta y el mentón erguido, que habla recibido carta de él contándole que había conseguido un empleo tan bueno que no quería dejarlo. Pero el padre de Sperry era entonces el cartero y no recordaba que Lucinda Howard hubiese recibido ninguna carta de Chicago. Y él lo hubiera sabido. Una semana más tarde encontraron el cuerpo de Lucinda Howard flotando en el río. Sí, esperaba un bebé. No había dejado ninguna nota acusadora. Continuaba sin haber pruebas contra Appel. A Les le sentó pésimamente. Pareció derrumbarse interiormente. Acababa de volver del hospital, pues se le habla propagado la infección después de haberle sido amputados los dedos del pie y cuando casi habían cicatrizado sus heridas. Habría esperado durante un tiempo prudencial a que Lucinda se olvidase de John y poder rondarla de nuevo, antes de decidirse a llamarla. Sí, Les hubiera deseado casarse con ella a pesar de todo lo ocurrido. Era de esa clase de muchachos. Y Lucinda era para él el mundo entero, y ahora ya no había mundo. Si sus creencias no hubieran sido tan firmes, es seguro que habría seguido los pasos de Lucinda. Después de eso, ya nadie en la ciudad volvió a oír de John Appel durante mucho tiempo. En efecto, durante doce años. Entonces yo ocupaba ya el cargo de sheriff; a los treinta años era el sheriff más joven del Estado. Un par de policías vinieron desde Chicago, siguiendo el rastro de un estafador que había pasado por nuestra ciudad llevándosele al viejo Angstrom, nuestro joyero, algunos anillos. - ¿Tenéis noticias de un tipo llamado Appel,, John Appel? Se trata de un muchacho de la localidad que alzó el vuelo hacia vuestra tierra. Me pregunto si hizo carrera en la gran ciudad - les pregunté. Uno de ellos lanzó un silbido y echó su sombrero hacia atrás. - No me digas que Appel procede de este rinccón perdido en el mapa. - He estado leyendo regularmente las circulaares - le contesté -, y nunca he podido ver ni su nombre ni su jeta en ellas. Cuéntame qué es de él. - Tiene a su cargo la parte norte de Chicagoo. Si es que se trata del mismo Appel. ¿Bajo, robusto, y más o menos de tu edad? Asenti. El policía de Chicago sonrió. - Le llaman la «manzanita dura de pelar». - Harry Weston fue quien le puso este apodo - le expliqué -. Hace ya veinte años. Le gustaba, y reconozco que le sentaba bien. Acostumbraba a pavonearse del mismo. Los ojos del policía de Chicago me miraron penetrantes. - ¿No habrá por aquí ninguna acusación contrra él que nosotros podamos emplear, verdad? Por Dios, si existiera... Denegué lentamente con un movimiento de cabeza. Suspiró. - Era mucho esperar. Mira, no hay ni una solla prueba contra él en los archivos. Mientras haya alguien que no le caiga en gracia o que se le cruce en el camino, algo le ocurre a esta persona, y eso es todo. Y algo no muy agradable. La mayor parte ni siquiera mueren en la cama, si es que comprendes a lo que me refiero. - Es él - dije con seguridad. - Es demasiado inteligente. Incluso su hoja de impuestos es intachable. O lo bastante intachable para que no se le pueda acusar de nada. Es un verdadero hombre de negocios. ¡Dirige una cadena de lavanderías! - dijo con un resuello. - Oficialmente - dije -. Pero, ¿de qué se occupa en realidad? No resultaba agradable mirar la cara de aquel hombre. Incluso en Chicago quedan policías íntegros. - Cuando a alguien se le ocurre algún asuntoo más repugnante que el de repartir drogas entre escolares - dijo -, es seguro que John Appel le respalda. Pero si aparecen complicaciones, son ellos los que cargan con el muerto, jamás él. - ¿Es ésta su principal actividad? - No puedo probarlo, pero juraría que estabaa mezclado en el asunto. Los policías de Chicago abandonaron la ciudad más o menos al cabo de una hora. No le conté nada de esto a Les para no abrirle su antigua herida. Sin embargo, pensé que, dentro de todo, aún había estado de suerte Lucinda Howard, pues Appel hubiera podido llevársela con él. En cierto modo, Les Willis había conseguido reunir todos los pedazos de su destrozado corazón. Durante un par de años no se pudo contar con él para nada, pero cuando su padre enfermó y tuvo que cargar con la responsabilidad de llevar la granja, trabajando en ella como lo hubiera hecho un caballo de tiro, pareció mejorar. Daba la impresión de encontrarse perfectamente, actuando y pensando con normalidad excepto un pequeño vacío en alguna parte de su cerebro, como si hubiese levantado un grueso muro para cerrar una de las esquinas. Su amor por Lucinda Howard continuaba allí, en aquella esquina tapiada. Creo que Mary Burton comprendió mejor que ninguno entre nosotros esta faceta suya. Mary era la hermana de Nick Burton, y siempre había estado enamorada de Les, desde los tiempos del colegio, pero sin dejarlo entrever. Se había citado con ella unas cuantas veces cuando Lucinda le volvió la espalda, mas nunca había llegado a tomarla en serio. Pero una vez muertos sus padres, creo que debió ser la soledad lo que le hizo volver a ella. Al principio como amigo; pero Mary era inteligente y supo comprenderlo. Durante un par de años fue para él solamente una buena amiga. Luego Les descubrió que era algo más que eso para él, y se casaron. Él tenía entonces veinticinco años y hacía seis que había muerto Lucinda. Mary tenía veintidós. Después de la luna de miel, Les arregló la casa de forma que nadie hubiera dicho que se trataba del mismo lugar, y en seguida comenzó a pintar una habitación de azul claro para convertirla en cuarto para los niños. Tuvieron mellizos antes de cumplirse el año de casados. Un niño y una niña, Dottie y Bill. Para Mary y Les el sol se levantó con esos pequeños. Pasaron los años y los mellizos empezaron a ir al colegio, y luego a la escuela de segunda enseñanza. Ya nadie se acordaba apenas de John Appel en el pueblo, excepto cuando murieron sus padres, casi al mismo tiempo, y el abogado local publicó un aviso dirigido a él en los diarios de Chicago. Entonces llegó de allí otro abogado con poderes para recibir la granja legada en testamento. No se puso en venta ni tampoco fue ocupada. Un cheque para pagar los impuestos llegaba regularmente cada año mientras los campos permanecían sin cultivar y el jardín se cubría de maleza. El arado y la trilla se enmohecieron en el interior de un carcomido granero. De cuando en cuando llegaban a nuestros oídos algunas noticias de Chicago. Appel se había metido en algún que otro enredo. Luego corrieron rumores de que pretendía dedicarse a la política; otros aseguraban que había concentrado sus intereses en el juego a la vez que extendía su zona de actividad. Y de pronto, sin previo aviso, se presentó John Appel. Bajó del tren de la tarde, solo, como si volviera de un viaje de fin de semana. Hacía veinte años que se habla marchado. Se acercó hacia donde yo me encontraba charlando con el jefe de estación y me dijo sin circunloquios: - Hola, Barney. Seguía teniendo el mismo cabello rizado y rubio de antes, y apenas parecía algo mayor que cuando le había visto por última vez. Se le notaba más pesado, pero no se podía decir que tuviera barriga. Su piel estaba bronceada, y parecía un atleta. Entonces se fijó en mi estrella y sonrió. - Me alegro de que te hayan ido bien las cossas - dijo. Vestía un traje que por lo menos debió costarle doscientos dólares y lucía un brillante de unos tres quilates en la mano izquierda. - ¿Volviendo para exhibirte ante tus paisanoos? - le pregunté como por casualidad -. ¿O escondiéndote de alguien? - Tú lo has dicho. - ¿Por mucho tiempo? - pregunté -. Si quierees, puedes considerar la pregunta como oficial. Pero no necesité su respuesta ya que pude ver cómo los mozos descargaban varios baúles del vagón para equipaje, y Appel era el único pasajero que se había apeado allí. Extrajo de su bolsillo una pitillera de platino. Yo rehusé y él encendió un cigarrillo para sí. Lanzó una gran bocanada de humo por la nariz antes de contestar, si es que puede llamarse contestación a ello. - ¿Acostumbras a dar siempre una bienvenida tan entusiasta a todo el mundo? No me digas que has estado escuchando chismes sobre mí - dijo. - No te queremos por aquí - fue mi respuestaa. Sonrió de nuevo, y esta vez pareció verdaderamente divertido. - No me digas que eso es oficial, Barney. Y si lo es, siento curiosidad por conocer de qué se me acusa. Volvióse sin más despedida, antes de que yo pudiera replicar. Lo que no me fue mal del todo ya que tampoco hubiera encontrado respuesta. Se trataba de un propietario local, y no existía ninguna razón para que yo tomase cartas oficiales en el asunto. Nosotros no teníamos ninguna acusación acompañada de pruebas contra él; y probablemente tampoco la encontraríamos en Chicago ni en ningún otro lado. Pero quise que supiera qué terreno pisaba conmigo, y no me arrepentía de ello. Oí pasos en la plataforma de madera del otro lado de la estación, y mi corazón disminuyó de ritmo por unos instantes. Pues aquellos pasos eran los de una persona que cojeaba; eran los de Les Willis. Por un momento supuse que él se había enterado de la presencia de Appel y que ésta era la razón de que se acercase. Pero luego pude darme cuenta de que su mirada era tranquila y comprendí que había venido a la estación por cualquier otro motivo. - Tómatelo con calma - le espeté, a la vez qque le colocaba una mano sobre su brazo. Me miró asombrado, pero antes de que pudiera darle ninguna explicación giró sobre sí mismo echando una ojeada arriba y abajo del andén, como si hubiera adivinado lo que iba a decirle. Vio a John Appel. Le apreté el brazo y noté cómo temblaba. No quise mirarle la cara; pensé que era mejor no hacerlo en aquel momento. Aquel temblor no era debido al miedo. Le hablé tranquilizador: - Tómatelo con calma, Les. Sé lo que sientess, pero no podemos hacer nada. Nada en absoluto. No existe el más leve rastro de pruebas contra él. No me contestó. No sé siquiera si me oyó. - Vete a casa, Les. Apártate de él. No se quuedará mucho tiempo. Aléjate de él. ¡Piensa en Dottie y en Bill! ¡Ahora es un asesino, Les! Creo que fue el recuerdo de los mellizos lo que le hizo reaccionar. - Era ya un asesino cuando muchacho, Barney - me contestó. Sé a qué se refería Les. Incluso para mí, todo lo que nos había sucedido hacía ya veinte años era más grave que los asesinatos que, sin lugar a dudas, Appel había cometido desde entonces. Probablemente porque eran cosas que habíamos vivido. Eran cosas ocurridas a personas que conocíamos y estimábamos. No se trataba de represalias entre gangsters. Oí cómo Appel se acercaba. Por la expresión de Les también hubiese podido deducirlo. - Les, por el amor de Dios, vete... - sólo ppude exclamar. - Me encuentro perfectamente, Barney. No te preocupes - me contestó con lentitud. Su voz parecía tan calmada que incluso retiré la mano de su brazo. - ¡Pero si es Willis! Estás más viejo, Les. Caray, pareces veinte años mayor que Barney. ¿Disgustos? - dijo Appel con voz aterciopelada. Les Willis demostró mejor sentido del que yo hubiera podido suponer. No contestó, sino que dándole la espalda se marchó. La cara de Appel se ensombreció ante aquella actitud. Creo que si Les hubiera enloquecido y le hubiera insultado, eso le hubiera divertido, pero el hecho de no dirigirle la palabra pareció impresionarle a pesar de su máscara de hombre duro. En voz alta, lo suficientemente para que le oyera Les, dijo: - Barney, no existe gratitud en el mundo. Mee voy dejándole el campo libre con aquella pequeña vagabunda de la que estaba enamorado... ¿Cuál era su nombre? Lucinda nosequé, y ahora él... Pensándolo luego con calma, creo que Appel nunca debió de enterarse de lo que había ocurrido con Lucinda Howard. Sólo intentaba provocar a Les. De lo contrario, habría estado preparado para lo que ocurrió seguidamente. Les estaba sólo a unos pasos de mí y, volviéndose bruscamente de un salto, pasó por mi lado tan repentinamente que me fue imposible detenerle. Su puño cayó como una maza sobre la boca de Appel, yendo éste a parar al suelo, impulsado por la fuerza del golpe, pero sin llegar a quedarse sin sentido. Comenzó a levantarse lentamente. Les, con la cara contraída por la cólera y los puños apretados permanecía a mi lado. Me coloqué entre los dos. - Les - le dije con aspereza mientras le coggía por un brazo y lo zarandeaba -. Vete. Acuérdate de Dottie y Bill, tus hijos. ¡No te crees problemas! ¡Hazlo por ellos! Le volví a zarandear con más fuerza. Sin responder, dio media vuelta y se marchó caminando como un beodo. Oyóse su cojeo sobre la plataforma encaminándose hacia las escaleras. Me volví hacia Appel. Y mientras lo hacía mi mano reposaba en la culata de mi pistola. Acababa de levantarse. Su rostro semejaba la máscara de una gárgola. Hizo el gesto de pasar de largo, pero le detuve. - Olvídalo. Esto no es Chicago - le dije. Su rostro recuperó una expresión normal tan rápidamente que pensé que había interpretado mal la que había tenido hacia unos instantes. Sus puños ya no estaban en tensión. - Tienes razón. Eso no es Chicago - dijo. - Te exponías a esto viniendo. Tú lo sabes bbien. El asunto está acabado, a menos que no quieras formular una denuncia por agresión. Y si lo haces... Sonrió. - Quizás me exponía a ello viniendo. No, no deseo hacer la denuncia, sheriff. No le quiero hacer ningún daño a tu pequeño Les, si él se aparta de mí y no vuelve a molestarme de ahora en adelante. Pues sí, fui lo suficientemente loco como para creer en sus palabras. Y suspiré aliviado. Pensé que podría convencer a Les de que se apartara de su camino y que con ello ya tendría solucionada la papeleta. Desde luego, me acordaba de la forma en que Appel siempre había devuelto la pelota en estos casos, pero pensé que eso ocurría cuando aún era un chiquillo. Ahora ya era un hombre y estaba ocupado en asuntos más importantes y más productivos. Además, había admitido estar equivocado. Incluso llegué a ser tan estúpido como para acompañarlo hasta el hotel, aunque debo citar también que rehusé la invitación para tomar un trago. Oí cómo pedía la mejor habitación que tuviesen. Al día siguiente, una docena de trabajadores se dirigieron hacia la antigua mansión de los Appel. Carpinteros, pintores, decoradores, jardineros. Trabajaron durante tres días dejando a punto el lugar. Sus órdenes, me enteré, habían consistido en reparar y restaurarlo todo, aunque sin cambiar nada. Que lo dejasen lo más parecido posible a lo que había sido hacía veinte años cuando él lo dejó. Nunca he podido entender este punto. Una fibra sentimental extraña en un hombre que ni siquiera había asistido al entierro de sus padres. Pero él había insistido en que se respetasen los mismos muebles, en que se colocasen precisamente donde antes lo habían estado, exceptuando que debían ser reparados y acondicionados. No, jamás he logrado comprender esa faceta de John Appel, como tampoco la razón por la que se le ocurrió volver ni el tiempo que debió decidir quedarse. Fui tan loco como para creer que quizás todo ello no significaba más que estaba ya cansado de crímenes y que había vuelto para encontrarse a sí mismo. Le concedí el beneficio de la duda. No teniendo ninguna razón legal para echarle del condado, convertí una necesidad en virtud diciéndome que probablemente lo hacía con la mejor de las intenciones. Sólo lo vi unas pocas veces y aun por casualidad, antes de que acabase la semana que duró la reparación de la granja de los Appel y trasladadas allí su maletas desde el hotel. No tomó ninguna clase de sirvientes para la casa, pero hizo tratos con una mujer para que fuera tres veces por semana a lavar y a limpiar la casa, diciendo que la cocina era cosa de la que él mismo se ocuparía. Mientras tanto, naturalmente, yo ya había tenido una charla con Les Willis. Escuchó todo lo que tenía que decirle y me respondió: - De acuerdo, Barney. Pero pude darme cuenta de que había cambiado, casi en una noche. Aquella valla que cerraba uno de los compartimientos de su cerebro se había vuelto a derrumbar. Y recordaba. No quiero decir con ello que hubiese olvidado ni por un momento, sino que se las había arreglado para no pensar en ciertas cosas. Ahora, todos aquellos recuerdos volvían a acompañarle. Dos semanas y cuatro días después de que Appel se apeara del tren, la casa de Les Willis ardió por los cuatro costados. El fuego debió comenzar a medianoche. Les habla acompañado a Mary a casa de su madre para pasar la velada con ella. Los mellizos cursaban ya estudios superiores y como al día siguiente tenían exámenes finales se habían quedado en casa. Mientras eso sucedía la yegua de los Burton estaba pariendo. Les tenía buena mano con los animales y entendía un poco en veterinaria. Se había quedado a ayudar, y ésa era la razón por la que tanto él como Mary no salieron de su casa hasta pasadas las doce. Era una noche con una luna esplendorosa. En cuanto su coche enfiló el camino que llevaba a casa de los Burton pudieron ver el resplandor rojizo que se proyectaba en el firmamento. Desde lejos se dieron cuenta de que se trataba de fuego cercano a su casa, y en seguida volvieron a casa de los Burton para telefonear a los bomberos de la ciudad. Luego, en la quietud de la noche pudieron oír las sirenas por lo que comprendieron que ya lo había hecho alguien. Les pisó el acelerador hasta el fondo y lo mantuvo allí. Cuando llegaron a casa, los bomberos aún estaban trabajando y de la casa poca cosa quedaba ya. Había sido un viejo edificio con estructura de madera y ardió como yesca. Los mellizos, Dottie y Bill, siempre habían dormido en unos dormitorios que se les habían arreglado en el ático. Por lo visto, el humo los había intoxicado mientras dormían y ya nunca más llegaron a despertar. Llegué allí demasiado tarde. Chet Harrington, el jefe de los bomberos, me llamó aparte. - Barney, temo que éste sea un caso para ti.. Parece como si este fuego hubiese sido provocado - me dijo. Y me señalaba un informe pedazo de vela colocado sobre un barril de agua que habla encima de las esquinas de la casa. - Creo que esto ha sido lo que lo inició - ddijo luego -. Alguien pudo salpicar con gasolina esta parte de la casa, que ha sido la que primero ardió, y luego colocar ese pedazo de vela encendida. Fíjate, por lo que queda de esta vela parece como si primero hubiera ardido horizontalmente, pues está quemada por uno de los lados, y luego se hubiera desprendido. Cuando chocó con el suelo, rodó apartándose de la casa... - ¿Dónde está Les? - le interrumpí. - Mary se desmayó. Se la han llevado a la ciiudad. Supongo que Les estará con ella. - ¿Vio Les esta vela? ¿Le hablaste de eso, CChet? Asintió. - No se la enseñé, pero le vi mirándola con sospecha. Corrí hacia la gente situada detrás de la valla. - ¿Se fue Les con Mary a la ciudad? Al principio recibí respuestas contradictorias. Luego se decidió que Les no había salido en aquel coche. Sin embargo, el coche de Les no estaba allí... Es decir, sí, estaba allí, parado en la carretera. ¿Quién había visto a Les por última vez? Mientras discutían sobre ello, empecé a correr campo a través hacia la granja de los Appel. Desde lejos pude ver luz en el primer piso, e intenté correr más de prisa. Luego vi a Les Willis atravesando el porche, procedente del interior de la casa. El porche estaba en sombras, pero pude reconocerlo por su delgada figura y por su característica forma de cojear. Supe, desde luego, que había matado a Appel, y eso de por sí ya era suficientemente horrible, pero había imaginado que ocurriría de otra forma. Que Appel habría tenido sobre su conciencia otro asesinato en defensa propia. No, no esperaba ver salir con vida a Les Willis. Bajó del porche saliendo al terreno iluminado por la luna y agarrándose a la barandilla. Comprendí que, en realidad, no estaba vivo. Permaneció agarrado a la barandilla para no caer y comprobé que estaba cubierto de sangre. Pude ver dónde un par de balas, por lo menos, le habían alcanzado. Y con balas en aquellas partes del cuerpo no existía ninguna razón para que continuase con vida. Sin embargo, toda aquella sangre no podía provenir de sus heridas. - ¡Les! - exclamé, horrorizado. No hubiese reconocido su voz; tuve que afinar mis oídos para comprender sus palabras. - No era tan duro de pelar. Murió... demasiaado pronto - balbuceó. Se doblaron sus rodillas y, mientras se encogía lentamente, algo cayó de su mano. Era un cuchillo, la clase de cuchillo empleado para desollar la caza. Pasaron unos minutos hasta que logré recuperarme lo suficiente como para entrar en la casa y comprobar lo que había en el interior de aquella habitación iluminada. El entierro de Les fue uno de los más concurridos que se hayan visto en nuestra ciudad, pero únicamente el forense y yo acudimos al otro. Sin embargo, creo que hubiésemos tenido grandes aludes de gente en el entierro de la «Pequeña Manzana Dura de Pelar» si no hubiéramos anunciado que el féretro había sido fuertemente clavado y que así permanecería durante todo el sepelio. PLACET ES UN MUNDO DE LOCOS Fredric Brown Aunque estés acostumbrado, a veces puede contigo. Como aquella mañana..., si puede llamársele mañana. Realmente era de noche. Pero nos guiamos por el horario terrestre en Placet, porque el tiempo de Placet sería tan lioso como todo lo demás en ese planeta chiflado. Quiero decir que habría un día de seis horas y luego una noche de dos horas y después un día de quince horas y una noche de una hora y... bueno, no se puede medir el tiempo en un planeta que hace un ocho en su órbita alrededor de dos soles disparejos, pasa entre ellos como un murciélago salido del infierno mientras que los dos soles giran uno alrededor del otro tan rápida y tan relativamente cerca que los astrónomos de la Tierra pensaron que se trataba de un solo sol hasta que la expedición Blakeslee aterrizó aquí hace veinte años. Verán, la rotación de Placet no es ni siquiera una fracción del período de su órbita, y tenemos el Campo Blakeslee en medio de los dos soles..., un campo en el que los rayos de luz reducen su velocidad hasta el paso de tortuga y se quedan atrás y... bueno... Si no han leído los informes Blakeslee sobre Placet, agárrense a algo mientras les digo esto: Placet es el único planeta conocido que puede eclipsarse a sí mismo dos veces al mismo tiempo, correr precipitadamente hacia sí mismo cada cuarenta horas, y luego perseguirse hasta quedar invisible. No, no se lo reprocho. Yo tampoco lo creía, y me quedé de piedra la primera vez que puse el pie en Placet y vi a Placet venir de frente hacia nosotros. Y había leído el informe Blakeslee y sabía lo que sucedía realmente, y por qué. Es como las primeras películas, cuando la cámara se colocaba delante de un tren y el público veía a la locomotora enfilar contra él y sentía el impulso de echar a correr aunque sabía que la locomotora no estaba realmente allí. Pero aquella mañana, como estaba diciendo, me hallaba sentado ante mi mesa, cuya superficie estaba cubierta de hierba. Mis pies estaban (o parecían estar) apoyados en una plancha de agua ondulante. Pero no estaban mojados. En lo alto de la hierba de mi mesa había un florero rosa, y dentro de éste, de nariz, había atrapado un lagarto saturnino verde brillante. Aquello, me decía la razón aunque no mi vista, era mi pluma y el tintero. También había un cartel bordado que decía «Dios bendiga nuestro hogar» con claras puntadas. En realidad era un mensaje del Centro Terrestre que acababa de llegar por radiotipo. No sabía lo que decía porque había llegado a mi despacho después de que empezara el efecto C. B. No creía que dijera realmente «Dios bendiga nuestro hogar», aunque lo pareciera. Y entonces me enfadé, harto de todo, y dejó de importarme un pimiento lo que dijera realmente. Verán, será mejor que me explique: el efecto del Campo Blakeslee sucede cuando Placet está en posición media entre Argyle I y Argyle II, los dos soles en torno a los que dibuja sus ochos. Hay una explicación científica para todo. pero debe expresarse con fórmulas, no con palabras. Se reduce a esto: Argyle I es materia terrena, y Argyle II es contra-terrena o materia negativa. A mitad de camino entre ellos (a lo largo de una considerable extensión de territorio), hay un campo en el que la velocidad de los rayos de luz se reduce muchísimo. Se mueven aproximadamente a la velocidad del sonido. El resultado es que si algo se mueve más rápido que el sonido (como hace el propio Placet) aún puedes verlo venir después de que te haya pasado. La imagen visual de Placet tarda veintiséis horas en atravesar el campo. Para entonces, Placet ha dado la vuelta a uno de sus soles y se encuentra con su propia imagen de regreso. En la mitad del campo hay una imagen que va y otra que viene, y se eclipsa dos veces, ocultando ambos soles al mismo tiempo. Un poco más adelante. se encuentra consigo mismo al venir de la dirección contraria... y te asusta de muerte si estás mirando, aunque sepas que no está sucediendo de verdad. Déjenme explicarlo bien antes de que se mareen. Digamos que una antigua locomotora viene hacia ustedes, sólo que a una velocidad muchísimo mayor que la del sonido. A un kilómetro de distancia, silba. Les pasa y entonces oyen ustedes el silbido, procedente de un punto situado un kilómetro atrás donde ya no está la locomotora. Ese es el efecto audible de un objeto que viaja más rápido que el sonido; lo que acabo de describir es el efecto visual de un objeto que viaja (haciendo la figura de un ocho) más rápido que su propia imagen visual. Eso no es lo peor. uno puede quedarse en casa y evitar el eclipse y las colisiones de frente. pero no se puede evitar el efecto fisiopsicológico del Campo Blakeslee. Y eso, el efecto fisiopsicológico, es otra historia. El campo hace algo a los centros del nervio óptico o a la parte del cerebro donde conecta el nervio óptico, algo similar al efecto de determinadas drogas. Uno experimenta..., no se las puede llamar exactamente alucinaciones, porque no se ven normalmente cosas que no estén allí, pero se recibe una imagen ilusoria de lo que hay. Yo sabía perfectamente bien que estaba sentado ante una mesa cuya superficie era de cristal. no de hierba; que el suelo bajo mis pies era de plastiplaca corriente y no una hoja de agua ondulante; que los objetos sobre mi mesa no eran un florero rosa con un lagarto saturnino metido dentro, sino un antiguo tintero del siglo XX y una pluma... y que el «Dios bendiga este hogar» era un papel con un mensaje de radiotipo. Podía verificar todas estas cosas con mi sentido del tacto, al que no afecta el Campo Blakeslee. Siempre se pueden cerrar los ojos, claro, pero no se hace, porque a pesar de la magnitud del efecto. la visión te da el tamaño relativo y la distancia de las cosas. y si te quedas en territorio familiar tu memoria y tu razón te dicen lo que son aquéllas. Así, cuando se abrió la puerta y entró un monstruo de dos cabezas, supe que era Reagan. Reagan no es ningún monstruo de dos cabezas, pero pude reconocer el sonido de sus pasos. - ¿Sí, Reagan? - Jefe - dijo el monstruo de dos cabezas -, el taller de maquinaria se tambalea. Tal vez tengamos que romper la norma de no trabajar en período medio. - ¿Pájaros? - pregunté. Sus dos cabezas asintieron. - La parte subterránea de esas paredes debenn ser como tamices para que los pájaros la atraviesen, y será mejor que echemos hormigón rápido. ¿Cree que esas nuevas barras reforzantes de aleación que traerá el Arca los detendrá? - Claro - mentí. Olvidando el campo. me volvví para mirar el reloj, pero había una corona fúnebre de lirios blancos en la pared donde debería hacer estado el reloj. No se puede saber la hora con una corona -. Esperaba que no hubiera que reforzar esas paredes hasta que tuviéramos las barras para clavarlas. El Arca debe de estar al llegar; probablemente ahora estarán en órbita esperando que salgamos del campo. ¿Crees que podríamos esperar hasta...? Se oyó un estruendo. - Sí, podemos esperar - dijo Reagan -. Desappareció el taller de maquinaria, así que ya no hay prisa. - ¿No había nadie dentro? - No, pero iré a asegurarme - y salió corrieendo. Así es la vida en Placet. Ya había tenido suficiente; había tenido demasiado. Me decidí mientras esperaba a Reagan. Cuando regresó, era un esqueleto articulado azul brillante. - Muy bien, jefe - dijo -. No había nadie deentro. - ¿Alguna de las máquinas está dañada? El se echó a reír. - ¿Puede usted mirar un flotador playero de goma en forma de caballito con puntitos púrpura y decir si es un torno intacto o uno dañado? Diga. jefe ¿sabe qué aspecto tiene? - Si me lo dices, te despido. No sé si bromeaba o no; estaba bastante irritado. Abrí el cajón de mi mesa, metí dentro el cartel de «Dios bendiga esta casa» y lo cerré de golpe. Estaba harto. Placet es un mundo de locura y si te quedas el tiempo suficiente también tú te vuelves loco. Uno de cada diez empleados del Centro Terrestre en Placet tiene que volver a la Tierra para recibir tratamiento psicológico después de un año o dos en Placet. Y yo casi llevaba aquí tres años. Mi contrato estaba a punto de expirar. Me decidí. - Reagan - dije. Él se dirigía hacia la puerta. Se volvió. - ¿Sí. jefe? - Quiero que envíes un mensaje por radiotipoo al Centro Terrestre. Y que quede clarito: Dimito. - Muy bien. jefe - salió y cerró la puerta. Me recliné en mi sillón y cerré los ojos para pensar. Se acabó. A menos que corriera tras Reagan y le dijera que no enviara el mensaje, se había terminado y era irrevocable. El Centro Terrestre es bastante curioso: la dirección es muy generosa en algunos aspectos, pero en cuanto dimites, nunca te dejan cambiar de opinión. Es una regla férrea, y noventa y nueve veces de cada cien está justificada en los proyectos interplanetarios e intergalácticos. Un hombre debe ser entusiasta al ciento por ciento con su trabajo para sacarle rendimiento. y cuando éste se le hace cuesta arriba, se acabó el atractivo. Sabía que el período medio estaba a punto de terminar, pero de todas formas permanecí allí sentado con los ojos cerrados. No quería abrirlos para mirar el reloj hasta que pudiera verlo como reloj, y no como lo que fuera esta vez. Permanecí allí y pensé. Me sentía un poco dolido con la indiferencia con que Reagan había aceptado el mensaje. Había sido buen amigo mío durante diez años: al menos podía haber dicho que sentía que me marchara. Naturalmente, había una buena probabilidad de que él consiguiera un ascenso, pero aunque estuviera pensando en eso. podría haber sido un poco diplomático. Al menos, podría haber... «Oh. deja de compadecerte - me dije -. Has acabado con Placet y has acabado con el Centro Terrestre, y vas a volver a la Tierra muy pronto, en cuanto te releven. y allí podrás conseguir otro empleo, probablemente otra vez en la enseñanza.» Pero maldito fuera Reagan de todas formas. Había sido alumno mío en la ciudad terrestre de Poly. y yo le había conseguido este trabajo en Placet. y era buena cosa para un joven de su edad, administrador auxiliar de un planeta con una población de casi mil personas. Respecto a eso. mi trabajo era bueno para un hombre de mi edad: sólo tengo treinta y uno. Un trabajo excelente, excepto que no se puede levantar un edificio que no vaya a caerse una y otra vez y... «Deja de lloriquear - me dije -. Ya has terminado aquí. De vuelta a la Tierra y a la enseñanza otra vez. Olvídalo.» Estaba cansado. Apoyé la cabeza sobre los brazos y debí dar una cabezada durante un minuto. Desperté con el sonido de unos pasos que recorrían el pasillo; no eran los pasos de Reagan. Vi que las ilusiones estaban mejorando. Era (o parecía ser) una espléndida pelirroja. No podía serlo, naturalmente. Hay unas cuantas mujeres en Placet, la mayoría esposas de técnicos, pero... - ¿No me recuerda, señor Rand? - dijo ella. Era una mujer; su voz era una voz de mujer, y era hermosa. También sonaba vagamente familiar. - No diga tonterías. ¿Cómo puedo reconocer nnada a mitad de período...? - dije. Mis ojos vieron de refilón el reloj más allá de su hombro, y se trataba de un reloj y no de una corona funeraria o un nido de cuco, y advertí súbitamente que el resto de la habitación había vuelto a la normalidad. Y eso significaba que el período medio se había acabado y ya no estaba viendo cosas. Mis ojos volvieron a la pelirroja. Advertí que debía de ser real. Y de repente la reconocí, aunque había cambiado, y mucho. Todos los cambios eran mejoras, aunque Michaelina Ittow había sido una muchacha muy hermosa cuando estaba en mi clase de tercer curso de botánica extraterrestre en el instituto de Poly, cuatro..., no. cinco años atrás. Entonces era bastante bonita. Ahora era hermosísima. Era apabullante. ¿Cómo la habían dejado escapar los teleshows? ¿O no lo habían hecho? ¿Qué estaba haciendo aquí? Debía haber bajado del Arca, pero... advertí que todavía la estaba mirando con la boca abierta. Me levanté tan rápidamente que casi me caí sobre la mesa. - Claro que la recuerdo, señorita Ittow - taartamudeé -. ¿No quiere sentarse? ¿Cómo ha venido aquí? ¿Han relajado la regla de no visitantes? Ella sacudió la cabeza, sonriente. - No soy una visitante, señor Rand. El Centrro anunció una secretaria técnica para usted, y yo solicité el trabajo y lo conseguí, sujeto a su aprobación, naturalmente. Estoy a prueba durante un mes. - Magnifico - dije. Era una obra maestra de expresión. Empecé a elaborarlo -. Maravilloso. Alguien se aclaró la garganta. Miré alrededor; Reagan estaba en la puerta. Esta vez no como un esqueleto azul o como un monstruo de dos cabezas. Simplemente Reagan. - La respuesta a su radiotipo acaba de llegaar - dijo. Se acercó y la colocó sobre mi mesa. La miré. «Muy bien. 19 de agosto», decía. Mi momentánea esperanza de que no hubieran aceptado mi dimisión se perdió entre los pájaros widgie. Había sido tan breve como yo. 19 de agosto... la siguiente llegada del Arca. Desde luego. no perdían el tiempo, mío ni de ellos. ¡Cuatro días! - Pensé que querría saberlo de inmediato, Phhil - dijo Reagan. - Sí - le dije. Lo miré -. Gracias. Con un poco de resentimiento (o tal vez algo más que un poco), pensé: «Bien, amigo mío. no te han dado el trabajo, o el mensaje lo diría; envían un reemplazo con la siguiente Arca.» Pero no lo dije; la capa de civilización era demasiado densa. - Señorita Ittow, me gustaría presentarle.... - dije. Ellos se miraron y empezaron a reírse, y yo recordé. Naturalmente, Reagan y Michaelina habían estado en mi clase de botánica, igual que el hermano gemelo de Michaelina. Dimitri. Sólo que, por supuesto, nadie llamaba a los gemelos pelirrojos Michaelina y Dimitri. Cuando se les conocía, eran Mike y Dim. - Me encontré con Mike al salir del Arca - ddijo Reagan -. Le dije cómo encontrar el camino de la oficina, ya que no estuvo allí para hacer los honores. - Gracias - dije -. ¿Llegaron las barras refforzantes? - Supongo. Descargaron algunas cajas. Teníann prisa por volver a despegar. Se han ido. Gruñí. - Bueno, comprobaré los albaranes - dijo Reaagan -. Sólo vine para darle el radiotipo; pensé que querría conocer la buena noticia inmediatamente. Salió, y me lo quedé mirando. Gusano. Le... - ¿Empiezo a trabajar inmediatamente, señor Rand? - preguntó Michaelina. Salí de mi ensimismamiento y logré forzar una sonrisa. - Claro que no. Primero querrá echar un visttazo a los alrededores, ¿no? Ver el escenario y acostumbrarse. ¿Quiere dar un paseo hasta el pueblo para tomar una copa? - Desde luego. Recorrimos el caminito hasta el pequeño grupo de edificios, todos pequeños, de un solo piso y cuadrados. - Es..., es bonito - dijo ella -. Parece quee estoy caminando en el aire, me siento tan liviana... ¿Cuál es exactamente la gravedad? - Cero setenta y cuatro - dije -. Si pesa.... hum..., cincuenta kilos en la Tierra, aquí pesa alrededor de treinta y cinco. Y en usted, sienta bien. Ella se echó a reír. - Gracias, profesor... Oh, claro; ya no es pprofesor. Ahora es mi jefe, y debo llamarle señor Rand. - A menos que esté dispuesta a llamarme Phill, Michaelina. - Si usted me llama Mike: detesto Michaelinaa casi tanto como Dim odia Dimitri. - ¿Cómo está Dim? - Bien. Tiene un trabajo de instructor en Pooly, pero no le gusta mucho - miró el pueblecito -. ¿Por qué tantos edificios pequeños en vez de unos cuantos más grandes? - Porque la vida media de cualquier estructuura en Placet es de unas tres semanas. Y nunca se sabe cuándo se va a caer... con alguien dentro. Es nuestro mayor problema. Todo lo que podemos hacer es construirlos pequeños y livianos, excepto los cimientos, que hacemos lo más fuerte posible. Hasta ahora, nadie ha sido herido de gravedad en el derrumbe de un edificio, pero.. - ¿Lo nota? - ¿La vibración? ¿Qué fue, un terremoto? - No. Una bandada de pájaros. - ¿Qué? Tuve que reírme ante la expresión de su cara. - Placet es un mundo de locura. Hace un minuuto dijo usted que se. sentía como si caminara en el aire. Bueno, en cierto modo, está haciendo eso exactamente. Placet es uno de los raros objetos en el Universo que está compuesto de materia a la vez ordinaria y pesada. Materia con una estructura molecular colapsada, tan pesada que no se podría levantar una piedra. Placet tiene un núcleo de esa materia; por eso este planeta diminuto, que tiene un área de unas dos veces el tamaño de la isla de Manhattan, tiene una gravedad que es de tres cuartos de la de la Tierra. Hay vida. vida animal, no inteligente, habitando en el núcleo. Son pájaros cuya estructura molecular es como la del núcleo del planeta, tan densa que la materia ordinaria es tan tenue para ellos como el aire lo es para nosotros. Vuelan a través de ella, como los pájaros de la Tierra. vuelan a través del aire. Desde su punto de vista, nosotros caminamos. en lo alto de la atmósfera de Placet. - ¿Y la vibración de su vuelo bajo la superfficie hace que las casas se derrumben? - Sí, y peor...; vuelan a través de los cimiientos, no importa de qué los hagamos. Cualquier materia con la que podamos trabajar para ellos es como aire. Vuelan a través del hierro o el acero con tanta facilidad como a través de arena o espuma. Acabo de recibir un cargamento de un material especialmente duro de la Tierra..., el acero especial por el que me ha oído preguntar a Reagan... pero no tengo mucha esperanza de que sirva para nada. - Pero ¿no son peligrosos esos pájaros? Quieero decir aparte de que hagan caer los edificios. ¿No podría uno adquirir suficiente aceleración al volar para salir del suelo y entrar un poco en el aire? ¿No atravesarían a cualquiera que estuviera allí? - Lo harían, pero no. Nunca vuelan más que uunos pocos centímetros cerca de la superficie. Algo parece decirles que se acercan a la parte superior de su «atmósfera». Algo análogo al sentido supersónico que emplea un murciélago. Ya sabe, los murciélagos pueden volar en completa oscuridad y nunca chocan con un objeto sólido. - Como el radar, si. - Como el radar, sí, excepto que un murciélaago usa ondas de sonido en vez de ondas de radio. Y los pájaros widgie deben usar algo que funciona con el mismo principio, pero al contrario; los hace volverse a unos pocos centímetros antes de lo que debe de ser para ellos el equivalente al vacío. Siendo de materia pesada, no podrían existir o volar en el aire, igual que un pájaro no podría existir o volar en el vacío. Mientras nos tomábamos un cóctel por cabeza en el pueblo, Michaelina mencionó a su hermano de nuevo. - A Dim no le gusta enseñar. Phil. ¿Hay alguuna posibilidad de que pueda conseguirle un trabajo en Placet? - He estado pidiendo otro auxiliar administrrativo al Centro Terrestre. El trabajo aumenta, ya que tenemos más cultivos en la superficie. Reagan necesita ayuda realmente. Yo... Todo su rostro estaba encendido de ansiedad. Y recordé. Había acabado. Había dimitido, y el Centro Terrestre prestaría tanta atención a cualquier recomendación mía como a un pájaro widgie. - Yo... veré si puedo hacer algo - terminé ddébilmente. - Gracias, Phil - dijo ella. Mi mano estaba sobre la mesa junto a mi vaso, y durante un segundo ella me puso la suya encima. Muy bien; es una metáfora gastada decir que sentí como si una descarga de alto voltaje me atravesara. Pero así fue, y se trató de una descarga mental tanto como física, porque advertí entonces que estaba colado. Había caído con más fuerza que ninguno de los edificios de Placet. El golpe me dejó sin respiración. No estaba mirando a la cara de Michaelina. pero por la forma en que apretó la mano contra la mía durante un milisegundo y luego la retiró como si se hubiera quemado. debió de sentir también un poco de aquella corriente. Me levanté, un poco tembloroso, y sugerí que regresáramos a la oficina. Porque la situación era ahora completamente imposible. Ahora que el Centro había aceptado mi dimisión y yo estaba sin ningún medio de apoyo visible o invisible. En un momento psicótico, yo mismo me había rebanado el cuello. Ni siquiera estaba seguro de poder encontrar un trabajo en la enseñanza. El Centro Terrestre es la organización más poderosa del Universo y tiene el dedo metido en todas partes. Si me ponían en la lista negra... De regreso. dejé que Michaelina llevara toda la conversación; yo tenía mucho en que pensar. Quería decirle la verdad... y no quería. Entre respuestas monosilábicas. luché conmigo mismo. Y, finalmente. perdí. O gané. No se lo diría... hasta justo antes de la llegada del Arca. Pretendería que todo iba bien y normal. me daría la oportunidad de ver si Michaelina se enamoraba de mí. Me daría ese respiro. Una oportunidad, durante cuatro días. Y entonces, bueno..., si para entonces ella llegaba a sentir lo mismo que yo, le diría lo loco que había sido y que me gustaría... No, no la dejaría regresar a la Tierra conmigo, aunque quisiera, hasta que viera luz a través de un futuro nublado. Todo lo que podría decirle era que si tenía la posibilidad de volver a conseguir un trabajo decente, ya que después de todo sólo tenía treinta y un años, entonces podría... Ese tipo de cosas. Reagan estaba esperando en mi oficina, con aspecto de estar tan enfadado como un abejorro mojado. - Esos cretinos del departamento de envíos ddel Centro Terrestre han vuelto a meter la pata hasta el fondo - dijo -. Esas cajas de acero especial... no son. - ¿No son qué? - No son nada. Son cajas vacías. Algo debe dde haber salido mal con la máquina de embalajes y no se han dado cuenta. - ¿Estás seguro de que esas cajas debían conntener eso? - Claro que estoy seguro. Todas las demás coosas del pedido han llegado, y los albaranes especificaban el acero para esas cajas concretas. Se pasó una mano por el pelo enmarañado. Le hizo parecer más un airedale que de costumbre. Le sonreí. - Tal vez acero invisible. - Invisible, intangible y sin peso. ¿Puedo eenviar un mensaje al Centro diciendo lo que ha pasado? - Haz lo que quieras - le dije -. Pero esperra un momento. Le enseñaré a Mike dónde están sus habitaciones y luego quiero hablar contigo. Llevé a Michaelina a la mejor cabina disponible del grupo. Ella volvió a darme las gracias por intentar conseguirle a Dim un trabajo allí y yo me sentí más bajo que la tumba de un pájaro widgie. - ¿Sí, jefe? - preguntó Reagan cuando lleguéé a mi oficina. - Sobre el mensaje a la Tierra. Me refiero aal que envié esta mañana. No quiero que Michaelina sepa nada. El se echó a reír. - Quiere decírselo usted mismo, ¿eh? Muy bieen, mantendré la boca cerrada. - Tal vez me precipité al enviarlo - dije trristemente. - ¿Eh? Pues yo me alegro. Fue una idea magníífica. Salió, y yo conseguí no arrojarle nada. El día siguiente fue martes, por si importa algo. Lo recuerdo como el día en que resolví dos de los principales problemas de Placet. Un momento irónico para hacerlo, por cierto. Estaba dictando algunas notas sobre cultura hortícola: la importancia de Placet para la Tierra, naturalmente, es el hecho de que ciertas plantas nativas del lugar y que no crecen en ninguna otra parte producen derivados importantes en farmacia. Dictaba despacito porque observaba a Michaelina tomar notas; ella había insistido en empezar a trabajar en su segundo día en Placet. Y de repente, caída del cielo y de una mente confusa, llegó una idea. Dejé de dictar y llamé a Reagan. Acudió en seguida. - Reagan, pide cinco mil ampollas de Condiciionador J-17. Diles que se den prisa. - Jefe ¿no se acuerda? Ya lo intentamos. Aunnque podría condicionarnos para ver normalmente en el período medio, no afecta a los nervios ópticos. Seguiríamos viendo cosas raras. Es magnífico para condicionar a la gente a temperaturas altas o bajas, o... - O para períodos largos y cortos de sueño yy vigilia - le interrumpí -. De eso estoy hablando, Reagan. Mira, al girar en torno a dos soles, Placet tiene unos períodos tan cortos e irregulares de luz y oscuridad que nunca nos lo tomamos en serio, ¿no? - Sí, pero... - Pero ya que no podríamos emplear ningún díía y noche lógicos de Placet, nos hacemos esclavos de un sol tan lejano que no podemos verlo. Usamos un día de veinticuatro horas. Pero el período medio se produce regularmente cada veinte horas. Podemos usar el condicionador para adaptarnos a un día de veinte horas, seis horas de sueño, doce despiertos, y todo el mundo dormido como un bendito a través del período en que los ojos les juegan malas pasadas Y en una habitación a oscuras no se podría ver nada, aunque uno se despierte. Días más y más cortos por año... y nadie se vuelve loco. Dime qué tiene de malo. Reagan puso los ojos en blanco y se golpeó la frente con la palma de la mano. - Demasiado simple, eso es lo que tiene de mmalo. Tan condenadamente simple que sólo un genio podría verlo. Durante dos años me he estado volviendo loco lentamente y la respuesta es tan fácil que nadie podía verla. Cursaré el pedido ahora mismo. Empezó a marcharse, y de pronto se volvió. - ¿Cómo mantenemos los edificios en pie? Ráppido, mientras esté inspirado o lo que sea. Me eché a reír. - ¿Por qué no usar ese acero invisible de laas cajas vacías? - Genial - dijo él, y cerró la puerta. Al día siguiente era miércoles y yo dejé el trabajo y me llevé a Michaelina a dar un paseo por Placet. De vez en cuando sienta bien dejar el trabajo. Pero con Michaelina Ittow. cualquier día de paseo sería bueno. Excepto. naturalmente, que yo sabía que sólo tenía un día más para pasar con ella. El mundo terminaría el viernes. Mañana, el Arca saldría de la Tierra, con la partida de condicionador que resolvería uno de nuestros problemas... y con quienquiera que el Centro Terrestre enviara para ocupar mi puesto. Surcaría el espacio hasta un punto a salvo fuera del sistema de Argyle I - II y usaría el poder de los cohetes a partir de ahí. Estaría aquí el viernes, y yo volvería en ella. Pero traté de no pensar en eso. Conseguí bastante bien olvidarlo hasta que volvimos a la oficina y me encontré con Reagan. Tenía una sonrisa que dividía su cara amistosa en mitades horizontales. - Jefe, lo consiguió - dijo. - Magnífico. ¿El qué? - Me dio la respuesta a los cimientos de reffuerzo. Resolvió el problema. - ¿Sí? - Sí. ¿Verdad. Mike? Michaelína parecía tan sorprendida como yo. - Estaba bromeando. Dijo que usara el materiial de las cajas vacías, ¿no? - preguntó ella. Reagan volvió a sonreír. - Eso creía él. Es lo que vamos a utilizar aa partir de ahora. Nada. Mire, jefe, es como el condicionador... tan simple que no se nos había ocurrido. Hasta que me dijo usted que usara lo que había en las cajas vacías. y me puse a pensar. Yo mismo pensé durante un momento. y entonces hice lo que Reagan había hecho el día anterior: me di una palmada en la frente. Michaelina seguía sorprendida. - Cimientos huecos - le dije -. ¿Qué es lo qque los pájaros widgie no atraviesan? Aire. Ahora podemos hacer los edificios del tamaño que queramos. Como cimientos, hundiremos paredes dobles con un amplio espacio de aire en medio. Podemos... Me detuve, porque yo ya no estaba incluido en la historia. Ellos Podrían hacerlo cuando yo estuviera en la Tierra buscando trabajo. Y el jueves pasó y llegó el viernes. Estuve trabajando hasta el último minuto. porque era lo más fácil de hacer. Con Reagan y Michaelina ayudándome, hacía listas de materiales para nuestros nuevos proyectos de construcción. Primero, un edificio de tres plantas de unas cuarenta habitaciones para ser la sede de las oficinas centrales. Trabajábamos rápidamente, porque pronto sería el período medio y no se puede hacer ningún papeleo cuando no se puede leer y sólo se puede escribir al tuntún. Pero mi mente estaba en el Arca. Cogí el teléfono y llamé a la garita de radiotipo para preguntar por ella. - Acabo de recibir una llamada - dijo el opeerador -. Han entrado en órbita. pero no podrán aterrizar antes del período medio. Aterrizarán inmediatamente después. - Muy bien - dije, abandonando la esperanza de que llegaran un día tarde. Me levanté y me acerqué a la ventana. Nos acercábamos a la posición media. Al norte, en el cielo, podía ver a Placet viniendo hacia nosotros. - Mike - dije -. Ven aquí. Ella se reunió conmigo junto a la ventana y nos quedamos allí mirando. Mi brazo la rodeaba. No recuerdo haberlo puesto allí. pero tampoco lo quité, y ella no se movió Tras nosotros, Reagan se aclaró la garganta. - Tengo la lista para el operador - dijo -. Puede lanzarla al éter después del período medio. Salió y cerró la puerta tras él. Michaelina pareció acercarse un poco más. Los dos contemplábamos por la ventana cómo Placet se acercaba hacia nosotros. - Es hermoso, ¿verdad. Phil? - Sí - dije. Pero me di la vuelta, y la miré a la cara mientras lo decía, Entonces, sin querer. la besé. Luego me senté en mi mesa. - Phil, ¿qué pasa? - dijo ella -. No tienes una esposa y seis hijos ocultos en alguna parte o algo así. ¿no? Eras soltero cuando me enamoré de ti en Poly... y esperé cinco años para superarlo y por fin conseguí un trabajo en Placer sólo para... ¿Tengo que declararme yo? Gruñí. No la miré. - Mike. estoy loco por ti. Pero... justo anttes de que vinieras, envié un radiotipo a la Tierra. Decía: «Dimito». Así que tengo que marcharme de Placet en la lanzadera del Arca. y dudo que pueda siquiera encontrar trabajo en la enseñanza, ahora que los del Centro Terrestre estarán enfadados conmigo y... - ¡Pero Phil! - dijo ella. y dio un paso haccia mí. Llamaron a la puerta. Reagan. Por una vez, me alegré de la interrupción. Le dije que entrara, y él abrió la puerta. - ¿Se lo ha dicho ya, jefe? Yo asentí, sombrío. Reagan sonrió. - Bien - dijo -. Me moría por decírselo. Serrá magnífico volver a ver a Dim. - ¿Eh? - dije yo -. ¿A Dim? ¿Dim quién? La ssonrisa de Reagan se desvaneció. - ¿Phil, está mareado o algo? ¿No se acuerdaa de que me dio la respuesta al radiotipo del Centro Terrestre hace cuatro días, justo antes de que llegara Mike? Me lo quedé mirando con la boca abierta. Ni siquiera había leído el radiotipo. y mucho menos lo había contestado. ¿Se había vuelto loco Reagan. o estaba loco yo? Recordé haberlo guardado en el cajón de mi mesa. Lo abrí y saqué el papel. Mi mano tembló un poco cuando leí: PETICIÓN PARA AYUDANTE ADICIONAL CONCEDIDA. ¿A QUIÉN QUIERE PARA EL TRABAJO? Miré a Reagan. - ¿Estás tratando de decir que envié una resspuesta a esto? El parecía tan aturdido como yo. - Usted me lo dijo. - ¿Qué te dije que enviaras? - Dim Ittow - me miro -. Jefe, ¿se encuentraa bien? Me sentía tan bien que algo pareció explotar en mi cabeza. Me levanté y me dirigí hacia Michaelina. - Mike. ¿quieres casarte conmigo? - dije. La rodeé con mis brazos, justo a tiempo, antes de que el período medio se cumpliera, así que no pude ver qué aspecto tenía, o viceversa. Pero, por encima del hombro, pude ver lo que debía de ser Reagan. - Lárgate de aquí, orangután - dije, y habléé literalmente porque eso era exactamente lo que parecía: un brillante orangután amarillo. El suelo temblaba bajo mis pies, pero también otras cosas me sucedían, y no me di cuenta de lo que significaba el temblor hasta que el orangután regresó y gritó: - ¡Una bandada de pájaros está pasando bajo nosotros, jefe! Salga rápido, antes de que... Pero eso fue todo lo que pudo decir antes de que la casa se desplomara a nuestro alrededor y el suelo de hojalata me golpeara la cabeza y me derribara. Placet es un mundo de locura. Me gusta. PESADILLA EN BLANCO Fredric Brown Se despertó de pronto, preguntándose por qué dormía si no quería hacerlo. Echó una rápida ojeada a la esfera luminosa de su reloj de pulsera. Los números, que brillaban en una oscuridad casi absoluta, le indicaron que pasaban unos minutos de las once. Había descansado; fue suficiente una breve cabezada. Se había quedado dormido en el sofá, menos de media hora antes. Si su esposa realmente quería estar con él, habría de ser más tarde. Tendría que esperar hasta estar segura de que la condenada hermana de él estuviera dormida, profundamente dormida. Resultaba una situación ridícula. Sólo llevaban casados tres semanas, volvían de la luna de miel, y era la primera vez que dormía solo durante ese tiempo. Y todo porque su hermana Débora había insistido absurdamente en que pasaran la noche en su apartamento. Cuatro horas más de viaje y hubieran llegado a casa, pero insistió tanto Débora que tuvieron que aceptar. Después de todo, se confesó, una noche de abstinencia no le vendría mal; de hecho, estaba fatigado y sería mucho mejor aprovechar esta oportunidad para conducir descansado y fresco a la mañana siguiente. Por supuesto, el apartamento de Debie sólo tenía un dormitorio y él sabía de antemano, antes de aceptar su invitación, que no podría acceder a su ofrecimiento de dormir fuera y dejarles a él y a Betty en la habitación. Hay formas de hospitalidad que uno no puede aceptar, ni siquiera de nuestra dulce y cariñosa hermana soltera. Pero estaba seguro, o casi seguro, que Betty esperaría a que Débora se durmiera para ir a reunirse con él, aunque fuera breve el momento de intimidad, ya que se sentiría cohibida pensando que algún ruido podía despertar a su cuñada. Seguramente vendría, por lo menos para darle un beso de buenas noches, y quizá se arriesgara a ir un poco más lejos, como él estaba decidido a hacer. Por esa razón la esperaba en silencio. Claro que ella vendría, sí... la puerta se abrió despacio en la oscuridad y se cerró de nuevo silenciosamente, oyéndose únicamente el chasquido de la cerradura y el suave roce de la negligeé o camisón, o lo que fuera, al caer al suelo. Un momento más tarde, el cuerpo desnudo se estrechaba contra el suyo y la única conversación fue un murmullo. - Querido... - y después no fueron necesariaas más palabras. Ninguna palabra durante los interminables minutos que pasaron hasta que la puerta se abrió nuevamente, esta vez dejando pasar una luz blanca y delineando, con blanco horror, la silueta de su esposa de pie en el marco de la puerta comenzando a gritar. PESADILLA EN AZUL Fredric Brown Se despertó con la mañana más brillante y azul que hubiera visto nunca. Por la ventana de la habitación podía ver un cielo increíble. George se tiró rápidamente de la cama, bien despierto, para no perder otro minuto de su primer día de vacaciones. Se vistió procurando no despertar a su esposa. Habían llegado a la casa de campo, prestada por un amigo para pasar las vacaciones, bastante tarde la noche anterior, y Vilma llegó muy cansada del viaje; la dejaría dormir tanto como ella quisiera. Se llevó los zapatos a la salita, para ponérselos allí. El pequeño Tommy, su hijo de cinco años, salió bostezando del cuarto más pequeño, donde dormía. - ¿Quieres desayunar? - le preguntó George. Y cuando Tommy asintió, le dijo -: Vístete y reúnete conmigo en la cocina. George fue a la cocina; pero, antes de empezar a desayunar, salió a la puerta y echó un vistazo a los alrededores. Cuando llegaron, estaba ya oscuro y sólo conocía el lugar por referencias. Ahora aparecía ante sus ojos el bosque virgen más hermoso que jamás hubiera podido imaginarse. La casa de campo más cercana, según le dijeron, estaba a una milla de distancia, al otro lado de un lago no muy grande. No alcanzaba a verlo por los árboles, pero el camino que se iniciaba en la puerta de la cocina conducía hasta sus orillas, a menos de un cuarto de milla de distancia. Su amigo le dijo que estaba bien para nadar y pescar. La natación no le interesaba a George; no tenía miedo al agua, pero tampoco le gustaba de forma especial, y nunca aprendió a nadar. Su esposa si era una buena nadadora y también lo era Tommy; un verdadero renacuajo. Tommy se le unió enseguida; para el chico, la idea de estar vestido era ponerse un bañador, y eso no le llevó mucho tiempo. - Papá - propuso -, vamos a ver el lago antees de desayunar, ¿eh? - Muy bien - aceptó George. No tenía hambre y, para cuando regresaran, quizá Vilma estaría ya despierta. El lago era hermoso, de un azul más intenso que el del cielo, y terso como un espejo. Tommy se lanzó alegremente al agua mientras George le pedía insistentemente que se quedara cerca de la orilla. - Puedo nadar bien, papá. Muy bien. - Sí, pero tu madre no está aquí. Mantente ccerca. - El agua está tibia, papaíto. A lo lejos, George vio saltar un pez. Después del desayuno volvería con su caña para tratar de pescar una trucha. Le dijeron que la vereda que corría a lo largo de la orilla conducía a un lugar, un par de millas más adelante, donde se podían alquilar botes. Trató de distinguir a lo lejos ese embarcadero. Repentinamente hubo un grito de angustia: - ¡Papaíto, mi pierna...! George se dio la vuelta y vio desaparecer la cabeza de Tommy, a unos veinte metros de distancia. Debía tratarse de un calambre, pensó frenéticamente; Tommy sabía nadar muy bien. Durante un segundo estuvo a punto de arrojarse al agua, pero se dijo que de nada serviría ahogarse también. Si pudiera avisar a Vilma habría alguna posibilidad... Corrió hacia la casa. Unos cien metros antes empezó a gritar, a todo pulmón: - ¡Vilma! ¡Vilma! Cuando llegó a la cocina, ella salió, en pijama todavía. Corrió tras él, de regreso al lago y pronto le alcanzó dejándole atrás, hasta llegar a la orilla del lago con una ventaja de casi cincuenta metros, y arrojarse al agua nadando vigorosamente hacia el punto donde apareció durante un momento la parte posterior de la cabeza del niño flotando en la superficie. Vilma llegó en unas cuantas brazadas, lo agarró y entonces, al enderezar el cuerpo para regresar, George pudo ver con horror, un horror reflejado también en los ojos azules de su esposa, que ella estaba de pie sobre el fondo del lago, abrazando a su hijo muerto, ahogado en tan sólo tres pies de agua. PESADILLA EN AMARILLO Fredric Brown Se despertó cuando sonó la alarma del reloj, pero se quedó en la cama después de haberla parado, repasando cuidadosamente los planes para el asesinato que cometería esa noche. Todos los detalles habían recibido una cuidadosa atención; esto sería el repaso final. Esa noche, a las ocho y cuarenta y seis minutos, sería un hombre libre, en todos los sentidos. Escogió ese momento de su cuadragésimo cumpleaños, porque era la hora exacta del día, o mejor dicho de la noche, en que nació. Su madre era muy aficionada a la astrología y, por eso, el momento de su nacimiento fue tan cuidadosamente registrado. Personalmente, él no era supersticioso, pero consideró halagador para su sentido del humor que su nueva vida empezara a los cuarenta años de edad, con precisión astrológica. De todos modos, el tiempo corría. Como abogado especializado en administrar propiedades, pasaba por sus manos mucho dinero y, a veces, también parte se quedaba en ellas. Un año antes había tomado prestados cinco mil dólares y los empleó en un negocio que parecía un medio seguro de duplicar o triplicar la inversión, pero no fue así y perdió el dinero. Tomó prestado más dinero, para jugar, y de un modo o de otro recuperar la primera pérdida. Ahora debía ya más de treinta mil; el fraude apenas podría ocultarse algunos meses y no tenía ninguna esperanza de poder reemplazar el dinero perdido, dentro de ese plazo. Se dedicó cuidadosamente a reunir todo el dinero en efectivo que le fue posible sin despertar sospechas, haciendo ajustes parciales en las cuentas encomendadas a su cuidado, y para esa misma tarde la cantidad reunida sería de más de cien mil dólares, suficiente para pasar el resto de su vida. Nunca lo atraparían. Planeó todos los detalles de su viaje, su destino, su nueva identidad y todo estaba a punto. Tuvo que trabajar en ello durante varios meses. La decisión de matar a su esposa fue un pensamiento secundario. El motivo era simple: la odiaba. Adoptó esa decisión cuando tomó la determinación de no ir nunca a la cárcel, de matarse si alguna vez era apresado. Por consiguiente, dado que moriría de todos modos si lo atrapaban, no tenía nada que perder dejando tras de sí una esposa muerta en vez de una viva. Difícilmente pudo contener la risa al pensar en lo apropiado que había sido el regalo de cumpleaños que recibió de ella con un día de anticipación: una maleta nueva. También le habló de celebrar el cumpleaños encontrándose los dos en la ciudad, a las siete de la noche, para cenar. Estaba muy lejos de saber cuál sería la continuación de la fiesta. Planeaba llevarla a casa a las ocho cuarenta y seis y satisfacer su sentido del destino quedando viudo en ese preciso momento. Había además una ventaja práctica en asesinarla. Si la dejaba viva, ella se imaginaría lo sucedido y sería la primera en llamar a la policía cuando notase su ausencia por la mañana. Muerta, no encontrarían el cuerpo de inmediato, pues antes pasarían quizá dos o tres días, lo que le permitiría obtener más tiempo. Las cosas marcharon sobre ruedas en la oficina; para la hora en que fue a encontrarse con su esposa, todo estaba listo. Ella se entretuvo mientras cenaban y tomaban algunas copas, y él empezó a preguntarse si llegarían a casa a las ocho cuarenta y seis. Era ridículo, lo sabía, pero resultaba un hecho de la mayor importancia que el momento de su libertad fuese entonces y no un minuto después. Miró su reloj. Fallaría por medio minuto si esperaba hasta estar dentro de la casa. La oscuridad del pórtico era perfecta para realizar el crimen. La golpeó violentamente con la culata del arma mientras ella esperaba a que abriera la puerta. La tomó en sus manos antes de que cayera al suelo y se las arregló para sostenerla con un brazo, mientras abría la puerta y entraba. Entonces accionó el interruptor y la luz amarilla inundó el salón. Antes de que pudieran ver que su esposa estaba muerta y que él la sostenía en pie, todos los invitados a la fiesta de cumpleaños gritaron: - ¡Sorpresa! MISS OSCURIDAD Fredric Brown Era entrada la tarde, casi la hora de cenar, cuando Miss Oscuridad llegó a la pensión de mistress Prandell. Los diarios de la noche acababan de llegar, y mientras mistress Prandell subía las escaleras acompañada de Miss Oscuridad para enseñarle la habitación libre, mister Anstruther, abajo en el salón, decía: - Esta tarde ha habido un robo en la ciudad,, ¿verdad, miss Wheeler? ¿Se ha enterado usted? - ¿Se refiere al robo del banco, mister Ansttruther? No, he pasado toda la tarde en la Biblioteca Principal, buscando datos. Los datos que miss Wheeler buscaba, naturalmente, eran para su Magna Opus, un estudio sobre los poetas italianos; un proyecto en el que ella había envuelto toda su vida desde que, dos años atrás, había conseguido su retiro de profesora de inglés superior. Era extraña la afinidad de miss Wheeler con los isabelinos; aquellos tumultuosos amigos debían haberla impresionado fuertemente. - ¿Ha visto usted algo? - He oído sirenas - contestó mister Anstruthher, preguntándose por qué miss Wheeler, que había tenido una fugaz visión de mister Anstruther como Ulises atado al mástil del barco, dejaba escapar una sonrisa a hurtadillas. Arriba, mistress Prandell estaba abriendo la puerta de la habitación que estaba por alquilar. - Quince dólares - decía -, con desayuno y ccena incluidos. No servimos almuerzos. O diez dólares, con sólo el desayuno. Su tono de voz dejaba entrever que si Miss Oscuridad no se quedaba con la habitación muchos otros lo harían. - Me... me quedo con ella - dijo Miss Oscuriidad - con sólo el desayuno. - Sábanas una vez por semana, no se permite cocinar en las habitaciones; nada de invitados, por supuesto, si no es abajo en el salón; nada de animales; no se permiten radios después de las diez; el jabón, toallas y bombillas a su cargo; y el desayuno se sirve a las siete y media y a las ocho y media. Puede usted elegir. Unos van al trabajo antes que otros por lo que tenemos establecidos dos turnos. ¿Cuál de los dos prefiere? - A las ocho y media, por favor. - Y... - mistress Prandell echó una rápida oojeada a la pequeña y barata maleta de cartón que Miss Oscuridad había traído consigo - pagadero por adelantado, por favor. Cuando Miss Oscuridad revolvió en su bolso y le alargó un billete de diez dólares pudo notarse más afabilidad en la voz de mistress Prandell. - Después de la cena le tendré preparado su recibo; ahora tengo que ayudar en la cocina. ¿Cuál dijo que era su nombre, miss...? - Westerman - dijo Miss Oscuridad... Mary Weesterman Con eso mistress Prandell se dio por satisfecha y bajó a la cocina para supervisar la cena, y Miss Oscuridad (quien, por supuesto, aún no tenía ese mote) entró en la habitación y cerró la puerta. Algo más tarde, cuando mistress Prandell se preparaba para tocar la campana anunciando la cena, Miss Oscuridad salió de su habitación. Cuando se volvía para dirigirse hacia la escalera estuvo a punto de caer en brazos de mister Barry, quien subía en aquel momento por la escalera para asearse antes de la cena. Mister Barry, agente de seguros era, por declaración conjunta de todos los huéspedes de mistress Prandell, un muchacho simpático. Desde luego, debe reconocerse que resultaba el chico más aceptable en un radio de varias manzanas. No era alto, pero tampoco lo era Miss Oscuridad. Y lucía un hermoso pelo ondulado y unos ojos chispeantes así como una boca bien modelada que inició voluntariamente un silbido al ver a Miss Oscuridad. Fue gracioso, Miss Wheeler y miss Gaines quienes estaban sentadas en el salón en espera de la cena, pudieron ver toda la escena del choque y a Miss Oscuridad avergonzada en lo alto de las escaleras. Aunque en realidad, sólo vieron a una chica con carita de ratón asustado vistiendo un traje barato de confección, mientras que mister Barry pudo ver mucho más que esto. Podría decirse que vio a la chica a través de su modesto traje (naturalmente, entiéndase en forma casta, ya que él era un buen chico) y que le gustó lo que pudo ver. Miss Oscuridad era delicada y de pequeños miembros, labrada con gusto. Su cara era pálida para las señoritas Wheeler-Gaines; blanca como la leche para mister Barry. Sus ojos eran grandes y negros (como reflejos de luna sobre el agua) y algo asustados. Mister Barry sonrió. - Nadie me cuenta nada (afirmación francamennte incorrecta, ya que todos contaban todo lo que sucedía a mistress Prandell; el único motivo por el que mister Barry no sabia la llegada de Miss Oscuridad era qué el joven acababa de llegar a casa) - dijo -., ¿Vive usted aquí? ¿Un nuevo huésped? - Si - contestó Miss Oscuridad mientras sus ojos se volvían cautos, aunque ya no asustados. - Entonces permita que me presente. Walter BBarry. - Mary Westerman - dijo Miss Oscuridad -, Y ¿me permitiría ahora que pasase? Estoy llegando tarde a una cita para cenar. Naturalmente, las escaleras no eran lo suficientemente anchas para que mister Barry se apartase e hiciera una reverencia, pero supo aproximarse a ello graciosamente. Permaneció allí mientras ella bajaba la escalera y salía a la calle. En el salón, miss Gaines miró significativamente a miss Wheeler, y miss Wheeler miró significativamente a miss Gaines. Entonces se oyó la campana avisando para la cena. Una hora más tarde, volvía Miss Oscuridad, dirigiéndose directamente hacia su habitación. Como miss Wheeler subiese poco después, pudo ver que la luz de la habitación de Miss Oscuridad estaba apagada y se extrañó de ello. Eran escasamente las ocho. Eso ocurría el martes. El jueves por la noche, el fantasma de la duda volvió a aparecerse. Oh, pueden estar seguros de que el miércoles y el martes se habló mucho sobre este tema, aunque en voz baja y con reservas ya que el joven mister Barry estaba presente en ambas comidas y había comenzado ya a mostrar cierta propensión a introducirse en la brecha, en defensa del nuevo huésped, a la menor indicación en contra de éste. Fue el jueves por la noche cuando dijo miss Gaines: - Hay algo raro en ella, mistress Prandell. Está asustada de algo. Incluso de la luz. - ¿De la luz? - se extrañó mister Anstrutherr -. ¿Qué quiere usted decir? - Permanece con la luz apagada, sentada arriiba en su habitación. Y procura alejarse de nuestro salón. ¿Por qué la primera noche en que llegó, cuando yo pasé frente a su habitación sobre las ocho, estaba sentada en la oscuridad, y lo mismo ayer noche? Puede verse un rayo de luz por debajo de la puerta cuando está encendida, ya lo sabe usted. - Quizá - replicó mistress Prandell -... se acuesta pronto. - Pero no tan pronto, como esto por supuestoo. Por lo menos encendería la luz para arreglarse la cama, y tampoco lo hace. Lo sé porque la noche pasada subí a buscar un pañuelo sólo un minuto después de que ella entrara en la habitación, y ya no podía verse ninguna luz. - ¡Qué extraño! - dijo miss Wheeler -. Mistrress Prandell, ¿le ha dado a usted alguna explicación...? Mistress Plandell denegó con la cabeza. - ¿Qué razones puede tener para ello? - pregguntó miss Gaines. Mister Anstruther se aclaró la garganta con solemnidad. - Existen un sinfín de posibles explicacionees. Se me ocurren media docena sin apenas pensar en ello. Podría tener la vista delicada y el oculista haberle prohibido la luz eléctrica. - Llevaría gafas oscuras, por lo menos una vvez en su habitación - objetó miss Gaines -. No, no puede ser eso, mister Anstruther. Ayer noche, cuando bajaba la escalera, se detuvo a medio camino como si pensara si debía volver o no, y se quedó mirando la luz que hay al pie de las escaleras. No lo habría hecho de estar delicada de la vista. - Quizás está asustada y se esconde de alguiien - dijo mister Anstruther -. Y como la suya es una habitación con ventana a la calle... Sí, ya sé que hay persiana. ¿Funciona correctamente la persiana, mistress Prandell? - Supongo que sí. Mañana lo miraré. - Cabe la posibilidad de que sea una fanáticca religiosa - dijo mister Anstruther -, dada a la meditación más absoluta... No, realmente no creo que sea esto, me limito a apuntar posibilidades. - Y aún le quedan tres más por decir - añadiió miss Gaines. Usted dijo que se le ocurrían media docena de ellas. - Quizá trabaja o está asociada con ciegos, o piensa estarlo. Ahora aprende a comportarse como ellos para comprender sus posibilidades, practicando en su habitación cuando está sola. - No trabaja con ni para ciegos - replicó miistress Prandell -. Simplemente no trabaja. No me ofreció información del sitio donde trabaja, como es la costumbre. - Podría evitar la ventana - añadió miss Wheeeler - sin necesidad de quedarse a oscuras. Incluso si la persiana estuviera estropeada. - La quinta - continuó mister Anstruther. Crree en los espíritus. Intenta establecer contacto con un muerto del que estuvo enamorada. Quizás cree tener poderes de medium. Y la oscuridad es conductora... Se abrió la puerta de la calle y miss Wheeler, sentada en el extremo opuesto de la mesa frente a mistress Prandell, alargó el cuello para ver quién había entrado. Se volvió y susurró: - Ahí está Miss Oscuridad. Y ya nada más se dijo hasta que se oyeron pasos subiendo las escaleras. Miss Gaines apartó un poco su silla de la mesa y dijo: - Creo que... - Que se le ha vuelto a olvidar el pañuelo -- continuó por ella mister Anstruther -. ¿Me equivoco, miss Gaines? Una risa general se extendió por toda la mesa, mientras miss Gaines enrojecía ligeramente, a pesar de lo cual subió las escaleras. Cuando volvió todas las miradas se dirigieron hacia ella, viendo cómo asentía con la cabeza. Luego hubo unos minutos de silencio y antes de que volviera a reanudarse la conversación, entró mister Barry, lo que fue una verdadera lástima. Hacía años que los huéspedes de mistress Prandell no tenía un tema tan interesante que discutir. Eso era en jueves. El viernes, en el primer turno del desayuno, miss Wheeler miró por encima de la mesa a mister Anstruther y le dijo: - ¿Le han contado los últimos detalles del rrobo que hubo en el banco, el pasado martes? - No, miss Wheeler. ¿Cuáles son éstos? - Uno de los atracadores fue capturado en ell mismo momento, ya lo sabe usted, y el otro pudo escapar con el dinero. Se cree ahora que una mujer les facilitó la huida con un coche. - ¿Realmente? - preguntó mister Anstruther, y sus pobladas cejas de color gris se elevaron más de un centímetro -. ¿Y se ha conseguido la descripción de esa mujer? Mister Barry colocó el tenedor sobre el plato. - No - dijo miss Wheeler, pudiéndose notar ccierto desagrado en el tono de su voz -. El testigo que cree haber visto el coche arrancando cerca de la esquina del banco, se encontraba a bastante distancia del mismo; sin embargo, cree que se trataba de una mujer joven. - ¿Realmente? - preguntó esperanzado mister Anstruther -.¿Y eso era el martes por la tarde, verdad? - ¿Qué quiere usted dar a entender, mister AAnstruther? - inquirió Barry. Las cejas de mister Anstruther volvieron a su posición habitual. Pero antes de que pudiera contestar a esa pregunta, miss Gaines salvó la situación al preguntar por los detalles del robo; no había leído las informaciones de los diarios. - Entraron dos hombres en el banco. Armados de pistolas - explicó miss Wheeler -. Llevaban puestas unas máscaras que debieron colocarse al entrar, entre las puertas interior y exterior. Uno de ellos llevaba un pequeño maletín. Amenazaron a los cajeros y se llevaron todos los billetes que había en los cajones largándose luego... bueno, escapando luego. Naturalmente, mientras salían comenzó a sonar la alarma. - ¿Y cogieron a uno justo cuando salía? - No precisamente al salir. Pero los coches de la policía que ya cercaban el lugar recogieron a un individuo acusado en anteriores robos de bancos, dos manzanas más abajo, iba a pie. Uno de los policías lo reconoció. Llevaba una pistola, pero ya se habla deshecho de la máscara, y no era el que llevaba la maleta del dinero. Lo arrestaron, desde luego, y aún lo tienen preso, pero sólo bajo el cargo de tenencia ilícita de armas; mientras no encuentren al otro hombre..., o a la mujer, no pueden acusarlo de nada. - ¿Y ese testigo? - preguntó mister Anstruthher, satisfecho de que se hubiera desviado la atención de sus afirmaciones acerca del martes. - La policía lo encontró al día siguiente. UUn hombre que recordaba haber visto desde cierta distancia a un individuo con un pequeño maletín, cuando subía a un coche aparcado al otro lado de la esquina del banco momentos después del atraco. Asegura que detrás del volante había una mujer, pero le fue imposible identificar ni a la mujer ni a los hombres. La policía cree que cuando los atracadores salieron del banco uno de ellos huyó en una dirección, y el otro, el que llevaba el dinero, hacia donde le estaba esperando un coche con el que poder largarse. Tengo entendido que así es como lo dicen ellos, un coche para largarse. Mister Barry no pudo reprimir una sonrisa. - Sí, miss Wheeler. Así es como ellos lo diccen. Temo que usted haya equivocado la carrera, miss Wheeler - dijo. - No es cierto, mister Barry. Hubiera sido uun detective muy torpe, si es a eso a lo que usted se refiere. Mister Barry sonrió y se levantó de la silla. - ¿Querrá perdonarme, mistress Prandell? Misss Wheeler, no era eso lo que yo quería decir. Aquella noche, después de la cena, mister Barry se acomodó en los escalones del vestíbulo cuando los demás ya se hablan retirado a su habitaciones, excepción hecha de mister Anstruther, que había ido a la ciudad para ver una película. Miss Oscuridad, pensó, así era como la llamaban los demás. También a él le parecía que el nombre encajaba misteriosamente con la nueva huésped, aunque por su parte, sin ninguna clase de matiz siniestro. Miss Oscuridad, de negros ojos y cabello oscuro. Aunque, desde luego, algo había de misterioso en ella. ¿Por qué se sentaba en la oscuridad, noche tras noche? No era porque se acostase inmediatamente ya que se la había oído andando por la habitación. ¿Se escondería? Mister Barry se levantó de los escalones donde había estado sentado y caminó hacia la esquina, situándose frente a la ventana de ella de forma que pasara inadvertido. Estaba a oscuras y con la persiana echada. Pero la persiana sola ya habría sido suficiente, y más tratándose de un segundo piso. Vio a un gato caminando en silencio a través del jardín en tinieblas. Los gatos, pensó, ven en la oscuridad. Y se imaginó a Mary Westerman como una gatita retozona, a pesar de que eso tampoco explicaba nada. Naturalmente, ella no podía ver en la oscuridad... El sábado por la mañana, desde el salón, miss Gaines pudo ver cómo salía Miss Oscuridad para tomar su almuerzo, fuese donde fuese que lo tomara. Luego miss Gaines entró resueltamente en la cocina de mistress Prandell. - Acaba de salir - dijo miss Gaines. Ya no hacía falta, claro, decir quién se trataba. Mistress Prandell echó una ojeada al reloj. - Son casi las doce. Acostumbra a salir siemmpre a esta hora, ¿no es cierto? - Sí, pero... Nunca me atrevería, mistress PPrandell, a sugerir un registro, pero, ¿no se le ha ocurrido pensar que podría ser una persona peligrosa? ¿Y si tuviera el dinero del atraco del banco, por ejemplo? - No lo tiene, miss Gaines. ¿Cree usted que yo, para seguridad de todos nosotros, no he mirado ya su habitación y sus cosas, en la primera ocasión que se me presentó después de lo que miss Wheeler nos contó? Miss Gaines se inclinó hacia delante ansiosamente. - ¿Y qué encontró? - Sólo cuatro baratijas dentro de un pequeñoo maletín de cartón, eso es todo. Pero de todas formas ella se irá el martes, cuando cumpla la semana. No me gustan los misterios, miss Gaines. No voy a alquilarle la habitación una semana más. - Me alegro, mistress Prandell. - Miss Gainees se inclinó confidencialmente -. ¿Le ha contado mister Anstruther lo de ayer...? - No. ¿El qué? - Bien, ocurrió que él salió de aquí al mediiodía, aproximadamente a la misma hora que ella. Precisamente después de ella. Anduvo varias manzanas siguiéndola. Entonces ella se volvió y, al verlo, actuó como si pensara que la habían seguido. Lo miró fijamente y luego, al volver una esquina, apresuró el paso y cuando él llegó a la misma ya se había perdido de vista. Mistress Prandell resopló. - Justo lo que yo pensaba - dijo -. Bueno, ppasado el martes... Aquella noche, la noche del sábado, mister Barry pasó por alto su cena para así poder estar sentado en los escalones del vestíbulo cuando Miss Oscuridad saliera. - Buenas noches - dijo -. Hace una hermosa nnoche. En realidad no era así; en aquel momento no llovía, pero el cielo se presentaba nuboso y el aire era pegajoso y caliente. Ella le sonrió, pero le contestó con brevedad continuando su camino sin darle tiempo a pensar lo que podía decir o preguntar. Vio cómo ella bajaba por la calle, observando que se volvía para mirar a sus espaldas. Lo hizo por dos veces. Aquí hay algo raro, pensó; está asustada por algún motivo. Esta chica está en peligro. Fue el lunes por la noche cuando la Muerte llegó a la pensión de mistress Prandell. Llamó a la puerta a las ocho cuarenta y cinco. Mistress Prandell acababa de entrar en el salón y venía de la cocina cuando sonó el timbre. Mister Anstruther y mister Barry se habían levantado a la vez para ir a abrir, pero ella se les adelantó. Miss Gaines bajó la revista que estaba leyendo para poder escuchar. Oyeron abrir la. puerta y a mistress Prandell preguntando quién era, y una voz más baja y ronca que afirmaba: - Mi nombre es William Thorber. Policía. ¿Tiienen ustedes aquí a una tal Melissa Carey? En el salón nadie emitió ni un sonido. Oyeron cómo mistress Prandell decía: - Bajo este nombre, no, mister Thorber. Peroo... ¿no quiere pasar? - Gracias - dijo el detective mientras entraaba. Mister Barry volvió a adelantarse y se dirigió hacia el vestíbulo, pero viendo que mistress Prandell y mister Thorber se encaminaban al salón, volvió a sentarse. - Tenemos con nosotros a una joven misteriossa de la que... en fin, de la que sospechamos no emplea su verdadero nombre. ¿Querría decirnos algo sobre esa... Melissa Carey? Debe ser la que usted busca. ¿No quiere sentarse, mister Thorber? - dijo mistress Prandell. - Gracias, mistress... - Prandell. - Gracias, mistress Prandell. Melissa Carey mide metro sesenta y cinco, es delgada, de cabello oscuro, y tiene unos veintitrés años. - Miss Oscuridad - dijo miss Gaines casi sinn aliento -. Estaba segura, mistress Prandell, de que... - ¿Oscuridad? - interrumpió el detective -. ¿Es éste el nombre que ella dio? - No, mister Thorber - dijo mistress Prandelll -. Ella usa el nombre de Mary Westerman. La llamamos Miss Oscuridad porque siempre está ahí arriba con la luz apagada. - ¿Con la luz apagada? - Mister Thorber frunnció el ceño -. No comprendo... ¿Cuándo llegó aquí? - El martes pasado por la tarde, unas horas después del atraco al banco en la ciudad. ¿Se la busca por ese motivo, mister Thorber? ¿Es ella la mujer que conducía el coche? Leí lo que los diarios contaron de ello, por supuesto. Mister Thorber sonrió. - No en el sentido que usted sugiere, señoraa. Ella trabajaba en el banco que fue asaltado. La necesitamos como testigo presencial. - ¿Trabajaba? - Miss Gaines pareció disgustaada -. ¿Quiere usted decir que sólo trabajaba allí? ¿Por qué, entonces, huyó escondiéndose aquí? - Un brillo de esperanza se reflejó en su rostro -. ¿Quizá ella era un cómplice? - Tememos que su huida indique eso, señora. ¿Está ahora aquí? - Cuéntenos usted algo más - solicitó miss GGaines -. ¿Quiere decir que ella... dio informes a los atracadores, o algo por el estilo? El detective arrugó el entrecejo. - Nosotros mismos aún estamos un poco a oscuuras, señora, sobre el motivo por el que ella huyó de la policía en esa forma. Pero he aquí lo que sí sabemos. Los dos ladrones se detuvieron entre las puertas interior y exterior para colocarse las máscaras que llevaron durante el atraco. Miss Carey trabajaba en un lugar donde, separada del resto de las personas que había en el banco, podía ver esa entrada, por lo que observó cómo los dos hombres se colocaban los antifaces, y por esto sólo ella puede identificarlos. Así lo aseguró justo después del atraco, cuando el jefe la interrogó, antes de que yo llegara allí. Más tarde supimos que Garvey y Roberts habían detenido a un sospechoso llamado John Brady, a un par de manzanas del banco, y que lo habían llevado a la comisaría. El jefe le pidió a miss Carey que los acompañara a la comisaría para ver si podía identificarlo. ¿Comprenden? Ella accedió y como se trataba de unas pocas manzanas, debido a la excitación y el susto pidió si podía ir a pie para tomar un poco el aire fresco. El jefe accedió, ya que aún nos quedaban algunas cosas por hacer en el banco y no podíamos salir. Ella no llegó a la comisaría. Miss Gaines se inclinó ávidamente. - ¿Desapareció entre el banco y la comisaríaa? - Así es. Y ya no volvió a su casa. Tiene unn pequeño apartamento en Dovershire Street, pero nunca llegó allí. Estuvimos buscándola desde entonces, y hasta hoy no hemos conseguido una información que nos ha conducido hasta aquí. Mister Anstruther, que había permanecido callado hasta el momento, se aclaró la garganta. - ¿Se ofrece alguna recompensa, mister Thorbber? El detective le miró. - ¿Es usted Anstruther? Bueno, puede haberlaa si se descubre que ella estaba implicada en el caso, y eso conduce a la recuperación del dinero. Depende de la compañía de seguros. - Oiga - dijo mister Barry. Todo el mundo dirigió las miradas hacia él, pero el joven se sonrojó y no supo qué añadir. - ¿Están seguros? Quiero decir... - dijo porr fin. - No podemos asegurar nada - dijo Thorber -.. Pero tendré que llevármela a la comisaría. Y si puede darnos una explicación de su comportamiento, naturalmente, la dejaremos en libertad. Necesitamos que eche un vistazo a John Brady para que lo identifique o no. Fue una suerte que llevase una pistola consigo, pues de lo contrario, no habríamos podido tenerlo arrestado por tanto tiempo. Se levantó. - ¿Se encuentra ahora aquí, mistress Prandelll? - Sí, su habitación está precisamente ante eel rellano de las escaleras. Ahora se encuentra en ella, sentada en la oscuridad. - Gracias - contestó el detective. Acabó de incorporarse y lo mismo hicieron mister Barry, mister Anstruther, mistress Prandell y miss Garnes. - ¿Serían tan amables de esperar aquí? Todos, excepto mister Barry, volvieron a sentarse. Se adelantó hacia la puerta y sus manos se crisparon mientras el detective subía por las escaleras. - No sea usted loco, mister Barry - dijo áspperamente mistress Prandell. Pero una fuerza superior que la de mistress Prandell había enloquecido a mister Barry. Permaneció allí, mirando por la escalera, hasta oír cómo llamaba el detective a la puerta, y entonces, como si algo le empujara, comenzó a subir los peldaños. De no ser por la alfombra colocada sobre la escalera que amortiguó el ruido de sus pasos, a pesar de que él no pretendía caminar en silencio, todo hubiera sucedido en forma muy distinta. Estaba ya volviendo el recodo de la escalera cuando se abrió la puerta de la habitación de Miss Oscuridad... enmarcando la silueta delgada de un chica aterrada que se llevaba la mano a la boca intentando reprimir un grito. Pero lo que impulsó a mister Barry en los últimos escalones fue el ver cómo las manos del detective salían de sus bolsillos mientras se abría la puerta, empuñando una pistola cada una de ellas. En su mano derecha una automática calibre treinta y dos y, casi escondido, en su izquierda, un pequeño revólver de fantasía, una pistola de mujer. Existen ocasiones en que uno pregunta después de actuar, y para mister Barry ésta fue una de ellas. Thorber estaba empujando a Melissa Carey hacia la oscuridad y, casi a la vez, tres cosas tuvieron lugar... la carga de mister Barry contra la mano izquierda de Thorber, y el grito de Melissa Carey. La detonación del otro revólver se escuchó unos minutos más tarde, mientras, temerosos, subían las escaleras los que se habían quedado abajo, guiados con cierto cuidado por mister Anstruther, quien no habría jamás alcanzado la cima de las escaleras de no ser por miss Gaines que le empujaba por detrás. La automática volvió a disparar, y ésa fue la última explosión en aquella algarabía, volviendo a reinar el silencio en el interior de la oscura habitación. - Aún no lo comprendo todo. - decía mistresss Prandell la noche siguiente, durante la cena -. Y no querría que tuviera que dejarnos usted, mister Harry. Reconozco que todos nosotros juzgamos equivocadamente a la chica pero, después de todo, ella dio un nombre falso y todo lo demás y... ¿Cómo podíamos saberlo? Mister Harry, con un vendaje sobre la frente donde el fogonazo de una de las pistolas le había arrancado una porción de la epidermis, parecía a la vez nervioso y romántico, quizá a causa del magnífico ojo amoratado que lucía. - Mi querida mistress Prandell - dijo -, no acuso a ninguno de ustedes en absoluto. Únicamente ocurre que deseo encontrar una habitación en el otro extremo de la ciudad, porque... bueno, miss Carey vive allí, o mejor dicho, vivirá allí tan pronto como abandone el hospital, donde está siendo tratada por la fuerte impresión sufrida, y de la que se repondrá en pocos días. Esta tarde iré a verla de nuevo y, si ella acepta una sugerencia que tengo intención de hacerle, ni siquiera tendré necesidad de alquilar una habitación, ya que ella tiene un apartamento por allí. - Usted... usted quiere decir entonces que nno... - No, no quiero decir nada - dijo mister Harrry, lleno de paciencia -. Únicamente que Melissa Harry es un nombre muy bonito y que hay una verdadera escasez de apartamentos, como usted sabe muy bien. - Todos nosotros le deseamos mucha felicidadd - dijo mister Anstruther -. Pero yo continúo sin comprender porqué ese Thorber, ladrón de bancos o no, llevaba consigo dos pistolas. - Tenía que parecer como si ella se resistieera al arresto - explicó mister Harry -. Tenía que matarla para que ella no les identificase ni a él ni a ese John Brady porque... bueno, aunque ella no pudiera identificarlo como uno de los atracadores, habría podido identificar a Brady y Brady hubiera confesado. - Comprendo - dijo miss Gaines -. Entonces qquiere usted decir que Thorber, aun siendo un verdadero policía, había planeado el atraco junto con Brady, que era un profesional. Empleando, supongo, información que pudo obtener gracias a su cargo de detective. Mister Harry asintió. - Y, para su desgracia, miss Carey se enconttraba en una posición que le permitía dominar la entrada del banco y ver cómo se colocaban las máscaras. Y después del robo, cuando los policías llegaron, vio a Thorber, y pensó que él era uno de los dos hombres que habían asaltado el banco, pero sin estar completamente segura de ello. - ¿Y por qué no se limitó a decirlo así? - No podía asegurarlo - explicó mister Harryy -. Y ello puso en un terrible dilema. O tenía que acusar a un inocente, o ponía su vida en grave peligro, ya que Thorber por aquel entonces sabía que ella les había visto, y que si ella identificaba a Brady él estaría también perdido. Lo único que se le ocurrió hacer fue esconderse hasta... bueno, su mayor deseo era que la policía resolviese el asunto sin su ayuda. - Pero, ¿y las dos pistolas? - preguntó misss Wheeler. - Ya comprendo este detalle, miss Wheeler - dijo mister Anstruther -. Él vino con intención de matarla y, para dar la impresión de resistencia al arresto por parte de ella, fingiendo que le había disparado primero con la más pequeña de las pistolas, que ella, poseía. Así él estaría a salvo, pues habría sido en defensa propia. - ¡Oh! - exclamó miss Wheeler un poco desaniimada -. Bueno, me alegro, mister Harry, de que usted lo matara. Mister Harry se ruborizó ligeramente. - No estoy seguro de haberlo hecho, miss Wheeeler; comprenderá que luchábamos para conseguir la pistola, que él tenía en la mano y con el dedo en el gatillo, por lo que tuve que aplicarle una llave procurando que la pistola apuntara diagonalmente hacia su propia espalda, y creo que... bueno, probablemente él no tuvo intención de apretar el gatillo, sino que la propia reacción espasmódica debida al dolor producido por su brazo a punto de romperse, le obligó a ello. Supongo que fue una suerte que aprendiera judo en la Universidad. Por uno o dos segundos reinó el silencio únicamente roto por el apio que mascaba mister Anstruther, y entonces miss Wheeler recordó algo. - Mister Harry - dijo -. Aún no sabemos por qué Miss Oscu... miss Carey permanecía siempre en su habitación con la luz apagada. Usted ha estado hablando con ella esta tarde, dice. ¿Le ha explicado eso? - Naturalmente. Cuando aquella tarde huyó deel peligro, no se atrevió a volver a su apartamento, como ya saben ustedes. Thorber podía estar esperándola allí. Y sólo llevaba consigo veinte dólares, arreglándoselas para comprar una maleta barata y cuatro cosas que le permitirían pasar una semana; y cuando vino aquí, mistress Prandell, sólo le quedaban exactamente diez dólares. Ésa es la razón por la que sólo desayunaba. - ¿Quiere usted decir que sólo era eso lo quue ha estado tomando? - Naturalmente. Salía a pasear por las proxiimidades para que usted no supiera que no había comido. Es demasiado orgullosa para dar a conocer una cosa así. Y para pedir prestados o robar quince centavos. - ¿Quince centavos? - preguntó mistress Pranndell, confusa -. ¿Para qué? - Para comprar una bombilla - dijo mister Haarry.