radas, no con las realmente oscuras y retorcidas. De todos los libros en los estantes, era el único que desentonaba ligeramente, y eso sólo lo captaría otro analista. El doctor Lewis se había reído al ver dónde había ido a parar la bala, se había reído y había comentado que era adecuado. Ricky se abalanzó hacia la estantería y cogió el libro. Estaba encuadernado en negro con letras doradas en la cubierta, era grueso y pesado. Lo abrió. En la primera página había escritas unas gruesas palabras en rojo: «Buena elección, Ricky. ¿Podrás encontrar ahora las entradas correctas?» Levantó la mirada y oyó el tictac del reloj. No creía que en ese momento tuviera tiempo de contestar a esa pregunta. Se alejó un paso de la estantería, a punto de echar a correr, pero se detuvo. Se giró, cogió otro libro de otro estante y lo colocó en el espacio que había dejado libre el que había quitado para ocultar su ausencia. Echó otro vistazo alrededor, pero no vio nada que le llamara la atención. Lanzó una última mirada al cadáver del viejo analista, que parecía haberse vuelto gris en los pocos instantes que la muerte llevaba con él. Pensó que debería decir o sentir algo, pero no estaba seguro de lo que podría ser, así que salió corriendo. La noche lo cubrió en cuanto salió con sigilo de la casa. Con unas cuantas zancadas se alejó de la puerta principal y de la luz que salía del estudio, y la oscuridad veraniega lo engulló. Entre las sombras negras, miró atrás con rapidez. Los apacibles sonidos rurales interpretaban su habitual melodía nocturna, sin tonos discordantes que indicaran que una muerte voluntaria formaba parte del paisaje. Se detuvo un instante e intentó valorar cómo ese último año había sido eliminado hasta el último resquicio de su ser. La identidad es una capa de experiencia pero le parecía que quedaba muy poco de lo que había creído ser. Lo único que le quedaba era su infancia. Su vida adulta estaba destrozada. Pero habían separado de él ambas mitades de su existencia, sin que pareciera poder recuperarlas. Esta idea le dio náuseas. Siguió huyendo. Adoptó un ritmo cómodo y, con pasos que se mezclaban con los sonidos de la noche, se dirigió al coche. Llevaba la enciclopedia de psicopatología en una mano y el arma en la otra. Sólo había recorrido la mitad de la distancia cuando oyó el ruido de un vehículo avanzando deprisa por la carretera hacia él. Levantó la mirada y vio unos faros aparecer por una curva distante, acompañados del sonido ronco de un motor potente que aceleraba. De inmediato supo quién se dirigía hacia allí con tanta prisa. Medio se agachó y gateó hacia un grupo de árboles. Se mantuvo agachado y vio un gran Mercedes negro pasar a toda velocidad. Los neumáticos chirriaron en la siguiente curva. Se levantó y salió disparado. Fue una carrera frenética que provocó que los músculos se le quejaran y los pulmones le quedaran al rojo vivo por el esfuerzo. Alejarse era lo primordial, su única preocupación. Corrió con una oreja puesta en lo que ocurría detrás, atento al sonido del coche. Tenía que ganar distancia. Obligó a sus pies a avanzar, convencido de que no se quedarían mucho rato en la casa; solo unos momentos para evaluar la muerte del anciano y comprobar si el seguía ahí. O si estaba cerca. Sabrían que sólo habían transcurrido unos minutos entre los hechos y su llegada, y querrían cubrir esa distancia. En unos minutos había llegado al coche. Buscó a tientas las llaves, que le resbalaron y tuvo que recoger del suelo, jadeando de tensión. Se puso al volante y encendió el motor. Todos sus instintos le decían que acelerara. Que huyera. Que se alejara. Pero contuvo esos impulsos e intentó mantener la atención. Se obligó a pensar. No podría escapar con ese automóvil. Había dos rutas de vuelta a Nueva York, la autopista por la ribera occidental del Hudson y la Taconic Parkway por la otra. Tendrían un cincuenta por ciento de probabilidades de acertar y alcanzarlo. La matrícula de Nueva Hampshire en la parte trasera del coche de alquiler era un signo que les revelaría quién iba al volante. Tal vez habían obtenido una descripción del vehículo y su matrícula en la compañía de alquiler de Durham. De hecho, eso era lo más probable. Tenía que hacer algo que los desconcertara. Algo que sus tres perseguidores no hubieran previsto. Mientras decidía qué hacer le temblaban las manos. Se preguntó si le resultaría más fácil jugar con su vida ahora que ya había muerto una vez. Puso una marcha y condujo despacio hacia la casa del viejo analista. Se apretujó hacia abajo en el asiento todo lo que pudo para no resultar visible y no superó el límite de velocidad. Se dirigió al norte por la vieja carretera, dejando atrás la relativa seguridad de la ciudad. Se acercaba al camino de entrada de la casa donde acababa de estar, cuando vio los faros del Mercedes bajar hacia la carretera. Oyó el crujido de la grava bajo las ruedas. Redujo un poco la marcha (no quería pasar justo frente a los faros del coche) y les dio tiempo a que salieran a la carretera y se dirigieran en su dirección con una fuerte aceleración. Llevaba puestas las luces largas y, cuando el Mercedes cubrió la distancia, puso las cortas como se supone que hay que hacer y, cuando lo tuvo encima, puso otra vez las largas como cualquier conductor irritado que hace señales al coche que se le acerca. El efecto fue que ambos vehículos pasaron muy cerca con las largas puestas. Ricky sabía que, igual que lo habían deslumbrado un instante, él a ellos también. Pisó el acelerador y se escabulló con rapidez tras una curva. Esperaba que nadie del otro coche hubiese tenido tiempo de volverse y detectar la matrícula. Dobló a la derecha en la primera carretera secundaria que vio y apagó las luces. Trazó una U a oscuras, iluminado sólo por la luna. Evitó pisar el freno para que no se encendieran las luces rojas en la trasera. Después, esperó para ver si lo seguían. La carretera permaneció vacía. Esperó cinco, diez minutos, lo suficiente para que los del Mercedes se decidieran por una de las dos rutas alternativas y pusieran el coche a ciento sesenta kilómetros por hora para intentar darle alcance. Arrancó de nuevo y siguió conduciendo al norte casi sin rumbo, por carreteras y caminos secundarios. Sin dirigirse a ningún sitio en especial. Pasada casi una hora, dio media vuelta para regresar a la ciudad. Era bien entrada la noche y no circulaban muchos vehículos. Condujo a un ritmo constante pensando lo próximo y oscuro que se había vuelto su mundo y tratando de encontrar una manera de devolverle la luz. Llegó a la ciudad de madrugada. Nueva York parece estar cambiando de manos a esa hora, cuando la energía de los trasnochadores en busca de aventura, tanto la gente guapa como la decrépita, cede paso a los trabajadores, con el mercado de pescado y los transportistas que empiezan a apoderarse del día. La transición en las calles relucientes de humedad y luces de neón es inquietante. Ricky pensó que era un momento peligroso de la noche. Un momento en que las inhibiciones y las moderaciones parecen reducirse y el mundo está dispuesto a correr riesgos. Había vuelto al apartamento alquilado, donde tuvo que dominar el impulso de echarse sobre la cama y dejarse vencer por el sueño. Se dijo que las respuestas figuraban en aquel libro sobre psicopatología. Sólo tenía que leerlas. La pregunta era dónde. La enciclopedia tenía setecientas setenta y nueve páginas y estaba organizada alfabéticamente. Hojeó unas cuantas páginas, pero no encontró ningún dato que le indicara nada. Aun así, mientras estaba enfrascado en el libro como el monje de un antiguo monasterio, sabía que lo que buscaba estaba en alguna parte. Se retrepó en la silla y se dio golpecitos en los dientes con un lápiz. Estaba en el lugar adecuado pero, a no ser que estudiara todas las páginas, no sabía muy bien qué hacer. Se dijo que tenía que pensar como su viejo analista. Un juego. Un desafío. Un acertijo. «Las respuestas están aquí –pensó–. Dentro de un texto sobre psicopatología. » ¿Qué le había dicho? Virgil era actriz. Merlín, abogado. Rumplestiltskin, un asesino a sueldo. Tres profesiones aunadas. Mientras hojeaba las páginas intentando reflexionar sobre el problema al que se enfrentaba, pasó las dedicadas a la letra V. Casi por casualidad, sus ojos captaron una señal en la primera página de esa letra, que empezaba en la 559. En el margen superior, escrito con el mismo bolígrafo que Lewis había usado para su saludo en la primera página, figuraba el quebrado uno es a tres. Un tercio. Eso era todo. Buscó las entradas de la M. En un sitio parecido había otro par de números, pero ahora se trataba de un cuarto, escrito uno barra cuatro. En la página inicial de la R encontró una tercera indicación: dos quintos. Dos barra cinco. No tuvo la menor duda de que eran claves. Ahora tenía que descifrarlas. Se inclinó en el asiento y se balanceó despacio atrás y adelante, como si quisiera aplacar un estómago algo revuelto; movimientos casi involuntarios mientras se concentraba en el problema. Era el acertijo sobre la personalidad más complejo que se le había presentado nunca. El hombre que lo había tratado para conducirlo a través de su propia personalidad, que había sido su guía hacia la profesión y que al final había facilitado los medios para su muerte, le entregaba un último mensaje. Ricky se sintió como un antiguo matemático chino trabajando con un ábaco mientras las bolitas negras repiqueteaban al pasarlas de un lado a otro para efectuar cálculos a medida que la ecuación crecía. « ¿Qué sé en realidad?», se preguntó. Empezó a formarse mentalmente un retrato, empezando por Virgil. El doctor Lewis había dicho que era actriz, lo que tenía sentido porque había actuado todo el rato. La hija de la pobreza, la menor de los tres, que había pasado vertiginosamente de tan poco a tanto. Ricky se planteó cómo le habría afectado eso. Ocultos en su inconsciente habría cuestiones de identidad, dudas sobre quién era en realidad. De ahí la decisión de dedicarse a una profesión que requería rediseñarse a uno mismo sin cesar. Un camaleón. Los papeles predominaban sobre las verdades. Ricky asintió. Un rasgo de agresividad, además, y una tensión nerviosa que indicaba amargura. Pensó en todos los factores que habían intervenido en formada tal como era y en lo ansiosa que había estado por figurar en el drama que había arrastrado a la muerte al doctor Lewis. Ricky cambió de postura en la silla. «Haz una suposición –se dijo–. Una hipótesis inteligente.» Trastorno narcisista de la personalidad. Buscó en la enciclopedia la N de «narcisismo» y luego esa patología en particular. El pulso se le aceleró. Lewis había señalado varias letras entre las palabras con un marcador amarillo. Anotó las letras y se recostó de golpe con la mirada fija en el galimatías. No tenía sentido. Volvió a la definición de la enciclopedia y recordó la clave: un tercio. Esta vez anotó la tercera letra después de las señaladas. Fue inútil de nuevo. Se replanteó el dilema. En esta ocasión, tomó las letras que estaban a tres palabras de distancia. Pero antes de escribirlas se le ocurrió que era uno partido por tres, y buscó las letras tres líneas más abajo. Al hacerla, las dos primeras señaladas formaban una palabra: LA. Siguió con rapidez y obtuvo una segunda palabra: AGENCIA. Había cinco señales más. Con el mismo esquema, formaban JONES. Se dirigió a la mesilla de noche, donde había una guía telefónica de Nueva York. Buscó en la sección teatral y, en medio de varias entradas, encontró un pequeño anuncio con un número de centralita a nombre de «la Agencia Jones. Una agencia teatral y de talentos dedicada a las estrellas del mañana». Uno menos. Ahora, el abogado Merlín. Se lo imaginó: cabello bien peinado; traje sin arrugas, adaptados a los matices de su cuerpo. Hasta su ropa informal era elegante. Recordó sus manos. Manicuradas. Un hijo mediano: quería que todo estuviera ordenado, porque no soportaba el desbarajuste de la vida anómala de donde procedía. Debía de odiar su pasado, adorar la seguridad que veía en su padre adoptivo, incluso a pesar de que el viejo analista lo había manipulado sistemáticamente. Era el que arreglaba las cosas, el que las hacía posibles, el hombre que se había ocupado de las amenazas y del dinero, y que había arremetido contra la vida de Ricky sin miramientos. Este diagnóstico fue más sencillo: trastorno obsesivo–compulsivo de la personalidad. Se dirigió con rapidez a ese apartado de la enciclopedia y vio la misma serie de letras destacadas. Usó la clave proporcionada y enseguida obtuvo una palabra que le sorprendió: ARNESON. No era lo que se dice un revoltijo de letras pero tampoco algo reconocible. Se detuvo un momento porque no parecía tener sentido. Luego vio que la siguiente letra era una C. Retrocedió, comprobó la clave, frunció el entrecejo y, de repente, lo comprendió. Las letras restantes deletreaban la palabra: FORTIER. Un caso judicial. No estaba seguro del juzgado donde encontraría Arneson contra Fortier, pero era probable que una visita a un funcionario con un ordenador y el acceso a la lista de casos en trámite sirviera para averiguarlo. A continuación pensó en el hombre situado en el centro de todo lo que había ocurrido: Rumplestiltskin. Consultó las entradas de la P que trataban sobre los PSICÓPATAS. Había un subapartado para HOMICIDAS. Y ahí estaban las señales que esperaba. Descifró pronto las letras y las anotó en una hoja. Al terminar, enderezó la espalda y suspiró profundamente. Después arrugó el papel y lanzó la bola a la papelera. Soltó una serie de juramentos, que sólo ocultaban lo que medio había esperado. El mensaje obtenido decía: ÉSTE NO. Ricky no durmió demasiado, pero la adrenalina le daba energías. Se duchó, se afeitó y se puso chaqueta y corbata. Una visita a la hora del almuerzo a los tribunales y untar un poco a un funcionario detrás del mostrador le había proporcionado información sobre Arneson contra Fortier. Era un litigio civil en un tribunal superior, cuya vista previa estaba fijada para la mañana siguiente. Por lo que entendió, las dos partes litigaban por una transacción inmobiliaria que había salido mal. Había demandas y contrademandas y cantidades considerables de dinero extraviadas entre un par de promotores acaudalados de Manhattan. Ricky supuso que era la clase de caso en el que las partes son ricas y están enfadadas y poco dispuestas a llegar a un acuerdo, lo que significa que todos terminan perdiendo salvo los abogados, que se llevan unos jugosos emolumentos. Era tan mundano y corriente que Ricky casi sintió desdén. Pero con una sombría sensación desagradable, supo que, en medio de todos esos alegatos, actitudes, poses y amenazas entre un puñado de abogados, encontraría a Merlín. La lista de casos le aportó los nombres de todas las partes involucradas. Ninguno le resultó conocido. Pero uno correspondía al hombre que estaba buscando. La vista estaba fijada para la mañana siguiente, pero Ricky fue al Palacio de Justicia esa tarde. Permaneció unos instantes frente al enorme edificio de piedra gris contemplando la escalinata que conducía a las columnas de la entrada. Pensó que, años atrás, los arquitectos del edificio habían pretendido dotar a la justicia de grandiosidad e importancia, pero después de todo lo que le había ocurrido, Ricky creía que la justicia era un concepto mucho más pequeño y menos noble, la clase de concepto que cabría en una cajita de cartón. Entró, recorrió los pasillos entre los juzgados y se sumó al ir y venir de la gente mientras observaba los ascensores y las escaleras de emergencia. Se le ocurrió que, si podía averiguar el juez asignado al caso Arneson contra Fortier, seguramente descubriría quién era Merlín con sólo describirlo a la secretaria del juez. Pero eso levantaría sospechas. Alguien le recordaría más tarde, si conseguía la información que quería. Ricky (sin dejar de pensar como Frederick Lazarus) quería que su proceder resultara totalmente anónimo. Vio algo que podría ayudarle: había muchos tipos diferenciados que deambulaban por el edificio. Los que llevaban traje con chaleco eran sin duda los abogados con asuntos importantes. También había algunos de aspecto no tan adinerado, pero todavía presentables. Ricky los incluyó en la categoría que comprendía a la policía, los jurados, los demandantes, los acusados y el personal de los juzgados. Todos los que parecían tener más o menos una razón para estar ahí y sabían qué función desempeñaban. Por último, había una tercera categoría, marginal, que le fascinaba: la de los mirones. Su mujer se los había descrito una vez, mucho antes de que le diagnosticaran su enfermedad y su vida se volviera una serie de visitas al médico, tratamientos, dolor e impotencia. Eran jubilados o personas sin nada mejor que hacer a los que les resultaba entretenido ver juicios y pasearse por los juzgados. Como los observadores de aves en el bosque, iban de un caso a otro, buscando declaraciones espectaculares y conflictos interesantes, reservándose quizá los asientos en las salas donde se ventilaban casos prominentes, cargados de publicidad. Su aspecto era modesto, en ocasiones sólo algo superior al de quienes vivían en la calle. Estaban a un paso del hospital para veteranos del ejército o de una residencia de la tercera edad y llevaban prendas de poliéster sin importarles el calor que hiciera. A Ricky le pareció un grupo en el que le sería fácil infiltrarse. Al salir del Palacio de Justicia ya estaba urdiendo su plan. Tomó un taxi hasta Times Square, donde entró en una de las muchas tiendas de artículos de broma donde se puede comprar una edición falsa del New York Times con el nombre de uno en un titular. Pidió al encargado de la impresora media docena de tarjetas de visita falsas. Después tomó otro taxi que lo llevó hasta un edificio de oficinas en el East Side. En la entrada había un guardia jurado que le pidió que firmara, lo que hizo con una floritura estampando el nombre de Frederick Lazarus, y escribió «productor» en la casilla de «ocupación». El guardia le dio un plástico con el número seis, que designaba la planta a la que iba. Ni siquiera echó un vistazo al registro de entradas cuando Ricky se lo devolvió. «La seguridad se basa en impresiones», pensó Ricky. Tenía el aspecto adecuado y actuaba con una confianza brusca que desafiaba al guardia a que le hiciera preguntas. Creía que era una interpretación discreta, pero Virgil habría sabido apreciarla. Al entrar en las oficinas de la Agencia Jones le recibió una atractiva recepcionista. – ¿En qué puedo servirle? –preguntó. – He hablado antes con alguien acerca de un anuncio publicitario que vamos a rodar –mintió Ricky–. Estamos buscando caras nuevas y qué talentos hay disponibles. Iba a echar un vistazo a su portafolio... – ¿Recuerda con quién habló? –preguntó la recepcionista, algo recelosa. – No, lo siento. Telefoneó mi secretaria –dijo Ricky. La mujer asintió–. Tal vez podría echar un vistazo a algunas fotos y usted orientarme después. – Por supuesto. –La joven sonrió y sacó una carpeta grande, de piel, de debajo de la mesa–. Éstos son nuestros clientes actuales. Si ve alguno que le interese, le dirigiré al agente que se encarga de sus compromisos. Le señaló un sofá de piel en un rincón. Ricky tomó el portafolio y empezó a hojeado. La séptima foto de la carpeta era la de Virgil. – Hola –dijo Ricky en voz baja cuando volvió la página y vio su nombre real, dirección, número de teléfono y nombre del agente junto con una lista de interpretaciones teatrales off Broadway y de intervenciones en anuncios publicitarios. Lo anotó todo en su libreta. Luego, hizo otro tanto con dos actrices más. Devolvió el portafolio a la recepcionista y consultó su reloj. – Lo siento pero llego tarde a otra cita –se disculpó–. Hay un par que parecen tener el aspecto adecuado, pero habrá que verlas en persona antes de llegar a un acuerdo. – Por supuesto –dijo la joven. Ricky siguió aparentando prisa y agobio. – Mire, voy muy mal de tiempo. ¿Podría llamar usted a estas tres y citarlas para que se reúnan conmigo? Veamos, ésta para almorzar a mediodía en el Vincent's, en la 82 Este. Y las otras dos, pongamos a las dos y a las cuatro de la tarde en el mismo sitio. Se lo agradecería. Es que corre un poco de prisa, no sé si me entiende. – Los agentes son quienes suelen acordar todas las citas, señor... –indicó la recepcionista, que parecía desconcertada. – Lo sé. Pero sólo estaré en la ciudad hasta mañana y después regresaré a Los Ángeles. Lamento tener que tratar el asunto con tanta urgencia. – Veré qué puedo hacer. ¿Me da su nombre? – Ulysses –dijo Ricky–. Richard Ulysses. Pueden localizarme en este número. Sacó una de las tarjetas de visita falsas. Ponía PRODUCCIONES EL VELO DE PENÉLOPE[12]. Como si fuera lo más natural del mundo, tomó un bolígrafo de la mesa y tachó el teléfono falso de California para escribir en su lugar el número del último móvil. Se aseguró de tachar bien el número inexistente. Confiaba en que nadie de allí tuviera conocimientos de literatura clásica. – Vea qué puede hacer –pidió–. Si hay cualquier problema, llámeme a este número. Venga, princesa, oportunidades más grandes han surgido de cosas más pequeñas. ¿Recuerda lo de Lana Turner en el drugstore? Bueno, tengo que irme. Más fotografías que ver, ya me entiende. En Nueva York hay muchas actrices. Detesto que alguien pierda una oportunidad por no acudir a una comida gratis. Y Ricky se volvió y se marchó. No estaba seguro de que su enfoque dinámico y despreocupado funcionara. Pero creía que sí. 33 Antes de dirigirse al Palacio de Justicia a la mañana siguiente, Ricky confirmó con el agente de Virgil la cita del almuerzo, además de las reuniones posteriores con las otras dos modelos–actrices, a las que Ricky no tenía intención de asistir. El hombre le había preguntado algunas cosas sobre los anuncios que Ricky, el productor, quería rodar, y éste había contestado con toda tranquilidad, mintiendo al detalle sobre la colocación de cierto producto en Extremo Oriente y Europa del Este, y los nuevos mercados que se abrían en esas zonas requerían que la industria publicitaria promocionara caras nuevas. Ricky pensó que se había vuelto un experto en hablar mucho sin decir nada, lo que, en su opinión, era la clase más efectiva de mentira que se podía decir. Cualquier duda que el agente pudiera haber albergado se disipó con rapidez en el entramado de ficciones de Ricky. Después de todo, de aquellas entrevistas podría salir algo y él recibiría un diez por ciento, o no salir nada, lo que no empeoraba su situación. Ricky sabía que si Virgil hubiese sido una artista de cierto renombre, podría haber tenido problemas. Pero todavía no lo era, lo que le había sido útil cuando le tocó arruinarle la vida, y ahora él se aprovechaba de su ambición sin sentir culpa alguna. Dejó la pistola en el apartamento. No podía arriesgarse a que se disparara un detector de metal en el Palacio de Justicia. No obstante, se había acostumbrado a la seguridad que le daba el arma, aunque todavía no sabía si sería capaz de usarla para su verdadero propósito; un momento que creía se estaba acercando deprisa. Antes de irse se contempló en el espejo del baño. Se había vestido impecablemente: pantalones, chaqueta, camisa blanca y corbata. Ahora podría mezclarse con facilidad entre las personas que cruzaran los pasillos de los juzgados, lo que, de modo extraño, suponía la misma clase de protección que ofrecía la pistola, aunque fuera menos inapelable en sus acciones. Sabía lo que quería hacer y que era como caminar en la cuerda floja. Era consciente de que, para él, la línea que separaba matar, morir y ser libre era muy fina. Mientras se miraba en el espejo, recordó una de las primeras clases que recibió sobre psiquiatría, en que el profesor de la facultad de medicina había explicado que daba lo mismo lo mucho que supieras sobre la conducta y las emociones, y lo muy seguro que estuvieras del diagnóstico y del comportamiento que esa neurosis y psicosis generaba, pues en última instancia jamás podías prever con total seguridad cómo iba a reaccionar un individuo. Según aquel profesor, había predictores y la mayoría de veces la gente hacía lo que uno esperaba. Pero, en ocasiones, los pacientes desafiaban el pronóstico, lo que ocurría con suficiente frecuencia para que toda la profesión pareciera a menudo una sarta de conjeturas. Se preguntaba si esta vez habría acertado. Si era así, recuperaría su libertad. Si no, moriría. Repasó la imagen reflejada en el espejo. « ¿Quién eres ahora? –se preguntó–. ¿Alguien o nadie?» Este pensamiento le hizo sonreír. Sintió una maravillosa sensación casi de hilaridad. Libre o muerto. Como rezaba la matrícula de Nueva Hampshire del coche: «Vive en libertad o muere». Por fin tenía algún sentido para él. Sus pensamientos se dirigieron hacia las tres personas que lo perseguían. Los hijos de su fracaso. Criados para odiar a cualquiera que no les hubiera ayudado. – Ahora te conozco –dijo en voz alta pensando en Virgil–. Y ahora voy a conocerte a ti –prosiguió, pensando en Merlín. Pero Rumplestiltskin seguía esquivo, una sombra en su imaginación. Éste era el último temor que le quedaba. Pero era un temor considerable. Asintió a la imagen del espejo. Había llegado la hora de actuar. En la esquina había un supermercado grande, perteneciente a una cadena, con hileras de medicamentos para el resfriado que no precisaban receta, champú y pilas. Lo que tenía pensado para Merlín esa mañana lo recordaba de un libro que había leído sobre los gángsteres en el sur de Filadelfia. Encontró lo que necesitaba en una sección de juguetes baratos. El segundo elemento, en una parte de la tienda que ofrecía una discreta selección de material de oficina. Pagó en efectivo y, después de meterse los objetos en el bolsillo de la chaqueta, salió a la calle y paró un taxi. Entró en el Palacio de Justicia como el día anterior, con el aspecto de un hombre con un objetivo muy distinto al que en realidad tenía en mente. Entró en los lavabos del segundo piso, sacó los objetos comprados y los preparó en unos segundos. Después, dejó pasar algo de tiempo antes de dirigirse hacia la sala donde el hombre al que conocía como Merlín estaba argumentando una demanda. Como imaginaba, la sala no estaba del todo llena. Varios abogados esperaban que les tocara el turno a su caso. Una docena de mirones ocupaban asientos en la parte central de la sala; algunos echaban una cabezadita, otros escuchaban con atención. Ricky entró sin hacer ruido con la puerta y se sentó detrás de unas personas mayores. Actuó con sigilo para resultar lo más discreto posible. Más allá de la balaustrada había media docena de abogados y litigantes, sentados ante sólidas mesas de roble frente al estrado. La zona situada delante de ambos equipos estaba llena de documentos y expedientes. Todos eran hombres, y estaban muy concentrados en las reacciones del juez. En esta vista previa no había jurado, lo que significaba que siempre hablaban hacia delante. Tampoco había necesidad de volverse para actuar ante el público porque eso no tendría ningún efecto en la causa. Por consiguiente, ninguno de los hombres prestaba la menor atención a las personas sentadas aleatoriamente en las filas de asientos detrás de ellos. Tomaban notas, comprobaban citas de textos legales y trabajaban en la tarea que tenían entre manos, que consistía en intentar ganar algo de dinero para su cliente, pero sobre todo para ellos. A Ricky le pareció una especie de teatro estilizado en el que a nadie le importaba nada el público, sino sólo el crítico teatral que tenía delante, de toga negra. Cambió de postura en la silla y se mantuvo oculto y anónimo, que era lo que quería. El entusiasmo le embargó cuando Merlín se levantó. – ¿Tiene alguna objeción, señor Thomas? –preguntó el juez con brusquedad. – Por supuesto, señoría –contestó Merlín con petulancia. Ricky repasó la lista que había preparado con todos los abogados implicados en el caso. Mark Thomas, con despacho en el centro, figuraba en el centro del grupo. – ¿Cuál? –quiso saber el juez. Ricky escuchó unos instantes. El tono seguro y auto suficiente del abogado era el mismo que recordaba de sus encuentros. Hablaba con idéntica confianza tanto si lo que decía tenía alguna base real o legal como si no. Merlín era el hombre que había invadido la vida de Ricky con resultados tan desastrosos. Sólo que ahora tenía un nombre. Y una dirección. Y lo mismo que había ocurrido con Ricky, eso serviría para saber quién era Merlín. Visualizó de nuevo las manos del abogado. Llevaba hecha la manicura. Y sonrió. Porque en la misma imagen mental observó la presencia de una alianza. Eso significaba una casa. Una esposa. Tal vez niños. Todos los símbolos del que asciende, del joven profesional urbano que se dirige agresivamente hacia el éxito. Sólo que el abogado Merlín tenía unos cuantos fantasmas en el pasado. Y era hermano de un fantasma de primera. Ricky le escuchó hablar y pensó en el complicado sistema psicológico de aquel hombre. Analizarlo habría sido un desafío apasionante para el psicoanalista que era antes. Para el hombre en que se había visto obligado a convertirse era algo más sencillo. Metió la mano en el bolsillo y tocó el juguete que llevaba en él. En el estrado, el juez meneaba la cabeza y empezaba a sugerir que la vista se continuase por la tarde. Era la señal para que Ricky se marchara, lo que hizo en silencio. Tomó posición junto a la escalera de emergencia, junto a unos ascensores. En cuanto vio al grupo de abogados salir de la sala, se escondió en la escalera. Esperó lo suficiente para ver que Merlín llevaba dos pesados maletines, llenos a rebosar de documentos y papeles del caso. Demasiado pesados para pasar del ascensor más cercano. Ricky bajó las escaleras de dos en dos hasta el segundo piso. Ahí había unas cuantas personas esperando el ascensor para bajar. Se sumó a ellas con la mano alrededor del juguete que llevaba en el bolsillo. Levantó los ojos hacia el dispositivo electrónico que mostraba la posición del ascensor y vio que estaba parado en el tercer piso. Luego, empezó a bajar. Ricky sabía algo: Merlín no era el tipo de persona que se situaría en el fondo para dejar sitio a otro. El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron con un crujido. Ricky se puso detrás de la gente. Merlín estaba justo en el centro del ascensor. El abogado alzó los ojos, y Ricky fijó su mirada en ellos. Hubo un momento de reconocimiento y Ricky vio asomar un pánico instantáneo al rostro del abogado. – Hola, Merlín –dijo Ricky con calma–. Ahora sé quién eres. Y a continuación se sacó el juguete del bolsillo y lo apuntó hacia el pecho del abogado. Era una pistola de agua con forma de Lüger alemana de la Segunda Guerra Mundial. Apretó el gatillo y un chorro de tinta negra acertó a Merlín en el pecho. Antes de que nadie pudiera reaccionar, las puertas se cerraron. Ricky regresó deprisa a las escaleras. No bajó corriendo porque sabía que no podía llegar antes que el ascensor. Así que subió hasta el quinto piso y fue al lavabo de hombres. Allí, echó la pistola de agua a una papelera después de limpiarla para borrar sus huellas dactilares, como habría hecho si el arma fuera de verdad, y se lavó las manos. Esperó unos instantes antes de salir y recorrió los pasillos hacia el lado opuesto del edificio. Como había averiguado el día anterior, en esa parte también había ascensores, escaleras y otra salida. Para bajar, se sumó subrepticiamente a un grupo de abogados que salían de otras vistas. Como esperaba, no había ni rastro de Merlín en la zona del vestíbulo a la que accedió. Merlín no estaba en posición de querer dar ninguna explicación sobre el motivo real de las manchas en su camisa y su traje. Y muy pronto se daría cuenta de que la tinta que Ricky había usado era indeleble. Esperaba haber arruinado mucho más que una camisa, un traje y una corbata esa mañana. El restaurante que Ricky había elegido para almorzar con la ambiciosa actriz era el favorito de su difunta esposa, aunque dudaba que Virgil pudiese relacionarlo. Lo había seleccionado porque tenía una característica importante: un gran cristal separaba la acera de los comensales. La iluminación del restaurante dificultaba ver el exterior, pero no costaba tanto observar el interior. Y la colocación de las mesas hacía más frecuente ser visto que ver. Era lo que quería. Esperó hasta que un grupo de turistas, quizás una docena de hombres y mujeres que hablaban alemán y llevaban camisas chillonas y cámaras colgadas al cuello, pasara por delante del restaurante. Y entonces se unió a ellos, como había hecho antes en el Palacio de Justicia. «Es difícil reconocer una cara conocida entre un grupo de desconocidos cuando no se espera», pensó. Mientras la bandada de turistas pasaba, se giró con rapidez y vio que Virgil estaba sentada en un rincón del restaurante, como él había previsto, y aguardaba ansiosa. Y sola. Una vez pasado el cristal, inspiró hondo una vez. «Recibirá la llamada en cualquier momento», pensó Ricky. Merlín no lo había hecho de inmediato, como él había imaginado. Antes se había limpiado y disculpado con los demás abogados, que se habrían quedado horrorizados. ¿Qué excusa habría inventado? Un adversario legal disgustado por haber perdido un juicio. Los demás podrían identificarse con eso. Los habría convencido de que no cabía llamar a la policía; él se pondría en contacto con el abogado del chalado de la pistola de tinta y quizás obtendría una orden de restricción. Pero se encargaría de ello él mismo. Los demás habrían estado de acuerdo y se habrían ofrecido a atestiguar o incluso a prestar declaración a la policía, si era necesario. Pero eso le habría llevado algo de tiempo, lo mismo que limpiarse, porque sabía que, pasara lo que pasase, tendría que volver al juzgado esa tarde. Cuando Merlín hiciera por fin su primera llamada, sería a su hermano mayor. Sería una conversación sustancial, que no se limitaría sólo a la descripción de lo ocurrido, sino a efectuar una valoración de sus implicaciones. Analizarían su situación y sus alternativas. Por fin, aun sin saber muy bien qué iban a hacer, colgarían. La siguiente llamada sería para Virgil, pero Ricky se había adelantado a esa llamada. Sonrió, dio media vuelta bruscamente y entró en el restaurante con rapidez. Una recepcionista lo miró y empezó a hacerle la inevitable pregunta, pero él la interrumpió con un gesto de la mano a la vez que decía «Mi cita ya está aquí» y cruzaba veloz el restaurante. Virgil estaba de espaldas y se movió al notar que alguien se acercaba. – Hola –dijo Ricky–. ¿Me recuerdas? La sorpresa se reflejó en el rostro de ella. – Porque yo sí te recuerdo a ti –aseguró él, y se sentó. Virgil no dijo nada, aunque se había echado hacia atrás, atónita. Tenía un book y un currículo en la mesa en previsión de la entrevista con el supuesto productor. Ahora, despacio, con parsimonia, los tomó y los dejó en el suelo. – Supongo que no voy a necesitarlos –comentó. Ricky captó dos cosas en su respuesta: exploración y necesidad de recobrar un poco la compostura. «Eso lo enseñan en las clases de interpretación –pensó–. Y ahora mismo está buscando en ese compartimiento concreto» Antes de que Ricky contestara, se oyó un zumbido procedente del bolso de Virgil. Un teléfono móvil. Ricky meneó la cabeza. – Será tu hermano mediano, el abogado, para advenirte que aparecí en su vida esta mañana. Y muy pronto recibirás otra llamada, de tu hermano mayor, el que mata para ganarse la vida. Porque él también querrá protegerte. No contestes. Virgil detuvo la mano a medio camino. – ¿O qué? – Bueno, deberías hacerme la pregunta: «¿Está Ricky muy desesperado?» Y luego la que es evidente que le sigue: « ¿Qué podría hacerme?» Virgil no hizo caso del teléfono, que dejó de zumbar. – ¿Qué podría hacerme Ricky? –preguntó. – Ricky murió una vez –contestó éste con una sonrisa–, y ahora tal vez no le quede nada por lo que vivir. Lo que haría que morir por segunda vez fuera menos doloroso y puede que hasta un alivio, ¿no crees? –La observó con dureza, traspasándola con la mirada–. Podría hacerte cualquier cosa. Virgil se movió incómoda. Ricky había hablado con dureza e intransigencia. Se recordó que la fuerza de su actuación de ese día radicaba en que era un hombre diferente al que se había dejado manipular y aterrorizar hasta el suicidio un año antes. Y se percató de que eso no se alejaba demasiado de la realidad. – Así pues, ahora soy imprevisible. Inestable. Con una vena maníaca, además. Una combinación peligrosa, ¿no? Una mezcla volátil. – Sí. Cierto –asintió la joven, que estaba recobrando algo de la compostura perdida mientras hablaba, justo como él había esperado que ocurriera. Sabía que era una mujer muy centrada–. Pero no vas a dispararme aquí, en este restaurante, delante de toda esta otra gente. No lo creo. – Al Pacino lo hace –indicó Ricky encogiéndose de hombros–. En El padrino. Estoy seguro de que la has visto. Cualquiera que desee ganarse la vida con la interpretación la ha visto. Sale del lavabo de hombres con un revólver en el bolsillo y dispara al otro mafioso y al capitán de policía corrupto en la frente, arroja el revólver a un lado y se va. ¿Lo recuerdas? – Sí –contestó, inquieta–. Lo recuerdo. – Pero este restaurante me gusta. Antes, cuando era Ricky, venía con alguien a quien amaba, pero cuya presencia jamás aprecié en realidad. ¿Y por qué querría arruinar el delicioso almuerzo de los demás comensales? Además no es imprescindible que te dispare aquí, Virgil. Puedo hacerlo en muchos otros sitios. Ahora sé quién eres. Conozco tu nombre. Tu agencia. Tu dirección. Y, lo más importante, sé quién quieres ser. Conozco tu ambición. A partir de eso, puedo extrapolar tus deseos. Tus necesidades. ¿Crees que ahora que se el quien, el que y el dónde sobre ti no puedo deducir todo lo que necesite saber en el futuro? Podrías mudarte. Podrías incluso cambiarte de nombre. Pero no puedes cambiar quién eres ni quién quieres ser. Y ése es el problema, ¿no? Estás tan atrapada como lo estuvo Ricky. Igual que tu hermano Merlín, un detalle que averiguó esta mañana de forma bastante sucia. Una vez jugasteis conmigo sabiendo todos los pasos que daría y por qué. Y ahora yo jugaré un nuevo juego con vosotros. – ¿Qué juego es ése? – Se llama « ¿Cómo puedo seguir vivo?». Va de venganza. Creo que ya conoces algunas de sus reglas. Virgil palideció. Cogió el vaso de agua con hielo y tomo un largo trago sin apartar los ojos de Ricky. – Te encontrará, Ricky –susurró–. Te encontrara y te matara, y me protegerá porque siempre lo ha hecho. Ricky se inclinó hacia delante, como un sacerdote que comparte un oscuro secreto en un confesionario. – ¿Como cualquier hermano mayor? Bueno, puede intentarlo. Pero ¿sabes qué?, apenas sabe nada acerca de quién soy ahora. Los tres habéis estado persiguiendo al señor Lazarus y creíste que lo teníais acorralado. ¿Cuántas veces? ¿Una? ¿Dos? ¿Tal vez tres? ¿Pensasteis que había sido cuestión de segundos que se os escapara la otra noche de la casa del hombre que se cruzo en nuestros caminos? Y además, ¡puf!, Lazarus está a punto de desaparecer. En cualquier momento, porque casi ha prestado ya todo su servicio en esta vida. Aunque antes de irse, quizá le cuente a quienquiera que vaya ser yo a continuación todo lo que necesite saber sobre ti y Merlín, y ahora también sobre el señor R. Y si lo juntamos todo, Virgil, me parece que me convierte en un adversario muy peligroso. –Hizo una pausa y añadió–: Quienquiera que sea hoy. Quienquiera que pueda ser mañana. Ricky se recostó en la silla y observó cómo sus palabras se reflejaban en la cara de la joven. – ¿Qué me dijiste una vez, Virgil, sobre el nombre que usabas? Todo el mundo necesita un Virgilio que lo guíe hacia el infierno, o algo así. – Sí. –Ella asintió y tomó otro sorbo de agua. – Fue una buena observación –dijo Ricky con una sonrisa irónica. Y entonces se levantó, apartando la silla hacia atrás con rapidez. –Adiós, Virgil –dijo inclinándose hacia ella–. Creo que no querrás volver a verme la cara porque podría ser lo último que vieras nunca. Sin esperar respuesta, se volvió y salió con paso decidido del restaurante. No se quedó a ver cómo le temblaba la mano ni la mandíbula a Virgil, reacciones más que probables. «El miedo es algo extraño –pensó–. Se manifiesta de muchos modos externos, pero ninguno de ellos tan poderoso como el acero que te atraviesa el corazón y el estómago o la corriente que te recorre la imaginación.» Por una u otra razón se había pasado gran parte de su vida teniendo miedo de muchas cosas, en una secuencia interminable de temores y dudas. Pero ahora él provocaba miedo, y no estaba seguro de que la sensación le desagradara. Se perdió entre la masa de gente que iba a almorzar, dejando que Virgil, a la que dejó atrás, como había hecho con uno de sus hermanos, intentase evaluar en qué clase de peligro se encontraban en realidad. Avanzó con rapidez entre la multitud, esquivando los cuerpos de las personas como un patinador en una pista concurrida, pero tenía la cabeza en otra parte. Estaba intentando imaginar al hombre que tiempo atrás le había acechado hasta una muerte perfecta. Se preguntaba cómo reaccionaría ese psicópata cuando las dos únicas personas que quedaban en este mundo por las que sentía estima habían sido seriamente amenazadas. Avanzó con rapidez por la acera. «Querrá actuar deprisa –pensó–. Querrá resolver este asunto de inmediato. No querrá elaborar un plan como hizo antes. Ahora dejará que la cólera domine todos sus instintos y toda su preparación. Y lo más importante: ahora cometerá un error.» 34 Normalmente, una o dos veces cada verano en aquellos años y vacaciones que le parecían ahora tan distantes, cuando su mujer seguía pautas normales y reconocibles, Ricky hacía una reserva con uno de los viejos y consumados guías de pesca que operaban en las aguas de Cape Cod para encontrar róbalos y bancos de anjovas. No era que se considerara un pescador experto, y tampoco estaba especialmente dotado para las actividades al aire libre, pero le gustaba salir en una pequeña embarcación abierta a primera hora de la mañana, cuando la niebla todavía cubre el océano gris, y sentir aquel frío húmedo que desafiaba los primeros rayos de sol en el horizonte mientras el guía pilotaba el esquife por canales, bordeando bancos de arena, hasta las zonas de pesca. Y lo que le gustaba era la sensación de que, entre las olas siempre cambiantes, el guía sabía en qué parte había peces, incluso aunque se escondieran en las aguas profundas. Lanzar un cebo a través de tanto espacio frío con tantas variables como la marea y la corriente, la temperatura y la luz y saber encontrar el objetivo era algo que Ricky, el psicoanalista, había admirado y encontrado siempre fascinante. Al reflexionar en su apartamento de Nueva York, pensó que se había embarcado en un proceso muy parecido. El cebo estaba en el agua. Ahora tenía que lograr que la presa tragara el anzuelo. No creía que fuera a tener más de una oportunidad con Rumplestiltskin. Después de enfrentarse a sus hermanos pequeños se le había ocurrido que podía huir, pero no le serviría de nada. Se pasaría todo lo que le quedaba de vida sobresaltándose con cada ruido en la oscuridad, nervioso al escuchar cualquier cosa detrás de él, temeroso de cada desconocido que entrara en su campo de visión. Una vida imposible, siempre escapando de algo y de alguien imposible de percibir, siempre con él, rondando cada paso que diera. Sabía, con toda la certeza que podía saber, que tenía que vencer a Rumplestiltskin en esta fase final. Era el único modo de recuperar el control sobre algo parecido a la vida que esperaba vivir. Pensó que lo conseguiría. Los primeros pasos de su plan ya habían tenido lugar. Podía imaginarse la conversación que estarían manteniendo los hermanos en ese mismo instante, mientras él permanecía en aquel apartamento de alquiler. No sería por teléfono. Tendrían que reunirse, porque querrían verse para asegurarse de que estaban a salvo. Habría voces levantadas. También unas cuantas lágrimas y un enfado considerable, quizás incluso insultos y acusaciones. Todo les había ido sobre ruedas al cobrarse su venganza contra todos los objetivos de su pasado. Sólo uno había salido mal, y ese uno era ahora origen de una ansiedad importante. Podía oír la frase « ¡Tú nos metiste en estol» gritada en la habitación hacia el psicópata que tanto significaba para ellos. Ricky pensó, con cierta satisfacción, que esa acusación contendría pánico, porque había conseguido abrir una brecha en los vínculos que unían al trío. Por muy persuasiva que hubiese sido la necesidad de venganza, por muy astuta que hubiese sido la conspiración contra Ricky y todos los demás, había un elemento que Rumplestiltskin no había previsto: a pesar de su compulsión a secundario, los dos hermanos menores seguían aspirando a llevar una vida convencional, normal a su propio modo. Una vida en el escenario y una vida en los tribunales, siguiendo ciertas reglas y restricciones reconocibles. Rumplestiltskin era el único de los tres que estaba dispuesto a vivir fuera de todo límite. Pero los otros no, y eso los volvía vulnerables. Ricky había descubierto esa diferencia. Y sabía que era su mejor baza. Sabía que se dirían palabras duras. A pesar de lo cruel y sanguinario que había sido el juego, en realidad los empujones, disparos y asesinatos habían quedado a cargo de uno solo de ellos. Arruinar una reputación o destrozar unas cuentas de inversiones eran trabajos bastante desagradables, pero en ellos no se vertía sangre. Había habido una separación de las maldades, y las más oscuras habían quedado en unas únicas manos. Estos trabajos habían recaído en el señor R. Del mismo modo que había soportado el peso de las palizas y la crueldad cuando crecían, la violencia en sí era cosa suya. Los demás sólo le habían ayudado y cosechado con ello la satisfacción psicológica que proporciona la venganza. Era la diferencia entre quien facilita las cosas y quien las lleva a cabo. Pero ahora se daban cuenta de que su complicidad se había vuelto en su contra. «Creían que les había salido bien, pero no ha sido así», pensó Ricky. Sonrió para sus adentros. Decidió que no había nada tan devastador como darse cuenta de que ahora eres el perseguido cuando estás acostumbrado a ser el perseguidor. Y ésa era la trampa que había preparado, porque ni siquiera aquel psicópata dejaría de intentar recuperar la posición de superioridad que tan natural le es a un depredador. La amenaza a Virgil y a Merlín lo empujaría en esa dirección. Los pocos jirones de normalidad que conservaba el señor R eran los que lo conectaban con sus hermanos. Si en lo más profundo de su mundo psicopatológico quedaba algún vínculo con la humanidad, procedía de su relación con ellos. Estaría desesperado por protegerlos. Ricky se dijo que, de hecho, era sencillo. Había que asegurarse de que el cazador creyera que está cazando, acercándose a la presa, cuando en realidad estaba siendo conducido a una emboscada. «Una emboscada basada en el amor», pensó con cierta ironía. Encontró un papel y se esforzó un rato con un poema. Cuando le quedó como quería, llamó a la sección de anuncios del Village Voice. De nuevo, como antes, se encontró hablando con un empleado. Le dio algo de conversación, como había hecho en otras ocasiones. Pero esta vez procuró hacerle unas preguntas clave y proporcionarle información vital: – Perdone, pero si estoy fuera de la ciudad, ¿puedo llamar y recibir igualmente las respuestas? – Por supuesto –dijo el empleado–. Sólo tiene que marcar el código de acceso. Puede llamar desde cualquier sitio. – Fantástico –contestó Ricky–. Verá, es que este fin de semana tengo que atender unos asuntos en Cape Cod, así que me voy allí unos días y quiero seguir recibiendo las respuestas. – No será ningún problema –aseguró el empleado. – Espero que haga buen tiempo. Han pronosticado lluvia. ¿Ha estado alguna vez en Cape Cod? – En Provincetown. Hay mucha marcha el fin de semana después del Cuatro de Julio. – Ni que lo diga –corroboró Ricky–. Yo siempre voy a Wellfleet. O por lo menos eso hacía antes. Tuve que vender la casa. Liquidación total por incendio. Ahora voy a ir para arreglar unas cuestiones pendientes, y después de vuelta a la ciudad y a toda esta rutina. – Ya. Ojalá tuviera yo una casa en Cape Cod. – Es un sitio especial. –Ricky hablaba con cuidado, pronunciando despacio cada palabra–. Sólo vas en verano, tal vez un poco en otoño y primavera, pero cada estación te acaba calando a su modo. Se convierte en tu hogar. Más que un hogar, en realidad. Un lugar para empezar y terminar. Cuando muera, quiero que me entierren allí. – Yo sólo puedo desearlo –aseguró el empleado, algo envidioso. – Quizás algún día –respondió Ricky, y se aclaró la garganta para decir el mensaje que deseaba publicar en la sección de clasificados. Lo había incluido bajo un discreto titular: Buscando Al Sr. R. – ¿No querrá decir señor Regio? –preguntó el hombre. – No –contestó Ricky–. Señor R está bien. A continuación pronunció lo que esperaba fuera el último poema que tuviera que componer nunca: ¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber. En cualquier parte puede aparecer. Puede que a Ricky le guste vagar, puede que haya vuelto a su hogar. O quizá Ricky se quiera ocultar para que no lo puedan encontrar. Un viejo lugar o un nuevo lugar, Ricky siempre logrará escapar. Y aunque lo busque con apuro, el señor R nunca sabrá seguro cuándo Ricky pueda estar presente, no como amigo sino como oponente, para sembrar la muerte y el mal, y provocar de alguien el final. – Vaya –dijo el empleado con un silbido largo y lento–. ¿Y dice usted que se trata de un juego? – Sí –respondió Ricky–. Pero no habría mucha gente dispuesta a jugarlo. El anuncio se iba a publicar el viernes siguiente, lo que dejaba a Ricky poco tiempo. Sabía lo que pasaría: el periódico llegaría a los quioscos la noche anterior, y sería entonces cuando los tres hermanos leerían el mensaje. Pero esta vez no contestarían en el periódico. Ricky supuso que sería Merlín, con sus tonos bruscos y exigentes de abogado y unos modales indirectamente amenazadores. Merlín llamaría al supervisor de los anuncios y descendería con rapidez por la jerarquía del periódico hasta encontrar al empleado que había recibido el poema por teléfono. Y le preguntaría a fondo sobre el hombre que llamó. Y el empleado recordaría enseguida la conversación sobre Cape Cod. Ricky imaginó que a lo mejor el hombre incluso recordaría su comentario de que le gustaría que algún día lo enterraran ahí; un pequeño deseo, en cierto sentido, pero que tendría mucho significado para Merlín o Después de obtener la información, la transmitiría a su hermano. Luego, los tres volverían a discutir. Los dos hermanos pequeños estaban asustados, probablemente como nunca desde que eran niños y su madre los abandonó al suicidarse. Querrían acompañar al señor R en su búsqueda, sintiéndose responsables del peligro y también culpables de que tuviera que cuidar de ellos una vez más. Pero no sería verdad, y el hermano mayor tampoco querría aceptar. Esta muerte querría infligirla solo. «Y, por lo tanto, actuará solo», pensó Ricky. Solo y con la esperanza de terminar de una vez para siempre lo que le habían hecho creer que ya había concluido. Iba a tener prisa por dirigirse hacia otra muerte. Dejó el apartamento tras comprobar que no dejaba ningún rastro de su existencia. Luego, antes de salir de la ciudad, efectuó otra serie de tareas. Cerró sus cuentas bancarias en las sucursales de Nueva York y fue a una oficina del centro para buscar un banco con agencias en el Caribe, donde abrió una simple cuenta corriente y de ahorros a nombre de Richard Lively. Cuando hubo terminado el papeleo y depositado una cantidad modesta del efectivo que le quedaba, salió del banco y caminó dos manzanas por la avenida Madison hasta la sucursal del Crédit Suisse frente a la que tantas veces había pasado en los días en que era un neoyorquino más. Una empleada estuvo más que dispuesta a abrir una cuenta al señor Lively. Era una mera cuenta de ahorros tradicional, pero con una característica interesante. Un día al año, el banco transferiría el noventa por ciento de los fondos acumulados directamente al número de cuenta que Ricky dio del banco caribeño. Sus comisiones se deducirían del resto. Eligió la fecha para esta transferencia con una especie de aleatoriedad cuidada. Al principio pensó en usar el día de su cumpleaños y luego el de su mujer. Después se planteó usar el día en que había fingido su muerte. También consideró usar el cumpleaños de Richard Lively. Pero, por fin, preguntó a la agradable joven, que se había esmerado en asegurarle la confidencialidad total y la inviolabilidad de las regulaciones bancarias suizas, cuándo era su cumpleaños, Como había esperado, no guardaba relación con ninguna fecha que pudiera recordar. Un día de finales de marzo. Eso le gustó. Marzo era el mes que marcaba el final del invierno y anunciaba la primavera, pero estaba lleno de falsas promesas y de vientos engañosos. Un mes variable. Le dio las gracias a la joven y le dijo que ése era el día que elegía para las transferencias. Una vez terminados sus asuntos, Ricky volvió al coche. Mientras recorría las calles hacia la Henry Hudson Parkway en dirección al norte, no miró hacia atrás ni una sola vez. Tenía muchas cosas que hacer y poco tiempo. Devolvió el coche de alquiler y se pasó el día acabando con Frederick Lazarus. Cerró, canceló o liquidó cada carné, tarjeta de crédito y cuenta telefónica, todo lo relacionado con ese personaje. Incluso fue a la armería donde había aprendido a disparar, se compró una caja de balas y se pasó una hora productiva en el local de tiro disparando a una diana con la silueta negra de un hombre que él atribuía con facilidad a su implacable perseguidor. Después, charló un poco con el dependiente de la armería y le dejó caer que se iba de la zona por varios meses. El hombre se encogió de hombros, pero Ricky pudo ver que, aun así, tomaba nota de su marcha. Así pues, Frederick Lazarus se desvaneció. Por lo menos sobre el papel y los documentos. Dejó también las pocas relaciones que ese personaje tenía. Para cuando hubo terminado, lo único que quedaba de aquel individuo eran las posibles venas asesinas que él mismo hubiera absorbido. Por lo menos, creía que eso seguiría pesando en su interior. Richard Lively no sería tan fácil, porque Richard Lively era un poco más humano que Lazarus. Y era Richard Lively quien tenía que vivir. Pero también necesitaba desaparecer de su vida en Durham, Nueva Hampshire, con el mínimo de fanfarria y en muy corto plazo. Tenía que dejarlo todo atrás, pero no parecer que lo hacía, por si acaso alguien, algún día, aparecía haciendo preguntas y relacionaba la desaparición con ese fin de semana concreto. Consideró este dilema y pensó que el mejor modo de desaparecer es dar a entender lo contrario. Hacer creer a la gente que tu marcha es sólo temporal. La cuenta bancaria de Richard Lively permaneció intacta, con un depósito mínimo. No canceló ninguna tarjeta de crédito ni carné de biblioteca. Dijo al supervisor del departamento de mantenimiento de la universidad que un problema familiar en la Costa Oeste requería su presencia allí por unas semanas. El jefe lo comprendió pero le comentó que no podía prometerle que el trabajo le esperaría, aunque haría todo lo posible para que no lo ocupara nadie. Tuvo una conversación parecida con sus caseras, a las que explicó que no estaba seguro del tiempo que estaría fuera. Pagó el alquiler de un mes extra por adelantado. Se habían acostumbrado a sus idas y venidas y no dijeron demasiado, aunque Ricky sospechó que la mujer mayor sabía que no volvería nunca, sencillamente por la forma en que lo miró y asimiló todo lo que decía. Ricky admiraba esta cualidad. Le pareció que era una cualidad típica de Nueva Hampshire aceptar aparentemente lo que otra persona dice, mientras se comprende la verdad subyacente. Aun así, para subrayar la impresión de que iba a regresar, aunque no le creyeran del todo, dejó todas las pertenencias que pudo. Ropa, libros, una radio despertador, las cosas modestas que había reunido al reconstruir su vida. Sólo se llevó un par de mudas y el arma. Lo que tenía que dejar atrás eran indicios de que había estado ahí y de que podría regresar, pero nada que indicara realmente quién era o dónde podría haber ido. Mientras bajaba por la calle, sintió un arrepentimiento momentáneo. Si sobrevivía al fin de semana, algo de lo que sólo tenía el cincuenta por ciento de probabilidades, sabía que no volvería nunca. Había llegado a estar muy a gusto y familiarizado con aquel pequeño mundo y le entristecía abandonarlo. Pero reestructuró la emoción en su interior y procuró reconvertirla en una fortaleza que lo sostuviera durante lo que iba a suceder. A mediodía tomó un autobús Trailways hacia Boston, con el que volvió a recorrer una ruta conocida. No pasó mucho rato en la terminal de Boston, sólo el suficiente para preguntarse si el verdadero Richard Lively seguiría vivo; tal vez fuese interesante ir a Charlestown para intentar localizarlo en alguno de los parques y callejones por donde lo había seguido una vez con tanta diligencia. Sabía, por supuesto, que no tenía nada que decir al hombre, aparte de darle las gracias por proporcionarle una vía hacia un futuro dudoso. En todo caso, no tenía tiempo. Tomó el autobús Bonanza del viernes por la tarde a Cape Cod y se apretujó en un asiento trasero con una agitación creciente. «A esta hora ya habrán leído el poema –pensó–. Y Merlín habrá interrogado al empleado de los anuncios. En este preciso momento los tres hermanos estarán hablando.» Podía imaginar cómo las palabras volaban de un lado a otro. Y no necesitaba oírlos porque sabía lo que harían. Miró la hora en su reloj. «Pronto saldrá –pensó–. Conducirá sin paradas, impulsado a concluir una historia que se ha escrito de modo distinto al que él esperaba.» Sonrió, viendo la inmensa ventaja que tenía. Rumplestiltskin se movía en un mundo acostumbrado a las conclusiones. El de Ricky era justo lo contrario. Uno de los principios del psicoanálisis es que, a pesar de que las sesiones terminen y la terapia diaria finalice por fin, el proceso no se completa nunca. Lo que la terapia aporta es, en el mejor de los casos, una nueva forma de ver quién es uno, y permitir que esa nueva definición de la vida de uno influya en las decisiones y las elecciones que conlleve el futuro. En el mejor de los casos, esos momentos ya no se verán limitados por los acontecimientos del pasado y las elecciones tomadas estarán liberadas de lo que todo el mundo debe al entorno en que ha crecido. Tenía la sensación de estar llegando a la misma clase de final inacabado. Era el momento de morir o de proseguir. Y cuál de los dos iba a ser se sabría en las próximas horas. Aceptó la frialdad de su situación y contempló el paisaje por la ventanilla. Observó que, a medida que el autobús zumbaba rumbo a Cape Cod, el tamaño de los árboles y los arbustos parecía reducirse. Era como si la vida en la tierra arenosa cercana al océano fuera más dura y le costara crecer cuando los vientos marinos soplaban en invierno. Una vez fuera de Provincetown, en la carretera ó, Ricky vio un motel que todavía no había colgado el cartel de Completo debido, lo más seguro, a la poco optimista previsión meteorológica. Pagó en efectivo por el fin de semana y el recepcionista cogió el dinero con desinterés. Ricky supuso que lo tomaba por un confuso empresario de mediana edad de Boston que se había rendido por fin a sus fantasías e iba a esa ciudad de alborotada vida nocturna en verano para unos días de sexo y culpa. Ricky no hizo nada por contradecir tal suposición y, de hecho, preguntó al recepcionista por los mejores clubes de la ciudad, la clase de sitios donde los solteros iban a buscar compañía. El hombre le dio algunos nombres y no preguntó nada. Ricky encontró una tienda de artículos de acampada y compró más repelente de insectos, una linterna potente y un capote verde oliva mayor de lo normal. También compró un sombrero de camuflaje de ala ancha que tenía un aspecto ridículo pero que llevaba cosida al ala una mosquitera que cubría la cabeza y los hombros. De nuevo, la previsión meteorológica para el fin de semana le era favorable: humedad, tormentas eléctricas, cielos grises y temperaturas cálidas. Un fin de semana horrible. Ricky dijo al dependiente que aun así iba a cuidar un poco del jardín, lo que en ese contexto confirió un sentido de normalidad a cada una de las compras. Regresó fuera y vio cómo por el oeste crecía lo que supuso sería un gran frente de nubes de tormenta. Prestó atención para intentar oír el estruendo distante de los truenos y vio un cielo gris que parecía señalar la llegada de la noche. Percibía el sabor de la inminente lluvia y apresuró el paso para efectuar sus preparativos. El día se prolongó con una luz que no desaparecía, como si compitiera con las condiciones meteorológicas que avanzaban hacia él. Cuando llegó a la carretera que conducía a su antigua casa, el cielo había adoptado un extraño tono amarronado. El autobús que recorría la carretera ó le había dejado a unos tres kilómetros y había corrido la distancia sin problemas, la mochila con las compras y el arma a la espalda. Recordó haber efectuado la misma ruta casi un año antes y se acordó de cómo le costaba respirar, cómo sus pulmones absorbían el viento debido al pánico y a la impresión de lo que había hecho y lo que aún le faltaba hacer. Este trayecto era extrañamente distinto. Notaba una sensación de fortaleza y, al mismo tiempo, otra de aislamiento con un matiz de complacencia, como si no corriera hacia donde había dejado tantos recuerdos, sino hacia uno que significaba un cambio. Cada paso de ese recorrido le resultaba familiar y, aun así, surrealista, como si existiera a un nivel distinto de existencia. Aceleró el paso, contento de estar más fuerte que la anterior vez, rogando que ningún antiguo vecino apareciera por un camino de entrada y viera al difunto corriendo hacia la casa incendiada. Tuvo suerte: la carretera estaba desierta a la hora de la cena. Enfiló el camino de entrada, redujo el paso a una caminata y quedó oculto tras los grupos de árboles y los arbustos que crecen con rapidez en Cape Cod durante los meses de verano. No sabía muy bien qué esperar. Se le ocurrió que el pariente que hubiera logrado hacerse con su finca podría haber limpiado el área, empezado incluso a construir otra casa. Su carta de suicidio indicaba que la tierra se entregara a un grupo de protección del medio ambiente, pero suponía que, cuando los miembros de su lejana familia se hubieran enterado del valor real de ese excelente terreno edificable en Cape Cod, eso habría quedado paralizado por los pleitos. La idea le hizo sonreír porque le pareció irónico que personas a las que apenas conocía pudieran disputarse su finca, cuando él había muerto meses atrás para proteger a una de ellas del hombre que seguramente se dirigía hacia allí esa noche. Cuando salió de entre los árboles, vio lo que esperaba: los restos de su casa calcinada. Incluso a pesar de la vegetación que crecía en el terreno, la tierra seguía ennegrecida varios metros alrededor del esqueleto descarnado de la vieja casa. Ricky se acercó hacia donde había estado la puerta principal a través de los hierbajos de lo que tiempo atrás había sido su jardín. Entró y recorrió despacio las ruinas de la casa. Incluso pasado un año, le pareció oler la gasolina y la madera quemada, pero enseguida comprendió que su imaginación estaba jugándole una mala pasada. Se oyó retumbar un trueno a lo lejos, pero no prestó atención y se movió lo mejor que pudo por los espacios dejando que su memoria añadiera paredes, muebles, obras de arte y alfombras. Y, cuando todos estos recuerdos habían reconstruido su hogar a su alrededor, dejó que su memoria dibujara en él momentos con su mujer, mucho antes de que enfermara y de que el cáncer le arrebatara las fuerzas, la vitalidad y, por último, la vida. A Ricky le resultó agradable y estremecedor a la vez deambular por los escombros. Era, de modo extraño, tanto un regreso como una partida, y se sentía un poco como si fuera a emprender algo que lo llevaría a un lugar muy distinto y que, por fin, podría despedirse de todo lo que el doctor Frederick Starks había sido y prepararse para recibir a la persona que surgiera de la noche que se cerraba deprisa a su alrededor. El sitio que esperaba encontrar lo estaba aguardando Justo a un lado de la chimenea central del salón. Un bloque de techo y unas cuantas vigas gruesas de madera habían caído al lado formando una especie de cobertizo decrépito, casi una cueva. Ricky se puso el capote, se encasquetó el sombrero con la mosquitera y sacó la linterna y la pistola de la mochila. Después retrocedió hacia la oscuridad de los escombros, se escondió y esperó a que llegaran la noche, la tormenta que se acercaba y un asesino. Le resultó un poco cómico: ¿qué había hecho? Había actuado como un psicoanalista. Había provocado emociones eléctricas y arrolladoras en la persona que quería descubrir. «Hasta los psicópatas son vulnerables a sus deseos», pensó. Y ahora, como había hecho durante años en su consulta, esperaba a que este último paciente llegase trayendo consigo toda su cólera, odio y furia dirigidos contra Ricky, el terapeuta. Tocó el arma y quitó el seguro. Esta sesión, sin embargo, no iba a ser tan plácida. Se recostó, midió cada sonido y memorizó todas las sombras a medida que se alargaban en la penumbra. Esa noche la visión iba a ser un problema. Las nubes taparían la luna. La luz de otras casas y de la lejana Provincetown se desvanecería bajo la lluvia. Ricky esperaba contar tanto con la certeza como con la incertidumbre: el terreno donde había decidido aguardar era la zona que mejor conocía. Eso sería una ventaja. Y, aún más importante, la incertidumbre de Rumplestiltskin jugaba a su favor. No sabría con exactitud dónde estaba Ricky. Era un hombre acostumbrado a controlar el escenario en que operaba y Ricky esperaba que ése fuera el terreno menos controlado en que pudiera encontrarse. Un mundo desconocido para el asesino. Un buen lugar para esperarlo esa noche. Ricky confiaba en que el asesino llegaría, y bastante pronto, para buscarlo. Mientras se dirigía hacia allí, se habría percatado de que Ricky sólo podía estar en dos lugares: la playa donde fingió ahogarse o la casa que había incendiado. Iría a esos dos sitios, a la caza, porque, a pesar de lo que pudiera haberle contado el empleado del Village Voice, no creía que ese viaje a Cape Cod tuviera ningún otro motivo que la muerte. Sabría que todo lo demás era pura invención y que el juego real consistía en un conjunto de recuerdos enfrentado a otro. 35 La lluvia cayó a rachas las primeras horas de la noche, con fuerza, con truenos y relámpagos sobre el mar durante el inicio de su espera, antes de reducirse a una irritante llovizna constante. Cuando la tormenta pasó sobre él, la temperatura descendió seis grados o más, lo que aportó a la oscuridad un frío que parecía totalmente fuera de lugar. Algo de viento había acompañado al frente borrascoso; corrientes fuertes que le jalaban de los bordes del capote y hacían que los escombros y los restos chamuscados de alrededor crujieran, como si ellos también tuvieran algún asunto pendiente esa noche. Ricky permaneció oculto, como un cazador en un escondite a la espera de que apareciera la presa. Pensó en todas las horas pasadas en silencio detrás de las cabezas de sus pacientes tendidos en el diván, sentado sin apenas moverse, casi sin hablar, y le pareció divertido que esa experiencia le hubiera preparado bien para la espera de esa noche. Sólo se movió esporádicamente y sólo para estirar y flexionar los músculos para que no se le agarrotaran y estuvieran listos cuando los necesitara. La mayoría del tiempo estuvo recostado, con la mosquitera sobre la cabeza y el capote extendido sobre el cuerpo, de modo que parecía un bulto más informe que humano. Desde donde estaba escondido podía ver el otro lado del descampado que había dado la bienvenida a las visitas que iban a su casa, en especial cuando algún rayo cruzaba el cielo. Estaba situado en un sitio que le permitía ver los haces de los faros que penetraban los árboles desde la carretera principal y también oír el motor de los coches a través de la densa penumbra. Sólo temía una cosa: que Rumplestiltskin tuviera más paciencia que él. Lo dudaba, pero no estaba seguro. Después de todo, el niño había acumulado mucho odio durante años y esperado tanto tiempo antes de acometer su venganza que tal vez ahora, en esta última fase, vacilara y se limitara a apostarse en la línea de árboles y hacer más o menos lo que él estaba haciendo, es decir, esperar algún movimiento delator antes de acercarse. Ése era el riesgo que Ricky corría esa noche. Pero pensaba que era una apuesta bastante segura. Todo lo que había hecho estaba destinado a provocar al señor R. La cólera, el miedo y las amenazas exigen respuestas. Un asesino a sueldo es un hombre de acción. Un psicoanalista no. Ricky creía haber creado una situación en que sus propios puntos fuertes compensaban los de su contrincante. Su formación contrarrestaba la del asesino. «Él dará el primer paso. Todo lo que sé sobre la conducta me dice que será así» En el juego de recuerdos y muerte en que se encontraban sumidos ambos hombres, Ricky ostentaba el terreno más elevado. Luchaba en un lugar que conocía. Pensó que era todo lo que podía hacer. Hacia las diez de la noche el mundo circundante se redujo a un terreno húmedo y oscuro. Tenía los sentidos aguzados, la mente alerta a cualquier matiz de la noche. No había oído ningún coche ni divisado faros durante más de una hora y la lluvia parecía haber alejado los animales nocturnos hacia sus madrigueras, de modo que ni siquiera se oía el ruido de una zarigüeya o una mofeta. Pensó que estaba en ese momento en que el ánimo y la resolución le fallarían, en que la duda se apoderaría de su mente e intentaría convencerle de que estaba esperando tontamente a alguien que no iba a aparecer. Frustró esta sensación insistiéndose en que lo único que sabía seguro era que Rumplestiltskin estaba cerca, y todavía lo estaría más si perseveraba y esperaba. Deseó haber llevado una botella de agua. O un termo de café, pero no lo había hecho. «Es difícil planear un asesinato y recordar a la vez las cosas cotidianas», se dijo. Movía los dedos de vez en cuando y tamborileaba con el índice sobre la culata del arma sin hacer ruido. En una ocasión lo sobresaltó un murciélago que bajó en picado hacia él; en otra, un par de cervatillos salieron unos segundos del bosque. Sólo distinguió sus siluetas, hasta que se asustaron y, al volverse, le enseñaron las colas blancas mientras se alejaban a saltitos. Siguió esperando. Supuso que el asesino era un hombre acostumbrado a la noche y que se sentía cómodo en ella. El día comprometía mucho a un asesino. Le permitía ver, pero también ser visto. «Te conozco, señor R –pensó–. Querrás terminar todo esto en la oscuridad. Muy pronto estarás aquí.» Unos treinta minutos después de que los últimos faros de automóvil hubiesen pasado a lo lejos, vio que otro coche se acercaba por la carretera. Éste circulaba más despacio, casi vacilante. Con un mínimo matiz de indecisión en la velocidad a que avanzaba. El brillo se detuvo cerca del camino de entrada a su finca, y luego aceleró y desapareció en una curva a cierta distancia. Ricky retrocedió más en su escondite. «Alguien ha encontrado lo que buscaba pero no quiere demostrarlo», pensó. Siguió esperando. Pasaron veinte minutos de oscuridad total, pero Ricky estaba enroscado como una serpiente, aguardando. Su reloj de pulsera le servía para valorar lo que estaba ocurriendo más allá. Cinco minutos, tiempo suficiente para dejar escondido el coche. Diez minutos para regresar a pie hasta el camino de entrada. Otros cinco para deslizarse en silencio entre los árboles. «Ahora está en la última línea de árboles –pensó–. Observando las ruinas de la casa a distancia prudencial.» Se hundió más en su guarida y se tapó los pies con el capote. Se armó de paciencia. Notaba cómo la adrenalina le subía a la cabeza y el pulso se le aceleraba como el de un deportista, pero se calmó recitando en silencio pasajes literarios. Dickens: «Era el mejor y el peor de los tiempos.» Camus: «Hoy mamá ha muerto. O tal vez fue ayer, no lo sé.» Este recuerdo le hizo sonreír a pesar del miedo que sentía. Le pareció una cita adecuada. Sus ojos se movieron con rapidez para escrutar la oscuridad. Era un poco como abrirlos bajo el agua. Había formas en movimiento pero no eran reconocibles. Aun así, aguardó, porque sabía que su única oportunidad consistía en ver antes de ser visto. La llovizna había parado por fin, dejando el mundo reluciente y resbaladizo. El frío que había acompañado las tormentas desapareció, y Ricky notaba que un calor húmedo y denso se apoderaba del lugar. Respiraba despacio, temeroso de que la aspereza asmática de cada inspiración pudiera oírse a kilómetros. Observó el cielo y vio el contorno de una nube gris recortada contra el negro mientras surcaba el aire, casi como si la propulsaran unas remeras invisibles. Un poco de luz de luna se coló entre las nubes que pasaban y cayó como una saeta a través de la noche. Ricky miró a derecha e izquierda y vio una forma que se apartaba de los árboles. Mantuvo los ojos fijos en la figura, cuya silueta distinguió un instante bajo la tenue luz: una forma oscura de un negro más intenso que la noche. En aquel momento, la persona se llevó algo a los ojos y giró despacio, como un vigía en lo alto del mástil de un barco que busca icebergs en las aguas de proa. Ricky retrocedió aún más y se apretujó contra las rumas. Se mordió el labio con fuerza, porque supo de inmediato a lo que se enfrentaba: un hombre con prismáticos de visión nocturna. Se mantuvo inmóvil, sabiendo que el estrafalario conjunto del capote y el sombrero con mosquitera era su mayor defensa. Eso le permitía confundirse con las tablas carbonizadas y los montones de escombros quemados. Como el camaleón, que cambia de color según la tonalidad de la hoja que ocupa, permaneció en su sitio con la esperanza de no ofrecer el menor indicio de humanidad. La silueta se movió con sigilo. Ricky contuvo el aliento. ¿Lo había detectado? Le costó hasta el último ápice de energía mental no moverse de su sitio. El pánico acuciaba su mente y le gritaba que huyera mientras todavía podía. Pero se contestó que su única posibilidad consistía en hacer lo que estaba haciendo. Después de todo lo que había pasado, tenía que llevar al hombre que se movía entre los árboles hacIa él hasta tenerlo al alcance de la mano. La silueta cruzó el campo visual de Ricky en diagonal. Se movía con cautela, despacio pero sin miedo, algo agazapado para ofrecer poco contorno: un depredador experimentado. Ricky exhaló despacio: aún no lo había visto. La silueta llegó al antiguo jardín, y Ricky lo vio vacilar. Llevaba algo que le cubría la cabeza, a juego con sus ropas oscuras. Más parecía parte de la noche que una persona. Volvió a llevarse algo a los ojos, y de nuevo a Ricky lo consumió la tensión cuando los prismáticos de visión nocturna recorrieron las ruinas de la casa donde tiempo atrás había sido feliz. Pero otra vez el capote le convirtió en un escombro más, y el hombre vaciló, como frustrado. Bajó los binoculares de visión nocturna a un costado, como si descartara los alrededores. Avanzó con más agresividad y se situó en la entrada para escrutar las ruinas. Dio un paso adelante con un ligero tropezón, y Ricky oyó una maldición apagada. «Sabe que yo debería estar aquí –pensó Ricky–. Pero empieza a tener dudas.» Apretó los dientes. Sintió un impulso frío, asesino, en su interior. «No estás seguro, ¿verdad? No es lo que esperabas. Y ahora dudas. Sientes duda, frustración y toda esa cólera acumulada por no haberme matado antes, cuando te lo puse tan fácil. Es una combinación peligrosa, porque te obliga a hacer cosas que normalmente no harías. Estás dejando de tomar precauciones a cada paso y tu incertidumbre se refleja en tus movimientos. Y ahora, de repente, estás jugando en mi terreno. Porque ahora el doctor Starks te conoce y sabe todo lo que hay en tu cabeza, porque todo lo que sientes, toda esa indecisión y confusión, es habitual en su vida, no en la tuya. Eres un asesino cuyo blanco de pronto no está claro, y todo por culpa del escenario que he organizado.» Observó la sombra. «Acércate más», dijo en silencio. El hombre avanzó y tropezó con un pedazo de viga mientras intentaba cruzar una habitación que no conocía. Se detuvo y dio un puntapié a la viga. – Doctor Starks –susurró como un actor que pronuncia en escena un secreto que hay que compartir–. Sé que está aquí. La voz pareció rasgar el aire de la noche. – Vamos, doctor. Salga. Ha llegado el momento de terminar con esto. Ricky no se movió. No contestó. Todos sus músculos se tensaron, pero no había pasado años detrás del diván escuchando las afirmaciones más provocadoras y exigentes para caer ahora en la trampa de ese psicópata. – ¿Dónde está, doctor? –prosiguió el hombre, moviéndose de un lado a otro–. No estaba en la playa. De modo que debe estar aquí, porque es un hombre de palabra. Y aquí es donde dijo que iba a estar. Avanzó de una sombra a otra. Volvió a tropezar y se golpeó la rodilla con lo que había sido la contrahuella de una escalera. Maldijo por segunda vez y se enderezó. Ricky pudo ver confusión e irritación mezcladas con frustración en el modo en que se encogía de hombros. El hombre se volvió a izquierda y derecha una vez más. Luego suspiró. Cuando habló, lo hizo con resignación: –Si no está aquí, doctor, ¿dónde coño está? Se encogió de hombros de nuevo y, por fin, dio la espalda a Ricky. Y en cuanto lo hizo, Ricky sacó la mano con que empuñaba la pistola y, tal como le habían enseñado en la armería de Nueva Hampshire, sujetándola con ambas manos, situó el punto de mira en el centro de la espalda de Rumplestiltskin. – Estoy detrás de ti –contestó en voz baja. El tiempo pareció entonces perder control sobre el mundo circundante. Los segundos, que normalmente se habrían agrupado en minutos en una progresión ordenada parecieron esparcirse como pétalos arrastrados por el viento. Se mantuvo inmóvil, apuntando a la espalda del asesino y respirando con dificultad. Sentía impulsos eléctricos que le recorrían las venas Y le costó mucha energía conservar la calma. El hombre permaneció inmóvil. – Tengo un arma –espetó Ricky con voz ronca debido a la tensión–. Estoy apuntándote a la espalda. Es una pistola semiautomática del calibre 380 cargada con balas de punta hueca, y si haces el menor movimiento dispararé. Lograré hacer dos disparos, quizá tres, antes de que te vuelvas y puedas apuntarme a tu vez. Por lo menos uno dará en la diana, y seguramente te matará. Pero eso ya lo sabes, ¿verdad? Porque conoces el arma y la munición. De modo que ya has hecho estos cálculos mentalmente, ¿no? – En cuanto oí su voz, doctor –contestó Rumplestiltskin con tono sereno e inexpresivo. Si se había sorprendido, no lo reflejaba. De pronto, soltó una carcajada y añadió–: y pensar que me puse tan campante en su línea de tiro. Ah, supongo que era inevitable. Ha Jugado bien, mucho mejor de lo que yo esperaba, y ha hecho gala de recursos que no creía que poseyera. Pero ahora nuestro jueguecito ha llegado a sus últimos movimientos, ¿verdad? –Hizo una pausa–. Creo, doctor Starks, que haría bien en dispararme ahora. En la espalda. En este momento tiene ventaja. Pero, a cada segundo que pasa, su posición se debilita. Como profesional que se ha encontrado antes en esta clase de situaciones, le aconsejaría que no desperdiciara la oportunidad que ha creado. Dispáreme ahora, doctor. Mientras todavía puede hacerlo. Ricky no contestó. – Venga, doctor –insistió el hombre–. Canalice toda esa cólera. Concentre toda su rabia. Tiene que reunir esas cosas en su cabeza, convertirlas en algo único y centrado. Así podrá apretar ese gatillo sin sentir la menor culpa. Hágalo ahora, doctor, porque cada segundo que me deje vivir es un segundo que puede estar arrebatándole a su propia vida. Ricky siguió apuntándole. – Levanta las manos donde pueda verlas –ordenó. Rumplestiltskin soltó una carcajada de desdén. – ¿Qué? ¿Lo vio en algún programa de televisión? ¿O en el cine? No funciona así en la vida real. – Suelta el arma –insistió Ricky. – No. –El hombre meneó la cabeza–. Tampoco vaya hacer eso. De todos modos es un cliché. Verá, si dejo caer el arma al suelo, renuncio a cualquier opción que pueda tener. Examine la situación, doctor: según mi criterio profesional, ya ha desperdiciado su oportunidad. Sé lo que pasa por su cabeza. Sé que, si quisiera disparar, ya lo habría hecho. Pero asesinar a un hombre, incluso a alguien que te ha dado muchos motivos para ello, es más difícil de lo que había imaginado. Usted vive en un mundo de muerte imaginaria, doctor. Todos esos impulsos asesinos que ha escuchado durante años y contribuido a sofocar. Para usted sólo existen en el reino de la fantasía. Pero esta noche, aquí, no hay nada salvo la realidad. Y en este momento está buscando la fuerza para matar. Y apuesto a que no la está encontrando con facilidad. Yo, por otra parte, no necesito recorrer tanto camino. A mí no me habría preocupado nada la ambigüedad moral de disparar a alguien por la espalda. O por delante, en realidad. Como se dice, las cosas sólo se aprenden con la práctica. Siempre y cuando el blanco esté muerto, ¿qué más da? Así que no dejaré caer mi arma, ni ahora ni nunca. Permanecerá en mi mano derecha, amartillada y a punto. ¿Me volveré ahora? ¿Probaré suerte en este momento? ¿O esperaré un poco? Ricky guardó silencio. La cabeza le daba vueltas. – Debería saber algo, doctor: si quiere ser un buen asesino, no debería preocuparse por su penosa vida. Ricky escuchó aquellas palabras a través de la oscuridad y sintió una terrible inquietud. – Yo te conozco –dijo–. Conozco esa voz. – Sí, es verdad –contestó Rumplestiltskin con tono algo burlón–. La ha oído bastante a menudo. Ricky se sintió de repente como si estuviera de pie sobre hielo resbaladizo. – Date la vuelta –ordenó, y la inseguridad se reflejó en su voz. Rumplestiltskin negó con la cabeza. – Es mejor que no me pida eso. Porque si lo hago, casi toda la ventaja que tiene habrá desaparecido. Veré su posición exacta y le aseguro, doctor, que una vez le tenga localizado, pasará muy poco tiempo antes de que lo mate. – Te conozco –repitió Ricky en un susurro. – ¿Tanto le cuesta? La voz es la misma. La postura. Todas las inflexiones y los tonos, los matices y las peculiaridades. Debería reconocerlos todos –dijo Rumplestiltskin–. Después de todo, hemos estado viéndonos cinco veces a la semana durante casi un año. Y tampoco me habría vuelto entonces. Y el proceso psicoanalítico, ¿no es más o menos lo mismo que esto? El médico con los conocimientos, el poder y, me atrevería a decir, las armas justo a la espalda del pobre paciente, que no puede ver qué pasa y sólo cuenta con sus recuerdos míseros y patéticos. ¿Tanto han cambiando las cosas para nosotros, doctor? Ricky tenía la garganta reseca, pero aun así se le atragantó el nombre. – ¿Zimmerman? – Zimmerman está muerto. –Rumplestiltskin rió de nuevo. – Pero tú eres... – Soy el hombre que conoció como Roger Zimmerman. Con una madre inválida y un hermano indiferente, y un trabajo que no iba a ninguna parte, y toda esa cólera que jamás parecía aplacarse a pesar de toda la cháchara que soltaba en su consulta. Ése es el Zimmerman que usted conoció, doctor Starks. Y ése es el Zimmerman que murió. Ricky estaba mareado. Estaba comprendiendo más mentiras. – Pero el metro... – Ahí es donde Zimmerman, el verdadero Zimmerman, que tenía tendencias suicidas, murió. Empujado a la muerte. Una muerte oportuna. – Pero yo no... Rumplestiltskin se encogió de hombros. – Doctor, un hombre va a su consulta y le dice que es Roger Zimmerman y que sufre de esto y aquello, se presenta como un paciente adecuado para el análisis y tiene los medios económicos para pagar sus honorarios. ¿Comprobó alguna vez que ese hombre fuese en realidad quien decía ser? –Ricky guardó silencio–. No creo. Si lo hubiera hecho, habría averiguado que el auténtico Zimmerman era más o menos como yo se lo presenté. La única diferencia consistía en que no era la persona que iba a su consulta. Ése era yo. Y, cuando llegó la hora de que muriese, ya me había proporcionado lo que necesitaba. Me limité a tomar prestada su vida y su muerte. Porque yo tenía que conocerlo a usted, doctor. Tenía que verlo y estudiarlo. Y tenía que hacerlo del mejor modo. Me costó algo de tiempo, pero averigüé lo que necesitaba. Despacio, sí, pero usted sabe que tengo mucha paciencia. – ¿Quién eres? –preguntó Ricky. – No lo sabrá nunca. Y sin embargo, ya lo sabe. Conoce mi pasado. Sabe cómo crecí. Sabe lo de mis hermanos. Sabe mucho sobre mí, doctor. Pero nunca sabrá quién soy en realidad. – ¿Por qué me has hecho esto? Rumplestiltskin sacudió la cabeza, como si le asombrara la sencilla audacia de la pregunta. – Ya conoce las respuestas. ¿Tan difícil es pensar que un niño que ha visto cómo infligían sufrimiento a su madre, cómo la pegaban y la sumían en una desesperación tan profunda que tuvo que suicidarse para lograr la salvación, se dedique a vengarse de todas las personas que no la ayudaron, incluido usted, cuando alcanza una posición en la que puede hacerlo? – La venganza no resuelve nada –aseguró Ricky. – Ha hablado como un hombre que nunca se ha dado el gusto –gruñó Rumplestiltskin–. Está equivocado, por supuesto. Como tantas otras veces. La venganza sirve para limpiar el corazón y el alma. Ha existido desde que el primer cavernícola bajó de un árbol y golpeó a su hermano en la cabeza por alguna cuestión de honor. Pero, sabiendo todo lo que sabe sobre lo que le ocurrió a mi madre y a sus tres hijos, ¿aún cree que las personas que nos descuidaron no nos deben nada? Niños que no habían hecho nada malo, pero que fueron abandonados a su suerte por muchas personas que deberían haber actuado de otro modo si hubieran tenido un mínimo de compasión o empatía, o sólo una pizca de humanidad. ¿No nos deben, después de haber superado esos tormentos, nada a cambio? Es una pregunta muy sugerente. Se detuvo y, al oír el silencio de Ricky como respuesta, habló con frialdad: – Verá, doctor, la verdadera pregunta que se plantea esta noche no es por qué busco su muerte, sino por qué no debería hacerlo. De nuevo, Ricky no contestó. – ¿Le sorprende que me haya convertido en un asesino? No le sorprendía, pero no lo mencionó. El silencio envolvió a los dos hombres un momento y, luego, igual que pasaría en la inviolabilidad de su consulta, con un diván y la tranquilidad, uno de los hombres interrumpió el fantasmagórico silencio con otra pregunta. – ¿Le puedo preguntar algo? ¿Por qué cree que no merece morir? Ricky pudo notar la sonrisa del hombre, sin duda una sonrisa fría, cruel. – Todo el mundo merece morir por algo –añadió–. Nadie es inocente, doctor. Ni usted. Ni yo. Nadie. –Rumplestiltskin pareció estremecerse en ese momento. Ricky se imaginó los dedos del hombre cerrándose sobre su arma–. Mire, doctor Starks –dijo con una fría resolución que indicaba lo que estaba pensando–. Creo que, a pesar de lo interesante que ha sido esta última sesión y aunque hay mucho más que decir, se ha acabado el tiempo de hablar. Ha llegado el momento de que alguien muera. Y usted es quien tiene más números. Ricky ajustó la mira de la pistola e inspiró hondo. Estaba apretujado contra los escombros, incapaz de moverse y con el camino detrás de él también bloqueado. Toda la vida que había vivido y toda la que tenía por vivir descartadas, todo por un solo acto de negligencia cuando era joven y debió haber actuado de otro modo. En un mundo de opciones, no le quedaba ninguna. Puso el dedo en el gatillo de la pistola y se armó de fuerza y voluntad. – Olvidas algo –dijo despacio, con frialdad–. El doctor Starks ya está muerto. Y disparó. Fue como si el hombre reaccionara al menor cambio en la voz de Ricky, que reconoció en el primer tono duro de la primera palabra, y su preparación y la comprensión de la situación tomaran el control, de modo que su reacción fue incisiva, inmediata y sin vacilación. Cuando Ricky apretó el gatillo, Rumplestiltskin se arrojó a un lado, girando al hacerlo, con lo que el primer disparo, dirigido al centro de su espalda, le desgarró, en cambio, el omóplato y el segundo le atravesó el brazo derecho con un sonido de rasgadura, sordo al dar en la carne y crujiente al pulverizar el hueso. Ricky disparó una tercera vez, por reflejo, y la bala, sibilante, se perdió en la oscuridad. Rumplestiltskin se retorció con un grito ahogado mientras una oleada de adrenalina superaba la fuerza de los impactos que había recibido y le llevaba a intentar levantar el arma con el brazo destrozado. Agarró el arma con la mano izquierda y procuró mantenerla firme mientras se tambaleaba hacia atrás en precario equilibrio. Ricky se quedó paralizado al ver elevarse el cañón de la pistola automática, como la cabeza de una cobra, yendo de un lado a otro y buscándole con su único ojo, mientras el hombre que la empuñaba se tambaleaba como al borde resbaladizo de un precipicio. La detonación fue irreal, como si le pasara a otra persona, a alguien lejano que no guardara relación con él. Pero el silbido de la bala que surcó el aire sobre su cabeza sí fue real y catapultó a Ricky de vuelta a la acción. Un segundo disparo rasgó el aire, y notó el viento caliente de la bala al atravesar la masa informe del capote que le colgaba de los hombros. Inspiró y olió a pólvora y humo. A continuación levantó su arma a la vez que combatía los nervios eléctricos que amenazaban con hacerle temblar las manos y encañonó la cara de Rumplestiltskin mientras el asesino se desplomaba frente a él. El asesino pareció balancearse hacia atrás en un intento de incorporarse, como si esperara el disparo final, mortífero. Su arma había resbalado hacia el suelo y le colgaba a un lado del cuerpo después de su segundo disparo, sujeta sólo con la punta de unos dedos crispados que ya no respondían a unos músculos destrozados y sangrantes. Se llevó la mano izquierda a la cara, como para protegerse del tiro de gracia. La adrenalina, la cólera, el odio, el miedo, la suma de todo lo que le había pasado se le juntó, en ese instante, exigiendo, insistiendo, gritándole órdenes, y Ricky pensó sin reflexionar que por fin, en ese preciso momento, iba a ganar. Y entonces se detuvo porque, de repente, se dio cuenta de que no iba a hacerlo. Rumplestiltskin había palidecido, como si la luz de la luna le iluminara la cara. Por el brazo y el tórax le corría sangre, que semejaba rayas de tinta negra. Intentó otra vez, débilmente, sujetar el arma y levantarla, pero no pudo. El shock se apoderaba con rapidez de su cuerpo, lo que entorpecía sus movimientos y nublaba su raciocinio. Era como si la calma que había descendido sobre los dos hombres cuando los ecos de los disparos se desvanecieron fuera palpable y cubriera todos sus movimientos. Ricky contempló al hombre que había conocido y, sin embargo, no había conocido como paciente, y supo que Rumplestiltskin moriría desangrado con bastante rapidez. O sucumbiría al shock. Pensó que sólo en las películas se podía disparar de cerca balas potentes a un hombre y que éste siguiera teniendo fuerzas para bailar la giga. Calculó que a Rumplestiltskin sólo le quedaban minutos. Una parte desconocida de él le insistía que se quedara a ver cómo ese hombre moría. No lo hizo. Se puso de pie y avanzó. Dio un puntapié a la pistola para alejada de la mano del asesino y luego metió la suya en la mochila. Mientras Rumplestiltskin farfullaba algo en su lucha contra la inconsciencia que anunciaría la muerte, Ricky se agachó e hizo un esfuerzo para levantado del suelo y, con el mayor impulso que pudo, se lo cargó al hombro al modo de los bomberos. Se enderezó despacio para adaptarse al peso y, reconociendo la ironía de la situación, avanzó tambaleante a través de las ruinas para sacar de los escombros al hombre que quería verlo muerto. El sudor le escocía los ojos y tenía que esforzarse para dar cada paso. Lo que transportaba parecía mucho mayor que cualquier cosa que hubiese cargado nunca. Notó que Rumplestiltskin perdía el conocimiento y oyó cómo su respiración se volvía cada vez más ruidosa y dificultosa, asmática con la cercanía de la muerte. Él, por su parte, inspiraba grandes bocanadas de aire húmedo y se impulsaba con pasos firmes, automáticos, cada uno más difícil que el anterior y de un desafío creciente. Se dijo que era el único modo de lograr la libertad. Se detuvo al borde de la carretera. La noche los envolvía a ambos. Dejó a Rumplestiltskin en el suelo y pasó las manos sobre sus ropas. Para su alivio, encontró lo que esperaba: un teléfono móvil. A Rumplestiltskin le costaba cada vez más respirar. Ricky sospechaba que la primera bala se había fragmentado al impactar contra el omóplato y que el sonido borboteante que oía se debía a un pulmón perforado. Contuvo lo mejor que pudo la hemorragia de las heridas y llamó al número de Urgencias de Wellfleet que recordaba desde hacía tanto tiempo. – Servicio de Urgencias de Cape Cod –anunció una voz abrupta, eficiente. – Escuche con mucha atención –pidió Ricky, despacio, haciendo una pausa entre las palabras–. Sólo se lo voy a decir una vez, así que cáptelo bien. Ha habido un tiroteo accidental. La víctima se encuentra en Old Beach Road, frente a la antigua casa de veraneo del difunto doctor Starks, la que se incendió el verano pasado. Está junto al camino de entrada. La víctima presenta heridas de arma de fuego en el omóplato y en el antebrazo derecho, y se encuentra en estado de shock. Morirá si no llegan aquí en unos minutos. ¿Lo ha entendido? – ¿Quién llama? – ¿Lo ha entendido? – Sí. Estoy enviando los equipos de urgencia a Old Beach Road. ¿Quién llama? – ¿Conoce el lugar que le he dicho? – Sí. Pero tengo que saber quién llama. Ricky reflexionó antes de contestar: – Nadie que todavía sea alguien. –Colgó el auricular. Sacó su arma, extrajo las balas que quedaban del cargador y las lanzó lo más lejos que pudo en el bosque. Luego, dejó caer la pistola junto al hombre herido. También sacó la linterna de la mochila, la encendió y la colocó sobre el tórax del asesino inconsciente. A lo lejos se oían sirenas. Los bomberos estaban a sólo unos kilómetros de distancia, en la carretera 6. No tardarían demasiado en llegar allí. Supuso que el viaje al hospital llevaría quince minutos, quizá veinte. No sabía si el personal de urgencias podría estabilizar al herido o si era capaz de atender heridas graves de bala. Tampoco sabía si estaría de guardia un equipo quirúrgico adecuado. Echó otro vistazo al asesino y no supo si sobreviviría las próximas horas. Tal vez sí. Tal vez no. Por primera vez en toda su vida, Ricky disfrutó de la incertidumbre. La sirena de la ambulancia se acercaba con rapidez. Ricky se volvió y se alejó, despacio los primeros pasos pero aumentando el ritmo hasta correr con grandes zancadas. Sus pies resonaban en la carretera con un ritmo regular, dejando que la oscuridad de la noche envolviera su presencia hasta ocultarlo completamente. Ricky desapareció como un fantasma recién conjurado. 36 En las afueras de Puerto Príncipe Una hora después del alba, Ricky estaba observando cómo una pequeña lagartija verde lima recorría veloz la pared, desafiando la gravedad a cada paso. El animalito se movía por rachas y se detenía de vez en cuando para extender el saco naranja de la garganta antes de salir disparado unos pasos para volver a pararse y girar la cabeza a derecha e izquierda como si comprobara si había algún peligro. Ricky admiraba y envidiaba la maravillosa simplicidad del mundo cotidiano de la lagartija: encontrar algo que comer y evitar ser devorado. En el techo, un viejo ventilador marrón de cuatro palas chirriaba ligeramente a cada revolución mientras removía el aire caliente y estático de la pequeña habitación. Cuando bajó las piernas de la cama, los muelles del colchón igualaron el ruido del ventilador. Se desperezó, bostezó, se pasó una mano por los cabellos que cubrían su calva incipiente y, tras tomar los raídos pantalones cortos caqui que colgaban del galán de noche, buscó las gafas. Se levantó y llenó una jofaina de agua con una jarra situada en una bamboleante mesa de madera. Se mojó la cara y dejó que parte del agua le bajara por el pecho. Tomó una toallita deshilachada y la enjabonó con una pastilla acre que guardaba en la mesa. Sumergió la toalla en el agua y se lavó lo mejor que pudo. La habitación era casi cuadrada y sus paredes, estucadas en su día de un blanco vibrante, con el paso de los años habían adquirido un tono que recordaba el polvo que cubría la calle. Tenía pocas pertenencias: una radio que en primavera emitía los partidos de entrenamiento de las Fuerzas Armadas, varias prendas de ropa. Un calendario actual con una joven en topless y una mirada provocativa tenía ese día señalado con bolígrafo negro. Colgaba de un clavo a escasa distancia de un crucifijo de madera tallado a mano que Ricky suponía del anterior ocupante, pero que no había quitado porque le había parecido que descolgar un icono religioso en un país en que la religión era tan fundamental –de maneras extrañas y conflictivas para tantas personas– era buscarse mala suerte. Y, a fin de cuentas, su suerte había sido bastante buena hasta entonces. En una pared había montado dos estantes que estaban abarrotados de libros desgastados y muy usados de medicina, además de otros nuevos. Los títulos abarcaban desde lo practico (Enfermedades tropicales y sus tratamientos) hasta lo curioso (Estudios sobre las pautas de las enfermedades mentales para las naciones en vías de desarrollo). Tenía un grueso cuaderno de piel sintética y unos cuantos bolígrafos que usaba para anotar observaciones y tratamientos, y que guardaba en una mesita junto a un ordenador portátil y una impresora. Sobre ésta tenía una lista manuscrita de farmacias al por mayor en el sur de Florida. También tenía un talego de lona negro lo bastante grande para un viaje de dos o tres días, en el que guardaba algo de ropa. Echó un vistazo a la habitación y pensó que no era gran cosa, pero se ajustaba a su estado de ánimo y a su persona, y aunque sospechaba que le resultaría fácil trasladarse a un alojamiento mejor, no estaba seguro de que fuera a hacerla, ni siquiera después de haber acabado con los recados que iban a ocuparle el resto de la semana. Se acercó a la ventana y observó la calle. Estaba a sólo media manzana de la clínica y ya podía ver gente reunida fuera. Enfrente había una pequeña tienda de comestibles, y el propietario y su mujer, dos personas de mediana edad disparatadamente corpulentas, estaban sacando unas cajas y unos barriles de madera que contenían frutas y verduras frescas. También estaban preparando café y el aroma le llegó más o menos al mismo tiempo que la mujer se giró y lo vio en la ventana. Lo saludó con alegría, sonriente, y señaló el café que hervía a fuego lento, invitándole a unirse a ellos. Ricky levantó un par de dedos para indicar que iría en dos minutos, y la mujer volvió a su trabajo. La calle ya empezaba a llenarse de gente, y Ricky intuyó que sería un día ajetreado en la clínica. El calor de principios de marzo era más intenso de lo normal y se mezclaba con un sabor distante a buganvilla, hortalizas y humanidad, mientras que las temperaturas ascendían con la misma rapidez que avanzaba la mañana. Dirigió la mirada a las colinas, que alternaban un verde exuberante y vivaz con un marrón yermo, elevándose por encima de la ciudad. Haití era verdaderamente uno de los países más fascinantes del mundo. Era el lugar más pobre que había visto nunca pero, en ciertos sentidos, también el más digno. Sabía que, cuando bajara por la calle hacia la clínica, sería la única cara blanca en kilómetros. Esto podría haberle inquietado antes, en el pasado, pero ya no. Le deleitaba ser distinto, y era consciente de que una extraña clase de misterio le acompañaba a cada paso. Lo que más le gustaba era que, a pesar del misterio, la gente de la calle estaba dispuesta a aceptar su extraña presencia sin hacer preguntas. O, por lo menos, no en la cara, lo que parecía tanto un cumplido como un compromiso con los que él estaba dispuesto a vivir. Se reunió con el tendero y su mujer para tomar una taza de café amargo y espeso, endulzado con azúcar sin refinar. Comió una corteza de pan recién horneado y aprovechó la ocasión para examinar el furúnculo que había sajado y drenado tres días antes en la espalda del propietario. La herida parecía estar cicatrizando rápidamente y recordó al hombre medio en inglés y medio en francés que la mantuviera limpia y que se cambiara el vendaje otra vez ese día. El tendero asintió, sonrió, habló unos minutos sobre la floja campaña del equipo local de fútbol y suplicó a Ricky que asistiera al próximo partido. El nombre del equipo era Soaring Eagles y en cada encuentro despertaba las pasiones del barrio con resultados irregulares que no le permitían acabar de despegar. El tendero no aceptó que Ricky pagara su exiguo desayuno. Ya era algo rutinario entre ambos hombres. Ricky se metía la mano en el bolsillo y el propietario hacía señas para rechazar lo que sacara. Como siempre, Ricky le dio las gracias, y le prometió ir al partido de fútbol con los colores rojo y verde de los Eagles. Luego se marchó hacia la clínica, con el sabor del café aún en la boca. La gente se aglomeraba alrededor de la entrada y tapaba el cartel escrito a mano que rezaba en letras negras y desiguales con algunas faltas ortográficas: Excelente Clínica Medica Del Doctor Dumondais. Horarios 7 A 7 Y Citas Concertadas. Teléfono 067–8975. Ricky pasó a través del gentío, que se apartó para dejarle avanzar. Más de un hombre lo saludó levantando el sombrero en su dirección. Reconoció los rostros de algunos pacientes asiduos y les devolvió el saludo con una sonrisa. Las expresiones de las caras reflejaron respuestas y oyó más de un «Bonjour, monsieur le docteur» susurrado. Estrechó la mano a un hombre mayor, el sastre llamado Dupont, que le había confeccionado un traje de lino color habano mucho más elegante de lo que Ricky pudiese necesitar, después de que él le hubiera proporcionado Vioxx para la artritis que le aquejaba los dedos. Como había esperado, el fármaco había obrado maravillas. Al entrar en la clínica, vio a la enfermera del doctor Dumondais, una mujer majestuosa que parecía medir metro y medio tanto vertical corno horizontalmente, pero con una inquebrantable fortaleza en su rechoncho cuerpo y un amplio conocimiento de los remedios tradicionales y las curas de vudú aplicables a infinidad de enfermedades tropicales. – Bonjour, Hélène –dijo Ricky–. Tout le monde est arrivé ce jour. – Sí, doctor. Estaremos todo el día ocupados. Ricky meneó la cabeza. Él practicaba su francés isleño con ella, quien, a cambio, practicaba su inglés con él, preparándose con la esperanza de reunir algún día dinero suficiente en la caja que guardaba enterrada en el patio de su casa para pagar a su primo una plaza en su viejo barco pesquero, de modo que éste se arriesgara a navegar por el traicionero estrecho de Florida y la llevara a Miami para poder empezar de cero en un lugar donde, según sabía de buena tinta, las calles estaban atestadas de dinero. – No, no, Hélène, pas docteur. C'est monsieur Lively. Je ne suis plus un médecin. – Sí, sí, señor Lively. Sé lo que me dice esto tantas veces. Lo siento, porque estoy olvidando de nuevo otra vez. –Esbozo una sonrisa, como si no lo entendiera del todo pero aun así deseara participar de la gran broma que hacía Ricky al contribuir con tantos conocimientos médicos a la clínica y, sin embargo, no querer que lo llamaran doctor. Ricky creía que Hélène atribuía este comportamiento a las peculiaridades extrañas y misteriosas de todos los blancos y, corno a la gente reunida a la puerta de la clínica, le daba lo mismo cómo quería Ricky que lo llamaran. Ella sabía lo que sabía. – Le docteur Dumondais, il est arrivé ce matin? – Sí, monsieur Lively. En su, ah, bureau. – Se llama despacho. – Sí, sí, j'oublie. Despacho. Oficina. Sí. Está ahí. Il vous attend. Ricky llamó a la puerta y entró. Auguste Dumondais, un hombre menudo que llevaba bifocales y la cabeza afeitada, estaba tras su destartalada mesa de madera, al otro lado de la camilla, poniéndose una bata blanca. Cuando Ricky entró, levantó la vista y le sonrió. – Ah, Ricky, estaremos ocupados hoy, ¿no? – Oui –contestó Ricky–. Bien sûr. – Pero ¿no es hoy el día que nos dejas? – Sólo para una breve visita a casa. Será menos de una semana. El médico, que semejaba un gnomo, asintió. Ricky advirtió la duda reflejada en sus ojos. Auguste Dumondais no había hecho muchas preguntas cuando Ricky llegó a la clínica seis meses antes y ofreció sus servicios a cambio de un salario más que modesto. La clínica había prosperado después de que Ricky hubiera instalado en ella su consulta, muy parecida a la que él ocupaba en ese momento, empujando a le docteur Dumondais a abandonar su pobreza autoimpuesta y permitiéndole invertir en más equipo y más medicinas. Últimamente los dos hombres habían comentado la adquisición de un aparato de rayos X de segunda mano en un centro de liquidación de Estados Unidos que Ricky había descubierto. Ricky veía que el doctor temía que el azar que lo había llevado a su puerta fuera a arrebatárselo. – Una semana como mucho. Te lo prometo. – No me lo prometas, Ricky –dijo Auguste Dumondais sacudiendo la cabeza–. Tienes que hacer lo que tengas que hacer, por la razón que sea. Cuando vuelvas, continuaremos nuestro trabajo. –Sonrió, corno dando a entender que tenía tantas preguntas que le resultaba imposible decidir por cuál empezar. Ricky asintió. Se sacó el cuaderno del bolsillo ancho de los pantalones. – Hay un caso –comentó–. El del niño que vi la otra semana. – Ah, sí –sonrió el doctor–. Por supuesto, lo recuerdo. Imaginé que te interesaría, ¿no? ¿Cuánto tiene, cinco años? – Seis. Y tienes razón, Auguste, me interesa mucho. El niño todavía no ha dicho una sola palabra, según su madre. – Eso es también lo que yo entendí. Interesante, ¿no crees? – Poco corriente. Sí, es verdad. – ¿Y tu diagnóstico? Ricky visualizó a aquel niño pequeño, enjuto y nervudo corno muchos otros isleños, y algo desnutrido, lo que también era típico, pero no tanto. El niño tenía una mirada furtiva mientras había estado frente a Ricky, asustado a pesar de seguir en el regazo de su madre. Ésta había vertido unas lágrimas amargas que le resbalaron por las mejillas oscuras cuando Ricky le hizo preguntas, porque la mujer creía que el niño era el más inteligente de sus siete hijos, rápido en aprender, rápido en leer, rápido con los números, pero sin decir jamás una palabra. Lo consideraba un niño especial en casi todos los aspectos. La mujer tenía fama de tener poderes mágicos y se ganaba algún dinero extra vendiendo filtros de amor y amuletos que, según se decía, protegían del mal. Y Ricky comprendió que, para ella, llevar al niño a ver al extraño médico blanco de la clínica debía de haber sido una concesión muy difícil de hacer y que indicaba su decepción respecto a las medicinas nativas y su amor por el niño. – No creo que la dificultad sea orgánica –dijo Ricky despacio. – ¿Su falta de habla es...? –sonrió Auguste Dumondais, y convirtió esa expresión en una pregunta. – Una reacción histérica. El pequeño doctor negro se frotó la barbilla y se pasó la mano por el cráneo reluciente. – Lo recuerdo vagamente de mis estudios. Quizá. ¿Por qué piensas eso? – La madre insinuó una tragedia, cuando el niño era más pequeño. Había siete hijos en la familia pero ahora sólo son cinco. ¿Conoces la historia de esa gente? – Murieron dos niños, es cierto. Y el padre también. Recuerdo que fue en un accidente, durante una gran tormenta. Sí, el niño estaba ahí; eso también lo recuerdo. Podría ser el origen. Pero ¿qué tratamiento podríamos aplicarle? – Lo elaboraré después de estudiar un poco más el caso. Tendremos que convencer a la madre, claro. No será fácil. – ¿Le resultará caro? – No –contestó Ricky. La petición de Auguste Dumondais de que diera un diagnóstico sobre el niño cuando tenía previsto un viaje fuera del país obedecía a algún motivo. Un motivo bueno, sin duda, Imaginaba que él habría hecho más o menos lo mismo–. Creo que no les costará traerme al niño para que lo vea cuando haya vuelto. Pero primero tengo que averiguar algunas cosas. – Excelente –dijo Dumondais, que sonrió y asintió. Se colgó un estetoscopio al cuello y entregó a Ricky una bata blanca. Fue un día muy ajetreado, tanto que Ricky casi perdió su vuelo a Miami en CaribeAir. Un empresario de mediana edad llamado Richard Lively, que viajaba con un pasaporte norteamericano reciente que sólo contenía unos cuantos sellos de varias naciones caribeñas, pasó por la aduana estadounidense sin demasiada dilación. Comprendió que no encajaba en ninguno de los habituales perfiles delictivos, que se habían inventado más que nada para identificar a los traficantes de drogas. Ricky pensó que era un delincuente de lo más especial, imposible de clasificar. Tenía reserva en el avión de las ocho de la mañana a La Guardia, así que pernoctó en el Holiday Inn del aeropuerto. Tomó una larga ducha caliente y jabonosa, que disfrutó tanto desde un punto de vista higiénico como sensual y que le pareció rayar en auténtico lujo tras el alojamiento espartano al que estaba acostumbrado. El aire acondicionado que mitigaba el calor del exterior y refrescaba la habitación constituía un placer recordado. Pero durmió de manera irregular, con sobresaltos, tras una hora dándose vueltas en la cama antes de que se le cerraran los ojos para despertarse después dos veces, una en medio de un sueño sobre el incendio de su casa y otra cuando soñaba con Haití y con el niño que no podía hablar. Yació en la cama, en la oscuridad, un poco sorprendido de que las sábanas le parecieran demasiado suaves y el colchón demasiado mullido, y escuchó el zumbido de la máquina de cubitos de hielo en el vestíbulo y algunos pasos en el pasillo apagados por la moqueta. En medio del silencio, reconstruyó la última llamada que había hecho a Virgil, hacía casi nueve meses. Era medianoche cuando llegó a la habitación en las afueras de Provincetown. Había sentido una extraña y contradictoria sensación de agotamiento y energía, cansado de la larga carrera y entusiasmado con la idea de haber superado una noche que debería haber visto su muerte. Se había dejado caer en la cama y había marcado el número de Virgil en Manhattan. Cuando contestó al primer tono, ésta se limitó a decir: – ¿Sí? – No es la voz que esperabas –contestó Ricky. Virgil se quedó callada. – Tu hermano, el abogado está ahí, ¿verdad? Sentado frente a ti, a la espera de la misma llamada. – Si. – Dile que descuelgue el supletorio y escuche. En unos segundos, Merlín estaba también en la línea. – Escuche –empezó el abogado, tempestuoso en su falsa bravata–. No tiene idea... – Tengo muchas ideas –le interrumpió Ricky–. Ahora cállate y escúchame, porque las vidas de todos dependen de ello. Merlín empezó a decir algo, pero Ricky notó que Virgil le había lanzado una mirada para acallarlo. – Primero, vuestro hermano. En este momento está en el Mid Cape Medical Center. Seguirá ahí o lo llevarán a Boston para que lo operen. La policía querrá hacerle muchas preguntas si sobrevive a sus heridas, pero creo que les resultará difícil entender qué delito se cometió esta noche, si es que se cometió alguno. También querrán haceros preguntas a vosotros, pero creo que necesitará el apoyo de los hermanos a los que ama, además del consejo de un abogado, suponiendo que sobreviva. De modo que lo primero que tenéis que hacer es ocuparas de él. Ambos permanecieron en silencio. – Lo tenéis que decidir vosotros, claro. Quizá prefiráis dejar que maneje él solo la situación. Quizá no. La elección es vuestra y tendréis que vivir con vuestra decisión. Pero hay otros asuntos que hay que atender. – ¿Qué clase de asuntos? –preguntó Virgil con voz monótona en un intento de no revelar ninguna emoción, algo que, como observó Ricky, era tan revelador como cualquier tono que hubiese adoptado. – Primero, lo mundano: el dinero que me robasteis de mi plan de jubilación y de mis cuentas de inversiones. Devolveréis ese importe a la cuenta número 01–00976–2 del Crédit Suisse. Anotadla. Lo haréis de inmediato. – ¿O? –quiso saber Merlín. – Creo que es de manual que ningún abogado pregunta jamás nada cuya respuesta no sepa de antemano. –Ricky sonrió–. Así que supongo que ya sabes la respuesta. Aquello silenció al abogado. – ¿Qué más? –preguntó Virgil. – Tengo un nuevo juego –dijo Ricky–. El juego de seguir con vida. Está pensado para que juguemos todos nosotros. A la vez. Ninguno de los hermanos respondió. –Las reglas son sencillas –indicó Ricky. – ¿Cuáles son? –preguntó Virgil en voz baja. – Cuando tomé mis últimas vacaciones, cobraba a mis pacientes entre 75 y 125 dólares por sesión. –Ricky volvió a sonreír–. Veía a cada paciente cuatro o cinco veces a la semana, por lo general cuarenta y ocho semanas al año. Podéis hacer los cálculos vosotros mismos. – Sí –dijo Virgil–. Conocemos tu vida profesional. – Espléndido –repuso Ricky con énfasis–. Bueno, pues éste es el modo en que funciona el juego de seguir con vida: quien quiere seguir respirando hace terapia conmigo. Quien paga, vive. Cuanta más gente entre en la esfera inmediata de vuestra vida, más pagaréis, porque eso garantizará también su seguridad. – ¿A qué te refieres con «más gente»? –preguntó Virgil. – Dejaré que eso lo defináis vosotros –contestó Ricky con frialdad. – ¿Y si no hacemos lo que dice? –terció Merlín. – En cuanto deje de llegar dinero, supondré que vuestro hermano se ha recuperado de sus heridas y me persigue otra vez –contestó Ricky con fría dureza–. Y me veré obligado a empezar a perseguiros. –Hizo una pausa antes de añadir–: O a alguien cercano a vosotros. Una esposa. Un hijo. Un amante. Un socio. Alguien que contribuya a que vuestra vida sea normal. De nuevo guardaron silencio. – ¿Cuánto deseáis tener una vida normal? –preguntó Ricky. No contestaron, aunque él ya sabía la respuesta. – Es más o menos la misma elección que vosotros me hicisteis tomar tiempo atrás –prosiguió Ricky–. Sólo que esta vez se trata de una cuestión de equilibrio. Podéis mantener el equilibrio entre vosotros y yo. Y podéis señalar esa equidad con la cosa más fácil y menos importante: el pago de cierta cantidad de dinero. Así que preguntaos a vosotros mismos lo siguiente: ¿cuánto vale la vida que quiero vivir? Ricky tosió para darles un momento, y continuó: – En cierto sentido es la misma pregunta que haría a cualquiera que acudiera a mí para recibir terapia. Y dicho esto, colgó. El día era despejado sobre Nueva York y desde su asiento distinguió la estatua de la Libertad y Central Park mientras el avión sobrevolaba la ciudad y se aproximaba a La Guardia. Tenía la extraña sensación de que no regresaba a casa, sino más bien de que visitaba un espacio largo tiempo olvidado, como ver el campamento de montaña donde uno pasó un único y desdichado verano durante unas largas vacaciones impuestas por los padres. Quería moverse deprisa. Había hecho una reserva para regresar a Miami en el último vuelo de esa noche y no tenía demasiado tiempo. En el mostrador de alquiler había cola y tardó un rato en sacar el coche reservado a nombre del señor Lively. Usó su carné de Nueva Hampshire, que iba a caducar en medio año. Pensó que, a lo mejor, sería acertado trasladarse ficticiamente a Miami antes de volver a las islas. Le llevó unos noventa minutos llegar a Greenwich, Connecticut, con poco tráfico, y descubrió que las indicaciones que había obtenido en Internet eran exactas hasta la fracción del kilómetro. Eso le divirtió porqué pensó que la vida no es nunca, en realidad, tan precisa. Se detuvo en el centro de la ciudad y compró una botella de vino caro en una licorería. A continuación, condujo hasta una casa en una calle que tal vez podría considerarse, según los elevados estándares de una de las comunidades más ricas de la nación, bastante modesta. Las casas eran sólo ostentosas, no insultantes. Las que se incluían en esta segunda categoría se encontraban unas manzanas más allá. Estacionó al final del camino de entrada de una casa imitación estilo Tudor. En la parte trasera había una piscina y, en la delantera, un roble que no había florecido aún. Ricky pensó que el sol de mediados de marzo no era lo bastante fuerte, aunque resultaba algo prometedor mientras se filtraba entre las ramas que todavía tenían que florecer. Decidió que se trataba de una época del año extrañamente variable. Llamó al timbre con la botella en la mano. No pasó demasiado tiempo antes de que una mujer que no llegaría a los treinta y cinco abriera la puerta. Llevaba unos vaqueros y un jersey negro de cuello de tortuga, y el cabello rubio rojizo peinado hacia atrás le dejaba al descubierto unos ojos con patas de gallo y unas arruguitas en las comisuras de los labios que probablemente se debían al agotamiento. Pero su voz era suave y atractiva, y al abrir la puerta, habló casi en un susurro. Antes de que Ricky pudiera abrir la boca para hablar, la joven se le adelantó: – Chist, por favor. Los gemelos acaban de dormirse. – Deben de dar mucho trabajo –dijo Ricky a la vez que le devolvía la sonrisa. – No se lo puede imaginar –contestó la mujer, que seguía hablando muy bajo–. ¿Qué desea? – ¿No recuerda cuando nos conocimos? –preguntó Ricky mientras le tendía la botella de vino. Era mentira, por supuesto. No se habían visto nunca–. En la fiesta con los socios de su marido hará unos seis meses. La mujer le observó. Ricky sabía que la respuesta debería ser no, que no lo recordaba, pero la habían educado mejor que a su marido, de modo que contestó: – Por supuesto, señor... – Doctor –indicó él–. Pero llámeme Ricky. –Le estrechó la mano y le entregó la botella de vino–. Le debía esto a su marido. Hicimos unos negocios juntos hará un año y quería darle las gracias y recordarle el éxito del caso. – Vaya –exclamó ella mientras tomaba la botella, algo perpleja–. Gracias, doctor... – Ricky –insistió–. Él se acordará. Se volvió y, con un ligero saludo, se marchó por el camino de entrada hacia el coche de alquiler. Había visto todo lo que quería, averiguado todo lo que quería. Merlín había forjado una bonita vida para su familia. Una vida que prometía ser mucho más bonita en el futuro. Pero esa noche, por lo menos, Merlín no dormiría después de descorchar el vino. Sin duda le sabría amargo. Es lo que tiene el miedo. Pensó en visitar también a Virgil pero, en lugar de eso se limitó a encargar en una floristería que le entregaran una docena de lirios en el plató donde había logrado un papel, pequeño pero importante, en una producción costosa de Hollywood. Ricky había averiguado que era un buen papel y que, si lo hacía bien, podría reportarle otros mucho mejores en el futuro, aunque Ricky dudaba que interpretara nunca un personaje más interesante que Virgil. Unos lirios blancos eran perfectos. Normalmente suelen enviarse a un funeral con una nota de pésame. Supuso que ella lo sabría. Hizo envolver el ramo con una cinta de raso negro y adjuntó una tarjeta que rezaba sólo: Todavía pienso en ti. Doctor S. Se había convertido en un hombre de muchas menos palabras, admitió para sí. --------------------------------------------------------------------------------- [1] El nombre proviene del Inferno de Dante, el poeta romano, Virgil (Virgilio), es el guía de Dante durante los dos primeros libros, Inferno y Pergatorio.(N. del L.) [2] El factótum es la persona que hace todo, a quien hay que consultárselo todo, porque es el que está impuesto en todo lo que hay que saber para llevar a cabo algo. Fac es de la raíz del verbo latino facio, facere, que significa hacer, y totum, todo.(N. del L.) [3] «Antes de mí no fue cosa creada / sino lo eterno y duro eternamente. / Dejad, pues, los que aquí entráis toda esperanza.» Infierno Canto III , La divina Comedia (N, del L.) [4] Jodete [5] Hay un famoso concurso de televisión llamado "Jeopardy" (riesgo), en el cual el orden normal de las cosas está invertido. En vez de formular una pregunta que los concursantes deben contestar, se les da la respuesta y ellos han de proporcionar la pregunta adecuada. Este formato sugiere un análisis que es aplicable a las leyes, ciencias y, de hecho, a casi todo. Lo importante no es necesariamente saber todas las respuestas sino saber qué pregunta se está formulando. (N: del L.) [6] Rashomon –Akira Kurosawa- es un drama criminal japonés producido con matices tanto filosóficos como psicológicos: en un bosque una mujer es violada y su marido asesinado. El crimen es visto por cuatro testigos, cada uno de los cuales lo narra según su particular punto de vista. A lo largo de la película se plantearán las preguntas de quién dice la verdad y qué es la verdad. (N del L.) [7] Salomón es uno de los reyes más populares de la historia del antiguo Israel. Era el segundo hijo de David, rey de Juda y Betsabe. Salomon aparece, como el más sabio de los sabios y como un personaje capaz de dirigir los espíritus del mundo invisible. (N. del L.) [8] New Haven, Conneticut, 1909 - 1979 Al Capp (Alfred Gerald Caplin) es un legendario caricaturista estadounidense, famosos por la creación de LI´L ABNER, y recordado como el mayor dibujante de tiras cómicas y sátiras sociales de Estados Unidos. Tras perder su pierna izquierda en un accidente de tráfico, a los nueve años, Al Capp fue animado por su padre para acercarse al arte. El escritor John Steinbeck definió a Capp como "el mejor escritor en el mundo”. Durante varias décadas, Capp creó algunos personajes inolvidables, como General Bullmoose, el capitalista implacable; Joe Bfstplk, el gafe; Eye Fleegle; Lonesome Polecat y Hairless Joe, habitantes de las cavernas; Mammy Yokum, la fumadora en pipa matriarca del clan Yokum; Fearless Fosdick, la parodia del personaje de Chester GOULD's "Dick Tracy”; y muchos más. (N. del L.) [9] Ulises y su regreso a Ítaca. Tras combatir a las Sirenas, llegaron al estrecho de Mesina, en uno de sus lados habitaba Escila, en el otro Caribdis. La primera era un monstruo con la parte superior de mujer y una parte inferior de la que le salían seis medios perros. Para evitar a Caribdis, se acercaron demasiado a Escila y el engendro consiguió capturar y devorar a seis de los hombres de Ulises. Luego atravesaron las rocas errantes, que permanecían quietas desde que las habían logrado cruzar los Argonautas. (N: del L.) [10] Diógenes es el sabio cínico más cautivante, al punto que su figura se ha convertido en una leyenda. Vivía en un tonel. Su aspecto era descuidado y su estilo burlón. Era en extremo transgresor. Platón llegó a decir de él que era "un Sócrates que se había vuelto loco". Nació en Sínope, en la actual Turquía, en el año 413 a.C. Por cuestiones económicas fue desterrado de su ciudad natal, hecho que tomó con cierta ironía: «Ellos me condenan a irme y yo los condeno a quedarse.» Fue así que anduvo por Esparta, Corinto y Atenas. En esta última ciudad, frecuentando el gimnasio Cinosargo, se hizo discípulo de Antístenes. Murió en Corinto en el año 327 a.C. Algunos afirman que se suicidó conteniendo el aliento; otros que falleció por las mordeduras de un perro; y otros que murió como consecuencia de una intoxicación por comer carne de pulpo cruda.(N: del L.) [11] Según un investigador del Centro Médico de la Universidad de Duke, los repelentes para mosquitos con DEET pueden provocar efectos a corto y largo plazo. El farmacólogo Mohamed B. Abou-Donia descubrió que el uso frecuente y prolongado del DEET, el más recomendado normalmente, el más eficaz y el repelente para mosquitos más comúnmente utilizado, provocó muerte de células cerebrales y cambios de conducta en ratas. La amenaza para la salud humana del DEET (N,N-dietil-3- metilbenzamida) todavía se está estudiando, pero Abou-Donia afirmó que sus 30 años de investigaciones sobre los efectos de los pesticidas en el cerebro indican claramente que la gente debe tener cuidado a la hora de utilizar el DEET. Añadió que los niños son especialmente vulnerables a padecer pequeños cambios cerebrales provocados por los químicos que hay en el ambiente. Esto se debe a que su piel absorbe más rápidamente dichos químicos, que tienen más impacto en el sistema nervioso en desarrollo de los niños.(N. del L.) [12] La genealogía más extendida la hace hija de Icario y de la Náyade, Peribea. Existen variantes respecto a las circunstancias que desembocaron en su boda con Ulises. En principio el héroe acudió a Esparta para pedir la mano de la hermosa Helena, pero al darse cuenta de la cantidad de competidores, renuncio a Helena solicitando en su lugar la de una sobrina de Tindáreo, Penélope. Le pudo ser concedida Penélope, en agradecimiento por el juramento que Ulises sugirió a Tindáreo. En este juramento todos los pretendientes de Helena se comprometían proteger al elegido por la muchacha. Icario se mostró reacio a separarse de su hija y sugirió a Ulises que se quedase a vivir con ellos. Ulises se negó y dejó en libertad a Penélope para elegir con quien se quedaba. La doncella guardó silencio y ocultó su rostro bajo un velo, con lo cual quedó claro que el elegido era Ulises. Icario accedió a su partida y en aquel lugar construyó un templo dedicado al pudor.(N. del L) El psicoanalista.txtJ& Psico001.kamÀ73lA Konfig.ini@ J El psicoanalista.txtJ& Psico002.kamo