niño? ¿Qué se llevarán ahora? –Miró hacia la calle, buscando con los ojos un camión y un grupo de hombres. – No he venido a llevarme nada –contestó Ricky. – ¿Es de la compañía de la luz? – No. No soy cobrador de facturas y tampoco vengo a llevarme nada pendiente de pago. – ¿Quién es entonces? –quiso saber. Su voz seguía sonando agresiva. Desafiante. – Soy alguien que quiere hacer un par de preguntas –sonrió Ricky–. Y, si obtengo algunas respuestas, usted podría ganar algún dinero. La mujer siguió observándolo con recelo, pero ahora también con curiosidad. – ¿Qué clase de preguntas? –dijo. – Preguntas sobre alguien que vivió aquí antes, hace tiempo. – No sé demasiado –dijo la mujer. – Una familia apellidada Tyson. – Será el hombre al que desalojaron antes de que nos instaláramos nosotros –asintió la joven. Ricky sacó un billete de veinte dólares de la cartera. Lo levantó y la mujer abrió la puerta mosquitera. – ¿Es usted policía? –preguntó–. ¿Una especie de detective? – No soy policía. Pero podría ser una especie de detective. –Entró en la casa. Parpadeó un instante ya que tardó unos segundos en adaptarse a la oscuridad. El calor de la entrada era sofocante. Siguió a la mujer y al niño hacia el salón, donde las ventanas estaban abiertas pero el calor acumulado lo asemejaba a la celda de una cárcel. Había una silla, un sofá, un televisor y un corralito rojo y azul, que fue donde la mujer depositó al niño. Las paredes estaban vacías, salvo por un retrato del pequeño y una fotografía de boda que mostraba a la mujer y a un joven negro con uniforme de la Marina en una pose forzada. Ricky le echo diecinueve años a la pareja. Veinte como mucho. «Diecinueve –pensó tras lanzar una mirada furtiva a la muchacha–. Pero esta envejeciendo deprisa.» Volvió a mirar la fotografía e hizo la pregunta obvia: – ¿Es su marido? ¿Dónde está? – Embarcó ––contestó la mujer. Su voz, una vez serena, poseía una dulzura cantarina. Hablaba con un acento inconfundible del sureste, y Ricky supuso que sería de Alabama o de Georgia, quizá de Mississipí. Imaginó que al alistarse había sido la ruta de escape de alguna zona rural y que ella lo había seguido sin sospechar que tan sólo iba a sustituir una clase de pobreza por otra–. Esta en algún sitio del golfo Pérsico, a bordo del Essex. Es un destructor. Le faltan dos meses para volver a casa. – ¿Cómo se llama usted? – Charlene. ¿Son éstas las preguntas con las que voy a ganar dinero? – ¿Tan mala es su situación? – Y que lo diga. –Rió como si fuera una broma–. La paga de .la Marina es una miseria si no asciendes un poco. Ya nos quedamos sin coche y debemos dos meses de alquiler. También debemos parte de los muebles, Les ocurre más o menos lo mismo a todos los que vivimos en esta parte de la ciudad. – ¿La amenaza el casero? –quiso saber Ricky. La mujer, para su sorpresa, negó con la cabeza. – El casero debe de ser un hombre bueno, no lo sé. Cuando tengo el dinero, lo ingreso en una cuenta bancaria. Pero un hombre del banco, o tal vez un abogado, me llamó y me dijo que no me preocupara, que pagara cuando pudiera. Dijo que comprendía que las cosas a veces eran difíciles para los militares. Mi marido Reggie no es más que marinero raso. Tiene que ascender si quiere recibir una buena paga. Pero aunque el casero es legal, nadie más lo es. Los de la compañía de luz dicen que la van a cortar. Por eso no puedo encender el aire acondicionado ni nada. Ricky se sentó en la única silla, y Charlene lo hizo en el sofá. –Cuénteme lo que sepa sobre la familia Tyson –pidió él–. ¿Vivía aquí antes de que llegaran ustedes? – Sí. No sé demasiado sobre esa gente. Sólo sé algo del viejo. Vivía aquí solo. ¿Le interesa ese viejo? Ricky tomó la cartera y mostró a la joven el carné de conducir falso a nombre de Rick Tyson. – Es un pariente lejano y puede haber recibido una pequeña suma en herencia –mintió–. La familia me ha mandado para intentar localizado. – No creo que necesite dinero donde está –soltó Charlene. – ¿Dónde está? – En el asilo de veteranos del ejército que hay en Midway Road. Si todavía vive. – ¿Y su mujer? – Murió hace más de dos años. Estaba delicada del corazón, o eso dijeron. – ¿Los llegó a conocer? – Lo único que sé es lo que me contaron los vecinos –comentó Charlene, y meneó la cabeza. – ¿Y qué le contaron? – Que el viejo y la vieja vivían aquí solos. – Creía que tenían una hija. – Eso parece, pero dicen que murió. Hace mucho. – Ya. Continúe. – Vivían de la Seguridad Social. Puede que cobraran algo de retiro, no lo sé. La vieja se puso enferma del corazón. No tenía seguro de enfermedad, sólo la sanidad pública. Las facturas se acumulaban. La vieja murió y dejó al viejo con un montón de facturas. Sin seguro. Era un hombre desagradable que no caía demasiado bien a ningún vecino, sin amigos y sin familia, que se supiera. Tenía sólo lo mismo que yo: facturas, gente que quería cobrar su dinero. Un día se retrasó con la hipoteca de la casa y descubrió que el banco ya no era el propietario de la deuda como él creía, porque alguien se la había comprado. No hizo ese pago, puede que tampoco otros, y los alguaciles vinieron con una orden de desalojo. Lo pusieron de patitas en la calle. Y ahora está en el asilo de veteranos del ejército. No creo que vaya a salir nunca de allí, a no ser con los pies por delante. – ¿Ustedes se instalaron aquí inmediatamente después del desalojo? –preguntó Ricky tras reflexionar un minuto. – Exacto. – Charlene suspiró y meneó la cabeza–. Toda esta manzana era mucho más bonita hace un par de años. No había tanta basura, ni bebida, ni peleas. Creía que sería un buen lugar para empezar de cero, pero ahora no tenemos dinero para mudamos. En todo caso, los vecinos de aquí enfrente fueron quienes me contaron la historia del viejo. Ya no están aquí. Seguramente ya no queda ninguno de los que conocían al viejo. Pero no parecía que hubiese tenido muchos amigos. El viejo tenía un pitbull encadenado donde ahora está nuestro perro. El nuestro sólo ladra, arma escándalo, como cuando usted se acercó. Si lo suelto lo más probable es que le lama la cara en lugar de morderlo. El pitbull de Tyson no era así. Cuando ese hombre era más joven, le gustaba que peleara, ya sabe, en peleas con apuestas. En esos sitios hay muchos hombres blancos sudorosos que apuestan lo que no tienen, beben, blasfeman y arman jaleo. Ésa es la parte de Florida no apta para turistas. Es como Alabama o Misisipí. La mentalidad cerrada de Florida. La mentalidad cerrada y los pitbulls. – Entiendo –dijo Ricky. – En este barrio hay muchos niños. Los perros como ése pueden morder a alguno. Puede que hubiera otras razones por las que no cayera muy bien a la gente de por aquí. – ¿Qué otras razones? – He oído historias. – ¿Qué clase de historias? – Historias perversas. De cosas horribles, llenas de maldad. No sé si serán ciertas y, como mis padres me dicen que no repita cosas que no sepa seguro, quizá debería preguntar a alguien que no sea tan temeroso de Dios como yo, Pero no sé quién. Ya no quedan personas de esa época. – ¿Tiene el nombre o la dirección del hombre al que usted paga el alquiler? –preguntó Ricky tras reflexionar otro momento. Charlene pareció sorprendida pero asintió. – Claro. Hago el cheque a nombre de un abogado del centro y se lo mando a un hombre del banco. Cuando tengo el dinero. –Recogió un lápiz del suelo y anotó un nombre y una dirección en el dorso de un sobre de una casa de alquiler de muebles. El sobre llevaba estampado en rojo Segundo Aviso–. Espero que esto le sirva de algo. Ricky sacó dos billetes más de veinte dólares y se los entregó. Ella asintió para darle las gracias. Después de dudar un momento, él sacó un tercer billete. – Para el niño –dijo. – Es muy amable. Se protegió los ojos del sol con la mano al salir a la calle. No había una sola nube en el cielo y el calor se había intensificado. Recordó los días veraniegos de Nueva York y cómo él huía hacia el clima más fresco de Cape Cod. «Eso se acabó», pensó. Miró hacia donde tenía aparcado el coche y trató de imaginarse a un anciano sentado entre sus escasas pertenencias en la acera. Sin amigos y desalojado de la casa donde había vivido una vida difícil, pero por lo menos suya propia, durante muchos años. Expulsado con rapidez y sin consideración. Abandonado a la vejez, la enfermedad y la soledad. Ricky se guardó el papel con el nombre y la dirección del abogado en el bolsillo. Sabía quién había desalojado al anciano. Sin embargo, se preguntó si aquel hombre mayor sentado en la acera sabía que el hombre que lo había echado a la calle era el hijo de su hija, a quien muchos años antes Ricky había dado la espalda. A menos de siete manzanas de la casa de donde Claire Tyson había huido había un gran instituto de secundaria. Ricky aparcó en la Zona de estacionamiento y contempló el edificio mientras intentaba imaginar cómo un adolescente podría encontrar individualidad, y mucho menos educación, entre aquellas paredes. Era un edificio enorme de color arena, con un campo de fútbol y una pista circular a un lado, tras una valla de tres metros de altura. Ricky tuvo la impresión de que quienquiera que hubiese diseñado aquella estructura se había limitado a dibujar un rectángulo inmenso y a añadir después un segundo rectángulo para crear un conjunto en forma de T y dar así por finalizada su obra. En la pared de ladrillo del edificio había un enorme mural de un antiguo barco griego junto con la leyenda: Hogar De Los Espartanos Del Sur en una fluida y apagada letra roja. Todo el lugar estaba cocido como una crep en una sartén bajo el cielo despejado y el sol abrasador. En la puerta principal había un control de seguridad, donde un guarda con camisa azul, cinturón y zapatos de charol negro que, si no le conferían la categoría de policía, sí por lo menos el mismo aspecto, manejaba un detector de metales. El guarda dijo a Ricky cómo llegar a las oficinas administrativas y luego le hizo pasar entre los postes paralelos. Los zapatos de Ricky repiquetearon en el suelo de linóleo del vestíbulo. Era horario de clase, de modo que avanzó casi en solitario entre hileras de taquillas de color gris. Sólo algún que otro alumno pasó apresurado a su lado. Al otro lado de la puerta que indicaba Administración había una secretaria sentada a una mesa. Una vez le explicó el motivo de su visita, ella lo condujo a la oficina de la directora. Esperó fuera mientras la secretaria entró y luego aparecía en la puerta para hacerle pasar. Una mujer de mediana edad con una camisa blanca abrochada hasta la barbilla alzó los ojos del ordenador por encima de las gafas para dirigirle una mirada de maestra de escuela, casi regañona. Parecía un poco desconcertada por su presencia, y le señaló una silla mientras se desplazaba para situarse detrás de una mesa abarrotada de papeles. Ricky se sentó y pensó que aquel asiento habría sido utilizado sobre todo por alumnos atribulados, pillados en alguna fechoría, o por padres consternados a los que se informaba de ello. – ¿En qué puedo ayudarlo exactamente? –preguntó la directora sin rodeos. – Estoy buscando información –asintió Ricky–. Necesito detalles de una joven que estudió en este instituto a finales de los años sesenta. Su nombre era Claire Tyson. – Los expedientes académicos son confidenciales –replicó la directora–. Pero recuerdo a la joven. – ¿Lleva aquí mucho tiempo? – Toda mi carrera –dijo la mujer–. Pero aparte de dejarle ver el anuario de 1967, no creo que pueda proporcionarle gran ayuda. Como le he dicho, los expedientes son confidenciales. – Bueno, en realidad no necesito su expediente académico –Indicó Ricky, que se sacó la carta del falso centro para el tratamiento del cáncer y se la entregó–. Lo que estoy buscando es alguien que pueda conocer a un familiar. La mujer leyó la carta con rapidez. Su expresión se suavizó. – Oh –exclamó a modo de disculpa–. Lo siento mucho. No sabía... – Descuide. Es una posibilidad muy remota. Pero cuando tienes una sobrina tan enferma, estás dispuesto a aferrarte a cualquier posibilidad, por remota que sea. – Por supuesto –dijo la mujer con rapidez–. Por supuesto que sí. Pero no creo que quede ningún Tyson de la familia de Claire por aquí. Por lo menos que yo recuerde, y recuerdo a casi todo el mundo que cruza esas puertas. – Me sorprende que recuerde a Claire –comentó Ricky. – Dejaba huella, en más de un sentido. Por aquel entonces yo era su tutora de orientación profesional. He ido subiendo de categoría. –Es evidente –dijo Ricky–. Pero recordarla, en especial después de tantos años... La mujer hizo un leve gesto, como para interrumpir su pregunta. Se levantó y se dirigió a una estantería para coger un viejo anuario encuadernado en imitación piel correspondiente a 1967. Se lo dio a Ricky. Era un anuario de lo más típico. Páginas y páginas de cándidas instantáneas de alumnos en actividades o juegos diversos, reforzadas con algo de prosa entusiasta. El grueso del anuario lo formaban los retratos formales de la última clase. Eran retratos de estudio de gente joven que intentaba parecer mayor y más seria de lo que era. Ricky repasó las imágenes hasta que llegó a Claire Tyson. Le costó un poco identificar a la mujer a la que había visto una década después con la muchacha del anuario. Llevaba el cabello más largo, que le caía ondulado, sobre el hombro. Esbozaba una leve sonrisa, un poco menos forzada que la mayoría de sus compañeros de clase, con el tipo de expresión de adoptaría alguien que sabe un secreto. Leyó el texto junto a su foto. Relacionaba sus actividades extraescolares (francés, ciencias, el club de Futuras Amas de Casa y la sociedad teatral) y los deportes que practicaba, voleibol y béisbol universitarios. También figuraban sus méritos académicos, que incluían ocho semestres en el cuadro de honor y una distinción del programa de becas al mérito escolar. Había una cita, de cariz humorístico, pero que para Ricky tenía un tono algo premonitorio: «Haz a los demás antes de que los demás tengan ocasión de hacerte a ti.» Una predicción, «Quiere vivir a tope», y un vistazo a la bola de cristal adolescente: «De aquí a diez años estará en Broadway o bajo él.» La directora miraba por encima de su hombro. – No tenía ninguna posibilidad –aseguró. – ¿Perdone? –replicó Ricky, y la palabra formó una pregunta. – Era la hija única de una pareja... bueno, difícil. Vivían en el límite de la pobreza. El padre era un tirano. Quizá peor aun... – Quiere decir... – Mostraba muchos signos clásicos de abusos sexuales. Hablé con ella a menudo cuando tenía sus ataques incontrolables de depresión. Lloraba y se ponía histérica. Después se quedaba tranquila, fría, casi ida, como si estuviera en otra parte, aunque estaba sentada conmigo en el despacho. Habría llamado a la policía si hubiera tenido alguna prueba, pero ella jamás admitió ante mí ningún abuso. En mi posición hay que ser prudente, y entonces no hablamos tanto sobre estas cosas como ahora. – Por supuesto. – Y, claro, sabía que huiría a la primera ocasión. Ese chico... – ¿Un novio? – Sí. Estoy casi segura de que ya estaba embarazada cuando terminó aquella primavera. – ¿Cómo se llamaba? ¿Vive todavía por aquí? Sería fundamental encontrarlo, ¿sabe? Con eso del acervo genético ... No entiendo la jerga de los médicos, pero… – Hubo un hijo. Pero no sé qué pasó. No echaron raíces, aquí, eso seguro. El chico pensaba alistarse en la Marina, aunque no se si llego a hacerlo y ella se marchó a la universidad local. No creo que se casaran. Me la encontré una vez por la calle. Se paró para saludarme, pero nada más. Era como si ya no pudiera hablar sobre nada. Claire pasaba de sentirse avergonzada por una cosa a sentirse avergonzada por otra. Sin embargo era brillante, maravillosa en un escenario. Podía interpretar cualquier papel, desde Shakespeare, a Ellos y Ellas, y hacerlo muy bien. Tenía verdadero talento para la interpretación. Su problema era la realidad. – Comprendo. – Era una de esas personas a las que te gustaría ayudar pero no puedes. Su empeño era encontrar a alguien que cuidara de ella, pero siempre encontraba a la persona equivocada. Sin excepción. – ¿Y el chico? – ¿Daniel Collins? –La directora tomó el anuario y hojeó unas páginas hacia atrás antes de devolvérselo a Ricky – Guapo, ¿eh? Volvía locas a las chicas. Jugaba a fútbol y a baloncesto, aunque no era ninguna estrella. Bastante listo, pero no se esforzaba en clase. El tipo de chico que siempre sabe dónde es la fiesta, dónde se obtiene alcohol o hierba o lo que sea, y al que no pillan nunca. Uno de esos muchachos que salía de una para meterse en otra. Tenía a todas las chicas en el bolsillo, pero sobre todo a Claire. Era una de esas relaciones que sabes que sólo pueden acabar mal pero no puedes hacer nada. – Veo que no le gustaba demasiado ese chico. – ¿Por qué iba a gustarme? Era una especie de depredador. Y sin duda era bastante egoísta, sólo miraba por él mismo. – ¿Tiene la dirección de su familia? La directora se sentó al ordenador y tecleó un nombre. Luego anotó un número en un trozo de papel que entregó a Ricky. Él asintió a modo de respuesta. – ¿Piensa que la abandonó? – Seguro, después de haberla Utilizado. Eso era lo que se le daba bien: utilizar a la gente y deshacerse de ella después. Si tardó un año o diez, no lo sé. Cuando te dedicas a este trabajo, llegas a pronosticar muy bien lo que ocurrirá a los chicos. Algunos te pueden sorprender, en un sentido u otro, pero no muchos. –Señaló la predicción del anuario. «En Broadway o bajo él.» Ricky sabía cuál de esas dos alternativas se había hecho realidad–. Los chicos siempre bromean cuando predicen. Pero la vida no suele ser tan divertida, ¿verdad? Antes de dirigirse al hospital para veteranos del ejército, Ricky pasó por el motel para ponerse el traje negro. También recogió el objeto que había tomado prestado del departamento de teatro en la Universidad de Nueva Hampshire, se lo colocó en el cuello y se contempló en el espejo. El edificio del hospital tenía el mismo aspecto impersonal que el instituto. Era de ladrillo blanqueado, de dos plantas, como si lo hubieran dejado caer en un espacio abierto entre por lo menos seis iglesias distintas, según el cómputo de Ricky. Pentecostal, baptista, católica, congregacionalista, unitaria y metodista episcopal africana, todas ellas con esos esperanzadores tableros de anuncios en el jardín de entrada que proclamaban una felicidad infinita ante la llegada inminente de Jesús, o como mínimo, el consuelo en las palabras de la Biblia, pronunciadas con fervor en un oficio diario y en dos los domingos. A Ricky, que había adquirido una saludable falta de respeto por la religión en su ejercicio profesional, le gustó bastante la yuxtaposición del hospital para veteranos del ejército y las iglesias: era como si la dura realidad de los abandonados, representada por el hospital, sirviera para equilibrar en cierta medida todo el optimismo que circulaba sin control en las iglesias. Se preguntó si Claire Tyson habría asistido con regularidad a la iglesia. Sospechaba que sí, dado el ambiente en que había crecido. Todo el mundo iba a la iglesia. El problema era que esa no impedía que los feligreses maltrataran a sus mujeres o a sus hijas los demás días de la semana; algo que estaba seguro de que Jesús desaprobaba, si es que opinaba al respecto. El hospital para veteranos del ejército tenía dos mástiles con la bandera, de Estados Unidos y la del Estado de Florida, una junto a otra, colgando lánguidamente en aquel calor impropio de finales de primavera. Había unos arbustos plantados sin ton ni son junto a la entrada, y Ricky vio unos cuantos ancianos con batas andrajosas y en sillas de ruedas, sentados solos en un pequeño porche lateral bajo el sol de la tarde. No estaban en grupo, ni siquiera en parejas. Cada uno parecía funcionar en una órbita exclusiva, definida por la edad y la enfermedad. Avanzó y cruzó la entrada. El interior estaba en penumbra. Se estremeció. Los hospitales a los que había llevado a su mujer antes de morir eran claros, modernos, diseñados para reflejar todos los avances de la medicina. Eran sitios que parecían llenos del propósito de sobrevivir. O, como era su caso, de la necesidad de luchar contra lo inevitable. De robar días a la enfermedad, como un jugador de fútbol americano que intenta ganar yardas, por muchos defensas que lo plaquen. Este hospital era todo lo contrario. Era un edificio en el peldaño inferior de la asistencia médica, donde los tratamientos eran tan anodinos y pocos creativos como el menú diario. La muerte, tan regular y sencilla como el arroz blanco. Ricky sintió frío al adentrarse, porque supo que era un lugar triste al que aquellos ancianos iban a morir. Vio a una recepcionista tras una mesa y se acercó. – Buenas días, padre –le dijo la mujer afablemente–. ¿En qué puedo servirle? – Buenas días, hija mía –contestó Ricky mientras se tocaba el alzacuellos que había tomada prestado del cuarto de atrezo–. Qué calor para llevar el traje elegido por el Señor –bromeó–. A veces me preguntó porqué el Señor no elegiría una de esas bonitas camisas hawaianas de colores tan alegres en lugar del alzacuellos –prosiguió–. Sería más cómodo en días como éste. La recepcionista soltó una carcajada. – ¿En qué estaría pensando nuestro Señor? –añadió. – He venido para ver a un paciente. Se llama Tyson. – ¿Es pariente suyo, padre? – Pues no, hija mía. Pero su hija me rogó que lo visitara cuando algún asunto de la Iglesia me trajese aquí. Esta respuesta pareció colar, tal como Ricky había previsto. No creía que nadie de aquella zona de Florida fuera a rechazar nunca a un sacerdote. La mujer comprobó unos datos en el ordenador. Sonrió cuando el nombre apareció en pantalla. – Qué extraño –comentó–. Aquí no consta ningún familiar vivo. Ningún pariente próximo. ¿Está seguro de que era su hija? –Han estado muy distanciados, y ella le volvió la espalda hace tiempo. Ahora, con mi ayuda y la bendición del Señor, quizás exista la probabilidad de una reconciliación en su vejez. – Eso estaría bien, padre. Espero que así sea. De todos modos, ella debería figurar en nuestro ordenador. – Le diré que le envíe sus datos –aseguró Ricky. – Puede que él la necesite... – Que Dios la bendiga, hija mía –dijo Ricky, disfrutando de la hipocresía de sus palabras y de su relato, del mismo modo que en el escenario un actor disfruta de esos momentos llenos de tensión y alguna duda, pero vigorizados por el público. Después de tantos años pasados tras el diván guardándose sus opiniones sobre la mayoría de las cosas, Ricky estaba ahora radiante por poder salir al mundo y mentir. – No parece que haya mucho tiempo para una reconciliación, padre. Me temo que el señor Tyson está en la unidad de desahuciados –anunció la recepcionista–. Lo siento, padre. – ¿Está...? – Terminal. – Entonces puede que mi visita sea más oportuna de lo que esperaba. Tal vez pueda proporcionarle algo de consuelo para sus últimos días. La recepcionista asintió. Señaló un plano esquemático del hospital. – Tiene que ir aquí. La enfermera de guardia le ayudará. Ricky recorrió el laberinto de pasillos que parecían descender a mundos cada vez más fríos y anodinos. Todo lo que había en el hospital le resultaba un poco raído. Le recordaba las distinciones entre las tiendas de ropa cara de Manhattan, que conocía de sus días de psicoanalista, y el mundo de segunda mano del Ejército de Salvación que había descubierto como empleado de mantenimiento en Nueva Hampshire. En aquel hospital para veteranos del ejército nada era nuevo, nada era moderno, nada parecía funcionar debidamente, todo tenía aspecto de usado. Hasta la pintura estaba descolorida y amarillenta. Le resultaba curioso caminar por un lugar que debería estar aseado y dedicado a la ciencia y tener la sensación de necesitar una ducha. «La clase marginada de la medicina», pensó. Y, cuando pasó por las unidades de cardiología y pulmonar, y junto a una puerta cerrada que indicaba psiquiatría, el ambiente pareció volverse cada vez más Decrépito Y Deteriorado, Hasta Que Llegó A La Fase Final, Una Serie De Puertas Dobles Con El Rótulo UNIDAD DE DESAHUCIADOS, con las palabras mal alineadas. Ricky observó que el alzacuellos y el traje de clérigo cumplían su objetivo de modo impecable. Nadie le pidió ninguna identificación; nadie pareció preguntarse qué hacía allí. Al entrar en la unidad, vio un punto de enfermería y se acercó al mostrador. La enfermera de guardia, una corpulenta mujer negra, alzó los ojos hacia él. – Ah, padre –dijo–, me han avisado de que venía hacia aquí. El señor Tyson está en la habitación 300. La primera cama al entrar. – Gracias –contestó Ricky–. ¿Podría decirme qué tiene? La enfermera le entregó con diligencia un historial médico. Cáncer de pulmón. Le quedaba poco tiempo y, en su mayoría, doloroso. Sintió un poco de compasión. «Bajo la capa de ser serviciales –pensó–, los hospitales hacen mucho por degradar.» Eso era así, sin duda, en el caso de Calvin Tyson, que estaba conectado a varias máquinas y yacía incómodo en la cama, apuntalado con almohadas para ver el viejo televisor que colgaba entre su cama y la de su vecino. El aparato ofrecía una telenovela, pero el sonido estaba apagado. Además, la imagen se veía borrosa. Tyson estaba escuálido, casi esquelético. Llevaba puesta una mascarilla de oxígeno que le colgaba del cuello y levantaba de vez en cuando para respirar mejor. Su nariz estaba teñida del inconfundible tono azulado del enfisema, y sus descarnadas piernas desnudas se extendían en la cama como ramitas que una tormenta hubiera arrancado de un árbol y desparramado por la calzada. El hombre que ocupaba la cama de al Iado estaba en una situación muy parecida, y ambos resollaban en una agonía a dúo. Cuando Ricky entró, Tyson volvió la cabeza para mirado. – No quiero hablar con ningún sacerdote –dijo. – Pero este sacerdote quiere hablar con usted –sonrió Ricky con frialdad. – Quiero que me dejen solo –insistió Tyson. Ricky lo observó. – Según parece –dijo con brío–, pronto va estar solo toda la eternidad. – No necesito ninguna religión, ya no. –Tyson sacudió la cabeza con dificultad. – Y yo no voy a ofrecerle ninguna –contestó Ricky–. Por lo menos, no como piensa. Ricky cerró la puerta de la habitación. Vio que había unos auriculares para escuchar la televisión colgados en la pared. Rodeó los pies de la cama y observó al compañero de Tyson. El hombre lo miró con una expectación indiferente. Ricky le señaló los auriculares de su cama. – ¿Quiere ponérselos para que pueda hablar en privado con su vecino? –preguntó, pero en realidad ordenó. El hombre se encogió de hombros y se los colocó en las orejas con cierta dificultad. – Bien –dijo Ricky mientras se volvía hacia Tyson para preguntarle–: ¿Sabe quién me ha enviado? – Ni idea –dijo con voz ronca Tyson–. No queda nadie a quien yo le importe. – En eso se equivoca. –Se acercó y se inclinó hacia el hombre agonizante para susurrarle con frialdad–: Dígame la verdad, viejo, ¿cuántas veces se folló a su hija antes de que ella se marchara para siempre? 26 El anciano, sorprendido, abrió unos ojos como platos. Levantó una mano huesuda que agitó en el reducido espacio entre Ricky y su tórax hundido, como si pudiera alejar la pregunta, pero estaba demasiado débil para hacerlo. Tosió, se atragantó y tragó saliva antes de preguntar: – ¿Qué clase de sacerdote es usted? – Un sacerdote de la memoria –contestó Ricky. – ¿Qué quiere decir con eso? –Las palabras del hombre eran apresuradas y atemorizadas. Recorrió la habitación rápidamente con la mirada como si buscara a alguien que lo ayudara. Ricky esperó antes de responder. Bajó los ojos hacia Calvin Tyson, que, aterrado de repente, se retorcía en la cama, e intentó adivinar si tendría miedo de él o de la historia que parecía conocer. Sospechó que el viejo había pasado años solo sabiendo lo que había hecho y, aunque las autoridades escolares, los vecinos y su mujer hubieran sospechado de él, seguramente se habría convencido de que era un secreto que sólo compartía con su hija. Ricky, con su provocadora pregunta, debía de parecerle una especie de ángel vengador. El anciano alargó la mano para buscar el timbre que colgaba de un cable en la cabecera, pero Ricky lo apartó de su alcance. –No vamos a necesitar esto –aseguró–. Nuestra conversación será en privado. El viejo dejó caer la mano en la cama y agarró la mascarilla de oxígeno para aspirar bocanadas profundas con los ojos todavía desorbitados de miedo. La mascarilla era anticuada, verde, y cubría la nariz y la boca con un plástico opaco. En unas instalaciones modernas, Tyson tendría un artilugio más pequeño sujeto entre los orificios de la nariz. Pero aquel hospital para veteranos del ejército era el tipo de sitio donde se envía el equipo viejo para que sea utilizado antes de desecharlo, más o menos como muchos de los pacientes que ocupaban aquellas camas. Ricky apartó la mascarilla de oxígeno de la cara de Tyson. – ¿Quién es usted? –preguntó el viejo, temeroso. Tenía acento del Sur. Ricky pensó que había algo de infantil en el terror que asomaba a sus ojos. – Soy un hombre con algunas preguntas –dijo–. Un hombre que busca algunas respuestas. Verá, esto puede ser fácil o difícil; depende de usted Para su sorpresa, no le costó nada amenazar a un anciano decrépito que había abusado de su única hija y que después había vuelto la espalda a sus nietos huérfanos. – Usted no es ningún predicador –dijo Tyson–. Usted no trabaja para el Señor. – En eso se equivoca –aseguró Ricky–. Y teniendo en cuenta que va a estar frente a Él en cualquier momento, quizás haría bien en pecar de creyente. Este argumento pareció tener algún sentido para el anciano, que cambió de postura y asintió. – Su hija... –empezó Ricky, pero no pudo concluir la frase. – Mi hija está muerta. No era buena. Nunca lo fue. – ¿No cree que usted tuvo algo que ver en eso? – Usted no sabe nada. –Calvin Tyson sacudió la cabeza–. Nadie lo sabe. Lo que ocurrió ya es historia. Ricky lo miró a los ojos. Vio que se endurecían como el cemento que fragua deprisa bajo un sol riguroso. Efectuó una rápida valoración psicológica. Tyson era un pedófilo despiadado, impenitente e incapaz de comprender el daño que había causado a su hija. Y yacía ahí, en su lecho de muerte, seguramente más asustado por lo que lo esperaba que por lo que había hecho en el pasado. Decidió seguir ese camino para ver adónde lo conducía. – Puedo darle el perdón... –insinuó Ricky. – No hay ningún predicador tan poderoso –gruñó el anciano con desdén–. Correré el riesgo. – Su hija Claire tuvo tres hijos... –dijo Ricky tras una pausa. – Era una puta; se marchó con ése de las prospecciones petrolíferas, y después acabó en Nueva York. Eso la mató. No yo. – Cuando murió se pusieron en contacto con usted –prosiguió Ricky–. Era su pariente vivo más cercano. Alguien de Nueva York lo llamó para saber si se haría cargo de los niños. – ¿Para qué iba a querer a esos bastardos? Mi hija nunca se casó. Yo no los quería. Ricky observó a Calvin Tyson y pensó que debió de ser una decisión difícil de tomar para él. Por una parte, no quería la carga económica de criar a los tres huérfanos de su hija. Pero, por otra, eso le habría proporcionado nuevas fuentes para saciar sus pervertidos impulsos sexuales. Eso debió de ejercer en él una seducción muy fuerte, casi irresistible. Un pedófilo dominado por el deseo es una fuerza poderosa e imparable. ¿Qué le haría rechazar una nueva fuente disponible de placer? Ricky siguió contemplando al anciano y entonces, en un instante, lo supo: Calvin Tyson tenía otros recursos. ¿Los hijos de los vecinos? ¿En la misma calle? ¿A la vuelta de la esquina? ¿En un parque? No lo sabía, pero era cerca. – Así que firmó unos documentos para darlos en adopción, ¿no? – Sí. ¿Por qué quiere saberlo? – Porque tengo que encontrarlos. – ¿Para qué? Ricky echó un vistazo alrededor. Señaló con un ligero gesto la habitación del hospital. – ¿Sabe quién lo echó a la calle? –preguntó–. ¿Sabe quién ejecutó la hipoteca de su casa y lo desalojó de modo que terminó aquí, esperando solo la muerte? – Alguien compró la deuda sobre la casa a la sociedad hipotecaria –comentó el anciano sacudiendo la cabeza–. No me dio la oportunidad de saldar la deuda cuando me atrasé en el pago de una cuota y ¡zas!, me quedé en la calle. – ¿Y qué le pasó entonces? Los ojos del anciano se volvieron legañosos, de repente llenos de lágrimas. Ricky lo encontró patético. Pero refrenó cualquier sentimiento incipiente de lástima. Lo que Calvin Tyson había recibido era menos de lo que se merecía. – Estaba en la calle. Enfermé. Me dieron una paliza. Ahora me estoy muriendo, como usted ha dicho. – Pues el hombre que lo condujo a esta cama es el hijo de su hija –anunció Ricky. Calvin Tyson abrió unos ojos como platos y meneó la cabeza. – ¿Cómo es posible? – Él compró la deuda. Él lo desalojó. Lo más probable es que él organizara también que lo apalearan. ¿Lo violaron? Tyson meneó la cabeza. «Eso es algo que Rumplestiltskin no sabía –pensó Ricky–. Claire Tyson no debió de contar ese secreto a sus hijos. El viejo tuvo suerte de que Rumplestiltskin no se molestara en hablar con los vecinos ni con nadie del instituto de secundaria.» – ¿Me hizo todo eso? ¿Por qué? – Porque usted les dio la espalda a él y a su madre. Así que le pagó con la misma moneda. – Todo lo malo que me ha ocurrido... –sollozó el viejo. – ...es obra de un hombre –terminó Ricky por él–. El hombre que yo estoy intentando encontrar. Así que se lo preguntaré de nuevo: firmó unos documentos para dar a los niños en adopción, ¿verdad? Tyson asintió. – ¿Recibió también dinero? – Un par de los grandes –asintió otra vez el anciano. – ¿Cómo se llamaba la pareja que adoptó a los tres niños? – Tengo un documento. – ¿Dónde? – En la caja de mis cosas, en el armario. –Señaló una taquilla de metal gris cubierta de arañazos. Ricky la abrió y vio unas cuantas prendas raídas colgadas en perchas. En el suelo había una caja de caudales barata. El cierre estaba roto. Ricky la abrió y revolvió con rapidez unos documentos viejos hasta que encontró unos sujetados con una goma elástica. Vio un sello del estado de Nueva York. Se metió los documentos en el bolsillo de la chaqueta. – No los va a necesitar –dijo al anciano. Bajó los ojos hacia el hombre echado sobre las sucias sábanas de la cama del hospital y cuya bata apenas cubría su desnudez. Tyson aspiró un poco más de oxígeno. Estaba pálido–. ¿Sabe qué? –dijo Ricky despacio, con una crueldad que lo asombró–. Ahora ya puede morirse. Creo que será mejor que se dé prisa porque estoy seguro de que lo espera más dolor. Mucho más dolor. Tanto como el que usted causó en este mundo pero multiplicado por cien. Así que adelante, muérase. – ¿Qué va a hacer? –preguntó Tyson. Su voz era un suspiro horrorizado, con jadeos y resuellos provocados por la enfermedad que le carcomía los pulmones. – Encontrar a esos niños. – ¿Por qué quiere hacer eso? – Porque uno de ellos también me mató a mí –le espetó Ricky mientras se volvía para irse. Justo antes de la hora de cenar, Ricky llamó a la puerta de una casa en buen estado, de dos habitaciones, en una calle tranquila bordeada de palmeras. Todavía llevaba la indumentaria sacerdotal, lo que le daba un poco más de seguridad, como si el alzacuello s le proporcionara un anonimato que desalentaría a cualquiera que pudiera hacer preguntas. Esperó hasta que la puerta se entreabrió y vio a una mujer mayor. La puerta se abrió un poco más cuando la mujer vio el traje clerical, pero no salió de detrás de la mosquitera. – ¿Sí? –preguntó. – Hola –contestó Ricky con tono afable–. Estoy intentando averiguar el paradero de un joven llamado Daniel Collins. La mujer soltó un grito ahogado y se llevó la mano a la boca para ocultar su sorpresa. Ricky guardó silencio mientras observaba cómo la mujer se esforzaba en recobrar la compostura. Trató de interpretar los cambios que experimentó su rostro, desde la impresión inicial hasta una dureza que contenía una terrible frialdad. Por fin su cara compuso una expresión rígida y su voz, cuando pudo usarla, pareció utilizar palabras arrancadas al invierno. – Lo damos por perdido –dijo. Unas lágrimas pugnaban por asomarle a los ojos y contradecían la fortaleza de su voz. – Lo siento –comentó Ricky todavía en un tono jovial que escondía su repentina curiosidad–. No entiendo a qué se refiere con «perdido». La mujer sacudió la cabeza sin contestar de modo directo. Miró su ropa de sacerdote y preguntó: – ¿Por qué busca a mi hijo, padre? Ricky sacó la carta falsa y supuso que la mujer no la leería con tanta atención como para cuestionarla. Cuando ella fue a ojear el documento, él empezó a hablar para que no pudiera concentrarse en lo que leía. Distraerla para que no le hiciera preguntas no parecía una tarea difícil. – Verá, señora... Collins, ¿correcto? La parroquia está intentando encontrar a alguien que pueda ser donante de médula para esta joven que es pariente lejana suya. ¿Ve el problema? Le pediría que se hiciera un análisis de sangre pero supongo que supera la edad límite para la donación de médula. Tiene más de sesenta años, ¿verdad? Ricky no tenía idea de si la médula ósea dejaba de ser viable a ninguna edad. Así que hizo una pregunta ficticia para una respuesta que era evidente. La mujer alzó los ojos de la carta para responder y Ricky aprovechó para arrebatársela de las manos. – Esta carta incluye mucha terminología médica –comentó–. Se lo puedo explicar, si lo prefiere. ¿Podríamos sentamos? La mujer asintió a regañadientes y abrió del todo la puerta. Ricky entró en una casa que parecía tan frágil como su anciana ocupante. Estaba llena de objetos y figuritas de porcelana, jarrones vacíos y adornos, y el olor a cerrado superaba el aire viciado del aparato de aire acondicionado que funcionaba con un golpeteo que le hizo suponer que tendría alguna pieza suelta. Encima de la moqueta había alfombrillas de pasillo de plástico y el sofá una funda también de plástico, como si la mujer temiera ensuciar algo. Daba la impresión de que todo tenía su lugar en aquella casa, y de que la mujer que vivía en ella notaría al instante cualquier objeto fuera de su sitio, aunque sólo fuese unos milímetros. El sofá chirrió cuando él se sentó. – ¿Podría localizar a su hijo? Verá, podría ser compatible –dijo Ricky, que cada vez mentía con facilidad. – Está muerto –indicó la mujer con más frialdad. – ¿Muerto? Pero ¿cómo…? – Muerto para todos nosotros. –La señora Collins sacudió la cabeza–. Muerto para mí. Muerto y despreciable. Sólo nos ha causado sufrimiento, padre. Lo siento. – ¿Cómo ocurrió? – Todavía no ha ocurrido –aclaró la mujer, sacudiendo de nuevo la cabeza–. Pero muy pronto, creo. Ricky se recostó, lo que provocó el mismo chirrido. – Me parece que no acabo de entenderla –dijo. La mujer se agachó y tomó un álbum de recortes de un estante bajo la mesilla de centro. Lo abrió y volvió unas páginas. Ricky pudo atisbar artículos periodísticos sobre deportes y recordó que Daniel Collins era deportista en el instituto. Había una fotografía de su graduación, seguida de una página en blanco. La mujer se detuvo en ella y le pasó el álbum. – Vuelva esa página –dijo con amargura. Centrado en una sola hoja del álbum figuraba un único artículo del Tampa Tribune. El titular rezaba: Hombre Detenido Tras Una Muerte En Un Bar. Había pocos detalles, aparte de que habían detenido a Daniel Collins hacía poco más de un año, acusado de homicidio después de una pelea en un bar. En la página adyacente, otro titular: El Estado Pedirá La Pena De Muerte Para El Homicida Del Bar. Este artículo, recortado y pegado en el centro de otra página iba acompañado de una fotografía de un Daniel Collins de mediana edad mientras era conducido esposado a un juzgado. Ricky echó un vistazo al artículo del periódico. Los hechos del caso parecían bastante simples. Dos borrachos se habían peleado. Uno de ellos había salido a la calle y esperado a que el otro hiciera lo mismo. Empuñando un cuchillo, según la fiscalía. El asesino, Daniel Collins, había sido detenido en la escena del crimen, inconsciente, borracho, con el cuchillo ensangrentado cerca de la mano y la víctima a unos metros de distancia. El periódico insinuaba que la víctima había sido eviscerada con particular crueldad antes de robarla. Al parecer, después de haberle asesinado y robado el dinero, Collins se había tomado otra botella de whisky, y al final se había caído inconsciente en la misma escena del crimen. Un caso clarísimo. Leyó artículos más breves sobre un juicio y una sentencia. Collins había afirmado que no era consciente del crimen porque había bebido mucho esa noche. No era una coartada demasiado buena y no había convencido al jurado. Sus miembros sólo deliberaron noventa minutos. Tardaron un par de horas más en recomendar la pena de muerte, después de que la misma justificación se presentara como atenuante y fuera denegada. Una muerte oficial, clara, envuelta y servida del modo menos desagradable. Ricky alzó los ojos. La anciana sacudía la cabeza. – Mi querido muchacho –se lamentó–. Lo perdí primero por culpa de esa zorra, después por culpa de la bebida, y ahora está en el corredor de la muerte. – ¿Han fijado la fecha? – No –respondió la anciana–. Su abogado dice que pueden apelar. Lo va a intentar en un juzgado y en otro. No lo entiendo demasiado bien. Lo único que sé es que mi muchacho dice que él no lo hizo, pero eso no sirvió de nada. –Dirigió una mirada llena de dureza al alzacuellos que llevaba Ricky–. En este estado, todos amamos a Jesús, y la mayoría de la gente va a la iglesia los domingos. Pero cuando la Biblia dice «No matarás», no parece aplicarse a nuestros tribunales. Ni a los nuestros ni a los de Georgia o Tejas. Son un mal sitio para cometer un delito en el que muera alguien, padre. Me gustaría que mi chico lo hubiera tenido en cuenta antes de coger ese cuchillo y meterse en esa pelea. – ¿Y él dice que es inocente? – Sí. Dice que no recuerda nada de la pelea. Dice que se despertó cubierto de sangre y con ese cuchillo al lado cuando un policía lo tocó con la porra. Supongo que no recordar no es una defensa muy buena. Ricky volvió la página, pero no había nada. – Supongo que tengo que guardar una página –comentó la mujer–. Para un último artículo. Espero haber muerto antes de que llegue ese día porque no quiero vedo. –Sacudió la cabeza y añadió–: ¿Sabe una cosa, padre? – ¿Qué? – Esto siempre me ha molestado. Cuando mi chico consiguió aquella victoria contra el South Side High, en el campeonato municipal, publicaron su foto en la portada. Pero todos estos artículos en Tampa donde nadie sabía gran cosa sobre mi chico, eran artículos pequeños, en el interior del periódico, donde apenas nadie los ve. En mi opinión, si vas a arrebatar la vida a un hombre en un tribunal, deberías darle más importancia. Debería ser especial y aparecer en portada. Pero no lo es. Sólo es otro articulito que figura junto a la noticia de alcantarilla rota y a la sección de jardinería. Es como si la vida ya no fuera importante. Se levantó y Ricky la imitó. – Hablar sobre esto me enferma el corazón, padre. Y no encuentro consuelo en ninguna palabra, ni siquiera en la Biblia. – Creo que debería abrir su corazón a la bondad que recuerda, hija mía, y de ese modo podrá consolarse. Ricky pensó que en su intento de sonar como un sacerdote sus palabras resultaban trilladas e inútiles, que era más o menos lo que quería. Aquella mujer había criado a un muchacho que era, según todas las apariencias, un verdadero hijo de puta que había empezado su lamentable vida seduciendo a una compañera de clase, arrastrándola con él unos años para después abandonarla a ella y a sus hijos, y terminando matando a un hombre por ninguna razón que no fuera el exceso de alcohol. Si había algo positivo en la vida tonta e inútil de Daniel Collins, él todavía no lo había visto. Este cinismo, que le bullía en su interior, quedó más o menos confirmado por las palabras que dijo a continuación la anciana. – La bondad terminó con esa chica. Cuando se quedó embarazada de mi hijo por primera vez, él se arruinó la vida para siempre. Ella lo sedujo, usó toda la astucia de una mujer, lo atrapó y después lo utilizó para marcharse de aquí. Ella tuvo la culpa de todos los problemas que tuvo mi hijo para ser alguien, para abrirse camino en el mundo. La voz de la mujer no dejaba lugar a la duda. Era fría, abrupta y estaba totalmente aferrada a la idea de que su adorado hijo no había tenido nada que ver en los problemas que había encontrado en la vida. Y Ricky, el antiguo psicoanalista, sabía que existían pocas probabilidades de que ella advirtiese su culpabilidad. «Creamos y después, cuando la creación sale mal, queremos culpar a otros, cuando normalmente somos nosotros los responsables», pensó. – ¿Pero usted cree que es inocente? –preguntó Ricky. Sabía la respuesta. Y no dijo «del crimen» porque la anciana creía que su hijo era inocente de todo. – Por supuesto. Si él lo dijo, yo le creo. –Sacó del álbum de recortes la tarjeta de un abogado y se la entregó a Ricky. Un abogado de oficio de Tampa. Observó el nombre y el teléfono y dejó que la mujer lo acompañara a la puerta. – ¿Sabe qué ocurrió con los tres niños? ¿Sus nietos? –preguntó Ricky mientras hacía un gesto con la carta falsa. – Los dieron en adopción, según oí –contestó ella sacudiendo la cabeza–. Danny firmó algún documento cuando estaba en la cárcel, en Tejas. Lo pillaron robando pero no me lo creí. Estuvo un par de años en la cárcel. No volvimos a saber de ellos. Supongo que ya habrán crecido, pero nunca he visto a ninguno, de modo que no es como si pensara en ellos. Danny hizo bien en darlos en adopción cuando esa mujer murió. Él solo no podía criar a tres niños a los que apenas conocía. Y yo tampoco podía ayudarle, al estar aquí sola y enferma. Así que se convirtieron en el problema de otras personas y en los hijos de otras personas. Como dije, nunca supimos nada de ellos. Ricky sabía que esta última afirmación no era cierta. – ¿Sabe por lo menos sus nombres? –preguntó. La mujer negó con la cabeza. La crueldad de ese gesto casi le sacudió como un puñetazo, y supo de dónde había sacado el joven Daniel Collins su egoísmo. Al sol de última hora de la tarde, permaneció un momento en la acera preguntándose si el alcance de Rumplestiltskin sería tal que hubiera llevado a Daniel Collins al corredor de la muerte. Suponía que sí. Lo que no sabía era cómo. 27 Ricky regresó a Nueva Hampshire y a la vida como Richard Lively. Todo lo que había averiguado en su viaje a Florida le inquietaba. Dos personas habían marcado la vida de Claire Tyson en momentos críticos. Una la había abandonado junto a sus hijos y estaba ahora en una celda del corredor de la muerte clamando por su inocencia en un estado célebre por prestar oídos sordos a tales protestas. La otra había vuelto la espalda a la hija de la que había abusado y a los nietos que necesitaban ayuda y, años después, la habían echado a la calle con la misma crueldad y estaba ahora condenada a resollar sus últimos días en un corredor de la muerte distinto, pero igual de implacable. Ricky amplió la ecuación que empezaba a formarse en su cabeza: el novio de Claire Tyson en Nueva York había muerto de una paliza con una R sangrienta grabada en el pecho. El perezoso doctor Starks, que debido a su indecisión no había prestado ayuda a una angustiada Claire Tyson, fue obligado a suicidarse después de que todos los recursos que podían proporcionarle ayuda hubieran sido sistemáticamente destruidos. Tenía que haber más. Eso le heló el corazón. Al parecer Rumplestiltskin había planeado varias venganzas siguiendo un simple principio: a cada cuál según quién era. Los delitos por omisión eran juzgados y las sentencias ejecutadas años más tarde. El novio, que sólo era un matón y un criminal, había sido tratado de una forma acorde a su condición. El abuelo que no había atendido las súplicas de su descendencia había sido castigado en consonancia. A Ricky le pareció un método muy original de infligir el mal. Su propio juego había sido planeado teniendo en cuenta su personalidad y formación. Los demás habían sido tratados con mayor brutalidad porque procedían de mundos donde ese rasgo prevalecía. Otra cosa parecía evidente: en la mente de Rumplestiltskin no existía plazo de prescripción. Al final, los resultados parecían ser idénticos. Un camino implacable de muerte o perdición. Y cualquiera que se encontrase en medio, como el desventurado señor Zimmerman o la detective Riggins, era considerado un impedimento que se eliminaba sumariamente con la misma compasión que se concedería a un mosquito posado en el brazo. Ricky se estremeció al comprender lo paciente, dedicado y despiadado que Rumplestiltskin era en realidad. Empezó a elaborar una pequeña lista de personas que quizá tampoco hubieran ayudado a Claire Tyson y a sus tres hijos pequeños cuando lo necesitaban: ¿habría habido un casero en Nueva York que exigiera el alquiler a la indigente? En ese caso, seguramente estaría en el arroyo, sin saber qué le había pasado a su edificio. ¿Un asistente social que no la hubiera incluido en un programa de ayuda? Seguramente se habría arruinado y se vería ahora obligado a solicitar su inclusión en ese mismo programa. ¿Un sacerdote que le hubiese sugerido que la plegaria podría llenar un estómago vacío? Lo más seguro es que para entonces estuviera rezando para sí mismo. Le costaba imaginarse lo lejos que la venganza de Rumplestiltskin habría llegado. ¿Qué le habría ocurrido al empleado de la compañía eléctrica que hubiera cortado la luz de su casa por impago? No sabía con exactitud dónde habría trazado Rumplestiltskin su línea divisoria para separar a las personas que consideraba culpables de las demás. Aun así, estaba seguro de algo: varias personas no habían estado a la altura tiempo atrás y ahora estaban pagando por ello. Seguramente ya habían pagado. Todas las personas que no habían ayudado a Claire Tyson, provocando que su única opción fuese suicidarse, desesperada. Era el concepto más aterrador de justicia que Ricky había imaginado nunca. Asesinatos tanto del cuerpo como del alma. Desde que Rumplestiltskin había aparecido en su vida, había tenido miedo a menudo. Antes era un hombre de rutina y percepción. Ahora, nada era sólido y todo inestable. El miedo que sentía ahora era distinto. Algo que le costaba catalogar, pero le dejaba la boca seca y un regusto amargo. Como analista, había vivido las ansiedades intrincadas y frustraciones debilitantes de sus pacientes adinerados, pero éstos resultaban ahora uniformemente insignificantes y patéticamente autocompasivos. El alcance de la furia de Rumplestiltskin lo dejaba estupefacto. Y, a la vez, tenía todo el sentido del mundo. El psicoanálisis enseña una cosa: nada de lo que ocurre está aislado. Un solo acto malo puede tener toda clase de repercusiones. Se acordó de los chismes de movimiento continuo que algunos de sus colegas tenían, en su escritorio. Una serie de cojinetes de bola colgaban en fila, de modo que si movías uno haciéndolo chocar contra el siguiente, la fuerza provocaba que sólo el último de la línea se desplazara como un péndulo, dando inicio a un movimiento de vaivén perpetuo en los cojinetes de los extremos que sólo se detenía si ponías la mano en medio. La venganza de Rumplestiltskin, de la que él sólo había sido una parte, era como esos chismes. Había otros muertos. Otros destruidos. Sólo él, con toda probabilidad, veía la totalidad de lo ocurrido. Movimiento continúo. Ricky sintió un gélido escalofrío. Todos esos crímenes se situaban en un nivel definido por la impunidad. ¿Qué detective, qué autoridad policial podría vinculados nunca entre sí? Lo único que las víctimas tenían en común era una relación con una mujer que llevaba muerta veinte años. Pensó que eran crímenes en serie, con un hilo tan invisible que desafiaba toda lógica. Como el policía que le había explicado alegremente lo de la R grabada en el pecho de Rafael Johnson, siempre había alguien con más probabilidades de cargar con la culpa que el etéreo señor R. Las razones de su propia muerte eran de lo más evidentes: una carrera destrozada, una casa destruida, una mujer fallecida, unas finanzas arruinadas, relativamente sin amigos e introspectivo. ¿Por qué no iba a suicidarse? Y había otra cosa que le resultaba muy clara: si Rumplestiltskin averiguaba que se había escapado, si tan sólo sospechaba que seguía respirando el aire de este planeta, le seguiría la pista con renovada furia. Ricky no creía que fuera a tener la oportunidad de participar en ningún otro juego. También sabía lo fácil que sería cargarse a su nueva identidad: Richard Lively era una persona insignificante. Su mismo anonimato convertía su probable muerte rápida y brutal en algo muy fácil. Richard Lively podía ser ejecutado a plena luz del día, y ningún policía de ninguna parte podría establecer las conexiones necesarias que le condujeran hasta Ricky Starks y hasta alguien apodado Rumplestiltskin. Lo que averiguarían sería que Richard Lively no era Richard Lively y, acto seguido, pasaría a ser un individuo no identificado, enterrado sin demasiadas ceremonias y sin lápida. Quizás algún inspector se preguntaría por un momento quién sería en realidad, pero, agobiado de trabajo, olvidaría pronto la muerte de Richard Lively. Para siempre. Lo que tanta seguridad daba a Ricky lo volvía asimismo del todo vulnerable. Así que, a su vuelta a Nueva Hampshire, reanudó las simples rutinas de su vida en Durham con un entusiasmo febril. Era como si quisiera abandonarse por entero a la monótona regularidad de levantarse cada mañana e ir a trabajar con el resto de los empleados de mantenimiento de la universidad, de fregar suelos, limpiar lavabos, abrillantar pasillos y cambiar bombillas, intercambiar bromas con los compañeros de trabajo y especular sobre las posibilidades de los Red Sox la temporada siguiente. Se movía en un mundo normal y mundano que parecía pedir a gritos que lo pintaran con los azules pálidos y los verdes claros institucionales. Una vez, mientras aplicaba una limpiadora de vapor a la moqueta de la facultad, descubrió que la sensación de la máquina que zumbaba y vibraba en sus manos y de la franja de alfombra limpia que creaba le resultaba casi hipnóticamente agradable. Era como si, en la nueva simplicidad de este mundo, pudiera dejar atrás quién había sido. Era una situación extrañamente satisfactoria: soledad, un trabajo que rezumaba rutina y regularidad, y las noches que atendía la centralita del Teléfono de la Esperanza, donde recordaba sus técnicas de terapeuta para dar consejo y tender la mano de una forma modesta y sencilla. Descubrió que no echaba demasiado de menos la dosis diaria de angustia, frustración y cólera que caracterizaba su vida de analista. Se preguntó si la gente que había conocido, o incluso su mujer, lo reconocería. De modo extraño, Ricky creía que Richard Lively estaba más cerca de la persona que quería ser, más cerca de la persona que se encontraba a sí misma durante los veranos en Cape Cod, de lo que había estado nunca el doctor Starks al tratar a los ricos, poderosos y neuróticos. «El anonimato es atractivo», pensó. Pero escurridizo. Cada segundo que se obligaba a sentirse cómodo siendo Richard Lively, el personaje vengativo de Frederick Lazarus gritaba órdenes contradictorias. Reanudó los ejercicios físicos y pasó las horas libres perfeccionando su puntería en local de tiro. A medida que el tiempo seguía mejorando, con el consiguiente calor estallido de colores, decidió que necesitaba añadir técnicas de prácticas al aire libre a su repertorio, así que se inscribió con el nombre de Frederick Lazarus a un curso de orientación que daba una compañía de excursionismo y cámping. En cierto sentido se había triangulado a sí mismo, del mismo modo en que uno conoce su situación cuando se pierde en el bosque. Tres columnas: la persona que era antes, la persona en que se había convertido y la persona que necesitaba ser. Por la noche, sentado solo en la penumbra de su habitación alquilada mientras una única lámpara de mesa apenas recortaba las sombras, se preguntó si podría dejar todo atrás. Abandonar cualquier conexión emocional con el pasado y lo que le había ocurrido, y convertirse en un hombre de sencillez absoluta. Vivir de sueldo en sueldo. Obtener placer de la rutina básica. Redefinirse. Dedicarse a pescar o cazar, incluso sólo a leer. Relacionarse con la menor gente posible. Vivir de modo monacal y en una soledad de ermitaño. Dejar atrás cincuenta y tres años de vida y convencerse de que todo se había reiniciado de cero el día en que había prendido fuego a su casa de Cape Cod. Era algo parecido al zen, y tentador. Podía evaporarse del mundo como un charco de agua un día soleado y caluroso, y elevarse hacia la atmósfera. Esta posibilidad era casi tan aterradora como su alternativa. Le pareció que había llegado el momento en que tenía que tomar una decisión. Como para Ulises, su nombre informático, su camino estaba entre Escila y Caribdis[9]. Cada opción tenía costes y riesgos. Por la noche, en su modesta habitación alquilada de Nueva Hampshire, extendió sobre la cama todas las notas que tenía sobre el hombre que le había obligado a abandonar su vida. Retazos de información, pistas y direcciones que podía seguir. O no. O bien iba a perseguir al hombre que le había hecho eso, con lo que se arriesgaba a ponerse al descubierto, o bien iba a olvidarse de todo y a llevar la vida que pudiera con lo que ya había establecido. Se sintió un poco como un explorador español del siglo XV contemplando vacilante en la cubierta de una carabela la enorme extensión del océano y acaso un nuevo e incierto mundo más allá del horizonte. Entre el material diseminado estaban los documentos que se había llevado del lecho de muerte del viejo Tyson en el hospital. En ellos figuraban los nombres de los padres adoptivos que habían acogido a los tres niños hacía veinte años. Sabía que ése era el paso siguiente. La decisión era darlo, o no. Una parte de él insistía en que podía ser feliz como Richard Lively, encargado de mantenimiento. Durham era una ciudad agradable. Sus caseras eran amables. Pero otra parte de él veía las cosas de otro modo. El doctor Frederick Starks no se merecía morir. No por lo que había hecho, aunque estuviera mal, en un momento de indecisión y de dudas. Era innegable que podría haberlo hecho mejor con Claire Tyson. Podría haberle tendido la mano y tal vez ayudarla a encontrar una vida que valiera la pena vivir. Desde luego Ricky había tenido esa oportunidad y no la había aprovechado. Rumplestiltskin no se equivocaba en eso. Pero su castigo excedía con creces su culpabilidad. Y esa idea enfurecía a Ricky. –Yo no la maté –susurró. Creía que aquella habitación era tanto un ataúd como un bote salvavidas. Se preguntó si podría inspirar aire que no supiera a duda. ¿Qué clase de seguridad le ofrecía esconderse para sIempre? ¿Sospechar siempre que cualquier persona al otro lado de una ventana era el hombre que lo había llevado al anonimato? Era una idea terrible. El juego de Rumplestiltskin no terminaría nunca para él. Ricky nunca sabría, nunca estaría seguro, nunca tendría un momento de paz, sin preguntas. Tenía que encontrar una respuesta. Tomó los papeles de la cama. Quitó la goma elástica de los documentos de adopción con tanta rapidez que emitió un chasquido. –Muy bien –se dijo en voz baja a sí mismo y a todos los fantasmas que pudieran estar escuchándolo–. El juego vuelve a empezar. Los servicios sociales de Nueva York habían colocado a los tres niños en sucesivos hogares de acogida los primeros seis meses tras la muerte de su madre, hasta que los adoptó una pareja que vivía en Nueva Jersey. Un informe de un asistente social afirmaba que había sido difícil colocar a los niños; que salvo en su último y no identificado hogar de acogida, se mostraban indisciplinados, ariscos, groseros en cada lugar. El asistente recomendaba terapia, en especial para el mayor. El informe estaba redactado en un lenguaje sencillo y burocrático con intención de cubrirse las espaldas, sin la clase de detalles que podría haber indicado a Ricky algo sobre el niño que se había convertido en el hombre que había destruido su vida. Averiguo que la Diócesis Episcopal de Nueva York se había encargado de la adopción a través de su ala benéfica. No había constancia de ningún intercambio de dinero, pero Ricky supuso que lo había habido. Había copias de documentos legales de renuncia a todo derecho sobre los niños firmados por el viejo Tyson, y un documento firmado por Daniel Collins durante su estancia en la cárcel, en Tejas. Ricky observó la simetría de ese elemento: Daniel Collins había rechazado a sus tres hijos cuando estaba en prisión. Años después, había vuelto a ella bajo la escabrosa batuta de Rumplestiltskin. Ricky pensó que, fuera como fuese que el hombre que había sido rechazado de niño lo hubiera conseguido, debía de haberle proporcionado una satisfacción increíble. La pareja que había adoptado a los tres niños abandonados eran Howard y Martha Jackson, que vivían en West Windsor, una urbanización de clase media a unos kilómetros de Princeton, pero no se ofrecía más información sobre ellos. Habían adoptado a los tres niños, lo que interesó a Ricky. Cómo habían logrado permanecer juntos suscitaba interrogantes tan poderosos como por qué no los habían separado. Los niños eran Luke, de doce años; Matthew, de once, y Joanna, de nueve. Ricky reparó en que eran nombres bíblicos. Dudaba que esos nombres hubieran seguido relacionados con los niños. Hizo algunas búsquedas informáticas, pero no obtuvo resultados. Eso lo sorprendió. Le parecía que debería haber alguna información disponible en Internet. Comprobó las páginas blancas electrónicas y encontró muchos Jackson en Nueva Jersey, pero ninguno que encajara con los nombres que aparecían en los documentos. Sólo tenía la dirección que figuraba en ellos. Y eso significaba que había una puerta a la que podía llamar. Era su única opción. Se planteó usar el traje de sacerdote y aquella carta falsa sobre el cáncer, pero decidió que ya habían cumplido su misión una vez y que era mejor reservarlos para otra ocasión. En lugar de eso, se dejó crecer una barba irregular. Compró en Internet una identificación falsa de una agencia inexistente de detectives privados. Otra visita nocturna al departamento de teatro le proporcionó una barriga postiza, una especie de cojín que podía sujetarse bajo la camiseta y que le daba el aspecto de pesar unos veinte kilos más de lo que su esbelta figura pesaba en realidad. Para su alivio, también encontró un traje marrón que se ajustaba a su nueva silueta en las cajas de maquillaje consiguió un poco de ayuda adicional. Metió todos los objetos en una bolsa de plástico y se los llevo a casa. Cuando llegó a su habitación, añadió a la bolsa la pistola semiautomática y dos cargadores. Alquiló un coche de cuatro años en la agencia Rent–A–Wreck local, que solía trabajar con estudiantes; sin hacer preguntas, el empleado anotó los datos del carné de conducir falso que Ricky le mostró. El siguiente viernes por la noche, cuando terminó su turno en el departamento de mantenimiento, Ricky condujo hacia el sur, hacia Nueva Jersey. Dejó que la noche lo envolviera, mientras los kilómetros zumbaban bajo las ruedas del coche con rapidez y regularidad, siempre a diez kilómetros por hora por encima del límite de velocidad. Cuando bajó la ventanilla, sintió un soplo de aire cálido y pensó que el verano volvía a acercarse con rapidez. Si hubiese estado en la ciudad, habría empezado a conducir a sus pacientes hacia alguna certeza a la que pudieran aferrarse cuando llegaran las vacaciones de agosto. Unas veces lo conseguía, otras no. Recordó sus paseos por la ciudad a finales de la primavera y principios del verano y cómo el estallido de vegetación y flores parecía derrotar las torres de ladrillo y hormigón que constituían Manhattan. En su opinión, era la mejor época de la ciudad, pero efímera, ya que enseguida era sustituida por un calor y una humedad agobiantes. Duraba sólo lo suficiente para ser fascinante. Pasaba de la medianoche cuando bordeó la ciudad. Al cruzar el puente George Washington, lanzó una mirada hacia atrás por encima del hombro. Incluso a altas horas de la madrugada, Nueva York parecía resplandecer. El Upper West Side se alejaba de él, y sabía que ahí mismo estaba el hospital Columbia Presbyterian y la clínica donde había trabajado una temporada hacía tantos años, ajeno a las consecuencias de su proceder. Mientras dejaba atrás los peajes y llegaba a Nueva Jersey lo embargó una curiosa mezcla de emociones. Era como si se encontrase atrapado en un sueño, en una de esas series de imágenes y acontecimientos inquietantes y tensos que ocupan el inconsciente y rayan en la pesadilla, y estuviera saliendo de él. Le pareció que la ciudad representaba todo lo que él era, el coche que vibraba mientras conducía por la autopista representaba aquello en lo que se había convertido, y la oscuridad que tenía delante, lo que podría llegar a ser. Un cartel de habitaciones libres en un motel Econo, en la carretera 1, le llamó la atención y se detuvo. El recepcionista de noche era un indio o paquistaní de ojos tristes, con una pegatina que lo identificaba como Omar, que pareció un poco molesto cuando se vio interrumpido por la llegada de Ricky. Le dio un plano de la zona antes de volver a su silla, a unos libros de química y a un termo con algún líquido caliente. Por la mañana, Ricky pasó un rato en el lavabo de la habitación para pintarse con el maquillaje teatral un moratón y una cicatriz falsos Junto al ojo izquierdo. Le añadió un tono rojo violáceo que seguro que atraen a la atención de cualquiera con quien hablara. «Psicología bastante elemental», pensó. Así como en Pensacola la gente no recordaría quién era, sino lo que era, aquí sus ojos se dirigirían inexorablemente hacIa la Imperfección facial, sin fijarse en los detalles de su cara propiamente dichos. La barba rala contribuía también a ocultar sus facciones. La barriga postiza colocada bajo la camiseta se añadía al retrato. Deseó haber conseguido además unas alzas para los zapatos, pero pensó que podría probar eso en el futuro. Tras ponerse el traje, se metió la pistola en el bolsillo, junto con el cargador de recambio. La dirección a la que se dirigía suponía un paso importante hacia el hombre que había querido su muerte. Por lo menos, eso esperaba. La zona que recorrió en coche le pareció sometida a una especie de pugna. Era un paisaje básicamente llano, verde, entrecruzado por carreteras que seguramente habrían sido rurales y tranquilas tiempo atrás, pero que ahora parecían soportar el peso del urbanismo a gran escala. Pasó ante varios complejos de viviendas que comprendían desde casas de clase media de dos y tres habitaciones hasta mansiones lujosas, con pórticos y columnas, con piscinas y garajes de tres coches para los inevitables BMW, Range Rover y Mercedes. «Viviendas de ejecutivos –pensó–. Lugares impersonales para hombres y mujeres que ganan dinero y lo gastan con la mayor rapidez posible y que piensan que, de algún modo, eso tiene sentido.» La mezcla de lo viejo y lo nuevo era desconcertante; era como si esta parte del estado no pudiera decidir qué era y qué quería ser. Supuso que los antiguos propietarios de granjas y los actuales empresarios y corredores no se llevarían demasiado bien. La luz del sol llenaba el parabrisas, y bajó la ventanilla. Le pareció un día perfecto: cálido y repleto de augurios primaverales. Notaba el peso de la pistola en el bolsillo de la chaqueta y pensó que él, en cambio, se llenaría de fríos pensamientos invernales. Encontró un buzón junto a una carretera secundaria en medio de unos terrenos de labranza que concordaban con la dirección que tenía. Vaciló, sin saber qué esperar. En el camino de entrada sólo había un cartel: CRIADERO DE PERROS «La Seguridad Es Lo Primero». Alojamiento, Cepillado Y Adiestramiento. Sistemas De Seguridad «Totalmente Naturales.» Junto a esta frase había una imagen de un rott weiler, y Ricky intuyó sentido del humor en ello. Siguió el camino de entrada, bajo el dosel que formaban los árboles. Después subió por un camino circular hasta una casa de una sola planta, estilo años cincuenta, con fachada de ladrillo. Se habían añadido elementos a la construcción en varias fases, con una parte de madera blanca que conectaba con un laberinto de jaulas de alambrada. En cuanto se detuvo y bajó del coche, lo recibió una cacofonía de ladridos. El olor a excrementos lo impregnaba todo, favorecido por el calor y el sol de última hora de la mañana. A medida que avanzaba, el barullo fue aumentando. En la parte añadida, un cartel indicaba: Oficinas. Un segundo cartel, similar al de la entrada, adornaba la pared. En una jaula cercana, un gran rott weiler negro, fornido, de más de cuarenta kilos, se levantó sobre las patas traseras enseñando los dientes. De todos los perros que había en aquella perrera, y Ricky podía ver decenas moviéndose, corriendo, midiendo las dimensiones de su encierro, éste parecía el único tranquilo. El animal lo observó con atención, como si lo estuviera midiendo, lo que, según cabía suponer, estaba haciendo. En las oficinas había un hombre de mediana edad sentado tras una vieja mesa metálica. El aire estaba cargado de hedor a orina. El hombre era delgado, calvo, larguirucho, con unos antebrazos gruesos que Ricky imaginó que el manejo de los animales había musculado. – Enseguida lo atiendo –dijo. Estaba tecleando números en una calculadora. – No se preocupe, me espero –contestó Ricky. Observó cómo marcaba unas cifras más y cómo sonreía al ver el total. El hombre se levantó y se acercó a él. – ¿En qué puedo servirle? –preguntó–. Caramba, parece que ha tenido problemas. Ricky asintió y bromeó: – Ahora es cuando me tocaría decir: «Tendría que ver cómo quedó el otro.» – Y a mí creerlo –rió el criador de perros–. Bueno, usted dirá. Aunque me permito comentarle que, si hubiera tenido a Brutus a su lado, no habría habido pelea. No señor. – ¿Es Brutus el perro de la jaula junto a la puerta? – Lo ha adivinado. Desanima al más pintado. Y ha engendrado unos cuantos cachorros que podrán ser adiestrados en un par de semanas. – Gracias, pero no. El criador de perros pareció confundido. Ricky sacó la falsa identificación de detective privado. El hombre la observó un instante y comentó: – Supongo que no está buscando un cachorro, ¿verdad, señor Lazarus? – No. – Bueno, ¿en que puedo ayudarle? – Hace algunos años vivía aquí una pareja. Howard y Martha Jackson. El hombre se puso rígido y su aspecto cordial desapareció, sustituido por un recelo repentino, que se vio acentuado por el paso atrás que dio, casi como si aquellos nombres le hubieran dado un empujón en el pecho. Su voz adoptó un tono cauteloso. – ¿Por qué está interesado en ellos? – ¿Eran parientes suyos? – Compré la finca a sus sucesores. De eso hace mucho tiempo. – ¿Sus sucesores? – Murieron. – ¿Murieron? – Exacto. ¿Por qué está interesado en ellos? – Estoy interesado en sus tres hijos. El hombre vaciló de nuevo, como si sopesara las palabras de Ricky. – No tenían hijos. Murieron sin descendencia. Sólo un hermano que vivía cerca de aquí. Él fue quién me vendió la finca. Yo la arreglé muy bien y convertí su negocio en algo rentable. Pero no había hijos. Nunca los hubo. – Se equivoca –aseguró Ricky–. Los había. Adoptaron a tres huérfanos a través de la Diócesis Episcopal de Nueva York. – No sé de dónde ha sacado esa información, pero no es así –replicó el criador con una repentina cólera apenas disimulada–. Los Jackson no tenían familia directa salvo ese hermano que me vendió la finca. Era sólo el matrimonio y murieron juntos. No sé de qué está hablando y creo que puede que ni siquiera usted mismo lo sepa. – ¿Juntos? ¿Cómo? – Eso no fue asunto mío. Y creo que tampoco suyo. – Pero sabe la respuesta, ¿verdad? – Todos los que vivían aquí saben la respuesta. Puede verlo en los periódicos. O quizás ir al cementerio. Están enterrados carretera arriba. – Pero ¿usted no va a ayudarme? – Pues no. ¿Qué clase de detective privado es usted? – Ya se lo dije –contestó Ricky–. Uno que está interesado en los tres hijos que los Jackson adoptaron en mayo de 1980. – Y yo ya le dije que no había ningún hijo. Adoptado ni de otra clase. Así pues, ¿qué le interesa en realidad?. – Mi cliente necesita algunas respuestas. El resto es confidencial –repuso Ricky. El hombre entrecerró los ojos e irguió los hombros, como si la impresión inicial hubiese dado paso a la agresividad. – ¿Un cliente? ¿Alguien le paga para que venga aquí a hacer preguntas? ¿Tiene tarjeta? ¿Un número al que pueda llamarlo si por casualidad recordara algo? – Soy forastero. – Las líneas telefónicas van de un estado a otro, hombre. –El criador de perros siguió observando a Ricky–. ¿Cómo puedo ponerme en contacto con usted? ¿Dónde le localizo si necesito hacerlo? Era el turno de Ricky de ser precavido. – ¿Qué cree que va a recordar que no recuerde ahora? –preguntó. La voz del hombre adquirió por fin una frialdad absoluta. Ahora lo estaba midiendo, evaluando, como si tratara de grabarse todos los detalles de su cara y su físico. – Déjeme ver otra vez esa identificación –pidió–. ¿Tiene alguna placa? El cambio repentino del hombre lanzaba advertencias a Ricky. En ese segundo comprendió que, de golpe, estaba cerca de algo peligroso, como si hubiera caminado a oscuras hasta el borde de algún terraplén escarpado. Retrocedió un paso hacia la puerta. – ¿Sabe qué? Le daré un par de horas para pensárselo y le llamaré. Si quiere hablar, si ha recordado algo, entonces podremos vemos. Ricky salió deprisa de la oficina y se dirigió hacia su coche. El criador salió detrás de él, pero se dirigió hacia la jaula de Brutus. El hombre abrió la puerta y el perro, con las fauces abiertas, pero todavía silencioso, se puso de inmediato a su lado. El criador le hizo una pequeña señal con la mano y el perro se quedó inmóvil con los ojos fijos en Ricky, a la espera de la siguiente orden. Ricky se volvió hacia el perro y su propietario y dio los últimos pasos hasta la puerta del coche retrocediendo despacio. Se metió la mano en el bolsillo y sacó las llaves del automóvil. El perro emitió un gruñido grave, tan amenazador como los músculos tensos de las paletillas y las orejas levantadas, a la espera de la orden de su amo. – Me parece que no volveré a verlo –dijo el criador–. Y no creo que regresar aquí a hacer más preguntas sea muy buena idea. Ricky se pasó las llaves a la mano izquierda y abrió la puerta. A la vez, metió la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta para empuñar la pistola. No apartó los ojos del perro y se concentró en lo que tal vez tendría que hacer. Quitar el seguro. Sacar la pistola. Amartillarla. Adoptar una posición de disparo y apuntar. Cuando lo hacía en el local de tiro no estaba acuciado, y aun así tardaba unos segundos. No sabía si podría disparar a tiempo, ni si haría blanco. Se le ocurrió, además, que podría necesitar varias balas para detener a aquella bestia. El rottweiler seguramente cruzaría el espacio que los separaba en dos o tres segundos como mucho. El perro, ansioso, avanzó unos centímetros. «No –pensó Ricky–. Menos aún. Un solo segundo.» El criador vio que Ricky deslizaba la mano hacia el bolsillo. – Señor detective privado, aunque lo que tenga en el bolsillo sea una pistola, no le servirá de nada, se lo aseguro –sonrió–. No con este perro. Ni hablar. Ricky cerró la mano alrededor de la culata y rodeó el gatillo con el índice. Tenía los ojos entrecerrados y apenas reconoció los tonos regulares de su propia voz. – Puede –dijo despacio y con cuidado–. Puede que ya lo sepa. Tal vez ni siquiera me moleste en intentar disparar a su perro, sino que le atraviese el pecho a usted con una bala. Es usted una diana ideal, se lo aseguro. Y estará muerto antes de tocar el suelo y ni siquiera tendrá la satisfacción de ver cómo su chucho me destroza. Esta respuesta hizo vacilar al criador, que cogió el collar del perro para contenerlo. – Matrícula de Nueva Hampshire –comentó tras una tensa pausa–. Con el lema «Vive en libertad o muere». Memorable. Y ahora lárguese. Ricky subió al coche y cerró la puerta de golpe. Se sacó la pistola de la chaqueta y encendió el motor. Al alejarse vio al criador por el retrovisor, con el perro aún a su lado, observando cómo se iba. Respiraba con dificultad. Era como si el calor del exterior hubiese invadido el aire acondicionado del automóvil. Mientras recorría el camino de entrada hacia la carretera bajó la ventanilla y aspiró una bocanada de viento. Tenía un sabor caliente. Se detuvo a un lado de la carretera para recuperarse y, mientras lo hacía, vio la entrada del cementerio. Calmó sus nervios y trató de evaluar lo ocurrido en el criadero de perros. Era evidente que la mención de los tres huérfanos había desencadenado una reacción. Imaginaba que era muy profunda, casi un mensaje subliminal. Aquel hombre no pensaba en esos tres niños desde hacía años, hasta que Ricky llegó con su pregunta, y eso había suscitado una respuesta desde lo más profundo de su ser. La reunión había tenido un cariz más peligroso que el propio Brutus. Era como si aquel hombre hubiera estado esperando durante años que él, o alguien como él, apareciera haciendo preguntas y, tras sorprenderse de que lo que llevaba años esperando hubiese llegado por fin, hubiese sabido exactamente qué hacer. Se le revolvió un poco el estómago mientras este pensamiento cobraba forma. Al cruzar la entrada del cementerio había un pequeño edificio de madera blanca a cierta distancia de la calle que separaba las hileras de tumbas. Ricky imaginó que era algo más que un cobertizo y se detuvo frente a él. Un hombre canoso con un uniforme de trabajo azul parecido al que él usaba en el departamento de mantenimiento, salió del edificio y se dirigió hacia una cortadora de césped, pero se detuvo al ver a Ricky bajar del coche. – ¿Puedo ayudarle? –preguntó el hombre. – Estoy buscando un par de tumbas –dijo Ricky. – Aquí hay mucha gente enterrada. ¿A quién está buscando en concreto? – A un matrimonio llamado Jackson. – Hace mucho tiempo que nadie viene a visitarlos –sonrió el hombre–. Puede que la gente piense que da mala suerte, pero yo creo que cualquiera que establezca aquí su residencia ya: ha vivido toda su suerte, buena o mala, así que no me importa demasiado. Los Jackson están al fondo, en la última fila, a la derecha. Siga la calle hasta el final y tuerza a la derecha. Lo encontrará enseguida. – ¿Los conocía? – No. ¿Es pariente? – No –contestó Ricky–. Soy detective. Estoy interesado en sus hijos adoptivos. – No tenían familia. No sé nada sobre hijos adoptivos. Eso habría salido en los periódicos cuando murieron, pero no lo recuerdo, y los Jackson fueron portada uno o dos días. – ¿Cómo murieron? – ¿No lo sabe? –soltó el hombre, algo sorprendido. – ¿Cómo? – Bueno, fue lo que la policía denomina asesinato–suicidio. El hombre mató a su mujer de un disparo después de una de sus peleas y luego se suicidó. Los cadáveres estuvieron dos días en la casa antes de que el cartero se diera cuenta de que nadie recogía el correo, sospechara algo y llamara a la policía. Al parecer, los perros habían tenido acceso a los cuerpos, con lo que no quedaba mucho de ellos, sólo restos de lo más desagradables. Había mucho odio en esa casa, por lo visto. – El hombre que la compró... – No lo conozco, pero dicen que es un sujeto de cuidado. Tan repugnante como los perros. Se hizo cargo del criadero de los Jackson, aunque por lo menos sacrificó a todos los animales que se habían comido a los anteriores propietarios. Pero es probable que él acabe igual. Puede que eso le pase por la cabeza. Y que por eso sea tan mal bicho. –El hombre soltó una risa espeluznante y señaló la pendiente–. Ahí arriba. De hecho, un lugar bastante bonito para reposar eternamente. – ¿Sabe quién compró la tumba? –preguntó Ricky tras pensar un momento–. ¿Y quién paga el mantenimiento? – Recibimos los cheques, pero no lo sé. –El hombre se encogió de hombros. Ricky encontró la tumba sin dificultad. Permaneció un segundo en medio del silencio del sol del mediodía preguntándose un momento si alguien habría pensado en ponerle una lápida después de su suicidio. Lo dudaba. Él había vivido tan aislado como los Jackson. También se preguntó por qué no había puesto algún monumento conmemorativo para su mujer. Había ayudado a establecer un fondo para libros en su facultad de derecho y cada año hacía una contribución a la organización Nature Conservancy en su nombre, y se había dicho que esos actos eran mejores que un pedazo de piedra frío que montara guardia sobre una angosta franja de tierra. Pero al estar ahí de pie, no estuvo tan seguro. Se encontró absorto en la muerte, pensando en sus consecuencias permanentes para los que quedan. «Cuando alguien muere aprendemos más sobre la vida de lo que sabemos sobre el fallecido», pensó. Estuvo largo rato ahí, frente a las tumbas, antes de examinarlas. Tenían una lápida común, que se limitaba a dar sus nombres y las fechas de su nacimiento y su muerte. Algo no encajaba, y observó esta breve información para intentar averiguar qué era. Le llevó unos segundos establecer una relación. El mes de la fecha del asesinato–suicidio coincidía con el de la firma de los documentos de adopción. Ricky dio un paso atrás. Y entonces comprendió algo más. Los Jackson habían nacido en la década de los veinte. Ambos tenían más de sesenta años al morir. Sintió calor de nuevo y se aflojó la corbata. La barriga postiza parecía tirar de él hacia abajo, y el moratón y la cicatriz pintados en la cara empezaron a picarle. «Nadie puede adoptar a un niño, y mucho menos a tres, a esa edad –pensó–. Las normas de las agencias de adopción descartarían a una pareja sin hijos de esa edad en favor de una pareja más joven y vigorosa.» Permaneció junto a las tumbas pensando que estaba contemplando una mentira. No sobre su muerte, eso era cierto, sino sobre algo de su vida. «Todo está mal–pensó–. Todo es distinto de lo que debería ser.» La sensación de caminar por el borde de algo más terrible de lo que había previsto le produjo un estremecimiento. Una venganza sin límites. Se dijo que lo que tenía que hacer era regresar a la seguridad de Nueva Hampshire y examinar lo que había averiguado para dar a continuación un paso racional e inteligente. Detuvo el coche frente a la recepción del motel Econo y entró. Otro empleado, James, que llevaba una corbata de nudo fijo que aun así seguía torcida, había sustituido a Ornar. – Me marcho –dijo Ricky–. Lazarus. Habitación 232. El recepcionista obtuvo una factura en la pantalla del ordenador. –Está todo listo. Pero tiene dos mensajes telefónicos. – ¿Mensajes telefónicos? –repitió Ricky tras vacilar un instante. – Llamó un hombre de un criadero de perros y preguntó si todavía se alojaba aquí –contestó James–. Quería dejarle un mensaje en el teléfono de su habitación. Después hubo otro mensaje. – ¿Del mismo hombre? – No lo sé. No hablé con la persona. Me aparece un número en el registro de llamadas. Habitación 232. Dos mensajes. Si quiere, descuelgue y teclee el número de su habitación. Así podrá oír los mensajes. Ricky lo hizo. El primer mensaje era del propietario de Brutus. «Pensé que alojaría en algún lugar barato y cercano. No fue demasiado difícil averiguar en cuál. He estado pensando en sus preguntas. Llámeme. Me parece que tengo información que podría serle útil. Pero vaya preparando el talonario. Le va a costar una pasta.» Ricky marcó el tres para borrar el mensaje. El siguiente se reprodujo automáticamente. La voz sonó abrupta, fría e incongruente, casi como encontrar un trozo de hielo en una acera caliente. – «Señor Lazarus, acabo de enterarme de su interés por los difuntos señores Jackson y creo que dispongo de información que facilitaría su investigación. Llámeme al 212 5551717 cuando le vaya bien y podemos quedar para vernos.» La persona no dejó nombre. No era necesario. Ricky reconoció la voz. Era Virgil. TERCERA PARTE HASTA LOS MALOS POETAS AMAN LA MUERTE 28 Ricky huyó. Hizo los petates a toda prisa y aceleró con un chirrido de neumáticos para alejarse de aquel motel de Nueva Jersey y de aquella voz odiosa. Apenas se detuvo a lavarse la cicatriz postiza de la mejilla. En el lapso de una mañana, al hacer unas preguntas en los lugares equivocados, había logrado convertir el tiempo de aliado en enemigo. Había pensado que iría arañando la identidad de Rumplestiltskin y, cuando lograse descubrir todo lo que necesitaba, se sentaría a planificar con calma su venganza. Se aseguraría de que todo estuviese a punto, con las trampas a punto, y aparecería en igualdad de condiciones. Ahora ya no podría darse ese lujo. No tenía idea de cuál era la relación entre el hombre del criadero de perros y Rumplestiltskin, pero seguro que la había, porque mientras él permanecía ante la tumba de aquel matrimonio, el hombre había estado haciendo llamadas telefónicas. La facilidad con que había averiguado el motel donde se alojaba era desalentadora. Se dijo que tenía que preocuparse de borrar sus huellas. Condujo mucho y deprisa, de vuelta a Nueva Hampshire, mientras intentaba valorar lo comprometido de su situación. En su interior retumbaban temores difusos y pensamientos pesimistas. Pero una idea era primordial: no podía volver a la pasividad del psicoanalista. Ése era un mundo en el que uno esperaba a que algo ocurriera, para luego procurar interpretar y comprender todos los elementos en juego. Era un mundo de reacción lenta. De calma y sensatez. Si caía en esa trampa, le costaría la vida. Sabía que tenía que actuar. Por lo menos, se había creado la ilusión de que era tan peligroso como Rumplestiltskin. Acababa de pasar el cartel de la carretera que rezaba Bienvenidos A Massachussets cuando tuvo una idea. Vio una salida y, más adelante, el indicador habitual del paisaje estadounidense: un centro comercial. Salió de la autopista para dirigirse al aparcamiento. En unos minutos se incorporó a la demás gente que se dirigía a la serie de tiendas que vendían más o menos lo mismo por más o menos los mismos precios pero envasado de modo distinto, lo que daba a los compradores la sensación de haber encontrado algo único en medio de la semejanza. Ricky, que lo veía con una pizca de humor, consideró que era un lugar adecuado para lo que iba a hacer. No tardó en encontrar unas cabinas telefónicas, cerca de la hamburguesería. Recordó el primer número con facilidad. A sus espaldas se oía el murmullo de las personas sentadas comiendo y charlando, y tapó un poco el auricular con la mano mientras marcaba el número. – Anuncios clasificados del New York Times, buenos días. – Sí –dijo Ricky en tono agradable–. Quisiera poner uno de esos anuncios pequeños que salen en la portada. –Leyó con rapidez el número de una tarjeta de crédito. – ¿Cuál es el mensaje, señor Lazarus? –preguntó el empleado después de anotar los datos. Ricky vaciló un instante y dijo: – «Señor R, empieza el juego. Una nueva Voz." – ¿Es correcto? –preguntó el empleado tras leérselo. – Correcto. No olvide poner «Voz» en mayúscula, ¿de acuerdo? El empleado confirmó la petición y Ricky colgó. Se dirigió a un local de comida rápida, pidió una taza de café y cogió un puñado de servilletas. Encontró una mesa un poco apartada y se instaló con un bolígrafo en la mano mientras bebía la infusión. Se aisló del ruido y de la actividad y se concentró en lo que iba a escribir, dándose de vez en cuando golpecitos con el bolígrafo en los dientes, tomando después un sorbo de café, sin dejar de planificar. Usó las servilletas a modo de papel improvisado y, por fin, tras unos cuantos arranques e inicios, escribió lo siguiente: Sabe quién era, no quién soy. Por eso está en un lío hoy. Ricky se fue; murió en el mar. Y yo su sitio vine a ocupar. Como Lázaro me he levantado, y ahora le toca morir a otro pringado. Otro juego, señor R, en un viejo lugar, y cara a cara nos vamos a enfrentar. Veremos a favor de quién está la suerte, porque hasta los malos poetas aman la muerte. Después de admirar su poema un momento, regresó a las cabinas. En unos instantes estaba hablando con la sección de clasificados del Village Voice. – Quiero poner un anuncio en la sección de personales –dijo. – Muy bien. Yo mismo le tomo los datos –contestó el empleado. A Ricky le divirtió que este empleado pareciese menos estirado que sus equivalentes del Times, lo que, mirándolo bien, era de esperar–. ¿Qué título quiere para el mensaje? – ¿Título? –se sorprendió Ricky. – Ah –dijo el empleado–. Es su primera vez, ¿verdad? Pues me refiero a abreviaturas como HB para hombre blanco, SM para sadomasoquista... – Entiendo –contestó Ricky. Pensó un momento y dijo–: El encabezamiento debe decir: «HM, 50 a., busca Sr. Regio para diversión y juegos especiales.» El empleado lo repitió y añadió: – ¿Algo más? – Ya lo creo –repuso Ricky, y le leyó el poema. Luego le pidió que repitiera el texto entero dos veces para asegurarse de que lo había anotado bien. Cuando terminó de leer, el empleado guardó silencio un segundo. – Vale –dijo–. Es distinto. Muy distinto. Seguramente los hará salir de todas partes. A los curiosos, como mínimo. Y quizás a unos cuantos chiflados. ¿Querrá tener un buzón de respuestas? Le damos un número de buzón y puede acceder a las respuestas por teléfono. Tal como funciona, mientras lo pague, sólo usted podrá escuchar las respuestas. – Sí, gracias –dijo Ricky. El empleado tecleó en un ordenador. – Muy bien –indicó al terminar–. Su buzón es el 1313. Espero que no sea supersticioso. – En absoluto –aseguró Ricky. Anotó en la servilleta el número de acceso a las respuestas y colgó. Se planteó un instante llamar al número que le había dejado Virgil. Pero resistió la tentación. Antes tenía que preparar unas cosas más. En El arte de la guerra, Sun– Tzu comenta la importancia de la elección del campo de batalla. Obtener un emplazamiento protegido y valerse de esa ventaja. Ocupar el terreno elevado. Ser capaz de esconder la propia fortaleza. Obtener ventaja a partir del conocimiento topográfico. Ricky pensó que estas lecciones también se le podían aplicar. El poema en el Village Voice era como un disparo que cruzara las defensas de su adversario, una salva inicial destinada a captar su atención. Comprendió que no pasaría demasiado tiempo antes de que alguien fuera a Durham a buscarlo. La matrícula que el propietario de la perrera había observado lo garantizaba. No creía que resultara demasiado difícil averiguar que la matrícula pertenecía a un Rent–a– Wreck, y muy pronto aparecería alguien preguntando el nombre de quien había alquilado ese coche. Se enfrentaba a una cuestión compleja pero que se podía resumir en una pregunta sencilla: ¿donde quería librar la próxima batalla? Tenía que elegir el terreno. Devolvió el coche de alquiler, pasó un momento por su habitación y luego se dirigió a su trabajo nocturno en la línea directa, aturdido por estas preguntas, pensando que no sabía cuánto tiempo había ganado con los anuncios del Times y el Voice, pero seguro que un poco. El Times lo publicaría a la mañana siguiente; el Voice, a finales de semana. Era razonable suponer que Rumplestiltskin no actuaría hasta haber leído ambos. De momento sólo sabía que un detective privado gordo y con una cicatriz había ido a un criadero de perros de Nueva Jersey a hacer preguntas inconexas sobre la pareja que, según los informes, lo había adoptado a él y a sus hermanos hacía años. Un hombre persiguiendo una mentira. No se engañaba pensando .que Rumplestiltskin no vería las relaciones ni encontraría con rapidez otros signos de su existencia. Frederick Lazarus, sacerdote, aparecería investigando en Florida. Frederick Lazarus, detective privado, había llegado a Nueva Jersey. Su ventaja era que no había ningún vínculo evidente entre Frederick Lazarus y el doctor Frederick Starks o Richard Lively. Uno había sido dado por muerto. El otro seguía aferrado al anonimato. Al sentarse a una mesa en la oscura oficina de la centralita telefónica, se alegró de que el semestre universitario estuviera acabando. Esperaba que las llamadas obedecieran al estrés habitual, a la desesperación de los exámenes finales, algo que le resultaba cómodo. No pensó que alguien fuera a suicidarse por un examen final de química, aunque había oído cosas más tontas: Y, a altas horas de la noche, resultó que podía concentrarse con claridad. « ¿Qué quiero conseguir?», se preguntó. ¿Quería asesinar al hombre que lo había obligado a simular su propia muerte? ¿Que había amenazado a sus familiares lejanos y destruido todo lo que le convertía en lo que era? Pensó que en algunas de las novelas de misterio y de suspense que había devorado los últimos meses, la respuesta habría sido un simple sí. Alguien le había hecho mucho daño, de modo que le volvería las tornas a ese alguien. Lo mataría. Ojo por ojo, la esencia de todas las venganzas. Torció el gesto y se dijo: «Hay muchas formas de matar a alguien.» En efecto, él había experimentado una. Tenía que haber otras, desde la bala de un asesino hasta los estragos de una enfermedad. Encontrar el crimen adecuado era fundamental. Y, para ello, tenía que conocer a su adversario. No sólo saber quién era, sino qué era. Y tenía que resurgir de esa muerte con su vida intacta. No era como un piloto kamikaze que se tomaba una copa ritual de sake y se dirigía a su propia muerte sin la menor preocupación. Ricky quería sobrevivir. Nunca volvería a ser el doctor Frederick Starks. Adiós al cómodo ejercicio de escuchar a diario los lamentos de los ricos y trastornados durante cuarenta y ocho semanas al año. Eso se había acabado, y él lo sabía. Echó un vistazo alrededor, a la pequeña oficina donde se encontraba la línea directa para los desesperados. Era una habitación en el pasillo principal del edificio de servicios médicos para estudiantes. Era un lugar estrecho, nada cómodo, con una sola mesa, tres teléfonos y varios carteles dedicados a los programas de fútbol americano y béisbol, con fotografías de los deportistas. Había también un plano grande del campus y una lista mecanografiada de números de servicios de urgencias y de seguridad. También había unas normas que debían seguirse cuando el voluntario que atendía la línea estaba seguro de que alguien había intentado quitarse la vida. Los pasos a seguir consistían en llamar a la policía y hacer que el telefonista comprobara la línea, lo que localizaría el origen de la llamada. Este procedimiento sólo debía usarse en las emergencias más graves, cuando había una vida en juego y era necesario enviar ayuda. Ricky no había tenido que usarlo nunca. En las semanas que había trabajado en el turno de noche, siempre había conseguido hacer entrar en razones, o por lo menos entretener, incluso a las personas más desesperadas. Se preguntaba si alguno de los muchachos a los que había ayudado se habría asombrado de saber que la voz tranquila que le hacía recuperar la sensatez pertenecía a un empleado de mantenimiento de la facultad de química. «Es algo que vale la pena proteger», se dijo Ricky. Esa conclusión le hizo tomar una decisión. Tendría que alejar a Rumplestiltskin de Durham. Si quería sobrevivir a la confrontación que se acercaba, Richard Lively debía estar a salvo y seguir siendo anónimo. – De vuelta a Nueva York –se susurró a sí mismo. En ese momento sonó el teléfono en la mesa. Pinchó la línea correspondiente y descolgó el auricular. – Teléfono de la Esperanza. ¿En qué puedo ayudarte? –dijo. Hubo un instante de silencio y luego un sollozo apagado. Acto seguido oyó una serie de palabras entrecortadas que por separado significaban poco pero que juntas decían mucho: – No puedo, es que no puedo, es demasiado, no quiero, oh, no sé... «Una mujer joven», pensó Ricky.» Pronunciaba las palabras con claridad, aparte de los sollozos de emoción, así que no parecía haber problemas de drogas o alcohol. Sólo soledad y humana desesperación en plena noche. – ¿Podrías hablar más despacio e intentar contarme lo que pasa? –sugirió con dulzura–. No hace falta que sea todo. Sólo lo de ahora mismo, en este momento. ¿Dónde estás? – En el dormitorio de la residencia. –La respuesta llegó tras una pausa. – Muy bien –la animó Ricky con suavidad, para empezar con las preguntas–. ¿Estás sola? – Sí. – ¿No hay una compañera de habitación? ¿Amigos? – No. Sola. – ¿Es así como estás siempre? ¿O sólo tienes esa sensación? Esta pregunta pareció hacer reflexionar a la joven. – Bueno, he roto con mi novio y mis clases son todas terribles, y cuando regrese a casa mis padres me van a matar porque ya no estoy en el cuadro de honor. Puede que no apruebe el curso de literatura comparada y todo parece haber llegado a un punto crítico y... – Y algo te hizo llamar a este teléfono, ¿verdad? – Quería hablar. No es que quisiera hacerme algo... – Eso es muy razonable. Al parecer no has tenido un semestre muy bueno... – Ni que lo digas. –La muchacha rió con amargura. – Pero habrá otros semestres, ¿verdad? – Pues sí. – Y tu novio, ¿por qué te dejó? – Dijo que no quería estar atado... – ¿Y cómo te sentó esta respuesta? ¿Te deprimió? – Sí. Fue como una bofetada. Me sentí como si me hubiera estado usando sólo por el sexo, ¿sabes? Y ahora que se acerca el verano habrá imaginado que ya no valía la pena. He sido como una especie de caramelo. Pruébame y tírame. – Una buena forma de decirlo –aseguró Ricky–. Un insulto, entonces. Un golpe a tu dignidad. La joven volvió a guardar silencio un momento. – Supongo, pero no lo había visto de ese modo. – Bueno –prosiguió Ricky con voz firme y suave–. En lugar de estar deprimida y de pensar que te pasa algo, deberías estar enfadada con ese cabrón, porque es evidente que el problema lo tiene él. Y el problema es el egoísmo, ¿no? Pudo percibir cómo la muchacha asentía con la cabeza. Pensó que era una llamada de lo más típica. Había llamado desesperada por lo del novio y los estudios pero, al examinarla más de cerca, en realidad no lo estaba. – Creo que eso es cierto –corroboró–. Es un cabronazo. – Entonces, puede que estés mejor sin él. No es el único chico del mundo. – Creía que lo quería –dijo la muchacha. – Duele un poco, lo sé. Pero el dolor no es porque te haya roto el corazón. Es más bien porque comprendes que te engañó. Y ahora tu confianza se resiente. – Tienes razón –dijo. Ricky notaba cómo se secaba las lágrimas al otro lado de la línea. Pasado un momento, la muchacha añadió–: Debes de recibir muchas llamadas como ésta. Todo parecía tan importante y tan terrible hace dos minutos. Lloraba sin parar y ahora... – Todavía están las notas. ¿Qué pasará cuando llegues a casa? – Se cabrearán. Mi padre dirá: «No me estoy gastando el dinero que tanto me cuesta ganar para que apruebes por los pelos.» La joven había emitido un carraspeo e imitado la voz grave de su padre. Ricky rió, y ella hizo lo mismo. – Lo superará –comentó él–. Sé sincera. Cuéntale las tensiones que has sufrido y lo de tu novio, y dile que intentarás mejorar. Lo comprenderá. – Tienes razón. – Mira, te daré una receta para esta noche y mañana –dijo Ricky–. Ahora acuéstate y duerme bien. Por la mañana, levántate y coge uno de esos cafés tan ricos, con mucha espuma y todas las calorías habidas y por haber. Luego sal fuera, siéntate en un banco, toma el café despacio y admira el tiempo. Y, si por casualidad ves al chico en cuestión, ignóralo. Y si él quiere hablar, aléjate. Busca otro banco. Piensa en lo que el verano te depara. Siempre hay posibilidades de que las cosas mejoren. Sólo tienes que encontrarlas. – De acuerdo –contestó la joven–. Gracias por hablar conmIgo. – Si en los próximos días te sientes estresada hasta el punto de que la situación te resulte insoportable, deberías pedir hora a un consejero de los servicios médicos. Él te ayudará a superar tus problemas. – Sabes mucho sobre la depresión –comentó la muchacha. – Oh, sí. Es cierto. Suele ser transitoria, aunque a veces no. La primera es una situación corriente de la vida. La segunda es una auténtica enfermedad, y terrible. Creo que tú has tenido la primera. –Me siento mejor –aseguró–. Puede que me compre una pasta con esa taza de café. Al infierno con las calorías. – Ésa es una buena actitud –dijo Ricky. Iba a colgar, pero se detuvo–. Oye, ayúdame en algo... La joven pareció un poco sorprendida, pero contestó: – ¿Qué? ¿Cómo? ¿Necesitas ayuda? – Ésta es la línea directa para crisis –contestó Ricky con una nota de humor–. ¿Por qué crees que los que estamos a este lado no tenemos crisis? – Ya –dijo la muchacha tras una breve pausa, como si asimilara la evidencia de esta frase––. ¿Cómo puedo ayudarte? – Cuando eras pequeña, ¿a qué jugabas? –preguntó Ricky. – Pues a juegos de mesa, ya sabes, la oca, el parchís... – No. Me refiero a juegos al aire libre. – ¿Como el corro o la gallinita ciega? – Sí. Pero ¿y si querías competir con los demás niños, jugar a algo en lo que uno tiene que perseguir a otro, mientras que a la vez lo persiguen a él? ¿Qué se te ocurre? – El escondite. – Sí. ¿Alguno más? La muchacha vaciló y dijo, como si reflexionara en voz alta: – Bueno, estaba la muralla, pero era más bien un desafío físico. Y las gincanas, pero eso era para encontrar objetos. También estaba el ¿quién para? y el rey... – No. Estoy buscando algo que suponga un desafío un poco mayor... – Pues entonces zorros y sabuesos –soltó–. Era el más difícil de ganar. – ¿Y cómo se juega? – En verano, al aire libre. Hay dos equipos, los zorros y los sabuesos, evidentemente. Los zorros salen con quince minutos de ventaja. Llevan bolsas de plástico llenas de trocitos de periódico. Cada diez metros tienen que dejar un puñado. Los sabuesos siguen el rastro. La clave es dejar pistas falsas, volver sobre los pasos, confundir a los sabuesos. Los zorros ganan si regresan al punto de partida después del tiempo establecido, dos o tres horas más tarde. Los sabuesos ganan si atrapan a los zorros. Si ven a los zorros al otro lado de un campo, pueden perseguirlos. Y los zorros tienen que esconderse. Así que los zorros se aseguran de saber dónde están los sabuesos. Los espían, ya me entiendes. – Ése es el juego que busco –afirmó Ricky con calma–. ¿Qué equipo solía ganar? – Eso era lo bueno. Dependía de la ingenuidad de los zorros y la determinación de los sabuesos. Así que cualquier bando podía ganar en un momento dado. – Gracias –dijo Ricky. Las ideas bullían en su mente. – Buena suerte –contestó la joven antes de colgar. Ricky pensó que eso era justamente lo que iba a necesitar: un poco de buena suerte. A la mañana siguiente empezó a hacer preparativos. Pagó el alquiler del mes siguiente, pero explicó que seguramente tendría que ausentarse por un asunto familiar. Tenía una planta en su habitación y pidió que la regasen con regularidad. Le pareció el modo más simple de engañar a las mujeres; ningún hombre que pide que le rieguen una planta estaría pensando en marcharse. Habló con el supervisor del personal de mantenimiento y éste le autorizó a tomarse unos días y los que le correspondían por las horas extra acumuladas. Su jefe fue igual de comprensivo y, gracias al menor trabajo del final del semestre, le dio permiso para ausentarse sin poner en peligro su empleo. En el banco local donde Frederick Lazarus tenía su cuenta, Ricky hizo una transferencia a una cuenta que había abierto electrónicamente en un banco de Manhattan. También efectuó una serie de reservas de hotel en Nueva York, para días sucesivos. Eran hoteles nada recomendables, el tipo de lugar que no aparece en las guías turísticas de la ciudad. Confirmó todas las reservas con las tarjetas de crédito de Frederick Lazarus, excepto en el último hotel. Los dos últimos que había seleccionado se encontraban en la calle Veintidós Oeste, más o menos uno frente al otro. En uno reservó una estancia de dos noches a nombre de Frederick Lazarus. El otro ofrecía apartamentos por semanas. Reservó uno para quince días, usando la tarjeta Visa de Richard Lively... Cerró los apartados de correos de Frederick Lazarus en Mailboxes Etc. y dejó el penúltimo hotel como dirección para que le remitieran la correspondencia. Lo último que hizo fue meter el arma y la munición junto con varias mudas en una bolsa, y volver al Rent–A–Wreck. Como antes, alquiló un coche sencillo y anticuado. Pero esta vez procuró dejar un mayor rastro. – Tiene kilometraje ilimitado, ¿verdad? –pregunto al empleado–. Porque tengo que ir a Nueva York y no quiero que me cobren porcentaje por los kilómetros recorridos. El empleado era un joven universitario que habla cogido aquel trabajo para el verano y, tras haber pasado sólo unos días en la oficina, ya estaba mortalmente aburrido. – Sí. Kilometraje ilimitado. Por lo que respecta a nosotros, puede ir a California y volver. – No; tengo negocios en Manhattan –repitió Ricky adrede–. Pondré mi dirección en la ciudad en el contrato de alquiler. –Escribió el nombre y el número de teléfono del primero de los hoteles donde había hecho una reserva a nombre de Frederick Lazarus. – Claro. –El dependiente observó los vaqueros y la camisa sport de Ricky–. Negocios. Ya. – Y si tengo que prolongar mi estancia… – El contrato de alquiler pone un número. Llame ahí. Le cargaremos el importe adicional a la tarjeta de crédito, pero necesitamos tener constancia. Si no, pasadas cuarenta y ocho horas denunciamos el robo del coche. – No quiero que eso ocurra. – ¿Quién lo querría? –contestó el muchacho. – Sólo una cosa más –comentó Ricky, eligiendo las palabras con cierta cautela. – Usted dirá. – Dejé un mensaje a un amigo mío para que alquilara un coche aquí. Verá, los precios están bien, los vehículos son buenos y resistentes, y no hay tanto papeleo como en las grandes compañías de alquiler. – Por supuesto –dijo el muchacho, como si le sorprendiera que alguien pudiera perder el tiempo teniendo cualquier clase de opinión sobre coches de alquiler. – Pero no estoy seguro de que recibiera bien el mensaje. – ¿Quién? – Mi amigo. Viaja mucho por negocios, como yo, así que siempre está buscando un buen trato. – ¿Y? – Pues que si llega a venir para ver si es aquí donde yo alquilé el coche, oriéntelo y trátelo bien, ¿de acuerdo? –dijo Ricky. – Si es mi turno... –dijo el empleado. – Está aquí de día, ¿verdad? El joven asintió con un gesto que parecía indicar que pasarse los primeros días de verano tras un mostrador era algo parecido a estar en la cárcel, y Ricky pensó que probablemente lo fuera. – De modo que lo más seguro es que sea usted quien le atienda. – Lo más seguro. – Bueno, pues si pregunta por mí, dígale que me fui de viaje de negocios. A Nueva York. Él sabrá mis planes. – Ningún problema. –El joven se encogió de hombros para añadir–: Eso si pregunta. En otro caso... – Claro. Pero si alguien pregunta, ya sabe que será mi amigo. – ¿Y cómo se llama? –preguntó el empleado. – R. S. Skin –sonrió Ricky–. Es fácil de recordar: señor R. S. Skin. En el viaje por la carretera 95 hacia Nueva York se detuvo en tres centros comerciales distintos, situados todos junto a la carretera. Uno justo antes de Boston y los otros dos en Connecticut, cerca de Bridgeport y en New Haven. En cada uno de ellos, recorrió los pasillos centrales entre las hileras de tiendas de modas y los puestos de galletas de chocolate hasta encontrar un lugar donde vendían teléfonos móviles. Para cuando terminó de comprar, había adquirido cinco móviles diferentes, todos a nombre de Frederick Lazarus y todos con la promesa de cientos de minutos gratis y tarifas de larga distancia reducidas. Los teléfonos correspondían a cuatro compañías distintas y, aunque cada vendedor preguntó a Ricky al rellenar el contrato de compra y uso anual si tenía otros móviles, ninguno se molestó en comprobar que fuera cierto que no. Ricky contrató todos los extras de cada teléfono, con identificación de las llamadas, llamadas en espera y demás prestaciones, lo que hacía que los vendedores estuvieran ansiosos por finalizar el papeleo. También se detuvo en un pequeño centro comercial donde, tras una pequeña búsqueda, encontró una tienda de material de oficina. En ella compró un ordenador portátil bastante barato y el hardware necesario. También compró una bolsa para llevado. A primera hora de la tarde llegó a Nueva York. Dejó el coche en un aparcamiento descubierto junto al río Hudson, en la calle Cincuenta Oeste, y después tomó el metro hasta el hotel, situado en Chinatown. Se registró con un recepcionista llamado Ralph, que había tenido acné galopante de pequeño y lucía las marcas en las mejillas, lo que le confería un aspecto desagradable. Ralph no tenía mucho que decir, aparte de parecer algo sorprendido de que la tarjeta de crédito de Frederick Lazarus funcionara bien. La palabra «reserva» también le sorprendió. Ricky pensó que no era la clase de hotel que recibía muchas. Una prostituta que trabajaba en la habitación del final del pasillo le dirigió una sonrisa sugerente y una mirada invitadora, pero él negó con la cabeza y abrió la puerta de su habitación. Era un sitio tan mediocre como había imaginado. Era también la clase de lugar donde el hecho de que Ricky llegara sin equipaje y saliera de nuevo a los quince minutos no llamaría demasiado la atención. Tomó otro metro hacia el último hotel de la lista, donde había alquilado un apartamento. Ahí se convirtió en Richard Lively y contestó con monosílabos al hombre de recepción. Al dirigirse a su apartamento llamó la menor atención posible. Esa noche salió a comprarse un bocadillo y un par de refrescos. Se pasó el resto de la velada en silencio, haciendo planes, salvo por una salida a medianoche. Un chaparrón aislado había dejado la calle brillante. Unas farolas amarillas lanzaban arcos de luz pálida sobre el asfalto. El aire nocturno era algo cálido, con un espesor que indicaba la proximidad del verano. Contempló la acera y pensó que nunca había sido consciente de la cantidad de sombras que ocupaban la noche de Manhattan. Supuso que él también era una. Caminó por las calles con rapidez hasta que encontró una solitaria cabina de teléfono. Le pareció que había llegado el momento de comprobar si tenía mensajes. 29 Una sirena rasgó la noche a una manzana de la cabina. Ricky no sabía si sería la policía o una ambulancia. Sabía que los coches de bomberos tenían un sonido más grave y de inconfundible estridencia. Pero la policía y las ambulancias sonaban muy parecidas. Pensó que había pocos ruidos en el mundo que auguraran problemas como el de una sirena. Era algo inquietante y temible, como si la estridencia del sonido atacase el equilibrio y la esperanza. Esperó a que el estrépito se desvaneciera en la oscuridad y regresara la tranquilidad habitual de Manhattan: el ruido regular de los coches y autobuses que circulaban por las calles y algún que otro temblor bajo la superficie al pasar un metro por los túneles subterráneos que entrecruzaban la ciudad. Marcó el número del Village Voice y accedió a las respuestas a su anuncio personal en el buzón 1313. Había casi tres docenas. La mayoría eran insinuaciones y promesas de aventuras sexuales. Casi todos mencionaban la «diversión y juegos especiales» del anuncio de Ricky, que parecían apuntar, como había imaginado, en una dirección determinada. Varias personas habían preparado pareados para contestar al suyo, pero incluyendo promesas de vigoroso sexo. Percibió un entusiasmo desenfrenado en sus voces. El trigésimo era, como había esperado, muy distinto. La voz era fría, casi monótona, amenazadora. También poseía un sonido metálico, casi mecánico. Ricky supuso que habían usado un distorsionador de voz. Pero no escondía el ataque psicológico de la respuesta. Ricky es listo, Ricky es muy astuto, pero ha cometido un error absoluto. Cree que está a salvo y quiere jugar, pero escondido se debería quedar. Que escapara una vez es impresionante pero no por ello debería estar exultante. Otro juego, en una segunda ocasión volverá a llegar a la misma conclusión. Sólo que ahora lo que me debe pagar, por fin completo me lo vaya cobrar. Escuchó la respuesta tres veces, hasta memorizarla. La voz tenía algo más que le inquietaba, como si las palabras dichas no fueran suficiente e incluso el tono estuviera cargado de odio. Pero, más allá de eso, le pareció que la voz tenía algo reconocible, casi familiar, que se sobreponía a la falsedad del distorsionador. Esta idea le sacudió, en especial al percatarse de que era la primera vez que oía hablar a Rumplestiltskin. Todos los demás contactos habían sido indirectos, sobre papel o repetidos por Merlín o Virgil. Oír la voz de ese hombre le hizo ver imágenes pesadillescas y sentir un escalofrío. Se dijo que no debía subestimar la magnitud del reto que se había impuesto. Reprodujo los demás mensajes, a sabiendas de que al final habría otra voz mucho más conocida. La había. A continuación del silencio que acompañó al breve poema, Ricky oyó la voz grabada de Virgil. Escuchó con atención para captar matices que pudieran indicarle algo. «Ricky, Ricky, Ricky. Qué agradable tener noticias tuyas, y qué sorprendente, además.» – Seguro –murmuró Ricky para sí–. Me lo imagino. Siguió escuchando a la joven. Los tonos que utilizaba eran los mismos que antes, agresivos, engatusadores y burlones un instante y duros e intransigentes al siguiente. Ricky pensó que Virgil participaba en el juego tanto como su jefe. Su peligro radicaba en los colores camaleónicos que adoptaba; tanto intentaba resultar amable como furiosa y directa. Si Rumplestiltskin simbolizaba la determinación para lograr un propósito, frío y concentrado, Virgil era voluble. Y Merlín, del que todavía no tenía noticias, era como un contable, desapasionado, con el enorme peligro que eso implicaba. « ...Cómo escapaste, bueno, debo decir que es algo que tiene a algunas personas de círculos importantes revisando su modo de enfocar las cosas. Un segundo examen minucioso de tu caso. Sirve para demostrar lo escurridiza que puede ser la realidad, ¿verdad, Ricky? Yo se lo advertí, ¿sabes? De veras. Les dije: "Ricky es muy inteligente. Intuitivo y de gran rapidez mental. "Pero no me creyeron. Pensaban que eras tan tonto e inocente como los demás. Y mira dónde nos ha llevado eso. Eres el alfa y omega de los cabos sueltos, Ricky. El plato fuerte. Diría que muy peligroso para todos los implicados. –Resopló, como si sus propias palabras le dijeran algo. Prosiguió–: Me cuesta imaginar por qué quieres echar unas partidas más con el señor R. Es lo que cabría pensar al ver tu querida casa de veraneo consumida por las llamas; fue muy hábil e inteligente por tu parte, Ricky. Quemar toda esa felicidad junto con todos los recuerdos, era un mensaje claro para nosotros. De un psicoanalista, nada menos. No lo previmos, en absoluto. Pero habría imaginado que esa experiencia te habría enseñado que el señor R es un hombre muy difícil de superar en una contienda, en especial en las que planea él mismo. Deberías haberte quedado donde estabas, Ricky, bajo la piedra que hayas encontrado para esconderte. O quizá deberías huir ahora. Huir y ocultarte para siempre. Empezar a cavar un agujero en algún lugar lejano, frío y oscuro, y seguir cavando. Porque sospecho que esta vez el señor R querrá tener una prueba más clara de su victoria. Una prueba incontestable. Es una persona muy concienzuda. O eso tengo entendido.» Virgil enmudeció, como si hubiera colgado el auricular de golpe. Ricky oyó un siseo electrónico y accedió al siguiente mensaje telefónico. Era Virgil por segunda vez. «Mira, Ricky, detestaría verte repetir el resultado del primer juego, pero si eso es lo que hace falta, bueno, tú lo has querido. ¿Cuál es ese "otro juego" del que hablas y cuáles son las reglas? A partir de ahora leeré el Village Voice con más atención. Y mi jefe está..., bueno, ansioso no parece la palabra más adecuada. Consumido de impaciencia, como un caballo de carreras, quizás. Así que estamos esperando la salida.» – Ya ha pasado –dijo Ricky en voz alta tras colgar el auricular. «Zorros y sabuesos –pensó–. Piensa como el zorro. Tienes que dejar un rastro para saber dónde están, pero mantener suficiente ventaja para que no te detecten y capturen. Y, a continuación, llevarlos directamente a donde quieres.» Por la mañana, Ricky tomó el metro al centro hacia el primer hotel en el que se había registrado. Devolvió la llave de la habitación a un recepcionista que leía una revista pornográfica titulada Profesiones del amor tras el mostrador. El hombre ofrecía un aspecto de lo más desastrado, con prendas que le caían mal, la cara picada de acné y una cicatriz en un labio. Ricky pensó que en un cásting no podrían haber el elegido a nadie mejor para ese puesto. El hombre tomó la llave sin pronunciar palabra, enfrascado en lo que se mostraba con imágenes vibrantes y explícitas en la revista. – Hola –saludó Ricky, con lo que logró una mínima atención del hombre–. Podría ser que alguien viniera preguntando por mí para dejarme un paquete. El hombre asintió distraídamente, absorto en los personajes retozones de la revista. – El paquete significa algo –insistió Ricky. – Claro –contestó el otro, casi sin hacer el menor caso a lo que Ricky decía. Ricky sonrió. No podría haber imaginado una conversación más adecuada a sus intereses. Echó un vistazo alrededor para comprobar que estaban solos en aquel vestíbulo soso y deslucido, metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y, por debajo del mostrador, amartilló su pistola, lo que hizo un ruido característico. El recepcionista levantó la mirada con los ojos como platos. – Conoce ese sonido, ¿verdad, imbécil? –Ricky le dedicó una sonrisa torcida. El hombre levantó las manos y las puso sobre el mostrador. –Quizás ahora me preste atención –dijo Ricky. – Le estoy escuchando –aseguró el hombre. Parecía un veterano en el arte de ser robado o amenazado. – Permita entonces que empiece otra vez –dijo Ricky–. Un hombre traerá un paquete para mí. Vendrá aquí a preguntar y usted le dará este número. Coja un lápiz y anote: 212 5552798. Aquí podrá localizarme. ¿Entendido? – Entendido. – Pídale cincuenta dólares –sugirió Ricky–. Tal vez cien. Lo vale. – ¿Y si no estoy aquí? –El hombre pareció decepcionado, aunque había asentido–. Suponga que está el del turno de noche. – Estará aquí si quiere los cien dólares –contestó Ricky. Y añadió–: Y a cualquier otra persona que venga preguntando, y me refiero a cualquiera que no traiga un paquete, usted le dirá que no sabe adónde fui, quién soy ni nada de nada. Ni una palabra. Ninguna información. ¿Entendido? – Sólo al del paquete –confirmó el hombre–. Entendido. ¿Qué contiene el paquete? – Es mejor que no lo sepa. Y estoy seguro de que no espera que yo se lo diga. Esta respuesta parecía decirlo todo. – Suponga que no veo ningún paquete. ¿Cómo sabré que es el hombre correcto? – En eso tiene razón –asintió Ricky–. Le diré qué haremos. Le preguntará si conoce al señor Lazarus y él le responderá algo así como «Todo el mundo sabe que Lázaro se levantó al tercer día». Entonces usted le dará el número. Si lo hace bien, puede que consiga más de cien. – El tercer día Lázaro se levantó. Suena como sacado de la Biblia. – Puede. – Muy bien. Entendido. – Perfecto –dijo Ricky, y volvió a guardarse el arma en el bolsillo después de devolver el percutor a su sitio con un sonido tan característico como el de amartillar–. Me alegra que hayamos tenido esta charla. Ahora mi estancia aquí me resulta mucho más satisfactoria. No interrumpiré más su educación –soltó con una sonrisa a la vez que señalaba la revista pornográfica. Y acto seguido se marchó. Por supuesto, no existía el tal hombre del paquete. Pero alguien distinto llegaría pronto al hotel. Con toda probabilidad, el recepcionista soltaría la información pertinente a quien fuera, sobre todo ante el anzuelo del dinero o la amenaza de daño físico, que Ricky estaba seguro de que el señor R, Merlín o Virgil, o quienquiera que fuera, usaría en una sucesión relativamente rápida. Y entonces Rumplestiltskin tendría algo de que preocuparse. Un paquete que no existía. Con una información inexistente. Entregado a una persona que nunca existió. A Ricky le gustaba. Le daba a su perseguidor algo ficticio en lo que preocuparse. Fue a registrarse al siguiente hotel. La decoración era muy parecida a la del primero, lo que le tranquilizó. Un recepcionista distraído y desganado, sentado detrás de un largo mostrador de madera arañado. Una habitación sencilla, deprimente y deslucida. Se había cruzado con dos mujeres con falda corta, maquillaje brillante, tacones de aguja y medias negras de malla, de profesión inconfundible, que aguardaban en el pasillo y que lo habían observado con entusiasmo financiero cuando pasó. Había meneado la cabeza cuando una de ellas le había dirigido una mirada sugestiva. Oyó decir a una de ellas: «Policía», y se fueron, lo que le sorprendió. Pensó que se estaba adaptando bien, o por lo menos visualmente, al mundo al que había descendido. Pero tal vez fuera más difícil de lo que creía desprenderse del lugar que uno ha ocupado en la vida. Llevamos nuestras señas de identidad tanto interior como exteriormente. Se dejó caer en la cama y los muelles cedieron bajo su peso. Las paredes eran delgadas y oyó el éxito de una compañera de trabajo de aquellas mujeres filtrarse a través del yeso: una serie de gemidos y traqueteos al hacer un buen uso de la cama. De no haber estado tan concentrado, se habrían deprimido bastante los sonidos y los olores, en particular el ligero hedor a orín que se filtraba por los conductos de aire. Pero ese entorno era justo lo que quería. Necesitaba que Rumplestiltskin pensara que se había familiarizado de algún modo con los barrios bajos. Ricky alargó la mano hacIa el teléfono. La primera llamada que hizo fue al agente de bolsa que habla manejado sus cuentas de inversiones cuando aun vivía. Hablo con su secretaria. – ¿En qué puedo ayudarle? –preguntó ésta. – Hola –dijo Ricky–. Me llamo Diógenes…[10] – Deletreó despacio el nombre y tras pedirle que lo anotara, prosiguió–: Represento al señor Frederick Lazarus, albacea testamentario del difunto doctor Frederick Starks. Queremos informarle de que estamos investigando las importantes irregularidades relativas a su situación financiera antes de su fallecimiento. – Creo que nuestro personal de segundad ya investigó esa situación. – No a nuestra entera satisfacción. Les enviaremos a alguien para revisar esos registros y encontrar los fondos desaparecidos para que puedan ser entregados a sus legítimos herederos. Añadiré que hay personas muy disgustadas con el modo en que fue tratado este asunto. – Ya veo, pero ¿quién...? –La secretaria se habla puesto nerviosa, desconcertada por los tonos autoritarios y abruptos utilizados por Ricky. – Me llamo Diógenes. Por favor, recuérdelo. Me pondré en contacto con ustedes mañana o pasado. Pida a su jefe que reúna los registros correspondientes a todas las transacciones, sobre todo las transferencias telegráficas y electrónicas para que no perdamos tiempo en nuestra reunión. En este examen inicial no me acompañarán los Inspectores de la Comisión de Vigilancia del Mercado de Valores, pero tal vez sea necesario en el futuro. Es una cuestión de cooperación, ¿comprende? Ricky supuso que aquella velada amenaza surtiría un efecto inmediato. A ningún corredor le gusta oír hablar de investigadores de la Comisión de Vigilancia. – Creo que será mejor que usted hable con... – Sin duda, pero cuando vuelva a llamar mañana o pasado. Ahora tengo una reunión, y otras llamadas que hacer respecto a este asunto, así que tengo que colgar. Gracias. Y, dicho esto, colgó con una perversa sensación de satisfacción. No creía que su antiguo corredor de bolsa, un hombre aburrido, interesado sólo en el dinero que ganaba o perdía, reconociera el nombre del personaje que vagaba por la antigüedad en su búsqueda infructuosa de un hombre honesto. Pero Ricky conocía a alguien que lo comprendería de inmediato. Su siguiente llamada fue al presidente de la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. Había coincidido con ese médico sólo un par de veces en el pasado, en la clase de reuniones del establishment médico que tanto evitaba, y le había parecido un mojigato y un presuntuoso entusiasta de Freud, dado a hablar incluso a sus colegas con largos silencios y pausas vacías. Era un psicoanalista veterano de Nueva York y había tratado a muchos famosos con las técnicas del diván y el silencio, y de algún modo había usado todos esos pacientes destacados para darse importancia, como si tener a un actor ganador de un Oscar, a un escritor ganador del Pulitzer o a un financiero multimillonario en el diván lo convirtiera en mejor terapeuta o mejor ser humano. Ricky, que había vivido y ejercido su profesión en aislamiento y soledad hasta su suicidio, no creía que hubiera la menor posibilidad de que aquel hombre reconociera su voz, así que ni siquiera intentó disimularla. Esperó a que faltaran nueve minutos para la hora. Sabía que tenía más probabilidades de que el médico contestara el teléfono en persona entre un paciente y otro. Contestaron al segundo tono. Lo hizo una voz monótona, áspera, que se ahorró hasta el saludo: – Soy el doctor Roth. – Doctor, me alegra encontrarle. Soy el señor Diógenes, y represento al señor Frederick Lazarus, el albacea testamentario del difunto doctor Frederick Starks. – ¿En qué puedo ayudarle? –repuso Roth. Ricky hizo una pausa, un poco de silencio que incomodaría al doctor, más o menos la misma técnica que él mismo solía utilizar. – Estamos interesados en saber cómo se resolvió exactamente la denuncia contra el malogrado doctor Starks –contestó Ricky con una agresividad que le sorprendió. – ¿La denuncia? – Sí. La denuncia. Como usted sabe, poco antes de su muerte se hicieron algunas acusaciones relativas a abusos sexuales con una paciente. Queremos saber cómo se resolvió la investigación. – No sé si hubo ningún veredicto oficial –dijo Roth con firmeza–. Desde luego, no de la Sociedad Psicoanalítica. El suicidio del doctor Starks tornó superfluas las investigaciones. – ¿De veras? ¿No se le ocurrió a usted ni a nadie de la sociedad que preside que tal vez su suicidio estuvo provocado por la injusticia y la falsedad de esas acusaciones, en lugar de ser una especie de confirmación de ellas? – Por supuesto que lo tuvimos en cuenta –contestó Roth tras una pausa. «Seguro que sí –pensó Ricky–. Mentiroso.» – ¿Le sorprendería saber que la joven que presentó las acusaciones ha desaparecido? – ¿Cómo dice? – No volvió para continuar con la terapia de seguimiento con el médico de Boston a quien presentó las acusaciones iniciales. – Es curioso... – ¿Y que sus intentos por localizada arrojaron como resultado el inquietante hecho de que su identidad era falsa? – ¿Falsa? – Y se averiguó también que sus acusaciones formaban parte de un engaño. ¿Lo sabía, doctor? – Pues no, no. No lo sabía. Como le dije, el asunto se abandonó después del suicidio. – Dicho de otro modo, se lavaron las manos. – El caso se trasladó a las autoridades competentes. – Pero ese suicidio les ahorró a ustedes y a su profesión una gran cantidad de publicidad negativa y embarazosa, ¿verdad? – No lo sé. Bueno, por supuesto, pero... – ¿Ha pensado que quizá los herederos del doctor Starks querrían una reparación? ¿Que limpiar su nombre, incluso tras la muerte, podría ser importante para ellos? – No me lo había planteado en esos términos. – ¿Sabe que se les podría considerar responsables de la muerte del doctor Starks? Esta afirmación obtuvo una previsible respuesta violenta. – ¡En absoluto! Nosotros no... – Hay otras clases de responsabilidad en el mundo además de la legal, ¿no es así, doctor? –le interrumpió Ricky. Le gustó esta réplica. Se refería a la esencia misma del psicoanálisis. Pudo imaginar cómo aquel colega suyo cambiaba, incómodo, de postura en la silla. Tal vez el sudor empezaba a perlarle la frente. – Por supuesto, pero... – Pero nadie en la Sociedad Psicoanalítica quería realmente saber la verdad, ¿no? Era mejor que desapareciera en el mar junto con el doctor Starks, ¿correcto? – No creo que deba contestar esta clase de preguntas, señor... esto... – Claro que no. No en este momento. Quizá más adelante. Pero es curioso, ¿no cree, doctor? – ¿Qué? – Que la verdad sea incluso más fuerte que la muerte –le espetó, y colgó. Se echó de nuevo en la cama y contempló el techo blanco y la bombilla desnuda. Notaba que le sudaban las axilas como si hubiese hecho un gran esfuerzo para mantener esa conversación, pero no era un sudor nervioso, sino más bien el resultado de una justicia satisfactoria. En la habitación contigua, la pareja había vuelto a empezar, y por un momento escuchó los ritmos inconfundibles del sexo, que le resultaron divertidos y hasta placenteros. «Más de uno se lo pasa en grande durante la jornada laboral», pensó. Luego se levantó y buscó hasta encontrar un pequeño bloc de papel en el cajón de la mesilla de noche y un bolígrafo. En el papel escribió los nombres y los teléfonos de los dos hombres a los que acababa de llamar. Bajo ellos, anotó «Dinero. Reputación.» Puso señales junto a esas palabras y escribió a continuación el nombre del tercer hotel sórdido en el que había hecho una reserva y debajo garabateó la palabra «casa». Después arrugó el papel y lo lanzó a una papelera de metal. Dudaba que limpiaran con demasiada regularidad la habitación y pensó que había muchas probabilidades de que quien fuera a buscarlo a él encontrara el papel. Además, sería lo bastante listo como para comprobar las llamadas telefónicas de esa habitación, lo que reflejaría los números que acababa de marcar. Relacionar esos números con las conversaciones no era demasiado difícil. «El mejor juego es aquel en el que no te das cuenta de que estás jugando», pensó. 30 En su recorrido por la ciudad, Ricky encontró una tienda de excedentes del ejército y la armada en la que compró varias cosas que tal vez le fueran de utilidad para la siguiente fase del juego que tenía en mente: una palanca pequeña, un candado para bicicletas, unos guantes de látex, una linterna minúscula, un rollo de cinta adhesiva de fontanería de color gris y el par más barato de prismáticos que tenían. También un aerosol de repelente de insectos que contenía cien por cien de DEET[11], lo que, como pensó compungido, era lo más cercano al veneno que se había planteado nunca ponerse en el cuerpo. Era una extraña colección de objetos, pero no estaba demasiado seguro de lo que iba a necesitar para la tarea que tenía prevista, así que con la variedad compensó la incertidumbre. Esa tarde, temprano, regresó a su habitación y metió estas cosas, junto con la pistola y dos de los recién adquiridos teléfonos móviles, en una mochila pequeña. Usó el tercer teléfono móvil para llamar al siguiente hotel de su lista, el único en el que todavía no se había registrado, para dejar un mensaje urgente a Frederick Lazarus con la petición de que devolviera la llamada en cuanto llegara. Dio el número del móvil a un recepcionista y, acto seguido, metió ese teléfono en un bolsillo exterior de la mochila, después de marcado con un bolígrafo. Cuando llegó al coche, sacó el móvil y volvió a llamar al hotel para dejarse otro mensaje urgente a sí mismo. Lo hizo tres veces más mientras circulaba por la ciudad en dirección a Nueva Jersey y, en cada ocasión, pedía con más insistencia que el señor Lazarus le devolviera la llamada enseguida porque tenía que darle una información importante. Tras el tercer mensaje con ese móvil, se paró en el área de descanso Joyce Kilmer, en la autopista de Jersey. Fue al aseo, se lavó las manos y dejó el teléfono en el borde de la pila. Al salir, varios adolescentes se cruzaron con él en dirección a los lavabos. Encontrarían el teléfono y lo usarían muy deprisa, que era lo que él quería. Era casi de noche cuando llegó a West Windsor. El trafico habla sido denso a lo largo de toda la autopista, con los coches sin demasiada separación y circulando a excesiva velocidad hasta que todos aminoraron con un estrépito de cláxones, en medio de un calor sofocante, debido a un accidente cerca de la salida 11. Curiosear aminoraba aún más la marcha a medida que los coches pasaban junto a dos ambulancias media docena de coches de policía y las carrocerías retorcidas y destrozadas de dos automóviles. Un hombre de camisa blanca y corbata se tapaba la cara con las manos, medio en cuclillas, junto a la cuneta. Cuando Ricky pasaba, una ambulancia arrancó con un agudo ruido de sirena y un policía de tráfico examinaba la marca de un patinazo. Otro estaba apostado junto a unos conos colocados en la carretera haciendo señas a los conductores de que circularan, con una expresión severa y de reproche, como si la curiosidad, la más humana de todas las emociones, estuviera fuera de lugar en esas circunstancias y sólo constituyese una molestia para él. Ricky pensó que la perspicacia de un analista, lo que él había sido antes, era como la mirada que exhibía en ese momento el policía. Se detuvo en una cafetería de la carretera 1, cerca de Princeton, y para matar el tiempo tomó una hamburguesa con queso y patatas fritas que, por imposible que parezca, eran preparadas por una persona y no por máquinas y temporizadores. La luz de julio alargaba el día y, cuando salió, todavía faltaba un rato para que remara la oscuridad. Condujo hasta el cementerio donde había estado dos semanas atrás. El encargado se había marchado, como él esperaba. Tuvo suerte de que la entrada no estuviera cerrada con llave, de modo que, llevo el coche hasta detrás del cobertizo de madera blanca y lo dejó ahí, mas o menos escondido de la carretera y, sin duda, con un aspecto bastante anodino para cualquiera que pudiera verlo. Antes de colgarse la mochila al hombro, dedicó un momento a rociarse con el repelente de insectos y ponerse los guantes de látex. Sabía que no taparían su olor corporal, pero por lo menos le servirían para protegerse de las garrapatas. La luz del día empezaba a desvanecerse y el cielo de Nueva Jersey adquiría un anormal color gris amarronado, como si los extremos del mundo se hubiesen quemado con el calor de la tarde. Se puso la mochila al hombro y, con una sola mirada a la desierta carretera rural, echó a correr hacia el criadero de perros donde le esperaba la información que necesitaba. Del asfalto oscuro todavía se elevaba mucho calor, que pronto se le metió en los pulmones. Respiraba con dificultad pero sabía que no era debido al esfuerzo físico. Dejó la carretera y se escondió entre los árboles para pasar frente al cartel de la entrada con la imagen del enorme rottweiler. Después, se adentró en la vegetación que ocultaba el criadero de la carretera, eligiendo con cuidado su ruta hacia la casa. Todavía oculto en el follaje y sumido en las primeras sombras de la noche que se aproximaba, sacó los gemelos de la mochila y examinó el exterior, cuya distribución pudo observar mejor que en su primera visita. Dirigió primero la vista a las jaulas que había junto a la oficina, donde detectó a Brutus, que se paseaba con nerviosismo. «Huele el repelente –pensó Ricky–. Y por debajo percibe mi olor. Pero aún está confundido. Para el perro aún era una leve señal de alarma. Ricky no se había acercado todavía lo suficiente para ser considerado una amenaza. Envidió un momento el mundo elemental de ese animal, definido por olores e instintos y libre de los caprichos de las emociones. Describió un arco con los prismáticos y detectó una luz en el interior de la casa. Observó fijamente por un par de minutos y vio el inconfundible resplandor de un televisor en una habitación cercana a la entrada. La oficina, que quedaba un poco a su izquierda, estaba a oscuras, y supuso que cerrada con llave. Hizo un último reconocimiento visual y vio un gran reflector cuadrado más o menos a la altura del tejado. Imaginó que se activaba por movimiento y que su radio de acción se situaba delante de la casa. Guardó los gemelos en la mochila y avanzó en paralelo al edificio, sin salir del margen de la maleza, hasta llegar al borde de la finca. Una carrera rápida lo situaría en la entrada de la oficina y quizás evitaría que se encendieran las luces exteriores. Su presencia no sólo había puesto nervioso a Brutus. Otros perros se movían en sus recintos husmeando el aire. Unos cuantos ladraron una o dos veces, inquietos y recelosos ante un olor desconocido. Ricky sabía con exactitud qué quería hacer y pensó que, como plan, tenía sus virtudes. No sabía si lo lograría, pero era consciente de algo: hasta ahora sólo había rozado la ilegalidad. Este paso era de otro tipo. Y era consciente de otro detalle: para ser un hombre al que le gustaba jugar, Rumplestiltskin no tenía normas. Por lo menos, ninguna impuesta por cualquier moralidad conocida. Ricky sabía que, aunque el señor R aún no se hubiera dado cuenta, él estaba a punto de introducirse un poco más en ese terreno. Inspiró hondo. Pensó que el viejo Ricky jamás se habría imaginado en esta situación. El nuevo Ricky tenía una determinación fría e inquebrantable. «Lo que era no es lo que soy –se dijo–. Y lo que soy no es aún lo que puedo ser.» Se preguntó si había sido alguna vez algo de lo que era o algo de lo que iba a ser. Ésa era una cuestión complicada. Sonrió para sí. Una cuestión que tiempo atrás podía haberse pasado horas o días analizando en el diván. Ya no. La sepultó en lo más profundo de su ser. Alzó los ojos al cielo y vio que la última luz del día había desaparecido por fin y que pronto iba a reinar la oscuridad. «Es el momento más variable del día –pensó–. Ideal para lo que vaya hacer.» Así pues, sacó la palanca y el candado para bicicletas y los sujetó con la mano derecha. Luego volvió a ponerse la mochila al hombro, inspiró hondo y salió disparado de los arbustos a toda carrera hacia la fachada del edificio. Un estrépito de perros nerviosos perturbó al instante la creciente penumbra. Aullidos, ladridos y gruñidos de toda clase y potencia rasgaron el aire, tapando el ruido de sus zapatos en la grava del camino de entrada. Era periféricamente consciente de que todos los animales corrían en sus reducidos recintos, retorciéndose y revolviéndose con una repentina agitación canina. Un mundo de marionetas espasmódicas, cuyos hilos eran manejados por la confusión. En unos segundos había llegado a la parte delantera de la jaula de Brutus. El enorme perro parecía el único animal con algo de compostura, pero lleno de amenaza. Caminaba de un lado a otro por el suelo de cemento, pero se detuvo cuando Ricky llegó a la puerta. Lo miró un segundo para gruñirle y enseñarle los dientes y luego, con una velocidad asombrosa, lanzó sus más de cuarenta kilos contra la alambrada que lo contenía. La fuerza del ataque hizo estremecer a Ricky. Brutus cayó hacia atrás, echando espuma de rabia, y volvió a abalanzarse, entrechocando los dientes contra el metal. Ricky se movió deprisa y logró pasar con rapidez el candado para bicicletas alrededor de las dos jambas de la puerta y cerrarlo antes de que el animal tuviera tiempo de llegar a él. Hizo girar la combinación del candado y lo dejó caer. Brutus rasgó de inmediato el forro de goma negra que envolvía la cadena. – Que te jodan –susurró Ricky imitando el acento de un tipo duro–. No irás a ninguna parte. Se dirigió a la entrada de la oficina. Pensó que sólo le quedaban unos segundos antes de que el propietario reaccionara por fin al creciente alboroto. Supuso que el hombre iría armado, pero no estaba seguro. Quizá la confianza que le inspiraba la compañía de Brutus lo hubiera hecho pensar que no necesitaba llevar armas. Aplicó la palanca a la jamba de la puerta y arrancó el cerrojo con un crujido de madera astillada. Era vieja, estaba algo combada por los años y se partió con facilidad. Supuso que el propietario no tenía nada de demasiado valor en la oficina y no imaginaba que algún ladrón quisiera poner a prueba a Brutus. La puerta se abrió y Ricky entró. Metió la palanca en la mochila, sacó la pistola y la amartilló. En el interior se oía un recital de ansiedad canina. El ruido era ensordecedor, lo que hacía difícil pensar, pero dio una idea a Ricky. Encendió la linterna y avanzó por el pasillo húmedo y maloliente donde había perros encerrados para abrir todas las jaulas a su paso. En unos segundos estaba rodeado de un montón de pequeños animales de distintas razas que saltaban y ladraban. Algunos estaban aterrados, otros encantados. Husmeaban y aullaban confusos, pero conscientes de estar libres. Había unas tres docenas de perros, inseguros de lo que estaba pasando, pero más o menos resueltos a participar de todos modos. Ricky contaba con esa característica básica de los perros que hace que, a pesar de no entender demasiado qué ocurre, quieran participar en ello. Ver cómo los perros le olisqueaban las piernas le arrancó una sonrisa a pesar del nerviosismo de lo que estaba haciendo. Rodeado del grupo de animales que saltaban y brincaban, regresó a la oficina. Agitaba los brazos para animar a los perros a seguirle, como un Moisés impaciente a orillas del mar Rojo. El foco se encendió en el exterior y oyó cerrarse una puerta de golpe. «El propietario –pensó–. El jaleo lo ha alertado por fin y se pregunta qué mosca ha picado a los animales.» Contó hasta diez. Tiempo suficiente para que el hombre se acercara a la jaula de Brutus. Oyó un segundo ruido por encima de los perros: el hombre estaba intentando abrir la jaula del rottweiler. Un ruido metálico y después una maldición, al caer en la cuenta de que la jaula no se abriría. En ese momento Ricky abrió la puerta delantera de la oficina. – Muy bien, chicos. Estáis libres –dijo agitando los brazos. Casi tres docenas de perros se abalanzaron hacia la noche cálida de Nueva Jersey, elevando un confuso concierto de ladridos en celebración de la libertad. El propietario soltó palabrotas como un loco y corrió para situarse en el límite de la luz del foco. Los impetuosos animales lo derribaron, haciéndolo permanecer hincado de rodillas ante la oleada de perros. Se incorporó con dificultad y trató de atraparlos a la vez que saltaban a su alrededor y le empujaban. Un maremágnum de emociones animales mezcladas: algunos perros asustados, otros felices, unos cuantos desorientados, todos inseguros de lo que estaba pasando, sabiendo sólo que se alejaba mucho de su rutina habitual y ansiosos de aprovecharlo, fuera lo que fuese. Ricky sonrió con picardía. Se figuró que era una distracción muy efectiva. Cuando el propietario alzó los ojos, detrás de la masa revuelta de perros que husmeaban y saltaban vio la pistola de Ricky apuntándole a la cara. Soltó un grito ahogado y se echó hacia atrás sorprendido, como si la boca del cañón fuera tan contundente como la avalancha de perros. – ¿Está solo? –gritó Ricky para hacerse oír por encima de los ladridos. – ¿Qué? – Si está solo. ¿Hay alguien más en la casa? El hombre sacudió la cabeza. – ¿Hay algún colega de Brutus en la casa? ¿Su hermano, su madre o su padre? – No. Sólo yo. Ricky acercó más la pistola al hombre, lo suficiente para que el olor acre del metal y el aceite, y acaso de la muerte, le llenara la nariz sin necesidad de tener el olfato de un perro. – Convencerme de que está diciendo la verdad es importante si quiere seguir con vida –indicó Ricky. Le sorprendió la facilidad con que lo amenazaba, aunque no se hacía ilusiones de engañarse a sí mismo con su farol. Detrás de la alambrada, Brutus sufría un ataque de furia. Seguía lanzándose hacia el metal y clavaba los dientes en el obstáculo. La espuma le chorreaba por la boca y sus gruñidos vibraban en el aire. Ricky observó al perro con recelo. «Tiene que ser duro que te críen y adiestren con un único objetivo y, cuando llega el momento de aplicar todo lo que has aprendido, te veas frenado por una puerta cerrada con una cadena para bicicletas», pensó Ricky. El perro parecía casi abrumado por la impotencia y a Ricky le recordó a un microcosmos de la vida de algunos de sus ex pacientes. – Sólo estoy yo. Nadie más. – Muy bien. Entonces podremos hablar. – ¿Quién es usted? –quiso saber el hombre. Ricky tardó un segundo en recordar que en su primera visita había ido disfrazado. Se frotó la mejilla con la mano. «Soy alguien con quien desearía haber sido más agradable la primera vez que nos vimos», pensó. – Soy alguien a quien preferiría no conocer –dijo a la vez que con el arma le indicaba que se moviese. Tardó unos segundos en conseguir que el propietario estuviera donde quería, es decir, sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la jaula de Brutus y las manos en las rodillas, a la vista. Los otros perros no se acercaban demasiado al furioso rottweiler. Para entonces, algunos habían desaparecido en la oscuridad y el campo, otros se habían reunido a los pies del propietario y unos cuantos más saltaban y jugaban en el camino de grava. – Sigo sin saber quién es usted –dijo el hombre. Miraba a Ricky con los ojos entrecerrados e intentaba identificarlo. La combinación de las sombras y el cambio de aspecto eran ventajosos para Ricky–. ¿Qué quiere? Aquí no tengo dinero y... – No quiero robarle, a no ser que obtener información se considere un hurto, algo que yo antes creía así en cierto sentido –contestó Ricky enigmáticamente. – No lo entiendo –dijo el hombre a la vez que sacudía la cabeza–. ¿Qué quiere saber? – Hace poco, un detective privado vino a hacerle unas preguntas. – Sí. ¿Y qué? – Me gustaría que las contestara. – ¿Quién es usted? –insistió el hombre. – Ya se lo dije. Pero ahora lo único que necesita saber es que yo voy armado y usted no. Y el único medio con que podría defenderse está encerrado en esa jaula y, por lo visto, le sienta fatal. El propietario asintió, y de pronto aparentó recuperarse un poco. – No parece la clase de persona que usaría una pistola. Así que a lo mejor no le digo nada sobre lo que sea que le interesa tanto. Váyase a la mierda, quienquiera que sea. – Quiero saber detalles sobre el matrimonio que poseía este sitio, y sobre cómo lo compró usted. Y, en particular, sobre los tres niños que ellos adoptaron aunque usted lo niegue. Y me gustaría que me hablara sobre la llamada telefónica que hizo después de que mi amigo Lazarus le hiciera una visita el otro día. ¿A quién llamó? El hombre sacudió la cabeza. – Le diré una cosa: me pagaron por hacer esa llamada –explicó–. Y también me salía a cuenta intentar retener aquí a ese hombre, quienquiera que fuera. Fue una lástima que se largara. Habría recibido una prima. – ¿De quién? – Eso es cosa mía, señor tipo duro. –El hombre sacudió la cabeza–. Como le dije: jódase. Ricky le encañonó la cara y el hombre sonrió burlón. – He visto a tipos que saben usar ese chisme y apuesto lo que sea a que usted no es uno de ellos. –Su voz era un poco la de un jugador nervioso. Ricky supo que no estaba del todo seguro ni en un sentido ni en otro. A Ricky no le temblaba la mano. Le apuntó entre los ojos. A medida que pasaban los segundos, más incómodo parecía el hombre, lo que, en opinión de Ricky, era bastante razonable. El sudor perló su frente. Pero, en ese sentido, cada segundo de demora respaldaba la interpretación que el hombre había hecho de él. Se dijo que podría tener que convertirse en un asesino, pero no sabía si podría matar a alguien que no fuera el blanco principal. Alguien simplemente superfluo y secundario, aunque detestable. Se lo planteó un momento y luego sonrió con frialdad. «Hay una gran diferencia entre disparar al hombre que te ha arruinado la vida y disparar a una pieza de ese engranaje», pensó. – ¿Sabe? –dijo despacio–. Tiene toda la razón. No me he encontrado muchas veces en esta situación. Resulta claro que no tengo mucha experiencia en este terreno, ¿verdad? – Sí –respondió el hombre–. Es de lo más evidente. –Cambió un poco de postura, como si se relajara. – Puede –concedió Ricky con tono inexpresivo–. Debería practicar un poco. – ¿Como? – He dicho que debería practicar. ¿Cómo voy a saber si seré capaz de usar este chisme con usted si no me entreno antes con algo menos importante? Quizá mucho menos importante. – Sigo sin entender –dijo el propietario. – Claro que entiende. Pero no se está concentrando. Lo que le estoy diciendo es que no me gustan los animales. A continuación, levantó un poco la pistola y, con todas las prácticas de tiro en Nueva Hampshire en mente, inspiró hondo lentamente, se calmó por completo y apretó el gatillo. El retroceso del arma en su mano fue brutal. Una única bala rasgó el aire y zumbó en la oscuridad. Ricky supuso que había dado en la alambrada y se había desviado. No sabía si habría tocado o no al rottweiler. El hombre se quedó atónito, casi como si le hubieran abofeteado, y se tocó la oreja con una mano para comprobar si la bala le había rozado. En el patio se armó de nuevo un revuelo canino, en una combinación de aullidos, ladridos y carreras. Brutus, el único animal encerrado, comprendió la amenaza a la que se enfrentaba y se lanzó otra vez con violencia hacia la alambrada que le impedía el paso. – Debo de haber fallado –comentó Ricky con indiferencia–. Mierda. Y pensar que soy muy buen tirador. –Apuntó al furioso y frenético perro. – ¡Dios mío! –exclamó el propietario. – Aquí no. –Ricky sonrió–. Ahora no. Caramba, yo diría que esto no tiene nada que ver con la religión. Lo importante es: ¿quiere a su perro? – ¡Dios mío! ¡Espere! –El hombre estaba casi tan frenético como los demás animales que corrían por el camino de entrada. Levantó la mano, como para detener a Ricky. Éste le observó con la misma curiosidad que podría sentirse si un insecto empezara a suplicar piedad antes de recibir un manotazo. Interesada pero insignificante. – ¡Espere! –insistió el hombre. – ¿Tiene algo que decir? –preguntó Ricky. – ¡Sí, maldita sea! Espere, hombre. – Estoy esperando. – Ese perro vale miles de dólares –indicó el propietario–. Dios mío, es el macho alfa y he pasado años adiestrándolo. Es un campeón y usted va a dispararle, joder. – No me deja opción. Podría dispararle a usted, pero entonces no averiguaría lo que quiero saber y si, por alguna casualidad, la policía lograra encontrarme, me enfrentaría a unas acusaciones graves, aunque eso no le produciría demasiada satisfacción a usted, por supuesto, ya que estaría muerto. Por otra parte, como le dije, no me gustan demasiado los animales. Y Brutus, bueno, puede que para usted represente un dinero y quizá más, puede que represente años de trabajo y puede que incluso le tenga algún cariño, pero para mí no es más que un chucho furioso y baboso que podría destrozarme, y el mundo estaría mucho mejor sin él. Así que, puestos a elegir, me parece que ha llegado la hora de que Brutus se dirija a la gran perrera del cielo –añadió con frío sarcasmo. Quería que el hombre lo creyera tan cruel como sonaba, lo que no era demasiado difícil. – Espere –pidió el propietario. – ¿Lo ve? –contestó Ricky–. Ahora tiene algo en que pensar. ¿Sacrifico la vida del perro por no revelar la información? Usted decide, imbécil. Pero hágalo ya, porque se me está acabando la paciencia. Hágase esta pregunta: ¿a quién soy leal? ¿Al perro, que ha sido mi compañero durante tantos años, o a unos desconocidos que me pagan para que guarde silencio? Elija. – No sé quién es usted –empezó el hombre, lo que hizo que Ricky apuntara al perro. Esta vez sujetó el arma con ambas manos–. De acuerdo, le diré lo que sé… – Eso sería lo más inteligente. Y seguramente Brutus le resarcirá con devoción y engendrando muchas camadas de bestias igual de bobas y salvajes. – No sé gran cosa... –dijo el propietario. – Empezamos mal. Da una excusa antes de haber dicho nada. Acto seguido disparó por segunda vez en dirección a la jaula, acertando a la caseta de madera en la parte posterior del recinto. Brutus aulló, humillado y furioso. – ¡Alto! ¡Maldita sea! Se lo contaré. – Pues empiece, por favor. Esta sesión ya se ha prolongado bastante. – Se remonta a tiempo atrás –empezó el hombre tras pensar un momento. – Lo sé. – Tiene razón sobre el matrimonio que poseía este sitio. Desconozco los entresijos del plan, pero adoptaron a esos tres niños sólo sobre el papel. Los niños no estuvieron nunca aquí. No sé a quién servía de fachada la pareja porque yo llegué después de que los dos murieran. Había intentado comprarIes este sitio un año antes de su muerte y, después de su muerte, recibí una llamada de un hombre que dijo ser el albacea testamentario de su herencia y me preguntó si quería la finca y el negocio. Y el precio era increíble. – ¿Bajo o alto? – Estoy aquí, ¿no? Bajo. Era una ocasión, en especial con toda la finca incluida. Un negocio redondo. Firmamos los documentos enseguida. – ¿Con quién cerró el trato? ¿Con un abogado? – Sí. En cuanto dije que sí, un abogado local se hizo cargo. Es un idiota. Sólo se dedica a cerrar ventas de propiedades y a multas de tráfico. Y estaba muy molesto, además, porque no dejaba de decir que lo que yo estaba haciendo era un robo. Pero mantuvo la boca cerrada porque supongo que le pagaban bien. – ¿Sabe quién vendió la finca? – Sólo vi el nombre una vez. El abogado comentó que era el pariente más cercano del matrimonio. Un primo muy lejano. No recuerdo el nombre, salvo que era doctor en algo. – ¿Doctor? – Exacto. Y me dijeron una cosa, y muy clara además. – ¿Qué cosa? – Si alguna vez, entonces o después, llegaba alguien preguntando por el trato, por el matrimonio o por los tres niños que nunca había visto nadie, tenía que llamar a un número. – ¿Le dieron algún nombre? – No, sólo un número de Manhattan. Y unos seis o siete años después, un hombre me llamó un día y me dijo que el número había cambiado. Me dio otro número de Nueva York. Unos años después de eso, el mismo hombre me llamó y me dio otro número, esta vez del norte del estado de Nueva York. Me preguntó si había venido alguien. Le contesté que no. Dijo que muy bien. Me recordó el acuerdo y dijo que habría una prima si alguien se presentaba. Y eso no ocurrió hasta el otro día, cuando apareció ese tal Lazarus. Me hizo unas preguntas y lo eché. Luego llamé al número. Un hombre contestó el teléfono. Era viejo; se le notaba en la voz. Muy viejo. Me dio las gracias por la información. Cinco minutos después recibí otra llamada, de una mujer joven. Me dijo que me enviaba dinero en efectivo, mil dólares, y que si podía encontrar a Lazarus y retenerlo aquí, me darían mil más. Le dije que seguramente se alojaría en algún motel de por aquí. Y eso es todo, hasta que apareció usted. Y sigo sin saber quién demonios es. – Lazarus es mi hermano –afirmó Ricky con calma. Pensó un momento, añadió años a una ecuación que retumbaba en su interior y, por último, preguntó–: El número al que llamó, ¿cuál es? El hombre soltó los diez números de un tirón. – Gracias –dijo Ricky con frialdad. No necesitaba anotarlo. Era un número que conocía. Le hizo un gesto con la pistola para que se echara de bruces. – Ponga las manos a la espalda –ordenó. – Venga, hombre. Se lo he dicho todo. Sea lo que sea, yo no soy importante, coño. –Eso seguro. –Entonces, suélteme. –Tengo que limitar sus movimientos unos minutos. Los suficientes para irme antes de que usted encuentre una cizalla y libere a Brutus. Sin duda a ese perro le gustaría pasar unos momentos a solas conmigo en la oscuridad. Eso hizo sonreír al propietario. – Es el único perro que conozco capaz de guardar rencor. De acuerdo. Haga lo que tenga que hacer. Ricky lo maniató con cinta adhesiva. Luego se levantó. – Les llamará, ¿verdad? – Si le dijera que no, se cabrearía porque sabría que estoy mintiendo –asintió el hombre. – Muy perspicaz. –Ricky sonrió–. Tiene razón. Reflexionó un momento qué quería que aquel hombre dijera. Se le ocurrieron unos versos. – Muy bien, quiero que les diga lo siguiente: Lázaro el cerco ha estrechado. Ahora ya no está desorientado. ¿Está aquí? ¿Está allá? Vete a saber. En cualquier parte puede aparecer. El juego despacio va avanzando y Lázaro cree que lo está ganando. Quizás el señor R ya no pueda elegir y las instrucciones del Voice deba seguir. – Parece un poema –comentó el hombre, que yacía sobre el estómago en la grava e intentaba volver la cabeza hacia Ricky. – Una especie de poema. Bien, hora de ir a clase. Repítamelo. El propietario necesitó varios intentos para recitarlo más o menos bien. – No lo entiendo –dijo al final–. ¿Qué está pasando? – ¿Juega al ajedrez? –preguntó Ricky. – No muy bien –asintió el hombre. – Bueno, puede estar contento de ser sólo un peón. Y no tiene que saber más de lo que necesita saber un peón. Porque, ¿cuál es el objetivo del ajedrez? – Capturar a la reina y matar al rey. – Bastante cerca –sonrió Ricky–. Ha sido un placer hablar con usted y con Brutus. ¿Quiere un consejo? –Diga. – Llame y recite el poema. Luego salga y procure reunir a todos los perros. Eso le llevará cierto tiempo. Después, mañana, despiértese y olvide que todo esto ha ocurrido. Vuelva a su vida habitual y no vuelva a pensar en ello. El propietario se movió incómodo, con lo que provocó un sonido a arañazo en la grava del camino. – Será difícil. – Puede –repuso Ricky–. Pero podría ser prudente intentarlo. Se levantó y dejó al hombre en el suelo. Algunos perros se habían echado, y se agitaron cuando él se movió. Guardó el arma en la mochila y echó a correr camino abajo con la linterna en la mano. Cuando hubo salido del haz que iluminaba el patio delantero, aceleró el paso, salió a la carretera y se dirigió hacia el cementerio, donde había estacionado el coche. Sus pies resonaban en el asfalto negro, y apagó la linterna, de modo que corría en medio de una oscuridad absoluta. Pensó que era un poco como nadar en un mar embravecido por una tormenta, cortando las olas que tiraban de él en todas direcciones. A pesar de la noche que lo había engullido, se sentía iluminado por un dato: el número de teléfono. En ese instante era como si todo, desde la primera carta que recibió en la consulta hasta ese momento, formara parte de la misma corriente arrolladora. Y cayó en la cuenta de que tal vez se remontaba mucho más atrás. Meses y años en su pasado, en que algo lo atrapaba y arrastraba sin que él fuera consciente de ello. Saberlo debería haberle desanimado pero, en cambio, sentía una energía extraña y una liberación igual de extraña. Le pareció que saber que había estado rodeado de mentiras y haber visto de golpe algo de verdad era un acicate que le impulsaba hacia adelante. Esa noche tenía que viajar kilómetros. Kilómetros de carretera y de espíritu que conducían hacia su pasado a la vez que indicaban el camino hacia su futuro. Se apresuró, como un corredor de maratón que presiente la línea de meta, fuera de su vista pero intuida en el dolor de los pies y las piernas, en el agotamiento que le invade a cada respiración. 31 Ricky llegó al peaje del lado occidental del río Hudson, al norte de Kingston, Nueva York, poco después de medianoche. Había conducido deprisa, al límite de velocidad permitida para evitar que lo parara algún irritado policía de tráfico de Nueva York. Le recordó un poco a un microcosmos de gran parte de su vida anterior. Quería correr, pero no estaba dispuesto a asumir el riesgo de ir volando. Pensó que Frederick Lazarus habría puesto el coche a ciento sesenta kilómetros por hora, pero él no podía hacerlo. Era como si ambos hombres, Richard Lively, que se escondía, y Frederick Lazarus, que estaba dispuesto a luchar, condujeran a la vez. Se percató de que, desde que había preparado su propia muerte, mantenía el equilibrio entre la incertidumbre de asumir riesgos y la seguridad de ocultarse. Pero sabía que seguramente ya no era tan invisible como antes. Supuso que , su perseguidor estaba cerca, que habría encontrado todas las migas e hilos dejados a modo de pistas e indicaciones desde Nueva Hampshire hasta Nueva York y, después, hasta Nueva Jersey. Pero sabía que también él estaba cerca. Era una carrera con sabor a muerte. Un fantasma que perseguía a un difunto. Un difunto que buscaba a un fantasma. Pagó el peaje, el único vehículo que en ese momento cruzaba el puente. El empleado de la taquilla estaba a mitad de un ejemplar del Playboy, que contemplaba más que leía, y apenas lo miró. El puente, en sí, es una curiosidad arquitectónica. Se eleva decenas de metros por encima de la franja de oscuras aguas qué constituye el Hudson, iluminado por una hilera de farolas de sodio amarillo verdosas, y desciende hasta encontrarse con la tierra del lado de Rhinebeck en un oscuro terreno de labranza rural, de modo que, desde lejos, parece un collar reciente suspendido sobre un cuello de ébano, envuelto en la oscuridad de la orilla. Mientras avanzaba hacia la carretera que parecía desaparecer en un foso, se le antojó un viaje inquietante. Sus faros dibujaban débiles conos de luz en la noche que lo rodeaba. Encontró un lugar donde detenerse y tomó uno de los dos teléfonos móviles restantes. Marcó el número del último hotel donde estaba previsto que se hospedara Frederick Lazarus. Era un establecimiento barato, el tipo de hotel que sólo está un paso por encima de los que reciben a prostitutas y a sus clientes por horas. Supuso que el recepcionista de noche tendría poco que hacer, suponiendo que esa noche no hubieran disparado ni apaleado a nadie en el hotel. – Hotel Excelsior, ¿en qué puedo servirle? – Me llamo Frederick Lazarus –dijo Ricky–. Tenía una reserva para esta noche. Pero no llegaré hasta mañana. – No hay problema –aseguró el hombre, que se rió un poco ante la idea de una reserva–. Habrá tantas habitaciones libres entonces como ahora. No tenemos lo que se dice overbooking esta temporada turística. – ¿Podría comprobar si me han dejado algún mensaje? – Espere –dijo el hombre. Ricky oyó cómo dejaba el auricular en el mostrador. Regresó pasado un minuto–. Pues sí, oiga –soltó–. Debe de ser muy conocido. Tiene tres o cuatro mensajes. – Léamelos –pidió Ricky–. Y me acordaré de usted cuando llegue. El hombre lo hizo. Eran sólo los que Ricky se había dejado a sí mismo. Eso le hizo vacilar. – ¿Ha ido alguien a preguntar por mí? Tenía una cita prevista. El recepcionista dudó de nuevo y, con esa duda, Ricky averiguó lo que quería. Antes de que pudiera mentir diciendo que no, se le adelantó: – Es preciosa, ¿verdad? Del tipo que logra lo que quiere, cuando quiere y sin preguntas. De una clase muy superior a las que suelen cruzar esa puerta, ¿o me equivoco? El hombre tosió. – ¿Sigue ahí? –preguntó Ricky. – No. Se marchó –susurró el recepcionista al cabo de un par de segundos–. Hace poco menos de una hora, después de recibir una llamada en su móvil. Se fue muy deprisa. Lo mismo que el hombre que la acompañaba. Llevan toda la noche viniendo a preguntar por usted. – ¿El hombre es bastante rechoncho, pálido y recuerda un poco al niño al que solíamos pegar en el colegio? –preguntó Ricky. – Exacto –dijo el hombre, y rió–. El mismo. Una descripción perfecta. «Hola, Merlín», pensó Ricky. – ¿Dejaron un número o una dirección? – No. Sólo dijeron que volverían. Y no querían que yo dijera que habían estado aquí. ¿De qué va todo esto? – Sólo negocios. ¿Sabe qué? Si vuelven deles este número –Ricky leyó el del último móvil–. Pero haga que aflojen algo a cambio. Están forrados. – De acuerdo. ¿Les digo que va a llegar mañana? – Sí. Más vale que sí. Y dígales que llamé para saber si tenía mensajes. Nada más. ¿Echaron un vistazo a los mensajes? – No –mintió el hombre–. Son confidenciales. No se los enseñaría a ningún desconocido sin su autorización. «Seguro –pensó Ricky–. No por menos de cincuenta dólares.» Se alegraba de que el recepcionista hubiera hecho justo lo que había esperado. Colgó y se recostó en el asiento. «No estarán seguros –pensó–. Ahora no saben quién más está buscando a Frederick Lazarus, ni por qué, ni qué relación tiene con lo que está pasando. Eso les preocupará y su siguiente paso será algo incierto.» Era lo que quería. Consultó su reloj. Estaba seguro de que el criador de perros se habría liberado por fin y, después de apaciguar a Brutus y de reunir todos los perros que hubiera podido, habría hecho ya su llamada, así que esperaba que en la casa a la que se dirigía habría por lo menos una luz encendida. Como había hecho antes esa noche, dejó el coche estacionado en el arcén, a un lado de la carretera, fuera de la vista. Faltaban unos dos kilómetros para su destino, pero pensó que el trayecto a pie le iría bien para reflexionar sobre su plan. Sentía cierta agitación interior, como si estuviera cerca por fin de obtener respuestas a algunas preguntas. Pero iba acompañada de una sensación de indignación que se habría convertido en furia si no se hubiera esforzado en dominarla. «La traición puede volverse mucho más fuerte que el amor pensó.» Tenía el estómago algo revuelto, y supo que obedecía a la decepción mezclada con una rabia desenfrenada. Ricky, tiempo atrás un hombre introspectivo, comprobó que su arma estuviera bien cargada mientras pensaba que el único plan posible era el enfrentamiento, que es un enfoque que se define a sí mismo, y comprendió que se estaba acercando con rapidez a uno de esos momentos en que el pensamiento y la acción se funden. Corrió a través de la oscuridad y sus zapatillas resonaban en el asfalto para incorporarse a los sonidos de aquel paisaje nocturno: una zarigüeya que escarbaba en la maleza, el zumbido de los insectos en un campo cercano... Deseó formar parte del aire. « ¿Vas a matar a alguien esta noche ?», se preguntó mientras corría. No conocía la respuesta. Entonces se preguntó: « ¿Estás dispuesto a matar a alguien esta noche?» Esta pregunta parecía más fácil de contestar. Supo que una gran parte de él estaba preparada para hacerlo. Era la parte que había construido durante meses a partir de trocitos de identidad después de que le hubieran arruinado la vida. La parte que había estudiado en la biblioteca local todos los métodos asesinos y violentos y que había adquirido experiencia en el local de tiro. La parte inventada. Se detuvo en seco al llegar al camino de entrada a la casa. En su interior estaba el teléfono con el número que había reconocido. Recordó por un momento haber ido ahí casi un año antes, expectante y casi aterrado, con la esperanza de alguna clase de ayuda, desesperado por conseguir cualquier tipo de respuestas. «Estaban aquí, esperándome –pensó–, ocultas bajo mentiras. Pero no logré verlas. Jamás se me ocurrió que el hombre que consideraba mi mejor ayuda resultara ser el hombre que quería matarme.» Desde el camino vio, como esperaba, una luz solitaria en el estudio. «Sabe que vengo a verle –pensó–. Virgil y Merlín, que podrían ayudarle, siguen en Nueva York.» Aunque hubieran conducido sin parar a toda velocidad desde la ciudad, todavía estarían a una hora larga de distancia. Avanzó y oyó el ruido de sus pies en la grava del camino. Quizás él sabía que Ricky estaba ahí fuera, así que miró alrededor buscando un modo de entrar a escondidas. Pero no estaba seguro de que el elemento sorpresa fuera necesario. Así que, en lugar de eso, empuñó la pistola y la amartilló. Quitó el seguro y caminó con tranquilidad hacia la puerta principal, como haría un vecino simpático en medio de una tarde de verano: No llamo a la puerta, sino que giró el picaporte sin más. Como imaginaba, estaba abierta. Tras entrar, oyó una voz en el estudio, a su derecha. – Aquí, Ricky. Levantó la pistola, preparado para disparar, y avanzó hacia la luz que salía por la puerta. – Hola, Ricky. Tienes suerte de estar vivo. – Hola, doctor Lewis. –El anciano estaba de pie detrás de la mesa con las manos apoyadas sobre su superficie, inclinado y expectante–. ¿Lo mato ahora o quizá de aquí a unos minutos? –preguntó Ricky con voz in expresiva, tratando de contener la rabia. – Supongo que tendrías motivos para disparar en ciertos ámbitos –sonrió el viejo psicoanalista–. Pero quieres respuestas para ciertas preguntas y he esperado esta larga noche para contestar a lo que pueda. Eso es, al fin y al cabo, lo que hacemos, ¿no es así, Ricky? Contestar preguntas. – Quizá lo hice antes –dijo Ricky–. Pero ya no. Apuntó al hombre que había sido su mentor. Al hombre que le había formado. El doctor Lewis pareció un poco sorprendido. – ¿De veras has venido hasta aquí sólo para matarme? –preguntó. – Sí –mintió Ricky. – Adelante, pues. –El anciano le miraba fijamente. – Rumplestiltskin siempre ha sido usted –dijo Ricky. – No, te equivocas –repuso Lewis a la vez que sacudía la cabeza–. Pero yo soy quien lo creó. Por lo menos en parte. Ricky se desplazó a un lado, adentrándose más en el estudio sin dejar de dar la espalda a la pared. Las mismas estanterías. Las mismas obras de arte. Por un instante, casi pudo creer que el año transcurrido entre las dos visitas no había existido. Era un lugar frío, que parecía reflejar neutralidad y una personalidad opaca; nada en las paredes ni en la mesa que revelara algo sobre el hombre que ocupaba el estudio, lo que, como Ricky pensó de modo sombrío, seguramente lo decía todo. No se precisa un diploma en la pared para acreditar que se es perverso. Se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Hizo un gesto con el arma para indicarle que se sentara en la silla giratoria de piel. El doctor Lewis se dejó caer en ella con un suspiro. – Me estoy haciendo viejo y, ya no tengo la energía de antes –dijo con aspereza. – Ponga las manos donde pueda verlas –exigió Ricky. El anciano levantó las manos y se dio unos golpecitos en la frente Con el dedo índice. – Las manos no son lo verdaderamente peligroso, Ricky. Ya deberías saberlo. Lo verdaderamente peligroso, es lo que tenemos en la cabeza. – Tiempo atrás podría haber coincidido con usted, doctor, pero ahora tengo mis dudas. Y una confianza absoluta en este chisme, que, por si no lo sabe, es una Ruger semiautomática. Dispara a gran velocidad balas de punta hueca. El cargador contiene quince balas, cada una de las cuales le arrancará una parte del cráneo, incluso la que acaba de señalarse, y le matará con rapidez. ¿Y sabe qué es lo realmente enigmático de esta arma, doctor? – ¿Qué? – Que está en manos de un hombre que ya murió una vez. Que ya no existe en este mundo. Debería considerar las implicaciones de esa circunstancia existencial, ¿no cree? El doctor Lewis observó el arma por un instante. – Lo que dices es interesante, Ricky, pero te conozco. Sé cómo eres por dentro. Estuviste en mi diván cuatro veces a la semana durante casi cuatro años. Conozco cada temor. Cada duda. Cada esperanza. Cada sueño. Cada aspiración. Cada ansiedad. Te conozco tan bien como te conoces tú mismo, y puede que mejor, y sé que no eres un asesino. Sólo eres un hombre muy trastornado que tomó algunas decisiones muy malas en su vida. Dudo que un homicidio demuestre lo contrario. Ricky sacudió la cabeza. – En su diván estuvo un hombre al que usted conocía como doctor Frederick Starks. Pero él está muerto y a mí no me conoce. No al nuevo yo. En absoluto. Dicho esto, disparó. El tiro retumbó en la pequeña habitación y le ensordeció un momento. La bala pasó por encima de la cabeza de Lewis y dio en una estantería situada detrás. El lomo de un grueso volumen de medicina se partió al recibir el impacto. Era una obra sobre psicología patológica, detalle que casi arrancó una carcajada a Ricky. Lewis palideció, se tambaleó por un instante y soltó un grito ahogado. – Dios mío –gimió tras recobrar el equilibrio. Ricky vio algo en sus ojos que no era del todo miedo, sino más bien una sensación de asombro, como si hubiese sucedido algo completamente inesperado–. No creí... –empezó. Ricky le interrumpió con un ligero movimiento de la pistola. – Un perro me enseñó a hacer eso. El doctor Lewis giró un poco la silla y examinó el lugar donde se había incrustado la bala. Soltó un sonido que era a la vez carcajada y grito ahogado, y sacudió la cabeza. – Menudo disparo, Ricky –comentó despacio–. Muy adecuado. Más cerca de la verdad que de mi cabeza. Quizá quieras tenerlo en cuenta durante los siguientes minutos. – Deje de ser tan obtuso –dijo Ricky–. Vamos a hablar sobre respuestas. Es extraordinario cómo un arma permite centrarse en las cuestiones importantes. Piense en todas esas horas con todos esos pacientes, incluido yo mismo, doctor. Todas esas mentiras, distracciones, salidas tangenciales y métodos complicados de engaños y rodeos. Todo ese laborioso tiempo dedicado a separar las verdades. ¿Quién habría podido imaginar que las cosas podían volverse sencillas tan deprisa con un objeto como éste? Un poco como el nudo gordiano de Alejandro, ¿no le parece, doctor? Lewis parecía haber recobrado la compostura. Su semblante cambió deprisa y pasó a observar a Ricky con ceño y ojos entrecerrados, como si aún pudiera imponer cierto control a la situación. Ricky ignoró todo lo que implicaba esa mirada y, de modo muy parecido al año anterior, dispuso una butaca frente al viejo médico. – Si no es usted, ¿quién es entonces Rumplestiltskin? –preguntó con frialdad. – Lo sabes, ¿no? – Explíquemelo. – El hijo mayor de tu antigua paciente. La mujer a la que no ayudaste. – Eso ya lo he averiguado. Continúe. – Mi hijo adoptivo –dijo encogiéndose de hombros. – Eso lo descubrí esta misma noche. ¿Y los otros dos? – Sus hermanos pequeños. Los conoces como Merlín y Virgil. Por supuesto, sus nombres son otros. – ¿También adoptados? – Sí. Nos quedamos con los tres. Primero como familia de acogida, a través del estado de Nueva York. Después lo organicé todo para que mis primos de Nueva Jersey nos sirvieran de fachada para la adopción. Fue sencillo burlar la burocracia, a la que, como estoy seguro de que ya habrás averiguado, no le importaba demasiado el futuro de los tres niños. – Así pues, ¿llevan su apellido? ¿Desechó Tyson y les dio el suyo? – No. –El anciano sacudió la cabeza–. No tienes tanta suerte, Ricky. No figuran en ninguna guía telefónica como Lewis. Fueron reinventados por completo. Un apellido distinto para cada uno. Una identidad distinta. Un plan distinto. Una escuela distinta. Una educación distinta y un tratamiento distinto. Pero hermanos en el fondo, que es lo que cuenta. Eso ya lo sabes. – ¿Por qué? ¿Por qué este elaborado plan para ocultar su pasado? ¿Por qué no...? – Mi mujer ya estaba enferma y habíamos superado la edad requerida para adoptar. Mis primos servían para nuestros propósitos. Y, a cambio de dinero, estaban dispuestos a ayudar. Y a olvidar. – Claro –contestó Ricky con sarcasmo–. ¿Y su pequeño accidente? ¿Una riña doméstica? – Una coincidencia –aclaró Lewis meneando la cabeza. Ricky no estaba seguro de creérselo. No pudo evitar una pulla: –Freud decía que las coincidencias no existen. – Cierto –asintió Lewis–. Pero hay diferencia entre desear y actuar. – ¿De veras? Creo que se equivoca. Pero da lo mismo. ¿Por qué ellos? ¿Por qué esos tres niños? – Engreimiento. Arrogancia. Egoísmo. –El viejo psicoanalista se encogió de hombros otra vez. – Eso sólo son palabras, doctor. – Sí, pero explican muchas cosas. Dime, Ricky, un asesino..., un auténtico psicópata despiadado y asesino, ¿es alguien creado por su entorno? ¿O nace así debido a un error infinitesimal en el acervo genético? ¿Cuál de las dos cosas, Ricky? – El entorno. Eso es lo que nos enseñan. Cualquier analista diría lo mismo. Aunque los especialistas en genética podrían discrepar. Pero, psicológicamente, somos resultado de nuestro entorno. – Estoy de acuerdo. Así que tomé a un niño y a sus dos hermanos. El muchacho era una rata de laboratorio para la maldad. Abandonado por su padre biológico. Rechazado por sus demás familiares. Sin haber gozado de algo parecido a la estabilidad. Expuesto a toda clase de perversidades sexuales. Maltratado por la serie de novios sociopáticos de su madre, la única persona en la que confiaba en este mundo y a la que finalmente vio suicidarse, impotente, sumida en la pobreza y la desesperación. Una fórmula infalible para la maldad, ¿no estás de acuerdo? – Sí. – Y yo creí que podría tomar a ese niño y anular el peso de la injusticia. Contribuí a preparar el sistema que lo separaría de ese pasado terrorífico. Pensé que podría convertirlo en un miembro productivo de la sociedad. Ésa fue mi arrogancia, Ricky. – ¿Y no pudo? – No. Pero, curiosamente, engendré lealtad. Y quizá cierta clase de cariño. Es algo terrible y aun así fascinante, ser amado y respetado por un hombre dedicado al mal. Y así es Rumplestiltskin. Es un profesional. Un asesino consumado. Provisto de la mejor educación que podía darle. Exeter. Harvard. La facultad de derecho de Columbia. Además de un breve período en el ejército para una formación adicional. ¿Sabes lo curioso de todo esto, Ricky? – Dígamelo. – Su trabajo no es tan diferente del nuestro. La gente con problemas va a verlo. Le pagan bien por solucionarlos. El paciente que llega a nuestro diván está desesperado por desahogarse, lo mismo que sus clientes. Sus medios son, bueno, más inmediatos que los nuestros. Pero menos profundos. Ricky respiraba con dificultad. Lewis sacudió la cabeza. – ¿Y sabes qué más, Ricky? Aparte de ser muy rico, ¿sabes qué otra cualidad posee? – ¿Cuál? – Es implacable. –El viejo analista suspiró antes de añadir–: Aunque quizá ya lo has comprobado. Esperó años mientras se preparaba y después persiguió a todos los que hubiesen hecho daño a su madre alguna vez y los destruyó del mismo modo que ellos hicieron con ella. En cierto sentido, supongo que podría considerarse conmovedor. El amor de un hijo. El legado de una madre. ¿Hizo mal, Ricky, por haber castigado a todas esas personas que arruinaron por malicia o por ignorancia la vida de esa mujer que se vio obligada a dejar desamparados a tres niños pequeños y necesitados en el más cruel de los mundos? Yo no lo creo, Ricky. En absoluto. Pero si hasta los políticos más necios no cesan de decir que vivimos en una sociedad que elude las responsabilidades. ¿No es la venganza limitarse a aceptar las deudas de uno y pagarlas de otro modo? La gente que él eligió merecía un castigo. Eran personas que, como tú, habían ignorado a alguien que suplicaba ayuda. Eso es lo que falla en nuestra profesión, Ricky. A veces queremos explicar tantas cosas, cuando la respuesta real se encuentra en una de ésas... –Señaló el arma de Ricky. – Pero ¿por qué yo? Yo no... – Claro que sí. Fue a pedirte ayuda, desesperada, pero tú estabas demasiado ocupado decidiendo el rumbo de tu carrera y no pudiste prestarle atención y la ayuda que necesitaba. Desde luego, Ricky, una paciente que se suicida cuando la estás tratando, aunque sólo haya sido unas pocas sesiones... ¿No sientes ningún remordimiento? ¿Ninguna sensación de culpa? ¿No mereces pagar algún precio? ¿Cómo puedes ignorar que la venganza implica tanta responsabilidad como cualquier otro acto humano? Ricky no contestó. Pasado un momento, preguntó: – ¿Cuándo supo...? – ¿Tu relación con mi experimento adoptado? Hacia el final de tu análisis. Y decidí ver cómo terminaría con el paso de los años. Ricky sintió que su rabia se mezclaba con el sudor. Tenía la boca seca. – Pero cuando él fue a por mí, usted podría haberme advertido. – ¿Traicionar a mi hijo adoptado por un ex paciente? ¿Que ni siquiera era mi favorito, además? –Estas palabras dolieron mucho a Ricky. Aquel anciano era tan malvado como el niño que había adoptado. Quizá peor aún–. Lo consideré un acto de justicia. –El viejo analista rió en voz alta–. Pero no sabes ni la mitad, Ricky. – ¿Cuál es la otra mitad? – Creo que tendrás que descubrirlo por ti mismo. – ¿Y los otros dos? – El hombre que conoces como Merlín es abogado de verdad, y muy bueno. La mujer que conoces como Virgil es una actriz bastante prometedora. Sobre todo ahora que ya casi han acabado de atar los cabos sueltos de sus vidas. Lo otro que deberías saber es que ambos creen que fue su hermano mayor, el hombre al que tú conoces como Rumplestiltskin, quien les salvó la vida, no yo, aunque contribuí a su salvación. No; fue él quien los mantuvo juntos, quien evitó que quedaran desamparados, quien se ocupó de que estudiasen y sacaran buenas notas para después tener éxito en la vida. Hay algo que tienes que entender, aunque sea lo único: le profesan devoción. Son leales por completo al hombre que te matará. Que ya te mató una vez y que volverá a hacerlo. ¿No te parece fascinante desde el punto de vista psiquiátrico? Un hombre sin escrúpulos que genera una devoción ciega y absoluta. Un psicópata que te matará con la misma despreocupación con que podrías aplastar una araña que se cruzara en tu camino. Pero que es amado y que ama a su vez. Pero sólo los ama a ellos dos. A nadie más. Excepto, quizás, un poquito a mí, porque le rescaté y le ayudé. Así que a lo mejor me he ganado el cariño de alguien muy leal. Es importante que lo recuerdes, Ricky, porque tienes muy pocas probabilidades de sobrevivir ante Rumplestiltskin. – ¿Quién es? –Cada palabra que decía el viejo analista parecía ennegrecer el mundo que lo rodeaba. – ¿Quieres su nombre? ¿Su dirección? ¿El lugar donde trabaja? – Sí. –Ricky apuntó al anciano. Lewis sacudió la cabeza. – Como en el cuento, ¿verdad? El emisario de la princesa oye cómo el enano saltarín que danza en torno a la hoguera repite su nombre. La reina no hace nada inteligente ni sabio, ni siquiera refinado. Sólo tiene suerte, y cuando él le hace la tercera pregunta, sabe la respuesta gracias a una suerte ciega y tonta, de modo que sobrevive, conserva a su hijo primogénito y vive feliz el resto de su vida. ¿Crees que ocurrirá lo mismo? ¿La suerte que te ha permitido llegar aquí y blandir un arma frente a un viejo te servirá para ganar el juego? – Dígame su nombre –ordenó Ricky con voz fría e implacable–. Quiero todos sus nombres. – ¿Por qué crees que todavía no los sabes? – Estoy cansado de tantos juegos. – La vida no es más que eso –indicó el viejo analista meneando la cabeza–. Un juego tras otro. Y la muerte es el mayor juego de todos. Los dos se miraron a través de la habitación. – Me pregunto cuánto tiempo nos quedará –dijo Lewis con cautela, pronunciando las palabras una a una, tras alzar los ojos un momento hacia el reloj de pared. – El suficiente –contestó Ricky. – ¿De verdad? El tiempo es elástico, ¿no? Los momentos pueden durar una eternidad o evaporarse enseguida. El tiempo depende en realidad de nuestra visión del mundo. ¿No es eso algo que aprendemos en el análisis? – Sí. Es cierto. – Y esta noche hay muchas interrogantes sobre el tiempo, ¿no? Estamos aquí, solos en esta casa. Pero ¿por cuánto tiempo? Sabiendo como sabía que venías hacia acá, ¿no crees que tomé la precaución de pedir ayuda? ¿Cuánto faltará para que llegue? – Lo suficiente. – Ah, yo no estaría tan seguro. –El anciano sonrió de nuevo–. Pero quizá deberíamos complicarlo un poco. – ¿Cómo? – Supongamos que te dijera que la información que buscas se encuentra en algún lugar de esta habitación. ¿Podrías encontrarla a tiempo? ¿Antes de que vengan a rescatarme? – Ya se lo dije: estoy harto de juegos. – Está a la vista. Y te has acercado más de lo que te imaginarías. Ya está. Se acabaron las pistas. – No jugaré. – Bueno, creo que te equivocas. Tendrás que jugar un poco más porque esta partida no ha terminado. –Lewis levantó de golpe las manos y añadió–: Tengo que sacar algo del cajón superior de la mesa. Es algo que cambiará la forma en que está discurriendo el juego. Algo que querrás ver. ¿Puedo? – Adelante –asintió Ricky a la vez que le apuntaba a la cabeza. El anciano esbozó una sonrisa desagradable y fría. La mueca de un verdugo. Sacó un sobre del cajón y lo puso en la mesa. – ¿Qué es eso? – Puede que sea la información que buscas. Nombres, direcciones, identidades. – Démelo. – Como quieras... –dijo el doctor Lewis, y se, encogió de hombros. Deslizó el sobre por la mesa y Ricky lo agarro con impaciencia. Estaba cerrado y Ricky apartó los ojos del viejo un instante para examinarlo. Fue un error, y lo supo al punto. Levantó la mirada y vio que el anciano exhibía ahora una ancha sonrisa en la cara y un pequeño revólver del calibre 38 en la mano derecha. – No es tan grande como tu pistola, ¿verdad, Ricky? –Soltó una sonora carcajada–. Pero seguramente igual de eficiente. Has cometido un error que ninguna de las tres personas implicadas cometería. Y mucho menos Rumplestiltskin. Él jamás habría desviado los ojos de su objetivo, ni por un segundo. No importa lo bien que conociera a la persona a la que estaba apuntando, jamás se habría fiado para apartar los ojos ni siquiera un brevísimo instante. Tal vez eso debería advertirte sobre las pocas probabilidades que tienes. Los dos hombres se miraban de un lado a otro de la mesa, apuntándose mutuamente. Ricky entrecerró los ojos y sintió que empezaban a sudarle las axilas. – Esto es una fantasía analítica, ¿no crees? –susurró Lewis–. En el sistema de transferencia, ¿no queremos matar al analista, lo mismo que queremos matar a nuestra madre, a nuestro padre o a cualquiera que ha pasado a simbolizar todo lo malo de nuestras vidas? Y el analista, a cambio, ¿no siente una pasión malsana que le gustaría explotar a su vez? Ricky guardó silencio. – El niño puede haber sido una rata de laboratorio para la maldad, como usted ha dicho –masculló por fin–, pero podría haberse corregido. Usted podría haberlo conseguido, pero no quiso, ¿verdad? Era más interesante ver qué pasaría dejándole emocionalmente a su aire, y mucho más fácil para usted echar la culpa a toda la maldad del mundo e ignorar la suya, ¿no? Lewis palideció. – Usted sabía que era tan psicópata como él, ¿verdad? –prosiguió Ricky–. Quería un asesino y encontró uno, porque era lo que usted siempre había querido ser un asesino. – Siempre has sido muy astuto, Ricky. –El anciano frunció el entrecejo–. Piensa en lo que podrías haber logrado en la vida si hubieses sido más ambicioso. Y más sutil. – Baje el arma, doctor. No va a dispararme –dijo Ricky. Lewis siguió apuntándole a la cara, pero asintió. – No necesito hacerlo, ¿sabes? –dijo–. El hombre que te mató una vez volverá a hacerlo. Y ahora no se contentará con una necrológica en el periódico. Querrá ver cómo mueres. ¿Y tú? – No, si puedo evitarlo. Cuando encuentre todas estas pistas que, según usted, están aquí, quizá vuelva a desaparecer. Ya lo logré una vez e imagino que puedo repetirlo. Quizá Rumplestiltskin tenga que conformarse con lo que logró la primera vez que jugamos. El doctor Starks está muerto y desaparecido. Ganó la partida. Pero yo seguiré adelante y me convertiré en lo que quiera. Puedo ganar huyendo. Ganar escondiéndome, siguiendo vivo y en el anonimato. ¿No le resulta extraño, doctor? Nosotros que trabajamos tanto para ayudamos a nosotros mismos y a nuestros pacientes a enfrentarse con los demonios que los persiguen y atormentan, podemos protegemos escapando. Ayudamos a los pacientes a convertirse en algo, pero yo puedo convertirme en nada y de este modo ganar. ¿No le parece irónico? Lewis sacudió la cabeza. – Había previsto esta reacción –afirmó despacio–. Imaginé que me darías esta respuesta. – Pues entonces se lo repito: baje el arma y me marcharé –dijo Ricky–. Suponiendo que la información que busco esté en este sobre. – En cierto modo –aseguró el anciano. Susurraba con una sonrisa desagradable–. Pero tengo un par de preguntas más, si no te importa. Ricky asintió. – Te he hablado del pasado de ese hombre. Y contado mucho más de lo que has asimilado hasta ahora. ¿Y qué te he dicho de su relación conmigo? – Habló de una especie de lealtad y amor extraños. El amor de un psicópata. – El amor de un asesino por otro. ¿No te parece muy interesante? – Fascinante. Y si todavía fuera psicoanalista, sentiría curiosidad y estaría ansioso por estudiarlo. Pero ya no lo soy. – Pues te equivocas. –Lewis se encogió de hombros–. Creo que uno no puede dejar de ser analista con la facilidad que tú pareces considerar posible. –El anciano negó con la cabeza. Todavía no había soltado el revólver ni dejado de apuntar a Ricky–. Creo que la sesión ha terminado, Ricky –prosiguió–, y ha sido la última. Pero antes de dar por concluido tu análisis quiero que te plantees la siguiente pregunta: si Rumplestiltskin tenía tantos deseos de ver cómo te suicidabas después de haberle fallado a su madre, ¿qué querrá que te pase cuando crea que me has matado? – ¿Qué quiere decir? –preguntó Ricky. Lewis no contestó. En lugar de eso, se dirigió el revólver a la sien, sonrió como un demente y apretó el gatillo. 32 Ricky medio gritó y medio aulló de la impresión y la sorpresa. Su voz pareció fundirse con el eco de la detonación. Se balanceó en la butaca, casi como si la bala que había explotado en la cabeza del viejo psicoanalista se hubiera desviado y le hubiera acertado en el pecho. Para cuando el estruendo del disparo se perdió en el aire de la noche, estaba de pie junto a la esquina de la mesa observando al hombre en quien antes había confiado sin reservas. El doctor Lewis había caído hacia atrás, un poco retorcido por la fuerza del impacto en su sien. Le habían quedado los ojos abiertos y mantenía la mirada fija con macabra intensidad. Una salpicadura escarlata de sangre y materia encefálica había manchado la estantería, y de la herida abierta manaba sangre a borbotones, de un granate intenso, que le bajaba por la cara y el mentón y le goteaba en la camisa. El revólver le resbaló entre los dedos y cayó al suelo, amortiguado por la elegante alfombra persa. Ricky soltó un grito ahogado al ver cómo el cuerpo del anciano se estremecía en un último estertor, cuando sus músculos sintonizaron con la muerte. Inspiró hondo. Recordó que no era la primera vez que veía la muerte. Cuando era residente y hacía turnos en medicina interna y urgencias, más de una persona había muerto en su presencia. Pero siempre había estado rodeada de aparatos y personas que intentaban salvarle la vida. Incluso cuando su mujer había sucumbido al cáncer, había formado parte de un proceso que le resultaba conocido y que proporcionaba contexto, aunque fuera terrible, a lo que sucedía. Esto era distinto. Era salvaje. Era asesinato, y especializado. Notó que le temblaban las manos como a un anciano. Tuvo que esforzarse en dominar el impulso de echar a correr dominado por el pánico. Trató de organizar sus ideas. Todo estaba en silencio y oía su respiración jadeante, como un hombre en la cima de una montaña respirando el aire puro sin sentir demasiado alivio. Parecía como si todos los tendones de su cuerpo se hubieran hecho un nudo, y que sólo salir huyendo liberaría la tensión. Se agarró al borde de la mesa e intentó calmarse. – ¿Qué me ha hecho, doctor Lewis? –dijo en voz alta. Su voz parecía fuera de lugar, como una tos en medio de un solemne oficio religioso. Al instante supo la respuesta: había intentado matarle. Esa bala podía matar a dos hombres, porque había tres personas en este mundo que no ponían límite a sus reacciones y que se iban a tomar muy mal la muerte del viejo médico. Y culparían a Ricky, con independencia de cualquier indicio de suicidio. Pero era aún más complicado. Lewis no sólo quería matarlo. Había apuntado a Ricky con un arma y podría haber apretado el gatillo sin problemas, aun sabiendo que Ricky podría devolverle el disparo antes de morir. Lo que el viejo quería era dotar a todas las personas que participaban en el mortífero juego de una depravación moral que igualara la suya. Eso era más importante que la mera muerte de Ricky y de él mismo. Ricky intentó respirar por encima de las ideas que lo ahogaban. Comprendió que nunca se había tratado sólo de la muerte, sino del proceso; de cómo se llegaba a la muerte. Un juego digno de ser inventado por un psicoanalista. Inspiró de nuevo el aire cargado del estudio. Rumplestiltskin podía haber sido el agente de la venganza y también el instigador, pero el diseño del juego era obra del hombre que tenía muerto frente a él. De eso estaba seguro. Lo que significaba que, cuando Lewis afirmaba conocer los hechos, lo más probable es que fuera verdad. O por lo menos, de alguna versión perversa y retorcida de ellos. Tardó unos segundos en percatarse de que seguía sosteniendo el sobre que su mentor le había entregado. Le costó apartados ojos del cadáver del anciano. Era como si el suicidio fuera hipnótico. Pero, por fin, lo hizo y, tras abrir el sobre, sacó una única hoja. Leyó con rapidez: Ricky: El pago de la maldad es la muerte. Piensa en este último momento como en un impuesto que he pagado por todo lo que he hecho mal. Tienes delante de ti la información que buscas, pero ¿podrás encontrarla? ¿No es eso lo que hacemos? ¿Explorar el misterio que es evidente? ¿Encontrar pistas que tenemos delante de las narices y que nos gritan a la cara? No sé si tendrás suficiente tiempo ni si eres bastante inteligente para ver lo que tienes que ver. Lo dudo. Creo que probablemente mueras esta noche, de un modo más o menos parecido a mí. Sólo que tu muerte será más dolorosa porque tu culpa es menor que la mía. La carta no estaba firmada. Ricky absorbía bocanadas de pánico con cada inspiración. Empezó a buscar por la habitación. El tictac del reloj de pared señalaba serenamente cada segundo que pasaba, y Ricky fue consciente de repente de ese sonido. Hizo cálculos: ¿cuándo habría llamado el anciano a Merlín y Virgil, y tal vez a Rumplestiltskin, para advertirles que él iba de camino? De la ciudad a esa casa había dos horas, tal vez algo menos. ¿Cuánto le quedaría? ¿Segundos? ¿Minutos? ¿Un cuarto de hora? Sabía que debía irse, alejarse de la muerte que tenía delante de los ojos, aunque sólo fuera para poner en orden su cabeza e intentar decidir el paso siguiente, si es que le quedaba alguno. De golpe, se le antojó que era estar en una partida de ajedrez con un gran maestro e ir moviendo las piezas al azar, sabiendo cada vez que el adversario podía preveer dos, tres, cuatro o más movimientos. Tenía la boca seca y se sentía sofocado. «Justo delante», pensó. Rodeó con cuidado la mesa para evitar rozar el cadáver del analista y alargó la mano hacia el cajón superior, pero se detuvo. « ¿Qué puedo dejar? –pensó–. ¿Algún cabello? ¿Huellas dactilares? ¿ADN? ¿He cometido siquiera un delito?» Entonces pensó que había dos clases de delitos. La primera provocaba sólo que la policía y los fiscales reclamaran justicia. La segunda también sacudía el corazón de las personas y a veces las dos se mezclaban. La mayoría de lo que había ocurrido se inscribía en la segunda, pero lo que le preocupaba realmente era el juez, el jurado y el verdugo que se dirigían hacia allí. No había forma de esquivar estas cuestiones. Se dijo que debía confiar en el simple hecho de que el hombre cuyas huellas y demás sustancias iban a quedar en el estudio del fallecido también estaba muerto y que eso podría proporcionarle cierta protección, aunque sólo fuera de la policía, que seguramente acudiría a la casa en algún momento de la noche. Abrió el cajón. Estaba vacío. Con rapidez, hizo lo mismo con los demás cajones. También vacíos. Era evidente que el doctor Lewis había dedicado tiempo a limpiarlos a fondo. Ricky pasó los dedos bajo la superficie del tablero, pensando que tal vez habría algo escondido. Se agachó y buscó, en vano. Luego devolvió la atención al hombre muerto. Inspiró hondo y metió los dedos en sus bolsillos. También vacíos. Nada en el cuerpo. Nada en la mesa. Era como si el viejo analista se hubiera ocupado de limpiar bien su mundo. Ricky asintió. Un psicoanalista sabe mejor que nadie qué revela la identidad de uno. De lo que se desprende que, al desear borrar la pizarra de la identidad, sabrá mejor que nadie como erradicar señales reveladoras de la personalidad. Recorrió otra vez la habitación con la mirada. Se preguntó si habría alguna caja fuerte. Vio el reloj, y eso le dio una idea. Lewis había hablado sobre el tiempo. Tal vez fuera una pista. Se abalanzo hacia la pared y buscó detrás del reloj. Nada. Quería gritar de rabia. «Está aquí», se insistió. Inspiró de nuevo. A lo mejor, lo único que pretendía el anciano era que siguiera ahí cuando llegara su asesina descendencia adoptada. ¿Cuál era el juego? A lo mejor quería que todo terminara esa noche. Recogió su arma y se volvió hacia la puerta... Sacudió la cabeza. No, eso sería una mentira sencilla, y las mentiras del doctor Lewis eran muy complejas. En el estudio había algo. Se volvió hacia la estantería. Hileras de libros de medicina y psiquiatría, la obra completa de Freud y Jung, algunos estudios y ensayos clínicos modernos. Libros sobre la depresión. Libros sobria ansiedad. Libros sobre los sueños. Decenas de libros que contenían sólo una modesta parte de los conocimientos acumulados sobre las emociones humanas. Incluido el libro que había recibido la bala de Ricky. Observó el título: Enciclopedia de psicopatología; el disparo había arrancado las cuatro últimas letras. Se detuvo, con la mirada fija al frente. ¿Un texto sobre psicopatología? En su profesión se trataba casi exclusivamente con emociones poco alte