ente me dice «j Vamos allí!» y me señala dónde está usted. Me pasa un billete de veinte por el cristal y me dice: «Ese hombre es su próximo cliente. ¿Lo entiende?» Le contesto: «Lo que usted diga, señora», y hago lo que me ha pedido. Y aquí está usted. Era muy atractiva, la señora. ¿Adónde vamos? – ¿No se lo dijo ella? –preguntó Ricky tras una pausa. – Ya lo creo, joder –sonrió el taxista–. Pero me dijo que tenía que preguntárselo de todos modos, para ver si lo adivinaba. – Al hospital Columbia Presbyterian –asintió Ricky–. La clínica para pacientes externos de la Ciento cincuenta y dos con West End. – ¡Bingo! –exclamó el conductor, que puso en marcha el taxímetro y aceleró para unirse al tráfico de media mañana. Ricky tomó el periódico que yacía en el asiento. Al hacerlo, se le ocurrió una pregunta y se inclinó hacia la mampara de plástico entre conductor y pasajero .. – Oiga –dijo–. ¿Esa mujer le dijo qué hacer si yo le daba otra dirección? ¿Un sitio distinto del hospital? El taxista sonrió. – ¿Qué es esto, alguna clase de juego? – Podría decirse así –contestó Ricky–. Pero no creo que le gustara jugarlo. – No me importaría jugar a una o dos cosas con ella, ya me entiende. – Sí le importaría –le contradijo Ricky–. Puede pensar que no, pero yo le aseguro que sí. –Ya –asintió el hombre–. Algunas mujeres con el aspecto de ésa causan más problemas de lo que valen. Podría decirse que no valen lo que cuesta la entrada. – Exactamente –aseguró Ricky. – En cualquier caso, tenía que llevarle al hospital dijera lo que dijera. Me explicó que usted lo entendería cuando llegáramos. Me dio cincuenta dólares para que lo llevara. – Tiene dinero –dijo Ricky, y se reclinó en el asiento. Respiraba con dificultad y el sudor le seguía nublando los ojos y manchándole la camisa. Abrió el periódico. Encontró lo que buscaba en la página A–13, escrito con el mismo bolígrafo rojo y en mayúsculas sobre un anuncio de lencería de los almacenes Lord & Taylor, de modo que las palabras cubrían la figura esbelta de la modelo y tapaban la ropa interior que lucía. Ricky se acerca cada vez más, en su búsqueda hacia atrás. La ambición la mente le nubló, y lo que decía la mujer ignoró. La dejó confusa, a la deriva, tan perdida que le costó la vida. El hijo, que vio la equivocación, quiere vengarse sin dilación. Antes era pobre y rico ahora; cumplirá su deseo sin demora. ¿Visitar los archivos del hospital bastará para lograr el triunfo final? Hay algo que Ricky no puede olvidar: tiene setenta y dos horas para jugar. Los versos parecían burlones y cínicos a pesar de su estructura infantil. Le recordó un poco la infinita tortura del patio de un jardín de infancia, con burlas e insultos cantarines. Sin embargo, los resultados que Rumplestiltskin tenía en mente no tenían nada de infantil. Ricky arrancó la página, la dobló y se la metió en un bolsillo. Arrojó el resto del Times al suelo del taxi. El conductor maldecía entre dientes al tráfico, manteniendo una conversación constante con todos los camiones, coches y algún que otro ciclista o peatón que le obstruían el paso. Lo más interesante de su conversación era que nadie podía oírla. No bajaba la ventanilla y gritaba palabrotas, ni tocaba el claxon como hacen algunos taxistas en una reacción nerviosa al tráfico que los rodea. En lugar de eso, ese hombre se limitaba a hablar, daba instrucciones, lanzaba desafíos e indicaba maniobras mientras conducía, con lo que, en cierto modo extraño, debía sentirse relacionado, o por lo menos como si interactuara con todo lo que se situaba en su campo visual. O en su punto de mira, según como se viera. Ricky pensó que era algo insólito pasarse todos los días de la vida teniendo conversaciones que nadie oía. Pero después se preguntó si no hacemos todos lo mismo. El taxi lo dejó frente al enorme complejo del hospital. Vio la entrada de urgencias al final del edificio, con un rótulo de grandes letras rojas y una ambulancia delante. Un escalofrío le recorrió la espalda a pesar del sofocante calor del verano. Fue un frío determinado por la última vez que había estado en el hospital, con ocasión de una visita a su esposa, cuando ésta todavía luchaba contra la enfermedad que acabaría con su vida, sometiéndose a radio y quimioterapia así como a las demás medidas contra la terrible dolencia que destruía su cuerpo. La sección de oncología ocupaba otra parte del complejo, pero eso no lo libró de la sensación de impotencia y temor que volvió a surgir en él, idéntica a la última vez que había estado en la calle frente al hospital. Alzó los ojos hacia los imponentes edificios de ladrillos. Pensó que había estado en el hospital tres veces en su vida: la primera, cuando trabajó seis meses en la clínica para pacientes externos, antes de montar una consulta privada; la segunda, cuando ese centro se sumó a la larga serie que su mujer recorrió en su batalla fútil contra la muerte; y esta tercera, en que regresaba para averiguar el nombre de la paciente a la que había ignorado o desatendido y que ahora amenazaba su propia vida. Avanzó en dirección a la entrada y, curiosamente, detestó el hecho de saber dónde se guardaban los historiales médicos. En el mostrador de los archivos de historiales médicos había un empleado panzudo de mediana edad con una estridente camisa de estampado hawaiano y unos desastrados pantalones caqui. Miró a Ricky con asombro cuando éste le explicó el motivo de su visita. – ¿Qué quiere exactamente de hace veinte años? –dijo con incredulidad. – Todos los historiales de la clínica psiquiátrica para pacientes externos correspondientes al período de seis meses en que trabajé en ella. Cada paciente que venía recibía un número clínico y se le abría un expediente, incluso aunque sólo viniera una vez. Esos expedientes contienen todas las notas que se tomaban del caso. – No estoy seguro de que esos historiales se hayan introducido en el ordenador –comentó el empleado. – Apuesto a que sí. Vamos a comprobarlo. – Llevará algún tiempo, doctor –aseguró el hombre–. Y tengo muchas otras peticiones. Ricky reflexionó un momento sobre lo fácil que les resultaba a Virgil y Merlín lograr que la gente hiciera cosas sencillas ofreciéndoles dinero. Llevaba doscientos cincuenta dólares en la cartera y sacó doscientos, que dejó sobre el mostrador. – Esto facilitará las cosas –dijo–. Quizá me ponga el primero de la cola. El empleado miró alrededor, vio que nadie lo estaba observando y cogió el dinero. – Estoy a su disposición, doctor –repuso con una sonrisita. Se metió el dinero en el bolsillo y movió la mano–. Veamos qué podemos encontrar –dijo, y empezó a teclear en el ordenador. Los dos hombres tardaron el resto de la mañana en obtener una lista de números de expediente. Si bien consiguieron aislar el año en cuestión, no se podía determinar informáticamente si esos números eran de hombres o de mujeres, y tampoco había ningún código que identificara qué médico había visitado a cada paciente. Ricky había estado en la clínica desde marzo hasta principios de septiembre. El empleado logró ceñirse a ese período. Para reducir aún más la selección, Ricky supuso que la madre de Rumplestiltskin había acudido en los meses de verano, hacía veinte años. En ese lapso se habían abierto doscientos setenta y nueve expedientes de nuevos pacientes en la clínica. – Si quiere encontrar a una persona concreta –dijo el hombre–, tendrá que examinar cada expediente. Yo se los puedo buscar, pero después es cosa suya. No será fácil. – No pasa nada –aseguró Ricky–. No esperaba que lo fuera. El empleado condujo a Ricky a una mesita metálica en un rincón de su oficina. Ricky se sentó en una silla de madera mientras el hombre empezaba a llevarle los expedientes. Tardó por lo menos diez minutos en reunir los doscientos setenta y nueve, que depositó en el suelo al lado de Ricky. Luego le proporcionó un bloc y un bolígrafo y se encogió de hombros. – Procure no desordenarlos –pidió–. Así no tendré que archivarlos de nuevo uno a uno. Y vaya con cuidado con todas las entradas, por favor; no mezcle los documentos y las notas de un expediente Con los de otro. No es que piense que alguien quiera volver a consultarlos, desde luego. No sé ni por qué los guardamos. Pero yo no dicto las normas. ¿Usted sabe quién dicta las normas? – No –contestó Ricky mientras alargaba la mano hacia el primer archivo–. No lo sé. La dirección del hospital, seguramente. El hombre se carcajeó con desdén. – Diga –dijo mientras regresaba al mostrador–. Usted es psiquiatra, doctor. Creía que lo suyo era ayudar a la gente a crear sus propias normas. Ricky no contestó pero consideró que era una afirmación inteligente. El problema era que todas las personas seguían sus propias normas. Sobre todo Rumplestiltskin. Tomó el primer expediente del primer montón y lo abrió. De repente pensó que era como abrir una carpeta de la memoria. Las horas le pasaron volando. Leer aquellos expedientes era un poco como estar en medio de una catarata de desesperación. Cada uno contenía el nombre de una paciente, su dirección, parientes cercanos e información del seguro, si la había. En las hojas de diagnóstico, había notas mecanografiadas. También había el tratamiento sugerido. De forma sucinta y rápida, cada nombre estaba desglosado en su esencia psicológica. La terminología utilizada era incapaz de ocultar las amargas verdades que yacían tras la llegada de cada persona a la clínica: abusos sexuales, rabia, palizas, drogadicciones, esquizofrenia, delirios: una caja de Pandora de las enfermedades mentales. La clínica para pacientes externos del hospital había sido un vestigio del activismo de los años sesenta, un plan de buenas obras para ayudar a los menos afortunados abriendo las puertas del hospital a la comunidad. La palabra clave de la época era «devolver». La realidad había sido más dura y menos utópica. Los pobres de la ciudad padecían una amplia serie de enfermedades, y muy pronto la clínica había descubierto que no era más que un mero dedo en un dique que tenía millares de fugas de agua. Ricky había llegado al término de su formación psicoanalítica. Al menos, ésta había sido su razón oficial. Pero cuando se incorporó al personal de la clínica, estaba lleno del idealismo y la determinación de la juventud. Recordaba haber cruzado las puertas con aversión por el elitismo de la profesión a la que accedía, decidido a llevar las técnicas analíticas a una amplia gama de personas desesperadas. Este sentido liberal del altruismo le había durado una semana. Los cinco primeros días, un paciente que quería muestras de fármacos había disparado contra la mesa de Ricky; un loco que oía voces y lanzaba puñetazos le había atacado; un proxeneta furioso había interrumpido una sesión con una mujer joven, provisto de una navaja con la que logró rajar la cara a su ex novia y el brazo al guardia de seguridad antes de ser reducido; y había tenido que enviar a una preadolescente a urgencias para que le curaran quemaduras de cigarrillo en brazos y piernas cuya autoría no quiso revelar. La recordaba muy bien; era puertorriqueña y tenía unos bonitos y dulces ojos negros del mismo color que su cabello, y había ido a la clínica sabiendo que alguien estaba enfermo y que muy pronto ella aprendería en carne propia que los malos tratos generan malos tratos de una forma mucho más dramática de lo que cualquier estudio gubernamental de ensayos clínicos llegara a determinar nunca. No tenía seguro ni forma de pagar, así que Ricky la visitó cinco veces, que era lo que el Estado permitía, e intentó sonsacarle información, pero ella sabía que revelar quién la torturaba probablemente le costaría la vida. Ricky recordaba que era un caso perdido. Y sabía que, si sobrevivía, seguiría estando condenada. Tomó otro expediente y se preguntó cómo había logrado durar seis meses en la clínica. Pensó que todo ese tiempo se había sentido impotente, y que la impotencia que ahora sentía ante Rumplestiltskin no era distinta. Con ese pensamiento impulsando sus emociones, se dedicó a la lectura de los doscientos setenta y nueve expedientes de las personas que había tratado tantos años atrás. Dos terceras partes de esas personas eran mujeres. Como muchas de las casadas con la pobreza, exhibían los harapos de la enfermedad mental de modo tan evidente como los cortes y cardenales de los malos tratos que recibían a diario. Lo había visto todo, desde la adicción hasta la esquizofrenia. Cuán impotente se había sentido. Había huido de vuelta a la clase media alta de donde procedía, donde la baja autoestima y los problemas que la acompañaban podían hablarse para lograr, si no su curación, sí su aceptación. Se había sentido estúpido al intentar hablar con algunos de los pacientes de la clínica, como si el diálogo pudiera resolver su angustia mental, cuando lo más probable era que un revólver y unas buenas agallas les hubieran sido más útiles, elección que, según recordaba, unos cuantos habían hecho después de darse cuenta de que una cárcel era preferible a la otra. Abrió otro expediente y vio sus notas escritas a mano. Las sacó y procuró relacionar el nombre del paciente con las palabras que había garabateado. Pero las caras parecían etéreas, ondulantes, como el calor distante sobre una carretera un día de verano. «¿Quién eres? –preguntó en silencio, y añadió–: ¿Qué ha sido de ti?» A unos pasos de distancia, al empleado de los archivos se le cayó un lápiz al suelo y, soltando un juramento, se agachó a recogerlo. Ricky lo observó incorporarse de nuevo ante la pantalla de su ordenador. Y en ese instante vio algo. Fue como si el modo en que la espalda del hombre se encorvaba un poco, el tic nervioso que le llevaba a repiquetear la mesa con el lápiz y la forma en que se inclinaba hablaran un lenguaje que Ricky debería haber entendido desde el primer momento, a partir del modo en que el hombre había cogido el dinero. Pero Ricky era sólo un principiante en estos menesteres y pensó que eso explicaba por qué había tardado en comprender. Se levantó de la mesa y se situó detrás del hombre. – ¿Dónde está? –preguntó en voz baja, y sujetó con fuerza la nuca del hombre. – ¡Oiga! ¿Qué...? –Lo había pillado por sorpresa. Intentó cambiar de posición, pero la presa de Ricky le limitaba los movimientos–. ¡Ay! ¿Qué demonios hace? – ¿Dónde está? –repitió Ricky con fiereza. – ¿De qué habla? ¡Joder! ¡Suélteme! – No hasta que me diga dónde está –dijo Ricky, y con la otra mano empezó a apretar el cuello del hombre–. ¿No le dijeron que yo era un desesperado? ¿No le dijeron la presión a la que estoy sometido? ¿No le dijeron que puedo ser inestable, que podría hacer cualquier cosa? – ¡No! ¡Por favor! ¡Ay! ¡No, mierda, no lo dijeron! ¡Suélteme! – ¿Dónde está? – ¡Se lo llevaron! – No le creo. – ¡De verdad! – De acuerdo. ¿Quién se lo llevó? – Un hombre y una mujer. Hace dos semanas. Vinieron aquí. – ¿El hombre iba bien vestido, era barrigón y se presentó como abogado? ¿La mujer era muy atractiva? – ¡Sí! Los mismos. ¿De qué mierda va todo esto? Ricky soltó al hombre, que al instante se apartó de él. – Dios mío –exclamó mientras se frotaba la clavícula–. ¿A qué viene tanto follón? – ¿Cuánto le pagaron? – Más que usted. Mucho más. No pensé que fuese tan importante, ¿sabe? Sólo era un viejo expediente que nadie había mirado en dos décadas. ¿Qué problema hay? – ¿Para qué le dijeron que era? – El hombre explicó que tenía relación con un asunto legal referente a una herencia. No lo vi claro, ¿sabe? La gente que viene a esta clínica no suele recibir gran cosa en herencia. Pero el hombre me dio su tarjeta y me dijo que devolvería el expediente cuando ya no lo necesitase. No vi ningún problema en ello. – Sobre todo cuando le dio dinero. El hombre parecía renuente, pero se encogió de hombros. – Mil quinientos. En billetes nuevos de cien. Los sacó de un fajo, como un gángster antiguo. Tengo que trabajar dos semanas para ganar ese dinero, ¿sabe? La coincidencia de la cantidad no pasó desapercibida a Ricky. El valor en centenares de quince días. Echó un vistazo al montón de expedientes y se desesperó al pensar en las horas desperdiciadas. Miró otra vez al empleado. – ¿Así que el archivo ya no está? – Lo siento, doctor. No pensé que fuera tan importante. ¿Quiere la tarjeta de ese abogado? – Ya tengo una. –Siguió mirándolo fijamente–. Tomaron el expediente y le pagaron, pero usted no es tan estúpido, ¿verdad? – ¿Qué quiere decir? –El hombre se movió con nerviosismo. – Quiero decir que no es tan estúpido. Y no ha trabajado en un archivo de historiales todos estos años sin aprender algo sobre guardarse las espaldas, ¿no? Por lo tanto, en estos montones falta un expediente, pero usted hizo algo. – ¿De qué está hablando? – No entregó ese expediente sin fotocopiarlo antes, ¿verdad? No importa cuánto le pagara ese hombre, pensó que tal vez alguien más interesado podría tener más dinero que el abogado y la mujer. De hecho, puede que incluso ellos le dijeran que alguien podría venir a buscado, ¿me equivoco? – Puede que lo dijeran. – Y tal vez, usted pensó que podría sacar otros mil quinientos o incluso más si lo fotocopiaba, ¿correcto? – ¿Va a pagarme también? –repuso el hombre. – Considere como pago que no llame a su jefe –dijo Ricky. El hombre suspiró a la vez que calibraba esta afirmación, hasta que vio suficiente cólera y estrés en la cara de Ricky para creérsela. – No había gran cosa en el expediente –indicó despacio–. Un formulario de ingreso y un par de hojas con notas e instrucciones unidas a un formulario de diagnóstico. Es lo que fotocopié. – Deme esos papeles –exigió Ricky. El hombre vaciló. – No quiero más problemas –soltó–. Suponga que viene alguien más buscando este material. – Yo soy la única persona que podría venir –aseguró Ricky. El hombre se agachó y abrió un cajón, de donde sacó un sobre que entregó a Ricky. –Tenga –dijo–. Y ahora déjeme en paz. Contenía los documentos necesarios. Ricky resistió el impulso de estudiarlos ahí mismo, diciéndose que tenía que estar solo cuando investigara su pasado. Se guardó el sobre en la chaqueta. – ¿Eso es todo? –preguntó. El hombre vaciló, volvió a agacharse y sacó otro sobre, éste más pequeño, del cajón de la mesa. –Tenga –dijo–. Esto también va. Estaba sujeto al exterior del expediente, con un clip. No se lo di al hombre. No sé por qué. Imaginé que ya lo tenía, porque parecía saberlo todo sobre el caso. – ¿Qué es? – Un informe policial y un certificado de defunción. Ricky inspiró hondo y se llenó los pulmones con el aire viciado del sótano del hospital. – ¿Qué es tan importante sobre una pobre mujer que vino al hospital hace veinte años? –preguntó el empleado. – Alguien cometió un error –contestó Ricky. – Y ahora alguien tiene que pagar, ¿eh? –comentó el hombre, que pareció aceptar esa explicación. – Eso parece –respondió Ricky mientras se disponía a marcharse. 18 Ricky salió del hospital sintiendo aún un cosquilleo en las manos, en especial en los dedos que había hincado en la nuca del empleado. No recordaba ningún momento de su vida en que hubiera usado la fuerza para lograr algo. Pensaba que vivía en un mundo de persuasión y de diálogo; la idea de haber usado la fuerza física para amenazar al empleado, aunque fuera de modo tan modesto, le indicaba que estaba cruzando algún tipo de barrera extraña o superando alguna clase de demarcación tácita. Él era un hombre de palabras o, por lo menos, eso había creído hasta recibir la carta de Rumplestiltskin. En el bolsillo llevaba el nombre de la mujer que había tratado en un momento de transición en su propia vida. Se preguntó si había llegado a otra demarcación de ese tipo. Y, al mismo tiempo, si estaría al borde del camino que lo llevaría a convertirse en algo nuevo. Se dirigió hacia el río Hudson cruzando el enorme complejo hospitalario. Había un patio pequeño cerca de la parte delantera del Harkness Pavilion, una rama de las instalaciones que se encargaba de los especialmente ricos y especialmente enfermos. Eran edificios inmensos, de varias plantas, construidos con ladrillo y piedra, lo que reflejaba solidez y resistencia, y se elevaban desafiantes ante las muchas caras de los infinitesimales y enclenques organismos patógenos. Recordaba el patio como un lugar tranquilo, donde uno podía sentarse en un banco y dejar que los ruidos de la ciudad se desvanecieran para quedarse a solas con el odioso problema que lo corroyera por dentro. Por primera vez en casi dos semanas, la sensación de ser seguido y observado había desaparecido. Estaba seguro de estar solo. No esperaba que esta situación durara. No tardó mucho en localizar un banco y en unos momentos estaba sentado, con el expediente y el sobre que le había dado el empleado en el regazo. Para un transeúnte, parecería sólo un médico o un familiar que dedicaba un rato fuera del hospital a reflexionar sobre alguna cuestión o a dar un bocado para almorzar. Ricky vaciló, un poco inseguro sobre lo que podría desenterrar al leer los documentos, y abrió la carpeta. El nombre de aquella paciente que había visitado hacía veinte años era Claire Tyson. Contempló las letras del nombre. No le decían nada. Ninguna cara le vino a la memoria. Ninguna voz le resonó en el oído, recordada tras tanto tiempo. Ningún gesto, expresión ni tono cruzó la barrera de los años. Los acordes de la memoria permanecieron silenciosos. Sólo era un nombre entre los muchos de aquella época. Su incapacidad de recordar un solo detalle lo dejó frío. Leyó con rapidez el formulario de ingreso. La mujer presentaba un estado de depresión aguda acompañada de ansiedad fóbica. Había llegado a la clínica desde urgencias, donde había ido por contusiones y laceraciones. Había indicios de violencia doméstica con un hombre que no era el padre de sus tres hijos pequeños, de diez, ocho y cinco años. Tenía sólo veintinueve años y había dado la dirección de un piso cerca del hospital; Ricky recordó que era una parte inmunda de la ciudad. No tenía seguro de enfermedad y trabajaba de dependienta a tiempo parcial en una tienda de comestibles. No era originaria de Nueva York, y en la casilla de parientes próximos figuraba su familia en una pequeña población al norte de Florida. Sus números de la seguridad social y de teléfono eran los únicos otros datos incluidos en el formulario de ingreso. Pasó a la segunda hoja, un formulario de diagnóstico, y reconoció su letra. Las palabras le llenaron de terror. Eran sucintas, secas, concisas. Carecían de pasión y compasión. La señorita Tyson afirma tener veintinueve años y ser madre de tres hijos pequeños. Actualmente mantiene una relación conflictiva con un hombre que no es el padre de los niños. Afirma que éste la abandonó hace unos años para irse a trabajar a una plataforma petrolífera en el suroeste. No tiene seguro de enfermedad y sólo puede trabajar a tiempo parcial, ya que no dispone de medios para contratar una niñera que se ocupe de sus hijos. Recibe prestaciones sociales del estado, del programa federal de ayuda a familias con menores dependientes, vales canjeables por alimentos y vivienda subvencionada. También manifiesta que no puede regresar a su Florida natal porque se distanció de sus padres debido a su relación con el padre de sus hijos. Afirma, además, que no dispone de fondos para ese traslado. Clínicamente, la señorita Tyson parece una mujer de inteligencia superior a la media, que se preocupa mucho por sus hijos y su bienestar. Posee titulación secundaria y dos años de universidad, estudios que dejó al quedarse embarazada. Parece muy desnutrida y presenta un tic persistente en el párpado derecho. Evita el contacto visual al comentar su situación y sólo levanta la cabeza cuando se le pregunta por sus hijos, a quienes afirma querer mucho. Niega oír voces, pero admite llantos espontáneos de desesperación que no puede controlar. Dice que sólo sigue viva por sus hijos, pero niega cualquier tendencia suicida. Niega tener dependencia o adicción a las drogas y no se han detectado signos visibles de consumo de narcóticos, pero se ha ordenado un estudio toxicológico. Diagnóstico inicial: depresión aguda persistente debida a la pobreza. Trastornos de la personalidad. Posible consumo de drogas. Recomendación: tratamiento como paciente externo durante las cinco sesiones que establece el estado. Y había firmado al final de la página. Mientras observaba su firma se preguntó si en realidad no habría firmado su sentencia de muerte. En otra hoja se señalaba que Claire Tyson había vuelto a verlo a la clínica cuatro veces pero que no se había presentado a la quinta y última sesión. Ricky pensó que al menos en eso su viejo mentor, el doctor Lewis, estaba equivocado. Pero entonces se le ocurrió otra cosa, así que desdobló la copia del certificado de defunción y comparó su fecha con la inicial del tratamiento en el formulario de la clínica. Quince días. Se retrepó en el banco. La mujer había ido al hospital, se la habían pasado a él, y medio mes después estaba muerta. El certificado de defunción parecía quemarle la mano. Claire Tyson se había ahorcado en el cuarto de baño de su casa con un cinturón de hombre pasado por una cañería descubierta. La autopsia reveló que poco antes de su muerte había recibido una paliza y que estaba embarazada de tres meses. Un informe policial grapado al certificado de defunción indicaba que se había interrogado a un hombre llamado Rafael Johnson respecto de la paliza, pero no había sido detenido. Los tres niños habían pasado a disposición del Departamento de Servicios a Asistencia al Menor. «Aquí está» pensó Ricky. Ninguna de las palabras impresas en los formularios conseguía transmitir el horror de la vida y la muerte de Claire Tyson. La palabra «pobreza» no reflejaba un mundo lleno de ratas, suciedad y desesperación. La palabra «depresión» a duras penas sugería el peso terrible que debió de sobrellevar. En el remolino de la vida que atrapó a la joven Claire Tyson sólo había habido una cosa que le daba significado: los tres niños. «El mayor –pensó Ricky–. Debió de contarle al mayor que iba al hospital a verme y recibir ayuda. ¿Le diría que era su única posibilidad? ¿Que era la promesa de algo distinto? ¿Qué dije que le dio alguna esperanza; esperanza que transmitió a sus hijos?» Fuera lo que fuese, resultó insuficiente porque se había suicidado. El suicidio de Claire Tyson tuvo que ser el momento fundamental en la vida de esos tres niños, en particular del mayor. Pero no había dejado la menor huella en su propia vida. Cuando la mujer no se presentó a su última cita, él no había hecho nada. No recordaba haber hecho siquiera una llamada para interesarse por ella. En lugar de eso, había archivado los documentos en una carpeta y se había olvidado de ella. Y de los niños. Y ahora, uno de ellos quería acabar con él. «Encuentra a ese niño y encontrarás a Rumplestiltskin», pensó. Se levantó del banco pensando que tenía mucho que hacer, extrañamente satisfecho de que las presiones de tiempo fueran tan acuciantes porque, de otro modo, se habría visto obligado a reflexionar sobre lo que había hecho, o no hecho, veinte años antes. Ricky pasó el resto del día en el infierno burocrático de Nueva York. Provisto sólo de un nombre y una dirección de hacía veinte años, lo fueron pasando de una oficina a otra y de un funcionario a otro por todo el Departamento de Asistencia al Menor del centro de Manhattan en su intento de averiguar qué les había ocurrido a los tres hijos de Claire Tyson. Lo más frustrante de su incursión en el mundo administrativo era que él, y todos los funcionarios de todas las oficinas que recorrió, sabían que en alguna parte había algún archivo sobre los niños. Encontrarlo entre los registros informáticos inadecuados y las salas llenas de archivadores resultó imposible, por lo menos en principio. Era evidente que iba a ser una indagación larga y persistente. Ricky deseó haber sido un periodista de investigación o un detective privado, el tipo de personalidad con paciencia para pasar interminables horas con viejos registros. Él no la tenía. Y tampoco tiempo. «Hay tres personas en este mundo unidas a mí a través de este frágil hilo y podría costarme la vida», se dijo mientras se enfrentaba a otro funcionario de otra oficina. La idea le confirió una urgencia extrema. Estaba de pie frente a una mujer corpulenta y agradable de origen hispano en el registro del tribunal de menores. Tenía una mata enorme de cabello negro que se apartaba con brusquedad de la cara para que unas gafas de montura plateada extrañamente modernas dominaran su aspecto. – No es mucho para empezar, doctor –dijo. – Es lo único que tengo –contestó él. – Si estos tres niños fueron adoptados, seguramente los registros fueron sellados. Pueden abrirse, pero sólo con orden judicial. No es imposible de obtener, pero sí difícil, ya me entiende. Lo que tenemos, en su mayoría, son niños que han crecido y buscan a sus padres biológicos. Existe un procedimiento para estos casos, pero lo que usted pide es distinto. – Lo entiendo. Y tengo ciertas limitaciones de tiempo. – Todo el mundo tiene prisa. Siempre vamos con prisas. ¿Qué es tan urgente después de veinte años? – Es una emergencia médica. – Hombre, pues seguro que un juez le escuchará. Aporte documentos y consiga una orden judicial. Entonces podríamos ayudarle en su búsqueda. – Tardaría días en conseguir una orden judicial. – Cierto. Los asuntos de palacio van despacio. A no ser que conozca a algún juez. Vaya a verlo y que le firme algo deprisa. – El tiempo es importante. – Lo es para la mayoría de la gente. Lo siento. Pero ¿sabe cómo podría irle mejor? – ¿Cómo? – Podría lograr más información sobre estas personas que busca si se instala uno de esos fantásticos programas de búsqueda en su ordenador. Puede que lo consiga. Sé que algunos huérfanos que investigaban su pasado lo han hecho. Va muy bien. Si contrata a un investigador privado, es lo primero que hará después de meterse su dinero en el bolsillo. – No uso demasiado el ordenador. – ¿No? Es el mundo moderno, doctor. Mi hijo de trece años puede encontrar cosas que ni se creería. De hecho, localizó a mi prima Violetta, de la que no sabía nada desde hacía diez años. Trabajaba en un hospital de Los Ángeles, pero la encontró. Y no le llevó más de un par de días. Debería intentarlo. – Lo tendré presente –contestó Ricky. – Iría muy bien que consiguiera el número de la Seguridad Social o algo así –comentó la funcionaria. Su voz con acento era melodiosa, y resultaba evidente que hablar con Ricky suponía para ella una pausa interesante en su rutina diaria. Era casi como si, aunque le estaba diciendo que no podía ayudarlo, fuera reacia a dejarle partir. Era última hora de la tarde y Ricky pensó que ella tal vez se iría a casa después de atenderle a él, de modo que prolongaba la conversación. Pensó que debería marcharse, pero no estaba seguro de cuál podría ser su siguiente paso. – ¿Qué clase de médico es usted? –quiso saber la mujer. – Psicoanalista –dijo Ricky, y vio cómo la respuesta le hacía entornar los ojos. – ¿Puede leer la mente de la gente, doctor? – No se trata de eso. – No, tal vez no. Eso le convertiría en una especie de brujo, ¿no? –Soltó una risita–. Pero seguro que se le da bien adivinar qué va a hacer la gente a continuación. – Un poco. No tanto como se imagina. – Bueno, en este mundo, si tienes un poco de información y sabes tocar las teclas adecuadas, puedes hacer buenas suposiciones –sonrió la mujer–. Así es cómo funciona. –Señaló con la cabeza el teclado y la pantalla que tenía delante. – Supongo que sí. Ricky vaciló y bajó los ojos hacia las hojas del expediente del hospital. Miró el informe policial y vio algo que podría ayudarle. Los agentes que habían interrogado a Rafael Johnson, el compañero violento de la difunta, habían anotado su número de la Seguridad Social. –.Oiga –dijo de repente–, si le doy un nombre y un número de la Seguridad Social, ¿ese ordenador suyo me encontraría a alguien? – ¿Vive aún aquí? ¿Vota? ¿Lo han detenido, tal vez? – Puede que las tres cosas. O por lo menos dos de ellas. No sé si vota. – Podría. ¿Qué nombre es? Ricky le mostró el nombre y el número que figuraban en el informe policial. La mujer echó un vistazo rápido alrededor para comprobar que nadie la estaba observando. – No debería hacer algo así –murmuró–. Pero como usted es médico y todo eso, bueno, vamos a ver, Movió unas uñas pintadas de rojo por el teclado. El ordenador emitió unos ruidos y unos pitidos electrónicos. Ricky vio que aparecía una entrada en la pantalla. La mujer arqueó las cejas, sorprendida. – Se trata de un chico muy malo, doctor. ¿Seguro que quiere encontrarlo? – ¿Qué ha salido? – Tiene un robo, otro robo, una agresión, sospechoso de una red de robo de automóviles, cumplió seis años en Sing Sing por agresión con agravantes. Eso son palabras mayores. Son antecedentes bastante feos. La mujer siguió leyendo. – ¡Oh! –exclamó de repente. – ¿Qué? – No podrá ayudarlo, doctor. – ¿Por qué? – Alguien debió de atraparlo. – ¿Y? – Ha muerto. Hace seis meses. – ¿Muerto? – Sí. Aquí pone «fallecido», y una fecha. Seis meses. Diría que nos libramos de un buen elemento, la verdad. Hay un informe con la entrada. Lleva el nombre de un inspector de la comisaría 41, del Bronx. El caso sigue abierto. Parece que alguien apaleó a Rafael Johnson hasta la muerte. Oh, asqueroso, muy asqueroso. – ¿Qué pone? – Parece que después de la paliza, alguien lo colgó de una cañería con su propio cinturón. Eso es feo. Muy feo. –La mujer sacudió la cabeza pero con una sonrisita. No sentía compasión por Rafael Johnson, un hombre que seguramente habría visitado su oficina demasiado a menudo. Ricky dio un respingo. No le costó adivinar quién había encontrado a Rafael Johnson. Y por qué. Desde el teléfono del vestíbulo pudo localizar al inspector que había efectuado el informe de la investigación sobre la muerte de Rafael Johnson. No sabía si la llamada daría grandes resultados, pero pensó que, de todos modos, debía hacerla. El inspector mostró una actitud eficiente y enérgica por teléfono, y después de que Ricky se identificara, pareció sentir curiosidad por el motivo de su llamada. – No recibo demasiadas llamadas de médicos del centro. No suelen moverse en los mismos círculos que el difunto y poco llorado Rafael Johnson. ¿Por qué le interesa este caso, doctor Starks? – Johnson estaba relacionado con una antigua paciente mía, hace unos veinte años. Estoy intentando ponerme en contacto con sus familiares y esperaba que él pudiera guiarme en la dirección adecuada. – Lo dudo, doctor, a no ser que estuviera dispuesto a pagarle. Rafi habría hecho cualquier cosa por cualquiera, siempre que hubiera dinero de por medio. – ¿Conocía a Johnson? – Bueno, digamos que era uno de los puntos de interés de unos cuantos policías de la zona. Era una especie de indeseable. Le costaría mucho encontrar a alguien por aquí que dijera algo bueno de él. Traficante. Matón a sueldo. Allanamientos de morada, robos, agresiones sexuales. Más o menos el típico hijoputa de mierda. Y acabó como cabía esperar y, para serle sincero, doctor, no creo que se derramaran muchas lágrimas en su entierro. – ¿Sabe quién lo mató? – Ésa es la pregunta del millón, doctor. Pero tenemos una idea bastante clara. El corazón le dio un vuelco a Ricky. – ¿De veras? –preguntó–. ¿Han detenido a alguien? – No. Y no es probable que lo hagamos. Por lo menos, no demasiado pronto. Con la misma rapidez con que se había llenado de esperanza, volvió a poner los pies en la tierra. – ¿Y eso por qué? – Bueno, el caso es que no hay demasiadas pruebas forenses. Ni siquiera encontramos restos de sangre del agresor porque al parecer Rafi estaba muy bien amarrado cuando lo apalearon y su verdugo llevaba guantes. Así que lo que esperamos es sacarle un nombre a uno de sus colegas y preparar el caso pasando de un tío a otro hasta llegar el asesino. – Entiendo. – Pero nadie quiere delatar a quien creemos que mató a Rafael Johnson. – ¿Por qué no? – Ah, lealtad entre la escoria. El código de Sing Sing. Pensamos en un hombre con quien Rafael tuvo problemas mientras compartían celda. Parece que se trató de un verdadero problema. Probablemente discutieron sobre quién poseía qué parte del mercado de drogas carcelario, e intentaron matarse mutuamente. Con cuchillos caseros. Una forma muy desagradable de morir, según dicen. Parece que los dos se llevaron la mala sangre a la calle. Puede que sea una de las historias más viejas del mundo. Tendremos al tipo que se cargó a Rafi cuando detengamos por algo serio a alguno de sus colegas. Tarde o temprano uno de ellos caerá y entonces haremos un trato. Necesitamos poder apretar las clavijas, ¿sabe? – ¿Así que creen que el asesino fue alguien que Johnson conoció en la cárcel? – Con toda seguridad. Un tipo llamado Rogers. ¿Conoce a alguien con ese nombre? Un mal bicho. Tan malo como Rafael Johnson, y puede que incluso algo peor porque todavía sigue suelto mientras que Johnson está criando malvas en Staten Island. – ¿Por qué están tan seguros de que fue él? – No debería decírselo... – Comprendo que no quiera darme detalles... –dijo Ricky. – Bueno, fue poco corriente –prosiguió el policía–. Mire, no pasa nada porque usted lo sepa, siempre que no se lo cuente a nadie. Rogers dejó una tarjeta de visita. Al parecer quería que todos los colegas de Johnson supieran quién se lo había cargado de una forma tan brutal. Un mensaje para los que seguían en la trena, me imagino. Mentalidad de preso. En cualquier caso, tras atizar a Johnson, dejarle la cara hecha un mapa, romperle ambas piernas y seis dedos, y antes de colgarlo por el cuello, el cabrón dedicó un momento a grabar su inicial en el pecho de Johnson. Una R enorme Y sangrienta abierta en la carne. Muy desagradable, pero el mensaje será efectivo, sin duda. – ¿La letra R? – Exacto. Menuda tarjeta de visita, ¿eh? «Lo es –pensó Ricky–. Y la persona a quien iba dirigida acaba de recibirla.» Ricky prefirió no imaginarse los instantes finales de Rafael Johnson. Se preguntó si el ex convicto y matón habría tenido la menor idea de quién le estaba dando muerte. Cada golpe que Johnson había infligido a la desdichada Claire Tyson veinte años antes le había sido devuelto con intereses. Ricky se dijo que no debería dar demasiadas vueltas a lo que había averiguado, pero había algo evidente: Rumplestiltskin había concebido su venganza Con considerable atención y cuidado. Y el alcance de esa venganza era mucho mayor de lo que Ricky había imaginado. Por tercera vez, marcó el número de la sección de anuncios del New York Times para hacer su última pregunta. Todavía estaba en la cabina del vestíbulo del Palacio de Justicia y tenía que taparse una oreja con un dedo para mitigar el ruido de la gente que salía del trabajo. Al empleado del periódico pareció molestarle que Ricky hubiera llamado un minuto antes de las seis, la hora límite para poner un anuncio. – Muy bien, doctor. ¿Qué quiere que diga el anuncio? –Su voz fue cortante, directa. Ricky pensó y dijo: ¿Es quien busco uno de tres? ¿Huérfano de niño, rico después, busca a quienes fueron crueles? El empleado le leyó las frases sin hacer ningún comentario, como si fuera inmune a la curiosidad. Tomó deprisa la información para enviarle la factura y con la misma rapidez colgó. Ricky no consiguió imaginar qué cosa tan interesante podría esperarle en casa para que su extraño anuncio no le suscitara el menor comentario, pero se sintió agradecido por ello. Salió a la calle y fue a parar un taxi pero, curiosamente, pensó que prefería ir en metro. Las calles estaban abarrotadas del tráfico de la hora punta y un flujo regular de gente se adentraba en las entrañas de Manhattan para tomar un tren hasta casa. Se unió a él y encontró un refugio extraño entre la multitud. El metro iba lleno y no encontró asiento, así que viajó al norte aferrado a una barra de metal, sacudido y empujado por el vaivén del tren y la masa humana. Era casi un lujo ser engullido por tanto anonimato. Procuró no pensar que por la mañana sólo le quedarían cuarenta y ocho horas. Aunque había hecho la pregunta en el periódico, seguramente ya sabía la respuesta, lo que le daba dos días para averiguar los nombres de los hijos huérfanos de Claire Tyson. Ignoraba si lo lograría pero, por lo menos, era algo en lo que podía concentrarse, una información concreta que podría obtener o no, un hecho puro y simple que existía en algún lugar del mundo documental y judicial. No era. un mundo en el que se sintiera cómodo, como había quedado demostrado esa tarde. Pero, como mínimo, era un mundo reconocible, y eso le daba alguna esperanza. Escarbó en su memoria, a sabiendas de que su difunta esposa había tenido amistad con varios jueces, y pensó que a lo mejor uno de ellos podría firmarle una orden para registrar los archivos de adopciones. Sonrió al pensar que eso sería una maniobra que Rumplestiltskin no había previsto. El vagón, que se balanceaba y sacudía, redujo la marcha, lo que le obligó a aferrarse con más fuerza a la barra de metal. Era difícil conservar el equilibrio y chocó contra un joven de pelo largo y mochila, que ignoró el repentino contacto físico. La parada de metro estaba a dos manzanas de su casa, y Ricky salió de la estación, agradecido de volver al aire libre. Se detuvo, inspiró el aire caliente de la calle y avanzó con rapidez. No se sentía precisamente seguro, sólo lleno de resolución. Decidió que buscaría la libreta de direcciones de su mujer en el trastero del sótano y que esa noche empezaría a llamar a los jueces que ella conocía. Alguno estaría dispuesto a ayudarlo. No era un gran plan pero, por lo menos, era algo. Mientras caminaba con rapidez, se preguntó si había llegado hasta ese punto porque así lo quería Rumplestiltskin o porque había sido inteligente. Y, de forma extraña, la idea de que Rumplestiltskin se hubiera vengado de modo tan terrible de Rafael Johnson, el hombre que había atormentado a su madre, le animó de repente. Pensó que tenía que haber una gran diferencia entre la pequeña negligencia que él había cometido, debida en realidad a las deficiencias burocráticas, y los malos tratos físicos que Johnson había infligido. Se permitió la idea optimista de que tal vez todo lo que le había pasado a él, a su carrera, a sus cuentas bancarias y a sus pacientes, y todos los trastornos y la confusión que había sufrido su vida podrían terminar ahí, con un nombre y algún tipo de disculpa, y que después podría dedicarse a reorganizar su vida. No se permitió reflexionar sobre la verdadera naturaleza de la venganza, algo con lo que no estaba familiarizado en absoluto. Tampoco pensó en la amenaza a uno de sus familiares que todavía lo acechaba en segundo plano. Lleno, en cambio, de pensamientos si no del todo positivos, por lo menos con cierto viso de normalidad, y con la creencia de que podría tener una oportunidad de ganar el juego, dobló en la esquina de su calle y se detuvo en seco. Delante de su edificio de piedra rojiza había tres coches de policía con las luces parpadeando, un camión de bomberos y dos vehículos amarillos de obras públicas. Las luces de emergencia se fundían con el tenue atardecer. Ricky se tambaleó hacia atrás, como un hombre borracho o uno que acaba de recibir un puñetazo en la cara. Cerca de los peldaños de entrada varios policías charlaban con obreros que llevaban cascos y petos manchados de sudor. Había un par de bomberos junto al grupo, pero, cuando él se acercó, se separaron y se subieron al camión. Con un rugido de motor mezclado con la estridencia de una sirena, el vehículo se marchó calle abajo. Ricky avanzó a grandes zancadas, consciente sólo a nivel subliminal de que aquellos hombres no tenían prisa. Llegó al portal de su casa casi sin aliento. Uno de los policías se volvió para mirarlo. – Pare, hombre –dijo. – Es mi casa –contestó Ricky con ansiedad–. ¿Qué ha pasado? – ¿Vive aquí? –preguntó el policía, aunque ya había oído la respuesta a esta pregunta. –Sí. ¿Qué ha pasado? – Vaya. –El policía no contestó de forma directa–. Será mejor que hable con el caballero del traje –indicó. Ricky dirigió la mirada hacia otro grupo de hombres. Uno de sus vecinos, un corredor de bolsa que vivía dos pisos más arriba y que presidía la asociación de vecinos discutía y gesticulaba con un hombre de Obras Públicas que llevaba un casco amarillo. Había otros dos hombres cerca. Ricky vio que uno de ellos era el supervisor del edificio y el otro, el encargado de mantenimiento. El hombre de Obras Públicas hablaba fuerte y, cuando Ricky se acercó al grupo, le oyó decir: – Me da lo mismo lo que digan sobre las molestias. Yo soy quien decide la habitabilidad, y ya les digo que ni hablar. El corredor de bolsa se volvió frustrado hacia Ricky. Lo saludó con la mano y se dirigió hacia él mientras los demás seguían discutiendo. – Doctor Starks –dijo a la vez que le tendía la mano–. Creía que ya se había ido de vacaciones. – ¿Qué ha pasado? –preguntó Ricky. – Un desastre. Un desastre terrible. – ¿El qué? – ¿No se lo ha dicho la policía? – No. ¿Qué ha pasado? – Al parecer ha habido un problema serio con la instalación de agua en el tercer piso –explicó el corredor tras suspirar y encogerse de hombros–. Varias cañerías han reventado a la vez porque habían acumulado presión. Explotaron como bombas. El agua ha inundado los dos primeros pisos y los del tercero y el cuarto no tienen ningún servicio. Luz, gas, agua, teléfono... Nada funciona. El corredor debió de advertir el asombro de Ricky porque siguió con solicitud. – Lo siento –añadió–. Sé que su piso fue uno de los más afectados. No lo he visto, pero... – ¿Mi piso...? – Sí. Y ahora este idiota del Departamento de Obras Públicas quiere que evacuemos el edificio hasta que lo compruebe un equipo de ingenieros y contratistas. – Pero mis cosas... – Alguien de Obras Públicas lo acompañará para que recoja lo que necesite. Dicen que todo el edificio corre peligro. Espero que tenga a quien acudir. Un lugar adonde ir. ¿No solía pasar el agosto en Cape Cod? Creía que estaría allí. – Pero ¿cómo...? – No lo saben. El problema empezó en el piso que está justo encima del suyo. Y los Wolfson están veraneando en los Adirondacks. Mierda, tengo que llamarles. Espero que figuren en la guía. ¿Conoce algún buen contratista general? ¿Alguien que se encargue de techos, suelos y todo lo que hay en medio? Y será mejor que llame a su compañía de seguros, aunque no creo que se alegren mucho. Tendrán que venir enseguida para hacer un peritaje, aunque ya hay un par de hombres dentro sacando fotos. – Todavía no lo entiendo. – El hombre dijo que las cañerías explotaron sin más. Tal vez debido a una obstrucción. Pasarán semanas antes de que lo sepamos. Puede haber sido una acumulación de gas. En todo caso, bastó para provocar una explosión. Fue como una bomba. Ricky retrocedió y alzó los ojos hacia su hogar durante un cuarto de siglo. Era un poco como enterarse de la muerte de alguien viejo y conocido, importante y cercano. Tuvo la sensación de que tenía que verlo de primera mano, examinado, tocar para creer. Como aquella vez que había acariciado la mejilla de su mujer y tenía el tacto de la porcelana fría; y de pronto comprendió lo que había ocurrido por fin. Hizo un gesto hacia el encargado de mantenimiento. – Lléveme dentro –pidió–. Enséñemelo. – No le gustará –asintió el hombre con tristeza–. No, señor. Y se le van a arruinar los zapatos. –Y le entregó un casco plateado, surcado de arañazos. Cuando Ricky entró en el edificio, todavía había agua que goteaba del techo, se deslizaba por las paredes del vestíbulo y desconchaba la pintura. La humedad era palpable; el ambiente de repente húmedo y mohoso, como en la selva. Se notaba un ligero hedor a excrementos humanos en el aire, y en el suelo de mármol se habían formado charcos, volviéndolo resbaladizo, como la superficie helada de un lago en invierno. El encargado de mantenimiento caminaba unos pasos delante y observaba con cuidado dónde ponía los pies. – ¿Nota ese olor? No querrá pillar algún tipo de infección, ¿verdad? –soltó por encima del hombro. Subieron despacio las escaleras zigzagueando entre el agua estancada, aunque los zapatos de Ricky ya emitían ruidos fangosos a cada paso, y notaba que la humedad se iba filtrando hacia sus pies. En el segundo piso, dos hombres jóvenes con peto, botas de caucho, guantes de látex, mascarillas y unas fregonas enormes, intentaban recoger las aguas residuales. Las fregonas hacían un ruido como de manotazos cuando las pasaban por el estropicio. Los hombres trabajaban despacio y a conciencia. Un tercer hombre, también con botas de caucho y mascarilla, pero con un traje marrón barato y la corbata floja, estaba de pie a un lado. Sujetaba una cámara Polaroid y sacaba una instantánea tras otra de la destrucción. Los destellos de los flases semejaban pequeñas explosiones, y Ricky vio una bolsa enorme en el techo, como un furúnculo gigantesco a punto de reventar, donde el agua se había acumulado y amenazaba con descargar sobre el hombre que sacaba fotografías. La puerta del piso de Ricky estaba abierta de par en par. – Lo siento, tuvimos que abrirla –se disculpó el encargado de mantenimiento–. Estábamos intentando encontrar la causa del problema... –Se detuvo, como si no fuera necesaria más explicación, pero añadió una palabra–: Mierda. –Eso tampoco necesitaba explicaciones. Ricky entró a su casa pero se detuvo en seco. Era como si un huracán hubiera arrasado su hogar. El agua lo cubría todo un par de centímetros. Las bombillas se habían fundido Y olía a cable quemado. Las alfombras estaban empapadas Y la mayor parte de los muebles estropeados por el agua. Grandes secciones del techo estaban arqueadas y combadas, otras se habían desplomado y había polvo de yeso esparcido por todas partes. En más sitios de los que podía contar seguía goteando una nociva agua amarronada. Al adentrarse en el piso, el hedor a excrementos que se había insinuado en el vestíbulo aumentó y se volvió casi insoportable. Había destrozos por todas partes. Sus cosas estaban anegadas o esparcidas, como si una ola gigante hubiese golpeado su casa. Llegó con precaución hasta su consulta sin pasar del umbral. Una enorme placa de mampostería había caído sobre el diván y la mesa. En el techo había por lo menos tres agujeros, todos goteando y con cañerías destrozadas que colgaban al descubierto como estalactitas en una cueva. El agua cubría el suelo. Algunos cuadros, sus diplomas y el retrato de Freud habían caído, de modo que había trozos de cristal en más de un lugar. – Parece un ataque terrorista, ¿verdad? –comentó el encargado de mantenimiento. Cuando Ricky avanzó, le agarró por el brazo a la vez que le indicaba–: Ahí no. – Mis cosas... –protestó Ricky. – Me parece que el suelo ya no es seguro –dijo el hombre–. Y esas cañerías que cuelgan podrían soltarse en cualquier momento. Además, lo más probable es que todo esté destrozado. Mejor dejarlo. Este sitio es mucho más peligroso de lo que cree. Huela un momento, doctor. ¿Lo nota? No es sólo a mierda y demás. También huele a gas. Ricky vaciló y luego asintió. – ¿Y el dormitorio? –preguntó. – Igual. Toda la ropa estropeada y la cama aplastada bajo un trozo de techo. – Tengo que verlo –dijo Ricky. – No –contestó el hombre–. Ninguna pesadilla que pueda imaginarse igualará la realidad, así que mejor déjelo y vámonos de aquí. El seguro se lo pagará todo. – Pero mis cosas... – Las cosas sólo son cosas, doctor. Un par de zapatos o un traje pueden reemplazarse con bastante facilidad. No vale la pena arriesgarse a pillar una infección o lastimarse. Tenemos que salir de aquí y dejar que los expertos hagan su trabajo. No confío en que lo que queda del techo vaya a aguantar. Y tampoco respondo del suelo. Tendrán que derruir el edificio, de arriba a abajo. Así era como se sentía Ricky en ese momento. Derruido de arriba a abajo. Se volvió y salió detrás del hombre. Un trocito de techo cayó a su espalda, como para subrayar lo que éste le había dicho. De nuevo en la calle, el supervisor del edificio y el corredor de bolsa, acompañados del hombre de Obras Públicas, se acercaron a él. – Muy mal, ¿no? –preguntó el corredor–. Menudo desastre. Ricky sacudió la cabeza. – Los del seguro ya están de camino –dijo el corredor, y le dio su tarjeta de visita–. Llámeme a la oficina en un par de días. Mientras tanto, ¿tiene adónde ir? Ricky asintió mientras se guardaba la tarjeta en el bolsillo. Sólo le quedaba un lugar intacto en su vida. Pero no tenía muchas esperanzas de que siguiera así. 19 El final de la noche lo cubrió como un traje que le sentara mal, ajustado e incómodo. Apoyó la mejilla contra el cristal de la ventanilla y sintió que la frialdad de la madrugada lo traspasaba, casi como si pudiera calarle directamente, mientras la oscuridad que reinaba fuera se unía a la penumbra que sentía por dentro. Ansiaba la llegada del amanecer, ya que esperaba que la luz del sol pudiera vencer la negrura de su porvenir, aunque sabía que era una esperanza fútil. Inspiró despacio, saboreando el aire viciado, intentando deshacerse del peso de la desesperación que lo aplastaba. No lo logró. Estaba en la sexta hora del viaje nocturno del autobús Bonanza desde Port Authority hasta Provincetown. Oía el zumbido del motor diesel, un constante sube y baja, a medida que el conductor cambiaba de marcha. Tras una parada en Providence, el autobús había llegado por fin a la carretera 6 hacia Cape Cod, y avanzaba lento y decidido por la carretera descargando pasajeros en Bourne, Falmouth, Hyannis, Eastham y, por último, en la parada de Wellfleet, antes de dirigirse a Provincetown en la punta de Cape Cod. Dos terceras partes del autobús ya iban vacías. A lo largo del recorrido, los pasajeros habían sido hombres o mujeres jóvenes que habían terminado la universidad y entraban en la edad laboral, y que iban a pasar el fin de semana a Cape Cod. «La previsión meteorológica debe de ser buena –pensó–. Cielos despejados, temperaturas cálidas.» Los jóvenes se habían mostrado bulliciosos las primeras horas del viaje, riendo, charlando y relacionándose mediante ese método que resulta tan fácil a la juventud, y habían ignorado a Ricky, que iba sentado solo en la parte posterior, separado de ellos por abismos más insalvables que la mera edad. Pero la vibración sorda y regular del motor había tenido su efecto en casi todos los pasajeros, salvo en él, y ahora dormían en diversas posturas, de modo que Ricky era el único que observaba los kilómetros que se deslizaban bajo el vehículo mientras sus pensamientos pasaban con la misma rapidez que el asfalto. Estaba seguro de que ningún accidente de la instalación de agua había destrozado su piso. Esperaba que no hubiera ocurrido lo mismo con su casa de veraneo. Sabía que eso era casi lo único que le quedaba. Calculó qué le esperaba, en un inventario modesto que sirvió más para deprimido que para animado. Una casa llena de recuerdos. Un Honda Accord de diez años algo abollado y rayado que guardaba en el granero, detrás de la casa, para usar sólo durante las vacaciones, ya que en Manhattan nunca había necesitado un vehículo. Unas prendas de vestir gastadas: pantalones caqui, polos y jerséis con el cuello raído y agujeros de polilla. Un cheque bancario por diez mil dólares (más o menos) en el banco. Una profesión hecha jirones. Una vida sumida en la confusión. Y unas treinta y seis horas antes del plazo de Rumplestiltskin. Por primera vez en días, se concentró en sus opciones: encontrar el nombre, o su propio obituario. De otro modo, alguien inocente se enfrentaría a un castigo que Ricky no podía ni imaginarse. Cualquier cosa terrible desde la ruina hasta la muerte. Ya no le quedaba ninguna duda del empeño de ese hombre. Ni de su alcance y resolución. «A pesar de todas mis idas y venidas, de mis especulaciones y mis intentos de resolver los enigmas que se me planteaban, las opciones no han cambiado –pensó Ricky–. Estoy en la misma posición que cuando la primera carta llegó a mi consulta.» Eso no era del todo cierto. Su situación había empeorado. El doctor Frederick Starks que había leído aquella carta en su consulta de la zona alta de la ciudad, rodeado de una vida bien ordenada, con control sobre cada minuto de cada día, ya no existía. Había sido un hombre de chaqueta y corbata, sereno e inmutable. En la ventanilla del autobús captó su imagen reflejada en el cristal oscuro. El hombre que lo miraba apenas se parecía al que creía haber sido antes. Rumplestiltskin había querido jugar. Pero lo que le había ocurrido a Ricky no tenía nada de deportivo. El autobús dio una ligera sacudida y el motor aminoró las revoluciones, lo que indicaba que se acercaba otra parada. Ricky echó un vistazo al reloj y vio que llegaría a Wellfleet hacia el amanecer. Quizá lo más maravilloso del inicio de las vacaciones anuales era la llegada. El ritual era el mismo cada año, un conjunto de pequeños actos que tenían la familiaridad del reencontrarse con un viejo amigo después de una larga ausencia. Tras la muerte de su mujer, Ricky había sido inflexible en cuanto a seguir llegando del mismo modo a la casa de veraneo. Cada año, el 1 de agosto, tomaba el mismo vuelo desde La Guardia hasta el pequeño aeropuerto de Provincetown, donde la misma compañía de taxis lo recogía y lo llevaba por carreteras viejas y conocidas los veinte kilómetros que había hasta su casa. El proceso de abrir la casa era el mismo, desde abrir las ventanas de par en par para que entrara el aire limpio de Cape Cod hasta quitar y doblar las sábanas viejas y raídas que cubrían el mobiliario y limpiar el polvo acumulado en las superficies y los estantes. Tiempo atrás había compartido todas las tareas con su mujer. Los últimos años las había hecho solo, pensando siempre, mientras repasaba el habitual montoncito de correo (la mayoría inauguraciones de galerías e invitaciones a fiestas que rechazaría), que seguir haciendo estas cosas antes compartidas confería a su mujer una presencia fantasmagórica en su vida, lo que no le molestaba. Curiosamente, le hacía sentir menos aislado. Este año todo era distinto. No llevaba nada en las manos, pero el equipaje que cargaba pesaba más que nunca, más incluso que el primer verano tras la muerte de su esposa. El autobús lo depositó en el macadán negro del estacionamiento del restaurante Lobster Shanty. En todos los años que llevaba yendo a Cape Cod, nunca había comido allí, suponía que desanimado por la sonriente langosta con babero y un tenedor en las pinzas que adornaba el cartel sobre la puerta del local. Dos coches esperaban a dos pasajeros y se marcharon deprisa después de recogerlos. La mañana era fría y húmeda, y una neblina cubría algunas colinas. La luz del alba convertía el mundo que lo rodeaba en gris y vaporoso, como una fotografía algo des enfocada. Se estremeció, de pie en la acera, al sentir cómo la mañana le traspasaba la ropa. Sabía muy bien dónde estaba, a unos cinco kilómetros de su casa, en un lugar por el que había pasado cientos de veces. Pero verlo a esa hora y en esas circunstancias le daba un aspecto desconocido, un poco falto de armonía, como un instrumento que tocara las notas correctas en el tono equivocado. Barajó la idea de llamar a un taxi, pero finalmente se marchó andando por la carretera con el paso vacilante de un soldado cansado del combate. Tardó poco menos de una hora en llegar al camino rural que llevaba a su casa. Para entonces, el calor y la luz del sol de aquella mañana de agosto habían disipado parte de la niebla de las laderas circundantes. Cerca de la entrada de su casa vio tres cuervos negros que picoteaban el cadáver de un mapache, a unos veinte metros camino abajo. El animal había elegido un mal momento para cruzar la noche anterior y se había convertido en el desayuno de otro animal. Los cuervos tenían una forma de comer que llamó la atención de Ricky: picoteaban al animal muerto sin dejar de volverse a derecha e izquierda para detectar cualquier amenaza, como si supieran el peligro que suponía estar en medio del camino y ni siquiera el hambre, por grande que fuera, les impidiese abandonar su cautela. Introducían sus largos picos en el cadáver y lo desgarraban con crueldad, y se picaban entre sí, reacios a compartir la abundancia que les había procurado un BMW o un SUV la noche anterior. Era una imagen habitual y normalmente Ricky apenas se habría fijado en ella. Pero esta mañana le enfureció, como si la exhibición de los pájaros estuviera dirigida a él. «Carroñeros –masculló Ricky–. Comecadáveres.» Empezó a agitar los brazos, frenético, en su dirección. Pero los pájaros hicieron caso omiso de él hasta que dio unos pasos amenazadores hacia ellos. Entonces, graznando de alarma, se elevaron, describieron círculos sobre los árboles y volvieron segundos después de que Ricky accediese al sendero de entrada a su casa. «Son más decididos que yo», pensó, casi sumido en la frustración, y volvió la espalda a la escena para recorrer con paso regular pero tembloroso el túnel de árboles levantando nubecitas de polvo con los pies. Su casa estaba a sólo medio kilómetro de la carretera, pero no se veía desde ella. La mayoría de las construcciones nuevas de Cape Cod exhibían la arrogancia del dinero tanto en el diseño como en la ubicación. En todas las laderas y los promontorios había casas grandes, dispuestas para tener el máximo de vistas del Atlántico. Y, si eso no era posible, estaban inclinadas de tal modo que daban a los claros o a los raquíticos bosques –debido a los fuertes vientos– que dominaban el paisaje. Las casas nuevas estaban diseñadas para ver algo. La de Ricky era distinta. Construida más de cien años atrás, había sido en su día una granja y estaba situada junto a unos campos donde antaño crecía maíz y que ahora formaban parte de una zona protegida, con lo que el lugar estaba aislado. La casa no proporcionaba paz y soledad por las vistas que ofrecía sino más bien por su antigua conexión con la tierra bajo sus cimientos. Era un poco como un jubilado viejo y canoso, algo maltrecho Y deteriorado, un poco ajado, que lucía sus medallas en vacaciones pero prefería pasarse las horas echando una cabezada al sol. La casa había cumplido su misión durante décadas y ahora descansaba. Carecía de la energía de las viviendas modernas, donde la relajación es casi una exigencia y un requisito apremiante. Ricky cruzó las sombras bajo los árboles hasta que el sendero surgió del bosquecillo y vio la casa asentada en el extremo de un campo abierto. Casi le sorprendió que siguiera en pie. Se detuvo en la entrada, aliviado de haber encontrado la llave de repuesto bajo la losa gris suelta, como era de esperar. Vaciló un momento y luego abrió la puerta y entró. El olor a cerrado fue casi un alivio. Sus ojos absorbieron con rapidez aquel mundo interior. Polvo y calma. Mientras consideraba las tareas que lo esperaban (ordenar, barrer y acondicionar la casa) un agotamiento casi mareante se apoderó de él. Subió el angosto tramo de escaleras hacia el dormitorio. Las tablas del suelo, combadas y viejas, crujieron bajo su peso. En su habitación, abrió la ventana para sentir el aire cálido. Conservaba una foto de su mujer en un cajón de la cómoda; un lugar curioso para guardar su imagen y su recuerdo. Lo sacó y, aferrado a ella como un niño a un osito de peluche, se echó en la cama de matrimonio donde había dormido en soledad los tres últimos veranos. Casi de inmediato se sumió en un sueño profundo pero agitado. Cuando abrió los ojos a primera hora de la tarde, notó que el sol había recorrido el cielo. Estuvo desorientado un momento hasta que el mundo a su alrededor se enfocó, un mundo conocido y entrañable, pero verlo le resultaba duro, casi como si la vista más reconfortante quedara curiosamente fuera de su alcance. No le daba placer contemplar el mundo que lo rodeaba. Como la fotografía de su mujer que seguía sujetando en la mano, era distante y, de algún modo, lo había perdido. Fue al baño para mojarse la cara. Su imagen en el espejo parecía la de un hombre más viejo. Apoyó las manos en el borde del lavabo y, mientras se observaba, pensó que tenía mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo. Encaró con rapidez las tareas habituales del verano. Fue al granero para retirar la lona que cubría el viejo Honda y conectar el cargador de baterías que tenía para ese momento de cada verano. Después, mientras el coche se llenaba de energía, regresó a la casa para quitar las cubiertas de los muebles y barrer el suelo. En el armario había un plumero, que usó, convirtiendo el interior de la casa en un mundo de ácaros del polvo arremolinados en los haces del sol. Como tenía por costumbre en Cape Cod, dejó la puerta abierta al salir. Si lo habían seguido, lo que era posible, no quería que Virgil, Merlín o quienquiera que fuese se viera obligado a forzar la entrada. Era como si con ello minimizara de algún modo la violación. No sabía si podría soportar que se rompiese algo más en su vida. Su piso de Nueva York, su carrera, su reputación, todo lo relacionado con lo que Ricky creía ser y todo lo que había construido en su vida había sido sistemáticamente destruido. Sintió que una especie de fragilidad inmensa descendía sobre su alma, como si una sola rajadura en el cristal de una ventana, una raya en la madera, una taza rota o una cuchara doblada fuera más de lo que podría soportar. Soltó un suspiro de alivio cuando el Honda arrancó. Probó los frenos y parecieron funcionar. Sacó el coche marcha atrás con cautela, sin dejar de pensar todo el rato: «Así es como uno debe de sentirse al estar cerca de la muerte.» Una recepcionista simpática señaló a Ricky el despacho acristalado del director del banco. El First Cape Bank era un edificio pequeño con revestimiento de madera, como muchas de las casas más antiguas de la zona. Pero el interior era tan moderno como el que más, y las oficinas combinaban lo antiguo con lo nuevo. Algún arquitecto lo había considerado una buena idea, pero a Ricky le pareció que sólo se había creado un espacio que no pertenecía a ninguna parte. Aun así, se alegró de que estuviera ahí y todavía abierto. El director era un hombre bajo, extrovertido, con un vientre prominente y una calva que el sol había quemado en exceso ese verano. Estrechó la mano de Ricky con fuerza. Luego retrocedió y lo evaluó con la mirada. – ¿Se encuentra bien, doctor? ¿Ha estado enfermo? – Estoy bien –contestó Ricky tras vacilar–. ¿Por qué lo pregunta? El director sacudió la mano como si quisiese borrar la pregunta que acababa de formular. – Disculpe. No quiero ser indiscreto. Ricky pensó que su aspecto debía de reflejar el estrés de los últimos días. – He tenido uno de esos resfriados veraniegos. Me dejó hecho polvo –mintió. – Pueden ser difíciles –asintió el director–. Espero que se haya hecho las pruebas de la enfermedad de Lyme. Aquí, a la que alguien no anda muy fino, es lo primero en lo que pensamos. – Estoy bien –mintió Ricky de nuevo. – Bueno, le estábamos esperando, doctor Starks. Creo que lo encontrará todo en orden, pero debo decide que es el cierre de cuenta más extraño que he visto nunca. – ¿Y eso por qué? – En primer lugar, hubo un intento de acceder a su cuenta sin autorización. Eso ya fue bastante extraño para una institución como ésta. Y hoy un mensajero nos entregó un sobre a su nombre. – ¿Un sobre? El director le entregó un sobre de correo urgente. Llevaba el nombre de Ricky y el del director del banco. Procedía de Nueva York. En la casilla del remitente había el número de un apartado de correos y el nombre: «R. S. Skin.» Ricky lo cogió, pero no lo abrió. – Gracias –dijo–. Perdone las irregularidades. El director sacó un sobre más pequeño de un cajón de la mesa. –El cheque bancario –aclaró–. Por diez mil setecientos setenta y dos dólares. Lamentamos cerrar su cuenta, doctor. Espero que no vaya a llevar el dinero a la competencia. – No. –Ricky echó un vistazo al cheque. – ¿Ha puesto en venta la casa, doctor? podríamos ayudarle en esa transacción. – No. No la vendo. – ¿Por qué cierra entonces la cuenta? –preguntó el director–. La mayoría de las veces, cuando cerramos una cuenta antigua es porque ha habido un cambio importante en la familia. Una muerte o un divorcio. Una quiebra en ocasiones. Alguna especie de tragedia que provoca que la gente se reorganice y empiece de nuevo en otra parte. Pero en este caso... El director estaba sondeándolo. Ricky no quería contestar. Observó el cheque. – ¿Puedo cobrarlo en efectivo aquí mismo? – Podría ser peligroso llevar tanto dinero encima, doctor. –El director entornó los ojos–. ¿Tal vez cheques de viaje? – No, gracias, pero le agradezco su preocupación. Prefiero el efectivo. – Muy bien. –El director asintió–. Enseguida vuelvo. ¿De cien? – De acuerdo. Ricky permaneció sentado unos instantes. Muerte, divorcio, quiebra. Enfermedad, desesperación, depresión, chantaje, extorsión. Pensó que a él se le podría aplicar cualquiera de esas palabras, o quizás todas. El director regresó y le entregó otro sobre que contenía el efectivo. – ¿Quiere contarlo? –preguntó. – No; confío en usted –aseguró Ricky mientras se lo guardaba en el bolsillo. – Tenga mi tarjeta, doctor Starks. Por si precisara nuestros servicios otra vez. Ricky la aceptó murmurando su agradecimiento. Se volvió para irse, pero de repente miró de nuevo al director. – ¿Por qué motivos dijo que la gente suele cerrar sus cuentas? – Bueno, suele haberles pasado algo muy grave. Tienen que mudarse a otro sitio, empezar una nueva carrera. Crear una nueva vida para ellos y para su familia. Muchas, debería decir la inmensa mayoría, se cierran porque fallecen clientes muy mayores, de toda la vida, y los hijos que heredan el patrimonio que hemos administrado se lo llevan a mercados más rentables o a Wall Street. Creo que casi el noventa por ciento de los cierres de nuestras cuentas están relacionados con una defunción. Puede que un porcentaje aún mayor. Por eso me preguntaba sobre el suyo, doctor. No se ajusta a lo que estamos acostumbrados. – Interesante –comentó Ricky–. No sé qué decirle. Pero le aseguro que si en el futuro necesito un banco, acudiré aquí. Eso apaciguó un poco al director. – Estaremos a su disposición –dijo mientras Ricky, que de repente reflexionaba sobre las palabras del director, salía para vivir lo que quedaba de su penúltimo día. Cuando llegó a la casa, la penumbra ingrávida del atardecer ya lo envolvía todo. Recordó que en verano la verdadera noche, densa y negra, se demoraba hasta casi la medianoche. En los campos que se extendían alrededor cantaban los grillos, y las primeras estrellas salpicaban el cielo. «Todo parece tan apacible –pensó–. En una noche como ésta nadie debería tener inquietudes ni preocupaciones.» Esperaba encontrarse con Merlín o Virgil, pero la casa estaba silenciosa Y vacía. Encendió las luces y se dirigió a la cocina para prepararse una taza de café. Se sentó en la mesa de madera en la que había compartido tantas comidas con su mujer a lo largo de los años y abrió el sobre acolchado que había recibido en el banco, que a su vez contenía un sobre con su nombre impreso. Ricky lo abrió y extrajo una hoja. El membrete de la parte superior confería a la carta el aspecto de una transacción comercial más o menos corriente. El membrete ponía: Investigaciones Privadas R. S. Skin «Máxima confidencialidad» Aptdo. de correos 66–66 Church Street Station Nueva York, N. Y. 10008 Debajo del membrete leyó lo siguiente, escrito en un estilo comercial, sucinto y rutinario: Apreciado doctor Starks: Con relación a su reciente consulta a esta oficina, nos satisface informarle de que nuestros agentes han confirmado que sus suposiciones son correctas. Sin embargo, en este momento no podemos facilitarle más detalles sobre los individuos en cuestión. Sabemos que cuenta con limitaciones importantes de tiempo. Por lo tanto, a menos que recibamos una petición suya, en el futuro no podremos proporcionarle más información. Si sus circunstancias cambiaran, le rogamos se ponga en contacto con nuestra oficina para cualquier consulta adicional. Será facturado por nuestros servicios en veinticuatro horas. Muy atentamente, R. S. SKIN, presidente Investigaciones Privadas R. S. Skin Ricky leyó la carta tres veces antes de dejarla sobre la mesa. Le pareció un documento verdaderamente excepcional. Sacudió la cabeza casi con admiración y sin duda con desesperación. Seguro que la dirección y la empresa eran falsas por completo. Pero ése no era el mérito de la carta, sino lo nimia que resultaría a cualquiera salvo a Ricky. Cualquier otra relación con Rumplestiltskin había sido erradicada de su vida. Los poemitas, la primera carta, las pistas y las instrucciones habían sido destruidos o robados. Y la carta decía a Ricky lo que necesitaba saber, pero de tal forma que si alguien más la leía, no le llamaría la atención. Y conduciría a cualquiera que pudiera sentir curiosidad hacia un callejón sin salida. Un rastro que no iba a ninguna parte. «Es inteligente», pensó Ricky. Sabía quiénes querían que se suicidara, pero no conocía sus nombres. Sabía por qué querían que se suicidara. Y sabía que, si no satisfacía su exigencia, tenían la capacidad de cumplir lo que le habían prometido desde el primer día. La factura por sus servicios. Sabía que el caos desatado en esas dos últimas semanas se evaporaría cuando se cumpliera el plazo. Los falsos abusos sexuales que habían arruinado su carrera; el dinero, el piso, todo lo que le había ocurrido en el transcurso de catorce días se aclararían al instante en cuanto él estuviera muerto. Pero más allá de eso, lo peor era que a nadie le importaría. Los últimos años se había aislado profesional y socialmente. Estaba, si no separado, sí alejado y distanciado de sus familiares. No tenía una verdadera familia, ni verdaderos amigos. Pensó que a su funeral asistiría gente en traje negro, con expresiones de dolor y pesar meramente formales. Serían sus colegas. Tal vez algunos asistentes serían antiguos pacientes a los que creía haber ayudado, y mostrarían sus emociones de modo adecuado. Pero el pilar del psicoanálisis es que un tratamiento exitoso lleva al paciente a un estado libre de ansiedad y depresión. Eso era lo que había buscado proporcionar a sus pacientes durante los años de sesiones diarias. Así que no sería razonable pedirles que ahora derramaran lágrimas por él. La única persona que experimentaría verdadera emoción en el banco de la iglesia sería el hombre que le había causado la muerte. «Estoy completamente solo», pensó Ricky. ¿De qué serviría rodear con un círculo el nombre «R. S. Skin» de la carta y dejado para algún inspector con la nota: «Éste es el hombre que me obligó a suicidarme»? Ese hombre no existía. Por lo menos, a un nivel en el que fuera capaz de encontrado un policía local de Wellfleet, Massachusetts, en plena temporada veraniega, cuando los delitos consistían básicamente en hombres de mediana edad que conducían a casa borrachos después de una fiesta, en riñas domésticas entre los ricos y en adolescentes escandalosos que querían comprar sustancias ilegales. Y peor aún: ¿quién lo creería? En lugar de eso, lo que cualquiera que investigara su vida descubriría casi de inmediato sería que su mujer había muerto, que su carrera estaba destrozada debido a una acusación por abusos sexuales, que sus finanzas eran un caos y que un accidente había destruido su casa. Una base fértil para una depresión suicida. Su suicidio tendría sentido para cualquiera que lo examinara. Incluidos todos sus colegas de Manhattan. En apariencia, que se hubiera quitado la vida sería un caso típico de manual. Nadie vería en ello nada de raro. Por un instante, sintió un arrebato de cólera contra a sí mismo: «Te has convertido en un blanco muy fácil.» Cerró los puños y golpeó con fuerza el tablero de la mesa. – ¿Quieres vivir? –dijo en voz alta tras inspirar hondo. La habitación permaneció en silencio. Escuchó, como si esperara alguna respuesta fantasmagórica. – ¿Qué hay en tu vida que haga que valga la pena vivirla? –preguntó. De nuevo, la única respuesta fue el rumor distante de la noche veraniega. – ¿Podrás vivir si eso le cuesta la vida a otra persona? Inspiró otra vez y se respondió sacudiendo la cabeza. – ¿Tienes elección? El silencio le respondió. Ricky comprendió algo con una claridad meridiana: en veinticuatro horas, el doctor Frederick Starks tenía que morir. 20 Pasó el último día de su vida efectuando preparaciones febriles. En la tienda de suministros del puerto deportivo compró dos depósitos de veinte litros para combustible de motores fueraborda, del tipo pintado en rojo que va al fondo de un esquife, conectado con el motor. Eligió el par más barato, después de pedir ayuda a un adolescente que trabajaba en la tienda. El muchacho intentó convencerlo de que se llevara unos depósitos un poco más caros que iban provistos de indicador del combustible y de válvula de seguridad, pero Ricky los rechazó con fingido desdén. El chico le preguntó para qué necesitaba dos y Ricky le indicó que uno solo no le bastaba para lo que tenía en mente. Simuló cólera e insistencia, y fue todo lo prepotente y desagradable que pudo hasta el momento en que pagó en efectivo. Entonces aparentó recordar algo y pidió con brusquedad al adolescente que le mostrara pistolas de bengalas. El muchacho le enseñó media docena y Ricky eligió también la más barata, aunque el dependiente le advirtió que era de muy poco alcance, y tal vez no más de quince metros de altura. Sugirió otros modelos, un poco más caros, de mayor potencia y que proporcionaban más seguridad. Pero Ricky siguió desdeñoso y comentó que sólo esperaba usar la bengala una vez. Luego pagó en efectivo, tras quejarse del precio total. Ricky imaginó que el adolescente estaría encantado de verlo marchar. Su siguiente parada fue en una farmacia, donde pidió ver al farmacéutico encargado. El hombre, con una chaqueta blanca y un aire algo oficioso, salió de la trastienda. Ricky se presentó. – Necesito que me suministre una receta –dijo, y le dio su número de colegiado–. Elavil. Una dosis de pastillas de treinta miligramos para treinta días. Nueve mil mili gramos en total. El hombre sacudió la cabeza, sorprendido. – No he suministrado una cantidad así en mucho tiempo, doctor. Y en el mercado hay algunos fármacos nuevos que son mucho más efectivos, con menos efectos secundarios y no tan peligrosos como el Elavil. Es casi una antigualla. Hoy en día apenas se usa. Verá, tengo algo almacenado que todavía no ha caducado, pero ¿está seguro de que lo quiere? – Por completo –contestó Ricky. El farmacéutico se encogió de hombros, sugiriendo que había hecho todo lo posible por convencerlo de que se llevara un antidepresivo más eficaz. – ¿Qué nombre debo poner en la etiqueta? –preguntó. – El mío –indicó Ricky. Al salir, Ricky se dirigió a una pequeña papelería. Sin prestar atención a las hileras de tarjetas de felicitación para desear una pronta recuperación, dar el pésame, felicitar por el nacimiento de un bebé, por un cumpleaños o por un aniversario que abarrotaban los pasillos, tomó un bloc barato de papel de carta pautado, doce sobres gruesos y dos bolígrafos. En el mostrador, donde pagó, también consiguió sellos para los sobres. Necesitaba once. La joven cajera ni siquiera le miró a los ojos mientras marcaba los precios. Lanzó todo al asiento trasero del viejo Honda y condujo deprisa por la carretera 6 hacia Provincetown. Esta población, al final del cabo, tenía una relación curiosa con los demás centros vacacional es cercanos. Recibía visitantes mucho más jóvenes y modernos, a menudo gays o lesbianas, que parecían el polo opuesto de los médicos, abogados, escritores y académicos que atraían Wellfleet y Truro. Estas dos poblaciones eran para relajarse, tomar Cócteles y hablar de libros y de política, y de quién se divorciaba y quién tenía alguna aventura amorosa y, por lo tanto, estaban rodeadas de una especie de pesadez y monotonía casi constantes. En verano, Provincetown poseía ritmo musical y energía sexual. No se trataba de relajarse y recuperar biorritmos, sino de divertirse y relacionarse. Era un lugar donde las exigencias de la juventud y la energía eran primordiales. Había pocas oportunidades de que allí lo viera algún conocido. Por consiguiente, era el lugar ideal para su siguiente compra. En una tienda de deportes se proveyó de una mochila negra como las que usan los estudiantes para llevar los libros. También de la billetera más barata y de un par de zapatillas de deporte normales. Al hacer estas compras, habló lo menos posible con el dependiente y evitó el contacto visual aunque no actuó de modo furtivo, lo que podría haber atraído su atención, sino que tomó las decisiones con presteza para que su presencia en la tienda pasara inadvertida. Luego se dirigió a otra farmacia, donde compró tinte negro para el pelo, unas gafas de sol baratas y unas muletas ajustables de aluminio, no del tipo que llega hasta la axila y que prefieren los atletas lesionados, sino de la clase que utilizan las personas incapacitadas por alguna que otra enfermedad, con un asidero y un soporte semicircular para la mano y el antebrazo. Hizo otra parada en Provincetown, en la terminal de autobuses Bonanza, una pequeña oficina junto a la carretera con un solo mostrador, tres sillas para esperar y un estacionamiento asfaltado con capacidad para varios autobuses. Esperó fuera con las gafas de sol puestas hasta que llegó un autobús del que bajó un grupo de visitantes de fin de semana y entró a efectuar su compra con rapidez. En el Honda, de regreso a casa, pensó que apenas le quedaba tiempo suficiente ese día. La luz del sol daba en el parabrisas y el calor circulaba por las ventanillas abiertas. Era ese momento de la tarde veraniega en que las personas se reúnen en la orilla del mar, llaman a los niños para que salgan del agua, recogen las toallas, las neveras portátiles, los cubos y las palas de plástico y emprenden el camino algo incómodo hacia sus vehículos: un momento de transición antes de sumergirse en la rutina nocturna de la cena y una película, una fiesta o un rato tranquilo leyendo una vieja novela en rústica. Era el momento en que Ricky, los años anteriores, habría disfrutado de una ducha caliente y luego habría charlado con su mujer sobre cosas corrientes de su vida: alguna fase especialmente difícil de un paciente en su caso, un cliente que no podía salir de un aprieto en el de ella. Pequeños momentos que llenaban días, sencillos pero fascinantes, en el esquema de su apacible vida conyugal. Recordó esos momentos y se preguntó por qué no había pensado en ellos desde que ella había muerto. Recordar no lo puso triste, como sucede a veces al pensar en el cónyuge desaparecido, sino que lo reconfortó. Sonrió porque, por primera vez en meses, pudo recordar el sonido de su voz. Se preguntó si ella había pensado en las mismas cosas, no en los momentos grandes y extraordinarios de la vida sino en los pequeños momentos que rayan en lo corriente, cuando se preparaba para la muerte. Sacudió la cabeza. Supuso que lo habría intentado pero que el dolor del cáncer era demasiado intenso y, cuando la morfina lo enmascaraba, esos recuerdos quedaban bloqueados. Ricky lamentó haberse dado cuenta de ello. «Mi muerte parece distinta», se dijo. ¡Muy distinta! Entró en una gasolinera Texaco y se detuvo frente a los surtidores. Bajó del Honda y sacó el par de bidones del maletero para proceder a llenarlos de gasolina normal. Un empleado joven vio lo que hacía Ricky en la zona de autoservicio y le gritó: – Oiga, si son para un fuera borda tiene que dejar espacio para el aceite. Algunos van con una mezcla de cincuenta a uno, otros de cien a uno. – No son para un fueraborda, gracias. –Ricky meneó la cabeza. – Son depósitos de fueraborda –insistió el muchacho. – Sí. Pero yo no tengo un fueraborda. El chico se encogió de hombros. Debía de trabajar ahí todo el año Ricky supuso que sería un alumno local de secundaria que no imaginaba que los depósitos pudieran usarse para otra cosa distinta que para la que estaban concebidos, y que le había incluido en la categoría que los habitantes de Cape Cod reservaban a los veraneantes, consistente en un ligero desprecio y en el convencimiento de que nadie de Nueva York o Boston tenía la menor idea de lo que estaba haciendo en ningún instante. Ricky pagó, puso los depósitos llenos en el maletero, algo que incluso él comprendió que era muy peligroso, y se marchó a su casa. Dejó los depósitos de gasolina en el salón y fue a la cocina. Se sintió repentinamente agotado, como si hubiese gastado mucha energía, y se bebió con avidez una botella de agua que había en el frigorífico. Su corazón parecía aumentar su ritmo a medida que las horas de su último día menguaban. Se obligó a conservar la calma. Extendió los sobres y el bloc de papel en la mesa de la cocina, se sentó y escribió la siguiente nota: Al Departamento de Protección de la Naturaleza: Les ruego acepten el donativo adjunto. No busquen más porque no tengo nada más que dar y, después de esta noche, no estaré aquí para darlo. Atentamente, Doctor Frederick Starks Tomó un billete de cien dólares del fajo y lo metió junto con la carta en uno de los sobres con estampilla. Después redactó notas parecidas e incluyó una cantidad similar en los demás sobres, salvo uno. Hizo donativos a la Sociedad Americana contra el Cáncer, al Sierra Club, a la Asociación de Conservación Costera, a la organización benéfica CARE y al Comité Nacional Demócrata. En cada caso, se limitó a escribir el nombre de la institución en el sobre. Cuando terminó, miró el reloj y vio que se aproximaba la hora límite del Times para aceptar anuncios. Fue al teléfono y por cuarta vez llamó a la sección de clasificados. Esta vez, sin embargo, el mensaje para el anuncio que dictó al empleado era distinto. Nada de rima, poemas o preguntas. Sólo la sencilla frase: Señor R: Usted gana. Lea el Cape Cod Times. Ricky volvió a sentarse en la cocina y tomó el bloc. Mordisqueó la punta del bolígrafo y luego se puso a redactar una última carta. Escribió con rapidez: A quien pueda interesar: He hecho esto porque estoy solo y no soporto el vacío de mi vida. Me resultaría imposible causar más daño a ninguna otra persona. He sido acusado de cosas de las que soy inocente. Pero soy culpable de cometer errores con personas a las que amaba, y eso me ha llevado a dar este paso. Agradecería que alguien enviara por correo los donativos que he dejado. Todos los bienes y fondos restantes de mi patrimonio deberían ser vendidos y lo recaudado entregado a las mismas organizaciones benéficas. Lo que quede de mi casa aquí, en Wellfleet, debería convertirse en zona protegida. A mis amigos, si los hay, espero que me perdonéis. A mis familiares, espero que lo entendáis. Y al señor R, que me ayudó a llegar a esta situación, espero que encuentre muy pronto su propio camino hacia el infierno, porque ahí le estaré esperando. Firmó esta carta con una rúbrica, la metió en el último sobre y la dirigió al Departamento de Policía de Wellfleet. Con el tinte y la mochila en la mano, se dirigió hacia el baño del piso superior. Minutos después, tenía un cabello casi negro azabache. Se echó un vistazo en el espejo, le pareció que ofrecía un aspecto algo tonto y se secó con una toalla. Eligió ropas viejas y raídas de verano que guardaba en la cómoda y las metió, junto con una cazadora gastada, en la mochila. Tomó una muda más, doblada con cuidado, y la puso encima. Después volvió a ponerse la ropa que había llevado ese día. En un bolsillo exterior de la mochila metió la fotografía de su difunta esposa. En otro bolsillo metió el último mensaje de Rumplestiltskin y los pocos documentos que revelaban la causa de lo ocurrido. Los documentos sobre la muerte de la madre de Rumplestiltskin. Llevó la mochila y la muda de ropa, las muletas de aluminio y el montón de cartas al coche y los dejó en el asiento del pasajero junto a las gafas de sol y las zapatillas de deporte. Volvió dentro y se sentó tranquilamente en la cocina a esperar que pasaran las horas que quedaban de la noche. Estaba inquieto y un poco intrigado, y de vez en cuando le asaltaba el miedo. Intentó no pensar en nada y tarareó para sí mismo para dejar la mente en blanco. Sin resultado, por supuesto. Sabía que no podía causar la muerte de otra persona, ni siquiera de alguien a quien no conocía y con quien sólo estaba relacionado a través de lazos de sangre y matrimonio. En eso Rumplestiltskin había tenido razón desde el primer día. Nada en su vida, en su pasado, en todos los pequeños momentos que lo habían convertido en quien era, en quien se había transformado, en quien podría aún llegar a ser, valía algo frente a esta amenaza. Sacudió la cabeza al pensar que R le Conocía mejor que él mismo. Lo había calado desde el principio. Ignoraba a quién podría estar salvando, pero sabía que se trataba de alguien. «Piensa en eso», se dijo. Poco después de medianoche, se levantó y se permitió un último recorrido por la casa para recordar cuánto amaba cada rincón, y cada crujido de las tablas del suelo. Le tembló un poco la mano cuando llevó un depósito de gasolina al primer piso, donde lo vertió abundantemente por el suelo. Roció la ropa de cama. Utilizó el otro de la misma forma en la planta baja. En la cocina, abrió todas las llaves de la vieja cocina de gas, de modo que la habitación se llenó al instante del olor característico a huevos podridos mientras la cocina siseaba. Se mezcló con el hedor a gasolina que ya le había impregnado la ropa. Tomó la pistola de bengalas y se dirigió al viejo Honda. Lo puso en marcha y lo alejó de la casa, orientado hacia la carretera con el motor en marcha. Después se situó frente a las ventanas del salón. El olor a gasolina que rezumaba la casa se mezclaba con el que tenía en las manos y la ropa. Pensó en lo incongruentes que resultaban esos olores fuertes, en contraste con el calor del verano, la madreselva y las flores silvestres más un ligerísimo toque salobre del mar que impregnaban la brisa que se deslizaba inocentemente entre los árboles. Inspiró hondo una sola vez, procuró no pensar en lo que estaba haciendo, apuntó con la pistola, la amartilló y disparó a la ventana central. La bengala formó un arco en medio de la noche y dejó una estela de luz blanca en la oscuridad entre su posición y la casa para atravesar la ventana con un tintineo de cristales rotos. Esperaba una explosión, pero en su lugar oyó un ruido sordo y apagado, seguido de un brillante chisporroteo. En unos segundos vio las primeras llamas danzando por el suelo y propagándose por el salón. Corrió hacia el Honda. Para cuando había subido al coche, toda la planta baja estaba en llamas. Mientras bajaba por el sendero de entrada, oyó la explosión cuando el fuego alcanzó el gas de la cocina. Decidió no mirar atrás y aceleró hacia la noche cada vez más oscura. Condujo con cuidado y sin pausa hasta un lugar que conocía desde hacía años, Hawthorne Beach. Estaba a unos cuantos kilómetros por un angosto y solitario camino asfaltado, alejado de toda urbanización, aparte de un par de casas viejas parecidas a la suya. Al pasar frente a cualquier casa que pudiera estar habitada, apagaba las luces. En la zona de Wellfleet había varias playas que habrían servido para su propósito, pero ésta era la más aislada y en la que tenía menos probabilidades de encontrar algún grupo de adolescentes de juerga. Había un pequeño estacionamiento a la entrada de la playa, donde solía operar el Trustees of Reservations, la asociación ecológica de Massachussets dedicada a proteger los lugares naturales del estado. El aparcamiento tenía capacidad para unos veinte coches y a las nueve y media de la mañana solía estar lleno porque la playa era espectacular: una amplia extensión de arena a los pies de un acantilado de unos quince metros recubierto de matas de Zostera verde, con algunas de las olas más fuertes del cabo. La combinación gustaba tanto a las familias que disfrutaban del paisaje como a los surfistas que gozaban con las olas y la fuerza de la marea, de modo que su deporte incluía siempre algo de riesgo. Al final del estacionamiento había un cartel de advertencia: Corrientes Fuertes Y Resaca Peligrosa. No Nadar Sin La Presencia Del Salvavidas. Atención A Las Condiciones Amenazadoras. Ricky aparcó junto al cartel. Dejó las llaves puestas. Colocó los sobres con los donativos en el salpicadero y dejó el sobre con la carta dirigida a la policía de Wellfleet en el asiento del conductor. Tomó las muletas, la mochila, las zapatillas de deporte y la muda, y se alejó del coche. Puso esas cosas en lo alto del acantilado, a unos metros de la valla de madera que señalaba el angosto sendero que bajaba a la playa, después de sacar la fotografía de su mujer del bolsillo exterior de la mochila y ponérsela en el bolsillo de los pantalones. Oía el batir de las olas y notó una leve brisa del sureste. Eso le alegró, porque le indicaba que el oleaje había aumentado en las horas posteriores al atardecer y golpeaba la costa como un luchador frustrado. Había luna llena y su resplandor se extendía por la playa. Eso facilitó su recorrido lleno de resbalones y tropezones desde el acantilado hasta la orilla. Como había previsto, el oleaje rugía como un hombre enloquecido y rompía lanzando una lluvia de espuma blanca a la arena. Un ligero frío, llegado con un soplo de viento, le golpeó el pecho y le hizo vacilar e inspirar hondo. Después se desnudó; dobló la ropa y la dejó en un montón ordenado, que situó con cuidado en la arena lejos de la marca que la marea alta de la tarde había dejado, donde lo vería la primera persona que se asomara. en lo alto del acantilado por la mañana. Tomó el frasco de pastillas, se lo vació en la mano y dejó el recipiente de plástico con la ropa. «Nueve mil miligramos de Elavil–pensó–. Tomados de golpe, dejarían a una persona inconsciente en cuatro o cinco minutos.» Lo último que hizo fue colocar la fotografía de su mujer en lo alto del montón, sujeto por la punta de un zapato. «Hiciste mucho por mí cuando estabas viva –pensó–. Hazme este último favor.» Levantó la cabeza y observó el inmenso océano negro frente a él. Las estrellas salpicaban el cielo, como si estuviesen encargadas de señalar la línea de demarcación entre el oleaje y el firmamento. «Una noche bastante bonita para morir», se dijo. Y entonces, desnudo como el amanecer que estaba sólo a unas horas, caminó despacio hacia el agua embravecida. SEGUNDA PARTE EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIÓ 21 Dos semanas después de la noche en que murió, Ricky estaba en una habitación de motel, sentado a los pies de una cama llena de bultos que crujía cada vez que cambiaba de postura, escuchando el ruido del tráfico distante que se mezclaba con el sonido del televisor de una habitación contigua. Estaban viendo un partido de béisbol con el volumen alto. Se concentró un momento en el sonido y supuso que los Red Sox jugaban en Fenway y la temporada estaba acabando, lo que significaba que estaban cerca del primer puesto pero no lo bastante. Se planteó encender el televisor de su habitación, pero decidió no hacerlo. Se dijo que perderían y no quería experimentar ninguna pérdida, ni siquiera la pasajera que le proporcionaría el siempre frustrado equipo de béisbol. En lugar de eso, se volvió hacia la ventana y contempló la noche. No había cerrado las persianas y veía cómo las luces bajaban por la cercana carretera interestatal. Junto al camino de entrada del motel había un cartel de neón rojo que informaba de tarifas diarias, semanales y mensuales, además de ofrecer habitaciones con cocina como la que él ocupaba, aunque Ricky no concebía que nadie quisiera permanecer en ese sitio más de una noche. «Nadie excepto yo», pensó con tristeza. Se dirigió al pequeño cuarto de baño. Examinó su aspecto en el espejo del lavabo. El tinte negro desaparecía deprisa Del cabello, que empezaba a recuperar su gris habitual. Pensó que era algo irónico, porque si alguna vez volviera a parecerse al hombre que era antes, jamás volvería a ser en realidad esa persona. Durante dos semanas apenas había salido de la habitación del motel. Al principio se había sumido en una especie de shock autoprovocado, como un yonqui viviendo una abstinencia obligada, temblando, sudando y retorciéndose de dolor. Luego, esta fase inicial fue sustituida por una indignación abrumadora, una furia atroz, candente, que le hizo pasearse enfurecido por la reducida habitación con los dientes apretados y el cuerpo casi contorsionado de rabia. Más de una vez había dado, frustrado, un puñetazo a la pared. En una ocasión, había sujetado un vaso del cuarto de baño con tanta fuerza que lo rompió y se cortó. Se había inclinado sobre el retrete y visto cómo la sangre goteaba en el agua de la taza mientras deseaba vaciarse hasta de la última gota que tuviera en su interior. Pero el dolor que sentía en la mano lastimada le recordó que seguía vivo y acabó conduciéndole a otra fase en que el temor y la rabia por fin remitieron, como el viento después de una tormenta. Esta nueva fase le parecía fría, como el tacto del metal pulido una mañana de invierno. En esta fase empezó a urdir planes. La habitación del motel era un lugar destartalado, decrépito, que hospedaba a camioneros, viajantes y adolescentes del lugar que necesitaban unas horas de intimidad lejos de las miradas indiscretas de los adultos. Estaba situado en las afueras de Durham, Nueva Hampshire, un sitio que Ricky había elegido al azar porque era una ciudad universitaria y, por ello, albergaba a una población díscola. Había creído que el ambiente académico le garantizaría el acceso a los periódicos nacionales que necesitara y le proporcionaría un entorno transitorio que le permitiría esconderse. Esto había resultado cierto hasta el momento. A finales de su segunda semana de fallecido, empezó a hacer salidas al mundo exterior. En una de las primeras ocasiones, se limitó a la distancia que lo llevaron los pies. No habló con nadie, evitó el contacto visual, se mantuvo en calles poco frecuentadas y barrios tranquilos, temiendo ser reconocido o, peor aún, oír a su espalda los tonos burlones de Virgil o Merlín. Pero su anonimato permaneció intacto y su confianza creció. Amplió con rapidez su horizonte tras encontrar un autobús que recorría la ciudad y del que se bajaba en puntos aleatorios para explorar el mundo en que se había introducido. En uno de esos trayectos, había descubierto una tienda de ropa de segunda mano donde consiguió una chaqueta azul barata que le iba muy bien, unos pantalones raídos y camisas. Había encontrado una cartera de piel en una tienda de consignación cercana. Cambió las gafas por las lentillas, que compró en una óptica. Estos elementos, junto a una corbata, le daban el aspecto de un profesor respetable pero no importante. Pensó que no desentonaba nada, y agradeció su invisibilidad. En la mesa de la cocina de su habitación tenía ejemplares del Cape Cod Times y del New York Times de los días inmediatamente posteriores a su muerte. El periódico de Cape Cod había publicado la historia en la parte inferior de la portada, con el titular: Suicidio De Un Destacado Psicoanalista; Antigua Casa De Veraneo Consumida Por El Fuego. El periodista había logrado obtener la mayoría de los detalles dispuestos por Ricky, desde la gasolina comprada esa mañana en recipientes recién adquiridos hasta la nota de suicidio y los donativos a organizaciones benéficas. También había conseguido averiguar que recientemente se había presentado una «acusación por una acción inmoral» contra Ricky, aunque el reportero ignoraba lo esencial: que era una invención planeada por Rumplestiltskin y llevada a cabo por Virgil de modo muy eficaz. El artículo también mencionaba el fallecimiento de su mujer tres años atrás y sugería que Ricky había sufrido hacía poco «reveses financieros» que podrían haber contribuido a su suicidio. A Ricky le pareció un texto excelente, bien documentado y lleno de detalles convincentes, tal como había esperado. La nota necrológica del New York Times, que apareció un día después, había sido desalentadoramente breve, con sólo una o dos sugerencias sobre los motivos de su muerte. La había leído con irritación, un poco enfadado y ofendido al ver que todos los logros de su vida parecían poder resumirse a la perfección en cuatro párrafos de jerga periodística sucinta y opaca. Creía haber aportado más al mundo, pero comprendió que quizá no era así, lo que le hizo vacilar unos momentos. La necrológica indicaba también que no había previsto ningún oficio religioso, algo que supuso una consideración mucho más importante para Ricky. Sospechaba que la falta de un oficio en su memoria era una consecuencia del trabajo de Rumplestiltskin y Virgil con la acusación de abusos sexuales. Ninguno de sus colegas de Manhattan querría mancillarse con la asistencia a un acto que recordara la vida y la obra de Ricky cuando una parte tan importante de ella se había visto cuestionada. Supuso que habría muchos compañeros analistas en la ciudad que, al leer la noticia de su muerte, pensarían que era una prueba de la veracidad de la acusación y que, a la vez, era algo afortunado porque la profesión se ahorraba el mal trago de que la desagradable noticia fuese publicada por el New York Times, como habría sido inevitable que pasara. Esta idea enfureció un poco a Ricky con sus colegas y por un momento se dijo que tenía suerte de haber terminado con su vida profesional. Se preguntó si hasta el primer día de esas vacaciones había sido igual de ciego. Ambos periódicos contaban que, al parecer, había muerto ahogado y que los guardacostas estaban rastreando las aguas de Cape Cod en busca del cadáver. Sin embargo, el Cape Cod Times, para alivio de Ricky, citaba al comandante local, que afirmaba que era muy poco probable recuperar el cuerpo dadas las fuertes mareas de la zona de Hawthorne Beach. Cuando reflexionó al respecto, Ricky pensó que era la mejor muerte que se le podía haber ocurrido con tan poca antelación. Esperaba que encontraran todas las pistas de su suicidio, desde la receta para la sobredosis que al parecer se había tornado antes de adentrarse en el mar hasta sus malos modos con el joven de la tienda de artículos náuticos. Se dijo que eso bastaría para satisfacer a la policía local, a pesar de no tener ningún cadáver al que practicarle la autopsia. Esperaba que bastara también para convencer a Rumplestiltskin de que su plan había salido bien. Leer sobre su propio suicidio lo impresionó profundamente. El estrés de sus últimos quince días de vida, desde el momento en que había aparecido Rumplestiltskin hasta el momento en que se había acercado a la orilla del agua con cuidado de dejar huellas en la arena húmeda, había sometido a Ricky a algo que no creía que saliese en ningún texto de psiquiatría. Lo había invadido el miedo, la euforia, la confusión, el alivio (toda clase de emociones contradictorias) casi desde el primer paso, cuando, con el agua lamiéndole los pies, había lanzado el puñado de pastillas al mar y luego había caminado por la zona cubierta de agua unos cien metros, lo bastante lejos para que el nuevo grupo de huellas al salir del agua que le rodeaba los tobillos pasara desapercibido a la policía o a cualquier persona que inspeccionara el lugar de su desaparición. Solo en la cocina, las horas siguientes le parecían el recuerdo de una pesadilla, corno esos detalles de un sueño que permanecen después de despertarse y confieren una sensación de inquietud al nuevo día. Se veía vistiéndose en el acantilado con la muda extra, poniéndose las zapatillas con prisa frenética para escapar de la playa sin ser visto. Había sujetado las muletas a la mochila, que se había cargado a los hombros. Era una carrera de unos diez kilómetros hasta el estacionamiento del Lobster Shanty, y sabía que tenía que estar ahí antes del amanecer, antes de que llegase alguien que tornara el expreso de las seis de la mañana a Boston. El aire le quemaba los pulmones mientras cubría la distancia. El mundo seguía sumido en la oscura noche, y mientras sus pies tocaban la carretera, pensó que era como correr por una mina de carbón. Un único par de ojos que detectara su presencia habría acabado con la remota probabilidad de supervivencia a que se aferraba, y tuvo que correr con toda esa urgencia imprimida en cada zancada que daba en el asfalto oscuro. Cuando llegó, el estacionamiento estaba vacío, y se deslizó hacia las sombras que proyectaba la esquina del restaurante. Allí soltó las muletas de la mochila y se las colocó. En unos instantes, oyó el sonido distante de unas sirenas. Le satisfizo un poco cuánto habían tardado en advertir que su casa se quemaba. Unos momentos después, algunos coches empezaron a dejar personas en el estacionamiento para esperar el autobús. Era un grupo heterogéneo, en su mayoría gente joven de vuelta a su trabajo en Boston y un par de empresarios de mediana edad que parecían molestos por tener que ir en autobús, a pesar de la comodidad que suponía. Ricky se había mantenido atrás pensando que era la única de esas personas que esa mañana fresca y húmeda de Cape Cod esperaba bañada en sudor debido al miedo y al esfuerzo. Cuando el autobús llegó dos minutos tarde, se había puesto en la cola. Dos jóvenes se apartaron para dejarle subir con las muletas. Una vez arriba, entregó al conductor el billete comprado el día antes. Se sentó en el fondo pensando que, incluso aunque Virgil, Merlín o cualquier secuaz que Rumplestiltskin designara para comprobar el suicidio tuviera la idea de preguntar al conductor del autobús o a cualquier pasajero de ese viaje a primera hora de la mañana, lo único que éstos recordarían sería a un hombre con el cabello oscuro y muletas, sin saber que había llegado corriendo a la parada. Había tenido que esperar una hora hasta la salida del autobús a Durham. En ese rato, se había alejado dos manzanas de la terminal de autobuses de South Street hasta encontrar un contenedor de basuras frente a un edificio de oficinas. Había echado las muletas en él y regresado a la terminal. Pensó que Durham tenía otra ventaja: nunca había estado en esa ciudad y no conocía a nadie que viviera allí. Lo que le gustaba eran las matrículas de Nueva Hampshire, con el lema del estado: «Vive en libertad o muere.» Pensó que era un sentimiento adecuado para él. « ¿He logrado escapar?», se preguntó. Creía que sí, pero no estaba seguro. Se dirigió a la ventana y volvió a observar una penumbra que le resultaba desconocida. «Hay tanto que hacer», se dijo. Sin dejar de contemplar la noche que envolvía la habitación del motel, Ricky apenas distinguía su reflejo en el cristal. «El doctor Frederick Starks ya no existe –pensó–. Es otra persona.» Inspiró hondo y supo que su primera prioridad era crearse una nueva identidad. Una vez lo lograse, podría encontrar un hogar para el invierno que se acercaba. Necesitaría trabajar para complementar el dinero que le quedaba, así como consolidar su anonimato y reforzar su desaparición. Echó un vistazo a la mesa. Había conservado el certificado de defunción de la madre de Rumplestiltskin, el informe policial del asesinato de su antigua pareja y la copia del archivo de sus meses en la clínica del Columbia Presbyterian, donde la mujer había acudido a pedirle una ayuda que él no había sabido darle. Pensó que había pagado un precio muy caro por Un solo acto de negligencia. El pago estaba hecho y no había vuelta atrás. «Pero ahora yo también tengo una deuda que cobrar –pensó con frialdad–. Le encontraré –se prometió–. Y le haré lo que él me hizo a mí.» Apagó la luz para sumir la habitación en la penumbra. De vez en cuando, el barrido de unos faros recorría las paredes. Se echó en la cama, que crujió bajo su peso. «Tiempo atrás estudié mucho para salvar vidas –se recordó–. Ahora debo aprender a acabar con una.» Ricky se sorprendió de la organización que era capaz de imponer a sus pensamientos y sentimientos. El psicoanálisis, la profesión que acababa de abandonar, es quizá la disciplina médica más creativa, precisamente debido a la naturaleza cambiante de la personalidad humana. Si bien hay enfermedades reconocibles y tratamientos establecidos en el ámbito de la terapia, en último extremo todos se individualizan porque no hay dos tristezas exactamente iguales. Ricky había pasado años aprendiendo y perfeccionando la flexibilidad del terapeuta, ya que cualquier paciente concreto podía acudir a su consulta cualquier día con algo idéntico o algo distinto por completo, y tenía que estar preparado a todas horas para los increíbles cambios de los estados de ánimo. Ahora debía valerse de las capacidades que había desarrollado durante los años pasados junto al diván y aplicarlas al único objetivo que le permitiría recuperar su vida. No iba a permitirse soñar con volver a ser quien era. No se haría ilusiones de recuperar su hogar en Nueva York y reanudar la rutina de su vida. Ése no era el objetivo. El objetivo era conseguir que el hombre que le había arruinado la vida pagara por su diversión. Cuando la deuda estuviera pagada, tendría libertad para convertirse en lo que quisiera. Hasta que el fantasma de Rumplestiltskin no desapareciera de su vida, no tendría un momento de paz ni un segundo de libertad. De eso no tenía la menor duda. Tampoco estaba seguro aún de que Rumplestiltskin creyera que se había suicidado. Era posible que sólo hubiese ganado algo de tiempo para él o para el familiar inocente que hubiese sido elegido. Era una situación de lo más inquietante. Rumplestiltskin era un asesino. Y Ricky tenía que lograr jugar mejor que él a su propio juego. Lo primero sería convertirse en alguien nuevo y totalmente distinto al hombre que había sido. Tenía que inventar ese nuevo personaje evitando cualquier indicio que revelara que el doctor Frederick Starks seguía existiendo. Su pasado le había sido arrebatado. No sabía dónde Rumplestiltskin podía haber puesto una trampa, pero estaba seguro de que había una esperando el menor indicio de que su cuerpo no estaba flotando en las aguas de Cape Cod. Sabía que necesitaba un nuevo nombre, una historia inventada, una vida verosímil. Se percató de que, en ese país, la gente era ante todo números. Un número de la Seguridad Social. Números de cuentas bancarias y tarjetas de crédito. Un número de identificación fiscal. Un número de carné de conducir. Números de teléfonos y direcciones. Así pues, lo más importante era crear esos números. Y después tendría que encontrar un empleo, una casa, crear un mundo a su alrededor que resultara verosímil a la vez que anónimo. Tenía que convertirse en un hombre insignificante, para así empezar a obtener la información que necesitaba para localizar y ejecutar al hombre que le había obligado a suicidarse. Crear la historia y la personalidad de su nuevo yo no le preocupaba. Al fin y al cabo era un experto en la relación entre los hechos y las impresiones que dejan en el yo. Más preocupante era cómo obtener los números que harían verosímil al nuevo Ricky. Su primera salida con tal fin fue un fracaso. Fue a la biblioteca de la Universidad de Nueva Hampshire y resultó que necesitaba una tarjeta de identificación de la institución para que el guardia de seguridad le dejara pasar. Observó con nostalgia a los estudiantes que deambulaban por los estantes llenos de libros. Sin embargo, había una segunda biblioteca, mucho más pequeña, situada en la calle Jones. Pertenecía a las bibliotecas del condado y, si bien carecía del espacio y la tranquilidad de la universidad, tenía lo que Ricky creía necesitar, es decir libros e información. También tenía una ventaja secundaria: la entrada era libre. Cualquiera podía ir, leer un periódico, una revista o un libro en una de las cómodas sillas dispersas por el edificio de dos plantas. Pero para sacar un libro se necesitaba un carné. Aquella biblioteca disponía también de cuatro ordenadores para los usuarios. Vio una lista impresa de normas para el funcionamiento de los mismos, que empezaba por la de que su uso se asignaría por riguroso orden de llegada, seguida de las instrucciones de manejo. Ricky echó un vistazo a los ordenadores y pensó que quizá le serían útiles. Sin saber muy bien por dónde empezar, con una especie de actitud antigua hacia los aparatos modernos, Ricky, el antiguo hombre de diálogo, recorrió los estantes de libros en busca de una sección de informática. No tardó más de unos minutos en encontrarla. Ladeó un poco la cabeza para leer el título de los lomos hasta que dio con Informática para principiantes – Una guía para profanos y miedicas. Se sentó en una silla y empezó a leer. La prosa le pareció irritante y empalagosa, dirigida a verdaderos idiotas. Pero contenía mucha información, y si Ricky hubiese sido un poco más perspicaz, se habría dado cuenta de que ese léxico infantil estaba pensado para personas como él, porque cualquier niño de once años podría entenderlo. Tras una hora de lectura, se acercó a los ordenadores. Era media mañana, a mitad de semana a finales de verano, y la biblioteca estaba casi vacía. Tenía la zona para él solo. Hizo clic en una de las máquinas y se dispuso a ello. En la pared, como había visto, había instrucciones y pasó a la parte en que explicaban cómo acceder a Internet. Siguió las instrucciones y la pantalla del ordenador cobró vida ante él. Siguió haciendo clics y tecleando instrucciones y en unos momentos se había sumido por completo en el mundo de la informática. Abrió un buscador, como había visto en las instrucciones, e introdujo la expresión: Falsa identidad. Menos de diez segundos después, el ordenador le decía que había más de cien mil entradas en esa categoría. Empezó a leer desde el principio. Al final de la mañana había averiguado que el negocio de crear identidades nuevas era próspero. Había docenas de empresas esparcidas por todo el mundo que le proporcionarían cualquier clase de documentación falsa, toda ella vendida con una declinación de responsabilidad que rezaba A Efectos De Ocio Solamente. Pensó que había algo delictivo en una empresa francesa que vendía carnés de conducir de California. Pero, aunque obvio, no era claramente ilegal. Preparó listas de lugares y documentos, y reunió así una cartera ficticia. Sabía lo que necesitaba, pero obtenerlo era algo difícil, ya que la gente que buscaba una identidad falsa ya era alguien. Él no. Tenía un bolsillo lleno de efectivo y lugares donde podría gastarlo. El problema era que todos ellos pertenecían al mundo de la informática. El efectivo que tenía era inútil. Pedían números de tarjetas de crédito. Él no tenía ninguna. Pedían direcciones electrónicas. Él no tenía ninguna. Pedían una dirección real donde entregar el material. Él no tenía ninguna. Afinó la búsqueda y empezó a leer sobre robos de identidades. Descubrió que era una floreciente actividad delictiva en Estados Unidos. Leyó uno tras otro relatos terribles sobre personas que un día se despertaban y su vida era un caos porque alguien había incurrido en cuantiosas deudas a su nombre. No le costó nada recordar cómo habían intervenido sus cuentas bancarias y de valores, y sospechó que Rumplestiltskin lo había conseguido fácilmente tras haber obtenido algunos números de Ricky. Eso explicaba por qué la caja que contenía sus antiguas declaraciones de la renta había desaparecido. No era demasiado complicado ser otra persona en el mundo de la informática. Se prometió que quienquiera que llegara a ser no volvería a tirar a la basura una solicitud preaprobada de tarjeta de crédito que hubiera recibido por correo sin haberla pedido. Se levantó del ordenador y salió de la biblioteca. El sol brillaba con fuerza y el aire seguía lleno del calor del verano. Caminó casi sin rumbo hasta encontrarse en un barrio de sencillas casas de dos pisos con estructura de madera y jardines pequeños donde a menudo había desparramados juguetes de plástico de colores vivos. Oyó voces infantiles que procedían de un jardín trasero, fuera de la vista. Un perro de raza indefinida lo miró desde donde estaba echado, sujeto con una correa a un grueso roble. El perro movió la cola con vivacidad, como si invitara a Ricky a acercarse y acariciarle las orejas. Ricky echó un vistazo alrededor, a las calles arboladas, donde las tupidas ramas creaban zonas de sombra en la acera. Una ligera brisa recorría las copas verdes y hacía que las vetas y las manchas de penumbra de la calle cambiaran de forma y posición antes de volver a detenerse. Avanzó calle abajo y en la ventana delantera de una casa vio un cartelito escrito a mano: Se Alquila Habitación. Información Aquí. Ricky se dijo que era lo que necesitaba, pero se detuvo. «No tengo nombre. Ni pasado. Ni referencias», pensó. Anotó mentalmente la dirección de la casa y siguió adelante mientras pensaba: «Tengo que ser alguien. Alguien que no pueda rastrearse. Alguien solo pero real.» Una persona muerta podía volver a la vida. Pero eso suscitaba un interrogante, un pequeño desgarro en la tela, que alguien podía descubrir. Una persona inventada podía surgir de repente de la imaginación, pero eso también suscitaba interrogantes. El problema de Ricky era distinto al de los delincuentes, al de los hombres que querían huir del pago de una pensión alimenticia, al de los antiguos miembros de una secta que temían que los siguieran, al de las mujeres que se escondían de maridos violentos. Tenía que convertirse en alguien que estuviera muerto y vivo a la vez. Pensó en esta contradicción y sonrió. Levantó la cabeza hacia el sol abrasador. Sabía exactamente lo que tenía que hacer. No tardó demasiado en encontrar una tienda de ropa del Ejército de Salvación. Se encontraba en un pequeño centro comercial, por donde pasaba la principal línea de autobús. Era un lugar con edificios cuadrados, de pintura descolorida y desconchada, no exactamente decrépito y no precisamente venido a menos, sino un lugar que reflejaba el desgaste del abandono en las papeleras sin vaciar y en las grietas del estacionamiento asfaltado. La tienda del Ejército de Salvación estaba pintada de un blanco monótono y reflectante, de modo que brillaba al sol de la tarde. El interior era parecido a un pequeño almacén, con electrodomésticos como tostadoras y planchas para hacer gofres en un lado, e hileras de ropa donada en percheros que ocupaban el centro de la tienda. Algunos jóvenes repasaban los percheros en busca de pantalones anchos de faena y otros artículos anodinos, y Ricky se deslizó tras ellos para inspeccionar el mismo montón de ropa. A primera vista le pareció que nadie donaba al Ejército de Salvación nada que no fuera marrón o negro, lo que se ajustaba a su idea. Encontró enseguida lo que buscaba: un abrigo largo y desgarrado de lana que le llegaba a los tobillos, un jersey gastado y unos pantalones dos tallas más grandes que la suya. Todo era barato, pero eligió lo más barato, casi lo más estropeado e inadecuado para el final todavía cálido del verano de Nueva Inglaterra. El cajero era un voluntario mayor, con gafas gruesas y una camiseta incongruentemente roja que destacaba en el ámbito sombrío de la ropa donada. El hombre se acercó el abrigo a la nariz y lo olisqueó. – ¿Está seguro de que quiere éste? – Sí –contestó Ricky. – Huele como si hubiese estado en algún sitio desagradable –dijo el hombre–. A veces tenemos material que logra llegar a los percheros pero no debería hacerla. Hay cosas más bonitas si busca un poco más. Éste apesta y se le tendría que haber remendado ese desgarrón antes de ponerlo a la venta. – Es justo lo que necesito –dijo Ricky. El hombre se encogió de hombros, se ajustó las gafas y miró la etiqueta. – Bueno, no pienso cobrarle los diez dólares que piden por él. ¿Qué le parece tres? Me parece más justo. ¿Qué dice? – Muy generoso por su parte –dijo Ricky. – ¿Para qué quiere esta basura? –quiso saber el hombre, con una curiosidad nada malsana. – Es para una producción teatral –mintió Ricky. – Espero que no sea para la estrella del espectáculo –asintió el dependiente–. Porque si huele este abrigo, exigirá que contraten a otro encargado de vestuario. El hombre soltó una carcajada ruidosa con la broma, y sus sonidos entrecortados sonaron más fatigosos que divertidos. Ricky se le unió con una risa falsa. – Bueno, el director me dijo que consiguiera algo raído, así que Supongo que la culpa será suya –afirmó–. Yo sólo soy el recadero. Teatro local, ¿sabe? El presupuesto es reducido. – ¿Quiere una bolsa? Ricky asintió, pagó y salió de la tienda con su compra bajo el brazo. Vio que un autobús llegaba a la parada del centro comercial y corrió para tomarlo. El esfuerzo le hizo sudar y, una vez se sentó en el asiento trasero, sacó el jersey viejo y se secó la frente y las axilas con él. Antes de llegar a la habitación del motel esa noche, Ricky llevó todas sus compras a un parque, donde se dedicó a ensuciadas con algo de tierra junto a unos árboles. Por la mañana, metió la ropa vieja que había comprado en una bolsa de papel marrón. Todo lo demás (los pocos documentos que tenía sobre Rumplestiltskin, los periódicos y las otras prendas que había comprado) fue a parar a la mochila. Pagó la cuenta en la recepción del motel y dijo al hombre que seguramente regresaría en unos días, información que no hizo que éste alzara los ojos de la sección de deportes del periódico que lo mantenía absorto. Había un autobús de Trailways que salía para Boston a media mañana y con el que Ricky ya estaba algo familiarizado. Como siempre, se sentó en la parte posterior y evitó el contacto visual con el pequeño grupo de pasajeros para mantener la soledad y el anonimato en cada paso. Se aseguró de ser el último en bajar en Boston. Al inhalar la mezcla de gases de escape y de calor que parecía estar suspendida en la calle, tosió. Pero el interior de la terminal de autobuses tenía aire acondicionado, aunque incluso ese ambiente parecía sucio. Había filas de asientos de plástico de color naranja y amarillo sujetos al suelo de linóleo, muchos de los cuales exhibían señales y marcas dejadas por personas aburridas que habían tenido que esperar horas a que llegara o saliera su autobús. Se notaba un fuerte olor a fritura, y a un lado de la terminal había una hamburguesería junto a una tienda de Donuts. Un quiosco ofrecía los periódicos del día y revistas además de la pseudopornografía más corriente. Ricky se preguntó cuántas personas comprarían en aquella terminal un ejemplar de U. S. News & World Report y la revista pornográfica Hustler a la vez. Se sentó lo más cerca posible frente a los aseos de hombres y esperó. En unos veinte minutos, se convenció de que los aseos estaban vacíos, en especial después de que un policía con su camisa azul manchada de sudor hubiera entrado y salido poco después quejándose en voz alta a su compañero, de lo más divertido, sobre el desagradable efecto de un perrito caliente ingerido hacía poco. Ricky entró deprisa en cuanto los dos policías se alejaron con un repiqueteo de tacones en el sucio suelo de la terminal. Con movimientos rápidos, se encerró en un retrete y se quitó la ropa normal que llevaba para cambiada por las prendas compradas al Ejército de Salvación. Arrugó la nariz ante la dura combinación de sudor y almizcle que le llegó al ponerse el abrigo. Metió la ropa en la mochila, junto con todo lo demás, incluido el dinero en efectivo, salvo cien dólares en billetes de veinte, que hundió dentro de un desgarro del abrigo, de modo que si bien no estaban del todo seguros, por lo menos estaban resguardados. Tenía un poco de calderilla, que se metió en el bolsillo de los pantalones. Al salir del retrete se miró en el espejo del lavabo. No se había afeitado en un par de días y eso ayudaba. Un grupo de taquillas de metal azul cubría una pared de la terminal. Metió la mochila en una, aunque conservó la bolsa de papel que había usado para llevar las prendas viejas. Echó dos monedas de veinticinco y giró la llave. Cerrar los pocos objetos que tenía le hizo vacilar. Pensó un instante que ahora estaba más aislado que nunca. Ahora, salvo la llave cita de la consigna número 569 que llevaba en la mano, no había nada que lo vinculara a nada. No tenía identidad y ninguna relación con nadie. Inspiró hondo y se metió la llave en el bolsillo. Se marchó deprisa de la terminal y sólo se detuvo una vez, cuando creyó que nadie le observaba, para coger algo de tierra del suelo y restregársela por el cabello y la cara. Para cuando había recorrido dos manzanas, las axilas y la frente habían empezado a sudarle, y se los secó con la manga del abrigo. Antes de haber llegado a la tercera manzana, pensó: «Ahora parezco lo que soy. Un sin techo.» 22 Durante dos días Ricky caminó por las calles, invisible para todo el mundo. Su aspecto era el de un indigente, un alcohólico trastornado por las drogas o esquizofrénico, o incluso las tres cosas, aunque si alguien le hubiera mirado con atención a los ojos, habría visto un propósito claro, lo que no es habitual en un vagabundo. Ricky se encontró observando a la gente de la calle, imaginando quién era y lo que hacía, casi envidioso del sencillo placer que la identidad proporciona a una persona. Una mujer de cabello plateado que avanzaba con prisas cargada con paquetes de compra de las tiendas de Newbury Street le sugirió una historia, mientras que el adolescente que llevaba unos vaqueros cortados, una mochila y una gorra de los Red Sox ladeada le apuntó otra. Vio empresarios y taxistas, repartidores de electrodomésticos e informáticos. Había corredores de bolsa, médicos, técnicos y un hombre que pregonaba periódicos en un quiosco de una esquina. Todos, desde la loca más indigente que murmuraba y oía voces hasta el ejecutivo con traje de Armani que se subía a una limusina, tenían una identidad definida por lo que eran. Él no tenía ninguna. En lo que él se había convertido asustaba y era un lujo a la vez. No pertenecer a ninguna parte era como ser invisible. A pesar del alivio que sentía de momento por estar a salvo del hombre que había destruido su vida anterior, sabía que eso era algo fugaz. Su existencia estaba inextricablemente unida al hombre que sólo conocía como Rumplestiltskin pero que había sido el hijo de una mujer llamada Claire Tyson, a quien él había fallado cuando lo necesitaba. Y ahora estaba lo debido a ese fallo. Pasó la noche solo bajo un puente sobre el río Charles. Se envolvió con el abrigo, sudando aún debido al calor residual del día, y se apoyó contra un muro para intentar robarle unas horas a la noche. Un calambre en el cuello lo despertó poco después del alba, y todos los músculos de la espalda y las piernas se quejaron indignados. Se levantó y se desperezó lentamente, intentando recordar la última vez que había dormido al aire libre y pensando que no lo hacía desde la infancia. La rigidez de las articulaciones le indicó que no era muy recomendable. Imaginó su aspecto y pensó que ni siquiera el más dedicado actor de método lo habría hecho así. Una niebla se elevaba del río Charles con masas grises y vaporosas suspendidas sobre las orillas. Ricky salió del paso inferior y avanzó hacia el carril de bicicletas que seguía el margen del río. De pie, pensó que el agua tenía el aspecto sedoso de una anticuada cinta negra de máquina de escribir, en su serpenteo a través de la ciudad. Lo contempló y se dijo que el sol tendría que elevarse mucho más antes de que el agua se volviera azul y reflejara los edificios majestuosos de la ribera. A esa primera hora de la mañana, el río ejercía un efecto casi hipnótico en él, y por unos instantes se quedó inmóvil contemplando la vista que tenía delante. Su ensueño se vio interrumpido por el sonido de pasos presurosos en el carril de bicicletas. Se volvió y vio a dos hombres que corrían juntos y se acercaban a él deprisa. Llevaban unos relucientes pantalones cortos y modernas zapatillas de deporte. Supuso que ambos tenían una edad parecida a la suya. Uno de los hombres gesticuló con el brazo en dirección a Ricky. – ¡Apártate! –le gritó. Ricky dio un paso atrás con brusquedad y los dos hombres pasaron por delante. – ¡Quítate de en medio, tío! –exclamó uno de los dos mientras se ladeaba para no rozar a Ricky. – ¡Muévete! –soltó el otro hombre–. ¡Joder! Mientras se alejaban, uno de ellos gritó: –¡Vagabundo de mierda! ¡Búscate un trabajo! Su compañero rió y comentó algo, pero Ricky no distinguió las palabras. Dio un par de pasos tras los hombres, lleno de una cólera repentina. – ¡Oigan! –gritó–. ¡Alto! No le hicieron caso. Uno de ellos se volvió para mirarlo por encima del hombro antes de acelerar. Ricky los siguió unos metros más. – No soy... –empezó–. No soy lo que creen. Pero entonces se dio cuenta de que podría muy bien serlo. Regresó hacia el río. En ese instante comprendió que estaba más cerca de ser lo que parecía que de lo que había sido. Inspiró hondo y admitió que se encontraba en la más precaria de las situaciones psicológicas. Había matado a quien había sido para poder huir de un hombre dispuesto a arruinarlo. Si pasaba mucho más tiempo sin ser alguien, ese anonimato terminaría por engullirlo. Con la idea de que estaba tan en peligro en ese momento como cuando sentía el aliento de Rumplestiltskin en la nuca, avanzó decidido a poner en práctica la primera y fundamental medida. Se pasó el día yendo de un albergue a otro por toda la ciudad, buscando. Fue un viaje por el mundo de los necesitados. Un desayuno temprano con huevos mal cocidos y tostadas frías servido en la cocina de una iglesia católica de Dorchester. Luego una hora delante de una agencia de trabajo temporal, donde se reunió con hombres que buscaban trabajo para un día rastrillando hojas o vaciando papeleras. De ahí se dirigió a un albergue estatal en Charlestown, donde el hombre de recepción le dijo que no podía entrar sin algún documento oficial, lo que a Ricky le pareció una exigencia tan demencial como los delirios que sufrían los propios enfermos mentales. Salió enfadado a la calle, donde un par de prostitutas que buscaban clientes durante la hora del almuerzo se rieron de él cuando les preguntó por una dirección. Avanzó por la acera, pasando por delante de callejones y edificios abandonados. A veces, cuando alguien se le acercaba demasiado, refunfuñaba para sí. El lenguaje es el aspecto brusco de la locura, y junto con su creciente hedor, una coraza muy buena frente al contacto con cualquiera que no fuese un indigente. Los músculos se le entumecieron y los pies empezaron a dolerle, pero siguió buscando. En una esquina, un policía lo observó con atención y avanzó hacia él, pero al parecer se lo pensó mejor y siguió su camino. Ya bien entrada la tarde, con un sol que aún provocaba onduladas estrías de calor en las calles, Ricky detectó una posibilidad. El hombre estaba hurgando en un cubo de basuras en el linde de un parque, cerca de! río. Era de una estatura y un peso parecidos a los suyos, con un pelo castaño de incipiente calvicie. Llevaba un gorro de lana, unos pantalones cortos hechos jirones y un abrigo de lana hasta los tobillos que casi le tapaba el calzado, compuesto por un mocasín marrón y una bota de obrero. Farfullaba en voz baja, absorto en el contenido del cubo de basuras. Ricky se acercó lo suficiente para ver sus lesiones en la cara y en el dorso de las manos. Mientras escarbaba, tosió varias veces, sin advertir la presencia de Ricky. A unos diez metros había un banco, y Ricky se sentó en él. Alguien había dejado ahí parte del periódico del día, y Ricky lo agarró y simuló leer mientras se dedicaba a observar al hombre. Vio que sacaba una lata de refresco del cubo y la echaba en un carrito de la compra del tipo de los que hay que tirar de ellos. El carrito estaba casi lleno de latas vacías. Ricky contempló al hombre y se dijo: «Hace sólo unas semanas eras médico. Haz tu diagnóstico.» El hombre pareció enfurecerse cuando sacó de la basura una lata que no le gustó. La lanzó con brusquedad al suelo y la envió de un puntapié a un arbusto cercano. «Bipolar pensó Ricky–. Y esquizofrénico. Oye voces y no recibe medicación, o por lo menos una que esté dispuesto a tomarse. Propenso a ataques repentinos de energía frenética. Seguramente violento, además, pero más una amenaza para él mismo que para los demás. Las lesiones podrían ser llagas abiertas por vivir en la calle o también sarcoma de Kaposi.» El sida era una posibilidad evidente. Así como la tuberculosis o el cáncer de pulmón, dada la tos convulsiva del hombre. También podía ser neumonía, aunque la estación no era la adecuada. Estaba tan cerca de la vida como de la muerte. Pasados unos minutos, el hombre decidió que ya tenía todo lo que había de valor en la basura y se dirigió al siguiente cubo. Ricky permaneció sentado sin perderlo de vista. Tras unos momentos dedicados a hurgar en la basura, el hombre se marchó tirando del carrito. Ricky lo siguió. No tardó mucho en llegar a una calle de Charlestown llena de tiendas mugrientas. Era un lugar para los necesitados de todo tipo. Una tienda de muebles de saldo que ofrecía en grandes letras escritas en los escaparates facilidades y créditos. Dos casas de empeños, una tienda de electrodomésticos, una tienda de modas cuyos maniquíes parecían carecer todos de un brazo o una pierna, como si hubieran quedado mutilados o marcados en algún accidente. Ricky observó cómo el hombre se dirigía directo hacia la mitad de la manzana, hacia un edificio cuadrado pintado de amarillo con un cartel prominente en la fachada: Refrescos Y Licores De Al. Debajo había un segundo cartel, con las mismas letras, casi igual de grandes: Centro De Canje. Este cartel tenía una flecha que señalaba la parte posterior. El hombre que tiraba del carrito lleno de latas dobló la esquina del edificio. Ricky lo siguió. En la parte trasera de la tienda había una puerta de postigo, con un cartel sobre el dintel: Canjear Aquí. El hombre tocó un timbre que había a un lado. Ricky se apretó contra la pared para no dejarse ver. En unos segundos apareció un joven. La transacción sólo llevó unos minutos. El vagabundo entregó la colección de latas, el muchacho las contó y después tomó un par de billetes de un fajo que se sacó del bolsillo. El hombre cogió el dinero, se metió la mano en un bolsillo del abrigo y sacó una gruesa y vieja cartera de piel llena de papeles. Puso los billetes en ella y entregó otro al chico. El adolescente desapareció y regresó instantes después con una botella, que entregó al hombre. Ricky se sentó en el suelo del callejón y esperó a que el hombre pasara por su lado. La botella, que Ricky supuso sería de vino barato, ya había desaparecido entre los pliegues del abrigo. El hombre lanzó una mirada a Ricky, pero no pudo verle los ojos porque éste agachó la cabeza. Ricky aguardó unos segundos y luego le siguió. En Manhattan, Ricky había servido de ratón a los gatos Virgil, Merlín y Rumplestiltskin. Ahora estaba en el lado opuesto de la misma ecuación. Aminoraba o aceleraba el paso para no perder de vista al vagabundo en ningún momento, lo bastante cerca para seguirlo, lo bastante alejado para no ser descubierto. Provisto ahora de una botella, el hombre caminaba con resolución, como en una rápida marcha militar con un destino determinado. Giraba a menudo la cabeza para mirar en todas direcciones, sin duda temeroso de que le siguieran. Ricky pensó que su comportamiento paranoico estaba bien fundado. Cubrieron decenas de manzanas y se adentraron y se alejaron del tráfico mientras el barrio se volvía cada vez más sórdido. El sol menguante del día proyectaba sombras en la calzada, y la pintura desconchada y las fachadas decrépitas parecían imitar el aspecto de Ricky y su objetivo. De pronto el hombre vaciló en mitad de una manzana se volvió hacia Ricky, que se apretujó contra un edificio para esconderse. Con el rabillo del ojo vio cómo el hombre se adentraba en un callejón, angosto pasaje entre dos edificios de ladrillo. Inspiró hondo y lo siguió. Se acercó a la boca del callejón y se asomó con cuidado. Era un lugar que parecía acoger la noche con bastante antelación. Ya estaba a oscuras; el tipo de lugar confinado que jamás se caldeaba en invierno ni se refrescaba en verano. Sólo pudo distinguir un montón de cajas de cartón abandonadas y un contenedor de basuras verde al fondo. El callejón lindaba con un edificio, y Ricky supuso que no tenía salida. A una manzana de distancia había pasado por una tienda de ocasión y por otra de bebidas alcohólicas baratas. Se dirigió hacia allí. Sacó uno de sus valiosos billetes de veinte dólares del forro del abrigo y lo sujetó en la palma de la mano, donde quedó impregnado de sudor. Fue primero a la tienda de bebidas. Era un local pequeño, con las ofertas anunciadas con letras rojas en el escaparate, pero estaba cerrado. Por el escaparate vio a un dependiente sentado tras la caja registradora. Intentó entrar y la puerta vibró. El dependiente miró en su dirección, se agachó y habló por un micrófono. Una vocecita salió por un altavoz pegado a la puerta. – Lárguese si no tiene dinero, viejo de mierda. – Tengo dinero –dijo Ricky. El dependiente era un hombre barrigón de mediana edad, de más o menos los mismos años que él. Cuando cambió de postura, vio que llevaba un revólver enfundado a la cintura. – ¿Sí? ¿Tiene dinero? Ya. Muéstremelo. Ricky levantó el billete de veinte dólares. El hombre le echó un vistazo desde detrás de la caja . – ¿De dónde lo ha sacado? – Me lo encontré en la calle –contestó Ricky. Se oyó el zumbido de la puerta, y Ricky la empujó para entrar. – Sí, seguro –comentó el dependiente–. Muy bien, tiene dos minutos. ¿Qué quiere? – Una botella de vino. El hombre alargó la mano hacia un estante que tenía detrás y eligió una botella. No era como ninguno de los vinos que Ricky había bebido hasta entonces. Llevaba tapón de rosca y en la etiqueta ponía Silver Satin. Costaba dos dólares. Ricky asintió y entregó el billete de veinte. El hombre metió la botella en una bolsa de papel, abrió la caja y sacó un billete de diez y dos de un dólar. Se los dio a Ricky. –¡Oiga! –se quejó éste–. Falta cambio. – Creo que el otro día le vendí a crédito –contestó el hombre con una sonrisa torcida y la mano en la culata del revólver–. Sólo me estoy cobrando la deuda, viejo. – Eso es mentira –soltó Ricky, enfadado–. Nunca he estado aquí. – ¿Cree que voy a discutir, escoria? –El dependiente hizo un amago de lanzarle un puñetazo. Ricky retrocedió y lo miró con dureza. El hombre se rió y añadió–: Ya le he dado algo de cambio. Y más del que se merece. Ahora lárguese. Márchese de aquí, si no quiere que lo eche. Y si me hace salir de detrás del mostrador, le quitaré la botella y el cambio de una buena patada en el culo. ¿Qué decide? Ricky se dirigió despacio hacia la puerta. Se volvió mientras intentaba pensar en una réplica adecuada, pero sólo consiguió que el dependiente dijera: – ¿Qué pasa? ¿Tiene algún problema? Ricky salió oyendo la risa del dependiente a su espalda. Fue hasta la tienda de ocasión, donde lo recibieron con la misma pregunta: « ¿Tiene dinero?» Mostró el billete de diez dólares. Dentro, compró un paquete de los cigarrillos más baratos que encontró, un par de chocolatinas, un par de magdalenas y una linterna pequeña. El dependiente de la tienda era un chico joven, que echó las cosas en una bolsa de plástico y dijo con sarcasmo: – Buena cena. Ricky regresó a la calle. La noche había invadido la zona. La tenue luz de las tiendas que seguían abiertas lanzaba cuadraditos de claridad a la penumbra. Ricky cruzó hacia la boca del callejón. Se metió con el menor ruido posible, se apoyó contra la pared de ladrillo y se deslizó hacia abajo para sentarse y esperar, sin dejar de pensar que hasta esa noche no había sabido lo fácil que es ser odiado en este mundo. Fue como si la oscuridad lo envolviera poco a poco del mismo modo que el calor durante el día. Era una negrura densa que le traspasó el cuerpo. Ricky dejó pasar un par de horas. Estaba en un estado de semisueño, con la cabeza llena de imágenes de quién había sido, de la gente que había llegado a su vida para destruida y del plan que había elaborado para recuperarla. Le habría reconfortado, al estar ahí apoyado contra la pared de un callejón sombrío de una parte de una ciudad que le era desconocida, haber recordado a su mujer, o quizás a un viejo amigo, o tal vez incluso algún momento feliz de su infancia: una mañana de Navidad, una graduación, el momento de lucir su primer esmoquin en el baile del instituto o el ensayo de la cena la víspera de su boda. Pero todos esos momentos parecían pertenecer a otra existencia y otra persona. Jamás había creído demasiado en la reencarnación, pero era casi como si hubiese vuelto al mundo como alguien distinto. Al percibir el hedor creciente de su abrigo de vagabundo, levantó la mano en la oscuridad e imaginó que tendría las uñas llenas de tierra. Antes, las tenía así los días felices porque significaba que se había pasado horas en el jardín de su casa de Cape Cod Se le hizo un nudo en el estómago y pudo oír el estrépito de la gasolina encendida al propagarse por la casa. Era un recuerdo auditivo que parecía proceder de otra época, recuperado de un pasado distante por un arqueólogo. Ricky levantó la vista y vio a Virgil y Merlín sentados en el callejón frente a él. Distinguió sus rostros, cada matiz y expresión del corpulento abogado y de la escultural joven. «Me dijo que sería mi guía hacia el infierno –pensó–. Tenía razón, quizá más de lo que se imaginaba.» Sintió la presencia del tercer miembro del triunvirato, pero Rumplestiltskin seguía siendo una sombra que se fundía con la noche e inundaba el callejón como una marea que sube de forma constante. Se le habían entumecido las piernas. No sabía cuántos kilómetros habría caminado desde su llegada a Boston. Tenía el estómago vacío, así que abrió el paquete de magdalenas y se las comió de dos o tres mordiscos. El chocolate le sentó como una vulgar anfetamina y le proporcionó cierta energía. Se puso de pie y se volvió hacia el fondo del callejón. Oyó un leve sonido y miró en esa dirección antes de reconocer lo que era: alguien cantando en voz baja y desentonada. Avanzó con cuidado hacia la voz. A su lado oyó algún animal, supuso que una rata que se escabullía con un sonido de arañazos. Sujetó la linterna con la mano, pero intentó dejar que los ojos se le adaptaran a la oscuridad del callejón. Eso era difícil, y tropezó una o dos veces cuando los pies se le enredaron con desperdicios indefinidos. Estuvo a punto de caerse en una ocasión, pero conservó el equilibrio y siguió adelante. Cuando estaba casi sobre el hombre, éste dejó de cantar. Hubo un silencio tenso durante un par de segundos. – ¿Quién anda ahí? –oyó preguntar. – Soy yo –contestó Ricky. – No se acerque más –dijo la voz–. Le haré daño. Puede que le mate. Tengo un cuchillo. Arrastraba las palabras con la imprecisión que confiere la bebida. Ricky había esperado que el vagabundo hubiese perdido el conocimiento pero, en cambio, seguía bastante alerta, aunque no demasiado ágil porque no oyó que se apartara de su camino o procurara esconderse. No creía que tuviera ningún arma, pero no estaba seguro del todo. Permaneció inmóvil. – Este callejón es mío –advirtió el hombre–. Váyase. – Ahora también es mío –replicó Ricky. Inspiró hondo y se metió en el terreno que tendría que encontrar para comunicarse con el hombre. Era como sumergirse en un lago de agua oscura, sin saber lo que hay bajo la superficie. «Acepta la locura –se dijo mientras intentaba evocar todos los conocimientos que había adquirido en su anterior vida y existencia–. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia.» – Me dijo que teníamos que hablar –aventuró–. Eso me dijo: «Encuentra al hombre del callejón y pregúntale cómo se llama.» – ¿Quién se lo dijo? –preguntó el hombre en tono vacilante. – ¿Quién crees? Él. Me habla y me dice a quién buscar, y tengo que hacerlo porque él me lo dice, y por eso estoy aquí –contestó con rapidez. – ¿Quién te habla? –Sus preguntas llegaban en medio de la oscuridad con un torpor que luchaba contra la bebida que le nublaba una mente ya de por sí entrecruzada. – No estoy autorizado a decir su nombre, no en voz alta o donde alguien pueda oírme. ¡Chitón! Pero dice que sabrás por qué he venido si eres quien debes ser, y que no tendré que explicar nada más. El hombre pareció dudar mientras procuraba comprender este galimatías. – ¿A mí? –preguntó. – Si eres quien debes ser. –Ricky asintió en la oscuridad–. ¿Lo eres? – No lo sé –contestó y, tras una pausa, añadió–: Eso creía. Ricky siguió deprisa para reforzar el delirio. – Él me da los nombres, ¿sabes? Y yo tengo que buscarlos y hacerles las preguntas porque tengo que encontrar al que es. Es lo que hago, una y otra vez, y eso es lo que tengo que hacer. ¿Eres tú? Tengo que saberlo, ¿comprendes? Si no, he perdido el tiempo. El hombre parecía intentar asimilar todo eso. – ¿Cómo sé que puedo fiarme de ti? –dijo el hombre con lengua estropajosa. Ricky se puso la linterna bajo el mentón, del modo que haría un niño que quisiera asustar a sus amigos. La encendió para iluminarse la cara y luego la dirigió hacia el hombre, dedicando unos segundos a examinar lo que los rodeaba. El vagabundo estaba sentado, apoyado contra la pared de ladrillos, con la botella de vino en la mano. Había desperdicios, y una caja de cartón a su lado, que Ricky supuso sería su casa. Apagó la linterna. – ¿Y bien? –soltó Ricky, tajante–. ¿Necesitas más pruebas? El hombre cambió de posición. – No puedo pensar –gimió–. Me duele la cabeza. Ricky estuvo tentado de agacharse y agarrar lo que necesitaba. Las manos le temblaron con la seducción de la violencia. Estaba solo en un callejón desierto con aquel vagabundo y se le ocurrió que las personas que lo habían puesto en esa situación no habrían dudado en utilizar la violencia. Para vencer el impulso tuvo que controlarse al máximo. Sabía lo que necesitaba, pero quería que el hombre se lo diera. – ¡Dime quién eres! –exclamó Ricky en un susurro. – Quiero estar solo –suplicó el hombre–. No he hecho nada. Ya no quiero estar aquí. – No eres el que busco –soltó Ricky–. Podría jurarlo. Pero necesito estar seguro. Dime tu nombre. – ¿Qué quieres? –gimoteó el hombre. – Tu nombre. Quiero tu nombre. Ricky podía oír las lágrimas que se formaban con cada palabra que decía el hombre. – No lo diré –contestó–. Tengo miedo. ¿Vas a matarme? – No –respondió Ricky–. No te haré daño si me demuestras quién eres. El hombre vaciló. – Tengo una cartera –afirmó despacio. – jDámela! –ordenó Ricky con brusquedad–. ¡Es el único modo de estar seguro! El hombre se levantó como pudo y se metió la mano en el abrigo. Con los ojos a duras penas adaptados a la oscuridad, Ricky pudo ver que le tendía algo. Lo agarró y se lo metió en el bolsillo. El hombre empezó a sollozar. Ricky suavizó la voz. – Ya puedes dejar de preocuparte –dijo–. Ahora me iré. – Por favor –suplicó el hombre–. Vete. Ricky se agachó y sacó la botella de vino que había comprado. También tomó un billete de veinte dólares del forro del abrigo. Se los dio al hombre. – Toma –dijo–. Te lo doy porque no eres el hombre que busco, pero no es culpa tuya, y él quiere que te compense por haberte molestado. ¿Te parece bien? El hombre agarró la botella, sin contestar, pero luego pareció asentir. . – ¿Quién eres? –preguntó otra vez con una mezcla de temor y confusión. Ricky sonrió para sí y pensó que tener una formación clásica tenía sus ventajas. – Me llamo Nadie –anunció. – Nadia es nombre de mujer. – No. Nadie. Así que, si alguien te pregunta quién te visitó esta noche, puedes decir que fue Nadie. –Ricky suponía que el policía de ronda tendría la misma paciencia para esa historia que los hermanos cíclopes de Polifemo para la ficción que había creado siglos antes otro hombre perdido en un mundo desconocido y peligroso–. Bebe un poco y duerme. Cuando te despiertes, todo seguirá igual. El hombre gimoteó. Pero acto seguido bebió un largo sorbo de vino. Ricky se levantó y avanzó con cuidado por el callejón, pensando que no había robado lo que buscaba y tampoco lo había comprado. Se dijo que había hecho lo necesario y que se ajustaba a las reglas del juego. Por supuesto, Rumplestiltskin no sabía que seguía jugando. Pero pronto lo sabría. Se dirigió sin detenerse por la penumbra hacia la luz de la calle que veía delante. 23 Ricky no abrió la cartera del hombre hasta después de haber llegado a la terminal de autobuses siguiendo una ruta que le obligó a cambiar dos veces de metro y después de haber recuperado la ropa de la taquilla. En los aseos, logró limpiarse un poco la suciedad de cara y manos y frotarse los sobacos y el cuello con toallas de papel mojadas con agua templada y jabón muy perfumado. No podía hacer gran cosa respecto a la graseza que le cubría el cabello o al olor corporal que sólo una ducha lograría eliminar. Tiró las ropas sucias de vagabundo a la papelera y se puso los pantalones caqui y la camisa que llevaba en la mochila. Contempló su aspecto en el espejo y pensó que había cruzado una línea invisible de regreso hacia donde otra vez parecía un participante en la vida más que un habitante del infierno. Un peine barato de plástico contribuyó a su imagen, pero pensó que seguía situado en un extremo, o cerca de él, y muy alejado del hombre que era antes. Salió de los aseos y compró un billete de autobús a Durham. Tenía que esperar casi una hora, así que se compró un bocadillo y un refresco y se dirigió a un rincón vacío del vestíbulo. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y desenvolvió el bocadillo en el regazo. Después, abrió la cartera, que tapó con la comida. Lo primero que vio le iluminó la cara y lo llenó de alivio: una tarjeta destrozada y descolorida, pero legible, de la Seguridad Social. El nombre estaba mecanografiado: Richard S. Lively. A Ricky le gustó. Lively significa «animado» en inglés y, por primera vez en semanas, era así como se sentía. Vio que había tenido una buena suerte adicional: no tendría que aprender a usar un nombre nuevo; la abreviatura corriente de Richard y de Frederick, el suyo, era la misma Echó la cabeza atrás y contempló los fluorescentes del techo. Pensó que había renacido en una terminal de autobuses. Supuso que había lugares mucho peores para reintegrarse al mundo. La cartera olía a sudor seco, y Ricky repasó con rapidez su contenido. No había gran cosa, pero lo que contenía era una especie de mina de oro. Además de la tarjeta de la Seguridad Social había un carné de conducir de Illinois caducado, un carné de biblioteca de un sistema suburbano de las afueras de San Luis, Misuri, y una tarjeta de la cadena de estaciones de servicio Triple A del mismo estado. Ninguna de esas identificaciones requería foto, salvo el carné de conducir, que aportaba detalles como el color del cabello y los ojos, la estatura y el peso, junto a una fotografía algo desenfocada de Richard Lively. También había una tarjeta de identificación de un hospital de Chicago señalada con un asterisco rojo en una esquina. «Sida –pensó Ricky–. Seropositivo.» Había tenido razón sobre las llagas en la cara del hombre. Todos los documentos identificativos incluían direcciones distintas. Ricky se los metió en el bolsillo. Había también dos recortes de periódico ajados y amarillentos, que desdobló con cuidado y leyó. El primero correspondía a la necrológica de una mujer de setenta y tres años. El otro era un artículo sobre reducciones de personal de una fábrica de recambios de automóvil. Ricky supuso que la primera era la madre de Richard Lively y el segundo, el empleo que el hombre había tenido antes de hundirse en el mundo del alcohol que lo había conducido a las calles. No tenía idea de qué le habría impulsado a viajar del centro del país a la Costa Este, pero ese cambio le era propicio. Las probabilidades de que alguien le relacionara con ese hombre se reducían mucho. Leyó deprisa los dos recortes y memorizó los detalles. Observó que sólo se mencionaba un miembro de la familia de la mujer, al parecer un ama de casa de Albuquerque, Nuevo México. Supuso que sería una hermana que se habría olvidado de su hermano hacía muchos años. La madre había sido bibliotecaria del condado y antigua directora de colegio, lo que constituía la pequeña aportación al mundo que había propiciado la necrológica. Se decía que su marido había fallecido unos años antes. La fábrica donde había trabajado Richard Lively producía pastillas de freno y había sido víctima de la decisión empresarial de trasladarse a un lugar de Guatemala donde se fabricaría la misma pieza con costes más reducidos. Ricky pensó que eso provocaba amargura, y era una razón más que suficiente para dejar que la bebida dominara la vida de uno. No tenía modo de saber cómo el hombre había contraído la enfermedad. Probablemente a través de alguna aguja. Devolvió los recortes a la cartera y echó ésta a una papelera. Pensó en la tarjeta de identificación del hospital con su delatora señal roja y se la sacó del bolsillo. La dobló hasta partirla por la mitad, la envolvió con el papel del bocadillo y la dejó en el fondo de la papelera. «Sé lo suficiente», pensó. Por la megafonía se anunció su autobús, pronunciado casi ininteligiblemente por algún empleado tras una mampara de cristal. Ricky se levantó, se cargó la mochila al hombro, recluyó al doctor Starks en algún lugar recóndito de su interior y dio su primer paso como Richard Lively. Su vida empezó a tomar forma con rapidez. En una semana había logrado dos trabajos a tiempo parcial. El primero como cajero de un establecimiento Dairy Mart local durante cinco horas por la noche y el segundo reponiendo estantes en un supermercado de alimentación Stop and Shop otras cinco horas por la mañana, un horario que le dejaba libres las tardes. En ninguno de los dos sitios le habían hecho demasiadas preguntas, aunque el encargado de la tienda de comestibles quiso saber si participaba en un programa de Alcohólicos Anónimos, a lo que Ricky contestó afirmativamente. Resultó que el encargado también y, tras darle una lista de iglesias y centros cívicos con sus reuniones previstas, le entregó el consabido delantal verde y le puso a trabajar. Usó el número de la Seguridad Social de Richard Lively para abrir una cuenta corriente donde depositó el efectivo que le quedaba. Una vez hecho esto, encontró que las salidas del laberinto burocrático eran bastante sencillas. Obtuvo una tarjeta nueva de la Seguridad Social con sólo rellenar un formulario en el que había plasmado su propia firma. En la dirección de Tráfico ni siquiera ojearon la fotografía del carné de Illinois cuando Ricky se presentó para solicitar un carné de conducir de Nueva Hampshire, esta vez con su fotografía y su firma, su color de ojos, su estatura y su peso. También alquiló un apartado de correos en un centro de servicios postales Mailboxes Etc., lo que le proporcionó una dirección para los extractos bancarios y la demás correspondencia que podría originar con rapidez. Agradeció recibir catálogos. Se hizo socio de un videoclub y del YMCA. Cualquier cosa que le proporcionara otra tarjeta con su nuevo nombre. Otro formulario y un cheque de cinco dólares le valió una copia del certificado de nacimiento de Richard Lively, que un funcionario le envió por correo desde Chicago. Procuró no pensar en el verdadero Richard Lively. No le había costado demasiado engañar a un hombre borracho, enfermo y desquiciado para arrebatarle su cartera y su identidad. Aunque se decía que haberlo hecho así era mejor que sacársela a golpes, eso no lo tranquilizaba del todo. Se fue sacudiendo el sentimiento de culpa a medida que ampliaba su mundo. Se prometió que devolvería su identidad a Richard Lively cuando hubiera logrado recuperar la suya de Rumplestiltskin. Lo único que no sabía era cuánto tiempo le llevaría. Sabía que tenía que marcharse del motel, así que regresó a la zona cercana a la biblioteca pública en busca de la casa con el cartel de Se Alquila Habitación. Le alivió ver que seguía en la ventana de la modesta casa de madera. Tenía un jardín pequeño, sombreado gracias a un roble y repleto de juguetes de plástico esparcidos. Un niño de cuatro años jugaba con un volquete y una colección de soldaditos en la hierba, mientras que una mujer mayor sentada en una silla de jardín a poca distancia leía el periódico sin dejar de echar de vez en cuando un vistazo al niño, que emitía sonidos de motor y de combate mientras jugaba. Ricky vio que el niño llevaba un audífono en una oreja. La mujer alzó los ojos y vio a Ricky. – Hola –la saludó–. ¿Es suya esta casa? – Sí. –La mujer asintió a la vez que doblaba el periódico en el regazo y dirigía la mirada hacia el niño. – He visto el cartel. Sobre la habitación –explicó Ricky. – Solemos alquilarla a estudiantes –contestó la mujer, que lo observaba con cautela. – Soy una especie de estudiante –dijo Ricky–. Es decir, espero cursar un postrado, pero voy un poco despacio porque también tengo que trabajar para ganarme la vida. Eso complica las cosas –concluyó con una sonrisa. – ¿Qué clase de postrado? –preguntó la mujer a la vez que se levantaba. – En criminología –improvisó Ricky–. Permita que me presente. Me llamo Richard Lively. Mis amigos me llaman Ricky. No soy de por aquí. De hecho, he llegado hace poco, necesito un lugar donde vivir. – ¿No tiene familia? –La mujer seguía mirándolo con recelo–. ¿Ni raíces? Ricky sacudió la cabeza. – ¿Ha estado en la cárcel? –quiso saber la mujer. Ricky pensó que la verdadera respuesta a eso era que sí. Una cárcel concebida por un hombre al que no conocía pero que lo odiaba. –No –contestó–. Pero es una pregunta razonable. He estado en el extranjero. – ¿Dónde? – En México –mintió. – ¿Qué hacía en México? – Un primo mío se fue a Los Ángeles y se involucró en el tráfico de drogas. Luego desapareció –inventó con rapidez–. Fui para intentar encontrarlo y viví seis meses de evasivas y mentiras. Pero eso fue lo que me llevó a interesarme por la criminología. La mujer sacudió la cabeza, recelosa de ese relato descabellado. – Ya –dijo–. ¿Y qué le trajo a Durham? – Quería alejarme para siempre de ese mundo –explicó Ricky–. No me gané demasiados amigos haciendo preguntas sobre mi primo. Imaginé que tendría que ir a algún lugar lejos de ese mundo, y el mapa me sugirió Nueva Hampshire o Maine, y así fue cómo aterricé aquí. – No sé si creerlo –respondió la mujer–. Es toda una historia. ¿Cómo sé que es de fiar? ¿Tiene referencias? – Cualquiera puede conseguir referencias que digan lo que sea –aseguró Ricky–. Sería mucho mejor que me escuchara la voz y me mirara a la cara y sacara sus propias conclusiones después de charlar un rato conmigo. – Una actitud muy de Nueva Hampshire –sonrió la mujer–. Le enseñaré la habitación, pero aún no estoy segura. – Está bien –concedió Ricky. La habitación era un desván acondicionado, con cuarto de baño propio y espacio suficiente para una cama, un escritorio y un sillón viejo demasiado relleno. Contra una pared había una estantería vacía y una cómoda. Una cortina rosa, de niña, enmarcaba una bonita ventana con una media luna superior que daba al jardín y a la tranquila calle lateral. Las paredes estaban decoradas con pósters de viaje que anunciaban los cayos de Florida y las montañas de Vail, en Colorado: una submarinista en bikini y un esquiador que daba un puntapié a una capa de nieve inmaculada. Al lado de la habitación había un huequecito que contenía un pequeño frigorífico y una mesa con una placa térmica. Un estante atornillado a la pared sostenía algunos elementos de vajilla blanca. Ricky pensó que aquel sitio tenía muchas características de la celda de un monje, que era como se veía en ese momento a sí mismo. – No podrá cocinar en realidad –indicó la mujer–. Sólo tentempiés y pizzas, ese tipo de cosas. No ofrecemos servicio de cocina. – Suelo comer fuera –comentó Ricky–. De todos modos, tampoco soy demasiado comilón. – ¿Cuánto tiempo piensa quedarse? –La propietaria seguía observándolo–. Solemos alquilarla por un año académico. – Eso me iría bien –aseguró–. ¿Quiere que firmemos un contrato? – No. Sólo exigimos un apretón de manos. Nosotros pagamos los servicios, excepto el teléfono. Tiene una línea independiente. La compañía se la activará en cuanto quiera. Nada de huéspedes. Nada de fiestas. Nada de música a todo volumen. Nada de trasnochadas... – ¿Y suele alquilarla a estudiantes? –la interrumpió Ricky con una sonrisa. La mujer captó la contradicción. – Bueno, a estudiantes serios. – ¿Vive sola con su hijo? – Me halaga. –La propietaria meneó la cabeza con una sonrisita–. Es mi nieto. Mi hija está en clase. Está divorciada y estudia contabilidad. Yo cuido del niño mientras ella trabaja o estudia, que suele ser todo el tiempo. – Soy bastante reservado –dijo Ricky–. Y bastante tranquilo. Tengo un par de trabajos, lo que me ocupa gran parte del día. Y en el tiempo libre, estudio. – Es mayor para ser estudiante. Puede que demasiado. – Nunca es demasiado tarde para aprender, ¿no cree? – ¿Es usted peligroso, señor Lively? ¿O está huyendo de algo? Ricky reflexionó antes de contestar: – He dejado de huir, señora... – Williams, Janet. El niño se llama Evan y mi hija, Andrea. – Bueno, aquí es donde me detengo, señora Williams. No estoy huyendo de la justicia, de una ex mujer o de una secta cristiana de derechas, aunque usted podría dejar volar su imaginación en alguna de esas direcciones o en todas a la vez. Y, en cuanto a ser peligroso... Bueno, si lo fuera, ¿por qué tendría que huir? – En eso lleva razón –dijo la señora Williams–. Es mi casa, ¿sabe? Y somos dos mujeres solas con un niño... – Tiene motivos para ser precavida. No la culpo por preguntar. – No sé si creo mucho de lo que me ha contado –contestó ella. – ¿Es tan importante creerlo, señora Williams? ¿Sería distinto si le dijera que soy un extraterrestre que ha sido enviado aquí para investigar los estilos de vida de la población de Durham, Nueva Hampshire, antes de que invadamos la Tierra? ¿O si le contara que soy un espía ruso o un terrorista árabe y le preguntara si no le importa que use el cuarto de baño para fabricar bombas? Podría inventarme todo tipo de historias pero, a la larga, todas serían irrelevantes. Lo que en realidad necesita saber es que no causaré problemas, que seré reservado, que pagaré el alquiler puntualmente y, en general, que no la molestaré a usted, ni a su hija o a su nieto. ¿No es eso lo que verdaderamente importa? – Me cae bien, señor Lively. –La señora Williams sonrió–. Todavía no sé si fiarme demasiado de usted y, desde luego, no le creo. Pero me gusta su manera de decir las cosas, lo que significa que ha superado la primera prueba. ¿Qué le parece un mes de depósito y otro de alquiler, y luego pagos mensuales, de modo que si uno u otro se siente incómodo, podemos llevar las cosas a una rápida conclusión? – Hasta donde sé, las conclusiones rápidas son difíciles de lograr –sonrió Ricky mientras estrechaba la mano de la mujer–. ¿Y cómo definiría «incómodo»? La sonrisa de ella se ensanchó, sin soltar la mano de Ricky. – Yo definiría la palabra «incómodo» con el número de la policía, marcado en el teléfono y la consiguiente serie de preguntas desagradables de hombres serios con uniforme azul. ¿Está claro? –Perfectamente, señora Williams –aseguró Ricky–. Me parece que estamos de acuerdo. – Eso creo –contestó la mujer. La rutina llegó a la vida de Ricky con la misma rapidez que el otoño a Nueva Hampshire. En la tienda de comestibles pronto le aumentaron el sueldo y le dieron nuevas responsabilidades, aunque el encargado le preguntó por qué no le había visto en ninguna reunión. Así que Ricky fue a varias en el sótano de una iglesia y en un par de ocasiones incluso acudió a una sala llena de alcohólicos para soltarles la típica historia de una vida arruinada por la bebida, lo que suscitó murmullos de comprensión y después varios abrazos sinceros que le resultó hipócrita aceptar. Le gustaba el trabajo en la tienda de comestibles y se llevaba bien, aunque sin explayarse, con los demás empleados, con quienes compartía de vez en cuando el almuerzo y bromeaba con una simpatía que ocultaba su aislamiento. El inventario era algo que parecía dársele bien, lo que le llevó a pensar que llenar los estantes de artículos no era del todo distinto a lo que había hecho con sus pacientes. Ellos también necesitaban que les rellenaran y repusieran los estantes. Un paso más importante se produjo a mediados de octubre, cuando vio un anuncio de un trabajo a tiempo parcial como ayudante de mantenimiento en la universidad. Dejó el empleo de cajero en el Dairy Mart y empezó a barrer y fregar en los laboratorios de ciencias cuatro horas al día. Se dedicaba a esta tarea con tal determinación que impresionó a su supervisor. Pero lo más importante era que le proporcionaba un uniforme, una taquilla donde podía cambiarse de ropa y una tarjeta de identificación de la universidad que, a su vez, le daba acceso al sistema informático. Valiéndose de la biblioteca local y los teclados de los ordenadores, Ricky emprendió la tarea de crearse un mundo nuevo. Se proporcionó un nombre electrónico: Ulises. Eso dio origen a una dirección electrónica y al acceso a todo lo que Internet ofrecía. Abrió varias cuentas domiciliándolas en el apartado de correos de Mailboxes Etc. Después, dio otro paso para crear una persona totalmente nueva. Alguien que no había existido nunca pero que tenía un lugar en este mundo en forma de una pequeña historia crediticia, licencias y la clase de pasado que puede documentarse con facilidad. Parte de ello era sencillo, como obtener una identificación falsa con otro nombre. Le maravillaron de nuevo los cientos de empresas que ofrecían en Internet identidades falsas «a efectos de ocio solamente». Empezó a pedir identificaciones de universidades y carnés de conducir falsos. También pudo conseguir un título de la Universidad de Iowa, promoción de 1970, y un certificado de nacimiento de un hospital inexistente de Des Moines. Asimismo, se incorporó a la lista de alumnos de un desaparecido instituto católico de esa ciudad. Se inventó un número ficticio de la Seguridad Social. Provisto de este material nuevo, fue a un banco distinto al que poseía la cuenta de Richard Lively y abrió otra a otro nombre, que eligió significativamente: Frederick Lazarus. Su nombre de pila asociado al de Lázaro, el hombre que se levantó de entre los muertos. Fue con el personaje de Frederick Lazarus con el que Ricky empezó su búsqueda. La idea era muy sencilla: Richard Lively sería real y llevaría una existencia segura y sin riesgos; estaría en casa. Frederick Lazarus sería ficticio. Y no existiría relación entre los dos personajes. Uno sería un hombre que respiraría el anonimato de la normalidad. El otro sería una vez creación y, si alguna vez llegaba alguien preguntando por Frederick Lazarus descubriría que no poseía nada más que números falsos y una identidad imaginaria. Podría ser un hombre arriesgado. Pero sería una ficción concebida con un único objeto: descubrir al hombre que había arruinado la vida de Ricky y pagarle con la misma moneda. 24 Ricky dejó que las semanas se convirtieran en meses, dejó que el invierno de Nueva Hampshire lo envolviera y lo ocultase de todo lo que había sucedido. Dejó que su vida como Richard Lively fuera creciendo a diario, al tiempo que seguía añadiendo detalles a su personaje secundario, Frederick Lazarus. Richard Lively iba a partidos de baloncesto de la universidad cuando tenía una noche libre, hacía de vez en cuando de niñera para sus caseras, que habían depositado pronto su confianza en él, tenía un índice de asistencia ejemplar al trabajo y se había ganado el respeto de sus compañeros en la tienda de comestibles y el departamento de mantenimiento de la universidad al adoptar una personalidad simpática, bromista, casi despreocupada, que parecía no tomarse nada demasiado en serio salvo el trabajo diligente y duro. Cuando le preguntaban por su pasado, inventaba una historia, nada demasiado estrafalario que no pudiera creerse, o evitaba la pregunta con otra. Ricky, el antiguo psicoanalista, descubrió que era un experto en crear situaciones en que la gente solía pensar que había estado hablando de sí mismo cuando en realidad estaba hablando de su interlocutor. Le sorprendió lo fácil que le resultaba mentir. Al principio trabajó una temporada como voluntario en un albergue y, después, convirtió eso en otro trabajo. Dos veces a la semana atendía como voluntario la línea local del Teléfono de la Esperanza, en el turno de diez de la noche a dos de la madrugada, con mucho el más interesante. Se pasó más de una noche hablando en voz baja con estudiantes amenazados por varios grados de estrés y curiosamente, esa conexión con individuos anónimos pero atribulados le daba energía. Pensaba que era una buena forma de mantener afinadas sus aptitudes de analista. Cuando colgaba el teléfono tras haber convencido a algún chico de que no se precipitara, sino que fuera a la clínica de la universidad a buscar ayuda, pensaba que en cierto sentido estaba haciendo penitencia por su falta de atención veinte años antes, cuando Claire Tyson había ido a su consulta en aquella clínica con problemas que él no había sabido escuchar y en un peligro que no había sabido ver. Frederick Lazarus era alguien distinto. Ricky elaboró este personaje con una frialdad sorprendente. Frederick Lazarus era socio de un gimnasio, donde corría a solas kilómetros en una cinta de andar, levantaba pesos, se ponía en forma y ganaba fuerza a diario, con lo que el antiguo cuerpo delgado pero en esencia blando del analista de Nueva York cambió. Se le redujo la cintura y se le ensancharon los hombros. Hacía ejercicio solo y en silencio, salvo algún que otro gruñido mientras los pies golpeteaban la cinta mecánica. Empezó a peinarse el cabello rubio hacia atrás, apartado de la frente, alisado con pulcritud. Se dejó barba. Sentía un placer glacial en el esfuerzo a que se sometía, en especial cuando dejó de jadear al acelerar el ritmo. El gimnasio ofrecía clases de autodefensa, básicamente para mujeres, pero se reorganizó los horarios para poder asistir y aprender las nociones elementales de los golpes con los codos y de los puñetazos rápidos y efectivos a la garganta, la cara o la entrepierna. Al principio las mujeres de la clase parecían algo incómodas con su presencia, pero ofrecerse como blanco para sus prácticas le valió una especie de aceptación. Por lo menos estaban dispuestas a arrearle sin piedad. Ello consideraba una forma de endurecerse aún más. La tarde de un sábado de finales de enero, caminó por la nieve y el hielo resbaladizo de las calles hasta la tienda de artículos deportivos R & R, situada fuera del área de la universidad en un centro comercial que incluía tiendas de neumáticos de saldo y una estación de servicio con engrasado rápido. R & R (no había ninguna indicación clara de lo que significaban las letras) era un discreto local cuadrado, lleno de dianas de plástico en forma de ciervo, prendas de caza anaranjadas, cañas y aparejos de pesca, arcos y flechas. En una pared había una amplia gama de rifles de caza, escopetas y armas de asalto modificadas que carecían incluso de la modesta belleza de las culatas de madera y los cañones bruñidos de sus hermanos más aceptables. Los AR–15 y los AK–47 tenían un aspecto frío y militar, un objetivo claro. En la vitrina del mostrador había hileras y más hileras de pistolas diversas. Azul acero. Cromo pulido. Metal negro. Pasó un rato agradable comentando las virtudes de varias armas con un dependiente, un hombre barbudo y calvo de mediana edad que llevaba una camisa de caza y una pistola corta del calibre 38 remetida en su amplia cintura. Ambos debatieron sobre las ventajas de los revólveres frente a las pistolas automáticas, del tamaño contra la potencia, de la precisión en comparación con la velocidad de disparo. La tienda tenía un local de tiro en el sótano con dos carriles estrechos, uno junto a otro, separados por una pequeña mampara, un poco como una pista de bolos abandonada y oscura. Un sistema eléctrico de poleas bajaba dianas en forma de silueta contra una pared situada a unos quince metros y reforzada con sacos de serrín. El dependiente enseñó con entusiasmo a Ricky, que no había disparado un arma en su vida, cómo apuntar y qué postura adoptar, sujetando el arma con las dos manos de modo que el mundo se estrechara y sólo importasen la visión, la presión del dedo en el gatillo y el blanco que se tenía en la mira. Ricky disparó decenas de veces con una pequeña automática del 22, y una Magnum 357, la 9 milímetros que prefieren las fuerzas del orden y la del calibre 45 que se popularizó durante la Segunda Guerra Mundial y cuyo retroceso le sacudía hasta el hombro y el pecho al dispararla. Se decidió por algo intermedio, una Ruger semiautomática 380 con un cargador de quince balas. Era un arma situada en la gama entre el gran disparo que prefería la policía y las mortíferas armas pequeñas que gustaban a las mujeres y los asesinos profesionales. Ricky eligió la misma arma que había visto en el maletín de Merlín en aquel tren, algo que le parecía ocurrido en un mundo totalmente distinto. Pensó que era una buena idea estar igualados, aunque sólo fuera en cuanto al arma. Rellenó la solicitud de licencia de armas con el nombre de Frederick Lazarus y usó el número de la Seguridad Social falso que había conseguido para esta finalidad concreta. – Tarda un par de días –comentó el dependiente–. Aunque aquí es más fácil que en Massachussets. ¿Cómo la va a pagar? – En efectivo. – Un método anticuado –sonrió el hombre–. ¿No va a ser con tarjeta? – Las tarjetas sólo te complican la vida. – Una Ruger 380 la simplifica. – De eso se trata, ¿no? –repuso Ricky. El dependiente asintió mientras terminaba el papeleo. – ¿Está pensando en simplificar a alguien en particular, señor Lazarus? – Qué pregunta tan extraña –contestó Ricky–. ¿Tengo el aspecto de ser un hombre con un enemigo por jefe? ¿Con un vecino que te suelte el chucho cada vez que pasas por su casa? ¿O casado con una mujer que te haya fastidiado demasiado a menudo? – No –dijo el dependiente con una sonrisa–. No lo tiene. Pero es que tampoco tenemos muchos clientes nuevos. La mayoría son bastante habituales, de modo que al menos les conocemos la cara, SI no el nombre. –Bajó los ojos hacia el formulario–. ¿Se la van a conceder, señor Lazarus? – Claro. ¿Por qué no? – Bueno, eso es más o menos lo que estoy preguntando. Detesto todo este follón legal. – Las normas son las normas –dijo Ricky. El hombre asintió. – Ya lo puede decir, ya. – ¿Y para practicar? –quiso saber Ricky–. Porque ya me dirá de qué sirve una buena arma como ésta si no la maneja un experto. – Tiene toda la razón, señor Lazarus –asintió el dependiente–. Mucha gente cree que cuando ha comprado la pistola ya no necesita nada más para protegerse. Pero es sólo el principio, coño. Hay que saber manejar el arma, sobre todo cuando las cosas se ponen, digamos, tensas, como cuando tienes un atracador en la cocina y tú estás en pijama en el dormitorio. – Exacto –asintió Ricky–. No se puede estar tan asustado... – ...que uno termine cargándose a la mujer o al perro o al gato de la familia. –El dependiente terminó la frase por él y rió–. Aunque puede que eso no fuera lo peor. Si usted estuviera casado con mi parienta, después invitaría al atracador a tomar una cerveza. Y más si tuviera también ese maldito gato suyo que me hace estornudar a todas horas. – Así pues, ¿el local de tiro...? – Puede usarlo siempre que quiera. Las dianas cuestan sólo cincuenta centavos. El único requisito es que compre aquí la munición. Y que no entre por la puerta con un arma cargada. Tiene que. llevarla enfundada y con el cargador vacío. Llenado aquí, donde alguien pueda ver qué hace. Luego podrá disparar todo lo que quiera. Al llegar la primavera organizamos un curso de combate en el bosque. A lo mejor le interesa probarlo. – Por supuesto –dijo Ricky. – ¿Quiere que le llame cuando llegue la licencia, señor Lazarus? – ¿Cuarenta y ocho horas? Ya me pasaré por aquí. O telefonearé. – Como quiera. –El hombre lo observo con atención–. A veces las licencias de armas son rechazadas debido a algún problema técnico. Igual hay algún que otro problema con los números que me dio, ¿sabe? Aparece algo en algún ordenador, ya me entiende. – Todo el mundo puede equivocarse, ¿verdad? –dijo Ricky. – Parece buena gente, señor Lazarus. Me daría rabia que le negaran la licencia por alguna metedura de pata burocrática. –El dependiente habló despacio, casi con cautela. Ricky oyó su tono–. Todo depende del funcionario que repasa la solicitud. Algunos se limitan a teclear los números sin apenas prestar atención. Otros se toman su trabajo muy en serio. – Al parecer hay que asegurarse de que la solicitud llegue a la persona adecuada. – No tendríamos que saber quién hace las comprobaciones –asintió el dependiente–, pero tengo amigos que trabajan ahí. Ricky sacó la cartera y puso cien dólares en el mostrador. – No es necesario –comentó el hombre sonriendo de nuevo pero cogió el dinero–. Me aseguraré de que llegue al funcionario adecuado, uno que procesa las cosas con mucha rapidez y eficiencia. – Es usted muy amable –aseguró Ricky–. Muy amable. Le deberé una. – No es nada. Queremos que nuestros clientes queden satisfechos. –Se guardó el billete en el bolsillo–. Oiga, ¿le interesaría un rifle? Tenemos en oferta uno muy bueno del calibre 30 con mira telescópica para cazar ciervos. Y también escopetas... – Tal vez –asintió Ricky–. Tengo que ver antes qué necesito. Cuando sepa que no hay problemas con la licencia, estudiaré mis necesidades. Tienen una pinta impresionante. –Señaló la colección de armas de asalto. – Una ametralladora Uzi o una Ingram del 45 o un AK–47 que puede ir muy bien para acabar con cualquier disputa a la que se esté enfrentando –informó el hombre–. Suelen desalentar la disconformidad y favorecer la aceptación. – Lo recordaré –contestó Ricky. Ricky tenía cada vez más destreza con el ordenador. Con su nombre informático hizo un par de búsquedas electrónicas sobre su árbol genealógico y, con rapidez desalentadora, descubrió lo fácil que le había sido a Rumplestiltskin obtener la lista de familiares que había constituido la base de su amenaza inicial. Los aproximadamente cincuenta miembros de la familia del doctor Frederick Starks surgieron a través de Internet en sólo un par de horas de búsqueda. Una vez obtenidos los nombres, no se tardaba demasiado en conseguir direcciones. Las direcciones se convertían en profesiones. No costaba imaginar cómo Rumplestiltskin (que tenía todo el tiempo y la energía necesarios) había logrado información sobre esas personas y encontrado a varios miembros vulnerables del extenso grupo. Ricky estaba sentado frente al ordenador, algo perplejo. Cuando su nombre apareció y el segundo programa de árboles genealógicos le mostró como recientemente fallecido, se puso tenso en la silla, sorprendido, aunque no debería haberlo estado; fue como el susto que se tiene cuando por la noche un animal cruza la carretera frente a un coche y desaparece entre los matorrales. Un instante de miedo que remite al instante. Había trabajado décadas en un mundo de privacidad donde los secretos permanecían ocultos bajo nieblas emocionales y capas de dudas encerrados en la memoria, oscurecidos por años de negaciones y depresiones. Si el análisis, en el mejor de los casos, consiste en ir desprendiéndose de frustraciones para dejar verdades al descubierto, el ordenador le pareció el equivalente clínico del bisturí. Los detalles y los datos simplemente se iluminaban en la pantalla, arrancados al instante con unas meras pulsaciones en el teclado. Lo detestaba y le apasionaba a la vez. También se dio cuenta de lo desfasada que parecía su profesión, y también comprendió las pocas posibilidades que había tenido de ganar el juego de Rumplestiltskin. Cuando recordaba los quince días entre la carta y su pseudomuerte, veía lo fácil que le había sido a su perseguidor anticiparse a cada paso que él daba. La previsibilidad de su reacción ante cada situación era de lo más evidente. Reflexionó sobre otro aspecto del juego. Cada momento había sido pensado por anticipado, cada momento lo había lanzado en direcciones que estaban claramente previstas. Rumplestiltskin lo había sabido tan bien como él mismo ahora. Virgil y Merlín habían sido el señuelo usado para distraerlo y evitar que pusiera las cosas en perspectiva. Le habían impuesto un ritmo vertiginoso, llenado sus últimos días de exigencias y convertido en real y palpable cada amenaza. Cada escena de la obra figuraba en el guión. Desde la muerte de Zimmerman en el metro hasta la visita al doctor Lewis en Rhinebeck, pasando por el empleado del hospital donde tiempo atrás había atendido a Claire Tyson. « ¿Qué hace un psicoanalista? –se preguntó––. Establece normas muy sencillas pero inviolables.» Una vez al día, cinco días a la semana, sus pacientes se presentaban a su puerta y tocaban el timbre de una forma muy concreta. A partir de eso, el caos de su vida cobraba forma. Y con ello, la capacidad de hacerse con el control. Para Ricky, la lección era simple: no podía seguir siendo previsible. Aunque eso no era del todo cierto, pensó. Richard Lively podía ser tan normal como fuera necesario, tan normal como él quisiera. Un hombre corriente. Pero Federick Lazarus sería alguien diferente. « Un hombre sin pasado puede forjar cualquier futuro», pensó. Frederick Lazarus obtuvo un carné en la biblioteca y se sumergió en la cultura de la venganza. Cada página que leía rezumaba violencia. Leyó historias, obras de teatro, poemas y ensayos sobre el género del crimen verídico. Devoró novelas, desde narraciones de suspense escritas el año anterior hasta obras terroríficas del siglo XIX. Profundizó en el teatro y casi se aprendió de memoria Otelo, y después todavía más La Orestíada. Recuperó fragmentos de su memoria y releyó partes que recordaba de sus días de universitario. Absorbió la escena en que Ulises cierra las puertas de golpe a los pretendientes y asesina a todos los hombres que le suponían muerto. Ricky no sabía, demasiado sobre el crimen y los criminales, pero pronto se convirtió en un experto; por lo menos en la medida en que la palabra Impresa es capaz de educar. Aprendió de Thomas Harris y Robert Parker, así como de Norman Mailer y Truman Capote. Mezcló Edgar AIlan Poe y sir Arthur Conan Doyle con los manuales de formación del FBI disponibles en las librerías a través de Internet. Leyó La máscara de la cordura de Hervey Cleckley y terminó conociendo mucho mejor la naturaleza de los psicópatas. Leyó libros como Por qué asesinan y Enciclopedia de los asesinos en serie. Leyó sobre asesinatos en masa y con bombas, crímenes pasionales y asesinos considerados perfectos. Nombres y crímenes llenaban su imaginación, desde Jack el Destripador hasta Billy el Niño, John Wayne Gacy y el Asesino de la Zodiaco Del pasado al presente. Leyó sobre crímenes de guerra y francotiradores, sobre sicarios y rituales satánicos sobre mafiosos y sobre adolescentes desconcertados que iban a clase con fusiles de asalto para vengarse de compañeros que se habían burlado de ellos demasiado a menudo. Le sorprendió descubrir que era capaz de compartimentar todo lo que leía. Cuando cerraba otro libro que detallaba algunos de los actos más truculentos que un hombre podía hacer a otro, dejaba a un lado a Frederick Lazarus y volvía a Richard Lively. El primero estudiaba cómo ejecutar con un garrote a una víctima desprevenida y por qué un cuchillo no servía como arma asesina, mientras que el segundo leía cuentos al nieto de cuatro años de su casera y se aprendía de memoria En la granja de mi abuelo, que el niño no se cansaba de escuchar a cualquier hora del día o la noche. Y mientras el primero estudiaba el impacto de las pruebas de ADN en la investigación de un crimen, el segundo se pasaba una larga noche hablando con un estudiante con sobredosis hasta que el peligroso colocón remitía. «Jekyll y Hyde», pensó. De modo perverso, descubrió que le gustaba la compañía de ambos hombres. Quizás, y eso era bastante curioso, más que el hombre que era cuando Rumplestiltskin apareció en su vida. Bien entrada una noche de principios de primavera, nueve meses después de su muerte, Ricky se pasó tres horas al teléfono con una mujer joven angustiada y muy deprimida que llamó, desesperada, al teléfono de la esperanza con un frasco de somníferos delante de ella, en la mesilla. Ricky habló con ella sobre aquello en que se había convertido su vida y en lo que podría convertirse. Le trazó con la voz una imagen verbal de un futuro libre de las penas y dudas que la habían llevado a su actual situación. Tejió esperanza en cada hilo de lo que dijo, y al final la muchacha se olvidó de la sobredosis que amenazaba con tomar y dijo que pediría hora al médico de una clínica. Cuando él se marchó a casa, más vigorizado que exhausto, decidió que había llegado la hora de hacer su primera investigación. Ese mismo día cuando terminó su turno en el departamento de mantenimiento, usó su pase electrónico para acceder a la sala de informática de la facultad de ciencias. Era una habitación cuadrada, dividida en cubículos individuales, cada uno de los cuales tenía un ordenador conectado al sistema central de la universidad. Encendió uno, introdujo su contraseña y se metió en el sistema. En una carpeta a su izquierda, tenía .la pequeña cantidad de información que había obtenido en su anterior vida sobre la mujer a la que no había sabido ayudar. Dudó un momento antes de continuar. Sabía que podría encontrar la libertad y una vida tranquila y sencilla si seguía el resto de sus días como Richard Lively. Tenía que admitir que la vida de empleado de mantenimiento no era tan mala. Se preguntó si no saber sería mejor que saber, porque era consciente de que, en cuanto empezara el proceso de averiguar las identidades de Rumplestiltskin y sus acólitos Merlín y Virgil, ya no podría detenerse. Se dijo que pasarían dos cosas: todos los años vividos como doctor Starks dedicado a la idea de que desenterrar la verdad de lo más profundo de cada ser era una tarea valiosa, se apoderarían de él, y Frederick Lazarus exigiría venganza. Ricky libró una batalla interior durante un rato, tal vez sólo unos segundos o tal vez horas ante la pantalla, con los dedos inmóviles sobre el teclado. Decidió que no se comportaría como un cobarde. Pero dudó si la cobardía sería esconderse o actuar. Una sensación fría lo recorrió al tener que elegir. « ¿Quién eras, Claire Tyson? ¿Y dónde están ahora tus hijos?» Pensó que había muchas clases de libertad. Rumplestiltskin le había matado para lograr una clase de libertad. Ahora él iba a encontrar la suya. 25 Esto era lo que Ricky sabía: hacía veinte años una mujer había muerto en Nueva York y las autoridades habían dado en adopción a sus tres hijos. Debido a ese único hecho, él se había visto obligado a suicidarse. Los primeros intentos de Ricky en busca del nombre de Claire Tyson no dieron fruto. Era como si su muerte también la hubiese erradicado de los registros a que él tenía acceso electrónico. Al principio ni siquiera la copia del certificado de defunción lo sacó del atasco. Los programas para facilitar árboles genealógicos que habían mostrado la relación de sus familiares con tanta rapidez, resultaron bastante menos efectivos a la hora de localizar a Claire. Parecía que sus orígenes tenían una categoría mucho inferior, y esta falta de identidad parecía disminuir su presencia en el mundo. Le sorprendió un poco la falta de información. Los programas del tipo «encuentre a sus familiares desaparecidos» prometían servir para encontrar a casi todo el mundo, y la aparente desaparición de Claire de todos los registros era inquietante. Pero las primeras tentativas no fueron del todo inútiles. Una de las cosas que había aprendido en los últimos meses era a pensar de un modo bastante más práctico. Como psicoanalista, su método había consistido en seguir símbolos para llegar a realidades. Ahora usaba técnicas parecidas pero de una forma más concreta. Cuando el nombre de Claire Tyson no obtuvo resultado, empezó a buscar por otras vías. Los registros de la propiedad inmobiliaria de Manhattan le proporcionaron el propietario actual del edificio donde ella había vivido. Otra consulta le aportó nombres y direcciones de la burocracia municipal donde la mujer habría tenido que solicitar cualquier prestación social, vales canjeables por alimentos y ayuda a las familias a cargo de menores. El truco era imaginar la vida de Claire Tyson veinte años atrás y limitar eso a fin de conocer todos los elementos que estaban en juego en ese momento. En algún lugar de ese retrato había un vínculo con el hombre que lo había acechado. También consultó guías telefónicas electrónicas del norte de Florida. Claire Tyson era de esa zona y Ricky sospechaba que, si tenía algún familiar vivo (aparte de Rumplestiltskin), ahí lo localizaría. En el certificado de defunción figuraba la dirección del pariente más cercano, pero cuando la comprobó con el nombre, descubrió que otra persona vivía en ese sitio. Había varios Tyson en las afueras de Pensacola, y parecía una tarea desalentadora intentar averiguar quien era quién, hasta que Ricky recordó las notas que él mismo había garabateado durante sus pocas sesiones con la mujer. Recordaba que habla terminado la secundaria y estudiado dos años en la universidad antes de dejarla para seguir a un marinero destinado en una base naval, el padre de sus tres hijos. Imprimió los nombres de posibles parientes y la dirección de todos los institutos de secundaria de la zona. Al contemplar hojas impresas le pareció que debería haber hecho aquello muchos años antes: intentar conocer y comprender a una mujer joven. Pensó que los dos mundos no podían ser más distintos. Pensacola, Florida, es una zona muy religiosa. Fanatismo cristiano, alabado sea el Señor y ve a misa los domingos y cualquier otro día en que Su presencia sea necesaria. En opinión de Ricky, Nueva York debía de significar todo lo que cualquier persona crecida en Pensacola consideraría malo y diabólico. Le pareció una combinación inquietante. Pero estaba bastante seguro de algo: tenía más probabilidades de encontrar a Rumplestiltskin en la ciudad que en aquella zona rural del norte de Florida. Sin embargo no creía que su perseguidor no hubiera dejado huella en el sur. Decidió empezar por ahí. Solicitó un carné de conducir falso de Florida y una tarjeta de identificación de militar retirado a uno de los puntos de venta de este tipo de cosas en Internet. Los documentos tenían que ser remitidos al apartado de correos de Frederick Lazarus en Mailboxes Etc. Pero la identificación era a nombre de Rick Tyson. Pensó que la gente estaría dispuesta a ayudar a un familiar desaparecido hacía mucho tiempo y que parecía querer encontrar sus raíces del modo más inocente. Para guardarse aún más las espaldas, inventó un centro ficticio para el tratamiento del cáncer y, con papel de carta falso, escribió «a quien corresponda» explicando que un pariente del señor Tyson, aquejado de la enfermedad de Hodgkin, precisaba una médula ósea compatible, y que cualquier ayuda para localizar a miembros de su familia, cuya médula ósea tenía más probabilidades de serIo, sería agradecida y quizás incluso serviría para salvarle la vida. Ricky sabía que esta carta era de lo más cínica. Pero seguramente le abriría algunas puertas. Hizo una reserva de avión, ultimó detalles con sus caseras y su jefe del departamento de mantenimiento de la universidad con objeto de cambiar algunas jornadas laborables. Después fue a una tienda de ropa de segunda mano y se compró un traje negro de verano, sencillo y muy barato. Era más o menos lo que, según él, llevaría alguien de pompas fúnebres y lo consideró adecuado a sus circunstancias. A última hora de la tarde del día antes de su partida, con la camisa y los pantalones de empleado de mantenimiento, entró en el departamento de teatro de la universidad. Una de sus llaves maestras abría el almacén donde se guardaban los trajes de las diversas producciones. No tardó mucho en encontrar lo que necesitaba. El calor de la costa del Golfo contenía una altísima humedad oculta como una amenaza velada. Sus primeras bocanadas de aire al salir del aire acondicionado del vestíbulo del aeropuerto hacia la zona de alquilar de coches fueron de una calidez empalagosa y opresiva, desconocida en Cape Cod hasta en los días más calurosos, e incluso en Nueva York durante la canícula de agosto. Era casi como si el aire tuviera consistencia, como si transportara algo invisible y peligroso. Al principio pensó que serían enfermedades. Pero después supuso que esa idea era exagerada. Su plan era sencillo: se alojaría en un motel barato e iría a la dirección, que figuraba en el certificado de defunción de Claire Tyson. Llamaría a algunas puertas, haría preguntas, averiguaría si alguien que viviera ahí ahora conocía el paradero de su familia. Luego recorrería los institutos más cercanos a esa dirección. No era un plan demasiado brillante pero poseía cierta tenacidad periodística: llamar a puertas y averiguar quien tenía algo que decir. Encontró un Motel 6 situado en un bulevar lleno de centros comerciales, restaurantes de comida rápida de todas las cadenas y tiendas de saldos. Era una calle bañada por el implacable sol del Golfo. Las esporádicas zonas de palmeras y matorrales parecían haber llegado con la corriente hasta aquella costa de comercio barato como restos flotantes tras una tormenta. Podía saborear el mar cercano, cuyo aroma llenaba el aire, pero la vista era la de un terreno urbanizado, casi infinito, como un período decimal de edificios de dos plantas y carteles chillones. Se inscribió con el nombre Frederick Lazarus y pagó una estancia de tres días en efectivo. Dijo al recepcionista que era viajante, aunque el hombre no le prestó demasiada atención. Dejó la bolsa en la modesta habitación y luego cruzó el estacionamiento hacia la tienda de una gasolinera. Allí compró un plano detallado de la zona de Pensacola. La extensión de viviendas cerca de la base naval poseía una uniformidad que le recordó un poco a uno de los primeros círculos del infierno. Hileras de casas de bloque de hormigón, con manchas de hierba achicharrada al sol y aspesores omnipresentes que salpicaban el césped. Al recorrer la zona en coche, Ricky pensó que cada manzana presentaba características que parecían definir aspiraciones de sus habitantes: las manzanas con la hierba bien cortada en jardines cuidados y la casas recién pintadas de blanco reluciente al sol del Golfo parecía significar esperanza y posibilidades. Los coches aparcados en los senderos de entrada estaban limpios, pulidos, brillantes y nuevos. En algunos jardines había columpios y juguetes de plástico, y a pesar del calor de la mañana, algunos niños jugaban bajo la mirada atenta de sus padres. Pero la línea de demarcación era clara: unas manzanas más allá las casas tenían un aspecto notoriamente desgastado. La pintura vieja, pelada, y los canalones manchados por el uso. Franjas de tierra, alambradas, un par de coches sobre bloques, sin ruedas, oxidándose. Pocas voces de niños jugando, cubos de basuras desbordantes de botellas. Manzanas de sueños limitados. El Golfo, a lo lejos, con su extensión de vibrantes aguas azules, y la base, con enormes barcos grises de la armada alineados, eran el eje sobre el que giraba todo. Pero, a medida que se alejaba del mar y se entraba más en las carencias, el mundo que veía parecía limitado, sin rumbo y tan inútil como una botella vacía. Encontró la calle donde vivía la familia de Claire Tyson y se estremeció. No era ni mejor ni peor que las demás, pero su mediocridad impulsaba a huir de allí. Ricky buscaba el número trece, que estaba hacia mitad de la calle. Frenó y aparcó. La casa en sí era similar a las demás de la calle, de una planta con dos o tres dormitorios y aparatos de aire acondicionado colgando de un par de ventanas. En el cochambroso porche había una oxidada barbacoa negra. La casa estaba pintada de un rosa apagado y lucía un estrafalario trece negro escrito a mano junto a la puerta. El uno era mucho más grande que el tres; lo que casi indicaba que la persona que había pintado la dirección en la pared había cambiado de idea a medio brochazo. Había un aro de baloncesto clavado sobre la puerta de un garaje que le pareció, a pesar de no ser ningún experto, estar entre quince y treinta centímetros por debajo de lo reglamentario. Además estaba doblado. No tenía red. Una pelota vieja y descolorida descansaba junto a un puntal. El jardín delantero tenía aire de abandono, la hierba invadida de maleza. Un perro grande, encadenado a una pared y limitado por una valla metálica al reducido jardín trasero, empezó a ladrar con furia cuando él subió el sendero de entrada. El periódico del día había caído cerca de la calle, y Ricky lo recogió y lo llevó hasta la puerta principal. Pulsó el timbre y lo oyó sonar en el interior. Un niño lloraba, pero se calló casi a la vez que una voz contestaba: – Ya voy, ya voy. La puerta se abrió y una joven negra con un pequeño a la cadera apareció frente a él. No abrió la puerta mosquitera. – ¿Qué quiere? –le espetó–. ¿Ha venido por el televisor? ¿Por la lavadora? ¿Acaso por los muebles o el biberón del