Ahora lo comprendía mejor. Él también se sentía violado. De nuevo recorrió la habitación con la mirada. Lo que antes le parecía seguro estaba perdiendo con rapidez esa cualidad. «Hacer que una mentira parezca real es complicado –pensó–. Exige planificación.» Se ubicó detrás del escritorio y vio que el contestador automático parpadeaba. El contador de mensajes estaba también iluminado en rojo, y marcaba el número cuatro. Pulsó la tecla que activaba la máquina para escuchar el primer mensaje. Reconoció de inmediato la voz de un paciente, un redactor de mediana edad del New York Times; un hombre atrapado en un empleo bien remunerado pero monótono, dedicado a revisar textos para la sección de ciencia escritos por reporteros más jóvenes e impetuosos. Era un hombre que ansiaba hacer más cosas con su vida, investigar la creatividad y la originalidad, pero que temía el trastorno que satisfacer ese deseo pudiera acarrear a una vida muy bien reglamentada. Sin embargo, este paciente era inteligente, culto, y efectuaba grandes avances en la terapia desde que había comprendido la relación entre la rígida educación que le habían inculcado sus padres, profesores de universidad del Medio Oeste, y su miedo a correr riesgos. A Ricky le caía bastante bien, y creía muy probable que terminara el psicoanálisis y viera la libertad que le proporcionaría como una oportunidad, lo que es una enorme satisfacción para cualquier terapeuta. «Doctor Starks –decía el hombre despacio, casi renuente, al identificarse–, lamento dejarle un mensaje en el contestador durante sus vacaciones. No quiero importunarle pero en el correo de esta mañana me ha llegado una carta muy inquietante.» Ricky inspiró hondo. La voz del paciente siguió despacio. «Es una fotocopia de una denuncia presentada en su contra ante el Colegio de Médicos y la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. Soy consciente de que la naturaleza anónima de la acusación la hace muy difícil de rebatir. Por cierto, la fotocopia fue remitida a mi casa, no a mi oficina, y carecía de remitente o de cualquier otra característica identificadota.» El paciente vaciló de nuevo. «Me encuentro ante un serio conflicto de intereses. No tengo duda de que la denuncia es una noticia importante y de que debería pasarla a uno de nuestros periodistas de información local para que la investigara. Por otra parte, eso comprometería mucho nuestra relación. Estoy muy preocupado por las acusaciones, que supongo usted negará...» El paciente pareció recuperar el aliento para añadir con un tinte de amargura: «Todo el mundo niega siempre haber obrado mal. "No lo hice, no lo hice, no lo hice"... Hasta que los hechos y las circunstancias son tan evidentes que ya no pueden mentir más. Presidentes, funcionarios, empresarios, médicos... Hasta monitores de boyscouts y entrenadores de ligas infantiles, por el amor de Dios. Cuando por fin se ven obligados a decir la verdad, esperan que todo el mundo entienda que se vieron obligados a mentir, como si fuese correcto seguir mintiendo hasta que estás tan atrapado que ya no puedes hacerlo más.» El paciente se detuvo otra vez y, después, colgó. El mensaje parecía cortado, como si faltara la pregunta que quería que Ricky contestara. A Ricky le temblaba la mano cuando pulsó de nuevo el play del contestador. El siguiente mensaje era sólo el llanto de una mujer. Por desgracia, lo reconoció y supo que era otra paciente de hacía tiempo. Sospechó que ella también habría recibido una copia de la carta. Avanzó la cinta. Los dos mensajes restantes eran asimismo de paciente. Uno, un destacado coreógrafo de Broadway, farfulló de rabia apenas contenida. El otro, una fotógrafa de estudio de cierto renombre, parecía tan confundida como consternada. Lo invadió la desesperación. Quizá por primera vez en su carrera profesional, no sabía qué decir a sus pacientes. Imaginó que los que todavía no habían llamado no habrían abierto aún el correo. Uno de los elementos fundamentales del psicoanálisis es la curiosa relación entre paciente y terapeuta, en que el paciente revela cada detalle íntimo de su vida a una persona que no corresponde del mismo modo y que muy rara vez reacciona a una información incluso de lo más provocadora. En el juego infantil de la verdad, se establece la confianza a través del riesgo compartido. Tú me cuentas, yo te cuento. Tú me muestras lo tuyo, yo te muestro lo mío. El psicoanálisis desnivela esta relación y la convierte en totalmente unilateral. Ricky sabía que la fascinación de los pacientes por quién era él, por lo que pensaba y sentía y por cómo reaccionaba eran dinámicas importantes y formaban parte del gran proceso de transferencia que tenía lugar en su consulta, en el que sentado en silencio detrás de sus pacientes tumbados en el diván, se convertía simbólicamente en muchas cosas pero, sobre todo, pasaba a simbolizar algo distinto y perturbador para cada uno de ellos, y así, al adoptar esos diferentes papeles para cada paciente, podía guiarlos a través de sus problemas. Su silencio pasaba a representar psicológicamente la madre de un paciente, el padre de otro, el jefe de un tercero. Su silencio pasaba a representar el amor y el odio, la cólera y la tristeza. Podía convertirse en pérdida, y también en rechazo. En ciertos sentidos, en su opinión, el analista era un camaleón, que cambia de color ante la superficie de cualquier objeto que toca. No devolvió ninguna de las llamadas de sus pacientes. Por la noche, todos habían telefoneado. Pensó que el redactor del Times tenía razón. Vivimos en una sociedad que ha cambiado el concepto de la negación. La negación va acompañada ahora de la suposición de que es sólo una mentira de conveniencia para ser adaptada en algún momento posterior, cuando se ha negociado una verdad aceptable. Una sola mentira bien elaborada había atacado de un modo salvaje horas que sumaban días y semanas que se convertían en meses y se volvían años con cada uno de los pacientes. No sabía muy bien cómo reaccionar ante sus pacientes o si no debería hacerlo en absoluto. El clínico que había en él sabía que examinar la reacción de cada paciente a las acusaciones seria provechoso, pero a la vez parecía inútil. Para cenar se preparó una sopa de pollo enlatada. Mientras la tomaba, se preguntó si algunos de los cacareados poderes medicinales y reconstituyentes de aquel brebaje le fluirían hasta el corazón. Todavía no tenía ningún plan de actuación. Ningún mapa que pudiera seguir. Un diagnóstico, seguido de un tratamiento. Hasta ese momento Rumplestiltskin le recordaba una especie de cáncer insidioso que atacaba distintas partes de su persona. Aún tenía que definir cómo abordarlo. El problema era que eso contrariaba su formación. Si hubiera sido oncólogo, como los médicos que trataron sin éxito a su esposa, o incluso un dentista, que podía ver el diente cariado y extraerlo, lo habría hecho. Pero la formación de Ricky era muy distinta. Un analista, aunque reconoce algunas características y síndromes definibles, deja en última instancia que el paciente invente el tratamiento en el simple contexto del proceso. Ricky se veía limitado en su forma de abordar la cuestión de Rumplestiltskin y sus amenazas por la misma cualidad que lo había mantenido en tan buen lugar durante tantos años. La pasividad que constituía el sello de su profesión era, de repente, peligrosa. A última hora de la noche, le preocupó por primera vez que Rumplestiltskin pudiera matarlo. 10 Por la mañana, marcó otro día en el calendario de Rumplestiltskin y redactó los siguientes versos: Me dediqué a buscar a destajo en veinte años de mi trabajo. ¿Es ese número acertado? El tiempo casi se ha terminado y no puedo dejar de preguntar: ¿a la madre de R debo encontrar? Se dio cuenta de que se estaba apartando de las normas de Rumplestiltskin. En primer lugar, hacía dos preguntas en lugar de una, y además no las formulaba para obtener una simple respuesta afirmativa o negativa como le habían instruido. Pero intuía que si usaba la misma rima infantil que su torturador, lo induciría a pasar por alto la violación de las normas y. tal vez, a contestar con un poco más de claridad. Sabía que necesitaba información para deducir quién le había tendido esa trampa. Mucha más información. No se hacía ilusiones de que Rumplestiltskin fuera a revelar algún detalle que le indicara con exactitud dónde buscarlo, ni que pudiera proporcionarle al instante una vía hacia un nombre que podría dar a las autoridades (si lograba deducir con qué autoridades debía ponerse en contacto). Ese hombre había planeado su venganza con demasiada precisión para que eso pasara ahora mismo. Pero un analista se considera un científico de lo indirecto y lo oculto. Así que Ricky debería ser un especialista en las cosas escondidas y encubiertas, y si tenía que averiguar el nombre real de Rumplestiltskin, debería hacerlo a partir de un desliz que él, por muy intrincados que fueran sus planes, no hubiera previsto. La mujer del Times que tomó el pedido para el anuncio de una columna en portada pareció agradablemente intrigada por el poema. – No es habitual –comentó–. Suelen ser anuncios del tipo .Felices bodas de oro, papá y mamá o ganchos publicitarios para algún producto nuevo que alguien quiere vender. Esto parece distinto. ¿Cuál es el motivo? –preguntó. – Forma parte de un elaborado juego ––contestó Ricky, procurando ser educado con una mentira eficiente–. Una diversión veraniega de un par de amigos a los que nos gustan los acertijos y los rompecabezas. – Vaya –replicó la mujer–. Suena divertido. Ricky no respondió, porque aquello no tenia nada de divertido. La mujer del periódico le leyó el poema una última vez para asegurarse de haberlo anotado bien, y luego le tomó los datos. Le preguntó si quería que le mandara una factura o que le cargara el importe a una tarjeta de crédito. Se decidió por esta última opción. Oyó a la mujer teclear en el ordenador los números de su Visa a medida que se los iba diciendo. – Bien, eso es todo –añadió la mujer–. El anunció saldrá mañana. Buena suerte con el juego. Espero que gane. –Yo también –dijo. Le dio las gracias y colgó. Volvió a concentrarse en el montón de notas y expedientes. «Delimita y elimina –pensó–. Sé sistemático y meticuloso. Descarta a los hombres o descarta a las mujeres. Descarta a los viejos, concéntrate en los jóvenes. Encuentra la secuencia temporal adecuada. Encuentra la relación correcta. Eso te: dará un nombre. Un nombre llevará a otro.» Respiraba con fuerza. Se había pasado la vida intentando ayudar a la gente a conocer las fuerzas emocionales que motivaban su comportamiento. Lo que hace un analista es aislar la culpa e intentar traducirla en algo manejable, porque la necesidad de venganza es tan incapacitante como cualquier neurosis. El analista busca que el paciente encuentre un modo de superar esa necesidad y esa cólera. No es inusual que un paciente empiece una terapia manifestando una furia que parece exigir una actuación. Se elabora un tratamiento destinado a eliminar ese impulso, de modo que pueda seguir con su vida sin la necesidad compulsiva de vengarse. Vengarse, en su mundo, era una debilidad. Quizás hasta una enfermedad. Ricky meneó la cabeza. Mientras procuraba revisar lo que sabía y cómo aplicarlos su situación sonó el teléfono del escritorio. Lo sobresaltó y dudó antes de cogerlo, pensando que podía ser Virgil. No lo era. Se trataba de la mujer de los anuncios del Times. – ¿El doctor Starks? – Sí. – Lamento tener que llamarle, pero hemos tenido un problema. – ¿Un problema? ¿Qué clase de problema? La mujer vaciló, como si le costara hablar. – La tarjeta Visa que me dio está cancelada. ¿Está seguro de haberme dado bien el número? – ¿Cancelada? –Ricky se sonrojó y afirmó, indignado–: Eso es imposible. – Bueno, a lo mejor lo anoté mal. Ricky sacó la tarjeta para volver a leer los números, pero esta vez despacio. – Pues es el número para el que pedí autorización –dijo la mujer–. Me lo devolvieron diciendo que la tarjeta había sido cancelada recientemente. – No lo entiendo –repuso Ricky con frustración creciente––. Yo no he cancelado nada. Y pago todo el saldo cada mes... – Las compañías de tarjetas de crédito cometen muchos errores –comentó la mujer, apenada–. ¿Tiene otra tarjeta? ¿O prefiere que se mande una factura para pagar con un talón? Ricky empezó a sacar otra tarjeta de la cartera pero se detuvo. Tragó saliva con fuerza. – Lamento las molestias –dijo despacio, y de repente le costaba mucho contenerse–. Llamaré a los de Visa. Mientras tanto, mándeme la factura, por favor. La mujer accedió y comprobó su dirección. – Suele pasar –añadió–. ¿Perdió la cartera? A veces los ladrones obtienen el número en extractos viejos que se han tirado. O compramos algo y el dependiente vende el número a un sinvergüenza. Hay millones de maneras de falsificar las tarjetas, doctor. Pero será mejor que llame a Visa y lo solucione. O acabar recibiendo cargos que no son suyos. En cualquier caso, seguramente le mandarán una tarjeta nueva en un par de días. – Descuide –dijo Ricky, y colgó. Despacio, extrajo todas sus tarjetas de crédito. «No sirven de nada –se dijo–. Las han cancelado todas. No sabía cómo pero sabía quién. No obstante, empezó el tedioso proceso de llamar para averiguar lo que ya sabía. El servicio de atención al cliente de las distintas compañías fue agradable pero no demasiado servicial. Cuando intentaba explicar que él no había cancelado las tarjetas, le informaban que si lo había hecho. Era lo que aparecía en el ordenador, y lo que ponía el ordenador tenía que ser cierto. Preguntó a cada compañía cómo había sido cancelada la tarjera y cada vez le contestaron que la petición se había hecho electrónicamente a través de Internet. Le indicaron, diligentes, que esas operaciones sencillas podían hacerse con unos cuantos golpes de teclado, que era un servicio que el banco ofrecía para facilitar la situación financiera de sus clientes, aunque Ricky, en su situación actual, podría haber discutido ese punto. Todos le ofrecieron abrirle nuevas cuentas. Dijo a cada compañía que ya la llamaría. Luego tomó unas tijeras y, cortó los inservibles plásticos por la mitad. No se le escapaba que eso era precisamente lo que algunos pacientes se habían visto obligados a hacer cuando habían superado su crédito e incurrido en gravosas deudas. Ricky no sabía hasta qué punto habría logrado Rumplestiltskin penetrar en sus finanzas. Ni cómo. «"Deuda" es un concepto próximo a su juego –pensó–. Cree que le debo algo que no puede pagarse con un talón o una tarjeta de crédito.» Por la mañana tendría que hacer una visita a la sucursal de su banco. También telefoneó al hombre que se encargaba de su modesta cartera de inversiones y le dejó un mensaje pidiendo que el corredor le devolviera la llamada lo antes posible. Después se recostó un momento e intentó imaginar cómo Rumplestiltskin habría accedido a esa parte de su vida. Ricky no sabía nada de informática. Sus conocimientos de Internet, páginas web, chats y ciberespacio se limitaban a estar vagamente familiarizado con las palabras, pero no con la realidad. Sus pacientes hablaban a menudo de una vida conectada a Internet y, de ese modo, se había hecho alguna idea de lo que un ordenador podía hacer, pero más aún de lo que un ordenador les hacía a ellos. Jamás había tenido interés en aprender nada de eso. Efectuaba sus anotaciones con bolígrafo en libretas. Si tenía que redactar una carta usaba una antigua máquina de escribir eléctrica que tenía más de veinte años y que guardaba en un armario. Pero tenía ordenador. Su mujer había comprado uno el año en que había enfermado y lo había actualizado un año antes de morir. Sabía que ella lo utilizaba para conectarse con grupos de apoyo a los enfermos de cáncer y para hablar con otras víctimas de la enfermedad en ese mundo curiosamente impersonal de Internet. No había participado con ella en esas cosas, pensando que respetaba su intimidad al no inmiscuirse, aunque también podría haber pensado que no mostraba suficiente interés. Poco después de su muerte, había quitado la máquina de la mesa del rincón del dormitorio que su mujer ocupaba cuando conseguía reunir energía suficiente para levantarse de la cama y la había guardado en los trasteros del sótano del edificio. Tenía intención de tirarlo o de donarlo a una escuela o biblioteca, pero aún no lo había hecho. Pensó que ahora lo necesitaría. Porque sospechaba que Rumplestiltskin sabía usar muy bien un ordenador. Se levantó del asiento, decidido a recuperar el ordenador de su difunta esposa. En el cajón superior derecho de la mesa guardaba la llave de un candado, y la cogió. Se aseguró de cerrar con llave la puerta de su casa y bajó en ascensor hasta el sótano. Hacía meses que no iba a los trasteros y arrugó la nariz al oler su aire mohoso y viciado. Tenía un matiz rancio y nauseabundo que el calor diario incrementaba. Salir del ascensor le produjo una opresión en el pecho. Se preguntó por qué la dirección del edificio no limpiaba nunca esa zona. Pulsó el interruptor de la luz y se encendió una bombilla pelada que daba escasa luz al sótano. Donde quiera que se dirigiera, proyectaba sombras y cruzaba oscuridad y humedad. Cada uno de los seis pisos del edificio tenía un trastero delimitado por tela metálica clavada a unas estructuras baratas de madera con el número del piso. Era un lugar de sillas rotas y cajas de papeles viejos, bicicletas oxidadas, esquíes, baúles y maletas innecesarias. La mayoría de las cosas estaba cubierta de polvo y telarañas, y casi todo se incluía en la categoría de algo un pelín valioso para tirar pero no tanto como para tenerlo a mano cada día. Cosas reunidas con el tiempo que habían descendido a la categoría de «mejor guardado porque algún día podríamos necesitarlo» aunque eso es difícil. Ricky se agachó un poco a pesar de que no tocaba el techo, impulsado por el ambiente cerrado. Se acercó a su trastero con la llave en la mano. Pero el candado estaba abierto. Colgaba del cerrojo como un adorno olvidado en un árbol de Navidad. Lo observó más de cerca y vio que lo habían reventado. Retrocedió un paso, sorprendido, como si una rata hubiera pasado corriendo frente a él. Su primer impulso fue dar media vuelta y correr; el segundo, avanzar. Fue lo que hizo. Abrió la puerta de tela metálica y vio lo que había ido a buscar, la caja que contenía el ordenador de su mujer no estaba allí. Se adentró más en el trastero. Su cuerpo tapaba en parte la luz, así que sólo unas franjas afiladas de iluminación horadaban el espacio. Echó un vistazo alrededor y vio que faltaba otra cosa: un archivador plástico donde guardaba sus ejemplares de las declaraciones de la renta. El resto de las cosas parecía intacto, sí eso servía de algo. Prácticamente paralizado por una sensación abrumadora de derrota, regresó al ascensor. De vuelta a la luz del día y al aire más puro, y fuera de la suciedad y el polvo de los recuerdos almacenados abajo, empezó a pensar en el impacto que podrían tener el ordenador y las declaraciones de renta desaparecidos. «¿Qué me han robado?» se preguntó. Y se estremeció al responderse: «Es probable que todo.» Las declaraciones de la renta desaparecidas le provocaron una sensación horrible. No era extraño que Merlín supiera tanto sobre sus activos; seguramente lo sabía todo sobre sus modestas finanzas. Una declaración de la renta es como un mapa de carreteras que abarca desde la identidad hasta las donaciones benéficas. Muestra todas las rutas recorridas en la existencia de uno, sin la historia. Como un mapa, indica a alguien como ir de aquí a allá en la vida de otra persona, dónde están las autopistas y dónde empiezan las carreteras secundarias. Lo único que le falta es color y descripción. El ordenador desaparecido también le preocupaba. No tenía idea de lo que quedaba en el disco duro, pero sabía que había algo. Intentó recordar las horas que su mujer había pasado ante esa máquina antes de que la enfermedad le robara incluso las fuerzas para teclear. Desconocía qué cantidad de su dolor, recuerdos, ideas y recorridos electrónicos habría en él. Lo único que sabía era que un informático cualificado podía recuperar todo tipo de trayectos a partir de la memoria del ordenador. Supuso que Rumplestiltskin tenía la habilidad necesaria para extraer de la máquina lo que ésta contuviera. Ricky se desplomó al llegar a su casa. Se sentía como si lo hubiesen cortado con una hoja de afeitar caliente. Miró alrededor y supo que todo lo que creía tan seguro y privado en su vida era vulnerable. Nada era secreto. De haber sido un niño, se habría echado a llorar en ese mismo instante. Esa noche sus sueños estuvieron poblados de imágenes sombrías y violentas. En uno, se vio intentando avanzar por una habitación mal iluminada, sabiendo todo el rato que si tropezaba y se caía, sería engullido por la penumbra del olvido, pero aun así cruzaba la estancia con paso vacilante, agarrándose a paredes vaporosas con dedos entumecidos, en un recorrido que parecía imposible. Despertó en medio de la negrura de su habitación, preso de ese pánico momentáneo que se tiene al pasar de la inconsciencia a la conciencia, con la chaqueta del pijama manchada de sudor, la respiración superficial y la garganta seca, como si llevara horas gritando desesperado. Por un instante no estuvo seguro de haber dejado atrás la pesadilla y, hasta que encendió la lámpara de la mesilla y vio el conocido espacio de su habitación, su corazón no empezó a recuperar su ritmo normal. Dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada, necesitado de reposo y a sabiendas de que no lo obtendría. No le costó interpretar sus sueños. Eran tan malignos como estaba empezando a serIo su vida. El anuncio apareció esa mañana en la portada del Times, en la parte inferior, como Rumplestiltskin había especificado. Lo leyó varias veces y pensó que, por lo menos, daría a su torturador algo en qué pensar. No sabía cuánto tiempo tardaría en contestarle, pero esperaba alguna clase de respuesta con rapidez, tal vez en el periódico de la mañana siguiente. Mientras tanto, decidió que lo mejor sería seguir trabajando en el rompecabezas. Con la publicación del anuncio, sintió un sentimiento momentáneo e ilusorio de triunfo, como animado por haber dado un paso adelante. La desesperación abrumadora del día anterior al descubrir la falta del ordenador y el robo de las declaraciones de la renta quedaba, si no del todo olvidada, por lo menos apareada. El anuncio dio a Ricky la sensación de que por lo menos ese día no era una víctima. Se encontró concentrado, capaz de centrarse, con una memoria más aguda Y precisa. El día le pasó volando, tan deprisa como lo habría hecho uno normal con pacientes, mientras recuperaba recuerdos y viajaba por su propio paisaje interior. Al final de la mañana había elaborado dos listas de trabajo independientes. Limitándose aún al período que empezaba en 1975 y acababa en 1985, en la primera lista identificó unas setenta y tres personas a las que había proporcionado tratamiento, este variaba, desde un máximo de siete años para un hombre muy perturbado hasta tres meses para una mujer que pasaba por una crisis matrimonial. Como promedio, la mayoría de sus pacientes se situaba en la gama de tres a cinco años. En casi todos los casos se trataba de tradicionales análisis freudianos, de cuatro a cinco sesiones semanales, con el uso del diván y las diversas técnicas de la profesión. En unos pocos no era así; se trataba de encuentros cara a cara, sesiones más sencillas de conversación en los que había actuado menos como analista y más como un terapeuta corriente, con opiniones y consejos, que son precisamente las cosas que un analista más se esfuerza en evitar. A mediados de los años ochenta había ido dejando esta clase de pacientes para limitarse exclusivamente a la experiencia exhaustiva del psicoanálisis. Sabía que también había varios pacientes, tal vez dos docenas en esos diez años, que habían empezado tratamientos y los habían interrumpido. Los motivos para abandonar la terapia eran diversos: algunos no disponían del dinero o el seguro médico necesarios para pagar las sesiones; otros se habían visto obligados a mudarse debido a exigencias profesionales o escolares. Unos pocos habían decidido que no recibían suficiente ayuda o que ésta no era lo bastante rápida, o estaban demasiado enfadados con el mundo como para continuar. Eran pocos, pero existían. Integraban su segunda lista, mucho más difícil de elaborar. Se dio cuenta enseguida de que se trataba de una lista más peligrosa. Incluía personas que podían haber transformado su rabia en una obsesión por Ricky, y haber transmitido ésta después. Ubicó ambas listas en la mesa, frente a él, y pensó que debería empezar el rastreo de nombres. Cuando tuviera la respuesta de Rumplestiltskin, podría eliminar a varias personas de cada una de ellas y seguir adelante. Toda la mañana había esperado que sonara el teléfono, con una respuesta de su agente de bolsa. Le sorprendía un poco no tener noticias de él, porque en el pasado había manejado siempre el dinero de Ricky con diligencia y seriedad. Marcó el número otra vez y volvió a salirle la secretaria. Pareció algo nerviosa al oír su voz. – Oh, doctor Starks, el señor Williams estaba a punto de llamarle. Ha habido cierta confusión con su cuenta –aseguró. – ¿Confusión? –A Ricky se le hizo un nudo en el estómago–. ¿Cómo puede confundirse el dinero? Las personas pueden confundirse. Los perros pueden confundirse. El dinero no. – Le pasaré con el señor Williams ––dijo la secretaria. Tras un breve silencio se oyó en la línea la no exactamente conocida pero tampoco irreconocible voz del corredor. Todas las inversiones de Ricky eran conservadoras, fondos mutuos y bonos. Nada arriesgado ni agresivo, sólo crecimiento modesto y regular. Tampoco eran demasiado considerables. De todos los profesionales relacionados con el ámbito de la medicina, los psicoanalistas figuraban entre los más limitados en cuanto a lo que podían cobrar y a la cantidad de pacientes que podían atender. No eran como los radiólogos, que tenían tres pacientes a la misma hora en salas distintas, ni como los anestesistas, que iban de una operación a otra como si de una cadena de montaje se tratara. Los psicoanalistas no solían hacerse ricos, y Ricky no era la excepción. La casa de Cape Cod y el piso eran de propiedad, pero eso era todo. Ningún Mercedes. Ningún yate fondeado en Long Island Sound. Sólo algunas inversiones prudentes destinadas a proporcionarle suficiente dinero para jubilarse, si alguna vez decidía reducir el volumen de pacientes. Ricky hablaba con su corredor una o dos veces al año, nada más. Siempre había supuesto que era uno de los peces más pequeños de la firma. – ¿Doctor Starks? –El agente de bolsa se dejó oír con brusquedad y hablando deprisa– Disculpe que le haya hecho esperar, pero estábamos intentando resolver un problema... – ¿Qué clase de problema? –Ricky parecía tener el estómago contraído. – Bueno, ¿ha abierto usted una cuenta bursátil con uno de esos nuevos corredores de bolsa on line? Porque... – No, no lo he hecho. En realidad, no sé de qué me está hablando. – Bueno, eso es lo extraño. Al parecer ha habido muchas operaciones de un día en su cuenta. – ¿Operaciones de un día? – Es contratar operaciones bursátiles con rapidez para intentar mantenerse por delante de las fluctuaciones del mercado. –Entiendo. Pero yo no lo he hecho. – ¿Alguien más tiene acceso a sus cuentas? Tal vez su esposa... – Mi esposa murió hace tres años –repuso Ricky con frialdad. – Por supuesto –contestó el agente de inmediato––. Lo recuerdo. Disculpe. Pero acaso alguien más. ¿Tiene hijos? – No. ¿Dónde está mi dinero? –Ricky fue cortante, exigente. – Bueno, estamos comprobándolo. Puede convertirse en un asunto para la policía, doctor Starks. De hecho, es lo que estoy empezando a pensar. Es decir, si alguien logró acceder de modo ilegal a su cuenta... – ¿Dónde está mi dinero? –insistió Ricky. – No puedo afirmarlo con precisión –contestó el agente tras vacilar–. Nuestros auditores internos están revisando la cuenta. Lo único que puedo decirle es que ha habido una actividad importante. – ¿Qué quiere decir? El dinero estaba ahí... – Bueno, no exactamente. Hay literalmente docenas, puede que incluso centenares de contrataciones, transferencias, ventas, inversiones… – ¿Dónde está ahora? – Una serie de transacciones complicadas y agresivas –prosiguió el corredor. – No está contestando mi pregunta –se quejó Ricky con exasperación–. Mi dinero. Mi plan de jubilación, mis fondos en efectivo… – Estamos comprobándolo. He puesto a mis mejores hombres a trabajar en ello. Nuestro jefe de seguridad lo llamará en cuanto hayan hecho algún progreso. No puedo creer que con toda esta actividad nadie haya detectado nada extraño. – Pero mi dinero… – Ahora mismo no hay dinero –indicó el agente lentamente–. O por lo menos no lo encontramos. – No es posible. – Ojalá, pero lo es. No se preocupe doctor Starks. Nuestros investigadores rastrearán las transacciones. Llegaremos al fondo de esto, y sus cuentas, o parte de ellas, están aseguradas. Al final lo arreglaremos. Sólo llevará algo de tiempo y, como le dije, puede que tengamos que involucrar a la policía ya la comisión de vigilancia del mercado de valores porque, por lo que me dice, cabe suponer algún tipo de robo. – ¿Cuánto tiempo? – Es verano y tenemos parte del personal de vacaciones. Supongo que un par de semanas, como mucho. Ricky colgó. No disponía de un par de semanas. Al final del día había podido determinar que su única cuenta que no había sido robada y reventada era la cuenta corriente del First Cape Bank de Wellfleet. Era una cuenta destinada sólo a facilitar las cosas en verano. Su saldo era de diez mil dólares, dinero que usaba para pagar facturas en el mercado de pescado y la tienda de ultramarinos, la tienda de licores y la ferretería. Con ella pagaba sus herramientas de jardinería y las plantas y semillas. Era dinero para disfrutar de las vacaciones sin problemas. Una cuenta doméstica para el mes que pasaba en la casa de veraneo. Le sorprendió un poco que Rumplestiltskin no hubiera arremetido también contra esos fondos. Estaba jugando con él, casi como si hubiera dejado en paz esa parte de dinero para burlarse de él. A pesar de esa, pensó que necesitaba encontrar una forma de hacerse con los fondos antes de que desaparecieran también en algún extraño limbo financiero. Llamó al director del First Cape Bank y le dijo que iba a cerrar la cuenta y quería retirar el saldo en efectivo. El director le informó que tendría que estar presente para esa transacción. Ricky deseó que las demás instituciones que manejaban su dinero hubieran seguido la misma política. Explicó al director que había tenido algunos problemas con otras cuentas y que era importante que nadie excepto él tuviera acceso al dinero. El director se ofreció a librar un cheque bancario, que guardaría personalmente hasta la llegada de Ricky. Ahora el problema era cómo ir hasta allí. Olvidado en el escritorio, había un billete de avión abierto de La Guardia a Hyannis, Massachussets. Se preguntó si la reserva seguiría operativa. Abrió la cartera y contó unos trescientos dólares en efectivo. En el cajón superior de la cómoda de su dormitorio tenía otros mil quinientos dólares en cheques de viaje. Era un anacronismo; en esta era de efectivo al instante obtenido en cajeros automáticos que pululaban por todas partes, la idea de que alguien guardara cheques de viaje para emergencias era arcaica. Ricky sintió cierta satisfacción al pensar que sus ideas anticuadas resultaran inútiles. Se preguntó si no sería una noción que debería tener más presente. Pero no tenía tiempo para cavilar acerca de ello. Podría ir a Cape Cod, y volver. Tardaría veinticuatro horas como mínimo. De pronto, lo invadió una sensación de letargo, casi como si no pudiera mover los músculos, como si las sinapsis cerebrales que emitían órdenes a los tendones y los tejidos de todo su cuerpo se hubieran declarado en huelga. Un profundo agotamiento que parodiaba su edad le recorrió el cuerpo. Se sintió torpe, estúpido y fatigado. Se balanceó en la silla con la cabeza echada atrás. Reconoció los signos de una incipiente depresión clínica con la misma rapidez con que una madre identificaría un resfriado al primer estornudo de su hijo. Extendió las manos delante para detectar algún temblor. Su pulso seguía firme. « ¿Durante cuánto tiempo más?», se preguntó. 11 Ricky tuvo una respuesta en el Times de la mañana siguiente, pero no del modo que esperaba. Le dejaron el periódico a la puerta de su casa como cada día salvo los domingos, cuando solía caminar hasta el quiosco del barrio para comprar el grueso periódico antes de dirigirse a la cafetería cercana, como Rumplestiltskin había mencionado en su carta. La noche anterior había tenido más problemas para dormir, así que cuando oyó que el repartidor dejaba caer el periódico a la puerta, estaba pendiente y, en unos segundos, lo había recogido y abierto en la mesa de la cocina. Sus ojos se dirigieron a los pequeños anuncios de la parte inferior de la portada, pero sólo vio una felicitación de cumpleaños, el gancho de un servicio informático de citas y un anuncio de una sola columna: oportunidades especializadas, véase página B–16. Ricky lanzó el periódico al otro lado de la pequeña cocina, frustrado. Al chocar contra la pared, hizo el ruido de un pájaro que intentara volar con un ala rota. Enfurecido, se sintió presa de un arrebato de cólera. Había esperado un poema o alguna respuesta enigmática y burlona en la parte inferior de la primera plana, del mismo modo que él había formulado la pregunta. «Ningún poema, ninguna respuesta», gruñó para sí. – ¿Cómo esperas que lo consiga antes de tu maldita fecha límite si no contestas de modo oportuno? –increpó a alguien que no estaba físicamente presente pero que ocupaba todos sus pensamientos. Notó que le temblaban las manos y se preparó un café. La infusión no sirvió demasiado para tranquilizarlo. Intentó relajarse con unos ejercicios de respiración profunda, pero sólo le redujeron el ritmo cardíaco. La rabia le invadía el cuerpo como si fuera capaz de alcanzar hasta el último órgano y oprimirlo. Tenía la cabeza a punto di estallar y se sentía atrapado dentro del apartamento que antes consideraba su hogar. El sudor le resbalaba por las axilas, la frente le ardía y tenía la garganta seca y rasposa. Debió de estar sentado a la mesa, inmóvil por fuera y revuelto por dentro, durante horas, casi en trance, incapaz de imaginar su próximo paso. Sabía que tenía que hacer planes, tomar decisiones y actuar en determinadas direcciones, pero no obtener una respuesta cuando la esperaba lo había paralizado. Le pareció que apenas podía moverse, como si de repente todas sus articulaciones se hubiesen paralizado y no estuvieran dispuestas a obedecer órdenes. No tenía idea de cuánto rato había permanecido sentado así antes de fijó la mirada en el Times que seguía donde lo había tirado. Ni tampoco cuánto tiempo había contemplado el revoltijo de páginas antes de fijarse en una raya roja que asomaba bajo el montón. Y entonces, tras captar esta anomalía (después de todo. en el pasado no se llamaba al Times la Dama Gris por nada), de relacionada con él. Observó la raya y, por fin, se dijo: «El Times no utiliza tinta roja. Suele ser de un sobrio blanco y negro dispuesto en un formato de siete columnas y dos secciones con una regularidad absoluta. Incluso las fotografías en color del presidente o las modelos que exhiben la última moda de París parecen adoptar automáticamente el tinte monótono, y apagado del periódico.» Se levantó de la silla y se agachó sobre el revoltijo del periódico. Alargó la mano hacia la salpicadura de color y tiró de ella. Era la página B–16. Las necrológicas. Pero, escrito en una tinta roja fluorescente sobre las imágenes, artículos y esquelas, leyó lo siguiente: Siguiendo la pista estás al volver la vista atrás. Veinte años sitúa cuándo, y a mi madre estás buscando. Saber su nombre es otro cantar, así que una pista te voy a dar. Te diré que, cuando la atendiste, como señorita la conociste. y los días que se sucedieron, sus labios jamás sonrieron. Dejaste tus promesas sin cumplir. y la venganza de su hijo vas a sufrir. El padre lejos, la madre fallecida: por eso quiero acabar con tu vida. Y será mejor que termine esta rima, o el tiempo se te echará encima. Bajo el poema había una gran R roja y, debajo, en tinta negra, un rectángulo dibujado alrededor de una necrológica, con una gran flecha que señalaba la cara y la reseña del fallecido. Y las palabras: «Aquí encajarás a la perfección.» Estudió el poema durante un momento que se convirtió en minutos y, por último, se acercó a la hora, mientras digería cada palabra del modo que un gourmet haría con una excelente comida parisina, sólo que Ricky encontraba un sabor amargo y salado. Ya era bien entrada la mañana, otro día más tachado, cuando se percató de lo evidente: Rumplestiltskin había tenido acceso a su periódico entre la llegada al edificio de piedra rojiza y la entrega en su puerta. Sus dedos volaron hacia el teléfono y, en unos minutos, obtuvo el número del servicio de reparto. El teléfono sonó dos veces antes de que contestara una grabación: «Si desea suscribirse, por favor, pulse uno. Si tiene alguna queja sobre el reparto o si no ha recibido su periódico, por favor, pulse dos. Para obtener información sobre su cuenta, por favor, pulse tres.» Ninguna de estas opciones le pareció adecuada, pero sospechó que una queja podría arrancarle una respuesta humana, así que probó el dos: Eso provocó un timbre de llamada, seguido de una voz de mujer: – ¿Cuál es su dirección, por favor? –dijo sin más. Ricky dudó pero se la dio. – Todos los repartos a esa dirección aparecen como efectuados –afirmó la mujer. – Sí, recibí mi periódico, pero quiero saber quién lo repartió. – ¿Cuál es el problema, señor? ¿Necesita un segundo reparto? – No. – Este número es para las personas que no han recibido el periódico. – Ya lo sé –replicó él, empezando a exasperarse–. Pero hubo un problema en el reparto. – ¿No fue a tiempo? – Sí fue a tiempo. – ¿Hizo demasiado ruido el repartidor? – No. – Este número es para quejas del reparto. – Sí, ya me lo ha dicho. O no exactamente eso, y lo entiendo. – ¿Cuál es su problema, señor? Ricky vaciló mientras buscaba palabras corrientes para hablar con la joven. – Mi periódico estaba pintarrajeado –soltó al fin. – ¿Quiere decir que estaba roto, mojado o ilegible? – Quiero decir que alguien lo había alterado. – A veces los periódicos salen de prensa con errores en la paginación o el doblado. ¿Se trata de esa clase de problema? – No –respondió Ricky–. Lo que quiero decir es que alguien escribió cosas ofensivas en mi periódico. – Ésta es nueva –comentó la mujer tras una pausa. Su reacción casi la convirtió en una persona real en lugar de la típica voz incorpórea–. Nunca la había oído antes. ¿Qué clase de cosas ofensivas? Ricky decidió mostrarse vago. Habló deprisa y con agresividad. – ¿Es usted judía, señorita? ¿Sabe cómo sería recibir un periódico en el que alguien hubiera dibujado una esvástica? ¿O puertorriqueña? ¿Cómo le sentaría que alguien le hubiera puesto «Vuélvete a San Juan»? ¿Es afroamericana? Conoce la palabra que genera odio ¿verdad? – ¿Alguien le dibujó una esvástica en el periódico? –preguntó la chica, a quien parecía costarle seguirle el ritmo. – Algo así. Por eso necesito hablar con la persona encargada del reparto. – Creo que será mejor que hable con mi supervisor. – De acuerdo. Pero antes quiero el nombre y el teléfono de la persona que efectúa los repartos en mi edificio. La mujer vaciló, y Ricky pudo oír cómo revolvía unos papeles. Luego hubo una serie de repiqueteos de teclas de fondo. Cuando ella volvió a hablar fue para leer el nombre de un supervisor de ruta, un conductor, sus números de teléfono y sus direcciones. – Me gustaría que hablara con mi supervisor –dijo tras darle la información. – Pídale que me llame –respondió Ricky antes de colgar. En unos segundos estaba llamando al número que acababan de darle. Le contestó otra mujer. – Reparto de Prensa. – Con el señor Ortiz, por favor –pidió con educación. – Ortiz está en la zona de carga. ¿De qué se trata? – Un problema con el reparto. – ¿Ha llamado a Envíos? – Sí. Es cómo conseguí este número y su nombre. – ¿De qué clase de problema se trata? – ¿Qué le parece si comento eso con el señor Ortiz? – A lo mejor no vuelve hasta mañana –repuso la mujer tras un momento de duda. – ¿Por qué no lo comprueba? –sugirió Ricky con frialdad–. De este modo podemos evitar una situación tan innecesaria como desagradable. – ¿Qué clase de situación desagradable? –preguntó la mujer, a la defensiva. – Pues que me presentara ahí acompañado de un policía y tal vez de mi abogado. –Ricky se marcó un farol con su mejor tono patricio de «soy un varón blanco rico y el mundo me pertenece». La mujer hizo una pausa. – Espere un momento –dijo después–. Avisaré a Ortiz. Unos segundos más tarde, un hombre con acento hispano cogió el teléfono. – Soy Ortiz. ¿Qué ocurre? – Hacia las cinco y media de esta mañana dejaron un ejemplar del Times en la puerta de mi casa, como todos los días –explicó Ricky–. La única diferencia es que hoy alguien me ha puesto un mensaje dentro del periódico, por eso llamo. – No sé nada sobre... – Señor Ortiz, no ha infringido ninguna ley y no es usted quien me interesa. Pero si no coopera conmigo, montaré un buen escándalo. Dicho de otro modo, todavía no tiene ningún problema, pero se lo va a crear a no ser que me dé unas cuantas respuestas útiles. Ortiz intentó asimilar la amenaza de Ricky. – No sé de ningún problema –aseguró–. Ese tío me dijo que no habría ningún problema. – Yo diría que mintió. Cuéntemelo –exigió Ricky en voz baja. – Enfilamos la calle donde mi sobrino Carlos y yo tenemos repartos en seis edificios. Ésa es nuestra ruta. Había una limusina negra aparcada en mitad de la calle con el motor en marcha, esperándonos. Un hombre bajó y nos dijo que necesitaba un periódico de ese edificio. Le pregunté por qué. Dijo que no era asunto mío y que no me preocupase, que sólo quería dar una sorpresa a un viejo amigo en su cumpleaños. Quería escribirle algo en el periódico. – Continúe. – Me dijo el piso y la puerta. Entonces sacó un bolígrafo y escribió en una página del periódico. Lo hizo sobre el capó de la limusina, pero no pude ver qué ponía. –- ¿Había alguien más? Ortiz reflexionó un momento. – Bueno, tenía que haber alguien al volante, eso seguro. Las ventanillas de la limusina eran oscuras, pero tal vez había alguien más. El hombre miró dentro, como si comprobara con alguien si lo estaba haciendo bien, y terminó, me devolvió el periódico y me dio veinte dólares... – ¿Cuánto? – Puede que fueran cien... –rectificó Ortiz en tono vacilante. – ¿Y luego qué? – Hice lo que me pidió, dejar el periódico en la puerta correcta. – ¿Le esperaba fuera cuando salió? – No. La limusina se había ido. – ¿Podría describirme a ese hombre? – Blanco, de traje oscuro, quizás azul. Corbata. Ropa muy buena. Parecía un tío forrado. Sacó el billete de cien de un fajo como si fuera calderilla para un mendigo. – ¿Y su aspecto? – Gafas oscuras, no demasiado alto, con Un cabello bastante curioso, como si se lo hubieran dejado caer sobre la cabeza. – ¿Como si llevase peluquín? – Si, podría haber sido un peluquín, y una barbita, también. A lo mejor también era postiza. No era corpulento, pero sin duda estaba bien alimentado. De unos treinta años... –Ortiz vaciló. – ¿Qué? – Recuerdo que las farolas se le reflejaban en los zapatos. Los llevaba muy lustrados. Eran carísimos. Esos mocasines con borlitas delante, ¿cómo se llaman? – No lo sé. ¿Cree que podría reconocerlo si lo viera? – Lo dudo. La calle estaba muy oscura. La única luz era la de las farolas, y me parece que miré más el billete de cien que a él. A Ricky eso le pareció razonable. – ¿Anotó la matrícula de la limusina? Ortiz tardó un momento en contestar. – No, joder. No se me ocurrió. Mierda. Debería haberlo hecho, ¿verdad? – Sí –dijo Ricky. Pero sabía que no era necesario, porque ya conocía al hombre que había estado esa mañana en la calle esperando la furgoneta de reparto: era el abogado que decía llamarse Merlín. A media mañana recibió una llamada telefónica del director del Fiest Cape Bank, el hombre que guardaba el efectivo que le quedaba en un cheque bancario a su nombre. El directivo del banco parecía nervioso y alterado. Mientras hablaba, Ricky intentó recordar su cara, pero no pudo, aunque estaba seguro de que lo había visto en persona alguna vez. – ¿Doctor Starks? Soy Michael Thompson, del banco. Hablamos el otro día. – Sí. Me está guardando un dinero ¿verdad? – Lo tengo bajo llave en el cajón de mi escritorio. No le llamo por eso. Ha habido un movimiento inusual en su cuenta. – ¿Qué clase de movimiento inusual? – quiso saber Ricky. El hombre pareció reflexionar antes de contestar. – Bueno, no me gusta especular, pero parece que han intentado acceder a su cuenta sin autorización, – ¿De qué modo? Pareció dudar de nuevo. – Bueno, como ya sabe, estos últimos años hemos incorporado la banca electrónica, como todo el mundo. Pero como somos una entidad pequeña y localizada..., bien, nos gusta consideramos anticuados en muchos sentidos... Ricky sabía que esas palabras eran el eslogan publicitario del banco. También sabía que el consejo de administración del banco acogería con entusiasmo cualquier absorción por parte de uno de los megabancos el día en que le llegara alguna oferta lo bastante jugosa, – Sí –afirmó–. Ése ha sido siempre uno de los mayores atractivos que ofrecen a los clientes. – Gracias. Nos gusta pensar que ofrecemos un servicio personalizado. – Pero ¿qué hay de ese acceso sin autorización? – Poco después de haber cerrado la cuenta de acuerdo con sus instrucciones, alguien quiso efectuar cambios en ella a través de nuestros servicios de banca electrónica. Nos enteramos de estos intentos porque un individuo llamó después de que el acceso le fuera denegado. – ¿Llamaron? – Alguien que afirmó ser usted. – ¿Qué dijo? – Era para quejarse. Pero en cuanto oyó que la cuenta estaba cerrada, colgó. Fue todo muy misterioso y algo desconcertante, porque nuestros registros informáticos indican que conocía su contraseña. ¿Se la ha proporcionado a alguien? – No –dijo Ricky, pero por un momento se sintió idiota. Su contraseña era 37383, el equivalente en cifras de las letras que componían la palabra FREUD, y era tan obvio que casi se sonrojó. Usar la fecha de su cumpleaños podría haber sido peor, pero lo dudaba. – Bueno, supongo que hizo bien en cerrar la cuenta. Ricky reflexionó por un instante antes de preguntar: – ¿Tiene alguna forma de rastrear el número de teléfono o el ordenador que se usó para intentar acceder a mi cuenta? El hombre vaciló. – Pues sí –dijo–. Pero la mayoría de ladrones electrónicos saben burlar a los investigadores. Usan ordenadores robados, códigos de teléfono ilegales y ese cipo de cosas para ocultar su identidad. A veces el FBI tiene éxito, pero disponen del sistema de seguridad informático más sofisticado del mundo. Nuestro sistema local es bastante menos efectivo. Y no se produjo ningún robo, de modo que la responsabilidad penal es limitada. La ley nos exige que informemos del intento a las autoridades bancarias, pero se tratará sólo de una entrada más en lo que lamentablemente es un archivo creciente. De todos modos, pediré que se ejecute ese programa para usted. Aunque no creo que nos lleve a ninguna parte. Los ladrones de banca electrónica son muy listos. Solemos acabar en un callejón sin salida. – ¿Podría intentarlo y decirme cómo ha ido, por favor? Enseguida. Tengo algunas limitaciones de tiempo –dijo Ricky. – Lo probaremos y le llamaremos –contestó el hombre antes de colgar. Ricky se reclinó en la silla y se permitió la fantasía de que el banco le daría un nombre y un número de teléfono y que así descubriría la identidad de su torturador. Luego sacudió la cabeza, porque no se imaginaba que Rumplestiltskin, tan meticuloso y precavido en todo, cometiera un error tan simple. Era más probable que hubiese accedido a esa cuenta y hecho la llamada posterior con la precisa intención de proporcionar a Ricky un camino a seguir. Esa idea le preocupó. Aun así, a medida que el día empezó a escapársele de las manos, Ricky se percató de que sabía mucho más sobre el hombre que lo acechaba. La pista de Rumplestiltskin en el poema había sido curiosamente generosa, en especial para alguien que había insistido al principio en que sus preguntas pudieron contestarse con un «sí» o un «no». La respuesta había acortado mucho la distancia que le separaba del nombre del hombre. Veinte años atrás lo situaban en un período entre 1978 y 1983. Y su paciente era una mujer soltera, lo que descartaba bastante gente. Ahora tenía una base para trabajar. Se dijo que sólo necesitaba reconstruir cinco años de terapias. Examinar todas las pacientes femeninas de ese período. En algún lugar estaría la mujer que poseía la combinación adecuada de neurosis y trastornos que habría sido dirigida después al niño. «Encuentra la psicosis en flor», pensó. Siguiendo su formación y su costumbre, se sentó e intentó aislarse para recordar. « ¿Quién era yo hace veinte años? –se preguntó–. ¿A quién trataba?» El psicoanálisis tiene un principio que está en la base de toda terapia: todo el mundo lo recuerda todo. Puede que no se recuerde con precisión fotográfica, que las percepciones y las reacciones estén enturbiadas o sesgadas por todo tipo de fuerzas emocionales, que los hechos recordados con claridad sean en realidad turbios pero, cuando por fin se revisa, todo el mundo lo recuerda todo. Las heridas y los temores pueden acechar escondidos bajo capas de estrés, pero están ahí y pueden encontrarse, por muy potentes que sean las energías psicológicas de la negación. Ricky, era partidario de este proceso de eliminación de capas para llegar al meollo de los recuerdos y descubrir la capa dura de debajo. Así pues, empezó a sondear su propia memoria. De vez en cuando lanzaba una mirada a los retazos de notas que constituían sus archivos, enfadado consigo mismo por no ser más preciso. A cualquier otro médico, enfrentado con un asunto de años anteriores, le bastaría con quitar el polvo a una carpeta y extraer de ella los datos necesarios. Pero su tarea era mucho más compleja, porque todas sus carpetas estaban archivadas en su memoria. Aun así, Ricky sintió que podía lograrlo. Muy concentrado, con un bloc en el regazo, se dedicó a reconstruir su pasado. Una tras otra, fueron cobrando forma imágenes de personas. Era un poco como intentar conversar con fantasmas. Descartó a los hombres para dejar sólo a las mujeres. Los nombres le acudieron despacio; de modo bastante curioso, casi era más fácil recordar las quejas. Anotó en el bloc cada imagen de una paciente, cada detalle sobre un tratamiento. Todavía era disperso, inconexo, ineficiente y poco coherente, pero se dijo que estaba avanzando. Cuando alzó los ojos, la consulta se había llenado de sombras. El día había pasado mientras él estaba absorto. En las hojas que tenía delante había plasmado doce recuerdos distintos del período en cuestión. En esa época, dieciocho mujeres como mínimo habían hecho algún tipo de terapia con él. Era una cifra manejable, pero le preocupaba que hubiera otras que era incapaz de recordar. Del grupo que recordaba, sólo tenía el nombre de la mitad. Y se trataba de pacientes de mucho tiempo. Tenía la inquietante sensación de que la madre de Rumplestiltskin era una mujer a la que sólo había visto brevemente. La memoria y los recuerdos eran como las amantes de Ricky: ahora le parecían esquivas y veleidosas. Al levantarse de la silla, tenía las rodillas y los hombros entumecidos. Se estiró despacio, se agachó y se frotó la recalcitrante rodilla, como si pudiera vigorizarla. Se dio cuenta de que no había probado bocado en todo el día y, de repente, se sintió hambriento. No tenía demasiadas cosas para preparar en la cocina, y se volvió para mirar por la ventana la noche que caía sobre la ciudad, a sabiendas de que tendría que salir a comprar algo. La idea de salir de casa casi apagó su hambre y le secó la garganta. Era una reacción curiosa. Había tenido tan pocos miedos en la vida, tan pocas dudas. Ahora, el mero hecho de salir de casa le hacía vacilar. Pero se armó de valor y decidió dirigirse dos manzanas al sur, a un bar donde podría tomar un bocadillo. No sabía si le estarían vigilando (esto se estaba convirtiendo en una duda constante para él), pero decidió ignorar la sensación y continuar. Y se recordó que había hecho progresos. El calor de la calle pareció abofetearle, como si hubiera encendido una estufa de gris en su cara. Caminó las dos manzanas como un soldado, con la mirada al frente. El local estaba a mitad de la manzana, con media docena de mesitas fuera en verano y un interior estrecho y mal iluminado, una barra situada en un lado y otras diez mesa apiñadas en el resto del espacio. Había una mezcla de adornos en las paredes que iban desde recuerdos deportivos hasta pósters de Broadway, fotografías de actores y actrices y algún que otro político. Era como si el local no hubiese logrado forjarse del todo una identidad como punto de reunión de un grupo concreto y, por ello, procurara satisfacer a una clientela diversa creando un batiburrillo en su interior. Pero la cocina, como en muchos sitios parecidos de Manhattan, preparaba una hamburguesa y un bocadillo de carne con queso más que aceptables y de vez en cuando, incluía algún plato de pasta en el menú, todo a precios bastante económicos, algo en lo que Ricky no pensó hasta entrar por la puerta. Ya no tenía ninguna tarjeta de crédito disponible, y su efectivo era escaso. Tomó nota mentalmente de que debía empezar a nevar cheques de viaje encima. El interior del local estaba en penumbra, y parpadeó para que sus ojos se habituasen a la luz mortecina. Había unas cuantas personas en el bar y una mesa o dos vacías. Una camarera de mediana edad lo vio vacilar. – ¿Quieres cenar, cariño? –le preguntó con una familiaridad que parecía fuera de lugar en un bar que favorecía el anonimato. – Sí –contestó. – ¿Mesa para uno? –Su tono indicaba que sabía que iba solo y que comía solo todas las noches, pero que alguna cortesía anticuada, fuera de lugar en la gran ciudad, le exigía hacer esa pregunta. – Sí otra vez. – ¿Prefieres sentarte a la barra o a una mesa? – Una mesa. A ser posible, en el fondo. La camarera se giró, vio una vacía en la parte de atrás y asintió. – Sígueme –indicó. Lo condujo hasta una mesa y abrió un menú delante de Ricky–. ¿Algo de beber? – Una copa de vino. Tinto, por favor. – Marchando. El especial del día son los linguini con salmón. Están de rechupete. Ricky observó cómo la camarera se dirigía hacia la barra. El menú tenía cubiertas de plástico y era mucho más grande físicamente de lo necesario para una modesta selección que ofrecía. Ricky estudió la lista de hamburguesas y de entrantes descritos con un florido entusiasmo literario que quería ocultar la simplicidad de su realidad. Dejó el menú sobre la mesa, a la espera de que la camarera le sirviese el vino. La chica había desaparecido; seguramente había ido a la cocina. En su lugar, delante de él, estaba Virgil. Sostenía en las manos dos copas de vino tinto. Vestía unos vaqueros desteñidos y una camiseta lila, y llevaba bajo el brazo un caro portafolios de piel color caoba. Dejó las bebidas en la mesa, apartó una silla y se sentó frente a él. Alargó la mano y le arrebató el menú. – Ya he pedido el especial para los dos –dijo con una sonrisita seductora–. La camarera tiene toda la razón: está de rechupete. 12 La sorpresa lo atenazaba, pero no reaccionó exteriormente. Miró con dureza a la joven, con esa inexpresiva cara de póquer que tan bien conocían sus pacientes. – ¿Así que crees que el salmón será fresco? –se limitó a decir. – Seguro que da coletazos y boqueadas –contestó Virgil. – Eso parecería apropiado. La joven bebió un sorbo de vino. Ricky apartó su vaso a un lado y bebió agua. – Con la pasta y el pescado se bebe vino blanco –indicó Virgil–. Pero bueno, no estamos en la clase de lugar que sigue las normas, ¿no? No me imagino a ningún sumiller que se acerque con ceño para comentarnos lo inadecuado de nuestra elección. – Yo tampoco contestó Ricky. Virgil continuó hablando con rapidez pero sin ningún nerviosismo. Sonaba más bien como un niño entusiasmado por su cumpleaños. – Por otra, parte, beber tinto da un aire más despreocupado, ¿no crees, Ricky? Un atrevimiento que sugiere que, en realidad, no nos importa lo que digan las convenciones y hacemos lo que queremos. ¿Puedes sentir eso, Ricky? Me refiero a cierto espíritu de aventura y anarquía, a alejarse de las normas. ¿Qué opinas? – Opino que las normas están cambiando todo el rato. – ¿Las de etiqueta? – ¿Estamos hablando de eso? –repuso. Virgil sacudió la cabeza, con lo que su melena rubia se agitó seductora. Echó un poco la cabeza atrás para reír y Ricky pudo ver su cuello largo y atractivo. – No, claro que no, Ricky. En eso tienes razón. La camarera les llevó una cestita de mimbre llena de panecillos y mantequilla, lo que les sumió en un silencio glacial, un momento de complicidad compartida. Cuando la camarera se marchó. Virgil cogió un panecillo. – Estoy hambrienta –afirmó. – ¿Arruinarme la vida quema calorías? –repuso Ricky. – Eso parece –sonrió ella–. Me gusta, de verdad. ¿Cómo deberíamos llamarlo, doctor? ¿Qué tal «dieta de la destrucción? ¿Te gusta? Podríamos amasar una fortuna y marcharnos a alguna exótica isla paradisíaca, solos tú y yo. – No me parece –soltó Ricky con aspereza. – Lo imaginaba –contestó Virgil mientras untaba el panecillo con abundante mantequilla. Mordió la punta con un ruido crujiente. – ¿Por que estás aquí? –preguntó Ricky en voz baja, calmada, pero que contenía toda la insistencia que podía imprimirle–. Tú y tu jefe parecéis tener muy bien planeada mi ruina. Paso a paso. ¿Has venido a burlarte de mí? ¿A añadir un poco de tormento a su juego? – Nadie ha descrito nunca mi compañía como un tormento –dijo Virgil con fingida expresión de sorpresa–. Querría pensar que la encontrabas, si no agradable, por lo menos interesante. Y piensa en tu propia situación, Ricky. Viniste aquí solo, viejo, nervioso, lleno de dudas y ansiedad. Quien se hubiera dignado siquiera a mirarte habría sentido una lástima fugaz y habría seguido comiendo y bebiendo sin hacer caso del anciano en que te has convertido. Pero todo eso cambia cuando yo estoy sentada frente a ti. De repente ya no eres tan previsible, ¿verdad? –Sonrió–. No puede ser tan malo. Ricky sacudió la cabeza. Se le había hecho un nudo en el estómago y tenía mal sabor de boca.. – Mi vida... –empezó. – Tu vida ha cambiado. Y seguirá cambiando. Por lo menos durante unos días más. Y entonces... Bueno, ése es el problema, ¿no? – ¿Disfrutas con esto? –preguntó Ricky–. ¿Con verme sufrir? Es curioso porque no te habría tomado por una sádica tan entregada. A tu señor R puede que sí, pero no estoy tan seguro sobre él porque sigue un poco distante. Aunque acercándose, supongo. Pero tú, señorita Virgil, no creía que poseyeras la psicopatología necesaria. Claro que podría equivocarme. Y de eso se trata, ¿no? De cuándo me equivoqué en algo, ¿no es así? Ricky bebió un sorbo de agua con la esperanza de haber inducido a la joven a revelarle algo. Por un instante vio que la cólera le dibujaba unas arruguitas en las comisuras de los ojos y unas minúsculas señales oscuras en las de los labios. Pero se recobró y ondeó el panecillo a medio comer en el aire que los separaba como si desechara sus palabras. – Interpretas mal mi función, Ricky. – Vuelve a explicármela. – Todo el mundo necesita un guía que lo lleve hacia el infierno, Ricky. Ya te lo dije. – Lo recuerdo. – Alguien que te conduzca por las costas rocosas y los bajíos escondidos del averno. – Y tú eres ese alguien, ya lo sé. Me lo dijiste. – Bueno, ¿estás ya en el infierno, Ricky? Él se encogió de hombros buscando enfurecerla. No lo logró. – ¿Quizá llamando a las puertas del infierno? –sonrió la joven. Ricky sacudió la cabeza, pero ella lo ignoró. – Eres un hombre orgulloso, doctor Ricky. Te duele perder el control de tu vida, ¿no? Demasiado orgulloso. Y todos sabemos lo que sigue directamente al orgullo. Oye, este vino no está mal. Deberías probarlo. Ricky tomó su copa y se la llevó a los labios, pero habló en lugar de beber: – ¿Eres feliz delinquiendo, Virgil? – ¿Qué te hace pensar que he cometido algún delito, doctor? – Todo lo que tu jefe y tú habéis hecho es delictivo. Todo lo que habéis planeado lo es. – ¿De veras? Creía que eras experto en neurosis de la clase alta y ansiedad de la clase media alta. Pero supongo que estos últimos días has desarrollado una vena forense. Ricky dudó. No le gustaba jugar a las cartas. El psicoanalista las reparte despacio, en busca de reacciones, intentando propiciar recuerdos, pero sin participar. Sin embargo, tenía muy poco tiempo, y mientras observaba cómo la joven cambiaba de postura en la silla, no estuvo del todo seguro de que esa reunión fuera tal como el esquivo señor R había previsto. Sintió cierta satisfacción al pensar que estaba desbaratando las consecuencias precisas, aunque sólo fuera un poco. – Por supuesto –afirmó–. Hasta ahora habéis cometido varios delitos graves, empezando por el posible asesinato de Roger Zimmerman. – La policía lo ha considerado un suicidio. – Conseguisteis que un asesinato pareciera un suicidio. Estoy convencido. – Bueno, si vas a ser tan obstinado, no intentaré que cambies de opinión. Pero creía que tener una actitud abierta era una característica de tu profesión. Ricky no hizo caso de esa pulla e insistió. –También robo y fraude. – Oh, dudo que haya alguna prueba de ello, Es un poco como lo del árbol que cae en el bosque: si no hay nadie presente, ¿hace ruido? Si no existe prueba, ¿tuvo realmente lugar un delito? Y si la hay, está en el ciberespacio, junto con tu dinero. – Por no mencionar tu pequeña difamación con esa denuncia falsa a la Sociedad Psicoanalítica. Fuiste tú, ¿verdad? Engañaste a ese idiota de Boston con una actuación muy elaborada. ¿También te quitaste la ropa para él? Ella se apartó de nuevo el cabello de la cara y se retrepó en la silla. – No fue necesario. Es uno de esos hombres que se comportan como cachorros cuando les reprochas algo. Se pone boca arriba y expone los genitales con unos patéticos gemidos. ¿No es sorprendente lo mucho que puede creer una persona cuando quiere creer? – Limpiaré mi reputación –le espetó Ricky. – Para eso tienes que estar vivo, y ahora mismo tengo mis dudas. –Virgil sonrió. Él no contestó porque también tenía sus dudas. Vio que la camarera se acercaba con los platos. Los puso en la mesa y les preguntó si deseaban algo más. Virgil pidió un segundo vaso de vino, pero Ricky negó con la cabeza. – Eso está bien –afirmó Virgil cuando la camarera se marchó–. Mantente despejado. Ricky observó la comida humeante frente a él. – ¿Por qué estás ayudando a ese hombre? –preguntó de pronto–, ¿Qué ganas tú con ello? ¿Por qué no te olvidas de toda esta patraña, dejas de portarte como una idiota y vas conmigo a la policía? Podríamos detener este juego y yo me encargaría de que recuperaras alguna apariencia de vida normal. Sin cargos. Podría hacerla. Virgil mantuvo la mirada en el plato mientras con el tenedor jugueteaba con la pasta y el trozo de salmón. Cuando levantó la mirada para encontrarse con la de Ricky, sus ojos apenas ocultaban la rabia. – ¿Tú te encargarías de que volviera a tener una vida normal? ¿Eres mago? Y ¿qué te hace pensar que una vida normal sea tan maravillosa? – Si no eres una delincuente, ¿por qué estás ayudando a uno? –insistió él, sin hacer caso a su pregunta–. Si no eres una sádica, ¿por qué trabajas para uno? Si no eres una psicópata, ¿por qué te unes uno? Y si no eres una asesina, ¿por qué ayudas a uno? Virgil lo siguió mirando. Toda la excentricidad y la vivacidad despreocupada de su actitud habían desaparecido, sustituidas por una repentina severidad glacial. – Quizá porque me paga bien –dijo despacio–. Hoy en día hay mucha gente dispuesta a hacer cualquier cosa por dinero. ¿Podrías creer eso de mí? – Me costaría –contestó Ricky, prudente, aunque probablemente no le costaría nada. – Así que descartas el dinero como mi móvil. ¿Sabes?, no estoy segura de que debas hacerlo. –Meneó la cabeza–. ¿Otro motivo tal vez? ¿Qué otros motivos podría tener? Tú debes ser el experto en ese terreno. ¿No define bastante bien lo que haces el concepto «búsqueda de motivos»? ¿Y no forma también parte del juego que estamos practicando? Vamos, Ricky. Ya hemos tenido dos sesiones juntos. Si no es el dinero, ¿cuál es mi motivo? – No te conozco suficiente... –empezó sin convicción mientras la miraba con dureza. La joven dejó el cuchillo y el tenedor con una lentitud que indicaba que no le gustaba esta respuesta. – Hazlo mejor, Ricky. Por mí. Después de todo, a mi modo, estoy aquí para guiarte. El problema es que la palabra «guía» tiene connotaciones positivas que pueden ser incorrectas. Puede que tenga que dirigirte hacia dónde no quieras ir. Pero una cosa sí es segura: sin mí no te acercarás a una respuesta, lo que significará tu muerte, o la de alguien cercano a ti y que no sabe nada de todo esto. Y morir a ciegas es estúpido, Ricky. Un crimen peor en cierto sentido. Así que contesta a mi pregunta: ¿qué otros motivos podría tener? – Me odias. Tanto como ese R, sólo que no sé por qué. – El odio es una emoción imprecisa, Ricky. ¿Crees que la conoces? – Es algo acerca de lo que oigo todos los días en mi consulta. – No, no, no. –Virgil sacudió la cabeza–. Oyes hablar de cólera y frustración, que son elementos secundarios del odio. Oyes hablar de abuso y crueldad, que también tienen papeles destacados en ese escenario, pero que son sólo comparsas. Y, sobre todo, oyes hablar de inconveniencias. Las aburridas y monótonas inconveniencias de siempre. Y eso guarda tan poca relación con el puro odio como una aislada nube negra con una tormenta. Esa nube tiene que unirse a otras y crecer vertiginosamente antes de descargar. – Pero tú… – No te odio Ricky. Aunque quizá podría llegar a hacerlo. Prueba con otra cosa. No se lo creyó en absoluto, pero en ese momento se sentía perdido al intentar dar con una respuesta. Inspiró con fuerza. – Amor, entonces. –soltó Ricky de repente. – ¿Amor? – Virgil sonrió de nuevo. – Intervienes porque estás enamorada de ese hombre, Rumplestiltskin. – Es una idea curiosa. Sobre todo porque te dije que no sé quién es. Nunca lo he visto. – Sí, ya me lo dijiste. Pero no me lo creo. – Amor. Odio. Dinero. ¿Son los únicos motivos que se te ocurren? – Acaso miedo –aventuró Ricky tras dudar. – Eso está bien pensado, Ricky –asintió ella–. El miedo puede provocar todo tipo de comportamiento inusual, ¿verdad? – Sí. – ¿Sugiere tu análisis que tal vez el señor R me amenace de algún modo? ¿Como un secuestrador que obliga a sus víctimas a desembolsar dinero con la patética esperanza de que les devuelva al perro, al hijo o a quien sea que se haya llevado? ¿Me comporto como una persona a la que piden que actúe en contra de su voluntad? – No –admitió Ricky. – Muy bien. ¿Sabes, Ricky?, eres un hombre que no aprovecha las oportunidades que se le presentan. Es la segunda vez que me he sentado frente a ti, y en lugar de intentar ayudarte a ti mismo, me has suplicado que te ayude, cuando no tienes nada que te haga merecedor de mi colaboración. Debería haberlo previsto, pero tenía esperanzas. De verdad. Ya no muchas, sin embargo... –Agitó la mano en el aire para descartar una respuesta–. Vamos al grano. ¿Recibiste la respuesta a tus preguntas en el periódico de esta mañana? – Sí –confirmó Ricky tras una pausa. – Perfecto. Es por eso que me ha enviado aquí esta noche. Para comprobarlo. Pensó que no sería justo que no recibieras las respuestas que estabas buscando. Me sorprendió, por supuesto. El señor R ha decidido acercarte mucho a él. Más de lo que a mí me parecería prudente. Elige bien tus próximas preguntas, Ricky, si quieres ganar. Me parece que te ha dado una gran oportunidad. Pero mañana por la mañana sólo te quedará una semana. Siete días y dos preguntas más. – Sé el tiempo que tengo. – ¿De verdad? Creo que aún no lo has captado. Aún no. Pero, ya que hemos estado hablando sobre motivaciones, el señor R te manda algo para ayudarte a acelerar el ritmo de tu investigación. Virgil se agachó y levantó el portafolios, que había dejado en el suelo. Lo abrió con lentitud y sacó un sobre de papel manila parecido a los otros que Ricky había recibido. Se lo tendió por encima de la mesa. –Ábrelo –dijo–. Está lleno de motivación. Ricky lo hizo. Contenía media docena de fotografías en blanco y negro de 20x 25. Las sacó y las examinó. Había tres sujetos distintos, cada uno en el centro de dos fotografías. Las primeras instantáneas eran de una joven de unos dieciséis años, de vaqueros y con una camiseta manchada de sudor; llevaba un cinturón de herramientas a la cintura y empuñaba un martillo. Parecía estar trabajando en unas obras. Las dos fotografías siguientes eran de otra chica, más joven, de unos doce años que remaba en una canoa en un lago de una región boscosa. La primera instantánea tenía mucho grano, mientras que la segunda, tomada al parecer con un teleobjetivo, era un primer plano tan cercano que permitía verle el aparato corrector en la boca. Y, por último, dos más de otro adolescente, un muchacho de pelo largo y sonrisa despreocupada que hablaba con un vendedor ambulante en lo que parecía una calle de París. Las seis fotografías tenían todo el aspecto de haber sido tomadas sin que los que aparecían en ellas lo supieran. Ricky las observó con atención y alzó los ojos hacia Virgil. La joven ya no sonreía. – ¿Reconoces a alguien? –preguntó con frialdad. Ricky negó con la cabeza. – Vives en un aislamiento increíble, Ricky. Míralas un poco más. ¿Sabes quiénes son estos chicos? – No. No lo sé. – Son fotografías de algunos de tus parientes lejanos. Cada uno de esos chicos está en la lista de nombres que el señor R te envió al principio del juego. Ricky observó de nuevo las fotografías. – París, Francia, Habitat for Humanity, Honduras, y el lago Winnipesaukee en Nueva Hampshire –enumeró ella–. Tres chicos de veraneo. Igual que tú. Ricky asintió. – ¿Ves lo vulnerables que son? ¿Crees que costó demasiado sacarles esas fotos? ¿Podría cambiar alguien la cámara por un fusil de largo alcance? ¿Sería fácil eliminar a alguno de esos chicos del ambiente que están disfrutando? ¿Crees que alguno de ellos tiene idea de lo cerca que podría estar de la muerte? ¿Imaginas que alguno tiene siquiera la más remota sospecha de que su vida podría terminar de modo repentino y sangriento en siete breves días? –Virgil señaló las fotografías–. Échales otro vistazo, Ricky –pidió. Esperó a que él asimilara las imágenes y luego alargó la mano hacia las fotografías–. Creo que bastará con que conserves los retratos mentales, Ricky. Métete en la cabeza las sonrisas de esos chicos. Intenta imaginar las sonrisas que podrían esbozar en el futuro cuando crezcan y lleguen a ser adultos. ¿Qué clase de vida podrían tener? ¿En qué clase de personas se convertirían? ¿Le robarás el futuro a uno de ellos, o a alguien como ellos, con tu empeño en aferrarte a los pocos y patéticos años que te quedan? –Hizo una pausa y luego, con la rapidez de una serpiente, le arrebató las fotografías de las manos–. Yo me las quedaré –comentó mientras volvía a guardadas en el portafolios. Apartó la silla a la vez que dejaba caer un billete de cien dólares sobre el plato a medio comer–. Me has hecho perder el apetito –dijo–. Pero sé que tu situación financiera se ha deteriorado. Así que invito yo. Se volvió hacia la camarera, que estaba en una mesa cercana. – ¿Tienen pastel de chocolate? –preguntó. – De queso con chocolate –respondió la mujer. Virgil asintió. –Tráigale un trozo a mi amigo –pidió–. Su vida se ha vuelto amarga de repente y necesita algo dulce para superar los próximos días. Luego se giró y se marchó. Ricky se quedó solo. Cogió el vaso de agua y la mano le tembló, haciendo vibrar los cubitos. Volvió a casa en la oscuridad creciente de la ciudad, en un aislamiento casi total. El mundo a su alrededor parecía una desaprobación llena de conexiones, un fastidio casi constante de gente que se encontraba con gente en la interacción de la existencia. Sintió que era casi invisible a su paso por las calles de vuelta a casa. Casi transparente. Nadie que pasara a su lado a pie o en coche, ni una sola persona, repararía en él en su visión del mundo. Su rostro, su aspecto, su ser, no significaban nada para nadie salvo para el hombre que lo acechaba. Y su muerte se había convertido en algo de, y nunca mejor dicho, vital importancia para un familiar anónimo. Rumplestiltskin, y en su nombre Virgil y Merlín, y puede que otros personajes que todavía no conocía, eran puentes entre la vida y la muerte. Ricky tenía la impresión de haber entrado en el infierno que ocupaban las personas a las que un médico había dado el peor diagnóstico o a las que un juez había fijado la fecha de su ejecución, las pocas que conocían el día de su muerte. Notaba una especie de nube de desesperación suspendida sobre su cabeza. Recordó el famoso personaje de dibujos animados de su juventud, el fabuloso Joe Bflspk de Al Capp[8], condenado a caminar bajo una nube de lluvia personal de la que caían gotas de agua y relámpagos allá donde fuera. Las caras de los tres adolescentes de las fotografías eran como fantasmas para él: etéreas, diáfanas. Sabía que tenía que rodeados de sustancia para que le resultaran reales. Le hubiera gustado conocer su nombre, y sabía también que tenía que tomar algunas medidas para protegerlos. Mientras fijaba sus caras en su memoria reciente, apretó el paso. Vio el aparato corrector en una sonrisa, la melena, el sudor del esfuerzo desinteresado, y a medida que veía cada fotografía con la misma claridad que cuando Virgil se las había enseñado en el restaurante, sus músculos se tensaron y se dio más prisa. Oía el repiqueteo de sus zapatos en la acera, casi como si el sonido procediera de algún lugar ajeno a su vida, hasta que reparó en que casi estaba corriendo. Algo se desató en su interior, y se dejó vencer por una sensación que no reconoció, pero que para los que se apartaban a un lado para dejarlo pasar debía de parecer verdadero pánico. Ricky corrió, y el aire no le llegaba a los pulmones y le raspaba los labios. Una manzana después de otra, sin detenerse para cruzar las calles y dejando a su paso un estallido de cláxones de taxis y palabrotas, sin ver ni oír, con la cabeza llena sólo de imágenes de muerte. No redujo la velocidad hasta que vio la entrada de su casa. Entonces se detuvo y se agachó para tomar aliento, con los ojos escocidos de sudor. Permaneció así, intentando recobrarse durante lo que parecieron varios minutos, eliminándolo todo salvo el calor y el dolor muscular, sin oír otra cosa que su respiración dificultosa. «No estoy solo», pensó cuando levantó por fin los ojos. No era una sensación distinta a la experimentada los últimos días al verse desbordado por esa misma ansiedad. Era casi previsible, basada sólo en una brusca paranoia. Intentó controlarse para no rendirse a la sensación, casi como si no quisiera ceder a una pasión secreta, con el antojo de comer un dulce o las ganas de fumar. No fue capaz. Se volvió rápidamente para descubrir a quien lo estuviera observando, aunque sabía que eso era inútil. Sus ojos volaron de los posibles sospechosos que paseaban sin prisas por la calle a las ventanas vacías de los edificios cercanos. Fue girando como si buscase algún movimiento delator que desenmascarase la persona encargada de vigilarlo, pero todas las posibilidades parecían remotas, escurridizas. Observó su casa. Se le ocurrió que alguien la había allanado en su ausencia. Virgil había sido el cebo. Avanzó y se detuvo, con un acopio de fuerza de voluntad, se obligó a controlar las emociones que se revolvían en su interior y se ordenó conservar la calma, concentrarse y estar atento. Inspiró hondo y se recordó que había muchas probabilidades de que, en cuanto salía de su casa, con independencia del motivo, Rumplestiltskin o sus secuaces se colaran en ella. Esa vulnerabilidad no podía remediarse con una visita del cerrajero y había quedado demostrado el otro día, cuando se había encontrado sin luces al negar. Tenía el estómago tenso, como un atleta al llegar a la meta. Pensó que todo lo que le había pasado operaba a dos niveles. Cada mensaje de Rumplestiltskin era a la vez simbólico y literal. Su casa ya no era segura. Inmóvil en la calle frente a la casa en que había vivido la mayoría de su vida adulta, Ricky se sonrió casi apabullado al darse cuenta de que quizá no quedara ningún rincón de su existencia en el que Rumplestiltskin no hubiera penetrado. «Tengo que encontrar un lugar seguro», pensó por primera vez. Sin tener idea de dónde podría descubrir tal sitio (si interna o externamente), subió los peldaños de la entrada. Para su sorpresa, no había ningún indicio de intrusión. La puerta no estaba entornada. Las luces iban bien. El aire acondicionado zumbaba de fondo. No tuvo la sensación abrumadora de temor ni la intuición de que hubiera entrado nadie. Cerró la puerta con llave con alivio. Sin embargo, el corazón le seguía palpitando y tenía el mismo temblor en las manos que había notado antes en el restaurante, cuando Virgil se había ido. Levantó una mano frente a la cara para comprobar la existencia de tics nerviosos, pero tenía el pulso engañosamente firme. Ya no se fiaba de eso; era casi como si pudiera notar que una flojedad se había apoderado de sus músculos y tendones, y que en cualquier instante perdería el control. El agotamiento alcanzaba hasta el último rincón de su cuerpo con un rnartilleo terrible. Le costaba respirar, pero no entendía por qué. – Necesitas una buena noche de descanso –se dijo en voz alta, y reconoció el tono que usaría con un paciente dirigido a sí mismo––. Tienes que dormir, pensar y avanzar. Por primera vez, se planteó coger el recetario y prescribirse algún medicamento que le ayudara a relajarse. Sabía que tenía que concentrarse y le parecía que eso le estaba resultando cada vez más difícil. Detestaba las pastillas pero pensó que, por esta vez, podía necesitarlas. Un antidepresivo. Un somnífero para descansar un poco. Y quizás unas anfetaminas para concentrarse por la mañana y el resto de la semana hasta que se cumpliera el plazo de Rumplestiltskin. Ricky tenía en el escritorio un vademécum que rara vez usaba y se dirigió hacia ahí con la idea de que la farmacia abierta veinticuatro horas que había a un par de manzanas le mandaría a casa lo que pidiera por teléfono. Ni siquiera tendría que aventurarse a salir. Sentado tras el escritorio, repasó con rapidez las entradas del vademécum y no tardó en decidir lo que necesitaba. Encontró el recetario y, al llamar a la farmacia, leyó su número de colegiado por primera vez en lo que le parecieron años. Tres fármacos distintos. – ¿Nombre del paciente? –preguntó el farmacéutico. – Son para mí –dijo Ricky. – No son medicamentos que puedan mezclarse, doctor Starks –comentó el farmacéutico tras vacilar–. Debería ir con cuidado con las dosis y las combinaciones. – Descuide. Iré con cuidado. – Sólo quería que supiera que una sobredosis podría ser mortal. – Ya lo sé –aseguró Ricky–. Pero cualquier cosa tomada en exceso puede matarnos. El farmacéutico lo consideró un chiste y rió. – Supongo que sí –contestó–. Pero con algunas cosas te vas de este mundo con una sonrisa en los labios. El chico estará en su casa antes de una hora. ¿Quiere que se lo anote en la cuenta? Hace mucho que no la usa. – Sí, gracias –dijo Ricky tras pensar un momento. Sintió una punzada de dolor, como si el hombre le hubiese atravesado el corazón con la pregunta más inocente del mundo. La última vez que había usado la cuenta de la farmacia había sido cuando su mujer yacía agonizante y había comprado morfina para que le enmascarara el dolor. De eso hacía por lo menos tres años. Aplastó el recuerdo mentalmente, e inspiró hondo. – Diga al chico que llame a la puerta tal como voy a decirle, por favor: tres timbres cortos, tres timbres largos, tres timbres cortos ––explicó–. De ese modo sabré que es él y abriré. El farmacéutico pareció pensar un instante. – ¿No es eso un SOS en código Morse? –preguntó. – Exacto –confirmó Ricky. Colgó y se reclinó en la silla. Tenía la cabeza llena de imágenes de su esposa en sus últimos días. Era demasiado doloroso para él, así que sus ojos se dirigieron hacia el escritorio. Observó que la lista de familiares que Rumplestiltskin le había enviado estaba situada en un lugar destacado en el centro del cartapacio y, en un ofuscante momento de duda, no recordó haberlo dejado en ese sitio. Alargó la mano despacio hacia la hoja, pensando de repente en las imágenes de los adolescentes de las fotografías que Virgil le había enseñado. Empezó a repasar los nombres para tratar de relacionar las caras con las palabras, que se mostraban borrosas como un espejismo en una carretera. Intentó serenarse, pensando que tenía que establecer la relación, que era importante, que la vida de un inocente podría correr peligro. Mientras intentaba concentrarse, bajó la mirada. Se sintió súbitamente confuso. Empezó a mirar alrededor con rapidez mientras lo asaltaba una inquietud terrible. Se le secó la boca y, de golpe, sintió náuseas. Recogió las notas, los blocs y demás papeles de la mesa, buscando. Pero, a la vez, supo que lo que buscaba ya no estaba. Alguien se había llevado de la mesa la carta de Rumplestiltskin, la que describía los parámetros del juego y contenía la primera pista. La prueba material de la amenaza a Ricky había desaparecido. Lo único que quedaba, como supo de inmediato, era la realidad. 13 Tachó otro día con una equis en el calendario y anotó dos números de teléfono en un bloc. El primero era el de la detective Riggins. El segundo era uno que no usaba desde hacía años y, aunque dudaba que siguiera en funcionamiento, había decidido probar de todos modos. Era del doctor William Lewis. Veinticinco años antes, el doctor Lewis había sido su mentor, el médico que psicoanalizó a Ricky mientras éste obtenía su título. Es una faceta curiosa del psicoanálisis que cualquiera que quiera practicarlo deba antes someterse a él un cirujano cardíaco no ofrecería su propio tórax al bisturí como parte de su formación, pero un analista lo hace. Esos dos números representaban polos opuestos de ayuda. No estaba seguro de que ninguno de ellos pudiera proporcionarle ninguna pero, a pesar de la recomendación de Rumplestiltskin de que no contara los hechos a nadie, ya no creía poder evitarlo. Necesitaba hablar con alguien. Pero ¿quién? La detective contestó al segundo tono anunciando simplemente y con brusquedad quién era: – Riggins al aparato. – Soy el doctor Frederick Starks. No sé si se acordará pero la semana pasada hablamos sobre la muerte de uno de mis pacientes. Hubo un momento de duda que no obedecía a la dificultad de reconocerlo, sino más bien a la sorpresa. – Claro, doctor. Le mandé una copia de la nota de suicidio que encontramos el otro día. Creía que eso dejaba las cosas bastante claras. ¿Qué le preocupa ahora? – ¿Podría hablar con usted sobre algunas de las circunstancias que rodearon la muerte del señor Zimmerman? – ¿Qué clase de circunstancias, doctor? – Preferiría no comentarlo por teléfono. – Eso suena muy melodramático, doctor. –Soltó una risita–. De acuerdo. ¿Quiere venir aquí? – Supongo que tendrán alguna sala donde podamos hablar en privado. – Por supuesto. Tenemos una horrible sala de interrogatorio, donde obtenemos confesiones de los sospechosos. Más o menos lo mismo que usted hace en su consulta, sólo que menos civilizado y más expeditivo. Ricky paró un taxi en la esquina y pidió que le llevara unas diez manzanas al norte y le dejara en la esquina de Madison con la Noventa y seis. Entró en la primera tienda que vio, una zapatería femenina, dedicó noventa segundos exactos a examinar los zapatos a la vez que miraba con disimulo por el escaparate a la espera de que cambiara el semáforo de la esquina. En cuanto lo hizo, salió, cruzó la calle y paró otro taxi. Pidió al conductor que se dirigiera al Sur hasta la estación Grand Central. Grand Central no estaba demasiado abarrotada para ser un mediodía de verano. Un flujo regular de gente se dispersaba por el interior cavernoso hacia los trenes de cercanas o los enlaces del metro evitando los esporádicos indigentes que cantaban o murmuraban cerca de las entradas sin prestar atención a los grandes anuncios vibrantes que llenaban la estación de una luz que parecía de otro mundo. Ricky se incorporó a la corriente de personas que procuraba vacilar lo menos posible en su paso por la estación. Era un lugar en que la gente intentaba no mostrar indecisión, y se unió al desfile de personas decididas y resueltas con esa pétrea expresión urbana que parecía servirles de armadura frente a los demás, de modo que todos los que viajaban eran como una pequeña isla emocional, anclada interiormente, que no iba a la deriva flotando, sino que se movía de modo constante en una corriente diferenciada y reconocible. Él, por otro lado, carecía de rumbo pero disimulaba. Tomó el primer metro que llegó, en dirección al oeste, viajó sólo una parada y bajó deprisa para abandonar el sofocante andén y sumergirse en el aire caliente de la calle y parar de nuevo el primer taxi que vio. Se aseguró de que el coche estuviera orientado hacia el sur, que era el sentido contrario al que se dirigía. Pidió al taxista que diera la vuelta a la manzana y bajara por una calle lateral, en la que tuvo que abrirse paso entre camiones de reparto sin que Ricky dejara de mirar por la ventanilla trasera para detectar si alguien lo seguía. Pensó que si Rumplestiltskin, Virgil, Merlín o cualquier otro secuaz podía seguirlo a lo largo de esa ruta sin que él lo viera, no tenía la .menor posibilidad. Se arrellanó en el asiento y viajó en silencio hasta la comisaría de la Noventa y seis con Broadway. Riggins se levantó cuando Ricky cruzó la puerta de la oficina de detectives. Parecía menos exhausta que la primera vez que se vieron, aunque su vestimenta no había cambiado demasiado: elegantes pantalones oscuros, zapatillas de deporte, camisa de hombre azul celeste, y una corbata roja anudada con holgura. La corbata rozaba la pistolera que llevaba en el hombro izquierdo. A Ricky le pareció un aspecto de lo más curioso. La mujer combinaba la ropa masculina con una presencia femenina: el maquillaje y el perfume contradecían la masculinidad del atuendo. El cabello le caía en rizos lánguidos sobre los hombros, pero las zapatillas de deporte delataban urgencia e inmediatez. Le estrechó la mano con firmeza. – Me alegro de verle, doctor. Aunque debo decir que es un poco inesperado. Pareció valorar con rapidez su aspecto, mirándolo de arriba a abajo como un sastre examina a un caballero poco en forma que quiere encajarse un traje moderno y con estilo. – Gracias por recibirme –empezó, pero ella le interrumpió. – Tiene un aspecto terrible, doctor. Quizá se esté tomando demasiado en serio el pequeño enfrentamiento de Zimmerman con el metro. – No duermo muy bien –admitió Ricky a la vez que meneaba la cabeza con una leve sonrisa. – No me diga –contestó ella. Hizo un ademán con el brazo en dirección a una sala anexa. La sala de interrogatorios era lóbrega e inquietante, un recinto es trecho desprovisto de cualquier adorno, con una mesa metálica en el centro y tres sillas plegables de metal, iluminada por un fluorescente. La mesa tenía la superficie de linóleo, estropeada con arañazos y manchas de tinta. Ricky pensó en su consulta y, en particular, en el diván en cómo cada objeto a la vista del paciente tenía un efecto en el análisis. Pensó que esta sala, tan yerma como un paisaje lunar, era un lugar horrible para explicarse pero, acto seguido, comprendió que las explicaciones que se daban en ese sitio eran terribles de por si. Riggins debió de percatarse del modo en que examinaba la habitación porque dijo: – El presupuesto oficial para decoración es muy exiguo este año. Tuvimos que prescindir de los Picasso en las paredes y de los muebles de Roche Bobois. –Señaló una de las sillas de metal–. Siéntese, doctor. Cuénteme qué le preocupa. – La detective Riggins intentó contener una sonrisa–, ¿No es eso más o menos lo que diría usted? – Más o menos. Aunque no sé qué le resulta tan divertido. Ella asintió y parte del humor de su voz desapareció. – Disculpe –dijo–. Es la inversión de papeles, doctor Starks. No solemos recibir profesionales destacados de la Zona residencial. Solemos tratar con delitos bastante rutinarios y feos. Atracos en su mayoría. Bandas. Indigentes que entablan peleas que acaban en homicidios. ¿Qué le preocupa tanto? Prometo tomármelo muy en serio. – Le divierte verme... – Estresado. Sí, lo admito. – ¿No le gusta la psiquiatría? – No. Tuve un hermano clínicamente deprimido y esquizofrénico. Entró y salió de todas las instituciones mentales de la ciudad, y todos los médicos hablaron y hablaron pero no lo ayudaron en absoluto. Esta experiencia me predispuso en contra. Dejémoslo así. Ricky esperó un momento y dijo: – Mi mujer murió hace unos años de cáncer de ovarios, pero yo no detesté a los oncólogos que no lograron salvarla. Detesté la enfermedad. –Touché –admitió Riggins. Ricky no sabía muy bien por dónde empezar, pero decidió que Zimmerman era un comienzo tan bueno como cualquier otro. – Leí la nota de suicidio –comentó–. Para serie franco, no sonaba demasiado a mi paciente. ¿Podría decirme dónde la encontró? –Claro. –Riggins se encogió de hombros–. Estaba sobre la almohada de su cama, en su casa. Bien doblada y colocada con cuidado; era imposible no verla. – ¿Quién la encontró? – Pues yo. El día después de hablar con los testigos y con usted, y de acabar con el papeleo, fui a casa de Zimmerman y la vi en cuanto entré en su habitación. – La madre de Zimmerman es inválida… – Estaba tan consternada tras recibir la llamada telefónica inicial que tuve que mandar una ambulancia para que la llevara al hospital a pasar un par de noches. Creo que la van a trasladar a un centro de viviendas con asistencia en el condado de Rockland en los próximos días. El hermano se está encargando de eso. Por teléfono, desde California. No parece muy afectado por lo ocurrido ni rebosar bondad humana, en especial en lo que a su madre se refiere. – A ver si lo entiendo. Llevan a la madre al hospital y al día siguiente usted encuentra la nota. – Exacto. – Así que no tiene modo de saber cuándo pusieron esa nota en la habitación, ¿verdad? La casa estuvo vacía bastante tiempo. La detective Riggins sonrió. – Bueno, sé que Zimmerman no la puso después de las tres de la tarde porque fue entonces cuando tomó ese tren antes de que parara, lo que no es una idea nada acertada –comentó. – Alguien más pudo ponerla ahí. – Claro. Lo creería si yo fuese la clase de persona que ve conspiraciones por todas partes y cree en la teoría de los múltiples francotiradores en el asesinato de Kennedy. No era feliz y se lanzó a la vía, doctor. Esas cosas pasan. – Esa nota estaba mecanografiada –prosiguió Ricky–. Y sin firmar, salvo a máquina. – Sí. En eso tiene razón. – Escrita en un ordenador, supongo. – Bingo. Está empezando a sonar como un detective, doctor. – Creo haber oído en algún sitio que las máquinas de escribir podían localizarse, que el modo en que las teclas golpean el papel es reconocible –comentó Ricky tras pensar un momento–. ¿Pasa lo mismo con una impresora? – No. –Riggins meneó la cabeza. – No sé demasiado sobre ordenadores –dijo Ricky tras vacilar por un instante-. Nunca los necesité en mi trabajo –prosiguió con la mirada fija en la mujer, que parecía algo incómoda con sus preguntas–. Pero ¿no conservan un registro interno de todo lo que se ha escrito en ellos? – También acierta en eso. Normalmente en el disco duro. Y ya veo dónde quiere llegar. No, no comprobé el ordenador personal de Zimmerman para asegurarme de que hubiera escrito realmente la nota en él. Tampoco verifiqué el ordenador de su trabajo. Un hombre se lanza a la vía del metro y encuentro una nota de suicidio sobre su almohada en su casa. Esta situación no incita a investigar más. – En cuanto al ordenador del trabajo, mucha gente podría acceder a él ¿verdad? – Supongo que tendría una contraseña para proteger sus archivos. Pero la respuesta es sí. Ricky asintió y guardó silencio un momento. Riggins se movió en la silla antes de continuar: – Dijo que quería hablar de las «circunstancias» que rodearon su muerte. ¿Cuáles son? Ricky inspiró hondo antes de contestar. – Un pariente de una antigua paciente me ha estado amenazando a mí y a los miembros de mi familia con daños indeterminados. Con este fin, ha adoptado algunas medidas para trastornarme la vida. Entre ellas están acusaciones falsas contra mi integridad profesional, ataques electrónicos a mi situación financiera, robos en mi casa, invasiones en mi vida personal y la sugerencia de que me suicide. Tengo motivos para creer que la muerte de Zimmerman formaba parte de este sistema de acoso que he estado sufriendo esta última semana. No creo que fuera un suicidio. Riggins enarcó las cejas. – Por Dios, doctor Starks, parece que está metido en un buen lío. ¿Una antigua paciente? – No. El hijo de una antigua paciente. Todavía no sé cuál. – ¿Y cree que esta persona que quiere perjudicarlo convenció a Zimmerman de que se lanzara a las vías del metro? –No lo convenció. Probablemente lo empujaron. – Estaba lleno de gente y nadie vio nada semejante. En absoluto. – La falta de testigos no descarta que sucediera. Cuando el metro se acerca, todos los que están en el andén miran en la dirección que llega el convoy. Si Zimmerman estaba detrás de la gente, lo que viene sugerido por la falta de testigos presenciales precisos, ¿cuánto habría costado darle el codazo o empujón necesario? – Bueno, eso es cierto, doctor. No sería difícil. Ni mucho menos. A lo largo de los años, hemos tenido unos cuantos asesinatos con esas características, y también tiene razón en que la gente se vuelve en una dirección cuando se acerca el tren, lo que permite que al final del andén pueda pasar casi cualquier cosa más o menos inadvertida. Pero en este caso tenemos a Lu Anne, que dice que saltó, y aunque no sea demasiado fiable, es algo, y tenemos una nota de suicidio y un hombre deprimido, enfadado y desdichado que mantenía una relación difícil con su madre y se enfrentaba a una vida que muchos considerarían más bien decepcionante... – Ahora es usted quien parece dar excusas –comentó Ricky sacudiendo la cabeza–. De lo que más o menos me acusó a mí la primera vez que hablamos. Este comentario silenció a la detective Riggins, que dirigió una larga mirada a Ricky antes de proseguir. – Me parece que debería hablar de esto con alguien que pueda ayudarle, doctor. – ¿Con quién? Usted es policía. Le he hablado de delitos, o de lo que podrían serlo, ¿No debería hacer alguna clase de informe? – ¿Quiere presentar una denuncia formal? Ricky la miró con dureza. – ¿Debería hacerla? ¿Cómo sigue el trámite? – Yo le presento a mi supervisor, que pensará que es una locura y la canalizará a través de la burocracia policial, y en un par de días recibirá una llamada de algún detective que se mostrará todavía más escéptico que yo. ¿A quién ha contado todo esto? – Bueno, a mi banco y a la Sociedad Psicoanalítica. – Si creen que existe actividad delictiva deberían pasar el asunto al FBI o a la policía estatal. Tal vez deba usted hablar con alguien de Extorsión y Fraudes. Yo en su lugar, me plantearía contratar un detective privado. Y un buen abogado, porque podría necesitarlos. – ¿Cómo puedo ponerme en contacto con el departamento de Extorsión y Fraudes? – Le daré un nombre y un teléfono. – ¿No cree que usted debería investigar estas cosas como seguimiento del caso Zimmerman? Esta pregunta hizo dudar a la detective Riggins. No había tomado ninguna nota durante la conversación. – Podría hacerla –indicó con precaución–. Me lo pensaré. Cuesta reabrir un caso una vez se ha cerrado. – Pero no es imposible. – Difícil. Pero no imposible. – ¿Puede obtener autorización de un superior? –preguntó Ricky. – No creo que quiera abrir aún esa puerta. Si digo a mi jefe que hay un problema oficial, deberán seguirse muchos pasos burocráticos. Creo que echaré un vistazo por mi cuenta. ¿Sabe qué, doctor?, comprobaré algunas cosas y luego hablaré con usted. Primero iré a examinar el ordenador personal de Zimmerman. Puede que el archivo que contiene la nota de suicidio indique la hora. Lo haré esta noche o mañana. ¿Qué le parece? – Bien. Esta noche sería mejor que mañana. Tengo algunas limitaciones de tiempo. Y entonces podría darme también el nombre y el teléfono de alguien de Extorsión y Fraudes. Parecía un acuerdo razonable. La mujer asintió. Ricky sintió cierta satisfacción al observar que su tono algo burlón y sarcástico había cambiado después de que él plantease la posibilidad de que hubiera metido la pata. Incluso aunque considerara remota esta posibilidad, en un mundo donde las promociones y los ascensos estaban tan relacionados con las investigaciones bien acabadas, haber pasado por alto un asesinato y haberlo catalogado de suicidio era un error muy perjudicial para la hoja de servicios. – Espero que me llame lo antes que pueda –dijo Ricky. Después se levantó, como si se hubiera anotado un punto. No era una sensación de victoria pero, por lo menos, le hacía sentir menos solo en el mundo. Fue en taxi hasta el Metropolitan Opera House, que estaba vacía salvo por unos cuantos turistas y algunos guardias de seguridad. Sabía que había una hilera de cabinas telefónicas frente a los lavabos. La ventaja era que desde ese sitio podía hacer una llamada a la vez que vigilaba que nadie intentara acercarse lo suficiente para averiguar a quién llamaba. El número del doctor Lewis había cambiado, como esperaba. Pero lo pasaron a otro número con un prefijo distinto. Tuvo que insertar la mayoría de monedas de veinticinco centavos que tenía. Mientras el teléfono sonaba, pensó que Lewis debía de tener ya unos ochenta años, y no estaba seguro de si sería de ayuda. Pero Ricky sabía que era el único modo en que podría apreciar su situación más o menos como era debido y, por desesperado que fuera ese paso, debía darlo. El teléfono sonó por lo menos ocho veces antes de que contestaran. – ¿Diga? – El doctor Lewis, por favor. – Al habla. Ricky llevaba veinte años sin oír aquella voz, y aun así se emocionó, lo que le sorprendió. Era como si en su interior se desatara de repente un torbellino de odios, miedos, amores y frustraciones. Se obligó a conservar cierta calma. – Doctor Lewis, soy el doctor Frederick Starks. Ambos guardaron silencio un momento, como si el mero encuentro telefónico después de tantos años resultara abrumador. Lewis habló primero. – ¡Vaya! Me alegro de oírte, Ricky, incluso después de tantos años. Estoy bastante sorprendido. – Siento ser tan brusco, doctor. Pero no sabía a quién más recurrir. De nuevo se produjo un breve silencio. – ¿Tienes problemas, Ricky? – Sí. – Y las herramientas del autoanálisis no son suficientes. – Así es. Me preguntaba si tendría un rato para hablar conmigo. –Ya no recibo pacientes –dijo Lewis–. La jubilación. La edad. Los achaques. El envejecimiento, que es terrible. Vas perdiendo toda clase de cosas. – ¿Me recibirá? – Por tu voz parece bastante urgente –comentó el anciano tras una pausa–. ¿Es importante? ¿Son problemas graves? – Corro un gran peligro, y tengo poco tiempo. – Vaya, vaya, vaya. –Ricky pudo captar la sonrisa en el rostro del viejo analista–. Eso suena verdaderamente enigmático. ¿Crees que puedo ayudarte? – No lo sé. Pero podría ser. El viejo analista reflexionó antes de contestar. – Has hablado como alguien de nuestra profesión. Está bien, pero tendrás que venir aquí. Ya no tengo consulta en la ciudad. – ¿Dónde debo ir? – Estoy en Rhinebeck –dijo Lewis, y añadió una dirección en River Road–. Un lugar maravilloso para un jubilado, excepto que en invierno hace un frío terrible. Pero ahora está precioso, puedes tomar un tren en la estación Pennsylvania. – ¿Le iría bien esta tarde? – Cuando quieras. Ésa es una de las ventajas de la jubilación. No hay compromisos impostergables. Toma un taxi en la estación y te estaré esperando hacia la hora de cenar. Se apretujó en un asiento del rincón lo más al final del tren y se pasó la mayoría de la tarde mirando por la ventanilla. El tren viajó directo al norte siguiendo el curso del río Hudson, a veces tan cerca de la orilla que el agua quedaba sólo a unos metros de distancia. Ricky se sintió fascinado por las distintas tonalidades de azul verdoso que adquiría el río: el casi negro cerca de las orillas, que se convertía en un azul más claro y vibrante hacia el centro. Unos veleros surcaban el agua y dejaban una estela blanca a su paso, y algún que otro buque portacontenedores enorme y desgarbado navegaba por la zona más profunda. A lo lejos, las Palisades se elevaban convertidas en columnas de roca entre grises y marrones, coronadas por grupos de árboles verde oscuro. Había mansiones con amplios jardines; casas tan enormes que la riqueza que encerraban parecía inimaginable. En West Point atisbó la academia militar en lo alto de una colina con vistas al río; los edificios imperturbables le parecieron tan grises y tensos como las líneas uniformadas de cadetes. El río era ancho y cristalino, y le resultó fácil imaginar al explorador que dio su nombre a esas aguas quinientos años antes. Observó un rato la superficie, sin saber muy bien en qué sentido discurría la corriente, si hacia la ciudad de Nueva York para desembocar en el océano, o si ascendía al norte, empujada por las mareas y la rotación de la Tierra. El hecho de no saberlo, de ser incapaz de decir en qué dirección corría el agua a partir de la observación de su superficie, le inquietó un poco. Sólo un grupo reducido de personas bajó del tren en Rhinebeck, y Ricky se entretuvo en el andén para observarlas, preocupado aún por si, a pesar de sus esfuerzos, alguien hubiera logrado seguirle. Unos adolescentes con vaqueros o pantalón corto se reían; una madre de mediana edad tiraba de tres niños e intentaba mostrarse paciente con un chiquillo rubio que no paraba de corretear; un par de empresarios agobiados hablaban por el móvil mientras salían de la estación. Ninguna de las personas que bajaron del tren miró siquiera a Ricky, salvo el niño rubio, que se detuvo y le dirigió una mueca antes de subir corriendo el tramo de escaleras que conducía al exterior del andén. Ricky esperó hasta que el tren se puso en marcha con unos fuertes resoplidos metálicos a medida que ganaba impulso. Seguro de que nadie se había rezagado, subió al vestíbulo. Era un viejo edificio de ladrillo con un suelo embaldosado donde los pasos resonaban y recorrido por un aire fresco que desafiaba el calor de última hora de la tarde. Un único cartel con una flecha roja sobre una ancha puerta doble rezaba: TAXIS. Salió de la estación y vio uno solo: un sedán blanco enlodado, con un distintivo en la puerta, un símbolo apagado en el techo y una abolladura enorme en el guardabarros delantero. El conductor parecía a punto de marcharse, pero vio a Ricky y retrocedió con brusquedad hacia el bordillo. – ¿Quiere que lo lleve? –preguntó. –Si, por favor. – Pues soy el único que queda. Ya me iba cuando le vi salir por la puerta. Suba. Ricky lo hizo y le dio la dirección del doctor Lewis. – Ah, una propiedad excelente –afirmó el conductor, y aceleró haciendo rechinar los neumáticos. Una estrecha carretera serpenteante llevaba hasta la casa del viejo analista. Unos robles majestuosos creaban una cubierta que sombreaba el asfalto, de modo que la tenue luz de la tarde veraniega se filtraba lentamente, como harina a través de un cedazo, y proyectaba sombras a derecha e izquierda. El paisaje mostraba unas colinas suaves, como las olas de un modesto mar. Vio manadas de caballos en algunos campos y, a lo lejos, grandes mansiones. Las casas más cercanas a la carretera eran antiguas, a menudo de madera, y tenían placas en un lugar destacado, de modo que se supiese que tal casa se había construido en 1788 o tal otra en 1802. Vio jardines coloridos y más de un propietario en camiseta montado en una cortadora de césped para segar con dinamismo una franja inmaculada de hierba. Le pareció que era un lugar de escapada. Supuso que la mayoría de esa gente tenía su vida principal en el ajetreado Manhattan, trabajando con dinero, poder y/o prestigio. Eran casas de fin de semana y de veraneo, carísimas pero con un auténtico concierto de grillos por la noche. El taxista comentó: – No está mal ¿verdad? Algunas de estas casas cuestan unos cuantos dólares. – Imagino que ha de ser imposible encontrar mesa en un restaurante los fines de semana –contestó Ricky. – Así es, en verano y en vacaciones. Pero no todos son de ciudad. Hay algunas personas que han echado raíces, las suficientes para que no sea un pueblo fantasma. Es un lugar bonito. –Redujo la velocidad y dobló a la izquierda para tomar un camino de entrada–. El problema es que está demasiado cerca de la ciudad. Bueno, ya hemos llegado. Es aquí –dijo. El doctor Lewis vivía en una vieja casa de labranza reacondicionada, con un diseño sencillo de dos plantas, pintada de un blanco reluciente y con una placa que indicaba 1791. No era ni mucho menos más grande de las casas que habían pasado. Tenía un enrejado con parras, flores plantadas en el sendero de entrada y un pequeño estanque con peces al borde del jardín. A un lado había una hamaca y unas cuantas tumbonas de madera con la pintura blanca medio desconchada. Un Volvo familiar azul de diez años estaba estacionado frente a un antiguo establo que ahora servía de garaje. El taxi se marchó y Ricky se detuvo al final del camino de grava. De repente, se dio cuenta de que había ido con las manos vacías. No llevaba ninguna bolsa, ningún detalle, ni siquiera la proverbial botella de vino blanco. Inspiró hondo y sintió una oleada de emociones contradictorias. No era precisamente miedo, pero sí la sensación que un niño tiene al saber que debe informar de alguna travesura a sus padres. Ricky sonrió, porque sabía que ese nerviosismo era normal; la relación entre analista y analizado es profunda y provocadora, y opera de muchas formas distintas, incluso como entre alguien con autoridad y un niño. Eso formaba parte del proceso de transferencia, en el que el analista va adoptando distintos papeles que conducen, en última instancia, a la comprensión. Pocas profesiones médicas ejercen un impacto así en sus pacientes. Seguramente un traumatólogo ni siquiera recuerda la rodilla o la cadera que operó años atrás. Pero es probable que el analista recuerde, si no todo, sí gran parte, ya que la mente es mucho más sofisticada que una rodilla, aunque a veces no tan eficiente. Avanzó despacio hacia la entrada, asimilando todo lo que veía. Se recordó que ésta es otra de las claves del análisis: el terapeuta conoce casi todas las intimidades emocionales y sexuales del paciente, que por su parte apenas sabe nada sobre el terapeuta. El misterio imita los misterios fundamentales de la vida y la familia; y adentrarse en lo desconocido produce siempre fascinación e inquietud. «El doctor Lewis me conoce –pensó–. Pero ahora yo sabré algo de él, y eso cambia las cosas.» Esta observación le inquietó aún más. A mitad de los peldaños de la entrada, la puerta principal se abrió de golpe. Oyó su voz antes de verlo. – Me apuesto a que te sientes algo incómodo. – Me ha leído los pensamientos –contestó Ricky, en lo que era una especie de broma entre analistas. Lewis lo condujo a un estudio, junco al recibidor de la vieja casa. Ricky dirigió los ojos de un lado a otro para grabarse los detalles mentalmente. Libros en un estante. Una pantalla de Tiffany. Una alfombra oriental. Como muchas casas antiguas, el interior tenía una atmósfera oscura, en contraste con unas relucientes paredes blancas. Le pareció fresco, nada cargado, como si las ventanas hubiesen estado abiertas la noche anterior y la casa hubiese conservado el recuerdo de unas temperaturas más bajas. Detectó un ligero olor a lila y oyó los ruidos distantes de una cocina en la parte de atrás. El doctor Lewis era un hombre delgado, algo encorvado, calvo, con unos agresivos mechones de pelo que le salían detrás de las orejas, lo que le confería un aspecto de lo más curioso. Llevaba unas gafas apoyadas en la punta de la nariz, de modo que rara vez parecía mirar realmente a través de ellas. Tenía algunas manchas de la edad en el dorso de las manos y un ligerísimo temblor de dedos. Se movió despacio, cojeando un poco, y se instaló por fin en un sillón de orejas de piel roja, muy mullido, a la vez que indicaba a Ricky que se sentara en una butaca algo más pequeña. Ricky se arrellanó entre los cojines. – Estoy encantado de verte, Ricky, incluso después de tantos años. ¿Cuánto hace? – Más de una década, sin duda. Tiene buen aspecto, doctor. Lewis sonrió y meneó la cabeza. – No deberías empezar con una mentira tan evidente, aunque a mi edad las mentiras se agradecen más que la verdad. Las verdades son siempre inoportunas. Necesito una cadera nueva, una vejiga nueva, una próstata nueva, ojos y orejas nuevos, y unos cuantos dientes nuevos. Unos pies nuevos también me irían bien. Quizá necesitaría también un corazón nuevo. Además, no estaría de más renovar el coche del garaje y las cañerías de la casa. Ahora que lo pienso, las mías también. El tejado está bien, sin embargo. –Se dio unos golpecitos en la frente y añadió en tono socarrón–: El mío también. Pero no has venido para saber cómo estoy. He olvidado tanto mi formación como mis modales. Supongo que te quedarás a cenar, y he pedido que te preparen la habitación de huéspedes, y ahora será mejor que cierre la boca, que es lo que creemos hacer tan bien en nuestra profesión, para dejar que me cuentes el motivo de tu visita. Ricky vaciló, sin saber muy bien por dónde empezar. Miró al anciano hundido en el sillón de orejas y sintió como si una cuerda se rompiera de repente en su interior. Notó que perdía el dominio de sí mismo, y habló con labios temblorosos: – Creo que sólo me queda una semana de vida. Lewis enarcó las cejas. – ¿Estás enfermo? Ricky meneó la cabeza. – Me parece que tendré que suicidarme –contestó. El viejo analista se inclinó hacia delante. – Eso es un problema –dijo. 14 Ricky habló durante más de una hora sin ser interrumpido por el menor comentario o pregunta. Lewis permaneció casi inmóvil en su asiento balanceando el mentón en la palma de una mano. Ricky se levantó un par de veces y se paseó por la habitación, como si el movimiento de los pies fuera a facilitarle la narración, antes de regresar a la mullida butaca y proseguir su relato. En más de una ocasión notó que le sudaban las axilas, aunque la temperatura de la habitación era agradablemente fresca, con las ventanas abiertas a esa primera hora de la noche en el valle del Hudson. Oyó un trueno lejano procedente de las montañas Catskills, a kilómetros de distancia al otro lado del río, en una ráfaga explosiva que parecía fuego de artillería. Recordó que según una leyenda local ese sonido era el ruido que hacían unos elfos y unos enanos al jugar a bolos en las verdes hondonadas. Le contó de la primera carta, del poema y de las amenazas, de lo que estaba en juego. Describió a Virgil y a Merlín, y el bufete inexistente del abogado. Intentó no dejarse nada, desde las intrusiones electrónicas en sus cuentas bancarias y de valores hasta el mensaje pornográfico que recibió su pariente lejana en su cumpleaños. Habló largo y tendido sobre Zimmerman, su tratamiento, su muerte y las dos visitas a la detective Riggins. Le contó lo de la falsa acusación de abusos sexuales presentada ante el Colegio de Médicos, y se ruborizó un poco al hacerlo. A veces divagaba, como cuando mencionó los robos en su consulta y la extraña sensación de violación que sentía, o cuando describió su poema en el Times y la respuesta de Rumplestiltskin. Terminó mencionando las fotografías de los tres adolescentes que le había enseñado Virgil. Después se reclinó, guardó silencio y, por primera vez, miró al viejo analista, que se había llevado ambas manos al mentón para apoyar la cabeza meditabundo, como si intentara valorar la totalidad de la maldad que se había abatido sobre Ricky. – Muy interesante -dijo por fin Lewis, que se reclinó y soltó un largo suspiro–. Me gustaría saber si ese tal Rumplestiltskin es un filósofo. ¿No era Camus quien afirmaba que la única verdadera elección de cualquier hombre es si suicidarse o no? La pregunta existencial por excelencia. – Tenía entendido que era Sartre–contestó Ricky, encogiéndose de hombros. – Supongo que ésta es la pregunta clave del caso, Ricky; la primera y más importante que te ha hecho Rumplestiltskin. – Perdone, pero ¿qué...? – ¿Te matarías para salvar a otra persona? – No estoy seguro –balbuceó Ricky, desconcertado por la pregunta–. Me parece que no me he planteado realmente esta opción. – No es una pregunta poco razonable –dijo Lewis, cambiando de postura en su asiento–. Y estoy seguro de que tu torturador ha dedicado muchas horas a intentar adivinar tu respuesta. ¿Qué clase de hombre eres, Ricky? ¿Qué clase de médico? Porque, a fin de cuentas, ésa es la esencia de este juego: ¿te suicidarás? Parece haberte demostrado la seriedad de sus amenazas o, por lo menos, te ha hecho creer que ya ha cometido un asesinato, de modo que es probable que no te importe cometer otro. Y se trata, aunque suene duro, de asesinatos muy fáciles de cometer. Los sujetos no significan nada para él. Son meros vehículos para llegar a ti. Y tienen la ventaja añadida de ser homicidios que seguramente ningún detective del mundo, ni siquiera un Maigret, un Hercules Poirot o una miss Marple, ni una de las creaciones de Mickey Spillane o de Robert Parker, podría resolver con efectividad. Piénsalo. Ricky, porque es verdaderamente diabólico y extraordinariamente existencial: un asesinato tiene lugar en París, en Honduras o en el lago Winnipesaukee, Nueva Hampshire. Es repentino, espontáneo, y la víctima ignora lo que le va a pasar. La ejecutan en un segundo. Como si la partiera un rayo. Y la persona que se supone que va a sufrir debido a esta muerte está a centenares, a miles de kilómetros. Una pesadilla para cualquier policía, que tendría que encontrarte, encontrar al asesino creado en tu pasado y, después, relacionaros de alguna forma con este crimen en un lugar lejano, con todo el papeleo y la burocracia que eso conlleva. Y eso suponiendo que pudieran dar con el asesino. Seguro que se ha protegido tanto con identidades y pistas falsas que eso sería imposible. La policía ya tiene bastantes problemas para obtener condenas cuando tiene confesiones, pruebas de ADN y testigos presenciales. No, Ricky, supongo que sería un crimen que quedaría impune. – Me está diciendo que... – Tu elección, a mi entender, es bastante simple: ¿puedes ganar? ¿puedes averiguar la identidad de Rumplestiltskin en los pocos días que te quedan? En caso contrario, ¿te suicidarás para salvar a otra persona? Es la pregunta más interesante que se le puede hacer a un médico. Después de todo, nuestra profesión consiste en salvar vidas. Pero nuestros recursos para la salvación son los medicamentos, los conocimientos, la habilidad con el bisturí. En este caso, puede que tu vida signifique la curación de alguien. ¿Puedes hacer ese sacrificio? Y, si no estás dispuesto a ello ¿podrás vivir contigo mismo después? En apariencia, como mínimo, no es demasiado complicado. La parte complicada es..., bueno, interna. – Está sugiriendo... –empezó Ricky con un ligero balbuceo. Vio que el viejo analista se había recostado en el sillón, de modo que una sombra que proyectaba la lámpara de la mesa parecía bisecarle la cara. Lewis hizo un gesto con una mano similar a una garra, con los dedos largos, adelgazados por la edad. – No estoy sugiriendo nada. Sólo estoy comentando que hacer lo que este caballero ha pedido es una opción viable. La gente se sacrifica sin cesar para que otros puedan vivir. Los soldados en combate. Los bomberos en un edificio en llamas. Los policías en las calles de la ciudad. ¿Es tu vida tan feliz, tan productiva y tan importante para que asumamos automáticamente que es más valiosa que la que podría costar? Ricky se movió en la butaca, como si la suave tapicería se hubiese vuelto de madera bajo su cuerpo. – No puedo creer que... –empezó, pero se interrumpió. – Lo siento –dijo Lewis, y se encogió de hombros–. Por supuesto, no te lo has planteado de modo consciente. Pero me pregunto si no te has hecho estas preguntas en tu subconsciente, que es lo que te indujo a buscarme. – He venido a pedir ayuda –replicó Ricky, quizá demasiado deprisa–. Necesito ayuda para participar en este juego. – ¿De veras? Tal vez, en cierto nivel. Pero en otro has venido para otra cosa. ¿Permiso? ¿Bendición? – Debo rebuscar en el período de mi pasado en que la madre de Rumplestiltskin era paciente mía. Necesito que me ayude a hacerlo, porque he bloqueado esa parte de mi vida. Es como si estuviera fuera de mi alcance. Necesito que me ayude a llegar a ella. Sé que puedo identificar a la paciente relacionada con Rumplestiltskin, pero necesito ayuda, y creo que esa paciente era una mujer a la que atendía en la misma época en que seguía el tratamiento con usted, cuando era mi mentor. Debo de haberle mencionado a esta mujer durante nuestras sesiones. Así que lo que necesito es una caja de resonancia. Alguien que despierte esos recuerdos dormidos. Estoy seguro de que puedo desenterrar ese nombre de mi inconsciente. Lewis asintió de nuevo. – No es una petición poco razonable, y no cabe duda de que el planteamiento es inteligente. Es el planteamiento de un psicoanalista. Hablar y no actuar es una curación. ¿Sueno cruel, Ricky? Supongo que la vejez me ha vuelto irascible y estrafalario. Claro que te ayudaré. Pero me parece que, a medida que analicemos, sería conveniente mirar también el presente, porque vas a tener que encontrar respuestas tanto en el pasado como en el presente. Acaso también en el futuro. ¿Podrás hacerlo? – No lo sé. – Es la respuesta clásica de un psicoanalista. –Lewis sonrió torcidamente–. Un futbolista, un abogado o un empresario moderno dirían: «¡Ya lo creo que sí!» Pero nosotros, los analistas, siempre cubrimos nuestras apuestas, ¿verdad? La certeza es algo que nos resulta incómodo. –Inspiró hondo y se movió en el sillón–. El problema es que este hombre que quiere tu cabeza en una bandeja no parece tan indeciso o inseguro sobre las cosas, ¿me equivoco? –No –contestó Ricky de inmediato––. Parece tenerlo todo bien planeado. Al parecer ha previsto todos mis actos, casi como si los hubiera dispuesto de antemano. – Estoy seguro de que lo ha hecho. Ricky asintió. El doctor Lewis siguió con sus preguntas. – ¿Dirías que es psicológicamente astuto? – Ésa es mi impresión. – En algunos juegos eso es fundamental. –Lewis asintió–. En el fútbol quizás. En el ajedrez sin duda. – ¿Está insinuando que...? – Para ganar una partida de ajedrez hay que ser más previsor que el adversario. Ese único movimiento que escapa a su perspicacia es lo que permite derrotarlo. Creo que deberías hacer lo mismo. – ¿Cómo voy a…? – Lo pensaremos durante una cena sencilla y el resto de la velada. –Lewis, que se había levantado, esbozó una leve sonrisa–. Has tenido en cuenta un factor importante, ¿verdad? – ¿Cuál? –quiso saber Ricky. – Bueno, parece bastante evidente que Rumplestiltskin ha pasado meses, tal vez años, planeando todo esto. Es una venganza que toma en consideración muchos elementos y, como tú señalas, ha previsto prácticamente todos tus pasos. – Sí, es cierto. – No entiendo entonces por qué supones que no me ha reclutado a mí, quizá mediante amenazas o presiones de algún tipo, para ayudarle a cumplir su propósito –dijo el doctor Lewis despacio–. Quizá me haya pagado de alguna forma. ¿Por qué supones que estoy de tu parte en todo esto, Ricky? y con un amplio gesto para que Ricky lo acompañara en lugar de contestar a su pregunta, el viejo analista lo condujo a la cocina, cojeando un poco mientras avanzaba. Había dos cubiertos dispuestos en una mesa antigua en medio de la cocina. Una jarra de agua fría y unas rebanadas de pan en una cesta de mimbre adornaban el centro de la mesa. Lewis cruzó la habitación y retiró una fuente del horno, la puso en un salvamanteles y sacó luego una ensalada del frigorífico. Mientras terminaba de poner la mesa, tarareó un poco. Ricky reconoció unos cuantos compases de Mozart. – Siéntate, Ricky. Este mejunje que tenemos delante es pollo. Sírvete, por favor. Ricky vaciló. Alargó la mano Y se sirvió un vaso de agua, que se bebió como un hombre que acabara de cruzar un desierto. El liquido apenas sació su repentina sed. – ¿Lo ha hecho'? –preguntó de golpe. Apenas reconoció su propia voz, que sonó aguda y estridente. – ¿Si ha hecho qué? – ¿Se ha puesto Rumplestiltskin en contacto con usted? ¿Forma parte de todo esto? El doctor Lewis se sentó, se puso con cuidado la servilleta en el regazo y se sirvió una generosa ración de pollo y ensalada antes de responder. – Permíteme que te pregunte algo, Ricky–dijo–. ¿Qué importancia tendría eso? – Toda la importancia del mundo –balbuceó Ricky–. Necesito saber que puedo confiar en usted. – ¿De verdad? Creo que la confianza está sobrevalorada. Por otra parte, ¿qué he hecho hasta ahora para que me retires la confianza que te trajo hasta aquí? – Nada. – Entonces deberías comer. El pollo lo ha preparado mi criada y te aseguro que es bastante bueno, aunque no tanto, por desgracia., como el que mi mujer solía cocinar antes de su muerte. Y estás pálido, Ricky, Como si no te cuidaras. – Tengo que saberlo. ¿Le ha reclutado Rumplestiltskin? Lewis sacudió la cabeza, pero no era una respuesta negativa a la pregunta de Ricky, sino más bien un comentario de la situación. – Me parece que lo que necesitas son conocimientos, Ricky. Información. Comprensión. Nada de lo que hasta ahora ha hecho este hombre ha sido concebido para engañarte. ¿Cuándo ha mentido? Bueno, quizás el abogado cuyo bufete no estaba donde se suponía, pero eso parece un engaño bastante simple y necesario. En realidad, todo lo que ha hecho hasta ahora está concebido para llevarte hasta él. Por lo menos, podría interpretarse así. Te da pistas. Te manda una joven atractiva para que te ayude. ¿Crees que en realidad desea que no seas capaz de averiguar quién es? – ¿Le está ayudando? – Estoy intentando ayudarte a ti, Ricky. Ayudarte a ti podría ayudarle a él también. Es una posibilidad. Ahora siéntate y come. Es un buen consejo. Ricky apartó una silla pero el estómago se le cerró ante la mera idea de probar bocado. – Tengo que saber que está de mi parte. – Tal vez consigas la respuesta a esta pregunta al final del juego. – El viejo psicoanalista se encogió de hombros. Clavó el tenedor en el pollo y se llevó un trozo enorme a la boca. – He venido a verle como amigo. Como antiguo paciente. Usted fue la persona que me ayudó a formarme, por el amor de Dios. Y ahora... El doctor Lewis agitó el tenedor en el aire, como un director con una batuta frente a una orquesta descoordinada. – ¿Consideras amigos tuyos a las personas a las que tratas? – No. –Ricky sacudió la cabeza, vacilante––. Claro que no. Pero la función del mentor es distinta. – ¿De verdad? ¿No tienes algún paciente en más o menos la misma situación? La pregunta quedó suspendida en el aire. Ricky sabía que la respuesta era afirmativa, pero no lo dijo en voz alta. Pasados unos momentos, Lewis movió la mano para descartar la pregunta. – Necesito saberlo –insistió Ricky con brusquedad a modo de respuesta. El doctor Lewis esbozó un gesto exasperantemente inexpresivo, apto para una mesa de póquer. Ricky se exaltó al reconocer esa actitud vaga: la misma expresión evasiva que no indica aprobación, desaprobación, espanto, sorpresa, temor ni cólera que él utilizaba con sus pacientes. Es la especialidad del analista, una parte fundamental de su coraza. La recordaba de su tratamiento hacía un cuarto de siglo y le irritó volverla a ver. – No lo necesitas, Ricky. –El anciano meneó la cabeza–. Sólo necesitas saber que estoy dispuesto a ayudarte. Mis motivos son irrelevantes. Quizá Rumplestiltskin tiene algo para presionarme. Quizá no. Si blande una espada sobre mi cabeza o tal vez sobre uno de los miembros de mi familia, es algo independiente de tu situación. La pregunta pende siempre en nuestro mundo, ¿no? ¿Existe alguien absolutamente fiable? ¿Hay alguna relación carente de peligro? ¿No nos lastiman aquellos a quienes amamos y respetamos más que aquellos a quienes odiamos y tememos? Ricky no contestó; Lewis lo hizo por él. – La respuesta que no puedes articular en este momento es: si. Ahora, cena un poco. Nos espera una noche muy larga. Los dos analistas comieron en relativo silencio. El pollo estaba exquisito, y lo siguió un pastel de manzana casero con una pizca de canela. También tomaron café solo, que parecía anunciar que les esperaban horas que requerían energía. Ricky pensó que jamás había tenido una cena tan corriente y tan extraña a la vez. Estaba hambriento e indignado por igual. La comida sabía maravillosa un instante y, acto seguido, se le volvía terrosa y fría en el paladar. Por primera vez en lo que le parecieron años, recordó comidas que había tomado solo, en unos minutos robados a la cabecera de la cama de su mujer cuando medicación contra el dolor la sumía en una especie de sopor los últimos días de su agonía. El sabor de esa cena le resultó muy parecido. El doctor Lewis retiró los platos y los amontonó en el fregadero. Se llenó la taza de café por segunda vez e hizo un gesto a Ricky para regresar al estudio. Se sentaron en los asientos que hablan ocupado antes, uno frente a otro. Ricky contuvo su enfado ante el carácter esquivo del anciano. Se propuso usar la frustración en beneficio propio. Era más fácil decido que hacerla. Se movió en la butaca sintiéndose corno un niño al que riñen injustamente. Lewis lo miró, y Ricky supo que el anciano era perfectamente consciente de todos los sentimientos que lo invadían, con la misma habilidad de un adivino en una feria. – A ver, Ricky, ¿por dónde quieres empezar? – Por el pasado. Hace veintitrés años. La primera vez que nos vimos. – Recuerdo que eras todo teorías y entusiasmo. – Creía que podía salvar al mundo de la desesperación y la locura. Yo solo. – ¿Y fue así? – No. Ya lo sabe. Es imposible. – Pero salvaste a unos cuantos… – Espero que sí. Eso creo. – Una vez más –dijo Lewis con una sonrisita algo felina–, la respuesta de un psicoanalista. Evasiva y escurridiza. La edad proporciona otras interpretaciones, por supuesto. Las venas se endurecen, lo mismo que las opiniones. Deja que te haga una pregunta más concreta: ¿a quién salvaste? Ricky dudó, como si rumiara la respuesta. Quiso guardarse lo primero que le vino a la cabeza pero le resultó imposible, y las palabras le resbalaron de la lengua como si estuvieran recubiertas de aceite. – No pude salvar a la persona que más quería. – Sigue, por favor. – No. Ella no tiene nada que ver en esto. – ¿De verdad? –El viejo psicoanalista enarcó las cejas–, Supongo que estás hablando de tu mujer. – Sí. Nos conocimos. Nos enamoramos. Nos casamos. Fuimos inseparables durante años. Después se puso enferma. No tuvimos hijos debido a su enfermedad. Murió. Seguí adelante solo. Fin de la historia. No está relacionada Con esto. – Claro que no –dijo Lewis–; pero ¿cuándo os conocisteis? – Poco antes de que usted y yo empezáramos mi análisis. Nos conocimos en una fiesta. Los dos acabábamos de titularnos; ella era abogada y yo médico. Nuestro noviazgo tuvo lugar mientras hacia mi análisis con usted. Debería recordado. – Lo recuerdo. ¿Y cuál era su profesión? – Abogada. Acabo de decirlo. También debería recordarlo. – Sí, pero ¿que clase de abogada? – Bueno, cuando nos conocimos acababa de incorporarse a la Oficina de Defensores de Oficio de Manhattan como abogada de acusados por delitos de poca importancia. Se fue abriendo paso hasta el departamento de delitos graves, pero se cansó de ver que todos sus clientes iban a la cárcel o, peor aún, que no iban. Así que de ahí pasó a un bufete privado muy exclusivo y modesto. En su mayoría, litigios de derechos civiles y trabajos para la Unión Americana de Derechos Civiles. Demandar a caseros de apartamentos de los barrios pobres y presentar apelaciones para condenados equivocadamente. Era una persona bien intencionada que hacia lo que podía. Le gustaba bromear diciendo que pertenecía la pequeña minoría de licenciados de Yale que no ganaba dinero. –Ricky sonrió, oyendo mentalmente las palabras de su mujer. Era una broma que habían compartido felices muchos años. – Entiendo. En el período en que empezaste el tratamiento, el mismo en que conociste y cortejaste a tu mujer, ella se dedicaba a defender a delincuentes. Siguió adelante y trató con muchos tipos marginales enfadados a los que, sin duda enfureció aún más al emprender acciones legales en su contra. Y ahora tú pareces estar mezclado con alguien que se incluye en la categoría de delincuente, aunque mucho más sofisticado que los que tu mujer debió de conocer; pero ¿crees que no hay ningún posible vinculo? Ricky vaciló con la boca abierta antes de contestar. Se había que dado helado. – Rumplestiltskin no ha mencionado... – Sólo era una sugerencia –comentó Lewis, agitando una mano en el aire–. Algo en qué pensar. Ricky dudó mientras se esforzaba en recordar. El silencio se prolongó. Ricky empezó a imaginarse como un hombre joven, como si de golpe se hubiera abierto una fisura en un muro en su interior. Podía verse mucho más joven, rebosante de energía, en un momento en que el mundo se abría para él. Era una vida que guardaba poco parecido y relación con su existencia actual. Esa incongruencia, que tanto negaba e ignoraba, de repente lo asustó. Lewis debió de notarlo, porque dijo: – Hablemos de quién eras hace unos veinte años. Pero no del Ricky Starks ilusionado con su vida, su profesión y su matrimonio, sino del Ricky Starks lleno de dudas. Quiso contestar deprisa, descartar esta idea con un movimiento rápido de la mano, pero se detuvo en seco. Se sumergió en un recuerdo profundo y rememoró la indecisión y la ansiedad que había sentido el primer día que cruzó la puerta de la consulta del doctor Lewis en el Upper East Side, Miró al anciano sentado frente a él, que al parecer estudiaba cada gesto y movimiento que hacía, y pensó lo mucho que el hombre había envejecido. Se preguntó si a él le había pasado lo mismo. Tratar de recuperar los dolores psicológicos que lo habían llevado a un psicoanalista tantos años atrás era un poco como el dolor fantasma que sienten los amputados: la pierna ha sido cortada, pero la sensación permanece, emana de un vacío quirúrgico real e irreal a la vez. « ¿Quién era yo entonces?–, pensó Ricky. Pero contestó con cautela. – Me parece que había dos clases de dudas; dos clases de ansiedades, dos clases de temores que amenazaban con incapacitarme. La primera clase se refería a mí mismo y surgía de una madre demasiado seductora, un padre frío y exigente que murió joven, y una infancia llena de logros en lugar de cariño. Era, con mucho, el más joven de mi familia, pero en lugar de tratarme como a un bebé querido, me fijaron unos niveles imposibles de alcanzar. Por lo menos, ésa es la situación simplificada, Es el tipo que usted y yo examinamos a lo largo del tratamiento. Pero el acopio de esas neurosis hizo mella en las relaciones que tenía con mis pacientes. Durante mi tratamiento trataba pacientes en tres sitios: en la clínica para pacientes externos del hospital Columbia Presbyterian, una breve temporada atendiendo enfermos graves en Bellevue… – Sí –asintió el doctor Lewis–, Un estudio clínico. Recuerdo que no te gustaba demasiado tratar a los verdaderos enfermos mentales. – Sí. Exacto. Administrar medicaciones psicotrópicas e intentar evitar que las personas se lastimen a sí mismas o a los demás... –Ricky pensó que la afirmación de Lewis contenía alguna provocación, un anzuelo que él no había picado–. Y también en esos años, quizá de doce a dieciocho pacientes en terapia que se convirtieron en mis primeros análisis. Eran los casos que le mencioné mientras estaba en terapia con usted. – Sí, lo recuerdo. ¿No tenías un analista supervisor, alguien que observaba tus progresos con esos pacientes? – Sí. El doctor Martín Kaplan. Pero él... – Murió –lo interrumpió el viejo analista–. Le conocía. Un ataque cardíaco. Muy triste. Ricky empezó a hablar pero reparó en que Lewis hablaba con un tono extrañamente impaciente. Tomó nota de ello y prosiguió. –Tengo problemas para relacionar nombres y caras. – ¿Están bloqueados? – Sí. Debería recordarlos perfectamente, pero resulta que no consigo relacionar caras y nombres. Recuerdo una cara y un problema, pero no logro asignarle un nombre, y viceversa. – ¿Por qué crees que te pasa? – Estrés –contestó Ricky tras una pausa–. Debido a la clase de tensión a la que estoy sometido, las cosas sencillas se vuelven imposibles de recordar. La memoria se distorsiona y deteriora. El anciano asintió de nuevo. – ¿No te parece que Rumplestiltskin lo sabe? ¿No te parece que conoce bastante los síntomas del estrés? Tal vez, a su modo, tiene mucho más conocimiento que tú, el médico. ¿Y eso no te dice mucho sobre quién podría ser? – ¿Un hombre que sabe cómo reacciona la gente ante la presión y la ansiedad? – Claro. ¿Un soldado? ¿Un policía? ¿Un abogado? ¿Un empresario? – Un psicólogo. – Sí. Alguien de nuestra propia profesión. – Pero un médico nunca... – Nunca digas nunca. Ricky se reclinó, escarmentado. – He de concretar más –dijo–. Debo descartar a las personas que atendí en Bellevue, porque estaban demasiado enfermas para producir a alguien tan malvado. Eso me deja mi consulta privada y los pacientes que traté en la clínica. – Empecemos por la clínica. Ricky cerró los ojos por un momento, como si eso pudiera ayudarle a evocar el pasado. La clínica para pacientes externos del Columbia Presbyterian era un laberinto de pequeñas salas en la planta baja del enorme hospital, cerca de la entrada de urgencias. La mayoría de los pacientes provenía de Hadem o del South Bronx. Eran sobre todo personas de clase obrera, pobres y luchadoras, de varias razas, tendencias y posibilidades, que consideraban la enfermedad mental y la neurosis como algo exótico y distante. Ocupaban la tierra de nadie de la salud mental, entre la clase media y la indigencia. Sus problemas eran reales: drogadicciones, abusos sexuales, malos tratos físicos, madres abandonadas por su marido con hijos de ojos fríos y endurecidos, cuyas metas en la vida parecían reducirse a unirse a una banda callejera. Sabía que en este grupo de desesperados y necesitados había bastantes personas que se habían convertido en peligrosos delincuentes o traficantes de droga, proxenetas, ladrones y asesinos. Recordó que algunos pacientes producían una sensación de crueldad, casi como un olor perceptible. Eran los padres que contribuían diligentemente a crear la generación siguiente de psicópatas criminales de las zonas deprimidas de la ciudad, personas crueles que dirigirían su cólera contra los suyos. Si atacaban a alguien de un nivel económico distinto, era por casualidad, no por designio: el ejecutivo en un Mercedes que tiene una avería en el Cross Bronx Expressway de camino a su casa en Darien después de trabajar hasta tarde en la oficina del centro, el turista rico de Suecia que toma la línea de metro equivocada a la hora equivocada en la dirección equivocada. «Vi mucha maldad –pensó–. Pero me alejé de ella» – No lo sé –contestó Ricky por fin–. Las personas que atendí en la clínica eran todas desfavorecidas. Gente marginada. Yo diría que la persona que busco está entre los primeros pacientes que tuve en mi consulta. Rumplestiltskin ya me ha dicho que se trata de su madre. Pero yo la conocí por su apellido de soltera. Se refirió a una «señorita» – Significativo –afirmó el doctor Lewis, al parecer muy interesado–. Entiendo por qué piensas eso. Y creo que es importante limitar los ámbitos de una investigación. Así que, de todos esos pacientes, ¿cuántos eran mujeres solteras? Ricky lo pensó y recordó un puñado de rostros. – Siete –contestó. – Siete –repitió Lewis tras una pausa–. Muy bien. Ahora ha llegado el momento de hacer un acto de fe, ¿no crees? Debes tomar una decisión. – No le entiendo. El anciano esbozó una lánguida sonrisa. – Hasta este instante te has limitado a reaccionar a la horrenda situación en que estás atrapado, Ricky. Fuegos que necesitaban sofocarse y extinguirse. Tus finanzas. Tu reputación profesional. Tus pacientes. Tu carrera. Tus parientes. De todo este embrollo has logrado plantear una sola pregunta a tu torturador, y eso te ha proporcionado otra dirección: una mujer que engendró al niño que se ha convertido en el psicópata que busca tu suicidio. Pero lo que tienes que plantear te es esto: ¿te han dicho la verdad? Ricky tragó saliva con dificultad. –Tengo que suponer que si. – ¿No es una suposición peligrosa? – Claro que sí –contestó Ricky–. Pero ¿qué opción tengo? Si creyera que Rumplestiltskin me está llevando en una dirección equivocada, no tendría posibilidad alguna, ¿no? – ¿Has pensado que tal vez no debas tener ninguna posibilidad? Era una afirmación tan directa y aterradora que sintió la nuca húmeda de sudor. – En ese caso, debería suicidarme y punto. – Supongo que sí. O no hacer nada; vivir y ver qué le pasa a otro. Quizá se trate de un farol, ¿sabes? Quizá no pase nada. Quizá tu paciente, Zimmerman, se lanzó a esa vía del metro en un momento inoportuno para ti y ventajoso para Rumplestiltskin. Quizá, quizá, quizá. A lo mejor el juego consiste en que no tengas ninguna posibilidad. Sólo estoy pensando en voz alta, Ricky. – No puedo abrir la puerta a esa idea. – Una respuesta interesante para un psicoanalista –aseguré Lewis–. Una puerta que no puede abrirse. Va en contra de todo aquello en lo que creemos. – Es que no tengo tiempo, ¿sabe? – El tiempo es elástico. Quizá si. Quizá no. Ricky se movió incómodo. Tenía la cara enrojecida y se sentía como un adolescente con pensamientos y sentimientos de adulto pero considerado aún un niño. Lewis se frotó el mentón con la mano, todavía pensativo. –Creo que tu torturador es alguna clase de psicólogo –indicó, casi sin darle importancia, como si hiciera una observación sobre tiempo–. O de una profesión relacionada. – Creo que tiene razón. Pero su razonamiento... – El juego, como lo definió Rumplestiltskin, es como una sesión en el diván. Sólo que dura más de cincuenta minutos. En cualquier sesión de un psicoanálisis, debes examinar una serie mareante de verdades y ficciones. – Tengo que trabajar con lo que hay. – Ya. Pero nuestro trabajo consiste a menudo en ver lo que el paciente no dice. – Cierto. – Entonces... – Quizá sea todo mentira. Lo sabré en una semana. Justo antes de suicidarme o de poner otro anuncio en el Times. Lo uno o lo otro. 15 Siete mujeres. De las siete que acudieron a él por aquel entonces para recibir tratamiento, dos estaban casadas, tres prometidas o con relaciones estables y dos sexualmente inactivas. Su edad oscilaba entre los veinte y pocos y los treinta y pocos años. Todas eran lo que solía llamarse «mujeres profesionales», en el sentido de que eran corredoras de bolsa, secretarias ejecutivas, abogadas o empresarias. Había también una editora y una profesora universitaria. Cuando Ricky se concentró, empezó a recordar las distintas neurosis que habían llevado a cada una de ellas a su puerta. Cuando estas enfermedades empezaron a aflorar a su memoria, los tratamientos hicieron lo mismo. Despacio, volvieron a él voces, palabras pronunciadas en su consulta. Momentos concretos, avances, comprensiones que regresaron a su conciencia, propiciados por las preguntas directas del viejo médico. La noche envolvió a los dos hombres y lo anuló todo salvo la pequeña habitación y los recuerdos de Ricky Starks. No estaba seguro de cuánto rato había pasado en el proceso, pero sabía que era tarde. Se detuvo casi a mitad de un recuerdo y miró de repente al hombre sentado frente a él. Los ojos del doctor Lewis seguían brillando con una energía de otro mundo, alimentada, en opinión de Ricky, por el café, pero más bien por los recuerdos o quizá por otra cosa, alguna fuente oculta de entusiasmo. Ricky sintió sudor en la nuca. Lo atribuyó al aire húmedo que se colaba por las ventanas abiertas y que auguraba una lluvia refrescante que no llegaba. – No está ahí. ¿Verdad, Ricky? –preguntó de pronto el doctor Lewis. – Son las mujeres que traté. – Y todos los tratamientos tuvieron más o menos éxito por lo que me cuentas y por lo que recuerdo que me dijiste en nuestras sesiones, y apostaría a que todas ellas siguen llevando una vida relativamente productiva. Detalle, añadiré, que podría comprobarse investigando un poco. – Pero ¿qué...? – Y las recuerdas a todas. Con precisión y detalle, y ése es el fallo, ¿no crees? Porque la mujer que buscas en tu memoria es alguien que no sobresale. Alguien a quien has bloqueado de tu capacidad de recuerdo. Ricky empezó a tartamudear una respuesta, pero se detuvo porque la veracidad de esta afirmación le resultaba evidente. – ¿No recuerdas ningún fracaso, Ricky? Porque ahí es donde encontrarás tu relación con Rumplestiltskin. No en los éxitos. – Creo que ayudé a esas mujeres a solucionar los problemas a que se enfrentaban. No consigo recordar a ninguna que se marchara aún trastornada. – No seas orgulloso, hombre. Inténtalo otra vez. ¿Qué te dijo el señor R en su pista? Ricky se sorprendió un poco cuando el viejo analista usó la misma abreviatura que a Virgil le gustaba emplear. Intentó recordar con rapidez si había dicho «señor R» durante la tarde, y le pareció que no. Pero, de repente, ya no estuvo seguro. Pensó que podría haberlo dicho. La indecisión, la incapacidad de estar seguro, la pérdida de convicción eran como vientos encontrados en su interior. Se sintió zarandeado y mareado, a la vez que se preguntaba cómo su capacidad de recordar un simple detalle había desaparecido de modo tan vertiginoso. Se movió en el asiento, con la esperanza de que la alarma que sentía no se reflejara en su cara o su postura. – Me dijo que la mujer que buscaba estaba muerta –comentó–, y que yo le prometí algo que luego no cumplí. – Bueno, concéntrate en esa segunda parte. ¿Hubo alguna mujer a la que negaras tratamiento que se sitúe en este margen de tiempo? ¿Quizá brevemente, unas cuantas sesiones, y que después se marchara? Sigues queriendo pensar en las mujeres con las que empezaste tu consulta privada. ¿Tal vez fuera alguien en la clínica donde trabajabas? – Podría ser, pero ¿cómo podría…? – De algún modo, este otro grupo de pacientes era menos importante para ti, ¿verdad? ¿Acaso no eran tan prósperas? ¿Tenían menos talento? ¿Menos educación? Y tal vez no aparecieron con tanta nitidez en la pantalla del radar del joven doctor Starks. Ricky se abstuvo de responder, porque vio tanto la verdad como el prejuicio en lo que decía el viejo médico. – ¿No constituye una especie de promesa que un paciente cruce la puerta y empiece a hablar? La de desahogarse. Tú, como analista, ¿no estás a la vez afirmando algo? ¿Y, por lo tanto, prometiendo? Tú ofreces la esperanza de una mejora, de una readaptación, de un alivio para el tormento, como cualquier otro médico. – Por supuesto, pero... – ¿Quién vino y después dejó de hacerlo? – No lo sé... – ¿A quién atendiste durante quince sesiones, Ricky? –La voz del viejo analista era de repente exigente e insistente. – ¿Quince? ¿Por qué quince? – ¿Cuántos días te dio Rumplestiltskin para averiguar su identidad? – Quince. – Dos semanas más un día. Una cifra que se suele mencionar pero no significar. Deberías haber prestado más atención a ese número, porque ahí está la conexión. ¿Y qué quiere que hagas? – Que me suicide. – Así pues, Ricky, ¿con quién tuviste quince sesiones y después se suicidó? Ricky cambió de postura. De repente le dolía la cabeza. «Debería haberlo visto –pensó–. Es muy obvio.» –No lo sé –balbució. – No lo sabes –dijo el viejo analista, con cierto enfado–. Lo que sucede es que no quieres saberlo. Hay una gran diferencia. –Lewis se levantó–. Es tarde y estoy decepcionado. He pedido que te prepararan la habitación de huéspedes. Está en el primer piso, a la derecha. Tengo algunas cosas que resolver esta noche. Quizá por la mañana, después de que hayas reflexionado un poco más, podamos hacer verdaderos progresos. – Creo que necesito más ayuda –indicó Ricky con voz débil. – Has recibido ayuda –contestó Lewis, y señaló el hueco de la escalera. El dormitorio, pulcro y ordenado, tenía el toque impersonal de una habitación de hotel. Estaba claro que no solía usarse. A mitad del pasillo había un baño con un aspecto parecido. Ninguno de los dos espacios proporcionaba demasiada indicación sobre el doctor Lewis o su vida. No había frascos de medicamentos en el armario del baño ni revistas junto a la cama o libros en algún estante, ni fotografías familiares en las paredes. Ricky se metió en la cama tras comprobar en el reloj que ya pasaba mucho de la medianoche. Estaba agotado y necesitaba dormir, pero no se sentía seguro y la cabeza le daba vueltas, de modo que al principio el sueño le fue esquivo. El canto de los grillos y alguna que otra luciérnaga que chocaba contra la ventana armaban el doble de jaleo que la ciudad. Echado en la cama en medio de la penumbra, fue filtrando ruidos hasta que pudo distinguir la voz distante del doctor Lewis. Aguzó el oído y, pasado un momento, decidió que el viejo analista estaba enfadado por algo, que su tono, tan regular y modulado durante las horas que pasó con Ricky, tenía ahora un mayor apremio y tenor. Intentó distinguir las palabras, pero no lo consiguió. Luego oyó el sonido inconfundible de un teléfono al ser colgado de golpe. Unos segundos más tarde, oyó los pasos del viejo médico en las escaleras y una puerta que se abría y cerraba con rapidez. Luchó por mantener los ojos abiertos en la oscuridad. «Quince sesiones y después murió –pensó–. ¿Quién fue?» No supo cuándo se durmió, pero despertó cuando unos haces de luz brillante entraron por la ventana y le dieron en la cara. La mañana de verano podría haber parecido perfecta, pero Ricky arrastraba el peso del recuerdo y la decepción. Había esperado que el viejo médico le condujese directo a un nombre, pero en lugar de eso seguía tan a la deriva como antes en el mar embravecido de la memoria. Esta sensación de fracaso era como una resaca que le martilleaba las sienes. Se puso los pantalones, los zapatos y la camisa, cogió la chaqueta y, después de mojarse la cara y peinarse para procurar tener un aspecto algo presentable, bajó las escaleras. Caminaba con determinación, pensando que lo único en que se concentraría sería en el escurridizo nombre de la madre de Rumplestiltskin. Iba con la sensación de que la observación del doctor Lewis sobre relacionar días y sesiones era acertada. Aún seguía oculto el contexto de la mujer. Tal vez había descartado con demasiada rapidez y arrogancia a las modestas mujeres que había atendido en la clínica psiquiátrica para concentrarse en las que habían sido sus primeros psicoanálisis particulares. Pensó que había atendido a esa mujer en un momento en que él mismo estaba haciendo elecciones: sobre su rumbo profesional, sobre convertirse en analista, sobre enamorarse y casarse. Era una época en que miraba directamente al frente, y su fracaso se había producido en un mundo que había querido descartar. Pensó que por eso estaba tan bloqueado. Su paso escaleras abajo cobró vigor con la idea de que podría atacar estos recuerdos como un bombardero de la Segunda Guerra Mundial: bastaría con lanzar una bomba lo bastante potente al tejado de la historia reprimida para hacerla saltar por completo. Confiaba en que, con la ayuda del doctor Lewis, podría llevar a cabo ese ataque. La luz solar y el calor del campo que entraban en la casa parecían disipar todas las dudas y preguntas que hubiera podido tener sobre el viejo analista. Los aspectos inquietantes de su anterior conversación se desvanecieron con la claridad de la mañana. Asomó la cabeza en el estudio en busca de su anfitrión, pero la habitación estaba vacía. Cruzó el pasillo central de la casa hacia la cocina, donde podía oler aroma de café. El doctor Lewis tampoco estaba ahí. Ricky probó con un «hola» en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Miró la cafetera y vio que el recipiente se calentaba sobre la placa térmica y que había preparada una taza para él. Había un papel apoyado contra ella, con su nombre escrito a lápiz en la parte exterior. Se sirvió café y abrió la nota mientras sorbía la infusión amarga y caliente. Leyó: Ricky: He tenido que irme de modo inesperado y no creo que regrese a tiempo de verte. Creo que para encontrar a la persona fundamental deberías examinar el ámbito que dejaste y no el ámbito al que llegaste. También me pregunto si al ganar el juego no perderás o, al revés, si al perder puedes ganar. Evalúa bien tus alternativas. Te ruego que no vuelvas a ponerte en contacto conmigo por ninguna razón ni propósito. Doctor Lewis Retrocedió de golpe, como si le hubiesen abofeteado. El café pareció escaldarle la lengua y la garganta. Se sonrojó, lleno de confusión y rabia. Releyó las palabras tres veces, pero en cada ocasión se .volvían más confusas y menos claras, cuando debería verlas más nítidas. Dobló la hoja de papel y se la metió en el bolsillo. Se acercó al fregadero y vio que el montón de platos de la noche anterior estaban lavados y ordenados sobre la encimera. Vertió el café en la pila de porcelana blanca, abrió el grifo y observó cómo el líquido marrón se arremolinaba desagüe abajo. Aclaró la taza y la dejó a un lado. Se agarro un momento al borde del mármol para intentar tranquilizarse. Entonces .oyó un coche que subía por el camino de entrada de grava. Lo primero que se le ocurrió fue que se trataba de Lewis, que volvía con una explicación, así que casi corrió hasta la puerta. Pero lo que vio, en cambio, lo sorprendió. Era el mismo taxista que lo había recogido el día anterior en la estación de Rhinebeck. El hombre le saludó con la mano y bajó la ventanilla a la vez que el coche se detenía. – Hola, doctor. ¿Cómo está? Será mejor que se dé prisa si no quiere perder el tren. Ricky vaciló. Se volvió hacia la casa porque le pareció que tendría que hacer algo, dejar una nota o hablar con alguien –pero, por lo que sabía, estaba vacía–. Una mirada al establo reacondicionado le indicó que el coche de Lewis tampoco estaba. – Venga, doc. No tenemos mucho tiempo y el próximo tren no sale hasta última hora de la tarde. Se pasará el día en la estación si pierde éste. Suba, tenemos que ponemos en marcha. – ¿Cómo ha sabido que tenía que recogerme? –preguntó Ricky–. Yo no lo llamé. – Pues alguien lo hizo. Seguramente el hombre que vive aquí. Recibí un mensaje en el busca personas diciendo que viniera aquí a recoger al doctor Starks enseguida, y que me asegurara de que llegara al tren de las nueve y cuarto. Así que quemé neumáticos y aquí estoy, pero si no sube no va a tomar ese tren, y le aseguro que aquí no hay demasiado que hacer para distraerse todo un día. Poco después, Ricky se sentaba en el asiento trasero. Sintió algo de culpa por dejar la casa abierta, pero la desechó con un interior «a la mierda». – Muy bien –dijo–. Vámonos. El taxista aceleró con brusquedad, levantando grava y polvo. En unos minutos, llegaron al cruce en que la carretera de acceso al puente de Kingston–Rhinecliff sobre el Hudson se encuentra con River Road. Un policía de tráfico de Nueva York ocupaba el centro de la calzada y bloqueaba el paso por la serpenteante carretera nacional. El policía, un hombre joven con un sombrero de ala ancha, una guerrera gris y una típica expresión dura de estar de vuelta de todo que contradecía su juventud, indicó al taxi que se parara a la izquierda. El conductor bajó la ventanilla y le gritó desde el otro lado de la carretera. – Oiga, ¿no puedo pasar? Tengo que llegar antes de que salga el tren. – Imposible –dijo el policía sacudiendo la cabeza–. La carretera está bloqueada a un kilómetro de aquí hasta que la ambulancia y la grúa terminen con su trabajo. Tendrán que dar un rodeo. Si se dan prisa, llegarán a tiempo. – ¿Qué ha pasado? –preguntó Ricky. El taxista se encogió de hombros. – ¡Oiga! –gritó el hombre al policía–. ¿Qué ha pasado? – Un hombre mayor que iba con prisas se salió de la carretera en una curva –explicó el policía–. Se estrelló contra un árbol. Puede que tuviera un ataque cardíaco y perdiera el conocimiento. – ¿Ha muerto? –quiso saber el taxista. El policía se encogió de hombros. – Los de la ambulancia están ahí ahora. Han pedido unas tijeras hidráulicas. – ¿Qué coche era? –preguntó Ricky, que se incorporó de golpe y, asomado a la ventanilla del conductor, repitió gritando–: ¿Qué clase de coche era? – Un viejo Volvo azul–dijo el policía mientras indicaba al taxi que siguiera la marcha. El taxista aceleró. – Mierda –dijo–. Tenemos que dar la vuelta. Vamos a llegar justos. – ¡He de verlo! –exclamó Ricky, presa del nerviosismo–. El coche... – Si nos paramos no llegaremos al tiempo. – Pero ese coche, el doctor Lewis... – ¿Cree que es su amigo? –preguntó el taxista, y siguió alejándose del lugar del accidente, de modo que Ricky no alcanzó a verlo. –Tenía un viejo Volvo azul. – Joder, aquí haya montones. – Pare, por favor... – La policía no le dejará acercarse. y aunque pudiera, ¿qué haría? Ricky no tenía respuesta a eso. Se dejó caer de nuevo en el asiento, como si le hubieran abofeteado. El taxista aceleró bruscamente. – Llame a la policía de tráfico de Rhinebeck. Ahí le darán detalles. O llame a urgencias del hospital y ellos le informarán. A no ser que quiera ir ahora, pero no se lo aconsejo. Estaría sentado esperando a los médicos de urgencias y tal vez al forense y al policía que lleve la investigación, y seguiría sin saber mucho más que ahora. ¿No tiene que ir a algún lugar importante? – Sí –afirmó Ricky, aunque no estaba seguro de ello. – ¿Era un buen amigo suyo? –No –contestó Ricky–. No era ningún amigo. Sólo alguien a quien conocía. A quien creía conocer. –Pues ya ve –dijo el taxista–. Creo que llegaremos a tiempo a la estación. –Volvió a acelerar para pasar un semáforo en ámbar justo cuando se ponía rojo. Ricky se recostó en el asiento, tras echar un solo vistazo por encima del hombro a través de la ventanilla trasera, donde el accidente y quien lo hubiera tenido permanecían fuera de su vista.Intentó ver luces parpadeantes y oír sirenas, pero no lo consiguió. Arribaron a la estación en el último minuto. Las prisas en llegar parecían haber obstaculizado cualquier oportunidad de analizar su visita al doctor Lewis. Corrió frenético por el andén casi vacío, sus zapatos resonando con fuerza, mientras el tren se detenía con el ruido agresivo de sus frenos hidráulicos. Como en el viaje de ida, sólo había unas pocas personas esperando para viajar a Nueva York entre semana y a media mañana. Un par de hombres de negocios que hablaban por sus móviles, tres mujeres que al parecer iban de compras y algunos adolescentes con ropa informal. El calor creciente del verano parecía exigir un ritmo lento que no era habitual en Ricky. Le pareció que la urgencia del día estaba fuera de lugar y que no volvería a la normalidad hasta que hubiese regresado a la ciudad. El vagón estaba casi vacío, sólo había unas pocas personas repartidas por las hileras de asientos. Se dirigió a la parte posterior, se sentó en un rincón y apoyó la mejilla contra la ventanilla para contemplar el paisaje, sentado de nuevo en el lado donde podía ver el río Hudson. Se sentía como una boya soltada de su amarre: antes, un indicador sólido y fundamental de bajíos y corrientes peligrosas; ahora, a la deriva y vulnerable. No sabía muy bien qué pensar de la visita al doctor Lewis. Tal vez había avanzado algo, pero no estaba seguro. No se sentía más próximo a lograr encontrar su relación con el hombre que le amenazaba que antes de haber viajado río arriba. Después, pensándolo mejor, se dio cuenta de que eso no era cierto. El problema era que tenía alguna clase de bloqueo entre él y el recuerdo adecuado. La paciente correcta, la relación correcta parecía estar fuera de su alcance, por mucho que alargara la mano hacia ella. Había algo de lo que estaba seguro: todo lo que había logrado en la vida era irrelevante. El error que había cometido, origen de la cólera de Rumplestiltskin, se situaba en sus inicios en el mundo de la psiquiatría y el psicoanálisis. Se situaba justo en el momento en que había abandonado el difícil y frustrante trabajo de tratar a los necesitados y se había dirigido hacia los más inteligentes y adinerados: los ricos neuróticos, como un colega suyo solía llamar a sus pacientes. Los hipocondríacos. Admitirlo le enfureció. Los hombres jóvenes cometen errores, eso es inevitable en cualquier profesión. Ahora ya no era joven y no cometería el mismo error, fuera cual fuese. La idea de que le siguieran considerando responsable de algo que había hecho hacía más de veinte años y de una decisión similar a las que tomaban decenas de otros médicos en las mismas circunstancias le sacaba de quicio. Lo encontraba injusto y nada razonable. Si no hubiera estado tan afectado por todo lo ocurrido, podría haber visto que en esencia su profesión se basaba más o menos en el concepto de que el tiempo sólo agrava las heridas de la psique. Reconduce estas heridas, pero nunca las cura. Al otro lado de la ventanilla, el río fluía. No sabía cuál debería ser su siguiente paso, pero había algo de lo que estaba seguro: quería regresar a su casa, quería estar en un lugar seguro, aunque sólo fuera un rato. Siguió mirando por la ventanilla todo el viaje, casi en trance. En las distintas paradas, apenas alzó los ojos o se movió en su asiento. La última parada antes de la ciudad era Croton–on–Hudson, a unos cincuenta minutos de la estación Pennsylvania. El vagón seguía vacío en un noventa por ciento, con muchos asientos libres, así que a Ricky le sorprendió que otro pasajero se sentara a su lado, dejándose caer en el asiento con un ruido sordo. Se volvió de golpe, asombrado. – Hola, doctor –le saludó el abogado Merlín–. ¿Está libre este asiento? 16 Merlín parecía agitado y tenía la cara un poco sonrojada, como alguien que ha tenido que correr los últimos cincuenta metros para alcanzar el tren. El sudor le perlaba ligeramente la frente y se secó la cara con un pañuelo de hilo blanco. – Casi pierdo el tren –explicó innecesariamente–. Tengo que hacer más ejercicio. Ricky inspiró hondo antes de preguntar: – ¿Por qué está aquí? –Aunque pensó que era una pregunta bastante estúpida, dadas las circunstancias. El abogado terminó de secarse la cara y se extendió el pañuelo en el regazo, alisándolo antes de doblarlo y volvérselo a guardar en el bolsillo. Luego dejó un maletín de piel y una pequeña bolsa de viaje impermeable junto a sus pies. – Para animarlo, doctor Starks –contestó tras aclararse la garganta–. Para animarlo. La sorpresa inicial de Ricky había desaparecido. Cambió de postura para procurar ver mejor al hombre que tenía sentado a su lado. –Me mintió. Fui a su nueva dirección. – ¿Fue a las nuevas oficinas? –El abogado pareció algo aturdido. – En cuanto acabamos de hablar. No habían oído hablar de usted, nadie del edificio. Y no habían alquilado ninguna oficina a nadie llamado Merlín. ¿Quién es usted, señor Merlín? – Soy quien soy –afirmé–. Esto es insólito. – Sí –coincidió Ricky–. Insólito. – Y un poco desconcertante. ¿Por qué fue a mis nuevas oficinas después de hablar conmigo? ¿Cuál era el propósito de su visita, doctor Starks? –El tren ganó algo de velocidad y dio una sacudida que hizo que los hombros de ambos entrechocaran con una intimidad incómoda. – Porque no creí que fuera quien dijo ser, ni tampoco nada más de lo que me contó. Una sospecha que poco después confirmé, porque cuando llegué al lugar que indicaba su tarjeta de visita... – ¿Le di una tarjeta? –Merlín meneó la cabeza y esbozó una sonrisa. – Sí –aseguró Ricky, irritado–. Lo hizo. Estoy seguro de que lo recordará. – ¿El día del traslado? Eso lo explica todo. Fue un día difícil. Turbador. ¿Acaso no dicen que la muerte, un divorcio y una mudanza son las tres cosas más estresantes que existen? Afectan el corazón, y apuesto que también la mente. – Eso me han dicho. – Bueno, el primer lote de tarjetas de visita que ordené a la imprenta llegó con una dirección equivocada. Las nuevas oficinas están sólo a una manzana. El encargado de la tienda lo anotó mal y no nos dimos cuenta enseguida. Debí de haber entregado una docena antes de ver el error. Son cosas que pasan. Según tengo entendido, a ese pobre hombre lo despidieron porque la imprenta tuvo que comerse todo el pedido y hacer tarjetas nuevas. –Merlín se metió la mano en el interior de la chaqueta y sacó un tarjetero de piel–. Tenga. Ésta está bien. Ricky la observó e hizo un gesto de rehusarla. – No le creo –soltó–. No voy a creer nada de lo que me diga. Ni ahora ni nunca. También merodeó por mi casa con el mensaje en el Times un par de días después. Sé que era usted. – ¿Por su casa? Qué extraño. ¿Cuándo fue eso? – A las cinco de la mañana. – Vaya. ¿Cómo puede estar tan seguro de que era yo? – El repartidor describió sus zapatos a la perfección. Y el resto de su persona de forma aceptable. Merlín sacudió de nuevo la cabeza. Sonrió del modo felino que Ricky recordaba de su primer encuentro. El abogado confiaba en su habilidad de seguir mostrándose escurridizo para que no pudiera comprometerlo. Una aptitud importante para cualquier abogado. – Bueno, supongo que me gusta pensar que mi ropa y mi aspecto son exclusivos, doctor Starks, pero imagino que la realidad es menos exigente. Mis zapatos, por bonitos que sean, pueden comprarse en muchas zapaterías y no son demasiado inusuales en el centro de Manhattan. Mis trajes son de confección, los típicos azul oscuro de raya diplomática que se llevan en la ciudad. Bonitos, pero que puede comprar cualquiera que tenga quinientos dólares en el bolsillo. Quizás en un futuro próximo me incorpore al grupo que viste ropa hecha a medida. Tengo aspiraciones en ese sentido. Pero de momento sigo estando en la franja del cuarto piso, moda de caballero, de la plebe. ¿Le describió ese repartidor mi cara? ¿Y mi calva incipiente? ¿No? Por su expresión adivino la respuesta. Así pues, yo dudaría que cualquier identificación que usted crea que hizo alguien resistiera un intenso examen profesional. Sin duda, una identificación que le ha convencido de un modo tan absoluto. Creo que esto es más bien consecuencia de su profesión, doctor. Valora demasiado lo que la gente le dice. Considera las palabras dichas como un medio de llegar a la verdad. Yo las considero un medio para ocultarla. El abogado lo miró sonriendo y añadió: – Parece estar bajo presión, doctor. – Seguro que lo sabe bien, señor Merlín. Porque usted o su jefe son quienes han creado esta situación. – Me ha contratado una mujer joven de quien usted abusó, como ya le dije antes, doctor. Eso es lo que me ha puesto en contacto con usted. – Por supuesto. Pues bien, señor Merlín –soltó Ricky a medida que su rabia crecía–, vaya a sentarse a otra parte. Este sitio está ocupado. Por mí. No quiero seguir hablando con usted. No me gusta que me mientan tan descaradamente, y no pienso escucharlo más. Hay muchos asientos en este tren... –Ricky señaló el vagón casi vacio–. Siéntese por ahí y déjeme solo. O por lo menos deje de mentirme. Merlín no se movió. – Eso no sería sensato –aseguró. – Puede que esté cansado de comportarme de modo sensato –contestó Ricky–. Tal vez debería actuar sin reflexionar. Déjeme solo. –Pero no esperaba que el abogado lo hiciera. – ¿Es así cómo se ha comportado? ¿De modo sensato? ¿Se ha puesto en contacto con un abogado como le aconsejé? ¿Ha tomado medidas para protegerse y proteger también sus posesiones de un juicio y del bochorno? ¿Ha sido racional e inteligente en sus acciones? – He tomado medidas –contestó Ricky. No estaba seguro de que eso fuera exacto. Era evidente que el abogado no le creía. – Bueno, me alegra oír eso –sonrió–. Tal vez podríamos llegar a un acuerdo entonces. Usted, su abogado y yo. – Ya sabe cuál es el acuerdo que yo quiero, señor Merlín, o como quiera que se llame. Así que, por favor, ¿podría dejar la farsa que se obstina en representar y decirme el motivo de que esté en este tren y sentado a mi lado? – Ah, doctor Starks, detecto cierta desesperación en su voz. – Bueno, ¿cuánto tiempo cree que me queda, señor Merlín? – ¿Tiempo, doctor Starks? ¿Tiempo? Todo el que necesite, hombre... – Hágame un favor, señor Merlín: váyase o deje de mentir. Sabe muy bien de qué hablo. Merlín lo miró con atención, con la misma sonrisita de gato de Cheshire en los labios. Pero, a pesar de ese aire de autosuficiencia, había abandonado parte de su afectación. – Bueno, doctor. Tictac, tictac. La respuesta a su última pregunta es: diría que le queda menos de una semana. – Por fin una afirmación veraz. –Ricky inspiró con fuerza–.Y ahora dígame quién es usted. – Eso no importa. Un jugador más. Alguien contratado para hacer un trabajo. Y no soy la clase de persona que usted cree, ni mucho menos. – Entonces, ¿por qué está aquí? – Ya se lo dije: para animarlo. – Muy bien –dijo Ricky con firmeza–. Anímeme. Merlín pareció pensar por un instante y, acto seguido, contestó: – Creo que la frase inicial de Cuidados del bebé y del niño, del doctor Spock, sería adecuada en este momento. – No he tenido ocasión de leer ese libro –comentó Ricky con amargura. – La frase es: «Sabe más de lo que piensa.» Ricky reflexionó un momento antes de contestar con sarcasmo: – Espléndido. Genial. Intentaré recordarlo. – Valdría la pena que lo hiciera. Ricky no respondió. – ¿Por qué no me da su mensaje? –dijo en cambio–. Después de todo, es eso, ¿no? Un mensajero. Así que, adelante. ¿Qué quiere decirme? – Urgencia, doctor. Ritmo. Velocidad. – ¿Cómo? – Acelere –soltó Merlín, sonriente, con un acento desconocido–. Tiene que hacer su segunda pregunta en el periódico de mañana. Tiene que avanzar, doctor. Si no desperdiciando el tiempo, por lo menos está dejándolo escapar. – Todavía no he elaborado la segunda pregunta. El abogado hizo una ligera mueca, como si estuviera incómodo en el asiento o notara los primeros indicios de un dolor de muelas. – Eso se temían en ciertos círculos –indicó–. De ahí la decisión de darle un empujoncito. Merlín levantó el maletín de piel que tenía entre los pies y se lo puso en el regazo. Cuando lo abrió, Ricky vio que contenía un ordenador portátil, varias carpetas y un teléfono móvil. También había una pistola semiautomática azul acero en una funda de piel. El abogado apartó el arma y sonrió al ver que Ricky la observaba. Cogió el teléfono y lo abrió, haciendo brillar ese exclusivo verde electrónico tan habitual en el mundo moderno. Se volvió hacia Ricky. – ¿No le queda ninguna pregunta por hacer sobre esta mañana? Ricky siguió mirando la pistola antes de responder: – ¿A qué se refiere? – ¿Qué vio esta mañana, de camino a la estación? Ricky vaciló. No sabía que Merlín, Virgil o Rumplestiltskin supieran lo de su visita al doctor Lewis, pero entonces, de repente, comprendió que debían de saberlo si habían enviado a Merlín a reunirse con él en el tren. – ¿Qué vio? –insistió Merlín. – Un accidente –contestó con voz dura. El abogado asintió. – ¿Tiene la certeza de eso, doctor? – Sí. – La certeza es una presunción maravillosa –comentó Merlín–. La ventaja de ser abogado en lugar de, pongamos por caso, psicoanalista es que los abogados trabajan en un mundo desprovisto de certeza. Vivimos en el mundo de la persuasión. Pero ahora que lo pienso, quizá no sea demasiado distinto para usted, doctor. Después de todo, ¿no lo persuaden de cosas? – Vaya al grano. – Apuesto a que nunca usó esta frase con un paciente –sonrió el abogado de nuevo. – Usted no es paciente mío. – Cierto. Así que cree que vio un accidente. ¿De quién? Ricky no estaba seguro de cuánto sabía Merlín sobre el doctor Lewis. Era posible que lo supiera todo. O que no supiera nada. Guardó silencio. El abogado contestó por fin a su propia pregunta. – De alguien que conocía y en quien confiaba, y a quien fue a visitar con la esperanza de que pudiera ayudarle en su situación actual. Tenga... –Pulsó una serie de números del móvil y se lo pasó a Ricky–. Haga su pregunta. Pulse OK para conectar la llamada. Ricky vaciló antes de hacerlo. El timbre sonó una vez y una voz contestó: – Policía de tráfico de Rhinebeck. Agente Johnson. ¿En que puedo servirle? Ricky dudó lo suficiente para que el policía repitiera: – Policía de tráfico, ¿diga? – Buenos días –dijo entonces–, soy el doctor Frederick Starks. Esta mañana me dirigía hacia la estación de trenes y, al parecer, en River Road había un accidente. Me preocupa que pudiera tratarse de un conocido mío. ¿Podría informarme? La respuesta del policía fue curiosa, pero enérgica: – ¿En River Road? ¿Esta mañana? – Sí –afirmó Ricky–. Había un agente de policía que dirigía el tráfico hacia un desvío... – ¿Dice que fue hoy? – Sí. Hará menos de dos horas. – Lo siento, doctor, pero no tengo noticia de que haya habido ningún accidente esta mañana. – Pero vi... Se trataba de un Volvo azul. –Ricky se reclinó con fuerza–. El nombre de la víctima era doctor William Lewis. Vive en River Road. – Hoy no. De hecho no hemos tenido ningún aviso de accidente desde hace semanas, lo que no es nada habitual en verano. Y he estado le servicio en centralita desde las seis de la mañana, de modo que, si hubiera habido cualquier llamada a la policía o petición de ambulancia, la habría recibido yo. ¿Está seguro de lo que vio? – Debo de haberme confundido –dijo Ricky tras inspirar hondo–. Gracias. – De nada –contestó el hombre, y colgó. – Pero yo vi... –empezó Ricky. La cabeza le daba vueltas. – ¿Qué vio? –Merlín meneó la cabeza–. ¿Lo vio realmente? Piense doctor Starks. Píenselo bien. – Vi un policía de tráfico. – ¿Vio el coche patrulla? – No. Estaba dirigiendo el tráfico y dijo... – «Dijo…» qué gran palabra. Así que «dijo» algo y usted pensó que era cierto. Vio a un hombre con aspecto de policía de tráfico y supuso que lo era. ¿Lo vio desviar a otro vehículo mientras estuvo en ese cruce? Ricky se vio obligado a sacudir la cabeza. –No. – Así que, en realidad, podría haber sido cualquiera con un sombrero de ala ancha. ¿Examinó con atención su uniforme? Ricky visualizó al joven, y lo que recordó fueron unos ojos que asomaban bajo el sombrero de ala ancha. Intentó recordar otros detalles, pero no lo logró. – Parecía un policía de tráfico –aseguró. – Las apariencias no significan demasiado. Ni en su profesión ni en la mía, doctor. ¿Sigue estando seguro de que hubo un accidente? ¿Vio alguna ambulancia? ¿Un coche de bomberos? ¿Otros policías o miembros del equipo sanitario? ¿Oyó sirenas? ¿Quizás el chop-chop–chop delator de un helicóptero de salvamento? – No. – ¿De modo que aceptó la palabra de un hombre de que había habido un accidente que posiblemente afectaba a alguien con quien usted había estado el día antes, pero no le pareció necesario comprobar nada más? ¿Salió corriendo para tomar un tren porque creía que tenía que regresar a la ciudad? Pero ¿cuál era la urgencia real? Ricky no respondió. – Y, por lo visto, al parecer no hubo ningún accidente en esa carretera. – No lo sé. Puede que no. No puedo estar seguro. – No, no puede estarlo –admitió Merlín–. Pero podemos estar seguros de algo: pensó que lo que tuviera que hacer era más importante que averiguar si alguien necesitaba ayuda. Quizá debería recordar esta observación, doctor. Ricky intentó moverse en el asiento para mirar a Merlín a los ojos. Era difícil. Merlín siguió sonriendo, con el irritante aspecto de quien controla la situación por completo. – ¿Quizá debería intentar llamar a la persona a la que visitó? – Señaló con la mano el móvil–. Para asegurarse de que está bien. Ricky marcó deprisa el número del doctor Lewis. Sonó varias veces, pero nadie contestó. La sorpresa asomó a su rostro, lo que Merlín detectó. Antes de que Ricky pudiera decir nada, el abogado hablaba de nuevo. – ¿Por qué está tan seguro de que esa casa era realmente el lugar de residencia del doctor Lewis? –preguntó Merlín con formalidad profesional–. ¿Qué vio que relacionara al doctor directamente con ese sitio? ¿Había fotos familiares en las paredes? ¿Vio algún signo de otras personas? ¿Qué documentos, adornos, lo que podríamos llamar mobiliario de la vida, probaba que usted estaba en la casa del doctor? Aparte de su presencia, claro. Ricky se concentró, pero no recordó nada. El estudio donde habían estado sentados la mayoría de la noche era un estudio típico. Libros en las paredes. Sillas. Lámparas. Alfombras. Algunos papeles sobre la mesa, pero ninguno que hubiera examinado. Nada que fuera exclusivo y destacara en su recuerdo. La cocina era simplemente una cocina. Los pasillos conectaban las habitaciones. La habitación de huéspedes donde había dormido era impersonal. Siguió sin decir nada, pero sabía que su silencio era tan bueno para el abogado como una respuesta. Merlín inspiró hondo con las cejas arqueadas a la espera de una respuesta. Después las bajó, relajado, y pasaron a formar parte de la sonrisa de complicidad que esbozó. Ricky recordó una ocasión en su época de universidad, sentado ante una mesa de póquer mirando a otro estudiante y sabiendo que, tuviera las cartas que tuviese, no bastarían para vencer a su adversario. – Permita que resuma la situación, doctor –dijo Merlín–. Siempre va bien dedicar un momento a evaluar, sacar una conclusión y, después, proceder. Éste podría ser uno de esos momentos. Lo único de lo que puede estar seguro es de que pasó unas horas en presencia de un médico al que conocía de tiempo atrás. No sabe si estuvo en su casa o no, o si tuvo un accidente o no. No sabe con certeza si su antiguo analista está vivo o no, ¿verdad? Ricky fue a contestar, pero se contuvo. Merlín prosiguió, y bajó la voz con tono de complicidad. – ¿Cuál fue la primera mentira? ¿Cuál fue la mentira fundamental? ¿Qué vio? Todas estas preguntas... –Agitó un dedo y meneó la cabeza, como se haría para corregir a un niño díscolo––. Ricky, Ricky, Ricky. Le preguntaré una cosa: ¿hubo un accidente de coche esta mañana? – No. – ¿Está seguro? – Acabo de hablar con la policía de tráfico. El agente dijo... – ¿Cómo sabe que habló con la policía de trafico? Ricky vaciló. Merlín sonrió. – Marqué el número y le pasé el teléfono. Usted pulsó OK, ¿no? por lo tanto, podría haber marcado cualquier número, de modo que hubiera alguien .esperando la llamada. Puede que ésa sea la mentira, Ricky. Puede que ahora mismo su amigo, el doctor Lewis, esté en el depósito del condado de Dutchess esperando a que algún familiar vaya a identificarlo. – Pero... – No está captando la idea, Ricky. – De acuerdo –soltó con brusquedad–. ¿Cuál es la idea? Los ojos del abogado se entrecerraron un poco, como si la respuesta brusca de Ricky le hubiera irritado. Indicó la bolsa de viaje impermeable que tenía a los pies. – Puede que no hubiera ningún accidente pero que, en cambio, en esta bolsa tenga su cabeza cortada. ¿Es eso posible? Ricky dio un respingo, sorprendido. – ¿Es posible, Ricky? –insistió el abogado, con voz sibilante. Los ojos de Ricky se dirigieron a la bolsa. Tenía una forma corriente, sin ningún indicio externo acerca de su contenido. Era bastante grande como para que cupiera la cabeza de una persona, e impermeable, de modo que no habría manchas ni filtraciones. Mientras tenía en cuenta todos estos detalles, notó que se le secaba la garganta y no sabía qué le aterraba más: la idea de que a sus pies hubiera la cabeza de un hombre que conocía o la duda de si era así. – Es posible –susurró a la vez que alzaba los ojos hacia Merlín. – Es importante que entienda que todo es posible: simular un accidente automovilístico, presentar una denuncia por acoso sexual ante el organismo rector de su profesión, invadir sus cuentas bancarias, matar a sus familiares, sus amigos o incluso sus conocidos. Tiene que actuar, Ricky. ¡Actúe! – ¿Hay algún límite? –preguntó Ricky con un ligero temblor en la voz. – Ninguno. –Merlín sacudió la cabeza–. Eso es lo que hace que todo sea tan fascinante para nosotros, los participantes. En las reglas de juego que estableció mi jefe todo puede formar parte de la actividad. Lo mismo es válido para su profesión, imagino. ¿No es así, doctor Starks? – Supongo –repuso Ricky en voz ronca, mientras se movía inquieto en su asiento–. Tendría que largarme ahora mismo. Dejarlo aquí sentado con lo que contenga esa bolsa. Merlín sonrió de nuevo. Se agachó y dobló un poco la parte superior de la bolsa para dejar al descubierto las letras F.A.S. grabadas en ella. Ricky observó las iniciales. – ¿Cree que no hay nada en esta bolsa con una cabeza que le relacione a usted, Ricky? ¿No cree que la bolsa fue comprada con una de sus tarjetas de crédito antes de que fueran canceladas? ¿Y no cree que el taxista que le recogió esta mañana y le llevó a la estación recordará que lo único que llevaba era una bolsa de viaje azul de tamaño mediano? ¿Y que lo dirá a cualquier policía que se moleste en preguntárselo? Ricky intentó humedecerse los labios para encontrar algo de humedad en este mundo. – Por supuesto –prosiguió Merlín–, yo podría llevarme la bolsa. Y usted podría actuar como si no la hubiera visto nunca. – ¿Cómo...? – Haga su segunda pregunta, Ricky. Llame ahora al Times. – No creo que... – Ahora, Ricky. Estamos llegando a la estación Pennsylvania y, cuando estemos en un túnel subterráneo, el teléfono no tendrá cobertura y esta conversación terminará. Decídase de una vez. – Para subrayar sus palabras, empezó a marcar un número en el móvil–. Tenga –dijo–. He marcado el departamento de clasificados del Times. Haga la pregunta, Ricky. Ricky tomó el teléfono y pulsó el OK. Oyó la misma voz de mujer que había atendido su llamada la semana anterior. – Soy el doctor Starks –dijo despacio–. Me gustaría poner otro anuncio clasificado en la portada– Mientras hablaba buscaba desesperadamente las palabras. – Por supuesto, doctor. ¿Cómo va la gincana? –quiso saber la mujer. – Voy perdiendo –contestó Ricky; y añadió–: El anuncio tendría que decir lo siguiente... –Se detuvo, inspiró profundamente y dijo: Hace veinte años, como profesional, traté a gente pobre en un hospital. Me marché para mejorar de posición. ¿Fue eso lo que motivó esta situación? ¿Que, al irme, en el olvido la dejara provocó que esa mujer se suicidara? La mujer repitió las palabras de Ricky... –Es una pista muy extraña para una gincana –concluyó. – Es un juego extraño –respondió Ricky. Le dio de nuevo la dirección para que mandara la factura y colgó. – Muy bien, muy bien –dijo Merlín asintiendo con la cabeza–. Muy inteligente, teniendo en cuenta el estrés al que está sometido. Es usted muy hábil, doctor Starks. Quizá mucho más de lo que se imagina. – ¿Por qué no llama a su jefe y le informa? –replicó Ricky. Pero Merlín sacudió la cabeza. – ¿No le parece que nosotros estamos tan aislados de él como usted? ¿No le parece que un hombre con sus capacidades habrá interpuesto suficientes barreras entre él y la gente que ejecuta sus órdenes? Ricky pensó que probablemente fuera cierto. El tren reducía la velocidad y se metió de repente en un túnel dejando atrás la luz del mediodía mientras avanzaba hacia la estación. Las luces del vagón se encendieron y confirieron a todo y a todos un aspecto pálido, amarillento. Al otro lado de la ventanilla, se veía pasar la forma oscura de vías, trenes y columnas de hormigón. A Ricky le pareció una sensación parecida a la de ser enterrado. Merlín se levantó cuando el tren se detuvo. – ¿Lee alguna vez el New York Daily News, Ricky? No, supongo que no le va la prensa sensacionalista. El mundo de la refinada clase alta del Times es más su estilo. Mis orígenes son mucho más humildes. Me gustan el Post y el Daily News. A veces cuentan historias que el Times no publicaría. Ya sabe, el Times cubre cosas sobre el Kurdistán y el News y el Post sobre el Bronx. Pero me parece que hoy a su mundo le iría bien leer esos periódicos en lugar del Times. ¿He hablado suficientemente claro, Ricky? Lea el Post y el News hoy porque incluyen una noticia que puede importarle. Yo diría que le resultará fundamental. Merlín hizo un ligero movimiento con la mano. – Ha sido un viaje muy interesante, ¿no le parece, doctor? –prosiguió–. Los kilómetros han pasado volando. –Señaló la bolsa de viaje–. Es para usted, doctor. Un regalo. Para animarlo, como dije. Acto seguido, Merlín se alejó, dejando a Ricky solo en el vagón. – ¡Espere! –gritó Ricky–. ¡Alto! Merlín siguió andando. Unas cuantas cabezas se volvieron hacia Ricky. Otro grito iba a salir de sus labios, pero lo contuvo. No quería que se fijaran en él. No quería llamar la atención de nadie. Quería sumergirse en la penumbra de la estación y unirse al anonimato general. La bolsa de viaje con sus iniciales le bloqueaba la salida al pasillo, como un iceberg inmenso en su camino. No podía dejar la bolsa, y tampoco llevársela. El ánimo y las manos de Ricky temblaban. Se inclinó y la levantó del suelo. Algo cambió de posición en su interior y Ricky sintió náuseas. Levantó los ojos en busca de algo en el mundo a lo que aferrarse, algo normal, rutinario, corriente, que le recordara alguna clase de realidad y lo anclara a ella. No lo encontró. Así que sujetó la cremallera de la bolsa, vaciló, inspiró hondo y la abrió despacio. Contempló el interior. La bolsa contenía un melón. Del tamaño de una cabeza y redondo. Ricky soltó una risotada. El alivio lo invadió en un estallido de carcajadas y risitas. El sudor y el nerviosismo se disiparon. El mundo que había girado fuera de control a su alrededor se detuvo y pareció volver a ordenarse. Cerró la cremallera y se puso de pie. El vagón estaba vacío, lo mismo que el andén, salvo por un par de mozos y dos revisores de chaqueta azul. Ricky se echó la bolsa al hombro y recorrió el andén. Empezó a planear su siguiente paso. Estaba seguro de que Rumplestiltskin iba a ofrecerle datos sobre el tratamiento de su madre. Se permitió la ferviente esperanza de que la clínica hubiera conservado los historiales de los pacientes de hacía dos décadas. El nombre que su memoria había encontrado tan escurridizo podría figurar en una lista en el hospital. Siguió adelante y sus zapatos resonaron en el andén en penumbras. El vestíbulo central de la estación Pennsylvania estaba más adelante y avanzó a un ritmo constante y rápido hacia el brillo de las luces. Mientras caminaba con determinación militar hacia el iluminado vestíbulo, divisó a uno de los mozos, sentado en una carretilla y enfrascado en la lectura del Daily News mientras esperaba la llegada del siguiente tren. En ese mismo instante, el hombre abrió el periódico de modo que Ricky pudo ver el gran titular de portada, impreso en esas mayúsculas inconfundibles que buscan llamar la atención: Una Agente De Policía En Coma Tras Un Atropello Con Fuga. Y debajo el subtítulo: Se Sospecha Del Violento Marido. 17 Ricky se sentó en un banco de madera en medio de la estación con un ejemplar del News y otro del Post en el regazo, ajeno al flujo de gente que lo rodeaba, encorvado como un árbol solitario que se inclina bajo la fuerza de un vendaval. Cada palabra que leía parecía acelerarse, deslizándose por su imaginación como un coche fuera de control, con los frenos bloqueados y un chirrido de impotencia, incapaz de detenerse en su trayectoria hacia un choque inevitable. Las dos historias contenían los mismos detalles: Joanne Riggins, una detective de treinta y cuatro años de la policía de Nueva York, había sido víctima de un atropello con fuga la noche anterior a menos de media manzana de su casa cuando cruzaba la calle. La mujer estaba en coma, conectada a sistemas de mantenimiento de vida, en el Brooklyn Medical Center después de una operación de urgencia. Pronóstico reservado. Los testigos contaron a ambos periódicos que habían visto huir del lugar del accidente un Pontiac Firebird rojo, un vehículo como el que poseía el ex marido de la detective. Aunque todavía no se había encontrado el automóvil, la policía estaba interrogando al ex marido. El Post informaba que el hombre afirmaba que le habían robado el coche la noche anterior al atropello. El News revelaba que la víctima había obtenido una orden de restricción contra él durante el divorcio y que otra mujer policía había obtenido una segunda, precisamente la misma mujer que había acudido en ayuda de la detective Riggins segundos después de ser embestida por el coche. El periódico informaba también que el ex marido había amenazado en público a su esposa durante el último año de su matrimonio. Era una historia ideal para un periódico sensacionalista, llena de indicios de un sórdido triángulo sexual, de una infidelidad tempestuosa y de pasiones desatadas que al final habían desembocado en violencia. Ricky sabía también que era básicamente falsa. No la mayoría de la historia, por supuesto; sólo un pequeño aspecto: el conductor del coche no era el ex marido, aunque éste fuese el sospechoso más obvio. Ricky sabía que tardarían mucho tiempo en llegar a creer las declaraciones de inocencia del ex marido y todavía más en examinar cualquier coartada que arguyera. Probablemente al hombre se lo podría acusar de pensar y desear que se produjera un hecho así, y sin duda quien había preparado este accidente también lo sabía. Estrujó el News, furioso, casi como si retorciera el cuello de un animalito, y lo arrojó a un lado, esparciendo las hojas sobre el banco de madera. Pensó en llamar a los policías que investigaran el caso, incluso al jefe de Riggins en la comisaría. Intentó imaginar a uno de los compañeros de trabajo de Riggins escuchando su relato. Sacudió la cabeza con creciente desesperación. No había ninguna posibilidad de que alguien prestara atención a su historia. Ni una palabra. Levantó la cabeza despacio, una vez más con la sensación de que lo estaban observando. Inspeccionando. Sus reacciones eran medidas como si fuera objeto de algún siniestro estudio clínico. La sensación le dejó la piel fría y sudorosa. Se le puso carne de gallina en los brazos. Miró alrededor del amplio vestíbulo. En pocos segundos, decenas, centenares, quizás hasta millares de personas pasaron por su lado. Pero él se sentía completamente solo. Se levantó y, como un hombre herido, se dirigió hacia el exterior de la estación, en dirección a la parada de taxis. Junto a la entrada había un indigente que pedía limosna, lo que sorprendió a Ricky; la policía solía desalojarlos de los lugares destacados. Se detuvo y echó toda la calderilla que tenía en el vaso de plástico vacío del hombre. – Tenga –dijo Ricky–. No lo necesito. – Gracias, señor, gracias –contestó el menesteroso–. Que Dios le bendiga. Ricky lo observó un momento y vio llagas en sus manos y lesiones que le marcaban la cara medio ocultas por una barba raquítica. Suciedad, mugre, harapos. Con estragos debidos a las calles y a la enfermedad mental, el hombre podría tener cualquier edad entre cuarenta y sesenta años. – ¿Se encuentra bien? –preguntó Ricky. – Sí, señor. Sí, señor. Gracias. Que Dios le bendiga por su generosidad. Que Dios le bendiga. ¿Tiene calderilla? – El indigente había girado la cabeza hacia otra persona que salía de la estación–. ¿Tiene calderilla? –Repetía el estribillo sin prestar atención a Ricky, que seguía de pie frente a él. – ¿De dónde es? –le preguntó Ricky. El vagabundo lo observó con repentina desconfianza. – De aquí –afirmó con cautela señalando su lado de la acera–. De allá –añadió, señalando el otro lado de la calle–. De todas partes –concluyó haciendo un círculo con los brazos alrededor de la cabeza. – ¿Dónde está su hogar? El hombre se señaló la frente. Eso tenía sentido para Ricky. – Bueno, pues, que le vaya bien –dijo Ricky. – Sí, señor. Sí, señor. Que Dios le bendiga –retornó su letanía el hombre–. ¿Tiene calderilla? Ricky se alejó y, de repente, se preguntó si habría condenado a ese indigente por el mero hecho de hablar con él. Se dirigió hacia la parada de taxis. ¿Acaso todas las personas con las que se relacionase se convertirían en un blanco? Le había sucedido a la detective, podía haberle ocurrido a Lewis. Y Zimmerman. Un herido, un desaparecido, un muerto. «Si tuviera un amigo, no podría llamarlo –pensó–. Si tuviera una amante, no podría ir a verla. Si tuviera un abogado, no podría pedirle hora. Si tuviera dolor de muelas, ni siquiera podría ir a que me pusieran un empaste sin poner en peligro al dentista. Las personas a quienes toco se convierten en vulnerables.» Ricky se detuvo en la acera y se observó las manos. «Veneno –pensó–. Me he convertido en veneno. » Abatido por esa idea, pasó de largo la fila de taxis que esperaban. Siguió por la ciudad en dirección a Park Avenue. Los ruidos y el ajetreo de la ciudad, un movimiento y un sonido incesantes, no lo alcanzaban, de modo que avanzaba en lo que le parecía un silencio absoluto, ajeno al mundo que lo rodeaba, mientras era como si su propio mundo se redujera con cada paso que daba. Estaba a unas sesenta manzanas de su casa y las recorrió todas apenas consciente de haber respirado siquiera durante el trayecto. Se encerró en su casa y se desplomó en la butaca de su consulta. Ahí pasó el resto del día y toda la noche, temeroso de salir, temeroso de estarse quieto, temeroso de recordar, temeroso de dejar la mente en blanco, temeroso de estar despierto, temeroso de dormir. Debió de haber echado una cabezada en algún momento hacia la madrugada porque, cuando se despertó, el día ya brillaba en las Ventanas. Tenía el cuello rígido y todas las articulaciones le crujieron irritadas por haber pasado la noche sentado. Se levantó con cuidado y fue al cuarto de baño, donde se cepilló los dientes y se mojó la cara. Se miró un momento en el espejo y observó que la tensión parecía haber dejado huella en todas sus líneas y ángulos. Pensó que desde los últimos días de su mujer no había tenido un aspecto tan cercano a la desesperación, sentimiento que, según admitió compungido, era el más parecido emocionalmente a la muerte. El calendario con la equis en la mesa ya tenía más de dos terceras partes llenas. Marcó otra vez el número del doctor Lewis en Rhinebeck, en vano. Llamó a información de esa zona, pensando que tal vez tuviera un nuevo teléfono, pero no logró nada. Pensó en llamar al hospital o al depósito de cadáveres para averiguar qué era cierto y qué era falso, pero se abstuvo. No estaba seguro de querer saber la respuesta. Lo único a lo que podía aferrarse era un comentario que había hecho Lewis durante su conversación. Todo lo que Rumplestiltskin estaba haciendo era, al parecer, para acercar más a Ricky hacia él. Pero Ricky no podía imaginar con qué fin, aparte de la muerte. El Times estaba frente a su puerta, lo recogió y vio su pregunta en la parte inferior de la portada, junto a un anuncio que pedía hombres para un experimento sobre la impotencia. El rellano de su casa estaba silencioso y vacío. Era un espacio poco iluminado, polvoriento. El único ascensor pasó de largo con un crujido. Las demás puertas, pintadas todas de negro con un número dorado en el centro, estaban cerradas. Supuso que la mayoría de los inquilinos estarían de vacaciones. Repasó con rapidez las páginas del periódico, con cierta esperanza de que la respuesta estuviera en su interior porque, después de todo, Merlín había oído la pregunta y seguramente la habría transmitido a su jefe. Pero no encontró ningún indicio de Rumplestiltskin en el periódico. No le sorprendió. No le parecía probable que usara la misma técnica dos veces, porque eso lo haría más vulnerable, tal vez más reconocible. La idea de tener que esperar la respuesta veinticuatro horas le resultaba agobiante. Sabía que tenía que avanzar incluso sin ayuda Lo único que le pareció viable fue intentar encontrar los historiales de las personas que atendió en la clínica donde había trabajado tan poco tiempo veinte años atrás. Era una posibilidad muy remota pero, por lo menos, le daría la impresión de que estaba haciendo algo más que esperar que venciera el plazo. Se vistió deprisa y se dirigió a la puerta de su piso. Pero una vez estuvo con la mano en el pomo, a punto de salir, se detuvo. Una oleada repentina de ansiedad le recorrió el cuerpo; el corazón se le aceleró y las sienes empezaron a palpitarle. Era como si un calor insoportable le hubiese traspasado hasta el centro de su cuerpo. Una parte de él le gritaba advirtiéndole que no saliera, que fuera de su casa no estaba seguro. Por un instante, le hizo caso y retrocedió. Inspiró hondo para intentar controlar este pánico desmedido. Reconoció lo que le estaba pasando. Había tratado a muchos pacientes con ataques de ansiedad parecidos. En el mercado había Xanax, Prozac y antidepresivos de toda clase, y a pesar de su renuencia a recetar, se había visto obligado a hacerlo en más de una ocasión. Se mordió el labio inferior al comprender que una cosa es tratar algo y otra vivirlo. Se alejó otro paso de la puerta con la mirada puesta en la hoja mientras imaginaba lo que había al otro lado, tal vez en el rellano, sin duda en la calle, donde le esperaban todo tipo de terrores. Había demonios aguardándole en la acera, como una muchedumbre enfurecida. Un oscuro viento parecía envolverlo y pensó que, si salía, seguramente moriría. En ese instante fue como si todos los músculos le gritaran que retrocediera, que se refugiara en la consulta y se escondiera. Clínicamente, conocía la naturaleza de su pánico. La realidad, sin embargo, era mucho más dura. Combatió el impulso de retroceder y notó cómo sus músculos se tensaban y se quejaban, igual que cuando uno tiene que levantar algo muy pesado del suelo y se produce esa medición instantánea de la fuerza frente al peso, términos de una ecuación que da como resultado levantarlo y transportarlo o dejarlo en el suelo. Éste era uno de esos momentos para Ricky, y necesitó hasta el último ápice de voluntad para superar la sensación de miedo total y absoluto. Como un paracaidista que se lanza a la oscuridad sobre territorio enemigo, logró obligarse a abrir la puerta y salir. Dar ese paso le resultó casi doloroso. Cuando llegó a la calle, estaba sudando y mareado por el esfuerzo. Debía de tener los ojos desorbitados, estar pálido e ir desaliñado, porque un joven que pasaba se volvió y lo miró antes de acelerar el paso y alejarse deprisa. Ricky avanzó casi tambaleante hacia la esquina, donde podía parar con más facilidad un taxi. Llegó a la esquina, se paró para enjugarse el sudor de la cara y se acercó al bordillo con la mano en alto. En ese instante, un taxi amarillo se detuvo milagrosamente delante de él para que bajara un pasajero. Ricky sostuvo la puerta abierta para quien se apeaba, de ese modo tan habitual en la ciudad, parar conseguir taxi. Quien salió fue Virgil. – Gracias, Ricky –dijo la mujer con ligereza. Se ajustó las gafas de sol que llevaba y sonrió ante la consternación que debió de reflejar el rostro de él–. Te he dejado el periódico para que lo leas –añadió. Y sin más, se alejó deprisa por la calle. En unos segundos, había doblado la esquina y desaparecido. – Oiga, ¿quiere que lo lleve o no? –le urgió con brusquedad el taxista. Ricky seguía sujetando la puerta, de pie en el bordillo. Miró dentro y vio un ejemplar del Times de ese día doblado en el asiento, así que subió al coche–. ¿Adónde? –preguntó el hombre. Ricky fue a contestar pero se detuvo. – La mujer que acaba de bajar, ¿dónde la recogió? –preguntó a su vez. – Era muy rara –contestó el taxista–. ¿La conoce? – Sí. Más o menos. – Bueno, me para a dos manzanas de aquí, me dice que siga allí mismo con el taxímetro en marcha todo el rato mientras ella está ahí sentada sin hacer nada excepto mirar por la ventanilla y tener el móvil pegado a la oreja, pero sin hablar con nadie, sólo escuchando. De rep