JOHN KATZENBACH EL PSICOANALISTA PRIMERA PARTE UNA CARTA AMENAZADORA 1 El año en que esperaba morir se pasó la mayor parte de su quincuagésimo tercer cumpleaños como la mayoría de los demás días, oyendo a la gente quejarse de su madre. Madres desconsideradas, madres crueles, madres sexualmente provocativas. Madres fallecidas que seguían vivas en la mente de sus hijos. Madres vivas a las que sus hijos querían matar. El señor Bishop, en particular, junto con la señorita Levy y el realmente desafortunado Roger Zimmerman, que compartía su piso del Upper West Side y al parecer su vida cotidiana y sus vívidos sueños con una mujer de mal genio, manipuladora e hipocondríaca que parecía empeñada en arruinar hasta el menor intento de independizarse de su hijo, dedicaron sus sesiones a echar pestes contra las mujeres que los habían traído al mundo. Escuchó en silencio terribles impulsos de odio asesino, para agregar sólo de vez en cuando algún breve comentario benévolo, evitando interrumpir la cólera que fluía a borbotones del diván. Ojalá alguno de sus pacientes inspirara hondo, se olvidara por un instante de la furia que sentía y comprendiera lo que en realidad era furia hacia sí mismo. Sabía por experiencia y formación que, con el tiempo, tras años de hablar con amargura en el ambiente peculiarmente distante de la consulta del analista, todos ellos, hasta el pobre, desesperado e incapacitado Roger Zimmerman, llegarían a esa conclusión por sí solos. Aun así, el motivo de su cumpleaños, que le recordaba de un modo muy directo su mortalidad, lo hizo preguntarse si le quedaría tiempo suficiente para ver a alguno de ellos llegar a ese momento de aceptación que constituye el eureka del analista. Su propio padre había muerto poco después de haber cumplido cincuenta y tres años, con el corazón debilitado por el estrés y años de fumar sin parar, algo que le rondaba sutil y malévolamente bajo la conciencia. Así, mientras el antipático Roger Zimmerman gimoteaba en los últimos minutos de la última sesión del día, él estaba algo distraído y no le prestaba toda la atención que debería. De pronto oyó el tenue triple zumbido del timbre de la sala de espera. Era la señal establecida de que había llegado un posible paciente. Antes de su primera sesión, se informaba a cada cliente nuevo de que, al entrar, debía hacer dos llamadas cortas, una tras otra, seguidas de una tercera, más larga. Eso era para diferenciarlo de cualquier vendedor, lector de contador, vecino o repartidor que pudiera llegar a su puerta. Sin cambiar de postura, echó un vistazo a su agenda, junto al reloj que tenía en la mesita situada tras la cabeza del paciente, fuera de la vista de éste. A las seis de la tarde no había ninguna anotación. El reloj marcaba las seis menos doce minutos, y Roger Zimmerman pareció ponerse tenso en el diván. – Creía que todos los días yo era el último. No contestó. – Nunca ha venido nadie después de mí, por lo menos que yo recuerde –añadió Zimmerman–. Jamás. ¿Ha cambiado las horas sin decírmelo? Siguió sin responder. – No me gusta la idea de que venga alguien después de mí –espetó Zimmerman–. Quiero ser el último. – ¿Por qué cree que lo prefiere así? –le preguntó por fin. – A su manera, el último es igual que el primero –contestó Zimmerman con una dureza que implicaba que cualquier idiota se daría cuenta de eso, Asintió. Zimmerman acababa de hacer una observación fascinante y acertada. Pero, como era propio del pobre hombre, la había hecho en el último momento de la sesión. No al principio, cuando podrían haber mantenido un diálogo fructífero los cincuenta minutos restantes. – Intente recordar eso mañana –sugirió–. Podríamos empezar por ahí. Me temo que hoy se nos ha acabado el tiempo. – ¿Mañana? –Zimmerman vaciló antes de levantarse–. Corríjame si me equivoco, pero mañana es el último día antes de que usted empiece esas malditas vacaciones de agosto que toma cada año. ¿De qué me servirá eso? Una vez más permaneció callado y dejó que la pregunta flotara por encima de la cabeza del paciente. Zimmerman resopló con fuerza. – Lo más probable es que quienquiera que esté ahí fuera sea más interesante que yo, ¿verdad? –soltó con amargura. -Luego, se incorporó en el diván y miró al analista–. No me gusta cuando algo es distinto. No me gusta nada –dijo con dureza. Le lanzó una mirada rápida y penetrante mientras se levantaba. Sacudió los hombros y dejó que una expresión de contrariedad le cruzara el semblante–. Se supone que siempre será igual –prosiguió–. Vengo, me tumbo, empiezo a hablar. El último paciente todos los días. Es como se supone que será. A nadie le gusta cambiar. –Suspiró, pero esta vez más con una nota de cólera que de resignación– Muy bien. Hasta mañana, pues. La última sesión antes de que se marche a París, a Cape Cod, a Marte, o adondequiera que vaya y me deje solo. Zimmerman se volvió con brusquedad y cruzó furibundo la pequeña consulta para salir por una puerta sin mirar atrás. Permaneció un instante en el sillón escuchando el tenue sonido de los pasos del hombre enfadado que se alejaban por el pasillo exterior. Después se levantó, resintiéndose un poco de la edad, que le había anquilosado las articulaciones y tensado los músculos durante la larga y sedentaria tarde tras el diván, y se dirigió a la entrada, una segunda puerta que daba a su modesta sala de espera. En ciertos aspectos, esa habitación con su diseño improbable y curioso, donde había montado su consulta hacía décadas, era singular, y había sido la única razón por la que había alquilado el piso al año siguiente de haber terminado el período de residencia y el motivo de haber seguido en él más de un cuarto de siglo. La consulta tenía tres puertas: una que daba al recibidor, reconvertido en una pequeña sala de espera; una segunda que daba directamente al pasillo del edificio, y una tercera que llevaba a la cocina, el salón y el dormitorio del resto del piso. Su consulta era una especie de isla personal con portales a esos otros mundos. Solía considerarla un espacio secundario, un puente entre realidades distintas. Eso le gustaba, porque creía que la separación de la consulta del exterior contribuía a que su trabajo le resultara más sencillo. No tenía ni idea de a cuál de sus pacientes se le habría ocurrido volver. Así, de pronto, no recordaba un solo caso en que alguno lo hubiera hecho en todos sus años de ejercicio. Tampoco era capaz de imaginar qué paciente sufriría una crisis tal que lo llevara a introducir un cambio tan inesperado en la relación entre analista y analizado. Él se basaba en la rutina; en ella y en la longevidad, con las que el peso de las palabras pronunciadas en la inviolabilidad artificial pero absoluta de la consulta se abriera finalmente paso hacia la vía de la comprensión. En eso Zimmerman tenía razón. Cambiar iba en contra de todo. Así que cruzó la habitación con brío, con el impulso que genera la expectativa, un poco inquieto ante la idea de que algo urgente se hubiese colado en una vida que con frecuencia temía que se hubiese vuelto demasiado imperturbable y totalmente previsible. Abrió la puerta y observó la sala de espera. Estaba vacía. Eso lo desconcertó un instante, y pensó que a lo mejor había imaginado el sonido del timbre, pero Zimmerman también lo había oído, y él, además, había reconocido el ruido inconfundible de alguien en la sala de espera. – ¿Hola? –dijo, aunque era evidente que no había nadie que pudiera oído. Arrugó la frente sorprendido y se ajustó las gafas de montura metálica sobre la nariz. – Curioso –afirmó en voz alta. Y entonces vio el sobre que alguien había dejado en el asiento de la única silla que había para los pacientes que esperaban. Soltó el aire despacio, sacudió la cabeza y pensó que eso era algo demasiado melodramático, incluso para sus actuales pacientes. Se acercó y recogió el sobre. Tenía su nombre mecanografiado. –Qué extraño –musitó. Dudó antes de abrir la carta, que levantó a la altura de la frente como haría alguien que quisiera demostrar sus poderes mentales en un número de variedades, intentando adivinar cuál de sus pacientes la habría dejado. Pero era un acto inusual. A todos les gustaba expresar quejas sobre sus supuestas deficiencias e incompetencia de forma directa y con frecuencia, lo que, aunque molesto a veces, formaba parte del proceso. Abrió el sobre y extrajo dos hojas mecanografiadas. Leyó sólo la primera línea: Feliz 53.° cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte. Inspiró hondo. El aire cargado del piso parecía mareado, y apoyó la mano contra la pared para no perder el equilibrio. El doctor Frederick Starks, un hombre dedicado profesionalmente a la introspección, vivía solo, perseguido por los recuerdos de otras personas. Se dirigió a su pequeño escritorio de arce, una antigüedad que su esposa le había regalado hacía quince años. Ella había muerto hacía tres años, y cuando se sentó tras la mesa le pareció que todavía podía oír su voz. Extendió las dos hojas de la carta delante de él, en el cartapacio. Pensó que había pasado una década desde la última vez que se había asustado, y en aquella ocasión se había tratado del diagnóstico que el oncólogo hizo a su mujer. Ahora, el renovado sabor seco y ácido en su boca era tan desagradable como la aceleración de su corazón, que sentía desbocado en el pecho. Dedicó unos segundos a intentar sosegar sus rápidos latidos y esperó con paciencia hasta notar que recuperaba su ritmo habitual. Era muy consciente de su soledad en ese momento, y detestó la vulnerabilidad que esa soledad le provocaba. Ricky Starks –no solía dejar que nadie supiera cuánto prefería el sonido afable y amistoso de la abreviación informal al más sonoro Frederick– era un hombre rutinario y ordenado. Su minuciosidad y formalidad rozaban sin duda la obsesión; creía que imponer tanta disciplina a su vida cotidiana era la única forma segura de intentar interpretar el desconcierto y el caos que sus pacientes le acercaban a diario. No era espectacular físicamente: no llegaba al metro ochenta, con un cuerpo delgado y ascético al que contribuía una caminata diaria a la hora del almuerzo y una negativa férrea a darse el gusto de tomar los dulces y los helados que en secreto le encantaban. Llevaba gafas, algo habitual en un hombre de su edad, aunque se enorgullecía de que su graduación siguiera siendo mínima. También se sentía orgulloso de que el cabello, aunque menos abundante, todavía le cubriese la cabeza como trigo en una pradera. Ya no fumaba, y tomaba sólo un ocasional vaso de vino, alguna que otra noche para conciliar mejor el sueño. Era un hombre acostumbrado a su soledad, y no lo desanimaba comer solo en un restaurante ni ir a un espectáculo de Broadway o al cine sin compañía. Consideraba que tanto su cuerpo como su mente estaban en excelentes condiciones. La mayor parte de los días se sentía mucho más joven de lo que era. Pero no se le escapaba que el año que acababa de empezar era el mismo que su padre no había logrado superar, y a pesar de la falta de lógica de esta observación pensaba que él tampoco sobreviviría a los cincuenta y tres, como si tal cosa fuera injusta o, de algún modo, inadecuada. Sin embargo, en contradicción consigo mismo, mientras contemplaba de nuevo las primeras palabras de la carta, pensó que todavía no estaba preparado para morir. Entonces siguió leyendo, despacio, deteniéndose en cada frase, dejando que el terror y la inquietud arraigaran en él. Pertenezco a algún momento de su pasado. Usted arruinó mi vida. Quizá no sepa cómo, por qué o cuándo, pero lo hizo. Llenó todos mis instantes de desastre y tristeza. Arruinó mi vida. Y ahora estoy decidido a arruinar la suya. Ricky Starks inspiró hondo otra vez. Vivía en un mundo donde las amenazas y las promesas falsas eran corrientes, pero aquellas palabras sonaban muy distintas de las divagaciones atroces que estaba acostumbrado a oír a diario. Al principio pensé que debería matarlo para ajustarle las cuentas, sencillamente. Pero me di cuenta de que eso era demasiado sencillo. Es un objetivo patéticamente fácil, doctor. De día, no cierra las puertas con llave. Da siempre el mismo paseo por la misma ruta de lunes a viernes. Los fines de semana sigue siendo de lo más predecible, hasta la salida del domingo por la mañana para comprar el Times y tomar un bollo y un café con dos terrones de azúcar y sin leche en el moderno bar situado dos calles más abajo de su casa. Demasiado fácil. Acecharlo y matarlo no habría supuesto ningún desafío. Y, dada la facilidad de ese asesinato, no estaba seguro de que me proporcionara la satisfacción necesaria. He decidido que prefiero que se suicide. Ricky Starks se movió incómodo en el asiento. Podía notar el calor que desprendían las palabras, como el fuego de una estufa de leña que le acariciara la frente y las mejillas. Tenía los labios secos y se los humedeció en vano con la lengua. Suicídese, doctor. Tírese desde un puente. Vuélese la tapa de los sesos con una pistola. Arrójese bajo un autobús. Láncese a las vías del metro. Abra el gas de la estufa. Encuentre una buena viga y ahórquese. Puede elegir el método que quiera. Pero es su mejor oportunidad. Su suicidio será mucho más adecuado, dadas las circunstancias de nuestra relación. Y, sin duda, una manera más satisfactoria de que pague lo que me debe. Verá, vamos a jugar a lo siguiente: tiene exactamente quince días, a partir de mañana a las seis de la mañana, para descubrir quién soy. Si lo consigue, tendrá que poner uno de esos pequeños anuncios a una columna que salen en la parte inferior de la portada del New York Times y publicar en él mi nombre. Eso es todo: publique mi nombre. Si no lo hace... Bueno, ahora viene lo divertido. Observará que en la segunda hoja de esta carta aparecen los nombres de cincuenta y dos parientes suyos. Su edad comprende desde un bebé de seis meses, hijo de su sobrino, hasta su primo, el inversor de Wall Street y extraordinario capitalista, que es tan soso y aburrido como usted. Si no logra poner el anuncio según lo descrito, tiene una opción: suicidarse de inmediato o me encargaré de destruir a una de estas personas inocentes. Destruir. Una palabra muy interesante. Podría significar la bancarrota financiera. Podría significar la ruina social. Podría significar la violación psicológica. También podría significar el asesinato. Es algo que deberá preguntarse. Podría ser alguien joven o alguien viejo. Hombre o mujer. Rico o pobre. Lo único que le prometo es que será la clase de hecho que ellos –sus seres queridos– no superarán nunca, por muchos años que hagan psicoanálisis. Y usted vivirá hasta el último segundo del último minuto que le quede en este mundo sabiendo que fue el único responsable. Salvo, por supuesto, que adopte la postura más honorable y se suicide para salvar así de su destino al objetivo que he elegido. Tiene que decidir entre mi nombre o su necrológica. En el mismo periódico, por supuesto. Como prueba de mi alcance y del extremo de mi planificación, me he puesto en contacto hoy con uno de los nombres de la lista con un mensaje muy modesto. Le insto a pasar el resto de esta tarde averiguando quién ha sido el destinatario y cómo. Así por la mañana podrá empezar, sin demora, la tarea que le espera. Lo cierto es que no espero que sea capaz de adivinar mi identidad, por supuesto. Así pues, para demostrarle mi deportividad, he decidido que a lo largo de los próximos quince días voy a proporcionarle una pista O dos de vez en cuando. Sólo para que las cosas sean más interesantes, aunque alguien intuitivo e inteligente como usted debería suponer que esta carta está llena de pistas. Aun así, ahí va un anticipo, y gratis. La vida era alegre en el pasado: un retoño y sus padres a su lado. El padre soltó amarras, se largó, y entonces todo eso se acabó. La poesía no es mi fuerte. El odio sí. Puede hacer tres preguntas que se contesten con sí o no. Use el mismo método, los anuncios de la portada del New York Times. Contestaré a mi propia manera en veinticuatro horas. Buena suerte. Tal vez desee también dedicar tiempo a los preparativos de su funeral. La incineración es probablemente mejor que un entierro tradicional. Sé cuánto le desagradan las iglesias. No creo que sea buena idea llamar a la policía. Lo más seguro es que se burlen de usted, y sospecho que su altanería no lo encajará demasiado bien. Además, podría enfurecerme más; no se imagina usted lo inestable que soy en realidad. Podría reaccionar de modo imprevisible, de muchas formas malvadas. Pero puede estar seguro de algo: mi cólera no conoce límites. La carta estaba firmada en mayúsculas: RUMPLESTILTSKIN. Ricky Starks se reclinó en la silla, como si la furia que emanaba de aquellas palabras le hubiera propinado un puñetazo en la cara. Se puso de pie, se acercó a la ventana y la abrió, de modo que los sonidos de la ciudad irrumpieron en la calma de la pequeña habitación transportados por una inesperada brisa de finales de julio que auguraba una tormenta nocturna. Inspiró buscando alivio para el calor que le embargaba. Oyó el aullido agudo de una sirena de policía y la cacofonía regular de los cláxones, que es como el ruido uniforme de Manhattan. Respiró hondo dos o tres veces antes de cerrar la ventana y dejar fuera todos los sonidos de la vida urbana normal. Volvió a la carta. «Tengo un problema», pensó. Pero todavía no estaba seguro de lo grave que era. Era consciente de que habla recibido una amenaza terrible, pero los parámetros de la misma seguían sin estar claros. Una parte de él le decía que no prestara atención a la carta, que se negara a participar en algo que no se parecía en nada a un juego. Resopló una vez y dejó que este pensamiento aflorara. Toda su formación y experiencia sugería que lo más razonable era no hacer nada. Después de todo, el analista suele encontrarse con que guardar silencio y no contestar al comportamiento provocador y escandaloso de un paciente es la forma más inteligente de llegar a la verdad psicológica de esos actos. Se levantó y rodeó dos veces la mesa, como un perro que husmea un olor inusual. A la segunda, se detuvo y observó de nuevo la carta. Sacudió la cabeza. Comprendió que eso no resultaría. Sintió una fugaz admiración por la sutileza del autor. Con un desapego cercano al aburrimiento, Ricky pensó que seguramente había recibido una amenaza de muerte. Después de todo, había vivido mucho y bastante bien, así que una amenaza de esa índole no significaba gran cosa. Pero no se enfrentaba sólo a eso. La amenaza era más indirecta. Estaba previsto que otra persona sufriera si él no hacía nada. Alguien inocente, y seguramente joven, porque los jóvenes son mucho más vulnerables. Ricky tragó saliva. Se culparía a sí mismo y el resto de sus días se convertirían en una verdadera agonía. En eso el autor tenía toda la razón. O si no, el suicidio. Notó un amargor repentino en la boca. El suicidio era la antítesis de todo aquello con lo que siempre se había identificado. Sospechaba que la persona que firmaba como Rumplestiltskin lo sabía. De golpe se sintió como si estuviera en el banquillo de los acusados. Empezó de nuevo a pasearse mientras evaluaba la carta. La voz interior insistía en restarle importancia, hacer caso omiso de todo el mensaje y considerarlo una exageración y una fantasía sin ninguna base real, pero era incapaz de hacerlo. «Que algo te incomode no significa que debas ignorarlo», se reprendió. Pero no tenía la menor idea de cómo reaccionar. Dejó de caminar y regresó a su asiento. «Locura –pensó–. Pero una locura con un inconfundible toque de inteligencia, porque provocará que me sume a ella.» – Debería llamar a la policía –dijo para sí. Pero se detuvo. ¿Qué diría? ¿Marcaría el 911 Y explicaría a algún sargento gris y sin imaginación que había recibido una carta amenazadora? ¿Y escucharía cómo el hombre le replicaba « ¿y qué?»? Hasta donde sabía, no se había infringido ninguna ley. A no ser que sugerir a alguien que se suicidara fuera alguna clase de delito. ¿Extorsión, tal vez? Se preguntó qué clase de homicidio podría ser. Le pasó por la cabeza llamar a un abogado, pero se dio cuenta de que la situación que planteaba Rumplestiltskin no era legal. Se había acercado a él en un terreno que dominaba. Sugería que se trataba de un juego de intuición y psicología; era cuestión de emociones y de miedos. Sacudió la cabeza y se dijo que podía lidiar en ese ámbito. – Así pues, ¿qué tenemos aquí? –se preguntó en la habitación vacía. «Alguien conoce mis costumbres –pensó–. Sabe cómo entran mis pacientes a la consulta. Sabe cuándo almuerzo y qué hago los fines de semana. Ha sido lo bastante inteligente como para preparar una lista de familiares; eso requiere bastante ingenio. Y sabe cuándo es mi cumpleaños. –Inspiró fondo de nuevo–. Me ha estudiado. No lo sabía, pero alguien estaba observándome. Evaluándome. Alguien ha dedicado tiempo y esfuerzo a crear este juego y no me ha dejado demasiado margen para contraatacar.» Tenía la lengua y los labios secos. De repente sintió mucha sed, pero no quería abandonar la inviolabilidad de su consulta para ir por un vaso de agua a la cocina. – ¿Qué he hecho para que alguien me odie tanto? –se preguntó, y fue como un puñetazo en el estómago. Sabía que, como muchos profesionales, tenía la arrogancia de pensar que su rinconcito del mundo se había beneficiado del conocimiento y la aceptación de su existencia. La idea de haber provocado en alguien un odio monstruoso le producía un profundo desasosiego. –¿Quién eres? –preguntó mirando la carta. Empezó a repasar precipitadamente la retahíla de pacientes, remontándose décadas atrás, pero se detuvo. Sabía que tendría que hacer eso, pero de manera sistemática, disciplinada y tenaz, y aún no estaba preparado para dar ese paso. No se consideraba demasiado cualificado para hacer las veces de policía. Pero sacudió la cabeza al percatarse de que, en cierto modo, eso no era cierto. Durante años había sido una especie de detective. La diferencia radicaba en la naturaleza de los delitos investigados y las técnicas utilizadas. Reconfortado por este pensamiento, Ricky Starks volvió a sentarse tras su escritorio, buscó en el cajón superior derecho y sacó una vieja libreta de direcciones sujeta con una goma elástica. «Para empezar –se dijo–, puedes averiguar con qué familiar se ha puesto en contacto. Debe de ser un antiguo paciente, alguien que interrumpió el psicoanálisis y se sumió en una depresión. Alguien que ha albergado una fijación casi psicótica durante varios años.» Sospechó que, con un poco de suerte y quizás uno o dos empujoncitos en la dirección adecuada a partir del familiar con quien se hubiera puesto en contacto, podría identificar al ex paciente contrariado. Trató de convencerse, empáticamente, de que Rumplestiltskin en realidad le estaba pidiendo ayuda. Luego, casi con la misma rapidez, descartó este pensamiento inconsistente. Con la libreta de direcciones en la mano, pensó en el personaje del cuento de hadas cuyo nombre utilizaba el autor de la carta. Cruel, pensó. Un enano mágico con el corazón tenebroso que no es superado en inteligencia, sino que pierde su contienda por pura mala suerte. Esta observación no lo hizo sentir mejor. La carta parecía brillar en la mesa, delante de él. Asintió lentamente. «Te dice mucho –pensó–. Mezcla las palabras de la carta con lo que su autor ya ha hecho y probablemente estarás a medio camino de averiguar quién es.» Así que abrió la libreta de direcciones para buscar el número del primer familiar de los cincuenta y dos de la lista. Hizo una mueca y empezó a marcar los números del teléfono. En la última década había tenido poco contacto con sus familiares y sospechaba que ninguno de ellos tendría demasiadas ganas de tener noticias suyas. En especial, dado el cariz de la llamada. 2 Ricky Starks se mostró muy poco apto para sonsacar información a familiares que se sorprendían al oír su voz. Estaba acostumbrado a interiorizar todo lo que oía a los pacientes en la consulta y a conservar el control de todas las observaciones e interpretaciones. Pero al marcar un número tras otro, se encontró en territorio desconocido e incómodo, incapaz de concebir un guión verbal que pudiera seguir, algún saludo estereotipado seguido de una breve explicación del motivo de su llamada. En lugar de eso, sólo oía vacilación e indecisión en su voz cuando se atascaba con saludos trillados e intentaba obtener una respuesta a la pregunta más idiota: « ¿Te ha ocurrido algo extraño?» Por consiguiente, aquel atardecer estuvo lleno de conversaciones telefónicas de lo más irritantes. Sus parientes se llevaban una sorpresa desagradable al oírlo, sentían curiosidad y pesadumbre por el hecho de que llamara después de tanto tiempo, estaban ocupados en alguna actividad que él interrumpía o, sencillamente, se mostraban maleducados. Cada contacto poseía cierta brusquedad, y más de una vez se lo quitaron de encima con rudeza. Hubo varios lacónicos: «¿De qué diablos va todo esto?» a los que mentía asegurando que un antiguo paciente había logrado obtener de algún modo una lista con los nombres de sus familiares y le preocupaba que pudiera importunarlos. No mencionaba que alguien pudiera estar enfrentándose a una amenaza, lo que quizás era la mayor mentira de todas. Ya casi eran las diez de la noche, la hora en que se acostaba, y todavía le quedaban más de dos docenas de nombres en la lista. Hasta entonces no había conseguido detectar nada lo bastante fuera de lo corriente como para que mereciera investigar más. Pero, a la vez, dudaba de su habilidad para preguntar. La extraña vaguedad de la carta de Rumplestiltskin le hacía temer que la conexión se le hubiera pasado por alto. Y también era posible que, en cualquiera de las breves conversaciones que había mantenido esa tarde, la persona con que el autor de la carta se había puesto en contacto no hubiera contado la verdad a Ricky. Por lo demás, había habido unas cuantas llamadas frustrantes sin contestar, y en tres ocasiones tuvo que dejar un mensaje forzado y críptico en un contestador automático. Se negaba a creer que la carta recibida ese día fuese una mera broma pesada, aunque eso habría estado bien. La espalda se le había entumecido. No había comido y estaba hambriento. Tenía dolor de cabeza. Se mesó el cabello y se frotó los ojos antes de marcar el número siguiente, sintiendo una especie de agotamiento que le martilleaba las sienes. Consideró que el dolor de cabeza era una pequeña penitencia por la conclusión a la que estaba llegando: estaba aislado y distanciado de la mayoría de su familia. «El pago del olvido», pensó mientras se disponía a llamar el vigésimo primer nombre de la lista que le proporcionó Rumplestiltskin. Seguramente no era razonable esperar que los parientes de uno aceptaran un contacto repentino tras tantos años de silencio, sobre todo los parientes lejanos, con quienes tenía poco en común. Más de uno se había quedado callado al oír su nombre, como si tratara de recordar quién era exactamente. Esas pausas le hacían sentir un poco como un viejo ermitaño que bajara de la cima de una montaña, o un oso durante los primeros minutos después de una larga hibernación. El vigésimo primer nombre sólo le resultaba remotamente familiar. Se esforzó en intentar asignar una cara y una categoría a las palabras que tenía delante. Una imagen se formó despacio en su cabeza. Su hermana mayor, que había fallecido diez años antes, tenía dos hijos, y éste era el mayor de los dos. Eso convertía a Ricky en un tío bastante desangelado. No había tenido contacto con ningún sobrino desde el entierro de su hermana. Se devanó los sesos tratando de recordar no sólo el aspecto, sino algo del nombre. ¿Tenía esposa? ¿Hijos? ¿Profesión? ¿Quién era? Sacudió la cabeza. No recordaba nada. La persona con quien tenía que hablar apenas si poseía más entidad que un nombre extraído de un listín telefónico. Estaba enfadado consigo mismo. «No está bien –se dijo–. Deberías recordar algo.» Pensó en su hermana, quince años mayor que él, una diferencia de edad que los convertía en miembros de la misma familia situados en órbitas distintas. Ella era la mayor; él era fruto de un accidente, destinado a ser siempre el bebé de la familia. Ella había sido poetisa, titulada por una universidad para mujeres de buena familia en los años cincuenta. Había trabajado primero en el mundo editorial y se había casado bien después con un abogado de Boston especializado en derecho mercantil. Sus dos hijos vivían en Nueva Inglaterra. Ricky observó el nombre en la hoja que tenía delante. Leyó una dirección de Deerfield, Massachussets, con el prefijo 413. De repente recordó algo: su sobrino era profesor en un instituto privado de esa ciudad. Se preguntó qué enseñaría. La respuesta llegó en unos segundos: historia; historia de Estados Unidos. Entornó los ojos y visualizó un hombre bajo y enjuto con chaqueta de tweed, gafas con montura de concha y un cabello rubio rojizo que le clareaba con rapidez. Un hombre con una esposa como mínimo cinco centímetros más alta que él. Suspiró y, provisto por lo menos con algo de información, marcó el número y esperó mientras el timbre sonaba media docena de veces antes de que contestara una voz que tenía el tono inconfundible de la juventud. Grave pero impaciente. – ¿Diga? – Hola –dijo Ricky–. Quisiera hablar con Timothy Graham. Soy su tío Frederick. El doctor Frederick Starks. – Soy Tim hijo. – Hola, Tim -dijo Ricky tras vacilar un momento–. Me parece que no nos conocemos... – Pues sí, nos conocemos. Nos vimos en el entierro de la abuela. Estabas sentado justo detrás de mis padres en el segundo banco de la iglesia y dijiste a papá que era una bendición que la abuela no hubiera durado más. Recuerdo lo que dijiste porque entonces no lo entendí. – Debías de tener... – Siete años. – Y ahora tendrás... – Casi diecisiete. – Pues para ser nuestro único encuentro lo recuerdas muy bien. El joven consideró esta afirmación antes de contestar. – El entierro de la abuela me impresionó mucho. –No entró en detalles, sino que cambió de tema–. ¿Querías hablar con papá? – Sí, si es posible. – ¿Para qué? Ricky pensó que se trataba de una pregunta poco corriente para alguien joven. No tanto porque Timothy hijo quisiera saber para qué, ya que la curiosidad es consustancial a la juventud, sino porque su tono sonó con un ligero matiz protector. Ricky pensó que la mayoría de adolescentes se habría limitado a llamar a su padre a gritos para que contestara y habría vuelto a sus quehaceres, ya fuera ver la tele, hacer deberes o jugar a videojuegos, porque la llamada repentina de un familiar mayor y lejano no era algo que incluyeran en su lista de prioridades. – Bueno, se trata de algo un poco extraño –dijo. – Hemos tenido un día extraño –contestó el adolescente. – ¿Y eso? –quiso saber Ricky. Pero el muchacho no contestó a la pregunta. – No estoy seguro de que papá quiera hablar con alguien ahora, a no ser que sepa de qué se trata –indicó. – Entiendo –dijo Ricky con cautela-, pero lo que tengo que decirle podría interesarle. El joven, respondió: – Papá está ocupado en este momento. La policía todavía no se ha ido... – ¿La policía? –Ricky inspiró con rapidez–. ¿Ha pasado algo? El muchacho obvió la pregunta para hacer una a su vez: – ¿Para qué has llamado? Es que no hemos sabido nada de ti en... – Muchos años. Diez por lo menos. Desde el entierro de tu abuela. – Eso, exacto. ¿Por qué ahora de repente? Ricky pensó que el chico tenía razón en recelar. Empezó el discurso que tenía preparado. – Un antiguo paciente mío... Recuerdas que soy médico, ¿verdad, Tim? El caso es que podría intentar ponerse en contacto con algún familiar mío. Y, aunque no hemos estado en contacto en todos estos años, quería avisaros. Por eso he llamado. – ¿Qué clase de paciente? Eres psiquiatra, ¿no? – Psicoanalista... – ¿Y ese paciente es peligroso? ¿O está loco? ¿O las dos cosas? – Creo que debería hablar de esto con tu padre. – Ahora está con la policía, ya te lo dije. Creo que están a punto de irse. – ¿Por qué está con la policía? – Tiene que ver con mi hermana. – ¿Con tu hermana? –Ricky intentó recordar el nombre de la chica y visualizarla, pero sólo recordaba una niñita rubia, varios años menor que su hermano. Los veía a los dos sentados a un lado en la recepción después del funeral de su hermana, incómodos con su ropa oscura y rígida, callados pero impacientes, ansiosos de que aquella sombría reunión se disipara y la vida volviera a la normalidad. – Alguien la siguió… –empezó a contar el chico, pero se detuvo–. Mejor voy a buscar a mi padre –añadió con energía. Ricky oyó el ruido del auricular al dejarlo sobre la mesa, y voces apagadas de fondo. Enseguida recogieron el auricular y Ricky oyó una voz que sonaba como la del adolescente, sólo que con mayor cansancio. Al mismo tiempo, contenía una urgencia agobiada, como si su dueño estuviera presionado o lo hubieran pillado en un momento de indecisión. A Ricky le gustaba considerarse un experto en voces, en la inflexión y el tono, en la elección de palabras y el ritmo, todas señales reveladoras de lo que se ocultaba en ellas. El padre del adolescente habló sin preámbulos. – ¿Tío Frederick? Es una sorpresa oírte, y estoy en medio de una pequeña crisis familiar, así que espero que sea algo verdaderamente importante. ¿Qué puedo hacer por ti? – Hola, Tim. Perdona que llame así, de improviso... – Tim me ha dicho que tienes problemas con un paciente. – En cierto sentido. Hoy he recibido una carta amenazadora de alguien que podría ser un antiguo paciente. Está dirigida a mí, pero también indica que su autor podría ponerse en contacto con uno de mis parientes. He estado llamando a la familia para alertaros y para averiguar si ha ocurrido algo. Se produjo un silencio frío y sepulcral que duró casi un minuto. – ¿Qué clase de paciente? -soltó de golpe Tim padre, haciéndose eco de la pregunta de su hijo– ¿Se trata de alguien peligroso? – No sé quién es exactamente. La carta no está firmada. Estoy suponiendo que es un ex paciente pero no lo sé con certeza. De hecho, podría no serlo. Lo cierto es que todavía no sé nada seguro. – Eso suena vago. Extremadamente vago. – Es verdad. Lo siento. – ¿Crees que la amenaza es real? Ricky advirtió el tono duro y áspero que envolvió la voz de su sobrino. – No lo sé. Es evidente que me preocupó lo suficiente como para hacer algunas llamadas. – ¿Has llamado a la policía? – No. Que me envíen una carta no parece algo ilegal, ¿verdad? – Es justamente lo que acaban de decirme esos cabrones. –¿A qué te refieres? – La policía. Llamé a la policía y han venido a decirme que no pueden hacer nada. – ¿Por qué los llamaste? Timothy Graham no contestó enseguida. Pareció inspirar hondo pero, en lugar de tranquilizarse, fue como si liberara un arrebato de rabia contenida. – Ha sido asqueroso. Un chalado de mierda. Un hijo de puta repugnante. Si alguna vez le pongo las manos encima, lo mato. Lo mato con mis propias manos. ¿Es un chalado de mierda tu ex paciente, tío Frederick? El repentino arranque de cólera sorprendió a Ricky. Parecía absolutamente impropio de un profesor de historia de un instituto privado, exclusivo y conservador. Ricky esperó, al principio un poco inseguro de cómo contestar. – No lo sé –dijo–. Cuéntame qué ha pasado que te ha disgustado tanto. Tim vaciló otra vez mientras inspiraba hondo, y el sonido recordó el siseo de una serpiente al otro lado de la línea. – El día de su cumpleaños, si te lo puedes creer. El día que cumple catorce años ni más ni menos. Es asqueroso... Ricky se puso tenso en su asiento. Algo le estalló de repente en la cabeza, como una revelación. Debería haber visto la conexión de inmediato. De todos sus parientes, uno cumplía años, por pura coincidencia, el mismo día que él. La niña cuya cara le costaba tanto recordar y a la que sólo había visto una vez, en un entierro. «Ésta debería haber sido tu primera llamada», se recriminó. Pero no permitió que nada de eso le asomara a la voz. – ¿Qué pasó? -preguntó sin rodeos. – Alguien le dejó una felicitación en la taquilla del colegio. Ya sabes, una de esas bonitas tarjetas sensibleras y nada originales, de tamaño gigante, que venden en cualquier centro comercial. Todavía no entiendo cómo ese cabrón pudo entrar y abrir la taquilla sin que nadie lo viera. ¿Qué coño pasó con la vigilancia? Increíble. El caso es que, cuando Mindy llegó al colegio, se encontró la tarjeta, creyó que era de alguno de sus amigos y la abrió. ¿Y sabes qué? Estaba llena de pornografía asquerosa. Pomo a todo color que no deja nada librado a la imaginación. Fotos de mujeres atadas con cuerdas, cadenas y cueros, y penetradas de todas las formas imaginables con todos los objetos posibles. Pomo duro, triple equis. Y ese bastardo escribió en la tarjeta: «Esto es lo que te voy a hacer en cuanto te pille sola.» Ricky se movió incómodo en el asiento. «Rumplestiltskin», pensó, y preguntó: – ¿Y la policía? ¿Qué te ha dicho? Timothy Graham soltó un resoplido de desdén que Ricky imaginó que habría usado con los alumnos vagos durante años y que debió de paralizarlos de miedo pero que, en este contexto, más bien reflejaba impotencia y frustración. – La policía local es idiota –dijo con energía–. Idiota de remate. Me han dicho tan tranquilos que, a no ser que haya pruebas de peso y creíbles de que alguien está acosando a Mindy, no pueden hacer nada. Quieren alguna clase de acto manifiesto. Dicho de otro modo, tienen que atacarla primero. Idiotas. Creen que la tarjeta y su contenido son una broma probablemente de alumnos de los últimos cursos. Tal vez de alguien al que puse mala nota el trimestre pasado. Por supuesto no deja de ser una posibilidad, pero... –El profesor de historia se detuvo–. ¿Por qué no me hablas de tu antiguo paciente? ¿Es un obseso sexual? – No –aseguró Ricky tras vacilar–. En absoluto. No parece cosa suya. Es inofensivo, de verdad. Sólo irritante. Se preguntó si su sobrino percibiría la mentira en su voz. Lo dudaba. Estaba furioso, nervioso e indignado, y no era probable que fuera capaz de discernir con claridad durante cierto tiempo. – Lo mataré -aseguró Timothy Graham con frialdad tras un instante de silencio–. Mindy se ha pasado el día llorando. Cree que alguien quiere violarla. Sólo tiene catorce años y jamás ha hecho daño a nadie. Además, es de lo más impresionable Y nunca había visto esa clase de porquerías. Parece que fue ayer que todavía jugaba con el osito de peluche y la muñeca Barbie. Dudo que pueda dormir esta noche, o en unos días. Sólo espero que el susto no la haya cambiado. Ricky no dijo nada, y su sobrino prosiguió tras tomar aliento. – ¿Es eso posible, tío Frederick? Tú eres el bendito experto. ¿Puede de cambiarle a alguien la vida tan de repente? Tampoco contestó esta vez, pero la pregunta resonó en su interior. – Es horrible, ¿sabes? Horrible –soltó Timothy Graham–. Intentas proteger a tus hijos de lo asqueroso y malvado que es el mundo, pero bajas la guardia un segundo y ¡zas!, ocurre. Puede que no sea el peor caso de inocencia perdida que hayas escuchado, tío Frederick, pero tú no tienes que oír cómo la niña de tus ojos llora desconsolada el día que cumple catorce años porque alguien, en alguna parte, quiere hacerle daño. Y tras esas palabras, Timothy Graham colgó. Ricky Starks se inclinó hacia la mesa. Soltó el aire despacio entre los incisivos produciendo un largo silbido. Estaba disgustado e intrigado a la vez por lo que Rumplestiltskin había hecho. Recapituló rápidamente. El mensaje que había enviado a la adolescente no tenía nada de espontáneo; era calculado y efectivo. Era obvio que, además, había dedicado cierto tiempo a estudiarla. Mostraba también algunas habilidades a las que sería prudente prestar atención. Rumplestiltskin había logrado superar la vigilancia del colegio y tenido la pericia de un ladrón para abrir una cerradura sin destrozarla. Había salido del colegio sin ser descubierto y viajado después desde Massachussets hasta Nueva York para dejar su segundo mensaje en la sala de espera de Ricky. No había problemas de tiempo; en coche el viaje no era largo, quizá cuatro horas. Pero denotaba planificación. Pero eso no era lo que molestaba a Ricky. Cambió de postura en el asiento. Las palabras de su sobrino parecían resonar en la consulta, rebotando en las paredes y llenando el espacio con una especie de calor: «inocencia perdida». Ricky pensó en ello. A veces, en el transcurso de una sesión, un paciente decía algo que resultaba impactante, porque eran momentos de conocimiento, fases de comprensión, percepciones que indicaban un progreso. Eran los momentos que todo psicoanalista buscaba. Solían ir acompañados de una sensación de aventura y satisfacción, porque señalaban logros a lo largo del tratamiento. Esta vez no. Ricky sintió una incontrolable desesperación acompañada de miedo. Rumplestiltskin había atacado a la hija de su sobrino en un momento de vulnerabilidad infantil. Había elegido un momento que debería guardarse en el gran baúl de los recuerdos como uno de alegría, de despertar: su decimocuarto cumpleaños. Y lo había vuelto feo y aterrador. Era la amenaza más fuerte que Ricky podía imaginar, la más provocadora que podía concebir. Se llevó una mano a la frente como si tuviera fiebre. Le sorprendió no encontrarse sudor en ella. «Pensamos en las amenazas como en algo que compromete nuestra seguridad –se dijo–. Un hombre con una pistola o un cuchillo víctima de una obsesión sexual. O un conductor borracho que acelera sin precaución por la carretera. O alguna enfermedad insidiosa, como la que mató a mi esposa, que empieza a carcomernos las entrañas.» Se levantó de la silla y empezó a pasearse nerviosamente arriba, abajo. «Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.» Echó un vistazo a la carta de Rumplestiltskin. Destruir. Había usado esa palabra, junto con arruinar. Su oponente era alguien que sabía que, a menudo, lo que nos amenaza de verdad y cuesta más de combatir es algo que procede de nuestro interior. El impacto y el dolor de una pesadilla pueden ser mucho mayores que el de un puñetazo. Asimismo, a veces lo que duele no es tanto ese puñetazo como la emoción tras él. Se detuvo de golpe y se volvió hacia la pequeña estantería que había contra una de las paredes laterales de la consulta, repleta de obras, en su mayoría libros de medicina y revistas profesionales. Esos libros contenían literalmente centenares de miles de palabras que diseccionaban clínica y fríamente las emociones humanas. De pronto comprendió que era probable que todos esos conocimientos no le sirvieran de nada. Lo que quería era sacar un libro de un estante, hojear el índice y encontrar una entrada en la R para Rumplestiltskin que incluyera una descripción sucinta y sencilla del hombre que le había enviado aquella carta. Sintió miedo porque sabía que no existía tal entrada, y se encontró volviendo la espalda a los libros que hasta ese momento habían definido su profesión, y lo que recordó a cambio fue una secuencia de una novela que no releía desde su época de universitario. «Ratas –pensó–. Ponían a Winston Smith en una habitación con ratas porque sabían que era la única cosa del mundo que le daba miedo de verdad. No la muerte ni la tortura, sino las ratas.» Miró alrededor; su piso y su consulta eran dos lugares que en su opinión lo definían bien y donde se había sentido cómodo y feliz durante muchos años. Se preguntó, en ese instante, si todo eso iba a cambiar y si de repente iba a convertirse en su Habitación 101 de ficción. El lugar donde guardaban lo peor del mundo. 3 Ya era medianoche y se sentía estúpido y completamente solo. Su consulta estaba llena de carpetas, montones de cuadernos de taquigrafía, montañas de papeles y un anticuado minicasete que llevaba una década obsoleto bajo una pequeña pila de cintas. Todo ello contenía la desordenada documentación que había acumulado sobre sus pacientes a lo largo de los años. Había notas sobre sueños y entradas anotadas que enumeraban asociaciones críticas hechas por los pacientes o que se le habían ocurrido a él durante el tratamiento: palabras, frases, recuerdos reveladores. Si hubiera alguna escultura concebida para expresar la creencia de que el análisis era tanto arte como medicina, no podría ser mejor que el desorden que lo rodeaba. Había formularios nada metódicos donde constaban estaturas, pesos, razas, religiones y lugares de origen. Tenía documentos sin orden alfabético que definían tensiones arteriales, temperaturas, pulsaciones y cantidades de orina. Ni siquiera contaba con tablas organizadas y accesibles donde figurasen listas de nombres, direcciones, parientes más cercanos y diagnósticos de los pacientes. Ricky Starks no era internista, cardiólogo o patólogo, especialistas que visitan a cada paciente buscando una respuesta claramente definida a una dolencia y que conservan notas detalladas sobre el tratamiento y la evolución. La especialidad que había elegido desafiaba la ciencia que ocupaba a las demás ramas de la medicina. Eso era lo que convertía al analista en una especie de intruso dentro de la medicina y lo que atraía a la mayoría de quienes se dedicaban a esta profesión. Pero en ese momento, Ricky estaba en medio de un revoltijo creciente y se sentía como un hombre que sale de un refugio subterráneo después de haber pasado un tornado. Se le ocurrió que había ignorado el caos que era en realidad su vida hasta que algo grande y perjudicial había irrumpido en ella desestabilizando los cuidadosos equilibrios que él le había impuesto. Seguramente sería inútil intentar revisar décadas de pacientes y centenares de terapias diarias. Porque ya sospechaba que Rumplestiltskin no estaba ahí. Por lo menos, no de una manera fácil de identificar. Estaba convencido de que, si la persona que había escrito la carta hubiera honrado alguna vez su diván durante cierto tiempo para recibir tratamiento, lo habría reconocido. El tono. El estilo de la escritura. Todos los estados evidentes de cólera, rabia y furia. Para él, estos elementos habrían sido tan distintivos e inconfundibles como las huellas dactilares para un detective. Pistas reveladoras a las que habría estado atento. Sabía que esta suposición contenía bastante arrogancia. Y pensó que no debería subestimar a Rumplestiltskin hasta que supiera mucho más sobre él. Pero estaba seguro de que ningún paciente al que hubiera psicoanalizado con normalidad volvería años más tarde resentido y enfurecido, tan cambiado como para ocultarle su identidad. Podía regresar, todavía con las cicatrices internas que lo habían impulsado a acudir a él en principio. O regresar frustrado y enfurecido porque el análisis no es como un antibiótico para el alma; no erradica la desesperación infecciosa que incapacita a algunas personas. O regresar enfadado, con la sensación de haber desperdiciado años hablando sin que nada hubiera cambiado demasiado para él. Eran posibilidades, aunque en las casi tres décadas de Ricky como analista, había habido pocos fracasos así. Por lo menos, que él supiera. Pero no era tan engreído como para creer que cualquier tratamiento, por largo que fuera, conseguía invariablemente un éxito total. Siempre habría terapias con peores resultados que otras. Tenía que haber pacientes a los que no hubiera ayudado. O a los que hubiera ayudado menos. O que hubieran retrocedido de las percepciones que proporciona el análisis hacia algún estado anterior. Incapacitados de nuevo. Desesperados de nuevo. Pero Rumplestiltskin presentaba un retrato muy distinto. El tono de la carta y el mensaje transmitido a la hija de catorce años de su sobrino mostraban a una persona calculadora, agresiva y, contra toda lógica, segura de sí misma. «Un psicópata», pensó Ricky asignando un término clínico a alguien todavía confuso en su mente. Eso no significaba que tal vez una o dos veces a lo largo de las décadas de su carrera profesional no hubiera tratado a individuos con tendencias psicopáticas. Pero nadie había mostrado nunca el grado de odio y obsesión de Rumplestiltskin. Aun así, el autor de la carta era alguien relacionado con un paciente al que había tratado sin éxito. El secreto estaba en determinar quiénes eran esos ex pacientes y en seguirles el rastro hasta Rumplestiltskin. Porque, ahora que lo había meditado varias horas, no le quedaba duda de que ahí estaba la relación. La persona que quería que se suicidara era el hijo, el cónyuge o el amante de alguien. Así pues, la primera tarea consistía en determinar qué paciente había dejado el tratamiento en malas circunstancias. A partir de ahí podría empezar a retroceder. Se abrió paso por entre el revoltijo que había organizado hacia la mesa y tomó la carta de Rumplestiltskin. «Pertenezco a algún momento de su pasado.» Ricky observó fijamente las palabras y luego echó un vistazo a los montones de notas esparcidos por la consulta. «De acuerdo –se dijo–. La primera tarea es organizar mi historial profesional. Encontrar la partes que puedan eliminarse.» Soltó un profundo suspiro. ¿Había cometido algún error como interno en el hospital hacía más de veinticinco años que volviera ahora para perseguido? ¿Podría recordar siquiera a esos primeros pacientes? Cuando efectuaba su formación psicoanalítica, había participado en un estudio de esquizofrénicos paranoides ingresados en la sala psiquiátrica del hospital Bellevue. El objeto del estudio era determinar los factores previsibles de los crímenes violentos, pero no había sido un éxito clínico. Sin embargo, había conocido y participado en el tratamiento de hombres que cometieron delitos graves. Era lo más cerca que había estado nunca de la psiquiatría forense, y no le había gustado demasiado. En cuanto su trabajo en el estudio hubo terminado, se retiró de nuevo al mundo más seguro y físicamente menos exigente de Freud y sus seguidores. Ricky sintió una sed repentina, como si tuviera la garganta reseca. Se percató de que no sabía casi nada sobre el crimen y los criminales. No tenía ninguna experiencia especial en violencia. Lo cierto era que le interesaba poco ese campo. No creía conocer siquiera a ningún psiquiatra forense. Ninguno figuraba en el reducidísimo círculo de amigos y conocidos profesionales con que se mantenía de vez en cuando en contacto. Miró los libros que ocupaban los estantes. Ahí estaba Krafft–Ebing, con su influyente obra sobre psicopatología sexual. Pero eso era todo, y dudaba mucho que Rumplestiltskin fuera un psicópata sexual, a pesar del mensaje pornográfico enviado a la hija de su sobrino. – ¿Quién eres? –dijo en voz alta, y sacudió la cabeza–. No –se corrigió–. En primer lugar, ¿qué eres? Y se respondió que, si conseguía contestar a eso, descubriría quién era. «Puedo hacerlo –pensó, tratando de fortalecer su confianza– Mañana me sentaré y me esforzaré en preparar una lista de antiguos pacientes. Los dividiré en categorías que representen todas las fases de mi vida profesional. Después empezaré a investigar. Encontraré el fracaso que me conectará con Rumplestiltskin.» Agotado y en absoluto seguro de haber logrado nada, Ricky salió de la consulta y se dirigió a su habitación. Era un dormitorio sencillo y austero, con una mesilla de noche, una cómoda, un modesto armario y una cama individual. Antes, había habido una cama de matrimonio con una cabecera elaborada y cuadros de colores muy vistosos en las paredes pero, tras la muerte de su esposa, se había desprendido de la cama y elegido algo más simple y estrecho. Los adornos y obras de arte alegres con que su mujer había decorado la habitación también habían desaparecido en su mayoría. Había dado su ropa a la beneficencia y enviado sus joyas y objetos personales a las tres hijas de su cuñada. En la cómoda conservaba una fotografía de los dos tomada quince años atrás delante de su casa de verano de Wellfleet una mañana clara y azul de verano. Pero desde su muerte había borrado de modo sistemático la mayoría de signos externos de su anterior presencia. Una muerte lenta y dolorosa seguida de tres años de borradura. Se quitó la ropa, entreteniéndose en doblar con cuidado los pantalones y en colgar la chaqueta azul. La camisa fue a parar a la cesta de la ropa sucia. Dejó la corbata en la superficie de la cómoda. Luego, se dejó caer en el borde de la cama en ropa interior, pensando que le gustaría tener más energía. En el cajón de la mesilla tenía un frasco de somníferos que rara vez tomaba. Habían superado con creces su fecha de caducidad, pero supuso que todavía le harían efecto esa noche. Se tragó uno y un pedacito de otro con la esperanza de que lo sumieran pronto en un sueño profundo e insensibilizante. Se sentó un instante, pasó la mano por las ásperas sábanas de algodón y pensó que era una extraña paradoja que un analista se enfrentase a la noche deseando desesperadamente que los sueños no perturbaran su descanso. Los sueños eran acertijos inconscientes e importantes que reflejaban el alma. Lo sabía, y solían ser vías que le gustaba recorrer. Pero esa noche se sentía abrumado y se acostó mareado, con el pulso aún acelerado, y ansioso de que la medicación lo sumiera en la oscuridad. Del todo agotado por el Impacto de aquella carta amenazadora, en ese momento se sintió mucho más viejo que los cincuenta y tres años que había cumplido. Su primera paciente de ese último día antes de sus proyectadas vacaciones de agosto llegó puntualmente a las siete de la mañana e indicó su presencia con las tres llamadas características del timbre de su consulta. Le pareció que la sesión había ido bien. Nada apasionante, nada dramático. Cierto progreso constante. La joven del diván era una asistente social psiquiátrica de tercer año que quería obtener su titulación en psicoanálisis sin pasar por la facultad de medicina. No era el camino mejor ni el más fácil para convertirse en analista, y estaba muy mal visto por algunos de sus colegas porque no incluía la titulación médica tradicional, pero constituía un método que él siempre había admirado. Requería una verdadera pasión por la profesión, una devoción inquebrantable al diván y lo que podía lograr. A menudo Ricky reconocía que hacía años que no había tenido que recurrir al «doctor» que precedía su nombre. La terapia de la joven se centraba en unos padres agresivos que habían rodeado su infancia de un ambiente cargado de logros pero falto de cariño. Por consiguiente, en sus sesiones con Ricky solía estar impaciente, ansiosa por lograr percepciones que encajaran con sus lecturas y trabajo del curso en el. Instituto de Psicoanálisis de la ciudad. Ricky no dejaba de frenarla y de procurar que entendiese que conocer los hechos no implica necesariamente comprenderlos. Cuando tosió un poco, cambió de postura en el asiento y dijo: – Bueno, me temo que ya se ha acabado el tiempo por hoy. La joven, que había estado hablando sobre un nuevo novio de dudosas posibilidades, suspiró. – Bueno, veremos si sigue conmigo de aquí a un mes... –Lo que hizo sonreír a Ricky. La paciente se incorporó del diván y, antes de marcharse con brío, se despidió: – Que le vayan bien las vacaciones, doctor. Nos veremos en septiembre. Todo el día pareció transcurrir con la normalidad de siempre. Recibió un paciente tras otro, sin demasiada aventura emocional. En su mayoría eran veteranos de la época de vacaciones y más de una vez sospechó que, de modo inconsciente, consideraban mejor no revelar sentimientos cuyo examen iba a demorarse un mes. Por supuesto, lo que se omitía era tan interesante como lo que se podía haber dicho, y con cada paciente estuvo alerta a esos agujeros en la narración. Tenía una confianza ilimitada en su habilidad de recordar con precisión palabras y frases pronunciadas que podrían estar provechosamente latentes durante el mes de paréntesis. En los minutos entre una sesión y otra se dedicó a recordar sus años anteriores para empezar a preparar una lista de pacientes anotando nombres en un cuaderno. A medida que avanzaba el día, la lista fue creciendo. Pensó que su memoria seguía siendo buena, lo que lo animó. La única decisión que tuvo que tomar fue a la hora del almuerzo, cuando normalmente habría salido a dar su paseo diario, como Rumplestiltskin había descrito. Ese día vaciló. Por una parte quería romper la rutina que la carta detallaba con tanta exactitud, como una especie de desafío. Pero sería un desafío mucho mayor seguir la rutina para que Rumplestiltskin viera que su amenaza no lo había amedrentado. Así pues, salió a mediodía y recorrió la misma ruta de siempre, pasando por las mismas plazas y aspirando el aire opresivo de la ciudad con la misma regularidad con que lo hacía cada día. No estaba seguro de si quería que Rumplestiltskin lo siguiera o no, pero más de una vez tuvo que contener el impulso de darse la vuelta de repente para ver si alguien lo seguía. Cuando regresó al piso, suspiró aliviado. Los pacientes de la tarde siguieron la misma pauta que los de la mañana. Algunos estaban algo resentidos por las próximas vacaciones; era de esperar. Otros expresaron cierto miedo y bastante ansiedad. La rutina de las sesiones diarias de cincuenta minutos era poderosa, y a unos cuantos los desasosegaba saber que carecerían de ese sostén aunque fuera por tan poco tiempo. Aun así, tanto ellos como él sabían que el tiempo pasaría y, como todo en psicoanálisis, el tiempo pasado lejos del diván podría conllevar nuevas percepciones sobre el proceso. Todo, cada momento, cualquier cosa durante la vida cotidiana podía asociarse a la percepción. Y eso hacía que el proceso fuera fascinante tanto para el paciente como para el analista. Cuando faltaba un minuto para las cinco, miró por la ventana. El día estival seguía dominando el mundo fuera de la consulta: sol brillante, temperaturas que superaban los 33°C. El calor de la ciudad poseía una insistencia que exigía reconocimiento. Escuchó el zumbido del aire acondicionado y, de repente, recordó cómo era todo en sus inicios, cuando una ventana abierta y un viejo ventilador oscilante y ruidoso eran el único alivio que podía permitirse para el ambiente sofocante y neblinoso de la ciudad en el mes de julio. A veces le parecía como si no hubiera aire en ninguna parte. Apartó los ojos de la ventana al oír los tres toques del timbre. Se puso de pie y se dirigió a abrir la puerta para que el señor Zimmerman entrara con toda su impaciencia. A Zimmerman no le gustaba esperar en la sala. Llegaba unos segundos antes del inicio de la sesión y esperaba ser recibido al instante. En una ocasión, Ricky había observado cómo se paseaba en la acera frente a su edificio, una tarde fría de invierno, sin dejar de consultar frenéticamente el reloj cada pocos segundos, deseando con todas sus fuerzas que pasara el tiempo para no tener que esperar dentro. En más de una ocasión, Ricky había tenido la tentación de dejar que esperara con impaciencia unos minutos para ver si así podía estimular su comprensión sobre por qué le resultaba tan importante ser tan preciso. Pero no lo había hecho. En lugar de eso, abría la puerta a las cinco en punto todos los días laborables para que ese hombre enojado entrara como una exhalación en la consulta, se echara en el diván y se pusiera de inmediato a contar con sarcasmo y con furia todas las injusticias que esa jornada le había deparado. Ricky inspiró hondo y puso su mejor cara de póquer. Tanto si Ricky sentía que tenía en la mano un full como una mano perdedora, Zimmerman recibía todos los días la misma expresión imperturbable; Abrió la puerta y empezó su saludo habitual: – Buenas tardes... Pero en la sala de espera no estaba Roger Zimmerman. En su lugar, Ricky se encontró frente a una joven escultural y atractiva. Llevaba una gabardina negra, con cinturón, que le llegaba hasta los zapatos, muy fuera de lugar en ese caluroso día veraniego, y unas gafas oscuras, que se quitó dejando al descubierto unos penetrantes y vibrantes ojos verdes. Tendría treinta y pocos años. Una mujer cuya belleza estaba en su punto álgido y cuyo conocimiento del mundo se había agudizado más allá de la juventud. – Perdone... –se excusó Ricky, vacilante–, pero... – Descuide -dijo la joven con displicencia a la vez que sacudía su melena rubia hasta los hombros y hacía un ligero gesto con la mano-. Hoy Zimmerman no vendrá. Estoy aquí en su lugar. – Pero él... – Ya no lo necesitará más -prosiguió la joven- Decidió terminar su tratamiento exactamente a las dos treinta y siete de esta tarde. Aunque parezca mentira, tomó esa decisión en la parada de metro de la calle Noventa y dos después de una breve conversación con el señor R. Fue el señor R quien lo convenció de que ya no necesitaba ni deseaba sus servicios. Y, para nuestra sorpresa, a Zimmerman no le costó nada llegar a esa conclusión. Y, dicho eso, pasó junto al sorprendido médico y entró en la consulta. 4 – Así que es aquí donde se desvela el misterio –dijo la joven alegremente. Ricky la observaba mientras ella echaba un vistazo alrededor de la pequeña habitación. Su mirada pasó por el diván, su silla, su mesa. Avanzó y examinó los libros que había en los estantes, inclinando la cabeza a medida que leía los títulos densos y aburridos. Pasó un dedo por el lomo de un volumen y, al comprobar el polvo que se le acumulaba en la yema, meneó la cabeza. –Poco usado... –murmuró. Levantó los ojos hacia él y comentó en tono de reproche–: ¿Cómo? ¿Ni un solo libro de poesía, ninguna novela? Se acercó a la pared de color crema donde colgaban los diplomas y algunos cuadros de pequeñas dimensiones, junto con un retrato enmarcado en roble del Gran Hombre en persona. Freud sostenía en la foto su omnipresente puro y lucía una mirada triste con sus ojos hundidos. Una barba blanca le cubría la mandíbula precancerosa que iba a resultarle tan dolorosa en sus últimos años. La joven dio unos golpecitos al cristal del retrato con uno de sus largos dedos, en los que lucía uñas pintadas de rojo. – Es interesante ver cómo cada profesión parece tener algún icono colgado de la pared. Me refiero a que si fueras sacerdote, tendrías a Jesús en un crucifijo. Un rabino tendría una estrella de David, o una menorá. Cualquier político de tres al cuarto tiene un retrato de Lincoln o de Washington. Debería haber una ley que lo prohibiese. A los médicos les gusta tener a mano esos modelos de plástico desmontables de un corazón, una rodilla o algún otro órgano. Hasta donde sé, un programador informático de Sillicon Valley tiene un retrato de Bill Gates en su despacho, donde lo venera cada día. Un psicoanalista como tú, Ricky, necesita la imagen de san Sigmund. Eso indica a quien entra aquí quién estableció en realidad las directrices. Y supongo que te confiere una legitimidad que, de otro modo, podría cuestionarse. Ricky Starks agarró en silencio una silla y la situó frente a su escritorio. Luego lo rodeó e indicó a la joven que tomara asiento. – ¿Cómo? –dijo ésta con brío–. ¿No voy a ocupar el famoso diván? –Sería prematuro –contestó Ricky con frialdad. Le indicó que se sentara por segunda vez. La joven recorrió de nuevo la habitación con sus vibrantes ojos verdes como si procurara memorizar todo lo que contenía y, finalmente, se dejó caer en la silla. Lo hizo con languidez, a la vez que metía la mano en un bolsillo de la gabardina negra y sacaba un paquete de cigarrillos. Se colocó uno entre los labios y encendió un mechero transparente de gas, pero detuvo la llama a unos centímetros del pitillo. – Oh –dijo la joven con expresión sonriente–. Qué mal educada soy. ¿Te apetece fumar, Ricky? El psicoanalista negó con la cabeza. – Claro que no –prosiguió ella sin dejar de sonreír– ¿Cuándo fue que lo dejaste? ¿Hace quince años? ¿Veinte? De hecho, Ricky, creo que fue en 1977, si el señor R no me ha informado mal. Había que ser valiente para dejar de fumar, Ricky. En esa época mucha gente encendía el cigarrillo sin pensar en lo que hacía, porque, aunque las tabacaleras lo negaban, la gente sabía que era malo para la salud. Te mataba, era cierto. Así que la gente prefería no pensar en ello. La táctica del avestruz aplicada a la salud: mete la cabeza en un agujero e ignora lo evidente. Además, pasaban tantas otras cosas por aquel entonces. Guerras, disturbios, escándalos. Según me dicen, fueron unos años maravillosos de vivir. Pero Ricky, el joven doctor en ciernes, logró dejar de fumar cuando era un hábito popularísimo y estaba lejos de ser considerado socialmente inaceptable como ahora. Eso me dice algo. La joven encendió el cigarrillo, dio una larga calada y dejó escapar parsimoniosamente el humo. – ¿Un cenicero? –pidió. Ricky abrió un cajón del escritorio y sacó el que guardaba allí. Lo puso en el borde del escritorio. La joven apagó el cigarrillo de inmediato. – Listos –dijo–. Sólo un ligero olor acre a humo para recordarnos esa época. – ¿Por qué es importante recordar esa época? –preguntó Ricky tras un momento. La joven entornó los ojos, echó la cabeza atrás y soltó una larga carcajada. Fue un sonido discordante, fuera de lugar, como una risotada en una iglesia o un clavicémbalo en un aeropuerto. Cuando su risa se desvaneció, dirigió una mirada penetrante a Ricky. – Es importante recordarlo todo. Todo lo de esta visita, Ricky. ¿No es eso cierto para todos los pacientes? No sabes qué dirán o cuándo dirán lo que te abrirá su mundo, ¿verdad? De modo que tienes que estar alerta todo el rato. Porque nunca sabes con exactitud cuándo podría abrirse la puerta que te revele los secretos ocultos. Así que debes estar siempre preparado y receptivo. Atento. Siempre pendiente de la palabra o la historia que se escapa y te descubre muchas cosas, ¿no? ¿No es ésta una buena evaluación del proceso? Ricky asintió. – Muy bien –soltó la joven con brusquedad–. ¿Por qué deberías pensar que esta visita es distinta de las demás? Aunque resulta evidente que lo es. De nuevo, él permaneció callado unos segundos, contemplando a la joven con la intención de desconcertarla. Pero parecía extrañamente fría y serena, y el silencio, que sabía que a menudo es el sonido más inquietante de todos, no parecía afectarla. Por fin, habló en voz baja. – Estoy en desventaja. Parece saber mucho sobre mí y, como mínimo, un poco de lo que pasa aquí, en esta consulta, y yo ni siquiera conozco su nombre. Me gustaría saber a qué se refiere cuando dice que el señor Zimmerman ha terminado su tratamiento, porque el señor Zimmerman no me ha dicho nada. Y me gustaría saber cuál es su conexión con el individuo al que usted llama señor R y que supongo es la misma persona que me mandó la carta amenazadora firmada a nombre de Rumplestiltskin. Quiero que conteste a estas preguntas de inmediato. Si no, llamaré a la policía. La joven volvió a sonreír. Nada nerviosa. –¿Vamos a lo práctico? – Respuestas –la urgió él. – ¿No es eso lo que buscamos todos, Ricky? ¿Todos los que cruzan la puerta de esta consulta? ¿Respuestas? Él alargó la mano hacia el teléfono. – ¿No imaginas que, a su manera, eso es también lo que quiere el señor R? Respuestas a preguntas que lo han atormentado durante años. Vamos, Ricky. ¿No estás de acuerdo en que hasta la venganza más terrible empieza con una simple pregunta? Ricky pensó que ésa era una idea fascinante. Pero el interés de la observación se vio superado por la creciente irritación que le despertaba la actitud de la joven. Sólo mostraba arrogancia y seguridad. Puso la mano en el auricular. No sabía qué otra cosa hacer. – Conteste mis preguntas enseguida, por favor –dijo–. De lo contrario llamaré a la policía y dejaré que ella se encargue de todo. – ¿No tienes espíritu deportivo, Ricky? ¿No te interesa participar en el juego? – No veo qué clase de juego implica enviar pornografía asquerosa y amenazadora a una chica impresionable. Ni tampoco qué tiene de juego pedirme que me suicide. – Pero, Ricky –sonrió la mujer–, ¿no sería ése el mayor juego de todos? ¿Superar a la muerte? Eso detuvo la mano de Ricky, aún sobre el teléfono. La joven le señaló la mano. – Puedes ganar, Ricky. Pero no si descuelgas ese teléfono y llamas a la policía. Entonces alguien, en algún sitio, perderá. La promesa está hecha y te aseguro que se cumplirá. El señor R es un hombre de palabra, y cuando ese alguien pierda, tú también perderás. Estamos sólo en el primer día, Ricky. Rendirte ahora sería como aceptar la derrota antes del saque inicial. Antes de haber tenido tiempo de pasar siquiera del medio campo. Ricky apartó la mano. – ¿Su nombre? –preguntó. – Por hoy y con objeto del juego, llámame Virgil[1]. Todo poeta necesita un guía. – Virgil es nombre de hombre. La mujer se encogió de hombros. – Tengo una amiga que responde al nombre de Rikki. ¿Tiene eso alguna importancia? – No. ¿Y su relación con Rumplestiltskin? –Es mi jefe. Es muy rico y puede contratar todo tipo de ayuda. Cualquier clase de ayuda que quiera. Para lograr cualquier medio y fin que prevea para cualquier plan que tenga en mente. Ahora está concentrado en ti. – Así pues, imagino que si es su jefe, usted tiene su nombre, una dirección, una identidad que podría darme y terminar con esta locura de una vez por todas. – Lo siento pero no, Ricky –dijo Virgil sacudiendo la cabeza–. El señor R no es tan ingenuo como para revelar su identidad a meros factótums[2] como yo. Y, aunque pudiera ayudarte, no lo haría. No sería deportivo. Imagina que cuando el poeta y su guía vieron el cartel que ponía «Abandonad, los que aquí entráis, toda esperanza»[3], Virgil se hubiera encogido de hombros y contestado: «¡Joder! Nadie querría entrar ahí...» Eso habría arruinado el libro. No puedes escribir una epopeya cuyo héroe se dé la vuelta ante las puertas del infierno, ¿no crees, Ricky? No. Tienes que cruzar esa entrada. – Entonces ¿por qué ha venido? – Ya te lo dije. Creyó que podías dudar sobre su sinceridad, aunque esa jovencita con el papá aburrido y previsible de Deerfield cuyas emociones adolescentes se alteraron con tanta facilidad debería de haberte bastado como mensaje. Pero las dudas siembran vacilación y sólo te quedan dos semanas para jugar, lo que es poco tiempo. De ahí que te haya enviado un guía de fiar para que arranques. Yo. – Muy bien –dijo Ricky–. Usted insiste con lo de un juego. Pero no es ningún juego para el señor Zimmerman. Lleva poco menos de un año de psicoanálisis, y su tratamiento está en una fase importante. Usted y su jefe, el misterioso señor R, pueden joderme la vida si quieren. Eso es una cosa. Pero otra muy distinta es que involucren a mis pacientes. Eso supone cruzar un límite. Virgil levantó una mano. – Procura no sonar tan pomposo, Ricky –ronroneó. Él la miró con dureza. Pero ella hizo caso omiso y, con un ligero gesto de la mano, añadió: – Zimmerman fue elegido para formar parte del juego. -Ricky debió de parecer asombrado, porque Virgil prosiguió– No demasiado contento al principio, según me han dicho, pero con un extraño entusiasmo después. Yo no participé en esa conversación, de modo que no puedo darte detalles. Mi función era otra. Sin embargo, te diré quién intervino. Una mujer de mediana edad y algo desfavorecida llamada Lu Anne, un nombre bonito y, sin duda, inusual y poco adecuado dada su precaria situación en este mundo. El caso, Ricky, es que cuando me vaya de aquí, te convendría hablar con Lu Anne. Quién sabe lo que podrías averiguar. Y estoy segura de que buscarás al señor Zimmerman para que te dé una explicación, pero también estoy segura de que no te será fácil encontrarlo. Como dije, el señor R es muy rico y está acostumbrado a salirse con la suya. Ricky iba a pedirle que se explicara, pero Virgil se levantó. – ¿Te importa si me quito la gabardina? –preguntó con voz ronca. – Como quiera –dijo Ricky con un gesto amplio de la mano; un movimiento que significaba aceptación. Virgil sonrió de nuevo y se desabrochó despacio los botones delanteros y el cinturón. Después, con un movimiento brusco, dejó caer la prenda al suelo. No llevaba nada debajo. Se puso una mano en la cadera y ladeó el cuerpo provocativamente en su dirección. Se volvió y le dio la espalda un momento, para girar de nuevo y mirarlo de frente. Ricky asimiló la totalidad de su figura con una sola mirada. Sus ojos actuaron como una cámara fotográfica para captar los senos, el sexo y las largas piernas, y regresar, por fin, a los ojos de Virgil, que brillaban expectantes. – ¿Lo ves, Ricky? –musitó ella–. No eres tan viejo. ¿Notas cómo te hierve la sangre? Una ligera animación en la entrepierna, ¿no? Tengo una buena figura, ¿verdad? –Soltó una risita–. No hace falta que contestes. Conozco bien la reacción. La he visto antes, en muchos hombres. Siguió mirándolo, como segura de que podía adivinar la dirección que seguiría la mirada de él. – Siempre existe ese momento maravilloso, Ricky -comentó Virgil con una ancha sonrisa–, en que un hombre ve por primera vez el cuerpo de una mujer. Sobre todo el cuerpo de una mujer que no conoce. Una visión que es toda aventura. Su mirada cae en cascada, como el agua por un precipicio. Entonces, como pasa ahora contigo, que preferirías contemplar mi entrepierna, el contacto visual provoca algo de culpa. Es como si el hombre quisiera decir que todavía me ve como una persona mirándome a la cara pero, en realidad, está pensando como una bestia, por muy educado y sofisticado que finja ser. ¿No es acaso lo que está pasando ahora? Él no contestó. Hacía años que no estaba en presencia de una mujer desnuda, y eso parecía generar una convulsión en su interior. Le retumbaban los oídos con cada palabra de Virgil, y era consciente de que se sentía acalorado, como si la elevada temperatura exterior hubiese irrumpido en la consulta. Virgil siguió sonriéndole. Se dio la vuelta una segunda vez para exhibirse de nuevo. Posó, primero en una posición y luego en otra, como la modelo de un artista que trata de encontrar la postura correcta. Cada movimiento de su cuerpo parecía aumentar la temperatura de la habitación unos grados más. Finalmente, se agachó despacio para recoger la gabardina negra del suelo. La sostuvo un segundo, como si le costara volver a ponérsela. Pero enseguida, con un movimiento rápido, metió los brazos por las mangas y empezó a abrochársela. Cuando su figura desnuda desapareció, Ricky se sintió arrancado de algún tipo de trance hipnótico o, por lo menos, como creía que debía sentirse un paciente al despertar de una anestesia. Empezó a hablar, pero Virgil levantó una mano. – Lo siento, Ricky –le interrumpió–. La sesión ha terminado por hoy. Te he dado mucha información y ahora te toca actuar. No es algo que se te dé bien, ¿verdad? Lo que tú haces es escuchar. Y después nada. Bueno, esos tiempos se han acabado, Ricky. Ahora tendrás que salir al mundo y hacer algo. De otro modo... Será mejor que no pensemos en eso. Cuando el guía te señala, tienes que seguir el camino. Que no te pillen de brazos cruzados. Manos a la obra y todo eso. Ya sabes, al que madruga Dios le ayuda. Es un consejo buenísimo. Síguelo. Se dirigió con rapidez a la puerta. – Espera –dijo Ricky impulsivamente–. ¿Volverás? – Quién sabe –contestó Virgil con una sonrisita–. Puede que de vez en cuando. Veremos cómo te va. –Abrió la puerta y se marchó. Escuchó un momento el taconeo de sus zapatos en el pasillo. Luego, se levantó de un brinco y corrió hacia la puerta. La abrió, pero Virgil ya no estaba en el pasillo. Se quedó ahí un instante y volvió a entrar en la consulta. Se acercó a la ventana y miró fuera, justo a tiempo de ver cómo la joven salía por el portal del edificio. Una limusina negra se acercó a la entrada y Virgil subió en ella. El coche se alejó calle abajo, de forma demasiado repentina para que Ricky pudiese haber visto la matrícula o cualquier otra característica de haber sido lo bastante organizado e inteligente como para pensar en ello. A veces, frente a las playas de Cape Cod, en Wellfleet, cerca de su casa de veraneo, se forman unas fuertes corrientes de retorno superficial que pueden ser peligrosas y, en ocasiones, mortales. Se crean debido a la fuerza del océano al golpear la costa, que acaba por excavar una especie de surco bajo las olas en la restinga que protege la playa. Cuando el espacio se abre, el agua entrante encuentra de repente un nuevo lugar para regresar al mar y circula por este canal subacuático. Entonces, en la superficie se produce la corriente de retorno. Cuando alguien queda atrapado en esta corriente, hay un par de cosas que debe hacer y que convierten la experiencia en algo perturbador, quizás aterrador y sin duda agotador, pero más que nada molesto. Si no las hace, lo más probable es que muera. Como la corriente de retorno superficial es estrecha, no hay que luchar nunca contra ella. Hay que limitarse a nadar paralelo a la costa, y en unos segundos el tirón violento de la corriente se suaviza y lo deja a uno a poca distancia de la playa. De hecho, las corrientes de retorno superficial suelen ser también cortas, de modo que uno se puede dejar llevar por ellas y cuando el tirón disminuye situarse en el lugar adecuado y nadar de vuelta a la playa. Ricky sabía que se trataba de unas instrucciones sencillísimas que, comentadas en un cóctel en tierra firme, o incluso en la arena caliente a la orilla del mar, hacen que salir de una corriente de retorno superficial no parezca más difícil que sacudirse una pulga de mar de la piel. La realidad, por supuesto, es mucho más complicada. Ser arrastrado inexorablemente hacia el océano, lejos de la seguridad de la playa, provoca pánico al instante. Estar atrapado por una fuerza muy superior es aterrador. El miedo y el mar son una combinación letal. El terror y el agotamiento ganan al bañista. Ricky recordaba haber leído en el Cape Cod Times por lo menos un caso cada verano de alguien ahogado, a escasos metros de la costa y la seguridad. Intentó controlar sus emociones, porque se sentía atrapado en una corriente de retorno superficial. Inspiró hondo y luchó contra la sensación de que lo arrastraban hacia un lugar oscuro y peligroso. En cuanto la limusina que llevaba a Virgil hubo desaparecido de su vista, encontró el teléfono de Zimmerman en la primera página de su agenda, donde lo había anotado y después olvidado, ya que nunca se había visto obligado a llamado. Marcó el número pero no obtuvo respuesta. Ni Zimmerman. Ni su madre sobreprotectora. Ni un contestador ni servicio automático. Sólo un tono de llamada reiterado y frustrante. En ese momento de confusión decidió que debía hablar directamente con Zimmerman. Aunque Rumplestiltskin lo hubiera sobornado de algún modo para que abandonara el tratamiento, quizá lograse arrojar algo de luz sobre la identidad de su torturador. Zimmerman era un hombre amargado pero incapaz de callarse nada. Ricky colgó con brusquedad el auricular y agarró la chaqueta. En unos segundos estaba fuera. Las calles de la ciudad seguían llenas de luz diurna, aunque ya era el atardecer. El resto del tráfico de la hora punta atascaba aún la calzada, aunque la multitud de peatones que saturaba las aceras se había reducido un poco. Nueva York, como toda gran ciudad, aunque presumiera de veinticuatro horas de vida al día, seguía los mismos ritmos que cualquier otro sitio: energía por la mañana, determinación a mediodía, apetito por la noche. No prestó atención a los restaurantes abarrotados, aunque más de una vez percibió un olor apetitoso al pasar por delante de alguno. Pero en ese momento el apetito de Ricky Starks era de otro tipo. Hizo algo que no hacía casi nunca. En lugar de tomar un taxi, se dispuso a cruzar Central Park a pie. Pensó que el tiempo y el ejercicio le ayudarían a dominar sus emociones, a controlar lo que le estaba pasando. Pero, a pesar de su formación y de sus cacareados poderes de concentración, le costaba recordar lo que Virgil le había dicho, aunque no tenía dificultad en evocar hasta el último matiz de su cuerpo, desde su sonrisa juguetona hasta la curva de sus senos o la forma de su sexo. El calor del día se había prolongado al anochecer. Al cabo de pocos metros, notó que el sudor se le acumulaba en el cuello y las axilas. Se aflojó la corbata, se quitó la chaqueta y se la echó al hombro, lo que le daba un aspecto desenvuelto que contradecía lo que sentía. El parque todavía estaba lleno de gente que hacía ejercicio y más de una vez se hizo a un lado para dejar pasar a un grupo de corredores. Vio gente disciplinada que paseaba al perro en las zonas habilitadas para ello y pasó junto a varios partidos de béisbol en campos dispuestos de tal modo que los perímetros se tocaban. A menudo, un jugador exterior derecho estaba más o menos junto al exterior izquierdo de otro partido. Parecía existir una extraña etiqueta urbana para este espacio compartido, de modo que cada jugador concentraba la atención en su propio partido sin inmiscuirse en el otro. De vez en cuando, una pelota bateada invadía el terreno del otro campo, y los jugadores encajaban diligentemente esa interrupción antes de seguir con el suyo. Ricky pensó que la vida rara vez era tan sencilla y tan armoniosa. «Normalmente, nos estorbamos los unos a los otros», pensó. Tardó otro cuarto de hora de paseo a buen ritmo en llegar a la manzana de la casa de Zimmerman. Para entonces estaba sudado de verdad, y deseaba llevar unas zapatillas de deporte viejas en lugar de aquellos mocasines de piel que parecían irle pequeños y amenazaban con provocarle llagas. Tenía empapada la camiseta y manchada la camisa azul, el cabello apelmazado y pegado a la frente. Se detuvo frente al escaparate de una tienda para comprobar su aspecto y, en lugar del médico disciplinado y sereno que saludaba a sus pacientes con el rostro inexpresivo a la puerta de su consulta, vio a un hombre desaliñado y ansioso, perdido en un mar de indecisión. Parecía agobiado y acaso un poco asustado. Dedicó unos instantes a recobrar la compostura. Nunca antes, en sus casi tres décadas de profesión, había roto la relación rígida y formal entre paciente y analista. Jamás había imaginado que iría a casa de un paciente a ver cómo estaba. Por muy desesperado que pudiese sentirse el paciente, era éste quien se desplazaba con su depresión hacia la consulta. Él quien se acercaba a Ricky. Si estaba angustiado y abrumado, lo llamaba y pedía hora. Eso formaba parte del proceso de mejora. Por difícil que les resultara a algunas personas, por mucho que sus emociones las incapacitaran, el mero acto físico de ir a su consulta era un paso fundamental. Verse fuera de la consulta era algo totalmente excepcional. A veces, las barreras artificiales y las distancias que creaba la relación entre paciente y médico parecían crueles, pero gracias a ellas se llegaba a la percepción. Vaciló en la esquina, a media manzana del piso de Zimmerman, un poco sorprendido de estar ahí. Que su vacilación se diferenciara poco de las veces en que Zimmerman caminaba arriba y abajo frente a su edificio le pasó inadvertido. Dio dos o tres pasos y se detuvo. Sacudió la cabeza y, en voz baja, masculló: – No puedo hacerlo. Una pareja joven que pasaba cerca debió de oír sus palabras, porque el chico dijo: – Claro que puedes, tío. No es tan difícil. La chica se echó a reír y simuló darle un golpecito como si lo reprendiera por ser tan ingenioso y maleducado a la vez. Siguieron adelante, hacia lo que les esperara esa noche, mientras que Ricky seguía parado, balanceándose como un bote amarrado, incapaz de desplazarse, pero aun así zarandeado por el viento y las corrientes. Recordó las palabras de Virgil: Zimmerman había decidido dejar el tratamiento a las dos y treinta y siete de esa tarde en una parada de metro cercana. No tenía sentido. Miró hacia atrás y vio una cabina telefónica en la esquina. Se acercó, introdujo una moneda y marcó el número de Zimmerman. De nuevo el teléfono sonó una docena de veces sin que nadie contestara. Esta vez, sin embargo, Ricky se sintió aliviado. La ausencia de respuesta en casa de Zimmerman parecía eximirlo de la necesidad de llamar a su puerta, aunque le sorprendía que la madre no contestara. Según su hijo, se pasaba casi todo el día postrada en cama, incapacitada y enferma, salvo para sus inagotables exigencias y comentarios denigrantes que soltaba sin cesar. Colgó y retrocedió. Echó un largo vistazo al edificio donde vivía Zimmerman y sacudió la cabeza. «Tienes que controlar esta situación», se dijo. La carta amenazadora, el acoso a la hija de su sobrino y la aparición de aquella despampanante mujer en su consulta habían alterado su equilibrio. Necesitaba reimplantar el orden en los acontecimientos y trazarse un camino a seguir para salir del juego en que estaba atrapado. Lo que no debía hacer era malograr casi un año de análisis con Roger Zimmerman por estar asustado y actuando con precipitación. Decirse estas cosas lo tranquilizó. Se dio media vuelta, decidido a regresar a su casa y hacer las maletas para irse de vacaciones. Sin embargo, vio la entrada de la parada de metro de la calle Noventa y dos. Como muchas otras, consistía en unas simples escaleras que se hundían en la tierra, con un discreto rótulo de letras amarillas arriba. Avanzó en esa dirección, se detuvo un momento en lo alto de las escaleras y bajó, impulsado de repente por una sensación de error y de miedo, como si algo estuviera saliendo despacio de la niebla y volviéndose nítido. Sus pasos resonaron en los peldaños. La luz artificial zumbaba y se reflejaba en las baldosas de la pared. Un tren distante gruñó en un túnel. Lo asaltó un olor rancio, como al abrir un armario que lleva años cerrado, seguido de una sensación de moderado calor, como si las temperaturas del día hubiesen calentado la parada y ésta recién empezara a enfriarse. En ese momento había poca gente en la estación, y en la taquilla vio a una mujer negra. Esperó un momento hasta que no la atosigara nadie pidiéndole cambio y se acercó. Se inclinó hacia la rejilla plateada para hablar a través del cristal. – Perdone –dijo. – ¿Quiere cambio? ¿Direcciones? En aquella pared de allí tiene los planos. – No es eso. Me gustaría saber algo. Sé que suena extraño pero... – ¿Qué es lo que quiere? – Bueno, me gustaría saber si hoy ocurrió algo aquí. Esta tarde... – Para eso tendrá que hablar con la policía –afirmó la mujer con energía–. Ocurrió antes de mi turno. – Pero ¿qué...? – Yo no estaba. No vi nada. – Pero ¿qué pasó? – Un hombre se lanzó a las vías. O se cayó, no lo sé. La policía vino y se fue antes de que empezara mi turno. Lo limpiaron todo y se llevaron a un par de testigos. Eso es todo lo que sé. – ¿Qué policía? – La comisaría de la Noventa y seis con Broadway. Hable con ellos. Yo no tengo detalles. Ricky retrocedió con un nudo en el estómago. La cabeza le daba vueltas y sentía náuseas. Necesitaba aire y ahí dentro no lo había. Un tren inundó la estación Con un chirrido insoportable, corno si reducir la velocidad para parar fuera una tortura. El sonido lo taladró y lo sacudió como si le dieran puñetazos. – ¿Se encuentra bien? –gritó la mujer de la taquilla por encima del estrépito–. Parece enfermo. Él asintió y Susurró una respuesta que la mujer no pudo oír. Y como un borracho que intenta conducir un coche por una carretera sinuosa, zigzagueó hacia la salida. 5 A Ricky le resultaba desconocido todo lo referente al mundo en que se sumió esa noche. Las imágenes, los sonidos y los olores de la comisaría de la Noventa y seis con Broadway constituían una ventana a la ciudad a la que él nunca se había asomado y de cuya existencia sólo era vagamente consciente. Nada más entrar se notaba un ligero hedor a orina y vómito que pugnaba con otro más potente a desinfectante; como si alguien hubiese devuelto copiosamente y la posterior limpieza se hubiera hecho sin cuidado y con prisas. La acritud le hizo vacilar, lo suficiente para verse asaltado por una algarabía insólita, mezcla de lo rutinario y lo surrealista. Un hombre gritaba palabras ininteligibles desde alguna área de detención fuera de la vista, palabras que parecían reverberar incongruentemente en el vestíbulo, donde una mujer hecha un basilisco sostenía a un niño lloroso frente al ancho mostrador de madera del sargento de guardia a la vez que le soltaba imprecaciones en un español graneado. A su lado pasaban policías con la camisa azul empapada de sudor, y sus pistoleras de cuero hacían un extraño contrapunto al crujido de sus relucientes zapatos negros. Un teléfono sonó en alguna parte, pero nadie contestó. Había idas y venidas, risas y lágrimas, todo ello salpicado de juramentos de agentes bruscos o de los visitantes esporádicos, algunos de ellos esposados, que eran conducidos bajo los fluorescentes implacables de la recepción. Ricky cruzó la puerta, confundido por todo lo que veía y oía, nada seguro de lo que debía hacer. Un policía le rozó al pasar veloz a su lado mientras decía «Cuidado, que paso», lo que le hizo apartarse de golpe, como si hubieran tirado de él con una cuerda. La mujer del mostrador levantó un puño y lo blandió ante el sargento de guardia con un torrente final de palabras que fluyeron como una sólida muralla de improperios y, tras dar al niño una sacudida para que se volviera, se giró con el entrecejo fruncido y, al salir, empujó a Ricky como si fuera tan insignificante como una cucaracha. Ricky se recompuso y se acercó al sargento. Alguien había grabado a escondidas JODT[4] en la madera del mostrador, una opinión que, al parecer, nadie se había molestado en borrar. – Disculpe –empezó Ricky, pero fue interrumpido. – Nadie pide disculpas realmente. Lo dicen, pero nunca es de verdad. Pero, qué caray, yo escucho a todo el mundo. Así que, ¿por qué pide disculpas? – No me ha entendido bien. Lo que quería decir es... – Nadie dice lo que quiere decir. Eso es algo importante que te enseña la vida. Todo iría mejor si más gente lo aprendiera. El sargento debía de tener cuarenta y pocos años y exhibía una sonrisa indiferente que parecía indicar que, llegado a este punto de su vida, ya había visto todo lo que valía la pena ver. Era un hombre fornido, de cuello ancho, de culturista, y un cabello negro y lacio que llevaba peinado hacia atrás. El mostrador estaba lleno de formularios e informes de incidentes, dispuestos, al parecer, sin orden ni concierto. De vez en cuando, agarraba un par y los grapaba con un puñetazo que propinaba a la anticuada grapadora antes de lanzarlos a una bandeja metálica de rejilla. – Si me lo permite, volveré a empezar –dijo finalmente Ricky con brusquedad. El sargento sonrió de nuevo sacudiendo la cabeza. – Nadie puede volver a empezar, por lo menos que yo sepa. Todos decimos que queremos encontrar una manera de empezar la vida de nuevo, pero las cosas no son así. Pero, qué caray, pruebe. Quizá sea el primero. A ver, ¿en qué puedo ayudarle? – Hoy ha habido un incidente en la parada de metro de la calle Noventa y dos. Un hombre se cayó... – Saltó, he oído. ¿Es usted un testigo? – No. Pero conocía a ese hombre, creo. Era su médico. Necesito información... – Médico, ¿eh? ¿Qué clase de médico? – Seguía un tratamiento psicoanalítico conmigo. – ¿Es psiquiatra? Ricky asintió – Un trabajo interesante –comentó el policía–. ¿Usa un diván de ésos? – Exacto. – ¿De veras? ¿Y la gente todavía tiene cosas que contar? En mi caso, me parece que me echaría una siesta en cuanto recostara la cabeza. Un bostezo y me quedaría frito. Pero la gente habla mucho, ¿verdad? – A veces. – Genial. Bueno, hay uno que ya no hablará más. Será mejor que hable con quien lleva el caso. Cruce la puerta doble, siga el pasillo, la oficina queda a la izquierda. Se lo han dado al detective Riggins. O lo que quedaba de él después de que el expreso de la Octava Avenida pasara por la estación de la calle Noventa y dos a casi cien kilómetros por hora. Si quiere detalles, ahí se los darán. Hable con Riggins. El policía señaló un par de puertas que daban a las entrañas de la comisaría. En ese momento, Ricky oyó cómo un sonido creciente surgía de algún lugar que parecía situado debajo y encima de ellos alternativamente. El sargento sonrió. – Ese tío me va a destrozar los nervios antes de que acabe mi turno –comentó, y se volvió para recoger un fajo de papeles y lo grapó, produciendo un ruido parecido a un disparo–. Si no se calla, lo más probable es que yo mismo precise un psiquiatra al final de la noche. Lo que usted necesita, doctor, es un diván portátil. Se rió e hizo un movimiento con la mano para alejar a Ricky en la dirección correcta, y la brisa que levantó hizo vibrar los papeles. A la izquierda había una puerta con el rótulo DETECTIVES. Ricky Starks la empujó para entrar en un despacho pequeño con mesas deprimentes de metal gris y la misma iluminación hiriente. Parpadeó un instante, como si el resplandor le escociera los ojos como agua salada. Un detective con camisa blanca y corbata roja sentado en la mesa más cercana lo miró. – ¿Qué quiere? – ¿Detective Riggins? – No, no soy yo. –Sacudió la cabeza–. Está allí, hablando con el último testigo del hombre que se suicidó hoy. Ricky miró al otro lado de la habitación y vio a una mujer de mediana edad con una camisa de hombre azul celeste y una corbata de seda a rayas con el nudo muy suelto, más como una soga alrededor del cuello que otra cosa, unos pantalones grises que parecían fundirse con la decoración y unas incongruentes zapatillas de deporte blancas con una banda naranja iridiscente. Llevaba el cabello rubio oscuro recogido con severidad en una coleta, lo que la hacía parecer un poco mayor de los treinta y cinco años que Ricky podría haberle dado. Tenía unas diminutas patas de gallo. La mujer estaba hablando con dos muchachos negros que vestían vaqueros exageradamente holgados y gorras colocadas en un ángulo extraño, como si se las hubieran pegado torcidas a la cabeza. Si Ricky hubiese estado un poco más al corriente de las cuestiones mundanas, habría reconocido la moda del momento, pero sólo pensó que su aspecto era extraño y un poco inquietante. Si se hubiese encontrado a ese par en la calle, sin duda se habría asustado. El detective que estaba sentado frente a él le preguntó de golpe: – ¿Ha venido por el hombre que se suicidó hoy en el metro? Ricky asintió. El hombre descolgó el teléfono y señaló unas sillas junto a una pared de la oficina. En una de ellas había una mujer desaliñada y sucia de edad indefinida, cuyo cabello plateado e hirsuto parecía explotarle en múltiples direcciones y que al parecer hablaba sola. La mujer llevaba un abrigo raído que no dejaba de ceñirse cada vez con más fuerza, y se balanceaba levemente en el asiento, como siguiendo el compás de la electricidad que le invadía el cuerpo. El diagnóstico de Ricky fue inmediato: indigente y esquizofrénica. No había atendido profesionalmente a nadie con su afección desde sus días de universidad, aunque a lo largo de los años se había cruzado con muchas personas parecidas que caminaban por las calles como casi cualquier otro neoyorquino. En los últimos años, el número de indigentes en la calle parecía haber disminuido, pero Ricky suponía que simplemente los habían enviado a otras ubicaciones en una maniobra política destinada a lograr que los turistas entusiastas y las personas acomodadas y adineradas que transitaban el centro de la ciudad no tuvieran que verlos con tanta frecuencia. –Tome asiento al lado de Lu Anne –dijo el detective–. Informaré a Riggins de que está usted aquí. Ricky se puso tenso al oír el nombre de la mujer. Inspiró hondo y se acercó a la hilera de sillas. – ¿Puedo sentarme aquí? –preguntó a la vez que señalaba la que estaba situada junto a la mujer. Ella levantó los ojos, algo sorprendida. – El señor quiere saber si se puede sentar aquí. ¿Quién cree que soy yo? ¿La reina de las sillas? ¿Qué debería decirle? ¿Sí? ¿No? Puede sentarse donde quiera... Lu Anne tenía unas uñas mugrientas y rotas, cicatrices y ampollas en las manos y, en una, un corte que parecía infectado, con la piel hinchada alrededor de una costra morada. Ricky pensó que debía de ser doloroso, pero no dijo nada. Lu Anne se frotó las manos como un cocinero que espolvorea un plato con sal. Ricky se sentó en la silla. Se movió, como si tratara de ponerse cómodo, y preguntó: – ¿Así que usted estaba en el andén cuando ese hombre se cayó a la vía? Lu Anne levantó la mirada hacia los fluorescentes y contempló el resplandor brillante e implacable. – Así que el señor quiere saber si yo estaba ahí cuando el hombre saltó delante del tren –contestó después de estremecerse ligeramente–. No se imagina lo que yo vi, toda la sangre y la gente que gritaba, algo terrible. Y después llegó la policía. – ¿Usted vive en la estación de metro? – El señor quiere saber si vivo ahí. Pues bien, debería decirle que a veces. A veces vivo ahí. Lu Anne apartó por fin la mirada de los fluorescentes y, con un rápido parpadeo, pareció mover la cabeza como si viera fantasmas por la habitación. Pasado un momento, se volvió hacia Ricky. – Lo vi –dijo–. ¿Estaba usted también ahí? – No, pero conocía al hombre que murió. – Oh, qué triste. –Lu Anne sacudió la cabeza–. Muy triste para usted. Algunos conocidos míos han muerto. Fue triste para mí entonces. – Sí –respondió Ricky–, es muy triste. – Se obligó a sonreírle y ella le devolvió el gesto–. Dígame, Lu Anne, ¿qué vio? La mujer tosió un par de veces, como para aclararse la garganta. – El señor quiere saber qué vi –soltó mirando a Ricky–. Quiere saber sobre el hombre que murió y la mujer bonita. – ¿A qué mujer bonita se refiere? –preguntó Ricky intentando conservar la calma. – El señor no sabe lo de la mujer bonita. – No, no lo sé. Pero me interesa –aseguró para animarla. Los ojos de Lu Anne se desviaron a lo lejos, como si se concentrara en algo más allá de su visión, como un espejismo, y habló con tono amable. – El señor quiere saber lo de la mujer bonita que se me acerca justo después de que el hombre hiciera ¡zas! Y me habla muy bajito cuando me pregunta: «¿Lo has visto, Lu Anne? ¿Has visto cómo el hombre se lanzaba bajo el tren? ¿Has visto cómo se acercaba al borde cuando el tren iba a pasar? Era el expreso, claro, y no para, no, nunca para, tienes que tomar el metropolitano si quieres subirte a un tren. Y ¿has visto cómo se tiraba? ¡Terrible, terrible!» Ella me dice: «Lu Anne, ¿has visto cómo se suicidaba? Nadie lo empujó. Nadie en absoluto, Lu Anne. Tienes que estar totalmente segura de eso, Lu Anne. Nadie empujó al hombre. ¡zas!, sólo se lanzó.» Eso me dice la mujer. Qué triste. Debía de tener muchas ganas de morirse de repente, ¡zas! y entonces hay un hombre a su lado, al Iado de la mujer bonita y me dice: «Lu Anne, tienes que contarle a la policía lo que has visto, decirle que viste que el hombre pasó entre los demás hombres y mujeres que había en el andén y saltó, izas! Muerto.» y la mujer bonita me dice: «Se lo dirás a: la policía, Lu Anne. Es tu obligación como ciudadana contarles que viste saltar al hombre.» y me da diez dólares. Diez dólares sólo para mí. Pero me lo hace prometer. Me dice: «Lu Anne, promete que irás a la policía y les contarás que viste al hombre saltar a la vía.» Y yo le digo: «Sí, lo prometo.» y he venido a contárselo a la policía, tal como ella me dijo y como yo le prometí. ¿También le dio diez dólares a usted? – No –musitó Ricky–. No me dio diez dólares. – Oh, qué lástima –contestó Lu Anne meneando la cabeza–. Mala suerte. – Sí. Es una lástima –coincidió Ricky–. Y mala suerte, también. Levantó la mirada y vio que la detective cruzaba la oficina hacia ellos. Parecía aún más agotada por los acontecimientos del día de lo, que Ricky había supuesto antes, al verla al otro lado de la oficina. La detective Riggins se movía con una parsimonia que revelaba músculos doloridos, fatiga y un estado de ánimo socavado en parte por el calor del día y, sin duda, por pasarse la tarde tratando laboriosamente de recoger los restos del infortunado señor Zimmerman, y reconstruyendo después sus últimos momentos antes de lanzarse a las vías. Que lograra esbozar una leve sonrisa a modo de presentación le sorprendió. – Hola –dijo–. Creo que está aquí por el señor Zimmerman.– Pero antes de que pudiera contestar, Riggins se volvió hacia Lu Anne y añadió–: Lu Anne, pediré a un agente que la lleve a pasar la noche al albergue de la calle Ciento dos. Gracias por venir. Ha sido de gran ayuda. Quédese en el albergue, ¿entendido? Por si necesito volver a hablar con usted. – La señorita dice que me quede en el albergue pero no sabe que detestamos el albergue. Está lleno de gente mezquina y loca que te roba y te apuñala si se entera de que una mujer bonita te ha dado diez dólares. – Me aseguraré de que nadie se entere y no correrá peligro. Por favor. – Lo intentaré, detective –dijo Lu Anne, lo que contradecía la negación que hacía con la cabeza. Riggins indicó la puerta, donde un par de agentes uniformados estaban esperando. – Esos hombres la llevarán, ¿vale? Lu Anne se levantó y sacudió la cabeza. – El viaje en coche será divertido, Lu Anne. Si quiere, les pediré que pongan las luces y la sirena. Eso hizo sonreír a Lu Anne, que asintió con entusiasmo infantil. La detective hizo señas a los policías de uniforme y dijo: – Ponedle la alfombra roja a esta testigo. Luces y acción todo el trayecto, ¿de acuerdo? Ambos agentes se encogieron de hombros, sonrientes. No tenían objeciones, siempre y cuando Lu Anne subiera y bajara del coche lo bastante rápido como para que su hedor a sudor y suciedad no se quedara impregnado en el interior. Ricky observó que la mujer perturbada asentía y hablaba de nuevo consigo misma mientras se alejaba arrastrando los pies acompañada por los policías. Se volvió y vio que la detective Riggins también contemplaba su marcha. – No está tan mal como otros –suspiró ella–. Y no se mueve demasiado. Siempre puedes encontrarla detrás del ultramarinos de la calle Noventa y siete, en la parada de metro donde estaba hoyo en la entrada al Riverside Park de la calle Noventa y seis. Desde luego está loca, pero no es desagradable, como otros. Me gustaría saber quién es realmente. ¿Cree que puede haber alguien en algún lugar preocupado por ella, doctor? ¿En Cincinnati o Minneapolis? Familia, amigos, parientes que se pregunten qué ha sido de su excéntrica tía o prima. A lo mejor es heredera de una fortuna del petróleo o ganadora de la lotería. Eso estaría bien, ¿verdad? Me gustaría saber qué le pasó para acabar así. Para que todas las sustancias químicas del cerebro le burbujeen descontroladas. Pero ése es su ámbito, no el mío. – No soy demasiado partidario de las medicaciones –dijo Ricky–, a diferencia de algunos de mis colegas. Pero una esquizofrenia tan profunda como la suya necesita medicación. Lo que yo hago seguramente no ayudaría demasiado a Lu Anne. Riggins le indicó su mesa, que tenía una silla dispuesta al Iado. Cruzaron juntos la oficina. – Usted se basa en hablar, ¿eh? La articulación de los problemas, ¿no? ¿Venga a hablar y hablar, y más hablar, y tarde o temprano todo se resuelve? – Eso sería una simplificación excesiva, detective. Pero no imprecisa. – Tengo una hermana que estuvo en terapia después de divorciarse. Le sirvió para enderezar su vida. Por otra parte, mi prima Marcie, que es una de esas personas que está siempre hundida, asistió a una durante tres años y acabó más jodida que antes de empezar. – Lamento oír eso. Como en cualquier profesión, hay muchos grados de competencia. –Ambos se sentaron a la mesa–. Pero... Riggins le interrumpió. – Dijo que era el terapeuta del señor Zimmerman. ¿Correcto?– Sacó un bloc y un lápiz. – Sí. Se psicoanalizó durante un año. Pero... – ¿Y detectó alguna tendencia suicida agudizada el último par de semanas? – No. En absoluto –aseguró Ricky. – ¿De veras? –La mujer arqueó las cejas con leve sorpresa–. ¿Nunca? – Así es. De hecho... – Entonces ¿estaba haciendo progresos con su análisis? Ricky vaciló. – ¿Y bien? –le urgió ella–. ¿Estaba mejorando? ¿Logrando el control? ¿Se sentía más seguro? ¿Más preparado para enfrentarse al mundo? ¿Menos deprimido? ¿Menos enfadado? De nuevo, Ricky dudó antes de responder. – Diría que no había hecho lo que usted o yo consideraríamos un gran avance. Seguía luchando con los temas que lo atormentaban. Riggins sonrió cansinamente. Sus palabras sonaron tensas: – Así que, después de cerca de un año de tratamiento casi constante, cincuenta minutos al día, cinco días a la semana, pongamos cuarenta y ocho semanas al año, ¿podría decirse que seguía deprimido y frustrado? Ricky se mordió el labio un instante y luego asintió. Riggins hizo una anotación en el bloc. Ricky no pudo ver qué escribía. – ¿Sería «desesperación» una palabra demasiado fuerte para describir su estado? – Sí –respondió Ricky, irritado. – ¿Aunque ésa sea la primera palabra que usó su madre, con quien vivía? ¿Y la misma que dijeron sus compañeros de trabajo? –Sí –insistió Ricky. – Así pues, ¿no cree que fuera suicida? – Ya se lo dije, detective. No presentaba ninguna sintomatología clásica. De lo contrario yo habría adoptado medidas... – ¿Qué clase de medidas? – Habría intentado concentrar de modo más específico las sesiones. Tal vez medicación, si hubiese creído que el peligro era real... – ¿No me ha dicho que no le gusta recetar pastillas? – Ya, pero... – ¿No se va de vacaciones muy pronto? – Sí. Mañana, por lo menos eso tengo previsto, pero ¿qué tiene eso que...? – Así pues, a partir de mañana su cabo de salvamento terapéutico se iba de vacaciones. – Sí, pero no alcanzo a ver... – Palabras interesantes para que las diga un psiquiatra –sonrió la detective. – ¿Qué palabras? –preguntó Ricky, levemente exasperado. – «No alcanzo a ver…» –repitió ella–. ¿No se acerca mucho eso a lo que se llama desliz freudiano? – No. – ¿No cree que se suicidara? – No. Sólo... – ¿Se había suicidado antes algún paciente suyo? – Sí, por desgracia. Pero en ese caso los signos eran claros. Mis esfuerzos, sin embargo, no fueron suficientes para aliviar la profunda depresión de ese paciente. – ¿Ese fracaso le persiguió algún tiempo, doctor? – Sí –contestó Ricky con frialdad. – Sería malo para su consulta y muy malo para su reputación que otro de sus pacientes habituales decidiera tener un cara a cara con el expreso de la Octava Avenida, ¿verdad? Ricky se recostó en la silla con el entrecejo fruncido. –No me gusta lo que insinúa con esa pregunta, detective. – Bueno, sigamos adelante. –Riggins sonrió y meneó la cabeza–. Si no cree que se suicidara, la alternativa es que alguien lo empujó. ¿Le habló alguna vez el señor Zimmerman de alguien que lo odiara, o que le guardara rencor, o que pudiera tener algún motivo para matarlo? Hablaba con usted cada día, de modo que cabe suponer que, si lo hubiera amenazado algún desconocido, se lo habría mencionado. ¿Lo hizo? – No. Jamás mencionó a nadie que encajara en las categorías que usted menciona. – ¿No dijo nunca: «Fulano de tal quiere verme muerto...?» – No. – ¿Y lo recordaría si lo hubiese dicho? – Por supuesto. – De acuerdo. En principio, al parecer nadie intentaba acabar con él. Pero y ¿un socio? ¿Una antigua amante? ¿Un marido cornudo? Usted cree que alguien pudo empujarle a la vía del tren. Pero ¿por qué? ¿Por simple diversión? ¿Alguna otra razón misteriosa? Ricky vaciló. Era su oportunidad de contar a la policía lo de la carta, la visita de Virgil, el juego en que se le exigía participar. Lo único que tenía que hacer era decir que se había cometido un crimen y que Zimmerman era una víctima de un acto que no tenía nada que ver con él salvo su muerte. Empezó a abrir la boca para revelar todos estos detalles, para dejarlos fluir con libertad, pero lo que vio fue una detective aburrida y cansada que deseaba acabar una jornada absolutamente desagradable con un formulario mecanografiado que no disponía de ninguna casilla para la información que iba a proporcionarle. En ese instante decidió abstenerse. Era su personalidad de psicoanalista, que no le dejaba compartir especulaciones u opiniones con facilidad. – Quizá –dijo–. ¿Qué sabe de esa otra mujer, la que dio diez dólares a Lu Anne? Riggins arrugó el entrecejo al parecer confusa. – ¿Qué pasa con ella? – ¿No le resulta sospechoso su comportamiento? ¿No parece que haya puesto palabras en la boca de Lu Anne? – No lo sé –contestó la detective encogiéndose de hombros–. Una mujer y un hombre ven que uno de los ciudadanos menos afortunados de nuestra gran ciudad podría ser un testigo importante de un hecho y se aseguran de que el pobre testigo reciba alguna compensación por ofrecer su ayuda a la policía. Sería más civismo que algo sospechoso, porque Lu Anne se ha presentado y nos ha ayudado gracias, por lo menos en parte, a la intervención de esa pareja. – ¿Ha averiguado quiénes eran? –quiso saber Ricky tras dudar un momento. – Lo siento. –La mujer movió la cabeza–. Llevaron a Lu Anne a uno de los primeros policías en llegar al andén y se marcharon después de informarle de que ellos no habían visto qué había pasado exactamente. Y no, no tengo el nombre de ninguno de los dos porque no eran testigos. ¿Por qué lo pregunta? Ricky no sabía si quería contestar esa pregunta. En parte, pensaba que debería contarlo todo, pero ignoraba lo peligroso que eso podía ser. Intentaba calcular, adivinar, valorar y examinar, pero de repente le pareció como si todos los acontecimientos que lo rodeaban fueran borrosos e indescifrables, confusos y escurridizos. Sacudió la cabeza, como si así pudiera lograr que sus emociones adquirieran alguna definición. – Dudo mucho que el señor Zimmerman quisiera suicidarse. Su estado no parecía tan grave –aseguró Ricky–. Anote eso, detective, y póngalo en su informe. Riggins se encogió de hombros y sonrió con una fatiga mal disimulada y teñida de sarcasmo. – Lo haré, doctor. Su opinión, en la medida de lo que vale, está anotada para que conste. – ¿Hubo algún otro testigo? ¿Alguien que quizá viera a Zimmerman separarse de la multitud en el andén? ¿Alguien que lo viera moverse sin ser empujado? – Sólo Lu Anne, doctor. Los demás sólo vieron parte del hecho. Nadie vio que no lo empujaran. Dos chicos vieron que estaba solo, separado del resto de la gente que esperaba el metro. El perfil de los hechos, por cierto, es bastante habitual en este tipo de casos. La gente suele tener la mirada fija en el túnel por donde llegará el tren. Es típico que quienes se lanzan a la vía se sitúen detrás de la gente, no delante. Quieren acabar con su vida por los motivos que sea, no dar un espectáculo a la multitud del andén. Así que noventa y nueve de cada cien veces, se separan de la gente, hacia atrás. Tal como el señor Zimmerman hizo. –La detective sonrió y prosiguió–: Apuesto lo que quiera a que encontraré una nota entre sus pertenencias, en alguna parte. O puede que usted reciba una carta por correo esta semana. Si es así, mándeme una copia para mi informe. Claro que, como se va de vacaciones, a lo mejor no la recibe hasta su regreso. Aun así, resultaría útil. Ricky quería replicar, pero contuvo el enojo que sentía. – ¿Podría darme su tarjeta, detective? Por si necesitara ponerme en contacto con usted –pidió con frialdad. – Por supuesto. Llámeme cuando quiera –contestó con un tono despectivo que daba a entender justo lo contrario. Le entregó una tarjeta con una leve floritura. Ricky se la guardó en el bolsillo sin mirada y se levantó para marcharse. Cruzó deprisa la oficina y no miró atrás hasta cruzar la puerta. Entonces vio a la detective Riggins encorvada sobre una máquina de escribir anticuada, empezando su informe sobre la muerte al parecer intrascendente de Roger Zimmerman. 6 Ricky Starks cerró de un golpe la puerta de su casa al entrar. El ruido retumbó en sus oídos y resonó en el rellano vacío y poco iluminado de la escalera. Giró la llave en el doble cerrojo de la puerta principal que tan pocas veces usaba. Movió el picaporte para asegurarse. Después, inseguro de que bastara con los cerrojos, atrancó una silla contra la puerta a modo de anticuado refuerzo. Le costó refrenarse para no amontonar también el escritorio, cajas, estanterías, todo lo que tuviera a mano, contra la puerta para atrincherarse dentro. El sudor le escocía los ojos y, aunque el aire acondicionado zumbaba afanoso fuera de la ventana de la consulta, sentía oleadas repentinas de calor. Un soldado, un policía, un piloto, un montañista, cualquiera versado en las diversas vertientes del peligro, las habría reconocido como lo que eran: ataques de pánico. Pero Ricky se había pasado tantos años apartado de todos esos extremos que desconocía hasta los signos más evidentes. Se alejó de la puerta y contempló su casa. Una tenue luz sobre la puerta proyectaba unas extrañas sombras en los rincones de la sala de espera. Oyó el aire acondicionado y, más allá, los ruidos apagados de la calle, pero aparte de eso, sólo un silencio agobiante. La puerta de la consulta estaba abierta. De pronto tuvo la sensación de que, cuando había dejado el refugio de su hogar esa tarde minutos después de la visita de Virgil, había cerrado esa puerta tras él, como era su costumbre. La aprensión le carcomió y lo llenó de dudas. Contempló la puerta abierta mientras trataba de recordar con desesperación sus pasos exactos al irse. Se vio poniéndose la corbata y la chaqueta, inclinándose para anudarse los cordones de los zapatos, dándose unas palmaditas en los bolsillos para comprobar que llevaba la cartera y las llaves. Se vio cruzando el piso y saliendo por la puerta principal, esperando a que bajara el ascensor del tercer piso, saliendo a la calle, donde el bochorno seguía. Todo esto estaba de lo más claro. No había sido una salida distinta a millares de otras en millares de días. Fue a la vuelta cuando todo parecía torcido o algo deforme, como ver su imagen reflejada en un espejo de feria, distorsionada por mucho que uno se contorneara y girara. «¿Cerraste esta puerta?», gritó para sus adentros. Se mordió el labio, frustrado, y procuró recordar el tacto del pomo en la mano, el ruido de la puerta al cerrarse a su espalda. El recuerdo le eludió, y permaneció inmóvil, incapaz de recordar ese simple acto cotidiano. Y entonces se hizo una pregunta aún peor, aunque todavía no se percató demasiado de ello: «¿Por qué no puedes recordarlo?» Inspiró hondo y se tranquilizó pensando que debió de dejarla abierta por descuido. Pero siguió sin moverse. De repente se sintió desfallecer. Casi como si se hubiese estado peleando, o al menos, lo que imaginaba que sería pelear con alguien, porque de golpe cayó en la cuenta de que nunca se había peleado con nadie, aparte de las esporádicas peleas de adolescentes que parecían increíblemente distantes en el tiempo. La oscuridad parecía burlarse de él. Aguzó el oído hacia la habitación oscura. «Ahí dentro no hay nadie», se aseguró. Pero, como si quisiera subrayar la mentira, dijo en voz alta: – ¿Hola? El sonido de esa única palabra pronunciada en aquel reducido espacio tensó a Ricky. Lo invadió la sensación de estar haciendo el ridículo. Se dijo que un niño se asustaba de las sombras, no un adulto. En particular, uno como él, que había pasado toda su vida adulta tratando con secretos y terrores ocultos. Avanzó intentando recobrar la compostura. Se recordó que estaba en casa. Estaba a salvo. Aun así, quiso encender la luz deprisa mientras vacilaba en el penumbroso umbral y palpó la pared con la mano hasta encontrar el interruptor, que accionó al instante. No pasó nada. La negrura de la habitación permaneció intacta. Soltó un grito ahogado. Pulsó el interruptor varias veces, como si se negara a admitir que no había luz en la habitación. – ¡Por todos los demonios! –maldijo en voz alta, pero no entró. En lugar de eso, esperó a que los ojos se le acostumbraran a la penumbra, sin dejar de escuchar atentamente para intentar captar cualquier ruido revelador de que no estaba solo. Se tranquilizó pensando que, cuando se tenía una experiencia inquietante como le había pasado a él esa tarde, la mente jugaba toda clase de malas pasadas. Aun así, esperó unos segundos hasta que pudo distinguir la habitación oscura y la recorrió con los ojos varias veces. Luego cruzó el reducido espacio en dirección a la mesa y la lámpara que había en un rincón. No se sentía distinto a un ciego, con las manos extendidas delante para intentar detectar obstáculos en un lugar donde no había ninguno. Al calcular mal la distancia se dio un buen golpe en la rodilla contra la mesa, lo que desató un torrente de improperios: varios «mierda» y «coño» y un solo «joder», nada propios de Ricky, quien antes de los acontecimientos de aquel día rara vez soltaba un juramento. Rodeó con cuidado la mesa, encontró por fin la lámpara con la mano y, con un suspiro de alivio, accionó el interruptor. Tampoco funcionaba. Ricky se agarró a la mesa para tranquilizarse. Se dijo que probablemente se trataba de algún tipo de apagón, debido al calor y la demanda de electricidad de la ciudad, pero por la ventana podía ver que las farolas de la calle brillaban, 'y el aire acondicionado seguía zumbando alegremente. Se dijo entonces que no era imposible que dos bombillas se fundiesen a la vez. Poco probable, pero posible. Con una mano en la mesa, se volvió hacia la tercera lámpara que tenía en la consulta. Era una lámpara de pie negra, de hierro fundido, que su mujer había comprado varios años atrás para llevar a su casa de veraneo en Wellfleet, pero de la que él se había adueñado para el rincón de su consulta, tras su butaca, a la cabeza del diván. La utilizaba para leer y, los días oscuros y lluviosos, para aligerar la habitación de la penumbra de la ciudad, de modo que la climatología no influyese demasiado en los pacientes. Se encontraba a unos cuatro metros de la lámpara, una distancia que ahora le pareció mucho mayor. Visualizó la consulta, sabiendo que lo separaban sólo unos cuantos pasos y no había nada entre él y su butaca, y que, una vez ahí, encontraría la lámpara. Deseó que entrara más luz de la calle por las ventanas, pero la poca que había parecía detenerse en el cristal, como si no fuera capaz de penetrar en la habitación. «Cuatro pasos –se dijo–. Y no te golpees la rodilla con la butaca.» Avanzó con cuidado, palpando el vacío con los brazos extendidos. Doblaba la cintura un poco y alargaba las manos en busca del tacto tranquilizador de su vieja butaca de piel. Pareció tardar más de lo que había imaginado, pero la butaca estaba donde siempre, y encontró el brazo, el respaldo, y ocupó el asiento de piel con un crujido acogedor que agradeció. Localizó con las manos la mesita donde tenía el dietario y el reloj, y alargó la mano hacia la lámpara situada detrás. El conmutador estaba justo debajo de la bombilla y lo buscó a tientas hasta encontrado. La encendió con un tirón decidido. La oscuridad no cambió. Accionó el conmutador una docena de veces y la habitación se llenó de clics. Nada. Ricky se quedó inmóvil en el asiento, intentando dar con una explicación lógica para que ninguna de las lámparas de su consulta funcionara. No la encontró. Respiraba hondo escuchando la noche, buscando distinguir los sonidos secundarios de la ciudad. Con los nervios de punta, aguzó el oído a la vez que el resto de sus sentidos se aunaba para decidir si estaba realmente solo. Una parte de él quería salir disparado hacia la puerta, huir por el pasillo y buscar a alguien que lo acompañara de vuelta a su casa. Contuvo este impulso y reconoció el pánico que implicaba. Se obligó a conservar la calma. No oyó nada, pero eso no significaba que no hubiera nadie en su casa. Trató de imaginar dónde podría esconderse alguien, en qué armario o rincón, bajo qué mesa. Y se concentró en esos sitios, como si desde su asiento de analista tras el diván pudiera examinar esas zonas ocultas. Pero ese esfuerzo fue también infructuoso o, como mínimo, insatisfactorio. Intentó recordar dónde tenía una linterna o velas. Seguramente en un estante de la cocina, junto a las bombillas de recambio. Siguió sentado un minuto más, reacio a abandonar su conocido asiento, y sólo logró levantarse convenciéndose de que buscar alguna clase de luz era la única reacción razonable. Se dirigió con cautela hacia el centro de la habitación, de nuevo con las manos extendidas delante, igual que un ciego. Estaba a mitad de camino cuando sonó el teléfono de la mesa. El ruido lo paralizó. Se volvió tambaleante hacia el escritorio y se inclinó sobre él. Con la mano tumbó un cubilete de bolígrafos y lápices. Agarró el teléfono justo antes del sexto timbrazo, que habría puesto en marcha el contestador automático. – ¿Diga? ¿Diga? No hubo respuesta. – ¿Diga? ¿Quién llama? La comunicación se cortó de golpe. Ricky sostuvo el auricular en la oscuridad y maldijo, en silencio primero y no tan silenciosamente después. – ¡Por todos los demonios! –exclamó–. Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea. Colgó y apoyó las manos en la superficie de la mesa, como si estuviera cansado y necesitara recuperar el aliento. Maldijo otra vez, aunque en voz más baja. El teléfono volvió a sonar. Dio un respingo, sorprendido, antes de alargar la mano para buscar a tientas el auricular, que golpeó el escritorio. Se lo llevó a la oreja. –No tiene gracia –dijo. – Doctor Ricky –susurró la voz profunda, aunque juguetona, de Virgil–. Nadie ha sugerido en ningún momento que se tratara de una broma. De hecho, el señor R no tiene demasiado sentido del humor, o eso me han dicho. Ricky contuvo la sarta de improperios que le subió por la garganta y dejó que, en su lugar, el silencio hablara por él. Pasados unos segundos, Virgil soltó una carcajada. El sonido resultó terrible a través de la línea telefónica. – Todavía estás a oscuras, ¿verdad, Ricky? – Sí –contestó–. Seguro que has estado aquí. Tú o alguien como tú entró mientras yo estaba fuera y... – Tú eres el analista, Ricky –susurró Virgil, casi seductora–. Cuando estás a oscuras respecto a algo, en especial algo sencillo, ¿qué haces? No respondió. Virgil rió de nuevo. – Vamos, Ricky. ¿Y tú te consideras un maestro del simbolismo y de la interpretación de todo tipo de misterios? ¿Cómo arrojas luz sobre algo cuando sólo hay oscuridad? Vamos, es tu trabajo, ¿no? No le permitió contestar. – Sigue el camino más fácil hacia la respuesta. – ¿Cómo? – Veo que vas a necesitar que te ayude mucho los próximos días si quieres esforzarte como es debido para salvar tu propia vida. ¿O prefieres quedarte sentado a oscuras hasta que llegue el día en que tengas que suicidarte? Se sintió confundido. – No entiendo –admitió. – Lo harás muy pronto –aseguró Virgil y colgó, dejándolo agarrado al auricular con impotencia. Pasaron unos segundos antes de que lo devolviera al soporte. La penumbra que reinaba en la habitación parecía envolverlo, cubriéndolo de desesperación. Repasó las palabras de Virgil, que le parecían obtusas, crípticas e incomprensibles. Quiso gritar que no tenía idea de su significado, frustrado tanto por la oscuridad que lo rodeaba como por la sensación de que su espacio privado había sido perturbado y violado. Apretó los dientes, aferrando el borde de la mesa y gruñendo de rabia. Quería coger algo y romperlo. – ¡Un camino fácil! ––casi gritó–. ¡En la vida no hay caminos fáciles! El sonido de sus propias palabras extinguiéndose en la habitación oscura tuvo el efecto inmediato de acallarlo. Le hervía la sangre, al borde de la furia. – Fácil, fácil... –masculló. Y entonces tuvo una idea. Le sorprendió que hubiera logrado superar su creciente cólera. – No puede ser... –dijo mientras alargaba la mano izquierda hacia la lámpara de sobremesa. Palpó la base y encontró el cable. Lo sostuvo entre los dedos y lo siguió hacia abajo, hacia donde estaba empalmado a un alargo que recorría la pared hasta el enchufe. Se arrodilló en el suelo y encontró el extremo. Estaba desconectado. Tuvo que palpar unos segundos más para encontrar el final del alargo, pero lo logró. Lo conectó al cable y, de golpe, la habitación se iluminó. Se incorporó y se volvió hacia la lámpara situada tras el diván y vio que también estaba desenchufada. Alzó los ojos hacia la lámpara que colgaba del techo y supuso que simplemente habrían aflojado la bombilla del portalámparas. En el escritorio, el teléfono sonó por tercera vez. – ¿Cómo conseguiste entrar? –preguntó al descolgar. – ¿Crees que el señor R no puede permitirse un buen cerrajero? –repuso Virgil con coquetería–. ¿O un atracador profesional? ¿Alguien experto en los cerrojos antiguos y pasados de moda que tienes en la puerta principal, Ricky? ¿No has pensado nunca en algo más moderno? ¿Sistemas de cerradura eléctricos con detectores de movimientos por infrarrojos y láser? ¿Tecnología dactilar o incluso esos sistemas de reconocimiento retinal que usan en las instalaciones del gobierno? Ya sabes que la gente puede conseguir bajo cuerda ese tipo de cosas a través de contactos turbios. ¿No has sentido nunca la necesidad de modernizar un poco tu seguridad personal? La luz sólo da una apariencia de seguridad. – Nunca he necesitado esas tonterías –gruñó Ricky pomposamente. – ¿No te han entrado nunca en casa? ¿Nunca te han robado? ¿En todos los años que llevas en Manhattan? – No. – Bueno –dijo Virgil con petulancia–, supongo que nadie ha pensado que tengas nada valioso. Pero ya no es así, ¿verdad, doctor? Mi jefe lo cree, y parece más que dispuesto a conseguir su objetivo. Ricky no contestó. Levantó los ojos de golpe para mirar por la ventana. – Puedes verme –dijo, agitado–. Me estás viendo ahora mismo, ¿no? ¿Cómo, si no, ibas a saber que he conseguido dar la luz? –Muy bien, Ricky –ironizó Virgil–. Estás haciendo algún progreso si puedes por fin afirmar lo evidente. – ¿Dónde estás? – Cerca –respondió Virgil tras una pausa–. Detrás de ti, Ricky. Soy tu sombra. ¿De qué te serviría tener un guía hacia el infierno si no estuviera ahí cuando lo necesitaras? Ricky no respondió. – Bueno –prosiguió Virgil, y su voz volvió a adoptar el tono cantarín que Ricky empezaba a encontrar irritante–, te daré una pista, doctor. El señor R tiene un sano espíritu deportivo. Después de toda la planificación necesaria para su venganza, ¿crees que querría jugar con normas que no puedas percibir? ¿Qué has averiguado esta noche, Ricky? – Que tú y tu jefe sois unas personas enfermas y asquerosas. Y no quiero tener nada que ver con vosotros. La risa de Virgil sonó gélida y monocorde a través de la línea telefónica. – ¿Eso es lo que has averiguado? ¿Y cómo has llegado a tal conclusión? Fíjate que no te lo estoy negando. Pero me interesaría saber con qué teoría psicoanalítica o médica has llegado a esté diagnóstico cuando, según mi modesta opinión, no nos conoces en absoluto. Por Dios, si tú y yo sólo tuvimos una sesión. Y todavía no tienes idea de quién es Rumplestiltskin. Pero estás dispuesto a sacar toda clase de conclusiones apresuradas. Mira, Ricky, me parece que eso es peligroso para ti, dada la precariedad de tu situación. Deberías intentar mantener una actitud más abierta. – Zimmerman... –empezó él con una mezcla de frialdad y furia–. ¿Qué le pasó a Zimmerman? Tú estabas ahí. ¿Lo empujaste a la vía? ¿Le diste un golpecito para que perdiera el equilibrio? ¿Crees que puedes quedar impune de un asesinato? – Sí, Ricky, lo creo –contestó Virgil con rotundidad tras una pausa–. Creo que hoy en día la gente queda impune de todo tipo de delitos, incluso el asesinato. Pasa continuamente. Pero, en el caso de tu infortunado paciente (¿o debería decir ex paciente?) las pruebas de que él se lanzó son irrefutables. ¿Qué te hace pensar que no se suicidó mediante una técnica barata y eficiente de uso habitual en Nueva York? Un método que pronto podrías verte obligado a plantearte tú mismo. Pensándolo bien, un modo no demasiado terrible de acabar con todo. Una sensación momentánea de miedo y de duda, una decisión, un único paso valiente adelante en el andén, un chirrido, un destello y después la bendita inconsciencia. – Zimmerman no se habría suicidado nunca. No presentaba ninguno de los síntomas clásicos. Tú o alguien lo empujó delante de ese metro. – Admiro tu seguridad, Ricky. Debe de proporcionar mucha felicidad estar tan seguro de todo. – Voy a ir a la policía. – Bueno, no hay inconveniente en que lo intentes otra vez si crees que te va a servir de algo. ¿Los encontraste especialmente serviciales? ¿Mostraron mucho interés en escuchar tu interpretación analítica de unos hechos que no presenciaste? Esta pregunta silenció a Ricky. Hizo una pausa antes de contestar. –Muy bien –dijo por fin–. ¿Y ahora qué? – Te hemos dejado un regalo. En el diván. ¿Lo ves? Ricky vio un sobre manila mediano donde sus pacientes solían recostar la cabeza. – Lo veo –afirmó. – Muy bien –dijo Virgil–. Esperaré a que lo abras. –Antes de dejar el auricular en el escritorio, la oyó tararear una melodía que le sonaba, pero que no consiguió identificar. Si hubiese mirado más la televisión, habría sabido que se trataba de la conocida música del concurso televisivo «Jeopardy[5]». Se levantó, cruzó la habitación y agarró el sobre. Era delgado; lo abrió rápidamente y extrajo una hoja. Era la página de un calendario. La fecha de ese día, primero de agosto, aparecía tachada con una gran equis roja. Los trece días siguientes estaban en blanco. Un círculo rojo rodeaba el decimoquinto. El resto de días del mes estaban borrados. A Ricky se le secó la boca. Miró en el sobre, pero no había nada más. Regresó despacio a la mesa y cogió el auricular. – Muy bien –comentó–. No es difícil de entender. – Un recordatorio, Ricky. –La voz de Virgil seguía fluida y casi dulce–. Nada más. Algo para ayudarte a ponerte en marcha. Ricky, Ricky, ya te lo he preguntado: ¿qué has averiguado? Esa pregunta le enfureció y estuvo a punto de estallar de indignación. Pero contuvo la furia acumulada y, con un férreo control de sus emociones, contestó: – He averiguado que no parece haber límites. – Muy bien, Ricky, muy bien. Eso es un avance. ¿Qué más? – Que no debo subestimar lo que está pasando. – Excelente, Ricky. ¿Algo más? – No. Hasta este momento. Virgil chasqueó la lengua parodiando a una maestra de escuela. – No es cierto, Ricky. Lo que has averiguado es que en este juego todo, incluido el probable resultado, se juega en un campo diseñado especialmente para ti. Creo que mi jefe ha sido de lo más generoso, si tenemos en cuenta sus opciones. Tienes una oportunidad, pequeña por supuesto, de salvar la vida de otra persona y la tuya propia contestando a una sencilla pregunta: ¿Quién es Rumplestiltskin? Y, como no quiere ser injusto, te ha dado una solución alternativa, menos atractiva para ti, sí, pero que dará a tu lamentable existencia algún significado en tus últimos días. No mucha gente tiene esa clase de oportunidad, Ricky, me refiero a irse a la tumba sabiendo que su sacrificio ha salvado a otra persona de algún horror desconocido. Es algo que raya en la santidad, Ricky. Y se te ofrece sin los encantadores tres milagros que la Iglesia católica suele exigir, aunque creo que perdonan uno o dos cuando el candidato es encomiable. ¿Cómo se hace para perdonar un milagro cuando es necesario para ser aceptado en el club? Bueno, ésa es una pregunta fascinante que podremos debatir con detenimiento en otro momento. Ahora, Ricky, deberías volver a las pistas que has recibido y ponerte en marcha. Estás perdiendo tiempo y no te queda mucho. ¿Has hecho alguna vez un análisis con una fecha límite, Ricky? Porque de eso se trata. Seguiré en contacto contigo. Recuerda, Virgil nunca está lejos. –Inspiró hondo y añadió–: ¿Lo has entendido todo, Ricky? –Como él guardó silencio, lo repitió, esta vez en tono más amenazador–. ¿Lo has entendido todo, Ricky? – Sí –contestó él antes de colgar. Pero, por supuesto, no era así. 7 El fantasma de Zimmerman parecía estar riéndose de él. Era por la mañana, después de una mala noche. No había dormido demasiado, pero cuando lo había hecho había soñado vívidamente con su difunta mujer sentada a su lado en un coche deportivo biplaza color rojo que no había reconocido, pero que no obstante era suyo. Se habían detenido junto al mar, en una playa cercana a su casita de veraneo en Cape Cod. En el sueño, Ricky tenía la impresión de que las aguas grisáceas del Atlántico, color que adoptaban antes de una tormenta, se acercaban cada vez más a él y amenazaban con cubrir el coche en pleamar, de modo que trató de abrir la puerta pero, cuando fue a accionar el tirador, había visto una mancha de sangre y de pie, fuera del coche, a un sonriente Zimmerman que mantenía la puerta cerrada para dejarlo atrapado en su interior. El coche no arrancaba y sabía que, de todos modos, las ruedas estaban hundidas en la arena. En el sueño, su difunta esposa parecía tranquila, atractiva, casi como si le diera la bienvenida. Le había costado poco interpretarlo todo mientras estaba en la ducha y dejaba que el agua templada, ni demasiado caliente ni demasiado fría, le cayera sobre la cabeza en una cascada que resultaba un poco desagradable, pero que concordaba con su sombrío estado de ánimo. Se puso unos pantalones caqui descoloridos y raídos que tenían las perneras deshilachadas y mostraban todos los signos de un prolongado uso por el que los adolescentes pagarían muchísimo en una tienda pero que, en su caso, eran consecuencia de haberlos usado años ante las vacaciones de verano, la única época en que los llevaba. Se calzó un par de náuticas igual de ajadas y se puso una camisa azul demasiado gastada para exhibirla en la calle. Se pasó un peine por el cabello. Se contempló en el espejo y pensó que tenía todo el aspecto de un triunfador que se vestía de modo informal para empezar las vacaciones. Pensó cómo durante años se había despertado el 1 de agosto y puesto, feliz, las ropas viejas y cómodas que señalaban que el mes que empezaba iba a abandonar la personalidad cuidadosamente elaborada y estricta del psicoanalista del Upper East Side de Manhattan para transformarse en algo distinto. Para Ricky, las vacaciones se definían como un tiempo para ensuciarse las manos en el jardín de Wellfleet, para que se le metiera arena entre los dedos de los pies al dar largos paseos por la playa, para leer novelas populares de misterio o de amor y para beber de vez en cuando un brebaje asqueroso llamado Cape Codder, una mezcla desafortunada de zumo de arándano y vodka. Estas vacaciones no prometían tal vuelta a la rutina, incluso aunque, con lo que alguien podría haber calificado de terquedad, o acaso esperanza ilusa, iba vestido para el primer día de las vacaciones. Sacudió la cabeza y se arrastró hacia la cocina. Para desayunar se preparó una tostada y un poco de café solo que sabía amargo por mucho azúcar que le pusiera. Masticó la tostada con una desgana que lo sorprendió. No tenía nada de apetito. Llevó el café a la consulta, donde puso la carta de Rumplestiltskin en el escritorio, frente a él. De vez en cuando lanzaba una mirada hacia la ventana, como si esperase vislumbrar a Virgil, desnuda, merodeando en la calle o asomada a una ventana de uno de los pisos de enfrente. Sabía que estaba cerca o, por lo menos, así lo creía conforme a lo que ella le había dicho. Se estremeció de modo involuntario y contempló la carta. Por un instante, sintió una mezcla de mareo y acaloramiento. – ¿Qué está pasando? –se preguntó en voz alta. Roger Zimmerman pareció entrar en la habitación en ese momento, aun muerto tan irritante y exigente como en vida. Como siempre, quería respuestas a todas las preguntas equivocadas. Marcó de nuevo el número del difunto con la esperanza de encontrar a alguien. Se sentía obligado a hablar con alguien sobre la muerte de Zimmerman, pero no sabía con quién exactamente. De modo inexplicable, la madre seguía sin aparecer, y Ricky se reprochó no haber preguntado a la detective Riggins por su paradero. Supuso que estaba con alguna vecina, o en un hospital. Zimmerman tenía un hermano menor que vivía en California y con quien no se relacionaba demasiado. El hermano trabajaba en la industria cinematográfica de Los Ángeles y no había querido tener nada que ver con los cuidados de su madre, una mujer difícil y parcialmente inválida, renuencia que había provocado que Zimmerman se quejara de él sin cesar. Zimmerman había sido un hombre que se deleitaba con lo espantosa que era su vida, y prefería quejarse a cambiarla. Para Ricky, era esa cualidad la que hacía casi imposible que se hubiese suicidado. Sabía que lo que la policía y sus compañeros de trabajo habían considerado desesperación era la verdadera y única dicha de Zimmerman. Vivía para sus odios. La tarea de Ricky como analista era darle la capacidad de cambiar. Había esperado que, a la larga, llegaría el momento en que Zimmerman se daría cuenta de cómo limitaba su vida el estar eternamente enfadado. El momento en que el cambio fuera posible habría sido peligroso porque probablemente la idea de que no necesitaba dirigir su vida del modo en que lo hacía habría sumido a Zimmerman en una depresión importante. Habría sido vulnerable entonces, cuando por fin se hubiera dado cuenta de la cantidad de días desperdiciados. Comprender eso podría haberle provocado una desesperación real y acaso mortal. Pero para ese momento faltaban muchos meses, y más probable aún muchos años. Zimmerman acudía todos los días a su consulta pensando que el análisis era sólo una oportunidad de desahogarse cincuenta minutos, como el silbato de vapor de una locomotora a la espera del tirón del maquinista. Lo poco que había logrado percibir lo había usado para preparar nuevas vías para su cólera. Quejarse le divertía. No estaba acorralado ni agobiado por la desesperación. Ricky sacudió la cabeza. En veinticinco años había tenido tres pacientes que se habían suicidado. A dos de ellos se los habían enviado con todos los síntomas clásicos del suicida potencial y solo los había tratado poco tiempo antes de que acabaran con sus vidas. En esas ocasiones se había sentido impotente, pero era una impotencia libre de culpa. La tercera muerte, en cambio, había sido de un paciente de mucho tiempo, cuya espiral descendente no había sido capaz de detener, ni siquiera con fármacos antidepresivos, tratamiento que rara vez recetaba, y no había querido mencionarlo a la detective Riggins, ni siquiera ahorrándole los detalles. «Ese era el retrato de un suicida. Zimmerman no», pensó con un ligero estremecimiento, como si la habitación se hubiese enfriado de repente. Pero la idea de que hubieran empujado a Zimmerman bajo un metro para enviarle a él una advertencia era mucho más horrenda. Le partía el alma. Era la clase de idea que evocaba una chispa alcanzando un charco de gasolina. Una idea imposible de transmitir con verosimilitud. Se imaginó volviendo a la oficina demasiada iluminada y bastante caótica de la Riggins para denunciar que unos desconocidos habían asesinado a una persona que no conocían y que no les importaba en absoluto para obligarle a él a participar en una especie de juego mortal. «Es cierto pero inverosímil, en especial para una detective mal pagada y con exceso de trabajo», pensó. Y, al mismo tiempo, comprendió que ellos lo sabían. El hombre que decía llamarse Rumplestiltskin y la mujer que se apodaba Virgil sabían que no había ninguna prueba sólida que los relacionase con este crimen horrendo aparte de las inconsistentes alegaciones de Ricky. Aunque la detective Riggins no lo echara riendo de su oficina (que lo haría), ¿qué motivo tendría para seguir la rocambolesca pista propuesta por un médico de quien creía, de modo acertado, que preferiría más una explicación grotesca, digna de una novela de misterio, para esa muerte antes que el evidente suicidio que profesionalmente lo dejaba en tan mal lugar? Podía contestar a esa pregunta con una sola palabra: ninguno. La muerte de Zimmerman había sido planeada para contribuir a la de Ricky. Y nadie lo sabría, salvo él. Aquello le dio náuseas. Se retrepó en la silla y comprendió que estaba en un momento crítico. En las horas pasadas desde la aparición de la carta en la sala de espera, se había visto atrapado en una serie de hechos sobre los que carecía por completo de perspectiva. El análisis requiere paciencia y ahora él no tenía ninguna. Requiere tiempo y tampoco disponía de él. Miró el calendario que le había dado Virgil. Los catorce días que quedaban parecían un período demasiado corto. Pensó un instante en un condenado en el corredor de la muerte al que comunican que finalmente el gobernador ha firmado su sentencia con la fecha, la hora y el lugar de la ejecución. Era una imagen demoledora y la apartó diciéndose que, hasta en la cárcel, los hombres luchaban por sobrevivir. Inspiró con fuerza. «El mayor lujo de nuestra existencia, por miserable que sea, es que no sabemos los días que nos han tocado en suerte», pensó. El calendario que había sobre el escritorio parecía burlarse de él. – No es un juego –dijo a nadie–. Nunca lo ha sido. Tomó la carta de Rumplestiltskin y examinó el poemita. « Es una pista –se dijo–. La pista de un psicópata. ¡Mírala con atención!» Un retoño y sus padres a su lado... «Bueno –pensó–, es interesante que el autor utilice la palabra «retoño», porque así no especifica el sexo.» El padre soltó amarras, se largó... El padre se marchó. «Soltar amarras» podría ser literal o simbólico, pero en cualquier caso, el padre dejó a la familia. Fueran cuales fueran las causas del abandono, Rumplestiltskin debía de haber albergado su resentimiento durante años. Tuvo que ser alimentado por la madre que se quedó sola. Él, Ricky, había colaborado en el desarrollo de una rabia que había tardado años en volverse asesina. Pero ¿de qué manera? Eso era lo que tenía que averiguar. Llegado a ese punto, pensó que Rumplestiltskin era hijo de algún paciente. La pregunta era: ¿qué clase de paciente? Un paciente infeliz y fracasado, evidentemente. Alguien que había interrumpido el tratamiento, lo más seguro. Pero ¿qué posición ocupaba el paciente: la madre que se quedó con los hijos sola y resentida o el padre que había abandonado a la familia? ¿Había fracasado en el tratamiento de la mujer abandonada o había dado ímpetu al hombre para dejar a su familia? Era un poco como la película japonesa Rashomon[6], en que se examina el mismo hecho desde posiciones diametralmente opuestas, con interpretaciones muy dispares. Él había interpretado un papel en una situación que desembocaba en una cólera asesina, pero no sabía en qué bando. Ricky pensó que todo debió de ocurrir veinte o veinticinco años atrás, porque Rumplestiltskin tuvo que convertirse en un adulto con los recursos necesarios para planear su venganza. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en forjarse un asesino. ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Un solo instante? No lo sabía, pero supuso que conseguiría averiguarlo. Eso le proporcionó la primera sensación de satisfacción desde que había abierto la carta en la sala de espera. Lo invadió una sensación que no era precisamente de confianza, sino de capacidad. Lo que no logró ver fue que en el mundo real y mugriento de la detective Riggins estaba perdido, superado y fuera de lugar, y que una vez había vuelto al mundo que conocía, al mundo de la emoción y la acción definidas por la psicología, se sentía cómodo. Zimmerman, un hombre desdichado y necesitado de mucha ayuda, desapareció de sus pensamientos, pero Ricky no se percató de una segunda cosa, la que podría haberlo parado en seco: comenzaba a participar en el juego y en un terreno concebido a propósito para él, como Rumplestiltskin había predicho que haría. Un analista no es como el cirujano, que puede observar el monitor de ritmo cardíaco y comprobar su éxito o fracaso con el paciente a partir de los pitidos de la pantalla. Las mediciones son mucho más subjetivas. La curación, una palabra con toda clase de absolutos ocultos, no va unida a un tratamiento analítico, a pesar de que la profesión emplea muchas conexiones médicas. Ricky había retomado la tarea de redactar una lista. Había tomado un período de diez años, desde 1975, cuando empezó su trabajo como residente, hasta 1985, y anotaba el nombre de todos aquellos a quienes había tratado en ese lapso de tiempo. Descubrió que era bastante fácil, mientras avanzaba año a año, recordar los nombres de los pacientes de hacía tiempo, aquellos que se habían sometido a análisis tradicionales. Esos nombres le venían a la cabeza, y le satisfacía poder recordar rostros, voces y detalles sobre sus situaciones. En algunos casos, recordaba los nombres de los cónyuges, familiares, hijos, dónde trabajaban y dónde se habían criado, además de su diagnóstico clínico y la evaluación de su problema. Todo ello le parecía muy útil, pero dudaba que nadie que se hubiera sometido a un tratamiento largo hubiera dado lugar a la persona que ahora lo amenazaba. Rumplestiltskin debía de ser el hijo de alguien cuya relación había sido menos estrecha. Alguien que dejó el tratamiento de golpe. Alguien que había dejado de acudir a su consulta tras unas pocas sesiones. Recordar esos pacientes era una tarea más difícil. Se sentó en su despacho, con un bloc delante, estableciendo asociaciones mes a mes mientras trataba de imaginar a personas de hacía un cuarto de siglo. Era el equivalente psicoanalítico a levantar pesas; los nombres, las caras y los problemas le volvían despacio a la memoria. Deseó haber llevado unos archivos mejor organizados, pero lo poco que había podido encontrar, las contadas notas y documentos que conservaba de ese período, eran todos de pacientes que habían seguido un tratamiento y, a su propio modo, con el paso de los años se sinceraron con él, dejando huella en su memoria. Tenía que encontrar a la persona que le había dejado una cicatriz. Enfocaba el dilema de la única forma que sabía. Admitía que no era demasiado eficiente, pero no se le ocurría otro modo de actuar. Se trataba de un proceso lento, y los minutos de la mañana se evaporaban en silencio a su alrededor. La lista que estaba elaborando crecía de forma azarosa. Un observador lo habría visto algo inclinado en la silla, con el bolígrafo en la mano, como un poeta bloqueado que buscara una rima imposible para una palabra como «impávido». Ricky trabajó mucho y solo. Se acercaba mediodía cuando sonó el timbre de la puerta. El sonido pareció sacarlo de su ensimismamiento. Se enderezó con brusquedad y notó que los músculos de la espalda se le tensaban y la garganta se le secaba de repente. El timbre sonó una segunda vez, lo que indicaba que era alguien que desconocía la llamada asignada a sus pacientes. Se levantó y salió de la consulta, cruzó la sala de espera y se acercó con cautela a la puerta que tan pocas veces cerraba con llave. En medio de la hoja de roble había una mirilla, que no recordaba cuándo había usado por última vez, a la que acercó el ojo mientras el timbre sonaba por tercera vez. En el umbral había un joven con una camisa azul de Federal Express manchada de sudor que sujetaba un sobre y una tablilla en la mano. Cuando parecía a punto de marcharse, algo irritado, Ricky abrió la puerta, pero sin quitar la cadena. – ¿Si? –preguntó. – Traigo una carta para el doctor Starks. ¿Es usted? – Sí. – Tiene que firmar. Ricky vaciló. – ¿Lleva alguna identificación? – ¿Qué? –Soltó el hombre una sonrisa–. ¿No le basta el uniforme? –Suspiró y le enseñó una identificación plastificada con su fotografía que llevaba sujeta a la camisa–. ¿La ve bien? Solo necesito una firma. Ricky abrió a regañadientes la puerta. – ¿Dónde tengo que firmar? El mensajero le pasó la tablilla y señaló la vigésima segunda línea. – Aquí –dijo. Ricky firmó. El mensajero comprobó la firma y pasó un lector electrónico por encima de un código de barras. El chisme pitó dos veces. Ricky no tenía idea de qué iba todo eso. El mensajero le entregó un sobre pequeño de envío urgente. – Buenos días –se despidió, en un tono que indicaba que en realidad no le importaba que fuesen buenos o malos para Ricky, pero que le habían enseñado que debía decirlo y por tanto así lo hacía. Ricky se quedó en la puerta comprobando la etiqueta del sobre. El remitente era la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York, una organización de la que hacía mucho tiempo que era miembro, pero con la que apenas había tenido relación a lo largo de los años. La asociación era una especie de organismo rector para los psicoanalistas de Nueva York, pero Ricky siempre había rehuido el politiqueo y las relaciones sociales que acompañaban a cualquier organización de ese tipo. Iba a alguna que otra conferencia patrocinada por la asociación, y hojeaba la revista semestral para seguir en contacto con sus colegas y sus opiniones, pero evitaba participar en los debates que celebraban así como en sus cócteles y veladas. Regresó a la sala de espera y cerró las puertas, sin dejar de preguntarse por qué le escribían en ese momento. Suponía que la asociación cerraba durante las vacaciones en agosto. Como tantos aspectos del proceso, en el mundo del psicoanálisis, el mes veraniego era sagrado. Ricky abrió el sobre acolchado. En su interior había un sobre tamaño carta con el membrete de la asociación en relieve en una esquina. Llevaba su nombre mecanografiado y en la parte inferior figuraba una única línea: POR MENSAJERO – URGENTE. El sobre contenía dos hojas. La primera llevaba el membrete oficial y era una carta del presidente de la asociación, un médico unos diez años mayor que él y a quien conocía ligeramente. No recordaba haber hablado con ese hombre, sólo un apretón de manos y las cortesías de rigor. Leyó deprisa: Estimado doctor Starks: Tengo el desagradable deber de informarle de que la Sociedad Psicoanalítica ha recibido una queja importante con respecto a su relación con una antigua paciente. Le adjunto una copia de la carta de denuncia. Según las normas de la sociedad, y tras comentar este tema con la dirección, he traspasado todo este asunto a los investigadores del Colegio de Médicos. Muy pronto recibirá noticias de ellos. Me permito recomendarle que consulte a un abogado competente lo antes posible. Confío en que podremos mantener la naturaleza de esta denuncia fuera del alcance de los medios de comunicación, ya que imputaciones como éstas desacreditan a toda nuestra profesión. Ricky apenas miró la firma antes de pasar a la segunda hoja de papel. También se trataba de una carta, pero iba dirigida al presidente de la asociación, con copias al vicepresidente, al presidente de la comisión de ética profesional, a los seis médicos que formaban esta comisión, al secretario de la sociedad y al tesorero. De hecho, como pudo observar Ricky, cualquier médico cuyo nombre estuviera vinculado de algún modo a la dirección de la sociedad había recibido una copia. Rezaba así: Apreciado señor o señora: Hace más de seis años inicié un tratamiento psicoanalítico con el doctor Frederick Starks, miembro de su organización. Pasados unos tres meses a razón de cuatro consultas semanales, empezó a hacerme lo que podría considerarse preguntas inoportunas. Siempre eran sobre mis relaciones sexuales con mis diversas parejas, incluido un marido del que me separé. Supuse que esas preguntas formaban parte del proceso analítico. Sin embargo, a medida que avanzaban las consultas, seguía pidiéndome detalles cada vez más explícitos de mi vida sexual. El tono de esas preguntas iba adquiriendo matices pornográficos. Cada vez que intentaba cambiar de tema, me obligaba a reanudado, siempre con una mayor cantidad de detalles. Me quejé, pero contestó que el origen de mi depresión residía en mi incapacidad de entregarme por completo en los encuentros sexuales. Poco después de esa sugerencia me violó por primera vez. Me dijo que si no accedía, jamás me sentiría mejor. Practicar el sexo durante las consultas se convirtió en un requisito para el tratamiento. Era un hombre insaciable. Al cabo de seis meses, me dijo que mi tratamiento había terminado y que no podía hacer nada más por mí. Afirmó que yo estaba tan reprimida que seguramente necesitaría tratamiento farmacológico y hospitalización. Me instó a ingresar en una clínica psiquiátrica de Vermont, pero no quiso ni siquiera llamar al director de ese hospital. El día que finalizó el tratamiento, me obligó a practicar sexo anal con él. He tardado varios años en recuperarme de mi relación con el doctor Starks. Durante este tiempo he sido hospitalizada en tres ocasiones, cada vez durante más de seis meses. Tengo cicatrices de dos intentos fallidos de suicidio. Por fin ahora, con la ayuda constante de un terapeuta abnegado, he empezado el proceso de curación. Esta carta forma parte de ese proceso. Por el momento, creo que debo permanecer en el anonimato, aunque el doctor Starks sabrá quién soy. Si deciden investigar este asunto, les ruego se pongan en contacto con mi abogado y/o mi terapeuta. La carta no estaba firmada, pero incluía el nombre de un abogado con bufete del centro de la ciudad y el de un psiquiatra de las afueras de Boston. A Ricky le temblaban las manos. Se sintió mareado y se apoyó contra la pared para conservar el equilibrio. Se sentía como un boxeador que ha recibido una paliza: desorientado, dolorido, a punto de caer a la lona en el momento en que la campana lo deja milagrosamente de pie. No había una sola verdad en la carta. Por lo menos que él supiera. Se preguntó si eso tendría importancia. 8 Releyó las mentiras de aquella carta y sintió una aguda contradicción en su interior. Tenía el ánimo por los suelos y el corazón frío de desesperación, como si le hubieran arrebatado toda tenacidad, reemplazándola por una rabia tan alejada de su carácter normal que resultaba casi irreconocible. Empezaron a temblarle las manos, se le enrojeció la cara y unas gotitas de sudor le perlaron la frente. El mismo calor le subía por la nuca, las axilas y la garganta. Desvió la mirada de las cartas en busca de algo que romper, pero no encontró nada a su alcance, lo que lo encolerizó más aún. Empezó a pasearse por la consulta. Era como si todo su cuerpo se viese asaltado por un tic nervioso. Por último, se dejó caer en su vieja butaca de piel, detrás de la cabeza del diván, y permitió que los crujidos familiares y el tacto de la tapicería lo tranquilizaran al menos un poco. No tenía ninguna duda sobre quién se había inventado aquella denuncia. El anonimato de la falsa víctima se lo dejaba muy claro. Lo más importante era averiguar por qué. Sabía que había algo previsto y tenía que aislar e identificar qué era. Ricky tenía un teléfono en el suelo, junto a la butaca, y se inclinó hacia él. En unos segundos obtuvo en información el número del despacho del presidente de la Sociedad Psicoanalítica. Rechazó la oferta electrónica de marcar el número por él y pulsó con rabia los dígitos del aparato. Se recostó para esperar que contestaran. La voz vagamente familiar de su colega analista contestó al teléfono. Pero tenía el cariz artificial y monótono de una grabación. «Hola. Ha llamado al despacho del doctor Martin Roth. Estaré fuera del 1 al 29 de agosto. En caso de emergencia, marque el 555 1716 para acceder a un servicio localizador durante mis vacaciones. También puede llamar al 555 2436 y hablar con el doctor Albert Michaels del hospital Columbia Presbyterian, que me sustituye este mes. Si cree que es una crisis grave, le ruego llame a ambos números. El doctor Michaels y yo nos pondremos en contacto con usted.» Ricky colgó y marcó el primero de los dos números. Sabía que el segundo era el de un psiquiatra en su segundo o tercer año de residente en el hospital. Los residentes sustituían a los médicos de reconocido prestigio durante las vacaciones y eran una opción en que las recetas sustituían las charlas, que constituían el puntal del tratamiento analítico. El primer número pertenecía a un servicio de contestador. – Buenos días –respondió Una voz de mujer cansada–. Al habla con el servicio del doctor Roth. – Necesito dejar un mensaje para el doctor ––dijo Ricky. – El doctor está de vacaciones. En caso de urgencia, debe llamar al doctor Alben Michaels en el… – Ya tengo ese número –la interrumpió Ricky–, pero no es esa clase de urgencia ni esa clase de mensaje. – Bueno... –vaciló la mujer, más sorprendida que confusa–. No sé si debería llamarle durante sus vacaciones por un mensaje cualquiera... – Querrá oír éste –le aseguró Ricky. Le costaba ocultar la frialdad de su voz. –No sé –dijo la mujer–. Tenemos un procedimiento. – Todo el mundo tiene un procedimiento –le espetó Ricky–. Los procedimientos existen para impedir el contacto, no para favorecerlo. La gente sin imaginación y sin ideas llena su cabeza con programas y procedimientos. La gente con carácter sabe cuándo prescindir de los procedimientos. ¿Es usted esa clase de persona, señorita? – ¿Cuál es el mensaje? –le preguntó la mujer tras vacilar un instante. – Diga al doctor Roth que el doctor Frederick Starks Será mejor que lo anote, porque quiero que me cite con exactitud. – Lo estoy anotando –dijo la mujer con aspereza. – Dígale que el doctor Starks recibió su carta y examinó la denuncia. Y que desea informarle de que no hay ni una sola palabra cierta en ella. Es una fantasía total y absoluta. – Ni una sola palabra cierta... Muy bien. Fantasía. ¿Quiere que lo llame para darle este mensaje? Está de vacaciones. – Todos estamos de vacaciones. Sólo que algunos tienen vacaciones más interesantes que otros. Este mensaje hará que las del doctor sean mucho más interesantes. Asegúrese de que lo reciba en estos términos exactos o me encargaré de que en septiembre tenga que buscarse otro empleo. ¿Está claro? – Descuide –contestó la mujer. No parecía intimidada–. Pero ya se lo dije: tenemos unos procedimientos muy estrictos. No me parece que esto se ajuste a nada... – Intente no ser tan previsible –aconsejó Ricky–. De ese modo, podrá salvar su trabajo. –y colgó. Se reclinó en el asiento. No recordaba haber sido tan grosero y exigente, por no decir amenazador, en años. Además, no era su forma de ser. Pero sabía que probablemente tendría que actuar en contra de su forma de ser muchas veces a lo largo de los siguientes días. Volvió a mirar la carta del doctor Roth y, a continuación, releyó la denuncia anónima. Luchando todavía con la indignación de quien es acusado falsamente, trató de medir el impacto de las cartas y dar una respuesta a la pregunta «¿por qué?» Era evidente que Rumplestiltskin tenía en mente algún efecto concreto, pero ¿cuál? Empezó a ver con claridad algunas cosas. La denuncia en sí era mucho más sutil de lo que cabía suponer. La autora anónima lo acusaba de violación pero situaba el momento del delito tan atrás en el tiempo que había prescrito. La policía no intervendría, pero desencadenaría una investigación enojosa e inútil del Colegio de Médicos. Sería lenta e ineficaz y era poco probable que entorpeciera el avance del juego. Una denuncia que exigiera la intervención de la policía obtendría una respuesta inmediata, y estaba claro que Rumplestiltskin no quería que la policía interviniese, salvo tangencialmente. Y, al hacer la denuncia de forma provocativa pero anónima, la autora mantenía la distancia. Nadie de la Sociedad Psicoanalítica seguiría el asunto. Lo pasarían, como al parecer habían hecho, a un tercer organismo y se lavarían las manos para evitar lo que podría ser una verdadera lacra para su reputación. Ricky leyó las dos cartas por tercera vez, y vio una respuesta. – Me quiere solo –dijo en voz alta. Se recostó un instante y contempló el techo, como si su blanco liso pudiese ofrecerle claridad de algún modo. Hablaba solo, y su voz parecía resonar huecamente en la consulta. – No quiere que consiga ayuda. Quiere que juegue sin el menor apoyo. Por eso ha tomado medidas para asegurarse de que no pudiera hablar con nadie más de la profesión. Casi sonrió ante la índole modestamente diabólica del plan de Rumplestiltskin. Sabía que Ricky estaría trastornado por los interrogantes que rodeaban la muerte de Zimmerman. Sabía que sin duda estaría asustado por el allanamiento de su hogar y su consulta. Sabía que estaría inquieto e inseguro, quizás sobrecogido ante la rápida sucesión de los acontecimientos. Rumplestiltskin había previsto todo eso y especulado sobre la primera reacción de Ricky: buscar ayuda. ¿Y adónde hubiera recurrido? Habría querido hablar, no actuar, porque ésa era la naturaleza de su profesión, y por tanto habría acudido a otro analista. Un amigo que pudiera servirle de caja de resonancia. Alguien que habría vacilado y escuchado todos los detalles y ayudado a Ricky a revisar la multitud de cosas desencadenadas con tanta rapidez. Pero eso ya no ocurriría. La carta con las acusaciones de violación, incluida la gratuita y desagradable descripción de la última sesión, había sido enviada a la jerarquía de la Sociedad Psicoanalítica justo cuando todos se preparaban para las vacaciones de agosto. No había tiempo para negar con razones la acusación, ni ningún foro disponible donde hacerla con efectividad. La horrible acusación recorrería veloz el mundo del psicoanálisis neoyorquino como un chisme en un estreno de Hollywood. Ricky era un hombre con muchos colegas y pocos amigos de verdad, y él lo sabía. No era probable que esos colegas quisieran mancillar su reputación entrando en contacto con un médico que podía haber violado el tabú más importante de la profesión. La acusación de haber abusado de su posición como terapeuta y analista para obtener los favores sexuales más abyectos y sucios, y de haber dado la espalda al daño psicológico que había provocado era el equivalente psicoanalítico de la peste, lo que le convertía a él en una moderna «María Tifoidea», la famosa portadora de la bacteria Salmonella typhi que contagió a tanta gente en Nueva York. Con esta acusación pendiendo sobre su cabeza, no era probable que nadie lo ayudara, por más que suplicara y por más que la negara, hasta que el asunto estuviera resuelto. Y eso tardaría meses. Había otro efecto secundario: la gente que creía conocer a Ricky se plantearía ahora qué sabía de él y cómo. Comprendió que era una mentira envenenada porque el mero hecho de negarla haría que los miembros de su profesión pensaran que se estaba encubriendo. «Estoy solo –se dijo–. Aislado. Desorientado.» Respiró hondo, como si el aire de la consulta se hubiese solidificado. Comprendió que eso era lo que Rumplestiltskin quería: que estuviese solo. Volvió a mirar las dos cartas. En la denuncia falsa, su autora había incluido los nombres de un abogado de Manhattan y de un psiquiatra de Boston. No pudo evitar estremecerse. Sabía que esos nombres figuraban ahí para él. Se suponía que era el camino que debía seguir. Pensó en la espantosa oscuridad de la consulta la noche anterior. Lo único que había tenido que hacer para tener luz era seguir el camino fácil y enchufar lo que estaba desconectado. Sospechaba que esto era más o menos lo mismo. Sólo que no sabía dónde podría conducirlo ese camino. Dedicó el resto del día a examinar todos los detalles de la carta de Rumplestiltskin, tratando de diseccionarla más, y a escribir notas precisas sobre todo lo ocurrido, prestando la mayor atención a cada palabra hablada, recreando los diálogos como un reportero que prepara una noticia, buscando una perspectiva que se le escapaba con facilidad. Lo que le resultaba más escurridizo eran las palabras exactas de la mujer, Virgil. No tenía problemas para recordar su figura o la picardía de su voz, pero su belleza era como una cubierta protectora de sus palabras. Eso le inquietaba, porque contradecía su preparación y su costumbre. Como cualquier buen analista, se preguntó por qué era tan incapaz de concentrarse, cuando la verdad era tan evidente que cualquier adolescente reincidente se la podría haber dicho. Estaba acumulando notas y observaciones, buscando refugio en el mundo interior en el que se sentía cómodo. Pero, a la mañana siguiente, después de haberse puesto traje y corbata, y de haber dedicado un momento a marcar con una equis otro día en el calendario, empezó de nuevo a sentir la presión de tener el tiempo en contra. Pensó que era importante formular por lo menos su primera pregunta y llamar al Times para publicarla en un anuncio. El calor de la mañana parecía burlarse de él y se le condensó debajo del traje casi de inmediato. Supuso que lo seguían, pero se negó a volverse para comprobarlo. De todos modos, tampoco sabría descubrir a una persona que lo siguiera. En las películas, al héroe no le costaba demasiado detectar las fuerzas del mal que lo acechaban. Los malos llevaban sombreros negros y una mirada furtiva en los ojos. En la vida real era muy distinto. Todo el mundo es sospechoso. Todo el mundo está absorto. El repartidor de la esquina delante de una tienda de comestibles, el empresario que caminaba deprisa por la acera, el indigente en un hueco, los rostros tras los cristales del restaurante o un coche que pasaba. Cualquiera podría estar observándole o no. Imposible saberlo. Estaba acostumbrado al mundo concentrado de la consulta de analista, en que los papeles eran mucho más claros. En la calle, era imposible saber quién podía estar tomando parte en el juego y vigilándole, y quién era sólo uno más de los ocho millones de personas que poblaban de repente su mundo. Ricky se encogió de hombros y paró un taxi en la esquina. El taxista tenía un nombre extranjero impronunciable y estaba escuchando una extraña emisora de música de Oriente Medio. Una cantante se lamentaba con una voz aguda que vibraba al cambiar de tono. Cuando empezó una nueva melodía, sólo cambió el compás; los gorgoritos parecían los mismos. No entendía ninguna palabra, pero e! conductor, encantado, tamborileaba el volante con los dedos siguiendo el ritmo. Asintió cuando Ricky le dio la dirección, y se internó con rapidez en e! tráfico. Ricky se preguntó cuánta gente subiría a ese taxi cada día. El taxista no tenía forma de saber si llevaba a sus pasajeros a algún acontecimiento trascendental de su vida o a sólo un momento más. El taxista hizo sonar el claxon en un cruce y lo condujo a través de las calles abarrotadas sin pronunciar palabra. Un camión de mudanzas blanco bloqueaba el lado de la calle donde estaba situado el bufete del abogado, sólo dejando espacio para que los coches pasaran justito. Tres o cuatro hombres fornidos entraban y salían por la puerta principal del modesto y corriente edificio de oficinas, y subían una rampa de acero hacia el camión con cajas de cartón y algún que otro mueble, sillas, sofás y similares. Un hombre con una chaqueta azul y una insignia de seguridad vigilaba cómo trabajaban los transportistas a la vez que observaba a los transeúntes con un recelo que indicaba que su presencia obedecía a un solo objetivo y su rigidez se encargaría de que éste se cumpliera. Ricky bajó del taxi y se acercó al hombre de la chaqueta. – Estoy buscando las oficinas del señor Merlín. Es abogado... – Sexto piso, arriba del todo –contestó el hombre sin apartar la vista del desfile de transportistas– ¿Tenía hora concertada? Están muy ocupados con lo del traslado. – ¿Se trasladan? – Ya lo ve –señaló el hombre de la chaqueta–. Les va muy bien; ganan mucho, según tengo entendido. Puede subir, pero no estorbe. El ascensor zumbaba pero, gracias a Dios, no tenía música ambiental. Cuando se abrieron las puertas en el sexto piso, Ricky vio de inmediato el bufete del abogado. Una puerta se abrió de golpe y aparecieron dos hombres que se peleaban con una mesa, levantándola e inclinándola, para pasar por el umbral. Una mujer de mediana edad con vaqueros, zapatillas de deporte y una camiseta de diseño los contemplaba atentamente. – Ésa es mi mesa, maldita sea, y me conozco todas sus manchas y rayas. Si le hacen una nueva, tendrán que comprar otra. Los dos hombres se esmeraron con el entrecejo fruncido. La mesa pasó por la puerta con unos milímetros de margen. Detrás de los hombres había cajas amontonadas en el pasillo interior, estanterías vacías y mesas: todos los elementos que se relacionarían normalmente con una oficina ajetreada, preparados para ser trasladados. La mujer de los vaqueros echó la cabeza atrás y agitó su melena color caoba con evidente irritación. Tenía el aspecto de una mujer a la que le gustaba la organización, y el caos de la mudanza le resultaba casi doloroso. Ricky se acercó a ella. – Estoy buscando al señor Merlín –dijo. – ¿Es un cliente? –La mujer se volvió hacia él–. Hoy no hemos dado ninguna hora. Es el día del traslado. – En cierto modo –contestó Ricky. – Bueno, ¿a qué modo se refiere? –repuso la mujer con frialdad. – Soy el doctor Frederick Starks. El señor Merlín y yo tenemos algo que discutir. ¿Está en la oficina? La mujer pareció sorprendida. Sonrió de modo desagradable a la vez que asentía con la cabeza. – Sé quién es usted. Pero no creo que el señor Merlín esperara su visita tan pronto. – ¿De veras? Yo me imaginaba que era justo lo contrario. La mujer aguardó mientras salía otro hombre con una lámpara en una mano y una caja de libros bajo el otro brazo. Se volvió y le comentó; – Una cosa en cada viaje. Si lleva demasiadas, se romperá algo. Deje eso y vuelva a buscarlo después. El hombre se encogió de hombros y dejó la lámpara sin demasiado cuidado. La mujer se volvió hacia Ricky. – Como verá, doctor, ha llegado en un mal momento... Ricky tuvo la impresión de que iba a despacharlo, cuando un hombre más joven, de treinta y pocos años, algo obeso y un poco calvo que llevaba unos pantalones caqui planchados, una camisa sport de diseño y unos relucientes mocasines con borlas, saltó de la parte trasera de la oficina. Su aspecto era incongruente porque iba demasiado bien vestido para levantar y cargar cosas, y demasiado informal para hacer negocios. La ropa que llevaba era ostentosa y cara, y ponía de manifiesto que su aspecto, incluso en esas circunstancias, seguía unas normas rígidas. Además, en aquella vestimenta no había nada relajado para sentirse cómodo. –Yo soy Merlín –dijo el hombre, que se sacó un pañuelo impecablemente doblado del bolsillo y se limpió las manos antes de tender una a Ricky–. Si no le importa todo este caos, podríamos hablar unos momentos en la sala de reuniones. Todavía conserva la mayoría del mobiliario, aunque es imposible saber por cuánto tiempo. –El abogado señaló una puerta. – ¿Quiere que tome notas, señor Merlín? –preguntó la mujer. – No creo que sea necesario. Ricky fue conducido a una habitación presidida por una larga mesa de cerezo con sillas. En el otro extremo había una mesilla auxiliar con una cafetera y una jarra de agua con vasos. El abogado indicó un asiento y fue a comprobar si había café. Se volvió hacia Ricky encogiéndose de hombros. – Lo siento, doctor –dijo–. No queda café y la jarra de agua está vacía. No puedo ofrecerle nada. – No importa. No he venido hasta aquí porque tuviera sed. – No. –Su respuesta hizo sonreír al abogado–. Por supuesto que no. Bien, en qué puedo ayudarlo… – Merlín es un nombre poco corriente –le interrumpió Ricky–. ¿Acaso es usted una especie de mago? – En mi profesión, doctor Starks, un nombre como el mío es una ventaja –afirmó el abogado, sonriente de nuevo–. Los clientes nos piden a menudo que saquemos el consabido conejo de la chistera. – ¿Sabe hacerlo? – Pues, por desgracia, no. No tengo ninguna varita mágica. Sin embargo, se me ha dado muy bien obligar a conejos adversarios reacios y recalcitrantes a salir de escondrijos en todo tipo de sombreros, no tanto con la ayuda de poderes mágicos como de avalanchas de documentos legales y oleadas de demandas, por supuesto. Quizás en este mundo, esas cosas vengan a ser lo mismo. Ciertos juicios parecen funcionar de un modo muy parecido a las maldiciones y hechizos que lanzaba mi tocayo Merlín. – Veo que se trasladan. El abogado sacó un tarjetero de piel de un bolsillo. Tomó una tarjeta y se la pasó por encima de la mesa Ricky. – El nuevo local–dijo–. El éxito exige expandirse. Contratar más abogados. Más espacio. – ¿Y yo voy a ser otro trofeo en la pared? –preguntó Ricky. La tarjeta indicaba una dirección en el centro de la ciudad. – Es probable –asintió Merlín con una sonrisa–. De hecho, es bastante seguro. No debería hablar con usted, sobre todo sin estar presente su abogado. ¿Por qué no le pide que me llame para que comentemos su póliza de seguros por negligencia…? Está asegurado, ¿verdad, doctor? Así podremos arreglar este asunto con rapidez y de modo satisfactorio para ambas partes. –Tengo un seguro, pero dudo que cubra la denuncia que se ha inventado su clienta. No creo haber tenido motivo para leer la póliza desde hace décadas. – ¿No está asegurado? Es una pena... E «inventado» es una palabra que podría desaprobar. – ¿Quién es su clienta–preguntó Ricky. – Todavía no estoy autorizado a divulgar su nombre. –El abogado meneó la cabeza–. Está en proceso de recuperación y... – Nada de eso ha pasado –le espetó Ricky–. Todo es pura fantasía. Una invención. No hay ni una palabra cierta. Su cliente verdadero es otra persona, ¿no? – Puedo asegurarle que mi clienta es verdadera –dijo el abogado tras una pausa–. Lo mismo que sus acusaciones. La señorita X es una mujer muy angustiada… – ¿Por qué no la llama señorita R? –repuso Ricky–. R de Rumplestiltskin. ¿No sería más adecuado? – Me parece que no le entiendo, doctor. –Merlín parecía algo confundido–. X, R, como quiera. Eso no importa en realidad, ¿no? – Exacto. – Lo que importa, doctor Starks, es que está metido en un buen lío. Y le aseguro que le interesa que este lío desaparezca de su vida lo antes posible. Si tengo que presentar una demanda, bueno, el daño ya estará hecho. La caja de Pandora, doctor. Todas las cosas malas saldrán a la luz pública. Acusaciones y desmentidos, aunque según mi experiencia, el desmentido nunca logra el mismo impacto que la acusación, ¿verdad? No es el desmentido lo que recuerda la gente, ¿no? –Meneó la cabeza. – Yo nunca he abusado de ningún paciente. Ni siquiera creo que exista esta persona. No tengo ningún historial de esta paciente. – Bueno, doctor, me alegra saberlo. Espero que esté del todo seguro de eso. – Mientras hablaba, la voz del abogado bajó de tono y cada palabra se afilaba cada vez más–. Porque, para cuando me haya entrevistado con todos sus pacientes de la última década, haya hablado con todos los colegas con quienes haya tenido alguna disputa y haya diseccionado todas las facetas de su vida, que mi clienta exista o no carecerá de importancia, porque ya no le quedará ni vida ni reputación. Ninguna en absoluto. Ricky se abstuvo de replicar. Merlín siguió mirándole directamente, sin flaquear ni un segundo. –Tiene algún enemigo, doctor? ¿Algún colega envidioso? ¿Cree que todos sus pacientes han quedado satisfechos con su tratamiento? ¿Dio alguna vez una patada a un perro? ¿No pudo frenar a tiempo cuando una ardilla se te cruzó delante del coche cerca de su casa de veraneo en Cape Cod? –El abogado sonrió de nuevo, ahora de modo desagradable–. Ya estoy informado de ese sitio –aseguró–. Una bonita casa al borde de un bosque, con jardín y vistas al mar. Cinco hectáreas. Compradas en 1984 a una mujer de mediana edad cuyo marido acababa de morir. ¿Cómo no aprovecharse de una afligida viuda en esas circunstancias? ¿Tiene idea de cómo ha aumentado el valor de esa propiedad? Estoy seguro de que sí. Permítame que le comente .una cosa nada más, doctor Starks. Haya o no algo de cierto en la acusación de mi cuenta, me quedaré con esa propiedad antes de que esto haya acabado. Y también con su piso, su cuenta bancaria en el Chase y su plan de jubilación en Dean Witter que todavía no ha tocado, y con la modesta cartera de valores que mantiene en la misma agencia de corredores. Pero empezaré por su casa de veraneo. Cinco hectáreas. Creo que podré subdividirlas y forrarme. ¿Qué le parece, doctor? A Ricky todo le daba vueltas. – ¿Cómo sabe...? –empezó sin convicción. – Me encargo de saber esas cosas –le interrumpió Merlín–... Si usted no tuviera nada que yo quisiera, no me tomaría ninguna molestia. Pero lo tiene y puedo asegurarle que no vale la pena luchar, doctor. Y su abogado le dirá lo mismo. – Luchar por mi integridad sí –contestó Ricky. – No está viendo las cosas con claridad, doctor. –Se encogió de hombros otra vez–. Estoy intentando decirle cómo dejar su integridad más o menos intacta. Usted, como un ingenuo, parece creer que esto tiene relación con tener razón o no. Con decir la verdad en lugar de mentir. Me resulta curioso viniendo de un psicoanalista veterano como usted. ¿Es la verdad, la verdad autentica y clara, algo que oiga a menudo? ¿O más bien verdades ocultas y encubiertas por toda clase de trucos psicológicos, esquivas y escurridizas una vez identificadas? Y jamás blancas o negras por completo, más bien de tonalidades grises, marrones e incluso rojas. ¿No es eso lo que predica su profesión? Ricky se sintió como un imbécil. Aquellas palabras le sacudían como otros tantos puñetazos en un combate desigual. Inspiró hondo y pensó en lo estúpido que había sido ir al bufete, y que lo más inteligente era marcharse. Iba a levantarse, cuando Medio añadió: – El infierno puede adoptar muchas formas, doctor Starks. Piense en mí como en una de ellas. – ¿A qué se refiere? –repuso Ricky, y recordó lo que Virgil había dicho en su primera visita: que iba a ser su guía hacia el infierno, y que de ahí procedía su nombre. – En tiempos del rey Arturo – prosiguió el abogado, sonriente y nada desagradable, con la confianza de un hombre que ha medido al adversario y lo ha visto claramente inferior–, el infierno era muy real para toda clase de personas, incluso las educadas y refinadas. Creían de verdad en demonios, diablos, posesiones de espíritus malignos, lo que usted quiera. Podían oler el fuego y el azufre que esperaban a los impíos y creían que los abismos en llamas y las torturas eternas eran consecuencias razonables de una mala vida. En la actualidad, las cosas son más complicadas, ¿verdad, doctor? No creemos que vayamos a sufrir la maldición del fuego eterno. Y ¿qué tenemos en su lugar? Los abogados. Y le aseguro doctor que puedo convertirle fácilmente la vida en algo que recuerde una imagen medieval plasmada por uno de esos artistas de pesadilla. Tendría que elegir el camino fácil, doctor. El camino fácil. Será mejor que vuelva a comprobar su póliza de seguros. La puerta de la sala de reuniones se abrió de golpe y dos de los hombres de la mudanza vacilaron antes de entrar. – Nos gustaría llevarnos esto ahora –comentó uno de ellos–. Es lo único que falta. – Muy bien. –Merlín se levantó–. Creo que el doctor Starks ya se iba. – Sí. –Ricky asintió y también se puso de pie. Echó un vistazo a la tarjeta del abogado–. ¿Es aquí dónde debería ponerse en contacto con usted mi abogado. – Exacto. – Muy bien –dijo–. ¿Y podremos localizarlo…? – Cuando quiera doctor. Creo que lo mejor sería que lo solucionara cuanto antes. Seguro que no le apetece desperdiciar las vacaciones preocupándose por mí, ¿no? Ricky no contestó, aunque se percató de que no le habla mencionado su intención de irse de vacaciones. Se limitó a asentir, se volvió y salió de la oficina sin mirar atrás. Ricky subió a un taxi para ir al hotel Plaza. Estaba a sólo doce manzanas de distancia. Para lo que Ricky tenía en mente, parecía la mejor elección. El taxi recorrió veloz el centro de ese modo tan particular que tienen los taxis urbanos, con aceleraciones rápidas, adelantamientos, frenazos, cambios de marcha y eslálones a través del tráfico, sin lograr ni mejor ni peor tiempo que si hubieran seguido un camino regular, tranquilo y recto. Ricky observó la licencia del taxista que, como era de esperar, tenia otro incomprensible apellido extranjero. Se recostó y pensó en lo difícil que resulta a veces encontrar taxi en Manhattan. Era extraño que hubiera uno libre para él con tanta facilidad cuando salió, aturdido, del bufete del abogado. Como si lo hubiese estado esperando. El taxista se detuvo en seco junto al bordillo de la entrada del hotel. Ricky pagó la carrera a través de la separación de plexiglás y, bajó del coche. Sin prestar atención al portero, subió presuroso la escalinata y cruzó las puertas giratorias. El vestíbulo estaba repleto de gente. Avanzó con rapidez entre varios grupos, montones de maletas y botones apresurados, hacia The Palm Court. En el extremo donde estaba el restaurante se detuvo, observó el menú un instante y luego se dirigió hacia el pasillo al paso más rápido que podía sin atraer la atención, más bien como alguien que va a perder un tren. Fue directo a la puerta del hotel que daba al sur de Central Park y salió a la calle. Había un portero que estaba pidiendo taxis para los clientes que salían. Ricky se adelantó a una familia reunida en la acera. – ¿Me permiten? –dijo a un padre de mediana edad vestido con una camisa de estampado hawaiano y rodeado por tres niños alborotadores de entre seis y diez años. Junto a ellos una esposa anodina cuidaba de toda la prole––. Se trata de una emergencia. No quisiera ser grosero, pero... –El padre miró a Ricky como si ningún viaje familiar de ldaho a Nueva York estuviera completo si alguien no te roba el taxi, y asintió sin decir nada. Ricky subió y oyó cómo la mujer decía: – ¿Qué estás haciendo, Ralph? Era nuestro taxi. «Este taxista, por lo menos, no es alguien contratado por RumpIestiltskin», pensó Ricky mientras le daba la dirección del local de Merlín. Como sospechaba, el camión de mudanzas ya no estaba aparcado a la puerta. El guarda de seguridad con la chaqueta azul también había desaparecido. Ricky se inclinó y dio un golpecito al plástico que lo separaba del conductor. – He cambiado de idea –dijo–. Lléveme a esta dirección, por favor. –Leyó la dirección que aparecía la tarjeta del abogado–. Pare a una manzana de distancia, ¿de acuerdo? No quiero bajarme delante. El taxista se encogió de hombros y asintió. Tardaron un cuarto de hora a causa del tráfico. La dirección en la tarjeta de Merlín estaba cerca de Wall Street. Olía a prestigio. El conductor Se detuvo una manzana antes de la dirección. –Es ahí –indicó el hombre–. ¿Quiere que lo acerque más? – No –respondió Ricky–. Aquí está bien. –Pagó y abandonó el reducido asiento trasero. Como medio sospechaba, no había rastro del camión de mudanzas frente al gran edificio de oficinas. Miró arriba y abajo, pero no vio rastro del abogado, de la empresa ni del mobiliario de oficina. Comprobó la dirección de la tarjeta y se aseguró de estar en el sitio correcto. Echó un vistazo al interior del edificio y vio un mostrador de seguridad en el vestíbulo. Un guardia uniformado leía una novela de bolsillo detrás de un grupo de pantallas de video y de un tablero electrónico que mostraba los movimientos del ascensor. Ricky entró en el edificio y se acercó a un directorio de oficinas colocado en la pared. Lo comprobó deprisa y no encontró a nadie llamado Merlín. Se dirigió hacia el guardia, que levantó la vista. – ¿Puedo ayudarte? –preguntó. – Sí –contestó Ricky–. Tal vez me he confundido. Tengo la tarjeta de este abogado, pero no lo encuentro en el directorio. Debería instalarse aquí hoy. El guardia estudió la tarjeta, frunció el entrecejo y meneó la cabeza. – La dirección es correcta –afirmó–. Pero no tenemos a nadie con este nombre. – ¿Quizás una oficina vacía? Como le dije, se trasladaban hoy. – Nadie avisó de eso a seguridad. Y no hay ningún local vacío, desde hace años. – Qué extraño. Debe de ser un error de imprenta. – Podría ser –dijo el guardia, Y le devolvió la tarjeta. Ricky pensó que había ganado su primera escaramuza con el hombre que lo acechaba. Pero no estaba seguro de qué obtenía con ello. Cuando llegó a casa, todavía se sentía algo petulante. No sabía muy bien a quién había conocido en aquel bufete y se preguntaba si Merlín no sería en realidad el propio Rumplestiltskin. Pensó que era una posibilidad cierta, porque no había duda de que el cerebro del asunto querría ver a Ricky en persona, cara a cara. No estaba seguro de por qué lo creía, pero parecía tener algún sentido. Era difícil imaginar a alguien que obtuviera placer torturándolo sin desear ver sus logros personalmente. Pero esta observación no empezaba siquiera a colorear el retrato que sabía que tendría que trazar para adivinar la identidad de ese hombre. «¿Qué sabes sobre los psicópatas?», se preguntó mientras subía la escalinata del edificio de piedra rojiza que albergaba su vivienda y consulta, además de otros cuatro pisos. «No mucho», se contestó. Sus conocimientos se referían a los problemas y las neurosis de personas normales y corrientes, y a las mentiras que se contaban a sí mismas para justificar su conducta. Pero no sabía nada sobre alguien que creara todo un mundo de mentiras para provocar una muerte. Se trataba de un territorio desconocido para él. La satisfacción que había sentido al ser por una vez más hábil que Rumplestiltskin se evaporó. Se recordó con frialdad lo que había en juego. Vio que habían repartido el correo y abrió su buzón. Un sobre largo y estrecho llevaba el membrete de la policía de Nueva York en la esquina superior izquierda. Lo abrió y comprobó que contenía un troto de papel unido a una hoja fotocopiada. Leyó la carta pequeña. Estimado doctor Starks: En nuestra investigación descubrimos la hoja adjunta entre los efectos personales de Zimmerman. Como le menciona y parece comentar su tratamiento, se la envío. Por cierto, el caso sobre su muerte está cerrado. Atentamente, Detective J. Riggins Ricky leyó la fotocopia. Era breve, estaba mecanografiada y le provocó un miedo difuso. A quien lo lea: Hablo y hablo pero no mejoro. Nadie me ayuda. Nadie escucha a mi yo real. He dejado todo dispuesto para los cuidados de mi madre. Lo encontrarán en mi oficina junto con mi testamento, los papeles del seguro y los demás documentos. Pido perdón a todos los implicados, salvo al doctor Starks. Adiós a los demás. Roger Zimmerman Hasta la firma estaba mecanografiada. Ricky contempló la nota de suicidio y sintió que sus emociones lo abandonaban. 9 Para Ricky, la nota de Zimmerman no podía ser auténtica. En su fuero interno se mantenía firme: era tan poco probable que Zimmerman se suicidara como que lo hiciera él mismo. No mostraba ningún signo de tendencias suicidas, inclinaciones a la autodestrucción ni propensión a la violencia contra sí mismo. Zimmerman era neurótico y testarudo, y estaba apenas empezando a comprender la percepción analítica; era un hombre al que todavía había que empujar para que consiguiese algo, como sin duda habían tenido que empujarlo a la vía del metro. Pero Ricky empezaba a tener problemas para discernir la realidad de lo que no lo era. Incluso con la nota de Riggins delante, tras su visita a la estación de metro y la comisaría, seguía costándole aceptar la realidad de la muerte de Zimmerman. Seguía alojado en algún lugar surrealista de su mente. Bajó los ojos hacia la carta de suicidio y comprendió que él era la única persona nombrada. Volvió a reparar en que no estaba firmada a mano, sólo habían mecanografiado el nombre. O lo había hecho el propio Zimmerman si es que él la había escrito. La cabeza le daba vueltas y sintió un mareo acompañado de náuseas que sin duda eran psicosomáticas. Subió en ascensor con la sensación de arrastrar un peso atado a los tobillos y otro sobre los hombros. Las primeras sombras de autocompasión se cernieron sobre su corazón y la pregunta « ¿por qué yo?» perseguía sus pasos lentos. Para cuando llegó a su consulta, estaba agotado. Se desplomó sobre la silla del despacho y cogió la carta de la Sociedad Psicoanalítica. Tachó mentalmente el nombre del abogado, aunque no era tan tonto como para pensar que ya no sabría nada más de Merlín, quienquiera que fuese. En la carta figuraba el nombre del terapeuta de Boston que su supuesta víctima estaba visitando, y Ricky supo que sin duda se pretendía que ése fuera su siguiente contacto. Por un momento deseó ignorar el nombre, no hacer lo que se esperaba de él, pero al mismo tiempo pensó que no proclamar con decisión su inocencia se consideraría propio de un hombre culpable, de modo que, aunque estuviera previsto y resultara inútil, tenía que hacer esa llamada. Todavía con el estómago revuelto, marcó el número del terapeuta. Sonó una vez y, como medio esperaba, saltó un contestador automático: «Le habla el doctor Martin Soloman[7]. En este momento no puedo atender su llamada. Por favor, deje su nombre, su número y su mensaje y le llamaré lo antes posible». «Por lo menos no se ha ido aún de vacaciones» pensó Ricky. – Doctor Soloman –dijo, intentando sonar con rabia e indignación–, soy el doctor Frederick Starks, de Manhattan. Una paciente suya me ha acusado de una grave falta de ética. Me gustaría informarle de de que todas esas acusaciones son totalmente falsas. Son una fantasía, sin ninguna base en lo esencial ni en la realidad. Gracias. Y colgó. La solidez del mensaje lo reanimó un poco. Consultó su reloj. «Cinco minutos –pensó–. Diez como mucho, para que me devuelva la llamada.» En eso acertó. Al cabo de siete minutos, sonó el teléfono. Contestó con un grave y sólido: – Al habla el doctor Starks. Su interlocutor pareció inspirar hondo antes de hablar. – Soy Martin Soloman, doctor. Recibí su mensaje y me pareció que lo mejor sería llamarle de inmediato. Ricky esperó un momento antes de hablar, lo que llenó la línea de silencio. – ¿Quién es esa paciente que me ha acusado? Fue correspondido con un silencio igual antes de que Soloman contestara. – No estoy autorizado aún a divulgar su nombre. Me ha dicho que, cuando los investigadores del Colegio de Médicos se pongan en contacto conmigo, se pondrá a su disposición. El mero hecho de denunciarlo a la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York ha sido un paso importante en su recuperación. Necesita seguir con precaución. Pero esto me parece increíble, doctor. Seguro que sabe quiénes han sido sus pacientes en un margen tan corto de tiempo. Y acusaciones como la suya, con los detalles que me ha dado en los últimos seis meses, sin duda dan crédito a lo que dice. – ¿Detalles? ¿Qué clase de detalles? – Bueno, no sé si debo... –vaciló el médico. – No sea ridículo. No he creído ni por un momento que esta persona exista –lo interrumpió Ricky con brusquedad. – Le aseguro que es real. Y su dolor es considerable -replicó el terapeuta, en una imitación de lo que el abogado Merlín había afirmado antes ese mismo día–. Francamente, doctor, encuentro sus desmentidos muy poco convincentes. – A ver, entonces, ¿qué detalles? – Le ha descrito física e íntimamente –afirmó Soloman tras vacilar–. Ha descrito su consulta. Puede imitar su voz de un modo que ahora me resulta asombrosamente exacto... – Imposible –soltó Ricky. – Dígame, doctor –quiso saber Soloman tras otra pausa–, en la pared de su consulta, junto al retrato de Freud, ¿tiene una xilografía azul y amarilla de un ocaso en Cape Cod? Ricky se quedó sin respiración. De las pocas obras de arte que quedaban en su monástica casa, ésa era una. Se la había regalado su mujer en su decimoquinto aniversario de bodas, y era una de las pocas cosas que habían sobrevivido a la purga de su presencia después de que sucumbiera al cáncer. – La tiene, ¿verdad? –continuó Soloman–. Mi paciente dijo que se concentraba en esa obra e intentaba transportarse a la imagen mientras usted abusaba sexualmente de ella. Como una experiencia extracorpórea. He conocido otras víctimas de delitos sexuales que hacían lo mismo, imaginarse en otro sitio fuera de la realidad. Es un mecanismo de defensa bastante habitual. – Nada de eso tuvo lugar nunca. –Ricky tragó saliva con dificultad. – Bueno –repuso Soloman con brusquedad–, no es a mí a quien tiene que convencer. Ricky vaciló antes de preguntar: – ¿Cuánto tiempo hace que atiende a esta paciente? – Seis meses. Y todavía nos queda mucho camino por recorrer. – ¿Quién se la mandó? – ¿Cómo dice? – ¿Quién la mandó a su consulta? – No lo recuerdo... – ¿Me está diciendo que una mujer que sufre esta clase de trauma emocional eligió su nombre en la guía telefónica? – Tendría que buscarlo en mis notas. – Seria suficiente con que lo recordara. – Aun así, tendría que buscarlo. – Comprobaría que nadie se la mandó –siseó Ricky–. Lo eligió por alguna razón evidente. Así que se lo preguntaré otra vez: ¿por qué usted, doctor? – Tengo fama en esta ciudad por mis logros con las víctimas de delitos sexuales –afirmó Soloman tras pensarlo. – ¿A qué se refiere con eso de «fama»? – He escrito algunos artículos sobre mi trabajo en la prensa local. – ¿Declara a menudo en juicios? –Ricky pensaba con rapidez. – No tan a menudo. Pero estoy familiarizado con el proceso. – ¿Qué a menudo es no tan a menudo? – Dos o tres veces. Y sé adónde quiere ir a parar. Sí, han sido casos prominentes. – ¿Ha sido alguna vez un testigo experto? – Pues sí. En varios pleitos civiles, incluido uno contra un psiquiatra acusado más o menos de lo mismo que usted. Soy profesor en la Universidad de Massachussets, donde enseño diversos métodos de recuperación para las víctimas. – ¿Apareció su nombre en la prensa poco antes de que esta paciente fuera a verlo? ¿De modo destacado? – Sí, en un artículo del Boston Globe. Pero no veo qué... – ¿E insiste en que su paciente es creíble? – Sí. He hecho terapia con ella durante seis meses. Dos horas a la semana. Ha sido de lo más coherente. Nada de lo que ha dicho hasta este momento me haría dudar de su palabra. Doctor, usted y yo sabemos que resulta casi imposible mentir a un terapeuta, sobre todo durante un espacio prolongado de tiempo. Unos días antes, Ricky habría estado de acuerdo con esta afirmación. Ahora ya no estaba tan seguro. – ¿Y dónde se encuentra ahora su paciente? – De vacaciones hasta la tercera semana de agosto. – ¿No le dejó un número de teléfono donde poder localizarla en agosto? – No. Creo que no. Le di hora para finales de mes y nada más. Ricky se lo pensó muy bien e hizo otra pregunta: – ¿Y tiene unos extraordinarios, sorprendentes y penetrantes ojos verdes? Soloman vaciló. Cuando habló, fue con una reserva glacial. – Así pues, la conoce. – No –dijo Ricky–. Sólo intentaba adivinar. Y colgó. «Virgil», se dijo. Ricky contemplaba el grabado que figuraba de modo tan prominente en los recuerdos ficticios de la falsa paciente de Soloman. No tenía ninguna duda de que Soloman era real, ni de que había sido escogido con cuidado. Tampoco había duda de que el famoso doctor Soloman no volvería a ver a la joven tan bella y tan angustiada que había solicitado sus cuidados. Por lo menos en el contexto que Soloman esperaba. Ricky sacudió la cabeza. Había muchos terapeutas cuya vanidad era tan grande que les encantaba la atención de la prensa y la devoción de sus pacientes. Actuaban como si tuvieran una percepción totalizadora y completamente mágica de las costumbres del mundo y los actos de las personas, y expresaban opiniones y hacían declaraciones apresuradas con ligereza muy poco profesional. Ricky sospechaba que Soloman correspondía al tipo de esos psiquiatras de tertulia que adoptan la postura de saber las cosas sin el trabajo que cuesta llegar a percibirlas. Es más fácil escuchar a alguien un rato e improvisar que sentarse día tras día y penetrar las capas de lo mundano y trivial en búsqueda de lo profundo. Lo único que le inspiraban los miembros de su profesión que se prestaban a dictámenes judiciales y artículos periodísticos era desprecio. Pero Ricky comprendía que la reputación., la fama y la popularidad de Soloman darían credibilidad a la acusación. Al aparecer su nombre en esa carta, ésta ganaba el peso suficiente para el propósito de la persona que la concibió. «¿Qué has averiguado hoy?», se preguntó Ricky. Mucho. Pero sobre todo que los hilos de la red en que se encontraba atrapado habían sido tendidos meses antes. Volvió a contemplar el grabado de la pared. «Estuvieron aquí –pensó––. Mucho antes del otro día.» Recorrió la consulta con la mirada. No había nada seguro. Nada era privado. Habían estado ahí meses atrás y él no lo había sabido. La rabia le sacudió como un puñetazo en el estómago, y su primera reacción fue agarrar aquel grabado y arrancado de la pared. Lo tiró a la papelera que tenía junto a la mesa, con lo que se partió el marco y el cristal se hizo añicos. Resonó como un disparo en las reducidas dimensiones de la habitación. De sus labios salieron palabrotas, inusitadas y fuertes, que llenaron el aire de dardos. Se volvió y se aferró a los lados del escritorio, como para no perder el equilibrio. Con la misma rapidez que surgió, la cólera desapareció, sustituida por otra oleada de náuseas. Se sentía mareado y la cabeza le daba vueltas, como cuando uno se levanta demasiado deprisa, sobre todo si tiene una gripe o un fuerte resfriado. Ricky se tambaleó emocionalmente. Respiraba con dificultad, más bien resollaba, y parecía que alguien le hubiera ceñido una cuerda alrededor del tórax. Tardó varios minutos en recobrar el equilibrio y, aun así, seguía sintiéndose débil, casi agotado. Echó un nuevo vistazo alrededor de la consulta, pero ahora parecía distinta. Era como si todos los objetos cotidianos se hubieran vuelto siniestros. Pensó que ya no podía fiarse de nada de lo que tenía a la vista. Se preguntó qué más habría contado Virgil al médico de Boston; qué otros detalles de su vida estarían ahora expuestos en una denuncia presentada al Colegio de Médicos. Recordó las veces en que pacientes suyos lo habían visitado, consternados, después de que les entraran a robar en casa o de que los atracaran, y habían hablado de cómo una sensación de violación les había afectado la vida. Él los escuchaba con comprensión y objetividad clínica, sin haber entendido nunca en realidad lo primaria que era esa sensación.