Se dio cuenta de que no se había sentido tan entusiasmado en toda su vida. Debían de haber pasado por varios niveles de compartimentos, calculó Conrad cuando volvió a levantar la vista y se encontró con un punto de luz al final. Un minuto más tarde entraron en una cámara refrigerada. De repente, la plataforma se detuvo con un ruido seco. Conrad se tambaleó hacia el borde de la plataforma. Yeats lo agarró del brazo con fuerza. —Final del trayecto —dijo. El arqueólogo se detuvo para orientarse. Aquel lugar parecía bastante reducido en comparación con los espacios tan altos que había más abajo. Sus voces ya no resonaban y el aire era más fresco. Se quitó las gafas de sol y encendió la linterna halógena. En aquella ocasión no se produjo ningún reflejo cegador. El rayo de luz iluminó la pared más cercana. Un vistazo rápido reveló dos corredores, uno a cada lado de ellos. Tomó el de la derecha. —Por aquí—dijo. El ambiente estaba cargado de una especie de impaciencia que los apremiaba a seguir adelante. — ¿Y cómo lo sabes? —Según tú, soy un atlante, ¿recuerdas? Conrad precedió a su padre por el oscuro túnel durante un minuto. Al final de este se hallaba una puerta semejante a la de una cripta de casi dos metros de alto. Junto a ella se encontraba un panel cuadrado, muy parecido al que había en la entrada exterior. Apuntó la linterna hacia la puerta. La superficie metálica tenía grabados unos símbolos desconocidos que, en un principio, desafiaron su comprensión. Tan solo cuando pasó la mano por encima de ellos entendió su significado. —Es una constelación —dijo sin rodeos. Yeats asintió. —Esta estrella de aquí es Sirio. —La diosa Isis en su forma astral. —Conrad apoyó la mano contra la fría puerta metálica, totalmente abrumado. Se le hizo un nudo en la garganta y el corazón comenzó a latirle más deprisa. Apenas si pudo pronunciar con un susurro—: Hemos encontrado la cripta de la reina. —Yo buscaba la del rey. —La voz de Yeats no reflejaba emoción alguna, como si no fuera más que un asunto de negocios—. ¿Qué te apuestas a que encontramos la de ese cabrón de Osiris en el pasillo de enfrente? Junto con el Asiento de Osiris y el Secreto del Tiempo Primordial pensó Conrad antes de advertir el punto rojo que había en el dorso de su mano y girarse de golpe. Yeats apuntaba hacia la puerta con el AK-47, con la mirilla láser encendida. Conrad se apartó de un salto. — ¿Qué coño estás haciendo? —Vas a abrir esta puerta para que podamos ver si esa zorra sigue ahí dentro. Conrad, con el pulso desbocado, colocó la mano sobre el panel cuadrado y sintió el flujo de energía. Apartó la mano y la puerta se deslizó hasta abrirse del todo. Una neblina fría salió de la cámara. —Ni siquiera has necesitado el obelisco para hacer eso —dijo Yeats casi de modo reverencial. —Puede que el sistema guarde un registro una vez que ya lo has utilizado —conjeturó Conrad. —O puede que tu identidad ya se encontrara almacenada en el sistema. Se abrieron paso a través de la neblina y entraron en la pequeña estancia. El punto láser del rifle de Yeats barrió la celda y se detuvo sobre un intrincado hueco que había en una de las paredes. Tenía la forma de una silueta humana que no sobrepasaba los dos metros. A juzgar por la figura, se trataba de una mujer. Tenía dos brazos, dos piernas, diez dedos en las manos y diez en los pies, y una silueta curvilínea, como la de un reloj de arena. —Mamá. —Conrad contempló aquella visión y dejó escapar un silbido—. ¿Estás contento ahora, Yeats? Nos hemos topado con el enemigo y se parece a nosotros. Tal vez no sea solo yo. Tal vez todos seamos atlantes. —Esperemos que no. No a menos que queramos sufrir el mismo destino. Ahora, vamos a buscar a papá. Al otro lado de la entrada, la puerta de la cripta de Osiris lucía las estrellas de la constelación de Orión en la superficie. En aquella ocasión, Conrad no dudó un segundo. Tocó la puerta con la mano y esta se abrió. Una vez más, de la cámara surgió una fría neblina. Yeats se introdujo en ella con su AK-47, seguido muy de cerca por Conrad, que dirigió la luz de su linterna hacia la pared más lejana y contuvo la respiración. —Dile hola a papá, Conrad —dijo Yeats. Aquella cripta trazaba el contorno de una criatura cuya altura, en posición erguida, resultaba muy superior a la de un humano. Dentro había una especie de arnés o exoesqueleto impresionante que parecía tan misterioso en su complejidad como el ser para el que había sido diseñado. Una bandolera translúcida, en la que se guardaba una cantidad increíble de instrumentos, engranajes y, quizás, armas, cruzaba en diagonal el anillo central. —Santo Dios —musitó Conrad. —No tan santo si lo que dice la Madre Tierra es verdad —dijo Yeats—. Este mide casi tres metros. Conrad encendió el Zippo y lo acercó al extremo del arnés. Daba la impresión de que el material, fuera cual fuera, a partir del cual estaba fabricado era ignífugo y, tal vez, incluso indestructible. Sin embargo, resultaba evidente que a su portador solo le brindaba una protección parcial. A juzgar por su tamaño, Conrad no podía sino asumir que una criatura semejante no necesitaría mucho más. Criatura, pensó. ¿Acaso era eso su verdadero padre? ¿Era eso él mismo? Tenía mucho más en común con el hombre que estaba a su lado que con cualquier criatura que hubiera utilizado ese arnés. —No hay ni la más remota posibilidad de que yo tenga algún tipo de parentesco con el dueño de esto —le dijo a Yeats—. Hubiera quedado reflejado en mis análisis de ADN, o algo por el estilo. —Si Serena está en lo cierto y eran los atlantes a los que el Génesis llama «hijos de Dios» —explicó Yeats—, tu padre biológico estaría separado una o dos generaciones de la primera pareja, y sería más o menos humano. — ¿Más o menos humano? —repitió Conrad—. Eso suena incluso... —Enséñame el puto Asiento de Osiris, hijo. Se nos acaba el tiempo. Conrad asintió. —Tiene que estar por algún sitio, más cerca incluso de lo que creemos —comentó—. Si nos separamos, cubriremos el doble de espacio en la mitad de tiempo. —Entonces será mejor que te quedes con esto. Yeats le tendió el cetro de Osiris, que Conrad cogió con una mano. Aquella cosa prácticamente vibraba con energía pura. —Ahora cambia tus auriculares a la frecuencia de apoyo —dijo Yeats—. Está marcada con esa cinta azul en la parte de atrás. El azul es para apoyo. —Ya está, ya está. —Conrad cambió a la frecuencia B—. Comprobando. —Comprobado. Durante un par de minutos, lo único que Conrad escuchó fue la voz grave de Yeats en el oído derecho a medida que continuaban con la exploración. No obstante, el general no tardó mucho en quedar fuera de alcance. Para cuando Conrad se hubo convencido de que había explorado toda la superficie de la planta superior del obelisco y regresó a la plataforma central, Yeats había desaparecido. Estaba solo y decepcionado. No había encontrado nada y se preguntaba dónde se habría metido su padre y qué habría encontrado. Permaneció en la plataforma, dentro de la cámara superior del obelisco, y comenzó a reflexionar sobre la naturaleza alienígena del interior del obelisco. Por extraño que pareciera, había algo que le impulsaba a creer que ya había estado en aquel lugar con anterioridad. O en algún lugar parecido. Algo en su interior lo impulsó a levantar la mirada hasta el techo. Había algo allí que lo desconcertaba. Cuando lo iluminó con la linterna, vio algo que había pasado por alto antes: un pequeño panel cuadrado, idéntico a los anteriores. Así pues, había otra cámara por encima de su cabeza, comprendió con una oleada de nerviosismo. Claro que también se encontraba a dos metros por encima de su alcance. Poniendo mucho cuidado para no quedar aplastado contra el techo, se las apañó para utilizar los controles de la plataforma de manera que esta se detuviera entre dos niveles, y después presionó la mano contra el panel. De pronto, se dibujó el contorno de una trampilla antes de que esta se abriera y dejara al descubierto otra cámara superior con techo abovedado; sin duda, el verdadero techo del santuario. Conrad hizo subir la plataforma hasta el nivel superior. Examinó la estancia con la luz de la linterna y descubrió un enorme asiento de respaldo alto, situado en horizontal sobre una especie de altar, que señalaba hacia la cúspide de la bóveda. Eureka, pensó Conrad. El Asiento de Osiris. — ¡Sí! —exclamó en voz alta. Palpó con nerviosismo el control de la radio—. Yeats, lo he encontrado. Sin embargo, no recibió respuesta alguna. ¿Dónde coño se habría metido? —Yeats. —El silencio tenía una cualidad extraña, enervante. Movió una y otra vez el receptor que tenía en el oído y que no dejaba de emitir ruidos de estática que comenzaron a resultarle molestos, pero seguía sin oír nada. De manera que lo apagó. Se preguntó qué estaría haciendo Yeats y si se encontraría bien. Sintió que los nervios le provocaban un nudo en el estómago. De cualquier forma, no podía esperar más. Despacio, rodeó el asiento vacío y contempló la escena que tenía ante él. La luz de la linterna no reveló ninguna otra cosa en la estancia. Ni artefactos, ni marcas, ni ninguna otra prueba de que se hubiera utilizado aquella cámara con anterioridad. A pesar de todo, le resultaba muy familiar. Era como sumergirse en un antiguo jeroglífico que hubiera cobrado vida. Los antiguos relieves egipcios mostraban a Osiris como el Señor de la Eternidad, sentado en su trono y tocado con la corona atef, tal y como podía verse en el Templo de Seti I, en Abidos. Conrad también recordó la escultura del hombre envuelto por una serpiente de las ruinas olmecas de La Venta, en México, que estaba sentado en algún tipo de dispositivo mecánico muy parecido al que tenía ante él. También estaba aquella tapa de sarcófago que había en el Templo de las Inscripciones, en las ruinas mayas de Palenque en Chiapas, México, en la que se había representado un diseño mecánico relacionado con un hombre que se sentaba dentro de algún tipo de artilugio. Sí, ya había estado allí antes, pensó al tiempo que el sudor comenzaba a correr por su frente. Sentía las manos torpes y húmedas. La única diferencia era que, en esos momentos, el trono era real, el mismísimo Asiento de Osiris. E igual de real era la pequeña base que, a modo de altar, estaba a su lado y que, a todas luces, era el receptáculo para el cetro de Osiris. Lo único que le quedaba por hacer era coger el cetro, sentarse en la silla y descubrir el Secreto del Tiempo Primordial. Deslizó la mano por los suaves contornos del asiento. Parecía un cascarón vacío. Cuando presionó la superficie, sintió que se hundía. Quería sentarse en él, pero recordó lo que había sucedido con el cetro en la P4 y eso lo hizo dudar. Esa ocasión era diferente, razonó. La primera vez fue un error. Eso estaba claro. Sin embargo, en esos momentos trataba de enmendar ese error, y si no se atrevía a hacerlo se perderían miles de millones de vidas humanas. Sí, concluyó, por muchos defectos que tuviera, por muy indigno que fuera, tenía que sentarse en aquel trono; si no en su propio beneficio, por el bien de la humanidad. Se acomodó en el Asiento de Osiris, introdujo el cetro en su receptáculo y fijó la vista en el techo piramidal. Esto es interesante, pensó, sintiéndose como uno de esos estudiantes a los que guiaba por el recorrido de las Líneas de Nazca, a la espera de que se produjera esa gran revelación que nunca llegaba. —Una cosa es segura, Conrad —dijo en voz alta, lo justo para escuchar el sonido de su propia voz—. Por fin has llegado a algo en la vida. Acabas de actualizarte y convertirte en tu proyección astral. Eres el Rey Sol. Se echó a reír, presa de los nervios. Si Mercedes pudiera verlo en aquel instante, lo grabaría todo. Ya podía imaginarse los anuncios en televisión: « ¡En directo desde el Santuario del Sol Primigenio!», « ¡Desvelados los secretos de la Atlántida!», « ¡Sea testigo del fin del mundo!». Por desgracia, a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos, no pasaría mucho tiempo antes de que el último titular se hiciera realidad. De repente, lo consumió una oleada de pesimismo mientras estaba sentado en el Asiento de Osiris. ¿Acaso había viajado tanto y había sufrido tanto la humanidad para descubrir que todo se trataba de una gran broma cósmica? ¿Qué ocurriría si el Secreto del Tiempo Primordial consistía precisamente en que no había tal secreto? No, se dijo. Alguien se había tomado demasiadas molestias para construir aquello. Y, sin duda, debía de estar pasando por alto algunas correlaciones astrales. Tenía que haber una forma de detener el desplazamiento de la corteza terrestre. Tal vez no fuese el hombre adecuado para encontrarla. Se sintió sobrecogido por la impotencia. Le había fallado a Serena. Le había fallado a la humanidad. Se había fallado a sí mismo y punto. ¿Qué más podía hacer? Ese era, evidentemente, el final del camino. Se reclinó en el asiento, cerró los ojos y rezó: Dios de Noé, Moisés, Jesús y Serena. Si estás ahí, si te importa algo Serena y todo lo que a ella le importa, ayúdame a encontrar la solución antes de que Osiris y los de su ralea os jodan a ti y a los tuyos a base de bien. Abrió los ojos. No había sucedido nada. Una vez más se recostó en el asiento, y tan pronto como lo hizo se dio cuenta de que el trono se había encajado en un hueco y acababa de fijarse con un ruido sordo. Trató de incorporarse para echar un vistazo, pero la cápsula en forma de cascarón, aunque no resultaba incómoda, le impedía levantarse. Sintió que una secuencia de vibraciones le subía por la columna. El asiento lo estaba abrazando, le apretaba la cintura y los hombros, lo devoraba. Una consola metálica se desplegó delante de su frente. — ¡Yeats! De repente, la consola cobró vida con un sonido agudo. Comenzó a brillar con una escalofriante luz azulada y, acto seguido, se encendió un panel de instrumentos. Una terrible sacudida recorrió el obelisco y Conrad notó que las vibraciones se intensificaban en el respaldo del asiento. — ¡Yeats! Apareció por encima de él un único haz de luz blanca que lo dejó ciego. — ¡Yeats! Otro rayo lo iluminó desde abajo e inundó la cámara de luz. Conrad comprendió que se trataba de la luz del Sol que se filtraba a través de dos pasadizos verticales, uno por encima y otro por debajo del asiento. Exactamente igual que en el pasadizo estelar de la P4. ¿Luz del Sol? ¿Y de dónde procedía? Consiguió ponerse las gafas de sol y miró los pasadizos. En realidad eran ventanas tras la que se veía un cielo iluminado. Había abierto las puertas del silo. Se produjo otra sacudida y, de pronto, lo vio todo claro. El obelisco no es un santuario, pensó. Es una nave. Una nave espacial. — ¡Papá! Conrad intentó bajarse del asiento. No lo consiguió. Trató de desplazarse a la derecha. Nada. Probó de nuevo hacia la izquierda. Sí. A continuación se abalanzó hacia delante con todas las fuerzas que pudo reunir; su liberación produjo una especie de chispa semejante a la que se habría ocasionado al arrancar un cable eléctrico de su enchufe. La consola se apagó y desapareció, las vibraciones cesaron y el asiento se deslizó hacia delante y lo dejó libre. Respirando entre jadeos, Conrad intentó serenarse. Permaneció sentado en el suelo un tiempo, incapaz de moverse; sin embargo, su mente volaba. Carecía de referencias pasadas para esta experiencia. ¿O no? Los textos funerarios del Antiguo Egipto hacían mención de una serie de naves cósmicas cuya finalidad era la de llevar a los muertos en sus viajes celestiales hacia el firmamento. La «barca de Osiris», por citar un ejemplo, y también la «barca de millones de años». Los egiptólogos las llamaban «barcas solares». También estaba ese bote de madera de cedro de cuarenta y tres metros y medio de largo que Kamal el-Mallakh descubrió en 1954 enterrado en una fosa, en la cara meridional de la Gran Pirámide. Las excavaciones posteriores en esa misma zona sacaron a la luz nuevos botes: símbolos de las barcas solares en las que las almas de los reyes muertos navegaban hacia la otra vida. Aquel silo, comprendió, se encontraba en la cara meridional de la P4. Recordó entonces los grabados de los tres signos zodiacales que había en el obelisco. Recordó que los textos de las pirámides de Giza decían que el Rey Sol elevaría su «barca solar» sobre la Vía Láctea hacia el Tiempo Primordial. Para los astroarqueólogos como Conrad, «barca solar» era una metáfora del Sol, sobre todo de su trayectoria eclíptica y anual a través de las doce constelaciones del Zodiaco. Pero, ¿qué ocurriría si se trataba de algo más que una metáfora? Esta es la verdadera barca solar, pensó Conrad, el barco celestial construido para llevar al que debería ser el Rey Sol a través de las estrellas hasta el Tiempo Primordial. Sintió que la euforia estallaba en su interior. Sin embargo, la cruda realidad del descubrimiento no tardó en cortar de raíz sus esperanzas: el Secreto del Tiempo Primordial yacía, esperando, al otro lado del destino prefijado de la barca solar. No obstante, faltaban pocas horas para el desplazamiento de la corteza, sí es que no eran minutos. No había manera de cambiar la fecha de la cámara estelar de la P4 a la del Tiempo Primordial sin completar el viaje. Lo más que podía hacer era aproximarse a la fecha del Tiempo Primordial basándose en la estimación de los años luz que le llevaría a la barca solar llegar a su destino final. Y esa información estaba fuera de su alcance. El receptor de la radio emitió un chasquido y Conrad dijo: —Yeats, ¿dónde coño te has metido? La voz que le llegó desde el otro lado fue la de Serena. —Conrad. — ¿Serena? —preguntó—. ¿Dónde estás? —Mira hacia arriba. Conrad levantó la vista y vio las figuras de unos soldados egipcios que rodeaban el borde del silo, con las pistolas y varios misiles SAM apuntando en su dirección. Sin embargo, lo que llamó su atención fue el brazo estirado de Zawas, que sostenía una pistola contra la cabeza de Serena. —El coronel Zawas quiere que sepas que, a menos que te reúnas con nosotros en la base del santuario dentro de diez minutos y lleves el cetro, va a matarme. Le dije que no lo harías. Yo no valgo tanto; y tú no eres tan estúpido —dijo Serena. —Dile a Zawas que ya bajo —contestó él por radio. 32 Veinticinco minutos para el amanecer Conrad atravesó la enorme nave en dirección a la base redonda. Mientras caminaba, todo comenzó a cobrar sentido: las criptas con esa especie de cámaras criogénicas para los largos vuelos interestelares; la torres de luz que funcionaban como algún tipo de sistema de propulsión... Salió de la barca solar y descubrió que todo el silo estaba bañado por los primeros rayos del sol. Al alzar la mirada, vio que la cúpula se había abierto. Se protegió los ojos con la mano, y en ese mismo momento sintió un empujón en la espalda. —Muévase —le dijo alguien con acento árabe. Conrad, que seguía parpadeando a causa de la intensidad de la luz, giró el cuello para echar un vistazo. Su curiosidad se vio recompensada con un golpe en la cabeza, proporcionado por la culata de un AK-47. — ¡Estúpido! Con un dolor palpitante en la cabeza, avanzó dando tumbos hacia el otro lado de la rotonda. Serena y Zawas lo estaban esperando. Mientras Zawas le quitaba el cetro de las manos, él echó un vistazo a Serena y tragó saliva. Su mirada estaba teñida de tristeza, pero, aparte de eso, su actitud era fría como el hielo. —Dime qué te han hecho estos cabrones —le dijo Conrad. —No mucho, si lo comparamos con lo que va a sufrir el mundo gracias a ti —contestó Serena. —Doctor Yeats. —Zawas lo estudió con detenimiento—. No hay duda de que merece la reputación que lo precede. Nos ha guiado hasta el Santuario del Sol Primigenio. —Para lo que le va a servir... —Eso seré yo quién lo decida. En ese momento, Zawas alzó el cetro frente a sus hombres, como si de un ídolo se tratara. No hubo ninguna exclamación de asombro. Los soldados que el coronel había traído como apoyo eran profesionales y no simples fanáticos. Para ellos, el obelisco podría haber sido la cabeza de un enemigo asesinado, una bandera norteamericana incendiada o un ingenio nuclear. El hecho de poseer un símbolo semejante solo era, a sus ojos, una confirmación del poder que ostentaban. Zawas miró a Conrad y dijo: —Ahora va a contarme el Secreto del Tiempo Primordial, doctor Yeats. —Lo desconozco. No se encuentra aquí. Y tal vez nos resulte imposible descubrirlo. El egipcio lo miró con los ojos entrecerrados. — ¿Y por qué? —El santuario, como usted lo llama, es en realidad una nave espacial destinada a llevar al descubridor hasta el enclave del Tiempo Primordial; el Sol Primigenio real, al menos según los atlantes. — ¿Una nave espacial? —repitió Zawas. —Y ese es el motivo por el que, probablemente, jamás descubramos el Secreto del Tiempo Primordial. —Miró de soslayo a Serena, cuyos ojos tristes le comunicaron que ella había llegado a la misma conclusión—. La existencia de la barca solar implica que el secreto no está en este planeta, sino en el destino al que debe llegar la nave, el cual, por lo que he podido averiguar, se encuentra en algún lugar más allá de la constelación de Orión. Cuando Serena habló, su voz no fue más que un susurro. —Eso quiere decir que no hay modo de detener el desplazamiento de la corteza terrestre. Conrad negó con la cabeza sin dejar de mirarla. —Nada que se me ocurra. Zawas se acercó a Conrad hasta que sus rostros quedaron a escasos centímetros. —Afirma que este altar es una nave espacial, doctor Yeats. Afirma que no hay esperanza para el planeta. En ese caso, ¿por qué no se marchó en ella? Conrad clavó la vista en Serena por encima del hombro del coronel. Ella se limitó a sacudir la cabeza con incredulidad. —Eres un idiota, Conrad. En ese momento, se escuchó una voz: —Vaya, por fin estamos de acuerdo en algo, hermana. Conrad se dio la vuelta en el mismo instante en que Yeats aparecía por detrás de un pilar de la base redonda, con un aspecto mucho más funesto que de costumbre. —Déme el obelisco y a la chica, Zawas —exigió Yeats—. Y nos iremos. Conrad miró a su padre de hito en hito. — ¿Adonde? ¿Vas a meterte en una nave espacial y a largarte? —Por supuesto que sí, joder. Conrad se dio cuenta de que a Yeats le daba exactamente igual adonde fuera la nave; lo importante era marcharse. Estaba decidido a llevar a cabo la misión espacial que le habían negado en su juventud. —Mira, hijo, si no nos vamos, moriremos junto a todos los demás —dijo Yeats. —Puedes hacer que parezca todo lo lógico que quieras, pero no me lo trago. Zawas agarró el cetro con más fuerza e hizo un tranquilo gesto con la cabeza en dirección a sus hombres, que rodearon a Yeats y lo encañonaron con los AK-47. —Usted estuvo a punto de destruir mi base y acabó con la vida de varios de mis hombres, todos ellos buenos soldados —lo acusó Zawas—. Ahora insulta mi inteligencia. Conrad no dejaba de mirar a Yeats y a Zawas, quienes a su vez no apartaban la vista el uno del otro. —Jamás te interesó la posibilidad de descubrir un arma ni de desactivar una estúpida trampa alienígena, ¿no es cierto, Yeats? — preguntó Conrad, encolerizado por la deserción del militar—. Y tampoco estabas interesado en ayudarme a encontrar mi destino. Has interpretado el papel de capitán Ahab durante todos estos años porque sabías que esta cosa se encontraba aquí abajo. —Lo sospechaba, hijo —confirmó Yeats—. Ahora lo sabemos. Este es el final feliz por el que hemos estado luchando desde que te encontré. Vas a volver a casa. ¿A casa?, pensó Conrad. Era la primera vez en años que consideraba la idea de tener un verdadero hogar en algún sitio, y, por supuesto, nunca había pensado que estuviese fuera del planeta Tierra. Zawas los interrumpió: —Supongo que no esperará que le permita marcharse con la barca solar, ¿verdad? —A decir verdad, eso es precisamente lo que espero —contestó Yeats, que alzó el brazo izquierdo, en cuya mano sostenía un pequeño control remoto. Observó a Zawas con la mirada más fría que Conrad había visto jamás en esos ojos azules—. O me voy yo o nos vamos todos —amenazó—. He minado este sitio con suficiente C-4 como para que todos volemos hasta el Tiempo Primordial sin necesidad de nave alguna. Los ojos del egipcio se oscurecieron. —Es un farol. — ¿Eso cree? —Yeats pulsó uno de los botones y un pitido estereofónico resonó por el silo, al tiempo que un círculo de luces rojas comenzaba a parpadear entre las sombras—. Adelante, eche un vistazo. Conrad siguió con la mirada a Zawas, que se acercó hasta la luz intermitente más próxima, se agachó y se quedó inmóvil. Muy despacio, se puso en pie y se dio la vuelta para encarar a sus hombres. —Suelten a la doctora Serghetti. —Y el cetro, Coronel. Déselo. Conrad vio cómo el egipcio le entregaba el cetro de Osiris a Serena y, acto seguido, le daba un ligero empujón en dirección a Yeats. —Lo siento, querida —le dijo Zawas. Yeats la atrapó y la arrojó hacia la base redonda de la barca solar. —Vamos, Conrad. Sin embargo, este no se movió. Miró a Yeats y a Serena, y dijo: —Creo que acabo de descubrir el modo de detener el desplazamiento de la corteza terrestre. Sin embargo, la respuesta reside en la cámara estelar, no aquí —afirmó a la par que señalaba la barca solar. En el rostro de Yeats apareció una expresión de desconcierto. —Es demasiado tarde. Vámonos. —No. Yo me quedo. —Miró a Serena—. Pero necesito el cetro y también a Serena. El General negó con la cabeza. —Lo siento, hijo. Necesitamos el cetro para despegar. Conrad sintió que la furia lo consumía. — ¿Y para qué coño quieres a Serena? —A modo de incentivo, para que reconsideres tu decisión —replicó Yeats al tiempo que arrastraba a Serena hacia la barca solar—. Si la quieres, ven a buscarla. Desesperado, Conrad corrió en pos de ella, que no dejó de mirarlo con incertidumbre por encima del hombro hasta que desapareció en el interior de la gigantesca nave espacial. No mucho después, la tierra comenzó a retumbar con el comienzo de la cuenta atrás de la secuencia de lanzamiento. Zawas no pudo menos que contemplar con furiosa admiración a su antiguo mentor, antes de ordenarles a sus soldados que abandonaran el silo a voz en grito. — ¿Y usted? —vociferó Conrad—. ¿Adonde va? —A ponerme a cubierto —fue la respuesta del egipcio—. Si ese supuesto desastre llegara a producirse, estamos en el lugar más seguro del planeta. Incluso podemos encontrar supervivientes y gobernar un nuevo mundo. Si no sucede nada, habremos obtenido una nueva fuente de energía ilimitada y gobernaremos el planeta de todos modos. — ¿Y qué pasa conmigo? —volvió a preguntar Conrad. —Usted puede irse al Infierno, doctor Yeats —le respondió Zawas mientras dos soldados egipcios lo ataban a un pilar cercano a la base de la barca solar—. Su inminente muerte hará que su padre se detenga o, de no ser así, dejará esta vida con una gloriosa llamarada cuando esta barca solar suya se eleve y su fuego lo consuma. Conrad observó cómo Zawas precedía a sus hombres y abandonaba el silo, dejándolo solo. Tiró de las cuerdas que le inmovilizaban las manos, y la desesperación comenzó a arder en su interior cuando vio que la barca solar despertaba a la vida con un enorme estruendo y se preparaba para despegar con Serena y el obelisco en su interior. Dentro de la barca solar, Serena descubrió que estaba al lado de Yeats en una plataforma circular rodeada por cuatro magníficas columnas de una pulsante luz dorada. El general, que aún tenía el control remoto del explosivo plástico en una mano, apoyó el cetro en el suelo con la ayuda de la otra. Al instante, la plataforma comenzó a elevarlos. —Yeats, si no devolvemos la cámara estelar a su posición original, toda la Tierra se moverá —le dijo Serena, con la voz cargada de furia y desesperación—. Miles de millones de personas morirán. No puede despegar sin más. —Es inútil volver atrás —contestó él de forma sucinta. Tenía la mirada fija en la cámara que se encontraba sobre sus cabezas—. Ya escuchó lo que dijo Conrad. Sea cual sea el Secreto del Tiempo Primordial, está clarísimo que no se encuentra en la Tierra. La supervivencia de la raza humana depende de que logremos despegar. Serena lo miró. Tenía la expresión de un arrogante guerrero, encantado consigo mismo y convencido de que nadie podría detenerlo. Había tensado la mandíbula y le brillaban los ojos bajo el tenue resplandor de las cuatro columnas de luz. A ella le enfurecía ese absoluto desprecio que mostraba por todas las personas que estaban a punto de perder la vida. — ¿Cómo sabe que llegaremos siquiera a alzarnos del suelo? —le preguntó. —Lo que ve a su alrededor es algún tipo de sistema de heliogiro —informó Yeats—. Esas inmensas columnas son unas aspas increíblemente largas de heliogiro, semejantes a las de un helicóptero, pero a escala gigantesca. Tan pronto como hayamos abandonado la órbita de la Tierra y nos movamos en una trayectoria de escape hacia el espacio, se expandirán y desplegarán la vela solar. Sin lugar a dudas se encontraba en el campo de Yeats, y, por muy chiflado que estuviera ese hombre que una vez fue astronauta, era el entendido en la materia, mientras que ella era una mera ignorante. —Una vez desplegada —continuó Yeats—, la vela funcionará como un espejo de gran reflexión. Cuando los fotones golpeen la superficie, ejercerán presión y crearán una fuerza que empujará a la vela. Cuanto mayor sea el tamaño, mayor será la fuerza. Y si giramos el espejo en diferentes direcciones, podemos dirigir la fuerza hacia donde queramos. —No me diga que se cree capaz de pilotar esta cosa. —Tal y como Colón hizo navegar a La Pinta —le contestó—. Estoy seguro de que todos los cálculos en cuanto a distancias, establecimiento de órbita, ecuaciones de movimiento y correcciones de velocidad ya se han introducido en el sistema de navegación de la nave. Serena permaneció en silencio mientras la plataforma se detenía. Yeats la empujó con el extremo del obelisco a lo largo de un pasillo en cuyo extremo se alzaba una puerta metálica con extrañas inscripciones. — ¿Y por qué iban a construir una nave como esta? —Se sorprendió a sí misma al hacer la pregunta. Tenía que lograr que Yeats siguiera hablando; tenía que conseguir tiempo para poder dar con el modo de detenerlo. —Tendrá que preguntárselo a ellos cuando lleguemos —replicó él—. No obstante, supongo que la nave fue construida a modo de salvavidas y está diseñada para atravesar largas distancias con el mínimo gasto energético. Esa es la belleza de este bebé: tal vez tenga una propulsión lenta, pero su velocidad de escape es infinita, puesto que no utiliza propulsor alguno. La vela solar es el vehículo perfecto para los viajes interestelares. —Si no fuera porque necesita la luz del Sol —puntualizó Serena—, algo que dejaremos atrás en cuanto salgamos del sistema solar. Exactamente igual que un barco de vela cuando se encuentra en mitad de un océano y no hay viento. Yeats se detuvo en la puerta. —La gravedad ayuda —dijo. — ¿Cómo dice? —Así es como nos moveremos sin luz —le explicó él. El tono de voz tranquilo y racional con el que le hablaba no solo enfurecía a Serena, sino que también la asustaba—. Rodearemos Júpiter con el fin de utilizar su gravedad para impulsarnos hacia una órbita más rápida que nos lleve en dirección al Sol; una vez cerca de este, lo utilizaremos como si de un tirachinas se tratase y nuestra velocidad aumentará todavía más a medida que empecemos a alejarnos del sistema solar. De cualquier forma, estoy seguro de que esta cosa tiene una serie de máseres y láseres cuyas microondas pueden generar una enorme aceleración y velocidad en las velas. —Al parecer, se está convenciendo a sí mismo, Yeats—le dijo Serena—. ¿Cuánto tardaremos? Yeats hizo una pausa. —A la velocidad convencional, probablemente un año. ¿Un año?, pensó Serena. —A esa velocidad no alcanzaremos la estrella más cercana hasta dentro de... —El lapso de tiempo oscila entre los 250 y los 6.600 años. Serena ni siquiera quiso imaginarse cuánto tiempo pasaría hasta que llegaran a la estrella de destino, ni tampoco quiénes los estarían esperando. — ¿Algún plan para mantenernos con vida mientras tanto? —Sí. Yeats hundió el cetro en el muro y la puerta se abrió, revelando una cámara cubierta por una fría neblina. Serena observó el interior y distinguió algo parecido a un ataúd en el extremo más alejado de la estancia. El molde era el de una mujer de una altura aproximada a la de la propia Serena. —Al parecer, los constructores pensaron en todo —comentó Yeats—. Bienvenida a su criocripta. Las alarmas se dispararon en el interior de la cabeza de Serena al comprender que Yeats esperaba que se tumbara dentro de esa máquina. Se tensó en la entrada y se negó a poner un pie en aquel lugar. Al instante, sintió una mano sudorosa en la nuca. No pensaba entrar a ese lugar de ninguna de las maneras. —Usted primero —lo invitó ella, mientras le asestaba un pisotón en los dedos del pie, al tiempo que le hundía el codo en las costillas. El hombre gimió y Serena se giró para darle un rodillazo en la entrepierna, tras lo cual unió las manos y le propinó un tremendo golpe sobre la espalda doblada. A pesar de todo, Yeats levantó la cabeza con rapidez, la golpeó bajo la barbilla y le partió el labio. Ella se tambaleó en dirección a la cámara al mismo tiempo que el general se enderezaba. Cuando la miró, sus ojos tenían una expresión letal y fría en la tenue luz que los rodeaba. Alzó el brazo y la apuntó con la pistola. —Rece sus oraciones antes de acostarse, hermana. Tras eso, alzó la pierna y la golpeó con todas sus fuerzas en el centro del pecho, arrojándola de espaldas a la cripta, que la acogió y se cerró a su alrededor como si de arcilla se tratara. Serena sintió una especie de cosquilleo en su interior. Comenzó en la parte baja de la espalda, ascendió por la columna vertebral y desde allí se expandió al resto de su cuerpo. De repente, sintió que se entumecía de la cabeza a los pies. No obstante, inmóvil y con un hilo de vida en la oscuridad, aún seguía percibiendo los latidos de su corazón. No tardarían mucho en desvanecerse. Justo entonces, la puerta de la cripta se cerró y dejó de sentir nada. 33 Veinte minutos para el amanecer Aún atado a la columna, Conrad sintió que los muros del silo comenzaban a vibrar en cuanto los potentes propulsores de la barca solar cobraron vida. El aire grasiento que despedía la nave estaba a punto de sofocarlo, y también era consciente del aumento de la temperatura. A través de la abertura en el techo del santuario, vio que el cielo se había nublado. En ese momento, las puertas del silo se abrieron todavía más y comenzaron a caer escombros y rocas. Cerró los ojos para protegerse de la nube de polvo. Cuando los abrió, parpadeó varias veces y echó un vistazo a la cavernosa rampa de lanzamiento. Por un instante, el humo y la confusión le impidieron ver la nave y temió que esta hubiera despegado. Justo entonces, la cortina de humo se abrió y ante él apareció la increíble y brillante imagen de la barca solar. También vio un AK-47 abandonado en el suelo, olvidado al parecer por uno de los soldados de Zawas que había huido presa del pánico. Sin embargo, el fusil estaba a unos diez metros de distancia, y por tanto no iba a sacarlo del apuro en el que se encontraba. El aire comenzó a saber a humo. Los ojos le escocían y le picaba la nariz a causa del polvo. Sin dejar de toser, forcejeó para librarse de las ataduras. Cayó en cuenta de que, tuviese o no el Secreto del Tiempo Primordial, el cetro de Osiris era el único medio de conseguir colocar la cámara estelar de la P4 en su posición original y evitar, de ese modo, el desplazamiento de la corteza terrestre. Y se encontraba en la nave espacial. Tenía que librarse de las ataduras de algún modo y recuperar el cetro antes de que la barca solar despegara y lo achicharrara. La imagen del fuego le hizo recordar el encendedor Zippo que Yeats le había dado. Aún lo tenía en el bolsillo delantero de la camisa. Si pudiera ingeniárselas para cogerlo, podría quemar las cuerdas que lo retenían. Inclinó la barbilla hasta apoyarla sobre el pecho y tiró de las gafas de sol con los dientes hasta sacarlas del bolsillo. Acto seguido, usó las gafas para alzar el encendedor. Tras un par de minutos que le dejaron el cuello dolorido, se dio por vencido; sin embargo, otra sacudida de los motores de la barca solar lo apremió a intentarlo una vez más. En esa ocasión funcionó. Se las arregló para levantar el encendedor en uno de los cristales de las gafas. Se dio cuenta de que la situación era bastante precaria, ya que sujetaba las gafas con los labios y el encendedor se balanceaba de forma inestable; decidió inclinar la cabeza hacia la izquierda y así introducir las gafas por el cuello de la chaqueta, justo sobre el hombro. Si consiguiera llegar a la axila... El encendedor se deslizó por la manga de la chaqueta y, con unas cuantas sacudidas, acabó en la palma de su mano. Lo encendió con facilidad. Soltó una maldición cuando la llama le quemó la mano, y a punto estuvo de arrojar el Zippo al suelo. Se detuvo durante unos instantes, intentando decidir cuál sería el mejor modo de quemar las cuerdas sin ocasionarse quemaduras de tercer grado en las muñecas y en las manos. A la postre, concluyó que no había ningún modo de evitarlo. Respiró hondo, apretó los dientes y encendió el Zippo. La llama le quemó la muñeca mientras forcejeaba con las cuerdas. Todos sus instintos le rogaban que arrojara el encendedor, pero se obligó a sujetarlo con más fuerza. Las lágrimas no tardaron en hacer su aparición. Sin embargo, se concentró en la barca solar y en la tarea que tenía por delante. Se estaba abrasando el dorso de la mano y el olor, muy parecido al de la goma quemada, le provocó una oleada de náuseas. Incapaz de soportarlo por más tiempo, dejó que el Zippo se deslizara entre sus dedos y escuchó el golpe cuando cayó sobre el suelo de piedra. No tardó en comprender que había estropeado la única posibilidad de escapar. Lo que era peor, se dio cuenta de que el olor a goma quemada procedía de la correa de su reloj, que era lo que en realidad se había quemado. Dejó escapar un gemido. Puesto que no tenía nada que perder, intentó separar las muñecas de un tirón. Notó que la cuerda chamuscada cedía un poco, antes de que su cerebro registrara el dolor del corte que le acababa de producir. Volvió a intentarlo, tirando con todas sus fuerzas. Se obligó a separar las muñecas quemadas todo lo que pudo, estirando la tosca cuerda hasta que, por fin, las hebras quemadas comenzaron a deshacerse y sus muñecas se separaron de golpe. Se tambaleó hacia delante y miró fijamente los círculos rojizos que rodeaban sus temblorosas manos. Sin perder tiempo, desgarró el uniforme y se envolvió las muñecas con unas tiras de tela. Cogió el AK-47 del suelo y corrió hacia la barca solar a través de la nube de polvo. Una vez en la base redonda, se dirigió hacia la puerta exterior de la nave que poco antes descubrió con Yeats. Estaba cerrada y palpitaba con la energía que rodeaba al gigantesco obelisco. Colocó la mano sobre el panel cuadrado. La plataforma que transportaba a Conrad apareció en la fría planta criogénica un minuto más tarde. Justo encima de su cabeza, vio el módulo que llevaba hasta la cabina de mando de la nave. El círculo de luces le indicó que Yeats estaba allí arriba, con el obelisco. Echó un vistazo al pasillo que se extendía a su izquierda y que conducía a la cámara de Osiris. A su derecha, otro pasillo acababa en la cámara de Isis. Tomó el camino de la derecha. El final del oscuro pasillo estaba débilmente iluminado por una espectral luz azulada. A medida que se acercaba a la puerta de la criocripta, vio que estaba cerrada y que las estrías grabadas en su superficie emitían una serie de destellos. Al instante comprendió que «Isis» estaba allí dentro. El general había congelado a Serena. —Maldito seas, Yeats —gruñó, y golpeó la puerta con la culata del fusil. Examinó el panel cuadrado situado a la derecha de la puerta. Colocó la mano sobre él y escuchó un agudo zumbido. Las luces situadas tras los surcos ganaron intensidad y los destellos resultaron tan molestos que tuvo que protegerse los ojos con la mano y retroceder hacia el pasillo. Con la misma rapidez con la que se encendieran, las luces se apagaron hasta convertirse en un tenue resplandor y comenzaron a parpadear del mismo modo que las ascuas de una hoguera a punto de apagarse. Finalmente, el pasillo se sumió en la oscuridad. ¡Dios mío!, pensó Conrad. ¿Qué he hecho? Dio un golpe con la palma de sus manos sobre la gruesa y fría puerta, más fría en ese momento que nunca. Trató de moverla sin ningún resultado. De todos modos, sabía que era inútil. Abandonó sus intentos y dejó que su cuerpo se deslizara a lo largo de la puerta para sentarse en el suelo; entonces la sintió vibrar. ¡La puerta se estaba moviendo! Se puso en pie de un salto para observar cómo la criocripta se abría y una neblina gélida flotaba hacia el exterior. Sin esperar a que esta se despejara, entró en tromba en busca de Serena. Se encontraba en el interior de la cripta y su piel translúcida tenía un color azulado. La cogió en brazos, se la echó al hombro y la sacó al pasillo. Una vez fuera, la dejó en el suelo y comenzó a masajearle los brazos y las piernas. Apenas respiraba. ¡Dios! No permitas que muera, suplicó para sí. —Vamos, nena, vamos —repetía sin cesar—. Tú puedes conseguirlo. Las mejillas de Serena recuperaron poco a poco el color y su respiración se hizo más profunda y regular. Cuando abrió los ojos, Conrad quedó sorprendido por la mirada vacía y exánime con que lo contempló. —Serena, soy yo, Conrad —le dijo—. ¿Sabes dónde estás? Ella gimió. Se acercó a sus labios y la escuchó decir: —Si tú eres Conrad Yeats, esto debe de ser el Infierno. —Gracias a Dios. —Y exhaló un enorme suspiro de alivio—. Estás bien. Serena intentó sentarse y recuperar el control poco a poco. — ¿Yeats? —Arriba, en la cápsula —le contestó él—. Pero bajará antes del despegue para entrar en la criocripta de Osiris. Cuando aparezca, lo estaré esperando. — ¿Y yo? —Mientras esté conmigo, tú sube a la cápsula y coge el cetro. Pase lo que pase, tienes que impedir que esta nave despegue, y después volver a la P4, ¿entendido? Serena se frotó las sienes. — ¿En serio crees que podemos impedir el desplazamiento? —No lo sé, pero al menos tenemos que intentarlo —contestó al tiempo que el círculo de luces que coronaba la plataforma comenzaba a parpadear—. Ya viene. Tengo que esconderme. Espera aquí y no subas hasta que él haya llegado al otro extremo del pasillo. Serena asintió con la cabeza. Conrad atravesó el pasillo a la carrera, camino de la criocripta de Osiris. Cuando llegó al corredor central, Yeats ya estaba descendiendo en la plataforma, de modo que atravesó la neblina de la cripta abierta de Osiris y esperó allí al general. Con la respiración acelerada, Conrad se apoyó contra la pared y sintió algo en el hombro. Al darse la vuelta, vio el arnés alienígena. Lo último que quería era encerrarse por accidente en la criocripta durante buena parte de la eternidad. En ese momento escuchó que la puerta de la cámara se abría. Parpadeó y vislumbró la silueta de Yeats entre la neblina. Se adelantó con el AK-47 en alto. —Misión cancelada, Yeats. — ¿Eres tú, hijo? —preguntó—. Estoy impresionado. Sabía que te reunirías con nosotros. —Entrégame a Serena y el obelisco. Conrad se percató de que Yeats echaba un rápido vistazo al vendaje de sus muñecas y percibía la poca fuerza con la que sujetaba el rifle. Le resultaba imposible creer que estuviera apuntando a su padre con un arma. Aunque Yeats no fuese su padre biológico, y a pesar de que se había pasado más de media vida odiándolo, era la única figura paterna que había conocido. —No vas a usar eso contra mí, hijo. — ¿No? —Si me matas, perderás cualquier oportunidad de lograr el objetivo que has perseguido durante toda tu vida —afirmó Yeats—. La única forma de descubrir tus verdaderos orígenes pasa por poner en órbita este nuevo obelisco, esta nave espacial, y completar el viaje prefijado hasta el punto de destino. — ¿Y qué pasa con mis congéneres humanos? —Tú no eres humano, y es demasiado tarde para salvar la Tierra. La raza humana no merece ser salvada, y el Secreto del Tiempo Primordial solo será descubierto al final del viaje celestial de la barca solar. Tienes tantos deseos de conocer la verdad como yo. Joder, lo más probable es que haya sido programada con tu código genético. —Yo no apostaría por eso. —Conrad lo apuntó con el AK-47—. Deja la pistola en el suelo. Despacio. Con dos dedos. Yeats abrió la funda que llevaba sujeta al cinturón y sacó la Glock 9 mm con mucho cuidado. —Al suelo. Siguiendo sus órdenes, Yeats dejó el arma en el suelo y levantó las manos. —Atrás. Yeats sonrió cuando Conrad alejó la pistola de una patada. —Tú y yo nos parecemos más de lo que te atreves a admitir. —En tus sueños, Yeats. —Conrad sabía que su padre solo quería ganar tiempo, con la esperanza de que la barca solar despegara y pusiera rumbo a su destino programado. Sin embargo, él estaba esperando a Serena, que debía de estar a punto de bajar con el cetro de Osiris. —Hay muchas cosas que despiertan mi curiosidad —confesó Yeats—. Y no solo los orígenes de la civilización humana, sino el mismo universo. ¿No te has preguntado nunca por qué quise ir a Marte, para empezar? —Para plantar tu bandera y ser el primer hombre en mear sobre el planeta rojo. —«Planetología comparativa», como la llaman los científicos. —Yeats parecía más seguro de sí mismo a cada momento, al ver que Conrad, en realidad, no pensaba dispararle—. Les gustaría estudiar la historia del sistema solar y la evolución de los diferentes planetas mediante la comparación de evidencias encontradas en la Tierra, en la Luna y en Marte. La exploración de otros mundos nos permite explorarnos a nosotros mismos y comprender en mayor medida cómo encajamos aquí. Conrad no contestó, se limitó a observar con fascinación el ajado rostro de su padre, que acababa de animarse con una especie de luz espiritual interna. —Durante siglos, nos guiaron las ideas del astrónomo egipcio Ptolomeo, que nos enseñó que la Tierra era el centro de todo. Más tarde, Galileo nos corrigió y aprendimos que el Sol es el centro alrededor del cual nos movemos, no solo nosotros sino también el resto de los planetas —prosiguió Yeats—. No obstante, desde la perspectiva psicológica aún nos aferramos al punto de vista de Ptolomeo. ¿Y por qué? Mientras permanezcamos aquí, en la Tierra, seremos de hecho el centro de todas las cuestiones importantes. No hay por qué ir a la Luna para entender lo que se siente al observar a la Tierra de lejos. El espacio no gira en torno a los logros tecnológicos, sino alrededor del espíritu humano y de nuestra contribución al propósito universal. El espacio no es sino una metáfora de la expansión, la oportunidad y la libertad. Conrad alzó el arma de nuevo y apuntó al pecho de Yeats. —Debo de haberme perdido el desayuno con los Boy Scouts en el que soltaste ese discursito tan huevón. Impertérrito, Yeats le sostuvo la mirada. —Deseas saber dónde acaba todo esto tanto como yo. En ese momento, se escuchó una voz a espaldas de Yeats. —Acaba justo aquí, general. Yeats se dio la vuelta y vio a Serena, que sostenía el cetro de Osiris en una mano. Conrad observó cómo la espalda de su padre se tensaba por la furia. —Ahora ya sabes que las criocriptas funcionan, Yeats —le dijo—. Así que supongo que no te importará entrar en esta, al menos de momento. —Hizo un gesto hacia la cámara de Osiris. —Creo que deberías tirar el arma, hijo. Conrad miró a su padre con incredulidad. El General había deslizado una mano hasta su espalda y ahora empuñaba una pequeña pistola. Conrad no se había percatado de nada. Tampoco Serena. Yeats esbozó una sonrisa. —Hay que estar siempre preparado, como dicen los Boy Scouts. —Dispárale, Conrad—dijo Serena. Conrad se adelantó, pero Yeats colocó el grueso cañón del arma en la sien de la mujer. —Quédate donde estás. El arqueólogo dio otro paso al frente. Yeats jaló de la larga melena oscura de Serena hasta que esta gritó de dolor. —Ahora o nunca, hijo. Conrad dio un tercer paso. — ¡He dicho que la tires! —gritó Yeats, al tiempo que jalaba con más fuerza del cabello de Serena. Conrad sabía que a su padre no le resultaría difícil partirle el cuello en un momento dado, si así lo deseaba. —No le hagas caso, Conrad —le dijo ella, que tuvo que esforzarse para poder hablar—. Sabes que va a matarte. No obstante, Conrad solo necesitó mirarla nuevamente a los ojos y ver el miedo en su mirada para convencerse de que no podía arriesgarse. Bajó el arma. —Buen chico —dijo Yeats—. Ahora, tírala. Conrad arrojó el AK-47 en dirección al pasillo, y el ruido que hizo al llegar al suelo resonó por la estancia. Volvió a mirar a Serena y vio las lágrimas que caían por sus mejillas. —No tienes remedio, Conrad —le susurró. 34 Quince minutos para el amanecer Conrad observó cómo Yeats recogía del suelo el AK-47. En esos momentos los separaban escasos metros y pudo contemplar la expresión maníaca de su padre, que no había advertido desde la distancia. El hombre parecía un animal atrapado en un cepo, dispuesto a arrancarse su propia pierna a mordiscos para liberarse. —Sabía que no me matarías —dijo sujetando con fuerza a Serena, que forcejeaba para soltarse—.Y que me cuelguen si quiero matarte. Pero lo haré, si es necesario. —Quítale las garras de encima, Yeats. —Tan pronto como estés tranquilito y congelado, hijo. Tal vez cuando lleguemos adondequiera que vayamos, y nos descongelemos, recuperes el buen juicio. —Tendrás que matarme antes de congelarme, papá —respondió Conrad. Se abalanzó a por el arma y esta se disparó; la bala lo hirió en el hombro y lo hizo rodar por el suelo. Asombrado, se llevó la mano al hombro y vio cómo manaba la sangre entre sus dedos. Acto seguido miró a Yeats, que se acercaba para rematarlo. —Saludaré a Osiris de tu parte. Yeats estaba a punto de dejarlo inconsciente con la culata del arma cuando Conrad rodó a un lado sobre el otro hombro y le dio una patada en el pecho con ambos pies. El golpe hizo que Yeats se tambaleara de espaldas hacia el extremo puntiagudo del cetro de Osiris que Serena sostenía, y esta gritó. El impacto fue tan fuerte que el General aulló de dolor. Dejó caer el arma y trastabilló durante algunos segundos antes de que Conrad lo empujara al interior de la cámara criogénica. Una vez dentro, cerró la puerta en el momento en que una espesa neblina a una temperatura bajo cero comenzaba a salir al exterior. De repente todo quedó en silencio, salvo por los suaves zumbidos de energía de la nave que se filtraban a través de las consolas, las paredes y los suelos. Conrad intentaba ponerse en pie a duras penas en medio del haz de luz, cuando Serena se acercó corriendo y lo abrazó. Fue entonces cuando ella debió de sentir la calidez que se derramaba de su hombro. —Estás lleno de sangre —le dijo. — ¿Lo has averiguado tú sólita? Serena desgarró un trozo de tejido de la manga de Conrad, se lo enrolló alrededor del hombro y lo ató con fuerza, muy consciente de que él no le quitaba la mirada de encima. —Y ahora ya tienes todo lo que siempre quisiste. Tal vez debiéramos caminar juntos hacia la puesta de sol. Conrad vio el sangriento cetro de Osiris en el suelo. Al cogerlo, se dio cuenta de que ella tenía razón. Lo único que tenía que hacer era dejar que la barca solar los llevara a su destino preprogramado, y así podría descubrir de una vez por todas el Secreto del Tiempo Primordial. La miró con incredulidad. — ¿Sabes lo que estás diciendo? —Lo que digo es que no sabemos si este DCT es un suceso que pueda conducir a la extinción global. Puede que la humanidad sobreviva, o puede que sigamos el camino de los dinosaurios. Pero la única forma de asegurar la supervivencia de nuestra especie es que tú y yo continuemos con esto. Conrad contempló su mirada suplicante. Serena no quería hacerlo por él, comprendió, sino por el bien de la humanidad. Y estaba dispuesta a renunciar a todo lo que amaba para hacerlo. — ¿Permitirás que condenemos al mundo al Infierno? —le preguntó. —No, Conrad. Crearemos un nuevo Edén en otro mundo. Mientras consideraba esa ridícula idea, la nave empezó a temblar. Conrad colocó un dedo en la mejilla de Serena y retiró una lágrima. —Sabes que tenemos que regresar. Lo sabía, por eso no se resistió cuando comenzaron a caminar en silencio por la plataforma que conducía a la base de la barca. Cuando finalmente emergieron a cientos de metros del silo, el suelo se sacudía con más fuerza que nunca. Apenas había empujado a Serena hacia el exterior del túnel cuando un geiser de fuego atravesó el aire y los obligó a agazaparse contra el suelo. Cuando Conrad levantó la vista, vio que había una docena más de géiseres en erupción que formaban un anillo alrededor del silo, mientras la barca solar se elevaba de su cráter y se alzaba hacia las alturas. Contempló cómo la nave que se llevaba a su padre, vivo o muerto, desaparecía en el cielo. —Le pido a Dios que sepas lo que estás haciendo, Conrad. —Serena arrancó un cordón de sus botas y se ató el cabello chamuscado para retirarlo de la cara—. Porque ese era el último vuelo de salida de esta roca. 35 Dos minutos para el amanecer Serena se encontraba de pie en el interior de la cámara estelar de la P4, con la cara bañada en lágrimas, mientras observaba cómo rotaba el techo geodésico. El chirrido de los engranajes de la cúpula giratoria resultaba ensordecedor, de modo que no podía escuchar lo que le decía Conrad, que estaba de pie junto al altar y le hacía señas para que se acercara. —Pon el cetro en la ranura —le gritó Conrad. Serena miró el cetro de Osiris que tenía en las manos y, una vez más, leyó para sí la inscripción que rezaba: «Solo aquel que se presente frente a los Centelleantes en el momento y lugar más honorables podrá retirar el cetro de Osiris sin desgarrar el Cielo y la Tierra». ¿Acaso podría haber un momento «más honorable» en toda la historia de la humanidad? ¿O acaso el profeta hebreo Isaías tenía razón cuando dijo que los actos de justicia de los humanos palidecían ante la santidad de Dios? —Yeats tenía razón, Conrad —dijo con el alma en los pies—. Los atlantes eran demasiado avanzados para nuestra capacidad de raciocinio. No podemos ganar. —Creí que estábamos de acuerdo en que los dioses de Egipto ya fueron derrotados en una ocasión —replicó Conrad. Comenzó a hablar más deprisa y cada vez más fuerte—. Bueno, ¿y cuándo fue eso? Serena dudó antes de continuar. —Durante el Éxodo, cuando Moisés sacó a los hebreos de Egipto. —Exacto —dijo Conrad—. Fue uno de esos sucesos cósmicos que cambian el curso de la historia de una civilización, tal y como la colisión con un meteorito cambia el curso de la historia natural. Si no se hubiera producido el Éxodo, no habría habido ninguna epifanía en el Sinaí. Si no hubiera existido el Sinaí, tampoco habría habido ningún Moisés, ni Jesús ni Mahoma. Osiris e Isis serían los gobernantes supremos, las pirámides se alzarían contra el cielo de Manhattan y nosotros beberíamos cerveza de cebada fermentada en lugar de café con leche. Serena sintió que se le aceleraba el pulso. Conrad estaba a punto de llegar a alguna conclusión. —La pregunta es —prosiguió el arqueólogo con los ojos brillantes, como si estuviera a punto de realizar un gran descubrimiento—: ¿qué fue lo que acabó por doblegar al faraón y lo instó a liberar al pueblo de Israel? —La Pascua—respondió Serena—. El hecho de que el dios de los hebreos matara al primogénito de cada familia egipcia, pero pasara por alto las casas de los esclavos hebreos cuyas puertas estaban marcadas con la sangre de un cordero. —Muy bien —dijo Conrad—. Ahora solo nos queda encontrar una forma de ampliar el círculo y extender la Pascua a todas las razas. De repente, Serena se dio cuenta de la solución y exclamó: — ¡El Cordero de Dios! —Jesucristo, ¡claro! Las manos de Conrad volaban mientras volvía a colocar las estrellas en la cúpula de la cámara, con el fin de reproducir el cielo tal y como se veía sobre Jerusalén. De pronto, la cámara entera pareció ponerse cabeza abajo. Sin embargo, no fue más que una ilusión óptica, comprendió Serena, ya que el firmamento del Hemisferio Norte había intercambiado su lugar de repente con el Hemisferio Sur. —Muy bien, tenemos un lugar en la Tierra —dijo Conrad—. Ahora necesitamos un año. Aquello era más difícil, pensó Serena. —La tradición dice que Jesús murió cuando tenía treinta y tres años, lo que situaría la crucifixión entre el 30 y el 33 d.C. —Tendrás que hacerlo mucho mejor. —Conrad parecía bastante impaciente—. Necesito un año en concreto. . Serena luchó contra el pánico que la invadía. El calendario cristiano se basaba en los cálculos poco fiables llevados a cabo por un monje del siglo VI, Dionisius Exiguus, que traducido del latín era «Dionisio el Exiguo». Apodo bastante apropiado si se tenía en cuenta que la estimación de Dionisio acerca de la fecha del nacimiento de Cristo se quedó corta por unos cuantos años. Los eruditos eclesiásticos modernos emplazaban la Natividad no mucho después de la muerte del rey Herodes, alrededor del año 4 a.C. —El año 29 después de Cristo —dijo por fin—. Prueba con el año 29 después de Cristo. Conrad ajustó el Cetro en su altar y la cúpula que había en lo alto comenzó a girar. El rugido resultó ensordecedor. —Necesito una fecha —gritó—. Y la necesito ya. Serena asintió. La celebración de la Pascua católica tenía lugar cada año en primavera, pero no tenía fecha fija en el calendario. Sin embargo, la Iglesia ortodoxa mantenía la fecha histórica con una precisión astronómica. El Concilio de Nicea, en el año 325 d.C., decretó que la Pascua debía celebrarse el domingo posterior a la primera luna llena del equinoccio de primavera, pero siempre después de la Pascua judía, para así mantener el orden de los sucesos que la Biblia les atribuía a la Crucifixión y la Resurrección. Así que gritó: —El viernes después de la primera luna llena del equinoccio de primavera. — ¿El viernes? —Los ojos del hombre reflejaban su duda—. ¿No el domingo? —Viernes. —Serena se mantuvo en su decisión—. La Resurrección fue una demostración de victoria sobre la muerte. Pero el momento más honorable debió de ser cuando Jesús estaba muriendo en la cruz para redimir los pecados de la humanidad y perdonó a sus enemigos. —Entendido —dijo—. Necesito la hora. —Las Escrituras dicen que fue en la hora nona —respondió Serena. Conrad realizó un gesto de perplejidad. — ¿Qué? —Las tres en punto. Conrad asintió, realizó los últimos ajustes y se apartó. —Rece una oración, hermana Serghetti. La cúpula geodésica giró para encajarse en la posición adecuada: una recreación del cielo de Jerusalén alrededor del año 29 d.C., en la novena hora del quinto día posterior a la primera luna llena del equinoccio de primavera. —Mas ahora sin ley se ha manifestado la justicia de Dios... —comenzó a rezar Serena entre dientes, repitiendo las palabras que escribió San Pablo en su Carta a los romanos. Una fuerte sacudida recorrió la cámara y Serena tuvo que retroceder de un salto, ya que el suelo se abrió y el altar que contenía el cetro cayó por un pasadizo vertical y desapareció. Antes de que pudiera echar un vistazo por el borde, el pasadizo se cerró, dejando tras de sí un cartucho adornado con el símbolo de Osiris. Después pudo escuchar más abajo algo que se asemejaba al sonido de un trueno. De repente, todo quedó sumido en un silencio muy extraño. Serena incluso podía escuchar que alguien sollozaba. Parecía una niña pequeña. Sintió que una lágrima resbalaba por su mejilla y se dio cuenta de que era ella. Por alguna razón se sintió renovada por dentro, como si todas sus preocupaciones, sus miedos y su culpa hubieran desaparecido. —Lo conseguiste —dijo al tiempo que abrazaba a Conrad—. Gracias a Dios. — ¿Qué te parece si buscamos una forma de salir de aquí? —respondió él en el momento en que un estruendo profundo y aterrador resonaba tanto dentro como fuera de la estancia. Serena se quedó muy quieta. — ¿Qué pasa, Conrad? —Creo que estamos a punto de quedar sepultados bajo tres kilómetros de hielo. 36 Amanecer Zawas y sus hombres contemplaban cómo desaparecía la barca solar en el cielo, desde su campamento en el promontorio del Templo del Portador de Agua, cuando tuvo lugar la primera sacudida. Las tiendas comenzaron a desmoronarse, y a Zawas le entró el pánico al ver cómo el único helicóptero Z-9A que quedaba se deslizaba sobre el helipuerto hasta el borde del saliente. — ¡Asegurad el helicóptero! —gritó, y cinco egipcios corrieron a amarrarlo. No importaba lo que le ocurriera al resto del mundo, se dijo; no importaba a cuántas ciudades costeras se tragara el mar, no había lugar más seguro en la Tierra que aquel en el que su equipo y él se encontraban en esos mismos momentos. Tanto si tardaba un día como una semana, una vez que el desplazamiento de la corteza terrestre hubiese seguido su violento curso, el suelo sobre el que se encontraban se convertiría en el centro del nuevo mundo. No paraba de repetirse eso mismo mientras sus pensamientos se dirigían hacia su extensa familia en El Cairo, la mayor parte de la cual vivía en unos elevados apartamentos de irrisorio «lujo» que se derrumbarían con una mínima sacudida de tierra. De repente, el aire se volvió cálido y las sacudidas se hicieron más violentas. De hecho, llegaron a ser tan molestas que comenzó a reconsiderar su estrategia de acampar en el Templo del Portador de Agua y se preguntó si una zona al aire libre, lejos de los edificios y santuarios, no sería una elección más prudente. Entró en su cámara, que se encontraba lejos del promontorio, buscó el mapa de Sonchis en su escritorio y lo metió dentro del termo verde de la monja, junto a los planos norteamericanos de la barca solar. Otra sacudida estuvo a punto de arrojarlo de la silla. Se agarró al escritorio para equilibrarse, pero no pasó mucho tiempo antes de que la mesa también comenzara a moverse. Enroscó la cubierta externa del termo en su lugar y lo arrojó a su mochila antes de que los gritos de sus hombres lo instaran a salir. Lo que vio lo hizo encogerse de terror. El cielo parecía estar derrumbándose. Cogió unos prismáticos y examinó las montañas de hielo que formaban un anillo alrededor de la ciudad. Entonces se dio cuenta: el cielo no se estaba desmoronando, eran los acantilados de hielo que rodeaban la ciudad los que se estaban viniendo abajo. Una avalancha de hielo que llegaba desde todas partes para sepultarlos. — ¡Al helicóptero! —gritó Zawas, haciendo un gesto a sus hombres mientras se introducía en el Z-9A y ponía en marcha el motor en un intento frenético de salir volando antes de que se produjera el impacto. Las hélices comenzaron a girar, pero de repente se detuvieron. El helicóptero estaba diseñado por los franceses pero era construido bajo licencia especial por los chinos, quienes les habían proporcionado a los egipcios distintos modelos. —Malditos sean esos infieles de Pekín. Trató de poner de nuevo las hélices en movimiento al tiempo que una docena de egipcios se amontonaba en el interior. Mientras el piloto se hacía cargo de los controles, Zawas ajustó los prismáticos para hacer una rápida estimación del tiempo que les quedaba antes del impacto. Una pared de hielo saltó dentro de su campo de visión; estaba a punto de chocar contra el helicóptero y convertirlos a todos en una masa sangrienta y retorcida de metal y carne. Sintió que se le detenía el corazón cuando la espumosa avalancha cayó sobre el templo y comenzó a extenderse hacia el promontorio. Justo en ese momento, notó que el helicóptero se elevaba hacia el cielo. En el interior de la cámara estelar de la P4, Serena empezó a sentir el calor a medida que subía por el pasadizo meridional utilizando la cuerda que Conrad había llevado con él la primera vez que le echara un vistazo a la ciudad. Sin embargo, cuando miró hacia atrás Conrad se encontraba todavía en la cámara inferior, tratando de subir con una sola mano mientras la otra colgaba inerte a un lado del sangriento torniquete. Pudo ver cómo el agua burbujeaba alrededor de sus tobillos, y comenzó a sentir pánico. — ¡Conrad! —gritó. Afirmó las botas contra los lados del pasaje y estiró la mano para aferrarle el brazo derecho. Lo alzó con un gruñido, pero notó que se le escurría la mano y escuchó un chapuzón. —Utiliza esto —gritó él al tiempo que sacudía lo que parecía una larga pañoleta roja. Era su torniquete. Se lo había quitado. Serena se enrolló un extremo alrededor de la muñeca y bajó el brazo para que Conrad pudiese atar el otro extremo alrededor de la suya. Tiró con tanta fuerza que sintió un espasmo de dolor en la espalda. Soltó un grito al repetir la operación con más fuerza todavía, hasta que finalmente el arqueólogo consiguió subir al pasaje. —Gracias—dijo Conrad, que respiraba con dificultad—. Ahora, vámonos. Serena miró la parte superior del pasadizo, hacia el trozo cuadrado de cielo azul. — ¿Por qué molestarnos? —preguntó ella sin aliento—. Ya no hay nada ahí fuera. Ni radio, ni forma de contactar con la gente. —Es nuestra única oportunidad —respondió él—. El respiradero geotérmico subterráneo se está viniendo abajo. Lo más probable es que la última oleada de calor vaya derritiendo todo lo que nos rodea a medida que bombea agua a través del sistema hidráulico. Pero el agua está a punto de convertirse en hielo. Y todo se congelará. Serena comprendió. — ¡La niña del hielo! Lo mismo nos sucederá a nosotros. —No, si puedo evitarlo. Toma esto. —Le dio la sangrienta tira del torniquete—. Utilízala como bandera. Ahora, ¡muévete! Yo estaré justo detrás de ti. A regañadientes, Serena cogió el ensangrentado harapo y siguió camino arriba por el pasadizo, consciente de que Conrad iba tras ella. En ocasiones lo llamaba y escuchaba su respuesta, pero cada vez parecía más débil. Al final, llegó al extremo cuadrado del pasaje y se le congelaron los dedos cuando se agarró al borde. El viento aullaba y la temperatura estaba descendiendo tan súbitamente como había subido. Se encaramó al borde y contempló una magnífica visión que la dejó sin aliento. Todo el cuenco de hielo que rodeaba la ciudad se estaba desmoronando; la nieve derretida se había convertido en un lago gigantesco a punto de inundar la ciudad que se encontraba a unos mil quinientos metros por debajo. A esas alturas, tan solo quedaba a la vista la parte superior de los templos y obeliscos más altos, y el nivel del agua estaba llegando a la parte baja de la pirámide. Era cuestión de minutos que la alcanzara. —Dios, por favor, no —dijo, y volvió la vista hacia Conrad. Había desaparecido. — ¡Conrad! —gritó, consumida por el pánico. No hubo respuesta. Contempló el oscuro pasaje y vio un leve destello. Era el agua, que subía hacia donde ella se encontraba. Y no había ni rastro de Conrad. Incapaz de sostenerse durante más tiempo, Conrad se deslizó a través del pasadizo hasta la cámara estelar de la P4, que estaba inundada de agua hasta arriba. Desesperado por respirar, se agarró al techo de piedra en la oscuridad con el fin de buscar la apertura del pasaje de nuevo. No obstante, lo único que descubrió fue que el agua se cerraba sobre él. En ese momento, una poderosa succión proveniente de la zona inferior se apoderó de sus piernas y lo arrastró por la Gran Galería de la pirámide hacia una especie de cañería. Incapaz de seguir conteniendo la respiración, abandonó todo intento de sobrevivir y dejó que sus pulmones se llenaran de agua. Se estaba hundiendo en la inconsciencia cuando su cuerpo golpeó contra un enrejado de piedra. De pronto, el agua pasó sobre él y desapareció por el desagüe. Empapado y luchando por respirar, colocó las manos en el enrejado y se puso en pie. A continuación, corrió como un loco túnel abajo, tratando de orientarse, pero sabiendo que estaba totalmente perdido. Estaba confuso y muy preocupado por Serena. Le dolía todo el cuerpo mientras avanzaba con dificultad por el agua, que le llegaba a los tobillos y se hacía cada vez más profunda. Fue entonces cuando escuchó un sonido atronador a su espalda. No necesitó darse la vuelta para saber lo que sucedía. Se limitó a rodearse con los brazos y a respirar hondo. Una pared de agua lo golpeó y lo arrastró hacia un túnel más pequeño. Tragó un poco de líquido mientras la corriente lo succionaba y lo sacudía una y otra vez bajo el agua. Aguantó todo lo posible, pero sintió que comenzaba a perder poco a poco la consciencia. Incapaz de agarrarse a ningún sitio, se dejó llevar. Lo envolvió la oscuridad y percibió que pasaba a toda velocidad a través de un túnel. De repente se vio impulsado hacia la luz del día, arrojado casi quince metros por el aire por un geiser de agua que surgió a través del sumidero. Aterrizó con un ruido sordo sobre el tembloroso suelo, y el viento y el agua lo dejaron inconsciente. Incapaz de moverse durante algunos minutos, se vio sacudido por los temblores de la tierra y el ensordecedor rugido de las montañas heladas que se desmoronaban sobre el valle de la ciudad. Escuchaba el goteo del agua junto a su oído, y se dio cuenta de que no había sitio donde esconderse: arriba o abajo, todo lo que se encontrase por debajo de una altura de 3.000 metros desde la superficie subglacial estaba a punto de quedar anegado y congelado. Aterrorizado, recordó a las personas que vio enterradas en el hielo durante el descenso a la P4 y decidió que no quería convertirse en uno de ellos. De alguna forma consiguió ponerse a cuatro patas y gatear a través del agua, cuyo nivel se elevaba por momentos. Tras unos cuantos pasos, sintió que la temperatura descendía con cada ráfaga de viento. Se estremeció en aquel ambiente frío y húmedo. Aminoró el paso un instante al ver un cuerpo que flotaba hacia él, hinchado y azul. Cuando pasó a su lado, Conrad reconoció el rostro del coronel O’Dell, de la Base Glacial Orión. La expresión de horror del cadáver le hizo acelerar el paso. El agua ya le llegaba a las rodillas, y el cuenco de montañas que rodeaba la ciudad estaba empezando a colapsarse al igual que una lata bajo una presión tremenda. Le dolía el hombro más que nunca y los aguijonazos le resultaban insoportables. Aplicó más presión con la otra mano mientras se ponía en pie a duras penas. En ese momento, vio un destello de color a través del agua. Era un Hagglunds rojo destrozado, una reliquia de la Base Glacial Orión. No podía viajar en él, pero la cabina delantera podría hacer las veces de refugio en el que respirar. De pronto, el suelo se sacudió con violencia y Conrad se vio arrojado hacia delante. Levantó la mirada y vio que una pared de agua y hielo de unos quince metros de altura se abalanzaba sobre él. Sencillamente no había lugar donde esconderse de esa fuerza de la naturaleza, y supo que había llegado su hora. Sin embargo, pensó en Serena y con un último esfuerzo alcanzó la puerta del Hagglunds y giró el picaporte negro hasta que se abrió la puerta. En aquel momento llegó el agua. Primero le cayeron unas cuantas gotas en la cabeza. Después, todo un chorro. Se metió como pudo en el interior de la cabina, y apenas había conseguido colocarse el cinturón de seguridad y cerrar la puerta cuando la pared de agua golpeó el Hagglunds y el vehículo se perdió en aquel caldero burbujeante de hielo y agua. 37 Una hora después del amanecer Serena observó el cielo encapotado desde la abertura del pasadizo meridional que ascendía desde la cámara estelar de la P4. Las condiciones meteorológicas estaban empeorando; las nubes que se cernían sobre los páramos helados estaban cargadas de nieve y en el lejano horizonte restallaban los primeros relámpagos. Escuchó un zumbido familiar sobre su cabeza y alzó la vista con perplejidad para descubrir que un helicóptero militar de los Estados Unidos, un Black Hawk nada menos, cruzaba el tormentoso cielo. Comenzó a agitar las manos con desesperación. Como si estuviese inmersa en un sueño, vio caer una escala, a la que se agarró con firmeza. Miró hacia el oscuro pasadizo y vio algo brillante. Dudó un instante y observó con más atención. Era agua. Un chorro de agua que buscaba la superficie como lo haría un geiser. Tiró de la escala y fue alzada justo en el instante en el que el agua salía del pasadizo y pasaba a escasa distancia del helicóptero. Un soldado estadounidense la agarró por los hombros y la arrastró al interior del Black Hawk. A juzgar por las caras de la tripulación, los hombres estaban tan sorprendidos de ver a la Madre Tierra como ella lo estaba de verlos a ellos. Casi tan sorprendidos como cuando comenzaron a sobrevolar las ruinas que se extendían bajo el helicóptero. El oficial al mando, un hombre que se había presentado como el almirante Warren, gritó al piloto por encima del rugido del helicóptero y del agua: — ¡Sáquenos de aquí! —No —dijo Serena, a la que le castañeteaban los dientes—. Tenemos que encontrar a Conrad, al doctor Conrad Yeats. Está allí abajo. Warren la miró fijamente. — ¿Se refiere al general Griffin Yeats? —No, a su hijo. Warren miró al piloto y este negó con la cabeza. —Créame, no hay nadie ahí abajo. El Black Hawk comenzó a alejarse. — ¡No! —gritó Serena al tiempo que intentaba llegar hasta la cabina y hacerse con los controles. A pesar de sus esfuerzos, dos soldados la detuvieron y la arrojaron sin muchos miramientos contra las provisiones médicas. Trató de incorporarse, pero sintió que la habían abandonado las fuerzas. En ese momento, el médico le inyectó algo en el brazo. —Cálmese, hermana, ha sufrido una experiencia muy traumática —la tranquilizó Warren mientras colocaba un chubasquero de la Marina alrededor de sus trémulos hombros. Serena estaba mareada y aturdida. Se apartó unos cuantos mechones de pelo húmedo de la cara y miró por la ventanilla. La ciudad estaba a punto de ser engullida por un torbellino de agua. Tan solo la cumbre de la P4 sobresalía de las oscuras profundidades. De niña, solía preguntarse cómo habría sido ese momento en el que las aguas del Mar Rojo se abrieron para dejar pasar a los hijos de Israel, antes de volver a caer sobre los caballos y los carros del faraón. En esos momentos, ya lo sabía. Suplicó a Dios que mantuviera a Conrad sano y salvo, pero sabía que era una pérdida de tiempo. En su delirio, se vio buscándolo. En un momento dado alguien localizaría a Conrad, tambaleándose a merced de las ráfagas de hielo que azotaban las llanuras, tras haber sobrevivido de modo milagroso. Aparecería entre la neblina, más blanco que la nieve, con las cejas y el cabello cubiertos de copos blancos y casi resplandecientes, como si acabara de atravesar los brillantes velos del más sagrado de los altares. Los norteamericanos se verían obligados a tomar tierra. Ella saldría corriendo hacia Conrad y lo abrazaría. Ambos regresarían al helicóptero que los aguardaba y su pasado quedaría atrás. Se abrazarían con fuerza mientras los copos de nieve caían a su alrededor, como si de estrellas se tratase. Sin embargo, Conrad no iba a aparecer, comprendió con amargura. Y Dios no siempre respondía a sus plegarias tal y como a ella le hubiera gustado. Mientras el helicóptero se elevaba para alejarse, volvió a mirar hacia abajo y atisbo el vértice superior de la P4, plano al carecer del piramidión, apenas visible sobre las aguas. Tenía la sensación de estar sobrevolando el Océano Antártico. No había rastro de la ciudad que existía bajo las aguas... ni de Conrad. Todo había desaparecido; el agua se lo había llevado por delante como si nunca hubiera estado allí. Warren comenzó a gritar de nuevo. Serena no consiguió entender casi nada de lo que dijo debido al ruido de las aspas y al aullido del viento. Cuando alzó la mirada, vio que el almirante estaba en la puerta del helicóptero. El Black Hawk giró hacia el lugar que el hombre señalaba con el dedo. Serena se puso en pie sin pérdida de tiempo y se agarró a Warren para asomarse al exterior. Una figura solitaria había aparecido sobre la cumbre de la P4. Un hombre que agitaba los brazos con desesperación y que vestía un uniforme de las Naciones Unidas. — ¡Es él! —gritó con las pocas fuerzas que pudo reunir. — ¡Descienda más! —ordenó Warren al piloto, que luchaba contra las ráfagas de aire. Serena cogió los prismáticos del almirante al tiempo que el Black Hawk descendía. Cuando estaban a unos diez metros de distancia, vio que el hombre levantaba la cabeza. En ese momento comprendió con horror que la cara que estaba mirando no era la de Conrad. Era uno de los soldados egipcios, y llevaba un fusil en la mano. — ¡Almirante, apártese! —le advirtió Serena. —Ya lo tenemos, no se preocupe —la tranquilizó Warren, y Serena miró hacia atrás para ver que dos tiradores apuntaban con sus rifles al egipcio—. Lo quiero vivo. Serena sintió que algo pasaba junto a su oreja y volvió a mirar al egipcio, que acababa de recibir un disparo en la pierna y caía chapoteando al agua. Warren asintió satisfecho. —Adelante. Sin embargo, tan pronto como el helicóptero se acercó, el soldado egipcio se levantó y comenzó a disparar a diestra y siniestra. El almirante, que seguía en la puerta, recibió una bala en la garganta y se desplomó muerto sobre Serena. Esta forcejeó para quitarse el pesado cuerpo de encima y gritó pidiendo ayuda. Sin embargo, cuando echó un vistazo sobre su hombro vio que otro de los norteamericanos, también alcanzado por un disparo, caía hacia atrás, y que según lo hacía su rifle sembraba de balas la cabina del helicóptero. Oyó gritar al piloto. El Black Hawk dio un brusco bandazo y ella se agarró a una barra de hierro para guardar el equilibrio. Justo en ese momento, el helicóptero se elevó sin previo aviso y Serena se vio arrojada a través de la puerta. Sintió que caía por el aire hasta aterrizar con un chapoteo sobre la cumbre de la P4. Se dio la vuelta hasta quedar de espaldas y levantó la vista. El Black Hawk ascendió otros diez o veinte metros, momento en el que viró bruscamente hacia la izquierda y explotó, convirtiéndose en una enorme bola de fuego. Los fragmentos en llamas se esparcieron en forma de metralla, lo que destruyó cualquier posibilidad de escapar. Calada hasta los huesos y con el agua ya por la cintura, se puso en pie frente al soldado egipcio herido. El último vestigio del ejército de Zawas la apuntaba con un tembloroso AK-47; la sangre salía a borbotones de su pierna herida. Ni siquiera se molestó en alzar los brazos cuando el hombre se acercó con una expresión desesperada en el rostro. ¿O miraba a algo detrás de ella? Cuando se dio la vuelta vio que otro helicóptero militar se acercaba, este con el emblema de la ONU. Sus ametralladoras de gran calibre entraron en acción y las hileras de balas impactaron sobre el agua a lo largo de la cumbre de la P4, alcanzando al egipcio, que cayó de espaldas y se hundió en la corriente. Serena elevó la mirada hacia el helicóptero que volaba en círculos sobre su cabeza. Le lanzaron una escala. Se aferró al primer peldaño y comenzó a ascender. Cuando llegó al extremo superior, una mano tiró de ella con fuerza. Cuando buscó el rostro del hombre se encontró con el coronel Zawas, que la estaba apuntando con una pistola automática que llevaba en la mano derecha. La sonrisa de Zawas la dejó petrificada. Una ráfaga de viento arrancó la gorra del egipcio. —No me mire con esa cara de desilusión, doctora Serghetti. —Levantó el termo verde de Serena para que esta pudiera verlo—. Ahora que tengo en mi poder el mapa de Sonchis, no hay nada que me impida regresar algún día para terminar lo que he empezado. La historia, como ya le dije en otra ocasión, la escriben los vencedores. Tal vez, se dijo Serena para sus adentros. Echó un vistazo y se percató de que en el helicóptero solo viajaban Zawas y el piloto. —Dígame, Coronel, ¿cerró el termo girando hacia la derecha o hacia la izquierda? —Hacia la derecha. —Zawas la observó con cautela—. ¿Por qué lo pregunta? Ella sonrió. —Por nada, en realidad. La confianza del egipcio comenzó a resquebrajarse. Bajó la pistola y se dispuso a abrir el termo. Mientras lo hacía, Serena intentó quitarle el arma de la mano de una patada. Falló, pero le dio en el brazo y la pistola se disparó. El helicóptero giró de improviso, haciendo que el Coronel perdiera el equilibrio, pero no antes de que volviera a hacer dos disparos más en un intento por matarla. Serena miró al piloto y comprobó que había sido alcanzado por una de la balas; saltó hacia la cabina, arrojó al hombre a un lado y se hizo cargo de los controles. Miró por encima de su hombro a tiempo de ver que Zawas se ponía de nuevo en pie. — ¡Coronel! —chilló—. ¿Sabe pilotar un helicóptero? Zawas la miró con el ceño fruncido. —Por supuesto, mujer. —Pues ya somos dos. Hizo que el helicóptero virara de forma brusca y observó cómo el egipcio se tambaleaba y caía por la puerta abierta. Descendió por el aire agitando los brazos, hasta que golpeó la superficie del agua y desapareció. Serena respiró hondo y estabilizó el helicóptero. Una rápida mirada al panel de instrumentos le confirmó que, con suerte, podría acercarse lo bastante a la Estación McMurdo para quedar dentro del campo de alcance de la radio y aterrizar sobre un hielo que no se estuviera derritiendo. Sin embargo, no era capaz de alejarse sin echar un último vistazo atrás. Escudriñó el hielo, luchando por contener las lágrimas. La ciudad había desaparecido y el indicador de combustible comenzaba a descender. Mientras surcaba el borrascoso cielo, avanzando sobre las placas de hielo cada vez más sólidas, rezaba por el alma de Conrad Yeats. Tras unos instantes más de búsqueda, giró el helicóptero hacia la Estación McMurdo, que se encontraba en la Plataforma Glacial Ross, y se alejó. 38 Amanecer: el día después A las 06:00, hora zulú, el general de división Lawrence Baylander, un neozelandés duro de roer, condujo su convoy de Hagglunds cargado con inspectores de armas de la CNUA alrededor de una fisura para llegar a la zona que habían fijado como objetivo. El área había quedado arrasada por el viento, por lo que si había alguna evidencia de las pruebas nucleares norteamericanas, no la hallarían a simple vista. Sería necesario realizar lecturas dosimétricas, análisis térmicos y pruebas sísmicas para detectar cualquier radiación, instalaciones subterráneas y cosas por el estilo. Aunque eso significara tener que excavar para obtener muestras del núcleo subglacial, pensó. Ojalá tuvieran más tiempo. Sin embargo, Baylander comprendió que ya había llevado demasiado lejos al equipo de búsqueda y rescate, ya que los suministros, y por tanto el tiempo, comenzaban a escasear. Había llegado a la conclusión de que tendrían que abandonar los tractores y regresar en aviones una vez llegaran los refuerzos aéreos. Lo peor de todo era que, teniendo en cuenta cómo funcionaban tanto la política como los fondos internacionales, sabía que no podrían regresar a esa tierra desolada. Lo único que conseguiría llevarse de aquel infierno helado sería la torva satisfacción de saber que la ONU les daría un tirón de orejas a los Estados Unidos. Casi podía saborear la oportunidad de hacer que los norteamericanos salieran corriendo con el rabo entre las piernas. Exhausto y molesto, estaba a punto de llamar por radio a la base para decirles que su equipo estaba listo para regresar cuando el convoy descubrió que el camino estaba bloqueado. Parecía que un Hagglunds rojo, medio enterrado en el hielo, había caído en una fisura y se había bloqueado. Se mantenía en pie, pese a que estaba un poco inclinado. La cabina delantera estaba aplastada. Baylander soltó un juramento y ordenó por radio que el convoy se detuviera. Se entretuvo lo justo para colocarse las botas de nieve de plástico maleable, que había mandado hacer a medida. Decidió dejar el motor en marcha. Abrió la puerta de un tirón, saltó al suelo y comenzó a andar con zancadas largas y lentas, pese a que la nieve le llegaba por la cintura. Contempló el amasijo de metal y dio una vuelta a su alrededor. Algo que se encontraba por detrás del destrozado parabrisas tintado llamó su atención, de modo que se acercó para echar un vistazo. Dentro había una figura, acurrucada en posición fetal. Un cadáver congelado. Si se trataba de un norteamericano, ya tenía su prueba. Baylander se incorporó y fue hasta la puerta de la cabina. Aunque sabía que el tirador estaría inservible, lo intentó de todas maneras. Estaba completamente congelado. Así las cosas, cogió su porra de metal, hizo añicos la ventanilla lateral y entró con mucho cuidado. El hombre yacía sobre los asientos de piel. Baylander le dio la vuelta. El rostro blancuzco había pertenecido en otro tiempo a un hombre bastante atractivo. Durante un largo minuto, Baylander se quedó con la vista fija en aquella aparición fantasmagórica; después se inclinó para comprobar que no respiraba. Y así era. Baylander procedió entonces a desabrochar el abrigo del cadáver, bajo el que descubrió un uniforme de los inspectores de armas de la CNUA. Me cago en la puta, pensó. Debía de ser uno de los nuestros, uno del primer equipo. No encontró identificación alguna. Examinó el cuerpo para determinar la hora de la muerte. No podía haber transcurrido mucho tiempo, decidió; tal vez unas veinticuatro horas, ya que el cadáver estaba comenzando a adquirir un tono azulado. Algo muy interesante, dado el tiempo que llevaba allí. La cabina debía de haber protegido al inspector de los rigores del clima, de manera que había sobrevivido más tiempo del que creía. Baylander supuso que las últimas horas de aquel hombre habían sido una mezcla inmisericorde de semiinconsciencia, delirio y el lento deterioro de los órganos vitales. Debía de haber sido una manera muy desagradable de morir. Se quitó los gruesos guantes y colocó dos dedos sobre la arteria carótida. Para su absoluto asombro, percibió un débil asomo de pulso. 39 Dos días después del amanecer Conrad Yeats se despertó a la tarde siguiente en una habitación de la enfermería principal de la Estación McMurdo. Yació inmóvil durante bastante tiempo, hasta que poco a poco fue tomando conciencia de que tenía las manos vendadas y uno de los hombros en cabestrillo. Tenía la cabeza como un bombo. Encontró un timbre y lo pulsó con una mano vendada, pero la enfermera de la Marina que acudió le dijo que no se moviera. Así lo hizo y, retazo a retazo, fue recolectando los sucesos que tuvieron lugar el día anterior hasta media mañana. A medida que lo hacía fue esbozando un dibujo, para lo que tuvo que sujetar el lápiz entre las dos manos. Después, volvió a sumirse en el sueño. Cuando se despertó, había una mujer sentada junto a su cama. Ella le sonrió. La miró. —Como las habitaciones de los hospitales de antaño: una cama y una monja —dijo. Intentó sonreír, pero le dolía. Su voz apenas podía considerarse un susurro—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí? —Apenas unos minutos —respondió ella con una cálida sonrisa. Sin embargo, Conrad sabía que estaba mintiendo. Se había despertado en mitad de la noche y la había visto dormir en aquella misma silla. En aquel momento, había creído que estaba soñando. —Estás viva. Extendió un brazo para agarrarle la mano y Serena le tocó los vendajes. —Igual que tú, Conrad. — ¿Y el resto del mundo? —Todo está bien. —Una lágrima rodó por su mejilla— gracias a ti. — ¿Qué se sabe de Yeats? Serena pareció ponerse rígida. —Supongo que ya debe de haber pasado Plutón. — ¿Crees que lo que dijo sobre mí era una locura? —Buscó su mirada. —No más que una ciudad perdida bajo un casquete polar. Conrad pensó un segundo lo que iba a decir. — ¿Significa eso que es una locura o que es verdad? —Ya no hay ciudad, Conrad —dijo ella—. Todo este asunto ha terminado. Está acabado. Finito. ¿Me comprendes? —No mucho —le dijo—. He hecho un descubrimiento cojonudo, Serena. Mira esto. Le enseñó el tosco bosquejo de la barca solar que había dibujado. Serena frunció el ceño. Era tan hermosa... —Ni se te ocurra decirme que me lo he inventado —le advirtió. —No, no lo has hecho —replicó ella—. Lo he visto antes. Los planos originales del Monumento a Washington tenían este mismo aspecto hace unos doscientos años, incluida la rotonda de la base que ahora falta. Conrad estudió el dibujo y se dio cuenta de que Serena tenía razón. De repente, decidió que tendría que volver a Washington. Allí se encontraba la propiedad de su padre, por supuesto, y tendría que atar los cabos sueltos. Quizás alguno de esos cabos incluyera ciertos archivos de la oficina del general Yeats en la DARPA. Un nuevo viaje comenzaba a tomar forma en su mente, pero al parecer a Serena no le gustaba lo que estaba viendo. —Escúchame, Conrad —comenzó a decirle con amabilidad, casi de forma seductora—. Eres un magnífico arqueólogo, pero un aficionado en todo lo demás. No vas a publicar nada. No vas a producir nada. Entre otras cosas, porque no hay nada. No hay cetro de Osiris. Nada. El único recuerdo de nuestra gran escapada es el mapa de Sonchis, y se vuelve conmigo a Roma. Conrad desvió la vista hasta la mesita de noche. — ¿Dónde está mi cámara? — ¿Qué cámara? Conrad se quedó muy quieto. — ¿Qué pasa con nosotros? —No hay un nosotros. No puede haberlo. ¿No te das cuenta? —El dolor inundaba sus ojos—. No tienes ninguna historia que contar. No tienes pruebas. La ciudad se ha perdido. Lo único que queda es tu palabra al respecto. Si insistes en contarlo todo, nadie te creerá, excepto los amigos de Zawas en Oriente Medio, que te perseguirán. Has acabado siendo la víctima de tus locas ambiciones. Tienes suerte de seguir con vida. — ¿Y qué pasa contigo? —Soy la directora de la Sociedad Australiana para la Preservación de la Antártida y consejera de la Comisión de las Naciones Unidas para la Antártida, que investiga las violaciones de los protocolos medioambientales establecidos en el Tratado Antártico Internacional —contestó. — ¿Eres todo eso? —Fue mi equipo el que te encontró en el hielo —continuó ella—. Dado que eres el único testigo de los supuestos hechos, cualquier información que pudieras aportar sería bienvenida. La incluiré en mi informe a la Asamblea General. — ¿Te eligieron para que escribieras el informe? Conrad dejó escapar una débil carcajada. Por supuesto que lo habían hecho, se dijo. ¿Quién más reunía el reconocimiento internacional y la pasión necesaria en lo referente a la conservación de aquel enorme y virgen continente blanco? Serena se puso en pie para marcharse. Cuando bajó la mirada para observarlo, sus ojos desbordaban ternura, pero su cuerpo estaba rígido por la determinación. —Menuda suerte tienes. —Se inclinó y le dio un beso en la mejilla—. Los ángeles de Dios te protegen. —Por favor, no te vayas. —Lo decía muy en serio. Tenía miedo de no volver a verla nunca más. Serena se dio la vuelta con la mano en el tirador. —Deja que la Madre Tierra te dé un consejo, Conrad. —Hablaba con fortaleza, pero él se dio cuenta de que intentaba reprimir las lágrimas—. Vuelve a los Estados Unidos, haz que alguna otra alumna se enamore de ti y limítate a las conferencias universitarias y a las baratijas de los turistas. Olvida todo lo que sabes que viste en este lugar. Olvídate de mí. —Y una mierda —contestó cuando ella cerró la puerta. Se quedó mirando a la nada durante lo que le pareció una eternidad, con la mente puesta en Serena. Después, una enfermera entró y rompió el hechizo. —Tiene una llamada telefónica —le dijo—. Y el doctor me ha dicho que puede usted beber café si lo desea. Me ha costado un montón encontrar el termo que usted quería. —Tiene valor sentimental —le dijo a la enfermera cuando esta dejó el termo en la mesita de noche—. La doctora Serghetti fue muy amable al guardarlo por mí. Espero que lo reemplazara como le pedí. —Envolví para ella uno igual con su regalito en el interior —respondió la enfermera—. Volveré con su café en un par de minutos. —Gracias —le dijo cuando se marchaba. Miró pensativo el termo antes de levantar como pudo el teléfono con las manos vendadas. Se trataba de Mercedes, su productora de Antiguos enigmas del universo en Los Ángeles, que se reía al otro lado de la línea. Lo sucedido en Nazca durante su último encuentro estaba ya olvidado y perdonado. —Acabo de ver las noticias en Internet—dijo ella—. ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien? Conrad sostuvo el teléfono con el hombro bueno. Por alguna extraña razón, se sentía contento. —Estoy bien, Mercedes. —Estupendo. ¿Cuándo podrás ponerte en marcha de nuevo? Se abrió una rendija en la puerta y Conrad pudo ver que dos policías militares de la Marina de los Estados Unidos hacían guardia fuera. —Dame un par de días. ¿Por qué? —La audiencia es floja y las cadenas buscan algo de relleno. Hemos preparado un especial que trata justamente de tu campo. ¿Qué te parece Luxor? Conrad suspiró. —Ya no queda nada para mí en aquel lugar. —Imagínate a ti mismo de pie entre las ruinas de una ciudad de esclavos —dijo Mercedes—. Le revelarías al mundo que el Éxodo sucedió de verdad. Incluso hemos conseguido una estatua de Ramsés II perteneciente a la decimonovena dinastía egipcia para demostrarlo. Tus honorarios serían el doble de los habituales. Lo único que tienes que hacer es asegurarte de hacer las paces con los egipcios. ¿Cuándo puedes empezar? Conrad lo meditó un momento. —Dentro de un mes —le respondió—. Antes tengo que hacer una parada en Washington. —Maravilloso. Y ya que estamos, este asunto de la Antártida... ¿Hay historia? —No, Mercedes —replicó Conrad con lentitud—. No hay ninguna historia. 40 Tres días después del amanecer Roma El avión de Serena procedente de Sydney llegó a Roma con la puesta de sol. Benito la recogió con un sedán negro y la llevó al Vaticano para que le presentara su informe al Papa. Hablaron en privado hasta casi las tres de la madrugada. Al final, Su Santidad colocó sus temblorosas manos sobre la frente de Serena y susurró una breve plegaria. —Bien hecho —dijo sin más—. La ciudad ha quedado enterrada, los norteamericanos apenas si conocen la mitad de la historia, que además se reservarán para sí, y las Naciones Unidas ya pueden concentrar sus esfuerzos en causas más productivas. Y, puesto que el coronel Zawas ha desaparecido, todas las evidencias se han desvanecido. Aquello era cierto en su mayor parte, pensó Serena. No obstante, los recuerdos seguían estando en su sitio. Y dudaba mucho que alguna vez pudiese hacerlos desaparecer. El Papa la miró a los ojos. — ¿Qué hay del doctor Yeats? —No dirá nada —contestó Serena—. Y si lo hace, nadie lo creerá. Tengo su cámara digital y el mapa original de Sonchis. Serena buscó en su mochila y sacó un termo verde. El Papa se inclinó hacia delante con expectación mientras ella palpaba en busca de la cubierta exterior y fruncía el ceño. No había tal cubierta exterior. Era otro termo. — ¿Algún problema? —preguntó Su Santidad. Serena recordó la visita a Conrad y la lacrimógena despedida. — ¡Lo robó! El arrugado rostro del Papa esbozó una amplia sonrisa, y se echó a reír con más fuerza de lo que ella le había escuchado reír jamás. Con tanta fuerza, de hecho, que comenzó a toser y tuvo que darle unas palmaditas en la espalda. Serena no le veía la gracia al asunto por ningún sitio. —Le prometo que encontraré la manera de recuperar el mapa. El Papa, que ya respiraba mejor, le hizo un gesto con su nudosa mano. —Creo que ese es su plan, hermana Serghetti. — ¿Hermana? —repitió ella—. Santidad, me... —Ha sido readmitida, si ese es su deseo. Serena guardó silencio. Era una oferta increíble, una segunda oportunidad que no se repetiría en toda su vida. —Pero, ¿por qué, Santidad? —le preguntó—. ¿Por qué ahora? —No viviré mucho más, hermana Serghetti —respondió—. Y no sé quién será mi sucesor. Sin embargo, mientras el Señor tenga a bien mantenerme en la Tierra, le otorgaré todos los privilegios de semejante readmisión, incluido el acceso sin restricciones a los archivos del Vaticano. — ¿A los archivos? —repitió ella, asombrada. Solo dos o tres hombres (porque todos eran hombres) disfrutaban de semejante privilegio. El Santo Padre estaba dispuesto a compartir con ella los secretos más valiosos (y malditos) de la Iglesia—. Es muy tentador, Santidad. Me tienta con el conocimiento, casi del mismo modo en que la serpiente lo hiciera en el Jardín del Edén. —Esto no es ninguna tentación, hermana Serghetti, se lo aseguro —afirmó el Papa—. Es una realidad. Un regalo. Y, si estuviera en su lugar, lo aceptaría. Porque aquel que me suceda podría no ser tan benevolente con usted como lo he sido yo. Serena lo comprendía, pero seguía sin decidirse. Declararse de nuevo de modo oficial como prometida de Cristo la apartaría permanentemente de Conrad y acabaría con cualquier posibilidad de que alguna vez consumaran su relación. El Papa pareció percibir su conflicto interior. —Usted ama al doctor Yeats —dijo. —Sí, así es —replicó ella, perpleja al escuchar las palabras que salían de su boca. —En ese caso será consciente, sin lugar a dudas, de que él corre más peligro ahora que nunca. Serena asintió. De alguna forma, lo había presentido desde que abandonara la Antártida. —Necesitará de todos los medios del Cielo y la Tierra para protegerlo —dijo el Papa. — ¿Proteger a Conrad? —inquirió ella—. ¿De qué? —Todo a su debido tiempo, hermana Serghetti, todo a su debido tiempo. En estos momentos tenemos obligaciones más apremiantes. ¿Qué podía ser más apremiante que aquello?, se preguntó Serena cuando el Papa le mostró la portada del International Herald-Tribune. —Cuatro monjas han sido violadas y asesinadas en Sri Lanka por nacionalistas hindúes relacionados con el gobierno —le informó—. Los crímenes cometidos contra los musulmanes se han vuelto contra los cristianos una vez más. Debe ir allí a primera hora de la mañana y hacer lo que mejor se le da: defender nuestra causa ante la atenta mirada del mundo. —Pero la mañana ya ha llegado, Santidad. —Sí, debe de estar agotada. Descanse unas cuantas horas. Serena asintió. Las preocupaciones del mundo real eran demasiado abrumadoras; tanto que incluso expulsaron de su mente cualquier pensamiento acerca de una civilización perdida enterrada bajo el hielo. Había batallas más grandes a tener en cuenta, comprendió, batallas contra el odio, la pobreza y la enfermedad. —Haré lo que me pide —respondió Serena antes de hacer una pausa—. Primero, iré a Sri Lanka para documentar los crímenes. Después me dirigiré a Washington D.C. y presentaré el asunto al Congreso de los Estados Unidos antes de exponerlo ante las Naciones Unidas. —Muy bien. Permitió que Benito la llevara a su apartamento con vistas a la Piazza del Popolo. Era una habitación sencilla, con solo una cama y una mesita de noche. Sin embargo, se sentía mucho mejor ahora que había regresado a su propio mundo, aquel en el que había tomado los hábitos por primera vez. Había un crucifijo en la pared, junto a las puertas correderas que enmarcaban una pálida Luna. Se arrodilló delante de él con las primeras luces del alba. Cuando levantó la mirada hacia la figura de Cristo, le confesó a Dios su arrogancia al creer que sabía más del sufrimiento y la pérdida que Él, y le agradeció Su redención de los pecados de la humanidad a través de Jesús. A continuación, caminó hasta el balcón y contempló la piazza con el obelisco egipcio que Augusto había hecho traer a Roma unos dos mil años atrás. El monumento le recordó otro obelisco, uno enterrado en una pirámide bajo tres kilómetros de hielo en la Antártida. En ese momento se preguntó si realmente había sido la obra de redención de Cristo en la cruz lo que había roto la maldición de los antiguos «hijos de Dios» y salvado al mundo, o si por el contrario había sido el acto de un hombre ateo como Conrad, que había sacrificado la obsesión de su vida y devuelto el obelisco a la cámara estelar. Al final, llegó a la conclusión de que lo último no podría haber ocurrido sin lo primero. Mientras escuchaba los alegres sonidos del tráfico de una ciudad que nunca dormía, se metió la mano en el bolsillo y sacó el mechón de cabello que había cortado de la cabeza de Conrad. A su debido tiempo, si alguna vez era capaz de alejarse de él, lo mandaría analizar. Por el momento se limitó a rezar por el alma inmortal de Conrad Yeats, quienquiera que fuese, y por su propio perdón, a pesar de que en el fondo de su corazón sabía que, de una forma o de otra, volverían a encontrarse.