El Milstar era el enlace de comunicación entre el presidente y el Alto Mando militar. La Red de Conferencias de Voz de la Comandancia Militar, que había costado 17.000 millones de dólares, estaba diseñada para permitir que el Alto Mando debatiera la posibilidad de que un misil balístico amenazara los Estados Unidos y, en caso de que fuera cierto, decidir qué respuesta sería la adecuada. —Prioridad uno, señor. —Ya voy. Warren le dio un último sorbo al café al tiempo que contemplaba el resistente Black Hawk en el que trabajaban varios de sus operarios de mantenimiento en uno de los extremos de cubierta... por órdenes expresas suyas. Después tiró la taza de poliestireno al suelo del hangar, donde el agua se encargó de llevársela. En el interior del centro de información de combate del Constellation, el agua solo llegaba a la altura de los tobillos. Warren entró y se encontró con que su segundo al mando, McBride, estaba sentado a la mesa de conferencias. Junto a McBride, para sorpresa y consternación de Warren, se hallaba el pirado de Greenpeace del Arctic Sunrise que la CNN había ensalzado. Tecleaba sobre un portátil de colorines que parecía de juguete. Warren frunció el ceño. — ¿Qué está haciendo este civil aquí, McBride? —Es Thornton Larson, un doctor en Geofísica del Instituto Tecnológico de Massachusetts —explicó McBride—. Ha revisado las imágenes que hemos descargado del Milstar y tiene algo que decirle. — ¿No podían haberse encargado los oficiales de eso, McBride? El segundo respondió: —Los datos son tan anómalos, señor, que necesitábamos una segunda opinión. El doctor Larson ha llegado a algunas conclusiones muy interesantes. Warren se sentó y estudió al desaliñado Larson. El capullo ni siquiera sabía lo que era una cuchilla de afeitar, pensó, y McBride le estaba revelando secretos que concernían a la seguridad nacional. —Ilumíneme, Larson. —He sido capaz de recuperar la última imagen de un satélite que pasaba sobre nosotros antes de que ese PEM lo dejara frito —dijo Larson con nerviosismo—. La he limpiado y aquí está. Warren miró la enorme pantalla que había en la pared. Apareció una imagen azul de la Antártida, algo con lo que Warren había llegado a familiarizarse durante esos días. Sin embargo, en medio de la imagen o, mejor dicho, en el centro de la Antártida Oriental, se veía un punto entre amarillo y parduzco. — ¿A que es alucinante, tío? —Larson solo podía emocionarse ante su propio trabajo. —Dios Todopoderoso, dígame que eso es una tormenta o algo por el estilo y no una zona cero —dijo Warren. Larson fijó la imagen en la pantalla de la pared. —Muy bien, señor Zona Cero, ¿está listo para echar una miradita más de cerca? El punto amarillo parduzco de la pantalla comenzó a agrandarse píxel a píxel, hasta que Warren se encontró contemplando un cráter en el hielo, en cuyo fondo se hallaba un complejo de pirámides, templos y canales. Warren llegó a la conclusión de que el chaval los estaba tomando por tontos. —Se cree muy gracioso, ¿verdad, Larson? —preguntó mientras se ponía en pie—. Veamos qué gracia le encuentra al calabozo. —Por favor, señor —intercedió McBride—. Lo hemos comprobado y este tipo no ha modificado nada. Warren volvió a sentarse muy despacio. Sus pensamientos volaron de inmediato hacia Yeats. El hijo de puta debía de saberlo todo desde el principio. — ¿Quiere decir que lo que estoy viendo en esa pantalla es real? —Lo que ve es un hecho consumado, como una banda que toca en un garaje a punto de saltar a la fama —dijo Larson—. Esto no es más que el primer single de un disco que yo llamo Cacofonía de la Madre Naturaleza en el Día del Juicio Final. Warren le lanzó una mirada a McBride, esa que indicaba que se estaba jugando el culo con aquello; mirada que McBride tuvo a bien reconocer. —Préstenme atención, chicos —dijo Larson. Warren levantó la vista hasta la pantalla de la pared. La imagen de una antigua ciudad rodeada por el hielo había desaparecido. En su lugar había algo en el centro que rotaba y parpadeaba con cada caída de tensión del sistema eléctrico del portaaviones, y tenía toda la pinta de una imagen térmica del Sol en el espacio. —Dígame qué estoy viendo en esa pantalla, Larson. —El núcleo de la Tierra, chaval —dijo Larson—. ¡El núcleo! Una nueva técnica muy parecida a una ecografía nos permite generar una imagen del interior del planeta. He utilizado la última versión de PowerPoint en mi G5 para generar... Warren agitó la mano con impaciencia. —Vaya al grano. —Tío, la Tierra es como una cebolla: está hecha a base de capas —explicó Larson—. Y es una cebolla que rota, que no deja de crear huracanes y tormentas en su atmósfera. Sin embargo, el núcleo gira de forma independiente, y cualquier cambio que lo afecte puede tener consecuencias importantes en sus proximidades, y también en la superficie del planeta. Y hablo de CONSECUENCIAS, en mayúsculas. — ¿Se refiere a terremotos y maremotos? —preguntó Warren. —De los buenos —dijo Larson—. Albert Einstein, el padre de la Teoría de la Relatividad, llegó a exponer algunas hipótesis según las cuales la corteza exterior, la litosfera, se desplaza periódicamente sobre la astenosfera debido a la acumulación de hielo en las regiones polares. — ¿Qué está intentando decir? —Lo que digo, chaval, es que parece que vamos a presenciar lo que se conoce como «desplazamiento de la corteza terrestre». Supongo que vosotros los militares preferís un acrónimo que suene perverso, como DCT. Warren no tenía ni idea de lo que se había fumado aquel tipo, pero era necesario saber adonde los conducía aquella teoría. — ¿Y qué va a hacer este DCT? —Bueno, en este punto es cuando se pone seria la cosa —contestó Larson—. La Antártida se verá desplazada hasta el Ecuador y América del Norte va a quedar más o menos en el Círculo Polar Ártico. Otra imagen digitalizada apareció en la pantalla, aunque en aquella ocasión era de la Tierra. Warren sintió que su propia temperatura aumentaba al ver cómo la Antártida se desplazaba hacia el centro del globo, ya libre de hielo, y cómo América del Norte era empujada hacia la parte superior del mapa. —Así que lo que me está diciendo es que sería mejor que nos quedáramos aquí y nos tostáramos en las playas de la Antártida en lugar de congelarnos el culo en los Estados Unidos, que van a quedar sepultados bajo tres kilómetros de hielo. — ¡Bingo! —exclamó Larson—. ¡Bingo para el caballero! Un DCT podría causar que la extinción se produjera a diferente velocidad en los distintos continentes, según las variaciones de la latitud. He trazado un mapa donde figuran las líneas de destrucción extrapoladas, que llamaremos LDE. ¡Anda, he creado unas siglas nuevas! Bueno, resulta que estas LDE son de lo más alucinantes, si no te importa que lo diga. De vuelta a la pantalla, Larson trazó un círculo alrededor del globo que atravesaba el Polo Norte y el Polo Sur. —La línea de mayor desplazamiento atraviesa América del Norte, el oeste de América del Sur, parte en dos la Antártida, viaja hacia el sureste asiático, pasa por Siberia y vuelve de nuevo a América del Norte. Todos los continentes por los que pase la línea de mayor desplazamiento, o LMD, van a experimentar extinciones en masa. —Nadie puede adivinar el futuro —dijo Warren, que no se sentía muy cómodo con aquella alarmista certidumbre verde—. Si leyera alguna vez las previsiones del Pentágono con más de cinco años de antigüedad, lo sabría. ¿Cuánto le llevará a este supuesto anillo de muerte extinguirnos a todos? —No es más que una estimación, pero mi diseño prevé que comenzará un DCT dentro de un par de días, y que el proceso se habrá completado, a lo sumo, en una semana. Warren estaba perplejo. — ¿Toda esa destrucción en apenas unos pocos días? —Colega, si según el Génesis a Dios le llevó seis días crear el universo —dijo Larson—, ¿por qué iba a llevarle a un DCT más tiempo destruirlo? Es como una espiral que, una vez que alcanza su punto límite, se despliega a una velocidad devastadora e imparable. Warren se inclinó hacia delante. — ¿Ha ocurrido antes? —Varias veces. —Y me figuro que usted estaría allí para cuantificar todas esas veces. —Ojalá —dijo Larson—. La última vez fue hace unos 11.600 años, sobre el 9.600 a.C. Es la fecha en la que los informes geológicos datan los cambios climáticos que devastaron el planeta. Se fundieron bloques de hielo gigantescos que aumentaron el nivel de los océanos. Pereció un gran número de mamíferos descomunales y se produjo un repentino flujo de personas hacia las Américas. Fue todo un espectáculo, ¿sabéis? — ¿Y esto sucede cada doce mil años, más o menos? —No, en realidad cada 41.000 años —explicó Larson, que de pronto había alcanzado su propio límite y estaba perdiendo fuelle. Se dejó caer en el asiento—. No debíamos enfrentarnos a otro DCT hasta dentro de unos treinta mil años. Por algún motivo, el ciclo se ha acelerado. No sé cómo. Tampoco Warren lo sabía, pero estaba casi seguro de quién era el responsable. — ¿Y cuánto falta hasta que alcancemos el comienzo del proceso? —exigió saber—. ¿De qué tipo de cuenta atrás estamos hablando? —El DCT debería comenzar durante el amanecer de mañana. —Larson comenzó a contar con los dedos con mirada perdida—. Mierda, eso nos deja menos de quince horas. Una última noche para probar suerte antes de que todo se vaya al garete. El almirante Warren solo acertó a quedarse mirando al chaval con la esperanza de que el doctorado se le hubiese subido a la cabeza y estuviese desvariando. En caso contrario, a todos se les habría acabado la suerte. 24 Catorce horas para el amanecer Serena se paseaba de un lado a otro de la cámara estelar geodésica mientras esperaba el regreso de Conrad. Algo había salido terriblemente mal. Podía olerlo en el aire y sentirlo en los huesos. Había ocurrido algo a gran escala, algo muy profundo. Tenía el estómago revuelto, como cuando no comía ni bebía nada durante horas, excepto una taza tras otra de café expreso. Ojalá hubiese solucionado sus dudas antes, o se hubiese mostrado más persuasiva con Conrad, o hubiese enredado más a Yeats... Mientras paseaba y meditaba, contempló con inquietud el altar vacío que había en el centro de la estancia. Por un terrorífico momento se había abierto como la boca del Infierno, incinerando a Kovich y tragándose a Yeats. Tal vez fuera un respiradero geotérmico de algún tipo, algo que servía como espita al calor del interior de la tierra y que retenía su poder. Después de todo, las celdas de combustible más avanzadas diseñadas por los ingenieros humanos generaban productos derivados del calor y del agua. Y la P4 tenía ambas cosas en enormes cantidades. En cualquier caso, concluyó, la P4 estaba siguiendo las instrucciones preprogramadas de los constructores, quienesquiera que fuesen. Y estaba claro que su intención no había sido otra que la de crear algún tipo de suceso que provocara la extinción global, a menos que a la humanidad se le ocurriera algún tipo de momento «más honorable» para justificar su existencia. Miró a uno y otro lado antes de meter la mano en su mochila para sacar el cetro de Osiris. Sostuvo el resplandeciente obelisco entre las manos. Guiada por el instinto le había mentido a Conrad, incapaz de decirle que era ella quien tenía el objeto. Se acercó al altar vacío y colocó el cetro en su base redondeada. Todo empezó a temblar cuando el techo estrellado de la cámara geodésica comenzó a girar. Trató de colocar el firmamento tal y como estaba antes de que Conrad quitara el obelisco. El movimiento se detuvo y ella esperó. No ocurrió nada. Fuera lo que fuese lo que había hecho Conrad, no podía revertirse. Y lo mismo podría decirse de su virginidad. Estaba claro que ella no era más «honorable» que él. Quitó el obelisco del altar y sintió un estremecimiento proveniente de la pared que tenía a las espaldas. Se giró para descubrir que las cuatro puertas de la habitación se abrían una tras otra. Durante un largo minuto permaneció allí de pie, inmóvil, preguntándose qué hacer. A continuación miró el obelisco que tenía en las manos. Había algo en él que parecía diferente. El lateral que tenía los cuatro soles había cambiado. Ahora había seis, y el sexto Sol era el más grande. Sus peores miedos se habían convertido en realidad: acaecía el amanecer de una nueva era, un acontecimiento que solo podía suponer el final de la antigua. Lo que no había cambiado era la inscripción que decía que el lugar al que pertenecía el cetro de Osiris era el Santuario del Sol Primigenio. Comprendió que, en algún lugar de las cercanías, había una estructura semejante a la P4, un monumento dedicado a una época del tiempo. Si la P4 era la Pirámide del Cuarto Sol, entonces el Santuario del Sol Primigenio debía de haber sido construido durante el Tiempo Primordial o Génesis. Si Conrad estaba en lo cierto, el Génesis había sido el «momento más honorable», puesto que al principio Dios había mirado Su creación y había dicho que era «buena». Tenía que encontrar ese Santuario del Sol Primigenio y descubrir su secreto, decidió. Solo así podría reubicar la cámara estelar y colocarla en el momento más honorable, con el fin de detener lo que fuera que estaba ocurriendo. Pero, ¿dónde se encontraba el santuario, y cómo podría reconocerlo siquiera? Conrad lo sabría. Caminó hacia el parche cuadrado de luz que había bajo el pasadizo meridional y siguió con la mirada la cuerda que había utilizado él para ascender. Había un resquicio de luz al otro extremo. ¿Por qué tardaba tanto? Se apartó del pasaje y contempló la estancia vacía. La mochila de Yeats estaba en el suelo. Ya la había revisado una vez, pero en ese momento notó que el forro de la parte trasera no era normal. Con una inspección más concienzuda, descubrió que había algo cosido por dentro. Sacó un cuchillo militar de la propia mochila y lo utilizó para rasgar el forro. Dentro encontró una especie de plano plegado. Parecía el dibujo técnico de algún tipo de columna. Entonces, de repente, reconoció la «columna» como el obelisco que tenía en la mano: era exactamente igual, con base redondeada incluida. Tal y como sospechaba, los norteamericanos sabían mucho más acerca de ese lugar de lo que Yeats había admitido. Estaba claro que el general tenía ese plano antes de que entraran siquiera en la P4, y mucho antes de que encontraran el obelisco. De alguna forma, Yeats sabía que el cetro de Osiris estaba allí abajo antes de verlo siquiera. Lo más probable era que esa increíble historia acerca de que había encontrado a Conrad en el hielo no fuera cierta, se dijo. No era más que una treta para jugar con las emociones de Conrad durante semejante situación de crisis. Incluso Conrad pensaba lo mismo. Sin embargo, Conrad había murmurado algo antes de despertar, algo sobre lo que ella había estado meditando desde entonces. Había parecido un gemido de dolor, pero había algo en la estructura, la sintaxis y el acento del sonido que le resultaba familiar. Y pensándolo bien, se dio cuenta de que Conrad había repetido la palabra «mamá» en algún tipo de idioma pre-aimara. Sin embargo, no había forma de que él pudiera saberlo. Un escalofrío le recorrió la espalda. Quizá Conrad fuera un atlante, después de todo. O quizá ella estuviese loca. Cogió el obelisco y lo comparó con el del plano. Parecían idénticos, salvo por las marcas que, como acababa de comprobar, poseían la capacidad de cambiar. Abrió su mochila y sacó el termo de café. Giró la cubierta exterior hasta que se desprendió y, a continuación, la separó del termo como si de una funda se tratara. Después, enrolló el plano alrededor del tubo interior y volvió a colocar la cubierta externa, girándola hasta encajarla de nuevo. Era un escondite en el que había aprendido a confiar más de una vez durante sus viajes. Acto seguido, volvió a colocar el termo en la mochila. Levantó la vista para observar el pasadizo meridional, pensando que no debería marcharse sin Conrad. Pero llevaba demasiado tiempo fuera, se dijo mientras contemplaba la puerta abierta. No podía esperar eternamente. ¿Y quién podría decir hasta dónde conduciría el sendero de descubrimiento personal de Conrad? Ella, en cambio, sabía sin lugar a dudas lo que tenía que hacer. Tenía que llevar el cetro de Osiris al Santuario del Sol Primigenio. Albergaba la esperanza de poder descubrir allí el famoso Secreto del Tiempo Primordial que, de algún modo, le permitiría detener lo que estaba sucediendo. En cuanto a Conrad, era evidente que no podía confiar en él, al igual que no había podido confiar en Yeats. Por lo que sabía, no podía confiar siquiera en el Papa, ni en Dios. ¿Cómo había podido El permitir que sucediera aquello... otra vez? Pensó en la niña enterrada en el hielo. No podía sacarse de la cabeza la expresión de su rostro. Aquello ya había ocurrido antes, así que estaba claro que Dios iba a permitir que ocurriera de nuevo. Pero ella no. Introdujo el obelisco de nuevo en la mochila, se la colocó sobre el hombro y salió de la estancia por la puerta abierta. El túnel la condujo hasta una bifurcación al fondo de la galería principal y tomó el túnel del medio, que descendía hacia la entrada de la P4. Cuando salió del oscuro interior de la P4 a la luz del día, el Sol le pareció más brillante que nunca. Hacía calor, pero era esa clase de calor seco que a ella le gustaba. La Antártida era un desierto climático con o sin hielo, pensó mientras se protegía los ojos colocando una mano sobre la frente. Lo más probable, no obstante, era que el calor procediese de la enorme maquinaria geotérmica del subsuelo. Un minuto más tarde, una vez que sus ojos se acostumbraron a la luz, descubrió que se encontraba de pie en medio de una ciudad emplazada al fondo de algún enorme cráter. Las paredes de hielo se elevaban a lo lejos, sirviendo como telón de fondo espectacular para aquel desierto paisaje de pirámides, obeliscos, templos y canales. A lo lejos se escuchaba el rugido de una cascada. Cerró los ojos y respiró hondo. La oleada de aire fresco y rico en oxígeno abrumó sus sentidos. Al igual que el hecho de que, muy probablemente, se podría investigar durante siglos allí abajo. Aunque viviera un millar de vidas, apenas si estaría empezando a desentrañar los enigmas de la ciudad. En cualquier caso, se dio cuenta de que el descubrimiento había cambiado la historia de la humanidad. Aún con los ojos cerrados, creyó escuchar el ladrido de un perro. Ridículo, pensó, y comprendió que debería estar rezando, escuchando alguna llamada del Espíritu Santo o alguna sugerencia de Dios. No obstante, lo único que escuchaba eran esos ladridos que parecían estar acercándose y resultaban más irritantes a cada segundo que pasaba. Parpadeó para abrir los ojos, y al hacerlo vio al husky de Yeats, Nimrod, que trotaba hacia ella. La sorprendió sentir semejante alegría y lo llamó: — ¡Ven aquí, chico! El perro corrió hacia sus brazos y empezó a lamerle la cara. — ¿Te encuentras bien? —le preguntó—. ¿Todo el mundo está bien? Nimrod se giró de inmediato y comenzó a correr en otra dirección, deteniéndose para mirar hacia atrás. — ¿Quieres que te siga, chico? El animal ladró y siguió corriendo, pero en esa ocasión no se detuvo a mirar atrás. Serena siguió al perro durante media hora por lo que parecía ser el canal principal de la ciudad deshabitada. Sin embargo, cuanto más caminaba menos se parecía aquello a una ciudad. No había nada que sugiriera que alguien hubiese vivido realmente en esa meseta alguna vez. No había calles, solo canales. Algunos llenos de agua resplandeciente, otros secos. Y la tierra que había entre los pabellones era yerma. No había vida vegetal. Nada. Tal vez eso cambiara en unos cuantos días. Quizá las residencias se encontraran en las afueras, pensó, ocultas todavía bajo el hielo. Sin embargo, aquellos edificios, con su gélida magnificencia, le recordaban a una planta de extracción petrolífera abandonada, semejante a una ciudad que vio una vez cuando viajaba por el Mar Caspio, en la antigua Unión Soviética: kilómetros y kilómetros de cañerías oxidadas sobre las que podría conducir un camión, y fantasmagóricas refinerías que se extendían como cúmulos de porquería sobre el horizonte. También tenía la inquietante impresión de que alguien la observaba, pese a saber que era absurdo. No había nadie alrededor que pudiera verla. No obstante Nimrod estaba allí. Quizá hubiera otros. En ocasiones perdía de vista al perro, pero siempre podía escuchar sus ladridos. En ese momento, los ladridos se hicieron más fuertes y Serena se dio cuenta de que el animal la estaba esperando para mostrarle algo. A lo lejos pudo ver el objeto que resplandecía bajo la luz del Sol. Muy pronto llegó hasta un destrozado tractor Hagglunds que había a la orilla de un canal de agua. La cabina trasera estaba hecha añicos y había brillantes trozos de fibra de vidrio por todo el suelo. Sin embargo, la cabina delantera permanecía intacta. Serena caminó hasta la puerta del conductor, que estaba medio abierta, y la abrió de par en par. Soltó un jadeo cuando el cuerpo del coronel O’Dell cayó al suelo, junto a sus pies; la cabeza del hombre era una masa sanguinolenta y su cabello estaba lleno de pequeños trozos del panel de instrumentos. Nimrod olisqueó el cadáver con un gemido. Pobre O’Dell, pensó Serena, y cayó en cuenta de que tendría que enterrar su cuerpo. Eso sería lo más apropiado. No obstante, primero tenía que ver si el transmisor del tractor funcionaba, y si había comida y agua. Odiaba tener que admitirlo con O’Dell allí tumbado en el suelo, pero estaba famélica. Subió al interior de la cabina y buscó de forma sistemática algún teléfono vía satélite, armas, bolsas de comida, cualquier cosa. Sin embargo, allí no había nada, salvo una única ración del ejército y una radio de onda corta. Rasgó el envoltorio de la comida. Nimrod dejó claro que esperaba compartir el alimento cuando se acercó olisqueando a la cabina. —Bueno, está bien —dijo Serena—. Sube. Juntos dieron cuenta del almuerzo. Sin embargo, cuanto más masticaba Serena, más se daba cuenta de que tenía hambre de noticias, y no de otras cosas. Contempló la radio de onda corta preguntándose si funcionaría y deseando, casi de forma perversa, que no fuera así. Incapaz de soportarlo más, la encendió. Funcionaba. El ruido estático aumentó cuando subió el volumen y se dispuso a recorrer la banda de frecuencias en busca de la BBC. Cuando lo logró, la voz del locutor estaba cargada de tensión. —La evacuación masiva de las ciudades costeras de los Estados Unidos ya está en marcha —comentó el hombre—. Según los informes del gobierno federal, se ha permitido el acceso de los refugiados a los casi 650 millones de acres de terreno público que posee, casi un treinta por ciento de los Estados Unidos. Poco a poco fueron dando los detalles: el descomunal «incidente sísmico» acaecido en la Antártida había provocado el desprendimiento de un glaciar del tamaño de Texas, el hundimiento de las Maldivas y otras islas del Pacífico, las reuniones del Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York y una andanada de acusaciones hacia el gobierno de los Estados Unidos, que era acusado de haber realizado pruebas de armas nucleares secretas en la Antártida. Dios santo, pensó. ¿Qué hemos hecho? Serena contempló su comida y comprendió de pronto que ya no tenía hambre. Dejó que Nimrod terminara con lo que quedaba. Distintos comentaristas, analistas y científicos internacionales sopesaron la situación: algunos expresaron el temor de que el casquete polar se estuviese fragmentando; otros anunciaban que el aumento del nivel del mar podría inundar las ciudades costeras y las tierras que se encontraran por debajo del mismo, como Florida. Aquellos que tenían acceso a los puestos de poder confesaron haber oído rumores acerca de un posible desplazamiento en la corteza terrestre y una catástrofe geológica global. Serena apagó la radio y sacó el cetro de Osiris de su mochila. Lo miró fijamente, pensando en todo lo que había provocado hasta ese momento, y se le encogió el estómago. Abrió la puerta del asiento del acompañante. Nimrod saltó de la cabina, corrió hasta la orilla del río y comenzó a beber agua. Ella lo siguió y se agachó junto a él para mirar la orilla opuesta. Había una distancia de unos 150 metros. Después de comprobar que el perro no se encontraba mal por haber bebido, sacó una botella vacía de la mochila y la hundió en el agua. La corriente era tan fuerte que se llevó la botella al instante, de modo que metió una mano en el agua a modo de cuenco y sorbió. Estaba refrescándose el rostro, grasiento y lleno de polvo, cuando escuchó un aullido. Levantó la mirada y descubrió a Nimrod, que yacía de costado y respiraba con dificultad, con los ojos en blanco. Escupió el agua de la boca y lo observó de nuevo. — ¿Qué pasa, chico? —preguntó con preocupación mientras le acariciaba la oreja—. Por favor, dime que no es el agua. No lo era. De uno de los muslos de Nimrod brotaba sangre. Lo miró más de cerca. Parecía un agujero de bala. —Dios mío... —empezó a decir, pero en ese instante vio aparecer un brillante punto rojo en el peludo pecho del animal. Un segundo más tarde comenzó a manar la sangre a borbotones. Serena dio un salto hacia atrás y empezó a gritar. Una docena de soldados con uniformes de la CNUA apareció por el horizonte, la rodeó y la encañonó con los AK-47. El comandante avanzó unos pasos hacia ella y empezó a hablar por la radio. —Aquí, Jamil —dijo el hombre en árabe—. Tenemos un superviviente, señor. Una mujer. A Serena le pareció que tenía acento egipcio, y su suposición se vio confirmada cuando escuchó la respuesta por radio: —Tráigamela. —Sí, señor. Antes de que Serena pudiera moverse, Jamil hizo un gesto a uno de sus hombres y el soldado la arrojó al suelo, tras lo cual la sujetó con una mano, demostrando una fuerza considerable. Le rasgó el uniforme, metió una mano por dentro y la tocó de arriba abajo. — ¿Qué es esto? —preguntó el soldado, que tenía acento saudí, al tiempo que se apartaba con una navaja automática. El saudí sostuvo la navaja y abrió la hoja, arrancando aullidos de risa de sus camaradas. A continuación, lanzó la navaja al aire para enterrarla en el suelo. Sus ojos despedían fuego cuando se quedó de pie junto a Serena, con los brazos en jarras. Serena ya había tenido suficiente. El saudí estaba a punto de apartarse en el momento en que ella le asestó una patada en la entrepierna. Cuando el hombre se encogió de dolor, ella saltó y preparó la rodilla para golpearlo en la cara. Pero, de pronto, media docena de puntos rojos colorearon su pecho y Serena alzó la vista para ver los cañones de otros tantos AK-47 apuntados hacia ella. Levantó las manos a modo de rendición y observó al saudí al que había dado la patada. El hombre se retorcía en el suelo. Otro árabe se colocó tras ella; este era afgano, a juzgar por su acento, y la obligó a marchar fuera del círculo para presentarla ante su comandante, Jamil. Jamil parecía encantado con su actuación. —Ali, ¿qué tenemos aquí? —Se lo demostraré —dijo Serena en árabe, al tiempo que le daba un codazo en la cara al afgano que tenía detrás. El hombre soltó un alarido y dejó caer su rifle. Serena lo cogió y lo apuntó hacia el soldado herido. —Déjeme marchar —le ordenó a Jamil mientras hundía el AK-47 en la espalda del afgano—. O mataré a su hombre. —No podría hacer daño ni a una mosca, mademoiselle. Jamil sacó un Colt con la culata de nácar, lo apuntó hacia el rehén que mantenía Serena y lo mató él mismo. Serena contempló en atónito silencio cómo el afgano caía al suelo, dejándola de pie justo delante de la pistola de Jamil. —Entrégueme el cetro de Osiris, mademoiselle, o también la mataré a usted. — ¿Sabe lo del cetro? —Dispárele —le dijo otro soldado a Jamil. Este sonrió. —No antes de que me cuente todo lo que sabe. El viento arreció y Serena alzó la mirada para descubrir un helicóptero. Era uno de esos aparatos franceses en los que había volado un par de veces, un Z-9A, y al parecer pertenecía a los soldados de la CNUA, porque Jamil no parecía muy preocupado por su llegada. —He dicho que me dé el cetro. —Lo he escondido en un lugar seguro —dijo Serena—. Deje que me marche y se lo mostraré. Sin embargo, uno de los hombres de Jamil, que estaba inspeccionando la mochila, gritó de repente y sacó el obelisco. Jamil tomó el objeto en sus manos y lo examinó un instante, tras lo cual la miró y soltó una carcajada. —Dile al coronel Zawas que hemos encontrado el cetro de Osiris. 25 Trece horas para el amanecer Encaramado muy cerca de la cima de la P4, Conrad disfrutaba de una vista panorámica de la ciudad perdida a la luz de las últimas horas de la tarde. Si mi padre pudiera ver esto..., pensaba sin perderse detalle desde la entrada del túnel exterior. La ciudad consistía en una serie de canales de agua concéntricos, diseñados sobre una cuadrícula. Desde el complejo central, en el que se alzaba la P4, se extendían unas amplias avenidas flanqueadas por templos y diversos pabellones. El trazado le recordaba a la Avenida de los Muertos en Teotihuacán, México, e incluso al National Malí de Washington D.C. Con una extensión aproximada de kilómetro y medio de largo, la necrópolis tenía su centro en la P4; en el extremo oriental podía verse una estructura parecida a una esfinge; y, en el lado opuesto, una pirámide escalonada de la que caía el agua en varias cascadas que resplandecían bajo la luz del Sol. Las dimensiones eran espectaculares. Lo más sorprendente de todo era el hecho de ver cómo los diferentes anillos concéntricos en los que se alzaban los pabellones se movían con lentitud hasta quedar anclados en su lugar. ¿O era la P4 la que rotaba de modo casi imperceptible? Conrad no habría sabido decirlo. En cualquier caso, los constructores habían hecho mucho más que erigir una ciudad alineada con las estrellas antes de que un antiquísimo desplazamiento de la corteza terrestre moviera el continente: construyeron una urbe en la que, de algún modo, los monumentos cambiaban de posición con el fin de ajustarse con cada nueva alineación, tal vez a través de la presión hidráulica del agua que fluía por las venas de la propia ciudad. Intentó absorber el celestial paisaje que tenía ante sí, grabar su imagen en la memoria de modo que jamás pudiera olvidarla. No obstante, la magnitud de su escala desafiaba toda comprensión. Probablemente hubiera más de 2.000 hectáreas de ciudad para explorar, dentro de un cráter de hielo cuyos muros se alzaban a más de tres kilómetros de altura a lo largo del perímetro. Y esa era tan solo la parte de la ciudad que podía ver. Asumió que lo que tenía delante formaba parte de una metrópolis mucho mayor. Estuvo tentado de dejarse caer por el pasadizo para explicarle a Serena lo que había encontrado, aunque solo fuera para convencerse él en el proceso. Sin embargo, sabía que, antes de nada, tenía que inmortalizar esa imagen. Sacó la cámara digital y comenzó a grabar el valle que se extendía a sus pies. Sin tener en cuenta cualquier otra cosa que pudiera llevarse de ese lugar, al menos tendría esa imagen, la prueba de que había sido la primera persona en 12.000 años en vislumbrar la época más antigua de la humanidad. Tal vez fuera el primer humano que contemplaba una civilización de origen alienígena. Tal vez fuesen sus propios antepasados, si creía lo que Yeats le había contado. No obstante, las revelaciones del general habían proporcionado más preguntas que respuestas. A todas luces, habían abierto una brecha entre Serena y él. No le había pasado desapercibida la incertidumbre con la que ella lo había observado en la cámara estelar. Lo que no tenía claro era si esta se debía a lo que él era en realidad o a lo que había hecho. Sin embargo, los aguijonazos de culpabilidad que le producía saber que esa obsesión le había costado la vida al único hombre que podía haber respondido sus preguntas —Yeats— se negaban a desaparecer. La realidad era que el único padre que había conocido estaba muerto. Me quería, pensó Conrad. Lo hizo lo mejor que pudo. Incluso trató de decírmelo a su modo. Sin embargo, Yeats estaba muerto y ya no cabía la posibilidad de que se produjera la reconciliación entre padre e hijo que el general se merecía. Conrad sintió un ataque de náuseas, pero lo frenó con una honda bocanada del fresco aire antártico y se preguntó qué diría Yeats de encontrarse en aquella situación. Y la respuesta fue de lo más clara y contundente. Su padre habría citado la frase de algún militar, como la que el almirante Mahan de la Marina de los Estados Unidos pronunció durante la Revolución: «Cuando se dispongan a hacer algo, comiencen por decidir cuál será su objetivo. Una vez que lo hayan decidido, no lo pierdan nunca de vista». Conrad tenía muy claro su objetivo: trazar el mapa de la ciudad y encontrar el Santuario del Sol Primigenio, que no era sino una reminiscencia del Tiempo Primordial. En el santuario se encontraría el Asiento de Osiris, idéntico al que había visto en el sello real. Si pudiera llevar el cetro desde la cámara estelar hasta el santuario, solo tendría que ocupar el Asiento de Osiris para desvelar así el Secreto del Tiempo Primordial; sin lugar a dudas, «la época y el lugar de los más honorables». Sostuvo la cámara en alto y grabó a derecha e izquierda, desde el cielo hasta el suelo. Utilizó el zoom para captar mejor ciertos detalles, comenzando por el monumento en forma de esfinge del extremo oriental, para dirigirla después hacia la pirámide escalonada con las cascadas que se alzaba en la parte occidental. Satisfecho tras haber grabado todo lo posible, reprodujo algunas de las imágenes en la pantalla de la cámara para asegurarse, una vez más, de que no estaba soñando. Mientras lo hacía, captó un punto oscuro que se movía a ras del suelo. Estaba situado sobre el enorme canal que dividía el centro de la ciudad. Con el corazón acelerado por el miedo y la excitación, enfocó la cámara en esa dirección y amplió la imagen poco a poco. Allí estaba, una figura borrosa que, sin lugar a dudas, se movía. No, se trataba de dos figuras borrosas. Amplió la imagen un poco más. De repente, la primera de ellas apareció en su campo de visión. Era Nimrod, el perro de la Base Glacial Orión. Y, junto a él, caminaba Serena. Instantes después, el animal se dio la vuelta en el mismo momento en que una docena de figuras rodeaba a Serena y un helicóptero aterrizaba cerca del grupo. El encuentro no parecía ser muy amistoso. Conrad bajó la cámara y vio un enjambre de helicópteros militares que zumbaban sobre su cabeza. Antes de que pudiera hacerles señales, una ametralladora abrió fuego en su dirección y los disparos impactaron en la cara de la pirámide. Se dejó caer por el pasadizo que conducía a la cámara estelar tan rápido como pudo, y encontró la estancia completamente vacía. Serena había desaparecido, la mochila de Yeats había desaparecido y la serie de puertas que llevaba hacia la galería estaba abierta. Escuchó que algo golpeaba el pasadizo superior por el que había descendido y, al alzar la mirada, vio una granada de gas que cayó al suelo. Casi al instante comenzaron a escocerle los ojos, y comprendió que se trataba de gas lacrimógeno. Salió de la cámara a toda velocidad. En cuanto llegó a la bifurcación del fondo de la galería, echó un vistazo al pasadizo que Serena debía de haber tomado para llegar a la entrada de la P4. Hacia él se acercaban unos cuantos pares de ojos verdes que brillaban en la oscuridad. Su única salida era dejarse caer por el pasadizo que llevaba a la sala de calderas. Aterrizó sobre un torrente de agua que se alejaba de la pirámide a través de un canal subterráneo. En esos momentos recorría el canal subterráneo, atrapado por una corriente tan fuerte que solo era capaz de mantener la cabeza fuera del agua. ¿En qué lío se había metido?, se preguntaba. Justo entonces vio la boca de un túnel que se cerraba sobre él y, un segundo después, fue engullido por las tinieblas. Muy por debajo de la antigua ciudad, Conrad chapoteaba en la oscuridad, jadeando en busca de aire mientras la corriente seguía desplazándolo a través de los canales subterráneos. El agua helada lo desorientaba y lo único que distinguía era el sonido del agua al ser tragada por los distintos túneles. Rebotó contra un muro y acabó girando en un remolino allí donde el canal se unía a otro túnel mucho más largo. El abrumador empuje del nuevo desagüe agitó el ya de por sí furioso torrente y transformó la corriente en un torbellino. Echó un vistazo sobre el hombro y, en ese instante, una ola espumosa cayó sobre él, arrastrándolo hacia la oscuridad. Conrad creyó que había llegado su hora, no obstante la ola lo alzó por encima de una de las orillas de piedra y lo depositó en un pasadizo. Ya fuera del agua se detuvo para recuperar el aliento, pero una nueva ola surgió del canal y le golpeó las rodillas en un intento por arrastrarlo de nuevo hacia la corriente. Sin embargo, esta tardó poco en retroceder y él logró ponerse en pie y comenzó a recorrer el pasadizo. Un rápido vistazo le indicó que aquel corredor era el doble de grande que los que había transitado en el interior de la P4. A medida que se abría paso entre el laberinto de pasadizos que se extendían bajo la ciudad, Conrad se sintió a la vez maravillado y furioso por la magnitud de semejante infraestructura subterránea. Podría pasar toda una eternidad estudiando la ciudad, pensó. Y si no encontraba pronto una salida, eso era exactamente lo que iba a suceder. También estaba furioso con Serena, otro de los misterios de la vida que no llegaría a comprender jamás. Estaba claro que no confiaba en él. ¿Por qué si no iba a marcharse de la P4 para investigar por su cuenta? Serena había pasado a «modo de supervivencia» y, según lo veía él, lo consideraba su enemigo. No obstante, estaba preocupado por su seguridad después de haber presenciado el momento en que los soldados la capturaban. Pocos minutos después, llegó a una bifurcación y se detuvo. Ante él se extendían dos acueductos más pequeños, de unos doce metros de alto y seis de ancho. El de la derecha retumbó en ese momento. Conrad escrutó la oscuridad y vio un destello de luz. Un destello de luz que se hacía más grande a medida que el sonido se intensificaba. Se trataba de otra nueva avalancha de agua que descendía en su dirección; en un par de segundos la ola lo estamparía contra las paredes del túnel y lo mataría. Al instante, se percató de que el único camino por el que podía escapar era el acueducto de la izquierda. Corrió hacia él y giró en el mismo momento en que un muro de agua salía del canal de la derecha y se vertía sobre el túnel principal. Con el agua por las rodillas, observó desde el interior del acueducto izquierdo cómo la riada rugía durante tres minutos antes de que el flujo de agua se detuviera. Cuando todo acabó, descubrió que estaba temblando. Demasiado cerca, pensó al tiempo que se incorporaba. Dio su primer paso hacia el interior del acueducto y escuchó un chapoteo distante. Por un segundo creyó que otro nuevo torrente iba a arrastrarlo; pero no sucedió nada. Aguzó el oído. El sonido tenía un cierto ritmo. Escudriñó la oscuridad. Alguien se acercaba hacia él desde el otro extremo del túnel, pero aún estaba lejos. Más de una persona, de hecho, ya que distinguió el murmullo de unas voces que se hacían cada vez más claras. Hablaban en árabe. Conrad retrocedió hacia el túnel principal. El sonido de sus pasos sobre el agua no fue tan silencioso como le hubiera gustado. Permaneció inmóvil y durante un segundo no escuchó nada. Después, el sonido de los pasos que chapoteaban en el agua llegó de nuevo hasta él. — ¡Deténgase! —gritó una de las figuras en inglés. Conrad miró sobre su hombro y vio dos pares de ojos verdes que resplandecían y se movían en la oscuridad. Corrió de camino hacia el túnel principal. Sonó un disparo y se agachó en el mismo instante en que una bala rebotaba en la pared. Se quedó paralizado en la bifurcación de los dos acueductos. Poco a poco se dio la vuelta y vio que tenía un punto rojo sobre el pecho. No, dos puntos rojos. Inmóvil, observó cómo la pareja emergía del acueducto de la izquierda. Ambos hombres llevaban gafas de visión nocturna, vestían sendos uniformes de la CNUA y tenían sus AK-47 listos para disparar. No obstante, esos hombres no se parecían en nada a los inspectores de armas de las Naciones Unidas. —Avisa a Zawas, Abdul —ordenó el de la derecha. El tal Abdul intentó hacer la llamada, pero solo se escuchó una serie de chasquidos. —Tenemos que salir a la superficie —dijo con patente frustración—. Estos muros bloquean la señal. El compañero de Abdul dio unos pasos hacia Conrad justo cuando comenzaba a oírse otro nuevo estruendo en la distancia. Conrad se acercó al borde del acueducto derecho. — ¡No se mueva! —ordenó Abdul—. ¿Adonde cree que va? —A la superficie, tal y como acaba de decir—contestó Conrad sin mirar hacia atrás. Según se acercaba a la entrada del otro acueducto, sintió una brisa fresca y húmeda en la cara. El sonido se intensificó. En ese momento una bala silbó junto a su oreja, por lo que se detuvo y se dio la vuelta. Abdul y su compañero se encontraban a unos veinte metros en el interior del túnel principal, y miraban a su espalda con creciente curiosidad. Estaban diciendo algo, pero el ruido que provenía del fondo del túnel hacía imposible que Conrad los oyera. Justo cuando sintió las primeras gotas de agua sobre su espalda, vio que los dos hombres bajaban las armas y echaban a correr. Conrad se introdujo en el túnel izquierdo en el mismo momento en que un muro de agua surgía del acueducto que había a su espalda y arrastraba a los soldados. La riada no tardó en convertirse en un diminuto arroyo, como si un temporizador hubiera cerrado la espita. Los dos hombres habían desaparecido. Permaneció inmóvil durante un instante, atento al goteo de agua y a sus propios jadeos. A su espalda sonó un chapoteo. Se giró con rapidez para ver una figura voluminosa que se acercaba a él desde la oscuridad, y que se hacía más y más grande y amenazadora a medida que emergía de las sombras. Cuando estuvo cerca de él, la figura se quitó las gafas de visión nocturna. —Te he estado buscando —dijo Yeats. — ¡Papá! —Conrad sintió el deseo de abrazar a su padre con fuerza. En vez de hacer eso, Yeats se inclinó hacia delante y recogió algo brillante que flotaba en el agua. Conrad vio que era un ankh (la cruz egipcia con el extremo superior rematado en un círculo y que representaba la vida) que debía de haberse caído del cuello de uno de los dos soldados, y a quien, ahora que había muerto, le servía para bien poco. Yeats alzó el colgante hasta el haz de luz de la linterna que llevaba en la cabeza. —Al menos, parece que ahora también les jodes la marrana a los demás, Conrad —dijo. 26 Doce horas para el amanecer En el interior del helicóptero Z-9A, Serena se encontraba acalorada y bastante incómoda mientras el aparato se sacudía de un lado al otro sobre el altiplano. El piloto egipcio tenía bastantes problemas para mantener la estabilidad del sobrecargado helicóptero, por lo que cada vez que este descendía se escuchaba una sarta de palabrotas procedentes de los soldados de la CNUA que viajaban en la parte de atrás. Por lo pronto, el hedor de Jamil resultaba insoportable en un espacio tan reducido. Con cada sacudida del helicóptero, Serena sentía los crueles ojos del hombre clavados en sus pechos. —Estás disfrutando del viaje, ¿no es cierto? —le preguntó él en árabe. —No tanto como usted—replicó ella—. Tal vez lo hiciera si su piloto me permitiera tomar los mandos. Jamil la contempló con una mirada iracunda. — ¿Te atreves a contestarme? Ella no respondió. Por el contrario, se concentró en las espectaculares vistas de la ciudad y de los canales que sobrevolaban, al tiempo que se preguntaba qué le habría sucedido a Conrad y quiénes serían en realidad esos soldados de la CNUA, por no mencionar qué propósitos albergarían. Se había enterado de que el coronel Ali Zawas se encontraba en la Antártida en nombre de las Naciones Unidas; era evidente que esos hombres se habían puesto en contacto con él y que la llevaban ante su presencia. Tal vez la misión del equipo de la CNUA fuese una simple tapadera para encubrir sus verdaderas intenciones. Tal vez esos soldados hubieran estado esperando durante todo aquel tiempo con el fin de poder arrebatar a los norteamericanos lo que encontraran bajo el hielo. Jamil parecía conocer la existencia del cetro de Osiris. ¿Cómo era posible? Las escasas conclusiones a las que había llegado a esas alturas eran bastante sombrías: los estadounidenses de la Base Glacial Orión estaban muertos, al igual que los inspectores de armas rusos; y, en aquellos momentos, Zawas y su equipo estaban al mando de la ciudad, al menos hasta que llegasen los refuerzos norteamericanos. Sin embargo, no llegarían a tiempo para evitar que Zawas completase su misión, fuera cual fuese, y mucho menos para impedir el inminente cataclismo geológico que estaba a punto de sacudir el planeta. El helicóptero giró hacia la derecha y, un instante después, Serena vio el gran canal de agua que se extendía bajo ellos, y más allá, al final de la acrópolis, una enorme pirámide escalonada que se alzaba como una oscura fortaleza. El Templo del Portador del Agua, lo había llamado Jamil cuando hablaba con el piloto; y, a decir verdad, hacía honor a su nombre. Dos cataratas semejantes a las del Niágara caían por dos de sus lados, y en el promontorio que se alzaba entre ellas se distinguía una especie de campamento. Descendieron siguiendo la cara oriental del templo, que carecía de escalones y que estaba situada entre las dos enormes cascadas, y aterrizaron en el helipuerto del campamento establecido en el promontorio. Esas cascadas, concluyó Serena al tiempo que las puertas del helicóptero se abrían y los soldados bajaban, habían sido las responsables del lejano estruendo que no había dejado de escuchar desde que saliera de la P4 y pusiera un pie en la ciudad. Era la intensidad de esas vibraciones lo que la ponía tan nerviosa y lo que, a un mismo tiempo, despertaba en su interior una especie de mal presagio. Salió al exterior y observó los alrededores. Dos hileras de estrechos escalones zigzagueaban hasta el suelo a cada lado. En el centro, se amontonaban varias cajas con material embalado. En la parte de atrás había una verja de hierro, delante de una especie de entrada que conduciría sin duda al interior del templo. Habían erigido una torre y una batería antiaérea sobre la cima de la pirámide. Allí debía de haber otro helipuerto, puesto que se distinguía el ruido de las aspas de un helicóptero suspendido sobre la pared. Serena se asomó al borde del saliente. Distinguió varios quads e incluso una balsa de goma con motor fuera borda, idéntica a las que usaban los Navy SEALS, que estaba amarrada al pie de las cataratas. Quienesquiera que fuesen esos tipos, disponían de una buena financiación y de un buen equipo. La improvisada verja de hierro se abrió y un hombre salió caminando con paso lento en dirección al centro del promontorio. Al igual que el resto de los soldados, llevaba el uniforme de campaña de las Naciones Unidas. La única diferencia radicaba en que su cabeza estaba descubierta y en que tampoco se distinguían divisas o rango alguno; no obstante, Serena lo reconoció de inmediato. Era Ali Zawas, coronel de las Fuerzas Aéreas de Egipto y vástago de la familia de diplomáticos más prominente de ese país. Había nacido en Nueva York, donde permaneció hasta que se graduó en la Academia de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, tras lo cual se trasladó a El Cairo. En realidad, era más norteamericano que egipcio. Lo había visto en varias ocasiones en la sede de la ONU y una vez en la Universidad Norteamericana en El Cairo. Sin embargo, siempre había lucido el uniforme de gala durante esos actos formales, y no el amenazador uniforme de campaña que llevaba ahora. Además, por regla general su pelo era negro y ondulado, mientras que para esa misión se había afeitado la cabeza. Zawas se detuvo al llegar al centro del promontorio, por delante del grupo de soldados. Jamil se adelantó con rapidez y lo saludó. Zawas le hizo un gesto para que dejara las formalidades a un lado. Era un hombre guapo, de ojos hundidos y oscuros. Intercambió con Jamil unas breves palabras en árabe. Serena apenas pudo escucharlos, pero el desdén que mostró el rostro de Zawas resultó bastante elocuente. Observaba al resto de los hombres con cierta indiferencia, hasta que sus ojos llegaron a Serena. La contempló un momento en silencio y después le dijo algo a Jamil, tras lo cual este se acercó a ella, la agarró del brazo y le dio un tirón para obligarla a acercarse al Coronel. Serena luchó con todas sus fuerzas para controlar el pánico que comenzaba a invadirla, dado que sabía que no la ayudaría en aquel momento, y se esforzó por aparentar una actitud tranquila. Mantuvo la cabeza gacha, pero Zawas le alzó la barbilla y ella lo miró directamente a los ojos. —Si es usted una atlante —comenzó en inglés—, entonces esto es de verdad el paraíso. Pero me da la impresión de que es norteamericana. Ella negó con la cabeza y respondió en voz baja: —No, coronel. Soy de Roma. A Zawas le llevó un instante registrar su acento como australiano y, acto seguido, Serena pudo ver la expresión de perplejidad que reflejó su rostro al reconocerla. Al instante, el egipcio esbozó una enorme sonrisa. —Usted es la hermana Serghetti —le dijo—. ¿Qué la trae por aquí? —Soy la doctora Serghetti, Coronel, y yo estaba a punto de hacerle la misma pregunta —replicó ella, mientras observaba a los soldados que había a su alrededor—. No esperará que me crea que cumple órdenes de las Naciones Unidas, ¿verdad? Zawas sonrió. Serena se dio cuenta de que le hacía gracia que fuese ella quien exigiera respuestas. —Considérenos los representantes de ciertos productores de petróleo árabes que tendrían mucho que perder si se descubriera una fuente de energía alternativa. —La tomó del brazo y ordenó con indiferencia por encima del hombro—: A trabajar, Jamil. Jamil esperó a que ambos se alejaran y, acto seguido, gritó algo ininteligible que quedó sofocado por el inmediato estrépito que los soldados ocasionaron al desembalar los equipos. Taladros, medidores sísmicos, detectores de metales, explosivos... Serena y Zawas llegaron a los escalones que conducían a la verja de hierro de la entrada al templo. El coronel se detuvo y se giró para observarla con el ceño fruncido por la curiosidad. —En un primer momento no la reconocí —confesó—. Ha pasado mucho tiempo y, por regla general, no suele aparecer tan sucia en las portadas de las revistas. —Siento mucho haberlo decepcionado. —En absoluto. Creo que le sienta muy bien. Ella lo observó con atención. Guapo, astuto, incluso amable si le convenía, estaba segura de ello. — ¿Usted cree? —Le da un aspecto terrenal. —Esbozó una pequeña sonrisa al tiempo que abría la verja y la precedía al interior. La cámara apenas estaba amueblada. Una mesa, varías sillas, computadores y un catre. Mientras cerraba la puerta, Zawas le quitó la mochila y la dejó sobre una silla. —Tome asiento, por favor. Haciendo gala de su buena educación, acercó una silla hacia Serena para que se sentara. El tomó asiento en el lado opuesto de la mesa. La mujer no perdió el tiempo. — ¿Qué cree que va a encontrar aquí? —le preguntó—. ¿Una fuente alternativa de energía? —No cualquier fuente, doctora Serghetti, sino La Fuente —contestó él—. La legendaria fuerza del Sol que los atlantes, según se cree, consiguieron dominar. ¿Qué cree que están buscando el general Yeats y el doctor Yeats? Serena no supo qué contestarle, pero sus ojos se desviaron de forma involuntaria hacia la mochila que descansaba sobre la silla. Recordó los planos del obelisco que había escondido en el termo. En realidad, lo que quería averiguar era por qué razón Zawas creía que la Antártida era la Atlántida, además de cuál era la supuesta y poderosa «fuente de energía» que se ocultaba tras ella. —En ese caso, usted está aquí porque siente la misma sed de poder que todos los demás —concluyó ella—. Esa no es la reputación que se ha ganado en las Naciones Unidas. —Al contrario —la rectificó él—. Me preocupa que las economías inestables de Oriente Medio permitan que ciertos mullahs con bastante influencia comiencen a sembrar el malestar en la población y a acumular poder. El hecho de que me vea obligado a usar a animales como Jamil para detener al resto de sus congéneres no es más que una de las muchas ironías de la geopolítica. —Veo que lo he malinterpretado todo —afirmó ella—. Usted no es un terrorista. En realidad, es un patriota al que nadie comprende. —Usted se preocupa demasiado por las almas de personas como yo o el doctor Yeats —prosiguió él—. Sí, lo sé todo sobre él. Más de lo que usted sabe, tal vez. Si aún está con vida, lo encontraremos. No obstante, debería comenzar a preguntarse por qué está aquí. Resulta evidente que no ha venido a proteger el medio ambiente, puesto que, tal y como puede comprobar, se ha visto significativamente alterado desde su llegada. —Está bien —dijo ella al tiempo que cruzaba los brazos por delante del pecho—. Dígame por qué estoy aquí. —Está aquí porque yo ordené que viniera. Serena sintió que se le secaba la boca. — ¿Usted requirió mi presencia? —Bueno, tal vez no la suya en concreto, pero sí la de alguien como usted —explicó Zawas—. Sabía que iba a necesitar a un traductor para que me ayudara a localizar el Santuario del Sol Primigenio. ¿Por qué cree que alerté al Vaticano sobre la expedición del general Yeats? A Serena le dio un vuelco el corazón. ¿Qué estaba insinuando Zawas? ¿Qué sabía él que ella desconocía? — ¿Qué es lo que quiere que traduzca exactamente? —Un mapa. El coronel desplegó un viejo pergamino sobre la mesa. Serena lo observó y comprendió que se trataba de un mapa de la ciudad. Había inscripciones en una lengua anterior a los jeroglíficos egipcios. Distinguió sin dificultad el emplazamiento del Templo del Portador del Agua, señalado con claridad, además de otros pabellones. Era un mapa terrestre que reproducía con todo detalle el mapa celestial que Conrad había descubierto en el cetro. —Lo encontramos hace algunos años en una cámara secreta, oculta bajo la Gran Esfinge de Giza —informó Zawas—. Fue trazado por el antiguo sacerdote egipcio Sonchis, la fuente original que Platón utilizó para escribir su historia acerca de la Atlántida. Como comprenderá, no teníamos modo alguno de saber si el mapa reproducía un lugar real, y mucho menos cuál era su localización, hasta que los estadounidenses descubrieron la P4 en la Antártida. — ¿Y cómo sabían ellos el emplazamiento de la P4? —preguntó Serena. —Hasta donde yo sé, no lo sabían —contestó el coronel—. Fue la actividad sísmica lo que los atrajo a la Antártida oriental. El Vaticano se embarcó en el proyecto cuando los norteamericanos encontraron algo bajo el casquete de hielo. — ¿El Vaticano? —repitió Serena, que había arqueado una ceja—. No lo creo. —El Vaticano tiene su propio mapa de la Atlántida —reveló Zawas—. En un principio estuvo albergado en la Biblioteca de Alejandría, durante la época de Alejandro Magno. Los romanos lo robaron cuando ocuparon Egipto. Más tarde, tras la caída del Imperio Romano, fue trasladado a Constantinopla. Cuando la ciudad fue saqueada durante la Cuarta Cruzada, el mapa fue introducido de contrabando en Venecia. Allí lo redescubrió un sacerdote jesuita en el siglo XVII. Serena comenzó a estremecerse, presa de la ira. Lo que no tenía claro era si estaba furiosa con Zawas por haberle contado todo aquello o con el Papa por no haberle dicho nada. —No creo ni una palabra de lo que dice. — ¿Por qué otra razón iba a mostrarse el Vaticano tan ansioso por enviarla aquí? —le preguntó el coronel—. No creerá que estaban interesados en salvar el ecosistema virgen de la Antártida, ¿verdad? —Entonces, ¿cuál fue el motivo? —preguntó ella a su vez. —Sin lugar a dudas, lo hicieron como medida de protección. Para proteger su poder. La Iglesia no es más honorable que la imperialista y secular república norteamericana. Temían que apareciera cualquier tipo de revelación divina que pudiera menoscabar su influencia en la historia de los avatares humanos. Y eso es lo que hay aquí, doctora Serghetti. Algo más antiguo que el islam, que el cristianismo, incluso que el judaísmo. Sus superiores tienen buenas razones para estar asustados. Y usted tiene buenas razones para no confiar en ellos ni en cualquier otro... a excepción del hombre que se ha molestado en contarle la verdad. Por tanto, va a ayudarme a encontrar el Santuario del Sol Primigenio que contiene la fuente. — ¿Y si no lo hago? —Sufrirá, al igual que el resto del mundo —fue su respuesta. — ¿El resto? — ¡Vaya! Veo que no ha escuchado las noticias —contestó él—. La Estación McMurdo ha perdido su pista de aterrizaje en el hielo. Y el portaviones norteamericano que se acercaba al continente no se ha recuperado del todo de ese maremoto y avanza a media máquina. Mis servicios de información me dicen que las tropas estadounidenses se encuentran a dieciséis horas de camino. Hasta que lleguen, yo soy el poder supremo en la Atlántida. — ¿Y cuando lleguen? —Ya será demasiado tarde. —La determinación brilló en los ojos oscuros de Zawas—. Ya me habré apoderado de la tecnología oculta en el Santuario del Sol Primigenio y el equilibrio de poder en el mundo se romperá. Los Estados Unidos desaparecerán del mapa, víctimas del desplazamiento de la corteza terrestre que está a punto de producirse. Y la Atlántida, por tanto, será nuestra. — ¿También predice el futuro, coronel? —Es nuestro destino. —Se inclinó hacia delante y sonrió—. Debe comprender que esta es la Tierra Prometida de mi pueblo, doctora Serghetti. 27 Once horas para el amanecer Conrad se subió la cremallera del uniforme de inspector de armas de la ONU e hizo una mueca al ver la placa identificativa que llevaba sobre el bolsillo izquierdo, en la que se leía «Capitán Bassein». Yeats tenía un par de aquellos uniformes, pero no sabía nada de sus dueños. Conrad no quería ni imaginarse cómo los había conseguido. Paseó la vista por la cámara a la que Yeats los había conducido. Había equipo informático, fusiles M-16 y explosivos por todas partes. — ¿Qué es esto? —preguntó Conrad. —Un zulo de armas que he encontrado. —Yeats estaba muy atareado metiendo paquetes de C-4 en su mochila—. Acabé en este sitio después de que me tiraras por ese pasadizo de la P4 como si fuera una mierda. Conseguí salir gateando, me orienté y arrastré hasta aquí todo lo que pude encontrar. — ¿Y este zulo no estaba vigilado por ninguno de esos mercenarios? —Nada de mercenarios —respondió Yeats—. Ya no. El instinto de supervivencia de Yeats le resultaba asombroso incluso a Conrad, que llevaba luchando las últimas horas para mantenerse con vida. Se preguntaba cómo coño había sobrevivido a esa caída. No sabía si concederle una medalla a su padre o darle una patada en la entrepierna. El general ni siquiera había demostrado un poco de alivio al ver que su único hijo seguía con vida; y tampoco había comentado nada más acerca de sus orígenes. — ¿Cómo sabes que esto no volverá a inundarse? —No lo sé. —Yeats comprobó los temporizadores del C-4—. Sin embargo, esta estancia está separada de los corredores que hay más abajo. En cualquier caso, no nos quedaremos mucho tiempo. —Entiendo. —Conrad miró de soslayo la abultada mochila cargada con C-4 que Yeats se echó al hombro—. ¿Y sabes quiénes son estos tipos? —Entrené a su jefe, el coronel Zawas. Conrad miró a Yeats fijamente. — ¿Cómo que lo entrenaste? —En la academia de las Fuerzas Aéreas de Colorado Springs, durante un programa de intercambio militar entre los Estados Unidos y Egipto al final de la década de los ochenta —explicó Yeats—. Resultó bastante útil durante los bombardeos aliados sobre Iraq que se produjeron en la Guerra del Golfo. Un piloto árabe que derriba dos cazas iraquíes es la propaganda perfecta para legitimar la campaña de bombardeo como un esfuerzo internacional. — ¿Es eso lo que le enseñaste, cómo matar a otros árabes? —Ya me habría gustado... —dijo Yeats—. No, lo entrené en la escuela de armamento de la Fuerza Decisiva. La idea era utilizar una fuerza sobrecogedora, de forma que se aniquilara al enemigo o se lo obligara a rendirse. — ¿De manera que el equipo de inspección de armas de la ONU no era más que una tapadera? —preguntó Conrad. Yeats asintió. —Evidentemente, Zawas ha reemplazado al equipo con sus propios hombres. Lo más probable es que se cargara a los otros y planeara decirle a todo el mundo que lo hicimos nosotros. No me sorprendería saber que fue él quien nos echó a los rusos encima en la P4, con la esperanza de que nosotros hiciéramos el trabajo sucio. —Así que, según tú, Zawas ha venido con unos amiguitos —replicó Conrad. —Y con potencia de fuego —dijo Yeats—. En condiciones normales, unos cuantos mercenarios no serían rivales para la mayor superpotencia del mundo. Pero la Antártida es un escenario totalmente distinto. No es muy difícil ganarle la mano a un pequeño equipo de norteamericanos en un continente que está casi desierto. —Bueno, pues su teniente ha matado a tu perro y ha secuestrado a Serena. Conrad observó cómo se hinchaban las venas del cuello del general. — ¿Dónde está el obelisco? Conrad no respondió. Yeats le dirigió una de esas poco frecuentes miradas de desdén que utilizaba para amedrentarlo cuando era un niño. —Joder. ¿Me estás diciendo que Zawas no solo le disparó a mi perro sino que también tiene el cetro de Osiris? —No, he dicho que tiene a Serena. —Es lo mismo. Despierta, muchacho. Ya oíste lo que dijo la señorita «Salvemos la Tierra» en la P4. El cetro de Osiris pertenece al Santuario del Sol Primigenio, y allí es donde esa mujer piensa llevar a Zawas. —La estás subestimando. —No estás pensando con la cabeza —dijo Yeats—. Nuestra misión es impedir que Zawas consiga cualquier tipo de arma avanzada o tecnología alienígena que pudiera alterar el equilibrio de poder en el mundo. La fuerza asimétrica. ¿Lo vas captando? Pues que se te grabe en el cerebro. —Vaya, papá, y yo que creía que íbamos a descubrir quién soy realmente y de dónde provengo... —contraatacó Conrad. Yeats guardó silencio durante un instante y Conrad casi pudo escuchar el zumbido del disco duro que se encontraba tras los ojos de su padre, mientras este se devanaba los sesos en busca de una respuesta apropiada. —Lo descubriremos si llegamos al Santuario del Sol Primigenio con antelación suficiente como para tenderle una trampa a Zawas, siempre y cuando Serena lo conduzca hasta allí. —Yeats le dio unas palmaditas a la mochila cargada con C-4 antes de ponerse en marcha, como si ya hubiera dicho todo lo que quería—. Por supuesto, el problema será encontrarlo sin que ellos nos encuentren a nosotros antes. Algo que sucederá más pronto que tarde. Zawas se dará cuenta de que faltan algunos de sus hombres. Controla el cielo y todo lo que sucede en la superficie. Vamos a tener que permanecer aquí abajo hasta que anochezca. —De todas formas, necesitamos las estrellas —dijo Conrad, al tiempo que sacaba el computador de bolsillo en el que había almacenado las imágenes que había tomado del obelisco—. Porque, según las instrucciones del cetro, el que va a ser el Rey Sol debe unir el Cielo y la Tierra. Solo entonces «el Centelleante » revelará la ubicación del Santuario del Sol Primigenio. —Serena nunca mencionó eso. —Lo sé —replicó Conrad—. Pero el cetro sí. —Creía que no sabías leer las inscripciones. —Digamos que algunas cosas me resultan bastante familiares. —En ese caso, ¿me crees ahora? —preguntó Yeats—. Me refiero a lo de haberte encontrado en una cápsula y todo eso. —Nunca creeré nada de lo que me digas —contestó Conrad—. Y me reservo la opinión acerca de ciertas cosas. Sin embargo, esta inscripción que se encuentra bajo las cuatro constelaciones que hay en uno de los lados del obelisco es casi idéntica a la que Serena nos leyó. — ¿En qué se diferencian? —La inscripción que descifró Serena advertía de que no debía retirarse el cetro a menos que uno fuera «el más honorable» para los Centelleantes o, en caso contrario, se desgarrarían el Cielo y la Tierra —explicó Conrad. —Que es lo que parece que está sucediendo —dijo Yeats. —Así es —convino Conrad—. No obstante, esta inscripción que hay bajo los cuatro signos del Zodiaco le indica al que será el Rey Sol cómo encontrar el Santuario del Sol Primigenio con la ayuda de uno de los Centelleantes, y así volver a unir el Cielo y la Tierra. — ¿Y qué cojones es un Centelleante? —preguntó Yeats. —Algo que no es de este mundo. Lo más probable es que se trate de algún tipo de fenómeno astronómico. Lo sabré cuando lo vea. —Me cago en la puta, Conrad, da la impresión de que eres de verdad el Rey Sol. —Yeats le dio una palmadita en la espalda por primera vez en muchos años y Conrad no pudo negar que le había resultado agradable—. Pero, ¿dónde exactamente se supone que debemos consultar a ese Centelleante? Hay millones de estrellas en el cielo. —Nos guiaremos por el mapa del cetro —dijo Conrad. — ¿Qué mapa? —Las cuatro constelaciones. —Conrad le mostró a Yeats la imagen que había tomado del contorno completo del obelisco—. ¿Lo ves? Son los signos zodiacales de Escorpio, Sagitario, Capricornio y Acuario. Yeats observó la imagen. — ¿Y qué pasa con esto? Conrad le dio un golpecito al dispositivo de bolsillo. —Pues pasa que si esta ciudad está alineada con las estrellas, es bastante probable que estas coordenadas astrales tengan un equivalente terrestre. — ¿Es bastante probable? —preguntó Yeats—. Tendrás que hacerlo mejor. —Ya sabemos que la P4 está alineada con la estrella central del cinturón de Orión, Alnitak —dijo Conrad, a lo que Yeats asintió—. De la misma manera, es muy posible que encontremos santuarios estratégicamente colocados a lo largo de la ciudad que se encuentren alineados con Escorpio, Sagitario, Capricornio y Acuario. Yeats frunció el ceño. — ¿Significa eso que tenemos que seguir los pabellones o templos consagrados a esos signos como si fueran el rastro de algún tesoro celestial? —Exacto. —De manera que estos marcadores astrales nos llevarán hasta Acuario —dijo Yeats—. Y luego, tendremos que encontrar su equivalente terrestre. —Así es —respondió Conrad—. En el exterior, ya está anocheciendo. Pronto podrán verse las estrellas. Nos servirán como mapa y nos conducirán a alguna clase de monumento dedicado al Portador del Agua. Allí será donde se encuentre el Centelleante, que, a su vez, nos guiará hasta el Santuario del Sol Primigenio. Yeats asintió. —Y hasta aquello que llevamos toda la vida buscando. 28 Seis horas para el amanecer En el interior del Templo del Portador del Agua, la luz de las estrellas se colaba en la cámara en la que Serena permanecía atada a un pilar. Ese era su castigo por negarse a prestar ayuda al coronel Zawas para traducir el mapa de la Atlántida que este poseía. Ayudar a Zawas a localizar el Santuario del Sol Primigenio sería como traicionar a Conrad, se dijo, ya que había llegado a la conclusión de que, a pesar de todos sus defectos, era su única esperanza de evitar un cataclismo global. Sin embargo, aunque Conrad llegara antes al altar, Zawas seguiría teniendo el cetro en su poder. De alguna manera tenía que aguantar hasta dar con una forma de robarlo. Oyó unas voces que provenían del exterior; poco después, tres sombrías figuras llenaron el vano de la puerta y bloquearon la vista del cielo. Se trataba de Jamil, flanqueado por dos egipcios. Serena se tensó al ver que el hombre extendía un paño en el que había varios cuchillos y agujas sobre una pequeña mesa. —Al coronel Zawas le ha decepcionado mucho no haber podido convencerla para que nos prestara su ayuda, doctora Serghetti —dijo—. Ahora me toca a mí. —Sí, ya veo —respondió ella sin apartar la vista de los sanguinarios instrumentos desplegados sobre la mesa—. ¿No le parece que esto es un poco exagerado? Ya le he dicho al coronel Zawas que no sé dónde se encuentra el santuario. De verdad. Si lo supiera, se lo diría. —Ha sido un buen intento, doctora Serghetti, de verdad que sí. —Jamil observó su instrumental, entre el que se contaban jeringuillas, cuchillos de varias formas y aparatos de descargas eléctricas—. Hay que ver todos los trucos que su Inquisición nos ha enseñado. Levantó una maza negra de unos sesenta centímetros. De repente, esta cobró vida como si fuera un rayo: se trataba de un bastón de descargas eléctricas. —Este es mi favorito —dijo al tiempo que lo movía delante de ella. Un arco eléctrico de color azul zigzagueó entre dos varillas metálicas—. Cada descarga libera 75.000 voltios. Unos toquecitos podrían dejarla inconsciente. Con unos cuantos más, acabaría muerta. — ¿Es esto lo que siempre deseó hacer en su vida, Jamil? Jamil maldijo y trató de abrirle la boca. Serena giró la cabeza. Sin embargo, el hombre consiguió meterle el bastón, y ella estuvo a punto de atragantarse cuando se lo introdujo casi hasta la garganta. —A los chinos les gusta meterles esto a los prisioneros por la garganta y luego darles un viaje —dijo mientras Serena tosía—. La descarga que recorrería su cuerpo la dejaría retorciéndose de dolor en el suelo, en mitad de un charco de sangre y excrementos. Serena sintió las varillas metálicas en el fondo de la garganta y dejó escapar un gemido. Sin embargo, Jamil le sacó el bastón y volvió a activarlo para que pudiera ver la corriente azul de electricidad que chisporroteaba entre las dos varillas. —Y hay más lugares en los que podría introducir esto —le dijo, lo que provocó que ella apretara los muslos de manera instintiva—. Bien —dijo con una sonrisa antes de dejar el bastón en la mesa—. Me doy cuenta de que va comprendiendo. —Cogió entonces una jeringuilla y dejó al descubierto la aguja hipodérmica con el dorso de los dedos. Surgió un líquido amarillento—. Ahora podemos empezar. Unas cuantas horas más tarde, Serena recobró el conocimiento y se encontró sumida en la oscuridad, contemplando el farol improvisado que Jamil había colgado del techo: era el bastón de descargas, balanceándose en el extremo de una cuerda, y que creaba grotescos sonidos cada vez que saltaban las chispas. Intentó cerrar los ojos, pero lo único que consiguió fue que los chasquidos se escucharan con más fuerza. Tal vez la culpa de que se sintiera tan mareada la tuvieran las drogas que le habían inyectado en el torrente sanguíneo. De alguna manera percibió que había otra persona en la cámara, así que abrió los ojos y descubrió una sombra alargada junto a la pared. Desvió la vista hasta la puerta, donde apareció una figura borrosa que entró en la estancia. — ¿Conrad? —preguntó. —Es bonito soñar, doctora Serghetti. Era Zawas. Serena dejó caer la cabeza de nuevo cuando el hombre se acercó a la mesita donde Jamil había dejado sus instrumentos de tortura. —Me han dicho que no se ha mostrado muy cooperadora —dijo Zawas al tiempo que examinaba los juguetes de Jamil—. Me ha costado la misma vida evitar que Jamil borrara sus recuerdos de forma permanente con estas drogas suyas. Pero bueno, ese hombre no es más que un animal. Allí donde va, les da mala fama a los árabes. Debe saber que la mayoría no somos así. Tiene que entenderlo. Su Iglesia alberga a sacerdotes que abusan de niños y, sin embargo, usted no ha abandonado su misión. Y yo no he abandonado la mía. Serena no pronunció palabra mientras él observaba la estancia. Su mochila, que estaba en el suelo, llamó la atención del hombre. Caminó en círculo a su alrededor y luego miró a Serena a la cara, antes de levantar la mochila y colocarla en la mesa para abrirla. Comenzó a rebuscar en el interior y a examinar sus pertenencias: tabletas purificadoras de agua, botellas de agua caliente, una bengala, cosas por el estilo. Después se concentró en su termo verde. Serena sintió una opresión en el pecho cuando el hombre comenzó a desenroscar el tapón. Rezó para que no encontrara el plano oculto en el compartimento secreto. Por lo que sabía, ese plano contenía información suficiente para que él descubriera o desarrollara esa fuente de energía ilimitada que buscaba en el Santuario del Sol Primigenio. —Me recuerda al faraón, Zawas —dijo Serena—. Ya sabe, el que aparece en la Biblia. Eso pareció hacerle gracia, ya que dejó el termo sobre la mesa. —En ese caso, debería saber que mi poder procede directamente de los dioses, y que por eso debe satisfacer mis órdenes. —Los dioses de Egipto ya fueron derrotados en una ocasión —replicó ella—. Y pueden volver a sufrir el mismo final. —La Historia está a punto de reescribirse, doctora Serghetti. Aunque, para eso, primero tengo que encontrar el Santuario del Sol Primigenio. Hasta el momento, su ubicación me ha estado eludiendo. Al igual que el doctor Yeats. Sí, por supuesto que está vivo. Lo sé porque varios de mis hombres han desaparecido —dijo—. Los ha matado él, de la misma manera que ha matado a tantos otros en la Atlántida en su búsqueda egoísta de los orígenes de la civilización humana. Sé todo lo que hay que saber acerca de ese hombre. No le preocupan en absoluto las consecuencias de sus actos sobre los gobiernos, las personas o incluso los lugares en los que excava. Debería agradecerme que la haya salvado, junto con el cetro de Osiris, de sus garras. Serena no dijo nada, ya que no había defensa alguna contra las acusaciones de Zawas: eran ciertas. —No obstante, a diferencia del imprudente doctor Yeats —prosiguió Zawas—, yo sí aprecio y quiero conservar la belleza natural en todas sus formas, sobre todo la femenina. Odiaría ver que un hombre como Jamil le hace daño de cualquier forma. Serena sabía que eso era mentira. —De modo que usted es un caballero entre bárbaros. El hombre la observó con detenimiento. —Ya veo que nos comprendemos muy bien. La verdad es que no puede negarse que, a lo largo de la historia, la Iglesia católica se ha envuelto en un manto de honorabilidad y caridad social para luego hacer pactos con el Diablo según su conveniencia. —En ese caso, usted es un héroe —le dijo Serena—. El único problema es que se halla en lado de los perdedores. —Ni más ni menos —replicó Zawas—. Igual que el faraón durante el Éxodo. No fue sino un golpe de mala suerte que la erupción del volcán de la isla de Thira, en el Mediterráneo, produjera las plagas que tan gustosamente le han atribuido al Dios de Moisés. El Mar Rojo no se abrió. Los hebreos cruzaron por el Mar de Cañas que tan solo tenía quince centímetros de profundidad, pero fue suficiente para trabar las ruedas de los carros del faraón. —En ese caso, fue un milagro mayor del que yo pensaba —dijo Serena—. Todos los soldados y los caballos del faraón se ahogaron en quince centímetros de agua. A Serena le resultó evidente que a Zawas no le había hecho ninguna gracia su argumento, ya que su rostro adquirió una expresión aún más severa bajo la luz parpadeante. —La historia la escribe el vencedor —le dijo el hombre—. ¿De qué otra manera puede explicar si no la exaltación judeocristiana de un supuesto Dios misericordioso y lleno de amor que se dedica a matar a los primogénitos de los antiguos egipcios? —Podría haberlos matados a todos —dijo ella. Zawas estaba furioso. — ¿Eso significa que la culpa fue del faraón? Serena trató de concentrarse. Incluso en el estado tan precario en el que se encontraba, se daba perfecta cuenta de que aquel podría ser un momento decisivo a la hora de convencer a Zawas. —Debe saber que, en ciertos momentos de la historia, todo depende de un hombre o una mujer—dijo—. Noé y el arca. El faraón y los israelitas. Dios le ofreció al faraón la oportunidad divina de ser el libertador más grande de todos los tiempos. Sin embargo, su corazón era arrogante y obstinado. Y ahora ha llegado de nuevo ese momento. Usted puede ser ese hombre. —O usted esa mujer—dijo él—. ¿Dónde está el Santuario del Sol Primigenio? —Para serle franca, no lo sé. —Entonces, para serle franco, tendré que dejarla en manos de Jamil para que termine el trabajo —replicó el hombre—. Ya no puedo hacer nada. Me lavo las manos. —Como Poncio Pilatos. —Y yo que creía que era el faraón. —Sacudió la cabeza y levantó las manos—. ¿Es que me va a comparar con todos los villanos que aparecen en sus Escrituras? ¿Nunca ha considerado la posibilidad de que todos esos líderes fueran los verdaderos héroes de la historia, y de que sus santos no fuesen más que los autores de una novela revisionista? Estaba a punto de darse la vuelta y marcharse cuando sus ojos volvieron a posarse en el termo de café que había sobre la mesa. — ¿Por qué sigue llevando su termo? Serena no respondió y fingió que no lo había escuchado. No obstante, el hombre ya estaba girando la carcasa exterior. Al oler el café compuso una mueca. —Yo prefiero el té. Vació el café en el suelo de piedra e intentó enroscar de nuevo el tapón. Al hacerlo, el plano cayó al suelo. Serena contuvo el aliento. Zawas levantó el plano y dejó escapar una carcajada. Después se lo enseñó y dijo: — ¿Sabe lo que son estos diseños? Serena dejó caer los hombros, derrotada. —Los planos del cetro de Osiris. —No —replicó el hombre—. Son los planos que llevan al Santuario del Sol Primigenio. Serena se limitó a mirarlo fijamente mientras sentía que la cabeza le daba vueltas. —Sí —dijo Zawas—. Ahora tengo tres cosas que el doctor Yeats quiere. Y si él no me conduce hasta el Santuario del Sol Primigenio, lo hará usted. Le diré a Jamil que tiene más trabajo por delante. 29 Dos horas para el amanecer Escorpio. Sagitario. Capricornio. Durante varias horas, Conrad había guiado a Yeats a través de la oscura ciudad, siguiendo las coordenadas celestes hasta sus equivalentes terrestres, para después pasar de un monumento astronómicamente alineado a otro. Cada templo, cada pabellón y cada símbolo podrían haberse considerado en sí mismos como el descubrimiento arqueológico más importante de todos los tiempos, pero la escasez de tiempo, el zumbido de los helicópteros y los focos que había por encima de ellos los obligaban a seguir en marcha. A la postre, el rastro de ese tesoro celestial los condujo hasta el equivalente terrestre de la constelación de Acuario, un templo espectacular dedicado al culto del Portador del Agua. Aquel pabellón, que se asemejaba a una esfinge, se recortaba como una calavera contra el cielo mientras sus plateados saltos de agua brillaban a la luz de la luna. Más allá se adivinaba la oscura y elevada cima de la P4. —Aquí es —dijo Conrad al tiempo que le pasaba el visor nocturno a Yeats. Se hallaban agazapados en la orilla de uno de los canales de agua más grandes de la ciudad, que fluía directamente desde el monumento—. El Templo del Portador del Agua. Yeats le echó una mirada. —No es lo único que has encontrado. Mira bien. Conrad estudió el templo y, de repente, vio luces alrededor de la base y del promontorio. — ¿Zawas? —Parece que lo ha convertido en su campamento base. Conrad dejó a un lado el visor nocturno. — ¿Cómo coño lo supieron? Yeats se encogió de hombros. —Tal vez la Madre Tierra los esté ayudando. —O tal vez cuenten con algún tipo de mapa. —Lo dudo —dijo Yeats—. Tú mismo has dicho que el mapa está en las estrellas. —Yeats guardó silencio durante un instante—. ¿Estás totalmente seguro de que tienes que entrar ahí? Porque nos jugamos el culo, y me refiero a los dos, si Zawas nos coge. Conrad asintió. —Solo si estás en el lugar adecuado, en el momento propicio, el Centelleante señalará la ubicación del Santuario del Sol Primigenio —dijo. Yeats entrecerró los ojos. — ¿Y dónde se supone exactamente que tenemos que consultar a este «Centelleante»? Conrad dudó un instante antes de soltar las malas noticias. —Me temo que el lugar se encuentra entre las cascadas del Templo del Portador del Agua. Justo en el centro del campamento de Zawas. Yeats giró la muñeca y miró la brillante esfera de su reloj. —Ya son las cuatro horas cero cero. Casi ha amanecido. El Sol saldrá dentro de poco. No nos queda mucho tiempo. Conrad pasó la siguiente media hora vigilando el templo desde lejos mientras Yeats trazaba un plan. —Mira, el promontorio que hay en la cara oriental tiene unos cincuenta metros de altura —le dijo Yeats—. Hay dos escaleras bastante estrechas a ambos lados que conducen hasta el pie de los saltos de agua. Por ese motivo, dudo que Zawas haya apostado a más de un guardia al final de cada tramo de escaleras. Por eso y porque necesita el mayor número de personas posible dedicado a la búsqueda del Santuario del Sol Primigenio. Conrad examinó la cara oriental, desde la parte superior de los saltos de agua hasta el suelo. De repente, los centinelas que se encontraban en el extremo norte de aquella cara cobraron nitidez. De la misma manera en que lo hizo una lancha hinchable que había bajo las cascadas. La proa elevada le indicó que se trataba de una Zodiac Futura Commando, una de las preferidas por las fuerzas especiales de todo el mundo. —Veo a los guardias —dijo—. Y también una Zodiac amarrada. — ¿Solo una? —Lo más probable es que las otras estén patrullando los canales en nuestra busca. —Déjame ver. —Yeats se apoderó del visor nocturno—. Zawas cambia la guardia cada tres horas. O al menos eso era lo que hacía cuando trabajaba en las misiones de paz de la ONU. Esta guardia parece a punto de terminar, a juzgar por el lenguaje corporal. —Yeats le devolvió el visor nocturno a Conrad—. Así que lo único que tendremos que hacer es relevar la guardia actual unos minutos antes. A continuación, una vez que me haya asegurado de que estás cubierto, nos separaremos. — ¿Y cómo vamos a hacerlo? Yeats encendió un viejo mechero para iluminar el dibujo que había trazado en la oscuridad. —Tú encuentras eso que llamas el «Centelleante» y que va a guiarnos hasta el Santuario del Sol Primigenio —dijo Yeats, que trazó una línea con el dedo hacia el promontorio—. Yo me dirigiré hacia la cima, donde Zawas tiene los helicópteros, y me haré con uno para la huida. Tienes seis minutos para llegar desde el promontorio hasta la cima. Después, nos largaremos por aire. — ¿Y ya está? —preguntó Conrad. —Y ya está —respondió su padre—. Haré estallar los demás helicópteros para que Zawas no pueda perseguirnos por aire. Eso nos dará la ventaja necesaria para llegar al santuario antes que él. Conrad observó el encendedor que Yeats estaba utilizando para iluminar el bosquejo. Se trataba de un viejo Zippo con el anagrama de la NASA y con una dedicatoria para Yeats del capitán Rick Conrad, uno de los soldados que murió en la Antártida en 1969 y el hombre que, según le habían dicho, era su padre biológico. Pertenecía a la época en la que los astronautas fumaban. De niño, se había colado muchas veces en el estudio de Yeats para jugar con él. En una ocasión estuvo a punto de prender fuego a la casa. Había albergado la esperanza de que el General acabara por darse cuenta de lo desesperado que estaba por poseer algo que hubiera pertenecido a su padre y le regalara aquella maldita cosa. Pero Yeats nunca lo hizo. —Creía que habías dejado de fumar. —Jamás pongo fin a nada de lo que hago, hijo. —Yeats apagó el mechero y se lo dio a Conrad. Sorprendido, Conrad se limitó por un instante a evaluar el viejo y conocido peso del Zippo en la palma de la mano, antes de comenzar a encenderlo y a apagarlo. — ¿Qué pasa con Serena? —preguntó Conrad—. ¿Qué pasa con el obelisco? —Si Zawas se da cuenta de que falta uno de ellos antes de que averigües la localización del Santuario del Sol Primigenio, caerá sobre nosotros y nuestra misión habrá concluido —contestó Yeats—. Además, si nos marchamos sin el obelisco y sin la monja, creerá que hemos fracasado. Para cuando descubra lo que tramábamos en realidad, nosotros estaremos ya en el interior del Santuario del Sol Primigenio, habremos cogido lo que necesitamos y le habremos tendido una trampa. Zawas nos llevará el obelisco y a Serena. —Si no la mata antes. —Hazme caso por una vez en tu vida —le dijo Yeats, enfadado—. Serena conseguirá que Zawas nos siga. Confía en mí, ese hombre cuenta con ella. No va a matarla hasta que deje de serle útil. —Eso resulta de lo más tranquilizador. —Conrad trató de devolverle el encendedor a Yeats, pero, para su completo asombro, este lo rechazó. —Pongámonos en marcha. Había luces en lo alto y el rugido del agua de las cascadas se extendía por los alrededores. Justo al doblar la última esquina, Conrad pudo ver la oscura silueta de un centinela que se encontraba al pie de la escalera, y más allá la lancha Zodiac que se agitaba en el agua. El egipcio se estaba fumando un cigarrillo. Conrad estaba a punto de dar un paso en su dirección cuando una de sus botas golpeó la piedra. El centinela se giró, sobresaltado. — ¿Yasser? Conrad asintió y le dio un golpecito a su reloj. El centinela le escupió una reprimenda en árabe antes de darse la vuelta y alejarse. Conrad observó cómo se marchaba y echó un rápido vistazo a su alrededor. Tenía apenas unos minutos antes de que el guardia regresara y se topara con el verdadero Yasser. Después de cerciorarse de que no había nadie cerca, subió las escaleras de piedra que conducían al promontorio. Los escalones eran estrechos y estaban resbaladizos debido al agua de las cascadas, pero alcanzó la cima con rapidez. Una vez en el promontorio, vio que una figura se le acercaba desde el otro extremo. —Yeats, ¿eres tú? —susurró por la radio. —Estoy haciendo círculos con la mano —respondió Yeats. Conrad apenas si podía oírlo por encima del estruendo del agua. Sin embargo, sí que podía ver que la figura que había al otro lado movía la mano en círculos. —De acuerdo. —Pongamos manos a la obra —dijo Yeats—. Y, pase lo que pase, cíñete al plan y no olvides que tenemos una cita dentro de seis minutos. —Tras eso, desapareció en la oscuridad. Conrad caminó por el borde del promontorio que se extendía entre los saltos de agua y se colocó en posición. Podía sentir las tremendas vibraciones de las cascadas bajo los pies, así que tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. Miró hacia el frente y descubrió lo que andaba buscando. Allí, justo antes del amanecer del equinoccio de primavera, se alzaba la constelación de Acuario en el Este. Encajaba a la perfección con el monumento en el que se encontraba. El Portador del Agua terrestre miraba al Portador del Agua celeste. Y el Sol que comenzaba a despuntar —el Centelleante— marcaba el lugar. Sin perder tiempo, sacó el sextante digital que Yeats le había dado y realizó los cálculos. Teniendo en cuenta los resultados, dedujo que el Santuario del Sol Primigenio estaba enterrado a unos 90° hacia el Sur. Eso colocaba la X justo debajo del canal, a una profundidad de unos treinta metros, según sus cálculos. Barrió el horizonte con la cámara digital para delimitar el lugar. Conrad volvió a mirar el cielo. Ya despuntaban los primeros rayos del alba. Pronto, Acuario estaría bien alto en el firmamento y se convertiría en un portador de agua con el cántaro reclinado contra el horizonte. En ese mismo momento el Sol, que marcaría el inicio de la primavera, se encontraría en algún lugar tras la última estrella que saliera del cántaro. Conrad desvió la vista hasta su reloj. Casi habían dado las cinco de la mañana. Tenía que moverse deprisa, pensó; sin embargo, justo cuando se daba la vuelta, un egipcio salió del templo y se encaminó hacia él. — ¿Por qué no estás en tu puesto, Yasser? —gruñó. — ¿Y por qué no estás tú en el tuyo? —respondió Conrad en un árabe bastante pasable, si bien lo poco que sabía del idioma consistía en unas pocas palabras que había ido recopilando a lo largo de los años. El hombre pareció calmarse. —Me tomaba un descanso —dijo, o al menos eso creyó Conrad—. Estas monjas no ceden con facilidad. Las entrenan para ser mártires. Además, tuve que poner mucho cuidado a la hora de elegir la parte del cuerpo que iba a dañar. Puede que me sea útil incluso después de muerta. Conrad se dio cuenta de que llevaba algo en la mano. Era un puñado de cabello. El cabello de Serena. Conrad deseó matarlo en aquel mismo instante y rescatarla. No obstante, sabía que no podía dejar que el soldado le viera la cara, así que se limitó a reír el chiste de mal gusto y se dio la vuelta para contemplar el paisaje que se extendía por encima de los saltos. En ese momento sintió que el cañón de un AK-47 se le clavaba en la espalda. — ¿Ha encontrado el santuario, doctor Yeats? Se dio la vuelta y miró al hombre directamente a los ojos, que ardían de furia. El tipo esbozó una sonrisa de triunfo. —Ya no necesito a la monja para nada —dijo—. Y bien, ¿dónde está ese lugar? —Por allí—respondió Conrad, siguiéndole el juego—. ¿Puede ver la constelación de Acuario? Hizo un gesto con la mano izquierda y el guardia no pudo evitar seguir el movimiento. En ese instante, la mano derecha de Conrad le cruzó el cuello con el cuchillo de mango de hueso que le había quitado al ruso en la P4, y que había ocultado en su manga. La hoja dejó una línea roja. El soldado intentó gritar, pero solo pudo soltar un gorgoteo apagado de sorpresa antes de caer por el borde del promontorio y desaparecer en la oscuridad. Conrad observó cómo el cuerpo rebotaba dos veces contra el monumento antes de caer al río. A continuación, se giró hacia las escaleras que conducían a la parte superior del promontorio y hacia el lugar donde estaban los helicópteros y donde se suponía que debía encontrarse con Yeats. Sin embargo, otro egipcio salió del templo y comenzó a andar hacia él. Conrad se quedó helado. Por la forma de moverse del hombre, supo que solo podía tratarse del coronel Zawas. Como también supo que, en aquella ocasión, no habría escapatoria posible. 30 Una hora para el amanecer Pasaban pocos minutos de las cinco de la mañana cuando Zawas salió de su alojamiento para fumar un cigarro en el promontorio y echar otro vistazo al plano del Santuario del Sol Primigenio que le había quitado a Serena. Puesto que ya sabía lo que buscaba, solo necesitaba saber dónde mirar. Bajo las estrellas, con el habano apagado en la boca, notó que el firmamento se iluminaba. Muy pronto saldría el Sol y su oportunidad de encontrar el Santuario del Sol Primigenio desaparecería. Fue entonces cuando vio a uno de sus guardias (Yasser, según parecía) junto a una de las cascadas y se acercó a él. El hombre se puso en posición de firmes en la penumbra al darse cuenta de que se aproximaba. —Descanse, teniente —dijo Zawas, y Yasser se relajó—. No vemos un amanecer como este a menudo, ¿no es cierto? Yasser murmuró algo que Zawas tomó como un no. Se dio cuenta de que la mayoría de sus hombres mostraba los efectos del cansancio y la tensión. Suspiró, y había comenzado a dar palmaditas en los bolsillos en .busca de una cerilla cuando Yasser le ofreció un anticuado mechero Zippo. Zawas acercó la llama a la punta de su cigarro cubano e inhaló. Era maravilloso. —Continúe en su puesto —dijo al tiempo que comenzaba a caminar hacia el cuartel. A medio camino, sin embargo, se dio cuenta de que había algo que le resultaba familiar en aquel cigarro enrollado a mano. No, no se trataba del cigarro. Era el viejo mechero Zippo plateado que había encendido Yasser. Era exactamente igual que el de su abuelo. Zawas no tenía ni la más mínima idea de que Yasser ni ninguno de sus hombres poseyeran semejante objeto. Le preguntaría al soldado dónde lo había encontrado. Sin embargo, cuando se giró en busca de Yasser, este había desaparecido de su puesto. Zawas juro por lo bajo y caminó de vuelta hacia el promontorio. Se asomó al borde de la cascada, pero no pudo ver nada. Parecía que el hombre se hubiese desvanecido en el aire. ¿Se habría caído realmente? El soldado no era tan estúpido. Cogió la radio que llevaba en el cinturón. —Jamil —gruñó—. Reúne a tus hombres. ¡Conrad está aquí! Pero Jamil no respondió. —Jamil —repitió Zawas cuando escuchó una explosión a sus espaldas. Empezó a caer una lluvia de escombros y levantó la vista para ver los destellos de luz que provenían de la cima de la pirámide escalonada. De repente, la brillante cabina de un helicóptero Z-9A cayó por la cara oriental de la pirámide; el acero arañaba la roca a su paso con un chirrido ensordecedor. Zawas se apartó mientras el aparato se estrellaba contra el promontorio y estallaba en una bola de fuego. — ¡El cetro! —exclamó. Corrió al interior de la cámara en la que se guardaba el obelisco. Sin embargo, los dos guardias estaban en el suelo, muertos, y el cetro había desaparecido. Conrad cayó con tal fuerza al agua junto a la base del Templo del Portador del Agua que creyó que se mataría. Sin embargo, un minuto más tarde emergió a la superficie en busca de aire con un jadeo, y se dio cuenta de que su chapuzón desde el aire había pasado inadvertido para los guardias de abajo, gracias al rugido de las cataratas. Nadó en la oscuridad hacia la lancha, cortó las amarras, subió a bordo y puso en marcha el motor. Para cuando los guardias se percataron de lo que estaba ocurriendo y empezaron a disparar, él ya se encontraba a cientos de metros canal abajo y se alejaba cada vez más. Miró hacia atrás por encima del hombro para observar las lejanas explosiones que provenían de la cima del Templo del Portador del Agua. También vio una enorme sombra que caía hacia él a toda velocidad: uno de los helicópteros de Zawas. Sus luces se apagaron y empezó a volar bajo, casi por encima de él, tapando las estrellas. Conrad intentó que el motor aumentara la velocidad, pero no pudo lograrlo. El helicóptero comenzó entonces a moverse sobre él y lo sobrepasó para aterrizar unos metros por delante, a un lado del canal. Cuando Conrad se acercó a la orilla, distinguió una figura que le hacía señas. Era Yeats. Y tenía en la mano el cetro de Osiris. — ¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó Conrad al acercarse a la orilla. —Seguí el ruido de los disparos —replicó Yeats al tiempo que subía a la lancha—. ¿Has localizado el santuario? Conrad observó el helicóptero con incredulidad. — ¿Cómo has conseguido escurrirte sin que te descubrieran? —Tuve que crear una distracción y dejar a Zawas una pista falsa al mismo tiempo. Conrad sintió el conocido aguijonazo de traición que lo acompañó durante su niñez. — ¿Cogiste el cetro y dejaste a Serena atrás? —No me quedó otra elección, una vez que os vi a ti y al terrorista ese, hijo —dijo Yeats con la indiferencia y la rapidez típicas de los militares—. Me di cuenta de que el plan se había ido al traste. Cogí lo que pude y salí pitando. Bien, ¿has encontrado el santuario o no? Zawas está cabreado de cojones y viene tras nosotros. Conrad se apartó un mechón de cabello húmedo de la frente. —Lo he encontrado. Está justo ahí delante. —Ese es mi chico —dijo Yeats con un gesto de aprobación—. Vamos. Siguieron el curso del agua hasta un túnel. El GPS de Conrad los condujo hasta un pequeño corredor que se bifurcaba en dirección al canal subterráneo. Al final había una especie de enrejado de piedra. —Esa es la puerta del Santuario del Sol Primigenio —dijo Conrad—. Está ahí abajo. A unos trescientos metros. Abandonaron la lancha y dejaron que siguiera su camino por el túnel como señuelo. Conrad observó cómo desaparecía la embarcación en la oscuridad y después examinó su reloj GPS. Se les estaba acabando el tiempo. Eran casi las 5:15 de la mañana, y el amanecer ya despuntaba sobre el cielo de la ciudad. Excavaron junto al enrejado para encontrar un pasadizo del tamaño de un hombre. Se deslizaron hacia otro laberinto de pasillos subterráneos, internándose más y más hacia el centro de la Tierra. Media hora después, llegaron a un largo y oscuro túnel que terminaba en una luz azul. —Ahí es —dijo Conrad. Yeats sacó su linterna. El haz reveló una puerta. Tan pronto como pasaron bajo la luz azul, la puerta se abrió y entraron en una sombría caverna. Esa cámara parecía más grande que cualquiera de las que habían visto hasta ese momento. —Voy a lanzar una bengala —dijo Yeats—. Con un retardo de treinta segundos. Conrad se protegió los ojos cuando Yeats arrojó el pequeño cilindro al interior de la cámara. A falta de dos segundos para acabar la cuenta atrás, todo se inundó de luz. Durante un instante contempló el increíble espectáculo que proporcionaba un obelisco gigantesco, muy parecido al de la P4. Solo que este estaba inserto en una especie de cilindro formidable y tenía al menos unos 150 metros de alto. En la base había una especie de rotonda descomunal que debía de ser la entrada. A su alrededor, los escalones de baldosas del cilindro se elevaban hasta mezclarse con el techo abovedado. Conrad se dio cuenta de que se encontraban a mitad del camino de descenso antes de que se apagara la luz. — ¡Increíble! —dijo, y su voz produjo un gran eco. Descendieron los escalones dispuestos en espiral a lo largo del interior del cilindro hasta llegar al fondo. Una vez allí, permanecieron en la base del obelisco gigante y levantaron la vista. No podían ver nada más allá de unos seis metros, salvo el parpadeo de unas luces rojas alrededor del cilindro: los dispositivos por control remoto de los paquetes de C-4 que Yeats había colocado en el camino de descenso. — ¿Qué coño estás haciendo? —preguntó Conrad. —Tenderle una trampa a Zawas —respondió Yeats. —Tiene a Serena, ¿lo recuerdas? —No te preocupes, no tienen temporizadores. Tengo el detonador aquí mismo. Si se suponía que eso debía de tranquilizar a Conrad, no tuvo éxito. Sin embargo, estaba demasiado entusiasmado con el descubrimiento como para enzarzarse en una discusión que no podía ganar. En cambio, siguió a Yeats a lo largo de la base redonda hasta lo que parecía ser la puerta de entrada a la base del obelisco gigante. Se preguntó si les resultaría siquiera posible entrar. Y, justo entonces, descubrió una hendidura cuadrangular junto a la puerta. Tenía más o menos el tamaño de la base del cetro de Osiris. —Puede que necesitemos el cetro para abrir esto. —Pues adelante, hijo —respondió Yeats al tiempo que se lo ofrecía. Conrad insertó el cetro en el agujero cuadrado y notó una pequeña vibración. La puerta se abrió y pasaron al interior del obelisco gigante. Zawas apretó la mandíbula al observar los destrozos del exterior. Maldijo a Conrad Yeats, el hombre cuyo rostro no había visto jamás pero que había conseguido robar el cetro de Osiris delante de sus narices. Sacudió la cabeza al contemplar, abajo en la cascada, los restos incinerados del Z-9A que estaba encallado en la base, haciéndose pedazos mientras el agua lo arrastraba río abajo. Ya que el otro helicóptero también había desaparecido, en ese momento solo le quedaba un pájaro con el que volar. Siguió con la vista un trozo de parabrisas que flotaba canal abajo hacia el horizonte, donde los primeros rayos de luz del amanecer apagaban la luz de las estrellas antes de hacerlas desaparecer. Había algo en la configuración de esas estrellas que llamó su atención. En ese instante retrocedió de un salto al darse cuenta de que estaba observando la constelación de Acuario. De pronto, todo el mapa cobró sentido. Corrió hacia su alojamiento y estudió el mapa de Sonchis. Contempló el Templo del Portador del Agua, donde se encontraba en esos momentos. Después miró los símbolos «clave» de la esquina: las constelaciones de Acuario, Capricornio y Sagitario. Sudaba ligeramente cuando cogió el mapa con manos temblorosas y lo observó como si lo viera por primera vez. A continuación, corrió hacia la cámara de Serena y comenzó a desatarla. — ¿Las cosas se están poniendo feas, Zawas? —Au contraire, doctora Serghetti —respondió y la empujó al exterior, hacia el promontorio. Ella se resistió de camino al borde, temiendo que la arrojara abajo. Sin embargo, el hombre le ordenó que siguiera con la vista el canal de agua hasta el horizonte, donde despuntaban las primeras señales del amanecer. Y, entonces, se descubrió cara a cara con la constelación de Acuario. —He encontrado el Santuario del Sol Primigenio —le dijo Zawas—, y eso quiere decir que he encontrado a Conrad Yeats. Cuarta parte El día del Juicio Final 31 Cuarenta y cinco minutos para el amanecer Conrad y Yeats se encontraban dentro del gran obelisco, sobre una plataforma circular de metro y medio de diámetro suspendida en la oscuridad. Conrad escuchaba un murmullo sordo y una corriente de aire de olor grasiento le rozaba la mejilla. Encendió su linterna halógena. El haz de luz recorrió unos quince metros antes de iluminar una gigantesca columna y salir disparado, acto seguido, hacia otras tres columnas metálicas que estaban dispuestas a su alrededor. Cada reflejo aumentaba la intensidad de la luz, que al final resultó cegadora. Cerró los ojos. — ¡Apágala! —gritó Yeats, y su voz resonó en la oscuridad. Con los ojos cerrados, Conrad buscó a tientas el interruptor y apagó la linterna. Pasado un minuto comenzó a parpadear, pero no podía librarse de las motitas luminosas que lo cegaban. —Esas columnas de luz —comenzó a decir Yeats al tiempo que se frotaba los ojos—, ¿qué son? —No son columnas de luz —dijo Conrad—. Tan solo reflejan y magnifican cualquier tipo de luz que caiga sobre ellas. Espera un segundo. —Conrad se metió la mano en el bolsillo y sacó el encendedor Zippo—. Esto tiene poca potencia. ¿Estás preparado? — ¿Para que nos dejes ciegos? —No será tan malo esta vez —le aseguró Conrad—. Ponte las gafas de sol y relájate. Conrad se puso sus propias gafas y esperó a que Yeats hiciera lo mismo antes de encender el mechero. El efecto fue el mismo que tendría una sola vela en una catedral cavernosa. A su alrededor, a la luz mortecina, se veían cuatro pilares de seis metros de diámetro, translúcidos y relucientes, que se alzaban por encima de la oscuridad unos sesenta metros, y que se hundían en el abismo otro tanto. —Así que este es el famoso Santuario del Sol Primigenio —dijo Yeats, que miraba directamente hacia arriba. —Es como estar dentro de un filtro de café del color del bronce —musitó Conrad, que miró a su alrededor y comenzó a sentirse como algo insignificante. Un halo de niebla se adhería a los brillantes pilares, que parecían formar un embudo hacia el vértice superior. Y, sin duda, el aire tenía cierto olor grasiento. Bajó la vista al tiempo que se preguntaba hasta qué profundidad se hundía en la tierra ese Santuario del Sol Primigenio, y cuánto más deberían descender ellos para descubrir el Secreto del Tiempo Primordial. Lo asombraba la cantidad de cosas que le quedaban por descubrir, si bien era dolorosamente consciente del limitado tiempo del que disponía. —Mira esto. —Yeats acercó el mechero a un pilar brillante y pulido. La superficie de espejo no solo multiplicaba por cien la intensidad de la luz, sino que también parecía crear ondas—. Apuesto a que esta superficie tiene un índice de refracción de más del cien por cien. — ¿Y eso tiene importancia? —Lo mejor que hemos podido conseguir es un ochenta y ocho por ciento con el aluminio. —Estas columnas no son de aluminio. —No. —Yeats pasó la mano por la superficie de la columna—. Están hechas con algo mucho más ligero. — ¿Ligero? —Conrad tocó la columna. La superficie era resbaladiza, casi líquida. Sin embargo, podía sentir algún tipo desconocido de textura—. Parece tan suave como una telaraña y tan duro como el acero. Una especie de seda más ligera que el aire. —Eso es porque el tejido está perforado con agujeros más pequeños que el ancho de onda de la luz. —Yeats parecía casi entusiasmado—. Diría que el diámetro oscila entre una micra y algo cuatrocientas veces menor que un milímetro. ¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos hacia arriba o hacia abajo, hijo? Tejido. Conrad cayó en cuenta de que esa era precisamente la palabra que andaba buscando. Resultaba de lo más sorprendente que Yeats la hubiera encontrado antes. No obstante, tenía razón. Aquellas columnas eran rollos gigantes de un tejido ligero y delgado, semejante a un espejo, y tan brillante que podría confundirse con la luz que reflejaba a tamaña intensidad. — ¿Hacia arriba o hacia abajo? —repitió Yeats. —Hacia arriba —respondió Conrad, para su propia sorpresa. Porque, en realidad, no tenía ni idea. Nunca se había encontrado con nada parecido a aquel santuario en los textos egipcios de las antiguas pirámides, ni en las leyendas tradicionales de América Central. Tampoco podía acordarse de que apareciera en alguna pesadilla o recuerdo de su infancia. Su mera función, hasta donde era capaz de aventurarse, era la de servir como una proyección a escala real del obelisco que había cogido de la P4. Sin embargo, en alguna parte de aquel obelisco se hallaba el llamado «Asiento de Osiris», el último lugar de reposo del cetro y el Secreto del Tiempo Primordial. La única pregunta que se le planteaba era si podría reconocerlo cuando lo viera, por no mencionar si sabría qué hacer con él. —Vamos hacia arriba —repitió. Y eso hicieron. La plataforma en la que se hallaban comenzó a subir como un ascensor, elevándolos entre las columnas de luz. Conrad levantó la vista y vio que los pilares se unían hasta formar un vértice. —Agárrate fuerte—dijo, tenso pero decidido.