López, Kreigel y Marcus, que estaban a su lado, mantenían una expresión tan impenetrable como de costumbre. —Descubrámoslo —dijo al tiempo que se introducía en el pasaje. Conrad estaba en lo cierto con respecto al oreichalkos, tal y como Serena no tardó en descubrir. Una vez que hubieron recorrido unos dos o tres metros de pasadizo, la superficie de los muros se convirtió en una especie de metal o de piedra más tosca. Raspaba ligeramente su anorak de Gore-Tex, pero descubrió que podía descender por el pasadizo apoyada sobre ambos pies si se inclinaba hacia atrás y mantenía la cuerda en tensión. La luz de las linternas solo conseguía penetrar la oscuridad unos quince metros por delante. — ¿Cómo vais ahí abajo? —gritó Yeats. Su voz quedaba amortiguada y adquiría cierto tinte metálico debido a la configuración del pasadizo. —Bien —replicó ella. Sin embargo, no se sentía bien. El aire resultaba pesado y sofocante. Las húmedas y densas paredes parecían cerrarse a su alrededor a medida que descendían por la pendiente de treinta y ocho grados. Mientras reptaba por el pasadizo, comenzó a sentir un hormigueo en la parte baja de la espalda que, muy despacio, iba ascendiendo por su columna. Veinte minutos después, salieron del pasadizo a una descomunal estancia de color rojo oscuro que parecía irradiar un tremendo calor y poder. Estaba completamente vacía. —Aquí no hay nada, Conrad—dijo Serena, que pudo escuchar el eco de su voz—. Ni inscripciones ni nada. —No estés tan segura. Se giró y vio que Conrad se dejaba caer, ayudado de la cuerda, por la pared que daba fin al pasaje, seguido de Yeats y sus tres oficiales. Conrad barrió la cámara con el foco, revelando unas paredes levantadas con bloques de una piedra que se parecía al granito. El suelo y el techo estaban construidos con idénticos bloques gigantescos. La estancia era más grande que un campo de fútbol, y Serena supuso que tendría unos sesenta metros de altura. A pesar de todo, tenía la sensación de que las paredes se cernían sobre ella. —Hablando de arquitectura megalítica... —dijo Conrad mientras deslizaba el haz de luz por el techo—. Tan solo por esto, la ingeniería logística resulta asombrosa. Conrad tenía razón acerca de la arquitectura, pensó Serena. Revelaba mucho acerca de los constructores. Eso era lo que la intrigaba tanto de la lingüística. La lengua trataba a menudo de esconder o manipular el significado y, al hacerlo, revelaba la verdadera naturaleza de la civilización que había tras los artefactos. El problema era que allí no había inscripciones. No había nada. Incluso en las excavaciones de menor importancia había encontrado algún objeto que la conectaba de alguna manera con la gente de aquellas lejanas épocas. Un trozo de cerámica, una estatuilla, eran más que simples objetos. Pertenecían a unos seres humanos que pensaban y sentían. Era como tratar de conocer a su padre a través de los objetos personales del sacerdote después de su muerte, y descubrir que incluso las cosas más triviales le revelaban datos acerca de su propio pasado. Allí no sentía ninguna conexión. Nada. Tan solo un vacío absoluto, y resultaba escalofriante. Ni siquiera un sarcófago, un féretro que, si no le fallaban sus recuerdos acerca de las pirámides egipcias, debería de haberse encontrado en el extremo occidental de aquella cámara, pero que no estaba. Al menos una tumba se erigía por alguien. Pero ese lugar era frío, práctico y reservado. —No veo más pasadizos —dijo—. Dijiste que encontraríamos otro. Y no hay puertas. Estamos en un punto muerto. —Ahí está. —El haz de luz de Conrad señaló el pasadizo de la pared meridional. Parecía idéntico al que acababan de abandonar. —Lo único que vamos a encontrar al final de esto es un bloque de hielo —dijo Serena. Conrad lo miró mejor y asintió. —En la Gran Pirámide de Giza, el pasadizo meridional servía para conducir al faraón fallecido hasta las embarcaciones de cañas que utilizaría para navegar sobre su reino terrenal. El pasadizo septentrional servía para que se uniese a las estrellas en el reino celestial. —Qué bonito —dijo Serena—. Pero no veo el sarcófago de ningún faraón fallecido por aquí. Observó a Conrad mientras este caminaba hasta el centro de la cámara. El eco de sus pasos parecía intensificarse a medida que se acercaba al corazón de la estancia. — ¿Qué estás haciendo? —le preguntó. —Si no hay nada en el interior de esta estancia, tendremos que examinar la habitación en sí. —Caminó hacia el muro occidental y giró la cabeza hacia el Este. Cogió lo que parecía un bolígrafo y enfocó un delgado rayo láser hacia las paredes. Después examinó las lecturas—. Esta habitación es un rectángulo perfecto de uno por dos —anunció—. Y la altura de esta cámara es exactamente la mitad de la longitud de la diagonal de la planta. — ¿Y? —Puesto que la cámara forma un rectángulo perfecto de uno por dos, los constructores han formado una sección áurea, es decir, fi. — ¿Fi? —preguntó Yeats. —Fi es un número irracional, como pi, que no puede calcularse de forma aritmética —explicó Conrad—. Su valor se calcula sumando uno a la raíz cuadrada de cinco y dividiendo el resultado entre dos, lo que da 1,61803. O con el valor límite de la proporción entre los números sucesivos de la serie Fibonacci: la serie de números que comienza con 0, 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13... — ¿En la que cada dígito es la suma de los dos dígitos anteriores? —dijo Serena, completando su lección—. ¿Adonde quieres llegar? —Los constructores no dejaron nada al azar en este lugar. Cada piedra, cada ángulo, cada cámara han sido sistemática y matemáticamente diseñados en función de algún gran propósito. Esta no es solo la mayor y más antigua estructura del planeta: también es la más perfecta. Serena tragó saliva con fuerza. — ¿Y eso qué significa? —Significa que es humanamente imposible. Serena lo observó con cautela y llegó a la conclusión de que creía lo que estaba diciendo a ciencia cierta. Ella todavía no había llegado a ese extremo, pero estaba impresionada por su inteligencia. Era raro que conociera a un hombre más inteligente que ella. El problema radicaba en que, quizá, Conrad fuera demasiado brillante para su propio bien, como los genios que los norteamericanos utilizaron para construir la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Era obvio que, de algún modo, esperaba conseguir algo en la P4 que pudiera catapultarlo hasta su merecido lugar en la historia. No obstante, al contemplar al general estadounidense, Serena supo que Yeats jamás lo permitiría. Su expresión fría y pétrea le dijo que, una vez Conrad hubiera cumplido su misión, sería prescindible. No como su hijo, sino como arqueólogo. Conrad, sin embargo, era demasiado inteligente como para acabar resultando prescindible. Por esa misma razón a ella no le preocupaba lo que Conrad decía, sino lo que se callaba. —De modo que has llegado a la conclusión de que la P4 es alienígena, ¿no es eso? —Meneó la cabeza—. Los cuerpos que encontramos en el hielo eran humanos. Yeats dijo que las autopsias del laboratorio habían confirmado ese punto. —Eso no significa que esa gente construyera la P4 —dijo Conrad—. Esta cosa podría haber estado aquí mucho antes de que ellos llegaran. La manera en que utilizaba la denominación «esta cosa» la molestaba. La P4 no era una cosa. Era una pirámide... ¿O no? Sin inscripciones, le resultaba imposible descubrir cualquier posible significado que pudiera tener aquel monumento, de la misma manera que no podía plantarle cara a Conrad, salvo para decir: —Eso no lo sabes con seguridad. —Ten algo de fe. Conrad atravesó la estancia y caminó hasta el pasadizo opuesto. Una vez allí, sacó un dispositivo portátil de su cinturón. — ¿Qué estás haciendo? —Poniendo en marcha mi simulador astronómico. —Conrad pulsó un botón para que apareciera un gráfico en la pantalla—. El pasadizo septentrional por el que hemos llegado tiene un ángulo de treinta y ocho grados y veintidós minutos. Este pasadizo meridional tiene una inclinación de quince grados y treinta minutos. Serena se acercó a él. —No te sigo. —Olvidas que esta pirámide puede ser un instrumento meridiano para seguir el curso de las estrellas —dijo Conrad con la vista clavada en la pantalla del dispositivo—. Los pasadizos de la cámara real en la Gran Pirámide, por ejemplo, apuntaban hacia Orión y Sirio. Tengo la corazonada de que se construyeron siguiendo estos como modelo. Lo único que tenemos que hacer es lograr que los pasadizos encajen con varias coordenadas celestes a través de la historia, y así podremos datar la P4 con precisión... —Se detuvo en seco. No dejaba de mirar la pantalla de su dispositivo. —Continúa —dijo Serena. —Espera. —Conrad frunció el ceño—. Esto no puede estar bien. — ¿Qué pasa? — ¿Pasa algo malo, Conrad? —preguntó Yeats, que todavía apuntaba con su linterna hacia el pasadizo meridional. —El ángulo de estos pasadizos apunta a unas estrellas concretas de una época también concreta —dijo Conrad—. Este pasadizo apunta hacia Alfa Canis Majoris, en la constelación del Can Mayor. Era conocida como Sirio por los antiguos, que la asociaban con la diosa Isis, la madre cósmica de los reyes de Egipto. —En oposición al rey cósmico Osiris —dijo Serena. Los ojos de Conrad se iluminaron. —Cuya constelación, Orión, se alza por el Este en estos mismos momentos. —Ya me contaste todo esto en la Base Glacial Orión. —Yeats miraba con impaciencia sobre el hombro de Conrad. —No lo entiendes —explicó Conrad, y la propia Serena se esforzaba por encontrarle sentido—. Este pasadizo apunta hacia Alfa Canis Majoris en estos mismos momentos, en la cúspide de la Era de Acuario, tal y como puede observarse desde el Polo Sur durante el amanecer del equinoccio de primavera. Yeats dijo: —Estamos en septiembre, Conrad. —Para los que viven en el Hemisferio Norte —le recordó Serena a Yeats—. Aquí estamos en primavera, al igual que en el resto del Hemisferio Sur. —Se volvió hacia Conrad—. Y bien, ¿qué significa eso? —Bueno, desde un punto en el suelo cuya localización no varíe, el firmamento es como el cuentakilómetros de un coche. El cielo cambia siguiendo un ciclo completo cada 26.000 años —explicó—. Y eso significa que o bien esta pirámide se construyó hace 26.000 años, durante la última Era de Acuario o... — ¿O qué? —lo apremió Serena. —O se construyó para alinearse con las estrellas en una época futura. —La miró a los ojos y ella sintió un hormigueo en la espalda—. En este preciso momento, en el que nos encontramos ahora. 14 Quinta hora de descenso Base Glacial Orión O’Dell estaba echado en su litera, en el interior de la Base Glacial Orión, escuchando a Chopin y a la espera de noticias de Yeats y del equipo de exploración cuando, de repente, los muros empezaron a temblar y sonó la señal de alarma. La monotonía diaria de la base se interrumpía con bastante frecuencia para llevar a cabo un «sim», o simulacro. Al sonido de la señal de alarma, todo el personal se apresuraba a ocupar sus puestos en el centro de mando, donde estaban situados los paneles con las luces de advertencia y los equipos de diagnóstico. Una luz intermitente advertía de que la situación de emergencia era simulada. Sin embargo, puesto que era O’Dell quien ordenaba los simulacros y no había ordenado ese en concreto, sabía que no habría ninguna luz parpadeando en el panel que advirtiera de ello. Sintió cómo se le aceleraba el pulso y cómo la adrenalina se disparaba en su organismo al tiempo que salía en tromba de su cuarto en dirección al módulo donde se ubicaba el centro de mando, allí donde el personal ya estaría reunido alrededor del monitor principal. —Han traspasado el perímetro exterior, señor —informó el teniente que estaba de guardia—. Sector Cuatro. O’Dell observó la imagen granulada que presentaba la nieve al ser arrastrada por el viento y, al instante, un enorme objeto grisáceo surgió de entre la neblina polar. —Son los rusos. —Lanzó una maldición en cuanto reconoció el tractor Kharkovchanka. —Traspaso en el Sector Dos, señor —dijo otra voz. — ¡Sector Uno! — ¡Sector Tres! O’Dell echó un vistazo a las distintas pantallas que había en la estancia: tractores Kharkovchanka por todos lados. Los rusos habían rodeado la base. Permaneció inmóvil mientras asimilaba poco a poco la gravedad de la situación, hasta que sintió un golpecito en el hombro. — ¿Señor? O’Dell se dio la vuelta y vio al oficial de comunicaciones. Parpadeó varias veces. El hombre estaba moviendo los labios pero él no oía nada. — ¿Qué? —He dicho que los rusos intentan establecer comunicación con nosotros, señor. ¿Quiere que responda? O’Dell respiró hondo. — ¿Podemos contactar con el general Yeats? —Perdimos contacto con el equipo en cuanto entraron en la P4. Antes de que O’Dell pudiera responder, se escuchó una voz procedente del intercomunicador del compartimento estanco oriental. — ¡Ivanes a las puertas! O’Dell escuchó los golpes que los rusos asestaban a la puerta con lo que parecían ser las culatas de sus AK-47. Dejó escapar el aire con lentitud antes de girarse hacia el oficial de comunicaciones. —Informe a los rusos de que un comité de bienvenida los recibirá en el compartimento estanco oriental. —Sí, señor. —Entretanto, oculten todo lo que puedan. Salió del centro de mando y se dirigió hacia un laberinto de corredores flanqueados por unas luminosas ventanas de cristal reforzado. En cuanto echó un vistazo en dirección al asentamiento de módulos cilíndricos y cúpulas geodésicas que se encontraba en el exterior, comprendió que sería imposible ocultar lo que su unidad estaba haciendo en ese lugar. Atravesó un compartimento estanco, camino de un módulo en el que los acordes de la sinfonía de Mozart se escuchaban con mucha más fuerza. Dejó atrás a un equipo de limpieza que se encontraba a la entrada del laboratorio donde se guardaba el piramidión. Las puertas dobles con la advertencia «SOLO PERSONAL AUTORIZADO» habían desaparecido tras una falsa ventana de cristal, convenientemente empañada. Solo esperaba que los rusos no fueran demasiado meticulosos en su búsqueda. No obstante, eso era mucho pedir; al igual que lo era el deseo de que pasaran de largo junto a los dosímetros, instalados en varios paneles, que medían la radiación del reactor nuclear de la base. O’Dell cayó en cuenta de que aquella sería una prueba más que suficiente para poner fin a su carrera de modo definitivo. Y, si eso llegaba a suceder, Yeats se encargaría de poner fin a su vida. Dos policías militares desarmados lo esperaban en el compartimento estanco. O’Dell asintió con la cabeza y la pesada puerta comenzó a abrirse muy despacio. El aire gélido del exterior lo dejó sin aliento al tiempo que dos figuras (una baja y corpulenta; la otra alta y delgada) entraban, sacudiéndose la nieve de las botas. El más bajo de los dos se quitó el gorro y O’Dell contempló el rostro hinchado y enrojecido más feo que había visto en toda su vida. —Soy el coronel Ivan Kovich —se presentó el hombre con actitud triunfal, haciendo gala de un inglés con marcado acento ruso—. Y usted se encuentra metido en un gran problema. Un problema enorme. Antes de que O’Dell pudiera replicar que la Base Glacial Orión no era más que una sencilla estación de investigación, Kovich comenzó a toser de modo incontrolable. El larguirucho auxiliar propinó a su comandante unos cuantos golpes en la espalda, hasta que Kovich le hizo saber con un gesto que ya era suficiente. —Léaselo, Vlad —ordenó Kovich, que agregó a modo de presentación—: Este es Vladimir Lenin, tataranieto del mismísimo Lenin. O’Dell lo observó con interés mientras el joven oficial se sacaba un arrugado trozo de papel del anorak y lo estiraba. A todas luces, este Lenin no había ascendido tanto en el escalafón como su antecesor. Con un inglés algo titubeante, leyó: —Ha violado el Artículo Uno del Tratado Antártico Internacional. No se permite presencia militar. El Tratado nos autoriza a inspeccionar la base. El joven Lenin miró a Kovich de soslayo y, cuando este asintió, volvió a guardarse el papel. — ¿Alguna pregunta? —inquirió Kovich a O’Dell. Este respondió con otra pregunta: — ¿Cuántos hombres más de su unidad se nos unirán? —Se nos unirán tantos rusos como americanos haya en esta base y en el fondo de ese barranco de ahí fuera —informó el ruso. — ¿Y el coronel Zawas y su unidad? —Esperábamos que usted nos informara —contestó Kovich—. No hemos tenido noticias de ellos. Han desaparecido como por arte de magia. 15 Quinta hora de descenso El interior de la cámara estaba en silencio. Yeats miró a Conrad, y por su expresión pudo deducir que había cometido un gigantesco error de cálculo. Y le dio la impresión de que la monja también se había dado cuenta. —Por casualidad, no habrás... —preguntó el general. —No he cometido ningún error—dijo Conrad—. El pasadizo meridional, que sabemos que fue construido hace al menos doce mil años, está diseñado para alinearse con la estrella Sirio tal y como aparece en nuestro cielo en la actualidad. De la misma forma, el pasadizo septentrional apunta hacia Alnitak, la estrella central del Cinturón de Orión. Yeats sabía muy bien que había más, pero Conrad no iba a contárselo y conocía la razón. Serena también observaba a Conrad con mucha atención. —Incluso si tienes razón con respecto a los alineamientos astronómicos, ¿por qué ahora? —le preguntó—. ¿Crees que la P4 tiene algo que ver con los recientes terremotos? Para alivio de Yeats, Conrad no dijo nada. —Creo que deberíamos llamar a la Base Glacial Orión antes de emprender ninguna otra acción. —Yeats sacó la radio y ajustó la frecuencia—. Base Glacial Orión, aquí Equipo Fénix. No hubo respuesta, tan solo siseos y chasquidos. —Base Glacial Orión —probó Yeats de nuevo—. ¿Me recibe? De nuevo, solo le respondió el silencio. —Joder —dijo Yeats—. Estos muros deben de interferir la señal. —No interfirieron el vídeo que envió la sonda —dijo Serena—. Puede que su base ya no esté allí. Puede que haya quedado enterrada tras la tormenta de nieve. —Mire, hermana Serghetti... —gruñó Yeats. —Doctora Serghetti —lo corrigió ella. —Mire, doctora Serghetti, nos encontramos en una situación en la que se ha perdido la comunicación por radio, situación que, probablemente, se deba a esta tormenta polar. Eso es todo. Teniendo en cuenta el estado meteorológico en que se encuentra la superficie, yo voto por esperar aquí abajo hasta que la tormenta amaine. Y, mientras estemos en este lugar, haremos lo que se supone que debemos hacer. ¡López, Marcus, Kreigel! Los tres oficiales se pusieron en posición de firmes de inmediato. — ¡Señor! —Instalen un nuevo comando y un puesto de logística dentro de esta cámara. Lo más probable es que el habitat sea inestable. Traigan todo lo que necesiten aquí abajo. —Yeats colocó una mano sobre el hombro de Conrad—. En la superficie dijiste algo acerca de que la pirámide tenía cuatro pasadizos. —Sí—dijo Conrad—. Sospecho que los otros dos pasadizos, si es que existen, se encuentran en una cámara inferior. Tendremos que encontrarla para asegurarnos. — ¿Para asegurarnos de qué? —presionó Serena. Conrad respondió: —Lo sabré cuando lleguemos allí. — ¿Y cómo piensas llegar allí? —inquirió ella. —Por esa puerta. — ¿Qué puerta? —preguntó Yeats. —Esa puerta. Yeats observó cómo Conrad se giraba hacia el pasadizo por el que habían bajado y examinaba la pared de la derecha con la linterna. Allí, en el rincón, para sorpresa de Yeats, había un pasillo abierto. Había estado siempre a sus espaldas. —Eso no estaba ahí antes —dijo Serena con voz ronca. —Sí, sí que estaba —dijo Conrad—. Ha estado ahí desde el principio. Una vez más, el sentido que Conrad poseía del espacio y del tamaño sorprendía a Yeats. No le habría extrañado nada que su hijo ya hubiera trazado un mapa del interior de la P4 en su cabeza. —Te digo que no estaba —insistió Serena. —Y yo te digo que lo pasaste por alto —dijo Conrad—. Cálmate, ¿quieres? —Sin problemas. —Serena dio un paso hacia la puerta abierta—. Entonces, ¿a qué estamos esperando? Yeats le bloqueó el paso con un brazo. —Usted se quedará aquí mientras Conrad y yo buscamos los dos pasadizos que faltan. Yeats pudo vislumbrar un destello de furia en la mirada de la mujer. Estaba claro que no aceptaba bien las órdenes. No era de extrañar que fuera un dolor de cabeza para el Vaticano. Comenzó a hacer fuerza contra el brazo que la retenía para dirigirse hacia la entrada, pero Conrad la agarró por el hombro y la hizo retroceder. —Está bien, Serena —dijo Conrad—. Cuando encontremos los pasadizos, vendremos a buscarte. Ni de coña, pensó Yeats. —Por supuesto que vendremos a buscarla —le dijo—. Tan pronto como encontremos algo. —Te lo prometo —añadió Conrad con énfasis, lo que molestó a Yeats. Conrad no tenía ningún derecho a prometer nada a nadie. La expresión del rostro de Serena le indicó a Yeats que no había creído ni una sola palabra pronunciada por su hijo. —Está bien —dijo ella—. Marchaos. Yeats hizo un gesto con la cabeza en dirección a Marcus y a Kreigel, que tomaron posiciones en la entrada y, acto seguido, salió tras Conrad de la habitación a través de un túnel cuadrado de techo bajo. Mientras avanzaban en la oscuridad, a Yeats le preocupaba el error de cálculo que había cometido al permitir que Madre Tierra se uniera al equipo. No porque tuviese algo en contra de la mujer en sí, sino porque era evidente que Conrad no pensaba ni actuaba con claridad cuando ella andaba cerca. Tenía la esperanza de que un poco de distancia entre ellos aclarara la cabeza del chico. La estrategia funcionó pocos minutos más tarde, cuando alcanzaron una sólida plataforma horizontal. Parecía una especie de altar. Conrad se detuvo en seco. — ¿Qué es esto? —preguntó Yeats. —Esto se encuentra justo sobre el eje este-oeste de la pirámide —explicó Conrad—. Señala el punto de transición entre las mitades norte y sur del monumento. — ¿Y eso qué quiere decir? —Yeats estaba a punto de dar otro paso cuando Conrad lo rodeó con un brazo. Era más fuerte de lo que se había esperado. —Mira. Conrad apuntó con su linterna a la oscuridad, revelando lo que parecía un gigantesco túnel de metro que se hundía hacia el centro de la Tierra. Justo en mitad de ese suelo brillante se abría un canal de unos doce metros de ancho y seis de profundidad. Reproducía hasta el más mínimo detalle el diseño que presentaba el techo abovedado en su vértice, unos noventa metros por encima. —Este es el corredor principal, o Gran Galería. —Maldita sea, hijo. —Yeats dio un paso para apartarse del borde—. Desde luego, sabes cómo moverte sin problemas por este lugar. ¿Estás seguro de que no has estado aquí antes? —Solo en mis sueños. —Pues a mí me parece una pesadilla —respondió Yeats al tiempo que se asomaba al borde—. ¿Adonde conduce? —Solo hay una manera de averiguarlo. —Conrad extendió una cuerda que llevaba en la mochila—. La pendiente tiene alrededor de veintiséis grados y los suelos son resbaladizos. Tendremos que usar cuerdas. Trata de mantenerte pegado a los muros y no resbalar hacia el canal. Habían descendido unos trescientos metros cuando, de pronto, Yeats perdió todo sentido de la orientación. Era la misma sensación de vértigo que había experimentado en ocasiones en la Base Glacial Orión, allá en la superficie. No habría sabido decir dónde empezaba y terminaba el túnel, ni diferenciar entre el techo y el suelo. Se frotó los ojos, que le escocían a causa del sudor frío, y continuó descendiendo a lo largo de la gran galería. En ese momento, Conrad dijo: —En realidad, no has traído a Serena como mera observadora, ¿verdad? A Yeats le dio la impresión de que, en verdad, Conrad echaba de menos a la monja. Por todos los santos, pensó, si acababan de dejarla... —Joder, no —dijo Yeats—. Quiero descubrir cuánto sabe acerca de esta cosa. Y es más de lo que dice. — ¿Qué te hace sospechar? —preguntó Conrad. —Deformación profesional. —En ese caso, tal vez no sea sensato que Serena se quede sola. —He dejado a tres buenos oficiales de guardia. —Lo que pasa es que no veo la necesidad de dejarla atrás. —Sí, sí que hacía falta. Y ahora ya puedes decirme lo que no podías contarle a la buena hermana. En otra palabras, lo que de verdad estás pensando. —Lo más probable es que no sea nada —dijo Conrad—. Pura coincidencia. —Eso no existe en este lugar—replicó Yeats—. Desembucha. —Mira a tu alrededor. —Conrad hizo un gesto con la mano que abarcó la amplia y resplandeciente galena—. No hay inscripciones, iconografía religiosa o cualquier otro símbolo discernible, ni en esta galería ni en la pirámide. — ¿Y qué pasa con eso? —Que está claro que no se trata de una tumba. Ni siquiera es un rompecabezas que los iniciados que vagabundeen por la zona puedan resolver, tal y como dije antes. —Entonces, ¿qué cojones es esto? —Me da la impresión de que estamos en el interior de una máquina enorme. Yeats notó una profunda e inquietante sacudida en las tripas. Las noticias, preocupantes pese a ser previsibles, se parecían mucho a algún tipo de profecía. — ¿Una máquina? —Creo que tiene un propósito determinado. En el ambiente se palpaba una especie de pesadez. Yeats se aclaró la garganta. — ¿Qué propósito? —No lo sé. Puede que el desastre se cebara con los constructores antes de que tuvieran tiempo de ponerla en funcionamiento. —Puede. —O, tal vez —continuó Conrad—, esta máquina causara el desastre. Yeats asintió muy despacio a medida que asimilaba las palabras. De alguna forma, ya lo había presentido. Quería contarle más cosas a Conrad, pero aquel no era el momento adecuado. Si tenía suerte, Conrad acabaría por averiguarlo sin ayuda de nadie. Durante el descenso por la Gran Galería, Conrad se arrepintió de haber dejado a Serena en la cámara superior. Y no solo porque quería que se diera cuenta de que sus suposiciones acerca de la P4 habían resultado ser ciertas. Había leído en sus ojos lo desairada y apartada que se sentía. Él conocía muy bien esa sensación y no pudo evitar una punzada de culpabilidad por no haber salido en su defensa ante Yeats. Sin embargo, no iba a desperdiciar su propia oportunidad de explorar los niveles inferiores y abrirse camino hacia el descubrimiento arqueológico más importante de la historia de la humanidad. No obstante, tan pronto como alcanzó el final de la galería, el mapa mental que había trazado del interior de la pirámide comenzó a resultar mucho más claro. Se colocó frente a una bifurcación que desembocaba en dos túneles más pequeños. Deberían haber sido tres. Escuchaba la respiración jadeante de Yeats tras él. — ¿Y bien? —quiso saber el general con impaciencia—. ¿Qué camino tomamos? Conrad estudió los dos túneles más «pequeños». Cada uno tenía más de nueve metros de altura. Uno continuaba la pendiente de treinta y seis grados de la galería. El otro, en cambio, caía noventa grados hasta un pasadizo vertical. Ninguno lo satisfacía. Guiado por el instinto, Conrad se giró y comenzó a buscar un tercer túnel que debería doblar por debajo de la galería, pero no pudo encontrarlo. — ¿Qué estás haciendo? —preguntó Yeats. Conrad le dio unas palmaditas a la fría pared. Estaba completamente seguro de que la cámara central que buscaba se encontraba en ese mismo nivel. Y si en realidad la Gran Pirámide de Giza estaba construida según el modelo de la P4, entonces el corredor que conducía a esa cámara central debía de estar allí, al final de la galería. El problema era que no estaba. Quizá estuviera dando demasiadas cosas por sentado al pensar que los antiguos egipcios habían copiado punto por punto la estructura de los atlantes. Aun cuando su hipótesis inicial fuese cierta, eso no significaba que los egipcios dispusieran del conocimiento o de los medios necesarios para realizar una copia exacta de la P4. —La cámara que estamos buscando se encuentra en este nivel —dijo—. Pero tendremos que acceder a ella desde abajo. —Bien —respondió Yeats—. ¿Qué túnel? —En teoría, ambos corredores deberían conducir a la cámara funeraria —dijo Conrad con cierta vacilación. —Mientras no sea la nuestra... —No lo entiendes —añadió Conrad—. La cámara funeraria que se encuentra al fondo de la pirámide sirve como una especie de vestidor cósmico donde el rey puede danzar y celebrar la consumación de la vida. En la cima de la pirámide se encuentra el fénix o piramidión, que simboliza la resurrección. Para llegar de un lugar a otro hay que ascender. —Ya me hago una idea —dijo Yeats—. Y en algún lugar entre ambos puntos, tendrá lugar el abracadabra. —En la cámara central —explicó Conrad—. Allí es donde, posiblemente, descubramos un archivo de textos o de tecnología que desentrañe el enigma de la P4. —Conrad echó otro vistazo a su alrededor—. Puesto que el pasillo de acceso no se encuentra aquí, sospecho que la cámara funeraria indicará el camino. —Así pues, ¿qué túnel conduce a la cámara funeraria? Conrad podía sentir la mirada inquisitoria de Yeats. A decir verdad, todavía tenía que terminar de acostumbrarse a atacar esa pirámide desde la parte superior, al contrario que había sucedido en todas sus experiencias anteriores, en las que había abordado la situación de abajo arriba. Paseó la vista por el primer túnel. Lo más normal sería continuar con la pendiente de la galería que acababan de atravesar. Sin embargo, sospechaba que ese túnel conducía a la entrada principal de la P4. Lo más probable era que estuviese bloqueado en algún punto, para impedir que los extraños entrasen en la pirámide desde el nivel más bajo. —Ilumíname, hijo. —Puerta número dos —dijo Conrad—. Tomaremos el pasadizo vertical. —De acuerdo. —Yeats se inclinó sobre el pasadizo y dejó caer una nueva cuerda. Conrad emergió del final del pasadizo vertical media hora después y se dejó caer sobre un corredor inferior que iba de norte a sur, y que también tenía más de nueve metros de altura. Yeats acababa de caer junto a él cuando comenzó a sonar la alarma del reloj de Conrad. — ¿Tienes alguna cita en alguna parte? —preguntó Yeats. —Estamos bajo la base de la P4. —Conrad se quitó el guante izquierdo e inclinó la muñeca para dejar al descubierto la pantalla azul retroiluminada y electroluminiscente de su reloj multifunción. Además de contar con brújula incorporada, barómetro, termómetro y GPS, incluía un gráfico de altitud—. Hemos descendido casi dos mil quinientos metros. Programé la alarma para que sonara a la altitud que pretendía alcanzar. Yeats sacó su propio altímetro, el equipo estándar de las Fuerzas Aéreas. —Te has equivocado en más de cuatrocientos metros —dijo Yeats—. Apenas hemos descendido dos mil metros. Conrad contempló su altímetro con incredulidad. En esos momentos, su padre no iba a permitir que diera ningún paso en falso. Por pequeño que fuera. Y mucho menos de cuatrocientos metros. Comprendió que, por lo que a Yeats se refería, aquello bien podría ser el primer aterrizaje humano en Marte, y la NASA no permitía ningún margen de error. A medida que iba dándole vueltas al asunto en su cabeza, llegó a la conclusión de que Yeats tenía razón. En todo caso, la P4 era más importante para la humanidad que Marte. Desde luego, estaba más cerca. Tan cerca que se podía tocar. —Entonces, ¿qué camino tomamos? —presionó Yeats—. ¿Norte o sur? Conrad cortó su cuerda y se giró de forma automática hacia el norte. —Por aquí. Tras haber descendido unos 365 metros, el suelo se inclinó de pronto, con lo que la altura que había hasta el techo resultó casi el doble. Unos cincuenta metros más adelante se encontraba la entrada que Conrad buscaba. Podía notar que realmente comenzaba a hervirle la sangre. —Aquí es —dijo. Entraron en la gigantesca estancia. Los haces de sus linternas se desintegraron en la nada cuando el suelo comenzó a inclinarse ligeramente. Inmerso en la oscuridad y helado de frío, Conrad sintió que aquella cavidad era, en cierta forma, mucho más grande que la cámara superior que habían dejado atrás, justo encima de la Gran Galería. No obstante, el vacío que envolvía la luz de las linternas también parecía comprimido de algún modo. Se dio cuenta de que aquel era, sin lugar a dudas, un terreno inexplorado, lo que le provocó una extraña presión en el estómago. —Voy a lanzar una bengala... Se encenderá en treinta segundos —dijo Yeats—. Tres, dos, uno. Conrad escuchó cómo Yeats lanzaba el cartucho a la oscuridad. Comenzó a contar en silencio al tiempo que sacaba la cámara digital para capturar cualquier imagen que apareciera ante ellos. Unos segundos más tarde, la estancia quedó inundada por la luz. Conrad se protegió los ojos mientras grababa con la cámara algo que guardaba una mínima semejanza con un cráter de piedra. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz, comenzó a ver que eso era precisamente el lugar donde se encontraban. Estaban al borde de un cráter titánico de casi un kilómetro y medio de diámetro. Pero solo tenía unos sesenta metros de profundidad. La bengala chisporroteó y se apagó. Una vez más, Conrad y Yeats se vieron sumidos en la oscuridad. Yeats aprovechó ese momento para decir: —Muéstrame lo que tienes. —Aquí está. Conrad reprodujo la grabación en la pantalla que la cámara tenía en la parte posterior. Resplandecía con fuerza en la oscuridad. —Para —dijo Yeats. Conrad detuvo la imagen. Había algo en el centro del cráter. Un círculo o una especie de maza. — ¿Puedes acercar la imagen? —Un poco. Con los dedos temblorosos a causa de la adrenalina, Conrad aumentó el tamaño de la imagen hasta que ocupó toda la pantalla. Sin embargo, aún seguía siendo demasiado borrosa como para que pudieran sacar algo en claro. —En marcha —dijo. Conrad y Yeats caminaron juntos hacia el centro, poniendo mucho cuidado en no perder el equilibrio a causa de la pendiente del terreno. Conrad sintió que el corazón se le desbocaba. Jamás había visto una cámara como esa en Egipto ni en América, nada que se le pareciera en lo más mínimo ni en tamaño ni en distribución. Tras pasar la marca de los ochocientos metros, Yeats mandó hacer un alto. Conrad bajó el haz de su linterna al suelo y descubrió algo a unos diez metros por delante de ellos. Grabados en la piedra pulida del suelo había cuatro anillos que partían de un cartucho ovalado central, algo así como una especie de sello majestuoso. Yeats dejó escapar un silbido grave. —Por fin, inscripciones para la Madre Tierra. —No necesariamente —dijo Conrad, que respiraba con dificultad. Parte de él quería correr de vuelta y traerla. Otra parte, sin embargo, se negaba a admitir que no podía descifrarlo él mismo—. Se trata de algún tipo de icono o de símbolo. —En ese caso, incluso tú deberías ser capaz de descifrarlo. Conrad se dirigió hacia el centro del suelo, donde había un jeroglífico que le resultaba familiar inscrito en el interior del cartucho oval. Era un dios o un rey situado en el interior de algún tipo de dispositivo mecánico. Se asemejaba a un varón caucásico con barba, y vestía lo que parecía un elaborado ornamento en la cabeza que se conocía como «corona atef». Además, sostenía una especie de cetro en la mano. Parecía un pequeño obelisco. —Esta figura me resulta familiar —se oyó decir—, pero no acierto a descubrir por qué. Volvió a mirar el cartucho del suelo. La imagen que había inscrita en el interior era muy similar a los símbolos que representaban al dios Viracocha, en los Andes, y a Quetzalcoatl en Centroamérica. Sin embargo, era ese otro símbolo el que despertaba algo instintivo y aterrador en su interior, y de repente supo por qué. —Esta pirámide está dedicada a Osiris —dijo con voz temblorosa. — ¿Y qué? —preguntó Yeats—. Según tengo entendido, la mayoría de las pirámides está dedicada a algún dios. —No lo entiendes —dijo Conrad con entusiasmo—. Este sello sugiere que la P4 fue construida por el Rey de la Eternidad en persona, el Señor del Tiempo Primordial. — ¿Tiempo Primordial? —La época del Génesis de la que te hablé en la Base Glacial Orión, la época en que la humanidad emergió de la oscuridad primordial y los dioses le ofrecieron los dones de la civilización —dijo Conrad—. Los antiguos textos egipcios dicen que la introducción de esos dones, esa tecnología, corrió a cargo de unos intermediarios o deidades menores, conocidos como «los Vigilantes» o «Urshu». Yeats meditó un instante antes de hablar. — ¿De modo que crees que los urshu fueron los atlantes que construyeron la P4? —Tal vez —contestó Conrad—. Estoy seguro de que Serena tendrá su propia interpretación. Pero no tiene sentido negar que hemos descubierto la veta madre. —Conrad pudo escuchar el triunfo en su propia voz—. La Cultura Madre. —El Tiempo Primordial —dijo Yeats. —El Tiempo Primordial —repitió Conrad, y dijo la frase una vez más en idioma egipcio antiguo—: Zep Tepi. Tan pronto como las palabras salieron de su boca, parecieron girar en torno a la estancia y arremolinarse en el centro del suelo del cráter, como impelidas por alguna fuerza centrífuga. El suelo comenzó a temblar. De repente, el cartucho se abrió y Conrad se tambaleó hacia atrás cuando una columna de fuego emergió del suelo y se introdujo a través de un pasadizo circular que había en el techo. — ¡Joder! —gritó al tiempo que caía de espaldas. Comenzó a deslizarse por el suelo del cráter hacia el llameante agujero. Yeats lo agarró del brazo para sujetarlo. —Calma, calma, calma... Justo entonces, la erupción de fuego desapareció y los temblores cesaron. Lo único que quedó fue un pasadizo en forma de cráter allí donde se había abierto el cartucho. Conrad sintió un tirón cuando Yeats lo ayudó a ponerse en pie. —Y bien, ¿adonde coño crees que conduce eso, hijo? Conrad se inclinó hacia delante y echó un vistazo al pasadizo de fuego. Durante una fracción de segundo divisó un túnel resplandeciente que parecía descender hasta las mismas entrañas de la tierra. Pero el calor residual de la llamarada le quemó la frente y tuvo que retirarse rápidamente. —Según parece —dijo Conrad al tiempo que se tocaba con cautela la frente para comprobar que aún seguía allí—, yo diría que a la boca del Infierno. 16 Sexta hora de descenso Era el vodka. Tenía que ser el vodka, perjuró el coronel Ivan Kovich cuando contempló por primera vez la pirámide que se encontraba en el fondo del abismo de hielo. El vodka o algún alucinógeno experimental que los americanos le habían echado a la bebida en la base de la superficie. Fuera lo que fuese, decidió, era parte de un complot americano para volver locos a los rusos. Había comenzado con la financiación que el imperio capitalista aportara a la revolución comunista de 1917. Se había convertido en un hecho consumado con la instauración de Stalin y los gulags, y poco después con la matanza de veinte millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial. Todo había culminado con la humillante desintegración de la Unión Soviética en 1991 y el alzamiento de los arcos dorados de las hamburgueserías americanas en Moscú. En esos momentos, cuando los Estados Unidos se habían convertido en la mayor superpotencia mundial, Kovich estaba convencido de que los americanos mantenían vivos a los rusos para su propio y perverso placer, negándoles a sus cuerpos los nutrientes necesarios con los Big Mac y aniquilando sus almas con series de televisión como Los vigilantes de la playa. Para huir de ese infierno, Kovich había buscado refugio en la parca e inmaculada belleza de la Antártida y, sin embargo, había acabado tropezando con un verdadero hotel de lujo, todo un Four Seasons en la nieve, en la forma de la Base Glacial Orión. Con computadores último modelo, cómodos dormitorios, aseos relucientes y una buena reserva de alimentos, lo único que se echaba en falta era una piscina y un balneario. El conserje del Hotel Orión, el coronel O’Dell, se había mostrado bastante agradable durante la inspección. No obstante, los americanos comenzaron a ponerse nerviosos cuando los dosímetros rusos detectaron radiación y Kovich sugirió que se inspeccionara el gigantesco abismo de hielo sobre el que se había instalado la base. Kovich estaba convencido de que estaba a punto de descubrir una instalación de pruebas nucleares, sobre todo porque la propia Rusia tenía una al otro lado del planeta, en el Círculo Ártico. Tan solo después de alcanzar el fondo del abismo y de contemplar la prominente cumbre de una pirámide, Kovich se dio cuenta de que los americanos lo habían empujado a él y a sus veinte camaradas rusos más allá del límite de lo tolerable. Además, ¿cómo podría olvidar alguna vez el horror que reflejaron los rostros de sus hombres al ver los centenares de cuerpos humanos congelados en las paredes de esa tumba de hielo? Era un hecho cierto que su comandante había conseguido por fin conducirlos al Infierno. El blanco y reluciente exterior de la pirámide ni siquiera aparecía en los barridos del radar que realizaban a escasos metros. Era evidente que los americanos habían desarrollado un material de recubrimiento supersecreto e indestructible que podría hacer que sus flotas y bombarderos resultasen invisibles e invencibles. Como si eso no fuera suficiente, cierto mensaje se repetía una y otra vez en la cabeza de Kovich: « ¡Espere, aún hay más!», decía la voz, como en un espantoso anuncio publicitario americano. « ¡Mucho, mucho más!». Como bonificación especial a aquel abismo del Infierno, los americanos habían dejado algo parecido a una caravana aparcado sobre la cima de la pirámide, junto a otro agujero que los instaba a ir más allá. Allí, en aquel «habitat», Kovich dejó a los dos observadores americanos que los habían acompañado en el descenso junto con cinco de sus hombres. Junto con el resto de su equipo procedió a continuar el descenso a través del pasadizo de unos dos metros de altura, y no alcanzaron el otro extremo hasta bien pasada una media hora. Llegaron a lo que parecía ser un gigantesco horno de piedra del tamaño de un estadio olímpico. Y, en el interior de esa cámara, había cuatro soldados americanos —dos hombres y dos mujeres— que bajaron las armas, si bien se negaron a decir una palabra. Como gran premio final resultó que, al parecer, no había forma de salir de aquella tumba. Cuando fracasó el intento de comunicarse con Vlad y el resto del personal que se quedó en la Base Glacial Orión, Kovich se temió lo peor. Llegó a la conclusión de que lo habían engañado. Aquello era una trampa. Los habían atraído hasta esa tumba descomunal para poder matarlos. Entretanto, los americanos grabarían las imágenes de su lento descenso hacia la locura con cámaras ocultas y las utilizarían para montar los vídeos de entrenamiento de sus nuevos reclutas. Al final, uno de sus hombres encontró un pasillo abierto. Kovich dejó unos cuantos hombres con el fin de que vigilaran a los americanos y prosiguió con el resto a lo largo de un túnel cuadrado que conducía hasta una meseta situada sobre lo que semejaba un gigantesco túnel del metro de Moscú, y que parecía ir directo al centro de la tierra. Calculó que tenía al menos unos cien metros de alto y que podría tragarse el centro comercial GUM de Rusia, el más grande del mundo. Una serie de canales de unos doce metros de anchura y unos seis de profundidad recorrían las brillantes paredes, el suelo y el techo. — ¡Mire, señor! —gritó uno de sus soldados al tiempo que señalaba hacia el abismo—. ¡Hay más! Tras asomarse al borde, Kovich solo pudo frotarse los ojos con incredulidad, porque dentro de uno de los canales había dos cuerdas que lo desafiaban a descender todavía más. Algo se revolvió en la burbujeante psique de Kovich hasta abrirse paso a borbotones entre las arremolinadas imágenes de comida rápida, biquinis, cuchillos Ginsu y CDs de autosuperación. Ese algo era la súbita comprensión de que tanto sus hombres como él iban a morir. De que jamás lograrían volver a la superficie. Con una escalofriante claridad, Kovich tomó la última decisión estratégica de su vida: si ellos no iban a abandonar esa tumba, tampoco lo harían los americanos. 17 Séptima hora de descenso En el interior de la sala de calderas subterránea que se hallaba bajo la P4, Conrad se llevó una cantimplora fría a la frente mientras la tenue luz procedente del pasadizo vertical se extendía por el suelo del cráter. A pesar de que todavía le escocía la quemadura, apartó la cantimplora y se dio cuenta de que había vello de las cejas chamuscado adherido a la condensación del exterior. —Está claro que la cosa está que arde... —le decía Yeats—. Será mejor que nos pongamos en marcha antes de que otra bocanada nos deje fritos. Entre la herida de congelación de la mano y la quemadura de segundo grado de la cara, ya tienes dos puntos en contra. —Deja al menos que consigamos una lectura —dijo Conrad—. Tienes un sensor de calor por control remoto, ¿no? Yeats sacó una pequeña bola de su mochila. —El escudo está hecho del mismo material que utiliza la NASA en los escudos térmicos de las lanzaderas espaciales —explicó—. Échate hacia atrás. Conrad observó cómo lanzaba la bola hacia el pasadizo. Un minuto después comenzaron a aparecer números en el computador de bolsillo de Yeats. Conrad se acercó para curiosear. —Antes de que tu sensor con escudo térmico se fundiera en el descenso —dijo Conrad—, recorrió más de seis mil quinientos metros y registró una temperatura de casi cinco mil grados Celsius. —Santa Madre de Dios —musitó Yeats—. Esa sería una temperatura similar a la de la superficie del Sol. —O a la del núcleo fundido de la Tierra —dijo Conrad—. Creo que se trata de un respiradero geotérmico. — ¿Respiradero geotérmico? —Yeats entrecerró los ojos—. ¿Como los que hay en el fondo del océano? Conrad asintió con la cabeza. —Uno de mis antiguos profesores descubrió un lugar como este al oeste de Ecuador, a unos novecientos kilómetros de la costa y a más de dos mil metros de profundidad —dijo—. Existen pocos seres vivos en el fondo de los océanos, ya que no llega la luz del Sol y las temperaturas están por debajo del punto de congelación. Sin embargo, en aquellos puntos donde se abren grietas en la corteza terrestre, el calor del núcleo escapa y calienta el agua. Así es como algunas formas de vida marina (cangrejos, almejas y gusanos de hasta tres metros) sobreviven ahí abajo. Conrad miró a su alrededor. Aquella cámara geotérmica tenía el mismo propósito. En aquel momento, la pregunta era si los atlantes habían construido la P4 sobre un respiradero ya existente con el fin de aprovechar su calor, o si poseían una tecnología tan avanzada que les había permitido perforar hasta el núcleo de la Tierra (o de cualquier otro planeta, ya puestos) para conseguir una fuente de energía ilimitada. —Según Platón, la Atlántida fue destruida por una gran erupción volcánica —comentó Yeats—. Tal vez esta fuera la causa. —O tal vez esta sea la fuente de energía legendaria de la Atlántida —dijo Conrad—. Teóricamente, los atlantes habían logrado dominar el poder del Sol. Como es natural, la mayoría de los científicos asumió que eso hacía referencia a la energía solar. Sin embargo, estos respiraderos geotérmicos provienen del núcleo de la Tierra, que está tan caliente como la superficie del Sol. De modo que bien podrían ser la llamada «fuerza del Sol» que poseía la Atlántida. —Podría ser —dijo Yeats. Sin embargo, Conrad sabía que Yeats tenía en mente otro propósito para la P4 y que, con toda probabilidad, no estaba relacionado ni con su valor arqueológico ni incluso con el tecnológico. — ¿Tienes otra teoría? Yeats asintió. —Veamos, lo que estás insinuando es que la P4 es, en esencia, una enorme máquina geotérmica que puede canalizar el calor del núcleo de la Tierra y utilizarlo para fundir el hielo que cubre la Antártida. Conrad guardó silencio. No lo había pensado en términos tan catastróficos. En su mente, ese rumbo de pensamiento se adentraba en el terreno de los ecologistas como Serena, que siempre estaban alarmando con sus desastres naturales. Sin embargo, la ansiedad se fue apoderando poco a poco de él a medida que recordaba los cuerpos atrapados en el abismo de hielo que había sobre la P4 y la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre de Hapgood. Ni se le había ocurrido pensar en la posibilidad de que un desastre natural de la magnitud de un desplazamiento global de la corteza terrestre —la culminación de un ciclo geológico de cuarenta y un mil años de antigüedad— pudiera ponerse en marcha a voluntad. Yeats, en cambio, sí parecía haber considerado esa posibilidad con sumo detenimiento. Como poco, Conrad tenía que admitir que se guardaba el suficiente calor bajo la P4 como para derretir tal cantidad de hielo que el aumento del nivel del mar resultante bastaría para que desaparecieran las ciudades costeras de todos los continentes. —Sí, supongo que esta maquinaria podría calentar la Antártida —respondió Conrad con lentitud—. Pero, ¿con qué motivo? —Quizá para convertir el continente, o tal vez el planeta, en un lugar más habitable para su especie —prosiguió Yeats—. ¿A quién coño le importa? La cuestión es que debe de haber una sala de control por algún sitio y que tenemos que encontrarla. Antes de que alguien más lo haga. —Entendido —respondió Conrad, que no dejaba de preguntarse por qué se sorprendía de que Yeats fuera un hombre tan práctico como él mismo—. Debería ser la cámara central que hemos estado buscando, de la que parten los dos pasadizos celestiales. —Pues salgamos de una puñetera vez de aquí y encontrémosla —dijo Yeats—. Antes de que esta cosa vuelva a ponerse en marcha... de verdad. Mientras ascendían de nuevo por la galería, Conrad se vio asaltado por el miedo de haber hecho lo que juró que jamás haría: destruir la integridad de un hallazgo. Peor aún, podría haberse matado, junto con los demás, en el proceso. Casi podía escuchar los murmullos que lo habían perseguido toda su carrera: «ladrón de tumbas»... «violador de excavaciones vírgenes»... «Conrad el Destructor»... En aquel momento resultaba más necesario que nunca regresar junto a Serena, encontrar la cámara secreta de la P4 y asegurarse de que esa válvula de presión cósmica estaba bien cerrada. Cuando alcanzaron la bifurcación que se encontraba al final de la Gran Galería, a Conrad no le sorprendió encontrar tres túneles en lugar de dos. —Ni se te ocurra decirme que viste ese antes —le advirtió Yeats. —No, definitivamente no estaba aquí antes —convino Conrad—. Tal vez algo de lo que hicimos en la cámara inferior abrió una puerta. Alzó la mirada hacia la galería que llevaba a la cámara superior y vio que varias figuras se descolgaban desde allí. Yeats también las vio y cogió su arma. —Al suelo —susurró—. Y es una orden. Ambos apagaron las linternas que llevaban en la cabeza y retrocedieron en dirección al nuevo túnel de acceso, donde se apostaron a ambos lados de la entrada. Con la espalda pegada a la pared, Conrad le dirigió una mirada a Yeats. La silueta de su padre quedaba oscurecida por el brillo apagado que provenía del fondo de la galería. —Equipo Fénix, responda —dijo Yeats al micrófono de su radio, pero no obtuvo respuesta—. Respóndame, equipo Fénix. —De nuevo, solo hubo silencio—. Maldita sea. Conrad se puso las gafas de visión nocturna y echó una ojeada a la vuelta de la esquina. Dos figuras se dejaron caer sobre el saledizo que había al fondo de la galería. Sus ojos verdes (debido a los visores nocturnos) se movían de un lado a otro en la oscuridad. Conrad volvió a su anterior posición y miró a su padre. — ¿Quiénes son? —susurró. —Ni idea —respondió Yeats—. Pero te aseguro que no son de los míos. Muévete. Comenzaron a alejarse por el largo y oscuro túnel de acceso. Aquel corredor tenía unos diez metros de alto, pero parecía mucho más pequeño en comparación con la grandiosidad de la Gran Galería por la que habían descendido. Después de recorrer unos cuatrocientos metros en dirección sur, la pendiente del suelo dio paso, de modo abrupto, a un túnel mucho más grande, con un techo el doble de alto que el anterior. —Por allí. —Yeats dirigió el haz de la linterna hacia el suelo. A unos cien metros por delante se encontraba o bien una puerta o bien el final del túnel. Era difícil saberlo. Justo en ese instante, Conrad sintió una ráfaga de aire. Levantó la vista y vio un pasadizo en el techo. Había otro en el suelo, con una pendiente de la misma inclinación. —Podría tratarse de uno de esos pasadizos celestes adicionales que conducían a la cámara secreta —dijo—. Creo que atraviesa este corredor. Tendría que dejar caer una cuerda para asegurarme. —Yo voy a seguir este corredor otros cien metros o así para averiguar qué hay al final —replicó Yeats—. Después volveré aquí y podrás decirme lo que has encontrado. Conrad observó cómo desaparecía mientras él extendía la cuerda y la dejaba caer por el pasadizo. Estaba asomado al borde, con mucho cuidado, cuando escuchó el sonido de unas botas a sus espaldas; cuando se dio la vuelta, se encontró con un par de ojos verdes que brillaban en el pasadizo. — ¿Y quién coño eres tú? —preguntó Conrad. La figura con gafas de visión nocturna levantó un AK-47. —Tu peor pesadilla —dijo con un fuerte acento ruso al tiempo que conectaba su radio—. Aquí Leonid llamando al coronel Kovich. He capturado a un americano. — ¡Y una mierda! Conrad le arrancó el AK-47 de las manos de una patada y recogió el visor láser roto del suelo. Leonid sacó una pistola Crach Yarigyn PY 9 mm en el instante en el que Conrad dibujaba en su frente el punto rojo que creaba la mirilla láser. El arqueólogo albergaba la esperanza de que Leonid pasara por alto el hecho de que la mirilla no tenía arma alguna. —Tírala. Ahora. El ruso tiró su pistola y Conrad soltó el aire de sus pulmones. —Muy bien. Una navaja de cazador con el mango de hueso se deslizó por la manga derecha del ruso y fue a parar a su mano. Se produjo un clic en el momento en el que el pulgar topó con el botón que abría, la navaja, tras lo cual el ruso levantó el brazo, lanzando la hoja, hacia la carne blanda que había bajo la barbilla de Conrad. Este, que había anticipado el movimiento en el mismo instante en que escuchó el ruido que hizo la navaja, bloqueó el brazo y le aferró la muñeca con ambas manos, retorciéndosela de tal manera que el ruso soltó la navaja y comenzó a gritar de dolor. Le retorció el brazo hacia atrás y hacia arriba, sin soltarle la muñeca en ningún momento. En aquella ocasión, el ruso gritó cuando los músculos se desgarraron, tras lo que Conrad le estampó la cabeza contra la pared. Acto seguido lo empujó hacia el pasadizo que se abría en el suelo. Conrad trataba de atisbar algo en la oscuridad del pasadizo por el que había caído el ruso, cuando escuchó pasos de nuevo. Recogió del suelo el AK-47 y levantó la vista para encontrarse con que Yeats volvía a la carrera. —Sin salida —dijo—. ¿Qué cojones ha pasado aquí? Conrad estaba a punto de contárselo cuando sintió que algo le tironeaba del tobillo. Bajó la vista y comprobó que la cuerda de nailon se cerraba como un nudo corredizo alrededor de su bota; se dio cuenta demasiado tarde de que el ruso había conseguido de alguna manera engancharle la cuerda y de que lo arrastraba en su caída. — ¡Sujeta esto! —Le arrojó a Yeats el otro extremo de la cuerda al tiempo que se tiraba por el pasadizo que había en el suelo del túnel—. ¡Y no lo sueltes! Según caía en medio de la oscuridad, Conrad se esforzó por enganchar la cuerda a su arnés. Podía sentir cómo iba pasando de un nivel a otro sin que se vislumbrara todavía el final. Se tensó a la espera de que algo detuviera su caída. De repente, la cuerda que rodeaba su bota se soltó al tiempo que la que rodeaba su arnés se tensaba. Por fin, entró en una estancia amplia. La cuerda se tensó de golpe y lo dejó colgado en el aire. Comenzó a balancearse, incapaz de detenerse. — ¡Papá! —gritó—. ¿Puedes oírme? Al principio no oyó nada, pero después le llegó un débil: — ¡Apenas! Conrad buscó a tientas una linterna en su cinturón y la encendió. Le llevó varios segundos asimilar lo que vio. Se mecía como un péndulo en el interior de una cámara grandiosa con forma de cúpula geodésica. Le temblaban los dedos debido a la adrenalina mientras iluminaba el techo con la linterna. El vértice de la cúpula se hallaba a unos treinta metros por encima de su cabeza. Había numerosas constelaciones diseminadas por las cuatro caras convergentes. Parecía una especie de observatorio cósmico. Conrad bajó el haz de luz de la linterna. Sobre el suelo se alzaba una especie de altar con un obelisco de unos sesenta centímetros en el centro. Y, empalado en el obelisco, se encontraba el ruso. — ¡Papá! —gritó—. ¡La he encontrado! 18 Octava hora de descenso Conrad cortó su cuerda para así descender los seis metros que lo separaban del suelo de la cámara geodésica. Levantó la vista para contemplar las estrellas que había grabadas en el techo abovedado, que se encontraba casi a sesenta metros sobre su cabeza. No había otra entrada a la cámara, al menos no una que estuviera a la vista. Tan solo el pasadizo del techo. Era un descubrimiento totalmente nuevo. Su descubrimiento. Era el primer ser humano que había puesto un pie en aquella cámara desde hacía más de doce mil años. Por lo que sabía, era el primer ser humano que jamás la había pisado. Exceptuando, claro está, al ruso que había quedado empalado en el obelisco del centro de la estancia. Tuvo que empujar con fuerza para levantar el cadáver del monolito y dejarlo sobre el suelo con el fin de poder arrastrarlo hacia un lado. Se limpió la sangre del ruso de las manos y rodeó muy despacio el altar del obelisco mientras aguardaba a que Yeats encontrara la forma de entrar en la sala. Temblando por la anticipación, apuntó la luz de la linterna hacia los cuatro anillos que se extendían desde el altar. A continuación, levantó el haz hasta el propio monolito. Parecía un obelisco clásico. Sería unas diez veces más alto que ancho. Salvo por la base, que era redondeada, se asemejaba a un modelo a escala de sesenta centímetros del Monumento a Washington. En cada uno de los laterales había inscripciones técnicas, las únicas inscripciones que había encontrado en la pirámide hasta ese momento. Al final necesitaría la ayuda de Serena para averiguar su significado, comprendió mientras sacaba la cámara digital para grabarlo todo. Por el momento se concentró especialmente en una serie de seis anillos grabada en uno de los cuatro laterales del objeto, y en una secuencia de cuatro constelaciones —Escorpio, Sagitario, Capricornio y Acuario— que había en otro. El hecho más importante era que el obelisco parecía ser idéntico al cetro que sujetaba Osiris en el sello real que había visto en el suelo de la cámara geotérmica. Históricamente, el cetro del rey encerraba poderes asombrosos, el mismo tipo de poder que su padre, el general, buscaba, y del que temía que otro pudiese apoderarse. Este es el cetro de Osiris, pensó. Esta es la llave de la P4, del respiradero geotérmico y de todo lo demás. Se inclinó hacia delante para coger el obelisco en el mismo instante en que una puerta oculta comenzaba a abrirse... Una serie de puertas, en realidad. Cuatro enormes losas de granito comenzaron a alzarse del suelo en el fondo de la estancia. Retrocedió cuando la última puerta reveló una solitaria figura que permanecía de pie en un pasillo procedente, al parecer, de la Gran Galería. —Conrad. Sabía que era Serena antes de que entrara en la cámara. Tras ella, apareció un enorme ruso que sujetaba un AK-47, cuya mira láser resplandecía en la oscuridad. —El doctor Yeats, supongo. —La voz tenía un fuerte acento ruso—. Soy el coronel Kovich. ¿Dónde está Leonid? Kovich empujó a Serena en dirección a Conrad y este la atrapó entre sus brazos. —Gracias a Dios que te encuentras bien —susurró mientras la estrechaba. Sin embargo, su mirada fría lo dejó paralizado. Un instante después, la mujer observó el obelisco. También se fijó en el cadáver que había en el suelo, y para consternación de Conrad lo relacionó con la sangre que le manchaba las manos. —Eureka, Conrad —le dijo—. Lo has encontrado. Espero que mereciera la pena. —Puedo explicarlo —respondió. —Usted mató a Leonid —dijo Kovich. —En realidad él trató de matarme a mí —explicó Conrad—. Cosa que sucedió justo antes de que cayera sin cuerda por el pasadizo. En caso de que no lo haya notado, sus oficiales no cuentan, precisamente, con el mejor equipo del mundo. En ese momento, una voz ronca se alzó por detrás del ruso: —Y que lo digas. Conrad se giró y descubrió que Yeats entraba en la estancia con un AK-47 apuntando a Kovich. —Esta puta mierda se ha atascado ya dos veces. Tire el arma. El ruso frunció el ceño pero dejó el rifle sobre el suelo, cerca del cadáver de Leonid. —Por favor, general Yeats —intentó razonar Kovich—. Somos soldados. Yeats se acercó hasta Kovich y le dio un buen rodillazo en la entrepierna. El ruso se dobló por la mitad a causa del dolor. —Siéntese en el suelo —ordenó Yeats— y después cruce las piernas. Y no se haga el héroe a menos que quiera acabar como su camarada aquí presente. Kovich contempló el enorme agujero del pecho de Leonid y, acto seguido, se deslizó por la pared como Humpty-Dumpty. Yeats golpeó el cráneo del ruso con la culata del arma. Conrad pudo escuchar un crujido antes de que Kovich se desmoronara en el suelo, gimiendo de dolor. —Vivirá —dijo Yeats—. Pero hay decenas de «Ivanes» armados paseándose por el lugar, así que no tenemos mucho tiempo. ¿Qué has descubierto? —Este obelisco —dijo Conrad—. Es la llave de la pirámide. Yeats contempló las inscripciones que había a los lados del monolito. — ¿Sabe lo que significan, doctora Serghetti? —Dicen que Osiris construyó este lugar—respondió Serena, sorprendiendo a Conrad por la facilidad con la que era capaz de traducir las escrituras—. El obelisco es su cetro. Pertenece al Santuario del Sol Primigenio. — ¿Qué es eso? —quiso saber Yeats. —El «Enclave del Tiempo Primordial» del que te hablé en la Base Glacial Orión —explicó Conrad, incapaz de contener su nerviosismo. Para él todo tenía sentido, porque la figura de Osiris que había visto en la cámara geotérmica estaba situada sobre una especie de asiento o trono. El Asiento de Osiris se ubicaba, a todas luces, en ese Santuario del Sol Primigenio... al igual que el propio Secreto del Tiempo Primordial. —De modo que tenemos que coger este cetro de Osiris y colocarlo en su lugar, en ese Santuario del Sol Primigenio o como se llame —dijo Yeats. —No es una buena idea, General. —Serena señaló las marcas que había en el lateral sur del obelisco, donde estaban grabados los anillos—. Las inscripciones que hay bajo los seis anillos dicen que la maquinaria controlada por la pirámide fue puesta en marcha por Osiris con el fin de poder vigilar a la humanidad. Una especie de mecanismo cósmico de puesta a cero, diseñado para hacer borrón y cuenta nueva un total de seis veces antes de que llegue el final de los tiempos. — ¿Para vigilar a la humanidad? —preguntó Yeats—. ¿Qué se supone que significa eso? —Significa que los atlantes construyeron esta cosa para evitar que avanzáramos demasiado —dijo Serena—. Algo así como la Torre de Babel del Génesis. La idea es que los avances tecnológicos resultan inútiles si no van acompañados también de un avance moral. Así pues, la humanidad se ve continuamente sometida a una prueba para demostrar su bondad y su nobleza. —Seis veces —comentó Conrad—. Has dicho que la humanidad tiene seis oportunidades antes del final de la historia. ¿De dónde has sacado eso? —Los seis Soles, Conrad. —Leyó las inscripciones que había dentro de cada uno de los anillos de la cara sur del obelisco—. El Sol Primigenio fue destruido por el agua. El Segundo Sol acabó cuando el globo terrestre se inclinó sobre su eje y todo se cubrió de hielo. El Tercer Sol fue destruido, como castigo a los desmanes humanos, por un fuego que lo consumió todo y que provino del cielo y de la tierra. Esta pirámide fue construida en el amanecer del Cuarto Sol, que terminó con un diluvio universal. —De modo que somos los hijos del Quinto Sol, como rezan los mitos aztecas y mayas, ¿es eso? —preguntó Conrad—. ¿Es eso lo que estás diciendo? ¿Que estamos condenados a repetir los pecados de los antiguos? —No, eso es lo que dice tu precioso obelisco —replicó Serena—. Y en lo que se refiere a repetir los pecados de los antiguos, y si el pasado siglo de historia humana sirve como referencia, entonces ya lo hemos hecho... con creces. Conrad permaneció en silencio durante un momento. Ella tenía razón. Al final, dijo: — ¿Y, exactamente, cuándo termina el Quinto Sol y comienza el Sexto? —En el mismo momento en que retires el cetro de Osiris de su base. — ¿Lo dices en serio? —preguntó Conrad. —En serio. —Está mintiendo —dijo Yeats. —No, no estoy mintiendo. —Le dirigió una mirada furiosa a Yeats—. Aquí dice que «solo aquel que se presente ante los Centelleantes en el momento y el lugar más honorables podrá retirar el cetro de Osiris sin desgarrar el Cielo y la Tierra». Cualquier otro que no sea «el más honorable» desatará consecuencias inimaginables. — ¿Los Centelleantes? —inquirió Yeats—. ¿A quién cojones se refiere? —Son estrellas —respondió Conrad—. Los Centelleantes son estrellas. Los constructores sabían leer las estrellas y estas predecían un momento específico en el continuo espacio-tiempo, el momento «más honorable». Esta es la «cláusula de excepción» de la humanidad, por decirlo de alguna manera; el secreto que rompe la maldición de los antiguos de una vez por todas. —Qué conveniente para ti, Conrad —dijo Serena—. La respuesta está escrita en las estrellas, y tú puedes interpretarlas como te dé la gana. — ¿Quieres decir como los tres Reyes Magos y el nacimiento de Cristo? Serena no iba a morder el anzuelo. —Esto es completamente distinto. Conrad la presionó. —O quizá como el símbolo del pez de los primeros cristianos, que, casualidades de la vida, coincidía con el amanecer de la era de Piscis y que, para más casualidad, está a punto de acabar con el amanecer de la nueva era de Acuario. — ¿Y qué pretendes decir con eso? —preguntó Serena. —Quiero decir que la era de la Iglesia ha terminado, y que eso es lo que os tiene en vilo a ti y a tus amiguitos del Vaticano. —Te equivocas, Conrad. —Las estrellas dicen que estoy en lo cierto. Yeats señaló uno de los lados del obelisco. — ¿Te refieres a estrellas como las de esas cuatro constelaciones del cetro? —No, a las de arriba. —Conrad señaló los grabados del techo abovedado—. Esta cámara es una especie de reloj celeste. Mirad. Colocó la mano cerca del obelisco y escuchó el jadeo de Serena cuando lo giró como si fuera un joystick, moviéndolo hacia un lado y después al otro. Mientras lo hacía, se escuchó un ruido sordo y la cúpula geodésica que tenían por encima comenzó a moverse, sincronizada con los giros que él realizaba. —Si queremos colocar el firmamento en una cierta época, comenzamos con la «aguja horaria», o era, que corresponde al zodíaco —dijo—. Nos encontramos en los albores de Acuario, de modo que esa constelación se queda fijada en aquella posición, al este. Mientras hablaba, la cúpula volvió a colocarse en su posición original. —El «minutero» del reloj viene dado por la localización; como, por ejemplo, la situación en los hemisferios Norte o Sur. En ese momento, Conrad movió el obelisco y un patrón de estrellas completamente distinto rotó desde la parte inferior del suelo de la cámara. Sin embargo, giró la cúpula aún más, hasta que volvió a colocar el diseño original en la bóveda. —Un tercer parámetro, más preciso, viene dado por los equinoccios del año. Conrad realizó el ajuste final y completó su demostración a1 devolverlo todo a su posición inicial. El sonido cesó. —Así que ya ves, Serena, el obelisco y el altar alrededor del que nos encontramos son la representación de la Tierra en una localización fija. Las constelaciones de la cúpula de lo alto son el firmamento. Juntos, determinan una posición muy concreta en el tiempo. Serena, que en apariencia todavía estaba desconcertada por lo que evidentemente consideraba un imprudente manejo del artefacto, dijo: — ¿Y cómo están alineadas las estrellas de la estancia en este mismo momento? —Están alineadas con el obelisco tal y como lo está el firmamento sobre la Antártida en la actualidad —dijo a modo de conclusión, como si esos hechos zanjaran cualquier posibilidad de discutir el asunto. —Así que debo suponer que este es el momento más honorable en toda la historia de la humanidad —dijo—, porque el gran Conrad Yeats está vivo y lo ha descubierto. Conrad sonrió. —Por fin estamos de acuerdo en algo. Serena lo miró con desprecio. — ¿Se te ha ocurrido pensar que tal vez seas el mayor capullo de todos los tiempos y que, si quitas el obelisco, este podría ser el momento más ignominioso de la humanidad? En realidad, a Conrad sí se le había ocurrido, y ahora también empezaba a enfadarse con ella. —Piénsalo bien, Serena —le dijo—. Si lo que dices es cierto, los constructores de la P4 debían de saber que solo una civilización avanzada y con tecnología sofisticada podría, en primer lugar, localizar la pirámide, y en segundo lugar, entrar en ella. Son nuestros avances los que nos ennoblecen. De modo que, sencillamente, este debe ser el momento más honorable, y este obelisco es la llave del conocimiento de los orígenes de la civilización humana. —O tal vez sea un caballo de Troya —replicó ella—. Tal vez el obelisco sea como la aguja de las horas de un reloj, como la anilla de seguridad de una granada. Si la quitas, será el fin de nuestros días, Conrad. —O, tal vez, tengas miedo de que la Iglesia pueda perder su papel como eminencia en lo que al Génesis se refiere —señaló él, que estaba harto de aguantar sus ataques de histeria—. Puede que haya llegado el momento de que nos libremos de la ignorancia y del miedo para hacer sitio a un nuevo día gobernado por el conocimiento. Miró a Yeats, que hizo un gesto hacia el obelisco. —Limítate a coger el puto cetro, hijo. Porque si no lo haces, hay decenas de rusos armados fuera de la cámara que no tendrán el más mínimo reparo en hacerlo, y Dios sabe cuántos miembros más de la CNUA hay sobre el hielo. Conrad le echó un vistazo a Serena antes de acercarse al cetro de Osiris. Pudo percibir el miedo de la mujer cuando colocó las manos en torno a la piedra. Era suave al tacto, como si las inscripciones se encontraran por debajo de la superficie. —Conrad, eres un iluso si crees que tu padre te permitirá salir de la P4 con ese cetro —le dijo—. Al menos, bajo la protección de las Naciones Unidas hay una oportunidad de que el resto del mundo conozca tu descubrimiento. Conrad vaciló. Tenía una rara sensación en su interior, algo que no podía explicar. Al extender las manos hacia el obelisco sintió las diminutas vibraciones que emanaban de él. Pero entonces apartó las manos. —En nombre de Dios, ¿a qué esperas? —exigió saber Yeats. Conrad no estaba seguro. Había una sola oportunidad en todo un milenio de dejar su huella en las arenas del tiempo y poner la Historia patas arriba con un descubrimiento espectacular. Sólo tenía una oportunidad para lograr la inmortalidad. —Te lo pido por favor, Conrad, no tomes una decisión a la ligera —lo apremió Serena—. Podrías desencadenar algo que no seas capaz de detener. —No sabe lo que dice, hermana —dijo Yeats—. Alguien sacará el obelisco, y será mejor que lo haga Conrad porque es el único que puede hacerlo. Si hay alguien honorable, es él. —Permítame que actúe como experta en el carácter de Conrad y le diga que está muy equivocado —señaló Serena—. El mero hecho de que sea su hijo no significa... —Conrad no es mi hijo. Conrad se quedó helado, al igual que Serena. Incluso el ruso contuvo el aliento. Un profundo silencio invadió la estancia. —Bueno, es su padre adoptivo —replicó Serena con calma y aparentando que comprendía lo sensible que era Conrad respecto a ese tema. —Ni siquiera eso. —Yeats se quitó la mochila de provisiones y comenzó a rebuscar en el interior. Conrad no le quitaba la vista de encima a su padre, preguntándose qué clase de revelación estaba a punto de producirse. ¿Por qué en este preciso momento y no en cualquier otro?, pensó. ¿Y .por qué en este lugar y no en cualquier otra parte? —Aquí está tu padre. —Yeats sostenía una cámara digital. — ¿Tienes una imagen suya? —Conrad observó la imagen en la pantalla de la cámara. Era una imagen del Sello de Osiris que había en el suelo de la cámara geotérmica. —Este es tu padre —dijo Yeats. Conrad contempló fijamente la figura del hombre barbudo que había en el interior de esa especie de trono mecánico y sintió que algo se agitaba en lo más profundo de su ser, en un lugar que ni siquiera sabía que existía. — ¿Qué estás diciendo? —Te encontré en una cápsula enterrada en el hielo hace más de treinta y cinco años —dijo Yeats con una voz tan sombría que Conrad sintió que se le congelaba hasta la médula de los huesos—. No tendrías más de cuatro años. Conrad guardó silencio. Alguien rió por lo bajo. Era Serena. —Por Dios, Yeats —dijo—. ¿Acaso cree que somos estúpidos? Sin embargo Yeats no se reía, y Conrad no había visto jamás la expresión que los ojos de su padre tenían en aquel momento. —No necesitas que nadie te diga lo que es cierto y lo que no, hijo —dijo el general—. Lo sabes muy bien. La mente de Conrad trabajaba a marchas forzadas. Yeats tenía que estar mintiendo. Por un lado, Conrad se había hecho pruebas de ADN para buscar a sus padres y en los resultados nada sugería que no fuese un hombre norteamericano normal y corriente. Por otro lado, sin tener en cuenta la poca credibilidad del asunto, eso explicaría todos los años perdidos de su infancia. —Si es mentira, eres un asqueroso hijo de puta —le dijo a Yeats—. Pero si es cierto, entonces todo lo demás es mentira y jamás he sido otra cosa para ti que un proyecto científico. De cualquiera de las maneras, estoy condenado. —En ese caso sálvate ahora, Conrad —dijo Yeats—. Yo tenía la misma edad que tú cuando el Tío Sam abortó la misión a Marte y me robó mis sueños. Jamás pude elegir qué hacer. Tú sí puedes. No sigas mi ejemplo, porque te arrepentirás toda la vida de haber perdido una oportunidad como esta. El truco sucio funcionó. Al mirar a Yeats, Conrad vio una versión chiflada de sí mismo en el futuro si fracasaba en ese momento. Fue una visión que le produjo un estremecimiento. Serena, al parecer, percibió que había perdido la batalla. —Conrad, por favor... —suplicó. —Lo siento, Serena —dijo muy despacio, al tiempo que comenzaba a girar el obelisco sobre su base. Mientras lo hacía, las paredes curvas de la cámara geodésica comenzaron a girar y las constelaciones del techo cambiaron. El suelo retumbó y comenzó a rotar también. —Necesitamos más tiempo para descifrar esto —gritó Serena, abalanzándose sobre él—. No puedes tomar una decisión que afectará al resto del mundo. Tienes que esperar. Sin embargo, Yeats la detuvo en seco al plantarle el cañón de una Glock delante de la cara. — ¿Al igual que Eisenhower cuando, en 1945, se detuvo a orillas del Elba y dejó que los rusos tomaran Berlín en lugar de hacerlo él? —dijo—. ¿O cuando Nixon vetó el proyecto de la misión a Marte en 1969? No lo creo. En aquel entonces se necesitaba una fuerza decisiva, al igual que ahora. No voy a detenerme antes de haber alcanzado el objetivo de mi misión. Conrad echó un vistazo a Serena, que trataba de librarse de los brazos de Yeats. —No lo hagas, Conrad. Te juro que... —Deja de hacer juramentos, Serena—le dijo—. Lo único que conseguirás será romper otro voto. Agarró el obelisco con ambas manos mientras se decía que esa oportunidad era, sencillamente, demasiado irresistible como para dejar que se le escapara. Que si dejaba pasar el momento, bien podría dar por terminada su vida. —Por favor, Conrad... Conrad notó que el obelisco salía de su base a medida que tiraba de él hacia arriba. Le dedicó una sonrisa de triunfo a Serena. —Ya está —dijo con una pizca de alivio—. No ha sido tan... Sin embargo, el resto de la frase quedó silenciada por un crujido atronador. — ¡Dios mío! —susurró Serena cuando el ruido se volvió ensordecedor. Las paredes abovedadas de la habitación comenzaron a girar a una velocidad vertiginosa, como si se tratara de una espiral cósmica a punto de resquebrajarse. Entonces, de repente, las paredes se detuvieron. Las constelaciones se encajaron en la nueva ubicación y una onda expansiva sacudió la pirámide. 19 Novena hora de descenso Base Glacial Orión En el interior de la Base Glacial Orión, el coronel O’Dell se dedicaba a jugar al póquer con Vlad Lenin y otros dos rusos en el módulo que servía de comedor, cuando las tazas de plástico de las que bebían vodka comenzaron a agitarse y se escuchó el sonido de la señal de alarma. O’Dell observó al perplejo Vlad. Fuera lo que fuese, aquello no lo estaban provocando los rusos. Salió a toda carrera del comedor con Vlad pisándole los talones. Cuando entró en el centro de mando, ya había un grupo de norteamericanos y rusos congregados alrededor del monitor principal. En él parpadeaban las palabras «INCIDENTE SOLAR». —Debe de tratarse de un error —afirmó O’Dell, que se abrió paso entre el grupo de rostros preocupados. Un teniente hizo que apareciera en pantalla el sistema de control del Soporte Vital Medioambiental, el SVM, que mantenía con vida al equipo tanto en el espacio como en la Antártida. Localizó el sensor que estaba recogiendo la anomalía. —Las lecturas provienen de abajo, señor—informó el teniente, que se aferró al panel cuando los temblores aumentaron—. La otra explicación posible que se me ocurre es el SP-100. O’Dell fue incapaz de contenerse y lanzó una mirada nerviosa a Vlad, que no parecía comprender lo que el teniente había dicho. El SP-100 era la pequeña planta de energía nuclear de la Base Glacial Orión; un sistema de cien kilovatios enterrado a un kilómetro de la base, bajo una duna de nieve. —Dios mío. —O’Dell tomó una honda bocanada de aire—. ¿Cuáles son las lecturas del dosímetro? —Tengo una filtración en las dependencias exteriores de doscientos setenta rem, señor. Aquí, en el centro de mando, se registran sesenta y cinco rem; cada uno de los miembros del equipo está absorbiendo quince rem. Aún estamos por debajo del límite de seguridad. Sin embargo, era el temblor lo que estaba acojonando tanto a O’Dell como a los rusos. — ¿Y ahora qué? —No hay otra solución, señor —contestó el teniente—. Tenemos que replegarnos hacia la perrera. La perrera era un módulo para la reentrada en la atmósfera terrestre, y que habían dispuesto bajo el centro de mando y los tanques de suministro; quedaba protegido de los protones de alta energía que irradiaba el SP-100 gracias al escudo protector que recubría la parte externa del centro de mando. —Que bajen tantos miembros de la unidad como sea posible —ordenó. El personal norteamericano no tardó en obedecer y en abandonar de forma ordenada el centro de mando. Los rusos, por el contrario, observaron cómo la estancia se quedaba vacía y se apresuraron a abandonar el lugar en la dirección opuesta, camino del compartimento estanco y sus Kharkovchankas. — ¡Esperen! —los llamó O’Dell al tiempo que corría tras ellos. Sin embargo, los rusos ya habían abierto no solo la puerta interior sino también la exterior, y escaparon antes de que él llegase. El viento cargado de nieve no dejó de azotarle en la cara mientras cogía un traje térmico, unas gafas protectoras y unos guantes del compartimento de almacenaje y se apresuraba a salir al exterior. Los rusos estaban arrancando sus Kharkovchankas. O’Dell corrió hacia la fila de Hagglunds y agarró la puerta de la cabina más cercana. — ¿Adonde coño creen que van? —preguntó en voz alta al tiempo que les hacía señas desde los Hagglunds. Lo último que necesitaba era que Yeats, Kovich o las Naciones Unidas lo culparan por la muerte de más rusos. Estaba a punto de entrar a la cabina cuando sintió una sacudida. Al mirar hacia el suelo, vio una grieta en el hielo que se extendía bajo sus pies. Abrió la boca, horrorizado, y sintió que algo afilado se le clavaba en el guante. Era Nimrod, el perro de Yeats, que tiraba de él de modo frenético. — ¡Vete de aquí! —le gritó a la par que abría la puerta, pero Nimrod no le hizo caso y saltó al interior del vehículo. O’Dell escuchó lo que pareció ser una serie de explosiones atronadoras, y al volver la vista atrás vio que la base se desprendía como si de un iceberg se tratara. En ese momento sintió un nuevo temblor y contempló con angustia cómo el hielo se resquebrajaba justo bajo él. ¡La capa de hielo se estaba derritiendo! Saltó a la cabina junto al perro, y tan pronto como hubo cerrado la puerta el vehículo comenzó a dar bandazos de un lado a otro. Las grietas del hielo se extendieron en todas direcciones. Mi vida ha llegado a su fin, pensó cuando la cabina de fibra de vidrio cayó a las revueltas y gélidas aguas y comenzó a alejarse. Cuando sintió que el Hagglunds empezaba a subir y bajar en el agua, estuvo a punto de ahogarse de alegría. — ¡Joder, esto flota! —le gritó a Nimrod, que saltaba de un asiento a otro presa de la agitación. Los Kharkovchankas rusos, por el contrario, se hundían como si fuesen piedras hasta desaparecer bajo la burbujeante superficie de agua helada. O’Dell accionó desesperadamente los limpiaparabrisas de la luna delantera. Cada vez que la cortina de agua desaparecía del cristal, ante él se abría un paisaje en ebullición. La Base Glacial Orión había desaparecido; solo quedaba una especie de hongo nuclear que empezaba a alzarse en el aire. Pensó, sumido en la desesperación, que el reactor había explotado. Sin embargo, el SP-100 carecía del poder destructivo que estaba contemplando. Otra nueva onda expansiva lo envió de cabeza al suelo, justo bajo el salpicadero. Escuchó cómo su cráneo crujía al golpearse contra un objeto afilado, y cómo Nimrod ladraba sin cesar mientras la cabina comenzaba a dar vueltas a su alrededor. 20 Novena hora de descenso El estruendo que había en la cámara del obelisco, en el interior de la P4, era tan ensordecedor que Serena apenas podía escuchar su propia voz mientras le gritaba a Conrad, que estaba paralizado como una estatua y agarraba con fuerza el cetro de Osiris en una mano. — ¡Suéltalo! —exclamó. Conrad acababa de dar un paso hacia el altar cuando el suelo se abrió bajo sus pies y surgió una columna de fuego que redujo al coronel Kovich a cenizas. Conrad se apartó del agujero de un salto justo en el momento en que el altar desaparecía bajo una ardiente llamarada. Lo que quedaba del ruso explotó en una nube de polvo. El obelisco cayó al suelo. Serena se adelantó para cogerlo, pero se movió con demasiada rapidez y se balanceó sobre el borde, conservando apenas el equilibrio. Durante unos horribles segundos quedó suspendida sobre aquel agujero infernal y sintió su abrasadora caricia en las mejillas. En ese instante, Conrad llegó desde atrás y tiró de ella con fuerza para apartarla del pasadizo. Permaneció segura entre sus brazos un instante, contemplando la preocupada mirada de Conrad y sintiéndose enormemente agradecida. Sin embargo, una nueva onda expansiva sacudió la cámara y los hizo perder el equilibrio antes de que pudiera recuperar el aliento. El obelisco rodó por el suelo. — ¡El cetro! —gritó. Yeats se lanzó tras él para recuperarlo, pero a medida que la vibración se intensificaba se tambaleó sobre la pierna izquierda y cayó al túnel. No obstante se las arregló para agarrarse al borde en el último segundo. Serena vio sus dedos aferrados a la parte superior del agujero, sujetos al suelo de piedra. Conrad recogió el obelisco y agarró a Serena. — ¡Trata de llegar hasta él! Mientras Conrad sujetaba con fuerza su mano, ella se asomó al borde del agujero y se sorprendió al ver que Yeats se balanceaba sobre el infernal abismo. Sabía que carecía de la fuerza necesaria para ayudarlo a salir de ahí, pero le gritó a Conrad: —Creo que podré tirar de él un poco y ya podrá subir solo. Acababa de alargar el brazo cuando se produjo una nueva sacudida que envió el cadáver de Leonid hacia el agujero. En su descenso, golpeó a Yeats. Los dedos del general desaparecieron del borde y Serena escuchó que Conrad gritaba: — ¡Papá! A continuación, el arqueólogo tiró de ella hacia atrás y se acercó al túnel. Permaneció inmóvil junto al borde mientras trataba de asimilar la desaparición de su padre. Serena echó un vistazo a su alrededor y comprobó que la cámara se sacudía de arriba abajo. No quería marcharse de allí, pero tampoco quería quedarse atrás y acabar derretida. Así pues, colocó la mano sobre el hombro de Conrad. —No hay tiempo para lamentar la pérdida de aquellos cuyo destino estamos a punto de compartir —le dijo. Sus palabras bastaron para devolver a Conrad a la realidad. —Esta cámara va a convertirse en un horno dentro de unos segundos —dijo él mientras cogía la mochila que Yeats había dejado y se la echaba al hombro—. ¡Volvamos a la galería! Ambos corrieron hacia el pasillo exterior. El temblor no era tan intenso allí fuera, pensó Serena mientras seguía a Conrad a lo largo del extenso túnel. No obstante, en cuanto llegaron a la Gran Galería él se detuvo y miró hacia arriba. —Este sería un buen momento para que rezaras una breve oración —le dijo. —Conrad, ¿qué pasa? —Creo que la P4 está liberando una serie de llamaradas a través de los pasadizos verticales para derretir el hielo que la rodea —explicó—. Y esta maquinaria es la encargada de procesar el agua. Serena entornó los ojos y siguió la mirada de Conrad hacia el techo de la galería. Distinguió una sombra en movimiento en la parte superior. Fue entonces cuando sintió las primeras gotas de agua sobre las mejillas y se dio cuenta de lo que estaba a punto de suceder. — ¡Dios mío! —chilló al tiempo que una gigantesca cascada de agua comenzaba a descender por la galería, a sus espaldas—. ¡Tenemos que ponernos a cubierto! Serena comenzó a tirar de Conrad de vuelta hacia la cámara. —Todavía no —se negó él—, o acabaremos achicharrados. En el túnel, el agua ya les llegaba a las rodillas. Para cuando hubieron recorrido la mitad de la distancia que los separaba de la cámara, estaban cubiertos hasta la cintura. En unos cuantos segundos, la corriente aumentó y los levantó del suelo. Serena trató de agarrarse a Conrad, pero no fue capaz de encontrarlo por ningún lado. La invadió el pánico y comenzó a chapotear con desesperación, sin dejar de tragar agua al tiempo que jadeaba en busca de aire. Comprendió que estaba a punto de morir ahogada. El agua los arrastraría y los ahogaría. Era imposible que Dios hubiese decretado algo así para ella, pensó. Sin embargo, en ese instante recordó a la niña enterrada en el hielo y comprendió que había visto demasiados rostros semejantes al suyo alrededor del mundo como para saber a ciencia cierta lo que el Creador le tenía deparado. Lo único que tenía claro era su deseo de seguir con vida y de que Conrad viviera también. Dios mío, ayúdanos, suplicó. Una sombra cayó sobre ella, y al alzar la mirada vio a Conrad de pie en la entrada del túnel que llevaba a la cámara estelar, con el agua arremolinándose alrededor de sus rodillas. Sostenía el obelisco en una mano. — ¡Sujétate al extremo! —aulló por encima del estruendo de las turbulentas aguas. Serena alargó el brazo, se agarró al obelisco y dejó que Conrad la alzara. Sin embargo, sintió un tirón en el tobillo y, al mirar hacia abajo, vio que un rostro sangriento emergía del agua. El hombre gritó algo ininteligible al tiempo que ella intentaba zafarse de su mano. No obstante, el hombre tiró con más fuerza y se sintió arrastrada hacia abajo. De repente, reconoció el rostro desfigurado: era uno de los hombres que Kovich había dejado en la cámara superior. — ¡Aguanta! —gritó Serena, y dejó que Conrad la alzara. Una vez sobre el saliente, se dio la vuelta para ayudar al ruso. Las piernas abrasadas del soldado apenas habían llegado al borde cuando Serena escuchó gritar a Conrad: — ¡Rápido! Fue entonces cuando vio que la puerta de la cámara estelar se cerraba tras el arqueólogo y que un enorme bloque de granito se separaba del techo. Conrad, obelisco en mano, se agachó para entrar en la cámara (que, al parecer, ya se había enfriado) y comenzó a hacerles señas con la mano para que pasaran. Serena aún seguía arrastrando al ruso en dirección a la puerta, cuando un espantoso crujido hizo que el túnel se sacudiera a su espalda. Al mirar hacia atrás vio que la losa había sellado la entrada e impedía, de ese modo, que el agua penetrara en la cámara. Se detuvo para recuperar el aliento y escuchó que Conrad la llamaba a gritos. Estaba señalando hacia el techo. Otras dos enormes losas descendían desde la parte superior y una de ellas se encontraba justo sobre su cabeza. Luchó por avanzar, pero el anorak empapado era como un bloque de cemento, y además cargaba con el peso muerto del ruso, cuyas extremidades habían dejado de moverse. — ¡Serena! —gritó Conrad. La tercera puerta comenzaba a descender. Se dejó caer sobre las rodillas y siguió arrastrando al soldado. Justo entonces sintió que Conrad la agarraba con fuerza de los tobillos y comenzaba a tirar de ella. Sus rodillas cedieron y cayó de bruces. — ¡Suéltalo! —le ordenó. — ¡No! Siguió aferrando las manos heladas del hombre con toda la fuerza de la que era capaz mientras Conrad tiraba de ella hacia el interior. El ruso estaba a mitad de camino cuando la losa cayó sobre él y lo partió en dos. De pronto, Serena comprendió que estaba arrastrando medio cuerpo. De todos modos, aún sentía cierta renuncia a abandonarlo, a aceptar que ya no había nadie a quien pudiera salvar. Con un chirrido colosal, la cuarta y última losa comenzó a descender. Serena forcejeó para zafarse de la fría mano de aquel cadáver desmembrado. Cuando logró soltarse, algo tiró de ella hacia el interior en el mismo momento en que la puerta de granito caía sobre el suelo con un ruido angustioso. Se volvió para dar las gracias a Conrad, pero este estaba tumbado en el suelo con el cabello lleno de sangre. Lo más probable era que se hubiese golpeado la cabeza contra la puerta mientras la arrastraba hacia el interior. — ¡Conrad! —lo llamó—. ¡Conrad! Gateó hasta la figura que yacía inmóvil. Conrad no daba señales de vida y los temblores que sacudían la cámara eran demasiado intensos como para que pudiera buscarle el pulso. En ese instante vio el obelisco en el suelo, al lado de la mochila (la mochila de Yeats), y lo cogió. Otro nuevo temblor sacudió la estancia y se apoyó contra la pared para ponerse en pie, hasta que se dio cuenta de que los muros comenzaban a calentarse y le estaban quemando las manos. Se alejó dando traspiés y temblando de pies a cabeza mientras intentaba mantener el equilibrio. Estaba sola, comprendió, y se dejó caer de rodillas, acunando el obelisco entre los brazos mientras suplicaba a Dios que el terremoto se detuviera y trataba de reprimir todo pensamiento acerca de la niñita enterrada en el hielo. Escuchó una tremenda explosión y levantó la mirada en el momento en que toda la estancia pareció darse la vuelta. 21 Novena hora de descenso USS Constellation El estruendo que provocó el gigantesco glaciar al caer al agua fue semejante al estallido de una bomba, y provocó que el almirante Warren se tambaleara y que los ventanales del puente de mando del USS Constellation se hicieran añicos. Otro estallido siguió al primero unos segundos más tarde, y se escucharon unos cuantos más cuando las enormes olas golpearon la proa. Los fragmentos de cristal se diseminaron por la cubierta de vuelo, donde setenta y seis cazas tironeaban de sus sujeciones. — ¿Almirante? Warren se giró para enfrentarse con un señalero. —Una comunicación urgente. —El suboficial le tendió una carpeta y sostuvo una luz roja por encima para que Warren pudiera leerla. — ¡Dios Todopoderoso! —exclamó Warren, que empezó a leer—. Los sensores del servicio de vigilancia geológica de los Estados Unidos situados en la Estación McMurdo acaban de registrar una onda expansiva de once-cero-uno. — ¡Almirante! —gritó un teniente de navío. Warren tuvo tiempo de levantar la vista antes de ver cómo una gigantesca pared de agua verdosa se cernía sobre la proa y arrasaba la cubierta de vuelo, esparciendo los cazas como meros juguetes y aplastándolos contra la superestructura en la que se encontraban. Un ensordecedor crujido inundó sus oídos cuando la ola de agua demolió el puente de mando. Desesperado, buscó algún lugar al que aferrarse. El agua llenó el compartimento. Warren se agarró a una barra del panel de instrumentos y pegó la espalda a la pared para mantenerse en pie. Cuando el mar se hallaba en calma, el portaaviones de 86.000 toneladas se elevaba 61 metros por encima de la línea de flotación. No obstante, aquellas olas lo alzaban como si no fuera más que una caja de habanos vacía. Warren escupió un poco de agua y le gritó a quienquiera que pudiese oírle: — ¡Remonte la ola o acabaremos volcando! Aguzó el oído para escuchar una respuesta a su orden, tal vez un « ¡sí, señor!» de algún timonel, pero no se oía más que el rugido del agua. Cuando la ola rompió, el almirante observó lo que quedaba del puente y vio dos cuerpos que flotaban. El resto se lo había tragado el mar. Bajó las escaleras corriendo hacia la sala de navegación, sin dejar de aferrarse a la barandilla con todas sus fuerzas. Esa sala también estaba vacía. Se volvió para mirar a la costa y vio que otra enorme masa gris, una ola gigantesca, se estaba acercando. Agarró una de las cadenas que se reservaban para sujetar a los aviones de 25.000 kilos, se la echó por encima de los anchos hombros y se dirigió a la cubierta de vuelo. Tanto hombres como aviones se bamboleaban de un lado a otro de la cubierta inclinada. En ese momento, una nueva ola levantó el portaaviones hacia el cielo. Mientras caía, todavía con la cadena, Warren vio una barandilla. El agua volvió a descender sobre la cubierta y lo hizo caer de rodillas. Sin embargo, había visto su salvación. Si pudiera alcanzar aquella baranda entre una ola y otra, podría encadenarse a ella. La siguiente ola soltó el caza JSF de doble ala que había frente a él, por lo que tuvo que agacharse para evitar que un ala rota lo partiera por la mitad. Se obligó a levantarse y, a pesar de que le temblaban las piernas, echó a correr hacia la baranda a través de los charcos. Una parte de él deseaba deslizarse y caer, dejar de luchar y morir, pero siguió en pie hasta que alcanzó la barandilla. Levantó los brazos para liberarse de la pesada cadena con ambas manos, para luego atarse a la barandilla antes de que la siguiente ola cayera sobre ellos. El viento y la espuma azotaban la cubierta mientras él luchaba por su vida. La ola rompió por encima de la proa; justo en el instante en que Warren sintió que la fuerza del agua lo levantaba de la cubierta e intentaba arrastrarlo, la cadena se tensó y lo mantuvo en su sitio. Permaneció de esa forma durante más de un minuto, con el convencimiento de que, al final, el mar le arrancaría el brazo y se lo tragaría como si fuera otro de los aviones que aún quedaban en la cubierta. Pero que Dios lo ayudara, juró, porque iba a sobrevivir a aquella catástrofe aunque solo fuera para hacérselo pagar a Yeats. En ese instante sintió que el portaaviones se deslizaba, muy despacio, y luego oyó el crujido de la masa de acero al retorcerse. Levantó la vista y vio que el barco estaba a punto de volcar antes de que la enorme ola terminara de pasar. — ¡Maldito seas, Yeats! Tercera parte Amanecer 22 Quince horas para el amanecer En el interior de la cámara estelar de la P4, Conrad comenzó a toser en el momento en que el whisky se deslizó por su garganta. Levantó la vista hacia Serena, que estaba sentada a su lado. Tenía el pelo húmedo peinado hacia atrás y su rostro había perdido el color. — ¿Jack Daniel’s? —preguntó él con voz ronca. —Lo encontré en la mochila de Yeats. —Alargó el brazo para acariciarle la cara. Fue la sensación de esa mano sobre su rostro lo que hizo que Conrad recuperara del todo la consciencia—. Tienes la piel caliente. —Todo este lugar está caliente. —Conrad se incorporó hasta quedar sentado y sintió un dolor espantoso en la base del cráneo. Gruñó—. ¿Dónde está el obelisco? —No lo sé —respondió Serena. —Estaba justo aquí —Conrad estudió rápidamente la cámara estelar. Vio el altar vacío que se elevaba en el centro del cartucho Se le encogió el estómago al recordar una pesadilla en la que el suelo se abría bajo sus pies—. ¿Dónde está Yeats? —Desapareció por el pasadizo del suelo. Conrad buscó el pasadizo con la mirada, pero había vuelto a ocultarse de nuevo bajo el altar. Está muerto, pensó. Notó que estaba temblando y que el corazón latía a toda máquina en su pecho. —Siento mucho lo de tu padre, Conrad. La miró a los ojos y se dio cuenta de que lo sentía de verdad. Sin embargo, había algo curioso en el modo en que lo observaba. Había algo diferente. No podía llamarlo miedo, pero había algo en su mirada que ponía cierta distancia entre ellos. Era imposible que hubiera creído el cuento de Yeats acerca de sus orígenes... ¿O no? Era evidente que se había tratado de una estratagema psicológica. — ¿No creerás de verdad que...? —Seas lo que seas, Conrad, es evidente que no te encuentras en la lista de «los más honorables» de nadie: ni en la de Dios, ni en la de los atlantes, ni en la mía—dijo Serena—. Vas a morir por tus pecados de todas formas, con la única diferencia de que, en esta ocasión, nos arrastrarás a todos los demás contigo hacia las profundidades del Infierno. Eso es lo que creo. Conrad solo fue capaz de mirarla fijamente. —Nunca te detienes ante nada, ¿verdad? Siempre tienes que decir la última palabra. En ese momento, Conrad vio que algo brillaba en el suelo. Extendió un brazo para tocarlo. ¿Se trataba de luz solar? Levantó la mirada hacia el techo y entornó los ojos. Los dos pasadizos ocultos cuya presencia siempre había sospechado estaban abiertos de par en par en ese momento, y a través del pasillo meridional se filtraba un rayo de luz que caía sobre el centro del suelo, justo donde había estado el obelisco. ¿Se habría derrumbado la sima de hielo que había por encima?, se preguntó con alarma. ¿Qué había pasado con la Base Glacial Orión? Durante un segundo se le pasó por la cabeza la horripilante posibilidad de que el respiradero geotérmico de la P4 hubiera fundido el hielo, o de que hubiera llegado a provocar el deslizamiento de la corteza terrestre, pero la desechó al instante. Si hubiera sucedido semejante catástrofe, tanto Serena como él estarían muertos. — ¿Qué hora es? —preguntó. —Las tres de la tarde —respondió ella—. En septiembre, la Antártida tiene las mismas horas de luz que de oscuridad. Así que solo nos quedan unas cuantas horas para que anochezca. Conrad estiró el cuello para atisbar los pasadizos que había en las paredes inclinadas del norte y el sur de la cámara. Podría arrastrarse por uno para ver qué había en el exterior. Era la única manera de salir. Sin embargo, la inclinación parecía bastante pronunciada y habría, al menos, unos treinta metros de subida hacia solo Dios sabía dónde. —Tendré que echar un vistazo ahí fuera —le dijo a Serena. Ella asintió con lentitud, como si hubiera llegado a la misma conclusión bastante antes de que él recuperara el conocimiento. —Necesitarás esto para escalar por el pasadizo. Serena sujetaba en las manos unas ventosas presurizadas para las rodillas y las manos. — ¿De dónde las has sacado? —preguntó él. —De la mochila de tu padre —fue su respuesta—. Parece que venía preparado para cualquier eventualidad. Conrad contempló el altar que había en el centro de la estancia y que cubría el pasadizo que se había tragado a su padre. —No para todo. Se puso en pie, cogió el equipo de ventosas que le ofrecía Serena y cruzó la estancia hasta el pasadizo meridional. Levantó los ojos hacia el Sol y parpadeó. —Parece que la tormenta polar ya ha amainado. —Eso parece, sí. —No lo dijo con mucha convicción. Ni siquiera parecía interesada en saber lo que sucedía. —Si algún equipo ha salido en nuestra busca, tendremos que hacer una señal o lanzar una bengala —le dijo al tiempo que se colocaba las ventosas—. Yo treparé por el pasadizo y me llevaré una cuerda, por si acaso es nuestra única salida y resulta necesario que te reúnas conmigo. Mientras tanto, utiliza la radio de Yeats para tratar de contactar con la Base Glacial Orión. Cuéntales lo que ha pasado. Pudo sentir que Serena buscaba las respuestas en sus ojos. — ¿Y qué es lo que ha pasado, Conrad? Deseaba estrecharla entre sus brazos, si ella se lo permitía, y decirle que todo saldría bien. Pero ambos sabrían que era mentira. —Voy a averiguarlo —le dijo—. Te lo prometo. El cuadrado de luz que aparecía sobre su cabeza se fue agrandando a medida que se acercaba a la parte superior del pasadizo. La escalada había resultado más difícil de lo que esperaba, puesto que las ventosas que necesitaba para ascender habían retrasado la marcha, y estaba sin aliento. Cuando se aferró al extremo superior del pasadizo y salió a la luz del día, el viento seguía soplando. El resplandor le hizo daño y tuvo que parpadear repetidas veces para dar tiempo a que sus ojos se acostumbraran. Una vez conseguido esto volvió a parpadear, pero esta vez de incredulidad. Desperdigadas a cosa de kilómetro y medio por debajo de él se hallaban las ruinas de una antigua ciudad. Templos, zigurats y obeliscos derruidos yacían esparcidos por lo que había sido —o podría haber sido— un paraíso tropical. Advirtió la presencia de una serie de canales circulares concéntricos que partían de la base del complejo piramidal, lugar que, según dedujo, debía de ser el centro de la ciudad. Se trataba de un entramado urbano muy avanzado, como de otro mundo, que llevaba oculto doce mil años bajo casi tres kilómetros de hielo. Hasta ese mismo momento. Se protegió los ojos con las manos para poder ver. El terreno subglacial se extendía en un radio de casi diez kilómetros desde la pirámide: una isla tropical en un mar de hielo. A lo lejos, podía ver las cimas nevadas de los Montes Transantárticos. El aire era limpio y fresco, e incluso podía escuchar el rumor de unas cascadas lejanas. De alguna manera sus miedos, sus dudas y sus estúpidas ambiciones quedaron reducidos a la nada ante la majestuosidad de todo aquello. Sin embargo, mientras contemplaba el nuevo mundo, lo asaltó de repente una pregunta: ¿qué había sucedido con el antiguo? 23 Quince horas para el amanecer USS Constellation El almirante Warren cruzó entre chapoteos la cubierta del hangar del USS Constellation mientras elaboraba un informe de daños. A pesar de todo el navío no había volcado, pero la cubierta había recibido suficiente agua como para hundir el Titanic dos veces. Sin embargo, aquella vieja preciosidad se había mantenido a flote, aunque renqueaba gracias a los motores de emergencia. Los informes iniciales que se habían recibido desde el Servicio de Vigilancia Geológica de los Estados Unidos que se encontraba en Golden, Colorado, así como los de algunas agencias de Japón dedicadas a predecir sismos, achacaban el maremoto a un gran terremoto con epicentro en la Antártida oriental. Un terremoto de 11,1 en la escala de Richter. No obstante, Warren no podía confirmarlo ni con la Estación McMurdo ni con la Amundsen-Scott. Todo tipo de comunicación con las bases norteamericanas en el continente había quedado inutilizado por un PEM. Y eso no hacía más que dar credibilidad a los informes provenientes de Moscú y Pekín, que decían que el «incidente sísmico» acaecido en la Antártida era en realidad una explosión nuclear secreta llevada a cabo por los Estados Unidos; algo que, sin duda, era una flagrante violación del Tratado Antártico Internacional. El pulso electromagnético, o PEM, también había anulado los satélites espía que los observaban. Según las informaciones que Warren había conseguido, si él no era capaz de poner un pájaro en el aire para que realizara un vuelo de reconocimiento sobre el epicentro, pasarían al menos dieciséis horas antes de que las fuerzas de los Estados Unidos pudieran llegar hasta allí, ya fuera para demostrar que esas acusaciones eran falsas o para ocultar las operaciones encubiertas de Yeats. —Maldito seas, Yeats —masculló Warren al tiempo que rodeaba los restos de un ala rota que flotaban en cubierta. Parecían pertenecer a uno de sus F/A-18 Hornet. El resto se mezclaba con lo que en otro tiempo fuera un S-3B Viking. Warren sacudió la cabeza. Veintiséis heridos, tres de ellos en estado crítico, y nueve desaparecidos. Y ese solo era el informe de bajas del USS Constellation. Los nuevos informes decían que un tercio de la isla de Male, la capital de las Maldivas, había quedado sepultado por el agua. En esos momentos, la más mínima subida en el nivel del mar podía tragarse toda la nación: las 1.180 islas. La totalidad de la población, unos 263.000 habitantes, se encontraba en peligro. La única buena noticia que Warren podía transmitirle a Washington era que su tripulación había logrado rescatar a los activistas de Greenpeace de su barco, que ya se había hundido. Esos entrometidos estaban echando una mano con los heridos, y además hacían uno de los mejores cafés que Warren había probado en su puñetera vida. Iba por su cuarta taza cuando uno de los operadores de radio apareció. —Un mensaje de acción de emergencia por el Milstar, señor. Warren contempló un calcetín que pasaba flotando a su lado sobre la cubierta del hangar.