—Conrad accionó el interruptor de la radio. Se escuchó un zumbido bajo—. No puede matarme. Me necesita, Lundstrom. Solo Dios sabe por qué, pero me necesita. Y será mejor que aparte mi pistola. No sería la primera vez que se dispara de modo accidental. Si este viajecito se vuelve más movido, bien podría fallar el tiro y hacer un agujero en el parabrisas. Lundstrom miró hacia el amenazador cielo. —Maldito sea, Conrad. Conrad se inclinó sobre el micrófono de la radio, muy consciente del cañón de la pistola que oscilaba detrás de su cabeza mientras ajustaba la frecuencia. — ¿Cuál es nuestro nombre en clave y frecuencia? Lundstrom dudó un instante. Pero justo en ese momento, una fuerte sacudida estuvo a punto de hacerlo saltar de su asiento. Lundstrom bajó la pistola cuando la turbulencia sacudió la cabina. —Somos seis-nueve-seis —gritó Lundstrom al tiempo que se estiraba para ajustar la frecuencia. Conrad activó el micrófono de la radio. —Aquí seis-nueve-seis. Solicitamos ayuda urgente. —No hubo respuesta alguna—. Aquí seis-nueve-seis —repitió—. Solicitamos ayuda urgente. Una vez más, no recibió respuesta. — ¡Allí! —gritó el navegante—. ¡La Base Glacial Orión! — ¿Base Glacial Orión? —repitió Conrad. La niebla se despejó por un segundo, lo que les permitió ver el páramo que se extendía bajo ellos. Ante Conrad se alzaron unas montañas que sobresalían del hielo y que se extendían hacia el horizonte, hasta donde abarcaba la vista. Por las laderas, llenas de salientes irregulares, una nieve semejante a nata montada descendía hasta el fondo de un gran valle marcado por una grieta oscura en el hielo, con forma de media luna. Situado en la parte cóncava de la grieta se hallaba un asentamiento humano de cúpulas, tiendas y torres. Conrad pudo atisbarlo antes de que la niebla volviera a tragárselo. — ¿Hemos llegado? —preguntó. Lundstrom asintió. —En caso de que podamos encontrar la pista. — ¿La pista? —inquirió Conrad justo cuando otra sacudida estuvo a punto de arrojarlo de su asiento. Si no se hubiera puesto el cinturón de seguridad, comprendió, su cabeza formaría parte del panel de control en esos momentos. —La pista de aterrizaje —explicó Lundstrom—. Abierta en el hielo con excavadoras. — ¿Vamos a intentar un aterrizaje a ciegas? —Conrad se quedó mirando los remolinos de nieve que danzaban al otro lado del parabrisas de la cabina. Las luces estroboscópicas y los focos de posición no servían de nada en medio de semejante tormenta. Con el cielo cubierto, no se podían distinguir sombras ni horizontes. Y sobrevolar una superficie blanca uniforme hacía imposible juzgar la altura y la distancia. Incluso los pájaros caían a la nieve—. Estáis completamente locos. La radio chasqueó. —Seis-nueve-seis, aquí torre —dijo una voz brusca y monótona—. Repita. Torre llamando a seis-nueve-seis. —Aquí seis-nueve-seis —respondió Lundstrom, que se apoderó del micrófono—. Adelante, torre. El controlador al otro lado de la línea dijo: —Vientos cruzados de quince nudos y ráfagas de cuarenta nudos. Visibilidad cero-cero. Conrad se dio cuenta de que Lundstrom hacía cálculos y sopesaba si debía aventurarse o quedarse a la espera y rezar para que se produjera un milagro. —El viento cruzado es infernal y las ráfagas alcanzan los sesenta nudos, señor —gritó el navegante. Conrad recuperó el micrófono. —Intentar que esta cafetera aterrice en un cubito de hielo gigante es algo suicida, y lo saben. —Equipos de rescate preparados —dijo el controlador—. Cambio. Conrad clavó la vista en la niebla al tiempo que Lundstrom los llevaba hasta ella. La visibilidad era nula en medio de la neblina y la tormenta de nieve. De repente, la cortina volvió a abrirse y una hilera de barriles de acero negro apareció justo delante de ellos. La propia pista estaba marcada con señales de luces incandescentes. —Volamos demasiado bajo —dijo. —Vamos a comenzar el descenso —ordenó Lundstrom. El copiloto redujo el flujo de combustible con suavidad, con el fin de no perder la sincronización de los motores. La radio cobró vida de nuevo. —Comiencen la maniobra de aterrizaje a la señal de «ahora» —indicó el controlador. —Recibido. —Se encuentran en la curva de descenso. —Recibido —repitió Lundstrom cuando una sacudida descorazonadora hizo temblar el avión del morro a la cola. Conrad apretó las cintas del arnés de su asiento y contuvo el aliento. —Se encuentran por debajo de la curva de descenso —advirtió el controlador—. Disminuya la velocidad de descenso y vire dos grados a la izquierda. —Recibido. —Lundstrom movió con mucho cuidado la columna de dirección y Conrad pudo sentir cómo el C-141 se nivelaba. —Se encuentran de nuevo en la curva de descenso —dijo el controlador—. Tres kilómetros para tocar tierra... Conrad seguía sin ver nada a través del parabrisas, aparte de una cortina blanca. —... Un kilómetro para tocar tierra... Quinientos metros para el aterrizaje... Doscientos cincuenta metros... Aterrizaje... Conrad y Lundstrom intercambiaron una mirada. Seguían en el aire. — ¿Torre? —preguntó Lundstrom. Le contestó un silencio que les pareció eterno y que fue seguido de un crujido ensordecedor. Los soldados cayeron los unos sobre los otros como piezas de dominó para luego colgar, inertes, de sus asientos. Las cintas de sujeción de la parte posterior se soltaron y la carga se desplazó hacia delante. Conrad escuchó el crujido y volvió la vista para encontrarse con que los contenedores metálicos avanzaban por la cabina principal en dirección a la del piloto. Se agachó cuando algo le rozó la oreja y golpeó a Lundstrom en la cabeza, haciendo que el cráneo del piloto se estampara contra el panel de mandos. Conrad trataba de alcanzar la columna de dirección en el momento en que un bloque de hielo hacía añicos el parabrisas y la oscuridad lo engullía todo. 6 Veintitrés días y siete horas después del Descubrimiento Fue el pitido intermitente del indicador de posición del C-141 lo que hizo que Conrad saliera de la inconsciencia. Parpadeó varias veces y, cuando abrió los ojos, vio un remolino de nieve. Poco a poco, la imagen comenzó a enfocarse. A través del maltrecho fuselaje vio las distintas piezas del avión esparcidas sobre el manto de hielo. Echó un rápido vistazo a Lundstrom. Los ojos del piloto estaban abiertos de par en par con una expresión horrorizada, y en sus labios se había quedado congelado para toda la eternidad un silencioso grito. Conrad vio que del cráneo del hombre sobresalía un trozo de metal. Debía de haber muerto cuando se produjo el impacto. Tragó saliva con fuerza y respiró hondo. El aire de la Antártida pareció entrar en tromba en sus pulmones para congelarlos. Se sentía mareado y aturdido. Esto no va bien, se dijo, nada bien. Su temperatura interna estaba descendiendo. No tardaría mucho en sufrir una hipotermia; su corazón se detendría a menos que hiciera algo en ese mismo instante. Forcejeó para quitarse el cinturón de seguridad, pero le resultaba imposible mover los dedos. Cuando miró hacia abajo, vio que tenía la mano derecha congelada sobre el asiento. Sabía que eso significaba que los vasos sanguíneos se habían contraído y que el tejido estaba muriendo poco a poco. Echó un vistazo a la cabina del avión, intentando mantener el pánico a raya. Utilizó su entumecida mano izquierda, que aún estaba protegida por el guante, para coger el termo que había quedado atrapado tras el cadáver de Lundstrom. Logró abrirlo, no sin esfuerzo, y vertió el café caliente sobre la mano derecha. Una nube de vapor se alzó al instante y se escuchó un siseo cuando la despegó del asiento. Se miró la palma chamuscada. Estaba roja y llena de ampollas, pero el entumecimiento provocado por el frío le impedía sentir cualquier dolor. Se arrastró hasta el copiloto y acercó una oreja a los labios del hombre. Respiraba, aunque de forma casi imperceptible. Lo mismo sucedía con el navegante. Desde la parte de atrás le llegaban los gemidos de dolor de los miembros de la unidad. Cogió el transmisor. —Aquí seis-nueve-seis —logró pronunciar a duras penas, inclinándose sobre el micrófono—. Necesitamos ayuda urgente. No obtuvo respuesta. Cambió la frecuencia. —Aquí seis-nueve-seis, cabrones —repitió. Ninguna de las frecuencias utilizadas pareció dar resultado. Tras unos cuantos minutos de chasquidos, el transmisor quedó en silencio. Fue entonces cuando se dio cuenta de que nadie lo escuchaba. Se abrió paso entre los restos de la cabina con el fin de localizar una radio de emergencia, si bien no pudo encontrar ninguna. Sin lugar a dudas, tendría que haber una baliza; una radiobaliza que indicara la posición de emergencia. Sin embargo, era posible que Lundstrom y su equipo no quisieran que los encontraran si llegaba a producirse un accidente en un caso como ese. Lo único que descubrió fue una bengala y, para colmo, en su propio equipaje. Muy útil, sin duda... Vaya una forma más patética de morir, pensó mientras contemplaba la bengala que tenía en la mano. Sobrevives a un accidente aéreo para convertirte en un bloque de hielo. Dios, cómo odiaba el frío. De niño no había conocido otra cosa, y lo último que deseaba era morir en la nieve. Porque eso significaría que no se había alejado de su casa tanto como una vez soñara. Y porque jamás se reconciliaría con su padre. Una bonita ironía, ¿verdad?, pensó mientras comprobaba la temperatura en su reloj multifunción. El termómetro digital marcaba 31° C bajo cero. Claro que eso fue hasta que le dio por echarle otro vistazo y se dio cuenta de que no había visto bien los dígitos: 87° C bajo cero... Se desplomó sobre el suelo, junto al resto de la tripulación, y empezó a sentir que le pesaban los párpados. Luchó para mantenerse despierto, pero resultó ser una batalla perdida. Estaba a punto de caer en la inconsciencia cuando, de improviso, el avión comenzó a agitarse y creyó escuchar el ladrido de un perro. Abrió los ojos, se arrastró como pudo hasta su mochila y consiguió colgársela en uno de los hombros. Acto seguido, buscó la bengala con movimientos lentos, se deslizó por un agujero abierto en el fuselaje y cayó al hielo. El golpe agudizó sus sentidos. Consiguió ponerse en pie y contempló la yerma planicie helada. No había nada que ver. En todo caso, que la nieve caía con más fuerza que nunca. Y, justo entonces, surgió un enorme vehículo de entre la niebla. Parecía uno de esos grandes Hagglunds suecos. Las dos cabinas de fibra de vidrio estaban unidas y se alzaban sobre orugas neumáticas que dejaban un rastro de marcas cuadradas sobre la nieve. Conrad se apresuró a partir la bengala para encenderla y comenzó a agitar los brazos. Los sentía pesados y apenas notaba lo que sostenía en la mano. Los Hagglunds se detuvieron frente a él. La puerta de la cabina delantera se abrió y un husky de Alaska saltó al suelo y pasó corriendo a su lado, camino de los restos del avión estrellado. Al instante, escuchó un sonido metálico y vio las botas blancas de una enorme figura que emergía del vehículo y descendía los peldaños de la escalerilla hasta el suelo. Conrad supo que era su padre en cuanto vio los movimientos precisos y medidos, por no hablar de la imponente altura. Yeats se acercaba a él, embutido y rígido dentro del traje térmico de color blanco, con unas gafas protectoras que tenían manchas grises en la parte inferior para reducir el molesto brillo de la nieve. Sus botas se hundían en la superficie con cada una de sus poderosas zancadas. —Infringiste mis órdenes de no utilizar la radio, hijo. —Yeats se detuvo delante de él como si se tratara de una estatua, mientras los copos de nieve caían a su alrededor—. Has delatado nuestra posición. —Yo también me alegro de volver a verte, papá. Yeats le quitó la bengala de la mano, la arrojó sobre la nieve y la aplastó bajo una de sus botas. —Ya has atraído suficiente atención. La furia se alzó en el interior de Conrad con la fuerza de un geiser. Furia que iba dirigida contra su padre y contra sí mismo por permitir que Yeats retrocediera en el tiempo y lo arrastrara de nuevo a su gélido infierno personal. —Lundstrom está muerto, al igual que la mitad de tus hombres —dijo, señalando el avión con la mano congelada. Yeats habló por su radio: —Equipos B y R —gruñó el general—. Salvad lo que podáis del compartimento de carga antes de que la tormenta nos entierre vivos. Conrad miró por encima del hombro los restos del avión, y a los hombres que no tardarían en ser olvidados bajo la implacable nieve. El perro salió del amasijo de hierros con un reloj de pulsera en la boca. Tenía el hocico salpicado de sangre congelada. Pasó rozando la pierna de Conrad, que lo siguió con la vista mientras el animal corría hacia el Hagglunds. — ¡Nimrod! —gritó Yeats al animal, que hizo caso omiso de su llamada y comenzó a arañar la puerta de la cabina delantera. —Nimrod es el único de los presentes que parece tener cerebro. —Conrad se encaminó hacia la puerta de la cabina, y se disponía a abrirla cuando Yeats se lo impidió estirando un brazo por delante de él. — ¿Adonde crees que vas? —exigió saber Yeats. Conrad abrió la congelada puerta del vehículo y dejó que Nimrod lo precediera al cálido interior de la cabina. —No te mees en los pantalones, papá. Con este frío, se te podría caer algo... Conrad se echó un vistazo a la mano vendada mientras seguía a Yeats por el aislado pasillo del interior de la misteriosa Base Glacial Orión. Uno de los médicos de la enfermería le había vendado la mano lo mejor posible. No obstante, en esos momentos se estaba descongelando y dolía como mil demonios. A través de los altavoces ocultos se escuchaba música clásica. Solo una delgada pared de poliestireno los separaba de la furiosa tormenta que rugía en el exterior. Veinte centímetros y lo que parecían los débiles acordes de la Sinfonía n° 25 en sol menor. —Mozart —dijo Yeats—. Algunos experimentos de lo más gilipollas demostraron que la música clásica tiene un efecto positivo sobre el sistema cardiovascular. Dentro de diez años será el blues, el rap o cualquier cosa que emocione a esos capullos. Atravesaron otro compartimento estanco que conducía a un nuevo módulo y Conrad se vio invadido por una especie de vértigo. La mitad superior del módulo era idéntica a la mitad inferior y el techo estaba cubierto por paneles de instrumentos, interruptores de circuitos, marcadores de temperatura y dosímetros. Los relojes del panel, al igual que el que Yeats llevaba en la muñeca, marcaban la hora por la que se regían todos: la hora de Houston. Conrad no tardó en distinguir las marcas de la NASA por todos lados y, de repente, comprendió que la Base Glacial Orión jamás estuvo destinada a establecerse en la Tierra. Debieron de diseñarla para ser una estación espacial en órbita o una colonia en uno de los casquetes polares de Marte, donde el hielo podía derretirse para obtener agua y hacer funcionar el soporte vital. — ¿Qué cojones has construido aquí? —preguntó. —Bienvenido al asentamiento humano más inaccesible de todo el planeta, hijo. Tras doblar una esquina, Conrad siguió a su padre a lo largo de otro interminable pasillo. Se escuchaba una especie de zumbido que quedaba apagado por la música. Y, de cuando en cuando, toda la base parecía agitarse a causa de un temblor, como si acabara de pasar un tren de mercancías. —Tenemos un centro de mando, un módulo para la reproducción de diferentes ecosistemas, un centro de comunicaciones vía satélite, un laboratorio astrofísico y un observatorio, así como varios módulos para el procesamiento de materiales, sensores remotos e investigación médica —enumeró Yeats. —Te olvidas del equipo de perforación —comentó Conrad—. Eso explicaría los temblores. Yeats fingió no haberlo escuchado y señaló en la dirección opuesta. —Los calabozos están por allí. Toda la base es un calabozo, pensó Conrad mientras observaba un túnel descendente que acababa en otro compartimento estanco sellado. — ¿Y para qué ibas a encerrar a alguien? ¿Es que hay algún lugar adonde escapar? —Las condiciones extremas de este lugar tienen fama de hacer que la gente sobrepase todos los límites —explicó Yeats. Conrad miró a su padre. — ¿Eso es lo que te sucedió a ti? Yeats se detuvo y se giró con brusquedad frente a una puerta donde rezaba: «SOLO PERSONAL AUTORIZADO». Como si hubiera alguien en los alrededores que pudiera violar las medidas de seguridad... —Acompáñame al interior, hijo —lo invitó Yeats mientras colocaba la mano sobre la barra que bloqueaba la puerta—, y tal vez tú mismo acabes por sobrepasar tus propios límites. Dentro de un cavernoso laboratorio, y emplazada sobre una plataforma, se encontraba una pirámide de unos tres metros de altura. Era una pieza sólida de piedra con una especie de brillo rojizo y cuyas caras estaban rodeadas por cuatro surcos o anillos. Estos comenzaban en la mitad de las caras y se iban acercando unos a otros a medida que ascendían hasta el vértice. Conrad dejó escapar un silbido. —Los satélites del Pentágono descubrieron una mancha oscura bajo el hielo poco después del último gran terremoto de hace unas cuantas semanas —explicó Yeats—. Se envió un equipo de reconocimiento, pero no encontraron nada que pudieran seguir investigando. La mancha anómala parecía ser invisible para los sondeos con ondas electromagnéticas. Entonces fue cuando comenzamos a excavar. Nos topamos con la roca a un kilómetro y medio bajo la capa de hielo. A todas luces, esto no es una formación rocosa natural. No, no lo era, pensó Conrad, presa de una creciente agitación que se intensificaba a medida que estudiaba la piedra. La postura oficial del Departamento de Estado de los Estados Unidos defendía que ningún ser humano había puesto un pie en la Antártida antes del siglo XIX. No obstante, esa roca era al menos tan antigua como el hielo que la había cubierto: doce mil años de antigüedad. Lo que sugería, sin lugar a dudas, la existencia de los restos de una civilización dos veces más antigua que la sumeria, la civilización más antigua de la Tierra. Pasó la mano por la lisa superficie de la piedra e introdujo un dedo en uno de los extraños surcos. Ese hallazgo podría ser la primera evidencia de la Cultura Madre que llevaba buscando toda la vida, pensó a punto de echarse a temblar. — ¿Dónde está el resto? —preguntó. Yeats parecía estar ocultando algo. — ¿El resto de qué? —De la pirámide —contestó Conrad—. Esto no es más que la piedra benben. — ¿La piedra benben? Definitivamente, Yeats se estaba haciendo el tonto, ansioso por comprobar si todo lo que había invertido en su hijo había merecido la pena. A Conrad no le importaba cantar para poder pagarse la cena, pero no estaba dispuesto a conformarse con las migajas. —Un símbolo utilizado en el Antiguo Egipto para representar al pájaro bennu: el fénix —explicó Conrad—. Representa el nacimiento y la inmortalidad. Es el vértice de la pirámide o piramidión. — ¿Ya habías visto alguno antes? —No —contestó Conrad—. Ninguna de las grandes pirámides del mundo lo conserva. Sabemos de su existencia gracias a los textos antiguos. Eran copias de las desaparecidas piedras benben, las cuales se creía que habían caído del cielo. —Como un meteorito —finalizó Yeats, que no apartaba la vista de la roca. Conrad asintió con la cabeza. —Pero un piramidión de este tamaño indica que la pirámide que había bajo él debía de ser enorme. —De un kilómetro y medio de altura y más de tres kilómetros de ancho. Conrad miró a su padre fijamente. —Diez veces el tamaño de la Gran Pirámide de Giza. —Once veces, para ser más exactos —lo corrigió Yeats. Su padre había hecho bien los deberes—. Más grande que el Pentágono. Y mucho más avanzada. Su superficie es bastante más lisa que la de un bombardero invisible, lo que explicaría por qué resultaba ilocalizable para los rastreos con ondas electromagnéticas. Esos surcos del vértice son la única marca distintiva externa de la P4. Además de su impresionante tamaño, por supuesto. Conrad volvió a tocar el piramidión, todavía reacio a creer que hubiera existido una civilización en la Tierra en una época tan temprana, y mucho más avanzada de lo que incluso él había imaginado con anterioridad. —P4 —repitió. Ese era el nombre con el que la habían bautizado. Un diminutivo de «Pirámide de los cuatro anillos». Tenía sentido—. Y tiene, al menos, doce mil años de antigüedad. A lo que Yeats contestó: —Si es tan antigua como este piramidión, tiene al menos seis mil millones de años, hijo. — ¿Seis mil millones? —repitió Conrad—. Eso es imposible. La Tierra solo tiene cuatro mil quinientos millones de años. ¿Me estás diciendo que la P4 es más antigua que nuestro planeta? —Así es —aseguró Yeats—. Y está justo bajo nuestros pies. 7 Veinticuatro días y quince horas después del Descubrimiento Yeats distinguía los débiles acordes de Mozart que sonaban bajo el zumbido de los aparatos del sistema de ventilación que introducía el aire en su compartimiento, mientras observaba cómo Conrad analizaba los datos provenientes de la P4 en su computador portátil. Con una taza de café caliente en la mano vendada, Conrad sacudió la cabeza. —Nunca cambiarás, ¿verdad, papá? Yeats se tensó. — ¿Y eso qué significa? —Nunca me enseñaste a volar una cometa ni a lanzar una bola rápida cuando era niño —explicó Conrad—. No, tuve que aprender esa clase de cosas por mi cuenta. Contigo siempre eran cosas del tipo « ¿qué te parece el diseño de este sistema de armamento, hijo?», o « ¿desde dónde te gustaría ver el lanzamiento de mi nuevo satélite espía?». Y cada vez que te veo, en cualquier lugar de este apestoso planeta, siempre es en el mismo escenario. Siempre es en una base militar. Siempre oscura. Siempre fría. Siempre con nieve. Yeats echó un vistazo a través de la ventana para observar la tormenta que rugía en el exterior. El temporal era tan intenso que ya ni siquiera podía ver la garganta de hielo. Lo que había quedado del C-141 ya estaría más que enterrado. Se sentía aliviado por el hecho de que Conrad hubiera sobrevivido al impacto, y también se alegraba de verlo. No obstante, era evidente que Conrad no sentía lo mismo, y eso le dolía. —Tal vez sea algo inherente a mi persona. —Yeats se sirvió un tercer trago de whisky y señaló el portátil con la cabeza—. Sea como sea, la prueba del carbono 14 parece concluyente. —Solo en el caso del piramidión —comenzó Conrad justo cuando una nueva oleada de temblores, parecidos a los que provocaba el paso de un tren, sacudió la estancia. —Ese lo hemos provocado nosotros —dijo Yeats, que hizo referencia así a la excavación que se llevaba a cabo en el fondo del abismo para limpiar el hielo que rodeaba la P4—. Distinguirás el temblor de verdad cuando lo sientas. — ¿Y tú crees que es la P4 la que provoca los terremotos? —Tú eres el genio, hijo; dímelo tú. Conrad dio un sorbo al café e hizo una mueca. — ¿Qué coño es esto? ¿Diesel fermentado? —Es por el agua. La base se abastece de nieve fundida. La comida a base de soja es todavía peor. Conrad dejó el café a un lado. —El simple hecho de que el piramidión de la P4 tenga, supuestamente, una antigüedad de seis mil millones de años no significa que el resto de la pirámide sea tan antigua, ni que la construyeran los alienígenas. — ¿Quién ha dicho nada de alienígenas? —Yeats intentó que su expresión no revelara nada, pero Conrad iba muy por delante de él. —Los meteoritos no han dejado de bombardear la Tierra desde la formación del planeta. Un ejemplo sería ese pedrusco de Marte de cuatro mil quinientos millones de años que encontraron aquí mismo, en la Antártida, hace unos cuantos años —continuó Conrad—. Los seres humanos pudieron encontrar un meteorito miles de millones de años después y elaborar un piramidión con él. Yeats se bebió de un trago su Jack Daniel’s. —Si con eso te sientes mejor... —Desde luego, alguien tuvo que construir la P4 —dijo Conrad—. Y lo hicieron mucho tiempo antes de que el hielo cubriera la Antártida o de la existencia de cualquier civilización conocida. Fueran quienes fuesen los constructores de la P4, se trataba de una civilización avanzada, puede que incluso más avanzada que nosotros mismos. Yeats asintió con la cabeza. —Lo que significa que quienquiera que consiga acceso a su tecnología podría alterar, al menos teóricamente, el equilibrio de poder en el mundo. — ¿Sigues con esa paranoia de la fuerza asimétrica? —preguntó Conrad—. No me extraña que estés dispuesto a arriesgar vidas humanas y a romper los tratados internacionales para levantar una base militar en la Antártida. Yeats hizo una pausa. —Querrás decir la Atlántida, ¿no? — ¿La Atlántida? ¿Crees que hay una ciudad ahí abajo? Yeats asintió. —Por lo que sabemos, la P4 no es más que la punta del iceberg, si me permites la expresión. —La Atlántida no es más que un nombre, un mito —replicó Conrad—. Tal vez esa leyenda se base en lo que crees que has encontrado. Pero tal vez no. Tal vez sea la Cultura Madre, perdida desde hace tanto tiempo. O tal vez no. Requeriría décadas de investigación llevar a cabo una excavación como es debido tan solo en la P4. Eso era típico de Conrad, pensó Yeats. ¿Acaso no era bastante realizar el mayor descubrimiento desde el hallazgo del Nuevo Mundo? No, Conrad tenía que estar «seguro»; Dios no permitiera que fuera otro Colón, que acabó descubriendo algo que siempre había estado allí. —No contamos con décadas, hijo —explicó Yeats—. Tenemos días. He visto uno de tus programas especiales de televisión, y dejaste muy claro que la Antártida era la Atlántida. Yeats pulsó un icono de la pantalla y se abrió una ventana con el anuncio promocional de Antiguos enigmas. Yeats miró a Conrad y este compuso una mueca, avergonzado. —La Atlántida —anunció la voz de barítono del locutor—. La antigua ciudad de increíbles riquezas y ejércitos que el filósofo griego Platón describió en sus Diálogos, allá por el siglo IV a.C. Una civilización que fue tragada al completo por las aguas en tan solo un día. Los supervivientes buscaron refugio por todo el mundo y construyeron las pirámides de Egipto, los zigurats de Suramérica y otros restos arqueológicos de origen desconocido. Venga a explorarlo desconocido con nuestro astroarqueólogo, el doctor Conrad Yeats. Yeats cortó en ese momento. — ¿Y bien? —Lo que dije fue que la Antártida es el único lugar del mundo que se ajusta palabra por palabra a la descripción que Platón hace de la Atlántida —matizó Conrad—. Nunca dije que de verdad creyera que la historia de Platón fuese cierta. Recuerda, papá, que en el mundo académico es cuestión de publicar o morir, y que solo las ideas más peregrinas reciben atención. Yeats frunció el ceño. — ¿Estás diciendo que Platón es un mentiroso? Conrad se encogió de hombros. —Platón no era más que un idealista que se inventó un paraíso perfecto, la Atlántida, que cumpliera todos sus deseos. A Yeats lo decepcionó la respuesta evasiva de Conrad y entrecerró los ojos. —Por el contrario, tú careces de todo ideal. —Todo arqueólogo tiene su propio emplazamiento para la Atlántida —replicó Conrad—. La mayoría cree que se trata de la isla de Thira, en el Mar Mediterráneo, que fue engullida por el agua después de que su volcán entrara en erupción. Eso sucedió novecientos años antes de que Platón escribiera su historia sobre la Atlántida. Otros la sitúan en el Atlántico Norte o en Troya, en Turquía, una ciudad que también se consideraba legendaria hasta que aparecieron sus ruinas hace poco. Y también están los que sugieren que la Atlántida era el continente americano y que la ciudad perdida podría encontrarse en cualquier lugar, ya sea bajo el lago Titicaca o bajo Los Ángeles. Al escuchar eso, Yeats comentó: —Pero ninguno de esos lugares se parece en nada a esa civilización de tecnología avanzada que, según Platón, fue destruida hace casi doce mil años. —Cierto. —Por lo que esto que tenemos podría tratarse, en efecto, de la Atlántida. —Podría, sí. —Conrad se encogió de hombros—. Mira, lo único que digo es que si lanzas un dardo contra un mapamundi, acertarás en algún lugar donde alguien ubica la Atlántida —dijo Conrad—. Es más, si te parecieras al productor de mi programa, incluso podrías lanzar los dardos a cualquier parte del sistema solar en una carta celeste. Las posibilidades son infinitas. No puedo sacar ninguna conclusión hasta que entre en la P4. —No puedo prometerte que llegues a entrar, hijo —le advirtió Yeats—. Al menos, no de momento. Se trata de una operación militar. Si tienes una teoría acerca de la P4, suéltala de una vez o guárdatela. —De acuerdo. Entonces cogeré el siguiente vuelo y me iré a casa. —Maldita sea, Conrad. —Yeats golpeó la mesa con el puño—. No vas a irte a ningún sitio. Y si de verdad quieres entrar en la P4, será mejor que me digas algo que no sepa ya a estas alturas. Conrad se puso en pie y se acercó a la ventana. Por un terrible instante, Yeats creyó que Conrad iba a coger una de las sillas de metal para estrellarla contra el cristal reforzado. Sin embargo, se limitó a mirar por la ventana mientras el viento aullaba en el exterior. El hombre había aprendido a dominar la rabia que lo había consumido cuando era niño. —Muy bien, en ese caso, allá va —dijo Conrad sin darse la vuelta—. La más verosímil de mis suposiciones es que la P4 no es sino el modelo original en el que se basó la Gran Pirámide de Giza, pero a una escala mucho mayor. En otras palabras: la P4 es el monumento original y la Gran Pirámide que construyó Keops es una replica de inferior calidad. — ¿La más verosímil de tus suposiciones? —repitió Yeats—. No puedo guiarme por tus instintos, hijo. —Es mucho más que eso —replicó Conrad—. Tus propios datos indican que la base está alineada con los cuatro puntos cardinales: norte, sur, este y oeste. También tiene una inclinación de cincuenta y un grados y cincuenta y dos minutos, exactamente igual que la Gran Pirámide. Y dado que conozco la Gran Pirámide, y de primera mano además, puedo realizar algunas suposiciones bien fundamentadas acerca de la P4. Yeats dejó escapar el aliento. — ¿Como cuáles? —Como que la P4 es una representación del Hemisferio Sur de la Tierra. —Por lo que la Gran Pirámide de Egipto sería una representación del Hemisferio Norte —concluyó Yeats—. Ya lo capto. Pero, ¿qué pasa con eso? Conrad se acercó de nuevo al escritorio y pulsó unas cuantas teclas en su portátil. —El hemisferio queda representado en una superficie plana, la misma técnica que se usa en cartografía. —Giró el portátil para que Yeats pudiera ver el gráfico de la pantalla. Parecía una cruz gamada—. Esta sería la pirámide si la representáramos desde arriba. El vértice representa el Polo Sur, mientras que el perímetro representa el Ecuador. —Continúa. —Esa es la razón de que el perímetro tenga una relación de dos pi (2?) con respecto a la altura —explicó Conrad—. De esa manera, la P4 representaría el Hemisferio Sur en una escala 1:43.200. — ¿Representa el Hemisferio Sur con relación a qué? —preguntó Yeats. —Al cielo —respondió Conrad—. Los antiguos asociaban ciertos significados a según qué constelaciones. Una vez haya determinado el equivalente celeste de la pirámide en el firmamento, tendremos una idea más clara de cuál es su función. — ¿Función? —repitió Yeats—. Es una tumba, ¿no? —Las pirámides en sí nunca fueron diseñadas para servir como lugares de enterramiento, aunque sí es cierto que se usaron con ese fin alguna que otra vez —explicó Conrad—. El propósito último de las pirámides estaba relacionado con la búsqueda de la inmortalidad que llevaban a cabo los antiguos reyes. Para obtener la vida eterna, el Rey tenía que participar en el descubrimiento de una revelación que desvelaría el misterio del «Tiempo Primordial». — ¿El Tiempo Primordial? —Yeats lo miró de hito en hito—. ¿Qué es eso? —Es el secreto de la creación—explicó Conrad—. La forma en que se creó el universo, cómo llegamos hasta aquí, hacia dónde vamos. — ¿Hacia dónde vamos? ¿Cómo cojones iban a saber eso los constructores de la P4? —Los antiguos creían que el calendario cósmico volvía a su posición original cada veintiséis mil años, más o menos —dijo Conrad—. Cada periodo de tiempo termina con algún tipo de cataclismo que da lugar a una nueva creación o a otra era. Los supervivientes de semejante suceso de extinción global querrían, como es lógico, advertir a las generaciones futuras. — ¿De manera que este secreto se remonta hasta los tiempos del Génesis? —A una época muy anterior al Génesis —lo corrigió Conrad—. De acuerdo con las leyendas mayas y aztecas, ha habido al menos cinco Soles o Creaciones. Supuestamente, vivimos en la era del Quinto Sol. — ¿Qué le sucedió al Cuarto Sol? —exigió saber Yeats. —Pues, según los antiguos, fue destruido por el Diluvio Universal —explicó Conrad—. Basándome en los cuatro anillos que hemos encontrado en el piramidión, calculo que la P4 se construyó en los albores del Cuarto Sol, justo después de la destrucción del Tercero, momento en el que el Génesis que aparece en la Biblia narra la creación de los cielos y la tierra a manos de Dios. —Acabas de decirme que la P4 se remonta bastante más atrás que todo eso. —Porque espero poder encontrar dentro de la pirámide todo un depositario de conocimientos sobre los tres Soles previos —dijo Conrad—. Puede que incluso guarde en su interior el secreto del Tiempo Primordial, algo mucho más antiguo que el universo conocido. Yeats comenzó a pasearse de un lado a otro de la habitación, incapaz de contener su nerviosismo. El dolor de la pierna lo estaba matando, pero no le importaba. — ¿Estás seguro? —No podré estarlo hasta que entre. —El rostro de Conrad se ensombreció—. Sin embargo, es lógico asumir que, además de cualquier otra cosa que descubramos ahí abajo, la P4 esconde un legado de conocimiento tan vasto como el nuestro. —Razón por la que debemos entrar nosotros en primer lugar —concluyó Yeats—. Porque no pasará mucho tiempo antes de que tengamos compañía. En ese momento, Conrad preguntó: — ¿Habéis encontrado ya la entrada? —Tengo trabajando a un equipo de excavación en una plataforma emplazada en la cima de la P4 —dijo Yeats—. La cúspide de la pirámide sobresale del fondo del abismo unos cuatro metros y medio, como la punta de un iceberg. El personal está excavando un agujero hacia la base en la cara oriental. Ahí es donde la simulación por computador nos dice que encontraremos la entrada. Estamos a medio camino. —Estáis excavando en el lugar equivocado —dijo Conrad. Yeats inspiró con fuerza. —Está bien, entonces dime dónde debería estar haciéndolo. —En la cara norte o en la sur, aunque con la P4, me inclino más hacia la primera —comentó Conrad—. A algo menos de un kilómetro, el equipo de excavación debería encontrar la entrada hacia un largo pasadizo vertical que nos conduciría al mismo núcleo de la P4. — ¿Debería? —gruñó Yeats—. ¿De verdad esperas que paralice a mi equipo para seguir una de tus corazonadas? —Escúchame. Si la P4 es en verdad el modelo original en el que se basaron para construir la Gran Pirámide, sospecho que encontraremos dos pasadizos verticales que partirían del centro de la pirámide hacia el exterior de las caras norte y sur. Si las similitudes que he visto continúan, podremos utilizar estos pasadizos verticales para entrar en la P4 en la mitad del tiempo que nos llevaría hacerlo siguiendo tu sistema. — ¿Y cuál sería exactamente la función de estos pasadizos verticales? Si es que existen. —Tengo una idea aproximada —contestó Conrad—, pero tendría que entrar en la P4 para asegurarme. —Por supuesto —masculló Yeats. —Creía que el precio de mi acceso a la P4 era decirte algo que todavía no supieras —dijo Conrad en el momento en que el intercomunicador comenzaba a sonar—. Acabo de hacerlo. —Lo que me has dicho no tendrá valor alguno a menos que encontremos estos pasadizos verticales, cuya existencia afirmas —dijo Yeats. —Los encontraréis —insistió Conrad al ver que el intercomunicador volvía a sonar. Irritado, Yeats activó la pantalla. Era O’Dell desde el centro de mando. — ¿Qué pasa? —Una de las patrullas avanzadas acaba de dar su informe —dijo O’Dell—. Parece que la llamada de auxilio del doctor Yeats ha atraído atención indeseada. Tenemos compañía. 8 Veinticuatro días y dieciséis horas después del Descubrimiento La puerta del compartimento estanco se abrió, momento en el que sopló una ráfaga de aire polar que trajo un remolino de nieve. Una figura etérea emergió de la nube con un anorak verde de Gore-Tex. Antes incluso de que la capucha ribeteada de piel se echara hacia atrás y aparecieran las gafas ultravioletas, Conrad supo instintivamente quién era. —Serena —dijo. Como Conrad sabía muy bien, todo hombre tenía su propia Atlántida, una parte de su pasado o de sí mismo que parecía sumergida y desaparecida para siempre. Serena Serghetti era su Atlántida, y en aquel momento, de repente, acababa de volver a la superficie. Serena no dijo nada durante un minuto; se limitó a sonreírle y a mirar a su alrededor. Poco después, Nimrod se acercó a ella y lamió su mitón de lana. Ella acarició con cariño la oreja del husky. Conrad echó un vistazo a Yeats, que estaba en silencio junto a él, y a los dos policías militares armados y ataviados con sendos trajes térmicos que se encontraban tras Serena. Todos parecían esperar una especie de declaración. Al final, Serena le dirigió la palabra a Conrad por primera vez en cinco años. — ¿Tienes permiso para que esté aquí? —preguntó al tiempo que acariciaba a Nimrod. Conrad parpadeó con incredulidad. Tal vez estuviera tan perdido en el momento que no hubiera escuchado bien. — ¿Para el perro? Serena asintió. —En 1993 se prohibió la presencia de los huskies en el continente, al igual que la de cualquier especie no autóctona de la Antártida. Y eso te incluye a ti, Conrad, y a tus amigos aquí presentes. Yeats la miraba fijamente, con la boca abierta. — ¿Os conocéis? — ¿Es que no la reconoces? —preguntó Conrad—. Es Serena Serghetti, alias Madre Tierra; en su tiempo fue la mejor lingüista del Vaticano, pero en la actualidad desempeña el papel de activista medioambiental y grano en el culo oficial. —Ya te gustaría a ti ser ese culo... —dijo Serena con vivacidad al tiempo que extendía el mitón hacia Yeats—. General Yeats, en persona cualquiera diría que es usted de carne y hueso. No se parece en nada a la descripción que Conrad hizo de usted. Conrad miró a Yeats, que dejó pasar la puya. — ¿El Vaticano? —En realidad, estoy aquí como representante de la Sociedad de Preservación Australiana en el Antártico y como consejera del comité medioambiental de la Comisión de las Naciones Unidas en la Antártida. Esta tierra pertenece a Australia, como bien sabe, según el Artículo Cuatro del Tratado Antártico, del que forman parte los Estados Unidos. Todos los miembros deben notificar las expediciones, estaciones, personal militar y equipamiento activos en la Antártida. Usted no ha declarado los asuntos que lo traen a nuestro territorio, general Yeats. La mente de Conrad trabajaba a toda máquina para tratar de encajar la misteriosa presencia de Serena en aquel infierno helado, por no mencionar aquella extraña conversación con su padre sobre las trivialidades arcanas de las leyes internacionales. Yeats se aclaró la garganta. —El Artículo Cuatro, a pesar de reconocer que algunas naciones reclaman el territorio, establece expresamente que dichas reclamaciones no tienen por qué ser aceptadas por otros países —dijo Yeats con serenidad—. En otras palabras, podría haber setenta naciones y no siete reclamando la potestad sobre este territorio, hermana Serghetti, y no por ello los Estados Unidos reconocerían su validez. —Tal vez —replicó Serena—. Pero no hay ambigüedad alguna en el Artículo Uno, que prohíbe clara y enérgicamente la presencia de cualquier contingente de naturaleza militar, lo que no lo deja en buen lugar. —A menos que dicho contingente tenga propósitos científicos. — ¿Y qué propósitos son esos, Conrad? Conrad se dio cuenta de que se dirigía a él, y le dijo lo primero que se le vino a la cabeza: —Estamos llevando a cabo una operación de salvamento. Y se detuvo a estudiar su reacción; ella miró a su alrededor y se fijó en las puertas del centro de mando que se encontraba pasillo abajo, y en los soldados con los fusiles M-16 protegidos con fundas aislantes. — ¿Se refiere a ese C-141 que se estrelló? —preguntó—. Vi los restos cuando aterricé en la pista. Conrad observó a Yeats, que parecía impresionado. No solo era la Madre Tierra. También era la Monja Voladora. No era de extrañar que Yeats tuviera la barbilla en el suelo. — ¿Usted hizo aterrizar el avión? —preguntó Yeats. —Su estación es difícil de pasar por alto con esa grieta tan ancha como el río Colorado que la rodea. ¿Fueron ustedes los causantes de dicha grieta? —Ya estaba ahí—replicó Yeats a la defensiva. —En ese caso, no le importará que le eche un vistazo —comentó Serena—. El Tratado Antártico da derecho al acceso e inspección de todas las estaciones. Considérenos inspectores oficiales. Se apartó un poco y Conrad vio detrás de ella a cuatro jóvenes en buena forma, con ojos oscuros y hundidos. El pesado equipo de vídeo y de sonido descansaba sobre sus amplios hombros. — ¿Quiénes son? —dijo Conrad. —Mi equipo de filmación. Supongo que podremos grabar algunas imágenes mientras realizamos la inspección, ¿no? —Desde luego —dijo Yeats, que les hizo un gesto a los policías militares para que ayudaran a los hombres a dejar el equipo—. Puede inspeccionar todo lo que quiera desde el calabozo. Conrad observaba a Serena y al personal que había llevado con ella en sus respectivas celdas, a través de dos monitores del centro de mando. Los hombres estaban sentados tranquilamente en el suelo, como zorros enjaulados. Serena, entretanto, estaba tumbada en su catre como si fuera la Bella Durmiente. —No puedes encerrar a Madre Tierra —le dijo a Yeats—. Se va a enterar todo el mundo. Sin embargo, Yeats estaba concentrado en otros monitores que mostraban varias imágenes borrosas del Habitat P4 y el equipo de excavación que había sobre la cima plana de la P4, donde una cuadrilla de trabajo estaba cavando un túnel en la cara norte de la pirámide, tal y como Conrad les había ordenado. —Será mejor que reces para que tu corazonada del pasadizo resulte ser cierta, hijo. O puede que yo mismo te encierre también. Y, con franqueza, en tu caso al mundo no le importaría una mierda. Conrad abrió la boca para decir algo justo en el momento en que el coronel O’Dell entraba con una carpeta. Conrad no pasó por alto su mirada de desaprobación y se dio cuenta de que era el único civil que andaba suelto por la base. O’Dell parecía estar deseando arrojarlo al calabozo con los demás. —Aquí tiene el informe de la ASN sobre la hermana Serghetti, señor. —Gracias, coronel. Conrad contempló a Yeats mientas este examinaba el archivo. — ¿La Agencia de Seguridad Nacional tiene informes sobre monjas? —Sobre monjas que llevan a cabo un traductor universal basado en la lengua aimara —dijo Yeats—. La ASN ha estado tratando de ponerle las manos encima al sistema de la hermana Serghetti desde entonces. El aimara es tan puro que la ASN sospecha que no evolucionó como el resto de las lenguas, sino que fue estructurado partiendo de cero. —Explíquenos eso, doctor Yeats —espetó O’Dell. Yeats miró a O’Dell con profundo desagrado, pero Conrad no se inmutó. —El más antiguo mito aimara afirma que, después del Gran Diluvio, unos extranjeros trataron de construir una ciudad en el lago Titicaca —explicó Conrad—. Conocemos lo que queda de ella como Tiahuanaco, con su Gran Templo del Sol. Pero los constructores la abandonaron y desaparecieron. — ¿Y de dónde coño salieron esos constructores? —preguntó Yeats con evidente interés. —Según la leyenda, vinieron de la paradisíaca isla perdida de Aztlan. La versión azteca de la Atlántida —dijo Conrad, sin apartar la mirada de su padre—. Así que, ¿qué estabas diciendo? Yeats cerró la carpeta. —Tal vez la buena hermana conozca el idioma de la gente que construyó la P4. Serena siempre había considerado la Antártida como un símbolo de paz y armonía, un modelo de cómo los humanos podían convivir entre sí y con el resto de las especies con las que compartían el planeta. También había albergado esperanzas similares con respecto a su relación con Conrad. Sin embargo, en aquel momento, mientras miraba su celda en el interior de la Base Glacial Orión, su sueño se deshizo para dejar al descubierto cuatro gélidas paredes, un diminuto lavabo y un orinal. Había una cámara oculta en algún sitio, estaba segura de ello, y el general Yeats y el puerco de Conrad estarían sin duda observando cada uno de sus movimientos. Sin embargo, no podían leerle la mente. Así que se sentó en el catre y fingió estar a solas con sus pensamientos. Como australiana, se sentía más unida a la Antártida que los estadounidenses. De niña, muy a menudo miraba el mar a sabiendas de que el gran continente blanco se encontraba al otro lado. Australia era la nación más cercana a la Antártida y reclamaba un cuarenta y dos por ciento de su superficie, lo que incluía la mayor parte de la zona oriental y el terreno (o mejor dicho, el hielo que había sobre el terreno) sobre el que los norteamericanos habían construido su instalación secreta. Sin embargo, a pesar de todo su trabajo en la Antártida, la mayor parte para salvar a los leopardos marinos, su experiencia se había limitado a los paisajes espectaculares de los límites del continente. Allí la vida salvaje era maravillosa, y las auroras gloriosas. No obstante, esa misión en los desiertos de nieve interiores había demostrado que la Antártida era, en efecto, un continente vacío. Incluso en ese momento, dentro de la calidez de la base estadounidense, podía sentir su desolación. También creyó oír los crujidos que provenían de las articulaciones de expansión. Las estaciones sobre el hielo tendían a hundirse por su propio peso a medida que el calor que generaban derretía el hielo circundante. Esa estación, que probablemente ya llevaba varios días allí, tan solo se estaba asentando. Recordó su captura en la pista secreta de aterrizaje excavada en el hielo y la escolta subsiguiente a la Base Glacial Orión. En el camino, los tractores Hagglunds en los que los norteamericanos la habían trasladado habían pasado junto a una planta de energía. Esta se encontraba enterrada a cientos de metros de las dependencias, tras la protección de una duna de nieve. Demasiado lejos para proporcionar energía a motores diesel con ese frío, pensó. Fue entonces cuando se dio cuenta de que lo más probable era que fuese una planta nuclear de tamaño reducido. Un sistema de 100 kilovatios, posiblemente. Al principio se sintió ultrajada. ¿Cómo se atrevían a traer material nuclear al continente?, pensó. El noventa por ciento de todo el hielo mundial se encontraba allí. Cualquier desestabilización en el hielo, con la correspondiente fusión, podría provocar una catástrofe global. Solo eso era suficiente para meter en aprietos a los norteamericanos con la ONU. Sin embargo, la furia que sentía contra los estadounidenses por haberse saltado todas las leyes internacionales se había transformado en fascinación. Por muy tranquila que hubiese parecido ante Conrad y el general Yeats en el compartimiento estanco, en realidad estaba nerviosísima. Se trataba de Conrad, por supuesto. No obstante, era evidente que su misión conllevaba mucho más que proteger el impoluto medio ambiente antártico de los norteamericanos. Comprendió que allí se había descubierto algo trascendental, tal y como había dicho el Papa. Algo que podría poner la Historia —y la tradición judeocristiana— patas arriba. No obstante, y a pesar de todo ello, se sentía muy emocionada. De todos los posibles candidatos que Su Santidad habría podido elegir para que lo representara en aquel lugar, la había elegido a ella. Escuchó cómo la puerta se abría con un zumbido y se dio la vuelta. Cuando el policía militar abrió la puerta de la celda y condujo a Conrad al interior, Serena estaba sentada al borde del catre, dando sorbos al «diesel fermentado» que le habían servido en una taza de poliestireno. Conrad se percató del anillo de compromiso de plata que llevaba en el dedo anular izquierdo y que simbolizaba su unión espiritual con el Único y Verdadero Hijo de Dios. Por desgracia, para Serena el Hijo de Dios era Jesús, y no un desprestigiado sinvergüenza como Conrad Yeats. Se preguntó por qué lo llevaba puesto todavía. Probablemente lo hacía para mantener a los tipos como él a raya. —Conrad. —Serena consiguió esbozar una sonrisa—. Supongo que te han enviado ellos. Siempre se te han ocurrido unas ideas de lo más extrañas para una cita secreta. Conrad vio que solo llevaba puesto el suéter de lana, y que el cabello negro caía con suavidad sobre sus hombros. Bajo el suéter llevaría un forro de polipropileno para absorber el sudor de la piel, o ropa interior acrílica térmica, como era lo normal. A Conrad no le hacía falta imaginarse lo que había debajo de eso, y se dio cuenta de que era él quien estaba sudando. — ¿Qué es lo que te parece tan extraño? —Acercó una mano para acariciarle el rostro—. Todavía estás helada. —Estoy bien. ¿Qué te ha ocurrido? Él se miró el vendaje de la mano. —Accidente laboral. — ¿Como le sucedió a Yeats? La verdad es que es mucho más difícil aceptar el hecho de verte junto a tu padre que imaginarme que tú y yo podríamos haber acabado juntos. — ¿Como tú y esos chicos que parecen sacados de la revista GQ, y que están en la celda de...? — ¿De al lado? —sonrió—. ¿Te preocupa la competencia, Conrad? —preguntó—. No es necesario. Si yo fuera la última mujer sobre la Tierra y tú fueras el último hombre, me haría monja de nuevo. Conrad clavó la mirada en aquellos bonitos ojos castaños. Era la primera vez que se veían a solas, cara a cara, en cinco años, y le pareció que estaba más hermosa que nunca. Él, por el contrario, se sentía viejo y caduco. — ¿Qué estás haciendo aquí, Serena? —Creo que yo podría preguntarte lo mismo, Conrad. Se moría de ganas de contarle lo de las ruinas bajo el hielo, de decirle que sus teorías eran ciertas. Pero no podía hacerlo. Después de todo, jamás se habían enfrentado a las ruinas de sus propias vidas en la superficie. —No estás aquí solo para salvar el medio ambiente —señaló Conrad—. Cuando entraste en el compartimento estanco, no te sorprendió verme. —Tienes razón, Conrad—dijo ella con suavidad al tiempo que le colocaba una mano en la cara—. Te echaba de menos y quería verte. Conrad se apartó. —Eso no es cierto, y lo sabes. —Vaya, ¿y tú no? El suelo comenzó a temblar. Serena volvió a sentarse en el catre y echó un vistazo a su reloj. Está cronometrando los temblores, pensó Conrad para sus adentros. De repente, ella dijo: — ¿Cuándo pensáis informar al resto del mundo acerca de vuestro descubrimiento? Conrad tragó saliva con fuerza. — ¿Qué descubrimiento? —La pirámide que hay bajo el hielo. Conrad parpadeó con incredulidad, pero no dijo nada. Aun así, no tenía sentido negar el hecho de que, de alguna forma, ella sabía tanto o más que él sobre la expedición. — ¿Y qué más te ha contado Dios? —Yo diría que el equipo ha estado excavando túneles de exploración en el hielo alrededor de la pirámide —dijo—. Y apuesto a que probablemente, en estos mismos momentos, tu padre, el vaquero, ha encontrado la puerta. Se hizo un minuto de silencio. Ya no bromeaban con su habitual toma y daca, sino que eran compañeros en la búsqueda de la verdad. Conrad se sentía feliz e irritado a un tiempo de que ella estuviese allí. Le preocupaba su seguridad y, a la vez, se sentía amenazado por su presencia, como si ella fuera a interponerse en su camino de algún modo. —Serena —dijo con suavidad—. Esta no es una plataforma petrolífera en la que puedas encadenarte para protestar por la producción de combustibles fósiles. Ya han muerto unas cuantas decenas de soldados en esta expedición, y es casi un milagro que tú y yo estemos hablando. Una nube de seria reflexión cruzó el semblante de Serena. Estaba procesando sus ideas. —Puedo cuidar de mí misma, Conrad —dijo—. El que me preocupas eres tú. — ¿Yo? —Tu padre no te lo ha contado todo. —No me digas. —Conrad se encogió de hombros—. Sacarle un poco de información es como sacar una piedra del riñón. Está claro que oculta algo. Al igual que tú, Serena. Mucho más. Mira, ni los Estados Unidos ni el Vaticano serán capaces de ocultar algo tan grande, no importa cuánto intenten taparlo. Ella entrecerró los ojos. —Conrad, sé que no eres tan ingenuo, así que debes de estar engañándote a ti mismo, porque no quieres aceptar la realidad. Dime, ¿cómo consiguió Yeats meterte en esto? ¿Te prometió la financiación que necesitas para la búsqueda de las edades? ¿Más ayuda para encontrar a tus verdaderos padres, tal vez? —Podría ser. —Hazme caso, Conrad —dijo, con el dolor de la experiencia personal reflejado en su mirada—, hay algunas respuestas que no querrías saber. —Habla por ti, Serena. —Conrad, esto no tiene nada que ver contigo ni conmigo. Tiene que ver con el mundo y con un bien mucho mayor. Tienes que tener en cuenta al resto de las personas. —Las tengo en cuenta. Esto es un acontecimiento sin precedentes en la historia de la humanidad. Y quiero compartirlo con el mundo. —No, lo que quieres es magnificar el gran nombre del doctor Conrad Yeats —lo corrigió—, y al Infierno con el resto del mundo. ¿Por qué debería importarte? La información sobre la Tierra es más importante que el planeta y sus habitantes. ¿No es eso lo que crees? No has cambiado ni un ápice. —Si te refieres a nuestra relación, sabías a la perfección lo que hacías por aquel entonces, señorita Todopoderosa. Lo que pasa es que no querías aceptar la responsabilidad de tus acciones. —Era tan pura como la nieve, Conrad. Pero tú la cagaste conmigo. Igual que vas a cagarla con el planeta. —Oye, que en realidad no hicimos nada. —A eso me refiero, precisamente —dijo ella—. Tampoco hiciste mucho para contradecir los rumores, ¿verdad? —Yo no soy el malo aquí. — ¿No? —preguntó—. No eres más que un peón de los Estados Unidos, dispuesto a traicionar todas tus creencias acerca de la cooperación internacional y la hermandad de la humanidad para satisfacer tu egocéntrica curiosidad. —No pretendo cambiar el mundo —le dijo—. Solo quiero entenderlo. Y esta es nuestra mejor oportunidad para entender quiénes somos y de dónde venimos. Tú haces que parezca la fruta del conocimiento prohibido. Un mordisco y estaremos todos condenados. —Puede que ya lo estemos, Conrad. ¿No fue esa la razón por la que te sentiste atraído por mí en primer lugar? Yo era tu fruta prohibida. Al igual que esas ruinas que has encontrado bajo el hielo. —Yo creo que fue al revés, Serena —replicó—. Y lo tengo muy claro. Serena asintió. —Entonces, no tendrás ningún problema en que te acompañe ahí abajo. Conrad la contempló con incredulidad. La única razón de que estuviera allí era su estatus como máxima autoridad mundial en arquitectura megalítica y su condición de hijo del general que dirigía la expedición. Serena no tenía nada que hacer. —Debes de estar bromeando. — ¿Qué ocurrirá cuando te encuentres con alguna inscripción? —preguntó sin más—. ¿Quién descifrará su significado? ¿Tú? No solo había fracasado a la hora de sacarle alguna información, pensó Conrad dejándose llevar por el pesimismo, sino que también había permitido que ella dirigiera la conversación hacia ese punto precisamente. El punto al que Yeats había predicho que llegarían. Y, de alguna forma, Serena también lo sabía. —Está claro que no soy lingüista, pero en mi carrera he aprendido un par de cosas. — ¿Como lo que son las enfermedades venéreas? —le espetó—. Lo único que sabes, Conrad, es que estás aquí porque ellos creyeron que no podrían conseguir mi colaboración. Lo que más le molestó a Conrad fue que lo dijo con total humildad. No era un farol, sino una posibilidad plausible. Fue entonces cuando se dio cuenta de que ella estaba actuando para la cámara de seguridad situada cerca del techo. Había estado hablando para Yeats todo el rato. —Eres increíble, ¿lo sabías? —le dijo—. Absolutamente increíble. Ella le dedicó una breve y cálida sonrisa que habría podido derretir los casquetes polares. — ¿Querrías que fuese de alguna otra forma? 9 Veinticuatro días y dieciséis horas después del Descubrimiento USS Constellation Océano Antártico — ¡Maldito Yeats! —maldijo el almirante Hank Warren. El bajo y fornido Warren examinó con los prismáticos las oscuras siluetas de la formación de batalla de su grupo de cargueros desde el puente del portaaviones USS Constellation. Se encontraba a unos treinta kilómetros de la costa de la Antártida Oriental, y la misión de Warren consistía en mantener oculto su grupo de batalla hasta nuevas órdenes. Con ese fin, todos los radares y satélites estaban desconectados. Tan solo la radio de frecuencia modulada, capaz de realizar transmisiones en milisegundos, estaba permitida. Apostados en cubierta había un número extra de vigías con prismáticos que barrían el horizonte del amanecer en busca de siluetas de barcos enemigos y periscopios de submarinos. La idea era que se mantuviera la formación de batalla cerca de la costa sin revelar su posición para después atacar al enemigo por sorpresa. Un portaviones nuclear era bueno para eso. Pero, ¿quién coño era el enemigo ahí abajo? Su tropa y él se estaban congelando el culo tratando de que no los detectaran, y el único enemigo al que estaban intimidando eran los pingüinos. Mientras tanto, un avión no identificado que utilizaba la frecuencia militar de la Marina de los Estados Unidos había realizado una llamada de socorro antes de desaparecer del radar. Y si la tripulación del Constellation la había escuchado, los demás también. Lo único que sabía es que todo el asunto tenía algo que ver con ese cabrón chiflado de Griffin Yeats, cosa que no hacía sino ponerlo aún más nervioso. Mucho tiempo atrás, Warren había pasado algún tiempo con la Fuerza de Apoyo Naval estadounidense en la Antártida. Fue su equipo de rescate el que encontró a Yeats vagabundeando, sumido en el estupor en el 69, tras haber pasado cuarenta y tres días en los desiertos de nieve; el único superviviente de una misión de entrenamiento para un aterrizaje en Marte que jamás tuvo lugar. El imbécil insistía en llevarse los tres contenedores de suministro de la NASA con él, incluso a pesar de que la Marina tenía los suyos propios. No le importaban los tres cadáveres que había dejado atrás. No fue hasta un tiempo después cuando el equipo de Warren supo que los contenedores que Yeats había sacado eran radiactivos. Pero así era Yeats, indiferente al caos que causaba en las vidas de las personas que se interponían en su camino. Cuando Warren presentó una queja, lo único que consiguió fue que le pusieran esa asquerosa etiqueta de «confidencial» e «información necesaria». En esos momentos, más de treinta y cinco años después y con el rango de almirante, Warren todavía estaba en la inopia en lo referente a Yeats. Y eso lo frustraba a más no poder. Su tripulación acababa de recibir una breve llamada de socorro de lo que parecía ser algún vuelo de operaciones encubiertas que se autodenominaba 696 y que, al parecer, se había estrellado al aproximarse a alguna pista de aterrizaje fantasma. La mano de Yeats se intuía en toda aquella debacle, y Warren se iba a encargar personalmente de que ese hombre recibiera el retiro prematuro que se merecía. —Aquí sonar llamando a puesto de mando —gritó el jefe de sonar desde su consola. —Aquí puesto de mando. —Warren estaba al cargo del turno de mañana. Era importante que la tripulación lo viera al mando, e incluso más importante, que él se sintiera al mando. —Informe vigía sobre nave desconocida entrando en la zona a dos-cero-seis —informó el jefe de sonar—. A menos de mil metros. — ¡Qué! —exclamó el almirante—. ¿Cómo coño lo hemos pasado por alto? Warren alzó los prismáticos y se giró hacia el Sudoeste. Allí. Un barco. Las letras del casco decían: «MVArtic Sunrise». Era un barco de Greenpeace, y a bordo iba un chico que apuntaba con el zoom de su videocámara al Constellation. — ¡Sáquenos de aquí, timonel! —Demasiado tarde, señor —dijo un señalero—. Nos han avistado. El encargado de señalización hizo un gesto hacia el monitor de televisión. —Aquí la CNN, en directo desde el Artic Sunrise. —El reportero estaba retransmitiendo desde la cubierta del barco de Greenpeace—. Como pueden ver detrás de mí, el USS Constellation, uno de los navíos de guerra más poderosos que se ha construido jamás, navega cerca de la costa antártica, y su misión es un absoluto secreto. Pero, hace unos momentos, la CNN ha conseguido grabar grandes grietas en esta corteza helada de la Antártida que sugieren que la zona está a punto de desmoronarse. Unos de esos tipos con aspecto de universitario desaliñado, la clase de tipo que no duraría una semana en Annapolis, apareció en pantalla para decir: —Los científicos consideran la rápida desintegración de esta y otras zonas de hielo alrededor de la Antártida como una señal de que el peligro por el calentamiento global continúa. Acto seguido, apareció la longitud en metros de un iceberg que se había desprendido de la costa pocas semanas atrás. La voz de fondo del reportero advirtió de que el enorme trozo de hielo tenía alrededor de 5.000 kilómetros cuadrados, con paredes de hielo que se elevaban a unos sesenta metros de la superficie del agua y que tenía una profundidad estimada de unos trescientos metros. —Y ahora, un nuevo y extraño giro del fenómeno del calentamiento global ha salido a la luz en relación con las acusaciones de pruebas nucleares no autorizadas que los Estados Unidos han llevado a cabo en el interior de los desiertos de nieve antárticos. El reportaje de la CNN concluyó con una larga toma del amenazador perfil del Constellation sobre el horizonte al amanecer. —Vaya una mierda, joder —exclamó Warren. La MSNBC y las demás cadenas retransmitirían en breve la misma información. Las cosas no podían ponerse peor—. ¡Maldito seas, Griffin Yeats! 10 Veinticuatro días y dieciséis horas después del Descubrimiento Serena estaba sentada en su litera, escuchando el zumbido de los dos ventiladores que insuflaban aire y Dios sabía qué más al interior del frío calabozo. Estaba temblando. Las imágenes que se había esforzado por suprimir habían resurgido tras ver a Conrad. En esos momentos, mientras se abrazaba el cuerpo para mantener el calor, el recuerdo de la última vez que estuvieron juntos regresó a su memoria. Corría el mes de marzo, y habían pasado seis meses desde su primer encuentro en el simposio de arqueólogos especializados en América Central que tuvo lugar en La Paz, la capital de Bolivia. Por aquel entonces todavía era monja y se veían prácticamente a diario, ya que trabajaban codo con codo en un proyecto de investigación acerca de la ciudad perdida de Tiahuanaco, en los Andes. Conrad Yeats era un hombre inteligente, atractivo, ingenioso y sensible. Su espiritualidad casi superaba a la de los colegas de Serena en Roma, y lo que más la atraía de él era la pureza de su vocación. Algunos parecían ver cierta amenaza en su teoría sobre la Cultura Madre y, sin embargo, ella le encontraba una especie de sentido absurdo, de acuerdo con sus propios estudios acerca de las diferentes mitologías del mundo. Conrad y ella se aproximaban a la misma conclusión partiendo desde caminos separados: él desde la arqueología y ella desde la lingüística. La última noche del programa de estudios de campo, Conrad la invitó a acompañarlo para mostrarle una «revelación» relacionada con el lago Titicaca, a unos veinte kilómetros de Tiahuanaco. Un lugar curioso para una despedida, reflexionó ella mientras caminaba por la orilla. Los residentes y los turistas iban de un lado a otro y bebían cerveza en las tabernas cercanas al lago, desde que el Sol comenzaba a ponerse. Un apuesto y bronceado Conrad apareció entonces, remando en una elegante barca de cañas, como un miembro de la tribu de Tiahuanaco vuelto a la vida. La barca procedía de la isla de Suriqi. Con más de tres metros de largo y construida con arbustos totora, era una embarcación amplia en su parte central y estrecha en ambos extremos; tanto la proa como la popa eran altas y curvadas. Las cañas se mantenían unidas mediante un entramado de cuerdas. — ¿Le resulta familiar? —le preguntó él mientras la apremiaba a subirse a bordo—. Es exactamente igual que las embarcaciones hechas de caña de papiro que los faraones utilizaban para navegar por el Nilo en la Era de las Pirámides. —Y supongo, doctor Yeats, que podrá explicarme cómo pueden aparecer dos diseños tan asombrosamente familiares en dos lugares tan distantes entre sí, ¿estoy en lo cierto? —preguntó ella, siguiéndole la corriente. No era más que uno de los muchos misterios del lago Titicaca, le había contestado él, haciendo uso de su mejor voz nasal de guía turístico al tiempo que la invitaba a acompañarlo al centro del lago para mostrarle su «revelación». Serena sabía de muy buena tinta en qué consistía dicha revelación, y no pudo evitar sonreír. —En el centro del lago no hay nada que no pueda enseñarme aquí. —Yo no lo diría tan alto —le aconsejó el arqueólogo. No debería haber ido con él. Las hermanas de la orden se regían por la norma de viajar siempre en parejas, y, por principios, nunca se quedaban a solas con un hombre en una habitación con la puerta cerrada. No se trataba de miedo ni de paranoia, sino de guardar las apariencias. La causa de Cristo no podía quedar mancillada por la más mínima falta de decoro. Sin embargo, tal y como era habitual, Conrad resultó ser demasiado persuasivo como para resistirse. Comenzó a remar con movimientos largos y poderosos que los hicieron deslizarse por la superficie plateada. A casi cuatro mil metros sobre el nivel del mar, el Titicaca era el lago situado a mayor altura del mundo, y su aspecto lo proclamaba a las claras. Serena tenía la sensación de estar a punto de tocar el cielo. —Lo más extraño de este lago es el hecho de que, a pesar de estar situado a cientos de kilómetros de distancia del Pacífico, alberga una gran cantidad de peces oceánicos, caballitos de mar, crustáceos y más ejemplares de fauna marina —comentó Conrad antes de guiñarle un ojo. — ¿Y cree que es agua salada procedente del Diluvio del Génesis? —preguntó Serena. Conrad se encogió de hombros. —Cuando las aguas retrocedieron, una enorme cantidad quedó estancada aquí, en lo alto de los Andes. —Supongo que eso explica la existencia de los muelles de Tiahuanaco. Conrad sonrió. —Exacto. ¿Por qué si no iba a haber muelles entre las ruinas de una ciudad localizada a veinte kilómetros del lago? —A menos que, en algún momento de la historia, la ciudad hubiera sido un puerto y la orilla sur del lago fuese veinte kilómetros más extensa y quedara unos treinta metros por encima del nivel actual —concluyó Serena—. Lo que significaría que la civilización floreció en este lugar antes del Diluvio, y que Tiahuanaco tiene al menos quince mil años de antigüedad. —Imagínese... No le costó trabajo imaginarlo. De hecho, deseaba hacerlo. Un mundo anterior a los albores de la historia conocida. ¿Cómo era? ¿Sería la gente muy diferente a nosotros?, se preguntó. Tuvo que haber mujeres como yo en aquella época, pensó, y hombres como Conrad. Ha abandonado su pose escéptica y se está mostrando maravillosamente accesible esta noche. Una actitud muy diferente de la que adoptaba frente a los científicos. El aire del anochecer era gélido y Serena se arrebujó en la proa. Conrad comenzó a remar más despacio. El cielo del crepúsculo lucía un magnífico azul turquesa y el lago parecía extenderse hasta el infinito, como un cristal. Se mantuvieron en silencio durante un buen rato, deslizándose sobre el agua en la barca de caña con el único acompañamiento del sonido de los remos al golpear el agua, cuya rítmica cadencia se asemejaba a un antiguo metrónomo. Cuando llegaron al centro de las brillantes aguas, Conrad alzó los remos y dejó que la barca se deslizara bajo las estrellas. — ¿Qué sucede? —preguntó ella. —Nada. —Sacó una cesta con comida y una botella de vino—. Nada en absoluto. —Conrad —comenzó ella—, debería regresar. Las hermanas estarán preocupadas. —Y tienen motivos para estarlo. Se sentó junto a ella y la besó, antes de empujarla con delicadeza hasta que estuvo recostada sobre el fondo. Le acarició la cara y la besó en los labios. Ella se estremeció. —Conrad, por favor. Cuando sus miradas se entrelazaron, Serena recordó la dolorosa infancia que él había sufrido y la conexión que los unía. Era como si todo indicara que, si iba a hacer aquello con algún hombre, si iba a haber un instante a lo largo de su vida y un lugar para hacerlo, sin duda aquel era el momento adecuado. —Mañana regreso a Arizona y tú vuelves a Roma —le susurró él al oído—. Y podemos recordar nuestra última noche en Bolivia como la noche que jamás sucedió. —Tienes toda la razón —contestó ella antes de empujarlo por la borda y escuchar un grato chapoteo. En el interior de su cuarto, mientras preparaba el material que necesitaría para el inminente descenso a la P4, Conrad también estaba rememorando la noche que pasó con Serena en la barca de cañas. Siempre había admirado la determinación y la valentía de la mujer. Además, su belleza era incomparable y hacía gala de ella sin esfuerzo alguno, como si no le importara la edad en absoluto; podía tener diecisiete años o setenta, daba igual. Era encantadora, modesta y hasta divertida. Pero, durante aquella noche, habían sido esos ojos brillantes, casi deslumbrantes en la oscuridad, los que le habían arrebatado el corazón, los que lo habían hipnotizado. Ella le dijo que siempre había admirado la pureza y la determinación de su carácter. Le había dicho que él era como era; al contrario de lo que le sucedía a ella, que era capaz de hacerse pasar por otra persona muy diferente a la que era en realidad. Conrad se preguntó qué oscuro secreto estaría a punto de confesar, aunque no tardó en comprender que no ocultaba ninguno. El único pecado de Serena era haber sido una hija no deseada. Fue entonces, durante un fugaz instante, cuando estuvo más cerca que nunca de conocerla. Por primera vez comprendió el deseo de esa mujer por experimentar una muerte sagrada y aquello que la empujaba a ser una mártir, una santa, una mujer que tener en cuenta. Si Conrad descubrió algo, fue que las obras de caridad de Serena eran su modo de evitar la intimidad con los demás. Tenía mucho miedo de «ser descubierta» y, de ese modo, no poder estar a la altura de sus propias expectativas, mucho menos de las de Dios. Serena haría cualquier cosa para evitar sentirse repudiada, inútil, un «error» como fue su nacimiento. Sin embargo, no temía que él pudiera llegar a rechazarla. Sabía que la amaba. Y así fue como comprendió que ella lo amaba de verdad. Sintió que había descubierto lo que llevaba buscando toda la vida: había descubierto el Templo de Dios. No obstante, también se vio como un ladrón frente al altar sagrado, tomando aquello que no le pertenecía y que confería a la experiencia un aura de excitación, de peligro y de satisfacción que ninguna reliquia u objeto antiguo que hubiera encontrado antes, o que pudiera encontrar en el futuro, lograría igualar. Sin embargo, supo que todo había llegado a su fin cuando ella lo empujó por la borda del bote de cañas y lo arrojó a las heladas aguas del lago Titicaca. Cuando volvió a subir a la barca, Serena no sonreía. No había sido una broma. Al contrario, el miedo había regresado a su mirada. De súbito, Conrad se dio cuenta de que había sido ella quien le había arrebatado algo a él, y no al contrario. — ¿Adonde crees que vas? —le preguntó. —De regreso a Tiahuanaco —contestó ella—, antes de que alguien se percate de mi ausencia durante el desayuno. —Arriésgate. Disfrutemos del tiempo que nos queda. —Me decepciona, doctor Yeats —comentó ella al tiempo que le devolvía el remo—. Nunca pensé que perteneciera al tipo de hombre que se aprovecha de una monja. Conrad, un hombre cuyo ego no era precisamente pequeño, se sintió desilusionado al ver que ella rechazaba sus avances. Y, lo que era peor, cuando vio que negaba su propia participación en el asunto. —Y yo nunca pensé que tú fueses el tipo de monja que se preocupa de lo que piensen los demás. —No lo soy —respondió ella con rapidez. Serena tenía razón, por supuesto. Era obvio para todo el mundo. No obstante, Conrad también percibía que lo que de verdad la asustaba eran los sentimientos que albergaba hacia él, la posibilidad de perder el control. Y si Serena Serghetti pertenecía a un modelo de monja determinado, era, sin lugar a dudas, a uno que se aseguraba de no perder jamás el control. Su despedida no fue precisamente alegre. Serena actuaba como si la noche que habían pasado juntos hubiera sido un tremendo error que hubiera echado por tierra todo su futuro. Sin embargo, a decir verdad, no se arrepentía ni por un instante. O, al menos, esa fue la conclusión a la que llegó él. En realidad, lo que ella temía era descubrir una intimidad más profunda. Como si tuviera algo que ocultar. Y, entonces, Conrad lo entendió. Se trataba de sí misma. Se había decepcionado a sí misma y, como resultado, se sentía indigna de él. Conrad tenía la certeza de que Serena se equivocaba, de modo que se juró demostrarle que merecía cualquier cosa sin necesidad de responder al título de «hermana», y que él era digno de semejante sacrificio. Pero no se dejó convencer. El último recuerdo que tenía de ella era el momento de la despedida junto a la orilla, cuando intentó robarle un beso y la observó desaparecer a la carrera en busca de un taxi. Le hizo un gesto de despedida con la mano, pero Serena no volvió la vista atrás. Intentó ponerse en contacto con ella en Roma, a través del teléfono, una semana más tarde. Después de dejar pasar unos cuantos meses sin que Serena respondiera las llamadas, decidió presentarse sin previo aviso en una de sus charlas. En aquel entonces ya era famosa, y estaba tan dedicada a su trabajo que Conrad se preguntaba a quién de los dos deseaba olvidar: a la niña no deseada que llevaba dentro o a él. De cualquier modo, pronto descubrió que una entrevista privada con Madre Tierra era tan fácil de conseguir como el descubrimiento de su amada y desaparecida Cultura Madre. Hasta ese momento. La monja tiene las pelotas de titanio, pensó Yeats mientras repasaba el encuentro de Serghetti con Conrad en uno de los monitores del centro de mando. Al menos, eso tengo que concedérselo. El Papa sabía muy bien lo que hacía cuando la envió. — ¿Cómo es que la doctora está al tanto de todo eso, señor? —preguntó O’Dell, que estaba de pie al lado del general. —No sabría decirlo —contestó Yeats—. Y dudo mucho que el Vaticano quiera que hable. Pero, por lo que sabemos, la mujer tiene razón. Es probable que su presencia sea necesaria para lo que se nos avecina. — ¿Y su hijo, señor? Yeats miró a O’Dell. — ¿Qué pasa con él? —He visto el informe del Departamento de Defensa. —O’Dell parecía preocupado—. Su hijo ha recibido tratamiento psicológico desde que estaba en el jardín de infancia. Pesadillas sobre cataclismos. Visiones acerca del fin del mundo. Con todo el respeto, señor, está chalado. —Tuvo una infancia traumática, sí —replicó el general, deseando que O’Dell dejara el tema—. ¿Acaso no la hemos tenido todos? Además, el Departamento de Defensa no tiene su informe completo. Créame, yo lo escribí. Yeats estaba a punto de volver a prestar atención al monitor cuando la teniente López, una de sus oficiales de comunicaciones, se acercó. Aparte de la hermana Serghetti, la joven López era la única mujer en la Base Glacial Orión. —General Yeats —lo llamó—. Creo que será mejor que vea esto. Yeats la siguió hasta el monitor principal y vio al USS Constellation en la televisión, con el logotipo de la CNN en la esquina inferior derecha de la pantalla. —Warren —maldijo el general entre dientes. Estaba contemplando la intrépida embarcación de Greenpeace yuxtapuesta en la pantalla al poderoso portaaviones Constellation. Maldita fuera esa salchicha embutida en un traje de marinero. O’Dell preguntó: — ¿Cómo se han enterado, señor? —Adivínelo, coronel. —Yeats señaló en dirección al pequeño monitor, a la imagen de la hermana Serghetti, que seguía en su celda—. Se ha limitado a dejar pasar el tiempo, esperando a que llegara la caballería. No tardaremos mucho en tener a un ejército de inspectores de armamento de las Naciones Unidas tocando a la puerta. Lo que significaba que el equipo de exploración tendría que entrar y salir de la P4 antes de que eso sucediera, dedujo Yeats, que comenzó a hacer planes de inmediato. Tendrían que sacar de la P4 todo el material tecnológico significativo, además de los datos que encontraran, antes de que cualquier fuerza internacional llegara al lugar. —Las cosas empeoran, señor —anunció López—. McMurdo informa que la Estación Vostok interceptó nuestras comunicaciones con el vuelo seis-nueve-seis. Ya han enviado un equipo de la CNUA. Yeats soltó un gruñido. —Lo sabía. ¿Quién lidera el equipo? —Un oficial de las Fuerzas Aéreas egipcias —informó ella al tiempo que le tendía un informe—. El coronel Ali Zawas. — ¿Zawas? —Yeats observó la foto de un apuesto hombre vestido con uniforme, con ojos oscuros, mirada reflexiva y cabello negro ondulado—. Mierda. O’Dell dijo: —No tendrá ningún parentesco con... —Es el sobrino del secretario general —dijo Yeats—. Se graduó en la Academia de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. Voló junto a los Aliados en la primera guerra del Golfo y derribó dos cazas iraquíes. Un oficial magnífico y todo un caballero. —Le devolvió el informe a López—. ¿Con qué respaldo cuenta Zawas, teniente? —Los rusos en Vostok, al mando de un tal coronel Ivan Kovich. Y los australianos que están en la Estación Mawson. —Hizo una pausa—. Y también cuentan con algunos de nuestros científicos norteamericanos de la Estación Amundsen-Scott que no estaban al corriente de nada. — ¡Joder! —gruñó Yeats—. El mundo entero estará aquí dentro de unas cuantas horas. —No con la tormenta que tenemos encima, señor —aseguró O’Dell—. El tiempo estimado de llegada es de seis horas. Según el informe del servicio meteorológico, la tormenta va a ser de las buenas. Tal vez impida cualquier movimiento en las próximas tres semanas. Yeats desvió la vista hacia la ventana. El cielo se había oscurecido. Los copos de nieve golpeaban el cristal como si fueran balas. —Puede que la tormenta detenga a los australianos, pero no hará más que retrasar a Zawas y al equipo de la CNUA. —El general se giró hacia O’Dell—. Entretenga a los bárbaros aquí arriba mientras yo llevo al equipo de exploración a la P4. — ¿Y cómo voy a explicar que retenemos a Madre Tierra en contra de su voluntad? —preguntó O’Dell. —No tendrá que hacerlo —respondió Yeats—. Se viene con nosotros. Y nos vamos ya. Segunda Parte Descenso 11 Primera hora del descenso El abismo El cielo que cubría la garganta había adquirido un negro ominoso, y Serena sintió que el gélido viento comenzaba a soplar de improviso. Si se suponía que aquello era un respiro en medio de una tormenta polar, no quería ni imaginarse lo que sería estar en el exterior cuando tuviera lugar el verdadero temporal. La niebla ascendía desde el fondo del abismo, cuyo refugio más cercano, el llamado «Habitat P4», se encontraba a más de kilómetro y medio de profundidad. — ¿Está segura de encontrarse preparada para esto, hermana? Era Yeats quien le había hecho la pregunta. Vestido con su traje térmico blanco, se deslizaba hacia abajo por la pared de hielo que se encontraba por encima de ella, y su sonrisa adquiría un tinte diabólico gracias a la luz del foco del casco. Cuando aún estaban en la superficie, se había recreado contándole los peligros a los que se enfrentaría si bajaba con el equipo de exploración. Pero, ¿qué otra alternativa le quedaba? Permanecer en la base con el resto del mundo hasta que el equipo volviera a la superficie sería como quedarse en la oscuridad. —Técnicamente, General, es doctora Serghetti —lo corrigió al tiempo que clavaba el crampón sujeto a sus botas de goma en una de las sujeciones para los pies—. Y escalé el Everest con la que fue mi primera madre superiora. — ¿Fue ella quien le dio el liguero? Yeats estaba señalando el arnés de Serena, que, a decir verdad, se parecía a un liguero rojo con dos vueltas alrededor de sus muslos. En caso de caída, solo acusaría el golpe en la parte inferior del cuerpo. —No, solo me dio esto. —Serena sacó su piolet y lo clavó en el hielo para crear un agujero en el que colocar un nuevo enganche con un mosquetón. Quería demostrarle a Yeats que estaba más que preparada para ese desafío. Sin embargo, la realidad era que tenía una sensación extraña. Su corazón latía muy deprisa y respiraba casi entre jadeos—. ¿No huele algo raro? —Sí—dijo Yeats—. Su historia. Serena no había conocido al famoso Griffin Yeats hasta que llegó a la Base Glacial Orión; por ende, solo sabía lo que le había contado Conrad acerca de él. En cualquier caso, no se fiaba de él. Tal y como dijera Emerson, «hablas tan alto que no puedo entender lo que dices». El tipo era todo un hijo de puta; y la expedición, una putada. La única diferencia radicaba en que él lo ocultaba mejor que Conrad, quien poseía una honestidad refrescante y era capaz de convertir sus defectos en algo encantador. Yeats no había accedido a que se uniera a la expedición por mero altruismo ni porque valorara su experiencia como lingüista, concluyó Serena. —Cuénteme de nuevo qué le ha hecho cambiar de opinión. ¿Por qué ahora me permite acompañarlos? —Si algo aprendí en la NASA, fue que las mujeres suponían un aditamento muy agradable a las tripulaciones espaciales. Ella había estado esperando un comentario sexista de ese tipo. —Vaya, y yo que pensaba que era porque las mujeres nos desenvolvemos mejor con tareas de precisión y somos más meticulosas y flexibles que los hombres cuando hay que hacer varias cosas a la vez... —Siempre que no sean demasiado emocionales y no se molesten con cualquier cosa —replicó Yeats, que se dejó caer hasta perderse de vista justo cuando Conrad se deslizaba hasta el lugar donde se encontraba Serena. — ¿Algún problema? —le preguntó. Ella dejó escapar un suspiro y negó con la cabeza. —Tu padre no se detiene ante nada, ¿verdad? —No está en su naturaleza —respondió Conrad sin ninguna emoción—. Una vez que se programa, sigue sin mirar atrás hasta que acaba el trabajo. —Y deja un reguero de cuerpos a su paso. —En ese caso, será mejor que no dejemos que se adelante mucho —dijo Conrad al tiempo que comenzaba a descender de nuevo. Serena lo siguió. En climas tropicales era un escalador experto, pero un exceso de confianza podría resultar mortal en las gélidas condiciones meteorológicas en las que se encontraban. Y Serena estaba preocupada por él. Por el alma de Conrad. Y por la suya también. Porque, en cierta ocasión en la que había tratado de salvarlo, sintió que los había condenado a ambos. Conrad ya estaba cerca, así que se dejó caer unos centímetros y encontró una sujeción. El hielo casi parecía brillar con un hermoso tono azulado. —Precioso —dijo Serena. —No te detengas, Serena. Sigue adelante—le dijo Conrad sin perder un segundo. Serena continuó desplazándose por su cuerda. Sin embargo, no podía dejar de preocuparse por el estado físico de Conrad. ¿Estaba hiperventilando? No estaba segura, y para colmo sentía que su propia respiración se aceleraba de una forma que no era normal. Al igual que su corazón. Los latidos eran regulares pero rápidos. Se descolgó un poco más cuando Conrad le hizo señas con su mano enguantada. —Allí abajo —dijo—. ¿Lo ves? Serena intentó ver algo a través de la niebla que se extendía bajo ellos. En ese momento se abrió un hueco y pudo observar un entramado de luces, una especie de zona de aterrizaje. —Lo veo. —No, dime si de verdad lo ves. De repente se dio cuenta de que esa zona de aterrizaje era, en realidad, la cima allanada de una brillante y blanca pirámide que surgía, de modo repentino, del fondo del abismo. Se vio obligada a cubrirse los ojos con la mano para protegerse del brillo de las luces que se reflejaba en la superficie. —La P4 —se oyó murmurar. —No me preguntes cómo llegó hasta aquí —le dijo Conrad, que se había puesto unas gafas de sol—. Todavía no puedo explicarlo, pero ya lo haré. El convencimiento de su voz inspiraba confianza. Su entusiasmo era innegable, sin adulterar, contagioso. No mostraba indicios de miedo, pensó Serena con envidia, solo sentía una curiosidad y una exaltación genuinas. Ella, en cambio, casi había olvidado lo que era eso. Se puso las gafas de sol. La cima aplanada, que era más brillante que la más prístina de las nieves, resultaba cegadora. De modo que aquella era la razón de que el Papa la hubiera enviado allí, pensó de repente. Había sospechado que sería por algo asombroso, pero no estaba ni mucho menos preparada para el monumento que tenía delante, ni para sus dimensiones. Era gigantesco. Estaba absorta en aquella maravilla cuando escuchó que su cuerda crujía. —Se habrá aflojado un poco —le aseguró Conrad—. No te preocupes. A continuación, escuchó un crujido más fuerte seguido de un tintineo metálico. El mosquetón que sujetaba su cuerda saltó del hielo y Serena creyó que iba a caerse. — ¡Conrad! —gritó al tiempo que enterraba su piolet en el muro y se aferraba a él. Conrad, sin embargo, no dijo nada. Serena miró a su lado. No estaba; era su mosquetón el que acababa de saltar. Bajó la vista justo a tiempo de ver cómo Conrad desaparecía en la niebla. — ¡Conrad! —volvió a gritar. Yeats descendió hasta llegar a su lado. — ¿No puede esperar un poco antes de enterrarlo? —le preguntó al tiempo que estudiaba con detenimiento la niebla que se extendía bajo ellos. Tiró de la cuerda de Conrad con uno de sus dedos, protegido por el guante—. Sigue colgado. Serena escuchó otro crujido y, al levantar la vista, descubrió que su propia sujeción comenzaba a ceder. De forma instintiva, empuñó el piolet y se lo tendió a Yeats, que levantó un brazo en gesto defensivo. —Coja esto —le dijo, y acto seguido se sintió caer al vacío. Segundos más tarde se encontraba entre la niebla, descendiendo vertiginosamente hacia las luces que había más abajo, hasta que su cuerda se tensó de improviso y la caída se detuvo con un brusco tirón. Por un instante, creyó que se había roto la cadera, pero el arnés había funcionado a la perfección. Contuvo el aliento y escuchó el ruido que producía su anorak impermeable al rozarse contra la cuerda de nailon en la que se balanceaba. — ¿Conrad? —preguntó a voz en grito. —Estoy aquí —respondió él—. He encontrado algo. Giró la cabeza hacia el sonido de su voz y la linterna que llevaba en la cabeza lo iluminó unos tres metros más abajo, colgado de su cuerda y sin posibilidad de encontrar un apoyo. —Aguanta. Tuvo que intentarlo en tres ocasiones antes de poder trazar un arco lo bastante amplio como para acercarse. Cuando se balanceó hacia él, dejó la mano extendida y Conrad se aferró a ella y la mantuvo pegada a su cuerpo. Durante unos segundos se mecieron en el aire de esa manera, aferrados el uno al otro. — ¿Ya has terminado de hacer puenting?—le preguntó ella, que intentaba enmascarar su ansiedad tras el sarcasmo. — ¡Mira! —exclamó él. Serena se dio la vuelta en la oscuridad y su linterna bañó de luz el muro. Había algo en el hielo. Una vez que sus ojos se ajustaron a la luz, se encontró cara a cara con una niñita, congelada en el tiempo. —Santo Cielo —musitó. — ¿Recuerdas que me dijiste que solo volveríamos a estar juntos cuando el Infierno se congelara? —le preguntó—. Pues bien, ya ha llegado ese momento. La niebla se disipó y la luz que provenía del fondo inundó el muro por completo. En un instante, Serena pudo contemplar a cientos de seres humanos, cuyos rostros habían quedado congelados con idénticas expresiones de terror. Todos parecían estar gritando a la vez. Se tapó los oídos y, al hacerlo, se dio cuenta de que era ella quien gritaba. 12 Tercera hora de descenso Módulo habitat Una hora más tarde, ya en el interior del módulo habitat de la P4, la preocupación de Conrad resultaba patente mientras contemplaba el cuerpo de Serena, que yacía sobre la mesa de operaciones plegable. Sus ojos parpadeaban con rapidez bajo las luces de alta intensidad; una mascarilla de oxígeno le cubría la boca y tenía varios electrodos electrocardiográficos colocados en el pecho. Le habían apartado el pelo de la cara y le habían aflojado el cinturón que le ceñía los pantalones. Conrad señaló al exterior a través de la ventana tintada, en dirección a la bandera norteamericana que Yeats había colocado en la cima de la pirámide. —Concéntrate en la bandera y respira profundamente —le dijo al tiempo que le suministraba oxígeno procedente de un enorme tanque amarillo. Le habían quitado tanto el anorak como el jersey, de modo que Conrad tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no quedarse mirando el movimiento de sus generosos pechos, que subían y bajaban bajo la camiseta interior de lana. Serena había estado hiperventilando desde que alcanzaron el fondo de la garganta de hielo, al parecer debido a la impresión que le había provocado la enorme tumba congelada que los rodeaba. Conrad desvió la mirada hacia el monitor del electrocardiograma. Hasta aquel mismo momento, su corazón no había recuperado el ritmo normal. — ¿Mejor? —le preguntó pasado un minuto. Serena lo observó como si se hubiera vuelto loco por el mero hecho de formular esa pregunta. Conrad paseó la mirada por el reducido campamento que se hallaba en la cima aplanada de la P4, en el fondo de la garganta. Se trataba de un único módulo de unos dieciséis metros de largo por cuatro de ancho. Yeats se había reunido con los tres técnicos al lado de los monitores. Uno de ellos era López, una oficial a quien Conrad recordaba de la Base Glacial Orión. Los otros dos eran un par de rubios fanáticos de los esteroides que respondían a los nombres de Kreigel y Marcus. Sin duda alguna, eran los musculitos de Yeats allí abajo. Se dirigió al General. — ¿Tenías alguna razón en concreto para no mencionar los cuerpos congelados? —Sí —respondió el General—. Quería ver vuestra reacción. Conrad señaló a Serena sin dejar de mirar a su padre. — ¿Satisfecho? —Deja de quejarte. Yeats se puso en pie con una jeringuilla hipodérmica en la mano. Empujó el émbolo de la jeringuilla y un poco de líquido trazó un arco en el aire. Serena protestó. Conrad observó con creciente alarma cómo Yeats cogía el brazo de la mujer. — ¿Qué vas a hacer? —exigió saber. —Darle un chute de eleuterococo, un estimulante —explicó al tiempo que le inyectaba la solución a Serena antes de que Conrad pudiera detenerlo—. Es un extracto de una planta, de la familia del ginseng. Los buceadores de aguas profundas, los equipos de rescate de montaña y los cosmonautas la toman para aguantar el estrés mientras trabajan en condiciones inhóspitas. A decir verdad, se podría decir que fue la única aportación de utilidad con la que contribuyeron los rusos a nuestro programa espacial. La droga parecía estar surtiendo efecto. Conrad desvió la mirada hacia Serena, que respiraba con más normalidad a pesar de que el enfado teñía su mirada. Era evidente que esa mujer no estaba acostumbrada a que la cuidasen. —Se pondrá bien —dijo Yeats—. Ahora, si no te importa, tengo que comprobar los progresos que ha hecho el equipo de excavación en la búsqueda de ese legendario pasadizo vertical tuyo. —Tan legendario como la P4 —gritó Conrad a sus espaldas cuando el general levantó la lona y salió al exterior. El aire polar, cuya temperatura no subía de los cero grados, se coló en el interior. —Parece que lo llevas bastante bien, Conrad —dijo Serena, que lo pilló desprevenido. Se había quitado la mascarilla de oxígeno—. ¿Debo suponer que no es la primera vez que ves cuerpos congelados de más de doce mil años de antigüedad? Él bajó la mirada para observarla, conteniendo su entusiasmo a duras penas. No todos los días se encontraban pruebas que corroboraran sus teorías y que demostraran que no estaba loco. —Esos cuerpos explican cómo llegó hasta aquí la pirámide. — ¿Llegó hasta aquí? —Serena consiguió sentarse. El color ya había regresado a sus mejillas—. ¿De qué estás hablando? ¿Es que se movió? Conrad rebuscó en su mochila para sacar una naranja congelada. —La saqué de la pared de hielo —dijo—. Esto demuestra que la Antártida se encontró en otro tiempo en un clima cálido. Serena miró la naranja con atención. —Hasta que se congeló de repente, ¿no? Conrad asintió. —Es la teoría del desplazamiento de la corteza terrestre de Hapgood. — ¿Charles Hapgood? —preguntó Serena. —Eso es. Lleva muerto bastantes años. ¿Has oído hablar de él? —Sí, he oído hablar de su carrera como profesor universitario, pero no de su teoría acerca del desplazamiento. Conrad siempre disfrutaba de cuanta oportunidad se le presentaba para contarle algo a la Madre Tierra que esta ignorara. Sostuvo la naranja en alto y dijo: —Imagina que esto es la Tierra. —De acuerdo. —Serena parecía dispuesta a seguirle la corriente. Conrad abrió una navaja de bolsillo y trazó el contorno de los siete continentes en la piel, que se iba descongelando. —Según la teoría de Hapgood, la era glacial no fue el resultado de un fenómeno meteorológico, sino que se debió más bien a una catástrofe geológica que sucedió hace unos doce mil años. —Conrad le dio la vuelta a la naranja, de manera que los Estados Unidos se encontraron en el Círculo Polar Ártico y la Antártida quedó muy cerca del Ecuador—. Así sería el mundo en aquella época. Serena alzó una ceja. — ¿Y qué sucedió? —Toda la corteza exterior de la superficie de la Tierra se desplazó, como si fuera la cáscara de esta naranja. —Conrad volvió a girar la naranja hasta que los continentes se alinearon en la posición actual—. La Antártida queda así tragada por la zona polar mientras que América del Norte se separa del Círculo Polar y pasa a un clima templado. El hielo, por tanto, se funde en América del Norte, pero cubre la Antártida. Serena frunció el ceño. — ¿Y cuál fue la causa de semejante cataclismo? —Nadie lo sabe —contestó Conrad—. Aunque Hapgood afirmaba que se debió a un desequilibrio del hielo en los casquetes polares. A medida que la capa de hielo aumentaba, los casquetes se volvieron tan pesados que se desplazaron y arrastraron con ellos las superficies de los restantes continentes, que se deslizaron de una pieza hasta sus nuevas posiciones. Serena clavó la mirada en él. — ¿Y estás dispuesto a arriesgar lo poco que queda de tu reputación para apoyar esta ridícula teoría del desplazamiento? Conrad se encogió de hombros. —A Albert Einstein le gustó la idea. Según él, era muy posible que se hubiesen producido desplazamientos significativos en la superficie de la corteza terrestre cada cierto tiempo. Eso explicaría algunas cosas bastante extrañas, como los ejemplares de mamut congelados en el Círculo Polar con vegetación tropical en el estómago. O la existencia de personas enterradas junto a una pirámide, a más de mil quinientos metros de profundidad, en la capa de hielo de la Antártida. Serena le tocó el hombro con suavidad. —Si eso te ayuda a encontrarle un sentido al mundo, me alegro por ti. Conrad se tensó. Por un momento había creído que ella estaba tan entusiasmada por las pruebas como él. Había creído que eran iguales. Sin embargo, Serena no hacía sino criticar la conclusión a la que él había llegado. No, lo que era aún peor: lo criticaba a él. Le dolió que una hipótesis científica del todo plausible, propuesta por una de las mentes más privilegiadas de la historia, fuese rechazada con tanta delicadeza, y por una mujer creyente, nada menos. — ¿Acaso tiene la Santa Sede una teoría mejor? Serena asintió. —El Diluvio. —Más de lo mismo —dijo Conrad—. Ambas podrían encajar en la Teoría del Dios Maníaco Homicida. —Sin embargo, tan pronto como hubo pronunciado esas palabras, lamentó haberlas dicho. —Oiga, señor, cuidado con lo que dice —dijo una voz femenina a sus espaldas. Conrad se giró y vio que López le dirigía una mirada de pocos amigos. Otra católica, comprendió. López desvió la vista hacia Serena y le preguntó: — ¿Quiere que le dé una patada en el culo de su parte? Serena sonrió. —No, gracias, ya lo han hecho demasiadas veces. —De acuerdo, pero la oferta sigue en pie —replicó López antes de regresar a su trabajo. Los gemelos arios, Kreigel y Marcus, parecían decepcionados. Conrad supuso que serían luteranos, agnósticos o, sencillamente, un par de buenos alemanes que, de haber vivido en otro tiempo y lugar, hubieran sido los modelos perfectos para la propaganda de las SS de Hitler. Serena buscó su anorak y deslizó los brazos por las mangas. — ¿Y qué sugiere, doctor Conrad? —Intentaba subirse la cremallera del abrigo, pero los cables del electrocardiograma estaban por medio—. ¿Tal vez que Dios es el culpable de todas las hambrunas, guerras y miradas lascivas de la humanidad? Conrad se dio cuenta de que lo miraba fijamente, con una expresión acusadora, aunque también compasiva, de sus cálidos ojos castaños. Eso era algo que lo sacaba de sus casillas. Quizá hubiera estado mirando sus pechos demasiado tiempo, pensó. Después de todo, era humano. Y ella también, aunque se negara a reconocerlo. —Me fijé en la forma en que mirabas a esa niñita atrapada en el hielo —dijo Conrad en voz baja—. Era como si te estuvieras viendo a ti misma. No parece el tipo de ser impío a quien el Diluvio del Génesis debía castigar. —La lluvia moja a los justos y a los injustos por igual —dijo, distraída—. O el hielo, en este caso. Conrad se dio cuenta de que Serena estaba pensando en otra cosa. Las cifras en el monitor del electrocardiograma se dispararon de nuevo, aunque ella no se dio cuenta. El hombre señaló los monitores. —Mira, tal vez sería mejor que volvieras arriba y bajara un reemplazo cualificado. —Se acercó para ayudarla con los cables del electrocardiograma—. No quiero que te pase nada. Irritada, Serena lo apartó de un empellón con el hombro y se arrancó los cables. —Hable por usted, doctor Yeats. Conrad se rascó la cabeza y la observó con incredulidad. — ¿Es que no puedes enviar señales más confusas? Serena se subió la cremallera del anorak y se puso en pie de un salto. — ¿Quién es el que está confundido, doctor Yeats? Conrad se quedó muy quieto, consciente de que López lo observaba con ávido interés, al igual que Kreigel y Marcus. Los soldados parecían estar deseando que la buena monja le diera un rodillazo en la entrepierna al malvado arqueólogo. En aquel momento, la lona que servía de puerta se levantó y otra ráfaga de aire gélido entró en el módulo junto con el general. —Tenías razón, Yeats —dijo Conrad sin inmutarse—. La hermana está bien. —Perfecto. Hora de ponerse en marcha. Vamos a entrar en la P4 —informó—. El equipo de excavación acaba de encontrar tu pasadizo. 13 Cuarta hora de descenso Cámara superior El pasadizo tenía alrededor de dos metros de ancho por otros dos de alto, calculó Serena, y la pendiente se perdía en la más absoluta oscuridad. El lanzamiento de una moneda le había otorgado el dudoso privilegio de ser la primera en entrar; después, claro está, de que el equipo de excavación hubiese enviado pasadizo abajo una versión modificada del robot Mars Sojourner, de diez kilogramos y seis ruedas, armado con un soplete y una cámara. El robot por control remoto confirmó lo que Conrad había sospechado: el pasadizo conducía directamente hacia una cámara que se encontraba justo en el corazón de la P4. Serena pudo notar cómo se le aceleraba el pulso mientras permanecía en pie sobre el rellano que los norteamericanos habían construido en la cara septentrional de la P4 y contemplaba la entrada del pasadizo. Se dio cuenta de que todavía estaba algo afectada por la visión de la niña congelada en el hielo, por no mencionar el súbito y catastrófico final de una sociedad al completo. Ojalá la niña no hubiera parecido tan aterrorizada... Siempre le había reconfortado la teoría de que el Génesis era un mito y de que el Diluvio no era otra cosa que una metáfora teológica. Sí, había evidencias fósiles que sugerían un cataclismo natural. Y no, no albergaba muchas dudas acerca de la veracidad de esa especie de inundación global. Pero tomarla como una retribución divina por la maldad de la humanidad era algo muy distinto. Esa no era más que la opinión de Moisés. Por desgracia, Serena encontraba la opción alternativa (que los indiferentes ciclos de la naturaleza exterminaban especies enteras de forma aleatoria) incluso más angustiosa, aunque solo fuera porque le quitaba todo el sentido a su justa indignación. Casi podía escuchar la voz del Santo Padre sugiriéndole que quizá tuviese algo que ver con su propia niñez. Se había visto como una niña, una víctima inocente encerrada en el hielo, congelada en el tiempo como las distintas partes de su propia personalidad. O quizá no fuera más que el fracaso de su fe a la hora de proporcionarle verdadero consuelo ante la maldad inexplicable y el sufrimiento del mundo. Era como si Satán tuviera su propio ángel de la guarda: Dios. No obstante, eso habría convertido a Dios en el Diablo, un pensamiento demasiado espantoso para que lo considerara siquiera. Su trance se vio interrumpido por la voz de Conrad, que le llegó desde detrás. —Siempre puedo ir yo delante, Serena, si eso es lo que quieres. Echó un vistazo a Conrad por encima del hombro y frunció el ceño. Como había encontrado la entrada secundaria de la pirámide, se comportaba de un modo bastante arrogante. Su mirada decía a las claras que, una vez más, él tenía razón, como era habitual. No solo acerca de la P4, sino también en todo lo demás, lo que la incluía a ella. Como si, en ese momento, la considerara de la misma forma que a cualquier otro enigma arqueológico. Furiosa, le preguntó: — ¿También puedes traducir antiguas inscripciones alienígenas? —Como muy bien sabe, hermana Serghetti, la palabra escrita no es más que una forma de comunicación —replicó Conrad. Serena odiaba toda esa palabrería académica, probablemente porque ella misma la utilizaba muy a menudo. O tal vez porque, al igual que en su conversación en el módulo habitat, esa palabrería reducía de algún modo la intimidad que, sentía, se había establecido entre ellos durante el descenso al abismo de hielo. —Además —añadió Conrad—, no creo que encontremos inscripciones aquí dentro. — ¿Cómo lo sabes? —No es más que un presentimiento. —Conrad recorrió con los dedos la brillante superficie blanca de la pirámide—. Fíjate en las piedras perfectamente encajadas que recubren toda la estructura. Si había algún surco, por pequeño que fuera, ella no podía detectarlo debido a la intensidad con la que se reflejaba la luz. — ¿Y cómo es que nuestras pirámides no brillan como estas? —Los recubrimientos fueron retirados para levantar las mezquitas durante la Edad Media —explicó Conrad—. Las pirámides se convirtieron en canteras baratas. Tócalo. Serena deslizó el guante sobre la superficie. La piedra tenía un tacto parecido al del cristal. — ¿Es de un mineral diferente? Conrad sonrió. —Te has dado cuenta. No es de extrañar que las ondas electromagnéticas no detectaran la pirámide. Tenías razón, Yeats. Esta cosa es más escurridiza que un bombardero invisible. —Y más dura que el diamante —añadió Yeats con impaciencia desde algún lugar a las espaldas de Conrad—. Partió todas nuestras brocas cuando estuvimos tratando de agujerearla antes de encontrar el pasadizo. Todavía no le hemos dado un nombre. Ahora, si pudiéramos avanzar y... —Oreichalkos —respondió Conrad. Su voz pareció rebotar en las paredes del pasadizo y perderse en su interior. — ¿Qué es lo que has dicho? —preguntó Serena. —Oricalco o «metal brillante», así se llama este misterioso mineral. Platón dijo que la gente de la Atlántida lo utilizaba —explicó Conrad—. Era una aleación pura que extraían de las minas, una «montaña de cobre» casi sobrenatural. Brillaba como el fuego y se utilizaba para revestir las paredes... y para realizar inscripciones. Me apuesto lo que sea a que los dos metros exteriores de la pirámide están hechos con esa cosa. De alguna forma, parecía demasiado seguro de sí mismo. Por lo que Serena dijo: —Crees que tienes todas las respuestas, ¿verdad? —No lo sabremos hasta que hayamos entrado, ¿no es así? — ¿Y qué pasaría si los constructores hubieran colocado alguna trampa? —preguntó Serena. —Fueron los atlantes quienes quedaron atrapados, ¿o ya lo has olvidado?—señaló Conrad—. Además, los constructores jamás pretendieron que se entrara desde arriba, desde este pasadizo. Las únicas trampas, si es que las hay, se encontrarán dispersas alrededor de la base de la P4 y en los túneles que conducen a las cámaras más importantes. Serena miró a Yeats por encima del hombro de Conrad; el hombre tenía el ceño fruncido, bien por la preocupación o bien, lo que era más probable, por la impaciencia.