El resurgir de la Atlántida Primera Parte Descubrimiento 1 Seis minutos para el Descubrimiento Antártida Oriental El capitán de corbeta Terrance Dreik, del contingente de apoyo de la Marina de los Estados Unidos destinado en la Antártida, se paseaba nervioso tras una duna de nieve mientras esperaba a que arreciara el gélido temporal. Necesitaba echar una meada con urgencia. Sin embargo, mear supondría violar una ley internacional. Dreik comenzó a temblar cuando una ráfaga de aire polar levantó unas enormes cortinas de nieve que, a su vez, barrieron en forma de remolinos el desolado e inclemente páramo de tierra helada que parecía extenderse hasta el infinito. Unas fantásticas dunas de nieve, llamadas «sastrugi», se elevaban en la oscuridad y sus sombras se esparcían como los cráteres en la superficie lunar. La «última región salvaje» de la Tierra era un infierno inhóspito y helado, pensó, un mundo en el que el hombre jamás tendría cabida. Dreik empezó a ejecutar movimientos rápidos para entrar en calor. Sentía que la presión aumentaba en su vejiga. El Tratado Antártico disponía una serie de protocolos muy estrictos en materia de protección medioambiental que se resumían en la norma: «No arrojar nada al medio ambiente». Y eso incluía mear en el hielo. Esos ecologistas pirados de la Fundación Nacional para las Ciencias le habían advertido de que el impacto del nitrógeno sobre el medio ambiente podía durar miles de años. Para evitarlo, se suponía que debía abrir sus paquetes de comida racionada y utilizar las bolsas a modo de orinal. Por desgracia, no tenía por costumbre llevar comida durante las patrullas de reconocimiento. Echó un vistazo por encima del hombro a los distantes alojamientos de fibra de vidrio con techos blancos en forma de cúpula. Oficialmente, la misión del «equipo de investigación» norteamericano consistía en estudiar la inusitada actividad sísmica que se estaba produciendo bajo la capa de hielo. Tres semanas atrás, las ondas sísmicas provocadas por uno de esos terremotos habían ocasionado el desprendimiento en la costa este de la Antártida de un iceberg del tamaño de Rhode Island. A la velocidad que se desplazaba —unos cinco kilómetros al día—, e impulsado por las corrientes oceánicas, tardaría unos diez años en llegar a aguas más cálidas, donde acabaría por fundirse. Diez años, pensó Dreik. Esa era la distancia que lo separaba de cualquier sitio. Y eso significaba que podía sucederle cualquier cosa allí fuera y nadie lo escucharía gritar. Se obligó a no pensar en ello. Cuando se alistó en Port Hueneme, California, para la que sería su primera misión en la Antártida, un cocinero civil manco, ya entrado en años, que servía una especie de sucedáneo de carne en el comedor de oficiales, le había sugerido que leyera las biografías de algunos hombres como Ernest Shackleton, James Cook, John Franklin o Robert Falcon Scott, todos ellos exploradores del siglo XIX y principios del XX que habían recorrido el Polo Sur para mayor gloria del Imperio Británico. El cocinero le dijo que se planteara su nuevo puesto como si de una prueba de resistencia se tratara, una especie de rito de iniciación hacia la verdadera hombría. Le dijo que un viaje a la Antártida sería algo así como una relación amorosa fugaz —exótica y embriagadora—, y que experimentaría un cambio trascendente y casi espiritual. Según él, justo cuando ese paraíso hostil lo hubiera seducido por completo, tendría que marcharse y odiaría tener que hacerlo. Y una mierda. Llevaba deseando largarse de esa cubitera desde el primer día. Sobre todo después de que, nada más llegar, se enterara por boca de sus subordinados de que fue allí, en la Antártida, donde el viejo cocinero de Port Hueneme perdiera el brazo debido a la congelación. El imbécil del cocinero había engañado a todos los miembros de la unidad. Y ya era demasiado tarde para echarse atrás. Ni siquiera podría volver a Port Hueneme aunque quisiera. La Marina había cerrado el centro de entrenamiento para las misiones en la Antártida poco después de que Dreik llegase a ese gélido infierno. En cuanto al cocinero manco, no había duda de que estaría gastándose la pensión de jubilación en la playa, silbándoles a las chicas en biquini. En cambio, él solía despertarse con unos dolores de cabeza horribles y con la boca totalmente seca. Noche tras noche, el aire, que era tan seco como el del desierto, hacía que la humedad de su cuerpo se evaporara. Cada mañana se levantaba con todos los síntomas de la resaca que deja una noche de borrachera, pero sin los beneficios de haber disfrutado realmente de una buena cogorza. Se metió en el bolsillo la mano embutida en un abultado guante y sintió la congelada pata de conejo que su prometida, Loretta, le había regalado. Muy pronto, estaría colgada del retrovisor del Ford Mustang rojo descapotable que pensaba comprar para su luna de miel, cortesía de los días de permiso pagados. Estaba ahorrando en aquel lugar. Más que nada porque allí no había modo de gastarse el dinero. La Estación McMurdo, el principal puesto avanzado norteamericano en la Antártida, se encontraba a unos dos mil quinientos kilómetros, y los únicos entretenimientos que ofrecía a sus doscientos ciudadanos invernales eran un cajero automático, una cafetería, dos bares y una proporción entre hombres y mujeres de diez a uno. La verdadera civilización se hallaba a cuatro mil kilómetros, en «Cheech» —Christchurch—, Nueva Zelanda. Para el caso, bien podría estar en Marte... Así pues, ¿quién coño iba a verlo mear en el hielo? Dreik se detuvo. El temporal había amainado. En ese momento, los vientos catabáticos se habían calmado por completo y reinaba un silencio sepulcral. No obstante, el vendaval podría volver a arreciar sin previo aviso, como una ráfaga ensordecedora que se desplazaba a más de trescientos kilómetros por hora. Esa era la impredecible naturaleza de los thules antárticos, los desiertos helados del interior del continente. Esa era su oportunidad. Incapaz de aguantar más tiempo, bajó la cremallera del grueso traje que lo protegía del frío y orinó. El aguijonazo del frío fue como una descarga eléctrica. Esa noche, la temperatura amenazaba con caer hasta los 54° bajo cero, punto en el que cualquier parte de su cuerpo que estuviera expuesta se congelaría en menos de treinta segundos. Empezó la cuenta atrás en voz alta a partir de treinta. Su aliento dejaba pequeñas nubes de vaho. A falta de siete segundos para llegar a cero, se subió la cremallera de los pantalones y dio las gracias con una breve oración al tiempo que alzaba la mirada hacia el cielo. Las tres estrellas del cinturón de Orión brillaban con intensidad sobre la yerma superficie helada. «Los Reyes del Este», tal y como él mismo las llamaba, fueron los únicos testigos de su sucia hazaña. Como los tres Reyes Magos, pensó con una sonrisa, y en ese mismo momento sintió que el hielo retumbaba ligeramente bajo sus botas. Otro terremoto, comprendió. Sería mejor que comprobara las lecturas. Se giró de nuevo hacia las blancas cúpulas de la base y la nieve crujió bajo sus botas. Las cúpulas tendrían que haber sido amarillas, tal y como dictaba el reglamento, o quizá rojas o verdes, con el fin de llamar la atención. Sin embargo, no era precisamente atención lo que el Tío Sam buscaba. No cuando el Tratado Antártico prohibía la presencia tanto de personal como de equipo militar en el Continente de la Paz, excepto para «fines de investigación». Las órdenes oficiosas de Dreik eran llevar a un equipo de científicos de la NASA hasta el interior de la zona oriental de la Antártida, y tenía que hacerlo en avión, nunca a pie. Su propósito era el de avanzar siguiendo, nada más y nada menos, el meridiano del cinturón de Orión. Una vez que llegó al epicentro de los recientes seísmos y construyeron la base, el equipo de la NASA comenzó de inmediato a estudiar los terremotos y las reverberaciones. Y, después, comenzaron a perforar. Por tanto, la «investigación» tenía algo que ver con la topografía subglacial del antiguo continente que se encontraba bajo tres kilómetros de hielo. Lo que la NASA esperaba encontrar allí abajo era algo que Dreik no acertaba a imaginar y que el general Yeats no le había revelado. De igual modo, no tenía la menor idea de por qué un equipo de investigación necesitaba armas y patrullas de reconocimiento rutinarias. La única amenaza concebible era el equipo de la Comisión de las Naciones Unidas para la Antártida (CNUA), emplazado en la Estación Vostok, un puesto que los rusos habían abandonado con anterioridad y que, de pronto, se había reocupado pocas semanas atrás. No obstante, la Estación Vostok estaba a más de seiscientos kilómetros, a unas diez horas de viaje por tierra. Los motivos por los que la NASA se preocupaba tanto por la CNUA resultaban tan misteriosos para Dreik como lo que se hallaba oculto bajo el hielo. Fuera lo que fuese lo que había allí abajo, tendría al menos unos doce mil años de antigüedad, o eso suponía él, puesto que según había leído en algún sitio, ese era el tiempo que el hielo llevaba cubriendo aquel infierno helado. Debía de ser algo vital para la seguridad nacional de los Estados Unidos de América, pues, de lo contrario, Washington no se habría arriesgado a llevar a cabo una acción con tanto secretismo ni se habría expuesto a la conmoción internacional que se produciría en caso de que la expedición ilegal fuera descubierta. El centro de mando era un iglú prefabricado de fibra de vidrio, con varias parabólicas y otras cuantas antenas más apuntando hacia las estrellas. De camino al refugio, Dreik provocó varios chasquidos al pasar entre las decenas de postes metálicos que había alrededor de la base. El aire seco de la Antártida convertía a cualquier ser humano en una bola cargada de electricidad estática. Nada más entrar al centro de mando, el calor que generaban las estufas térmicas situadas bajo los bancos en los que se había dispuesto todo el material de alta tecnología le dio la bienvenida. No había hecho más que cerrar la puerta de aquel paraíso térmico cuando el operador de radio le hizo un gesto para que se acercara. Dreik se dirigió al panel de control a grandes zancadas, al tiempo que se sacudía la nieve de encima. Colocó los dedos sobre una banda metálica que rodeaba el panel de instrumentos y se descargó así de la electricidad estática. Las chispas lo aguijonearon durante un instante, pero el método resultaba mucho menos doloroso que dañar de forma inadvertida los computadores y cargarse toda la información que contenían. — ¿Qué tiene? —Los sondeos que realizamos mediante ondas electromagnéticas deben de haber captado algo. —El hombre se dio unos golpecitos en los auriculares—. Tiene un patrón demasiado regular como para tratarse de un fenómeno natural. Dreik frunció el ceño. —Por el altavoz. El teniente accionó un interruptor y, al instante, un sonido rítmico y regular retumbó por toda la estancia. Dreik se quitó el gorro del anorak y dejó a la vista un mechón encrespado de cabello oscuro. Dio unos golpecitos con uno de sus gruesos dedos sobre el panel y ladeó la cabeza. Sin lugar a dudas, el sonido era de naturaleza mecánica. —Son los de la CNUA —concluyó Dreik—. Nos siguen la pista. Probablemente, lo que captamos no sea otra cosa que sus Hagglunds, sus tractores de nieve. —Ya podía imaginarse a la perfección el inminente escándalo internacional. Yeats se pondría hecho una fiera—. ¿A qué distancia, teniente? —A un kilómetro y medio bajo el hielo, señor —contestó el desconcertado oficial. — ¿Bajo el hielo? —Dreik miró de soslayo al hombre. El sonido se había intensificado. Una de las lámparas del techo comenzó a balancearse. Justo entonces, el suelo se agitó y retumbó bajo sus pies, exactamente igual que si se estuviera acercando un tren de mercancías. — ¡Eso no proviene de los altavoces! —gritó Dreik—. Teniente, póngase en contacto con Washington vía satélite ahora mismo. —Lo estoy intentando, señor. —El hombre pulsó varios botones—. No responden. —Pruebe con la frecuencia alternativa —insistió Dreik. —Nada. Dreik escuchó un crujido y levantó la vista. Un pequeño trozo de hielo se estaba desprendiendo del techo. Se apartó de la trayectoria. — ¿Y por VHF? El teniente negó con la cabeza. —La radio no funciona. — ¡Joder! —Dreik se abalanzó hacia el lugar donde guardaban las armas y cogió un M-16, que estaba recubierto con una funda aislante, antes de dirigirse a la puerta—. ¡Restablezca la comunicación vía satélite! Dreik abrió la puerta y salió en tromba al exterior. El ruido era ensordecedor. Jadeando más fuerte con cada larga zancada, corrió por el hielo hasta el perímetro del campamento, donde se detuvo. Levantó el M-16 y oteó el horizonte a través del visor nocturno. Nada, aparte de esa aura espectral verde que se veía acentuada por los remolinos de niebla polar. Siguió observando, como si esperara distinguir de un momento a otro el contorno de una docena de Hagglunds de la CNUA. Por el ruido, bien podría tratarse de un centenar. Joder, tal vez fueran los rusos en esos monstruosos vehículos de ochenta toneladas, los tractores Kharkovchanka. Y, en ese momento, el suelo se estremeció bajo sus pies. Bajó la mirada y vio que una sombra alargada se deslizaba entre sus botas. Retrocedió de un salto, sobresaltado. Había una grieta en t el hielo, y se ensanchaba con rapidez. Se colgó el M-16 del hombro y trató de dejar atrás la grieta en una carrera hacia el centro de mando. Se escuchaban gritos por todos lados a medida que el ruido hacía que los atemorizados soldados salieran tambaleándose de sus iglúes de fibra de vidrio. Y, de repente, el aullido del viento acalló los gritos. El aire gélido se precipitó sobre sus cabezas como si estuvieran en un túnel de viento. El impacto de la corriente catabática hizo que Dreik perdiera el equilibrio. Se tambaleó y cayó de espaldas sobre el hielo, golpeándose la cabeza con tanta fuerza que perdió el conocimiento durante un instante. Cuando volvió en sí, el viento había amainado. Permaneció allí tumbado durante varios minutos antes de alzar la dolorida y palpitante cabeza para echar un vistazo a los alrededores por debajo del gorro del anorak, que estaba cubierto de polvo de nieve. El centro de mando había desaparecido. En su lugar se abría un abismo negro; un enorme precipicio en forma de media luna y de unos cien metros de anchura se había tragado el campamento al completo. El frío le estaba jugando malas pasadas... O esa era la esperanza de Dreik, ya que podría jurar que el precipicio se extendía a lo largo de un kilómetro y medio sobre el hielo. Muy lentamente, se arrastró hacia el abismo con forma de guadaña. Tenía que descubrir lo que había sucedido, quién había sobrevivido y quién necesitaba atención médica. Podía escuchar el sonido que producía su traje térmico al deslizarse sobre el hielo en medio de aquel silencio espectral; el corazón latía con fuerza en su pecho a medida que se acercaba al borde del precipicio. Una vez allí, asomó la cabeza y dirigió el haz de la linterna hacia la oscuridad. La luz acarició los cristalinos muros de hielo de un blanco azulado antes de descender hasta el fondo. Dios mío, pensó, este agujero debe de tener más de mil metros de profundidad. Y entonces vio los cuerpos y los restos de la base. Se encontraban en una cornisa de hielo, unos cientos de metros más abajo. Resultaba muy difícil distinguir al personal del contingente de apoyo de la Marina, ataviado con los trajes blancos de rigor, de los restos de fibra de vidrio y metal retorcido. No obstante, pudo localizar sin problemas los cadáveres de los científicos civiles gracias a sus anoraks multicolores. Uno de ellos yacía en un pequeño saliente de hielo, apartado de los demás. Tenía el cuello doblado en un ángulo de lo más extraño, y su cabeza quedaba enmarcada por un halo de sangre. La mente de Dreik comenzó a trabajar a marchas forzadas según iba viendo lo que quedaba de la que había sido su primera misión al mando. Tenía que examinar el resto de los cuerpos para ver si alguno respiraba todavía. Tenía que buscar el equipo adecuado y conseguir ayuda. Tenía que hacer algo. — ¿Puede oírme alguien? —gritó, y su voz sonó hueca a causa de la sequedad del aire. Aguzó el oído y creyó distinguir el sonido de unas campanillas. No obstante, el ruido resultó provenir de los miembros congelados del operador de radio, que se balanceaban y tintineaban como si de cristal se tratase al chocar contra el destrozado instrumental. Volvió a gritar: — ¿Puede oírme alguien? No hubo respuesta, tan solo el aullido grave del viento que silbaba al atravesar el abismo. Dreik miró con más atención y vio una especie de estructura que sobresalía del hielo. No se trataba de fibra de vidrio ni de metal, ni de nada que perteneciera al campamento. Era algo sólido que casi parecía brillar. ¿Qué coño es eso?, pensó. Un silencio abrumador cayó sobre la planicie. En ese instante, Dreik comprendió con aterradora lucidez que estaba solo. Desesperado, rebuscó entre los restos un teléfono con el que poder conectarse vía satélite. Si tan solo pudiera mandar un mensaje para que en Washington supiesen lo que había sucedido... La esperanza de que pudieran enviarle ayuda desde la Estación de McMurdo o la de Amundsen-Scott podría infundirle las fuerzas necesarias para construir algún tipo de refugio, para sobrevivir durante esa noche. De repente, el aullido del viento cobró fuerza. Dreik sintió que el suelo cedía bajo sus pies y jadeó al tiempo que se desplomaba de cabeza hacia la oscuridad. Cayó de espaldas y, junto al ruido seco del golpe, escuchó un desagradable crujido. No podía mover las piernas. Trató de gritar para pedir ayuda, pero lo único que pudo escuchar fueron los fuertes resoplidos del aire al abandonar sus pulmones. En el cielo, las tres estrellas del cinturón de Orión brillaban indiferentes y silenciosas. Dreik percibió un olor peculiar, o mejor dicho, una especie de cambio en la naturaleza del aire. Sintió que su corazón comenzaba a latir con un ritmo inusual pero regular, como si estuviera perdiendo el control sobre su cuerpo. A pesar de eso, aún podía mover las manos. Rebuscó con los dedos en el hielo y agarró como pudo la linterna, que todavía estaba encendida. Escudriñó en la oscuridad moviendo el haz de luz sobre las translúcidas paredes. Sus ojos tardaron un instante en acostumbrarse. Ni siquiera podía distinguir qué era aquello que estaba mirando. Parecían trozos de carbón incrustados en el hielo. Sin embargo, pronto comprendió que eran un par de ojos; los ojos de una niñita que lo miraba desde el otro lado de la pared helada. Contempló ese rostro durante un momento y, cuando giró la cabeza, de su garganta brotó un gemido sordo. A su alrededor había cientos de seres humanos perfectamente conservados, congelados en el tiempo, con las manos extendidas en un gesto desesperado que mantenía toda su elocuencia a pesar de los años. Dreik abrió la boca para gritar, pero el hielo comenzó a retumbar de nuevo y una brillante avalancha de afilados fragmentos helados cayó sobre él. 2 Veintiún días después del Descubrimiento Nazca, Perú Conrrad Yeats escaló la falda de la altiplanicie bajo el abrasador sol peruano y contempló las llanuras de Nazca. El yermo e interminable desierto se extendía a centenares de metros bajo sus pies. Podía atisbar las gigantescas figuras del Cóndor, el Mono y la Araña dibujadas en la tórrida extensión que se asemejaba a la superficie de Marte. Las famosas Líneas de Nazca, de kilómetros de largo y miles de años de antigüedad, eran tan enormes que solo podían verse desde el aire. Y lo mismo podía decirse de la diminuta nube de polvo que giraba a lo lejos, a lo largo de la autopista Panamericana. Dicha nube se asentó cerca de la furgoneta que él mismo había aparcado a un lado. Sacó los prismáticos y los enfocó hacia abajo. Dos vehículos todoterreno del Ejército aparcaron junto a la furgoneta y ocho soldados peruanos se apearon de los coches para inspeccionarla. Joder, pensó, ¿cómo sabían dónde encontrarme? La mujer que había en la cuerda adyacente se ajustó la mochila y dijo con un lacónico acento francés: — ¿Algún problema, Conrrad? Conrrad contempló sus cínicos ojos azules, enmarcados por un rostro de veinticuatro años tan suave como el de un bebé. Mercedes, hija de un magnate de la televisión francesa, era su productora en Antiguos enigmas del universo, y lo ayudaba con los reconocimientos del terreno. —Todavía no. —Apartó los prismáticos—. Y, para ti, soy el doctor Yeats. Ella compuso, un mohín. Su coleta colgaba de la parte trasera de su gorra de béisbol de los Diamondbacks como la irritada cola de un purasangre que espantara las moscas. —El doctor Conrrad Yeats, la mayor eminencia mundial en arquitectura megalítica —entonó, imitando al actor de serie B que ejercía de locutor en su programa—. Rechazado por la Academia debido a sus brillantes y poco ortodoxas teorías acerca de los orígenes de la civilización humana. —Se detuvo un momento—. Adorado por las mujeres de todo el mundo. —Solo por las lunáticas —respondió él. Conrrad echó un vistazo al último saliente que había por debajo de la cima del altiplano. Estaba desnudo de cintura para arriba. Fuerte y musculoso, su cuerpo se había endurecido y bronceado al acometer las cimas de todos los puntos calientes del mundo geográfico y político. Llevaba el cabello oscuro demasiado largo y se lo había atado en la nuca con una tira de cuero. Su enjuta figura de treinta y nueve años y sus marcados rasgos lograban que pareciera cansado y hambriento; y la verdad era que así se sentía. Cansado del viaje que era la vida, hambriento de respuestas. Había sido su búsqueda de los orígenes de la civilización humana —la «Cultura Madre» que había engendrado las sociedades más antiguas del mundo— lo que lo había conducido hasta los confines más remotos de la Tierra. Su obsesión, como una vez le dijera una monja, era en realidad la búsqueda de sus padres biológicos, que lo habían abandonado tras su nacimiento. Tal vez fuera así, pensó, pero al menos los antiguos habitantes de Nazca le habían dejado más pistas. Se agarró a la cornisa que tenía por encima y se encaramó con agilidad a la cima del altiplano. Se inclinó hacia abajo, cogió la polvorienta mano de Mercedes y la alzó hasta la cornisa. La mujer cayó encima de él deliberadamente, de modo que se vio obligado a tumbarse de espaldas. Los traviesos ojos de Mercedes se clavaron en los suyos durante un instante, antes de que ella mirara por encima de su hombro y se quedara boquiabierta. La cima era totalmente plana, como si hubiera sido nivelada con un láser de precisión. Era como una gigantesca pista de aterrizaje en el cielo. Se abría sobre el desierto de Nazca y proporcionaba unas vistas deslumbrantes de algunos de los grabados más famosos. Conrrad se puso en pie y se quitó el polvo de encima mientras Mercedes se deleitaba con el paisaje. Tenía la esperanza de que ella se estuviese empapando bien, porque no tardaría mucho en verlo todo a través de unos barrotes, a menos que a él se le ocurriera una forma de eludir a los peruanos que se encontraban abajo. —Tienes que admitirlo, Conrrad —dijo la mujer—. Esta cima podría haber sido una pista de aterrizaje. Conrrad sonrió. Estaba tratando de picarlo. Puesto que los dibujos solo podían apreciarse desde el aire, algunos de sus excéntricos rivales en el campo de la arqueología habían sugerido que los antiguos habitantes de Nazca tenían máquinas que podían volar, y que el monte en particular sobre el que se encontraban Mercedes y él había sido en el pasado la pista de aterrizaje de naves espaciales alienígenas. No le habría importado que apareciera una de esas naves en aquel mismo momento y lo alejara de Mercedes y de los peruanos. No obstante, necesitaba a esa mujer. El programa era el único medio que le quedaba para financiar sus investigaciones, y ella era su única línea de crédito. —Supongo que no bastará con que te diga que, con toda probabilidad, unos alienígenas capaces de realizar viajes interestelares no necesitarían pista de aterrizaje, ¿verdad? —dijo. —No. Conrrad suspiró. Ya era bastante duro tener que enfrentarse a las arenas del tiempo, a los gobiernos extranjeros y a algunas teorías soporíferas en su búsqueda de los orígenes de la civilización humana, como para encima tener que vérselas con antiguos astronautas que socavaran el poco respeto que la comunidad académica todavía le profesaba. En un principio, Conrrad había sido un arqueólogo innovador y posmoderno. Según su filosofía deconstructivista, las antiguas ruinas no eran ni de cerca tan importantes como la información que encerraban acerca de sus constructores. Semejante afirmación iba en contra de la incorruptible tendencia a la «preservación» de la arqueología, lo que en la mente de Conrrad no era más que un sinónimo de «turismo» y de los dólares que este proporcionaba. Se convirtió en un disidente para la prensa, en una fuente de amarga envidia para sus colegas y en una espina en el costado de los países de Oriente Próximo y América del Sur, que reclamaban los más grandes tesoros arqueológicos del mundo. Un buen día desenterró decenas de alojamientos judíos del siglo XIII a.C. cerca de Luxor, en Egipto, que ofrecían la primera prueba física de la referencia bíblica del Éxodo. Pero la posición oficial del gobierno egipcio era que sus antiguos ancestros jamás habían utilizado esclavos hebreos para construir las pirámides. Más aún, solo el gobierno egipcio tenía derecho a anunciar cualquier descubrimiento a los medios. Conrrad no informó al gobierno acerca de su descubrimiento antes de dirigirse a la prensa, violando así un contrato que todos los arqueólogos que trabajaban en Egipto tenían que firmar antes de empezar con las excavaciones. El portavoz del Consejo Superior de Antigüedades Egipcias lo llamó «estúpido capullo perezoso» y le prohibió la entrada a Egipto para siempre. De la noche a la mañana habían cambiado las tornas y Conrrad el iconoclasta se había convertido en Conrrad el preservador, que demandaba protección internacional para su «ciudad de los esclavos». En cualquier caso, para cuando Egipto permitió que las cámaras se introdujeran en el lugar, los desmoronados cimientos de las residencias judías habían sido desterrados al olvido por las excavadoras, con el fin de dejar sitio a una instalación militar. No había nada que preservar, salvo una historia que no creía nadie y una reputación hecha añicos. En esos momentos, las cosas estaban peor que nunca: despojado de la posición que le correspondía por derecho; sin medios económicos; en manos de Mercedes y su estúpido reality show, que proporcionaba entretenimiento, y no arqueología, a las masas. No podía regresar a Egipto y pronto ocurriría lo mismo con Perú y Bolivia, por no hablar de un número creciente de otros países. Lo único que podía rescatarlo de los astronautas y de ese purgatorio de documentales desabridos y de relaciones aún más desabridas era el descubrimiento de la Cultura Madre. La preocupación ensombreció el semblante de Mercedes. —Perderíamos todo un día en traer al personal aquí arriba para la instalación —dijo, y reflexionó durante un instante antes de que su rostro se iluminara de repente—. Sería mucho mejor hacer una toma aérea desde un Cessna, con una voz de fondo. —Esa clase de cosas le quita toda la gracia, Mercedes —dijo Conrrad. Ella le dirigió una mirada interrogante. — ¿De qué estás hablando? —Veo que ha llegado el momento de que llevemos a cabo un ritual sagrado —le dijo al tiempo que le cogía la mano—. Uno que pondrá de manifiesto una gran revelación. Conrrad se puso de rodillas y la obligó a agacharse junto a él. Los ojos de Mercedes brillaban por la expectación. —Haz todo lo que yo haga, y sé testigo de este gran misterio. Mercedes se inclinó a su lado. —Hunde los dedos en la tierra. Ambos hundieron muy despacio los dedos en los guijarros volcánicos, negros y calientes, y en la tierra arcillosa, amarillenta y húmeda que había debajo. — ¿Esto está en el guión? —preguntó ella—. Es muy bueno. —Limítate a frotar la tierra entre los dedos. Ella así lo hizo y después se llevó un pequeño terrón hasta la nariz y lo olió, como si quisiera experimentar alguna epifanía cósmica. —Ahí lo tienes —le dijo él. Una expresión confundida atravesó el semblante de la mujer. — ¿Ahí tengo qué? — ¿No lo ves? —inquirió Conrrad—. Este suelo es demasiado blando para que aterrice una aeronave provista de ruedas. —Le dedicó una sonrisa triunfal—. Así que se acabaron tus fantasías acerca de esos antiguos astronautas. Debería de haber sabido que aquella sencilla y científica prueba no le sentaría muy bien a Mercedes, cuyos ojos se convirtieron en dos aceradas rendijas que echaban chispas. Ya había contemplado esa transformación con anterioridad. Así era como la chica había llegado a ser quien era en la televisión; bueno, así y gracias al dinero de su padre. —El programa te necesita, Conrrad —dijo—. Tu forma de pensar es distinta a la de los demás. Y tienes credenciales. O las tenías, mejor dicho. Eres un astroarqueólogo del siglo XXI, o lo que coño quiera que seas. No la cagues. Quiero seguir contando contigo. Pero me presionan para conseguir mayores índices de audiencia, de modo que, si no te avienes a las reglas del juego, conseguiré alguna celebridad de bonita sonrisa que juegue a ser arqueólogo en la tele y ocupe tu lugar. — ¿Y eso qué quiere decir? —Dales a los chiflados que ven la televisión lo que quieren. — ¿Astronautas de la antigüedad? Una sonrisa serena se abrió paso en el rostro de la mujer al tiempo que le lanzaba una mirada zalamera y de adoración. Conrrad gruñó para sus adentros. —Profesor Yeats —exclamó mientras lo rodeaba con los brazos y lo besaba en la boca. Conrrad, incapaz de apartarse o de respirar, la besó con desdén, notando cómo el cuerpo de Mercedes reaccionaba al odio que se profesaba a sí mismo. Era evidente que lo que había dicho el dramaturgo francés Moliere acerca de los autores de teatro también podía aplicarse a los arqueólogos. Allí, él era quien se prostituía. Había empezado a hacerlo por su cuenta, y después para unos cuantos amigos y universidades. Joder, lo mismo habría dado que hubiera cobrado por ello. De repente, el viento levantó la coleta de Mercedes y lo golpeó en plena cara. Un brillante objeto metálico revoloteaba en el cielo. Entornó los ojos y reconoció la silueta de un helicóptero militar Black Hawk, equipado con ametralladoras en ambos laterales. Mercedes siguió su mirada y frunció el ceño. — ¿Qué es eso? —Problemas. Conrrad estiró una mano y sacó una Glock automática de 9 milímetros de la mochila de Mercedes. Ella abrió los ojos de par en par. — ¿Me has hecho atravesar la aduana con eso? —Claro que no, la compré en Lima el otro día. —Sacó un cargador de la riñonera y lo introdujo en la culata de la pistola. Se metió el arma en la parte trasera del cinturón—. Déjame hablar a mí. Mercedes, estupefacta, solo pudo asentir. El helicóptero descendió y el viento provocado por las hélices levantó una polvareda roja cuando tocó tierra. La puerta se abrió y seis soldados de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, con uniformes de campaña, se bajaron del aparato y aseguraron la zona, antes de que un desgarbado y joven oficial, vestido con un traje de vuelo azul de las Fuerzas Aéreas, bajara los escalones de metal hasta el suelo y caminara hacia Conrrad. — ¿Doctor Yeats? —preguntó el oficial. Conrrad lo miró de arriba abajo. Parecía tener su misma edad; era un hombre delgado y de aspecto tranquilo que Conrrad había visto alguna vez, en alguna parte. Llevaba la mano izquierda cubierta por un guante de cuero negro. — ¿Quién quiere saberlo? —La NASA, señor. Soy el comandante Lundstrom. Trabajo para su padre, el general Yeats. Conrrad se puso rígido. — ¿Qué es lo que quiere mi padre? —El general necesita su opinión en un asunto de vital interés para la seguridad nacional. —Estoy seguro de que así es, comandante, pero el interés nacional y el mío son dos cosas diferentes. —En esta ocasión no, doctor Yeats. Según tengo entendido, es usted persona non grata para la universidad de Arizona. Y, en caso de que no se haya percatado, hay un pelotón armado de la milicia escalando ese acantilado. Tiene dos opciones: venir conmigo o pasar unas cuantas semanas en una celda peruana. —De modo que lo que está diciendo es que o voy a ver a mi padre o acabo en la cárcel, ¿no es eso? Tendré que pensarlo bien. —Piénselo bien —dijo Lundstrom—. Puede que su amiguita no quiera pagar la fianza para sacarlo de la cárcel cuando descubra que ha estado usándola para introducir de contrabando en el país un artículo egipcio robado, con el fin de pasárselo a un conocido capo suramericano de la droga. —Otra de las mentiras de Luxor. ¿Y dónde se supone que conseguí ese artículo? —Los egipcios dicen que usted lo sustrajo del Museo Nacional de Bagdad cuando la ciudad cayó bajo el dominio de las fuerzas de invasión norteamericanas durante la guerra de Iraq. Los iraquíes lo han confirmado. Al menos, eso es lo que les han dicho a los peruanos, a los bolivianos y a todo aquel que estuviera dispuesto a escucharlos. Conrrad trató de reprimir la furia que sentía contra los egipcios mientras calculaba las posibilidades de que Mercedes lo dejara pudrirse en prisión. Concluyó que, muy probablemente, permitiría que los guardias le dieran unos cuantos porrazos antes de pagar la fianza para sacarlo de allí. —Qué ilusión... —le dijo Conrrad a Lundstrom—. Pero tendré que dejar pasar esta magnífica oportunidad. —Le ofreció la mano al comandante para despedirse de modo cordial. Sin embargo, Lundstrom permaneció inmóvil. —Aún hay más, doctor Yeats —dijo—. Hemos encontrado lo que usted ha buscado durante toda su vida. Conrrad lo miró a los ojos. — ¿A mis padres biológicos? —Bueno, la otra cosa que usted ha buscado durante toda su vida. Será informado en cuanto lleguemos allí. —Eso mismo me dijeron la última vez y estuvieron a punto de matarme, Comandante. Mire, ¿por qué no buscan a otro? —Lo hemos intentado. —Lundstrom hizo una pausa para dejar que Conrrad comprendiera que no figuraba el primero en la lista de nadie en esos días—. No obstante, si su desaparición tiene algún significado, parece que la doctora Serghetti ya ha sido reclutada por otra organización con el fin de investigar este asunto. — ¿Serena? Lundstrom asintió con la cabeza. Conrrad repasó de memoria diversos escenarios, todos ellos muy desagradables e increíblemente emocionantes al mismo tiempo. El mero hecho de escuchar su nombre había logrado que se sintiera vivo de nuevo. Y la idea de que Serena, su padre y los distintos mundos que ambos habitaban coincidieran por primera vez le hizo preguntarse si el continuo espacio-tiempo podría soportarlo, o si, por el contrario, el universo explotaría. —Esto no va a acabar bien, ¿no es así, Comandante? —Es muy probable que no. Pero el general Yeats aguarda. —Déme un minuto. Conrrad se giró, caminó hasta Mercedes, que había estado observándolos con el ceño fruncido mientras hablaban, y la besó. —Lo siento, nena, pero tengo que marcharme. — ¿Marcharte? —inquirió—. ¿Marcharte adonde? —A visitar a un antiguo astronauta de verdad. Conrrad estiró de nuevo la mano hacia su mochila y sacó una estatua de oro de Ramsés II, de la decimonovena dinastía, faraón durante el supuesto Éxodo. La había encontrado en la ciudad de los esclavos y era lo único que le quedaba en la vida que probara que no estaba chiflado. Se la dio a Mercedes. —No tienes ni la menor idea de dónde salió esto, por si acaso alguno de esos amables caballeros te lo pregunta cuando te escolten de vuelta a Lima. Mercedes se quedó con la boca abierta cuando Conrrad y Lundstrom subieron al Black Hawk. La puerta se cerró, y el helicóptero militar se elevó del suelo y se alejó. Conrrad miró hacia abajo, en dirección a la meseta cada vez más lejana. Para cuando le hizo un gesto de despedida con la mano a Mercedes, la milicia ya había alcanzado la cima y el helicóptero estaba al otro lado de la montaña. Conrrad se giró hacia Lundstrom. —Bueno, ¿para qué narices quiere verme mi padre? —Diga mejor «dónde narices» —señaló Lundstrom al tiempo que le lanzaba un traje térmico blanco—. Cójalo. 3 Veintidós días después del Descubrimiento Aceh, Indonesia Roma La doctora Serena Serghetti sobrevolaba los arrozales de color verde esmeralda a setenta metros de altura, con cuidado de mantener el helicóptero estabilizado. El sol brillaba entre las nubes oscuras, pero los truenos seguían retumbando sobre la frondosa falda de la montaña y la lluvia amenazaba con hacer su aparición. Estaba muy cerca de la ciudad de Lhokseumawe, situada en la devastada región indonesia que en otro tiempo se conociera con el nombre de «Indias Occidentales Holandesas». En la provincia había veinte mil huérfanos, víctimas de una lucha que duraba ya varias décadas y que enfrentaba a los separatistas de Aceh y al Ejército indonesio. Además, en los últimos tiempos, los terroristas de Al Qaeda se habían introducido en la amalgama que constituía la facción musulmana, lo que había ocasionado que la situación fuese aún más explosiva. Tenía que hacer algo para ayudar a esos niños a los que el resto del mundo había olvidado. Mientras sobrevolaba la zona pantanosa, echó un vistazo hacia abajo y vio el brillo del sol sobre la superficie oleaginosa. Un vertido de uno de los pozos petrolíferos de Exxon Mobile’s Cluster había contaminado los arrozales, los huertos y los criaderos de gambas. No era la primera vez que sucedía, pero en esa ocasión la fuga parecía mucho más amenazadora. Las viudas y los huérfanos de los pueblos cercanos —Pu’uk, Nibong Baroh y Tanjung Krueng Pase— quedarían desolados. Tendrían que trasladarse a otro lugar al menos durante los próximos seis meses, o tal vez un año, puesto que su medio de subsistencia acababa de ser destruido. Estaba a punto de conectar la cámara por control remoto que llevaba en el helicóptero cuando escuchó una voz en inglés, con un marcado acento, que le hablaba por los auriculares. —Bienvenida al Pozo Trece, hermana Serghetti. Miró hacia la derecha y vio un helicóptero del Ejército indonesio, armado con varias ametralladoras, que volaba en paralelo a ella. La voz volvió a hablar: —Va a aterrizar en el helipuerto que hay en el centro del complejo. Serena viró el helicóptero hacia la derecha y comenzó a ascender en el mismo instante en que cuatro balas pasaban rozando su flanco. —Aterrice inmediatamente —ordenó la voz— o la volaremos en pedazos. Aferró la palanca de mando con más fuerza y descendió en dirección al helipuerto. Su helicóptero apenas había rozado el suelo cuando se vio rodeada por soldados vestidos con uniforme de campaña y armados con M-16. En cuanto salió del helicóptero con las manos en alto, se dio cuenta de que eran una unidad del Kopassus (las fuerzas especiales indonesias), cuya base estaba situada en el cercano Camp Rancong, lugar que había sido denunciado por las numerosas torturas que se habían llevado a cabo en él. El campamento era propiedad de PT Arun, la mayor compañía petrolífera de Indonesia, que era hasta cierto punto filial de Exxon Mobile, empresa que a su vez había construido el Pozo Trece. El cerco de soldados del Kopassus se abrió para dejar pasar a un todoterreno. El vehículo se detuvo con un chirrido de frenos y un oficial, un coronel a juzgar por la divisa de su hombro, salió del vehículo y se acercó a ella con parsimonia. Era un hombre delgado, de veintipocos años. Tras él caminaba un civil algo mayor, caucásico y orondo, a quien Serena identificó como el representante norteamericano de la compañía petrolífera, dada su actitud insulsa y nerviosa. — ¿Qué significa esto? —exigió saber Serena. —La famosa hermana Serghetti —dijo el coronel en inglés—. Habla usted el dialecto local como si fuera una nativa, pero su aspecto es muy distinto al de cualquiera de ellas. Las fotografías de los medios de comunicación no hacen justicia a su belleza. Y tampoco dicen nada de sus habilidades como piloto. —Forma parte de mi trabajo, Coronel —comentó ella con sequedad, permitiendo que se notara su acento nativo, el australiano. — ¿Y cuál es ese trabajo exactamente? Parece tener muchos. —El de llevar comida y medicinas a los más pobres de África y Asia, ya que sus gobiernos son tan corruptos que los cargamentos de Naciones Unidas rara vez llegan a las aldeas de destino —contestó ella—. O bien desaparecen o bien se pudren en los muelles porque las carreteras son intransitables. —En ese caso, está usted en el lugar equivocado, señora —señaló el norteamericano, que tenía acento sureño—. Soy Lou Hackett y estoy al frente de la operación que se está llevando a cabo en este lugar. Debería usted estar en Timor Oriental, ayudando a los católicos a contener a los musulmanes. ¿Qué coño hace aquí, en una provincia musulmana como Aceh? —Documentándome sobre posibles violaciones de los derechos humanos, señor Hackett—contestó—. Dios también ama a los musulmanes y a los separatistas de Aceh. Tal vez tanto como a los ejecutivos norteamericanos. — ¿Violaciones de los derechos humanos? Aquí no hay nada de eso —dijo el señor Hackett, que observaba con avidez el helicóptero de Serena mientras un grupo de técnicos del Kopassus lo revisaba a conciencia. Serena lo miró directamente a los ojos. — ¿Acaso me quiere dar a entender que no es su petróleo el que ha inundado los criaderos de gambas de toda la zona, señor Hackett? —Yo no catalogaría un pequeño accidente como una violación de los derechos humanos. El norteamericano se enjugó el sudor de la frente con un viejo y desgastado pañuelo. Serena distinguió una insignia bordada: el emblema del presidente de los Estados Unidos. Una baratija, sin duda, en recuerdo de la contribución económica a alguna campaña electoral. —Entonces, ¿no es su compañía la que ha construido los barracones militares en el Pozo Trece, donde las víctimas de los abusos afirman haber sido interrogadas? —continuó ella, mirando de soslayo al Coronel—. ¿Y tampoco ha actuado como proveedor de maquinaria pesada para el Ejército, de modo que este pueda cavar fosas comunes donde enterrar a las víctimas de Sentang Hill y Tengkorak Hill? El señor Hackett la contemplaba como si fuera ella, y no el vertido de petróleo, el verdadero problema. — ¿Qué es lo que quiere, hermana Serghetti? El coronel indonesio respondió por ella. —Quiere hacerle a Exxon Mobile y a PT Arun lo mismo que le hizo a Café Denok, en Timor Oriental. — ¿Se refiere a acabar con el yugo de un monopolio económico controlado por el Ejército indonesio, y a dejar que la gente pueda vender sus productos de acuerdo con los precios del mercado? —preguntó—. Vaya, esa sería una buena idea. A todas luces, Hackett ya había aguantado demasiado. —Joder, si la gente de Timor Oriental quiere ser esclava de Starbucks, es problema suyo, hermana. Pero cuando usted obligó al Ejército a abandonar sus negocios cafeteros, este comenzó a sentirse muy atraído por los míos. —Deje que le dé yo otra buena idea, hermana Serghetti —dijo el Coronel al tiempo que le ofrecía una hoja de papel. Se trataba de un fax—. Márchese. Serena leyó el fax dos veces. Era del obispo Carlos, de Yakarta, el ganador del Nobel de la Paz de 1996. Según decía, se requería su inmediata presencia en Roma. — ¿El Papa quiere verme? —El Papa, el Pontífice, la Santa Sede, me importa una mierda cómo quiera llamarlo —soltó el norteamericano—. Yo soy baptista. Limítese a sentirse afortunada por poder salir de aquí. Serena se dio la vuelta hacia el helicóptero, a tiempo de ver que varios soldados se llevaban las cámaras que acababan de desmantelar de la parte inferior del aparato. — ¿Y los habitantes de Aceh? —insistió ella, dirigiéndose al señor Hackett a la par que el Coronel la empujaba con el codo hacia su todoterreno. No había duda de que su helicóptero acababa de ser confiscado—. No puede fingir que todo esto no está sucediendo. —No tengo por qué fingir nada, hermana —le contestó él mientras le decía adiós con un gesto arrogante de la mano—. Si algo no aparece en las noticias, es que no ha sucedido. Veinticuatro horas más tarde, Serena se encontraba arrellanada en el asiento trasero de un anónimo sedán negro, mientras el viejo Benito lo hacía avanzar con lentitud entre la airada multitud y el mar de cámaras que abarrotaban la plaza de San Pedro. Le parecía inconcebible el hecho de poder inspirar unos sentimientos tan fuertes. Y, sin embargo, ella era la causa de las demostraciones de protesta que tenían lugar en la calle. Solo tenía veintisiete años, pero ya se había hecho con una innumerable lista de enemigos en las compañías petroleras, las madereras, en la industria biomédica y entre aquellos que se beneficiaban mediante la explotación de personas, de animales o del medio ambiente. No obstante, sus esfuerzos habían dejado sin trabajo, de forma accidental, a unas cuantas personas de las muchas que ella intentaba salvar. Bueno, tal vez fueran más de «unas cuantas», a tenor de la multitud que se congregaba en la plaza. Vestida con su característico uniforme, que consistía en un traje de Armani y botas deportivas, no quedaba mucho en ella de la monja carmelita que fuera una vez. Pero ahí estaba el quid de la cuestión. En su papel de «Madre Tierra» encabezaba los titulares, y de la mano del reconocimiento llegaba la influencia. ¿De qué otro modo iban a tomarla en serio el público frívolo, el mundo secular y, en última instancia, Roma? Dios era otra cuestión muy distinta. No estaba segura de lo que el Creador podía pensar de ella, así como tampoco estaba segura de querer saberlo. Contempló la calle a través de los cristales mojados por la lluvia. La policía vaticana estaba haciendo retroceder tanto a los manifestantes como a los paparazzi. Justo en ese momento, como surgido de la nada, ¡zas!... se escuchó un fuerte crujido que le hizo dar un respingo. Uno de los manifestantes se las había ingeniado para pegar su pancarta a la ventanilla: «BÚSQUESE OTRO PLANETA, MADRE TIERRA». —Creo que la han echado de menos, signorina —le dijo el conductor con su mejor inglés. —Sus intenciones son buenas, Benito —replicó ella, sin dejar de mirar a la muchedumbre con compasión. Podría haberle contestado en italiano, francés, alemán o una docena de idiomas más, pero recordó que Benito quería mejorar su inglés—. Están asustados. Tienen familias que alimentar. Necesitan un chivo expiatorio al que culpar por su falta de empleo. Y me ha tocado a mí. —Solo usted, signorina, desearía el bien a sus enemigos. —No hay enemigos, Benito, solo malentendidos. —Habla como una verdadera santa —concluyó Benito al tiempo que dejaban a los manifestantes tras la verja y giraban para tomar un sinuoso camino. —Dime, Benito, ¿sabes por qué me ha convocado el Santo Padre a la Ciudad Eterna para mantener una audiencia privada? —preguntó mientras se alisaba los pantalones con pretendida indiferencia, con el fin de disimular la ansiedad que crecía en su interior. —Con usted siempre resulta difícil adivinarlo. —A través del retrovisor, Benito le dedicó una sonrisa que reveló un diente de oro—. Muchos problemas entre los que elegir. Muy cierto, pensó ella. Cuando era monja, no solía llevarse bien con sus superioras; era una proscrita dentro de su propia orden. Incluso el Papa, su aliado, había comentado en una ocasión para la revista Newsweek: «La hermana Serghetti está haciendo lo que Dios haría si conociera todos los hechos». Fue una buena réplica, pero ella sabía que ninguna declaración manifiesta a su favor podría protegerla dentro de esas puertas. Nacida en las afueras de Sydney y fruto de una relación ilícita entre un sacerdote católico y una criada, la infancia de Serena Serghetti estuvo dominada por la vergüenza. Creció entre sórdidos chismorreos y llegó a odiar a su progenitor, que negó su paternidad hasta el final y murió como un mentiroso alcohólico. Serena acalló los rumores haciendo la promesa solemne, a los doce años, de mantener su virtud intacta, sobresaliendo en los estudios de lingüística y, lo más asombroso de todo, ingresando en un convento a los dieciséis. En muy pocos años, se había convertido en un ejemplo viviente de redención para la Iglesia y en la conciencia andante de los pecados ecológicos de la humanidad. Fue una época muy buena mientras duró, unos siete años en total. Unos meses después, tras sufrir una crisis personal en América del Sur, regresó a Roma en busca de guía espiritual y descubrió que el Vaticano se negaba a pagar sus facturas del agua, amparándose en su estatus de estado soberano y en el oscuro Tratado Laterano de 1929, por el cual se establecía que Italia debía abastecer de agua de modo gratuito al enclave de cuarenta hectáreas..., pero donde no se hacía mención alguna de los costes del alcantarillado. «Ni damos al César lo que es del César, ni prestamos a Dios el servicio adecuado como sus representantes en la Creación», había dicho ella al renunciar públicamente a sus votos y abrazar la causa medioambiental. Fue entonces cuando los medios de comunicación la apodaron «Madre Tierra». Desde aquel momento, le había resultado imposible impedir que la gente la llamara Madre Tierra, o hermana Serghetti. Sin lugar a dudas, era la exmonja más famosa del mundo. Al igual que sucediera con la difunta princesa Diana antes de morir, Serena no formaba parte de la familia real eclesiástica, pero se había convertido, sin saber muy bien cómo, en su «Reina de Corazones». La Guardia Suiza, ataviada con sus uniformes de color carmín, adoptó la posición de firmes cuando el sedán que la transportaba llegó a la entrada del Governorate. Antes de que Benito pudiera abrirle la puerta y ofrecerle un paraguas, ella ya subía los escalones bajo la lluvia sin prisa alguna, chapoteando con su calzado deportivo en los charcos mientras alzaba la mirada al cielo y disfrutaba de la sensación de las gotas de agua que le caían sobre el rostro. Si su experiencia previa en el Vaticano podía tomarse como ejemplo, ese sería el último soplo de aire fresco del que disfrutaría durante un tiempo. Uno de los guardias le dedicó una sonrisa cuando atravesó la puerta. El interior estaba caldeado y seco, y el joven jesuita que la estaba esperando la reconoció al instante. —Hermana Serghetti —la saludó con cordialidad—. Por aquí. Mientras seguía al joven a través de un laberinto de pasillos en dirección a un antiguo ascensor, pudo escuchar el murmullo de actividad que provenía de las distintas oficinas. Y pensar que todo esto comenzó con un pobre carpintero judío, reflexionó al tiempo que entraban en el ascensor y la puerta se cerraba tras ellos. Se preguntó si Jesús se sentiría tan ajeno a su propia Iglesia como le sucedía a ella. Cuando captó su imagen en las puertas metálicas del ascensor, frunció el ceño y se colocó las solapas de la chaqueta. Cayó en la cuenta de la ironía que suponía preocuparse por la seda y la lana, sabiendo que habían sido tejidas con el sudor de algún pobre niño en una fábrica del Lejano Oriente para alimentar el mercado de consumo global. Las ropas y la imagen que estas ayudaban a proyectar representaban todo lo que ella odiaba, pero las utilizaba como medio para conseguir más dinero y concienciar a una opinión pública que se mostraba más interesada en la imagen de una antigua monja que en las obras de caridad que llevaba a cabo. Que así fuera. ¿Vestiría Jesús de Armani? El mundo estaba desquiciado, y Serena solía preguntarse con bastante frecuencia por qué Dios lo había hecho de ese modo o por qué se había limitado a permitir que acabara convirtiéndose: en semejante abominación. Ella habría manejado las cosas de otra manera, sin lugar a dudas. La oficina que buscaba estaba situada en la quinta planta y. pertenecía al jefe de los servicios de inteligencia del Vaticano, un cardenal llamado Tucci. Sería este el encargado de explicarle la situación, como también la acompañaría hasta su audiencia privada con el Papa. Sin embargo, el cardenal no parecía estar por ningún sitio, así que el joven jesuita la instó a entraren el despacho. La estancia tenía un estilo más antiguo y elegante del que se achacaba a la reputación de Tucci. Las paredes estaban adornadas con pinturas medievales y mapas antiguos que no tenían nada que ver con el arte contemporáneo y moderno que, según se decía, era el favorito del cardenal. De más edad y aún más elegante era el hombre que estaba sentado en un sillón de cuero de respaldo alto, flanqueado por dos globos terráqueos Blaeu. El atuendo de color blanco, adornado con el cordón dorado en el cuello, armonizaba a la perfección con su cabello canoso. Tenía todo el aspecto de un hombre de fe urbano y apuesto, y sus ojos, cuando levantó la mirada del expediente que estaba leyendo, resultaron ser despiertos e inteligentes. —Hermana Serghetti—dijo su escolta jesuita—, Su Santidad. El Papa, a quien Serena había reconocido al instante, no necesitaba presentación alguna. —Santidad —lo saludó ella mientras el jesuita cerraba la puerta al salir. La actitud del gran hombre no parecía ser ni severa ni beatífica. En realidad, el aura que irradiaba era tan pragmática como la del presidente de cualquier empresa. Salvo que su empresa no cotizaba en las bolsas de Nueva York, Londres o Tokio, y sus previsiones de ganancias no se medían en términos de cuatrimestres, años o décadas. Su empresa llevaba en pie más de dos milenios y medía sus progresos en términos de eternidad. —Hermana Serghetti. —El Papa se dirigió a ella con un afecto genuino al tiempo que le indicaba con un gesto que tomara asiento—. Ha pasado mucho tiempo. Sorprendida y recelosa, Serena se hundió en la silla de cuero mientras el Papa volvía a examinar el informe que había redactado el Vaticano acerca de ella. —Manifestaciones contra la destrucción de la capa de ozono frente a la sede de las Naciones Unidas en Nueva York—leyó en voz alta, con un tono sereno y resonante—. Presiones en todo el mundo contra empresas biomédicas. Su página web tiene incluso más visitantes que la mía. Apartó la mirada de los documentos y la observó con ojos brillantes y vivaces. —En ocasiones, me pregunto si su obsesión por salvar la Tierra de las garras de la raza humana está motivada por algún deseo interno de redimirse a sí misma. Ella se removió en la silla de cuero. El asiento era duro e incómodo. — ¿Redimirme de qué, Santidad? —Conocí a su padre, ya lo sabe. En efecto, ya lo sabía. —De hecho —continuó el Papa—, yo fui el obispo a quien él acudió en busca de consejo cuando supo que su madre estaba embarazada. Eso era algo nuevo para Serena. —Quería que su madre se sometiera a un aborto. —No me sorprende —contestó ella, incapaz de ocultar la amargura que teñía su voz—. Supongo que le aconsejó que no lo hiciera, ¿verdad? —Le dije que Dios es capaz de crear cosas bellas incluso en las circunstancias más sórdidas. —Entiendo. Serena no sabía si el Santo Padre quería que le diera las gracias por haberle salvado la vida o si, sencillamente, se limitaba a narrar los acontecimientos pasados. La estaba evaluando, de eso estaba segura, pero no con compasión ni con prejuicios. Solo con curiosidad. —Hay algo que siempre he querido preguntarle, Serena —prosiguió el Papa. Ella se inclinó hacia delante—. Teniendo en cuenta las circunstancias de su nacimiento, ¿cómo puede amar a Jesús? —Por las circunstancias que rodearon Su nacimiento —contestó ella—. Si Jesús no fuera el Único y Verdadero Hijo de Dios, sería un bastardo, y su madre, María, una fulana. Podría haberse dejado llevar por el rencor; no obstante, eligió el amor y hoy en día la Iglesia lo llama «Redentor». El Santo Padre asintió. —Al menos, estará de acuerdo en que se ganó el apodo. —Por supuesto, Santidad —replicó—. Y a usted también le dejó una tarea bastante ardua. Él sonrió. —Según tengo entendido, usted afirmó en una ocasión que le gustaría desempeñar esa misma tarea algún día. Serena se encogió de hombros. —Está sobrevalorada. —Cierto —replicó el Papa, que la miró con astucia—, por no mencionar que es bastante inalcanzable para las mujeres que abandonan el convento y repiten los pecados de sus padres. De súbito, la fachada impasible que utilizaba para enfrentarse a los medios de comunicación se desmoronó y se sintió desnuda. Con este Papa, una audiencia privada se asemejaba más a una sesión terapéutica que a un encuentro con la Inquisición, y eso la despojaba de la indignación necesaria para sostener un enfrentamiento. —No estoy muy segura de comprender adonde quiere llegar, Santidad —balbució, preguntándose cuánto sabía el Santo Padre. En ese momento, y tras recordar el destino de aquellos que lo habían subestimado, decidió que era mejor afrontar la situación sin ambages, con el fin de no empeorar la mortificación que sentía—. Estuve a punto, Santidad—confesó—. Pero olvida que ya no soy una monja y no estoy atada a mis votos. No obstante, le alegrará saber que planeo seguir célibe hasta el matrimonio..., aunque sospecho que no me casaré nunca. El Papa dijo: —Pero, en ese caso, ¿por qué...? —El hecho de no consumar nuestra relación en el plano físico no significa que no se consumara emocionalmente —explicó Serena—. Y mis sentimientos no dejaban lugar a dudas: no podía llevar la vida de una prometida de Cristo y, a la vez, arder de pasión por un hombre. No sin convertirme en una hipócrita como mi padre. Por tanto, si está pensando en usar ese asunto para minar mi credibilidad... —Tonterías —la interrumpió el Pontífice—. El nombre del doctor Yeats aparece en uno de los informes del servicio de inteligencia, eso es todo. — ¿Conrrad? —preguntó, asombrada por la eficiencia del personal del Vaticano. —Sí—contestó el Papa—. Tengo entendido que lo conoció en Bolivia, durante su anterior etapa como nuestra lingüista más prometedora. Ella se reclinó en la silla. Tal vez hubiesen encontrado un manuscrito que necesitaran traducir. Tal vez Su Santidad tuviera un trabajo para ella. En ese momento, comenzó a respirar con más tranquilidad. Le alegraba poder abandonar el tema de su celibato, pero la referencia que había hecho el Santo Padre acerca de Conrrad había despertado su curiosidad. —Así es. Yo estaba trabajando con la tribu Aimara, en los Andes. —Se subestima usted —la reconvino el Papa—. Utilizó la lengua aimara para desarrollar un programa informático de traducción que pudiera utilizarse en la Cumbre para la Tierra de las Naciones Unidas. Y lo logró sin otra cosa que un computador portátil, cuando cientos de expertos de un buen puñado de universidades europeas fracasaron en el intento teniendo supercomputadores a su disposición. —Yo no fui la primera —explicó Serena—. El mérito es de un matemático boliviano, Iván Guzmán de Rojas, que lo logró allá por los años ochenta. El aimara puede usarse como lengua intermediaria para realizar traducciones simultáneas del inglés a otros cuantos idiomas. —A seis para ser más exactos —precisó el Papa—. Pero, al parecer, usted descubrió una aplicación mucho más universal. —El único secreto de mi sistema radica en la estructura lógica y rígida de la lengua aimara —argumentó ella, sintiendo que su confianza regresaba a raudales—. Es ideal para la transformación en algoritmos informáticos. Sus reglas sintácticas pueden ser descifradas utilizando un tipo de abreviatura algebraica que los computadores entienden a la perfección. —Todo esto me resulta fascinante —confesó el Santo Padre—. Es lo más cerca que el hombre puede estar de escuchar el susurro de Dios en esta vida. ¿Por qué abandonó la lingüística? —Sigo haciendo mis aportaciones de vez en cuando, Santidad. —De hecho, se ha convertido en toda una trabajadora independiente. No solo es usted la «Madre Tierra» y la embajadora oficial de buena voluntad de las Naciones Unidas, sino que también ha trabajado, por lo que veo, en el Latinatis Nova et Vetera —dijo, en referencia al nuevo diccionario de latín ideado por la facción tradicionalista del Vaticano, con el fin de impulsar la expansión de la lengua de Virgilio en el nuevo milenio. —En efecto, Santidad. —Así pues, tenemos que darle las gracias por haber acuñado los términos latinos para las palabras «discoteca» y «modelo de portada»: caberna discothecaria y teritoris paginae puello respectivamente. —No olvide pilamalleus super glaciem. El Papa necesitó cierto tiempo para realizar la traducción-mental. — ¿Hockey sobre hielo? —Muy bien, Santidad. El Santo Padre fue incapaz de reprimir una sonrisa antes de adoptar una actitud seria. —Y ¿qué apelativo usaría para un hombre como el doctor Yeats? —Un sordidissimi homines —contestó ella, sin necesidad de pensarlo dos veces—. Uno de los desechos de la sociedad. El Papa asintió con tristeza. — ¿Ese hombre es el motivo por el cual usted eligió silenciar sus dones, abandonar la Iglesia y huir para convertirse en Madre Tierra? —Conrrad no influyó en mi decisión de dedicar todas mis energías a la defensa del medio ambiente —replicó, si bien su respuesta sonó más apologética de lo que le hubiera gustado. El Papa asintió. —No obstante, lo conoció mientras trabajaba con la tribu Aimara en Bolivia, poco antes de que abandonara la Iglesia. ¿Qué es lo que sabe de él? Serena se tomó un momento. Podría decir muchas cosas; no obstante, se limitaría a las esenciales. —Es un ladrón, un mentiroso y el arqueólogo más brillante y más peligroso que he conocido en la vida. — ¿Peligroso? —repitió el Papa. —No tiene respeto alguno por las antigüedades —explicó ella—. Cree que la información que se obtiene de un descubrimiento es más importante que el descubrimiento en sí. Por tanto, en su afán por sacar a la luz un nuevo hallazgo, a menudo pone en peligro la integridad del lugar, mandando al cuerno a las generaciones futuras. El Santo Padre asintió. —Eso explicaría por qué el Consejo Superior de Antigüedades Egipcias le ha prohibido volver a poner un pie en Luxor. —A decir verdad, el director general del Consejo perdió cierta cantidad de dinero a manos de Conrrad en una partida de cartas en el Casino Luxor, donde estaban celebrando una entrevista —reveló Serena—. Según tengo entendido, pagó a Conrrad con una estatuilla de la decimonovena dinastía y, desde entonces, este ha estado intentando introducirla en el mercado negro sin ningún éxito. Al parecer, necesita el dinero con urgencia para continuar con su trabajo. Sería una adición maravillosa a nuestra colección, si le interesa, por supuesto. El Papa frunció el ceño para dejar claro que no apreciaba en demasía su desabrido sentido del humor. —Y supongo que la historia se repitió en Bolivia, país del que el doctor Yeats fue expulsado un año después de que usted lo conociera. Serena se encogió de hombros. —Digamos que descubrió que la hija de cierto generalissimo era más interesante que las ruinas. — ¿Detecto cierto deje de celos? Serena se echó a reír. —Siempre habrá otra mujer en la vida de un intrigante como Conrrad. En cuanto a lo otro, los tesoros de la Antigüedad nos pertenecen a todos. —Comienzo a hacerme una idea clara sobre él. Si me permite la pregunta, hermana Serghetti, ¿qué encontró usted en un hombre así? —Es la persona más honesta que he conocido jamás. —Pero antes lo tachó de mentiroso. —Eso forma parte de su honestidad. ¿Qué tiene que ver él con todo esto? —Nada, en realidad, aparte del efecto que ejerce sobre usted —le contestó el Papa, si bien Serena percibió que había mucho más. —Si me permite la pregunta, Santidad, ¿para qué me necesita usted? Ya no soy una monja católica, ni una lingüista del Vaticano, ni formo parte de ninguna otra rama oficial de la Iglesia. —Ya sea como monja o como lingüista contratada, Serena, siempre formará parte de la Iglesia y la Iglesia siempre formará parte de usted. Tanto si le gusta como si no. En este momento, nuestro mayor interés reside en saber cómo se desarrolló la lengua aimara. Es tan pura que algunos de sus colegas sospechan que no evolucionó de la misma manera que el resto de las lenguas, sino que fue ideada partiendo de cero. Serena asintió. —Un logro intelectual impensable en una sencilla tribu agrícola. —Exacto —convino el Papa—. Dígame, hermana Serghetti, ¿de dónde proceden los aimaras? —Los mitos más antiguos recogen una serie de acontecimientos insólitos que tuvieron lugar en las cercanías del lago Titicaca tras el Gran Diluvio —explicó—. Hacen referencia a unos extraños que intentaron construir una ciudad en el lago. —Tiahuanaco —concluyó el Santo Padre—, con su enorme Templo del Sol. —Su Santidad está muy bien informado —dijo Serena—. Se dice que la ciudad abandonada estuvo habitada en sus orígenes por gente procedente de «Aztlan», la isla-paraíso perdida de los aztecas. —Una isla-paraíso perdida... Interesante. —Un mito antediluviano de lo más común, Santidad. Muchas leyendas narran historias acerca de esa isla perdida y culpan de su pérdida a esa inundación. El filósofo griego Platón, sin ir más lejos, nos legó el relato de la historia de la Atlántida. Al igual que los haida y los sumerios, que también comparten una historia similar sobre sus orígenes. El Papa asintió. —Y, sin embargo, es difícil encontrar dos culturas tan distintas entre sí como la sumeria y la haida; una situada en la lluviosa costa noroeste de los Estados Unidos y la otra en el árido desierto de Iraq. —El hecho de que dos culturas tan dispares compartan un mito común que explique un acontecimiento concreto no garantiza que dicho acontecimiento tuviera lugar —explicó ella con sequedad, dejándose llevar por su faceta académica—. Si tenemos en cuenta los registros fósiles y la geología, por ejemplo, descubriremos que, en efecto, hubo una inundación, una Edad de Hielo y todo lo demás. Pero si existió un tal Noé que construyó un arca o si su procedencia era asiática, africana o caucásica, no son más que especulaciones. Y no hay prueba alguna que sustente la teoría de esa isla paradisíaca. —Entonces, ¿qué conclusión saca usted de todas esas historias tan parecidas entre sí? —Siempre las he considerado indicadores de la universalidad del intelecto humano. —De modo que, para usted, el Génesis no es más que una metáfora, ¿no es cierto? Había olvidado la costumbre del Papa de llevar todas las discusiones al ámbito de la fe. Serena asintió con lentitud. —Sí, supongo que sí. —No parece estar muy segura. —Sí, desde luego que sí. —Bien, ya lo había dicho. La había obligado a confesarlo. —Y la Iglesia... ¿qué es? ¿Una buena idea que se estropeó en el camino? —Como todas las instituciones humanas, la Iglesia terrenal es un organismo corrupto —contestó ella—. Pero ha proporcionado hospitales, orfanatos y esperanza a toda la humanidad. Sin ella, la civilización se hundiría en un abismo moral. —Me alegra oírle decir eso. —Había cierta ternura en la mirada del Santo Padre y una pizca de incredulidad en su voz cuando prosiguió—: Hermana Serghetti, quiero que medite con seriedad si siente la llamada del Espíritu Santo en su interior, apremiándola a llevar a cabo una misión sagrada que tal vez la haga digna del apodo de «Madre Tierra». Lo único que el Espíritu Santo le estaba diciendo era que había algo raro en todo aquel asunto. Ella había increpado al Vaticano y había colgado los hábitos. Pese a todo, en esos momentos el Papa le pedía que se convirtiera en su emisaria oficial. — ¿Qué tipo de misión? —Tengo entendido que usted es una observadora oficial además de consejera para la correcta aplicación del Tratado Antártico Internacional. —Formo parte del Comité del Tratado para la Protección Medioambiental en calidad de consejera —puntualizó—. Pero represento a Australia, Santidad, no a la Iglesia. El Santo Padre asintió y tamborileó con los dedos sobre los brazos del sillón. — ¿Ha escuchado las noticias sobre la actividad sísmica en la Antártida? —Por supuesto, Santidad. El mes pasado se desprendió un iceberg del tamaño de Delaware tras el último terremoto. Y otro del tamaño de Rhode Island antes que ese. Así, a bote pronto, entre ambos podrían sumar el equivalente a la longitud de la costa este de los Estados Unidos. — ¿Y si le dijera que nuestros servicios de inteligencia han localizado una expedición norteamericana ilegal en la Antártida, en una zona reclamada por su país natal, Australia? —Le diría que los estadounidenses estarían violando el Protocolo de Madrid de 1991, que establece la Antártida como zona de paz reservada en exclusiva para fines de investigación científica. Cualquier actividad militar está prohibida en todo el continente. —Serena se inclinó hacia delante—. ¿Cómo sabe todo esto? —No hace mucho, desaparecieron tres satélites espía estadounidenses de sus órbitas —explicó él. Serena parpadeó con incredulidad. ¿Cuánto tiempo llevaría el Vaticano interesado en el seguimiento de los satélites espía de otros países? —Tal vez dejaran de funcionar o fueran destruidos de modo deliberado —sugirió ella. —Por regla general, los satélites estadounidenses inservibles son abandonados en sus órbitas —explicó el Papa con la misma desenvoltura que si estuvieran discutiendo acerca de la hermenéutica del Nuevo Testamento—. Y si un satélite, no digamos ya tres, hubiera dejado de funcionar, los supervisores del Congreso habrían hecho más ruido que el Concilio Vaticano II. Sin embargo, no ha sucedido nada. —Me temo que esas cuestiones sobrepasan con mucho mis conocimientos, Santidad—dijo Serena—. ¿Cuál es su interpretación de lo sucedido? —Esos satélites seguían unas órbitas que permitían un movimiento más lento que el de otras cámaras espía situadas en alturas mucho mayores; lo que les proporcionaba bastante más tiempo para fotografiar objetivos. — ¿Objetivos? —Las ofensivas militares suelen tener lugar poco antes de que un satélite sobrevuele el lugar, con el fin de registrar los daños antes de que el enemigo pueda encubrirlos. No obstante, después del último registro de actividad sísmica en la Antártida, ninguno de los satélites espía conocidos ha pasado sobre la zona afectada. Eso sugiere que es posible que uno o varios de los satélites desaparecidos estén al acecho. — ¿Está sugiriendo que el Ejército norteamericano está provocando de forma deliberada esas ondas sísmicas? —preguntó Serena. —Eso es lo que quiero que averigüe usted. Serena volvió a reclinarse en la silla. El Papa no tenía motivo alguno para mentirle. Sin embargo, estaba segura de que se había callado muchas más cosas. ¿Por qué si no iba la Santa Sede a tomarse semejante interés en un continente desierto en el que había más pingüinos que católicos? — ¿Hay algo más que quiera decirme? —le preguntó al Santo Padre—. ¿El doctor Yeats está involucrado en este asunto? El Papa asintió con la cabeza. —Al parecer, forma parte de la expedición estadounidense. Así que el asunto tenía algo que ver con Conrrad, pensó, aunque fuese en un escenario de lo más inusitado. — ¿Y para qué iba a necesitar el Ejército norteamericano a un arqueólogo? El Santo Padre no respondió, y Serena supo al instante que el Vaticano estaba solicitando su colaboración como lingüista y no como ecologista. Lo que significaba que los norteamericanos habían encontrado algo en la Antártida. Algo que requeriría de la participación de arqueólogos y lingüistas expertos. Algo que, a todas luces, había agitado los cimientos del Vaticano. La única razón por la que el Papa se había puesto en contacto con ella era sencillamente porque no le quedaba otro remedio. Resultaba más que evidente que los norteamericanos no habían consultado con la Santa Sede. Aunque tal vez debieran haberlo hecho, concluyó con rapidez. —Tiene algo que mostrarme, ¿no es así, Santidad? —Así es. —Sus nudosos dedos desplegaron sobre el escritorio una copia de un mapa medieval. Estaba fechado en 1513—. Esto fue descubierto en el antiguo palacio imperial de Constantinopla, en 1929. Pertenecía a un almirante turco. —El almirante Piri Reis —apostilló ella—. Es el mapamundi de Piri Reis. —Veo que lo ha reconocido —asintió con la cabeza—. En ese caso, supongo que también habrá visto esto. Señaló un antiguo informe de las Fuerzas Aéreas estadounidenses. Estaba fechado el 6 de julio, de 1960 y su nombre en clave era «Proyecto Libro Azul». —No —contestó ella con patente interés, al tiempo que cogía el breve informe—. ¿Desde cuándo tiene acceso el Vaticano a los documentos confidenciales del servicio de inteligencia del Ejército norteamericano? — ¿Se refiere a este viejo informe? —preguntó a su vez el Santo Padre—. No creo que pueda ser clasificado como «confidencial». Pero el apéndice que lo acompaña sí lo es. Serena hojeó las páginas que el jefe de la Unidad de Cartografía de la Base Westover de las Fuerzas Aéreas en Massachusetts había escrito. Los oficiales del Ejército del Aire estadounidense habían llegado a la conclusión de que la representación de la Antártida que Piri Reis había hecho en su mapa coincidía a la perfección con la Costa de la Princesa Marta en el continente helado y con la Península Palmer. Los ojos de Serena se demoraron en la última página, donde el teniente coronel Harold Z. Ohlmeyer, del Escuadrón de Reconocimiento n° 8, había escrito: «Los detalles geográficos representados en la parte inferior del mapa coinciden de forma extraordinaria con los resultados del perfil sísmico llevado a cabo sobre el casquete polar por la expedición conjunta de los gobiernos de Suecia, Gran Bretaña y Noruega en 1949. Esto indica que la costa había sido dibujada antes de quedar cubierta por el hielo. La capa de hielo en esta región tiene un grosor aproximado de un kilómetro y medio en estos momentos. Nos resulta imposible explicar cómo se pudieron obtener los datos representados en este mapa, teniendo en cuenta el estado de desarrollo que se le supone a la cartografía en 1513.» Tras esto, podía leerse el apéndice agregado por el Pentágono, datado en 1970 y escrito a mano con trazos decididos por el coronel Yeats de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos. Serena sabía que ese hombre era el padre de Conrrad, y el nombre consiguió que se le erizara el vello de la nuca. La nota decía así: «Los futuros informes referentes al mapamundi de Piri Reis y al Proyecto Sonchis deberán ser remitidos a este despacho, donde serán correctamente archivados.» —Sonchis... —repitió Serena mientras cerraba la carpeta. — ¿Algún significado? —Supuestamente, fue un sacerdote del Antiguo Egipto llamado Sonchis quien le contó a Platón todos los detalles de la historia de la Atlántida. —En el mapa del almirante Reis hay una inscripción en la que se explica que está basado en otros mapas más antiguos cuyos orígenes se remontan a la época de Alejandro Magno. — ¿Qué es lo que está diciéndome exactamente, Santidad? —Que tan solo una cultura marítima avanzada y global que existiera hace más de diez mil años podría haber creado estos mapas. Serena parpadeó varias veces. — ¿Cree usted que la Antártida es la Atlántida? —Y que sus secretos están enterrados bajo una capa de tres kilómetros de hielo —concluyó—. Lo que tenemos entre manos es mucho más que una antigua civilización perdida: es la cultura primigenia perdida que su amigo el arqueólogo, el doctor Yeats, ha estado buscando; una cultura que poseía un conocimiento científico que nos resulta inabarcable. —Si todo eso es cierto, muchas verdades quedarán en entredicho —replicó Serena—, entre ellas, la interpretación que la Iglesia hace del relato del Génesis bíblico. —O, por el contrario, puede que se vea respaldada —señaló el Papa con un tono desesperanzado en la voz—. No obstante, si ese fuera el caso, nos veríamos en una situación complicada. —No le sigo, Santidad. —Dios me ha revelado una profecía sobre el fin de los tiempos —confesó—. Sin embargo, se la he ocultado a la Iglesia porque la mera posibilidad es, de por sí, espantosa. Serena se sentó en el borde de la silla. Dejando a un lado sus preocupaciones habituales, tenía que reconocer que este Papa parecía estar en plenas facultades mentales y bastante lúcido. — ¿Qué vio, Santidad? —Una hermosa rosa congelada en el hielo —contestó el Papa—. El hielo se agrietaba y de esa grieta surgía fuego y comenzaba una guerra que los hijos de Dios emprendían contra la Iglesia y toda la humanidad. Al final, el hielo se derretía y se deslizaban lágrimas por los pétalos de la rosa. Serena recordó el capítulo sexto del Génesis, en el que se decía que «los hijos de Dios» gobernaron la Tierra en épocas remotas. Sus vástagos, nacidos de las mujeres, hicieron tanto daño que Dios los destruyó, a ellos y a toda la raza humana, con el Gran Diluvio. Salvo a Noé y su familia. Sin embargo, Serena también recordaba que ni las visiones apocalípticas de la Biblia ni las que habían relatado los pastorcillos portugueses detallaban el futuro con demasiada precisión. Al contrario, lo resumían y lo situaban sobre un escenario atemporal y unificado, plagado de símbolos que precisaban de una interpretación. —Entonces, ¿su Santidad cree que esta visión, la leyenda de la Atlántida y las actividades militares que los Estados Unidos están llevando a cabo en la Antártida forman parte de un todo? —Así es. Serena intentó ocultar sus dudas, pero, por sí solas, cada una de las tres cuestiones resultaba muy difícil de creer. —Entiendo. —No, no lo entiende —la rebatió él—. Observe con más atención. —Le tendió un pergamino enrollado que tenía en la mano—. Este es uno de los mapas que el almirante Reis usó para trazar el suyo. La fuente principal, en realidad. Serena extendió el brazo con lentitud y cogió el mapa de las manos del Santo Padre. En cuanto lo tocó, sintió que una descarga de entusiasmo recorría sus venas. —Aparece el nombre de Sonchis —explicó el Papa—. Pero el resto de la escritura es anterior a la cultura minoica. —Déme un par de semanas y... —En realidad, esperaba que pudiera descifrarlo durante su viaje a la Antártida —confesó él—. En estos instantes, un avión privado está repostando en la pista de aterrizaje, a su disposición para que pueda emprender su viaje. — ¿Mi viaje? —repitió Serena—. Usted mismo lo ha dicho: esta ciudad, si es que existe, está enterrada bajo una capa de hielo de tres kilómetros de grosor. Para el caso, lo mismo daría que estuviera en Marte... —Los norteamericanos la han encontrado —insistió el Santo Padre—. Ahora, usted debe encontrarlos a ellos antes de que sea demasiado tarde. El Papa colocó una mano sobre el globo terráqueo que tenía a su derecha y la otra sobre el de la izquierda. —Estos globos terráqueos fueron pintados por el maestro cartógrafo holandés Willem Blaeu en 1648 —explicó—. En esa época, también mostraban el «mundo moderno». Por desgracia, la representación, tanto de la superficie del planeta como del cielo, es enteramente errónea. Mire, California es una isla. Serena observó el globo terráqueo y vio una serie de monstruos en el mar. —Estoy familiarizada con el trabajo de Blaeu, Santidad. —Lo que una vez se tomó por verdadero ha resultado ser falso —comentó—. Si lo tomamos como advertencia, llegaremos a la conclusión de que nuestro modo de ver el mundo tal vez resulte igual de erróneo dentro de unos cuantos siglos. O de unos cuantos días. — ¿Unos cuantos días? —repitió Serena—. ¿Su profecía tendrá lugar dentro de unos cuantos días y no se la ha revelado a la Iglesia? —Hermana Serghetti —comenzó el Santo Padre, que seguía empeñado en dirigirse a ella como si fuese una monja, un miembro de la familia, en lugar de una extraña—, las implicaciones espirituales, políticas y militares serían muy desagradables. Piense en lo que sucedería si la humanidad se desentendiera por completo de la tradición judeocristiana y la anarquía moral reinara en la Tierra. —Ya lo he hecho, Santidad. Y, pese a que no parece haber afectado a Roma, ese día llegó para el resto del mundo hace mucho tiempo. El Papa guardó silencio durante un incómodo minuto. Finalmente, se aclaró la garganta y dijo: — ¿Alguna vez se ha preguntado por qué eligió formar parte de una familia adoptiva segura y predecible como es la Iglesia? Serena no contestó. Era una pregunta que ella misma evitaba plantearse. La verdad era que, a pesar de sus diferencias públicas, creía que la Iglesia era la esperanza de la humanidad, la única institución que mantenía a raya la propagación de un modo de vida amoral que escaparía a cualquier control. —Tal vez se debiera a que, como monja, usted encontraba más fácil estar a bien con Dios —sugirió el Papa—. O tal vez a que necesitaba con desesperación saber, sin el más mínimo asomo de duda, que Él la encontraba digna de su aceptación. El Santo Padre se había acercado tanto a la verdad que para Serena resultaba casi insoportable permanecer en la habitación. Deseaba huir a toda carrera y esconderse. —No obtendré la salvación de mi alma inmortal a través de mis buenas obras, sino gracias a la misericordia divina, representada en la muerte expiatoria de Cristo en la cruz, Santidad. —A eso es exactamente a lo que me refiero —concluyó el Papa—. ¿Qué más se podría decir? Serena sintió que el vacío se extendía en su interior como un dolor sordo. No tenía respuesta alguna para el Papa, pero deseaba decir algo, cualquier cosa. —El hecho de que me destierre a la Antártida para descubrir a los norteamericanos no va a... — ¿A hacerla merecedora del apodo de Madre Tierra? —finalizó el Sumo Pontífice, que la miraba como un padre miraría a su hija—. Hermana Serghetti, quiero que vaya a la «última región salvaje» de la naturaleza y que encuentre a Dios... lejos de todo esto. —Señaló los libros, los mapas y las obras de arte—. Solo usted, el Creador del universo... y el doctor Yeats. 4 Veintitrés días y seis horas después del Descubrimiento Base Glacial Orión El centro de mando de la Base Glacial Orión era un habitáculo de techo bajo, atestado de paneles y abarrotado con el personal de la unidad que se encargaba de controlar unos monitores que no dejaban de parpadear sumidos en la penumbra. Sin embargo, para el general de división Griffin Yeats era todo un triunfo para la logística de las Fuerzas Aéreas, que lo habían erigido en menos de tres semanas y en el entorno más desconocido de todo el planeta. —Treinta segundos, general Yeats —dijo el coronel O’Dell, el oficial ejecutivo de Yeats, que parecía no tener cuello alguno desde las sombras donde estaba situado su resplandeciente monitor. Una imagen de la Antártida parpadeó en la pantalla principal. El conteniente helado tenía un color azul espectral visto desde el espacio, una enorme isla rodeada por un océano inmenso que quedaba enmarcada por un anillo de tierra firme. El ombligo de la Tierra. Yeats contempló el monitor sin poder creer lo que veía. Había contemplado esa misma imagen del Hemisferio Sur en una ocasión, desde la ventanilla de la nave espacial Apolo. Desde entonces había pasado toda una vida. Aun así, algunas cosas no cambiaban nunca y, en aquel momento, el asombro lo invadió de nuevo. —Satélite en posición en quince segundos, señor —anunció O’Dell. La imagen se desenfocó un instante, justo antes de que una gigantesca nube de tormenta entrara en el campo visual. Yeats vio que algo parecido a las patas de una araña comenzaba a girar en el sentido de las agujas del reloj alrededor del continente helado. Había hasta doce de esas patas, también llamadas «collares de perlas», que no eran más que frentes de bajas presiones exclusivos de la región. — ¡Joder! Menuda tormenta —dijo Yeats—. Déme los detalles. —Parece que tenemos cuatro tormentas diferentes que se están uniendo en dos frentes, señor —le informó O’Dell—. Abarcan una extensión de más de seis mil kilómetros. Lo suficiente para cubrir toda la superficie de los Estados Unidos. Yeats asintió con la cabeza. —Quiero que vuelvan a despejar la pista de aterrizaje. Un silencio sepulcral, interrumpido tan solo por el zumbido y los ocasionales pitidos de los computadores y las pantallas, cayó sobre la estancia. Yeats era consciente de que todos los ojos estaban clavados en él. O’Dell carraspeó. —Señor, deberíamos alertar a seis-nueve-seis. —Negativo. Quiero que la radio permanezca en completo silencio. —Pero señor, su... El doctor Yeats está a bordo. —Tenemos a cuarenta hombres en ese avión, coronel. Y también a un excelente piloto, el capitán Lundstrom. Nada de transmisiones. Avíseme cuando se aproximen. —Sí, señor—contestó O’Dell al tiempo que se despedía con el saludo de rigor mientras Yeats abandonaba el centro de mando. El ventanal que ocupaba una de las paredes del alojamiento del general Yeats permitía una vista privilegiada del desfiladero helado donde se estaba llevando a cabo la excavación. Unas cuantas columnas de humo azulado y cristalino se alzaban desde el fondo del abismo. Y allí, en el fondo, se encontraba aquello que tanto Conrrad como él habían estado buscando. Se sirvió un Jack Daniel’s y se sentó tras el escritorio. Tenía unos dolores horribles y de buena gana se habría puesto a aullar como los vientos catabáticos que azotaban en el exterior. Sin embargo, no podía permitir que O’Dell y el resto de los oficiales lo vieran de otro modo que no fuese en plena forma. Colocó el pie derecho sobre el escritorio y se levantó la pernera del pantalón, dejando al descubierto una pierna desfigurada y cubierta de cicatrices; ese había sido el regalo de despedida de la que fuera su primera misión en aquel infierno helado, más de treinta y cinco años atrás. El dolor comenzaba unos centímetros por debajo de la rodilla. El frío le jugaba malas pasadas. Sin embargo, le sentaba de puta madre estar al mando de nuevo, pensó al tiempo que vislumbraba una borrosa imagen de sí mismo en la ventana de plexiglás reforzado. Seguía conservando una imagen dominante, a pesar de haber entrado ya en los sesenta. La mayoría de los rostros adolescentes que poblaban la base no tenía ni idea de quién había sido él en sus buenos tiempos. O para ser exactos, quién se suponía que debería haber sido. Griffin Yeats debería haber sido el primer hombre que viajara a Marte. En 1968, los astronautas veteranos procedentes de los programas Apolo y Géminis comenzaron el trabajo. Se dispuso que el transbordador que iría a Marte (cuyo diseño original corrió a cargo del pionero en el campo de los cohetes intercontinentales, Wherner von Braun, en 1953, y que fue revisado a posteriori por los ingenieros de la NASA) despegaría de la estación espacial norteamericana Freedom el 12 de noviembre de 1981, alcanzaría el planeta rojo el 9 de agosto de 1982 y regresaría a la Tierra un año después..., si la política hubiera sido tan predecible como la órbita de los planetas. Para 1969, la guerra de Vietnam había mermado el presupuesto federal y el éxito del alunizaje había saciado de modo temporal el ansia de los norteamericanos por la exploración del espacio. Debido a la creciente presión que ejercía el Congreso contra la misión, el presidente Nixon decidió cancelar tanto el viaje a Marte como el programa de la estación espacial. Tan solo el proyecto del transbordador espacial consiguió obtener luz verde. Una decisión catastrófica que retrasó la misión a Marte por espacio de varias décadas, que dejó un transbordador espacial completamente equipado sin ningún lugar adonde ir, y que consiguió que la NASA fuera un barco a la deriva que ocupaba las últimas posiciones en los intereses políticos de Washington por carecer de un objetivo específico. Y también puso fin a todos los sueños de grandeza de Yeats. El monitor del escritorio emitió un zumbido y sacó al general del trance. Era O’Dell, que lo llamaba desde el centro de mando. —Señor, al parecer los hemos localizado en el radar. Veinte minutos para el aterrizaje. — ¿Cómo vamos con la pista de aterrizaje? —Despejándola, señor. Pero la tormenta... —No quiero excusas, Coronel. Estaré ahí en un minuto. Será mejor que para entonces tenga más noticias. Yeats dio otro trago al whisky y clavó la mirada en el paisaje exterior. En el momento en que Nixon decidió abandonar la misión a Marte, Yeats ya se encontraba en la Antártida, inmerso en una estancia de cuarenta días en un habitat específicamente diseñado para simular el primer aterrizaje marciano. La tripulación estaba compuesta por cuatro hombres, además de dos módulos de aterrizaje, una planta de energía nuclear y un vehículo de exploración para desplazarse por los alrededores. La temperatura de la Antártida era tan gélida como la de Marte, y la fuerza del viento se asemejaba bastante en ambos entornos. Sus tormentas de nieve podían ser tan aniquiladoras como las tormentas de arena marcianas. Sin embargo, lo más importante consistía en que era un continente casi tan remoto como el planeta rojo, y era en situaciones de soledad extrema cuando salía a la luz el verdadero carácter de los miembros de una tripulación. Fue una experiencia que cambió para siempre la vida de Yeats, de un modo que jamás podría haber imaginado. Cuatro hombres se embarcaron en la misión. Solo uno salió de ella, cojeando y medio muerto. Pero, ¿para qué? ¿Para deambular por los pasillos del Pentágono como una reliquia artrítica del antiguo programa espacial? ¿Para criar a un chico huérfano? ¿Para perder a su esposa y a sus hijas en el proceso? Se lo habían quitado todo. Y ese mismo día tenía toda la intención de recuperarlo. 5 Veintitrés días después del Descubrimiento Para cuando Conrrad se despertó de un sobresalto, el fuselaje del C-141 Starlifter estaba congelado. Adormilado y dolorido, se frotó los ojos. Estaba atrapado con un pequeño grupo de soldados de operaciones especiales que llevaban trajes térmicos e iban armados con M-16 cubiertos por fundas aislantes. Notó otra sacudida. Durante la mayor parte del trayecto habían atravesado cielos despejados y habían sobrevolado una blancura interminable. Sin embargo, en aquel momento se movían a través de una especie de niebla oscura y las turbulencias se intensificaban a cada segundo. Los enormes contenedores que había en la parte posterior del avión comenzaron a moverse, tensando las correas de sujeción que crujían con cada desplazamiento. Conrrad le echó un vistazo a su reloj GPS multifunción, que utilizaba una red de veintisiete satélites para triangular su posición en cualquier lugar del globo terráqueo y que tenía un margen de error de unos treinta metros. No obstante, las últimas dieciséis horas pasadas a bordo de diferentes transportes militares debían de haberse cargado la batería de litio, ya que la latitud y la longitud no aparecían. En cambio, la aguja de la brújula no dejaba de dar vueltas como loca en todas direcciones. Fue entonces cuando cayó en cuenta de que debían de estar acercándose a uno de los polos; casi con toda seguridad, al Polo Sur. Se volvió hacia el soldado de expresión pétrea que estaba sentado a su lado y le gritó por encima del rugido de los motores de propulsión: —Creía que el personal militar no podía pisar la Antártida. El soldado comprobó su M-16 y replicó con la mirada al frente: — ¿De qué personal militar habla, señor? Conrrad gruñó. Esa era precisamente la mierda que había tenido que soportar durante toda su vida por la simple razón de ser hijo de Griffin Yeats, astronauta fracasado de la NASA, que había conseguido de alguna manera atravesar los oscuros pasillos de poder que recorrían el Pentágono hasta convertirse en un general de las Fuerzas Aéreas. Yeats era un firme defensor de que la verdad debía divulgarse en función de la máxima «no hay que saber nada más que lo necesario», lo que incluía las circunstancias que rodeaban el nacimiento de Conrrad. De acuerdo con la versión oficial de Yeats, Conrrad era, presuntamente, el resultado de un lío de una noche entre el capitán Rick Conrrad y una bailarina de strip tease de Daytona Beach de la que ni siquiera sabía el nombre. Cuando el capitán Conrrad murió en la Antártida durante una misión de entrenamiento, la mujer abandonó a su hijo bastardo a las puertas del hospital de Cabo Cañaveral. Poco tiempo después, la mujer murió de sobredosis. La NASA, que estaba ansiosa por mantener la imagen inmaculada de sus astronautas, se mostró también más que dispuesta a acelerar los trámites burocráticos para que el oficial superior y mejor amigo del capitán Conrrad, el comandante Griffin Yeats, lo adoptara. No obstante, a medida que fue creciendo, Conrrad comenzó a dudar de la veracidad de la historia que contaba Yeats. Estaba claro que su madrastra, Denise, lo dudaba. Desde el principio, esta había sospechado que Yeats era el padre biológico de Conrrad y que había utilizado la muerte del capitán Conrrad como una tapadera convincente para explicar el nacimiento de su propio hijo ilegítimo. Así pues, no resultó extraño que, cuando Conrrad no tenía más que ocho años, Denise se divorciara de Yeats y se marchara llevándose a sus dos hijas, de once y nueve años, las únicas amigas que Conrrad tenía. Al final, tras años de traslados de base en base y de soportar miserias, Conrrad se convirtió en un rebelde que fue expulsado de varios institutos y acabó por enfrentarse a Yeats. Su padre no solo negó los hechos, sino que también rechazó la posibilidad de utilizar los contactos que tenía en el gobierno para ayudar a Conrrad a identificar de una vez por todas a sus padres biológicos. Esos fueron los motivos que llevaron a Conrrad a detestarlo. Sin embargo, por aquel entonces era más que evidente que al general Yeats le traía al fresco lo que Conrrad o cualquier otra persona pensara de él. A pesar de que su carrera como astronauta había sido un fracaso, Yeats consiguió un ascenso tras otro hasta que, a la postre, logró su estrella, y con ella la dirección de la misteriosa Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada para la Defensa, o DARPA, que dependía del Pentágono. Gracias al respaldo económico que recibió en la década de los ochenta durante el mandato de Reagan, Yeats y su equipo de planificación, compuesto por estrategas militares extremistas, inventaron Internet, el sistema de posicionamiento global, la tecnología de camuflaje y el ratón para el computador, entre «otras cosas». Aquella misión en concreto, pensó Conrrad, se encuadraba sin duda en el apartado de «otras cosas». Pero, ¿en qué consistía exactamente? Sospechaba desde hacía mucho tiempo que un fabuloso descubrimiento yacía bajo el hielo de la Antártida. Después de todo, la zona oriental de la Antártida era un continente muy antiguo, y en una época remota fue tropical. Era obvio que Yeats había encontrado algo y necesitaba su presencia. O tal vez no fuera otra cosa que un patético intento de reconciliación entre padre e hijo. Dos grandes explosiones en los motores hicieron que Conrrad devolviera su atención al congelado fuselaje del C-141. Sin pedir permiso, se desabrochó el cinturón de seguridad y se acercó dando tumbos a la cabina del piloto, para lo que tuvo que apoyarse de vez en cuando contra el fuselaje con el fin de guardar el equilibrio. La cabina de mandos ofrecía un engañoso aspecto brillante y bien ventilado. Sin embargo, solo podía ver una extensión blanca al otro lado del parabrisas. Lundstrom estaba sentado en el asiento del piloto, gritándoles al copiloto y al navegante, pero el rugido de los motores era tan intenso que Conrrad no podía entender lo que decía. — ¿Podría al menos ver ese fabuloso descubrimiento antes de que me maten? —gritó. Lundstrom pareció bastante molesto cuando lo miró de soslayo por encima del hombro. —Vuelva a su asiento, doctor Yeats. Está todo bajo control. Sin embargo, los ojos del piloto delataban su ansiedad, y de repente Conrrad recordó dónde lo había visto antes: hasta hacía cuatro años, Lundstrom había sido comandante de una lanzadera espacial. El guante de cuero que llevaba, y que en esos momentos aferraba con fuerza la columna de dirección, ocultaba una mano que había quedado desfigurada a causa de quemaduras graves, al igual que una tercera parte de su cuerpo, debidas a una explosión en la plataforma de lanzamiento antes de su tercera misión, que acabó suspendida. —Vamos, Lundstrom, supongo que manejar la lanzadera espacial no sería tan movido como esto —comentó Conrrad. Lundstrom no dijo una palabra, sino que se limitó a devolver su atención a los controles. Conrrad miró el radar que indicaba la situación meteorológica y vio que cuatro borrascas en espiral convergían hasta convertirse en dos frentes de bajas presiones. — ¿Volamos hacia esa cosa? —Vamos a deslizamos entre el extremo de uno de los frentes y el comienzo del otro antes de que se unan —explicó Lundstrom—. McMurdo nos ha advertido de que los vientos que soplan en el extremo del primer frente no sobrepasarán los cien nudos. Después nos moveremos sobre la parte anterior del segundo frente, con vientos de cola de entre cien y ciento veinte nudos que nos empujarán hacia el hielo. — ¿Y conseguiremos hacerlo de una pieza? —Por lo que Conrrad sabía, McMurdo era la mayor base estadounidense en el continente. Tenía entendido que contaba con una pista de aterrizaje enorme—. ¿Por qué no podemos aterrizar allí e intentarlo de nuevo mañana? ¿A qué viene tanta prisa? —Nuestro pasillo se está cerrando con rapidez. —Lundstrom le dio unos golpecitos a la pantalla del radar—. Para mañana, esos dos frentes habrán convergido hasta convertirse en la madre de todas las tormentas. Ahora, vuelva a su asiento. Conrrad se sentó detrás del navegante. —Ya está. Lundstrom le dirigió una mirada a su copiloto. Conrrad podía ver sus reflejos en el parabrisas. Al parecer, habían decidido que poco importaba que se quedara allí. Lundstrom dijo entonces: —Su expediente nos advirtió de que podría causar problemas. Supongo que de tal palo, tal astilla. —No es mi verdadero padre, ni yo soy su verdadero hijo. —Al menos, eso esperaba Conrrad en aquel momento. Al igual que la mayoría de los norteamericanos, sospechaba que, en algún lugar de Washington, existía una base de datos en la que había información sobre él. Lundstrom acababa de confirmarlo—. ¿O es que esa información no estaba en mi expediente? —Junto con algunos exámenes psiquiátricos —replicó Lundstrom, que a todas luces disfrutaba de aquel pequeño interludio a costa de Conrrad—. Pesadillas acerca del fin del mundo. Ningún recuerdo anterior a los cinco años. Fue un niño un tanto chiflado. —Supongo que usted no conoció las maravillas de desayunar leche aderezada con LSD y otros alucinógenos —fue la respuesta de Conrrad—. O de experimentar súbitos recuerdos del pasado cuando tenía seis años. O de patear el culo de los mocosos de las Fuerzas Aéreas que decían que estabas chiflado. Lundstrom se quedó callado un instante, muy ocupado con los controles. Sin embargo, ya había despertado la curiosidad de Conrrad. — ¿Qué más decía mi expediente? —Algo de la mierda que revolvió durante la primera guerra de Iraq, a principios de los noventa. Conrrad todavía seguía en la universidad por aquel entonces. —Historia antigua. —Eso he oído —dijo Lundstrom—. Algo relacionado con los MiG soviéticos y el zigurat de Ur. Conrrad asintió. Cuatro mil años atrás, Ur había sido la capital de Sumeria en la tierra de Abraham. En la actualidad, estaba enterrada bajo las arenas de Iraq. —Algo parecido, sí. — ¿Parecido a qué? —La curiosidad de Lundstrom parecía auténtica. Al parecer, su expediente no incluía todos los detalles. —Los iraquíes tenían la desagradable costumbre de construir instalaciones militares junto a tesoros arqueológicos para utilizarlos a modo de escudos protectores —explicó Conrrad—. Así que, cuando los satélites estadounidenses detectaron dos cazas MiG-21 soviéticos cerca de las ruinas del antiguo zigurat de Ur, el Pentágono llegó a la conclusión de que los iraquíes escondían los MiG en aquel lugar para evitar que los bombardearan. Lundstrom asintió. —Recuerdo haberlo escuchado. —Bueno, pues también sospecharon que el propio Hussein se ocultaba dentro del zigurat —prosiguió Conrrad—. De manera que les proporcioné los datos de localización que necesitaban para que lanzaran un misil Maverick sobre el lugar. — ¿Un Maverick? Eso es un destructor de búnkeres de primera generación. Me está tomando el pelo. —Solo un Maverick podría abrirse camino hasta el terreno que se encuentra bajo la pirámide, destruirla desde dentro y hacer que pareciera un desaguisado de los iraquíes. — ¿Me está diciendo que borró de la faz de la tierra un tesoro de la humanidad solo para matar a un despot du jour? —El asombro de Lundstrom parecía genuino—. Menuda mierda de arqueólogo es usted. —Precisamente el que ustedes, hermanitas de la caridad, parecen necesitar —replicó Conrrad—. Así pues, ¿por qué no me dice...? Un repentino y agudo aullido alertó a la tripulación. Lundstrom aferró los mandos con fuerza. El copiloto comprobó los indicadores. El navegante gritó: —Vientos laterales que oscilan entre 2,5 g y 8 g. —Cambio radical del viento —dijo Lundstrom al tiempo que ajustaba los alerones—. Joder, están congelados. Parece que hemos dado con una corriente de chorro. Conrrad se sujetó en el asiento en cuanto el avión penetró en una fuerte turbulencia y el giroscopio comenzó a dar vueltas a lo loco. —El giroscopio no funciona —gritó el navegante. A lo que Lundstrom respondió también a gritos: —Dame un punto celeste para fijar el rumbo. El navegante se giró hacia el sextante de burbuja que sobresalía de la parte superior de la cabina, por encima de sus cabezas, e intentó determinar la posición en la que se encontraban a partir de las estrellas. Pero negó con la cabeza. —Las nubes son demasiado densas como para extrapolar una lectura. — ¿Es que no han oído hablar del GPS? —gritó Conrrad para hacerse oír por encima del ruido. —No sirve de nada con el PEM. ¿Pulso electromagnético?, pensó Conrrad. Ese tipo de microondas, que eran el resultado de pequeñas explosiones de origen nuclear, tenía la costumbre de anular todo el instrumental tecnológico más novedoso. Eso explicaba por qué volaban en semejante cafetera. ¿Qué coño estaba haciendo Yeats allí abajo en el hielo? — ¿Qué pasa con el puñetero sistema de navegación Doppler? —preguntó Conrrad. —Negativo. —Escúcheme, Lundstrom. Tenemos que pedir ayuda por radio a McMurdo. ¿A qué distancia estamos? —No acaba de enterarse, Conrrad —respondió Lundstrom—. No vamos a aterrizar en McMurdo. Nuestra zona de aterrizaje designada está en otra parte. —Pues dondequiera que esté esa «otra parte», no vamos a llegar, Lundstrom —replicó—. Tiene que cambiar el rumbo y dirigirse a McMurdo. —Demasiado tarde —dijo Lundstrom—. No sería seguro volver atrás. Estamos obligados a continuar. —O deberíamos estarlo junto con Yeats y su patético grupo de Washington —fue la respuesta de Conrrad. En ese momento, el navegante gritó: —El viento en contra aumenta vertiginosamente: ¡cien nudos! Velocidad con respecto a tierra disminuyendo a toda prisa: ¡ciento cincuenta nudos! Los cuatro motores del avión se esforzaban por superar el viento en contra. Conrrad podía percibir la resistencia en las vibraciones que sacudían el suelo bajo sus pies. La turbulencia ascendía por sus piernas como si de una espiral de energía descontrolada se tratase, hasta que tuvo la sensación de que se le fundían las entrañas. Para ser un hombre muerto, se sentía muy vivo y quería seguir de esa manera. —Mantenga este cacharro en el aire y comenzaremos a volar hacia atrás —gruñó. —Viento en contra de ciento setenta nudos —gritó el navegante—. ¡Doscientos! ¡Doscientos veinticinco! Lundstrom permaneció en silencio un instante y pareció considerar una estrategia alternativa. —Corta los motores uno y cuatro y pon sus hélices en bandera. —Recibido —respondió el navegante, que apagó los dos motores. —La velocidad con respecto a tierra sigue descendiendo —comunicó el navegante, que parecía desesperado—. Casi hemos agotado el combustible. Conrrad propuso entonces: — ¿Qué tal un aterrizaje de emergencia sobre el hielo? —Es posible —respondió Lundstrom—. Pero este pájaro tiene ruedas, no esquíes. — ¡Pues que aterrice sobre la panza! —gritó Conrrad. —Negativo —fue la respuesta de Lundstrom—. Con un terreno tan escarpado, lo más probable es que acabáramos estrellándonos contra un iceberg. Otra ráfaga de viento lateral los sacudió con tanta fuerza que Conrrad temió que el avión se diera la vuelta y cayera en picado sobre el hielo. De alguna forma, el piloto consiguió mantenerlo en el aire. —Tiene que hacer algo —gritó Conrrad—. ¡Deshágase de la carga! —El general Yeats preferiría deshacerse de nosotros antes de llegar a ese extremo. —Tenemos que pedir ayuda por radio. —Negativo. Hay un corte de radio. No funciona. Conrrad no lo creyó. —Y una mierda. Esta es una operación secreta. No hay corte de radio que valga. Yeats quiere que nadie se entere de esto. —Conrrad se sentó tras la radio e intentó ponerse unos cascos, pero las sacudidas le dificultaron la labor. — ¿Qué cree que está haciendo? —preguntó Lundstrom. Conrrad consiguió ajustarse los cascos. —Pidiendo ayuda. Conrrad escuchó un clic junto a su oreja, pero no provenía de los cascos. Era el sonido que hacía un arma corta cuando la bala entraba en la recámara. Se volvió para descubrir que Lundstrom le apuntaba a la cabeza con una automática, una brillante Glock de 9 mm. Conrrad la reconoció como su propia pistola, de la que lo habían despojado cuando se subió a aquel helicóptero en Perú. —Mueva el culo hasta su asiento, doctor Conrrad. —Ya estoy en mi asiento.