—¿Quién ha dicho la palabra despedir? No sólo no la despedimos, sino que le prohibimos presentar la dimisión. Nora le miró azorada. —Va a quedarse en el museo, doctora Kelly. Piense que ahora mismo es la gran protagonista. El doctor Collopy está de acuerdo. Después de un artículo tan interesado y favorable a su persona, no se nos ocurriría ni locos dejar que se marchara. Está blindada. Al menos de momento. A medida que escuchaba, Nora pasó de la sorpresa a la indignación. Brisbane dio un golpecito a la pajarita, se echó el último vistazo en el espejo y se giró. —Quedan suspendidos todos sus privilegios. Desde ahora ya no tiene acceso a las colecciones centrales del archivo. —¿Y al servicio de señoras? —Prohibido tratar de cuestiones relativas al museo con personas ajenas a él, sobre todo con el agente del FBI y el periodista, Smithback. De ese no hace falta que te preocupes, pensó Nora, furibunda. —Lo sabemos todo sobre él. Abajo hay un expediente como de treinta centímetros de grosor. Supongo que sabe que hace unos años escribió un libro sobre el museo. Fue antes de que me contrataran, y no lo he leído, pero dicen que no era precisamente de premio Nobel. Desde entonces, aquí es persona non grata. La miró a los ojos con frialdad y sin pestañear. —Aparte de eso no hay cambios. ¿Esta noche irá a la inauguración de la nueva sala de primates? —No lo tenía planeado. —Pues empiece a planearlo, que por algo es la empleada de la semana. La gente querrá verla con energía y contenta. De hecho, el museo va a emitir un comunicado de prensa sobre nuestra heroína, la doctora Kelly, y aprovechará para llamar la atención sobre el civismo del museo, y nuestra larga historia de servicio público a la ciudad. No hace falta que le diga que, si le preguntan sobre el tema, su deber es sacar balones fuera: conteste que todo su trabajo, sin excepción, es rigurosamente confidencial. —Brisbane cogió la chaqueta de la silla y se la puso con mucho cuidado. Después se quitó un hilo suelto del hombro y se alisó el cabello, impecable—. Confío en que encuentre un vestido adecuado en su ropero. Agradezca que no sea uno de los bailes de etiqueta que últimamente gustan tanto en el museo. —¿Y si me niego? ¿Y si no me presto al programa? Brisbane se abrochó los gemelos y volvió a girarse hacia ella. Después desvió la mirada hacia la puerta, y Nora le imitó. En ella estaba el doctor Collopy en persona, con las manos enlazadas. Durante sus paseos silenciosos por las salas del museo, el director ofrecía una imagen amedrentadora, por no decir siniestra: delgado, vestido con severidad, dotado de un perfil de diácono anglicano, la rigidez de su postura intimidaba. Perteneciente a una larga estirpe de científicos e inventores respetables, era un hombre de actitud enigmática y de voz sosegada que jamás parecía levantar. Como remate, tenía en propiedad una casa antigua en West End Avenue, teatro, desde hacía poco tiempo, de su vida conyugal con una chica de bandera, cuarenta años menor. Esta última relación suscitaba un sinfín de comentarios y conjeturas obscenas. Por una vez, sin embargo, al director Collopy le faltaba poco para sonreír. Dio un paso. Los rasgos angulosos de su pálida cara parecían haberse suavizado y animado; tanto, que llegó al extremo de estrechar la mano de Nora entre dos palmas secas, mientras la miraba atentamente a los ojos. En reacción a su mirada, Nora experimentó un vago hormigueo que la cogió totalmente por sorpresa y la llevó a comprender de pronto qué debía de haber visto la jovencísima esposa: que, tras aquella fachada impenetrable, se escondía un hombre de gran vitalidad. La sonrisa de Collopy, al producirse —porque a la larga se produjo—, fue como ver encenderse una antorcha. Nora se sintió bañada en una irradiación de encanto y de energía. —Nora, conozco sus investigaciones, y he estado siguiéndolas con grandísimo interés. La teoría de que las ruinas de Chaco Canyon puedan estar influidas por los aztecas, o haber sido construidas por ellos, incluso, es... importante; rompedora, si me apuran. —Entonces... Collopy la interrumpió con una ligera presión en la mano. —No estaba al corriente del recorte presupuestario en su departamento. Aquí no se ha salvado nadie de apretarse el cinturón, pero es posible que hayamos pecado de cierta indiscriminación. Nora obedeció al impulso de mirar a Brisbane, pero la expresión facial del vicepresidente se había vuelto hermética, ilegible. —Por suerte, estamos a tiempo de devolverle los fondos, y no sólo eso, sino de añadirles los dieciocho mil dólares que necesita para esas dataciones tan cruciales con carbono catorce. De hecho, el tema me interesa de manera personal. De niño visité las ruinas de Chaco con el doctor Morris en persona, y se me ha quedado grabado su esplendor. —Gracias, pero... Otra leve presión. —No, por favor, no me las dé. Es el señor Brisbane quien ha tenido la amabilidad de someter el tema a mi atención. Sus investigaciones en el centro, Nora, son importantes; darán prestigio al museo, y estoy dispuesto a ponerlo todo de mi parte para que salgan bien. Si necesita algo, llámeme. A mí personalmente. Le soltó la mano con delicadeza, y se giró hacia Brisbane. —Tengo que ir a preparar el discurso. Gracias. De repente ya no estaba. Nora miró a Brisbane, pero su superior mantenía el mismo hermetismo facial de antes. —Ya sabe qué pasará si se ajusta al programa —dijo él—. En cuanto a las consecuencias de la otra alternativa, prefiero no comentárselas. Se giró hacia el espejo y se miró por última vez. —Hasta esta noche, doctora Kelly —dijo afablemente. Convencido de ser el centro de todas las miradas, O'Shaughnessy siguió a Pendergast por la alfombra roja de la escalinata que llevaba a las puertas del museo, grandes y de bronce. Así, uniformado, tenía la sensación de hacer el gilipollas. Dejó bajar la mano hasta la culata de la pistola, y le complació observar que a pocos metros un hombre con esmoquin le miraba nervioso. Otro consuelo fue acordarse de que por participar en aquel circo encopetado le pagaban un cincuenta por ciento más, lo cual, tratándose del capitán Custer, no era moco de pavo. En Museum Drive estaba formándose una hilera de coches, de los que se apeaba gente guapa y no tan guapa. Los periodistas y fotógrafos, que eran pocos, ponían cara de desconsuelo, porque no les dejaban pasar de unas cuerdas de terciopelo. Los flashes eran escasos y esporádicos. De hecho, ya había una camioneta con el logo de una cadena de televisión local en el proceso de guardar los bártulos y marcharse. —Veo que la inauguración de la nueva sala de primates es bastante más modesta que otras a las que he asistido —dijo Pendergast, mirando alrededor—. Será que están cansados de tanta fiesta. —¿Primates? ¿A toda esta gente le interesan los monos? —Yo diría que la mayoría ha venido a observar a los primates fuera de las vitrinas. —Muy gracioso. Cruzaron la puerta, y parte de la Gran Rotonda. Hasta hacía dos días, la última visita de O'Shaughnessy al museo se remontaba a su infancia. Comprobó que los dinosaurios seguían donde siempre, y, un poco más lejos, la manada de elefantes. La alfombra roja y las cuerdas de terciopelo seguían internándose en el edificio, entre dos filas de chicas sonrientes que les orientaron mediante gestos de las manos y la cabeza. Muy simpáticas. O'Shaughnessy pensó que no era mala idea volver algún día que no estuviera de servicio. Atravesaron la sala africana por una puerta grande, enmarcada por colmillos de elefante, y accedieron a otro espacio de notables dimensiones, una especie de sala de recepción ocupada por innumerables mesitas, cada una con su vela. Había toda una pared ocupada por un bufet larguísimo y rebosante de comida, bufet cuyos extremos estaban ocupados por sendos y bien surtidos bares. Al fondo de la sala habían montado una tarima. Cerca de Pendergast y O'Shaughnessy, en una esquina, un cuarteto de cuerda se esmeraba con un vals vienés. El policía escuchó con incredulidad. Eran malísimos. Bueno, al menos no se cargaban nada de Puccini. La sala estaba casi vacía. En la puerta había un individuo con pinta de loco, clavel blanco en la solapa y, debajo, una etiqueta grande con su nombre. Al ver a Pendergast se acercó casi corriendo y le cogió la mano con una gratitud que lindaba con el histerismo. —Harry Medoker, jefe de relaciones públicas. Gracias, muchas gracias por venir. Seguro que le encantará la nueva sala. —El comportamiento de los primates es mi especialidad. —¡ Ah! Pues ha venido al lugar indicado. —De repente el relaciones públicas reparó en O'Shaughnessy e interrumpió el zarandeo de la mano de Pendergast—. Perdone, agente, ¿ocurre algo? Su voz había perdido toda su cordialidad. —Pues sí —contestó O'Shaughnessy, adoptando su tono más amenazador. El relaciones públicas se acercó a él y le habló con la mayor frialdad. —Agente, se trata de una ceremonia privada. Lo siento, pero va a tener que marcharse. No necesitamos seguridad externa. —¿Ah, no? Pues mira, Harry, resulta que vengo por aquel asuntillo del tráfico de cocaína en el museo. —¿Cocaína? Parecía que Medoker estuviera a punto de sufrir un infarto. —Agente O'Shaughnessy... —dijo Pendergast a guisa de suave advertencia. O'Shaughnessy dio una palmadita en el hombro del relaciones públicas. —Pero ni una palabra, ¿eh? ¡Imagínate cómo se cebaría la prensa! Piensa en el museo, Harry. Medoker se quedó blanco y temblando. —Me da mucha rabia que no respeten el uniforme —dijo O'Shaughnessy. Al principio Pendergast se le quedó mirando muy serio, hasta que hizo una señal con la cabeza hacia el bufet. —Una cosa es que estando de servicio no se pueda beber, y otra que no se puedan comer blini con caviar. —¿Bli... qué? —Unas tortitas de trigo sarraceno con créme fraiche y caviar encima. Deliciosas. O'Shaughnessy se estremeció. —No me gustan los huevos crudos de pescado. —Sospecho que nunca ha comido los auténticos, sargento. Pruébelos, aunque sólo sea una vez: le garantizo que son mucho más agradables que un aria de La valquiria. Pero bueno, también hay esturión ahumado, foie gras, jamón de Parma y ostras del río Damariscotta. El museo siempre ha servido muy buena comida. —Me conformo con los rollitos de frankfurt. —Eso se compra en un puesto callejero de la esquina de las calles Setenta y siete y Central Park West. Pese al goteo de gente, la asistencia seguía siendo escasa. O'Shaughnessy siguió a Pendergast hacia la mesa de la comida, y, evitando los montones pegajosos de huevas grises, cogió unos cuantos cortes de jamón, se cortó una porción de un brie entero y, con la ayuda de unos panecillos, se hizo un par de bocadillitos de jamón y queso. El jamón estaba un poco seco, y el queso tenía un regusto a amoníaco, pero el conjunto era aceptable. —¿Verdad que ha tenido una entrevista con el capitán Custer? —preguntó Pendergast—. ¿Qué tal ha ido? O'Shaughnessy sacudió la cabeza sin dejar de masticar. —Regular. —Supongo que había alguien del ayuntamiento. —Mary Hill. —Ah, claro, la señora Hill. —El capitán Custer quería saber por qué no les había dicho nada del diario, del vestido ni de la nota, pero, como constaba todo en el informe, y Custer no lo había leído, al final he salido con vida de la reunión. Pendergast asintió. —Gracias por ayudarme a terminarlo. Si no, me habrían hecho un culo nuevo. —Pintoresca expresión —Pendergast miró por encima del hombro de O'Shaughnessy—. Sargento, le voy a presentar a un viejo conocido, William Smithback. Al girarse hacia el bufet, O'Shaughnessy vio a un individuo desgarbado, con un mechón que le sobresalía de la coronilla en abierto desafío a las leyes de la gravedad. El esmoquin le sentaba mal y parecía absorto en acumular el máximo de comida sobre el plato en el mínimo de tiempo. Al ver a Pendergast, no supo ocultar su sobresalto. Violento, buscó con la mirada alguna escapatoria, pero el agente del FBI le sonreía alentadoramente, y el tal Smithback se acercó con cierta prevención. —Qué sorpresa, agente Pendergast —dijo con voz nasal de barítono. —En efecto. Veo que tiene buen aspecto, señor Smithback. —Cogió su mano y la estrechó—. ¿Cuántos años hace? —Muchos —dijo Smithback, con expresión de no considerar que fueran ni remotamente suficientes—. ¿Qué hace en Nueva York? —Tengo un apartamento en la ciudad. —Pendergast le soltó la mano y le miró de pies a cabeza—. Veo, señor Smithback, que ha ascendido a la categoría Armani —dijo—. Bastante mejor corte que aquellos trajes que llevaba, esos en serie a lo calle Catorce. Ahora bien, si un día quiere dar un paso de verdad en el escalafón de la elegancia, yo, con su permiso, le recomendaría a Brioni o Ermenegildo Zegna. Smithback abrió la boca para contestar, pero Pendergast conservó educadamente la palabra. —Ah, oiga, tengo noticias de Margo Green; está en Boston, trabajando para la compañía GeneDyne, y me pidió que le diera recuerdos. Smithback volvió a abrir y cerrar la boca. —Gracias —logró decir al cabo de un rato—. ¿Y... y el teniente D'Agosta? ¿Todavía le ve? —También se fue a vivir al norte. Ahora está instalado en Canadá, y escribe novelas policíacas con el seudónimo de Campbell Dirk. —Pues tendré que comprarme algún libro suyo. —Aún no ha tenido mucho éxito, a diferencia de usted, señor Smithback. Aunque debo reconocer que son novelas que se dejan leer. Smithback ya estaba recuperado del todo. —¿Y las mías no? Pendergast inclinó la cabeza. —Mentiría si dijera que las he leído. ¿Tiene alguna que me recomiende en especial? —Muy gracioso —dijo Smithback, mirando alrededor con expresión ceñuda—. No sé si habrá venido Nora. —O sea, que es el que ha escrito el artículo, ¿no? —preguntó O'Shaughnessy. Smithback asintió y dijo: —¿A que ha sido una bomba? —Lo que está claro es que ha llamado la atención —dijo Pendergast, seco. —Lógico: un asesino en serie del siglo diecinueve que raptaba a chicos y chicas de los asilos y los mutilaba en nombre de no sé qué experimentos para alargarse la vida. Piense que por menos de eso han dado el Pulitzer. Empezaba a llegar gente a un ritmo mayor, y a aumentar el nivel acústico de la sala. —La Sociedad Arqueológica ha exigido que se investigue la destrucción del yacimiento. Parece que el gremio de la construcción también hace preguntas. Falta poco para las elecciones, y claro, el alcalde está a la defensiva. Ya se imaginará que a Moegen-Fairhaven no le ha sentado precisamente bien. Y hablando del rey de Roma... —¿Qué? —dijo Smithback, con patente sorpresa por el comentario. —Anthony Fairhaven —dijo Pendergast, señalando la entrada con la cabeza. O'Shaughnessy siguió la dirección de su mirada. El hombre que había en la puerta de la sala tenía un aspecto mucho más juvenil de lo que se esperaba. Se le veía en forma, con un cuerpo nervudo y atlético, como de ciclista o escalador. El esmoquin le caía en los hombros y el pecho con la misma suavidad que si lo llevara puesto de nacimiento, pero lo más sorprendente era la cara: una rostro abierto, sincero, sin nada que ver con el personaje de magnate codicioso de la construcción que retrataba el artículo del Times. Para mayor asombro, Fairhaven orientó hacia ellos la mirada, vio que le observaban y, antes de entrar en la sala, les sonrió efusivamente. Hubo un chisporroteo por megafonía, y Cuentos de los bosques de Viena se quedó a medias. En la tarima había un hombre efectuando pruebas de sonido. Su partida hizo que reinara el silencio en la sala. Al poco rato subió otro hombre vestido de etiqueta y se acercó al micrófono. Era la viva imagen de la seriedad, la inteligencia, la buena posición social, la dignidad y la desenvoltura; todo, en suma, lo que odiaba O'Shaughnessy, que preguntó: —¿Quién es? —El honorable doctor Frederick Collopy —dijo Pendergast—, director del museo. —Está casado con una chica de veintinueve años —susurró Smithback—. ¿A que parece mentira? No sé ni cómo tiene... ¡Ahí está, ahí está! Señaló a una mujer joven y sumamente atractiva que ocupaba un lateral y, a diferencia de las otras mujeres de la sala, entre las que imperaba el color negro, llevaba un vestido verde esmeralda y una diadema de brillantes de muy buen gusto. La combinación era para tumbar de espaldas. —¡Caray! —musitó Smithback—. ¡Está increíble! —Espero que el marido tenga unas palas de esas para infartos en la mesita de noche —murmuró O'Shaughnessy. —Me parece que voy a hablar con ella y a darle mi número de teléfono, por si una noche el viejo se le queda frito y hace falta un sustituto. —Buenas noches, señoras y señores —empezó a decir Collopy. Tenía una voz grave y ronca, sin entonación—. En mi juventud emprendí la reclasificación de los póngidos, los grandes monos... Las conversaciones bajaron de tono, pero sin interrumpirse del todo. O'Shaughnessy pensó que la gente parecía bastante más interesada por la comida y la bebida que por oír hablar de monos a aquel individuo. —... y me encontré con un problema: ¿dónde clasificaba a la humanidad? ¿Somos póngidos o no? ¿Somos un gran simio, o algo especial? He ahí la cuestión con la que me enfrenté... —Viene la doctora Kelly —dijo Pendergast. Smithback se giró con la ansiedad y los nervios pintados en la cara, pero la doctora, alta y de melena cobriza, pasó de largo sin mirarle ni siquiera de reojo, derecha hacia el bufet. —¡Eh, Nora! ¡Llevo todo el día buscándote! Tras ver alejarse en pos de ella al periodista, O'Shaughnessy volvió a concentrarse en sus bocadillos de jamón y queso. Se alegraba de no tener que ganarse así la vida. ¿Cómo lo aguantaban? Pasarse el día de pie, hablando por hablar con gente a la que ni conoces ni volverás a ver, esforzándose en aparentar un mínimo interés por opiniones insulsas, y todo con el bordón de fondo de discursos y más discursos. Le parecía inconcebible que existiera gente que fuera a fiestas así por gusto. —... nuestros parientes más cercanos entre los seres vivos... Smithback ya volvía. Tenía la pechera del esmoquin manchada de huevas y créme fraiche, y se le veía destrozado. —¿Qué, un accidente? —preguntó irónicamente Pendergast. —Se podría llamar así. O'Shaughnessy giró la cabeza y vio que Smithback, en su retirada, estaba siendo seguido por una Nora con cara de muy pocos amigos. —Nora... —volvió a decir el periodista. Ella le plantó cara con irritación. —¿Cómo te has atrevido? Esa información te la di de manera confidencial. —Pero si lo he hecho por ti, Nora. ¿No te das cuenta? Ahora no te pueden perju... —¡Serás idiota! Has destrozado mi carrera a largo plazo en el museo. Después de lo de Utah, y del cierre del museo Lloyd, era mi última oportunidad. ¡Y vas tú y me la revientas! —Nora, si lo vieras desde mi punto de vista... —Me lo habías prometido. ¡Tonta de mí, por fiarme! ¡Estoy como una cabra! —Miró hacia otro lado, pero enseguida redobló la ferocidad de sus ataques—. ¿Qué ha sido, una venganza por no haber querido alquilar el piso contigo? —No, no, Nora, lo contrario: quería ayudarte. Te juro que al final me lo agradecerás... Se le veía tan desarmado, al pobre, que a O'Shaughnessy le dio pena. Saltaba a la vista que estaba enamorado de ella, tanto como que acababa de meter la pata hasta el fondo y sin remedio. Ella, de repente, la tomó con Pendergast. —¿Y usted? Primero Pendergast arqueó las cejas, y luego, con cuidado, dejó el blini en su plato. —Merodeando por el museo, forzando puertas, avivando las sospechas... ¡Es el responsable de todo! Él hizo una reverencia. —Doctora Kelly, lamento profundamente cualquier mal rato que haya podido pasar por mi culpa. —¿Mal rato? Van a crucificarme. ¡Y encima sale todo en el periódico de hoy! ¡Os mataría! ¡A todos! Su voz, que había cobrado fuerza, empezó a robar miradas al conferenciante y su rollo sobre la clasificación de los grandes simios. —Sonría —dijo Pendergast—, que está mirando nuestro amigo Brisbane. Nora giró lentamente la cabeza. Al seguir la dirección de su mirada, O'Shaughnessy vio que estaban siendo observados por un hombre alto, relamido, con buena planta y el pelo negro peinado hacia atrás. La expresión de su cara no era muy alegre. Nora negó con la cabeza y bajó la voz. —Si hasta me tienen prohibido dirigirles la palabra. Me parece mentira que hayan sido capaces de meterme en esta situación. —A pesar de todo, doctora Kelly, es necesario que hablemos usted y yo —dijo suavemente Pendergast—. Si le parece bien, quedamos mañana por la tarde en el Ten Ren's Tea and Ginseng Company. A las siete. La dirección es calle Mott, setenta y cinco. Nora le miró con rabia y se marchó. Brisbane no esperó ni un segundo para deslizarse hacia el grupo con sus largas piernas. —Qué agradable sorpresa —dijo fríamente y en voz baja—. El agente del FBI, el policía y el periodista: la trinidad menos santa que recuerdo haber visto. Pendergast inclinó la cabeza. —¿Qué tal, señor Brisbane? —¿Yo? En plena forma. —Me alegro. —No me suena que estuvieran en la lista de invitados, y menos usted, señor Smithback. ¿Cómo se ha saltado el control de seguridad? Pendergast sonrió y dijo afablemente: —El sargento O'Shaughnessy y yo estamos de servicio. En cuanto al señor Smithback... sospecho que se alegraría mucho de que le sacaran de la sala cogido de la oreja. ¿Qué mejor segunda parte para su artículo en el Times de hoy? Smithback asintió. —Así es, gracias. Brisbane se quedó callado y, con una sonrisa todavía más forzada, miró a Pendergast y luego a Smithback, cuyo esmoquin manchado escudriñó a fondo. —¿Su madre no le enseñó que el caviar se mete en la boca y no en la camisa? Se marchó. —Imbécil —murmuró Smithback. —No le subestime —contestó Pendergast—. Tiene detrás a Moegen-Fairhaven, al museo y al alcalde. Y de imbécil no tiene ni un pelo. —Sí, muy bonito, pero resulta que yo soy periodista del New York Times. —No cometa el error de considerarse invulnerable, aunque esté tan arriba. —... Y ahora, dejémonos de preámbulos y pasemos a descubrir la última creación del museo, la sala de primates... O'Shaughnessy vio que cortaban una cinta al lado de la tarima con unas tijeras gigantes. Tras algunos aplausos, la gente empezó a circular hacia la puerta abierta de la nueva sala. Pendergast le miró. —¿Vamos? —¿Por qué no? Cualquier cosa era mejor que estar allí plantado. —Conmigo no cuenten —dijo Smithback—. Con la de exposiciones que he visto en este tugurio, tengo para toda la vida. Pendergast se giró y estrechó la mano del reportero. —Seguro que volvemos a vernos. Y pronto. O'Shaughnessy tuvo la impresión de que Smithback se ponía bastante nervioso. Tardaron poco en pasar con los demás a la sala contigua, cuya gran superficie estaba sembrada de dioramas de chimpancés, gorilas, orangutanes, monos y lémures disecados, en un entorno que reproducía su hábitat natural. O'Shaughnessy quedó ligeramente sorprendido al darse cuenta de que los dioramas eran fascinantes, y de que hasta tenían su belleza. Parecían marcos mágicos con acceso a mundos remotos. ¿Cómo lo había conseguido aquella pandilla de memos? No, claro, no habían sido ellos, sino los conservadores y los artistas. La gente como Brisbane era la paja de encima. Quedaba confirmada la necesidad de ir más a menudo al museo. Vio que una vitrina congregaba a más público que las demás. Dentro había un chimpancé colgado de una rama, en pleno acto de gritar. La gente susurraba, y reía con disimulo. A simple vista no se diferenciaba de las demás vitrinas, pero algún atractivo especial debía de ofrecer. O'Shaughnessy tuvo curiosidad por saber qué tenía el chimpancé de tan interesante. Miró alrededor. Pendergast estaba al fondo, en una esquina, examinando con grandísimo interés a un monito muy extraño. Para raro, él. De hecho, pensándolo bien hasta daba un poco de miedo. Se acercó a la vitrina para echarle un vistazo, y se quedó en la última fila. La gente seguía murmurando; algunos aguantaban la risa, mientras otros hacían chasquidos de reprobación con la lengua. Una señora cargada de joyas le hacía señas a un vigilante. Al darse cuenta de que O'Shaughnessy era policía, la gente se apartó automáticamente. Vio que la vitrina tenía una etiqueta muy trabajada: una lámina de roble muy nudosa, con las letras doradas y, en los bordes, negras. Decía: ROGER BRISBANE III VICEPRESIDENTE PRIMERO La caja era de madera de frutal. Después de varias décadas de no tocarla ni necesitarla nadie, se le había formado una capa muy gruesa de polvo, pero había sido suficiente una pasada, una sola, con un trapo suave para retirar el sedimento de los años, y otra para resucitar el brillo y los cálidos colores de la madera de debajo. El trapo se desplazó hacia las esquinas de latón, y las frotó y bruñó. Lo siguiente fueron las bisagras, igualmente de latón, que quedaron brillantes y ligeramente engrasadas. El último paso correspondió a la placa dorada, que estaba clavada a la tapa con cuatro pequeños tornillos. Una vez que a cada centímetro, a cada elemento de la caja se le hubo devuelto su brillo (y no antes), los dedos se movieron hacia el cierre y —con el ligero temblor de comprender la gravedad del momento— lo abrieron y levantaron la tapa. Dentro, las herramientas relucían en lechos de terciopelo púrpura. Los dedos las fueron recorriendo con levísimos y casi reverentes toques, como si los instrumentos poseyeran algún don curativo. Y así era, tal como habían demostrado en el pasado, y como lo volverían a demostrar. La primera era el cuchillo grande de amputar, con la hoja curvada hacia abajo, como todos los cuchillos norteamericanos de su clase entre las guerras de independencia y civil. De hecho, aquel juego era de la década de 1840, y había sido fabricado en Filadelfia por Wiegand & Snowden. Una exquisitez. Una obra de arte. Los dedos siguieron su camino, arrancando guiños cómplices en la penumbra a su único anillo de ojo de gato: sierra metacarpiana, cuchillo Catlin, fórceps óseo y fórceps para tejidos. Por último, se detuvieron en la gran sierra y, tras acariciarla unos instantes en toda su longitud, la extrajeron de la ranura. Era preciosa: larga y resistente, con una hoja pesada y tan afilada que hasta daba miedo. Coincidía con el resto de los útiles en tener el mango de marfil y gutapercha. La esterilización de los instrumentos sólo se había empezado a practicar en la década de 1880, al publicarse las investigaciones de Lister sobre gérmenes. Desde entonces todos los mangos se fabricaban de metal, y los materiales porosos habían quedado como piezas de coleccionista. En el fondo era una lástima, porque las herramientas antiguas tenían mucho más atractivo. Tranquilizaba saber que en aquel caso no haría falta esterilizarlas. La caja contenía dos bandejas. Los dedos, con veneración, levantaron la primera (la de los instrumentos de amputar) y dejaron a la vista el juego de herramientas de neurocirugía, todavía más bello. Las hileras de trépanos para el cráneo se alternaban con sierras finísimas; pero lo más valioso, el máximo tesoro, era lo que rodeaba el conjunto: una sierra de cadena para cirugía, una larga y delgada tira de metal con dientes de sierra afiladísimos y un mango de marfil en cada extremo. En realidad pertenecía a los instrumentos de amputar, pero la habían asignado a la bandeja inferior a causa de su longitud. Su uso se imponía en casos en que lo esencial era el tiempo, no la precisión. Su aspecto era aterrador. Su belleza, soberana. Los dedos acariciaron una a una las herramientas, hasta devolver la bandeja superior a su lugar. Entonces apareció frente a la caja una correa de cuero muy pesada, traída de la mesa de al lado. Lentamente, sin prisas, los dedos le untaron un poco de aceite de pezuña de buey. Era importante evitar cualquier prisa. La prisa siempre había sido fuente de errores y esfuerzos malogrados. Al final, los dedos volvieron a la caja, eligieron un cuchillo y lo expusieron a la luz. Con el mayor esmero, lo aplicaron a la correa de cuero e iniciaron un movimiento de vaivén. En el proceso de afilar la hoja, casi parecía que el cuero ronroneara. Afilar todas las cuchillas del instrumental quirúrgico, y dejarlas como hojas de afeitar, iba a mantenerle ocupado varias horas. En fin, tiempo no faltaría. De hecho, si algo había era tiempo. LA HORA SEÑALADA A Paul Karp le parecía increíble que por fin fuera a probarlo. Había llegado la hora tan esperada, a sus diecisiete años. Se adentró con ella en el Ramble, la parte más agreste y menos visitada de Central Park. Sin ser perfecto, era lo que había. —¿Por qué no vamos a tu casa, que sería más fácil? —preguntó ella. —Es que están mis padres. —Paul la rodeó con sus brazos y le dio un beso—. Tranquila, que aquí se está genial. La oía respirar, con la cara enrojecida. Miró alrededor, buscando el rincón más oscuro y apartado, y, con las prisas de no querer desaprovechar el momento, se salió del camino y se internó en un matorral de rododendros. Ella le seguía, y sin hacerse la remolona. La idea le dio un pequeño escalofrío de impaciencia. Se dijo que la sensación de soledad era ficticia, que de hecho venía gente a todas horas. Se abrió camino hasta la parte más frondosa del matorral. Era un día de otoño y, aunque aún faltara un poco para la puesta de sol, el dosel de sicomoros, laureles y azaleas generaba una penumbra verdosa. Intentó convencerse de que era un lugar acogedor, casi romántico. Acabaron llegando a un claro oculto, un lecho muelle de vinca rodeado de arbustos oscuros. Estaban a salvo de miradas, completamente a solas. —Paul... ¿Y si nos atracan? —Aquí dentro no puede vernos ningún atracador —se apresuró a decir él, al mismo tiempo que la abrazaba y la besaba. La reacción de la joven pasó de vacilante a ardorosa. —¿Seguro que aquí estamos bien? —susurró. —Segurísimo. Estamos completamente solos. Después de un último vistazo a la redonda, Paul se tumbó en la hierba, hizo sentarse a su chica y volvieron a besarse. Entonces Paul le metió las manos por dentro de la blusa, y ella no se lo impidió. Notaba el movimiento de su respiración, la subida y bajada de los pechos. Los pájaros, arriba, montaban un escándalo, y la vinca era como una alfombra verde que les acogía. Bonito marco. Paul pensó que para la primera vez no podía pedirse más. Ya tenía algo que contar. Pero lo importante era que iba a probarlo. Dejaría de ser el hazmerreír de sus amigos, el último virgen del último curso de Horace Mann. Con renovada urgencia, se arrimó a la joven y le desabrochó algunos botones. —No aprietes tanto —susurró ella, retorciéndose—, que en el suelo hay muchos bultos. —Perdona. Se movieron por el manto de hierba, buscando una superficie más cómoda. —Ahora se me clava una rama en la espalda. De repente se quedó callada. —¿Qué pasa? —He oído algo. —Es el viento. Paul se desplazó un poco más y volvieron a abrazarse. Después se bajó la cremallera y le desabrochó a ella el resto de la blusa, con la sensación de tener los dedos de salchicha y no saber moverlos. El espectáculo de los pechos balanceándose libremente hizo que se le pusiera todavía más dura. Le tocó la barriga desnuda, y deslizó la mano hacia abajo. La de ella, mucho más experta, fue la primera en llegar al objetivo. Al notar que le ceñía, tibia y suavemente, Paul ahogó una exclamación y levantó las caderas. —Uy, espera, que aún tengo una rama debajo. Ella se incorporó jadeando y con la melena por los hombros. Paul hizo lo mismo con una mezcla de frustración y deseo, y vio la superficie que habían ocupado. Bajo la hierba aplastada se distinguía una rama de color claro. Metió los dedos por la vinca, la cogió y tiró con rabia para arrancarla, pensando: Maldita rama. Pasaba algo muy raro. El tacto de la rama no era normal, sino frío y gomoso. Al desenredarla de la hierba, vio que no era ninguna rama, sino un brazo. Las hojas, apartándose con languidez y reticencia, dejaron a la vista el resto del cuerpo. Los dedos de Paul quedaron flácidos, y el brazo volvió a hundirse en la vegetación. La primera en gritar fue ella, que retrocedió con pies y manos, se levantó, tropezó, volvió a levantarse y salió corriendo con los vaqueros desabrochados y la blusa por fuera. Paul también se había levantado, pero parecía que sólo oyera el ruido que hacía la joven en su huida, partiendo ramas. Había ocurrido todo tan deprisa que se le antojó una especie de sueño. Notó que se le desvanecía el deseo, dejando su lugar al horror. Dio media vuelta, pero antes de correr giró enloquecido la cabeza, como si le venciera el impulso de comprobar que era cierto. Los dedos estaban un poco contraídos y con manchas de barro en la piel blanca. El resto estaba en la penumbra, cubierto de hierbajos. El doctor Bill Dowson, apoyado en el lavamanos, dedicó una mirada ausente a sus uñas, perfectamente recortadas, y pensó: Uno más y a comer. Menos mal. Nada más indicado que un café y un bocadillo de beicon, lechuga y tomate en el puesto de la esquina. No tenía claro el porqué de que le apeteciera justo ese menú. Quizá la idea del beicon la hubiera despertado la lividez del último fiambre. En fin. La verdad era que el dominicano de detrás del mostrador había elevado el bocadillo a género artístico. Dowson casi notaba crujir la lechuga en la boca, mezclarse el tomate con la mayonesa... Levantó la vista, porque la enfermera le traía los papeles. Tenía el pelo corto y negro, y buena figura. Dowson echó un vistazo a la tablilla sin cogerla, y le sonrió. —¿Qué me traes? —preguntó. —Un homicidio. Dowson suspiró exageradamente y puso los ojos en blanco. —Ya van como cuatro, ¿no? Debe de ser temporada de caza. ¿Le han pegado un tiro? —No, tiene varías puñaladas, o algo así. Lo han encontrado en Central Park, en el Ramble. Dowson asintió. —El vertedero, vaya. Típico. —Lo que faltaba, pensó; otro asesinato cutre. Miró su reloj—. Tráelo, por favor. Vio salir a la enfermera. No estaba mal, no señor. Tardó poco en verla volver con una camilla de ruedas, tapada con una sábana verde, pero no hizo el menor ademán de acercarse al cadáver. —Y lo de cenar juntos, ¿qué? La enfermera sonrió. —No me parece buena idea, doctor. —¿Porqué? —Ya se lo he dicho: nunca quedo con médicos, y menos si trabajo con ellos. Dowson asintió, se bajó las gafas y sonrió. —Ya, pero te recuerdo que somos almas gemelas. Ella sonrió. —Lo dudo. Sin embargo, Dowson se daba cuenta de que se sentía halagada por su interés. De todos modos, con los tiempos que corrían, más valía no insistir, porque a ver si con lo del acoso sexual y todo eso... Suspiró y se apartó del lavamanos para ponerse unos guantes verdes nuevos. —Pon en marcha las cámaras de vídeo —le dijo a la enfermera mientras se preparaba. —Sí, doctor. Cogió los papeles. —Pone que es una mujer caucásica, identificada como Doreen Hollander, de veintisiete años, residente en Pine Creek, Oklahoma. La identificó su marido. Después de leer el resto de la hoja, colgó los papeles en la camilla, se puso la mascarilla y, con ayuda de la enfermera, trasladó el cadáver con la sábana a la mesa de examen de acero inoxidable. Como notaba una presencia a sus espaldas, se giró, y descubrió en la puerta a un hombre alto y delgado, cuya palidez en cara y manos contrastaba mucho con el negro del traje. Detrás había un poli de uniforme. —¿Qué desean? —preguntó. El desconocido se acercó y abrió la cartera. —Doctor Dowson, soy el agente especial Pendergast. Le presento al sargento O'Shaughnessy, de la policía de Nueva York. Dowson le pegó un repaso. Su intrusión era una anomalía. De hecho, el propio personaje tenía mucho de anómalo: tan rubio, con los ojos tan claros y el acento tan exageradamente del sur... —Usted dirá. —¿Puedo observar? —¿Es una investigación del FBI? —No. —¿Me enseña su autorización? —No tengo. Dowson suspiró de irritación. —Ya conoce el reglamento: no se puede mirar porque sí. El agente del FBI dio otro paso y se acercó a él más de lo deseable, invadiendo su espacio personal. Dowson contuvo el impulso de retroceder. —¿Sabe qué le digo, señor Pendergast? Que vaya a hacer los trámites, y luego vuelve. ¿Le parece bien? —Tardaría demasiado —dijo el tal Pendergast—, y retrasaría mucho la autopsia. Le agradecería mucho que nos permitiera observar. Por alguna razón, su tono de voz insinuaba una dureza para nada acorde con lo melifluo del acento y lo educado de las palabras. Dowson vaciló. —Oiga, con todo mi respeto... —Con todo mi respeto, doctor Dowson, no estoy de humor para pasarme el día con cumplidos. Adelante con la autopsia. La voz había adquirido una frialdad como de hielo seco. Dowson se acordó de que estaba en marcha la cámara de vídeo, y miró de reojo a la enfermera. Intuía claramente la posibilidad de ser humillado por aquel individuo, cosa que no daría una buena imagen de él ni sería buena para su expediente. A fin de cuentas se trataba de un agente del FBI. En cuanto a él, estaba cubierto, puesto que le habían filmado pidiéndole autorización. Suspiró. —Usted mismo, Pendergast. Póngase gorro y guantes. Y el sargento también. Esperó a que hubieran vuelto. Entonces retiró la sábana mediante un sólo movimiento. El cadáver estaba de espaldas: rubia, joven y fresca. El frío de la noche había evitado su descomposición. Dowson acercó la boca al micro y empezó la descripción. El agente del FBI miraba el cadáver con interés, pero Dowson se dio cuenta de que el poli de uniforme empezaba a estar incómodo, porque cambiaba de punto de apoyo y apretaba mucho los labios. Sólo le faltaba alguien vomitando. —¿Aguantará?—le preguntó en voz baja a Pendergast, refiriéndose al poli con un gesto de la cabeza. Pendergast se giró. —Sargento, no hace falta que lo vea. El poli tragó saliva, desplazó su mirada desde el cadáver a Pendergast y volvió a fijarse en la muerta. —Voy a recepción. —Cuando salga, tire el gorro y los guantes al cubo de la basura —dijo Dowson con una satisfacción cargada de sarcasmo. Después de ver marcharse al policía, Pendergast se giró hacia Dowson y dijo: —Le aconsejo que antes de efectuar la incisión en Y dé la vuelta al cadáver. —¿Y eso por qué? Pendergast señaló los documentos con la cabeza. —Página dos. Dowson lo cogió y pasó la primera página. «Laceraciones abundantes. Heridas profundas de arma blanca.» Al parecer, la joven había recibido varias puñaladas en la parte inferior de la espalda. Eso, o algo peor. El informe de la policía era tan refractario como de costumbre a la averiguación de lo ocurrido desde el punto de vista médico. No le habían asignado el caso a ningún forense. Estaba calificado como de prioridad baja. Por lo visto, la tal Doreen Hollander era una doña nadie. Volvió a colgar la tablilla. —Sue, ayúdame a girarla. Dieron la vuelta al cadáver, dejando la espalda a la vista. La enfermera retrocedió, y estuvo a punto de gritar. Dowson miraba con cara de sorpresa. —Parece que se haya muerto en el quirófano, durante una operación para quitarle un tumor de la columna. ¿Otra metedura de pata de los de abajo? La última semana, sin ir más lejos, se habían confundido al adjuntar los documentos, y no con uno, sino con dos cadáveres. No obstante, Dowson se dio cuenta enseguida de que no era ninguna muerte hospitalaria, porque la herida, que ocupaba toda la parte inferior de la espalda y la zona del sacro, tenía tierra y hojas pegadas. Raro, francamente raro. Extremó su atención, y empezó a describir la herida ante la cámara esforzándose por que no se le notara la sorpresa en la voz. —A primera vista no se ajusta a las heridas de arma blanca aleatorias que describe el informe. Presenta el aspecto de... de una disección. La incisión, suponiendo que lo sea, arranca unos veinticinco centímetros por debajo del homóplato y unos dieciocho por encima de la cintura. Parece que le hayan extraído la cola de caballo entera, empezando por Ll y terminando por el sacro. Al oírlo, el agente del FBI se giró bruscamente hacia él. —La disección comprende el filum terminale. —Dowson se agachó un poco más—. Enfermera, pase la esponja por aquí. La enfermera retiró algunos restos de suciedad de alrededor de la herida. El silencio era absoluto, a excepción del zumbido de la cámara, y, en un momento dado, el ruido de las ramas y las hojas al deslizarse hacia el canalillo de la mesa. —Falta la médula espinal, concretamente la cola de caballo. Ha sido extraída. La disección se extiende periféricamente hacia el neuroforamen, y a la apófisis transversa. Enfermera, irrigue Ll y L5. La enfermera obedeció con prontitud. —La... mmm... disección retiró la piel, el tejido subcutáneo y la musculatura paraespinal. Al parecer, se utilizó un retractor autoestático. Veo las marcas aquí, aquí y aquí. Señaló con cuidado las diversas zonas, para que se viera en el vídeo. —Se han extraído las apófisis espinosas y las láminas, además del ligamento amarillo. La dura sigue presente. Se observa en ella una incisión que va de Ll hasta el sacro, y permite la extracción completa de la médula. A juzgar por su aspecto, se trata de una incisión... muy profesional. Enfermera, el microscopio. La enfermera trajo uno grande sobre ruedas, y Dowson inspeccionó deprisa las apófisis espinosas. —Parece que se haya utilizado un rongeur para extraer las apófisis y las láminas de la dura. Se puso derecho y se secó la frente con la manga de la bata. No se trataba de ninguna disección estándar, como la que pudiera hacerse en la facultad de medicina, sino de algo más parecido a las prácticas de los neurocirujanos en las clases de neuroanatomía avanzada. De repente se acordó del agente del FBI, Pendergast, y le miró de reojo para observar su reacción. Durante las autopsias había visto a mucha gente impresionada, pero nada parecido a la expresión de aquel hombre, que más que impresionado parecía la muerte en persona, tal era la mala cara que ponía. El agente tomó la palabra. —Doctor, ¿me permite que le interrumpa con unas cuantas preguntas? Dowson asintió. —¿La disección fue la causa de la muerte? A Dowson no se le había ocurrido pensarlo. Tuvo escalofríos. —Si la intervención se hizo con vida, en efecto: habría provocado la muerte del paciente. —¿En qué momento? —Nada más efectuar la incisión en la dura, habría salido el fluido cerebroespinal. Suficiente para provocar la muerte. Volvió a examinar la herida. Parecía que la operación hubiera provocado gran efusión de sangre en las venas epidurales, algunas de las cuales se habían retraído, señal de traumatismo previo a la defunción. Sin embargo, el responsable de la disección no había trabajado alrededor de las venas, como un cirujano en un paciente vivo, sino que las había seccionado sin rodeos. Se trataba de una operación realizada con gran habilidad, pero también, según todos los indicios, con prisa. —Hay muchas venas seccionadas, y sólo están ligadas las de mayor tamaño: la hemorragia habría obstaculizado la intervención. Es posible que la víctima muriera por desangramiento antes de la apertura de la dura, dependiendo de lo deprisa que actuara el... interventor. —Bueno, pero al empezar la operación ¿estaba viva? —Parecería que sí. —Dowson tragó saliva débilmente—. A pesar de ello, no parece que se tomaran medidas para mantenerla con vida en el transcurso de la... disección. —Le sugiero unos análisis de sangre y tejidos, para ver si la habían sedado. El doctor asintió. —Siempre los hacemos. —En su opinión, doctor, ¿qué grado de profesionalidad tiene la intervención? Dowson no contestó. Trataba de poner orden en sus ideas. Había posibilidades de que se tratara de algo grave, y enojoso. Seguro que al principio intentarían que pasara desapercibido y mantenerlo a poca altura, a salvo del radar de la prensa neoyorquina, pero al final se correría la voz, como siempre, y saldrían muchas voces críticas con su intervención. Más valía tomárselo con calma, paso a paso. No era el crimen rutinario a que se refería el informe policial. Suerte que aún no había empezado la autopsia en sí. Tenía que agradecérselo al agente del FBI. Se giró hacia la enfermera. —Que venga Jones con la cámara de gran formato, y la del estereomicroscopio. Ah, y necesito que me ayude otro forense. ¿Quién hay de guardia? —El doctor Lofton. —Pues que venga en menos de media hora. También quiero consultar a nuestro neurocirujano, el doctor Feldman. Dígale que suba en cuanto pueda. —Sí, doctor. Se dirigió a Pendergast. —No tengo muy claro que se pueda quedar sin autorización oficial, la que sea. Le sorprendió no encontrar resistencia. —Lo comprendo, doctor. Considero que la autopsia está en buenas manos. Personalmente, ya he visto bastante. Y yo, pensó Dowson. Ahora tenía la seguridad de que era obra de un cirujano, y le repugnaba la idea. Se acomodó en el asiento de cuero. O'Shaughnessy le miró, y consiguió preguntar: —¿Qué ha pasado? ¿Qué ha visto? Pendergast miraba por la ventanilla. —El mal. Fue lo último que dijo. O'Shaughnessy estaba en recepción, indeciso entre meter dinero en la máquina de café o no meterlo. Decidió que no. Francamente, estaba avergonzado: él, supuesto poli duro y sardónico de Nueva York, marchándose como un cobarde. Había estado a punto de vomitar en plena sala de autopsias. El espectáculo de aquella pobre chica desnuda y rellenita encima de la mesa, con el cuerpo azulado y sucio, la cara juvenil hinchada, los ojos abiertos, el pelo lleno de hojas y de ramas... El recuerdo le arrancó escalofríos renovados. Aparte de vergüenza, sentía verdadera furia contra el asesino. No era poli de homicidios, ni había querido serlo, ni siquiera al principio; odiaba ver sangre, pero tenía a su cuñada en Oklahoma, y era más o menos de la misma edad. De repente, con tal de pillar al asesino, se consideró capaz de aguantar lo que fuera. Pendergast cruzó sigiloso y fantasmal la puerta de acero inoxidable. El sargento, que apenas mereció una mirada por su parte, le siguió a la calle y subió con él al coche, todo ello en silencio. Decididamente, Pendergast estaba irritado por algo. De por sí era una persona taciturna, pero O'Shaughnessy nunca le había visto de tan mal humor. Seguía sin tener ni idea de porqué aquel crimen le había merecido un interés tan repentino, hasta el punto de interrumpir la investigación sobre los asesinatos del siglo XIX. Tampoco le pareció el momento de preguntárselo. —Primero dejamos al sargento en comisaría —dijo Pendergast al chófer—. Y luego me llevas a casa. William Smithback, con su mejor traje (el Armani, recién salido de la tintorería), su mejor camisa blanca planchada y su corbata más seria, estaba apostado en la esquina de la avenida de las Américas y la calle Cincuenta y cinco. Paseó la mirada en sentido ascendente por el monolito gigantesco de cristal y cromo del edificio Moegen-Fairhaven, donde el sol formaba ondas de un azul verdoso, como si fuera un pedazo de mar. Su presa se encontraba en algún punto de aquella mole de cien millones de dólares. Se consideraba capaz de conseguir una entrevista con Fairhaven. Por labia que no quedara. Aquel reportaje prometía bastante más que lo que había querido endosarle el director, el asesinato de una turista en el Ramble. Evocó la cara de su director, con sus canas, los ojos enrojecidos aumentados por unas gafas de culo de botella y el dedo de fumador en suspenso, diciéndole que lo de la mujer de Oklahoma muerta iba a ser gordo. ¿Gordo? ¡Si en Nueva York no paraban de cargarse a turistas! Era una pena, pero así estaba el mundo. Escribir sobre asesinatos era hacer de machaca. En cambio, Smithback tenía una corazonada sobre lo de Fairhaven, el museo y los asesinatos antiguos que interesaban tanto a Pendergast, y siempre se fiaba de su intuición. El director no quedaría decepcionado. Smithback tiraría el cebo al agua, y no estaba dicho que Fairhaven no mordiese el anzuelo. Volvió a respirar hondo, cruzó la calle (con un gesto obsceno a un taxi que le pasó rozando a bocinazos) y se acercó a la entrada, de granito y titanio. Al acceder al interior, fue recibido por otra superficie enorme de granito. Había una mesa grande con media docena de guardias de seguridad, y detrás de ella varias baterías de ascensores. Todo decisión, caminó hacia la mesa de seguridad y se apoyó agresivamente en ella. —Vengo a ver al señor Fairhaven. El guardia más cercano repasaba un listado de ordenador. —¿Nombre? —preguntó sin molestarse en mirarle. —William Smithback, del New York Times. —Un momento —masculló el guardia, cogiendo un teléfono. Marcó un número y le pasó a Smithback el auricular. Se oyó una voz nítida. —¿Qué desea? —Soy William Smithback, del New York Times, y vengo a ver al señor Fairhaven. Era sábado, pero Smithback partía de la premisa de que Fairhaven estaría en su despacho. La gente así nunca se tomaba los sábados libres. Los sábados, además, no solía haber una coraza tan impenetrable de secretarias y personal de seguridad. —¿Tiene cita? —preguntó la voz femenina, a cincuenta pisos de altura. —No. Soy el periodista que investiga lo de Enoch Leng y los cadáveres del solar de donde trabajaba, en la calle Catherine, y tengo que hablar ahora mismo con el señor Fairhaven. Es urgente. —Tiene que pedir hora por teléfono. Era una voz completamente neutra. —Pues nada, se la pido. Quiero pedir hora para las... —Smithback miró su reloj—. Las diez. —En este momento el señor Fairhaven está ocupado —contestó enseguida la voz. Smithback respiró hondo. Conque estaba en su despacho. Ahora, a sacar la caballería. Seguro que entre la secretaria del teléfono y Fairhaven se interponían otras diez, pero no sería la primera vez que cruzara tantas capas. —Oiga, que si el señor Fairhaven está demasiado ocupado para hablar conmigo no tendré más remedio que informar de que no ha querido hacer comentarios en el artículo que estoy escribiendo para la edición del lunes. —En este momento está ocupado —repitió la voz de robot. —«Sin comentarios.» Será muy positivo para su imagen pública. Ya veo que el lunes el señor Fairhaven querrá saber quién del despacho le dio largas al periodista. No sé si me explico. Se produjo un largo silencio. Smithback volvió a tomar aliento. El proceso solía tardar lo suyo. —Cuando sale un artículo sobre un tío sospechoso, y dice que no ha querido hacer declaraciones, ¿a usted qué impresión le da? Sobre todo si es el dueño de una constructora. «Sin comentarios.» Yo a un «sin comentarios» puedo sacarle mucho jugo. El silencio se alargaba, y Smithback pensó que quizá hubieran colgado, pero de repente oyó algo en el auricular, una risita. —Muy bien, muy bien —dijo una voz de hombre, grave y agradable—. Me ha gustado. Felicidades. —¿Quién es? —quiso saber Smithback. —No, nadie, un tío sospechoso que tiene una constructora. —¿Quién? Smithback no estaba dispuesto a que se burlara de él cualquier lacayo. —Anthony Fairhaven. —Ah... —Se quedó mudo, pero tardó poco en recuperarse—. Señor Fairhaven, ¿es verdad que...? —¿Por qué no sube, y hablamos cara a cara como personas adultas? Es el piso cuarenta y nueve. —¿Qué? Smithback seguía atónito ante la rapidez con que lo había conseguido. —Digo que suba. Estaba esperando que llamara, porque es evidente que como profesional es usted un ambicioso y un arribista. El despacho de Fairhaven no se ajustaba del todo a las expectativas de Smithback. Si bien era cierto que el sanctasanctórum estaba protegido por múltiples corazas de secretarias y ayudantes, cuando el periodista, tras muchos preámbulos, accedió a la sala en sí no se encontró con el alarde previsto de dorados, marfiles, cuadros antiguos y estatuillas africanas, sino con un espacio relativamente pequeño y sencillo. Había obras de arte, en efecto, pero se reducían a litografías sobrias de Thomas Hart Benton sobre temas campesinos. Al lado de ellas, una vitrina cerrada con llave y provista claramente de alarmas exhibía una serie de pistolas sobre fondo de terciopelo negro. Sólo había un escritorio, y pequeño, de abedul, al que se añadían un par de butacas y una alfombra persa gastada. Las estanterías que cubrían toda una pared contenían libros que no eran puro trámite, simple adorno comprado a metros, sino que delataban, por su aspecto, haber sido leídos. Aparte de la vitrina de las armas, el conjunto se parecía más a un despacho de profesor que de magnate de la construcción. Sin embargo, y a diferencia de todos los despachos de profesores que conocía Smithback, reinaba una meticulosa limpieza. Nada alteraba el brillo de las superficies. Parecía que hubieran sacado brillo hasta a los libros. Olía un poco a productos de limpieza. Era un olor ligeramente químico, pero que no molestaba. —Siéntese, por favor —dijo Fairhaven, indicando las butacas con un gesto de la mano—. ¿Le apetece tomar algo? ¿Café? ¿Agua? ¿Un refresco? ¿Un whisky? —Sonrió enseñando los dientes. —No, gracias —dijo Smithback al tomar asiento. Estaba experimentando el típico hormigueo de antes de una entrevista intensa. Fairhaven era listo, eso no admitía dudas, pero también era rico, y mimado. De gramática parda seguro que andaba flojo. A personajes así, Smithback los había entrevistado —y crucificado— a docenas. No era rival para él. Fairhaven abrió una nevera, sacó una botellita de agua mineral, se sirvió un vaso y se sentó, pero no al otro lado de su escritorio, sino enfrente de Smithback, en otra butaca. Cruzó las piernas y sonrió. La botella de agua reflejaba la luz solar que entraba en haces por las ventanas. Smithback echó una ojeada. La vista sí que tumbaba de espaldas. Volvió a fijarse en su entrevistado. Pelo negro ondulado, frente poderosa, constitución atlética, agilidad de movimientos, mirada sardónica... Podía tener unos treinta o treinta y cinco años. Anotó unas cuantas impresiones. —Bueno, pues nada —dijo Fairhaven con una sonrisita de humildad—. El tío sospechoso de la constructora está preparado para que le pregunte lo que quiera. —¿Puedo usar grabadora? —No espero menos. Smithback se sacó una del bolsillo. Un encanto, el tal Fairhaven. Cómo no. La gente de su calaña dominaba el arte de la seducción, la manipulación, pero a él no le engañaban. Le bastaba acordarse de a quién tenía delante: un empresario sin sentimientos, alguien que por dinero vendería a su madre. —¿Por qué destruyó el yacimiento de la calle Catherine? —preguntó. Fairhaven hizo una ligera inclinación con la cabeza. —Llevábamos retraso en el proyecto, y estábamos acelerando las excavaciones. Me habría costado cuarenta mil dólares al día. Yo no me dedico a la arqueología. —Según algunos arqueólogos, ha destruido uno de los yacimientos más importantes que han aparecido en Manhattan en los últimos veinticinco años. Fairhaven ladeó la cabeza. —¿En serio? ¿Qué arqueólogos, por ejemplo? —Pues para empezar la Sociedad de Arqueología. En el rostro de Fairhaven apareció una sonrisa cínica. —Ah, ya. Es lógico que esos estén en contra. Si mandaran, en Estados Unidos no se movería ni un grumo de tierra sin que hubiera un arqueólogo al lado con su paleta y su cepillo. —Volviendo a lo del yacimiento... —Señor Smithback, fue una medida completamente legal. Cuando descubrimos los restos, interrumpí personalmente las obras, examiné personalmente el yacimiento y avisamos a expertos forenses que lo fotografiaron todo. Luego retiramos los restos con mucho cuidado, y los hicimos examinar y enterrar como Dios manda. Todo eso lo pagué yo de mi bolsillo. No reemprendimos las obras hasta recibir el permiso directo del alcalde. ¿Qué más se me podía pedir? Smithback empezaba a ponerse un poco nervioso. La entrevista no se estaba ajustando a las previsiones. Permitía que llevara Fairhaven la batuta, lo cual era un problema. —Dice que mandó enterrar los restos. ¿Por qué? ¿No sería para esconder algo, por casualidad? Fairhaven se apoyó en el respaldo y reaccionó ni más ni menos que con una carcajada, que dejó a la vista una magnífica dentadura. —Lo dice como si fuera algo sospechoso. Me da un poco de vergüenza reconocer que tengo valores religiosos, aunque sean poca cosa. A aquella pobre gente la habían asesinado de la peor manera, y quise darles un entierro como Dios manda, con servicio ecuménico; algo discreto, digno, al margen de todo el circo mediático. Es lo que hice: enterrarlos juntos en un cementerio de verdad, con sus efectos personales, que eran pocos. Como no quería que los huesos acabaran en el cajón de un museo, compré una parcela muy bonita del cementerio Gates of Heaven, de Valhalla, Nueva York. Seguro que el director del cementerio estaría encantado de enseñársela. Los restos eran responsabilidad mía, y algo tenía que hacer, la verdad. Lo que está claro es que en el ayuntamiento no los querían. —Ya, ya —dijo Smithback, pensando. La noticia del sepelio, discreto y a la sombra frondosa de los olmos, quedaría bien en un recuadro. Frunció el entrecejo. ¡Maldita sea! ¡A ver si le estaban camelando! Había que cambiar de táctica. —Figura usted como uno de los principales donantes en la campaña de reelección del alcalde. Le surge un problema en una obra, y él acude en su rescate. ¿Coincidencia? Fairhaven se apoyó en el respaldo. —No ponga esa cara de ingenuo, que sabe perfectamente cómo funciona todo en esta ciudad. Dar dinero para la campaña del alcalde es ejercer mis derechos constitucionales. No espero un trato especial, ni pido que me lo den. —Ahora bien, si se lo dan, usted tan contento. Fairhaven sonrió de oreja a oreja con cinismo, pero no dijo nada, y Smithback notó otra punzada de inquietud. A la hora de expresarse verbalmente, el entrevistado se andaba con pies de plomo. La cuestión era que una sonrisa cínica no se podía grabar. Se levantó y se acercó a los cuadros con la esperanza de imprimir desenvoltura y confianza a sus pasos. Mientras estudiaba las litografías con las manos a la espalda, intentó idear una estrategia nueva. Procedió a examinar la vitrina, con su brillo de armas dentro. —Qué modo más interesante de decorar un despacho —dijo, señalándola. —Sí, es que colecciono pistolas raras. Me lo puedo permitir. La que señala, por ejemplo, es una Luger, única por sus características. También tengo una colección de Mercedes de dos plazas, pero, como para exponerlos hace falta bastante más espacio, los guardo en mi casa de Sag Harbor. —Fairhaven le miró con la misma sonrisa cínica de antes—. Todos coleccionamos algo, señor Smithback. ¿A usted qué le apasiona? Quizá sean las monografías y los opúsculos de museo; sacarlos en préstamo para investigación, y no devolverlos. Por olvido, faltaría más. Smithback le miró con dureza. ¿Le había registrado el piso? No, Fairhaven se limitaba a probar suerte. Volvió a su asiento. —Señor Fairhaven... Fairhaven le interrumpió con un tono que de repente se había vuelto brusco y poco amable. —Oiga, Smithback, ya sé que está ejerciendo su derecho constitucional a crucificarme; los ogros de la construcción son blancos fáciles, y a usted los blancos le gustan así, fáciles. ¿Por qué? Porque está cortado por el mismo patrón que todos sus colegas. Se creen que lo que hacen es muy importante. Pero el periódico de hoy mañana servirá de forro para la jaula del pájaro. Es efímero. A gran escala, lo que hace es baladí. ¿Baladí? ¿Eso qué coño quería decir? Daba igual. Estaba claro que era un insulto. Fairhaven se estaba irritando. Mejor. ¿O no? —Señor Fairhaven, tengo motivos para creer que ha presionado al museo para que se paralice la investigación. —Perdone, pero ¿qué investigación? —La de Enoch Leng y los asesinatos del siglo diecinueve. —¿Esa? Ni me va ni viene. No interrumpió mi proyecto inmobiliario, que para ser sincero es lo único que me importa. Ahora, por mí, como si se pasan la vida investigándolo. Y hay una expresión típica de periodistas que me encanta: «Tengo motivos para creer...». En realidad, quiere decir «Quiero creer, pero no tengo ni una puñetera prueba». Usted y sus colegas deben de haber hecho la misma asignatura: «Pensar que se está consiguiendo un notición y quedar como un gilipollas». Fairhaven se permitió un risa cínica. Smithback, muy tenso en la butaca, esperó a que terminara. Volvió a intentar convencerse de que Fairhaven se estaba acalorando. Después de un rato, en un esfuerzo de frialdad, preguntó: —Otra cosa, señor Fairhaven: ¿cuál es la razón de que le interese tanto el museo? —Pues que me encanta, mire por dónde. Es el museo que más me gusta del mundo. Prácticamente pasé toda mi infancia mirando los dinosaurios, los meteoritos y las piedras preciosas. Me llevaba a menudo una niñera que tenía, y que me dejaba sólo por las salas para poder hacer carantoñas con su novio detrás de los elefantes. Pero claro, eso a usted no le interesa, porque no se ajusta a su imagen de constructor que sólo piensa en el dinero. Tenga en cuenta, Smithback, que le tengo bien calado. —Señor Fairhaven... Fairhaven enseñó los dientes. —¿Quiere que le confiese algo? Aprovechando el desconcierto del periodista, bajó su voz hasta niveles de confidencialidad. —He cometido dos crímenes imperdonables. Smithback se esforzó por conservar su expresión de periodista curtido, la que cultivaba en circunstancias así. Ya sabía que aquello anunciaba un truco o una broma. —Mis dos crímenes han sido... ¿Está preparado?—Smithback comprobó que la grabadora siguiera en marcha. —Que soy rico y me dedico a la construcción. Son mis dos grandes pecados, imperdonables. Mea culpa. Smithback notó que estaba cabreándose, aunque fuera en contra de su instinto de periodista. La entrevista se le había ido de las manos. De hecho, no había nada aprovechable. Fairhaven era una sabandija, pero tenía un talento especial para torear a la prensa. Smithback aún no había conseguido nada, ni lo conseguiría. De todos modos, hizo el último intento. —Aún no me ha explicado... Fairhaven se levantó. —Smithback, si supiera lo predecibles que son usted y sus preguntas, si se diera cuenta de lo aburrido y mediocre que es como periodista y, aunque sienta decirlo, como persona, se llevaría un disgusto. —Me gustaría que me explicase... Fairhaven, sin embargo, acababa de pulsar un botón, y su voz interrumpió el resto de la pregunta. —Señorita Gallagher, sea tan amable y acompañe al señor Smithback. —Sí, señor Fairhaven. —Me parece una manera un poco brusca... —Señor Smithback, estoy muy cansado. Le he recibido para no leer en el periódico que me niego a hacer comentarios. También tenía curiosidad por conocerle, y ver si por casualidad estaba por encima de la media. Ahora que ya lo he averiguado, no veo ninguna razón para que sigamos hablando. La secretaria seguía en la puerta, terca e inamovible. —Por aquí, señor Smithback, por favor. Antes de salir, Smithback se quedó un rato en el último despacho. A pesar de sus esfuerzos de contención, estaba tan indignado que le temblaba todo el cuerpo. Fairhaven llevaba más de una década esquivando a una prensa hostil, y nada más lógico que su dominio de aquel arte. Para Smithback no era la primera entrevista con granujas, pero aquel individuo le había puesto de los nervios. Eso de llamarle aburrido, mediocre, efímero, baladí (palabra a consultar)... ¿Quién se había creído? Fairhaven, como persona, era demasiado escurridizo; lo cual, por otro lado, no tenía nada de sorprendente. Había otras maneras de investigar a las personas. Los poderosos tenían enemigos, y a esos enemigos les encantaba hablar. A veces estaban ante sus propias narices, trabajando para ellos. Miró de reojo a la secretaria. Era joven y guapa, y parecía más abordable que las sargentos a cuyo cargo estaban los anteriores despachos. Sonrió con desenfado. —¿Viene todos los sábados? —Casi todos —dijo ella, levantando la vista del ordenador. Era bastante guapa, pelirroja, con el pelo brillante y unas cuantas pecas. De repente, Smithback se acordó de Nora y tuvo un estremecimiento. —Y le exigirá mucho, ¿no? —¿El señor Fairhaven? Bastante. —Seguro que también le hace trabajar los domingos. —Uy, no, qué va —dijo ella—. El señor Fairhaven nunca trabaja los domingos. Va a la iglesia. Smithback fingió sorprenderse. —¿A la iglesia? ¿Es católico? —Presbiteriano. —Me imagino que como jefe será duro. —No, es uno de los mejores supervisores que he tenido. De hecho, tienes la impresión de que se preocupa por los de abajo. —Pues me sorprende —dijo Smithback mientras iba hacia la puerta, guiñándole el ojo y pensando: Seguro que de paso se las beneficia, a ella y a las demás «de abajo». Al pisar la calle dio rienda suelta a una serie de palabrotas muy poco presbiterianas. Pensaba hurgar en el pasado de aquel tío hasta sabérselo al dedillo, incluido el nombre de su maldito osito de peluche. En Nueva York no se podía llegar a dueño de una constructora grande sin ensuciarse las manos. Seguro que había algo sucio, y él lo encontraría. Sí, había algo sucio. ¡Desde luego que lo había! Mandy Eklund subió a la calle Primera por la escalera sucia del metro, se encaminó hacia el norte por la avenida A y, con paso cansino, puso rumbo a Tompkins Square Park, cuyos árboles anémicos se recortaban en un cielo teñido un poco, ya, por la mancha rojiza del amanecer. El lucero del alba se desvanecía casi a ras del horizonte. Mandy se arrebujó un poco más en el abrigo que llevaba sobre los hombros, en un esfuerzo inútil por protegerse del frío de la madrugada. Se notaba un poco grogui, y cada vez que ponía un pie en la acera le dolía. A pesar de todo, la noche en el club Pissoir había sido memorable: música, copas gratis y baile. Junto a ella, los de Ford al completo, varios fotógrafos, gente de Mademoiselle y de Cosmo... Todos los que pintaban algo en el mundo de la moda, vaya. Lo estaba consiguiendo, aunque siguiera sin creérselo del todo. Seis meses antes aún trabajaba de esteticien en Bismarck, haciendo prácticas gratis en Rodney's. Un día, por casualidad, había entrado la persona indicada, y ahora Mandy estaba en la agencia Ford, gozando de la protección de la mismísima Eileen Ford. Jamás había soñado que pudiera ocurrir todo tan deprisa. Su padre la llamaba por teléfono prácticamente a diario, desde la granja. Parecía mentira que se preocupara tanto por su vida en Nueva York. ¡Qué encanto! Él, que identificaba la ciudad con un antro de perdición, habría alucinado con lo tarde que volvía a casa. Aún no había renunciado a verla en la universidad. Quizá algún día... ¿Por qué no? De momento, a sus dieciocho años, Mandy se lo estaba pasando de muerte. El recuerdo de su padre, un hombre conservador, montado en un tractor John Deere y eternamente preocupado por ella, le arrancó una sonrisa de afecto. Esta vez llamaría ella, y le daría una sorpresa. Se metió por la calle Séptima y bordeó el parque a oscuras, atenta a posibles atracadores. Nueva York se había vuelto una ciudad muchísimo más segura, pero seguía siendo aconsejable andarse con ojo. Palpó su bolso, y la tranquilizó el tacto de la botellita de spray de pimienta que llevaba en la cadena de las llaves. Había dos mendigos durmiendo encima de cartones, y un hombre con traje gastado de pana que bebía en un banco, moviendo la cabeza. Por las ramas exánimes de un sicómoro pasó una brisa matinal, y sacudió las hojas, que empezaban a ponerse de un amarillo ictérico. Una vez más, Mandy lamentó vivir tan lejos de la estación de metro. No tenía dinero para taxis —todo llegaría—, y de noche era un rollo caminar nueve travesías. Al principio el barrio le había parecido muy agradable, pero empezaba a afectarle su sordidez. Poco a poco iba llegando gente de más nivel, pero era un proceso demasiado lento; las casas ocupadas, en un estado lamentable, y los edificios viejos tapiados con hormigón tenían un efecto deprimente. Habría sido preferible el barrio del edificio Flatiron, o Yorkville, incluso, que era donde vivían muchas modelos de Ford, las que habían hecho carrera. Rebasado el parque, se metió por la avenida C y su doble hilera de viejas, silenciosas casas. El viento, con un ruido acelerado y seco, acumulaba basura en las alcantarillas. Los portales negros exhalaban cierto olor parecido al amoníaco: pestilencia a orines. Allí nadie recogía las mierdas de perro; era un verdadero y asqueroso campo de minas, que Mandy sorteaba con cuidado. Aquella parte de la caminata siempre era la peor. Vio que se acercaba alguien, y se puso tensa, sopesando la posibilidad de cambiar de acera. Sin embargo, se tranquilizó enseguida: era un viejo que caminaba con dificultad, apoyado en su bastón. Al acercarse vio que llevaba un bombín muy curioso. Como iba con la cabeza gacha, tuvo ocasión, incluso, de observar el ala lisa y el contorno preciso de la copa negra. No le sonaba haber visto a nadie con bombín, aparte de las películas en blanco y negro. El viejo, que arrastraba los pies y andaba con cuidado, presentaba un aspecto de otra época. Mandy tuvo curiosidad por saber qué hacía por la calle tan temprano. Debía de tener insomnio; algo, por lo visto, muy común entre la gente mayor: se despertaban a las cuatro y no podían volver a conciliar el sueño. Se preguntó si a su padre también le pasaba. De repente, cuando estaban a punto de cruzarse, pareció que el viejo se fijaba en ella. Levantó la cabeza, y el brazo hacia el sombrero. ¡Iba a quitárselo para saludar! Al separar el bombín de la cabeza, el brazo tapó todo lo demás menos los ojos, que sorprendían por su brillo y su frialdad. Daban la impresión de observarla. Sí, seguro que es insomnio, pensó Mandy, porque, con lo temprano que era, el viejo no tenía nada de sueño. —Buenos días, señorita —dijo una voz cascada de anciano. —Buenos días —contestó ella, esforzándose por disimular la sorpresa. Por la calle no se saludaba nadie. Era una atención muy poco neoyorquina, y que le encantó. De repente, al pasar al lado del viejo, Mandy notó que se le enrollaba algo en el cuello a horrible velocidad. Forcejeó, y quiso gritar, pero le tapaba la cara una tela húmeda, que desprendía un olor dulzón a productos químicos. Intentó aguantar la respiración por instinto, mientras hurgaba en el bolso con una mano y sacaba el spray de pimienta, pero quedó tumbada en la acera por efecto de un golpe brutal. Pataleó entre gemidos de dolor y miedo, y con los pulmones ardiendo. Después, una respiración entrecortada, y el torbellino de la inconsciencia. En su leonera del quinto piso del edificio Times, Smithback, descontento, examinaba la lista que había escrito a mano en su libreta. Las palabras que la encabezaban, «empleados de Fairhaven», estaban tachadas. A la sede de la constructora ya se había encargado Fairhaven de que no pudiera volver. También estaba tachado «vecinos». Del bloque de pisos donde vivía Fairhaven le habían echado a patadas, a pesar de todas sus estratagemas y sus trucos. En cuanto a lo de investigar el pasado del magnate, las consultas a sus primeros socios sólo habían dado dos resultados: o bien una ristra de elogios de puro trámite, o una simple negativa a hacer comentarios. Lo siguiente que había investigado eran las obras de beneficencia de Fairhaven. El Museo de Historia Natural, para empezar, había sido una auténtica pérdida de tiempo: por razones obvias, quienes conocían a Fairhaven no estaban dispuestos a hablar de él. En cambio, otro proyecto del magnate (la clínica infantil Little Arthur) había arrojado un éxito mayor, suponiendo que en un caso así pudiera hablarse de «éxito». Se trataba de un hospital pequeño de investigación, reservado a niños con enfermedades «huérfanas»: dolencias muy poco frecuentes para las que las empresas farmacéuticas no tenían interés en encontrar una cura. Smithback había conseguido entrar como lo que era (un periodista del New York Times interesado por la obra) sin levantar sospechas, y hasta le habían obsequiado con una visita informal de las instalaciones, pero, al final, más agua de borrajas: los médicos, las enfermeras, los padres y los propios niños entonaban alabanzas a Fairhaven. Daba incluso asco: días de Acción de Gracias, pagas extras navideñas, juguetes y libros para los niños, excursiones al estadio de los Yankees... Fairhaven había llegado al extremo de asistir a algunos entierros, un trago nada agradable. A pesar de los pesares, Smithback, resentido, pensaba lo siguiente: que lo único que demostraba era que Fairhaven ponía mucho esmero en cuidar su imagen pública. Tenía una larga trayectoria como profesional de las relaciones públicas. Smithback no había encontrado nada. Nada. Entonces, acordándose de algo, cogió un diccionario hecho polvo de una estantería y buscó la B. Baladí: de escasa importancia. Devolvió el diccionario a su sitio. No había más remedio que seguir profundizando, remontarse a la época en que Fairhaven aún no enfocaba su vida con tanta profesionalidad; cuando sólo era un adolescente con acné, un alumno entre tantos. Conque Fairhaven le consideraba un periodista del montón que hacía cosas baladíes. Pues el lunes, al abrir el periódico, no se reiría tanto. El filón sólo tardó diez minutos de internet en aparecer. Hacía poco que la clase de Fairhaven en el instituto 84, el de la avenida Amsterdam, había celebrado el decimoquinto aniversario de su graduación, y lo había conmemorado con una página web que reproducía el anuario. Fairhaven no había asistido a la reunión, y hasta era posible que no estuviera al corriente de la página web, pero los datos del anuario sobre su persona estaban colgados en la red, y eran de libre acceso: fotos, apodos, clubes, aficiones... Todo. En efecto, allí estaba: un chaval con buena pinta, que salía con sonrisa de engreído en una foto borrosa de graduación. Jersey de pico, camisa a cuadros... Respondía al prototipo de chico urbano de familia rica. Su padre se dedicaba a la construcción, y su madre era ama de casa. En poco tiempo, Smithback se enteró de mil cosas: que había sido capitán del equipo de natación, que su signo del horóscopo era Géminis, que dirigía el club de debate, que su grupo de rock favorito eran los Eagles, que tocaba mal la guitarra, que quería ser médico, que su color preferido era el burdeos, y que había sido votado como el que tenía más posibilidades de acabar siendo millonario. Mientras recorría la web, Smithback sufrió una recaída en su estado de ánimo. Era todo tan insoportablemente aburrido... Sin embargo, había un detalle que le llamó la atención. Como todos los alumnos, Fairhaven tenía un apodo, y en su caso era «el Cortes». Sintió que su decepción se aliviaba un poco. «El Cortes.» No estaría mal que el apodo delatara un interés secreto por torturar animales. Algo era algo. Además, sólo hacía dieciséis años que se había graduado, y habría gente que se acordara de él. Si existía algún punto negro, Smithback lo encontraría. Que la semana siguiente abriera el periódico, el muy cerdo; vería lo deprisa que se le borraba aquella sonrisa de fatuo. El instituto 84. Por suerte, sólo quedaba a unos minutos en taxi. Smithback dio la espalda al ordenador, se levantó y cogió la chaqueta. El instituto estaba en el Upper West Side, en una manzana con muchos árboles entre Amsterdam y Columbus; quedaba relativamente cerca del museo, y era un edificio largo y ocre de ladrillo rodeado por una verja forjada. Para ser un colegio de Nueva York no estaba mal. Smithback se acercó a la puerta principal, la encontró cerrada (claro, por seguridad) y llamó al timbre. Contestó un policía. Smithback le enseñó la acreditación de prensa, y el poli le dejó entrar. Parecía mentira, pero olía exactamente igual que el instituto donde había estudiado él, lejos en el espacio y el tiempo. Otra coincidencia era la pintura marrón de las paredes. Debe de ser que todos los directores de instituto leen los mismos manuales, pensó al pasar por el detector de metales y seguir al policía hacia el despacho del director. Este le remitió a la señorita Kite. Smithback la encontró corrigiendo deberes en su mesa durante una pausa entre clases. Era una mujer guapa y de pelo gris. Al pronunciar el apellido Fairhaven, Smithback se llevó la satisfacción de ver que sonreía, señal de que se acordaba. —¡Desde luego! —dijo la profesora. Su tono de voz era amable, pero con un matiz de seriedad que a Smithback le informó de que no estaba en presencia de ninguna abuelita inofensiva—. De Tony Fairhaven me acuerdo muy bien, porque iba a la primera clase de duodécimo curso que me asignaron y era uno de los mejores alumnos del colegio. Llegó a la final nacional. Smithback asintió con deferencia y tomó algunos apuntes. No pensaba usar la grabadora, porque era una manera de que la gente no hablara. —Cuénteme algo de él. Entre nosotros. ¿Cómo era? —Un chico muy alegre y popular. Me parece que era capitán del equipo de natación. Un buen alumno, trabajador y versátil. —¿Tuvo algún lío? —Claro, como todos. Smithback se esforzó por no demostrar especial interés. —¿Ah, sí? —Solía traer la guitarra y tocarla en los pasillos, contraviniendo el reglamento. Tocaba fatal. Más que nada era para hacer reír a los demás alumnos. —Pensó un poco—. Un día provocó un atasco en el pasillo. —Un atasco. —Smithback hizo una pausa—. ¿Y qué pasó? —Que le confiscamos la guitarra, y ahí quedó la cosa. Se la devolvimos después de la graduación. Smithback asintió. Se le había quedado helada la sonrisa de buena educación. —¿Conocía a sus padres? —Su padre se dedicaba a la construcción, aunque claro, el que ha llegado tan alto en el negocio ha sido Tony. De su madre no me acuerdo. —¿Tenía hermanos o hermanas? —Entonces era hijo único. Por la tragedia familiar, se entiende. Smithback se inclinó hacia delante sin querer. —¿Tragedia? —Su hermano mayor, Arthur, que murió. Alguna enfermedad rara, no sé cuál. Smithback lo relacionó de golpe. —¿Y no le llamarían Little Arthur, por casualidad? —Me parece que sí. Su padre era Big Arthur. Tony se quedó muy afectado. —¿Cuándo sucedió? —Estando Tony en décimo curso. —¿Y dice que su hermano era el mayor? ¿También iba al colegio? —No. Llevaba muchos años en el hospital. Era una enfermedad muy poco frecuente, que le deformaba. —¿Cuál? —Pues la verdad es que no lo sé. —Dice que Tony estaba muy afectado. ¿En qué sentido? —Se volvió introvertido, antisocial; pero a la larga lo superó. —Ya. Claro. A ver, a ver... —Smithback consultó sus apuntes—. ¿Algún problema de alcohol, drogas, delincuencia...? —Intentó decirlo como si no le diera importancia. —No, no, al contrario. —La respuesta fue seca. La expresión de la profesora se había endurecido—. Oiga, señor Smithback, ¿por qué escribe el artículo, exactamente? Smithback se esmeró en poner cara de inocente. —Sólo es un perfil biográfico del señor Fairhaven. Es que queremos dar una imagen completa, con lo bueno y lo malo, ¿sabe? No busco nada en especial. No, claro. —Ah, bueno. Pues Tony Fairhaven era buen chico, muy antidrogas, antialcohol e incluso antitabaco. Me acuerdo de que ni siquiera tomaba café. —Titubeó—. No sé. Hasta le diría que se pasaba de buen chico. Y a veces no sabías qué pensaba. Era bastante cerrado. Smithback garabateó unos cuantos apuntes por pura formalidad. —¿Aficiones? —Hablaba bastante de ganar dinero. Fuera del colegio trabajaba mucho, y el resultado es que tenía mucho dinero de bolsillo; claro que, teniendo en cuenta su trayectoria, no sorprende. De vez en cuando leo artículos sobre él: que si ha seguido construyendo tal o tal promoción, aunque el barrio proteste... También leí el de usted sobre los descubrimientos de la calle Catherine, desde luego, y no me sorprendió. Es el mismo Tony de antes, pero en adulto. Smithback se quedó de piedra. Hasta entonces la profesora no había dado indicios de saber con quién hablaba, ni tampoco de haber leído sus artículos. —Ya que hablamos de su artículo, me pareció muy interesante. E inquietante. Smithback sintió una oleada de satisfacción. —Gracias. —Supongo que es la razón de que le interese Tony. Pues mire, lo de darse tanta prisa y levantar el yacimiento para acabar el edificio es típico de él. Siempre se marcaba muchas metas, y estaba impaciente por llegar al final, acabar, tener éxito. Debe de ser la razón de que le haya ido tan bien como constructor. Por otro lado, cuando consideraba inferior a alguien podía llegar a ser muy sarcástico e impaciente. No me digas, pensó Smithback. —¿Y enemigos? ¿Tenía alguno? —Déjeme pensar... No, no me acuerdo. Era de esos chicos que no son nada impulsivos, de los que siempre piensan todo lo que hacen. Aunque parece que una vez pasó algo por una chica. Se metió en una pelea, y pasó la tarde expulsado. Sin que hubiera puñetazos, eso no. —¿Y el otro? —Debía de ser Joel Amberson. —¿Qué le pasó a Joel Amberson? —Pues nada. ¿Qué quiere que le pasara? Smithback asintió y cruzó las piernas. No estaba llegando a ninguna parte. Era el momento de entrar a matar. —¿Tenía algún apodo? Ya sabe que en el instituto, entre chavales, es lo más normal. —No me acuerdo de que le llamaran de ninguna otra manera. —He consultado el anuario que han colgado en la página web. La profesora sonrió. —Sí, empezamos hace un par de años y se ve que está teniendo mucho éxito. —Desde luego. Pues en el anuario sale un apodo. —¿Ah, sí? ¿Cuál? —«El Cortes.» La profesora contrajo la cara, y volvió a relajarla de golpe. —Ah, sí, eso. Smithback se inclinó hacia ella. —¿Eso? La profesora soltó una risita. —Tenían que diseccionar ranas en clase de ciencias naturales, que a Tony le daba reparo. Se pasó dos días intentándolo, pero no podía. Los demás alumnos le tomaban el pelo, y hubo uno que empezó a llamarle así, «el Cortes». Fue un chiste que se le pegó. Al final superó el apuro, y me acuerdo de que sacó un sobresaliente en ciencias naturales, pero ya sabe que cuando empiezan a llamar a alguien de alguna manera... Smithback no movía un sólo músculo. Estaba alucinado. Cada vez era peor. Aquel tío era candidato a la beatificación. —¿Señor Smithback? Hizo ver que consultaba sus apuntes. —¿Algo más? La profesora, amable, rió con suavidad. —Oiga, señor Smithback, si lo que busca es hacer quedar mal a Tony (y ya veo que sí, porque se le nota en la cara), no se esfuerce. Era un chico normal, y muy trabajador, y parece que de adulto sigue siendo normal y muy trabajador. Si no le importa, tengo que seguir poniendo notas. Smithback salió del instituto 84 y caminó apesadumbrado hacia la avenida Columbus. No le había salido en absoluto como quería. Había derrochado cantidades ingentes de tiempo, energía y esfuerzo, y volvía con las manos vacías. ¿Podía ser que le fallara la intuición? ¿Que fuera una pérdida de tiempo, un callejón sin salida instigado por las ganas de vengarse? No, impensable. Era un periodista curtido, y sus corazonadas solían ser correctas. Entonces, ¿por qué no encontraba nada sobre Fairhaven? Al llegar a la esquina, se le fue la vista por casualidad hacia un quiosco, y a la primera plana del New York Post recién salido de imprenta. El titular le dejó paralizado. ¡EXCLUSIVA! APARECE EL SEGUNDO CADÁVER MUTILADO El artículo de debajo estaba firmado por Bryce Harriman. Buscó calderilla en el bolsillo, la dejó en el mostrador de madera rayada y cogió un ejemplar, que leyó con las manos temblando: NUEVA YORK, 10 de octubre. Esta mañana, en Tompkins Square Park (East Village), se ha encontrado un cadáver pendiente de identificar. Se trata, al parecer, de otra víctima del brutal asesino que hace dos días mató a una turista en Central Park. En ambos casos el asesino diseccionó una parte de la columna vertebral en el momento de la muerte, extrayendo un tramo de ella que, según ha averiguado el Post, recibe el nombre de cola de caballo y consiste en un haz de nervios situado en la base de la columna, semejante a una cola de caballo. Todo indica que la causa de la muerte fue la disección en sí. Las mutilaciones de ambas víctimas parecen haber sido efectuadas con cuidado y precisión. Es muy posible que se empleara instrumental quirúrgico. Según ha confirmado una fuente anónima, la policía investiga la posibilidad de que el asesino sea cirujano o médico de otra especialidad. La disección se ajusta a la descripción de un procedimiento quirúrgico descubierta en un antiguo documento del Museo de Historia Natural. Dicho documento, que estaba escondido en el archivo, describe con detalle una serie de experimentos realizados a finales del siglo XIX por un tal Enoch Leng; experimentos con los que Leng trataba de prolongarse la vida. El 1 de octubre, durante las obras de cimentación de un edificio en la calle Catherine, fueron descubiertas treinta y seis presuntas víctimas de Leng. De este no se sabe nada más, salvo que tenía relación con el Museo de Historia Natural de Nueva York. «Se trata de un caso de asesinato por imitación —ha declarado el jefe de policía Karl C. Rocker—. Alguien muy retorcido leyó el artículo sobre Leng y está intentando hacer lo mismo.» Rocker se ha abstenido de hacer más comentarios sobre la investigación, salvo que el caso tiene asignados a más de cincuenta detectives, y que se le está dando «la máxima prioridad». Smithback profirió un grito de angustia. La turista de Central Park era la noticia de asesinato que había cometido la estupidez de rechazar, prefiriendo comprometerse con su director a que traería la cabeza de Fairhaven en una bandeja. Ahora, por si fuera poco haberse pasado un día entero pateando infructuosamente la ciudad, le quitaban de las manos una noticia que había sido el primero en anunciar. ¿Y quién, sino su antigua némesis, Bryce Harriman? Si a alguien iban a cortarle la cabeza, era a él, a Smithback. Cruzando lentamente el gentío, Nora abandonó la calle Canal y se metió por Mott. Eran las siete de la tarde, viernes, y Chinatown era un hervidero. Las alcantarillas aparecían cubiertas por hojas de periódicos en apretada letra china. En las aceras, los puestos de venta de pescado ofrecían una gama muy variada y exótica de especies sobre hielo. Los escaparates exhibían patos y calamares en ganchos. Los clientes, chinos en su mayoría, se empujaban y gritaban como locos bajo la mirada curiosa de los turistas. El Ten Ren's Tea and Ginseng Company quedaba en la misma manzana, a un centenar de metros. Nora abrió la puerta y penetró en un sala larga, luminosa y ordenada. El aire de la tetería estaba perfumado por incontables aromas. Al principio le pareció que no había nadie en la tienda, pero se fijó un poco más y vio a Pendergast en una mesa del fondo, entre expositores de ginseng y jengibre. Habría jurado que segundos antes la misma mesa estaba desocupada. —¿Toma té? —preguntó Pendergast viéndola acercarse, y le hizo señas de que se sentara. —A veces. Por una avería del metro entre estación y estación, Nora había dispuesto de veinte largos minutos para ensayar lo que diría. Su intención era acabar cuanto antes y poner tierra de por medio. Por desgracia, Pendergast no tenía ninguna prisa. Saltaba a la vista. Se quedaron sentados y mudos, enfrascado el agente en una hoja llena de ideogramas chinos. Nora pensó que quizá fuera la lista de tés, pero le pareció que había demasiados artículos. Seguro que en el mundo no había tantos tés. Pendergast se giró hacia la dependienta (una mujer menuda y vivaracha) y le dijo algo muy deprisa. —Knee hway shoh gwahng dong hwa maf Ella negó con la cabeza. —Bu, woa hway shoh gwo yu. —Na yieh hng how. Kneejin tien y i nar tsong tsaf La dependienta se marchó y volvió con una tetera de cerámica, con la que llenó una minúscula taza que dejó frente a Nora. —¿Habla chino? —preguntó esta a Pendergast. —Mandarín, sólo un poco. Reconozco que con el cantonÉs me manejo bastante mejor. Nora se quedó callada. En el fondo no le sorprendía. —Té real oolong de osmanthus —dijo Pendergast, señalando la taza de Nora con la cabeza—. Uno de los mejores del mundo. Los arbustos crecen en laderas orientadas al sol, y sólo se recogen los brotes en primavera. Nora levantó la taza, y le llegó a la nariz un aroma muy fino. Probó un sorbo y descubrió una mezcla compleja de té verde y otros gustos de gran exquisitez. —Muy bueno —dijo al dejar la taza en la mesa. —Sí, mucho. Pendergast la miró un rato y volvió a decir algo en mandarín. La dependienta llenó una bolsa, la pesó, la etiquetó y garabateó el precio en el envoltorio de plástico, que entregó a Nora. —¿Es para mí? —preguntó ella. Pendergast asintió. —De usted no quiero regalos. —Acéptelo, por favor. Va muy bien para la digestión, y como antioxidante es insuperable. Nora la cogió de mala gana, hasta que vio el precio. —¡Eh, un momento! ¿El precio son doscientos dólares? —Le durará tres o cuatro meses —dijo Pendergast—. En el fondo es barato, porque si tiene en cuenta... —Oiga, señor Pendergast —dijo Nora, dejando la bolsa en la mesa—, venía a decirle que ya no puedo colaborar con usted. Me juego mi carrera en el museo, y no pienso dejarme convencer por una bolsita de té, aunque valga doscientos dólares. Pendergast escuchaba atentamente, con la cabeza un poco inclinada. —Me han dado a entender, y de manera bastante clara, que tengo prohibido seguir ayudándole. A mí me gusta mi trabajo, y, como siga con esto, me despiden. Ya me despidieron una vez, al cerrar el museo Lloyd, y no puedo permitirme la segunda. Necesito el empleo. Pendergast asintió. —Brisbane y Collopy me han dado los fondos para las pruebas de carbono. Ahora tengo mucho trabajo por delante, y no me queda ni un minuto libre. Pendergast seguía atento y a la espera. —Además, ¿para qué me necesita? Soy arqueóloga, y ya no queda ningún yacimiento por investigar. La carta ya la tiene fotocopiada. Por otro lado, usted es del FBI, y seguro que hay un montón de especialistas a su servicio. Pendergast se quedó callado mientras Nora tomaba un poco de té y hacía mucho ruido al depositar la taza. —Pues nada, ya está todo dicho —concluyó ella. Pendergast se decidió a hablar. —Mary Greene vivía a pocas manzanas de aquí, en la calle Water. En el dieciséis. La casa todavía existe. Son cinco minutos a pie. Nora le miró con una contracción de sorpresa en las cejas. No se le había ocurrido que estuvieran tan cerca del barrio de Mary Greene. Se acordó de la nota escrita con sangre. Mary Greene había sido consciente de que la matarían, y su deseo era muy simple: no morir en el completo anonimato. Pendergast le cogió el brazo suavemente y dijo: —Vamos. Nora no lo apartó. Pendergast volvió a hablar con la depen dienta, cogió el té con una ligera inclinación, y al poco tiempo estaban en la calle, entre la muchedumbre. Caminaron por la calle Mott y, tras cruzar la calle Bayard y la plaza Chatham, penetraron en un laberinto de callejones oscuros que lindaba con East River. El ruido y el ajetreo del barrio chino dieron paso al silencio de los edificios industriales. Se había puesto el sol, dejando en el cielo un resplandor que apenas recortaba los edificios por arriba. Al llegar a la calle Catherine se dirigieron al sudeste, no sin que Nora, curiosa al pasar por la calle Henry, echara un vistazo al nuevo rascacielos residencial de Moegen-Fairhaven. Las excavaciones habían ganado mucha profundidad, y del fondo oscuro surgían, robustos, cimientos y paredes maestras, entre barras metálicas que brotaban como juncos del hormigón recién vertido. No quedaba nada del túnel de la carbonera. Llegaron enseguida a la calle Water, bordeada por fábricas y almacenes antiguos, y casas de pisos decrépitas. Al fondo se movía lentamente East River, morado, casi negro a la luz de la luna. Tenían el puente de Manhattan prácticamente encima, y a la derecha el de Brooklyn, que al salvar el río reflejaba toda su extensión en las oscuras aguas, pautada por una hilera de luces brillantes. Cerca de Market Slip, Pendergast se detuvo frente a una casa de pisos vieja. Se veía luz amarillenta en una ventana, señal de que aún había inquilinos. A pie de calle, en la fachada, había una puerta de metal, y al lado un interfono abollado con una serie de botones. —Ya hemos llegado —dijo Pendergast—. Es el dieciséis. Siguió hablando mientras oscurecía cada vez más. —Mary Greene era de familia trabajadora. Su padre había sido granjero al norte del estado, pero al arruinarse vino aquí con toda la prole. Trabajaba de estibador en los muelles, pero cuando Mary tenía quince años se quedó huérfana de padre y madre, por culpa de una pequeña epidemia de cólera. El agua estaba contaminada. Tenía un hermano menor de siete años, Joseph, y una hermana de cinco, Constance. Nora no dijo nada. —Mary Greene intentó trabajar de lavandera y de costurera, pero se ve que no le llegaba para pagar el alquiler. No había más trabajo, ni ninguna otra manera de ganar dinero, y les echaron. Al final Mary hizo lo necesario para dar de comer a sus hermanos, a quienes, evidentemente quería mucho: se hizo prostituta. —Qué horror —murmuró Nora. —Pues aún falta lo peor. A los dieciséis años la arrestaron. Debió de ser entonces cuando sus dos hermanos menores se convirtieron en niños de la calle. Después de eso ya no constan en ningún archivo de la ciudad. Lo más probable es que se murieran de hambre. En mil ochocientos setenta y uno se calculaba que había veintiocho mil niños sin casa viviendo por las calles de Nueva York; pero bueno, volviendo a Mary Greene, más tarde la ingresaron en un asilo de la calle Delancey. Más que nada las hacían trabajar, pero era mejor que la cárcel. A primera vista debió de parecer que Mary Greene había tenido suerte. Pendergast se quedó callado. Sonó a lo lejos la nota triste de una barcaza en el río. —¿Qué le pasó luego? —La pista de los documentos termina en la puerta del asilo —contestó Pendergast. Se giró hacia ella. En el crepúsculo, su cara, de tan blanca, casi parecía que brillara. —Enoch Leng, el doctor Enoch Leng, ofrecía sus servicios médicos tanto al asilo de Mary como al hogar industrial de Five Points, un orfanato que estaba en lo que ahora es la plaza Chatham. Lo hacía gratis. Ya sabemos que en la década de mil ochocientos setenta el doctor Leng tenía habitaciones alquiladas en el último piso del gabinete de Shottum. Me imagino que tendría casa en alguna otra parte de la ciudad. Su relación con los dos asilos empezó más o menos un año antes de que se incendiara el gabinete de Shottum. —La carta de Shottum demuestra que los asesinatos los cometió Leng. —En efecto. —Entonces, ¿para qué quiere que le ayude? —Leng casi no está documentado. He buscado en la Historical Society, en la biblioteca municipal y en el ayuntamiento, y es como si lo hubieran borrado de los archivos. Sospecho, y con fundamento, que la documentación la destruyó el propio Leng. Por lo visto, fue de los primeros que apoyaron al museo, y le entusiasmaba la taxonomía. Considero posible que en el museo haya más documentos referentes a él, al menos de manera indirecta. Tienen un archivo tan grande y desorganizado que sería prácticamente imposible expurgarlo. —¿Y por qué yo? ¿No sería más fácil que el FBI pidiera los documentos con una orden judicial? —En cuanto se pide un documento de manera oficial, lo típico es que desaparezca. Eso suponiendo que supiéramos cuáles pedir. Por otro lado, la he visto trabajar, y hay poca gente con su grado de competencia. Nora se limitó a negar con la cabeza. —El señor Puck nos ha ayudado mucho —dijo Pendergast—, y es de suponer que siga haciéndolo. Y otra cosa: la hija de Tinbury McFadden aún está viva. Vive en una casa vieja de Peekskill. Tiene noventa y cinco años, pero me han dicho que conserva la lucidez. Es posible que pueda decirnos muchas cosas acerca de su padre, y tengo la intuición de que con una mujer joven, como usted, se le soltará mucho más la lengua que con un agente del FBI. —En todo este tiempo aún no ha explicado por qué le interesa tanto el caso. —El motivo de mi interés por el caso carece de importancia. Lo importante es que no se puede permitir que un ser humano salga impune de un crimen así. Ni siquiera si hace tiempo que murió. A Hitler no le perdonamos. Es importante recordar. El pasado forma parte del presente. A veces demasiado, como ahora. —Lo dice por los dos asesinatos de estos días. Era la comidilla de toda la ciudad, y se observaba un consenso sobre tres palabras: «asesinato por imitación». Pendergast asintió sin decir nada. —Pero ¿a usted, sinceramente, le parece que los asesinatos están relacionados con lo nuestro? ¿Que hay un loco que ha leído el artículo de Smithback y se dedica a copiar los experimentos de Leng? —Sí, yo creo que están relacionados. Ya era de noche. La calle Water, y los muelles del fondo, estaban despoblados. Nora volvió a estremecerse. —Oiga, señor Pendergast, me gustaría ayudar, pero es lo que le he dicho: no veo ninguna manera de seguir colaborando. Personalmente, le aconsejaría investigar los asesinatos de ahora, no los otros. —Es justo lo que estoy haciendo. La solución de los últimos asesinatos está en los anteriores. Nora le miró con curiosidad. —¿En qué sentido? —No es el momento de explicarlo, Nora. Todavía me falta información. De hecho, es posible que ya haya dicho demasiado. Nora suspiró de irritación. —Pues lo siento mucho, pero el fondo de la cuestión es que no puedo jugarme otra vez el empleo. Y menos si no me da más datos. Me entiende, ¿no? Hubo un momento de silencio. —Desde luego. Respeto su decisión. Pendergast se inclinó ligeramente, y se las arregló para conferir un toque de elegancia a tan sencillo gesto. Pendergast pidió al chófer que le dejara a una manzana de donde tenía su apartamento. El Rolls-Royce se alejó como una seda, mientras él, ensimismado, caminaba por la acera. A los pocos minutos se detuvo y contempló su residencia: el edificio Dakota, una mole llena de gárgolas que hacía esquina con Central Park West. Sin embargo, la imagen que tenía en la cabeza no era la de aquella construcción, sino la de la casa de pisos, pequeña y vetusta, que correspondía al número 16 de la calle Water, antigua residencia de Mary Greene. Como la casa no podía contener datos concretos, no había valido la pena registrarla, pero algo poseía, algo menos definido. En un momento así, lo que necesitaba Pendergast, además de los hechos y los personajes del pasado, era sentirlo, palparlo. En aquella casa había crecido Mary Greene. Su padre había participado en el gran éxodo posterior a la guerra civil: de las granjas a las ciudades. La infancia de Mary había sido difícil, pero nada impedía que hubiera sido, también, feliz. Los estibadores se ganaban bien la vida. Aquellos adoquines habían asistido a los juegos de Mary, hasta que el cólera le había arrebatado a sus padres, y había vuelto su vida del revés. Existían como mínimo treinta y cinco historias equivalentes a la suya, y todas habían terminado con la mayor crueldad en el osario de cierto sótano. Al fondo de la manzana se movió algo, y Pendergast se giró. Un viejo vestido de negro, con bombín y cartera de piel, caminaba trabajosamente por la acera. Iba encorvado, y usaba bastón. Casi parecía que las reflexiones de Pendergast hubieran hecho aparecer a una figura del pasado. El viejo se acercaba lentamente, produciendo un sonido débil con los golpes del bastón. Después de un rato de mirarle por curiosidad, Pendergast se giró de nuevo hacia el Dakota y se concedió unos instantes de ociosidad, a fin de que el aire fresco de la noche le despejara la cabeza; pero no era claridad lo que acudía a ella, sino la imagen de Mary Greene, una niña jugando en un suelo de adoquines. Habían pasado siete días desde la última visita de Nora a su laboratorio. Abrió la puerta, metálica y vetusta, encendió las luces y miró. Estaba todo tal como lo había dejado. En la pared del fondo había una mesa blanca, con el microscopio y el ordenador. En una de las laterales, varios armarios negros de metal que contenían sus especímenes: carbón, líticos, huesos y otras materias orgánicas. Seguía oliendo a polvo, con vagos matices de humo, pino y enebro que provocaron un momento de nostalgia por Nuevo México. En el fondo, ¿qué se le había perdido en Nueva York? Era una arqueóloga del sudoeste, y casi todas las semanas su hermano Skip le pedía que volviera a Santa fe. A Pendergast le había dicho que no podía permitirse que la despidieran del museo, pero ¿qué podía pasarle, en el peor de los casos? Tenía la posibilidad de hacer carrera en la Universidad de Nuevo México, o en la Estatal de Arizona; tanto la una como en la otra disponían de departamentos de arqueología espléndidos, en los que no se vería en la necesidad de defender su trabajo contra cretinos como Brisbane. El recuerdo de Brisbane la despertó a la realidad. Con cretinos, o sin ellos, seguía tratándose del Museo de Historia Natural de Nueva York. Jamás volvería a presentársele una oportunidad así. Imposible. Entró decidida en el despacho, y cerró con llave. Ahora que tenía el dinero para las pruebas de carbono catorce, podía reemprender en serio su trabajo. Al menos el fiasco había tenido un efecto positivo: conseguirle los fondos. Ya podía preparar el envío de carbón y materia orgánica al laboratorio de radiocarbono de la Universidad de Michigan; y una vez que dispusiera de las fechas, podría ponerse a trabajar a fondo en la relación entre la cultura anasazi y los aztecas. Abrió el primer armario y sacó con cuidado una bandeja que contenía varias decenas de probetas con tapón, todas con etiqueta y un único espécimen: un trozo de carbón, una semilla carbonizada, un fragmento de mazorca, un pedazo de madera o de hueso... Sacó tres de las bandejas, las depositó en la mesa blanca, encendió la terminal de ordenador y abrió la base de datos. Sus comprobaciones tenían por objeto cerciorarse de que cada espécimen tuviera la etiqueta indicada, y de que constara correctamente el yacimiento de procedencia. Mientras trabajaba, sus pensamientos se retrotrajeron a lo sucedido durante los últimos días. Se preguntó si era posible reparar el daño en la relación con Brisbane. Era un jefe asqueroso, pero era su jefe. Además, no tenía ni un pelo de tonto, y en algún momento se daría cuenta de que lo mejor para todos era enterrar el hacha de guerra y... De repente sacudió la cabeza, con cierto sentimiento de culpa por lo egoísta de sus reflexiones. No era la única perjudicada por el artículo de Smithback. Al parecer, había servido de inspiración a un asesino que en la prensa sensacionalista ya recibía el apodo de «el Cirujano». A Nora le parecía mentira que Smithback le viera alguna utilidad a su artículo. Siempre había sabido que era un arribista, pero no hasta aquel extremo. Sólo pensaba en sí mismo. ¡Y menudo incompetente! Se acordó de cuando le había visto por primera vez: en Bimbo, Arizona, rodeado de ninfas en traje de baño y repartiendo autógrafos. O como mínimo intentándolo. De chiste. Había hecho mal en no fiarse de la primera impresión. Abandonando a Smithback, sus pensamientos vagaron hacia Pendergast. Qué hombre tan raro. Ni siquiera estaba segura de que tuviera permiso para investigar el caso. ¿Era concebible que el FBI le dejara manos libres a un agente, como era el caso? Además, ¿a qué venían tantas reservas sobre su interés por el asunto? ¿Cuestión de carácter? Fuera cual fuese la respuesta, la situación era extraña. Nora se había desentendido de ella, y tan feliz. Felicísima. Sin embargo, al volver a concentrarse en las probetas comprendió que lo de feliz había que matizarlo. Quizá se debiera a algo tan simple como que aquel trabajo de comprobación le resultaba aburrido, pero el caso es que se dio cuenta de que inconscientemente seguía pensando en Mary Greene y su triste vida. La oscuridad de la casa, el patetismo del vestido, lo sobrecogedor de la nota. Hizo el esfuerzo de no pensar en ello. Mary Greene y su familia llevaban muertos mucho tiempo. Era trágico, espantoso, pero no era problema suyo. Una vez finalizadas las comprobaciones, empezó a meter las probetas en envases de poliestireno, especiales para envíos. Más valía repartirlos en tres tandas, por si se perdía alguna. Después de cerrar los envases, rellenó los formularios de envío. De repente llamaron a la puerta, y el pomo giró, pero la puerta estaba cerrada con llave, y se limitó a moverse un poco en el marco. Nora se volvió y preguntó: —¿Quién es? El filtro de la puerta redujo a su mínima expresión un susurro ronco. —¿Quién? De repente Nora tenía miedo. La voz furtiva se hizo más enérgica. —Yo, Bill. Nora se levantó con una mezcla de alivio y de rabia. —¿Qué haces aquí? —Abre. —¿Que abra? ¡Tú estás loco! Venga, vete. —Nora, por favor, es importante. —Lo importante es que no te acerces a mí. Date por avisado. —Tengo que hablar contigo. —Bueno, ya está bien. Voy a avisar a los de seguridad. —¡No, Nora, espera! Nora cogió el teléfono y marcó. El guardia que se puso dijo que con mucho gusto expulsarían al intruso, que enseguida llegaban. —¡Nora! —exclamó Smithback. Nora se sentó a su mesa e hizo un esfuerzo por clarificar sus ideas. Cerró los ojos. Se trataba de no hacerle ni caso, nada más. Los de seguridad estaban al caer. Smithback proseguía con sus súplicas al otro lado de la puerta. —Déjame pasar, aunque sólo sea un minuto. Tengo que contarte una cosa. Esta noche... Nora oyó pasos enérgicos, y una voz firme. —Caballero, está usted en una zona de acceso restringido. —¡Oiga, suélteme! Soy periodista del... —Haga el favor de acompañarnos. Se oyó ruido de refriega. —¡Nora! La voz de Smithback había cobrado un fuerte matiz de desesperación. Nora, a su pesar, se dirigió a la puerta, la abrió y asomó la cabeza. Smithback estaba siendo retenido por dos fornidos guardias de seguridad. La miró a ella y, entre esfuerzos por zafarse, se le movió el remolino del cabello como en señal de reproche. —Me parece mentira que hayas avisado a seguridad. —¿Está bien, señora? —preguntó uno de los guardias. —Sí, muy bien, pero este hombre no debería estar aquí. —Venga, caballero, le acompañamos a la puerta. Empezaron a llevárselo a rastras. —¡Suélteme, so bestia! Me quejaré. Es el tres cuatro seis siete. —Usted mismo, caballero. —Y no me llame «caballero». Esto es una agresión. —Claro, claro, caballero. Imperturbables, los guardias le llevaron hacia el ascensor por el pasillo. Nora observaba la escena con emociones encontradas. Pobre Smithback, pensaba, qué manera más poco digna de salir. Pero bueno, se lo había buscado, ¿no? Le convenía una lección. No podía presentarse por las buenas con una exhibición de misterio y dramatismo, y esperar que ella... —¡Nora! —se oyó exclamar al fondo del pasillo—. ¡Por favor, escúchame! Han atacado a Pendergast. Me he enterado por la radio de la policía. Está en el Saint Luke's Roosevelt, en la calle Cincuenta y nueve. Ha... Al momento siguiente, Smithback había desaparecido y la puerta del ascensor se tragaba sus gritos. No había manera de que le dijeran nada. Tardó más de una hora en poder hablar con el médico. Este, al final, se presentó en recepción, y era muy joven, con cara de cansancio y de agobio y barba de dos días. —¿Doctora Kelly? —preguntó mirando los papeles y sin dirigirse a nadie en particular. Nora se levantó, y sus miradas coincidieron. —¿Cómo está? La cara del médico mostró una sonrisa glacial. —Se recuperará. —Miró a Nora con curiosidad—. Doctora Kelly, ¿usted es médico o...? —Arqueóloga. —Ah. ¿Y su relación con el paciente...? —De amistad. ¿Puedo verle? ¿Qué ha pasado? —Anoche le pegaron un navajazo. —Dios mío. —Han faltado centímetros para que se le clavara en el corazón. Ha tenido mucha suerte. —¿Cómo está? —Pues... —El médico se quedó callado, y volvió a sonreír—. De muy buen humor. El señor Pendergast es una persona un poco especial. Ha insistido en que le operáramos con anestesia local; hoy día prácticamente no se hace, pero ha dicho que sólo firmaría el formulario de consentimiento con esa condición. Luego ha exigido un espejo, y han tenido que subirnos uno de obstetricia. Es la primera vez que tratamos con un paciente que... que exija tanto. Al principio he pensado que estaba operando a un cirujano, que es el peor paciente que puede tocarte. —¿Para qué quería un espejo? —Para ver la operación. Tenía las constantes vitales a la baja, y una hemorragia muy fuerte, pero ha insistido rotundamente en ver la herida desde varios ángulos antes de dejarse operar. Qué raro. ¿A qué se dedica el señor Pendergast? —Pertenece al FBI. La sonrisa se esfumó. —Ya. Entonces me lo explico un poco más. Al principio le habíamos puesto en habitación compartida, porque no quedaba ninguna individual, pero hemos tenido que dejar enseguida una libre. Ha hecho falta trasladar a un senador del estado. —¿Por qué? ¿Porque Pendergast se quejaba? —No, él no... —El médico tuvo un momento de vacilación—. Se dedicaba a ver el vídeo de una autopsia. Uno muy explícito. Y su compañero de habitación, lógicamente, se ha quejado. En fin, mejor, porque hace una hora han empezado a traer cosas. —Se encogió de hombros—. No quería la comida del hospital. Ha insistido en encargarla en Balducci's. Tampoco ha querido un gota a gota, y ha rechazado los calmantes; ni OxyContin, ni Vico-din, ni Tylenol número tres. Debe de dolerle una atrocidad, pero no lo demuestra. Yo, con la nueva normativa de derechos del paciente, tengo las manos atadas. —Típico de él. —La parte positiva es que los pacientes más difíciles suelen ser los que se recuperan más deprisa. Las únicas que me dan pena son las enfermeras. —El médico miró su reloj—. Le aconsejo que vaya a verle ahora. Es la mil quinientos uno. Al acercarse a la habitación, Nora notó que olía un poco a algo, y que ese algo no concordaba con los aromas a comida rancia y alcohol. Se trataba de algo exótico, fragante. Al otro lado de la puerta abierta se oía una voz estridente. Antes de entrar, Nora llamó. El suelo de la habitación estaba ocupado por varios montones de libros viejos, sobre los que se acumulaban mapas y papeles. También había bastones muy largos de incienso de sándalo en copas de cristal, que desprendían cintas de humo. Ahora me explico el olor, pensó Nora. Al lado de la cama, una enfermera tenía una mano crispada alrededor de una caja de plástico de pastillas, y la otra con una jeringuilla. Pendergast estaba acostado, con bata negra de seda. Arriba, en el televisor, un equipo de tres médicos trabajaba con un cadáver despatarrado, grotesco y lleno de sangre. Uno de ellos se dedicaba a extraer del cráneo un cerebro fofo. Nora apartó la vista. La mesita de noche estaba ocupada por un plato con salsa de mantequilla y restos de colas de langosta. —Señor Pendergast, insisto en que se deje poner la inyección —decía la enfermera—. Acaban de operarle de algo muy grave, y es necesario que duerma. Pendergast retiró los brazos de debajo de la cabeza, cogió un libro polvoriento que había encima de la sábana y empezó a hojearlo con despreocupación. —Mire, señorita, no tengo ninguna intención de dejar que me la ponga. Dormiré cuando tenga que dormir. Quitó soplando el polvo del lomo, y abrió el volumen. —Pues llamaré al doctor. Esto no se puede permitir. Además, toda esta porquería es de lo más antihigiénico. La enfermera movió una mano por la nube de polvo. Pendergast asintió y volvió a pasar la página. La enfermera salió hecha una energúmena, y pasó al lado de Nora, a quien Pendergast miraba sonriendo. —Ah, doctora Kelly. Pase, por favor, póngase cómoda. Nora tomó asiento en una silla, al pie de la cama. —¿Se encuentra bien? El agente asintió. —¿Qué ha pasado? —Que bajé la guardia. —Pero ¿quién ha sido? ¿Dónde? ¿Cuándo? —Delante de donde vivo —dijo Pendergast. Levantó el mando a distancia, apagó el vídeo y dejó el libro sobre la cama—. Un hombre vestido de negro, con bastón y bombín. Intentó cloroformizarme, pero yo aguanté la respiración, hice ver que me desmayaba y salí huyendo. Por desgracia era fortísimo, y muy rápido. Le subestimé. Me dio una cuchillada y se escapó. —¡Podría haberle matado! —Era la intención. —Según el médico, la cuchillada pasó a pocos centímetros del corazón. —En efecto. Al darme cuenta de que iba a dármela, dirigí su mano hacia una zona que no fuera vital. Es un buen truco. Se lo digo por si llega a encontrarse en una situación parecida. —Se incorporó ligeramente—. Doctora Kelly, estoy convencido de que es la misma persona que mató a Doreen Hollander y Mandy Eklund. Nora le dirigió una mirada penetrante. —¿En qué se basa? —En que alcancé a ver el arma, y era un escalpelo de cirujano con cuchilla de miringotomía. —Pero... pero ¿por qué a usted? Pendergast sonrió, aunque con más dolor que alegría. —La respuesta no parece muy difícil. En algún momento nos hemos acercado demasiado a la verdad, y le hemos hecho salir de su guarida. Es un paso adelante, y muy positivo. —¿Positivo? ¡Pero si es muy posible que aún corra peligro! Pendergast concentró en ella la mirada de sus ojos claros. —No soy el único, doctora Kelly. Usted y el señor Smithback deberán tomar precauciones. Hizo una ligera mueca de dolor. —Ha hecho mal en no aceptar el calmante. —Para mis planes es fundamental no perder la lucidez. Durante muchísimos siglos la gente se las arreglaba sin calmantes. Pero a lo que iba: tome precauciones. No salga sola de noche. Me fío mucho del sargento O'Shaughnessy. —Dejó una tarjeta en la mano de Nora—. Si necesita algo, llámele. Yo estaré recuperado en pocos días. Nora asintió. —Mientras tanto, no sería mala idea pasar el día fuera de la ciudad. En Peekskill hay una mujer muy sociable, pero que no tiene a nadie, y estaría encantada de que la visitaran. Nora suspiró. —Ya le expliqué que no puedo seguir colaborando. Además, todavía no me ha dicho por qué dedica tanto tiempo a los asesinatos. —Lo que le dijera, a estas alturas, pecaría de incompleto. Debo seguir trabajando, y ajustando piezas en el puzzle. Ahora bien, doctora Kelly, le garantizo una cosa: no se trata de un simple pasatiempo. Es crucial que averigüemos más sobre Enoch Leng. Hubo un momento de silencio. —Si no lo hace por mí, hágalo por Mary Greene. Nora se levantó para marcharse. —Ah, doctora Kelly... —Smithback no es tan malo. Sé por experiencia que en situaciones difíciles se puede confiar en él. En las presentes circunstancias, para mí sería un gran alivio que trabajaran juntos, y... Nora negó con la cabeza. —Ni hablar. Pendergast levantó la mano con un poco de impaciencia. —Hágalo por su seguridad. Bueno, tengo que seguir trabajando. Mañana me alegraré muchísimo de recibir noticias de su boca. El tono no admitía discusión. Nora se marchó enojada. Pendergast había vuelto a meterla en el caso contra su voluntad, y encima ahora quería cargarle al gilipollas de Smithback. Pues de eso nada. ¡Con lo contento que estaría de poner las zarpas en la segunda parte de la historia! Él y su Pulitzer... Pues bien, iría a Peekskill, pero iría sola. La habitación del sótano era pequeña y silenciosa. Su sencillez hacía que recordase a una celda de monje. Lo único en romper la monotonía del suelo, una superficie de piedra irregular, y la de las paredes, húmedas e inacabadas, eran una mesa estrecha de madera y una silla rígida e incómoda. La lámpara negra del techo, con su luz espectral, bañaba de azul los cuatro objetos de la mesa: un libro con muescas y moho, una pluma de esmalte, una tira de caucho marrón y una jeringuilla hipodérmica. El ocupante de la silla fue mirando uno por uno los objetos, perfectamente alineados, y acercó con lentitud una mano a la jeringa. El reflejo de la luz ultravioleta confería a la aguja una belleza de otro mundo. Dentro del tubo de cristal, el suero casi parecía humear. Contempló el suero y lo hizo correr de un lado para otro, fascinado por sus remolinos y sus infinitos, minúsculos giros. Tenía ante sus ojos el objeto de seculares desvelos: la piedra filosofal, el santo grial, el único nombre verdadero de Dios. Su consecución había exigido muchos sacrificios, tanto por parte de él como de la larga serie de fuentes de suministro humanas que habían dado la vida en aras de su perfeccionamiento. En un caso así, sin embargo, cualquier cantidad de sacrificio era aceptable. Tenía delante todo un universo de vida, confinado en una prisión de cristal. Su vida. ¡Pensar que en el origen de todo estaba un único material, la membrana neuronal de la cola de caballo, el haz de ganglios medulares donde se situaban los nervios de mayor longitud! Bañar todas las células del cuerpo en la esencia de las neuronas, las células que no morían: un concepto sencillísimo, pero, en su desarrollo, de una dificultad lamentable. El proceso de síntesis y refinamiento era tortuoso. Aun así le procuraba placer, al igual que el rito que estaba a punto de poner en práctica. Para él, crear la reducción final, proceder paso por paso, se había convertido en una experiencia religiosa. Eran como las innumerables claves gnósticas que debe ejecutar el creyente como requisito para que empiece la auténtica plegaria; o como cuando el clavecinista progresa por las veintinueve Variaciones Goldberg antes de llegar a la verdad final, pura y sin adornos, concebida por Bach. El placer de sus reflexiones quedó empañado fugazmente por el recuerdo de las personas que con mucho gusto le habrían parado los pies; las que se proponían descubrirle, seguir la pista (borrada con esmero) hasta su habitación y detener su noble obra. El más peligroso ya había sido castigado por su osadía, aunque menos terminantemente de lo planeado. Habría, sin embargo, otros métodos y oportunidades. Dejó en la mesa la jeringa, cogió el diario con encuademación de piel y levantó la tapa, provocando la brusca irrupción de un nuevo olor en la sala: moho, podredumbre y descomposición. No dejaba de sorprenderle la ironía de que un volumen tan afectado por el paso de los años lograra contener el antídoto contra el desgaste provocado, precisamente, por ellos. Pasó lentamente las páginas, con ternura y deteniéndose en los años iniciales: años de trabajo duro, de meticulosas investigaciones. Después de un rato llegó al final, donde las anotaciones se conservaban nuevas y frescas. Entonces destapó la pluma y la aplicó cerca de la última entrada, listo para poner por escrito sus nuevas observaciones. Le habría gustado tomárselo con calma, pero no se atrevía. El suero requería una temperatura muy determinada, y a partir de cierto tiempo perdía su estabilidad. Su mirada recorrió la superficie de la mesa, y suspiró con algo que se parecía a la decepción. Por descontado que no se trataba de tal cosa, puesto que la inyección tendría por resultado la anulación de los venenos y oxidantes del cuerpo, y la detención del proceso de envejecimiento; todo lo que, en suma, se les había escapado durante tres docenas de siglos a los mejores cerebros. Acelerando sus movimientos, cogió la tira de caucho, se la ató por encima del hombro del brazo derecho, dio un golpecito de uña a la vena que empezaba a marcarse, aplicó la aguja a la fosa antecubital y la clavó. Cerró los ojos. Nora salió caminando del edificio rojizo y recargado de la estación ferroviaria de Peekskill, y la intensidad del sol matinal le hizo entornar los párpados. En Grand Central, al subir al tren, llovía, mientras que en el centro de Peekskill, su vieja fachada fluvial, sólo unas pocas nubes quebraban el azul del cielo. Todo eran edificios de ladrillo, muy pegados unos a otros, de tres plantas, con las fachadas desleídas volcándose en el Hudson. Tras ellas, varias callejuelas subían en dirección a la biblioteca y el ayuntamiento. Al fondo, las casas de los barrios viejos se encaramaban a la ladera de roca viva, punteando con árboles añejos la larga lámina de césped de sus jardines. Entre las edificaciones viejas se intercalaban casitas más recientes, un taller mecánico y alguna que otra tienda de alimentación latinoamericana. El conjunto desprendía un aire destartalado, vetusto. Era un pueblo orgulloso en proceso de transición que, ante el deterioro y el descuido, se aferraba a su dignidad. Consultó la dirección que le había dado por teléfono Clara McFadden, y emprendió el ascenso por Central Avenue hasta meterse a la derecha por la calle Washington y encaminarse a la plaza Simpson, con la cartera vieja de piel colgando de una mano. La cuesta era muy pronunciada, tanto que empezaba a costarle respirar. Al otro lado del río, los árboles dejaban entrever Bear Mountain, como una muralla, o un mosaico de amarillos y rojos otoñales con algunas manchas más oscuras: abetales y pinares. La casa de Clara McFadden seguía el estilo inglés de principios del siglo XVIII, pero no estaba en sus mejores momentos. Tenía el tejado abuhardillado, y dos torrecillas provistas de miradores. La pintura blanca se caía a trozos. La planta baja estaba rodeada por un porche corrido. Mientras Nora recorría el camino de entrada, que era corto, el viento que soplaba por los árboles le lanzaba remolinos de hojas. Subió al porche e hizo sonar una campana de bronce macizo. Pasó un minuto. Pasaron dos. Justo cuando estaba a punto de volver a llamar, se acordó de que la anciana le había dicho que entrase por su propio pie. Giró el pomo, también grande y de bronce, y empujó. La puerta, al ceder, produjo un chirrido de bisagras poco usadas. Penetró en un recibidor y colgó el abrigo en el único gancho que había. Olía a polvo, a tela vieja y a gato. Había una escalera de acceso al primer piso. Nora vio a mano derecha un arco grande con jambas de roble tallado, que llevaba a lo que parecía un salón. Salió de dentro una voz que, pese a delatar su edad, sorprendía por su fuerza. —Pase, pase. Nora se quedó a la entrada del salón, cuya penumbra contrastaba de manera impactante con la luminosidad del día. Tenía ventanas altas, con cortinas verdes muy tupidas rematadas con borlas doradas. Poco a poco, mientras se le acostumbraba la vista, fue distinguiendo a una mujer mayor con vestido de crespón y de fustán oscuro, sentada en un sillón de orejas Victoriano. Al principio reinaba tal oscuridad que sólo discernió una cara y unas manos blanquecinas, como flotando en la media luz. La anciana tenía los ojos entornados. —No tenga miedo —dijo la voz incorpórea desde las profundidades del sillón. Nora dio otro paso, y la pálida mano hizo el gesto de señalar otro sillón de orejas, dotado de un antimacasar de encaje. —Siéntese. Se sentó con precaución, levantando polvo. De repente se oyó el ruido de un gato negro que salía disparado de detrás de una cortina y desaparecía en los rincones más oscuros de la sala. —Gracias por recibirme —dijo Nora. Con un crujido de fustán, la anciana levantó la cabeza. —¿Qué quiere, hija? Era una pregunta de franqueza inesperada, hecha, además, con un tono algo cortante. —Señorita McFadden, quería preguntarle por su padre, Tinbury McFadden. —Tendrá que volver a decirme su nombre, querida. Soy vieja, y me falla la memoria. —Nora Kelly. La garra de la anciana tiró de la cadenita de la lámpara que había al lado del sillón, cuya pantalla, llena de borlas, filtraba una luz pobre y amarillenta. Gracias a ello, Nora gozó de una imagen más nítida de Clara McFadden. Su cara, enjuta y muy aventajada, poseía una piel como de pergamino, por la que se transparentaban venitas claras. La anciana dedicó unos minutos a examinarla con ojos brillantes, hasta que volvió a apagar la lámpara y dijo: —Gracias, señorita Kelly. ¿Qué desea saber de mi padre, exactamente? Nora sacó una carpeta de la cartera y, como estaba muy oscuro, forzó la vista para leer las preguntas que había escrito a toda velocidad en el tren, durante el trayecto de Grand Central hacia el norte. Se alegraba de venir preparada, porque estaba resultando una entrevista más amedrentadora de lo esperado. La anciana cogió algo de la mesita de al lado del sillón: una botella de medio litro y aspecto antiguo, con etiqueta verde. Se sirvió una cucharada, se la tragó y volvió a dejar la cuchara en su sitio. En ese momento saltó a su regazo otro gato negro, a menos que fuera el mismo, y ella empezó a acariciarlo, despertando un ronroneo de placer. —Su padre era conservador en el Museo de Historia Natural de Nueva York. Era colega de John Canaday Shottum, que tenía un gabinete de curiosidades en la parte baja de Manhattan. La anciana no contestó. —Y también conocía a un científico que se llamaba Enoch Leng. Tras unos instantes de aparente inmovilidad, la señorita McFadden adoptó un tono ácido y cortante con el que rasgó el cargado ambiente del salón. Parecía que el nombre la hubiera despertado. —¿Leng? ¿Qué pasa con Leng? —Tenía curiosidad por saber si dispone de alguna información sobre él, o cartas, o papeles... —¿Información, dice? —preguntó la voz, estridente—. ¡Vaya! Asesinó a mi padre. Nora estaba muda, anonadada. En el material sobre McFadden no constaba que hubiera sido asesinado. —¿Cómo dice? —preguntó. —Ya, ya sé que según todos desapareció, pero es mentira. —¿Cómo lo sabe? Más roce de tela. —¿Qué cómo? Se lo voy a contar. La señorita McFadden volvió a encender la lámpara y dirigió la atención de Nora hacia una fotografía grande, antigua y con marco. Se trataba del retrato descolorido de un hombre joven, con traje severo y botones hasta el cuello. Su sonrisa hacía relucir dos dientes de plata en la parte delantera de la boca. Llevaba un parche en un ojo, como de pirata. Se parecía a Clara McFadden en lo estrecho de la frente y lo marcado de los pómulos. Al hablar, la voz de la anciana cobró un volumen y una dureza anómalas. —Cuando se la hicieron, hacía poco que mi padre había perdido un ojo en Borneo. Tenga en cuenta que era coleccionista. De joven había pasado varios años en las colonias británicas del este de África, y había acumulado una colección de mamíferos africanos y objetos indígenas que no estaba nada mal. Al volver a Nueva York entró a trabajar en el museo que acababa de montar uno de sus colegas del Lyceum: el Museo de Historia Natural de Nueva York. Entonces no era como ahora, señorita Kelly; la mayoría de los primeros conservadores eran rentistas, como mi padre, y no tenían formación científica sistemática. Eran aficionados, en el mejor sentido de la palabra. A mi padre siempre le habían interesado las cosas raras, los ejemplares poco comunes. Señorita Kelly, ¿sabe qué son los gabinetes de curiosidades? —Sí —dijo Nora, tomando apuntes a la mayor velocidad posible, y lamentando no haber traído grabadora. —En la Nueva York de aquella época abundaban bastante, pero el nuevo museo los desbancó casi enseguida, y a mi padre, en el museo, le encargaron comprar las colecciones de los gabinetes arruinados. Se carteaba con muchos de los dueños: la familia Delacourte, Phineas Barnum, los hermanos Cadwalader... También había uno que se llamaba John Canaday Shottum. La anciana se sirvió otra cucharada de la misma botella, y la luz de la lámpara permitió que su invitada leyera la etiqueta: «Tónico vegetal de Lydia Pinkham». Nora asintió. —El Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales J. C. Shottum. —Exacto. Entonces el círculo de científicos era pequeño, y coincidían todos en ser miembros del Lyceum. Le diré que el nivel de conocimientos era muy variado. Shottum era miembro del Lyceum, pero tenía tanto de científico como de empresario de espectáculos. El gabinete lo había abierto en la calle Catherine, y cobraba lo mínimo de entrada. Su clientela, más que nada, era de clase baja. Shottum se diferenciaba de casi todos sus colegas en que estaba convencido de que la educación podía mejorar las condiciones de vida de los pobres; por eso emplazó su gabinete en un barrio tan ingrato. Una de las cosas que más le interesaba era usar la historia natural para informar y educar a la juventud. El caso es que necesitaba ayuda para identificar y clasificar sus colecciones. Se las había comprado a la familia de un hombre que se había muerto joven en Madagascar, asesinado por los nativos. —Alexander Marysas. La anciana provocó otro roce de tela y apagó de nuevo la luz, haciendo que la sala recayera en la oscuridad y que ya no se viera, o apenas, el retrato de su padre. —Veo que sabe mucho del tema, señorita Kelly —dijo, recelosa, Clara McFadden—. Espero no estar aburriéndola. —En absoluto. Siga, por favor. —El gabinete de Shottum era bastante malo. De vez en cuando mi padre le ayudaba, pero era un sacrificio. La colección era pésima, nada sistemática, como hecha al tuntún. Lo expuesto tendía al sensacionalismo, como anzuelo para los pobres, y sobre todo para los golfillos. Hasta había algo que se llamaba «galería de curiosidades antinaturales», me parece que inspirado en la «cámara de los horrores» de madame Tussaud. Corrían rumores de que en la galería había entrado gente y no había vuelto a salir. Tonterías, claro; seguro que se lo había inventado Shottum para aumentar la clientela. Clara McFadden sacó un pañuelo de encaje y lo usó para toser. —Más o menos en la misma época ingresó en el Lyceum un tal Leng, Enoch Leng. Su tono comunicaba un odio profundo. Nora sintió que se le aceleraba el pulso. —¿Usted conoció a Leng? —Mi padre hablaba mucho de él, sobre todo en los últimos tiempos. Resulta que tenía mala vista y mala dentadura, y que Leng le ayudó a conseguir puentes de plata y unas gafas con cristales más gruesos de lo normal. Se ve que sabía de todo. Volvió a guardar el pañuelo en algún pliegue del vestido y se tomó otra cucharada de elixir. —Decían que era francés, de un pueblo de montaña cerca de la frontera belga. También había rumores de que era barón, hijo de familia noble. Los científicos, que son unos cotillas. La Nueva York de entonces era muy provinciana, y Leng les tenía impresionados. Todo el mundo coincidía en que era cultísimo. Se ponía el título de doctor, y la gente decía que había sido cirujano y químico. Gruñó, malhumorada. En el aire denso flotaban motas de polvo. El ronroneo del gato, interminable, parecía una turbina. La voz estridente volvió a cortar el aire. —Shottum buscaba un conservador para su gabinete, y a Leng le interesó, aunque está claro que en cuestión de gabinetes de curiosidades era la opción de más bajo nivel. El caso es que alquiló habitaciones en el último piso del gabinete. De momento no había contradicción con los datos de la carta de Shottum. —¿Eso cuándo fue? —preguntó Nora. —En la primavera de mil ochocientos setenta. —¿Leng vivía en el gabinete? —¿Vivir en Five Points, un hombre de su clase social? No, faltaría más; pero no contaba nada a nadie. Era raro, muy esquivo, con una manera de hablar y unos gestos muy ceremoniosos. Ni siquiera mi padre sabía dónde vivía. Leng no se prestaba a intimar con nadie. Se pasaba casi todo el día en el gabinete de Shottum, o en el Lyceum. Me acuerdo de que en lo de Shottum, teóricamente, sólo tenía que trabajar uno o dos años, y de que al principio Shottum estaba muy contento. Leng catalogó la colección y redactó etiquetas para todo, pero un día pasó algo que mi padre no llegó a saber qué era, y Shottum empezó a sospechar de Leng. Quería pedirle que se marchara, pero no acababa de decidirse. Leng le pagaba muy bien por disponer del segundo piso, y a Shottum el dinero le iba de perilla. —Los experimentos de Leng, ¿de qué tipo eran? —Supongo que los típicos. Todos los científicos tenían laboratorio propio, incluido mi padre. —¿Y dice que su padre no llegó a saber la razón de las sospechas de Shottum? Significaría que McFadden no había leído la carta escondida en la caja de pata de elefante. —Exacto. Tampoco insistió mucho en el tema. Shottum siempre había sido un personaje un poco excéntrico, aficionado al opio y con arranques de melancolía, y mi padre sospechaba que sufría cierta inestabilidad mental. Luego, una tarde de verano de mil ochocientos ochenta y uno, el gabinete de Shottum se quemó. Fue un incendio tan grave que sólo encontraron restos de los huesos de Shottum, y en muy mal estado. Decían que había empezado por la planta baja, y que era culpa de una lámpara de gas defectuosa. Emitió otro sonido de desagrado. —¿Y usted no está de acuerdo? —Mi padre estaba convencido de que el incendio lo había provocado Leng. —¿Sabe por qué? La anciana negó lentamente con la cabeza. —No, no se me sinceró. Tardó un poco en continuar. —Más o menos en la misma época del incendio, Leng dejó de asistir a las reuniones del Lyceum. Al museo tampoco iba, y mi padre perdió el contacto. Parecía que hubiera desaparecido de los círculos científicos. Hasta que reapareció debieron de pasar treinta años. —¿Cuándo fue? —Durante la Gran Guerra. Yo entonces era muy pequeña. Es que mi padre se casó mayor. Bueno, pues recibió una carta de Leng, muy amistosa, pidiéndole que reanudaran el contacto, pero mi padre se negó. Leng, que insistía, empezó a ir al museo y a las conferencias de mi padre, y a pasar mucho tiempo en el archivo. Mi padre se puso nervioso, y después de un tiempo incluso se asustó. Estaba tan preocupado que me parece que llegó a pedir consejo a varios miembros del Lyceum amigos suyos. Ahora mismo me vienen dos nombres a la cabeza: James Henry Perceval y Dumont Burleigh. Venían a casa bastante a menudo, poco antes del final. —Ya. —Nora siguió tomando apuntes—. Pero ¿a Leng no llegó a conocerle? Se produjo una pausa. —Sí, una vez. Vino a casa muy tarde con un espécimen para mi padre; no le dejaron entrar, y lo dejó en la puerta. Era algo esculpido de los mares del Sur, con poco valor. —¿Y luego? —Al día siguiente mi padre desapareció. —¿Y usted está convencida de que lo hizo Leng? —Sí. —¿Cómo? La anciana se atusó el cabello y fijó en Nora una mirada penetrante. —¿Cómo quiere que sepa eso, hija? —Pero ¿qué sentido tiene que Leng le asesinara? —Yo creo que mi padre descubrió algo de él. —¿El museo no lo investigó? —A Leng, en el museo, no le había visto nadie. Tampoco le habían visto ir a ver a mi padre. No había pruebas de nada. No intervinieron ni Perceval ni Burleigh. Al museo le pareció más fácil cargarse el prestigio de mi padre (dando a entender que se había escapado por motivos desconocidos) que investigar. Yo entonces era pequeña. Al hacerme mayor pedí que se reabriera la investigación, pero no podía aportar nada en concreto, y no me hicieron caso. —¿Y su madre? ¿Sospechaba? —Para entonces ya se había muerto. —¿Qué le pasó a Leng? —A partir de la última visita a mi padre, no volvieron a verle ni a tener noticias suyas. Nora tomó aliento. —¿Cómo era físicamente? Clara McFadden no contestó enseguida. —Nunca se me olvidará —dijo al fin—. ¿Ha leído La caída de la casa Usher, de Poe? Pues hay una descripción que cuando la leí me impresionó muchísimo, porque parecía hecha para él. Se me ha quedado tan grabada que aún sé recitar algunas frases: «Un cutis cadavérico, unos ojos grandes, líquidos y luminosos... una barbilla moldeada con finura, en la que la falta de prominencia revelaba una falta de energía». Leng era rubio y de ojos azules, con la nariz aguileña. Iba vestido de manera muy formal, con un traje negro a la antigua. —Muy gráfica, la descripción. —Leng era de esas personas que aunque no vuelvas a verlas se te quedan en la memoria; aunque ¿sabe qué le digo? Que de lo que más me acuerdo es de su voz. Era una voz grave, retumbante, con mucho acento, y lo especial que tenía era que sonaba como si hablaran dos personas a la vez. Inexplicablemente, pareció que la oscuridad del salón se incrementara. Nora tragó saliva. Ya había hecho todas las preguntas previstas. —Muchas gracias por recibirme, señorita McFadden —dijo, levantándose. —¿Por qué saca el tema justo ahora? —preguntó la anciana a bocajarro. Nora comprendió que debía de haber leído el artículo de prensa, o haberse enterado por alguna vía de los asesinatos por imitación del Cirujano. Mientras pensaba qué decir, paseó la mirada por la estancia, oscura, congelada en su acumulación de adornos Victorianos. No quería ser ella quien le trastocara el mundo a aquella mujer. —Es que investigo sobre los primeros gabinetes de curiosidades. La anciana clavó en ella una mirada brillante. —Un tema muy interesante, hija. Aunque podría ser peligroso. El agente especial Pendergast estaba en su cama de hospital. Lo único que movía eran sus ojos casi blancos, con los que vio a Nora Kelly salir de la habitación y cerrar la puerta. Echó un vistazo al reloj de la pared: las nueve en punto de la noche. Buena hora para empezar. Repasó mentalmente todas las palabras pronunciadas por Nora en su visita, buscando algún dato trivial, o alguna referencia hecha de pasada, que pudieran habérsele escapado la primera vez que lo había oído, pero no tuvo suerte. La visita de Nora a Peekskill había confirmado las peores sospechas de Pendergast, que hacía tiempo que estaba convencido de que Leng había matado a Shottum e incendiado el gabinete. También estaba seguro de que la desaparición de McFadden era, igualmente, obra de Leng. Sin duda Shottum, poco después de dejar la carta en la pata de elefante, había plantado cara a Leng, y este, tras asesinarle, había usado el incendio como tapadera. Quedaban en pie, sin embargo, las preguntas con más carga de profundidad. ¿Por qué Leng había elegido el gabinete como base de operaciones? ¿Por qué, un año antes de matar a Shottum, había empezado a colaborar gratuitamente con los asilos? Y, una vez arrasado el gabinete por el fuego, ¿adonde había trasladado su laboratorio? Pendergast sabía por experiencia que los asesinos en serie solían ser desordenados y dejar pistas por descuido. No era, desde luego, el caso de Leng. Tampoco se trataba de un asesino en serie propiamente dicho. Tomaba admirables precauciones. Siempre, a su paso, dejaba una especie de huella negativa. Parecía definirse por lo poco que se sabía de él. Quedaban más cosas por averiguar, pero estaban enterradas en las toneladas de información que Pendergast tenía desperdigadas por el suelo de su habitación de hospital. Sólo existía una manera de sonsacarlas. No bastaba con la pura investigación. Otro problema añadido, y cada vez más grave, era el de que Pendergast perdiera objetividad en proporción inversa a su implicación emocional en el caso. O se dominaba con un golpe brusco de timón, reafirmándose en su habitual disciplina, o bien fracasaría. Y eso no se lo podía permitir. Había llegado la hora de hacer el viaje. Recorrió con la mirada las montañas de libros, mapas y prensa antigua que colmaban la media docena de carritos que había en la habitación. Fue observándolas, a cual más inestable. El documento de mayor importancia se hallaba en la mesita de noche: los planos del gabinete de Shottum. Lo cogió por última vez y lo memorizó en detalle. Pasaron los segundos, y finalmente dejó el mapa amarillento. Había llegado la hora, sí, pero antes era necesario tomar medidas contra el paisaje de ruidos que le rodeaba, intolerable. Una vez fuera de peligro, Pendergast se había hecho trasladar desde el Saint LukeVRoosevelt al hospital Lenox Hill, cuyas viejas instalaciones de la avenida Lexington contaban con paredes más gruesas que cualquier otro edificio de la ciudad salvo el propio Dakota, donde se alojaba él; y, sin embargo, seguían agrediéndole diferentes sonidos: la nota aguda del oxímetro de encima de la cama, la cháchara de las enfermeras, los siseos y pitidos de los aparatos de telemetría y los ventiladores, el ronquido de los pacientes con pólipos de la habitación de al lado, la vibración de los conductos de ventilación dentro de las paredes y del techo... Físicamente no había manera de luchar contra ellos, pero su desaparición podía lograrse por otros medios. Se trataba de un juego mental muy poderoso, adaptado por él a partir del Chongg Ran, antiguo método de meditación de los budistas de Bután. Cerró los ojos e invocó la imagen de un tablero de ajedrez sobre una mesa de madera, iluminado por un círculo de luz amarillenta. A continuación creó dos jugadores. Uno de ellos realizó un movimiento, el inicial, y su contrincante hizo lo propio. Fueron desplegándose varias partidas sucesivas de ajedrez. Los dos jugadores cambiaban de estrategia e ideaban contraataques adaptados a cada situación. Los ruidos más lejanos se fueron apagando. Al quedar en tablas la última partida, Pendergast borró el tablero de ajedrez y, en la oscuridad de su visión mental, creó a cuatro jugadores de cartas alrededor de una mesa. El bridge siempre le había parecido un juego más noble y sutil que el ajedrez, pero apenas lo practicaba, porque fuera de su difunta familia había encontrado pocos contrincantes que estuvieran a su altura. Empezó la partida: cada jugador conocía exclusivamente sus trece cartas, y se diferenciaba de los demás por sus estrategias y capacidades mentales. La partida inició su desarrollo a base de cortes, slams y finesses. Pendergast manipulaba a los jugadores a su antojo, ejecutando tácticas de enorme sutileza. Cuando el primer rubber llegó a su conclusión, las distracciones habían desaparecido. No quedaba ni rastro de ruidos, y en el cerebro de Pendergast campaba a sus anchas un silencio absoluto. Profundizó aún más. Había llegado el momento de emprender la travesía por la memoria. Transcurrieron varios minutos de intensa concentración mental, hasta que se sintió preparado. Se vio a sí mismo levantándose de la cama. Tenía la sensación de ser etéreo, inmaterial, como un fantasma. Se vio caminando a solas por pasillos, bajando por las escaleras, cruzando el recibidor abovedado y saliendo a la ancha escalinata del hospital. El edificio, sin embargo, ya no era un hospital. Ciento veinte años antes recibía el nombre de Sanatorio de Tísicos de Nueva York. Miró desde la escalinata. Anochecía, y al oeste, en dirección a Central Park, el Upper East Side se había convertido en un mosaico de granjas porcinas, páramos y salientes rocosos. En algunos puntos brotaban concentraciones de barracas, acurrucadas como para protegerse de los elementos. La avenida estaba bordeada por farolas de gas —elemento inhabitual tan al norte del ajetreado centro—, cuyos círculos de luz, pequeños, quedaban como impresos en el macadán. Era un panorama impreciso, borroso. En aquel emplazamiento no eran necesarios los detalles. Aun así, Pendergast se permitió paladear el aire. Olía mucho a humo de carbón, tierra mojada y estiércol de caballo. Bajó a la calle, se metió por la Sesenta y seis y caminó hacia el este, en dirección al río. Estaba penetrando en una zona de mayor densidad, donde se codeaban casas nuevas, hechas de piedra rojiza, y viejas edificaciones de trama de madera. Por la calle, sembrada de paja, iban pasando carruajes. Se cruzó con varios transeúntes silenciosos. Los varones llevaban trajes largos, con solapas estrechas, y las mujeres miriñaques y sombreros con velo. En el siguiente cruce subió a un tranvía y pagó cinco centavos por el trayecto hasta la calle Cuarenta y dos. Llegado a esta, efectuó el transbordo al ferrocarril elevado del cruce de Bowery y la Tercera avenida, transbordo que le costó otros veinte centavos. Tal derroche le hacía acreedor a un vagón palaciego, dotado de visillos y de asientos de felpa. La locomotora de vapor que gobernaba el tren llevaba el nombre de Chauncey M. Depew. Cuando el tren salió lanzado hacia el sur como una centella, Pendergast se quedó inmóvil en su butaca afelpada, y poco a poco permitió que en su mundo volvieran a penetrar sonidos: primero el traqueteo de las ruedas en las vías y después las conversaciones de los pasajeros, enfrascados en los grandes temas de 1881. Seguía, cómo no, habiendo lagunas (zonas brumosas y oscuras, como de niebla) de las que Pendergast poseía escasa o nula información. Los viajes por la memoria nunca eran completos. Había detalles de la historia que se habían perdido irrevocablemente. Cuando el tren llegó al tramo inferior de Bowery, Pendergast desembarcó y se quedó un rato en el andén, aguzando un poco más la vista. Las vías elevadas, más que encima de la calzada, lo estaban de las aceras, y los toldos de debajo aparecían cubiertos por una capa grasienta de manchas de aceite y ceniza. La Chauncey M. Depew profirió un alarido e inició su loca carrera hacia la siguiente parada. Su chimenea desprendía eructos de humo y de cenizas ardientes, que se desperdigaban por el aire plomizo. Bajó a la calle por una escalera de madera reducida a su esqueleto. Ante sus ojos, la espaciosa vía pública era un mar de sombreros en movimiento, por cuyo centro se lanzaban con arrojo los tranvías de caballos. La acera, además de ser estrecha, estaba tomada por una verdadera multitud de vendedores ambulantes, absortos en pregonar su mercancía a los interesados. «¡Ollas y sartenes! —exclamaba un calderero—. ¡Arregle sus ollas y sartenes!» Una chica joven, con un caldero humeante sobre ruedas, entonaba: «¡Ostras! ¡Buenas ostras para quien las quiera!». Pendergast tenía a mano izquierda a un vendedor de maíz, que sacó una mazorca de un carrito de bebé, la embadurnó con un trapo empapado de mantequilla y se la ofreció. Después de rechazarla con un movimiento de la cabeza, el agente se internó por el gentío en plena ebullición y sufrió varios empujones. Tras un momento de niebla, de pérdida de concentración, se recuperó, y con él la escena. A medida que caminaba hacia el sur, fue despertando los cinco sentidos a su entorno. El ruido casi era ensordecedor: impactos de herraduras, innumerables retazos de música y canciones, gritos, alaridos, relinchos, palabrotas... El aire reventaba de olores a sudor, estiércol, perfume barato y carne a la brasa. Más adelante, en el número 43 de Bowery, estaba en cartel un espectáculo con Buffalo Bill: Scout of the Plains, en el Windsor. Se trataba del primero de una larga fila de teatros, con carteles enormes donde se anunciaban las correspondientes funciones. Entre las dos puertas de entrada, un ex-combatiente ciego de la guerra civil tendía su gorra, suplicante. Pendergast pasó de largo casi sin mirar. Hizo un alto en una esquina, para orientarse, y se metió por East Broadway. Ya no le rodeaba el frenesí de Bowery, sino un mundo más silencioso. A aquella hora, los numerosos comercios de la parte vieja estaban cerrados y a oscuras: talabarterías, sombrererías, casas de empeño, mataderos... Algunos edificios eran nítidos; otros, en cambio (lugares que Pendergast no había logrado identificar), aparecían como vagas sombras sumidas en una misma niebla. Al llegar a la calle Catherine se encaminó al río. Ahí, a diferencia de East Broadway, todos los comercios estaban abiertos: tabernas, pensiones para marineros... Fuera, en la calle, las farolas proyectaban franjas de luz de un rojo chillón. La esquina estaba ocupada por un edificio bajo y ancho de ladrillo, estriado por manchas de hollín. Las cornisas de granito, y la arcuación de los vanos, delataban una mala imitación del estilo neogótico. Encima de la puerta había un letrero de madera, con letras doradas y bordes negros: GABINETE DE PRODUCCIONES Y CURIOSIDADES NATURALES J. C. SHOTTUM La entrada estaba iluminada por tres bombillas desnudas, cada una en su jaula de metal, que arrojaban a la calle una luz cruda. El gabinete estaba abierto, y en su puerta había un pregonero a sueldo. Con tanto ruido y ajetreo, Pendergast no entendió lo que decía. En la acera de enfrente, un letrero grande enunciaba los atractivos del gabinete: «Pasen y vean al niño con dos cerebros. No dejen de visitar nuestro nuevo anexo, con seductoras bañistas en agua de verdad». Pendergast se quedó en la esquina y se concentró en el edificio que tenía delante, reconstruyéndolo en detalle y con meticulosidad, mientras el resto de la ciudad se volvía nebuloso. Poco a poco las paredes ganaron nitidez —las ventanas sucias, los interiores, las extrañas colecciones, el laberinto de salas de exposición—, a medida que el cerebro del agente integraba y daba forma a la gran cantidad de información que había recogido. Cuando estuvo preparado, se puso al final de la cola, pagó dos centavos a un individuo con chistera sucia y entró. Le recibió un vestíbulo de techo bajo, dominado al fondo por un cráneo de mamut. Al lado del cráneo había un oso Kodiak apolillado, una canoa india de madera de abedul y un tronco petrificado. Recorrió la habitación con la mirada, y en la pared del fondo vio el largo fémur de un «monstruo antediluviano». Por lo demás, los especímenes estaban expuestos sin ton ni son, y se caracterizaban por su eclecticismo. Pendergast sabía que las mejores piezas se hallaban más adelante, en las salas interiores del gabinete. Tanto a la izquierda como a la derecha había pasillos que llevaban a auténticos hormigueros humanos. En un mundo sin cine, televisión ni radio —y donde, además, sólo los más ricos podían permitirse viajar—, la popularidad de aquella diversión no tenía nada de sorprendente. Pendergast entró por la izquierda. El principio del pasillo estaba ocupado por una colección de pájaros disecados, sistematizada en varios estantes. Aquella tentativa de instrucción, tan tímida, era ignorada por el público, que pasaba de largo en su camino hacia piezas posteriores y menos edificantes. El pasillo desembocaba en una sala grande, calurosa y asfixiante, cuyo centro estaba ocupado por lo que a primera vista parecía un ser humano disecado: arrugado, marrón, con las piernas muy arqueadas y agarrado a un poste. En la etiqueta de debajo ponía: «Pigmeo varón del África más negra, que a la edad de trescientos cincuenta y cinco años murió por mordedura de serpiente». Prestando atención se veía que era un orangután afeitado, disfrazado de ser humano y, a juzgar por su aspecto, conservado por ahumado. Cerca había una momia egipcia con su sarcófago de madera, todo ello apoyado en la pared. Un esqueleto ensamblado, al que le faltaba la calavera, tenía por etiqueta: «Restos de la bella condesa Adéle de Brissac, ejecutada en la guillotina, París, 1789». Al lado había un trozo de hierro oxidado y manchado con pintura roja, donde ponía «La cuchilla que le cortó la cabeza». Pendergast, que estaba en medio de la sala, se fijó en el público, ruidoso, y se llevó una pequeña sorpresa. Había más jóvenes de lo previsto, así como una mayor variedad social, tanto hacia lo alto como hacia lo bajo. Pasaban hombres elegantes fumando puros y burlándose, condescendientes, de lo expuesto. Había chicas de asilo, prostitutas, chavales de la calle, vendedores ambulantes y taberneros. Se trataba, en suma, de una exacta representación del gentío de las calles. Muchos, terminada la jornada laboral, habían acudido al gabinete de Shottum a pasar una tarde divertida. Los dos peniques de entrada estaban al alcance de cualquiera. Al fondo había dos puertas que llevaban a otras salas: en un caso a la de las bañistas, y en la otra a lo que figuraba como «Galería de monstruosidades antinaturales». La segunda, estrecha y oscura, era la que había ido a ver Pendergast. En ella no se hablaba tan alto, ni había tanto público. Casi todo eran chicos nerviosos y con la boca abierta. El ambiente había pasado de carnavalesco a más sosegado y fantasmal. La oscuridad, lo enrarecido y silencioso del ambiente, se conjugaban para crear un clima de miedo. En el primer recodo de la galería había una mesa con un tarro de cristal muy grueso, que tenía sellado el tapón y contenía un bebé humano. De su frente salían dos brazos en miniatura, perfectamente formados. Pendergast aproximó la cara y vio que la pieza se diferenciaba de la mayoría en no estar manipulada. Siguió adelante. Un nicho pequeño alojaba a un perro con cabeza de gato. En este caso saltaba a la vista la falsificación, en forma de costuras que se veían por debajo del pelaje ralo. El espécimen estaba al lado de una almeja gigante, abierta y con el esqueleto de un pie dentro. La etiqueta relataba la truculenta peripecia del pobre pescador de perlas. Otro recodo y apareció una miscelánea de objetos en tarros de formol, entre ellos una fisalia, una rata gigante de Sumatra y una cosa marrón y repulsiva del tamaño de una sandía, pero achaparrada y con la etiqueta «Hígado de un mamut lanudo que quedó congelado en el hielo siberiano». El siguiente recodo dejó a la vista un anaquel con una calavera humana, dotada de una repugnante excrecencia ósea en la frente, y de la etiqueta «El hombre rinoceronte de Cincinnati». Pendergast se detuvo y escuchó. El ruido de la gente casi se había apagado, y estaba solo. El pasillo formaba un último y pronunciado recodo. En la penumbra, una flecha muy estilizada indicaba el camino hacia el espécimen del otro lado, junto con el letrero «Visiten a Wilson el Manco, si se atreven». Dobló la esquina. Al otro lado el silencio casi era total. De momento no había ningún otro visitante. El final del recorrido era una sala minúscula que sólo contenía una pieza: una vitrina con una cabeza disecada dentro. Entre los labios torcidos aún sobresalía la lengua, reseca y con pinta de habano. Al lado había algo que parecía una salchicha seca de más o menos treinta centímetros, con un gancho en un extremo, sujeto con cintas de cuero. El objeto contiguo era el extremo deshilachado de un dogal. Todo ello estaba identificado con una etiqueta: CABEZA DEL FAMOSO ASESINO Y LADRÓN WILSON EL MANCO, AHORCADO EN EL TERRITORIO DE DAKOTA EL 4 DE JULIO DE 1868 EL DOGAL EN EL QUE FUE AHORCADO MUÑÓN DEL ANTEBRAZO Y DEL GANCHO DE WILSON EL MANCO, POR LOS QUE SE PAGÓ UNA RECOMPENSA DE MIL DÓLARES Pendergast examinó el cubículo, muy oscuro y aislado. Un recodo pronunciado del pasillo lo separaba del resto de la exposición. Era tan pequeño que no cabían dos personas sin apreturas. En las salas principales no habría sido audible un grito de socorro. Se trataba del final del recorrido. Mientras Pendergast examinaba la pared del fondo, esta tembló y desapareció. La construcción mental volvió a quedar envuelta en niebla, y a disiparse. Sin embargo, daba igual: Pendergast ya había visto bastante, y recorrido bastante, para comprender. Por fin conocía el procedimiento por el que Leng se procuraba sus víctimas. Patrick O'Shaughnessy estaba en la esquina de las calles Setenta y dos y Central Park West, contemplando la fachada del edificio Dakota. Había un arco muy grande por el que se accedía a un patio interior. Detrás, el bloque acaparaba como mínimo una tercera parte de la profundidad de la manzana. Era donde habían agredido a Pendergast por la noche. De hecho, en el momento del navajazo debía de haber estado todo prácticamente igual, con la lógica excepción de la presencia del viejo, que, según testimonio de Pendergast, llevaba bombín. El hecho de que casi hubiera reducido al agente del FBI era francamente extraño, por muy en cuenta que se tuviera el factor sorpresa. O'Shaughnessy volvió a preguntarse a qué coño había ido allí. No estaba de servicio. Lo normal habría sido ir a tomarse unas cervezas con los amigos, o quedarse en casita escuchando la nueva versión de La novia vendida. ¿A él qué más le daba, si ni siquiera le pagaban? El primer sorprendido de que le importara —porque le importaba— era él. Previsiblemente, Custer había quitado importancia a la agresión. Para él se trataba de un vulgar atraco: «Con esa pinta de paleto, no me extraña que se le echen encima». Pues bien, a O'Shaughnessy le constaba que Pendergast, de paleto, no tenía ni un pelo. Seguro que lo de parecer tan de Nueva Orleans era una estrategia para despistar a tíos como Custer. Tampoco opinaba que a Pendergast le hubieran atracado. Todo muy bonito, pero ya no podía posponer la decisión: ¿qué hacer al respecto? Se encaminó lentamente al lugar de la agresión. Por la mañana había visitado a Pendergast en el hospital, y el agente le había insinuado lo útil (utilísimo) que sería contar con el informe del forense sobre los huesos descubiertos en el solar en obras. O'Shaughnessy se daba cuenta de que la única manera de conseguirlos era saltarse a Custer. Pendergast, además, quería más datos sobre el dueño de la constructora, Fairhaven, cuya condición de intocable había sido muy subrayada por Custer. En ese momento, O'Shaughnessy comprendió que había cruzado una línea invisible, la que separaba el trabajar para Custer de hacerlo para Pendergast; y fue una sensación novedosa, casi embriagadora: por primera vez en su vida trabajaba con alguien a quien respetaba. Alguien que no le juzgaría de antemano por hechos del pasado, ni le trataría como a un simple poli irlandés de quinta generación, una especie de chico para todo. Por eso había venido al Dakota en su noche libre. Entre dos colegas, uno de los cuales estaba en peligro, era lo normal. Pendergast guardaba su habitual silencio en torno a la agresión, pero a O'Shaughnessy no le parecía que tuviera ninguna de las características del típico atraco. Recordó vagamente su época en la academia, las estadísticas sobre clases de delitos y la forma de cometerlos. Entonces aún tenía grandes esperanzas sobre su futuro en el cuerpo. Eso antes de haberle aceptado doscientos billetes a una prostituta, por lástima. Y (a sí mismo no podía engañarse) porque los necesitaba. Se detuvo, tosió y escupió en la acera. «Motivos, procedimientos y ocasiones»: era como lo planteaban en la academia. En primer lugar, los motivos. ¿Por qué matar a Pendergast? Ordena los factores, se dijo. Primero: está investigando a un asesino en serie de hace ciento treinta años. Por este lado, de motivos, nada de nada: el asesino está muerto. Segundo: aparece un asesino por imitación, y Pendergast se presenta en la autopsia antes de que haya empezado. ¡Caray!, pensó O'Shaughnessy, eso es que sabía por dónde iban los tiros antes que el forense. Pensó que Pendergast ya había relacionado previamente el asesinato de la turista con los del siglo XIX. ¿Cómo? Tercero: atacan a Pendergast. Hasta ahí los hechos, tal como los veía O'Shaughnessy. ¿Qué conclusión podía sacarse de ellos? Que Pendergast sabía de antemano algo importante. Y que también lo sabía el asesino por imitación. Algo lo bastante importante para que el asesino se arriesgara a ir a por él en plena calle Setenta y dos —que no era precisamente un desierto, ni siquiera a las nueve de la noche—, y hubiera estado a punto de conseguir su objetivo de matarle, que era lo más asombroso. O'Shaughnessy dijo una palabrota. El gran misterio era el propio Pendergast. Pensó que ojalá se le sincerara y le diera más datos. Le estaba manteniendo en la inopia. ¿Por qué? Buena pregunta, sí señor. Soltó otra palabrota. Pendergast le pedía mucho, pero no le daba nada a cambio. ¿Qué sentido tenía malgastar una tarde preciosa de otoño en merodear por el Dakota en busca de pistas inexistentes, y todo para un tío que no quería que le ayudaran? Tranquilo, tío, se dijo O'Shaughnessy. Nunca había conocido a nadie tan lógico y metódico como Pendergast. Sus razones tendría. Cada cosa a su tiempo. Él, de momento, perdía el suyo. A cenar se había dicho, y a leer el último número de Opera News. Dio media vuelta para volver a su casa, y fue entonces cuando vio aparecer por la esquina una silueta alta y oscura. Siguió el impulso de esconderse en el portal que tenía más a mano, y esperó. El desconocido estaba en la esquina, justo donde minutos antes había estado O'Shaughnessy, y miraba alrededor. De repente, con paso lento y furtivo, echó a caminar en dirección al sargento. Este se puso tenso y entró un poco más en el portal. La silueta avanzó hasta la esquina del edificio, y se quedó justo donde habían atacado a Pendergast. Entonces encendió una linterna. Parecía examinar la acera en derredor. Llevaba un abrigo largo, de color oscuro, en el que era fácil llevar un arma oculta. Poli no era, eso seguro. Por otro lado, la agresión no había salido en los periódicos. O'Shaughnessy tomó una decisión rápida. Cogió la pistola reglamentaría con la mano derecha, y con la izquierda sacó la insignia. Luego salió de la oscuridad. —Policía —dijo, serenamente pero con firmeza—. No se mueva. Ponga las manos donde pueda verlas. La silueta, con un grito agudo, saltó y levantó unos brazos larguiruchos. —¡Un momento, no dispare! ¡Soy periodista! Al reconocerle, O'Shaughnessy se relajó. —Ah, es usted —dijo decepcionado, enfundando la pistola. —Lo mismo digo. —Smithback bajó los brazos temblequeantes—. El poli de la inauguración. —El sargento O'Shaughnessy. —Eso. ¿Qué hace aquí? —Supongo que lo mismo que usted —dijo O'Shaughnessy. De repente se acordó de que tenía delante a un periodista, y pensó que no le convenía que se enterara Custer. Smithback se secó la frente con un pañuelo manchado. —Me ha pegado un buen susto. —Perdone. Es que me ha parecido sospechoso. Smithback movió la cabeza. —Me lo imagino. —Miró alrededor—. ¿Ha encontrado algo? —No. Se produjo un momento de silencio. —¿Quién cree usted que fue? ¿Un atracador cualquiera? A pesar de que la pregunta de Smithback coincidiera con la que acababa de hacerse él, O'Shaughnessy se limitó a encogerse de hombros. Era preferible callar. —Alguna teoría tendrá la policía, ¿no? Volvió a encogerse de hombros. Smithback se acercó y bajó la voz. —Oiga, que si es confidencial ya me hago cargo. Puedo citarle como «fuente anónima». O'Shaughnessy no pensaba caer en la trampa. Smithback suspiró y miró hacia arriba, hacia los edificios, como si ya estuviera todo dicho. —Bueno, pues por aquí no hay mucho más que ver. Ya que es tan silencioso, me voy a tomar algo, a ver si me recupero del susto. —Se guardó el pañuelo en el bolsillo—. Buenas noches. Después de unos pasos, se detuvo como si de repente se le hubiera ocurrido algo. —¿Viene? —No, gracias. —Anímese, hombre —dijo el periodista—, que no le veo pinta de estar de servicio. —He dicho que no. Smithback se acercó un paso más. —Oiga, ahora que lo pienso, podríamos ayudarnos. Necesito estar a la última sobre la investigación del Cirujano. —¿El Cirujano? —Sí, ¿no lo sabe? Es como llaman al asesino en serie en el Post. Qué cutre, ¿eh? Pues lo dicho, que necesito información, y seguro que usted también. ¿O no? O'Shaughnessy se quedó callado. Era verdad que la necesitaba, pero faltaba saber si Smithback sabía algo o simplemente se marcaba un farol. —Le voy a ser sincero, sargento. Me han robado la exclusiva sobre la turista asesinada en Central Park, y ahora, o consigo novedades o el director me echará una buena bronca. No hace falta que sea muy concreto: alguna pequeña pista, alguna insinuación de amigo... Me conformo con eso. —¿De qué información dispone? —preguntó O'Shaughnessy, receloso y acordándose de las palabras de Pendergast—. Por ejemplo: ¿sabe algo de Fairhaven? Smithback puso los ojos en blanco. —¿Lo pregunta en serio? De ese sé mucho. Dudo de que le sirva de mucho, pero si quiere se lo cuento. Vamos a tomar una copa y lo comentamos. O'Shaughnessy miró a ambos lados de la calle, y no pudo resistirse a la tentación. Existía la posibilidad de que Smithback fuera un timador, pero parecía honrado. En otros tiempos incluso había colaborado con Pendergast, aunque no se le apreciaran demasiadas ganas de recordarlo. Por otra parte, Pendergast le había pedido recabar información acerca de Fairhaven. —¿Dónde? El periodista sonrió. —¿Lo pregunta en serio? Los mejores bares de Nueva York están a una manzana de aquí, en Columbus. Conozco uno buenísimo que es donde van todos los del museo. El Huesos, se llama. Venga, que yo pago la primera ronda. Hubo un momento en que la niebla se hizo más densa. Pendergast mantuvo la concentración, hasta que saltaron chispazos anaranjados y amarillos. Notó calor en la cara. La bruma empezaba a disiparse. Estaba en la calle, delante del Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales J. C. Shottum. Era de noche. El gabinete se había incendiado. Por las ventanas de la planta baja y el primer piso salían llamas muy grandes rodeadas por un remolino de humo negro y pestilente. Varios bomberos y un grupo de policías corrían como locos alrededor del edificio, aislándolo con cuerdas y empujando a los mirones para que se apartaran del fuego. En el lado interior de la cuerda, varios pelotones de bomberos lanzaban chorros de agua a las llamas sin conseguir apagarlas, mientras otros corrían a mojar las farolas de gas de la acera. El calor era una fuerza física, un muro. Pendergast, que estaba de pie en la esquina, miró con interés el coche de bomberos: consistía en una caldera grande y negra con ruedas de carro, que escupía vapor, y en cuyos laterales empañados se leía en letras de oro AMOSKEAG MANUFACTURING COMPANY. A continuación se giró hacia los mirones. ¿Estaría Leng entre ellos, admirando su obra? No, seguro que se había marchado mucho antes. No era ningún pirómano. Estaría a salvo en su casa de los barrios altos, cuya situación exacta se desconocía. Gran pregunta, la de la situación de la casa, pero había otra que podía ser aún más urgente: ¿adonde había trasladado Leng su laboratorio? Se oyó un ruido tremendo, de algo rompiéndose. Las vigas del techo se hundieron entre una lluvia de chispas, y la multitud, impresionada, elevó un coro de murmullos. Tras un último vistazo al edificio, que estaba condenado a durar muy poco, Pendergast se metió entre el público. Llegó corriendo una niña pequeña, como mucho de seis años, con ropa muy gastada y un demacramiento que asustaba. Tenía en la mano una escoba de paja hecha polvo, con la que barrió a conciencia la esquina de la calle, limpiándola de estiércol y basura pestilente con la patética esperanza de recibir algo de calderilla. —Gracias —dijo Pendergast, arrojándole varios centavos grandes de cobre. La niña los miró con los ojos como platos, sin dar crédito a su suerte, e hizo una torpe reverencia. —¿Cómo te llamas? —le preguntó amablemente Pendergast. A juzgar por la mirada de sorpresa de la niña, los adultos no solían dirigirse a ella con tanta afabilidad. —Constance Greene, señor —contestó. —¿Greene? —Pendergast frunció el entrecejo—. ¿De la calle Water? —No, señor; ya no. Parecía asustada por algo. Volvió a hacer una reverencia y, dando media vuelta, se mezcló con la multitud de una bocacalle. Pendergast contempló el sucio panorama de hirviente humanidad, hasta que, con expresión turbada, rehízo su camino. En la entrada del restaurante Brown's, un pregonero recitaba el menú en forma de letanía vociferante, atropellada y sin fin. Pendergast caminaba pensativo, oyendo la campana del ayuntamiento, que daba la voz de alarma del incendio. Al cruzar Bowery y meterse por Park Row pasó al lado de una farmacia cerrada a cal y canto, en cuyo escaparate se alineaban botellas de tamaños y colores diversos, milagrosos elixires para cualquier menester. De repente, cuando llevaba recorridas dos manzanas de Park Row, se detuvo. Su atención ya era completa, y tenía abiertos los ojos al mínimo detalle. Aquella zona de la vieja Nueva York la había investigado de manera exhaustiva; tanto, que la bruma de su construcción mental se retiró a la lejanía. En aquel punto, las calles Baxter y Warth formaban ángulos cerrados con Park Row, formando un mosaico de cruces que recibía el nombre de Five Points. En el paisaje urbano de desolación y deterioro que se ofrecía a su vista, faltaban por completo el jolgorio y la despreocupación observadas en Bowery. Treinta años antes, en la década de 1850, Five Points había sido el peor barrio, no sólo de toda Nueva York, sino de Estados Unidos; peor, incluso, que los Seven Dials de Londres. Triste, miserable y peligroso, lo seguía siendo; en él vivían cincuenta mil delincuentes, drogadictos, prostitutas, huérfanos, timadores y maleantes de todo pelaje. Las calles eran torcidas, llenas de agujeros y de surcos peligrosos que rebosaban basura. Los cerdos se paseaban a sus anchas, hozando y revolcándose en la podredumbre de las cunetas. Las casas presentaban un aspecto de envejecimiento prematuro, con las ventanas rotas, los tejados de cartón alquitranado medio suelto y las vigas combadas. El cruce sólo estaba iluminado por una farola de gas. Todo eran callejones perdiéndose en la oscuridad. En las plantas bajas, las puertas de las tabernas, abiertas de par en par, aliviaban el calor del verano y dejaban salir un olor pestilente a alcohol y humo de puro. Apenas había portal sin una mujer que, con los pechos al aire, entretuviera la espera cruzando insultos con las putas de los salones vecinos, o bien interpelando al transeúnte con tono provocativo. En la acera de enfrente, las pensiones de mala muerte, de cinco centavos por noche, plagadas de bichos y de enfermedades, alternaban con establos medio en ruinas donde se daba salida a lo robado. Pendergast lo observó todo con gran detenimiento, fijándose en la topografía y la arquitectura por si le proporcionaban alguna pista o eslabón oculto al que no se pudiera acceder mediante el simple estudio de las fuentes históricas. Después de un rato dirigió sus pasos hacia el este y se encaminó a un edificio muy grande de cinco plantas que, maltrecho y escorado, ni a la luz de la farola perdía su oscuridad. Se trataba de la antigua Old Brewery, la que fuera la peor casa de pisos de Five Points, así llamada por albergar una fábrica de cerveza. Se sabía de niños que, por la mala suerte de haber nacido en ella, habían tardado años, y hasta meses, en respirar el aire exterior. Hacía cierto tiempo que, gracias a una iniciativa benéfica, se había convertido en el «hogar industrial de Five Points», proyecto pionero de renovación urbana al que, en 1880, el doctor Enoch Leng había ofrecido gratuitamente sus servicios médicos. La colaboración se había extendido hasta principios de los años noventa, en concreto hasta la fecha en que la pista del buen doctor se cortaba bruscamente. Pendergast se acercó lentamente al edificio. En el último piso, un resto de letras pintadas —un viejo anuncio de la Old Brewery— dominaba en altura al rótulo del hogar industrial Five Points, más nuevo y más limpio. Se planteó entrar, pero renunció. Antes tenía pendiente otra visita. Detrás y al este del hogar industrial, partía hacia el norte una angosta calleja sin salida. Su oscuridad filtraba un aire húmedo y fétido. Muchos años antes, en la época en que Five Points no pasaba de ser una especie de estanque pantanoso conocido como el Collect, Aaron Burr había instalado una bomba subterránea de gran tamaño para los manantiales naturales de la zona, y con ello había fundado la Compañía de Aguas de Nueva Amsterdam. Sin embargo, el estanque se había ido contaminando, hasta su conversión en tierra firme destinada a la construcción de casas. Pendergast se detuvo, pensativo. En fechas posteriores el callejón había recibido el nombre de Cow Bay, y había sido la calle más peligrosa de Five Points, agolpamiento de casas altas de madera que alojaban a alcohólicos violentos, capaces de pegarle un navajazo a cualquiera sólo para robarle la ropa que llevaba encima. Consistían, como tantos edificios de Five Points, en un laberinto de estancias pestilentes dotadas de puertas secretas por las que, a través de una red de pasadizos subterráneos, se accedía a otras casas de otras calles, gracias a lo cual los delincuentes no tenían problemas a la hora de escaparse de las fuerzas del orden. A mediados del siglo XIX, la calle presumía de una media de un asesinato por noche. En el momento de la visita de Pendergast era la sede de una empresa de reparto de hielo, un matadero y una subestación abandonada de la red de aguas de la ciudad, clausurada en 1879, al dejarla obsoleta el embalse de la parte alta. Pendergast recorrió otra manzana y se metió por la calle Little Water, a mano izquierda. Al fondo, haciendo esquina, se hallaba el otro orfanato que gozaba de las atenciones médicas de Enoch Leng. Se trataba de un edificio alto de estilo Beaux Arts, que en su extremo norte contaba con una torre. Sobre el tejado de esta, abuhardillado, había una plataforma pequeña y rectangular protegida por una baranda metálica. El contraste de aquel edificio con las casuchas de madera de su entorno movía a lástima. Pendergast miró las ventanas, que tenían los dinteles en saliente. ¿A qué se debía que Leng hubiera decidido prestar sus servicios sucesivamente a aquellas dos instituciones benéficas, y en ambos casos en 1880, justo un año antes de quemarse el gabinete de Shottum? Si buscaba una fuente inagotable de víctimas pobres cuya ausencia no quitara el sueño a nadie, mejor elección era el museo que un hogar industrial. A fin de cuentas, a partir de cierto número de desapariciones era inevitable despertar sospechas. Además, ¿por qué aquellos dos asilos en concreto, cuando en la parte baja de Manhattan había tantos? ¿A qué se debía que Leng hubiera elegido actuar —y era de suponer que conseguir sus víctimas— justo en aquel emplazamiento? Volvió a bajar al empedrado, pensativo, y miró a ambos lados de la calle. De todas las vías públicas por las que había paseado, la única que ya no existía en el siglo XX era Little Water. Habían construido encima de ella, y se había borrado su recuerdo. Desde luego que Pendergast la había visto representada en planos antiguos, pero no existía ninguno que recogiera su trazado en el Manhattan actual. Llegó un carro de un caballo, seguido por dos cerdos mansos. Las riendas las llevaba un hombre sucio y vestido con harapos, que se anunciaba con una campanilla y cobraba propina por recoger la basura. Pendergast no le prestó atención, sino que volvió a deslizarse hacia la entrada de la callejuela y se detuvo a medio camino. Los planos modernos no lo recogían, a causa de la desaparición de la calle Little Water, pero constató que los dos asilos debían de haber sido contiguos a aquellas casas de pisos tan atroces. Las casas en sí ya no existían, pero debía de haberse conservado el laberinto de túneles que había prestado servicio a sus poco respetables residentes. Miró a izquierda y derecha de la calle. Matadero, fábrica de hielo, subestación abandonada... De repente todo adquiría sentido. Se alejó con mayor lentitud, en dirección a la calle Baxter y otros lugares más al norte. Naturalmente que podría haber dado término a su viaje en aquel punto (haber abierto los ojos a los libros, tubos y monitores del presente), pero prefirió mantener la disciplina de su ejercicio mental y volver al hospital Lenox Hill por el camino más largo. Tenía curiosidad por saber si habían controlado el incendio del gabinete de Shottum. Quizá fuera a la parte alta en carruaje. O no, mejor: pasaría por el circo de Madison Square Garden, por Delmonico's y los palacios de la Quinta Avenida. Había mucho que pensar, mucho más de lo que había previsto. Y no tenía nada de malo hacerlo en 1881. Nora preguntó a las enfermeras por la nueva habitación de Pendergast, y su consulta chocó con un panorama de expresiones hostiles. Se nota, pensó, que Pendergast está siendo igual de popular en Lenox que en el Saint LukeVRoosevelt. Le encontró en la cama, con las persianas muy cerradas para que no entrara el sol. Parecía muy cansado, con la cara grisácea. Su cabello, casi blanco, le caía muy lacio por la frente, y tenía los ojos cerrados. Se abrieron lentamente al entrar ella. —Perdone —dijo Nora—. Vengo en mal momento. —No, faltaría más, si se lo he pedido yo. Por favor, despeje aquella silla y siéntese. Nora desplazó la montaña de libros y papeles desde la silla al suelo, curiosa por averiguar el porqué de la cita. Ya había dado el parte de su entrevista con la anciana, y aclarado que sería la última misión que aceptase. Pendergast tendría que entender que ya iba siendo hora de que se dedicara a su carrera. Por muy intrigante que fuera el tema, no estaba dispuesta a hacerse el haraquiri profesional. Los párpados de Pendergast habían bajado casi hasta cerrarse, pero Nora constató que quedaba una rendija por la que se adivinaban los iris. —¿Cómo se encuentra? —dijo. Era una pregunta de cortesía, la única que pensaba hacer. Estaba decidida a marcharse en cuanto Pendergast hubiera dicho lo que tenía que decir. —Leng conseguía sus víctimas en el propio gabinete —dijo Pendergast. —¿Cómo lo sabe? —Las capturaba al fondo de una de las salas, casi seguro que en un recodo sin salida donde se exponía una de las piezas más truculentas. Primero esperaba a que se quedara sólo un visitante, y luego le reducía y se lo llevaba por la puerta que había detrás de la vitrina, una que daba a la escalera del sótano. El montaje era perfecto. En aquel barrio las desapariciones no tenían nada de raro. Seguro que Leng elegía víctimas a quienes no se fuera a echar de menos: niños de la calle, chicos y chicas de orfanatos—Hablaba sin entonación, como si, más que explicarle a Nora sus averiguaciones, las estuviera repasando mentalmente. —De mil ochocientos setenta y dos a mil ochocientos ochenta y uno usó el gabinete para eso. Nueve años. Que nosotros sepamos, treinta y seis víctimas, aunque es posible que hubiera más y que Leng las eliminara por alguna otra vía. Ya sabe que corrían rumores de que en el gabinete desaparecía gente. Debía de ser un buen reclamo publicitario. Nora se estremeció. —Luego, en mil ochocientos ochenta y uno, Leng mató a Shottum e incendió el gabinete. ¿Por qué lo hizo? Ya lo sabemos: porque Shottum descubrió sus actividades. Lo explica en su carta a McFadden. Lo que ocurre es que hasta ahora, en otro aspecto, la carta me ha estado despistando. Leng habría asesinado a Shottum aunque no le hubiera descubierto. —Pendergast se interrumpió a fin de respirar varias veces—. El enfrentamiento con Shottum sólo fue la excusa que necesitaba para quemar el gabinete. Porque ya había terminado la primera fase de su obra. —¿Qué primera fase? —Conseguir el objetivo inicial. Perfeccionar su fórmula. —¡Ahora sólo falta que me diga que Leng consiguió alargarse la vida! —Lo que está claro es que lo consideraba posible. Opinaba que ya no hacía falta seguir con la fase experimental, sino que se podía empezar con la de producción. Seguirían haciendo falta víctimas, pero muchas menos que antes. El gabinete, con el volumen de gente que pasaba por él, ya no era necesario. Es más: se había convertido en un obstáculo. Leng no tuvo más remedio que borrar su pista y empezar desde cero. Pendergast se quedó callado unos segundos, y después siguió hablando. —Un año antes de quemarse el gabinete, Leng ofreció sus servicios a dos asilos del barrio, conectados por un laberinto de túneles que en el siglo diecinueve cubría toda la zona de Five Points. En la época de Leng, entre las dos instituciones había un callejón de mala muerte que se llamaba Cow Bay. Aparte de casas sórdidas, que sería lo previsible, también había una estación de bombeo subterránea de la época del Collect. Cuando Leng se vinculó a los asilos, ya hacía como mínimo un mes que habían clausurado las instalaciones. Y no es mera coincidencia de fechas. —¿Qué quiere decir? —Que la estación de bombeo era donde Leng tenía su laboratorio de producción. Donde se refugió después de incendiar el gabinete de Shottum. Era segura, pero lo principal es que proporcionaba acceso fácil bajo tierra a los dos orfanatos. Era el sitio ideal para iniciar la producción de la sustancia con la que creía poder alargarse la vida. Aquí tengo los planos de la red de aguas. Hizo un gesto débil con la mano. Nora echó una ojeada a los esquemas, que eran muy enrevesados, y tuvo curiosidad por conocer el motivo de la extrema fatiga del agente. El día antes le había visto mucho más recuperado. Esperó que no se debiera a ninguna recaída. —Claro que hoy día ya no quedan ni los orfanatos ni las casas. De hecho, hasta han desaparecido algunas calles. Justo encima de donde estaba el laboratorio de producción de Leng, construyeron una casa de piedra de tres pisos: el noventa y nueve de la calle Doyers, que se edificó en los años veinte en los aledaños de la plaza Chatham. Estaba dividido en apartamentos de un dormitorio, más uno de dos en la planta baja. Si queda algo del laboratorio de Leng, tiene que estar debajo. Nora pensó un poco. No cabía duda de que, como proyecto arqueológico, excavar el laboratorio de producción de Leng podía ser fascinante. Seguro que había pruebas, y ella, como arqueóloga, era capaz de encontrarlas. Volvió a preguntarse por el motivo de que a Pendergast le interesaran tanto aquellos crímenes del siglo XIX. No dejaría de ser una satisfacción saber que se había descubierto al asesino de Mary Greene... Cortó en seco sus disquisiciones. Tenía trabajo, y una trayectoria profesional que rescatar. Se imponía, una vez más, tener presente que todo aquello era historia. Pendergast suspiró y cambió ligeramente de postura. —Gracias, doctora Kelly. Ahora más vale que se marche, porque me urge dormir. Nora, que había previsto otra petición de ayuda, le miró con cara de sorpresa. —¿Se puede saber para qué me ha llamado? —Me ha ayudado mucho en la investigación. En varias ocasiones me había pedido más información de la que podía darle, y he supuesto que le interesaría estar al corriente de mis averiguaciones. Es lo mínimo que se merece. Espero que lo que acabo de contarle la deje un poco más satisfecha, y que le permita seguir con su trabajo en el museo sin tener la sensación de haber dejado algo a medias. Le agradezco muy sinceramente su ayuda. Me ha sido utilísima. Ante aquella manera tan brusca de echarla, Nora sintió una punzada de ofensa. Se recordó que era lo que ella quería. ¿O no? Tardó un poco en hablar. —Gracias por decirlo, pero oiga, a mí me da la sensación de que este tema no es que se quede a medias, es que ni llega. Si es verdad lo que dice, lo lógico sería seguir por el noventa y nueve de la calle Doyers. —En efecto. Actualmente, la vivienda de la planta baja no tiene inquilinos, y sería muy instructivo realizar excavaciones debajo de la sala de estar. Tengo planeado alquilar el apartamento y proceder a ello personalmente. De ahí que me urja acortar al máximo la convalecencia. Cuídese, doctora Kelly. Esta vez, su cambio de postura corporal parecía inapelable. —¿Quién hará la excavación? —preguntó Nora. —Ya encontraré a otro arqueólogo. Nora le dirigió una mirada penetrante. —¿Dónde? —Recurriendo a la delegación de Nueva Orleans, que tratándose de mis... mmm... proyectos siempre son muy flexibles. —Ya —dijo Nora bruscamente—. Pero es que no es trabajo para un arqueólogo cualquiera. Hace falta alguien que esté muy capacitado para... —¿Se me está ofreciendo? Nora se quedó callada. —No, claro —dijo él—. Por eso no se lo he pedido. Después de haberla oído expresar tantas veces su deseo de retomar una línea de trabajo más normal... Ya le he exigido demasiado. Además, esta investigación ha dado un giro peligroso, mucho más que en mis previsiones iniciales. Las cuales, como ve, he tenido que pagar. No querría exponerla a más riesgos de los que ya ha corrido. Nora se levantó. —Bueno, pues ya está todo dicho. Señor Pendergast, he disfrutado mucho con nuestra colaboración, aunque no sé si la palabra «disfrutar» es la adecuada. Interesante, en todo caso, lo ha sido. No acababa de estar satisfecha con el desenlace, aunque se ajustara al objetivo de su visita. —Sí, mucho —dijo Pendergast. Nora empezó a caminar hacia la puerta, pero a medio camino se acordó de algo. —Aunque es posible que vuelva a ponerme en contacto con usted. En el archivo tengo una nota de Reinhart Puck donde dice que ha encontrado más información, y me pide que pase esta tarde. Si veo que puede servir de algo, se la paso. Los ojos claros de Pendergast seguían observándola con atención. —Sí, por favor. Y otra vez gracias, doctora Kelly. Cuídese mucho. Nora asintió, dio media vuelta y, al pasar al lado de las enfermeras, correspondió a las malas caras con una sonrisa. La puerta del archivo crujió escandalosamente al ser empujada por Nora. Sus golpes habían quedado sin respuesta. El hecho de no encontrarla cerrada con llave constituía una clarísima infracción del reglamento. Qué raro. Se le metió en la nariz el olor a libros y papeles viejos, y la peste a podrido que parecía invadir todo el museo. La mesa de Puck ocupaba el centro de un círculo de luz, recortado en una pared de oscuridad. En cuanto al propio Puck, no se le veía por ninguna parte. Nora consultó su reloj. Las cuatro de la tarde. Llegaba puntual. Soltó la puerta, que volvió a su posición con un suspiro. Después cerró con llave y se acercó a la mesa taconeando sobre el suelo de mármol. Por puro automatismo, firmó en el libro de registro, garabateando su nombre en la parte superior de una página en blanco. La mesa de Puck estaba más ordenada que de costumbre. En el tapete de fieltro verde sólo había una nota escrita a máquina. La leyó: «Estoy sobre el triceratops». El triceratops, pensó Nora, mirando la oscuridad. Nada más típico de Puck que pasarse el día quitando el polvo a viejas reliquias. Pero ¿dónde coño estaba el triceratops? No se acordaba de haber visto ninguno. Además, al fondo no había luz para guiarse. El puñetero triceratops podía estar en mil lugares. Miró alrededor: no, tampoco había ningún plano del archivo. Típico. Empezaba a estar un poco irritada. Se acercó a la hilera de interruptores de marfil y bajó unos cuantos al azar. En las profundidades del archivo se encendió una serie de luces dispersas, que proyectaban largas sombras por las filas de baldas de metal. Ya que estamos, pensó, más vale encenderlas todas; y, con el borde de la mano, bajó hileras enteras de interruptores. Sin embargo, ni con todas las luces encendidas dejaba de reinar en el archivo una extraña insuficiencia de luz, con predominio de grandes manchas de sombra y largos pasillos en penumbra. Permaneció a la espera, como si en cualquier momento Puck fuera a llamarla, pero sólo se oía el lejano tictac de los tubos de vapor, y el susurro de los conductos de ventilación. Decidió llamarle. —¿Señor Puck? Su voz resonó un poco y se apagó. No contestaba nadie. Volvió a llamar, pero más fuerte. El archivo era tan grande que dudó de que su voz llegara hasta el final. Se planteó volver a otra hora, pero el mensaje de Puck se caracterizaba por su insistencia. Entonces, vagamente, recordó que en su última visita había visto esqueletos fósiles enteros. Quizá el triceratops estuviera entre ellos. Suspiró y empezó a recorrer un pasillo cualquiera, oyendo el impacto de sus zapatos en el mármol. El principio del pasillo estaba muy iluminado, pero se volvía oscuro enseguida. Parecía mentira que hubiera tan poca luz. En las partes centrales de los pasillos, lejos de las luces, casi hacía falta una linterna para distinguir los objetos almacenados en las estanterías. Al llegar al siguiente círculo de luz, vio que estaba en una confluencia de pasillos que formaban ángulos diversos. Hizo una pausa para decidir por cuál se adentraba. Esto es como el cuento de Hansel y Gretel, pensó, y se me han acabado las migas. Entre los pasillos de la izquierda, el que le quedaba más cerca salía en una dirección que, según recordó, llevaba a un grupo de animales disecados, pero sus luces, además de ser pocas, estaban fundidas, y el fondo se veía negro. Se encogió de hombros y penetró en el siguiente. ¡Qué diferencia, caminar a solas por aquel laberinto! La última vez iba con Pendergast y Puck; entonces pensaba en Shottum, y no se había fijado demasiado en el entorno. Como seguía los pasos de Puck, ni siquiera se había molestado en prestar atención a los recodos tan raros que formaban los pasillos, ni en los ángulos peculiares en los que confluían. La excentricidad del trazado, de por sí insuperable, se veía agravada por las dimensiones del conjunto. La sacó de sus cavilaciones ver que el pasillo torcía bruscamente a la izquierda. Al llegar al otro lado, se llevó la sorpresa de encontrar varios mamíferos africanos: jirafas, un hipopótamo, una pareja de leones, ñúes, kudúes y un búfalo de agua. El hecho de estar envueltos en plástico les prestaba un aspecto borroso, fantasmal. Se detuvo. Ni rastro de triceratops. Y los pasillos volvían a partir en media docena de direcciones. Eligió uno al azar y lo siguió por varios recodos hasta desembocar sin previo aviso en otro cruce. Empezaba a ser absurdo. —¡Señor Puck! —exclamó. Al apagarse los ecos de su voz, el único sonido que quedó fue el siseo de la ventilación. No podía perder el tiempo de aquella manera. Volvería más tarde, previa llamada telefónica para asegurarse de que Puck la esperase en su mesa. No, mejor: le pediría que le llevara directamente a Pendergast lo que quería enseñarle. Ella ya no participaba en la investigación. Dio media vuelta para salir del archivo por lo que le pareció el camino más corto, y a los pocos minutos encontró un rinoceronte y varias cebras. Bajo el omnipresente plástico, que desprendía un fuerte olor a paradiclorobenceno, parecían voluminosos centinelas. Aquellos pasillos no le sonaban de nada. Tampoco parecía que estuviera más cerca de la salida. Experimentó un hormigueo de angustia, que suprimió mediante una risa forzada. Se trataba, simplemente, de volver hasta las jirafas y a partir de ese punto rehacer su camino. Al girarse metió el pie en un charquito de agua, y justo al levantar la cabeza recibió una gota en la frente. Condensación de los tubos del techo. Se sacudió el agua y siguió caminando. Sin embargo, no había manera de encontrar el camino de regreso a las jirafas. Era de locos. ¿Cómo podía perderse en un museo del centro de Nueva York, ella, que se había orientado por desiertos sin caminos y frondosas selvas tropicales ? Miró alrededor, dándose cuenta de que lo que había perdido era su sentido de la orientación. Con tantos ángulos y tantos cruces mal iluminados, ya no podía saber dónde quedaba la mesa. Tendría que... De repente quedó inmóvil y prestó atención. Un ruidito, como de golpes. Costaba saber de dónde procedía, pero estaba cerca. —Señor Puck, ¿es usted? Nada. Escuchó, y volvió a oír los golpecitos. Será otro escape de agua, pensó. Pero tenía más ganas que nunca de encontrar la puerta. Eligió al azar un pasillo y lo recorrió a paso ligero, con golpes muy seguidos de tacón en el mármol. Los estantes de ambos lados del pasillo estaban cubiertos de huesos, amontonados como leña y con etiquetas individuales atadas en las puntas. El movimiento del aire a su paso hacía temblar y susurrar las etiquetas, que estaban amarillentas. Parecía una cripta. Con tanto silencio y tanta oscuridad, rodeada de especímenes macabros, costaba no pensar en la sucesión espeluznante de asesinatos que, hacía pocos años, había tenido como escenario el mismo subsótano, y que seguía siendo objeto de rumores y conjeturas entre la plantilla. Al fondo del pasillo había otro recodo. Maldita sea, pensó Nora, recorriendo con la vista las largas hileras de anaqueles que se perdían en la oscuridad. Se le repitió el escalofrío de angustia, pero esta vez costaba más dominarlo. Entonces volvió a oír ruido a sus espaldas (o se lo pareció), y esta vez, más que golpecitos, era el roce de un pie en la piedra. —¿Quién es? —preguntó al dar media vuelta—. ¿Señor Puck? Silencio; sólo el siseo del vapor, y el sonido de las gotas. Siguió caminando un poco más deprisa, diciéndose que no había que tener miedo y que sólo eran los ruidos de un edificio viejo y decrépito asentándose a cada momento. Hasta los pasillos parecían atentos. Sus tacones hacían un ruido intolerable. Dobló una esquina y volvió a meter el pie en un charco. Lo retiró asqueada. ¿Tan difícil era renovar las cañerías? Volvió a fijarse en el charco. El agua era negra y aceitosa. De hecho no era agua, sino el fruto de algún escape de combustible o conservante químico. Olía raro, a agrio. Sin embargo, no parecía proceder de ningún escape, puesto que alrededor sólo había estanterías llenas de pájaros disecados, con el pico y los ojos abiertos y las alas extendidas. Qué asco, pensó, mientras levantaba el pie y, al mirar de lado sus zapatos Bally, descubría que el líquido aceitoso le había manchado la suela y parte de la costura. Aquel archivo era una vergüenza. Se sacó del bolsillo un pañuelo más grande de lo normal (pertrecho necesario para trabajar en un museo polvoriento) y lo usó para limpiarse el borde del zapato. De repente se quedó muy quieta. Sobre el fondo blanco del pañuelo, el líquido no se veía negro, sino rojo oscuro, y brillante. Soltó el pañuelo y, con el corazón a cien, dio un paso involuntario hacia atrás. De repente, al contemplar el charco, le entró un miedo atroz. Era sangre, y había mucha. Miró por todas partes como loca. ¿De dónde salía? ¿Había goteado de algún espécimen? No, parecía desvinculado de todo su entorno: un charco grande de sangre en medio del pasillo. Miró hacia arriba, pero no había nada, sólo el techo a unos diez metros, mal iluminado y con una red de tuberías. Entonces oyó algo parecido a otro paso, y entrevió movimiento a través de un anaquel con especímenes. Después de eso volvió a reinar el silencio. Estaba claro que había oído algo. Muévete, muévete, le urgía su instinto. Se giró y caminó deprisa por el largo pasillo, hasta que volvió a oír algo. ¿Pisadas rápidas? ¿Un roce de tela? Volvió a detenerse y a prestar atención, pero sólo oía el débil goteo de las cañerías. Intentó mirar por los huecos de las estanterías, forzar la vista a través de aquella pared de tarros de especímenes y serpientes enrolladas en formol. Parecía que al otro lado hubiera algo grande, negro, con estrías y distorsionado por los montones de tarros de cristal. Nora se movió... y la cosa se movió al mismo tiempo. Estaba segura. Retrocedió respirando más deprisa, y la forma negra imitó sus movimientos. Parecía que se desplazara paralelamente a ella en el pasillo contiguo. Quizá esperara a verla salir por uno u otro extremo. Redujo el paso y procuró caminar sin alterarse hacia el final del pasillo. Vio que el bulto se movía a la misma velocidad que ella. —¿Señor Puck? —dijo, temblándole la voz. No hubo respuesta. De repente Nora notó que corría. Se lanzó hacia el fondo del pasillo lo más deprisa que pudo. En el de al lado se oían pisadas rápidas. Delante había un espacio, el del pasillo al confluir con el siguiente. Era necesario cruzarlo y adelantarse a la persona del de al lado. Cruzó la confluencia como una exhalación, y por unas décimas de segundo atisbo una silueta enorme y negra, en cuya mano enguantada brillaba un objeto de metal. Entonces corrió por el siguiente pasillo, cruzó otro espacio vacío y volvió a correr entre anaqueles. En la siguiente confluencia dio un giro brusco a la derecha y se lanzó hacia el enésimo pasillo. A continuación eligió otro al azar y corrió por él a oscuras. A medio camino hacia el siguiente cruce, volvió a hacer una pausa, con el corazón a punto de explotar. Como no se oía nada, tuvo un momento de alivio: había conseguido despistar a su perseguidor. Entonces, en el pasillo de al lado, oyó el sonido leve de una respiración. El alivio desapareció con la misma rapidez con la que había llegado. No, no le había despistado. Indiferentemente a lo que hiciera, a la dirección en que corriera, alguien seguía pisándole los talones con un pasillo de diferencia. —¿Quién es? —preguntó Nora. Se oyó un roce, seguido por una risa casi silenciosa. Nora miró a izquierda y derecha y, luchando contra el pánico, hizo un gran esfuerzo por deducir el camino de salida. Las baldas estaban cubiertas por montones de pieles dobladas, apergaminadas y con un intenso olor a deterioro. No había nada que le fuera familiar. Tres metros más allá vislumbró un hueco en las estanterías, correspondiente al lado opuesto al del desconocido. Corrió hacia él, lo atravesó y recorrió otro pasillo en dirección contraria, hasta detenerse, ponerse en cuclillas y esperar. A varios pasillos de distancia, se oyó ruido de pasos acercándose y volviéndose a alejar. El desconocido le había perdido la pista. Nora se giró y empezó a recorrer los pasillos con el mayor sigilo, con la intención de distanciarse al máximo de su perseguidor; pero, tomara la dirección que tomase, y por deprisa que corriera, al detenerse siempre oía pasos: pasos veloces, decididos, que daban la impresión de pisarle los talones. Era imprescindible orientarse. A fuerza de correr sin rumbo, acabaría cayendo en manos de aquel hombre, o lo que fuera. Miró alrededor. El pasillo acababa en una pared. Había llegado al borde del archivo. Al menos ahora podría seguir la pared y llegar a la entrada. Caminó agachada a la mayor velocidad, atenta al ruido de pisadas y con la vista fija en la penumbra de delante. De repente surgió algo de la oscuridad: era el cráneo de un triceratops montado en la pared, con los contornos borrosos por la falta de luz. El alivio fue abrumador. Seguro que Puck andaba cerca, y que, siendo dos, el intruso no se atrevería a aproximarse. Abrió la boca para llamar a Puck en voz baja, pero antes de hacerlo se fijó en el contorno borroso del dinosaurio. Había algo raro. La silueta no cuadraba. Se acercó con precaución. Y de repente volvió a quedarse inmóvil. Los cuernos del triceratops atravesaban un cuerpo desnudo de cintura para arriba, con los brazos y las piernas colgando. En la espalda del cadáver sobresalían claramente tres pitones. Daba la impresión de que el triceratops hubiera corneado a su víctima, levantándola del suelo. Nora retrocedió un paso, y registró mentalmente todos los detalles como si los tuviera muy lejos: la cabeza medio calva, con un mechón de pelo gris; la piel flácida; los brazos arrugados. En la zona inferior de la espalda, donde se habían clavado los cuernos, la carne estaba abierta en una larga herida. En la base de los cuernos se había acumulado sangre, que corría oscura por el torso hasta gotear en el mármol. «Estoy sobre el triceratops.» Oyó un grito, y se dio cuenta de que había salido de su propia garganta. Entonces dio media vuelta y huyó a ciegas, pasillo tras pasillo, corriendo todo lo deprisa que sus piernas le permitían, hasta que de repente se encontró con que no había salida. Dio media vuelta para volver sobre sus pasos... y descubrió que la entrada del pasillo estaba bloqueada por una silueta vestida a la antigua, con sombrero negro. Llevaba guantes, y le brillaba algo en las manos. La única alternativa era subir. Nora se giró sin pensárselo, se aferró al borde de un estante y empezó a trepar. La silueta se abalanzó por el pasillo, haciendo volar la capa negra por detrás. Nora tenía experiencia como escaladora. No había olvidado sus años de arqueóloga en Utah, cuando trepaba en roca viva hacia las cuevas y moradas rupestres de los anasazi. Sólo tardó un minuto en llegar al último anaquel, que, bajo el peso inesperado, protestó con un crujido. Nora se giró desesperadamente, cogió lo primero que tenía a mano (un halcón disecado) y volvió a mirar hacia abajo. El hombre del sombrero negro trepaba hacia ella con la cara en sombras. Nora apuntó y efectuó su lanzamiento. El halcón rebotó en un hombro sin hacer ningún daño. Miró alrededor, buscando lo que fuera. Una caja de papeles, otro animal disecado, más cajas... Las fue arrojando una por una, pero eran demasiado ligeras y no servían de nada. El hombre no dejaba de trepar. Nora, llorando de miedo, se encaramó al estante e inició el descenso por el otro lado. De repente, por la estantería, surgió una mano que le cogió el vestido. Nora chilló y tiró hasta soltarse. Entonces le pasó muy cerca un destello de acero, y una cuchilla muy pequeña que falló por cuestión de centímetros. Nora se apartó, esquivando la segunda acometida del cuchillo, y de repente experimentó un dolor en el hombro derecho. Gritó, perdió asidero, se cayó de pie y alivió la caída rodando de costado. El hombre del sombrero negro había vuelto muy deprisa al suelo. Seguía al otro lado de la estantería, pero empezaba a penetrar por ella, usando los pies y las manos para apartar las cajas y los tarros de especímenes. Nora volvió a correr de pasillo en pasillo, desesperada, ciega. De repente se cernió sobre ella un bulto muy grande. Era un mamut lanudo. Lo reconoció enseguida: allí había estado con Puck. Bien, pero ¿por dónde se salía? Al mirar alrededor, comprendió que era inútil, que en cuestión de segundos tendría encima a su perseguidor. De repente supo que sólo había una alternativa. Acercó una mano a los interruptores del fondo del pasillo y los apagó mediante un simple revés, devolviendo los pasillos a la oscuridad. Después, sin perder tiempo, palpó la panza del mamut y encontró lo que buscaba: una palanca de madera. Al accionarla, se abrió la trampilla. Nora se metió por ella procurando no hacer ruido, y al cerrarla se encontró en un espacio caluroso y asfixiante. Esperó dentro del mamut. Apestaba a podredumbre, a polvo, a carne seca y setas. Oyó una serie rápida de ruidos secos. Entonces volvieron a encenderse las luces, y un haz muy fino penetró en el animal por un agujerito del pecho: era por donde miraba el artista de circo. Nora miró por él intentando controlar la velocidad de su respiración y dominar el pánico que amenazaba con vencerla. El hombre del bombín estaba de espaldas, a menos de dos metros. Dio un giro lento de trescientos sesenta grados, y aguzó la vista y el oído. Tenía en las manos un extraño instrumento: dos mangos de marfil bruñido unidos por una sierra fina y flexible de acero, dotada de dientes muy pequeños. Por su aspecto, temible, parecía un instrumento quirúrgico de otros tiempos. Al flexionarlo, el hombre hizo doblarse y brillar la sierra de acero. Entonces se fijó en el mamut y dio un paso hacia él sin que se le viera la cara. Parecía que supiera dónde estaba escondida Nora, que se puso tensa y se aprestó a luchar hasta el final. De repente ya no estaba. Había pasado de acercarse a desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. —¿Señor Puck? —decía alguien—. ¡Estoy aquí, señor Puck! ¿Señor Puck? Era Osear Gibbs. Nora, que estaba demasiado aterrorizada para moverse, esperó. La voz fue acercándose, hasta que Gibbs apareció por la esquina del pasillo. —Señor Puck, ¿dónde está? Nora bajó una mano temblorosa, abrió la trampilla y salió de la barriga del mamut. Gibbs dio media vuelta, retrocedió asustado y se la quedó mirando con la boca abierta. —¿Le ha visto? —dijo Nora, jadeante—. ¿Le ha visto? —¿A quién? ¿Qué hacía dentro del mamut? ¡Oiga, está sangrando! Nora se miró el hombro. En el punto donde se le había clavado el escalpelo había una mancha de sangre cada vez más grande. Gibbs se acercó. —Mire, no sé qué hace aquí ni qué pasa, pero vamos a la enfermería, ¿vale? Nora negó con la cabeza. —No. Osear, tiene que llamar ahora mismo a la policía. Han... —Le falló la voz—. Han asesinado al señor Puck. Y el asesino está aquí dentro, en el museo. A base de alusiones a gente importante, y de algunas presiones, Bill Smithback había conseguido el mejor asiento. ¿Dónde? En la sala de prensa de la jefatura de policía, una sala enorme cuya pintura tenía ese color institucional que se conoce en todo el mundo como «verde vómito». En aquel momento estaba a reventar de equipos de televisión y periodistas, atareados los unos, enloquecidos los otros. A Smithback le encantaba la atmósfera electrizante de las ruedas de prensa importantes, las que se convocan con prisas cuando ha pasado algo muy grave, y a las que asisten cantidades industriales de funcionarios y polis convencidos (craso error) de poder manipular a un cuarto poder tan revoltoso como el de Nueva York. Mientras alrededor reinaba el caos más absoluto, él se quedó tranquilamente en su butaca, con las piernas cruzadas, cinta virgen en la grabadora y el micro a punto. Su olfato profesional le decía que no era lo de siempre. Se percibía un matiz de miedo; o, más que de miedo, de histeria mal disimulada. Lo había notado por la mañana, al ir en metro y caminar por la zona del ayuntamiento. Los tres asesinatos seguidos eran demasiado raros. No se hablaba de nada más. Toda la ciudad estaba al borde del pánico. Reconoció a Bryce Harriman en un lateral, quejándose a un policía de que no le dejara acercarse. Tanto gastar los codos en la facultad de periodismo de la Columbia para derrochar sus exquisitos conocimientos en el New York Post. Habría hecho mejor en ocupar una cátedra en su antigua alma máter, y enseñar a los imberbes a escribir una pirámide invertida perfecta. Cierto, el muy hijo de puta le había robado la exclusiva del segundo asesinato y del carácter imitativo de los crímenes, pero bueno, eso más que nada era chiripa, ¿no? Se observó cierto revuelo. La puerta de la sala de prensa escupió a un grupo de polis seguidos por el alcalde de Nueva York, Edward Montefiori. Era alto, fornido y muy consciente de acaparar todas las miradas. Mientras se tomaba el tiempo de saludar a algunos conocidos con gestos de la cabeza, su expresión reflejó la gravedad del momento. La precampaña a la alcaldía de Nueva York ya estaba muy encarrilada, y, como siempre, se llevaba a un nivel de niño de dos años. Montefiori estaba obligado a capturar al asesino y poner fin a los asesinatos por imitación, so pena de darle más pasto a su rival para aquella porquería de espacios televisivos donde salía denunciando el repunte de la delincuencia de los últimos meses. Fue subiendo más gente al estrado: la portavoz del alcalde, Mary Hill (una mujer negra muy alta y con clase), el gordo de Sherwood Custer (el capitán de policía en cuyo distrito había empezado el follón), el jefe de policía Rocker (alto y con aspecto fatigado) y, por último, el doctor Frederick Collopy, director del Museo de Historia Natural, seguido por Roger Brisbane. Al ver a Brisbane hecho un figurín, con traje gris, Smithback sucumbió a un momento de rabia. Era el culpable del encontronazo entre él y Nora. Incluso después del horrible descubrimiento del cadáver de Puck, y de que el Cirujano la persiguiera y estuviera a punto de cogerla, Nora se había negado a verle y dejarse consolar. Casi parecía que le echara la culpa de lo que les había ocurrido a Puck y Pendergast. El nivel sonoro de la sala empezaba a ser ensordecedor. El alcalde subió al estrado y levantó una mano, gesto que tardó muy poco en verse recompensado por el silencio. A continuación leyó las declaraciones que llevaba preparadas, llegando hasta el último rincón de la sala con su acento de Brooklyn. —Señoras y señores de la prensa —dijo—: nuestra gran ciudad, precisamente por ser tan grande y tan diversa, sufre de vez en cuando la acción de asesinos en serie. Afortunadamente, desde la última vez han pasado muchos años. Sin embargo, todo indica que volvemos a encontrarnos con la presencia de un asesino en serie, un verdadero psicópata. En el transcurso de una semana han sido asesinadas tres personas, cuya muerte ha revestido una especial violencia. En un momento así, en que la ciudad goza del índice de asesinatos más bajo entre todas las regiones metropolitanas del país (gracias al vigor de nuestras medidas de seguridad y nuestra política de tolerancia cero ante el delito), es evidente que esos tres asesinatos están de más, y no se pueden permitir. He convocado esta rueda de prensa con dos objetivos: exponer a la ciudadanía las iniciativas, firmes y eficaces, que estamos adoptando para encontrar al asesino, y responder lo mejor que podamos a las preguntas que puedan tener ustedes sobre el caso, y sus aspectos digamos que sensacionalistas. Ya saben que una de mis máximas prioridades en el ejercicio del cargo siempre ha sido la transparencia. Por eso me acompaña Karl Rocker, el jefe de policía, Sherwood Custer, capitán de distrito, y Frederick Collopy y Roger Brisbane, director y vicepresidente, respectivamente, del Museo de Historia Natural de Nueva York, lugar donde ha sido descubierto el último homicidio. Las preguntas las responderá mi portavoz, Mary Hill, pero antes voy a pedirle al señor Rocker que les facilite un resumen del caso. Retrocedió, y cedió el micrófono a Rocker. —Gracias, señor alcalde. —La voz grave e inteligente del jefe de policía, de una extrema sequedad, resonó en la sala—. El jueves pasado, en Central Park, se descubrió el cadáver de una joven, Doreen Hollander. La habían asesinado, y le habían practicado una disección u operación quirúrgica muy peculiar en la región inferior de la espalda. Antes de que hubiera concluido la autopsia oficial, y con los resultados pendientes de análisis, ocurrió otro asesinato: el de Mandy Eklund, una joven cuyo cadáver apareció en Tompkins Square Park. Por último, ayer se descubrió en el archivo del Museo de Historia Natural el cadáver de un hombre de cincuenta y cuatro años, Reinhart Puck. Era el archivero del museo. El cadáver presenta mutilaciones idénticas a las de Mandy Eklund y Doreen Hollander. Se produjo un revuelo de manos levantadas, exclamaciones y gestos, que el jefe de policía aplacó levantando las suyas. —Sabrán ustedes, también, que en el mismo archivo apareció una carta referente a un asesino en serie del siglo diecinueve. En ella se describían mutilaciones similares, con calidad de experimento científico, llevadas a cabo hace ciento veinte años, en la parte baja de Manhattan, por un médico llamado Leng. En un solar en obras de la calle Catherine, que se supone que es donde realizó el doctor Leng su depravada obra, han sido encontrados los restos de treinta y seis seres humanos. Más alboroto, y más exclamaciones. Volvió a intervenir el alcalde: —La semana pasada, en el New York Times, se publicó un artículo sobre la carta, donde se describían en detalle las mutilaciones a las que Leng sometió hace más de un siglo a sus víctimas, además del motivo que le movió a hacerlo. La mirada del alcalde recorrió la multitud y se detuvo unos segundos en Smithback, quien, ante el reconocimiento implícito, sintió un escalofrío de orgullo. Era el autor. —Por lo visto, el artículo en cuestión ha tenido un efecto poco deseable. Todo indica que ha servido de estímulo a un asesino por imitación, un psicópata de nuestra época. ¿A qué venía eso? Smithback pasó de satisfecho a progresivamente indignado. —Los psiquiatras de la policía me han informado de que el asesino tiene la retorcida convicción de que matar a esas personas es una manera de conseguir lo que intentó hace un siglo Leng: es decir, alargarse la vida. Consideramos que el enfoque... digamos que sensacionalista del artículo del Times inspiró al asesino y le incitó a entrar en acción. Vergonzoso. ¡El alcalde estaba acusándole a él! Smithback miró alrededor y descubrió que le observaban muchos pares de ojos, pero reprimió el impulso de ponerse de pie y protestar. Él había hecho su trabajo de periodista. Era una simple noticia. ¿Cómo se atrevía el alcalde a elegirle como chivo expiatorio? —No acuso a nadie en concreto —siguió perorando Montefiori—, pero sí les ruego a ustedes, señoras y señores periodistas, que sean comedidos en su labor de información. Ya tenemos tres asesinatos brutales entre manos, y estamos decididos a no permitir ni uno más. La investigación se está llevando a cabo con la mayor energía. No agravemos la situación. Gracias. Mary Hill se adelantó para abrir el turno de preguntas, convirtiendo el silencio en un guirigay de exclamaciones y gestos. Smithback permaneció sentado y con el rostro encendido; se sentía violentado. Intentó serenarse, pero estaba tan sorprendido, tan indignado, que no podía pensar. Mientras tanto, Mary Hill ya daba paso a la primera pregunta. —Se ha dicho que el asesino sometió a sus víctimas a una operación —preguntó alguien—. ¿Podrían dar más detalles? —Para resumir, a las tres víctimas se les había extraído la parte inferior de la columna vertebral —se encargó de responder el jefe de policía. —También se ha dicho que la última de las operaciones se hizo en el propio museo —vociferó otro periodista—. ¿Es eso cierto? —Es verdad que en el archivo apareció un gran charco de sangre a poca distancia de la víctima, y que al parecer la sangre pertenece a ella, pero aún estamos pendientes del informe forense. Es pronto para saber si la... esto... «operación» fue realizada in situ. Faltan los resultados del laboratorio. —Tengo entendido que el FBI ha estado presente en el lugar de los hechos —berreó una joven—. ¿Podría aclararnos su papel en la investigación? —No es del todo correcto —contestó Rocker—. Un agente del FBI se ha interesado extraoficialmente por los asesinatos en serie del siglo diecinueve, pero no está relacionado con este caso. —¿Es verdad que el tercer cadáver estaba ensartado en los cuernos de un dinosaurio? El jefe de policía no pudo evitar una mueca. —En efecto, el cadáver apareció unido a un cráneo de triceratops. Es evidente que nos enfrentamos con una persona gravemente perturbada. —Sobre la mutilación de los cadáveres: ¿es verdad que sólo podría haberlo hecho un cirujano? —Es una de las pistas que seguimos. —Sólo quiero aclarar un punto —dijo otro reportero—. ¿Han querido decir que el artículo de Smithback en el Times es la causa de los asesinatos? Smithback se giró. Era Bryce Harriman, el muy cabrón. Rocker frunció el entrecejo. —Lo que ha dicho el alcalde... Volvió a intervenir el propio Montefiori. —Me he limitado a pedir contención. Está claro que preferiríamos que el artículo no se hubiera publicado, porque entonces quizá no hubieran muerto esas tres personas; personalmente, opino que los métodos usados por el periodista para conseguir la información son éticamente cuestionables, pero no he dicho que el artículo fuera la causa de los asesinatos. Otro reportero: —Señor alcalde, ¿echarle la culpa a un periodista que sólo hacía su trabajo no es lanzar balones fuera? Smithback giró al máximo la cabeza. ¿Quién había sido? Le invitaría a una copa. —Es que yo no he dicho eso; me he limitado a... —Pero ha insinuado claramente que el artículo desencadenó los asesinatos. No sólo a una copa, sino a toda una cena. Al girarse, Smithback vio simpatía en muchos ojos. Atacándole a él, el alcalde había atacado indirectamente a toda la profesión. A Harriman le había salido el tiro por la culata. Smithback se envalentonó. —Siguiente pregunta, por favor —dijo Mary Hill. —¿Tienen sospechosos? —Se nos ha facilitado una descripción muy clara del posible atuendo del culpable —dijo Rocker—: más o menos a la misma hora en que se encontró el cadáver del señor Puck, hay testigos de que en el archivo había un hombre blanco, delgado, sobre el metro ochenta y cinco de estatura, con abrigo negro pasado de moda y bombín. Por otro lado, cerca del lugar del segundo asesinato se vio a un hombre vestido de manera parecida y con un paraguas largo, o un bastón. Aparte de esto, no estoy en posición de proporcionarles más detalles. Smithback se levantó e hizo señas, pero Mary Hill no le hizo caso. —Señora Pérez, de la revista New York. Su pregunta, por favor. —Es para el doctor Collopy, del museo. ¿Cree que el asesino a quien llaman el Cirujano es un empleado del museo? Lo digo porque parece que fue donde asesinaron y diseccionaron a la última víctima. Collopy carraspeó y avanzó un paso. —Creo que la policía está investigando —dijo con una voz bien modulada—. Parece bastante inverosímil. Hoy día se consultan los antecedentes penales de todos nuestros empleados, se les hace un perfil psicológico y se les somete a fondo a una prueba de detección de drogas. Por otro lado, permítame decirle que no está demostrado que el asesinato se produjera en el museo. Hill buscó más preguntas, mientras volvía a imponerse el vocerío. Smithback pegaba gritos y movía los brazos como el que más. ¡Pero... bueno! ¿En serio que no pensaban hacerle caso? —Señor Diller, de Newsday, haga su pregunta, por favor. Pues sí, la muy bruja le estaba toreando. —Es para el alcalde. Señor alcalde, ¿cómo explica la destrucción «involuntaria» del yacimiento de la calle Catherine? ¿No era muy importante, históricamente? El alcalde se adelantó. —No, carecía de relevancia histórica, y... —¿Que carecía de relevancia? ¿El asesinato en serie más importante del país? —Señor Diller, la rueda de prensa es sobre los homicidios actuales. No los mezcle, por favor. Se fotografiaron los huesos y los efectos, los estudió el forense, y se retiraron para seguir analizándolos. No podía hacerse nada más. —¿No será porque Moegen-Fairhaven es uno de los principales contribuyentes a su campaña...? —Siguiente pregunta —dijo Hill bruscamente. Smithback se levantó y vociferó: —Señor alcalde, puesto que mi nombre ha sido puesto en entredicho... —Señora Epstein, de la WNBC —exclamó Mary Hill, venciéndole con la potencia de su voz. Se levantó una reportera con el micro en la mano y una cámara enfocándola. Smithback, rápido de reflejos, aprovechó el momento de silencio. —¡Perdone! Señora Epstein, ¿me permite contestar, ya que me han atacado personalmente? La célebre presentadora no se lo pensó. —Faltaría más —dijo educadamente, y se giró hacia el cámara para asegurarse de que lo hubiera rodado. —Deseo dirigir mi pregunta al señor Brisbane —continuó Smithback sin perder ni un segundo—. Señor Brisbane, ¿a qué se debe que la carta, el desencadenante de todo, ya no pueda consultarse, ni tampoco los demás objetos de la colección Shottum? ¿No será que el museo tiene algo que esconder? Brisbane se levantó, sonriendo beatíficamente. —En absoluto. La retirada de esos materiales responde a su conservación. Es pura rutina museística. En todo caso, la carta ya ha incitado al asesino, y ahora sería una irresponsabilidad devolverla al fondo de libre acceso. Todo el material sigue abierto a la consulta de investigadores acreditados. —¿Niega que intentó evitar que algunos empleados trabajaran en el caso? —Sí, lo niego. Hemos cooperado desde el principio. El informe habla por sí mismo. Maldita sea. Smithback pensó deprisa. —Señor Brisbane... —Señor Smithback, ¿le importaría dejar paso a sus colegas? —¡Sí! —exclamó Smithback, provocando algunas risas—. Señor Brisbane, ¿es cierto que Moegen-Fairhaven, que el año pasado donó dos millones al museo (y paso por alto el hecho de que el propio Fairhaven forme parte de la junta directiva), ha presionado al museo para que paralice la investigación? Viendo ruborizarse a Brisbane, Smithback supo que la pregunta había dado en el blanco. —Es una acusación irresponsable. Repito que hemos cooperado desde el... —Entonces, ¿niega haber amenazado a la doctora Nora Kelly, empleada suya, y haberle prohibido investigar el caso? Tenga en cuenta, señor Brisbane, que la doctora Kelly aún no ha efectuado ninguna declaración. Le recuerdo que se trata de la persona que encontró el cadáver de la tercera víctima, además de haber sido perseguida por el Cirujano en persona, que estuvo a punto de matarla. La insinuación, clarísima, era que Nora Kelly podía tener algo que decir en desacuerdo con la versión de Brisbane. Este puso mala cara, dándose cuenta de que estaba acorralado. —No pienso contestar a unas preguntas tan agresivas. Collopy, que estaba al lado de él, tampoco parecía muy contento. Smithback paladeó el sabor de la victoria. —Señor Smithback —dijo Mary Hill, enfatizando mordazmente la primera palabra—, ¿piensa seguir acaparando la rueda de prensa? Es evidente que los homicidios del siglo diecinueve no tienen nada que ver con los asesinatos en serie de estos días, como no sea a título de incentivo. —¿Y usted cómo lo sabe? —exclamó Smithback, seguro ya de su triunfo. El alcalde se dirigió a él. —Oiga —dijo en tono de burla—, ¿insinúa que el doctor Leng aún está vivo, y que sigue con sus actividades? La carcajada, rotunda, se generalizó por la sala. —No, claro que no... —Pues entonces le aconsejo que se siente. Smithback se sentó, mientras seguían las carcajadas y echaban por tierra su victoria. Les había metido un gol, pero eran expertos en el contraataque. Mientras se reanudaba la letanía de preguntas, fue dándose cuenta de lo que había hecho: introducir el nombre de Nora en la rueda de prensa. Tardó mucho menos en imaginarse la reacción de ella. La calle Doyers era una vía corta y estrecha, que formaba un recodo en el extremo sudeste de Chinatown. Al fondo había una concentración de tiendas de té y de comestibles, engalanadas con letreros en chino de potente iluminación. Por el cielo corrían nubes negras, que hacían revolotear los papeles y las hojas de la acera. Sonó un trueno lejano. Se avecinaba una tormenta. O'Shaughnessy se quedó a la entrada de la calle desierta, y Nora, a su lado, tiritó de miedo y frío. Vio que el policía miraba a ambos lados de la acera, ojo avizor por si había señales de peligro o posibilidades de que les hubieran seguido. —El noventa y nueve queda a media manzana —dijo él en voz baja—. Es aquella casa vieja. Nora siguió la indicación con la mirada. Era un edificio estrecho, como todos los demás; una construcción de tres plantas hecha de ladrillos de color verde sucio. —¿Seguro que no quiere usted que la acompañe? —preguntó O'Shaughnessy. Nora tragó saliva. —Me parece que es mejor que se quede y vigile la calle. O'Shaughnessy asintió con la cabeza y se metió en la oscuridad de un portal. Nora respiró hondo y empezó a caminar. Parecía que el sobre que llevaba en el bolso, cerrado y con el dinero de Pendergast, pesara como plomo. Volvió a tener escalofríos y, mientras miraba a izquierda y derecha de la calle, se esforzó por controlar los nervios. El ataque contra ella, y la muerte brutal de Puck, lo habían cambiado todo. Eran la prueba de que no se trataba de simples asesinatos por imitación, de meros actos de locura, sino de golpes minuciosamente planeados. El asesino tenía acceso a las partes del museo cerradas al público. Había usado la vieja máquina de escribir de Puck, la Royal, para redactar la nota, y así tener a Nora en el archivo, y su persecución había sido de una frialdad espeluznante. Nora, en el archivo, había notado su presencia a una distancia de centímetros, y hasta la mordedura de su escalpelo. No, no era ningún loco, sino alguien muy consciente de qué hacía y por qué. Al margen de la relación entre los asesinatos antiguos y los recientes, había que detenerles, y Nora estaba dispuesta a hacer lo que hiciera falta para atrapar al asesino. Algunas respuestas estaban en el subsuelo del 99 de la calle Doyers. Y pensaba dar con ellas. Revivió en su memoria la aterradora persecución, sobre todo el destello del escalpelo del Cirujano al acometerla con la rapidez, como mínimo, de una serpiente al ataque. No conseguía apartar la imagen de su cabeza. Después de eso, el interrogatorio de la policía, interminable, y a continuación la visita a Pendergast en el hospital para comunicarle que había cambiado de idea sobre lo de la calle Doyers. La noticia del ataque había alarmado a Pendergast, que, pese a su inicial reticencia, había tenido que ceder a la firmeza de Nora. Pensaba ir a Doyers, con él o sin él. Al final Pendergast había dado su brazo a torcer, pero con la condición de que Nora no se separase ni un momento de O'Shaughnessy. Además, se había encargado de que recibiera aquel fajo tan considerable de billetes. Subió a la puerta principal y, mientras se armaba de valor, observó que los nombres del interfono estaban en chino. Pulsó el botón del primer apartamento. Contestó una voz en chino. —Soy la que quiere alquilar el apartamento del sótano —dijo ella en voz alta. Al oír el zumbido de apertura, empujó la puerta y se encontró en un pasillo con luces fluorescentes. A la derecha había una escalera de subida. Oyó que al fondo del pasillo se descorrían multitud de cerrojos. Al final se abrió la puerta, y apareció, mirándola, un individuo encorvado y de aspecto tristón, que iba en mangas de camisa y pantalones holgados. Nora se acercó. —¿El señor Ling Lee? El hombre asintió y le sujetó la puerta. Al otro lado había una sala de estar con un sofá verde, una mesa de fórmica, varios sillones y, en la pared, un bajorrelieve en rojo y dorado que representaba en detalle una pagoda entre árboles. La estancia estaba presidida por un candelabro enorme, en total desacuerdo con sus proporciones. El papel de la pared era lila, y la alfombra roja y negra. —Siéntese —dijo el señor Lee con voz débil y cansada. Nora tomó asiento, y le dio un poco de reparo hundirse tanto en el sofá. —¿Cómo sabe de apartamento? —preguntó Lee. Nora vio en su expresión que no se alegraba de verla. Empezó a soltar el cuento. —Me lo dijo una señora que trabaja en el Citibank de al lado. —¿Qué señora? —preguntó Lee con mayor brusquedad. Pendergast le había explicado a Nora que en Chinatown la mayoría de los caseros preferían alquilar a su gente. —No sé cómo se llama. Mi tío me dijo que hablara con ella, que conocía un piso de alquiler en esta zona. Luego ella me dio este teléfono. —¿Su tío? —Sí, el tío Huang. Trabaja en la DHCR. El dato fue acogido con un silencio de consternación. Pendergast había supuesto que tener parientes chinos facilitaría el acceso de Nora al apartamento. El hecho de que trabajara para la División de Renovación Comunitaria y de la Vivienda, el organismo municipal que garantizaba la legalidad de los alquileres, era otra ventaja. —¿Cómo llama, usted? —Betsy Winchell. Nora vio una silueta oscura que salía de la cocina y se quedaba en la puerta de la sala de estar. Por lo visto era la mujer de Lee, que era el triple de alta que él y estaba muy seria, con los brazos cruzados. —Por teléfono me ha dicho que el piso estaba libre. Mi intención es quedármelo ahora mismo. Enséñemelo, por favor. Lee se levantó de la mesa y miró brevemente a su mujer, cuyos brazos se tensaron. —Venga —dijo. Volvieron al pasillo, salieron por la puerta principal y bajaron por la escalera. Nora echó un vistazo alrededor, pero no vio a O'Shaughnessy. Lee sacó una llave, abrió la puerta de la vivienda del sótano y encendió la luz. Nora le siguió al interior. Lee ajustó la puerta y, ostentosamente, volvió a echar ni más ni menos que cuatro cerrojos. El apartamento, tétrico, alargado y oscuro, sólo tenía una ventana al lado de la puerta principal, y para colmo era pequeña, con barrotes. Las paredes eran de ladrillo, con una mano de pintura antes blanca que se había vuelto gris; el suelo, de baldosas viejas de ladrillo, estaba lleno de grietas y roturas. Nora lo observó con interés profesional. Las baldosas estaban sin pegar. ¿Qué había debajo? ¿Tierra? ¿Arena? ¿Cemento? Se veía tan irregular y húmedo que podía ser perfectamente tierra. —Cocina y dormitorio, al fondo —dijo Lee sin molestarse en señalar. Nora fue a la parte trasera del apartamento y encontró una cocina muy pequeña, por la que se accedía a dos dormitorios oscuros y a un baño. En la pared del fondo había una ventana por debajo del nivel de la calle, por cuyos gruesos barrotes entraba una luz muy pobre de un patio de luces. Volvió a salir. Lee examinaba la cerradura de la puerta principal. —Tengo que arreglar —dijo con tono solemne—. Quiere entrar mucho ladrones. —¿En el barrio entran a menudo? Lee asintió con entusiasmo. —Sí, sí, mucho ladrones. Mucho peligroso. —¿En serio? —Mucho ladrones. Mucho atraco. Movió la cabeza, apesadumbrado. —Este piso, como mínimo, parece seguro. Nora permaneció a la escucha. El techo parecía bastante bien insonorizado. Al menos no se oía nada encima. —Este barrio no seguro para chica. Cada día asesinato, atraco, robo. Violación. Nora estaba informada de que Chinatown, pese a su aspecto cutre, era uno de los barrios más seguros de la ciudad. —A mí no me preocupa —dijo. —En este piso mucho reglamento —dijo Lee, cambiando de estrategia. —¿Ah, sí? —Nada música. Nada ruido. Nada hombres por la noche. —Se notaba que buscaba restricciones que pudieran incomodar a una mujer joven—. Nada fumar. Nada beber. Limpiar todos días. Nora escuchó con atención, y asintió con la cabeza. —Ah, pues me parece perfecto. A mí me gustan los sitios limpios y tranquilos. Además, no tengo novio. Acordándose de Smithback, del artículo con que la había metido en aquel lío, se le reavivó la rabia. Smithback, hasta cierto punto, era efectivamente responsable de los asesinatos por imitación; y encima el muy caradura iba y sacaba su nombre en la rueda de prensa del alcalde, la de ayer, para que se enterara toda la ciudad. Nora tuvo la certeza de que después de lo ocurrido en el archivo sus perspectivas de futuro en el museo estaban más pendientes de un hilo que nunca. —Gastos aparte. —Sí, claro. —Sin aire acondicionado. Asintió. Lee parecía haberse quedado sin argumentos, hasta que le iluminó la cara otra idea. —Desde suicidio no permite pistolas en apartamento. —¿Un suicidio? —Sí, chica que ahorcó. Misma edad que usted. —¿Que se ahorcó? ¿No ha dicho pistolas? A Lee, tras unos instantes de confusión, volvió a animársele la cara. —Ahorcó, pero no funciona y pega tiro. —Ya. Era partidaria del método integral. —No tenía novio, como usted. Muy triste. —Hay que ver. —Pasa justo aquí—dijo Lee, señalando en dirección a la cocina—. Tres días hasta encuentra cadáver. Mucha peste. —Puso los ojos en blanco, y adoptó un tono dramático para añadir en voz baja—: Mucho gusanos. —Qué horror —dijo Nora. Luego sonrió—. Pero bueno, el apartamento es ideal. Me lo quedo. A Lee se le acentuó el aspecto tristón, pero no dijo nada. Nora le siguió a su apartamento y se sentó en el sofá sin que la invitaran a hacerlo. La mujer seguía en la puerta de la cocina, imponente, con una mueca de recelo y mal humor. Sus brazos cruzados parecían jamones. Su marido se sentó, descontento. —Bueno —dijo Nora—, ahora los trámites. Quiero alquilar el apartamento, y lo necesito ya. Hoy. Ahora mismo. —Tengo que comprobar referencia—replicó Lee sin convicción. —No hay tiempo. Puedo pagar en metálico. Necesito el apartamento esta misma noche. Si no, no tendré donde dormir. Mientras hablaba, sacó el sobre de Pendergast, metió la mano y sacó un fajo de billetes de cien dólares. La aparición del dinero suscitó enérgicas protestas en la señora de la casa. Lee no contestó. Tenía la mirada fija en los billetes. —Traigo el alquiler del primer mes, el del último y otra mensualidad de fianza. —Nora dejó que el dinero chocase contra la mesa—. Seis mil seiscientos dólares. En efectivo. Traiga el contrato. El apartamento era siniestro, y el alquiler rozaba lo escandaloso (razón, sin duda, de que aún no tuviera inquilinos). Nora confió en que el pago en metálico fuera para Lee un argumento irrefutable. La mujer hizo otro comentario acerado, pero Lee no le hizo caso. Se fue al fondo de la casa, y a los pocos minutos volvió con dos copias del contrato. Estaban en chino. Se produjo un silencio. —Necesita referencia —dijo su esposa, impasible, pasando a hablar en inglés para que la entendiera Nora—. Necesita comprobar crédito. Nora no le hizo caso. —¿Dónde firmo? Lee señaló. —Aquí. Nora firmó los dos contratos como «Betsy Winchell», y redactó en cada uno un recibo rudimentario: «Pagados 6.600 dólares al señor Ling Lee». —Me lo traducirá mi tío Huang, y espero por su bien que no haya nada ilegal. Ahora firme usted. Ponga el visto bueno en el recibo. Se oyó otro gruñido iracundo de la esposa. Lee firmó en chino, como si la oposición de su mujer hubiera acabado de convencerle. —Ahora me da las llaves y listos. —Tengo que hacer copia llaves. —Usted démelas, que ahora el apartamento es mío. Las copias ya las haré yo de mi bolsillo. Tengo que empezar ahora mismo a mudarme. Lee le hizo entrega de las llaves a regañadientes. Nora las cogió, se metió una copia doblada del contrato en el bolsillo y se levantó. —Muchas gracias —dijo alegremente y con la mano tendida. Lee se la estrechó fofamente. Al cerrarse la puerta, Nora oyó otro estallido de mal genio de la esposa, y esta vez parecía que fuese a durar mucho tiempo. —A ver de qué es la base del suelo. Nora volvió enseguida al apartamento del sótano. O'Shaughnessy apareció a su lado mientras abría la cerradura. Entraron juntos en la sala de estar, y Nora aseguró la puerta con pestillos y cadenas. A continuación se acercó a la ventana con barrotes. En cada extremo del dintel había dos clavos, que habían servido para improvisar una cortina. Se quitó el abrigo y lo colgó de ellos, tapando la vista desde el exterior. —Muy acogedor—dijo O'Shaughnessy, olfateando—. Huele como si hubieran matado a alguien. Nora no contestó. Miraba el suelo, y ya hacía planes mentales para la excavación. Mientras O'Shaughnessy efectuaba un reconocimiento, Nora se paseó por la sala de estar, examinando el suelo y dibujando una cuadrícula con las líneas de ataque. Después se arrodilló, se sacó una navaja del bolsillo (regalo de su hermano Skip al cumplir los dieciséis años, que siempre llevaba encima) y la introdujo entre dos losas. Lentamente, con paciencia, penetró en la costra de mugre y vieja cera de suelos y, moviendo la navaja en ambos sentidos, fue separando suavemente dos baldosas. A continuación procedió a desprender una, y tardó poco en levantarla. Tierra. Le llegó a la nariz un olor húmedo. Hincó un dedo: estaba fría, mojada y con cierta textura de barro. Clavó la navaja y comprobó que, pese a ser compacta, cedía y tenía poca grava o piedras. Perfecto. Se levantó y miró alrededor. Tenía a O'Shaughnessy detrás, mirando el suelo con curiosidad. —¿Qué hace? —preguntó el policía. —Es relleno, no cemento. —¿Eso es bueno o es malo? —Lo mejor. —Si usted lo dice... Nora volvió a poner la baldosa en su sitio y, levantándose, consultó su reloj. Las tres de la tarde del viernes. Faltaban dos horas para que cerrara el museo. Se giró hacia O'Shaughnessy. —Oiga, Patrick, necesito que vaya a mi despacho del museo y busque en mi armario hasta que encuentre las herramientas que necesito. O'Shaughnessy negó con la cabeza. —Ni hablar. Me ha dicho Pendergast que me quede con usted. —Sí, ya me acuerdo, pero es que aquí estoy segura. En la puerta hay unos cinco cerrojos, y no pienso salir. Además, el asesino sabe dónde trabajo. ¿Qué prefiere, que vaya yo y quedarse usted esperando ? —¿Ir? ¿Para qué? ¿Qué prisa hay? ¿No podemos esperar a que haya salido Pendergast del hospital? Nora le miró fijamente. —Patrick, el tiempo pasa y hay un asesino suelto. O'Shaughnessy la miró y titubeó. —No podemos quedarnos con las manos cruzadas. Espero que no me lo ponga difícil. Las herramientas las necesito ya. Seguía el titubeo. Nora empezaba a notarse enfadada. —Venga, vaya al museo y no se hable más. O'Shaughnessy suspiró. —Cuando haya salido, cierre bien la puerta y no se la abra a nadie. Ni al casero, ni a los bomberos, ni a Papá Noel. Sólo a mí. ¿Me lo promete? Nora asintió con la cabeza. —Sí, se lo prometo. —Bueno, pues vuelvo en cuanto pueda. Nora hizo una lista de herramientas, le explicó a O'Shaughnessy dónde estaban y, al quedarse sola, cerró la puerta escrupulosamente, aislándose del ruido de la tormenta. Entonces se apartó lentamente de la entrada y recorrió la habitación con la mirada hasta fijarse en el suelo que pisaban sus pies. A pesar del talento de Leng, con cien años de diferencia era imposible haber previsto hasta dónde llegaría la arqueología moderna. Nora pensaba esmerarse al máximo en la excavación, penetrar capa a capa en el antiguo laboratorio del asesino y emplear todos sus conocimientos en la recogida de pistas, por ínfimas que fueran. Porque las habría, eso seguro. No existían yacimientos estériles al cien por cien. La gente siempre dejaba marcas, al margen de por dónde se moviera y de qué hiciera. Sacó la navaja, se arrodilló y, por segunda vez, clavó la cuchilla entre dos baldosas viejas. De repente oyó un trueno más fuerte que todos los anteriores, y se le aceleró el corazón por el miedo. Esforzándose por controlar sus emociones, movió la cabeza, avergonzada. No, ningún asesino iba a impedirle descubrir qué había debajo de aquel suelo. Tuvo curiosidad por saber qué habría opinado Brisbane de aquella excavación, pero se le pasó enseguida, pensando: ¿Ese? Que se vaya a la mierda. Se pasó la navaja de una mano a la otra hasta cerrarla suspirando. Durante toda su carrera profesional había desenterrado y catalogado huesos humanos sin sentir nada, ningún vínculo con los antiguos esqueletos más allá de la humanidad que compartían. Sin embargo, se había demostrado que lo de Mary Greene era distinto. Pendergast, a las puertas de la casa de la joven, había retratado en vivos términos su vida breve y su muerte atroz. Era la primera vez que Nora era consciente de haber desenterrado y tocado los huesos de alguien a quien podía entender y compadecer. El relato de Pendergast se le grababa cada vez más hondo en la memoria, aunque ella se esforzara por mantener una distancia profesional. Recientemente, incluso, había estado a punto de convertirse en otra Mary Greene. Lo cual lo convertía en algo personal. Muy personal. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el ruido del viento en la puerta, seguido por el de un trueno más difuso. Nora se puso de rodillas, volvió a abrir la navaja y empezó a rascar vigorosamente el suelo que pisaba. Iba a ser una noche muy larga. El viento sacudía la puerta cerrada a cal y canto. De vez en cuando, en la sala de estar penetraba el destello de un relámpago o el retumbar de un trueno. Desde que había vuelto O'Shaughnessy, unían sus esfuerzos: él apartaba la tierra, y Nora se concentraba en descubrir los detalles. Trabajaban a la luz de una bombilla, una sola, y que daba una luz amarillenta. Olía mucho a tierra podrida. Era una atmósfera cargada, húmeda, asfixiante. Nora había hecho un agujero de cuatro metros cuadrados en el suelo de la sala de estar. Previamente había dibujado una cuadrícula perfecta, y la excavación presentaba un perfil escalonado: cada casilla, de un metro cuadrado, estaba a un nivel diferente, lo cual le proporcionaba peldaños para entrar y salir del agujero. Las baldosas estaban arrimadas a la pared, en un montón perfecto. Por la puerta de la cocina, que estaba abierta, se veía una montaña de tierra marrón puesta en el centro sobre una lámina de plástico muy gruesa. Al lado de la primera lámina, otra más pequeña contenía objetos sacados de la excavación y metidos en bolsas. Nora realizó la primera pausa en su labor y dejó la paleta en el suelo para hacer balance. Después se quitó el casco, se pasó el dorso de una mano por la frente y volvió a ponerse el casco. Era más de medianoche, y estaba cansadísima. En el punto de mayor profundidad, la excavación superaba el metro veinte respecto al nivel del suelo. Mucho esfuerzo, con la dificultad añadida de tener que trabajar tan deprisa sin que la excavación dejara de ser profesional. Se giró hacia O'Shaughnessy. —Un descanso. Quiero examinar este perfil de suelo. —Ya era hora. El policía se puso derecho y se apoyó en la pala. Tenía la frente chorreando de sudor. Nora enfocó la pared lisa de tierra con la linterna, y la leyó como si fuera un libro. De vez en cuando usaba la paleta para retirar algunos grumos y tener mejor visión. La capa superior, de quince centímetros, era de relleno limpio, con la indudable función de servir de soporte a las baldosas. Debajo había unos noventa centímetros de relleno más basto, sembrado de trocitos de loza y porcelana posteriores a 1910. Sin embargo, Nora no veía nada que correspondiera al laboratorio de Leng, al menos a simple vista. A pesar de todo, había sido muy estricta en marcar cada objeto y meterlo en una bolsa. Debajo del relleno basto habían encontrado un estrato que contenía desperdicios, hierba en descomposición, trozos de botellas, huesos de sopa y un esqueleto de perro: restos de cuando el solar estaba vacío. Debajo había una capa de ladrillos. O'Shaughnessy se desperezó y se frotó la espalda. —¿Por qué hay que excavar tanto? —En la mayoría de las ciudades viejas el nivel del suelo va subiendo a un ritmo fijo. En Nueva York son más o menos tres cuartos de metro cada cien años. —Señaló el fondo del agujero—. En esa época, el nivel del suelo era eso. —¿O sea, que los ladrillos del fondo son el suelo original del sótano? —Yo diría que sí. El suelo del laboratorio. El laboratorio de Leng, pensó. Sin embargo, les había deparado pocas pistas. Sorprendía la escasez de desperdicios, como si lo hubieran barrido. Nora había encontrado trozos de cristalería en las rendijas de los ladrillos, una rejilla metálica con restos de carbón, un botón, un billete de trolebús podrido y algunas cosas sueltas. Parecía que Leng se hubiera esforzado en no dejar rastro. La luz de otro relámpago se filtró por el abrigo que Nora había colgado en la ventana. El trueno tardó un segundo en oírse. La bombilla (la única que había) parpadeó, se oscureció y recuperó su intensidad. Nora seguía contemplando el suelo, enfrascada en sus pensamientos. Al final dijo: —Primero hay que ensanchar la excavación. Y luego me parece que habrá que hacerla más honda. —¿Más honda? —dijo O'Shaughnessy con cierto tono de incredulidad. Nora asintió. —Leng no dejó nada encima del suelo, pero eso no quiere decir que no dejara nada debajo. El silencio fue breve, estremecido. Fuera, la calle Doyers sufría los latigazos de una lluvia intensa. El agua que corría por la cuneta y desaparecía por las alcantarillas transportaba basura, heces de perro, ratas ahogadas, verdura podrida y tripas de pescado del mercado, que quedaba muy cerca, en la misma calle. Los relámpagos iluminaban a intervalos las fachadas renegridas, clavando saetas de luz en las volutas de niebla que lamían el suelo de la calle y formaban remolinos. Una silueta encorvada y con bombín, tapada en gran medida por un paraguas negro, caminaba por la callejuela. Se acercaba con lentitud y esfuerzo, apoyada en un bastón. Al llegar al número 99 de la calle Doyers hizo una pausa brevísima en su camino. Después siguió vagando por la niebla ponzoñosa, como una sombra mezclada con más sombras, hasta que apenas quedó rastro de su presencia. Custer, suspirando, se apoyó en el respaldo de su silla de despacho, que era enorme. Eran las doce menos cuarto del mediodía, sábado. Se merecía estar con los amigos, bebiendo cerveza en la bolera. ¡Que era comandante de distrito, caray, no detective de homicidios! ¿Para qué leches le habían llamado un sábado? Alguna tontería de relaciones públicas que no servía de nada. Se había pasado toda la mañana sin moverse de la silla, oyendo vibrar el asbesto en los tubos de la calefacción. Un fin de semana fantástico echado a perder. Suerte que de momento Pendergast ya no podía molestar. Claro que, en el fondo, ¿a qué se dedicaba? Sobre ese tema, las preguntas de Custer a O'Shaughnessy sólo habían obtenido evasivas. Con un expediente así, lo lógico —y lo más beneficioso para el propio O'Shaughnessy— habría sido aprender a lamer lo que hiciera falta. Bueno, pues ya se había hartado. A partir del lunes, a ese cachorrito le apretaría la correa a base de bien. Sonó el timbre de la mesa. Custer lo pulsó con rabia. —¿Ahora qué coño pasa? He dicho que no me molesten. —Capitán, tiene al jefe Rocker en la línea uno —dijo la voz de Noyes con prudente neutralidad. Mecagüenlahostia, pensó Custer. Le tembló la mano a pocos centímetros del piloto del teléfono, que parpadeaba. ¿Para qué coño quería hablar con él el jefe de policía? ¡Si ya había hecho todo lo que le habían pedido! El alcalde, el jefe... Todos. Fuera lo que fuese, no era culpa suya. Apretó el botón con un dedo grueso y tembloroso. —¿Custer? La voz árida de Rocker entró en su oído. —Dígame, señor —graznó, esforzándose con retraso por adoptar un tono de voz más grave. —Ese agente suyo, O'Shaughnessy... —Sí, dígame, ¿qué le pasa? —Es que me pica la curiosidad. ¿Cómo se explica que pidiera una copia del informe forense sobre los restos de la calle Catherine? ¿Lo había autorizado usted? ¿Qué coño de mosca le ha picado a O'Shaughnessy?, pensó Custer, con mil ideas en la cabeza. Podía decir la verdad, que O'Shaughnessy debía de haber estado desobedeciendo sus órdenes, pero entonces quedaría como un tonto, incapaz de controlar ni a los suyos. También tenía la posibilidad de mentir. Eligió la segunda, como de costumbre. —¿Oiga? ¿Señor Rocker? —Consiguió ceñir su voz a notas más o menos masculinas—. Lo autoricé yo. Es que no teníamos copia en nuestro archivo. Nada, puro trámite; cuestión de no saltarse ni una coma, como se suele decir. Es que aquí somos muy escrupulosos. Hubo un momento de silencio. —Veo que le gustan los dichos, Custer. Entonces seguro que sabe aquello de «Mejor no meneallo». —Sí, señor. —Yo creía que el alcalde había dejado claro que se aplicaba a este caso. A juzgar por el tono de voz, no parecía que Rocker tuviera una fe ciega en el criterio del alcalde. —Sí, señor. —Oiga, Custer... O'Shaughnessy no estará yendo por libre, ¿verdad? Por casualidad, no estará ayudando al agente del FBI mientras está en el hospital... —No, es un policía de fiar, leal y obediente. El informe se lo había pedido yo. —Pues me sorprende, Custer. Supongo que se da cuenta de que estando el informe en el distrito podrá leerlo cualquier poli. De ahí a dejarlo en la puerta del New York Times sólo hay un paso. —Disculpe, no se me había ocurrido. —Quiero que me envíen el informe, sin que falte ni una copia. A mí personalmente, y por correo. ¿Me entiende? No tiene que quedar ni una sola copia en comisaría.