LOS ASESINATOS DE MANHATTAN Douglas Preston & Lincoln Child EL OSARIO Pee-Wee Boxer miraba la obra, y le daba asco. El capataz era un cabronazo. Los trabajadores, una pandilla de inútiles. Lo peor, que el que manejaba el Cat no tuviera ni pajolera idea de excavadoras hidráulicas. ¿Sería cosa del sindicato? ¿Gracias a alguna amistad influyente? El caso es que le daba unas sacudidas al cacharro que ni que fuera su primer día en la FP de Queens. Boxer, cruzados los brazos musculosos, observaba los mordiscos de la cuchara en los cascotes de la vieja casa de pisos. La cuchara se abatió, frenó bruscamente con un chirrido hidráulico y reanudó sus zarandeos en diversos ángulos. ¡Vaya gentuza! ¿De dónde los sacaban? Oyó pasos en la grava, y se giró. Era el capataz, con una capa de sudor y de polvo en la cara. —¡Boxer! ¿Qué pasa, que tienes entrada de platea? Boxer, haciéndose el sordo, flexionó los músculos de sus fornidos brazos. En aquella obra, el único que sabía de construcción era él. Por eso los demás le tenían rabia, pero a él le daba igual. Le gustaba estar solo. Oyó el ruido de la excavadora horadando el sólido relleno de la pared antigua. Habían despejado el estrato inferior, el de las edificaciones más antiguas, y parecía una herida recién hecha: encima, asfalto y cemento; debajo, ladrillos y cascotes; a continuación, más ladrillos, y por último tierra. Afianzar bien los cimientos del bloque de pisos de cristal, clavarlos en el lecho de roca, exigía llegar hasta muy hondo. Se fijó en lo que había detrás del solar: una hilera de casas rojizas del Lower East Side, muy perfiladas en el resol de la tarde. Algunas las acababan de reformar. Las demás no tardarían. Otro barrio que se aburguesaba. —¡Eh, Boxer! ¿Estás sordo? Volvió a doblar los brazos, y se le pasó por la cabeza la idea de pegarle un buen par de puñetazos en la cara coloradota de aquel tío. —Venga, mueve el culo, que esto no es un peepshow. El capataz señaló la cuadrilla de Boxer con un movimiento de cabeza, pero sin acercarse. Mejor para él. Boxer miró a los del turno, y los vio afanándose en cargar ladrillos en un volquete. Seguro que en el barrio había algún yuppy enrollado que se los compraba a cinco dólares, y cuanto más zarrapastrosos mejor. Echó a caminar, pero despacio, para que el capataz viera que no tenía prisa. Se oyó un grito, y de repente el ruido de la excavadora paró. El Cat había perforado un muro subterráneo, y detrás se veía un agujero oscuro e irregular. El capataz se acercó con expresión ceñuda, y los dos hombres iniciaron una viva conversación. —¡Boxer! —Era su voz, la del capataz—. Ya que no pegas ni golpe, tengo otra faenita para ti. Boxer modificó sutilmente su trayectoria, como si ya la hubiera elegido así de antemano, y, sin alzar la vista en reconocimiento de haber oído la orden, dejó que su actitud expresara todo su desprecio por el escuálido capataz. Se le plantó delante y le miró fijamente las botitas de trabajo polvorientas. Pies pequeños, picha corta. Poco a poco levantó la cabeza. —Bienvenido a la Tierra, Pee-Wee. Mira. La mirada de Boxer al agujero se redujo a un vistazo. —Saca la linterna. La desprendió (era amarilla, con agarre de goma) de un bucle de los pantalones y se la dio al capataz, que al encenderla, como si viera un milagro, exclamó: —¡Hombre, funciona! El capataz se agachó. En aquella postura (de puntillas sobre una montaña de cascotes, como un señorito, y con la cabeza y el tronco metidos en el boquete) parecía tonto de remate. Dijo algo, pero no se le oía bien. Se apartó. —Parece un túnel. —Se pasó una mano por la cara, dejando una raya de polvo larga y negra—. ¡Jo, qué pestazo! —¿Qué, has visto a Tutankamón? —preguntó alguien. Se rieron todos menos Boxer. ¿Quién coño era ese? —¡Espero que no sea ningún rollo arqueológico! —El capataz se giró hacia Boxer—. Pee-Wee, tú que eres tan alto y tan fuerte, métete y nos lo cuentas. Boxer le cogió la linterna, trepó por la montaña de escombros sin mirar a los maricas de sus compañeros y entró por el agujero que la excavadora había hecho en la pared. Arrodillado, rodeado de ladrillos rotos, iluminó la cavidad con la linterna. Era la entrada de un túnel largo y bajo, con grietas en zigzag por todas las paredes y el techo. Parecía a punto de caerse. Boxer titubeó. —¿Qué, entras o no? Era la voz del capataz. Oyó otra quejándose en broma. —Es que no está en el convenio... Carcajadas. Entró. Los ladrillos rotos descendían en pendiente hasta el suelo del túnel. Boxer bajó a base de resbalones, entre nubes de polvo. Después de recuperar el equilibrio, se puso derecho y enfocó la linterna hacia delante. El polvo sólo se dejó perforar un poquito por el haz de luz. Desde dentro parecía aún más oscuro que desde fuera. Esperó a que se le acostumbrara la vista, y a que el polvo se posara un poco. Arriba se oían conversaciones y risas, pero era como si llegaran de muy lejos. Dio unos cuantos pasos, mientras efectuaba un barrido con la linterna. El techo estaba como forrado de unas estalactitas finísimas. Recibió en la cara una ráfaga de aire hediondo. Ratas muertas, probablemente. Aparte de unos trozos de carbón, el túnel se veía vacío. En los dos lados había una hilera muy larga de nichos en arco, todos más o menos de un metro de ancho y uno y medio de alto, tapiados con ladrillos colocados de cualquier manera. Las paredes brillaban por la humedad. Boxer oyó una polifonía de goteos casi imperceptibles. De repente, como el túnel era impermeable a los sonidos del exterior, reinaba un silencio sepulcral. Dio otro paso y recorrió las paredes y el techo con la luz de la linterna. Tuvo la impresión de que la red de grietas se hacía más tupida. La bóveda tenía algunos cantos salidos. Retrocedió con precaución, y volvió a fijarse en los nichos tapiados de las dos paredes. Se acercó al que le quedaba más cerca. Hacía poco que se había desprendido un ladrillo. Los otros parecían sueltos. Tuvo curiosidad por saber qué había dentro. ¿Otro túnel? ¿Algo escondido a propósito? Enfocó el agujero con la linterna, pero la oscuridad del otro lado era impenetrable. Entonces metió la mano, cogió el ladrillo de debajo y lo movió. Lo que pensaba: también estaba suelto. Al sacarlo levantó una nube de cal. A medida que sacaba los demás, notó que aumentaba el mal olor. Volvió a iluminar el interior. Otro muro de ladrillos, casi a un metro del primero. Orientó la luz, y la mirada, hacia la base del arco: había algo, una especie de fuente. De porcelana. Retrocedió un paso, y se le empañaron los ojos por la fetidez del aire. Ahora su curiosidad luchaba con una vaga inquietud. Dentro había algo, seguro; quizá algo antiguo, y de valor. Si no, ¿por qué iban a tapiarlo? Se acordó de que una vez, durante el derribo de una casa vieja, un tío había encontrado un saco de monedas de plata muy poco comunes, por valor de un par de miles de dólares, y que se había comprado una preciosidad de cortacésped Kubota de primera mano, de los que se montan. Como lo del nicho valiera algo, se lo embolsaba y al carajo con los otros. Se desabrochó el cuello y se tapó la nariz con la camiseta. Después introdujo en el boquete el brazo donde tenía la linterna y, sin vacilar, hizo lo mismo con la cabeza y los hombros. Abrió los ojos. Al principio se quedó de piedra. Luego, sin querer, echó la cabeza hacia atrás y se golpeó con los ladrillos de encima. Por último soltó la linterna, que se cayó en el agujero, y se apartó con un movimiento brusco que le costó un arañazo en la frente. Después de algunos pasos vacilantes por la oscuridad, tropezó con un ladrillo y se cayó de bruces, profiriendo un grito involuntario. Todo estaba en silencio. Subía un remolino de polvo. Arriba, muy arriba, parpadeaba una luz del exterior. Boxer, jadeante, notó que le envolvía el tufo. Hizo el esfuerzo de levantarse y de subir hacia la luz por la cuesta de ladrillos, usando los pies y las manos y mordiendo el polvo. De repente era de día, y estaba al aire libre. Cayó de cabeza por el lado opuesto de la montaña de cascotes, y aterrizó con un golpe tremendo en plena cara. Lo siguiente fue gente acercándose, manos levantándole, voces hablando a la vez. —Pero, tío, ¿qué te ha pasado? —Se ha hecho daño —dijo alguien—. Está lleno de sangre. —Apartaos —dijo otro. Boxer intentó recuperar el aliento y controlar el martilleo de su corazón. —No le mováis. Llamad a una ambulancia. —¿Se te ha hundido el suelo? No había manera de que se callaran. Por fin, Boxer consiguió toser y quedarse sentado, provocando un silencio inmediato. —Huesos —logró decir. —¿Huesos? ¿Cómo que huesos? —Delira. Notó que empezaba a despejársele la cabeza. Miró alrededor, y percibió el calor de la sangre que le goteaba por la cara. —Calaveras y huesos. Amontonados. Docenas de ellos. Se sintió débil, y volvió a tumbarse boca arriba, al sol. Nora Kelly miraba por la ventana de su despacho del tercer piso. Más allá de los tejados cobrizos del Museo de Historia Natural de Nueva York, más allá de las cúpulas, los minaretes y las torres habitadas por las gárgolas, contempló la frondosa extensión de Central Park, hasta que su mirada recaló en los edificios del fondo, los de la Quinta Avenida: una pared continua y monolítica, como de patio de armas de un castillo infinito, que la luz otoñal pintaba de amarillo. Era una vista muy bonita, pero que no le deparó ningún placer. Faltaba muy poco para la reunión. Empezó a controlar un ataque de rabia, hasta que pensó que le haría mucha falta. Hacía dieciocho meses que le habían congelado el presupuesto de investigación, dieciocho meses en los que había visto incrementarse de tres a doce el número de vicepresidentes del museo, a doscientos mil dólares por barba. Al mismo tiempo, había asistido a la reconversión del departamento de relaciones públicas, que de simple despachito de ex periodistas cordiales y ociosos había pasado a ser el amplio coto de una serie de publicitarios jóvenes y perfectamente trajeados, pero que no sabían nada de arqueología ni de ciencia. Además, Nora había presenciado el fenómeno en virtud del cual los máximos cargos del museo, tradicional monopolio de científicos y educadores, quedaban en manos de abogados y recaudadores de fondos. Cada ángulo de noventa grados del museo había sido aprovechado para despachito de funcionario. Se lo gastaban todo en grandes actos de recaudación, ingresos que, a su vez, servían para sufragar otros actos, en un ciclo interminable de gran vigor onanístico. Y a pesar de todo, se dijo, seguía siendo el Museo de Historia Natural de Nueva York: el mayor del mundo en su especialidad. Trabajar allí era una suerte. Tras el fracaso de sus últimas iniciativas —aquella expedición arqueológica tan rara a Utah, bajo su mando, y el brusco final del previsto museo Lloyd—, el trabajo en el museo le hacía mucha falta para resarcirse. Se dijo que esta vez se lo tomaría con serenidad, y que trabajaría sin salirse del sistema. Dio la espalda a la ventana y miró el despacho en su conjunto. Con sistemas o sin sistemas, una de dos: o le daban más dinero, o no podría llevar a buen puerto su investigación sobre la relación entre los anasazi y los aztecas. Lo más importante era usar un espectrómetro acelerador de masa de carbono 14 para fechar las sesenta y seis muestras orgánicas que se había traído del sur de Utah, producto de todo un verano de trabajo de campo. Costaría dieciocho mil dólares, pero, como no consiguiera fechar esas muestras, la investigación se quedaría a medias. Su intención era pedirlo cuanto antes, y dejar lo demás para más tarde. Ya era la hora. Se levantó, salió, subió por una escalera estrecha y accedió al lujo y el esplendor del cuarto piso del museo. Al llegar al despacho del vicepresidente primero, se paró ante la puerta y se arregló el traje de chaqueta gris. Era el lenguaje que entendía aquella gente: ropa seria y elegante. Tras componer una expresión afable y neutra, asomó la cabeza al interior. La secretaria había salido a comer. Nora tuvo el atrevimiento de cruzar la sala y plantarse delante de la puerta del despacho interior. Era perentorio conseguir el dinero, aunque le latiera tan deprisa el corazón. Imposible marcharse del despacho con las manos vacías. Sacó fuerzas de flaqueza, sonrió y llamó. El truco consistía en mostrarse amable pero firme. —Adelante —dijo una voz seca. La luz de la mañana iluminaba el despacho hasta el último rincón. El vicepresidente primero, Roger Brisbane III, estaba sentado detrás de un escritorio estilo Bauhaus muy brillante. Nora había visto fotos de cuando aquella sala la ocupaba el misterioso doctor Frock; entonces respondía al prototipo de despacho de conservador de museo, todo polvo y desorden, con sobreabundancia de fósiles, libros, sillones de orejas Victorianos, lanzas masai y un dugong disecado. Ahora parecía una sala de espera de dentista. El único indicio de que perteneciera a un museo era que en el escritorio de Brisbane había una vitrina hermética con varias y espectaculares gemas (tanto talladas como en bruto) que emitían destellos desde sus niditos de terciopelo. Según los chismorreos del museo, Brisbane había querido ser gemólogo, pero un padre pragmático le había obligado a estudiar derecho. Nora confiaba en que fuera verdad, porque como mínimo significaría cierta comprensión de la ciencia. Intentó que su sonrisa fuera lo más sincera posible. Brisbane irradiaba saber estar y confianza. Su cara —afeitada a conciencia, y sometida a las palmadas y la dosis de colonia de rigor— igualaba en lisura y tono rosado al interior de una concha. El pelo, castaño, ondulado, recio y con un brillo saludable, sobrepasaba un poco la longitud normal. —Doctora Kelly —dijo el vicepresidente, exhibiendo una modélica ortodoncia—, póngase cómoda. Nora, precavida, se sentó en un chisme de cromo, cuero y madera que quería pasar por silla, pero que era el colmo de la incomodidad, porque chirriaba a cada movimiento. El vicepresidente, que era joven, se apoyó en el respaldo con un roce de estambre, y juntó las manos detrás de la cabeza. Tenía las mangas de la camisa perfectamente remangadas; el nudo de su corbata, inglesa y de seda, formaba un triángulo con un surco impecable. Nora pensó: ¿No lleva un poco de maquillaje alrededor de los ojos, para que no se le vean las arruguitas? Al darse cuenta de que su mirada era demasiado fija, la apartó. —¿Qué, cómo va el taller de huesos y de harapos? —preguntó él. —Bien, muy bien. Sólo quería comentarle un detalle. —Ah, pues me alegro, porque yo también quería decirle algo. —Señor Brisbane —dijo Nora con cierto atropello—, me... Brisbane la detuvo con una mano en alto. —Ya sé por qué ha venido, Nora. Necesita dinero. —Exacto. Asintió comprensivamente. —Con el presupuesto congelado no puede acabar la investigación. —Exacto —repitió Nora, sorprendida pero recelosa—. Lo de conseguir que subvencionaran la expedición de Utah sobre los anasazi fue un éxito muy grande, pero ahora, o se hacen pruebas de carbono catorce como Dios manda, o no habrá manera de acabar el trabajo. La datación exacta es la base de todo. Procuró mantener un tono de voz afable y obediente, como si quisiera hacerse la ingenua a cualquier precio. Brisbane volvió a asentir con los ojos entrecerrados, mientras se balanceaba un poco en su sillón, y Nora no pudo evitar cierto optimismo. No se esperaba una reacción tan comprensiva. Parecía que todo estaba saliendo bien. —¿De qué cantidad hablamos? —preguntó Brisbane. —Con dieciocho mil dólares podría hacer que me fecharan las sesenta y seis muestras en la Universidad de Michigan, que es la que tiene el mejor laboratorio de espectrometría de masa del mundo. —Dieciocho mil dólares. Sesenta y seis muestras. —Exacto. No pido un aumento permanente de presupuesto, sólo una ayuda puntual. —Dieciocho mil dólares —repitió Brisbane con lentitud, como si lo meditase—. ¿Verdad que en el fondo no parece tanto, doctora Kelly? —No. —De hecho, es muy poco dinero. —Sobre todo en comparación con los resultados científicos que se obtendrían. —Dieciocho mil. Qué coincidencia. —¿Coincidencia? De repente Nora se había puesto nerviosa. —Resulta que es justo la cantidad que tendrá que recortar de su presupuesto para el año que viene. —¿Que me recorta el presupuesto? Brisbane asintió. —Sí, un diez por ciento en todos los departamentos científicos. Nora se aferró a los apoyabrazos metálicos de la silla, porque notaba que empezaba a temblar. Estuvo a punto de decir algo, pero se acordó de su promesa y se lo tragó junto con la saliva. —Al final hemos gastado más de lo previsto en las nuevas salas de dinosaurios. Por eso me he alegrado al oírle decir que era poco dinero. Nora recuperó el aliento y moduló la voz. —Señor Brisbane, con un recorte así no puedo terminar la investigación. —Pues no habrá más remedio, doctora Kelly. Piense que la investigación científica sólo es una pequeña parte del museo. Tenemos la obligación de montar exposiciones, construir salas nuevas y pensar en el público. Nora se encendió. —Pero el alma de este museo es la investigación científica de base. Sin ciencia se queda todo en un espectáculo vacío. Brisbane se levantó de la silla, rodeó el escritorio y, cuando estuvo delante de la vitrina, introdujo un código en un teclado numérico e insertó una llave. —¿Ha visto la esmeralda de Tev Mirabi? —¿La qué? Entonces abrió la vitrina y acercó una mano estilizada a un cabujón de esmeralda del tamaño de un huevo de petirrojo, que extrajo de su cuna de terciopelo y sostuvo entre el pulgar y el índice. —La esmeralda de Tev Mirabi. No tiene imperfecciones; y, como gemólogo de vocación que soy, puedo decirle que las esmeraldas de este tamaño siempre tienen alguna. Menos esta. Se la colocó a la altura del ojo, que quedó multiplicado como el de una mosca. Después de un parpadeo, la bajó. —Fíjese. Nora volvió a hacer el esfuerzo de tragarse la respuesta, y cogió la esmeralda. —¡Cuidado, que no se le caiga! Las esmeraldas son frágiles. Nora la sostuvo con precaución y le dio vueltas con los dedos. —Adelante. Visto a través de una esmeralda, el mundo parece diferente. Adentró la mirada en sus profundidades, y le salió al encuentro un mundo distorsionado donde se movía un ser hinchado que parecía una medusa verde: Brisbane. —Muy interesante, pero, señor Brisbane... —Ninguna imperfección. —Ya, pero estábamos hablando de otra cosa. —¿Cuánto calcula que vale? ¿Un millón? ¿Cinco? ¿Diez? Es única. Si la vendiéramos, se nos acabarían los problemas de dinero. —Brisbane rió entre dientes y volvió a acercarse la esmeralda al ojo, que giraba detrás de la piedra preciosa como algo negro, enorme, húmedo—. Pero claro, no podemos. —Perdone, pero no le sigo. Brisbane se sonrió un poco. —Usted, y el resto del personal científico, se olvidan de una cosa: de que aquí lo esencial sí que es el espectáculo. Esta esmeralda, por ejemplo. Científicamente no contiene nada que no pueda encontrarse en otra cien veces más pequeña, pero la gente no quiere ver una esmeralda cualquiera. Quiere ver la más grande. El alma de este museo es el espectáculo, doctora Kelly. ¿Cuánto cree que duraría su adorada investigación si empezara a no venir nadie, si ya no hubiera interés ni donativos? Se necesitan colecciones, y cuanto más impresionantes, mejor: meteoritos colosales, dinosaurios, planetarios, oro, pájaros dodo, y esmeraldas gigantes que retengan la atención del público. El trabajo de usted, y me perdonará, se sale de esa categoría. —Pero es interesante. Brisbane enseñó las palmas de las manos. —Querida doctora, aquí no hay nadie que no esté convencido de que lo que investiga es lo más interesante. La gota que colmó el vaso fue el «querida». Nora se levantó de la silla con los labios blancos de rabia. —No sé qué hago aquí sentada, dando explicaciones acerca de mi trabajo. La investigación de Utah determinará la fecha exacta en que la influencia azteca llegó al sudoeste y transformó la cultura anasazi. Nos permitirá saber... —Cosa distinta sería que buscara dinosaurios. Eso sí que es un tema candente. Y resulta que también es el que mueve más dinero. La cuestión, doctora Kelly, es que sus trocitos de cerámica no parece que le interesen mucho a nadie, aparte de a usted. —La cuestión —dijo Nora, acalorada— es que usted es un científico frustrado. Sólo juega a burócrata, y, sinceramente, está sobreactuando. Nada más decirlo, Nora supo que se había excedido. A Brisbane se le heló la expresión. Tardó unos segundos en recuperarse, sonreír fríamente y sacarse el pañuelo del bolsillo del pecho. Poco a poco, y con movimientos repetitivos, empezó a frotar la esmeralda. Después volvió a guardarla, cerró la vitrina y la sometió parsimoniosamente a la misma operación, empezando por la parte de encima y siguiendo por los lados. —No se altere —dijo—, que endurece las arterias y en general es malo para la salud. —Perdone, lo he dicho sin querer. De todos modos, me niego al recorte. Brisbane contestó con afabilidad. —Yo ya he dicho lo que tenía que decir. En los casos de conservadores que no puedan o no quieran prestarse a los recortes, no pasa nada: ya me encargo yo, y con mucho gusto. Lo dijo sin sonreír. Nora cerró la puerta del primer despacho y se quedó en el pasillo hecha un lío. Se había jurado no marcharse sin el dinero extra, pero resultaba que salía en peores condiciones que al entrar. ¿Cómo solucionarlo? ¿Yendo a ver a Collopy, el director del museo? No, era un hombre severo e inabordable, y encima seguro que Brisbane se enfadaba. Ya se había ido una vez de la lengua. Si se saltaba al vicepresidente a la torera, se arriesgaba a que la despidieran, y eso no se lo podía permitir. Como perdiera aquel empleo, más le valdría dedicarse a otra cosa. Quizá pudiera buscar el dinero en otra parte, hacerse con alguna subvención... Además, en seis meses volvería a revisarse el presupuesto. La esperanza es lo último que se pierde... Se metió por la escalera y bajó lentamente al tercer piso, pero al llegar al pasillo se llevó una sorpresa: la puerta de su despacho estaba abierta. Se asomó. En la misma butaca que había ocupado ella hacía menos de un cuarto de hora, ahora había un hombre raro hojeando una monografía, con su silueta recortada contra la ventana. El traje que llevaba, completamente negro y de corte severo, le confería un aspecto netamente fúnebre. Tenía la piel muy blanca, más que nadie que hubiera visto Nora, al menos vivo. Su pelo rubio también era casi blanco. Pasaba las páginas de la monografía con unos dedos increíblemente largos, como de marfil. —Perdone, pero ¿qué hace en mi despacho? —preguntó Nora. —Muy interesante —murmuró él, mirándola. —¿Cómo? Le mostró la monografía: Geocronología de la cueva de Sandia. —¡Qué curioso que encima del nivel de Sandia sólo encontraran puntas Folsom enteras! ¿A usted no le intriga? Su acento, de clase alta del sur, era dulce y melifluo. Viendo invadido su despacho con tal dosis de descaro, Nora sintió que la sorpresa se le convertía en indignación. El desconocido se acercó a una estantería, guardó el libro y examinó los demás volúmenes, dando golpecitos precisos en los lomos con un dedo. —Ah —dijo, sacando otra monografía—. Veo que han puesto en duda los resultados de Monte Verde. Nora se acercó, le quitó el libro de las manos y volvió a meterlo entre los demás. —Ahora mismo tengo trabajo. Si quiere que le den hora, llame. Y al salir cierre la puerta, por favor. Dio la espalda al intruso y esperó a que se marchara. Diez por ciento. Hizo un movimiento de incredulidad con la cabeza. Imposible, no podía arreglárselas. El hombre, sin embargo, no sólo no se fue, sino que Nora volvió a oír su voz meliflua de dueño de plantación. —Si no le importa, doctora Kelly, preferiría decírselo ahora mismo, aunque signifique abusar de su amabilidad. ¿Sería demasiada molestia exponerle un problema que me quita el sueño? Nora se giró. El desconocido tenía la mano extendida. En la palma había una pequeña calavera marrón. Nora miró la calavera, y a continuación la cara de su visitante. —¿Quién es usted? Al fijarse en él, se dio cuenta de que tenía los ojos de un azul clarísimo, y los rasgos sumamente finos. Su piel blanca, y el facetado clásico de su rostro, hacían que pareciera cincelado en mármol. El hombre hizo un gesto de gran dignidad, a medio camino entre la inclinación de cabeza y la reverencia. —Agente especial Pendergast, del FBI. A Nora le dio un vuelco el corazón. ¿Otra complicación por lo de Utah? Sólo le faltaba eso. —¿Tiene placa, o algo que le identifique? —preguntó con voz cansada. Su visitante sonrió con indulgencia, y se sacó del traje una cartera que se abrió por su propio peso. Nora se inclinó a fin de examinar la placa. Parecía auténtica; y no era la primera que veía en los últimos dieciocho meses. —Vale, vale, ya me lo creo. Agente especial... Titubeó. ¿Cómo coño había dicho que se llamaba? Bajó la vista, pero la placa ya había emprendido el camino de regreso al interior del traje. —Pendergast —dijo él, servicial. Parecía que le hubiera leído el pensamiento, porque añadió—: Ah, y descuide, que no tiene nada que ver con lo de Utah. Nada en absoluto. Nora volvió a mirarle. Aquel atildamiento en blanco y negro no cuadraba con la imagen de los agentes del FBI que había conocido en el oeste. Parecía una persona original, por no decir excéntrica. Su rostro, impasible, no carecía de atractivo. Nora se fijó en la calavera por segunda vez, y se apresuró a decir: —No soy antropóloga física. No me dedico a los huesos. La respuesta de Pendergast fue tenderle la calavera. Nora la cogió y la miró desde todos los ángulos con curiosidad mal disimulada. —¿Qué pasa, que el FBI no tiene asesoría forense? El agente se limitó a sonreír, ir a la puerta y cerrarla con pestillo. Después se deslizó hacia el escritorio, levantó el auricular de la base del teléfono y lo depositó suavemente al lado. —¿Podemos hablar sin que nos molesten? —Sí, claro, faltaría más. Nora se enfadó consigo misma por no saber disimular sus nervios. Nunca había conocido a nadie tan seguro de sí mismo. El agente se sentó en una silla de madera, al otro lado del escritorio, y cruzó sus esbeltas piernas. —Me gustaría saber qué piensa de esta calavera, aunque no sea su campo. Nora suspiró. ¿Le convenía hablar con él? ¿Qué opinaría el museo? Seguro que estarían satisfechos de que el FBI consultara a un miembro del personal. Quizá viniera al pelo, y fuera la «publicidad» que tanto quería Brisbane. Volvió a examinar la calavera. —Pues... para empezar diría que este niño tuvo una vida muy triste. Pendergast juntó las yemas de los dedos y arqueó una ceja a guisa de pregunta. —La falta de cierre sutural indica que el sujeto acababa de entrar en la adolescencia. La segunda muela está recién salida, señal de que nos movemos sobre los trece años, año más, año menos. Yo, por la suavidad del perfil de la frente, diría que era chica. De paso, le diré que menudo desastre de dentadura. Ni rastro de ortodoncia, lo cual, como mínimo, es señal de dejadez. Y estos dos círculos en el esmalte indican retrasos en el crecimiento, yo diría que por dos episodios de inanición o enfermedad grave. Salta a la vista que es una calavera antigua, aunque el estado de la dentadura nos llevaría a fecharla en época histórica, no prehistórica. En un espécimen prehistórico no habría un deterioro así de los dientes. Parece caucasoide, no indígena norteamericano. Yo le atribuiría una antigüedad mínima de entre setenta y cinco y cien años. Claro que son simples conjeturas. Todo depende de dónde haya aparecido, y en qué condiciones. Podría plantearse una prueba de carbono catorce. Hizo una pausa involuntaria, acordándose de la entrevista que acababa de tener. Pendergast seguía callado, y Nora tuvo la clara sensación de que esperaba algo más. Nuevamente irritada, se acercó a la ventana para estudiar la calavera bajo la fuerte luz matinal. De repente, al hacerlo, se sintió afectada por una especie de mareo. —¿Qué pasa? —preguntó Pendergast, que se había dado cuenta enseguida del cambio, y que despegó su cuerpo enjuto de la silla con la rapidez de un resorte. —Estos rasguños pequeños justo en la base del hueso occipital... Nora cogió la lupa que siempre llevaba al cuello, y se la ajustó en la órbita. Después hizo girar la calavera y la examinó con mayor detenimiento. —Diga, diga. —Son de cuchillo. Parece que hayan retirado algún tejido. —¿Tejido? ¿De qué tipo? Nora descubrió con gran alivio la respuesta. —Son las típicas marcas que deja el escalpelo en una autopsia. A esta niña le hicieron la autopsia. Las marcas son de cuando le abrieron la parte superior de la médula espinal, o del bulbo raquídeo. —Dejó la calavera encima de la mesa—. Pero yo soy arqueóloga, señor Pendergast. Le aconsejo que consulte a otra persona. Aquí tenemos a un antropólogo físico, el doctor Weidenreich. Pendergast cogió la calavera y la metió en una bolsa hermética, que, como por arte de prestidigitación, desapareció sin dejar rastro en los repliegues del traje. —Es que lo que necesito son sus conocimientos de arqueóloga. Ahora —añadió de corrido, mientras colgaba el auricular y retiraba el pestillo de la puerta con rapidez y agilidad— tendría que acompañarme al centro. —¿Al centro? ¿A comisaría, o algo así? Pendergast negó con la cabeza. Nora vaciló. —Es que no puedo marcharme del museo. Tengo trabajo. —Será un ratito, doctora Kelly. Es fundamental no perder tiempo. —¿De qué se trata? Pero el agente ya había salido del despacho, y recorría el pasillo con pasos veloces y silenciosos. Nora fue tras él, porque no se le ocurría ninguna alternativa. Recorrieron muchas y tortuosas escaleras, por un camino que, atravesando Pájaros del Mundo, África y Mamíferos del Pleistoceno, desembocó en la planta baja, en el espacio lleno de ecos de la Gran Rotonda. —Conoce muy bien el museo —dijo ella, esforzándose por no quedarse rezagada. —Sí. Poco después habían cruzado las puertas de bronce, y bajaban a Museum Drive por la majestuosa escalinata de mármol. Al llegar a la acera, el agente Pendergast se giró. Bajo la fuerte luz otoñal, se le veían los ojos blanquecinos, casi sin rastro de color. De repente, al verle caminar, Nora tuvo una impresión de mucho poder físico debajo de aquel traje tan ceñido. —¿Tiene presente la ley sobre conservación arqueológica e histórica de Nueva York? —preguntó él. —Sí, claro. Era una ley que obligaba a detener cualquier excavación o construcción de la ciudad en cuanto se descubriera algo de valor arqueológico, y a no reanudarlas mientras no se hubiera estudiado y documentado. —En la parte baja de Manhattan han descubierto un yacimiento bastante interesante. La arqueóloga supervisora será usted. —¿Yo? Si no tengo experiencia ni autoridad para... —Tranquila, doctora Kelly; mal que me pese, preveo que su ejercicio del cargo se nos hará muy corto. Nora sacudió la cabeza. —Pero ¿por qué yo? —Porque ya tiene experiencia en este... tipo de yacimiento. —¿Me lo podría describir? —Es un osario. Nora le miró fijamente. —Y ahora —dijo él, señalando con gestos un Silver Wraith modelo del cincuenta y nueve que esperaba en el bordillo—, en marcha. Usted primero, por favor. Nora se apeó del Rolls-Royce con la sensación incómoda de que llamaban la atención. Pendergast, serenamente ajeno a la incongruencia de aparcar un vehículo tan elegante entre el polvo y el ruido de una obra grande, cerró la portezuela tras ella. Cruzaron la calle y se acercaron a una tela metálica muy alta. Al otro lado, la luz suntuosa del atardecer iluminaba un esqueleto de cimientos, los de una hilera de casas viejas. El recinto estaba bordeado por varios volquetes grandes cargados de ladrillos. En el bordillo había dos coches patrulla aparcados. Nora vio a una serie de policías de uniforme delante de un boquete en un muro de contención de obra vista, cerca de un grupo de hombres de negocios trajeados. El solar estaba limitado por casas de pisos abandonados, que guiñaban los ojos de sus ventanas vacías. —En este solar, el grupo Moegen-Fairhaven está construyendo un rascacielos residencial de sesenta y cinco pisos —dijo Pendergast—. Ayer, hacia las cuatro de la tarde, hicieron un agujero en aquel muro de ahí, y dentro, en un túmulo, un obrero encontró la calavera que le he enseñado. Con muchos huesos más. Muchísimos. Nora echó un vistazo en la dirección indicada. —¿Antes qué había? —Una casa de pisos de finales del siglo diecinueve, pero el túnel, al parecer, es anterior. Nora constató que la excavadora había dejado a la vista varios estratos bien definidos. El muro de contención quedaba debajo de los cimientos decimonónicos, y saltaba a la vista que el agujero que tenía cerca de la base pertenecía a una estructura anterior. Al lado, formando una pila, se veían, quemadas y podridas, algunas vigas muy antiguas. Mientras caminaban pegados a la valla, Pendergast se inclinó hacia Nora. —Sospecho que va a ser una visita problemática, y disponemos de poquísimo tiempo. En pocas horas, el solar ha sufrido unos cambios alarmantes. Moegen-Fairhaven es una de las constructoras con más proyectos en la ciudad. Y tienen bastantes... digamos que influencias. ¿Se ha fijado en que no hay periodistas? A la policía la han avisado con mucha discreción. La condujo a la entrada, que estaba cerrada con cadenas y vigilada por un policía con esposas, radio, porra, pistola y munición al cinto. El peso combinado de todo el arsenal hacía bajar el cinturón, y dejaba asomarse sin complejos una barriga con camisa azul. Pendergast se detuvo frente a él. —Circulen —dijo el policía—, que aquí no hay nada que ver. —Al contrario. Pendergast sonrió y enseñó su identificación. El policía se agachó ceñudo y cotejó varias veces la cara del agente con lo que veía. —¿FBI? Se subió el cinturón con un ruido metálico. —Sí, son las tres letras que pone. Pendergast volvió a guardarse la cartera en la chaqueta. —¿Y con quién viene? —Con una arqueóloga. Le han encargado investigar el yacimiento. —¿Arqueóloga? Un momento. El policía cruzó el solar sin darse mucha prisa, y se acercó al grupo que formaban sus colegas. Tras un intercambio de palabras, uno de ellos se desgajó de los demás, seguido a paso rápido por un hombre con traje marrón. Era, este último, bajo y corpulento, con un cuello carnoso contenido a duras penas por el cuello de la camisa. Sus pasos, demasiado largos para tan breves piernas, conferían a su andar una elasticidad exagerada. —¿Qué coño pasa? —dijo sin resuello al acercarse a la verja, dirigiéndose al policía que acababa de llegar—. No me habían comentado nada del FBI. Nora reparó en que el segundo policía tenía galones dorados de capitán en los hombros. Era un individuo de tez cetrina y pequeños ojos negros, al que empezaba a caérsele el pelo y casi estaba igual de gordo que el del traje marrón. El capitán miró a Pendergast. —¿Me permite su identificación? Tenía la voz aguda y afectada. Pendergast volvió a sacar la cartera. El capitán la cogió, la examinó y se la devolvió a través de la verja. —Perdone, señor Pendergast, pero aquí el FBI no tiene jurisdicción, y menos la delegación de Nueva Orleans. Ya conoce las reglas. —Capitán... —Custer. —Capitán Custer, vengo con la doctora Nora Kelly, del Museo de Historia Natural de Nueva York, a quien se ha encomendado la prospección arqueológica. Si nos hace el favor de dejar que... —Esto es una obra —intervino el del traje marrón—. Por si no se ha fijado, estamos intentando levantar un edificio. Ya hay un hombre mirando los huesos. ¿Y ahora el FBI? ¡Pero si ya estamos perdiendo cuarenta mil dólares al día! ¡Por Dios! —No tengo el placer —dijo Pendergast con afabilidad. —Ed Shenk —contestó el del traje con mirada escurridiza. —Ah, el señor Shenk. —Dicho por Pendergast, parecía el nombre de algún instrumento vulgar—. ¿Y qué cargo tiene dentro de Moegen-Fairhaven? —Director de construcción. Pendergast asintió con la cabeza. —Ya. Pues encantado, señor Shenk. Enseguida se giró hacia el capitán, haciendo caso omiso a Shenk. —En definitiva, capitán Custer —siguió diciendo, con la misma suavidad—, ¿debo entender que no piensa abrirnos la verja ni dejarnos desempeñar nuestro trabajo? —Este proyecto es muy importante, tanto para el grupo Moegen-Fairhaven como para el barrio. Llevamos retraso respecto a las previsiones, y la preocupación se ha hecho extensiva a muy altos cargos. Ayer por la tarde visitó la obra el señor Fairhaven en persona. Lo que menos les interesa es que se acumulen más retrasos. Ni me han informado de que participe el FBI ni sé nada de ninguna misión arqueológica, y... El capitán se quedó callado. Pendergast había sacado el móvil. —¿A quién llama? —quiso saber Custer. Pendergast siguió sonriendo sin contestar, mientras sus dedos recorrían las pequeñas teclas a una velocidad asombrosa. La mirada del capitán se detuvo brevemente en Shenk. —¿Sally? —dijo Pendergast al teléfono—. Soy el agente Pendergast. ¿Me pones con Rocker, el jefe de policía? —Oiga, que... —empezó a decir el capitán. —Sí, Sally, por favor. Eres un ángel. —Quizá pudiéramos discutirlo dentro. Tintineo de llaves. El capitán Custer empezó a abrir el candado de la verja. —Si tienes la amabilidad de interrumpirle de mi parte, te lo agradecería mucho. —Señor Pendergast, que no hace falta —dijo Custer. Se abrió la verja. —¿Sally? Ya te llamaré —dijo Pendergast, y cerró el móvil. Entró con Nora al lado y avanzó en línea recta, sin pausas ni comentarios, por el solar sembrado de cascotes, yendo hacia el boquete en el muro de ladrillos. Los demás, vencida la sorpresa inicial, empezaron a seguirle. —Señor Pendergast, comprenda que... —dijo el capitán, en pleno esfuerzo por no quedarse rezagado. Shenk le seguía furioso, como un toro. Tropezó, soltó una palabrota y siguió caminando. Al acercarse al agujero, Nora vio que dentro había un poco de luz. De pronto vio un flash, seguido inmediatamente de otro. Hacían fotos. —Señor Pendergast... —dijo el capitán Custer. Pero el agente, con su agilidad característica, ya estaba trepando por el montón de cascotes. Los demás se quedaron al pie, jadeando. Nora siguió a Pendergast, que ya se había metido por el agujero negro. Al llegar al muro roto se detuvo y miró el interior. —Pase, pase —dijo el agente del FBI, con toda su cortesía sureña. Superado el arduo descenso por la cuesta de ladrillos, Nora puso los pies en el suelo húmedo. Otro flash. Había un hombre con bata blanca de laboratorio, agachado y examinando un nicho pequeño. Al lado de otro nicho había un fotógrafo, cuya cámara estaba dotada de un flash esclavo a cada lado. El de la bata blanca se puso de pie y les miró a través del polvo. Su abundante pelo gris, combinado con unas gafas redondas, le prestaban un vago aspecto de revolucionario bolchevique. —¡Qué maneras de entrar! ¿Se puede saber quiénes son? —exclamó, y su voz resonó por el túmulo—. ¡Había dejado dicho que no me molestaran! —FBI —le espetó Pendergast con un tono brusco y severo que nada tenía que ver con el de antes, mientras le ponía a su interlocutor la chapa ante las narices. —Ah —balbuceó el de la bata. Nora les miraba, sorprendida por el talento de Pendergast para calar enseguida a las personas y manipularlas del modo más indicado. —Haga el favor de abandonar el yacimiento mientras lo examinamos mi colega, la doctora Kelly, y yo. —Oiga, que estoy trabajando. —¿Ha tocado algo? Sonó a amenaza. —No, tanto como tocar... He movido algunos huesos, claro... —¿Qué ha movido algunos huesos? —En consonancia con mi encargo de establecer la causa de la muerte... —¿Qué ha movido algunos huesos? —Pendergast se sacó del bolsillo una libretita y un bolígrafo dorado, y apuntó algo haciendo gestos de exasperación con la cabeza—. Su nombre, doctor. —Van Bronck. —Me lo apuntaré para la vista. Y ahora, doctor Van Bronck, tenga la amabilidad de no interrumpirnos. —Usted manda. Pendergast vio salir laboriosamente del túnel al forense y al fotógrafo. Después se giró hacia Nora y pronunció unas palabras deprisa y en voz baja. —Todo suyo. He conseguido una hora de margen, o puede que menos. No la desperdicie. —¿Cómo que no la desperdicie? —preguntó Nora, presa del pánico—. ¿Qué se supone que tengo que hacer? Nunca... —Su formación es más completa que la mía. Examine el yacimiento. Quiero saber qué pasó. Ayúdeme a entenderlo. —¿En una hora? No tengo herramientas, ni nada para guardar muestras... —Hasta es posible que ya sea demasiado tarde. ¿Se ha fijado en que tenían al capitán de distrito? Es lo que le decía: lo que son influencias, a Moegen-Fairhaven no les faltan. Va a ser la única oportunidad que tengamos. Necesito la máxima cantidad de información en la mínima cantidad de tiempo. Es importantísimo. Primero le entregó a Nora el bolígrafo y la libreta. Después se sacó dos linternas de bolsillo y le dio una. Nora la encendió. Para ser tan pequeña, era muy potente. Echó un vistazo alrededor, con una atención que hasta entonces no había prestado. Hacía frío, y todo estaba en silencio. En el chorro de luz natural que entraba por el agujero del muro flotaban motas de polvo. El aire, muy viciado, olía a una mezcla de hongos, carne vieja y moho. A pesar de ello, respiró hondo e hizo un esfuerzo de concentración. La arqueología era una ocupación lenta y metódica. Con el tiempo encima, casi no sabía ni por dónde empezar. Después de otro momento de vacilación, empezó a dibujar el túnel. Tenía unos veinticinco metros de largo, unos tres de alto hasta la bóveda, y estaba tapiado con ladrillos en los dos extremos. El techo era una red tupida de grietas. La capa de polvo del suelo mostraba señales de haber sido recientemente removida, con marcas que no podían atribuirse en exclusiva al forense. Nora se preguntó cuántos obreros y policías se habían paseado por el interior. Había una docena de nichos, repartidos por las dos paredes. Caminó por el suelo mojado del túnel, dibujando e intentando formarse una idea general del espacio. Originalmente los nichos también habían estado tapiados, pero ahora los ladrillos formaban montones junto a cada uno. Cada vez que enfocaba la linterna hacia un nicho, veía más o menos lo mismo: un amasijo de calaveras y huesos, trozos de ropa, pedazos de carne y de cartílago, pelos... Giró la cabeza. Pendergast estaba al fondo, llevando a cabo su propio examen. La luz de fuera recortaba su perfil. Su mirada saltaba sin descanso de un lugar a otro. De repente se puso de rodillas y miró algo fijamente; no los huesos, sino el polvo del suelo, de donde recogió algo. Una vez que Nora hubo completado el circuito, se aprestó a examinar más a fondo el primer nicho. Con esa intención, se arrodilló ante él y procuró, mediante un rápido vistazo general y esforzándose por obviar el mal olor, comprender aquel amasijo de restos humanos. Había tres calaveras. Estaban desconectadas de la columna vertebral por decapitación, pero las cajas torácicas se conservaban enteras, y los huesos de las piernas —algunas de ellas flexionadas— conservaban las articulaciones. Se observaban varias vértebras con extrañas formas de deterioro, como si las hubieran cortado para dejar la médula a la vista. Cerca había una bola de pelo: corto, de niño. No sólo era evidente que los cadáveres habían sido seccionados y apilados en el nicho, sino que, teniendo en cuenta las dimensiones de éste, la solución no carecía de lógica. Meter un cuerpo entero en tan poco espacio habría sido poco práctico. En cambio, cortándolo... Tragó saliva y miró la ropa. Parecía que la hubieran metido independientemente de las partes corporales. Introdujo una mano y vaciló por instinto de arqueóloga, pero se acordó de lo que había dicho Pendergast y, cuidadosamente, empezó a coger las prendas y los huesos, al mismo tiempo que confeccionaba una lista mental. Tres calaveras, tres pares de zapatos, tres cajas torácicas articuladas, numerosas vértebras y huesecillos diversos. De todas las calaveras, sólo había una con marcas parecidas a las de la que le había enseñado Pendergast. En cambio, había muchas vértebras seccionadas de la misma manera, desde la primera vértebra lumbar hasta el sacro. Siguió clasificando: tres pares de pantalones; botones, un peine, trozos de cartílago y de carne seca; seis juegos de huesos de las piernas, con los pies fuera de los zapatos, que habían sido arrojados aparte. Ojalá tuviera bolsas para muestras, pensó. Separó algunos cabellos de una bola (que conservaba parte del cuero cabelludo) y se los metió en el bolsillo. Era una locura. Odiaba trabajar sin el instrumental adecuado. Todos sus instintos profesionales se rebelaban contra un trabajo así, apresurado y negligente. Se fijó en la ropa. Era basta, de mala calidad, y estaba muy sucia. Se había podrido, pero no se observaban marcas de roedores ni en ella ni en los huesos. Buscó a tientas su lupa, se la ajustó en la órbita y examinó un trozo de prenda. Piojos a montones; muertos, claro. Había agujeros, como de desgaste, y muchos remiendos. Los zapatos estaban muy usados, y en algunos casos tenían las tachuelas gastadas. Metió la mano en los bolsillos de unos pantalones: un peine y una cuerda. Revisó los de otro par: nada. Los terceros le depararon una moneda. Al sacarla se le deshizo la tela. Era un centavo grande de Estados Unidos, con fecha de 1877. Se lo metió todo apresuradamente en sus propios bolsillos. Se trasladó a otro nicho y repitió el inventario con la máxima celeridad. Era parecido: tres calaveras y tres cuerpos desmembrados, junto con ropa para tres personas. Hurgó en los bolsillos de los tres pantalones: un alfiler doblado y dos centavos más, de 1872 y de 1880. Volvió a fijarse en los huesos: las mismas marcas extrañas en las vértebras. Extremó su atención. La vértebra lumbar (siempre ella) abierta con cuidado —casi como por un cirujano— y separada. Se metió un espécimen en el bolsillo. Acto seguido, recorrió el túnel examinando cada nicho y tomando apuntes en la libreta de Pendergast. Cada nicho contenía la misma cantidad de cadáveres: tres, todos desmembrados de la misma manera, por el cuello, los hombros y las caderas. Algunas calaveras presentaban las mismas marcas de disección que el ejemplar que le había enseñado Pendergast. Todos los esqueletos mostraban graves traumatismos en la parte inferior de la columna. A juzgar por el primer, y apresurado, examen de la morfología craneal, todos correspondían a la misma franja de edad (entre trece y veinte años, más o menos) y eran tanto varones como hembras, con predominio de los primeros. Nora se preguntó qué había descubierto el forense. Ya habría tiempo de averiguarlo. Doce nichos, con tres cadáveres por nicho, pensó... Todo muy pulcro, muy preciso. Al llegar al penúltimo nicho se detuvo, retrocedió hasta el centro del túnel y, refrenando a duras penas el impulso de pensar en las consecuencias de lo que acababa de ver, se atuvo estrictamente a los datos. Siempre que se estaba en un yacimiento arqueológico, era importante tomarse unos minutos de sosiego, de no ejercer el intelecto sino empaparse del ambiente a secas. Miró alrededor en un esfuerzo por olvidarse del reloj y borrar ideas preconcebidas. Un túnel en un sótano de antes de 1890, con nichos muy bien tapiados, y cadáveres y ropa de unos treinta y seis jóvenes de ambos sexos. ¿Qué utilidad había tenido? Miró a Pendergast. Seguía al fondo, examinando el muro de ladrillos y extrayendo un poco de argamasa con ayuda de un cuchillo. Nora volvió al nicho y anotó con esmero la colocación de cada hueso y cada prenda. Dos bombachos con los bolsillos vacíos. Un vestido, tan mugriento y destrozado que daba pena. Se fijó en él. Correspondía a una chica baja y delgada. Cogió la calavera marrón que había al lado. Una adolescente, de unos dieciséis o diecisiete años. Descubrió con horror que el pelo estaba debajo, largas trenzas doradas que todavía sujetaba un lazo rosa de encaje. Después examinó la calavera: la misma falta de higiene dental. Dieciséis años y ya se le pudrían los dientes. El lazo era de seda, y de calidad muy superior a la del vestido. Seguro que había sido su más preciada posesión. Quedó desarmada por aquel atisbo de humanidad. Al rebuscar en un bolsillo, algo crujió entre sus dedos. Papel. Palpó el vestido y se dio cuenta de que el papel no estaba en un bolsillo, sino cosido al forro. Empezó a sacar la prenda del nicho. —¿Algo interesante, doctora Kelly? La voz del forense la sobresaltó. Era Van Bronck, y su tono había cambiado. Ahora era arrogante. Le tenía detrás. Giró la cabeza. Estaba tan absorta que no le había oído volver. Pendergast se había desplazado hasta la entrada del túmulo, donde discutía a viva voz con varias personas de uniforme que miraban desde arriba. —Si a esto se le puede llamar interesante... —dijo ella. —Sé que no pertenece al Instituto Forense. Por lo tanto, debe de ser una forense del FBI. Nora se ruborizó. —No soy médico. Soy arqueóloga. Al doctor Van Bronck se le arquearon las cejas, y una sonrisa sardónica le iluminó todo el rostro. Poseía una boca pequeña y de forma perfecta, como de cuadro renacentista, que brilló al articular las siguientes palabras: —Ah, no es médico. Pues habré entendido mal a su colega. Arqueología. Qué interesante. De la hora prevista, Nora no había dispuesto ni de la mitad. Volvió a guardar el vestido en el nicho, remetiéndolo en una grieta polvorienta del fondo. —¿Y usted, doctor? ¿Ha encontrado algo interesante? Preguntó, subrayando el «doctor» y haciendo un esfuerzo por parecer natural. —Le enviaría mi informe —dijo él—, pero dudo que lo entendiera. Con toda la jerga profesional... Ya se sabe. Sonrió, pero con una sonrisa que esta vez no tenía nada de amistosa. —Aún no he terminado —dijo ella—. Cuando acabe, estaré encantada de seguir charlando. Empezó a desplazarse hacia el último nicho. —Ya seguirá cuando yo haya retirado los restos humanos. —Usted aquí no mueve nada sin haberlo examinado yo. —Cuénteselo a ellos. —Van Bronck señaló hacia atrás con la cabeza—. No sé de dónde saca la idea de que esto sea un yacimiento arqueológico, pero, por suerte, ya está solucionado. Nora vio entrar en el túmulo a un grupo de policías con maletas para pruebas. En poco tiempo se llenó todo de una cacofonía de palabrotas, gruñidos y voces. De Pendergast, ni rastro. Los últimos en entrar fueron Ed Shenk y el capitán Custer. Al ver a Nora, Custer se acercó esquivando ladrillos, seguido por dos subordinados. —Doctora Kelly, hemos recibido órdenes de nuestros superiores —dijo deprisa, con su voz aguda—. Dígale a su jefe que está muy equivocado. Una cosa es que aquí se haya cometido un crimen, y otra que tenga relevancia policial, que hoy día no la tiene, y menos para el FBI. Son restos de hace más de un siglo. Y hay que levantar un edificio, pensó Nora con una mirada de reojo a Shenk. —No sé quién le da órdenes, pero su misión acaba aquí. Vamos a llevarnos los restos humanos al Instituto Forense. Lo demás, que es poco, lo guardaremos en bolsas y lo etiquetaremos. Los policías estaban dejando las maletas para pruebas en el suelo mojado, con impactos sordos que resonaban por las paredes. El forense, que llevaba guantes, empezó a retirar huesos de los nichos y a meterlos en las maletas, apartando la ropa y los demás efectos personales. Las voces se mezclaban con la polvareda, perforada por varios haces de linterna. Le estaban echando a perder el yacimiento en sus propias narices. —¿Quiere que la acompañen mis hombres a la salida? —dijo el capitán Custer con una cortesía exagerada. —No, ya sé ir —repuso Nora. La luz del sol la dejó ciega por un rato. Tosió, se llenó los pulmones de aire fresco y miró alrededor. El Rolls seguía aparcado en el mismo lugar. Y con Pendergast, que la esperaba apoyado en él. Cruzó la verja. Pendergast tenía la cabeza ladeada para protegerse del sol, y los ojos entornados. A la luz de la tarde, que era intensa, se le veía una piel blanca y traslúcida, como de alabastro. —Tenía razón el capitán, ¿verdad? —dijo ella—. Está fuera de su jurisdicción. Pendergast bajó la cabeza con cara de preocupación, y a Nora se le pasó el enfado. El agente se sacó un pañuelo de seda del bolsillo y se secó la frente con unos toquecitos. Después Nora le vio recuperar su típica expresión impenetrable. —A veces —dijo él— no hay tiempo de seguir la vía legal. Si hubiéramos esperado hasta mañana, habría desaparecido el yacimiento. Ya ha visto lo deprisa que trabajan los de Moegen-Fairhaven. Si este solar llegara a declararse de valor arqueológico, tendrían que quedarse varias semanas cruzados de brazos. Y claro, eso no se lo pueden permitir. —¡Pero es que lo tiene! Valor arqueológico, digo. Pendergast asintió. —Sí, claro; pero es una batalla perdida, doctora Kelly. De hecho, lo tenía previsto. Se oyó el ruido de un motor de excavadora arrancando, como si fuera la respuesta a las palabras del agente. Luego empezaron a aparecer obreros de la construcción, salidos de remolques y cabinas de camión. En cuanto a las maletas azules para pruebas, ya estaban sacándolas del agujero y cargándolas en una ambulancia. Tras una sacudida inicial, la excavadora avanzó con todo su peso hacia el boquete, cuchara en alto y derramando tierra entre los dientes metálicos. —¿Qué ha encontrado? —preguntó Pendergast. Nora se quedó callada. ¿Convenía contarle lo del papel del vestido? Probablemente no tuviera importancia. Además, se lo habían quitado. Arrancó de la libreta sus hojas de precipitados apuntes, y se la devolvió. —Esta noche le pondré por escrito mis observaciones generales —dijo—. Parece que las vértebras lumbares de las víctimas están seccionadas a propósito. Tengo una en el bolsillo. Pendergast asintió, y dijo: —El polvo estaba lleno de cristalitos. Me he llevado unos cuantos para analizarlos. —En los nichos, aparte de los esqueletos, había monedas de mil ochocientos setenta y dos, mil ochocientos setenta y siete, y mil ochocientos ochenta. Y algunos efectos personales metidos en los bolsillos. —O sea, que el terminus post quem del yacimiento es mil ochocientos ochenta —murmuró Pendergast con voz grave, casi como si hablara solo—. Las casas del solar eran de mil ochocientos noventa y siete. Ya tenemos el terminus ante quem. Por lo tanto, la... mmm... situación tuvo que ocurrir en un margen máximo de diecisiete años. En ese momento, a sus espaldas, se acercó una limusina negra cuyas ventanillas ahumadas reflejaban el sol, y de la que salió un hombre alto, que llevaba un elegante traje gris marengo. El hombre, a quien seguían varias personas, echó un vistazo general al solar, hasta que su mirada, lentamente, recayó en Pendergast. Tenía la cara alargada, los ojos muy separados, el pelo negro y unos pómulos tan altos y angulosos que parecían hechos a hachazos. —Fíjese: el señor Fairhaven en persona, que viene para cerciorarse de que no haya más retrasos inoportunos —dijo Pendergast—. Me parece buen momento para marcharnos. Abrió la puerta a Nora, y entró después de ella. —Gracias, doctora Kelly. —Le hizo señas al chófer para que arrancara—. Mañana volveremos a vernos, y confío que en términos más oficiales. Al meterse por el tráfico del Lower East Side, Nora le miró. —Oiga, ¿y cómo se ha enterado de lo del yacimiento, si lo habían descubierto ayer? —Tengo contactos. En mi trabajo son muy útiles. —Me lo imagino. Hablando de contactos, ¿por qué no vuelve a llamar a su amigo, el jefe de policía? Seguro que le habría apoyado. El Rolls se deslizó hacia East River Drive, con el ronroneo de su potente motor. —¿El jefe de policía? —Pendergast la miró parpadeando—. No tengo el gusto de conocerle. —Entonces, ¿a quién llamaba? —A mi casa. Y exhibió un asomo de sonrisa. William Smithback junior esperaba, muy consciente de su aspecto, a la puerta del Café des Artistes. Los movimientos con que inspeccionaba la penumbra del interior hacían que se oyera el roce de la tela de su traje nuevo azul marino, pura seda italiana. Procuraba mantenerse erguido, disimulando su natural encorvamiento, y ostentar un porte digno, aristocrático. El traje de Armani le había costado una pequeña fortuna, pero, mientras esperaba en la entrada del local, supo que había valido la pena. Se sentía sofisticado, refinado, un poco a lo Tom Wolfe, aunque claro, al atuendo completo (sombrero blanco incluido) no se atrevía. El pañuelo de seda con paramecios que le asomaba del bolsillo era un toque simpático; quizá un poco llamativo, pero bueno, como escritor famoso que era (o casi: sólo con que el puñetero último libro hubiera escalado uno o dos peldaños más, habría entrado en la lista), podía permitirse esos toques. Se giró, esperando haberlo hecho con elegancia y naturalidad, y arqueó una ceja en dirección al maître, que se acercó enseguida sonriendo. Era su restaurante favorito de toda Nueva York: rotundamente al margen de las modas, chapado a la antigua y con una comida sensacional. No le pasaba como al Le Cirque 2000, que se llenaba de gente de fuera de Manhattan. Además, el mural de Howard Chandler Christie daba el toque kitsch perfecto. —¡Señor Smithback! ¡Qué alegría! Acaba de llegar su acompañante. Smithback asintió con gravedad. Aunque se resistiera a admitirlo, daba mucha importancia a ser reconocido por el maître de un restaurante de primera clase. Habían hecho falta varias visitas, y varios billetes de veinte. Lo decisivo había sido el comentario sobre su posición en el New York Times, hecho como quien no quería la cosa. Nora Kelly estaba sentada en una esquina, esperándole. A Smithback, como siempre, el mero hecho de verla le produjo una pequeña descarga eléctrica de placer. Aunque Nora ya llevara bastante más de un año en Nueva York, conservaba cierto aire como de estar fuera de lugar que hacía las delicias de Smithback. Además, parecía que nunca se le borraba el bronceado de Santa fe. ¡Qué curioso que se hubieran conocido en las peores circunstancias! Una expedición arqueológica a Utah que casi les había costado la vida a los dos. Entonces Nora no había hecho nada para disimular que le parecía un individuo arrogante y odioso, pero he aquí que a los dos años estaban a punto de irse a vivir juntos. Y que Smithback no se imaginaba un día sin ella. Se sentó en la silla sonriendo. Nora estaba tan espléndida como siempre, con la melena cobriza cayendo por los hombros, sus ojos de color verde oscuro titilando a la luz de la vela, y las pecas de la nariz añadiendo el toque juvenil perfecto. La mirada de Smithback recayó en su ropa. Ese aspecto sí dejaba un poco que desear. ¡Por Dios, si estaba sucia! —No te creerás el día que he pasado —dijo ella. —Mmm. Smithback se ajustó la corbata y se giró de manera casi imperceptible, exponiendo a la luz el corte elegante de una hombrera. —Que no, Bill, que te juro que no te lo creerás. Ante todo, te aviso de que es confidencial. Smithback se sintió un poco ofendido. Aparte de que Nora no se hubiera fijado en el traje, lo de la confidencialidad sobraba. —Nora, entre nosotros todo es confidencial... No tuvo tiempo de terminar. —Primero el capullo de Brisbane me recorta el presupuesto un diez por ciento. Smithback profirió un gemido de compasión. En el museo, las estrecheces económicas eran perpetuas. —Y luego me encuentro en mi despacho a un tío rarísimo. Smithback hizo otro ruido, mientras desplazaba muy ligeramente el codo y lo apoyaba junto al vaso de agua. Así Nora no tendría más remedio que fijarse en el contraste de la seda oscura con la blancura del mantel. —Leyendo mis libros, el tío, como si fuera su casa. Parecía de una funeraria: traje negro, piel muy blanca... No de albino, ¿eh?, pero muy blanca. Smithback empezó a notar una molesta sensación de deja vu, pero no le hizo caso. —Ha dicho que era del FBI, y se me ha llevado al centro, a un solar en obras donde han descubierto... La sensación volvió con toda su fuerza. —¿Del FBI, dices? Imposible. No podía ser el mismo. —Sí, del FBI. Agente especial... —Pendergast. Ahora la estupefacta era Nora. —¿Le conoces? —¿Que si le conozco? Salía en mi libro sobre los asesinatos del museo. El que dijiste que habías leído. —Ah, sí, es verdad. Smithback asintió con la cabeza, demasiado absorto para estar indignado. Pendergast no había vuelto a Manhattan por diversión. Sólo aparecía cuando pasaba algo malo. A menos que lo malo lo trajera él. En cualquier caso, rezó por que no fuera tan grave como lo de la última vez. Apareció el camarero y les tomó nota. Smithback, que había venido con ganas de tomarse un jerez bien seco, pidió un martini, pensando: Pendergast. Dios mío. Aunque le admirase, no le había apenado en absoluto verle marcharse a Nueva Orleans con su eterno traje negro. —Descríbemelo —dijo Nora, apoyada en el respaldo. —Es... —Smithback se quedó callado. Le faltaban las palabras, cosa rara en él—. Es poco ortodoxo. Un aristócrata del sur con mucho encanto y sobrado de dinero. Es de familia rica, creo que de industriales farmacéuticos, o algo por el estilo. La verdad, no sé qué vínculos tiene con el FBI. Parece que le den carta blanca para meter las narices en lo que le dé la gana. Trabaja solo, y es un hacha. Conoce a mucha gente importante. A nivel personal, no le conozco de nada. Es un enigma. Nunca sabes en qué piensa de verdad. ¡Caray, si por no saber no sé ni su nombre de pila! —Pues no será tan influyente, porque hoy le han echado. Smithback arqueó las cejas. —¿Qué ha pasado? ¿Qué quería? Nora le contó su visita apresurada al osario del solar en obras, y acabó justo cuando les traían sus quenelles con colmenillas y trufa negra. —Moegen-Fairhaven —dijo Smithback, mientras clavaba el tenedor en la mousse y liberaba un aroma celestial a almizcle y sotobosque—. ¿No son los que se metieron en líos por demoler aquel bloque de alquiler sin permiso y sin haber desalojado a los inquilinos? —¿El de East First? Me parece que sí. —Menuda gentuza. —Justo al marcharnos llegaba Fairhaven en su limusina. —Claro. ¿Y dices que vosotros ibais en Rolls? —Smithback no pudo aguantar la risa. Al investigar los asesinatos del museo, Pendergast se desplazaba en un Buick. El toque llamativo del Rolls debía de tener alguna utilidad, como todo lo que hacía Pendergast—. Al menos te has paseado a lo grande. Aunque, la verdad, no me parece un tema digno de que le interese a Pendergast. —¿Por qué? —Como yacimiento es de ordago, pero es verdad que tiene más de cien años. Un crimen tan antiguo, ¿por qué va a interesarle al FBI, o a cualquier otro cuerpo? —Es que no es un crimen normal. Tres docenas de adolescentes asesinados, descuartizados y tapiados en un sótano. Es uno de los asesinatos en serie más grandes de la historia de Estados Unidos. Volvió el camarero, y deslizó un plato frente a Smithback: solomillo a la pimienta poco hecho. —¡Pero mujer —dijo él, levantando ansioso el tenedor—, si el asesino ya hace tiempo que está muerto! Es una curiosidad histórica. No te niego que periodísticamente sea un bombazo, pero sigo sin entender que le interese al FBI. Notó que Nora le miraba con hostilidad. —Te recuerdo que es confidencial. —Casi es prehistoria, Nora, y daría para un magnífico artículo. ¿Qué tendría de malo pu...? —Confidencial. Smithback suspiró. —Bueno, pues como mínimo, cuando lo cuentes, dame preferencia. Nora sonrió. —Ya sabes que tú siempre la tienes, Bill. Sobre todo para meterte en líos. Smithback rió entre dientes y cortó un trozo de carne muy tierno. —Bueno, a ver, ¿qué has encontrado? —Poco. Algunas cosas en el bolsillo: monedas viejas, un peine, alfileres, cuerda, botones... Era gente muy pobre. Me he llevado algunas vértebras, una muestra de pelo y... —Titubeó—. Había algo más. —Venga, dilo. —Había un papel cosido en el forro del vestido de una de las chicas. Por el tacto parecía una carta. No se me va de la cabeza. Smithback se inclinó. —¿Qué ponía? —He tenido que dejar el vestido antes de poder fijarme. —¿Qué quieres decir? ¿Qué sigue en el mismo sitio? Nora asintió. —¿Y qué harán con todo el material? —Los huesos se los ha llevado el forense, pero dicen que el resto lo almacenarán. Les he visto muchas ganas de guardarlo en un rincón, y de que se pierda la pista. Cuanto más deprisa se lo saquen de encima, menos riesgo habrá de que lo califiquen como yacimiento arqueológico. He visto casos de constructoras que arrasan todo un solar sólo para estar seguros de que cuando lleguen los arqueólogos no quede nada para examinar. —Pero es ilegal, ¿no? ¿No tienen la obligación de parar las obras si aparece algo importante? —¿Y cómo demuestras que lo era, si no queda nada? En este país, los casos de promotoras que destrozan yacimientos arqueológicos salen a varias docenas por día. Smithback masculló unas palabras de justa indignación, mientras progresaba con el solomillo. Tenía un hambre de lobo. El Café des Artistes no tenía rival para la carne, y además la servían con una guarnición abundante, como Dios manda, no como aquellas tonterías de la nouvelle cuisine, aquellas estructuras precarias de comida en el centro de un plato gigante, todo blanco, con churretes de salsa a lo Jackson Pollock... —¿Qué sentido tiene que se cosiera la carta dentro del vestido? Levantó la cabeza, bebió un trago generoso de vino tinto y se zampó otro trozo de carne. —No sé. ¿Una carta de amor? —Cuanto más lo pienso —dijo Nora—, más me convenzo de que podría ser importante. Como mínimo sería una pista para identificar los cadáveres. Si no, faltando la ropa y con el túnel destruido, es posible que no lleguemos a saberlo. —Le miraba muy seria, y con el primer plato intacto—. ¡Bill, te juro que lo que he visto era un yacimiento arqueológico! —Ya, pero es lo que dices: casi seguro que ya lo han destrozado. —Era tarde. El vestido lo he dejado en el nicho. —Pues deben de habérselo llevado con todo lo demás. —No creo. Lo he metido en una grieta del fondo. Iban con prisa. Es fácil que se les haya pasado por alto. Smithback vio un brillo en los ojos color miel de Nora, y lo reconoció de otras veces. —Ni se te ocurra —dijo enseguida—. Seguro que tienen el solar vigilado. Lo más probable es que haya más focos que en un escenario. Quítatelo de la cabeza. El siguiente paso era pedirle que la acompañara. —Tienes que venir conmigo. Esta noche. Necesito la carta. —¡Si ni siquiera sabes que sea una carta! Igual es un resguardo de la lavandería. —Es que un resguardo de lavandería ya sería una pista importante, Bill. —Podrían arrestarnos. —¡Qué coño te van a arrestar! —¿Cómo que «te»? —Yo distraigo al vigilante, y tú saltas la valla. Sería cuestión de pasar desapercibido. —A Nora cada vez le brillaban más los ojos—. Sí, eso: podrías disfrazarte de mendigo y fingir que hurgas en la basura. Si te pillan, en el peor de los casos te echarán. Smithback estaba horrorizado. —¿Un mendigo? ¿Yo? Ni hablar. De mendigo te disfrazas tú. —No, Bill, no funcionaría. Yo tengo que hacer de puta. El tenedor, con el último trozo de carne, se quedó a medio camino de la boca de Smithback. Nora le sonrió, y dijo: —Acabas de mancharte de salsa de brandy tu traje nuevo italiano. Con lo bonito que es... Nora se asomó a la esquina de la calle Henry, tiritando un poco. Era una noche fría, y aquella minifalda negra y aquel top plateado de spandex no abrigaban mucho. Pensó que lo único que le añadía un toque como de película para adultos era ir tan maquillada. Se oía el zumbido lejano del tráfico de la plaza Chatham. La masa negra del puente de Manhattan se cernía ominosa en las proximidades. Eran casi las tres de la madrugada, y en las calles del Lower East Side no había ni un alma. —¿ Qué ves ? —le preguntó Smithback desde atrás. —El solar está bastante bien iluminado, pero sólo veo un vigilante. —¿Qué hace? —Estar sentado en una silla, fumar y leer un libro de bolsillo. Smithback frunció el entrecejo. Transformarse en mendigo había sido deprimentemente fácil. Bajo el impermeable, negro y brillante, su cuerpo larguirucho estaba cubierto por una camisa a cuadros, unos vaqueros sucios y unas zapatillas hechas polvo. Lo que era ropa vieja y de mala calidad, en su ropero sobraba. Para rematar el disfraz, unos toques de carboncillo en la cara, aceite de oliva en el cabello y, como equipaje, cinco bolsas de plástico una dentro de la otra, con ropa sucia en el fondo. —¿Qué pinta tiene? —preguntó. —Alto, fuerte y agresivo. —Vale ya, ¿eh? No estaba para bromas. Vestidos así no habían conseguido parar ni un sólo taxi en todo el Upper West Side, y al final no habían tenido más remedio que coger el metro. A Nora no le habían hecho ninguna propuesta explícita, pero sí había concitado muchísimas miradas, seguidas por otras a Smithback cuyo mensaje estaba claro: «¿Qué hacen juntos una puta de lujo y un mendigo?». El trayecto, largo y con dos transbordos, no había servido para mejorar el humor del periodista. —Tu plan no es precisamente muy sólido —dijo él—. ¿Seguro que te las apañarás? Su cara expresaba irritación. —Los dos tenemos móvil. Si me pasa algo, pego cuatro berridos y tú llamas al cero noventa y uno. Pero no te preocupes, que no me va a hacer nada. —Estará demasiado ocupado mirándote las tetas —dijo Smithback, disgustado—. Con este top es como si no llevaras nada. —Fíate de mí, que sé cuidarme. Y acuérdate de que el vestido está en el segundo nicho de la derecha. Busca la grieta por el tacto, en la pared del fondo. Cuando hayas salido, me avisas. Venga, valor y al toro. Nora salió a la luz de la farola y empezó a caminar por la acera en dirección a la entrada del solar, haciendo mucho ruido con los zapatos de tacón y con los pechos dando botes. Cuando ya estaba cerca, se detuvo, metió la mano en su bolsito dorado y sacó los morros exageradamente. Ya notaba la mirada del vigilante. Soltó adrede el pintalabios, se agachó a recogerlo (procurando ofrecer un hermoso panorama) y se dio unos retoques en los labios. A continuación volvió a meter la mano en el bolso, dijo una palabrota y miró alrededor hasta fijarse en el guardia, que la miraba con el libro en las rodillas. —Mierda. Me he dejado los cigarrillos en el bar. Le sonrió efusivamente. —Toma —dijo él, levantándose con precipitación—, coge uno de los míos. Nora se acercó y cogió el cigarrillo por un hueco de la rejilla metálica, haciendo lo necesario para que el vigilante diera la espalda al solar, y rezando por que Smithback actuara deprisa. El vigilante sacó un mechero e intentó introducirlo a través de la rejilla, pero no pudo. —Espera, que abro. Ella esperó con el cigarrillo en la mano. Se abrió la verja, y el vigilante encendió el mechero. Nora se acercó, se inclinó hacia la llama y dio una calada, esperando no toser. —Gracias. —De nada —dijo él. Era joven, rubio tirando a pelirrojo, ni gordo ni flaco, con un poco de cara de tonto, no exageradamente musculoso, y se le notaba nervioso por la presencia de Nora. Mejor. Ella se quedó donde estaba, y dio otra calada. —Hace buena noche —dijo. —Debes de tener frío. —Un poco. El vigilante se quitó la chaqueta con galantería y se la pasó por los hombros. —Toma, póntela. —Gracias. Ponía cara de no dar crédito a su buena suerte. Nora se sabía atractiva, y que su cuerpo, después de tantos años viajando con la mochila al hombro por el desierto, tampoco estaba mal. Ir tan maquillada le infundía seguridad. No existía ni la más remota posibilidad de que aquel chico la reconociera como arqueóloga del Museo de Historia Natural de Nueva York. Curiosamente, vestida así se sentía atrevida, ligeramente erótica. Oyó un ruido metálico a lo lejos. Debía de ser Smithback, trepando por la verja. —¿Trabajas aquí todas las noches? —se apresuró a decir. —Desde que empezaron las obras —dijo el vigilante, haciendo subir y bajar su nuez—, cinco noches por semana. Y tú... esto... ¿Eres del barrio? Nora hizo gestos imprecisos hacia el río con la cabeza. —¿Y tú? —De Queens. —¿Casado? Se fijó en que escondía detrás de la pistola la mano izquierda, donde había visto que llevaba una alianza. —Qué va. Nora asintió y dio otra calada. Se estaba mareando. ¿Cómo se podía fumar eso? Esperó que Smithback se diera prisa. Sonrió, tiró al suelo la colilla y la aplastó con la punta del zapato. Enseguida hizo su reaparición la cajetilla. —¿Otro? —No —dijo ella—. Es que estoy intentando dejarlo. Notó que el vigilante le miraba de reojo el top, en un esfuerzo de sutileza. —¿Trabajas en algún bar? Nada más decirlo se puso rojo. Embarazosa pregunta. Nora oyó otro ruido, esta vez de ladrillos cayéndose. —Más o menos —dijo, ajustándose más la chaqueta en los hombros. Él asintió. Ahora miraba con menos disimulo. —Te encuentro muy atractiva —dijo atropelladamente. —Gracias. ¡Pero bueno, si era un recadito de medio minuto! ¿Por qué tardaba tanto Smithback? —Esto... ¿Luego estarás libre? Nora se tomó su tiempo en mirar al vigilante de pies a cabeza. —¿Quieres que quedemos? —Sí, claro que sí. Otro ruido, esta vez más fuerte: el de rejilla metálica zarandeada. ¿Sería Smithback saliendo? El vigilante se giró. —¿Quedar en qué plan? —preguntó Nora. El vigilante volvió a mirarla, y desistió de cualquier disimulo en sus miradas lascivas. Expuesta a ellas, Nora se sentía desnuda. Al girarse por segunda vez, el vigilante vio a Smithback, y no era de extrañar, porque estaba encima de la verja intentando desengancharse el impermeable mugriento. —¡Eh! —berreó el vigilante. —No le hagas caso —se apresuró a decir Nora—, sólo es un mendigo. Ahora Smithback forcejeaba para quitarse el impermeable, pero sólo había conseguido enredarse más. —¡Es que está prohibido entrar! —dijo el vigilante. Por desgracia, se tomaba en serio su trabajo. Acercó la mano a la pistola. —¡Eh, oiga! —dijo aún más fuerte que antes—. ¡Eh! Dio un paso hacia Smithback, que forcejeaba como un loco con el impermeable. —A veces lo hago gratis —dijo Nora. El vigilante giró sobre sus talones con unos ojos como platos. De repente ya no se acordaba del mendigo. —¿En serio? —Pues claro. ¿Por qué no? Siendo tan guapo... Él puso sonrisa de lelo, y Nora se fijó en que tenía las orejas de soplillo. ¡Vaya tipejo! ¡Cuántas ganas de engañar a su mujer! Y para colmo, tacaño. —¿Ahora mismo? —preguntó él. —No, hace demasiado frío. Mañana. Nora oyó el ruido de algo desgarrándose, seguido por un impacto y una palabrota en voz baja. —¿Mañana? —dijo el vigilante, decepcionado—. ¿Y por qué no ahora? En tu casa. Ella se quitó la chaqueta y se la devolvió. —En mi casa ni hablar. Él se acercó un paso. —Aquí a la vuelta de la esquina hay un hotel. Extendió el brazo para cogerla por la cintura, pero ella retrocedió sonriendo, mientras sonaba su móvil. Lo abrió sintiendo un gran alivio. —Misión cumplida —dijo la voz de Smithback—. Ya puedes pasar de ese fantasma. —Encantada, señor McNally —dijo ella efusivamente—. Me parece muy bien. Voy para allá. Dio un beso al aire, muy exagerado, y cerró el móvil. —Perdona —dijo al vigilante—, pero es que tengo trabajo. Retrocedió otro paso. —¡Espera! Venga, mujer, si habías dicho que... La voz del vigilante tenía algo de desesperada. Nora retrocedió unos cuantos pasos más y le cerró la verja en las narices. —Mañana. Te lo prometo. —¡No, espera! Le dio la espalda y se marchó a toda prisa por la acera. —¡Venga, mujer! ¡No te vayas! ¡Por favor! Las súplicas desesperadas del vigilante resonaban por las casas de pisos. Nora desapareció por la esquina. Smithback, que la esperaba, le dio un breve abrazo. —¿Te sigue? —Tú no pares. Corrieron por la acera, Nora bamboleándose sobre los tacones. Después de meterse por la esquina del fondo, cruzaron la calle y se quedaron a la escucha, jadeando. El vigilante no les seguía. —¡Joder! —dijo Smithback, apoyándose en el muro—. Me parece que al caerme de la maldita verja me he roto el brazo. Lo levantó. Se le habían desgarrado el impermeable y la camisa, y le salía el codo ensangrentado por el agujero. Nora lo examinó. —No te pasa nada. ¿Has encontrado el vestido? Smithback dio una palmadita a su bolsa roñosa. —Menos mal. Miró a izquierda y derecha. —En esta zona no encontramos taxi ni muertos —dijo, gemebundo. —Da igual, tampoco pararía. ¿No te acuerdas? Dame el impermeable, que me congelo. Mientras se lo ponía, Smithback enseñó los dientes. —Estás muy... sexy. —Calla. Nora empezó a caminar hacia el metro. Smithback correteó tras ella. Estaba despeinado, con la cara aún más sucia que antes, y apestaba a moho y polvo. Su aspecto era el colmo de la ridiculez. Nora no tuvo más remedio que sonreír. —Te va a salir un poco caro. Soy de las de lujo. Él volvió a enseñarle los dientes. —Diamantes. Perlas. Mucho dinero. Noches de bailar en el desierto a la luz de la luna. Tú pide, nena. Nora le cogió la mano. —Esto sí que es un cliente. Nora se encerró con llave en el despacho, dejó el paquete en una silla y retiró todos los papeles y montañas inestables de publicaciones que había en el escritorio. Eran las ocho y pico de la mañana, y parecía que el museo todavía dormía. A pesar de todo, miró la ventanilla de la puerta, se acercó a ella (con un impulso de culpa que no acababa de entender) y bajó la persiana. Luego se esmeró en tapar el escritorio con papel blanco no ácido (que pegó con cinta adhesiva en las esquinas), añadió otra capa y colocó en un lado de la mesa una serie de bolsas de muestras, probetas tapadas y pinzas. Lo siguiente que hizo fue abrir un cajón y repartir los artículos que se había llevado del solar: monedas, un peine, cordel y vértebras. Por último, depositó el vestido sobre el papel. Lo manipulaba con suavidad, casi con miedo, como para compensar el mal trato que había recibido en las últimas veinticuatro horas. La noche anterior, ante la negativa de ella a abrir enseguida el vestido y ver qué decía en el papel de dentro (suponiendo que dijese algo), Smithback se había puesto como una auténtica fiera. Nora evocó su imagen, con el disfraz de mendigo y la típica indignación de los periodistas que quieren saber algo. Pues no, no se había dejado convencer. Ahora que habían destruido el yacimiento, estaba decidida a exprimir el máximo de datos del vestido. Y como Dios mandaba. Se apartó un poco del escritorio. La luz del despacho era abundante, y le permitía examinar el vestido con sumo detalle. Era largo, bastante sencillo, de lana verde y basta. Por la altura del cuello, el corte estilizado del cuerpo y los pliegues largos de la falda, parecía del siglo XIX. Tanto la parte superior como la falda presentaban un forro de algodón blanco, amarilleado por el tiempo. Palpó la parte inferior y detectó un crujido de papel justo debajo de la cintura. Todavía no, se dijo, sentándose al escritorio; vayamos paso a paso. El vestido estaba manchadísimo, aunque, a falta de análisis químico, no se podía saber de qué. Algunas manchas parecían de sangre y fluidos corporales; otras podían pasar por grasa, hollín o cera. Los bajos estaban deshilachados, y en varias partes rotos. En el resto de la tela también había desgarraduras, las más grandes de las cuales habían sido minuciosamente remendadas. Examinó con lupa las manchas y los rotos. Los arreglos estaban hechos con varios hilos de colores, ninguno de ellos verde: un apaño de chica pobre, aprovechando lo que hubiera a mano. No se observaba acción de insectos ni de roedores. Tapiar el nicho había servido de medida protectora. Nora cambió la lente de la lupa y profundizó en el examen. Vio bastante tierra, con varios granos negros que parecían carbón. Cogió unos cuantos con las pinzas y los guardó en un sobrecito de glasina. En otras bolsas guardó arenilla, tierra, pelos e hilos. Había partículas todavía más pequeñas que las de arenilla. Cogió un estereomicroscopio portátil, lo puso encima de la mesa y lo enfocó. Enseguida aparecieron decenas de piojos, muertos, secos y aferrados a la tela basta, entre algunos bichos de menor tamaño y varías pulgas gigantes. Sin querer, apartó la cabeza. Después sonrió y miró más a fondo. El vestido era un paisaje frondoso de extraños especímenes biológicos, amén de presentar toda una gama de sustancias que habrían dado varias semanas de trabajo a cualquier químico forense. Pensó si valía la pena pedir un análisis, pero al calcular el coste aparcó la idea para más adelante y acercó las pinzas con la intención de seguir cogiendo muestras. De repente, el silencio del despacho parecía demasiado sepulcral. Notó un hormigueo en la nuca, y al girarse estuvo a punto de gritar. Tenía detrás al agente especial Pendergast, con las manos en la espalda. —¡Caray! —dijo Nora, saltando de la silla—. ¡Qué susto me ha dado! Pendergast hizo una pequeña reverencia. —Mil disculpas. —Creía que había cerrado con llave. —En efecto. —¿Entonces? ¿Es mago, agente Pendergast, o ha forzado la puerta? —Puede que las dos cosas a la vez, aunque las cerraduras del museo son tan rudimentarias que el verbo «forzar» resulta excesivo. Tengo que ser discreto, porque aquí se me conoce. —¿Sería mucho pedirle que la próxima vez avise? Pendergast miró el vestido. —Esto no lo tenía ayer por la tarde. —Es verdad. El agente asintió. —Veo que es mujer de recursos, doctora Kelly. —Volví ayer por la noche y... —Por favor, no entremos en detalles sobre actividades dudosas. En todo caso, felicidades. Nora vio que estaba satisfecho. Pendergast hizo un gesto con la mano. —Siga. Nora reanudó su trabajo, y al poco rato le oyó decir: —En el túnel había muchas prendas. ¿Por qué ha elegido precisamente esta? La respuesta de Nora consistió en dar la vuelta a los pliegues de la falda y revelar un retal mal cosido en el forro de algodón. Pendergast se acercó enseguida. —Dentro hay un papel —dijo ella—. Lo encontré justo antes de que cerraran el yacimiento. —¿Me presta la lupa? Nora se la pasó por encima de la cabeza. Pendergast se inclinó hacia el vestido y lo examinó con tal profesionalismo que Nora quedó sorprendida, y admirada. —Esto está cosido de cualquier manera —dijo el agente, poniéndose derecho—. Fíjese en lo cuidado que está el resto de las costuras, y de los remiendos. Se nota que era lo mejor del vestuario de su dueña. En cambio, estas costuras de aquí están hechas con hilos sacados del propio vestido, y los agujeros son irregulares. Para mí que están hechos con una astilla. La persona que lo cosió no disponía ni de tiempo ni de aguja. Nora desplazó el microscopio hacia el remiendo y usó la cámara incorporada para hacer fotos con distintos aumentos. Después puso una lente macro y realizó otra serie. Sabiéndose observada por Pendergast, trabajaba con gran eficacia. Apartó el miscroscopio y cogió las pinzas. —Ahora a abrirlo. Sacó con gran delicadeza el final del hilo, y empezó a deshacer la costura. Hicieron falta unos cuantos minutos de minuciosa labor para soltar el remiendo. Entonces metió el hilo en una probeta, y levantó el parche. Debajo había un papel arrancado de la página de un libro, y doblado dos veces. Nora metió el parche en otra bolsa hermética de plástico y desdobló el papel con dos pinzas de puntas de goma. Dentro había un mensaje garabateado en marrón. Pese a la presencia de algunas partes manchadas y descoloridas, se leía perfectamente: Me Yamo May Greene de 19 años bibo en la caye Watter 19. Nora puso el papel en la bandeja del estereomicroscopio y lo examinó a poca potencia. Después de un rato se apartó, y Pendergast la sustituyó con impaciencia en los oculares. Al cabo de varios minutos de observación, también se apartó y dijo: —Puede que esté escrito con la misma astilla. Nora asintió con la cabeza. Las letras estaban raspadas. —¿Me deja hacer una prueba? —dijo él. —¿Cuál? El agente sacó una probeta pequeña y con tapa. —Consiste en quitar una pequeña muestra de tinta con un disolvente. —Adelante. ¡Qué raro que Pendergast llevara productos químicos de forense en los bolsillos! Claro que ¿dejaba de llevar algo en aquel traje negro sin fondo? Pendergast destapó la probeta y sacó una torunda minúscula, que aplicó al extremo de una letra guiándose por el microscopio. Después volvió a meter la torunda en la probeta, la sacudió un poco y la acercó a la ventana. El líquido tardó poco en ponerse azul. Se giró hacia Nora y la miró. —¿Qué? —preguntó ella. Sin embargo, ya le había leído el resultado en la cara. —Doctora Kelly, la nota está escrita con sangre humana, sin duda con la de la propia joven. El despacho del museo había quedado en silencio. Nora experimentó la necesidad de sentarse. Tardaron bastante en volver a hablar. Nora percibía vagamente el rumor del tráfico, un teléfono sonando a lo lejos, y pasos por el corredor. Empezaba a asimilar todo el significado del descubrimiento: el túnel, los treinta y seis cadáveres descuartizados, y aquella nota aterradora de hacía un siglo. —Según usted, ¿qué significa? —Sólo hay una explicación. La chica debía de ser consciente de que no saldría viva del sótano, y, como no quería morir en el anonimato, escribió su nombre, edad y dirección y escondió el papel. Un epitafio de su propia elección. El único que tenía a su alcance. Nora se estremeció. —Qué horror. Pendergast caminó lentamente hacia la estantería, seguido por la mirada de Nora, que preguntó: —¿De qué se trata? ¿De un asesino en serie? Pendergast no contestó. Volvía a poner la misma cara de preocupación que en el solar en obras. Se quedó delante de la estantería. —¿Puedo hacerle una pregunta? —dijo ella. Pendergast volvió a asentir. —¿Por qué lo investiga? Que yo sepa, el FBI no se dedica a asesinatos en serie de hace ciento treinta años. Pendergast cogió un cuenco anasazi pequeño que había en un estante, y lo examinó. —Un Kayenta. ¡ Qué bonito! —Levantó la vista—. ¿Cómo lleva la investigación sobre la expedición de Utah, la de los anasazi? —Mal. El museo no piensa pagarme las pruebas de carbono catorce que necesito. Pero ¿qué tiene que...? —Mejor. —¿Mejor? —Doctora Kelly, ¿sabe qué es un «gabinete de curiosidades»? Nora se admiró de que fuera posible acumular tantas incongruencias. —Una especie de colección de historia natural, ¿no? —Exacto. Fue el precursor de los museos de historia natural. Muchas personas instruidas de los siglos dieciocho y diecinueve, en sus viajes por el mundo, coleccionaban objetos extraños: fósiles, huesos, cabezas reducidas, pájaros disecados... Cosas así. Al principio lo único que hacían era juntarlos en gabinetes para divertir a sus amistades. Después, cuando empezó a constatarse que había gente dispuesta a pagar por verlos, algunos gabinetes de curiosidades se convirtieron en empresas comerciales. Las colecciones ocupaban varias salas, pero conservaban el nombre de «gabinete de curiosidades». —¿Qué tiene que ver con los asesinatos? —En mil ochocientos cuarenta y ocho, un neoyorquino joven y rico, Alexander Marysas, emprendió un gran viaje como cazador y coleccionista, desde el sur del Pacífico a Tierra del Fuego. Murió en Madagascar, pero sus colecciones, que tenían un gran interés, volvieron con su barco, en la bodega. Las compró un empresario, John Canaday Shottum, y en mil ochocientos cincuenta y dos inauguró el «Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales J. C. Shottum». —¿Y qué? —Que el edificio que había estado encima del túnel donde han aparecido los esqueletos era el gabinete de Shottum. —¿Cómo ha averiguado tantas cosas? —Hablando media hora con un muy buen amigo, que trabaja en la biblioteca municipal. De hecho, el túnel que exploró usted servía de carbonera, para la caldera original del edificio. Era una casa de tres pisos hecha de ladrillo, en el típico neogótico de la década de mil ochocientos cincuenta. En la planta baja estaba el gabinete y algo que se llamaba «ciclorama». El primer piso eran las oficinas de Shottum, y el tercero estaba alquilado. Parece ser que el gabinete tuvo mucho éxito, aunque entonces el barrio, Five Points, fuera de los peores de Manhattan. En mil ochocientos ochenta y uno el edificio se incendió, con Shottum dentro. En el informe policial constan sospechas de que había sido provocado, pero no llegaron a encontrar al culpable. El solar quedó vacío hasta mil ochocientos noventa y siete, cuando se construyó la hilera de casas de pisos. —¿Qué había antes del gabinete de Shottum? —Una pequeña granja de cerdos. —O sea, que los asesinatos tienen que ser de cuando estaba el gabinete de Shottum. —Exacto. —¿Y a usted le parece que el culpable es Shottum? —Es demasiado pronto para decirlo. Casi todos los trozos de cristal que encontré en el túnel eran de probetas y alambiques rotos. Presentaban restos de varios productos químicos, pero tengo pendiente analizarlos. Tenemos que averiguar muchas más cosas sobre J. C. Shottum y su gabinete de curiosidades. ¿Tendría la amabilidad de acompañarme? Abrió cortésmente la puerta del despacho, y Nora le siguió sin pensárselo. Mientras recorrían el pasillo y tomaban un ascensor al quinto piso, el agente siguió hablando. De repente, cuando se abrieron las puertas con un ruido sibilante, Nora recuperó la sensatez. —Un momento. ¿A dónde vamos? Tengo trabajo. —Ya le he dicho que necesito que me ayude. Sintió un calambre de irritación. ¡Qué confianzas se tomaba aquel hombre! ¡Cómo si ella fuese empleada suya! —Perdone, pero soy arqueóloga, no detective. Él arqueó las cejas. —¿Hay alguna diferencia? —¿Por qué se cree que puede interesarme? —Porque ya le interesa. Nora estaba indignada por el descaro del agente, aunque hubiera dicho una verdad como un templo. —¿Y cómo se lo explicaremos al museo? —A eso vamos, doctora Kelly. Tenemos una cita. Señaló una puerta al fondo del pasillo, con una placa de madera donde estaba escrito en letras doradas el nombre del ocupante. —¡Oh, no! —gimió Nora—. No. Encontraron a Roger Brisbane cómodamente sentado en su sillón de la Bauhaus. Era la viva imagen de la abogacía, con su camisa de Turnbull & Asser perfectamente planchada y con los puños vueltos. Sus adoradas gemas seguían en la vitrina, el único toque cálido en un despacho frío e inmaculado. Les hizo señas para que se sentasen al otro lado de la mesa, en sendas sillas. No se le veía de muy buen humor. Levantó la vista de su agenda, miró a Pendergast y, sin hacer ningún caso a Nora, dijo: —Agente especial Pendergast. ¿De qué me suena el nombre? —Ya había trabajado en el museo —dijo Pendergast con la más meliflua de sus voces. —¿Para quién? —No, me ha entendido mal. He dicho en el museo, no para el museo. Brisbane hizo un gesto con la mano. —Da lo mismo. Mire usted, señor Pendergast: por la mañana, en casa, me gusta estar tranquilo, y no alcanzo a ver qué es tan urgente para requerir mi presencia en el despacho a estas horas. —El delito no duerme, señor Brisbane. Nora creyó detectar una nota sardónica en el tono de Pendergast. La mirada de Brisbane recayó brevemente en su empleada. Luego la desvió y dijo: —A la doctora Kelly se la necesita en el museo. Creo que ya se lo he explicado por teléfono. En otras circunstancias, el museo estaría encantado de ayudar al FBI, pero es que en este caso no veo cómo. En vez de contestar, Pendergast se quedó mirando las piedras preciosas. —No sabía que el famoso zafiro Mogul Star ya no estuviera expuesto al público. Porque es el Mogul Star, ¿verdad? Brisbane cambió de postura. —Hacemos rotaciones periódicas de lo expuesto, a fin de que los visitantes tengan la oportunidad de ver lo que está en depósito. —Y el... exceso de inventario lo guarda usted aquí. —Señor Pendergast, le repito que no sé cómo podemos ayudarle. —Es un crimen excepcional; ustedes tienen recursos excepcionales, y yo la necesidad de usarlos. —¿El crimen del que habla ocurrió en el museo? —No. —¿En los terrenos del museo? Pendergast negó con la cabeza. —Pues lo siento mucho, pero la respuesta es no. —¿Definitiva? —Terminantemente, sí. No queremos que el museo se meta en labores policiales. Participar en investigaciones, demandas y otros asuntos sórdidos es una manera segura de que la institución se vea expuesta a polémicas indeseadas. Pero qué le voy a contar, señor Pendergast. El agente se sacó un papel del bolsillo de la chaqueta y lo dejó delante de Brisbane. —¿Qué es? —preguntó éste sin mirarlo. —Los estatutos del museo. —¿Y qué tienen que ver con esto? —Pone que una de las obligaciones de los empleados es proporcionar servicios públicos no remunerados. —Es lo que hacemos todos los días, gestionando el museo. —Ya, pero es que el problema es ese. Hasta hace relativamente poco, el departamento de antropología del museo ayudaba con regularidad a la policía en cuestiones forenses. De hecho, formaba parte de sus obligaciones. Supongo que se acuerda del famoso asesinato del cenicero, el del siete de noviembre de mil novecientos treinta y nueve. —Lo siento, pero debí de saltarme el artículo en el Times. —En la resolución del caso intervino un conservador del museo. Encontró el borde quemado de una órbita ocular en un cenicero, y consiguió demostrar que era humana. —Señor Pendergast, no he venido a que me den clases de historia. —Brisbane se levantó de la silla y se puso la chaqueta—. La respuesta es no. Tengo trabajo. Doctora Kelly, por favor, vuelva a su despacho. —Siento oírselo decir. Habrá publicidad adversa, pero bueno, ya se sabe. Las palabras «publicidad adversa» hicieron que Brisbane detuviera sus pasos, y que se le pintara en el rostro una sonrisa fría. Pendergast siguió hablando con su agradable acento del sur. —De hecho, en los estatutos queda clarísimo que el servicio público obligatorio no se refiere al trabajo normal de los conservadores. Hace casi una década que el museo incumple su convenio con el ayuntamiento de Nueva York, y eso que recibe varios millones en impuestos de los propios ciudadanos. No sólo no prestan servicio público, sino que ahora ya no se puede entrar en la biblioteca sin estar doctorado. Además, han limitado el acceso a las colecciones al llamado mundo académico, y, en nombre de los derechos de propiedad intelectual, cobran por todo. Incluso han empezado a sugerir una cantidad como entrada, a pesar de que los estatutos lo prohiben sin ambigüedad. Se lo leo: «Para la creación de un museo de historia natural al servicio de la ciudad de Nueva York, que estará abierto de forma gratuita a todos los ciudadanos sin excepción». —A ver... Brisbane leyó el pasaje, y su frente lisa se contrajo de modo casi imperceptible. —¡Hay que ver lo que incordian algunos documentos viejos! ¿Verdad, señor Brisbane? Como la Constitución, que cuando menos la necesitas se te echa encima. Brisbane dejó caer el documento encima de la mesa. Tras un breve episodio de rubor, su piel recuperó el habitual color rosado. —Tendré que consultar a la junta. Pendergast sonrió. —Así se empieza. Muy bien. En mi opinión, podría dejarse el problema en manos del propio museo. ¿Qué le parece, señor Brisbane? Eso a condición de que se me facilite la poca ayuda que necesito de la doctora Kelly. Silencio, hasta que Brisbane levantó la vista con distinta expresión. —Comprendo. —Y le aseguro que no la distraeré más tiempo de lo necesario. —No, claro —dijo Brisbane. —La mayor parte del trabajo será de archivo. La tendrán en el edificio, lista para cuando la necesiten. Brisbane asintió con la cabeza. —Haremos todo lo posible para evitar publicidad desagradable. Y huelga decir que de principio a fin será confidencial. —Claro. Siempre es preferible. —Sólo quiero añadir una cosa: que no es la doctora Kelly quien ha acudido a mí, sino yo quien le he impuesto la tarea. Ella ya me ha informado de que preferiría trabajar con sus trozos de cerámica. —Lógico. El rostro de Brisbane se había vuelto más opaco, tanto que a Nora le costaba adivinarle el pensamiento. Se preguntó si su carrera en el museo saldría perjudicada por el episodio de guerra sin cuartel que acababa de protagonizar Pendergast. Probablemente sí. Lanzó una mirada de reproche al agente. —¿De dónde dice que es? —preguntó Brisbane. —No lo he dicho, pero de Nueva Orleans. Brisbane se apoyó en el respaldo y dijo sonriendo: —Nueva Orleans. Claro. Debería haberlo adivinado por el acento. Pues está un poco lejos de su tierra, señor Pendergast. El agente se inclinó, mientras le sostenía la puerta a Nora. Ésta la cruzó indignada, y, cuando ya llevaban recorrido un buen trecho de pasillo, se detuvo y dijo: —Me ha dejado completamente in albis. Sólo he empezado a enterarme de sus intenciones cuando ya estábamos en el despacho de Brisbane. No me gusta. Pendergast la miró fijamente con sus ojos claros. —Mis métodos son poco ortodoxos, pero tienen una ventaja. —¿Cuál? —Que funcionan. —Ya, pero ¿y mi carrera? Pendergast sonrió. —¿Me permite un pronóstico? —Bueno. Total... —Cuando termine todo esto, la habrán ascendido. Nora hizo un ruido despectivo con la nariz. —Sí, claro; primero chantajea y humilla a mi jefe, y luego va él y me asciende. —Reconozco que los burócratas de tres al cuarto no son el tipo de personas que mejor me caen. Es una costumbre muy mala, pero me cuesta cambiar. De todos modos, doctora Kelly, descubrirá que la humillación y el chantaje, bien empleados, pueden tener una eficacia admirable. Nora volvió a detenerse al llegar a la escalera. —Aún no ha contestado mi pregunta. ¿Qué interés tiene el FBI en unos asesinatos de hace más de un siglo? —Todo a su debido tiempo, doctora Kelly. De momento, confórmese con que le diga que a título meramente personal me parecen unos asesinatos bastante... mmm... interesantes. La manera con que Pendergast dijo la palabra «interesantes» tenía algo que a Nora le dio escalofríos. CIENTÍFICOS El archivo central del museo, inmenso, estaba en las profundidades del sótano, y sólo se podía llegar encadenando ascensores, pasillos tortuosos y escaleras. Nora nunca había estado allí (ni conocía a nadie que lo hubiera visitado, de hecho), y al ir bajando por las entrañas del museo tuvo miedo de haberse equivocado de dirección en alguna encrucijada. Antes de entrar a trabajar en el museo, había hecho una visita guiada por sus interminables salas, y oído desgranar todas las estadísticas: físicamente era el mayor museo del mundo, y consistía en dos docenas de edificios conectados entre sí, construcciones del siglo XIX que formaban un extraño laberinto de más de tres mil salas y unos trescientos kilómetros de pasillos. Sin embargo, los números no podían reflejar la sensación claustrofóbica de tantos pasillos deshabitados. Pensó que al minotauro le habría dado un ataque de nervios. Se detuvo, miró el plano y suspiró. Tenía delante un corredor de ladrillo muy largo, iluminado por una hilera de bombillas en jaulas. Había otro que confluía en ángulo recto. El olor a polvo era omnipresente. Necesitaba alguna referencia, un punto fijo que le permitiera orientarse. Lo buscó con la mirada. Cerca había una puerta cerrada con candado y provista de un letrero muy gastado: «Titanoterios». Enfrente, otra donde ponía «Calicoterios y tapiroides». Consultó su mapa, casi inmanejable, y acabó localizando dónde estaba, aunque le costó. No, no se había perdido. El archivo quedaba delante, doblando la esquina. Créetelo tú, pensó al reemprender la marcha, mientras oía el eco de sus tacones en el suelo de cemento. Se detuvo frente a unas puertas de roble macizo viejas, llenas de rasguños y con el letrero ARCHIVO CENTRAL. Llamó y oyó resonar los golpes al fondo, como en una cueva. Luego oyó ruido de papeles, un libro cayéndose y a alguien carraspeando mucho. —¡Un momento, por favor! —dijo una voz aguda. Al sonido de unos pasos lentos y arrastrados le sucedió el de varios cerrojos. Al abrirse la puerta, apareció un individuo bajo, rechoncho y de avanzada edad. Tenía la nariz enrojecida y ganchuda, y era calvo, con un largo mechón de pelo blanco sobre la frente. Al ver a Nora se le pintó una sonrisa de bienvenida que disipó la melancólica expresión de su cara llena de venitas. —Ah, pase, pase —dijo—. Y no se asuste por las cerraduras; soy viejo, pero no muerdo. Fortunate senex! Nora dio un paso. Todo estaba lleno de polvo, incluso las solapas gastadas de la chaqueta del archivero. Una lámpara con pantalla verde proyectaba un círculo de luz en el añejo escritorio, invadido por montañas de papeles. También había una máquina de escribir, una Royal antigua que debía de ser lo único de la sala libre de polvo. Nora vio que al otro lado de la mesa había estanterías de hierro colado, llenas de libros y de cajas que se perdían en la oscuridad, profunda como el mar. Con tan poca luz era imposible ver el fondo de la sala. —¿Usted es Reinhart Puck? —preguntó. El viejo asintió con energía, haciendo temblar sus mejillas y su pajarita. —Para servirla. Se inclinó, y Nora, por unos segundos, se asustó pensando que le besaría la mano; pero no, sólo volvió a carraspear con gran estrépito de mucosidades, obligadas a circular involuntariamente por algún sector de la tráquea. —Busco información sobre... sobre los gabinetes de curiosidades —dijo ella. El hombre, que estaba ocupado en volver a echar los cerrojos, giró la cabeza, y se le iluminaron los ojos legañosos. —¡Ah, pues ha venido al lugar indicado! En su día, el museo absorbió la mayoría de los gabinetes de Nueva York. Tenemos todas las colecciones y todos los documentos. ¿Por dónde quiere que empecemos? Tras correr el último cerrojo, se frotó las manos; estaba claro, por su sonrisa, que se alegraba de poder ayudar a alguien. —En la parte baja de Manhattan había un gabinete de curiosidades de un tal Shottum. El archivero frunció el entrecejo. —Shottum... Ah, sí, es verdad, el de Shottum. Tenía mucha fama. Pero bueno, vayamos por partes. Por favor, firme en el registro. Entonces podremos empezar. Le hizo señas para que le siguiese al otro lado del escritorio, del que extrajo un libro grande y con encuademación de piel. Se veía tan viejo, tan gastado, que Nora tuvo la tentación de pedir pluma y tintero, pero cogió el bolígrafo que le ofrecían e inscribió su nombre y su departamento. —¿Por qué hay tantas cerraduras y cerrojos? —preguntó al devolver el bolígrafo—. Yo creía que lo más valioso, el oro, los diamantes, qué sé yo, estaba guardado en la zona de seguridad. —Por la nueva dirección. Como hace unos años pasó aquello tan violento, ahora está todo controladísimo. La verdad es que mucho trabajo no hay. De vez en cuando, como máximo, viene algún investigador, algún doctorando o algún patrocinador rico aficionado a la historia natural. Guardó el libro de registro, arrastró los pies hacia una hilera larguísima de viejos interruptores de marfil —cada uno del tamaño de un colgador de ropa— y accionó varios de ellos. Al cabo de varios parpadeos al fondo de la inmensa sala, se encendió una luz débil. Puck se dirigió hacia ella con paso lento, y roce de suelas en el suelo de piedra. Nora le siguió mirando las paredes oscuras, que estaban cubiertas de estantes. Tenía la sensación de cruzar un bosque tenebroso, con el norte lejano de la luz de una casita. —Los gabinetes de curiosidades. Uno de mis temas preferidos. Ya sabe que el primero fue el de Delacourte, fundado en mil ochocientos cuatro. —El eco de la voz de Puck recaía sobre sus hombros encorvados—. Era una colección fabulosa. Un ojo de ballena conservado en whisky, una dentadura de hipopótamo, un colmillo de mastodonte aparecido en una ciénaga de Nueva Jersey... Ah, y el último huevo de dodo, faltaría más; un solitario de la isla Rodrigues, para ser exactos. Lo trajeron vivo en una caja, pero después de exponerlo resultó que había salido la cría, y... ¡Aja, ya estamos! Bruscamente se detuvo, levantó los dos brazos para bajar una caja de una de las baldas superiores y abrió las solapas. No contenía el material del gabinete de Shottum, como esperaba Nora, sino un huevo muy grande dividido en tres partes. —Como de todas estas cosas no consta el origen, no las integraron en la colección principal del museo. Por eso las tenemos aquí. —Señaló los trozos de cáscara con veneración y satisfacción—. El Gabinete de Historia Natural de Delacourte. Cobraban veinticinco centavos de entrada, que para entonces era mucho. Volvió a guardar la caja, sacó un clasificador de tres anillas del estante de al lado y hojeó su grueso contenido. —¿Qué quiere saber del gabinete de Delacourte? —No, el que me interesa es el Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales Shottum. De John Canaday Shottum. Nora se tragó su impaciencia, porque era evidente que con Puck le serviría de poco. —Ah, sí, Shottum. El archivero siguió recorriendo la hilera de cajas, carpetas y libros. —¿Por qué vía llegaron los gabinetes al museo? —preguntó ella. —Cuando se inauguró el museo, que era gratis, les quitó la clientela y tuvieron que cerrar. Claro que mucho de lo que exponían era falso, ya se sabe, pero también había artículos científicamente valiosos. Cuando los gabinetes quebraron, los compró uno de los primeros conservadores del museo, que se llamaba McFadden. —¿Dice que había muchas cosas falsas? Puck asintió solemnemente. —Cosían dos cabezas a un cordero, o cogían un hueso de ballena, lo teñían de marrón y lo presentaban como de dinosaurio. Aquí tenemos algunos ejemplos. Mientras Nora se apresuraba a seguir a Puck a la siguiente hilera, se preguntó cómo encauzar en su provecho un torrente asíde información. —Los gabinetes hacían furor. Hasta P. T. Barnum empezó su carrera comprando uno que se anunciaba como «El Museo Americano de Scudder». Incorporó seres vivos, y fue la semilla de su circo. Ya ve. —¿Seres vivos? —Sí, el primero fue Joice Heth, una mujer negra viejísima que según él tenía ciento sesenta y un años y había sido la niñera de George Washington. El que denunció el engaño era de esta casa: Tinbury McFadden. —¿Tinbury McFadden? A Nora empezaba a entrarle pánico. ¿Conseguiría salir? —Sí, Tinbury McFadden. Era conservador del museo en los años setenta y ochenta del siglo diecinueve, y le interesaban mucho los gabinetes de curiosidades. Era un personaje un poco raro. Desapareció de un día para otro. —A mí me interesa el gabinete de Shottum, John Canaday Shottum. —Ya llegamos, joven —dijo Puck con una pizca de irritación—. Sobre el de Shottum no tenemos mucho material. Se incendió en mil ochocientos ochenta y uno. —Lo había recogido casi todo un tal Marysas, Alexander Marysas —dijo Nora, con la esperanza de mantenerle concentrado en el tema. —¡Para raro, ese! Era de una familia rica de Nueva York, y falleció en Madagascar. Me parece que el jefe de la tribu se hizo una sombrilla con su piel, para proteger del sol a un nieto que acababa de nacer. Se metieron por un laberinto de estanterías cargadas de papeles, cajas y artefactos extraños. Puck accionó otros interruptores de marfil, y se encendieron más luces delante, mientras detrás, parpadeando, se apagaban sus predecesoras, confinándoles a una isla de luz rodeada por un vasto océano de oscuridad. Llegaron a un claro entre anaqueles, con estrados de roble para varios especímenes de gran tamaño: un mamut peludo (encogido, pero que seguía siendo enorme), un elefante blanco y una jirafa sin cabeza. Viendo detenerse a Puck, a Nora se le cayó el alma a los pies. —Los gabinetes de la época hacían cualquier cosa con tal de conseguir público de pago. Fíjese en esta cría de mamut. La encontraron en Alaska, conservada por el frío. Acercó una mano a la panza y apretó algo. Se oyó un clic, y descendió una trampilla. —Esto era de un número de feria. Había una etiqueta donde ponía que el mamut llevaba cien mil años congelado, pero que un científico iba a descongelarlo y a intentar resucitarlo. Antes de empezar el número, se metía por la trampilla un hombre muy pequeño. Cuando ya estaba todo lleno de espectadores, salía otro, un falso científico, daba una conferencia y empezaba a calentar el mamut con un brasero. Entonces el de dentro empezaba a mover la trompa y a hacer ruidos. —Puck rió por lo bajo—. La gente de entonces era mucho más ingenua, ¿verdad? Volvió a meter la mano y cerró con cuidado la trampilla. —Verdad, verdad —dijo Nora—. Señor Puck, todo esto es muy interesante, y le agradezco la visita, pero es que tengo prisa, y si pudiera enseñarme el material de Shottum... —Está aquí. Puck desplazó una escalera metálica con ruedas, subió por ella y bajó de la oscuridad con una cajita. —O terque quaterque beatif. Aquí tiene lo de Shottum. Siento decirle que no era de los gabinetes más interesantes; y como se quemó, nos queda poco. Sólo estos papeles. —Abrió la caja y miró el interior—. ¡Pero bueno, qué desorden! —dijo con un chasquido de reprobación—. No lo entiendo, porque... En fin. Cuando haya terminado, si quiere, le enseño los papeles de Delacourte, que son mucho más completos. —Me gustaría, pero no tengo tiempo, al menos hoy. Puck emito un gruñido de insatisfacción. Nora le miró de reojo, y le dio pena, tan solo. —Mire, una carta de Tinbury McFadden —dijo él, sacando de la caja un papel descolorido—. Ayudó a Shottum a clasificar los mamíferos y los pájaros de la colección. Asesoraba a muchos dueños de gabinetes. Cobrando. —Hurgó un poco más—. Era muy amigo de Shottum. Nora pensó un poco. —¿ Me deja mirar la caja? —Tendrá que ser en la sala de consulta, porque no puede salir del archivo. —Bueno. —Nora hizo otra pausa para meditar—-. ¿Y dice que Tinbury McFadden era muy amigo de Shottum? ¿Sus papeles también están aquí? —¿Qué si están? ¡Virgen santa que si están! ¡Montañas y montañas! Tenía su propio gabinete, aunque no lo abría al público. Lo legó al museo, pero, como en ningún caso constaba la procedencia y estaba plagado de falsificaciones, lo guardaron aquí abajo. Por interés histórico. Decían que no tenía valor científico. —Puck hizo un ruido despectivo con la nariz—. No era digno de la colección principal. —¿Puedo verlo? —¡Faltaría más! —Puck, con su arrastrar de pies, salió caminando en una nueva dirección—. Está a la vuelta de la esquina. Se detuvieron frente a dos estantes. El superior estaba cargado con más papeles y más cajas, y encima de una de ellas aparecía un pagaré descolorido de artículos traspasados por J. C. Shottum a T. F. McFadden, en concepto de pago por «servicios prestados y prometidos». El inferior estaba a rebosar de una gran variedad de objetos curiosos. Nora echó un vistazo y vio animales disecados con envoltorio de papel de seda y cordel, fósiles de aspecto dudoso, un cerdo con dos cabezas flotando en una botella de cristal de tres litros, una anaconda seca cuyo cuerpo formaba un nudo gigante (de metro y medio), una gallina disecada con seis patas y cuatro alas, y una caja peculiar, fabricada con una pata de elefante. Puck se sonó con un trompetazo y se frotó los ojos. —Si supiera que su adorada colección ha acabado aquí abajo, el pobre Tinbury se retorcería en su tumba. Le atribuía un valor científico incalculable. Claro que era una época en que muchos conservadores del museo eran simples aficionados, con escasa acreditación científica. Nora señaló el pagaré. —Parece una indicación de que Shottum dio especímenes a McFadden a cambio de su trabajo. —Sí, se hacía mucho. —¿Así que algunas de estas cosas proceden del gabinete de Shottum? —Seguro. —¿También podría examinar los especímenes? Puck sonrió efusivamente. —Lo llevaré todo a la sala de consulta, y lo repartiré por las mesas. Cuando esté todo listo, la aviso. —¿Cuánto tardará? —Un día. Se puso rojo por el placer de ser útil. —¿No necesita que le ayuden a moverlo? —Sí, claro, pero ya se encarga Osear, mi ayudante. Nora miró alrededor. —¿Osear? —Osear Gibbs. Normalmente trabaja en osteología, porque aquí no baja mucha gente. Sólo le llamo para trabajos especiales, como esto. —Se lo agradezco mucho, señor Puck. —¡No, por favor! ¡Es un placer, señorita! —Vendrá un colega mío. Sobre el semblante de Puck cayó un velo de duda. —¿Un colega? Para casos así, ahora que se cuida tanto la seguridad, hay ciertas normas, y... —¿Normas? —Acceso restringido al personal del museo. Antes el archivo estaba abierto a todo el mundo, pero ahora sólo se puede entrar estando en plantilla. O en el consejo de administración. —El agente especial Pendergast está... mmm... relacionado con el museo. —¿Pendergast? ¿Agente, dice? Me suena el nombre. Pendergast... Sí, ya me acuerdo. Uno del sur, muy educado. ¡Válgame Dios!—Dio breves muestras de angustia—. Bueno, bueno, usted misma. Les espero mañana a las nueve. Patrick Murphy O'Shaughnessy estaba sentado en el despacho del capitán del distrito, esperando a que su superior terminara de hablar por teléfono. Llevaba cinco minutos de espera, pero de momento Custer ni siquiera le había mirado. Claro que por él... Miró las paredes sin interés y, tras un recorrido visual por varias distinciones al mérito y trofeos en campeonatos de tiro del departamento, su vista recaló en el cuadro de la pared del fondo. Representaba una cabaña en una ciénaga, de noche y con luna llena, iluminando el agua con la luz amarillenta de sus ventanas. Para los hombres del distrito séptimo era fuente inagotable de regocijo que su capitán, con todo su amaneramiento y sus pretensiones de hombre culto, se enorgulleciera de decorar su despacho con semejante bodrio. Hasta habían comentado la posibilidad de hacer una colecta para comprar otro cuadro menos horripilante. Hasta entonces, O'Shaughnessy había sido el primero en reírse, pero ahora le parecía patético. Como tantas otras cosas. El impacto del auricular con la base del teléfono le sacó de su ensimismamiento. Levantó la mirada y vio a Custer pulsando el botón del intercomunicador. —Entre, por favor, sargento Noyes. O'Shaughnessy apartó la vista. Era mala señal. Herbert Noyes, objeto de un traslado reciente desde asuntos internos, era el nuevo ayudante personal de Custer, y su lameculos número uno. Decididamente, se fraguaba algo malo. Noyes entró casi enseguida en el despacho, con su habitual sonrisa empalagosa quebrando la suavidad de líneas de su cabeza de hurón. Saludó educadamente a Custer con la cabeza y, sin hacerle el menor caso a O'Shaughnessy, se sentó en la silla que quedaba más cerca de la mesa del capitán, mascando su sempiterno chicle. Era tan poquita cosa que casi no hundió la piel burdeos del asiento. Había llegado muy deprisa, como si hubiera estado al acecho justo al otro lado de la puerta. O'Shaughnessy comprendió que era probable. Por fin Custer se decidió a mirarle. —¡Paddy! —dijo con su voz aguda y poco enérgica—. ¿Qué, cómo le va al último poli irlandés que queda? O'Shaughnessy dejó pasar la cantidad justa de silencio para ser insolente, y luego contestó: —Me llamo Patrick, señor. —Patrick, Patrick. Creía que te llamaban Paddy —añadió Custer, pero un poco menos campechano. —Y en el cuerpo aún quedan muchos irlandeses. —Ya, ya, pero ¿cuántos hay que se llamen Patrick Murphy O'Shaughnessy? Vaya, qué hay más irlandés que eso... Es como Chaim Moishe Finkelstein, o Vinnie Scarpetta Gotti della Gambino: étnico. Oye, pero no lo entiendas mal, ¿eh?, que lo étnico está bien. —Mucho —dijo Noyes. —Yo siempre digo que en la policía nos hace falta diversidad. ¿A qué sí? —Sí, claro —respondió O'Shaughnessy. —Bueno, Patrick, la cuestión es que tenemos un problema: hace unos días descubrieron treinta y seis esqueletos en un solar en obras del distrito. Puede que te suene. La investigación la supervisé yo personalmente. La constuctora es Moegen-Fairhaven. ¿La conoces? —Por supuesto. O'Shaughnessy miró intencionadamente la pluma Montblanc de gran tamaño que asomaba por el bolsillo de la camisa de Custer. El año antes, para Navidad, el señor Fairhaven le había regalado una a cada capitán de distrito de Manhattan. —Una gran empresa, con mucho dinero y muchas amistades. Y buena gente. La cuestión, Patrick, es que los esqueletos tienen más de un siglo. Nuestra opinión es que en el siglo diecinueve los asesinó algún pirado y los escondió en un sótano. ¿Qué, me vas siguiendo? O'Shaughnessy asintió. —¿Tienes experiencia con el FBI? —No. —Tienen la manía de tomar por idiotas a los polis que trabajan. Les gusta no informarnos de nada. Así se divierten. —Sí, es como un juego —dijo Noyes con un ligero movimiento de su reluciente cabeza. Conseguía algo difícil: dar aspecto grasiento a un corte de pelo a cepillo. —Exacto —dijo Custer—. ¿Ves por dónde vamos, Patrick? —Sí. Que se le iba a asignar una mierda de misión relacionada con el FBI: eso era lo que veía O'Shaughnessy. —Me alegro. No sé porqué, pero hay un agente del FBI merodeando por la obra. Aún no nos ha dicho por qué le interesa tanto. Lo increíble es que ni siquiera es de aquí, sino de Nueva Orleans; pero tiene influencia. Todavía lo estoy investigando. A los de la delegación de Nueva York les cae tan mal como a nosotros. Me han contado algunas cosas, y no me han gustado nada. Ese tío es una fuente de problemas. ¿Me sigues? —Sí, señor. —No para de llamar. Quiere ver los huesos, y el informe del forense. Es insaciable. Parece que no se dé cuenta de que esos crímenes ya son historia. Y claro, el señor Fairhaven se preocupa. No quiere que se hinche demasiado el tema, ¿sabes? Va a tener que alquilar los pisos. ¿Ves por dónde voy? ¿Y qué hace Fairhaven cuando se preocupa? Llamar al alcalde. Luego el alcalde llama al jefe de policía Rocker, Rocker llama al comandante, y el comandante me llama a mí. En consecuencia, que ahora el preocupado soy yo. O'Shaughnessy asintió con la cabeza, pensando: O sea, que ahora yo también tengo que estarlo. Pues no. —Preocupadísimo —dijo Noyes. O'Shaughnessy relajó su expresión facial, borrando de ella cualquier rastro de preocupación. —Bueno, al grano: que te nombro enlace entre el tío ese y la policía de Nueva York. Tendrás que pegarte a él como una mosca a... la miel. Quiero enterarme de qué hace, de adonde va y, sobre todo, de qué intenciones tiene. Pero ojo, no te hagas muy amigo de él, ¿eh? —No, señor. —Se llama Pendergast, agente especial Pendergast. —Custer dio la vuelta a un papel—. ¡Caray, si ni siquiera han puesto el nombre de pila! Da igual. He organizado que os veáis mañana a las dos del mediodía. Luego te quedas con él. Oficialmente estás para ayudarle, pero no te pases de servicial, ¿eh?, que ha desquiciado a más de uno. Toma, léelo tú. O'Shaughnessy cogió el informe de manos del capitán. —¿Quiere que vaya de uniforme? —¡Coño, claro, si es de lo que va! Teniendo pegado a un poli de uniforme como una lapa, perderá libertad de movimientos. ¿Lo captas? —Sí, señor. El capitán se apoyó en el respaldo y le miró con escepticismo. —¿Te parece factible, Patrick? O'Shaughnessy se levantó. —Completamente. —Porque hace una temporada que te veo una actitud un poco soberbia. —Custer se tocó un lado de la nariz—. Un consejo entre amigos: resérvatela para el agente Pendergast. Es una actitud que te conviene a ti menos que a nadie. —Descuide, capitán. Me limito a proteger y servir al ciudadano. —Lo pronunció con un fuerte acento irlandés—. Que tenga un buen día, capitán. Al girarse y salir del despacho, O'Shaughnessy oyó que Custer le murmuraba a Noyes: —Un listillo. —Hace una tarde ideal para ir de museos —dijo Pendergast mirando el cielo encapotado. Patrick Murphy O'Shaughnessy se preguntó si era una broma. Estaba en la escalinata de la comisaría de la calle Elizabeth, con la mirada perdida. Parecía un chiste. Más que agente del FBI, aquel individuo parecía de una funeraria: traje negro, pelo casi blanco y un acento que ni en las películas. Le extrañó que semejante personaje hubiera pasado las pruebas de ingreso. —El Metropolitan es un paradigma cultural, sargento; uno de los grandes museos del mundo. En fin, qué voy a contarle. ¿Vamos? O'Shaughnessy se encogió de hombros. Su obligación era seguirle, al museo o a donde fuera. Menuda porquería de misión. Mientras bajaban a la calle, apareció por la esquina un coche largo de color gris que había estado esperando. Al principio O'Shaughnessy no se lo creía. Un Rolls. Pendergast abrió la puerta. —¿Se lo ha confiscado a algún traficante? —le preguntó el policía. —No, es mi vehículo personal. Claro. Nueva Orleans. Allá el soborno estaba a la orden del día. Ya le tenía calado. Debía de haber venido por algo de drogas, y quizá Custer quisiera sacar tajada. Por eso le había elegido precisamente a él para seguirle. La cosa empeoraba por minutos. Pendergast seguía aguantando la puerta. —Usted primero. O'Shaughnessy subió a la parte trasera y quedó embutido en el asiento de piel blanca. Pendergast se agachó y entró tras él. —Al Metropolitan —le dijo al chofer. En el momento en que el Rolls se apartaba del bordillo, O'Shaughnessy entrevió al capitán Custer en los escalones, viéndoles marcharse, y contuvo el impulso de hacerle un gesto obsceno. Se giró hacia Pendergast y le observó. —Bueno, señor agente del FBI, a ver si va todo bien. Volvió a mirar por la ventanilla. A su lado, silencio, hasta que oyó la voz suave del agente. —Me llamo Pendergast. —Pues eso. O'Shaughnessy siguió mirando por la ventanilla. Cuando había pasado un minuto, dijo: —Oiga, ¿y en el museo qué hay? ¿Momias muertas? —Aún no he visto ninguna momia viva, sargento; pero no, no vamos al departamento de egiptología. Un chistoso. O'Shaughnessy se preguntó cuántas misiones así le faltaban por tragarse. Su error de cinco años atrás hacía que le tomaran por carne de cañón. Cada vez que salía alguna cosa rara, tenía que aguantar el mismo rollo: «O'Shaughnessy, ha surgido un problema, y la persona indicada para solucionarlo eres tú». La diferencia era que solían ser tonterías, mientras que el tío del Rolls parecía un pez gordo. Aquello era harina de otro costal. Parecía algo ilegal. Se acordó de su difunto padre, y sintió una punzada de vergüenza. Menos mal que no podía verle. Cinco generaciones de O'Shaughnessys en el cuerpo, al carajo. Se preguntó si sería capaz de ir tirando durante los once años más que necesitaba para poder aspirar a salir del cuerpo cobrando. —¿Bueno, qué? ¿Me explica el apaño? —preguntó. Basta de hacer el tonto. Esta vez tendría los ojos bien abiertos, y la cabeza bien alta. No quería que le cayese un marrón por no estar atento. —Sargento... —¿Qué? —Que no hay ningún apaño. —No, claro. —Resopló por la nariz—. Nunca los hay. Se dio cuenta de que el agente del FBI le miraba fijamente, pero siguió apartando la vista. —Veo, sargento, que es víctima de un malentendido —dijo Pendergast—. Pues será cuestión de rectificarlo. Mire, yo entiendo que desconfíe. Hace cinco años le grabaron aceptando doscientos dólares de una prostituta a cambio de dejarla en libertad. Corríjame si me equivoco. De repente, O'Shaughnessy sucumbió a una sensación de aturdimiento, seguida por otra más insidiosa de enfado. Otra vez lo de siempre. Se quedó callado. Total, ¿qué iba a decir? Para eso más valía que le echasen del cuerpo. —Mandaron la cinta a asuntos internos, y los de asuntos internos le hicieron una visita; pero había varias versiones, y no se pudo demostrar nada. Por desgracia, el daño ya estaba hecho. Desde entonces su carrera se ha quedado... ¿Cómo decirlo? Estancada. O'Shaughnessy siguió viendo pasar edificios por la ventanilla. «Estancada.» O sea, en la cuneta. —Y desde entonces sólo le han encargado misiones dudosas y encargos ambiguos. Debe de pensar que este es uno más. O'Shaughnessy habló con la ventanilla, y puso adrede voz cansada. —Oiga, Pendergast, no sé a qué juega, pero no tengo ninguna obligación de aguantarle el rollo. —Es que he visto el vídeo —dijo Pendergast. —Felicidades. —Entre otras cosas, oí a la prostituta suplicándole que la dejara en libertad, con el argumento de que si no su chulo la zurraría. Luego oí que le insistía en que aceptara los doscientos dólares, porque en caso contrario supondría que le había delatado. En cambio, si usted cogía el dinero, él sólo pensaría que le había sobornado, y así se ahorraba la paliza. ¿Voy por buen camino? Por eso aceptó. O'Shaughnessy lo había repasado mil veces mentalmente. ¿Qué más daba? No tenía ninguna obligación de coger el dinero. Tampoco es que se lo hubiera regalado a la beneficencia. Palizas de chulos a putas las había a diario. Debería haberse desentendido de ella. —De ahí su actual cinismo, y su cansancio; al final se ha dado cuenta de que la idea de «proteger y servir» es una farsa, y más en la calle, porque en la calle ni siquiera parece que haya distinción entre el bien y el mal, ni nadie que se merezca que le protejan o le sirvan. No hubo respuesta. —¿Ya ha acabado con el análisis psicológico? —preguntó O'Shaughnessy. —De momento sí. Un simple comentario: esta misión es dudosa, pero no en el sentido que cree. Esta vez el silencio se prolongó varios minutos. Pararon en un semáforo, y O'Shaughnessy aprovechó la ocasión para mirar a Pendergast con disimulo. Parecía que el agente del FBI se lo esperara, porque le pilló infraganti. O'Shaughnessy, sobresaltado, apartó la vista. —¿El año pasado llegó a ver Historia del vestido, por casualidad? —preguntó Pendergast con mayor desenfado. -¿Qué? —O sea, que no. Pues se perdió una exposición buenísima. El Metropolitan tiene una colección de indumentaria histórica muy buena, que arranca de la Alta Edad Media. Está casi todo en el almacén, pero el año pasado montaron una exposición donde se veía la evolución de la ropa en los últimos seis siglos. Era fascinante. ¿Sabe que en Versalles, en la corte de Luis catorce, las damas no podían tener más de treinta y tres centímetros de cintura? ¿Y que los vestidos que llevaban pesaban entre quince y veinte kilos? O'Shaughnessy se dio cuenta de que no sabía contestar. El giro en la conversación, tan brusco e inesperado, le había cogido por sorpresa. —Otra cosa que me interesó fue que en el siglo quince las braguetas de los hombres... Por suerte el cotilleo quedó interrumpido por un ruido de frenos, los del Rolls al esquivar a un taxi que cruzaba tres carriles. —Bárbaros yanquis —dijo Pendergast, sin saña—. ¿Qué decía? Ah, sí, que la bragueta... Ahora estaban de lleno en el tráfico de Midtown, moviéndose a paso de tortuga, y O'Shaughnessy empezó a temer que el viaje se eternizara. La sala grande del Metropolitan Museum, con sus placas de mármol de estilo Beaux Arts en las paredes y su decoración de enormes ramos de flores, estaba repleta hasta casi lo insoportable. O'Shaughnessy se quedó rezagado, mientras aquel agente tan raro del FBI hablaba con una de las voluntarias que soportaban la avalancha en el mostrador de información. La joven cogió un teléfono, llamó a alguien y colgó el auricular con expresión sumamente irritada. O'Shaughnessy empezó a preguntarse por las intenciones del tal Pendergast. En todo el viaje al centro no había dicho ni una sola palabra acerca de sus planes. Echó un vistazo por la sala. Saltaba a la vista que el público era del Upper East Side: mujeres de punta en blanco que hacían ruido con sus tacones altos, niños de uniforme que respetaban la cola y se portaban bien, y unos cuantos intelectuales estirados que merodeaban con expresión pensativa. Varias personas le observaban con mala cara, como si fuera de pésimo gusto presentarse en el Met con uniforme de policía. Tuvo un arranque de misantropía. Hipócritas. Pendergast le hizo señas para que se acercara. Entraron en el museo, enseñando la entrada varias veces, y, tras pasar junto a una vitrina llena de oro romano, se zambulleron al fin en una desorientadora sucesión de salas rebosantes de estatuas, jarrones, cuadros, momias y toda suerte de obras de arte. Pendergast no dejaba de hablar, pero había tanta gente, y un ruido tan ensordecedor, que O'Shaughnessy sólo captó unas cuantas palabras. Cruzaron una serie de salas más tranquilas, de arte asiático, y llegaron a una puerta de metal gris brillante que Pendergast abrió sin llamar. Detrás había una antesala con una mesa de madera clara, ocupada por una recepcionista muy guapa cuyos ojos se abrieron un poco al ver el uniforme de O'Shaughnessy. El policía la miró amenazadoramente. —¿Desean algo? Se lo había dicho a Pendergast, pero no dejaba de lanzar miraditas inquietas a O'Shaughnessy. —Somos el sargento O'Shaughnessy y el agente especial Pendergast, y venimos a ver a la doctora Wellesley. —¿Tienen una cita? —No, desgraciadamente no. —Pues lo siento, pero... ¿Agente especial...? —Pendergast, del FBI. Al oírlo, la recepcionista se puso muy roja. —Un momento. Cogió el teléfono. O'Shaughnessy oyó que sonaba en un despacho contiguo a la recepción. —Doctora Wellesley —dijo la secretaria—, han venido a verle el agente especial Pendergast, del FBI, y un policía. La voz cuyo eco les llegó del despacho era perfectamente inteligible. Se trataba de una voz seca, de mujer, pero fría como el hielo, y tan rotundamente inglesa que tuvo sobre O'Shaughnessy un efecto irritante. —Heather, estoy ocupada; así que, si no han venido a detenerme, que concierten una cita, como todo el mundo. Igual de rotundo fue el impacto del auricular con la base del teléfono. La recepcionista les miró nerviosísima. —La doctora Wellesley... Sin embargo, Pendergast ya había echado a caminar hacia el despacho de donde procedía la voz. Esto ya me gusta más, pensó O'Shaughnessy, viendo que el agente abría la puerta y se plantaba en el umbral. Aunque tuviera pretensiones, al menos no era un blando. Sabía reaccionar frente a las tonterías. La voz invisible cortó el aire, preñada de sarcasmo. —Ah, el típico poli fuerzapuertas. Lástima que no esté cerrada con llave, porque entonces podría echarla abajo con la porra. Parecía que Pendergast no hubiera oído el comentario, porque su voz meliflua llenó de calidez y de encanto el despacho. —Doctora Wellesley, acudo a usted como primera autoridad mundial en historia de la indumentaria; y espero que no se moleste si le digo que me emocionó su identificación del peplo griego de Vergina. Hacía tiempo que me interesaba el tema. Se produjo un breve silencio. —Le dejo entrar por sus halagos, señor Pendergast. O'Shaughnessy siguió al agente al interior de un despacho pequeño pero bien decorado. El mobiliario parecía salido de los propios fondos del museo, y en las paredes había una serie de acuarelas dieciochescas con personajes de ópera. Pensó que quizá fueran Fígaro, Rosina y el conde Almaviva, de El barbero de Sevilla. La ópera era su única, y secreta, afición. Se sentó, cruzó las piernas y a continuación, cambiando de postura (era una silla increíblemente incómoda), las descruzó. Era inútil. Seguía teniendo la impresión de ocupar demasiado espacio. Entre muebles tan exquisitos, el color azul de su uniforme parecía de un mal gusto apabullante. Volvió a mirar las acuarelas, mientras tarareaba mentalmente un aria. Wellesley era una cuarentona atractiva, y muy bien vestida. —Veo que le gustan mis cuadros —le dijo a O'Shaughnessy con mirada perspicaz. —Mucho —contestó él—, siempre que se sea aficionado a bailar con peluca, zapatos de tacón y camisa de fuerza. Wellesley se volvió hacia Pendergast. —Su colega tiene un sentido del humor un poco especial. —Es verdad. —Bueno, ustedes dirán. Pendergast se sacó del traje algo que estaba enrollado y envuelto con papel. —Me gustaría que examinara este vestido —dijo, desenrollándolo sobre la mesa de la doctora, que retrocedió un poco, asustada al descubrir el grado real de suciedad de la prenda. O'Shaughnessy creyó percibir un olor peculiar. Muy peculiar. Se le ocurrió la vaga posibilidad de que lo de Pendergast no fuera un soborno, sino algo más serio. —¡Virgen santa! —dijo ella, retrocediendo unos cuantos pasos más con una mano delante de la cara—. No trabajo con la policía. Llévese esta porquería, haga el favor. —Esta porquería, doctora Wellesley, pertenecía a una joven de diecinueve años que hace más de un siglo fue asesinada, diseccionada, descuartizada y emparedada en un túnel de la parte baja de Manhattan. Tenía una nota cosida en el forro, y escrita con su propia sangre, donde constaba su nombre, edad y dirección. Nada más. Con una tinta así se suele ser escueto. La había escrito consciente de que iban a matarla. Sabía que no la ayudaría ni la salvaría nadie. Su único deseo era que identificasen su cadáver, y que no la olvidaran. Yo no podía ayudarla entonces, pero lo intento ahora. Es la razón de mi visita. Pareció que el vestido se moviera un poco. O'Shaughnessy, sobresaltado, se dio cuenta de que al agente del FBI le temblaba la mano de emoción. Al menos esa fue la impresión que tuvo. El hecho de que a un agente de la ley y el orden le afectara personalmente algo así era una revelación. El silencio que siguió a las palabras de Pendergast fue profundo. Wellesley se inclinó hacia el vestido sin mediar palabra, lo tocó, le dio la vuelta al forro y tiró del material con suavidad, en varias direcciones. Después metió la mano en un cajón del escritorio, sacó una lupa y empezó a examinar las costuras y la tela. Pasaron varios minutos. Por último, con un suspiro, se dejó caer en la silla. —Es el típico vestido de obrera —dijo—. De los más corrientes en la segunda mitad del siglo diecinueve. Por fuera es una lana basta, que rasca, pero que la verdad es que abriga bastante. El forro es algodón sin teñir. El corte y las costuras indican que lo más seguro es que se lo hiciera ella misma con la tela que le habían dado en el asilo. Es una tela que se vendía en varios colores básicos: verde, azul, gris y negro. —¿Tiene idea de qué asilo podía ser? —No se puede saber. En Manhattan, en el siglo diecinueve, había bastantes. Los llamaban «hogares industriales». Acogían a niños abandonados, huérfanos y fugitivos. Era una vida durísima, muy cruel. Los administraban religiosas, al menos de nombre. —¿Podría fechar el vestido con más precisión? —Pecaría de inexacta. Parece una imitación bastante nefasta de un estilo muy divulgado a principios de siglo. Las chicas de los asilos solían intentar copiar lo que les gustaba de las revistas populares y los anuncios de la prensa callejera. —La doctora Wellesley suspiró y se encogió de hombros—. Lo siento, pero no puedo decirle más. —Si se le ocurre algo, avíseme por medio de mi colega, el sargento O'Shaughnessy. La doctora Wellesley echó un vistazo a la identificación de O'Shaughnessy y asintió. —Gracias por recibirnos. —El agente del FBI empezó a enrollar el vestido—. Ah, oiga, la exposición que organizó el año pasado era una maravilla. La doctora Wellesley volvió a asentir. —Tenía ingenio, lo cual no abunda precisamente en las exposiciones de museo. Por ejemplo, la sección de las hopalandas. Me pareció un prodigio de sentido del humor. El vestido, oculto en su envoltorio, había perdido la capacidad de impresionar, y poco a poco fue disipándose el tétrico ambiente que se había apoderado del despacho. O'Shaughnessy se dio cuenta de que repetía mentalmente una idea del capitán Custer: ¿qué sentido tenía que un agente del FBI se ocupara de un caso con ciento veinte años de antigüedad? —Gracias por captar lo que se le pasó por alto a toda la crítica —repuso la doctora—. En efecto, la intención era humorística. Una vez satisfechas las necesidades básicas de calor y pudor, la indumentaria humana, entendida a fondo, puede ser un prodigio de absurdidad. Pendergast se levantó. —Doctora Wellesley, nos ha servido de mucho su ayuda. Lo mismo hizo ella. —Llámeme Sophia, por favor. O'Shaughnessy se fijó en que miraba a Pendergast con mayor interés. Pendergast hizo una reverencia, sonrió y, dando media vuelta, se dispuso a marcharse. La doctora rodeó el escritorio para acompañarle a la recepción, y al llegar a la puerta del pasillo se detuvo y dijo, ruborizada: —Espero que volvamos a vernos, señor Pendergast. No sé... Podríamos cenar juntos. Se produjo un breve silencio. Pendergast no decía nada. —Bueno —dijo ella, más escueta—, ya sabe dónde encontrarme. Volvieron a cruzar las mismas salas repletas de público y tesoros, y, dejando atrás los ídolos khmeres, los relicarios con incrustaciones de pedrería, las estatuas griegas y la cerámica ática de figuras rojas, bajaron a la Quinta Avenida por la gran escalinata, que era un hervidero humano. O'Shaughnessy, en mordaz referencia a los modales seductores del agente, silbó el estribillo de una canción de Sade, «Smooth Operator», pero Pendergast no pareció oírlo. Poco después, O'Shaughnessy penetraba suavemente en el interior del capullo de piel blanca del Rolls. Al cerrarse la puerta (con un golpe firme y tranquilizador), volvió a reinar un grato silencio. Seguía sin formarse una opinión sobre Pendergast. A fin de cuentas, y a pesar de tener gustos tan caros, quizá fuera un tío legal. De una cosa sí estaba seguro: que él no bajaría la guardia ni un momento. —Al Museo de Historia Natural, al otro lado del parque, por favor —le dijo Pendergast al chófer. Mientras aceleraban y se internaban en el tráfico, se giró hacia O'Shaughnessy y preguntó—: ¿Cómo se aficiona a la ópera italiana un policía irlandés? O'Shaughnessy se sobresaltó. ¿Él había dicho algo sobre ópera? —Disimula mal sus pensamientos, sargento. He visto que, mientras miraba los dibujos de El barbero de Sevilla, con el índice derecho marcaba sin querer el compás del aria de Rosina, «Una voce poco fa». O'Shaughnessy se le quedó mirando. —Seguro que se cree un Sherlock Holmes. —No es habitual encontrar a un policía aficionado a la ópera. O'Shaughnessy le devolvió la pregunta. —¿Y a usted? ¿También le gusta? —La odio. La ópera era la televisión del siglo diecinueve: ruidosa, vulgar y chillona, con argumentos que sólo se pueden calificar de infantiles. O'Shaughnessy sonrió por primera vez y negó con la cabeza. —Sólo le digo una cosa, Pendergast: su capacidad de observación no es ni la mitad de infalible de lo que se cree. ¡Pero qué ignorante, por Dios! Se le amplió la sonrisa, y vio que por la cara del agente del FBI pasaba fugazmente una expresión irritada. Por fin le había pillado. Nora, ligeramente aliviada por no haberse equivocado de camino, cedió el paso a Pendergast y su acompañante, un policía bajito y muy serio, y entraron los tres en el archivo. Justo después de entrar, Pendergast se detuvo y respiró hondo. —¡ Aaah! Olor a historia. Empápese, sargento. Levantó un poco las manos con los dedos extendidos, como si quisiera calentárselas con los documentos. Reinhart Puck se acercó moviendo la cabeza, se secó la calva reluciente con un pañuelo y se lo volvió a guardar en el bolsillo con poca maña. Daba la impresión de reaccionar a la presencia del agente del FBI con una mezcla de satisfacción y de inquietud. —¡Doctor Pendergast! —dijo—. ¡Qué alegría! Me parece que no habíamos vuelto a vernos desde... a ver... desde los hechos del noventa y cinco. ¿Al final hizo el viaje a Tasmania? —Pues sí. Gracias por acordarse. Y mis conocimientos sobre flora australiana han aumentado en la debida proporción. —¿Y cómo anda el... mmm... su departamento? —Estupendamente —dijo Pendergast—. Le presento al sargento O'Shaughnessy. El policía, que estaba detrás, se adelantó, y Puck puso cara de contrariedad. —¡Anda! Es que hay una regla... Los que no sean empleados del museo... —Yo respondo por él —dijo Pendergast tajantemente—. Es un miembro muy destacado de la policía de nuestra ciudad. —Claro, claro —dijo Puck con mala cara, manipulando los cerrojos—. Bueno, pues van a tener que firmar. —Dio la espalda a la puerta—. Les presento al señor Gibbs. Osear Gibbs saludó con un simple movimiento de la cabeza. Era un afroamericano bajo, macizo, sin vello en los brazos y con la cabeza casi rasurada al cero. Pese a su estatura, tenía un cuerpo de tal solidez que parecía tallado en madera maciza. Iba lleno de polvo, y se le notaba incómodo. —El señor Gibbs ha tenido la amabilidad de dejarlo todo ordenado en la sala de consulta —dijo Puck—. Primero cumplimos los trámites, y después, si son tan amables, me acompañan. Tras firmar en el registro, se internaron en la oscuridad, y Puck, que iba delante, volvió a iluminar el camino accionando la hilera de interruptores de marfil. Al término de una caminata que se les antojó interminable, llegaron a una puerta en la pared del fondo del archivo; la pared era blanca, y la puerta tenía una ventanilla de rejilla metálica y cristal. Puck, con gran estrépito de llaves, manipuló el cerrojo con dificultad y abrió la puerta para que pasara Nora. Ella entró, y al ver encenderse la luz estuvo a punto de gritar de sorpresa. Las paredes estaban forradas de roble en toda su extensión, desde el suelo de mármol hasta el suntuoso techo rococó, lleno de molduras y dorados. El centro de la sala estaba ocupado por una serie de mesas de roble macizo rodeadas por sillas de la misma madera, con asientos y respaldos de cuero rojo. No había mesa sin su correspondiente araña de filigrana de cobre y cristal tallado. En dos de las mesas había un surtido de objetos heterogéneos. Otra estaba cubierta de cajas, libros y papeles. Al fondo de la sala había una chimenea muy grande, tapiada y con estructura de mármol rosado. La pátina de muchos años prestaba a todo un aspecto vetusto. —¡Es increíble! —dijo Nora. —En efecto —dijo Puck—. Una de las salas más bonitas del museo. Antes la investigación histórica era muy importante. —Suspiró—. Eran otros tiempos. Ya se sabe: O tempo, o mores... En fin. Por favor, saqúense de los bolsillos cualquier instrumento de escritura, y antes de manipular cualquier objeto pónganse los guantes de tela. Doctora, voy a tener que cogerle el maletín. Dirigió una mirada de censura a la pistola y las esposas que colgaban del cinturón de O'Shaughnessy, pero no dijo nada. Dejaron los bolígrafos y lápices en la bandeja indicada, y tanto Nora como los demás se pusieron los inmaculados guantes. —Bueno, les dejo. Cuando hayan terminado avísenme por el teléfono, aquel de allá. La extensión es cuatro, dos, cuatro, cero. Si quieren fotocopias, o lo que sea, rellenen uno de esos formularios. El ruido de cerrar la puerta dió paso al de una llave girando. —¿Nos ha encerrado? —preguntó O'Shaughnessy. Pendergast asintió. —Es su obligación. O'Shaughnessy volvió a internarse en la penumbra. Nora pensó que era una persona peculiar: callado, inescrutable y guapo, con esa belleza de los irlandeses morenos. Parecía que a Pendergast le caía simpático, mientras que el propio O'Shaughnessy daba la impresión de no tener simpatía por nadie. El agente del FBI juntó las manos a la espalda y rodeó lentamente la primera mesa examinando todos los objetos. Tras someter la segunda mesa a la misma operación, se acercó a la tercera, la de los documentos. —Ha dicho que había un inventario, ¿no? —le dijo a Nora. Nora señaló el pagaré y la lista que había encontrado el día anterior. Pendergast la miró, se la quedó en la mano y repitió el circuito. Al llegar a un okapi disecado, asintió. —Eso era de Shottum —dijo—. Y eso también. —Señaló con la cabeza la caja de pata de elefante—. Las tres fundas para el pene, el hueso peniano de ballena franca, la cabeza reducida de jíbaro... Todo de Shottum, en pago a la labor de McFadden. —Se agachó para examinar la cabeza reducida—. Falsa. Es de mono, no de hombre. —Miró a Nora—. Doctora Kelly, ¿me haría el favor de revisar los documentos mientras examino estos objetos? Nora se sentó a la tercera mesa. Había una cajita con la correspondencia de Shottum, otra mucho mayor, y dos carpetas que por lo visto contenían los papeles de McFadden. Empezó abriendo la caja de Shottum, y se le confirmó el comentario de Puck sobre lo desordenada que estaba. Había pocas cartas, y casi todas en la misma línea: preguntas sobre clasificaciones e identificaciones, polémicas con otros científicos sobre cuestiones crípticas... Todo ello muy revelador de ciertos aspectos poco conocidos de la historia natural del siglo XIX, pero con escasa información sobre un crimen atroz del mismo período. Mientras leía la escasa correspondencia, empezó a formársele una imagen mental de J. C. Shottum, y no se correspondía con la de un asesino en serie. Parecía un individuo bastante inofensivo, quisquilloso, algo quejica, quizá, y muy sensible a las rivalidades académicas. Por lo visto, carecía de intereses al margen de la historia natural. Claro que nunca se sabe, pensó al pasar las páginas mohosas. Prof Albert ..............El Lyceum, Bickmore ...............El museo Dr. Asa Stone .........Pájaros .....................................Gilcrease Sir Henry C. ...........Mamíferos Throckmorton ........Africanos (caza mayor) Prof. Enoch ............Clasificación Como no encontraba nada de especial interés, pasó a las cajas de la correspondencia de Tinbury McFadden, que, además de ser mucho más grandes, estaban más ordenadas. Casi todo eran notas sobre una gran variedad de temas curiosos, y estaban escritas con letra muy pequeña, de fanático: listas de clasificaciones de plantas y animales, dibujos de flores (algunos francamente buenos)... Al fondo había un grueso fajo de correspondencia entre McFadden y varios científicos y coleccionistas, unido por una cordel que de tan viejo se partió al tocarlo. Nora fue mirando las cartas hasta llegar a las que habían intercambiado Shottum y McFadden. El encabezamiento de la primera era «Estimado colega». Por la presente le envío una curiosa reliquia que supuestamente procede de la isla de Kut, en las costas de Indochina. Es de colmillo de morsa, y representa a un simio in coito con una diosa hindú. ¿Tendría usted la amabilidad de identificar la especie del simio? Su colega, J. C. SHOTTUM Extrajo la siguiente carta. Querido colega: En la última reunión del Lyceum, el profesor Bickmore presentó un fósil diciendo que se trataba de un crinoide de la era devoniana, de los Dolomitas de Montmorency. El profesor comete una grave equivocación. Ya demostró LaFleuve que los Dolomitas de Montmorency son pérmicos. Es necesario publicar una nota correctiva en el próximo boletín del Lyceum. Echó un vistazo al resto. También había correspondencia con otras personas, un reducido círculo de científicos que compartían la misma orientación, y al que pertenecía Shottum. Se notaba que tenían mucho trato. Quizá uno de ellos fuera el asesino. No resultaba improbable, puesto que sólo podía tratarse de alguien con acceso al gabinete de Shottum; suponiendo, claro, que no fuera este último el culpable. Empezó a confeccionar una lista de los corresponsales, y de las características de su trabajo. Se arriesgaba a estar perdiendo el tiempo, puesto que nada impedía que el asesino fuera el portero o el carbonero de la finca. Sin embargo, se acordó de las marcas de escalpelo en los huesos, precisas y profesionales, y de la naturaleza casi quirúrgica de los desmembramientos. No, estaba claro que era obra de un científico. Sacó su libreta y empezó a tomar apuntes. Cartas de y a Tinbury McFadden: CORRESPONSAL TEMAS DE LA CORRESPONDENCIA PROFESIÓN FECHAS DE LA CORRESPONDENCIA J. C. Shottum Historia natural, antropología, el Lyceum Propietario del Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales Shottum, Nueva York 1869-1881 Prof Albert Bickmore El Lyceum el museo Fundador del Museo de Historia Natural de Nueva York 1865-1878 Dr. Asa Stone Gilcrease Pájaros Ornitólogo, Nueva York 1875-1880 Sir Henry C., Throckmorton Mamíferos africanos (caza mayor) Coleccionista, explorador y deportista, Londres 1879-1880 Prof. Enoch Leng Clasificación Taxonomista y químico, Nueva York 1872-1881 Guenever Lareu Misiones cristianas para Borrioboolan Gha, en el Congo Filántropa, Nueva York Dumont Burleigh Fósiles de dinosaurios, el Lyceum Petrolero y coleccionista, Cold Spring, Nueva York 1875-1881 Dr. Ferdinand Huntt Antropología, arqueología Cirujano y coleccionista, Oyster Bay, Long hland 1869-1879 Prof. Hiram Howlett Reptiles y anfibios Herpetólogo, Stormhaven, Maine 1871-1875 El penúltimo nombre le dio que pensar. Un cirujano. ¿Quién era el tal Ferdinand Huntt? Había varias cartas de su puño y letra, escritas con caligrafía grande y descuidada en un papel muy grueso, con una hermosa cimera en relieve. Las leyó. Querido Tinbury: Respecto a los odinga, sigue vigente la costumbre bárbara del parto masculino. Durante mi viaje al Volta gocé del privilegio, si así puede llamarse, de presenciar un alumbramiento. Por supuesto que no me dejaron intervenir, pero oí muy claramente los gritos del marido en el momento en que su esposa, con cada contracción, tiraba de la cuerda que le habían atado a los genitales. Después del parto le curé al pobre hombre las heridas (graves desgarros), y... Querido Tinbury: El falo de jade olmeca que le envío por la presente, procedente de La Venta, México, es para el museo, ya que tengo entendido que carecen ustedes de piezas de aquella cultura mexicana tan sumamente peculiar. Nora siguió examinando el fajo de cartas, pero topó con la misma monotonía temática: descripciones de extrañas costumbres médicas observadas por Huntt en sus viajes por Centroamérica y África, y notas que, a juzgar por todos los indicios, habían acompañado el envío de piezas al museo. A Huntt se le apreciaba un interés morboso por las prácticas sexuales de los nativos, interés que, en opinión de Nora, le convertía en uno de los principales sospechosos. Se giró de golpe, notando que tenía a alguien detrás. Era Pendergast, con las manos a la espalda y mirando los apuntes de Nora. Su expresión se había vuelto tan lúgubre, tan de mal agüero, que le dio escalofríos. —Siempre me espía —dijo ella con un hilo de voz. —¿Algo interesante? Parecía una pregunta meramente formal. Tuvo la seguridad de que Pendergast ya había descubierto algo importante en la lista, algo espantoso, pero no le pareció que tuviese muchas ganas de contarlo. —Así, a primera vista, no. ¿Le suena un tal doctor Ferdinand Huntt? —Huntt —repitió Pendergast, tras unos instantes de silencio—. Sí, era de una familia importante. De los primeros mecenas del museo. —Se irguió—. Lo he examinado todo menos la caja de pata de elefante. ¿Me ayuda? Nora le acompañó a la mesa donde estaban dispuestas las añejas, y francamente variopintas, colecciones de Tinbury McFadden. Los rasgos de Pendergast habían recuperado su habitual serenidad. El agente O'Shaughnessy emergió de la penumbra con expresión escéptica. Nora se preguntó por la naturaleza exacta de su vínculo con Pendergast. Los tres miraban la pata de elefante, grande, grotesca y con cierres de metal dorado. —Una pata de elefante —dijo O'Shaughnessy—. ¿Y qué? —No, sargento, no es una simple pata —contestó Pender gast—; es una caja hecha con una pata de elefante. Un artículo bastante habitual entre los cazadores y los coleccionistas del siglo diecinueve. Esta es de calidad, aunque esté un poco gastada. —Se giró hacia Nora—. ¿Miramos qué contiene? Nora abrió los cierres y levantó la tapa. Bajo los guantes, la piel grisácea tenía un tacto rugoso y con bultos. Salió un olor desagradable. La caja estaba vacía. Miró a Pendergast de reojo, pero no se le veía decepcionado. Se quedaron en silencio un momento. Luego Pendergast se inclinó sobre la caja y dedicó unos instantes a examinarla sin mover ni un solo músculo, únicamente los ojos muy azules. A continuación acercó los dedos a ella y empezó a palpar y presionar su superficie, deteniéndose en algunos puntos. De repente se oyó un clic, y saltó de debajo un cajoncillo estrecho, que levantó una nube de polvo. El ruido sobresaltó a Nora. —Muy astuto—dijo Pendergast, mientras sacaba del cajón un sobrecito descolorido y con algunas manchas. Le dio unas cuantas vueltas, pensativo. Después introdujo un dedo en la solapa con el guante interpuesto, abrió el sobre y extrajo varias hojas de papel de color crema, que desdobló con precaución. Alisó la de encima y empezó a leer. A MI COLEGA TINBURY MCFADDEN 12 de julio de 1881 Estimado colega: Le escribo estas líneas con la seria esperanza de que no llegue a tener que leerlas; de que yo consiga romperlas y arrojarlas a la carbonera, como productos que son de un cerebro saturado y una imaginación febril. Y, sin embargo, en el fondo de mi alma, sé que ya se ha demostrado la veracidad de mis peores sospechas. Todas mis averiguaciones apuntan incontrovertiblemente en ese sentido. Siempre me he esforzado por tener a mis semejantes en el mejor concepto, pues ¿no estamos todos, en el fondo, hechos del mismo barro? Creían los antiguos que la vida se había generado espontáneamente en el fértil cieno del Nilo. ¿Quién soy yo para cuestionar, no la verdad científica, sino el simbolismo de semejante creencia? Sin embargo, McFadden, han ocurrido cosas, cosas que no admiten ninguna explicación inocente. Es muy posible que los datos que contiene esta misiva le lleven a poner en entredicho mi estado mental. Antes de continuar, permita que haga constar que estoy en pleno ejercicio de mis facultades. Le ofrezco este documento en manifestación tanto de mi espantosa teoría como de las pruebas que he elaborado en su defensa. No es la primera vez que expongo mis dudas, cada vez mayores, sobre lo relativo a lo de Leng. Usted conoce ya sobradamente los motivos por los que le permití ocupar algunas salas del segundo piso del gabinete. Sus charlas en el Lyceum daban fe de la profundidad de sus conocimientos científicos y médicos. Pocos pueden compararse con él en taxonomía y química; pocos o nadie. Me agradaba la perspectiva de cobijar bajo mi techo experimentos reveladores, e incluso, por qué no, aportaciones al progreso. Desde un punto de vista más práctico, tampoco me venía mal que me pagara el alquiler en dinero contante y sonante. Al principio todo parecía justificar mi confianza en él, empezando por la excelencia manifiesta de su labor en el gabinete. Pese a una franca irregularidad de horarios, Leng, si bien reservado, se comportaba con la mayor y más constante educación. Pagaba el alquiler sin retraso, e incluso me dio consejos médicos durante las gripes que me afligieron en los inviernos del 73 y el 74. Me resulta difícil atribuir fechas concretas al germen inicial de mis sospechas. Quizá arrancaran de lo que, a mi entender, era un hermetismo creciente en su manera de actuar. En los primeros tiempos Leng me había prometido enseñarme el resultado formal de sus experimentos. Contradiciendo tal promesa, no se me invitó jamás a ver sus aposentos, salvo en la inspección inicial que efectuamos los dos en el momento de la firma del arriendo. Con el paso de los años se le veía cada vez más absorto en sus estudios, hasta el punto de que los menesteres relativos al gabinete recayeron casi en exclusiva sobre mí. Leng siempre me había parecido, en cuanto a su labor, hombre sensato. Recordará usted, sin duda, aquella charla algo excéntrica sobre los humores corporales que ofreció en el Lyceum en los primeros tiempos. La reacción fue negativa (hubo, incluso, miembros tan groseros que se rieron en ciertos puntos de la exposición), y desde entonces Leng no volvió sobre el tema. En adelante, sus conferencias siempre fueron modelos de erudición. Por eso yo, al principio, atribuí su reticencia a comentar trabajos personales a la misma circunspección innata; pero, con el paso del tiempo, empecé a comprender que lo que había tomado por timidez profesional no era sino ocultación premeditada. Una tarde de este año, en primavera, tuve ocasión de quedarme trabajando hasta muy tarde en el gabinete, porque se me habían acumulado una serie de documentos, y además debía preparar el espacio expositor para mi última adquisición, el niño con dos cerebros (que ya comentamos en su día). Lo segundo resultó mucho más absorbente que el simple y aburrido papeleo, y quedé sorprendido al oír que el reloj del ayuntamiento daba la medianoche. Fue, precisamente, al levantarme y prestar atención a los últimos ecos de las campanadas cuando reparé en otro sonido. Procedía de encima de mi cabeza: pasos laboriosos, como de arrastrar un gran peso por el suelo. El motivo, McFadden, no puedo exponérselo con precisión; bástele saber que había algo en aquel ruido que indujo en mí una aprensión atroz. Agucé el oído. El sonido fue apagándose, y alejándose las pisadas hacia una sala más apartada. No podía hacer nada, claro. Por la mañana, meditando sobre el incidente, comprendí que sólo podía haber un culpable: mis cansados nervios. No había ninguna razón para comentárselo a Leng, salvo que se demostrara que los pasos estaban relacionados con algo más siniestro. Atribuí mi alarma a que en el momento de los hechos no estaba del todo en mi sano juicio. No cabe duda de que el hecho de haber logrado crear un fondo bastante impactante para el niño de dos cerebros, junto con lo avanzado de la hora, habían suscitado los aspectos más mórbidos de mi imaginación. Resolví, pues, olvidarme del tema. Quiso la casualidad que a las pocas semanas —concretamente la pasada, el 5 de julio— ocurriera otro incidente que someto a su atención con la mayor seriedad. Las circunstancias eran similares: me quedé en el gabinete hasta muy tarde, preparando el artículo que publicaré en el boletín del Lyceum. Ya sabe usted lo difícil que me resulta escribir para círculos tan eruditos como el del Lyceum; dificultad que trato de aliviar con una serie de hábitos. Mi viejo escritorio de teca, el excelente papel donde escribo esta misiva, la tinta de color fucsia que fabrica en París monsieur Dupin, son pequeños detalles que mitigan el peso de la redacción. La referida noche, sin embargo, la inspiración fue menos tarda que de costumbre, y hacia las diez y media, para seguir trabajando, me vi en la necesidad de afilar unos cuantos lápices nuevos. A ese fin me aparté por breves instantes de mi escritorio, y al regresar a él observé algo asombroso: la página en la que había estado trabajando presentaba algunas manchas, pocas, de tinta. Yo, que con tal cuidado escribo a pluma, me vi incapaz de explicar el origen de las manchas. Sólo al echar mano del papel secante, con el objetivo de borrar las manchas, reparé en que su color difería un poco del fucsia de mi pluma, ligeramente más oscuro. En el proceso de borrarlas, además, observé que tenían una consistencia más densa y viscosa que mi tinta francesa. Imagine, pues, mi espanto al recibir otra gota en la muñeca, justo cuando levantaba el secante del papel. Mi reacción inmediata consistió en levantar la mirada hacia el techo. Vi entonces que, como por arte de brujería, los tablones del suelo de la habitación de Leng, la de encima, filtraban una mancha roja, pequeña pero en proceso de ensancharse. Subir por la escalera y llamar a su puerta fue cuestión de unos instantes. Soy incapaz de describir en detalle la secuencia de ideas que me pasó por la cabeza, pero sí sé decirle que la principal era el miedo de que el doctor hubiera sido víctima de un crimen. Corrían rumores, en el barrio, de que merodeaba por él un asesino de gran crueldad, aunque lo cierto es que no suelo detenerme en los chismorreos de las clases inferiores, y que por otro lado, aunque lamente decirlo, la muerte es presencia habitual en Five Points. Leng respondió debidamente a mi llamada, y sin abrir la puerta, delatando en su voz cierta fatiga, me explicó que había sido un accidente, que en el transcurso de un experimento se había hecho un corte profundo en un brazo. No aceptó la ayuda que le ofrecí, asegurando haber tomado ya las necesarias precauciones (en forma de sutura), ni, pese a disculparse por el incidente, quiso abrir la puerta. Me marché al fin, embargado por la perplejidad y la duda. A la mañana siguiente, Leng se personó a la puerta de mi casa. Era la primera vez que acudía a mi vivienda, y su presencia fue para mí una sorpresa. Observé que llevaba el brazo vendado. Me ofreció abundantes disculpas por las molestias de la noche anterior; yo le invité a entrar, pero no quiso, sino que, tras reiterar sus excusas, se marchó. Inquieto, le vi descender a la acera y subir a un ómnibus. Le ruego tenga a bien comprender mis palabras si le digo que la visita de Leng, inmediatamente posterior a los extraños incidentes del gabinete, tuvo un efecto por completo opuesto a su intención: el de convencerme de que, fuera cual fuese la naturaleza de dichos incidentes, no soportaría un examen a la limpia luz del día. Lo lamento, pero esta noche no puedo escribir más. Esconderé esta carta en la caja de pata de elefante que dentro de dos días, junto con una serie de curiosidades, le será entregada a usted en el museo. Dios mediante, hallaré en mí los arrestos necesarios para volver sobre el tema y ponerle fin por la mañana. 13 de julio de 1881 Bien, debo hacer acopio de voluntad y dar colofón a mi relato. La visita de Leng me dejó en un estado de aguda lucha interna. Cierto idealismo científico, al que acaso se agregara la prudencia, me instaba a aceptar la explicación sin darle más vueltas. Sin embargo, había otra voz interna que alegaba que mi deber de caballero y hombre de honor era averiguar por mí mismo la verdad. Decidí, por último, indagar en la naturaleza de los experimentos de Leng. Si demostraba ser benigna, no se me podría acusar de otra cosa que de entrometimiento. Considerará usted, quizá, que me encontraba a merced de sentimientos poco decorosos. Mi única justificación es que las inmundas manchas rojas habían quedado impresas en mi cerebro con el mismo arraigo que en mi muñeca y mi papel. Algo en Leng, algo en su manera de mirarme en el umbral de mi propia casa, me hacía sentirme desplazado, como si mi hogar no fuera mío. Aquellos ojos de mirada indiferente comunicaban un no sé qué de frialdad, de puro cerebralismo, que me helaba la sangre. No podía tolerar más tiempo su presencia bajo mi techo sin conocer el alcance real de su trabajo. Por algún capricho personal cuyo significado se me escapaba, hacía poco tiempo que Leng había empezado a prestar servicios médicos no remunerados en una serie de hogares industriales de la zona, con el resultado de que a última hora de la tarde jamás se le encontraba en sus habitaciones. El lunes pasado, 11 de julio, le vi por las ventanas delanteras del gabinete. Cruzaba la avenida, y no cabía duda de que se dirigía a Park Row y los asilos. Supe que no era casualidad. Aquella ocasión me la brindaba el destino. No le negaré que subí al segundo piso en un estado de cierta ansiedad. Leng había cambiado la cerradura de su puerta, pero yo tenía en mi poder una llave maestra. Empujé, pues, la puerta y penetré en el interior. Leng había amueblado la primera estancia como sala de estar, y quedé azorado por sus gustos en materia decorativa: grabados de temas deportivos y colores vivos, y, amontonados en las mesas, ejemplares de la prensa amarilla y la peor literatura. Contra la impresión que me había causado desde el primer día (la de una persona elegante y refinada), aquella sala parecía reflejar las aficiones de un joven sin instrucción; era, en suma, uno de esos cubiles en los que se siente a gusto un asiduo a los billares, o una chica de origen muy humilde. Todo estaba cubierto por una capa de polvo, como si Leng llevara cierto tiempo sin frecuentar su salón. La puerta de acceso a las habitaciones del fondo había sido dotada de una cortina de brocado, cuyo considerable peso levanté con la punta del bastón. Me consideraba preparado para casi todo, pero dudo que lo estuviera para lo que encontré. Las habitaciones estaban vacías casi por completo. Contenían, repartidas por su espacio, un mínimo de seis mesas grandes, con superficies cuyos arañazos daban testimonio de muchas horas de trabajo experimental. No había más mobiliario. Flotaba en todas las estancias un olor a amoníaco que estuvo a punto de asfixiarme. Encontré varios escalpelos desafilados en un cajón. Los demás cajones que examiné estaban vacíos, con ácaros del polvo y arañas. Tras intensivas búsquedas, localicé el punto del suelo por donde se había filtrado, noches antes, la sangre. El aspecto de las tablas era de haber sido limpiadas con ácido; concretamente, a juzgar por el olor, aqua regia. Eché un vistazo a las paredes, y observé otras zonas, tanto grandes como pequeñas, que delataban asimismo una limpieza reciente, o eso me pareció. Debo confesar que en ese momento me sentí un poco tonto. Allá no había nada que justificase la alarma, nada digno de levantar sospechas, por ínfimas que fueran, ni en el más perspicaz policía. No obstante, la aprensión se negaba a abandonarme del todo. Algo en aquel salón, en el olor a productos químicos, en la meticulosidad con que se habían limpiado las paredes y el suelo, desentonaba. ¿Cuál era el motivo de que las habitaciones del fondo estuvieran tan limpias, y de que, en contraste, se hubiera permitido la acumulación de polvo en el salón? En ese momento me acordé del sótano. Hacía varios años que Leng, inesperadamente, me había pedido permiso para utilizar la carbonera del sótano como almacén para el instrumental sobrante. El túnel llevaba algunos años en desuso, desde la instalación de una caldera nueva, y como a mí no me hacía ninguna falta, le había entregado la llave a Leng y me había olvidado enseguida del asunto. Sería incapaz de describir mis emociones al bajar por la escalera que conducía al sótano desde el fondo del gabinete. En una ocasión me detuve y medité si convenía solicitar ayuda, pero volvió a triunfar el sentido común. No había indicios de nada delictivo. No, lo único razonable era proseguir con mis pesquisas a solas. Leng había puesto un candado en la puerta de la carbonera, y su visión indujo en mí un fugaz alivio. No se me podía pedir más. Ya no quedaba sino reemprender el ascenso. Llegué, incluso, a dar media vuelta y salvar el primer peldaño, pero entonces me detuve. El impulso que me había llevado hasta allí no me abandonaría hasta haber visto con mis propios ojos el objeto de mis investigaciones. Levanté un pie con la finalidad de derribar la puerta, pero dudé. Me dije que si conseguía cortar el candado con unas tenazas Leng lo atribuiría a la acción de un simple ratero. Me llevó cinco minutos ir en busca de las herramientas necesarias y seccionar la barra del candado. Tras dejar que se cayera al suelo, empujé la puerta hasta abrirla de par en par y permití que penetrara por ella el haz de luz diurna que bajaba por la escalera. Inmediatamente después de entrar, me abrumaron unas sensaciones bien distintas de las que me habían asaltado en el segundo piso. Saltaba a la vista que allá abajo seguía vigente la labor que en las estancias de Leng, en cambio, había cesado. De nuevo, lo primero en lo que reparé fue el olor. Volvían a flotar vapores de reactivos cáusticos, quizá mezclados con formol o éter; sin embargo, quedaban en segundo plano por la acción de algo mucho más denso y potente. Reconocí el mismo olor que cuando pasaba junto a las carnicerías porcinas de las calles Pearl y Water: el de matadero. La luz que se filtraba desde la escalera del fondo me ahorraba el uso de las lámparas de gas. En el sótano también había mesas, pero, en esta ocasión, estaban cubiertas por un gran desorden de instrumentos médicos y quirúrgicos, vasos de precipitados y retortas. Una de ellas tenía encima como sesenta ampollas de líquido ambarino, numeradas y etiquetadas con esmero. El suelo estaba sembrado de serrín, con algunas zonas húmedas. Al rascar estas últimas con la punta de mi bota, descubrí que el serrín estaba destinado a absorber una cantidad considerable de sangre. Ya tenía la prueba de que mis temores no carecían de todo fundamento. Me dije, sin embargo, que seguía sin haber motivo de alarma, que las disecciones eran una de las piedras angulares de la ciencia. La mesa más próxima a mí tenía encima un fajo grueso de notas manuscritas, religadas y encuadernadas en piel. La letra, prolija, era inconfundiblemente la de Leng. Fue un alivio encontrarlo. Por fin conocería el objetivo de los experimentos de mi inquilino. Seguro que de aquellas páginas se deducirían, en mención a mis temores, nobles intenciones científicas. Nada de ello me deparó el volumen. Bien sabe usted, amigo mío, que soy un científico; nunca he sido lo que se dice una persona temerosa de Dios, pero ese día le temí; o, mejor dicho, temí su ira por la comisión, bajo mi techo, de tan pérfidos actos, dignos del mismísimo Moloch. Los apuntes de Leng los exponían con una exactitud tan inflexible como diabólica. Es posible, ay de mí, que en lo que llevo de vida no hayan caído en estas pobres manos apuntes científicos de mayor claridad, más metódicos. Los experimentos de Leng no admiten justificación posible, al menos de mi mano. No tengo otra elección que exponerlos lo más llana y sucintamente que me sea posible. Durante los últimos ocho años, Leng ha estado trabajando en la elaboración de un método para prolongar la vida humana; la suya, como demuestran los apuntes y observaciones de su diario. Pero le juro por Dios, Tinbury, que ha estado usando a otros seres humanos como material. Al parecer, todas sus víctimas han sido adultos jóvenes. En su diario abundan las referencias a disecciones de cráneos y columnas vertebrales humanas, parte del cuerpo, esta última, en la que parece haber concentrado sus depravadas atenciones. Las anotaciones más recientes giran en torno a la cola de caballo, el ganglio nervioso que hay en la base de la columna. Leí durante diez o veinte minutos, paralizado por la fascinación y el espanto, hasta que solté el aborrecible documento, lo dejé en la mesa y me aparté. Es posible, no lo niego, que en aquel instante hubiera enloquecido un poco, porque todavía logré discurrir con cierta lógica. Me dije que, en el contexto médico de nuestra época, el robo de cadáveres recientes de los cementerios era una práctica lamentable pero necesaria. Crítica como sigue siendo la falta de suministro de cadáveres para la investigación médica, el único remedio contra la penuria es recurrir al robo de cadáveres. Me dije que ni el más respetable cirujano se ve a salvo de ello. Pese a que las pretensiones de Leng de prolongar la vida de modo artificial excedieran de todo punto los límites, persistía la posibilidad de que sin querer efectuara descubrimientos de efectos beneficiosos. Creo que fue entonces cuando oí por primera vez el ruido. A mi izquierda había una mesa en la que no me había fijado. Estaba cubierta por un hule que tapaba algo grande y voluminoso. Bajo dicho hule, ante mi vista, se repitió el sonido. Era el de un animal carente de lengua, paladar y cuerdas vocales. No me explico de dónde extraje las fuerzas para aproximarme, como no fuera de la necesidad abrumadora de saber. Di un paso y, antes de que mi resolución pudiera zozobrar, cogí el hule sucio y lo retiré. Lo que apareció a la pobre luz del sótano me obsesionará hasta el final de mis días. Estaba boca abajo. En el lugar donde debería estar la base de la columna vertebral, había un agujero. Me pareció que el sonido que había oído eran los gases de la descomposición al escaparse. Pensará usted que a esas alturas yo ya era inmune a cualquier sobresalto, pero el caso es que observé, con una creciente sensación de irrealidad, que tanto el cadáver como la herida tenían aspecto de ser recientes. Debí de vacilar unos cinco o diez segundos, hasta que me acerqué, preso el cerebro de una sola idea, una sola. ¿Era posible que se tratara del mismo cadáver que tan profusamente había sangrado en el suelo de Leng? Pero entonces, ¿cómo se explicaba lo fresco de la herida? ¿Era posible, concebible incluso, que Leng usara dos cadáveres en el plazo de una sola semana? Habiendo llegado tan lejos, tenía que saberlo todo. Adelanté prudentemente una mano a fin de dar la vuelta al cadáver y comprobar su grado de lividez. El tacto de la piel era flexible, y, en la humedad del sótano, con la temperatura veraniega, la carne estaba caliente. Al girar el cadáver y dejar el rostro a la vista, vi, para insondable horror mío, que lo habían amordazado con un trapo empapado de sangre. Aparté la mano, y aquella cosa rodó de espaldas en la mesa. Retrocedí, presa del vértigo. Tal era mi impresión que tardé un poco en comprender el horrible sentido de aquel trapo ensangrentado. Creo que, de lo contrario, habría dado media vuelta y huido, ahorrándome así el horror final. Sí, McFadden, pues fue en ese momento cuando, por encima del trapo, los ojos se abrieron. Habían sido humanos, pero el dolor y el pavor habían arrebatado cualquier humanidad a su expresión. Mientras yo, petrificado por el miedo, no podía apartar la vista, se oyó otro gemido. Ahora ya sabía que no era gas saliendo de ningún cadáver, ni todo aquello la obra de alguien que trataba con ladrones de cadáveres, con muertos robados en los cementerios. Aquella pobre criatura de la mesa aún estaba viva. Leng ejercía su abominable labor en personas vivas. Allí, ante mi vista, el horrible y lastimoso bulto de la mesa gimió una vez más y expiró. No sé cómo, pero tuve suficiente presencia de ánimo para dejarlo tal como lo había encontrado, taparlo con el hule, cerrar la puerta y salir de aquel pudridero subterráneo, regresando al mundo de los vivos. Desde entonces apenas he salido de mis habitaciones del gabinete. He intentado hacer acopio de valor para lo que sé, en el fondo de mi alma, que queda por hacer. Querido colega, seguro que a estas alturas ya sabe que no hay error posible, que no hay otra explicación a lo que hallé en el sótano. El diario de Leng era demasiado exhaustivo, con una riqueza de detalles demasiado diabólica para que quepan errores de interpretación. Como pruebas adicionales, en la hoja adjunta encontrará una parte de las observaciones científicas y los procedimientos que recoge ese monstruo en sus páginas, reproducidas por mí de memoria. Acudiría a la policía, pero mi impresión es que soy el único capaz de... Pero ¿qué oigo? Es él, subiendo por la escalera. No tengo más remedio que devolver esta carta a su escondrijo, y terminarla mañana. Ahora, que Dios me dé fuerzas para hacer lo necesario. Roger Brisbane, apoyado en el respaldo, dejó vagar su mirada por la superficie de cristal del escritorio. Largo y gozoso paseo: a Brisbane le gustaban el orden, la pureza y la simplicidad, y su mesa brillaba con la perfección de un espejo. Concluyó el recorrido por la vitrina de las gemas. Era el momento del día en que la atravesaba el sol con su lanza, convirtiendo el contenido en esferas y óvalos refulgentes, un entrelazamiento de luces y colores. Se podía calificar a una esmeralda de «verde», o a un zafiro de «azul», pero eran palabras que no hacían justicia a los colores tal como eran de verdad. Ningún lenguaje humano contenía palabras adecuadas para semejantes colores. Joyas. Duraban eternamente, duras, frías, puras, impermeables a cualquier deterioro; siempre hermosas, siempre perfectas, eternamente nuevas como el día de su parto en un calor y una presión inconcebibles. ¡Qué distintas de los seres humanos, con su carne opaca y gomosa, y su oloroso declive desde la cuna a la tumba, una historia hecha de baba, semen y lágrimas! Debería haber sido gemólogo. Rodeado por aquellas explosiones de luz pura, habría sido mucho más feliz. La carrera jurídica que le había elegido su padre se reducía a un mezquino desfile de fracasos humanos. En cuanto a su cargo en el museo, le ponía en contacto a diario, y bajo la más inclemente de las luces, con dichos fracasos. Se volvió y, con un suspiro, se dispuso a leer un listado de ordenador. Ya estaba más que demostrado que el museo había hecho mal en gastarse cien millones de dólares en un planetario nuevo, dotado de la última tecnología. Hacían falta más recortes. Tendrían que rodar cabezas. En fin, al menos esto último era fácil. El museo rebosaba de conservadores y funcionarios inútiles, gente estirada que ganaba demasiado y se quejaba constantemente de los recortes; que nunca se ponía al teléfono, y se pasaba todo el santo día de viaje de investigación, gastándose el dinero del museo o escribiendo libros que no leía nadie. Empleos cómodos, sinecuras, y, gracias a la titularidad, a salvo de despidos, a menos que mediaran circunstancias excepcionales. Metió el listado en la trituradora, abrió el cajón de al lado y sacó varios paquetes de correo intradepartamental. Era la correspondencia de una docena de candidatos, interceptada gracias a un empleado del reparto a quien habían pillado organizando una porra para la Super Bowl en horario de trabajo. Con un poco de suerte, Brisbane encontraría circunstancias excepcionales de sobra en su interior. Era más fácil —y de más fácil justificación— que espiar los e-mails. Barajó los paquetes sin interés, hasta que se fijó en uno. Un caso que ni pintado: el tal Puck. Se pasaba el día en el archivo, ¿y qué hacía? Nada, aparte de darle problemas al museo. Abrió el paquete y echó un vistazo general a los sobres, cada uno de los cuales tenía en el anverso y en el reverso varias decenas de líneas para la dirección. Se cerraban con un hilito rojo, y podían reutilizarse hasta que se cayeran a trozos, por el simple procedimiento de añadir un nombre en la primera línea en blanco. En la penúltima figuraba el de Puck. Y en la última el de Nora. La mano de Brisbane que cogía el sobre se crispó. ¿Qué había dicho el engreído del agente del FBI? «La mayor parte del trabajo será de archivo.» Desató el hilo y sacó un papel. Al abrir el sobre, salió una nubecita de polvo. Se apresuró a taparse la nariz con un pañuelo, y leyó la carta en la otra punta del brazo. Ponía: Estimada doctora Kelly: He encontrado otra caja de papeles sobre el gabinete de Shottum, que desde hace poco tiempo estaba mal guardada. No tiene ni remotamente el interés de lo que ya ha descubierto, pero tampoco puede decirse que carezca de él. Se lo dejo en la sala de lectura del archivo. A Brisbane se le subieron los colores. Después volvió a palidecer. Lo que pensaba: Nora seguía trabajando para el pretencioso agente del FBI, y recurriendo a los servicios de Puck. Había que pararle los pies. Y a Puck, que despedirle. Menuda nota, pensó Brisbane. No había más que verla: redactada con una máquina de escribir manual y con pinta de viejísima. Ante tamaña falta de eficiencia, le hirvió la sangre. El museo no era ninguna institución benéfica para excéntricos. Puck era un anacronismo fosilizado, y hacía tiempo que deberían haberlo mandado a los cuarteles de invierno. Primero recabaría las pruebas necesarias, y después haría una lista recomendando despidos para la siguiente reunión del comité ejecutivo. El primer nombre sería el de Puck. Bien, pero ¿y Nora? Se acordó de lo que el director del museo había dicho en la última asamblea: Doucement, doucement. Eso había murmurado Collopy. Y así se haría: suavemente. De momento. A medio camino entre las avenidas Columbus y Amsterdam, Smithback se quedó en la acera e interrogó con la mirada la fachada de ladrillo rojizo que tenía delante. El 108 de la calle Noventa y nueve Oeste, brillante al sol del mediodía, era un bloque de pisos de antes de la guerra, ancho y sin la traba de ningún rasgo arquitectónico que le diera personalidad. A Smithback le era indiferente su anodino aspecto. Lo importante estaba dentro: un apartamento de dos habitaciones y alquiler fijo cerca del museo, sólo por ochocientos al mes. Volvió a retroceder en dirección a la calzada, y echó un vistazo general al barrio. No era de los más encantadores que hubiera visto en el Upper West Side, pero tenía posibilidades. Cerca, en un portal, había dos vagabundos bebiendo algo de una bolsa de papel. Miró su reloj. Dentro de cinco minutos llegaría Nora. ¡Caray! ¡Con el tira y afloja que se avecinaba, sólo le faltaba público! Metió la mano en el bolsillo, encontró un billete de cinco dólares y se acercó tranquilamente a la pareja. —Hace buen día, ¿eh? Mientras no llueva... —dijo. Los vagabundos le miraron con recelo. Smithback enseñó el billete. —¿Qué tal si os fuerais a comer algo? Uno de los dos sonrió, mostrando una hilera de dientes cariados. —¿Con uno de cinco? ¡Venga, jefe, si eso no da ni para un café! Además, me duelen las piernas. —Claro —dijo el otro, sonándose. Smithback sacó uno de veinte. —¡Qué dolor de piernas, tío! —Es lo que hay. El que estaba más cerca cogió el billete, y se levantaron los dos entre quejidos y ruidos de nariz exagerados. Poco después llegaban a la esquina, de camino, sin duda, a la bodega que había a la vuelta, en Broadway. Al menos eran simples e inofensivos borrachos, no adictos al crack o algo peor. Smithback miró alrededor y vio que, en un alarde de puntualidad, se acercaba una mujer delgadísima y vestida de negro, haciendo sonar sus tacones y dibujando una sonrisa hipócrita con sus labios muy pintados. La típica agente de la propiedad. —El señor Smithback, ¿no? —dijo con voz cascada de fumadora, dándole la mano— Soy Millie Locke. Traigo la llave del apartamento. ¿Ha llegado su... compañera? —Ya viene. Nora acababa de doblar la esquina con un revuelo de gabardina de algodón y mochila al hombro. Saludó con la mano. Cuando se reunió con ellos, la agente le dio la mano y dijo: —Encantada. Entraron en un vestíbulo de mala muerte, con buzones a la izquierda y un espejo grande a la derecha, remedio visual (pero poco convincente) a su estrechez. En cuanto pulsaron el botón del ascensor, empezó a zumbar y crujir algo en las alturas. —La situación es ideal —le dijo Smithback a Nora—. Veinte minutos a pie desde el museo, una parada de metro cerca, y el parque a una manzana y media. Nora no contestó. Miraba fijamente la puerta del ascensor, y no parecía muy contenta. La puerta se abrió chirriando, y entraron en la cabina. Durante el ascenso, que se le hizo eterno, Smithback tuvo la desagradable sensación de que el examen no sólo lo sufría el apartamento, sino también él en persona. Al llegar al sexto piso, giraron a la derecha por el pasillo mal iluminado y llegaron a una puerta metálica marrón con mirilla. La agente abrió cuatro cerraduras distintas y empujó la puerta. Smithback se llevó una sorpresa agradable. El apartamento daba a la calle, y estaba más limpio de lo que esperaba. El suelo no se veía liso del todo, pero era de roble. De las paredes, una era de ladrillo visto y las otras de pladur pintado. —¡Anda! ¡Fíjate! —dijo, animado—. No está mal, ¿eh? Nora se quedó callada. —Es la ganga del siglo —dijo la agente—. Mil ochocientos dólares, alquiler fijo y aire acondicionado. La situación es fabulosa. Luz, tranquilidad... Los electrodomésticos de la cocina eran viejos, pero estaba todo limpio. Los dormitorios, soleados, tenían las ventanas orientadas al sur, y gracias a ello, pese a ser pequeños, daban sensación de espaciosidad. Se quedaron en el centro del salón. —Bueno, Nora —dijo Smithback, cohibido (cosa muy rara en él)—, ¿qué te parece? Nora estaba muy seria y ceñuda. Mala señal. La agente de la propiedad se apartó un par de metros para que pareciera que tenían intimidad. —Está bien —dijo ella. —¿Bien? ¿Mil ochocientos mensuales por un piso de dos habitaciones en el Upper West Side? ¿En un edificio de antes de la guerra? ¡No es que esté bien, es que es increíble! La agente volvió a acercarse un poco. —Son los primeros que lo ven. Seguro que mañana ya está alquilado. —Buscó en el bolso y sacó un cigarrillo y un mechero. Con el mechero encendido y las manos un poco separadas, preguntó—: ¿Les molesta? —¿Te pasa algo? —preguntó Smithback a Nora. Ella hizo un gesto con la mano y dio un paso hacia la ventana, como si mirara atentamente un punto muy lejano. —Pero le habrás comentado a tu casero lo de que te mudas, ¿no? —Todavía no. A Smithback le dio un pequeño vuelco el corazón. —¿No se lo has dicho? Ella negó con la cabeza, y el vuelco se agravó. —Pero Nora, ¿no estaba decidido? Nora miró por una ventana. —Es que para mí es un paso muy importante, Bill. Vaya, que vivir juntos, y todo eso... Dejó la frase a medias. Smithback echó un vistazo general al apartamento y topó con la mirada de la agente de la propiedad, que la apartó enseguida. Bajó la voz. —Pero Nora, tú me quieres, ¿no? Nora seguía mirando por la ventana. —Sí, claro, pero... ¿Sabes qué pasa? Que he tenido un día muy malo. —Tampoco es un paso tan serio. No es como prometerse. —Dejemos el tema. —¿Que dejemos el tema? ¡Nora, es justo el apartamento que buscamos! No encontraremos uno mejor que este. Venga, vamos a solucionar lo de la comisión. —¿Comisión? Smithback se volvió hacia la agente. —¿Cuánto ha dicho que se lleva? La agente exhaló una nube de humo y tosió un poco. —Me alegro de que me lo pregunte. Comprendan que un apartamento de estas características no se alquila así como así. El hecho de enseñárselo ya es un favor que les hago. —Bueno, ¿y cuánto se lleva? —preguntó Nora. —Dieciocho. —¿Dieciocho qué? ¿Dólares? —Por ciento. Me refiero al alquiler del primer año. —Pero si son... —Nora frunció el entrecejo e hizo un cálculo mental—. Casi cuatro mil dólares. —Poco, comparado con lo que se quedan. Y le aseguro que, si no se deciden ustedes, se decidirán los siguientes. —La agente echó un vistazo a su reloj—. Llegarán en diez minutos. Es el tiempo que tienen para decidirse. —¿Tú qué dices, Nora? —preguntó Smithback. Ella suspiró. —Tengo que pensarlo. —No tenemos tiempo de pensarlo. —Tenemos todo el tiempo del mundo. En Manhattan hay más apartamentos. Se produjo un silencio breve y gélido, hasta que la agente volvió a consultar la hora. Nora negó con la cabeza. —Bill, ya te he dicho que tengo muy mal día. —Se te nota, se te nota. —¿Sabes lo que te conté de la colección Shottum? Pues ayer encontramos una carta escondida entre su contenido, y era horrible. Smithback se sintió invadido lentamente por algo similar al pánico. —¿No podrías contármelo más tarde? Te lo digo de verdad: este apartamento me parece el... Nora se encaró con él, muy seria. —¿No me has oído? Encontramos una carta. ¡Ya sabemos quién mató a las treinta y seis personas! Otro silencio. Smithback miró de reojo a la agente, que fingía examinar un marco de ventana, pero a cuyas orejas sólo les faltaba temblar. —¿En serio? —preguntó. —Es un personaje muy enigmático, un tal Enoch Leng. Parece que era taxonomista y químico. La carta la escribió un tal Shottum, el propietario de una especie de museo que se llamaba Gabinete Shottum y estaba en el mismo solar. Leng, que era inquilino suyo, hacía experimentos en las habitaciones que tenía alquiladas. Shottum empezó a sospechar y, aprovechando un día que no estaba Leng, entró en su laboratorio y descubrió que su inquilino se había dedicado a raptar gente, matarla, diseccionar una parte de su sistema nervioso central y procesarla, parece que para inyectarse algo. —Dios mío. ¿Y para qué? Nora sacudió la cabeza. —No te lo creerás. Intentaba alargarse la vida. —Increíble. Aquello, más que una noticia, era un bombazo. Smithback volvió a mirar de reojo a la agente, inmersa esta vez en el examen de las jambas de la puerta. Por lo visto, ya no se acordaba de la siguiente cita. —Yo he pensado lo mismo. —Nora se estremeció—. Estoy obsesionada con la carta. No me la quito de la cabeza. Salían todos los detalles. ¿Y Pendergast? ¡Tendrías que haberle visto la cara mientras lo leía! Parecía que fuera su propia esquela. Luego, esta mañana, al bajar para ver si había aparecido más material de Shottum, me entero de que han llegado órdenes sobre un trabajo de conservación en el archivo, y que entre lo que necesitan están los documentos de Shottum. Total, que ya no están. ¡No me dirás que es coincidencia! Yo estoy segura de que han sido Brisbane o Collopy, pero, claro, no puedo plantarme en sus despachos por las buenas y preguntárselo. —¿Hicisteis fotocopia? La expresión de Nora mejoró un poco. —Pendergast me pidió que hiciera una justo después de leer la carta. Entonces no entendí que tuviera tanta prisa, pero ahora sí. —¿Y la tienes? Nora señaló su maletín con la cabeza. Smithback reflexionó unos instantes. Nora tenía razón: era evidente que las órdenes sobre el archivo no tenían nada de casual. ¿Qué encubría el museo? ¿Quién era el tal Enoch Leng? ¿Tenía algún lazo con la institución? ¿O era la típica paranoia del museo, miedo de soltar información sin haber pasado por el filtro embellecedor del departamento de relaciones públicas? Sin olvidar a Fairhaven, el magnate de la inmobiliaria, que, casualidades de la vida, también era uno de los grandes mecenas de la institución... La cosa empezaba a tomar un excelente cariz. Inmejorable. —¿Me dejas ver la carta? —Iba a dártela para que me la guardes, porque no me atrevo a volver al museo llevándola encima. Pero con una condición: que me la devuelvas esta noche. Smithback asintió con la cabeza, cogió el fino sobre que le daba Nora y lo metió en su cartera. De repente sonó el interfono. —Ya han llegado los siguientes —dijo la agente—. ¿Qué les digo, que está alquilado o que no? —Que no —dijo Nora rotundamente. La agente se encogió de hombros, fue al interfono y abrió la puerta de la calle. —¡Nora! —dijo Smithback con tono suplicante. Se giró hacia la agente—. Sí que nos lo quedamos. —Perdona, Bill, pero es que aún no estoy preparada. —Pues la semana pasada dijiste que... —Ya lo sé, ya lo sé, pero en un momento así no estoy para pensar en pisos, ¿vale? —No, no vale. Sonó el timbre de la puerta. La agente fue a abrirla, y entraron dos hombres —uno bajo y calvo, el otro alto y con barba— que echaron una rápida ojeada al salón, otra a la cocina y fueron a los dormitorios. —Nora, por favor —dijo Smithback—. Oye, ya sé que lo de instalarte en Nueva York y entrar a trabajar en el museo no ha ido tan bien como esperabas, y lo siento, pero no es razón para que te... Siguió un largo silencio, en el que oyeron encenderse y apagarse la ducha. Los dos hombres volvieron al salón. En total, la visita había durado menos de dos minutos. —Es perfecto —dijo el calvo—. Dieciocho por ciento de comisión, ¿verdad? —Exacto. —Muy bien. —Apareció un talonario—. ¿A nombre de quién lo extiendo? —Al portador. Lo haremos efectivo en su banco. —Un momento, un momento —dijo Smithback—, que antes estábamos nosotros. Uno de los hombres se giró sorprendido, y dijo con gran educación: —Ah, perdone. —No les haga caso —dijo la agente, muy seca—. Ya se marchaban. Nora empezó a tirar de Smithback hacia la puerta. —Ven, Bill. —¡Estábamos primero! ¡Si hace falta lo pongo a mi nombre! Se oyó el ruido del papel al desgajarse del talonario. La agente lo cogió y, con unos golpecitos a su cartera, dijo: —Llevo aquí el contrato. Podemos firmarlo en el banco. Nora arrastró a Smithback al pasillo y cerró de un portazo. El viaje en ascensor fue silencioso y tenso. Poco después estaban en la calle. —Tengo que volver al trabajo —dijo ella, evitando mirarle—. Ya lo comentaremos esta noche. —Desde luego. Smithback la vio marcharse deprisa: la luz de la tarde en la calle Noventa y nueve, la gabardina formando un remolino sobre un trasero perfecto, y el zarandeo de una larga melena cobriza. Estaba destrozado. Tantas vivencias compartidas, y Nora no quería irse a vivir con él. ¿En qué se había equivocado? A veces sospechaba que estaba resentida por las presiones para instalarse en Nueva York y abandonar Santa fe, pero no era culpa suya que hubiera salido mal lo del trabajo en el museo Lloyd, ni que el jefe de Nora en Manhattan fuera un gilipollas de concurso. ¿Qué hacer para convencerla? ¿Cómo demostrarle que la quería de verdad? Su cerebro empezó a alumbrar una idea. En el fondo, Nora no entendía el poder de la prensa, y menos el del New York Times. No se daba cuenta de lo dócil, de lo cooperativo que podía llegar a ser el museo frente a la amenaza de una publicidad adversa. Pensó que sí, que era la solución. Así Nora recuperaría las colecciones, conseguiría fondos para lo del carbono 14 y a saber qué más. A la larga le daría las gracias. Si se daba prisa, hasta podía aparecer en la primera edición. Oyó un grito enérgico. -¡Eh,jefe! Se giró. Los dos vagabundos se acercaban trastabillando por la acera, abrazados el uno al otro y con la cara enrojecidísima. Uno de los dos levantó una bolsa de papel. —¡Brinde con nosotros! Smithback sacó otro billete de veinte y se lo enseñó al más alto y sucio. —Oye, en unos minutos verás que sale por esta puerta una mujer delgada y vestida de negro, con dos hombres. Se llama Millie. Hazme un favor: cuando la veas, le das un abrazo y un beso. Y cuanto más baboso, mejor. El vagabundo le arrancó el billete de las manos y se lo metió en el bolsillo. —¡Lo que usted mande, jefe! Smithback se alejó hacia Broadway notando cierta mejoría en su estado de ánimo. Anthony Fairhaven acomodó su cuerpo delgado y musculoso en la silla, se cubrió una parte de los muslos con una servilleta grande de hilo y examinó el desayuno que tenía delante. Aun siendo minúsculo, estaba dispuesto con esmero excesivo sobre el damasco blanco y terso: una taza de té de porcelana, dos galletas de soda y jalea real. Se bebió de un trago todo el té, y mordisqueó una galleta con la mente en blanco. Después se limpió los labios e hizo un gesto escueto a la criada para que le trajera el periódico. El sol entraba a raudales por la curvada pared de cristal de su salita para el desayuno. Desde su privilegiado observatorio en lo más alto de la Metropolitan Tower, todo Manhattan se postraba a sus pies sembrado de chispas de luz matinal, y de guiños rosados y dorados de ventanas: su personal Nuevo Mundo, esperando a verle reivindicar su destino manifiesto. Muy abajo, el rectángulo oscuro de Central Park parecía un agujero de sepulturero en plena gran ciudad. La luz empezaba a lamer tímidamente las copas de los árboles, y las sombras de los edificios de la Quinta Avenida, barras paralelas, aherrojaban el parque. Oyó ruido de papel, el de la criada poniéndole delante el New York Times y el Wall Street Journal. Recién planchados, como insistía en que estuvieran. Cogió el Times, de tacto seco y crujiente, y al desplegarlo acudió a su nariz el cálido olor a tinta impresa. Propinó una ligera sacudida a sus páginas a fin de desprenderlas, y abordó la lectura de los titulares de portada. Conversaciones de paz en Oriente Medio, debates entre los candidatos a la alcaldía, terremoto en Indonesia... Echó un vistazo bajo el pliegue. Y se quedó unos segundos sin respiración. EL DESCUBRIMIENTO DE UNA CARTA ARROJA LUZ SOBRE UNOS ASESINATOS DEL SIGLO XIX William Smithback Parpadeó, respiró honda y prolongadamente y empezó a leer. NUEVA YORK, 8 de octubre. En el archivo del Museo de Historia Natural ha aparecido una carta que podría contribuir a esclarecer el truculento hallazgo del osario descubierto la semana pasada en la parte baja de Manhattan. Los obreros que trabajaban en la construcción de un rascacielos residencial en la esquina de las calles Henry y Catherine desenterraron un túnel subterráneo que contenía los restos de treinta y seis jóvenes de ambos sexos. Los despojos habían sido emparedados en una docena de nichos, pertenecientes, al parecer, a un túnel de mediados del siglo XIX que servía de carbonera. El análisis forense preliminar permitió descubrir que las víctimas habían sido diseccionadas, o sometidas a autopsia, y posteriormente descuartizadas. La datación preliminar del yacimiento, llevada a cabo por la arqueóloga del Museo de Historia Natural de Nueva York Nora Kelly, indicó que los asesinatos se habían producido entre 1872 y 1881, intervalo en que el solar estuvo ocupado por la sede de tres plantas de un museo privado que recibía el nombre de «Gabinete de Producciones y Curiosidades Naturales J. C. Shottum». El gabinete se quemó en 1881, y Shottum murió en el incendio. En posteriores investigaciones, la doctora Kelly encontró la carta, escrita por el propio Shottum. Redactada poco antes de su fallecimiento, explica cómo descubrió los experimentos médicos de un inquilino suyo, el taxonomista y químico Enoch Leng. En la carta, Shottum asegura que Leng llevaba a cabo experimentos quirúrgicos con seres humanos vivos, con el objetivo de prolongarse la vida. Al parecer, una parte de los experimentos consistía en la extracción quirúrgica de la parte inferior de la columna vertebral de un ser humano vivo. Shottum adjuntó a la carta varias citas del diario en el que Leng consignaba en detalle sus experimentos. El New York Times ha obtenido una copia de la carta. Si se confirma que los restos pertenecen a personas asesinadas, se trataría del mayor asesinato en serie de la historia de Nueva York, y es posible que de Estados Unidos. En 1888, el asesino en serie más famoso de Inglaterra, Jack el Destripador, asesinó a siete mujeres en el barrio londinense de Whitechapel. Se sabe que Jeffrey Dahmer, célebre asesino en serie norteamericano, mató como mínimo a diecisiete personas. Los restos humanos fueron trasladados al instituto forense, y no se ha permitido su examen. El túnel subterráneo fue destruido por la empresa constructora del rascacielos, Moegen-Fairhaven, en el transcurso de las actividades normales de construcción. Según Mary Hill, portavoz del alcalde Edward Montefiori, el yacimiento no está afectado por la ley de conservación arqueológica e histórica de Nueva York. Reproducimos sus declaraciones: «Es la escena de un crimen antiguo, y tiene poco interés arqueológico. No cumplía los requisitos que se exponen en la ley, y no hay que darle más vueltas. No teníamos base para paralizar las obras». Su opinión, sin embargo, no es compartida por algunos miembros de la Comisión para la Conservación del Patrimonio, que, según se nos informa, han solicitado que se constituya una comisión para analizar el hallazgo. Del solar se ha conservado una prenda, un vestido de mujer que la doctora Kelly llevó a examinar al museo. La doctora encontró un papel cosido en el forro; podría tratarse de una nota de autoidentificación, cuya autora, una joven, parece haber sido consciente de que le quedaba poco tiempo de vida: «Me yamo [sic] Mary Greene de 19 años bibo [sic] en la caye [sic] Watter [sic] 19». El FBI se ha interesado por el caso, como atestigua la presencia en el solar del agente especial Pendergast, de la delegación de Nueva Orleans. Tanto la delegación de Nueva York como la de Nueva Orleans se han abstenido de hacer comentarios. Pese a no haberse hecho públicas las características exactas de su misión, se sabe que el agente especial Pendergast es uno de los agentes especiales de mayor rango de la región sur, con experiencia en varios casos importantes de Nueva York. En cuanto al departamento de policía de esta última ciudad, no se muestra muy interesado por un crimen con más de un siglo de antigüedad. El capitán Sherwood Custer, en cuyo distrito han aparecido los cadáveres, opina que se trata de un caso de interés prioritariamente histórico. «El asesino ya está muerto, y seguro que los cómplices, sí los hubo, también. Se lo dejamos a los historiadores. Nosotros seguiremos empleando nuestros recursos en la prevención de los delitos del siglo XXI.» Tras el descubrimiento de la carta, el Museo de Historia Natural de Nueva York ha retirado del archivo la colección del gabinete Shottum. Según Roger Brisbane, vicedirector primero del museo, el traslado «forma parte de un proceso de conservación que se programó hace mucho tiempo. Se trata de una coincidencia, sin nada que ver con la noticia». Para futuras preguntas, remitió a Harry Medoker, del departamento de relaciones públicas del museo, pero el señor Medoker ha dejado sin respuesta varias llamadas telefónicas del Times. El artículo seguía en una página interior, donde el reportero, con detalle y fruición, enumeraba una serie de características de los viejos crímenes. Fairhaven leyó el artículo de cabo a rabo y volvió a empezar por la primera página. Las hojas secas del Times le crujieron un poco en los dedos, sonido que tuvo su eco en el temblor de las hojas secas de los árboles que había en el balcón, enmacetados. Lentamente, dejó el periódico y volvió a contemplar la ciudad. Al otro lado del parque se veía el Museo de Historia Natural, con sus torres de granito y sus tejados cobrizos reflejando la luz recién amanecida. Hizo otro gesto con el dedo, y le trajeron la segunda taza de té, que contempló unos instantes antes de engullir su contenido. Otro movimiento dactilar le dio acceso a un teléfono. Sabía mucho del negocio inmobiliario, de relaciones públicas y de política neoyorquina. Sabía, también, que aquel artículo podía tener consecuencias desastrosas, y que exigía medidas rotundas e inmediatas. Tras una pausa, empleada en decidir la identidad del destinatario de la primera llamada, marcó el número privado del alcalde, que se sabía de memoria. Doreen Hollander, residente en el 21 de Indian Feather Lane, Pine Creek (Oklahoma), había dejado a su marido a veintiséis pisos de altura, farfullando y roncando en la habitación de hotel. Al contemplar Central Park West en toda su anchura, decidió que era el momento perfecto para ir al Metropolitan y gozar de los nenúfares de Monet. Desde que los había visto en un póster en casa de su cuñada, había tenido ganas de estar delante de los famosos cuadros. A su marido, técnico de Oklahoma Cable, el arte no le merecía el menor interés. Seguro que al volver le encontraría igual de dormido. En su consulta al plano turístico (que el hotel había tenido la generosidad de facilitarle), se llevó la agradable sorpresa de que el museo quedaba justo al otro lado de Central Park. Se podía ir caminando. No hacía falta gastarse una fortuna en taxis. A Doreen Hollander le gustaba caminar; qué mejor manera, además, de quemar los dos cruasanes con mantequilla y mermelada que, imprudente ella, se había zampado para desayunar. Emprendió la caminata y, a paso veloz, accedió al parque por la puerta Alexander Humboldt. Era otoño, hacía buen tiempo y los rascacielos de la Quinta Avenida brillaban por encima de las copas de los árboles. Nueva York. Maravillosa ciudad, a condición de no tener que residir en ella. Había una ligera cuesta, que en poco tiempo le llevó a la orilla de un lago muy bonito. Miró al otro lado. ¿Qué era mejor, rodearlo por la derecha o por la izquierda? Consultó el mapa y decidió que el camino más corto era por la izquierda. Volvió, pues, a poner en marcha sus fuertes piernas de granjera, y a respirar un aire que le sorprendió por su frescura. Por el camino, que seguía la curva del estanque, le adelantaron varios ciclistas y patinadores en línea. Después de recorrer un tramo corto se encontró con otra encrucijada. El camino principal viraba al norte, pero había un sendero que se metía por un bosque conservando la dirección inicial. Consultó el mapa. No recogía la existencia del sendero, pero ella sabía reconocer la mejor ruta, y la tomó. El sendero se bifurcaba dos veces en pocos metros, y proseguía errático entre lomas y afloramientos rocosos de pequeño tamaño. De trecho en trecho, entre los árboles, Doreen seguía distinguiendo la hilera de rascacielos de la Quinta Avenida, que le hacían señas y le indicaban el camino. El bosque se espesó. Entonces Doreen empezó a verlos. Qué raro. Había varios chicos repartidos por el bosque, con las manos en los bolsillos y esperando sin hacer nada. Esperando... ¿qué? Tenían buen aspecto: bien vestidos, y con un buen corte de pelo. Más allá de los árboles se consolidaba una despejada mañana de otoño. Doreen no tenía nada de miedo. Caminó más deprisa, por un bosque cada vez más frondoso. En su relativa desorientación, consultó el mapa y averiguó que estaba en una zona que se llamaba «el Ramble». Sin darse cuenta, ya había vuelto dos veces sobre sus pasos. Parecía que el diseñador de aquel pequeño laberinto de senderos hubiera tenido la intención de extraviar al caminante. ¿Sí? Pues Doreen Hollander no era de las que se perdían, y menos en un bosquecito de parque urbano, porque se había criado en el campo, dando largos paseos por los campos y bosques del este de Oklahoma. La caminata estaba convirtiéndose en una pequeña aventura, y a Doreen Hollander le gustaban las pequeñas aventuras. De hecho había arrastrado a su marido a Nueva York ni más ni menos que para eso: para tener una pequeña aventura. Le salió una sonrisa forzada. ¡Caramba! ¡Otra vuelta! ¡Parecía mentira! Rió resignada y volvió a mirar el mapa, pero el Ramble sólo figuraba como una mancha verde. Miró alrededor. Quizá pudiera orientarla uno de aquellos chicos con tan buen aspecto. Por desgracia, el bosque se había vuelto más oscuro y más frondoso. Aun así, entrevió a dos personas al otro lado de una pantalla de hojas, y se acercó. ¿Qué hacían fuera del camino? Dio otro paso, apartó una rama y echó un vistazo, que se convirtió en mirada fija, y esta en rictus de susto. Retrocediendo bruscamente, dio media vuelta y se apartó lo más deprisa que pudo. Ahora lo entendía. Qué asco, por Dios. Se moría de ganas de salir lo antes posible de aquella porquería de sitio. De golpe se le habían pasado todas las ganas de ver los nenúfares de Monet. Hasta entonces no había querido creérselo, pero era ni más ni menos que lo que contaban en aquel programa de la tele, 700 Club: Nueva York era la versión actual de Sodoma y Gomorra. Siguió apretando el paso, respirando deprisa y evitando mirar hacia atrás. No oyó acercarse las pisadas. Estaba completamente desprevenida. Cuando le cayó en la cabeza la capucha negra y se la ajustaron al cuello, cuando el brusco olor a cloroformo le agredió el olfato, la última imagen que se le formó en la mente fue la de una columna de sal torcida reflejando la luz desolada de una llanura desierta, con una cinta de humo negro al fondo. El doctor Frederick Watson Collopy, toda una eminencia majestuosamente aposentada ante el gran escritorio forrado de cuero del siglo XIX, reflexionaba sobre las personas de ambos sexos que le habían precedido en tan augusto cargo. En los años de gloria del museo —la época en que aquel escritorio aún era nuevo, por ejemplo—, sus directores habían sido auténticos visionarios, a la vez exploradores y científicos. Se deleitó en sus nombres: Byrd, Throckmorton, Andrews... Nombres que el tiempo había vuelto dignos de grabarse en bronce. Procedió a leer los de los dos ocupantes más recientes de aquel espléndido despacho esquinero, y se le agrió un poco el humor: Winston Wright, cuya gestión había sido tan poco acertada, y su fugaz sucesora Olivia Merriam. Nada más satisfactorio, para Collopy, que haber devuelto al cargo su dignidad y eficacia. Se tocó la barba acicalada y, meditabundo, se puso un dedo sobre los labios. A pesar de todo, volvía a sentir lo de siempre: una melancolía que se resistía a abandonarle. Le habían encomendado una serie de sacrificios con el objetivo de salvar al museo. Personalmente le apenaba que hubiera que relegar la investigación científica en beneficio de las galas, las salas nuevas y lujosas y las exposiciones multitudinarias. «Multitudinario.» Le repugnaba la palabra, pero las circunstancias eran las que eran: Nueva York en los albores del siglo XXI. Los que no aceptasen las reglas se verían apeados del convoy. De hecho, ni los más nobles antecesores de Collopy habían dejado de llevar su cruz. Era necesario doblegarse a los imperativos de cada época. El museo había sobrevivido: he ahí lo importante, lo fundamental. Entonces pensó en lo distinguido de su propio linaje científico: su tío bisabuelo Amasa Greenough, amigo de Darwin y famoso por el descubrimiento del rape quitinoso de Indochina; su tía abuela Philomena Watson, autora de investigaciones seminales entre los nativos de Tierra del Fuego; su abuelo Gardner Collopy, prestigioso herpetólogo. Pensó en sí mismo, en la experiencia extraordinaria que, allá en su impulsiva juventud, había supuesto volver a clasificar los póngidos. Con suerte, y un margen suficiente de años, quizá su trayectoria rivalizara con la de los mejores directores del pasado. Quizá también grabaran su apellido en bronce, y lo expusieran en la Gran Rotonda, a la vista de todos. Seguía inerme ante la melancolía que se había apoderado de su ser. No le estaban sirviendo de nada aquellas reflexiones, y eso que solían serenarle. Se sentía desplazado, pasado de moda, obsoleto. Ni siquiera el recuerdo de su bella y joven esposa, con quien tan gozosamente había jugueteado antes de desayunar, logró librarle de la pesadumbre. Paseó la mirada a lo largo y ancho del despacho: chimeneas de mármol rosado, ventanas curvas con vistas a Museum Drive, paneles de roble ennoblecidos por una pátina de siglos, cuadros de Audubon y De Clefisse... Después se contempló a sí mismo: traje oscuro, de corte anticuado y casi clerical, pechera blanca almidonada, pajarita de seda en señal de independencia de ideas y acciones, zapatos hechos a mano... Y, por encima de todo (su vista recayó en el espejo de encima de la repisa de la chimenea), un rostro bien parecido, elegante, incluso, pese a un toque de severidad; un rostro que aguantaba con gran dignidad el peso de los años. Suspirando un poco, se giró hacia el escritorio. Quizá le entristecieran las últimas noticias, que acechaban en grandes titulares desde encima de la mesa: aquel artículo tan deleznable, debido a la pluma del mismo granuja que en el 95 había metido en líos al museo. Hasta entonces Collopy había tenido la esperanza de que para calmar las aguas bastara la medida de retirar los materiales problemáticos del archivo, pero ahora había que contar con la carta. Era, a todos los niveles, un desastre potencial: su plantilla involucrada, un agente del FBI merodeando, y Fairhaven, uno de los principales mecenas de la institución, en entredicho. Frente a tantas posibilidades, a cual más ingrata, Collopy notó que le daba vueltas la cabeza. O se tomaban medidas, o el asunto amenazaba con deslucir su gestión. Como mínimo. No, eso ni lo pienses, se dijo Frederick Watson Collopy. Ya lo solucionaría. Con la estrategia correcta, hasta los peores escenarios (palabra de moda) podían remediarse. En efecto, era lo que hacía falta: una estrategia sutil, y puesta en práctica con la mayor habilidad. Esta vez, pensó, el museo no reaccionará con la visceralidad de siempre. No, el museo no condenaría la investigación, ni protestaría contra el expolio de su archivo. No denunciaría las actividades sospechosas de aquel agente del FBI, como tampoco eludiría su responsabilidad, ni recurriría a evasivas o encubrimientos. Nada de acudir en ayuda de su mayor mecenas, Fairhaven. Al menos de puertas afuera. ¡Con lo mucho que se podía hacer con ellas cerradas, por decirlo de algún modo! Aplicar, con discreción y estrategia, las palabras adecuadas; tranquilizar o inquietar, según los casos; gastar dinero en tal cosa y tal otra... Todo suave, muy suavemente. Apretó un botón de su intercomunicador, y dijo afablemente: —Señorita Surd, dígale al señor Brisbane, si es tan amable, que venga a mi despacho en el momento que le convenga. —Sí, doctor Collopy. —Muchísimas gracias, señorita Surd. Soltó el botón y se apoyó en el respaldo. Después, con gran cuidado, dobló el New York Times y lo dejó donde no pudiera verlo; y, por primera vez desde que había salido de su dormitorio, sonrió. Nora Kelly ya sabía por qué la convocaban. Cómo no, si había visto el artículo en la edición matinal. Era la comidilla, no ya del museo, sino seguramente de toda Nueva York, y adivinaba su efecto sobre alguien como Brisbane. Desde primera hora había esperado el momento de que la avisaran; aviso que se había concretado ahora, a las diez menos cinco. Brisbane había esperado hasta las diez menos cinco. Seguro que para tenerla en vilo. Se preguntó si significaría que le concedía cinco minutos para desaparecer del museo. No le extrañaría. En la puerta de Brisbane faltaba la placa. Llamó, y la secretaria la hizo pasar. —Siéntese, por favor. Era una mujer mayor y demacrada, y se notaba que estaba de mal humor. Nora se sentó y pensó: maldito Bill. ¿Cómo se le había ocurrido? De acuerdo, era impulsivo (tendía a actuar antes de activar el córtex), pero esta vez se había pasado de la raya. Nora iba a ponerse sus tripas de tirantes, como habría dicho su padre. Le cortaría los testículos, los ataría a una correa y se los pondría en la cintura, como unas boleadoras. ¡Con lo crucial que era el empleo para Nora, e iba el tío y prácticamente le rellenaba el formulario de despido! ¿Cómo, cómo había sido capaz de hacerle algo así? Sonó el teléfono de la secretaria. —Ya puede pasar. Nora accedió al despacho interior. Brisbane estaba al lado del escritorio, poniéndose la pajarita delante de un espejo. Llevaba pantalones negros con una franja de raso, y camisa almidonada con botones de nácar. En la silla había una chaqueta de esmoquin. Nora se quedó a un paso de la puerta, pero Brisbane no dijo ni hizo nada indicativo de que la hubiera visto entrar. Observó la destreza con que se hacía el nudo de la pajarita. El vicepresidente se decidió a hablar. —Doctora Kelly, en las últimas horas he averiguado muchas cosas sobre usted. Nora se quedó callada. —Por ejemplo, sobre una expedición desastrosa al desierto del sudoeste en la que quedó en entredicho su capacidad de liderazgo, e incluso científica. Y sobre un tal William Smithback, del Times. No sabía que fuera tan amiga suya. Se tomó unos segundos para enderezar la pajarita, que sobresalía de un cuello blanquecino y escuálido como de gallina, parecido acentuado por el gesto de forzarlo. —Tengo entendido, doctora Kelly, que entró en el archivo con personas ajenas al personal de este museo, infringiendo gravemente sus normas. Siguió tensando y ajustando, mientras Nora permanecía callada. —Es más: ha estado empleando sus horas de trabajo en ayudar al agente del FBI, no en trabajar. Otra infracción clarísima. Nora sabía que era inútil recordarle a Brisbane que el permiso lo había otorgado él, aunque fuera en contra de su voluntad. —Termino: otra cosa que infringe las normas del museo es tener contacto con la prensa sin pasar por el departamento de relaciones públicas. La normativa existe por algo, doctora Kelly. No es simple burocracia. Tiene que ver con la seguridad del museo y la integridad de sus colecciones, de su archivo y sobre todo de su prestigio. ¿Me entiende? Nora miró a Brisbane, pero no se le ocurría nada que decir. —Su conducta ha sido motivo de una gran preocupación en el museo. —Oiga —dijo ella—, si piensa despedirme, vaya al grano. Brisbane se decidió a mirarla, componiendo una falsa expresión de sorpresa en su cara rosada.